V Domingo de Cuaresma. Año A

“En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por esolas dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba.

Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.

Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano.Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del ultimo día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te llama”.

Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado.

Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron.

Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban,se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían:“¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él”.

(Juan, 11, 1-45)


Yo soy la resurrección y la vida
P. Enrique Sánchez, mccj

El evangelio que nos presenta la liturgia de la Palabra de este domingo es el último milagro o signo, como los llama san Juan, con que Jesús manifiesta que él es el Mesías, invitando a sus oyentes a abrirse al don de Dios presente en el Reino de Dios que comienza a través de su presencia.

Con esta acción extraordinaria, en la cual Jesús aparece como quien tiene poder, incluso sobre la muerte, para que la vida de Dios se manifieste en su plenitud, se concluye la primera parte del evangelio y se inicia otra etapa importante de la misión y del ministerio de Jesús.

A partir de este momento toda la atención se orientará hacia el misterio de la pasión, de la muerte y de la resurrección del Señor.

Paso a paso, Jesús irá dejando una huella que servirá de referencia para todos aquellos que se convertirán en discípulos y testigos suyos. Casi como diciendo: quien quiera ser mi discípulo tiene que estar dispuesto a asumir en su propia experiencia de vida lo que irá contemplando en el misterio de la pasión, de la muerte y de la resurrección.

Con la entrega de su vida en momentos y situaciones que quedan marcadas en la historia humana, el Señor, abre una nueva etapa en la tarea de formar a sus discípulos enseñándoles que quien quiera ser seguidor suyo tendrá que pasar por la experiencia que a él le toca a hora vivir.

En los domingos pasados hemos escuchado que por la fe se va reconociendo a Jesús como una fuente inagotable de vida y que quien se acerca a él encuentra el manantial de la vida. Él es quien da el agua que aplaca la sed que se encuentra en todo corazón humano, como anhelo de encuentro con Dios.

Él es quien hace que no tengamos que ir muchas veces a nuestros pozos tan incapaces de responder a nuestras ansias de vida. Como le sucedió a la samaritana a quien Jesús fue a encontrar en el pozo de Jacob.

También se ha manifestado como la luz que destruye las tinieblas. La luz que nos hace salir de todas nuestras oscuridades y cegueras.

Jesús se autodefine como la luz del mundo, el único que es capaz de acabar con las tinieblas en las que muchas veces nos vemos atrapados en estilos de vida que no permiten ver el futuro con esperanza.

Él es la luz que hace desaparecer nuestras cegueras para que podamos contemplar el mundo con los ojos de Dios, para que seamos capaces de contemplar lo bello, lo sano, lo maravilloso que Dios está haciendo cada día para nosotros; para que veamos lo santo a lo que estamos llamados, como auténticos hijos de Dios.

Jesús nos dirá igualmente que él es el camino que conduce al Padre y podemos entender que sólo pasando por él podemos llegar a entender que Dios nos ha dado a Jesús para que podamos tener un acceso seguro a él. Quien me conoce, conoce al Padre, nos dirá Jesús con mucha sencillez, invitándonos a no tener miedo de poner en Él toda nuestra confianza.

Hoy llegamos a este, que sin duda, es el signo más grande a través del cual Jesús nos hace ver quién es realmente para nosotros. Él es quien ha venido para cumplir con el único deseo que existe en el corazón de su Padre y de nuestro Padre: que tengamos vida y vida en abundancia. Para eso he venido, esa es mi misión, dirá con claridad Jesús a sus discípulos.

La resurrección de Lázaro no hace más que mostrar de una manera muy plástica y comprensible lo que de muchas maneras Jesús ya había demostrado con sus milagros, que Él tiene poder sobre la muerte y es Señor de la vida.

En este milagro se anticipa lo que demostrará con su propia experiencia, pues habiendo pasado por el drama de la muerte al ser crucificado, el sepulcro no ha podido retenerlo y ha salido victorioso resucitado.

