XXII Domingo ordinario. Año C

“Un sábado, Jesús fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos, y estos estaban espiándolo. Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola:
Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: Déjale el lugar a este, y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga:  Amigo, acércate a la cabecera. Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.
Luego dijo al que lo había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos”. (Lucas 14, 1.7-14)


El que se engrandece a sí mismo, será humillado
P. Enrique Sánchez, mccj

Todo empieza, aparentemente, a partir de un pequeño detalle que san Lucas no deja pasar, como si fuera algo que no tiene importancia. Mientras que lo más importante de esta página del evangelio se manifestara a partir del lugar de los invitados al banquete. De ahí se parte para entender que todos tenemos nuestro lugar en el plan de Dios.

Jesús va como invitado a comer a la casa de uno de los fariseos y observa cómo otros invitados se precipitan a ocupar los primeros lugares. Seguramente, dejándose sorprender por convicciones y pretensiones que, en lugar de acercar, alejan del lugar que les corresponde.

Eso no era lo más atinado, pues entonces, como ahora, cuando alguien es invitado a un banquete o a una celebración, sabe que se le ha reservado un lugar, como signo de atención y de buena educación. Ya fue tomado en cuenta y su presencia será reconocida y agradecida entre todos los invitados.

Hoy no es extraño ver, al llegar al lugar de nuestras fiestas, que ya existe una lista de invitados y con sus respectivos lugares asignados. El problema se presenta cuando llega algún “colado”, alguien que no aparece en la lista y que obliga a los organizadores a hacer milagros para encontrar un lugar y no tener que acompañar a la puerta a quien, muy seguramente no fue invitado.

Pero lo que el evangelio nos va a ayudar a entender es algo que vas más lejos. Ese pequeño detalle nos permite hacernos la pregunta sobre el lugar que nos corresponde en el banquete de la vida.

Viniendo a este mundo, todos hemos sido invitados a ocupar un lugar que sólo a nosotros nos corresponde. Es el lugar que nadie puede ocupar porque ha sido reservado únicamente para nosotros. Cada uno tiene una misión y una vocación que cumplir en su paso por esta vida y eso, para lo que hemos sido creados e invitados a venir a este mundo, nadie lo puede hacer en nuestro lugar.

Esta es una buena noticia que llena nuestro corazón de serenidad y de gratitud, pues nos ayuda a entender que hemos sido queridos, amados y deseados por Dios para que ocupáramos un lugar en su proyecto creador.

Por otra parte, la imagen que nos dibuja el evangelio de este domingo quiere ayudarnos a descubrir que en la manera de ser y de hacer de Dios, él tiene una preferencia que no esconde por lo pequeño y lo sencillo.

De ahí que la recomendación es aprender a escoger lo que aparentemente no cuenta, lo que no salta a la vista, lo que no exige un reconocimiento como si fuera un derecho.

Dios habla a través de lo sencillo. Basta recordar las palabras de María, nuestra madre, cuando en el Magníficat salta de gozo dando gracias porque Dios ha puesto su mirada en la humildad de su esclava.

Ocupar el último lugar en el banquete, para que en su momento se invite a ocupar un lugar mejor, no es otra cosa sino recordar lo que ya nos decía el evangelio de la semana pasada: en las cosas de Dios, los últimos serán los primeros, los lejanos se convertirán en los más cercanos, los pequeños serán los más grandes a los ojos de Dios.

Qué difícil nos resulta aceptar este modo de pensar y de actuar por parte de Dios. Sobre todo, en una sociedad en donde se ha ido exagerando y promoviendo la idea de que tenemos que ser los mejores. Los que tienen que estar por encima de todo y de todos.

Hoy se escribe con letras grandes la idea de que la excelencia en todo es la meta a alcanzar. Y se sacrifican vidas enteras renunciando a lo bello que se esconde en lo sencillo y en lo humilde.

Cuantas veces vemos a niños que desde los tres o cuatro años ya tienen sus jornadas llenas de actividades y de ocupaciones, porque tienen que ser los mejores en el deporte, en el estudio, en el arte, en todo.

