Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de oración por el cuidado de la Creación

MENSAJE DE SU SANTIDAD
PAPA LEÓN XIV
PARA LA XI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN 2026
1 de septiembre de 2026

«Con sus espadas forjarán arados
y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4)

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestro Señor Jesucristo vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Este regalo de vida yace justo en el corazón de nuestra misión como discípulos y de nuestro llamado común a construir una civilización del amor. Como podemos observar, en esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se nos invita una vez más a contemplar el don de la vida y a apreciar la tierra que la sustenta, ya que son modos tangibles de alabar a nuestro Creador.

Actualmente, estamos siendo testigos de múltiples crisis y de un gran sufrimiento humano. Al mismo tiempo, pareciera que la alteración del equilibrio armónico de la creación se está acelerando. Estos fenómenos no están disociados; son una única apelación por la sanación y la paz que brota de un mundo herido.

El Dios de la vida, revelado en Jesucristo, ofrece una paz que el mundo no puede dar: «La paz les dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27). Esta paz no es ni superficial ni perecedera, mana desde el perpetuo amor de Cristo y de su interés por cada persona humana.

Sin embargo, esta promesa de paz contrasta notablemente con las realidades que vemos en muchas partes del mundo. El profeta Isaías habló de una época en la que las naciones «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4), transformando lo que destruye la vida en aquello que la sostiene. Pero hoy, frecuentemente somos testigos de lo contrario, mientras los esfuerzos se siguen centrando en la violencia y la guerra.

La guerra deja heridas que se extienden mucho más allá del campo de batalla. Cobra vidas, desintegra a las familias y fuerza a millones de personas a abandonar sus hogares, aumentando el miedo, la injusticia y la división (cf. Gaudium et spes, 77-82). La guerra además deja una destrucción social y ecológica que perdura por generaciones. Más aún, la interacción entre conflictos armados y degradación ambiental a menudo crea círculos viciosos que destruyen ecosistemas, contaminan recursos esenciales, como el aire y el agua, y merman la seguridad de los alimentos. Esto genera pobreza, desigualdad y nuevos conflictos sociales que pueden contribuir al resurgimiento de conflictos futuros.

Aparte de esto, la guerra crea lesiones que perjudican todo el entramado de la vida, dañando no sólo a individuos y comunidades, sino a su amplia red de relaciones con la entera familia humana, así como su armonía con la creación. Esto pone de manifiesto un fracaso más profundo cuando se trata de vivir a imagen y semejanza de Dios, de respetar la vida y de cuidar la tierra que se nos ha confiado. No es sólo un fracaso político, sino también moral y espiritual. La guerra, arraigada en deseos distorsionados y en el mal uso de la libertad y el poder humanos, constituye un antitestimonio del Evangelio de la paz.

Las crisis mencionadas anteriormente no sólo exigen responsabilidad sino también una conversión del corazón que rinda frutos en una fidelidad más profunda a Dios, en el amor mutuo y en el respeto por el don de la creación. De hecho, las discordias que presenciamos en el mundo, como la violencia, la injusticia y el daño ecológico, no resultan simplemente de estructuras o sistemas imperfectos; son el “síntoma de una profunda dicotomía arraigada en la misma humanidad (Gaudium et spes, 10). En efecto, el corazón humano resulta ser el lugar donde se llevan a cabo las más duras batallas y donde se revela nuestra condición caída. No es sólo la sede de las emociones, sino el centro de la persona –donde convergen la razón, los deseos, la voluntad, y la conciencia–. Es aquí donde luchamos con nuestros deseos contradictorios entre el amor y la indiferencia, la verdad y la ilusión, la justicia y la injusticia (St 1,14-15). Los daños de la guerra y el deterioro de la tierra están entonces profundamente vinculados con la condición del corazón humano. Los conflictos que atormentan a la humanidad, de diversos modos, son la expresión exterior de la discordia y división interiores. Cuando el corazón está distorsionado, las relaciones sufren y las estructuras que construimos comienzan a reflejar ese desorden.

El Papa Benedicto XVI nos recordó que «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores» (Homilía en el Solemne Inicio del Ministerio Petrino, 24 abril 2005). Esto nos llama a reconocer que lo que está arruinado en nuestro entorno, de alguna manera también lo está dentro de nosotros. Para construir una sociedad pacífica, debemos entonces no sólo reformar estructuras, sino renovar nuestros corazones. Las causas subyacentes del conflicto y la explotación de la creación provienen de una crisis ética y cultural, así como de una pérdida del sentido de los límites, del deseo de dominación, de la búsqueda del beneficio inmediato y de la incapacidad de reconocer la dignidad dada por Dios a cada persona humana.

