Triduo Pascual. Año A
Textos tomados de: www.dominicos.org
Jueves Santo
Fr. Juan Carlos Cordero de la Hera O.P.
Si en el calendario cristiano hay un día señalado, especialísimo, en el que tiene sentido celebrar la Eucaristía, ese día es hoy, cada JUEVES SANTO.
El Jueves Santo es un día de recuerdos en nuestra historia de Salvación; día del “memorial” de la entrega total de Dios a la humanidad. Día en que recordamos la Alianza Nueva y Definitiva.
El contexto del Jueves Santo es la Pascua Judía en la que el pueblo celebraba cada año el paso del Señor; el paso de Dios dando vida y liberación a su pueblo, a sus hijos. Dios toma la iniciativa, siempre. Pero en esta ocasión hay algo nuevo: Jesús va a ser el cordero pascual, que va a derramar su sangre por nosotros, para liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos la libertad de los hijos de Dios.
Jesús sabía que aquella Pascua era la última, sabía que estaba decretada su muerte y por eso es tan especial aquella “última cena”; por eso, antes de despedirse de los suyos, quiso resumir con unos gestos todo el sentido de su vida y su enseñanza.
Esta tarde también nosotros podemos entrar en este cenáculo en el que Jesús está reunido con sus discípulos para comer juntos la cena de Pascua y contemplar el gesto de ponerse de rodillas delante de cada uno de los discípulos para lavarles los pies, y de partir el pan.
Memorial con el pan y el vino
El pan: el alimento básico y elemental para nosotros, que mantiene nuestra vida día a día; que deshaciéndose, se transforma en parte de nosotros y en energía vital. Si el pan es fruto del trabajo humano, nuestro trabajo, nuestro quehacer es fruto del pan, del alimento que tomamos. El pan, además, es sencillo, humilde, no se da importancia… es como la prosa de cada día.
El vino: es la poesía, la propina, la fiesta. Pan y agua son lo indispensable. Pero cuando se agasaja o festeja a alguien se ofrece pan y vino (ya en el Gn. al vencedor en la batalla, Melquisedec le ofrece un banquete, convite, fiesta)
Participar en la Eucaristía, comer su Cuerpo, beber su Sangre es entrar y asumir el proyecto de vida de Jesús; es intentar actuar en la vida con los criterios que Jesús actuó.
El lavatorio de los pies
Es el otro sacramento del Jueves Santo. Para entenderlo tenemos que olvidarnos de nuestras calles asfaltadas, cuidadas. En la época de Jesús muy pocas personas usaban calzado; los que lo hacían, solo tenían unas simples sandalias. En las calles de tierra se tiraban los restos orgánicos, las comidas de los animales, etc. Lavarse los pies al entrar en casa era un ritual obligado y necesario. Correspondía hacerlo a los esclavos o a los siervos. En las familias pobres, a la esposa o a las hijas.
Jesús que lava los pies, se pone en el lugar más bajo, indicando dos cosas: él viene a servir, no a ser servido; y no admite que unas personas sean consideradas inferiores a otras. Jesús es el señor que atiende a los criados, que sirve. Y con este gesto nos está enseñando, además, cuál es la manera acertada de estar ante “lo sucio” de los otros, ante sus defectos, fallos, pecados… y nos invita a ponernos de rodillas para lavarlo y devolverles la posibilidad de continuar caminando; es preciso arrodillarse ante el hermano, a pesar de…
Impresiona ver a Jesús lavando los pies a sus discípulos; desde entonces entendemos mejor que el cristiano no puede dejar de servir, y que es con esta actitud de servicio y entrega como se concreta llevar a la vida diaria “el testamento de Jesús”, el mandamiento del amor. Jesús no nos pide que seamos buenas personas, que nos amemos mucho. Él quiere más de nosotros, sus discípulos. Que amemos “como Él nos ha amado”.
Ojalá que estas actitudes, este estilo de vida y entrega de Jesús sean el referente que dé sentido a la vida de todos los sacerdotes, como servidores a la comunidad. Pidamos juntos a Dios que nos esforcemos por celebrar la Eucaristía después de habernos dejado lavar el corazón por Él; y de habernos arrodillado sirviendo en el día a día a nuestros hermanos.
