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XXVI Domingo ordinario. Año C

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: Padre Abrahán, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. Pero Abrahán le contestó: Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá.

El rico insistió: Te ruego, entonces, padre Abrahán, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos. Abrahán le dijo: tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen. Pero el rico replicó: No, padre Abrahán. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán. Abrahán repuso: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto”.


(Lucas 16, 19-31)

El pobre Lázaro
P. Enrique Sánchez, mccj

También hoy, la primera lectura nos introduce al texto del evangelio que vamos a reflexionar poniendo ante nuestros ojos una imagen que fácilmente nos ayuda a entrar en lo que Lucas quiere sembrar en nuestros corazones a través de la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro.

Dice el profeta Amos: “¡Ay de ustedes, los que se sienten seguros…! Se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos. Por eso irán al destierro a la cabeza de los cautivos y se acabará la orgía de los disolutos” (Amos 6, 1a. 4-7)

Y el evangelista nos muestra el contraste entre el hombre rico que banquetea y el pobre Lázaro que se conformaría con las migajas que caían de la mesa, pero que ni siquiera eso le era consentido.

La reflexión de este pasaje del evangelio nos obliga a hacer memoria de lo que leíamos unos versículos antes en este mismo capítulo, en donde se nos contaba la

historia del mal administrador que astutamente supo servirse del dinero, aunque mal habido, para protegerse en el futuro.

El tema sigue siendo el de la relación que estamos llamados a crear con el dinero y con la riqueza que podemos acumular, para no dejarnos engañar por promesas que terminan por desaparecer y defraudar.

En la parábola de hoy no se habla de riqueza mal obtenida, pero muy finamente se nos hace entender cómo esa riqueza puede convertirse en un obstáculo para crear auténticas relaciones con quienes tenemos a nuestro lado.

El problema no es ser rico o tener muchos bienes, sino la actitud que se puede tener, haciendo que se vayan creando abismos entre quienes se sienten seguros y satisfechos con sus bienes y los pobres que son puestos en el margen y lejos de los intereses personales.

El administrador astuto, de la parábola precedente, había sabido hacerse amigos con la riqueza que administraba y ese acercarse a quienes estaban necesitados y que no podían pagar sus deudas, al final fueron quienes le salvaron de terminar mal.

La riqueza que administraba le ayudó a darse cuenta de que valían más las personas que el dinero, que de un momento al otro podía desaparecer.

En el caso de Lázaro sucede un poco lo contrario, había sido ignorado y despreciado, acabó hundido en su miseria sin que el rico que estaba más allá́ de la puerta se diera cuenta. Tal vez porque vivía distraído y encandilado por su riqueza.

Entre los dos se había creado un abismo que nadie estaba en condiciones de atravesar, porque se trataba del abismo de la indiferencia y, tal vez, del desprecio generado por la convicción de que el rico y el pobre no podrían sentarse en la misma mesa.

Pero para Dios las cosas funcionan de otra manera y muchas veces hemos escuchado en el evangelio que Dios tiene una predilección por los pobres, por los marginados, por los que no cuentan a los ojos de quienes piensan que lo tienen todo.

Como botón de muestra podemos citar las palabras de María que dice en su cántico:

Mi alma engrandece al Señor, y mmi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque se

fijó en la humildad de su servidora. Desde ahora, todas las generaciones me llamarán dichosa, porque obras grandes hizo en mí el Poderoso. Su nombre es santo, y su misericordia llega de generación en generación a sus fieles. Desplegó la fuerza de su brazo y deshizo los planes de los orgullosos, derribó a los poderosos de sus tronos y elevó a los humildes, a los hambrientos los llenó de bienes y a los ticos los despidió con las manos vacías”. (Lc 1, 47-53)

San Lucas parece poner en contraste dos maneras de usar la riqueza y las consecuencias que pueden resultar para quien busca alcanzar una vida plena. Mientras que para el mal administrador la historia termina relativamente bien, pues se reveló inteligente a la hora de usar de la riqueza que estaba a su disposición haciendo un bien, aunque podría ser criticado; para el rico, que sólo fue capaz de pensar y de disfrutar su riqueza ignorando las necesidades de los demás, el final fue la tristeza de la muerte y la incapacidad de hacer marcha atrás.

No es difícil descubrir la actualidad del mensaje de esta parábola cuando nos detenemos a contemplar un poco la realidad en que nos toca vivir hoy.

Hay personas que, a medida que han ido incrementando sus riquezas, se han ido alejando de la realidad. Viven convencidas de que en el mundo todo funciona bien y sin dificultad. Se crean burbujas geográficas y mentales que justifican un comportamiento que genera indiferencia, cuando no, un rechazo y desprecio por las necesidades de los demás.

La distancia entre ricos y pobres, desde hace muchos años, se dice que se ha convertido en una realidad escandalosa y las estadísticas hablan de un grupo cada día más pequeño de personas que acumulan inmensas fortunas, mientras que el número de pobres aumenta sin que nadie lo pueda detener. Es otra manera muy sencilla de entender el abismo que existía entre el hombre rico y Lázaro.

La dificultad de un encuentro entre ricos y pobres se acrecienta cuando no es sólo la riqueza la que marca la distancia, sino cuando interviene una mentalidad que justifica actitudes y comportamientos que facilitan la indiferencia, la indolencia y la falta de solidaridad.

El abismo que separaba al rico de Lázaro cuando se encontraron después de su paso por este mundo era la mejor imagen para representar lo que nos puede pasar, también a nosotros, cuando nos dejamos encandilar por el brillo de las riquezas.  Uno fue acogido en el seno de Abrahán y el rico acabo enterrado en el lugar de la soledad y del sufrimiento.

Pero sería injusto cargarle las tintas a la figura del rico que, en su momento no supo acercarse a Lázaro en su necesidad, pues no todos los ricos viven en esa actitud.

Todos hemos conocido ricos, aunque sean pocos, que ha vivido muy libres frente a las riquezas y que se han convertido en personas que recordamos por su generosidad y su capacidad de compadecerse de las necesidades de los demás; ricos que no se han dejado engañar por la tentación del derroche y del despilfarro, ricos que han vivido como pobres agradecidos.

Pero también hemos conocido pobres carentes de muchas cosas, pero con el corazón cargado de resentimientos, de rencores; pobres, si hablamos de riquezas, pero cerrados en su miseria.

Nuestra parábola se concluye presentando el drama que vive el rico al darse cuenta de que sus riquezas no le sirvieron para salvarse y sintiendo la desesperación al ver a los de su casa ir por el mismo camino.

Ante las súplicas que dirige a Abrahán la respuesta que recibe es que ahora ya es muy tarde y que los suyos tienen a su alcance la posibilidad de tomar el camino justo. Todo depende de su capacidad de abrir el corazón y sus oídos a la palabra de Dios y al grito de los pobres, a través de los cuales siempre les hablará.

La conclusión parece enseñarnos que, en las cosas de Dios, las historias se voltean y quienes en esta vida se han dado a la riqueza, acaban por perderse para la vida eterna.

Al contrario, a quienes les ha tocado vivir en la limitación y en la pobreza han creado las condiciones en su corazón para estar abiertos a la bondad y a la providencia de Dios que pone siempre nuestros pasos sobre el camino de la felicidad eterna.

Que el Señor nos ayude a poner el corazón en las riquezas que realmente valen la pena.


No ignorar al que sufre
José Antonio Pagola

Estaba echado en su portal.
El contraste entre los dos protagonistas de la parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Sólo piensa en «banquetear espléndidamente cada día». Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir sólo para banquetear.
Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Sólo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».
Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.
El rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.
Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.
La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.
Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, a través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.
Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.

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Siempre habrá un Lázaro a mi puerta
Fray Marcos

Por última vez, después de una insistencia machacona, nos habla Lucas de la riqueza. Yo también tengo claro que en materia de riqueza no haremos caso ni aunque resucite un muerto. La parábola va dirigida a los fariseos. Acaba de decir el evangelista: “Oyeron esto (no podéis servir a dos amos) los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él”. Jesús apoyándose en las creencias que ellos aceptaban, quiere hacerles ver que, si de verdad creyeran lo que predican, no estarían tan pegados a las riquezas.

Esta parábola es clave para entender algo de lo que nos dice el evangelio sobre las riquezas. No se puede hablar de ellas en abstracto y la parábola nos obliga a pisar tierra. El rico no tiene en cuenta al pobre y sin esa toma de conciencia nada tiene sentido. Lo único negativo de la parábola es que, mal interpretada, nos ha permitido utilizarla como opio. Aguanta un poco, hombre, que aunque te parezca que el rico disfruta, espera al más allá y le verás freírse en el infierno, mientras tú encontrarás la dicha más completa.

Esta parábola nos dice lo mismo que (Mt 25,34-46) “Porque tuve hambre y no me disteis  de comer, tuve sed y no me disteis de beber.” Las dos hay que entenderlas dentro de una visión mitológica del más allá: premio y el castigo como solución de las injusticias del más acá. Utilizar estos textos para seguir hablando de un premio para los pobres y un castigo para los ricos en el más allá no tiene sentido alguno; a no ser que se busque la resignación de los pobres para que los ricos puedan seguir disfrutando de sus privilegios.

Para comprender por qué el rico, que comía y vestía de lo suyo, es lanzado al “hades”, debemos explicar el concepto de rico y pobre en la Biblia. Para nosotros “rico” y “pobre” son conceptos que hacen referencia a una situación social. Rico es el que tiene más de lo necesario para vivir y puede acumular bienes. Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir y pasa necesidades vitales. En el AT la perspectiva es siempre religiosa. Fueron los profetas, empezando por Amós, los que levantaron la liebre y denunciaron la maldad de la riqueza. Su razonamiento es simple: la riqueza se amasa siempre a costa del pobre.

Pobres en el AT, sobre todo a partir del destierro, eran aquellos que no tenían otro valedor que Dios. Se trataba de los desheredados de este mundo que no tenía nada en qué apoyar su existencia; no tenían a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. Esta confianza era lo que les hacía agradables a Dios, que no les podía fallar (Lázaro, Eleazar -´El ´azar en hebreo- significa Dios ayuda). No existe en el AT concepto puramente sociológico de rico y pobre, nada se podía desligar del aspecto religioso.

Ahora comprenderéis por qué el evangelio da por supuesto que las riquezas son malas sin más matizaciones. No se dice que fueran adquiridas injustamente ni que el rico hiciera mal uso de ellas, simplemente las utilizaba a su antojo. Si Lázaro no hubiera estado a la puerta, no habría nada que objetar. Pero es precisamente el pobre el que, con su sola presencia, llena de maldad el lujo y los banquetes del rico. Tampoco Lázaro se propone como ejemplo moral de pobre, sino como contrapunto a la opulencia del rico.

No es fácil comprender el mensaje del evangelio, basta ver el comportamiento de Jesús. Jesús manifiesta una predilección por todos los que necesitaban liberación, entre ellos los pobres; pero también admitió la visita de Nicodemo, era amigo de Lázaro, aceptó la invitación de Mateo, acogió con simpatía a Zaqueo, fue a comer a casa de un fariseo rico, etc. No es fácil descubrir las motivaciones profundas de la manera de actuar de Jesús. Jesús descubrió que la riqueza acumulada, y no compartida, impide entrar en el Reino. Pero su actitud no fue excluyente, sino abierta y de acogida para los ricos.

El mensaje del evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa actitud religiosa. El evangelio está a años luz del capitalismo, pero también del comunismo. Jesús predica el “Reino de Dios”, que consiste en hacer a todos los hombres hermanos. La diferencia es sutil, pero sustancial. El comunismo reparte los bienes, pero mantiene al pobre en su pobreza para seguir justificándose. Jesús propone compartir como fruto del amor. La consecuencia sería la misma, que los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo, pero la actitud humanizaría tanto al rico como al pobre.

Seguramente que el rico de hoy hacía favores e invitaría a comer a sus hermanos y a los amigos ricos como él. Esa actitud no garantiza humanidad alguna. El amor cristiano solo está garantizado cuando hago algo por aquel que no va a poder pagármelo. El amor que pide Jesús nunca se puede desligar de la compasión. Amor sin compasión es interés. Un niño no tiene compasión por su madre, por eso lo que siente por ella no es “amor” sino interés. La mayoría de las relaciones que calificamos de amor, no son más que egoísmo.

Ahora podemos entender por qué la incapacidad de cada uno para solucionar el hambre del mundo no es excusa para no hacer nada. Nuestra pasividad demuestra que la religión no es más que una tapadera que intenta sumar seguridad espiritual a las seguridades materiales. Jesús no está pidiendo que soluciones el hambre del mundo, sino que salgas de tu error al confiar en la riqueza. No se te pide que salves el mundo, sino que te salves tú. Si los ricos dejásemos de acaparar bienes, inmediatamente llegarían a los pobres.

Me daría por satisfecho si todos nosotros saliéramos de aquí convencidos de que la pobreza no es un problema que alguien tiene que solucionar, sino un escándalo en el que todos participa­mos y del que tenemos la obligación de salir. No es suficiente que aceptemos teóricamente el planteamiento y nos dediquemos a superar las injusticias que se están cometiendo hoy en el mundo. Debemos descubrir que aunque yo esté dentro de la legalidad cuando acumulo bienes materiales, eso no garantiza que sea lo correcto.

No basta despojar a los ricos de su riqueza, porque los ahora pobres ocuparían su lugar. Eso ha pasado en todas las revoluciones sociales. La única solución pasa por superar todo egoísmo para hacer un mundo de hermanos. Es verdad que los ricos no se consideran hermanos de los pobres, pero tampoco los pobres se consideran hermanos de los ricos. El evangelio va mucho más allá de la solución de unas desigualdades sociales, pero también esas injusticias quedarían superadas con un verdadero amor-compasión.

No podemos desarrollar una auténtica religiosidad sin tener en cuenta al pobre. Nuestra religión, olvidando el evangelio, ha desarrollado un individualismo absoluto. Lo que cada uno debe procurar es una relación intachable con Dios. La moral católica está encaminada a perfeccionar esta relación con Él. Pecado es ofender a Dios y punto. El evangelio nos dice que el único pecado que existe es olvidarse del que me necesita. Mi grado de acercamiento a Dios es el grado de acercamiento al otro. Lo demás es idolatría.

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La indiferencia como defensa
Enrique Martínez Lozano

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, afirma con perspicacia el refrán popular. La indiferencia consiste justamente en eso: en no querer ver, como una forma de blindarse frente a aquello que podría amenazar nuestra zona de confort, los intereses y expectativas de nuestro ego.

La indiferencia, por tanto, es lo opuesto a la compasión, en cuanto capacidad de sentir y vibrar con el otro, particularmente en su dimensión de necesidad y vulnerabilidad. La compasión –en el sentido etimológico del término griego que aparece en el texto evangélico: “splagchnizomai”– nos remueve en las entrañas, nos ablanda y nos mueve a actuar en beneficio de la persona; la indiferencia nos ciega y endurece, nos paraliza y nos encierra.

Si tenemos en cuenta que la compasión constituye uno –si no el primero– de los ejes centrales del evangelio de Jesús, no es extraño que la indiferencia –junto con la hipocresía

(mentira) de quienes se consideraban superiores a los demás o utilizaban la religión en beneficio propio (el fariseo, como arquetipo)– sea la actitud denunciada con más dureza.

En esa denuncia se inscribe precisamente la parábola que estamos comentando, junto con otras dos bien conocidas: la que denuncia la indiferencia del sacerdote y del levita que no auxiliaron al hombre malherido (Lc 10, 25-37) y la del “juicio universal” que deja al descubierto a quienes no supieron ver al Señor en quien tenía hambre, estaba desnudo, enfermo o preso (Mt 25, 31-46).

La parábola rezuma sabiduría por los cuatro costados, mostrando con precisión lo que es la indiferencia. En ningún momento se dice que el “hombre rico” –innominado, es decir, es alguien que “no existe”– agrediera o cometiera algún acto positivo contra Lázaro –el pobre existe, tiene un nombre que significa: “Dios ayuda”–; simplemente no lo vio.

La indiferencia produce un “abismo inmenso”. En lugar de ver al otro como no-separado de mí –“carne de mi carne”, como dice el mito de la creación (Gen 2,23); “no te cierres a tu propia carne”, clamaba el profeta Isaías (58,7)–, la indiferencia lo ignora por completo, creando una separación tan abismal como errónea.

¿Qué signos de indiferencia percibo en mí?

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Gozar de la vida es renunciar a lo supeerfluo
Fernando Armellini

Introducción

Hubo un tiempo en que Dios aparecía aliado con los ricos: el bienestar, la suerte, la abundancia de bienes eran considerados signos de su bendición.

La primera vez que la palabra hebrea kesef (que significa “plata” o más comúnmente, “dinero”) aparece en la Biblia, se refiere a Abrahán: “Abrán poseía muchos rebaños y plata y oro” (Gén 13,2). “Isaac sembró en aquella tierra y ese año cosecharon un ciento por ciento”(Gén 26,12). Jacob tuvo innumerables propiedades: “bueyes, asnos, rebaños, hombres-siervos y siervas” (Gén 32,6). El salmista promete al justo: “En tu casa habrá riquezas y abundancia”(Sal 112,3).

La pobreza era una desgracia. Se creía que era resultado de la pereza, la ociosidad y el libertinaje: “Un rato duermes, un rato descansas, un rato cruzas los brazos para dormitar mejor, y te llega la pobreza del vagabundo, la penuria del mendigo” (Prov 24,33-34).

Un cambio de perspectiva llega con los profetas: se comienza a entender que las riquezas acumuladas por los ricos no son siempre el resultado de su trabajo honesto y de la bendición de Dios sino que a menudo son el resultado de hacer trampas o avasallar los derechos de las personas más vulnerables. Incluso los sabios de Israel denuncian los riesgos: “Dulce es el sueño del trabajador; coma mucho o coma poco, al rico sus riquezas no lo dejan dormir” (Ecl 5,11). “El oro ha arruinado a muchos” (Eclo 8,2).

Jesús considera tanto la codicia de los bienes de este mundo y la riqueza honesta como obstáculos casi insuperables para la entrada en el reino de los cielos. El engaño de la riqueza ahoga la semilla de la Palabra (Mt 13,22); gradualmente tiende a conquistar el corazón humano y no deja espacio ni para Dios ni para el otro.

Bendito es el que se hace pobre, que ya no está ansioso por lo que come o bebe, que no se preocupa por la ropa y no se inquieta por el mañana (Mt 6,25-34). Bienaventurado el que comparte todo lo que tiene con los demás.

Primera Lectura: Amós 6,1a.4-7

1¡Ay de los que se sienten seguros en Sión y confían en el monte de Samaría! 4Se acuestan en camas de marfil, se apoltronan en sus sillones, comen carneros del rebaño y terneras del establo; 5canturrean al son del arpa, inventan, como David, instrumentos musicales; 6beben vino en copas, se ungen con perfumes exquisitos y no se apenan por la ruina de José. 7Por eso irán al destierro, a la cabeza de los deportados y se acabará la orgía de los libertinos.

Vimos el domingo pasado cuál era la situación económica y social en Israel en la época de Amós. Hubo bienestar, paz, prosperidad, pero también muchas injusticias. El profeta levantó su voz contra los comerciantes que extorsionaron y engañaron a los pobres. La lectura de hoy propone otro pasaje del mismo profeta. Esta vez atacando a los dirigentes políticos y los aristócratas que viven en lujosas casas de piedras talladas (Am 5,11) en la ciudad de Samaria.

