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Ascensión del Señor. Año C

En camino a Pentecostés
La Ascensión del Señor
P. Enrique Sánchez G. Mccj

“En aquel tiempo, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas as naciones comenzando por Jerusalén la necesidad de volverse a Dios y el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto. Ahora yo le voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad hasta que reciban la fuerza de lo alto”. Después salió con ellos fuera de la ciudad hacia un lugar cercano de Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevando al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando al Señor. (Lucas 24, 46-53)

El momento de la Ascensión del Señor parece marcar un punto de llegada y, al mismo tiempo, una etapa nueva en la vida de sus discípulos. Una etapa que inicia después de haber vivido momentos tan fuertes e importantes acompañando a Jesús que ya no pudieron alejarse de él.

Se quedaron para siempre con él, aunque su presencia física se convirtió en una ausencia que fue colmada con el recuerdo alegre de haber encontrado a quien les cambió la vida. El día de la Ascensión es vivido como la jornada en que se anuncia de nuevo el misterio Pascual del Señor. El misterio que contiene la experiencia más profunda que un ser humano pueda hacer y que le permite entender hasta dónde ha
llegado el amor de Dios por sus hijos.

Jesús que padeció la tragedia de la pasión, que fue clavado en la cruz, como si hubiese sido uno de los peores criminales de su tiempo; ese Jesús es el mismo que ha vencido a la muerte y Dios lo ha resucitado y lo ha puesto en medio de la historia humana para que todo persona que crea en él viva y sea salvada por siempre.

Este es el Kerygna, el anuncio que cambió la historia a todas aquellas personas que han tenido la sencillez y la humildad de reconocer a Jesús como su señor y salvador. Esa es la Buena Noticia que Jesús nos deja como única herencia en la cima de la pequeña montaña desde subió al cielo.

En aquel lugar resuenan para siempre sus últimas palabras enviando a sus discípulos como misioneros y testigos por todo el mundo, enviándolos como continuadores de una misión que no acaba de terminar, simple y sencillamente porque Dios no se ha cansado de amarnos. “Ustedes son testigos de esto”.

Hoy, a nosotros, nos toca ser testigos, nos toca decir con nuestras vidas, que Dios ha cumplido sus promesas y en Jesús Resucitado nos ha dejado la posibilidad de vivir reconciliados, redimidos y salvados de todo aquello que podría mantenernos bajo el yugo de la esclavitud, de la miseria y del pecado.

Con la Ascensión, podríamos decir, concluye la obra de Jesús que durante tres años y poco más se dedicó en cuerpo y alma a anunciar la llegada del Reino de Dios entre nosotros. Ese día se cerraba una experiencia que había llevado a Jesús hasta los rincones más lejanos de la miseria humana, convirtiéndola en un mundo nuevo, transformado por el anuncio de su Palabra y por los signos y milagros que mostraron la misericordia y la bondad de Dios para con su pueblo.

En la montaña de la Ascensión Jesús se revela, una vez más, como el Hijo amado del Padre que nos fue entregado como el don más bello de Dios a la humanidad. Ahí se rasgaron los cielos y se abrió la gloria para acoger al Señor que, habiendo llevado a cabo a la perfección la voluntad de su Padre, volvía llevando en su corazón a quienes habían creído en él.

Esa imagen, viendo a Jesús subiendo al cielo, seguramente quedó impresa en lo más profundo de los discípulos que lo habían acompañado en el último día de su presencia terrena. Esa misma imagen sigue siendo anuncio que interpela y que toca el corazón de muchos de nosotros y de nuestros contemporáneos. Toca el corazón de todos aquellos que reconocen a Jesús en sus vidas como Buena Noticia que llena de confianza y de esperanza en el presente y en la contemplación del futuro.
Cristo ha padecido, ha muerto y ha resucitado para que el dominio de la muerte ya no tenga la última palabra. De esa manera ha cumplido su misión en esta tierra, recordándonos que él ha venido como mensajero de la vida. “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

El día de la Ascensión de Jesús a los cielos se cumplió el proyecto de Dios que lo movió un día a emprender el camino que lo trajo a poner su morada entre nosotros y el día en que decidió asumir nuestra condición humana para hacerse uno de nosotros. Sobre ese monte Jesús pudo decir: Padre, todo está cumplido, he llevado a termino tu voluntad.

Ahora Jesús puede volver a su Padre, al lugar que le correspondía desde toda la eternidad, porque su misión ha terminado y ha terminado bien.

A partir de ese día ya no hay pretextos para ignorar o para sacar a Dios de nuestro peregrinar por este mundo. Sólo en él podemos ser salvados y sólo él puede darle sentido a aquello que nos va tocando afrontar cada día en un mundo que se obstina por negar la bondad de Dios que se ha manifestado en su Hijo.

Con el mundo y sus propuestas se nos quiere obligar a mantener nuestra mirada en el suelo, perdidos en nuestras pequeñas necesidades. Jesús nos obliga a elevar nuestra mirada para seguirlo hasta el infinito, prometiéndonos entrar en la gloria de su Padre. Así lo pidió en su oración cuando decía: “Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar volveré de nuevo y los llevaré conmigo, para que donde yo estoy estén
también ustedes” (Juan 14, 3)

En aquella pequeña colina, cercana al caserío de Betania, existe hasta nuestros días el lugar en donde la tradición recuerda al Señor desapareciendo a los ojos de sus discípulos; pero, al mismo tiempo es ahí en donde da inicio una etapa nueva en la historia de nuestra salvación. Es ahí en donde los discípulos reciben la bendición del Señor, asegurándoles con ella que no los dejaría huérfanos. Ahí les anuncia la llegada del Espíritu Santo que asumirá el relevo. Será él quien acompañará a la comunidad cristiana hasta
los últimos días de nuestra historia.

En compañía y asistidos por la presencia del Espíritu, toca ahora volver a lo ordinario de la vida, a lo cotidiano de nuestro quehacer humano; ahí en donde la vida nos seguirá desafiando y provocando para que abramos nuestro corazón a la presencia del Señor. La experiencia de la Ascensión del Señor se convierte en un momento de alegría que se prolongará en el tiempo por la certeza de no ir solos por el camino.

De ahora en adelante la vida de todo creyente no podrá ser más que tiempo transcurrido en el gozo y en el deseo profundo de vivir alabando al Señor en todos los momentos de la vida. A partir de ese día el Espíritu Santo nos ha tomado bajo su protección y su guía y ahora, nos toca continuar el camino sostenidos por la confianza y el optimismo que nos da el saber que estamos en buenas manos.

Guiados por el Espíritu, nos toca vivir todo lo que hemos aprendido, lo que hemos descubierto y de lo que nos hemos enriquecido con la cercanía de Jesús en nuestras vidas. Ahora es el tiempo en que nos corresponde tomar en serio las convicciones de fe que han ido forjando nuestro corazón. Es tiempo para abrirnos a lo inaudito de Dios que nos irá sorprendiendo cada día con signos nuevos de su presencia.

Hasta que podamos entrar, también nosotros, a su gloria y ocupemos el lugar que Jesús nos tiene preparado, sin olvidar que tenemos que vivirlo desde ahora, aunque nos toque pasar por momentos de oscuridad y de esfuerzo que exigen una confianza sin límites y una fe que seguramente se transformará en fuente de alegría.


LA BENDICIÓN DE JESÚS
José A. Pagola

Son los últimos momentos de Jesús con los suyos. Enseguida los dejará para entrar definitivamente en el misterio del Padre. Ya no los podrá acompañar por los caminos del mundo como lo ha hecho en Galilea. Su presencia no podrá ser sustituida por nadie.

Jesús solo piensa en que llegue a todos los pueblos el anuncio del perdón y la misericordia de Dios. Que todos escuchen su llamada a la conversión. Nadie ha de sentirse perdido. Nadie ha de vivir sin esperanza. Todos han de saber que Dios comprende y ama a sus hijos e hijas sin fin. ¿Quién podrá anunciar esta Buena Noticia?

Según el relato de Lucas, Jesús no piensa en sacerdotes ni obispos. Tampoco en doctores o teólogos. Quiere dejar en la tierra “testigos”. Esto es lo primero: “vosotros sois testigos de estas cosas”. Serán los testigos de Jesús los que comunicarán su experiencia de un Dios bueno y contagiarán su estilo de vida trabajando por un mundo más humano.

Pero Jesús conoce bien a sus discípulos. Son débiles y cobardes. ¿Dónde encontrarán la audacia para ser testigos de alguien que ha sido crucificado por el representante del Imperio y los dirigentes del Templo? Jesús los tranquiliza: “Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido”.  No les va a faltar la “fuerza de lo alto”. El Espíritu de Dios los defenderá.

Para expresar gráficamente el deseo de Jesús, el evangelista Lucas describe su partida de este mundo de manera sorprendente: Jesús vuelve al Padre levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sobre el mundo desciende su bendición.

A los cristianos se nos ha olvidado que somos portadores de la bendición de Jesús. Nuestra primera tarea es ser testigos de la Bondad de Dios. Mantener viva la esperanza. No rendirnos ante el mal. Este mundo que parece un “infierno maldito” no está perdido. Dios lo mira con ternura y compasión.

También hoy es posible buscar el bien, hacer el bien, difundir el bien. Es posible trabajar por un mundo más humano y un estilo de vida más sano. Podemos ser más solidarios y menos egoístas. Más austeros y menos esclavos del dinero. La misma crisis económica nos puede empujar a buscar una sociedad menos corrupta.

En la Iglesia de Jesús hemos olvidado que lo primero es promover una “pastoral de la bondad”. Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que pasó su vida sembrando gestos y palabras de bondad. Así despertó en las gentes de Galilea la esperanza en un Dios Salvador. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que conocer.

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JESÚS LLEGÓ A LO MÁS ALTO DURANTE SU VIDA, NO DESPUÉS
Fray Marcos

Empezamos con la oración de Pablo. “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de revelación para conocerlo; ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama…” No pide inteligencia, sino espíritu de revelación. No pide una visión sensorial ni racional sino que ilumine los “ojos” del corazón. El verdadero conocimiento no viene de fuera, sino de la experiencia interior. Ni teología, ni normas morales, ni ritos sirven de nada si no nos llevan a la experiencia interior.

Hemos llegado al final del tiempo pascual. La ascensión es una fiesta de transición que intenta recopilar todo lo que hemos celebrado desde el Viernes Santo. La mejor prueba de esto es que Lc, que es el único que relata la ascensión, nos da dos versiones: una al final del evangelio y otra al comienzo del los Hechos. Para comprender el lenguaje que la liturgia utiliza para referirse a esta celebración, es necesario tener en cuenta la manera mítica de entender el mundo en aquella época y posteriores, muy distinta de la nuestra.

