El susurro de Dios que lo cambió todo

Por: Napoliana Vagmaker Faria, novicia comboniana

Misioneras Combonianas España

Me llamo Napoliana Vagmaker Faria y soy brasileña. Tengo 29 años y actualmente soy novicia comboniana. Nací y crecí en el barrio Santa María, a las afueras de São Mateus, en el estado de Espírito Santo. Desde pequeña, participaba con mi madre en la comunidad eclesial dedicada a Santa Ana, en Boa Esperança. A los 11 años, mientras me preparaba para la primera confesión, empecé a buscar más a Dios y a servir en la Iglesia. Mi diócesis (São Mateus) es misionera por naturaleza, lo que me otorgó la gracia de crecer cultivando ese mismo espíritu en mi interior.

La fuerza de una semilla misionera

A los 20 años, incluso antes de comprender y percibir la llamada a la vida religiosa, ya tenía la firme convicción de querer ir a la misión. Tuve la oportunidad de participar en numerosas pastorales y movimientos, como la pastoral litúrgica, catequética, juvenil y de la sobriedad, además de la Renovación Carismática y la justicia restaurativa. Sin embargo, durante mi etapa universitaria, sentía que todo esto no era suficiente; había un vacío que no lograba llenar. Al compartir esta inquietud con un sacerdote, me presentó a una hermana comboniana. A partir de ese encuentro, mi vida cambió por completo.

Sentí que por fin encontraba aquello que buscaba, algo que aún no tenía nombre ni entendía, pero que despertaba en mí una profunda inquietud. En ese momento, todos mis planes de futuro dieron un giro. Durante aquel proceso de discernimiento y acercamiento a las Combonianas, sentía inevitable el miedo al futuro. Implicaba un cambio radical: dejar atrás a mis amigos, mi vida cotidiana y a mi familia, siendo además hija única. ¡Sin embargo, abrazar los planes de Dios ha sido la mejor decisión de mi vida! Frente a ese miedo, el Señor me infundió un valor increíble. Viví una experiencia de un mes en una comunidad comboniana en el norte de Brasil y, a cada paso, confirmaba que estaba en el lugar donde Dios me quería; aquella llama en mi interior crecía cada día más.

Modelando mi vida según el carisma de Comboni

En septiembre de 2022, inicié mi etapa de postulantado en São Paulo, mi primera comunidad. Estoy profundamente agradecida por los dos años que viví allí, así como por las hermanas que me acogieron y me enseñaron tanto. Al lado de los hermanos y hermanas en situación de calle, de los jóvenes y de tantas personas con las que me encontré, viví una de las catequesis más hermosas: una fe encarnada en la vida. Allí pude conocer a Jesús de una manera totalmente nueva, en una realidad distinta a todo lo que había visto hasta entonces.

A finales de 2024 llegué a Brescia (Italia) para comenzar la etapa del noviciado, la cual ha sido mi primera experiencia internacional y de inculturación. Ha sido un periodo lleno de retos, pero, sobre todo, de incontables bendiciones. En esta etapa me doy cuenta con mayor claridad de hasta qué punto Dios está presente en mi vida y de cómo me guía. Ahora me preparo para dar mi «sí» y consagrar mi vida a Él, con el fin de seguir sus caminos y responder a su llamada:

«Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15).

Por intercesión de nuestro fundador, San Daniel Comboni, deseo seguir su ejemplo y plasmar sus palabras y acciones en todo lo que yo sea y haga:

«…el día y la noche, el sol y la lluvia me encontrarán siempre dispuesto a atender sus necesidades espirituales; el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el joven y el anciano, el amo y el siervo tendrán siempre el mismo acceso a mi corazón. su bien será el mío y sus penas serán también las mías». (Comboni, 1873)

Grupo de novicias con las hermanas de la comunidad formativa en Brescia- Italia

Más testimonios: https://misionerascombonianasdemadrid.blogspot.com/

«Y dejando las redes, lo siguieron»

Fieles al ideal de nuestro fundador, san Daniel Comboni, seguimos animando a los jóvenes para que sean “santos y capaces” y no teman responder con generosidad al llamado de Dios. Recordemos que el Señor invita a personas reales, con historias concretas y en circunstancias específicas para vivir la misión que les confía.

Nuestro preseminario tuvo como lema: “Y dejando las redes, lo siguieron”, inspirado en el pasaje del Evangelio de san Marcos (1,18), en el que Jesús invita a sus primeros discípulos –Pedro, Andrés, Santiago y Juan– a seguirlo a orillas del mar de Galilea. Con este lema queremos reafirmar que la vocación es una invitación de parte de Dios, y no, de los méritos humanos. Quien llama es Dios mismo, presente en la persona de Jesús.

