Ascensión del Señor. Año A

“En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado.

Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo»”.

Mateo 28, 16-20


Yo estaré con ustedes todos los días
P. Enrique Sánchez, mccj

Muchas veces decimos que todo lo que comienza llega a su fin y también en la misión de Jesús esto parece cumplirse el día de la Ascensión, cuando ante la mirada de sus discípulos subió al cielo para ocupar el lugar que le correspondía junto a su Padre.

Un día lo vimos aparecer en un pesebre, acogido con cariño y envuelto por la fe de José, de María y de aquellos pobres y sencillos que lo reconocieron desde el principio como el Mesías.

Luego vino el tiempo en que inició la misión que el Padre le había confiado y pasó por todas partes anunciando la llegada del Reino de Dios, hasta dar el testimonio definitivo de ser el Hijo de Dios cuando se dejó clavar en la cruz.

Tres días después apareció Resucitado, como quien había vencido a la muerte y estaba vivo para siempre.

Finalmente, se manifestó a quienes lo habían seguido y que poco a poco se habían convertido en discípulos, testigos y continuadores de su misión.

Todo parecía haber pasado demasiado aprisa y resultaba difícil aceptar que todo llegaba a su fin viendo al Señor subir entre las nubes. Una vez más resultaba complicado creer a lo que estaban viendo sus ojos.

Pero era cierto, la misión de Jesús en este mundo estaba llegando a su fin y ahora empezaba otra etapa de esa misma misión en la que ahora los protagonistas serían los discípulos, que dentro del asombro sentían igualmente latir fuerte sus corazones animados por las ultimas palabras del Señor: “yo estaré con ustedes todos los días”. El momento de la ascensión seguramente había quedado marcado en la mente y en el corazón de todos aquellos discípulos que obedientes habían llegado a aquel pequeño monte en donde les tocaría hacer, una vez más, la experiencia de Dios que se manifestaba ante sus ojos.

No querían perder de vista al Señor, casi como queriendo atraparlo para que se quedará para siempre; que no pasara el tiempo, pero era precisamente en aquel momento en el cual estaba por nacer algo nuevo para los que se habían dejado ganar el corazón por el Señor.

Ahí empezaba otra misión, la misión de los discípulos que por mandato de Jesús eran enviado por todo el mundo a llevar la Buena Noticia del Evangelio, a bautizar en su nombre, a ofrecer la posibilidad de una vida nueva surgida de la conversión y del perdón de los pecados.

Nacía la misión de los discípulos que estaban llamados a ir por los cuatro rincones del mundo para hacer de toda persona un nuevo hijo de Dios, para que nadie quedara excluido de ese nuevo reino que había iniciado con Jesús.

Por esta razón, la ascensión del Señor es para la Iglesia la primera fiesta misionera; es ahí en donde la Iglesia nace, pues la comunidad de cristianos no nació como un club social o un grupo de amigos, sino como los herederos de un mandato dado por el mismo Jesús: “Vayan y anuncien”.

Y se trata de ir, no como pregoneros de informaciones que despierten simplemente la curiosidad, sino como testigos de alguien que ha cambiado la vida de quienes creyeron en él.

Se va a anunciar el nombre de Jesús y con su poder a hacer las obras que él hizo. Quien acepte el mensaje tendrá la posibilidad de recibir la vida nueva que Jesús resucitado ha ganado para todos los que lo sigan.

A partir de ese momento la responsabilidad de la misión se les ha entregado a los discípulos, y como ya lo decíamos en el domingo pasado, ahora se trata de dar un paso más lejos asumiendo nuestra fe como algo de lo que tenemos que dar razón, manifestando nuestras convicciones a través de un compromiso en la transmisión de lo que hemos recibido como don.

Yo me voy, decía Jesús, pero no nos ha dejado solos y justamente nos ha dejado al Espíritu Santo que sabemos que es el protagonista de la misión. Es quien nos llena de fortaleza y de sabiduría para ir sin temor a todas partes, llevando con nosotros la buena noticia de Jesús.

