XIV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

(Mateo: 11, 25-30)


Tomen mi yugo
P. Enrique Sánchez G., mccj

La misión de los discípulos había iniciado contando con el apoyo brindado por Jesús a través de los signos y milagros que en muchos lugares se habían realizado. Sin embargo, aquellos que fueron los primeros destinatarios, al parecer, no aceptaron el mensaje rechazando el anuncio y el testimonio dado por el Señor y sus discípulos.

Unos cuantos versículos antes del texto que hemos leído en el evangelio de este domingo, Jesús reprocha a las ciudades de Corazain y de Betsaida por su rechazo y por su cerrazón para aceptar la buena noticia de la llegada del Reino y por no reconocer a Jesús como el Mesías.

Ese rechazo, motivado por la arrogancia, va ir creciendo en la medida en que Jesús se irá manifestando como el enviado del Padre para asegurar la presencia de Dios entre su pueblo, pues la idea de tener que aceptar a un Dios que se entrega por amor, simplemente resultaba imposible e inaceptable.

Teniendo presente este ambiente de hostilidad, las primeras palabras pronunciadas por Jesús en nuestra página del Evangelio resultan muy comprensibles.

Jesús alaba a su Padre porque revela el misterio de su reino a los pequeños, a los sencillos y a los humildes. Es decir, a personas que están en una actitud de apertura y disponibilidad para acoger a Dios como un don que siempre sorprende.

Los sabios y entendidos siempre quedarán atrapados en sus reglas, en sus certezas y en sus convicciones, pensando que pueden controlar y manipular todo a su conveniencia.

Siempre estarán un paso atrás de lo inaudito de Dios, de aquello que no se puede entender con nuestras ideas, con nuestros conceptos, con nuestros parámetros tan limitados.

La novedad de Dios sólo la pueden acoger quienes se sienten pequeños, que saben que les falta mucho por descubrir en la vida; sólo se manifiesta a quienes se sienten dependientes y necesitados de aquellas gracias que sólo Dios puede dar.

Lo que mayor obstáculo crea para poder sentir y vivir en el mundo de Dios es la arrogancia y la prepotencia en que los seres humanos nos vemos atrapados muchas veces, pensando que somos el centro de todo y que Dios simplemente no hace falta. Vivimos en una sociedad en donde se lucha y se trabaja arduamente para no depender de nada ni de nadie. Queremos ser independientes y autosuficientes y eso produce aislamiento y soledad; eso condena a perder lo más sagrado que llevamos  en el corazón que es la capacidad de vivir en relación con los demás.

Y  vivir  en  relación  con  los  demás  significa  que  los  necesitamos,  que  representan aquella parte de la riqueza que soñamos, pero que no poseemos, porque se adquiere sólo cuando aceptamos que no somos ni tenemos todo a nuestra disposición.  Eso,  sólo  los pequeños  lo puede entender porque están  abiertos al don que puede venir   de los demás.

La novedad del Reino que Jesús y sus discípulos anunciaban a las gentes de sus pueblos exigía esa capacidad de creer que Dios podía hacer todas las cosas de nuevo, que podía establecer relaciones nuevas, libres del peso que había adquirido la ley impuesta por los grandes y señores del templo.

Con la expresión de gratitud de Jesús a su Padre, podemos entender por qué los pobres, los marginados, los olvidados, los que no cuentan a los ojos del mundo son los privilegiados, los preferidos por Dios. Porque son los únicos que tendrán siempre un corazón  abierto para recibir a Dios en sus vidas como lo mejor que les pudo haber sucedido.

Sólo quienes acepten derribar los muros de su grandeza serán quiene  podrán  entender que Jesús es el verdadero Mesías, que él es el Salvador,  que en él  Dios nos ha mostrado su rostro y se nos ha dado a conocer. Que conociéndolo a él podremos conocer al Padre.

Y con la invitación que Jesús hace de ir a él, todos los que se sienten cansados y agobiados, queda claro que el camino para llegar a Dios no es otro más que él nos propone a través del anuncio de la llegada de su reino.