El mundo dividido en tres estadios: el superior, habitado por la divinidad. El del medio era la realidad terrena en la que vivimos. El abismo del maligno. La encarnación era concebida como una bajada del Verbo, desde la altura a la tierra. Su misión era la salvación de todos. Por eso, después tuvo que bajar a los infiernos (inferos) para que la salvación fuera total. Una vez que Jesús cumplió su misión salvadora, lo lógico era que volviera a su lugar de origen.

No tiene sentido seguir hablando de bajada y subida. Si no intentamos cambiar la mente, estaremos transmitiendo conceptos que hoy no podemos comprender. Una cosa fue la predicación de Jesús y otra la tarea de la comunidad, después de la experiencia pascual. El telón de fondo es el mismo, el Reino de Dios, vivido y predicado, pero a los primeros cristianos les llevó tiempo encontrar la manera de trasmitir lo que había experimentado. Tenemos que continuar esa obra, transmitir el mensaje, acomodándolo a nuestra cultura.

Resurrección, ascensión, sentarse a la derecha de Dios, envío del Espíritu… apuntan a una misma realidad pascual. Con cada uno de esos aspectos se intenta expresar la vivencia de pascua: El final de “este Hombre” Jesús no fue la muerte sino la Vida. El misterio pascual es tan rico que no podemos abarcarlo con una sola imagen, por eso tenemos que desdoblarlo para ir analizándolo por partes y poder digerirlo. Con todo lo que venimos diciendo durante el tiempo pascual, debe estar ya muy claro que después de la muerte no pasó nada en Jesús.

Una vez muerto pasa a otro plano donde no existe tiempo ni espacio. Sin tiempo y sin espacio no puede haber sucesos. Todo “sucedió” como un chispazo que dura toda la eternidad. El don total de sí mismo es la identificación total con Dios y por tanto su total y definitiva gloria. No va más. En los discípulos sí sucedió algo. La experiencia de resurrección sí fue constatable. Sin esa experiencia, que no sucedió en un momento determinado, sino que fue un proceso que duró muchos años, no hubiera sido posible la religión cristiana.

Una cosa es la verdad que se quiere trasmitir y otra los conceptos con los que intentamos expresarla. No estamos celebrando un hecho que sucedió hace 2000 años. Celebramos un acontecimiento que se está dando en este momento. Los tres días para la resurrección, los cuarenta días para la ascensión, los cincuenta días para la venida del Espíritu, son tiempos teológicos. Lc, en su evangelio, pone todas las apariciones y la ascensión en el mismo día. En cambio, en los Hechos habla de cuarenta días de permanencia de Jesús con sus discípulos.

Solo Lc al final de su evangelio y al comienzo de los “Hechos”, narra la ascensión como un fenómeno externo. Si los dos relatos constituyeron al principio un solo libro, se duplicó el relato para dejar uno como final y otro como comienzo. Para él, el evangelio es el relato de todo lo que hizo y enseñó Jesús; los Hechos es el relato de todo lo que hicieron los apóstoles. Esa constatación de la presencia de Dios, primero en Jesús y luego en los discípulos, es la clave de todo el misterio pascual y la clave para entender la fiesta que estamos celebrando.

El cielo, en todo el AT, no significa un lugar físico, sino una manera de designar la divinidad sin nombrarla. Así, unos evangelistas hablan del “Reino de los cielos” y otros del “Reino de Dios”. Solo con esto, tendríamos una buena pista para no caer en la tentación de entenderlo materialmente. Es lamentable que sigamos hablando de un lugar donde se encuentra la corte celestial. Podemos seguir diciendo “Padre nuestro que estás en los cielos”. Podemos seguir diciendo que se sentó a la derecha de Dios, pero sin entenderlo literalmente.

Hasta el s. V no se celebró la Ascensión. Se consideraba que la resurrección llevaba consigo la glorificación. Ya hemos dicho que, en los primeros indicios escritos que han llegado hasta nosotros de la cristología pascual, está expresada como “exaltación y glorificación”. Antes de hablar de resurrección se habló de glorificación. Esto explica la manera de hablar de ella en Lc. Lo importante del mensaje pascual es que el mismo Jesús, que vivió con los discípulos, es el que llegó a lo más alto. Llegó a la meta. Alcanzó la identificación total con Dios.

La Ascensión no es más que un aspecto del misterio pascual. Se trata de descubrir que la posesión de la Vida por parte de Jesús es total. Participa de la misma Vida de Dios y por lo tanto, está en lo más alto del “cielo”. Las palabras son apuntes para que nosotros podamos entendernos. Hoy tenemos otro ejemplo de cómo, intentando explicar una realidad espiritual, la complicamos más. Resucitar no es volver a la vida biológica sino volver al Padre. “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo para volver al Padre”.

Nuestra meta, como la de Jesús, es ascender hasta lo más alto, el Padre. Pero teniendo en cuenta que nuestro punto de partida es también, como en el caso de Jesús, el mismo Dios. No se trata de movimiento alguno, sino de toma de conciencia. Esa ascensión no puedo hacerla a costa de los demás, sino sirviendo a todos. Pasando por encima de los demás, no asciendo sino que desciendo. Como Jesús, la única manera de alcanzar la meta es descendiendo hasta lo más hondo de mi ser. El que más bajó, es el que más alto ha subido.

El entender la subida como física es una trampa muy atrayente. Los dirigentes judíos prefirieron un Jesús muerto. Nosotros preferimos un Jesús en el cielo. En ambos casos sería una estratagema para quitarlo del medio. Descubrirlo dentro de mí y en los demás, como nos decía el domingo pasado, sería demasiado exigente. Mucho más cómodo es seguir mirando al cielo… y no sentirnos implicados en lo que está pasando a nuestro alrededor.

En lo que hemos leído se encuentran todos los elementos de los relatos pascuales: el reconocimiento; la alusión a la Escritura; la necesidad de Espíritu; la obligación de ser testigos; la conexión con la misión. Se contrapone la Escritura que funcionó hasta aquel momento y el Espíritu que funcionará en adelante. Jesús fue ungido por el Espíritu para llevar a cabo su obra. Los discípulos son revestidos del Espíritu para llevar a cabo la suya.

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Los “pies” de la Iglesia misionera hacia “todos los pueblos”
Romeo Ballan, mccj

La Ascensión de Jesús al cielo se presenta bajo tres aspectos complementarios: 1º. como una gloriosa manifestación de Dios (I lectura), con la nube, hombres vestidos de blanco, referencias al cielo… (v. 9-11); 2°. como epílogo de una hazaña difícil y paradójica, pero exitosa (II lectura); 3°. como envío de los apóstoles (Evangelio), en calidad de “testigos” para una misión tan grande como el mundo: predicar, en el nombre de Jesús, “la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos” (v. 47-48).

El acontecimiento pascual de Jesús da sustento a la gozosa esperanza de la Iglesia y a la serena confianza de los fieles de poder gozar un día de la misma gloria de Cristo (Prefacio). El compromiso apostólico y el optimismo que anima a los misioneros del Evangelio radican en la certeza de ser portadores de un mensaje y de una experiencia de vida lograda, gracias a la garantía de la resurrección. Ante todo, es vida que ya ha tenido éxito pleno en Cristo resucitado; y lo va teniendo, aunque solo parcialmente, también en la vida de los miembros de la comunidad cristiana. Los frutos de vida nueva ya se dan: es preciso verlos y saber apreciarlos.

Los Apóstoles y los misioneros de todos los tiempos se convierten en sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Hch 1,8; Lc 24,48), en un movimiento que se abre progresivamente en espiral, del centro (Jerusalén) hacia una periferia tan vasta como el mundo. En efecto, el mundo entero es el campo al cual Jesús, antes de subir al cielo, envía a sus discípulos como testigos (Evangelio): “a todos los pueblos” para predicar la conversión al Dios de la misericordia, que perdona los pecados y salva (v. 47).

La misión de testimonio es radical y eficaz, como lo demuestra la historia de la evangelización, desde los comienzos (Hechos de los Apóstoles) hasta nuestros días. Esta tarea corresponde a personas adultas por la edad y en la fe, pero también a los jóvenes. El compromiso misionero de los jóvenes brota, en particular, del sacramento de la Confirmación. Esta es una etapa significativa en su camino cristiano, que los prepara al testimonio de la fe y a la misión. La Confirmación ha de llevar a los jóvenes al compromiso apostólico y a ser evangelizadores de otros jóvenes. El Papa Benedicto XVI solía repetirlo a los jóvenes: “Sean los apóstoles de los jóvenes”.

Las últimas palabras de los Evangelios son el lanzamiento de la Iglesia en misión – ¡una Iglesia en permanente estado de Misión! – para continuar la obra de Jesús. ¡En todas partes, siempre! La mirada al cielo (Hch 1,11), meta final e inspiradora del gran viaje de la vida, no distrae ni quita energías; por el contrario, estimula a los cristianos y a los evangelizadores a tener siempre una mirada de amor hacia el mundo, un compromiso misionero generoso y creativo, sintonizado con las situaciones concretas, en favor de la vida de la familia humana. Dejando de lado, por tanto, todo espiritualismo alienante, hay que estar bien arraigados en la historia, lugar donde Cristo realiza nuestra salvación; jamás separar el cielo de la tierra, sino conjugar la Palabra con la vida, la fe con la historia. Se nos invita a llevar a cabo esta misión con esperanza y realismo, sostenidos por la “fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8). Con la certeza de la presencia continua de Jesús que bendice a los suyos, los mira con benevolencia y los llena de “gran alegría” (Lc 24,50-52). La Ascensión no significa ausencia del Señor, sino otra manera de estar presente (Mt 28,20; Mc 16,20). Él es siempre Emanuel, todos los días Él actúa junto con sus discípulos y confirma con signos la Palabra que ellos predican.

En algunas imágenes del misterio de la Ascensión, una nube envuelve el cuerpo de Jesús, dejando que se vean tan solo sus pies: emblemáticamente, son los pies de la Iglesia misionera, los pies de los cristianos, evangelizadores y evangelizadoras, que, por los caminos del mundo, llevan a todos el Evangelio, que es mensaje de misericordia, acogida, inclusión. Ellos anuncian el Evangelio con su misma vida, con la palabra, utilizando también los medios más modernos de la comunicación social (prensa, filmes, videos, e-mails, internet, smsblog, facebook, twitter, chat, sitios web y otras redes digitales), que ofrecen oportunidades nuevas para la evangelización y la catequesis. En la Jornada de las Comunicaciones Sociales el Papa Francisco exhorta a los medios de comunicacióna ser siempre instrumentos de comunión entre las personas. ¡Son los desafíos siempre nuevos de la Misión!


