Domingo XXX ordinario. Año A

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”.
Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

(Mateo: 22, 34-40)


Amarás a tu Dios con todo tu corazón
P. Enrique Sánchez G. mccj

¿Cuál es el mandamiento más grande? Como cristianos, seguramente, también nosotros nos hemos interrogado sobre aquello que podría ser lo más importante o lo más grande en nuestro camino de fe, en nuestro estilo de vida o simplemente en el intento que vamos haciendo por vivir correctamente.

Antes de responder, podríamos reconocer que hay muchas cosas que son importantes, como podría ser el vivir en paz con los demás, el trabajar en la construcción de un mundo más humano, el estar atentos a las necesidades de nuestros hermanos, el practicar la justicia y el respeto de los derechos de los demás, el interesarnos por quien está solo o que necesita de nuestra ayuda para poder seguir adelante con la vida dignamente.

Es importante usar bien del tiempo que se pone a nuestra disposición para continuar en nuestro proceso de crecimiento como personas. Es importante cuidar de nuestro mundo, de nuestro planeta, pues es la casa que se nos ha dado para vivir. Es importante poner nuestro granito de arena en aquello que pueda servir para crear espacios en donde nos sintamos bien, seguros, alegres, felices por hacer parte de esta humanidad.

La lista de todo aquello que descubrimos importante en nuestra vida podría continuar y a cada uno nos toca hacer un alto en nuestras vidas para tomar conciencia de lo que realmente es importante, es decir, lo que es fundamental para que podamos alcanzar aquello que nos hace verdaderamente humanos y por lo tanto, llamados a vivir en la felicidad.

Seguramente, haciendo la lista de aquello que consideramos importante nos damos cuenta de que todo nos lleva a descubrir que lo más grande y lo más importante es vivir nuestra vocación al amor, es vivir de Dios y para Dios.

La pregunta del evangelio nos obliga a interrogarnos sobre aquello que consideramos lo más grande para poder llegar hasta Dios y, diciendo esto, no estamos afirmando otra cosa que lo más grande en nuestra vida es aquello que nos permita descubrir que somos hijos de Dios, que hemos nacido del amor y para amar.

Para Jesús la respuesta es clara. El mandamiento más grande es amar y eso significa poner a Dios en nuestras vidas por encima de todo lo que podamos considerar importante.

Dios en nuestras vidas es quien hace que las cosas, el tiempo, lo que somos y lo que vivimos adquieran su verdadero valor. Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente no significa que se tenga que vivir en otro mundo en donde no tendríamos que afrontar las dificultades, las luchas cotidianas, los fracasos en nuestros intentos por ser mejores.

Cumplir con el mandamiento más importante nos lleva a dar razón de lo que le da valor y sentido a todo en nuestra vida, a nuestros sueños y anhelos, a nuestros esfuerzos y sacrificios, a nuestras esperanzas y confianza en un mañana que está en las manos de Dios.

Amar a Dios con todo el corazón sabemos que quiere decir reconocerle un lugar importante en los momentos en que tenemos que hacer nuestras opciones de vida. Significa buscar, movidos por el corazón, aquello que nos conviene según los planes de Dios y no dejarnos llevar sólo por lo que nos gusta, pues cuando se trata de amar lo primero que se pide es estar disponibles al sacrificio, a la renuncia, a la fe.

Amar con todo el corazón a Dios quiere decir reconocerle un lugar único en nuestras vidas, permitiéndole que nos lleve por los caminos que él considera los mejores para nosotros y eso se logra entender y aceptar sólo cuando dejamos que sea el corazón quien nos conduzca. Se trata de dejar que el corazón nos lleve por los caminos que muchas veces la razón no entiende.

Amar a Dios con todo el alma, podríamos decir que es poner en práctica la capacidad de amar entrañablemente, es decir, sin permitir que haya otros amores en nuestra vida. Amar con todo el alma es amar con todas las fuerzas de que somos capaces, haciendo de Dios el único y el exclusivo objeto de nuestra capacidad de amar.

