Discernimiento ante el ruido exterior

«El discernimiento ayuda a silenciar el bullicio exterior y abre los oídos del corazón para escuchar la voz de Dios». La experiencia del profeta Elías (1Re 19) es un pilar fundamental en la teología espiritual sobre la reflexión profunda y la oración. Cuando el profeta, exhausto y atemorizado, busca a Dios en el monte Horeb, Él le enseña que su voluntad no se manifiesta en fenómenos estruendosos, sino en el «murmullo de una brisa suave», enseñándole a distinguir la voz divina desde la paz.

Elías había enfrentado una intensa batalla espiritual derrotando a los profetas de Baal en el monte Carmelo. Sin embargo, al ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, cae en un profundo agotamiento físico y espiritual, deseando morir y escondiéndose en una cueva. En este estado de vulnerabilidad, necesita aprender a reconocer la presencia de Dios más allá de sus propias expectativas de triunfo o castigo.

El profeta se sitúa a la entrada de la cueva esperando una señal de Dios. Tres elementos poderosos se manifiestan. El texto bíblico señala que “el Señor no estaba en ellos” (1Re 19,11-12). Esto representa que el poder de Dios y sus respuestas no siempre coinciden con lo espectacular, lo violento o lo que el ser humano considera “divino”, sino que llega después del estruendo, a través del “sonido de una brisa suave”.

Para Elías, el buen juicio consiste en purificar la imagen que tenía de Dios: el Creador no solo es fuego y justicia, sino misericordia y paz, medios que restauran el alma cansada. Discernir significa detenerse para descubrir aquello que nos ayuda a crecer y aquello que nos aleja de nuestra verdadera identidad. No se trata solo de elegir entre algo “bueno” o “malo”, sino de reconocer qué decisiones nos ayudan a crecer, amar, servir y vivir con paz.

Vivimos una época donde parece que el silencio es incómodo. Todo el tiempo suena algo: notificaciones, videos, música, opiniones, tendencias y miles de voces diciéndonos cómo vestir, qué pensar, qué sentir y hasta cómo debemos vivir. En medio de tanta agitación, muchos jóvenes terminan confundidos, cansados o vacíos, porque escuchan todo, menos a su propio corazón. El silencio suele ser sinónimo de un vacío desconcertante; ante la falta de bullicio exterior, el mutismo nos confronta de golpe con su propia voz interna y evidencia una sobrecarga de pensamientos y ansiedad que intentamos evitar a toda costa.

El mundo de hoy nos ofrece respuestas rápidas y pocas veces nos enseña a reflexionar. Las redes sociales nos “acercan” a muchas personas, pero, al compararnos, también pueden presionarnos y generar ansiedad por intentar aparentar una vida perfecta. A veces seguimos tendencias solo para sentirnos aceptados, olvidando quiénes somos realmente. Por ello, es muy importante el discernimiento, es decir, silenciar nuestro interior para escuchar la voz de Dios, de nuestra conciencia y de la verdad que habita en nosotros. No es fácil, porque muchas veces las voces externas se convierten en ruido interior, y comenzamos a sentir miedo, inseguridad, duda o necesidad de aprobación.

Una enseñanza destacada es que, antes de tomar decisiones importantes, Jesucristo buscaba momentos de oración y soledad. Él sabía que en el silencio se encuentra claridad. El buen juicio no significa tener todas las respuestas, sino aprender a caminar con sabiduría. A veces Dios no habla con exceso de estímulos ni con señales espectaculares; muchas veces nos habla desde la tranquilidad del corazón, con una conversación sincera por medio de la oración; incluso, se comunica cada día a través de una sencilla experiencia.

Hoy, ser joven implica muchos desafíos, pero también grandes oportunidades, como la de elegir conscientemente el camino a seguir. En un mundo que “grita” constantemente, quien aprende a escuchar con el corazón descubre que la verdadera paz no se encuentra en el bullicio, sino en la verdad, en el amor y en Dios. Muchas veces buscamos certezas inmediatas, respuestas claras, señales evidentes. Pero Dios no suele levantar la voz, se insinúa como brisa suave, como intuición luminosa, como paz que crece interiormente. No se impone, más bien, invita. No arrastra, más bien, seduce.

