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VI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: no crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas ahí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
También han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio y el que se casa con una divorciada comete adulterio.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es en donde Él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.
Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.

(Mateo 5, 17-37)


Han oído lo que se dijo;
Pero yo les digo
P. Enrique Sánchez G., mccj

La reflexión del evangelio de este sexto domingo del tiempo ordinario, ya muy cercanos al tiempo de cuaresma que iniciaremos en unos cuantos días, pone en el centro de nuestra atención el tema de la ley que había guiado por mucho tiempo al pueblo de Israel y la nueva ley que Jesús viene a establecer como camino seguro para encontrarse con Dios.

Jesús empieza por decir que él no ha venido a abolir la ley y los profetas, no ha venido a cambiar las leyes que Dios sabiamente había dado a su pueblo; por el contrario, el ha venido para que la ley sea cumplida hasta en los más pequeños detalles, porque en sí misma sigue siendo un instrumento válido en las manos de Dios para conducir a su pueblo hacia la tierra de salvación.

¿Qué había pasado con la ley en tiempos de Jesús y posiblemente desde hacía mucho tiempo antes?

Tal parece que, poco a poco, en una manera equivocada de interpretar y de aplicar la ley, se había llegado a hacer de ella un instrumento de esclavitud y de manipulación, convirtiéndola en un peso imposible de llevar sobre sí y en un instrumento muy difícil de cumplir.

Basta recordar que una persona para considerarse justa o santa, diríamos nosotros hoy, tenía que observar 622 leyes habitualmente. Por ello ni la persona más perfecta podía presumir de ser un justo, pues se decía que el justo pecaba al menos siete veces al día.

Jesús nos dice en esta página del Evangelio que, contrariamente a lo que hacían los escribas y fariseos, quienes eran considerados los mejores conocedores e interpretes de la ley, él no había venido para manipular la ley a su conveniencia, sino a cumplirla, como garantía para entrar en el Reino de los cielos.

Cumplir la ley era darle un orden a la vida que permitía orientarla hacia Dios y vivir según los valores que Dios había establecido como garantía para que nadie se perdiera en el camino, dejándose engañar por otras propuestas que podían esclavizar el corazón humano.

En nuestros tiempos seguramente no nos resulta difícil entender lo que Jesús nos propone, pues nos damos cuenta de que el uso que hacemos de nuestras leyes, muchas veces es igual a lo que hacían en tiempos de Jesús.

Hoy decimos bromeando, pero creyendo en el fondo, que las leyes se hacen para no cumplirlas o para transgredirlas y eso lo vemos reflejado en tantas situaciones de corrupción en los lugares en donde se tendría que aplicar la ley sin hacer distinciones y de la misma manera en todas las circunstancias, cuando es violada.

Si las leyes son buenas y las hemos aceptado como instrumentos que pueden garantizar la armonía y la buena convivencia entre las personas, no tendríamos derecho a hacer mal uso de ellas.

Y Jesús se da el tiempo para mostrar cómo la ley tiene por finalidad crear una realidad en donde todos podamos convivir y compartir la vida reconociéndonos dependientes los unos de los otros, necesarios y corresponsables en la aventura de disfrutar de la existencia en comunión con los demás.

Jesús sabe perfectamente que, como personas, somos frágiles y muchas veces expuestos a fallar y a caer en situaciones que no nos convienen y ahí hace notar cómo la ley puede ser algo que nos ayude a reconstruir lo que se ha roto o lo que se ha dañado.

De lo que se trata no es simplemente de cumplir y de observar leyes y preceptos, sino de ir más lejos descubriendo que estamos hechos para ser felices haciendo felices a los demás.

No es cuestión solamente de no matar, como dice la ley, sino de respetar la vida reconociéndola como un don sagrado que Dios ha depositado en el corazón del hermano que tenemos a nuestro lado.

Y si nos olvidamos de la importancia de ese mandamiento el riesgo será que podríamos acabar haciendo de nuestra existencia un infierno en donde no soportamos estar en paz, en donde el egoísmo nos hace creer que tenemos derecho a imponernos sobre los demás y en donde acabamos por convertir a nuestros hermanos en objetos que podemos utilizar a nuestro antojo.

Por eso Jesús invita a la reconciliación, a no dejarnos envenenar el corazón por todo aquello que contradice las leyes fundamentales de la vida como son el respeto, el reconocimiento, el aprecio y el cariño por quienes Dios va poniendo en nuestro camino.

En lo nuevo que Jesús enseña, retomando lo que la ley decía, se mencionan leyes que tienen una importancia moral y que se refieren a estilos de vida que tienen muy en cuenta la fragilidad humana.

El adulterio, el divorcio, el jurar en falso son temas que no ignoran lo expuestos que podemos estar a caer en situaciones que producen un gran sufrimiento en el corazón de quienes buscan vivir auténticamente su compromiso de fe, y diríamos nosotros su compromiso cristiano.

En estos casos, más que quedarnos en los juicios que podríamos hacer, Jesús nos hace entender el valor de la ley como algo que viene al encuentro de aquello en lo que deberíamos estar vigilantes para que en la debilidad y el límite humano pueda resplandecer siempre la ley de la misericordia.

La antigua ley que estaba inscrita en tablas de piedra, ahora Jesús la escribe en corazones de carne para que deje de ser una ley fría y se convierta en una fuente de amor que nos lleve a vivir de tal manera que nuestro ser y nuestro quehacer sean expresiones de la única ley que Dios ha querido darnos, la ley del amor.

Una cosa que seguramente no deberíamos de olvidar, sobre todo nosotros que estamos siempre buscando un por qué y un para qué a todas las cosas, es que la finalidad de la ley, tanto la de Moisés y más todavía la de Jesús, tienen como objetivo final cambiar el corazón humano.

No se trata de usar principalmente la ley para enjuiciar a los demás, sino de acogerla para que nos cambie desde dentro, haciéndonos capaces de amar sin límites.

Seguramente nos preguntaremos ¿cuáles son las leyes que están gobernando nuestras vidas? ¿Somos astutos observantes de la ley que hacemos que funcione a nuestra conveniencia? ¿Vivimos nuestra relación a la ley como algo que nos asfixia y nos doblega, como un peso que cae sobre nuestras espaldas, sintiéndola sólo como un elenco de prohibiciones que nos limitan en nuestra libertad?

Las palabras de Jesús en el evangelio que dicen: han oído que se dijo, pero yo les digo.

¿Resuenan en nuestro interior como el anuncio de una ley nueva que nos invita a la libertad y a vivir en plenitud? ¿Nos recordamos con frecuencia que al final de nuestras vidas seremos juzgados por el amor y se nos medirá por el amor que hayamos compartido con los demás?

Que Jesús nos haga entrar en la aventura de su ley y que poniéndola en práctica seamos capaces de ir dando rostro a una humanidad nueva, la humanidad del Reino del Señor que nos juzga con amor.


Hacia el corazón de la Ley
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después de las Bienaventuranzas y de la revelación de nuestra identidad — sal de la tierra y luz del mundo — hoy Jesús entra en el corazón de su misión: dar pleno cumplimiento a la Ley y a los Profetas.

1. Libertad, Ley y Sabiduría

Las lecturas de este domingo giran en torno a tres realidades: libertad, ley y sabiduría.

LIBERTAD (Primera lectura)
«Si quieres guardar sus mandamientos, ellos te guardarán… Él ha puesto delante de ti fuego y agua: extiende tu mano hacia lo que quieras. Ante los hombres están la vida y la muerte, el bien y el mal; a cada uno se le dará lo que prefiera» (Eclesiástico 15,16-21).
En estas palabras fuertes del sabio Sirácida resuenan las de Moisés (cf. Deuteronomio 11,26-28 y 30,15). La Palabra nos coloca ante una encrucijada: fuego o agua, vida o muerte, bien o mal… ¡La elección es nuestra! Es fácil desentendernos de la responsabilidad con la excusa de los condicionamientos sociales o del «todos lo hacen».
La existencia del creyente es un ejercicio constante de libertad. Nuestra vida está determinada por una serie de pequeñas decisiones cotidianas: «Extiende tu mano hacia lo que quieras… a cada uno se le dará lo que prefiera».

LEY (Salmo y Evangelio)
El salmo responsorial forma parte del Salmo 119. Este largo salmo alfabético (176 versículos) es un elogio lleno de estima y afecto hacia la Ley de Dios. Ocho veces el salmista afirma: «Tu ley es mi delicia», ¡una expresión única en el Salterio!
Conviene precisar que la Torá, en hebreo, no significa «ley» en sentido meramente jurídico. La Ley de Moisés — la Torá — es el Pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia, considerados por los judíos como la parte más sagrada de la Escritura. En la práctica, es sinónimo de la Palabra de Dios. Por eso Jesús afirma, al comienzo del Evangelio de hoy, que no ha venido a abolir la Ley o los Profetas, sino a darles pleno cumplimiento.

SABIDURÍA (Segunda lectura)
«Hermanos, entre los perfectos hablamos de sabiduría, pero no de una sabiduría de este mundo ni de los jefes de este mundo, que están destinados a desaparecer. Hablamos, más bien, de la sabiduría de Dios…» (1 Corintios 2,6-10).
La sabiduría divina nos permite saborear el gusto escondido de la Ley. Don del Espíritu Santo, nos sana de las ilusiones de una libertad enferma. La ley puede presentarse como un límite impuesto a nuestra libertad. Todos llevamos dentro la mano rapaz de Eva, que quiere apropiarse de los bienes. La sabiduría nos hace como Salomón, capaces de apreciar y acoger los dones de Dios.

2. La nueva Ley de Jesús

«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento».

Jesús, el Mesías, es quien realmente cumple toda la Ley, la Palabra de Dios. Más aún, él mismo es la Palabra. Pero ¿qué significa «dar pleno cumplimiento»?

El texto contiene una serie de normas que Jesús parece añadir a las ya existentes. Esto podría hacer pensar que el «pleno cumplimiento» consiste en multiplicar los preceptos.