Este año, la sede de nuestro encuentro fue el postulantado de San Francisco del Rincón, Guanajuato, y se realizó del 13 al 17 de julio. Contó con la participación de once jóvenes provenientes de distintos estados de la República Mexicana: Guanajuato, Michoacán, Ja-lisco, Veracruz, Zacatecas, Coahuila y Ciudad de México. Animados por el deseo de profun-dizar en el misterio de su vocación, los participantes respondieron con generosidad a la invitación que Dios les hizo.

El objetivo del preseminario fue ayudar a los jóvenes que sienten el llamado al sacerdocio o a la vida religiosa misionera a encontrar criterios y pistas que les permitan discernir, fortalecer y madurar su vocación. Los asistentes se retiraron varios días de su rutina cotidiana para concentrarse, meditar y escuchar la voz de Dios y así aclarar sus inquietudes.

El encuentro se caracterizó por diversos espacios formativos y de convivencia. Se ofrecieron tiempos para la reflexión personal y grupal y así discernir si Dios los llama a la vida religiosa misionera. Asimismo, se facilitaron momentos para experimentar el don de la vida comunitaria mediante actividades de diálogo, recreación, deporte y convivencia fraterna. Espacios que permitieron a los jóvenes interactuar directamente con sacerdotes, Hermanos combonianos y seminaristas del postulantado.

También se vivieron con intensidad diversos momentos de oración: la celebración diaria de la Eucaristía, el rezo de la Liturgia de las Horas –laudes, vísperas y completas–, el rosario y la adoración al Santísimo Sacramento. Además se impartieron charlas vocacionales a cargo de sacerdotes combonianos. En ellas se presentaron la vida, vocación y carisma de nuestro fundador, la historia del Instituto, las etapas formativas y la presencia de la Familia Comboniana en el mundo. Del mismo modo, se abordó la importancia de la vocación cristiana y se expusieron las distintas formas de servir a la Iglesia.

Es preciso recordar que toda vocación se encarna en una persona concreta que, con sus límites y capacidades, procura responder al llamado de Dios. Los asistentes al preseminario buscaron vivir la misma experiencia de los primeros discípulos. Con el lema “Y dejando las redes, lo siguieron”, quisimos destacar que en toda vocación está presente la exigencia del Maestro. Jesús respeta plenamente nuestra libertad; no impone condiciones, sino que invita para que nuestra respuesta se transforme, por amor, en una donación total.

Reconozcamos que toda respuesta vocacional pasa por experiencias semejantes a las que vivieron los primeros discípulos. La primera es el desapego: las redes representaban su trabajo y sustento, y dejarlas significa estar dispuestos a dejar nuestra zona de confort y las seguridades materiales por un bien mayor. La segunda es la inmediatez de la respuesta: el evangelista señala que lo siguieron “de inmediato”. Esto nos enseña que, cuando se reconoce el llamado de Dios, dudar o postergar indefinidamente la decisión, puede alejarnos del proyecto que Él tiene para nosotros. La tercera es la transformación de la misión: los pescadores no dejaron de ser útiles; simplemente cambiaron su enfoque. Pasaron de “pescar peces” a ser “pescadores de hombres”, lo que significa poner nuestras habilidades y talentos al servicio de los demás para transformar positivamente sus vidas.

Les pedimos que oren por la vocación de estos jóvenes que han respondido al llamado de Dios para iniciar la vida misionera. Pidamos al Señor que, a ejemplo de los primeros discípulos, perseveren con fidelidad en esta opción fundamental de sus vidas y que, aun en medio de las dudas, los temores e incertidumbres propias de todo proceso vocacional, sepan siempre “dejar sus redes y seguir al Maestro”. Que vivan con alegría, fidelidad y perseverancia esta primera etapa de su formación misionera comboniana.

Si deseas experientar un acompañamiento vocacional, no lo dudes:
¡CONTÁCTANOS! La misión te espera. ¡No tengas miedo!

Mons. Dominic Eibu, obispo comboniano de Uganda: «Confiando en la gracia de Dios»

El obispo comboniano Dominic Eibu, de la diócesis de Kotido, comparte su camino vocacional y su experiencia misionera.

