Anunciada la sesión conclusiva de la investigación sobre la fama de santidad de Mons. Roveggio

El 10 de octubre de 2026, en la Casa Madre de los Combonianos en Verona, se llevará a cabo la sesión conclusiva de la investigación sobre la fama continuada de santidad del obispo comboniano Mons. Antonio María Roveggio (1858-1902), sucesor de Mons. Daniel Comboni en el Vicariato de África Central; un paso importante en el camino hacia la causa de beatificación.

El proceso apostólico sobre las virtudes heroicas se inició en la diócesis de Jartum el 7 de junio de 1952, seguido de un proceso rogatorio en la diócesis de Verona desde septiembre de 1952 hasta noviembre de 1954, con el fin de recabar más testimonios sobre la vida y las virtudes del obispo comboniano. En enero de 1969, tras quince años, la Congregación para las Causas de los Santos entregó a la Postulación la Copia Pública para la redacción de la posición.

Siguieron 41 años de silencio. La razón principal de ese silencio fue que todos los esfuerzos se canalizaron hacia la reanudación de la causa del fundador, Mons. Daniel Comboni, que tuvo un resultado extraordinario con la beatificación de 1996 y la canonización de 2003.

De hecho, un año después, en 2004, se abrió en Verona el proceso relativo a Mons. Roveggio, sobre la fama de santidad continuada. El mismo proceso se inició en Jartum en 2010. En ese momento, el obispo de Verona solicitó y obtuvo el traslado de la competencia del foro de Jartum a Verona el 2 de julio de 2010. En Verona, el 4 de noviembre de 2015 se inició un segundo proceso sobre la fama continuada de santidad, con el nombramiento de los tres miembros de la comisión histórica y de los dos censores teólogos. El trabajo avanzó con notorias dificultades.

El 5 de septiembre de 2025 se reanuda por tercera vez el proceso sobre la fama continuada de santidad. Gracias al ingente volumen de trabajo realizado por el postulador anterior, el padre Arnaldo Baritussio, el nuevo postulador, el padre Cosimo De Iaco, puede continuar con la labor. Bajo la dirección del delegado diocesano, monseñor Tiziano Bonomi, quien sigue con gran competencia y diligencia las distintas etapas, se recogen los votos de los teólogos (el P. Ubando Terinoni y el Dr. Carmelo Dotolo) y el informe de la comisión histórica (don Agostino Bertolotti; el Prof. Fulvio De Giorgi; el Dr. Renato Zironda), y se completan otros trámites.

¿Cuál es el significado de la sesión del 10 de octubre de 2026 en Verona?

En esta sesión, el obispo declarará oficialmente concluida la investigación diocesana. Los sobres con toda la documentación, debidamente catalogada y numerada, serán cerrados y sellados. En esta sesión conclusiva, el obispo, los miembros del tribunal y el postulador juran haber cumplido fielmente con su encargo; el portador jura cumplir con su encargo de llevar y entregar personalmente, en mano, todo el material al Dicasterio para las Causas de los Santos. Dicha sesión se llevará a cabo de manera pública, en presencia de los miembros de la familia comboniana y de otros fieles interesados. El 10 de octubre, fiesta litúrgica de San Daniel Comboni, se convierte así en una fecha doblemente significativa: indica, en efecto, la continuidad histórica y carismática desde el santo fundador hasta su sucesor en la sede episcopal del Vicariato de África Central.

¿Cómo seguirá la causa a partir de ahora?

En este punto, el Dicasterio examinará el material entregado y procederá al nombramiento de un relator teólogo con quien el postulador deberá dialogar para la preparación de una «positio» actualizada, que incluirá tanto los testimonios y documentos presentados en 1952 como los testimonios recopilados y los documentos y publicaciones realizados en los años posteriores.

La prolongación de la causa de San Daniel Comboni fue una oportunidad para profundizar en sus escritos y en su figura, ahora plenamente reconocida no solo en la familia comboniana, sino en toda la Iglesia y en los estudios sobre África.

Esperamos que también este retraso en el proceso de la causa de Mons. Antonio María Roveggio sea una oportunidad para conocer a fondo la persona, la obra y las virtudes de Mons. Roveggio. Su actividad misionera en el delicado período de la Mahdia, su papel en los años difíciles de la supervivencia y formación del grupo de misioneros de Comboni, transformado en congregación religiosa.

Su profunda espiritualidad, centrada en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y moldeada según las enseñanzas de los jesuitas —quienes se hicieron cargo del instituto hasta 1899—, se pondrá de relieve en la redacción de la «positio», tanto en fidelidad a los datos históricos como en respuesta a las necesidades de la Iglesia en África y de la familia comboniana en las circunstancias actuales.

Por ello, esperamos que la causa pueda avanzar con renovado vigor e interés para llegar a la próxima etapa, con el decreto de venerabilidad.

Padre Cosimo De Iaco, mccj
Postulador de la Causa

comboni.org

El arzobispo Tesfaye Tadesse, elegido presidente de la Conferencia Episcopal de Etiopía

El arzobispo de Adís Abeba, mons. Tesfaye (Tesfasilasie) Tadesse Gebresilasie, misionero comboniano, ha sido elegido nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Católica de Etiopía, según anunció ayer este organismo eclesial en su página web.

Mons. Tesfaye, misionero comboniano, fue elegido y nombrado nuevo presidente de la nueva Conferencia Episcopal Católica de Etiopía (CBCE) el 6 de agosto de 2026, durante la 60.ª Asamblea Anual Ordinaria celebrada en Adís Abeba. Asume también el cargo de canciller de la Universidad Católica de Etiopía en virtud de su cargo.

La elección se produce tras el retiro del cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel, C.M., quien se desempeñó como presidente de la Conferencia y canciller de la Universidad Católica de Etiopía durante muchos años.

«La Conferencia Episcopal Católica de Etiopía expresa su profundo agradecimiento a Su Eminencia el cardenal Abune Berhaneyesus por su dedicado liderazgo durante los últimos 28 años. Gracias a su visión, compromiso y guía pastoral, la Conferencia logró un crecimiento significativo y numerosos logros en su misión de servir a la Iglesia y a la sociedad en Etiopía”, afirma la CBCE en un comunicado.

«La Conferencia – añade el comunicado – extiende sus más sinceras felicitaciones y mejores deseos a Su Excelencia el arzobispo Tesfaselassie Tadesse con motivo de su elección. Unidos en oración, los obispos piden a Dios que derrame abundantes bendiciones sobre su ministerio y liderazgo, con la confianza de que su servicio como presidente será fructífero y lleno de gracia para la Iglesia en Etiopía».

Mons. Tesfaye inaugurará su servicio como nuevo arzobispo de Adís Abeba el 6 de septiembre de 2026.

comboni.org

Provincia de México: Ejercicios espirituales y Asamblea Provincial. Dos semanas intensas de oración, discernimiento y fraternidad

La Provincia comboniana de México ha vivido estas dos últimas semanas un tiempo muy intenso de oración, discernimiento y encuentro fraterno de todos sus miembros con los ejercicios espirituales y la Asamblea Provincial que se celebraron en la casa provincial de Xochimilco.

