Fecha de nacimiento: 03/11/1944
Lugar de nacimiento: San Diego, JAL / México
Votos temporales: 07/10/1967
Votos perpetuos: 17/06/1977
Fecha de fallecimiento: 19/04/2025
Lugar de fallecimiento: Guadalajara / México

Cuando el hermano Carlos Cárdenas García regresó a la casa del Padre, acababa de cumplir 80 años, 60 de los cuales los había dedicado a la labor misionera comboniana, dejando un brillante testimonio de dedicación, fidelidad, alegría misionera y entusiasmo por el carisma comboniano.

“Carlitos” —como se le conocía cariñosamente— nació el 3 de noviembre de 1944 en San Diego Quitupan, en el estado de Jalisco, diócesis de Guadalajara: una región profundamente influenciada por la fe cristiana, que pocos años antes había vivido duras pruebas en defensa de la libertad religiosa.

Provenía de un entorno rural, caracterizado por una vida sencilla basada en la agricultura y la ganadería, y animado por un espíritu de sana convivencia fraterna. Fue en este contexto donde se forjaron en él los valores que marcarían toda su vida.

Siendo aún joven, sintió la vocación misionera y se presentó en el seminario de los Misioneros Combonianos en Sahuayo, expresando su deseo de consagrarse como hermano y dedicar su vida a proclamar el Evangelio. A mediados de 1965, ingresó al noviciado de Xochimilco, un barrio obrero al sur de la Ciudad de México. El 9 de septiembre de ese año tomó los hábitos y el 7 de octubre de 1967 hizo su primera profesión religiosa. Ese mismo mes, fue asignado a la comunidad del seminario menor de Sahuayo, donde, mientras continuaba sus estudios en institutos técnicos, se dedicó diligentemente al mantenimiento de la casa.

Desde el principio, Carlos demostró ser un joven Hermano sereno y motivado, feliz con su vocación misionera y comboniana. De gran sencillez y carácter afable, amaba la vida fraterna y el compartir. Su historia familiar, marcada por las dificultades del trabajo en el campo y la escasez de recursos, estaba profundamente arraigada en una fe vivida y celebrada en cada momento de la vida.

En julio de 1973, fue destinado al Centro de Formación de los Hermanos en Pordenone (Italia), donde cursó durante dos años un programa de torneado y carpintería, así como un curso de agropecuaria. Este último abarca las prácticas agrícolas relacionadas con el uso de la tierra para la producción de alimentos para consumo humano o animal y la cría de ganado. Para complementar sus estudios, también cursó un programa de teología laical con excelentes resultados. Al finalizar el escolasticado de dos años, los dos formadores del Centro —el padre Gianclaudio Beccarelli (director) y el Hermano Alessandro Pelucchi (superior)— presentaron una evaluación sumamente positiva del Hermano Carlos al Consejo Provincial de México: «Agradecemos al Señor poder presentar a la Provincia de México nuestra satisfacción por los frutos que Carlos ha podido cosechar durante sus dos años de escolasticado. No ha estado exento de dificultades, pero las ha superado bien. […] Podemos decir que hemos visto cumplidas en él las palabras de Jesús: “Al que tiene, más se le dará”, en el sentido de que, atento como está a la Palabra de Dios, se identifica cada vez más con su vocación misionera y encuentra cada vez más la fuerza para salir de sí mismo y acercarse a los demás […] Su ideal es vivir junto a los pobres —¡los más pobres!— física y culturalmente, y dar a conocer el amor de Dios a todos con su testimonio de fe. Es de buen temperamento, dócil, refinado en sus sentimientos, muy sensible, casi delicado […] Sugirieron que no se le asignara a trabajar con hermanos demasiado activos y centrados en la eficiencia: correrían el riesgo de no entenderse entre sí, y Carlos terminaría sufriendo mucho e innecesariamente.

