Obispos combonianos: «Es del corazón de donde nace la misión»

Dieciséis de los 23 obispos combonianos al servicio de las Iglesias locales en África y América Latina se reunieron en Roma, del 16 al 21 de septiembre, para un encuentro de formación y compartir, dejando también un mensaje a la Familia Comboniana en este tiempo de reconfiguración.
MENSAJE DE LOS OBISPOS COMBONIANOS
A LA FAMILIA COMBONIANA

«Al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas» Mt 9,36

Queridos hermanos y hermanas,

nosotros, los obispos combonianos, nos reunimos en la Casa General de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús para un momento de formación permanente y diálogo. Con esta carta queremos, ante todo, expresar nuestra profunda gratitud por esta oportunidad de encuentro y por la acogida en la Casa General. Estar aquí, en la casa que custodia la memoria y el camino del Instituto, nos permite compartir no solo un momento institucional, sino sobre todo una fraternidad comboniana que nace de la misma llamada misionera.

Queremos dar gracias por el don de la vocación misionera en nuestros Institutos, por el servicio que tantos hermanos y hermanas ofrecen a la Iglesia en los diferentes continentes y, sobre todo, por el testimonio de tantos misioneros y misioneras que, a menudo en silencio y en situaciones difíciles, continúan viviendo con fidelidad el carisma de Comboni, participando en la misión de Cristo allí donde la Iglesia está llamada a hacerse presencia, escucha, reconciliación y esperanza.

Quisiéramos compartir con vosotros una palabra que nos parece particularmente importante para este momento de nuestros Institutos y de la misión: el corazón. El papa Francisco, en Dilexit nos, nos invitó a volver al corazón. No como refugio intimista, sino como el lugar en el que la persona recupera su unidad, reconoce lo que verdaderamente importa y se abre al encuentro con Dios y con los demás. El papa León, con Dilexi te, ha profundizado este tema hablando de la necesidad del amor hacia los pobres. El mundo necesita hoy, como siempre, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar (DT 120). El amor a los pobres es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios (DT 103).

Es del corazón de donde nace la misión. Y quizá precisamente aquí se encuentra uno de los desafíos más profundos que hoy tenemos ante nosotros: renovar la misión significa, ante todo, dejarnos renovar el corazón. En un tiempo de cambios epocales, también nuestros Institutos están atravesando profundas transformaciones y sienten la necesidad de repensar las estructuras y las modalidades de acción. La misión nos pide decisiones valientes. Pero toda reorganización adquiere su verdadero significado cuando nace de la escucha de la llamada de Dios y permanece orientada al bien de la misión, sin perder nunca de vista el bien de cada persona.

Por eso no debemos preguntarnos simplemente: ¿cómo podemos seguir haciendo lo que siempre hemos hecho con menos personas y menos recursos? La pregunta más profunda es: ¿qué está pidiendo hoy el Espíritu Santo al carisma comboniano? ¿Qué nueva forma de misión? ¿Qué comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia? ¿Qué estructuras están realmente al servicio del Evangelio y cuáles, en cambio, corren el riesgo de convertirse en fines en sí mismas? La reorganización de nuestros Institutos es, pues, un camino necesario que debemos afrontar sin miedo y que también puede convertirse en una gracia: la oportunidad de volver a lo esencial y permitir que el carisma recibido de Comboni encuentre nuevas formas, adecuadas a las realidades en las que hoy estamos llamados a vivir. Deseamos que este camino se realice en un estilo de sinodalidad, mediante una relación renovada entre las Iglesias locales y los Institutos de vida consagrada, entre presbíteros y laicos, mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

La misión es participación en la misión de Cristo. Y una Iglesia misionera es una Iglesia que no vive para sí misma, sino para los demás. Por eso necesitamos una comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia. No podemos anunciar la reconciliación si nuestras comunidades no se convierten en lugares de reconciliación. No podemos hablar de paz si no aprendemos a custodiar la paz en nuestras relaciones. No podemos anunciar la fraternidad a un mundo dividido si nosotros mismos no nos convertimos en hermanos capaces de escucharnos, perdonarnos y sostenernos mutuamente.

