38 años de presencia de los Misioneros Combonianos en Asia

Los Misioneros Combonianos están presentes en Asia desde 1988, centrándose inicialmente en la evangelización, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Responden así al llamado de la Iglesia a servir en Asia, el continente menos evangelizado del mundo. (En la foto, el padre Janito Joseph Aldrin Palacios)

P. Víctor Aguilar, mccj
comboni.org

En Filipinas y Vietnam, sus esfuerzos se centran en la animación misionera, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Mientras tanto, en Macao, su objetivo principal es la primera evangelización, llegando a quienes aún no han conocido la fe cristiana.

Los Misioneros Combonianos establecieron su presencia en Asia en 1988, con el propósito de llevar su servicio misionero, inspirado en el carisma de San Daniel Comboni, a este contexto cultural. Su misión partió de la realidad de que Asia alberga la mayor parte de la población mundial que aún no ha escuchado el Evangelio y que enfrenta importantes dificultades socioeconómicas. Además, con su rica diversidad de religiones del mundo, Asia ha presentado una valiosa oportunidad para fomentar el diálogo interreligioso.

La idea de establecer una presencia de los Misioneros Combonianos en Asia se consideró por primera vez y recibió un respaldo preliminar durante el Capítulo General de 1969, y se le dio mayor énfasis a esta iniciativa en los Capítulos Generales de 1975 y 1979. En el período previo al Capítulo General de 1985, los miembros de la Dirección General realizaron viajes, investigaciones y consultas exhaustivas.

Estos esfuerzos culminaron en la decisión definitiva del Capítulo de 1985 de iniciar la obra misionera en Asia. En ese momento, el Capítulo General dejó claro que el objetivo principal era, ante todo, la evangelización, al tiempo que reconocía la promoción de la misión y de la vocación como aspectos esenciales del carisma comboniano.

Para dar seguimiento a este compromiso, el Consejo General publicó dos documentos el 3 de diciembre de 1987, titulados «Apertura a Asia» y un «Decreto por el que se establece la primera comunidad comboniana en Asia», ubicada en Metro Manila, la capital de Filipinas. Este nuevo grupo se constituyó como «Representación del Superior General», operando directamente bajo su autoridad.

Primera comunidad

Inicialmente, el Consejo General nombró a cinco hermanos para formar la primera comunidad: cuatro sacerdotes y un hermano. Dos sacerdotes y el hermano llegaron a Manila el 4 de enero de 1988, y los dos sacerdotes restantes se unieron a ellos el 11 de julio de ese mismo año.

Para el 9 de septiembre de 1990, este grupo se había expandido en dos comunidades: el Centro Misionero Comboniano, enfocado en la promoción misionera y las publicaciones (con el primer número de la revista World Mission publicado en marzo de 1989) y que servía como residencia del representante del Superior General; y el Seminario Daniele Comboni, dedicado a la formación del postulantado y a la promoción vocacional.

Posteriormente, mediante decreto del Superior General y de su Consejo, con fecha del 9 de octubre de 1992 y con vigencia a partir del 1 de enero de 1999, los Misioneros Combonianos en Asia fueron reconocidos oficialmente como Delegación.

Esta nueva Delegación de Asia fue confiada a la intercesión de los mártires japoneses (incluido San Lorenzo Ruiz, filipino) y de San Daniel Comboni, quien, cuando era estudiante, se había inspirado en las historias de estos mártires. Un crecimiento adicional incluyó la apertura de una casa de noviciado el 9 de septiembre de 1993 en Calamba (diócesis de San Pablo, provincia de Laguna).

Presencia en China

La expansión de la misión en China comenzó el 8 de enero de 1991, con la llegada del primer comboniano a Hong Kong, y se formalizó con la creación de la comunidad de Hong Kong/Macao el 6 de enero de 1992, centrada en el aprendizaje del cantonés y en el compromiso con la primera evangelización entre la población china de Macao.

En 1997, tres misioneros fueron asignados a Taipéi para aprender mandarín. Tras sus estudios lingüísticos y su adaptación cultural, fundaron oficialmente la comunidad de Taipéi el 15 de marzo de 2002, con un enfoque inicial en la evangelización en la Iglesia Católica Ren Ai, en el centro de Taipéi.