El pastor Amós no soporta la vista de estos vagos que banquetean, organizan fiestas y la pasan bien mientras los obreros explotados trabajan en sus campos desde el amanecer hasta la noche por poca paga. Amós, el pastor resistente, acostumbrado a dormir afuera, siente repugnancia por estas juergas. La sátira sobre los juerguistas de Samaria sigue viva y está detallada: “Se acuestan en camas de marfil, se apoltronan en sus sillones, comen carneros del rebaño y terneras del establo” (v. 4). “Canturrean al son del arpa, inventan, como David, instrumentos musicales” (v. 5). “Beben los mejores vinos y se ungen con perfumes exquisitos y no se apenan por la ruina de José” (v. 6).

La lectura termina con una terrible amenaza: en solo un par de años vendrán los enemigos asirios que quemarán los palacios y destruirán la ciudad. Los líderes indolentes han luchado desde sus sofás blandos y fueron arrastrados como esclavos a Nínive. Amós promete que la juerga desenfrenada deberá acabar: “Por eso irán al destierro, y se acabará la orgía de los libertinos” (v. 7). ¡Terribles palabras contra los ricos y poderosos! Palabras nunca antes oídas en Israel.

Segunda Lectura: 1 Timoteo 6,11-16

11Tú, hombre de Dios, huye de todo eso; busca la justicia, la devoción a Dios, la fe, el amor, la paciencia, la bondad. 12Pelea el noble combate de la fe. Aférrate a la vida eterna, a la cual te llamaron cuando hiciste tu noble confesión ante muchos testigos. 13En presencia de Dios, que da vida a todo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con su noble confesión, 14te encargo que conserves el mandato sin mancha ni tacha, hasta que aparezca nuestro Señor Jesucristo, 15quien será mostrado a su tiempo por el bienaventurado y único Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores, 16el único que posee la inmortalidad, el que habita en la luz inaccesible, que ningún hombre ha visto ni puede ver. A él el honor y el poder por siempre. Amén.

El autor escribe a Timoteo, obispo de Éfeso. Está preocupado porque en la comunidad cristiana hay falsos maestros que difunden doctrinas extrañas que causan daño a los cristianos. En la última parte de la Carta se describen los vicios de estas personas: están cegados por el orgullo; no entienden nada; lo peor es que consideran la religión como una fuente de lucro. La Carta dice: “El amor al dinero es la raíz de todo mal” (1 Tim 6,10).

El pasaje que leemos hoy comienza luego de esta observación. El apóstol recomienda a Timoteo permanecer lejos de estos males y cultivar la justicia, la devoción a Dios, la fe, el amor, la paciencia, la bondad (v. 11).

Esta lista de virtudes se propone a cada cristiano para que pueda reflexionar sobre su situación espiritual. Sobre todo quien conduce la comunidad debe meditar sobre estas virtudes. Los fieles deben mirar al líder de la comunidad como un modelo a imitar.

En la última parte de la lectura (vv. 12-16) el autor vuelve otra vez sobre el problema que le preocupa mucho: las doctrinas falsas que pueden infiltrarse en la comunidad cristiana. Por este motivo llama a Timoteo a conservar irreprochable y sin mancha el Evangelio que le fue anunciado.

Evangelio: Lucas 16,19-31

“Queridos pobres, en este mundo nuestra vida es dura y, a veces, parece realmente un infierno: Ustedes viven en chabolas, sufren hambre, se cubren con trapos y están llenos de heridas. Los ricos en cambio viven en espléndidos palacios derrochando dinero en fiestas, casas de lujo y ropa de marca. No los culpo a ustedes. En el otro mundo se invertirán las condiciones: podrán disfrutar mientras ellos sufrirán. Es cuestión de tener un poco de paciencia y Dios cambiará los placeres de los ricos en atroces tormentos.”

Entendida así, la parábola del rico y del pobre Lázaro se convierte en “el opio del pueblo”: sirve para aplacar a los pobres, alimentando el sueño de un futuro mejor para ellos. También es bueno para los ricos que, sin mucha angustia por el infierno de la vida, empiezan a disfrutar de su paraíso aquí y ahora.

Las grandes desigualdades sociales eran prácticamente inconcebibles en el antiguo Israel, donde no era posible enriquecerse uno a expensas de los demás. De hecho, al llegar el año del Jubileo, todo debe volver a sus legítimos propietarios (Lev 25). Pero siempre pueden eludirse las leyes y los que no tienen miedo del castigo de Dios ya aparecen en la época de los profetas: “¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos, hasta no dejar sitio, y vivir ellos solos en medio del país!” (Is 5,8). Las pequeñas propiedades familiares son gradualmente absorbidas por grandes terratenientes y las tierras terminan en manos de un grupo muy restringido.

En la época de Jesús se esperaba que esta situación cambiara. Los pobres solían decir: “Un día los poderosos serán entregados en manos de los justos; les cortarán el cuello y los mataránsin piedad. Los que no cuentan para nada dominarán a los poderosos y los pobres reinarán sobre los ricos.”

La parábola que leemos en el evangelio de hoy nace en este contexto. Para entenderla debemos comenzar por identificar a los personajes.

Uno a quien no se nombra es Dios que, en el otro mundo, pondrá en orden lo que no fue bueno en este mundo. Sus pensamientos y sus decisiones se colocan en la boca de Abrahán que toma, por tanto, el papel de protagonista. Luego viene el rico, que tiene también una parte importante: el diálogo con Abrahán ocupa dos terceras partes de la historia (vv. 24-31). Finalmente tenemos a Lázaro, que permanece siempre en la sombra. No dice ni una palabra; no dice absolutamente nada; no mueve un dedo ni se mueve. Está siempre sentado: en la tierra a la puerta de los ricos, y en el cielo en el seno de Abrahán. Y, durante el viaje, es llevado por los ángeles.

Si quisiéramos dar un título a la parábola, sería incorrecto llamarla La Parábola del pobre Lázaro (ya que no es el protagonista). Tampoco La Parábola del rico malvado. El mensaje principal de la historia es el juicio de Dios sobre la distribución de la riqueza en el mundo.

En ninguna otra parábola Jesús asigna nombres a los personajes. Solo en esta se dice que el pobre se llamaba Lázaro. ¿Quién es el que tiene nombre en este mundo? ¿A quiénes están dedicadas las primeras páginas del periódico? A los ricos, a los que tienen éxito. Para Jesús, lo cierto es lo contrario. Para Él, el rico es un cualquiera mientras que el pobre tiene un nombre muy expresivo; su nombre es Lázaro, que significa “ayuda del Señor”.

Después de describir a los personajes, centrémonos en cada uno, comenzando por el rico que es condenado, aunque, a decir verdad, no sabe por qué. No ha hecho nada malo: no se dice que haya robado, que no haya pagado los impuestos, que haya tratado mal a sus siervos, blasfemado;que fuera un disoluto o que no practicara su fe.

Tal vez fuera insensible a las necesidades de los demás, no ayudara a los pobres y así cometiera un grave pecado de omisión. Pero esto no parece cierto: Lázaro estaba en su puerta y no en otro lugar. Significa que estaba recibiendo unas migajas.

Pero la condición en la que estaba Lázaro era inhumana. Tenía que conformarse con las migas con las que los comensales se limpiaban los dedos (en aquellos tiempos no se usaban utensilios) y los detalles sobre los perros le confieren un incomparable realismo a la escena.

¿Y el hombre rico? Vivió su vida deleitándose, vistiendo a la última moda, pero siempre gastando de los suyo. Por lo tanto –según la manera de pensar y juzgar de aquel tiempo– gozaba de un comportamiento moral impecable. Por otra parte, cuando Abrahán le niega la gota de agua, no lo acusa de ninguna falta. Simplemente le recuerda que él era rico y disfrutaba en este mundo mientras que Lázaro sufría. Luego en el cielo las cosas se invierten. Pero no se explica por qué. Así que es mejor no mencionarlo como “el rico malo”.

Hay una tendencia a demonizar a los ricos, considerarlos siempre llenos de iniquidad y exaltar a los pobres, poniéndolos como modelos de todas las virtudes. Lázaro sería el arquetipo, el ideal. ¿Pero estamos tan seguros de que Lázaro era un hombre bueno? ¿Qué hizo para merecer el cielo? No hizo nada. Lo constatamos: A lo largo de su vida no levantó un dedo. No se dice que fuera humilde y educado, que haya ido a orar a la sinagoga, que haya sido un hombre de familia ejemplar y laborioso y que se hubiera convertido en pobre porque fue golpeado por la desgracia. ¿Quién nos asegura que él no haya sido un vago que desperdició todas sus posesiones? Y sus heridas, ¿no pueden ser el resultado de enfermedades contagiadas por una vida disoluta? De él solo conocemos que en este mundo fue pobre y que su situación cambió. Pero no se explica por qué.

¿Qué decir también de la actitud de Abrahán? No cae simpático. Israel creía que Abrahán era el padre del pueblo y el amigo de Dios (Dn 3:35) y por tanto podría incluso, por su intercesión, hasta sacar a sus hijos del infierno. Pero aquí niega una gota de agua a un pobre hombre. ¿No se le puede achacar, acaso, ser cruel en este episodio? El rico manifiesta mejoressentimientos: aunque en tormentos, se preocupa por sus hermanos.

Juntando todos estos elementos podemos ya sacar una conclusión inicial: la parábola no está dando una opinión sobre el comportamiento moral de los ricos y los pobres. Esto no significa que quien se comporta bien va al cielo y el que hace el mal va al infierno, porque –es evidente– el rico no cometió pecados y Lázaro no hizo buenas obras.

¿Entonces, qué? Simplemente significa que la parábola tiene otro mensaje. Profundicemos. En la antigüedad, circulaban historias similares a esta en las que los ricos siempre terminaban mal. Se contaba una historia sobre un hombre rico que había explotado a los pobres, y después de su muerte, fue desterrado a un lugar de castigo. Lo ataron junto a una puerta donde había un clavo, de tal manera que cuando la puerta giraba y alguien entraba o salía, el clavo se le clavabaen el ojo, y este fue su tormento en el infierno. Los predicadores de la época de Jesús a menudo utilizaban estas imágenes coloridas. Hablaban a propósito de crueles castigos porque estaban convencidos de que estas amenazas eran necesarias para hacer que la gente entrase en cabales.

Jesús también usó estas imágenes incluyendo algunas terribles: habló de banquetes, de comida abundante, pero también de llamas que torturan, del rechinar de dientes y de un abismo infranqueable que separa a los justos de los malvados. Estas son las clásicas imágenes creadas por la fértil imaginación de los orientales para representar la vida eterna. Sería ingenuo sacar de todo esto conclusiones teológicas sobre el infierno, el castigo y el fuego eterno. Sería totalmente engañoso atribuir a Dios un comportamiento severo, de crueldad, casi tan cruel como el de Abrahán contra un pecador arrepentido.

El gran abismo es solo un recordatorio para el discípulo sobre la verdad fundamental: el destino del hombre se juega en esta vida que es única, irrepetible.

Llegamos al mensaje de la parábola.

Una distinción que a muchos les parece lógica y natural es que existen ricos buenos y ricos malvados: de esta manera se mantiene la convicción de que las desigualdades pueden seguir existiendo en este mundo y de que los súper-ricos pueden vivir junto a los miserables, siempre y cuando no roben y den limosna. Jesús considera que esta forma de pensamiento es peligrosa. Y esta es la convicción que Él quiere demoler.

La parábola habla de un hombre rico que fue condenado no porque era malo sino simplemente porque era rico, es decir, se encerró en su mundo y no aceptó la lógica de la justa distribución de los bienes.

Jesús quiere que sus discípulos entiendan que la existencia en este mundo de dos tipos de personas –los ricos y los pobres– está contra el plan de Dios. El bien es para todos y el que tiene más debe compartir con aquellos que tienen menos o no tienen nada, para que exista igualdad (cf. 2 Cor 8,13). Así que, antes de que uno pueda disfrutar de lo superfluo, es necesario que todos puedan haber satisfecho las necesidades más básicas.

Comentando sobre esta parábola, San Ambrosio dijo: “Cuando das algo a los pobres, no le ofreces lo que es tuyo, le devuelves lo que es de ellos, porque la tierra y los bienes de este mundo son para todas las personas, no de los ricos”.

La última parte de la parábola (vv. 27-31) cambia de foco y habla de los cinco hermanos del rico que siguen viviendo en este mundo. Corren el riesgo de arruinarse a sí mismos por el mal uso de sus riquezas. Representan a los discípulos de las comunidades cristianas (el número cinco indica a todo el pueblo de Israel) que se ven tentados a poner su corazón en la riqueza.

¿Cómo hacer para no caer en la seducción que la riqueza ejerce irresistiblemente? El hombre rico de la parábola da su propia propuesta. Lo repite con insistencia dos veces, porque él cree que es la única manera de alcanzar la meta y lograr la conversión de sus cinco hermanos. Le pide al padre Abrahán que transmita milagrosamente –a través de una visión o un sueño– un mensaje de más allá de la tumba.

La respuesta de Abrahán a esta confianza en la capacidad persuasiva de los milagros es firme y clara: la única fuerza capaz de separar el corazón de los ricos de sus bienes es la Palabra de Dios. “Moisés y los profetas” es la fórmula con la cual, en tiempos de Jesús, se abarcaba toda la Sagrada Escritura. Solo esta Palabra puede hacer el milagro de dejar entrar al hombre rico en el reino de los cielos. Difícil porque se trata realmente de un milagro, un milagro tan difícil como dejar que un camello pase por el ojo de una aguja (Lc 18,25). Quien no se deja interpelar por la Palabra de Dios es ciertamente insensible y refractario a cualquier otro argumento.

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XXV Domingo ordinario. Año C

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haber malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo:

¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador.

Entonces el administrador se puso a pensar: ¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan.

Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: ¿Cuánto le debes a mi amo? El hombre respondió: Cien barriles de aceite. El administrador le dijo: Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta. Luego preguntó al siguiente: Y tú, ¿cuánto debes? Este respondió: Cien sacos de trigo. El administrador le dijo: Toma tu recibo y haz otro por ochenta.

El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz. Y yo les digo: con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo.

El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes. Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes?

No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero”.

(Lucas 16, 1-13)


No pueden servir a Dios y al dinero
P. Enrique Sánchez, mccj

La parábola que hemos leído nos presenta un administrador que, al parecer, había perdido el sentido de su responsabilidad y en lugar de bien administrar había comenzado a abusar de la confianza que habían depositado en el.

Tal vez no nos sorprenderá mucho esta historia, pues en los tiempos que corren no es difícil escuchar historias muy semejantes de personas a las que se les ha confiado bienes y responsabilidades y han acabado mal, pues confundieron el ser administradores con ser propietarios.

Hoy también, no faltan los administradores que tuvieron que huir a la hora en que se les pidió rendir cuentas y éstas no cuadraban muy bien o, porque abusando de la confianza que habían depositado en ellos, no fueron capaces de respetar lo que no era suyo.

La parábola hace ver la astucia del administrador que, aun en el momento en que se encuentra en dificultades por no haber cumplido honestamente con lo que le correspondía, supo mostrar una inteligencia y una habilidad que le permitió no acabar del todo mal.

Esto nos muestra que existe una inteligencia que no es buena, una malicia que, a veces, les funciona a quienes toman caminos equivocados, caminos de maldad, pero que no se fundan en la verdad.

Poniendo ante nosotros este ejemplo, Jesús nos invita a hacer una reflexión que nos ayude a hacer buen uso de los bienes que se han puesto a nuestra disposición.

Todos hemos recibido muchos dones que deberíamos administrar bien, para que todas las personas con quienes compartimos la vida puedan disfrutar de lo bueno que el Señor nos ha confiado como administradores.

El buen administrador es el que sabe usar y disponer de los bienes que se le han confiado, sabiendo que no son suyos, sino que se le han puesto en las manos para que pasen a través de el a quienes son los destinatarios.

Un buen administrador es el que usa su inteligencia y todas sus capacidades para que no se pierda nada de lo que deberá estar al servicio de los demás. Ahí tiene que aplicar su astucia, velando por los intereses de los demás.

El Señor reconoce que hay una capacidad brillante, una inteligencia aguda en las personas que se manifiesta en la habilidad para sobresalir en las cosas de este mundo y no siempre los logros son en aquello que hace mejores a las personas. Muchas veces hemos visto que la astucia se manifiesta en la capacidad de sacar provecho en negocios turbios o se usa el engaño para obtener beneficios personales. No falta quien diga: “yo no quiero disponer de lo que no me pertenece, pero no es culpa mía si me ponen en donde hay modo”.

Esta es otra manera de decir lo que el evangelio nos menciona hoy cuando el amo afirma que los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenece a la luz.

El valor que Jesús trata de enseñar a sus discípulos, y a quienes seguimos caminando tras sus huellas hoy, es el valor de la honestidad y de la rectitud, con el fin de alcanzar los bienes que realmente cuentan en la vida.

Y, seguramente, nosotros podemos afirmar que tiene razón cuando vemos a nuestro alrededor tantas historias de personas que le han apostado a lo deshonesto y no han cosechado más que desilusiones.

Las historias son muchas y se repiten, mostrando que nada de lo que se logra deshonestamente termina brindando satisfacción, seguridad o alegría.

Lo mal habido termina siempre en llanto y dolor, por no decir en tristeza y en muerte.

Finalmente, Jesús pone en claro que no se puede servir a Dios y al dinero.

Si nos dejamos seducir por el dinero lo que pasa es que acabamos poniendo en él nuestra confianza y caemos en la trampa de pensar que todo lo podemos, sin necesidad de poner a Dios en nuestras vidas.

El dinero, cuando se pone el corazón en él y nos olvidamos que es algo que sólo sirve cuando es usado para hacer el bien a los demás, se convierte en algo deshonesto que acaba por esclavizar.

Pero si se hace buen uso de él, como dice el evangelio, se convierte en algo que permite crecer en aquello que nos hace más humanos.

En la vida no podemos tener dos amos, pues siempre se acabará por quedar mal con alguno de ellos. De ahí que Jesús nos recuerde que no se puede servir a Dios y al dinero al mismo tiempo; sobre todo porque es imposible reconciliar el Uno con el otro.

Cuando se entrega el corazón al dinero, fácilmente nos dejamos seducir por todo lo que nos promete y acabamos pensando que la vida se limita a lo que tenemos delante de nosotros, a lo que podemos conseguir con nuestros recursos.

Pero cuando nos entregamos al Señor se abren ante nosotros muchas maneras de crecer, de amar, de vivir y de gozar de nuestro caminar como peregrinos por este mundo. Dios abre caminos que el dinero nunca lo permitirá.

Ojalá que aprendamos a mantener libre nuestro corazón para servir a quien realmente nos conviene y que tengamos la luz y el valor para alejarnos de la tentación del dinero que siempre tratará de encantarnos con sus promesas de poder. Qué la ambición por el dinero no nos haga caer en la trampa de creer que se puede servir a Dios y al dinero.

Para seguir con nuestra reflexión

¿Cómo me veo administrando los dones que el Señor ha puesto en mi vida?

¿En dónde estoy aplicando las cualidades y la astucia que Dios me ha dado?

¿Me sirvo de la confianza que han puesto en mí para buscar mis intereses o me preocupa el bien de los demás?

¿Siento que estoy sirviendo más a Dios o al dinero?


