IV Domingo ordinario. Año A
“En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles hablándoles así:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.
Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.
(Mateo 5, 1-12)
El sermón sobre la montaña
P. Enrique Sánchez, mccj
En la lectura que vamos haciendo del Evangelio de san Mateo, hoy se nos presenta a Jesús ocupado con sus discı́pulo, preparándolos para la misión que tendrán que vivir con él en la aventura de ir construyendo todo lo necesario para que el Reino de Dios se manifieste.
Jesús habı́a elegido a sus doce compañeros y junto con ellos habı́an muchos otros que empezaban a sentirse discı́pulos de Jesús y comenzaban a acompañarlo por todos los lugares a donde el Señor se dirigı́a.
En esta ocasión el evangelio habla de una muchedumbre y ciertamente no todos estaban ahı́ con las mismas intenciones y no todos acabarı́an siendo verdaderos discı́pulos de Jesús.
Sabemos que, a un momento dado, cuando el Señor empezó a hablar de las exigencias y de los compromisos que tenı́an que asumir sus seguidores, muchos lo dejaron. Jesús, en aquella ocasión preguntó a sus apóstoles, si también ellos querı́an irse. Pero no se fueron, porque en él estaba su alegrı́a.
En el texto del evangelio que leemos hoy para la eucaristı́a de este domingo, vemos a Jesús subir a una montaña para enseñar algo nuevo y definitivo. Se podrı́a decir que era el momento formativo de los discı́pulos. Ahı́, Jesús les habló no tanto de teorı́as, sino de los valores y de las actitudes que tendrı́an que sostener sus vidas como discı́pulos y testigos del Señor.
Entre los varios detalles que no tendrı́amos que dejar pasar en este texto está la montaña, un lugar muy especial que traerá muchos recuerdos a quienes están escuchando a Jesús que habla como el enviado de Dios para instaurar su Reino.
Esa montaña, de alguna manera, les traı́a a la memoria la montaña del Sinaı́ en donde Moisés habı́a recibido la ley que Dios habı́a dado a su pueblo para asegurar una relación y una cercanı́a que acompañarı́a al pueblo de Israel por todo su peregrinar hasta la tierra prometida.
En la montaña en donde se encontraban reunidos los discı́pulos con Jesús, vuelve a suceder que Dios se encuentra con un pueblo que será nuevo y en esta ocasión Jesús podrı́a ser considerado como el nuevo Moisés, el verdadero Mesı́as en el cual el Padre se manifestaba con una nueva ley, la ley que salı́a de la boca de Jesús.
Esa nueva ley, que ahora enseñaba Jesús a la muchedumbre y con especial interés a sus discı́pulos, estaba contenida en ese sermón que conocemos como las Bienaventuranzas o el sermón de la montaña. Era un mensaje que invitaba al regocijo, a la felicidad, a la alegrı́a como sólo podı́a venir de Dios.
Se trataba de un mensaje de buenas noticias que Jesús presentaba a sus discı́pulos como programa de vida, como estilo de vida, para quienes iban aceptando convertirse en seguidores suyos.
Las Bienaventuranzas son un proyecto que Jesús propone para estar presentes en el mundo, en donde las propuestas de Dios y las propuestas de quienes están en el mundo parecen ir por caminos muy distintos.
Siguiendo cada una de las palabras del Señor lo que nos llama la atención en primer lugar es que se trata de un mensaje encuadrado en un ambiente de alegrı́a, de dicha y de felicidad. Jesús invita a una misión que llena siempre el corazón de alegrı́a.
Cada una de las bienaventuranzas se inicia con esa invitación a la alegrı́a y a la felicidad, aunque esta se alcance a través de sacrificio, del dolor, de la pobreza o de las lágrimas. Es la realidad en el amor.
Se trata de vivir cada dı́a con sus dramas y sus contradicciones, con sus promesas y sus sorpresas, con sus luces y sus sombras, convencidos de que al final quien tiene la última palabra es el Señor; es él quien nos asegura la felicidad que nosotros no logramos conquistar con nuestros medios.
Para vivir dichosos, el mensaje de Jesús nos hace entender que poniendo nuestra confianza en él todo se irá acomodando según el querer de Dios, según su voluntad y al final nos daremos cuenta de que todo está orientado hacia la meta que es nuestra felicidad.
