Los Combonianos regresan a Jartum: «Valor para hoy y esperanza obstinada para el futuro»

Seis  combonianos han regresado a Jartum, Sudán, devolviendo la vida pastoral y la educación a una ciudad todavía marcada por la guerra. Tres de ellos están reorganizando la parroquia de Masalma, en Omdurmán, mientras que los otros tres se dedican a reparar el Comboni College Khartoum y a inscribir alumnos para la reapertura de la escuela en octubre. Todos ellos están inspirados por el valor y la obstinada determinación de Daniel Comboni.

Por: P. Roy Carlos Zúñiga Paredes, mccj
Desde Jartum, Sudán

Mientras me siento a escribir, escucho al cercano muecín llamando a los fieles a la oración del mediodía. Esto me recuerda que vivo en un ambiente musulmán, pero también que nosotros, los cristianos –y los combonianos–, todavía tenemos una misión que cumplir en Sudán: queremos seguir siendo un signo de esperanza obstinada, al estilo más característico de nuestro querido fundador, san Daniel Comboni.

Es una esperanza que brilla como un rayo de luz en medio de las tinieblas que aún rodean nuestro recinto del Comboni College Khartoum (CCK). La mayoría de los edificios vecinos siguen en pie, pero permanecen como testigos silenciosos de todo el caos y la destrucción que esta insensata guerra civil ha traído a esta tierra.

Una ciudad que vuelve lentamente a la vida

Por la noche, mientras doy un breve paseo por el patio de la escuela secundaria, a menudo me pregunto: ¿qué garantía tenemos de que la violencia no volverá a desatarse sobre la capital sudanesa?

¿La respuesta? Confiamos en que Dios, en su infinita misericordia, no permita que semejante mal vuelva a suceder.

Mientras Jartum intenta recuperar durante el día parte de la vida que tenía antes, Omdurmán, al otro lado del puente sobre el río Nilo, rebosa de actividad tanto de día como de noche. Son señales claras de una nación que lucha por volver a ponerse en pie y que anhela la paz.

Personalmente, sigo comprometido con el ideal de Comboni de «salvar África con África». Su memoria continúa impulsándonos, aunque de vez en cuando escuchamos el sonido de drones derribados por el ejército sudanés, el mismo ejército cuya presencia está haciendo posible nuevamente la vida aquí, en Jartum.

Mantener viva la llama de la fe

Actualmente somos seis misioneros combonianos en Jartum: tres en la ciudad y tres en la parroquia de Masalma, en Omdurmán. Nuestra tarea es mantener viva y activa en Sudán la esperanza obstinada de los Combonianos. Esto exige valor de todos nosotros, y me siento honrado de formar parte del grupo de misioneros a quienes se ha confiado la misión de mantener viva aquí la llama de la fe.

Cada domingo vamos a celebrar la Misa en diferentes iglesias y capillas. Somos solamente cuatro sacerdotes combonianos, junto con dos o tres sacerdotes diocesanos, tratando de responder a las necesidades espirituales de todos los católicos de Jartum y Omdurmán. Los fieles nos reciben con alegría y alivio cada vez que venimos a celebrar con ellos la Eucaristía. Se sienten felices de ver a sus pastores compartiendo sus luchas y dificultades.

Un nuevo comienzo para Comboni College

En este momento, mi rutina diaria está centrada en la inscripción de niños y niñas para las clases de primaria y secundaria básica del CCK. Los padres acuden a nosotros porque desean una educación de calidad para sus hijos. El nuevo año escolar está previsto que comience a principios de octubre.

Ya hemos inscrito a más de cien alumnos y todavía tenemos todo el mes de septiembre para continuar con este trabajo. Nadie sabe cuántos más vendrán. Probablemente no podremos responder a toda la demanda, porque actualmente nuestra escuela es la única escuela católica disponible.

Las otras escuelas sufrieron graves daños y las demás congregaciones solo están considerando regresar cuando tengan la certeza de que hay paz y estabilidad. Por el momento, nadie puede saber cuándo será posible.