Por eso quisiéramos también renovar juntos un llamamiento a la paz, al desarme y a la reconciliación. Vivimos en un mundo marcado por guerras, violencia, rearme, polarizaciones y miedo. En muchos de los lugares donde están presentes los misioneros, las poblaciones llevan en el cuerpo y en la memoria las heridas de los conflictos. Como Iglesia no podemos resignarnos a la lógica de la violencia. Y nosotros, los misioneros, estamos llamados a ser artesanos de paz. El desarme no se refiere únicamente a las decisiones políticas e internacionales: también interpela a la conversión del corazón y favorece una disposición no violenta y pacífica en las relaciones. Significa desarmar las manos, pero también las palabras, los juicios, los miedos y las desconfianzas. Una misión reconciliada puede convertirse en semilla de reconciliación.

Durante nuestro encuentro encontramos otra palabra que nos parece decisiva: el cuidado. El cuidado de nosotros mismos, del hermano, de las comunidades eclesiales a las que somos enviados, junto con el cuidado de nuestra casa común. El cuidado no es debilidad ni repliegue sobre nosotros mismos, sino atención amorosa a la vida. Somos conscientes de que el cuidado es parte esencial del ministerio del obispo; por eso pedimos al Señor la sabiduría y la delicadeza necesarias para ser padres acogedores y compañeros de camino de nuestras comunidades. La Iglesia también necesita misioneros que sepan cuidar su vida espiritual, su humanidad, su formación, la profundización de la espiritualidad comboniana, su salud, sus relaciones y su vocación. Un misionero que no se cuida a sí mismo corre el riesgo, con el tiempo, de perder la capacidad de cuidar a los demás. Necesitamos construir comunidades en las que cada uno pueda sentirse acogido, escuchado y acompañado. Necesitamos aprender nuevamente que el hermano no es un obstáculo para la misión: es parte de la misión misma. Y necesitamos cuidar la creación, porque en la belleza de la tierra podemos todavía reconocer algo de la belleza del amor de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, mirando el mundo con el corazón de Cristo, ya no vemos solamente problemas que resolver, sino personas a quienes amar, comunidades a las que acompañar en la fe, heridas que vendar y belleza que custodiar. Los tiempos que vivimos no son fáciles, pero si nuestro corazón permanece encendido por el amor de Cristo, entonces, aun en nuestra pobreza, seremos esperanza para el mundo. Pidamos, pues, al Señor que renueve en nosotros el corazón misionero de Comboni. Un corazón capaz de ver, de escuchar, de hacer causa común con quienes sufren y con quienes se alegran, compartiendo sus heridas y sus esperanzas.

Os aseguramos nuestra oración y os pedimos que también recéis por nosotros, para que juntos podamos servir al Pueblo de Dios con humildad y valentía.

Los obispos combonianos

comboni.org

Chad, la misión de las combonianas donde la diversidad es fraternidad

“Quiero una misión católica, universal”: las palabras de san Daniel Comboni se hacen realidad gracias al compromiso de la comunidad internacional de las Hermanas Misioneras Combonianas de Deressia, en el sur del Chad, que acompaña a la población entre educación, salud y formación de las jóvenes.

Por: Hna. Loreta Beccia, SMC
vaticannews.va

Cinco hermanas combonianas: Olga Morales, Raffaella Pironti, Bakita Josephine, Amira William y Elisée Modiri. Tres continentes -América, Europa y África- y cinco países de origen: Guatemala, Italia, Sudán del Sur, Egipto y República Democrática del Congo. Esta es la riqueza de la comunidad de Deressia, en la diócesis de Laï en Chad, una zona que durante la temporada de lluvias solo se puede alcanzar con un carro tirado por bueyes o caballos.

Aquí se realiza el sueño del fundador: una congregación verdaderamente universal, capaz de poner en el centro la misión y el amor por los más pobres y abandonados. San Daniel Comboni decía: “La Obra debe ser católica (universal), no ya española o francesa o alemana o italiana”.

Una presencia nacida de una llamada

La comunidad de Deressia se abrió en 2003, tras la invitación del entonces obispo de la diócesis, monseñor Miguel Sebastián, MCCJ, que con valentía pedía a las Combonianas ser presencia de esperanza en una tierra que el Papa Francisco definiría como “periferia existencial” en la periferia del mundo.

