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Domingo de Pascua. Año A

“El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró. En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”.

(Juan 20, 1-9)


Jesús debía resucitar
P. Enrique Sánchez, mccj

Resucitó. Esta es la noticia dada en la madrugada del tercer día después de que Jesús había sido crucificado en la montaña del calvario a las afueras de Jerusalén. Ese fue el grito de las mujeres que mostrando, como siempre, una valentía extraordinaria, se habían acercado al sepulcro en donde habían pretendido encerrar para siempre a Jesús.

Y, para sorpresa de todos, de quienes habían creído en él y de quienes habían sido confirmados en sus dudas; en medio de la oscuridad que cubría el día que todavía no empezaba, Jesús no estaba en aquella habitación fría destinada a custodiar los restos de quien no podía permanecer entre los muertos.

María Magdalena, con dos palabras que resonarán a lo largo de toda la historia de la humanidad, había constatado con toda claridad que no estaba ahí.

Estaba vivo, pero era algo que ella todavía no alcazaba a comprender porque lo buscaba en donde no lo encontraría jamás. ¿En dónde lo andamos buscando nosotros?

Lo que Jesús había anunciado y prometido, ahora era realidad y se había cumplido. El lugar destinado a los muertos no se había podido apropiar de él. Y ante aquella tumba vacía se iniciaba el camino de la fe que permitirá ver lo invisible, lo que las tinieblas del amanecer pretendían ocultar a los ojos del corazón. El amor venció a la muerte y las tinieblas no pudieron opacar a la luz.

Había resucitado y eso sólo se entenderá cuando, poco a poco, María Magdalena y los discípulos se irán introduciendo en un misterio que se iluminará cuando entiendan que Jesús no está en una tumba vacía, sino en lo más profundo de sus vidas. De ahora en adelante el Señor vivirá en cada uno de nosotros.

El no encontrar a Jesús en la tumba se había convertido en el primer testimonio de la resurrección de Jesús, no sólo por la ausencia, sino por la necesidad de decir que ya no pertenecía al mundo de los muertos, sino que ahora era el Señor de la vida.

La tumba vacía representa el reto a desprenderse de todas aquellas imágenes que se habían hecho de Jesús.

Habría que desprenderse de la tentación de poder seguir teniéndolo como lo habían conocido y como lo habían tratado a lo largo de los años de su misión.

Había que dejar a un lado las opiniones que les habían convencido y permitido llegar, aunque tímidamente, a decir que él era el Mesías.

Jesús ya no será más el personaje que cautiva y que arrastra a seguirlo, ahora empezará a ser el Señor que los habita. Será la presencia de Dios que cumplirá aquellas palabras que Jesús les había dicho seguramente muchas veces: no tengan miedo, yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.

La tumba vacía por eso, no sólo es un lugar que de pronto queda inhabitado, es más bien un espacio que reta y desafía a ir más lejos, a no quedarse en lo inmediato, en lo efímero que se pierde en el tiempo.

Aquella tumba vacía de pronto se convierte en punto de partida para poder reconocer a Jesús vivo en todos los momentos de la existencia.

Presente, cuando los criterios de este mundo no bastan para darle sentido a la vida, a los momentos bellos al igual que a los que nos toca vivir cargados de pruebas, sufrimientos, sacrificios y contradicciones.

Para muchos de nosotros seguramente no será difícil identificarnos con María Magdalena que va al cementerio, en medio de las tumbas que hablan de muerte. De nuestras muertes a las que nos sentimos aficionados e incapaces de desprendernos porque nos brindan seguridad y comodidad.

Como ella, nos gustaría encontrarnos con el Jesús que nos ha cambiado la vida, que nos ha ayudado a comprender lo que somos y el valor que tenemos a los ojos de Dios, pero nos gustaría que no nos exigiera demasiado. Pero ahora, como resucitado, nos pide ir más lejos, a vivir como resucitados.

Nos ayuda a entender que no basta con decir, sí Jesús es el Mesías y él me ha salvado. Hace falta dar un paso más decidido, haciendo de su vida nuestra vida.

Urge empezar a poner en práctica lo que, durante su vida ha enseñado y lo que nos ha dejado como legado en su palabra y en el testimonio que sus primeros discípulos jamás olvidaron.

María Magdalena nos enseña que ante el misterio de la resurrección no se puede quedar uno paralizado; es necesario ponerse en camino y con premura, para decir con la vida que la resurrección nos ha cambiado.

