VI Domingo de Pascua. Año A
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes.
Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.
El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él».
(Juan 14, 15-21)
No los dejaré desamparados
P. Enrique Sánchez G., mccj
El evangelio de hoy parece tener como fondo una melodía de despedida, “dentro de poco, el mundo no me verá más”, dice Jesús a sus discípulos.
Y, no debería extrañarnos, pues estamos ya muy cercanos al final de este tiempo pascual que se concluirá con la fiesta de la Ascensión y Pentecostés, dentro de muy pocos días.
Jesús nos ha acompañado durante este tiempo y nos ha ido dando pruebas de su cercanía y de su compromiso de mantenerse a nuestro lado para que podamos llegar con él al final de su misión. Para que podamos estar con él junto a su Padre.
En la preparación para que podamos ir en su compañía, para que podamos llegar a ocupar el lugar que él nos ha preparado, Jesús parece dejarnos dos recomendaciones, la primera es una invitación a vivir en el amor que él ha compartido con nosotros durante su misión.
Esa invitación podríamos entenderla como una puerta que se abre para que entremos y permanezcamos en una relación caracterizada por la intimidad, por la confianza, el cariño y la amistad con Jesús.
Por otra parte nos propone adoptar y aplicar los mandamientos, aquellas normas de vida que tienen por finalidad asegurarnos el caminar por senderos seguros y con paso firme.
Se trata de dos realidades que se llaman una a la otra, pues la vida nos ensena que no puede haber un verdadero compromiso si este no está sostenido por el amor. Porque amamos somos capaces de aceptar obligaciones y deberes.
Para lograr integrar esos dos criterios de vida, el Señor nos promete y nos da el don de su Espíritu. Bajo su cuidado podremos hacer del amor nuestra regla de vida.
El Espíritu es quien hará posible todo lo que nos tocará vivir como cristianos, en lo que esta vocación implica de renuncias y sacrificios, de esfuerzos y de entregas, de abandono y de confianza.
Ese Espíritu es quien nos educará en el amor para que podamos ser felices y para que nuestra vida sea plena y llena de alegría. Será el Consolador, es decir, quien nos permitirá pasar por momentos de oscuridad y a lo mejor de inquietudes, sin que perdamos la paz, pues será siempre la garantía de la presencia del Señor que no nos deja huérfanos.
Jesús se va despidiendo, pero a cada paso parece insistir en algo que debería ser muy consolador para nosotros. Se va, pero no nos deja solos. Nos promete la compañía de Alguien que estará siempre con nosotros, nos dejará el Espíritu que no es alguien más que el don que Jesús pide a su Padre para nosotros.
El Señor se va y nos va preparando para que en el momento en que nos tocará dar razón de nuestra fe estemos firmes y preparados.
Llega el momento, como en la vida de toda persona, en el cual hay que empezar a dar pasos sin que nadie nos sostenga; hay que tomar responsabilidades que otros ya no pueden asumir en nuestro lugar.
Hay que ser cristianos por convicción y porque hemos optado por ello y no como si se tratara de una herencia que hemos recibido para irla gastando poco a poco, sin saber lo qué ha costado.
En el momento de dar los primeros pasos en nuestra experiencia de fe como cristianos, el Señor nos recuerda que de lo que se trata es de vivir poniendo como cimientos de nuestra experiencia dos cosas: el amor y los mandamientos.
Para ser cristianos tenemos que amar profundamente y eso es lo que nos dará la identidad que nos permitirá identificarnos como hijos de Dios y hermanos de Jesús. Amar y dejarse amar será por siempre la tarea del cristiano y vivir del amor y amando quiere decir organizar nuestra vida aceptando vivir fuera de nosotros mismos.
Es decir, tomando la vida en nuestras manos para entregarla con alegría a los demás. Pues como dirá el mismo Jesús: quien quiera ganar su vida tendrá que estar dispuesto a entregarla, a perderla, para poder recuperarla.
Sólo de esa manera se podrá seguir a Jesús como discípulos, amándolo y no por obligación, ni por ninguna otra razón como podría ser la conveniencia o el interés. Amarlo significa abrazarlo y ponerlo en el centro de nuestra vida de manera gratuita. Seguirlo, por puro gusto, como me gustaba decir ya desde hace varios años cuando invitaba a los jóvenes a no tener miedo cuando se sentían llamados a seguirlo en la vocación misionera.
Y es que el amor es lo único que merece todo sacrificio y cualquier renuncia. Se puede estar con Jesús, sólo si lo hacemos por amor, pues de lo contrario cualquier otra motivación acabaría desvaneciéndose ante los muchos “peros” que no faltarían.
