Domingo de Ramos. Año A
Lecturas
Isaías 50, 4-7
Salmo 21
Filipenses 2, 6-11
Pasión de nuestro Señor Jesucristo Mateo, 26, 14-27, 66
Domingo de Ramos
P. Enrique Sánchez, mccj
Los consejos para la preparación de la liturgia de este domingo sugieren que hoy no se haga una larga homilía y seguramente nos damos cuenta de que no es necesario agregar muchas palabras a lo que hemos escuchado en el largo relato de la pasión y muerte de nuestro Señor.
Al iniciar la Semana Santa nos reunimos, como cada año, para acompañar al Señor que toma, una vez más, el camino hacia el calvario iniciando esta experiencia acompañado de sus discípulos y de una multitud en fiesta que lo aclama y lo reconoce como el Mesías.
Pero, para reconocerlo de verdad como nuestro Mesías y salvador hará falta que nos dispongamos a recorrer, junto con él, el mismo camino, haciendo nuestra su experiencia de entrega y de confianza en Dios.
Tal vez nos puede ayudar tener presentes algunos detalles y hacernos algunas preguntas para que estos días que nos invitan al recogimiento y a la contemplación nos ayuden a entender mejor lo que está pasando para bien nuestro.
Un primer detalle es constatar que el inicio de la Semana Santa se da en medio de la alegría, pues para quienes creemos en Jesús el misterio de su pasión y muerte no terminan en algo trágico y triste. La semana se concluirá con la celebración de la resurrección del Señor que significa el triunfo sobre la muerte y la posibilidad de vivir finalmente en plenitud.
Al ir viviendo cada instante de esta semana, necesariamente tendremos que hacernos algunas preguntas que nos ayuden a no quedarnos como simples espectadores de un drama que sólo mueva sentimientos y deje escapar algunas lágrimas.
El misterio de la pasión tenemos que vivirlo diciéndonos a nosotros mismos que todo eso que vemos que Jesús va aceptando y soportando, en medio del dolor y del sufrimiento, lo hace por mí.
Su muerte no es algo sin sentido, sino que tiene como fin hacernos entender que dando su vida hace posible una existencia diferente para cada uno de nosotros.
En sus dolores y en sus sufrimientos podemos descargar todo aquello que llevamos en nosotros como cargas que nos aplastan y que nos tienen esclavizados.
Sólo en su muerte nos podremos sentir liberados, cuando digamos con sencillez y con gratitud que todo lo ha hecho por mí.
No deberíamos olvidar que el drama que vive Jesús, según nos lo cuenta el evangelio, es en cierta manera nuestro propio drama, cuando tenemos la valentía de entrar en nosotros mismos para descubrir que en nuestro mundo se siguen repitiendo los mismos escenarios.
Hoy la humanidad, en muchas partes y en muchos de nosotros, sigue empeñada en no querer fijar su mirada en Jesús para reconocerlo como el único que puede traernos una salvación, es decir, un estilo de vida en donde podamos ser verdaderamente felices.
Vivimos tan atrapados en nuestros puntos de vista y en nuestros criterios tan humanos que pensamos que podemos llegar al final de nuestros días ignorando a Dios, considerándolo innecesario. Esa era la actitud de los ancianos, de los escribas y de los fariseos que no fueron capaces de salir de sus cegueras.
Vivimos muchas veces encandilados o adormecidos por los pequeños conforts que podemos conseguir con el dinero, con nuestros placeres fugaces, con la ilusión de sentirnos poderosos y capaces de dominar el mundo con los pocos recursos con que contamos.
Y condenamos a Jesús, como lo hicieron en su tiempo, usando la justicia para condenar a inocentes, nos dejamos ganar por la corrupción que acaba en violencia y genera tantas muertes, entregamos a inocentes por unas cuantas monedas, como sucede repetidas veces con el tráfico de personas que cruzan nuestras fronteras.
Contemplando el cuerpo maltratado de Jesús vienen a nuestra mente las imágenes de muchos hermanos que viven hoy el drama del abandono, de la enfermedad, del hambre. Cuerpos maltratados y muchas veces hechos desaparecer o entregados mutilados en bolsas de basura. ¡Cuántas víctimas inocentes y cuántas vidas desperdiciadas!
