El comboniano P. Manuel Augusto Lopes Ferreira, nombrado director nacional de las OMP de Portugal

El padre Manuel Augusto Lopes Ferreira, misionero comboniano de 76 años, es el nuevo director nacional de las Obras Misionales Pontificias (OMP) en Portugal. Fue el cardenal Luis Antonio G. Tagle, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización (Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares), quien lo nombró para un mandato de cinco años (2026-2031), sucediendo al padre José António Mendes Rebelo, también comboniano.

En declaraciones a la Agencia Ecclesia, en Fátima, el padre Manuel Augusto subrayó el riesgo de que «la “Iglesia en salida” se quede solo en palabras», afirmando que «quiere dar un impulso a la misión de las comunidades». Añadió: «Pensé que, a mi edad, ya no me pedirían esto, pero me lo pidieron y acepté, con el simple deseo de estar disponible para contribuir a esta promoción de la comunión entre las Iglesias locales y la Sede Apostólica, para reavivar el espíritu misionero de nuestras comunidades».

El padre Manuel Augusto considera que la función de las OMP es promover la comunión «que conduce a un compromiso misionero», y destaca que, afortunadamente, hoy se vive una Iglesia que se concibe «en salida», citando al papa Francisco. «En verdad –dijo–, corremos el riesgo de quedarnos solo en las buenas palabras. Las Obras Misioneras tienen la tarea de animar y promover iniciativas concretas; esto comienza con la animación de cara a la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra en octubre, pero también incluye muchas otras iniciativas. Esto, precisamente, para mantener vivo el espíritu misionero».

A pesar de que el pasado misionero portugués es «grande», el padre Manuel observa que en la actualidad la realidad es diferente, subrayando que las necesidades están agotando las energías.

«Debemos responder al desafío misionero aquí, pero no podemos olvidar el horizonte universal. Y, por lo tanto, no podemos olvidar la comunión que debemos tener con el Santo Padre en la promoción de la Misión Universal de la Iglesia», ha destacado.

Al ser preguntado sobre el deseo misionero de algunos sacerdotes diocesanos, el nuevo director nacional de las POM afirmó: «Me parece muy bonito y muy positivo que los sacerdotes decidan salir de sus propias iglesias y vivir una experiencia misionera». Añadió: «Debemos hacer lo posible para que esto continúe y para que quienes asumen la misión universal, los institutos misioneros tradicionales, puedan ser percibidos por las comunidades eclesiales como expresión de este compromiso misionero y sean apoyados en este sentido».

El padre Manuel Augusto nació el 20 de enero de 1950 en Arcozelo das Maias, en el municipio de Oliveira de Frades, en la diócesis de Viseu.

Fue director de las revistas misioneras combonianas de Lisboa, Além-Mar y Audácia, y de World Mission, publicada por los misioneros combonianos en Manila, Filipinas.

El padre Manuel Augusto fue misionero en Kenia, como superior del Centro Internacional para los Hermanos en Nairobi (1984-1988), y en Filipinas. También fue superior general de los Misioneros Combonianos (MCCJ) de 1997 a 2003.

Dirigió el Studium Combonianum, la Oficina de Investigación Histórica de los Misioneros Combonianos, de 2015 a 2025 en Italia, primero en Limone sul Garda y luego en Roma.

PR/LJ/OC – Ecclesia

Ascensión del Señor. Año A

“En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado.

Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo»”.

Mateo 28, 16-20


Yo estaré con ustedes todos los días
P. Enrique Sánchez, mccj

Muchas veces decimos que todo lo que comienza llega a su fin y también en la misión de Jesús esto parece cumplirse el día de la Ascensión, cuando ante la mirada de sus discípulos subió al cielo para ocupar el lugar que le correspondía junto a su Padre.

Un día lo vimos aparecer en un pesebre, acogido con cariño y envuelto por la fe de José, de María y de aquellos pobres y sencillos que lo reconocieron desde el principio como el Mesías.

Luego vino el tiempo en que inició la misión que el Padre le había confiado y pasó por todas partes anunciando la llegada del Reino de Dios, hasta dar el testimonio definitivo de ser el Hijo de Dios cuando se dejó clavar en la cruz.

Tres días después apareció Resucitado, como quien había vencido a la muerte y estaba vivo para siempre.

Finalmente, se manifestó a quienes lo habían seguido y que poco a poco se habían convertido en discípulos, testigos y continuadores de su misión.

Todo parecía haber pasado demasiado aprisa y resultaba difícil aceptar que todo llegaba a su fin viendo al Señor subir entre las nubes. Una vez más resultaba complicado creer a lo que estaban viendo sus ojos.

Pero era cierto, la misión de Jesús en este mundo estaba llegando a su fin y ahora empezaba otra etapa de esa misma misión en la que ahora los protagonistas serían los discípulos, que dentro del asombro sentían igualmente latir fuerte sus corazones animados por las ultimas palabras del Señor: “yo estaré con ustedes todos los días”. El momento de la ascensión seguramente había quedado marcado en la mente y en el corazón de todos aquellos discípulos que obedientes habían llegado a aquel pequeño monte en donde les tocaría hacer, una vez más, la experiencia de Dios que se manifestaba ante sus ojos.

No querían perder de vista al Señor, casi como queriendo atraparlo para que se quedará para siempre; que no pasara el tiempo, pero era precisamente en aquel momento en el cual estaba por nacer algo nuevo para los que se habían dejado ganar el corazón por el Señor.

Ahí empezaba otra misión, la misión de los discípulos que por mandato de Jesús eran enviado por todo el mundo a llevar la Buena Noticia del Evangelio, a bautizar en su nombre, a ofrecer la posibilidad de una vida nueva surgida de la conversión y del perdón de los pecados.

Nacía la misión de los discípulos que estaban llamados a ir por los cuatro rincones del mundo para hacer de toda persona un nuevo hijo de Dios, para que nadie quedara excluido de ese nuevo reino que había iniciado con Jesús.

Por esta razón, la ascensión del Señor es para la Iglesia la primera fiesta misionera; es ahí en donde la Iglesia nace, pues la comunidad de cristianos no nació como un club social o un grupo de amigos, sino como los herederos de un mandato dado por el mismo Jesús: “Vayan y anuncien”.

Y se trata de ir, no como pregoneros de informaciones que despierten simplemente la curiosidad, sino como testigos de alguien que ha cambiado la vida de quienes creyeron en él.

Se va a anunciar el nombre de Jesús y con su poder a hacer las obras que él hizo. Quien acepte el mensaje tendrá la posibilidad de recibir la vida nueva que Jesús resucitado ha ganado para todos los que lo sigan.

A partir de ese momento la responsabilidad de la misión se les ha entregado a los discípulos, y como ya lo decíamos en el domingo pasado, ahora se trata de dar un paso más lejos asumiendo nuestra fe como algo de lo que tenemos que dar razón, manifestando nuestras convicciones a través de un compromiso en la transmisión de lo que hemos recibido como don.

Yo me voy, decía Jesús, pero no nos ha dejado solos y justamente nos ha dejado al Espíritu Santo que sabemos que es el protagonista de la misión. Es quien nos llena de fortaleza y de sabiduría para ir sin temor a todas partes, llevando con nosotros la buena noticia de Jesús.

En el envío, Jesús pide que cumplamos los mandamientos que nos ha dado. Y ahí también nos recordamos lo que nos decía el evangelio la semana pasada, “quien me ama, cumplirá mis mandamientos”.

Los mandamientos que nos toca cumplir, Jesús los ha resumido en un solo mandato, el mandamiento nuevo que es el deber de amarnos los unos a los otros como hermanos.

La misión, por lo tanto, que nos confía el Señor es la de ir por todo el mundo como testigos de su amor, abriendo caminos para que todos los seres humanos podamos reconocernos un día miembros de una única familia, la familia de los hijos de Dios.

La ascensión, vista de esta manera, no es un momento triste de pérdidas y de despedidas, sino que se convierte en un tiempo de alegría y de fiesta, pues se trata de ir a anunciar y de transformar en vida aquello, o más bien, a Aquel que nos ha transformado la vida.