Y, sin embargo, ver llegar cada día a los más pequeños para las entrevistas y contemplar cómo los espacios de la escuela vuelven poco a poco a llenarse de vida me llena de gratitud. Alabo y doy gracias a Dios, que nos permite una vez más seguir el sueño de san Daniel Comboni en su querida Jartum.

comboni.org

“Feliz con mi servicio misionero”

Por: Padre Tamirat Tegegn Tanga, mccj

El padre Tamirat Tegegn Tanga, misionero comboniano del sur de Etiopía, estudió la teología en Perú. Después de su servicio misionero en el país andino, regresó a su patria para hacer los votos perpetuos y recibir la ordenación sacerdotal. Recién ordenado regresó a Perú para iniciar una nueva página de su vida misionera.

Fui ordenado sacerdote el 28 de octubre de 2023 en mi parroquia natal San Miguel de Hembecho, en el Vicariato de Sodo, en el sur de Etiopía. Regresé a Perú en un plazo de tres días para evitar perder mi permiso de residencia. Llegué a Perú el 2 de noviembre a medianoche, hora local. El provincial me asignó a la parroquia Santa Cruz de Baños.

Baños es uno de los siete distritos dentro de la provincia de Lauricocha, en el departamento de Huánuco. Se alza a más de tres mil 400 metros de altitud, en la región de Quechua. Geográficamente, abarca una superficie de 82,66 kilómetros cuadrados. Su relieve es accidentado, famoso por sus manantiales y pozas de aguas termo-medicinales. Este distrito está rodeado por diferentes montañas de los Andes, las cordilleras de los incas.

Desde mi llegada, se me encomendó la responsabilidad de ser administrador de la parroquia, y animador vocacional. Aunque fui asignado como vicario, ejercía como párroco, ya que no había ningún otro padre en ese momento.

Gracias a Dios, solía escuchar los consejos del padre comboniano Lino Eccher, vicario parroquial de las tres comunidades que confinan con mi parroquia. Me ayudó mucho al comienzo de mi ministerio sacerdotal, porque él lleva 22 años en la misma parroquia.

Luego, me adentré profundamente en mi ministerio sacerdotal y realmente me ayudó mucho conocer poco a poco la cultura, la tradición, la forma de comer y celebrar las fiestas del pueblo, y en general, las costumbres y normas.

No soy yo quien les predica el Evangelio, sino que ellos también me enseñan mucho con su forma de vestir, la manera de recibir a los visitantes, la caridad con los recién llegados. Fue un buen momento para conocer a la gente en profundidad.

Después de servir en Baños durante un año y un mes, mis superiores me pidieron que fuera a otra parroquia en el mismo departamento: San Pedro de Huánuco. Acepté. Esta nueva parroquia es muy buena para mí porque tiene un clima más moderado; no sufrí tanto como en la de Baños.

En San Pedro de Huánuco, somos cinco padres combonianos y me corresponde atender a las personas que están en el campamento, aunque a veces el padre Sergio Agustoni ayuda cuando es necesario.

En esta parroquia, a veces me quedo a dormir en casa de algunas personas. Donde tenemos una capilla con espacio para descansar me quedo allá. Pero la mayor parte del tiempo, atiendo a las personas y regreso a la comunidad comboniana.

Desde que llegué a esta nueva parroquia, estoy feliz con mi servicio misionero que Dios me ha encomendado, y que yo voy aprendiendo.

¡Gracias!

comboni.org

Una mujer del desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Llegó agitada y cansada. Esta mujer beduina tiene más de sesenta años y había corrido kilómetros para regresar a su aldea, con miedo de encontrarse con los colonos que merodean por la aldea donde vive desde hace más de cuarenta años.

Había salido a comprar medicinas para su marido enfermo. Ella misma padece diabetes y comienza a perder la vista. Durante semanas lo acompañó en el hospital y, mientras él se recuperaba, ella bordaba y hacía camellos de lana. Ahora, después de una operación que hizo temer incluso por su vida, él empieza a recuperar las fuerzas. Ella sonríe. Está cansada, pero contenta.

Su cuerpo, sin embargo, lleva muchas otras historias: hijos sin trabajo, una casa familiar demolida, enfermedades, pérdidas, un embarazo de alto riesgo de la nuera, nietos que se casan, con riesgo al ir a la escuela, y responsabilidades económicas que se acumulan sobre una familia que conoce demasiado bien la fragilidad de la vida.

Y, sin embargo, hay en ella una fuerza serena.