Del 27 al 31 de julio más de una veintena de miembros de la Provincia de México vivimos un tiempo especial de oración y recogimiento en los ejercicios espirituales animados por el P. Juan Martín Rodríguez, misionero comboniano mexicano, Provincial de Ecuador.

Ejercicios espirituales, animados por el P. Juan Martín Rodríguez

Con un lenguaje sencillo, cercano y fraterno, y compartiendo desde su propia experiencia espiritual y misionera, el P. Juan Martín nos invitó a hacer historia, a volver a los orígenes del llamado que un día recibimos del Señor para, a partir de ahí, vivir en acción de gracias y en disponibilidad lo que Dios nos llama a ser y a vivir hoy como religiosos y combonianos. Fueron cinco días intensos en los que el clima, el hermoso entorno natural de la casa de Xochimilco y la maravillosa acogida de su comunidad nos ayudaron a ponernos en presencia de Dios para retomar fuerzas y seguir caminando en el seguimiento de Cristo a través de nuestro carisma comboniano.

Participantes en los ejercicios

Después de un fin de semana de descanso, el martes 4 de agosto dio comienzo la Asamblea Provincial, en la que participó un buen número de padres y hermanos miembros de la Provincia.

Los dos primeros días estuvieron dedicados casi íntegramente al tema de la reunificación de ciscunscripciones, más concretamente, a nuestra unificación con la Provincia de Centroamérica. Por ello, también participaron en nuestra Asamblea el P. Jorge Ochoa, Provincial de Estados Unidos; y el P. Enrique Sánchez, Provincial de Centroamérica.

El primer día contamos con la ayuda de la Dra. Ana Lilia Vera Perdono, quien nos dio una ponencia sobre el tema de la globalización en relación a nuestro proceso de reunificación. La globalización nos transforma y nos invita a hablar de lo que nos une. A partir de su inteervención y de la realidad que vivimos nos dimos un tiempo de reflexión personal y en grupos con las siguientes preguntas:

Ponencia de la Dra. Ana Lilia Vera

Reflexión personal:
1.- Delante del Señor, ¿Cómo me siento con todo este tema de la unificación?
2.- ¿Cuáles son mis temores y esperanzas?
3.- ¿Estoy dispuesto, y cómo, a colaborar con el Instituto ante este proceso inminente?

Reflexión por secretariados:
1.- Retos que vislumbramos
2.- ¿Cómo se conformarían esos servicios?
3.- ¿Qué oportunidades tendríamos?

La reflexión fue muy enriquecedora y nos ayudó a vivir este proceso con confianza y esperanza. El próximo mes de septiembre tendremos la visita del Superior General, que se reunirá con las comisiones creadas en México y Centroamérica para seguir avanzando en el proceso.

El último día de la Asamblea estuvo dedicado a los reportes de los diferentes secretariados y del propio Consejo Provincial, para evaluar el camino que hemos ido haciendo este año como Provincia y programar y planificar el próximo curso.

No faltaron tampoco los momentos de esparcimiento, deporte y convivencia, que ayudaron a que el ambiente fuera muy alegre y fraterno durante toda la asamblea.

XIX Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras el despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!”. Y daban gritos de  terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

(Mateo 14, 22-33)


No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G., mccj

Una vez más el evangelio nos presenta a Jesús que se retira, buscando un espacio de soledad para dedicarse a la oración. Tal vez, porque era solo la oración que podría poner un poco de serenidad en su corazón después  de haber hecho la experiencia de la muerte de  Juan el Bautista.

En esta ocasión invita a sus discípulos a ponerse en camino sobre el lago, como si quisiera alejarlos de aquel ambiente en donde se respiraba la tristeza y el dolor. Y, desafortunadamente, parece que las cosas no son mejores cuando se encuentran en medio del lago y la tormenta se lanza en su contra.

Es incluso probable que los discípulos estuvieran atrapados en el miedo, pues habiendo sabido como había terminado Juan el Bautista, no era improbable que también a ellos empezaran a llegar algunas amenazas. Y lo peor que les podía caer encima era el verse paralizados por el miedo y el temor sobre sus vidas.

Las olas que sacudían la barca podrían representar algunos de los muchos temores que invadían sus corazones y en medio de la oscuridad de la noche resultaba difícil encontrar un camino de salida.

Podría poder entenderse ese escenario también como lo que sucede cuando Jesús no está presente entre ellos o cuando simplemente parece alejarse un poco de sus vidas. La realidad se vuelve confusa e insegura, por no decir temerosa y amenazante.

Pero Jesús nunca los abandonará, toma el camino, en medio de la noche para atravesar las tinieblas y empezar a iluminar sus horizontes y devolverles la confianza necesaria para seguir avanzando en medio de las tinieblas sin dejarse atrapar por el terror.

No tengan miedo, no soy un fantasma, seguramente les gritó el Señor, devolviéndoles la serenidad que les permitirá́ recuperar la tranquilidad y superar los miedos que les  paralizaban y los aterrorizaban.

No tengan miedo, soy yo. Ese “Soy yo” es como el eco de aquellas palabras que ya habían sido pronunciadas en el libro del Éxodo, cuando Moisés tenía que presentarse ante el faraón.

El que es me manda, Dios, el que siempre está presente y en medio de su pueblo, el que no abandona nunca. Ese mismo es quien ahora calma el corazón inquieto de los discípulos que se sienten perdidos en medio de la tempestad.

Esto nos ayuda a pensar en nuestra propia experiencia personal. ¿Cuántas veces no nos encontramos también nosotros atrapados en tantas tempestades que nos impone la vida?

¿Cuántas veces nos resulta difícil ver el futuro con serenidad, porque se nos presenta amenazante y difícil de entender? ¿Cuántas veces sentimos que las olas de las dificultades, de los imprevistos, de lo que no estaba contemplado que tuviese que suceder en nuestras vidas, de repente se presenta como algo que no sabemos cómo integrar o simplemente aceptar?

Todos, quien más o quien menos, pero todos, nos encontramos ante tempestades en la vida que nos asustan cuando pensamos que tenemos que resolverlas con nuestras fuerzas, cuando pensamos o nos sentimos solos, porque nos parece que Dios está ocupado en los asuntos de otras personas y que nuestras angustias podrían ser consideradas poca cosa.

Sin embargo, justo en el momento en que nos puede parecer que todo está perdido, que no hay salida y que todo se hace más oscuro; justo ahí́, aparece el Señor y nos dice con mucha delicadeza y con gran decisión: no tengas miedo, soy yo.

Y, de pronto, nos damos cuenta de que no se trata de un fantasma. Nos damos cuenta de que el Espíritu de Jesús se convierte en fuerza que nos sostiene, en confianza que nos anima ante la dificultad, en luz que disipa nuestras dudas y tinieblas.

Es presencia real que entra en nuestro corazón de manera misteriosa, devolviéndonos la alegría, llenándonos de confianza, despertándonos a una fe más profunda.

