Unión de enfermos misioneros. Ser misioneros desde la enfermedad

Todos  hemos escuchado muchas veces que  somos misioneros desde nuestro bautismo. Cuando nuestro Señor nos dijo: «Vayan  al  mundo entero y  prediquen el  Evangelio a toda creatura», estaba dándonos una responsabilidad. Todos somos enviados a llevar el Evangelio «a toda creatura», no sólo a los que están cerca. Por tanto, soy responsable de que el anuncio del Evangelio llegue a todos los continentes: Oceanía, Asia, África, América y Europa. Todos somos misioneros y desde nuestra condición debemos comprometernos con el anuncio del Evangelio. Ante esto nos surgen dos preguntas, ¿cómo vivir esta responsabilidad desde la enfermedad?, ¿cómo ser misionero desde el sufrimiento? La Unión de Enfermos Misioneros (UEM) es una opción concreta para vivir esta responsabilidad que tenemos, para que nadie se quede sin dar una respuesta al mandato misionero. Nos asociamos a esta red conformada por enfermos y visitadores para colaborar juntos en favor de la misión ad gentes.

Por: Hna. Gloria Guadalupe HERNÁNDEZ H., emj 21
Fotos: OMPE

¿Qué es la Unión de Enfermos Misioneros?

Es un programa que está dentro de la Obra de San Pedro Apóstol. Pero más que un programa, la UEM, es una red de cristianos que viven su vocación misionera desde la enfermedad o desde la ancianidad. También es una comunidad conformada por enfermos, ancianos, visitadores, voluntarios en comunión por la misión; comunidad de vida y oración que se ofrece al Señor por la salvación de todos los hombres, por la santificación de los misioneros y por el aumento de vocaciones nativas.

¿Qué busca la UEM?

El objetivo es asociar, animar y formar a enfermos, ancianos, personas con discapacidad, voluntarios y visitadores  para  que, a través de un encuentro personal con Cristo y desde su enfermedad, padecimientos o apostolado misionero, colaboren con Cristo en la misión ad gentes.

La UEM trata de dar una respuesta positiva al misterio del dolor y del sufrimiento, que nuestro mundo tiende a ver sólo como un fenómeno negativo; la ofrenda espiritual que hacen los enfermos, ancianos, excluidos y personas con discapacidad es rica en frutos para la misión de la Iglesia universal. La enfermedad ofrecida es algo que la Iglesia ha tenido siempre como un don valiosísimo. Como dijo san Pablo VI en la clausura del Concilio Vaticano II, «ustedes, que sienten más pesada la carga de la Cruz, tengan ánimo. Ustedes son los preferidos del Reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida. Ustedes son los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si quieren, están salvando al mundo».

Lo que sostiene nuestro ser y quehacer en la UEM es vivir de manera sólida los valores cristianos como: la oración, la misericordia, el amor a la cruz, a los sacramentos y a María; la alegría en medio de la cruz y la entrega de todo lo que vivimos. Por ello, hacemos vida el lema: «Viva mi cruz, y yo en ella con Jesús».

Todo el servicio de la UEM está bajo el cuidado y la intercesión  de la Santísima Virgen de Guadalupe, y de santa Teresa del Niño Jesús. Santa María de Guadalupe, por ser la gran misionera de nuestra patria y, a la vez, por socorrer al enfermo (al tío Bernardino); y santa Teresa del Niño Jesús, por ser la patrona de las misiones, por enseñarnos el camino de la infancia espiritual y porque supo ser misionera en la enfermedad.

Los beneficios de la UEM

Los socios de la  UEM  reciben el caudal de oraciones de todos y cada uno de los enfermos inscritos en ella; tienen la  posibilidad de formarse integralmente para hacer una mejor ofrenda espiritual o material en favor de las misiones. Además, los días 12 de cada mes, y muchas más veces durante el año, la   Dirección Nacional de las Obras Misionales Pontificio Episcopales celebra una misa por todos los socios vivos y difuntos. Como símbolo de entrega  al  Señor, los nombres de los socios inscritos en la UEM son depositados en una urna que está a los pies del Santísimo Sacramento en adoración perpetua. De esta manera, todos los socios están en sintonía con la misión evangelizadora de la Iglesia: «o vas, o envías, o ayudas a enviar» (beata Paulina Jaricot).

Para ser socio de la UEM sólo hay dos requisitos: llenar la ficha de inscripción correspondiente y entregarla  al  visitador o directamente al secretario parroquial de la UEM, así como registrarse en la página oficial de las OMPE en el apartado de  la UEM; y rezar diariamente por las misiones y en especial por los no cristianos, ofreciendo sus sufrimientos y uniéndolos a los de Cristo Jesús y María Santísima. El socio deberá pedirle a algún familiar o amigo que, en caso de fallecimiento, lo comunique a su  visitador  para  que la misa de sufragio correspondiente sea aplicada. En la UEM no existe una cuota fija, pero el socio puede ofrecer donativos según sus posibilidades, si así lo desea, y poder hacer vida la petición de san Juan Pablo II: «Que ninguna vocación se pierda por falta de recursos económicos».