Deressia era, de hecho, la parroquia más grande de la diócesis, con sus 5000 km²: durante seis meses al año, a causa de las inundaciones, permanecía -y sigue estando- completamente aislada. En ese momento se hablaban nueve idiomas diferentes. Hoy en día, esta realidad se ha dividido en varios vicariatos y parroquias.

 Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia - Chad, por Loreta Beccia, SMC
Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia – Chad. Foto: Loreta Beccia, SMC

Entre catequesis, escuela y cuidado de los más frágiles

Las actividades de las hermanas se desarrollan en diferentes ámbitos pastorales y sociales. En el ámbito escolar trabajan a tiempo completo la Hna. Amira y la Hna. Olga, que testimonian la alegría de acompañar a los estudiantes, en particular a las chicas, en su camino de crecimiento. La escuela cuenta con unos 400 alumnos, divididos en 8 clases, desde preescolar hasta sexto de primaria. Siete maestros y una maestra acompañan a las monjas en este delicado servicio educativo.

Sor Olga, con una experiencia previa de 12 años en la República Centroafricana en el trabajo educativo con los pigmeos, se emociona al contar los esfuerzos realizados para crear espacios de convivencia fraterna entre diferentes grupos étnicos y religiosos:

“Hoy, después de 5 años, puedo decir que los alumnos comienzan a reconocerse como hermanos y hermanas, con un único Padre en el cielo”.

Recuerda también cuando una mañana, durante el recreo, una alumna musulmana fue golpeada en la cabeza por una semilla de “domo” -del tamaño de una pelota de tenis- lanzada por un alumno cristiano. Después de medicar a la niña, la monja le preguntó qué pensaba de lo sucedido. La respuesta fue sorprendente:

“Hermana, él también es mi hermano. Todos formamos una sola familia. Fue un accidente, yo estoy bien”.

La Palabra de Dios, compañera de camino

Sor Raffaella es enfermera y responsable del centro de salud “Stella del Mattino”, nacido como una pequeña estructura y hoy reconocido también a nivel gubernamental, punto de referencia para toda la población. Junto con la Hna. Bakita se dedica sobre todo a los niños más vulnerables.

Cuenta que, durante la temporada de lluvias, al regresar de una visita a pueblos lejanos después de un viaje difícil y peligroso, se preguntó si todo esto realmente tenía sentido. Encontró la respuesta durante la Eucaristía: “Yo estaba enfermo y vosotros vinisteis hasta mí”. La Palabra de Dios testimonia, da paz y fuerza para afrontar cualquier dificultad, en el servicio a Dios y en el amor al pueblo.

 Chicas del Foyer, por Loreta Beccia, SMC
Chicas del Foyer. Foto: Loreta Beccia, SMC

El vestíbulo: una casa para crecer juntos

Entre las iniciativas más significativas se encuentra el “Foyer Bethlemme”, un espacio dedicado especialmente a las chicas de los pueblos más lejanos.

Sor Elisée es la responsable directa, pero, en realidad, es toda la comunidad la que acompaña a una quincena de jóvenes en un camino de formación integral, humana y espiritual. En un contexto en el que las mujeres a menudo son marginadas, el vestíbulo se convierte en un lugar de redención y fraternidad, una oportunidad concreta para el renacimiento.

Aquí cobra vida lo que Don Tonino Bello definía como “convivialidad de las diferencias”: cada monja, con su propio estilo y sus propias experiencias, contribuye a crear un ambiente en el que las diversidades se convierten en riqueza compartida y se aprende a vivir juntas con alegría.

Esta experiencia recuerda que la misión nace del encuentro: es en el reconocimiento del otro como don que se construye una fraternidad capaz de transformar el mundo.

Los Combonianos regresan a Jartum: «Valor para hoy y esperanza obstinada para el futuro»

Seis  combonianos han regresado a Jartum, Sudán, devolviendo la vida pastoral y la educación a una ciudad todavía marcada por la guerra. Tres de ellos están reorganizando la parroquia de Masalma, en Omdurmán, mientras que los otros tres se dedican a reparar el Comboni College Khartoum y a inscribir alumnos para la reapertura de la escuela en octubre. Todos ellos están inspirados por el valor y la obstinada determinación de Daniel Comboni.