Si me aman, cumplirán mis mandamientos, dice Jesús. Con eso nos enseña que la ley o las obligaciones, las reglar o las exigencias que podrían aparecer ante nosotros se hacen llevaderas y aceptables, pues lo que se hace por amor, no cuesta y se acepta sin dificultad.
En nuestros tiempos no faltan personas que se alejan de la comunidad cristiana porque consideran que se les exige demasiado, que la Iglesia pone reglas y exigencias demasiado pesadas para la mentalidad de nuestro tiempo.
Hay quienes consideran las normas de la Iglesia como una moral que todo lo prohíbe y consideran que eso va contra la posibilidad de vivir en libertad plena.
Cuántos jóvenes y adultos vemos que se alejan porque les parece que son muchas las obligaciones que tendrían que cumplir y en realidad lo que hace falta no es valentía o coraje para cumplir, sino una experiencia de amor hacia Jesús.
A lo mejor se ha aprendido mucho sobre él, pero queda como carencia aquella experiencia de cercanía, de amistad profunda, de cariño que sólo se puede tener si lo reconocemos como una persona viva que nos acompaña y sigue dando su vida por nosotros.
Los mandamientos, cuando son sostenidos por el amor, se convierten en instrumentos que permiten ir más en profundidad en aquello que es fundamental en la vida; se descubren y se viven como valores que empujan a ir más lejos y a no contentarnos con una vida hecha de algunas pocas y pequeñas consolaciones.
Ya no son considerados como yugos pesados que hay que llevar sobre la espalda, sintiendo que aplastan y lastiman.
Cumplir los mandamientos se transforma en algo que se integra al estilo de vida en donde ya no se vive para sí, sino para ser presencia del amor de Dios para los demás en todas las situaciones de nuestra vida.
Que el Señor nos conceda vivir cumpliendo sus mandamientos, sostenidos por su amor.
El Espíritu de la Verdad
José Antonio Pagola
Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.
Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?
Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor… que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.
Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo su Evangelio.
Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.
Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.
Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad…
¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”?
¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada?
¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?
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La vida en nosotros
Paula Depalma
La dimensión escatológica de este texto es sorprendente. A partir del capítulo 13 nos enfrentamos a un extenso discurso de despedida: El evangelista nos presenta a un Jesús consciente de que va a morir. Los discípulos son como sus hijos; él los ha cuidado y protegido, y no quiere que ahora estén desconsolados. Por eso les dice: “No los dejará huérfanos”. La muerte se acerca, pero Jesús les promete: “Regresaré con ustedes”. Los discípulos sienten miedo a quedarse solos, al abandono. Pero Jesús los consuela y les explica que la muerte no tiene la última palabra y que volverá porque, dice, “yo vivo” y “ustedes vivirán”.
Los verbos “vive”, “está en”, “está con” que aparecen en este evangelio en el capítulo 14 llaman la atención sobre todo porque parecen referirse no solo a los discípulos sino a todo creyente, a cada lector u oyente de esta palabra. ¿Quién o quiénes viven?
La respuesta es pluriforme y vincular. Los que “viven” son el Espíritu consolador en nosotros (v. 17); el Padre y Jesús en quienes amen a Jesús (v. 23) y Jesús y los creyentes mutuamente relacionados “porque yo vivo y ustedes vivirán” (v. 19). Las comunidades de los orígenes comprendían que ser cristiano era dejarse llevar por el Espíritu que consuela, el espíritu del Resucitado. Comprendían que Jesús estaba vivo en ellos, y que ellos vivían un vida nueva en esta dinámica de la vida que no tiene fin.
Este texto no permite interpretaciones morales relacionadas con el cumplimiento de los mandamientos, y, sin embargo, apunta a ellas. La única tarea que deja a los discípulos consiste en amar; y ese amor desencadena la acción de cumplir los mandamientos. Recordemos a Agustín de Hipona en su clásico “Ama y haz lo que quieras”, o a Teresa de Jesús “El amor, cuando es crecido, no puede estar sin obrar”. El amor en el centro y como condición imprescindible y, a partir de allí, la acción.
Los cristianos de las comunidades joánicas pasaban momentos difíciles y sus vidas corrían peligro. Tal vez por ello el evangelista dedica tantos capítulos a los discursos de despedida: para ofrecer sentido a situaciones difíciles, para brindar plenitud de vida incluso ante la muerte. Y para poder encontrar en Jesús una propuesta de una vida con sentido. Un sentido y un estilo de vida en plenitud, que se vuelven más importantes y significativos que la misma muerte.