Pedro y el otro discípulo hacen la misma experiencia y salen corriendo, seguramente no para satisfacer su curiosidad o para verificar la veracidad de las noticias recibidas.

Salen de prisa porque encontrarse con Jesús resucitado significa la garantía de futuro en sus vidas. Porque vivir con Jesús resucitado no podía ser más que fuente de inmensa alegría.

Encontrarse con Jesús resucitado no significaba poder volver al pasado, a repetir lo conocido y lo ya vivido; todo lo contrario, era darse la posibilidad de iniciar una vida distinta. Lo que hasta ahora había sido promesa podía convertirse en algo que cambiaría para siempre sus historias, sus proyectos y la posibilidad de ver realizados los anhelos que Jesús había ido sembrando en sus corazones.

Estos discípulos, y todos los que vendrán después a lo largo de la historia, saben bien que el anuncio de la resurrección no es un testimonio proclamado con muchas palabras.

No se trata de un discurso bien pensado, usando los argumentos más convincentes para demostrar algo que no era necesario que fuese demostrado.

El anuncio de la resurrección es un motivo de alegría profunda que se contagia y que genera el entusiasmo que lleva a decir con la vida que ha valido la pena poner la confianza en Jesús y que es un privilegio ser sus discípulos.

El sepulcro vacío se convierte en el primer anuncio de la resurrección, que con palabras del evangelista san Lucas, dirá: no busquen entre los muertos al que vive (Lucas 24, 5).

Agradecidos por todo lo que viviremos o hemos vivido durante estos días del Triduo Pascual, sería bueno que con palabras sencillas, pero que broten de lo más profundo de nuestros corazones, digamos con sencillez y gratitud que nos sentimos felices, pues con la resurrección del Señor también nosotros hemos renacido.

Que la alegría de la Pascua nos acompañe a lo largo de este tiempo que iniciaremos ahora hasta la fiesta de Pentecostés y que cada día nos demos la oportunidad de reconocer a Jesús vivo que nos acompaña y nos bendice en las luchas que seguiremos abrazando, pero esta vez con la certeza de que no vamos solos por el camino.

Que Jesús resucitado llene nuestras vidas de la alegría que necesitamos para convertirnos en colaboradores suyos en la transformación de mundo en que nos toca vivir.

El Señor ha resucitado y está presente entre nosotros, como misioneros vayamos a todas partes llevando esa buena noticia.

Feliz Pascua de Resurrección.


Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

«Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?»
«El sepulcro de Cristo vivo,
la gloria de Cristo resucitado,
y los ángeles, sus testigos,
el sudario y sus vestiduras.
Cristo, mi esperanza, ha resucitado:
va delante de los suyos a Galilea».

María Magdalena, la mujer de la aurora gloriosa, es la primera anunciadora de la resurrección de Cristo. Ella, esposa apasionada que pasa la noche buscando a su Amado, es imagen de la Iglesia. María permanece estrechamente unida al acontecimiento que está en el origen y en el centro de nuestra profesión de fe: la fiesta de Pascua.

La Pascua es el triunfo inesperado de la vida que hace renacer la esperanza. La Pascua es la estrella de la mañana que ilumina la noche profunda y abre el camino al sol del mediodía. La Pascua es la explosión de la primavera que inaugura un tiempo de belleza, estación de los colores, del canto y de las flores.

María, la mujer de la aurora

María Magdalena es la primera testigo de la Pascua (Juan 20,1-18). Su amor ardiente por el Maestro mantuvo su corazón despierto durante toda la noche del gran “paso”: «Yo duermo, pero mi corazón vela» (Cantar de los Cantares 5,2). Y precisamente porque el amor la hizo velar, el Amado se le manifiesta primero a ella.

Es a ella, por tanto, a quien queremos preguntar: «Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino?» (Secuencia pascual). Queremos beber en la fuente fresca y viva de los primeros testigos de la resurrección. María es custodio de un testimonio de primera mano, primicia femenina, «apóstol de los apóstoles», como la llaman los antiguos Padres de la Iglesia.

Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino? ¡Cuéntalo con el fuego de tu pasión! Déjanos contemplar en tus ojos lo que ha visto tu corazón. ¡Porque la vocación de un apóstol no tiene valor si no se vive con tu pasión!

Veamos entonces qué hizo de María la primera testigo del Resucitado.