Soy yo, es Jesús, que nos toma en sus manos y nos ayuda a entender que nuestros miedos no tienen sentido, que nuestras desconfianzas se pueden diluir y transformar en gestos de abandono, de ese abandono que genera fuerza interior para seguir trabajando y comprometiéndose, haciendo como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que nada se escapa de su voluntad. Voluntad que no es otra cosa más que deseo de bien, de plenitud y de felicidad para quienes abren el corazón a su presencia.

Ciertamente, muchas veces haremos la experiencia de sentir que nos hundimos, que no sabemos en donde poner los pies para poder seguir avanzando en medio de la realidad que nos toca vivir.

Ahí́ se presentará una gran oportunidad para dejar que el Señor intervenga y haga su obra en nosotros.

En esos momentos, como Pedro, también nosotros tendremos necesidad de decir: Señor, sálvame. Señor conviértete en el protagonista de mi vida, dirige mis caminos por donde tú quieras, sácame de aquello que me tiene atrapado y paralizado en un estilo de vida que no genera confianza.

Señor, sálvame, ayúdame a entender tus caminos, ayúdame a liberarme de los miedos que paralizan y que impiden correr a tu encuentro reconociéndote como la meta de nuestras vidas.

Señor, sálvame, es el grito de la fe que brota de lo profundo de nuestro ser cuando nos damos cuenta de que sin Dios no podemos ir muy lejos en nuestras búsquedas y en nuestros proyectos.

Le gritamos a ese Señor que ha subido a nuestra barca, que nos recuerda de alguna manera a la Iglesia en donde vamos navegando y que va siendo guiada por el Señor hacia puertos seguros.

La mano tendida de Jesús que atrapa a Pedro para que no naufrague en lo profundo del mar, representa la mano con la que Jesús nos sostiene igualmente en nuestras batallas cotidianas, cuando nos volteamos a verlo diciéndole: Señor nos hace falta tu ayuda, nos urge tu presencia, imploramos tu compañía, te pedimos que no nos abandones.

Esa mano tendida representa la disponibilidad del Señor a estar siempre ahí́ en donde solos no podemos llegar a ninguna parte, es la mano que consuela, que perdona, que levanta de  las caídas, que da confianza cuando lo pasos se hacen torpes.

La experiencia de la presencia de Jesús aquella noche de tinieblas, de tormentas borrascosas, de olas contrarias y amenazantes es el escenario que se nos invita a crear en nuestras vidas para poder llegar a decir: verdaderamente este es el Hijo de Dios, verdaderamente Jesús es nuestro salvador.

Ojalá esta palabra nos ayude a dar un pasito más en nuestro camino de fe, que nos ayuden a entender más claramente la voz del Señor que nos invita a poner nuestra confianza en él. Qué nos libere de nuestros miedos y oscuridades y nos abra a horizontes de luz y de alegría. Qué podamos seguir al Señor obedeciendo a su palabra y alejando de nuestro camino todo aquello que nos pueda entretener e impedir dar pasos de verdadera fe.

Que su palabra nos libre del temor y nos dé la valentía de convertirnos en testigos Fieles y en misioneros valientes, disponibles a atravesar todos los mares para llevar la alegría del evangelio a todos aquellos que aún no se han encontrado con él.

No tengan miedo, soy yo, dice el Señor.


«¡Mándame ir hacia ti!»
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio del domingo pasado nos narraba el milagro de la multiplicación de los panes para una gran multitud, en un lugar desierto, que concluyó con la recogida de doce canastos llenos de sobras. A aquel acontecimiento le sigue el conocido episodio de hoy, en el que Jesús camina sobre el mar.

Estos dos milagros —la multiplicación de los cinco panes y los dos peces y el caminar de Jesús sobre las aguas— constituyen una nueva manifestación de la identidad de Jesús. Él se revela como el Mesías —quien, según una tradición, renovaría el prodigio del maná— y como el Hijo de Dios: caminar sobre las aguas, en efecto, era considerado una prerrogativa divina.

Entre ambos episodios, el Evangelio nos presenta a Jesús orando, solo, durante la noche, en el monte.

1. «Sal y permanece en el monte» (Elías, primera lectura)

Ante esta epifanía, pidamos al Señor la gracia de salir de las cavernas en las que nos hemos refugiado, como el profeta Elías, para acoger la novedad del paso de Dios por nuestra vida.

Tal vez Dios ya no se manifieste como «un viento fuerte e impetuoso» —como en nuestra juventud— ni como el terremoto o el fuego de nuestros primeros años de compromiso cristiano, sino como «el susurro de una brisa suave», perceptible únicamente en el silencio del corazón.

2. «Mándame ir hacia ti» (Pedro, en el Evangelio)

a) Empujados hacia la otra orilla

«Después de que la multitud hubo comido, enseguida Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a adelantársele hacia la otra orilla».

Es significativo que, en este episodio, Jesús «obligue» a los discípulos a partir. Podemos imaginarlo mientras les hace cargar los doce canastos llenos de sobras y los empuja a subir a la barca, a pesar de las protestas de los Doce: ¡es demasiado tarde, el viento es contrario, es imprudente dirigirse hacia la otra orilla del lago, hacia un territorio predominantemente pagano y extranjero! ¿Y por qué dejar solo a Jesús?

Los apóstoles habrían preferido quedarse allí y disfrutar de aquel momento de euforia junto con la multitud. Pero no hay nada que hacer: parten de mala gana hacia la otra orilla, casi como para indicar que también hasta allí deberá llevarse el pan.

¡Así nos sucede también a nosotros, Iglesia a la que Cristo empuja continuamente hacia «la otra orilla»!

b) A merced del mar y de los fantasmas

«Al final de la noche, él fue hacia ellos caminando sobre el mar».

¡A los elementos amenazadores del mar, la noche y el viento se añade ahora un fantasma! Presos del terror, los Doce gritan de miedo. «Pero enseguida Jesús les habló diciendo: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

El miedo es nuestro compañero habitual; la invitación de Dios a no temer es su antídoto cotidiano. «No tengáis miedo», porque «soy yo»; más aún, «Yo Soy», expresión que evoca el Nombre mismo de Dios.

c) ¡Mándame!

Pedro toma la iniciativa y dice a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». «Si eres tú…». ¿Se trata de una duda y de una petición de prueba? ¿Del efecto de una emoción incontrolada después del miedo? ¿De una reacción infantil y entusiasta? ¿O de un impulso de confianza en el Señor? ¡Quizá ni siquiera Pedro lo sepa con precisión, como tantas veces nos sucede también a nosotros!

Llama la atención, sin embargo, el modo en que Pedro formula su petición: «Mándame ir hacia ti sobre las aguas». ¡Mándame! No dice: «Haz que vaya…» o «Concédeme ir…». No, pide hacerlo en virtud del mandato de Jesús. Y Jesús accede.

«¡Mándame ir hacia ti sobre las aguas!». Esta puede convertirse también en nuestra petición. Nuestra vida casi nunca es un crucero tranquilo. A menudo se parece a la navegación en una frágil barquichuela a merced de las olas. A veces, además, nos parece que incluso aquella precaria seguridad desaparece bajo nuestros pies. Entonces no nos queda más que la fe desnuda, capaz de caminar sobre las aguas: no por nuestro valor o por nuestra iniciativa, sino por la confianza depositada en el mandato del Señor.