Ciertamente la misión presentará siempre muchos retos, dificultades, riesgos y amenazas de todo tipo, pero esos no son motivos para esconderse o para echarse para atrás, pues a la misión se va sostenidos por la certeza de que Jesús está con nosotros.

Yo estaré con ustedes todos los días. Esas no son palabras dichas al aire o para que se conviertan en consuelo momentáneo que aplaque la tristeza e impida las lágrimas al ver a Jesús que se aleja.

Yo estoy con ustedes es la palabra que da certeza y fuerza a la tarea que se nos confía como enviados en el nombre de Jesús. Eso nos ayuda a entender que la misión sigue siendo la suya y que a nosotros nos toca ser simples colaboradores que aportan su granito de arena a la construcción del Reino.

Yo estoy con ustedes, es la presencia que infunde confianza y valor para ir a lo desconocido, para dejar lo que nos brinda seguridad, para abrirnos a las sorpresas de Dios que nos espera en aquellos a los que somos enviados.

Yo estoy con ustedes todos los días y hasta el in del mundo. Ese es el compromiso que confirma la promesa del Señor de no dejarnos solos, de seguir caminando a nuestro lado sintiéndonos cuidados y protegidos por él, para que, aunque pasemos por cañadas oscuras, nada nos asuste y a nada le tengamos miedo.

Que el Señor nos conceda sentir su presencia cada día y en cada circunstancia que nos toca vivir.

Que nos ayude a poner toda nuestra confianza en él y que podamos ver su presencia en todo lo que está a nuestro alrededor; que veamos su presencia en las personas que pone en nuestro camino.

Que llene nuestro corazón de entusiasmo y de alegría misionera, para que seamos capaces de convertirnos en testigos que manifiestan la presencia de Dios en un mundo en donde nos hace tanta falta descubrirlo.

Que nuestras miradas estén siempre dirigidas hacia lo alto para no perder de vista al Señor que nos llamó; pero, al mismo tiempo, que tengamos los pies bien puestos en la tierra para que podamos seguir los senderos de la misión que nos llevan a encontrarlo en los más necesitados y en los más abandonados de nuestra sociedad.

Que la certeza de su presencia nos llene el corazón de confianza y de esperanza para que podamos ser una pequeña luz de paz en nuestro mundo, mientras vamos caminando con el anhelo de llegar un día a estar con él por siempre.

Finalmente, que con el poder de Jesús podamos construir un pedacito del Reino ahí en donde nos ha llamado a ser misioneros suyos y que muchos hermanos puedan descubrir la belleza de nuestra vocación cristiana que hace de cada bautizado un testigo y un enviado del Señor que nos amó.


¡En misión, siendo once!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hemos llegado a la fiesta de la Ascensión del Señor, que el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa simbólicamente cuarenta días después de la Pascua (cf. primera lectura: Hechos 1,1-11). Es particularmente significativo notar que esta es la única aparición de Jesús a sus discípulos narrada en el Evangelio de san Mateo. Antes, de hecho, se había aparecido solo a las dos Marías que habían ido al sepulcro, confiándoles la tarea de decir a los discípulos que fueran a Galilea: “Id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán” (Mateo 28,10).

No se trata de una incongruencia histórica entre los Evangelios. Los hechos principales de la vida de Jesús, transmitidos por los apóstoles, eran ya patrimonio común de las comunidades cristianas. Cuando los evangelistas escriben el Evangelio, recogen algunos relatos y les dan una estructura literaria, con una orientación teológica y catequética particular, pensando en las necesidades de sus comunidades.

Comparto con vosotros algunas reflexiones, teniendo ante los ojos el Evangelio de hoy —un texto de apenas cinco versículos— y tratando de interiorizar su mensaje. Se trata de la conclusión del Evangelio de Mateo y, por tanto, de su culmen y de la clave de relectura de todo el Evangelio. Difícilmente podríamos exagerar su alcance.

1. Galilea, el lugar de la cita

Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado”.

Jesús cita a los apóstoles lejos del centro religioso y político de Jerusalén: en Galilea, lugar de periferia y de frontera, donde todo había comenzado. Desde allí se vuelve a partir, ya no hacia el centro, sino hacia los confines del mundo, hacia todos los pueblos. Es el inicio de la gran aventura de la Iglesia, que durará “hasta el fin del mundo”. Jesús, que había partido de Galilea para concluir su camino en Jerusalén, ahora parece dejar atrás la ciudad santa y su templo: ¡son ya realidades superadas!

Galilea es el lugar de la vida ordinaria, donde Jesús había encontrado y llamado a sus discípulos. Es el símbolo de la vida cotidiana. Después del tiempo pascual, el Resucitado nos remite a nuestra vida de cada día. Es allí donde lo veremos.

La cita es en el monte. Se trata del séptimo y último monte del Evangelio de Mateo: el monte de la misión. Este corresponde al primero, el monte de la tentación, donde el diablo había intentado apartar a Jesús del plan de Dios, ofreciéndole el poder y la gloria del mundo (Mateo 4,8).

2. Los once discípulos, los protagonistas

Son once, solo once, y ya no doce. Aquella ausencia será pesada, embarazosa, llena de interrogantes, causa de tristeza y de desconcierto. Por eso Pedro propondrá ocupar aquel lugar vacío con la elección de Matías (Hechos 1,26). Pero Matías podría representar a cada uno de nosotros.

Es con estos once —un número que habla de incompletud e imperfección— con quienes también nosotros somos convocados para la gran misión. Dada la inmensidad de la tarea, estaríamos tentados de hacer el censo de las fuerzas con las que podemos contar, como hizo el rey David, provocando la ira de Dios (cf. 2 Samuel 24,9). En el fondo, ¿no son acaso eso muchas de nuestras estadísticas?

Dios parece casi burlarse de nuestros cálculos y reduce cada vez más nuestras fuerzas, como hizo con las tropas de Gedeón, en marcha contra los madianitas: de treinta y dos mil a trescientos hombres, porque “Israel podría gloriarse ante mí y decir: Mi mano me ha salvado” (Jueces 7,2). ¡Y ahora será con once hombres como Jesús hará fermentar el mundo!

3. La duda que hace verdadera la fe

Al verlo, se postraron. Pero ellos dudaron”.

¡Lo vieron, se postraron, pero dudaron! Las mujeres junto al sepulcro, cuando vieron a Jesús, “se acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron” (Mateo 28,9). Aquí, en cambio, está la duda, y es Jesús quien debe acercarse a los once.

¡Los evangelistas no hacen concesiones a los apóstoles! Ponen de relieve sus límites, sus debilidades, sus incomprensiones, sus lentitudes: en una palabra, su inadecuación. Son hombres como nosotros. Pensando en ellos, nadie podrá decir ya: “Pero ¿cómo?, ¿quieres escogerme precisamente a mí?”. No debemos avergonzarnos de nuestras dudas. La duda toma en serio la grandeza de la fe.

4. Todo poder al… “maldito” en la cruz

Jesús se acercó y les dijo: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”.

Aquel que había sido juzgado por las autoridades religiosas como blasfemo y maldito por Dios recibe del Padre “todo poder en el cielo y en la tierra”. ¡Qué ironía! Da que pensar, sobre todo a nosotros, que ejercemos un “poder” en nombre de Dios.

Todo está ahora en sus manos (Juan 13,3): en las manos del Amor. Nada ni nadie puede arrancarnos de esas manos (Romanos 8,35; Juan 10,28). Es una certeza consoladora y liberadora, capaz de desatar los vínculos paralizantes de nuestros miedos.

5. El mandato misionero de la Iglesia

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado”.

Ir es la primera consigna. Reanudar el camino de la misión, la de Jesús. Es impresionante ver cómo, desde el principio, la Iglesia —una realidad diminuta e insignificante— tenía una conciencia tan fuerte de ser enviada a todo el mundo.

Para hacer discípulos: suyos, no nuestros. Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, sumergiéndolos —este es el significado del verbo griego “bautizar”— en el Amor de la Trinidad. Enseñándoles no como maestros, sino como discípulos y testigos del único Maestro (Mateo 23,10).

