Fecha de nacimiento: 06/05/1956 Lugar de nacimiento: Ciudad de México (México) Votos temporales: 19/04/1980 Votos perpetuos: 30/04/1983 Fecha de ordenación: 08/09/1984 Fecha de fallecimiento: 22/09/2026 Lugar de fallecimiento: Ciudad de México/México
En la mañana del martes 22 de septiembre, el P. David Arturo Esquivel Hernández partió a la casa del Padre a causa de una peritonitis que se agravó fatalmente. El P. David fue operado de urgencia, pero la infección interna se complicó y, tras una segunda intervención, falleció.
El P. David Nació el 6 de mayo de 1956. Acababa de cumplir 70 años. Hizo sus primeros votos el 19 de abril de 1980 y fue destinado al escolasticado de París, Francia, donde estudió la teología. Ordenado sacerdote el 8 de septiembre de 1984, partió a la misión del Chad, donde vivió momentos difíciles a causa de la situación política y de la guerra civil.
En 1990 regresó a México, donde permaneció hasta 1997, año en que fue de nuevo destinado a Chad. En 2010 regresó a México, donde trabajó en la formación de jóvenes postulantes durante unos años. De 2014 a 2017 estuvo en la comunidad comboniana de París y en 2018 regresó de nuevo a Chad.
Desde 2023 estaba de nuevo en México. El 19 de septiembre tuvo que ser operado a causa de una peritonitis. Su delicado estado y una infección posterior a la operación obligaron a los médicos a una segunda intervención. Desgraciadamente nada se pudo hacer por él y falleció el martes 22 de septiembre. Descanse en paz.
Hoy, 21 de septiembre, nuestro Centro de Animación Misionera (CAM), situado en la colonia Tabacalera de Ciudad de México, cumple 50 años. En él se elaboran las revistas Esquila Misional y Aguiluchos, además de la edición de libros y otros materiales de animación misionera.
El CAM fue inaugurado el 21 de septiembre de 1976 en una ceremonia sencilla presidida por el entonces Superior General de los Combonianos, el P. Tarcisio Agostoni. En la ceremonia también estuvieron presentes el embajador de Italia en México, D. Raffaele Marras, numerosos sacerdotes, Damas Combonianas, bienhechores y amigos de los Misioneros Combonianos.
El edificio sufrió graves daños como consecuencia del terrible terremoto de 1985 y tuvo que ser reforzado en su estructura. Hoy sigue funcionando como principal centro de Animación Misionera de los Combonianos en México. Por él han pasado numerosos sacerdotes y hermanos asegurando las tareas de edición de las revistas, administración y contacto con los bienhechores, así como numerosos empleados que han mantenido siempre encendida la llama de la Misión. También se han celebrado en él numerosos actos de animación o de formación misionera.
la comunidad del CAM y los actuales empleados lo han celebrado con una misa de acción de gracias a Dios por este medio siglo de servicio ininterrumpido a la causa misionera. La misa estuvo presidida por el P. Rafael González Ponce, quien fue testigo de los primeros años y que vivió en primera persona los terribles días del terremoto de septiembre de 1985. Durante la misa, el P. Rafael hizo un emotivo recorrido histórico sobre los inicios y los primeros años de funcionamiento del CAM, explicando el contexto social, eclesial y comboniano de aquella época. Tras la misa, los combonianos y los empleados que trabajan en el CAM compartieron una comida fraterna.
El equipo que trabaja actualmente en el CAM con el P. Rafael Ponce y algunos invitados a la fiesta.
Todos los que trabajamos actualmente en este centro agradecemos a Dios por estos 50 años y renovamos nuestro compromiso de seguir dando lo mejor de nosotros mismos para que Esquila Misional y Aguiluchos sigan llegando a todos los hogares de México.
