II Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque existía, antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel.
Entonces Juan dio este testimonio: Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja y se posa e Espíritu Santo, ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo.
Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios”.
(Juan 1, 29-34)


“Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.
P. Enrique Sánchez G. Mccj

Esta es seguramente la frase más importante que escuchamos hoy en el Evangelio y a través de ella se nos invita a iniciar un camino que nos llevará a sentir la importancia que tiene la presencia de Jesús en nosotros.

En estos cuantos versículos podemos sentir un movimiento que lleva a un encuentro y al reconocimiento de alguien que es el único que le puede dar sentido a nuestras vidas.

Juan el Bautista y Jesús van al encuentro del uno hacia el otro y, con mucha sencillez, en ese ir de Jesús hacia Juan podemos ver, una vez más, como Dios está siempre en camino hacia nosotros.

Dios nos busca y nos ama tanto que no ha dudado en venir a revelarnos su rostro en Jesús, con un único deseo: que lo conozcamos y que le demos la posibilidad de habitar en nuestra vida.

Dios viene a nuestro encuentro y a través de Juan el Bautista nos ayuda a entender que lo más importante en esa historia de amor está en la capacidad de cada uno de nosotros de poder reconocerlo y señalarlo. Es decir, reconocerlo y convertirnos en testigos de su presencia, aquí́ y ahora, en lo más ordinario de nuestra vida.

Para quienes leemos hoy este texto de Evangelio, con nuestras interminables preguntas y búsquedas de respuestas al problema del mal, de la violencia , de las desigualdades. A nuestros gritos desesperados, muchas veces pidiendo a Dios que se haga presente. Cuando le reprochamos su aparente ausencia de los dramas que pueden llenarnos de tristeza. Juan el Bautista parece respondernos diciendo: ahí está Dios, en Jesús, en lo más duro de nuestra vida, viniendo a nuestro encuentro.

Ahí está el Señor y lo único que nos hace falta es dar el primer paso, aceptándolo y reconociéndolo como alguien que viene siempre a nuestro encuentro y que está más cerca de lo que nos imaginamos.

Juan el Bautista fue capaz de dar ese paso y era lo que necesitaban escuchar sus discípulos para entender que él sólo los había ido preparando para que pudiesen encontrarse con Jesús; para que pudiesen reconocerse como los destinatarios de un amor al cual se habían preparado aceptando el bautismo de conversión que habían recibido en el Jordán.

Ahora era tiempo de ir más lejos, justamente, después de que Jesús había sido también bautizado se iniciaba un tiempo nuevo en el cual, recibiendo la fuerza del Espíritu, serían los primeros ciudadanos del Reino.

Para Juan fue el tiempo de desaparecer, de recordar que él sólo había cumplido con la misión de preparar el camino para que nadie fuera excluido del Reino.

Juan reconoce que él no está llamado a estar en el centro, su misión fue prepararlo todo para que Jesús fuera reconocido como el protagonista principal en el plan de salvación que Dios había preparado para toda la humanidad.

Al final, Juan nos ayuda a entender que, también hoy, lo que nuestro mundo necesita no es tanto de protagonistas, sino de testigos que sean capaces de indicar un rumbo que nos pueda llevar al encuentro del Señor.

Y testigos lo podemos ser todos y cada uno en la llamada que el Señor nos ha hecho, en el servicio que nos pide que hagamos en bien de los demás, en el ejercicio de nuestros ministerios y responsabilidades, cumpliendo con alegría nuestra tarea de colaborar en la construcción de un mundo como Dios lo ha soñado para nosotros.

Juan es testigo fiel de alguien a quien nos presenta como el Cordero de Dios, una imagen de Dios que no tiene nada qué ver con el poder, con la fuerza, con la riqueza, con todo aquellos que generalmente nosotros identificamos a los grandes de este mundo.

Él  nos  cambia  la  visión  y  la  lógica  con  que  muchas  veces  nosotros  juzgamos  y pensamos que deberíamos ser.

Hablar de Jesús como el Cordero de Dios es presentarnos a alguien que viene a nosotros con un sólo  deseo, entregarse por nosotros. Es alguien  que se presenta frágil a los ojos del mundo, alguien que decepciona porque quisiéramos que actuara siguiendo nuestros criterios. Es imagen de bondad, de sencillez, de disponibilidad,  de entrega.