El adagio profético «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4) no es entonces sólo una visión que atañe a las naciones, sino una llamada a cada persona. Nos invita a transformar la herida en vida. Sin embargo, esta transformación no puede ser llevada a cabo por medio de un simple cambio externo, sino que requiere, a través de nuestra cooperación con la gracia de Dios, de una conversión personal y colectiva más profunda –un regreso a Dios, que reordene nuestros deseos, sane nuestras heridas y nos ayude a crecer en la virtud–.

Con la ausencia de esta transformación interior, la paz permanecerá frágil y será efímera. Pero donde los corazones se renuevan, comienzan a abrirse nuevas posibilidades. Lo que ha sido utilizado para la destrucción puede ser redirigido hacia la vida: al cuidado de los pobres, al sustento alimentario de los hambrientos y al cuidado de la creación. Este es el camino de la auténtica conversión ecológica, donde los efectos de nuestro encuentro con Jesucristo se hacen evidentes en nuestra relación con el mundo que nos rodea (cf. Francisco, Laudato siʼ, 217). La paz entonces comienza en nuestro corazón y se proyecta hacia nuestras relaciones, nuestras comunidades y al mundo en su conjunto.

A pesar de que los desafíos que tenemos por delante son enormes, Dios no nos deja sin los medios para sanar y transformar. En vez de las armas bélicas, el Dios de la paz nos colma de fuerza para sanar, para reconciliar y construir una civilización del amor. En este sentido, estamos llamados al cuidado de los múltiples “ecosistemas” que nos han sido confiados: los ecosistemas de la creación, de las relaciones humanas y los del propio corazón humano.

Imaginémonos un mundo en el que los esfuerzos que actualmente se invierten en la guerra fueran dirigidos al desarrollo humano integral, al combate de la pobreza, a la protección de la dignidad humana y a la reconciliación de la gente que está dividida. Un panorama así refleja la fe en la venida del Reino de Dios.

Los auténticos instrumentos para la construcción de la paz no son las armas destructivas, al contrario, lo son la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor. Estos instrumentos brotan de los corazones formados por el Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios. Sólo estas cualidades poseen el poder de transformar individuos, renovar comunidades y sanar las heridas de nuestro mundo.

Queridos hermanos y hermanas, es claro el camino que tenemos por delante, aunque no sea fácil. Estamos llamados a dejar que nuestros corazones sean renovados, de tal manera que favorezcamos la paz y el cuidado de la creación. La Sagrada Escritura nos dice que vigilemos nuestro corazón, porque todo lo que hacemos brota de él (cf. Pr 4,23).

Si asumimos esta tarea con humildad y fe, nos volveremos colaboradores en la obra renovadora de Dios. Avanzaremos despacio pero firmes, desde el desierto hacia el jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz.

Que el Señor nos conceda la valentía para recorrer esta senda, para que en nuestro tiempo, con las espadas realmente se forjen arados, que la promesa del Evangelio se arraigue en nuestro mundo y que la paz de Cristo reine sobre toda la creación.

Vaticano, 15 de agosto de 2026, Asunción de la Santísima Virgen María.

LEÓN PP. XIV

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El Consejo General de los Combonianos solidario con la población de Colombia

Colombia fue violentamente sacudida por un terremoto de gran intensidad el pasado 10 de agosto. El sismo ha causado numerosas víctimas y grandes destrucciones. El Consejo General de los Misioneros Combonianos ha emitido una nota a los superiores de las circunscripciones del Instituto, lanzando un llamamiento a la solidaridad con las víctimas. 
[Foto: Desperfectos causados por el temblor en la parroquia María Madre del Buen Pastor, en Charco Azul, Cali, en la que se encuentra el comboniano mexicano P. Guillermo Aguiñaga]

Queridos Provinciales y Delegados:
Un cordial saludo desde Roma.

El Consejo General expresa su profunda cercanía y solidaridad con el pueblo de Colombia y con los Misioneros Combonianos que desempeñan su servicio en ese país, uniéndose al dolor de tantas personas que se han visto duramente afectadas por el fuerte terremoto que sacudió el país el 10 de agosto, causando numerosas víctimas, heridos y graves daños en las viviendas y las infraestructuras.