Ante la pasión de Jesús deberíamos dejar salir de lo profundo de nuestros corazones una oración pidiendo al Señor que nos ayude a no acostumbrarnos a contemplar el maltrato, la violencia y la muerte como si fuera un film más con el que llenamos nuestras horas de aburrimiento instalados cómodamente en el sillón de las salas de nuestros hogares.
Caminando por las calles de nuestro vecindario, haciendo memoria del viacrucis de Jesús, tendremos la oportunidad de sentir el calor del sol que penetra por nuestras cabezas y sentiremos el peso de la Cruz, que aunque más pequeña que la de Jesús, nos permitirá tomar conciencia de que ahí va nuestra miseria y nuestro pecado.
Tal vez sea ese el momento mejor para decir en voz baja al Señor que lo sentimos y que pedimos su ayuda para salir de todo aquello de lo que nos sentimos arrepentidos y avergonzados.
El jueves santo, antes de salir para ir al calvario, Jesús nos invitará a estar con él en la mesa del cenáculo, para que hagamos fiesta porque ahí se nos entregará para siempre en el pan y el vino que se convertirán en su cuerpo y en su sangre. Para siempre en cada momento en que, movidos por la fe, hagamos memoria de él reconociéndolo como quien más nos ha amado.
Ahí podremos recordar, con gratitud, el gran don que nos ha dejado en su cuerpo y en su sangre, el alimento que nos dará fuerza para ir hasta el final, sobre todo en los momentos en que nos ganará la tentación de abandonarlo.
Como lo hacemos muchas veces, cuando nos alejamos de puntitas de nuestra comunidad, cuando empezamos a abandonar nuestra oración personal, cuando sentimos que participar en los sacramentos es algo que nos roba el tiempo, cuando hacer el bien y practicar la caridad nos resulta molesto, cuando nos da vergüenza que los demás nos reconozcan como discípulos del Señor.
En aquel escenario de la última cena podremos ver a Jesús que no sólo reparte el pan y el vino que satisface a nuestras necesidades más inmediatas, sino que él mismo nos da ejemplo, enseñándonos que el amor verdadero se traduce en la humildad y en el servicio que nos empujan a la entrega a los demás.
Ahí nos enseña que la fe no es una experiencia para vivirla de las puertas de la iglesia para adentro, sino en las calles de nuestros vecindarios, en las oficinas de nuestros trabajos, en los salones de clases, en las fábricas en donde vamos dejando las horas de nuestros días y vamos tejiendo las verdaderas historias de nuestra vida. Ojalá pues, que tengamos la valentía de llegar hasta los pies de la Cruz para reconocer el amor con que Dios nos ha amado y nos sigue amando.
Ojalá podamos escuchar las últimas palabras de Jesús diciendo que todo ha sido cumplido, para que no pongamos pretextos y podamos dejar que su muerte se transforme en vida nueva en este mundo en el cual nos toca jugar un papel importante como testigos del resucitado.
Volviendo al principio de esta semana, tal vez, conviene que nos preguntemos ¿Cómo me siento en medio de la multitud que acompaña a Jesús en su entrada a Jerusalén? ¿Cuáles podrían ser los motivos de mi alegría? ¿Lo reconozco como mi salvador, como el Dios del que tiene sed mi corazón? ¿No sería conveniente, al iniciar estos días, buscar la manera de hacer un poco más de silencio en nuestro interior, para escuchar al Señor que nos irá repitiendo que todo lo que vive lo va haciendo por mí, por darme la posibilidad de iniciar una etapa nueva en mi vida?
Si verdaderamente lo reconozco como mi salvador, ¿cuáles son las miserias, los dolores, los pesares y los pecados que quisiera depositar sobre su cruz?
Si me pidieran que hiciera un salmo para expresar mi gratitud al Señor por todo lo que hace por mí, ¿cuáles serían las palabras que utilizaría para decirle que lo amo?
El misterio que celebraremos a lo largo de esta semana es la Buena Noticia, es el Kerigma, que nos toca anunciar como misioneros a toda la humanidad, ¿cómo podría vivir ese compromiso de mi bautismo ahí́ en donde el Señor me pide que sea hoy su testigo?
Que todos podamos vivir estos días santos con un corazón disponible a acoger el don de Dios que se manifiesta en Cristo muerto y resucitado.