María, la amante

¿Qué caracteriza a María Magdalena? ¡Un gran amor! Es una mujer apasionada por Jesús que no se resigna ante la perspectiva de perderlo. Se aferra a aquel cuerpo inerte como última oportunidad de poder tocar «Aquel a quien ama su corazón» (Ct 3,1-4). Si el «discípulo amado» (el apóstol Juan, según la tradición) es el prototipo del discípulo, María Magdalena es su correspondiente femenino (sin por ello eclipsar la figura de la Virgen María). Ella es la «discípula preferida» y la «primera apóstol» de Cristo Resucitado.

Llamada dos veces con el nombre genérico de «mujer», representa a la nueva humanidad sufriente y redimida. Es la Eva convertida por el Amor del Esposo, aquel amor perdido en el jardín del Edén y ahora recuperado en el nuevo jardín (Juan 19,41), donde había descendido su Amado (Ct 5,1).

Permanecer y llorar

María Magdalena está movida por el amor y, al mismo tiempo, por la fe. Fe y amor son ambos necesarios: la fe da la fuerza para caminar, el amor da alas para volar. La fe sin amor no arriesga, pero el amor sin fe puede perderse en muchos cruces. La esperanza es hija de ambos.

Son el amor y la fe los que impulsan a María a permanecer junto al sepulcro, a llorar y a esperar, aunque no sepa bien por qué. Mientras Pedro (figura de la fe) y Juan (figura del amor) se alejan del sepulcro, ella, que reúne en sí ambas dimensiones, «permanece» y «llora».

Su permanecer es fruto de la fe y su llorar es fruto del amor. Permanece porque su fe persevera en la búsqueda, no se desanima ante el fracaso, pregunta a los ángeles y al jardinero, como la Amada del Cantar de los Cantares. ¡Espera contra toda esperanza! Hasta que, al encontrar de nuevo al Amado, se arroja a sus pies, abrazándolos en el vano intento de no dejarlo marchar (Ct 3,1-4).

Hoy nosotros, apóstoles, discípulos y amigos de Jesús, a menudo capitulamos fácilmente ante el «sepulcro», alejándonos de él. Nos falta la fe para esperar que de una situación de muerte, de vacío y de derrota pueda renacer la vida. Nos falta la fe para creer en un Dios capaz de «resucitar a los muertos». Nos apresuramos a cerrar esos «sepulcros» con la «piedra muy grande» (Marcos 16,4) de nuestra incredulidad.

Nuestra misión se convierte entonces en una lucha desesperada contra la muerte, una empresa condenada al fracaso, porque la muerte reina desde el principio del mundo. Terminamos por conformarnos con la obra de misericordia de «enterrar a los muertos», olvidando que los apóstoles han sido enviados por Jesús para «resucitarlos» (Mateo 10,8).

Afrontar el drama de la muerte y del sepulcro es como la travesía del Mar Rojo para el cristiano. Sin quitar la piedra de nuestra incredulidad, para afrontar y vencer a este terrible enemigo, no veremos la gloria de Dios: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Juan 11,40).

Nos cuesta llorar, quizá porque amamos poco. Nuestro corazón olvida demasiado pronto a sus «muertos». «La vida sigue y no podemos detenernos», decimos. ¡No tenemos tiempo para «permanecer» y «llorar» con los que sufren!

La audacia de permanecer y llorar no es estéril. A las lágrimas de María Magdalena responden los ángeles. No le devuelven el cadáver que buscaba, sino que le anuncian que «Aquel a quien ama su corazón» está vivo.

Sus ojos, sin embargo, necesitan ver y sus manos tocar al Amado, y Jesús cede a la insistencia del corazón de María y sale a su encuentro. Cuando la llama por su nombre, «Mariam», su corazón se estremece de emoción al reconocer la voz del Maestro.

Ser llamado por el propio nombre, ser reconocido, es el deseo más profundo que llevamos dentro. Solo entonces la persona puede alcanzar la plenitud de su ser y la conciencia de su identidad. Solo entonces podrá decir, con el fuego de un corazón enamorado: «¡He visto al Señor!». Y ese día, como María, también nosotros nos convertiremos en testigos de primera mano:
«…lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos…» (1 Juan 1,1-4).

Felicitación pascual

Busquemos al Crucificado con la fe y el amor de María Magdalena, y el Resucitado vendrá a nuestro encuentro llamándonos por nuestro nombre. Lloremos a los muertos de hoy —los de las injusticias y las guerras—, pero que nuestra mirada se dirija hacia el futuro, hacia el Resucitado, y no solo hacia el pasado, hacia el Crucificado, olvidando la resurrección.

