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¿Qué sería de la Iglesia sin la vida consagrada?

«La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu». Así comienza la exhortación apostólica Vita consecrata (VC), de san Juan Pablo II. Los que estamos llamados a vivir de esta forma, somos depositarios de este maravilloso don que enriquece a la Iglesia a través de los siglos.

Texto y fotos: Hno. Juan Carlos Salgado, mccj.

¿Qué sería de nuestra madre Iglesia si no existiera la vida consagrada? Esta manera de vivir es una dimensión esencial y fundamento de la Iglesia católica; sin ella, perdería una fuente vital de santidad, testimonio evangélico y servicio al mundo. Miles de hombres y mujeres consagrados, inspirados en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, han enriquecido a la Iglesia y a la sociedad con diversos y múltiples carismas.

De modo singular, los consagrados manifestamos a diario la esperanza y el amor de Dios, fundamentos que abren caminos donde parece imposible superar la secularidad y las dificultades humanas. Por ejemplo, san Daniel Comboni fue signo de esperanza para los pueblos africanos en tiempos donde la esclavitud causaba estragos. Santa Teresa de Calcuta asistió a los últimos, a los más pobres y olvidados en India y en el mundo. San Carlos de Foucauld dio testimonio de comunión entre los tuareg del desierto del Sahara en Argelia.

Sin la vida consagrada, la Iglesia perdería un gran motor de profunda espiritualidad. Desde los primeros siglos, monasterios, conventos y comunidades religiosas han sido espacios de oración, contemplación y búsqueda de santidad que irradian luz a todo el cuerpo eclesial. Las distintas fuentes de espiritualidad, como la de los franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, jesuitas, etcétera, han formado verdaderas escuelas de santidad, de donde han surgido grandes santos y santas de admirable y respetable devoción.

La vida consagrada es una fuerza muy activa en la evangelización y en el servicio a los más necesitados. Diversos carismas han surgido para atender sectores específicos, como la educación, la salud, la justicia social y la pastoral juvenil. En ocasiones, a través de los carismas de congregaciones religiosas, la Iglesia ha dado respuesta a las necesidades de la gente antes que existieran las instituciones gubernamentales.

Por ejemplo, en Sudán y al norte de Uganda, regiones evangelizadas por los combonianos, gozan de escuelas y hospitales fundados por misioneras y misioneros que, con los años, se convirtieron en instituciones clave para esas naciones. En Uganda tenemos el Hospital de Lachor, uno de los más grandes del país; cuenta con escuelas de enfermería, de parteras, laboratoristas, médicos, anestesiólogos y técnicos en diversos oficios como carpintería, mecánica y electricidad. También contamos con los hospitales de Kalongo, Matany, Kitgum, Angal, Aber, Kyamuhunga, etcétera. Algunos cuentan con sus respectivas escuelas de enfermería.

En Uganda, las escuelas de Layibi y Ombachi llegaron a tener más de mil estudiantes. Además, en las academias técnicas de Carapira, en Mozambique; Lunzu, en Malawi; Chikowa, en Zambia, los hermanos combonianos han formado a cientos de jóvenes como técnicos profesionales. Asimismo, la escuela para chicas en Aboke, dirigida por las combonianas. Mientras que el Comboni College de Jartum es una de las escuelas con más prestigio en Sudán.

En Sudán del Sur, si no existieran el Hospital de Mapuordit, atendido por los combonianos, y el Hospital de Wau, dirigido por las combonianas, la Iglesia vería disminuida su capacidad para llegar a las periferias y responder a las urgencias humanas con tanto amor y profesionalismo.

La vida consagrada mantiene un testimonio profético que recuerda, al mundo y a la misma Iglesia, que el Reino de Dios no pertenece a los poderes temporales, sino a la gratuidad, a la confianza absoluta en Dios y a la búsqueda del bien común, más allá de los intereses personales. Sin ese testimonio, la Iglesia correría el riesgo de volverse mundana y perder la fuerza transformadora que Jesús nos legó.

En conclusión, sin la vida consagrada la Iglesia tendría una realidad mucho más frágil y estaría más limitada en su misión evangelizadora. Los consagrados sirven con generosidad a la humanidad y enriquecen la espiritualidad de todos los creyentes. Por ello, valorar y acompañar dicho modo de vivir es fundamental para la vitalidad y el futuro de la Iglesia.

A lo largo de 30 años de vida consagrada, como misionero comboniano del Corazón de Jesús, experimento la felicidad en mi vocación; son muchas las penurias, renuncias y dificultades sufridas en el apostolado, pero son muchas más las bellas vivencias durante 25 años de misión en África como enfermero y médico misionero.

Tres religiosos de la familia comboniana: el P. Ismael Piñón (sacerdote), la Hna. Tere Soto (religiosa comboniana) y el Hno. Juan Carlos Salgado (religioso comboniano).

La vida consagrada es una aventura que vale la pena experimentar. Las satisfacciones del mundo no se comparan con las de una vida para servir a Dios y a los más necesitados. En ocasiones, al encontrarme con gente en la calle, me decía con una gran sonrisa: «Gracias, doctor, por estar aquí». «Tú me operaste». «Tú me asististe durante el parto». Su gratitud es un gran consuelo para nuestra labor.
Necesitamos jóvenes audaces que den un «sí» al Señor. «La mies es mucha y los obreros pocos, rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).

Ecuador: Nuevo Consejo Provincial con dos mexicanos

La Provincia comboniana de Ecuador ha iniciado una nueva etapa tras la elección del nuevo Superior Provincial y el nuevo Consejo. Dos mexicanos forman parte del nuevo equipo de dirección: el P. Juan Martín Rodríguez, nuevo Superior Provincial, y el Hno. Armando Ramos, consejero provincial. En la foto, comenzando por la izquierda: P. Ramón Vargas, P. Ghebrezghiabiher Woldehawariat Kidanemariam, P. Juan Martin Rodriguez (Provincial), Hno. Armando Ramos, Y P. Alcides Costa.

Como todas las circunscripciones combonianas distribuidas por todo el mundo, la Provincia de Ecuador ha elegido también a su nuevo equipo de dirección para el trienio 2026-2028. El P. Juan Martín Rodríguez, mexicano, ha sido elegido Superior Provincial.

Originario de La Ribera, en el estado de Jalisco, el P. Juan Martín fue ordenado sacerdote el 25 de febrero de 1995, tras haber estudiado la Teología en Brasil. En 2003 fue destinado a Eritrea, pero cuatro años después se vio obligado a salir tras la expulsión de los misioneros por el gobierno eritreo. Fue destinado a Colombia, donde permaneció seis años. Desde 2014 se encuentra en Ecuador, donde fue formador del postulantado y vicesuperior provincial, hasta que el 1 de enero de este año comenzó su nueva responsabilidad tras ser elegido Superior Provincial.

Por su parte, el Hno. Armando Ramos, nació en Poza Rica de Hidalgo, en el estado de Veracruz. Tras hacer sus primeros votos en 1994, fue destinado a Nairobi, en Kenia, para completar su formación como Hermano Comboniano. Trabajó como misionero en Sudán del Sur, Zambia y Etiopía, alternando períodos de servicio misionero en México. Desde 2023 se encuentra en Ecuador, en el centro afroecuatoriano de Guayaquil. Desde el 1 de enero forma parte del nuevo Consejo Provincial de los Combonianos en Ecuador.

Ambos consejos (saliente y entrante). De izquierda a derecha: P. Ramón Vargas, P. Ottorino Poletto (anterior Provincial), P. Ghebrezghiabiher Woldehawariat Kidanemariam, P. Pablo Jaramillo, Hno. Armando Ramos, P. Juan Martin Rodriguez, P. Alcides Costa

IV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles hablándoles así:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.
Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.
(Mateo 5, 1-12)


El sermón sobre la montaña
P. Enrique Sánchez, mccj

En la lectura que vamos haciendo del Evangelio de san Mateo, hoy se nos presenta a Jesús ocupado con sus discı́pulo, preparándolos para la misión que tendrán que vivir con él en la aventura de ir construyendo todo lo necesario para que el Reino de Dios se manifieste.

Jesús habı́a elegido a sus doce compañeros y junto con ellos habı́an muchos otros que empezaban a sentirse discı́pulos de Jesús y comenzaban a acompañarlo por todos los lugares a donde el Señor se dirigı́a.

En esta ocasión el evangelio habla de una muchedumbre y ciertamente no todos estaban ahı́ con las mismas intenciones y no todos acabarı́an siendo verdaderos discı́pulos de Jesús.

Sabemos que, a un momento dado, cuando el Señor empezó a hablar de las exigencias y de los compromisos que tenı́an que asumir sus seguidores, muchos lo dejaron. Jesús, en aquella ocasión preguntó a sus apóstoles, si también ellos querı́an irse. Pero no se fueron, porque en él estaba su alegrı́a.

