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Domingo de Pascua. Año A

“El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró. En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”.

(Juan 20, 1-9)


Jesús debía resucitar
P. Enrique Sánchez, mccj

Resucitó. Esta es la noticia dada en la madrugada del tercer día después de que Jesús había sido crucificado en la montaña del calvario a las afueras de Jerusalén. Ese fue el grito de las mujeres que mostrando, como siempre, una valentía extraordinaria, se habían acercado al sepulcro en donde habían pretendido encerrar para siempre a Jesús.

Y, para sorpresa de todos, de quienes habían creído en él y de quienes habían sido confirmados en sus dudas; en medio de la oscuridad que cubría el día que todavía no empezaba, Jesús no estaba en aquella habitación fría destinada a custodiar los restos de quien no podía permanecer entre los muertos.

María Magdalena, con dos palabras que resonarán a lo largo de toda la historia de la humanidad, había constatado con toda claridad que no estaba ahí.

Estaba vivo, pero era algo que ella todavía no alcazaba a comprender porque lo buscaba en donde no lo encontraría jamás. ¿En dónde lo andamos buscando nosotros?

Lo que Jesús había anunciado y prometido, ahora era realidad y se había cumplido. El lugar destinado a los muertos no se había podido apropiar de él. Y ante aquella tumba vacía se iniciaba el camino de la fe que permitirá ver lo invisible, lo que las tinieblas del amanecer pretendían ocultar a los ojos del corazón. El amor venció a la muerte y las tinieblas no pudieron opacar a la luz.

Había resucitado y eso sólo se entenderá cuando, poco a poco, María Magdalena y los discípulos se irán introduciendo en un misterio que se iluminará cuando entiendan que Jesús no está en una tumba vacía, sino en lo más profundo de sus vidas. De ahora en adelante el Señor vivirá en cada uno de nosotros.

El no encontrar a Jesús en la tumba se había convertido en el primer testimonio de la resurrección de Jesús, no sólo por la ausencia, sino por la necesidad de decir que ya no pertenecía al mundo de los muertos, sino que ahora era el Señor de la vida.

La tumba vacía representa el reto a desprenderse de todas aquellas imágenes que se habían hecho de Jesús.

Habría que desprenderse de la tentación de poder seguir teniéndolo como lo habían conocido y como lo habían tratado a lo largo de los años de su misión.

Había que dejar a un lado las opiniones que les habían convencido y permitido llegar, aunque tímidamente, a decir que él era el Mesías.

Jesús ya no será más el personaje que cautiva y que arrastra a seguirlo, ahora empezará a ser el Señor que los habita. Será la presencia de Dios que cumplirá aquellas palabras que Jesús les había dicho seguramente muchas veces: no tengan miedo, yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.

La tumba vacía por eso, no sólo es un lugar que de pronto queda inhabitado, es más bien un espacio que reta y desafía a ir más lejos, a no quedarse en lo inmediato, en lo efímero que se pierde en el tiempo.

Aquella tumba vacía de pronto se convierte en punto de partida para poder reconocer a Jesús vivo en todos los momentos de la existencia.

Presente, cuando los criterios de este mundo no bastan para darle sentido a la vida, a los momentos bellos al igual que a los que nos toca vivir cargados de pruebas, sufrimientos, sacrificios y contradicciones.

Para muchos de nosotros seguramente no será difícil identificarnos con María Magdalena que va al cementerio, en medio de las tumbas que hablan de muerte. De nuestras muertes a las que nos sentimos aficionados e incapaces de desprendernos porque nos brindan seguridad y comodidad.

Como ella, nos gustaría encontrarnos con el Jesús que nos ha cambiado la vida, que nos ha ayudado a comprender lo que somos y el valor que tenemos a los ojos de Dios, pero nos gustaría que no nos exigiera demasiado. Pero ahora, como resucitado, nos pide ir más lejos, a vivir como resucitados.

Nos ayuda a entender que no basta con decir, sí Jesús es el Mesías y él me ha salvado. Hace falta dar un paso más decidido, haciendo de su vida nuestra vida.

Urge empezar a poner en práctica lo que, durante su vida ha enseñado y lo que nos ha dejado como legado en su palabra y en el testimonio que sus primeros discípulos jamás olvidaron.

María Magdalena nos enseña que ante el misterio de la resurrección no se puede quedar uno paralizado; es necesario ponerse en camino y con premura, para decir con la vida que la resurrección nos ha cambiado.

Pedro y el otro discípulo hacen la misma experiencia y salen corriendo, seguramente no para satisfacer su curiosidad o para verificar la veracidad de las noticias recibidas.

Salen de prisa porque encontrarse con Jesús resucitado significa la garantía de futuro en sus vidas. Porque vivir con Jesús resucitado no podía ser más que fuente de inmensa alegría.

Encontrarse con Jesús resucitado no significaba poder volver al pasado, a repetir lo conocido y lo ya vivido; todo lo contrario, era darse la posibilidad de iniciar una vida distinta. Lo que hasta ahora había sido promesa podía convertirse en algo que cambiaría para siempre sus historias, sus proyectos y la posibilidad de ver realizados los anhelos que Jesús había ido sembrando en sus corazones.

Estos discípulos, y todos los que vendrán después a lo largo de la historia, saben bien que el anuncio de la resurrección no es un testimonio proclamado con muchas palabras.

No se trata de un discurso bien pensado, usando los argumentos más convincentes para demostrar algo que no era necesario que fuese demostrado.

El anuncio de la resurrección es un motivo de alegría profunda que se contagia y que genera el entusiasmo que lleva a decir con la vida que ha valido la pena poner la confianza en Jesús y que es un privilegio ser sus discípulos.

El sepulcro vacío se convierte en el primer anuncio de la resurrección, que con palabras del evangelista san Lucas, dirá: no busquen entre los muertos al que vive (Lucas 24, 5).

Agradecidos por todo lo que viviremos o hemos vivido durante estos días del Triduo Pascual, sería bueno que con palabras sencillas, pero que broten de lo más profundo de nuestros corazones, digamos con sencillez y gratitud que nos sentimos felices, pues con la resurrección del Señor también nosotros hemos renacido.

Que la alegría de la Pascua nos acompañe a lo largo de este tiempo que iniciaremos ahora hasta la fiesta de Pentecostés y que cada día nos demos la oportunidad de reconocer a Jesús vivo que nos acompaña y nos bendice en las luchas que seguiremos abrazando, pero esta vez con la certeza de que no vamos solos por el camino.

Que Jesús resucitado llene nuestras vidas de la alegría que necesitamos para convertirnos en colaboradores suyos en la transformación de mundo en que nos toca vivir.

El Señor ha resucitado y está presente entre nosotros, como misioneros vayamos a todas partes llevando esa buena noticia.

Feliz Pascua de Resurrección.


Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

«Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?»
«El sepulcro de Cristo vivo,
la gloria de Cristo resucitado,
y los ángeles, sus testigos,
el sudario y sus vestiduras.
Cristo, mi esperanza, ha resucitado:
va delante de los suyos a Galilea».

María Magdalena, la mujer de la aurora gloriosa, es la primera anunciadora de la resurrección de Cristo. Ella, esposa apasionada que pasa la noche buscando a su Amado, es imagen de la Iglesia. María permanece estrechamente unida al acontecimiento que está en el origen y en el centro de nuestra profesión de fe: la fiesta de Pascua.

La Pascua es el triunfo inesperado de la vida que hace renacer la esperanza. La Pascua es la estrella de la mañana que ilumina la noche profunda y abre el camino al sol del mediodía. La Pascua es la explosión de la primavera que inaugura un tiempo de belleza, estación de los colores, del canto y de las flores.

María, la mujer de la aurora

María Magdalena es la primera testigo de la Pascua (Juan 20,1-18). Su amor ardiente por el Maestro mantuvo su corazón despierto durante toda la noche del gran “paso”: «Yo duermo, pero mi corazón vela» (Cantar de los Cantares 5,2). Y precisamente porque el amor la hizo velar, el Amado se le manifiesta primero a ella.

Es a ella, por tanto, a quien queremos preguntar: «Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino?» (Secuencia pascual). Queremos beber en la fuente fresca y viva de los primeros testigos de la resurrección. María es custodio de un testimonio de primera mano, primicia femenina, «apóstol de los apóstoles», como la llaman los antiguos Padres de la Iglesia.

Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino? ¡Cuéntalo con el fuego de tu pasión! Déjanos contemplar en tus ojos lo que ha visto tu corazón. ¡Porque la vocación de un apóstol no tiene valor si no se vive con tu pasión!

Veamos entonces qué hizo de María la primera testigo del Resucitado.

María, la amante

¿Qué caracteriza a María Magdalena? ¡Un gran amor! Es una mujer apasionada por Jesús que no se resigna ante la perspectiva de perderlo. Se aferra a aquel cuerpo inerte como última oportunidad de poder tocar «Aquel a quien ama su corazón» (Ct 3,1-4). Si el «discípulo amado» (el apóstol Juan, según la tradición) es el prototipo del discípulo, María Magdalena es su correspondiente femenino (sin por ello eclipsar la figura de la Virgen María). Ella es la «discípula preferida» y la «primera apóstol» de Cristo Resucitado.

Llamada dos veces con el nombre genérico de «mujer», representa a la nueva humanidad sufriente y redimida. Es la Eva convertida por el Amor del Esposo, aquel amor perdido en el jardín del Edén y ahora recuperado en el nuevo jardín (Juan 19,41), donde había descendido su Amado (Ct 5,1).

Permanecer y llorar

María Magdalena está movida por el amor y, al mismo tiempo, por la fe. Fe y amor son ambos necesarios: la fe da la fuerza para caminar, el amor da alas para volar. La fe sin amor no arriesga, pero el amor sin fe puede perderse en muchos cruces. La esperanza es hija de ambos.

Son el amor y la fe los que impulsan a María a permanecer junto al sepulcro, a llorar y a esperar, aunque no sepa bien por qué. Mientras Pedro (figura de la fe) y Juan (figura del amor) se alejan del sepulcro, ella, que reúne en sí ambas dimensiones, «permanece» y «llora».

Su permanecer es fruto de la fe y su llorar es fruto del amor. Permanece porque su fe persevera en la búsqueda, no se desanima ante el fracaso, pregunta a los ángeles y al jardinero, como la Amada del Cantar de los Cantares. ¡Espera contra toda esperanza! Hasta que, al encontrar de nuevo al Amado, se arroja a sus pies, abrazándolos en el vano intento de no dejarlo marchar (Ct 3,1-4).

Hoy nosotros, apóstoles, discípulos y amigos de Jesús, a menudo capitulamos fácilmente ante el «sepulcro», alejándonos de él. Nos falta la fe para esperar que de una situación de muerte, de vacío y de derrota pueda renacer la vida. Nos falta la fe para creer en un Dios capaz de «resucitar a los muertos». Nos apresuramos a cerrar esos «sepulcros» con la «piedra muy grande» (Marcos 16,4) de nuestra incredulidad.

Nuestra misión se convierte entonces en una lucha desesperada contra la muerte, una empresa condenada al fracaso, porque la muerte reina desde el principio del mundo. Terminamos por conformarnos con la obra de misericordia de «enterrar a los muertos», olvidando que los apóstoles han sido enviados por Jesús para «resucitarlos» (Mateo 10,8).