Ese mismo año, la comunidad de Macao inició su labor misionera en Iao Hon, la zona norte del enclave, donde se consagró la nueva iglesia de San José Obrero el 1 de mayo de 1999. Además, el año 1999 marcó el inicio de Fen Xiang, una iniciativa de apertura hacia China continental.

Para mejorar los esfuerzos de promoción misionera en la parte sur de Metro Manila, el Centro Misionero Comboniano se trasladó en 2002 a una residencia de nueva construcción en Sucat, en la ciudad de Parañaque. La Residencia del Delegado también se trasladó allí tres años después.

El noviciado de Calamba sufrió varios traslados: se trasladó al Seminario Daniele Comboni en 2004 y luego a una residencia de nueva construcción que sustituyó a la antigua Casa de la Delegación en 2007.

Ese mismo año, se inauguró oficialmente una comunidad en Cebú para enfocarse en la promoción de la misión y la vocación en la región sur de Filipinas. Sin embargo, esta comunidad se suspendió después de tres años debido a la falta de personal y se cerró formalmente en 2011.

En 2010, el propio noviciado se suspendió temporalmente, y los novicios fueron enviados al Noviciado Continental en Sahuayo, México. El 10 de octubre de 2019, el noviciado reabrió sus puertas en su sede anterior, en la avenida Roosevelt, en la ciudad de Quezón.

En marzo de 2007, se creó en Macao una segunda comunidad, San Zhao Rong, dedicada a los esfuerzos de apertura hacia China continental. Finalmente, el 15 de marzo de 2016, las dos comunidades de Macao se fusionaron en una sola entidad, la Comunidad de San Zhao Rong.

En noviembre de 2010, la comunidad de Taipéi se trasladó al barrio obrero de Wugu, donde comenzó su servicio misionero en la parroquia de Santa Ana. El 23 de julio de 2014, amplió sus responsabilidades para incluir la parroquia de Huilong y su comunidad asociada de leprosos. Posteriormente, el 7 de mayo de 2022, un hermano comenzó a prestar servicio en la parroquia del Santísimo Redentor en el condado de Yilan.

Debido a la falta de personal y tras una consulta exhaustiva, el Consejo General decidió suspender temporalmente nuestra presencia en Taiwán. Esto se formalizó mediante un Decreto de Suspensión oficial, que entró en vigor el 8 de marzo de 2026.

Los Misioneros Combonianos iniciamos nuestra presencia en Vietnam en noviembre de 2012, con un hermano que estudiaba el idioma vietnamita.

La primera comunidad, compuesta por tres miembros, se estableció el 26 de julio de 2015 para acoger a los candidatos vietnamitas para el discernimiento vocacional, y los primeros llegaron al Seminario Daniele Comboni en junio de 2016.

El primer sacerdote misionero comboniano vietnamita, el P. Dang Khoa Nguyen Van Tien (Pedro), fue ordenado el 14 de marzo de 2026 en Manila, y el segundo vietnamita, el reverendo Dang Thanh Sang (Domingo), fue ordenado diácono el 27 de mayo de 2026 en la ciudad de Ho Chi Minh.

Pastoral

Para fortalecer aún más nuestro trabajo en Filipinas, en particular en la pastoral, la promoción vocacional y misionera, los Misioneros Combonianos fundaron la comunidad de San Francisco Javier en Bataan el 15 de marzo de 2022.

Esta nueva comunidad se creó para servir a la parroquia de San Daniel Comboni en Limay, dentro de la Diócesis de Balanga. La parroquia abarca todo el barangay de Duale y algunas partes de los barangays de Alangan, Reformista y San Francisco 1 y 2.

Tras un discernimiento adicional dentro de la Delegación, en consonancia con los planes futuros y con la aprobación del Consejo General, se ha asignado a dos jóvenes hermanos a Hong Kong. Su misión es aprender cantonés como preparación para una futura expansión de la Comunidad de San Zhao Rong desde Macao hacia Hong Kong, con el objetivo de servir a la Iglesia local.

Como Misioneros Combonianos, estamos comprometidos a volver a los valores fundamentales de nuestra misión (“retorno a lo esencial”), a reestructurar nuestra circunscripción y a fortalecer nuestras responsabilidades misioneras mediante la reorientación misionera de nuestros compromisos.

El retorno a lo esencial implica dar prioridad a un retorno profundo, espiritual y radical a nuestras raíces fundacionales, centradas en el Evangelio y en el carisma de nuestro fundador, San Daniel Comboni.