En el texto del evangelio que leemos hoy para la eucaristı́a de este domingo, vemos a Jesús subir a una montaña para enseñar algo nuevo y definitivo. Se podrı́a decir que era el momento formativo de los discı́pulos. Ahı́, Jesús les habló no tanto de teorı́as, sino de los valores y de las actitudes que tendrı́an que sostener sus vidas como discı́pulos y testigos del Señor.

Entre los varios detalles que no tendrı́amos que dejar pasar en este texto está la montaña, un lugar muy especial que traerá muchos recuerdos a quienes están escuchando a Jesús que habla como el enviado de Dios para instaurar su Reino.

Esa montaña, de alguna manera, les traı́a a la memoria la montaña del Sinaı́ en donde Moisés habı́a recibido la ley que Dios habı́a dado a su pueblo para asegurar una relación y una cercanı́a que acompañarı́a al pueblo de Israel por todo su peregrinar hasta la tierra prometida.

En la montaña en donde se encontraban reunidos los discı́pulos con Jesús, vuelve a suceder que Dios se encuentra con un pueblo que será nuevo y en esta ocasión Jesús podrı́a ser considerado como el nuevo Moisés, el verdadero Mesı́as en el cual el Padre se manifestaba con una nueva ley, la ley que salı́a de la boca de Jesús.

Esa nueva ley, que ahora enseñaba Jesús a la muchedumbre y con especial interés a sus discı́pulos, estaba contenida en ese sermón que conocemos como las Bienaventuranzas o el sermón de la montaña. Era un mensaje que invitaba al regocijo, a la felicidad, a la alegrı́a como sólo podı́a venir de Dios.

Se trataba de un mensaje de buenas noticias que Jesús presentaba a sus discı́pulos como programa de vida, como estilo de vida, para quienes iban aceptando convertirse en seguidores suyos.

Las Bienaventuranzas son un proyecto que Jesús propone para estar presentes en el mundo, en donde las propuestas de Dios y las propuestas de quienes están en el mundo parecen ir por caminos muy distintos.

Siguiendo cada una de las palabras del Señor lo que nos llama la atención en primer lugar es que se trata de un mensaje encuadrado en un ambiente de alegrı́a, de dicha y de felicidad. Jesús invita a una misión que llena siempre el corazón de alegrı́a.

Cada una de las bienaventuranzas se inicia con esa invitación a la alegrı́a y a la felicidad, aunque esta se alcance a través de sacrificio, del dolor, de la pobreza o de las lágrimas. Es la realidad en el amor.

Se trata de vivir cada dı́a con sus dramas y sus contradicciones, con sus promesas y sus sorpresas, con sus luces y sus sombras, convencidos de que al final quien tiene la última palabra es el Señor; es él quien nos asegura la felicidad que nosotros no logramos conquistar con nuestros medios.

Para vivir dichosos, el mensaje de Jesús nos hace entender que poniendo nuestra confianza en él todo se irá acomodando según el querer de Dios, según su voluntad y al final nos daremos cuenta de que todo está orientado hacia la meta que es nuestra felicidad.

Esta nueva ley, presentada por Jesús en la Bienaventuranzas, corresponde a la ley que Moisés habı́a entregado al pueblo resumida en el decálogo y ahora llevada a plenitud.

En aquel tiempo, cumplir la ley era garantı́a de felicidad y de vida. Con Jesús su nueva ley es realización y no promesa de una bendición que se cumple hoy para nosotros.

Con su enseñanza el Señor nos indica que el Reino de Dios ya está entre nosotros y que no tenemos que esperar.

En este Reino todo cambia y quienes viven por un momento la experiencia de sentirse pobres de espı́ritu, incapaces de abrir el corazón a las cosas de Dios, se descubren en el centro de los intereses de Dios; ahora ha llegado para ellos la horade descubrirse los privilegiados ante los ojos de Dios.

Quienes lloran porque ya no pueden cargar con tanto sufrimiento a causa de su fe (como sucede a tantos hermanos nuestros que por ser cristianos son perseguidos, maltratados, marginados, humillados y martirizados), la buena noticia de Jesús resuena fuerte en su interior, escuchando que serán consolados.

Los que sufren porque la vida no les ha brindado las oportunidades para vivir con dignidad. Nosotros decimos muchas veces, que son los que no tienen trabajo, los que viven enfermos o en soledad, los presos que están detenidos injustamente, los condenados a vivir en las calles sin un techo y sin un hogar; todos ellos heredarán la tierra, porque Dios no resiste ver el dolor o el sufrimiento de sus hijos.

Dichosos, dice el evangelio, los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados. Esto no sólo consuela a quienes viven hoy el drama de la persecución por estar ilegalmente en un paı́s o a quienes son perseguidos por defender la vida y pagan con sus vidas por defender los valores que no se pueden negociar; esto es bálsamo que cura las heridas de quienes no temen arriesgar sus vidas por defender a los demás.

Dichosos los misericordiosos porque nos recuerdan que todos necesitamos de la misericordia. Porque todos sabemos que en este mundo nadie es perfecto y que necesitamos de la paciencia, de la tolerancia y de la comprensión de los demás.

Porque no podemos negar o ocultar nuestros pecados y sólo nos alivia y consuela el perdón que nos pueden ofrecer los demás.

Los misericordiosos son quienes nos permiten reconocer que somos humanos y que no podemos hacer nada sin la presencia sencilla en nuestras vidas de los demás.

Y, puesto que Jesús ha venido a ser presencia del amor de Dios entre nosotros, no podı́a faltar una bienaventuranza que nos recuerde que los limpios de corazón, los que están abiertos al amor de Dios y que se esfuerzan por vivir alejados de todo aquello que nos pueda esclavizar y enredar en lo encandilante de este mundo; son ellos los que nos muestran el camino hacia Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Por eso, trabajar por la paz será siempre la tarea que permite ir creando los espacios para que Dios sea reconocible entre nosotros, simple y sencillamente. Porque en donde predomina la violencia, el odio y la muerte, ahı́ no está Dios.

Y trabajar por la paz obliga a construir un mundo en donde se recibe y se comparte el amor de Dios y eso no puede más que hacernos felices.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.

Estas dos bienaventuranzas nos recuerdan finalmente que lo bueno y lo bello de Dios pasará siempre a través de la experiencia de la Cruz, de la entrega y de la donación total, por amor.

En el plan de Dios cada dı́a estaremos llamados a ser bienaventurados, dejando que el amor de Dios nos guı́e y acompañe en la tarea de hacer llegar su Reino a quienes están más lejos y necesitados de su presencia, de su palabra y de su bondad. Estaremos siempre llamados a ser mensajeros y testigos de las bienaventuranzas.

Que el Señor nos conceda ser parte de sus discı́pulos cercanos y que nos contagie la pasión por su Reino, para que nos convirtamos en alegres colaboradores suyos.

Sean todos y todas bienaventurados.


Las ocho puertas del Reino
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hemos llegado a la primera etapa de nuestro camino tras Jesús. Haremos una larga parada con el Señor en un monte llamado de las Bienaventuranzas. Aquí Jesús nos dirigirá un largo discurso que ocupa tres capítulos del Evangelio de Mateo (Mt 5–7). Es el primero de los cinco grandes discursos de Jesús según san Mateo y, sin duda, el más decisivo. Se trata de su discurso programático, en el que Jesús presenta la esencia del estilo de vida de su discípulo.

Los siete montes del Evangelio de Mateo

Podemos decir que el evangelista Mateo aprecia los montes. Encontramos catorce veces la palabra “monte” en su Evangelio. Siete montes, en particular, marcan la vida pública de Jesús: desde las tentaciones, después de su Bautismo, hasta el mandato apostólico, tras su Resurrección. No se trata de montes “físicos”, sino de lugares con un valor “teológico”. El monte tiene una fuerte carga simbólica de cercanía a Dios. Por lo tanto, es inútil buscar el monte de las Bienaventuranzas en un mapa geográfico. De hecho, san Lucas sitúa este discurso en una llanura. Estos siete montes, símbolo de plenitud, jalonan el Evangelio de Mateo.

  1. El monte de las Tentaciones (Mt 4,1–11): punto de partida de la misión;
  2. El monte de las Bienaventuranzas (Mt 5,1–7,29): aquí Jesús proclama la “nueva Torá”;
  3. El monte de la Oración (Mt 14,23): lugar de intimidad con el Padre y de discernimiento de la misión;
  4. El monte de la Transfiguración (Mt 17,1–8): donde Jesús es revelado como el Hijo y la Palabra definitiva;
  5. El monte de los Olivos (Mt 24–25; 26,30): el monte de la espera y del juicio, donde Jesús pronuncia el discurso escatológico y afronta la agonía antes de la pasión;
  6. El monte del Calvario (Mt 27,33): aparentemente derrota, en realidad entronización del Rey mesiánico;
  7. El monte de la Misión (Mt 28,16–20), un monte en Galilea (no nombrado): aquí Jesús resucitado confía a los discípulos la misión universal.