El visitador de la UEM

Los visitadores son cristianos en todo el sentido de la palabra, motivan y acompañan a los enfermos y ancianos para que, desde sus sufrimientos, sean misioneros. Los rasgos que identifican al visitador misionero y le dan un perfil propio y característico son los valores, actitudes, habilidades, destrezas y conocimientos que lo capacitan para despertar, avivar y sostener el espíritu misionero universal.

El visitador es testigo, ante todo, del amor de Dios. Es una persona madura,  comprometida con Cristo, de una comunidad eclesial concreta, una persona con sentido de Iglesia universal. Entusiasta, capaz de entusiasmar a los demás y animar. Intérprete de la voz de Dios en los demás. Ama y hace amar a Jesús. No es protagonista. Vive un fuerte espíritu de fe como discípulo misionero, en comunión eclesial fraterna; en obediencia al Padre en relación con la persona de Cristo y en fidelidad y docilidad al Espíritu Santo.

El visitador promueve misioneros; invita a la conversión y al bautismo; ama y respeta a todos; anima a enfermos misioneros; crea ambiente de cooperación misionera; vive integrado en la comunidad eclesial y está atento al camino de la pastoral de conjunto, en comunión con los responsables de las pastorales, en apoyo a las actividades misioneras y en la convivencia con todas las personas.

En definitiva, la UEM es una forma concreta de responder al mandato misionero, y se conforma por enfermos, ancianos y visitadores. Al hacerse socio se posibilita, con la oración y el ofrecimiento de la enfermedad, que el Señor siga enviando operarios a su mies y que la semilla del Evangelio dé frutos en tierras de misión; y a su vez, que el socio crezca en su propio camino de santificación.

Jornada Mundial del Enfermo

Una fecha muy  importante para la UEM es la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra cada año el 11 de febrero. Instituida el 13 de mayo de 1992 por san Juan Pablo II, tiene como objetivo sensibilizar al pueblo de Dios y, por consiguiente, a las diversas instituciones sanitarias  católicas y a la misma  sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos.

Ante todo, es una jornada de comunión. En ella, toda la Iglesia se une para orar, acompañar y reconocer el valor de quienes viven la  enfermedad  con  fe. Por eso, la hemos preparado juntos –la Unión de Enfermos Misioneros y la Pastoral de la Salud del Episcopado  Mexicano–,  como  signo  de fraternidad y servicio compartido, todo, para que esta fiesta sea expresión viva del amor y de la cercanía de Cristo hacia todos los que sufren.

En este año 2026, el papa León XIV nos invita a contemplar el tema: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro». Este llamado nos conduce a mirar al buen samaritano del Evangelio como modelo del amor que no pasa de largo ante el sufrimiento, sino que se detiene, se conmueve y actúa. Nuestra Iglesia particular en México, unida a este espíritu, propone vivir esta Jornada bajo el lema: «Los enfermos, misioneros de la paz de Cristo», considerando que la paz es uno de los ejes pastorales propuestos por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).

En medio de su fragilidad, nuestros enfermos hacen suyo el grito de toda la humanidad herida por la guerra, la violencia y el odio. A ejemplo del buen samaritano, ellos llevan el dolor del mundo ante el altar del Señor, convirtiendo su sufrimiento en oración, su silencio en ofrenda y su esperanza en testimonio de paz. Así, comprendemos que los enfermos no sólo son objeto de nuestra compasión, sino verdaderos misioneros de la paz de Cristo, y que con su vida, nos enseñan a amar, a llevar el dolor del otro y a transformar el sufrimiento en comunión.

El lema: «El enfermo, misionero de la paz de Cristo» representa un cambio profundo de perspectiva sobre la enfermedad y el sufrimiento en la vida cristiana. Lejos de considerar a los enfermos únicamente como receptores de cuidado y compasión, este lema los reconoce como agentes activos de evangelización y portadores de la paz que sólo Cristo puede dar.

Esta visión se entrelaza armoniosamente con el tema propuesto por el papa León XIV: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro», creando un círculo virtuoso de amor, servicio y testimonio.

El tema papal nos presenta al buen samaritano como modelo de compasión activa: aquel que se acerca, se conmueve y actúa. Sin embargo, nuestro lema complementa esta mirada al reconocer que la persona herida en el camino también tiene una misión.

Cuando el samaritano carga con el dolor del herido, no sólo lo salva físicamente; le devuelve su dignidad y le permite, desde su propia vulnerabilidad, convertirse en testigo del amor de Dios. El enfermo que experimenta esta compasión se transforma en misionero: alguien que, desde su fragilidad, irradia la paz de Cristo a quienes lo rodean.

Objetivos de la UEM para la Jornada Mundial del Enfermo 2026

  • Sensibilizar a las comunidades cristianas, familias y sociedad sobre la importancia de acompañar con amor y dignidad a los enfermos, al compartir con ellos su dolor, como signo de auténtica compasión.
  • Reafirmar el papel evangelizador de los enfermos, cuyo testimonio de fe y esperanza irradia la paz de Cristo y fortalece la vida misionera de la Iglesia.
  • Impulsar la unidad familiar y comunitaria en torno al cuidado y la oración por  los  enfermos,  al hacer de estos espacios verdaderos hogares de misericordia y paz.
  • Fomentar gestos concretos de caridad y solidaridad que manifiesten la cercanía de la Iglesia con los enfermos y con quienes los atienden, a ejemplo del Buen Samaritano.