La Familia comboniana en el mundo

Cuando se cumplen 195 años del nacimiento de nuestro fundador, San Daniel Comboni, les presentamos este dossier sobre la Familia Comboniana, formada por los Misioneros Combonianos, las Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Son diferentes maneras de vivir el carisma dado a la Iglesia a través de un gran hombre y un santo misionero.
La Familia Comboniana

La Familia Comboniana es una comunidad de personas que nace en torno a la figura de un misionero, San Daniel Comboni, un hombre nacido hace casi dos siglos, el 15 de marzo de 1831, en un pequeño pueblecito a orillas del lago de Garda, Limone.

Desde Limone sul Garda, Daniel partió para estudiar en Verona, en el Instituto de Don Mazza, y para comprender, con una visión de futuro aún no apagada, cómo un continente lejano como África, desde entonces y aún hoy expoliado de sus riquezas naturales y humanas, tenía la necesidad de emprender un camino que partiera de sí mismo, de su gente.

Daniel invocaba entonces una misión y una Iglesia capaces de unir fuerzas para la salvación de África y de sus pueblos. Es el mismo anhelo que mueve hoy a la Familia Comboniana.

En ese Plan para la regeneración de África que Comboni, por una intuición carismática, comienza a soñar a los pies de la tumba de San Pedro el 15 de septiembre de 1864, se dibuja un mundo diferente que se resume en un lema: «Salvar África con África». Un lema que sueña con convertir a las personas en protagonistas de su presente y su futuro a partir de las realidades cotidianas en las que viven, de las esclavitudes antiguas y modernas que les son impuestas por una riqueza occidental cada vez más ávida.

Comboni sabe que la primera herramienta para la salvación es la educación. Se dedica, ante todo, a la formación de maestros y artesanos, así como de catequistas, religiosas y sacerdotes, para que cada persona, dentro de su propia comunidad, encuentre su manera de vivir el Evangelio, la cercanía y el compartir. Así nace el embrión de un movimiento misionero que reúne a religiosos y laicos, hombres y mujeres, autóctonos y expatriados, capaces de compartir necesidades e intereses en la complementariedad de un objetivo que parte de la conciencia de que cada persona se salva si todos se salvan, que cada persona puede llegar a ser lo que es si los demás tienen la misma posibilidad. Es un proyecto de humanidad que no se limita al continente africano, sino que extiende su huella a toda Europa, que debe conocer esa tierra lejana y contribuir a la salvación.  Comprendiendo la importancia no sólo de la formación, sino también de la información, Comboni piensa en una revista: «Gli Annali del Buon Pastore» (Los Anales del Buen Pastor).

Es una época de trata de esclavos, de grandes discriminaciones basadas en el color y en las diferencias religiosas, Comboni comprendía la necesidad de unir los mundos del saber de entonces, el mundo civil, cultural y político, tendidos hacia una causa común. Su sueño transcendió el tiempo, su sueño sigue siendo actual, no sólo porque se ha cumplido la frase que él mismo pronunció: «Yo muero, pero mi obra no morirá», sino porque aún hoy vivimos una época de esclavitud y de pensamientos de supremacía.

La obra de Daniel vio nacer los institutos religiosos de las Hermanas Misioneras Combonianas y los Misioneros Combonianos y, en tiempos más recientes, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Así, su anhelo –«si tuviera mil vidas, las daría todas por la misión»– ha seguido manifestándose a lo largo del tiempo, en las vidas de quienes han elegido continuar el Plan, traducirlo en el camino de una familia, la Familia Comboniana.

Somos hombres y mujeres capaces de ampliar los horizontes geográficos de ese sueño, abriéndonos a servir a los más pobres y abandonados presentes tanto en África como también en Europa, América y Asia; en esos lugares fronterizos, en las periferias de un mundo global que se convierte en Casa común, esa Casa que la Familia Comboniana habita allí donde vive su cotidianidad.

Les presentamos, pues, nuestra Familia, una Familia que sigue las huellas de San Daniel Comboni, con la esperanza de que quieran formar parte de un grupo de personas que va más allá de estar físicamente en el mismo lugar haciendo las mismas cosas. Somos una Familia que quiere compartir y acoger la riqueza que reside en la singularidad de cada persona, donde la diversidad del otro se convierte en un don que nos ayuda a comprender mejor nuestra propia identidad.


Misioneros Combonianos
Consejo General de los Misioneros Combonianos

Los Misioneros Combonianos somos una institución misionera católica presente hoy en más de 40 países, en todos los continentes. Nuestra misión es anunciar el Evangelio de Jesucristo, especialmente a los pueblos y grupos humanos que aún no lo conocen.

Todos los misioneros nos consagramos a Dios para esta misión: somos unos 1.500 en total. La mayoría son sacerdotes, aunque todavía hay un número significativo de hermanos, que participan plenamente en la misma misión a través de las más diversas competencias profesionales. Juntos, nos esforzamos por estar atentos a las necesidades concretas de las poblaciones a las que somos enviados, especialmente en el ámbito de la promoción humana, la educación, la salud, las comunicaciones y el desarrollo integral.

Procedentes de Europa, África, América y Asia, los Misioneros Combonianos trabajamos prioritariamente en contextos marcados por la pobreza, la marginación, la injusticia y formas nuevas y antiguas de esclavitud. En estos entornos nos preocupamos de formar comunidades cristianas vivas, capaces de ser fermento de promoción humana y transformación social. Nuestro servicio está animado por la esperanza de contribuir a la construcción de un futuro en el que la humanidad pueda vivir en armonía con la Madre Tierra, en paz entre los pueblos, reconociéndose en la dignidad común de hijos e hijas de Dios.

Fundados por San Daniel Comboni a mediados del siglo XIX, con el sueño de llevar el Evangelio y un desarrollo integral a los pueblos de África, los Misioneros Combonianos trabajamos hoy en todos los continentes. Estamos presentes tanto donde es necesario iniciar nuevas comunidades cristianas, como donde es necesario acompañar y apoyar a las Iglesias locales jóvenes, aún en fase de crecimiento y consolidación.

En el contexto del fuerte aumento de los flujos migratorios de nuestro tiempo, los Misioneros Combonianos desempeñamos hoy una parte significativa de nuestra misión también en el hemisferio norte, en particular en las periferias humanas y sociales de las grandes ciudades. En estos entornos compartimos la fe cristiana como fermento de fraternidad, diálogo intercultural y amistad social entre personas de diferentes pueblos, culturas y religiones.

El lema que guio a San Daniel Comboni, «Salvar África con África», sigue inspirando profundamente a los misioneros y misioneras combonianos. Se traduce en el compromiso de responsabilizar y emancipar a las personas y comunidades locales, para que sean protagonistas de su propio crecimiento cristiano, social y humano. Este estilo misionero se expresa de manera particular en la formación de líderes locales, tanto en las comunidades eclesiales como en los proyectos de desarrollo y justicia social.

En el corazón de cada misionero comboniano sigue «ardiendo la llama» que san Daniel vio salir del corazón abierto de Cristo en la cruz, en un momento contemplativo especial, en la basílica de San Pedro, en Roma, el 15 de septiembre de 1864: es el amor recibido del Corazón de Cristo, Buen Pastor, que aún hoy nos impulsa a ir al encuentro de los más pobres y abandonados. Dondequiera que seamos enviados, esta llama de amor nos anima a entablar un diálogo respetuoso con todos, para compartir la fe y promover caminos de fraternidad que reaviven la esperanza en un mundo reconciliado y en paz.

El carisma misionero donado por Dios a San Daniel Comboni es hoy compartido por diferentes realidades que, en su conjunto, constituyen la Familia Comboniana. Por ello, siempre que es posible, colaboramos estrechamente con las Hermanas Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Cada grupo vive y encarna, según su vocación específica, el mismo espíritu misionero que animaba al Fundador.

El carisma de San Daniel Comboni es un don para toda la Iglesia y está abierto a múltiples formas de participación. Parte de la misión de las comunidades combonianas es también compartir este espíritu con las Iglesias de antigua fundación, para que puedan renovar su impulso misionero y colaborar activamente en el anuncio del Evangelio y en gestos concretos de solidaridad, justicia y paz, signos visibles del amor de Dios por toda la humanidad, sin distinción alguna.

Para más información: comboni.org


Misioneras Combonianas
Consejo General de las Misioneras Combonianas

Nacimos de un gran sueño de San Daniel Comboni, de un ideal que nos llena el corazón. Comboni nos dejó una herencia que es gracia y responsabilidad, don y conquista. Veía en nuestra identidad de mujeres misioneras la imagen de las mujeres del Evangelio, como escribió en una de sus cartas: «Si no tuviera tantas ocupaciones, me gustaría darles una idea del apostolado de estas hermanas, la verdadera imagen de las antiguas mujeres del Evangelio» (E. 3554).

Desde entonces, el testimonio de María Magdalena, de las mujeres que llevaban los aromas, de la samaritana, de la mujer que amasa el pan, de las mujeres estériles y hechas fértiles, junto con el de las otras discípulas de Jesús, ilumina nuestro camino y nuestra dedicación misionera como hermanas combonianas.

Como María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, que preparando perfumes y movidas por el Amor, van al sepulcro para ungir el cuerpo del Maestro, como estas tres mujeres, pequeña comunidad como muchas de nuestras comunidades, nos sentimos animadas a ponernos en camino cuando aún es de noche, con los ojos y los oídos atentos a los gemidos de la humanidad y del cosmos, a cuidar de la vida más herida, de todas las formas de vida y también de la muerte; a realizar gestos que parecen carecer de sentido; a cuidar de lo que otras personas han abandonado; a reconocer los signos de renacimiento presentes en la historia y ser nosotras mismas generativas; a ser amantes de la Vida y tener el valor y la docilidad de penetrar en el Misterio y dejarnos transformar por Él.

Muchas de nosotras conocemos tierras áridas, aparentemente sin vida, pero la experiencia nos dice que incluso el desierto tiene un potencial generativo, al igual que las mujeres estériles de la Biblia guardan en sí mismas una fecundidad que nadie les puede quitar. Es precisamente en los desiertos geográficos y existenciales donde anunciamos la Fuente de agua viva. A menudo, las realidades a las que somos enviadas parecen tierras áridas, convertidas en tales por la explotación y la violencia sufrida, pero están abiertas a acogernos, con la esperanza de un renacimiento.