El 9 de mayo de 1975, Carlos recibió su primera carta de destinación del Superior General, el Padre Tarcisio Agostoni: «Para atender su deseo de partir a la misión, y dado que su provincia de México lo pone a disposición del Consejo General, tras revisar su opción, hemos decidido asignarlo a la región de Ecuador, con efecto a partir del 1 de julio de 1975. Estoy seguro de que se va con el agradecimiento de sus superiores, sus hermanos y todos los que lo han conocido por su trabajo y dedicación».

Tras regresar a México en junio de 1975, después de unas breves vacaciones, partió hacia Ecuador en 1976, donde fue asignado a la residencia provincial de Quito como encargado de la casa.

Así comenzó una larga trayectoria misionera para el Hermano Carlos, que lo llevó a servir en diversas comunidades y provincias, realizando generosamente una variedad de actividades, incluidas la construcción y el mantenimiento de edificios. Su labor se extendió al liderazgo de grupos laicaales, desde la colaboración en la labor social de la Ciudad de los Niños en La Paz (Baja California) hasta el acompañamiento a comunidades indígenas en la región de Chinantla, al sureste de México.

En cada contexto, el Hermano Carlos se distinguió por un estilo de servicio caracterizado por la sencillez y la humildad, rasgos que moldearon profundamente su persona y su misión.

En 1981, regresó a México para un segundo período de servicio en su provincia de origen. Su estancia duró seis años. Durante este tiempo, colaboró en diversos servicios de la casa provincial y en actividades de animación misionera. También aprovechó esta estancia para profundizar su formación, asistiendo al centro teológico y espiritual de los Carmelitas Descalzos.

Dotado de una sensibilidad especial hacia los pobres y necesitados, el Hermano Carlos sabía acercarse a las personas con naturalidad y respeto. Su corazón sencillo y generoso lo llevó a interesarse especialmente por los olvidados y marginados. Fue un misionero siempre disponible, capaz de brindar su tiempo y atención sin reservas.

Su espiritualidad se caracterizaba por una profunda conciencia de la presencia de Dios: una fe sencilla pero sólida, heredada de su familia y de su pueblo, con quienes siempre mantuvo profundos lazos afectivos. Fiel al carisma comboniano, vivió apasionadamente el ideal misionero de San Daniel Comboni, destacándose por su disponibilidad y alegría en la entrega total de sí mismo.

A lo largo de los años, alternó periodos de servicio en Ecuador con estancias en México, hasta 2016, cuando fue asignado a Perú, su última misión fuera de su tierra natal, donde permaneció hasta 2021.

Incluso en sus últimos años de servicio, continuó ofreciendo su contribución en servicios sencillos, particularmente en el mantenimiento de instalaciones y el trabajo comunitario. Fue durante uno de estos trabajos que sufrió un grave accidente: cayó de un techo mientras lo reparaba, sufriendo una fractura de columna que le privó de la movilidad de sus extremidades inferiores, obligándolo a permanecer inmóvil o confinado a una silla de ruedas.

En 2021, regresó definitivamente a México, al Oasis de Zapopan, Jalisco, una comunidad que acoge a misioneros ancianos y enfermos. Allí vivió la última etapa de su vida, transformando la prueba del sufrimiento en una nueva forma de misión, vivida con paciencia y profunda confianza en Dios. En esta etapa final, nos ofreció un elocuente testimonio de abandono en manos del Señor.

En sus últimos años, jamás se quejó de su condición, conservando el espíritu alegre y cordial que siempre lo caracterizó. Vivió el don de su vocación misionera con sencillez, dejándonos un precioso testimonio que nos recuerda cómo las grandes obras de Dios se realizan a través de instrumentos humildes, dóciles a su acción.

El 19 de abril de 2025, supimos de su nacimiento al cielo. Al amanecer del Sábado Santo, al acercarse la celebración de la Resurrección del Señor, su vida alcanzó su plenitud, bañada por la luz de la esperanza pascual.

Guardamos con cariño su recuerdo como un hermano y misionero alegre y entusiasta, y como el ejemplo de un misionero comboniano que vivió su misión con la discreta y fiel entrega de una vida que fue una bendición para muchos.

(Padre Enrique Sánchez G., mccj, y FM)