6. La Ascensión, plenitud de la Encarnación

Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Es la última palabra de Jesús, el Emmanuel (Mateo 1,23). Es su encarnación en cada uno de nosotros. La presencia es algo difícil de definir. Se puede estar presente con el cuerpo y ausente con la mente y con el corazón.

La Ascensión no es una partida, sino una nueva y más profunda modalidad de presencia: Cristo es “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”, por decirlo con san Agustín. Por eso san Pablo podrá decir: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2,20).

7. Una sugerencia

Cuando te parezca que Cristo es el gran ausente en tu vida o en nuestra sociedad; cuando te parezca que el “príncipe de este mundo” ha vuelto a tomar el poder en sus manos… vuelve a tomar este Evangelio y escucha esta palabra que nunca pasará: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”.

Y recuerda la última y definitiva promesa de Jesús: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.


Hacer discípulos de Jesús
José Antonio Pagola

Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.

El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es esto precisamente lo que han de seguir transmitiendo.

Entre los discípulos que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin duda quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús, pronto se apagaría.

Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El Resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él no vacilarán.

Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar doctrina», no es solo «anunciar al Resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del Resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar comunidades»… pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer discípulos» de Jesús.

Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo lo mandado» por él son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque sean solo dos o tres.

Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo… salvando.

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Contigo al fin del mundo
María Dolores López Guzmán

Tras la Resurrección se fue. Y lo hizo abiertamente. Los discípulos se quedaron mirando atolondrados mientras se iba y pudieron ratificar que realmente se marchó. El Señor tenía que dejar claro que comenzaba una etapa nueva en su forma de estar con nosotros. ¿Qué relación no pasa en su historia por distintas fases para crecer? De hecho, Él insistió en que estaría acompañándonos todos los días hasta el fin del mundo. Por tanto, nada de ruptura. Su decisión apuntaba a un cambio cualitativo para impulsar la unión. Pero ¿cómo se puede permanecer cuando uno se va?

La presencia es algo tan misterioso que es casi imposible de definir. Porque no queda encerrada en los límites de lo físico. Trasciende lo que se puede ver y tocar. Por eso los sentidos más “adelantados” que mejor la perciben son el olfato y el oído. Se pueden escuchar sonidos reales que nos emocionan aunque estén lejos; se puede oler un aroma único que se nos escapa de las manos pero que nos rodea y envuelve, y nos hace soñar y recordar. La realidad es más amplia que aquello que abarcan nuestros ojos. Se puede reconocer al Señor en signos apenas perceptibles que muestran que de verdad no nos ha abandonado: personas que tienen sus mismos gestos, que pronuncian con autenticidad sus palabras, que son como una prolongación de su ser. Quizás por ello animó a los discípulos a guardar y reproducir todo lo que les había enseñado. Para que otros reconocieran su presencia en ellos y creyeran que el amor y la vida no tienen fecha de caducidad.

 “No es lo mismo marcharse que huir”, escribió la poeta Gloria Fuertes. Tenía razón. Jesucristo no “se fue a por tabaco y no volvió” para evadirse de los problemas de este mundo, sino que, destruyendo a la muerte, fortaleció el vínculo que nos une, irrompible ya, para continuar actuando a nuestro favor de un modo distinto. Por eso quiso dejar claro que la resurrección no suponía irse Más Allá, a vivir cómodamente y disfrutar de un merecido descanso después de tanto sufrido. Con esa presencia nueva mostró que resucitar significa vivir más, amar más, compartir más plenitud. Una inyección de ánimo para vacilantes y temerosos. A Jesucristo resucitado, y a los que han resucitado con Él, nadie nos los puede arrebatar.

Así, ser misionero es posible. Contamos de verdad con unos aliados fieles e indestructibles ante las adversidades y la intemperie: El Señor y los que nos han precedido. Jesucristo nos hizo una promesa que ya ha cumplido: estar con nosotros hasta el fin del mundo. Y tú… ¿estarías dispuesto a irte con Él?

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Ascensión:
¿una desaparición o una partida?

La resurrección, la ascensión y pentecostés son aspectos diversos del misterio pascual. Si se presentan como momentos distintos y se celebran como tales en la liturgia es para poner de relieve el rico contenido que hay en el hecho de pasar Cristo de este mundo al Padre. La resurrección subraya la victoria de Cristo sobre la muerte, la ascensión su retorno al Padre y la toma de posesión del reino y pentecostés, su nueva forma de presencia en la historia. La Ascensión no es más que una consecuencia de la resurrección, hasta tal punto que la resurrección es la verdadera y real entrada de Jesús en la gloria. Mediante la resurrección Cristo entra definitivamente en la gloria del Padre.

«Apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios». Los cuarenta días en el A. y NT representan un período de tiempo significativo, durante el cual el hombre o todo un pueblo se encuentra recluido en la soledad y en la proximidad de Dios para después volver al mundo con una gran misión encomendada por Dios. Con el acontecimiento de la Ascensión se termina una serie de apariciones del Resucitado. ¿Dónde estaba Jesús durante los cuarenta días después de Pascua, cuando se aparecía a sus discípulos? ¿Estaba solitario en algún lugar de Palestina del que salía de cuando en cuando para ver a sus discípulos? ¡NO! Jesús estaba ya «junto al Padre» y «desde allí» se hacía visible y tangible a los suyos. Junto al Padre estaba ya desde su resurrección y con nosotros permanece aún después de subir al Padre. En la Ascensión no se da una partida, que da lugar a una despedida; es una desaparición, que da lugar a una presencia distinta. Jesús no se va, deja de ser visible. En la Ascensión Cristo no nos dejó huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras formas de presencia. «Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos». Así lo había prometido y así lo cumplió. Por la Ascensión Cristo no se fue a otro lugar, sino que entró en la plenitud de su Padre como Dios y como hombre. Y precisamente por eso se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros.

Por esto es muy importante entender qué queremos decir cuando afirmamos que Jesús se fue al cielo o que está sentado a la derecha de Dios Padre.

La única manera de convertir la Ascensión en una fiesta es comprender a fondo la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida. Una partida da lugar a una ausencia. Una desaparición inaugura una presencia oculta.Por la Ascensión Cristo se hizo invisible: entra en la participación de la omnipotencia del Padre, fue plenamente glorificado, exaltado, espiritualizado en su humanidad. Y debido a esto, se halla más que nunca en relación con cada uno de nosotros.

Si la Ascensión fuera la partida de Cristo deberíamos entristecernos y echarlo de menos. Pero, afortunadamente, no es así. Cristo permanece con nosotros “siempre hasta la consumación del mundo”. En la Biblia, la palabra cielo no designa propiamente un lugar: es un símbolo para expresar la grandeza de Dios. S. Pablo dice: “subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia” (Ef 4,10), es decir, alcanzó una eficacia infinita que le permitía llenarlo todo con su presencia.

“Encielar” a Cristo es como desterrarlo, es perderlo. Su ascensión es una ascensión en poder, en eficacia, y por tanto, una intensificación de su presencia, como así lo atestigua la eucaristía. No es una ascensión local, cuyo resultado sólo sería un alejamiento. No olvidemos que el relato de los Hechos de los apóstoles es mucho más el relato de la última parición de Cristo que la fecha de su glorificación.

Mientras tanto ¿qué hacer? Esta es la cuestión fundamental: ¿Y ahora, qué?

-Vivir la certeza de que Él «está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Que la Encarnación es un gesto de Dios irreversible. Está, pero de otro modo. Y los apóstoles necesitaron semanas para comprender y hacerse a la idea. Es el sentido de lo sorprendente de cada «aparición». Reconocerle en tantas mediaciones: Iglesia, comunidad, sacramentos, eucaristía, hermanos… Encontrar al Señor en todo y de tantas maneras.

La Ascensión es la plenitud de la Encarnación. Cuando se hizo carne no se pudo encarnar más que en un solo hombre, al que asumió personalmente el Verbo de Dios. Pero mediante la Ascensión, por la fuerza del Espíritu que lo resucitó de entre los muertos, se hace «más íntimo a nosotros que nosotros mismos», de tal modo que Pablo pudo decir «vivo yo, pero no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».