Nuestra misión es ser pan, alimento y alegría; existencia entregada para aliviar el sufrimiento humano, para vivir el compartir y movilizar relaciones auténticas y humanizadoras. La mujer de la parábola une la harina, el agua y la levadura; nuestras manos mezclan nuestros conocimientos con los conocimientos de los pueblos a los que somos enviadas. Amasamos el pan de la existencia en sinergia con las fuerzas de otras mujeres y hombres, de organizaciones religiosas y civiles, para construir relaciones comunitarias y solidarias.

Los caminos recorridos son muchos: desiertos y bosques, periferias y fronteras, caminos de tierra, ríos y asfalto, pueblos y ciudades. Nos expresamos a través de diferentes ministerios, pero con un único deseo: cuidar de la vida, de la vida empobrecida y explotada que incluye los cuerpos humanos, pero también los cuerpos-territorio de la tierra, el agua, los bosques, igualmente empobrecidos y explotados. El cuidado es un camino de reciprocidad, porque al cuidar nos sentimos cuidadas, y también porque cuando un ser es violado, toda la red de la vida sufre. El cuidado es un acto comunitario y político. Es ternura, pero también transgresión contra un sistema dominante.

La mujer sin nombre que dialoga con Jesús, la Samaritana, nos recuerda la capacidad de ir más allá de nuestros límites y fronteras, de establecer relaciones en las que circula el poder, de reconocernos capaces de abandonar nuestras seguridades y convicciones para lanzarnos hacia caminos inéditos. La mujer samaritana y el hombre judío que la encuentra en el pozo nos hablan del encuentro posible entre etnias diferentes y de la superación de los prejuicios que separan a hombres y mujeres. Su diálogo pasa de la esfera material a la espiritual, como suele ocurrir en la misión cuando, tras satisfacer las necesidades primarias, se llega, con humildad, a hablar del Misterio, a dar testimonio del Dios-Presencia que rompe todos los esquemas en los que intentamos encerrarlo.

«La Sabiduría clama por las calles, en las plazas hace oír su voz»; Jesús anuncia en las calles y en las casas; Comboni se adentra en los patios y en los desiertos. Alimentados por una espiritualidad femenina, bíblica y místico-política, nuestros pasos siguen sus huellas, anunciadoras de relaciones de reciprocidad, de una humanidad reconciliada consigo misma y con toda la creación.

Para más información: misionerascombonianas.org


Misioneras Seculares Combonianas

«El Señor también os ha elegido para colaborar con la oración, la entrega total de vosotras mismas y la obra del apostolado, incorporándoos a la misma familia fundada por nuestro padre monseñor Daniel Comboni». Esta expresión del padre Egidio Ramponi –a quien se debe la idea fundacional de nuestro Instituto– dirigida a las cuatro primeras jóvenes que el 22 de agosto de 1951 que se entregaron al Señor en lo que sería el Instituto Secular de las Misioneras Combonianas, contiene el núcleo esencial de nuestra vocación y pertenencia a la Familia Comboniana.

La aprobación pontificia del 22 de mayo de 1983 fue una etapa importante para nuestro Instituto, un punto de llegada de una historia que ha ido evolucionando, pero también un punto de partida para un camino que nos ha llevado a enfocar mejor nuestra identidad, hasta hoy. La reciente aprobación de las Constituciones actualizadas, fruto de un largo período de reflexión, es una señal de ello.

Nuestro propio nombre, Misioneras Seculares Combonianas, expresa la identidad de nuestra vocación, que se fundamenta en la misma experiencia de Cristo vivida por Comboni, en su amor por los últimos y en «hacer causa común con ellos». Compartir su pasión por Cristo y por la humanidad se traduce en la entrega total de nosotras mismas en respuesta a la llamada, a través de la profesión de los consejos evangélicos.

Una pasión que se alimenta del encuentro personal con el Señor, del que brota el deseo de compartir con todas las personas, y en particular con las más alejadas, la Buena Nueva del Evangelio, para que todos puedan conocerlo, encontrarlo y tener vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).

La «secularidad» es la dimensión que caracteriza el espíritu y la forma en que encarnamos el don del carisma comboniano; esto nos une a la condición de todos los cristianos laicos que viven en el mundo, insertados en su propio ambiente social, profesional y eclesial.

Es una forma de vida que tiene su referencia en la Encarnación del Hijo de Dios y que implica una plena pertenencia a la historia, vivida al estilo de Jesús, el más humano de los hombres, hijo y hermano de todos, que nos lleva a compartir las mismas situaciones, incluso de precariedad e incertidumbre, de la mayoría de la gente común, a hacernos cargo de los retos, los sufrimientos y las esperanzas de la humanidad.

Como Misioneras Seculares Combonianas estamos integradas, cada una en su propio entorno, en su propia situación, viviendo de su propio trabajo. Esta es nuestra forma de transformar el mundo desde dentro con el espíritu del Evangelio.

En sintonía con las imágenes evangélicas de la sal y la levadura, elementos sencillos de la vida cotidiana que actúan desde dentro, ponemos el acento en ser fermento misionero en cada realidad y situación humana, más que en la visibilidad de la organización, de las obras o de las estructuras. Este es el elemento que nos une a todas en la pluralidad de situaciones de vida, entornos, actividades, edades, y que se manifiesta en una multiplicidad de formas de vivir y expresar la misión.

Cultivamos una actitud de apertura a las situaciones fronterizas en nuestro país o en otros países, dispuestas a ir a las diferentes periferias del mundo. Un «ir» que es ante todo salir de nosotras mismas, de nuestros estrechos límites, para ampliar los horizontes al mundo entero, sobre todo a las personas más pobres, a los últimos…; una actitud que impregna toda nuestra experiencia y que puede concretarse también en la elección de un servicio en contextos o lugares diferentes a los de la vida ordinaria.

Nos anima el deseo de mantener viva en todas partes esa apertura misionera que hace del partir hacia los últimos el criterio, no solo de una auténtica vida evangélica, sino también humana.

Nos sentimos llamadas a vivir en primera persona esta «tensión de salida», siendo testigos de ella también ante los demás de todas las formas posibles, en las relaciones interpersonales, en las diferentes situaciones cotidianas, en las comunidades cristianas y en todos los contextos de vida y compromiso, también a través de iniciativas específicas, abiertas a la colaboración con todas las personas de buena voluntad.

Para más información: secolaricomboniane.it


Laicos Misioneros Combonianos
Coordinación general LMC

Desde los inicios de su misión, San Daniel Comboni llevó con él a laicos que pudieran colaborar en África, que pudieran compartir sus profesiones y así ayudar las comunidades necesitadas de desarrollo. Él decía que los misioneros laicos “contribuyen a nuestro apostolado más de lo que los sacerdotes participan en la conversión, porque los alumnos negros y los neófitos están con ellos durante un período de tiempo bastante largo. Éstos, con el ejemplo y la palabra son verdaderos apóstoles para los alumnos, quienes les observan y los escuchan más de lo que pueden observar y escuchar a los sacerdotes” (E 5831).

Y no solo los misioneros, sino que creía que la formación de los laicos y laicas constituía un elemento central de su manera de hacer misión, el insistía en Salvar África con África: “Todos mis esfuerzos están dirigidos a fortalecer estas dos misiones donde preparamos buenos individuos indígenas de las tribus centrales, para que ellos se conviertan en apóstoles de fe y de civilización en su patria” (E 3293); “he conseguido formar competentes maestros y catequistas negros, además de zapateros, albañiles, carpinteros, etc. y proveer las estaciones de Jartum y Cordofán. Indígenas así formados son indispensables para la existencia de una misión”. (E3409).

Representantes de los LMC en la asamblea de Europa

Representantes de los LMC en la asamblea de América

Representantes de los LMC en la asamblea de África

A la luz de este carisma muchos laicos y laicas que acompañaban a los religiosos en las animaciones misioneras de sus países pidieron también poder ser misioneros y misioneras e ir con esta vocación a otros países. Así, a finales de los años ochenta, surgieron los grupos de Laicos Misioneros Combonianos. Grupos de laicos dispuestos a poner sus competencias profesionales y su vida al servicio de la misión. Comboni nos quería Santos y Capaces, por ello nuestro empeño como cristianos es poder compartir nuestra vida de fe y nuestra experiencia profesional con las personas que más lo necesitan.

LMC de México

Actualmente estamos presentes en 21 países de Europa, América y África colaboramos tanto en comunidades internacionales, donde LMC de diversos países nos unimos para tener una presencia misionera común y compartir nuestra vida con las comunidades que lo necesitan en las periferias de las ciudades o en las zonas rurales donde muchos son olvidados, como en nuestros países de origen donde, como laicas y laicos insertos en la sociedad, intentamos plantear un estilo de vida alternativa y solidario con los excluidos de este mundo.

A modo de ejemplo podríamos contaros lo importante de ofrecer formación en agricultura ecológica en el nordeste de Brasil para desde el acompañamiento y formación de las comunidades hacer frente a los grandes latifundios o a las empresas de minería extractivista.

Lo mismo ocurre en la República Centroafricana, donde acompañamos a la población Pigmea-Aka en sus campamentos, con escuelas de integración y procuramos que se les reconozcan sus derechos como ciudadanos de primera en una sociedad que trata de relegarlos.

En Mozambique también estamos empeñados en la formación profesional de los jóvenes de comunidades rurales, ofreciéndoles una cualificación que les permita acceder al mercado laboral, o acompañando a las innumerables comunidades de la parroquia que viven en el interior, donde casi nada llega.

O en las periferias de las grandes ciudades latinoamericanas (Perú, Brasil, Guatemala…) donde hay tantas personas que intentan sobrevivir y ganarse la vida, personas que migran desde el interior para procurar trabajo en la ciudad, pero que a menudo apenas sobreviven por la precariedad laboral que encuentran.

También en Europa encontramos muchas personas migrantes que acompañar, personas procedentes de los países donde estamos presentes y a las que también acompañamos desde nuestra experiencia misionera de vida en África o América, e intentamos que se sientan tan acogidos como nosotros nos sentimos en sus países; acompañándolas y apoyándolas en su integración en la nueva sociedad.

Y todo ello queremos vivirlo desde nuestras comunidades locales, porque sentimos que nuestra llamada misionera ha sido a vivir esta vocación desde la comunidad; por ello nos reunimos para formarnos, rezar, compartir nuestra vida, nuestros sueños y nuestro compromiso misionero.