Leyendo lo que nos presenta este capítulo 11 del evangelio de san Juan, seguramente nos damos cuenta de que se trata, de alguna manera, del relato de nuestra propia experiencia cotidiana. Cada uno de nosotros estamos obligados, si queremos abrirnos a la vida, a reconocer que somos Lázaro.

Todos nos encontramos muchas veces dentro de los sepulcros de nuestras vidas, a donde no se puede entrar, porque ya huele mal.

Muchas veces nos damos cuenta de que no sólo llevamos cuatro días atrapados en situaciones de muerte que nos tienen paralizados o esclavizados, incapaces de disfrutar sanamente de lo que somos y de lo que tenemos, porque le hemos apostado a lo que no es vida.

Estamos atrapados en los sepulcros de nuestros miedos, de nuestras desconfianzas, de nuestros prejuicios sobre los demás, de nuestros egoísmos que nos hacen indiferentes a las necesidades de los demás.

A lo mejor llevamos días o años atrapados en rencores y sentimientos de violencia que se han ido haciendo añejos y nos han impedido hacer la experiencia de la libertad que brinda la capacidad de perdonar.

Nuestros vicios y dependencias, por pequeños que sean, se han convertido en grandes sepulcros que nos han condenado a vivir lejos de los demás porque nos convertimos en causa de sufrimiento y de dolor para quienes tenemos cerca.

Lázaro llevaba varios días en el sepulcro y aparentemente ya no había nada que hacer, lo mejor era no ir a moverle a lo que estaba muerto. Pero Jesús, que se ha cargado sobre sí todas nuestras miserias y pecados, no tiene miedo de entrar en aquello que para nosotros es insoportable.

Él es la savia nueva que puede entrar en el tronco muerto y podrido para hacer que de ahí surjan brotes nuevos de vida.

Para Jesús nadie está definitivamente muerto y quien se encuentra con Él puede botar las puertas del sepulcro para que entren aires nuevos, para que lo podrido pueda ser saneado y vigorizado con vida nueva.

Él es el único que puede desatar todo aquello que nos tiene esclavizados en lo pobre de nuestra condición de pecadores y vuelve a darnos la fortaleza para iniciar caminos nuevos, caminos de vida y de santidad.

Y, seguramente, nos preguntamos ¿y cómo será posible todo esto? La respuesta parece estar en la atmósfera de este relato y principalmente en el momento en que Jesús se presenta como quien es la Resurrección y la vida. ¿Crees tú esto? Se lo dice a la hermana de Lázaro que sabe de la resurrección, pero que tiene que dar el paso en su experiencia personal de reconocer a Jesús como el resucitado, algo que sucederá tres días después de su muerte. Pero ella se anticipa y confiesa creer en la resurrección.

Hoy, también a nosotros, se nos pide hacer esa profesión de fe y no deberíamos contentarnos con repetirlo, casi como en automático, cuando recitamos el credo en nuestras celebraciones.

Deberíamos más bien decir que Cristo está vivo, que ha resucitado porque vamos haciendo la prueba en muchas circunstancias de nuestra vida. Sobre todo cuando estamos atentos y logramos entender todos los detalles de bondad que Dios va teniendo con nosotros cada día.

El camino hacia la Pascua que vamos recorriendo quiere conducir nuestros pasos por senderos que nos permitan salir de nuestras tumbas para ponernos sobre el camino de la vida que se nos manifestará en Cristo Resucitado.

Tal vez nos convenga en estos días preguntarnos ¿cuáles son los cadáveres que tengo bien guardados? ¿Qué es lo que huele mal en mi interior y que me gustaría sacar para que sea transformado, purificado, perdonado? ¿Qué podría hacer para mostrar que no sólo creo en la resurrección, sino que vivo como resucitado? ¿Cómo vivo la gracia de la resurrección en los pequeños y grades eventos de mi vida?

