Octubre, mes misionero. 100 años del DOMUND

Hoy, fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, iniciamos el mes misionero por excelencia. Este año es muy especial, porque el próximo día 18 celebraremos los 100 años del DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones). Cien años de comunión y de apoyo a los que se encuentran en tierras lejanas para anunciar el Evangelio. El Papa León XIV nos anima a estar en comunión con ellos.

En su mensaje para la 100ª Jornada Mundial de las Misiones, que lleva por título «Uno en Cristo, unidos en la misión», León XIV señala como condición indispensable para que el mensaje misionero de la Iglesia sea creíble la necesidad de sentirnos unidos como hermanos que se hacen uno en Cristo.

El Papa insiste en que toda la Iglesia debe sentirse misionera y hace un llamamiento especial recordando a «todos los misioneros y misioneras ad gentes de hoy; personas que, como san Francisco Javier, han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Unámonos todos a ellos en la misión evangelizadora mediante el testimonio de la vida en Cristo, la oración y la contribución a las misiones».

Lo que realmente nos anima y sostiene a los misioneros cuando estamos lejos de nuestra tierra –más allá de las ayudas económicas– es saber que lejos de donde estamos, en nuestra tierra de origen o en otros lugares, hay personas que nos recuerdan, que rezan y que viven en comunión con nosotros. Si nos sintiéramos solos, nuestra misión no tendría sentido y duraría menos que una gota de agua en mitad del desierto.

En este mes misionero por excelencia y al cumplirse los 100 años del DOMUND, no caigamos en la fácil tentación de liberar nuestra conciencia dando un pequeño donativo. El Domingo Mundial de las Misiones es mucho más que una simple colecta. El Papa afirma con insistencia que todos somos responsables de todos. Si decimos que somos uno en Cristo, debemos sentirnos unidos unos a otros, tanto con los de aquí como con los hermanos que viven en tierras lejanas.

Ese «sentirnos unidos» va más allá de una simple ayuda económica, debe implicar un esfuerzo por conocer la realidad de nuestros hermanos, sentirnos en comunión con ellos, «reír con los que ríen y llorar con los que lloran», como dice san Pablo; asumir nuestra responsabilidad de seguir enviando misioneros, orar por ellos y colaborar en la medida de nuestras posibilidades. Solo entonces nuestra aportación económica adquirirá un verdadero sentido misionero. Como afirma también el Papa en su mensaje, «cada don, por pequeño que sea, se convierte en un acto significativo de comunión misionera».

El otoño: tiempo de madurez, cosecha y esperanza. Oraciones para el otoño de la vida

El otoño es una de las cuatro estaciones del año y, en el hemisferio norte, marca el paso del calor y de la abundante luz del verano hacia el frío y la oscuridad del invierno. Astronómicamente comienza con el equinoccio de otoño, que se produce normalmente entre el 22 y el 23 de septiembre, cuando el día y la noche tienen aproximadamente la misma duración. El otoño termina con el solsticio de invierno, alrededor del 21 o 22 de diciembre. Desde el punto de vista meteorológico, en cambio, se considera otoño el período comprendido entre el 1 de septiembre y el 30 de noviembre.

Las características del otoño

El otoño es una estación de transformación. Poco a poco disminuyen las horas de luz, las temperaturas bajan y la naturaleza cambia de aspecto. Las hojas de muchos árboles pierden la clorofila, mostrando colores amarillos, ocres, rojos y dorados antes de caer al suelo.

Es también el tiempo de muchas cosechas. Se recogen uvas, manzanas, peras, calabazas, nueces, castañas y numerosos frutos de la tierra. En las regiones vitivinícolas es el tiempo de la vendimia y del vino nuevo.

La naturaleza parece entrar lentamente en un período de descanso. Algunos animales acumulan reservas para el invierno, otros se preparan para la hibernación y numerosas aves migratorias emprenden largos viajes hacia regiones más cálidas.

Por eso el otoño une dos realidades aparentemente opuestas: abundancia y desprendimiento. Es el tiempo de recoger los frutos, pero también el tiempo en que los árboles dejan caer sus hojas.

El otoño y las edades de la vida

Desde la Antigüedad, las cuatro estaciones han sido utilizadas como símbolo de las diferentes edades de la existencia humana.

La primavera representa el nacimiento y la infancia; el verano, la juventud y la plenitud de las fuerzas; el otoño representa sobre todo la madurez de la vida; y el invierno suele simbolizar la vejez y la etapa final de la existencia.

Sin embargo, las fronteras no son rígidas. El otoño puede representar también los primeros años de la vejez, cuando una persona empieza a mirar su existencia desde una perspectiva diferente.

Hablar del “otoño de la vida” no significa hablar solamente de decadencia. Al contrario, la imagen de la cosecha permite comprender esta etapa como el tiempo en que se recogen los frutos de todo lo vivido.

Es el tiempo de la experiencia, de la memoria, de una sabiduría que ya no necesita demostrar continuamente su propia fuerza. Muchas cosas que durante la juventud parecían indispensables empiezan a perder importancia, mientras que adquieren mayor valor los afectos, la amistad, la familia, la reconciliación, la fe y el tiempo compartido.

Como los árboles dejan caer sus hojas, también la persona está llamada, poco a poco, a aprender el arte del desprendimiento: dejar algunas responsabilidades, aceptar los propios límites, perdonar antiguas heridas y renunciar a aquello que ya no puede controlar.

Pero el árbol que pierde las hojas no está muerto. En su interior conserva la vida y prepara silenciosamente una nueva primavera. Por ello el otoño puede convertirse también en símbolo de esperanza.