Durante su ida mortal Jesús vivió la condición corporal y sus limitaciones en espacio y tiempo. Cuando estaba sentado en casa de Lázaro y de sus hermanas, no estaba en otra parte. Y cuando dormía, envuelto en su manto, cerca de sus discípulos al borde del lago, no estaba en ellos, como lo estuvo después. Por ello, la Ascensión aparece no como una ausencia de Jesús que haría legítima su tristeza, sino como una modificación de su presencia: la presencia corporal, sin dejar de ser corporal, muere a cierta manera de ser, para realizarse totalmente, es decir. para llegar a ser más interior y más universal.

Podríamos decir que en el cuerpo glorificado de Jesús se realizan las promesas al cuerpo humano. Lo que prometía, en el encuentro personal, deja de impedirlo. Este es el verdadero cuerpo humano. Para nosotros, el cuerpo es lo que nos hace presentes, pero al mismo tiempo limita y sabotea esta presencia de la persona. Con razón escribía Blondel: «Es una extraña soledad el que los cuerpos y todo lo que se ha podido decir de la unión no es nada para el precio de la separación que causan» (L’Action, t. Il. pág. 262).

Pero en el cuerpo glorificado de Jesús se realiza lo que no nos habríamos atrevido a esperar. Jesús se hace inmediatamente presente a los que ama, y se une a ellos allí donde ellos son justamente ellos mismos, se hace interior a ellos. Y, por otra parte, se hace simultáneamente presente a todos, sin limitaciones espacio-temporales. Así, el misterio de Jesús aboliendo ciertas formas de presencia corporal para tener junto a nosotros una presencia más interior y más universal, es a la vez el sentido de una experiencia humana vivida y la promesa de que esta experiencia será salvada y colmada para los que la vivan en la fe.

-No quedarnos «ahí plantados mirando al cielo». Volver a la ciudad, al trabajo… pero siendo sus testigos aquí y allá. Que la memoria de Jesús no sea nostalgia ni simple recuerdo, sentimiento intimista inoperante, intrascendente. Sino impulso de seguirle hacia los hombres, hacia el Reino. La Ascensión es una invitación al realismo cristiano y no una evasión a un falso cielo deseado. Los ángeles invitan a mirar a la tierra y preparar su vuelta aquí entre los hombres. La fe es una alienación si uno se despreocupa del mundo. Pero esta fe alienante está condenada por los mismos ángeles: «Galileos, qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». Teilhard de Chardin: «La fe en JC se podrá en el futuro conservar o defender sólo a través de la fe en el mundo».

Nos ha resultado más cómodo ubicar a Cristo, el Hijo de Dios, a la derecha del Padre en el cielo, que hacer sitio al Hijo del hombre en nuestro mundo y por encima de nuestros intereses. Creer en Dios no es muy difícil, sobre todo si lo situamos en el cielo. Lo difícil -y eso es el cristianismo- es aceptar que Dios se ha hecho hombre, que es hombre, que vive y está con nosotros, precisamente en el prójimo. Eso es difícil de creer, porque eso nos compromete y nos complica la vida, cuestionando nuestra seguridad, nuestro bienestar, nuestro progreso frente al riesgo, malestar y subdesarrollo de tantos millones de cristianos vivientes… en los que no creemos y a los que olvidamos y rechazamos.

Y se vuelven a Jerusalén con la alegría metida en el alma.

Es todo un programa de vida. Y para ello:

-«Seréis bautizados con Espíritu Santo». Esta será la fuerza de Dios en nuestra debilidad. Uno se sorprende al ver la serenidad, la ciencia y fortaleza de aquellos primeros discípulos, pescadores temerosos y desalentados; ¡cómo cambió su suerte! Durante esta semana pidamos con insistencia la venida del Espíritu Santo.

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“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”
Romeo Ballan mcci

La Ascensión es una nueva epifanía. Las lecturas bíblicas y otros textos litúrgicos la presentan como una manifestación gloriosa de Jesús. En la I lectura se narra la nube de las apariciones divinas y hombres (ángeles) vestidos de blanco, se hacen hasta cuatro referencias al cielo en tan solo dos versículos, hay un anuncio del retorno futuro… (v. 9-11). S. Pablo (II lectura) presenta el epílogo de una empresa difícil y paradójica, pero muy exitosa: Jesús sentado a la derecha del Padre en el cielo, por encima de todo principado y potestad, constituido como cabeza de la Iglesia y sobre todas las cosas (v. 20-22). Los acontecimientos conclusivos de la vida terrena de Jesús dan sentido e iluminan el doloroso recorrido anterior. “Por eso Juan habla de exaltación, por tanto, de ascensión de Jesús, en el día mismo de la muerte en la cruz: muerte-resurrección-ascensión constituyen el único misterio pascual cristiano, en el cual se realiza la recuperación en Dios de la historia humana y del ser cósmico. También los cuarenta días, mencionados en Hechos 1,2-3, evocan un tiempo perfecto y definitivo y no se han de considerar como una información cronológica” (G. Ravasi).

El feliz cumplimiento del hecho-misterio pascual de Jesús es la raíz de la gozosa esperanza de la Iglesia y de la serena confianza de los fieles de poder gozar un día de la misma gloria de Cristo (Prefacio). Aquí tienen inspiración y energía tanto el compromiso apostólico como el optimismo que anima a los misioneros del Evangelio, con la certeza de ser portadores de un mensaje y de una experiencia de vida exitosa, gracias a la resurrección. No se trata de una experiencia fracasada, sino exitosa y segura: ya plenamente triunfante en Cristo, y, si bien de manera parcial, exitosa también en la vida del cristiano y del evangelizador, aunque a la espera de nuevos desarrollos.

Motivados interiormente por esta experiencia de vida nueva en Cristo, los Apóstoles – y los misioneros de todos los tiempos – se convierten en sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Hch 1,8), en un movimiento que se abre progresivamente del centro (Jerusalén) hacia una periferia tan vasta como el mundo entero. El campo de trabajo misionero de la Iglesia son todos los pueblos (Evangelio), a los que Jesús envía a sus discípulos antes de subir al cielo (v. 19). Los envía con la plenitud de su poder (v. 18), que le corresponde en cuanto Hijo de Dios, y en cuanto Kyrios (Señor) glorificado: “Vayan, pues, y hagan discípulos detodos los pueblos, bautizándoles… enseñándoles… (v. 19-20). Una misión que es posible realizar con la fuerza del Espíritu, al que invocamos, junto con María y los Apóstoles, en la espera de un Pentecostés siempre nuevo.

Ese pues (oun-ergo: en gr. y lat., respectivamente) tiene el valor de una consecuencia irrenunciable: indica la raíz y la continuidad de la misión universal, que nace de la Santísima Trinidad y se prolonga en el tiempo y en el espacio por medio de la Iglesia, enviada a todos los pueblos, confortada por la perenne presencia de su Señor: “Yo estoy con ustedes todos los días” (v. 20). Para Mateo, Jesús no se aleja de los suyos, cambia solamente el modo de presencia. Se queda con ellos: Él es siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, anunciado desde el inicio del Evangelio (cfr. Mt 1,23).

Los verbos que Jesús utiliza para enviar a sus discípulos en misión mantienen su perenne actualidad. ‘Vayan’ indica el dinamismo de una salida permanente y el valor para entrar en las situaciones siempre nuevas del mundo; vayan, o sea salganpartan, vayan al encuentro del otro; ‘hagan discípulos’ quiere decir que todos los pueblos están invitados a hacerse seguidores no ya de una doctrina, sino de una Persona; propongan así como Dios se propone sin imponerse; ‘bauticen’ hace referencia al sacramento que introduce a las personas en la Iglesia y las inserta en la vida de la Trinidad; ‘enseñen a guardar’ se refiere a la respuesta de los discípulos a la voz del Maestro y Pastor. Él ha cumplido ya la obra de la salvación en favor de todos los pueblos; ahora llama y envía a otros discípulos para continuar su misma misión. Por los caminos del mundo, el cristiano vive a menudo en tensión entre mirar al cielo y transformar la tierra. Si uno mira solamente hacia arriba, vienen los ángeles (Hch 1,11) a indicarle sus tareas en la tierra. Si se mira solo a la tierra, S. Pablo nos recuerda la esperanza a la cual estamos llamados (Ef 1,18). La síntesis es la misión en nombre de Dios y en medio a los pueblos. Este es el don y el misterio de cada vocación al servicio del Evangelio en el mundo.