Según el Talmud (uno de los textos sagrados del judaísmo), la Torá contiene 613 preceptos. De ellos, 248 (el número de huesos del cuerpo humano según la tradición rabínica) eran positivos, es decir, obligaciones, y 365 (como los días del año) eran negativos, es decir, prohibiciones. La intención de esta multiplicación era noble: regular la vida según los dictámenes de la Palabra de Dios.

Sin embargo, si reflexionamos bien, no es esta la intención de Jesús. Para dar «pleno cumplimiento», Jesús se mueve en la línea de la radicalización, es decir, hacia la raíz de los mandamientos. Esto se hace explícito en Mateo 22,36-40: «De estos dos mandamientos [amar a Dios y al prójimo] penden toda la Ley y los Profetas». Radicalizar para simplificar. Radicalizar para arrancar la raíz del mal. Radicalizar para devolver la Ley a su corazón: el amor.

3. Algunos ejemplos

Para explicar lo que entiende por cumplimiento, Jesús ofrece seis ejemplos, presentados en forma de antítesis: «Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo…». El Evangelio de hoy nos presenta los cuatro primeros.

  • Jesús parte del quinto mandamiento: «No matarás». Revela la raíz del homicidio: la ira. Y nos recuerda que también se puede matar con las palabras.
  • El segundo y el tercer ejemplo se refieren a la sexualidad, partiendo del sexto mandamiento: «No cometerás adulterio». También aquí Jesús nos impulsa a buscar la raíz del adulterio: en la mirada, en el deseo, en el corazón.
  • La cuarta antítesis se refiere a la palabra en las relaciones entre las personas: «Que vuestro hablar sea: “sí, sí”; “no, no”; lo demás viene del Maligno». Jesús nos pide que no dejemos espacio a la ambigüedad y a la duplicidad, que fácilmente abren la puerta al Maligno.

Conclusión: solo el amor cumple la ley

Vivimos en un mar de leyes. La convivencia lo exige. Nuestra libertad parece cada vez más restringida por normas y reglamentos. Llevamos una vida «pequeña», aparentemente insignificante. No formamos parte del club de los grandes y la historia pronto se olvidará de nosotros.

Y, sin embargo, cada persona es única y, a su manera, está llamada a hacer de su vida una obra maestra. ¿Cómo? Invirtiendo en lo único que permanece para siempre: el amor. Solo el amor cumple la ley y nos hace libres. ¡Y el amor nos hace grandes!

«Si os tocara ser barrenderos, deberíais ir a barrer las calles del mismo modo que Miguel Ángel pintaba sus figuras; deberíais barrer las calles como Händel y Beethoven componían su música. Deberíais barrerlas como Shakespeare escribía su poesía. Deberíais hacerlo tan bien que todos los habitantes del cielo y de la tierra se detuvieran para decir: Aquí vivió un gran barrendero que hizo bien su trabajo» (Martin Luther King).


No a la guerra entre nosotros
José Antonio Pagola

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.
Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

No es este un hecho que se da solo en la convivencia social. Es también un grave problema en la Iglesia actual. El Papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”. Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: “No a la guerra entre nosotros”.

Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

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Pero yo os digo
Inma Eibe, ccv

“Pero yo os digo”… Seguramente algunos de los que escuchaban a Jesús en el monte se escandalizaron al oírle. La Ley, para el pueblo judío, era algo intocable. Es verdad que Jesús predica que no ha venido a abolirla (“¡menos mal!”, pensarían muchos…), pero sí expresa con claridad que desea darle “cumplimiento”, mayor plenitud, mayor significado.

Quienes seguían a Jesús se encontraban ante el dilema de cómo armonizar sus palabras y obras con la Ley. En Jesús hallaban un modo diferente de actuar. Sus acciones y su predicación eran muy distintas a las que, hasta ahora, habían visto y escuchado. En su modo de hablar y de proceder no encontraban la rigidez de la norma, sino la libertad del amor. Eso les atraía. Pero a ellos se les había enseñado una forma concreta de interpretar una Ley que había sido sellada en piedra y que tenía un peso en sus vidas nada fácil de aligerar.

No es algo tan lejano. Hoy podemos sentirnos igualmente identificados con quienes habían perdido el sentido, la capacidad de interpretar la Ley de Dios, es decir, su voluntad. La búsqueda de la voluntad de Dios debe llevarnos no al cumplimiento a rajatabla de unas normas o preceptos, sino a lo más hondo de nuestro ser, a la esencia de lo que somos, a vivir lo que estamos llamado a vivir, a nuestra vocación como seres humanos.

La voluntad de Dios no es nada que se añada a lo que somos, no nos viene de fuera. Está en lo más profundo de nuestro ser. Y ojalá se nos educara siempre para poder atender a ella, escucharla, conocerla… Lo que sucede es que es más fácil dictar unas normas y relajar nuestra conciencia pensando que así “cumplimos con Dios” porque, cuando vamos a lo más hondo, a nuestra llamada más íntima, nos damos cuenta que Dios nos quiere como a hijas e hijos y, por tanto, nos hace hermanos, nos lleva a salir de nosotros mismos, nos pone al servicio de la paz y de la justicia, del cuidado de la Creación, de la atención a quienes más lo necesitan… Nos conduce a buscar la igualdad, a denunciar la exclusión, a alimentar nuestra humanidad… Y todo esto, en lo grande y en lo pequeño, comenzando por el día a día, por las relaciones cotidianas, por aquello que está en nuestra mano y que a veces, por dejación, no realizamos.

Jesús nos dice: “si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Estos hombres eran cumplidores y responsables y, por eso, se creían modelos referenciales ante los demás. Cumplían la ley con escrúpulo pero superficialmente. Sin embargo, la relación con Dios nunca nos deja en la superficie de la realidad, tranquilos y cómodos. La relación con Dios nos lleva siempre más allá, más adentro, más abajo. Por eso dice Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete a reconciliarte con tu hermano”. Para un Dios Padre-Madre, el mayor signo de amor hacia él, es que nosotros nos amemos como hermanos. Si ignoramos a quien está a nuestro lado (no importa los kilómetros de distancia que nos separen) nuestra relación con Dios no está funcionando… aunque queramos pensar que sí.

“Pero yo os digo”… Jesús explica y ayudar a comprender, nos ayuda a ir más a fondo. “No es cuestión de cambiar la Ley”, nos dice, “es cuestión de poner adecuadamente el foco en su sitio. La ley no está por encima del ser humano. La ley se hace para que le sirva en la vida, para que ayude a crecer, para fomentar unas relaciones interpersonales enriquecedoras, para el bien común… Esta es la voluntad de Dios, de mi Padre: que el ser humano viva y viva en plenitud”.

El evangelio de hoy es de una actualidad escandalosa. Estamos construyendo un mundo en el que imperan leyes deshumanizadoras, leyes que no buscan dar plenitud a la vida de las personas, leyes que fomentan la desigualdad, los muros y las fronteras.
Pero somos muchos las y los cristianos a los que hoy se nos da la oportunidad de profundizar en estas palabras de Jesús. Si de verdad nos tomamos el pulso sobre cómo buscamos y vivimos la voluntad de Dios, algo cambiará en nuestro mundo. Ante nosotros está la muerte y la vida, ¿qué escogeremos? (cf. Eclo 15,17) Que el Espíritu, la Ruah Santa, que todo lo penetra (1Cor 2,10), nos ilumine en la elección.

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Continuidad y novedad
Romeo Ballan, mccj

La narración del evangelista Mateo, que habla de monte y da el tono del discurso, presenta a Jesús como legislador, un nuevo Moisés que traza el camino para el pueblo de la nueva alianza. El mensaje de Jesús es unitario y hay que entenderlo en su doble dimensión: de continuidad y de novedad. Jesús dice claramente que no ha venido para abolir la Ley o los Profetas, “sino a dar pleno cumplimiento” (v. 17). Así sabemos que las expresiones “se les dijo” – “pero yo les digo” (v. 21.22) no indican una sustitución o una contraposición de preceptos, sino una continuidad en crecimiento. Jesús no quiere rehacer un código de leyes, sino curarnos en el corazón para vivir de manera nueva la vida moral. Jesús ama, interpreta y vive la Ley, pero su relación con ella no es de tipo legalista, sino vital; no se conforma con un cumplimiento minimalista, exterior o ritual, sino que va al mismo corazón de la Ley, subraya su verdadero mensaje, pone en evidencia su valor más alto y lo expresa en su conducta y en su enseñanza. Esto quiere decir “dar pleno cumplimiento” a la Ley.

Por tanto, Jesús invita a sus discípulos a ir más allá, a superar la conducta de los escribas y de los fariseos (cfr. v. 20). Por ejemplo, el respeto hacia otra persona conllevará una relación global, que no se conforma con el límite extremo expresado en el “no matarás”: será preciso evitar también todo tipo de herida a la dignidad del otro. Cualquier tipo de opresión o explotación del otro es contrario a su dignidad de persona y de hijo de Dios. Enfadarse o insultar a un hermano con las palabras estúpido, loco y semejantes (v. 21.22) son transgresiones de la Ley, porque manifiestan desprecio del otro, cortan la posibilidad de un intercambio y de un encuentro fraterno. San Juan lo dice drásticamente: “El que no ama a su hermano es un homicida” (1Jn 3,15). El que no ama, mata; el asesinato exterior del otro no es sino una consecuencia de haberlo ya eliminado dentro de nosotros.

El mismo criterio de valor superior vale también para el adulterio en su globalidad (v. 27.28). Por tanto, mirar a una mujer (o a un hombre) con una actitud predatoria y con ojos de posesión es faltar a la reciprocidad, significa no considerar a la otra/otro como sujeto con el cual entrar en relación, sino como objeto del cual disponer.