Costumbres y tradiciones del otoño

Muchas costumbres otoñales nacieron de la antigua relación entre el ser humano y los ciclos de la agricultura.

Las fiestas de la vendimia y de la cosecha expresan la alegría por los frutos recibidos después de meses de trabajo. En muchos lugares existen fiestas dedicadas al vino nuevo, las castañas, las manzanas, las calabazas y otros productos de temporada.

El otoño invita también a recuperar una vida más interior. Los días se acortan, se pasa más tiempo en casa y el ritmo de la naturaleza parece sugerir mayor calma y recogimiento.

Caminar entre los árboles, observar las hojas que caen o contemplar un campo después de la cosecha puede convertirse en una sencilla escuela espiritual. La naturaleza recuerda que no todo consiste en producir continuamente. Existe un tiempo para crecer, un tiempo para dar fruto y también un tiempo para detenerse, agradecer y dejar ir.

El otoño en la tradición cristiana

El simbolismo del otoño posee una profunda afinidad con la espiritualidad cristiana.

La Biblia utiliza frecuentemente imágenes relacionadas con la semilla, la viña, la cosecha y los frutos. La vida humana aparece como un terreno que Dios cultiva y en el cual cada persona está llamada a producir frutos de amor, justicia, misericordia y fidelidad.

El otoño puede convertirse entonces en una pregunta espiritual: ¿qué frutos ha producido mi vida?

No se trata solamente de éxitos visibles. Para el cristiano, los frutos más importantes pueden ser silenciosos: una persona perdonada, un hijo acompañado, una amistad conservada durante años, una oración perseverante, una enfermedad afrontada con confianza, un servicio realizado sin reconocimiento.

Durante el otoño del hemisferio norte se celebran además varias fiestas cristianas especialmente significativas.

El 29 de septiembre, la tradición católica celebra a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. El 4 de octubre, san Francisco de Asís recuerda de manera particular la fraternidad con todas las criaturas y el respeto por la creación.

El mes de octubre posee también una fuerte tradición mariana y, particularmente en la Iglesia católica, está asociado a la oración del Rosario.

Al comienzo de noviembre llegan dos celebraciones profundamente relacionadas con los grandes temas del otoño. El 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, recuerda la vocación de cada persona a la santidad y contempla la multitud de hombres y mujeres que han alcanzado la plenitud de la vida en Dios.

El 2 de noviembre, conmemoración de los fieles difuntos, lleva a recordar a quienes nos han precedido. En un tiempo del año en que la naturaleza parece apagarse, la fe cristiana proclama que la muerte no posee la última palabra.

Hacia el final del año litúrgico se celebra también la solemnidad de Cristo Rey, y poco después comienza el Adviento. Así, mientras la naturaleza del hemisferio norte entra en el período más oscuro del año, la liturgia cristiana comienza a hablar de espera, vigilancia y de una luz que está por llegar.

Este contraste es particularmente hermoso: precisamente cuando los días se hacen más cortos, el cristianismo invita a esperar la Luz.

El otoño de la vida desde la fe cristiana

Para una persona que entra en el otoño de su existencia, la espiritualidad cristiana propone no solamente mirar hacia atrás, sino también hacia delante.

Existe un momento para preguntarse qué se ha realizado, pero también qué queda todavía por ofrecer.

Una persona mayor puede quizá hacer menos cosas que antes, pero puede convertirse cada vez más en presencia, memoria, consejo, oración y bendición para los demás.

En este sentido, envejecer puede ser entendido como un proceso de simplificación interior. Como el árbol que se desprende de sus hojas, la persona aprende progresivamente a distinguir aquello que permanece de aquello que pasa.

La fe cristiana añade además una dimensión esencial: el otoño no conduce simplemente al invierno. Después del invierno existe una primavera.

Por eso el ciclo de las estaciones puede convertirse en una imagen de la esperanza cristiana en la resurrección.

La semilla desaparece bajo la tierra, pero prepara una vida nueva.



Oraciones para el otoño de la vida

Oración de agradecimiento por los frutos recibidos

Señor Dios,

al entrar en el otoño de mi vida,
quiero detenerme un momento
para contemplar el camino recorrido.

Gracias por las personas que has puesto a mi lado,
por los días luminosos
y también por aquellos que me enseñaron a caminar en la oscuridad.

Gracias por el amor que he recibido
y por el amor que he podido ofrecer.

Gracias por mis trabajos, mis alegrías,
mis errores y mis nuevos comienzos.

Como el campesino contempla su campo después de la cosecha,
enséñame a reconocer los frutos
que tu gracia ha hecho crecer en mi vida.

Y allí donde todavía encuentre tierra árida,
dame tiempo y humildad para sembrar de nuevo.

Amén.

Oración para aprender a dejar ir

Señor,

los árboles del otoño dejan caer sus hojas
sin saber todavía cuándo llegará la primavera.

Enséñame también a mí a desprenderme.

Ayúdame a dejar aquello que ya no necesito,
las antiguas heridas,
los resentimientos,
el deseo de controlar cada cosa
y el miedo ante lo que está por venir.

Dame la libertad de conservar solamente
lo que verdaderamente importa:

la fe,
el amor,
la gratitud,
la amistad
y la esperanza.

Que cada cosa que dejo
haga más espacio en mí para Ti.

Amén.

Oración por la madurez de la vida

Dios de todas las estaciones,

Tú estabas conmigo en la primavera de mi infancia
y en el verano de mi juventud.

Permanece conmigo ahora
en el otoño de mi vida.

Haz que los años no sean solamente tiempo que pasa,
sino sabiduría que crece.