Afrontar el drama de la muerte y del sepulcro es como la travesía del Mar Rojo para el cristiano. Sin quitar la piedra de nuestra incredulidad, para afrontar y vencer a este terrible enemigo, no veremos la gloria de Dios: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Juan 11,40).

Nos cuesta llorar, quizá porque amamos poco. Nuestro corazón olvida demasiado pronto a sus «muertos». «La vida sigue y no podemos detenernos», decimos. ¡No tenemos tiempo para «permanecer» y «llorar» con los que sufren!

La audacia de permanecer y llorar no es estéril. A las lágrimas de María Magdalena responden los ángeles. No le devuelven el cadáver que buscaba, sino que le anuncian que «Aquel a quien ama su corazón» está vivo.

Sus ojos, sin embargo, necesitan ver y sus manos tocar al Amado, y Jesús cede a la insistencia del corazón de María y sale a su encuentro. Cuando la llama por su nombre, «Mariam», su corazón se estremece de emoción al reconocer la voz del Maestro.

Ser llamado por el propio nombre, ser reconocido, es el deseo más profundo que llevamos dentro. Solo entonces la persona puede alcanzar la plenitud de su ser y la conciencia de su identidad. Solo entonces podrá decir, con el fuego de un corazón enamorado: «¡He visto al Señor!». Y ese día, como María, también nosotros nos convertiremos en testigos de primera mano:
«…lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos…» (1 Juan 1,1-4).

Felicitación pascual

Busquemos al Crucificado con la fe y el amor de María Magdalena, y el Resucitado vendrá a nuestro encuentro llamándonos por nuestro nombre. Lloremos a los muertos de hoy —los de las injusticias y las guerras—, pero que nuestra mirada se dirija hacia el futuro, hacia el Resucitado, y no solo hacia el pasado, hacia el Crucificado, olvidando la resurrección.

Entonces nuestra oración será la que concluye la Escritura: «¡Ven, Señor Jesús!» (Apocalipsis 22,20). Con la Pascua, la Iglesia ha entrado en la tensión escatológica: «Anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!».

¡Feliz Pascua, y que nuestra vida manifieste la presencia del Resucitado en nuestra “Galilea” de cada día!

comboni2000.org


Creer en el resucitado
José Antonio Pagola

Los cristianos no hemos de olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Mucho más incluso que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.

Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.

Creer en el Resucitado es creer que Jesús se hace presente en medio de los creyentes. Es tomar parte activa en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que, cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está él poniendo esperanza en nuestras vidas.

Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración a Cristo no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.

Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es saber descubrirlo vivo en el último y más pequeño de los hermanos, llamándonos a la compasión y la solidaridad.

Creer en el Resucitado es creer que él es «el primogénito de entre los muertos», en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abre ya la posibilidad de vivir eternamente.

Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento, ni la injusticia, ni el cáncer, ni el infarto, ni la metralleta, ni la opresión, ni la muerte tienen la última palabra. Solo el Resucitado es Señor de la vida y de la muerte.

www.feadulta.com


Cristo Resucitado:
la buena noticia que cambia al hombre y la historia
P. Romeo Ballan, mccj

“El primer día de la semana” (Evangelio, v. 1) ¡Jesús ha resucitado! Explosiona la vida, comienza la historia nueva de la humanidad: nada es igual que antes, todo tiene un sentido nuevo, positivo, definitivo. El anuncio de este hecho histórico – que es el tesoro fundacional de la comunidad de los creyentes en Cristo – resuena de casa en casa, de iglesia en iglesia, en todas las latitudes, en todos los rincones del mundo; se hace ‘evangelio-buena noticia’ para todos los pueblos. “El sepulcro vacío se ha convertido en la cuna del cristianismo” (San Jerónimo). La tumba vacía ha marcado para Juan el paso decisivo de la fe: él corrió al sepulcro, y, “asomándose, vio las vendas en el suelo, pero no entró”; más tarde entró junto con Pedro, “vio y creyó” (v. 4.5.8). Era el comienzo de la fe en Jesús resucitado, que más tarde se fortaleció cuando lo vieron viviente.

La fe es gradual: María Magdalena, Pedro y Juan corrieron al sepulcro con la intención de rescatar un cadáver desaparecido; no estaban preparados para un acontecimiento que no entraba en sus cálculos; tan solo más adelante llegaron a creer en el Señor resucitado e incluso se convirtieron en sus testigos y pregoneros valientes (I lectura): “Nosotros somos testigos… los testigos que Dios había designado… Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio…” (v. 39.41.42). Desde entonces el camino ordinario de la transmisión de la fe cristiana es el testimonio de personas que creyeron antes que nosotros. Por eso, nosotros profesamos que la fe es apostólica: porque está arraigada en la de los Apóstoles y en su testimonio. “El hecho principal en la historia del cristianismo consiste en un cierto número de personas que afirman haber visto al Resucitado” (Sinclair Lewis).

Desde siempre, la Iglesia misionera da vida a nuevas comunidades de fieles anunciando que Jesucristo es el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Él es el motivo radical y el fundamento de la misión. El hecho histórico de la resurrección de Cristo, ocurrido en torno al año 30 de nuestra era, constituye el núcleo central y ‘explosivo’ del mensaje cristiano; la catequesis lo enriquece y lo acompaña con la metodología adecuada. La misión es portadora del mensaje de vida que es Jesús mismo: el Viviente por su resurrección, después de su pasión y muerte. Este es el kerigma, anuncio esencial para los que todavía no son cristianos; es anuncio fundamental también para despertar y purificar la fe de los que se detienen casi exclusivamente en la primera parte del misterio pascual. En efecto, hay cristianos que se concentran casi tan solo sobre el Cristo sufriente en la pasión, y casi no dan el salto de la fe en Cristo resucitado. Les parece más fácil y consolador identificarse con el Cristo muerto, sobre todo cuando se viven situaciones de sufrimiento, pobreza, depresión, humillación, luto… Sin embargo, ese consuelo sería tan solo aparente y pasajero sin la fe en el Señor Resucitado.

El testimonio, que une a la vez anuncio y coherencia de vida, es la primera forma de misión (cfr. AG 11-12; EN 21; RMi 42-44). Los auténticos testigos del Resucitado son personas contagiosas. Las personas transformadas por el Evangelio de Jesús resucitado, que viven los valores superiores del espíritu (II lectura), son las únicas capaces de contagiar a otras personas y hacer que se interesen por los mismos valores, tales como: la aceptación y la serenidad en el sufrimiento, la esperanza incluso frente a la muerte, la oración como abandono en las manos del Padre, el gozo en el servicio a los demás, la honestidad a toda prueba, la humildad y el autocontrol, la promoción del bien de los demás, la atención a las necesidades de los últimos, el testimonio de lo Invisible…Así se extiende y se realiza capilarmente la misión, aun antes y mejor que a través de las palabras, de las meras estructuras y de las jerarquías. “Celebra la Pascua con Cristo tan solo el que sabe amar, sabe perdonar… con un corazón grande como el mundo, sin enemigos, sin resentimientos”, como lo enseñaba en una catequesis el obispo Mons. Óscar Arnulfo Romero, asesinado en San Salvador, el 24 de marzo de 1980.

La misión es un acontecimiento eminentemente pascual, porque ahonda sus raíces y contenidos en la Resurrección de Cristo. Esta es la mejor buena nueva que el mundo necesita: en Cristo crucificado, muerto y resucitado “Dios da la nueva vida, divina y eterna. Esta es la Buena Nueva que cambia al hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho a conocer” (Juan Pablo II, en RMi, n. 44). “La evangelización, en nuestro tiempo, solo será posible por medio del contagio de la alegría” (Papa Francisco). Esta evangelización –gozosa, paciente y progresiva– es la primera actividad de la Iglesia misionera entre todos los pueblos.

Triduo Pascual. Año A

Textos tomados de: www.dominicos.org

Jueves Santo
Fr. Juan Carlos Cordero de la Hera O.P.

Si en el calendario cristiano hay un día señalado, especialísimo, en el que tiene sentido celebrar la Eucaristía, ese día es hoy, cada JUEVES SANTO.

El Jueves Santo es un día de recuerdos en nuestra historia de Salvación; día del “memorial” de la entrega total de Dios a la humanidad. Día en que recordamos la Alianza Nueva y Definitiva.

El contexto del Jueves Santo es la Pascua Judía en la que el pueblo celebraba cada año el paso del Señor; el paso de Dios dando vida y liberación a su pueblo, a sus hijos. Dios toma la iniciativa, siempre. Pero en esta ocasión hay algo nuevo: Jesús va a ser el cordero pascual, que va a derramar su sangre por nosotros, para liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos la libertad de los hijos de Dios.

Jesús sabía que aquella Pascua era la última, sabía que estaba decretada su muerte y por eso es tan especial aquella “última cena”; por eso, antes de despedirse de los suyos, quiso resumir con unos gestos todo el sentido de su vida y su enseñanza.

Esta tarde también nosotros podemos entrar en este cenáculo en el que Jesús está reunido con sus discípulos para comer juntos la cena de Pascua y contemplar el gesto de ponerse de rodillas delante de cada uno de los discípulos para lavarles los pies, y de partir el pan.

Memorial con el pan y el vino

El pan: el alimento básico y elemental para nosotros, que mantiene nuestra vida día a día; que deshaciéndose, se transforma en parte de nosotros y en energía vital. Si el pan es fruto del trabajo humano, nuestro trabajo, nuestro quehacer es fruto del pan, del alimento que tomamos. El pan, además, es sencillo, humilde, no se da importancia… es como la prosa de cada día.

El vino: es la poesía, la propina, la fiesta. Pan y agua son lo indispensable. Pero cuando se agasaja o festeja a alguien se ofrece pan y vino (ya en el Gn. al vencedor en la batalla, Melquisedec le ofrece un banquete, convite, fiesta)

Participar en la Eucaristía, comer su Cuerpo, beber su Sangre es entrar y asumir el proyecto de vida de Jesús; es intentar actuar en la vida con los criterios que Jesús actuó.

El lavatorio de los pies

Es el otro sacramento del Jueves Santo. Para entenderlo tenemos que olvidarnos de nuestras calles asfaltadas, cuidadas. En la época de Jesús muy pocas personas usaban calzado; los que lo hacían, solo tenían unas simples sandalias. En las calles de tierra se tiraban los restos orgánicos, las comidas de los animales, etc. Lavarse los pies al entrar en casa era un ritual obligado y necesario. Correspondía hacerlo a los esclavos o a los siervos. En las familias pobres, a la esposa o a las hijas.

Jesús que lava los pies, se pone en el lugar más bajo, indicando dos cosas: él viene a servir, no a ser servido; y no admite que unas personas sean consideradas inferiores a otras. Jesús es el señor que atiende a los criados, que sirve. Y con este gesto nos está enseñando, además, cuál es la manera acertada de estar ante “lo sucio” de los otros, ante sus defectos, fallos, pecados… y nos invita a ponernos de rodillas para lavarlo y devolverles la posibilidad de continuar caminando; es preciso arrodillarse ante el hermano, a pesar de…

Impresiona ver a Jesús lavando los pies a sus discípulos; desde entonces entendemos mejor que el cristiano no puede dejar de servir, y que es con esta actitud de servicio y entrega como se concreta llevar a la vida diaria “el testamento de Jesús”, el mandamiento del amor. Jesús no nos pide que seamos buenas personas, que nos amemos mucho. Él quiere más de nosotros, sus discípulos. Que amemos “como Él nos ha amado”.