Para lograr discernir, necesitamos cultivar la confianza, abrirnos a lo inesperado, dejarnos sorprender por caminos que no imaginábamos. Hay decisiones que maduran en la oración, en la escucha humilde, en el acompañamiento espiritual. Y otras que van aclarándose mientras caminamos, mientras confiamos. Esto implica que debemos aprender a vivir atentos, sin rigidez, con el alma dispuesta. Porque la voluntad de Dios no se esconde, sino que se revela a quienes desean albergarla con sinceridad y valentía.

El “discernimiento espiritual vocacional” es un proceso en el que una persona busca descubrir el llamado que Dios tiene para su vida. No solo se trata de escoger una profesión o decidir un futuro, sino de reconocer cómo Dios te invita a amar, servir y vivir plenamente. En la experiencia cristiana, toda vocación nace del amor de Dios. Algunos son llamados al matrimonio, otros a la vida sacerdotal, religiosa o misionera, y otros al servicio dentro de la Iglesia y la sociedad.

Discernir ayuda a escuchar dicha llamada y responder con libertad y confianza. Jesús llamó a sus discípulos de manera personal: «Ven y sígueme». Esa invitación sigue resonando hoy en el corazón de muchos jóvenes. Sin embargo, descubrir la propia vocación no siempre es fácil, porque existen dudas, miedos, inseguridades y muchas distracciones que dificultan escuchar la voz de Dios.

A ti, joven, que muchas veces te preguntas qué hacer con tu vida, cuál es tu camino o qué sueña Dios para ti, te invitamos a detenerte un momento para escuchar la voz de tu corazón. Dios sigue llamando en medio de las distracciones del mundo. Si deseas iniciar un camino de acompañamiento vocacional, ¡contáctanos! No temas preguntarle a Dios: «¿Qué quieres de mí?» Muchas veces la respuesta nace en lo más profundo del corazón; ahí es donde Dios continúa hablando. ¡La misión te espera!

«La vocación se sostiene en la fidelidad»

Estoy convencido de que el camino más seguro para encontrar la felicidad y la paz interior que todos anhelamos no se encuentra en la posesión de abundantes bienes materiales o en tener una buena posición social. Se encuentra, más bien, en poner nuestra confianza en el Señor y entregar la vida al servicio de los demás.

Nuestra protagonista es una religiosa filipina, la Hna. Rose Guevara. Ingeniera de profesión, disponía de trabajo estable en una multinacional con sede en Manila, la capital de su país, pero una inquietud profunda y una sensación de vacío inundaba a veces su corazón. Diferentes situaciones y encuentros la llevaron a conocer a las Hermanas Carmelitas. Tras vencer muchas resistencias, decidió hacerse una de ellas. Desde hace 21 años, la Hna. Rose es misionera en Malaui, un país donde se siente «en casa». Esta es su historia vocacional.

Por: Hna. Rose Guevara
Coordina: P. Zoé Musaka

Mundo Negro



Soy una misionera carmelita originaria de Filipinas. En casa era la menor de tres hermanos. Mi formación como ingeniera me condujo a desempeñar mi labor profesional durante algunos años en una multinacional en Manila. Sin embargo, en medio de aquella estabilidad laboral, comenzó a crecer en mí una inquietud profunda. Tenía la sensación de que me faltaba algo esencial para dar pleno sentido a mi vida. En un primer momento pensé que la respuesta podría encontrarse en mejores oportunidades laborales o en una mayor seguridad económica, pero, aun habiendo alcanzado aquello que muchas personas consideraban como un éxito, dentro de mí experimentaba un vacío que el dinero no lograba colmar. 

En una ocasión, yendo de camino a ver a unas amigas, experimenté una extraña llamada interior que me invitaba a entrar en una iglesia. Sin embargo, me resistí. Me repetía una y otra vez que no tenía una inclinación natural hacia lo religioso. Pensé entonces que, tal vez, lo que necesitaba era buscar nuevos horizontes, algo más acorde con mi espíritu aventurero, como la práctica del montañismo, que tanto me atraía.

La segunda vez que sentí aquella invitación a entrar en una iglesia no pude resistirme. En mi trabajo, después de una reunión en la que se cuestionó mi integridad, salí enfadada de la oficina y mis pasos me condujeron a la iglesia de San Lorenzo, en Manila. Allí, en silencio, comenzó a abrirse en mí una nueva actitud. En aquel templo vi unos carteles que proponían un «desafío». Aquella palabra tocó algo profundo en mí, quizás por la escalada, porque siempre me han atraído los retos, las experiencias que exigen entrega y superación. Entre las imágenes que se mostraban en aquellos carteles había una en particular en la que se veía a niños africanos siguiendo a un misionero montado a caballo. Anoté un número de teléfono y llamé sin saber muy bien por qué. Me dieron información sobre el próximo encuentro de orientación vocacional que tendría lugar en el Scout Madriñan, en Quezon City. Así comenzó mi camino vocacional. Esto sucedió en el mes misionero por excelencia, en octubre de 1994. 