No tenía ni idea de lo que era el sacerdocio, aunque me gustaba ver a los sacerdotes cuando venían a la capilla de nuestro pueblo, lo cual era algo raro. ¡En la escuela secundaria quería ser director de banco! Me inspiré para unirme a los Misioneros Combonianos de una manera muy curiosa mientras estudiaba en la Moroto High School. Todo ocurrió así: solía rezar en la Catedral Regina Mundi, donde el párroco era amigo de la familia.

Durante las vacaciones del primer trimestre, me pidió que le ayudara en la oficina parroquial anotando en los registros los nombres de las personas que habían recibido los sacramentos. Una tarde, de camino al trabajo, me encontré con un anciano que conducía una vieja motocicleta Vespa y que probablemente salía para cumplir con su misión.

¡No lo conocía! Me detuve y me asaltaron algunas preguntas que me vinieron a la mente en ese mismo instante: ¿quién es este anciano, que parece tan comprometido con nuestra gente, pero que no es ugandés? ¿Qué pasará cuando muera? ¿Quién continuará su obra? Continué hacia la oficina parroquial para recoger mi tarea y, al llegar donde el párroco, le pregunté quién era aquel anciano, describiéndoselo tal como lo había visto. Me dijo que era un misionero comboniano. Entonces le pregunté cómo se podía uno unir a ellos.

Aunque se lo pregunté, tenía una “dificultad” que creía que me impediría ingresar al sacerdocio: no había estudiado Religión en el colegio, ya que me habían asignado a la modalidad de ciencias.

Cuando le hablé al párroco de esta “dificultad”, me aseguró que aún podía solicitar el ingreso al seminario si estaba interesado en la vida seminarística. Sin embargo, me dijo que los Padres de Verona – como los combonianos también eran conocidos –  solo aceptan candidatos que hayan terminado el bachillerato. Ni siquiera conocía la diferencia entre los sacerdotes, si eran misioneros o diocesanos, ni nada por el estilo. Aun así, el párroco me animó a presentar mi solicitud para entrar al seminario.

Presenté la solicitud sin saber a dónde iba, ¡solo sabía que quería convertirme en misionero comboniano! Tras aprobar los exámenes, fui admitido en el Seminario Menor de los Apóstoles de Jesús en Nadiket, Moroto. Cuando llegué a Nadiket, no vi al anciano, así que le pregunté al párroco dónde estaba. Me volvió a explicar que eran Misioneros Combonianos, pero me animó a estudiar allí para mis A-Levels. Me aseguró que, si al terminar seguía interesado, le avisaría al director de vocaciones de los Misioneros Combonianos.

Después de mis exámenes finales, recibí una carta suya pidiéndome que me preparara para reunirme con el director de vocaciones en la Casa Comboni de Moroto un día determinado, y así lo hice. Tuve un encuentro muy positivo con el director de vocaciones, quien me pidió que presentara la solicitud en ese mismo momento. Lo hice, y me invitó a ir a Kampala para unirme a otros candidatos en el programa de orientación.

El programa de orientación duró una semana, durante la cual nos informó de que consultaría nuestros resultados en la sede del Ministerio de Educación. Quienes obtuvieran las calificaciones requeridas recibirían una carta de admisión. También dijo que los aceptados deberían presentarse en Kampala para ser trasladados a Jinja y comenzar su postulantado.

Mi camino comenzó en 1993 con un curso de filosofía en Jinja. De 1996 a 1998, realicé mi formación de noviciado en Namugongo, seguida de los estudios de teología de 1998 a 2002. Inicialmente, los estudios de teología debían cursarse en Kinshasa, Congo, pero debido a la inestabilidad política, fui enviado a Roma en su lugar. Fui ordenado sacerdote en 2002 y destinado a Jartum, en Sudán. Antes de ir allí, fui enviado a el Cairo para estudiar árabe de 2002 a 2003, y luego a Roma de 2003 a 2005 para estudiar islamología. Me trasladé a Jartum en 2005.

Mi primer destino fue Egipto para estudiar árabe, y finalmente fui asignado a Jartum, en Sudán. Mientras estuve en Sudán, llevé a cabo labor pastoral en una escuela. De 2006 a 2016, trabajé como director en el Comboni College de Jartum (CCK) y en la Escuela Primaria de Niños de Omdurmán, en Sudán. De 2017 a 2022, estuve destinado en el Cairo, en el Instituto Dar Comboni para la Lengua y la Cultura Árabes, donde también fui director de tres escuelas para refugiados pertenecientes a nuestra parroquia del Sagrado Corazón de Sakakini.