No sólo crisis económica
José A. Pagola

“No podéis servir a Dios y al Dinero”. Estas palabras de Jesús no pueden ser olvidadas en estos momentos por quienes nos sentimos sus seguidores, pues encierran la advertencia más grave que ha dejado Jesús a la Humanidad. El Dinero, convertido en ídolo absoluto, es el gran enemigo para construir ese mundo más justo y fraterno, querido por Dios.
Desgraciadamente, la Riqueza se ha convertido en nuestro mundo globalizado en un ídolo de inmenso poder que, para subsistir, exige cada vez más víctimas y deshumaniza y empobrece cada vez más la historia humana. En estos momentos nos encontramos atrapados por una crisis generada en gran parte por el ansia de acumular.
Prácticamente, todo se organiza, se mueve y dinamiza desde esa lógica: buscar más productividad, más consumo, más bienestar, más energía, más poder sobre los demás… Esta lógica es imperialista. Si no la detenemos, puede poner en peligro al ser humano y al mismo Planeta.
Tal vez, lo primero es tomar conciencia de lo que está pasando. Esta no es solo una crisis económica. Es una crisis social y humana. En estos momentos tenemos ya datos suficientes en nuestro entorno y en el horizonte del mundo para percibir el drama humano en el que vivimos inmersos.
Cada vez es más patente ver que un sistema que conduce a una minoría de ricos a acumular cada vez más poder, abandonando en el hambre y la miseria a millones de seres humanos, es una insensatez insoportable. Inútil mirar a otra parte.
Ya ni las sociedades más progresistas son capaces de asegurar un trabajo digno a millones de ciudadanos. ¿Qué progreso es este que, lanzándonos a todos hacia el bienestar, deja a tantas familias sin recursos para vivir con dignidad?
La crisis está arruinando el sistema democrático. Presionados por las exigencias del Dinero, los gobernantes no pueden atender a las verdaderas necesidades de sus pueblos. ¿Qué es la política si ya no está al servicio del bien común?
La disminución de los gastos sociales en los diversos campos y la privatización interesada e indigna de servicios públicos como la sanidad seguirán golpeando a los más indefensos generando cada vez más exclusión, desigualdad vergonzosa y fractura social. Los seguidores de Jesús no podemos vivir encerrados en una religión aislada de este drama humano. Las comunidades cristianas pueden ser en estos momentos un espacio de concienciación, discernimiento y compromiso. Nos hemos de ayudar a vivir con lucidez y responsabilidad. La crisis nos puede hacer más humanos y más cristianos.

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Astutos en el uso del dinero
Mari Paz López Santos

El hecho de que Jesús considerara la astucia del administrador corrupto como una cualidad que echaba de menos en los hijos de la luz, produce cierta sensación de extrañeza.

El administrador era un genuino ladrón de guante blanco que cuando se vio descubierto ni se arrugó ni se vino abajo. Actuó pensando exclusivamente en él, procurando abrirse camino en el futuro inmediato para seguir haciendo más de lo mismo.

Pero Jesús reconoce la astucia de los hijos de este mundo utilizada para cometer delitos, engañar, robar o llevar una vida corrupta, y pone delante de quienes le siguen la necesidad de ser astutos para hacer el bien y luchar por la justicia.

Quiere que los hijos de la luz sean astutos en positivo: estén atentos, sean hábiles y permanezcan despiertos y activos para librar el complicado y sutil combate contra los mecanismos del Mal. En este caso, el que genera la ambición del dinero, que en este tiempo es una complicada ingeniería financiera muy difícil de comprender, salvo por los entendidos que la generan. Pero sí en los resultados que produce:

‘Pisoteáis al pobre y elimináis a los humildes del país, diciendo: ‘¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el grano, y el sábado, para abrir los sacos de cereal –reduciendo el peso y aumentando el precios, y modificando las balanzas con engaños. Para comprar al indigente por plata y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano”. Así de claro lo dice el profeta Amós (8,4-7) y vale igual para este momento de la historia de la humanidad.

Cuando el dinero se convierte en el dios al que adorar, el ser humano se deprecia: derechos humanos a la baja, educación, sanidad, vivienda… los mínimos para una vida digna caen en picado.

El dinero es importante pero es necesario pero también lo es poner señales de alerta antes de atravesar esa sutil frontera que lleva a la ambición, la codicia y la avaricia (me doy cuenta que estas palabras casi no se usan hoy día), hasta transformar a la persona en un ser que ya no sabe valorar lo que le pasa por dentro, lo ve normal, se siente distinto y distante del resto de la humanidad.

El dinero es una droga muy poderosa. Produce una ambición que no tiene límites. Es una espiral infinita: siempre más con la ansiedad de conseguir todo, despojando a quienes tiene menos o nada.

¿Por qué es tan poderoso el efecto de droga del dinero? Porque lo que yace en fondo de la persona es el deseo de Poder. ¿Y qué hay tras ese deseo? La ambición primera, la del inicio de los tiempos: ser como Dios.

Seamos astutos en el uso del dinero, también los que no sabemos de ingeniería financiera. La ambición vive dentro del ser humano y el miedo también. Y una cosa y otra se expanden por todos lados: personas, instituciones, empresas, organismos internacionales, gobiernos, y la propia Iglesia.

Además, en este tiempo con tantos medios de difusión, estamos expuestos a multitud de estímulos exteriores que nos dicen que la felicidad se encuentra en poseer cosas materiales que se consiguen con dinero… ¡Peligro y frustración!

Dice el Papa Francisco (*): “Animaos a no sucumbir a la tentación de un modelo económico idólatra que siente la necesidad de sacrificar vidas humanas en el altar de la especulación y la mera rentabilidad, que sólo toma en cuenta el beneficio inmediato en detrimento de la protección de los más pobres, de nuestro medio ambiente y sus recursos”. (Del discurso a las autoridades en el viaje a Islas Mauricio, 9 septiembre 2019)

Gracias, Jesús, por hablar claro, ayudarnos a abrir los ojos y espabilarnos esa insana ingenuidad psicológica que no nos deja ver.

Gracias, Jesús, por hablar del dinero. Es un tema que o se oculta sibilinamente, o se comunica de forma que nadie, de los de abajo, pueda entender.

Gracias, muchas gracias, por poner el tema encima de la mesa con pocas palabras y para la posteridad: “Ningún siervo puede servir a dos señores” (…) “No podéis servir a Dios y al dinero”. ¡Está claro… es incompatible!

Dios es Amor gratuito y el dinero lo quiere todo… hasta el alma.

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Elogio del administrador ladrón y tramposo
José Luis Sicre

Que en una empresa, un banco, o un partido político, haya un administrador ladrón, que incluso hace trampas para disimular sus robos, no tiene nada de extraño. Que algunos de sus amigos o partidarios lo aprueben y defiendan, también puede ocurrir. Pero que Jesús ponga de modelo a un sinvergüenza, a un administrador ladrón y tramposo, es algo que desconcierta y escandaliza a mucha gente. Por eso, la traducción litúrgica no pone la alabanza en boca de Jesús, sino en la del “amo”; una opción bastante discutible. De hecho, Juliano el Apóstata (s. IV) usaba la parábola para demostrar la inferioridad de la fe cristiana y de Jesús, su fundador. El cardenal Cayetano (s. XVI) y Rudolph Bultmann (s. XX) la consideraban ininteligible; otros muchos piensan que es la más difícil de entender. [Quien desee conocer los diversos problemas puede consultar mi comentario El evangelio de Lucas. Una imagen distinta de Jesús (Verbo Divino, 2021), 355-360].

La ironía de la parábola (Lucas 16,1-9)

La principal dificultad para entender la parábola radica en que Jesús se basa en unos presupuestos contrarios a los nuestros:

1. Nosotros no somos propietarios sino administradores. Todo lo que poseemos, por herencia o por el fruto de nuestro trabajo, no es propiedad personal sino algo que Dios nos entrega para que lo usemos rectamente.

2. Esos bienes materiales, por grandes y maravillosos que parezcan, son nada en comparación con el bien supremo de “ser recibido en las moradas eternas”.

3. Para conseguir ese bien supremo, lo mejor no es aumentar el capital recibido sino dilapidarlo en beneficio de los necesitados.

La ironía de la parábola radica en decirnos: cuando das dinero al que lo necesita, tú crees que estás desprendiéndote de algo que es tuyo. En realidad, le estás robando a Dios su dinero para ganarte un amigo que interceda por ti en el momento decisivo. Jesús alaba a ese buen ladrón y lo pone de modelo.

La idolatría del dinero (Lucas 16,10-13)

En la versión larga, el evangelio de este domingo termina con unas palabras muy famosas: No podéis servir a dos amos, no podéis servir a Dios y al dinero.

Jesús no parte de la experiencia del pluriempleo, donde a una persona le puede ir bien en dos empresas distintas, sino de la experiencia del que sirve a dos amos con pretensiones y actitudes radicalmente opuestas. Es imposible encontrarse a gusto con los dos. Y eso es lo que ocurre entre Dios y el dinero.

Estas palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría y defensa del primer mandamiento (“no tendrás otros dioses frente a mí”). Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría. Naturalmente, ninguno de nosotros acude a un banco o una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero, en el fondo, podemos estar cayendo en la idola­tría del dinero. Según el Antiguo y el Nuevo Testamentos, al dinero se le da culto de tres formas:

1) mediante la injusticia directa (robo, fraude, asesinato, para tener más). El dinero se convierte en el bien absoluto, por encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo. Este tema lo encontramos en la primera lectura, tomada del profeta Amós.

2) mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que no hace daño directo al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de sus necesidades. El ejemplo clásico es la parábola del rico y Lázaro, que leeremos el próximo domingo.

3) mediante el agobio por los bienes de este mundo, que nos hacen perder la fe en la Providencia.

Unos casos de injusticia directa: Amós 8, 4-7

Amós, profeta judío del siglo VIII a.C. criticó duramente las injusticias sociales de su época. Aquí condena a los comerciantes que explotan a la gente más humilde. Les acusa de tres cosas:

1) Aborrecen las fiestas religiosas (el sábado, equivalente a nuestro domingo, y la luna nueva, cada 28 días) porque les impiden abrir sus tiendas y comerciar. Es un ejemplo claro de que “no se puede servir a Dios y al dinero”.

2) Recurren a trampas para enriquecerse: disminuyen la medida (el kilo de 800 gr), aumentan el precio (la guerra de Ucrania es un ejemplo que pasará a la historia) y falsean la balanza.

3) El comercio humano, reflejado en la compra de esclavos, que se pueden conseguir a un precio ridículo, “por un par de sandalias”. Hoy se siguen dando casos de auténtica esclavitud (como los chinos traídos para trabajar a escondidas en las fábricas de sus compatriotas) y casos de esclavitud encubierta (invernaderos; salarios de miseria aprovechando la coyuntura económica, etc.).

Reflexión final

Puede resultar irónico, incluso indignante, hablar del buen uso del dinero y de los demás bienes materiales cuando la preocupación de la mayoría de la gente es ver cómo afronta la crisis económica que se avecina. Sin embargo, Jesús nunca ofreció un camino cómodo a sus seguidores. Tanto la parábola como la enseñanza siguiente y el texto de Amós nos obligan a reflexionar y enfocar nuestra vida al servicio de los más necesitados.

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Administradores, no dueños
Fernando Armellini

Introducción

Dice el Salmo 24: “Del Señor es la Tierra y cuanto la llena, el mundo y todos sus habitantes.” El hombre es un peregrino; vive como un extraño en un mundo que no es suyo. Es un trotamundos que atraviesa el desierto. Es dueño de un lote de terreno tanto como sus pies pueden pisar. Pero lo que está más adelante ya no es suyo.

No somos propietarios sino solo administradores de los bienes de Dios. Esta es una afirmación insistentemente repetida a menudo por los Padres de la Iglesia. Recordamos a uno, Basilio: “¿No eres acaso un ladrón cuando consideras tuyas las riquezas de este mundo? Las riquezas te son dadas solo para administrarlas”.

El administrador es una persona que aparece a menudo en las parábolas de Jesús. Tenemos uno ‘fiel y prudente’ que no actúa arbitrariamente sino que utiliza los bienes confiados a él según la voluntad del propietario. Y tenemos otro que, en ausencia del Señor, se aprovecha de su posición “y se hace el dueño”, se emborracha y deshonra a los otros sirvientes (Lc 12,42-48).

Está el administrador emprendedor, que se compromete, tiene la valentía de arriesgarse y consigue beneficio para el dueño; y otro que es un vago y un perezoso. Pero el más vergonzoso es el administrador sagaz del que se habla en el evangelio de hoy.

El Señor pone un tesoro en la mano de cada persona. ¿Qué hacer para administrarlo bien?

Primera Lectura: Amós 8,4-7

4Escúchenlo los que aplastan a los pobres y eliminan a los miserables; 5ustedes piensan: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender trigo o el sábado para ofrecer grano y hasta el salvado de trigo? Para achicar la medida y aumentar el precio, 6para comprar por dinero al indefenso y al pobre por un par de sandalias. 7¡Jura el Señor por la gloria de Jacob no olvidar jamás lo que han hecho!

San Juan Crisóstomo –un Padre de la Iglesia del siglo IV– escribió una página memorable sobre la manera en que una persona puede enriquecerse. Se podría resumir en una frase: “El rico es ladrón o hijo de ladrones”. Es una afirmación provocativa, quizás demasiado drástica; sin embargo, el texto que se nos propone hoy como primera lectura parece confirmarlo.

Estamos en el año 750 a.C. e Israel está en su máximo esplendor. Su territorio se extiende desde Egipto hasta las montañas del Líbano donde, con los enormes cedros que allí crecen, se construyen gran cantidad de naves y palacios. Se introducen nuevas técnicas agrícolas que aumentan la producción. El rey Jeroboán II –un sagaz político– favorece el intercambio comercial, establece amistad con los pueblos vecinos y tiene oportunidad de vender vino, aceite y cereales a buen precio a los grandes terratenientes.

La religión también se ha puesto de moda: los templos están llenos de devotos y peregrinos que van a rezar y ofrecer sacrificios. Los sacerdotes son asalariados por el soberano y se les paga bien. No queda más que agradecer a Dios para que los bendiga y dar gracias al rey por tanta prosperidad y fervor.

Pero aparece un hombre que no se une al coro que elogia la política de Jeroboán II: es Amós, un pastor de Tecoa, una ciudad situada en la periferia del desierto, al sur de Belén. Explota en invectivas y terribles amenazas, porque –dice– es cierto que hay bienestar y riqueza en el país, pero solo para unos pocos. Se explota a los pobres de la tierra y contra los más débiles hacen toda clase de injusticia y abuso. “Venden al pobre por dinero y por un par de sandalias; revuelcan en el polvo al débil y no hacen justicia al indefenso” (Am 2,6-7). “¡Ay de los que convierten la justicia en veneno y arrastran por el suelo el derecho, odian al que juzga rectamente en el tribunal y detestan al que testifica con verdad!” (Am 5,7. 10).

El Profeta dirige sus acusaciones contra Jeroboán II, contra los sacerdotes, los terratenientes y los ricos. En el pasaje de la lectura de hoy, ataca a los comerciantes: “Escuchen esto los que aplastan a los pobres y eliminan a los miserables” (v. 4). ¿Cuáles son sus fechorías? Compran los productos de la tierra de los agricultores pobres y los revenden a otros más pobres a un precio superior, “por haber pisoteado al pobre exigiéndoles un tributo de grano” (Amós 5,11). ¿Cómo acumulan riquezas? Como siempre se ha hecho desde el comienzo del mundo: robando.

Amós describe en detalle la técnica que utilizan. Durante la semana la gente normal aguardapara elevar su mente a Dios, para descansar, para reunirse con amigos y familiares y celebrar el día de reposo el sábado. Los comerciantes, en cambio, no están interesados en la fiesta, el sábadoy la Luna nueva, porque en esos días el comercio está bloqueado. Ellos no podían esperar la hora de que pasara el sábado para reanudar sus ventas de grano y de trigo. Disminuir la medida, aumentar el precio, usar escalas falsas, dejar pasar los productos de desecho como buenos, y, lo que es peor, “comprar por dinero al indefenso y al pobre por un par de sandalias” (vv. 5-6). Unos cincuenta años más tarde Miqueas se hace eco: “Arrancan la piel del cuerpo, la carne de los huesos…” (Mi 3:2). Parece que oímos las palabras punzantes con las que, en el siglo IV, el obispo Basilio condenó a los usureros de su tiempo: “Explotar la miseria, extraer dinero de las lágrimas, estrangular a la persona que está desnuda, aplastar a los hambrientos…”.

Amós habla de comercio, trucos y trampas. ¿Qué tiene Dios que ver con estos problemas? Seguramente tiene algo que ver y en la última parte del pasaje de hoy (vv. 7-8) el profeta hace claro su pensamiento. Donde no hay justicia, donde los débiles son oprimidos y el sufrimiento ignorado, la religión es solo hipocresía (Am 5,21-24).

Frente a la explotación de los pobres, el Señor está indignado y pronuncia un juramento que nos da escalofrío: “¡Jura el Señor no olvidar jamás lo que han hecho!” (v. 7).

Segunda Lectura: 1 Timoteo 2,1-8

Querido Hermano, 1ante todo recomiendo que se ofrezcan súplicas, peticiones, intercesiones y acciones de gracias por todas las personas, 2especialmente por los soberanos y autoridades, para que podamos vivir tranquilos y serenos con toda piedad y dignidad. 3Eso es bueno y aceptable para Dios nuestro salvador, 4que quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad. 5No hay más que un solo Dios, no hay más que un mediador, Cristo Jesús, hombre, él también, 6que se entregó en rescate por todos conforme al testimonio que se dio en el momento oportuno; 7y yo he sido nombrado su heraldo y apóstol –digo la verdad sin engaño–, maestro de los paganos en la fe y la verdad. 8Quiero que los hombres oren en cualquier lugar, elevando sus manos a Dios con pureza de corazón, libres de enojos y discusiones.

En esta parte de la Carta a Timoteo que se nos propone hoy, Pablo da disposiciones relativas a la oración en la comunidad cristiana. Recomienda hacer “peticiones, súplicas, oraciones y acción de gracias por todas las personas, por el rey y los poderosos”. El orden de nuestra sociedad depende de estas personas. Si ellos no cumplen bien su deber, no podemos “llevar una vida tranquila y apacible” (v. 2).

La oración de la comunidad cristiana es universal. Está dirigida a Dios por los que hacen el bien y el mal, por los amigos y los enemigos. En esta oración se muestra el gran corazón de los discípulos, que no acepta hacer diferencias por raza, tribu, nacionalidad, posición social oriqueza. De esta manera se reflejan los sentimientos del Padre del cielo “que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (v. 4).

Llama la atención las veces que, en la lectura, se repite la palabra todos.

El pasaje concluye con una recomendación: “Quisiera, entonces, que en todas partes la gente ore, elevando sus manos… libres de enojos y discusiones” (v. 8). El cristiano no puede orar con manos impuras, con las manos que hacen mal a los hermanos (Mt 5,23-25).

Evangelio: Lucas 16,1-13

Esta parábola siempre ha despertado una cierta vergüenza porque, al parecer, el administrador deshonesto es elogiado y no puede recomendarse a los cristianos que lo imiten. Para entender su significado y dar sentido a todos los detalles, deben establecerse el cómo y cuándo este administrador engañó a su amo.

La interpretación tradicional admite que la estafa ocurrió cuando, para congraciarse con los deudores, falsificó las figuras de las Letras de cambio. Otros eruditos bíblicos sostienen que cometió irregularidades antes de ser despedido. Esta segunda hipótesis nos parece más coherente y lógica y es la que seguimos.

Más que contar una historia, parece que Jesús hace referencia a un acontecimiento de su tiempo. Un mayordomo es acusado ante el gran terrateniente del que depende por ser incompetente, devorar y dilapidar su fortuna. El maestro lo llama y le dice lo que oyó de él. Los hechos son tan claros y fuera de toda duda que el administrador no intenta justificarse o inventaruna explicación. Fue inmediatamente despedido de su responsabilidad (vv. 1-2). ¿Qué hacer ahora? Él está en problemas, se queda sin salario y debe encontrar cuanto antes una manera degarantizar su futuro.