El camino hasta aquel lugar no fue sencillo. A pesar de conocer bien la ciudad de Manila, me perdí varias veces. Tras cambiar de transporte en varias ocasiones, me dije a mí misma que aquel sería el último intento. Si no encontraba el lugar, regresaría a casa y lo olvidaría todo. Pero en ese trayecto, una joven sentada a mi lado resultó providencial, porque ella también iba al encuentro. Llegamos juntas a la comunidad de las Hermanas Misioneras Carmelitas.

Al entrar, mi primera impresión fue de desconcierto. Ver a tantas religiosas en oración era algo que no encajaba con lo que yo imaginaba para mi vida. Pero algo cambió en mi interior y me envolvió una profunda serenidad. Escuché el testimonio de una hermana que contó su experiencia misionera en Kuwait, cómo huían y se escondían durante la guerra. Aquellas palabras despertaron en mí una atracción inesperada. Por primera vez pensé que quizás esa fuera la vida que estaba buscando. Terminado el encuentro, aquella joven con la que había llegado se convirtió en mi compañera de camino.

Semanas después, en diciembre, me invitó a participar en otro encuentro en Calambá, al sur de Manila. Le pregunté en qué consistía y me respondió que nos dirigíamos a la montaña. Pensé que se trataba de una simple excursión, pero una vez allí, una carmelita me descolocó con una pregunta directa: «¿Por qué quieres ser hermana?». Mi respuesta fue inmediata y sincera: «¿Yo? No, no quiero ser religiosa, aunque me atrae vuestro estilo de vida». Al finalizar el encuentro, en medio del desconcierto, empecé a intuir que tal vez debía dar un paso más, abrirme a la posibilidad y ver hasta dónde me conducía aquel camino.

Admisión del hospital de Kapiri. Fotografía: Boniface Gbama

Reacción de la familia

No fue fácil comunicar la decisión a mi familia. Mis padres reaccionaron con sorpresa y oposición. Mi madre, por ejemplo, no aceptaba perder a su única hija: «Quiero tener nietos contigo», me decía. Mi padre guardó silencio. Solo mi hermano mayor me ofreció su apoyo: «No te preocupes, hermana, sigue el deseo de tu corazón, yo te apoyaré». Aquellas palabras me dieron la fuerza necesaria para continuar. Esa noche terminamos cenando en silencio hasta que todo el mundo se fue a su habitación sin pronunciar palabra.

Poco después recibí la carta de aceptación. Era enero y tuve que unirme a las hermanas en mayo en Laguna. En el ámbito laboral, se abría ante mí una prometedora promoción como gerente de la empresa. Sin embargo, opté por seguir la llamada que había comenzado a tomar forma en mi interior, así que presenté mi dimisión al responsable de la compañía. Se mostró sorprendido y me confesó con franqueza que no percibía en mí signos de una vocación religiosa. Con serenidad, le pedí un año para discernir y probar este camino. Si no era el mío, regresaría. Aceptó, e incluso me ofreció el sueldo de un año sabiendo que no tendría ingresos con las hermanas.

Los inicios en la comunidad no estuvieron exentos de dificultades. La vida cotidiana estaba marcada por tareas domésticas: hacer la limpieza, trabajar en el jardín, lavar y planchar la ropa… Éramos 23 jóvenes, además de las hermanas. Al cabo de una semana me puse enferma, ya que no estaba acostumbrada a un ritmo tan exigente de trabajo. En Manila nunca había realizado labores de ese tipo. Después de dos semanas, agobiada por el servicio en la comunidad, expresé a las hermanas mi desánimo. Sentía que aquella no era mi vocación. Como al día siguiente estaba prevista la jornada de visitas, comuniqué a las hermanas mi decisión de regresar a casa con mis padres. Ellas, con serenidad, me invitaron a descansar y a llevar esa inquietud a la oración. Aquella noche dije: «Señor, esta no es la vida que yo esperaba». A la mañana siguiente, las hermanas me preguntaron a qué hora llegarían mis padres y si ya había preparado mis cosas. Mi respuesta fue: «¿Para qué?». Me avergonzaba reconocer que quería abandonar por algo tan sencillo como las tareas domésticas. Decidí permanecer porque comprendí que la vocación no se sostiene en ideales románticos, sino en la fidelidad cotidiana.

