Celebrar la Navidad en Belén, un privilegio

Así nos narra la Hna. Cecilia Sierra, misionera comboniana, cómo ella y su comunidad celebraron en Belén la noche de Navidad

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Llegamos a Belén a las 6:30 pm, pedimos posada a las Hermanas de la Presentación y nos acogieron. Comimos y rezamos juntas pues celebraban el aniversario del inicio de su congregación.

Pasadas las 8 pm, nos fuimos a la Basílica de la Natividad, a unos 15 minutos de su casa, a pie. No hay luces navideñas ni el tradicional árbol.

Inmediatamente destaca el nacimiento, los personajes son todos grises, el color del polvo que dejan cuando se derrumban y destruyen los edificios y las casas.

En la plaza, frente a la Basílica está el Pesebre, Jesús, José y Maria y otro personaje aparecen entre escombros y alambrado. La madre sostiene un bebé envuelto en una sábana blanca. Otro personaje sostiene lo que parece ser una sábana mortuoria. Impresionante. Más adelante, vemos a un niño, la tradicional figura de Jesús bebe, pero en gris y dentro de una encubadora. Impresionante. Real.

Nos dirigimos a la cueva de Belén, a la gruta. Antes de la guerra, había filas enormes, ahora entramos como nada. Una señora Palestina de Belén dice que es la primera vez que puede entrar ahí la Noche Buena. Antes, era imposible.

Entramos, está casi solo, silencio.

Consientes del gran privilegio. Oramos ante ese sagrado lugar, en silencio. Permanecemos. Coloco unas imágenes de Jesús bebe, en el preciso lugar donde nació. Aquí fue.

Llegan hermanas y gente Palestina de varias parroquias de Belén e inicia un momento de oración, el rosario meditado. Todo en Árabe, cantos muy sublimes y sentidos. Que hermosa liturgia, sentida. Un pueblo que ora con el corazón en la mano.

Y nosotras Lulu, Julia y yo permanecemos. Sentimos la presencia de Jesús, frágil, vulnerable, marginalizado. En la pobreza, entre los últimos eligió Dios manifestarse. Será que buscamos a Dios en lugares equivocados.

El tercer misterio gozoso. El nacimiento de Jesús en este lugar, aquí…. se siente un escalofrío. Si, fue aquí. Y aquí estuvo Maria con su hijo…. y ángeles cantaron. Miro al techo, la estrella de Belén está ahí. Estamos sentados delante de donde según la tradición fue colocado. Permanecemos horas, cantando y orando.

Casi a media noche llegan los sacerdotes para celebrar la misa. Mientras se prepara, me inclino hacia la estrella en el lugar donde nació Jesús. Permanezco, orando, tantos y tantas que llevo en el corazón y prometí oraciones.

Inicia la misa en árabe. Los niños son quienes más han sufrido los efectos de la guerra, ellos y las mujeres, dice el celebrante. Que esta sea la última vez que celebremos Navidad con guerra. Que sea esta la última guerra en esta Tierra Santa.

Cerca de la una de la madrugada, el Patriarca llega con el Niño en procesión hacia la gruta.

En la gruta, donde nació Jesús, no hay regalos, ni luces, ni esferas ni nochebuena. Todo sencillo, simple, parco, pero mucha fe y un grito que sale de lo profundo… danos tu paz. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz.

Desde Belén, y la martirizada Tierra Santa, bendiciones y paz en esta Navidad, con paz y justicia.

¡Feliz Navidad!

Miren, la joven está en cinta y dará a luz un hijo,
y le pondrá por nombre Emmanuel
«Dios con nosotros»
(Isaías 7, 14)

Es Navidad y Dios nos vuelve a sorprender con el don de su presencia entre nosotros.

Es Navidad y el sueño de Dios se hace realidad viene a cargar con nuestra historia para decirnos que sigue creyendo en nosotros.

Es Navidad y la presencia de Dios en Jesús nos recuerda que siempre habrá una oportunidad para la vida, que la guerra es la humillación más escandalosa que cargamos también en nuestros días, que el odio y la violencia no tendrán la última palabra, porque el Dios del amor y de la vida ha entrado en nuestra humanidad para no dejarla jamás.

Es Navidad y la presencia de Jesús en el pesebre llena nuestros corazones de alegría porque descubrimos en su rostro la verdad de nuestras vidas. Somos hijos de Dios en ese pequeño que se nos ha dado para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Es Navidad y vemos a Dios que se hace misionero para venir al encuentro de los pobres, de los humildes y sencillos; viene al encuentro de todos aquellos que con alegría ponen toda su esperanza en Jesús que viene para cumplir la voluntad de su Padre. Viene para que nos demos cuenta que somos lo que más ama su Padre y nuestro Padre.