Dame serenidad para aceptar mis límites,
humildad para pedir ayuda,
generosidad para compartir mi experiencia
y un corazón todavía capaz de sorprenderse.

Que nunca piense que mi misión ha terminado.

Muéstrame cada día
a quién puedo escuchar,
a quién puedo consolar,
por quién puedo rezar
y qué semilla de bien puedo todavía plantar.

Amén.

Oración en memoria de quienes ya no están

Señor de la vida,

en estos días en que las hojas caen
recordamos especialmente
a las personas que caminaron junto a nosotros
y que ya no podemos ver.

Gracias por todo lo que recibimos de ellas.

Guarda sus nombres, sus rostros
y sus historias en nuestro corazón.

Cuando su ausencia nos duela,
haz que la memoria se transforme en gratitud.

Y cuando pensemos en nuestra propia muerte,
líbranos del miedo que paraliza.

Danos la esperanza de creer
que nuestra historia no termina en la tumba
y que nada de lo vivido en el amor
se pierde para siempre.

Acoge a nuestros difuntos en tu paz
y condúcenos un día hacia la plenitud de tu vida.

Amén.

Oración breve para cada mañana de otoño

Señor,

gracias por este nuevo día.

Enséñame a recibirlo
como se recibe un fruto maduro:
con gratitud.

Que sepa guardar lo que es bueno,
dejar caer lo que ya no sirve
y confiarte aquello que no puedo cambiar.

Haz fecundo también este día de mi vida.

Amén.

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ
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Sudán del Sur: Evangelizar es sembrar paz

En un Sudán del Sur marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

Cuando Jesús envía a los setenta y dos discípulos en misión, les dice una palabra que parece casi escandalosa: «Miren, los envío como corderos en medio de lobos». No dice: «Los envío como leones». No dice: «Los envío más fuertes que sus adversarios». No dice: «Los envío con las herramientas necesarias para vencer». Dice: «Los envío como corderos en medio de lobos».

Esta palabra tiene mucho que decir a la Iglesia que vive y anuncia el Evangelio en Sudán del Sur. Porque, en un país marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz no nace de la victoria de uno sobre el otro. No nace de la eliminación del adversario. Nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

El cordero no se convierte en lobo

Nos sentimos espontáneamente atraídos por la fuerza. Cuando hay un lobo, quisiéramos tener un lobo más fuerte. Cuando hay violencia, sentimos la tentación de responder con una violencia mayor. Cuando alguien nos amenaza, quisiéramos tener el poder necesario para imponernos. Pero así corremos el riesgo de adoptar la misma lógica de aquello que queremos combatir.

Jesús propone otro camino. El cordero no vence porque sea más fuerte que el lobo. Vence porque no se convierte en lobo. Esta es la fuerza de la no violencia cristiana. No significa ser débiles. Significa no permitir que el mal del otro determine aquello en lo que yo me convierto. El otro puede odiar, pero yo no debo convertirme en odio. El otro puede ser violento, pero yo no debo convertirme en violencia. El otro puede humillarme, pero yo no debo perder la dignidad de reconocerlo como hermano. Permanecer como corderos significa no permitir que el lobo que hay en el otro haga nacer el lobo que hay dentro de mí. Este es uno de los mayores desafíos de la paz.

La primera palabra del misionero es Paz

Jesús dice a sus discípulos: «En cualquier casa donde entren, digan primero: “Paz a esta casa”». Es significativo. La primera palabra del misionero no es una lección de teología. Es paz. El misionero no llega para conquistar al otro. Llega para entrar en relación con él.

Y Jesús añade: «Coman lo que les ofrezcan». El misionero llega pobre. Se deja acoger. Se sienta a la mesa del otro. Come su comida. Entra en su vida. Y entonces descubre algo fundamental: el otro no es simplemente alguien a quien llevar el Evangelio. Es alguien a través de quien Dios también puede encontrarse conmigo. Esta es una gran escuela de misión.

En Sudán del Sur lo aprendemos cada día: la misión no consiste solamente en hablar a la gente, sino en caminar con la gente. No podemos construir la paz desde arriba. Debemos entrar en las heridas de las comunidades, escuchar, compartir y crear espacios en los que las personas puedan encontrarse y reconocerse nuevamente como hermanos.

Devolver un rostro al enemigo

Uno de los dramas más profundos de la violencia es este: antes de golpear el cuerpo del otro, la violencia mata el rostro del otro dentro de nosotros. Para poder ejercer violencia contra una persona, tengo que dejar de verla como persona. Se convierte en una etiqueta: es de aquella etnia; es extranjero; es un enemigo; es uno de los que nos hicieron daño. Cuando el otro se convierte simplemente en el enemigo, resulta más fácil odiarlo.

Por eso, la misión de la Iglesia consiste también en devolver un rostro a quien ha sido convertido en enemigo. Decir a las comunidades: Antes de pertenecer a esta o aquella etnia, somos personas. Antes de ser adversarios, somos hermanos.

La Iglesia debe ser un espacio en el que las personas aprendan nuevamente a encontrarse. Una Iglesia que atraviesa las divisiones. Una Iglesia que no construye nuevos enemigos. Una Iglesia que denuncia la injusticia sin odiar a quien es injusto. Una Iglesia que enseña la reconciliación sin olvidar a las víctimas. Una Iglesia que desarma no solamente las manos, sino también las palabras y el corazón.

La paz comienza en las pequeñas comunidades

Jesús envía a sus discípulos sin bolsa, sin alforja, sin sandalias de repuesto. Es como si dijera: «No pongan su seguridad en el poder. Su fuerza estará en la relación, en la confianza, en la palabra y en el testimonio». Esto es particularmente importante cuando hablamos de paz. A menudo pensamos que para construir la paz se necesitan, ante todo, instrumentos de poder. El Evangelio nos muestra, en cambio, un poder diferente: el poder desarmado de la fraternidad.