ESTÁ JUNTO A CADA PERSONA PARA SIEMPRE
Fernando Armellini

Nosotros somos capaces de estudiar y conocer las realidades materiales. Basta aplicar a la tarea perspicacia e inteligencia. Los secretos de Dios, sin embargo, se nos escapan, son inescrutables; solo Él puede revelarlos. Si nos acercamos a Jesús recorriendo las etapas de su vida guiados solamente por la sabiduría humana nos toparemos con un denso misterio, buscando a tientas en la oscuridad. Todo lo que le ocurre, desde el principio hasta el fin, es un enigma. Su propia madre, María, se queda sorprendida y desbordada cuando el proyecto de Dios comienza a actuarse en su Hijo (cf. Lc 2,33.50). También ella tiene que poner juntos, como las piezas de un mosaico, los diferentes acontecimientos (cf. Lc 2,19) para descubrir el rompecabezas del Señor. ¿Cómo descubrir su sentido?

A esta pregunta responde el Resucitado en los primeros versículos del evangelio de hoy (vv. 46-47). Él, refiere Lucas, abrió la inteligencia de los discípulos a la comprensión de las Escrituras: “Así está escrito…”. Solo de la Palabra de Dios anunciada por los profetas puede venir la luz que esclarezca los acontecimientos de la Pascua. En la Biblia, dice Jesús, estaba ya predicho que el Mesías tendría que sufrir, morir y resucitar.

Es difícil encontrar en el Antiguo Testamento afirmaciones tan explícitas. Sin embargo, no hay duda de que el cambio radical de mente de los discípulos y su comprensión de que el Mesías de Dios era muy diverso del que ellos esperaban, se han debido a los textos del profeta Isaías que hablan del Siervo del Señor: “Despreciado y evitado por la gente, un hombre habituado a sufrir y curtido en el dolor…Verá su descendencia, prolongará sus años…Por sus trabajos soportados verá la luz” (Is 53,3.10.11.).

Otro acontecimiento, dice el Resucitado, ya fue anunciado en las Escrituras: “En su nombre se predicará penitencia y perdón de pecados a todas las naciones” (47). Aquí, la referencia al texto bíblico es clara: “Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6). Según el profeta, es tarea del Mesías llevar la Salvación a todas las gentes. ¿Cómo se realizará esta profecía si Jesús ha limitado su actividad a su pueblo, si ha ofrecido la Salvación solamente a los israelitas? (cf. Mt 15,24).

En la segunda parte del evangelio de hoy (vv. 48-49) se responde a esta pregunta: Jesús se convierte en “luz de las naciones” a través del testimonio de sus discípulos. Se trata de un encargo muy por encima de la capacidad humana. Para desarrollar la misión de Cristo no bastan la buena voluntad ni las bellas cualidades; es necesario contar con su mismo poder. Esta es la razón de la promesa: “Por eso quédense en la ciudad hasta que sean revestidos con la fuerza que viene del cielo” (v. 49). Es el anuncio del envío del Espíritu Santo, el que se convertirá en protagonista del tiempo de la Iglesia. En los Hechos de los Apóstoles se recordará frecuentemente su presencia en los momentos relevantes y su asistencia en las decisiones decisivas de los discípulos. El evangelio de Lucas concluye con el relato de la Ascensión (vv. 50-53). Antes de entrar en la gloria del padre, Jesús bendice a los discípulos.

Terminadas las celebraciones litúrgicas del templo, el sacerdote salía del lugar santo y pronunciaba una solemne bendición sobre los fieles reunidos para la oración (cf. Eclo 50,20). Después de la bendición los allí presentes regresaban a sus ocupaciones con la certeza de que el Señor conduciría a buen fin todo trabajo y toda fatiga. La bendición de Jesús acompaña a la comunidad de sus discípulos y constituye la promesa y garantía del éxito pleno de la obra que está a punto de comenzar.

La apelación final no pudo ser más que alegrarse: los discípulos “regresaron a Jerusalén llenos de alegría” (v. 52). Lucas es el evangelista de la alegría. Ya en la primera página de su evangelio, leemos que el ángel del Señor dice a Zacarías: “Él te traerá gozo y alegría, y muchos se regocijarán con su nacimiento” (Lc 1,14). Poco después, en la historia del nacimiento de Jesús, aparece de nuevo el ángel que dice a los pastores: “No tengan miedo. Estoy aquí para darles una buena noticia, una gran alegría para todas las personas” (Lc 2,10).

La primera razón por la que los discípulos se regocijan, a pesar de no tener al Maestro visiblemente presente con ellos, es el hecho de que entendieron que Él no es, como pensaban sus enemigos, un prisionero de la muerte. Han tenido la experiencia de su Resurrección; están seguros de que cruzó primero el ‘velo del templo’ que separaba el mundo de las personas del de Dios. Entonces mostró que todo lo que sucede en la tierra –éxitos y contratiempos, injusticias, sufrimientos e incluso los eventos más absurdos, como los que le han sucedido–no escapan al plan de Dios. Si este es el destino de cada persona, la muerte ya no causa temor; Jesús lo transformó en un nacimiento a la Vida con Dios. Esta es la primera razón para tratar con esperanza incluso las situaciones más dramáticas y complicadas.

La luz de las Escrituras les hizo comprender que Jesús no fue a otro lugar, no se ha desviado, sino que se ha quedado con la gente. Su forma de estar presente ya no es la misma, pero no es menos real. Antes de la Pascua, estuvo condicionado por todas las limitaciones a las que estamos sujetos. Pero ya no existen más. Él puede estar cerca de cada personasiempre. Con la Ascensión, su Presencia no ha disminuido, ¡se ha incrementado! Aquí está la segunda razón para la alegría de los discípulos y para la nuestra.

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Luces y retos que nos dejó el papa Francisco para la vida consagrada

“Como consagrados tenemos que estar vigilantes para no acomodarnos en estilos de vida que no nos comprometan. Hemos recibido en estos años un testimonio extraordinario –gracias al paso del Papa Francisco– de lo bello que es ser Cristianos y de la alegría que produce en nuestro corazón vivir para el Señor. Que las luces y los retos que nos ha dejado el papa Francisco nos ayuden a seguir adelante siendo signos de esperanza, de confianza y de fe en esta hora de nuestro mundo que nos va tocando vivir.” (P. Enrique Sánchez González, en la foto, en una audiencia del Papa Francisco con los Misioneros Combonianos, en 2015)

Por: P. Enrique Sánchez González, mccj

Luces y desafíos que el Papa Francisco nos dejó
como nuevas generaciones de vida consagrada

Para poder hablar del legado que nos ha dejado el Papa Francisco, considero que es necesario ir al pasado, antes de que Francisco fuera el Papa Francisco. La figura de un Papa extraordinario, que todos tenemos en este momento en nuestra memoria, es algo que encuentra sus orígenes en los primeros pasos que Jorge Mario Bergoglio dio, cuando decidió consagrar su vida como religioso y jesuita, y tal vez ya antes, cuando desde pequeño dejó que la pasión por Cristo entrara en su corazón.

Sus palabras, sus acciones como pastor, su sensibilidad por los marginados, la alegría que acompañó su personalidad, su capacidad para romper con protocolos, su estilo de vida, pobre y austero. Todo esto, y mucho más, no le vino a su mente y a su corazón el día que apareció en el balcón de la Basílica de San Pedro saludándonos con el nombre de Francisco.

Lo que el Papa Francisco nos ha dejado en sus 12 años de pontificado no ha sido, sino un poco más de todo lo que había ido sembrando en tantos lugares de Argentina, de Latinoamérica y de toda la Iglesia como un pastor que amaba transmitir el olor de sus ovejas.

Eso que nos apasiona y nos anima hoy, recordándolo como el pastor que supo guiarnos por caminos seguros y que nos entusiasmó en el seguimiento de Jesús; todo eso no es más que el ejemplo de vida, el decir con los hechos y con su compromiso lo que llevaba dentro. Un amor por Cristo que lo llevó a gastarse hasta el último minuto de su vida, sirviendo y amando.

Eso que hoy nos toca guardar como tesoro y herencia del Papa Francisco es lo que ha producido el Evangelio en el corazón de alguien que ha sabido entregarlo todo, olvidándose de sí mismo y poniendo como prioridad de su vida el servir a Cristo en los últimos, en los que no cuentan a los ojos del mundo. Diciendo esto, me parece que la primera cosa que nos ha dejado el Papa Francisco a los consagrados es el ejemplo, un icono bello de lo que nos toca vivir cada día cuando decimos que hemos entregado nuestras vidas al Señor.

Ante la figura de Papa Francisco no se necesita hacer mucha teología de la vida religiosa, ni es necesario perder mucho tiempo con tratados de espiritualidad de la vida religiosa. Sin exagerar, creo que acercándonos a la vida del Papa Francisco podemos darnos cuenta de que la vida consagrada, como religiosos y religiosas al servicio del Evangelio, no es otra cosa más que una vida entregada con sencillez y alegría a los demás en los pequeños detalles de cada día. Y eso vale para consagrados y para cualquier bautizado, pues a final de cuentas, se trata de vivir en Cristo y para él.

Luces que nos ha dejado el Papa Francisco y que nos seguirán iluminando por mucho tiempo

Entre las muchas cosas que significan luces que iluminan nuestras vidas hoy, y que reconocemos como algo que hemos descubierto gracias al paso del Papa Francisco por nuestras vidas, podríamos traer a nuestra memoria las siguientes que no siguen un orden o jerarquía porque todas son importantes.

  • El testimonio de una vida entregada con alegría a Jesús, al Evangelio, a la Iglesia y a los más pobres.

Algo que seguramente a todos nos ha impactado desde el inicio del pontificado del Papa Francisco ha sido el tono de alegría que transmitía a través de sus palabras, de la espontaneidad y libertad de sus gestos y las maneras de acercarse a las personas. Con él se entraba en confianza inmediatamente y hacia que nos sintiéramos acogidos, como si nos conociera desde siempre. La alegría era algo que para él nacía de la acogida del Evangelio. El mensaje de Cristo contiene esa alegría que transforma el corazón y llena el espíritu de confianza y de esperanza.

De ahí nacía su entrega y su dedicación a la misión que abrazó como consagrado y de esa entrega surgían las fuerzas para afrontar cualquier obstáculo y las dificultades, que no faltaron a lo largo de todo su ministerio. Aquí, como en todo lo que iremos diciendo sobre el legado del Papa Francisco, lo más importante y lo que caracterizó su consagración fue el ejemplo, el testimonio de vida, el silencio de las palabras y la fuerza de los gestos y las opciones.

Por ejemplo, más que hablar sobre el problema de los migrantes, uno de sus primeros viajes fue a Lampedusa, el lugar de mayor sufrimiento de los migrantes que atraviesan el Mediterráneo. Su presencia ahí fue anuncio del Evangelio y denuncia de un sistema inhumano e injusto que trata a las personas como objetos.

Nos hay duda de que se trata de una luz intensa que nos ilumina cuando nos preguntamos en dónde tenemos que estar como consagrados hoy, cuáles tienen que ser nuestras opciones y preferencias, en dónde tiene que estar nuestro corazón, aunque estemos lejos geográficamente de los lugares del dolor. El testimonio del Papa Francisco es algo que enseña a los consagrados de hoy en dónde está lo bello de la entrega y qué es lo que le da sentido a la renuncia que implica el haber dejado todo para seguir al Señor.