De alguna manera, amar con todo el alma es cumplir aquella parte de la alianza que el Señor ha hecho con nosotros cuando se compromete a ser nuestro único Dios exigiéndonos que seamos su pueblo. Es aquella manera de amar que no impide caer en las trampas de la idolatría que lleva a poner en el centro todo aquello que no es Dios y que nos fabricamos para responder a la ilusión de que podemos ir por el mundo dejándolo a un lado.

Cuando decimos que amamos con todo el alma nos damos cuenta de que no puede haber nadie que pueda ocupar el lugar que le corresponde sólo a quien amamos.

Amar a Dios de esta manera nos lleva a decir, con la vida, que no hay nadie que pueda llenar el espacio que le corresponde en nuestro corazón y que aceptamos vivir sólo para él.

Amar a Dios con toda la mente, se trata de otra exigencia del amor que obliga o exige poner en el centro de nuestros intereses a aquel que debería estar siempre presente.

La experiencia de amar a alguien nos enseña que cuando esa persona entra en nuestro corazón, de donde brota nuestro amor, lo llevamos siempre en la mente con el deseo de estar siempre en su presencia.

Esta exigencia nos ayuda a entender la necesidad que tenemos en nuestros días de mantener nuestras mentes libres de todo aquello que nos distrae y nos quiere llenar el pensamiento de otros intereses que nos alejan de la verdadera experiencia de amar.

Lo que llena hoy nuestras mentes, muchas veces, es lo que estamos dejando entrar a través de los medios de comunicación, del teléfono, de la publicidad, de las ideologías  que tratan de imponerse, muchas de las cuales tienen el interés de alejarnos de Dios, de negar la dimensión espiritual de nuestra vida.

No podemos vivir en un mundo ajeno a todas esas realidades, pero sí podemos ser lo suficientemente inteligentes y maduros para dejar que llegue a nuestra mente lo que nos permite mantener el lugar que le corresponde a Dios.

Jesús, en la oración que hizo a su Padre por todos aquellos que le había dado, pedía que no los sacara del mundo, pero que los librara de caer en las trampas del maligno, es decir de aquello que pretende ocupar en el corazón lo que sólo le pertenece a Dios.

El mandamiento más grande es amar a Dios con todo, pero Jesús nos dice que ese mandamiento tiene otra exigencia para ser completo. Hay que amar de la misma manera al prójimo, al hermano que tenemos cerca, a aquel que es sacramento de Dios, es decir presencia que podemos ver y tocar.

No podemos decir que amamos totalmente a Dios si somos indiferentes o sordos a las necesidades de nuestros hermanos, si pasamos de largo ante los reclamos de amor que nos llegan de quienes comparten la vida con nosotros en nuestro peregrinar por este mundo. La perfección en el amor se logra cuando somos capaces de crear ese equilibrio que nos permite poner a Dios en el centro de nuestras vidas, reconociéndolo presente en el rostro y en la historia de cada hermano con quienes compartimos la aventura de existir en este mundo en donde Dios nos llama a reconocernos hermanos.

Como misioneros muchas veces hemos tenido la oportunidad de hacer la experiencia de sentirnos profundamente inspirados a seguir al Señor dejándolo todo para demostrar el amor que sentimos en lo más profundo de nuestro ser. Y, al mismo tiempo, hemos podido ver y sentir como ese amor se hace algo real y concreto cuando hemos intentado entregar nuestra vida al servicio de aquellos hermanos que están necesitados del amor del Señor.

Es amando a los demás como mejor podemos comprender el amor que Dios espera de nosotros y en la medida que abrimos nuestros corazones a su amor, más fácil resulta descubrir su rostro en el hermano que ha puesto a nuestro lado.