Entonces nuestra oración será la que concluye la Escritura: «¡Ven, Señor Jesús!» (Apocalipsis 22,20). Con la Pascua, la Iglesia ha entrado en la tensión escatológica: «Anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!».

¡Feliz Pascua, y que nuestra vida manifieste la presencia del Resucitado en nuestra “Galilea” de cada día!

comboni2000.org


Creer en el resucitado
José Antonio Pagola

Los cristianos no hemos de olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Mucho más incluso que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.

Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.

Creer en el Resucitado es creer que Jesús se hace presente en medio de los creyentes. Es tomar parte activa en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que, cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está él poniendo esperanza en nuestras vidas.

Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración a Cristo no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.

Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es saber descubrirlo vivo en el último y más pequeño de los hermanos, llamándonos a la compasión y la solidaridad.

Creer en el Resucitado es creer que él es «el primogénito de entre los muertos», en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abre ya la posibilidad de vivir eternamente.

Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento, ni la injusticia, ni el cáncer, ni el infarto, ni la metralleta, ni la opresión, ni la muerte tienen la última palabra. Solo el Resucitado es Señor de la vida y de la muerte.

www.feadulta.com


Cristo Resucitado:
la buena noticia que cambia al hombre y la historia
P. Romeo Ballan, mccj

“El primer día de la semana” (Evangelio, v. 1) ¡Jesús ha resucitado! Explosiona la vida, comienza la historia nueva de la humanidad: nada es igual que antes, todo tiene un sentido nuevo, positivo, definitivo. El anuncio de este hecho histórico – que es el tesoro fundacional de la comunidad de los creyentes en Cristo – resuena de casa en casa, de iglesia en iglesia, en todas las latitudes, en todos los rincones del mundo; se hace ‘evangelio-buena noticia’ para todos los pueblos. “El sepulcro vacío se ha convertido en la cuna del cristianismo” (San Jerónimo). La tumba vacía ha marcado para Juan el paso decisivo de la fe: él corrió al sepulcro, y, “asomándose, vio las vendas en el suelo, pero no entró”; más tarde entró junto con Pedro, “vio y creyó” (v. 4.5.8). Era el comienzo de la fe en Jesús resucitado, que más tarde se fortaleció cuando lo vieron viviente.

La fe es gradual: María Magdalena, Pedro y Juan corrieron al sepulcro con la intención de rescatar un cadáver desaparecido; no estaban preparados para un acontecimiento que no entraba en sus cálculos; tan solo más adelante llegaron a creer en el Señor resucitado e incluso se convirtieron en sus testigos y pregoneros valientes (I lectura): “Nosotros somos testigos… los testigos que Dios había designado… Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio…” (v. 39.41.42). Desde entonces el camino ordinario de la transmisión de la fe cristiana es el testimonio de personas que creyeron antes que nosotros. Por eso, nosotros profesamos que la fe es apostólica: porque está arraigada en la de los Apóstoles y en su testimonio. “El hecho principal en la historia del cristianismo consiste en un cierto número de personas que afirman haber visto al Resucitado” (Sinclair Lewis).

Desde siempre, la Iglesia misionera da vida a nuevas comunidades de fieles anunciando que Jesucristo es el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Él es el motivo radical y el fundamento de la misión. El hecho histórico de la resurrección de Cristo, ocurrido en torno al año 30 de nuestra era, constituye el núcleo central y ‘explosivo’ del mensaje cristiano; la catequesis lo enriquece y lo acompaña con la metodología adecuada. La misión es portadora del mensaje de vida que es Jesús mismo: el Viviente por su resurrección, después de su pasión y muerte. Este es el kerigma, anuncio esencial para los que todavía no son cristianos; es anuncio fundamental también para despertar y purificar la fe de los que se detienen casi exclusivamente en la primera parte del misterio pascual. En efecto, hay cristianos que se concentran casi tan solo sobre el Cristo sufriente en la pasión, y casi no dan el salto de la fe en Cristo resucitado. Les parece más fácil y consolador identificarse con el Cristo muerto, sobre todo cuando se viven situaciones de sufrimiento, pobreza, depresión, humillación, luto… Sin embargo, ese consuelo sería tan solo aparente y pasajero sin la fe en el Señor Resucitado.