El 9 de septiembre se celebra la fiesta de San Pedro Claver, el gran misionero de los esclavos. Los Misioneros Combonianos lo tenemos como patrono de nuestro instituto. Este recorrido histórico por su vida y su obra fue publicado en la revista Mundo Negro de España (MN septiembre 2011, pp. 41-46), gracias a la estimable colaboración del P. Tulio Aristizábal, jesuita y gran conocedor de la vida y la historia de este gran misionero. El P. Tulio fue durante muchos años el custodio del santuario de San Pedro Claver en Cartagena de Indias (Colombia), donde se conservan los restos del que se autoproclamó “esclavo de los esclavos”.
El santuario de San Pedro Claver se encuentra en el casco histórico de Cartagena de Indias, justo frente al puerto al que llegaban los barcos negreros procedentes de África y del que salían las naves cargadas con todo tipo de mercancías rumbo a Europa. Cartagena era puerta de entrada y de salida para toda Sudamérica.
Santuario actual de San Pedro Claver
Hoy el santuario es una parroquia singular. Sus fieles son los turistas que llegan, admiradores y devotos de San Pedro Claver, gente que vive en los alrededores y algún que otro vendedor ambulante que, antes de poner su puesto en la calle, acude a Misa.
Los jesuitas llegaron Colombia en 1604 y se encontraron con el gran problema de la esclavitud. Al principio se instalan en una casa pequeña en el centro de la ciudad. Poco después, el gobernador les cede un terreno en una zona privilegiada, en el puerto principal de la ciudad.
Pedro Claver nació en Verdú, provincia de Lleida, en España, el 26 de junio de 1580. Fue enviado a estudiar a la isla de Mallorca. Allí se hizo muy amigo del portero del colegio, Alonso Rodríguez, quien empieza a inspirarle la vocación a la misión, especialmente a la misión en las Indias. Pedro pide ir a América y en segundo año de Teología es enviado a la Provincia jesuita de Nueva Granada (que comprendía lo que hoy son Colombia y Venezuela).
Así pues, el joven Pedro Claver llega a Cartagena sin ser aún sacerdote y con la orden de ir a Santa Fe de Bogotá para terminar sus estudios. Al llegar a Cartagena se encuentra con el drama de la esclavitud y conoce al P. Alonso de Sandoval, encargado de atender a los esclavos. Pedro no fue el primero ni el último en dedicarse a los esclavos llegados de África, sino que fue uno de tantos, aunque también uno de los más grandes.
El trabajo del P. Sandoval despierta en él un enorme entusiasmo y una gran admiración, y pide a sus superiores ser enviado a Cartagena para ayudarle. Sin embargo, debe primero terminar su formación. Va a Bogotá para completar sus estudios de Teología y en 1615 regresa a Cartagena, donde recibe la ordenación sacerdotal al año siguiente. Desde entonces y hasta el momento de su muerte se dedicará plenamente a atender a los esclavos. Se dedicará a esa obra en cuerpo y alma durante 38 años.
Pintura sobre San Pedro Claver, curando a los enfermos esclavos
Tras la muerte de Pedro Claver, los jesuitas continuaron su trabajo, compaginando la atención y la catequización de los esclavos negros con la educación de los hijos de los españoles. Todavía se conserva una lista con todos los sacerdotes que sucedieron a Pedro Claver en ese trabajo, hasta que en 1767 el rey Carlos III expulsa a la Compañía de Jesús de España y de todas sus colonias. Los jesuitas se ven obligados a abandonar Cartagena y el edificio se convierte entonces en un hospital regentado por los Hermanos de San Juan de Dios. Así permanecerá hasta el final de la colonia y durante los primeros años de la independencia.
Cuando el general Tomás Cipriano de Mosquera alcanza la presidencia de Colombia, dicta un decreto para despojar a todos los religiosos de sus bienes, expulsa a los Hermanos de San Juan de Dios y convierte el edificio en cuartel del Ejército. Así continúa durante todo el siglo XIX, hasta que Mons. Eugenio Biffi, un gran obispo que llega desde Italia, pide al nuevo presidente, Rafael Núñez, la devolución del edificio con el argumento añadido de que la canonización de Pedro Claver estaba en camino.