Para más información: lmcomboni.org

Los tres montes de Comboni

(15 de marzo de 1831 – 15 de marzo de 1881 – 15 de marzo de 2026)
La espiritualidad de Comboni es transparente, esencial, sólida, encarnada, con los pies en la tierra, arraigados en el suelo africano y con la mirada fija en la cruz, casi como para recordarse a sí mismo y a sus misioneros y misioneras que la actividad misionera de la Iglesia es siempre la de la misión de Cristo crucificado y resucitado. Al examinar los escritos de Comboni (unas 1300 cartas), podemos decir que en su vida misionera y espiritual visitó tres montes: el monte Moriah, el Tabor y el Gólgota, es decir, el monte de la fe, de la esperanza y del amor. (En la foto, el monte Moriah).

Por: P. Teresino Serra, mccj
www.comboniani.org

EL MONTE MORIAH: es el monte al que Abraham se dirige para sacrificar a su hijo. Dios le dijo a Abraham: «Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas, y ofrécemelo en sacrificio» (Génesis 22).

Esto también le sucedió a la familia de Comboni… De ocho hijos, solo queda Daniel, quien escribe a sus padres: «¡Cada día pienso en el gran sacrificio que habéis hecho de mí al Señor! Nunca dejaré de admiraros, y siempre os daré las gracias por la gracia que me habéis concedido» (S. 175).

Moriah es el Monte del misterio y del silencio de Dios. En el misterio y en el silencio debemos confiar en Dios, como Abraham, como Comboni. La respuesta de Dios siempre llega, tras nuestra espera confiada y obediente. En la vida de Comboni hay otros momentos de prueba, en los que Dios pide a su misionero una confianza total. Son los tres momentos de tentación en su vocación y misión:

Primer momento: Comboni escribe a Francesco Briccolo: «Tendría mil caminos para ser feliz y hacer una gran carrera, aunque sea indigno; pero el afecto y la gratitud por el Instituto me hacen pisotearlo todo» (S. 1166).

Segundo momento: En la carta al P. Sembianti se lee: «Vivo como los demás misioneros, y con ellos, como cualquier religioso; trabajo día y noche para ayudar a la misión, y mientras todos los demás duermen tranquilos, yo velo junto a la mesa por amor a Jesucristo y a los pobres, cuando podría vivir cómodamente en Europa si hubiera querido aceptar espléndidos cargos diplomáticos al servicio de la Iglesia» (S. 6812).

Tercer momento: Comboni escribe de nuevo al P. Sembianti: «Al verme tan abandonado y desolado, tuve cien veces la tentación más fuerte (y también incitaciones de hombres piadosos, respetables, pero sin valor ni confianza en Dios) de abandonarlo todo, ceder la obra a la Propaganda y ponerme como humilde siervo a disposición de la Santa Sede, o del cardenal prefecto, o de algún obispo» (S. 6886).

EL MONTE TABOR: es el monte de la esperanza y de la acción de gracias a Dios.

He aquí, pues, que Comboni se alegra de hacer la voluntad de Dios (S. 3402). Se alegra de sufrir por Cristo en favor de la misión (S. 3477, 5078) y de dar la vida por su pueblo africano (S. 3159). Está sereno ante las muchas humillaciones; y esta serenidad proviene de un corazón habitado por una paz interior (S. 6964). Está feliz por las cruces encontradas en la misión, cruces que lleva de buen grado por amor y por el bien de los demás (S. 7246). He aquí, pues, uno de sus sentimientos expresados en los últimos tiempos de su vida: «Yo, mis misioneros, mis cinco Hermanas Pías Madres de la Nigrizia (que son verdaderos ángeles), somos los más felices de la tierra, pues estamos en manos de Dios y de la Virgen María. Sufrimos por Jesús, lo hemos confiado todo a los brazos de la divina Providencia. ¡Es dulce sufrir por Jesús, con Jesús y por la misión!» (S. 5082). Y el día de su último cumpleaños, el 15 de marzo de 1881, el corazón misionero de Comboni canta el Magnificat de su vida dando gracias a Dios. Escribe: «Hoy cumplo 50 años. ¡Dios mío! Uno envejece a pasos agigantados, sin hacer nada. Es cierto que me encuentro ante el vicariato más laborioso y difícil del mundo, que marcha bastante bien y que, gracias a la gracia divina, ha llegado a un punto que hace ocho años nunca habría creído ver, dados los enormes obstáculos que había previsto, y a cuyo progreso he contribuido, por voluntad de Dios y con su ayuda, también con mi propia mano. Pero, después de todo, es una gracia que yo no haya puesto obstáculos, y que solo pueda exclamar con toda razón con el Apóstol: «servus inutilis sum» (S. 6561).

El Tabor es también el monte de la alegría y del agradecimiento de Daniel Comboni. Después de Dios, nuestro fundador da las gracias a sus padres: «Os doy las gracias y os las daré siempre por haberme concedido, oh amadísimos, seguir mi vocación (s. 162). «Me alegra mucho haceros saber que estoy bien, que pienso en vosotros, rezo por vosotros y, aunque esté lejos de vosotros, vivo siempre para vosotros» (S. 175).  Los padres ayudaron a Comboni a ir más allá. Hubo ocasiones para quedarse en Italia y ser diocesano. Los padres le concedieron esa libertad misionera.

Daniele Comboni, además y sobre todo, nunca olvida dar las gracias a sus misioneros y misioneras: «Todos tenemos un mismo pensamiento, estamos dispuestos y deseosos de sacrificar nuestra vida por amor a Dios, a la Iglesia y a África» (S. 2224, año 1870). Como dice la Hna. Gregolini, pasamos tres cuartas partes del año entre obstáculos y dificultades; trabajamos y sufrimos (S. 6855). Ningún esfuerzo nos desalienta, ninguna dificultad nos detiene, incluso la muerte nos sería querida si pudiera ser de alguna utilidad para la misión (S. 1105)». Todo por la misión querida por Dios

MONTE CALVARIO: es el monte que Comboni visitó a menudo y con generosidad cada día.

Comboni visita el Calvario también y sobre todo en los últimos meses de su vida y escribe: «Son tantas las injusticias y las píldoras amargas que he tenido que tragar de los santos locos, que es un milagro que pueda sobrevivir. Pero yo tengo otras ideas distintas a las suyas: yo trabajo únicamente por la gloria de Dios y por las pobres almas» (S.6682). Por sus escritos comprendemos que Comboni murió también de «desamor» (S. 7001). Los sufrimientos y las tribulaciones le «desgarraron el alma» (S. 7145). Hay muchos otros términos, como angustia, amargura, soledad, agonía, muerte, etc., que aparecen insistentemente en las cartas de los últimos meses y que dan testimonio de su dolor.

Sin duda, Comboni sabía que ponerse al servicio de Dios para la misión significaba tomar la cruz y seguir a Cristo, sacrificarse, amar y sufrir.  Daniele Comboni, además, habla de la cruz que lleva junto a sus compañeros y compañeras de misión: «Aprecio a mis compañeros y me siento apreciado. Todos tenemos un mismo pensamiento, estamos dispuestos y ardientes por sacrificar nuestra vida por amor a Dios, a la Iglesia y a África» (S. 2224). Y además: «Me consuela mucho ver a todos mis misioneros y a todas las Hermanas siempre alegres y contentos, y dispuestos a sufrir y morir cada vez más. Estoy convencido de que, en materia de abnegación y espíritu de sacrificio, ninguna misión tiene misioneros y misioneras tan sólidos como los míos» (S. 6751. Año 1881). En la vida de Comboni también se recuerda un episodio de alegría, de cruz y de fe: «A finales del pasado mes de junio de 1879, el Excmo. Cardenal de Canossa, Obispo de Verona, se dirigió al Instituto de las Pías Madres de la Nigrizia, en Santa María en Organo, y entregó el Crucifijo a dos misioneros y a cinco novicias que estaban a punto de partir hacia arduas y laboriosas misiones de África Central. No se puede describir con palabras la emoción y el santo entusiasmo de aquellas jóvenes elegidas que, formadas en la escuela de Cristo y de la cruz, veían llegar el momento de partir y entregar su vida a la misión» (S. 5737). Comboni, en sus escritos, habla mucho de la misión ardua; la misión fácil, edulcorada, no es comboniana.

IV Domingo de Cuaresma. Año A

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista. Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es este su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”

Sus padres contestaron: “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque estos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ese lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ese, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ese sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ese es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró. Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces, también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

(Juan 9, 1-41)


He venido para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos
P. Enrique Sánchez, mccj

También este cuarto domingo de cuaresma la liturgia de la palabra nos regala un largo texto para la lectura del evangelio. Se trata de todo el capítulo 9 del evangelio de san Juan en donde el protagonista central es un ciego de nacimiento.

El domingo pasado fue la samaritana quien ocupó toda la atención y nos quedamos con la enseñanza de que Jesús es la fuente inagotable de vida, el único que hace brotar ríos de agua viva de lo profundo de su corazón.

La historia del ciego de nacimiento nos llevará también a explorar lo profundo de nuestro corazón para descubrir que en Jesús se nos ofrece la posibilidad de vivir guiados por una luz que nos permitirá́ entender el plan maravilloso de amor que Dios tiene para nosotros.

En la reflexión de este domingo, les propongo que nos detengamos sobre tres puntos que me parecen importantes para entender cómo esta historia no se interesa sólo de compartirnos un relato interesante, sino que nos lleva a descubrirnos como protagonistas de lo que ahí se nos cuenta.

En primer lugar se nos habla de alguien que vive en carne propia el drama de la ceguera no sólo como una incapacidad de ver lo que está a su alrededor, sino también como una realidad que está considerada experiencia de pecado.

En la experiencia religiosa de los contemporáneos de Jesús estaba claro que la ceguera de nacimiento era fruto de un pecado y alguien tenía que ser el culpable.

La experiencia de este hombre que inicia su historia de vida en las tinieblas, en la obscuridad que le impone su ceguera, en su encuentro con Jesús se convertirá en un nuevo nacimiento que lo abrirá a la experiencia de poder ver, de gozar de la plenitud de la luz, de nacer a una vida de libertad y de apertura a lo bello que Dios le irá manifestando en su camino. Esto será el segundo punto de nuestra reflexión.