Que esta Navidad sepamos acoger a Jesús en nuestros corazones
para que podamos ser testigos y misioneros
de su presencia en nuestras vidas.

Con todo mi afecto, mis mejores deseos y mis recuerdos en la oración.
P. Enrique Sánchez G. Misionero Comboniano

Puentes de amistad en tiempos de guerra

El 7 de octubre, comandos de Hamás masacraron a 1.400 israelíes que vivían cerca de la franja de Gaza. Otros 240 fueron tomados como rehenes. El ataque contra civiles fue repentino, y entre las víctimas había activistas de los derechos palestinos como Vivian Silver. Han pasado varios meses desde aquella tragedia, que el gobierno israelí ha reproducido y amplificado bombardeando repetidamente a la población de Gaza. En Israel/Palestina, las Misioneras Combonianas viven cerca del muro que separa a los dos pueblos, pero también son testigos de la amistad que los une.

Por: Hna. Expedita Pérez, misionera comboniana
combonifem

Durante décadas, laos combonianas hemos cultivado relaciones amistosas con palestinos e israelíes, siendo bien recibidos por ambos. Ahora, sin embargo, todas y cada una de nosotras vivimos con miedo y ha crecido la desconfianza hacia los que son del otro pueblo. Inmediatamente después del 7 de octubre, aumentaron los controles del ejército y la policía israelíes, que impedían a la gente desplazarse al trabajo, al hospital o incluso simplemente ir de compras.
La relación entre palestinos e israelíes que viven en los asentamientos se ha deteriorado aún más, con graves abusos por parte de los colonos, especialmente durante la recogida de la aceituna, una tradición muy importante y sagrada en toda Palestina.

Efectos más graves para quienes viven en los márgenes

Si la vida de la población palestina ha empeorado, la de la población beduina se ha vuelto dramática, porque viven cerca de los asentamientos israelíes y a menudo trabajan allí o en la ciudad industrial cercana a Maale Adumin. Muchos de nuestros amigos beduinos llevan más de un mes sin trabajar.
Uno de ellos nos contó que habían llamado a su hijo, pero a los tres días decidió dejarlo porque un soldado le apuntaba todo el tiempo con un fusil: ¿quién puede trabajar bajo semejante estrés?
Desde hace más de un mes, las escuelas beduinas están cerradas porque los problemas de seguridad impiden que lleguen a ellas profesores de otras ciudades de Palestina. Sólo nuestras cinco guarderías, en funcionamiento desde 2008, siguen abiertas gracias a los maestros beduinos que viven allí. Un niño pregunta a su madre todas las mañanas: “¿Hoy hay guerra o hay guardería?”. Si ella responde que hay jardín de infancia, él se levanta rápidamente con alegría para ir al jardín de infancia acompañado de su madre.

Entre dos amores…

También la semana pasada, fuimos a rezar con familias que pertenecen a una de las comunidades judías mesiánicas que hacen voluntariado en las aldeas beduinas. Ellos, judíos, están preocupados por sus amigos beduinos, pero al mismo tiempo ya no tienen ganas de visitarlos porque tienen miedo. Rezan para que la guerra termine, pero sus hijos e hijas, al ser israelíes, ahora se ven obligados a luchar. Así que tienen el corazón dividido por el amor a los dos pueblos, el israelí y el palestino. En este momento sienten que sólo pueden rezar e invocar el don de la paz y la justicia.

Somos muchos los que invocamos la paz en la justicia y se la pedimos a Dios. Todos los puentes de amistad que tantas personas y movimientos han construido a lo largo de los años no pueden ser completamente destruidos por esta guerra. Sabemos que no será fácil recuperar la confianza necesaria para reencontrarnos y compartir, pero sabemos que es posible. Nos encantaría que nuestras palabras y acciones pudieran conducir a la formación de un gobierno más integrador y justo en esta “Tierra Santa”.

El fuego de la damera

Texto y foto: P. Pedro Pablo Hernández, desde Awasa (Etiopía)

Soy misionero comboniano mexicano y la mayor parte de los 20 años que he vivido en Etiopía lo he hecho junto al pueblo guyi. Desde hace más de seis meses continúo mi labor evangelizadora en Awasa, en una realidad diferente donde estoy viviendo nuevas experiencias, como participar en la fiesta de la Cruz de la Iglesia ortodoxa.