El nuevo presidente accede a devolver sólo la mitad, puesto que no tenía en aquel entonces donde llevarse al Ejército. El obispo se instala en él. Recuperada parte del edificio y tras la canonización de San Pedro Claver, los jesuitas quieren hacer del lugar un santuario que mantenga viva su memoria y muestre al mundo todo el trabajo que hizo en favor de los esclavos. Quieren resucitar la presencia del P. Claver, donde vivió, donde estaba su aposento, donde trabajaba y acogía a los esclavos… Sin embargo, los jesuitas se encontraron con el problema de la falta de datos.
Dos documentos fueron claves para recuperar la memoria de San Pedro Claver. El primero fue el proceso de canonización. Cuando el P. Claver muere, todo el mundo lo considera un santo y desde todas partes empiezan a escribir cartas al Papa para que lo canonice. El proceso se abre apenas tres años después de su muerte. El tribunal consulta a 153 testigos. Los testimonios son traducidos del español al italiano y al latín, y una parte de ellos se publica en 1696. Ese documento es fundamental para conocer a San Pedro Claver. Es la principal biografía que existe de él, porque no está escrita a través de la interpretación de un autor, sino que son testimonios directos hechos bajo juramento por los que fueron testigos de todo lo que hacía el P. Claver, cómo se vestía, cómo salía a la calle, cómo celebraba la Misa, cómo trataba a los esclavos…
El original del documento en español desapareció. En el año 2000 una historiadora italiana, María Splendiani, se propuso retraducirlo al español. Hoy es lo mejor que hay para conocer la vida y la obra de San Pedro Claver.
El segundo documento son dos placas, una de mármol negro y otra de mármol blanco. Las dos contienen la misma inscripción: “En este aposento murió el venerable P. Pedro Claver el 8 de septiembre de 1654”. Ambas placas habían sido removidas de su lugar y fueron encontradas en un rincón perdido del santuario. Se encontró un agujero en uno de los muros con las medidas justas de una de las placas. Justo en la entrada de un cuarto en el piso superior está una de las dos placas y en el interior se encuentra la otra. Se trata de la enfermería del colegio, en la que Pedro Claver pasó los cuatro últimos años de su vida.
Aposento donde murió S. Pedro Claver. Al fondo, la placa de mármol que así lo identifica.
En el libro del proceso se habla también con todo detalle de dónde vivía, dónde pasaba la mayor parte de su tiempo. Esa descripción coincide total y únicamente con uno de los cuartos del santuario. El libro dice que era un aposento muy oscuro, que no entraba apenas el sol, pero que a través de las ventanas se veía el puerto. Desde uno de los ventanucos, aunque la vista está ahora tapada por una construcción, es evidente que entonces se podía ver el puerto principal de Cartagena, de tal manera que Pedro Claver veía la llegada de los barcos negreros.
Dice también el libro que en su aposento había un lugar en el que almacenaba las ropas, las medicinas y los alimentos que la gente buena le daba para sus esclavos y que bien podía ser este sitio. No hay en toda la casa otro cuarto que sea así. Los demás son o muy claros o muy estrechos, pero que coincidan con la descripción del libro, no hay ninguno; por lo que ese lugar quedó moralmente identificado como el aposento de San Pedro Claver.
Cuarto de S. Pedro Claver, con el ventanuco desde el que veía el puerto a donde llegaban los esclavos.
En un cuarto contiguo dormía el grupito de esclavos que Pedro Claver tenía a su servicio para que le ayudaran, sobre todo como intérpretes. Aunque Pedro sabía la lengua de Angola, necesitaba intérpretes para las otras lenguas y dialectos de otras partes de África.
Los esclavos llegaban físicamente agotados y moralmente hundidos, porque habían sido obligados a abandonar todo y estaban convencidos de que los habían llevado para matarlos y comérselos. La primera labor era tranquilizarlos y decirles que aunque iban a tener una situación difícil, nadie los iba a matar ni a comer. Dice el libro que, más que las palabras, era la actitud del P. Claver la que los conquistaba, que los rescataba de esa sensación de nulidad y hacía que se sintieran personas dignas de respeto. Ésa fue la principal labor de Pedro Claver durante toda su vida.