Todo el sermón de Jesús, sobre el monte y en otros lugares, no favorece ciertamente formas religiosas de tipo legalista y ritual; Él nos invita ante todo a curar nuestro corazón; el culto que Él promueve va en la línea del “espíritu y verdad” (cfr. Jn 4,23): un culto que libera interiormente a las personas, las hace crecer en la gratuidad, ayuda a ser adultos y responsables. Porque “la plenitud de la Ley es el amor” (Rom 13,10). Observar y enseñar a los demás la custodia amorosa de la Ley es la gozosa tarea de los auténticos misioneros del Evangelio de Jesús (v. 19). Las Bienaventuranzas no son solo un estilo o un método, sino sobre todo el contenido esencial (cfr. Rmi 91), el corazón del anuncio misionero de la Iglesia.


“Si no sois mejores que los escribas y fariseos,
no entraréis en el reino de los cielos”
Fray Martín Gelabert Ballester, O.P.

Estas palabras de Jesús debieron sorprender y desconcertar a sus oyentes. Jesús les invitaba a ellos, y nos invita a nosotros, a no entender la religión, o sea, la relación con Dios, de forma legalista, como el cumplimiento de una serie de preceptos y, mucho menos, como un cumplimiento de mínimos.

La religión no es una cuestión de medidas. Es una manera de ser, de vivir, de amar.

Jesús nos invita a ir a lo esencial, a lo que ilumina todo lo demás, a aquello sin lo que lo demás no tiene sentido, o se convierte en esclavitud insoportable y letra que mata. Y lo esencial, como dejó escrito el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium (n. 39) es “responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos”.

En el evangelio encontramos una serie de contraposiciones entre “lo que se dijo a los antiguos”, o sea, lo que dice la ley, y lo que dice Jesús. Este “pero yo os digo”, o sea, “por el contrario yo os digo”, debió resultar escandaloso, porque era una manera de reivindicar una autoridad superior a la de la ley recibida en el Antiguo Testamento.

No es cuestión solo de “no matar”, aunque con esto hayamos cumplido la ley; eso, sin olvidar que hay muchas maneras de matar cumpliendo la ley o, al menos, no quebrantándola, por ejemplo, cuando odio en mi corazón a mi hermano. Es cuestión de dar vida y buscar siempre el bien del prójimo, aunque muchas veces lo que el otro hace no nos gusta.

Se trata de adoptar siempre actitudes positivas e incluso de adelantarse y tomar la iniciativa ante la debilidad e incluso la malicia del prójimo, como queda claro en esta palabra de Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Aquí no se dice quién tiene la culpa de que tenga algo contra ti. Quizás la culpa es del hermano, porque te tiene manía, o es un exigente, o un maniático, o siempre está pensando mal. Pues bien, aunque la culpa sea del hermano, tú debes buscar la reconciliación, sin esperar que él cambie o te pida primero perdón.

“Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no”

En el evangelio queda claro que Jesús nos invita a tomar la defensa de los débiles. Es el caso del repudio a la mujer o del divorcio. En tiempos de Jesús solo el varón tenía ese derecho; la mujer no tenía ningún derecho. El evangelio nos hace caer en la cuenta de que la mujer es igual al varón, con los mismos derechos y deberes.

Por otra parte, el matrimonio no se reduce a relaciones sexuales, sino a una relación de igualdad en el respeto mutuo, en la ayuda mutua, en la defensa mutua, sobre todo en la defensa del más débil; y en aquella sociedad el débil era la mujer, el niño, el huérfano, la viuda. El divorcio es un atentado contra el amor y, en todo caso, si se hiciera necesaria una separación porque el amor ha muerto, el mismo derecho tienen el varón y la mujer.

Dígase lo mismo a propósito del juramento. En cierto modo también es un atentado contra el amor. Allí donde hay relaciones sanas, donde hay fraternidad, donde hay capacidad de perdón, donde hay confianza mutua no es necesario ningún juramento. El juramento indica desconfianza, miedo a que el otro mienta. La lealtad debe regir las relaciones humanas.

Desgraciadamente, hoy el legalismo sigue presente en muchas partes. Fingir virtud o devoción es una tentación que acecha al hombre religioso. La expresión: “yo no mato, ni robo, ni hago mal a nadie”, demuestra que no se ha entendido el evangelio. Pues no se trata solo de no robar, sino de compartir generosamente.

Dígase lo mismo de la supuesta defensa de la ortodoxia, que hoy tiene muchos adeptos. Una ortodoxia, un conocimiento del catecismo sin misericordia, es una mala ortodoxia. Los piropos a la Virgen sin colmar de bienes a los hambrientos son ofensivos. En suma, lo más perfecto para Jesús no es lo que se atiene a las prescripciones legales, sino lo que renueva la vida, lo que la llena de felicidad, en definitiva, el amor. El amor crea y no destruye, cura y no hiere, comparte y no acapara, comprende y no juzga, perdona y no condena.

dominicos.org

Unión de enfermos misioneros. Ser misioneros desde la enfermedad

Todos  hemos escuchado muchas veces que  somos misioneros desde nuestro bautismo. Cuando nuestro Señor nos dijo: «Vayan  al  mundo entero y  prediquen el  Evangelio a toda creatura», estaba dándonos una responsabilidad. Todos somos enviados a llevar el Evangelio «a toda creatura», no sólo a los que están cerca. Por tanto, soy responsable de que el anuncio del Evangelio llegue a todos los continentes: Oceanía, Asia, África, América y Europa. Todos somos misioneros y desde nuestra condición debemos comprometernos con el anuncio del Evangelio. Ante esto nos surgen dos preguntas, ¿cómo vivir esta responsabilidad desde la enfermedad?, ¿cómo ser misionero desde el sufrimiento? La Unión de Enfermos Misioneros (UEM) es una opción concreta para vivir esta responsabilidad que tenemos, para que nadie se quede sin dar una respuesta al mandato misionero. Nos asociamos a esta red conformada por enfermos y visitadores para colaborar juntos en favor de la misión ad gentes.

Por: Hna. Gloria Guadalupe HERNÁNDEZ H., emj 21
Fotos: OMPE

¿Qué es la Unión de Enfermos Misioneros?

Es un programa que está dentro de la Obra de San Pedro Apóstol. Pero más que un programa, la UEM, es una red de cristianos que viven su vocación misionera desde la enfermedad o desde la ancianidad. También es una comunidad conformada por enfermos, ancianos, visitadores, voluntarios en comunión por la misión; comunidad de vida y oración que se ofrece al Señor por la salvación de todos los hombres, por la santificación de los misioneros y por el aumento de vocaciones nativas.

¿Qué busca la UEM?

El objetivo es asociar, animar y formar a enfermos, ancianos, personas con discapacidad, voluntarios y visitadores  para  que, a través de un encuentro personal con Cristo y desde su enfermedad, padecimientos o apostolado misionero, colaboren con Cristo en la misión ad gentes.

La UEM trata de dar una respuesta positiva al misterio del dolor y del sufrimiento, que nuestro mundo tiende a ver sólo como un fenómeno negativo; la ofrenda espiritual que hacen los enfermos, ancianos, excluidos y personas con discapacidad es rica en frutos para la misión de la Iglesia universal. La enfermedad ofrecida es algo que la Iglesia ha tenido siempre como un don valiosísimo. Como dijo san Pablo VI en la clausura del Concilio Vaticano II, «ustedes, que sienten más pesada la carga de la Cruz, tengan ánimo. Ustedes son los preferidos del Reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida. Ustedes son los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si quieren, están salvando al mundo».

Lo que sostiene nuestro ser y quehacer en la UEM es vivir de manera sólida los valores cristianos como: la oración, la misericordia, el amor a la cruz, a los sacramentos y a María; la alegría en medio de la cruz y la entrega de todo lo que vivimos. Por ello, hacemos vida el lema: «Viva mi cruz, y yo en ella con Jesús».

Todo el servicio de la UEM está bajo el cuidado y la intercesión  de la Santísima Virgen de Guadalupe, y de santa Teresa del Niño Jesús. Santa María de Guadalupe, por ser la gran misionera de nuestra patria y, a la vez, por socorrer al enfermo (al tío Bernardino); y santa Teresa del Niño Jesús, por ser la patrona de las misiones, por enseñarnos el camino de la infancia espiritual y porque supo ser misionera en la enfermedad.

Los beneficios de la UEM

Los socios de la  UEM  reciben el caudal de oraciones de todos y cada uno de los enfermos inscritos en ella; tienen la  posibilidad de formarse integralmente para hacer una mejor ofrenda espiritual o material en favor de las misiones. Además, los días 12 de cada mes, y muchas más veces durante el año, la   Dirección Nacional de las Obras Misionales Pontificio Episcopales celebra una misa por todos los socios vivos y difuntos. Como símbolo de entrega  al  Señor, los nombres de los socios inscritos en la UEM son depositados en una urna que está a los pies del Santísimo Sacramento en adoración perpetua. De esta manera, todos los socios están en sintonía con la misión evangelizadora de la Iglesia: «o vas, o envías, o ayudas a enviar» (beata Paulina Jaricot).

Para ser socio de la UEM sólo hay dos requisitos: llenar la ficha de inscripción correspondiente y entregarla  al  visitador o directamente al secretario parroquial de la UEM, así como registrarse en la página oficial de las OMPE en el apartado de  la UEM; y rezar diariamente por las misiones y en especial por los no cristianos, ofreciendo sus sufrimientos y uniéndolos a los de Cristo Jesús y María Santísima. El socio deberá pedirle a algún familiar o amigo que, en caso de fallecimiento, lo comunique a su  visitador  para  que la misa de sufragio correspondiente sea aplicada. En la UEM no existe una cuota fija, pero el socio puede ofrecer donativos según sus posibilidades, si así lo desea, y poder hacer vida la petición de san Juan Pablo II: «Que ninguna vocación se pierda por falta de recursos económicos».

El visitador de la UEM

Los visitadores son cristianos en todo el sentido de la palabra, motivan y acompañan a los enfermos y ancianos para que, desde sus sufrimientos, sean misioneros. Los rasgos que identifican al visitador misionero y le dan un perfil propio y característico son los valores, actitudes, habilidades, destrezas y conocimientos que lo capacitan para despertar, avivar y sostener el espíritu misionero universal.