Hay que ocupar el primer lugar en cualquier parte y se confunde el triunfo en la vida con el lugar más alto que se puede ocupar en la pirámide de los “triunfadores”, aunque se haya tenido que renunciar a la felicidad de vivir simplemente disfrutando el poder compartir lo que somos con los demás.

Aquí resuenan las últimas palabras de nuestro evangelio con las que se aprecia en dónde está el verdadero secreto de la vida y de la felicidad. Cuando organices una fiesta, invita a los pobres, a los lisiados… a los que no te pueden corresponder de la misma manera.

Sólo de esa manera podemos salir de la mentalidad que nos enseña que lo que nos hace grandes y lo que nos permite ocupar un lugar privilegiado en los planes de Dios es lo que nos obliga a convertirnos en un don para los demás. Un don que no espera y, mucho menos, exige un reconocimiento o una gratificación inmediata.

El bien se debe hacer siempre por el gusto de poder descubrirnos instrumentos en las manos de Dios que bendice y alegra la vida de las personas que pone en nuestro caminar.

Dios ha reservado un lugar para cada uno de nosotros y ese lugar es la vocación que hemos recibido para pasar por este mundo haciendo el bien y buscando la felicidad de nuestros hermanos, como garantía de nuestra propia felicidad.

Resumiendo lo que esta parábola del evangelio nos invita a reflexionar, tal vez sería conveniente no perder de vista algunas interrogaciones que pueden surgir en nuestro corazón.

En primer lugar, no estaría mal preguntarnos ¿Cuál es el lugar que me toca ocupar hoy en donde estoy gastando mi vida?

¿Nos damos cuenta de que nosotros no escogemos el lugar que queremos, sino que Alguien que nos ama ya hizo esa elección por nosotros?

Nuestra vocación no es simplemente algo útil en lo que nos podemos comprometer, sino aquel espacio de amor en el que el Señor nos ha llamado a florecer.

¿Por qué conviene elegir el lugar más humilde en la vida de todos los días? Tal vez convenga decir que Dios tiene una debilidad muy especial por los que son los más pequeños y los más desprotegidos.

Y, finalmente, reconociendo que el lugar que se nos da en el banquete del Señor es un don que no podemos exigir, es bastante claro que no se puede acceder a ese don si no nos hacemos, lo dirá el evangelio en otra parte, pequeños como los niños.

Qué bello será pues, aceptar y agradecer el lugar que se nos ha concedido en el banquete del Reino viviendo cada uno nuestra vocación con alegría y con entusiasmo.

Que el Señor nos conceda descubrir y aceptar el lugar que ha preparado para nosotros en su proyecto de salvación.


Sin excluir
José A. Pagola

Jesús asiste a un banquete invitado por “uno de los principales fariseos” de la región. Es una comida especial de sábado, preparada desde la víspera con todo esmero. Como es costumbre, los invitados son amigos del anfitrión, fariseos de gran prestigio, doctores de la ley, modelo de vida religiosa para todo el pueblo.

Al parecer, Jesús no se siente cómodo. Echa en falta a sus amigos los pobres. Aquellas gentes que encuentra mendigando por los caminos. Los que nunca son invitados por nadie. Los que no cuentan: excluidos de la convivencia, olvidados por la religión, despreciados por casi todos. Ellos son los que habitualmente se sientan a su mesa.

Antes de despedirse, Jesús se dirige al que lo ha invitado. No es para agradecerle el banquete, sino para sacudir su conciencia e invitarle a vivir con un estilo de vida menos convencional y más humano: “No invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes ni a los vecinos ricos porque corresponderán invitándote… Invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”.

Una vez más, Jesús se esfuerza por humanizar la vida rompiendo, si hace falta, esquemas y criterios de actuación que nos pueden parecer muy respetables, pero que, en el fondo, están indicando nuestra resistencia a construir ese mundo mas humano y fraterno, querido por Dios.

De ordinario, vivimos instalados en un círculo de relaciones familiares, sociales, políticas o religiosas con las que nos ayudamos mutuamente a cuidar de nuestros intereses dejando fuera a quienes nada nos pueden aportar. Invitamos a nuestra vida a los que, a su vez, nos pueden invitar. Eso es todo.