Este retorno a lo esencial también implica un cambio hacia la conversión personal, la transformación comunitaria y una renovada dedicación a los más pobres y abandonados, en lugar de centrarnos meramente en actividades, tareas administrativas o servicios.

En conclusión, los Misioneros Combonianos, unidos a la Iglesia universal, creen firmemente que Asia representa la principal frontera para la Iglesia en el tercer milenio.

El creciente número de vocaciones en el continente, junto con su inmensa y variada población, lo convierte en una región fundamental para la proclamación del Evangelio como lugar principal de evangelización inicial entre los no cristianos (según nuestro carisma) y para fomentar el diálogo interreligioso.

“Soy especial, soy única, gracias por ser como soy”

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc
Desde el desierto de Judea

La conocimos hace tres años. Una pequeña niña beduina en una aldea del desierto. Extremadamente tímida. Siempre apartada. Casi sin hablar. Parecía vivir detrás de un muro invisible.

Esta semana, durante el campamento de verano en su aldea, apenas podíamos creer lo que veíamos.

Hoy tiene seis años. Y es otra niña.

Creció junto a una hermanita apenas un año mayor, espontánea, segura y extrovertida.

Desde el primer día repetimos una y otra vez el mensaje del campamento: “Soy especial. Soy única. Gracias por ser como soy.”

Al ritmo del himno que acompañó estos días, la vimos sonreír, jugar, participar, hablar y acercarse. La niña que antes se escondía ahora corre a nuestro encuentro. Busca a los demás niños, comparte, colabora y regala abrazos llenos de confianza.

Esta transformación no nació en un instante. Es fruto de años de presencia, cercanía y cariño. Fruto de sentirse querida, aceptada y valorada. Fruto de un camino recorrido junto a ella, su madre y toda su familia.

Durante estos cuatro días vimos hacerse realidad cada uno de los temas del campamento.

El primer día: “Yo soy especial.” Y comenzó a creerlo.

El segundo día: “Puedo cambiar y hacer la diferencia.” Su propia historia fue el mejor ejemplo.

El tercer día: “No estoy sola, tengo muchos amigos.” Y allí estaba ella, rodeada de niños, disfrutando de una amistad que antes parecía imposible.

El cuarto día: “Quiero sembrar la paz.” Y eso es exactamente lo que está haciendo: sanando heridas, venciendo miedos, abriendo el corazón y tendiendo puentes.

Han sido cuatro días intensos en dos aldeas del desierto. Aprestados y ansiosos los niños por estar juntos, jugar. La mayoria de ellos no va a la escuela. La escuela mas cercana esta en Jerico, a kilometros de su aldea.
Llegaban tempranisimo, limpios, ansiosos, cargados de energia. Receptivos al aprendizaje, a los juegos y con corazones cargados de esperanza. Bajo el sol ardiente, suavizado este año por una brisa fresca que sentimos como un regalo de Dios.

Esta pequeña nos recuerda que el amor transforma. Que la cercanía sana.

Hoy sonríe cuando canta: “Soy especial.”

Y al verla, nosotros también lo creemos.

Aquí, en medio del desierto, en Tierra Santa, esta pequeña niña beduina, con esta extraordinaria capacidad de transformacion, ya está sembrando paz.

Vivir la fraternidad con el pueblo afro de Guayaquil

En 1980, los Misioneros Combonianos fundaron el Centro Cultural Afro de Guayaquil, una ciudad en la costa ecuatoriana del Pacífico. El de Guayaquil fue el primer Centro —en toda América Latina— dedicado exclusivamente al acompañamiento pastoral de los afrodescendientes, quienes hasta el día de hoy representan la parte más pobre y discriminada de la población del Ecuador. De hecho, el rechazo, la exclusión y la falta de oportunidades son la experiencia cotidiana de muchos negros que viven en esta ciudad.

Por: Hno. Alberto Degan, mccj
Desde Guayaquil, Ecuador

Con nuestro servicio misionero, queremos impulsar a las Instituciones y también a la Iglesia a valorar a la persona afrodescendiente y su cultura; al mismo tiempo, queremos que los afroecuatorianos crean en su propia belleza y en sus propios talentos.