Seguramente, en muchos de nosotros han resonado fuerte las palabras del Señor cuando dice: Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Porque, efectivamente, es demasiado lo que nos tiene fatigados y agobiados.

En nuestro mundo de carreras, de mil compromisos, de horarios de trabajo que apenas dejan tiempo para dormir unas horas, de preocupaciones por alcanzar todas las metas que nos hemos impuesto y las exigencias que nos vienen de los demás, parece no quedar espacio para más.

Vivimos en un mundo que no puede esconder el cansancio y aunque se nos ofrecen por todas partes muchas propuestas para relajarnos, para liberarnos del estrés, para crear condiciones de tranquilidad y de paz; el hecho es que arriesgamos de ver como la vida se nos va sin haber podido disfrutar verdaderamente de ella, aún cuando sabemos que hemos venido a este mundo para ser felices.

¿Qué es lo que nos ofrece Jesús cuando nos invita a ir hacia él para encontrar alivio? Nos ofrece la posibilidad de ser tratados como personas, nos permite tomar conciencia de aquello que realmente vale la pena en nuestro ir caminando día a día dándonos cuenta de que existen valores que pueden darle otro sentido a nuestra existencia.

Nos enseña que el secreto de la vida no está en la euforia, en la prisa, en los embotellamientos de tráfico que hemos dejado que nos atrapen.

Jesús nos hace entender que necesitamos de espacios y de momentos para encontrarnos con nosotros mismos, para agradecer lo bueno y lo bello que se nos va dando cada día, sin merecerlo.

El alivio que nos ofrece Jesús pasa a través de los momentos que nos permitimos para compartir la vida con los demás, por el gusto de estar con ellos, por la oportunidad que nos brindamos de hacer el bien a alguien por el gusto de brindarle unos minutos de felicidad.

Jesús nos alivia ayudándonos a liberarnos de todas nuestra actitudes egoístas que endurecen el corazón y nos hace sensibles a las necesidades de los demás. Nos abre los ojos al sufrimiento que padecen quienes, muchas veces, tenemos a nuestro lado. Hace que no pasemos indiferentes ante el dolor del hermano que está enfermo o de quien está pasando por una situación de conflicto o de soledad.

Quienes rechazaban el mensaje y los signos de Jesús eran personas que estaban atrapadas bajo el yugo pesante de la ley que se habían impuesto y que habían desfigurado haciéndola un instrumento de esclavitud.

Jesús invita a cargar otro yugo, uno que es suave, que se convierte en instrumento que ayuda a no perder el rumbo, a estar siempre sobre el camino correcto. Es el yugo de la misericordia que Jesús prepara para cada uno de nosotros sabiendo lo que necesitamos y facilitando todo aquello que nos pueda ayudar a ser las personas que Dios ha soñado. Es el yugo de la paciencia que Dios nos tiene cuando nos espera que lleguemos hasta él.

Es el yugo de la mansedumbre, de la humildad de corazón que nos permite, configurándonos con su persona, revestirnos de aquellos sentimientos, como dice san Pablo, que están en Cristo (Colosenses 3, 12-14).

Aprendan de mí, dice Jesús. Esa es nuestra tarea, nuestro reto si queremos verdaderamente hacer un camino que nos lleve por caminos de auténtica libertad, de paz y de fraternidad.

Aprender de Jesús es lo que no llevará a crear espacios de verdadero amor. Y donde hay amor, todo se transforma en algo ligero de llevar sobre nosotros.

Que el Señor nos conceda mantener nuestra mirada fija en él y que nuestro corazón anhele cada día más llenarse de aquellos sentimientos que nos permitan ser presencia de Jesús en nuestro mundo.

Que el Señor nos ayude a llevar sobre nosotros su yugo para que nos convirtamos en personas capaces de vivir siendo ejemplo de humildad, con actitudes de sencillez que nos permitan apreciar como un don a los demás y que aspiremos cada día a la mansedumbre que descubrimos en el corazón del Señor.