De 2017 a 2022, estuve destinado en la parroquia, primero como vicario parroquial y luego, a partir de 2020, como párroco. Durante este tiempo, también presté mis servicios en el instituto mencionado anteriormente. Por lo tanto, tengo experiencia tanto en el apostolado escolar como en el parroquial. Trabajé en países árabes durante un total de 16 años: 11 años en Jartum, Sudán, y 5 años en El Cairo, Egipto.

Cuando fui nombrado obispo, ¡me sentí perdido! Esto se debió a que me encontré en una realidad nueva donde tenía que empezar a afrontar responsabilidades mucho mayores que el trabajo parroquial, escolar o en el instituto. Confiando en la gracia de Dios y en la confianza de la Iglesia, lo asumí con fe y con el apoyo de la Iglesia.

Ahora, tres años después, he llegado a amar mis responsabilidades, a la gente y al lugar. Sigo aprendiendo a servir bien a mi pueblo, lo que incluye aprender su idioma, sus costumbres y su cultura, para sentirme completamente en casa con ellos y en mi rol. No comprendo del todo el corazón de la gente, ¡pero siento que me quieren y yo también los quiero a ellos! He sido muy bien acogido en la diócesis, como demuestra el nuevo nombre que me pusieron, “Lokut”, el día de mi consagración episcopal. Este nombre refleja las condiciones meteorológicas de mi consagración como obispo: ¡hacía muchísimo viento!

comboni.org

Un corazón abierto al amor sin fronteras

 Por: Masaku Folosi, postulante comboniana
Desde Zambia

Me llamo Masaku Folosi, soy postulante comboniana y nací en Zambia, en Salambango, distrito de Mongu. Soy la segunda de cinco hermanos y crecí en una familia unida, marcada por el esfuerzo de mis padres, agricultores, cuyo ejemplo de perseverancia despertó en mí el deseo de estudiar para poder ayudar a mi familia. Con sacrificio y determinación completé mis estudios en escuelas rurales, muchas veces distantes de casa. Fui la primera de mis hermanos en terminar el duodécimo curso. En aquel tiempo, soñaba con ser soldado, pero Dios tenía otro camino para mí. Mis padres, católicos comprometidos con la Iglesia, me acercaron desde joven a la vida de fe: participé en el coro y, en ocasiones, dirigí el servicio litúrgico cuando ningún sacerdote podía celebrar la Eucaristía en la capilla de mi aldea.

La chispa misionera que ilumino mi corazón

El grupo de animadores misioneros formado por la hermana Omaira, una misionera comboniana, fue inspirador para mí, por su espíritu de colaboración, entusiasmo y, sobre todo, su participación activa en la vida de la Iglesia y en los distintos programas de servicio a la comunidad. Fue por ello, que decidí incorporarme al grupo en 2021. Con ellos, experimenté y viví muchos momentos significativos que permanecerán para siempre en mi corazón. Aprendí que la fe no consiste únicamente en creer, sino también en ponerse al servicio de los demás, especialmente de quienes atraviesan situaciones difíciles.

Con los animadores misioneros trabajamos como una familia, dándonos la mano, como decimos en lozi (lengua local): “Munwana ulimumwi hau tubi nda”, que significa que un solo dedo no puede sujetar algo por sí mismo, sino que necesita de los otros dedos. Es decir, juntos somos fuertes, nos necesitamos mutuamente, porque nadie puede vivir sin la ayuda de los demás. También visitamos a nuestras familias para compartir con ellas la Palabra de Dios y hacerlas sentir amadas y cuidadas.

Junto a mis compañeros, ayudábamos a las personas mayores, a los pobres y a los enfermos con sincera dedicación y dentro de nuestras posibilidades: íbamos a buscar agua, recogíamos leña, limpiábamos sus hogares, construíamos refugios, les proveíamos algo de harina de maíz, plantábamos árboles frutales y, sobre todo, rezábamos con ellos. No se trataba únicamente de ofrecer ayuda material, queríamos también devolverles un poco de paz interior, de esperanza y de alegría. Fue precisamente a través de este servicio que mi fe adquirió un significado más profundo y que mi compromiso con la Iglesia se hizo más firme.

Valió la pena el camino

No siempre resultaba sencillo. La iglesia estaba bastante lejos de mi casa y, en ocasiones, el largo camino me dejaba cansada y debilitada, especialmente cuando tenía que recorrerlo sola. Sin embargo, con el tiempo comprendí que aquellas dificultades no eran más que obstáculos pasajeros que no debían apartarme de mi propósito. Me armé de valor y continué adelante. Comprendí que no todas las tormentas que aparecen en mi camino llegan para destruirme; algunas llegan para despejarme el camino. Desde aquel día, participé activamente en todos los programas del grupo porque entendí que, cuando aprendemos a desprendernos de aquello que nos limita, comenzamos a crecer y a abrir el corazón al amor que da vida y esperanza. Y ese mismo amor nos impulsa a compartirlo con los demás.