La Hna. Rose delante de una pequeña tienda que las religiosas han abierto para cubrir las necesidades de los familiares de los ingresados en el centro sanitario. Fotografía: Boniface Gbama

África y un hospital

Con el paso del tiempo fui dando pasos firmes. La primera profesión fue en 1999, y la profesión perpetua en 2005, en Manila. Poco antes de esta última, expresé mi deseo de ser enviada a África. Era un sueño que llevaba en el corazón desde pequeña, así que cuando la superiora me comunicó el destino, lo acogí con alegría. Mi llegada al continente marcó un antes y un después. En julio de 2005, tras una breve estancia en Kenia y Tanzania, fui destinada a Malaui, a la comunidad de Kapiri. Cuando llegué, asumí la responsabilidad de la administración del hospital, una tarea para la que no me sentía preparada. Entre mis responsabilidades se encontraba la adquisición de medicamentos y del equipamiento sanitario. No tenía la más mínima idea de por dónde empezar. Fue, una vez más, el estudio lo que me permitió formarme y responder, con el tiempo, a las necesidades con-cretas del hospital. Los desafíos fueron numerosos: el idioma, la cultura, la falta de recursos o las limitaciones materiales. Fui enviada a estudiar chichewa, pero la urgencia en el hospital hizo que, apenas dos días después, tuviera que incorporarme a las tareas asistenciales. Al final, lo aprendí de manera autodidacta, con los medios disponibles, leyendo libros, porque aún no había Internet.

En Kapiri, donde continúo, la realidad socioeconómica de la población es precaria. La gente vive, en gran medida, de la agricultura de subsistencia, lo que condiciona incluso el acceso a la atención médica. No son pocos los casos en los que los pacientes no pueden hacer frente a los costes del hospital porque aún están a la espera de la cosecha. Ante esta situación, optamos por atenderles y esperar a que vendan la cosecha para que puedan abonar la atención que les hemos prestado. A pesar de las dificultades, amo profundamente Malaui y a su gente. Aquí me siento en casa. Tras 21 años de presencia en el país, he experimentado con claridad que mi vocación está ligada a esta tierra. No obstante, mantengo el corazón abierto a cualquier destino al que mi congregación considere oportuno enviarme.

A los jóvenes que se encuentran ante decisiones importantes en sus vidas, quisiera decirles que permanezcan abiertos a la llamada del Espíritu Santo. Es importante que no tengan miedo. A mí me sirvieron las palabras de nuestro fundador, Francisco Palau: «Iremos adonde la gloria del Señor nos llame, y mi vida es lo mínimo que puedo ofrecer en respuesta a su amor».   

Misionera sin fronteras

La hermana Vera Lúcia Belo Rocha es una misionera comboniana portuguesa. Hizo su consagración perpetua a Dios el pasado mes de diciembre, dando su «sí» definitivo al servicio de la misión según el carisma de San Daniel Comboni. Desde Portugal, donde se encuentra actualmente, comparte con nosotros la historia de su llamada a la vida misionera.

Pertenezco a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de los Olivais, en Lisboa. Mi madre forma parte de la comunidad neocatecumenal y me llevaba con ella a las celebraciones; fue a partir de ahí que empecé a integrarme en la parroquia, como ministra de la Eucaristía. La fe fue adquiriendo en mí cierta solidez, gracias a los miembros de la comunidad con quienes aprendí a rezar y a servir. Creo firmemente que mi vocación misionera nació en el seno de la parroquia, acunada por la comunidad neocatecumenal que me introdujo en la misión sin fronteras.

Un día percibí la presencia de las Hermanas Misioneras Combonianas, cuya comunidad está integrada en esta parroquia. Busqué saber más sobre el carisma y decidí iniciar el proceso de formación requerido por este instituto femenino exclusivamente misionero.

La formación inicial comprende dos períodos de formación de dos años cada uno. Realicé, pues, el postulantado en Granada, España, y el noviciado en Quito, Ecuador. Estas etapas me ayudaron a permanecer en el camino que conduce a la comunión con Dios y con los hermanos, aprendiendo a cultivar relaciones de gratuidad y fraternidad.