Pidamos en este domingo para que el Señor ponga en nosotros el deseo de amarlo sobre todo, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente. Que nos conceda amarlo sin límites en aquellas personas que ha puesto a nuestro lado como peregrinos con quienes vamos caminando con el deseo de perdernos en el Amor.


Lo primero
José Antonio Pagola

En cierta ocasión los fariseos se reunieron en grupo y le hicieron a Jesús una pregunta que era motivo de discusión y debate entre los sectores más preocupados de cumplir escrupulosamente los seiscientos trece preceptos más importantes sobre el sábado, la pureza ritual, los diezmos y otras cuestiones: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

La respuesta de Jesús es muy conocida entre los cristianos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este es el más importante. Luego añadió: «El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y concluyó con esta afirmación: «Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los profetas».

Nos interesa mucho escuchar bien las palabras de Jesús pues también en la Iglesia, como en el antiguo Israel, ha ido creciendo a lo largo de los siglos el número de preceptos, normas y prohibiciones para regular los diversos aspectos de la vida cristiana. ¿Qué es lo primero y más importante? ¿Qué es lo esencial para vivir como seguidores de Jesús?

Jesús deja claro que no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias de carácter litúrgico o disciplinar descuidando lo esencial. No hemos de olvidar nunca que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestro seguimiento a Jesús.

Según él, ese amor es la actitud de fondo, la fuerza clave e insustituible que pone verdad y sentido a nuestra relación religiosa con Dios y a nuestro comportamiento con las personas. ¿Qué es la religión cristiana sin amor? ¿A qué queda reducida nuestra vida en el interior de la Iglesia y en medio de la sociedad sin amor?

El amor libera nuestro corazón del riesgo de vivir empobrecidos, empequeñecidos o paralizados por la atención insana a toda clase de normas y ritos. ¿Qué es la vida de un practicante sin amor vivo a Dios? ¿Qué verdad hay en nuestra vida cristiana sin amor práctico al prójimo necesitado?

El amor se opone a dos actitudes bastantes difundidas. En primer lugar, la indiferencia entendida como insensibilidad, rigidez de mente, falta de corazón. En segundo lugar, el egocentrismo y desinterés por los demás.

En estos tiempos tan críticos nada hay más importante que cuidar humildemente lo esencial: el amor sincero a Dios alimentado en celebraciones sentidas y vividas desde dentro; el amor al prójimo fortaleciendo el trato amistoso entre los creyentes e impulsando el compromiso con los necesitados. Contamos con el aliento de Jesús.


Aprenda a salvarse en treinta minutos
José Luis Sicre

¿Cuál es el mandamiento principal? Muchos católicos responderían: «Ir a misa el domingo». Los que piensan así probablemente no irán a misa este domingo. A los que piensen de otro modo y vayan, les gustará recordar lo que pensaba Jesús.

El problema de sus contemporáneos

En los domingos anteriores, diversos grupos religiosos se han ido enfrentado a Jesús, y no han salido bien parados. Los fariseos envían ahora a un especialista, un doctor de la Ley, que le plantea la pregunta sobre el mandamiento principal. Para comprenderla, debemos recordar que la antigua sinagoga contaba 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones), que se dividían en fáciles y difíciles: fáciles, los que exigían poco esfuer­zo o poco dinero; difíciles, los que exigían mucho dinero (como honrar padre y madre) o ponían en peligro la vida (la circuncisión). Generalmente se pensaba que los importantes eran los difíciles, y entre ellos estaban los relativos a la idolatría, la lascivia, el asesinato, la profanación del nombre divino, la santificación del sábado, la calumnia, el estudio de la Torá.

¿Se puede reducir todo a uno?

Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, de saber qué era lo más importante. Este deseo se encuentra en una anécdota a propósito de los famosos rabinos Shammai y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús. Una vez llegó un pagano a Shammai y le dijo: «Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja». Shammai lo despidió amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. El pagano acudió entonces a Hillel, que le dijo: «Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción” (Schabat 31a). También el Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) sintetizó toda la Ley en una sola frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá».