En conclusión, la vida, para el cuarto evangelista, consiste en esta continuidad propia del amor, de la justicia, de la reciprocidad y de la trascendencia. La vida que ofrece el Jesús joánico es vida en abundancia, vida que no se acaba, vida compartida, vida en comunión, vida en relación, vida propia de la justicia, vida para quien ama y vida para quien cree. Es presente y plenitud de ser.
El Espíritu da vida y gozo e impulsa a la Misión
Romeo Ballan, MCCJ
Un clima de despedida se respira en el largo discurso-conversación-oración de Jesús con sus amigos después de la Ultima Cena (Evangelio): abundan las emociones, recuerdos, preguntas, temores… Pero sobre todo ello prevalece la promesa confortadora del Maestro: “No los dejaré huérfanos: volveré a ustedes” (v. 18); el Padre les dará otro Consolador… para siempre (v. 16). Jesús promete “el Espíritu de la verdad” (Jn 14,17; 16,13); lo presenta como defensor y Paráclito (Jn 16,7-11), como don a quien ora (Lc 11,13), como perdón de los pecados (Jn 20,22-23), como Espíritu que clama en nosotros ¡“Abá, Padre!” (Rom 8,15). En verdad, el Espíritu que Jesús promete a los discípulos es un verdadero “Paráclito” (v. 16): palabra de uso judicial para indicar a una ‘persona llamada para estar al lado’ (v. 17) como ayuda, protector, defensor. Por tanto, una presencia amiga, una compañía íntima y cariñosa.
Él es Espíritu de amor en el seno de la Trinidad y dentro de cada uno de nosotros; es un nuevo principio de vida moral en la observancia de los mandamientos. En efecto, no basta con presentar la ley moral para que esta sea observada. La simple ley es como las señales de tráfico: indican la dirección justa, pero son incapaces de mover el carro; es necesario un motor. Jesús, además de indicarnos la ruta, nos comunica también su fuerza, su Espíritu, para proceder hacia la meta. ¡Por amor! Se observa la ley con un Espíritu diferente: ¡como expresión y signo de amor! En la gratuidad y reciprocidad (v. 21).
El Espíritu anima la misión de los discípulos a todos los pueblos, como se ve en Pentecostés, hasta los confines de la tierra (cfr. Hechos 1,8). Lo mismo se ve también en la fundación de la Iglesia en Samaría (I lectura), que es la segunda comunidad (después de Jerusalén), y le seguirán Antioquía y otras. En los comienzos de la comunidad de Samaría encontramos a un diácono, Felipe (v. 5): llega allí huyendo de la persecución desatada después del asesinato de Esteban, predica a Cristo, lo escuchan con interés, realiza prodigios, bautiza, “y hubo una gran alegría en aquella ciudad” (v. 8). Son estos los primeros signos de una comunidad de fe, la misma que más tarde recibirá la confirmación de los apóstoles Pedro y Juan con el don del Espíritu Santo (v. 17). La fundación de Antioquía tiene un comienzo semejante, impulsado por cristianos que se habían dispersado tras la misma persecución; los apóstoles llegarán posteriormente.
En la historia de la Iglesia misionera abundan hechos parecidos; casi todas las comunidades cristianas empezaron con laicos: un catequista, una familia, algunas religiosas, un grupo de laicos y laicas (la ‘Legión de María’, por ejemplo, y otros). Solo más tarde llegan el sacerdote y el obispo, con los sacramentos de la iniciación cristiana y la organización eclesial. Un caso emblemático es el comienzo de la Iglesia en Corea (s. XVIII): algunos laicos coreanos que regresaron de China, donde habían encontrado la fe cristiana y el bautismo, llevaron consigo libros cristianos y empezaron a anunciar el Evangelio de Jesús. Solo décadas más tarde llegaron a Corea el primer sacerdote desde China y los primeros misioneros desde Francia.
La Iglesia es una comunidad de creyentes en Cristo, cuyos miembros – como los destinatarios de la carta de Pedro (II lectura) – están “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de la esperanza que está en ustedes” (v. 15). En las páginas de los Hechos se respira la frescura misionera característica de las primeras comunidades cristianas. Una frescura y un ardor que se vuelven contagiosos y que no se pueden ni se deben ocultar. Con toda razón se afirma que “los cristianos son ridículos cuando ocultan lo que los hace interesantes” (Card. J. Daniélou). La Iglesia del Resucitado es una comunidad misionera, portadora de un mensaje de vida, gozo y esperanza para anunciarlo a todos los pueblos, como declara el Concilio: “La a comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (GS 1).