Buena Semana Santa.
Anunciar a un “Dios en la Cruz”.
¡Por todos!
Romeo Ballan, mccj
En el pórtico de ingreso a la Semana Santa, que hoy comienza (Evangelio), hay una pregunta: “¿Quién es este?” (Mt 21,10). Se lo preguntaba la gente de la ciudad, alborotada, cuando Jesús entró en Jerusalén, entre los aplausos de los simpatizantes, sentado no sobre un caballo de guerra o de carrera, sino sobre una borrica alquilada… Ese ingreso fue un acontecimiento misionero, una epifanía de Jesús ante la gente. Un momento de triunfo efímero, justamente de un solo día; pero al menos sirvió para suscitar algunas preguntas sobre la identidad de Jesús. La gente tenía una respuesta precisa: «Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea» (Mt 21,11). Es una respuesta verdadera, aunque en sus labios sonaba bastante efímera, a juzgar por los comportamientos que adoptó los días siguientes; era más bien el momento de profundizar en la identidad de ese sorprendente profeta de Nazaret. Así como lo hicieron algunos peregrinos griegos, que llegaron a Jerusalén y dijeron a Felipe: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21).
Las respuestas a la pregunta inicial las encontramos en varios textos de esta Semana especial. Una primera respuesta la da Jesús mismo, provocado por la petición de esos griegos: Él es el grano de trigo que cae en tierra y muere para producir mucho fruto (cfr. Jn 12,24). Él es el Maestro que invita a todos a seguirle para compartir su destino (cfr. Jn 12,26); Él es el Señor que puede afirmar: “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). El destino universal de su muerte en la cruz, levantado de la tierra, está claramente indicado también en las variantes de los códigos antiguos: atraeré ‘todo’, ‘a todos los hombres’, ‘a cada hombre’… Su salvación es ofrecida, como un don, para todos los que, con corazón sincero, “mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37), es decir, para aquellos que, con fe, compasión, amor, miran a Cristo elevado en la cruz (cfr. Núm 21,8; Zac 12,10). Esta fue la experiencia sorprendente del centurión romano y de los otros soldados paganos, que, al ver lo que pasaba, decían: “¡Realmente este era Hijo de Dios!” (Mt 27,54). Jesús es realmente el Hijo de Dios, justamente porque se ha quedado en la Cruz en lugar de bajar (cfr. Mt 27,40.42). Mientras los judíos lo rechazan, los paganos lo reconocen.
La clave para entender quién es este Hijo de Dios, que se hace trigo, que muere en la Cruz para atraer a todos hacia sí, nos la ofrece el evangelista Juan en la Última Cena de Jesús con sus discípulos: “Los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Es la declaración de un amor extremo, universal en el espacio y en el tiempo. Palabras que invitan a vivir la Semana Santa en dimensión universal, contemplando y anunciando a un Dios en la cruz por todos. S. Daniel Comboni había comprendido la necesidad de que sus misioneros se formasen en esta contemplación y lo encarecía en su Regla: «Fomentarán en sí esta disposición esencialísima (espíritu de sacrificio) teniendo siempre los ojos fijos en Jesucristo, amándolo tiernamente y procurando entender cada vez mejor qué significa un Dios muerto en la cruz por la salvación de las almas» (Escritos, n. 2721).
La larga narración (Evangelio) de la condena, pasión y ejecución de un inocente va mucho más allá de los acontecimientos normales: contiene la ‘Buena Noticia’ de Cristo Salvador, muerto y resucitado, que los misioneros de la Iglesia llevan por el mundo entero. De este núcleo central del Evangelio brotan opciones y actitudes fundamentales para los discípulos. Menciono una entre muchas: el rechazo de la violencia y del uso de las armas, como lo enseña Jesús a Pedro: «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá» (v. 52). Una palabra emblemática para los cristianos, que ya el apologista Tertuliano (III s.) comentaba así: “Desarmando a Pedro, Jesús ha quitado las armas de la mano a cada soldado”.