Yo tuve la gracia de vivir mi vocación misionera en Guayaquil del 2002 al 2010 y del 2020 al 2024. Como Hermano comboniano me siento comprometido, sobre todo, con la Promoción Humana. Sin embargo, cuando hablamos de Promoción Humana, no nos referimos solo al desarrollo técnico-científico, porque un desarrollo técnico desvinculado de una espiritualidad de la fraternidad y de la justicia aumenta —en lugar de disminuir— la deshumanización. Lo vemos también hoy: los horrores de la guerra se centuplican con el desarrollo de tecnologías avanzadas.

Por eso creemos que Promoción Humana significa —antes que nada— promover la humanidad, valorar las riquezas humanas de nuestra gente y formar personas humanas según el proyecto de Dios, que vino al mundo como “primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29) para enseñarnos a vivir la fraternidad. Queremos, por lo tanto, valorar las bellezas humanas y espirituales de las personas que la sociedad margina y no toma en cuenta: los afro, los habitantes de las periferias urbanas, los drogadictos, etc.

En el centro de la foto: Hno. Alberto Degan, misionero comboniano italiano, en Guayaquil (Ecuador).

Un triste récord

Lamentablemente, en estos últimos años Guayaquil ha conquistado un récord no muy envidiable: entró en el top-ten de las diez ciudades más violentas del mundo, con una tasa de 80 homicidios por cada 100.000 habitantes (casi 50 veces la tasa de homicidios que hay en Italia).

De hecho, hoy Ecuador es uno de los países con la tasa de violencia más alta, y esto se debe principalmente a los carteles mexicanos del narcotráfico que, a partir de 2017, entraron en nuestro país, el cual se convirtió en una de las principales tierras de comercializaciòn de droga, gracias también a innegables complicidades con las altas esferas políticas. Y así, ahora, casi todos los barrios de nuestra ciudad están en manos de bandas vinculadas a los carteles. Estas bandas imponen una “vacuna” (extorsión) a todos los pequeños comerciantes, incluso a aquellos que ganan apenas lo suficiente para sobrevivir. Y así, muchos renuncian a los pequeños emprendimientos que habían comenzado (por ejemplo, la venta de “almuercitos”), porque con la “vacuna” no obtendrían casi ninguna ganancia.

A veces, además, nacen disputas internas dentro de la misma banda, causando grandes matanzas. El año pasado, por ejemplo, en el barrio periférico de Socio Vivienda, fueron asesinadas 23 personas —en su mayoría jóvenes— en una sola noche. También en otros barrios ocurren balaceras con frecuencia, por lo que a las 7 de la noche la gente decide encerrarse en sus casas.

¿Quién tiene derecho a una vida buena?

Al azote de la violencia se suma el de la injusticia social: en Ecuador las desigualdades siguen creciendo. En la localidad de Samborondón, justo a las afueras de Guayaquil, se han refugiado muchos ricos: a salvo en sus ciudadelas “fortificadas” y protegidas, no se sienten tan amenazados por la violencia que, en cambio, azota a los barrios populares. Quien vive allí tiene todas las comodidades y goza de todos los derechos.

Por ejemplo, en Ecuador sòlo quien puede permitirse pagar un seguro privado, recibe una atenciòn mèdica excelente. Lamentablemente, muchos niños de los barrios populares no tienen un seguro médico, porque sus padres no pueden pagarlo. Benjamín, por ejemplo, un niño del barrio Nigeria, estuvo muy enfermo el año pasado (con problemas de parásitos, gastritis, etc.), pero su papá —padre de seis hijos— no siempre tenía el dinero para llevarlo al médico. Y así, objetivamente, Benjamín no goza de los mismos derechos que un niño que vive en Samborondón.

Pero nuestra sociedad ha hecho las paces con esta injusticia. ¿Quién tiene derecho a una vida buena? Parece que nos hemos resignado a la idea de que no todos tienen derecho a ella, y que la vida de algunos niños vale menos que la de otros.

Vivir una vida buena en un mundo violento

¿Es posible vivir una vida buena cuando se vive en una sociedad injusta? ¿Es posible ofrecerle a mi hijo una vida bella en una ciudad dominada por la violencia? Esta es una pregunta que està presente en el corazón de muchos guayaquileños. Y es conmovedor ver cómo tanta gente lucha por vivir una vida buena incluso en un contexto tan difícil. Yo creo que precisamente en esto consiste la grandeza del ser humano: en no renunciar nunca a buscar la belleza y la bondad, incluso cuando todo parecería empujarte a rendirte.