Y Finalmente el recuperar la capacidad de ver hará de este hombre un testigo que nadie podrá impedir que cuente las maravillas que el Señor ha hecho en él.

Todo empieza con el paso de Jesús por la vida de este ciego que aparentemente está ahí, al bordo del camino cargando con su fatalidad. El ciego no ve, pero es visto y esto cambiará toda su vida.

La ceguera de este hombre podría ser entendida como el pretexto que el evangelista toma para hacernos entender que existe una realidad en nosotros que no podemos ignorar, nuestras tinieblas que hablan de pecado, de incapacidad de ver el mundo desde la perspectiva de Dios.

La obscuridad, la incapacidad para ver se relaciona con el pecado, que cuando aparece en la vida, se convierte en algo que no permite percibir la realidad con objetividad, como realmente es. El pecado nos hace vivir en un mundo que es irreal y esclavizante.

La ceguera es lo que impide reconocer la luz y ya el mismo san Juan lo decía en el prólogo del evangelio: la luz vino al mundo, pero quienes estaban en las tinieblas no lo reconocieron.

¿Cuántas cosas bellas hace Dios cada día por nosotros, pero resulta que no nos damos cuenta? ¿Cuántas posibilidades se nos brindan de llevar una vida en paz, en armonía con los demás, en fraternidad; pero la presencia del pecado en nuestros corazones nos hace ciegos llenos de violencia, de envidias, de egoísmos o de rencores. Incapaces de ver la bondad y el amor de quien tenemos cerca.

Somos ciegos que tienen ojos, pero no ven, porque vivimos encandilados por la ambición del poder, del prestigio, de la apariencia, del placer sin límites y sin respeto. Somos ciegos a quienes la rabia, el odio y la violencia no les permite ver el dolor que causamos cuando pisoteamos la vida de los demás, cuando tratamos a los hermanos como cosas u objetos que podemos utilizar; cuando justificamos la destrucción y la guerra y no vemos los miles de inocentes que condenamos a desaparecer, simplemente porque nos parece más importante salvaguardar intereses económicos y poder militar.

Muchas veces podemos ser ciegos a quienes el pecado no les permite ver al hermano que sufre, al anciano que está abandonado, al pobre que es explotado, a la madre  que es abandonada con sus hijos…

Afortunadamente, Jesús siempre está de paso y nos encuentra en su camino. También nosotros somos contemplados por él, como tuvo la fortuna de sucederle al ciego de nacimiento, y entonces el milagro sucede. Jesús tiene la paciencia de hacer lodo con la tierra para curarnos.

En este gesto de Jesús hay algo muy importante. Se nos enseña que sólo podremos salir de nuestras cegueras si somos tocados por Jesús y eso significa si llegamos a tener una experiencia personal de encuentro con él.

Muchos de nosotros hemos vivido muchos años sabiendo muchas cosas sobre Jesús. Hemos aprendido lo que era necesario para poder adjudicarnos el título de cristianos, pero queda todo por hacer.

Nunca podremos salir de nuestras cegueras y de nuestra oscuridad si no somos tocados por el Señor y entiendo por tocados, transformados por él.

Sólo volveremos a tener la luz verdadera cuando, desde lo más profundo de nosotros mismos, nos demos cuenta de que estamos habitados por el Espíritu que Jesús nos ha dejado para que vivamos de él.

Esto quiere decir que necesitamos una conversión de vida que nos lleve no sólo a ser mejores, sino a sentir a Jesús como alguien vivo con quien compartimos lo que somos y nos abrimos a todo lo que puede venir de él como posibilidad de vida plena y totalmente libre.

Qué bueno sería también para nosotros poder decir: el que me curó hizo lodo, me lo puso en los ojos, me lavé y ahora puedo ver.

Con otras palabras, he reconocido mis pecados y debilidades, he dejado que el Señor se convierta en el centro de mi vida, me he dejado tocar por  él aceptando  su proyecto de vida, me he puesto en una actitud de conversión, he lavado mi pecado en las aguas del bautismo, en la sangre del Cordero; y ahora doy gracias porque he nacido a la luz que brota de lo más profundo de mi ser.

Y esa luz es lo que me aporta la libertad que me permite ir por la vida sin dejarme más esclavizar por lo turbio de las tinieblas que envuelven a nuestra humanidad con tantas falsas promesas de felicidad.

Y, al final, nos damos cuenta de que cuando damos ese paso de abandono en el Señor nos hacemos merecedores de una gracia, de una bendición especial. “Yo no sé cómo fui curado, lo que sé es que era ciego, pero ahora puedo ver”.

El camino de la cuaresma que vamos recorriendo, al final no nos hace otro anuncio. El Señor, por gracia, porque nos ama, nos quiere llevar a que disfrutemos de la luz resplandeciente que es él en el momento de la resurrección.

Llenos de su luz, ahora podemos ver todo de otra manera. Podemos ver con los ojos de Dios y de esa manera no podemos más que convertirnos en testigos de su presencia, testigos de la luz que puede destruir todas las tinieblas que nos rodean.

Hagamos pues todo lo que está de nuestra parte para vivir en una actitud de profunda conversión que nos ayude a desenmascarar todas nuestras obscuridades, de tal modo que podamos contarnos entre el número de aquellos que siendo ciegos por el pecado que llevamos en nosotros, al encuentro con Jesús nos descubramos con una visión nueva.

Ojalá no nos suceda como a los fariseos que teniendo todo a su alcance para ver las maravillas de Dios, se han quedado en su ceguera, es decir, atrapados en la arrogancia de pensar que todo lo podemos, aún estando lejos de Dios.

Y pensando que eran quienes mejor veían, en realidad han quedado más atrapados en su ceguera, contrariamente a lo que le pasó al ciego que de nacimiento no veía, pero ha nacido a una nueva luz: la luz de Jesús en su vida.

Tengamos la humildad de decirle a Jesús, “creo en ti”, y dejemos que haga el milagro de devolvernos la capacidad de ver lo que sólo con el corazón se puede contemplar.


Para excluidos
José A. Pagola

Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.

Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto, solo piensa en rescatarlo de aquella vida desgraciada de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.

Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.

Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa.

El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y lo ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: “Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: “Empecatado naciste de pies a cabeza y, ¿tú nos vas a dar lecciones a nosotros?”.

El evangelista dice que, “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él”. El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: “Y, ¿quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le responde conmovido: No está lejos de ti. “Lo estás viendo; el que te está hablando, ese es”. El mendigo le dice: “Creo, Señor”.

Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.

¿Quién llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.

José Antonio Pagola
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El caso del testigo condenado
José Luis Sicre

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y al final lo condenaron como culpable.» De esto podrían haberse quejado los padres del ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a los fariseos. Pero sería erróneo limitarse a la queja de los padres, porque el ciego terminó muy contento.

Una discusión absurda

Todo empezó por una discusión absurda entre los discípulos cuando se cruzaron con el ciego: ¿quién tenía la culpa de su ceguera?, ¿él o sus padres? Si hubieran leído al profeta Ezequiel, sabrían que nadie paga por la culpa de sus padres. Y si supieran que el ciego lo era de nacimiento, no podrían haberlo culpado a él. Jesús zanja rápido el problema: ni él ni sus padres. Su ceguera servirá para poner de manifiesto la acción de Dios y que Jesús es la luz del mundo.

Una forma extraña de curar

En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina de Siloé. Un volteriano podría decir que no cabe más mala idea: le tapa los ojos con barro para que vea menos todavía, y lo manda cuesta abajo; más que curarse podría matarse.

¿Qué pretende enseñarnos el evangelista? No es fácil saberlo. San Ireneo, en el siglo II, fijándose en la primera parte, relacionaba el barro con la creación de Adán: Dios crea al primer hombre y Jesús crea a un cristiano; pero esto no explica el uso de la saliva ni el envío a la piscina de Siloé. San Agustín, fijándose en el final, relacionaba el lavarse en la piscina con el bautismo; tampoco esto explica todos los detalles.

Una cosa al menos queda clara: la obediencia del ciego. No entiende lo que hace Jesús, pero cumple de inmediato la orden que le da. No se comporta como el sirio Naamán, que se rebeló contra la orden de Eliseo de lavarse siete veces en el río Jordán. Como Abrahán, por la fe sale de su mundo conocido para marchar hacia un mundo nuevo.

Un anacronismo intencionado

La antítesis del ciego la representan los fariseos. El evangelista deforma la realidad histórica para acomodarla a la situación de su tiempo. En la época de Jesús los fariseos no podían expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga.

El miedo y la osadía

El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el pánico que sentían muchos judíos piadosos a ser declarados herejes, impidiéndoles hacerse cristianos.rse cristianos.

El hijo, en cambio, se muestra cada vez más osado. Tras la curación se forma de Jesús la misma idea que la samaritana: «es un profeta»; porque el profeta no es sólo el que sabe cosas ocultas, sino también el que realiza prodigios sorprendentes. Ante la acusación de que es un pecador, no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»

La verdadera visión y la verdadera luz

Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la verdadera visión la adquiere en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús y creer en él. Y para ello es preciso que Jesús, luz del mundo, ilumine al ciego poniéndose delante, proyectando una luz intensa, que deslumbra y oculta los demás objetos, para que toda la atención se centre en ella, en Jesús.

No hay peor ciego que quien no quiere ver

Los fariseos representan el polo opuesto. Para ellos, el único enviado de Dios es Moisés. Con respecto a Jesús, a lo sumo podrían considerarlo un israelita piadoso, incluso un buen maestro, si observa estrictamente la Ley de Moisés. Pero está claro que a él no le importa la Ley, ni siquiera un precepto tan santo como el del sábado. Además, nadie sabe de dónde viene. Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso lo consideran un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Ellos tienen la luz, están convencidos de que ven lo correcto. Y este convencimiento, como les dice Jesús al final, hace que permanezcan en su pecado.

La samaritana y el ciego

Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento les lleva a la acción. La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.