En la completa disponibilidad y apertura al amor de Dios y a los hermanos encontré la verdadera alegría y la plena realización de mis más íntimas aspiraciones. Para mí es necesario escuchar, discernir y vivir en la escucha de la Palabra de Dios en la vida concreta, aprendiendo a leer los acontecimientos con ojos de fe y buscando abrirme a las sorpresas del Espíritu.

He descubierto, a lo largo del proceso, que esta es mi forma concreta de responder a la predilección de Dios que transforma mi vida y me envía más allá de mí misma y de mis propias raíces, para seguir caminando en su presencia, descubriéndole y amándole en los rostros de las personas que encuentro por el camino y que me hablan al corazón. La profesión religiosa-misionera es solo esto: la entrega total de todo lo que soy y tengo para llevar la alegría del Evangelio dondequiera que esté.

En 2020, fui enviada en misión a Costa Chica, al sur de México. Allí acompañé a las pequeñas comunidades católicas de los tres grupos étnicos que viven en armonía y solidaridad en la región: los pueblos afromexicanos, los indígenas y los mestizos.

Costa Chica y su gente me hicieron sentir en familia. Me recibieron con alegría y sencillez, abriéndome las puertas de sus casas y de sus corazones. Su cariño, generosidad y cercanía alimentaron mi corazón en el poco tiempo que pude caminar con aquel pueblo indígena y afromexicano.

Lo que más me gustó de Costa Chica fueron los niños curiosos y sus carcajadas; los pies descalzos que caminan ágiles, decididos; las manos que golpean con la misma facilidad la tortilla y el tambor; la fe compartida en la celebración de la Palabra y alrededor de una mesa; las mujeres comprometidas con servicio y el trabajo junto a las «Madres Combonianas».

Me gustaron los campesinos que trabajan la tierra con sudor bajo el sol, los jóvenes que se arriesgan por caminos que les pueden llevar a un futuro mejor, las familias separadas por una frontera… Hay de todo en ese «pedazo de paraíso», y yo encontré a Dios en las alegrías y en las penas compartidas con este pueblo. Gracias, Costa Chica, por haberme enseñado que lo importante es «ser», «estar», compartir mi vida y esperanza con todos lo que tan amablemente me acogieron en su tierra.

«Tú vas a salir para las misiones»

Por P. Miąsik Maciej Tomasz, mccj
Mundo Negro

Procedo de una familia cristiana católica de raíces campesinas y obreras de las periferias de Rzeszów (Polonia), la capital de mi región, que limita con Eslovaquia y Ucrania. Mi niñez y adolescencia estuvieron marcadas por el fin de la transición del comunismo al sistema demócratico. Fui bautizado a las pocas semanas de nacer y desde mi infancia recibí formación cristiana en el seno de mi familia. Junto a mis dos hermanos menores, aprendí de boca de mi madre las oraciones básicas. Desde que tengo memoria, recuerdo que mi familia tenía la rutina de participar regularmente en las misas dominicales y festivas en mi parroquia. También nos compraban libros con historias bíblicas que me encantaba leer. A los 10 años era monaguillo y más tarde lector. Poco a poco fui conociendo más a fondo la fe y la persona de Jesús. También crecía en el amor a Dios y en el espíritu de servicio.

La adolescencia trajo consigo ciertas crisis de fe y en mi relación con Dios. Atravesarlas me llevó, sin embargo, a renovar y fortalecer mi relación con Él en una profunda experiencia de su amor paterno que llenaba mi corazón. Por eso me comprometí en los grupos juveniles de mi parroquia y del colegio. Gracias a la oración, la meditación cotidiana de la Palabra y los encuentros con personas de fe, nació en mí un deseo fuerte de querer compartir esta experiencia transformadora de Dios con aquellas personas que no lo conocían. Aunque yo estaba todavía en Secundaria, este deseo muy pronto desembocó en la decisión de dedicarle mi vida.

El impacto de las palabras

Mi discernimiento sobre la forma concreta de consagrarme al servicio de Dios y a su Reino fue tomando cuerpo. Primero, la voluntad de ser sacerdote; después, serlo dentro de la vida religiosa y, por último, como misionero. «Tú vas a partir para las misiones. Tienes la misma mirada al escuchar un testimonio misionero que tenía un amigo mío que luego dio ese paso». Estas palabras marcaron mi camino. Me las dirigió un sacerdote amigo después de escuchar juntos las palabras de un franciscano que venía de Lima (Perú).