El visitador es testigo, ante todo, del amor de Dios. Es una persona madura,  comprometida con Cristo, de una comunidad eclesial concreta, una persona con sentido de Iglesia universal. Entusiasta, capaz de entusiasmar a los demás y animar. Intérprete de la voz de Dios en los demás. Ama y hace amar a Jesús. No es protagonista. Vive un fuerte espíritu de fe como discípulo misionero, en comunión eclesial fraterna; en obediencia al Padre en relación con la persona de Cristo y en fidelidad y docilidad al Espíritu Santo.

El visitador promueve misioneros; invita a la conversión y al bautismo; ama y respeta a todos; anima a enfermos misioneros; crea ambiente de cooperación misionera; vive integrado en la comunidad eclesial y está atento al camino de la pastoral de conjunto, en comunión con los responsables de las pastorales, en apoyo a las actividades misioneras y en la convivencia con todas las personas.

En definitiva, la UEM es una forma concreta de responder al mandato misionero, y se conforma por enfermos, ancianos y visitadores. Al hacerse socio se posibilita, con la oración y el ofrecimiento de la enfermedad, que el Señor siga enviando operarios a su mies y que la semilla del Evangelio dé frutos en tierras de misión; y a su vez, que el socio crezca en su propio camino de santificación.

Jornada Mundial del Enfermo

Una fecha muy  importante para la UEM es la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra cada año el 11 de febrero. Instituida el 13 de mayo de 1992 por san Juan Pablo II, tiene como objetivo sensibilizar al pueblo de Dios y, por consiguiente, a las diversas instituciones sanitarias  católicas y a la misma  sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos.

Ante todo, es una jornada de comunión. En ella, toda la Iglesia se une para orar, acompañar y reconocer el valor de quienes viven la  enfermedad  con  fe. Por eso, la hemos preparado juntos –la Unión de Enfermos Misioneros y la Pastoral de la Salud del Episcopado  Mexicano–,  como  signo  de fraternidad y servicio compartido, todo, para que esta fiesta sea expresión viva del amor y de la cercanía de Cristo hacia todos los que sufren.

En este año 2026, el papa León XIV nos invita a contemplar el tema: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro». Este llamado nos conduce a mirar al buen samaritano del Evangelio como modelo del amor que no pasa de largo ante el sufrimiento, sino que se detiene, se conmueve y actúa. Nuestra Iglesia particular en México, unida a este espíritu, propone vivir esta Jornada bajo el lema: «Los enfermos, misioneros de la paz de Cristo», considerando que la paz es uno de los ejes pastorales propuestos por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).

En medio de su fragilidad, nuestros enfermos hacen suyo el grito de toda la humanidad herida por la guerra, la violencia y el odio. A ejemplo del buen samaritano, ellos llevan el dolor del mundo ante el altar del Señor, convirtiendo su sufrimiento en oración, su silencio en ofrenda y su esperanza en testimonio de paz. Así, comprendemos que los enfermos no sólo son objeto de nuestra compasión, sino verdaderos misioneros de la paz de Cristo, y que con su vida, nos enseñan a amar, a llevar el dolor del otro y a transformar el sufrimiento en comunión.

El lema: «El enfermo, misionero de la paz de Cristo» representa un cambio profundo de perspectiva sobre la enfermedad y el sufrimiento en la vida cristiana. Lejos de considerar a los enfermos únicamente como receptores de cuidado y compasión, este lema los reconoce como agentes activos de evangelización y portadores de la paz que sólo Cristo puede dar.

Esta visión se entrelaza armoniosamente con el tema propuesto por el papa León XIV: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro», creando un círculo virtuoso de amor, servicio y testimonio.

El tema papal nos presenta al buen samaritano como modelo de compasión activa: aquel que se acerca, se conmueve y actúa. Sin embargo, nuestro lema complementa esta mirada al reconocer que la persona herida en el camino también tiene una misión.

Cuando el samaritano carga con el dolor del herido, no sólo lo salva físicamente; le devuelve su dignidad y le permite, desde su propia vulnerabilidad, convertirse en testigo del amor de Dios. El enfermo que experimenta esta compasión se transforma en misionero: alguien que, desde su fragilidad, irradia la paz de Cristo a quienes lo rodean.

Objetivos de la UEM para la Jornada Mundial del Enfermo 2026

  • Sensibilizar a las comunidades cristianas, familias y sociedad sobre la importancia de acompañar con amor y dignidad a los enfermos, al compartir con ellos su dolor, como signo de auténtica compasión.
  • Reafirmar el papel evangelizador de los enfermos, cuyo testimonio de fe y esperanza irradia la paz de Cristo y fortalece la vida misionera de la Iglesia.
  • Impulsar la unidad familiar y comunitaria en torno al cuidado y la oración por  los  enfermos,  al hacer de estos espacios verdaderos hogares de misericordia y paz.
  • Fomentar gestos concretos de caridad y solidaridad que manifiesten la cercanía de la Iglesia con los enfermos y con quienes los atienden, a ejemplo del Buen Samaritano.

Jornada de oración contra la trata de personas

Hoy sábado, 8 de febrero, memoria de Santa Josefina Bakhita, la Iglesia celebra la 12º Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. Reproducimos a continuación el mensaje del Papa León XIV para dicha Jornada. (Foto: preghieracontrotratta.org)
MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
CON OCASIÓN DE LA 12ª JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN Y REFLEXIÓN CONTRA LA TRATA DE PERSONAS

8 de febrero de 2026

La paz comienza con la dignidad:
una llamada global a poner fin a la trata de personas

Queridos hermanos y hermanas:     

Con ocasión de la 12ª Jornada Mundial de Oración y Sensibilización contra la Trata de Personas, renuevo firmemente la urgente llamada de la Iglesia a afrontar y poner fin a este grave crimen contra la humanidad.

Este año, en particular, deseo recordar el saludo del Señor Resucitado: «La paz esté con ustedes» (Jn 20,19). Estas palabras son más que un saludo; ofrecen un camino hacia una humanidad renovada. La verdadera paz comienza con el reconocimiento y la protección de la dignidad que Dios ha dado a cada persona. Sin embargo, en una época marcada por una violencia en aumento, muchos se ven tentados a buscar la paz «mediante las armas como condición para afirmar el propio dominio» (Discurso a los Miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 enero 2026). Además, en situaciones de conflicto, la pérdida de vidas humanas es, con demasiada frecuencia, desestimada por los promotores de la guerra como un “daño colateral”, sacrificada en la persecución de intereses políticos o económicos.

Lamentablemente, la misma lógica de dominio y desprecio por la vida humana alimenta también el flagelo de la trata de personas. La inestabilidad geopolítica y los conflictos armados crean un terreno fértil para que los traficantes exploten a los más vulnerables, especialmente a las personas desplazadas, a los migrantes y a los refugiados. Dentro de este paradigma resquebrajado, las mujeres y los niños son los más afectados por este comercio atroz. Además, la creciente brecha entre ricos y pobres obliga a muchos a vivir en condiciones precarias, dejándolos expuestos a las promesas engañosas de los reclutadores.

Este fenómeno resulta particularmente perturbador en el auge de la llamada “esclavitud cibernética”, mediante la cual las personas son atraídas a esquemas fraudulentos y actividades delictivas, como las estafas en línea y el tráfico de drogas. En estos casos, la víctima es coaccionada a asumir el papel de perpetrador, agravando sus heridas espirituales. Estas formas de violencia no son incidentes aislados, sino síntomas de una cultura que ha olvidado cómo amar como Cristo ama.

Ante estos graves desafíos, acudimos a la oración y a la sensibilización. La oración es la “pequeña llama” que debemos custodiar en medio de la tormenta, pues nos da la fuerza para resistir la indiferencia ante la injusticia. La sensibilización nos permite identificar los mecanismos ocultos de explotación en nuestros barrios y en los espacios digitales. En definitiva, la violencia de la trata de personas sólo puede superarse mediante una visión renovada que contemple a cada individuo como a un hijo amado de Dios.

Deseo expresar mi más sincero agradecimiento a todos los que, como Cristo, sirven con delicadeza y consideración al acercarse a las víctimas de la trata, incluidas las redes y organizaciones internacionales. Quiero también reconocer a los sobrevivientes que se han convertido en defensores, apoyando otras víctimas. Que el Señor los bendiga por su valentía, fidelidad y compromiso incansable.

Con estos sentimientos, encomiendo a quienes conmemoran este día a la intercesión de santa Josefina Bakhita, cuya vida se erige como un poderoso testimonio de esperanza en el Señor que la amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Unámonos todos en el camino hacia un mundo donde la paz no sea simplemente la ausencia de guerra, sino “desarmada y desarmante”, arraigada en el pleno respeto de la dignidad de todos.

Vaticano, 29 de enero de 2026                                   

LEÓN PP. XIV


Más información sobre la jornada: AQUÍ

Descarga la Vigilia de oración

V Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.
(Mateo 5, 13-16)


Ser Sal de la tierra y luz del mundo
P. Enrique Sánchez G., mccj

El discurso de las Bienaventuranzas, que escuchamos en el Evangelio el domingo pasado, decíamos que era como el contenido formativo que Jesús había dado a sus discípulos, subrayando los valores sobre los que se tenía que construir el Reino de los cielos.

Los discípulos iban descubriendo que su llamada a colaborar en la misión de Jesús era, sobre todo, algo que les abría un camino muy singular para alcanzar una felicidad que no encontraban en el mundo.

Cada una de las Bienaventuranzas ponía en evidencia una situación concreta en la que también nosotros podríamos decir que nos encontramos inmersos, una carencia, un sufrimiento o un dolor que aflige nuestra existencia; pero a esas realidades Dios está siempre dispuesto a dar una alternativa que abre a la esperanza, al optimismo, a la confianza y a la felicidad que se manifiesta en alegría.