  • El entusiasmo y la pasión por la evangelización y por el compromiso misionero.

La evangelización y la dimensión misionera de la Iglesia no fueron simple estrategia proselitista en el proyecto de Iglesia del Papa Francisco. En su mente estaba claro que la Iglesia tiene que ser misionera y la tarea de evangelizar no se reduce a la enseñanza del Evangelio. El objetivo de la misión iba mucho más allá, se trataba, y se sigue tratando, de anunciar a Cristo siempre presente entre nosotros como buena noticia para el mundo.

La misión que nace del encuentro con el Señor, el Papa Francisco la vivió como una experiencia que le entusiasmaba y lo apasionaba, moviéndolo a ir hasta los extremos del mundo y a los lugares más lejanos, no sólo geográficamente, en donde Jesús no era conocido.

Él nos enseñó que la razón última de nuestra consagración es el anuncio del evangelio que estamos llamados a llevar con entusiasmo y generosidad a quienes todavía no han tenido la oportunidad de encontrarse con el Señor. Basta recordar a dónde lo llevaron sus viajes apostólicos y nos damos cuenta de que la preocupación de su corazón estaba en los más lejanos del Evangelio.

  • La fuerza del ejemplo personal en el compromiso como consagrado a Cristo.

Ya lo mencionaba anteriormente, una de las luces más intensas en la vida y en el ministerio del Papa Francisco que nos quedan hoy es, sin dudarlo mucho, el ejemplo de vida. La capacidad de anunciar con obras muy concretas, usando menos palabras y más acciones, aunque se pudiese correr el riesgo de equivocarse en algún momento.

Para hablarnos de pobreza no dudó en irse a vivir a Santa Martha, en renunciar a buenos carros, a percibir un salario que por derecho le correspondía. Pero más que privarse de cosas materiales el Papa Francisco supo renunciar, desde hacia mucho tiempo, a la tentación del poder, de la comodidad, del instalarse en un estilo de vida que no fuera solidario con los pobres.

Fue obediente, tratando de hacer la voluntad de Dios en su vida y aceptando una misión que no entraba en sus planes, cuando había llegado al Cónclave con la idea de regresar a Argentina para disponerse a su retiro. Fue obediente, cumpliendo la recomendación que le habían hecho de no olvidarse de los pobres.

Fue alegremente casto entregando su corazón, amando a quienes más lo necesitaban, a los prisioneros, a los vagabundos de Roma, a los enfermos que visitaba en los hospitales, a los pecadores que escuchó en los confesionarios, a los migrantes que supo defender hasta unas horas antes de su muerte en el último encuentro que tuvo con el vice presidente de Estados Unidos.

  • Los valores a los que nunca se puede renunciar: la misericordia, la bondad, la opción por los más lejanos y por los excluidos, el servicio por encima de la autoridad y del poder.

Entre los muchos valores que el Papa Francisco ha puesto en evidencia, seguramente, para quienes vivimos una vocación especifica como consagrados, aparece claro que la visión del Papa estaba fincada sobre aspectos que hablaban de su experiencia de Dios.

La centralidad de la Misericordia reflejaba en él un encuentro continuo y profundo con Dios sentido como Padre. Como un Padre bueno dispuesto siempre a acoger, a abrazar, a perdonar. Sentir a Dios de esa manera no podía traducirse más que actitudes de cercanía y de aprecio por quienes se sentían o se sabían alejados del derecho a reconocerse hijos amados.

Acercar a Dios a quienes se sentían excluidos no era en el Papa Francisco un gesto de filantropía o el humanismo en sus extremos que algunas personas han querido reconocer en él. En Francisco era un movimiento que surgía de lo más profundo de su ser, en donde se vivía la experiencia más clara de Dios. Era la expresión de su consagración a Dios, de su vivir en Dios.

Para él, por lo que pudimos conocer a través de su sencillez y humildad, la consagración se confundía o se convertía en servicio y en disposición a darlo todo, como lo pudimos ver en aquel gesto único de ponerse a los píes de los líderes políticos de Sud Sudán cuando les suplicó que hicieran posible la paz para su nación.

Papa Francisco tenía muy claro en su mente y en su corazón que vivir como consagrado significaba poner el servicio y la humildad por encima del poder y la autoridad. Eso fue lo que les recordó a los Cardenales de la curia romana en su primer saludo de Navidad al inicio de su pontificado. Y, así lo vivió, en sus visitas a los presos, en sus diálogos con las víctimas de abusos en la Iglesia, en la elección de una vida simple y desprendida de lo que podía traerle honores o reconocimientos especiales.

  • La importancia del saber incluir a todos en una comunidad familia en la que estamos llamados a reconocernos hermanos. Nuestra misión será crear fraternidad, todo lo demás pasa.

Como consagrado él mismo, nos enseñó el valor que tiene el trabajar en comunión, el saber crear familia, el apostarle a la amistad profunda. En una palabra, nos iluminó con su experiencia invitándonos a trabajar siempre unidos teniendo como meta el llegar a reconocernos como hermanos.

Como consagrados, no tengo la menor duda, sabemos que el sentido más profundo de nuestra vida está en el llamado a crear fraternidad en un mundo en donde se vive hoy el drama de la violencia, del miedo, de la inseguridad que destrozan la vida de tantos inocentes y desamparados. Su ejemplo fue muy en sintonía con el nombre que escogió como pontífice, Francisco, el hermano universal.

  • Apostar por una iglesia con rostro sinodal, en donde todos sean involucrados y partícipes. Una Iglesia en camino y en salida, no autoreferencial y libre, capaz de aprender de sus límites y de sus pobrezas.

El gran sueño del Papa Francisco fue el de colaborar en la construcción de una Iglesia que viviera las intuiciones del Concilio Vaticano segundo. Un concilio que le apostó al acercamiento a un mundo en cambio, a expresiones culturales nuevas, a experiencias religiosas más profundas y personalizadas.

Las ideas del Papa cuando hablaba de una iglesia en salida, en camino seguramente tenía en mente su experiencia como pastor preocupado por dar espacio a todos para que aportaran su riqueza. Soñaba con una Iglesia en donde la participación de todos creara una comunidad con rostro nuevo, en donde nadie fuera excluido.

Sus intuiciones y sus propuestas pastorales ciertamente son luces que iluminan nuestro ser consagrados, pues por nuestra entrega estamos llamados a vivir en comunidad, a aportar nuestras riquezas y nuestros límites; estamos llamados a caminar juntos, para que el mundo crea en el Señor que nos llamó.

  • Por el diálogo, todos llamados a crear puentes que favorezcan la cercanía, el respeto y la paz.

Finalmente y no porque sea lo último, el Papa Francisco nos ha ayudado a entender que por nuestra consagración estamos llamados a ser constructores de puentes, a trabajar en todo aquello que favorezca la cercanía entre las personas y entre los pueblos. Se trata de ser hombres y mujeres de diálogo, abiertos a enriquecernos con las cualidades y virtudes de los demás, y, al mismo tiempo, disponibles a llevar con alegría la riqueza del Evangelio como instrumento que abre caminos a la construcción de la paz.

Retos y desafíos que no podremos ignorar como consagrados

El ejemplo de vida y el testimonio de entusiasmo de fe, la alegría de su entrega sin límites, su capacidad de empatía y de cercanía a toda clase de personas. La claridad en sus opciones personales y pastorales, la identificación con su carisma como jesuita, su pasión por Cristo y por la Iglesia, su valentía para asumir compromisos y para tomar distancias de lo que niega la dignidad de las personas.

Estos y muchos otros valores que hemos visto e iremos descubriendo y profundizando en la medida que pasa el tiempo, son sólo algunas de las muchas luces que quedan ante nosotros como retos que nos desafían y nos invitan a un discernimiento sobre nuestra manera de ser y de vivir nuestra consagración religiosa hoy.

  • Ahí queda su radicalidad y coherencia como un reto que nos cuestionará siempre en nuestros estilos de vida consagrada, algunas veces cómodos y aburguesados.
  • Salir de nuestros capillismos. La capacidad del Papa Francisco para salir al encuentro, incluso de los más distintos y lejanos de nuestras formas de pensar y de sentir, es un reto que cuestiona fuertemente nuestra tentación a permanecer en lo conocido y seguro de nuestros institutos. Es lo que puede permitir que rompamos con la incapacidad de trabajar en colaboración, abiertos a enriquecernos con los carismas de los demás.
  • Superar la autoreferencialidad que empuja a encerrarse a vivir en el temor de desaparecer como institutos.
  • El sueño de una Iglesia más sinodal y participativa, como la quería el Papa Francisco, nos desafía fuertemente a superar nuestra mentalidad cerrada que nos mueve a ponernos en el centro de todo y de todos considerándonos los únicos y los mejores.
  • Trabajar en la construcción de una Iglesia que transmita alegría y esperanza como fruto del anuncio del Evangelio como Buena Noticia. Como consagrados nos toca asumir el reto de ser presencia alegre de Dios en el mundo en que nos toca vivir. El “hacer bulla”, como decía el Papa Francisco nos reta a pasar un mensaje de optimismo en una sociedad cargada de experiencias traumáticas, en donde la soledad y el abandono ganan terreno y en donde la frustración de muchos jóvenes hace que aumente la desesperanza y la falta de confianza en el futuro. Como religiosos consagrados al servicio del Evangelio tenemos que ser rostro de una Iglesia que se sabe depositaria de una propuesta de vida plena y de una respuesta al anhelo de felicidad que todos llevamos en el corazón.
  • Superar el clericalismo para reconocer el valor y la riqueza que posee cada bautizado y favorecer una comunidad en donde haya mayor participación y comunión. Como consagrados tenemos que superar una mentalidad que pretende hacernos creer que somos personas diferentes o especiales, con privilegios y una autoridad que nos sitúa por encima de los demás. Superar el clericalismo nos pone en una situación de mayor disponibilidad al servicio y al reconocimiento de los demás como tesoros que nos hablan de la presencia de Dios entre nosotros.

La tentación del olvido y el riesgo de acomodarnos

Me gustaría concluir diciendo una palabra para ponernos en guardia y que no nos dejemos sorprender para caer en la tentación del olvido. Es fácil que, pasando los días, también vayamos perdiendo de vista todo lo que el Papa Francisco ha venido a sembrar en nuestros corazones. Nuevas propuestas y diferentes proyectos seguramente llegarán para hacer que la Iglesia siga creciendo y haciendo su camino en el tránsito por este mundo. Pero es importante que no olvidemos aquello que el Papa ha sabido sacudir para ayudarnos a vivir más profunda y auténticamente nuestra fe en Jesús.