El P. Claver murió el 8 de septiembre de 1654 a las dos de la mañana. Cuando amaneció y se empezó a correr la voz entre los esclavos, aquello fue algo espectacular. Entraron en el convento, subían y bajaban por las escaleras, le cortaban trozos del vestido y hasta le cortaron las uñas de los pies para tener algún recuerdo suyo. El rector se puso muy nervioso ante la multitud que estaba entrando en el colegio. Entonces dio orden de que lo enterraran inmediatamente, a las 8 de la mañana. Cuando el gobernador de Cartagena, Pedro Zapata Mendoza, lo supo, suplicó al rector que aplazase el entierro hasta el día siguiente para poder avisar a la gente de Cartagena, ya que el P. Claver era una persona muy especial y la ciudad le debía mucho. El rector aceptó y Pedro Claver fue enterrado al día siguiente, el 9 de septiembre.
Tres meses antes de morir, Pedro había dicho al Hno. González, el sacristán, que quería que lo enterraran debajo de su confesonario, situado en la puerta del perdón, una puerta lateral de la iglesia y desde el que se veía la capilla de la Virgen del Milagro, en la que Pedro Claver había celebrado su primera Misa y por la que sentía una especial devoción. El Hno. González, sin embargo, y para evitar que la gente pisara su sepulcro al entrar y salir de la iglesia, le propuso enterrarlo en la capilla del Cristo, que se hallaba en la sacristía. Ese fue su primer sepulcro.
Tres años y medio después, el provincial de los jesuitas vio que los esclavos traían a sus enfermos, especialmente a los niños, y los colocaban justo sobre el sepulcro del P. Claver para que los curara. Eso suponía dos problemas: uno de higiene y otro debido al hecho de que se estaba empezando a rendir culto a un difunto, algo que no estaba permitido sin la correspondiente autorización de las autoridades eclesiásticas. Dio orden de que lo desenterraran, abrieran un hueco en el muro de la capilla, colocasen allí el cadáver y lo cerrasen con unas maderas y una puerta para que nadie pudiese acercarse. Allí estuvo hasta que se construyó la nueva iglesia.
Una vez que había preparado a los catecúmenos, Pedro los reunía en el claustro, los repartía en grupos y los bautizaba dando un nombre a cada grupo. Ellos conservaban ese nombre y añadían como apellido su nombre original de África.
Claustro donde S. Pedro Claver instruía a los catecúmenos.
La iglesia actual es de estilo colonial, grande, amplia, con el suelo de mármol italiano y muy bien iluminada. El P. Claver no la conoció. En su lugar se encontraban entonces los campos de juego de los muchachos. Ya entrado el siglo XVIII, la ciudad había crecido y la vieja iglesia se había quedado pequeña. Dos jesuitas, uno alemán y otro holandés, construyeron el templo 50 años después de la muerte del P. Claver.
En 1746, cuando la construcción de la nueva iglesia estaba bastante avanzada, el Papa Benedicto XIV vio la importancia que estaba tomando la fama y la devoción hacia Pedro Claver y empezó a considerar la conveniencia de declararlo santo. Se le dio el título de venerable. Se trasladaron sus restos de la vieja y pequeña iglesia, ya medio demolida, y se colocaron en una de las columnas que sostienen la cúpula. En dicha columna hay hoy una gran placa de mármol con una inscripción que así lo certifica. Ahí estuvo durante el tiempo en que los jesuitas abandonaron la ciudad tras ser expulsados por el rey y el lugar pasó a manos de los Hermanos de San Juan de Dios quienes respetaron siempre la tumba de Pedro Claver.
Cuando todo pasó a manos del Ejército, lo primero que hicieron fue abrir las tumbas de todos los jesuitas buscando posibles tesoros, pero la del P. Pedro Claver no la tocaron, por respeto y también por temor, ya que era tenido por todos como un santo.
