I Domingo de Cuaresma. Año A

En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. Jesús le respondió: Está escrito: no sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Entonces el díablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna. Jesús le contestó: también está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: Te daré todo esto, si te postras y me adoras. Pero Jesús le replicó: Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios y a Él solo servirás.

Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle”.

(Mateo 4, 1-11)


Si tú eres el Hijo de Dios
P. Enrique Sanchez G., mccj

Aquí estamos, una vez más, al inicio de la Cuaresma. Cuarenta días que nos irán preparando a la celebración de la Pascua, de la resurrección del Señor.

Será un tiempo que nos invita a hacer un alto, nuevamente, en nuestras vidas para preguntarnos ¿hasta dónde hemos llegado en nuestra experiencia de vida cristiana? Será un tiempo para entrar en nosotros mismos y descubrir qué es lo verdaderamente importante, lo esencial de nuestro caminar, para reafirmar lo que nos ha ayudado a crecer y también para tratar de liberarnos de todo aquello que se ha convertido en un peso muerto que cargamos con fatiga y no nos deja avanzar.

Ya en este primer domingo de cuaresma se nos marca una ruta y se nos invita a entrar en el camino fijando nuestra mirada en Jesús que inicia el viaje que lo llevará hasta la cima del calvario y lo hará pasar por los abismos de la tumba para salir vencedor de la muerte, resucitado, fuente de luz y de vida para todos los que tengamos el coraje de acompañarlo hasta el final.

En estos primeros pasos de Jesús, lo vemos dirigirse al desierto, al lugar en donde no existe nada en lo que se pueda uno refugiar, en donde se experimenta la fragilidad y la pobreza humana, que se revela tan necesitada y dependiente de todo y especialmente de los demás.

Ahí es el lugar de la soledad, en donde no se puede escapar de uno mismo, en donde estamos obligados a no mentirnos, a no engañarnos, pues estamos sólo nosotros y nuestra verdad; es decir, aquello sobre lo que fundamos nuestra existencia y lo que le da sentido a lo que va siendo la historia de nuestras vidas.

Jesús va al desierto movido por el Espíritu y esa presencia será lo que le permita no perder el rumbo; será la fuerza que le dará la sabiduría para no dejarse vencer en el momento en que la tentación será fuerte, astuta y maligna.

El Espíritu está ahí, cuando la humanidad de Jesús sentirá su flaqueza y cuando las seducciones del maligno se presentarán fascinantes, pero ilusorias.

El Espíritu será el que irá poniendo en su boca la palabra justa para responder al mal sin dejarse confundir y sin dejarse seducir con propuestas fáciles, pero tramposas; será el momento de abrir el corazón para mostrar en quién tiene puesta toda su confianza.

Será el momento indicado para compartir su extraordinaria experiencia de confianza y de abandono en Aquel que lo convirtió en misionero, en enviado que le da un rostro al amor que Dios nos tiene.

Jesús fue al desierto y ahí fue tentado. En primer lugar siente en su cuerpo la necesidad del alimento que permite subsistir día a día, siente la necesidad muy humana de satisfacer sus necesidades inmediatas, siente hambre.

Pero, en esta situación es en donde descubre, para sí y para todos los que llegarán a ser discípulos suyos, que hay algo más que satisfacer el vientre.

Que  no  basta  con  llenarse  el  estómago,  que  no  es  suficiente  para  satisfacer  las ambiciones humanas; que no basta con llenarse de riquezas que no son más que las ambiciones tan terrenas y pasajeras.

Al sentir hambre, Jesús nos recuerda que hay algo más allá de las cosas, de las satisfacciones de aquello que se hará presente cada mañana. Nos enseña que no es suficiente llenar el vientre, si el corazón permanece vacío, cuando nos contentamos con quedarnos al nivel de lo terrenal.

Jesús nos recuerda que el hambre que se satisface, para poder vivir verdaderamente, es la que permite reconocer a Dios como al único que puede llenar todos los espacios de la vida y del corazón; pues, lo que realmente nutre lo más valioso de nuestro ser humanos, es lo que el espíritu anhela: a Dios como su todo y como su padre.

Si tú eres Dios, dice nuevamente el tentador a Jesús, pon a prueba a Dios para ver si realmente te responde, para ver si cumple con todo lo que te ha prometido; que te lo demuestre con algo que se pueda verificar con nuestros criterios.