Lo vemos concretamente en los Comités de Justicia y Paz presentes en las diócesis de Sudán del Sur y promovidos por las Iglesias desde una perspectiva ecuménica. No son simplemente personas que hablan de paz. Son personas que buscan construirla allí donde las relaciones están heridas. Entran en las comunidades. Escuchan. Recogen miedos y sufrimientos. Favorecen el diálogo. Intentan impedir que un conflicto se convierta en venganza y que la venganza se convierta en una nueva guerra.

No entran diciendo: «He venido a derrotar a alguien». Entran diciendo: «He venido a escuchar». No llevan un arma; llevan una palabra. No buscan un vencedor. Buscan un camino para que las personas puedan volver a vivir juntas. Y aquí vemos concretamente qué significa ser corderos en medio de lobos.

La paz no comienza solamente en las grandes mesas políticas. Comienza cuando, en una pequeña comunidad, alguien encuentra el valor de decir: «Detengámonos. Escuchémonos. No queremos que nuestros hijos sigan pagando el precio de nuestro odio». Eso ya es Evangelio. Eso ya es evangelización. Eso ya es el Reino de Dios que se acerca.

También el rechazo puede convertirse en testimonio

Jesús no oculta a sus discípulos que podrán ser rechazados. Esto es importante. En la misión podemos pensar que el éxito consiste en ser acogidos. Pero Jesús nos enseña que incluso el rechazo puede convertirse en un lugar de testimonio. Jesús mismo fue rechazado. Y en la cruz, Dios asume sobre sí el rechazo de la humanidad sin responder con otro rechazo.

El mal cae sobre el Cordero y el Cordero no devuelve el mal. Esta es la fuerza de la cruz. No significa buscar el sufrimiento. Significa que el amor verdadero permanece fiel incluso cuando no es correspondido. Por eso, el rechazo no es necesariamente un fracaso de la misión. Puede convertirse en el lugar donde el amor demuestra que es más fuerte que el odio.

Evangelizar significa cambiar de mentalidad

Por eso, la vocación de la Iglesia en Sudán del Sur es grande. No estamos llamados solamente a predicar la paz. Estamos llamados a convertirnos en una comunidad de paz. Evangelizar significa sembrar una mentalidad nueva: de la venganza a la reconciliación; del miedo a la confianza; de la división a la fraternidad; del odio a la responsabilidad por el bien común.

Porque una guerra puede continuar incluso cuando las armas callan, si dentro de nosotros siguen viviendo el resentimiento, la sospecha y el deseo de venganza.

La paz no es solamente el silencio de las armas. Es la transformación del corazón. Y esta transformación debe llegar especialmente a los jóvenes. No podemos permitir que una generación herede la guerra de la generación anterior. Una madre que enseña a sus hijos a no odiar a los hijos de sus enemigos ya está construyendo la paz. Un joven que deja el arma ya está construyendo la paz. Dos comunidades que, después de años de conflicto, aceptan sentarse a la misma mesa ya están construyendo la paz. Una Iglesia que crea ese espacio de encuentro ya está evangelizando. El Reino de Dios se hace cercano cuando una persona decide no vengarse.

Bienaventurados los que trabajan por la paz

Por eso comprendemos mejor la bienaventuranza de Jesús: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios». No dice: bienaventurados los que hablan de paz. Dice: bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz es un verbo. Es un trabajo. Es una vocación. Es un camino. Y quienes trabajan por la paz son los corderos de los que habla Jesús. No porque sean débiles, sino porque han descubierto una fuerza más grande que la violencia: la fuerza de no devolver mal por mal; la fuerza de permanecer fieles al amor; la fuerza de ver un hermano allí donde otros ven un enemigo.

Esta es quizás una de las mayores formas de testimonio que la Iglesia puede ofrecer a Sudán del Sur y al mundo. No podemos construir la paz eliminando al otro. Construimos la paz cuando reconocemos que el otro pertenece a nuestra misma humanidad. Y aquí llegamos al corazón del Evangelio. El Cordero no mata al lobo. El Cordero ofrece su propia vida. Esta es la lógica de la cruz. Esta es la lógica de la misión. Esta es la lógica de la paz.

La Iglesia está llamada a ser un cordero en medio de los lobos. No un cordero resignado. Un cordero que, con la fuerza desarmante del amor, de la verdad, de la justicia y de la fraternidad, abre un camino nuevo. Porque quizá la pregunta decisiva no sea: «¿Cómo podemos llegar a ser más fuertes que nuestros enemigos?», sino: «¿Cómo podemos hacer para que ya no haya enemigos?» La respuesta del Evangelio es sencilla y radical: reconociéndonos como hermanos. Esta es la paz que debemos sembrar. Esta es la paz que debemos testimoniar. Esta es la paz por la que vale la pena dar la vida.

Bienaventurados los que trabajan por la paz. Bienaventurados los corderos que no se convierten en lobos. Bienaventurados aquellos que dan su vida para que el mundo tenga vida. Serán llamados hijos de Dios.

+ Christian Carlassare, mccj
Obispo de Bentiu (Sudán del Sur)

comboni.org

Cuando la cultura se convierte en frontera: el desafío interior del misionero

«El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador», escribe padre José Miguel Córdova Alcázar [al centro en la foto], comboniano peruano que trabajó una docena de años en Etiopía, sobre todo entre el pueblo Guji.