Pidamos a Jesús que venga a nuestro encuentro y que nos conceda salir de todo aquello que puede tenernos atrapados en situaciones de muerte. Que nos libere de todas nuestras pequeñas esclavitudes que matan el entusiasmo, la confianza, la esperanza y la alegría en nuestras vidas.

Que nos conceda reconocerlo resucitado y fuente de vida para todos los que vamos intentando poner toda nuestra fe en él.

Sí quiero morir yo
José Antonio Pagola

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».

Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?

El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?

Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?

Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».

Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.

Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.

http://www.musicaliturgica.com


Vivir en la luz de hijos de Dios
Dominicos. Convento de San Gregorio, Valladolid

1. Lecturas de la Misa del día

Ezequiel 37, 12-14 : al modo como Jesús salió del sepulcro, el pueblo saldrá de su exilio “Dice el Señor : yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío… Y cuando abra vuestros sepulcros… os infundiré mi espíritu y viviréis…”

Carta de San Pablo a los Romanos 8, 8-11 : el Espíritu de Jesús habita en los fieles. “Los que están sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo..”

Evangelio según San Juan 11, 1-45 : narración de la resurrección de Lázaro. “Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: esta enfermedad no acabará en la muerte sino que será para gloria de Dios…. Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo… Lázaro ha muerto… Tu hermano, Marta, resucitará… Lázaro, ven afuera..”

2. Cristo “agua viva”, “luz del mundo”, “resurrección y vida”.

2.1. El contexto litúrgico-teológico de estos domingos de Cuaresma no ha ido llevando desde el pecado al arrepentimiento; de éste a la amistad y gracia ; de ésta a Cristo: agua viva y luz del mundo. Y hoy nos presenta al mismo Cristo como resurrección y vida. El panorama no puede ser más positivo y consolador.

2.2. En ese ámbito de “resurrección y vida”, que anticipa en cierta forma la victoria del Señor que celebraremos en la Pascua, ocupa el primer plano de la escena litúrgica y bíblica la narración de la resurrección de Lázaro, por Jesús, su amigo. Pero no hay que despreciar otras insinuaciones bellísimas, como son la infusión de espíritu nuevo que Ezequiel anuncia y la vida en el Espíritu que predica Pablo a sus fieles de Roma. Tenemos, de ese modo, tres reflexiones sobre el cambio de mentalidad y vida que se debe operar en nuestras conciencias cristianas.

3. Infusión de espíritu nuevo en el hombre

3.1. La Sagrada Escritura es revelación amorosa de Dios al hombre para que éste conozca su voluntad creadora y re-creadora o salvífica. Por eso la Palabra es siempre mensaje de vida, de luz, de amistad, aunque a veces parezca que reviste otras tonalidades en el lenguaje.

3.2. Las manifestaciones de la Palabra en el profeta Ezequiel tienen, a su vez, toda la fuerza imaginativa de su poder creador literario: él ve cómo los huesos, vivificados, se yerguen y se reestructuran; cómo los corazones ingratos son bloques de piedra que, vivificados, se hacen blandos como la carne… Hoy nos lleva a contemplar al “pueblo elegido” como a cadáveres que, saliendo del sepulcro de la ingratitud o pecado, reciben del Señor el “espíritu de vida”…

3.3. Si nosotros queremos prolongar la imagen del profeta, podemos decir: así como Jesucristo, muerto por nuestros pecados, salió triunfante del sepulcro para vivir por siempre y darnos vida a quienes nos sepultemos con él, así el pueblo de Israel fue convocado por Yavé para que, cerrando el sepulcro del exilio y del pecado, volviera a la tierra de promisión y gracia.

3.4. Después de considerar esas imágenes impresionantes, sólo resta a cada cual preguntarse: ¿de qué sepulcro de pecado (injusticia, odio, egoísmo, opresión..) tengo que salir para encontrar a los hombres y a Cristo?