A muchos de nuestros contemporáneos y, a lo mejor, a muchos de nosotros mismos nos gustaría un Dios que haga realidad todos nuestros sueños de poder y que los realice inmediatamente.

Afortunadamente, Dios no actúa de esa manera. Él se manifiesta como quien tiene poder, pero su poder es el amor, la misericordia, la compasión.

Usando la imagen del Cordero se hace comprensible que Dios viene a nosotros, pero sin forzar nada, respectando nuestra libertad, ofreciendo y no imponiéndose. De esa manera lo que Dios provoca es el deseo de su presencia en nuestro corazón, provoca el anhelo de poder encontrarnos cara a cara con él.

En un mundo tan complicado como el nuestro, pero tan sorprendente y fascinante al mismo tiempo, reconocer a Jesús como el Cordero de Dios nos obliga a entrar en un camino de conversión que nos lleva a un cambio de mentalidad y de actitudes en donde no son los criterios del dominio, de la fuerza o de la violencia los que guíen nuestro sentir y nuestro actuar.

Seguir a Jesús como el Cordero de Dios en nuestro tiempo implica un cambio de mentalidad y de actitudes que nos permitirán ser más tolerantes en una realidad marcada por la agresividad, pacientes en una sociedad en donde todo son exigencias, en donde cada persona se siente con derecho a estar por encima de los demás, en donde el amor es confundido con el placer pasajero que no respeta al hermano.

Y Juan el Bautista, señalando a Jesús como a quien tenemos que seguir, nos está indicando que sólo en él se logrará construir una humanidad más digna y respetuosa en donde todos podamos reconocernos hermanos y en donde cada uno podremos ser aceptados en nuestras diferencias como una riqueza para los demás.

Finalmente, el Cordero de Dios, al que Juan nos invita a seguir como discípulos no es una propuesta que venga a sacarnos de la realidad en que nos toca vivir, con sus facturas de sufrimiento, sus exigencias   de   sacrificios, con sus momentos de obscuridad, con sus lágrimas ante el dolor.

La invitación no tiene nada de engañosa, pero nos asegura que siguiendo los pasos de Jesús podemos estar seguros de poder llegar al lugar que nos corresponde en el proyecto de amor que Dios ha querido realizar pensando únicamente en nuestra felicidad.

Seguir al Cordero de Dios, como lo indica Juan el Bautista, podría ser para nosotros la experiencia de pasar del camino de la conversión al encuentro con el Espíritu de Dios en el que podemos ser bautizados abriendo nuestro corazón a la presencia de Jesús en nuestras vidas.

Recibir el Espíritu Santo no es otra cosa sino abrirnos y disponernos a que la vida de Dios sea lo que llene nuestros días, su luz la que ilumine nuestros horizontes, su fortaleza la que nos permita vivir reconciliados con nuestras debilidades y con nuestras pobrezas.

En otras palabras, se trata de aceptar que estamos bajo el cuidado de Dios que ha venido entre nosotros en la persona de Jesús y que desea que nuestra vida no se pierda, dejándonos guiar por quienes fácilmente nos pueden llevar por caminos que extravían con promesas que acaban en desilusiones.

Ojalá que también nosotros, como Juan el Bautista, podamos decir que hemos visto  al Señor y que lo hemos reconocido como el Cordero de Dios que vino a quedarse con nosotros para que nos demos cuenta de que Dios sólo existe para amarnos.

Ojalá también que, como misioneros, podamos indicarles a muchos el camino para que puedan encontrarse con Jesús y lo reconozcan como el Hijo de Dios.


¡He aquí el Cordero de Dios!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después de la Epifanía y del Bautismo del Señor, seguimos todavía bajo el signo de las “revelaciones” sobre Jesús. Algunos versículos antes del pasaje del Evangelio de hoy, Juan el Bautista decía: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis» (Juan 1,26). Y él mismo confiesa dos veces: «Yo no lo conocía». Por desgracia, nosotros, por el contrario, creemos saberlo todo sobre Él. Y quizá no lo conozcamos en absoluto. A menudo, nuestro conocimiento de la persona de Jesús es estático, detenido desde hace años, tal vez desde alguna etapa de nuestra iniciación cristiana. ¡Como si se pudiera llevar para siempre el traje de la primera comunión o de la confirmación!