Los siete montes forman un itinerario teológico de la vocación cristiana:
Tentación → Ley → Oración → Revelación → Espera → Cruz → Misión.

El monte de las Bienaventuranzas

«Al ver a la multitud, Jesús subió al monte; se sentó, y se le acercaron sus discípulos». La “subida al monte” y el “sentarse” son gestos solemnes del Maestro que se sienta en cátedra. Se trata de una referencia a Moisés en el monte Sinaí. Por lo tanto, este “monte” es el nuevo Sinaí, desde donde el nuevo Moisés promulga la nueva Ley. La Ley de Moisés, con sus prohibiciones, establecía los límites que no debían traspasarse para permanecer en la Alianza de Dios. La nueva Ley, en cambio, abre los horizontes de un nuevo proyecto de vida.

«Y se puso a hablar y les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». El discurso de Jesús se abre con las ocho Bienaventuranzas (la novena, dirigida a los discípulos, es un desarrollo de la octava). Son el prólogo del discurso de Jesús y el compendio del Evangelio. Se trata de un texto muy conocido, pero que, precisamente por eso, corremos el riesgo de recorrer con demasiada rapidez y de casi ignorar, tras la aparente sencillez, su riqueza, profundidad y complejidad. No en vano también Gandhi afirmaba que estas son «las palabras más elevadas del pensamiento humano».

Quisiera invitarles sencillamente a leer, releer, meditar y orar este texto. Me atrevo, no obstante, a compartir con ustedes algunas reflexiones que pueden ayudarnos a acercarnos a él.

Las Bienaventuranzas NO SON…

1. Las Bienaventuranzas no son el sueño de un mundo idealizado e inalcanzable, una utopía para soñadores. Para el cristiano son criterio de vida: o las acogemos o no entraremos en el Reino. No son, sin embargo, una nueva ley moral.

2. Las Bienaventuranzas no son un elogio de la pobreza, del sufrimiento, de la resignación o de la pasividad. Todo lo contrario: son un discurso revolucionario. Precisamente por eso suscitan la oposición violenta de quienes se sienten amenazados en su poder, riqueza y estatus social.

3. Las Bienaventuranzas no son opio para los pobres, los que sufren, los oprimidos o los débiles, porque adormecerían su conciencia de la injusticia de la que son víctimas, llevándolos a la resignación, aunque muchas veces lo hayan sido en el pasado. Por el contrario, son una adrenalina que impulsa al cristiano a comprometerse en la lucha por la eliminación de las causas y raíces de la injusticia.

4. Las Bienaventuranzas no son una postergación de la felicidad para la vida futura, en el más allá. Son fuente de felicidad ya en esta vida. En efecto, la primera y la octava bienaventuranza, que enmarcan a las otras seis, tienen el verbo en presente: «porque de ellos es el Reino de los Cielos». Las otras seis tienen el verbo en futuro. Se trata, sin embargo, de una promesa que hace presente la felicidad ya hoy. Es la garantía de que el mal y la injusticia no tendrán la última palabra. El mundo no es ni será de los ricos y poderosos.

5. Las Bienaventuranzas no son (solo) personales. Es la comunidad cristiana, la Iglesia, la que debe ser pobre, misericordiosa, llorar con los que lloran, tener hambre y sed de justicia… para dar testimonio del Evangelio.

Las Bienaventuranzas SON…

6. Las Bienaventuranzas son un grito de felicidad, un Evangelio dirigido a todos. «Bienaventurado» (makários en griego) puede traducirse como feliz, felicitaciones, enhorabuena, me alegro por ti… Pero debemos darnos cuenta de que este mensaje está en plena contradicción con la mentalidad dominante del mundo.

7. Las Bienaventuranzas son… ¡una sola! Las ocho son variaciones de una única realidad. Cada una ilumina a las demás. Por lo general, los comentaristas consideran la primera como fundamental: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». Todas las demás son, de algún modo, formas diferentes de pobreza. Cada vez que en la Biblia se busca renovar la Alianza, se comienza restableciendo el derecho de los pobres y de los excluidos. Podríamos preguntarnos: ¿por qué no aparece una bienaventuranza sobre el amor? En realidad, todas son explicitaciones concretas del amor.

8. Las Bienaventuranzas son una persona: son el espejo, el autorretrato de Cristo. Para comprenderlas y captar sus matices es necesario mirar a Jesús y ver cómo cada una de ellas se realiza en su persona.

9. Las Bienaventuranzas son la clave de entrada en el Reino de Dios para todos: cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes. En este sentido, las Bienaventuranzas no son «cristianas». Ellas definen quién entrará en el Reino. Es lo que nos dice Mateo 25 acerca del juicio final.

10. Las Bienaventuranzas son ocho puertas de entrada en el Reino. Para acceder a él, debemos atravesar una de estas puertas y formar parte de una de las ocho categorías de las Bienaventuranzas.

Conclusión: ¿cuál es mi bienaventuranza? ¿Aquella hacia la que me siento particularmente atraído? ¿La que siento como mi vocación, por temperamento y por gracia? ¡Esa es mi puerta de entrada en el Reino!


Una Iglesia Más evangélica
José Antonio Pagola

Al formular las bienaventuranzas, Mateo, a diferencia de Lucas, se preocupa de trazar los rasgos que han de caracterizar a los seguidores de Jesús. De ahí la importancia que tienen para nosotros en estos tiempos en que la Iglesia ha de ir encontrando su propio estilo de vida en medio de una sociedad secularizada.

No es posible proponer la Buena Noticia de Jesús de cualquier forma. El Evangelio solo se difunde desde actitudes evangélicas. Las bienaventuranzas nos indican el espíritu que ha de inspirar la actuación de la Iglesia mientras peregrina hacia el Padre. Las hemos de escuchar en actitud de conversión personal y comunitaria. Solo así hemos de caminar hacia el futuro.

Dichosa la Iglesia «pobre de espíritu» y de corazón sencillo, que actúa sin prepotencia ni arrogancia, sin riquezas ni esplendor, sostenida por la autoridad humilde de Jesús. De ella es el reino de Dios.

Dichosa la Iglesia que «llora» con los que lloran y sufre al ser despojada de privilegios y poder, pues podrá compartir mejor la suerte de los perdedores y también el destino de Jesús. Un día será consolada por Dios.

Dichosa la Iglesia que renuncia a imponerse por la fuerza, la coacción o el sometimiento, practicando siempre la mansedumbre de su Maestro y Señor. Heredará un día la tierra prometida.

Dichosa la Iglesia que tiene «hambre y sed de justicia» dentro de sí misma y para el mundo entero, pues buscará su propia conversión y trabajará por una vida más justa y digna para todos, empezando por los últimos. Su anhelo será saciado por Dios.

Dichosa la Iglesia compasiva que renuncia al rigorismo y prefiere la misericordia antes que los sacrificios, pues acogerá a los pecadores y no les ocultará la Buena Noticia de Jesús. Ella alcanzará de Dios misericordia.

Dichosa la Iglesia de «corazón limpio» y conducta transparente, que no encubre sus pecados ni promueve el secretismo o la ambigüedad, pues caminará en la verdad de Jesús. Un día verá a Dios.

Dichosa la Iglesia que «trabaja por la paz» y lucha contra las guerras, que aúna los corazones y siembra concordia, pues contagiará la paz de Jesús que el mundo no puede dar. Ella será hija de Dios.

Dichosa la Iglesia que sufre hostilidad y persecución a causa de la justicia sin rehuir el martirio, pues sabrá llorar con las víctimas y conocerá la cruz de Jesús. De ella es el reino de Dios.

La sociedad actual necesita conocer comunidades cristianas marcadas por este espíritu de las bienaventuranzas. Solo una Iglesia evangélica tiene autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús a los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


Auditorio de ocho puertas
es fácil colarse
José Luis Sicre

El domingo pasado, el evangelio de Mateo nos presentaba a Jesús recorriendo Galilea y anunciado la buena noticia del Reinado de Dios. A partir de hoy, hace que los oyentes se reúnan en un gran auditorio al aire libre, se sienten en torno a Jesús, y escuchen el programa de ese reino de Dios: el “Sermón del monte”.

La selección del auditorio

Jesús no es un político que quiere ganar votos a todo precio, engañando y haciendo promesas que no cumplirá. Desea dejar claro quiénes sintonizarán con su proyecto y quiénes no. Para que no se llamen a engaño. Y eso lo expone, al principio de todo, en las bienaventuranzas.