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El ciego de nacimiento: ve, cree y anuncia
Romeo Ballan, mccj

El camino hacia la Pascua está marcado por grandes temas catequético-catecumenales-bautismales: la lucha con el tentador, contemplar el rostro de Cristo, los símbolos de agua, luz, vida. En el Evangelio de este domingo es central la figura de Jesús-Luz: Él es el que ve al ciego y va a su encuentro, le unta con barro los ojos, le ordena lavarse en la piscina de Siloé (que significa Enviado). El ciego va, se lava y vuelve con vista (v. 1.6-7). El signo es claro, pero tan solo para el que sabe verlo. Justamente, ese milagro tan patente de Jesús se convierte en signo de contradicción: ante el mismo hecho se producen dos reacciones (la del ciego y la de los fariseos) en direcciones opuestas.

El ciego avanza, gradualmente, hacia el descubrimiento del rostroidentidad de Jesús: de un mero hombre a un profeta, hombre de Dios, Señor… hasta postrarse con fe: “¡Creo, Señor!” (v. 38). Ahora el ciego se ha convertido, está completamente iluminado, en el cuerpo y en el espíritu. Mientras el ciego avanza en el descubrimiento de Jesús, los fariseos, por el contrario, se cierran cada vez más ante la luz, no aceptan el testimonio del ciego sanado, le mandan callarse y lo expulsan (v. 34). La obstinación del corazón lleva a la ceguera interior. Lamentablemente, ¡la fe se puede también rechazar o perder! Tan solo el que acepta que la verdad le cambie la vida, no le tendrá miedo a la luz, al amor, al servicio… Vale, a este respecto, el deseo de S. Agustín, bello, como siempre, también en el texto latino: “Servum te faciat caritas, quia liberum te fecit veritas” (que la caridad te haga servidor, ya que la verdad te ha hecho libre).

Todos nosotros necesitamos de un suplemento de luz. El Principito de Saint-Exupéry nos enseña: “Lo esencial es invisible a los ojos. Se ve bien solo con el corazón”.Las últimas palabras de Johann W. Goethe fueron: “¡Más luz!”. Jesús, con la palabra y el signo, trae la luz nueva que esclarece la realidad del pecado presente en el mundo. El pecado es esa vasta zona oscura, en la que se mueven las personas que no viven a la luz del Evangelio. En esa zona oscura está también la no-comprensión del sentido de la enfermedad, del dolor, de la desgracia, males que a menudo se vinculan, erróneamente, a pecados personales. Emblemática, a este respecto, es la historia de Job, a quien sus visitadores acusan de tener pecados escondidos. Asimismo, los apóstoles son un ejemplo de esa mentalidad: al ver al ciego de nacimiento, preguntan al Maestro: “¿Quién pecó: este o sus padres?” (v. 2). Es el típico planteamiento pre-cristiano del problema del sufrimiento: identificar la causa del dolor o de la enfermedad con el pecado, con el mal de ojo, el maleficio, o cualquier hechizo por parte de otra persona…

Es una mentalidad muy extendida incluso en ámbitos cristianos, típica de personas aún no bien evangelizadas. Pienso en mis años de trabajo misionero en la República Democrática de Congo, donde los problemas y los miedos de los ndoki (palabra en idioma lingala, para decir mal de ojo, brujos…) eran algo cotidiano: muchos cristianos (incluidos algunos catequistas y religiosos) aún no estaban interiormente libres de ello. También en América Latina, en Europa y ahora en Vietnam he visto situaciones parecidas. Se percibe que la vida, sin la luz del Evangelio, es, a menudo, sinónimo de tinieblas, miedos, venganzas, manejos oscuros… que serpentean incluso entre algunos cristianos de todas las latitudes. El corazón humano nunca está del todo convertido. La acción misionera de la Iglesia no se conforma con una evangelización superficial, sino que debe llegar al corazón de las personas y a los valores de las culturas, como enseña muy bien Pablo VI (véase la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 1975, n. 18-20).

Es posible salir de esta mentalidad paganizante tan solo haciendo un camino de conversión permanente, aceptando interiormente y hasta el fondo a Cristo, que ha dicho: “Yo soy la luz del mundo” (v. 5), “la verdad los hará libres” (Jn 8,32). Esta es la clara invitación de San Pablo (II lectura) a caminar como hijos de la luz (v. 8; cfr. Mt 5,14), no tomando parte en las obras estériles y vergonzosas de las tinieblas (v. 11-12), sino mirando a Cristo: “Despierta… y Cristo será tu luz” (v. 14). Cristo es la luz, Él es el Enviado del Padre, la pila en la cual sumergirse con el bautismo. Es conmovedor y significativo el hecho que lo primero que este hombre ciego ve es el rostro de Jesús, aun antes del rostro de su madre. El camino de conversión a Cristo y de misión es posible tan solo si nos abrimos de par en par a Dios en una oración “de corazón a corazón”, como nos enseña el Papa Francisco.

La luz de Cristo ayuda a comprender el sentido de la enfermedad y del dolor, como lo aprendemos del silencioso y paciente testimonio de muchas personas enfermas en el cuerpo, pero interiormente serenas. La fe es una luz nueva que nos permite captar el mensaje de vida presente en el dolor, la oportunidad de purificación y de salvación para sí y para los demás. La fe nos lleva a fiarnos de Dios, el Pastor que nos conduce por rutas seguras (Salmo responsorial). Él tiene caminos y criterios diferentes a los nuestros (I lectura): “El Señor ve el corazón” (v. 7) de las personas, como se ve en la elección de David. Este era el más pequeño, un pastor (cfr. Lc 2,8); sin embargo, Dios hace de él un rey. Los criterios de Dios son sorprendentes: sana al ciego, a un mendigo (v. 8), a un expulsado (v. 34); más tarde también Jesús será rechazado; pero Jesús lo acoge, se le auto-revela, hace de él un creyente, un testigo, un mensajero convencido (v. 30-33). Lo mismo que pasó con la Samaritana (cfr. domingo pasado). Dios nos sorprende: escoge a los últimos para anunciar y hacer crecer su Reino en el mundo.


Domingo del ciego de nacimiento:
Preguntas y miradas, un camino hacia la luz

P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El cuarto domingo de Cuaresma es una segunda catequesis bautismal sobre la LUZ, después de la del domingo pasado sobre el agua. El protagonista es el ciego de nacimiento curado por Jesús, que Juan nos presenta en el capítulo 9 de su Evangelio. Se trata de un texto bellísimo que, desde siempre, se ha leído como una ilustración del bautismo. El ciego de nacimiento representa a cada uno de nosotros, a quien Jesús vuelve a modelar (Génesis 2,7) y envía hacia la piscina de Siloé, símbolo del bautismo.

La vida nace ciega, la humanización es un proceso de iluminación

La vida en la tierra surgió en un estado de ceguera y permaneció así durante millones de años. También el recién nacido se vuelve capaz de ver solo progresivamente. En realidad, se podría decir que la humanización es un proceso lento y fatigoso de iluminación. Y lo mismo sucede con la vida de fe, que se inserta en este proceso y lo lleva a su pleno cumplimiento. Desde la visión de la realidad natural, la fe nos conduce hacia la contemplación de lo invisible, hasta entrar en la plena Luz que es Dios mismo. Sin la apertura de la fe, la visión queda incompleta y corre el riesgo de caer nuevamente en las tinieblas del sinsentido. «En ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz» (Salmo 36,10).

Preguntas y miradas

El relato de la curación del ciego de nacimiento está tejido alrededor de una larga serie de preguntas (dieciséis). Intentaré resumirlas en siete. Preguntas y respuestas nos ponen ante diferentes actitudes y miradas. Este Evangelio también nos invita a hacernos preguntas para tomar conciencia de la calidad de nuestra mirada y ver en qué punto estamos en nuestro camino de iluminación bautismal.

El pasaje comienza diciendo que «Jesús, al pasar, vio…». Jesús es aquel que pasa y ve. Como el samaritano de la parábola: «al pasar junto a él, lo vio y se compadeció» (Lc 10). Y sigue pasando y mirándonos con compasión. Pero nosotros somos ciegos y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta, acostumbrados a pasar sin ver, o a mirar —o ser mirados— con indiferencia o conmiseración.

1. «Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?»

«Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento». También los apóstoles lo ven y hacen una pregunta: «¿Quién pecó…?». Esta es la mirada del prejuicio, que culpa incluso antes de intentar comprender la situación del otro.

2. «¿No es este el que estaba sentado pidiendo limosna?»

Sus vecinos y conocidos se preguntan: ¿será realmente él? «Sí, soy yo». ¿Y cómo es que ahora ves? «Fue el hombre llamado Jesús». ¿Y dónde está? «No lo sé». Y todo termina allí. Se trata de una mirada de curiosidad superficial. No busca profundizar en lo que ve, incluso cuando se trata de algo inédito como un milagro.

3. «¿Cómo puede un pecador realizar signos de este tipo?»

Entra entonces en escena la mirada inquisidora de los fariseos, que quieren investigar si la ley ha sido respetada. Un destello de luz parece aparecer: «¿Cómo puede un pecador realizar signos de este tipo?», pero enseguida es sofocado. No les interesa que un ciego haya sido curado, porque no tienen en el corazón el bien de la persona. Les importa poco la grandeza del signo; lo único que les preocupa es que la ley del sábado no haya sido transgredida.
Se interroga al testigo. Su mirada ha entrado en un proceso de iluminación. Cuando le preguntan: «Tú, ¿qué dices de él, ya que te abrió los ojos?», Jesús ya no es solo «un hombre llamado Jesús», sino «¡es un profeta!».

4. «¿Es este vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»

Los guardianes de la ley no quieren admitir la realidad porque no encaja en su esquema mental. Para ellos, la vida no es autónoma. ¡Incluso la realidad debe someterse a la ley! Interrogan a sus padres que, por miedo, se desvinculan de su hijo: «¡Nosotros no lo sabemos!». La mirada del miedo no es solidaria, sino que abandona al otro a su destino, aunque se trate de un hijo.

5. «Naciste totalmente en pecado, ¿y nos quieres enseñar a nosotros?»

El ciego curado es interrogado nuevamente, en un intento de intimidarlo, de hacerlo caer en contradicción, para salvar la ley y a ellos mismos, su posición de poseedores del poder. Los fariseos exhiben todo su saber: «¡Da gloria a Dios! Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
«Nosotros sabemos… nosotros sabemos». Ellos lo saben todo.
El testigo, por su parte, dice: «Una cosa sé: yo era ciego y ahora veo». Ellos insisten: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?». El que ahora ve, cada vez más seguro de sí mismo, se vuelve audaz: «¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿También vosotros queréis haceros sus discípulos?». Entonces estalla la furia de la mirada de la mentira que no admite ser desafiada ni puesta en cuestión: «Naciste totalmente en pecado, ¿y nos quieres enseñar a nosotros?». Y lo expulsan. Las tinieblas se vuelven más densas y se cierran a la luz: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron» (Jn 1,5).