Esta experiencia también me enseñó a no encerrarme en mi propia realidad, a mantener una actitud abierta y acogedora ante la riqueza que cada persona puede aportar a mi vida. Aprendí a construir relaciones auténticas, y a estar disponible para servir a los demás y compartir con ellos tanto las alegrías como el sufrimiento. Esto me permitió descubrir la paz y la alegría de ser cristiana, en el amor sin fronteras que da la mano a quien lo necesita, sin esperar nada a cambio. Un cristiano está llamado a ser luz y guía para los demás, ayudándoles a reconocer su propia dignidad y animándolos a mirar el futuro con esperanza.

Un encuentro que lo transformo todo

Me gusta recordar aquellos momentos en los que sentí que el Señor salía a mi encuentro de una manera concreta. A través de distintas circunstancias de mi vida, fue mostrándome signos de su poder y de su ternura, fortaleciendo poco a poco mi fe. Mi participación en este grupo me acercó de una manera nueva a la persona de Jesús. Esa cercanía provocó una profunda transformación en mi vida. Me hizo experimentar una libertad interior, una paz y una serenidad que hasta entonces no había conocido.

Me impresionó encontrar a un grupo de jóvenes llenos de entusiasmo, generosidad y disponibilidad, dispuestos a acudir allí donde nuestros hermanos necesitaban ayuda, no solo material, sino de escucha, de un saludo afectuoso, de una sonrisa, de una palabra de aliento. De ellos aprendí el lenguaje del amor, de la acogida, de la caridad y de la alegría que procede de Dios. Ellos me ayudaron a profundizar mi fe y a descubrir el plan de Dios para mí.

Misioneras Combonianas

Discernimiento ante el ruido exterior

«El discernimiento ayuda a silenciar el bullicio exterior y abre los oídos del corazón para escuchar la voz de Dios». La experiencia del profeta Elías (1Re 19) es un pilar fundamental en la teología espiritual sobre la reflexión profunda y la oración. Cuando el profeta, exhausto y atemorizado, busca a Dios en el monte Horeb, Él le enseña que su voluntad no se manifiesta en fenómenos estruendosos, sino en el «murmullo de una brisa suave», enseñándole a distinguir la voz divina desde la paz.

Elías había enfrentado una intensa batalla espiritual derrotando a los profetas de Baal en el monte Carmelo. Sin embargo, al ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, cae en un profundo agotamiento físico y espiritual, deseando morir y escondiéndose en una cueva. En este estado de vulnerabilidad, necesita aprender a reconocer la presencia de Dios más allá de sus propias expectativas de triunfo o castigo.

El profeta se sitúa a la entrada de la cueva esperando una señal de Dios. Tres elementos poderosos se manifiestan. El texto bíblico señala que “el Señor no estaba en ellos” (1Re 19,11-12). Esto representa que el poder de Dios y sus respuestas no siempre coinciden con lo espectacular, lo violento o lo que el ser humano considera “divino”, sino que llega después del estruendo, a través del “sonido de una brisa suave”.

Para Elías, el buen juicio consiste en purificar la imagen que tenía de Dios: el Creador no solo es fuego y justicia, sino misericordia y paz, medios que restauran el alma cansada. Discernir significa detenerse para descubrir aquello que nos ayuda a crecer y aquello que nos aleja de nuestra verdadera identidad. No se trata solo de elegir entre algo “bueno” o “malo”, sino de reconocer qué decisiones nos ayudan a crecer, amar, servir y vivir con paz.

Vivimos una época donde parece que el silencio es incómodo. Todo el tiempo suena algo: notificaciones, videos, música, opiniones, tendencias y miles de voces diciéndonos cómo vestir, qué pensar, qué sentir y hasta cómo debemos vivir. En medio de tanta agitación, muchos jóvenes terminan confundidos, cansados o vacíos, porque escuchan todo, menos a su propio corazón. El silencio suele ser sinónimo de un vacío desconcertante; ante la falta de bullicio exterior, el mutismo nos confronta de golpe con su propia voz interna y evidencia una sobrecarga de pensamientos y ansiedad que intentamos evitar a toda costa.