Por: Abba Mikael Córdova, mccj

La misión siempre comienza con un desplazamiento dinámico: salir de un lugar para entrar en otro. «Todos nosotros, misioneros combonianos, lo hemos hecho, lo estamos haciendo o nos estamos preparando para vivir esta experiencia.» Pero el desplazamiento más difícil no es geográfico, sino cultural.

El misionero llega a un pueblo con el sincero deseo de amarle, servirle y formar parte de su vida. Sin embargo, lleva dentro una historia, algunos símbolos, una forma de sentir e interpretar el mundo que no puede dejar en el aeropuerto. Su propia cultura viaja con él, aunque no quiera.

Identidad cultural

Esta tensión —entre la cultura que se aporta y la cultura que es bienvenida— es una de las más delicadas y menos comentadas en la vida misionera.

En el ámbito de la misión cristiana hablamos siempre de “inculturación”: adentrarse en una cultura hasta amarla desde dentro, hasta hacer que el Evangelio eche raíces en ella en su propia forma y color. Pero este ideal a menudo choca con un límite humano: la identidad cultural del misionero es fuerte, persistente e inconsciente.

No se trata solo de costumbres visibles, sino de la forma de entender el tiempo, la manera de relacionarse entre nosotros, la sensibilidad al dolor, la forma de organizar la comunidad, la relación con la autoridad, la manera de celebrar, de rezar, de comunicarse.

La cultura es una segunda piel. Y cuando el misionero intenta “dejarla”, a menudo solo consigue ocultarla, pero no transformarla.

Muchos misioneros entran en una nueva cultura con humildad y respeto. Pero, aun así, la propia cultura se filtra en decisiones pequeñas y grandes que se hacen presentes en la labor pastoral que se realiza con la comunidad. Y entonces aparece un fenómeno sutil pero peligroso: la imposición involuntaria.

No es una imposición agresiva, sino una infiltración: en la forma de resolver conflictos, en la forma de hacer catequesis, en la estética de la liturgia, en la planificación de proyectos, en la relación con el tiempo y la eficiencia.

El misionero cree que está ayudando, pero en realidad se está reformando según su plan mental. Y el resultado es una especie de “híbrido cultural” que no pertenece enteramente a nadie: no es completamente del pueblo, ni del misionero.

Esto conduce a confusión, dependencia y, a veces, a una sensación de pérdida de identidad en la comunidad local.

Siempre un invitado

Desde un punto de vista psicológico, el misionero atraviesa un proceso complejo: debe aprender a poner a la gente en el centro, pero sin cancelarse a sí mismo. Si se cancela, pierde autenticidad. Si se impone, pierde la comunión.

La propia cultura de cada uno da seguridad. Renunciar a ello causa parcialmente vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad es necesaria, pero también dolorosa.

No puede ser “nativo” de una cultura adoptada. El misionero siempre será un invitado, un hermano que viene de fuera. Aceptar esta realidad en la vida del misionero es un acto de madurez.

Pastoralmente, la misión auténtica no consiste en “crear” una nueva cultura cristiana, sino en hacer florecer la fe en la cultura que ya existe. El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador.

Cuando el misionero entiende esto, entonces, deja de querer “hacer cosas” y empieza a hacer crecer a la gente.

La misión es un arte. Un arte de la presencia, de la escucha, de la humildad. Un arte que requiere renunciar a la necesidad de controlar y abrazar la belleza de dejar que el otro sea él mismo.

El misionero que logra esto no pierde su identidad. La convierte en un servicio. Y la gente no pierde su cultura. La transforma en “Evangelio Encarnado.”

Esta es la misión más pura: hacer que la fe arraigue sin desarraigar a nadie.

Cuando esto ocurre, la cultura del misionero se vuelve transparente: presente, pero no dominante; fértil, pero no protagonista.

Habitar el misterio

«Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra sagrada» (Éxodo 3:5-10). Hay un momento en la vida del misionero, en el que se descubre que la misión no consiste en “hacer cosas”, sino en habitar un misterio: el misterio de un pueblo, de una historia, de una forma de sentir y vivir que no es suya. Ese misterio es la cultura. Y la cultura es terreno sagrado.

San Daniel Comboni intuyó esto con sorprendente claridad para su época. Cuando dijo «Salva África con África», no se refería solo a la estrategia misionera. Habló de un acto de fe: creer que el pueblo tiene dentro de sí la fuerza, sabiduría y dignidad para ser los protagonistas de su propia salvación.

Esto significa que la cultura del pueblo no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios ya está obrando.

Misión es amar

Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, las palabras de un misionero comboniano con mucha experiencia misionera, sabiduría humana, pero sobre todo con una gran experiencia del amor de Dios en su propia vida. Hace 26 años, cuando dejé mi país para ir a “la misión”, este misionero, —cuyo nombre no es necesario decir porque sé muy bien que recordará el momento cuando me dijo: «Mira Pepe, —porque así me llaman en mi país—, recuerda que lo más importante que tienes que hacer cuando estás en la “misión” es amar a las personas a las que has sido enviado. Nunca lo olvides.»

Cuando un misionero llega a un pueblo, trae consigo una cultura que le ha dado identidad, seguridad y sentido. Y esto no puede olvidarse ni dejarse de lado. Pero la misión le pide hacer algo difícil: descentrarse. No para renunciar a quién es, sino para renunciar a ser el centro.

La cultura del misionero es una luz, pero no es “La Luz” que debe iluminar al pueblo. Su luz, es solo un servicio, es compañía, es presencia.

La cultura del pueblo es la casa. La del misionero es la mochila.