¿Qué hacer? Esta es la pregunta que muchas personas se hacen en el evangelio de Lucas y en los Hechos de los Apóstoles. La multitud, los publicanos y los soldados acudieron a JuanBautista preguntando: “¿Qué debemos hacer?” El granjero rico de la parábola se hace a sí mismo, en su largo monólogo, la misma pregunta: “¿Qué debo hacer porque no sé dónde poner mi cosecha?” (Lc 12,17). Los oyentes del discurso de Pedro en el día de Pentecostés se preguntan: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?” Se trata de alguien que se encuentra a sí mismo frente a una elección decisiva en la vida.

El administrador deshonesto sabe que tiene poco tiempo a su disposición. Igual que hizo el granjero tonto, el administrador empezó a reflexionar. Él sabe cómo supervisar, pero no es capaz de usar la azada ni humillarse a pedir limosna. “Más vale morir que vivir mendigando” (Eclo40,28).

Antes de abandonar el trabajo, debe poner las cuentas en orden; muchos deudores aún debenentregar los productos. Lo piensa detenidamente, calcula los pros y los contras, y, después de mucho pensar, tiene un destello de genio. (¡Entiendo! –exclama feliz–. Sé lo que debo hacer: cf.v. 4). No pregunta la opinión de nadie porque él ya conoce todos los trucos del oficio. Sabe cuáles la opción correcta y entra inmediatamente en acción.

Llama a todos los deudores y pide al primero de ellos: “¿Cuánto debes a mi amo?” “Cien barriles de aceite”, responde la persona. El administrador sonríe, le da una palmada en elhombro y le dice: “Toma el recibo, siéntate enseguida y escribe cincuenta”. La deuda era de 4.500 litros de aceite (el producto de 175 olivos) y se reduce a 2.250. Un ahorro de casi dos años de trabajo para un trabajador. Luego el segundo deudor entra en escena: tiene que entregar 40 toneladas de trigo (el producto de 42 hectáreas de terreno). El mismo escenario: “Toma tu recibo y escribe 30”. Un descuento del 25 por ciento. No está mal.

En el futuro estos deudores beneficiados seguramente no olvidarán la mucha generosidad y se sentirán obligados a ofrecerle hospitalidad en sus casas. La historia concluye con el maestro, y lo mismo Jesús, alabando al administrador. Actuó con astucia. Habrá que imitarlo.

Esperamos una conclusión diferente. Debería haber dicho Jesús a sus discípulos: “No deben actuar como este villano; sean honestos”. Pero Jesús aprueba lo que hizo. La dificultad se encuentra aquí: ¿Cómo puede una persona deshonesta ofrecerse como modelo? Antes de explicarlo, deseo señalar que elogiar la astucia de una persona no significa estar de acuerdo con lo que hizo. Me contaron de un ladrón que fue capaz de escapar de prisión abriendo todas las puertas con un simple alambre. Merece un elogio… Era un villano, pero era inteligente (vv. 5-8a).

Esta dificultad no existe si la parábola se interpreta de una manera diferente. Partimos de la consideración de que si el propietario se había sentido engañado se sentiría muy indignado (2.250 litros de aceite y 10 toneladas de trigo no son cosas pequeñas). Si alaba a su ex gerente significa que en este proceso el dueño no ha perdido nada. Tenemos que suponer que el administrador de la parábola ha renunciado a lo que solía tomar para sí mismo como comisión.

Me explico: los administradores deben entregar una cierta cantidad a su propietario; pero los administradores podían aumentar la cifra como parte de su ganancia. Esta fue la técnica utilizada por los publicanos para enriquecerse cuando recogían los impuestos.

¿Qué es lo que hizo el administrador de la parábola? En lugar de comportarse como un prestamista con los deudores, les cedió el beneficio que esperaba tener. Si las cosas fueron así, todo queda claro. La admiración del propietario y la alabanza de Jesús tienen una explicación lógica.

El administrador fue astuto—dice el Señor—porque entendió que debía apostar: no a las mercancías, productos a los que tenía derecho, que podrían pudrirse o robarse, sino a los amigos. Supo renunciar a lo primera para conquistar lo segundo. Este es el punto. Pronto lo retomaremos.

Siguen algunos dichos de Jesús relacionados con el uso de las riquezas. ¿Cuáles son las aplicaciones y enseñanzas extraídas de la parábola? La primera: “Los hijos de este mundo son más astutos con sus semejantes que los hijos de la luz” (v. 8).

Después de haber apreciado la capacidad del administrador, Jesús hace una observación: con respecto a la administración del dinero, hacer negocios e intercambios; sus discípulos (los hijos de la luz) son menos sagaces que aquellos que dedican sus vidas enteras en acumular bienes (los hijos de este mundo).

Es normal y debe ser así: mientras que “los hijos del mundo” pueden actuar sin escrúpulos (ya que solo tienen que preocuparse de no ir contra la Ley del Estado o, al menos, de no ser atrapados con las manos en la masa), los creyentes cristianos deben seguir otros principios y mantener un comportamiento correcto y transparente. Están prohibidos los subterfugios y los engaños.

¿Realmente sucede así? Tal vez hay cristianos que cuando compiten con “los hijos de las tinieblas” en los asuntos económicos, hacen un mal papel. Y esto es preocupante.

“Yo les digo que con el dinero sucio se ganen amigos, de modo que, cuando se acabe, ellos los reciban en la morada eterna” (v. 9). Esta es la frase más importante del pasaje de hoy. Sintetiza toda la enseñanza de la parábola.

Sobre todo destacar el duro juicio que el maestro da a la riqueza: La llama ‘injusta’,‘adquirida de una manera deshonesta’. Amós ya explicó la razón en la primera lectura. Hemos escuchado su explicación sobre el origen de la riqueza. Después de él, una persona sabia del Antiguo Testamento afirmó: “Una estaca se clava entre piedra y piedra; el pecado queda atrapado entre comprador y vendedor” (Eclo 27,2).

Esto no es una condenación de los bienes de este mundo. Tampoco es una invitación a destruirlas, liberarse de ellas como si fueran objetos impuros. Es una observación: en el dinero amontonado siempre hay alguna forma de injusticia, explotación y apropiación indebida. Jesús enseña el método para purificar las riquezas injustas.

El administrador es un modelo de habilidad porque tuvo una idea brillante. Si hubiera consultado con sus colegas, quizás le habrían aconsejado que tomara ventaja hasta el final de su posición y aumentara sus ingresos.

Su solución es diferente: entiende que el dinero se puede devaluar y entonces decide apostar todo en sus amigos. Esta es la sabia elección que Jesús anima a hacer, asegurando el éxito de la operación: las personas beneficiadas en esta vida siempre permanecerán a nuestro lado y serán testigos en nuestro favor en el día en que el dinero no tenga ningún valor.

No es cuestión de entregar todo lo que uno posee. Eso sería un gesto insensato, no virtuoso. No ayudaría a los pobres sino que aumentaría su miseria y favorecería a los perezosos. Lo que Jesús quiere que entendamos es que la manera sagaz de utilizar los bienes de este mundo es utilizarlos para ayudar a los demás, para hacerlos amigos. Ellos serán los que nos reciban en la vida.

La última parte del pasaje (vv. 10-13) contiene algunos refranes del Señor. Para comprenderlos es suficiente aclarar el significado de los términos. Lo ‘poco’ (v. 10) “dinero sucio” (v. 11) “las riquezas ajenas” (v. 12) indican los bienes de este mundo que no se pueden llevar con uno. San Ambrosio solía decir: “No debemos prestar atención a las riquezas que no podemos llevar con nosotros. Porque lo que dejamos en este mundo no nos pertenece. Pertenece a los demás”.

Los bienes del mundo futuro, los del Reino de Dios, por el contrario, se llaman “lo mucho”(v. 10), “las verdaderas riquezas” (v. 11) “nuestras riquezas” (v. 12). Esto puede obtenerse solo por la renuncia, como hizo paradójicamente el administrador de la parábola con todas las mercancías que no cuentan. “Quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo” (cf. Lc 14,33).

Jesús concluye su enseñanza afirmando que ningún siervo puede servir a dos amos… Dios o el dinero.

Nos gustaría favorecer a los dos: Dar a Dios el domingo y al dinero los días ordinarios. No es posible porque ambos son maestros exigentes y excluyentes. No toleran que haya un lugar para otro en el corazón de una persona y, sobre todo, sus órdenes son opuestas. Uno dice “Compartir los bienes, ayudar a los hermanos, perdonar la deuda de los pobres…”. El otro se dice a sí mismo: “Piensa en tus propios intereses, estudia bien todas las maneras posibles deganancias… cómo acumular dinero… quedarte todo para ti…’” Es imposible complacer a los dos: Dejamos que uno nos rete o creemos ciegamente en el otro.

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XXIV Domingo ordinario. Año C

“En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: Este recibe a los pecadores y come con ellos.

Jesús les dijo entonces esta parábola: ¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre los hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo porque ya encontré la oveja que se me había perdido. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepienten que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.

¿Y qué mujer hay, que, si tiene diez monedas de plata y pierde una no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente.

También les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos y el menor de ellos le dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la herencia. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menos, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en las de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contar ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como uno de tus trabajadores.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacía él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.

Pero el padre les dijo a sus criados: ¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó a la casa, oro la música y los cantos, Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: Tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo.

El padre repuso: Hijo, tú siempre estas conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado.”

(Lucas 15, 1-32)


Era necesario hacer fiesta
P. Enrique Sánchez, mccj

El texto del evangelio de este domingo corresponde a todo el capítulo 15 del evangelio de san Lucas y contiene tres parábolas con las cuales Jesús da una respuesta a los escribas y fariseos que se escandalizan por verlo sentado a la mesa con publicanos y pecadores.

Al parecer, en tiempos de Jesús, los banquetes eran ocasiones para establecer o estrechar relaciones entre las personas; para consolidar lazos familiares de amistad y de fraternidad. Pero en nuestro texto aparecen los escribas y fariseos escandalizados porque Jesús, sentándose a la mesa con las personas consideradas pecadoras, se convierte en motivo de rechazo por acercarse a personas consideradas impuras.

Las tres parábolas nos hablan de pérdidas y de encuentros que terminan llenando el corazón de alegría, de gratitud y de nuevas relaciones que acaban por imponerse como cumplimiento de promesas de nueva vida.

El tema que se esconde detrás de esas parábolas y que emerge con claridad como propuesta de Jesús es el del perdón, como exigencia para alcanzar relaciones auténticas en nuestro caminar con las personas que vamos encontrando día a día. El perdón es la experiencia de dar y recibir algo que nos devuelve la vida; es un don que permite devolver la vida a quien, de alguna manera la ha perdido.

En una reflexión sobre este tema el padre Gaetano Piccolo, SJ, decía que “el perdón es respiro que permite vivir y toda relación (humana) muere cuando no hay perdón”. En las tres parábolas aparece claro que hay una pérdida que produce tristeza y preocupación, pero al mismo tiempo surge una búsqueda y una espera que al final es recompensada con la alegría y la necesidad de compartir la propia felicidad con los demás, porque se ha encontrado lo tiene una gran importancia en la vida.

Pensando a nuestras experiencias personales, seguramente nos damos cuenta de que hay muchas maneras de perderse en el camino, pero afortunadamente siempre hay alguien que nos busca y nos espera. Y, quienes ponemos nuestra confianza en el Señor, nos atrevemos a decir que es Dios quien nos busca incansablemente.

Fijando nuestra atención un poco más en la tercera parábola vemos a un hijo que se pierde rompiendo los lazos familiares que lo mantenían en una relación con su padre y su hermano. Él quiere irse por su cuenta, piensa sólo en sus intereses, no le importan los demás y se va hasta tocar fondo, hasta cuando se da cuenta de que no puede vivir rompiendo con el amor de su padre, que es el único que lo puede hacer feliz.

Mientras se aleja y se pierde en su soledad, se da cuenta que sus felicidades pasajeras y momentáneas no son suficientes para responder a los anhelos de su corazón. Se descubre hecho para vivir en comunión, en una relación en la que no puede ignorar a los demás. Y el lugar a donde se ha dejado llevar por sus caprichos, ciertamente no es el mejor para iniciar una nueva vida.

Siendo testigos de tantas historias que se viven hoy en nuestra sociedad, nos damos cuenta de que existen muchas personas que se dejan encandilar por promesas de felicidad que promueven la exaltación del individualismo, del pensar sólo en nosotros mismos, de vivir para sí mismo, como si fuésemos el centro del universo.

No es difícil darnos cuenta que vivimos en un mundo enfermo, en muchas partes, de indiferencia, de indolencia y de falta de interés por los demás. Hemos ido despilfarrando valores y virtudes que caracterizaban a nuestra sociedad, como la confianza, la hospitalidad, la ayuda mutua, sencillamente, la fraternidad.

Vivimos en realidades marcadas por la desconfianza, por la discriminación, por la pretensión de ser más que los demás y nos creamos mundos cerrados en donde se levantan muros, se crean rejas y nos condenamos a vivir en nuestras propias prisiones, añorando el hogar que nos reclama el corazón. Y, cómo se ilumina nuestro rostro cuando encontramos personas que viven de otra manera, que le apuestan a lo sencillo, al compartir, al ser solidarios, a las relaciones afincadas sobre la confianza y la cordialidad.

Es lo que aquel hijo menor intuyó, cuando recordando lo que pasaba en la casa de su padre se dio cuenta de que el mundo en el que se había sumergido no tenía futuro y que no había alternativa más que armarse de valor para volver, con humildad, al lugar en donde podía respirar los verdaderos aires de felicidad. Ahí nació su camino de conversión y desde ahí empezó a entender en donde está lo grande y lo bello de su dignidad. No era entre cerdos con quienes podría establecer una auténtica relación de amor o de amistad. Desde ahí decide volver a su padre que está listo para acogerlo y permitirle entrar en un camino de reconciliación, de reencuentro consigo mismo y de perdón.

El padre siempre lo esperó y salió a su encuentro, sin reclamar nada y sin pedir cuentas de lo que había hecho de sus bienes. Lo revistió de un traje nuevo, devolviéndole la dignidad que le correspondía como hijo suyo. Le puso el anillo para manifestarle su confianza. Pide que lo calcen para recordarle que estando con él siempre será un hombre libre. Mata el becerro para hacer fiesta, porque no se puede hacer de otra manera cuando se celebra la vida de quien tenemos cerca.

Igualmente, el padre se preocupa por abrir un camino de reconciliación con su hijo mayor. No era necesario darle un cabrito para mostrarle que ya le había entregado su corazón. El había estado siempre ahí, con la posibilidad de disponer de todo lo que era de su padre; pero no se había dado cuenta de lo extraordinario de ese don.

El padre por su parte no justifica al menor, pero tampoco le reclama, ni le reprocha nada al mayor; simplemente le muestra que su corazón está abierto para volver a tejer la relaciones que pudieron haberse dañado, cuando cada uno quiso irse por un camino que los llevó a perderse en donde no podría encontrarse el amor.

Esa es también nuestra historia personal y cada uno de nosotros, a lo mejor, no tenemos que buscar mucho para darnos cuenta que no faltan las decisiones equivocadas que nos llevan a romper con aquellas relaciones que nos pueden hacer felices.

También por nosotros, nuestro Padre sale cada día a buscarnos por los caminos en donde andamos medios perdidos. También a nosotros nos espera con los brazos abiertos para acogernos como hijos suyos. A diario nos ofrece la posibilidad de revestirnos y de apropiarnos de una dignidad que nos permita caminar seguros y contentos en medio de un mundo que busca siempre hacernos caer y alejarnos del único Dios que nos puede hacer felices.

El Señor también a nosotros nos perdona todos nuestros extravíos y no se pone ante nosotros con un bastón para corregirnos o reprocharnos nuestros descalabros y los errores que pudimos haber cometido.
Dios siempre está ahí, más cerca de lo que imaginamos, ofreciéndonos un perdón que hace que nos encontremos con lo que realmente vale la pena en nuestras vidas. Dios es el pastor que hace fiesta cuando nos encuentra allá en donde andábamos perdidos, es la mujer que invita a sus amigas a celebrar con ella porque ha encontrado algo que vale mucho para ella, es el padre que manda preparar un banquete y hace fiesta, porque estábamos muertos o perdidos y hemos vuelto a la vida.

Jesús, como nos lo dice el evangelio de Lucas, no podía sentarse en otro lugar que no fuera el de los pecadores porque justamente él había venido para enseñarnos que en el corazón de Dios son ellos los que están llamados a ocupar los primeros lugares. Para él no hay impuros o pecadores, existen sólo hijos por los cuales está dispuesto a sacrificar lo que más ha amado, a su hijo Jesús, en quien nos ha amado.

Para nuestra reflexión personal.

  • ¿Nos damos cuenta en dónde nos hemos perdido o en dónde nos hemos quedado atorados en la búsqueda de la felicidad?
  • ¿Qué estoy haciendo para dejarme encontrar por el Señor?
    Todos nos hemos perdido alguna vez, ese no es el problema. ¿Me doy cuenta o siento que el Señor me esta buscando, que está viniendo a mí encuentro?

Una parábola para nuestros días: Volveré a mi padre.
José A. Pagola

En ninguna otra parábola ha querido Jesús hacernos penetrar tan profundamente en el misterio de Dios y en el misterio de la condición humana. Ninguna otra es tan actual para nosotros como ésta del “Padre bueno”.

El hijo menor dice a su padre: «dame la parte que me toca de la herencia». Al reclamarla, está pidiendo de alguna manera la muerte de su padre. Quiere ser libre, romper ataduras. No será feliz hasta que su padre desaparezca. El padre accede a su deseo sin decir palabra: el hijo ha de elegir libremente su camino.

¿No es ésta la situación actual? Muchos quieren hoy verse libres de Dios, ser felices sin la presencia de un Padre eterno en su horizonte. Dios ha de desaparecer de la sociedad y de las conciencias. Y, lo mismo que en la parábola, el Padre guarda silencio. Dios no coacciona a nadie.

El hijo se marcha a «un país lejano». Necesita vivir en otro país, lejos de su padre y de su familia. El padre lo ve partir, pero no lo abandona; su corazón de padre lo acompaña; cada mañana lo estará esperando. La sociedad moderna se aleja más y más de Dios, de su autoridad, de su recuerdo… ¿No está Dios acompañándonos mientras lo vamos perdiendo de vista?

Pronto se instala el hijo en una «vida desordenada». El término original no sugiere sólo un desorden moral sino una existencia insana, desquiciada, caótica. Al poco tiempo, su aventura empieza a convertirse en drama. Sobreviene un «hambre terrible» y sólo sobrevive cuidando cerdos como esclavo de un extraño. Sus palabras revelan su tragedia: «Yo aquí me muero de hambre».

El vacío interior y el hambre de amor pueden ser los primeros signos de nuestra lejanía de Dios. No es fácil el camino de la libertad. ¿Qué nos falta? ¿Qué podría llenar nuestro corazón? Lo tenemos casi todo, ¿por qué sentimos tanta hambre?

El joven «entró dentro de sí mismo» y, ahondando en su propio vacío, recordó el rostro de su padre asociado a la abundancia de pan: en casa de mi padre «tienen pan» y aquí «yo me muero de hambre». En su interior se despierta el deseo de una libertad nueva junto a su padre. Reconoce su error y toma una decisión: «Me pondré en camino y volveré a mi padre».