Las bienaventuranzas proponen valores desconcertantes

Si Jesús dijera: “Dichoso el que tiene buena salud, el que gana lo suficiente para vivir, el que disfruta con su familia…” no habría necesitado justificar esas afirmaciones. Cualquier persona habría estado de acuerdo. Sin embargo, Jesús proclama dichosa a gente que sufre, llora, es perseguida… Por eso, cada bienaventuranza va seguida de una justificación: «porque de ellos es el reino de los cielos», «porque ellos serán consolados», etc. El premio prometido en la primera y última es «el Reino de los cielos». En realidad, todas las otras se refieren también a ese Reino de Dios, sólo que fijándose en determinados aspectos concretos. Este premio no podemos interpretarlo solo como algo de la otra vida. Comienza a realizarse en esta. Dicho en palabras sencillas, todas esas personas son dichosas porque pueden formar parte de la comunidad cristiana (Reino inicial de los cielos) y, más tarde, del Reino definitivo de Dios.

Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos

La mención de los pobres, los que lloran, los sufridos… puede crear una sensación de malestar, como si tuviéramos que pasar por todas esas situaciones para formar parte del reinado de Dios. Las bienaventuranzas se nos convierten en una terrible carrera de obstáculos, donde tras cada valla nos espera la siguiente. Sin embargo, las bienaventuranzas son algo muy distinto.

Las bienaventuranzas, ocho puertas para entrar al Reino de Dios

Antonio Barluzzi, el arquitecto italiano que diseñó la Basílica de las bienaventuranzas en 1939, tuvo la bella idea de una planta octogonal, y en cada lado una gran ventana por la que se puede contemplar el paisaje exterior. Sin embargo, las bienaventuranzas no son ventanas para mirar lo que ocurre fuera, sino puertas abiertas por las que se puede entrar a escuchar y seguir a Jesús.

Encima de cada puerta hay una inscripción con la bienaventuranza correspondiente. A veces el sentido del texto resulta discutible (Jesús habló en arameo, luego se tradujo al griego, y ahora lo retraducimos a nuestras lenguas). Hace falta un guía turístico que nos aclare las dudas, dentro de lo posible.

Al final, el guía te dejará solo delante del edificio. Da una vuelta en torno a él y elige la puerta que más se adecue a tu situación. Quizá encuentres varias. Si no encuentras ninguna, cuélate a escuchar lo que dirá Jesús los próximos días. Seguro que te convence.

José Luis Sicre
http://www.feadulta.com


Dichoso el que es humano
y no deshumaniza a los demás
Fray Marcos

Para entender las bienaventuranzas, debemos recordar lo que dijimos el domingo pasado. Para todo el que no haya tenido esa experiencia interior, las bienaventuranzas son un sarcasmo. Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido, ¡Enhorabuena! Intentar explicarlas racionalmente es una quimera, pues están más allá de la lógica. Es el mensaje más provocativo del evangelio.

Sobre las bienaventuranzas se ha dicho de todo. Para Gandhi eran la quintaesencia del cristianismo. Para Nietsche son una maldición, ya que atentan contra la dignidad del hombre. ¿A qué se debe esta abismal diferencia? Muy sencillo. Uno habla desde la mística (no cristiana). El otro pretende comprenderlas desde la racionalidad: y desde la razón, aunque sea la más preclara de los últimos siglos, es imposible entenderlas.

Sería un verdadero milagro hablar de las bienaventuranzas y no caer, en demagogia barata para arremeter contra los ricos, o en un espiritualismo que las deja completamente descafeinadas. Se trata del texto que mejor expresa la radicalidad del evangelio. La formulación, un tanto arcaica, nos impide descubrir su importancia. En realidad lo que quiere decir Jesús es que seríamos todos mucho más felices si tratáramos de desarrollar lo humano en vez de obsesionarnos con las necesidades materiales.

Mt las coloca en el primer discurso programático de Jesús. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical. El escenario del sermón nos indica hasta qué punto lo considera importante. El “monte” está haciendo clara referencia al Sinaí. Jesús, el nuevo Moisés, que promulga la “nueva Ley”. Pero hay una gran diferencia. Las bienaventuranzas no son mandamientos o preceptos. Son simples proclamaciones que invitan a seguir un camino inusitado hacia la plenitud humana.

No tiene importancia que Lc proponga cuatro y Mt nueve. Se podrían proponer cientos, pero bastaría con una, para romper los esquemas de cualquier ser humano. Se trata del ser humano que sufre limitaciones materiales o espirituales por caprichos de la naturaleza o por causa de otro, y que unas veces se manifiestan por el hambre y otras por las lágrimas. La circunstancia concreta de cada uno no es lo esencial. Por eso no tiene mayor importancia explicar cada una de ellas por separado. Todas dicen exactamente lo mismo.

La inmensa mayoría de los exegetas están de acuerdo en que las tres primeras bienaventuranzas de Lc, recogidas también en Mt, son las originales e incluso se puede afirmar con cierta probabilidad que se remontan al mismo Jesús. Parece que Mt las espiritualiza, no sólo porque dice pobre de espíritu, y hambre y sed de justicia, sino porque añade: bienaventurados los pacíficos, los limpios de corazón etc.

La diferencia entre Mt y Lc desaparece si descubrimos qué significaba en la Biblia, “pobres” (anawim). Sin este trasfondo bíblico, no podemos entenderlos. Con su despiadada crítica a la sociedad injusta, los profetas Amos, Isaías, Miqueas, denuncian una situación que clama al cielo. Los poderosos se enriquecen a costa de los pobres. No es una crítica social, sino religiosa. Pertenecen todos al mismo pueblo cuyo único Señor es Dios; pero los ricos, al esclavizar a los demás, no reconocen su soberanía…

Las bienaventuranzas no están hablando de la pobreza voluntaria aceptada por los religiosos a través de un voto. Está hablando de la pobreza impuesta por la injusticia de los poderosos. Los que quisieran salir de su pobreza y no pueden. Serán bienaventurados si descubren que nada les puede impedir ser plenamente humanos.

Otra trampa que debemos evitar al tratar este tema es la de proyectar la felicidad prometida para el más allá. Así se ha interpretado muchas veces en el pasado y aún hoy lo he visto en algunas homilías. No, Jesús está proponiendo una felicidad para el más acá. Aquí, puede todo ser humano encontrar la paz y la armonía interior que es el paso a una verdadera felicidad, que no puede consistir en el tener y consumir más que los demás…

Las bienaventuranzas nos están diciendo que otro mundo es posible. Un mundo que no esté basado en el egoísmo sino en el amor. ¿Puede ser justo que yo esté pensando en vivir cada vez mejor (entiéndase consumir más), mientras millones de personas están muriendo, por no tener un puñado de arroz que llevarse a la boca? Si no quieres ser cómplice de la injusticia, escoge la pobreza, entendida como gastar lo imprescindible. Piensa cada día lo que puedes hacer por los que te necesitan aunque te cueste algo.

Fray Marcos
http://www.feadulta.com


Las Bienaventuranzas: corazón del Evangelio y de la Misión
Romeo Ballan, mccj

En la secuencia de epifanías, o progresivas manifestaciones de Jesús (ver domingos anteriores), las Bienaventuranzas son el programa de su misión, la carta magna del pueblo de la nueva Alianza, una especie de constitución del Reino de Dios, valor que hay que buscar por encima de todo (Mt 6,33). Antes de ser un mensaje ético de comportamientos, las Bienaventuranzas son una afirmación teologal de la primacía de Dios, de sus criterios y opciones, a menudo contrarios a los caminos y pensamientos humanos. En realidad, las Bienaventuranzas son una reafirmación del primer mandamiento: “Yo soy el Señor tu Dios: no tendrás otro Dios fuera de mí”. Avidez de riquezas y poder, violencia, soberbia, opresión… son contrarias al programa escogido por Jesús. Él ha decidido que su Reino crezca con personas que optan por la pobreza, la mansedumbre, la pureza de corazón, el trabajo por la paz, la misericordia, la reconciliación, el sufrimiento por el mal y la injusticia… Las Bienaventuranzas reclaman la prioridad del anuncio del Dios viviente, la invitación esencial a fiarse de Dios. Porque “solo Dios basta” (Santa Teresa de Ávila).

Jesús ha vivido las Bienaventuranzas y, tras haberlas vivido, las ha propuesto. Ellas son su autorretrato, trazan su perfil interior de verdadero Dios en carne humana. Antes de ser un programa predicado desde la montaña (v. 1), las Bienaventuranzas son su autobiografía, revelan su identidad íntima, su estilo, sus opciones vitales. Contemplando la vida de Jesús pobre, manso, puro, misericordioso, sediento de amor y de justicia, comprometido por la paz, perseguido y sufriente… es posible reconstruir todo el Sermón de la Montaña, empezando por las Bienaventuranzas.