Una nueva “epifanía”: ¡He aquí el Cordero de Dios!

La vida cristiana es un caminar de epifanía en epifanía, de gloria en gloria, transformados por los misterios que contemplamos. Porque los misterios tienen poder sobre nosotros: «Y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Corintios 3,18).

Hoy Juan nos revela algo inédito, que ni él ni nosotros conocíamos. El Bautista señala a Jesús como «el Cordero de Dios». ¿Qué significa esta expresión? Estamos acostumbrados a repetirla durante la Eucaristía, antes de la comunión. Sin embargo, si lo pensamos bien, este título puede resultar bastante inusual e incluso desconcertante. En efecto, pertenece a otra mentalidad religiosa y cultural, que recurría al sacrificio de animales en la relación con la divinidad.

La palabra cordero/corderos aparece con frecuencia en la Biblia. La encontramos unas 150 veces en el Antiguo Testamento (la gran mayoría en los libros del Levítico y de los Números) y unas cuarenta veces en el Nuevo Testamento (en la edición italiana de la Biblia preparada por la CEI, edición 2008).

Podemos hacer tres constataciones. La primera es que el cordero está casi siempre asociado al sacrificio. Es el animal considerado puro, inocente y manso y, por tanto, el preferido para el sacrificio ofrecido a Dios. La segunda es que, en el NT, aparece casi exclusivamente en Juan: en el Evangelio (3 veces) y sobre todo en el Apocalipsis (35 veces). La tercera es que, en el NT, se refiere casi siempre al sacrificio de Cristo: «Sabéis que no fuisteis rescatados de vuestra conducta vana, heredada de vuestros padres, con cosas perecederas como la plata o el oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pedro 1,18-19).

La afirmación de Juan «¡He aquí el Cordero de Dios!» evoca en la mente de sus oyentes, ante todo, el cordero pascual, o bien el cordero que se sacrificaba cada día, por la mañana y por la tarde, en el Templo de Jerusalén. Pero la riqueza de este título va mucho más allá. Por ejemplo, podemos encontrar en él una alusión al misterioso «Siervo del Señor» (del que se habla hoy en la primera lectura): «Como cordero llevado al matadero… mientras él cargaba con el pecado de muchos» (Isaías 53,7.12). Tanto más cuanto que, en arameo, la lengua del Bautista, el término talya significa tanto «siervo» como «cordero».
Al poner este título mesiánico excepcional en labios del Bautista, el evangelista Juan tenía casi con certeza en mente el rico y complejo trasfondo bíblico, pero sobre todo el cordero pascual (cf. Juan 19,36).

«¡He aquí el Cordero de Dios!» representa una imagen revolucionaria de Dios, que no pide sacrificios, sino que se sacrifica a sí mismo. El papa Francisco llamaba a esto «la revolución de la ternura».

El Cordero de Dios es el que quita «el pecado del mundo» (en singular), el pecado radical del mundo, el pecado de todos los seres humanos de todos los tiempos. No solo los pecados individuales, sino también la matriz del mal que subyace a toda injusticia: la corrupción de la historia, la degeneración de las culturas, la degradación de las relaciones entre las personas y los pueblos, la contaminación y la explotación de la naturaleza… El Cordero de Dios ha cargado sobre sí todo el peso del mal del mundo.

Es preciso aclarar, sin embargo, que la «justicia» de Dios no exige el sacrificio del Hijo, como podrían sugerir algunas interpretaciones tradicionales. Jesús no es la víctima exigida para «satisfacer la justicia» de Dios. La teología del sacrificio está ciertamente presente en los autores del NT. Se trata, sin embargo, de una relectura de la muerte de Jesús en la cruz a la luz de la tradición bíblica y de la cultura religiosa de la época. Pensándolo bien, esto sería inaceptable: ¿cómo podría un padre exigir la muerte de su hijo para perdonar?

El sacrificio de Jesús es el de su extrema solidaridad: «Él, siendo de condición divina, no consideró como presa el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y, apareciendo en su porte como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Filipenses 2,6-8).