En el envío, Jesús pide que cumplamos los mandamientos que nos ha dado. Y ahí también nos recordamos lo que nos decía el evangelio la semana pasada, “quien me ama, cumplirá mis mandamientos”.

Los mandamientos que nos toca cumplir, Jesús los ha resumido en un solo mandato, el mandamiento nuevo que es el deber de amarnos los unos a los otros como hermanos.

La misión, por lo tanto, que nos confía el Señor es la de ir por todo el mundo como testigos de su amor, abriendo caminos para que todos los seres humanos podamos reconocernos un día miembros de una única familia, la familia de los hijos de Dios.

La ascensión, vista de esta manera, no es un momento triste de pérdidas y de despedidas, sino que se convierte en un tiempo de alegría y de fiesta, pues se trata de ir a anunciar y de transformar en vida aquello, o más bien, a Aquel que nos ha transformado la vida.

Ciertamente la misión presentará siempre muchos retos, dificultades, riesgos y amenazas de todo tipo, pero esos no son motivos para esconderse o para echarse para atrás, pues a la misión se va sostenidos por la certeza de que Jesús está con nosotros.

Yo estaré con ustedes todos los días. Esas no son palabras dichas al aire o para que se conviertan en consuelo momentáneo que aplaque la tristeza e impida las lágrimas al ver a Jesús que se aleja.

Yo estoy con ustedes es la palabra que da certeza y fuerza a la tarea que se nos confía como enviados en el nombre de Jesús. Eso nos ayuda a entender que la misión sigue siendo la suya y que a nosotros nos toca ser simples colaboradores que aportan su granito de arena a la construcción del Reino.

Yo estoy con ustedes, es la presencia que infunde confianza y valor para ir a lo desconocido, para dejar lo que nos brinda seguridad, para abrirnos a las sorpresas de Dios que nos espera en aquellos a los que somos enviados.

Yo estoy con ustedes todos los días y hasta el in del mundo. Ese es el compromiso que confirma la promesa del Señor de no dejarnos solos, de seguir caminando a nuestro lado sintiéndonos cuidados y protegidos por él, para que, aunque pasemos por cañadas oscuras, nada nos asuste y a nada le tengamos miedo.

Que el Señor nos conceda sentir su presencia cada día y en cada circunstancia que nos toca vivir.

Que nos ayude a poner toda nuestra confianza en él y que podamos ver su presencia en todo lo que está a nuestro alrededor; que veamos su presencia en las personas que pone en nuestro camino.

Que llene nuestro corazón de entusiasmo y de alegría misionera, para que seamos capaces de convertirnos en testigos que manifiestan la presencia de Dios en un mundo en donde nos hace tanta falta descubrirlo.

Que nuestras miradas estén siempre dirigidas hacia lo alto para no perder de vista al Señor que nos llamó; pero, al mismo tiempo, que tengamos los pies bien puestos en la tierra para que podamos seguir los senderos de la misión que nos llevan a encontrarlo en los más necesitados y en los más abandonados de nuestra sociedad.

Que la certeza de su presencia nos llene el corazón de confianza y de esperanza para que podamos ser una pequeña luz de paz en nuestro mundo, mientras vamos caminando con el anhelo de llegar un día a estar con él por siempre.

Finalmente, que con el poder de Jesús podamos construir un pedacito del Reino ahí en donde nos ha llamado a ser misioneros suyos y que muchos hermanos puedan descubrir la belleza de nuestra vocación cristiana que hace de cada bautizado un testigo y un enviado del Señor que nos amó.


Hacer discípulos de Jesús
José Antonio Pagola

Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.

El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es esto precisamente lo que han de seguir transmitiendo.

Entre los discípulos que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin duda quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús, pronto se apagaría.

Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El Resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él no vacilarán.

Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar doctrina», no es solo «anunciar al Resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del Resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar comunidades»… pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer discípulos» de Jesús.

Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo lo mandado» por él son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque sean solo dos o tres.

Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo… salvando.

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Contigo al fin del mundo
María Dolores López Guzmán

Tras la Resurrección se fue. Y lo hizo abiertamente. Los discípulos se quedaron mirando atolondrados mientras se iba y pudieron ratificar que realmente se marchó. El Señor tenía que dejar claro que comenzaba una etapa nueva en su forma de estar con nosotros. ¿Qué relación no pasa en su historia por distintas fases para crecer? De hecho, Él insistió en que estaría acompañándonos todos los días hasta el fin del mundo. Por tanto, nada de ruptura. Su decisión apuntaba a un cambio cualitativo para impulsar la unión. Pero ¿cómo se puede permanecer cuando uno se va?

La presencia es algo tan misterioso que es casi imposible de definir. Porque no queda encerrada en los límites de lo físico. Trasciende lo que se puede ver y tocar. Por eso los sentidos más “adelantados” que mejor la perciben son el olfato y el oído. Se pueden escuchar sonidos reales que nos emocionan aunque estén lejos; se puede oler un aroma único que se nos escapa de las manos pero que nos rodea y envuelve, y nos hace soñar y recordar. La realidad es más amplia que aquello que abarcan nuestros ojos. Se puede reconocer al Señor en signos apenas perceptibles que muestran que de verdad no nos ha abandonado: personas que tienen sus mismos gestos, que pronuncian con autenticidad sus palabras, que son como una prolongación de su ser. Quizás por ello animó a los discípulos a guardar y reproducir todo lo que les había enseñado. Para que otros reconocieran su presencia en ellos y creyeran que el amor y la vida no tienen fecha de caducidad.

 “No es lo mismo marcharse que huir”, escribió la poeta Gloria Fuertes. Tenía razón. Jesucristo no “se fue a por tabaco y no volvió” para evadirse de los problemas de este mundo, sino que, destruyendo a la muerte, fortaleció el vínculo que nos une, irrompible ya, para continuar actuando a nuestro favor de un modo distinto. Por eso quiso dejar claro que la resurrección no suponía irse Más Allá, a vivir cómodamente y disfrutar de un merecido descanso después de tanto sufrido. Con esa presencia nueva mostró que resucitar significa vivir más, amar más, compartir más plenitud. Una inyección de ánimo para vacilantes y temerosos. A Jesucristo resucitado, y a los que han resucitado con Él, nadie nos los puede arrebatar.

Así, ser misionero es posible. Contamos de verdad con unos aliados fieles e indestructibles ante las adversidades y la intemperie: El Señor y los que nos han precedido. Jesucristo nos hizo una promesa que ya ha cumplido: estar con nosotros hasta el fin del mundo. Y tú… ¿estarías dispuesto a irte con Él?

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Ascensión:
¿una desaparición o una partida?

La resurrección, la ascensión y pentecostés son aspectos diversos del misterio pascual. Si se presentan como momentos distintos y se celebran como tales en la liturgia es para poner de relieve el rico contenido que hay en el hecho de pasar Cristo de este mundo al Padre. La resurrección subraya la victoria de Cristo sobre la muerte, la ascensión su retorno al Padre y la toma de posesión del reino y pentecostés, su nueva forma de presencia en la historia. La Ascensión no es más que una consecuencia de la resurrección, hasta tal punto que la resurrección es la verdadera y real entrada de Jesús en la gloria. Mediante la resurrección Cristo entra definitivamente en la gloria del Padre.

«Apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios». Los cuarenta días en el A. y NT representan un período de tiempo significativo, durante el cual el hombre o todo un pueblo se encuentra recluido en la soledad y en la proximidad de Dios para después volver al mundo con una gran misión encomendada por Dios. Con el acontecimiento de la Ascensión se termina una serie de apariciones del Resucitado. ¿Dónde estaba Jesús durante los cuarenta días después de Pascua, cuando se aparecía a sus discípulos? ¿Estaba solitario en algún lugar de Palestina del que salía de cuando en cuando para ver a sus discípulos? ¡NO! Jesús estaba ya «junto al Padre» y «desde allí» se hacía visible y tangible a los suyos. Junto al Padre estaba ya desde su resurrección y con nosotros permanece aún después de subir al Padre. En la Ascensión no se da una partida, que da lugar a una despedida; es una desaparición, que da lugar a una presencia distinta. Jesús no se va, deja de ser visible. En la Ascensión Cristo no nos dejó huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras formas de presencia. «Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos». Así lo había prometido y así lo cumplió. Por la Ascensión Cristo no se fue a otro lugar, sino que entró en la plenitud de su Padre como Dios y como hombre. Y precisamente por eso se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros.

Por esto es muy importante entender qué queremos decir cuando afirmamos que Jesús se fue al cielo o que está sentado a la derecha de Dios Padre.

La única manera de convertir la Ascensión en una fiesta es comprender a fondo la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida. Una partida da lugar a una ausencia. Una desaparición inaugura una presencia oculta.Por la Ascensión Cristo se hizo invisible: entra en la participación de la omnipotencia del Padre, fue plenamente glorificado, exaltado, espiritualizado en su humanidad. Y debido a esto, se halla más que nunca en relación con cada uno de nosotros.

Si la Ascensión fuera la partida de Cristo deberíamos entristecernos y echarlo de menos. Pero, afortunadamente, no es así. Cristo permanece con nosotros “siempre hasta la consumación del mundo”. En la Biblia, la palabra cielo no designa propiamente un lugar: es un símbolo para expresar la grandeza de Dios. S. Pablo dice: “subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia” (Ef 4,10), es decir, alcanzó una eficacia infinita que le permitía llenarlo todo con su presencia.

“Encielar” a Cristo es como desterrarlo, es perderlo. Su ascensión es una ascensión en poder, en eficacia, y por tanto, una intensificación de su presencia, como así lo atestigua la eucaristía. No es una ascensión local, cuyo resultado sólo sería un alejamiento. No olvidemos que el relato de los Hechos de los apóstoles es mucho más el relato de la última parición de Cristo que la fecha de su glorificación.

Mientras tanto ¿qué hacer? Esta es la cuestión fundamental: ¿Y ahora, qué?

-Vivir la certeza de que Él «está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Que la Encarnación es un gesto de Dios irreversible. Está, pero de otro modo. Y los apóstoles necesitaron semanas para comprender y hacerse a la idea. Es el sentido de lo sorprendente de cada «aparición». Reconocerle en tantas mediaciones: Iglesia, comunidad, sacramentos, eucaristía, hermanos… Encontrar al Señor en todo y de tantas maneras.

La Ascensión es la plenitud de la Encarnación. Cuando se hizo carne no se pudo encarnar más que en un solo hombre, al que asumió personalmente el Verbo de Dios. Pero mediante la Ascensión, por la fuerza del Espíritu que lo resucitó de entre los muertos, se hace «más íntimo a nosotros que nosotros mismos», de tal modo que Pablo pudo decir «vivo yo, pero no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».

Durante su ida mortal Jesús vivió la condición corporal y sus limitaciones en espacio y tiempo. Cuando estaba sentado en casa de Lázaro y de sus hermanas, no estaba en otra parte. Y cuando dormía, envuelto en su manto, cerca de sus discípulos al borde del lago, no estaba en ellos, como lo estuvo después. Por ello, la Ascensión aparece no como una ausencia de Jesús que haría legítima su tristeza, sino como una modificación de su presencia: la presencia corporal, sin dejar de ser corporal, muere a cierta manera de ser, para realizarse totalmente, es decir. para llegar a ser más interior y más universal.