¿Cuántas veces, también nosotros, nos sentimos en la misma situación? Queremos que Dios actúe obedeciendo a nuestros caprichos, a nuestras urgencias, a nuestra necesidad de mantener el control sobre todo lo que nos pasa en la vida.

¿Cuántas veces le ponemos condiciones a Dios, para después decirle que sí creemos en él? O ¿cuántas veces nos alejamos de nuestras comunidades considerando que ahí se va sólo a perder el tiempo? Nos convertimos en creyentes sociales u ocasionales que se acercan a Dios sólo cuando hay un evento al cual no podemos dejar de estar presentes por temor a ser criticados o simplemente para evitar el qué dirán si no cumplimos con la formalidad de la ocasión.

Pero Jesús no cae en la trampa y con mucha sencillez responde que a Dios no hace falta desafiarlo, no tiene por qué demostrar nada y antes de que le pidamos pruebas, él ya se encargo de darnos lo que realmente necesitamos.

Dios, mejor que nadie, sabe lo que nos sobra y lo que nos falta en la vida, y si hay alguien que está al pendiente de nosotros es justamente él. Dios conoce las necesidades de sus hijos antes de que se las pidan (Mateo, 6, 8) y siempre está dispuesto a otorgar lo que nos conviene.

Por eso Jesús no tiene dificultad en decir: ya está escrito que no es necesario tentar a Dios y mucho menos dudar de su generosidad y de su bondad para quienes ama.

Afrontando esta segunda tentación, el Señor nos enseña la importancia de la fe y de la confianza que estamos llamados a poner en práctica cada dı́a.

Vivir con la certeza de que Dios va guiando nuestros pasos y que estamos en sus manos es algo que llena de esperanza y que permite contemplar el futuro con confianza y sin necesidad de vivir en la angustia de querer saber lo que nos espera en un mañana que Dios ya ha preparado para nosotros.

Finalmente, en la tercera tentación vemos a Jesús en la cima del monte, podríamos decir por encima del mundo, y el tentador lo provoca con algo que está  muy  presente también en nuestra realidad humana: la tentación del poder.

Quién más o quién menos, pero todos estamos tentados por el poder. Nos gusta estar por encima de los demás, dar órdenes, tener personas que nos sirvan, sentirnos el centro de todo.

Queremos que nuestra palabra sea escuchada, atendida, respetada, acatada y obedecida. No nos gusta ser cuestionados y mucho menos contradecidos. Nadie debería estar por encima de nosotros.

Tener poder, por pequeño que sea, nos hace creer que contamos y valemos más que los demás y que, por lo tanto, tenemos derecho a estar en medio de todos nuestros semejantes, considerándonos como puntos de referencia y con autoridad para mandar.

Y la respuesta de Jesús, en su sencillez, nos descubre que la verdadera grandeza y el único poder que realmente valen la pena está en la capacidad de ser agradecidos y capaces de ponerse al servicio de los demás.

El poder para los cristianos no se ejerce desde los tronos y no se impone con actitudes de fuerza y de violencia. El poder en la Iglesia, decía el Papa Francisco, es sinónimo de servicio.

Somos grandes y poderosos sólo cuando aprendemos a ponernos al nivel de quienes en la vida les toca ocupar el lugar más sencillo; seremos grandes cuando aprendamos a sentir que no tenemos derecho a exigir nada en la vida, porque todo se nos dará como don.

Podremos acumular todos los tesoros del mundo, pero si nos falta Dios en nuestras vidas seguramente pasaremos al lado de lo más importante que pudo existir para nosotros en este mundo.

Tener a Dios con nosotros es todo, y teniéndolo a él, como decía santa Teresa de Avila, nada nos falta.

Tal vez sea conveniente dejar que el Espíritu nos lleve al desierto, también a nosotros en esta cuaresma que iniciamos y que no tengamos miedo a confrontarnos con nuestras tentaciones, tan frecuentes y ordinarias.

A lo mejor serı́a conveniente preguntarnos:

¿Qué es lo que me preocupa y me quita el sueño? ¿Vivo sólo para satisfacer el estomago?

¿Vivo de fe, poniendo a Dios en el centro, como el referente y la fuente de inspiración que me motiva a caminar con confianza, sabiendo que estoy en sus manos?