El testimonio, que une a la vez anuncio y coherencia de vida, es la primera forma de misión (cfr. AG 11-12; EN 21; RMi 42-44). Los auténticos testigos del Resucitado son personas contagiosas. Las personas transformadas por el Evangelio de Jesús resucitado, que viven los valores superiores del espíritu (II lectura), son las únicas capaces de contagiar a otras personas y hacer que se interesen por los mismos valores, tales como: la aceptación y la serenidad en el sufrimiento, la esperanza incluso frente a la muerte, la oración como abandono en las manos del Padre, el gozo en el servicio a los demás, la honestidad a toda prueba, la humildad y el autocontrol, la promoción del bien de los demás, la atención a las necesidades de los últimos, el testimonio de lo Invisible…Así se extiende y se realiza capilarmente la misión, aun antes y mejor que a través de las palabras, de las meras estructuras y de las jerarquías. “Celebra la Pascua con Cristo tan solo el que sabe amar, sabe perdonar… con un corazón grande como el mundo, sin enemigos, sin resentimientos”, como lo enseñaba en una catequesis el obispo Mons. Óscar Arnulfo Romero, asesinado en San Salvador, el 24 de marzo de 1980.

La misión es un acontecimiento eminentemente pascual, porque ahonda sus raíces y contenidos en la Resurrección de Cristo. Esta es la mejor buena nueva que el mundo necesita: en Cristo crucificado, muerto y resucitado “Dios da la nueva vida, divina y eterna. Esta es la Buena Nueva que cambia al hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho a conocer” (Juan Pablo II, en RMi, n. 44). “La evangelización, en nuestro tiempo, solo será posible por medio del contagio de la alegría” (Papa Francisco). Esta evangelización –gozosa, paciente y progresiva– es la primera actividad de la Iglesia misionera entre todos los pueblos.

Triduo Pascual. Año A

Textos tomados de: www.dominicos.org

Jueves Santo
Fr. Juan Carlos Cordero de la Hera O.P.

Si en el calendario cristiano hay un día señalado, especialísimo, en el que tiene sentido celebrar la Eucaristía, ese día es hoy, cada JUEVES SANTO.

El Jueves Santo es un día de recuerdos en nuestra historia de Salvación; día del “memorial” de la entrega total de Dios a la humanidad. Día en que recordamos la Alianza Nueva y Definitiva.

El contexto del Jueves Santo es la Pascua Judía en la que el pueblo celebraba cada año el paso del Señor; el paso de Dios dando vida y liberación a su pueblo, a sus hijos. Dios toma la iniciativa, siempre. Pero en esta ocasión hay algo nuevo: Jesús va a ser el cordero pascual, que va a derramar su sangre por nosotros, para liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos la libertad de los hijos de Dios.

Jesús sabía que aquella Pascua era la última, sabía que estaba decretada su muerte y por eso es tan especial aquella “última cena”; por eso, antes de despedirse de los suyos, quiso resumir con unos gestos todo el sentido de su vida y su enseñanza.

Esta tarde también nosotros podemos entrar en este cenáculo en el que Jesús está reunido con sus discípulos para comer juntos la cena de Pascua y contemplar el gesto de ponerse de rodillas delante de cada uno de los discípulos para lavarles los pies, y de partir el pan.

Memorial con el pan y el vino

El pan: el alimento básico y elemental para nosotros, que mantiene nuestra vida día a día; que deshaciéndose, se transforma en parte de nosotros y en energía vital. Si el pan es fruto del trabajo humano, nuestro trabajo, nuestro quehacer es fruto del pan, del alimento que tomamos. El pan, además, es sencillo, humilde, no se da importancia… es como la prosa de cada día.

El vino: es la poesía, la propina, la fiesta. Pan y agua son lo indispensable. Pero cuando se agasaja o festeja a alguien se ofrece pan y vino (ya en el Gn. al vencedor en la batalla, Melquisedec le ofrece un banquete, convite, fiesta)

Participar en la Eucaristía, comer su Cuerpo, beber su Sangre es entrar y asumir el proyecto de vida de Jesús; es intentar actuar en la vida con los criterios que Jesús actuó.

El lavatorio de los pies

Es el otro sacramento del Jueves Santo. Para entenderlo tenemos que olvidarnos de nuestras calles asfaltadas, cuidadas. En la época de Jesús muy pocas personas usaban calzado; los que lo hacían, solo tenían unas simples sandalias. En las calles de tierra se tiraban los restos orgánicos, las comidas de los animales, etc. Lavarse los pies al entrar en casa era un ritual obligado y necesario. Correspondía hacerlo a los esclavos o a los siervos. En las familias pobres, a la esposa o a las hijas.