Cuando el obispo Eugenio Biffi recupera la iglesia y se instala en el colegio, constata con tristeza que el templo se había convertido en una pesebrera y lo primero que hace es vallarlo, restaurarlo y adecentarlo. Como era italiano, hizo llegar de Italia todo el mármol que pudo. Todo el piso y el retablo de la iglesia están hechos con mármol de Carrara.
En 1888 el P. Pedro Claver es proclamado santo por el Papa León XIII y sus restos son trasladados de la columna al altar mayor –también de mármol, evidentemente–, que es donde reposan en la actualidad. Debajo del altar se aprecia una urna de cristal y madera tallada, decorada con piezas doradas, que contiene actualmente sus restos.
A través del cristal se puede ver sin dificultad el cráneo del que fue esclavo de los esclavos. El esqueleto no está completo porque muchos huesos fueron llevados a otras iglesias como reliquias. Es una tumba muy visitada por peregrinos llegados de todas las partes del mundo.
Restos de S. Pedro Claver en el Santuario de Cartagena de Indias (Colombia)
“El esclavo de los esclavos para siempre” –así firmó el propio Pedro Claver su profesión solemne– es hoy venerado por la Iglesia misionera, que lo tiene como patrono de las misiones entre los negros. En 1985 el Congreso de la República de Colombia lo proclamó “defensor de los derechos humanos”.
El domingo 6 de septiembre de 2026, monseñor Tesfaye Tadesse Gebresilasie, nombrado arzobispo de Addis Abeba el pasado 12 de junio, fue instalado como nuevo responsable de la Arquidiócesis Católica de Addis Abeba, Etiopía, durante una emotiva celebración litúrgica que duró más de cuatro horas. [Fotos: Pax CTV Ethiopia]
La ocasión marcó un día histórico para la Iglesia católica en Etiopía y, en particular, para la Arcieparquía de Addis Abeba. Después de casi 27 años de liderazgo pastoral, el cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel entregó el ministerio pastoral de la Arcieparquía al recién nombrado Arcieparca Metropolitano, Abune Tesfaye (Tesfasilasie) Tadesse Gebresilasie.
Entre los presentes en la Eucaristía de toma de posesión se encontraban el Nuncio Apostólico en Etiopía, Somalia y Yibuti, arzobispo Brian Udaigwe; numerosos obispos etíopes; sacerdotes, hermanos y hermanas que trabajan en Addis Abeba y en otros lugares; así como miembros de la familia comboniana, entre ellos el Hermano Alberto Lamana, Asistente General.
También estuvieron presentes un obispo y el secretario del Patriarca de la Iglesia Ortodoxa, representantes de otras Iglesias y de varias organizaciones internacionales asociadas a la Iglesia, así como benefactores, familiares y amigos de Abune Tesfaye.
El traspaso del ministerio pastoral se celebró bajo el lema: «Mirando atrás con gratitud, caminando hacia adelante con esperanza».
Una solemne celebración en el rito católico etíope
La solemne Eucaristía, celebrada según el rito católico etíope, comenzó aproximadamente a las 8:00 de la mañana bajo la presidencia del cardenal Berhaneyesus. Tras la homilía y el traspaso formal de la responsabilidad pastoral, Abune Tesfaye continuó presidiendo la celebración.
En su homilía, arzobispo Brian Udaigwe señaló que tenía pocos consejos que ofrecer al nuevo Arcieparca, dado que Abune Tesfaye ya contaba con una considerable experiencia como obispo.
Mons. Tesfaye es obispo desde febrero de 2025.
Sin embargo, el Nuncio Apostólico lo invitó a mantener la mirada fija en Jesucristo, el Buen Pastor y modelo de todos los pastores. Recordó que Jesús no vino a liberar a su pueblo mediante el poder de las armas, como muchos israelitas esperaban, sino mediante el amor y, en última instancia, a través de la Cruz.
«Él nos dio ejemplo de cómo guiar y gobernar al pueblo», afirmó el Nuncio.
Monseñor Udaigwe explicó que un pastor está llamado a caminar delante del rebaño para mostrar el camino, en medio del rebaño para mantenerlo unido y detrás del rebaño para asegurarse de que nadie se quede atrás.