Ojalá que estas actitudes, este estilo de vida y entrega de Jesús sean el referente que dé sentido a la vida de todos los sacerdotes, como servidores a la comunidad. Pidamos juntos a Dios que nos esforcemos por celebrar la Eucaristía después de habernos dejado lavar el corazón por Él; y de habernos arrodillado sirviendo en el día a día a nuestros hermanos.

¿Seremos capaces de perpetuar su memoria? ¿Estamos dispuestos hoy, y cada día, a amar y amarnos, como Él lo hizo y sigue haciéndolo?

dominicos.org


Viernes Santo
Fray Diego Rojas O.P.

Una mirada diferente sobre la pasión

Hay relatos que nos cuentan lo que pasó. Y hay relatos que, además, nos cambian la manera de mirar lo que pasó. En todo su evangelio Juan nos hace ver los acontecimientos casi como un director de cine que coloca la cámara de manera novedosa y estratégica para ofrecernos otra perspectiva del mismo acontecimiento. Hace algo parecido a lo que realiza el director Alejandro González Iñárritu. En películas como Babel o Amores perros, la historia no se cuenta desde una sola mirada. Las escenas se entrelazan, las vidas se cruzan, y el espectador descubre que lo que parecía una historia trágica también puede ser una historia de revelación y transformación.

Juan hace algo parecido con la pasión. No cambia los hechos fundamentales, pero cambia la mirada. Y al cambiar la mirada, cambia también el significado.

El arresto: Jesús se entrega libremente

La primera escena ya lo sugiere. Cuando vienen a arrestarlo, Jesús no huye ni se esconde. Sale al encuentro de quienes lo buscan y pregunta: “¿A quién buscáis?”. Cuando responden: “A Jesús de Nazaret”, él dice simplemente: “Yo soy”.

No es solo una forma de identificarse. Es una expresión que remite al nombre mismo de Dios. Y el evangelista añade un detalle sorprendente: cuando Jesús pronuncia esas palabras, los soldados retroceden y caen al suelo.

Es como si, por un instante, el relato nos dejara ver lo que normalmente permanece oculto: el hombre que van a arrestar no es una víctima indefensa. Es el Hijo que se entrega libremente.

Por eso, a lo largo de todo el relato, la cruz aparece bajo una luz inesperada. Lo que para el mundo es derrota, Juan lo contempla como glorificación. La crucifixión no es solo una ejecución: es también revelación, manifestación de quién es realmente Jesús.

En la cruz se revela un amor que no se impone, sino que se entrega.

De la muerte brota vida

Esa mirada alcanza su punto culminante en el momento de la muerte. Juan escribe que Jesús, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

No dice simplemente que murió. Usa una expresión que sugiere también otra realidad: Jesús comunica el Espíritu. En el instante de su muerte comienza una vida nueva para los demás. Donde parecía haber solo final, hay también comienzo. La cruz se convierte así en fuente de vida.

Y el relato termina con un detalle lleno de esperanza. Aparecen dos hombres que hasta entonces habían permanecido en la sombra: José de Arimatea y Nicodemo. Eran discípulos en secreto. Habían seguido a Jesús con discreción, quizá con miedo. Pero cuando todo parece perdido, cuando el maestro ha muerto y la historia parece terminada, ellos dan un paso al frente. Piden el cuerpo, lo bajan de la cruz y lo sepultan con honor.

La muerte de Jesús hace visible lo que estaba oculto. La fe que permanecía escondida encuentra el valor para manifestarse.

Mirar la cruz hoy

También nosotros vivimos en un mundo donde la fe muchas veces permanece en silencio. En una sociedad secularizada, la cruz puede parecer simplemente un símbolo religioso del pasado o una historia de fracaso. Pero el evangelio nos invita a mirarla de otra manera.

Cuando contemplamos la cruz con la mirada del Evangelio de Juan, descubrimos que allí no hay solo dolor, sino amor que se entrega; no solo derrota, sino gloria escondida; no solo final, sino vida que comienza. Esa mirada transforma también nuestra vida. Nos da la valentía para no vivir la fe escondidos, para ser testigos discretos pero reales, como José de Arimatea y Nicodemo.

Y quizá aquí se esconde una clave importante del relato. Todo comienza con aquella palabra que Jesús pronuncia en el momento del arresto: “Yo soy”. Esa afirmación resuena al inicio de la pasión como una luz que acompaña todo el camino hasta la cruz. El que es detenido, juzgado y crucificado no es simplemente un hombre derrotado por la violencia del mundo: es aquel en quien Dios mismo se hace presente. Por eso la cruz, contemplada desde esta perspectiva, deja de ser solo un signo de fracaso para convertirse en un lugar de revelación.

Quizá el mundo no siempre comprenda la lógica de la cruz. Pero precisamente en esa lógica —la del amor que se entrega— se revela la verdadera fuerza de Dios.

¿Desde qué mirada suelo contemplar la cruz: desde el sufrimiento y el fracaso, o desde el amor que se entrega? ¿Hay aspectos de mi fe que todavía vivo “en secreto”, como Nicodemo o José de Arimatea?

En una sociedad donde la fe no siempre es comprendida, ¿qué me ayudaría a ser testigo con mayor libertad y serenidad? ¿Qué cambia en mi vida cuando descubro que incluso en los momentos de oscuridad Dios puede estar revelando su gloria?

dominicos.org


Vigilia Pascual
Fr. César Valero Bajo O.P.

¡HA RESUCITADO!

En la Palabra de la liturgia eucarística de esta noche de gloria resuena el grito jubiloso: ¡Ha resuciatado!. En esta ocasión son el evangelio de San Mateo y la carta de San Pablo a los Romanos los que nos van a aproximar al acontecimiento único de la resurrección del Señor y a sus implicaciones para nosotros en este momento que nos toca vivir y, en cierto modo, protagonizar.

“Vosotras no temáis. No está aquí: ¡ha resucitado!”

Son las palabras que el Ángel dirige a las mujeres, asustadas como los guardianes del sepulcro, por lo extraordinario y sobrenatural de lo acontecido. “No temáis. ¡Ha resucitado!”. Qué hermoso anuncio también para nosotros hoy, acosados por temores tan diversos. La resurrección del Señor hace brotar el resplandor de la esperanza en medio de las tinieblas existenciales (violencias, injusticias, enfermedades, soledad, fracasos, desamores, esclavitudes de índole diversa…) que puedan envolvernos.

Esta noche santa es invitación para renovarnos en la esperanza y en la confianza de esta actuación del poder del Padre Dios que con la fuerza de su Espíritu ha roto en su Hijo Unigénito las cadenas de la muerte y el poder del mal.

“Va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”

Galilea, donde comenzó el encuentro con el Señor Jesucristo, donde convivieron con Él y donde aprendieron de Él. Galilea, donde ahora van a ser confirmados en la fe en el Resucitado. Galilea, desde donde van a ser enviados al mundo entero para ser portadores e instructores de la Buena Noticia.

Por esto es también para nosotros esta Noche Santa oportunidad para renovar el compromiso de ser testigos del Resucitado; atentos y vigilantes, valientes y coherentes, para que en el cotidiano desenvolvimiento de la vida, rezumemos gozo pascual.

“Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Alegraos!”

Parte irrenunciable del testimonio pascual es la alegría incomparable que encierra en sí mismo. No es la alegría transitoria de nuestras programaciones y eventos. No es la alegría del éxito de los ídolos de temporada. No es la alegría del efímero aplauso social. No es la alegría hueca de nuestros triunfos humanos, tantas veces demasiado humanos.

Es la alegría de la plenitud. Es la alegría de quien sabe de quién se ha fiado. Es la alegría de quien en medio de cuaquier quebranto se sabe en comunión íntima con el Resucitado, y con Él y desde Él sabe y testimonia que la Victoria sobre todo mal es segura. Es la alegría que también permanece cuando nos anegan las lágrimas. Es la alegría de quien vislumbra los cielos nuevos y la tierra nueva en los que al fin habiten la justicia y la paz y la dicha sin ocaso.

“Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”

¡Qué hermosa realidad y elocuente compromiso para ser renovados en esta Noche Santa!

San Pablo a través del contenido de su Carta a los Romanos comparte con nosotros en esta Noche Santa la hondura teológica y vital de nuestro bautismo en el nombre del Señor Jesucristo.

Muertos al pecado: a todo lo que destruye la vida, a lo que nos aisla e individualiza, a lo que nos encadena y esclaviza, atenazando nuestra libertad; a lo que nos confronta, a lo que borra en nosotros la imagen amorosa de nuestro Creador; a lo que despierta la codicia, el aparentar, el creernos más que nadie; a lo que oscurece y camufla la verdad, a todo aquello que debilita la coherencia…

Vivos para Dios en Cristo Jesus: para ponerle a Él en el centro, para vivir el asombro de su amor, para irradiar la luz de su Verdad, para construir su deseada comunión, para servirnos mutuamente, para llenarnos de su esperanza, para llenarnos de la fuerza de su Espíritu, para vivir VIVIÉNDOLE…

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Domingo de Pascua
Fr. César Valero Bajo O.P.

“Y creyó que Él había de resucitar de entre los muertos”

Corramos también nosotros con Pedro y Juan hacia el sepulcro. Como ellos, entremos y veamos. Y dejemos que se afiance en nosotros la fe en la Resurrección del Señor. De hecho, el evangelio de San Juan es una invitación constante a despertar y consolidar la fe en Jesús de Nazaret, Verbo Eterno del Padre y Salvador del mundo. Con este mismo propósito concluye su evangelio: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).

En este Domingo de Gloria renovemos también nosotros nuestra fe en el Señor y comprometamos nuestra vida en ser testigos y anunciadores de este inagotable manantial de Vida y Esperanza que es el Señor Resucitado.

Me sorprendieron, hace ya algunas décadas, unas palabras de un sacerdote del norte de España que exhortaba hacia este objetivo de testimoniar con toda nuestra vida la fe en el Resucitado. Venía a decirnos: “Las personas que dicen no creer en Cristo Resucitado, tal vez comiencen a creer en Él cuando un día nos vean a nosotros vivir como ya resucitados. Afrontar el fracaso y el dolor, como ya resucitados. Adentrarnos en la enfermedad y la muerte como ya resucitados”.

Se trata, por tanto, de impregnar todo los ámbitos y aspectos de nuestra existencia de gozo pascual, de alegría inexplicable, de confianza inquebrantable en el poderoso amor que se nos manifiesta en su cruz gloriosa.

“Que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo”

Con estas palabras, los Hechos de los apóstoles nos presentan cómo San Pedro ofrece un magnífico resumen del evangelio, y el camino a recorrer por quienes nos declaramos y sentimos sus discípulos.

Pasar por el mundo haciendo el bien: un imperativo que hoy cobra una particular intensidad. Hacer el bien que hace desaparecer confrontaciones. Hacer el bien que lo busca para todo ser humano, cuando el bien común está arrinconado por ambiciones múltiples. Hacer el bien para recuperar la verdad. Hacer el bien para crecer en justicia, en dignidad, en paz. Hacer el bien para que la compasión no claudique ante la competición. Hacer el bien para que lo que agrada a Dios, lo bueno, lo perfecto ( cf Rm 12,2) crezcan en nuestro mundo.