¿Seremos capaces de perpetuar su memoria? ¿Estamos dispuestos hoy, y cada día, a amar y amarnos, como Él lo hizo y sigue haciéndolo?
Viernes Santo
Fray Diego Rojas O.P.
Una mirada diferente sobre la pasión
Hay relatos que nos cuentan lo que pasó. Y hay relatos que, además, nos cambian la manera de mirar lo que pasó. En todo su evangelio Juan nos hace ver los acontecimientos casi como un director de cine que coloca la cámara de manera novedosa y estratégica para ofrecernos otra perspectiva del mismo acontecimiento. Hace algo parecido a lo que realiza el director Alejandro González Iñárritu. En películas como Babel o Amores perros, la historia no se cuenta desde una sola mirada. Las escenas se entrelazan, las vidas se cruzan, y el espectador descubre que lo que parecía una historia trágica también puede ser una historia de revelación y transformación.
Juan hace algo parecido con la pasión. No cambia los hechos fundamentales, pero cambia la mirada. Y al cambiar la mirada, cambia también el significado.
El arresto: Jesús se entrega libremente
La primera escena ya lo sugiere. Cuando vienen a arrestarlo, Jesús no huye ni se esconde. Sale al encuentro de quienes lo buscan y pregunta: “¿A quién buscáis?”. Cuando responden: “A Jesús de Nazaret”, él dice simplemente: “Yo soy”.
No es solo una forma de identificarse. Es una expresión que remite al nombre mismo de Dios. Y el evangelista añade un detalle sorprendente: cuando Jesús pronuncia esas palabras, los soldados retroceden y caen al suelo.
Es como si, por un instante, el relato nos dejara ver lo que normalmente permanece oculto: el hombre que van a arrestar no es una víctima indefensa. Es el Hijo que se entrega libremente.
Por eso, a lo largo de todo el relato, la cruz aparece bajo una luz inesperada. Lo que para el mundo es derrota, Juan lo contempla como glorificación. La crucifixión no es solo una ejecución: es también revelación, manifestación de quién es realmente Jesús.
En la cruz se revela un amor que no se impone, sino que se entrega.
De la muerte brota vida
Esa mirada alcanza su punto culminante en el momento de la muerte. Juan escribe que Jesús, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
No dice simplemente que murió. Usa una expresión que sugiere también otra realidad: Jesús comunica el Espíritu. En el instante de su muerte comienza una vida nueva para los demás. Donde parecía haber solo final, hay también comienzo. La cruz se convierte así en fuente de vida.
Y el relato termina con un detalle lleno de esperanza. Aparecen dos hombres que hasta entonces habían permanecido en la sombra: José de Arimatea y Nicodemo. Eran discípulos en secreto. Habían seguido a Jesús con discreción, quizá con miedo. Pero cuando todo parece perdido, cuando el maestro ha muerto y la historia parece terminada, ellos dan un paso al frente. Piden el cuerpo, lo bajan de la cruz y lo sepultan con honor.
La muerte de Jesús hace visible lo que estaba oculto. La fe que permanecía escondida encuentra el valor para manifestarse.
Mirar la cruz hoy
También nosotros vivimos en un mundo donde la fe muchas veces permanece en silencio. En una sociedad secularizada, la cruz puede parecer simplemente un símbolo religioso del pasado o una historia de fracaso. Pero el evangelio nos invita a mirarla de otra manera.
Cuando contemplamos la cruz con la mirada del Evangelio de Juan, descubrimos que allí no hay solo dolor, sino amor que se entrega; no solo derrota, sino gloria escondida; no solo final, sino vida que comienza. Esa mirada transforma también nuestra vida. Nos da la valentía para no vivir la fe escondidos, para ser testigos discretos pero reales, como José de Arimatea y Nicodemo.