En este momento de prueba, queremos hacer sentir a las comunidades afectadas nuestra cercanía fraterna y nuestra solidaridad, especialmente a las familias que han perdido a sus seres queridos, a quienes han resultado heridos o han perdido sus hogares y a todos aquellos que están viviendo momentos de miedo, dolor y precariedad.

Expresamos también nuestro aprecio y gratitud a todas las personas que, con generosidad y valentía, están comprometidas en las operaciones de rescate, asistencia y ayuda a las poblaciones afectadas.

Como Misioneros Combonianos, acompañamos con nuestra oración a los pueblos de Colombia y Venezuela, pidiendo al Señor de la vida que acoja en Su misericordia a quienes han perdido la vida, sostenga a las personas heridas y a las familias afligidas por el duelo, y conceda fuerza, valor y esperanza a todos aquellos que están comprometidos en la asistencia y en la difícil tarea de la reconstrucción.

Por este motivo, tenemos la intención de extender a Colombia la colecta de solidaridad lanzada con ocasión del reciente terremoto en Venezuela. Por ello, hacemos un llamamiento a las Circunscripciones que deseen adherirse a esta iniciativa para que comuniquen al Economato General el importe que desean que les sea cargado con este fin. Los fondos recaudados serán destinados a las necesidades más urgentes de las poblaciones afectadas, para hacerles sentir que nadie está solo ante el sufrimiento, la pérdida y la difícil tarea de la reconstrucción.

Que María, Madre de la Esperanza, acompañe y proteja a los pueblos de Colombia y Venezuela y sostenga a todos aquellos que, en este momento difícil, se hacen cercanos a las personas más vulnerables, poniendo a su disposición su tiempo, sus energías y sus recursos.

Que el Señor conceda a las comunidades afectadas consuelo y esperanza y nos haga capaces a todos, mediante nuestra solidaridad, de ser un signo concreto de Su presencia y de Su misericordia.

Fraternamente,
El Consejo general

Anunciada la sesión conclusiva de la investigación sobre la fama de santidad de Mons. Roveggio

El 10 de octubre de 2026, en la Casa Madre de los Combonianos en Verona, se llevará a cabo la sesión conclusiva de la investigación sobre la fama continuada de santidad del obispo comboniano Mons. Antonio María Roveggio (1858-1902), sucesor de Mons. Daniel Comboni en el Vicariato de África Central; un paso importante en el camino hacia la causa de beatificación.

El proceso apostólico sobre las virtudes heroicas se inició en la diócesis de Jartum el 7 de junio de 1952, seguido de un proceso rogatorio en la diócesis de Verona desde septiembre de 1952 hasta noviembre de 1954, con el fin de recabar más testimonios sobre la vida y las virtudes del obispo comboniano. En enero de 1969, tras quince años, la Congregación para las Causas de los Santos entregó a la Postulación la Copia Pública para la redacción de la posición.

Siguieron 41 años de silencio. La razón principal de ese silencio fue que todos los esfuerzos se canalizaron hacia la reanudación de la causa del fundador, Mons. Daniel Comboni, que tuvo un resultado extraordinario con la beatificación de 1996 y la canonización de 2003.

De hecho, un año después, en 2004, se abrió en Verona el proceso relativo a Mons. Roveggio, sobre la fama de santidad continuada. El mismo proceso se inició en Jartum en 2010. En ese momento, el obispo de Verona solicitó y obtuvo el traslado de la competencia del foro de Jartum a Verona el 2 de julio de 2010. En Verona, el 4 de noviembre de 2015 se inició un segundo proceso sobre la fama continuada de santidad, con el nombramiento de los tres miembros de la comisión histórica y de los dos censores teólogos. El trabajo avanzó con notorias dificultades.

El 5 de septiembre de 2025 se reanuda por tercera vez el proceso sobre la fama continuada de santidad. Gracias al ingente volumen de trabajo realizado por el postulador anterior, el padre Arnaldo Baritussio, el nuevo postulador, el padre Cosimo De Iaco, puede continuar con la labor. Bajo la dirección del delegado diocesano, monseñor Tiziano Bonomi, quien sigue con gran competencia y diligencia las distintas etapas, se recogen los votos de los teólogos (el P. Ubando Terinoni y el Dr. Carmelo Dotolo) y el informe de la comisión histórica (don Agostino Bertolotti; el Prof. Fulvio De Giorgi; el Dr. Renato Zironda), y se completan otros trámites.