Curando a los oprimidos por el Diablo: el mal está ahí, fuerte, despiadado, destructor. El Señor Jesucristo no pasó de largo ni ante el mal, ni ante el Maligno. En su actuación descubrías la práctica admirable del samaritano, y cómo doblegó los estragos directos del Maligno. ¡Con que contundencia le apartó de su camino tras el retiro en el desierto!

Se ha indicado con certeza que para que el mal progrese basta con que las personas de bien no hagamos nada.

Su resurrección nos fortalece para discernir y optar siempre por el bien. Sin ingenuidad. El misterio del mal está ahí: poderoso, y poderosamente destructor, hilvanándose con nuestros pasos.

Pero en comunión con el Resucitado se desvanecen los temores de hacerle frente. Con Él y por Él sabemos que la victoria es segura. El mal y el Maligno nunca tendrán la última palabra. Su cabeza ya ha sido aplastada. La lucha será ardua. Imprescindible la oración.

Y siempre ciertos de que el horizonte final está ya iluminado por la luz del lucero que no conoce el ocaso. Es el tiempo de la gracia, de la vida, de la salvación. Es la Pascua del Señor. Que lo sea en verdad en lo más profundo del ser de cada uno de nosotros.

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Noticias de los Combonianos desde Líbano y Sudán

Nuestra comunidad educativa, ubicada en el norte de Beirut, se encuentra actualmente en una zona no directamente afectada por los bombardeos, pero sigue la evolución de la situación con gran preocupación. En Jartum, nos preparamos para las celebraciones de Pascua en un contexto aún marcado por la guerra que comenzó el 15 de abril de 2023.

Por: P. Diego Dalle Carbonare, mccj

Líbano – Intensificación del conflicto y crisis humanitaria. Marzo estuvo marcado por una nueva escalada del conflicto en Líbano, con bombardeos israelíes que impactaron el sur del país y los suburbios meridionales de la capital, Beirut, donde se concentra la mayor población chií. En comparación con la campaña militar de finales de 2024, la ofensiva parece ser más intensa y de mayor alcance. Según estimaciones de finales de marzo, aproximadamente 1.300.000 personas se han visto obligadas a huir de sus hogares, buscando refugio principalmente en las zonas del norte del país.

Nuestra comunidad educativa, ubicada en el norte de Beirut, se encuentra actualmente en una zona no directamente afectada por los bombardeos en curso, pero sigue con gran preocupación la evolución de la situación en un país que se enfrenta una vez más a desafíos a nivel humano, social y económico.

Sudán – Pascua de esperanza en Jartum. En Jartum, nos preparamos para las celebraciones de Pascua en un contexto aún marcado por la guerra que comenzó el 15 de abril de 2023. Para muchas parroquias, esta será la primera Semana Santa con la presencia de algunos sacerdotes y el arzobispo desde el inicio del conflicto. Este es un pequeño pero significativo gesto de continuidad eclesial y esperanza en medio del sufrimiento.

El camino hacia la paz sigue siendo largo y requiere la reconstrucción material y social del país, apoyada por la solidaridad de numerosos benefactores y el generoso compromiso de nuestros hermanos junto con las comunidades cristianas, paso a paso.

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Domingo de Ramos. Año A

Lecturas
Isaías 50, 4-7
Salmo 21
Filipenses 2, 6-11
Pasión de nuestro Señor Jesucristo Mateo, 26, 14-27, 66


Domingo de Ramos
P. Enrique Sánchez, mccj

Los consejos para la preparación de la liturgia de este domingo sugieren que hoy no se haga una larga homilía y seguramente nos damos cuenta de que no es necesario agregar muchas palabras a lo que hemos escuchado en el largo relato de la pasión y muerte de nuestro Señor.

Al iniciar la Semana Santa nos reunimos, como cada año, para acompañar al Señor que toma, una vez más, el camino hacia el calvario iniciando esta experiencia acompañado de sus discípulos y de una multitud en fiesta que lo aclama y lo reconoce como el Mesías.

Pero, para reconocerlo de verdad como nuestro Mesías y salvador hará falta que nos dispongamos a recorrer, junto con él, el mismo camino, haciendo nuestra su experiencia de entrega y de confianza en Dios.

Tal vez nos puede ayudar tener presentes algunos detalles y hacernos algunas preguntas para que estos días que nos invitan al recogimiento y a la contemplación nos ayuden a entender mejor lo que está pasando para bien nuestro.

Un primer detalle es constatar que el inicio de la Semana Santa se da en medio de la alegría, pues para quienes creemos en Jesús el misterio de su pasión y muerte no terminan en algo trágico y triste. La semana se concluirá con la celebración de la resurrección del Señor que significa el triunfo sobre la muerte y la posibilidad de vivir finalmente en plenitud.

Al ir viviendo cada instante de esta semana, necesariamente tendremos que hacernos algunas preguntas que nos ayuden a no quedarnos como simples espectadores de un drama que sólo mueva sentimientos y deje escapar algunas lágrimas.

El misterio de la pasión tenemos que vivirlo diciéndonos a nosotros mismos que todo eso que vemos que Jesús va aceptando y soportando, en medio del dolor y del sufrimiento, lo hace por mí.

Su muerte no es algo sin sentido, sino que tiene como fin hacernos entender que dando su vida hace posible una existencia diferente para cada uno de nosotros.

En sus dolores y en sus sufrimientos podemos descargar todo aquello que llevamos en nosotros como cargas que nos aplastan y que nos tienen esclavizados.

Sólo en su muerte nos podremos sentir liberados, cuando digamos con sencillez y con gratitud que todo lo ha hecho por mí.

No deberíamos olvidar que el drama que vive Jesús, según nos lo cuenta el evangelio, es en cierta manera nuestro propio drama, cuando tenemos la valentía de entrar en nosotros mismos para descubrir que en nuestro mundo se siguen repitiendo los mismos escenarios.

Hoy la humanidad, en muchas partes y en muchos de nosotros, sigue empeñada en no querer fijar su mirada en Jesús para reconocerlo como el único que puede traernos una salvación, es decir, un estilo de vida en donde podamos ser verdaderamente felices.

Vivimos tan atrapados en nuestros puntos de vista y en nuestros criterios tan humanos que pensamos que podemos llegar al final de nuestros días ignorando a Dios, considerándolo innecesario. Esa era la actitud de los ancianos, de los escribas y de los fariseos que no fueron capaces de salir de sus cegueras.

Vivimos muchas veces encandilados o adormecidos por los pequeños conforts que podemos conseguir con el dinero, con nuestros placeres fugaces, con la ilusión de sentirnos poderosos y capaces de dominar el mundo con los pocos recursos con que contamos.

Y condenamos a Jesús, como lo hicieron en su tiempo, usando la justicia para condenar a inocentes, nos dejamos ganar por la corrupción que acaba en violencia y genera tantas muertes, entregamos a inocentes por unas cuantas monedas, como sucede repetidas veces con el tráfico de personas que cruzan nuestras fronteras.

Contemplando el cuerpo maltratado de Jesús vienen a nuestra mente las imágenes de muchos hermanos que viven hoy el drama del abandono, de la enfermedad, del hambre. Cuerpos maltratados y muchas veces hechos desaparecer o entregados mutilados en bolsas de basura. ¡Cuántas víctimas inocentes y cuántas vidas desperdiciadas!

Ante la pasión de Jesús deberíamos dejar salir de lo profundo de nuestros corazones una oración pidiendo al Señor que nos ayude a no acostumbrarnos a contemplar el maltrato, la violencia y la muerte como si fuera un film más con el que llenamos nuestras horas de aburrimiento instalados cómodamente en el sillón de las salas de nuestros hogares.

Caminando por las calles de nuestro vecindario, haciendo memoria del viacrucis de Jesús, tendremos la oportunidad de sentir el calor del sol que penetra por nuestras cabezas y sentiremos el peso de la Cruz, que aunque más pequeña que la de Jesús, nos permitirá tomar conciencia de que ahí va nuestra miseria y nuestro pecado.

Tal vez sea ese el momento mejor para decir en voz baja al Señor que lo sentimos y que pedimos su ayuda para salir de todo aquello de lo que nos sentimos arrepentidos y avergonzados.

El jueves santo, antes de salir para ir al calvario, Jesús nos invitará a estar con él en la mesa del cenáculo, para que hagamos fiesta porque ahí se nos entregará para siempre en el pan y el vino que se convertirán en su cuerpo y en su sangre. Para siempre en cada momento en que, movidos por la fe, hagamos memoria de él reconociéndolo como quien más nos ha amado.

Ahí podremos recordar, con gratitud, el gran don que nos ha dejado en su cuerpo y en su sangre, el alimento que nos dará fuerza para ir hasta el final, sobre todo en los momentos en que nos ganará la tentación de abandonarlo.

Como lo hacemos muchas veces, cuando nos alejamos de puntitas de nuestra comunidad, cuando empezamos a abandonar nuestra oración personal, cuando sentimos que participar en los sacramentos es algo que nos roba el tiempo, cuando hacer el bien y practicar la caridad nos resulta molesto, cuando nos da vergüenza que los demás nos reconozcan como discípulos del Señor.

En aquel escenario de la última cena podremos ver a Jesús que no sólo reparte el pan y el vino que satisface a nuestras necesidades más inmediatas, sino que él mismo nos da ejemplo, enseñándonos que el amor verdadero se traduce en la humildad y en el servicio que nos empujan a la entrega a los demás.

Ahí nos enseña que la fe no es una experiencia para vivirla de las puertas de la iglesia para adentro, sino en las calles de nuestros vecindarios, en las oficinas de nuestros trabajos, en los salones de clases, en las fábricas en donde vamos dejando las horas de nuestros días y vamos tejiendo las verdaderas historias de nuestra vida. Ojalá pues, que tengamos la valentía de llegar hasta los pies de la Cruz para reconocer el amor con que Dios nos ha amado y nos sigue amando.

Ojalá podamos escuchar las últimas palabras de Jesús diciendo que todo ha sido cumplido, para que no pongamos pretextos y podamos dejar que su muerte se transforme en vida nueva en este mundo en el cual nos toca jugar un papel importante como testigos del resucitado.

Volviendo al principio de esta semana, tal vez, conviene que nos preguntemos ¿Cómo me siento en medio de la multitud que acompaña a Jesús en su entrada a Jerusalén? ¿Cuáles podrían ser los motivos de mi alegría? ¿Lo reconozco como mi salvador, como el Dios del que tiene sed mi corazón? ¿No sería conveniente, al iniciar estos días, buscar la manera de hacer un poco más de silencio en nuestro interior, para escuchar al Señor que nos irá repitiendo que todo lo que vive lo va haciendo por mí, por darme la posibilidad de iniciar una etapa nueva en mi vida?

Si verdaderamente lo reconozco como mi salvador, ¿cuáles son las miserias, los dolores, los pesares y los pecados que quisiera depositar sobre su cruz?

Si me pidieran que hiciera un salmo para expresar mi gratitud al Señor por todo lo que hace por mí, ¿cuáles serían las palabras que utilizaría para decirle que lo amo?