Y quizá aquí se esconde una clave importante del relato. Todo comienza con aquella palabra que Jesús pronuncia en el momento del arresto: “Yo soy”. Esa afirmación resuena al inicio de la pasión como una luz que acompaña todo el camino hasta la cruz. El que es detenido, juzgado y crucificado no es simplemente un hombre derrotado por la violencia del mundo: es aquel en quien Dios mismo se hace presente. Por eso la cruz, contemplada desde esta perspectiva, deja de ser solo un signo de fracaso para convertirse en un lugar de revelación.
Quizá el mundo no siempre comprenda la lógica de la cruz. Pero precisamente en esa lógica —la del amor que se entrega— se revela la verdadera fuerza de Dios.
¿Desde qué mirada suelo contemplar la cruz: desde el sufrimiento y el fracaso, o desde el amor que se entrega? ¿Hay aspectos de mi fe que todavía vivo “en secreto”, como Nicodemo o José de Arimatea?
En una sociedad donde la fe no siempre es comprendida, ¿qué me ayudaría a ser testigo con mayor libertad y serenidad? ¿Qué cambia en mi vida cuando descubro que incluso en los momentos de oscuridad Dios puede estar revelando su gloria?
Vigilia Pascual
Fr. César Valero Bajo O.P.
¡HA RESUCITADO!
En la Palabra de la liturgia eucarística de esta noche de gloria resuena el grito jubiloso: ¡Ha resuciatado!. En esta ocasión son el evangelio de San Mateo y la carta de San Pablo a los Romanos los que nos van a aproximar al acontecimiento único de la resurrección del Señor y a sus implicaciones para nosotros en este momento que nos toca vivir y, en cierto modo, protagonizar.
“Vosotras no temáis. No está aquí: ¡ha resucitado!”
Son las palabras que el Ángel dirige a las mujeres, asustadas como los guardianes del sepulcro, por lo extraordinario y sobrenatural de lo acontecido. “No temáis. ¡Ha resucitado!”. Qué hermoso anuncio también para nosotros hoy, acosados por temores tan diversos. La resurrección del Señor hace brotar el resplandor de la esperanza en medio de las tinieblas existenciales (violencias, injusticias, enfermedades, soledad, fracasos, desamores, esclavitudes de índole diversa…) que puedan envolvernos.
Esta noche santa es invitación para renovarnos en la esperanza y en la confianza de esta actuación del poder del Padre Dios que con la fuerza de su Espíritu ha roto en su Hijo Unigénito las cadenas de la muerte y el poder del mal.
“Va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”
Galilea, donde comenzó el encuentro con el Señor Jesucristo, donde convivieron con Él y donde aprendieron de Él. Galilea, donde ahora van a ser confirmados en la fe en el Resucitado. Galilea, desde donde van a ser enviados al mundo entero para ser portadores e instructores de la Buena Noticia.
Por esto es también para nosotros esta Noche Santa oportunidad para renovar el compromiso de ser testigos del Resucitado; atentos y vigilantes, valientes y coherentes, para que en el cotidiano desenvolvimiento de la vida, rezumemos gozo pascual.
“Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Alegraos!”
Parte irrenunciable del testimonio pascual es la alegría incomparable que encierra en sí mismo. No es la alegría transitoria de nuestras programaciones y eventos. No es la alegría del éxito de los ídolos de temporada. No es la alegría del efímero aplauso social. No es la alegría hueca de nuestros triunfos humanos, tantas veces demasiado humanos.
Es la alegría de la plenitud. Es la alegría de quien sabe de quién se ha fiado. Es la alegría de quien en medio de cuaquier quebranto se sabe en comunión íntima con el Resucitado, y con Él y desde Él sabe y testimonia que la Victoria sobre todo mal es segura. Es la alegría que también permanece cuando nos anegan las lágrimas. Es la alegría de quien vislumbra los cielos nuevos y la tierra nueva en los que al fin habiten la justicia y la paz y la dicha sin ocaso.
“Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”
¡Qué hermosa realidad y elocuente compromiso para ser renovados en esta Noche Santa!
San Pablo a través del contenido de su Carta a los Romanos comparte con nosotros en esta Noche Santa la hondura teológica y vital de nuestro bautismo en el nombre del Señor Jesucristo.