Jesús que lava los pies, se pone en el lugar más bajo, indicando dos cosas: él viene a servir, no a ser servido; y no admite que unas personas sean consideradas inferiores a otras. Jesús es el señor que atiende a los criados, que sirve. Y con este gesto nos está enseñando, además, cuál es la manera acertada de estar ante “lo sucio” de los otros, ante sus defectos, fallos, pecados… y nos invita a ponernos de rodillas para lavarlo y devolverles la posibilidad de continuar caminando; es preciso arrodillarse ante el hermano, a pesar de…

Impresiona ver a Jesús lavando los pies a sus discípulos; desde entonces entendemos mejor que el cristiano no puede dejar de servir, y que es con esta actitud de servicio y entrega como se concreta llevar a la vida diaria “el testamento de Jesús”, el mandamiento del amor. Jesús no nos pide que seamos buenas personas, que nos amemos mucho. Él quiere más de nosotros, sus discípulos. Que amemos “como Él nos ha amado”.

Ojalá que estas actitudes, este estilo de vida y entrega de Jesús sean el referente que dé sentido a la vida de todos los sacerdotes, como servidores a la comunidad. Pidamos juntos a Dios que nos esforcemos por celebrar la Eucaristía después de habernos dejado lavar el corazón por Él; y de habernos arrodillado sirviendo en el día a día a nuestros hermanos.

¿Seremos capaces de perpetuar su memoria? ¿Estamos dispuestos hoy, y cada día, a amar y amarnos, como Él lo hizo y sigue haciéndolo?

dominicos.org


Viernes Santo
Fray Diego Rojas O.P.

Una mirada diferente sobre la pasión

Hay relatos que nos cuentan lo que pasó. Y hay relatos que, además, nos cambian la manera de mirar lo que pasó. En todo su evangelio Juan nos hace ver los acontecimientos casi como un director de cine que coloca la cámara de manera novedosa y estratégica para ofrecernos otra perspectiva del mismo acontecimiento. Hace algo parecido a lo que realiza el director Alejandro González Iñárritu. En películas como Babel o Amores perros, la historia no se cuenta desde una sola mirada. Las escenas se entrelazan, las vidas se cruzan, y el espectador descubre que lo que parecía una historia trágica también puede ser una historia de revelación y transformación.

Juan hace algo parecido con la pasión. No cambia los hechos fundamentales, pero cambia la mirada. Y al cambiar la mirada, cambia también el significado.

El arresto: Jesús se entrega libremente

La primera escena ya lo sugiere. Cuando vienen a arrestarlo, Jesús no huye ni se esconde. Sale al encuentro de quienes lo buscan y pregunta: “¿A quién buscáis?”. Cuando responden: “A Jesús de Nazaret”, él dice simplemente: “Yo soy”.

No es solo una forma de identificarse. Es una expresión que remite al nombre mismo de Dios. Y el evangelista añade un detalle sorprendente: cuando Jesús pronuncia esas palabras, los soldados retroceden y caen al suelo.

Es como si, por un instante, el relato nos dejara ver lo que normalmente permanece oculto: el hombre que van a arrestar no es una víctima indefensa. Es el Hijo que se entrega libremente.

Por eso, a lo largo de todo el relato, la cruz aparece bajo una luz inesperada. Lo que para el mundo es derrota, Juan lo contempla como glorificación. La crucifixión no es solo una ejecución: es también revelación, manifestación de quién es realmente Jesús.

En la cruz se revela un amor que no se impone, sino que se entrega.

De la muerte brota vida

Esa mirada alcanza su punto culminante en el momento de la muerte. Juan escribe que Jesús, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

No dice simplemente que murió. Usa una expresión que sugiere también otra realidad: Jesús comunica el Espíritu. En el instante de su muerte comienza una vida nueva para los demás. Donde parecía haber solo final, hay también comienzo. La cruz se convierte así en fuente de vida.

Y el relato termina con un detalle lleno de esperanza. Aparecen dos hombres que hasta entonces habían permanecido en la sombra: José de Arimatea y Nicodemo. Eran discípulos en secreto. Habían seguido a Jesús con discreción, quizá con miedo. Pero cuando todo parece perdido, cuando el maestro ha muerto y la historia parece terminada, ellos dan un paso al frente. Piden el cuerpo, lo bajan de la cruz y lo sepultan con honor.

La muerte de Jesús hace visible lo que estaba oculto. La fe que permanecía escondida encuentra el valor para manifestarse.

Mirar la cruz hoy

También nosotros vivimos en un mundo donde la fe muchas veces permanece en silencio. En una sociedad secularizada, la cruz puede parecer simplemente un símbolo religioso del pasado o una historia de fracaso. Pero el evangelio nos invita a mirarla de otra manera.