6. «¿Crees en el Hijo del Hombre?»

Entonces Jesús lo busca y, al encontrarlo, también le pregunta:
«¿Crees en el Hijo del Hombre?».
Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo: «Lo has visto: es el que está hablando contigo».
Él dijo: «¡Creo, Señor!».
Y se postró ante él.

Es la mirada de la fe. ¡El ciego queda plenamente inundado por la Luz!

7. «¿También nosotros somos ciegos?»

El relato termina con una afirmación inquietante de Jesús: «Yo he venido a este mundo para un juicio: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos».
Sigue una pregunta preocupante que todos deberíamos hacernos: «¿También nosotros somos ciegos?». ¡La primera iluminación es reconocernos ciegos!
«Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: “Vemos”, vuestro pecado permanece».
Hay un pecado «bueno», salvador, que nos abre a la misericordia de Dios. Y hay un pecado «malo» de quien se siente justo, correcto, que nos cierra a la gracia.

Para concluir…

Os invito a releer el texto de la segunda lectura: «Hermanos, antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz» (Efesios 5,8-14).
El riesgo de volver a caer en las tinieblas es cotidiano. Tomar conciencia de nuestra ceguera (Apocalipsis 3,17-18) y cuidar la luminosidad de nuestros ojos (Mateo 6,23) es una tarea cuaresmal.
Gritemos también nosotros al Señor, como el ciego de Jericó:
¡Señor, haz que recobre la vista!

¡Vale la pena ser misionero!

El escolástico mexicano Emmanuel Alejandro Mejía está realizando sus estudios de teología en Granada, España. Desde allí nos envía el testimonio de tres de sus compañeros: Trilli Elgadi, de Sudán, Joseph Tran Dinh Phuc, de Vietnam y Romain Lindaou Bakenakou, de Togo. En la foto, escolasticado de Granada.

Trilli Elgadi (Sudán)

“Porque yo sé los planes que tengo para vosotros” –declara el Señor– “planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza”. (Jer 29,11).

Soy Trilli Elgadi, natural de Sudán, un país donde el 96 por ciento de la población es musulmana. Sin embargo, nací en el seno de una familia cristiana católica. Desde pequeño crecí en la Iglesia, participando activamente en sus celebraciones y actividades. Siendo monaguillo, descubrí algo que marcó profundamente mi vida: el deseo de servir en el altar y permanecer siempre cerca del Señor.

Aquel amor por el altar despertó en mí el primer gran anhelo: ser sacerdote. Con el paso del tiempo conocí a los misioneros combonianos y, a través de mi párroco –que también era comboniano–, descubrí la vida y el testimonio de San Daniel Comboni. Saber que había entregado su vida por mi pueblo me conmovió profundamente. Muchas veces he pensado que, si no hubiera sido por su entrega misionera, quizá yo no habría conocido a Cristo. Movido por este testimonio, decidí seguir sus pasos y responder a la llamada de Dios como misionero comboniano: llevar a Cristo a quienes aún no lo conocen y entregar mi vida al servicio de los más pobres y abandonados.

Mi camino vocacional comenzó acompañado por mi párroco, quien me ayudó a profundizar en el carisma comboniano. En 2018 viajé a Jartum para iniciar el prepostulantado durante seis meses. Un año más tarde fui destinado a Uganda para el postulantado. Allí aprendí el idioma y comencé tres años de estudios de filosofía, en un ambiente de vida comunitaria, oración, apostolado y formación académica.

La llama misionera no dejaba de crecer en mi interior. En 2022 inicié el noviciado en Namugongo (Uganda), una etapa decisiva en mi vida. Fue un tiempo de silencio, escucha y encuentro profundo con Dios. Allí conocí más intensamente la espiritualidad y el carisma de San Daniel Comboni, así como el significado de la vida religiosa y los votos. En 2024 emití mis primeros votos, confirmando mi deseo de consagrar mi vida a la misión.

El camino no ha estado exento de desafíos. Dejar mi país, mi familia y mis amigos fue una de las pruebas más duras. Adaptarme a nuevas culturas, idiomas y formas de vida también supuso un reto. Sin embargo, la experiencia de la fraternidad misionera y el apoyo constante de mi familia han sido fuente de consuelo y fortaleza. Actualmente me encuentro en España, estudiando la teología. Vivir en otro continente me ha permitido ampliar mi mirada sobre la misión. La realidad eclesial aquí es muy distinta a la de mi país. En Sudán, la Iglesia está llena de jóvenes comprometidos; muchos descubren allí su vocación y desean servir. En cambio, en España percibo con preocupación la menor participación juvenil. Aun así, esta realidad no apaga mi esperanza. Al contrario, reafirma mi convicción de que vale la pena entregar la vida por el Evangelio y por los más necesitados.

La Iglesia necesita jóvenes valientes, dispuestos a servir a los pobres y abandonados, a anunciar a Cristo donde aún no es conocido y a trabajar por la salvación de la humanidad. No tengáis miedo de seguir los caminos de Dios. Confiad en Él. “La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38).


Joseph Tran Dinh Phuc (Vietnam)

Soy Joseph Tran Dinh Phuc, vengo de un país muy bonito y lleno del amor de sus gentes, se llama Vietnam, una tierra sencilla, llena de contrastes, un país de régimen comunista, donde la fe es perseguida, por lo que se vive de manera muy difícil en público. Se vive más en el entorno familiar y comunitario. Crecí allí y aprendí desde pequeño el valor de la comunidad. Cada día nos reuníamos en la Iglesia para rezar una comunidad pequeña que se siente acompañada de Dios incluso en medio de las dificultades.

Antes de iniciar mi camino vocacional fui a ayudar a una parroquia, en una tribu en la montaña. Mi vocación misionera no nació de momentos espectaculares, sino de encuentros concretos con el sufrimiento de la gente. Ver a personas solas, pobres, olvidadas, me tocaba el corazón.

Durante unas vacaciones con mi familia, conocí a los Misioneros Combonianosa través de un sacerdote que visitó mi parroquia. Cuando leí la vida de Daniel Comboni, su pasión por África y su frase “Salvar África con África”, sentí que ese espíritu misionero coincidía con lo que yo llevaba dentro. Primero fui a Saigon, en 2018, para empezar mi formación, allí comencé a estudiar inglés. En 2019 me enviaron a Filipinas y allá, en un país diferente del mío, la formación fue el estudio de la lengua para iniciar el postulantado y el estudio de la filosofía. Lo que más alegría me ha dado ha sido la fraternidad: vivir con hermanos de distintos países, culturas y lenguas y aprender a convivir en fraternidad. También me ha alegrado el contacto con la gente sencilla a través de la pastoral, las misiones populares, las visitas a enfermos, los momentos de oración comunitaria. A veces, yo también quise salir de la comunidad y buscar una vida diferente. Pero mi formador en cierta ocasión me dijo: “Jesús no solo murió por la gente de Vietnam, Jesucristo murió por todo el mundo”. Esta frase me marcó y ayudó para continuar mi camino misionero.

Actualmente estoy en Granada (España), estudiando la teología. Está siendo una experiencia nueva. Me ha sorprendido la diversidad cultural y el proceso de secularización. Aquí muchas personas viven la fe de manera más discreta o distante, en comparación con mi país, donde existen menos expresiones religiosas externas, pero también encuentro una gran riqueza de voluntariado y apertura intercultural, por lo que veo que necesito aprender otro ritmo de vida, otra mentalidad y otra forma de evangelizar aquí.

¿Qué voy a decir a los jóvenes? Les diría: no tengan miedo de escuchar lo que Dios les pide. El mundo necesita corazones generosos, personas dispuestas a salir de sí mismas.

La vocación misionera no es perder la vida, es encontrarla. No tengan miedo de soñar en grande. Dios no quita nada, lo da todo. Si sienten una inquietud en el corazón, no la apaguen. Puede ser Dios llamando.


Romain Lindaou Bakenakou (Togo)

Soy Romain Lidaou Bakenakou, de nacionalidad togolesa (un país del oeste de Africa). Empecé mi camino de formación en el postulantado de Lomé, en Togo, en 2020. Durante tres años estudié la filosofía y luego fui a Benín por dos años para hacer el noviciado. Desde octubre de 2025 estoy en Granada (España) para la etapa del escolasticado.

 Nací en una familia católica. Desde pequeño recibí una educación religiosa que ahora puedo decir que es la base de mi vida espiritual y cristiana. Al inicio, la imagen de mi padre me impactó mucho, porque era catequista y traducía la homilía en la lengua materna durante la misa, o hacía la celebración de la Palabra cuando no había sacerdote.

Cuando todavía estaba en la primaria, sentí el deseo de algo más grande que ser un catequista: ser sacerdote. Hasta terminar la secundaria conservé esta idea, que cada vez se convertía más en un deseo ardiente. No tenía ninguna idea de los misioneros. Me preparaba para entrar en el seminario de mi diócesis cuando conocí a los Combonianos por medio de mi tía que era religiosa. Me dijo que hiciera una experiencia con los misioneros antes de elegir.

Hice mi primera experiencia con los combonianos en 2018, yendo al encuentro de los aspirantes. Allí escuché el testimonio misionero de algunos sacerdotes combonianos que estaban de vacaciones. Lo primero que me tocó fue la alegría que manifestaban cuando nos contaban sus experiencias. Me llamó mucho la atención porque hablaban de situaciones de tristeza, de crisis como la guerra, la violencia etc… Al principio quería olvidar esta idea de ser misionero por las dificultades que escuchaba. Pero, en mi camino, volviendo a mi ciudad, me preguntaba por qué quería abandonar esa idea.

Desde entonces, me dije que, si quiero verdaderamente ofrecer mi vida al Señor, debo sacrificarme, porque un don hecho de todo corazón, viene siempre del sacrificio de algo en nuestra vida, y el primer sacrificio que debo hacer es no huir de las dificultades que me encuentro. 