Mándame, y caminaré sobre el mar agitado de la enfermedad o del duelo.
Mándame, y afrontaré las aguas amenazadoras de una crisis matrimonial.
Mándame, y atravesaré la tormenta de una relación difícil con un hijo o una hija.
Mándame, y cruzaré el temporal que ha trastornado mi vida.

d) ¡Sálvame!

La fe es algo tremendamente serio: preciosa y frágil como la vida. El verdadero creyente lo sabe y lo experimenta. Basta apartar por un instante la mirada de Cristo para sentir que uno se hunde.

¡Pobre Pedro y pobres de nosotros! ¿Por qué duda Pedro precisamente en medio del milagro? Tal vez esperaba que las olas del mar se calmaran para poder caminar con toda tranquilidad. Pero no sucede así. Las circunstancias externas no cambian. La fe no nos libra de los riesgos.

Entonces no nos queda más que gritar: «¡Señor, sálvame!». Y el pescador… ¡es pescado!
Hoy parece más difícil gritar: «¡Sálvame!», también porque Cristo no siempre es percibido como el Salvador. ¿Salvarnos de qué?

Es muy elocuente lo que le sucedió a un sacerdote que presidía una celebración eucarística de primeras comuniones. Después de invitar a los niños a formular oraciones espontáneas, quedó sorprendido cuando una niña dijo: «Gracias, Jesús, porque me has salvado… ¡aunque ahora no recuerdo de qué!». Toda la asamblea se rio con ganas. Pero ¿cuántos de los presentes habrían sabido ir más allá de la respuesta formal aprendida en la catequesis?

3. «El gran dolor» (Pablo, segunda lectura)

Quien ha experimentado la mano que salva no puede permanecer indiferente ante quien parece perderse. Este es el sufrimiento que san Pablo confiesa en la segunda lectura: «Tengo en mi corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo» a causa de «mis hermanos, los de mi raza según la carne» (Romanos 9,1-5).

Ver a los propios conciudadanos, a la propia familia y a los propios amigos lejos de Cristo es, para el creyente, una espina clavada en el costado. Rezar por ellos no es simplemente una «buena obra», sino una responsabilidad, una respuesta a la pregunta de Dios: «¿Dónde está tu hermano?».

Matta el Meskin, monje cristiano egipcio († 2006), afirma: «Con la oración, el hombre se convierte en sacerdote, en el sentido de que se hace responsable de la salvación de los demás […]. Cargando con el pecado de ellos, gimiendo desde lo más profundo del corazón bajo su peso y haciendo penitencia, se vuelve capaz, haciéndose pecador en su lugar, de pedir perdón y obtenerlo para ellos».

Para reflexionar

  • ¿Cómo me comporto en el momento de la prueba: con ira o con paciencia? ¿Con miedo o con confianza? ¿Con desánimo o con esperanza?
  • En medio de las tormentas de la vida, ¿grito también yo: «¡Mándame! ¡Sálvame, Señor!»?
  • ¿Estoy dispuesto, estoy dispuesta, a tender la mano para agarrar a quien se está hundiendo?

En medio de la crisis
José Antonio Pagola

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

Según el evangelista, “Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua”. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad.

Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice tres palabras: “Ánimo. Soy yo. No temáis”. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y “se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas”. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.
No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?”.

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.


Remando contra viento y marea
José Luis Sicre

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Luego se retira a rezar «a solas» y, al anochecer, «seguía allí solo». Mientras, los discípulos se encuentran «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). Con esto se acentúa la distancia física de Jesús con respecto a los discípulos; y también la distancia temporal, porque los despide por la tarde y no se dirige hacia ellos hasta el final de la noche. [La traducción litúrgica dice «de madrugada»; el texto griego, «a la cuarta vela», entre las 3 y las 6 a.m.; los romanos dividían la noche en cuatro velas, desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m.]. A nivel simbólico, quedan contrapuestos dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. Los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título no podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un pequeño paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.


Oh, Dios, ¿dónde estás para que podamos conocer y revelar tu rostro?
Romeo Ballan, mccj

Las lecturas de hoy nos presentan un tema fundamental. ¿Cómo es Dios? ¿Qué hace con todo su poder? ¿Qué tiene que ver Dios con mi vida? ¿Cómo se manifiesta? Son las preguntas que cada persona se hace, tarde o temprano; de una u otra manera. Inútilmente algunos ‘ateos’ quisieran borrar esta realidad. Las etapas de la manifestación de Dios y los pasos del hombre en la búsqueda de su Señor y Padre van desde la creación a Cristo, al testimonio de los creyentes. Este es el hilo conductor que une las lecturas de hoy. De manera libre y sorprendente, Dios se manifiesta a los hombres: primero en la creación del mundo y de cada persona; luego, por medio de las alianzas y de los profetas; y, finalmente, en el evento único y definitivo de Jesucristo, Dios hecho carne, que acompaña la historia humana

Ante la manifestación gratuita de Dios, normalmente se produce la respuesta del hombre, en una búsqueda a menudo trabajosa e incierta. Todas las religiones y filosofías de los pueblos son un índice y el resultado del deseo profundo que Dios ha inscrito en el corazón de las personas y de las culturas: ¿Quién es Dios? ¿Dónde está? ¿Qué hace?… Las religiones naturales son diferentes según las épocas y las culturas, pero tienen un origen común: la aspiración humana a establecer una relación con la divinidad. Este es el terreno religioso natural en el cual los misioneros encuentran a los pueblos ya desde el primer anuncio del Evangelio.

La teología cristiana, desde sus inicios (s. II, con los santos Justino e Ireneo), enseña a los obreros del Evangelio que han de descubrir las “semillas del Verbo”, es decir, los valores humanos y espirituales presentes en las culturas. Por la acción del Verbo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas (cfr. Col 1,15-17), y gracias a la presencia del Espíritu Santo, protagonista de la misión (cfr. RMi 21s), estos valores se encuentran ya en las culturas de los pueblos, aun antes de que se les anuncie la Buena Nueva de Cristo. En virtud de su origen divino, estos valores constituyen una buena preparación para acoger el Evangelio. La presencia del Verbo y del Espíritu, que anteceden la llegada del misionero, crea una especial sintonía entre el Evangelio y las culturas, que en general facilita la recepción del mensaje cristiano. Cristo llega como plenitud de la revelación de Dios, como don gratuito, pero no por eso es algo opcional o alternativo. Viene aquí muy oportuna la invitación del Papa Francisco a buscar y dejarse encontrar por Cristo.