Esclavos de unas relaciones interesadas, no somos conscientes de que nuestro bienestar solo se sostiene excluyendo a quienes más necesitan de nuestra solidaridad gratuita, sencillamente, para poder vivir. Hemos de escuchar los gritos evangélicos del Papa Francisco en la pequeña isla de Lampedusa: “La cultura del bienestar nos hace insensibles a los gritos de los demás”. “Hemos caído en la globalización de la indiferencia”. “Hemos perdido el sentido de la responsabilidad”.

Los seguidores de Jesús hemos de recordar que abrir caminos al Reino de Dios no consiste en construir una sociedad más religiosa o en promover un sistema político alternativo a otros también posibles, sino, ante todo, en generar y desarrollar unas relaciones más humanas que hagan posible unas condiciones de vida digna para todos empezando por los últimos.

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Compartir la mesa, compartir la vida
Carmen Soto

Hoy nos encontramos con un relato en el que Jesús es invitado a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos consciente de que muchos de ese grupo religioso estaban contrariados con su forma de proceder y vigilaban su modo de hablar y actuar.

Al entrar en el lugar que iban a comer Jesús observa que los invitados escogen los primeros puestos. En las sociedades del mediterráneo antiguo esto no era un gesto de mala educación, sino una conducta frecuente en los banquetes de la élite, que reflejaba la centralidad que tenía el honor y la necesidad de que éste fuese reconocido públicamente. Con todo no era raro que se generasen rivalidades y conflictos por el puesto a ocupar. Los filósofos y moralistas de aquella época con frecuencia criticaban estás conductas que favorecían la discriminación y oscurecían valores que podían honrar mucho más como la solidaridad, la generosidad o el compañerismo

Jesús aprovecha este modo de comportarse para proponerles tres parábolas de las que la liturgia de hoy recoge dos. Con estos relatos el Maestro no quiere cuestionar la educación de los comensales sino su escala de valores. En los dos primeros relatos presenta ante sus oyentes dos situaciones que dan la vuelta a los criterios de honorabilidad que regían en su cultura.

Las parábolas señalan como, para Jesús, la dignidad y el aprecio no son una cuestión de estatus, sino que alguien es honorable por su capacidad de reconocer al otro o a la otra como un igual y por la gratuidad que expresen sus acciones. La propuesta no nace, como bien entiende uno de los convidados (Lc 14, 15), de criterios filosóficos o morales, sino del corazón de Dios.

La experiencia salvadora de Dios que ya Isaías en el capítulo 25 imaginaba como un gran banquete al que todos y todas eran convidados se hace presente de nuevo en el dialogo que Jesús mantiene en esta comida con los fariseos. La conducta de los invitados y los principios que en ella se reflejan son para Jesús ocasión de proponer los valores del Reino.

Para él y para el Abba en el que él ha puesto toda su confianza, en el banquete de la vida no basta con dar y recibir generosamente, sino en acoger con gratuidad a todo aquel o aquella que no puede ofrecer nada a cambio. La honorabilidad no se basa ya en el poder y el prestigio, sino en la bondad, humildad y hospitalidad. La comunidad del reino es ese banquete en el que todas y todos tienen cabida sea cual sea su origen, creencias, situación personal y en la que todas y todos se saben invitados sin merecimientos exclusivos ni dignidades adquiridas.

Este relato no solo habla de un recuerdo de la praxis de Jesús, sino que es una llamada a la comunidad cristiana, primero a la de Lucas y hoy a las nuestras para ser comunidades inclusivas y abiertas en las que se respeten las diferencias, se construya espacios de equidad, en las que se proclame un Dios gratuito y lleno de amor y perdón. En ella no habrá extranjeros ni emigrantes, no habrá primeros ni últimos, no habrá sesgos de género ni poderes que no nazcan del servicio y de del compromiso.

Esto es un desafío a muchos de nuestros criterios sociales y religiosos y sin duda, un tipo de comunidad así no estará exenta de conflictos y de cuestionamientos pero encarnará la profecía, y será testigo de que es posible vivir la utopía del Reino.