Sudán: nueva plataforma web para aprender la lengua de sordos

El pasado sábado 9 de mayo, en las instalaciones del Comboni College of Science and Technology (CCST) de Port Sudan, tuvo lugar la presentación de la plataforma web para el aprendizaje de la lengua de signos en el dialecto sudanés, destinada a personas sordas. (En la foto: La Dra. Ilham Idriss Gismallah, directora general del Ministerio de Salud y Desarrollo Social —área social— del Estado del Mar Rojo, se dirige al público)

Por: Padre Jorge C. Naranjo Alcaide, mccj,
Comboni College of Science and Technology
Port Sudan

Los asistentes pudieron escuchar las diferentes intervenciones del padre Jorge Naranjo, director del CCST y presidente del Consejo de Administración; de Mohamed Jib Allah Ali Jib Allah, presidente de la Unión Nacional de Personas Sordas de Sudán; y de Amna Abd Al-Qadir, secretaria del Consejo para las Personas con Discapacidad del Estado del Mar Rojo.

De izquierda a derecha: Amna Abd Al-Qadir, secretaria del Consejo para las Personas con Discapacidad del Estado del Mar Rojo; el Dr. Adam Mohamed Adam, director general del Ministerio de Educación General del Estado del Mar Rojo; el general Fath Allah, secretario general del Estado del Mar Rojo; y el padre Jorge Naranjo.

Kinda Gebre Tesfay, responsable de la plataforma, explicó al público la estructura del proyecto. Las lecciones en vídeo se dividen en dos niveles: solo se puede acceder al segundo tras haber superado el examen final del primero. La plataforma facilita, además, el acceso a traductores acreditados para diversas organizaciones, favoreciendo así el empleo, la inclusión social y una mayor disponibilidad de servicios de traducción cualificados.

Tras «navegar» por la plataforma digital, varias autoridades expresaron su reconocimiento por el proyecto que, a pesar de haberse desarrollado en el Estado del Mar Rojo, tiene un alcance nacional: el Dr. Adam Mohamed Adam, director general del Ministerio de Educación General del Estado del Mar Rojo; la Dra. Ilham Idriss Gismallah, directora general del Ministerio de Salud y Desarrollo Social (sector social) del Estado del Mar Rojo; el general Fath Allah, secretario general del Estado del Mar Rojo, en representación del gobernador, el general Mustafa Mohamed Noor.

En el evento también estuvieron presentes representantes de UNICEF, de la Autoridad Federal de Regulación de las Telecomunicaciones, de la Dirección de Educación Especial del Ministerio de Educación General del Estado del Mar Rojo, de diversas organizaciones de personas con discapacidad, de las escuelas combonianas, de la Iglesia católica y de la Iglesia episcopal, así como los equipos de AISPO y del CCST que participan en el proyecto.

Los equipos de CCST, AISPO y SNUD que participan en el proyecto, con San Daniel Comboni al fondo.

El cantante invidente Ameen Omer Hamid concluyó la ceremonia con una canción especial, compuesta para la ocasión.

El proyecto que ha hecho posible esta iniciativa ha sido financiado por la Agencia Italiana de Cooperación al Desarrollo –Oficina de Addis Abeba- y ha sido coordinado por AISPO, el CCST y la Unión Nacional Sudanesa de Personas Sordas (SNUD). Esta última cuenta con 38 sedes en el país, a través de las cuales se difundirá el uso de la plataforma. La noticia ha sido difundida en las páginas de Facebook del Ministerio de Salud y Desarrollo Social del Estado del Mar Rojo y de la SNUD.

Más allá de la barrera del idioma: encontrando vínculos en la República Centroafricana

Por: Neema, LMC en RCA

Han pasado poco más de dos meses desde que llegamos a la República Centroafricana (RCA). Desde el momento en que aterrizamos, los Laicos Misioneros Combonianos (LMC) y el sacerdote responsable nos dieron una cálida bienvenida en el aeropuerto. Desde entonces, hemos estado recorriendo juntos este camino de fe y servicio. En Bangui, hemos podido familiarizarnos con el país gracias a que la familia comboniana nos ha mostrado sus alrededores, desde los bulliciosos mercados hasta la belleza de la capital. También hemos tenido el privilegio de acompañar a los MCCJ (Misioneros Combonianos) mientras celebraban misa en diversos lugares.

Un momento destacado de nuestra estancia en Bangui fue la oportunidad de reunirnos con los tres obispos combonianos que actualmente prestan servicio en la República Centroafricana. Hablar con ellos nos proporcionó una comprensión más profunda de la historia y la fuerza de la misión comboniana, haciéndonos sentir aún más conectados con la gran familia de la que ahora formamos parte.

Superando barreras

Al principio, la barrera del idioma se percibía como una «piedra en el camino» entre nosotros y la comunidad local. Sin embargo, nos esforzamos a diario por salvar esa brecha. Actualmente estamos recibiendo clases intensivas de francés mientras nos alojamos en la casa provincial de Bangui, para poder comunicarnos de forma más eficaz y servir más profundamente en los próximos meses.

Pascua en Mongoumba

Como llegamos durante la Cuaresma, las LMC nos invitaron a celebrar la Pascua juntos como una familia. Durante la Semana Santa, viajamos a Mongoumba, el corazón de nuestra misión. Fue maravilloso pisar por fin el terreno de la misión y volver a conectar con los LMC y la comunidad local.

El viaje estuvo lleno de expectación. Cuando más tarde nos preguntaron por nuestras impresiones, nos dimos cuenta de que cada uno de nosotros había vivido la experiencia desde una perspectiva diferente. A pesar de estos diferentes antecedentes, nos unió la encantadora bienvenida que recibimos de los Misioneros Combonianos y de la gente de Mongoumba. Celebrar la Pascua con los cristianos locales fue un regalo; el culto, los bailes, los cantos y la vibrante sensación de unión nos recordaron que, efectivamente, ¡Cristo ha resucitado!

Aunque la comunidad de Mongoumba habla la lengua local, el sango, lo que sigue siendo una barrera para nosotros, la gente aún así encontró la manera de comprender nuestra presencia y nuestras intenciones. Cada día nos ofrecía una nueva oportunidad de aprender algunas palabras de ellos, lo que demostró que la conexión a menudo va más allá del lenguaje hablado.

Servicio en la clínica

Después de la Pascua, nos quedamos una semana más para ayudar a nuestra compañera de equipo, Elia, mientras se preparaba para regresar a Portugal. Ella dirigió la clínica y pasó sus últimos días guiándonos a través de las operaciones, mostrándonos la coordinación con el hospital vecino y el trabajo vital que se está realizando con la comunidad pigmea y la población en general.

La experiencia en la clínica fue profundamente conmovedora y, en ocasiones, difícil. Ver llegar a los pacientes para que les curaran las heridas y les trataran nos permitió sentir, literalmente, su dolor. Fue un momento sombrío y que nos hizo sentir humildes a ambos, al ser testigos de la cruda realidad de la misión y del trabajo que nos espera. Aunque durante esta visita nos centramos en el hospital, esperamos poder participar pronto en otras actividades de la misión. También tuvimos la oportunidad única de participar en un taller de Laudato Si’ dirigido a la comunidad pigmea.

Mirando hacia el futuro

Regresar a Bangui fue emotivo, ya que significaba despedirnos de Elia. Es difícil decir adiós tan pronto y, al verla partir, nos golpea la realidad de la tarea que nos espera. Darnos cuenta de que la continuidad de esta labor vital recae ahora sobre nosotros es a la vez una responsabilidad que nos hace sentir humildes y un reto que nos preparamos para afrontar con todo nuestro corazón.

Para honrar su estancia aquí, organizamos una pequeña fiesta para celebrar sus numerosas contribuciones. Aunque fue duro verla partir, estamos profundamente agradecidas a Dios por todo lo que ha logrado y la despedimos con muchas bendiciones.