Muertos al pecado: a todo lo que destruye la vida, a lo que nos aisla e individualiza, a lo que nos encadena y esclaviza, atenazando nuestra libertad; a lo que nos confronta, a lo que borra en nosotros la imagen amorosa de nuestro Creador; a lo que despierta la codicia, el aparentar, el creernos más que nadie; a lo que oscurece y camufla la verdad, a todo aquello que debilita la coherencia…
Vivos para Dios en Cristo Jesus: para ponerle a Él en el centro, para vivir el asombro de su amor, para irradiar la luz de su Verdad, para construir su deseada comunión, para servirnos mutuamente, para llenarnos de su esperanza, para llenarnos de la fuerza de su Espíritu, para vivir VIVIÉNDOLE…
Domingo de Pascua
Fr. César Valero Bajo O.P.
“Y creyó que Él había de resucitar de entre los muertos”
Corramos también nosotros con Pedro y Juan hacia el sepulcro. Como ellos, entremos y veamos. Y dejemos que se afiance en nosotros la fe en la Resurrección del Señor. De hecho, el evangelio de San Juan es una invitación constante a despertar y consolidar la fe en Jesús de Nazaret, Verbo Eterno del Padre y Salvador del mundo. Con este mismo propósito concluye su evangelio: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).
En este Domingo de Gloria renovemos también nosotros nuestra fe en el Señor y comprometamos nuestra vida en ser testigos y anunciadores de este inagotable manantial de Vida y Esperanza que es el Señor Resucitado.
Me sorprendieron, hace ya algunas décadas, unas palabras de un sacerdote del norte de España que exhortaba hacia este objetivo de testimoniar con toda nuestra vida la fe en el Resucitado. Venía a decirnos: “Las personas que dicen no creer en Cristo Resucitado, tal vez comiencen a creer en Él cuando un día nos vean a nosotros vivir como ya resucitados. Afrontar el fracaso y el dolor, como ya resucitados. Adentrarnos en la enfermedad y la muerte como ya resucitados”.
Se trata, por tanto, de impregnar todo los ámbitos y aspectos de nuestra existencia de gozo pascual, de alegría inexplicable, de confianza inquebrantable en el poderoso amor que se nos manifiesta en su cruz gloriosa.
“Que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo”
Con estas palabras, los Hechos de los apóstoles nos presentan cómo San Pedro ofrece un magnífico resumen del evangelio, y el camino a recorrer por quienes nos declaramos y sentimos sus discípulos.
Pasar por el mundo haciendo el bien: un imperativo que hoy cobra una particular intensidad. Hacer el bien que hace desaparecer confrontaciones. Hacer el bien que lo busca para todo ser humano, cuando el bien común está arrinconado por ambiciones múltiples. Hacer el bien para recuperar la verdad. Hacer el bien para crecer en justicia, en dignidad, en paz. Hacer el bien para que la compasión no claudique ante la competición. Hacer el bien para que lo que agrada a Dios, lo bueno, lo perfecto ( cf Rm 12,2) crezcan en nuestro mundo.
Curando a los oprimidos por el Diablo: el mal está ahí, fuerte, despiadado, destructor. El Señor Jesucristo no pasó de largo ni ante el mal, ni ante el Maligno. En su actuación descubrías la práctica admirable del samaritano, y cómo doblegó los estragos directos del Maligno. ¡Con que contundencia le apartó de su camino tras el retiro en el desierto!
Se ha indicado con certeza que para que el mal progrese basta con que las personas de bien no hagamos nada.
Su resurrección nos fortalece para discernir y optar siempre por el bien. Sin ingenuidad. El misterio del mal está ahí: poderoso, y poderosamente destructor, hilvanándose con nuestros pasos.
Pero en comunión con el Resucitado se desvanecen los temores de hacerle frente. Con Él y por Él sabemos que la victoria es segura. El mal y el Maligno nunca tendrán la última palabra. Su cabeza ya ha sido aplastada. La lucha será ardua. Imprescindible la oración.
Y siempre ciertos de que el horizonte final está ya iluminado por la luz del lucero que no conoce el ocaso. Es el tiempo de la gracia, de la vida, de la salvación. Es la Pascua del Señor. Que lo sea en verdad en lo más profundo del ser de cada uno de nosotros.