4. La vida según el Espíritu

4.1. En Pablo se prolonga la reflexión de Ezequiel, pero bajo otra imagen: la de quien vive según la carne (pecado) o según el Espíritu (gracia, amistad).

4.2. Vivir según la carne es estar sometidos a cualquier tipo de desorden moral en el modo de afrontar el sentido de la existencia: poniendo a los demás al servicio de uno mismo, llamando justicia al propio parecer o interés, asumiendo papeles o actitudes que destruyen la autonomía de los otros, convirtiendo en objeto de placer a quien merece respeto sumo, almacenando en graneros el pan que reclaman los hambrientos… Ese es el punto de partida del que es necesario huir para no verse cada cual víctima de sus miserias y generador de miserias para los demás.

4.3. En cambio, vivir según el Espíritu equivale a la búsqueda de orden moral en todas las dimensiones de la existencia: vivir en manos de Dios y alargando la mano al hermano, asumir su pequeñez de criatura y sentir la presencia del Creador, celebrar y agradecer la existencia con su dones y saber administrarla como don del Señor, trabajar cada día para ganar honradamente el pan y no malgastarlo mientras otros carecen de él …

4.4. Quien vive según el Espíritu, en el espíritu de las bienaventuranzas, es el mejor preparado para confiar en el Señor que nos promete “vivificar nuestros cuerpos mortales, al final de la vida, por el mismo Espíritu”, pues éste ya “habita” en quien le ama y se deja amar.

5. Vida, muerte y resurrección en Cristo

5.1. ¿En quién podemos poner nuestra confianza y esperanza para que ese mensaje de “vida eterna” que se nos ofrece en la “vida según el Espíritu” se haga realidad? Para los creyentes, la esperanza es Cristo, y la confianza hay que ponerla en él. ¿La ponemos realmente?

5.2. Veamos un ejemplo de confianza y de vida en esperanza: cómo era la confianza y esperanza de la familia de Lázaro en el Señor:

– Eran amigos: “Lázaro, tu amigo, está enfermo”. Entre Jesús, Lázaro, Marta y María, hay amistad sincera, comunicación de vida íntima, vida según el Espíritu. También nosotros hemos de vivir en amistad. Jesús responde a la amistad: vamos a verle…, ha muerto.

– ¡Si hubieras estado aquí! : Marta cree en el poder de Jesús, y estima que su presencia ante el dolor y la muerte hubiera destruido ambas cosas. Esto es un canto a la fuerza del amor, a la amistad sincera que es más fuerte que la muerte… Pero Marta no ve más allá de sus propios ojos… Jesús siempre está presente en el Espíritu: cuando quiere, para sanar; habitualmente para enseñarnos a sobrellevar el dolor.

– Fe y vida : La mirada de fe se prolonga más allá del hoy caduco y doloroso. El conjunto de las obras de amor adquiere su plenitud en la eternidad de vida nueva. Por eso dice Jesús: Tu hermano resucitará . En ese punto está conforme y confiada Marta: Sí, acepto, ese es el destino final … Nadie muere del todo…

– Autorrevelación de Jesús : Jesús ha esperado hasta este momento para decidirse a comunicar a Marta el mismo mensaje salvífico que ya le había manifestado a la Samaritana: “yo soy la resurrección…”. Pero ahora lo hace de forma esplendorosa: Marta, Marta, tengo algo muy grande que revelarte : “Yo soy la resurrección y a la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?… Si, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios..”

6. Conclusión

Salir del sepulcro, regresar del exilio, dejarse guiar por el Espíritu, creer que Jesús es el Mesías, Salvador, Redentor…, es vivir en la luz de hijos de Dios.

http://www.mercaba.org


Fe en la vida después de la vida
José Luis Sicre

Decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.

En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida halla su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en la mitad del evangelio (cap. 11 de 21).