Por: P. Roy Carlos Zúñiga Paredes, mccj
Desde Jartum, Sudán

Mientras me siento a escribir, escucho al cercano muecín llamando a los fieles a la oración del mediodía. Esto me recuerda que vivo en un ambiente musulmán, pero también que nosotros, los cristianos –y los combonianos–, todavía tenemos una misión que cumplir en Sudán: queremos seguir siendo un signo de esperanza obstinada, al estilo más característico de nuestro querido fundador, san Daniel Comboni.

Es una esperanza que brilla como un rayo de luz en medio de las tinieblas que aún rodean nuestro recinto del Comboni College Khartoum (CCK). La mayoría de los edificios vecinos siguen en pie, pero permanecen como testigos silenciosos de todo el caos y la destrucción que esta insensata guerra civil ha traído a esta tierra.

Una ciudad que vuelve lentamente a la vida

Por la noche, mientras doy un breve paseo por el patio de la escuela secundaria, a menudo me pregunto: ¿qué garantía tenemos de que la violencia no volverá a desatarse sobre la capital sudanesa?

¿La respuesta? Confiamos en que Dios, en su infinita misericordia, no permita que semejante mal vuelva a suceder.

Mientras Jartum intenta recuperar durante el día parte de la vida que tenía antes, Omdurmán, al otro lado del puente sobre el río Nilo, rebosa de actividad tanto de día como de noche. Son señales claras de una nación que lucha por volver a ponerse en pie y que anhela la paz.

Personalmente, sigo comprometido con el ideal de Comboni de «salvar África con África». Su memoria continúa impulsándonos, aunque de vez en cuando escuchamos el sonido de drones derribados por el ejército sudanés, el mismo ejército cuya presencia está haciendo posible nuevamente la vida aquí, en Jartum.

Mantener viva la llama de la fe

Actualmente somos seis misioneros combonianos en Jartum: tres en la ciudad y tres en la parroquia de Masalma, en Omdurmán. Nuestra tarea es mantener viva y activa en Sudán la esperanza obstinada de los Combonianos. Esto exige valor de todos nosotros, y me siento honrado de formar parte del grupo de misioneros a quienes se ha confiado la misión de mantener viva aquí la llama de la fe.

Cada domingo vamos a celebrar la Misa en diferentes iglesias y capillas. Somos solamente cuatro sacerdotes combonianos, junto con dos o tres sacerdotes diocesanos, tratando de responder a las necesidades espirituales de todos los católicos de Jartum y Omdurmán. Los fieles nos reciben con alegría y alivio cada vez que venimos a celebrar con ellos la Eucaristía. Se sienten felices de ver a sus pastores compartiendo sus luchas y dificultades.

Un nuevo comienzo para Comboni College

En este momento, mi rutina diaria está centrada en la inscripción de niños y niñas para las clases de primaria y secundaria básica del CCK. Los padres acuden a nosotros porque desean una educación de calidad para sus hijos. El nuevo año escolar está previsto que comience a principios de octubre.

Ya hemos inscrito a más de cien alumnos y todavía tenemos todo el mes de septiembre para continuar con este trabajo. Nadie sabe cuántos más vendrán. Probablemente no podremos responder a toda la demanda, porque actualmente nuestra escuela es la única escuela católica disponible.

Las otras escuelas sufrieron graves daños y las demás congregaciones solo están considerando regresar cuando tengan la certeza de que hay paz y estabilidad. Por el momento, nadie puede saber cuándo será posible.

Y, sin embargo, ver llegar cada día a los más pequeños para las entrevistas y contemplar cómo los espacios de la escuela vuelven poco a poco a llenarse de vida me llena de gratitud. Alabo y doy gracias a Dios, que nos permite una vez más seguir el sueño de san Daniel Comboni en su querida Jartum.

comboni.org

“Feliz con mi servicio misionero”

Por: Padre Tamirat Tegegn Tanga, mccj

El padre Tamirat Tegegn Tanga, misionero comboniano del sur de Etiopía, estudió la teología en Perú. Después de su servicio misionero en el país andino, regresó a su patria para hacer los votos perpetuos y recibir la ordenación sacerdotal. Recién ordenado regresó a Perú para iniciar una nueva página de su vida misionera.

Fui ordenado sacerdote el 28 de octubre de 2023 en mi parroquia natal San Miguel de Hembecho, en el Vicariato de Sodo, en el sur de Etiopía. Regresé a Perú en un plazo de tres días para evitar perder mi permiso de residencia. Llegué a Perú el 2 de noviembre a medianoche, hora local. El provincial me asignó a la parroquia Santa Cruz de Baños.