Mientras continuamos con nuestras clases de francés, nos preparamos para el siguiente capítulo. Sabemos que aprender sango es nuestra próxima gran tarea, especialmente porque Teresa también regresará pronto a su país de origen, dejándonos a nosotras sus responsabilidades.

Seguimos aprendiendo unos de otros y creciendo como equipo. Aunque el camino es difícil, nuestros corazones siguen centrados en la misión y en las personas a las que hemos venido a servir.

Saludos a todos, y que la paz esté con vosotros.

Entre velas y piedras

Por: Hna. Lorena Cecilia Sessaty Sáenz
Desde Belén, Palestina

«Yo ya dejé de soñar. Aquí duele mucho». Las palabras de Khader, un joven palestino de apenas 17 años, dichas con un tono seco y molesto, me dejaron helada. No era una frase dramática ni un acto de rebeldía ante la dinámica propuesta. Era una constatación pronunciada desde un cansancio profundo y un hastío evidente.

Soy una misionera comboniana mexicana y trabajo desde hace poco más de un año en Bailasan, un centro de acompañamiento psicológico y espiritual en Belén. El conflicto que vivimos no solo trae muerte y destrucción visible, arrastra consigo una larga lista de consecuencias colaterales. Belén, una ciudad cuya economía depende casi por completo del turismo, está casi paralizada. El colapso económico se traduce en un aumento de cuadros de estrés y depresión, familias separadas por la migración forzada, carreras truncadas, planes de vida suspendidos, jóvenes que desde hace años no salen de sus casas y una dependencia cada vez mayor del mundo digital como vía de escape.

En medio de estas historias me acuerdo del poema Piensa en los demás, de Mahmud Darwish. Muchas veces, frente a ciertos relatos y a mi propia impotencia, he repetido en silencio la frase con la que se cierra el poema: «Si tan solo fuera una vela en la oscuridad». Una vela, es decir, una luz capaz de alumbrar las penumbras que deja el conflicto, la oscuridad de la división y de la violencia. Una luz pequeña que intenta abrirse paso a pesar de la dificultad del idioma, de la cultura, de las distancias… y de mis limitaciones.

Y, sin embargo, en mi intento de ser luz para otros, me descubro iluminada por la luz de muchas velas que encuentro en este camino. Pienso en Tariq, Raed, Gina o Mohamad, personas cuyas familias sufrieron la expulsión y la crudeza de crecer en campos de refugiados y que hoy se han vuelto expertos en provocar sonrisas en los niños a través del teatro y las marionetas. Pienso también en Shoshana, Betina, Natania y tantos hebreos más que no solo entregan su tiempo y su energía en favor de la justicia, sino que muchas veces se enfrentan a rechazos y críticas de su propia gente por sus acciones en favor de la paz. En medio de esta gran oscuridad que vivimos hoy en Israel y Palestina, una oscuridad que a veces parece expandirse con malicia, hay muchas velas encendidas, personas que guían con sus talentos, que acompañan con valentía, que calientan el corazón con su servicio y que inspiran con su resistencia silenciosa.

En Bailasan, durante las terapias, los talleres o los grupos de apoyo solemos encender una vela. Pero el verdadero fuego lo encuentro en la fuerza y la sabiduría interior de las personas que participan. Para mí, eso no es otra cosa que el Espíritu Santo, actuando y alumbrando desde dentro.

Vuelvo a la historia de Khader. Después de un tiempo de acompañamiento, durante uno de los talleres presentamos la historia bíblica de David y Goliat. Me impactó escuchar cómo Khader explicaba que David le ayudó a darse cuenta de que se estaba aferrando a una «armadura» que no era la suya: sueños y anhelos que, lejos de impulsarlo, lo paralizaban, aumentaban su sensación de impotencia y le hacían «pesado el corazón». Una armadura que más que protegerlo, le estorbaba.

Khader fue nombrando su honda y sus cinco piedras, sus recursos para enfrentar cada día: su salud, su amor por los scouts, su familia, su fe y su mejor amigo. Reconocía que no está en sus manos cambiar la situación sociopolítica, pero sí vencer al Goliat del rencor y de la apatía que lo desafían.

Entiendo a Khader. También yo tengo sueños que duelen cuando se confrontan con la realidad de cada día: que termine la ocupación, que cese la violencia, que caigan los más de 700 kilómetros del muro de separación. Soñar así, hoy, para mi misión como comboniana, se convertiría en esa «armadura» pesada que limitaba a David, capaz de hacerme, como a Khader, más pesado el corazón.

Mi misión hoy tiene más bien la forma de una vela: «Si tan solo fuera una vela en la oscuridad». Acompañar, alentar, escuchar, conectar. Tocar con cuidado las heridas y romper, poco a poco, los muros de la indiferencia.

En esta tierra herida sigo descubriendo que Dios no ha dejado de actuar. Él mantiene su luz encendida en mí, me confirma en mi misión y me confirma que la misión es suya.

mundonegro.es

VI Domingo de Pascua. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes.

Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.

El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él».

(Juan 14, 15-21)


No los dejaré desamparados
P. Enrique Sánchez G., mccj

El evangelio de hoy parece tener como fondo una melodía de despedida, “dentro de poco, el mundo no me verá más”, dice Jesús a sus discípulos.

Y, no debería extrañarnos, pues estamos ya muy cercanos al final de este tiempo pascual que se concluirá con la fiesta de la Ascensión y Pentecostés, dentro de muy pocos días.

Jesús nos ha acompañado durante este tiempo y nos ha ido dando pruebas de su cercanía y de su compromiso de mantenerse a nuestro lado para que podamos llegar con él al final de su misión. Para que podamos estar con él junto a su Padre.

En la preparación para que podamos ir en su compañía, para que podamos llegar a ocupar el lugar que él nos ha preparado, Jesús parece dejarnos dos recomendaciones, la primera es una invitación a vivir en el amor que él ha compartido con nosotros durante su misión.

Esa invitación podríamos entenderla como una puerta que se abre para que entremos y permanezcamos en una relación caracterizada por la intimidad, por la confianza, el cariño y la amistad con Jesús.

Por otra parte nos propone adoptar y aplicar los mandamientos, aquellas normas de vida que tienen por finalidad asegurarnos el caminar por senderos seguros y con paso firme.

Se trata de dos realidades que se llaman una a la otra, pues la vida nos enseña que no puede haber un verdadero compromiso si este no está sostenido por el amor. Porque amamos somos capaces de aceptar obligaciones y deberes.

Para lograr integrar esos dos criterios de vida, el Señor nos promete y nos da el don de su Espíritu. Bajo su cuidado podremos hacer del amor nuestra regla de vida.

El Espíritu es quien hará posible todo lo que nos tocará vivir como cristianos, en lo que esta vocación implica de renuncias y sacrificios, de esfuerzos y de entregas, de abandono y de confianza.

Ese Espíritu es quien nos educará en el amor para que podamos ser felices y para que nuestra vida sea plena y llena de alegría. Será el Consolador, es decir, quien nos permitirá pasar por momentos de oscuridad y a lo mejor de inquietudes, sin que perdamos la paz, pues será siempre la garantía de la presencia del Señor que no nos deja huérfanos.

Jesús se va despidiendo, pero a cada paso parece insistir en algo que debería ser muy consolador para nosotros. Se va, pero no nos deja solos. Nos promete la compañía de Alguien que estará siempre con nosotros, nos dejará el Espíritu que no es alguien más que el don que Jesús pide a su Padre para nosotros.

El Señor se va y nos va preparando para que en el momento en que nos tocará dar razón de nuestra fe estemos firmes y preparados.

Llega el momento, como en la vida de toda persona, en el cual hay que empezar a dar pasos sin que nadie nos sostenga; hay que tomar responsabilidades que otros ya no pueden asumir en nuestro lugar.

Hay que ser cristianos por convicción y porque hemos optado por ello y no como si se tratara de una herencia que hemos recibido para irla gastando poco a poco, sin saber lo qué ha costado.

En el momento de dar los primeros pasos en nuestra experiencia de fe como cristianos, el Señor nos recuerda que de lo que se trata es de vivir poniendo como cimientos de nuestra experiencia dos cosas: el amor y los mandamientos.