Cinco facetas de Jesús

El relato de la resurrección de Lázaro es otro ejemplo magnífico de narración, con un final tan seco como inesperado, y distintas facetas de la persona de Jesús.

¿Un mal amigo?

El relato comienza hablando de Lázaro de Betania y de sus dos hermanas. No es un simple conocido de Jesús. Es alguien a quien Jesús «ama», como le recuerdan las hermanas. Sin embargo, su reacción ante la noticia no tiene la empatía de un amigo, sino la reacción, aparentemente fría, de un teólogo: «Esta enfermedad no provocará la muerte, sino la gloria de Dios, la gloria del hijo de Dios». La misma reacción que antes de curar al ciego de nacimiento: «Este no ha nacido ciego por culpa suya o de sus padres, sino para que se manifieste la obra de Dios en él». El evangelista añade de inmediato que no se trata de frialdad. «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Pero no acude de inmediato a curarlo. Permanece donde está.

Un amigo decidido y arriesgado.

Al cabo de cuatro días decide subir a Jerusalén. Una decisión arriesgada, porque poco antes han intentado apedrearlo. La objeción de los discípulos no le hace cambiar: debe ir despertar a Lázaro. Expresión desconcertante, que le obliga a decir claramente: Lázaro ha muerto. Jesús piensa en resucitarlo, pero Tomás está convencido de lo contrario: no va a resucitar a nadie, sino que va a morir. Y habla en nombre de todos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

Jesús y Marta: el teólogo

Cuando llegan a Betania, Jesús no se dirige directamente a la casa, permanece en las afueras del pueblo. ¿Una más de sus rarezas? No. Será allí, lejos de la multitud que ha acudido a dar el pésame, donde podrá entrevistarse a solas con Marta y transmitirle el mensaje fundamental para todos nosotros, y la reacción que debemos tener ante sus palabras. Marta debe de ser la hermana mayor, porque es a ella a quien dan la noticia de la llegada de Jesús.

Marta comienza con un suave reproche («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»), pero añade de inmediato la certeza de que cualquier cosa que pida a Dios, Dios se la concederá. ¿En qué piensa Marta? ¿Qué pedirá Jesús a Dios y este le concederá? ¿Qué su hermano vuelva a la vida, como el hijo de la viuda de Sarepta que resucitó Elías, o como el niño de la sunamita que revivió Eliseo? 

La respuesta de Jesús («Tu hermano resucitará») no parece satisfacerla. Aunque la idea de la resurrección no estaba muy extendida entre los judíos, Marta forma parte del grupo que cree en la resurrección al final de la historia, como profetizó Daniel. Pero eso no le sirve de consuelo en este momento. Ella no quiere oír hablar de resurrección futura sino de vida presente.

Y eso es lo que le comunica Jesús en el momento clave del relato: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre». Jesús es resurrección futura y vida presente para los que creen en él. Los que hayan muerto, vivirán. Los que viven, no morirán para siempre. Algo rebuscado, muy típico del cuarto evangelio, pero que deja claro una cosa: quien ha creído o cree en Jesús tiene la vida futura y la presente aseguradas. Todo depende de la fe. Por eso, termina preguntando a Marta: «¿Crees eso?».

Su respuesta sorprende, porque no tiene nada que ver con la pregunta: «Sí, Señor. Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo». Esta falta de conexión entre pregunta y respuesta esconde un importante mensaje para nosotros. La idea de la resurrección y de la inmortalidad puede provocar dudas incluso en un buen cristiano. Quizá no se atreva a afirmarla con certeza plena. Pero puede confesar, como Marta: «Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo».

Jesús y María: el amigo profundamente humano

Esta escena representa un fuerte contraste con la anterior. El encuentro de Jesús y María no será a solas. Ella acudirá acompañada de todos los que han ido a darle el pésame, y serán testigos de la reacción de Jesús. María dirige a Jesús el mismo suave reproche de Marta («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»). Pero no añade ninguna petición, ni Jesús le enseña nada. El evangelista se centra en sus sentimientos. Dice que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, «se estremeció» (evnebrimh,sato), «se conmovió» (evta,raxen) y «lloró» (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido.

Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.

Jesús y Lázaro: la gloria del enviado de Dios

Cuando llegan al sepulcro, Marta demuestra que, a pesar de lo que ha dicho, no cree que su hermano vaya a resucitar. Han pasado ya cuatro días, más vale no abrir la tumba. Jesús le insiste: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?».

Cuando se compara este relato con las resurrecciones de la hija de Jairo o del hijo de la viuda de Naín se advierte una interesante diferencia. En esos dos casos, Jesús no reza; no necesita dirigirse al Padre para impetrar su ayuda, como hicieron Elías y Eliseo. En cambio, el cuarto evangelio introduce de forma solemne una oración de Jesús: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas. Pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Esta oración no pretende disminuir el poder de Jesús. Se inserta en la línea del cuarto evangelio, que subraya la estrecha relación de Jesús con el Padre y la idea de que ha sido enviado por él. De hecho, el milagro se produce con una orden tajante suya («¡Lázaro, sal fuera!»).

El relato termina de forma sorprendente. No se cuenta la reacción de las hermanas, el asombro de la gente, la admiración de los discípulos. No vemos a Lázaro liberado de sus vendas, agradeciendo a Jesús su vuelta a la vida. Como si todo fuera un sueño y, al final, solo nos quedara la certeza de que Lázaro resucitó, de que todos resucitaremos un día, aunque ahora no tengamos la alegría de ver y abrazar a los seres queridos.

Nota sobre la fe en la resurrección

La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entiende nada, y se pregunta qué es eso de resucitar de entre los muertos.

Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»

Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere solo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).

Primera lectura

Culmina la síntesis de la Historia de la salvación, recordada por las primeras lecturas durante los domingos de Cuaresma. En este caso existe estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.

Reflexión final

Nos queda poco para celebrar la Semana Santa. Recordar el sufrimiento y la muerte de Jesús es relativamente fácil. Aceptar que resucitó, y que en él tenemos la resurrección y la vida, es más difícil, un regalo que debemos pedir a Dios.

http://www.feadulta.com


Misioneros de la vida
Romeo Ballan, mccj

La vida es el tema común de las lecturas de este V domingo de Cuaresma: la vida que vence los sepulcros, como lo profetiza Ezequiel (I lectura); la vida que se nos da por medio del Espíritu que habita en nosotros, como insiste San Pablo (II lectura); la vida nueva que es Jesús mismo (Evangelio): “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Hay un ‘crescendo’ temático hacia la Pascua; aumentan los signos: agua, luz, vida… Con sabia pedagogía, la Iglesia acompaña a los cristianos hacia la Pascua, instruyéndolos con catequesis bautismales, adecuadas para los catecúmenos que se preparan a recibir el Bautismo, y para los fieles bautizados que renovarán las promesas bautismales. En el III domingo de Cuaresma el símbolo era el agua, en el diálogo entre Jesús y la Samaritana; el domingo pasado el tema central era la luz, en la sanación del ciego de nacimiento; hoy el signo es la vida, con la resurrección de Lázaro. Los tres signos van acompañados de insistentes afirmaciones de Jesús sobre su identidad y su misión, con palabras que hacen referencia a la autodefinición de Dios a Moisés en el Éxodo: “Yo-Soy” (Ex 3,14). Jesús hace suya esta definición divina afirmando: Yo soy el Mesías, Yo soy la luz del mundo, Yo soy la vida.