El autor de la carta a los Hebreos, en su reflexión bíblica y teológica, explica el sentido de las opciones de Cristo: “el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12,2). Por tanto, al discípulo se le invita a correr con paciencia la prueba que se le propone, teniendo “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (ibid.). También Jesús buscaba su felicidad, al igual que cualquier otro ser viviente. Y la ha encontrado optando por las Bienaventuranzas. Este ha sido su camino y, por tanto, debe ser también el nuestro. En el programa de las Bienaventuranzas, Jesús habla de sí mismo, pero, al mismo tiempo, habla de nosotros, describe el estilo de nuestra vida de discípulos. Habla de un cambio radical. Las Bienaventuranzas son, en efecto, un vuelco total de los criterios humanos; ¡un desconcertante marchar a contracorriente! Tomarlas en serio y vivirlas así como lo hizo Jesús– produce un salto cualitativo en la vida del mundo: ¡una auténtica revolución en el amor!

El profeta Sofonías (I lectura) exhorta a los humildes de la tierra, para que busquen al Señor, la justicia y la moderación (v. 3), porque el Señor presta una atención especial a los pobres y necesitados (salmo). S. Pablo nos lo confirma, escribiendo a los Corintios (II lectura) que Dios ha escogido lo necio del mundo, la gente baja, lo despreciable, lo que no cuenta… de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (cfr. v. 27-29). La comunidad cristiana de Corinto es un ejemplo de ello: no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos o aristócratas (v. 26). Situaciones como esta se repiten muy a menudo en las jóvenes Iglesias misioneras, sobre todo en el sur del mundo, donde el anuncio del Evangelio y el crecimiento de las comunidades cristianas se llevan a cabo con escasos y frágiles recursos, a menudo en medio de personas sencillas y humildes, casi siempre en situaciones de minoría, incomprensión, hostilidad. En las situaciones de precariedad humana, tan frecuentes en el mundo misionero, se manifiestan con mayor claridad la fuerza del Evangelio y la gratuidad de las Bienaventuranzas. Son un tesoro que es preciso guardar y preferir a otras propuestas mundanas que no hacen sino contaminar el anuncio misionero.

Es conocida la admiración de Gandhi (del cual se cumple el aniversario del asesinato: 30-1-1948) y de otros líderes espirituales no cristianos, por el mensaje de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús. El programa de las Bienaventuranzas exige la conversión interior de los evangelizadores, sin la cual no son posibles ni misión ad gentes, ni actividad pastoral, ni verdadero ecumenismo. Las Bienaventuranzas de Jesús no son solo un estilo o un método, sino el contenido esencial, el corazón del anuncio misionero.

Las armas y el dinero pretenden dominar

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC

HECHOS

Cuando conocí al líder local del grupo armado que, junto con otros dos, controlan y extorsionan a todo mundo en nuestra región, llevaba un arma corta al cinto y le pregunté por qué la llevaba. Sólo me respondió que era su costumbre. Le dije que él debía valer por lo que es, por su persona, no por su pistola. La realidad es que, sin las armas largas que él y su grupo portan consigo, no lograrían imponer sus leyes a toda la comunidad. Tampoco obtendrían el dinero que sacan de las extorsiones, pues campesinos y comerciantes les pagan las cuotas que exigen porque sus armas les dan poder para enriquecerse. Y ese dinero les da capacidad para comprar más armas. Ojalá no tarde el día en que las autoridades federales hagan lo que deben, pues todos conocen a estos líderes y saben dónde viven y cómo actúan. Ciertamente se ve que ya han decidido no seguir esa política nefasta de abrazos hacia ellos, pero es enorme el poder del crimen organizado.

Donald Trump, porque su país es muy rico y enorme su potencial militar, se siente con derecho a intervenir en otros países e imponer sus leyes y sus aranceles. Con su poderío económico y militar, quiere controlar todo. ¿No hay, en USA, quien lo controle? Nuestro país tiene que acceder en muchas cosas que exige, porque de lo contrario nos pone más aranceles y nuestra economía se afecta. Aunque aquí se hable de cooperación, en realidad todo parece sumisión.

Lo mismo pasa en otros niveles. Hay padres de familia que compran con dinero el afecto y el respeto de sus hijos. Abusadores de menores y de mujeres compran con dinero y amenazas de muerte el silencio de sus víctimas. Esposas maltratadas soportan todo con tal de que el marido no les deje sin recursos. El dinero y las armas se imponen, como si la verdad y la justicia se compraran. Los mismos apoyos de gobierno a las personas mayores, que es un acto de justicia, puede ser utilizado para comprar votos. El dinero puede pervertir.

ILUMINACION

El Papa Francisco, en su exhortación Evangelii gaudium, advierte:

“Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” (55). “Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. El afán de poder y de tener no conoce límites” (56).

Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios. La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona. La ética –una ética no ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano” (57).

“Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano” (58).

ACCIONES

Demos al dinero la importancia que merece, pero no más. Que el dinero no nos domine y no nos faculte para imponernos a los demás; que no se utilice para comprar o dominar a los hijos o a la esposa. Que el valor de nuestra persona no dependa de las armas y del dinero, ni de amenazas, sino del amor y respeto que demos a los demás.

Foto: Freepik.es

Padre Alfonso Cigarini: 100 años de vida y misión

El pasado 7 de enero de 2026, el padre Alfonso Cigarini, misionero comboniano, cumplió cien años de vida y dedicación a la misión del Reino. Nacido en Bagno, diócesis de Reggio Emilia, el 7 de enero de 1926, en la región de Emilia-Romaña, en el centro-norte de Italia, ingresó muy joven en el Seminario Episcopal Urbano de Reggio Emilia, donde permaneció hasta el final del tercer año de secundaria, cultivando siempre en su corazón el deseo de convertirse en misionero.
Padre Alfonso Cigarini en la comunidad de São José do Rio Preto, en Brasil

En noviembre de 1952 ingresó en el noviciado comboniano de Florencia, durante el cual asistió al primer curso de teología en el Seminario de Fiesole. El 9 de septiembre de 1954 hizo sus primeros votos temporales y fue destinado al escolasticado de Venegono Superiore para concluir sus estudios de teología. El 9 de septiembre de 1956 hizo la profesión perpetua y fue ordenado sacerdote el 15 de junio de 1957 en la catedral de Milán por el arzobispo Giovanni Battista Montindi, futuro Pablo VI.

Después de la ordenación, el padre Alfonso desempeñó su ministerio misionero en tres continentes: Europa, África y América. De 1957 a 1962 trabajó en Mozambique. De 1963 a 1976 estuvo en Portugal. De 1976 a 1978 estuvo en Italia; de 1978 a 1984 en Brasil. Tras pasar dos años en su país natal, en 1985 regresó de nuevo a Brasil hasta el año 2000, cuando volvió a Italia por un año. En 2001 fue destinado de nuevo a Brasil, donde reside actualmente.

En Brasil, el padre Alfonso trabajó en Uruçuí, en el estado de Piauí, diócesis de Floriano, en Sucupira y Tasso Fragoso, en el estado de Maranhão, diócesis de Balsas, en Santa Rita, en el estado de Paraíba, archidiócesis de Paraíba, y en Timon, en el estado de Maranhão, diócesis de Caxias. Hoy vive en la Casa Comboni, que acoge a misioneros ancianos y enfermos, en São José do Rio Preto, en la diócesis del mismo nombre, en el sureste de Brasil.

El padre Alfonso —o «Funsein», como se le llama en su tierra natal— es un testimonio de vida y misión. Ha llegado a los 100 años con gran energía y entusiasmo misionero, a pesar de su frágil salud. Para él, la fe sigue siendo el principal motor de la longevidad. «Lo que me motiva es la presencia de Jesús, que nos invita a esperar un cielo nuevo y una tierra nueva. Lo que dejo a las personas es la invitación a llevar una vida serena, tratando de ser buenos ejemplos, valorando al prójimo y manteniendo la esperanza en un futuro mejor», subrayó el padre Alfonso el día de su centenario.

Alabemos a Dios por el don de su vida y su vocación misionera.

Padre Raimundo Nonato Rocha dos Santos,
Superior Provincial de los Combonianos en Brasil

comboni.org

III Domingo ordinario. Año A

“Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: Conviértanse, porque ya esta cerca el Reino de los cielos.
Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”.
Ellos inmediatamente dejando las redes lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.
Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia”.

(Mateo 4, 12-23)


Síganme y los haré pescadores de hombres
P. Enrique Sánchez G. mccj

El evangelio de este domingo nos invita a fijar nuestra atención en dos aspectos que son muy importantes en nuestra vida como cristianos y que no deberíamos perder de vista en nuestro intento de seguir los pasos del Señor.

La primera cosa que atrae nuestra atención es ver a Jesús que inicia su ministerio, después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, poniéndose en camino.

De ahora en adelante se dedicará a anunciar la llegada del Reino invitando a todas las gentes a convertirse.

Esta palabra, convertirse, significa orientar toda la vida hacia Dios, abrir el corazón a las propuestas y a los valores que Dios quiere sembrar en nuestro interior para que nos decidamos a vivir siguiendo el ejemplo de Jesús.