«Melkam yemeskel beal» (¡Feliz fiesta de la Cruz!) fue el primer saludo que recibí de un matrimonio conocido nada más salir a la calle. Me dirigía a la plaza central donde miles de personas empezaban a concentrarse. Conforme iba acercándome, constaté que la mayoría llevaban puestos los atuendos típicos de la Iglesia ortodoxa, siempre con una cruz muy elegante y con un largo chal natela, que usan tanto las mujeres como los hombres, aunque de manera diferente.

El cristianismo en el norte de Etiopía acumula siglos de historia y es un baúl de grandes riquezas litúrgicas y religiosas. Cuando llegué por primera vez a este país, me sorprendió saber que el mensaje de Jesús entró en Etiopía en el siglo IV gracias al mensaje de Frumentius, un misionero fenicio, que motivó la conversión de ­Ezana, el rey de Aksum, quien posteriormente declaró el cristianismo como religión oficial de su territorio. Hoy no existen ni reinado ni religión oficial, pero se siguen practicando muchas de las antiguas costumbres, como la de la Cruz.

Frente a la plaza había varios grupos de jóvenes cantado alabanzas a Dios. Era imposible no dejarme llevar por su entusiasmo ni marcar su ritmo con el pie. La Iglesia ortodoxa aglutina al 43 % de los 110 millones de habitantes de Etiopía, frente al 31 % de musulmanes y el 23 % de protestantes. Los católicos somos menos del 0,7 %. El resto siguen otras religiones.

En cuanto entré a la plaza vi de lejos la damera, una especie de construcción con más de 50 varas de cinco metros de altura. Mientras me metía entre la gente, vi que la mayoría de las personas llevaban velas y escuché, a través de las bocinas, que un obispo concluía la oración y se disponía a prender fuego a la estructura.

La relación entre la Cruz y la hoguera se encuentra en una tradición del año 327 que hace referencia a un viaje que la reina Helena, madre del emperador Constantino, hizo a Jerusalén para encontrar la cruz de Cristo. Al no lograrlo, se dispuso a retirarse cuando Kiriakos, un anciano del lugar, le dijo que para encontrarla tenía que poner leña en el suelo, echar incienso encima y después quemarla para que el humo indicara el lugar donde se encontraba. Por este motivo, todos los años, la Iglesia ortodoxa celebra esta fiesta, recordando su hallazgo y expresando su devoción. Los cristianos de otras confesiones nos unimos también a ellos.

En el centro de la plaza presencié cómo muchos feligreses ejecutaban una gran danza rítmica alrededor de la pira. Al mirar a mi alrededor mientras la fogata se debilitaba, noté que las personas que llevaron sus velas las mantenían encendidas, manifestando así su gozo por la Cruz encontrada y su reverencia por la salvación ofrecida.
La fiesta de la Cruz es una profunda manifestación de fe de los cristianos en esta tierra africana, donde se dan gracias a Dios por el don de Jesucristo y el misterio de su cruz. Esa misma fe nos invita a llevar una cruz en el pecho o a colgarla en las paredes de nuestras iglesias y casas.

Caminando de regreso a casa, me di cuenta de que me había dejado contagiar de la alegría que había compartido con los cristianos ortodoxos etíopes y antes de llegar a la puerta, de manera espontánea, le dije a un hombre desconocido que pasó a mi lado: «Melkam yemeskel beal».

En la imagen superior, el P. Pedro Pablo (dcha.) fotografiado delante de la damera durante la última fiesta de la Cruz.

Ver también un vídeo del mismo autor

Las vendedoras de pescado

Por: P. Fernando Cortés Barbosa, Misionero Comboniano

Son siempre mujeres que, bandeja a la cabeza, transportan pescado para su venta, que es obtenido por los pescadores, preferentemente por la noche, de las aguas del río Ubangui, que pasa a un costado de nuestra misión de Mongoumba. Al comienzo de la jornada ellas van por el pescado que consiguen a un determinado precio para después salir a revenderlo.

En horas de la mañana las vendedoras hacen su aparición por la casa. El pescado tempranero es mejor, está más fresco, incluso algunos especímenes llegan aún removiéndose dentro de la bandeja; en cambio, el que llega por la tarde ya ha perdido su frescura, se ve opaco y con los ojos hundidos. A veces viene en estado de descomposición porque seguramente fue atrapado el día anterior, aunque algunas mujeres, muy vivas, lo quieren hacer pasar como fresco todavía.