En estos tres domingos son múltiples las referencias al sacramento del Bautismo, tanto en las lecturas bíblicas como en otros textos litúrgicos (antífonas, oraciones, prefacio…). En las jóvenes Iglesias misioneras, aunque no solo en ellas, la noche de Pascua asume una solemnidad particular con los sacramentos de la iniciación cristiana que se administran a numerosos catecúmenos, adultos y jóvenes. Se trata de fiestas que llenan el corazón y la vida de los misioneros, de los pastores de las Iglesias locales y de las comunidades cristianas.

La resurrección de Lázaro se encuentra en la mitad del Evangelio de Juan (en el capítulo 11 de 21); pero es, sobre todo, el centro temático: se trata, quizás, de la mayor manifestación de Jesús como “verdadero Dios y verdadero hombre”.

– Es verdadero hombre, lleno de fuertes sentimientos: es amigo de Lázaro y de las hermanas de Betania, se turba, se conmueve profundamente, se echa a llorarora intensamente al Padre, grita con voz potente… Con sus lágrimas Jesús justifica las nuestras en la muerte de los seres queridos. La fe no es incompatible con las lágrimas; todos lloran, incluido Jesús… Este Evangelio no prohíbe las lágrimas, las enjuga; no quita el dolor, sino que lo consuela y lo comparte; no elimina la muerte, pero delante de la muerte canta la vida.

– Y es verdadero Dios, del que manifiesta el amor y el poder devolviendo la vida al amigo muerto, para que la gente crea que Él ha sido enviado por el Padre (v. 42). Así, este espectacular milagro pone de manifiesto tres valores que van juntos: amor, fe y vida. Porque “la vida es vida tan solo allí donde hay amor” (Gandhi). Las hermanas Marta y María hacen hincapié en la amistad: “Señor, aquel que tú amas está enfermo”. Jesús va a Betania atraído justamente por la amistad con esa familia. Él va y lleva la solución también para el mal extremo que es la muerte: “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Jesús dice soy, no solo seré. Ahora, no en un vago futuro.

En su realidad divino-humana, Jesús realiza su misión como cercanía, haciéndose, como el samaritano, próximo al que sufre (cfr. Lc 10,34), aportando soluciones a los problemas. Pero al Salvador que se acerca es necesario salirle al encuentro, como las hermanas Marta y María (v. 20.29), con corazón abierto. Solamente en este encuentro se realiza la salvación. Porque solo “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa” (Salmo responsorial). También en esta ocasión se dan reacciones opuestas. Por una parte, las súplicas confiadas de las hermanas que logran el milagro extraordinario del retorno a la vida de Lázaro y muchos judíos creen en Jesús (v. 45); por otra, no obstante la evidencia del signo, los enemigos de Jesús se cierran cada vez más, se concitan para darle muerte (Jn 11,46-53) y deciden matar también a Lázaro (Jn 12,10).

Jesús no ha venido para darnos una vida raquítica, empobrecida, mediocre, subdesarrollada… sino para que tengamos vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). ¡En la vida presente y futura! El proyecto primigenio y permanente de Dios es la vida: “La gloria de Dios es el hombre viviente”, es decir, que el hombre viva (S. Ireneo). “No estamos sobre la tierra para guardar un museo, sino para cultivar un jardín lleno de flores y de vida” (S. Juan XXIII). “El primer desafío es el desafío de la vida. La vida es el primer don que Dios nos ha hecho y la primera riqueza que el hombre puede gozar. Y el Estado tiene precisamente como tarea primordial la tutela y la promoción de la vida humana” (S. Juan Pablo II).

La Iglesia anuncia el Evangelio de la Vida. En un mundo duramente marcado por muertes injustas, precoces e inocentes, cada cristiano – y más aún el misionero – está llamado a hacer una firme y definitiva apuesta por la vida: acogerla, promoverla, defenderla, anunciarla, detectar hasta los pequeños signos de su presencia, proteger sus brotes, llevarla a plenitud… Los grandes temas de la Cuaresma (agua, luz, vida…) son dones para vivirlos, compartirlos y comunicarlos. ¡Estamos todos llamados a ser misioneros de la vida!