También animó a Abune Tesfaye a duc in altum —«rema mar adentro»— sin miedo. Dirigiéndose al clero y a los fieles, el Nuncio los exhortó a colaborar estrechamente con su nuevo obispo.
Concluyó su homilía agradeciendo a la familia comboniana por ofrecer a uno de sus miembros a la Iglesia para un servicio tan noble.
Una llamada a la renovación y a la esperanza
En su mensaje de gratitud y bienvenida, la Arcieparquía de Addis Abeba invitó a los fieles a considerar la toma de posesión no simplemente como un acto ceremonial, sino como una oportunidad de renovación espiritual:
«Que esta toma de posesión y el traspaso del ministerio pastoral sean más que una ceremonia. Que sean una renovación de nuestro compromiso bautismal. Que sea un momento en el que cada católico se pregunte: ¿Qué me pide Cristo ahora? ¿Adónde me envía? ¿A quién estoy llamado a servir? … Que la Iglesia católica en Etiopía continúe su servicio con confianza: agradecida por el pasado, atenta al presente y valiente ante el futuro».
La celebración concluyó aproximadamente a las 12:15. A continuación, tuvo lugar una comida fraterna y diversas actuaciones culturales a cargo de diferentes grupos religiosos y participantes. También se presentaron regalos al nuevo Arcieparca como signo de bienvenida y apoyo a su nueva misión pastoral.
MENSAJE DE SU SANTIDAD PAPA LEÓN XIV PARA LA XI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN 2026 1 de septiembre de 2026
«Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4)
Queridos hermanos y hermanas:
Nuestro Señor Jesucristo vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Este regalo de vida yace justo en el corazón de nuestra misión como discípulos y de nuestro llamado común a construir una civilización del amor. Como podemos observar, en esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se nos invita una vez más a contemplar el don de la vida y a apreciar la tierra que la sustenta, ya que son modos tangibles de alabar a nuestro Creador.
Actualmente, estamos siendo testigos de múltiples crisis y de un gran sufrimiento humano. Al mismo tiempo, pareciera que la alteración del equilibrio armónico de la creación se está acelerando. Estos fenómenos no están disociados; son una única apelación por la sanación y la paz que brota de un mundo herido.
El Dios de la vida, revelado en Jesucristo, ofrece una paz que el mundo no puede dar: «La paz les dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27). Esta paz no es ni superficial ni perecedera, mana desde el perpetuo amor de Cristo y de su interés por cada persona humana.
Sin embargo, esta promesa de paz contrasta notablemente con las realidades que vemos en muchas partes del mundo. El profeta Isaías habló de una época en la que las naciones «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4), transformando lo que destruye la vida en aquello que la sostiene. Pero hoy, frecuentemente somos testigos de lo contrario, mientras los esfuerzos se siguen centrando en la violencia y la guerra.
La guerra deja heridas que se extienden mucho más allá del campo de batalla. Cobra vidas, desintegra a las familias y fuerza a millones de personas a abandonar sus hogares, aumentando el miedo, la injusticia y la división (cf. Gaudium et spes, 77-82). La guerra además deja una destrucción social y ecológica que perdura por generaciones. Más aún, la interacción entre conflictos armados y degradación ambiental a menudo crea círculos viciosos que destruyen ecosistemas, contaminan recursos esenciales, como el aire y el agua, y merman la seguridad de los alimentos. Esto genera pobreza, desigualdad y nuevos conflictos sociales que pueden contribuir al resurgimiento de conflictos futuros.
Aparte de esto, la guerra crea lesiones que perjudican todo el entramado de la vida, dañando no sólo a individuos y comunidades, sino a su amplia red de relaciones con la entera familia humana, así como su armonía con la creación. Esto pone de manifiesto un fracaso más profundo cuando se trata de vivir a imagen y semejanza de Dios, de respetar la vida y de cuidar la tierra que se nos ha confiado. No es sólo un fracaso político, sino también moral y espiritual. La guerra, arraigada en deseos distorsionados y en el mal uso de la libertad y el poder humanos, constituye un antitestimonio del Evangelio de la paz.