Baños es uno de los siete distritos dentro de la provincia de Lauricocha, en el departamento de Huánuco. Se alza a más de tres mil 400 metros de altitud, en la región de Quechua. Geográficamente, abarca una superficie de 82,66 kilómetros cuadrados. Su relieve es accidentado, famoso por sus manantiales y pozas de aguas termo-medicinales. Este distrito está rodeado por diferentes montañas de los Andes, las cordilleras de los incas.

Desde mi llegada, se me encomendó la responsabilidad de ser administrador de la parroquia, y animador vocacional. Aunque fui asignado como vicario, ejercía como párroco, ya que no había ningún otro padre en ese momento.

Gracias a Dios, solía escuchar los consejos del padre comboniano Lino Eccher, vicario parroquial de las tres comunidades que confinan con mi parroquia. Me ayudó mucho al comienzo de mi ministerio sacerdotal, porque él lleva 22 años en la misma parroquia.

Luego, me adentré profundamente en mi ministerio sacerdotal y realmente me ayudó mucho conocer poco a poco la cultura, la tradición, la forma de comer y celebrar las fiestas del pueblo, y en general, las costumbres y normas.

No soy yo quien les predica el Evangelio, sino que ellos también me enseñan mucho con su forma de vestir, la manera de recibir a los visitantes, la caridad con los recién llegados. Fue un buen momento para conocer a la gente en profundidad.

Después de servir en Baños durante un año y un mes, mis superiores me pidieron que fuera a otra parroquia en el mismo departamento: San Pedro de Huánuco. Acepté. Esta nueva parroquia es muy buena para mí porque tiene un clima más moderado; no sufrí tanto como en la de Baños.

En San Pedro de Huánuco, somos cinco padres combonianos y me corresponde atender a las personas que están en el campamento, aunque a veces el padre Sergio Agustoni ayuda cuando es necesario.

En esta parroquia, a veces me quedo a dormir en casa de algunas personas. Donde tenemos una capilla con espacio para descansar me quedo allá. Pero la mayor parte del tiempo, atiendo a las personas y regreso a la comunidad comboniana.

Desde que llegué a esta nueva parroquia, estoy feliz con mi servicio misionero que Dios me ha encomendado, y que yo voy aprendiendo.

¡Gracias!

comboni.org

Una mujer del desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Llegó agitada y cansada. Esta mujer beduina tiene más de sesenta años y había corrido kilómetros para regresar a su aldea, con miedo de encontrarse con los colonos que merodean por la aldea donde vive desde hace más de cuarenta años.

Había salido a comprar medicinas para su marido enfermo. Ella misma padece diabetes y comienza a perder la vista. Durante semanas lo acompañó en el hospital y, mientras él se recuperaba, ella bordaba y hacía camellos de lana. Ahora, después de una operación que hizo temer incluso por su vida, él empieza a recuperar las fuerzas. Ella sonríe. Está cansada, pero contenta.

Su cuerpo, sin embargo, lleva muchas otras historias: hijos sin trabajo, una casa familiar demolida, enfermedades, pérdidas, un embarazo de alto riesgo de la nuera, nietos que se casan, con riesgo al ir a la escuela, y responsabilidades económicas que se acumulan sobre una familia que conoce demasiado bien la fragilidad de la vida.

Y, sin embargo, hay en ella una fuerza serena.

Se casó muy joven. Durante casi cincuenta años ha compartido la vida con el jefe de la aldea. Juntos han atravesado enfermedades, pérdidas y dificultades que podrían haberlos separado. Y siguen allí, cuidándose y sosteniéndose mutuamente.

Su casa ha sido durante años un lugar de encuentro. Allí recibían peregrinos, sobretodo italianos, asi como grupos de judíos mesiánicos y visitantes de muchos lugares. Ella preparaba la comida, servía el café y acogía. Su marido la quería a su lado y le reconocía públicamente un lugar de respeto y dignidad.