Esta nueva ley, presentada por Jesús en la Bienaventuranzas, corresponde a la ley que Moisés habı́a entregado al pueblo resumida en el decálogo y ahora llevada a plenitud.
En aquel tiempo, cumplir la ley era garantı́a de felicidad y de vida. Con Jesús su nueva ley es realización y no promesa de una bendición que se cumple hoy para nosotros.
Con su enseñanza el Señor nos indica que el Reino de Dios ya está entre nosotros y que no tenemos que esperar.
En este Reino todo cambia y quienes viven por un momento la experiencia de sentirse pobres de espı́ritu, incapaces de abrir el corazón a las cosas de Dios, se descubren en el centro de los intereses de Dios; ahora ha llegado para ellos la horade descubrirse los privilegiados ante los ojos de Dios.
Quienes lloran porque ya no pueden cargar con tanto sufrimiento a causa de su fe (como sucede a tantos hermanos nuestros que por ser cristianos son perseguidos, maltratados, marginados, humillados y martirizados), la buena noticia de Jesús resuena fuerte en su interior, escuchando que serán consolados.
Los que sufren porque la vida no les ha brindado las oportunidades para vivir con dignidad. Nosotros decimos muchas veces, que son los que no tienen trabajo, los que viven enfermos o en soledad, los presos que están detenidos injustamente, los condenados a vivir en las calles sin un techo y sin un hogar; todos ellos heredarán la tierra, porque Dios no resiste ver el dolor o el sufrimiento de sus hijos.
Dichosos, dice el evangelio, los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados. Esto no sólo consuela a quienes viven hoy el drama de la persecución por estar ilegalmente en un paı́s o a quienes son perseguidos por defender la vida y pagan con sus vidas por defender los valores que no se pueden negociar; esto es bálsamo que cura las heridas de quienes no temen arriesgar sus vidas por defender a los demás.
Dichosos los misericordiosos porque nos recuerdan que todos necesitamos de la misericordia. Porque todos sabemos que en este mundo nadie es perfecto y que necesitamos de la paciencia, de la tolerancia y de la comprensión de los demás.
Porque no podemos negar o ocultar nuestros pecados y sólo nos alivia y consuela el perdón que nos pueden ofrecer los demás.
Los misericordiosos son quienes nos permiten reconocer que somos humanos y que no podemos hacer nada sin la presencia sencilla en nuestras vidas de los demás.
Y, puesto que Jesús ha venido a ser presencia del amor de Dios entre nosotros, no podı́a faltar una bienaventuranza que nos recuerde que los limpios de corazón, los que están abiertos al amor de Dios y que se esfuerzan por vivir alejados de todo aquello que nos pueda esclavizar y enredar en lo encandilante de este mundo; son ellos los que nos muestran el camino hacia Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Por eso, trabajar por la paz será siempre la tarea que permite ir creando los espacios para que Dios sea reconocible entre nosotros, simple y sencillamente. Porque en donde predomina la violencia, el odio y la muerte, ahı́ no está Dios.
Y trabajar por la paz obliga a construir un mundo en donde se recibe y se comparte el amor de Dios y eso no puede más que hacernos felices.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.
Estas dos bienaventuranzas nos recuerdan finalmente que lo bueno y lo bello de Dios pasará siempre a través de la experiencia de la Cruz, de la entrega y de la donación total, por amor.
En el plan de Dios cada dı́a estaremos llamados a ser bienaventurados, dejando que el amor de Dios nos guı́e y acompañe en la tarea de hacer llegar su Reino a quienes están más lejos y necesitados de su presencia, de su palabra y de su bondad. Estaremos siempre llamados a ser mensajeros y testigos de las bienaventuranzas.
Que el Señor nos conceda ser parte de sus discı́pulos cercanos y que nos contagie la pasión por su Reino, para que nos convirtamos en alegres colaboradores suyos.
Sean todos y todas bienaventurados.
Las ocho puertas del Reino
P. Manuel João Pereira Correia, mccj
Hemos llegado a la primera etapa de nuestro camino tras Jesús. Haremos una larga parada con el Señor en un monte llamado de las Bienaventuranzas. Aquí Jesús nos dirigirá un largo discurso que ocupa tres capítulos del Evangelio de Mateo (Mt 5–7). Es el primero de los cinco grandes discursos de Jesús según san Mateo y, sin duda, el más decisivo. Se trata de su discurso programático, en el que Jesús presenta la esencia del estilo de vida de su discípulo.