El misterio que celebraremos a lo largo de esta semana es la Buena Noticia, es el Kerigma, que nos toca anunciar como misioneros a toda la humanidad, ¿cómo podría vivir ese compromiso de mi bautismo ahí́ en donde el Señor me pide que sea hoy su testigo?

Que todos podamos vivir estos días santos con un corazón disponible a acoger el don de Dios que se manifiesta en Cristo muerto y resucitado.

Buena Semana Santa.


Anunciar a un “Dios en la Cruz”.
¡Por todos!
Romeo Ballan, mccj

En el pórtico de ingreso a la Semana Santa, que hoy comienza (Evangelio), hay una pregunta: “¿Quién es este?” (Mt 21,10). Se lo preguntaba la gente de la ciudad, alborotada, cuando Jesús entró en Jerusalén, entre los aplausos de los simpatizantes, sentado no sobre un caballo de guerra o de carrera, sino sobre una borrica alquilada… Ese ingreso fue un acontecimiento misionero, una epifanía de Jesús ante la gente. Un momento de triunfo efímero, justamente de un solo día; pero al menos sirvió para suscitar algunas preguntas sobre la identidad de Jesús. La gente tenía una respuesta precisa: «Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea» (Mt 21,11). Es una respuesta verdadera, aunque en sus labios sonaba bastante efímera, a juzgar por los comportamientos que adoptó los días siguientes; era más bien el momento de profundizar en la identidad de ese sorprendente profeta de Nazaret. Así como lo hicieron algunos peregrinos griegos, que llegaron a Jerusalén y dijeron a Felipe: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21).

Las respuestas a la pregunta inicial las encontramos en varios textos de esta Semana especial. Una primera respuesta la da Jesús mismo, provocado por la petición de esos griegos: Él es el grano de trigo que cae en tierra y muere para producir mucho fruto (cfr. Jn 12,24). Él es el Maestro que invita a todos a seguirle para compartir su destino (cfr. Jn 12,26); Él es el Señor que puede afirmar: “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). El destino universal de su muerte en la cruz, levantado de la tierra, está claramente indicado también en las variantes de los códigos antiguos: atraeré ‘todo’, ‘a todos los hombres’, ‘a cada hombre’… Su salvación es ofrecida, como un don, para todos los que, con corazón sincero, “mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37), es decir, para aquellos que, con fe, compasión, amor, miran a Cristo elevado en la cruz (cfr. Núm 21,8; Zac 12,10). Esta fue la experiencia sorprendente del centurión romano y de los otros soldados paganos, que, al ver lo que pasaba, decían: “¡Realmente este era Hijo de Dios!” (Mt 27,54). Jesús es realmente el Hijo de Dios, justamente porque se ha quedado en la Cruz en lugar de bajar (cfr. Mt 27,40.42). Mientras los judíos lo rechazan, los paganos lo reconocen.

La clave para entender quién es este Hijo de Dios, que se hace trigo, que muere en la Cruz para atraer a todos hacia sí, nos la ofrece el evangelista Juan en la Última Cena de Jesús con sus discípulos: “Los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Es la declaración de un amor extremo, universal en el espacio y en el tiempo. Palabras que invitan a vivir la Semana Santa en dimensión universal, contemplando y anunciando a un Dios en la cruz por todos. S. Daniel Comboni había comprendido la necesidad de que sus misioneros se formasen en esta contemplación y lo encarecía en su Regla: «Fomentarán en sí esta disposición esencialísima (espíritu de sacrificio) teniendo siempre los ojos fijos en Jesucristo, amándolo tiernamente y procurando entender cada vez mejor qué significa un Dios muerto en la cruz por la salvación de las almas» (Escritos, n. 2721).

La larga narración (Evangelio) de la condena, pasión y ejecución de un inocente va mucho más allá de los acontecimientos normales: contiene la ‘Buena Noticia’ de Cristo Salvador, muerto y resucitado, que los misioneros de la Iglesia llevan por el mundo entero. De este núcleo central del Evangelio brotan opciones y actitudes fundamentales para los discípulos. Menciono una entre muchas: el rechazo de la violencia y del uso de las armas, como lo enseña Jesús a Pedro: «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá» (v. 52). Una palabra emblemática para los cristianos, que ya el apologista Tertuliano (III s.) comentaba así: “Desarmando a Pedro, Jesús ha quitado las armas de la mano a cada soldado”.

El canto del Siervo (I lectura) y, sobre todo, el himno cristológico de los Filipenses (II lectura) muestran el ciclo completo de ese Dios-hombre en la cruz: su preexistencia divina, su despojamiento voluntario, su humillación hasta la cruz, la glorificación con el nombre de Señor, ante el cual toda rodilla se ha de doblar, “para gloria de Dios Padre” (v. 11). La gloria del Padre es la meta a la que tiende toda la actividad misionera de la Iglesia. Además de la obediencia filial, el himno de los Filipenses «nos muestra también el aspecto de solidaridad con los hermanos: Cristo se ha hecho semejante a los hombres, ha asumido nuestra condición humilde; e incluso se ha hecho solidario con las personas más criminales, con los condenados a morir en la cruz» (Albert Vanhoye). (*)

El mensaje de la Pasión supone siempre una tarea cuesta arriba, pero lleva a la Vida. Ante la Pasión de Jesús, nadie es un mero espectador. Cada uno es actor, juega un papel, hoy, en la Pasión que Jesús sigue viviendo en su Cuerpo místico, dentro de la familia humana. Los protagonistas de la Pasión somos nosotros. Detrás de las figuras de Pedro, de Pilatos, de Judas, de los Sumos sacerdotes, de la muchedumbre, podemos ver el rostro de cada uno de nosotros. ¿Qué papel jugamos en la Pasión hoy? ¿De qué lado estamos? Bien para nosotros si escogemos el papel de Simón el Cirineo (v. 32), la esposa de Pilatos (v. 19), el centurión (v. 54), las piadosas mujeres, Magdalena, María, Juan, José de Arimatea, Nicodemo… El papel más coherente con el cristiano, y en particular con el misionero, es el del Cirineo, solidario con los crucificados de la historia, portador de la salvación realizada por Jesús.


El rey montado sobre un pollino
P. Antonio Villarino, mccj

La liturgia nos ofrece hoy dos lecturas del evangelio de Mateo: la primera, antes de la procesión de ramos, sobre la bien conocida historia de Jesús que entra en Jerusalén montado sobre un pollino (Mt 11, 1—11); la segunda, durante la Misa, es la lectura de la “Pasión” (las últimas horas de Jesús en Jerusalén), esta vez narrada por Mateo en los capítulos 26 b5 27.

Con ello entramos en la Gran Semana del año cristiano, en la que celebramos, re-vivimos y actualizamos la extraordinaria experiencia de nuestro Maestro, Amigo, Hermano y Redentor Jesús, que, con gran lucidez y valentía, pero también con dolor y angustia, entra en Jerusalén, para ser testigo del amor del Padre con su propia vida.

Toda la semana debe ser un tiempo de especial intensidad, en el que dedicamos más tiempo que de ordinario a la lectura bíblica, la meditación, el silencio, la contemplación de esta gran experiencia de nuestro Señor Jesús, que se corresponde con nuestras propias experiencias de vida y muerte, de gracia y pecado, de angustia y de esperanza. Por mi parte, como siempre, me detengo en un solo punto de reflexión:

El rey montado sobre un pollino.

Se trata de una escena que se presta a la representación popular y que todos conocemos bastante bien, aunque corremos el riesgo de no entender bien su significado. Para entenderlo bien, no encuentro mejor comentario que la cita del libro de Zacarías a la que con toda seguridad se refiere esta narración de Marcos:

                “Salta de alegría, Sion,
                lanza gritos de júbilo, Jerusalén,
                porque se acerca tu rey,
                justo y victorioso,
                humilde y montado en un asno,
                en un joven borriquillo.
                Destruirá los carros de guerra de Efraín
                y los caballos de Jerusalén.
                Quebrará el arco de guerra
                y proclamará la paz a las naciones”.
                (Zac 9, 9-10).

Sólo un comentario: ¡Cuánto necesitamos en este tiempo nuestro, en que nuestra arrogancia ha sido duramente probada, la presencia de  este rey humilde y pacífico que no se impone por “la fuerza de los caballos” sino por la consistencia de su verdad liberadora y su amor sin condiciones!

Ciertamente, en las actuales circunstancias que vivimos en todas partes, marcadas por el aislamiento, el miedo y la confusión, nos va a tocar vivir la Semana Santa de manera diferente, con sencillez, mucha paciencia, conectando la pasión de Jsús con la que están viviendo millones de esperanza, con temor y temblor, con confianza y miedo sereno, con generosidad y esperanza.

Contemplar a Cristo en la cruz es identificarse con Él, es ponerse a caminar sobre  las huellas de su entrega, confiando en que, aunque se rían de nosotros, aunque a veces nos desesperemos y la cruz nos parezca demasiado pesada ,el amor es más fuerte que la muerte. El amor de Dios siempre vencerá al mal que nos rodea y nos invade. Vence desde la humildad, la entrega generosa, la paciencia infinita, la esperanza contra toda esperanza.

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Con un Dios rey, todavía somos paganos;
con un Dios crucificado, ya somos cristianos
Jairo Alberto Franco Uribe
  • Este día es escandaloso, comenzamos llenos de alegría agitando los ramos, gritamos que viva el rey, y terminamos aquí en la catedral, viendo que ese rey muere en la cruz, ajusticiado como un criminal; el rey resultó ser una víctima.
  • Preferiríamos mil veces quedarnos en la procesión de ramos y terminar allí, en la apoteosis del Dios rey, y no aquí en la pasión y muerte del Dios crucificado.  En la procesión con los ramos, todavía éramos paganos, aquí en la misa, haciendo memoria de la cruz, somos cristianos
  • El crucificado no es un Dios como lo queremos, no puede, no domina, no se las sabe todas, no tiene la cara bonita.
  • En esta semana santa, en esta pascua, no nos podemos quedar en la procesión de ramos aclamando al rey; esto es mero triunfalismo y no da culto a Dios; tenemos que entrar en la pascua del Señor y reconocerlo en el crucificado, reconocerlo en las víctimas; esto es fe y es la religión que agrada a Dios.

Muy queridos hermanos y hermanas, es domingo de pasión, inician los días santos de la pascua.  Este día es escandaloso, comenzamos llenos de alegría agitando los ramos, gritamos que viva el rey, y terminamos aquí en la catedral, viendo que ese rey muere en la cruz, ajusticiado como un criminal; el rey resultó ser una víctima.

Nos alegrábamos con ese rey que entra a Jerusalén y lo confesamos como Dios, pero nos desilusiona el crucificado de esta misa y nos da lidia creer que sea Dios.  Nos infla el pecho pensar en un Dios rey, nos deprime pensar en un Dios crucificado.   Preferiríamos mil veces quedarnos en la procesión de ramos y terminar allí, en la apoteosis del Dios rey, y no aquí en la pasión y muerte del Dios crucificado.  En la procesión con los ramos, todavía éramos paganos, aquí en la misa, haciendo memoria de la cruz, somos cristiano.