Además de la revelación basada en la creación, Dios se reserva la iniciativa de manifestarse en el modo, en el tiempo y en las personas que Él quiere. En el caso de Elías (I lectura) la manifestación de Dios se da con signos diferentes a la de Moisés, aunque se realice sobre el mismo monte. Elías está regresando de las faldas del monte Carmelo, donde, en un exceso de celo y fanatismo, ha masacrado a los profetas de Baal (cfr. 1Reyes 18); ahora Elías necesita convertirse: reconocer a Dios no a través de signos fuertes (viento huracanado, terremoto y fuego), sino en el “susurro” (v. 12). En el mar borrascoso y entre los gritos de miedo a los fantasmas (Evangelio), Jesús se revela primero como orante solitario sobre el monte (v.23) y luego como portador de paz y seguridad: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” (v.27). Al igual que en otras epifanías de Jesús, la conclusión es la fe de los discípulos (v.33). Más ampliamente, es la comunidad misionera de Mateo la que, probada por las incipientes persecuciones y la “poca fe” (v.31), renueva la adhesión a su Señor resucitado, invocándolo con el título pascual de Kurios, Señor (v. 28.30).

En la historia de las personas y de los pueblos se van alternando a menudo épocas de apertura y de cerrazónante el misterio de Dios, períodos de indiferencia, resistencia, y hasta de rechazo. Ante estas situaciones, el misionero adopta una actitud humilde y orante: la fuerza para la misión procede de la fe y de la oración. Es el caso de Pablo (II lectura), que siente un dolor grande y un continuo sufrimiento (v. 2) por sus hermanos y correligionarios (v. 3). Lamentablemente, la mayoría del pueblo judío, si bien recibió, a lo largo de los siglos, hasta ocho privilegios inestimables (v. 4-5), se ha cerrado al Mesías, que nació “de los patriarcas, según lo humano”: No lo reconocen como el Salvador, muerto y resucitado, como Dios bendito por los siglos (v. 5).

El misterio del pueblo elegido lleva a pensar en la realidad misionera de tantos pueblos que aún no se han abierto al Evangelio, con excepción de unas minorías. Cabe pensar en China, India, Japón, en el mundo budista, islámico… Ciertamente estos pueblos no están fuera de la acción salvífica de Cristo, el único salvador de todos; sin embargopermanece el misterio de su llamada a la Fe en Cristo y de su pertenencia a la Iglesia. También para ellos Dios tiene su proyecto y los tiempos precisos. Nosotros no conocemos los tiempos y los caminos por los cuales el Espíritu realiza el encuentro salvífico de cada persona con Cristo (GS 22). Pero la certeza que este encuentro se realiza, sostiene la esperanza del misionero, incluso cuando la barca está sacudida por las olas (Evangelio) y el viento es contrario (v. 24).

XVIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados” Él les dijo: “Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres sin contar a las mujeres y a los niños”.

(Mateo 14, 13-21)


La multiplicación de los panes
P. Enrique Sánchez G. mccj

Comenzando la lectura de estos cuantos versículos del evangelio de Mateo, seguramente nos hemos preguntado ¿por qué menciona la muerte de Juan el Bautista? ¿No podía comenzar diciendo que Jesús se había encontrado, una vez más con una multitud que lo seguía?

El hecho de que Jesús se haya ido a un lugar apartado y solitario nos puede hacer entender que llevaba en su corazón una aflicción muy grande, llevaba el dolor de haber perdido a alguien que amaba profundamente y con quien había establecido una relación muy cercana. Llevaba el dolor de saber que Juan había sido asesinado de una manera cruel y despiadada. Necesitaba estar lejos y en silencio para poner en orden todo lo que se movía en su interior y para no dejarse ganar por el sentimiento de la venganza o del odio.

Necesitaba que lo mejor de él mismo se pudiese manifestar. Y, así fue, cuando desembarcando se encontró con aquella multitud que lo seguía y lo buscaba porque, de alguna manera se había dado cuenta de que era el Mesías, el Salvador que esperaban.

Lo que broto de su corazón fue un sentimiento de compasión, de ternura y de solidaridad con aquella gente que sufría física y espiritualmente.

Fijándonos atentamente en lo que nos transmite Mateo a través de su evangelio, nos podemos dar cuenta de que existen muchas referencias al antiguo testamento en donde la figura de Moisés ocupa la plaza principal como el mesías que acompañó al pueblo de Dios hasta la tierra prometida, haciéndolo pasar por el desierto y velando para que no muriera en aquellos lugares. Basta pensar en la delicadeza de Dios cuando mando el mana y las codornices para que el pueblo no sucumbiera de hambre.

Ahora, los discípulos y todos aquellos que se habían dado cita para encontrarse con Jesús, van a tener la posibilidad de hacer la experiencia de reconocerlo como el verdadero Mesías que los nutrirá con el pan de su palabra.

Cinco panes y dos pescados. A todos nos puede parecer imposible que pudiesen alcanzar para alimentar a aquella multitud. Y, efectivamente, leyendo el texto con los criterios que nos caracterizan en nuestro tiempo. Aquí, en donde todo es pesado y medido con exactitud, en donde todo es programado y proyectado con estudios de mercado. Claro que cinco panes y dos pescados no iban a ser la respuesta a aquella emergencia que se había presentado.

Lo que cambia todo en este relato es la oración que Jesús hace recibiendo aquellos panes y pescados. En sus manos ya no es la cantidad lo que cuenta, sino la fe que puede mover a quienes tiene delante de el.

La bendición de Dios, que muchas veces nosotros la llamamos providencia, siempre nos sorprenderá y nunca le ganaremos en generosidad. Dios, que hace todas las cosas bien y buenas, estará dispuesto a venir a nuestro encuentro cuando las fuerzas ya no nos alcanzan o cuando nos sentimos perdidos y no sabemos por donde seguir el camino.

Dios nos sorprenderá estando un paso adelante de nosotros, esperándonos para darnos lo que nuestro corazón necesita.

Un detalle sencillo e importante esta en el hecho de que Jesús pide a sus discípulos aquello que llevan consigo. Era nada, aparentemente, pues, como ellos mismos lo dirán: ¿que son cinco panes y dos pescados para esta multitud?

También aquí podemos decir que es nada, pero es importante entender que ahora a los discípulos les toca empezar una experiencia nueva estando con Jesús.

Durante mucho tiempo ya habían visto milagros y signos extraordinarios de la parte de Jesús, habían recibido toda una enseñanza que los había formado y los iba preparando para este momento que ahora se presentaba.

Los cinco panes y los dos pescados, entre las varias interpretaciones que se le puede dar, significan aquello que Dios ha puesto en cada uno de nosotros como un don especial, particular y que nadie posee en nuestro lugar.

Jesús, al pedir a sus discípulos que se encarguen ellos de darles de comer, los esta invitando a poner al servicio del Reino de Dios lo que cada uno de ellos era y no tanto lo que poseían. Dios ha podido siempre realizar su proyecto de salvación sin necesidad de nuestra aportación, pero curiosamente nunca ha querido imponernos algo que no pase por la mediación de aquellos que nos reconocemos hijos suyos y discípulos misioneros de Jesús.

Tal vez aquí, como en otras reflexiones, nos convendría preguntarnos ¿que son en mi vida esos cinco panes y esos dos pescados que el Señor me pide que ponga a su disposición?

¿Qué es lo que el Señor me está pidiendo compartir con los demás? A lo mejor es mi tiempo, mis conocimientos, mi presencia con aquella persona que esta sola, los dones que descubro que Dios me ha dado y que llenan mi corazón de felicidad.

Aquí lo que importa no es la cantidad, sino la disponibilidad. Jesús lo dice con un imperativo fuerte: Tráiganlos aquí.