Y aquí está, entonces, mi respuesta: sí, incluso en una ciudad violenta como Guayaquil es posible vivir una vida bella. ¿Cómo se fundamenta esta afirmación? De manera desarmante, respondería Jon Sobrino: esto es lo que vemos y experimentamos, esto es lo que sucede entre los pobres.

Pequeños maestros

Sabemos que Jesús nació en una sociedad muy cruel, en la que se perpetraban masacres y muchos condenados a muerte vivían la terrible agonía de la crucifixión. Cristo vino a enseñarnos a vivir una vida bella en un mundo violento, y en Ecuador ha encontrado muchos discípulos que, en su sencillez, se transforman en nuestros pequeños maestros.

Mis primeros maestros son las Misioneras y los Misioneros afro, laicos afro – Bernardo, Amèrica, Juan Carlos, Carmen, Dominga, Marcia, etc. – formados en la espiritualidad comboniana de “Salvar a África con África”, que evangelizan a partir de la cultura y la espiritualidad propias del pueblo negro. A pesar de vivir en los barrios más violentos de la ciudad, Gloria, Estela, Tomasa, Palmenia, Yudi, Francisco, Norma y Carlos siguen organizando en sus casas los “palenques” infantiles. No olvidemos que los mafiosos vinculados al narcotráfico intentan reclutar incluso a niños de 6 o 7 años. Estos palenques, por lo tanto, son espacios alternativos en los que esperamos educar a los constructores de un futuro diferente, dándoles una formación cristiana, enraizada en su espiritualidad afro. En otras palabras, queremos salvar a estos niños de la cultura de la violencia para que, cimentados en Jesús, no se dejen tentar por las sirenas del dinero fácil vinculado a la delincuencia del narcotráfico.

Otra de mi maestras es Orfilia. Fui yo, hace 20 años, quien le dio a conocer los barrios periféricos de Guayaquil donde vive la mayoría de la población negra. Al principio era ella quien me seguía a mí, un poco temerosa. Cuando regresé a Guayaquil, diez años después, era ella quien a menudo me acompañaba a barrios periféricos donde pocos se atreven a entrar. Orfilia, que trabaja como contadora, con la colaboración de algunos amigos ha desarrollado desde hace años un programa de becas de estudio para niños y adolescentes afro, y dedica una buena parte de su tiempo a hacer el seguimiento del rendimiento escolar de estos niños, organizando también para ellos espacios de refuerzo escolar.

Otro de mis maestros es Rodrigo, quien me invitó a colaborar con un centro de rehabilitación para drogadictos dirigido por una iglesia evangélica. Es hermosa esta colaboración con los evangélicos. De hecho, una de las cosas que más me entristece es ver que a todos los problemas que estamos viviendo se suma también el de la “rivalidad” entre las diferentes denominaciones religiosas, lo que causa tanta división en medio de nuestra gente, precisamente en un momento en que se necesitaría mayor unidad y fraternidad. Con estos jóvenes que están luchando por dejar el “vicio” de la droga, buscamos el camino que lleve a un cambio fundamental en nuestra vida, un cambio que es imposible llevar adelante solo con nuestras fuerzas, pero que se vuelve posible si nos ponemos en las manos de Dios. Rodrigo, joven padre de familia, dedica gran parte de su tiempo a estos jóvenes.

Otra de mis maestras es Karen, quien vive en Trinipuerto, uno de los barrios más violentos de la ciudad. Ella trabaja y se dedica a sus dos hijos, pero a pesar de esto —fiel y perseverante— también encuentra tiempo para reunirse con los niños del barrio y con los jóvenes de la Pastoral Afro: lee con ellos la Palabra de Dios y ha logrado consolidar un espacio sano y solidario en un contexto tan problemático. Karen quiere salvar a estos jóvenes de la cultura de la violencia y de la resignación, dándoles herramientas para seguir caminando, luchando y esperando.

Un gran futuro para el Ecuador

Para mí ha sido una verdadera gracia ser parte de la vida, de las esperanzas y de los sufrimientos de este pueblo maravilloso. A menudo vuelvo a mirar las fotos tomadas en estos últimos años en Guayaquil y me digo: ¡pero qué belleza en estos encuentros, en esta gente! ¡Qué belleza en estas ganas de seguir luchando y caminando con esperanza en medio de tantas dificultades!