La novedad de Jesús

Mateo había puesto en boca de Jesús una síntesis parecida al final del Sermón del Monte: «Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los Profetas» (Mt 7,12). Pero en el evangelio de hoy Jesús responde con una cita expresa de la Escritura:

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús habla hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

̶ Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le dijo:

̶  Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Deuteronomio 6,5). Son parte de las palabras que cualquier judío piadoso recita todos los días, al levantarse y al ponerse el sol. En este sentido, la respuesta de Jesús es irreprochable. No peca de originalidad, sino que aduce lo que la fe está confesando continuamente.

La novedad de la respuesta de Jesús radica en que le han preguntado por el manda­miento principal, y añade un segundo, tan importante como el primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19,18). Una vez más, su respuesta entronca en la más auténtica tradición profética. Los profetas denunciaron continuamente el deseo del hombre de llegar a Dios por un camino individual e intimista, que olvida fácilmente al prójimo. Durante siglos, muchos israelitas, igual que muchos cristianos, pensaron que a Dios se llegaba a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos… Sin embargo, los profetas les enseñaban que, para llegar a Dios, hay que dar necesariamente el rodeo del prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. Dios y el prójimo no son magnitudes separables. Tampoco se puede decir que el amor a Dios es más importante que el amor al prójimo. Ambos preceptos, en la mentalidad de los profetas y de Jesús, están al mismo nivel, deben ir siempre unidos. «De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas» (v.40).

El prójimo son los más pobres (1ª lectura)

En esta misma línea, la primera lectura es muy significativa. Podían haber elegido el texto de Deuteronomio 6,4ss donde se dice lo mismo que Jesús al principio: «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…» Sin embargo, han elegido un texto del Éxodo que subraya la preocupación por los inmigrantes, viudas y huérfanos, que son los grupos más débiles de la sociedad (la traducción que se usa en España dice los «forasteros», pero en realidad son los inmigrantes, los obligados a abandonar su patria en busca de la supervivencia, marroquíes, senegaleses, rumanos, etc.). Luego habla del préstamo, indicando dos normas: si se presta dinero, no se pueden cobrar intereses; si se pide el manto como garantía, hay que devolverlo antes de ponerse el sol, para que el pobre no pase frío. Es una forma de acentuar lo que dice Jesús: sin amor al prójimo, sobre todo sin amor y preocupación por los más pobres, no se puede amar a Dios.

Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»


Misión es amor a Dios y al prójimo,
y acogida a los extranjeros
Romeo Ballan, mccj

Octubre misioneroy la actividad evangelizadora en el mundo reciben hoy nueva inspiración y energía de la Palabra de Dios: el libro del Éxodo (I lectura) reivindica con fuerza la atención a los forasteros, a los débiles e indigentes; y en el Evangelio Jesús une indisolublemente el amor a Dios y el amor al prójimo, que son la síntesis del mensaje de toda la Biblia. Con relación a los textos bíblicos anteriores, Jesús aporta una originalidad; añade una pequeña palabra: “semejante”. Los “dos amores”, a Dios y alprójimo, están en un mismo plano. El apóstol Juan lo dirá con claridad: “El que no ama al hermano que ve no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,20). El prójimo, el otro, es “semejante” a Dios; el otro es “sagrado” como Dios. Los demás son “tabernáculos” vivientes de Dios. La verdaderaadoración a Dios consiste también en detenerme a enjugar las lágrimas del que está herido. Muy hermosa es la imagen que nos brinda el teólogo D. Bonhoeffer: el amor del cristiano es un amor polifónico. Un canto a tres voces. Una melodía que sabe conjugar a Dios, al otro y a sí mismos”(Roberto Vinco).

