Entre velas y piedras

Por: Hna. Lorena Cecilia Sessaty Sáenz
Desde Belén, Palestina

«Yo ya dejé de soñar. Aquí duele mucho». Las palabras de Khader, un joven palestino de apenas 17 años, dichas con un tono seco y molesto, me dejaron helada. No era una frase dramática ni un acto de rebeldía ante la dinámica propuesta. Era una constatación pronunciada desde un cansancio profundo y un hastío evidente.

Soy una misionera comboniana mexicana y trabajo desde hace poco más de un año en Bailasan, un centro de acompañamiento psicológico y espiritual en Belén. El conflicto que vivimos no solo trae muerte y destrucción visible, arrastra consigo una larga lista de consecuencias colaterales. Belén, una ciudad cuya economía depende casi por completo del turismo, está casi paralizada. El colapso económico se traduce en un aumento de cuadros de estrés y depresión, familias separadas por la migración forzada, carreras truncadas, planes de vida suspendidos, jóvenes que desde hace años no salen de sus casas y una dependencia cada vez mayor del mundo digital como vía de escape.

En medio de estas historias me acuerdo del poema Piensa en los demás, de Mahmud Darwish. Muchas veces, frente a ciertos relatos y a mi propia impotencia, he repetido en silencio la frase con la que se cierra el poema: «Si tan solo fuera una vela en la oscuridad». Una vela, es decir, una luz capaz de alumbrar las penumbras que deja el conflicto, la oscuridad de la división y de la violencia. Una luz pequeña que intenta abrirse paso a pesar de la dificultad del idioma, de la cultura, de las distancias… y de mis limitaciones.

Y, sin embargo, en mi intento de ser luz para otros, me descubro iluminada por la luz de muchas velas que encuentro en este camino. Pienso en Tariq, Raed, Gina o Mohamad, personas cuyas familias sufrieron la expulsión y la crudeza de crecer en campos de refugiados y que hoy se han vuelto expertos en provocar sonrisas en los niños a través del teatro y las marionetas. Pienso también en Shoshana, Betina, Natania y tantos hebreos más que no solo entregan su tiempo y su energía en favor de la justicia, sino que muchas veces se enfrentan a rechazos y críticas de su propia gente por sus acciones en favor de la paz. En medio de esta gran oscuridad que vivimos hoy en Israel y Palestina, una oscuridad que a veces parece expandirse con malicia, hay muchas velas encendidas, personas que guían con sus talentos, que acompañan con valentía, que calientan el corazón con su servicio y que inspiran con su resistencia silenciosa.

En Bailasan, durante las terapias, los talleres o los grupos de apoyo solemos encender una vela. Pero el verdadero fuego lo encuentro en la fuerza y la sabiduría interior de las personas que participan. Para mí, eso no es otra cosa que el Espíritu Santo, actuando y alumbrando desde dentro.

Vuelvo a la historia de Khader. Después de un tiempo de acompañamiento, durante uno de los talleres presentamos la historia bíblica de David y Goliat. Me impactó escuchar cómo Khader explicaba que David le ayudó a darse cuenta de que se estaba aferrando a una «armadura» que no era la suya: sueños y anhelos que, lejos de impulsarlo, lo paralizaban, aumentaban su sensación de impotencia y le hacían «pesado el corazón». Una armadura que más que protegerlo, le estorbaba.

Khader fue nombrando su honda y sus cinco piedras, sus recursos para enfrentar cada día: su salud, su amor por los scouts, su familia, su fe y su mejor amigo. Reconocía que no está en sus manos cambiar la situación sociopolítica, pero sí vencer al Goliat del rencor y de la apatía que lo desafían.

Entiendo a Khader. También yo tengo sueños que duelen cuando se confrontan con la realidad de cada día: que termine la ocupación, que cese la violencia, que caigan los más de 700 kilómetros del muro de separación. Soñar así, hoy, para mi misión como comboniana, se convertiría en esa «armadura» pesada que limitaba a David, capaz de hacerme, como a Khader, más pesado el corazón.

Mi misión hoy tiene más bien la forma de una vela: «Si tan solo fuera una vela en la oscuridad». Acompañar, alentar, escuchar, conectar. Tocar con cuidado las heridas y romper, poco a poco, los muros de la indiferencia.

En esta tierra herida sigo descubriendo que Dios no ha dejado de actuar. Él mantiene su luz encendida en mí, me confirma en mi misión y me confirma que la misión es suya.

mundonegro.es

Hay esperanza, el desierto florece

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc
desde Palestina

¿No te da miedo andar tu sola? Me preguntaron las mujeres el sábado pasado que visitaba sus aldeas. Siempre vamos las dos Combonianas y otras chicas voluntarias que se nos unen cada quince días. Pero este sábado hubo una emergencia y Lulu no pudo venir, ni las chicas.