El Cordero inmolado y el León de Judá

El Mesías es comparado simbólicamente con dos figuras opuestas: el cordero y el león, como para subrayar las dimensiones de la mansedumbre y de la fuerza del Mesías. Encontramos ambos títulos en el libro del Apocalipsis. Cristo es representado predominantemente como el Cordero, mencionado 34 veces: «Vi un Cordero de pie, como degollado [es decir, que lleva los signos, las llagas de la Pasión]; tenía siete cuernos [símbolo de poder] y siete ojos [omnisciencia]» (Apocalipsis 5,6).
Pero el Cordero, antes de entrar en escena, es presentado como el León de Judá: «Uno de los ancianos me dijo: “No llores; ha vencido el León de la tribu de Judá, el Retoño de David, y abrirá el libro y sus siete sellos”» (5,5).

Estas dos dimensiones pertenecen también a la vida y al testimonio cristianos: por una parte, la docilidad, la dulzura, la fragilidad y la capacidad de soportar del cordero; por otra, la fuerza, el heroísmo, la nobleza y el coraje del león. Conciliar ambos aspectos no es siempre fácil. Por desgracia, muchas veces, cuando deberíamos ser mansos, nos comportamos como leones, dominadores y agresivos; y cuando deberíamos ser leones, nos comportamos como corderos, temerosos y cobardes.

¡Aquí estoy!

Concluyo aludiendo brevemente al aspecto de la vocación al testimonio que emerge con fuerza de las lecturas: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra», dice el Señor a su Siervo (Isaías 49,6). Pablo se presenta a la comunidad de Corinto como aquel que fue «llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios». Y Juan afirma solemnemente: «Y yo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».

¿Y nosotros? Creo que cada vez que, en la celebración eucarística, Juan el Bautista señala a Cristo diciendo: «¡He aquí el Cordero de Dios!», deberíamos hacer nuestra la respuesta del salmista: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (Salmo responsorial 39/40).

P. Manuel João Pereira Correia, mccj


Con el fuego en el Espíritu
José Antonio Pagola

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.
Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.
El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.
Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.
La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.
Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra… no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.
Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?

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Palabrasa de Juan, el bautizador del Jordán
Dolores Aleixandre

No recuerdo cuando comencé a vivir en el desierto, más bien lo que no consigo saber es cómo pude vivir fuera de él. Supe que era mi lugar desde que escuché de niño las palabras de Isaías: “Una voz grita: En el desierto preparad un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3) Acepté la misión que se me confiaba y me fui a conocer de cerca aquel sequedal en el que tenía que intentar trazar caminos. Al principio sólo la soledad y el silencio fueron mis compañeros y, junto con ellos, la convicción oscura de estar esperando a alguien que estaba a punto de llegar: “Mirad, yo envío un mensajero a prepararme el camino. ¿Quién resistirá cuando llegue?” (Ml 3,1-2)Lo había dicho un profeta y yo sentía arder en mi voz su misma urgencia por preparar el encuentro. ¡Llega el Ungido de Dios!” comencé un día a gritar . “Él quebrantará al opresor y salvará la vida de los pobres…” (Sal 72,8.4).

Se corrió la noticia de mis palabras y comenzó a acudir gente, movida por una búsqueda incierta en la que yo reconocía la misma tensión que me mantenía en vigilia. Algo estaba a punto de acontecer, y me sentí empujado a trasladarme más cerca del Jordán, como si presintiera que iban a ser sus aguas el origen del nuevo nacimiento que aguardábamos con impaciencia. Muchos me pedían que los bautizara y, al sumergirse en el agua terrosa del río y resurgir de ella, sentían que su antigua vida quedaba sepultaba para siempre. Les exigía ayunos y penitencia y les anunciaba que otro los bautizaría con Espíritu. Yo sólo podía hacerlo con agua: anunciaba unas bodas que no eran las mías, y yo no era digno ni de desatar la correa de las sandalias del Novio.

Antes de comenzar la temporada de lluvias, en un mediodía nubes apelmazadas y calor agobiante, se presentó un grupo de galileos y me pidieron que los bautizase. Fueron descendiendo al río, hasta que quedó en la ribera solamente uno, al que oí que le llamaban Jesús. Al principio no vi en él nada que llamara particularmente mi atención y le señalé el lugar por el que podía descender más fácilmente al agua. Estábamos solos él y yo, los demás se habían marchado a recoger sus ropas junto a los álamos de la orilla. Lo miré sumergirse muy adentro del agua y, al salir, vi que se quedaba quieto, orando con un recogimiento profundo. Tenía la expresión indefinible de estar escuchando algo que le colmaba de júbilo y todo en él irradiaba una serenidad que nunca había visto en nadie.