Por aquel tiempo me topé por primera vez con los Misioneros Combonianos. Vinieron a mi parroquia para hacer animación misionera y sentí que con ellos podría realizar mi vocación. La decisión final la tomé al leer una pequeña biografía de san Daniel Comboni. Me decía a mí mismo: «Si tengo que ser misionero, quiero serlo a su estilo, siguiendo su carisma». Tenía 18 años y me faltaba un semestre para terminar Secundaria cuando participé en mi primer encuentro vocacional con ellos. El promotor vocacional despejó mis dudas sobre si mi salud me permitiría trabajar como misionero. Una vez terminada la Secundaria empecé mi formación con los Combonianos.

Formación misionera

Estuve tres años en el postulantado de Varsovia, en la única comunidad comboniana que había entonces en Polonia. Después, junto a otros cuatro compañeros, fuimos a Italia para los dos años del noviciado. No solo fue un tiempo para madurar mi consagración religiosa, sino también para aprender a vivir en una comunidad con personas de diferentes orígenes y en un país con una cultura diferente a la mía. Después de los primeros votos fui enviado al escolasticado de Lima para seguir la formación misionera.

El P. Maciej durante la celebración de un bautismo en Pangoa. 

Los desafíos culturales, los estudios de Teología y el trabajo pastoral me daban a veces mucha satisfacción, pero otras cuestionaban mi mentalidad religiosa, mi visión de la fe, de la Iglesia y de la Misión. Las misiones de verano me provocaban una alegría particular. Durante tres años seguidos estuve yendo, junto a otros dos compañeros, a pasar dos meses en una comunidad indígena de la selva central peruana, donde sentía que mis sueños misioneros se hacían realidad poco a poco.

Al concluir el escolasticado, y antes de los votos perpetuos, pedí hacer mi servicio misionero de un año en la nueva comunidad comboniana de Pangoa, a orillas de la Amazonia, para trabajar con los nativos nomatsiguengas. Esta experiencia de formar una comunidad misionera, en la que convivíamos peruanos, mexicanos, italianos y polacos, marcó mi vida comboniana, dio el último impulso y selló de alguna manera mi decisión de consagrarme de manera definitiva como misionero según el carisma de san Daniel Comboni.

Polonia

No pude realizar mi deseo de continuar la misión de primera evangelización en Perú después de mi ordenación sacerdotal. Tuve que aceptar la decisión de los superiores y quedarme en Polonia algunos años desarrollando el trabajo de animador misionero, promotor vocacional y formador de jóvenes postulantes. Al inicio me costó mucho asumir ese tipo de servicio a la Misión que suponía quedarme en mi país y postergar el deseo de trabajar en la pastoral directa. Fueron unos años en los que, en apariencia, no hubo muchos frutos, sobre todo desde el punto de vista vocacional. Sin embargo, luego me di cuenta de que, aunque en esa década no tuvimos nuevos postulantes, sí florecieron muchas vocaciones de laicos misioneros combonianos y mucha gente se solidarizó con las misiones ayudándonos de diferentes maneras.

Regreso

Desde hace cinco años estoy de vuelta en la Amazonia peruana. Junto a otros dos combonianos, el padre español Lorenzo Díez Maeso y el escolástico zambiano Mathews Mwaba, tenemos a nuestro cargo la parroquia de Pangoa. Es para mí una gran alegría haber podido volver después de tanto tiempo a esta misión. Me estoy encontrando con muchas personas que conocí cuando era escolástico.

Lo que más me alegra es ver a las personas a las que he acompañado en su camino de fe y de crecimiento humano, como cristianos y misioneros, y constatar que han respondido a la gracia de Dios y están dando frutos abundantes. Me alegra haber podido acompañarlos en su camino de iniciación cristiana y de crecimiento en la fe, no solo a nivel personal, sino también como familias, porque son muchas las parejas a las que he acompañado en su preparación al matrimonio, cuya alianza también he bendecido.

Los momentos más duros vienen cuando tienes que cambiar de país después de haber vivido en un lugar muchos años y haber tejido hermosas relaciones, amistades y empezado de alguna manera a echar raíces. Me refiero a mi primera experiencia, al momento en el que tuve que dejar Perú después de casi seis años allí. Pero también a cuando tuve que abandonar Polonia para volver a tierras peruanas después de casi 11 años en la comunidad de Cracovia. Aunque cada cambio conllevó una nueva adaptación bastante rápida, intuyo que el peligro pasa por no querer echar raíces en un lugar para no sufrir más tarde un nuevo desarraigo.