Jesús se pone en camino y se dirige a una región en donde el mundo y la religión judía no eran el centro. Se va a la periferia, en donde residen los que no conocen a Dios; el mundo de los paganos, en donde Dios no significa nada para sus habitantes. Este detalle es muy importante porque nos hace entender que Jesús, como él mismo lo dirá, no ha venido para los bien estantes, no ha venido para los que están sanos, no ha venido para los que ya han tenido la oportunidad de conocer a Dios, pero no lo han aceptado.

Jesús inicia su ministerio lejos, con una actitud misionera, preocupado por llegar a todos aquellos que no han tenido la oportunidad de escuchar sus buenas noticias. Esto muestra también algo que chocó seguramente con la mentalidad religiosa de su tiempo, con la mentalidad de aquellos que se consideraban seguros y privilegiados por saber que eran el pueblo de Dios. Jesús no viene a ocuparse de aquellos que pretenden tener a Dios ya bajo control.

La opción de Jesús de irse a Galilea muestra que el Evangelio es para todas las gentes, sin importar el lugar, la raza, la lengua y la cultura.

Todos, y especialmente los más lejanos están llamados a encontrarse con el Señor para descubrir en él el proyecto de amor que su Padre ha establecido para todos los seres humanos.

Actuando de esa manera, Jesús da su primera lección sobre lo que tendrá que ser el apostolado de sus futuros discípulos. Será una misión con especial atención por los más lejanos y los más abandonados.

El Señor enseña que su mensaje es una propuesta de vida que va al encuentro, en primer lugar, de quienes más lo necesitan.

Es una propuesta que busca entrar en diálogo con quienes son indiferentes o simplemente, con quienes no han tenido la oportunidad de encontrarse con la buena noticia del Evangelio; los que podríamos considerar que están fuera y que no han tenido la dicha de nacer en un contexto en donde la fe y la experiencia de encuentro con Dios está por todas partes.

La profecía de Isaías, a la que hace referencia el evangelio de hoy, se cumple en aquellas tierras de Galilea. Con la llegada de Jesús, también para ellos resplandece una luz que transforma las tinieblas de la vida en espacios de luz en donde se puede reconocer la bondad de Dios que acompaña a su pueblo.

Para nosotros cristianos hoy, el evangelio viene a recordarnos nuestro compromiso con el anuncio del Evangelio y nos ayuda a tomar conciencia de que existen, más allá de nuestras fronteras, muchos hermanos que están esperando que se les anuncie el Evangelio.

En nuestras diócesis y comunidades continuamente escuchamos decir que la Iglesia tiene que ser misionera y que tiene que armarse de valentía para ir al encuentro de los que están lejos, no sólo en la fe o geográficamente; pero, desafortunadamente, son invitaciones que se pierden en el vacío y no logran mover los corazones para dar una respuesta que se convierta en compromiso de vida.

Como cristianos no podemos quedarnos tranquilos, como si todo estuviera bien, cuando vemos a tantos hermanos que están alejados o que se han enfriado en la práctica de la fe.

Todos estamos llamados a dar un testimonio de alegría cristiana que ayude a entender que ser cristianos no es cuestión sólo de practicar una religión o de participar en algunos ritos o devociones.

No podemos quedarnos indiferentes ante tantos hermanos que viven lejos por su apatía o porque simplemente han caído en estilos de vida en donde la comodidad y el confort se han convertido en algo prioritario.

La segunda parte del Evangelio nos muestra otra escena también muy importante para quienes nos sentimos discípulos de Jesús, llamados a seguirlo caminando sobre sus huellas.

Se trata de la llamada de los primeros apóstoles, de sus primeros discípulos. Ellos eran personas muy normales que estaban ocupadas en lo ordinario de sus vidas. Eran hombres que luchaban cada día, como todos nosotros, para ganarse el sustento y para disfrutar, en la medida de lo posible, de lo bello de la vida.

Un día Jesús pasó por sus vidas y todo cambió. Dejando sus trabajos y lo que más amaban se pusieron en camino, sin tener oportunidad de negociar nada ante la invitación que les había hecho el Señor.

El evangelio dice únicamente que dejándolo todo lo siguieron.

Así es cuando Jesús pone su mirada sobre nosotros también. Nos llama mientras va de paso, porque la misión es algo urgente. Llama sin hacer promesas y sin ofrecer seguridades. Llama invitando a un total desprendimiento de uno mismo y de todo aquello que podría convertirse en un apego que podría obstaculizar una respuesta de entrega radical.

Jesús está pasando también hoy muy cerca y fija su mirada en cada uno de nosotros, invitándonos a compartir con él lo bello de su misión. Esa misión que nosotros podemos continuar haciendo para que muchos de nuestros hermanos puedan encontrarse con Jesús.

El Señor nos llama a ser pescadores de hombres y eso significa acercarnos a quienes tienen necesidad de sentirse amados por Dios. Significa sembrar la palabra del Evangelio en el corazón de tantas personas que hoy viven vacías, porque lo que les propone el mundo no les satisface. Significa ser presencias que ofrecen horizontes llenos de esperanza en nuestra sociedad porque le recordamos que Jesús va caminando con nosotros y no hay motivo para vivir en el miedo o en la soledad.

Jesús nos invita a seguirlo por los caminos del mundo y eso no quiere decir necesariamente irse al otro lado del planeta. Quiere decir vivir nuestra fe dando un testimonio que sea capaz de entusiasmar a quienes se han enfriado un poco en su experiencia de fe.

¿Seremos capaces de responder como esos primeros cuatro discípulos, que, dejándolo todo, no dudaron en ponerse en camino al lado de Jesús para ir a hacer el bien a quienes tanto lo necesitaban?

Que el Señor nos conceda la gracia del entusiasmo misionero y que nunca nos cansemos de anunciar su palabra en cualesquiera que sea la situación de nuestra vida.


Cuando todo parece terminado,
¡es hora de volver a empezar
Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy comenzamos la lectura del Evangelio según Mateo, que nos acompañará durante más de treinta domingos (excepto durante el tiempo de Cuaresma y Pascua).
El pasaje del Evangelio de este domingo narra el inicio del ministerio público de Jesús. ¡Hoy entra en escena públicamente! Todo lo que había sucedido antes —el bautismo y la estancia en el desierto— fue solo un preámbulo. Veamos cómo tiene lugar este comienzo.

Crisis y discernimiento

Todo comienza con un acontecimiento dramático: el arresto de Juan, un momento de crisis también para Jesús. Juan era un amigo y un punto de referencia. Su desaparición de la escena debió de dejar desconcertados a sus discípulos. «Cuando Jesús supo que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea». Parece una huida. Deja Judea y se retira a su tierra. Este contratiempo se transforma en un momento decisivo de discernimiento. Jesús percibe que el movimiento iniciado por Juan no debe desaparecer. Alguien debe continuarlo. Jesús se siente interpelado por el Padre: ha llegado su momento, ahora le toca a él. Entonces Jesús da un paso al frente: «Dejó Nazaret y fue a vivir a Cafarnaúm, a orillas del mar». Y así, cuando todo parecía terminado, ¡todo vuelve a empezar!

A menudo pensamos que Jesús lo sabía todo de antemano, que todo le era claro desde el principio: su identidad, su misión, los pasos a dar, los tiempos… Algunos incluso creen que, ya en el seno materno, Jesús era consciente de ser el Hijo de Dios. Pero eso sería ignorar la encarnación. Jesús, como cada uno de nosotros, «crecía» (Lucas 2,40). En el bautismo toma conciencia de ser el Hijo de Dios; en el desierto se interroga sobre su mesianismo…

Nos encontramos ante el misterio insondable de la autoconciencia de Jesús, que, sin embargo, es inseparable del misterio de la encarnación. También Jesús tuvo que pasar por dudas, incertidumbres, reflexión sobre los acontecimientos y oración para discernir la voluntad del Padre. «Él mismo fue probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (Hebreos 4,15). Hombre como nosotros, tuvo que aprender, incluso de forma dramática: «Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció» (Hebreos 5,8).

Caminar, la condición del cristiano

En el Evangelio de hoy llama la atención la importancia concedida a los verbos de movimiento. Aparecen nada menos que nueve veces. Caminar se convierte en el modus vivendi de Jesús y de sus discípulos, es decir, de quienes lo siguen. Jesús deja su aldea, Nazaret, y va a vivir a Cafarnaúm, eligiendo esta ciudad como base de su misión. Es solo el punto de partida, porque inmediatamente después comienza a recorrer toda Galilea, Palestina y los territorios vecinos. No se detendrá más hasta su regreso al Padre que lo envió. Su morada será el camino, hasta el punto de que él mismo se convertirá en el Camino (Juan 14,6).