Se había levantado un viento fuerte que arrastraba los nubarrones que cubrían el cielo y comenzaban a caer gruesas gotas de lluvia. Un relámpago iluminó el cielo anunciando una tormenta que levantaba ya remolinos de polvo. Desde la ribera seguí contemplando al hombre que seguía orando inmóvil, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor le afectara. Por fin, después de un largo rato y cuando ya diluviaba, lo vi salir lentamente del río, ponerse su túnica y alejarse en dirección al desierto.

Pasé la noche entera sin conseguir conciliar el sueño. Sin saber por qué, me vino a la memoria un texto profético que nunca había comprendido bien:

“Mirad, el Señor Dios llega con poder. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos a los corderos y hace recostar a las madres (Is 40,10-11).Nunca había entendido por qué el Señor necesitaba desplegar su poder para realizar las tareas cotidianas de un pastor, ni por qué su venida, anunciada con rasgos tan severos por los profetas, consistiría finalmente en sanar, cuidar y llevar a hombros a su pueblo, sin reclamarle a cambio purificación y penitencia.

Y, sin embargo, aquella noche, las palabras de Isaías invadían mi memoria de manera apremiante, junto con una extraña sensación de estar cobijado y a salvo. Y textos a los que nunca había prestado atención, se agolparon en mi corazón. Era como si hasta este momento sólo hubiera hablado de Dios como de oídas, mientras que ahora Él comenzaba a mostrarme su rostro. Recordé el del galileo al que había visto orando en el río, la expresión de honda paz que irradiaba, y me pregunté si a él se le habría revelado el Dios que no es, como yo pensaba, sólo poder y exigencia, sino también ternura entrañable, amor sin condiciones como el de los padres.

Estaba amaneciendo y en los árboles de la orilla se oía el revuelo de los pájaros y el zurear de las palomas. Recordé las palabras del Cantar describiendo al novio:

“Mi amado…Sus ojos, dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca…”(Cant 5, 10-11)

Me di cuenta sorprendido de que, al hablar del Mesías, siempre lo había hecho con imágenes poderosas como la del águila, o de fuerza avasalladora como la del león, mientras que ahora lo que me hacía pensar en él era el vuelo sosegado de las palomas.

Cuando me sobrevino el sueño, la luz se abría ya paso entre los perfiles azulados de los montes de Judea.

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“Este es el Cordero…”: un anuncio cargado de Misión
P. Romeo Ballan, mccj

Continúa la epifanía, la manifestación de Jesús. Después de la estrella de los magos y del bautismo en el Jordán, es otra vez Juan el Bautista quien señala con insistencia a Jesús como al Cordero de Dios (Evangelio). Juan ha ido creciendo en su conocimiento de Jesús: antes no lo conocía (v. 31.33), o lo conocía probablemente solo como su pariente. Ahora lo proclama Cordero de Dios (v. 29), Hijo de Dios (v. 34), lleno del Espíritu, e incluso el que ha de bautizar con Espíritu Santo (v. 33). Juan el Bautista lo declara presente: “Este es el Cordero de Dios…”, el que carga sobre sí y, de esta manera, quita el pecado del mundo (v. 29); es decir, todos los pecados.

Para quitar el pecado del mundo, Jesús no hace uso de mecanismos jurídicos exteriores, como la condonación, el indulto o la amnistía; Él bautiza en el Espíritu Santo; se trata, pues, de la inserción en el corazón de las personas de un dinamismo nuevo, el Espíritu (v. 33), la fuerza del amor, la única energía vencedora sobre todo mal humano. Justamente, porque tan solo el amor transforma y sana el corazón. Como explica el Papa Francisco, el bautismo no es un rito exterior, una formalidad, un acto de inscripción en una sociedad, sino un acto de fe y de amor, un don que enriquece a la persona que lo recibe y marca una diferencia con el que no lo ha recibido.