Una niña de la localidad de Pangoa. Fotografía: Pueblo de Dios/TVE

Me quedo acá

Después de tantos años en este camino misionero, no me imagino para mí otra manera de vivir. Si retrocediera en el tiempo y tuviera que escoger de nuevo, tomaría la misma decisión. Siento que me he impregnado de este estilo de vida y ahora es parte de mi identidad profunda, tanto cristiana como religiosa, sacerdotal y misionera. Con sus luces y sus sombras, he vivido distintas facetas en mi vida misionera comboniana, desde la animación misionera, la promoción vocacional o la formación a la pastoral directa en la que trabajo en la actualidad. Todo me ha enriquecido como persona y como misionero. Espero poder brindar mi mejor servicio a la Misión donde Dios me lo pida a través de mis superiores, pero ahora estoy feliz en Pangoa y por el momento me quedo acá.

Jóvenes

A los jóvenes españoles que están dando vueltas a la vocación misionera les invito, antes que nada, a plantearse con sinceridad y valentía lo que desean hacer con sus vidas y también a que se pregunten cuál creen que es el sueño de Dios para ellos. Estoy convencido de que, en el fondo, estos sueños y deseos se entrelazan y compenetran, ya que es el Señor quien pone en nuestro corazón tanto el deseo de una vida plena como la llamada a que cada uno de nosotros pueda realizarla de manera particular e irrepetible. Él ha moldeado y sigue moldeando nuestros corazones para que podamos descubrir y elegir los caminos para vivir una vida llena de sentido.

Querido joven, para lograr una vida feliz es imprescindible que te preguntes: «¿Para quién vivo?». Si descubres que Dios te ha creado y te llama para la vida misionera, sea como laico, laica, religiosa, religioso, sacerdote o hermano, no dudes en decirle que sí y poner tu vida en sus manos. Si tienes dudas o miedo, Él pondrá en tu camino personas que te ayudarán a despejarlos y discernir tu itinerario. Que no te falte la valentía y la generosidad para emprender este camino.

P. Rómulo Panis: «Si pudiera retroceder en el tiempo, volvería a entrar en el seminario»

Tras una infancia marcada por la Eucaristía y la dulce guía de María, el padre Rómulo respondió a un llamado que lo llevó a campos misioneros en África y Centroamérica, donde la fe, el peligro y la cultura forjaron una vida de servicio.

Por: P. Rómulo Panis
desde Filipinas

Mi padre era ministro extraordinario de la Eucaristía y también miembro de los Caballeros de Colón. Mis padres solían decirnos que pusiéramos a Dios en primer lugar en nuestras vidas; que participáramos primero en la celebración eucarística, y luego podríamos dedicarnos a otras actividades.

Nuestra Santísima Virgen María influyó profundamente en mi vocación. Después de mi Primera Comunión, mi catequista me regaló un rosario. Ese rosario me acompañó a todas partes, hasta que lo perdí recientemente antes de regresar a Filipinas. Me entristeció mucho. Mi rosario había estado conmigo durante cincuenta años.

Sin embargo, lo más importante es mi relación personal y mi amor por la Santísima Virgen María, quien siempre me acompañó desde el principio. Me convertí en catequista voluntario y miembro del coro de nuestra parroquia. Fui a una zona pobre de mi parroquia y di clases de catecismo. Terminé mis estudios y luego comencé a trabajar.

Un día, un misionero comboniano me invitó a un programa de tres días para el discernimiento vocacional. Allí descubrí que Dios me llamaba a ser misionero. Me sentí atraído por los misioneros que trabajaban en África. Ingresé al Seminario San Daniel Comboni y estudié filosofía en el Seminario Cristo Rey, en Manila.

Luego, continué mi formación como seminarista en Nairobi, Kenia, donde estudié teología y misiología. Tras mi segundo año de teología, nos enviaron a una zona de misión para experimentar la vida comunitaria y las realidades de la misión. Me enviaron a Lira, en el norte de Uganda, donde contraje malaria grave; afortunadamente, sobreviví gracias al medicamento de quinina.

Contraer malaria es como un bautismo para ser misionero comboniano en África. Cuando llegué a Lira, Uganda, no pude dormir durante una semana a causa de la guerra. No sabíamos cuándo llegarían los rebeldes a nuestra zona de misión. Durante ese tiempo, hubo disturbios civiles debido a la guerra. Muchos niños fueron secuestrados por los rebeldes para ser entrenados como soldados.