Los siete montes del Evangelio de Mateo
Podemos decir que el evangelista Mateo aprecia los montes. Encontramos catorce veces la palabra “monte” en su Evangelio. Siete montes, en particular, marcan la vida pública de Jesús: desde las tentaciones, después de su Bautismo, hasta el mandato apostólico, tras su Resurrección. No se trata de montes “físicos”, sino de lugares con un valor “teológico”. El monte tiene una fuerte carga simbólica de cercanía a Dios. Por lo tanto, es inútil buscar el monte de las Bienaventuranzas en un mapa geográfico. De hecho, san Lucas sitúa este discurso en una llanura. Estos siete montes, símbolo de plenitud, jalonan el Evangelio de Mateo.
- El monte de las Tentaciones (Mt 4,1–11): punto de partida de la misión;
- El monte de las Bienaventuranzas (Mt 5,1–7,29): aquí Jesús proclama la “nueva Torá”;
- El monte de la Oración (Mt 14,23): lugar de intimidad con el Padre y de discernimiento de la misión;
- El monte de la Transfiguración (Mt 17,1–8): donde Jesús es revelado como el Hijo y la Palabra definitiva;
- El monte de los Olivos (Mt 24–25; 26,30): el monte de la espera y del juicio, donde Jesús pronuncia el discurso escatológico y afronta la agonía antes de la pasión;
- El monte del Calvario (Mt 27,33): aparentemente derrota, en realidad entronización del Rey mesiánico;
- El monte de la Misión (Mt 28,16–20), un monte en Galilea (no nombrado): aquí Jesús resucitado confía a los discípulos la misión universal.
Los siete montes forman un itinerario teológico de la vocación cristiana:
Tentación → Ley → Oración → Revelación → Espera → Cruz → Misión.
El monte de las Bienaventuranzas
«Al ver a la multitud, Jesús subió al monte; se sentó, y se le acercaron sus discípulos». La “subida al monte” y el “sentarse” son gestos solemnes del Maestro que se sienta en cátedra. Se trata de una referencia a Moisés en el monte Sinaí. Por lo tanto, este “monte” es el nuevo Sinaí, desde donde el nuevo Moisés promulga la nueva Ley. La Ley de Moisés, con sus prohibiciones, establecía los límites que no debían traspasarse para permanecer en la Alianza de Dios. La nueva Ley, en cambio, abre los horizontes de un nuevo proyecto de vida.
«Y se puso a hablar y les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». El discurso de Jesús se abre con las ocho Bienaventuranzas (la novena, dirigida a los discípulos, es un desarrollo de la octava). Son el prólogo del discurso de Jesús y el compendio del Evangelio. Se trata de un texto muy conocido, pero que, precisamente por eso, corremos el riesgo de recorrer con demasiada rapidez y de casi ignorar, tras la aparente sencillez, su riqueza, profundidad y complejidad. No en vano también Gandhi afirmaba que estas son «las palabras más elevadas del pensamiento humano».
Quisiera invitarles sencillamente a leer, releer, meditar y orar este texto. Me atrevo, no obstante, a compartir con ustedes algunas reflexiones que pueden ayudarnos a acercarnos a él.
Las Bienaventuranzas NO SON…
1. Las Bienaventuranzas no son el sueño de un mundo idealizado e inalcanzable, una utopía para soñadores. Para el cristiano son criterio de vida: o las acogemos o no entraremos en el Reino. No son, sin embargo, una nueva ley moral.
2. Las Bienaventuranzas no son un elogio de la pobreza, del sufrimiento, de la resignación o de la pasividad. Todo lo contrario: son un discurso revolucionario. Precisamente por eso suscitan la oposición violenta de quienes se sienten amenazados en su poder, riqueza y estatus social.
3. Las Bienaventuranzas no son opio para los pobres, los que sufren, los oprimidos o los débiles, porque adormecerían su conciencia de la injusticia de la que son víctimas, llevándolos a la resignación, aunque muchas veces lo hayan sido en el pasado. Por el contrario, son una adrenalina que impulsa al cristiano a comprometerse en la lucha por la eliminación de las causas y raíces de la injusticia.