¿Me afana el deseo de controlar todo en mi vida, de tener el poder para sentirme con derecho a estar por encima de los demás?

¿Me preocupo por hacer crecer en mi interior los valores de la gratitud, del reconocimiento de la bondad de Dios en mi vida y de la necesidad del servicio gratuito a los demás, por amor a Dios?

¿Hacia dónde quisiera que el Señor me llevará durante esta cuaresma?

Que el Espı́ritu Santo nos lleve de la mano a donde realmente nos convenga.


Nuestra gran tentación
José Antonio Pagola

La escena de “las tentaciones de Jesús” es un relato que no hemos de interpretar ligeramente. Las tentaciones que se nos describen no son propiamente de orden moral. El relato nos está advirtiendo de que podemos arruinar nuestra vida, si nos desviamos del camino que sigue Jesús.

La primera tentación es de importancia decisiva, pues puede pervertir y corromper nuestra vida de raíz. Aparentemente, a Jesús se le ofrece algo bien inocente y bueno: poner a Dios al servicio de su hambre. “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.

Sin embargo, Jesús reacciona de manera rápida y sorprendente: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de boca de Dios”. No hará de su propio pan un absoluto. No pondrá a Dios al servicio de su propio interés, olvidando el proyecto del Padre. Siempre buscará primero el reino de Dios y su justicia. En todo momento escuchará su Palabra.

Nuestra necesidades no quedan satisfechas solo con tener asegurado nuestro pan. El ser humano necesita y anhela mucho más. Incluso, para rescatar del hambre y la miseria a quienes no tienen pan, hemos de escuchar a Dios, nuestro Padre, y despertar en nuestra conciencia el hambre de justicia, la compasión y la solidaridad.

Nuestra gran tentación es hoy convertirlo todo en pan. Reducir cada vez más el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos; hacer de la obsesión por un bienestar siempre mayor o del consumismo indiscriminado y sin límites el ideal casi único de nuestras vidas.

Nos engañamos si pensamos que ese es el camino a seguir hacia el progreso y la liberación. ¿No estamos viendo que una sociedad que arrastra a las personas hacia el consumismo sin límites y hacia la autosatisfacción, no hace sino generar vacío y sinsentido en las personas, y egoísmo, insolidaridad e irresponsabilidad en la convivencia?

¿Por qué nos estremecemos de que vaya aumentando de manera trágica el número de personas que se suicidan cada día? ¿Por qué seguimos encerrados en nuestro falso bienestar, levantando barreras cada vez más inhumanas para que los hambrientos no entren en nuestros países, no lleguen hasta nuestras residencias ni llamen a nuestra puerta?

La llamada de Jesús nos puede ayudar a tomar más conciencia de que no sólo de bienestar vive el hombre. El ser humano necesita también cultivar el espíritu, conocer el amor y la amistad, desarrollar la solidaridad con los que sufren, escuchar su conciencia con responsabilidad, abrirse al Misterio último de la vida con esperanza.

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“No tentarás al Señor tu Dios”
Fray Vicente Niño Orti O.P.

“Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”

El relato del pecado original, como todo relato mítico, recoge una profunda verdad: que la tentación es siempre un engaño. Nos promete plenitud, felicidad, sentido, verdad… y es una inmensa mentira.

Si caemos en ella, descubrimos que ese engaño nos lleva a todo lo contrario: al sufrimiento, el miedo, a perdernos a nosotros mismos. A perder no sólo la paz, sino todo lo que nos une a los demás y a nosotros mismos. A perder nuestra identidad. A perder a Dios.

Y toda tentación, todo pecado, viene de la misma clave: del engaño de que sin Dios seríamos más plenos. De no fiarnos de Él, de dudar de que sus planes para nuestra vida son los que realmente nos harían plenos, felices, llenos de vida. Por no fiarnos de Dios, por dudar de sus mandatos, lo perdemos todo. En pos de una quimera, caemos en el engaño. Perdiendo a Dios, perdemos lo que somos, para no ganar nada…

“…por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos”

Pero Dios no abandona al ser humano a merced de ese pecado. Toda la historia de la Salvación es un acercarse constante de Dios al ser humano para devolverle su identidad perdida. Para recordarle cómo vivir en plenitud desde la justicia y el amor, desde el perdón y la entrega.