Las crisis mencionadas anteriormente no sólo exigen responsabilidad sino también una conversión del corazón que rinda frutos en una fidelidad más profunda a Dios, en el amor mutuo y en el respeto por el don de la creación. De hecho, las discordias que presenciamos en el mundo, como la violencia, la injusticia y el daño ecológico, no resultan simplemente de estructuras o sistemas imperfectos; son el “síntoma de una profunda dicotomía arraigada en la misma humanidad (Gaudium et spes, 10). En efecto, el corazón humano resulta ser el lugar donde se llevan a cabo las más duras batallas y donde se revela nuestra condición caída. No es sólo la sede de las emociones, sino el centro de la persona –donde convergen la razón, los deseos, la voluntad, y la conciencia–. Es aquí donde luchamos con nuestros deseos contradictorios entre el amor y la indiferencia, la verdad y la ilusión, la justicia y la injusticia (St 1,14-15). Los daños de la guerra y el deterioro de la tierra están entonces profundamente vinculados con la condición del corazón humano. Los conflictos que atormentan a la humanidad, de diversos modos, son la expresión exterior de la discordia y división interiores. Cuando el corazón está distorsionado, las relaciones sufren y las estructuras que construimos comienzan a reflejar ese desorden.
El Papa Benedicto XVI nos recordó que «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores» (Homilía en el Solemne Inicio del Ministerio Petrino, 24 abril 2005). Esto nos llama a reconocer que lo que está arruinado en nuestro entorno, de alguna manera también lo está dentro de nosotros. Para construir una sociedad pacífica, debemos entonces no sólo reformar estructuras, sino renovar nuestros corazones. Las causas subyacentes del conflicto y la explotación de la creación provienen de una crisis ética y cultural, así como de una pérdida del sentido de los límites, del deseo de dominación, de la búsqueda del beneficio inmediato y de la incapacidad de reconocer la dignidad dada por Dios a cada persona humana.
El adagio profético «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4) no es entonces sólo una visión que atañe a las naciones, sino una llamada a cada persona. Nos invita a transformar la herida en vida. Sin embargo, esta transformación no puede ser llevada a cabo por medio de un simple cambio externo, sino que requiere, a través de nuestra cooperación con la gracia de Dios, de una conversión personal y colectiva más profunda –un regreso a Dios, que reordene nuestros deseos, sane nuestras heridas y nos ayude a crecer en la virtud–.
Con la ausencia de esta transformación interior, la paz permanecerá frágil y será efímera. Pero donde los corazones se renuevan, comienzan a abrirse nuevas posibilidades. Lo que ha sido utilizado para la destrucción puede ser redirigido hacia la vida: al cuidado de los pobres, al sustento alimentario de los hambrientos y al cuidado de la creación. Este es el camino de la auténtica conversión ecológica, donde los efectos de nuestro encuentro con Jesucristo se hacen evidentes en nuestra relación con el mundo que nos rodea (cf. Francisco, Laudato siʼ, 217). La paz entonces comienza en nuestro corazón y se proyecta hacia nuestras relaciones, nuestras comunidades y al mundo en su conjunto.
A pesar de que los desafíos que tenemos por delante son enormes, Dios no nos deja sin los medios para sanar y transformar. En vez de las armas bélicas, el Dios de la paz nos colma de fuerza para sanar, para reconciliar y construir una civilización del amor. En este sentido, estamos llamados al cuidado de los múltiples “ecosistemas” que nos han sido confiados: los ecosistemas de la creación, de las relaciones humanas y los del propio corazón humano.
Imaginémonos un mundo en el que los esfuerzos que actualmente se invierten en la guerra fueran dirigidos al desarrollo humano integral, al combate de la pobreza, a la protección de la dignidad humana y a la reconciliación de la gente que está dividida. Un panorama así refleja la fe en la venida del Reino de Dios.