4. Las Bienaventuranzas no son una postergación de la felicidad para la vida futura, en el más allá. Son fuente de felicidad ya en esta vida. En efecto, la primera y la octava bienaventuranza, que enmarcan a las otras seis, tienen el verbo en presente: «porque de ellos es el Reino de los Cielos». Las otras seis tienen el verbo en futuro. Se trata, sin embargo, de una promesa que hace presente la felicidad ya hoy. Es la garantía de que el mal y la injusticia no tendrán la última palabra. El mundo no es ni será de los ricos y poderosos.
5. Las Bienaventuranzas no son (solo) personales. Es la comunidad cristiana, la Iglesia, la que debe ser pobre, misericordiosa, llorar con los que lloran, tener hambre y sed de justicia… para dar testimonio del Evangelio.
Las Bienaventuranzas SON…
6. Las Bienaventuranzas son un grito de felicidad, un Evangelio dirigido a todos. «Bienaventurado» (makários en griego) puede traducirse como feliz, felicitaciones, enhorabuena, me alegro por ti… Pero debemos darnos cuenta de que este mensaje está en plena contradicción con la mentalidad dominante del mundo.
7. Las Bienaventuranzas son… ¡una sola! Las ocho son variaciones de una única realidad. Cada una ilumina a las demás. Por lo general, los comentaristas consideran la primera como fundamental: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». Todas las demás son, de algún modo, formas diferentes de pobreza. Cada vez que en la Biblia se busca renovar la Alianza, se comienza restableciendo el derecho de los pobres y de los excluidos. Podríamos preguntarnos: ¿por qué no aparece una bienaventuranza sobre el amor? En realidad, todas son explicitaciones concretas del amor.
8. Las Bienaventuranzas son una persona: son el espejo, el autorretrato de Cristo. Para comprenderlas y captar sus matices es necesario mirar a Jesús y ver cómo cada una de ellas se realiza en su persona.
9. Las Bienaventuranzas son la clave de entrada en el Reino de Dios para todos: cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes. En este sentido, las Bienaventuranzas no son «cristianas». Ellas definen quién entrará en el Reino. Es lo que nos dice Mateo 25 acerca del juicio final.
10. Las Bienaventuranzas son ocho puertas de entrada en el Reino. Para acceder a él, debemos atravesar una de estas puertas y formar parte de una de las ocho categorías de las Bienaventuranzas.
Conclusión: ¿cuál es mi bienaventuranza? ¿Aquella hacia la que me siento particularmente atraído? ¿La que siento como mi vocación, por temperamento y por gracia? ¡Esa es mi puerta de entrada en el Reino!
Una Iglesia Más evangélica
José Antonio Pagola
Al formular las bienaventuranzas, Mateo, a diferencia de Lucas, se preocupa de trazar los rasgos que han de caracterizar a los seguidores de Jesús. De ahí la importancia que tienen para nosotros en estos tiempos en que la Iglesia ha de ir encontrando su propio estilo de vida en medio de una sociedad secularizada.
No es posible proponer la Buena Noticia de Jesús de cualquier forma. El Evangelio solo se difunde desde actitudes evangélicas. Las bienaventuranzas nos indican el espíritu que ha de inspirar la actuación de la Iglesia mientras peregrina hacia el Padre. Las hemos de escuchar en actitud de conversión personal y comunitaria. Solo así hemos de caminar hacia el futuro.
Dichosa la Iglesia «pobre de espíritu» y de corazón sencillo, que actúa sin prepotencia ni arrogancia, sin riquezas ni esplendor, sostenida por la autoridad humilde de Jesús. De ella es el reino de Dios.
Dichosa la Iglesia que «llora» con los que lloran y sufre al ser despojada de privilegios y poder, pues podrá compartir mejor la suerte de los perdedores y también el destino de Jesús. Un día será consolada por Dios.
Dichosa la Iglesia que renuncia a imponerse por la fuerza, la coacción o el sometimiento, practicando siempre la mansedumbre de su Maestro y Señor. Heredará un día la tierra prometida.
Dichosa la Iglesia que tiene «hambre y sed de justicia» dentro de sí misma y para el mundo entero, pues buscará su propia conversión y trabajará por una vida más justa y digna para todos, empezando por los últimos. Su anhelo será saciado por Dios.
Dichosa la Iglesia compasiva que renuncia al rigorismo y prefiere la misericordia antes que los sacrificios, pues acogerá a los pecadores y no les ocultará la Buena Noticia de Jesús. Ella alcanzará de Dios misericordia.