El canto del Siervo (I lectura) y, sobre todo, el himno cristológico de los Filipenses (II lectura) muestran el ciclo completo de ese Dios-hombre en la cruz: su preexistencia divina, su despojamiento voluntario, su humillación hasta la cruz, la glorificación con el nombre de Señor, ante el cual toda rodilla se ha de doblar, “para gloria de Dios Padre” (v. 11). La gloria del Padre es la meta a la que tiende toda la actividad misionera de la Iglesia. Además de la obediencia filial, el himno de los Filipenses «nos muestra también el aspecto de solidaridad con los hermanos: Cristo se ha hecho semejante a los hombres, ha asumido nuestra condición humilde; e incluso se ha hecho solidario con las personas más criminales, con los condenados a morir en la cruz» (Albert Vanhoye). (*)
El mensaje de la Pasión supone siempre una tarea cuesta arriba, pero lleva a la Vida. Ante la Pasión de Jesús, nadie es un mero espectador. Cada uno es actor, juega un papel, hoy, en la Pasión que Jesús sigue viviendo en su Cuerpo místico, dentro de la familia humana. Los protagonistas de la Pasión somos nosotros. Detrás de las figuras de Pedro, de Pilatos, de Judas, de los Sumos sacerdotes, de la muchedumbre, podemos ver el rostro de cada uno de nosotros. ¿Qué papel jugamos en la Pasión hoy? ¿De qué lado estamos? Bien para nosotros si escogemos el papel de Simón el Cirineo (v. 32), la esposa de Pilatos (v. 19), el centurión (v. 54), las piadosas mujeres, Magdalena, María, Juan, José de Arimatea, Nicodemo… El papel más coherente con el cristiano, y en particular con el misionero, es el del Cirineo, solidario con los crucificados de la historia, portador de la salvación realizada por Jesús.
El rey montado sobre un pollino
P. Antonio Villarino, mccj
La liturgia nos ofrece hoy dos lecturas del evangelio de Mateo: la primera, antes de la procesión de ramos, sobre la bien conocida historia de Jesús que entra en Jerusalén montado sobre un pollino (Mt 11, 1—11); la segunda, durante la Misa, es la lectura de la “Pasión” (las últimas horas de Jesús en Jerusalén), esta vez narrada por Mateo en los capítulos 26 b5 27.
Con ello entramos en la Gran Semana del año cristiano, en la que celebramos, re-vivimos y actualizamos la extraordinaria experiencia de nuestro Maestro, Amigo, Hermano y Redentor Jesús, que, con gran lucidez y valentía, pero también con dolor y angustia, entra en Jerusalén, para ser testigo del amor del Padre con su propia vida.
Toda la semana debe ser un tiempo de especial intensidad, en el que dedicamos más tiempo que de ordinario a la lectura bíblica, la meditación, el silencio, la contemplación de esta gran experiencia de nuestro Señor Jesús, que se corresponde con nuestras propias experiencias de vida y muerte, de gracia y pecado, de angustia y de esperanza. Por mi parte, como siempre, me detengo en un solo punto de reflexión:
El rey montado sobre un pollino.
Se trata de una escena que se presta a la representación popular y que todos conocemos bastante bien, aunque corremos el riesgo de no entender bien su significado. Para entenderlo bien, no encuentro mejor comentario que la cita del libro de Zacarías a la que con toda seguridad se refiere esta narración de Marcos:
“Salta de alegría, Sion,
lanza gritos de júbilo, Jerusalén,
porque se acerca tu rey,
justo y victorioso,
humilde y montado en un asno,
en un joven borriquillo.
Destruirá los carros de guerra de Efraín
y los caballos de Jerusalén.
Quebrará el arco de guerra
y proclamará la paz a las naciones”.
(Zac 9, 9-10).
Sólo un comentario: ¡Cuánto necesitamos en este tiempo nuestro, en que nuestra arrogancia ha sido duramente probada, la presencia de este rey humilde y pacífico que no se impone por “la fuerza de los caballos” sino por la consistencia de su verdad liberadora y su amor sin condiciones!
Ciertamente, en las actuales circunstancias que vivimos en todas partes, marcadas por el aislamiento, el miedo y la confusión, nos va a tocar vivir la Semana Santa de manera diferente, con sencillez, mucha paciencia, conectando la pasión de Jsús con la que están viviendo millones de esperanza, con temor y temblor, con confianza y miedo sereno, con generosidad y esperanza.