Cuando contemplamos la cruz con la mirada del Evangelio de Juan, descubrimos que allí no hay solo dolor, sino amor que se entrega; no solo derrota, sino gloria escondida; no solo final, sino vida que comienza. Esa mirada transforma también nuestra vida. Nos da la valentía para no vivir la fe escondidos, para ser testigos discretos pero reales, como José de Arimatea y Nicodemo.

Y quizá aquí se esconde una clave importante del relato. Todo comienza con aquella palabra que Jesús pronuncia en el momento del arresto: “Yo soy”. Esa afirmación resuena al inicio de la pasión como una luz que acompaña todo el camino hasta la cruz. El que es detenido, juzgado y crucificado no es simplemente un hombre derrotado por la violencia del mundo: es aquel en quien Dios mismo se hace presente. Por eso la cruz, contemplada desde esta perspectiva, deja de ser solo un signo de fracaso para convertirse en un lugar de revelación.

Quizá el mundo no siempre comprenda la lógica de la cruz. Pero precisamente en esa lógica —la del amor que se entrega— se revela la verdadera fuerza de Dios.

¿Desde qué mirada suelo contemplar la cruz: desde el sufrimiento y el fracaso, o desde el amor que se entrega? ¿Hay aspectos de mi fe que todavía vivo “en secreto”, como Nicodemo o José de Arimatea?

En una sociedad donde la fe no siempre es comprendida, ¿qué me ayudaría a ser testigo con mayor libertad y serenidad? ¿Qué cambia en mi vida cuando descubro que incluso en los momentos de oscuridad Dios puede estar revelando su gloria?

dominicos.org


Vigilia Pascual
Fr. César Valero Bajo O.P.

¡HA RESUCITADO!

En la Palabra de la liturgia eucarística de esta noche de gloria resuena el grito jubiloso: ¡Ha resuciatado!. En esta ocasión son el evangelio de San Mateo y la carta de San Pablo a los Romanos los que nos van a aproximar al acontecimiento único de la resurrección del Señor y a sus implicaciones para nosotros en este momento que nos toca vivir y, en cierto modo, protagonizar.

“Vosotras no temáis. No está aquí: ¡ha resucitado!”

Son las palabras que el Ángel dirige a las mujeres, asustadas como los guardianes del sepulcro, por lo extraordinario y sobrenatural de lo acontecido. “No temáis. ¡Ha resucitado!”. Qué hermoso anuncio también para nosotros hoy, acosados por temores tan diversos. La resurrección del Señor hace brotar el resplandor de la esperanza en medio de las tinieblas existenciales (violencias, injusticias, enfermedades, soledad, fracasos, desamores, esclavitudes de índole diversa…) que puedan envolvernos.

Esta noche santa es invitación para renovarnos en la esperanza y en la confianza de esta actuación del poder del Padre Dios que con la fuerza de su Espíritu ha roto en su Hijo Unigénito las cadenas de la muerte y el poder del mal.

“Va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”

Galilea, donde comenzó el encuentro con el Señor Jesucristo, donde convivieron con Él y donde aprendieron de Él. Galilea, donde ahora van a ser confirmados en la fe en el Resucitado. Galilea, desde donde van a ser enviados al mundo entero para ser portadores e instructores de la Buena Noticia.

Por esto es también para nosotros esta Noche Santa oportunidad para renovar el compromiso de ser testigos del Resucitado; atentos y vigilantes, valientes y coherentes, para que en el cotidiano desenvolvimiento de la vida, rezumemos gozo pascual.

“Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Alegraos!”

Parte irrenunciable del testimonio pascual es la alegría incomparable que encierra en sí mismo. No es la alegría transitoria de nuestras programaciones y eventos. No es la alegría del éxito de los ídolos de temporada. No es la alegría del efímero aplauso social. No es la alegría hueca de nuestros triunfos humanos, tantas veces demasiado humanos.

Es la alegría de la plenitud. Es la alegría de quien sabe de quién se ha fiado. Es la alegría de quien en medio de cuaquier quebranto se sabe en comunión íntima con el Resucitado, y con Él y desde Él sabe y testimonia que la Victoria sobre todo mal es segura. Es la alegría que también permanece cuando nos anegan las lágrimas. Es la alegría de quien vislumbra los cielos nuevos y la tierra nueva en los que al fin habiten la justicia y la paz y la dicha sin ocaso.

“Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”

¡Qué hermosa realidad y elocuente compromiso para ser renovados en esta Noche Santa!