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Experimentar la alegría de Dios es posible
Fernando Armellini

Introducción

Estamos en una lujosa casa de campo de la alta burguesía de una gran ciudad del Tercer mundo, una de esas metrópolis donde la miseria convive con el lujo y desperdicio más descarados. Al término de la fiesta de cumpleaños de la hija –brillante universitaria de 20 años– los padres ordenan a los sirvientes arreglar el espacioso comedor. Sobre las mesas hay una gran cantidad de carne, arroz, papas fritas, pasteles, tortas, entremeses: son las sobras del banquete.

“¿Qué hacemos con todo esto?”, pregunta el marido con embarazo. La esposa, que está llevando a la cocina una bandeja llena de vasos para lavar, se detiene un instante sorprendida y, como si se diera cuenta tarde del error cometido, sentencia: “Hemos invitado a la gente equivocada, a la que no tiene hambre”.

Tenemos miedo de que se nos acerquen los que tienen hambre, de que nos puedan contagiar su pobreza. Y sin embargo la fiesta de nuestra vida podría acabar en una amarga desilusión: sin saber qué hacer con los bienes que el Señor nos había dado para “dar de comer” a sus pobres.

“¡Dichosos los convidados al banquete de bodas del Cordero!”, exclama el ángel del Apocalipsis (Ap 19,9). Pero de aquella fiesta solamente podrán participar los que se privaron de todo para darlo a quienes tenían hambre.

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El pobre llama a la puerta para ofrecerme la oportunidad de experimentar la alegría de Dios.”

Primera Lectura: Eclesiástico 3,17-20.28-29

17Hijo mío, en todo lo que hagas actúa con humildad y te querrán más que al hombre generoso. 18Cuanto más importante seas, más humilde debes ser y alcanzarás el favor de Dios; 20porque es grande la compasión de Dios, y revela sus secretos a los humildes…. 28No corras a sanar la herida del orgulloso, porque no tiene sanación; es el brote de una mala planta. 29El sabio aprecia las sentencias de los sabios; el oído atento a la sabiduría se alegrará.

¿Es necesario para ser humildes buscar el desprecio de los demás? No sería prudente, no tendría sentido. Esta actitud no atraería, como asegura Ben Sirá, ni el amor de los hombres ni la benevolencia de Dios. ¿Cuál sería, entonces, el comportamiento que atraería la simpatía de los hombres y el favor de Dios? ¿De qué manera los humildes le dan ‘gloria’? (v. 20).

Basta una rápida mirada a nosotros mismos para darnos cuenta de que todo lo recibido es regalo de Dios. Él nos ha dado la vida, la belleza, la fuerza, la inteligencia, las cualidades que tenemos. Nada es nuestro, de nada podemos ufanarnos. No comete una maldad, solo hace soberanamente el ridículo quien se gloría de los dones recibidos como si fueran suyos. Es pura insensatez el comportamiento del descerebrado que hace gala de las cualidades recibidas para humillar o imponerse a los demás. Los dones de Dios nos han sido dados para que podamos compartirlos con los hermanos.

Humilde es aquel que –consciente de sus dotes, actitudes, cualidades– las pone al servicio de todos, considerando a los demás como dueños que nos pueden pedir ayuda cuando se encuentran en necesidad. La persona humilde mantiene siempre la cabeza inclinada como quien está preparado para recibir órdenes de sus superiores. ‘Glorifica’ a Dios, porque lo que verdaderamente da gloria a Dios es la alegría del hombre. Es la persona humilde la que entabla relaciones que hacen feliz a la gente, ponen fin al egoísmo, a la competencia, a la ostentación, e introducen en el mundo el principio nuevo del intercambio gratuito de los dones de Dios.

Es en este sentido que Jesús se autodefine como “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29): se ha donado enteramente, sin reservas, por amor.

Segunda Lectura: Hebreos 12,18-19.22-24a

18Ustedes no se han acercado a algo tangible –fuego ardiente, oscuridad, tiniebla, tempestad–19ni oyeron el toque de trompetas ni una voz hablando que, al oírla, pedía que no continuase. …22Ustedes en cambio se han acercado a Sión, monte y ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celeste con sus millares de ángeles, a la congregación 23y asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a los espíritus de los justos consumados, 24a Jesús, Mediador de la nueva Alianza, a una sangre rociada que grita más fuerte que la de Abel.