¿Cuál es el significado de la sesión del 10 de octubre de 2026 en Verona?

En esta sesión, el obispo declarará oficialmente concluida la investigación diocesana. Los sobres con toda la documentación, debidamente catalogada y numerada, serán cerrados y sellados. En esta sesión conclusiva, el obispo, los miembros del tribunal y el postulador juran haber cumplido fielmente con su encargo; el portador jura cumplir con su encargo de llevar y entregar personalmente, en mano, todo el material al Dicasterio para las Causas de los Santos. Dicha sesión se llevará a cabo de manera pública, en presencia de los miembros de la familia comboniana y de otros fieles interesados. El 10 de octubre, fiesta litúrgica de San Daniel Comboni, se convierte así en una fecha doblemente significativa: indica, en efecto, la continuidad histórica y carismática desde el santo fundador hasta su sucesor en la sede episcopal del Vicariato de África Central.

¿Cómo seguirá la causa a partir de ahora?

En este punto, el Dicasterio examinará el material entregado y procederá al nombramiento de un relator teólogo con quien el postulador deberá dialogar para la preparación de una «positio» actualizada, que incluirá tanto los testimonios y documentos presentados en 1952 como los testimonios recopilados y los documentos y publicaciones realizados en los años posteriores.

La prolongación de la causa de San Daniel Comboni fue una oportunidad para profundizar en sus escritos y en su figura, ahora plenamente reconocida no solo en la familia comboniana, sino en toda la Iglesia y en los estudios sobre África.

Esperamos que también este retraso en el proceso de la causa de Mons. Antonio María Roveggio sea una oportunidad para conocer a fondo la persona, la obra y las virtudes de Mons. Roveggio. Su actividad misionera en el delicado período de la Mahdia, su papel en los años difíciles de la supervivencia y formación del grupo de misioneros de Comboni, transformado en congregación religiosa.

Su profunda espiritualidad, centrada en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y moldeada según las enseñanzas de los jesuitas —quienes se hicieron cargo del instituto hasta 1899—, se pondrá de relieve en la redacción de la «positio», tanto en fidelidad a los datos históricos como en respuesta a las necesidades de la Iglesia en África y de la familia comboniana en las circunstancias actuales.

Por ello, esperamos que la causa pueda avanzar con renovado vigor e interés para llegar a la próxima etapa, con el decreto de venerabilidad.

Padre Cosimo De Iaco, mccj
Postulador de la Causa

comboni.org

El arzobispo Tesfaye Tadesse, elegido presidente de la Conferencia Episcopal de Etiopía

El arzobispo de Adís Abeba, mons. Tesfaye (Tesfasilasie) Tadesse Gebresilasie, misionero comboniano, ha sido elegido nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Católica de Etiopía, según anunció ayer este organismo eclesial en su página web.

Mons. Tesfaye, misionero comboniano, fue elegido y nombrado nuevo presidente de la nueva Conferencia Episcopal Católica de Etiopía (CBCE) el 6 de agosto de 2026, durante la 60.ª Asamblea Anual Ordinaria celebrada en Adís Abeba. Asume también el cargo de canciller de la Universidad Católica de Etiopía en virtud de su cargo.

La elección se produce tras el retiro del cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel, C.M., quien se desempeñó como presidente de la Conferencia y canciller de la Universidad Católica de Etiopía durante muchos años.

«La Conferencia Episcopal Católica de Etiopía expresa su profundo agradecimiento a Su Eminencia el cardenal Abune Berhaneyesus por su dedicado liderazgo durante los últimos 28 años. Gracias a su visión, compromiso y guía pastoral, la Conferencia logró un crecimiento significativo y numerosos logros en su misión de servir a la Iglesia y a la sociedad en Etiopía”, afirma la CBCE en un comunicado.

«La Conferencia – añade el comunicado – extiende sus más sinceras felicitaciones y mejores deseos a Su Excelencia el arzobispo Tesfaselassie Tadesse con motivo de su elección. Unidos en oración, los obispos piden a Dios que derrame abundantes bendiciones sobre su ministerio y liderazgo, con la confianza de que su servicio como presidente será fructífero y lleno de gracia para la Iglesia en Etiopía».