Y sí, lo pensé. Andar sola, cruzando esos caminos del desierto. ¡Uy!, me estremecí. De hecho, pasé por un camino antiguo, que según la tradición fue el mismo que cruzó el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones. Incluso rodeé el lugar donde se cree estuvo el albergue a donde el Buen Samaritano llevó al hombre después de curarle las heridas con vino y aceite y vendarlas. En aquella historia que cuenta Jesús en el evangelio hubo ladrones, pero también hubo un buen Samaritano.

Tres de las aldeas beduinas que visitamos cada sábado están a un lado del Buen Samaritano. Otra se llama Nabi Musa, cerca de uno de los lugares de peregrinación más importante para los Palestinos, desde donde en los días soleados se pueden observar las colinas de Moab y el Monte Nebo. Precisamente en ese mismo camino, hace unos meses, nos siguió una patrulla de soldados. Expedita manejaba y nos dimos cuenta que era a nosotras a quienes seguían cuando ella se desvió del camino y ellos también lo hicieron. Luego se detuvo y nos preguntaron que a dónde íbamos. Les dijimos que con los beduinos y a lo que vamos y nos dejaron continuar. Pero al siguiente día el camino a esa aldea fue bloqueado. Gracias a Dios ya lo abrieron de nuevo porque causó muchos inconvenientes y temor a los beduinos que viven en ella.

Los niños hacen fiesta cuando nos ven. ¿When Lulú, when al-banat? ¿Dónde esta Lulu? ¿Donde están las chicas? Preguntan los niños al verme llegar sola. Lulú y las chicas se encargan de los niños, organizan juegos y les enseñan Inglés, mientras yo me reúno con las mujeres. En dos aldeas doy clase de inglés a las mujeres y a las jovencitas y en otros dos cursos de bordado. Las mamás nos dicen que los sábados los niños se levantan temprano para esperarnos. Y es cierto. En cuanto oyen el ruido del carro salen corriendo a encontramos. Parece increíble, pero cada día aparecen más. En unas aldeas nos saludan besándonos la mano y poniéndola sobre su frente. Son lindos.

La mayoría de las mujeres de la aldea vienen a los cursos de inglés y bordado que ofrecemos. En algunas todas participan. Me sorprendió que en una de ellas me sirvieran café, soda, pastelillos y plátanos. Son muy pobres. Una de ellas no tiene dinero para llevar a su hijo al hospital y lo necesita. ¿Es el último día que vienes? Me preguntan ¿Ya no nos visitarás? Es que la semana anterior les habíamos dicho que como no hay turistas y no tenemos huéspedes en nuestra casa de Jerusalén, ya no continuaríamos con el proyecto de bordado. Una de ellas fue quien hizo el cuadro que le llevó Daniela al Papa.

Les explico que habíamos decidido que ya no hicieran más bordados, pero visto que al Papa le gustó el regalo, podrían continuar bordando, esperando que alguien nos diga, mándame unos 20 mantelitos para encuadrarlos, como el del Papa. ¿Será que alguien se anima y nos apoya? Por eso era el refresco, el pastelillo y los plátanos. Un lujo para ellas en tiempos de tanta escasez. Pensaban que era la última vez que las visitaríamos y querían agradecernos. La alegría se dibujó en sus rostros cuando les dije que regresaremos. “Aquí nos vemos la próxima semana, in shah Allah.”

Y jugamos con ellas a la lotería, ellas junto con sus hijos. Primera vez que participan en el juego. Rieron, disfrutaron, ganaron. El premio era un globo y una madeja de hilo que nos mandó una comboniana de Jordania. Se divirtieron un mundo. Parecían niñas. Me gozaba verlas contentas, sonrientes, dejando a un lado, al menos por un rato, preocupaciones y temores.

Por eso que cada sábado, atravesamos contentas ese camino viejo que va de Jerusalén a Jericó, por el desierto de Judea. Hay cuatro aldeas beduinas que esperan. Niños que se alegran, juegan, mujeres que aprenden, despliegan creatividad y generan ingresos para la familia. Son tiempos difíciles, la guerra es real. Pero hay esperanza y el desierto ya florece.

https://youtu.be/Ivopj5LYjbE
Las misioneras combonianas acompañan a las poblaciones beduinas del desierto de Judea, llevando un poco de paz y alegría en tiempos difíciles de guerra.