Contemplar a Cristo en la cruz es identificarse con Él, es ponerse a caminar sobre las huellas de su entrega, confiando en que, aunque se rían de nosotros, aunque a veces nos desesperemos y la cruz nos parezca demasiado pesada ,el amor es más fuerte que la muerte. El amor de Dios siempre vencerá al mal que nos rodea y nos invade. Vence desde la humildad, la entrega generosa, la paciencia infinita, la esperanza contra toda esperanza.
Con un Dios rey, todavía somos paganos;
con un Dios crucificado, ya somos cristianos
Jairo Alberto Franco Uribe
- Este día es escandaloso, comenzamos llenos de alegría agitando los ramos, gritamos que viva el rey, y terminamos aquí en la catedral, viendo que ese rey muere en la cruz, ajusticiado como un criminal; el rey resultó ser una víctima.
- Preferiríamos mil veces quedarnos en la procesión de ramos y terminar allí, en la apoteosis del Dios rey, y no aquí en la pasión y muerte del Dios crucificado. En la procesión con los ramos, todavía éramos paganos, aquí en la misa, haciendo memoria de la cruz, somos cristianos
- El crucificado no es un Dios como lo queremos, no puede, no domina, no se las sabe todas, no tiene la cara bonita.
- En esta semana santa, en esta pascua, no nos podemos quedar en la procesión de ramos aclamando al rey; esto es mero triunfalismo y no da culto a Dios; tenemos que entrar en la pascua del Señor y reconocerlo en el crucificado, reconocerlo en las víctimas; esto es fe y es la religión que agrada a Dios.
Muy queridos hermanos y hermanas, es domingo de pasión, inician los días santos de la pascua. Este día es escandaloso, comenzamos llenos de alegría agitando los ramos, gritamos que viva el rey, y terminamos aquí en la catedral, viendo que ese rey muere en la cruz, ajusticiado como un criminal; el rey resultó ser una víctima.
Nos alegrábamos con ese rey que entra a Jerusalén y lo confesamos como Dios, pero nos desilusiona el crucificado de esta misa y nos da lidia creer que sea Dios. Nos infla el pecho pensar en un Dios rey, nos deprime pensar en un Dios crucificado. Preferiríamos mil veces quedarnos en la procesión de ramos y terminar allí, en la apoteosis del Dios rey, y no aquí en la pasión y muerte del Dios crucificado. En la procesión con los ramos, todavía éramos paganos, aquí en la misa, haciendo memoria de la cruz, somos cristiano.
Si, hermanos y hermanas, nuestro Dios es un crucificado; es un condenado a muerte, es una víctima; la gente se burla de él y le grita: “sálvate a ti mismo, a otros ha salvado y no puedes salvarte”. Sí, es el misterio más tremendo, es el todopoderoso y no puede hacer nada, está clavado al madero; es inmortal, vive desde siempre y para siempre, y muere de muerte fea y violenta. El vistió este mundo de color y belleza y ahí está, desnudo, la piel llagada, su túnica se la juegan a los dados. El es la sabiduría y allí, apretado en angustia, pregunta por qué y el cielo se le queda mudo; nuestro Dios parece sin Dios, se siente abandonado del Padre, olvidado, desechado, ninguniado. Nuestro Dios está derrotado, parece un gusano, no parece ni siquiera hombre; está desfigurado; es mejor no verlo, voltear la mirada. Ese es nuestro Dios.
No nos gusta este Dios, nos repugna, no hay en el parecer, no hay en él hermosura, así lo habían anunciado los profetas y nadie les creyó; quién iba a creer si nos satisface tanto la idea de un Dios que todo lo puede y que arregla nuestros asuntos con milagros; un Dios que domina y se pone por encima de todo y nos da puestos en su gloria y justifica que abusemos del poder; un Dios que se las sabe todas y nos garantiza que estamos en la verdad y nos da permiso de imponer doctrinas a los otros; un Dios de cara bonita que ayuda nuestra vanidad y nos hace aparecer como gente fina y de buen gusto. No, nadie le creía a Isaías cuando anunciaba un Dios así y todavía hoy nos cuesta creer. El crucificado no es un Dios como lo queremos, no puede, no domina, no se las sabe todas, no tiene la cara bonita.