El mundo de hoy nos ofrece respuestas rápidas y pocas veces nos enseña a reflexionar. Las redes sociales nos “acercan” a muchas personas, pero, al compararnos, también pueden presionarnos y generar ansiedad por intentar aparentar una vida perfecta. A veces seguimos tendencias solo para sentirnos aceptados, olvidando quiénes somos realmente. Por ello, es muy importante el discernimiento, es decir, silenciar nuestro interior para escuchar la voz de Dios, de nuestra conciencia y de la verdad que habita en nosotros. No es fácil, porque muchas veces las voces externas se convierten en ruido interior, y comenzamos a sentir miedo, inseguridad, duda o necesidad de aprobación.

Una enseñanza destacada es que, antes de tomar decisiones importantes, Jesucristo buscaba momentos de oración y soledad. Él sabía que en el silencio se encuentra claridad. El buen juicio no significa tener todas las respuestas, sino aprender a caminar con sabiduría. A veces Dios no habla con exceso de estímulos ni con señales espectaculares; muchas veces nos habla desde la tranquilidad del corazón, con una conversación sincera por medio de la oración; incluso, se comunica cada día a través de una sencilla experiencia.

Hoy, ser joven implica muchos desafíos, pero también grandes oportunidades, como la de elegir conscientemente el camino a seguir. En un mundo que “grita” constantemente, quien aprende a escuchar con el corazón descubre que la verdadera paz no se encuentra en el bullicio, sino en la verdad, en el amor y en Dios. Muchas veces buscamos certezas inmediatas, respuestas claras, señales evidentes. Pero Dios no suele levantar la voz, se insinúa como brisa suave, como intuición luminosa, como paz que crece interiormente. No se impone, más bien, invita. No arrastra, más bien, seduce.

Para lograr discernir, necesitamos cultivar la confianza, abrirnos a lo inesperado, dejarnos sorprender por caminos que no imaginábamos. Hay decisiones que maduran en la oración, en la escucha humilde, en el acompañamiento espiritual. Y otras que van aclarándose mientras caminamos, mientras confiamos. Esto implica que debemos aprender a vivir atentos, sin rigidez, con el alma dispuesta. Porque la voluntad de Dios no se esconde, sino que se revela a quienes desean albergarla con sinceridad y valentía.

El “discernimiento espiritual vocacional” es un proceso en el que una persona busca descubrir el llamado que Dios tiene para su vida. No solo se trata de escoger una profesión o decidir un futuro, sino de reconocer cómo Dios te invita a amar, servir y vivir plenamente. En la experiencia cristiana, toda vocación nace del amor de Dios. Algunos son llamados al matrimonio, otros a la vida sacerdotal, religiosa o misionera, y otros al servicio dentro de la Iglesia y la sociedad.

Discernir ayuda a escuchar dicha llamada y responder con libertad y confianza. Jesús llamó a sus discípulos de manera personal: «Ven y sígueme». Esa invitación sigue resonando hoy en el corazón de muchos jóvenes. Sin embargo, descubrir la propia vocación no siempre es fácil, porque existen dudas, miedos, inseguridades y muchas distracciones que dificultan escuchar la voz de Dios.

A ti, joven, que muchas veces te preguntas qué hacer con tu vida, cuál es tu camino o qué sueña Dios para ti, te invitamos a detenerte un momento para escuchar la voz de tu corazón. Dios sigue llamando en medio de las distracciones del mundo. Si deseas iniciar un camino de acompañamiento vocacional, ¡contáctanos! No temas preguntarle a Dios: «¿Qué quieres de mí?» Muchas veces la respuesta nace en lo más profundo del corazón; ahí es donde Dios continúa hablando. ¡La misión te espera!

«La vocación se sostiene en la fidelidad»

Estoy convencido de que el camino más seguro para encontrar la felicidad y la paz interior que todos anhelamos no se encuentra en la posesión de abundantes bienes materiales o en tener una buena posición social. Se encuentra, más bien, en poner nuestra confianza en el Señor y entregar la vida al servicio de los demás.

Nuestra protagonista es una religiosa filipina, la Hna. Rose Guevara. Ingeniera de profesión, disponía de trabajo estable en una multinacional con sede en Manila, la capital de su país, pero una inquietud profunda y una sensación de vacío inundaba a veces su corazón. Diferentes situaciones y encuentros la llevaron a conocer a las Hermanas Carmelitas. Tras vencer muchas resistencias, decidió hacerse una de ellas. Desde hace 21 años, la Hna. Rose es misionera en Malaui, un país donde se siente «en casa». Esta es su historia vocacional.