Dichosa la Iglesia de «corazón limpio» y conducta transparente, que no encubre sus pecados ni promueve el secretismo o la ambigüedad, pues caminará en la verdad de Jesús. Un día verá a Dios.
Dichosa la Iglesia que «trabaja por la paz» y lucha contra las guerras, que aúna los corazones y siembra concordia, pues contagiará la paz de Jesús que el mundo no puede dar. Ella será hija de Dios.
Dichosa la Iglesia que sufre hostilidad y persecución a causa de la justicia sin rehuir el martirio, pues sabrá llorar con las víctimas y conocerá la cruz de Jesús. De ella es el reino de Dios.
La sociedad actual necesita conocer comunidades cristianas marcadas por este espíritu de las bienaventuranzas. Solo una Iglesia evangélica tiene autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús a los hombres y mujeres de hoy.
José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com
Auditorio de ocho puertas
es fácil colarse
José Luis Sicre
El domingo pasado, el evangelio de Mateo nos presentaba a Jesús recorriendo Galilea y anunciado la buena noticia del Reinado de Dios. A partir de hoy, hace que los oyentes se reúnan en un gran auditorio al aire libre, se sienten en torno a Jesús, y escuchen el programa de ese reino de Dios: el “Sermón del monte”.
La selección del auditorio
Jesús no es un político que quiere ganar votos a todo precio, engañando y haciendo promesas que no cumplirá. Desea dejar claro quiénes sintonizarán con su proyecto y quiénes no. Para que no se llamen a engaño. Y eso lo expone, al principio de todo, en las bienaventuranzas.
Las bienaventuranzas proponen valores desconcertantes
Si Jesús dijera: “Dichoso el que tiene buena salud, el que gana lo suficiente para vivir, el que disfruta con su familia…” no habría necesitado justificar esas afirmaciones. Cualquier persona habría estado de acuerdo. Sin embargo, Jesús proclama dichosa a gente que sufre, llora, es perseguida… Por eso, cada bienaventuranza va seguida de una justificación: «porque de ellos es el reino de los cielos», «porque ellos serán consolados», etc. El premio prometido en la primera y última es «el Reino de los cielos». En realidad, todas las otras se refieren también a ese Reino de Dios, sólo que fijándose en determinados aspectos concretos. Este premio no podemos interpretarlo solo como algo de la otra vida. Comienza a realizarse en esta. Dicho en palabras sencillas, todas esas personas son dichosas porque pueden formar parte de la comunidad cristiana (Reino inicial de los cielos) y, más tarde, del Reino definitivo de Dios.
Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos
La mención de los pobres, los que lloran, los sufridos… puede crear una sensación de malestar, como si tuviéramos que pasar por todas esas situaciones para formar parte del reinado de Dios. Las bienaventuranzas se nos convierten en una terrible carrera de obstáculos, donde tras cada valla nos espera la siguiente. Sin embargo, las bienaventuranzas son algo muy distinto.
Las bienaventuranzas, ocho puertas para entrar al Reino de Dios
Antonio Barluzzi, el arquitecto italiano que diseñó la Basílica de las bienaventuranzas en 1939, tuvo la bella idea de una planta octogonal, y en cada lado una gran ventana por la que se puede contemplar el paisaje exterior. Sin embargo, las bienaventuranzas no son ventanas para mirar lo que ocurre fuera, sino puertas abiertas por las que se puede entrar a escuchar y seguir a Jesús.
Encima de cada puerta hay una inscripción con la bienaventuranza correspondiente. A veces el sentido del texto resulta discutible (Jesús habló en arameo, luego se tradujo al griego, y ahora lo retraducimos a nuestras lenguas). Hace falta un guía turístico que nos aclare las dudas, dentro de lo posible.
Al final, el guía te dejará solo delante del edificio. Da una vuelta en torno a él y elige la puerta que más se adecue a tu situación. Quizá encuentres varias. Si no encuentras ninguna, cuélate a escuchar lo que dirá Jesús los próximos días. Seguro que te convence.
José Luis Sicre
http://www.feadulta.com
Dichoso el que es humano
y no deshumaniza a los demás
Fray Marcos
Para entender las bienaventuranzas, debemos recordar lo que dijimos el domingo pasado. Para todo el que no haya tenido esa experiencia interior, las bienaventuranzas son un sarcasmo. Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido, ¡Enhorabuena! Intentar explicarlas racionalmente es una quimera, pues están más allá de la lógica. Es el mensaje más provocativo del evangelio.