Eso nos ayuda a entender que lo importante es lo que viene después, la bendición que Dios derrama sobre nuestros dones y los multiplica. Es una bendición que hace sentir que los primeros beneficiados somos cada uno de nosotros, cuando con generosidad ponemos en las manos de Dios lo que somos y lo que tenemos.

El pan que Jesús repartió aquel día, san Mateo nos dice que alcanzo para que todos comieran hasta saciarse y sobraron doce canastas.

De esa manera se comporta el Señor en nuestras vidas, satisface nuestras necesidades, de todo tipo, y nos da más de lo que muchas veces le pedimos.

Para concluir, yo creo que leyendo este texto desde nuestra experiencia cristiana, seguramente ha venido a nuestra mente la experiencia que hacemos en cada eucaristía, en donde se nos parte y comparte el pan para que nadie se sienta privado de la cercanía de Dios en su vida.

Y, como misioneros, no podemos cerrar nuestros oídos a la invitación que Jesús nos hace de poner a su disposición lo que somos, para que bendecidos por su Padre, podamos seguir llegando a la vida de tantos hermanos nuestros que necesitan de Dios.

También hoy nos encontramos con multitudes de personas, como Jesús al bajar de la barca, que esperan un gesto de misericordia, de cariño y de solidaridad.

Que el Señor nos de un corazón generoso para multiplicar nuestros panes y nuestros peces entre los mas necesitados.


Necesidades de la gente
José Antonio Pagola

Mateo introduce su relato diciendo que Jesús, al ver el gentío que lo ha seguido por tierra desde sus pueblos hasta aquel lugar solitario, «se conmovió hasta las entrañas». No es un detalle pintoresco del narrador. La compasión hacia esa gente donde hay muchas mujeres y niños, es lo que va a inspirar toda la actuación de Jesús.

De hecho, Jesús no se dedica a predicarles su mensaje. Nada se dice de su enseñanza. Jesús está pendiente de sus necesidades. El evangelista solo habla de sus gestos de bondad y cercanía. Lo único que hace en aquel lugar desértico es «curar» a los enfermos y «dar de comer» a la gente.

El momento es difícil. Se encuentran en un lugar despoblado donde no hay comida ni alojamiento. Es muy tarde y la noche está cerca. El diálogo entre los discípulos y Jesús nos va revelar la actitud del Profeta de la compasión: sus seguidores no han de desentenderse de los problemas materiales de la gente.

Los discípulos le hacen una sugerencia llena de realismo: «Despide a la multitud», que se vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús reacciona de manera inesperada. No quiere que se vayan en esas condiciones, sino que se queden junto a él. Esa pobre gente es la que más le necesita. Entonces les ordena lo imposible: «Dadles vosotros de comer».

De nuevo los discípulos le hacen una llamada al realismo: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». No es posible alimentar con tan poco el hambre de tantos. Pero Jesús no los puede abandonar. Sus discípulos han de aprender a ser más sensibles a los sufrimientos de la gente. Por eso, les pide que le traigan lo poco que tienen.

Al final, es Jesús quien los alimenta a todos y son sus discípulos los que dan de comer a la gente. En manos de Jesús lo poco se convierte en mucho. Aquella aportación tan pequeña e insuficiente adquiere con Jesús una fecundidad sorprendente.

No hemos de olvidar los cristianos que la compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús siempre que reducimos la fe a un falso espiritualismo que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.

En nuestras comunidades cristianas son hoy más necesarios los gestos de solidaridad que las palabras hermosas. Hemos de descubrir también nosotros que con poco se puede hacer mucho. Jesús puede multiplicar nuestros pequeños gestos solidarios y darles una eficacia grande. Lo importante es no desentendernos de nadie que necesite acogida y ayuda.


Jesús alimenta a su comunidad
José Luís Sicre

Una vez terminado el discurso en parábolas sobre el Reino de Dios, el evangelio de Mateo ofrece una sección que podríamos titular «Del escándalo a la fe» (13,53-16,20). El escándalo se da en Nazaret, donde sus paisanos lo rechazan; la fe, en la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe. En conjunto se trata de nueve episodios, de los que la liturgia ha elegido cuatro para los próximos domingos:

― la multiplicación de los panes (domingo 18)

― la tempestad calmada (domingo 19)

― la curación de la hija de la mujer sirofenicia (domingo 20)

― la confesión de Pedro (domingo 21)

Suave tarea veraniega

Quienes no sepan en qué entretenerse durante el mes de agosto, pueden leer estos capítulos de Mateo, con las sugerencias que ofrezco a continuación.

a) El tema capital de la sección es la pregunta: ¿quién es Jesús? Encontrará respuestas muy distintas:

los nazarenos: un hombre (13,55-56)

Herodes: Juan Bautista resucitado (14,2)

los de la nave: Hijo de Dios (14,33)

la cananea: Señor, hijo de David (15,22)

la gente: diversidad de opiniones (16,14)

Pedro: el Mesías (16,16)

b) Jesús intensifica su contacto con los extranjeros viajando a Tiro, Sidón (15,21) y Magadán (15,39). Por el contrario, su patria, Nazaret, lo rechaza; y de Jerusalén viene el peligro, la oposi­ción (15,1).

c) Jesús aparece en continuo movimiento. Mateo parece sugerir que la actividad misionera es intensa, aunque la mayoría de los episodios se sitúa en torno al lago de Galilea. A pesar del movimiento continuo, la gente cada vez se une más a él. Y Jesús les demuestra su preocupación y afecto de modo cada vez mayor.

d) El tema de los milagros (dynameis) es fundamental; más aún que en los capítulos anteriores. Se convierten en signo de la salvación mesiánica y, al mismo tiempo, de la aceptación o rechazo de Jesús, de la fe o incredulidad.

Jesús alimenta a su comunidad (la multiplicación de los panes)

Cuando los discípulos de Juan le comunican a Jesús la muerte del maestro, Jesús se retira en barca a un sitio apartado. Este detalle es significativo de la postura de Jesús. No va en busca de Herodes a denunciarlo. Huye, para poder seguir cumpliendo su misión.

Le sigue mucha gente de todas los pueblecillos, Jesús siente lástima y cura a los enfermos. Pero lo más importante ocurre al caer la tarde, cuando Jesús multiplica los panes para alimentar a una gran multitud formada por cinco mil varones acompañados de mujeres y niños. ¿Cómo hay que interpretar este episodio?

Problemas de la interpretación puramente histórica

Podríamos entender el relato como el recuerdo de un hecho histórico que demostraría el poder de Jesús y su preocupación, no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales. Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena.

Se trata de una multitud enorme, quizá diez o quince mil personas, si incluimos mujeres y niños. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona.

La propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios supermercados para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por sólo doce camareros (a unas mil personas por cabeza) plantea grandes problemas.

¿Cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para coger nuevos trozos cada vez que se acaban?

¿Por qué no dice nada Mateo del reparto de los peces? ¿Es que éstos no se multiplican?

Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo?

¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta Mateo. ¿Se basa su relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por el evangelista para transmitir una enseñanza?