Por eso, mi primer paso para optar por la vida misionera no fue el carisma del instituto, sino el deseo de hacer frente a las dificultades como signo de sacrificio y ofrenda de mi vida por la causa de Dios.

La primera dificultad en este camino fue estar lejos de mi familia sin saber cómo estaban, porque al inicio del postulantado, durante algunos meses no podíamos usar el celular.

Durante la formación, mi gran desafío fue el cambio del ritmo de vida. Cuando empecé el primer año del postulantado tuve que adaptarme. Luego, durante el noviciado, tuve que acostumbrame con solitud, poquito a poco. Fue una buena experiencia. Pero me alegro mucho de ello, porque esas dificultades y otras que tuve no fueron obstáculos para mí, sino que me invitaron a mejorar en mi vida, a crecer en este camino.

De esta formación para ser misionero comboniano que estoy recibiendo, lo que más me alegra es la libertad de cada uno para responder libremente a la llamada de Dios según el descernimiento. Además, recibimos también una formación humana para un crecimiento completo. Aún no puedo decir que ya tengo la idea clara de que Dios me llama a servirle como comboniano, porque es un camino de continuo descernimiento. Tampoco es que dude de mi vocación, es una manera de estar abierto a lo que Dios decidirá sobre mi vida.  Siento que este es mi camino y me encuentro muy bien, continuando con mucho ánimo y celo, rezando para que me vaya bien.

Ahora que estoy en Granada, es un nuevo desafío. Es necesario adaptarse a la nueva cultura, nuevo clima y, sobre todo, la lengua. Hago frente a todo eso con ánimo porque estoy seguro de que Dios me llama a su servicio y no me faltará su apoyo en mi caminar. Al final, lo que puedo decir es que este camino es más un camino de fe, de confianza, de flexibilidad y apertura a la gracia de Dios. Siempre encontraremos obstáculos, más cuando tratamos de mirar hacía tras, cuando queremos estar seguro de todo, cuando queremos calcular todo.

A quien siente este deseo de servir al Señor, a quien siente este deseo profundo de ser misionero del evangelio, le digo: no lo reprimas, ponte en camino y te aseguro que no te arrepentirás de tu elección porque a pesar de los desafíos, el Señor no abandona.

La quema de gas en Ecuador aumenta pese a la sentencia que obliga el cierre de mecheros de los campos petroleros

Las operaciones de los mecheros generan riesgos para la salud de las personas asentadas en las comunidades aledañas a las estructuras. La quema de gas, producto de la extracción de petróleo, ha generado una serie de movilizaciones antes, durante y después del proceso que concluyó con el fallo judicial que obligaba al cierre de más de 400 torres. Hoy se sigue abogando por el cumplimiento del fallo y el respeto de la vida de quienes se ven impactados y por quienes se movilizan en defensa de los pueblos.

Por: Equipo de Comunicaciones de REPAM
Fotos: REPAM Ecuador

Una publicación realizada por Mongabay ha recapitulado la situación de los mecheros que queman gas en la Amazonía ecuatoriana. La nota recoge la base legislativa que ordena el cierre de 424 torres de gas con plazo máximo al año 2030; según Petroecuador, hasta noviembre de 2025 se habían eliminado 170 mecheros en el cumplimiento de la sentencia. Sin embargo, el Banco Mundial ha señalado que la quema de gas habría aumentado desde el año 2021, luego de la emisión del fallo. Además, comunidades como Nueva Esperanza, en la Amazonía ecuatoriana, se ven afectadas por la proximidad de los mecheros a las viviendas (a más o menos 30 metros), un punto que fue considerado en la decisión judicial y que se estaría incumpliendo al no retirar las estructuras.

Entre 2020 y 2021, nueve niñas de las provincias de Orellana y Sucumbíos llevaron al poder judicial una denuncia que exponía las consecuencias ambientales y de salud que generan los mecheros de los campos petroleros. En un primer momento, la Corte Provincial de Sucumbíos falló en favor de las menores y posteriormente la Corte Constitucional del Ecuador avaló la gestión; por ello, el proceso es considerado una sentencia histórica y una gran victoria en la lucha que levantan las comunidades por la defensa del territorio, el medio ambiente y la vida.  

Los mecheros y la salud

Según Mongabay, desde la coordinación jurídica de la Unión de Afectados por Texaco (UDAPT), se explica que “aunque se han eliminado los mecheros se sigue quemando la misma cantidad de gas, porque este es trasladado a mecheros más grandes”. La publicación “The Apaguen los Mecheros campaign: Supporting climate justice in the Amazonian cities of Ecuador by estimating the health risks of gas flaring” recoge una serie de estudios científicos que exponen aspectos fundamentales sobre el impacto en la salud que tiene la quema de gas; los niveles máximos y mínimos de la emisión de óxido de nitrógeno y monóxido de carbono son puntos a considerar en un radio de por lo menos 5 kilómetros, respecto a la instalación de torres para la quema de gas.

Dicha publicación enuncia que “casi la totalidad de los mecheros ponen en riesgo la salud humana (siendo un número reducido las torres que no tienen impacto sustancial)”. También, el análisis científico establece la existencia de 294 mecheros de riesgo moderado, 262 de riesgo alto y 90 de riesgo muy alto; todos llamados a ser clausurados para evitar impactos negativos en la salud de pobladores de comunidades locales. Los excesos de óxidos de nitrógeno, monóxido y dióxido de carbono, metano y dióxido de azufre (generados en el proceso de quema) conllevan a afecciones respiratorias crónicas (bronquitis y asma) y a la reducción de capacidad de la sangre para el transporte de oxígeno. A ello, se suma la emisión de contaminantes altamente tóxicos como el benceno, el etilbenceno y el formaldehído, cuya exposición se vincula al cáncer, la anemia, los daños cerebrales, distintos tipos de malformaciones y trastornos en los procesos reproductivos y de desarrollo.

Apaguen los mecheros

La lucha contra los mecheros ha sido abanderada por la acción de las nueve jóvenes, cuya acción tuvo esa importante victoria en 2021. Pero, es necesario rescatar el accionar de distintos actores comprometidos con la vida y el medio ambiente. En marzo de 2024, habitantes de las comunidades indígenas y activistas ambientales se movilizaron en Quito para exigir el cumplimiento de la sentencia; en dicha acción miembros de las fuerzas armadas retuvieron a una de las jóvenes demandantes, 4 menores más y manifestantes de las comunidades impactadas por las torres. No podemos olvidar la lucha constante de quienes acompañan la campaña “Apaguen los Mecheros”; movilizaciones, plantones, manifestaciones durante audiencias judiciales y actos simbólicos han acompañado el clamor de las comunidades en su lucha.

Es importante preguntarnos ¿vasta una determinación del poder judicial para cambiar la realidad? La respuesta es evidente: estamos lejos de ejecutar en la realidad lo que determinan los documentos judiciales. Alrededor de la extracción de hidrocarburos existen intereses de diversos sectores que, en la mayoría de los casos pasan por encima de la vida y dignidad de los más vulnerables. Actualmente, las cifras de cierre de los mecheros rondan el 40% del total determinado en la sentencia; sin embargo, las amenazas, persecuciones y los daños a la salud humana siguen vigentes en un territorio que en el papel cuenta con garantías y derechos.

REPAM Ecuador

Las chicas primero

La situación de discriminación en el acceso a la educación que sufren las chicas centroafricanas con respecto a los varones motivó la fundación del Internado Sainte Monique, en Mbata. Este proyecto de promoción humana de las Dominicas Misioneras de África ha recibido el apoyo de la ONG española Manos Unidas, que financió la construcción de uno de los edificios de dormitorios del centro. En él 170 chicas se preparan para tener un futuro mejor.

Texto y fotos: P. Enrique Bayo, mccj. MUNDO NEGRO

Dos toques de bocina y unos pocos segundos de espera bastaron para que el guardián abriera el portón del Internado Sainte Monique, situado en la ciudad centroafricana de Mbata, en la provincia de Lobaye. Ante nuestros ojos apareció una gran parcela con varios edificios de planta baja y algunos árboles, debajo de los cuales algunos grupos de chicas de diferentes edades charlaban de manera animada. Algunas de ellas reconocieron al volante del vehículo al misionero comboniano burgalés Mons. Jesús Ruiz, obispo de Mbaiki, y levantaron sus brazos con energía para saludarle.

El coche giró a la izquierda y pocos metros después quedó aparcado junto a la comunidad de las Dominicas Misioneras de África. Antes de que pudiéramos descender, varias religiosas se encontraban al pie del vehículo para darnos la bienvenida «a la africana», con grandes muestras de alegría. 

Mons. Ruiz me había advertido de que nuestra visita iba a ser corta, por lo que en cuanto me presentaron a las cinco religiosas de la comunidad, dos ruandesas y tres centroafricanas, encendí mi grabadora, me colgué al cuello la cámara de fotos y comencé a hacer preguntas. La hermana centroafricana Clémentine Mbanga, superiora de la comunidad y principal responsable del internado, se ofreció a acompañarme y mostrarme el centro. La religiosa estuvo a mi lado durante toda la visita.

Era jueves y las chicas más mayores estaban en clase, mientras que las más jóvenes parecían disfrutar de un momento de recreo en el patio del centro. Por mucho que miraras el entorno, era imposible encontrar entre ellas una cara seria. Me acerqué a una de las chicas, Janice, para preguntarle por qué estaba en el internado y su respuesta me gustó mucho: «Para estudiar y convertirme en alguien que sea útil a la sociedad centroafricana». Por eso de constatar la primera impresión, realicé la misma pregunta a otras tres alumnas del centro con las que tuve la oportunidad de hablar: Sarah, Miséricorde y Gwendoline. Todas respondieron más o menos igual que Janice: querían formarse para contribuir al bien de su país. Ante la firmeza de sus palabras, comprendí que era un mensaje muy bien interiorizado que expresaban con convicción. Las cinco chicas a las que entrevisté se mostraron también unánimes a la hora de valorar de forma muy positiva el cariño y la cercanía que reciben de las hermanas dominicas en Sainte Monique.