La Biblia que cuenta la historia de la salvación, nos dice que muchos creyentes le habían estado pidiendo a Dios, “muéstranos tu rostro”, “muéstranos tu rostro”; y Dios no era fácil para dejarse ver, un día se le apareció a Moisés, pero no le mostró su rostro; se le presentó caminando y Moisés sólo pudo ver su espalda; Moisés se puso a seguirlo, queriendo pasársele para verle la cara, pero no pudo.
Finalmente, después de mucho implorar, “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”, después de muchos ires y venires, cuando menos lo esperaban, Dios mostró su rostro: llevaban a crucificar a tres hombres condenados a muerte; una mujer, dicen que se llamaba Verónica, se apiadó de uno de ellos que iba coronado de espinas, un rey de burlas, y le limpió con su lienzo la sangre y el sudor que corría por su frente y sus mejillas; y el rostro del condenado quedó grabado en la tela. Dios escuchó la súplica, mostró su rostro; ya conocemos a Dios, tiene el rostro de las víctimas, es un ajusticiado, es un condenado, es un sufrido. Tenían razón los anuncios de Isaías. Dios se nos mostró en el crucificado, es en la cruz donde conocemos a Dios; Dios es el crucificado; es rey, pero es un rey crucificado.
Jesús, Dios con nosotros, nos dijo dónde lo podíamos seguir encontrando cuando no estuviera más con nosotros, “lo que hicieron a uno de estos pequeños a mí me lo hicieron” “lo que hicieron a uno de esos crucificados a mí me lo hicieron”; el rostro de los que tienen hambre y sed, de los que están enfermos o en la cárcel, de los perseguidos y desplazados que buscan techo, de los que están desnudos y desarrapados, es el rostro de Dios; en ellos adoramos a Dios; no pueden salvarse a sí mismos, mueren antes de tiempo, los asesinan, parece que no saben nada, están vestidos de andrajos, no son agradables a la vista; y así y todo, sus rostros nos dejan ver a Dios.
Hermanos y hermanos, en esta semana santa, en esta pascua, no nos podemos quedar en la procesión de ramos aclamando al rey; esto es mero triunfalismo y no da culto a Dios; tenemos que entrar en la pascua del Señor y reconocerlo en el crucificado, reconocerlo en las víctimas; esto es fe y es la religión que agrada a Dios. Cada vez que queramos ver a Dios, conocerlo en persona, acerquémonos a un crucificado, a una víctima, ahí Dios se deja conocer. Dios está en todas partes pero se hace denso en los pobres.
La pasión de Cristo que acabamos de traer a la memoria no es algo que sucedió hace más de dos mil años; es algo que sucede hoy, así como Dios sufrió en Jesús y dejó ver su rostro en él, así Dios sigue sufriendo en las víctimas; tener un Dios para que nos ayude es de todos, hasta de los idólatras, tener un Dios al que hay que ayudarle porque es una sola cosa con las víctimas, es solo de creyentes.
Colombia es un país de víctimas; después del acuerdo de paz, sobrevivieron más de nueve millones de víctimas; y el conflicto se ha reciclado y sigue produciendo más y más víctimas; no podemos hacer memoria de la pasión y muerte de Jesús, sin hacernos cargo de la pasión y muerte de nuestras los que sufren violencia y muerte; Dios se nos muestra en los desplazados y sacados a la fuerza de sus territorios, en los secuestrados y privados de sus derechos, en los desaparecidos y las personas que los buscan, en los que han perdido a sus seres queridos asesinados o no los encuentran porque los desaparecieron, en las mujeres violentadas, en los niños y las niñas reclutados para la guerra, en los líderes sociales y firmantes de la paz asesinados, en los pueblos enteros masacrados. No nos es lícito buscar a Dios sólo en los templos, hay que buscarlo sobre todo donde hay dolor. Lo único que Dios quiere es que lo bajemos de la cruz; ayer estaba crucificado en Jesús de Nazaret, hoy está crucificado en todos los que sufren.
Que en esta pascua recibamos la gracia de ver el rostro de Dios y no escandalizarnos; de adorar no sólo al rey, también al crucificado. No, nuestro Dios no puede salvarse a sí mismo, somos nosotros los que lo tenemos que salvar, bajando de la cruz a las víctimas.