Se casó muy joven. Durante casi cincuenta años ha compartido la vida con el jefe de la aldea. Juntos han atravesado enfermedades, pérdidas y dificultades que podrían haberlos separado. Y siguen allí, cuidándose y sosteniéndose mutuamente.

Su casa ha sido durante años un lugar de encuentro. Allí recibían peregrinos, sobretodo italianos, asi como grupos de judíos mesiánicos y visitantes de muchos lugares. Ella preparaba la comida, servía el café y acogía. Su marido la quería a su lado y le reconocía públicamente un lugar de respeto y dignidad.

Hoy llegan menos visitantes, pero permanece algo más profundo: una casa que fue puente entre mundos diferentes.
Cada vez que llegamos, salen a nuestro encuentro con una sonrisa: “Bienvenidas”. Nos ofrecen café y, con una sencillez que conmueve, nos dicen: “Esta es su casa”. Es la familia que más visitamos y, con el paso de los años, también nosotros hemos llegado a sentir su casa como nuestra: un lugar donde siempre somos esperadas, acogidas y recibidas como parte de la familia.
En ella reconocemos a tantas mujeres beduinas: fuertes sin perder la ternura, heridas sin perder la dignidad, mujeres que sostienen a sus familias, defienden su tierra y preservan su identidad bordando en medio de la dificultad.

Ella es una de ellas: agotada, enferma, valiente y acogedora. Una mujer del desierto que, en medio de tantas adversidades, sigue de pie.

Entre la distracción y la abstracción

Texto y foto: P. Juan G. Núñez, mccj
Desde Shafina, Etiopía

Hoy me he dejado alimentar por los recuerdos en la misión de Shafina, mientras asistía a la ordenación sacerdotal de Daniel Dawit, nacido en esta parroquia. Más que distraído, casi diría que estuve abstraído, dejando que mi mente reconstruyera episodios relacionados con esta misión, con el Vicariato de Awasa y con mis 50 años en Etiopía. 

Shafina es anterior a mi llegada. Se remonta casi a los comienzos del Vicariato, en diciembre de 1964. «Comienzos» no es una palabra dicha al azar. Awasa comenzó con dos padres combonianos a quienes se les había confiado un territorio con ocho millones de habitantes y ningún católico. Luego, de prisa, cada año nuevos misioneros y nuevas misiones. Shafina fue la cuarta, abierta en 1968. Estaba situada en un lugar frondoso y fértil, donde crecía el café y todo lo que plantaras de frutas y hortalizas, sin mucho frío ni mucho calor. Casi el paraíso terrenal.

Mi primera visita fue en 1977 por motivos más bien sentimentales. Había hecho el curso de amárico junto a un comboniano que llegó a Etiopía al mismo tiempo que yo. Al terminar la formación, a él lo destinaron a Shafina y a mí a Dilla, dos misiones no muy lejanas. En 1977 vine a verlo para consolarnos mutuamente contándonos nuestras historias. Ambos hemos cumplido 50 años en Etiopía. Él acaba de ser destinado a Italia para ser superior de una comunidad nueva, mientras que yo sigo aquí.

Tras cinco años en Dilla, fui llamado a abrir el seminario mayor interdiocesano en Adís Abeba. Allí me llegaron, en su momento, tres candidatos de Shafina. Todos fueron ordenados sacerdotes, aunque dos de ellos lo dejaron al poco tiempo. Esto fue lo que pasó con bastantes de los que llegarían al sacerdocio a lo largo de estos años.

A Daniel lo he conocido recientemente y lo he seguido, aunque de lejos, en mi período de administrador apostólico del Vicariato. Pequeño y delgado, discreto, pero no apocado. Hoy está a los pies del altar ante el nuevo obispo de Awasa, que le impondrá las manos. Y todos los muchos sacerdotes que estamos concelebrando se las impondremos, implorando la fuerza del Espíritu sobre él, Espíritu que suplican también las más de 1 000 personas que abarrotan la nueva y espaciosa iglesia de Shafina. Dios le necesita para mantener viva esta iglesia de Awasa con sus 300 000 católicos.