El camino abierto por Jesús será llamado «el Camino», y los cristianos serán conocidos como «seguidores del Camino» (Hechos de los Apóstoles 9,2). Y desde entonces todo sucede en el camino. Por eso, no hay condición más contraria a la vocación cristiana que detenerse, pensar que ya se ha caminado lo suficiente o, peor aún, creerse llegado a la meta. Una fe acomodada, refugiada en la madriguera de las propias seguridades, sean humanas o eclesiales, es una fe sin aliento, paralizada.

¿Desde dónde partir? Desde donde estamos, desde nuestra «Galilea», desde nuestro ámbito de vida, desde nuestra cotidianidad, desde la «Galilea de las naciones», una sociedad paganizada. Allí se manifestará la «gran luz» (cf. primera lectura: Isaías 8,23–9,3).

¿Hacia dónde vamos? La meta es el «monte de la misión», el desenlace final del Evangelio de Mateo (28,16-20). ¿Y el itinerario? No lo sabemos. Solo sabemos que debemos seguir a Jesús. Quizá ni siquiera él lo conozca de antemano. También él es guiado por el Espíritu y por los acontecimientos de la vida. También para él, el Caminante, no hay un sendero ya trazado. Caminando, el camino se abre… Será quizá un viaje más inseguro, expuesto a lo imprevisto, pero respiraremos el sabor de la libertad y de la novedad.

¿Qué equipaje llevar? No necesitaremos mochilas llenas. Solo necesitamos la Palabra. La expresión bíblica elegida para el Domingo de la Palabra de Dios, que hoy celebramos, es: «Que la palabra de Cristo habite en vosotros» (Colosenses 3,16). «Pablo no pide que la Palabra sea solo escuchada o estudiada: quiere que “habite”, es decir, que haga morada estable, que modele los pensamientos, oriente los deseos y haga creíble el testimonio de los discípulos» (de la presentación del Mensaje). Por tanto, no basta con poner la Biblia en la mochila. Es necesario que la Palabra se haga carne de nuestra carne, para poder decir, como Pablo: «Cristo vive en mí» (Gálatas 2,20).

Un deseo:

Que el camino se abra ante ti,
que el viento sople siempre a tu espalda,
que el sol ilumine y caliente tu rostro,
que Dios te guarde en la palma de su mano.
(Bendición irlandesa)


El Señor pasa por la plaza
Papa Francisco

El Evangelio de este domingo relata los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y en los poblados de Galilea. Su misión no parte de Jerusalén, es decir, del centro religioso, centro incluso social y político, sino que parte de una zona periférica, una zona despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en esa región de diversas poblaciones extranjeras; por ello el profeta Isaías la indica como «Galilea de los gentiles» (Is 8, 23).

Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diversas por raza, cultura y religión. La Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy: presencia simultánea de diversas culturas, necesidad de confrontación y necesidad de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una «Galilea de los gentiles», y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia, que Él trae, no está reservada a una parte de la humanidad, sino que se ha de comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a quienes lo esperan, pero también a quienes tal vez ya no esperan nada y no tienen ni siquiera la fuerza de buscar y pedir.

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluído de la salvación de Dios, es más, que Dios prefiere partir de la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir, la misericordia del Padre. «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Jesús comienza su misión no sólo desde un sitio descentrado, sino también con hombres que se catalogarían, así se puede decir, «de bajo perfil». Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas humildes y a las personas sencillas, que se preparan con diligencia para la venida del reino de Dios. Jesús va a llamarles allí donde trabajan, a orillas del lago: son pescadores. Les llama, y ellos le siguen, inmediatamente. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.

Queridos amigos y amigas, el Señor llama también hoy. El Señor pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana. Incluso hoy, en este momento, aquí, el Señor pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el reino de Dios, en las «Galileas» de nuestros tiempos. Cada uno de vosotros piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, me está mirando. ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros percibe que el Señor le dice «sígueme» sea valiente, vaya con el Señor. El Señor jamás decepciona. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirle. Dejémonos alcanzar por su mirada, por su voz, y sigámosle. «Para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz» (ibid., 288).

Angelus 26/01/2014


Seguidores
José A. Pagola

Cuando Jesús se entera de que el Bautista ha sido encarcelado, abandona su aldea de Nazaret y marcha a la ribera del lago de Galilea para comenzar su misión. Su primera intervención no tiene nada de espectacular. No realiza un prodigio. Sencillamente, llama a unos pescadores que responden inmediatamente a su voz: “Seguidme”.

Así comienza el movimiento de seguidores de Jesús. Aquí está el germen humilde de lo que un día será su Iglesia. Aquí se nos manifiesta por vez primera la relación que ha de mantenerse siempre viva entre Jesús y quienes creen en él. El cristianismo es, antes que nada, seguimiento a Jesucristo.

Esto significa que la fe cristiana no es sólo adhesión doctrinal, sino conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Creer en Jesucristo es vivir su estilo de vida, animados por su Espíritu, colaborando en su proyecto del reino de Dios y cargando con su cruz para compartir su resurrección.

Nuestra tentación es siempre querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a una afirmación dogmática o a un culto a Jesús como Señor e Hijo de Dios. Sin embargo, el criterio para verificar si creemos en Jesús como Hijo encarnado de Dios es comprobar si le seguimos sólo a él.

La adhesión a Jesús no consiste sólo en admirarlo como hombre ni en adorarlo como Dios. Quien lo admira o lo adora, quedándose personalmente fuera, sin descubrir en él la exigencia a seguirle de cerca, no vive la fe cristiana de manera integral. Sólo el que sigue a Jesús se coloca en la verdadera perspectiva para entender y vivir la experiencia cristiana de forma auténtica.

En el cristianismo actual vivimos una situación paradójica. A la Iglesia no sólo pertenecen los que siguen o intentan seguir a Jesús, sino, además, los que no se preocupan en absoluto de caminar tras sus pasos. Basta estar bautizado y no romper la comunión con la institución, para pertenecer oficialmente a la Iglesia de Jesús, aunque jamás se haya propuesto seguirle.

Lo primero que hemos de escuchar de Jesús en esta Iglesia es su llamada a seguirle sin reservas, liberándonos de ataduras, cobardías y desviaciones que nos impiden caminar tras él. Estos tiempos de crisis pueden ser la mejor oportunidad para corregir el cristianismo y mover a la Iglesia en dirección hacia Jesús.

Hemos de aprender a vivir en nuestras comunidades y grupos cristianos de manera dinámica, con los ojos fijos en él, siguiendo sus pasos y colaborando con él en humanizar la vida. Disfrutaremos de nuestra fe de manera nueva.

http://www.musicaliturgica.com


Comienzo de la actividad de Jesús
José Luis Sicre

En los dos domingos anteriores estuvimos junto al río Jordán, recordando el bautismo de Jesús y el testimonio que ofreció de él Juan Bautista. La liturgia da ahora un salto notable. Omite las tentaciones de Jesús (que se leerán el primer domingo de Cuaresma) y nos sitúa en un momento posterior, cuando Herodes, molesto por la predicación de Juan, decide meterlo en la cárcel. Lo que ocurre a continuación lo cuenta el evangelio de Mateo del modo siguiente (Mt 4,12-23). Este pasaje podemos dividirlo en tres partes.

1. La actividad inicial de Jesús

Quien se sienta desconcertado por la presentación inicial de Jesús, poniéndose en la fila de los pecadores para bautizarse, tiene motivos para desconcertarse todavía más al leer los comienzos de su actividad. Dicho en palabras muy rápidas, lo primero que hace es huir; lo segundo, actuar en la región más olvidada; lo tercero, repetir al pie de la letra la predicación de Juan Bautista. Pero todo esto encierra un misterio que Mt nos ayuda a desentrañar.

Momento de actividad

Es una pena que los evangelistas sean tan sobrios, porque el primer dato resulta más profundo de lo que parece a primera vista. Jesús no empieza a actuar hasta que encarcelan a Juan Bautista. Como si ese acontecimiento despertase en él la conciencia de que debe continuar la obra de Juan.

Nosotros estamos acostumbrados a ver a Jesús de manera demasiado divina, como si supiese perfectamente lo que debe hacer en cada instante. Pero es muy probable que Dios Padre le hablase a Jesús igual que nos habla a nosotros, a través de los acontecimientos. Y el gran acontecimiento es la desaparición de Juan Bautista y la necesidad de llenar su vacío.

Pero hay una diferencia muy sutil entre Mc y Mt. Según Mc, en cuanto encarcelan a Juan comienza Jesús a predicar. Según Mt, lo primero que hace Jesús es retirarse a Nazaret. Desde un punto de vista histórico y psicológico parece una interpretación más adecuada, que abre paso también a una visión más humana de Jesús, como si se tomase un tiempo de reflexión y decisión.