Hoy llegan menos visitantes, pero permanece algo más profundo: una casa que fue puente entre mundos diferentes.
Cada vez que llegamos, salen a nuestro encuentro con una sonrisa: “Bienvenidas”. Nos ofrecen café y, con una sencillez que conmueve, nos dicen: “Esta es su casa”. Es la familia que más visitamos y, con el paso de los años, también nosotros hemos llegado a sentir su casa como nuestra: un lugar donde siempre somos esperadas, acogidas y recibidas como parte de la familia.
En ella reconocemos a tantas mujeres beduinas: fuertes sin perder la ternura, heridas sin perder la dignidad, mujeres que sostienen a sus familias, defienden su tierra y preservan su identidad bordando en medio de la dificultad.

Ella es una de ellas: agotada, enferma, valiente y acogedora. Una mujer del desierto que, en medio de tantas adversidades, sigue de pie.

Entre la distracción y la abstracción

Texto y foto: P. Juan G. Núñez, mccj
Desde Shafina, Etiopía

Hoy me he dejado alimentar por los recuerdos en la misión de Shafina, mientras asistía a la ordenación sacerdotal de Daniel Dawit, nacido en esta parroquia. Más que distraído, casi diría que estuve abstraído, dejando que mi mente reconstruyera episodios relacionados con esta misión, con el Vicariato de Awasa y con mis 50 años en Etiopía. 

Shafina es anterior a mi llegada. Se remonta casi a los comienzos del Vicariato, en diciembre de 1964. «Comienzos» no es una palabra dicha al azar. Awasa comenzó con dos padres combonianos a quienes se les había confiado un territorio con ocho millones de habitantes y ningún católico. Luego, de prisa, cada año nuevos misioneros y nuevas misiones. Shafina fue la cuarta, abierta en 1968. Estaba situada en un lugar frondoso y fértil, donde crecía el café y todo lo que plantaras de frutas y hortalizas, sin mucho frío ni mucho calor. Casi el paraíso terrenal.

Mi primera visita fue en 1977 por motivos más bien sentimentales. Había hecho el curso de amárico junto a un comboniano que llegó a Etiopía al mismo tiempo que yo. Al terminar la formación, a él lo destinaron a Shafina y a mí a Dilla, dos misiones no muy lejanas. En 1977 vine a verlo para consolarnos mutuamente contándonos nuestras historias. Ambos hemos cumplido 50 años en Etiopía. Él acaba de ser destinado a Italia para ser superior de una comunidad nueva, mientras que yo sigo aquí.

Tras cinco años en Dilla, fui llamado a abrir el seminario mayor interdiocesano en Adís Abeba. Allí me llegaron, en su momento, tres candidatos de Shafina. Todos fueron ordenados sacerdotes, aunque dos de ellos lo dejaron al poco tiempo. Esto fue lo que pasó con bastantes de los que llegarían al sacerdocio a lo largo de estos años.

A Daniel lo he conocido recientemente y lo he seguido, aunque de lejos, en mi período de administrador apostólico del Vicariato. Pequeño y delgado, discreto, pero no apocado. Hoy está a los pies del altar ante el nuevo obispo de Awasa, que le impondrá las manos. Y todos los muchos sacerdotes que estamos concelebrando se las impondremos, implorando la fuerza del Espíritu sobre él, Espíritu que suplican también las más de 1 000 personas que abarrotan la nueva y espaciosa iglesia de Shafina. Dios le necesita para mantener viva esta iglesia de Awasa con sus 300 000 católicos.

Yo imploro y recuerdo. Comencé mi vida misionera aquí, en la misión de Dilla, durante cinco años. Luego me fui, aunque sin perder nunca el contacto con ella, hasta que, 40 años más tarde, cojo de oído y manco de vista, fui llamado para dirigirla, haciendo por cuatro años de obispo sin serlo. Y ahora aquí estoy de nuevo, prestando algún servicio en la medida de mis fuerzas. Mañana celebraré en la catedral las dos misas del domingo, cada una de más de dos horas. Parece tarea titánica, pero no lo es. Es cuestión de relajarse y disfrutar de lo que allí se realiza. La mayoría del tiempo lo ocupan los cantos, que son muy hermosos. Otra buena parte se la llevan los comentarios a las lecturas, algunos casi homilías. Lo mío es lo estrictamente reservado al sacerdote y una homilía que, siguiendo los consejos del papa Francisco, intento que sea breve y jugosa. Y hasta que Dios quiera.

Mundo Negro