Los auténticos instrumentos para la construcción de la paz no son las armas destructivas, al contrario, lo son la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor. Estos instrumentos brotan de los corazones formados por el Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios. Sólo estas cualidades poseen el poder de transformar individuos, renovar comunidades y sanar las heridas de nuestro mundo.
Queridos hermanos y hermanas, es claro el camino que tenemos por delante, aunque no sea fácil. Estamos llamados a dejar que nuestros corazones sean renovados, de tal manera que favorezcamos la paz y el cuidado de la creación. La Sagrada Escritura nos dice que vigilemos nuestro corazón, porque todo lo que hacemos brota de él (cf. Pr 4,23).
Si asumimos esta tarea con humildad y fe, nos volveremos colaboradores en la obra renovadora de Dios. Avanzaremos despacio pero firmes, desde el desierto hacia el jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz.
Que el Señor nos conceda la valentía para recorrer esta senda, para que en nuestro tiempo, con las espadas realmente se forjen arados, que la promesa del Evangelio se arraigue en nuestro mundo y que la paz de Cristo reine sobre toda la creación.
Vaticano, 15 de agosto de 2026, Asunción de la Santísima Virgen María.
Colombia fue violentamente sacudida por un terremoto de gran intensidad el pasado 10 de agosto. El sismo ha causado numerosas víctimas y grandes destrucciones. El Consejo General de los Misioneros Combonianos ha emitido una nota a los superiores de las circunscripciones del Instituto, lanzando un llamamiento a la solidaridad con las víctimas. [Foto: Desperfectos causados por el temblor en la parroquia María Madre del Buen Pastor, en Charco Azul, Cali, en la que se encuentra el comboniano mexicano P. Guillermo Aguiñaga]
Queridos Provinciales y Delegados: Un cordial saludo desde Roma.
El Consejo General expresa su profunda cercanía y solidaridad con el pueblo de Colombia y con los Misioneros Combonianos que desempeñan su servicio en ese país, uniéndose al dolor de tantas personas que se han visto duramente afectadas por el fuerte terremoto que sacudió el país el 10 de agosto, causando numerosas víctimas, heridos y graves daños en las viviendas y las infraestructuras.
En este momento de prueba, queremos hacer sentir a las comunidades afectadas nuestra cercanía fraterna y nuestra solidaridad, especialmente a las familias que han perdido a sus seres queridos, a quienes han resultado heridos o han perdido sus hogares y a todos aquellos que están viviendo momentos de miedo, dolor y precariedad.
Expresamos también nuestro aprecio y gratitud a todas las personas que, con generosidad y valentía, están comprometidas en las operaciones de rescate, asistencia y ayuda a las poblaciones afectadas.
Como Misioneros Combonianos, acompañamos con nuestra oración a los pueblos de Colombia y Venezuela, pidiendo al Señor de la vida que acoja en Su misericordia a quienes han perdido la vida, sostenga a las personas heridas y a las familias afligidas por el duelo, y conceda fuerza, valor y esperanza a todos aquellos que están comprometidos en la asistencia y en la difícil tarea de la reconstrucción.
Por este motivo, tenemos la intención de extender a Colombia la colecta de solidaridad lanzada con ocasión del reciente terremoto en Venezuela. Por ello, hacemos un llamamiento a las Circunscripciones que deseen adherirse a esta iniciativa para que comuniquen al Economato General el importe que desean que les sea cargado con este fin. Los fondos recaudados serán destinados a las necesidades más urgentes de las poblaciones afectadas, para hacerles sentir que nadie está solo ante el sufrimiento, la pérdida y la difícil tarea de la reconstrucción.
Que María, Madre de la Esperanza, acompañe y proteja a los pueblos de Colombia y Venezuela y sostenga a todos aquellos que, en este momento difícil, se hacen cercanos a las personas más vulnerables, poniendo a su disposición su tiempo, sus energías y sus recursos.
Que el Señor conceda a las comunidades afectadas consuelo y esperanza y nos haga capaces a todos, mediante nuestra solidaridad, de ser un signo concreto de Su presencia y de Su misericordia.