Si, hermanos y hermanas, nuestro Dios es un crucificado; es un condenado a muerte, es una víctima; la gente se burla de él y le grita: “sálvate a ti mismo, a otros ha salvado y no puedes salvarte”.  Sí, es el misterio más tremendo, es el todopoderoso y no puede hacer nada, está clavado al madero; es inmortal, vive desde siempre y para siempre, y muere de muerte fea y violenta.  El vistió este mundo de color y belleza y ahí está, desnudo, la piel llagada, su túnica se la juegan a los dados.  El es la sabiduría y allí, apretado en angustia, pregunta por qué y el cielo se le queda mudo; nuestro Dios parece sin Dios, se siente abandonado del Padre, olvidado, desechado, ninguniado.     Nuestro Dios está derrotado, parece un gusano, no parece ni siquiera hombre; está desfigurado; es mejor no verlo, voltear la mirada.  Ese es nuestro Dios.

No nos gusta este Dios, nos repugna, no hay en el parecer, no hay en él hermosura, así lo habían anunciado los profetas y nadie les creyó; quién iba a creer si nos satisface tanto la idea de un Dios que todo lo puede y que arregla nuestros asuntos con milagros; un Dios que domina y se pone por encima de todo y nos da puestos en su gloria y justifica que abusemos del poder; un Dios que se las sabe todas y nos garantiza que estamos en la verdad y nos da permiso de imponer doctrinas a los otros; un Dios de cara bonita que ayuda nuestra vanidad y nos hace aparecer como gente fina y de buen gusto.  No, nadie le creía a Isaías cuando anunciaba un Dios así y todavía hoy nos cuesta creer. El crucificado no es un Dios como lo queremos, no puede, no domina, no se las sabe todas, no tiene la cara bonita.

La Biblia que cuenta la historia de la salvación, nos dice que muchos creyentes le habían estado pidiendo a Dios, “muéstranos tu rostro”, “muéstranos tu rostro”; y Dios no era fácil para dejarse ver, un día se le apareció a Moisés, pero no le mostró su rostro; se le presentó caminando y Moisés sólo pudo ver su espalda; Moisés se puso a seguirlo, queriendo pasársele para verle la cara, pero no pudo. 

Finalmente, después de mucho implorar, “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”, después de muchos ires y venires,  cuando menos lo esperaban, Dios mostró su rostro: llevaban a crucificar a tres hombres condenados a muerte;   una mujer, dicen que se llamaba Verónica, se apiadó de uno de ellos que iba coronado de espinas, un rey de burlas, y le limpió con su lienzo la sangre y el sudor que corría por su frente y sus mejillas; y el rostro del condenado quedó grabado en la tela.  Dios escuchó la súplica, mostró su rostro; ya conocemos a Dios, tiene el rostro de las víctimas, es un ajusticiado, es un condenado, es un sufrido.  Tenían razón los anuncios de Isaías.  Dios se nos mostró en el crucificado, es en la cruz donde conocemos a Dios; Dios es el crucificado; es rey, pero es un rey crucificado.

Jesús, Dios con nosotros, nos dijo dónde lo podíamos seguir encontrando cuando no estuviera más con nosotros, “lo que hicieron a uno de estos pequeños a mí me lo hicieron” “lo que hicieron a uno de esos crucificados a mí me lo hicieron”; el rostro de los que tienen hambre y sed, de los que están enfermos o en la cárcel, de los perseguidos y desplazados que buscan techo, de los que están desnudos  y desarrapados, es el rostro de Dios; en ellos adoramos a Dios; no pueden salvarse a sí mismos, mueren antes de tiempo, los asesinan, parece que no saben nada, están vestidos de andrajos, no son agradables a la vista; y así y todo, sus rostros nos dejan ver a Dios.

Hermanos y hermanos, en esta semana santa, en esta pascua, no nos podemos quedar en la procesión de ramos aclamando al rey; esto es mero triunfalismo y no da culto a Dios; tenemos que entrar en la pascua del Señor y reconocerlo en el crucificado, reconocerlo en las víctimas; esto es fe y es la religión que agrada a Dios.  Cada vez que queramos ver a Dios, conocerlo en persona, acerquémonos a un crucificado, a una víctima, ahí Dios se deja conocer.  Dios está en todas partes pero se hace denso en los pobres.

La pasión de Cristo que acabamos de traer a la memoria no es algo que sucedió hace más de dos mil años; es algo que sucede hoy, así como Dios sufrió en Jesús y dejó ver su rostro en él, así Dios sigue sufriendo en las víctimas; tener un Dios para que nos ayude es de todos, hasta de los idólatras, tener un Dios al que hay que ayudarle porque es una sola cosa con las víctimas, es solo de creyentes.

Colombia es un país de víctimas; después del acuerdo de paz, sobrevivieron más de nueve millones de víctimas; y el conflicto se ha reciclado y sigue produciendo más y más víctimas; no podemos hacer memoria de la pasión y muerte de Jesús, sin hacernos cargo de la pasión y muerte de nuestras los que sufren violencia y muerte; Dios se nos muestra en los desplazados y sacados a la fuerza de sus territorios, en los secuestrados y privados de sus derechos, en  los desaparecidos y las personas que los buscan, en los que han perdido a sus seres queridos asesinados o no los encuentran porque los desaparecieron, en  las mujeres violentadas, en los niños y las niñas reclutados para la guerra, en los líderes sociales y firmantes de la paz asesinados, en los pueblos enteros masacrados.  No nos es lícito buscar a Dios sólo en los templos, hay que buscarlo sobre todo donde hay dolor. Lo único que Dios quiere es que lo bajemos de la cruz; ayer estaba crucificado en Jesús de Nazaret, hoy está crucificado en todos los que sufren.

Que en esta pascua recibamos la gracia de ver el rostro de Dios y no escandalizarnos; de adorar no sólo al rey, también al crucificado.  No, nuestro Dios no puede salvarse a sí mismo, somos nosotros los que lo tenemos que salvar, bajando de la cruz a las víctimas.

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R. D. del Congo: Compromiso solidario de los escolásticos con la ecología integral en Kinshasa

Por: P. Fernando Zolli, mccj
Desde Kinshasa, RDC

El pasado sábado, 21 de marzo, algunos estudiantes del escolasticado de Kinshasa, miembros de la comisión de ecología integral, en su camino de conversión cuaresmal, pasaron unas horas conviviendo con quienes viven de lo que logran recuperar y reciclar del vertedero. Ha sido un gesto de solidaridad, pero al mismo tiempo una denuncia de las condiciones de vida de demasiadas personas que deben luchar para sobrevivir. Un llamamiento para que la gran Kinshasa vuelva a ser “Kinshasa la belle” (Kinsahsa la hermosa) y no “Kinshasa la poubelle” (Kinshasa el basurero), como le llaman ahora.

La ecología integral, de hecho, se está convirtiendo cada vez más en un eje transversal de la misión y la formación de los misioneros combonianos, para que estén siempre dispuestos a escuchar el grito de la tierra —violada y saqueada sobre todo en la República Democrática del Congo— y atentos al grito de los pobres. Esta es una de las llamadas pastorales específicas, hoy insustituible en un mundo desgarrado por guerras y violencias, donde a miles de millones de personas se les niega el derecho a una vida plena.

Todos estamos llamados a construir un modelo de desarrollo capaz de conjugar la justicia social y la salvaguardia del planeta. No solo está en juego el futuro del planeta, sino también la posibilidad de garantizar una vida digna a todos los pueblos de la tierra.

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V Domingo de Cuaresma. Año A

“En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por esolas dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba.

Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.

Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano.Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del ultimo día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te llama”.

Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado.

Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron.

Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban,se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían:“¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él”.

(Juan, 11, 1-45)


Yo soy la resurrección y la vida
P. Enrique Sánchez, mccj

El evangelio que nos presenta la liturgia de la Palabra de este domingo es el último milagro o signo, como los llama san Juan, con que Jesús manifiesta que él es el Mesías, invitando a sus oyentes a abrirse al don de Dios presente en el Reino de Dios que comienza a través de su presencia.

Con esta acción extraordinaria, en la cual Jesús aparece como quien tiene poder, incluso sobre la muerte, para que la vida de Dios se manifieste en su plenitud, se concluye la primera parte del evangelio y se inicia otra etapa importante de la misión y del ministerio de Jesús.

A partir de este momento toda la atención se orientará hacia el misterio de la pasión, de la muerte y de la resurrección del Señor.

Paso a paso, Jesús irá dejando una huella que servirá de referencia para todos aquellos que se convertirán en discípulos y testigos suyos. Casi como diciendo: quien quiera ser mi discípulo tiene que estar dispuesto a asumir en su propia experiencia de vida lo que irá contemplando en el misterio de la pasión, de la muerte y de la resurrección.

Con la entrega de su vida en momentos y situaciones que quedan marcadas en la historia humana, el Señor, abre una nueva etapa en la tarea de formar a sus discípulos enseñándoles que quien quiera ser seguidor suyo tendrá que pasar por la experiencia que a él le toca a hora vivir.

En los domingos pasados hemos escuchado que por la fe se va reconociendo a Jesús como una fuente inagotable de vida y que quien se acerca a él encuentra el manantial de la vida. Él es quien da el agua que aplaca la sed que se encuentra en todo corazón humano, como anhelo de encuentro con Dios.

Él es quien hace que no tengamos que ir muchas veces a nuestros pozos tan incapaces de responder a nuestras ansias de vida. Como le sucedió a la samaritana a quien Jesús fue a encontrar en el pozo de Jacob.

También se ha manifestado como la luz que destruye las tinieblas. La luz que nos hace salir de todas nuestras oscuridades y cegueras.

Jesús se autodefine como la luz del mundo, el único que es capaz de acabar con las tinieblas en las que muchas veces nos vemos atrapados en estilos de vida que no permiten ver el futuro con esperanza.

Él es la luz que hace desaparecer nuestras cegueras para que podamos contemplar el mundo con los ojos de Dios, para que seamos capaces de contemplar lo bello, lo sano, lo maravilloso que Dios está haciendo cada día para nosotros; para que veamos lo santo a lo que estamos llamados, como auténticos hijos de Dios.

Jesús nos dirá igualmente que él es el camino que conduce al Padre y podemos entender que sólo pasando por él podemos llegar a entender que Dios nos ha dado a Jesús para que podamos tener un acceso seguro a él. Quien me conoce, conoce al Padre, nos dirá Jesús con mucha sencillez, invitándonos a no tener miedo de poner en Él toda nuestra confianza.

Hoy llegamos a este, que sin duda, es el signo más grande a través del cual Jesús nos hace ver quién es realmente para nosotros. Él es quien ha venido para cumplir con el único deseo que existe en el corazón de su Padre y de nuestro Padre: que tengamos vida y vida en abundancia. Para eso he venido, esa es mi misión, dirá con claridad Jesús a sus discípulos.

La resurrección de Lázaro no hace más que mostrar de una manera muy plástica y comprensible lo que de muchas maneras Jesús ya había demostrado con sus milagros, que Él tiene poder sobre la muerte y es Señor de la vida.

En este milagro se anticipa lo que demostrará con su propia experiencia, pues habiendo pasado por el drama de la muerte al ser crucificado, el sepulcro no ha podido retenerlo y ha salido victorioso resucitado.