El ser discípulos de Jesús parecía ofrecer una posibilidad de vida que invitaba a seguir un camino distinto de lo que el mundo ofrecía. Era una alternativa que obligaba a ver más lejos, a ir más allá de los horizontes no muy alentadores en los que muchos podían sentirse atrapados y sin ilusiones de futuro. Sentirse Bienaventurados seguramente había sido la mejor noticia que habían recibido.

Leyendo el Evangelio es fácil que nos demos cuenta de que hay un movimiento en las palabras y en los acontecimientos que se nos van narrando que nos invita a ir a cada paso un poquito más lejos.

En el texto de este domingo, Jesús continua su enseñanza introduciendo dos elementos muy comunes de la vida ordinaria para ilustrar lo que quiere que quede bien claro en la mente y en los corazones de sus discípulos: la sal y la luz.

La sal, todos sabemos que no es sólo algo que ponemos en la comida para resaltar los sabores y despertar el apetito. No es únicamente lo que da sabor, sino que tiene muchas otras cualidades que en tiempos de Jesús eran de gran valor.

La sal por su componente servía para conservar los alimentos en donde no existían nuestros refrigerados modernos, era una substancia útil para purificar, era un conservante de los alimentos, por mencionar sólo algunos.

En el caso del evangelio lo que se subraya es el sabor que da a los alimentos, lo que resalta y hace sabroso lo que comemos, aunque hoy las nuevas dietas no tengan por bien afamada la sal.

Pero se nos dice también que es algo que se puede contaminar, que puede ser amenazada por otros elementos o impurezas que acaban por hacerla insípida y en ese caso no sirve para nada, como si se convirtiera en polvo.

La sal cuando es sacada del mar tiene una gran concentración de los elementos que la hacen ser justamente salada, pero es fácil que se contamine cuando se deja que se mezcle con la arena u otros bichos y entonces sólo sirve, como dice el evangelio para ser pisoteada, pierde su cualidad y su valor.

Aplicando esta información a la vida de los discípulos y a hasta nuestros días a la vida cristiana, Jesús quiere hacer entender que, tantos ellos como nosotros, estamos invitados a ser una presencia en el mundo que sea capaz de darle un sabor distinto  a la vida de todos nuestros hermanos.

Para ser discípulos no es suficiente aprender la lección y memorizar algunas palabras de lo que Jesús nos enseña; se trata de algo más profundo y exigente. Hay que cambiar la realidad de nuestro mundo dando un testimonio que haga que donde estemos presentes la vida tenga otro sabor, que se resalte lo bueno y lo bello de tener a Dios con nosotros. Que dé gusto consumir todo lo que Jesús nos enseña.

Ser sal del mundo, en nuestro caso, es ser una presencia que permita a nuestros hermanos sentir y descubrir que hay una manera de vivir que vale la pena. Que la vida cristiana no sólo es cumplimiento de mandamientos y acumulación de sacrificios que agobian la existencia; sino que se trata más bien de mostrar con nuestro estar en el mundo que ser cristianos es algo que llena el corazón de satisfacción y de alegría.

Pero aquí es en donde muchas veces nos damos cuenta de que no hemos sabido responder positivamente a esa vocación que es la nuestra. En muchas partes no faltan los cristianos que han dejado de ser significativos, que no entusiasman; al contrario, con su ejemplo alejan a las personas porque nuestro testimonio ha dejado mucho qué desear. Somos sal que perdió su fuerza, que se hizo insípida, se convirtió en polvo que muchos pisotean y desprecian, porque no tiene sabor y ya no despierta el apetito para intentar al menos probar.

El otro elemento, por medio del cual Jesús nos invita a reflexionar, es la luz como algo que se expone en lo alto para que todos puedan ver, para que nadie se quede en la oscuridad; para que quien se sienta iluminado pueda caminar por senderos seguros, por caminos de verdad.

Como la luz no se enciende para ocultarla debajo de la mesa, así la luz del cristiano tiene que ser algo que ilumine, que resplandezca en un mundo en donde no faltan las sombras de la maldad.

El discípulo de Jesús está llamado a irradiar la luz que recibe del Señor. En otras palabras, se trata de ser testigos resplandecientes de una luz que se lleva dentro. La luz que ha vencido las tinieblas que impiden avanzar en la vida.

El testimonio del discípulo tiene que ser como la luz que permite ver, que permite encontrar a quien se busca, al Señor, muchas veces en medio de realidades marcadas por la oscuridad de una sociedad que se empeña en ocultar lo que bueno, noble y santo.

La exigencia de Jesús para que sus discípulos sean luz en el mundo tiene sentido y percibimos su valor cuando nos damos cuenta de cuánta necesidad tenemos de ver a Dios a nuestro lado, de sentir su presencia en los momentos en que todo nos puede parecer confuso, en las ocasiones en que no sabemos a quién creerle; ahí el testimonio del cristiano como discípulo de Jesús que resplandece a través de sus obras se convierte en buena noticia que alienta a los demás a seguir sus pasos.

A este punto, vale la pena preguntarnos ¿qué sabor estamos aportando a la vida ahí en donde nos encontramos? ¿Qué es lo bueno y agradable que estamos poniendo en nuestra vida y en la vida de los demás desde nuestro ser cristianos?

¿Cómo estamos siendo resplandor de la presencia de Dios que pasa a través de nuestras vidas y que entusiasma a los demás diciendo: vean cómo es bello ser cristianos?

Es muy importante que nos convenzamos de que siendo discípulos de Jesús tenemos la gran responsabilidad que nos obliga a aportar al mundo el sabor de Dios, ese gusto particular que permita apreciar cada momento de nuestra historia como una bendición y un don en donde no hay espacio para los tibios.

Tenemos que ser luz que permita a nuestros hermanos descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas para que también ellos puedan dar gloria a Dios, es decir, bendecirlo y agradecerle el permitirnos vivir ya desde ahora la maravilla del Reino.

Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo. Esta es la tarea que nos confía el Señor y el compromiso que queremos asumir para corresponder a la bondad que el Señor tiene para con nosotros.

Pidamos para que se nos conceda entender y vivir con alegría esa gran misión que el Señor comparte con nosotros, que podamos ser presencia de Dios que le da luz y sabor a nuestras vidas y a las vidas de todos aquellos a quienes nos envía como testigos suyos.


La esperanza de una Iglesia Sal y Luz
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El domingo pasado, el Señor nos sorprendió con las Bienaventuranzas, invirtiendo nuestros criterios de felicidad. Hoy se dirige directamente a nosotros, sus discípulos, y vuelve a sorprendernos, revelando nuestra identidad más profunda: «Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo». Se dirige al grupo de sus discípulos y dice: «Vosotros sois» la sal y la luz, utilizando el verbo en presente y no en futuro. No es una exhortación ni un imperativo para llegar a ser algo que todavía no somos, sino una afirmación. ¡Además, Jesús declara que ellos son «la» sal y «la» luz!

Para captar la carga casi provocadora de una afirmación semejante, basta recordar que los rabinos decían: «La Torá —la Ley dada por Dios a su pueblo— es como la sal, y el mundo no puede vivir sin la sal». Decían también: «Así como el aceite da luz al mundo, así Israel es la luz del mundo». Por lo tanto, lo que Jesús está diciendo es algo paradójico: el pequeño e insignificante grupo de sus discípulos, sin peso social ni religioso, es comparado con las instituciones sagradas de Israel o incluso las sustituye.

«Vosotros sois la sal de la tierra»

Todos podemos percibir la fuerza de esta comparación. La sal da sabor a los alimentos, los hace sabrosos. Sin sal no hay gusto, no hay placer al comer. Así, el discípulo de Jesús da sabor a la tierra, gusto a la convivencia humana, sentido a la vida.

La sal está también vinculada a la inteligencia. El discípulo de Jesús es portador de un saber, de una sabiduría nueva (cf. Pablo en la segunda lectura, 1 Corintios 2,1-5).

Además, la sal se utilizaba para evitar la descomposición de los alimentos. El discípulo de Jesús es, por tanto, un antídoto contra la corrupción de la sociedad. De esta propiedad de la sal provenía también la costumbre de esparcir sal sobre los documentos como signo de su perennidad. Un «pacto de sal» era definitivo, no podía ser quebrantado. Incluso la alianza de Dios era llamada alianza de sal, o «salada», para indicar que era eterna.

Desde la raíz latina, algunas palabras relacionadas con la salud están emparentadas con el término sal, como salvesaludsalvación

¿En qué significados pensaba Jesús cuando nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra»? Muy probablemente en todo este conjunto simbólico.

«Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la hará salada? No sirve para nada más que para ser arrojada fuera y pisoteada por la gente».

Nos parece extraño que la sal pueda perder sus propiedades. Tal vez haya aquí una referencia a cierto tipo de sal extraída del mar Muerto, que perdía fácilmente su sabor. Sin embargo, es interesante notar que la expresión «si la sal pierde su sabor» podría traducirse literalmente como «si la sal enloquece». El discípulo, si pierde su identidad, «enloquece» y ya no sirve para nada.

«Vosotros sois la luz del mundo»

En la Biblia, la luz es una de las realidades más cargadas de simbolismo. Aparece al comienzo como la primera obra de Dios (Génesis 1,3) y se encuentra de nuevo al final: «Ya no necesitarán la luz de una lámpara ni la luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará» (Apocalipsis 22,5).

Solo el Evangelio de Mateo atribuye al discípulo la prerrogativa de ser luz. San Juan, el autor que más habla de la luz, la atribuye siempre a Cristo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12; cf. también 9,5). Los discípulos llegan a ser, por reflejo, «hijos de la luz» (Jn 12,36). Encontramos esta expresión también en san Pablo (1 Tesalonicenses 5,5; Efesios 5,8). Es evidente que estas dos afirmaciones no se oponen: el discípulo será siempre una luz reflejada de la del Maestro.