San Daniel Comboni lo expresó con una frase que se convierte en un programa espiritual: «Se han adueñado de mi corazón que vive solamente para ellos» (Escritos. 941).

Y sin ninguna duda podemos decir que esta frase no surge solo por el amor que siente por la gente, su “amado pueblo” por quien ha decidido dar su vida. Es reconocimiento. Es reverencia.

El misionero que ama a un pueblo descubre que su cultura es un tesoro que no necesita ser corregido, purificado o reemplazado. Solo necesita ser recibido, comprendido y hecho fructífero por el Evangelio.

Transparencia misionera

La cultura es el idioma con el que la gente habla con Dios. Cambiarla es silenciarle.

Cuando el misionero no es consciente de la fuerza de su propia cultura, puede acabar creando una especie de “híbrido” que no pertenece a nadie: ni al pueblo, ni a sí mismo.

Esto ocurre cuando organiza la comunidad según esquemas culturales personales, introduce la estética litúrgica de otros, prioriza valores que no son universales, interpreta la fe desde su propia sensibilidad cultural.

Sin querer, el misionero puede confundir identidades y generar dependencia. Puede construir una comunidad que no sea realmente del pueblo, sino una proyección inconsciente de su propia historia.

San Daniel Comboni lo vio claramente: la misión no es colonización espiritual.

El misionero maduro no quiere “crear” una nueva cultura cristiana. Quiere que la fe eche raíces en la cultura que ya existe. El misionero maduro debe saber que está presente en un pueblo: porque, como dije antes, no es el arquitecto: es el jardinero; no es quien construye: es quien cuida; No es quien modela: sino quien acompaña; No reemplaza ni opaca: es quien está llamado a iluminar. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

Cuando el misionero actúa de esta manera, la cultura del pueblo florece con su propia forma, su propio color y su propia dignidad.

Por tanto, la misión alcanza su plenitud cuando el misionero puede decir: «Lo que nace aquí no es mío.» Y al mismo tiempo, la gente puede decir: «Esto es nuestro, aunque el misionero nos haya ayudado.»

Esto es transparencia misionera: ser necesario sin ser el protagonista, estar presente sin ser central, ser una semilla sin ser un árbol.

Por lo tanto, debemos saber que la cultura no es un campo de evangelización. Es un campo donde Dios ya ha sembrado. El misionero no lleva a Dios a la gente. El misionero descubre a Dios en el pueblo. Entonces, la misión se convierte en un acto de profunda humildad: honrar lo que es el pueblo, porque ahí es donde el Evangelio quiere hacerse carne. «Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Fui enviado

Sí, han tenido que pasar 26 años, para poder entender esto, y harán falta unos años más para poder comprenderlo completamente. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día en que me enviaron el documento con mi primera destinación misionera, el famoso “destinatus est”. Y, recuerdo también al consejero general a quien le dije «que prefería otro lugar y no el que habían pensado para mí» —(Sé que vas a leer este artículo)— y «Me dijiste: Mira, Miguel, lo pensaremos y te llamaré.»

Sigo aún esperando la llamada, pero, aunque es cierto que no me llamó, lo que sí hizo fue enviarme un libro que había escrito sobre el país donde yo sería enviado para mi primera experiencia de misión.

Hoy doy gracias a Dios, por el hecho que no fui a donde quería ir, la realidad es que fui enviado. No elegí el puesto de la misión; fue un regalo precioso de Dios, en mi vida misionera y solo puedo decir: Gracias, Papá y Mamá, Juan, Jorge y Rosita, y a todos los que han hecho posibles estos 26 años de servicio a la misión.

comboni.org

Septiembre: Tiempo de oración por la Creación

Los 10 mandamientos del cristiano amigo de la Creación
y un gesto misionero asociado a cada uno

1.º — Amarás la Creación como un don de Dios
No considerarás la naturaleza como algo que te pertenece, sino como un regalo que has recibido y que tienes la responsabilidad de entregar a las próximas generaciones.
Gesto misionero: Elegiré un lugar de la naturaleza —un árbol, un jardín, un río, una playa— y me detendré unos minutos ante él. Lo observaré, daré gracias a Dios y me comprometeré a cuidar este pedacito de la Casa Común.

2.º — No malgastarás
Agua, alimentos, energía, ropa, papel, tiempo… El despilfarro parece insignificante, pero multiplicado por millones de personas se convierte en una enorme herida en la Tierra. Antes de tirar algo, te preguntarás: «¿De verdad no lo necesito? ¿No conozco a nadie que lo necesite?». El despilfarro es una forma silenciosa de injusticia.
Gesto misionero: No tiraré comida que aún se pueda aprovechar. La guardaré, la congelaré, reinventaré una comida o la compartiré con alguien.

3.º — No convertirás el consumo en un dios
No comprarás solo porque puedas comprar. Aprenderás a distinguir entre lo que necesitas y lo que simplemente deseas. La felicidad no cabe en un carrito de la compra.
Gesto misionero: Antes de comprar algo, esperaré 24 horas y me preguntaré: «¿De verdad necesito esto?». Si la respuesta es no, no lo compraré. Guardaré ese dinero para algo verdaderamente necesario o para ayudar a alguien.

4.º — Respetarás el agua
No dejarás que el grifo gotee inútilmente, no malgastarás el agua como si fuera inagotable y defenderás los ríos, los arroyos, los acuíferos y los océanos. El agua es vida. No puedes comportarte como si fuera infinita.
Gesto misionero: Cerraré el grifo mientras me lavo los dientes y reduciré el tiempo de la ducha. Y calcularé cuánta agua he conseguido ahorrar en todas las actividades a lo largo del día.