Una clase del internado

Un proyecto para paliar una deficiencia

El centro nació en el año 2012 por pura necesidad. Las religiosas dominicas y el entonces obispo de la diócesis de Mbaiki, el comboniano italiano Mons. Guerrino Perin, eran conscientes del bajo porcentaje de escolarización en la República Centroafricana, que en algunas provincias apenas alcanza el 50 % de la población, pero sobre todo les dolía la gran discriminación que sufren las niñas, que no disponen de las mismas oportunidades que los niños para estudiar. Todo ello les llevó a poner en marcha un internado para chicas donde ofrecerles una formación de calidad. «Nuestra mentalidad cultural empuja a las chicas a quedarse en casa para ayudar a sus madres en lugar de ir a la escuela», se lamentaba la Hna. Mbanga, «y nosotras no podemos aceptar una actitud que frena a las chicas y les impide ir adelante con sus vidas». También las palabras de la religiosa sonaban con mucha convicción.

Los comienzos del proyecto tuvieron a la humildad ­como principal seña identitaria. El primer año fueron cuatro las chicas acogidas, al año siguiente eran ya ocho y, poco a poco, gracias al apoyo de diferentes organizaciones y del propio Mons. Jesús Ruiz, el Internado Sainte Monique ha ido creciendo de manera constante. En la actualidad, para el curso 2025/2026, las instalaciones del centro acogen a 170 chicas de entre 7 y 16 años, aunque tiene capacidad para unas 200.

Un viejo caserón remodelado con un porche acoge el pabellón de las clases, mientras que los dos grandes edificios donde viven las chicas, con cinco dormitorios cada uno, fueron construidos después de la fundación del internado. El más reciente fue posible gracias a la ayuda de la ONG católica Manos Unidas y acoge a las chicas de Primaria. Los dormitorios son amplios, cada uno cuenta con capacidad para una veintena de chicas, repartidas en diez literas de dos camas cada una. Los lavabos se encuentran en un pasillo lateral dentro del propio edificio, mientas que los baños y las duchas están situados en el exterior, a pocos metros de distancia.

Para que el funcionamiento de esta comunidad sea armónico, las religiosas prestan especial atención al orden. Por este motivo, en cada dormitorio una chica es elegida como responsable para supervisar la limpieza y asegurar la disciplina entre las chicas. Lo mismo sucede en cada una de las clases, donde las alumnas votan en secreto a su delegada. Austine Mbada, delegada de quinto de Enseñanza Media, ha asumido su rol muy en serio, porque «si me han elegido es para que haga lo que tengo que hacer. Si alguna compañera tiene comportamientos turbulentos, tengo que aconsejarla para que cambie y darle buenos consejos para orientarla y ayudarla».

El comedor del internado.

Disciplina y formación

La mayoría de las muchachas del internado son originarias de la provincia de Lobaye, cuyo territorio coincide con la diócesis de Mbaiki. Proceden de poblaciones como Boda, ­Boganangone, Ngotto, la ciudad de Mbaiki o Mongoumba, pero hay también chicas de otras provincias e incluso de Bangui, la capital del país. No abundan en la República Centroafricana centros que ofrezcan a las chicas una disciplina y una formación de calidad como las que proponen en Sainte Monique, por eso, los padres que pueden permitírselo no dudan en enviar a sus hijas a Mbata.

Estudiar aquí no es gratis, pero el coste se adapta a las circunstancias de cada una de las internas. A las chicas cuyos padres trabajan y tienen posibilidades económicas les piden 300 000 francos CFA al año, unos 460 euros, mientras que para el resto de las chicas el coste es de 170 000 francos –260 euros–. Sin embargo hay situaciones especiales. Por iniciativa de Mons. Jesús Ruiz, las hijas de los catequistas que están dando su vida por la Misión pagan solo 85 000 francos –130 euros–, mientras que los otros 85 000 francos son aportados por la diócesis. En el caso de las jóvenes pigmeas aka, la diócesis se hace cargo de sus estudios y estancia en el internado.

En el presente curso son nueve las chicas aka. Todas estudian Primaria. «Su nivel de estudios es muy bajo y nos vemos obligadas a asignarles clases más bajas que las que les corresponderían por la edad, pero es la única manera de que vayan cogiendo confianza y progresen en los estudios», señala la Hna. Mbanga.

El obispo de Mbaiki, Mons. Jesús Ruiz, en el internado Sainte Monique con varias chicas.

Sistema educativo

Nueve profesores, ocho hombres y una mujer, son los encargados de impartir las clases. Las religiosas dominicas prestan un especial cuidado en el proceso de selección del personal docente. Se les exige que preparen bien sus clases y que den buen ejemplo, pero, además, la Hna. Clémentine indica que, «en diálogo con ellos, se les ha pedido que no faciliten las cosas, que sean exigentes a la hora de evaluar, porque aquí la gente ama la facilidad». Ella misma es profesora e imparte Geografía e Historia tanto en el internado como en la escuela pública de Mbata. «En aquel centro –dice la ­religiosa– soy la única mujer que da clases. Para la mujer es muy difícil alcanzar un nivel de estudios que le permita ser profesora. En toda la provincia de Lobaye solo hay 13 mujeres profesoras en Primaria, mientras que los hombres son centenares. Por suerte, esta mentalidad de relegar a la mujer está cambiando y nuestro internado es expresión de ese cambio».

El sistema educativo centroafricano prevé seis años de Primaria –Fundamental 1–, cuatro de Enseñanza Media –Fundamental 2– y tres de instituto. Los años se cuentan en sentido inverso al sistema educativo español, de manera que la Primaria va de sexto a primero, mientras que la Media comienza en sexto y se extiende hasta tercero. Los tres cursos del instituto son segundo, primero y terminal. El aprobado en este último da acceso a la universidad.

En el Internado se imparten los ciclos completos de Fundamental 1 y 2. Aunque las hermanas tienen intención de comenzar también el instituto, de momento no ha sido posible. No obstante, las chicas que concluyen la Enseñanza Media tienen la oportunidad de trasladarse a la comunidad que las Dominicas Misioneras de África tienen en Bangui ­para ­completar sus estudios. Los frutos, ­enfatizan las religiosas, comienzan a verse.

Una de las primeras chicas en matricularse en el internado hizo en 2025 su primera profesión religiosa como dominica y otras tres jóvenes han llegado a la universidad. Dos están matriculadas en segundo de Medicina y la otra comenzó este curso la licenciatura de Geografía e Historia. «Para nosotras son el orgullo del internado. Seguro que en 20 años o menos habrá chicas salidas de aquí que se habrán convertido en personas influyentes que ayudarán a desarrollar nuestro país», comenta la Hna. Clémentine.

Formación humana y espiritual

Además de la académica, las dominicas se preocupan mucho por la formación humana y espiritual de las internas. Todas siguen el curso de Educación a la Ciudadanía que imparte la Hna. Mbanga, así como también una formación específica sobre vida y amor. «Sorprende la ignorancia con que las chicas llegan al internado en materia de sexualidad, por ejemplo la cuestión de la menstruación es un tabú. Como sus padres no les explican nada, tienen que informarse con sus amigas. Aquí intentamos darles una formación seria en estos aspectos tan importantes», señala la superiora. A ello se añaden las prácticas para aprender a hacer la colada, cocinar, arreglar la cama y la ropa y saber presentarse y comportarse delante de los adultos.

En un lateral del centro, algunas de las chicas cultivan una pequeña huerta donde crecen legumbres, verduras y frutas, alrededor del cual deambulan algunas gallinas camperas. Este servicio ayuda a las chicas a aprender a trabajar la tierra, además de producir alimentos que sirven para el consumo interno. Lo mismo sucede con la cría de unos pocos corderos aunque, como señala la superiora, la falta de medios no les ha permitido desarrollar más esta actividad ganadera.

Con respecto a la formación espiritual, las clase de Religión están aseguradas por un sacerdote de la parroquia. Si bien algunas de las chicas son protestantes e incluso musulmanas, sus familias fueron advertidas antes de matricularse de que el internado ofrece solo formación católica. Todas las internas deben seguir la clase de Religión y están invitadas a participar en los momentos de oración comunitaria. Además de las eucaristías dominicales, cada día se reza el rosario junto a la gruta de la Virgen, situada en un rincón de la parcela, y los domingos dedican 30 minutos a la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento.

Exterior de la Parroquia Saints Pierre et Paul, de Mbata, donde las jóvenes participan algunos domingos en la celebración eucarística.

La vida dentro del internado

A escasos 400 metros del internado se encuentra la Parroquia Saints Pierre et Paul, en Mbata, donde las chicas acuden a misa algunos domingos. Cuando es posible, un sacerdote viene al centro para celebrar la eucaristía. Estas ocasionales salidas dominicales y las visitas al dispensario médico en caso de necesidad son las únicas oportunidades que las chicas tienen para salir fuera del centro. Ni siquiera están previstos paseos lúdicos los fines de semana, de manera que toda la vida de las internas se desarrolla en el reducido espacio del internado.

Al preguntar a la Hna. Mbanga si esta situación de semiclausura no se hace demasiado pesada para las jóvenes internas, su rostro refleja cierta resignación. «Es cierto que nos gustaría salir más. Si tuviéramos un autobús podríamos hacer excursiones, pero no es posible. Los chicos están siempre ahí, al acecho de las chicas. A veces incluso trepan el muro para ver lo que hacemos, lo que nos obliga a tener guardianes día y noche para asegurarnos de que a ninguno se le ocurra saltar. En cada uno de los edificios donde están los dormitorios, una hermana o una mujer del personal auxiliar pasa la noche con las internas», dice la religiosa, que enseguida asegura que las «chicas soportan muy bien la vida del internado. Se sienten protegidas y les gusta estar aquí. Durante las vacaciones de fin de curso y durante la Navidad y la Semana Santa regresan a sus casas y siempre dicen a sus padres que tienen ganas de regresar al Sainte Monique».

El centro no dispone de sala de televisión y las chicas no pueden tener teléfono móvil, pero cada sábado de 15 a 17 horas se organiza una sesión de danza tradicional, cantos y pequeños teatros donde las internas disfrutan a lo grande. Ese día, pero también el domingo, las religiosas abren el pequeño almacén de las sorpresas donde se guardan los aperitivos, las patatas fritas y los caramelos que los padres traen para sus hijas y que son distribuidos para alegría de todas.

El portón se volvió a abrir cuando Mons. Jesús Ruiz y yo montamos en el coche para seguir nuestro viaje hasta Mongoumba. Al igual que a nuestra llegada, salimos del internado acompañados por los saludos alegres de las chicas y de las religiosas que las acompañan y educan.