Sobre las bienaventuranzas se ha dicho de todo. Para Gandhi eran la quintaesencia del cristianismo. Para Nietsche son una maldición, ya que atentan contra la dignidad del hombre. ¿A qué se debe esta abismal diferencia? Muy sencillo. Uno habla desde la mística (no cristiana). El otro pretende comprenderlas desde la racionalidad: y desde la razón, aunque sea la más preclara de los últimos siglos, es imposible entenderlas.
Sería un verdadero milagro hablar de las bienaventuranzas y no caer, en demagogia barata para arremeter contra los ricos, o en un espiritualismo que las deja completamente descafeinadas. Se trata del texto que mejor expresa la radicalidad del evangelio. La formulación, un tanto arcaica, nos impide descubrir su importancia. En realidad lo que quiere decir Jesús es que seríamos todos mucho más felices si tratáramos de desarrollar lo humano en vez de obsesionarnos con las necesidades materiales.
Mt las coloca en el primer discurso programático de Jesús. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical. El escenario del sermón nos indica hasta qué punto lo considera importante. El “monte” está haciendo clara referencia al Sinaí. Jesús, el nuevo Moisés, que promulga la “nueva Ley”. Pero hay una gran diferencia. Las bienaventuranzas no son mandamientos o preceptos. Son simples proclamaciones que invitan a seguir un camino inusitado hacia la plenitud humana.
No tiene importancia que Lc proponga cuatro y Mt nueve. Se podrían proponer cientos, pero bastaría con una, para romper los esquemas de cualquier ser humano. Se trata del ser humano que sufre limitaciones materiales o espirituales por caprichos de la naturaleza o por causa de otro, y que unas veces se manifiestan por el hambre y otras por las lágrimas. La circunstancia concreta de cada uno no es lo esencial. Por eso no tiene mayor importancia explicar cada una de ellas por separado. Todas dicen exactamente lo mismo.
La inmensa mayoría de los exegetas están de acuerdo en que las tres primeras bienaventuranzas de Lc, recogidas también en Mt, son las originales e incluso se puede afirmar con cierta probabilidad que se remontan al mismo Jesús. Parece que Mt las espiritualiza, no sólo porque dice pobre de espíritu, y hambre y sed de justicia, sino porque añade: bienaventurados los pacíficos, los limpios de corazón etc.
La diferencia entre Mt y Lc desaparece si descubrimos qué significaba en la Biblia, “pobres” (anawim). Sin este trasfondo bíblico, no podemos entenderlos. Con su despiadada crítica a la sociedad injusta, los profetas Amos, Isaías, Miqueas, denuncian una situación que clama al cielo. Los poderosos se enriquecen a costa de los pobres. No es una crítica social, sino religiosa. Pertenecen todos al mismo pueblo cuyo único Señor es Dios; pero los ricos, al esclavizar a los demás, no reconocen su soberanía…
Las bienaventuranzas no están hablando de la pobreza voluntaria aceptada por los religiosos a través de un voto. Está hablando de la pobreza impuesta por la injusticia de los poderosos. Los que quisieran salir de su pobreza y no pueden. Serán bienaventurados si descubren que nada les puede impedir ser plenamente humanos.
Otra trampa que debemos evitar al tratar este tema es la de proyectar la felicidad prometida para el más allá. Así se ha interpretado muchas veces en el pasado y aún hoy lo he visto en algunas homilías. No, Jesús está proponiendo una felicidad para el más acá. Aquí, puede todo ser humano encontrar la paz y la armonía interior que es el paso a una verdadera felicidad, que no puede consistir en el tener y consumir más que los demás…
Las bienaventuranzas nos están diciendo que otro mundo es posible. Un mundo que no esté basado en el egoísmo sino en el amor. ¿Puede ser justo que yo esté pensando en vivir cada vez mejor (entiéndase consumir más), mientras millones de personas están muriendo, por no tener un puñado de arroz que llevarse a la boca? Si no quieres ser cómplice de la injusticia, escoge la pobreza, entendida como gastar lo imprescindible. Piensa cada día lo que puedes hacer por los que te necesitan aunque te cueste algo.