¿Nos pondremos en camino hacia Dios nuestro Padre? Muchos lo harían si conocieran a ese Dios que, según la parábola de Jesús, «sale corriendo al encuentro de su hijo, se le echa al cuello y se pone a besarlo efusivamente». Esos abrazos y besos hablan de su amor mejor que todos los libros de teología. Junto a él podríamos encontrar una libertad más digna y dichosa.

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Las tres parábolas de la misericordia

Entramos en este domingo en el gran capítulo 15 del evangelio de Lucas -núcleo de la Buena Nueva de Jesús y de la revelación de los sorprendentes sentimientos de Dios – en el cual escuchamos al maestro pronunciar las tres parábolas de la misericordia:

la oveja perdida (15,4-7),
la moneda perdida (15,8-10) y
el Padre misericordioso (15,11-32), en la cual asistimos a la historia del hijo perdido y encontrado.
Los primeros tres versículos del capítulo nos presentan el contexto como necesaria clave de lectura que lleva a Jesús a pronunciar estas bellas lecciones sobre la misericordia de Dios (15,1-3).
La finalidad del pasaje de hoy es profundizar en el tema del amor de Dios demostrado en el ministerio salvífico de Jesús con los excluidos y los pobres de la sociedad, particularmente con un grupo de excluidos que está en todos los estratos sociales: los “pecadores”. El capítulo anterior de Lucas (ver 14,15-24) ya nos había ambientado el tema en la parábola en la cual Jesús invitaba a los excluidos a la mesa del Reino.

Las tres parábolas de la misericordia se exponen ante la actitud cerrada y soberbia de los que rechazan al pecador. Dios siempre acoge. En las tres se destaca la alegría de Dios por volver a encontrar, por la reconciliación de los alejados; en contraste con el descontento de los fariseos. ¿Se consideraban “merecedores” exclusivos del amor de Dios? En la tercera parábola, el protagonista es el padre, no los hijos, pues el pródigo no es modelo ni de arrepentimiento (se arrepiente por pura hambre, no por amor al padre); y el hermano mayor no sirve al padre con corazón de hijo, sino de esclavo. Los dos se han “perdido” para el padre, que tiene que “salir” al encuentro de uno y otro. La preocupación primordial del Padre es conseguir el retorno del descarriado, y su alegría al recobrarlo es tanto mayor cuanto mayor fue su disgusto al perderlo.

La conducta de Jesús es desconcertante. Para la lógica de los fariseos –y quizás también para la nuestra–, los pecadores han de ser señalados con el dedo, han de ser puestos aparte y despreciados. Sin embargo, Él «acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús introduce en el mundo otra lógica. Jesús hace lo que hace el Padre, que actúa así con los pecadores arrepentidos: no aprueba el envilecimiento en que cae el pecador, pero sigue teniendo para ellos brazos abiertos, lo acepta y lo comprende más que el pecador a sí mismo. Él nunca considera bueno al pecador. Él no dice que la oveja descarriada no esté descarriada. Lo que hace es, en lugar de rechazarla, ir a buscarla, y cuando la encuentra se llena de alegría, la carga sobre sus hombros, le venda las heridas, la cuida, la alimenta…. Así es el corazón de Cristo. Su amor vence el mal con el bien. Para llegar hasta rehacer por completo al pecador, hasta sacarle de su fango y devolverle la dignidad de hijo de Dios.

Lo que ocurre es que en la categoría de pecadores estamos todos. Frente al orgullo altanero y despreciativo de los fariseos, san Pablo afirmaba categóricamente: «Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, y yo soy el primero» (2ª lectura). Todos necesitamos ser salvados. Y si no hemos caído más bajo ha sido por pura gracia. Esto no puede ser motivo para el orgullo y el desprecio de los demás, sino para la humildad y el agradecimiento.

En la oración del Señor hay una petición sorprendente, que es el mejor comentario a estas Parábolas: pedimos el perdón de Dios, “como nosotros perdonamos”. Esto nos lleva a tres actitudes fundamentales: audacia en la petición; confianza en la misericordia divina; empeño muy serio de ser como el Padre misericordioso y no como los fariseos.

Y entonces surge el interrogante ¿Qué es el pecado? No se puede comprender lo que es el pecado sin reconocer en primer lugar que existe un vínculo profundo del hombre con Dios. El pecado «es rechazo y oposición a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 386), «es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387). Es un querer ser dios pero sin Dios, es querer vivir de espaldas a Él, desvinculado de los preceptos y caminos que en su amor Él señala al ser humano para su propia realización. El pecado es un acto de rebeldía, un “no” dado a Dios y al amor que Él le manifiesta. Todo esto queda retratado en la actitud del hijo que reclama su herencia: quiere liberarse del padre, salir de su casa para marcharse lejos y poder gozar de su herencia sin límites ni restricciones.

El pecado, que es ruptura con Dios, tiene graves repercusiones. Quien peca, aunque crea que está recorriendo un camino que lo conduce a su propia plenitud y felicidad, entra por una senda de autodestrucción: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4). Al romper con Dios, fuente de su vida y amor, todo ser humano sufre inmediatamente una profunda ruptura consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda.

¿Qué hace Dios ante el rechazo de su criatura humana? Dios, por su inmenso amor y misericordia, no abandona al ser humano, no quiere que se pierda, que se hunda en la miseria y en la muerte, sino que Él mismo sale en su busca: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15). Dios en su inmenso amor ofrece a su criatura humana el don de la Reconciliación por medio de su Hijo. Es el Señor Jesús quien en la Cruz nos reconcilia con el Padre (ver 2 Cor 5, 19), es Él quien desde la Cruz ofrece el abrazo reconciliador del Padre misericordioso a todo “hijo pródigo” que arrepentido anhela volver a la casa paterna.

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XXIII Domingo ordinario. Año C

“En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y Él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo.
Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar.
¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.
Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

(Lucas 14, 25-33)


Quien no renuncie a sus bienes, no puede ser mi discípulo
P. Enrique Sánchez, nccj

El tema de la renuncia y del desprendimiento parece asegurar la continuidad en la reflexión del evangelio que hemos venido haciendo en estos últimos domingos del año litúrgico.

Renunciar a ser los primeros, a ocupar los primeros lugares, a sobresalir como expresión de poder. Estas han sido algunas de las recomendaciones que Jesús ha ido sembrando en el corazón de sus discípulos y seguramente también en los nuestros. En el evangelio de este domingo no se habla explícitamente de renuncia, al menos al inicio, sino de preferencias que pueden condicionar y limitar la libertad para seguir al Señor como auténticos discípulos.

El seguimiento del Señor, como lo entiende san Lucas, implica un desprendimiento no sólo de las cosas o de los bienes que pudiésemos tener, aunque Jesús llega a exigir no anteponer nada a su persona.

La exigencia va más lejos y pide que estemos disponibles a ponerlo a Él en el centro de nuestras vidas como lo más importante y eso implica situarlo por encima incluso de todos nuestros mejores afectos.

Evidentemente, no se trata de despreciar o rechazar a nuestros seres queridos o a las personas que consideramos necesarias en nuestra vida; se trata de recordar que quien mejor nos ayudará a vivir nuestras relaciones con los demás, como auténticos discípulos, será precisamente el Señor cuando le hayamos entregado nuestro corazón.

Muchas veces invocamos al Señor en nuestras celebraciones cantando: “danos un corazón, grande para amar, danos un corazón fuerte para luchar”. Ese es uno de nuestros anhelos más profundos y lo alcanzamos sólo cuando nos liberamos de todo aquello que nos puede mantener atados a las cosas, a las costumbres, a las personas; a todo aquello que nos hace dependientes y que condicionan la libertad que nos brinda la espontaneidad para amar verdaderamente.

El desprendimiento es lo que nos da un corazón misionero, que empuja a ir siempre más lejos, a no detenerse jamás, quedándose complacidos en aquello que da seguridad. Y no hay alegría más grande que dar la vida por los demás.

Leyendo la parábola que Jesús nos presenta en este evangelio parecería contrastar con las primeras palabras que hemos leído.

Por una parte, se nos habla de “dejar” y en la parábola se parte de calcular bien y asegurarse en donde se están poniendo los cimientos de lo que se quiere construir.

En realidad, el mensaje del evangelio nos quiere llevar a tomar conciencia de que la renuncia y el desprendimiento que exige Jesús para poderlo seguir, en la práctica se transforma en un cimiento sólido y firme sobre el cual podemos confiar y construir todo lo que soñamos.

Poner toda nuestra confianza en Jesús es garantía de éxito de todo lo que podamos ir construyendo en nuestra vida.

Por otra parte, las palabras del Evangelio nos ayudan a entender que la decisión de seguir a Jesús no es algo que se pueda improvisar o tomar a la ligera. Es una opción que exige discernimiento y claridad en la mente y en el corazón.

Es importante ser conscientes y serios en el momento de decidir seguir a Jesús, pues de lo contrario nos sumaremos a tantas personas que se dicen cristianas porque un día fueron bautizadas, pero que han considerado que el ser discípulos de Jesús es sólo algo que se pone en práctica en algunos momentos muy contados de la vida.

Vivimos en un mundo en donde, en algunos lugares, las estadísticas registran poblaciones que se declaran católicas en un 80 o 90 por ciento y luego vemos en la celebración dominical que apenas el 6 o 7 por ciento asisten a misa, casi dejando entender que se trata de algo opcional.

Cada año, miles de niños hacen la primera comunión o la confirmación, pero a muchos de ellos no los volvemos a ver sino hasta el día en que quieren casarse por la iglesia, y eso también ya se registra a la baja. Se considera que los sacramentos pueden entrar entre los muchos otros compromisos sociales a los que no hay que faltar. Se entiende que es un rito con el cual basta cumplir, pero no se descubrió que lo importante era crecer y profundizar nuestra pertenencia al Señor.

No es extraño encontrarse con católicos que no sienten la necesidad de practicar su fe y tienen sus conciencias muy en paz, diciendo que ellos viven su fe cuando les nace del corazón. No sienten la necesidad de vivir y de hacer crecer su relación con el Señor y con la comunidad a la que pertenecen.

No faltan los que han confundido el ser discípulos de Jesús con pertenecer a un club social en donde se participa sólo cuando se tiene necesidad de reposo y de descanso. Y en el caso de la comunidad cristiana se recurre a ella sólo cuando surge algún problema o se presenta una necesidad, que sólo Dios puede resolver.

Por lo tanto, la exigencia de Jesús, no se limita a la renuncia de algunas cuantas cosas o de unos afectos que consideramos importantes. Lo que pide el Señor a los que lo quieren seguir es que organicen su vida tomándolo en cuenta, no como el florero que adorna la sala, sino como la persona con quien se vive una relación profunda personal.

Ojalá que estas palabras de Jesús nos ayuden a renovar nuestro deseo de seguirlo con entusiasmo y valentía. Sobre todo, en aquellos momentos en los que nos cuesta desprendernos de todo lo que nos da una seguridad inmediata o que nos hace sentir satisfechos con una vida que no implica sacri2icios y renuncias.

Que el testimonio de tantos misioneros que han aceptado dejarlo todo para ir a anunciar la buena noticia del Evangelio nos ayuden a entender y a hacer la experiencia de no tener miedo a renunciar a lo que nos puede estar dando una seguridad, convencidos de que al Señor jamás le ganaremos en generosidad.

Para nuestra reflexión más personal

¿Hay algo o alguien que me cuesta dejar para seguir a Jesús?

¿Qué podría poner en práctica para vivir más intensamente mi relación con Jesús?

¿Me considero buen discípulo de Jesús, aunque todavía tenga camino por recorrer, o me pongo en la fila de los cristianos de ocasión?

¿A cuáles bienes me pide el Señor que renuncie?


Sentarse y calcular
Dolores Aleixandre

Es tan fuerte el tema central de este evangelio (…)  que resulta casi imposible abordarlo de frente. Por eso, lo mejor es poner en práctica el consejo que recibimos en él: sentarnos a pensar. Tenemos la sensación de que el seguimiento de Jesús  implica siempre el dinamismo de moverse, desplazarse y caminar pero a veces lo más aconsejable resulta ser eso de sentarse. He probado más de una vez en grupos cristianos a hacer esta pregunta: ¿cuál fue la primera acción de Jesús de la que dan cuenta los evangelios, el primer verbo del que Jesús aparece como sujeto? Las respuestas suelen ser; “curar”, “anunciar el reino”, “llamar…” y nadie se  acuerda de este texto de Lucas cuando narra la escena del niño Jesús perdido en el templo: “Al cabo de tres días, lo encontraron en el templo sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas” (Lc 2,46). Los epígrafes de las Biblias y los títulos de los cuadros que representan la escena suelen ser engañosos: vemos a Jesús de pie con el dedito en alto en actitud de maestro y un grupo de sabios sentados escuchándole: “Jesús niño enseñando en el Templo”, o, “El Niño  enseñando a los doctores”.  Nada de eso: él estaba sentado, escuchando y preguntando.

En las dos parábolas de hoy se nos proponen como modelo a dos personajes que supieron sentarse y calcular. Este segundo verbo tiene también poco predicamento porque parece ser lo contrario de ser generoso y dar sin medida que parecen sintonizar mejor con el talante de Jesús. Sí, pero no siempre porque en estas parábola lo sensato no es arriesgarse a emprender algo (una construcción, una empresa militar…), sino algo muy distinto: sacarla calculadora, hacer cuentas, acudir a expertos, estudiar costos, prever resultados  Seguir a Jesús es una tarea de construcción y para eso hay que estudiar qué espacios hay que cavar, a qué profundidad hay que echar los cimientos, qué materiales serán necesarios, cuántos obreros harán falta. El seguimiento tiene también mucho de combate: habrá que enfrentarse con enemigos, hará falta valentía, se correrán riesgos, habrá que afrontar fatigas, hambre, sed y cansancio.

Nos viene bien sentarnos. Y levantarnos después si la reflexión nos ha hecho más conscientes de la gravedad de la decisión que hemos tomado. Y también de su dicha.


Realismo responsable
José A. Pagola

No puede ser discípulo mío.

Los ejemplos que emplea Jesús son muy diferentes, pero su enseñanza es la misma: el que emprende un proyecto importante de manera temeraria, sin examinar antes si tiene medios y fuerzas para lograr lo que pretende, corre el riesgo de terminar fracasando.
Ningún labrador se pone a construir una torre para proteger sus viñas, sin tomarse antes un tiempo para calcular si podrá concluirla con éxito, no sea que la obra quede inacabada, provocando las burlas de los vecinos. Ningún rey se decide a entrar en combate con un adversario poderoso, sin antes analizar si aquella batalla puede terminar en victoria o será un suicidio.

A primera vista, puede parecer que Jesús está invitando a un comportamiento prudente y precavido, muy alejado de la audacia con que habla de ordinario a los suyos. Nada más lejos de la realidad. La misión que quiere encomendar a los suyos es tan importante que nadie ha de comprometerse en ella de forma inconsciente, temeraria o presuntuosa.

Su advertencia cobra gran actualidad en estos momentos críticos y decisivos para el futuro de nuestra fe. Jesús llama, antes que nada, a la reflexión madura: los dos protagonistas de las parábolas «se sientan» a reflexionar. Sería una grave irresponsabilidad vivir hoy como discípulos de Jesús, que no saben lo que quieren, ni a dónde pretenden llegar, ni con qué medios han de trabajar.

¿Cuándo nos vamos a sentar para aunar fuerzas, reflexionar juntos y buscar entre todos el camino que hemos de seguir? ¿No necesitamos dedicar más tiempo, más escucha del evangelio y más meditación para descubrir llamadas, despertar carismas y cultivar un estilo renovado de seguimiento a Jesús?

Jesús llama también al realismo. Estamos viviendo un cambio sociocultural sin precedentes. ¿Es posible contagiar la fe en este mundo nuevo que está naciendo, sin conocerlo bien y sin comprenderlo desde dentro? ¿Es posible facilitar el acceso al Evangelio ignorando el pensamiento, los sentimientos y el lenguaje de los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿No es un error responder a los retos de hoy con estrategias de ayer?

Sería una temeridad en estos momentos actuar de manera inconsciente y ciega. Nos expondríamos al fracaso, la frustración y hasta el ridículo. Según la parábola, la “torre inacabada” no hace sino provocar las burlas de la gente hacia su constructor. No hemos de olvidar el lenguaje realista y humilde de Jesús que invita a sus discípulos a ser “fermento” en medio del pueblo o puñado de “sal” que pone sabor nuevo a la vida de las gentes.

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No podemos caminar en dos direcciones
Fray Marcos

Sigue en camino hacia Jerusalén y Jesús advierte a la multitud, que le seguía alegremente, de las dificultades que entraña un auténtico seguimiento. Les hace reflexionar sobre la sinceridad de su postura. Solo en el contexto del seguimiento de Jesús, podemos entender las exigencias que nos propone. Hace unos domingos, Jesús decía al joven rico: Si quieres llegar hasta el final… Hoy nos dice: si no piensas llegar hasta el final, es mejor que no emprendas el camino. Si no eres capaz de concluir la obra has fracasado. Si decides caminar con él, deja de caminar en otra dirección.

Una de las interpretaciones equivocadas de este radicalismo, es entender el mensaje como dirigido a unos cuantos privilegiados, que serían cristianos de primera. Jesús no se dirige a unos pocos, sino a la multitud que le seguía. Pero lo hace personalmente. “Si uno quiere…” La respuesta tiene que ser también personal. No hay cristianismo a dos velocidades; una la de los clérigos, y otra la de los laicos. Esta visión no puede ser más contraria al mensaje. Todos los seres humanos estamos llamados a la misma meta.

No se trata de machacar o anular el instinto (es lo que hemos predicado con frecuencia). Sería una tarea inútil porque el instinto es anterior a mi voluntad y escapa a su control. Se trata de que el instinto no sea manipulado por la voluntad, torciéndolo hacia una chata obtención de placer o seguridades. El fin que el instinto quiere garantizar es bueno en sí. El placer que ha desplegado la evolución es un medio para garantizar el objetivo. Si nuestra voluntad convierte el placer en fin, estamos tergiversando el instinto.

Tres son las exigencias que propone Jesús: 1ª.- Posponer a toda su familia. 2ª.- Cargar con su cruz. 3ª.- Renunciar a todos sus bienes. Las tres se resumen en una sola: total disponibilidad. Sin ella no puede haber seguimiento. No es fácil entender bien lo que Jesús propone. La manera de hablar nos puede despistar. En una lengua que carece de comparativos y superlativos, tiene que valerse de exageraciones para expresar la idea. Lo notable es que se haya mantenido la literalidad en el texto griego, que dice “misei” = odia, aborrece, ten horror. No podemos entenderlo al pie de la letra.

Tampoco podemos ignorarlas. Son como los famosos “koan” del zen. Tienen que hacernos trascender la formulación y meternos por el camino de la intuición. Fallamos estrepitosamente cuando queremos comprenderlas racionalmente. La verdad que quieren trasmitir no es una verdad lógica, sino ontológica. No podemos entenderla con la razón, pero podemos intuir por dónde van los tiros. Para la primera exigencia la clave está en: “incluso a sí mismo”. El amor a sí mismo puede ser nefasto si se refiere al falso yo que lleva al egoísmo. El ego tiene también su padre y su madre, sus hijos y hermanos.

El amor a la familia puede ser la manifestación de un egoísmo amplificado, que busca afianzar el individualismo en los “yoes” de los demás. Lo que se busca en ese amor es mi egoísmo, sumado al egoísmo de los demás. Ese yo ampliado es mucho más fuerte y asegura mejor el pequeño yo de cada uno. El seguir a Jesús está basado en el amor. Perro el amor que nos pide no está reñido con el verdadero amor al padre o a la madre. Si el seguimiento es incompatible con el amor a la familia es que ese amor está mal planteado. Seguir a Jesús nos enseñará a amar más también a nuestros familiares.