San Pablo a través del contenido de su Carta a los Romanos comparte con nosotros en esta Noche Santa la hondura teológica y vital de nuestro bautismo en el nombre del Señor Jesucristo.

Muertos al pecado: a todo lo que destruye la vida, a lo que nos aisla e individualiza, a lo que nos encadena y esclaviza, atenazando nuestra libertad; a lo que nos confronta, a lo que borra en nosotros la imagen amorosa de nuestro Creador; a lo que despierta la codicia, el aparentar, el creernos más que nadie; a lo que oscurece y camufla la verdad, a todo aquello que debilita la coherencia…

Vivos para Dios en Cristo Jesus: para ponerle a Él en el centro, para vivir el asombro de su amor, para irradiar la luz de su Verdad, para construir su deseada comunión, para servirnos mutuamente, para llenarnos de su esperanza, para llenarnos de la fuerza de su Espíritu, para vivir VIVIÉNDOLE…

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Domingo de Pascua
Fr. César Valero Bajo O.P.

“Y creyó que Él había de resucitar de entre los muertos”

Corramos también nosotros con Pedro y Juan hacia el sepulcro. Como ellos, entremos y veamos. Y dejemos que se afiance en nosotros la fe en la Resurrección del Señor. De hecho, el evangelio de San Juan es una invitación constante a despertar y consolidar la fe en Jesús de Nazaret, Verbo Eterno del Padre y Salvador del mundo. Con este mismo propósito concluye su evangelio: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).

En este Domingo de Gloria renovemos también nosotros nuestra fe en el Señor y comprometamos nuestra vida en ser testigos y anunciadores de este inagotable manantial de Vida y Esperanza que es el Señor Resucitado.

Me sorprendieron, hace ya algunas décadas, unas palabras de un sacerdote del norte de España que exhortaba hacia este objetivo de testimoniar con toda nuestra vida la fe en el Resucitado. Venía a decirnos: “Las personas que dicen no creer en Cristo Resucitado, tal vez comiencen a creer en Él cuando un día nos vean a nosotros vivir como ya resucitados. Afrontar el fracaso y el dolor, como ya resucitados. Adentrarnos en la enfermedad y la muerte como ya resucitados”.

Se trata, por tanto, de impregnar todo los ámbitos y aspectos de nuestra existencia de gozo pascual, de alegría inexplicable, de confianza inquebrantable en el poderoso amor que se nos manifiesta en su cruz gloriosa.

“Que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo”

Con estas palabras, los Hechos de los apóstoles nos presentan cómo San Pedro ofrece un magnífico resumen del evangelio, y el camino a recorrer por quienes nos declaramos y sentimos sus discípulos.

Pasar por el mundo haciendo el bien: un imperativo que hoy cobra una particular intensidad. Hacer el bien que hace desaparecer confrontaciones. Hacer el bien que lo busca para todo ser humano, cuando el bien común está arrinconado por ambiciones múltiples. Hacer el bien para recuperar la verdad. Hacer el bien para crecer en justicia, en dignidad, en paz. Hacer el bien para que la compasión no claudique ante la competición. Hacer el bien para que lo que agrada a Dios, lo bueno, lo perfecto ( cf Rm 12,2) crezcan en nuestro mundo.

Curando a los oprimidos por el Diablo: el mal está ahí, fuerte, despiadado, destructor. El Señor Jesucristo no pasó de largo ni ante el mal, ni ante el Maligno. En su actuación descubrías la práctica admirable del samaritano, y cómo doblegó los estragos directos del Maligno. ¡Con que contundencia le apartó de su camino tras el retiro en el desierto!

Se ha indicado con certeza que para que el mal progrese basta con que las personas de bien no hagamos nada.

Su resurrección nos fortalece para discernir y optar siempre por el bien. Sin ingenuidad. El misterio del mal está ahí: poderoso, y poderosamente destructor, hilvanándose con nuestros pasos.

Pero en comunión con el Resucitado se desvanecen los temores de hacerle frente. Con Él y por Él sabemos que la victoria es segura. El mal y el Maligno nunca tendrán la última palabra. Su cabeza ya ha sido aplastada. La lucha será ardua. Imprescindible la oración.

Y siempre ciertos de que el horizonte final está ya iluminado por la luz del lucero que no conoce el ocaso. Es el tiempo de la gracia, de la vida, de la salvación. Es la Pascua del Señor. Que lo sea en verdad en lo más profundo del ser de cada uno de nosotros.

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