Estas experiencias desafiantes durante mi formación me ayudaron a preguntarme: «Rómulo, ahora sabes lo que significa ser un misionero comboniano. ¿Sigues pensando en ordenarte?». Y me dije: «Si pudiera retroceder en el tiempo, antes de entrar al seminario, decidiría volver a entrar».

Fui ordenado sacerdote el 30 de junio de 2001. Mi primera misión fue en Centroamérica. Estudié español en Guatemala en septiembre de 2001 y luego fui a El Salvador en 2003, a la parroquia de San Arnulfo Romero. Sin embargo, surgió otra realidad de violencia, esta vez a manos de la banda de pandilleros conocida como los Mareros.

Muchos murieron a manos de estos pandilleros, y mucha gente temía salir de sus casas por la noche. En 2018, me enviaron a Guatemala, a la parroquia de San Luis IX Rey de Francia, Petén. El territorio tiene una superficie aproximada de 2915 km², y su población está compuesta en un 80% por indígenas mayas q’eqchi’. La parroquia cuenta con 145 comunidades.

Los misioneros combonianos trabajan en la inculturación dentro de la cultura q’eqchi’. La inculturación del Evangelio es un proceso profundo y transformador que busca integrar los valores y tradiciones culturales de los pueblos con el mensaje universal de Cristo en el contexto de nuestra querida parroquia. Existe un diálogo entre la fe y la cultura que permite que el Evangelio resuene de manera auténtica y significativa en los corazones de las personas. El diálogo entre la fe cristiana y la cultura local es esencial para la inculturación del Evangelio. Este proceso profundo y respetuoso permite que el mensaje cristiano se encarne en la cultura.

Antes de regresar a Filipinas para una nueva misión, recibí una carta de un joven de la comunidad donde servía; me conmovió profundamente. Escribió: «Querido Padre Rómulo: Hoy le escribo con el corazón lleno de gratitud, y también con un poco de tristeza, porque sé que su regreso está cerca y probablemente no volverá a nuestra comunidad. Aunque compartimos misas y servicios durante varios años, tal vez no me recuerde por mi nombre».

La carta continúa: “Sin embargo, te recuerdo muy bien, porque tu presencia como misionero dejó una huella en todos nosotros, especialmente en quienes tuvimos el privilegio de servir como monaguillos a tu lado. Gracias a ti, aprendimos que ser sacerdote misionero es más que celebrar la Misa. Es vivir con la gente, reír, enseñar, acompañar, estar presente y dar esperanza… Y eso fue lo que hiciste. Y aunque han pasado los años y quizás no tuviste tiempo de conocernos a fondo, tu dedicación habló más fuerte que mil palabras… Con todo mi cariño y mis oraciones, César Augusto (monaguillo de Chacte, Guatemala)”.

R. D. del Congo: Compromiso solidario de los escolásticos con la ecología integral en Kinshasa

Por: P. Fernando Zolli, mccj
Desde Kinshasa, RDC

El pasado sábado, 21 de marzo, algunos estudiantes del escolasticado de Kinshasa, miembros de la comisión de ecología integral, en su camino de conversión cuaresmal, pasaron unas horas conviviendo con quienes viven de lo que logran recuperar y reciclar del vertedero. Ha sido un gesto de solidaridad, pero al mismo tiempo una denuncia de las condiciones de vida de demasiadas personas que deben luchar para sobrevivir. Un llamamiento para que la gran Kinshasa vuelva a ser “Kinshasa la belle” (Kinsahsa la hermosa) y no “Kinshasa la poubelle” (Kinshasa el basurero), como le llaman ahora.

La ecología integral, de hecho, se está convirtiendo cada vez más en un eje transversal de la misión y la formación de los misioneros combonianos, para que estén siempre dispuestos a escuchar el grito de la tierra —violada y saqueada sobre todo en la República Democrática del Congo— y atentos al grito de los pobres. Esta es una de las llamadas pastorales específicas, hoy insustituible en un mundo desgarrado por guerras y violencias, donde a miles de millones de personas se les niega el derecho a una vida plena.

Todos estamos llamados a construir un modelo de desarrollo capaz de conjugar la justicia social y la salvaguardia del planeta. No solo está en juego el futuro del planeta, sino también la posibilidad de garantizar una vida digna a todos los pueblos de la tierra.

comboni.org