Otro problema muy distinto es que ese seguimiento provoque en los familiares la oposición y el rechazo, como le pasó al mismo Jesús. Entonces no se puede ceder a las exigencias del instinto, porque está maleado. Si los familiares, muy queridos, te quieren apartar de tu verdadera meta, está claro que no puedes ceder. El hombre alcanza su plenitud cuando despliega su capacidad de amor, que es lo específicamente humano. Este amor no puede estar limitado, tiene que llegar a todos. Por eso, el profesar un verdadero amor a una persona no puede impedir ni condicionar la entrega a otros.

Cargar con la cruz hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso de ajusticiamiento de una condenado a muerte de cruz. El reo tenía que transportar él mismo el travesaño de la cruz. Jesús va a Jerusalén precisamente a ser crucificado. No olvidemos que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús, y la tienen siempre presente. Está haciendo referencia a lo que hizo Jesús, pero a la vez, es un símbolo de las dificultades que encontrará el que se decide a seguirle. Una vez emprendido el camino de Jesús, todo lo que pueda impedirlo, hay que superarlo.

Renunciar a todos sus bienes. Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran a disposición de todos lo que tenían. No se tiraban por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos. Hoy sería imposible llevar a la práctica este desprendimiento. Pero podemos entender que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Hoy tendríamos que descubrir que lo que yo poseo puede ser causa de miseria para otros.

Debemos aclarar otro concepto. El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir, en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud. Mientras sigamos hablando de renuncia, es que no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro ser. Jesús vivió esa exigencia. La profunda experiencia interior le hizo comprender a dónde podía llegar el ser humano si despliega todas sus posibilidades de ser. Esa plenitud fue también el objetivo de su predicación. Jesús nos indica el camino mejor.

En cuanto a las dos parábolas, lo que propone Jesús es que no se puede nadar y guardar la ropa. Queremos ser cristianos, pero a la vez, queremos disfrutar de todo lo que nos proporciona la sociedad de consumo. No tenemos más remedio que elegir. Preferir el hedonismo es un error de cálculo. Las parábolas quieren decirnos que se trata de la cuestión más importante que nos podemos plantear, y no debemos tratarla a la ligera. Para que un avión despegue debe alcanzar una velocidad crítica. Si no la consigue, seguirá rodando por la pista indefinidamente. Es lo que hacemos nosotros.

Antes de poner los cimientos de un edificio debemos calcular si podré terminarlo con los medios que tengo. Si no me alcanza, es mejor que no empiece a construir porque será perder lo que tengo. Si declaro la guerra a otro y no calculo bien mis fuerzas, está claro que el que va a salir perdiendo soy yo. Los cristianos nos conformamos con rodar y rodar por la pista sin darnos cuenta de que estamos haciendo el ridículo. Estamos diseñados para despegar. Si nos conformamos con rodar, nuestro diseño no ha servido para rada. Bien entendido que lo logrado no va ser el resultado de nuestro esfuerzo.

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“ Quien no renuncia a todos sus bienes
no puede ser discípulo mío 
Fr. Bernardo Sastre Zamora O.P.

La Sabiduría: don que ilumina el plan divino

«¿Quién comprende lo que Dios quiere?» (Sb 9,13-18)

La sabiduría de Dios es un don. Es un regalo necesario y valioso: siendo un don imprescindible para ordenar nuestra vida cristiana conforme al amor divino, resulta la paradoja de que no es alcanzable solo por esfuerzo humano, a fuerza de voluntad. Nuestro pensamiento está condicionado por el cuerpo y lo terrenal; incluso los grandes filósofos no logran un consenso absoluto acerca de esta materia. La realidad es que humanamente somos limitados, y necesitamos de la fuerza que viene de lo alto: la pasión que nos infunde el Espíritu de Dios. Dios se nos revela, nos habla de forma cercana, adaptándose a nuestra condición humana, y nos concede sabiduría que no es erudición, sino camino de gozo y de vida.

La sabiduría es una opción. Como un rey que mide fuerzas antes de la batalla, el discípulo del Señor debe discernir si está dispuesto a seguir a Jesús: se trata de evaluar nuestro compromiso religioso, moral y social con la Iglesia de Cristo. Apostar por Dios implica a su vez renunciar a afectos, valores y proyectos que se oponen a Cristo, y esto pasa por una batalla interior, una ineludible lucha espiritual. Si bien la entrega al plan de salvación del Señor conlleva esta pugna, a su vez conduce a la amistad con Cristo: paz profunda, luz imperecedera.

El Señor, refugio ante la fragilidad de la vida

«Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación» (Sal 89)

El Salmo 89 nos recuerda que, frente a la fragilidad y la brevedad de la vida humana, Dios es nuestro refugio constante y seguro, a lo largo de todas las generaciones. Aunque sintamos que nuestra existencia es efímera como la hierba o una vela nocturna, la misericordia de Dios, dispensada por su fidelidad, perdura por siempre. Este salmo nos invita a confiar en el amor protector del Señor, a buscar en Él la fortaleza para vivir con sentido y esperanza, especialmente en los momentos de incertidumbre. Para el creyente Dios se convierte en el ancla firme que sostiene nuestra vida, y esto nos llena de paz y alegría, de gozo y felicidad.

El amor cristiano que transforma y libera: la carta a Filemón

“Recíbelo no como esclavo, sino como hermano querido” (Flp 9b-10.12-17)

En esta carta, Pablo nos muestra cómo el amor cristiano transforma las relaciones humanas. Onésimo, antes esclavo y ahora hermano en Cristo, es un signo vivo de la reconciliación que Jesús realiza en nuestras vidas. No solo un perdón, instantáneo, sino todo un proceso de reconciliación. Pablo no solo pide que Filemón reciba con cariño a quien antes fuere su siervo esclavo, sino que lo considere como a un igual, un hermano querido. Este llamado nos desafía a vivir una comunidad basada en el respeto y la igualdad en dignidad, donde las barreras culturales, de causa humana, se disuelven en un amor superior: la gracia de Cristo Jesús. La fe no solo transforma el corazón, sino nuestra vida moral en general, según el ideal del Evangelio. Cristo, por su Espíritu, renueva nuestras actitudes y relaciones. Nuestro mundo interior termina teniendo efectos externos.

Gloria y cruz del discipulado

«Quien no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío» (Lc 14,25-33)

Cristo describe la vida de sus discípulos con dos comparaciones oportunas: como una torre que hay que construir o como una batalla que hay que librar (y en la cual es preciso saber cómo y cuándo entrar).

1. Torre que edificar. Una torre representa algo sólido, visible y que perdura. Una edificación de altura. Así, el discipulado es una construcción que lleva tiempo y esfuerzo, e implica cierta actitud religiosa. No se hace de la noche a la mañana. Igual que el arquitecto calcula el coste antes de poner el primer ladrillo, el discípulo se pregunta:

  • ¿Estoy dispuesto a poner a Cristo por encima de todo?
  • ¿Acepto que esta misión comprometerá toda mi vida?

La gloria está en ver la torre erguida, firme en medio del mundo; la cruz, en asumir el trabajo paciente y la renuncia que supone superarse a uno mismo, en medio de retos y dificultades.

2. Batalla que librar. El seguimiento de Jesús es también una lucha espiritual, contra aquello que nos aparta de Él: el egoísmo, la comodidad (zona de confort), el miedo irracional, la tentación de abandonar el barco que es la Iglesia. Como un rey que evalúa sus fuerzas antes de ir a la guerra, el discípulo ha de discernir si está dispuesto a entrar en esta pugna vital. La victoria está asegurada en el Resucitado, pero hay que llevarla a cabo a lo largo del camino, y camino de la fe.

  • La gloria está en luchar del lado de Cristo, Señor de la victoria.
  • La cruz, en enfrentar la dureza del combate, en medio de «la noche».

¿Victoria garantizada?

El éxito que promete Jesucristo no se da según los criterios del mundo. Desde fuera, el discipulado puede parecer una derrota, un fracaso a priori: perder bienes, status de vida o incluso la vida misma (en el caso del martirio). Pero, según la lógica del Evangelio, la victoria está asegurada, porque el Maestro ya ha vencido al pecado y a la muerte, enemigos de Dios. La condición para nuestro éxito: perseverar en la santidad, abrazar la cruz que viene con el seguimiento de Cristo.

En definitiva, la gloria del discípulo es participar en la vida y la misión de Jesús, su Señor, Nuestro Señor. Si bien implica renunciar a todo lo que impida esa comunión. Quien acepta ambas dimensiones (luz y cruz), edifica la torre y libra la batalla definitiva, con la certeza de que la victoria ya es nuestra, incluso por adelantado. Nuestra vida crucificada es el único camino al cielo: la vida eterna.

dominicos.org

XXI Domingo ordinario. Año C

“En aquel tiempo, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén. Alguien le preguntó: Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?
Jesús le respondió: Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ¡Señor, ábrenos! Pero él les responderá: No sé quiénes son ustedes. Entonces le dirán con insistencia: Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él replicará: Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí, todos ustedes lo que hacen el mal. Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes se vean echados fuera.
Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios. Pues los que ahora son los últimos serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos”. (Lucas 13, 22-30)


Esfuércense por entrar por la puerta angosta
P. Enrique Sánchez, mccj

Un primer detalle importante, con el cual inicia esta página del evangelio de Lucas, nos recuerda que Jesús iba enseñando por los pueblos y las ciudades por donde iba pasando en su camino a Jerusalén.

Iba enseñando que los tiempos se habían cumplido y que la salvación ahora estaba más cerca que nunca de todos los que fuesen capaces de reconocerlo como Mesías y Salvador.

Las promesas y las profecías que el Padre había hecho se cumplían ahora en Jesús, pero no era suficiente con decir: “Señor, nosotros hemos comido y bebido contigo, hemos escuchado tus enseñanzas” para que hicieran parte del estilo de vida de sus discípulos y de aquellos que iban entrando en contacto con su mensaje.

Nunca ha sido suficiente decirle al Señor, “nosotros somos de los tuyos” para reclamar luego un lugar entre quienes están llamados a salvarse. No son las palabras, ni los buenos propósitos los que salvan; es la puesta en practica de lo que se va descubriendo estando con Jesús como compañeros de ruta.

Jesús subía a esa Jerusalén y convertía esa ciudad en el lugar más importante de todo Israel porque ahí se dirigía para cumplir con su misión.

Y no habría que olvidar que Jerusalén es el lugar de la entrega total, del sacrificio y de la expresión más transparente del amor que Dios ha tenido, y sigue teniendo, por todos nosotros.

Jerusalén es lugar de desprendimiento, de despojo, de sacrificio, de renuncia, de entrega radical, de abandono de sí mismo que culminará sobre el madero de la Cruz. Se trata de todo lo contrario con lo que muchas veces nosotros soñamos, pensando que entrar en el Reino es ganarse un espacio en un lugar de confort, de tranquilidad, de vida sin exigencias y mucho menos de conflictos.

Todo esto habrá que ponerlo en relación con la invitación a entrar por la puerta angosta. La puerta que exige desprendimientos, renuncias, esfuerzos y sacrificios.

Es puerta que conduce al encuentro con los demás, al descubrimiento de un mundo en donde nos toca vivir como Jesús nos va enseñando a través de su palabra y de su ejemplo.

Es la puerta que nos introduce al mundo de Dios en donde lo que cuenta y lo que vale está fuera de nosotros, en lo que amamos y a quienes nos entregamos.

La puerta, nos lo recordará el evangelio en otra parte, es Cristo quien nos invita a entrar en lo bello del Reino de Dios pasando a través de él, haciendo de él el faro que guía nuestros pasos por el camino de la vida. Y, nada qué ver, con el amigo influyente que nos exenta del compromiso de dar la vida.

Otro detalle que salta a la vista leyendo este evangelio es la pregunta que le hacen a Jesús. ¿Es verdad que son pocos los que se salvan?

Al parecer, en tiempos de Jesús circulaba el rumor de que solo pocos se salvarían, pensando que la salvación la alcanzarían sólo algunos privilegiados; todos aquellos que se sentían justos y buenos observantes de los mandamientos y de las leyes.

A lo mejor también alguno de los discípulos andaba inquieto queriendo saber cuál sería su futuro.

Recordemos cuando sus más cercanos colaboradores le preguntaron qué sería de todos aquellos que lo habían dejado todo par seguirlo. ¿Estarían ellos entre esos pocos privilegiados que se salvarían? ¿Serían ellos los que se sentían con derecho a entrar por la puerta real porque habían comido y bebido con el Señor?

La tentación de reclamar como un derecho el poder ser salvados, sin mayores esfuerzos, podría venir del hecho que habían escuchado y aprendido muchas cosas de la enseñanza de Jesús.

Siendo los más cercanos podían sentirse como formando parte del grupo de privilegiados, escogidos y afortunados para entrar en el Reino.

Pero Jesús les derrumba todas sus fantasías y les recuerda que la salvación pasa a través de la experiencia que él les está compartiendo mientras se dirige a Jerusalén. De igual manera, Jesús deja muy en claro que la salvación no es para un pequeño grupo de privilegiados, cuidadosamente escogidos y separados. No, la salvación es para todos y nadie está excluido de la invitación a reconocerse hijo de Dios, por vocación.

No sólo nadie está excluido de la salvación traída por Jesús, sino que quienes parecían más lejanos, los del oriente y del poniente, son invitados y acogidos porque saben dar una respuesta favorable al Señor.

Y, nosotros que hemos tenido la dicha de recibir el don de la fe prácticamente desde que nacimos; nosotros que hemos crecido nutridos por el evangelio; nosotros a quienes se les ha dado la gracia de vivir la presencia de Jesús en cada eucaristía, que tenemos la fortuna de experimentar el don de su misericordia en los sacramentos,

¿nos contentaremos con seguir diciendo: Señor, Señor?

¿Seguiremos esperando tiempos que nunca llegarán para decidirnos a vivir el don de nuestra fe cristiana, convirtiéndonos en testigos alegres y entusiastas de Jesús?

¿Hasta cuándo reaccionaremos a los letargos que nos tienen aturdidos y encandilados en un mundo que cada día se hace más indiferente a las cosas de Dios y en el cual los cristianos parece que acabamos diluyéndonos y perdiendo la fuerza que nos permite ser sal y fermento de nuestro mundo?

Estos cuantos versículos del evangelio de Lucas concluyen con una frase que es muy fuerte y que debería ayudarnos a darnos una sacudida en la experiencia de vivir la fe y de manifestar nuestra alegría de ser discípulos de Jesús.

El evangelio concluye diciendo que los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. La lógica que nos desafía a caminar contra corriente en un mundo que encuentra dificultades a aceptar que la verdadera felicidad es sinónimo de entrega y se declina como el verbo amar.

Los últimos son los primeros. Algo de eso ya lo estamos viendo hoy en tantos lugares en donde las jóvenes comunidades cristianas nos dan un testimonio de vitalidad y de entusiasmo, de creatividad y de generosidad.

No es casualidad que la mayoría de las vocaciones vengan hoy de continentes que aparentemente estaban lejanos del cristianismo. África y Asia son hoy semilleros de pequeñas comunidades cristianas que viven su fe con gran alegría, sin tener miedo al sacrificio, a la persecución y al martirio.

Y nosotros, ¿será́ que tenemos miedo a entrar por la puerta angosta? ¿Será que nos cuesta arriesgar y poner nuestra vida a disposición del Señor que nos invita a ser testigos suyos en lo más ordinario de nuestra vida? Pidamos con humildad la gracia de anhelar la santidad y de no dejarnos atemorizar por los límites que reconocemos en lo humano que nos caracteriza, sabiendo que Dios no abandona a quienes perseveran en el camino del bien.


CUÁNTOS, CÓMO Y QUIÉNES SE SALVAN
José Luis Sicre

Durante siglos, a los israelitas no les preocupó el tema de la salvación o condena en la otra vida. Después de la muerte, todos, buenos y malos, ricos y pobres, opresores y oprimidos, descendían al mundo subterráneo, el Sheol, donde sobrevivían sin pena ni gloria, como sombras. Quienes se planteaban el problema de la justicia divina, del premio de los buenos y castigo de los malvados, respondían que eso tenía lugar en este mundo. Sin embargo, la experiencia demostraba lo contrario, y así lo denuncia el autor del libro de Job: en este mundo, los ladrones y asesinos suelen vivir felizmente, mientras los pobres mueren en la miseria.

Con el tiempo, para salvar la justicia divina, algunos grupos religiosos, como los fariseos y los esenios, trasladan el premio y el castigo a la otra vida. Dentro de los evangelios, la parábola del rico y Lázaro refleja muy bien esta idea: el rico lo pasa muy bien en este mundo, pero su comportamiento injusto y egoísta con Lázaro lo condena a ser torturado en la otra vida; en cambio, Lázaro, que nada tuvo en la tierra, participa de la felicidad eterna.

Entre los judíos que creen en la resurrección cabe otra postura, importante para comprender el comienzo del evangelio de hoy: sólo los buenos resucitan para una vida feliz; los malvados no consiguen ese premio, pero tampoco son condenados.

Una pregunta absurda: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”

Bastantes cristianos actuales habrían formulado la pregunta de manera distinta: “¿Serán muchos los que se condenen?” Sin embargo, el personaje del que habla Lucas parece formar parte de ese grupo que sólo cree en la salvación. Jesús podría haber respondido con otra pregunta: ¿Qué entiendes por “pocos”? ¿Cuatro mil? ¿Veinte millones? ¿Ciento cuarenta y cuatro mil, como afirman los Testigos de Jehová? La pregunta sobre pocos o muchos es absurda, aunque hay gente que sigue afirmando con absoluta certeza que se condena la mayoría o que se salvan todos.

Una enseñanza: “entrar por la puerta estrecha”

Jesús no entra en el juego. Ni siquiera responde al que pregunta, sino que aprovecha la ocasión para ofrecer una enseñanza general. «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.»

La imagen, tal como la presenta Lucas, no resulta muy feliz. Quienes no pueden entrar por una puerta estrecha son las personas muy gordas, y eso no es lo que está en juego. El evangelio de Mateo ofrece una versión más completa y clara: “Entrad por la puerta estrecha; porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta, qué angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que dan con ella!” (Mateo 7,13-14).

En cualquier caso, la exhortación de Jesús resulta tremendamente vaga: ¿en qué consiste entrar por la puerta estrecha? En otros momentos lo deja más claro.

Al joven rico, angustiado por cómo conseguir la vida eterna, le responde: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En el evangelio de Mateo, la parábola del Juicio Final indica los criterios que tendrá en cuenta Jesús a la hora de salvar y condenar: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis”.

La experiencia demuestra que vivir esto equivale a pasar por una puerta estrecha, pero al alcance de todos.

Un final sorprendente y polémico: quiénes

La pregunta sobre el número de los que se salvan ha provocado una respuesta sobre cómo salvarse; pero Jesús añade algo más, sobre quiénes se salvarán.

El libro de Isaías contiene estas palabras dirigidas por Dios a los israelitas: “En tu pueblo todos serán justos y poseerán por siempre la tierra” (Is 60,21). Basándose en esta promesa, algunos rabinos defendían que todo Israel participaría en el mundo futuro; es decir, que todos se salvarían (Tratado Sanedrín 10,1). ¿Y los paganos? También ellos podían obtener la salvación si aceptaban la fe judía.

Sin embargo, la parábola que cuenta Lucas afirma algo muy distinto. El amo de la casa es Jesús, y quienes llaman a la puerta son los judíos contemporáneos suyos, que han comido y bebido con él, y en cuyas plazas ha enseñado. No podrán participar del banquete del reino junto con los verdaderos israelitas, representados por los tres patriarcas y los profetas. En cambio, muchos extranjeros, procedentes de los cuatro puntos cardinales, se sentarán a la mesa.