Una historia de salvación la historia de la humanidad, que culmina en la encarnación del Hijo de Dios en Cristo, y de su entrega por amor hasta la muerte por el género humano, para acabar con esa huella de mal y de pecado del corazón del hombre, para reconciliarlo cada vez que sucumbe al engaño.

Eso dice Pablo en este pasaje de Romanos. Como por Adán entró el pecado –en el relato mítico escuchado en Génesis- por Jesús y su entrega de amor, llegó el perdón. La desobediencia de Adán y la obediencia de Cristo, la desconfianza del primer hombre, y la entrega absoluta y confiada de Jesús de Nazaret, verdadero Dios, pero también verdadero hombre.

“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado”

La central declaración de nuestra fe es ésa: la condición de verdadero Dios y verdadero Hombre, en todo menos en el pecado, de Jesús de Nazaret.

Eso quiere decir que como verdadero hombre, aunque Él no cayó en la tentación, sí que fue tentado con las mismas tentaciones que cualquier hombre.

Este pasaje de Mateo nos habla de tres tentaciones, que recogen casi todas las tentaciones que el ser humano puede vivir. Son como las tres claves que subyacen a cualquier pecado humano: tener, parecer y poder.

“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”

Aquí nos habla de la tentación de tener en todo su más amplio espectro. La tentación de creer que las cosas saciarán nuestra hambre profunda de vida y de sentido, que consumiendo, cubriendo nuestras apetencias materiales, ya estaría la vida llena…

Olvidarnos de que el hombre vive de más cosas que sólo de tener, alejarnos de Dios tal cual nos hizo, con ese deseo profundo de Él y de amor, para pensar que las cosas materiales llenarán nuestra vida.

Renunciar a Dios como fuente de plenitud, para caer en la tentación de que lo que realmente nos haría felices no es Dios, sino tener, acumular, la comodidad, el placer… como este nuestro mundo constantemente nos dice.

“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo y te sostendrán en sus manos sus ángeles”.

La tentación del parecer, del ser reconocido, del ser importante, de que nos quieran y nos valoren, de ponernos a nosotros mismos en el centro. El diablo le sube al alero del templo a Jesús para que todos puedan verlo y se asombren y lo adoren…

Y nos habla también de nuestros propios pecados. De hacer lo que sea para parecer importante, para que nos adulen, para que nos valoren, seamos considerados, seamos importantes…

Y olvidarnos de la humildad, de que lo pequeño es lo que llena el corazón del ser humano. Que no es en nosotros mismos donde hay que poner el foco, que cuanto más nos olvidemos de nosotros y más vivamos en don, en amor y en entrega, más realmente seremos quienes estamos llamados a ser. Olvidar la paradoja central del evangelio, que muriendo a nosotros mismos, es cuando más vivos estaremos. Quitar a Dios del centro para ponernos a nosotros…

“Todo esto te daré, si te postras y me adoras”

La tentación del poder, del dominio, de ejercer control para que el mundo, la vida, las cosas marchen y funcionen y se organicen como uno cree.

La tentación del tener razón siempre y que los demás nos hagan caso en todo. La tentación de ser dioses que ordenen la existencia según nuestros propios criterios.

La tentación de no aceptar que con otros, con sus propias ideas y criterios, se vive mejor. No aceptar ni la pluralidad, ni que hay una realidad creada por Dios de la mejor manera posible. Del individualismo salvaje de ser uno mismo lo más importante que existe y quien realmente sabe cómo todo iría mejor…

Olvidarnos que Dios es la realidad que mejor nos enseña cómo vivir en este mundo, para vivir según nuestros antojos

“He aquí que se acercaron los ángeles y lo servían”

Igual a todos los hombres fue Jesús en todo, menos en el pecado. No sucumbe al engaño, a la tentación, no olvida a Dios, y nos recuerda a quienes hoy escuchamos sus respuestas a cada tentación –No solo de pan vive el hombre; No tentarás al Señor, tu Dios; Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto– que la verdad frente al engaño y la mentira de la tentación, es que solo Dios puede dar la plenitud al ser humano.

Sólo la realidad de acoger y abrirnos a cómo nos ha hecho Dios, a cómo está hecho el mundo, solo aceptar éso, sólo buscar a Dios y su mensaje de cómo vivir desde el amor, es lo que puede llenar el corazón del hombre.

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