¿Qué sería de la Iglesia sin la vida consagrada?

«La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu». Así comienza la exhortación apostólica Vita consecrata (VC), de san Juan Pablo II. Los que estamos llamados a vivir de esta forma, somos depositarios de este maravilloso don que enriquece a la Iglesia a través de los siglos.

Texto y fotos: Hno. Juan Carlos Salgado, mccj.

¿Qué sería de nuestra madre Iglesia si no existiera la vida consagrada? Esta manera de vivir es una dimensión esencial y fundamento de la Iglesia católica; sin ella, perdería una fuente vital de santidad, testimonio evangélico y servicio al mundo. Miles de hombres y mujeres consagrados, inspirados en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, han enriquecido a la Iglesia y a la sociedad con diversos y múltiples carismas.

De modo singular, los consagrados manifestamos a diario la esperanza y el amor de Dios, fundamentos que abren caminos donde parece imposible superar la secularidad y las dificultades humanas. Por ejemplo, san Daniel Comboni fue signo de esperanza para los pueblos africanos en tiempos donde la esclavitud causaba estragos. Santa Teresa de Calcuta asistió a los últimos, a los más pobres y olvidados en India y en el mundo. San Carlos de Foucauld dio testimonio de comunión entre los tuareg del desierto del Sahara en Argelia.

Sin la vida consagrada, la Iglesia perdería un gran motor de profunda espiritualidad. Desde los primeros siglos, monasterios, conventos y comunidades religiosas han sido espacios de oración, contemplación y búsqueda de santidad que irradian luz a todo el cuerpo eclesial. Las distintas fuentes de espiritualidad, como la de los franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, jesuitas, etcétera, han formado verdaderas escuelas de santidad, de donde han surgido grandes santos y santas de admirable y respetable devoción.

La vida consagrada es una fuerza muy activa en la evangelización y en el servicio a los más necesitados. Diversos carismas han surgido para atender sectores específicos, como la educación, la salud, la justicia social y la pastoral juvenil. En ocasiones, a través de los carismas de congregaciones religiosas, la Iglesia ha dado respuesta a las necesidades de la gente antes que existieran las instituciones gubernamentales.

Por ejemplo, en Sudán y al norte de Uganda, regiones evangelizadas por los combonianos, gozan de escuelas y hospitales fundados por misioneras y misioneros que, con los años, se convirtieron en instituciones clave para esas naciones. En Uganda tenemos el Hospital de Lachor, uno de los más grandes del país; cuenta con escuelas de enfermería, de parteras, laboratoristas, médicos, anestesiólogos y técnicos en diversos oficios como carpintería, mecánica y electricidad. También contamos con los hospitales de Kalongo, Matany, Kitgum, Angal, Aber, Kyamuhunga, etcétera. Algunos cuentan con sus respectivas escuelas de enfermería.

En Uganda, las escuelas de Layibi y Ombachi llegaron a tener más de mil estudiantes. Además, en las academias técnicas de Carapira, en Mozambique; Lunzu, en Malawi; Chikowa, en Zambia, los hermanos combonianos han formado a cientos de jóvenes como técnicos profesionales. Asimismo, la escuela para chicas en Aboke, dirigida por las combonianas. Mientras que el Comboni College de Jartum es una de las escuelas con más prestigio en Sudán.

En Sudán del Sur, si no existieran el Hospital de Mapuordit, atendido por los combonianos, y el Hospital de Wau, dirigido por las combonianas, la Iglesia vería disminuida su capacidad para llegar a las periferias y responder a las urgencias humanas con tanto amor y profesionalismo.

La vida consagrada mantiene un testimonio profético que recuerda, al mundo y a la misma Iglesia, que el Reino de Dios no pertenece a los poderes temporales, sino a la gratuidad, a la confianza absoluta en Dios y a la búsqueda del bien común, más allá de los intereses personales. Sin ese testimonio, la Iglesia correría el riesgo de volverse mundana y perder la fuerza transformadora que Jesús nos legó.

En conclusión, sin la vida consagrada la Iglesia tendría una realidad mucho más frágil y estaría más limitada en su misión evangelizadora. Los consagrados sirven con generosidad a la humanidad y enriquecen la espiritualidad de todos los creyentes. Por ello, valorar y acompañar dicho modo de vivir es fundamental para la vitalidad y el futuro de la Iglesia.

A lo largo de 30 años de vida consagrada, como misionero comboniano del Corazón de Jesús, experimento la felicidad en mi vocación; son muchas las penurias, renuncias y dificultades sufridas en el apostolado, pero son muchas más las bellas vivencias durante 25 años de misión en África como enfermero y médico misionero.

Tres religiosos de la familia comboniana: el P. Ismael Piñón (sacerdote), la Hna. Tere Soto (religiosa comboniana) y el Hno. Juan Carlos Salgado (religioso comboniano).

La vida consagrada es una aventura que vale la pena experimentar. Las satisfacciones del mundo no se comparan con las de una vida para servir a Dios y a los más necesitados. En ocasiones, al encontrarme con gente en la calle, me decía con una gran sonrisa: «Gracias, doctor, por estar aquí». «Tú me operaste». «Tú me asististe durante el parto». Su gratitud es un gran consuelo para nuestra labor.
Necesitamos jóvenes audaces que den un «sí» al Señor. «La mies es mucha y los obreros pocos, rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).