La conversión de los paganos ya había sido anunciada por algunos profetas, como demuestra la primera lectura (Is 66,18-21). Pero el evangelio es hiriente y polémico: no se trata de que los paganos se unen a los judíos, sino de que los paganos sustituyen a los judíos en el banquete del Reino de Dios. Estas palabras recuerdan el gran misterio que supuso para la iglesia primitiva ver cómo gran parte del pueblo judío no aceptaba a Jesús como Mesías, mientras que muchos paganos lo acogían favorablemente.

Moraleja y matización

Lucas termina con una de esas frases breves y enigmáticas que tanto le gustaban a Jesús: «Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos». En la interpretación de Lucas, los últimos son los paganos, los primeros los judíos. El orden se invierte. Pero los primeros, los judíos como totalidad, no quedan fuera del banquete, también son invitados. El mismo Lucas, cuando escribe el libro de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Pablo dirigiéndose en primer lugar a los judíos, aunque generalmente sin mucho éxito.

Primera lectura: Isaías 66, 18-21

El primer párrafo es el que está en relación con el evangelio: habla de la conversión de los paganos desde Tarsis (a menudo localizada en la zona de Cádiz-Huelva) hasta Turquía (Masac y Tubal), y con dos importantes regiones de África (Libia y Etiopía). El punto de vista es distinto al del evangelio: aquí sólo se habla de conversión, no de salvación en la otra vida (tema que queda fuera de la perspectiva del profeta).

Segunda lectura: cuando Dios nos mete por la puerta estrecha (Heb 12,5-7.11-13)

Este breve fragmento de la Carta a los Hebreos no tiene nada que ver con el evangelio. Pero es una hermosa exhortación que lo complementa. En el evangelio se nos anima a «entrar por la puerta estrecha». Muchas veces es la vida la que se estrecha en torno a nosotros, como si Dios nos pusiera a prueba. El autor de la carta enfoca esos momentos difíciles como una reprensión o corrección del Señor. Pero es la corrección de un Padre que deseo lo mejor para su hijo, idea que debe consolarnos y fortalecernos.

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CONFIANZA, SÍ. FRIVOLIDAD, NO
José A. Pagola

La sociedad moderna va imponiendo cada vez con más fuerza un estilo de vida marcado por el pragmatismo de lo inmediato. Apenas interesan las grandes cuestiones de la existencia. Ya no tenemos certezas firmes ni convicciones profundas. Poco a poco, nos vamos convirtiendo en seres triviales, cargados de tópicos, sin consistencia interior ni ideales que alienten nuestro vivir diario, más allá del bienestar y la seguridad del momento.

Es muy significativo observar la actitud generalizada de no pocos cristianos ante la cuestión de la “salvación eterna” que tanto preocupaba solo hace pocos años: bastantes la han borrado sin más de su conciencia; algunos, no se sabe bien por qué, se sienten con derecho a un “final feliz”; otros no quieren recordar experiencias religiosas que les han hecho mucho daño.

Según el relato de Lucas, un desconocido hace a Jesús una pregunta frecuente en aquella sociedad religiosa: “¿Serán pocos los que se salven?” Jesús no responde directamente a su pregunta. No le interesa especular sobre ese tipo de cuestiones estériles, tan queridas por algunos maestros de la época. Va directamente a lo esencial y decisivo: ¿cómo hemos de actuar para no quedar excluidos de la salvación que Dios ofrece a todos?

“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. Estas son sus primeras palabras. Dios nos abre a todos la puerta de la vida eterna, pero hemos de esforzarnos y trabajar para entrar por ella. Esta es la actitud sana. Confianza en Dios, sí; frivolidad, despreocupación y falsas seguridades, no.

Jesús insiste, sobre todo, en no engañarnos con falsas seguridades. No basta pertenecer al pueblo de Israel; no es suficiente haber conocido personalmente a Jesús por los caminos de Galilea. Lo decisivo es entrar desde ahora en el reino Dios y su justicia. De hecho, los que quedan fuera del banquete final son, literalmente, “los que practican la injusticia”.

Jesús invita a la confianza y la responsabilidad. En el banquete final del reino de Dios no se sentarán solo los patriarcas y profetas de Israel. Estarán también paganos venidos de todos los rincones del mundo. Estar dentro o estar fuera depende de cómo responde cada uno a la salvación que Dios ofrece a todos.

Jesús termina con un proverbio que resume su mensaje. En relación al reino de Dios, “hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”. Su advertencia es clara. Algunos que se sienten seguros de ser admitidos pueden quedar fuera. Otros que parecen excluidos de antemano pueden quedar dentro.

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TODOS BIENVENIDOS ¡PERO A NO LLEGAR TARDE!
Fernando Armellini

Introducción

“Ensancha el espacio de tu tienda, despliega sin miedo tus lonas, alarga tus cuerdas, cava bien tus estacas porque te extenderás a derecha e izquierda” (Is 54,2-3). Esta es la invitación que el profeta dirige a Jerusalén encerrada en un apretado cerco de murallas. Se han terminado los tiempos de nacionalismos estrechos; se abren nuevos e ilimitados horizontes: la ciudad debe prepararse para recibir a todos los pueblos que vendrán a ella porque todos, no solo Israel, son herederos de las bendiciones prometidas a Abrahán.

La imagen empleada por el profeta es deliciosa; nos hace contemplar vívidamente a la humanidad entera de camino hacia el monte sobre el que se levanta Jerusalén. Allí el Señor ha preparado un “festín de manjares suculentos, un festín de vinos añejados, manjares deliciosos, vinos generosos” (Is 25,6).

Con otra imagen de la ciudad, el autor del Apocalipsis describe, en las últimas páginas de su libro, la gozosa conclusión de la turbulenta historia de la humanidad. Jerusalén, dice: “tiene una muralla grande y alta, con doce puertas y doce ángeles en las puertas. Al oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y al occidente tres puertas” (Ap 21,12-13). La imagen es distinta pero el significado es el mismo: desde cualquier parte de donde procedan, todo hombre y mujer encontrarán las puertas de la ciudad abiertas de par en par para darles la bienvenida.

El camino hacia el banquete del reino de Dios, sin embargo, no es un cómodo paseo. La senda es estrecha y la puerta –dice Jesús– es angosta y difícil de encontrar. Esta afirmación no contradice el mensaje optimista y gozoso de los profetas que anuncian la Salvación universal sino que pone en guardia contra la ilusión de quienes creen caminar por el camino justo cuando, por el contrario, andan perdidos por senderos que los están alejando de la meta. Todos llegarán finalmente a la meta, sí, pero no conviene llegar al final del banquete.

Evangelio

En el evangelio de Mateo encontramos con frecuencia en boca de Jesús palabras muy duras contra los malvados: habla del fuego del infierno, los amenaza con separar a las ovejas de las cabras y, nada menos que siete veces, anuncia a los pecadores que les espera llanto y crujir de dientes.

Lucas presenta a un Jesús más comprensivo, indulgente y siempre pronto a ponerse de parte de los pobres, de los desesperados, de los que han tenido una vida difícil. Siempre los presenta así… excepto en el pasaje de hoy donde, extrañamente, recurre a las amenazas y condenas. Hay una puerta estrecha a través de la cual es casi imposible pasar; incluso está inesperadamente cerrada y el que está adentro está adentro y el que está afuera se queda afuera. Los que llegan con retraso son despedidos de malos modos. ¡Es demasiado tarde!, grita el dueño de la casa. ¡Fuera de aquí! ¡Aléjense de mi vista! ¡No los conozco! ¡Les espera llanto y crujir de dientes!

Quien se ha dejado envolver y fascinar por los temas favoritos de Lucas –la alegría, la fiesta, el optimismo, la clemencia de Dios– se queda estupefacto ante tales palabras. Nunca se hubiera esperado de Jesús semejante comportamiento. El que amaba a publicanos y pecadores y aceptaba con gusto sus invitaciones para comer con ellos, ahora les cierra la puerta a sus amigos en su cara, fríamente y sin dudarlo. El Jesús inflexible de esta parábola no parece el mismo que sugería invitar al banquete a lisiados, tullidos y ciegos (cf. Lc 14,13) de quienes lógicamente no se puede esperar ni puntualidad ni que acierten de inmediato con la puerta de entrada. No se asemeja al médico que ha venido a curar a los enfermos, ni al pastor que se enternece por la oveja perdida, ni al amigo que se levanta de noche para dar pan. Sus sentimientos son distintos de los del padre del hijo pródigo. Resulta extraño también su consejo: “Procuren entrar por la puerta estrecha”. Parece una invitación a preocuparse solamente por la salvación propia. Quien a fuerza de codazos logra hacerse con un puesto en la sala del banquete, parece desinteresarse por quien se ha quedado fuera.

No es difícil intuir la razón que ha llevado a Lucas a insertar en su evangelio palabras tan duras. En sus comunidades se han infiltrado la laxitud, el cansancio, la presunción de estar en excelentes relaciones con Dios, la arrogante convicción de que bastan los buenos propósitos para obtener la Salvación a buen precio. Lucas se da cuenta de que muchos cristianos corren el riesgo de quedar excluidos del reino y se siente en el deber de desenmascarar el falso optimismo que se ha extendido. Emplea lenguaje e imágenes ligadas a su cultura, ambiente y época. Hay que tener muy presente este hecho, pues de lo contrario podemos adulterar el sentido de las palabras de Jesús y considerarlas como información de lo que ocurrirá al final del mundo. Los detalles son dramáticos, el lenguaje es impresionante, pero es así como se expresaban los predicadores de aquel tiempo con la intención de sacudir las conciencias de sus oyentes.

Tratemos de captar el significado de semejantes expresiones. Un día, a alguien se le escapa la pregunta: “Señor ¿son pocos los que se salvan?” (v. 23). Algunos rabinos enseñaban que todo el pueblo de Israel participaría en el banquete del reino. Otros sostenían que no, que son más numerosos los que se pierden que los que se salvan, como un río es mayor que una gota de agua. La opinión más extendida, sin embargo, era: “Este siglo fue creado por el Altísimo para una multitud, pero el siglo futuro lo será para un pequeño número. Muchos han sido creados; pocos, sin embargo, se salvarán.”

Jesús no entra en el argumento porque la pregunta ha sido mal planteada y, por tanto, cualquier respuesta sería incorrecta y engañosa. Si responde no, crea falsas seguridades; si responde sí, provoca desaliento. Jesús rechaza convertirse en un visionario apocalíptico; no ha venido a develar números y fechas secretas, como hacen algunos locos soñadores de nuestros días. Jesús prefiere cambiar de argumento; no entra en especulaciones sobre el fin del mundo y la Salvación eterna; lo que interesa es dejar claro cómo se entra en el reino de Dios, es decir, cómo convertirse ‘hoy’ en discípulos suyos y mantenerse como tales.

La primera condición es “Procuren entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos intentarán entrar y no podrán (v. 24). Sorprende el hecho de que no logren entrar a pesar de intentarlo. Aparentemente no les falta la buena voluntad, pero se equivocan en el modo de hacerlo. Se refiere a los fariseos que exhiben una vida impecable y ejemplar, ayunan dos veces por semana, no son ladrones ni adúlteros y, sin embargo, no logran entrar.

Para poder pasar por una puerta estrecha, lo sabemos, solo hay una manera de hacerlo: contraerse, estrecharse, es decir: hacerse pequeño. Quien es grande y grueso no pasa; puede intentarlo de muchas maneras, de frente o de perfil, pero no logrará pasar. Esto es lo que a Jesús le interesa que quede claro: no se puede ser discípulo suyo sin renunciar a ser grande, sin hacerse pequeño y servidor de todos.

He aquí el error del fariseo: la presunción, la confianza puesta en la propia santidad, en sus buenas obras. No ahorra energías; hace de todo para agradar a Dios –lo reconoce también Pablo (cf. Rom 10,3) – pero está demasiado inflado de vanidad y arrogancia. Pequeño es quien reconoce que no merece nada, quien, mirándose a sí mismo, se siente frágil y perdido, quien no ve otra salida que no sea la de encomendarse a la misericordia de Dios; solo este logra pasar a través de la puerta estrecha.

Quien no asume la disposición interior del pequeño, no puede entrar en el reino de Dios, aunque sea muy rezador, buen catequista, gran predicador, incluso hacedor de milagros (cf. Mt 7,22). Jesús continúa desarrollando las implicaciones que lleva consigo su invitación a participar en el banquete mediante una parábola que introduce otra exigencia: es necesario darse prisa, pues no hay tiempo que perder (vv. 25-30). Un gran señor ofrece gratuitamente un banquete al que todos están invitados, con la sola condición, como hemos visto, de ser lo suficientemente pequeños para pasar por la puerta y de hacerlo sin pretensiones. Pero, ¡atención!, llega un momento en que la puerta es cerrada. El gran señor es claramente Dios quien, como ha prometido por boca de los profetas (cf. Is 25:6-8; 55:1-2; 65,13-14), organiza el banquete del reino.

La escena ahora se desdobla. Hay un primer grupo de personas que, dejadas afuera, pretender entrar alegando a gritos sus razones: “Hemos comido y bebido contigo, en nuestras calles enseñaste” (v. 26). Pero el gran señor no les abre la puerta sino que los expulsa llamándolos malhechores: “Les digo que no sé de dónde son ustedes. Apártense de mí, malhechores (v. 27).

¿Quiénes son estos? Tratemos de identificarlos: han conocido a Jesús, lo han escuchado, han comido el pan con Él. No son, por tanto, paganos sino miembros de la comunidad cristiana. Son los que tienen sus nombres inscritos en los registros de los bautismos, los que leyeron el Evangelio y participaron del banquete eucarístico. Creen tener los papeles en regla para poder entrar en la fiesta y, sin embargo, son alejados porque no basta el mero conocimiento de la propuesta evangélica sino que es necesario comprometerse, adherirse a ella. Quien no se compromete a tiempo con Evangelio es un hacedor de iniquidad.

Esta severa condena va dirigida a los cristianos flojos, ‘tibios’, superficiales, que se contentan con una pertenencia externa a la comunidad, celebrando liturgias huecas que se reducen para ellos a ritos exteriores incapaces de transformar sus vidas. No hay que entender este rechazo, sin embargo, como una condena definitiva, como exclusión eterna de la Salvación. Una interpretación en este sentido sería errónea y peligrosa por ir contra el mensaje evangélico.

Las palabras de Jesús se refieren al presente, a la pertenencia y adhesión al reino de Dios hoy, aquí y ahora. Son una apasionada invitación a que evaluemos con urgencia la propia vida espiritual porque muchos cultivan la ilusión de ser discípulos de Jesús cuando, en realidad, no lo son. Éstos tales, si no se dan cuenta pronto, terminarán en llanto (cuando descubran que han fallado miserablemente), y en rechinar de dientes (símbolo de la amargura y la rabia de quien comprende, demasiado tarde, haberse equivocado).

Vayamos al segundo grupo, compuesto por quienes están adentro. Sentados a la mesa están los patriarcas: Abrahán, Isaac, Jacob. Después todos los profetas y finalmente una inmensa multitud venida de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur. No se dice que todos éstos hayan conocido a Jesús y caminado a su lado; quizás muchos de ellos ni siquiera sabían de su existencia. Lo cierto es que, si han logrado entrar, significa que han pasado por la puerta estrecha, mientras que los del primer grupo se han quedado afuera (vv. 28-30).

Volvamos unas cuantas páginas atrás. En el capítulo 9 del evangelio de Lucas se dice que un día surgió una discusión entre los discípulos acerca de quien era el más grande. Jesús, entonces, tomando a un niño “lo colocó junto a sí y les dijo: «El más pequeño de todos ustedes, ese es el mayor»” (Lc 9, 46-47). No puede participar en el banquete quien no se esfuerza por ser pequeño.

Jesús no ha querido meter miedo a nadie con la amenaza del infierno. Su condena va dirigida contra la vida tibia (ni fría ni caliente), incoherente, hipócrita que llevan tantos hombres y mujeres que dicen ser sus discípulos. Y, sin embargo, incluso ante palabras tan inquietantes, todavía hay cristianos incoherentes, hipócritas y arrogantes a quienes ni siquiera les pasa por la imaginación el que un día el Señor pueda decirles: “No los conozco”.

Lucas, quizás con dolor del corazón porque no es su estilo, ha tenido que introducir este texto en su evangelio. A diferencia de Mateo, que concluye el pasaje de manera sombría y amenazadora –“Los ciudadanos del reino serán expulsados a las tinieblas de afuera. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mt 8,12)– Lucas termina la parábola con la escena de la fiesta y del banquete con un dicho significativo: “Porque hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos” (v. 30).

Al final, por tanto, todos serán recibidos, aunque –por desgracia para ellos– los últimos habrán perdido la oportunidad de haber gozado desde el principio de las alegrías del banquete del reino de Dios.

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XX Domingo ordinario. Año C

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Vine a traer fuego a la tierra, y, ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, y, ¡qué angustia siento hasta que esto se haya cumplido! ¿Piensan que vine a traer paz a la tierra? No he venido a traer la paz sino la división. En adelante en una familia de cinco habrá división: tres contra dos, dos contra tres. Se opondrán padre a hijo e hijo a padre, madre a hija e hija a madre, suegra a nuera y nuera a suegra”.


Fuego en la tierra
P. Enrique Sánchez, mccj

Nuestra reflexión de este domingo tiene como punto de partida dos palabras claves que nos ayudarán, a acoger y a tratar de vivir lo que Jesús nos propone en el Evangelio para que entendamos mejor cuál es su misión y la nuestra como discípulos y misioneros suyos.

Jesús habla de fuego y de bautismo como dos realidades que traen consigo una novedad que tiene qué ver con la vida que nace cuando empezamos a creer en sus palabras.

El bautismo del que se habla en estos versículos del evangelio seguramente no se refiere a lo que nosotros identificamos con el sacramento del bautismo que hemos recibido, aunque, de alguna manera, podemos hacer memoria de esa experiencia que nos ha tocado vivir.

El bautismo del que habla Jesús se refiere a su experiencia del misterio pascual. Es el bautismo que habla de un pasar de una experiencia de esclavitud, marcada por la muerte, a una vida nueva que surge de la resurrección.

Es el bautismo que nos quiere ayudar a tomar conciencia del paso que estamos llamados a dar, en el día a día de nuestra existencia, dejando a un lado todo aquello que puede ser esclavitud y muerte.

Todo aquello que nos tiene atados a una mundanidad que nos encandila y nos seduce con sus promesas de felicidad.

Jesús, nos dice el evangelio, quisiera que lo que tendrá que vivir en su camino de pasión, de muerte y de resurrección fueran algo ya realizado para que nadie se encuentre excluido de amor de Dios.

En el bautismo, entendido como paso de la muerte a la vida, de la cruz a la resurrección, podemos entender que el Señor nos está invitando a vivir, en nuestra propia experiencia, el paso de todo aquello que nos podría tener esclavizados, a una experiencia plena de vida en el Espíritu.

Por otra parte, se nos habla también del fuego que Jesús quisiera que ya estuviera ardiendo en cada uno de nosotros y en el mundo en donde estamos presentes. Un fuego que debe llegar a todos y que debería tocar todas las realidades de nuestra vida.

Y, tal vez, antes de reflexionar mucho sobre este tema, nos conviene detenernos a ver qué cosa es el fuego del que habla Jesús, para comprender mejor el mensaje que se nos quiere dejar en el corazón.