Los hebreos que se habían convertido al cristianismo seguían sintiendo nostalgia de la religión de sus padres. El autor de la Carta trata de abrirles los ojos comparando la religión antigua, representada por el Monte Sinaí, con la cristiana, que tiene como símbolo la Nueva Jerusalén.

¿Qué ocurrió en el Sinaí? Hubo lenguas de fuego, truenos, oscuridad, tinieblas. Frente a semejante espectáculo, el pueblo tuvo miedo y pidió a Moisés que les hablara él y no el Señor (vv. 18-19). ¿Cómo se puede tener nostalgia de un Dios a quien solo por medio de intermediarios pueden acercarse las personas?

Los cristianos, continúa la lectura, no se acercan al Monte Sinaí para hacer experiencias terroríficas de Dios (v. 22) sino que se acercan a Cristo. La experiencia religiosa que hacen es completamente distinta: es una experiencia festiva porque, en Jesús, descubren el rostro de Dios amigo de los hombres (vv. 23-24). En el Antiguo Testamento, había muchos mediadores entre el Señor y su pueblo: los sumos sacerdotes, los levitas, el Sanedrín, los ancianos. Hoy los cristianos saben que pueden dirigirse directamente al Padre, sin reserva y sin miedo. El único Mediador es Cristo, que no busca siervos sino amigos (cf. Jn 15,15).

Evangelio: Lucas 14,1.7-14

El almuerzo del sábado en Israel no se reducía a una simple comida; era un convite que reunía a parientes y amigos que conversaban sobre los temas más variados: trabajo, política, problemas familiares y sociales. Los temas religiosos, teológicos y morales eran tratados, sobre todo, cuando había un rabino entre los huéspedes. Los doctores y maestros aprovechaban estos banquetes para exponer sus doctrinas. También Jesús ha impartido muchas de sus enseñanzas sentado a la mesa con los demás comensales (cf. Lc 5,29; 7,36; 9,17; 10,38; 11,37; 14; 19,1; 22,7-38).

El pasaje de hoy hay que colocarlo en este contexto de almuerzo festivo. Estamos en la casa de un fariseo después de la liturgia de la Sinagoga y Jesús está entre los invitados (v. 1). En la mesa no se sienta cada uno al azar, sino que hay que seguir una rígida etiqueta dictada por una jerarquía que es necesario respetar. Los puestos vienen asignados con mucha atención: en el centro, las personas de respeto, juntos a ellas el dueño de la casa, seguidos de todos los demás comensales, colocados en mesas de acuerdo con su respectiva posición social: la función religiosa que desarrollan, la riqueza que poseen, la edad. Jesús sigue con mirada desapasionada y un poco divertida la protocolar distribución de asientos llevada a cabo por alguno de los sirvientes; observa el gesto embarazoso de quien, quizás inadvertidamente, se ha colocado demasiado adelante, teniendo después que retroceder varios puestos; se da cuenta del mal disimulado gesto burlón de quien porfiadamente le cede la precedencia, consintiendo al final ocupar un asiento más central y prestigioso; nota las actitudes torvas, los enrojecimientos, las miradas astutas. Introduce una primera parábola (vv. 7-11).

“Cuando alguien te invite a una boda, no ocupes el primer puesto… ve y ocupa el último puesto…. Así, cuando llegue el que te ha invitado, te dirá: «Amigo, acércate más.» Y quedarás honrado delante de todos los invitados”.

Esta invitación a la astucia desentona bastante en boca de Jesús. Es extraño que Él se rebaje a sugerir un truco tan mezquino para cosechar éxito en público y complacer la propia vanidad. Por otra parte, el proverbio que cita es bien conocido en la Biblia: “No te coloques con los grandes: más vale escuchar «Sube aquí», que ser humillado ante los nobles” (Prov 25,6-7). El rabino Simeón, contemporáneo de los apóstoles, recomendaba a su discípulo: “Colócate siempre dos o tres puestos por debajo del que te corresponde y espera que te digan: «¡Sube más arriba!, ¡Sube más arriba!» en vez de «¡Desciende más abajo! ¡Desciende más abajo!». Jesús, pues, no haría otra cosa sino recomendar una práctica recomendada por todos.