Lugar de actividad

La elección del lugar de actividad es sorprendente, más aún que en el caso de Juan Bautista. Juan no predica su mensaje de penitencia en Jerusalén, pero el lugar donde actúa, el desierto, está lleno de reminiscencias simbólicas. Es el lugar donde se espera la manifestación de Dios. Jesús, en cambio, se retira a una región que carece de importancia dentro de la historia judía, incluso conocida con el despreciativo nombre de «Galilea de los paganos». Desde un punto de vista histórico, la elección de Galilea por parte de Jesús tiene sus ventajas y sus riesgos. Ventajas: moverse en una región conocida, y la posibilidad de escapar fácilmente hacia el norte en caso de persecución. Riesgo: proclamar su mensaje en la zona más politizada de Palestina, en un ambiente bastante revolucionario, que se presta a graves conflictos.

Dentro de Galilea, escoge Cafarnaúm, ciudad de pescadores, campesinos y comerciantes, lugar de paso, que le permite el contacto con gran variedad de gente y un fácil acceso a los pueblecitos cercanos.

Sin embargo, Mt ve las cosas de forma distinta que el historiador moderno. La elección de Galilea le recuerda una profecía de Isaías, en la que se habla de las terribles desgracias sufridas por esa región durante la invasión asiria del siglo VIII a.C. y se le anuncia la salvación para el futuro.

Para Mateo, lo esencial es que Jesús no va a dirigirse a la gente importante, a los que pueden cambiar el mundo, sino a «los que habitan en tinieblas», «los que habitaban en tierra y sombra de muerte». La gente más despreciada y olvidada (campesinos y pescadores) será el primer auditorio de Jesús. Para ellos se convierte en una «gran luz».

El mensaje inicial

Mc dice: «Se ha cumplido el plazo, el reinado de Dios está cerca. Arrepentíos y creed la buena noticia». La fuerza recae en la inminencia del reinado de Dios, una buena noticia que exige el arrepentimiento. Estas palabras podían provocar la impresión ‒y de hecho la crearon‒ de que el fin del mundo era inminente. Las primeras comunidades cristianas vivieron casi con angustia esta sensación.

Mt, que escribe hacia los años 70/80, quiere evitar este equívoco y, al mismo tiempo, subrayar la idea del arrepentimiento. Para ello, las dos afirmaciones de Mc las resume en una sola: «arrepentíos, que el reinado de Dios está cerca». Al suprimir las palabras «se ha cumplido el plazo» evita la impresión de que el fin del mundo es inminente.

Por otra parte, aunque este resumen del mensaje coincide con el de Juan Bautista (3,2), no debemos interpretarlo como falta de originalidad por parte de Jesús, sino como un acuerdo básico con la predicación de Juan. Ambos coinciden en lo esencial y esto debe provocar en el lector del evangelio el interés por el tema. De hecho, Mt esta insinuando aquí lo que será el contenido primario del mensaje de Jesús: en qué consiste el Reino de Dios y cómo se puede formar parte de él.

2. Los primeros discípulos

La segunda escena es capital para comprender a Jesús. Desde el primer momento busca unos discípulos que le acompañen y ayuden en su tarea. No es el predicador solitario, ni el individualista que piensa poder hacerlo todo por sí solo.

En este contexto encaja el llamamiento de los cuatro primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Mateo, siguiendo a Marcos, presenta los hechos de la forma más normal del mundo. «Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos…» Esto provoca extrañeza en el lector. ¿Es posible que cuatro muchachos sigan a Jesús sin conocerlo? Quien ha leído el evangelio de Juan sabe que Jesús los conoció cuando el bautismo.

Pero estos detalles psicológicos e históricos no les interesan a Mt y Mc, que prefieren presentar de forma radical el seguimiento de Jesús. El relato de Mt es casi idéntico al de Mc. Sólo hay una diferencia de detalle, que puede parecer mínima, pero que considero significativa. Mc dice que Santiago y Juan, al ser llamados por Jesús, «dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él». Mt suprime la mención de los jornaleros, con lo cual la escena resulta más dura para el padre y los hijos. Resuena aquí el tema del seguimiento de Jesús, que será esencial en el evangelio.

La frase final, tan breve, puede pasar desapercibida. Pero supone un complemento esencial a lo dicho en el punto 1. Allí, la actividad de Jesús se centra en la enseñanza. Aquí, la enseñanza va acompañada de la acción: recorre, enseña, proclama, cura. Curar enfermedades y dolencias ocupa gran parte del tiempo de Jesús. Hace dos domingos, Pedro resumía todo con las palabras: «pasó haciendo el bien». Pero hay en este resumen algo que generalmente no valoramos: Recorría toda Galilea. Supone esfuerzo, sacrificio, pasar de 38º en el lago a pueblecillos nevados en invierno.Por eso añado un complemento sobre esta región tan importante en la vida de Jesús.

José Luis Sicre
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Llamados a la conversión y a la Misión
Romeo Ballan, mccj

El Evangelio de este domingo presenta el comienzo de la vida pública de Jesús con su mensaje de vida y de esperanza. Él es verdaderamente el nuevo comienzo, ha venido a traer la vida nueva y abundante para todos (cfr. Jn 10,10). Él es compañero de viaje, aliado y amigo de cada pueblo y cultura. Él ha venido a dar plenitud y cumplimiento a las más profundas aspiraciones de cada persona y de todos los pueblos. La palabra del Papa Francisco es muy clara sobre este punto.

Desde sus primeras manifestaciones en público (Evangelio), Jesús se presenta como un misionero itinerante: de un poblado a otro, enseña, predica la Buena Nueva del Reino, cura a enfermos, llama a discípulos… (v. 23). No empieza su misión en el templo, ni en otros lugares importantes y religiosos como Jerusalén, sino en zonas periféricas, entre los lejanos, los heterodoxos, los menos religiosos, semi-paganos, los impuros en contacto con los paganos. Así se consideraba a los habitantes de Galilea (v. 15), región en el norte de Palestina. Dejando Nazaret, Jesús se establece en Cafarnaúm, ciudad de frontera, con una aduana para las mercancías de paso por el “camino del mar” (v. 13.15), la ruta imperial que unía Egipto, Palestina, Siria y la región de Mesopotamia. Desde la antigüedad, por tanto, Galilea era una zona de encrucijada de pueblos, sometida al paso de tropas y al control del comercio, con las consiguientes contaminaciones, corrupción y recaídas morales.

El evangelista Mateo ve que la profecía de Isaías (II lectura) se ha cumplido con la presencia de Jesús (Evangelio, v. 14-17), que da inicio a una misión cargado de esperanza (v. 23), sobre la base, sin embargo, de un exigente programa de conversión a Dios y de compromiso por su Reino: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca” (v. 17).

Con esta inicial opción de campo, Jesús muestra que los primeros destinatarios de su Evangelio y del Reino no son los justos, los observantes o los que se consideran tales, sino los lejanos, los excluidos… Este es el comienzo humilde de una misión que tendrá horizontes universales, que será llevada adelante por los discípulos y sus sucesores que están llamados a seguir a Jesús para ser, en cualquier parte del mundo, “pescadores de hombres” (v. 19).

La vocación por el Reino conlleva siempre un éxodo, una salida, a menudo también geográfica, dejar algo y a alguien; alejarse del propio ambiente estrecho, salir del propio egoísmo. Aquí Jesús deja Nazaret (v. 13); Abrahán fue invitado a salir de su tierra y de su familia; así dos grupos de hermanos, llamados por Jesús a seguirle, abandonan redes, barca y padres (v. 20.22). En cada caso, la vocación no es una salida hacia el vacío: es dejar algo para seguir a Alguien; una salida al encuentro con Otro. En el primer lugar están siempre el encuentro y la adhesión a la persona de Jesús.

Esta vocación-misión se arraiga en una conversión (“Conviértanse…”: v. 17), en un cambio de mentalidad, en una orientación nueva hacia Dios y su Reino, del que Jesucristo es la plenitud. La conversión a Cristo conlleva el seguimiento y la misión, estar bien arraigados en Él y bien insertados en los caminos del mundo: “los haré pescadores de hombres” (v. 19).

La propuesta misionera y vocacional de Jesús (Evangelio) es global: se articula en cuatro momentos:

  • 1. mirada a la situación del mundo: pueblos alejados y periféricos, poco religiosos (v. 13-16);
  • 2. invitación a la conversión del corazón hacia Dios y su Reino (v. 17);
  • 3. encuentro y seguimiento de Cristo: “vengan tras de mí…” (v. 19.21);
  • 4. misión en el mundo: “pescadores de hombres” (v. 19), entregados sobre todo a enfermos y otras personas frágiles (v. 23).

La misión pública de Jesús empezó en la Galilea de los gentiles (v. 15) e igualmente (según el evangelista Mateo) Jesús resucitado la concluirá en Galilea (Mt 28,7.10.16), enviando desde allí a los Apóstoles en misión entre todas las naciones (Mt 28,19).