¡Vale la pena ser misionero!
El escolástico mexicano Emmanuel Alejandro Mejía está realizando sus estudios de teología en Granada, España. Desde allí nos envía el testimonio de tres de sus compañeros: Trilli Elgadi, de Sudán, Joseph Tran Dinh Phuc, de Vietnam y Romain Lindaou Bakenakou, de Togo. En la foto, escolasticado de Granada.
Trilli Elgadi (Sudán)

“Porque yo sé los planes que tengo para vosotros” –declara el Señor– “planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza”. (Jer 29,11).
Soy Trilli Elgadi, natural de Sudán, un país donde el 96 por ciento de la población es musulmana. Sin embargo, nací en el seno de una familia cristiana católica. Desde pequeño crecí en la Iglesia, participando activamente en sus celebraciones y actividades. Siendo monaguillo, descubrí algo que marcó profundamente mi vida: el deseo de servir en el altar y permanecer siempre cerca del Señor.
Aquel amor por el altar despertó en mí el primer gran anhelo: ser sacerdote. Con el paso del tiempo conocí a los misioneros combonianos y, a través de mi párroco –que también era comboniano–, descubrí la vida y el testimonio de San Daniel Comboni. Saber que había entregado su vida por mi pueblo me conmovió profundamente. Muchas veces he pensado que, si no hubiera sido por su entrega misionera, quizá yo no habría conocido a Cristo. Movido por este testimonio, decidí seguir sus pasos y responder a la llamada de Dios como misionero comboniano: llevar a Cristo a quienes aún no lo conocen y entregar mi vida al servicio de los más pobres y abandonados.
Mi camino vocacional comenzó acompañado por mi párroco, quien me ayudó a profundizar en el carisma comboniano. En 2018 viajé a Jartum para iniciar el prepostulantado durante seis meses. Un año más tarde fui destinado a Uganda para el postulantado. Allí aprendí el idioma y comencé tres años de estudios de filosofía, en un ambiente de vida comunitaria, oración, apostolado y formación académica.
La llama misionera no dejaba de crecer en mi interior. En 2022 inicié el noviciado en Namugongo (Uganda), una etapa decisiva en mi vida. Fue un tiempo de silencio, escucha y encuentro profundo con Dios. Allí conocí más intensamente la espiritualidad y el carisma de San Daniel Comboni, así como el significado de la vida religiosa y los votos. En 2024 emití mis primeros votos, confirmando mi deseo de consagrar mi vida a la misión.
El camino no ha estado exento de desafíos. Dejar mi país, mi familia y mis amigos fue una de las pruebas más duras. Adaptarme a nuevas culturas, idiomas y formas de vida también supuso un reto. Sin embargo, la experiencia de la fraternidad misionera y el apoyo constante de mi familia han sido fuente de consuelo y fortaleza. Actualmente me encuentro en España, estudiando la teología. Vivir en otro continente me ha permitido ampliar mi mirada sobre la misión. La realidad eclesial aquí es muy distinta a la de mi país. En Sudán, la Iglesia está llena de jóvenes comprometidos; muchos descubren allí su vocación y desean servir. En cambio, en España percibo con preocupación la menor participación juvenil. Aun así, esta realidad no apaga mi esperanza. Al contrario, reafirma mi convicción de que vale la pena entregar la vida por el Evangelio y por los más necesitados.
La Iglesia necesita jóvenes valientes, dispuestos a servir a los pobres y abandonados, a anunciar a Cristo donde aún no es conocido y a trabajar por la salvación de la humanidad. No tengáis miedo de seguir los caminos de Dios. Confiad en Él. “La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38).
Joseph Tran Dinh Phuc (Vietnam)

Soy Joseph Tran Dinh Phuc, vengo de un país muy bonito y lleno del amor de sus gentes, se llama Vietnam, una tierra sencilla, llena de contrastes, un país de régimen comunista, donde la fe es perseguida, por lo que se vive de manera muy difícil en público. Se vive más en el entorno familiar y comunitario. Crecí allí y aprendí desde pequeño el valor de la comunidad. Cada día nos reuníamos en la Iglesia para rezar una comunidad pequeña que se siente acompañada de Dios incluso en medio de las dificultades.
Antes de iniciar mi camino vocacional fui a ayudar a una parroquia, en una tribu en la montaña. Mi vocación misionera no nació de momentos espectaculares, sino de encuentros concretos con el sufrimiento de la gente. Ver a personas solas, pobres, olvidadas, me tocaba el corazón.
Durante unas vacaciones con mi familia, conocí a los Misioneros Combonianosa través de un sacerdote que visitó mi parroquia. Cuando leí la vida de Daniel Comboni, su pasión por África y su frase “Salvar África con África”, sentí que ese espíritu misionero coincidía con lo que yo llevaba dentro. Primero fui a Saigon, en 2018, para empezar mi formación, allí comencé a estudiar inglés. En 2019 me enviaron a Filipinas y allá, en un país diferente del mío, la formación fue el estudio de la lengua para iniciar el postulantado y el estudio de la filosofía. Lo que más alegría me ha dado ha sido la fraternidad: vivir con hermanos de distintos países, culturas y lenguas y aprender a convivir en fraternidad. También me ha alegrado el contacto con la gente sencilla a través de la pastoral, las misiones populares, las visitas a enfermos, los momentos de oración comunitaria. A veces, yo también quise salir de la comunidad y buscar una vida diferente. Pero mi formador en cierta ocasión me dijo: “Jesús no solo murió por la gente de Vietnam, Jesucristo murió por todo el mundo”. Esta frase me marcó y ayudó para continuar mi camino misionero.
Actualmente estoy en Granada (España), estudiando la teología. Está siendo una experiencia nueva. Me ha sorprendido la diversidad cultural y el proceso de secularización. Aquí muchas personas viven la fe de manera más discreta o distante, en comparación con mi país, donde existen menos expresiones religiosas externas, pero también encuentro una gran riqueza de voluntariado y apertura intercultural, por lo que veo que necesito aprender otro ritmo de vida, otra mentalidad y otra forma de evangelizar aquí.
¿Qué voy a decir a los jóvenes? Les diría: no tengan miedo de escuchar lo que Dios les pide. El mundo necesita corazones generosos, personas dispuestas a salir de sí mismas.
La vocación misionera no es perder la vida, es encontrarla. No tengan miedo de soñar en grande. Dios no quita nada, lo da todo. Si sienten una inquietud en el corazón, no la apaguen. Puede ser Dios llamando.
Romain Lindaou Bakenakou (Togo)