Yo siempre realizaba la compra de pescado sin hacer uso de la balanza. Me dejaba guiar por las opiniones de los trabajadores de la misión, que siempre favorecían a las vendedoras, pues no pocas veces resultaban ser de la misma familia o cercanos conocidos. Así las cosas, terminaba pagando de más por el pescado. Pero una de las laicas misioneras me advirtió que, haciendo uso de la balanza, por cada kilo de pescado pagara tan solo mil 500 francos, casi tres euros, (un euro son 655 fcfa o francos), porque así evitaría que las vendedoras se aprovecharan de mí.

Cabe comentar que así como el pescado es vendido solamente por mujeres, la carne de cabrito es ofrecido únicamente por hombres. Las mujeres, por sus muchas actividades, cuentan solo con la mañana para ofrecer el pescado en estado fresco; en cambio, los hombres tienen la mayor parte del día para ofrecer la carne de cabrito que tiene más aguante a la descomposición.

Una mañana vino una vendedora a ofrecerme un pescado de apariencia impresionante. Lo cargué en mi mano y calculé su peso en unos diez kilos. Era enorme, bello, de un color negro brillante, y a contra luz adquiría un tono violeta. Hicimos trato directo, sin uso de balanza, contraviniendo la advertencia de la laica. Por él llegué a pagar 35 mil francos, igual a 53 euros. Una vez que el pescado fue limpiado y cortado en trozos se obtuvieron tan solo siete kilos de carne. Es decir que por cada kilo pagué 5 mil francos, o sea, poco más de 7 euros. Y de mil 500 a 5 mil francos hay una diferencia de 3 mil 500, poco más de 5 euros. De haber pagado el pescado a mil 500 francos el kilo, como me indicó la laica, el costo total hubiera sido tan solo de 10 mil 500 francos. Entonces, la vendedora se llevó de más ¡24 mil 500 francos! (37 euros).

Cuando le conté a la laica el abuso del que fui objeto no lo podía creer, y no dudó en reprenderme. Sin duda me lo merecía. Me volvió a insistir que tomara la balanza y pagara por cada kilo el precio fijado. Pues aún así, si bien es cierto que ya no pago tanto, las vendedoras se las arreglan para sacarme un poco más de dinero. Me dicen con voz plañidera que les dé mil o dos mil francos más, que para comprar sus medicinas o porque tienen que pagar la escuela de sus hijos. No falta quien diga que se ha quedado sola y con dos niños que mantener. Otra me dice que tiene que llevar al hospital a su bebé enfermo que carga por la espalda. Miro al bebé, y su carita triste y suplicante me confirma lo que dice su mamá.

Una mañana me hice el fuerte. No cedí ante los lloriqueos de una vendedora. Le dije en tono imperativo que le iba a pagar el pescado kilo por kilo y que si no estaba de acuerdo ya podía irse a buscar otro cliente. En silencio tomó en su mano el dinero que le ofrecí y se lo guardó en su bolso. Luego se inclinó al suelo para llevarse a su cabeza la bandeja vacía. Se incorporó lentamente, despacio dio la media vuelta y dando pasos lentos se marchó. Yo seguía cada uno de sus movimientos, y cuando desapareció de mi vista al salir de la casa, un sentimiento de culpa se apoderó de mí.

Qué cosa tan diferente es cuando los hombres vienen a ofrecerme la carne de cabrito. El animal lo presentan en cinco partes que son las cuatro extremidades más el tronco. Cada pieza oscila alrededor de 4 mil francos, poco más de 6 euros. Entonces, tras breve regateo, se fija el precio sin más ceremonia ni balanza de por medio. En cierta ocasión, habiendo ya obtenido un precio que me parecía bueno sin haber hecho uso de la balanza, quise utilizarla por pura curiosidad, para seguir el consejo de la laica de pagar el kilo de cabrito a 3 mil 500 francos. Se pesó la carne y la balanza terminó por favorecer al vendedor. Tenía que darle 2 mil francos más, igual a 3 euros. Me resultaba mejor haber pagado por pieza que por kilo. No obstante, el vendedor, muy amable, no me exigió nada, me dijo que así estaba bien. Yo le estreché la mano en señal de gratitud, y le dije que la próxima vez le compraría con mucho gusto.

En adelante cuando las mujeres vienen a la casa a ofrecerme pescado, saco la balanza nomás para verificar que no me quiten tanto, porque con sus mil excusas algo de más siempre me han de quitar. Y cuando vienen los hombres a ofrecerme cabrito hago trato directo con ellos, fijando el precio por pieza, que a veces termina por favorecer al vendedor y otras veces al comprador, como un código no escrito que llega a establecerse entre cliente y proveedor.

Misión de Mongoumba, Centroáfrica

16 de noviembre de 2023