Problema de la interpretación racionalista y moralizante

En el siglo XIX, por influjo especialmente de la Vida de Jesús de Renan, se difundió la tendencia a interpretar los milagros de forma racionalista, que no supusieran una dificultad para la fe.

En concreto, lo que ocurrió en la multiplicación de los panes fue lo siguiente: Jesús animó a sus discípulos y a la gente a compartir lo que tenían, y así todos terminaron saciados. El relato pretende fomentar la generosidad y la participación de los bienes.

Esta opinión, que sigue apareciendo incluso en libros pretendidamente científicos, inventa algo que el evangelio no cuenta, incluso en contradicción expresa con él, e ignora el mundo en el que fueron redactados los evangelios.

La interpretación simbólica y eucarística

A la comunidad de Mateo este episodio no le resultaría extraño. Con su conocimiento del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos pasajes bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud de hombres, mujeres y niños, en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés.

Hay también otro relato sobre Eliseo que les vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

– Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

– ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

– Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor” (2 Reyes 4,42-44).

Cualquier lector de Mateo podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo en tiempos antiguos.

Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder lo sobrepasa también de forma extraordinaria: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

Sin embargo, aquellos lectores antiguos se preguntarían qué sentido tenía ese relato para ellos. Porque su generación no podía beneficiarse del poder y la misericordia de Jesús para saciar su hambre en momentos de necesidad. Y sabían que otros muchos contemporáneos de Jesús habían pasado hambre sin ser testigos de ningún milagro parecido. En el fondo, la pregunta es: ¿sigue saciando Jesús nuestra hambre, nos sigue ayudando en los momentos de necesidad?

Aquí entra en juego un aspecto esencial del relato: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Es cierto que estos detalles no pueden exagerarse. Por ejemplo, el levantar la vista y pronunciar la bendición antes de la comida era un gesto normal en cualquier familia piadosa. También era normal recoger las sobras.

Sin embargo, Mateo ofrece un detalle importante: omite los peces en el momento de la multiplicación. Algunos autores se niegan a darle valor a este detalle. Pero es interesantísimo. Cuando se come pan y pescado, lo importante es el pescado, no el pan. Carece de sentido omitir la mención del alimento principal. Si se omite, es por una intención premeditada: acentuar la importancia del pan, con su clara referencia a la eucaristía. Porque en ella acontece lo mismo que en la multiplicación de los panes.

Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: «Tomad y comed… tomad y bebed». Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte.

Un cristiano de hoy debería sacar el mismo mensaje de este pasaje: Jesús se compadece de nosotros y manifiesta su poder alimentándonos con su cuerpo y su sangre, mucho más importante que la multiplicación de los panes y los peces.

También podríamos sacar otras enseñanzas: la obligación de preocuparnos por las necesidades materiales de los demás, de poner a disposición de los otros lo poco o mucho que tengamos. Así, los benedictinos alemanes han querido recordar la preocupación de Jesús por los necesitados instituyendo en el sitio donde se recuerda la multiplicación de los panes un centro de atención a niños disminuidos físicos. Pero lo esencial del relato es lo que decíamos anteriormente.


Compartir con los muchos ‘Lázaros’ hambrientos que pueblan el planeta
P. Romeo Ballan, mccj

El proyecto de Dios es claro: ¡que todos tengan vida en abundancia! (Jn 10,10). En las lecturas de hoy se habla de abundancia, de gratuidad. Esta es la salvación que nuestro Dios ofrece generosamente. ¡A todos! El profeta (I lectura) invita a todos a beber agua, vino y leche en abundancia, “sin dinero, sin pagar” (v. 1), promete que comerán y comerán bien. El Salmo responsorial insiste sobre la ternura y bondad del Señor, que es clemente y misericordioso con todos, sacia de favores a todo viviente y está cerca de los que lo invocan con corazón sincero. El apóstol Pablo (II lectura) afirma con entusiasmo que ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Cristo, porque en todo “vencemos fácilmente por Aquel que nos ha amado” (v. 37). Un signo tangible de esa abundancia es la multiplicación de los panes y peces (Evangelio), en la que todos comieron “hasta quedar satisfechos”, y hasta sobró.

Para las primeras comunidades cristianas la multiplicación de los panes fue un acontecimiento extraordinario. Los cuatro evangelistas nos lo narran hasta seis veces. La inicial situación de carencia (es tarde, lugar desértico, falta de comida y de dinero, cantidad de gente…) queda superada por la compasión de Jesús hacia el gentío (v. 14). Él no duda en renunciar incluso al tiempo de luto por la muerte de su amigo y pariente Juan el Bautista (v. 13), activa su poder milagroso y el compartir, a fin de que el alimento llegue a todos, y con abundancia. La primera reacción de Jesús es la compasión, le empatía con la gente: capta su cansancio, la desesperación, los escucha, sana sus enfermos (v.14). Después decide tomar una solución innovadora, ejemplar.

Para resolver el problema de la gente hambrienta, la primera reacción suele ser superficial: ‘vayan a comprarse algo, cada uno se las arregle…’ También los discípulos piensan en dos soluciones: despedirlos o comprar… Jesús se opone a estas dos propuestas. “Jesús no despide a la gente, jamás ha despedido a nadie. Los discípulos hablan de comprar, Jesús habla de dar. Abre una nueva manera de ser: dar sin calcular, dar sin pedir, generosamente, gratuitamente. Cuando mi pan se convierte en nuestro pan, el don es semilla de milagro” (Hermes Ronchi). Jesús involucra a los discípulos y los compromete en la solución del problema: “Denles ustedes de comer” (v. 16). El milagro comienza a partir de lo poco que los discípulos ofrecen: cinco panes y dos peces, que en las manos de Jesús se convierten en muchos, hasta sobreabundar. Comprar se sustituye con compartir. El sistema de comprar crea afortunados y desafortunados: los hay que pueden y otros que no pueden. Según el Evangelio la palabra de orden es: ¡compartir!

Jesús quiere que los discípulos tomen conciencia de ello; que busquen con creatividad y audacia las soluciones posibles. ¡Sin descargar sobre otros y sin retrasos! Solamente en la lógica del compartir es posible superar problemas tan graves como el hambre en el mundo, las enfermedades endémicas… Donde no hay compartir prevalece la lógica de la acumulación, por la cual la mayor multiplicación de bienes acaba en las manos de pocas personas. Donde no hay compartir impera el egoísmo. Son frecuentes los llamados de los Papas a la solidaridad y al compartir, con documentos, en las cumbres de la FAO, de los G8 y en otras ocasiones, levantando la voz contra el escándalo del hambre y en favor de los pobres de la tierra, especialmente de África, continente a menudo postergado y muy necesitado.

Sobre los arenales de Villa El Salvador, en la periferia del sur de Lima (Perú), la mañana del 5 de febrero de 1985, el Santo Papa Juan Pablo II se reunió con un millón de pobres. Durante la liturgia de la Palabra, se proclamó el Evangelio de la multiplicación de los panes y el Papa pronunció su homilía. Al final del encuentro, visiblemente emocionado por el comportamiento humilde y devoto de esa muchedumbre, improvisó una síntesis de su mensaje con estas palabras: “Hambre de Dios, SÍ. Hambre de pan, NO”. Inmediatamente esta síntesis misionera dio la vuelta al mundo y quedó grabada también en el monumento que recuerda, para perpetua memoria, esa visita del Papa. Se trata de una síntesis que explica y sustenta el trabajo misionero: una tarea exigente para fomentar el hambre de Dios y acabar con el hambre de pan.