Una vez, unos amigos italianos mi preguntaron: pero ¿hay esperanza para el Ecuador, que parece oprimido por la violencia? Y yo respondo: sí, mientras haya personas como Rodrigo, Orfilia, Carlos, Elìas y Karen, que siguen testimoniando la belleza del Evangelio en un contexto tan difícil, yo veo un gran futuro para este país.

Sentirse amados

Nosotros, los Hermanos combonianos, acompañamos y nos sentimos acompañados por estas personas: frente a una realidad tan dura nos apoyamos los unos a los otros, y en esta fraternidad sentimos amor y consuelo mutuo. De este modo, Dios nos da la fuerza para seguir caminando y esperando.

Como afirma el padre Glenday: “Si vives la misión como amor, experimentas la transformación. Por un lado, el misionero crece como signo visible de la presencia amorosa de Dios. Por el otro, quienes son acompañados se vuelven más conscientes de su propia dignidad como hijos amados de Dios. Se sienten amados. Así, la misión se convierte en algo recíprocamente generador de vida”.

Yo pienso que esto es lo más importante de la misión: que las personas —sobre todo aquellas que generalmente son marginadas y descartadas— se sientan amadas y valoradas en sus riquezas humanas. Esto es lo que he experimentado en Guayaquil. Y por ello le agradezco a Dios infinitamente.

Hno. Alberto Degan, MCCJ

Una jornada de fe, aprendizaje y esperanza en Manzanillo

LMC Guatemala

El pasado sábado 6 de junio, los Laicos Misioneros Combonianos de Guatemala tuvimos la alegría de compartir nuevamente una jornada de misión en la comunidad de Manzanillo.

Durante la mañana, realizamos actividades con los niños y niñas de la comunidad, profundizando en el tema de La Anunciación del Ángel a María. A través de dinámicas, cantos, bailes, momentos de oración y espacios de reflexión, los pequeños pudieron conocer mejor la respuesta generosa de María al llamado de Dios y descubrir cómo también ellos pueden decir “sí” a Jesús en su vida cotidiana.

Fue una mañana llena de entusiasmo, sonrisas y participación, donde cada actividad se convirtió en una oportunidad para sembrar valores cristianos y fortalecer la fe de los más pequeños.

Por la tarde, el encuentro continuó con los adultos de la comunidad. En esta ocasión reflexionamos sobre el tema “Dios habitó entre nosotros”, profundizando en el inmenso amor de Dios que se hizo cercano a la humanidad a través de Jesucristo. El diálogo y la reflexión permitieron compartir experiencias de fe y fortalecer el sentido de comunidad.

Como parte de la jornada, también se desarrolló un taller práctico sobre la elaboración de dulces típicos, con el propósito de brindar una herramienta adicional que pueda contribuir al desarrollo económico de las familias de la comunidad. Esta iniciativa busca fomentar nuevas oportunidades de emprendimiento y fortalecer las capacidades locales para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes.

Damos gracias a Dios por esta hermosa experiencia de misión, por cada niño, joven y adulto que participó, y por todas las personas que hicieron posible esta actividad. Seguimos caminando junto a las comunidades, compartiendo la fe, promoviendo la dignidad humana y anunciando el Evangelio con alegría, siguiendo el ejemplo de San Daniel Comboni.

“Salvar África con África”, decía San Daniel Comboni. Hoy seguimos creyendo que el verdadero desarrollo nace cuando las comunidades descubren y fortalecen los dones que Dios ha sembrado en ellas.

Más allá de la barrera del idioma: encontrando vínculos en la República Centroafricana

Por: Neema, LMC en RCA

Han pasado poco más de dos meses desde que llegamos a la República Centroafricana (RCA). Desde el momento en que aterrizamos, los Laicos Misioneros Combonianos (LMC) y el sacerdote responsable nos dieron una cálida bienvenida en el aeropuerto. Desde entonces, hemos estado recorriendo juntos este camino de fe y servicio. En Bangui, hemos podido familiarizarnos con el país gracias a que la familia comboniana nos ha mostrado sus alrededores, desde los bulliciosos mercados hasta la belleza de la capital. También hemos tenido el privilegio de acompañar a los MCCJ (Misioneros Combonianos) mientras celebraban misa en diversos lugares.