Ser sal y luz entre límites y debilidades

¿Cuál es nuestra reacción ante esta sorprendente revelación de Jesús? La más espontánea sería la alegría y el entusiasmo de vernos así asociados a la vida y a la misión de Jesús. Sin embargo, el peso y la responsabilidad de una vocación tan alta también pueden intimidarnos. Y, sin embargo, Jesús cree en nosotros, confía en nosotros, a pesar de nuestros límites y debilidades.

Pero ¿qué sentiríamos si Jesús nos proclamara sal de la tierra y luz del mundo delante de los no creyentes de hoy? Casi con toda seguridad, un gran embarazo. ¿Cómo podría sostenerse una Iglesia humillada por los escándalos y frenada por un clericalismo que ha transformado el servicio en poder? ¿Una Iglesia desgarrada por luchas internas y dividida por extremismos? ¿Cómo ser creíbles si nos convertimos en sal sin sabor y escondemos la luz bajo el celemín de los oportunismos? ¿Si perdemos la sal del testimonio y la luz de la profecía?

«No temas, pequeño rebaño»

¿Tiene esta Iglesia nuestra la posibilidad de renacer y, aunque sea pequeña, convertirse en la sal de esta tierra y en la luz de nuestro mundo? ¡Sí, la historia bimilenaria de la Iglesia lo demuestra! ¡Sí, la esperanza lo asegura! Sin embargo, hay tres condiciones.

  • Aceptar pasar por el crisol del «pequeño resto» del que hablan los profetas. Dios actúa según la lógica evangélica de la pequeñez. En cada época, cuando la Iglesia tiende a volverse «mundana» y deja de ser sal y luz, debe volver a sus orígenes;
  • Redescubrir nuestra vocación misionera de ser para los demás. El cristiano y la Iglesia existen para dar sentido y sabor a la sociedad en la que vivimos e iluminar la realidad que nos rodea. Como la luz y la sal, estamos llamados a hacerlo con una presencia discreta, que no llama la atención sobre sí misma;
  • Confiar en la palabra de Jesús: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino» (Lc 12,32).

En conclusión, ¿qué espera el Señor de nosotros? Tal vez nos esté pidiendo aceptar la sal del sufrimiento y colocar nuestra luz en el candelero de la cruz.


Salir a las periferias
José Antonio Pagola

Jesús da a conocer con dos imágenes audaces y sorprendentes lo que piensa y espera de sus seguidores. No han de vivir pensando siempre en sus propios intereses, su prestigio o su poder. Aunque son un grupo pequeño en medio del vasto Imperio de Roma, han de ser la “sal” que necesita la tierra y la “luz” que le hace falta al mundo.

“Vosotros sois la sal de la tierra”. Las gentes sencillas de Galilea captan espontáneamente el lenguaje de Jesús. Todo el mundo sabe que la sal sirve, sobre todo, para dar sabor a la comida y para preservar los alimentos de la corrupción. Del mismo modo, los discípulos de Jesús han de contribuir a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción.

“Vosotros sois la luz del mundo”. Sin la luz del sol, el mundo se queda a oscuras y no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida en medio de las tinieblas. Los discípulos de Jesús pueden aportar la luz que necesitamos para orientarnos, ahondar en el sentido último de la existencia y caminar con esperanza.

Las dos metáforas coinciden en algo muy importante. Si permanece aislada en un recipiente, la sal no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve con la comida, puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz.

El Papa Francisco ha visto que la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos, y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y para ofrecerle la luz genuina del Evangelio. Su reacción ha sido inmediata: “Hemos de salir hacia las periferias”.

El Papa insiste una y otra vez: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”.

La llamada de Francisco está dirigida a todos los cristianos: “No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos”. “El Evangelios nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro”. El Papa quiere introducir en la Iglesia lo que él llama “la cultura del encuentro”. Está convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.

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Déjate iluminar;
preocúpate de ser una persona salada
Fray Marcos

El texto que acabamos de escuchar es continuación de las bienaventuranzas, que leímos el domingo pasado. Estamos en el principio del primer discurso de Jesús en el evangelio de Mt. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran valor para la vida del cristiano, pues su tarea más importante sería estar ardiendo e iluminar.

El mensaje de hoy es simplicísimo, con tal que demos por supuesta una realidad que es de lo más complicada. Efectivamente, todo el que ha alcanzado la iluminación, ilumina. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que iluminar. Si echas sal a un alimento, necesariamente quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto de iluminado? ¿Qué es una persona plenamente humana?

Todos los líderes espirituales, pero sobre todo el budismo enseñan lo mismo. Buda significa eso: el iluminado. ¡Qué difícil es entender lo que eso significa! En realidad solo lo podemos comprender en la medida que nosotros mismos estemos iluminados. Está claro, sin embargo, que no nos referimos a ninguna clase de luz material. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano. Estaríamos hablando del ideal de ser humano.

Esto es precisamente lo que nos está diciendo el evangelio. Da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y en consecuencia, capaces de iluminar a los demás. Pero como nos dice el budismo, eso no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás estando nosotros apagados, dormidos. En el budismo el iluminar a los demás estaría significado por la primera consecuencia de la iluminación, la compasión.

Hay un aspecto en el que la sal y la luz coinciden. Ninguna es provechosa por sí misma. La sal sola no sirve de nada para la salud, solo es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que tropieza con un objeto. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser lo que era. La lámpara o la vela produce luz, pero el aceite o la cera se consumen. ¡Qué interesante! Resulta que “mi existencia” solo tendrá sentido en la medida que me consuma en beneficio de los demás.

La sal es uno de los minerales más simples (cloruro sódico), pero también más imprescindibles para nuestra alimentación. Pero tiene muchas otras virtudes que pueden ayudarnos a entender el relato. En tiempo de Jesús se usaban bloques de sal para revestir por dentro los hornos de pan. Con ello se conseguía conservar el calor para la cocción. Esta sal con el tiempo perdía su capacidad térmica y había que sustituirla. Los restos de las placas retiradas se utilizaban para compactar la tierra de los caminos.

Ahora podemos comprender la frase del evangelio: “pero si la se vuelve sosa, ¿con qué se salará?; no sirve más que para tirarla y que la pise la gente”. La sal no se vuelve sosa. Esta sal de los hornos, sí podía perder la virtud de conservar el calor. La traducción está mal hecha. El verbo griego que emplea tiene que ver con “perder la cabeza”, “volverse loco”. En latín “evanuerit” significa desvirtuarse, desvanecerse. Debía decir: si la sal se vuelve loca o si la sal pierde su virtud, ¿cómo podrá recuperarse? Esa sal “quemada” no servía más que para tirarla en los caminos.

No podemos hacernos una idea de lo que Jesús pensaba cuando ponía estos ejemplo pero seguro que ya intuían lo que hoy nosotros sabemos. Es curioso que haya llegado a nosotros un proverbio romano que, jugando con las palabras, dice: no hay nada más importante que la sal y el sol. Muy probablemente estas comparaciones, utilizadas en los evangelios, hacen referencia a algún refrán ancestral que no ha llegado hasta nosotros.

La sal actúa desde el anonimato. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida, nadie se acuerda de la sal. Cuando a un alimento le falta o tiene demasiada, entonces nos acordamos de ella. Lo que importa no es la sal, sino la comida sazonada. La sal no se puede salar a sí misma. Pero es imprescindible para los demás alimentos. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra tan utilizada todavía de “salario” y “asalariado”.

Jesús dice que “sois la sal, soy la luz”. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal, que no hay otra luz. Todos tienen derecho a esperar algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. La única historia, el único mundo tiene que quedar sazonado e iluminado por la vida de los que siguen a Jesús. Pero cuidado, cuando la comida tiene exceso de sal se hace intragable. La dosis tiene que estar bien calculada.

Cuando se nos pide que seamos luz del mundo, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz. Solo si vivo mi humanidad, puedo ayudar a los demás a desarrollar la suya propia. Ser luz, significa poner todo nuestro bagaje espiritual al servicio de los demás.

Debemos de tener cuidado de iluminar, no deslumbrar. Debe estar al servicio del otro, pensando en el bien del otro y no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos ofrecerle. Cuando sacamos a alguien de la oscuridad, debemos dosificar la luz para no dañar sus ojos. Los cristianos somos mucho más aficionados a deslumbrar que a iluminar. Cegamos a la gente con imposiciones excesivas y hacemos inútil el mensaje de Jesús para iluminar la vida real de cada día.

En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora. “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz para trasmitir el mensaje son las obras. Una actitud verdaderamente evangélica se transformará inevitablemente en obras. Evangelizar no es proponer una doctrina muy elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra propia ideología o manera de entender la realidad.

En las obras que los demás perciben tienen que descubrir mis actitudes internas. Las obras que son fruto solo de una programación externa, no ayudan a los demás a encontrar su propio camino. Solo las obras que son reflejo de una actitud vital auténtica, son cauce de iluminación para los demás. Lo que hay en mi interior, solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor y la compasión es luz.

Meditación

Puedo desplegar mi capacidad de sazonar
Puedo vivir encendido y dar calor y luz
Soy sal para todos los que me rodean
en la medida en que hago participar a otros de mi plenitud humana.
Soy luz en la medida en que vivo mi verdadero ser
y muestro a otros el camino que les puede llevar a ser en plenitud.

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Las «buenas obras» de la Misión
Romeo Ballan, mccj

Un principio universal de pedagogía reza así: “Las palabras vuelan, los ejemplos arrastran”; y “un solo hecho vale más que mil palabras”. Jesús lo confirma en su programa, anunciado en las Bienaventuranzas (ver domingo anterior) y en todo el sermón de la montaña. Como buen pedagogo y predicador concreto y eficaz, Jesús lo explica tomando los ejemplos diarios de la sal y de la luz (Evangelio). La sal da sabor a la comida, cauteriza heridas, conserva alimentos; pero si pierde fuerza y sabor (es decir, su identidad), no sirve para nada y se arroja a la basura; una sal sosa es un contrasentido (v. 13). Lo mismo vale para la luz: está hecha para alumbrar a las personas, la casa, el camino, las cosas… La lámpara, el candelero, la ciudad puesta sobre un monte (v. 14-15) son otras de las imágenes que aclaran el mensaje de Jesús: la luz está para alumbrar; una luz tapada o escondida no sirve para nadie. La sal y la luz, por su naturaleza, tienden a expandirse e irradiar su presencia; conllevan, por tanto, una idea de universalidad.