Las palabras y los gestos de Jesús en la multiplicación de los panes son los mismos de la Última Cena; por tanto, el milagro tiene una evidente referencia a la Eucaristía, sobre todo en cuanto banquete del Pan de vida que se parte y se multiplica para todos. También la misión es pan partido para la vida del mundo. Eucaristía, misión y compartir constituyen un trinomio inseparable. La Eucaristía es el banquete de los pueblos: la misión convoca a todas las gentes para este banquete de la Vida de gracia; y estimula a compartir de manera fraterna y solidaria, para que haya pan sobre la mesa de todos. Nosotros los cristianos, que nos alimentamos con el pan de la Palabra y de la Eucaristía, y a menudo estamos hartos del pan sobre la mesa, estamos fuertemente interpelados para un mayor compromiso con la misión y con la sustentación de los pobres.

La mejor manera de participar en la Eucaristía es hacer de nuestra vida un don, es hacerse pan partido para los demás. Aquel muchacho dio de lo suyo (su comida) y se hizo solidario con todos. La Eucaristía que celebramos se convierte en signo auténtico de un mundo que cambia, cuando mi pan se convierte en pan nuestro. Oremos “que el pan multiplicado por la Providencia sea partido en la caridad” y que nos abramos “al diálogo y al servicio hacia todos” (Oración colecta). ¡Para que todos tengan Vida en abundancia! (Jn 10,10).

Curso Latinoamericano de Animación Misionera

Del 28 de junio al 24 de julio se está desarrollando en la sede de las OMPE (Obras Misionales Pontificio Episcopales de México) la 48ª edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM).

www.fides.org
Fotos: PUM/OMPE México

«No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Este es el eje central de la reflexión propuesta por el padre John Kennedy Joseph, misionero del Verbo Divino, profesor en diversas instituciones de educación superior en México y especialista en eclesiología y pastoral, durante la cuadragésima octava edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM), uno de los principales espacios de formación misionera en América Latina.

El Curso, que se desarrolla del 28 de junio al 24 de julio, ofrece un itinerario de profundización teológica y pastoral sobre la «Missio Dei», la iniciativa trinitaria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que envía a la Iglesia a participar, como sacramento del Reino, en su obra de reconciliación, justicia y salvación en la historia.

Un camino bíblico y teológico

El CLAEM, organizado en Ciudad de México por las Pontificias Obras Misionales en colaboración con el Instituto Intercontinental de Misionología, reúne durante cuatro semanas a directores diocesanos de misiones, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y laicos implicados en la animación misionera. El objetivo es fortalecer su formación bíblica, teológica y pastoral.

El camino de reflexión sobre la Missio Dei comienza con las grandes páginas del Antiguo Testamento: desde la vocación de Abrahán y la historia del pueblo liberado de Egipto hasta la figura del Siervo del Señor y el ministerio profético, la misión se presenta como un hilo conductor que atraviesa toda la Escritura, preparando la plena revelación del designio salvífico de Dios en Jesucristo.

La primera semana, animada por la hermana María del Socorro Becerra Molina, HMSP, ha permitido volver a leer la historia de la salvación como expresión de la misericordia de Dios que ve la aflicción, escucha el clamor de los pobres y desciende para liberar, y ayudó a contemplar al Espíritu Santo como verdadero protagonista de la evangelización, a partir de Pentecostés y de los Hechos de los Apóstoles.

La misión como «forma histórica del amor trinitario»

Durante la segunda semana, el padre John Kennedy Joseph ha dedicada varias conferencias a la eclesiología de la misión, desarrollando su fórmula: «No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Desde esta perspectiva, la misión de la Iglesia nace de la misión de Cristo, enviado a su vez por el Padre, y se despliega bajo la fuerza del Espíritu; por ello, explicó el ponente, «toda misión cristiana es trinitaria: encuentra su origen en el Padre, su forma en Cristo y su fuerza en el Espíritu».

Lejos de toda lógica de conquista o de propaganda religiosa, la Missio Dei es, según el padre John Kennedy, la forma que toma históricamente el amor trinitario: Dios crea, llama, libera, perdona, sana y reconcilia, y la Iglesia existe para servir y dar testimonio de este amor en contextos concretos.

De este modo, la misionología (que contempla la Missio Dei) y la eclesiología del Pueblo de Dios aparecen íntimamente vinculadas: la misión como iniciativa del Dios Uno y Trino está relacionada con la Iglesia, pueblo histórico y sacramental, como forma concreta a través de la cual este amor se manifiesta en las culturas, en los territorios y en las periferias.

Pueblo de Dios, territorio y semillas del Reino

El padre John Kennedy Joseph también ha vuelto a proponer la renovación eclesiológica del Concilio Vaticano II a la luz de la noción de Missio Dei, insistiendo en la categoría de «Pueblo de Dios». A la luz de la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium, ha recordado que la Iglesia no se define ante todo como una sociedad perfecta, sino como misterio de comunión, pueblo convocado por Dios y sacramento de salvación, en el que el bautismo funda la igualdad radical entre todos los fieles.

Se trata de un pueblo descrito como una comunidad histórica, visible y situada, que vive en culturas determinadas, habita territorios concretos, afronta conflictos reales y discierne los signos de los tiempos en medio de pueblos concretos. El territorio, por tanto, no es solamente un espacio geográfico, sino un lugar marcado por la vida del pueblo que lo habita, con su memoria, sus sufrimientos y sus esperanzas.

«Jesús no anunció en primer lugar la Iglesia, sino el Reino. La Iglesia existe para servir al Reino». Una vocación –ha recordado el padre Kennedy– que se realiza encontrando el modo de caminar juntos. Por ello, la auténtica sinodalidad en la Iglesia no es una invención metodológica ni una receta de «construcción de equipos», sino la forma histórica experimentada de la vida como Pueblo de Dios: laicos, mujeres, jóvenes, pobres, pueblos indígenas, migrantes, víctimas, ministros ordenados y consagrados, llamados a vivir y discernir juntos lo que el Espíritu pide, orientados al servicio de la misión.

Es el pueblo de una «Iglesia en salida» –según la expresión desarrollada por el Papa Francisco–, solícita en acercarse a los excluidos y en servir al Reino en sociedades marcadas por la injusticia, la violencia y las crisis ecológicas.

Para el padre Kennedy, el Reino constituye, por tanto, el horizonte de la misión. Don gratuito de Dios y tarea histórica, se hace visible allí donde se manifiestan la vida, la justicia, la reconciliación, la fraternidad y la paz, especialmente entre los pobres y excluidos, según las grandes intuiciones desarrolladas y asumidas después del Concilio Vaticano II también en las grandes Asambleas continentales de las Iglesias latinoamericanas de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).