Fray Marcos
http://www.feadulta.com
Las Bienaventuranzas: corazón del Evangelio y de la Misión
Romeo Ballan, mccj
En la secuencia de epifanías, o progresivas manifestaciones de Jesús (ver domingos anteriores), las Bienaventuranzas son el programa de su misión, la carta magna del pueblo de la nueva Alianza, una especie de constitución del Reino de Dios, valor que hay que buscar por encima de todo (Mt 6,33). Antes de ser un mensaje ético de comportamientos, las Bienaventuranzas son una afirmación teologal de la primacía de Dios, de sus criterios y opciones, a menudo contrarios a los caminos y pensamientos humanos. En realidad, las Bienaventuranzas son una reafirmación del primer mandamiento: “Yo soy el Señor tu Dios: no tendrás otro Dios fuera de mí”. Avidez de riquezas y poder, violencia, soberbia, opresión… son contrarias al programa escogido por Jesús. Él ha decidido que su Reino crezca con personas que optan por la pobreza, la mansedumbre, la pureza de corazón, el trabajo por la paz, la misericordia, la reconciliación, el sufrimiento por el mal y la injusticia… Las Bienaventuranzas reclaman la prioridad del anuncio del Dios viviente, la invitación esencial a fiarse de Dios. Porque “solo Dios basta” (Santa Teresa de Ávila).
Jesús ha vivido las Bienaventuranzas y, tras haberlas vivido, las ha propuesto. Ellas son su autorretrato, trazan su perfil interior de verdadero Dios en carne humana. Antes de ser un programa predicado desde la montaña (v. 1), las Bienaventuranzas son su autobiografía, revelan su identidad íntima, su estilo, sus opciones vitales. Contemplando la vida de Jesús pobre, manso, puro, misericordioso, sediento de amor y de justicia, comprometido por la paz, perseguido y sufriente… es posible reconstruir todo el Sermón de la Montaña, empezando por las Bienaventuranzas.
El autor de la carta a los Hebreos, en su reflexión bíblica y teológica, explica el sentido de las opciones de Cristo: “el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12,2). Por tanto, al discípulo se le invita a correr con paciencia la prueba que se le propone, teniendo “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (ibid.). También Jesús buscaba su felicidad, al igual que cualquier otro ser viviente. Y la ha encontrado optando por las Bienaventuranzas. Este ha sido su camino y, por tanto, debe ser también el nuestro. En el programa de las Bienaventuranzas, Jesús habla de sí mismo, pero, al mismo tiempo, habla de nosotros, describe el estilo de nuestra vida de discípulos. Habla de un cambio radical. Las Bienaventuranzas son, en efecto, un vuelco total de los criterios humanos; ¡un desconcertante marchar a contracorriente! Tomarlas en serio y vivirlas –así como lo hizo Jesús– produce un salto cualitativo en la vida del mundo: ¡una auténtica revolución en el amor!
El profeta Sofonías (I lectura) exhorta a los humildes de la tierra, para que busquen al Señor, la justicia y la moderación (v. 3), porque el Señor presta una atención especial a los pobres y necesitados (salmo). S. Pablo nos lo confirma, escribiendo a los Corintios (II lectura) que Dios ha escogido lo necio del mundo, la gente baja, lo despreciable, lo que no cuenta… de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (cfr. v. 27-29). La comunidad cristiana de Corinto es un ejemplo de ello: no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos o aristócratas (v. 26). Situaciones como esta se repiten muy a menudo en las jóvenes Iglesias misioneras, sobre todo en el sur del mundo, donde el anuncio del Evangelio y el crecimiento de las comunidades cristianas se llevan a cabo con escasos y frágiles recursos, a menudo en medio de personas sencillas y humildes, casi siempre en situaciones de minoría, incomprensión, hostilidad. En las situaciones de precariedad humana, tan frecuentes en el mundo misionero, se manifiestan con mayor claridad la fuerza del Evangelio y la gratuidad de las Bienaventuranzas. Son un tesoro que es preciso guardar y preferir a otras propuestas mundanas que no hacen sino contaminar el anuncio misionero.
Es conocida la admiración de Gandhi (del cual se cumple el aniversario del asesinato: 30-1-1948) y de otros líderes espirituales no cristianos, por el mensaje de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús. El programa de las Bienaventuranzas exige la conversión interior de los evangelizadores, sin la cual no son posibles ni misión ad gentes, ni actividad pastoral, ni verdadero ecumenismo. Las Bienaventuranzas de Jesús no son solo un estilo o un método, sino el contenido esencial, el corazón del anuncio misionero.