Soy Romain Lidaou Bakenakou, de nacionalidad togolesa (un país del oeste de Africa). Empecé mi camino de formación en el postulantado de Lomé, en Togo, en 2020. Durante tres años estudié la filosofía y luego fui a Benín por dos años para hacer el noviciado. Desde octubre de 2025 estoy en Granada (España) para la etapa del escolasticado.
Nací en una familia católica. Desde pequeño recibí una educación religiosa que ahora puedo decir que es la base de mi vida espiritual y cristiana. Al inicio, la imagen de mi padre me impactó mucho, porque era catequista y traducía la homilía en la lengua materna durante la misa, o hacía la celebración de la Palabra cuando no había sacerdote.
Cuando todavía estaba en la primaria, sentí el deseo de algo más grande que ser un catequista: ser sacerdote. Hasta terminar la secundaria conservé esta idea, que cada vez se convertía más en un deseo ardiente. No tenía ninguna idea de los misioneros. Me preparaba para entrar en el seminario de mi diócesis cuando conocí a los Combonianos por medio de mi tía que era religiosa. Me dijo que hiciera una experiencia con los misioneros antes de elegir.
Hice mi primera experiencia con los combonianos en 2018, yendo al encuentro de los aspirantes. Allí escuché el testimonio misionero de algunos sacerdotes combonianos que estaban de vacaciones. Lo primero que me tocó fue la alegría que manifestaban cuando nos contaban sus experiencias. Me llamó mucho la atención porque hablaban de situaciones de tristeza, de crisis como la guerra, la violencia etc… Al principio quería olvidar esta idea de ser misionero por las dificultades que escuchaba. Pero, en mi camino, volviendo a mi ciudad, me preguntaba por qué quería abandonar esa idea.
Desde entonces, me dije que, si quiero verdaderamente ofrecer mi vida al Señor, debo sacrificarme, porque un don hecho de todo corazón, viene siempre del sacrificio de algo en nuestra vida, y el primer sacrificio que debo hacer es no huir de las dificultades que me encuentro.
Por eso, mi primer paso para optar por la vida misionera no fue el carisma del instituto, sino el deseo de hacer frente a las dificultades como signo de sacrificio y ofrenda de mi vida por la causa de Dios.
La primera dificultad en este camino fue estar lejos de mi familia sin saber cómo estaban, porque al inicio del postulantado, durante algunos meses no podíamos usar el celular.
Durante la formación, mi gran desafío fue el cambio del ritmo de vida. Cuando empecé el primer año del postulantado tuve que adaptarme. Luego, durante el noviciado, tuve que acostumbrame con solitud, poquito a poco. Fue una buena experiencia. Pero me alegro mucho de ello, porque esas dificultades y otras que tuve no fueron obstáculos para mí, sino que me invitaron a mejorar en mi vida, a crecer en este camino.
De esta formación para ser misionero comboniano que estoy recibiendo, lo que más me alegra es la libertad de cada uno para responder libremente a la llamada de Dios según el descernimiento. Además, recibimos también una formación humana para un crecimiento completo. Aún no puedo decir que ya tengo la idea clara de que Dios me llama a servirle como comboniano, porque es un camino de continuo descernimiento. Tampoco es que dude de mi vocación, es una manera de estar abierto a lo que Dios decidirá sobre mi vida. Siento que este es mi camino y me encuentro muy bien, continuando con mucho ánimo y celo, rezando para que me vaya bien.
Ahora que estoy en Granada, es un nuevo desafío. Es necesario adaptarse a la nueva cultura, nuevo clima y, sobre todo, la lengua. Hago frente a todo eso con ánimo porque estoy seguro de que Dios me llama a su servicio y no me faltará su apoyo en mi caminar. Al final, lo que puedo decir es que este camino es más un camino de fe, de confianza, de flexibilidad y apertura a la gracia de Dios. Siempre encontraremos obstáculos, más cuando tratamos de mirar hacía tras, cuando queremos estar seguro de todo, cuando queremos calcular todo.
A quien siente este deseo de servir al Señor, a quien siente este deseo profundo de ser misionero del evangelio, le digo: no lo reprimas, ponte en camino y te aseguro que no te arrepentirás de tu elección porque a pesar de los desafíos, el Señor no abandona.