Yo imploro y recuerdo. Comencé mi vida misionera aquí, en la misión de Dilla, durante cinco años. Luego me fui, aunque sin perder nunca el contacto con ella, hasta que, 40 años más tarde, cojo de oído y manco de vista, fui llamado para dirigirla, haciendo por cuatro años de obispo sin serlo. Y ahora aquí estoy de nuevo, prestando algún servicio en la medida de mis fuerzas. Mañana celebraré en la catedral las dos misas del domingo, cada una de más de dos horas. Parece tarea titánica, pero no lo es. Es cuestión de relajarse y disfrutar de lo que allí se realiza. La mayoría del tiempo lo ocupan los cantos, que son muy hermosos. Otra buena parte se la llevan los comentarios a las lecturas, algunos casi homilías. Lo mío es lo estrictamente reservado al sacerdote y una homilía que, siguiendo los consejos del papa Francisco, intento que sea breve y jugosa. Y hasta que Dios quiera.

Mundo Negro

38 años de presencia de los Misioneros Combonianos en Asia

Los Misioneros Combonianos están presentes en Asia desde 1988, centrándose inicialmente en la evangelización, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Responden así al llamado de la Iglesia a servir en Asia, el continente menos evangelizado del mundo. (En la foto, el padre Janito Joseph Aldrin Palacios)

P. Víctor Aguilar, mccj

En Filipinas y Vietnam, sus esfuerzos se centran en la animación misionera, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Mientras tanto, en Macao, su objetivo principal es la primera evangelización, llegando a quienes aún no han conocido la fe cristiana.

Los Misioneros Combonianos establecieron su presencia en Asia en 1988, con el propósito de llevar su servicio misionero, inspirado en el carisma de San Daniel Comboni, a este contexto cultural. Su misión partió de la realidad de que Asia alberga la mayor parte de la población mundial que aún no ha escuchado el Evangelio y que enfrenta importantes dificultades socioeconómicas. Además, con su rica diversidad de religiones del mundo, Asia ha presentado una valiosa oportunidad para fomentar el diálogo interreligioso.

La idea de establecer una presencia de los Misioneros Combonianos en Asia se consideró por primera vez y recibió un respaldo preliminar durante el Capítulo General de 1969, y se le dio mayor énfasis a esta iniciativa en los Capítulos Generales de 1975 y 1979. En el período previo al Capítulo General de 1985, los miembros de la Dirección General realizaron viajes, investigaciones y consultas exhaustivas.

Estos esfuerzos culminaron en la decisión definitiva del Capítulo de 1985 de iniciar la obra misionera en Asia. En ese momento, el Capítulo General dejó claro que el objetivo principal era, ante todo, la evangelización, al tiempo que reconocía la promoción de la misión y de la vocación como aspectos esenciales del carisma comboniano.

Para dar seguimiento a este compromiso, el Consejo General publicó dos documentos el 3 de diciembre de 1987, titulados «Apertura a Asia» y un «Decreto por el que se establece la primera comunidad comboniana en Asia», ubicada en Metro Manila, la capital de Filipinas. Este nuevo grupo se constituyó como «Representación del Superior General», operando directamente bajo su autoridad.

Primera comunidad

Inicialmente, el Consejo General nombró a cinco hermanos para formar la primera comunidad: cuatro sacerdotes y un hermano. Dos sacerdotes y el hermano llegaron a Manila el 4 de enero de 1988, y los dos sacerdotes restantes se unieron a ellos el 11 de julio de ese mismo año.

Para el 9 de septiembre de 1990, este grupo se había expandido en dos comunidades: el Centro Misionero Comboniano, enfocado en la promoción misionera y las publicaciones (con el primer número de la revista World Mission publicado en marzo de 1989) y que servía como residencia del representante del Superior General; y el Seminario Daniele Comboni, dedicado a la formación del postulantado y a la promoción vocacional.

Posteriormente, mediante decreto del Superior General y de su Consejo, con fecha del 9 de octubre de 1992 y con vigencia a partir del 1 de enero de 1999, los Misioneros Combonianos en Asia fueron reconocidos oficialmente como Delegación.

Esta nueva Delegación de Asia fue confiada a la intercesión de los mártires japoneses (incluido San Lorenzo Ruiz, filipino) y de San Daniel Comboni, quien, cuando era estudiante, se había inspirado en las historias de estos mártires. Un crecimiento adicional incluyó la apertura de una casa de noviciado el 9 de septiembre de 1993 en Calamba (diócesis de San Pablo, provincia de Laguna).