Es cierto que las palabras son las mismas, pero el contenido es distinto. Jesús no tiene ninguna intención de fomentar la astucia de sus discípulos. Nunca se ha interesado en sus posibles éxitos en la vida. Cuando éstos mostraban la ambición de acaparar los primeros puestos, los reprendía con severidad (cf. Mc 9,33-37). Prohibía incluso los títulos honoríficos (cf. Mt 23,8-10), no toleraba los “distintivos” que consagran y sacralizan las castas, ironizaba acerca de los escribas “que gustan pasear con largas vestiduras, aman los saludos por las calles y los primeros puestos en las sinagogas y los banquetes” (Lc,20-46). El proverbio, pues, en boca de Jesús no tiene el fin de enseñar una treta para quedar bien ante los demás. Tratemos de comprender lo que verdaderamente quiere decir.

Si releemos atentamente el pasaje, caeremos en la cuenta de que una palabra aparece con más frecuencia que otras (¡hasta cinco veces! ) y es: invitado-invitados. El término griego del texto original, sin embargo, habría que traducirlo por llamado-llamados. Es a los llamados que ambicionan los primeros puestos a quienes Jesús quiere dirigirse. Vamos a identificar a estos llamados.

Notemos un segundo detalle: La manera de expresarse de Jesús no es menos sorprendente. No habla como invitado, sino como si fuera el dueño del banquete. Bastan estas dos simples observaciones para hacernos intuir que la cena de Jesús en tierra palestina es solamente un pretexto artificial del que se sirve el evangelista Lucas para poner en boca del Señor una advertencia a los llamados, es decir, a los cristianos de sus comunidades. Es en estas comunidades donde, siempre con más frecuencia, surgen malentendidos y sinsabores por cuestiones de precedencia. Los presbíteros, responsables de varios ministerios, se dejan llevar por la manía de ocupar los “primeros puestos”. Es el eterno problema de la Iglesia: todos deberían servir pero, de hecho, hay siempre quien aspira a títulos honoríficos, a sobresalir, quien se infla de orgullo y llega hasta a convertir la Eucaristía en una auto-celebración. ¡Es éste el cáncer que destruye nuestras comunidades!

Jesús sabía que estas tensiones surgirían entre sus seguidores a causa del ansia por los primeros puestos que anida en el corazón humano. Por eso durante la Última Cena ha querido de nuevo llamar la atención de sus discípulos, como su última voluntad, que quedara grabada en la mente de todos: “¿Quién es mayor? ¿El que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Pero yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (Lc 22,27).

Jesús no pide, como hacía el rabino Simeón, retroceder dos o tres puestos sino dar un vuelco a la situación, volver al revés la escala der valores. Solo quien elige, como ha hecho Él mismo, el puesto del siervo será exaltado durante el único banquete que cuenta, el del Reino de Dios. Para quien en la tierra ha dado rienda suelta a su vanidad, buscado inclinaciones de cabeza y honores, aquel momento será dramático: se verá relegado al último puesto, signo del fracaso de su vida, de lo efímeros y caducos que eran sus valores.

Después de haber narrado esta parábola, Jesús se dirige al fariseo que lo ha invitado: “Cuando ofrezcas una comida o una cena, no invites a tus amigos o hermanos o parientes o a los vecinos ricos, porque ellos a su vez te invitarán y quedarás pagado (v. 12). No se diría que el clima que se ha creado a su alrededor el invitado-Jesús sea de lo más risueño; más bien parece que les ha aguado la fiesta a todos. ¿Qué culpa tiene el pobre fariseo si en Israel la tradición impone invitar solamente a cuatro categorías de personas: amigos, hermanos, padres y vecinos ricos? ¿Es acaso conveniente poner juntos a un Doctor de la Ley y a un campesino ignorante o a un fariseo con un publicano?

Lo hemos dicho ya: No es el Jesús sentado a la mesa en una casa de Palestina el que está hablando sino el Señor Resucitado que se dirige al fariseo presente en las comunidades de Lucas. Es el Cristo que amonesta a los discípulos que se comportan como fariseos, que discriminan a los demás. ¿Qué les dice?