Podríamos decir que en el cuerpo glorificado de Jesús se realizan las promesas al cuerpo humano. Lo que prometía, en el encuentro personal, deja de impedirlo. Este es el verdadero cuerpo humano. Para nosotros, el cuerpo es lo que nos hace presentes, pero al mismo tiempo limita y sabotea esta presencia de la persona. Con razón escribía Blondel: «Es una extraña soledad el que los cuerpos y todo lo que se ha podido decir de la unión no es nada para el precio de la separación que causan» (L’Action, t. Il. pág. 262).

Pero en el cuerpo glorificado de Jesús se realiza lo que no nos habríamos atrevido a esperar. Jesús se hace inmediatamente presente a los que ama, y se une a ellos allí donde ellos son justamente ellos mismos, se hace interior a ellos. Y, por otra parte, se hace simultáneamente presente a todos, sin limitaciones espacio-temporales. Así, el misterio de Jesús aboliendo ciertas formas de presencia corporal para tener junto a nosotros una presencia más interior y más universal, es a la vez el sentido de una experiencia humana vivida y la promesa de que esta experiencia será salvada y colmada para los que la vivan en la fe.

-No quedarnos «ahí plantados mirando al cielo». Volver a la ciudad, al trabajo… pero siendo sus testigos aquí y allá. Que la memoria de Jesús no sea nostalgia ni simple recuerdo, sentimiento intimista inoperante, intrascendente. Sino impulso de seguirle hacia los hombres, hacia el Reino. La Ascensión es una invitación al realismo cristiano y no una evasión a un falso cielo deseado. Los ángeles invitan a mirar a la tierra y preparar su vuelta aquí entre los hombres. La fe es una alienación si uno se despreocupa del mundo. Pero esta fe alienante está condenada por los mismos ángeles: «Galileos, qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». Teilhard de Chardin: «La fe en JC se podrá en el futuro conservar o defender sólo a través de la fe en el mundo».

Nos ha resultado más cómodo ubicar a Cristo, el Hijo de Dios, a la derecha del Padre en el cielo, que hacer sitio al Hijo del hombre en nuestro mundo y por encima de nuestros intereses. Creer en Dios no es muy difícil, sobre todo si lo situamos en el cielo. Lo difícil -y eso es el cristianismo- es aceptar que Dios se ha hecho hombre, que es hombre, que vive y está con nosotros, precisamente en el prójimo. Eso es difícil de creer, porque eso nos compromete y nos complica la vida, cuestionando nuestra seguridad, nuestro bienestar, nuestro progreso frente al riesgo, malestar y subdesarrollo de tantos millones de cristianos vivientes… en los que no creemos y a los que olvidamos y rechazamos.

Y se vuelven a Jerusalén con la alegría metida en el alma.

Es todo un programa de vida. Y para ello:

-«Seréis bautizados con Espíritu Santo». Esta será la fuerza de Dios en nuestra debilidad. Uno se sorprende al ver la serenidad, la ciencia y fortaleza de aquellos primeros discípulos, pescadores temerosos y desalentados; ¡cómo cambió su suerte! Durante esta semana pidamos con insistencia la venida del Espíritu Santo.

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“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”
Romeo Ballan mcci

La Ascensión es una nueva epifanía. Las lecturas bíblicas y otros textos litúrgicos la presentan como una manifestación gloriosa de Jesús. En la I lectura se narra la nube de las apariciones divinas y hombres (ángeles) vestidos de blanco, se hacen hasta cuatro referencias al cielo en tan solo dos versículos, hay un anuncio del retorno futuro… (v. 9-11). S. Pablo (II lectura) presenta el epílogo de una empresa difícil y paradójica, pero muy exitosa: Jesús sentado a la derecha del Padre en el cielo, por encima de todo principado y potestad, constituido como cabeza de la Iglesia y sobre todas las cosas (v. 20-22). Los acontecimientos conclusivos de la vida terrena de Jesús dan sentido e iluminan el doloroso recorrido anterior. “Por eso Juan habla de exaltación, por tanto, de ascensión de Jesús, en el día mismo de la muerte en la cruz: muerte-resurrección-ascensión constituyen el único misterio pascual cristiano, en el cual se realiza la recuperación en Dios de la historia humana y del ser cósmico. También los cuarenta días, mencionados en Hechos 1,2-3, evocan un tiempo perfecto y definitivo y no se han de considerar como una información cronológica” (G. Ravasi).