Por: Hna. Rose Guevara
Coordina: P. Zoé Musaka

Mundo Negro



Soy una misionera carmelita originaria de Filipinas. En casa era la menor de tres hermanos. Mi formación como ingeniera me condujo a desempeñar mi labor profesional durante algunos años en una multinacional en Manila. Sin embargo, en medio de aquella estabilidad laboral, comenzó a crecer en mí una inquietud profunda. Tenía la sensación de que me faltaba algo esencial para dar pleno sentido a mi vida. En un primer momento pensé que la respuesta podría encontrarse en mejores oportunidades laborales o en una mayor seguridad económica, pero, aun habiendo alcanzado aquello que muchas personas consideraban como un éxito, dentro de mí experimentaba un vacío que el dinero no lograba colmar. 

En una ocasión, yendo de camino a ver a unas amigas, experimenté una extraña llamada interior que me invitaba a entrar en una iglesia. Sin embargo, me resistí. Me repetía una y otra vez que no tenía una inclinación natural hacia lo religioso. Pensé entonces que, tal vez, lo que necesitaba era buscar nuevos horizontes, algo más acorde con mi espíritu aventurero, como la práctica del montañismo, que tanto me atraía.

La segunda vez que sentí aquella invitación a entrar en una iglesia no pude resistirme. En mi trabajo, después de una reunión en la que se cuestionó mi integridad, salí enfadada de la oficina y mis pasos me condujeron a la iglesia de San Lorenzo, en Manila. Allí, en silencio, comenzó a abrirse en mí una nueva actitud. En aquel templo vi unos carteles que proponían un «desafío». Aquella palabra tocó algo profundo en mí, quizás por la escalada, porque siempre me han atraído los retos, las experiencias que exigen entrega y superación. Entre las imágenes que se mostraban en aquellos carteles había una en particular en la que se veía a niños africanos siguiendo a un misionero montado a caballo. Anoté un número de teléfono y llamé sin saber muy bien por qué. Me dieron información sobre el próximo encuentro de orientación vocacional que tendría lugar en el Scout Madriñan, en Quezon City. Así comenzó mi camino vocacional. Esto sucedió en el mes misionero por excelencia, en octubre de 1994. 

El camino hasta aquel lugar no fue sencillo. A pesar de conocer bien la ciudad de Manila, me perdí varias veces. Tras cambiar de transporte en varias ocasiones, me dije a mí misma que aquel sería el último intento. Si no encontraba el lugar, regresaría a casa y lo olvidaría todo. Pero en ese trayecto, una joven sentada a mi lado resultó providencial, porque ella también iba al encuentro. Llegamos juntas a la comunidad de las Hermanas Misioneras Carmelitas.

Al entrar, mi primera impresión fue de desconcierto. Ver a tantas religiosas en oración era algo que no encajaba con lo que yo imaginaba para mi vida. Pero algo cambió en mi interior y me envolvió una profunda serenidad. Escuché el testimonio de una hermana que contó su experiencia misionera en Kuwait, cómo huían y se escondían durante la guerra. Aquellas palabras despertaron en mí una atracción inesperada. Por primera vez pensé que quizás esa fuera la vida que estaba buscando. Terminado el encuentro, aquella joven con la que había llegado se convirtió en mi compañera de camino.

Semanas después, en diciembre, me invitó a participar en otro encuentro en Calambá, al sur de Manila. Le pregunté en qué consistía y me respondió que nos dirigíamos a la montaña. Pensé que se trataba de una simple excursión, pero una vez allí, una carmelita me descolocó con una pregunta directa: «¿Por qué quieres ser hermana?». Mi respuesta fue inmediata y sincera: «¿Yo? No, no quiero ser religiosa, aunque me atrae vuestro estilo de vida». Al finalizar el encuentro, en medio del desconcierto, empecé a intuir que tal vez debía dar un paso más, abrirme a la posibilidad y ver hasta dónde me conducía aquel camino.

Admisión del hospital de Kapiri. Fotografía: Boniface Gbama

Reacción de la familia

No fue fácil comunicar la decisión a mi familia. Mis padres reaccionaron con sorpresa y oposición. Mi madre, por ejemplo, no aceptaba perder a su única hija: «Quiero tener nietos contigo», me decía. Mi padre guardó silencio. Solo mi hermano mayor me ofreció su apoyo: «No te preocupes, hermana, sigue el deseo de tu corazón, yo te apoyaré». Aquellas palabras me dieron la fuerza necesaria para continuar. Esa noche terminamos cenando en silencio hasta que todo el mundo se fue a su habitación sin pronunciar palabra.