El segundo canto del Siervo de Yahvé (Is 49, I lectura) contiene una prefiguración del Bautismo de Jesús. Él es el verdadero ‘talya’ (palabra aramea utilizada por Juan el Bautista para decir cordero siervo): es el cordero pascual, inmolado, que quita, cargándolos sobre sí mismo, los pecados del mundo entero; el siervo, llamado desde el vientre materno (v. 5), que se convierte en luz de las naciones, con una misión universal de salvación que sobrepasa los límites nacionales para llegar hasta el confín de la tierra (cfr. v. 6; Lc 2,30-32; Hch 13,47). El salmo responsorial canta la disponibilidad de Jesús – y de la Iglesia evangelizadora – para asumir esta misión sin restricciones ni fronteras: “¡Aquí estoy, Señor!”

Cabe subrayar un detalle importante: Juan habla de “pecado del mundo”, en singular, no de los pecados en plural. Según las primeras páginas de la Biblia, desde siempre el pecado de los orígenes, la causa de toda acción pecaminosa (violencia, odio, injusticia, falsedad…) es el egoísmo-orgullo: el no fiarse de Dios, la arrogancia de considerarse autosuficientes, capaces de prescindir de los demás, e incluso de Dios. La expresión “Cordero de Dios”, utilizada por el Bautista, está cargada de evocaciones bíblicas y de aplicaciones misioneras. Evoca, ante todo, al cordero pascual, cuya sangre fue signo de salvación del exterminio en la noche del éxodo de Egipto (Ex 12,23); remite, asimismo, a la imagen del Siervo sufriente y silencioso, que cargaba con el pecado de la muchedumbre (cfr. Is 53,12). Y finalmente, la expresión del Bautista evoca el sacrificio de Abraham, en el que Isaac se salvó y Dios mismo proveyó el cordero para el holocausto (Gn 22,7-8): no ya el hijo de Abraham, sino el mismo Unigénito Hijo de Dios. En todas las religiones del mundo suele ser el hombre el que sacrifica algo para Dios. Aquí, en cambio, está la novedad de la fe cristiana: es Jesucristo, el cordero-víctima inocente, el que por amor entrega su vida por nosotros.

El progresivo descubrimiento e identificación con Jesús hacen de Juan el Bautista un modelo para la Iglesia misionera y, en ella, para cada evangelizador y evangelizadora: Juan cree en Jesús, lo reverencia, lo anuncia presente, da testimonio de Él hasta derramar su sangre. Juan es consciente que él mismo no es el Mesías, sino una voz que lo anuncia y le prepara el camino; rebosa de gozo por su crecimiento (Jn 3,29-30), y no le importa desaparecer. Descubrimos en Juan aspectos similares al rol de Benedicto, el Papa emérito desde hace ya siete años.

La Iglesia sigue señalando a Jesús con las palabras de Juan; lo hace en la Eucaristía-comunión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado…”, y lo repite en el anuncio y servicio propios de la misión. El mensaje misionero de la Iglesia será tanto más eficaz y creíble cuanto más sea – al igual que en Juan el Bautista – fruto de contemplación, libertad, austeridad, valentía, profecía, expresión de una Iglesia servidora del Reino, firme en “hacer causa común” (S. Daniel Comboni) con la familia humana en sus sufrimientos y aspiraciones. Solo así, como para Juan el Bautista, la palabra del misionero podrá suscitar nuevos discípulos de Jesús (cfr. Jn 1,35-37).

Esta ha sido también la vocación misionera de San Pablo, apóstol enamorado de Jesucristo: lo menciona cuatro veces en los tres versículos de la II lectura. Su amplio saludo a todos los santificados en Cristo Jesús (bautizados), “llamados a ser santos” (v. 2), sintoniza muy bien con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (18-25 de enero). El Ecumenismo y la Misión constituyen un binomio vital e irrenunciable para la Iglesia de Jesús. Por eso, la unidad de la Iglesia está orientada a la misión: unidos “para que el mundo crea” (Jn 17,21). ¡Unidos para ser creíbles! Unidos para vencer el mal y las divisiones, para quitar el pecado del mundo, es decir, el egoísmo, con la ternura, la sencillez, la no violencia: con el programa de las Bienaventuranzas.