El feliz cumplimiento del hecho-misterio pascual de Jesús es la raíz de la gozosa esperanza de la Iglesia y de la serena confianza de los fieles de poder gozar un día de la misma gloria de Cristo (Prefacio). Aquí tienen inspiración y energía tanto el compromiso apostólico como el optimismo que anima a los misioneros del Evangelio, con la certeza de ser portadores de un mensaje y de una experiencia de vida exitosa, gracias a la resurrección. No se trata de una experiencia fracasada, sino exitosa y segura: ya plenamente triunfante en Cristo, y, si bien de manera parcial, exitosa también en la vida del cristiano y del evangelizador, aunque a la espera de nuevos desarrollos.

Motivados interiormente por esta experiencia de vida nueva en Cristo, los Apóstoles – y los misioneros de todos los tiempos – se convierten en sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Hch 1,8), en un movimiento que se abre progresivamente del centro (Jerusalén) hacia una periferia tan vasta como el mundo entero. El campo de trabajo misionero de la Iglesia son todos los pueblos (Evangelio), a los que Jesús envía a sus discípulos antes de subir al cielo (v. 19). Los envía con la plenitud de su poder (v. 18), que le corresponde en cuanto Hijo de Dios, y en cuanto Kyrios (Señor) glorificado: “Vayan, pues, y hagan discípulos detodos los pueblos, bautizándoles… enseñándoles… (v. 19-20). Una misión que es posible realizar con la fuerza del Espíritu, al que invocamos, junto con María y los Apóstoles, en la espera de un Pentecostés siempre nuevo.

Ese pues (oun-ergo: en gr. y lat., respectivamente) tiene el valor de una consecuencia irrenunciable: indica la raíz y la continuidad de la misión universal, que nace de la Santísima Trinidad y se prolonga en el tiempo y en el espacio por medio de la Iglesia, enviada a todos los pueblos, confortada por la perenne presencia de su Señor: “Yo estoy con ustedes todos los días” (v. 20). Para Mateo, Jesús no se aleja de los suyos, cambia solamente el modo de presencia. Se queda con ellos: Él es siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, anunciado desde el inicio del Evangelio (cfr. Mt 1,23).

Los verbos que Jesús utiliza para enviar a sus discípulos en misión mantienen su perenne actualidad. ‘Vayan’ indica el dinamismo de una salida permanente y el valor para entrar en las situaciones siempre nuevas del mundo; vayan, o sea salganpartan, vayan al encuentro del otro; ‘hagan discípulos’ quiere decir que todos los pueblos están invitados a hacerse seguidores no ya de una doctrina, sino de una Persona; propongan así como Dios se propone sin imponerse; ‘bauticen’ hace referencia al sacramento que introduce a las personas en la Iglesia y las inserta en la vida de la Trinidad; ‘enseñen a guardar’ se refiere a la respuesta de los discípulos a la voz del Maestro y Pastor. Él ha cumplido ya la obra de la salvación en favor de todos los pueblos; ahora llama y envía a otros discípulos para continuar su misma misión. Por los caminos del mundo, el cristiano vive a menudo en tensión entre mirar al cielo y transformar la tierra. Si uno mira solamente hacia arriba, vienen los ángeles (Hch 1,11) a indicarle sus tareas en la tierra. Si se mira solo a la tierra, S. Pablo nos recuerda la esperanza a la cual estamos llamados (Ef 1,18). La síntesis es la misión en nombre de Dios y en medio a los pueblos. Este es el don y el misterio de cada vocación al servicio del Evangelio en el mundo.