Cuando pensamos al fuego nos damos cuenta de que se trata de algo que representa muerte y vida nueva, al mismo tiempo. Es algo que consume con sus llamas y transforma con su fuerza, que envuelve y abraza.

En un primer momento se puede decir que es algo que arrasa con todo, ciertamente, cuando adquiere fuerza y no se controla; es algo que consume lo que encuentra a su paso. Es algo que tiene como propiedad el propagarse rápidamente e invadir sin dificultad cualquier espacio.

La buena noticia del Evangelio que Jesús nos propone tiene en sí esta propiedad que caracteriza al fuego. Ella también se propaga con una fuerza que transforma todo lo que encuentra a su paso.

El fuego tiene una fuerza que purifica, que consume y abre espacios para que algo nuevo pueda surgir. La imagen del fuego hace que entendamos que también al interno de nuestra comunidad cristiana existe un proceso continuo de purificación en la medida en que acogemos y nos confrontamos con la palabra de Dios.

El evangelio, como el fuego, consume todo aquello que en nuestros corazones nos impide vivir y actuar de acuerdo a la verdad. Es lo que nos obliga a dejar a un lado las máscaras que cargamos para defender muchas veces nuestros compromisos con la ambigüedad.

Por esta razón no es difícil entender por qué se dan las divisiones y por qué surgen los conflictos, no sólo en las comunidades, en nuestras familias o en nuestros grupos humanos; sino también al interior de nosotros mismos.

El fuego de la Palabra del Señor nos empuja a vivir en la coherencia y en la honestidad, en la verdad y en la libertad. Y esto crea tensiones, pues en muchos momentos ser cristianos nos obliga a ir contra corriente, a no estar de acuerdo con propuestas de vida que no están fundadas en el amor, en la justicia y en el respeto de los demás.

Jesús dice que no ha venido a traer la paz a la tierra y oyendo esas palabras podemos sentirnos confundidos, pensando que hay una contradicción entre la propuesta del Reino que ha venido a instaurar y una realidad de rivalidades hasta en las relaciones más ordinarias de nuestra vida, como lo son las que se dan en el seno familiar.

Él no ha venido a traer la paz como la ofrece el mundo.  La paz que se pretende construir a punta de fusiles o de bombas.

No es la paz idealizada en un mundo en donde no existirían conflictos y dificultades, en donde desaparecería todo lo que tenga que ver con sacrificios y entrega de uno mismo.

Es la paz que brota en el corazón cuando somos capaces de hacer opciones decididas por Jesús y por su evangelio.

Es la paz que nos permite estar en el mundo, pero sin dejarnos atrapar por sus propuestas cuando son egoístas o nos alejan de los demás.

Jesús ha venido a traer la división que obliga a tomar partido por él. Es la división que hace aparecer con claridad por donde pasa el proyecto que Dios ha sonado para nosotros con la promesa de hacernos vivir en plenitud.

Aquí aparece otra palabra, consecuencia de las anteriores, bautismo, fuego, y ahora división.

Es la división que nos ayuda a entender que no se puede vivir diciendo que creemos en Dios y después asumir un estilo de vida que lo ignora, que lo arrincona en lo cotidiano o simplemente se le recuerda cuando las necesidades nos llegan al cuello. Pidamos para que la Palabra del Señor entre en lo más profundo de nuestro ser como un fuego nuevo, suscitado por el Espíritu, que nos libere y nos purifique de todas las ramas secas que vamos cargando y que no nos dejan descubrir lo bello que Dios va creando cada día para nosotros.

Que seamos capaces de vivir el misterio del Bautismo del Señor acercándonos a Él sin miedo a entrar en el misterio de su pasión, de su muerte y de su resurrección para que demos muerte a lo que nos tiene paralizados en el egoísmo que nos impide amarnos como hermanos. Que no inventemos pretextos para eludir la división ante la cual tenemos que definirnos haciendo opciones que den un rostro concreto a nuestro ser cristianos. Que no nos permita alinearnos con aquellos que pretenden hacer de nuestra vida y de nuestro mundo una realidad en donde se piensa que podemos acomodar a Dios a nuestros intereses personales.


Sin fuego no es posible
José A. Pagola

En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: “Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!”. ¿De qué está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exegetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del “fuego” nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.
El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.
Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de “lo correcto”.
Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No es posible defenderse de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.
Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los primeros seguidores lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.
¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.

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El fuego del Espíritu Santo 
Papa Francesco

El Evangelio de este domingo (Lc 12, 49-53) forma parte de las enseñanzas de Jesús dirigidas a sus discípulos a lo largo del camino de subida hacia Jerusalén, donde le espera la muerte en la cruz. Para indicar el objetivo de su misión, Él se sirve de tres imágenes: el fuego, el bautismo y la división. Hoy deseo hablar de la primera imagen: el fuego.

Jesús la narra con estas palabras: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (v. 49). El fuego del cual habla Jesús es el fuego del Espíritu Santo, presencia viva y operante en nosotros desde el día de nuestro Bautismo. Este –el fuego– es una fuerza creadora que purifica y renueva, quema toda miseria humana, todo egoísmo, todo pecado, nos transforma desde dentro, nos regenera y nos hace capaces de amar. Jesús desea que el Espíritu Santo estalle como el fuego en nuestro corazón, porque sólo partiendo del corazón el incendio del amor divino podrá extenderse y hacer progresar el Reino de Dios. No parte de la cabeza, parte del corazón. Y por eso Jesús quiere que el fuego entre en nuestro corazón. Si nos abrimos completamente a la acción de este fuego que es el Espíritu Santo, Él nos donará la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su confortante mensaje de misericordia y salvación, navegando en alta mar, sin miedos.

Cumpliendo su misión en el mundo, la Iglesia —es decir, todos los que somos la Iglesia— necesita la ayuda del Espíritu Santo para no ser paralizada por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarse a caminar dentro de confines seguros. Estas dos actitudes llevan a la Iglesia a ser una Iglesia funcional, que nunca arriesga. En cambio, la valentía apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos impulsa a ponernos en marcha para caminar incluso por vías inexploradas o incómodas, dando esperanzas a cuantos encontramos. Con este fuego del Espíritu Santo estamos llamados a convertirnos cada vez más en una comunidad de personas guiadas y transformadas, llenas de comprensión, personas con el corazón abierto y el rostro alegre. Hoy más que nunca se necesitan sacerdotes, consagrados y fieles laicos, con la atenta mirada del apóstol, para conmoverse y detenerse ante las minusvalías y la pobreza material y espiritual, caracterizando así el camino de la evangelización y de la misión con el ritmo sanador de la proximidad.

Es precisamente el fuego del Espíritu Santo que nos lleva a hacernos prójimos de los demás, de los necesitados, de tantas miserias humanas, de tantos problemas, de los refugiados, de aquellos que sufren.

En este momento, pienso también con admiración sobre todo en los numerosos sacerdotes, religiosos y fieles laicos que, por todo el mundo, se dedican a anunciar el Evangelio con gran amor y fidelidad, no pocas veces a costa de sus vidas. Su ejemplar testimonio nos recuerda que la Iglesia no necesita burócratas y diligentes funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de llevar a todos la confortante palabra de Jesús y su gracia. Este es el fuego del Espíritu Santo. Si la Iglesia no recibe este fuego o no lo deja entrar en sí, se convierte en una Iglesia fría o solamente tibia, incapaz de dar vida, porque está compuesta por cristianos fríos y tibios. Nos hará bien, hoy, tomarnos cinco minutos y preguntarnos: ¿Cómo está mi corazón? ¿Es frío? ¿Es tibio? ¿Es capaz de recibir este fuego? Dediquemos cinco minutos a esto. Nos hará bien a todos.

Y pidamos a la Virgen María que rece con nosotros y por nosotros al Padre celeste, para que infunda sobre todos los creyentes el Espíritu Santo, fuego divino que enciende los corazones y nos ayuda a ser solidarios con las alegrías y los sufrimientos de nuestros hermanos. Que nos sostenga en nuestro camino el ejemplo de san Maximiliano Kolbe, mártir de la caridad, de quien hoy celebramos la fiesta: que él nos enseñe a vivir el fuego del amor por Dios y por el prójimo.


Un Evangelio Climáticamente incorrecto
José Luis Sicre

Después de las enseñanzas de los domingos anteriores sobre la oración, la riqueza, la vigilancia, centradas en lo que nosotros debemos hacer, en el evangelio de este domingo Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

Presupuesto necesario para entenderlo es conocer la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios.

Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

La misión: prender fuego

He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo.

El destino: la muerte

Tengo que pasar por un bautismo.

También esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se “bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan Bautista al pecado: cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva. El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño “será una bandera discutida”.

Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

* * *

Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida es fácil de entender para los antiguos cristianos, conocedores de las Olimpiadas griegas: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo. Incluso en una época de descanso y vacaciones, es bueno recordar el ejemplo de Jesús, su entrega plena.

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Un único destino aúna a los profetas
Fernando Armellini

Introducción

Sorprende la facilidad, la rapidez con que el escepticismo, el descrédito, el menoscabo, logran enfriar los entusiasmos, apagar los ideales, hacer inocuas las enseñanzas más nobles. Hemos conocido a jóvenes que, movidos por una pasión sincera, se habían empeñado en construir un mundo nuevo y una Iglesia más evangélica. Pocos años después, han amainado las banderas y renunciado a los sueños. Se han acomodado a la ‘respetabilidad’ imperante, a lo que antes consideraban fútil, efímero, banal. ¿Por comodidad, por oportunismo? Algunos quizás sí, pero otros han renunciado con profunda amargura a impulsos y proyectos juveniles porque…se han dejado llevar, en primer lugar, del desaliento, y después de la resignación. No habían tenido en cuenta a la oposición, los conflictos, las dificultades, y han terminado por tirar la toalla.

Quien se compromete con la comunidad, espera aprobación, alabanza, apoyo a las iniciativas que lleva adelante, aunque solo sea por el tiempo y la energía que dedica a sus compromisos. ¡Vana ilusión! Más pronto que tarde, tendrá que enfrentarse a críticas malévolas, envidias, celos. Y todavía estamos en el ámbito de las normales incomprensiones y sinsabores. La cosa se complica seriamente cuando están en juego opciones eclesiales decisivas, adhesiones a nuevas perspectivas abiertas por el Concilio, propuestas evangélicas incompatibles con la lógica de este mundo. Entonces, la hostilidad se manifiesta abiertamente y va in crescendo: desde el insulto a la marginación y hasta el linchamiento moral.

Quien se siente ‘agredido’ de esta manera corre un serio riesgo de desanimarse y de poner en discusión los compromisos antes asumidos con tanta lucidez. La tentación de adecuarse a la mentalidad dominante, a lo políticamente correcto, a los principios y valores dictados por el sentido común, es casi irresistible.

Jesús ha puesto en guardia a sus discípulos contra este peligro: “Si en el mundo los odian, sepan que primero me odió a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya” (Jn 15,18). Ha tranquilizado sus ánimos perplejos y vacilantes, recordándoles que un destino común aúna, desde siempre, a todos los justos: “¡Ay de ustedes cuando todos los alaben! Del mismo modo los padres de ellos trataron a los falsos profetas” (Lc 6,23.26).

Evangelio: Lucas 12,49-53

¿Qué fuego es el que Jesús ha venido a traer a la tierra? (v. 49). ¿Cuál es el bautismo que él tiene que recibir? (v. 50). ¿Qué quiere decir cuando afirma: “No he venido a traer la paz sino la división?” (v. 51). ¿Qué tiene que ver en todo este discurso la parábola sobre la necesidad de evitar que “tu rival…te arrastre hasta el juez” (vv. 58-59)? El evangelio de hoy junta una serie de dichos del Señor más bien enigmáticos. Tratemos de comprender su sentido.

Comencemos por las imágenes del fuego y del bautismo (vv. 49-50). Al final del diluvio aparece en el cielo el arco iris, símbolo de la paz restablecida entre el cielo y la tierra, y Dios jura: “El diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá otro diluvio sobre la tierra” (Gn 9,11). De esta promesa nace y se difunde en Israel la convicción de que, para purificar el mundo de la iniquidad, Dios no se serviría más del agua sino del fuego. “El Señor va a juzgar con su fuego a todo mortal” (Is 66,16). También el Bautista anuncia la venida del Mesías con palabras amenazadoras: “Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego. Quemará la paja en un fuego que no se apaga” (Mt 3,11-12). De fuego habla también Jesús y, después de él, un poco también la mayoría de los autores del Nuevo Testamento. ¿De qué se trata? Lo primero que se nos ocurre es que está hablando del juicio final y del suplicio eterno que les espera a los malvados. ¡Nada de esto! Así pensarían, quizás, Juan el Bautista y los discípulos Santiago y Juan, pero ciertamente no Jesús.

El fuego de Dios no tiene como objetivo aniquilar o torturar a quien ha cometido errores sino que es el instrumento con el que Él quiere destruir el mal y purificar del pecado. ¡Que se queden con su fuego los fundamentalistas y los predicadores fanáticos de las sectas apocalípticas! El anunciado por los profetas y encendido por Jesús es un fuego que salva, limpia, cura: es el fuego de su Palabra, es su Mensaje de Salvación, es su Espíritu, el Espíritu Santo que, en el día de Pentecostés, descendió sobre cada uno de los discípulos en lenguas como de fuego (cf. Hch 2,3-11), fuego que se ha propagado por el mundo como un gran incendio benéfico y renovador.

Ahora podemos comprender el sentido de la exclamación de Jesús: “¡Cómo me gustaría que estuviera ya ardiendo!” (v. 49). Es la expresión de su deseo ardiente de ver lo más pronto posible la destrucción de la cizaña que existe en el mundo. Malaquías ha anunciado: “Miren que llega el día, ardiente como un horno, cuando arrogantes y malvados serán la paja: ese día los quemaré” (Mal 3,19). Jesús espera con ansia la realización de esta profecía y ya ve el amanecer del nuevo mundo en el que no habrá más espacio para los malvados. Éstos desaparecerán, aniquilados por la llama irresistible de su Amor.

La segunda imagen, la del Bautismo, está ligada a la precedente. Jesús afirma que, para desencadenar este incendio, antes debe Él ser bautizado. Bautizarse significa sumergirse y Jesús se refiere a su inmersión en las aguas de la muerte (cf. Mc 10,38-39). Esta agua ha sido preparada por sus enemigos con el objetivo de apagar para siempre el fuego de su Palabra, de su Amor, de su Espíritu; sin embargo, el efecto ha sido lo contrario: es un agua que ha comunicado a este fuego una fuerza incontenible. Jesús “contempla con angustia” la pasión que le espera. La perspectiva que tiene ante sus ojos es dramática: será arrastrado por las olas de la humillación, de los sufrimientos y de la muerte, pero sabe que, saliendo de estas aguas oscuras, en el día de Pascua, dará inicio a un mundo nuevo.

Si este es el destino del Maestro, ¿cuál será el de los discípulos portadores de la antorcha de su fuego? También ellos, dice Jesús, provocarán desacuerdos, divisiones, hostilidad y dolorosas laceraciones dentro de sus mismas familias (vv. 51-53).

“¿Piensan que vine a traer paz a la tierra? No he venido a traer la paz sino la división”. Una afirmación sorprendente que deja desconcertados porque en los libros de los profetas está escrito que el Mesías será el “Príncipe de la paz” y que, durante su reinado, “la paz no tendrá fin” (Is 11,6-9); “el lobo y el cordero irán juntos, y la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león engordarán juntos” (Is 11,6-9); “destruirá los arcos de guerra, proclamará la paz a las naciones , dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra”(Zac 9,10); en Belén los ángeles cantaban: “¡paz en la tierra”! (Lc 2,14) y Pablo escribe: “Él es nuestra paz” (Ef 2,14).

El anuncio del Evangelio ¿traerá al mundo armonía o discordia entre familias y pueblos? Ciertamente los profetas han prometido la paz para los tiempos mesiánicos, pero también han anunciado conflictos y separaciones. Cuando Jesús habla de conflicto de generaciones (entre jóvenes y ancianos) y entre los que viven en una misma casa, no hace más que citar un texto del profeta Miqueas, el cual había intuido que el nacimiento de un nuevo mundo no sería pacífico y sin dolor, sino que vería la luz entre sufrimientos desgarradores. Lucas certifica que estas rupturas se han producido en sus comunidades. A la luz de las palabras del Maestro, comprende que eran inevitables y, en el contexto en que estas palabras son colocadas, nos ayudan a comprender el por qué.

El mensaje de Jesús es un fuego y, lógicamente, quienes tienen bienes que proteger, palacios que custodiar, no ven con buenos ojos a los ‘incendiarios’. El Evangelio es una antorcha encendida que quiere reducir a una inmensa pira todas las estructuras injustas, las situaciones deshumanas, las discriminaciones, el ansia del dinero, el frenesí del poder. Quien se siente amenazado por este ‘fuego’, no permanece pasivo. Se opone por todos los medios. Reacciona con violencia porque quiere perpetuar el pecado en el mundo. Primero son las incomprensiones, después vienen las divisiones y los conflictos y, finalmente, las persecuciones y la violencia.

No siempre la unión es buena y hay que aprobarla a toda costa. Se debe buscar la unión, pero siempre partiendo de la Palabra de Dios, partiendo de la verdad. La paz fundada en la mentira y en la injusticia, hay que rechazarla. A veces, es necesario provocar, con mucho amor y tratando de no ofender a nadie, saludables divisiones. No se deben confundir el odio, la violencia, las palabras ofensivas y arrogantes –que son incompatibles con un cristiano– con la confrontación leal, con los desacuerdos que nacen de propuestas nuevas, evangélicas. Estos desacuerdos son necesarios, aunque sean dolorosos por involucrar miembros de la misma familia.

Hemos oído hablar muchas veces después del Concilio de la imagen estupenda de los “signos de los tiempos”. Aparece en boca de Jesús en la tercera parte del evangelio de hoy (vv. 54-57). Para los campesinos es importante reconocer lo cambios del tiempo: deben saber cuándo llegan las lluvias para sembrar en el momento justo. Escrutan el cielo, estudian el viento, saben que no pueden equivocarse porque corren el riesgo de ver las propias semillas quemadas por el sol. ¿Cómo es que los hombres –se pregunta Jesús– que prestan tanta atención a las señales del calor y de la lluvia, no logran reconocer los signos del mundo nuevo que ha aparecido? Porque –responde– son unos hipócritas. Están capacitados para ver, pero no quieren abrir los ojos y no lo hacen por ignorancia sino por mala voluntad. La realidad nueva introducida por su Palabra les molesta, los incomoda. Quieren que el mundo antiguo continúe como hacen los actores (los hipócritas, justamente) que aparentan no darse cuenta de lo que está sucediendo.

Lucas tiene presente la situación de sus comunidades en las que muchos temen a las consecuencias del Evangelio y ‘fingen’ no darse cuenta de los cambios, de las transformaciones, de las novedades que las palabras de Jesús introducen entre ellos.

El Evangelio concluye con una parábola (vv. 58-59). Un hombre ha ofendido a otro y éste lo amenaza con llevarlo ante el juez. ¿Qué hacer? El culpable no tiene tiempo que perder: debe buscar inmediatamente un acuerdo con su adversario; de lo contrario, se expone a la condena. ¿Qué sentido tiene esta parábola?

Está para llegar, dice Jesús, el momento del juicio; el mundo nuevo está apunto de surgir. Las señales del gran incendio que renovará la faz de la tierra son evidentes: los ciegos recobran la vista, los sordos oyen, los tullidos caminan, los leprosos son sanados, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio (cf. Mt 11,5). Y, sin embargo, hay personas que no se preocupan lo más mínimo de todo esto. Se verán sorprendidas sin preparación alguna.

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