Leyendo lo que nos presenta este capítulo 11 del evangelio de san Juan, seguramente nos damos cuenta de que se trata, de alguna manera, del relato de nuestra propia experiencia cotidiana. Cada uno de nosotros estamos obligados, si queremos abrirnos a la vida, a reconocer que somos Lázaro.

Todos nos encontramos muchas veces dentro de los sepulcros de nuestras vidas, a donde no se puede entrar, porque ya huele mal.

Muchas veces nos damos cuenta de que no sólo llevamos cuatro días atrapados en situaciones de muerte que nos tienen paralizados o esclavizados, incapaces de disfrutar sanamente de lo que somos y de lo que tenemos, porque le hemos apostado a lo que no es vida.

Estamos atrapados en los sepulcros de nuestros miedos, de nuestras desconfianzas, de nuestros prejuicios sobre los demás, de nuestros egoísmos que nos hacen indiferentes a las necesidades de los demás.

A lo mejor llevamos días o años atrapados en rencores y sentimientos de violencia que se han ido haciendo añejos y nos han impedido hacer la experiencia de la libertad que brinda la capacidad de perdonar.

Nuestros vicios y dependencias, por pequeños que sean, se han convertido en grandes sepulcros que nos han condenado a vivir lejos de los demás porque nos convertimos en causa de sufrimiento y de dolor para quienes tenemos cerca.

Lázaro llevaba varios días en el sepulcro y aparentemente ya no había nada que hacer, lo mejor era no ir a moverle a lo que estaba muerto. Pero Jesús, que se ha cargado sobre sí todas nuestras miserias y pecados, no tiene miedo de entrar en aquello que para nosotros es insoportable.

Él es la savia nueva que puede entrar en el tronco muerto y podrido para hacer que de ahí surjan brotes nuevos de vida.

Para Jesús nadie está definitivamente muerto y quien se encuentra con Él puede botar las puertas del sepulcro para que entren aires nuevos, para que lo podrido pueda ser saneado y vigorizado con vida nueva.

Él es el único que puede desatar todo aquello que nos tiene esclavizados en lo pobre de nuestra condición de pecadores y vuelve a darnos la fortaleza para iniciar caminos nuevos, caminos de vida y de santidad.

Y, seguramente, nos preguntamos ¿y cómo será posible todo esto? La respuesta parece estar en la atmósfera de este relato y principalmente en el momento en que Jesús se presenta como quien es la Resurrección y la vida. ¿Crees tú esto? Se lo dice a la hermana de Lázaro que sabe de la resurrección, pero que tiene que dar el paso en su experiencia personal de reconocer a Jesús como el resucitado, algo que sucederá tres días después de su muerte. Pero ella se anticipa y confiesa creer en la resurrección.

Hoy, también a nosotros, se nos pide hacer esa profesión de fe y no deberíamos contentarnos con repetirlo, casi como en automático, cuando recitamos el credo en nuestras celebraciones.

Deberíamos más bien decir que Cristo está vivo, que ha resucitado porque vamos haciendo la prueba en muchas circunstancias de nuestra vida. Sobre todo cuando estamos atentos y logramos entender todos los detalles de bondad que Dios va teniendo con nosotros cada día.

El camino hacia la Pascua que vamos recorriendo quiere conducir nuestros pasos por senderos que nos permitan salir de nuestras tumbas para ponernos sobre el camino de la vida que se nos manifestará en Cristo Resucitado.

Tal vez nos convenga en estos días preguntarnos ¿cuáles son los cadáveres que tengo bien guardados? ¿Qué es lo que huele mal en mi interior y que me gustaría sacar para que sea transformado, purificado, perdonado? ¿Qué podría hacer para mostrar que no sólo creo en la resurrección, sino que vivo como resucitado? ¿Cómo vivo la gracia de la resurrección en los pequeños y grades eventos de mi vida?

Pidamos a Jesús que venga a nuestro encuentro y que nos conceda salir de todo aquello que puede tenernos atrapados en situaciones de muerte. Que nos libere de todas nuestras pequeñas esclavitudes que matan el entusiasmo, la confianza, la esperanza y la alegría en nuestras vidas.

Que nos conceda reconocerlo resucitado y fuente de vida para todos los que vamos intentando poner toda nuestra fe en él.

Sí quiero morir yo
José Antonio Pagola

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».

Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?

El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?

Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?

Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».

Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.

Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.

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Vivir en la luz de hijos de Dios
Dominicos. Convento de San Gregorio, Valladolid

1. Lecturas de la Misa del día

Ezequiel 37, 12-14 : al modo como Jesús salió del sepulcro, el pueblo saldrá de su exilio “Dice el Señor : yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío… Y cuando abra vuestros sepulcros… os infundiré mi espíritu y viviréis…”

Carta de San Pablo a los Romanos 8, 8-11 : el Espíritu de Jesús habita en los fieles. “Los que están sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo..”

Evangelio según San Juan 11, 1-45 : narración de la resurrección de Lázaro. “Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: esta enfermedad no acabará en la muerte sino que será para gloria de Dios…. Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo… Lázaro ha muerto… Tu hermano, Marta, resucitará… Lázaro, ven afuera..”

2. Cristo “agua viva”, “luz del mundo”, “resurrección y vida”.

2.1. El contexto litúrgico-teológico de estos domingos de Cuaresma no ha ido llevando desde el pecado al arrepentimiento; de éste a la amistad y gracia ; de ésta a Cristo: agua viva y luz del mundo. Y hoy nos presenta al mismo Cristo como resurrección y vida. El panorama no puede ser más positivo y consolador.

2.2. En ese ámbito de “resurrección y vida”, que anticipa en cierta forma la victoria del Señor que celebraremos en la Pascua, ocupa el primer plano de la escena litúrgica y bíblica la narración de la resurrección de Lázaro, por Jesús, su amigo. Pero no hay que despreciar otras insinuaciones bellísimas, como son la infusión de espíritu nuevo que Ezequiel anuncia y la vida en el Espíritu que predica Pablo a sus fieles de Roma. Tenemos, de ese modo, tres reflexiones sobre el cambio de mentalidad y vida que se debe operar en nuestras conciencias cristianas.

3. Infusión de espíritu nuevo en el hombre

3.1. La Sagrada Escritura es revelación amorosa de Dios al hombre para que éste conozca su voluntad creadora y re-creadora o salvífica. Por eso la Palabra es siempre mensaje de vida, de luz, de amistad, aunque a veces parezca que reviste otras tonalidades en el lenguaje.

3.2. Las manifestaciones de la Palabra en el profeta Ezequiel tienen, a su vez, toda la fuerza imaginativa de su poder creador literario: él ve cómo los huesos, vivificados, se yerguen y se reestructuran; cómo los corazones ingratos son bloques de piedra que, vivificados, se hacen blandos como la carne… Hoy nos lleva a contemplar al “pueblo elegido” como a cadáveres que, saliendo del sepulcro de la ingratitud o pecado, reciben del Señor el “espíritu de vida”…

3.3. Si nosotros queremos prolongar la imagen del profeta, podemos decir: así como Jesucristo, muerto por nuestros pecados, salió triunfante del sepulcro para vivir por siempre y darnos vida a quienes nos sepultemos con él, así el pueblo de Israel fue convocado por Yavé para que, cerrando el sepulcro del exilio y del pecado, volviera a la tierra de promisión y gracia.

3.4. Después de considerar esas imágenes impresionantes, sólo resta a cada cual preguntarse: ¿de qué sepulcro de pecado (injusticia, odio, egoísmo, opresión..) tengo que salir para encontrar a los hombres y a Cristo?

4. La vida según el Espíritu

4.1. En Pablo se prolonga la reflexión de Ezequiel, pero bajo otra imagen: la de quien vive según la carne (pecado) o según el Espíritu (gracia, amistad).

4.2. Vivir según la carne es estar sometidos a cualquier tipo de desorden moral en el modo de afrontar el sentido de la existencia: poniendo a los demás al servicio de uno mismo, llamando justicia al propio parecer o interés, asumiendo papeles o actitudes que destruyen la autonomía de los otros, convirtiendo en objeto de placer a quien merece respeto sumo, almacenando en graneros el pan que reclaman los hambrientos… Ese es el punto de partida del que es necesario huir para no verse cada cual víctima de sus miserias y generador de miserias para los demás.

4.3. En cambio, vivir según el Espíritu equivale a la búsqueda de orden moral en todas las dimensiones de la existencia: vivir en manos de Dios y alargando la mano al hermano, asumir su pequeñez de criatura y sentir la presencia del Creador, celebrar y agradecer la existencia con su dones y saber administrarla como don del Señor, trabajar cada día para ganar honradamente el pan y no malgastarlo mientras otros carecen de él …

4.4. Quien vive según el Espíritu, en el espíritu de las bienaventuranzas, es el mejor preparado para confiar en el Señor que nos promete “vivificar nuestros cuerpos mortales, al final de la vida, por el mismo Espíritu”, pues éste ya “habita” en quien le ama y se deja amar.

5. Vida, muerte y resurrección en Cristo

5.1. ¿En quién podemos poner nuestra confianza y esperanza para que ese mensaje de “vida eterna” que se nos ofrece en la “vida según el Espíritu” se haga realidad? Para los creyentes, la esperanza es Cristo, y la confianza hay que ponerla en él. ¿La ponemos realmente?

5.2. Veamos un ejemplo de confianza y de vida en esperanza: cómo era la confianza y esperanza de la familia de Lázaro en el Señor:

– Eran amigos: “Lázaro, tu amigo, está enfermo”. Entre Jesús, Lázaro, Marta y María, hay amistad sincera, comunicación de vida íntima, vida según el Espíritu. También nosotros hemos de vivir en amistad. Jesús responde a la amistad: vamos a verle…, ha muerto.

– ¡Si hubieras estado aquí! : Marta cree en el poder de Jesús, y estima que su presencia ante el dolor y la muerte hubiera destruido ambas cosas. Esto es un canto a la fuerza del amor, a la amistad sincera que es más fuerte que la muerte… Pero Marta no ve más allá de sus propios ojos… Jesús siempre está presente en el Espíritu: cuando quiere, para sanar; habitualmente para enseñarnos a sobrellevar el dolor.

– Fe y vida : La mirada de fe se prolonga más allá del hoy caduco y doloroso. El conjunto de las obras de amor adquiere su plenitud en la eternidad de vida nueva. Por eso dice Jesús: Tu hermano resucitará . En ese punto está conforme y confiada Marta: Sí, acepto, ese es el destino final … Nadie muere del todo…

– Autorrevelación de Jesús : Jesús ha esperado hasta este momento para decidirse a comunicar a Marta el mismo mensaje salvífico que ya le había manifestado a la Samaritana: “yo soy la resurrección…”. Pero ahora lo hace de forma esplendorosa: Marta, Marta, tengo algo muy grande que revelarte : “Yo soy la resurrección y a la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?… Si, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios..”

6. Conclusión

Salir del sepulcro, regresar del exilio, dejarse guiar por el Espíritu, creer que Jesús es el Mesías, Salvador, Redentor…, es vivir en la luz de hijos de Dios.

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Fe en la vida después de la vida
José Luis Sicre

Decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.

En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida halla su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en la mitad del evangelio (cap. 11 de 21).

Cinco facetas de Jesús

El relato de la resurrección de Lázaro es otro ejemplo magnífico de narración, con un final tan seco como inesperado, y distintas facetas de la persona de Jesús.