Un momento destacado de nuestra estancia en Bangui fue la oportunidad de reunirnos con los tres obispos combonianos que actualmente prestan servicio en la República Centroafricana. Hablar con ellos nos proporcionó una comprensión más profunda de la historia y la fuerza de la misión comboniana, haciéndonos sentir aún más conectados con la gran familia de la que ahora formamos parte.

Superando barreras

Al principio, la barrera del idioma se percibía como una «piedra en el camino» entre nosotros y la comunidad local. Sin embargo, nos esforzamos a diario por salvar esa brecha. Actualmente estamos recibiendo clases intensivas de francés mientras nos alojamos en la casa provincial de Bangui, para poder comunicarnos de forma más eficaz y servir más profundamente en los próximos meses.

Pascua en Mongoumba

Como llegamos durante la Cuaresma, las LMC nos invitaron a celebrar la Pascua juntos como una familia. Durante la Semana Santa, viajamos a Mongoumba, el corazón de nuestra misión. Fue maravilloso pisar por fin el terreno de la misión y volver a conectar con los LMC y la comunidad local.

El viaje estuvo lleno de expectación. Cuando más tarde nos preguntaron por nuestras impresiones, nos dimos cuenta de que cada uno de nosotros había vivido la experiencia desde una perspectiva diferente. A pesar de estos diferentes antecedentes, nos unió la encantadora bienvenida que recibimos de los Misioneros Combonianos y de la gente de Mongoumba. Celebrar la Pascua con los cristianos locales fue un regalo; el culto, los bailes, los cantos y la vibrante sensación de unión nos recordaron que, efectivamente, ¡Cristo ha resucitado!

Aunque la comunidad de Mongoumba habla la lengua local, el sango, lo que sigue siendo una barrera para nosotros, la gente aún así encontró la manera de comprender nuestra presencia y nuestras intenciones. Cada día nos ofrecía una nueva oportunidad de aprender algunas palabras de ellos, lo que demostró que la conexión a menudo va más allá del lenguaje hablado.

Servicio en la clínica

Después de la Pascua, nos quedamos una semana más para ayudar a nuestra compañera de equipo, Elia, mientras se preparaba para regresar a Portugal. Ella dirigió la clínica y pasó sus últimos días guiándonos a través de las operaciones, mostrándonos la coordinación con el hospital vecino y el trabajo vital que se está realizando con la comunidad pigmea y la población en general.

La experiencia en la clínica fue profundamente conmovedora y, en ocasiones, difícil. Ver llegar a los pacientes para que les curaran las heridas y les trataran nos permitió sentir, literalmente, su dolor. Fue un momento sombrío y que nos hizo sentir humildes a ambos, al ser testigos de la cruda realidad de la misión y del trabajo que nos espera. Aunque durante esta visita nos centramos en el hospital, esperamos poder participar pronto en otras actividades de la misión. También tuvimos la oportunidad única de participar en un taller de Laudato Si’ dirigido a la comunidad pigmea.

Mirando hacia el futuro

Regresar a Bangui fue emotivo, ya que significaba despedirnos de Elia. Es difícil decir adiós tan pronto y, al verla partir, nos golpea la realidad de la tarea que nos espera. Darnos cuenta de que la continuidad de esta labor vital recae ahora sobre nosotros es a la vez una responsabilidad que nos hace sentir humildes y un reto que nos preparamos para afrontar con todo nuestro corazón.

Para honrar su estancia aquí, organizamos una pequeña fiesta para celebrar sus numerosas contribuciones. Aunque fue duro verla partir, estamos profundamente agradecidas a Dios por todo lo que ha logrado y la despedimos con muchas bendiciones.

Mientras continuamos con nuestras clases de francés, nos preparamos para el siguiente capítulo. Sabemos que aprender sango es nuestra próxima gran tarea, especialmente porque Teresa también regresará pronto a su país de origen, dejándonos a nosotras sus responsabilidades.

Seguimos aprendiendo unos de otros y creciendo como equipo. Aunque el camino es difícil, nuestros corazones siguen centrados en la misión y en las personas a las que hemos venido a servir.

Saludos a todos, y que la paz esté con vosotros.