Como consagrados tenemos que estar vigilantes para no acomodarnos en estilos de vida que no nos comprometan. Hemos recibido en estos años un testimonio extraordinario de lo bello que es ser Cristianos y de la alegría que produce en nuestro corazón vivir para el Señor.

Qué las luces y los retos que nos ha dejado el Papa Francisco nos ayuden a seguir adelante siendo signos de esperanza, de confianza y de fe en esta hora de nuestro mundo que nos va tocando vivir.

comboni.org

Una religiosa, nueva secretaria del Dicasterio para la Vida Consagrada

El Papa León XIV confió a la Hna. Tiziana Merletti, religiosa del Instituto de las Hermanas Franciscanas de los Pobres, el cargo de secretaria del Dicasterio para la Vida Consagrada, cargo que la actual Prefecta, Sor Brambilla, desempeñó de 2023 a 2025.

Vatican News

El Papa León XIV nombró el pasado 22 de mayo a una religiosa Secretaria del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Se trata de la hermana Tiziana Merletti, ex Superiora General de las Hermanas Franciscanas de los Pobres. Un nombramiento femenino en un Dicasterio dirigido por una mujer, Sor Simona Brambilla, quien fue Secretaria de este Dicasterio desde octubre de 2023 hasta enero de 2025. El Pro-prefecto del Dicasterio es el cardenal Ángel Fernández Artime.

Nacida el 30 de septiembre de 1959 en Pineto (TE), sor Tiziana Merletti hizo su primera profesión religiosa en 1986 en el Instituto de las Hermanas Franciscanas de los Pobres. En 1984 obtuvo la licenciatura en Derecho en la entonces Universidad Libre de Abruzzo “Gabriele d’Annunzio” de Teramo y, en 1992, el Doctorado en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma. De 2004 a 2013 fue Superiora General de su Instituto religioso. Actualmente es profesor en la Facultad de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad Antonianum de Roma y colabora como canonista con la Unión Internacional de Superiores Generales.

Discurso del papa León XIV a las Obras Misionales Pontificias

Sala Clementina
Jueves, 22 de mayo de 2025

Eminencia, Excelencias,
Secretarios Generales, Directores Nacionales y Personal
de la Obras Misionales Pontificias,
Queridos hermanos y hermanas.

Les doy la más cordial bienvenida a todos ustedes, que se han reunido desde más de ciento veinte países, para participar en la Asamblea General anual de las Obras Misionales Pontificias. Quisiera comenzar agradeciendo a ustedes y a sus colaboradores por su servicio comprometido, el cual es indispensable para la misión evangelizadora de la Iglesia, como yo mismo lo he podido constatar en los años de mi ministerio en Perú.

Las Obras Misionales Pontificias son efectivamente el «principal medio» para avivar la responsabilidad misionera entre todos los bautizados y sostener a las comunidades eclesiales en las zonas donde la Iglesia es joven (cf. DecretoAd gentes, 38). Esto lo vemos en la Obra para la Propagación de la Fe, que proporciona apoyo para los programas pastorales y catequéticos, la construcción de nuevas iglesias, asistencia sanitaria y necesidades educativas en los territorios de misión. La Obra de la Santa Infancia, del mismo modo, sostiene programas de formación cristiana para niños, además de atender sus necesidades básicas y velar por su protección. Asimismo, la Obra de San Pedro Apóstol ayuda a cultivar las vocaciones misioneras, tanto sacerdotales como religiosas, mientras que la Unión Misionera se encarga de la formación de sacerdotes, religiosos y religiosas, y de todo el pueblo de Dios en la actividad misionera de la Iglesia.

La promoción del celo apostólico en el Pueblo de Dios sigue siendo un aspecto esencial de la renovación de la Iglesia, tal como la concibió el Concilio Vaticano II, y es aún más urgente en nuestros días. Nuestro mundo, herido por la guerra, la violencia y la injusticia, necesita escuchar el mensaje evangélico del amor de Dios y experimentar el poder reconciliador de la gracia de Cristo. En este sentido, la Iglesia misma, en todos sus miembros, está llamada cada vez más a ser «una Iglesia misionera, que abre los brazos al mundo, que anuncia la Palabra […] y que se convierte en fermento de concordia para la humanidad» (Homilía de la Misa de inicio de Pontificado, 18 mayo 2025). Estamos llamados a llevar a todos los pueblos, más aún, a todas las criaturas, la promesa evangélica de una paz verdadera y duradera, que es posible porque, en palabras del Papa Francisco, «el Señor ha vencido al mundo y a su conflictividad permanente “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”» (Evangelii gaudium, 229).

Es por eso que vemos la importancia de fomentar un espíritu de discipulado misionero en todos los bautizados y un sentido de urgencia en llevar a Cristo a todos los pueblos. A este respecto, quisiera agradecerles a ustedes y a sus colaboradores el esfuerzo que realizan cada año para promover la Jornada Mundial de las Misiones el penúltimo domingo de octubre, que me es de gran ayuda en mi solicitud por las Iglesias que están en zonas confiadas al Dicasterio para la Evangelización.

Hoy, como en los días posteriores a Pentecostés, la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, prosigue su camino a lo largo de la historia con confianza, alegría y valentía, mientras proclama el nombre de Jesús y la salvación que nace de la fe en la verdad salvífica del Evangelio. Las Obras Misionales Pontificias son una parte importante de este gran esfuerzo. En su labor de coordinar la formación misionera y animar un espíritu misionero a nivel local, quisiera pedir a los directores nacionales que den prioridad a las visitas de las diócesis, parroquias y comunidades, y que de este modo ayuden a los fieles a reconocer la importancia fundamental de las misiones y de apoyar a nuestros hermanos y hermanas que están en aquellas áreas de nuestro mundo donde la Iglesia es joven y está creciendo.

Antes de concluir el discurso de esta mañana, quisiera reflexionar con ustedes sobre dos elementos distintivos de la identidad de las Obras Misionales Pontificias. Que pueden ser descritas como comunión y universalidad. Como Obras encargadas de participar en el mandato misionero del Papa y del Colegio episcopal, ustedes están llamados a cultivar y promover en sus miembros la visión de la Iglesia como comunión de creyentes, animada por el Espíritu Santo, que nos hace entrar en la perfecta comunión y armonía de la Santísima Trinidad. En efecto, es en la Trinidad en quien todas las cosas encuentran su unidad. Esta dimensión cristiana de nuestra vida y misión la llevo en mi corazón, y se refleja en las palabras de san Agustín que elegí para mi servicio episcopal y ahora para mi ministerio pontificio: In Illo uno unum. Cristo es nuestro Salvador y en Él somos uno, la familia de Dios, más allá de la rica variedad de nuestras lenguas, culturas y experiencias.

El tomar conciencia de nuestra comunión como miembros del Cuerpo de Cristo nos abre naturalmente a la dimensión universal de la misión evangelizadora de la Iglesia, y nos inspira a ir más allá de los confines de nuestras propias parroquias, diócesis y naciones, para compartir con toda nación y pueblo la sobreabundante riqueza del conocimiento de Jesucristo (cf. Flp 3, 8).

Un enfoque renovado en la unidad y universalidad de la Iglesia corresponde precisamente al carisma auténtico de las Obras Misionales Pontificias. Como tal, debe inspirar el proceso de renovación de los estatutos que ustedes han iniciado. A este respecto, expreso mi confianza en que este proceso confirmará en su vocación de ser fermento de celo misionero dentro del Pueblo de Dios a los miembros de las Obras en todo el mundo.

Queridos amigos, nuestra celebración de este Año Santo nos interpela a todos a ser “peregrinos de esperanza”. Retomando las palabras que el Papa Francisco eligió como lema para esta Jornada Mundial de las Misiones, quisiera concluir animándolos a seguir siendo “misioneros de esperanza entre todos los pueblos”. Mientras los encomiendo a ustedes, a sus bienhechores y a todos los que están asociados a su importante labor a la amorosa intercesión de María, la Madre de la Iglesia, les imparto con afecto la Bendición Apostólica como prenda de alegría y paz duraderas en el Señor.

foto: vatican.va

León XIV: “Esta es la hora del amor”

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC

HECHOS

¿En la Iglesia hay diferencias? Afortunadamente las hay y qué bueno que las haya. No somos monigotes de una estructura; somos seres vivos, cada cual con sus legítimas diferencias. Si Dios que es Dios es diferente como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo, qué bueno que los discípulos de Jesús no seamos idénticos, sino muy diferentes, como diferentes son los doce apóstoles, y como diferentes son Jesús y Juan Bautista; pero todos unidos por el amor, tratando de luchar por que el amor de Dios reine en el mundo.

¿En la Iglesia hay divisiones? Lamentablemente las hay y qué malo que las haya. Las hay no sólo entre católicos y evangélicos, entre católicos y ortodoxos, sino al interior mismo de las comunidades católicas. Hay quienes siguen obstinados en que la Misa sólo debe ser en latín y comulgar siempre en la boca, y quienes hemos asumido por convicción la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II; hay quienes aceptamos de corazón al Papa Francisco y a sus antecesores, y quienes los han rechazado, por cuestiones doctrinales o disciplinares; hay quienes forman parte de un grupo de evangelización y de pastoral con una línea más social, y quienes van por una línea más devocional. Lo triste es que no saben convivir serenamente y valorarse en todo lo bueno que cada quien tiene, sino que unos excluyen y atacan a los otros, como si sólo ellos fueran los únicos intérpretes auténticos del Evangelio. Esto es muy doloroso y preocupante. A esto hay que agregar las divisiones políticas y sociales en la humanidad.

He disfrutado mucho cuando, en una diócesis, unos sacerdotes estaban divididos y han aprendido a amarse, siendo diferentes entre sí; cuando unas religiosas rechazaban a otras que tienen hábito y se dedican a la pastoral educativa, y ellas se consagran a una pastoral de otro estilo fuera de los espacios tradicionales; cuando los del Movimiento de Renovación Católica en el Espíritu conviven y trabajan juntos con los de Comunidades Eclesiales de Base; cuando nosotros católicos convivimos fraternalmente con líderes de otras confesiones religiosas, cristianas y de otra índole; cuando los miembros de una familia estaban distanciados, y aprenden a respetarse y amarse. ¡Qué hermoso es vivir unidos, siendo diferentes, valorarnos y respetarnos unos a otros! Esta es la unidad que se requiere, y esta es la voluntad de Jesús.

ILUMINACION

El Papa León XIV, al iniciar oficialmente su ministerio petrino, ha insistido mucho en eso:

“Fui elegido sin tener ningún mérito y, con temor y trepidación, vengo a ustedes como un hermano que quiere hacerse siervo de su fe y de su alegría, caminando con ustedes por el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una única familia.

Amor y unidad: estas son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro. A Pedro, pues, se le confía la tarea de “amar aún más” y de dar su vida por el rebaño. El ministerio de Pedro está marcado precisamente por este amor oblativo, porque la Iglesia de Roma preside en la caridad y su verdadera autoridad es la caridad de Cristo. No se trata nunca de atrapar a los demás con el sometimiento, con la propaganda religiosa o con los medios del poder, sino que se trata siempre y solamente de amar como lo hizo Jesús.