Para ser cristianos tenemos que amar profundamente y eso es lo que nos dará la identidad que nos permitirá identificarnos como hijos de Dios y hermanos de Jesús. Amar y dejarse amar será por siempre la tarea del cristiano y vivir del amor y amando quiere decir organizar nuestra vida aceptando vivir fuera de nosotros mismos.

Es decir, tomando la vida en nuestras manos para entregarla con alegría a los demás. Pues como dirá el mismo Jesús: quien quiera ganar su vida tendrá que estar dispuesto a entregarla, a perderla, para poder recuperarla.

Sólo de esa manera se podrá seguir a Jesús como discípulos, amándolo y no por obligación, ni por ninguna otra razón como podría ser la conveniencia o el interés. Amarlo significa abrazarlo y ponerlo en el centro de nuestra vida de manera gratuita. Seguirlo, por puro gusto, como me gustaba decir ya desde hace varios años cuando invitaba a los jóvenes a no tener miedo cuando se sentían llamados a seguirlo en la vocación misionera.

Y es que el amor es lo único que merece todo sacrificio y cualquier renuncia. Se puede estar con Jesús, sólo si lo hacemos por amor, pues de lo contrario cualquier otra motivación acabaría desvaneciéndose ante los muchos “peros” que no faltarían.

Si me aman, cumplirán mis mandamientos, dice Jesús. Con eso nos enseña que la ley o las obligaciones, las reglar o las exigencias que podrían aparecer ante nosotros se hacen llevaderas y aceptables, pues lo que se hace por amor, no cuesta y se acepta sin dificultad.

En nuestros tiempos no faltan personas que se alejan de la comunidad cristiana porque consideran que se les exige demasiado, que la Iglesia pone reglas y exigencias demasiado pesadas para la mentalidad de nuestro tiempo.

Hay quienes consideran las normas de la Iglesia como una moral que todo lo prohíbe y consideran que eso va contra la posibilidad de vivir en libertad plena.

Cuántos jóvenes y adultos vemos que se alejan porque les parece que son muchas las obligaciones que tendrían que cumplir y en realidad lo que hace falta no es valentía o coraje para cumplir, sino una experiencia de amor hacia Jesús.

A lo mejor se ha aprendido mucho sobre él, pero queda como carencia aquella experiencia de cercanía, de amistad profunda, de cariño que sólo se puede tener si lo reconocemos como una persona viva que nos acompaña y sigue dando su vida por nosotros.

Los mandamientos, cuando son sostenidos por el amor, se convierten en instrumentos que permiten ir más en profundidad en aquello que es fundamental en la vida; se descubren y se viven como valores que empujan a ir más lejos y a no contentarnos con una vida hecha de algunas pocas y pequeñas consolaciones.

Ya no son considerados como yugos pesados que hay que llevar sobre la espalda, sintiendo que aplastan y lastiman.

Cumplir los mandamientos se transforma en algo que se integra al estilo de vida en donde ya no se vive para sí, sino para ser presencia del amor de Dios para los demás en todas las situaciones de nuestra vida.

Que el Señor nos conceda vivir cumpliendo sus mandamientos, sostenidos por su amor.


Fecundados por el Espíritu Santo
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Nos quedan dos semanas del tiempo de Pascua. El próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor y, el siguiente, Pentecostés. La Palabra de Dios nos invita a dirigir nuestra mirada hacia estos acontecimientos.

Hoy Jesús nos promete el don del Espíritu: “Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad”. Jesús habla cinco veces del envío del Espíritu en estos discursos de despedida. Cuatro veces lo presenta como el “Paráclito”, un término griego muy rico que indica a alguien llamado a estar a nuestro lado para ayudarnos, un consolador, un abogado defensor… Tres veces lo caracteriza como “Espíritu de la verdad”.

El amor, el “nido” del Espíritu

Jesús vincula el don del Espíritu Santo al amor: “Si me amáis…”. El amor es el “nido” del Espíritu. El apóstol Pablo afirma: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gálatas 5,22). Todas son características relacionadas con el amor.

El pasaje evangélico de hoy pone de relieve el amor —cinco veces—, pero, sorprendentemente, aquí Jesús habla del amor hacia su persona. El amor, que en el Antiguo Testamento estaba reservado a Dios (Deuteronomio 6,4-9), Jesús ahora lo reclama para sí. El Evangelio de Juan concluye con una triple petición de profesión de amor, donde Pedro representa a cada uno y cada una de nosotros: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Juan 21,17). ¡Qué honor nos hace Dios al pedir nuestra amistad! ¡Dios tiene un corazón enamorado!

Jesús afirma que el amor hacia él se manifiesta en la observancia de sus mandamientos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. ¿Por qué habla de mandamientos, en plural? Podemos pensar que se refiere, en general, a sus enseñanzas que hemos de custodiar, pero sobre todo a las dos dimensiones inseparables del amor: amar a Dios y a los hermanos.

El amor es el motor de la vida. Decía san Agustín: “Que esté en ti la raíz del amor, pues de esta raíz no puede proceder sino el bien. ¡Ama y haz lo que quieras!”. Y el apóstol Pablo dirá: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Corintios 5,14).

“En”, la preposición del amor

Llama la atención la insistencia de Jesús en la profunda comunión creada por este amor: una verdadera inhabitación recíproca. “Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Aunque encontramos otras expresiones —“con vosotros”, “junto a vosotros”, “en vuestra casa”—, la privilegiada es “en vosotros”, “en mí”, “en el Padre”. Esta preposición, en —ἐν, en griego— aparece unas 25 veces en los capítulos 14 y 15, evocando intimidad profunda, inmanencia, inhabitación recíproca.

Nuestro corazón está hecho para ser habitado. Más aún, fecundado. En cada creyente se renueva algo del misterio de María, que “se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mateo 1,18). Orígenes de Alejandría, uno de los más grandes teólogos de los primeros siglos y padre de la exégesis bíblica cristiana (185-253), nos ofrece una de las imágenes más eficaces de la vida cristiana: “El cristiano, mientras está en este cuerpo, es semejante a una mujer encinta: lleva dentro de sí el Verbo de Dios” (In Exodum X, 10). Así como la mujer embarazada lleva al hijo en su vientre, pero aún no lo ve cara a cara, así el cristiano lleva a Cristo dentro de sí mediante la gracia, pero todavía “camina en la fe, no en la visión” (2 Corintios 5,7). Las tribulaciones, las dificultades y la misma muerte constituyen los dolores del parto. El cristiano vive en el mundo, entre los hombres, como una mujer grávida de vida nueva. “Y no hace falta que la mujer embarazada haga proclamaciones: es evidente para todos que hay una vida nueva en ella. Como para la mujer embarazada la espera es el periodo más vivo, más feliz, más creativo, así también para nosotros: vivos, creativos, felices; como la embarazada es una y dos al mismo tiempo, vive una vida hecha de dos vidas, así el cristiano es uno y dos”, comenta el P. Ermes Ronchi.

Ponerse en la escuela de los místicos enamorados

Tal vez no hemos interiorizado suficientemente esta realidad sorprendente y maravillosa: somos morada de Dios, habitados por Dios, portadores y portadoras de una vida nueva generada en nosotros por el Espíritu Santo. A menudo pensamos en Dios “con” nosotros, “a nuestro lado”, o a veces lejano o ausente, y olvidamos que Él está “en” nosotros.

Los místicos, en cambio, lo comprendieron muy bien. Traigo el ejemplo de un místico francés del siglo XVII: Lorenzo de la Resurrección (Laurent de la Résurrection), hermano lego en un monasterio de los Carmelitas Descalzos de París. La espiritualidad que vivió y enseñó era muy sencilla: cultivar el sentido de la presencia de Dios, mediante “el ejercicio continuo de esta divina presencia”, en cada instante y en toda circunstancia, trabajando primero como cocinero y después como zapatero en un gran convento con más de un centenar de frailes:

En el bullicio de mi cocina, donde a veces varias personas me hablan al mismo tiempo de cosas distintas, poseo a Dios tan tranquilamente como si estuviera de rodillas ante el Santísimo Sacramento. No es necesario tener grandes cosas que hacer. Yo doy la vuelta a mi tortilla en la sartén por amor de Dios y, cuando la he hecho, si no me queda nada más, me inclino hasta el suelo y adoro a mi Dios, que me ha concedido la gracia de hacerla; después de lo cual me levanto más feliz que un rey”.