Entre velas y piedras

Por: Hna. Lorena Cecilia Sessaty Sáenz
Desde Belén, Palestina

«Yo ya dejé de soñar. Aquí duele mucho». Las palabras de Khader, un joven palestino de apenas 17 años, dichas con un tono seco y molesto, me dejaron helada. No era una frase dramática ni un acto de rebeldía ante la dinámica propuesta. Era una constatación pronunciada desde un cansancio profundo y un hastío evidente.

Soy una misionera comboniana mexicana y trabajo desde hace poco más de un año en Bailasan, un centro de acompañamiento psicológico y espiritual en Belén. El conflicto que vivimos no solo trae muerte y destrucción visible, arrastra consigo una larga lista de consecuencias colaterales. Belén, una ciudad cuya economía depende casi por completo del turismo, está casi paralizada. El colapso económico se traduce en un aumento de cuadros de estrés y depresión, familias separadas por la migración forzada, carreras truncadas, planes de vida suspendidos, jóvenes que desde hace años no salen de sus casas y una dependencia cada vez mayor del mundo digital como vía de escape.

En medio de estas historias me acuerdo del poema Piensa en los demás, de Mahmud Darwish. Muchas veces, frente a ciertos relatos y a mi propia impotencia, he repetido en silencio la frase con la que se cierra el poema: «Si tan solo fuera una vela en la oscuridad». Una vela, es decir, una luz capaz de alumbrar las penumbras que deja el conflicto, la oscuridad de la división y de la violencia. Una luz pequeña que intenta abrirse paso a pesar de la dificultad del idioma, de la cultura, de las distancias… y de mis limitaciones.

Y, sin embargo, en mi intento de ser luz para otros, me descubro iluminada por la luz de muchas velas que encuentro en este camino. Pienso en Tariq, Raed, Gina o Mohamad, personas cuyas familias sufrieron la expulsión y la crudeza de crecer en campos de refugiados y que hoy se han vuelto expertos en provocar sonrisas en los niños a través del teatro y las marionetas. Pienso también en Shoshana, Betina, Natania y tantos hebreos más que no solo entregan su tiempo y su energía en favor de la justicia, sino que muchas veces se enfrentan a rechazos y críticas de su propia gente por sus acciones en favor de la paz. En medio de esta gran oscuridad que vivimos hoy en Israel y Palestina, una oscuridad que a veces parece expandirse con malicia, hay muchas velas encendidas, personas que guían con sus talentos, que acompañan con valentía, que calientan el corazón con su servicio y que inspiran con su resistencia silenciosa.

En Bailasan, durante las terapias, los talleres o los grupos de apoyo solemos encender una vela. Pero el verdadero fuego lo encuentro en la fuerza y la sabiduría interior de las personas que participan. Para mí, eso no es otra cosa que el Espíritu Santo, actuando y alumbrando desde dentro.

Vuelvo a la historia de Khader. Después de un tiempo de acompañamiento, durante uno de los talleres presentamos la historia bíblica de David y Goliat. Me impactó escuchar cómo Khader explicaba que David le ayudó a darse cuenta de que se estaba aferrando a una «armadura» que no era la suya: sueños y anhelos que, lejos de impulsarlo, lo paralizaban, aumentaban su sensación de impotencia y le hacían «pesado el corazón». Una armadura que más que protegerlo, le estorbaba.

Khader fue nombrando su honda y sus cinco piedras, sus recursos para enfrentar cada día: su salud, su amor por los scouts, su familia, su fe y su mejor amigo. Reconocía que no está en sus manos cambiar la situación sociopolítica, pero sí vencer al Goliat del rencor y de la apatía que lo desafían.

Entiendo a Khader. También yo tengo sueños que duelen cuando se confrontan con la realidad de cada día: que termine la ocupación, que cese la violencia, que caigan los más de 700 kilómetros del muro de separación. Soñar así, hoy, para mi misión como comboniana, se convertiría en esa «armadura» pesada que limitaba a David, capaz de hacerme, como a Khader, más pesado el corazón.

Mi misión hoy tiene más bien la forma de una vela: «Si tan solo fuera una vela en la oscuridad». Acompañar, alentar, escuchar, conectar. Tocar con cuidado las heridas y romper, poco a poco, los muros de la indiferencia.

En esta tierra herida sigo descubriendo que Dios no ha dejado de actuar. Él mantiene su luz encendida en mí, me confirma en mi misión y me confirma que la misión es suya.

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