Todos hemos sido constituidos «piedras vivas», llamados con nuestro Bautismo a construir el edificio de Dios en la comunión fraterna, en la armonía del Espíritu, en la convivencia de las diferencias. Como afirma san Agustín: «Todos los que viven en concordia con los hermanos y aman a sus prójimos son los que componen la Iglesia». Quisiera que este fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado.

En nuestro tiempo, vemos aún demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres. Y nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión y de fraternidad. Nosotros queremos decirle al mundo, con humildad y alegría: ¡miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela! Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo somos uno. Y esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz.

Este es el espíritu misionero que debe animarnos, sin encerrarnos en nuestro pequeño grupo ni sentirnos superiores al mundo; estamos llamados a ofrecer el amor de Dios a todos, para que se realice esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo.

¡Esta es la hora del amor! La caridad de Dios, que nos hace hermanos entre nosotros, es el corazón del Evangelio. Con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, construyamos una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad, una Iglesia misionera, que abre los brazos al mundo, que anuncia la Palabra, que se deja cuestionar por la historia, y que se convierte en fermento de concordia para la humanidad. Juntos, como un solo pueblo, todos como hermanos, caminemos hacia Dios y amémonos los unos a los otros” (18-V-2025).

ACCIONES

Siendo dóciles a lo que el Espíritu Santo nos pide por medio del Papa León XIV, aprendamos a vivir en unidad en nuestras familias, en las comunidades eclesiales y en el mundo entero.

VI Domingo de Pascua. Año C

En camino a Pentecostés
La paz les dejo, mi paz les doy
P. Enrique Sánchez, mccj

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama, cumplirá mi Palabra y mi Padre lo amará y haremos en Él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras. La palabra que están oyendo no es mía,, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho. La paz les dejo, mi paz les doy. No se las doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: Me voy, pero volveré a su lado. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean”. (Juan 14, 23-29)

El tema del amor nos sigue acompañando en este sexto domingo de pascua y, de entrada, san Juan nos dice que si amamos a Dios necesariamente adoptaremos como mandamiento el cumplir en nuestra vida la Palabra que el Señor nos va enseñando y a través de la cual nos va educando en el amor.

Amar a Dios, ya lo hemos dicho en otras ocasiones, es aceptar un estilo de vida que nos lleva a ordenar nuestro ser y nuestro quehacer cotidiano según lo que el Señor nos va enseñando a través de la palabra que contiene el mandamiento del amor como lo más importante y central en la vida de quienes buscan vivir en verdad.

Ser cristianos significa vivir amando y reconociendo de esa manera que a través de nuestra experiencia de amar es como nos abrimos al encuentro con el Señor dejándonos amar por él y reconociéndonos como santuarios o moradas de su presencia. En otras palabras, a Dios lo descubrimos y lo conocemos en nuestras vidas sólo en la medida en que optamos por el amor como estilo de vida.

Probablemente todos estamos de acuerdo y reconocemos que el secreto de nuestra felicidad está en nuestra capacidad de crear espacios para el amor, pero luego nos encontramos atrapados en tantas pequeñas experiencias que nos encierran en nuestros egoísmos que acaban por desanimarnos.

Existen tantas propuestas que están lejos del verdadero amor que, muchas veces, nos llega la tentación de abandonar todo esfuerzo y nos dejamos llevar por el desánimo y acabamos haciendo y viviendo como los demás.

El texto del evangelio que estamos reflexionando hoy nos trae un mensaje de esperanza, pues nos enseña que ahí en donde nosotros no podemos dar grandes respuestas, el Señor viene a nuestro encuentro. Él se involucra en nuestras luchas y nos abre los caminos.

Lo que nosotros no logramos con nuestras fuerzas, el Señor lo hace posible a través del don de su Espíritu y es muy bello saber que tenemos un abogado, un consolador, un mediador que nos permite llegar a la meta en donde nuestro Señor nos está esperando.

Con la ayuda y con la fuerza del Espíritu Santo todo es posible, pero tenemos que aprender a dejarlo actuar. Tenemos que entrar en su mundo para familiarizarnos con sus criterios y sobre todo, para dejarnos conducir por sus caminos.

Dejar que el Espíritu actúe en nuestras vidas implica usar el corazón y la mente, pero seguramente lo más importante es el corazón porque ahí es en donde nos encontramos con el amor del Señor que hace todo posible.

El Espíritu es el que ensancha nuestros corazones sembrando sus dones, esas gracias que nos permiten salir de lo ordinario de nuestras vidas y que muchas veces nos tienen preocupados por lo inmediato y por lo material.

El Espíritu es quien nos abre a lo bello, a lo bueno, a lo gratuito que acaba por satisfacer la verdaderas necesidades de nuestro corazón. El Espíritu es quien nos abre al amor y abriéndonos al amor nos abre a Dios.

Es muy interesante escuchar en estos versículos del evangelio que, inmediatamente después de la promesa del Espíritu Santo como el consolador que nos ayuda a descubrirnos habitados por el amor, se nos hace el don de la paz. Esa paz que significa presencia de Dios que crea armonía y que nos permite disfrutar de lo que somos como criaturas de Dios. Se trata de una paz que no significa sólo ausencia de conflictos o rivalidades en nuestra vida. No es la paz soñada por el mundo que se confunde pensando que puede existir una realidad en donde no hay retos y dificultades o en donde no se aceptan los sacrificios y las renuncias, el dolor y el sufrimiento.

La paz que nos propone el Evangelio es más bien aquello que llena de confianza y que nos hace sentir capaces de crear en nuestro entorno espacios en donde podemos sentir lo que significa la comunión, la fraternidad, la importancia de los demás en nuestras vidas.

Es la paz que nos ayuda a valorar la relaciones con nuestros hermanos sintiéndolos como necesarios y destinatarios de nuestro amor. Para que el amor no acabe siendo una palabra que se lleva el tiempo o un sentimiento que se esfuma sin dejar huella en nuestra historia personal, la paz es compromiso en la búsqueda de lo que ayuda a reconocer al ser humano en su dignidad y en su identidad de hijo de Dios.

La paz que Jesús nos ofrece, él mismo nos lo dice, no es la paz que nos ofrece el mundo. Una paz construida sobre seguridades humanas, una paz que se logra imponiéndose a los demás por el poder o por la fuerza, una paz que se esconde en la indiferencia ante los sufrimientos de los demás, una paz que prohíbe arriesgar la vida por quienes tienen necesidad.

La paz que Jesús nos trae es algo que nos mueve a ser coherentes y activos en el ejercicio del mandamiento del amor. Es una paz que brota del corazón que se entrega con pasión poniendo la felicidad de los demás por delante y como prioridad en nuestras opciones. Es lo que nos hace alegres de vivir para los demás, y eso significa amar.

La paz de Jesús es aquella que nos recuerda la oración del salmo 85 que dice que la justicia y la paz se besaron, que la verdad y la misericordia se encontraron. La paz, en este sentido, no es otra cosa que la experiencia más profunda de nuestra capacidad de amar es sinónimo de construir una humanidad cimentada sobre los valores del amor.

Estamos ya muy cerca de la fiesta de Pentecostés y esta palabra del evangelio nos prepara para que cuando se manifieste en nosotros seamos capaces de acoger su presencia como una capacidad de abrirnos sin dificultades a su acción y, de esa manera, nos abramos al misterio del Amor que es Dios en medio de nosotros.

Desde ahora, la presencia del amor que se nos concede vivir como don del Espíritu, nos quiere ayudar a vivir en una actitud de fe profunda, se nos da para que creamos que Dios está haciendo su obra en nosotros.

Qué el Señor nos conceda la gracia de su paz.


ULTIMOS DESEOS DE JESÚS
José A. Pagola

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y acobardados. Todos saben que están viviendo las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? ¿A quién acudirán? ¿Quién los defenderá? Jesús quiere infundirles ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.
Que no se pierda mi Mensaje. Es el primer deseo de Jesús. Que no se olvide su Buena Noticia de Dios. Que sus seguidores mantengan siempre vivo el recuerdo del proyecto humanizador del Padre: ese “reino de Dios” del que les ha hablado tanto. Si le aman, esto es lo primero que han de cuidar: “el que me ama, guardará mi palabra…el que no me ama, no la guardará”.
Después de veinte siglos, ¿qué hemos hecho del Evangelio de Jesús? ¿Lo guardamos fielmente o lo estamos manipulando desde nuestros propios intereses? ¿Lo acogemos en nuestro corazón o lo vamos olvidando? ¿Lo presentamos con autenticidad o lo ocultamos con nuestras doctrinas?
El Padre os enviará en mi nombre un Defensor. Jesús no quiere que se queden huérfanos. No sentirán su ausencia. El Padre les enviará el Espíritu Santo que los defenderá de riesgo de desviarse de él. Este Espíritu que han captado en él, enviándolo hacia los pobres, los impulsará también a ellos en la misma dirección.
El Espíritu les “enseñará” a comprender mejor todo lo que les ha enseñado. Les ayudará a profundizar cada vez más su Buena Noticia. Les “recordará” lo que le han escuchado. Los educará en su estilo de vida.
Después de veinte siglos, ¿qué espíritu reina entre los cristianos? ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu de Jesús? ¿Sabemos actualizar su Buena Noticia? ¿Vivimos atentos a los que sufren? ¿Hacia dónde nos impulsa hoy su aliento renovador?
Os doy mi paz. Jesús quiere que vivan con la misma paz que han podido ver en él, fruto de su unión íntima con el Padre. Les regala su paz. No es como la que les puede ofrecer el mundo. Es diferente. Nacerá en su corazón si acogen el Espíritu de Jesús.
Esa es la paz que han de contagiar siempre que lleguen a un lugar. Lo primero que difundirán al anunciar el reino de Dios para abrir caminos a un mundo más sano y justo. Nunca han de perder esa paz. Jesús insiste: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”.
Después de veinte siglos, ¿por qué nos paraliza el miedo al futuro? ¿Por qué tanto recelo ante la sociedad moderna? Hay mucha gente que tiene hambre de Jesús. El Papa Francisco es un regalo de Dios. Todo nos está invitando a caminar hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio. No podemos quedarnos pasivos

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¿SOMOS UN HOTEL DE CINCO ESTRELLAS?
José Luis Sicre

Igual que el domingo anterior, la primera lectura (Hechos) habla de la iglesia primitiva; la segunda (Apocalipsis) de la iglesia futura; el evangelio (Juan) de nuestra situación presente.