Mons. Tesfaye inaugurará su servicio como nuevo arzobispo de Adís Abeba el 6 de septiembre de 2026.

comboni.org

Provincia de México: Ejercicios espirituales y Asamblea Provincial. Dos semanas intensas de oración, discernimiento y fraternidad

La Provincia comboniana de México ha vivido estas dos últimas semanas un tiempo muy intenso de oración, discernimiento y encuentro fraterno de todos sus miembros con los ejercicios espirituales y la Asamblea Provincial que se celebraron en la casa provincial de Xochimilco.

Del 27 al 31 de julio más de una veintena de miembros de la Provincia de México vivimos un tiempo especial de oración y recogimiento en los ejercicios espirituales animados por el P. Juan Martín Rodríguez, misionero comboniano mexicano, Provincial de Ecuador.

Ejercicios espirituales, animados por el P. Juan Martín Rodríguez

Con un lenguaje sencillo, cercano y fraterno, y compartiendo desde su propia experiencia espiritual y misionera, el P. Juan Martín nos invitó a hacer historia, a volver a los orígenes del llamado que un día recibimos del Señor para, a partir de ahí, vivir en acción de gracias y en disponibilidad lo que Dios nos llama a ser y a vivir hoy como religiosos y combonianos. Fueron cinco días intensos en los que el clima, el hermoso entorno natural de la casa de Xochimilco y la maravillosa acogida de su comunidad nos ayudaron a ponernos en presencia de Dios para retomar fuerzas y seguir caminando en el seguimiento de Cristo a través de nuestro carisma comboniano.

Participantes en los ejercicios

Después de un fin de semana de descanso, el martes 4 de agosto dio comienzo la Asamblea Provincial, en la que participó un buen número de padres y hermanos miembros de la Provincia.

Asamblea Provincial

Los dos primeros días estuvieron dedicados casi íntegramente al tema de la reunificación de ciscunscripciones, más concretamente, a nuestra unificación con la Provincia de Centroamérica. Por ello, también participaron en nuestra Asamblea el P. Jorge Ochoa, Provincial de Estados Unidos; y el P. Enrique Sánchez, Provincial de Centroamérica.

El primer día contamos con la ayuda de la Dra. Ana Lilia Vera Perdono, quien nos dio una ponencia sobre el tema de la globalización en relación a nuestro proceso de reunificación. La globalización nos transforma y nos invita a hablar de lo que nos une. A partir de su inteervención y de la realidad que vivimos nos dimos un tiempo de reflexión personal y en grupos con las siguientes preguntas:

Ponencia de la Dra. Ana Lilia Vera

Reflexión personal:
1.- Delante del Señor, ¿Cómo me siento con todo este tema de la unificación?
2.- ¿Cuáles son mis temores y esperanzas?
3.- ¿Estoy dispuesto, y cómo, a colaborar con el Instituto ante este proceso inminente?

Reflexión por secretariados:
1.- Retos que vislumbramos
2.- ¿Cómo se conformarían esos servicios?
3.- ¿Qué oportunidades tendríamos?

La reflexión fue muy enriquecedora y nos ayudó a vivir este proceso con confianza y esperanza. El próximo mes de septiembre tendremos la visita del Superior General, que se reunirá con las comisiones creadas en México y Centroamérica para seguir avanzando en el proceso.

Asamblea Provincial

El último día de la Asamblea estuvo dedicado a los reportes de los diferentes secretariados y del propio Consejo Provincial, para evaluar el camino que hemos ido haciendo este año como Provincia y programar y planificar el próximo curso.

No faltaron tampoco los momentos de esparcimiento, deporte y convivencia, que ayudaron a que el ambiente fuera muy alegre y fraterno durante toda la asamblea.

Curso Latinoamericano de Animación Misionera

Del 28 de junio al 24 de julio se está desarrollando en la sede de las OMPE (Obras Misionales Pontificio Episcopales de México) la 48ª edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM).

www.fides.org
Fotos: PUM/OMPE México

«No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Este es el eje central de la reflexión propuesta por el padre John Kennedy Joseph, misionero del Verbo Divino, profesor en diversas instituciones de educación superior en México y especialista en eclesiología y pastoral, durante la cuadragésima octava edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM), uno de los principales espacios de formación misionera en América Latina.

El Curso, que se desarrolla del 28 de junio al 24 de julio, ofrece un itinerario de profundización teológica y pastoral sobre la «Missio Dei», la iniciativa trinitaria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que envía a la Iglesia a participar, como sacramento del Reino, en su obra de reconciliación, justicia y salvación en la historia.