Presencia en China

La expansión de la misión en China comenzó el 8 de enero de 1991, con la llegada del primer comboniano a Hong Kong, y se formalizó con la creación de la comunidad de Hong Kong/Macao el 6 de enero de 1992, centrada en el aprendizaje del cantonés y en el compromiso con la primera evangelización entre la población china de Macao.

En 1997, tres misioneros fueron asignados a Taipéi para aprender mandarín. Tras sus estudios lingüísticos y su adaptación cultural, fundaron oficialmente la comunidad de Taipéi el 15 de marzo de 2002, con un enfoque inicial en la evangelización en la Iglesia Católica Ren Ai, en el centro de Taipéi.

Ese mismo año, la comunidad de Macao inició su labor misionera en Iao Hon, la zona norte del enclave, donde se consagró la nueva iglesia de San José Obrero el 1 de mayo de 1999. Además, el año 1999 marcó el inicio de Fen Xiang, una iniciativa de apertura hacia China continental.

Para mejorar los esfuerzos de promoción misionera en la parte sur de Metro Manila, el Centro Misionero Comboniano se trasladó en 2002 a una residencia de nueva construcción en Sucat, en la ciudad de Parañaque. La Residencia del Delegado también se trasladó allí tres años después.

El noviciado de Calamba sufrió varios traslados: se trasladó al Seminario Daniele Comboni en 2004 y luego a una residencia de nueva construcción que sustituyó a la antigua Casa de la Delegación en 2007.

Ese mismo año, se inauguró oficialmente una comunidad en Cebú para enfocarse en la promoción de la misión y la vocación en la región sur de Filipinas. Sin embargo, esta comunidad se suspendió después de tres años debido a la falta de personal y se cerró formalmente en 2011.

En 2010, el propio noviciado se suspendió temporalmente, y los novicios fueron enviados al Noviciado Continental en Sahuayo, México. El 10 de octubre de 2019, el noviciado reabrió sus puertas en su sede anterior, en la avenida Roosevelt, en la ciudad de Quezón.

En marzo de 2007, se creó en Macao una segunda comunidad, San Zhao Rong, dedicada a los esfuerzos de apertura hacia China continental. Finalmente, el 15 de marzo de 2016, las dos comunidades de Macao se fusionaron en una sola entidad, la Comunidad de San Zhao Rong.

En noviembre de 2010, la comunidad de Taipéi se trasladó al barrio obrero de Wugu, donde comenzó su servicio misionero en la parroquia de Santa Ana. El 23 de julio de 2014, amplió sus responsabilidades para incluir la parroquia de Huilong y su comunidad asociada de leprosos. Posteriormente, el 7 de mayo de 2022, un hermano comenzó a prestar servicio en la parroquia del Santísimo Redentor en el condado de Yilan.

Debido a la falta de personal y tras una consulta exhaustiva, el Consejo General decidió suspender temporalmente nuestra presencia en Taiwán. Esto se formalizó mediante un Decreto de Suspensión oficial, que entró en vigor el 8 de marzo de 2026.

Los Misioneros Combonianos iniciamos nuestra presencia en Vietnam en noviembre de 2012, con un hermano que estudiaba el idioma vietnamita.

La primera comunidad, compuesta por tres miembros, se estableció el 26 de julio de 2015 para acoger a los candidatos vietnamitas para el discernimiento vocacional, y los primeros llegaron al Seminario Daniele Comboni en junio de 2016.

El primer sacerdote misionero comboniano vietnamita, el P. Dang Khoa Nguyen Van Tien (Pedro), fue ordenado el 14 de marzo de 2026 en Manila, y el segundo vietnamita, el reverendo Dang Thanh Sang (Domingo), fue ordenado diácono el 27 de mayo de 2026 en la ciudad de Ho Chi Minh.

Pastoral

Para fortalecer aún más nuestro trabajo en Filipinas, en particular en la pastoral, la promoción vocacional y misionera, los Misioneros Combonianos fundaron la comunidad de San Francisco Javier en Bataan el 15 de marzo de 2022.