5.º — No convertirás la Tierra en tu cubo de basura
Reducirás, reutilizarás, repararás y reciclarás. Y recordarás que la mejor basura es aquella que nunca se ha producido. Serás consciente de que el planeta no puede seguir recibiendo todo lo que decides tirar, y de que reducir es mejor que reciclar.
Gesto misionero: Optaré por productos no desechables en todas las tareas domésticas. Evitaré las bolsas innecesarias. Rechazaré los envases que no necesite.

6.º — Protegerás a los animales y a las plantas
No considerarás inútil a una abeja, una golondrina, un árbol o una pequeña flor. Cada criatura tiene su lugar en la obra de Dios y en la maravillosa red de la vida.
Gesto misionero: Plantaré una flor, una hierba aromática u otra especie adecuada para mi espacio que pueda alimentar o dar cobijo a los insectos. Si no dispongo de espacio, patrocinaré una zona verde.

7.º — Cuidarás del clima también con tus pies
Siempre que puedas, irás a pie, en bicicleta o en transporte público y reducirás aquello que contribuye innecesariamente al calentamiento del planeta.
Gesto misionero: Elegiré al menos un día de esta semana para realizar a pie, en bicicleta o en transporte público un trayecto que normalmente haría en coche.

8.º — No serás indiferente
Cuando veas un bosque destruido, un río contaminado, una playa llena de basura o una especie amenazada, no dirás simplemente: «Alguien debería hacer algo». Tú eres «alguien». Cuando la Creación está amenazada, todos estamos llamados a actuar.
Gesto misionero: Elegiré un problema medioambiental de mi tierra —basura, desperdicio de agua, árboles amenazados, contaminación, abandono de espacios verdes— y me informaré sobre él. Después, hablaré de ello con al menos una persona y aportaré mi granito de arena lo mejor que pueda.

9.º — No utilizarás la naturaleza solo para tu propio placer
Cuando vayas a la playa, a la montaña o al campo, recuerda: estás visitando una casa que no es tuya. Solo dejarás huellas a tu paso, y te llevarás contigo fotografías, recuerdos y gratitud.
Gesto misionero: En mis paseos, daré las gracias a los trabajadores que mantienen limpios estos espacios; recogeré los residuos que encuentre por el camino (no hace falta esperar a una gran campaña para hacer una pequeña limpieza); y llamaré la atención a quien esté contaminando o ensuciando.

10.º — Convertirás la oración en acción
Rezarás por la Creación, sí. Pero la oración no puede terminar cuando dices «Amén». Te levantarás y harás algo por ella. Porque no basta con pedirle a Dios que cuide de nuestra Casa Común si nosotros mismos nos negamos a cuidarla.
Gesto misionero: Rezaré cada día una breve oración por la Casa Común. Y, justo después, realizaré un gesto concreto de cuidado por la naturaleza. Una oración. Un gesto. Todos los días.

Y un 11.º mandamiento… — No dirás: «Es solo una cosita».

Un grifo cerrado.
Una comida que no se desperdicia.
Una botella reutilizada.
Un árbol plantado.
Un trayecto hecho a pie.
Un trozo de basura recogido de la playa.
Un niño al que se le enseña a amar una flor.
Parecen cosas pequeñas.
Pero es de las cosas pequeñas de las que Dios hace surgir grandes cambios.
La conversión ecológica no empieza en el planeta.
Empieza en mí.

Y quizá la pregunta más importante de este mes sea esta:
«¿Qué cambio en mi vida surgirá de mi oración por la Creación?»

Texto de Fernando Ferreira, periodista

Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de oración por el cuidado de la Creación

MENSAJE DE SU SANTIDAD
PAPA LEÓN XIV
PARA LA XI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN 2026
1 de septiembre de 2026

«Con sus espadas forjarán arados
y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4)

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestro Señor Jesucristo vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Este regalo de vida yace justo en el corazón de nuestra misión como discípulos y de nuestro llamado común a construir una civilización del amor. Como podemos observar, en esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se nos invita una vez más a contemplar el don de la vida y a apreciar la tierra que la sustenta, ya que son modos tangibles de alabar a nuestro Creador.

Actualmente, estamos siendo testigos de múltiples crisis y de un gran sufrimiento humano. Al mismo tiempo, pareciera que la alteración del equilibrio armónico de la creación se está acelerando. Estos fenómenos no están disociados; son una única apelación por la sanación y la paz que brota de un mundo herido.

El Dios de la vida, revelado en Jesucristo, ofrece una paz que el mundo no puede dar: «La paz les dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27). Esta paz no es ni superficial ni perecedera, mana desde el perpetuo amor de Cristo y de su interés por cada persona humana.

Sin embargo, esta promesa de paz contrasta notablemente con las realidades que vemos en muchas partes del mundo. El profeta Isaías habló de una época en la que las naciones «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4), transformando lo que destruye la vida en aquello que la sostiene. Pero hoy, frecuentemente somos testigos de lo contrario, mientras los esfuerzos se siguen centrando en la violencia y la guerra.

La guerra deja heridas que se extienden mucho más allá del campo de batalla. Cobra vidas, desintegra a las familias y fuerza a millones de personas a abandonar sus hogares, aumentando el miedo, la injusticia y la división (cf. Gaudium et spes, 77-82). La guerra además deja una destrucción social y ecológica que perdura por generaciones. Más aún, la interacción entre conflictos armados y degradación ambiental a menudo crea círculos viciosos que destruyen ecosistemas, contaminan recursos esenciales, como el aire y el agua, y merman la seguridad de los alimentos. Esto genera pobreza, desigualdad y nuevos conflictos sociales que pueden contribuir al resurgimiento de conflictos futuros.