Poco después recibí la carta de aceptación. Era enero y tuve que unirme a las hermanas en mayo en Laguna. En el ámbito laboral, se abría ante mí una prometedora promoción como gerente de la empresa. Sin embargo, opté por seguir la llamada que había comenzado a tomar forma en mi interior, así que presenté mi dimisión al responsable de la compañía. Se mostró sorprendido y me confesó con franqueza que no percibía en mí signos de una vocación religiosa. Con serenidad, le pedí un año para discernir y probar este camino. Si no era el mío, regresaría. Aceptó, e incluso me ofreció el sueldo de un año sabiendo que no tendría ingresos con las hermanas.

Los inicios en la comunidad no estuvieron exentos de dificultades. La vida cotidiana estaba marcada por tareas domésticas: hacer la limpieza, trabajar en el jardín, lavar y planchar la ropa… Éramos 23 jóvenes, además de las hermanas. Al cabo de una semana me puse enferma, ya que no estaba acostumbrada a un ritmo tan exigente de trabajo. En Manila nunca había realizado labores de ese tipo. Después de dos semanas, agobiada por el servicio en la comunidad, expresé a las hermanas mi desánimo. Sentía que aquella no era mi vocación. Como al día siguiente estaba prevista la jornada de visitas, comuniqué a las hermanas mi decisión de regresar a casa con mis padres. Ellas, con serenidad, me invitaron a descansar y a llevar esa inquietud a la oración. Aquella noche dije: «Señor, esta no es la vida que yo esperaba». A la mañana siguiente, las hermanas me preguntaron a qué hora llegarían mis padres y si ya había preparado mis cosas. Mi respuesta fue: «¿Para qué?». Me avergonzaba reconocer que quería abandonar por algo tan sencillo como las tareas domésticas. Decidí permanecer porque comprendí que la vocación no se sostiene en ideales románticos, sino en la fidelidad cotidiana.

La Hna. Rose delante de una pequeña tienda que las religiosas han abierto para cubrir las necesidades de los familiares de los ingresados en el centro sanitario. Fotografía: Boniface Gbama

África y un hospital

Con el paso del tiempo fui dando pasos firmes. La primera profesión fue en 1999, y la profesión perpetua en 2005, en Manila. Poco antes de esta última, expresé mi deseo de ser enviada a África. Era un sueño que llevaba en el corazón desde pequeña, así que cuando la superiora me comunicó el destino, lo acogí con alegría. Mi llegada al continente marcó un antes y un después. En julio de 2005, tras una breve estancia en Kenia y Tanzania, fui destinada a Malaui, a la comunidad de Kapiri. Cuando llegué, asumí la responsabilidad de la administración del hospital, una tarea para la que no me sentía preparada. Entre mis responsabilidades se encontraba la adquisición de medicamentos y del equipamiento sanitario. No tenía la más mínima idea de por dónde empezar. Fue, una vez más, el estudio lo que me permitió formarme y responder, con el tiempo, a las necesidades con-cretas del hospital. Los desafíos fueron numerosos: el idioma, la cultura, la falta de recursos o las limitaciones materiales. Fui enviada a estudiar chichewa, pero la urgencia en el hospital hizo que, apenas dos días después, tuviera que incorporarme a las tareas asistenciales. Al final, lo aprendí de manera autodidacta, con los medios disponibles, leyendo libros, porque aún no había Internet.

En Kapiri, donde continúo, la realidad socioeconómica de la población es precaria. La gente vive, en gran medida, de la agricultura de subsistencia, lo que condiciona incluso el acceso a la atención médica. No son pocos los casos en los que los pacientes no pueden hacer frente a los costes del hospital porque aún están a la espera de la cosecha. Ante esta situación, optamos por atenderles y esperar a que vendan la cosecha para que puedan abonar la atención que les hemos prestado. A pesar de las dificultades, amo profundamente Malaui y a su gente. Aquí me siento en casa. Tras 21 años de presencia en el país, he experimentado con claridad que mi vocación está ligada a esta tierra. No obstante, mantengo el corazón abierto a cualquier destino al que mi congregación considere oportuno enviarme.

A los jóvenes que se encuentran ante decisiones importantes en sus vidas, quisiera decirles que permanezcan abiertos a la llamada del Espíritu Santo. Es importante que no tengan miedo. A mí me sirvieron las palabras de nuestro fundador, Francisco Palau: «Iremos adonde la gloria del Señor nos llame, y mi vida es lo mínimo que puedo ofrecer en respuesta a su amor».