¿Un mal amigo?

El relato comienza hablando de Lázaro de Betania y de sus dos hermanas. No es un simple conocido de Jesús. Es alguien a quien Jesús «ama», como le recuerdan las hermanas. Sin embargo, su reacción ante la noticia no tiene la empatía de un amigo, sino la reacción, aparentemente fría, de un teólogo: «Esta enfermedad no provocará la muerte, sino la gloria de Dios, la gloria del hijo de Dios». La misma reacción que antes de curar al ciego de nacimiento: «Este no ha nacido ciego por culpa suya o de sus padres, sino para que se manifieste la obra de Dios en él». El evangelista añade de inmediato que no se trata de frialdad. «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Pero no acude de inmediato a curarlo. Permanece donde está.

Un amigo decidido y arriesgado.

Al cabo de cuatro días decide subir a Jerusalén. Una decisión arriesgada, porque poco antes han intentado apedrearlo. La objeción de los discípulos no le hace cambiar: debe ir despertar a Lázaro. Expresión desconcertante, que le obliga a decir claramente: Lázaro ha muerto. Jesús piensa en resucitarlo, pero Tomás está convencido de lo contrario: no va a resucitar a nadie, sino que va a morir. Y habla en nombre de todos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

Jesús y Marta: el teólogo

Cuando llegan a Betania, Jesús no se dirige directamente a la casa, permanece en las afueras del pueblo. ¿Una más de sus rarezas? No. Será allí, lejos de la multitud que ha acudido a dar el pésame, donde podrá entrevistarse a solas con Marta y transmitirle el mensaje fundamental para todos nosotros, y la reacción que debemos tener ante sus palabras. Marta debe de ser la hermana mayor, porque es a ella a quien dan la noticia de la llegada de Jesús.

Marta comienza con un suave reproche («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»), pero añade de inmediato la certeza de que cualquier cosa que pida a Dios, Dios se la concederá. ¿En qué piensa Marta? ¿Qué pedirá Jesús a Dios y este le concederá? ¿Qué su hermano vuelva a la vida, como el hijo de la viuda de Sarepta que resucitó Elías, o como el niño de la sunamita que revivió Eliseo? 

La respuesta de Jesús («Tu hermano resucitará») no parece satisfacerla. Aunque la idea de la resurrección no estaba muy extendida entre los judíos, Marta forma parte del grupo que cree en la resurrección al final de la historia, como profetizó Daniel. Pero eso no le sirve de consuelo en este momento. Ella no quiere oír hablar de resurrección futura sino de vida presente.

Y eso es lo que le comunica Jesús en el momento clave del relato: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre». Jesús es resurrección futura y vida presente para los que creen en él. Los que hayan muerto, vivirán. Los que viven, no morirán para siempre. Algo rebuscado, muy típico del cuarto evangelio, pero que deja claro una cosa: quien ha creído o cree en Jesús tiene la vida futura y la presente aseguradas. Todo depende de la fe. Por eso, termina preguntando a Marta: «¿Crees eso?».

Su respuesta sorprende, porque no tiene nada que ver con la pregunta: «Sí, Señor. Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo». Esta falta de conexión entre pregunta y respuesta esconde un importante mensaje para nosotros. La idea de la resurrección y de la inmortalidad puede provocar dudas incluso en un buen cristiano. Quizá no se atreva a afirmarla con certeza plena. Pero puede confesar, como Marta: «Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo».

Jesús y María: el amigo profundamente humano

Esta escena representa un fuerte contraste con la anterior. El encuentro de Jesús y María no será a solas. Ella acudirá acompañada de todos los que han ido a darle el pésame, y serán testigos de la reacción de Jesús. María dirige a Jesús el mismo suave reproche de Marta («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»). Pero no añade ninguna petición, ni Jesús le enseña nada. El evangelista se centra en sus sentimientos. Dice que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, «se estremeció» (evnebrimh,sato), «se conmovió» (evta,raxen) y «lloró» (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido.

Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.

Jesús y Lázaro: la gloria del enviado de Dios

Cuando llegan al sepulcro, Marta demuestra que, a pesar de lo que ha dicho, no cree que su hermano vaya a resucitar. Han pasado ya cuatro días, más vale no abrir la tumba. Jesús le insiste: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?».

Cuando se compara este relato con las resurrecciones de la hija de Jairo o del hijo de la viuda de Naín se advierte una interesante diferencia. En esos dos casos, Jesús no reza; no necesita dirigirse al Padre para impetrar su ayuda, como hicieron Elías y Eliseo. En cambio, el cuarto evangelio introduce de forma solemne una oración de Jesús: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas. Pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Esta oración no pretende disminuir el poder de Jesús. Se inserta en la línea del cuarto evangelio, que subraya la estrecha relación de Jesús con el Padre y la idea de que ha sido enviado por él. De hecho, el milagro se produce con una orden tajante suya («¡Lázaro, sal fuera!»).

El relato termina de forma sorprendente. No se cuenta la reacción de las hermanas, el asombro de la gente, la admiración de los discípulos. No vemos a Lázaro liberado de sus vendas, agradeciendo a Jesús su vuelta a la vida. Como si todo fuera un sueño y, al final, solo nos quedara la certeza de que Lázaro resucitó, de que todos resucitaremos un día, aunque ahora no tengamos la alegría de ver y abrazar a los seres queridos.

Nota sobre la fe en la resurrección

La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entiende nada, y se pregunta qué es eso de resucitar de entre los muertos.

Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»

Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere solo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).

Primera lectura

Culmina la síntesis de la Historia de la salvación, recordada por las primeras lecturas durante los domingos de Cuaresma. En este caso existe estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.

Reflexión final

Nos queda poco para celebrar la Semana Santa. Recordar el sufrimiento y la muerte de Jesús es relativamente fácil. Aceptar que resucitó, y que en él tenemos la resurrección y la vida, es más difícil, un regalo que debemos pedir a Dios.

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Misioneros de la vida
Romeo Ballan, mccj

La vida es el tema común de las lecturas de este V domingo de Cuaresma: la vida que vence los sepulcros, como lo profetiza Ezequiel (I lectura); la vida que se nos da por medio del Espíritu que habita en nosotros, como insiste San Pablo (II lectura); la vida nueva que es Jesús mismo (Evangelio): “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Hay un ‘crescendo’ temático hacia la Pascua; aumentan los signos: agua, luz, vida… Con sabia pedagogía, la Iglesia acompaña a los cristianos hacia la Pascua, instruyéndolos con catequesis bautismales, adecuadas para los catecúmenos que se preparan a recibir el Bautismo, y para los fieles bautizados que renovarán las promesas bautismales. En el III domingo de Cuaresma el símbolo era el agua, en el diálogo entre Jesús y la Samaritana; el domingo pasado el tema central era la luz, en la sanación del ciego de nacimiento; hoy el signo es la vida, con la resurrección de Lázaro. Los tres signos van acompañados de insistentes afirmaciones de Jesús sobre su identidad y su misión, con palabras que hacen referencia a la autodefinición de Dios a Moisés en el Éxodo: “Yo-Soy” (Ex 3,14). Jesús hace suya esta definición divina afirmando: Yo soy el Mesías, Yo soy la luz del mundo, Yo soy la vida.

En estos tres domingos son múltiples las referencias al sacramento del Bautismo, tanto en las lecturas bíblicas como en otros textos litúrgicos (antífonas, oraciones, prefacio…). En las jóvenes Iglesias misioneras, aunque no solo en ellas, la noche de Pascua asume una solemnidad particular con los sacramentos de la iniciación cristiana que se administran a numerosos catecúmenos, adultos y jóvenes. Se trata de fiestas que llenan el corazón y la vida de los misioneros, de los pastores de las Iglesias locales y de las comunidades cristianas.

La resurrección de Lázaro se encuentra en la mitad del Evangelio de Juan (en el capítulo 11 de 21); pero es, sobre todo, el centro temático: se trata, quizás, de la mayor manifestación de Jesús como “verdadero Dios y verdadero hombre”.

– Es verdadero hombre, lleno de fuertes sentimientos: es amigo de Lázaro y de las hermanas de Betania, se turba, se conmueve profundamente, se echa a llorarora intensamente al Padre, grita con voz potente… Con sus lágrimas Jesús justifica las nuestras en la muerte de los seres queridos. La fe no es incompatible con las lágrimas; todos lloran, incluido Jesús… Este Evangelio no prohíbe las lágrimas, las enjuga; no quita el dolor, sino que lo consuela y lo comparte; no elimina la muerte, pero delante de la muerte canta la vida.

– Y es verdadero Dios, del que manifiesta el amor y el poder devolviendo la vida al amigo muerto, para que la gente crea que Él ha sido enviado por el Padre (v. 42). Así, este espectacular milagro pone de manifiesto tres valores que van juntos: amor, fe y vida. Porque “la vida es vida tan solo allí donde hay amor” (Gandhi). Las hermanas Marta y María hacen hincapié en la amistad: “Señor, aquel que tú amas está enfermo”. Jesús va a Betania atraído justamente por la amistad con esa familia. Él va y lleva la solución también para el mal extremo que es la muerte: “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Jesús dice soy, no solo seré. Ahora, no en un vago futuro.

En su realidad divino-humana, Jesús realiza su misión como cercanía, haciéndose, como el samaritano, próximo al que sufre (cfr. Lc 10,34), aportando soluciones a los problemas. Pero al Salvador que se acerca es necesario salirle al encuentro, como las hermanas Marta y María (v. 20.29), con corazón abierto. Solamente en este encuentro se realiza la salvación. Porque solo “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa” (Salmo responsorial). También en esta ocasión se dan reacciones opuestas. Por una parte, las súplicas confiadas de las hermanas que logran el milagro extraordinario del retorno a la vida de Lázaro y muchos judíos creen en Jesús (v. 45); por otra, no obstante la evidencia del signo, los enemigos de Jesús se cierran cada vez más, se concitan para darle muerte (Jn 11,46-53) y deciden matar también a Lázaro (Jn 12,10).

Jesús no ha venido para darnos una vida raquítica, empobrecida, mediocre, subdesarrollada… sino para que tengamos vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). ¡En la vida presente y futura! El proyecto primigenio y permanente de Dios es la vida: “La gloria de Dios es el hombre viviente”, es decir, que el hombre viva (S. Ireneo). “No estamos sobre la tierra para guardar un museo, sino para cultivar un jardín lleno de flores y de vida” (S. Juan XXIII). “El primer desafío es el desafío de la vida. La vida es el primer don que Dios nos ha hecho y la primera riqueza que el hombre puede gozar. Y el Estado tiene precisamente como tarea primordial la tutela y la promoción de la vida humana” (S. Juan Pablo II).

La Iglesia anuncia el Evangelio de la Vida. En un mundo duramente marcado por muertes injustas, precoces e inocentes, cada cristiano – y más aún el misionero – está llamado a hacer una firme y definitiva apuesta por la vida: acogerla, promoverla, defenderla, anunciarla, detectar hasta los pequeños signos de su presencia, proteger sus brotes, llevarla a plenitud… Los grandes temas de la Cuaresma (agua, luz, vida…) son dones para vivirlos, compartirlos y comunicarlos. ¡Estamos todos llamados a ser misioneros de la vida!