Aparte de esto, la guerra crea lesiones que perjudican todo el entramado de la vida, dañando no sólo a individuos y comunidades, sino a su amplia red de relaciones con la entera familia humana, así como su armonía con la creación. Esto pone de manifiesto un fracaso más profundo cuando se trata de vivir a imagen y semejanza de Dios, de respetar la vida y de cuidar la tierra que se nos ha confiado. No es sólo un fracaso político, sino también moral y espiritual. La guerra, arraigada en deseos distorsionados y en el mal uso de la libertad y el poder humanos, constituye un antitestimonio del Evangelio de la paz.

Las crisis mencionadas anteriormente no sólo exigen responsabilidad sino también una conversión del corazón que rinda frutos en una fidelidad más profunda a Dios, en el amor mutuo y en el respeto por el don de la creación. De hecho, las discordias que presenciamos en el mundo, como la violencia, la injusticia y el daño ecológico, no resultan simplemente de estructuras o sistemas imperfectos; son el “síntoma de una profunda dicotomía arraigada en la misma humanidad (Gaudium et spes, 10). En efecto, el corazón humano resulta ser el lugar donde se llevan a cabo las más duras batallas y donde se revela nuestra condición caída. No es sólo la sede de las emociones, sino el centro de la persona –donde convergen la razón, los deseos, la voluntad, y la conciencia–. Es aquí donde luchamos con nuestros deseos contradictorios entre el amor y la indiferencia, la verdad y la ilusión, la justicia y la injusticia (St 1,14-15). Los daños de la guerra y el deterioro de la tierra están entonces profundamente vinculados con la condición del corazón humano. Los conflictos que atormentan a la humanidad, de diversos modos, son la expresión exterior de la discordia y división interiores. Cuando el corazón está distorsionado, las relaciones sufren y las estructuras que construimos comienzan a reflejar ese desorden.

El Papa Benedicto XVI nos recordó que «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores» (Homilía en el Solemne Inicio del Ministerio Petrino, 24 abril 2005). Esto nos llama a reconocer que lo que está arruinado en nuestro entorno, de alguna manera también lo está dentro de nosotros. Para construir una sociedad pacífica, debemos entonces no sólo reformar estructuras, sino renovar nuestros corazones. Las causas subyacentes del conflicto y la explotación de la creación provienen de una crisis ética y cultural, así como de una pérdida del sentido de los límites, del deseo de dominación, de la búsqueda del beneficio inmediato y de la incapacidad de reconocer la dignidad dada por Dios a cada persona humana.

El adagio profético «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4) no es entonces sólo una visión que atañe a las naciones, sino una llamada a cada persona. Nos invita a transformar la herida en vida. Sin embargo, esta transformación no puede ser llevada a cabo por medio de un simple cambio externo, sino que requiere, a través de nuestra cooperación con la gracia de Dios, de una conversión personal y colectiva más profunda –un regreso a Dios, que reordene nuestros deseos, sane nuestras heridas y nos ayude a crecer en la virtud–.

Con la ausencia de esta transformación interior, la paz permanecerá frágil y será efímera. Pero donde los corazones se renuevan, comienzan a abrirse nuevas posibilidades. Lo que ha sido utilizado para la destrucción puede ser redirigido hacia la vida: al cuidado de los pobres, al sustento alimentario de los hambrientos y al cuidado de la creación. Este es el camino de la auténtica conversión ecológica, donde los efectos de nuestro encuentro con Jesucristo se hacen evidentes en nuestra relación con el mundo que nos rodea (cf. Francisco, Laudato siʼ, 217). La paz entonces comienza en nuestro corazón y se proyecta hacia nuestras relaciones, nuestras comunidades y al mundo en su conjunto.

A pesar de que los desafíos que tenemos por delante son enormes, Dios no nos deja sin los medios para sanar y transformar. En vez de las armas bélicas, el Dios de la paz nos colma de fuerza para sanar, para reconciliar y construir una civilización del amor. En este sentido, estamos llamados al cuidado de los múltiples “ecosistemas” que nos han sido confiados: los ecosistemas de la creación, de las relaciones humanas y los del propio corazón humano.

Imaginémonos un mundo en el que los esfuerzos que actualmente se invierten en la guerra fueran dirigidos al desarrollo humano integral, al combate de la pobreza, a la protección de la dignidad humana y a la reconciliación de la gente que está dividida. Un panorama así refleja la fe en la venida del Reino de Dios.

Los auténticos instrumentos para la construcción de la paz no son las armas destructivas, al contrario, lo son la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor. Estos instrumentos brotan de los corazones formados por el Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios. Sólo estas cualidades poseen el poder de transformar individuos, renovar comunidades y sanar las heridas de nuestro mundo.

Queridos hermanos y hermanas, es claro el camino que tenemos por delante, aunque no sea fácil. Estamos llamados a dejar que nuestros corazones sean renovados, de tal manera que favorezcamos la paz y el cuidado de la creación. La Sagrada Escritura nos dice que vigilemos nuestro corazón, porque todo lo que hacemos brota de él (cf. Pr 4,23).

Si asumimos esta tarea con humildad y fe, nos volveremos colaboradores en la obra renovadora de Dios. Avanzaremos despacio pero firmes, desde el desierto hacia el jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz.

Que el Señor nos conceda la valentía para recorrer esta senda, para que en nuestro tiempo, con las espadas realmente se forjen arados, que la promesa del Evangelio se arraigue en nuestro mundo y que la paz de Cristo reine sobre toda la creación.

Vaticano, 15 de agosto de 2026, Asunción de la Santísima Virgen María.

LEÓN PP. XIV

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