Les dice que es necesario dar comienzo a otro banquete en que las cuatro categorías de ‘gente bien’, cedan el puesto a otras cuatro bien distintas: “Cuando des un banquete, invita a pobres, mancos, ciegos y cojos” (v. 13). Los mancos, ciegos y cojos no eran admitidos en el templo del Señor (cf. Lv 21,18; 2 Sam 5,8). Su condición era una clara señal de su estado pecaminoso y la asamblea de los israelitas debía estar compuesta por gente íntegra, perfecta, pura, sin defectos. Jesús anuncia haber venido a proclamar un banquete nuevo, un banquete en el que los excluidos, las personas rechazadas por todos, sean los primeros invitados a quienes les estén reservados los puestos de honor.

Su discurso se dirige a los responsables, en la comunidad cristiana, de organizar el banquete del reino. Se les pide la valentía de seguir criterios nuevos, opuestos a los adoptados por la comunidad civil. No es fácil para la comunidad cristiana asimilar los criterios de Dios. Desde los comienzos de la Iglesia han surgido tensiones a causa de la discriminación dictada por los criterios de este mundo. Lo testimonia Santiago, quien se ve obligado a recriminar a los cristianos en su Carta: “Supongamos que cuando ustedes están reunidos entra uno con anillos de oro y traje elegante, y entra también un pobre andrajoso; y ustedes fijan la mirada en el del traje elegante y le dicen: «Siéntate aquí en un buen puesto»; y al pobre le dicen: «Quédate de pie o siéntate allí en el suelo». ¿No están haciendo diferencias entre las personas y siendo jueces malintencionados?” (Sant 2,2-4).

Los pobres, los ciegos, los mancos, los cojos representan a aquellas personas que se han equivocado en la vida. Son el símbolo de quien camina sin la luz del Evangelio y tropieza, cae, se hace mal así mismo y a los demás, pasa de un error a otro. Jesús recuerda a sus discípulos que la fiesta ha sido organizada precisamente para estas personas…y ¡ay de aquel que los excluya!

Concluyendo su exhortación, afirma: “Dichoso tú porque ellos no pueden pagarte; pero te pagarán cuando resuciten los justos” (v. 14). Cuando los hombres hacen un favor, inmediatamente piensan a la contrapartida; casi por instinto calculan las ventajas que podrá acarrearles. Esta lógica está bien ilustrada por la recomendación de Hesíodo (siglo VIII a. C.): “Invita a tu mesa a quien te ama, y olvídate del enemigo. Ama a quien te ama; ve a casa de quien viene a tu casa. Da a quien te da; no des a quien no te da”.

Jesús pide al discípulo amar gratuitamente, hacer el bien en pura pérdida. Recomienda recibir en casa a quienes no pueden dar nada a cambio. La recompensa la dará Dios en el cielo.

Esta afirmación necesita ser aclarada. La invitación a ayudar al pobre pensando en la riqueza que se puede acumular en el cielo, puede ser también un comportamiento egoísta. Es como servirse del pobre para “transferir los propios capitales al paraíso”. Este es un amor antipático y furtivo. Hay que amar al prójimo porque es amable, no por compasión o asumiendo una actitud de altanera superioridad (quizás solo espiritual). Ciertamente no es fácil a veces descubrir algo de simpático y atrayente en un enemigo, en una persona deforme. Los ojos humanos nunca serán capaces de descubrir algo atractivo en estas personas si la Palabra del Señor no purifica nuestras miradas, si no cura nuestra ceguera. Es Jesús quien nos hace comprender que, si Dios ama a toda persona, significa que en cada una de ellas hay siempre algo maravilloso.

¿Cuál será la recompensa? Quien ama teniendo como solo objetivo la búsqueda del bien del hermano, se asemeja al Padre que está en los cielos, experimenta la misma alegría de Dios. La felicidad de Dios está toda aquí: en amar gratuitamente. Se realiza la promesa de Jesús: “Así será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo” (Lc 6,36). No se puede pedir más.

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