1ª lectura: la iglesia pasada (Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29)

Uno de los motivos del éxito de la misión de Pablo y Bernabé entre los paganos fue el de no obligarles a circuncidarse. Esta conducta provocó la indignación de los judíos y también de un grupo cristiano de Jerusalén educado en el judaísmo más estricto. Para ellos, renunciar a la circuncisión equivalía a oponerse a la voluntad de Dios, que se la había ordenado a Abrahán. Algo tan grave como si entre nosotros dijese alguno ahora que no es preciso el bautismo para salvarse.

Como ese grupo de Jerusalén se consideraba “la reserva espiritual de oriente”, al enterarse de lo que ocurre en Antioquía manda unos cuantos a convencerlos de que, si no se circuncidan, no pueden salvarse. Para Pablo y Bernabé esta afirmación es una blasfemia: si lo que nos salva es la circuncisión, Jesús fue un estúpido al morir por nosotros.

En el fondo, lo que está en juego no es la circuncisión sino otro tema: ¿nos salvamos nosotros a nosotros mismos cumpliendo las normas y leyes religiosas, o nos salva Jesús con su vida y muerte? Cuando uno piensa en tantos grupos eclesiales de hoy que insisten en la observancia de la ley, se comprende que entonces, como ahora, saltasen chispas en la discusión. Hasta que se decide acudir a los apóstoles de Jerusalén.

Tiene entonces lugar lo que se conoce como el “concilio de Jerusalén”, que es el tema de la primera lectura de hoy. Para no alargarla, se ha suprimido una parte esencial: los discursos de Pablo y Santiago (versículos 3-21).

En la versión que ofrece Lucas en el libro de los Hechos, el concilio llega a un pacto que contente a todos: en el tema capital de la circuncisión, se da la razón a Pablo y Bernabé, no hay que obligar a los paganos a circuncidarse; al grupo integrista se lo contenta mandando a los paganos que observen cuatro normal fundamentales para los judíos: abstenerse de comer carne sacrificada a los ídolos, de comer sangre, de animales estrangulados y de la fornicación.

Esta versión del libro de los Hechos difiere en algunos puntos de la que ofrece Pablo en su carta a los Gálatas. Coinciden en lo esencial: no hay que obligar a los paganos a circuncidarse. Pero Pablo no dice nada de las cuatro normas finales.

El tema es de enorme actualidad, y la iglesia primitiva da un ejemplo espléndido al debatir una cuestión muy espinosa y dar una respuesta revolucionaria. Hoy día, cuestiones mucho menos importantes ni siquiera pueden insinuarse. Pero no nos limitemos a quejarnos. Pidámosle a Dios que nos ayude a cambiar.

2ª lectura: la iglesia futura   (Apocalipsis 21,10-14. 22-23)

En la misma tónica de la semana pasada, con vistas a consolar y animar a los cristianos perseguidos, habla el autor de la Jerusalén futura, símbolo de la iglesia.

El autor se inspira en textos proféticos de varios siglos antes. El año 586 a.C. Jerusalén fue incendiada por los babilonios y la población deportada. Estuvo en una situación miserable durante más de ciento cincuenta años, con las murallas llenas de brechas y casi deshabitada. Pero algunos profetas hablaron de un futuro maravilloso de la ciudad. En el c.54 del libro de Isaías se dice:

11 ¡Oh afligida, venteada, desconsolada!
Mira, yo mismo te coloco piedras de azabache, te cimento con zafiros
12 te pongo almenas de rubí, y puertas de esmeralda,
y muralla de piedras preciosas.

El libro de Zacarías contiene algunas visiones de este profeta tan surrealistas como los cuadros de Dalí. En una de ellas ve a un muchacho dispuesto a medir el perímetro de Jerusalén, pensando en reconstruir sus murallas. Un ángel le ordena que no lo haga, porque Por la multitud de hombres y ganados que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella oráculo del Señor (Zac 2,8-9).

Podríamos citar otros textos parecidos. Basándose en ellos dibuja su visión el autor del Apocalipsis. La novedad de su punto de vista es que esa Jerusalén futura, aunque baja del cielo, está totalmente ligada al pasado del pueblo de Israel (las doce puertas llevan los nombres de las doce tribus) y al pasado de la iglesia (los basamentos llevan los nombres de los doce apóstoles). Pero hay una diferencia esencial con la antigua Jerusalén: no hay templo, porque su santuario es el mismo Dios, y no necesita sol ni luna, porque la ilumina la gloria de Dios.

3ª lectura: la comunidad presente (Juan 14, 23-29)

El evangelio de hoy trata tres temas:

a) El cumplimiento de la palabra de Jesús y sus consecuencias.

Se contraponen dos actitudes: el que me ama ‒ el que no me ama. A la primera sigue una gran promesa: el Padre lo amará. A la segunda, un severo toque de atención: mis palabras no son mías, sino del Padre.

La primera parte es muy interesante cuando se compara con el libro del Deuteronomio, que insiste en el amor a Dios (“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser”) y pone ese amor en el cumplimiento de sus leyes, decretos y mandatos. En el evangelio, Jesús parte del mismo supuesto: “el que me ama guardará mi palabra”. Pero añade algo que no está en el Deuteronomio: “mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.

Este último tema, Dios habitando en nosotros, se trata con poca frecuencia porque lo hemos relegado al mundo de los místicos: santa Teresa, san Juan de la Cruz, etc. Pero el evangelio nos recuerda que se trata de una realidad que no debemos pasar por alto. Generalmente no pensamos en el influjo enorme que siguen ejerciendo en nosotros personas que han muerto hace años: familiares, amigos, educadores, que siguen “vivos dentro de nosotros”. Una reflexión parecida deberíamos hacer sobre cómo Dios está presente dentro de nosotros e influye de manera decisiva en nuestra vida. Y todo eso lo deberíamos ver como una prueba del amor de Dios: “mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

Por otra parte, decir que Dios viene a nosotros y habita en nosotros supone una novedad capital con respecto al Antiguo Testamento, donde se advierten diversas posturas sobre el tema. 1) Dios no habita en nosotros, nos visita, como visita a Abrahán. 2) Dios se manifiesta en algún lugar especial, como el Sinaí, pero sin que el pueblo tenga acceso al monte. 3) Dios acompaña a su pueblo, haciéndose presente en el arca de la alianza, tan sagrada que, quien la toca sin tener derecho a ello, muere. 4) Salomón construye el templo para que habite en él la gloria del Señor, aunque reconoce que Dios sigue habitando en “su morada del cielo”. 5) Después del destierro de Babilonia, cuando el profeta Ageo anima a reconstruir el templo de Jerusalén, otro profeta muestra su desacuerdo en nombre del Señor: “El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies; ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso?” (Isaías 66,1).

Cuando Jesús promete que él y el Padre habitarán en quien cumpla su palabra, anuncia un cambio radical: Dios no es ya un ser lejano, que impone miedo y respeto, un Dios grandioso e inaccesible; tampoco viene a nosotros en una visita ocasional. Decide quedarse dentro de nosotros. ¿Qué le ofrecemos? ¿Un hotel de cinco estrellas o un hostal?

b) El don del Espíritu Santo

Dentro de poco celebraremos la fiesta de Pentecostés. Es bueno irse preparando para ella pensando en la acción del Espíritu Santo en nuestra vida. Este breve texto se fija en el mensaje: enseña y recuerda lo dicho por Jesús. Dicho de forma sencilla: cada vez que, ante una duda o una dificultad, recordamos lo que Jesús enseñó e intentamos vivir de acuerdo con ello, se está cumpliendo esta promesa de que el Padre enviará el Espíritu.

Pero hay algo más: el Espíritu no solo recuerda, sino que aporta ideas nuevas, como añade Jesús en otro pasaje de este mismo discurso: “Me quedan por deciros muchas cosas, pero no podéis con ellas por ahora. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.” Parece casi herético decir que Jesús no nos transmite la verdad plena. Pero así lo dice él. Y la historia de la Iglesia confirma que los avances y los cambios, imposibles de fundamentar a veces en las palabras de Jesús, se producen por la acción del Espíritu.

c) La vuelta de Jesús junto al Padre

Estas palabras anticipan la próxima fiesta de la Ascensión. Cuando se comparan con la famosa Oda de Fray Luis de León (“Y dejas, pastor santo…”) se advierte la gran diferencia. Las palabras de Jesús pretenden que no nos sintamos tristes y afligidos, pobres y ciegos, sino alegres por su triunfo.

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EL ESPÍRITU SACA SIEMPRE COSAS NUEVAS DEL EVANGELIO
Fernando Armellini

Una lectura precipitada del evangelio de hoy puede darnos la impresión de encontrarnos frente a una serie de frases desconectadas entre sí y alejadas de los problemas de nuestra vida de cada día. El relato, sin embargo, no es confuso o abstracto; es en realidad muy denso. Veamos de traducirlo en términos más simples.

Comencemos con aclarar la frase del v. 25: “Les he dicho esto mientras estoy con ustedes”. Estamos, por tanto, en la Última Cena y resulta sorprendente oír a Jesús decir: mientras estoy con ustedes. Es evidente que aquí no es el Jesús histórico el que está hablando sino el Resucitado, el Señor que se dirige a las comunidades del tiempo de Juan, sometidas a la dura prueba de la persecución, turbadas por las defecciones, infidelidades, incipientes herejías y, sobre todo, desilusionadas porque el tan esperado regreso del Señor no se realizaba.

La afirmación inicial “Quien recibe y cumple mis mandamientos, ése sí que me ama” …hay que situarla en el contexto. Uno de los discípulos –Judas, no el Iscariote– ha dirigido a Jesús una pregunta: “Señor ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?” (v. 22). Todos en Israel esperaban a un Mesías que, haciendo prodigios espectaculares, asombrara al mundo entero.

Frente a la actitud humilde y resignada con que Jesús se ha presentado siempre –no ha gritado, no ha hecho oír su voz en plazas y mercados (cf. Mt 12,19), no ha querido que sus milagros fueran divulgados– los apóstoles se han hecho muchas veces la pregunta que, en la Última Cena, en nombre de todos, formula Judas. Tampoco sus familiares de Nazaret han comprendido su absurdo afán por pasar desapercibido. Un día le dijeron: “Trasládate de aquí a Judea para que también tus discípulos vean las obras que realizas. Porque cuando uno quiere hacerse conocer no actúa a escondidas. Ya que haces tales cosas, manifiéstate al mundo” (Jn 7,4). Tampoco los cristianos de las comunidades del Asia Menor, a finales del siglo I, comprenden la razón por la que Jesús no regresa sobre las nubes del cielo para manifestar clamorosamente quién es Él y qué es capaz de hacer.

A estas dudas e incertidumbres Jesús responde: “Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él” (vv. 22-23). Jesús quiere manifestarse, juntamente con el Padre, no haciendo prodigios, sino viniendo y habitando en sus discípulos. Hay que estar atentos y no materializar esta afirmación. Para entenderla hay que referirse a otra frase pronunciada por Jesús durante la Última Cena: “Créanme que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí; si no, créanlo por las mismas obras” (Jn 14,10-11). Jesús aporta como prueba de su unidad con el Padre las obras que realiza. No se refiere a milagros, como estaríamos inclinados a pensar. Él no apela nunca a prodigios para demostrar que es “una sola cosa” con el Padre; se refiere a todo lo que hace.