Jesús debe enfrentarse a una nueva trampa, después de la anterior (ver domingo pasado) sobre el impuesto al César. La cuestión planteada ahora a Jesús no es la pregunta inocente de un niño de catequesis, sino una nueva trampa farisaica, que tiene sus raíces en el laberinto de los 613 preceptos extraídos de la Biblia, entre mayores y menores; 365 negativos –no hagas… y 248 positivos –haz esto…, sobre cuya jerarquía cavilaban los doctores de la ley. Jesús desarticula todo ese aparato y simplifica las normas morales yendo al corazón de los mandamientos: toda la Ley se resume en el amor (v. 40). “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (Dt 6,5) y “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18): son, para Jesús, mandamientos semejantes, (v. 37.39), complementarios; son como dos ramas de la misma planta, que tienen una raíz común y una misma savia: el amor. Lo explica bien S. Agustín: “El amor a Dios es el primero que se nos manda, pero el amor al prójimo es el primero que se ha de practicar… Amando al prójimo, purificas tu ojo para poder ver a Dios”.

En el contexto del octubre misionero y de la actividad evangelizadora de la Iglesia, esta enseñanza tiene aplicaciones inmediatas, porque la misión es una expresión de amor. El anuncio del Evangelio es la forma más elevada de amor a Dios y al prójimo: es el servicio más eficaz, el mejor que la Iglesia puede ofrecer a los pueblos para la renovación de las personas y de la sociedad. Por eso la misión de la Iglesia ofrece – desde siempre – una vasta gama de servicios materiales sobre todo a las personas necesitadas, gracias a los generosos aportes de los fieles cristianos.

El amor al prójimo tiene destinatarios concretos y cotidianos (I lectura): los forasteros, la viuda, el huérfano, los pobres… Dios se ha comprometido solemnemente a escuchar su grito de ayuda (v. 22.26), y castigará al que los explota (v. 22.23). Él es un Dios compasivo y concreto, que se preocupa de cómo el pobre podría cubrir su cuerpo de noche, sin el manto (v. 26). Nuestro Dios es grande, pero no es lejano, está cerca: tiene concretas preocupaciones para quienes sufren necesidad. Por eso, Jesús eleva el amor al prójimo al rango del amor a Dios. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v. 39) significa que el prójimo es uno de los tuyos, de tu casa, de tu familia, te pertenece; por tanto, nadie es extraño, o extranjero. El prójimo es como tú, es semejante a Dios, es como Dios. En el juicio final, Jesús nos dirá – para bien o para mal, de acuerdo a nuestras obras – “a Mí me lo hicieron” (Mt 25,40). Una vez más, en la reciente carta encíclica “Hermanos todos”, el Papa Francisco nos exhorta a todos a abrirnos a las dimensiones universales de la fraternidad.

La amonestación de Dios es tajante para la acogida de los extranjeros: “No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fueron ustedes en Egipto” (v. 20). La acogida de los migrantes y extranjeros es hoy un tema sensible, urgente e incluso conflictivo aquí y en muchos países y situaciones sociales. Lamentablemente, los migrantes son a menudo víctimas de injustas generalizaciones y equivalencias entre migrantes = clandestinos = criminales. No se trata de hacer una acogida masiva e indiscriminada, sino una acogida fraterna y atenta al fin de proteger, promover e integrar a los migrantes, prófugos, desplazados, como nos indica con insistencia el Papa Francisco.

Va creciendo el compromiso de la sociedad civil, de muchos jóvenes y de varios grupos que proclaman con determinación: “¡En mi ciudad nadie es extranjero!” – “Abre tu casa al mundo y el mundo será tu casa”. En general, los jóvenes, sobre todo, son muy sensibles y dispuestos a comprometerse sobre estos frentes. ¡La sociedad y la misión en el mundo los necesitan! Y ellos necesitan de la misión, porque la misión los regenera. La apertura y la acogida de los demás – alejados y diferentes – tienen una estrecha relación con la actividad misionera, en cuanto esta conlleva una educación a la mundialidad y una benéfica apertura de horizontes humanos y espirituales.