Esta nueva comunidad se creó para servir a la parroquia de San Daniel Comboni en Limay, dentro de la Diócesis de Balanga. La parroquia abarca todo el barangay de Duale y algunas partes de los barangays de Alangan, Reformista y San Francisco 1 y 2.

Tras un discernimiento adicional dentro de la Delegación, en consonancia con los planes futuros y con la aprobación del Consejo General, se ha asignado a dos jóvenes hermanos a Hong Kong. Su misión es aprender cantonés como preparación para una futura expansión de la Comunidad de San Zhao Rong desde Macao hacia Hong Kong, con el objetivo de servir a la Iglesia local.

Como Misioneros Combonianos, estamos comprometidos a volver a los valores fundamentales de nuestra misión (“retorno a lo esencial”), a reestructurar nuestra circunscripción y a fortalecer nuestras responsabilidades misioneras mediante la reorientación misionera de nuestros compromisos.

El retorno a lo esencial implica dar prioridad a un retorno profundo, espiritual y radical a nuestras raíces fundacionales, centradas en el Evangelio y en el carisma de nuestro fundador, San Daniel Comboni.

Este retorno a lo esencial también implica un cambio hacia la conversión personal, la transformación comunitaria y una renovada dedicación a los más pobres y abandonados, en lugar de centrarnos meramente en actividades, tareas administrativas o servicios.

En conclusión, los Misioneros Combonianos, unidos a la Iglesia universal, creen firmemente que Asia representa la principal frontera para la Iglesia en el tercer milenio.

El creciente número de vocaciones en el continente, junto con su inmensa y variada población, lo convierte en una región fundamental para la proclamación del Evangelio como lugar principal de evangelización inicial entre los no cristianos (según nuestro carisma) y para fomentar el diálogo interreligioso.

comboni.org

“Soy especial, soy única, gracias por ser como soy”

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc
Desde el desierto de Judea

La conocimos hace tres años. Una pequeña niña beduina en una aldea del desierto. Extremadamente tímida. Siempre apartada. Casi sin hablar. Parecía vivir detrás de un muro invisible.

Esta semana, durante el campamento de verano en su aldea, apenas podíamos creer lo que veíamos.

Hoy tiene seis años. Y es otra niña.

Creció junto a una hermanita apenas un año mayor, espontánea, segura y extrovertida.

Desde el primer día repetimos una y otra vez el mensaje del campamento: “Soy especial. Soy única. Gracias por ser como soy.”

Al ritmo del himno que acompañó estos días, la vimos sonreír, jugar, participar, hablar y acercarse. La niña que antes se escondía ahora corre a nuestro encuentro. Busca a los demás niños, comparte, colabora y regala abrazos llenos de confianza.

Esta transformación no nació en un instante. Es fruto de años de presencia, cercanía y cariño. Fruto de sentirse querida, aceptada y valorada. Fruto de un camino recorrido junto a ella, su madre y toda su familia.

Durante estos cuatro días vimos hacerse realidad cada uno de los temas del campamento.

El primer día: “Yo soy especial.” Y comenzó a creerlo.

El segundo día: “Puedo cambiar y hacer la diferencia.” Su propia historia fue el mejor ejemplo.

El tercer día: “No estoy sola, tengo muchos amigos.” Y allí estaba ella, rodeada de niños, disfrutando de una amistad que antes parecía imposible.

El cuarto día: “Quiero sembrar la paz.” Y eso es exactamente lo que está haciendo: sanando heridas, venciendo miedos, abriendo el corazón y tendiendo puentes.

Han sido cuatro días intensos en dos aldeas del desierto. Aprestados y ansiosos los niños por estar juntos, jugar. La mayoria de ellos no va a la escuela. La escuela mas cercana esta en Jerico, a kilometros de su aldea.
Llegaban tempranisimo, limpios, ansiosos, cargados de energia. Receptivos al aprendizaje, a los juegos y con corazones cargados de esperanza. Bajo el sol ardiente, suavizado este año por una brisa fresca que sentimos como un regalo de Dios.

Esta pequeña nos recuerda que el amor transforma. Que la cercanía sana.

Hoy sonríe cuando canta: “Soy especial.”

Y al verla, nosotros también lo creemos.

Aquí, en medio del desierto, en Tierra Santa, esta pequeña niña beduina, con esta extraordinaria capacidad de transformacion, ya está sembrando paz.