Aunque cojeaba a causa de una herida de guerra, fray Lorenzo —“tosco por naturaleza y delicado por gracia”, según Fénelon— era puntual y preciso en sus tareas, sin dar señales de impaciencia ni de prisa… Pero…

Si a veces estoy un poco demasiado ausente de esta divina presencia, Dios se hace sentir enseguida en mi alma… con movimientos interiores tan fascinantes y tan deliciosos que me da vergüenza hablar de ellos”.

Da también tú la vuelta a la tortilla cotidiana de tu vida: no siempre será perfecta, pero siempre podrá estar condimentada con amor.


El Espíritu de la Verdad
José Antonio Pagola

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.

Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?

Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor… que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.

Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo  su Evangelio.

Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.

Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.

Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad…
¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”?

¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada?

¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?

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La vida en nosotros
Paula Depalma

La dimensión escatológica de este texto es sorprendente. A partir del capítulo 13 nos enfrentamos a un extenso discurso de despedida: El evangelista nos presenta a un Jesús consciente de que va a morir. Los discípulos son como sus hijos; él los ha cuidado y protegido, y no quiere que ahora estén desconsolados. Por eso les dice: “No los dejará huérfanos”. La muerte se acerca, pero Jesús les promete: “Regresaré con ustedes”. Los discípulos sienten miedo a quedarse solos, al abandono. Pero Jesús los consuela y les explica que la muerte no tiene la última palabra y que volverá porque, dice, “yo vivo” y “ustedes vivirán”.

Los verbos “vive”, “está en”, “está con” que aparecen en este evangelio en el capítulo 14 llaman la atención sobre todo porque parecen referirse no solo a los discípulos sino a todo creyente, a cada lector u oyente de esta palabra. ¿Quién o quiénes viven?

La respuesta es pluriforme y vincular. Los que “viven” son el Espíritu consolador en nosotros (v. 17); el Padre y Jesús en quienes amen a Jesús (v. 23) y Jesús y los creyentes mutuamente relacionados “porque yo vivo y ustedes vivirán” (v. 19). Las comunidades de los orígenes comprendían que ser cristiano era dejarse llevar por el Espíritu que consuela, el espíritu del Resucitado. Comprendían que Jesús estaba vivo en ellos, y que ellos vivían un vida nueva en esta dinámica de la vida que no tiene fin.

Este texto no permite interpretaciones morales relacionadas con el cumplimiento de los mandamientos, y, sin embargo, apunta a ellas. La única tarea que deja a los discípulos consiste en amar; y ese amor desencadena la acción de cumplir los mandamientos. Recordemos a Agustín de Hipona en su clásico “Ama y haz lo que quieras”, o a Teresa de Jesús “El amor, cuando es crecido, no puede estar sin obrar”. El amor en el centro y como condición imprescindible y, a partir de allí, la acción.

Los cristianos de las comunidades joánicas pasaban momentos difíciles y sus vidas corrían peligro. Tal vez por ello el evangelista dedica tantos capítulos a los discursos de despedida: para ofrecer sentido a situaciones difíciles, para brindar plenitud de vida incluso ante la muerte. Y para poder encontrar en Jesús una propuesta de una vida con sentido. Un sentido y un estilo de vida en plenitud, que se vuelven más importantes y significativos que la misma muerte.

En conclusión, la vida, para el cuarto evangelista, consiste en esta continuidad propia del amor, de la justicia, de la reciprocidad y de la trascendencia. La vida que ofrece el Jesús joánico es vida en abundancia, vida que no se acaba, vida compartida, vida en comunión, vida en relación, vida propia de la justicia, vida para quien ama y vida para quien cree. Es presente y plenitud de ser.

https://www.feadulta.com


El Espíritu da vida y gozo e impulsa a la Misión
Romeo Ballan, MCCJ

Un clima de despedida se respira en el largo discurso-conversación-oración de Jesús con sus amigos después de la Ultima Cena (Evangelio): abundan las emociones, recuerdos, preguntas, temores… Pero sobre todo ello prevalece la promesa confortadora del Maestro: “No los dejaré huérfanos: volveré a ustedes” (v. 18); el Padre les dará otro Consolador… para siempre (v. 16). Jesús promete “el Espíritu de la verdad” (Jn 14,17; 16,13); lo presenta como defensor y Paráclito (Jn 16,7-11), como don a quien ora (Lc 11,13), como perdón de los pecados (Jn 20,22-23), como Espíritu que clama en nosotros ¡“Abá, Padre!” (Rom 8,15). En verdad, el Espíritu que Jesús promete a los discípulos es un verdadero “Paráclito” (v. 16): palabra de uso judicial para indicar a una ‘persona llamada para estar al lado’ (v. 17) como ayuda, protector, defensor. Por tanto, una presencia amiga, una compañía íntima y cariñosa.

Él es Espíritu de amor en el seno de la Trinidad y dentro de cada uno de nosotros; es un nuevo principio de vida moral en la observancia de los mandamientos. En efecto, no basta con presentar la ley moral para que esta sea observada. La simple ley es como las señales de tráfico: indican la dirección justa, pero son incapaces de mover el carro; es necesario un motor. Jesús, además de indicarnos la ruta, nos comunica también su fuerza, su Espíritu, para proceder hacia la meta. ¡Por amor! Se observa la ley con un Espíritu diferente: ¡como expresión y signo de amor! En la gratuidad y reciprocidad (v. 21).

El Espíritu anima la misión de los discípulos a todos los pueblos, como se ve en Pentecostés, hasta los confines de la tierra (cfr. Hechos 1,8). Lo mismo se ve también en la fundación de la Iglesia en Samaría (I lectura), que es la segunda comunidad (después de Jerusalén), y le seguirán Antioquía y otras. En los comienzos de la comunidad de Samaría encontramos a un diácono, Felipe (v. 5): llega allí huyendo de la persecución desatada después del asesinato de Esteban, predica a Cristo, lo escuchan con interés, realiza prodigios, bautiza, “y hubo una gran alegría en aquella ciudad” (v. 8). Son estos los primeros signos de una comunidad de fe, la misma que más tarde recibirá la confirmación de los apóstoles Pedro y Juan con el don del Espíritu Santo (v. 17). La fundación de Antioquía tiene un comienzo semejante, impulsado por cristianos que se habían dispersado tras la misma persecución; los apóstoles llegarán posteriormente.

En la historia de la Iglesia misionera abundan hechos parecidos; casi todas las comunidades cristianas empezaron con laicos: un catequista, una familia, algunas religiosas, un grupo de laicos y laicas (la ‘Legión de María’, por ejemplo, y otros). Solo más tarde llegan el sacerdote y el obispo, con los sacramentos de la iniciación cristiana y la organización eclesial. Un caso emblemático es el comienzo de la Iglesia en Corea (s. XVIII): algunos laicos coreanos que regresaron de China, donde habían encontrado la fe cristiana y el bautismo, llevaron consigo libros cristianos y empezaron a anunciar el Evangelio de Jesús. Solo décadas más tarde llegaron a Corea el primer sacerdote desde China y los primeros misioneros desde Francia.

La Iglesia es una comunidad de creyentes en Cristo, cuyos miembros – como los destinatarios de la carta de Pedro (II lectura) – están “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de la esperanza que está en ustedes” (v. 15). En las páginas de los Hechos se respira la frescura misionera característica de las primeras comunidades cristianas. Una frescura y un ardor que se vuelven contagiosos y que no se pueden ni se deben ocultar. Con toda razón se afirma que “los cristianos son ridículos cuando ocultan lo que los hace interesantes” (Card. J. Daniélou). La Iglesia del Resucitado es una comunidad misionera, portadora de un mensaje de vida, gozo y esperanza para anunciarlo a todos los pueblos, como declara el Concilio: “La a comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (GS 1).