Jesús aplica estas imágenes, tomadas de la vida cotidiana, a las “obras buenas” (en griego, las obras bellas) de sus seguidores, quienes, inmersos en el mundo, están llamados a dar y conservar el gusto y el sabor del Evangelio a las realidades de la vida de cada día; a ser puntos de referencia para quienes andan en la oscuridad, extraviados, en busca del camino. Naturalmente, nos advierte Jesús, la motivación y la finalidad de las obras buenas no es la vanidad complaciente del discípulo, sino la gloria del Padre (v. 16). La luz es Jesús mismo, luz para iluminar a los pueblos (Lc 2,32; LG 1). Sin embargo, la luz de Cristo no brilla en el mundo si los discípulos no son también luz. El discípulo tiene y es luz solo si le sigue a Él (Jn 8,12; versículo para el Evangelio). Jesús tiene confianza en los discípulos, les confía la misión de ser sal y luz: sin ellos la tierra no tendría sabor ni gusto, el mundo estaría en tinieblas; la vida humana sería sosa, oscura, sin sentido. Jesús pide a sus seguidores que compartan el don más precioso que tienen: su esperanza, que da sabor a la vida y luz a cuantos viven en la noche de la prueba o caminan en la incertidumbre.

Comentando la imagen del candelero, S. Juan Crisóstomo decía: “No te pido que abandones la ciudad y que rompas todas tus relaciones sociales. No, quédate en la ciudad: aquí es donde tienes que ejercitar la virtud… Porque de aquí se derivará un bien considerable”. Es un mensaje misionero, que vale para cualquier lugar y situación: se trata del valor del testimonio de vida, como primera forma de evangelización. La lectura asidua de la Palabra de Dios nos ayuda a descubrir que Dios está presente en nuestra historia cotidiana y nos lleva gradualmente a una sintonía interior y exterior con Su mensaje de vida.

En muchos casos el testimonio es el único modo posible de ser misioneros, sobre todo en los contextos de minorías cristianas y de persecuciones; a veces es posible tan solo ser grano de trigo que cae en tierra y muere en el surco; el fruto ya vendrá más tarde (cfr. Jn 12,24). En los años sesenta del siglo pasado, que fueron particularmente difíciles para la Iglesia en Sudán (expulsiones, restricciones, cárcel…), a los misioneros que se preguntaban qué debían hacer, la Congregación de Propaganda Fide les contestó en nombre del Papa con un mensaje resumido en “tres P”: presencia, paciencia, plegaria. Si añadimos también pobreza (como en la época del terrorismo en Perú, en los años ‘80-‘90), tenemos la síntesis del testimonio. Un obispo asiático aconsejaba a los nuevos misioneros en dificultad que cultivaran de manera especial “la pacienciay la plegaria”. Cuando el testimonio llega hasta el martirio, la luz del amor y del perdón brilla luminosa, enriquecida por la fuerza de la intercesión.

En la I lectura el profeta Isaías subraya dos veces cuáles son las “obras buenas” que agradan al corazón de Dios: dar de comer al hambriento, vestir al que está desnudo, hospedar en casa a los pobres, a los sin techo, desterrar la opresión… (v. 7.9). Las obras de misericordia tienen su lenguaje, hacen brillar la luz en las tinieblas (v. 8.10); curan nuestras heridas (v. 8); serán el test para el juicio final (Mt 25). “Con las obras de caridad nos cerramos las puertas del infierno y nos abrimos el paraíso”. (San Juan Bosco). Desde siempre las obras de misericordia y de promoción humana acompañan, con su típica elocuencia, la misión de la Iglesia, siempre y cuando se realicen en la gratuidad, sin miras proselitistas u otros intereses (cfr. RMi 42.60).S. Josef Freinademetz, misionero verbita en China, decía: “La caridad es el lenguaje que todos los pueblos entienden”.Las conversiones y los bautismos llegarán más tarde, como dones del Espíritu, cuando Él quiera.

El testimonio misionero – nos enseña San Pablo (II lectura) – se realiza con personas débiles y con medios frágiles (v. 3), pero cuenta “con la manifestación del Espíritu” (v. 4) y el “poder de Dios” (v. 5). “La luz y la sal son elementos hechos para salir, para no quedarse encerrados en sí mismos, aman los espacios, la profundidad, el horizonte. Son materia de alteridad. La luz no se ilumina a sí misma, ni la sal se da sabor a sí misma. La luz se propaga, se difunde. La sal se mezcla, penetra y da gusto a las cosas” (R. Vinco, San Nicolò, Verona). Ser sal y luz revela nuestra identidad y nuestro modo de ser: ser a la manera de la sal y de la luz. Estos elementos no provocan violencia, no se imponen, sino que se difunden dentro las cosas, trabajan en silencio. Estamos ante páginas de gran intensidad misionera.

¡Tú no tienes madera para ser Hermano comboniano!

Los Misioneros Combonianos son un Instituto formado por sacerdotes y hermanos. El pasado día 1 de enero, del total de 1.449 combonianos, tan solo 183 eran hermanos. Esta diferencia numérica, en cierto modo, puede justificar la afirmación del sacerdote peruano José Miguel Córdova: «Se habla poco sobre la vocación de hermano comboniano; por eso se me ocurrió escribir este texto que, quién sabe, pueda ayudar a algún joven a seguir este bello camino de vida». (En la foto, el hermano portugués José Eduardo Macedo de Freitas en el hospital de Kalongo, en Uganda).

Por: P. José Miguel Córdova Alcázar, mccj
comboni.org

Recuerdo que durante mi etapa de formación en el seminario, pensé que tal vez mi vocación era la del ser Hermano misionero comboniano y no Sacerdote misionero, así que con toda la fuerza de la vocación que va surgiendo como la lava de un volcán en erupción, fui al encuentro mensual con el formador y sin esperar a que él empiece el diálogo como siempre lo hacía, con el clásico: ¿cómo te sientes?, esta vez disparé yo primero y le dije: “Quiero ser hermano comboniano y no sacerdote” Él con la calma del hombre sabio y acostumbrado a los “disparos” primarios y frutos de la emoción del momento me dijo siéntate y cálmate, y sin más preludio me dijo con cariño: “Tú no tienes madera para ser Hermano Comboniano” y así acabó mi vocación a hermano. Hoy después de algunos años de trabajo misionero en África doy gracias a Dios por la vocación sacerdotal que me regaló y me sigue regalando cada día.

Hace pocos días me encontré con un joven profesional en Administración de empresas, que queriendo aclarar algunas inquietudes que tenía sobre la vida consagrada, me preguntaba precisamente sobre la vocación del hermano Comboniano y la inquietud que sentía sobre la vida consagrada como hermano y no como sacerdote.

Cuando nos encontramos, tuvimos la oportunidad de hablar sobre la Vocación y la consagración del Hermano Comboniano para la misión, mientras le hablaba sobre lo que significa ser Hermano consagrado, pude darme cuenta que sus ojos y su rostro se iluminaba ante lo que le iba presentando como diciéndome: “Sí, esto es lo que busco, este es el modo como quiero vivir.”

Un grupo de hermanos misioneros combonianos, en Roma, durante el Jubileo de 2025.

La vocación del hermano Comboniano es un llamado a vivir y testimoniar la fraternidad de Cristo con todos los hombres, y en todos los campos de la vida profesional y en la que trabaja más específicamente. El testimonio de fraternidad específica a la que está llamado el hermano comboniano, nos hace recordar que los misioneros Combonianos, somos una gran familia de Sacerdotes, hermanos y hermanas y a la vez un “pequeño cenáculo de apóstoles” llamados a irradiar a todo el que se fija en nosotros no otra cosa más que el amor de Cristo por los más pobres y abandonados de este mundo, como lo quería San Daniel Comboni.

Juan Pablo, (así se llama el joven) me dijo: “Padre a ti te dijeron que no tenías madera para ser hermano comboniano, entonces, ¿qué cualidades se necesitan para serlo? ¿qué madera es necesaria? Muchos de nuestros hermanos son profesionales en diferentes campos pero ciertamente no basta el ser profesional como tantos otros, ya hay muchos profesionales en el mundo, y es por esto que el hermano misionero comboniano es primero que nada un consagrado y es desde esta consagración que hace presente a Cristo con su profesión ahí donde es enviado a servir, porque sirviendo al ser humano entonces se sirve a Dios, y se vive el “Africa o muerte”, que los combonianos vivimos hoy en los diferentes lugares del mundo en el que nos encontramos.

“No tienes madera para ser hermano” me dijo mi formador, y sólo ahora comprendo el porqué; porque cuando contemplo la vida de aquellos hermanos santos y capaces que he conocido a lo largo de mi vida como sacerdote misionero, me digo a mí mismo: “mi formador tenía razón, la madera de la que está hecho el hermano comboniano es una madera especial, dura como el roble y al mismo tiempo blanda y ligera como la madera de balsa, pronta a ser transformada y adaptada a las diversas necesidades del trabajo de la misión.

En mis años como sacerdote misionero comboniano en África, me he encontrado con hermanos que, con su profesión de mecánicos, doctores, enfermeros, arquitectos, etc. han dado y siguen dando testimonio de la fraternidad a la que están llamados a vivir. Recuerdo de manera especial a uno con quien tuve la oportunidad de vivir durante algunos años en la misión y cuyo ejemplo de vida hacía que la gente dijera de él “es un hombre de Dios”.

Un grupo de hermanos misioneros combonianos en Nairobi/Kenia, en 2017.