Un camino bíblico y teológico

El CLAEM, organizado en Ciudad de México por las Pontificias Obras Misionales en colaboración con el Instituto Intercontinental de Misionología, reúne durante cuatro semanas a directores diocesanos de misiones, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y laicos implicados en la animación misionera. El objetivo es fortalecer su formación bíblica, teológica y pastoral.

El camino de reflexión sobre la Missio Dei comienza con las grandes páginas del Antiguo Testamento: desde la vocación de Abrahán y la historia del pueblo liberado de Egipto hasta la figura del Siervo del Señor y el ministerio profético, la misión se presenta como un hilo conductor que atraviesa toda la Escritura, preparando la plena revelación del designio salvífico de Dios en Jesucristo.

La primera semana, animada por la hermana María del Socorro Becerra Molina, HMSP, ha permitido volver a leer la historia de la salvación como expresión de la misericordia de Dios que ve la aflicción, escucha el clamor de los pobres y desciende para liberar, y ayudó a contemplar al Espíritu Santo como verdadero protagonista de la evangelización, a partir de Pentecostés y de los Hechos de los Apóstoles.

La misión como «forma histórica del amor trinitario»

Durante la segunda semana, el padre John Kennedy Joseph ha dedicada varias conferencias a la eclesiología de la misión, desarrollando su fórmula: «No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Desde esta perspectiva, la misión de la Iglesia nace de la misión de Cristo, enviado a su vez por el Padre, y se despliega bajo la fuerza del Espíritu; por ello, explicó el ponente, «toda misión cristiana es trinitaria: encuentra su origen en el Padre, su forma en Cristo y su fuerza en el Espíritu».

Lejos de toda lógica de conquista o de propaganda religiosa, la Missio Dei es, según el padre John Kennedy, la forma que toma históricamente el amor trinitario: Dios crea, llama, libera, perdona, sana y reconcilia, y la Iglesia existe para servir y dar testimonio de este amor en contextos concretos.

De este modo, la misionología (que contempla la Missio Dei) y la eclesiología del Pueblo de Dios aparecen íntimamente vinculadas: la misión como iniciativa del Dios Uno y Trino está relacionada con la Iglesia, pueblo histórico y sacramental, como forma concreta a través de la cual este amor se manifiesta en las culturas, en los territorios y en las periferias.

Pueblo de Dios, territorio y semillas del Reino

El padre John Kennedy Joseph también ha vuelto a proponer la renovación eclesiológica del Concilio Vaticano II a la luz de la noción de Missio Dei, insistiendo en la categoría de «Pueblo de Dios». A la luz de la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium, ha recordado que la Iglesia no se define ante todo como una sociedad perfecta, sino como misterio de comunión, pueblo convocado por Dios y sacramento de salvación, en el que el bautismo funda la igualdad radical entre todos los fieles.

Se trata de un pueblo descrito como una comunidad histórica, visible y situada, que vive en culturas determinadas, habita territorios concretos, afronta conflictos reales y discierne los signos de los tiempos en medio de pueblos concretos. El territorio, por tanto, no es solamente un espacio geográfico, sino un lugar marcado por la vida del pueblo que lo habita, con su memoria, sus sufrimientos y sus esperanzas.

«Jesús no anunció en primer lugar la Iglesia, sino el Reino. La Iglesia existe para servir al Reino». Una vocación –ha recordado el padre Kennedy– que se realiza encontrando el modo de caminar juntos. Por ello, la auténtica sinodalidad en la Iglesia no es una invención metodológica ni una receta de «construcción de equipos», sino la forma histórica experimentada de la vida como Pueblo de Dios: laicos, mujeres, jóvenes, pobres, pueblos indígenas, migrantes, víctimas, ministros ordenados y consagrados, llamados a vivir y discernir juntos lo que el Espíritu pide, orientados al servicio de la misión.

Es el pueblo de una «Iglesia en salida» –según la expresión desarrollada por el Papa Francisco–, solícita en acercarse a los excluidos y en servir al Reino en sociedades marcadas por la injusticia, la violencia y las crisis ecológicas.

Para el padre Kennedy, el Reino constituye, por tanto, el horizonte de la misión. Don gratuito de Dios y tarea histórica, se hace visible allí donde se manifiestan la vida, la justicia, la reconciliación, la fraternidad y la paz, especialmente entre los pobres y excluidos, según las grandes intuiciones desarrolladas y asumidas después del Concilio Vaticano II también en las grandes Asambleas continentales de las Iglesias latinoamericanas de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).