Sus gestos son siempre y únicamente obras de Amor; tienden a liberar al hombre de toda clase de esclavitudes a las que está sometido: la del pecado, la de la enfermedad, la de la superstición, la de la discriminación religiosa y social. Esta obra de liberación es la misma que, según el Antiguo Testamento, el Señor ha llevado a cabo en favor de su pueblo. Israel ha conocido a su Dios como el protector de los últimos, de los débiles, de los extranjeros, de los huérfanos y las viudas. Si Jesús realiza estas mismas acciones quiere decir que Dios está en Él y Él en Dios.

¿Qué quiere decir, pues, que Jesús y el Padre habitan en nosotros? Quiere decir que, después de haber escuchado la palabra del Evangelio, nosotros recibimos la vida de Dios, su Espíritu, y sentimos el impuso de realizar las mismas obras que Jesús y el Padre, convirtiéndonos en liberadores de nuestros hermanos y hermanas. Por eso no es difícil reconocer cuándo en una persona están presentes y actuando Jesús y el Padre.

En el versículo siguiente Jesús promete el Espíritu Santo, el Defensor que “les enseñará todo y les recordará todo lo que (yo) les he dicho” (v. 26). Dos son las funciones del Espíritu. Comencemos por la primera, la de enseñar. Jesús no ha podido explicitar y explicar todas las consecuencias de su mensaje. En la historia de la Iglesia –Él lo sabía– surgirían situaciones siempre nuevas, se plantearían complejos interrogantes. Pensemos, por ejemplo, cuántos problemas concretos esperan hoy una luz del Evangelio (bioética, diálogo interreligioso, difíciles decisiones morales…).

Jesús asegura que sus discípulos encontrarán siempre una respuesta a sus interrogantes, una respuesta conforme a sus enseñanzas… si saben escuchar su Palabra y mantenerse en sintonía con los impulsos del Espíritu presente en ellos. Necesitarán mucho coraje para seguir sus indicaciones porque, frecuentemente, Él les pedirá cambios de rumbo tan inesperados como radicales. El Espíritu, sin embargo, no enseñará otra cosa que el Evangelio de Jesús.

A la luz de otros textos de la Escritura, el verbo enseñar adquiere, sin embargo, un sentido más profundo. El Espíritu no instruye como lo hace un profesor en clase. Él enseña de manera dinámica, se transforma en impulso interior, orienta de modo irresistible hacia la dirección justa, estimula al bien, lleva a tomar decisiones conformes con Evangelio. “El Espíritu los guiará hasta la verdad plena”, afirma Jesús en la Última Cena (Jn 16,13). Y en su primera Carta, Juan clarifica: “Ustedes conserven la unción que recibieron de Jesucristo y no tendrán necesidad de que nadie les enseñe; porque su unción, que es verdadera e infalible, los instruirá acerca de todo” (1 Jn 2,27-28).

La segunda función del Espíritu Santo es la de recordar. Existen muchas palabras de Jesús que, aunque se encuentran en los evangelios, corren el peligro de ser soslayadas u olvidadas. Ocurre, sobre todo, con aquellas propuestas evangélicas que no son fáciles de asimilar porque van contra el sentido común del mundo. Un ejemplo: Hasta no hace muchos años, muchos cristianos distinguían aun entre guerras justas e injustas y hablaban incluso de “guerras santas”. Aprobaban el recurso a las armas para defender los propios derechos. Sostenían la licitud de la pena de muerte para los criminales. Hoy, afortunadamente, quienes piensan así son los menos.

¿Cómo es posible que los discípulos de Cristo se hayan olvidado por tanto tiempo de las palabras clarísimas del Maestro que prohibía toda forma de violencia contra el hermano? Y sin embargo así ha sido. El Espíritu interviene para recordar, para llamar la atención de los discípulos sobre lo que Jesús ha dicho: “Amen a sus enemigos, traten bien a quienes los odian… Al que te golpee en una mejilla…” (Lc 6,27-29). Por muchos siglos los cristianos han hecho oídos sordos a la llamada del Espíritu. Pero, hoy, quien intenta justificar el recurso a la violencia se encuentra cada vez más solo y más presionado por la voz del Espíritu que le recuerda las palabras del Maestro. Los ejemplos que dan cuenta del modo en que nos ‘olvidamos’ de las palabras de Jesús podrían multiplicarse. Sería oportuno que, a la luz del Espíritu, cada uno de nosotros intente hacer un ejercicio de memoria. Jesús ha dejado en heredad a sus discípulos el Mandamiento del Amor.

Ahora les deja también su paz: “La paz les dejo, les doy mi paz, y no como la da el mundo” (v. 27). Jesús pronuncia estas palabras cuando el Imperio romano está en paz; no hay guerras; todos los pueblos han sido sometidos a Roma. Y sin embargo, no es ésta la paz que Él promete. Ésta es la paz del mundo, basada en la fuerza de las legiones, no en la justicia. Es la paz que aprueba la esclavitud, la marginación, la opresión a los vencidos, la prepotencia de los vencedores.

La paz prometida por Jesús se realiza cuando se establecen entre los hombres relaciones nuevas; cuando la voluntad de competir, de dominar, de ser los primeros cede el puesto al servicio, al amor desinteresado por los últimos. Las comunidades cristianas son llamadas a ser el lugar donde todos puedan experimentar el comienzo de esta paz.

La última parte del pasaje (vv. 28-29) es más bien enigmática: no es fácil entender por qué los discípulos deberían alegrarse por la marcha de Jesús y qué quiere decir cuando éste afirma que el Padre es mayor que Él. Comencemos a explicar la alegría. Notemos, ante todo, que esta alegría la siente solo quien ama a Jesús. “Si me amaran” significa: si estuvieran en sintonía con mis sentimientos, si compartieran mis pensamientos y proyectos, se alegrarían porque estoy a punto de llevar a cumplimiento la misión que el Padre me ha encomendado. La muerte del Maestro asusta a los discípulos porque éstos no han sido todavía iluminados por el Espíritu Santo, no comprenden que su gesto de Amor dará comienzo a un mundo nuevo caracterizado por su paz.

La afirmación acerca de la inferioridad de Jesús respecto al Padre se explica con el lenguaje usado por los rabinos. Éstos hablan de superioridad e inferioridad para distinguir al enviado de quien lo envía. Mientras esté en el mundo, no ha llevado a término su misión. Hasta que no vuelva al Padre, Jesús es el ‘inferior’, es decir, el enviado del Padre.

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El Espíritu de amor: estímulo y garante de la Misión
Romeo Ballan, mccj

Jesús preanuncia a los Apóstoles los dones pascuales, frutos de su muerte y resurrección. En primer lugar, el don de un amor nuevo (Evangelio): un amor que es una ‘inmersión total’ en la Trinidad Santa que viene a habitar, a hacer morada en el que cree y ama (v. 23); un amor que se convierte en manantial de vida nueva. Luego, el don de la paz: Jesús dona una paz diferente a la que el mundo ofrece, una paz más fuerte que cualquier miedo y dificultad (v. 27). Y sobre todo el don del “Defensor, el Espíritu Santo”, en calidad de maestro y memoria de las cosas que Jesús ha enseñado (v. 26). Esta es una promesa que atañe de cerca al camino de la Iglesia en la historia: Jesús no había podido explicar todas las consecuencias y las aplicaciones de su mensaje; por tanto, garantizó la presencia amiga de un guía seguro frente a los problemas nuevos, a los acontecimientos imprevistos, a los desarrollos de las ciencias humanas… Entre los múltiples desafíos de hoy están las nuevas pobrezas, fundamentalismos, migraciones, biogenética, globalización, diálogo interreligioso, ecología… El Espíritu interviene como luz, fuerza, perdón, consuelo, porque es novedad, don de amor. (*)

Las nuevas opciones que la comunidad de los creyentes en Cristo deberá tomar a lo largo de la historia, bajo la guía del Espíritu, no estarán en contradicción con el mensaje de Jesús; serán un desarrollo, una profundización creativa, una aplicación a las exigencias de las personas en tiempos y lugares diferentes. Una situación tempestuosa para la Iglesia -¡una verdadera cuestión de vida o de muerte!- se presentó casi enseguida, en torno al año 50 d.C., a escasos lustros del acontecimiento histórico de Jesús. El libro de los Hechos (I lectura) da cuenta de un “altercado y una violenta discusión” entre dos corrientes: por un lado, un grupo de cristianos procedentes del judaísmo, decididos a imponer a los paganos las prácticas de la antigua Ley antes de bautizarlos; Pablo y Bernabé, por el contrario, veían en estas prácticas el riesgo de frustrar la gracia de Cristo y eran favorables a la acogida directa de los paganos en la comunidad cristiana, sin más imposiciones (v. 1-2).

Con gran acierto, el debate se llevó al máximo nivel, en presencia y con el discernimiento de los Apóstoles en Jerusalén. Tres eran las tendencias dominantes en el Concilio de Jerusalén: la línea abierta de Pablo y Bernabé, la actitud titubeante de Pedro y la postura práctica de Santiago, obispo de Jerusalén, que medió entre Pablo y los judaizantes, con criterios pastorales y algunas concesiones transitorias (v. 29), como resulta del primer documento conciliar de la Iglesia (v. 23-29).

La presencia del Espíritu Santo se reconoce a lo largo de todo este atormentado camino: en la búsqueda de una comunión más intensa, en el debate abierto para lograr una decisión comunitaria, en la escucha de los distintos ponentes, en la elección de testigos creíbles para enviarlos a Antioquía. La presencia del Espíritu es eficaz especialmente en la neta afirmación de la salvación ofrecida a todos por medio de Cristo, facilitando así el acceso de los paganos al Evangelio, sin imponerles otras cargas. Esta decisión fue el resultado de una laboriosa y feliz sinergia: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…” (v. 28).

“El itinerario histórico de la Iglesia tiene su manera de progresar, no siempre lineal, como demuestra el mismo Concilio de Jerusalén. Son importantes algunas virtudes, como el dinamismo que impide a la Iglesia ser nostálgica; la fidelidad que impide desbandadas en la Iglesia; la paciencia que impide a la Iglesia ser frenética; la profecía que ayuda a la Iglesia a comprender los signos de los tiempos; la tolerancia y el diálogo que impiden a la Iglesia la enfermedad del integrismo; la esperanza que impulsa a la Iglesia a superar titubeos e incertidumbres. Pero en todo debe prevalecer la fe en el Espíritu, guía último y viviente de la Iglesia” (G. Ravasi). ¡El método conciliar-sinodal se ha inaugurado y permanece válido para cada época, como camino de comunión y de misión!