Es que el hermano comboniano está llamado a ser:

  • Hombre de gran piedad, vida pura y virtud sólida.
  • Colaborador de Jesús en la misión.
  • Modelo y evangelio vivo.
  • Sembrador del evangelio.
  • Colaborador del bien común.
  • Como Jesús que vive haciendo el bien.

Todo esto y más tenía el hermano del que estoy hablando, y aunque ahora ya no está físicamente con nosotros, sé que desde el Reino en el cielo que te ganaste construyéndolo entre tus “amados hermanos africanos” sigues intercediendo por nosotros y sobre todo sigues siendo ejemplo para los que de ti recibimos tanto. Porque al conocerte a ti comprendí la frase que por mucho tiempo resonó en mi mente y corazón: “No tienes madera para ser hermano comboniano”, porque hoy sé que esta madera de la que hablaba mi formador, hay que recibirla, es dada, es don que viene de Dios y no es gratuita porque hay que hacer de esta madera vocación de servicio fraterno.”

Hay muchos jóvenes con los que me encuentro y que siendo profesionales o en vía de serlos, sienten el llamado a la vida consagrada no como sacerdotes sino como hermanos consagrados, y buscan esta forma de vida religiosa. Quizá tú tienes la “madera que se necesita para ser hermano Comboniano” y te estás preguntando: ¿porque yo no? Quizá, la madera de la que estas hecho es la que Dios precisamente busca para que la vocación y misión del hermano misionero comboniano se haga presente en el mundo a través de ti porque quizá, ¡tú sí tienes madera para ser Hermano misionero!

El pasado día 1 de enero de 2026, del total de 1.449 combonianos, tan solo 183 eran hermanos.

Comunicado final del Segundo Diálogo Nacional por la Paz

Guadalajara, Jalisco, 1 de febrero de 2026.

Del 30 de enero al 1 de febrero, en el ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara, más de 1,200 líderes sociales, religiosos, académicos, empresariales, autoridades locales y representantes de la sociedad civil provenientes de todo el país se reunieron en el Segundo Diálogo Nacional por la Paz, un espacio plural para mirar de frente la realidad de la violencia en México, compartir metodologías de construcción de paz y articular respuestas a la altura del momento histórico que vive la nación.

El encuentro reunió voces de todas las regiones del país, reflejando la diversidad de contextos, dolores y esperanzas que hoy atraviesan a México, con un objetivo común: reconstruir la paz desde lo local, con visión nacional y compromiso colectivo.

Durante el Diálogo se llevaron a cabo tres conferencias magistrales.

El académico Mauricio Merino abordó las causas estructurales de la violencia en México, subrayando la urgencia de recuperar al Estado como un espacio de acuerdos colectivos que dé marco institucional a la vida social.

El sacerdote Elías López reflexionó sobre los desafíos de la reconciliación nacional, destacando la necesidad de formar liderazgos comunitarios y sinodales capaces de construir propuestas desde la escucha.

Por su parte, Monseñor Ramón Castro enfatizó que construir la paz exige escuchar, discernir y actuar, es una vocación de toda persona para buscar un orden social de relaciones armonizadas, poniendo en el centro a las víctimas y convencidos que la paz solo se alcanza si hay verdad, justicia y reparación.

Asimismo, se desarrollaron mesas de análisis sobre los principales desafíos del país. El Dr. Alfonso Alfaro llamó a imaginar un Estado capaz de integrar a los jóvenes hoy atrapados por la violencia. Sandra Ley señaló la urgencia de fortalecer a las policías municipales. Sergio López Ayllón propuso la justicia cívica como una vía concreta desde lo local. Daniel Moreno subrayó la importancia de incorporar a los medios de comunicación como actores estratégicos en la construcción de paz. Alberto Olvera llamó a fortalecer las alianzas con la sociedad civil. Elena Azaola recordó la deuda pendiente con las cárceles. Sara González, universitaria, expuso los retos para activar la participación juvenil. Y José Medina Mora presentó el Modelo Inclusivo de Desarrollo como una contribución del sector empresarial a la paz.

En tres mesas adicionales se compartieron experiencias nacionales e internacionales de construcción de paz, confirmando que existen caminos viables con resultados concretos en los territorios. Entre ellas destacaron el Proyecto VIVA y los Centros Manresa en la Sierra Tarahumara, que han atendido a más de 8,000 personas en salud mental, así como experiencias de colaboración en el diseño de Consejos de Paz y Justicia Cívica con el gobierno federal. Los embajadores de Irlanda, Ruairí De Burca, y de Noruega, Dag Nylander, coincidieron en que todo proceso de paz debe construirse junto a las víctimas de la violencia y ofrecer caminos de reinserción para los victimarios.

El Diálogo contó también con la presencia de alcaldes y representantes municipales reconocidos por su trabajo en la construcción de la paz, provenientes de Centro, Tabasco; Escobedo y San Pedro Garza García, Nuevo León; Guadalajara, Zapopan y Jocotepec, Jalisco; Meoqui, Chihuahua; Cherán, Michoacán; y Tepoztlán, Morelos, quienes se sumaron a este esfuerzo como actores clave desde lo local.

De igual manera, diversas comunidades religiosas firmaron un compromiso común y presentaron un plan de trabajo conjunto. Participaron representantes de comunidades budistas, musulmanas, hinduistas, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tradiciones indígenas, comunidad ortodoxa, bautista, luterana, pentecostal y católica quienes se comprometieron a formarse frente a los desafíos de la violencia, aportar la riqueza ética de sus espiritualidades y fomentar el encuentro desde la diversidad religiosa en México.

En el marco del encuentro se entregaron reconocimientos a 13 empresas comprometidas con la construcción de una cultura de paz en sus entornos. Este distintivo fue entregado por CONCANACO-SERVYTUR, COPARMEX, CANACINTRA y USEM, y las empresas ganadoras fueron: La Norteñita, Bio TecLab, CEDIMI Laboratorios, Centro de Acopio y Soluciones Ambientales, Combuservicios, Controladora Vía Rápida Poetas, Criser, Estructuras Metálicas de Puebla, Grupo La Paz, La Vencedora, Restaurante Mar y Tierra, Talentoría y Desarrolladora Comuna.

Las metodologías de construcción de paz sistematizadas por este movimiento serán entregadas al gobierno federal, a los gobiernos estatales y a los gobiernos municipales del país aportando con ellas caminos para construcción de la paz desde programas probados en la atención de las violencias. Así como se entregaron a los 9 alcaldes presentes en el Diálogo Nacional por la Paz.

En las conclusiones se destacó que el gran reto es imaginar y reconstruir el Estado que México necesita para recuperar la paz, a partir de acuerdos que regulen la vida institucional y garanticen condiciones de vida digna para todas las personas.

Este segundo encuentro dejó tres claves fundamentales:

  1. El Estado somos todas y todos, y la paz exige acuerdos colectivos desde lo local, esto implica la conversión de quienes lucran con la violencia y quienes permanecen indiferentes ante ella.
  • Es urgente construir un sistema social que integre a las juventudes hoy excluidas y vulnerables, y ahí es importante escucharlos y construir junto con ellos.
  • No será posible una nueva convivencia sin atender y sanar la herida de las personas desaparecidas y acompañar de manera prioritaria a las víctimas de la violencia.

El encuentro concluyó con la lectura de un manifiesto, en el que se afirmó que el camino hacia la paz pasa por refundar la comunidad desde la escucha, el reconocimiento y el compromiso, abrir horizontes de esperanza para las juventudes y caminar del lado de las víctimas, teniendo como eje transversal la cultura del cuidado.

Diálogo Nacional por la Paz


Manifiesto por La Paz

Por aquellos a quienes estamos buscando, por quienes han sido víctimas de las violencias y por quienes vienen detrás, escribimos este manifiesto. 

En el Diálogo Nacional por la Paz decidimos no aceptar que el futuro de niñas y niños se hipoteque por falta de condiciones para crecer. Decidimos no negociar la dignidad humana a cambio de intereses económicos o políticos. Nos negamos a ser indiferentes ante el dolor y la vida que pende de un hilo. Y rechazamos toda complicidad frente a la violencia estructural y sistémica.

Proponemos refundar la comunidad, construir nuevas maneras de encontrarnos, de escucharnos, de navegar los conflictos, de llegar a acuerdos, de exigir, de ofrecer, de resistir, de ser con otros. Una manera distinta de cuidar la fragilidad, de preservar la vida, de posibilitar futuros, desde la familia hasta el estado, pasando por la escuela, la colonia, el centro de trabajo, la parroquia, el barrio con miras a construir un nosotros amplio, permeable y dispuesto a involucrarse y a sostener una esperanza organizada dirigida a la acción.

Cada paso, cada conversatorio, cada acuerdo, cada metodología que decidamos implementar, lo haremos con la conciencia de que estamos, desde el Diálogo Nacional, refundando nuestra forma de ser comunidad, ya sea que esas acciones estén enfocadas a la salud mental, al medio ambiente, a las policías, a las víctimas, a las juventudes o a las escuelas, a los migrantes, los funcionarios públicos, las empresas o universidades. Así, 

–       Habrá paz cuando visibilicemos, rechacemos y encontremos alternativas frente a las violencias de las que formamos parte;

–       Habrá paz cuando seamos capaces de conmovernos y movernos ante el dolor ajeno;

–       Habrá paz cuando cada individuo y cada sector, decidamos ser una voz de corresponsabilidad y trabajo, pero también de exigencia y denuncia, una voz que no tolere la injusticia, el odio, la impunidad;

–       Habrá paz cuando recuperemos nuestra capacidad colectiva de cuidar y ser cuidados, cuando frente a las miradas de niños y niñas, asumamos la responsabilidad de construir las condiciones para que su futuro sea posible.

–       Habrá paz cuando el costo de guardar silencio y ser indiferentes sea impagable; 

Por ti, por mí, por los que vienen, por los que ya no están.

Somos PAZ. Seremos MÁS.

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