«Unidos» a Cristo
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Tras el discurso apostólico (Mateo 10), encontramos ahora una sección narrativa (Mateo 11–12), siguiendo el recurso literario tan querido por Mateo, que alterna discursos y relatos.

Esta sección narrativa se caracteriza por un clima de tensión creciente. Jesús se da cuenta de que su mensaje y su obra no son comprendidos: Juan el Bautista tiene dudas sobre su mesianismo; la gente se muestra caprichosa como los niños; las ciudades alrededor del lago, donde había realizado tantos milagros, no se convierten; los escribas y los fariseos se le oponen. Jesús se encuentra así frente al insuceso y a la perspectiva del fracaso. Este es el contexto dramático del pasaje evangélico de hoy.

El texto se articula en tres párrafos bien diferenciados: en el primero, la oración de alabanza que Jesús dirige al Padre; en el segundo, la estrecha relación entre el Padre y el Hijo; en el tercero, la relación entre Jesús y nosotros, con la invitación a acudir a él.

El pasaje griego comienza de manera singular: «En aquel tiempo, Jesús, respondiendo, dijo…». Sin embargo, antes no encontramos ninguna pregunta. Parece casi como si Jesús respondiera a la interrogación que esta situación de aparente fracaso plantea a su misión. ¿Y cuál es su respuesta? «¡Te alabo, Padre!».

  1. Jesús decepcionado, pero no desanimado
    Nos preguntamos: ¿por qué Jesús, en este contexto de oposición y aparente fracaso, reacciona con una oración de alabanza, con una especie de «Magnificat» propio?

El Señor no se desanima ni se desmoraliza, como tal vez lo hubiéramos hecho nosotros. Aunque decepcionado por la cerrazón y la falta de fe de tantos oyentes, testigos de sus milagros, Jesús lleva esta situación a la oración, al diálogo con el Padre. Y descubre que el Padre sigue llevando a cabo su proyecto de amor, no a través de los sabios y los eruditos, sino a través de los pequeños.

Es una situación muy actual. Hoy somos testigos del alejamiento de muchos cristianos y de la marginación de la fe cristiana en la cultura occidental; nos preguntamos, entonces, para qué sirve el anuncio del Evangelio en un contexto así. Quizás también nosotros estemos decepcionados porque las promesas de Dios parecen tardar en cumplirse. Hemos envejecido con la esperanza de una Iglesia renovada. Es fuerte la tentación de la resignación, del desánimo, del pesimismo cínico.

Pues bien, Jesús nos invita al valor de la oración, para discernir de dónde y hacia dónde sopla el Espíritu.

  1. Un nuevo llamado para todos: ¡vengan, tomen, aprendan!
    Jesús sale del encuentro con el Padre renovado en la conciencia de su misión mesiánica: «Todo me ha sido dado por mi Padre». Y se dirige nuevamente a los pequeños, es más, a todos: «Vengan a mí todos los que están cansados y oprimidos, y yo les daré descanso. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí».

¿Quiénes son estas personas cansadas y oprimidas? Son quienes viven bajo el yugo de la Ley. Según la tradición rabínica, de hecho, el yugo era una imagen de la Ley: los 613 preceptos extraídos de las Escrituras y las miles de prescripciones menores que obligaban a «caminar por el buen camino».

El yugo evocaba una condición de esclavitud, ya que por lo general eran los esclavos quienes lo usaban para transportar cargas pesadas (cf. Levítico 26,13).

Jesús invita a romper ese yugo y a acudir a él para encontrar descanso, es decir, el descanso prometido por Dios a su pueblo (cf. Carta a los Hebreos 3–4). Sin embargo, inmediatamente después, nos invita a tomar su yugo y a aprender de él, «manso y humilde de corazón».

Ciertamente podemos aprender de él, maestro de corazón manso y humilde, que no se comporta como los escribas y los fariseos, quienes «atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de la gente» (Mateo 23,4). Sin embargo, no esperaríamos una asociación entre yugo y descanso.

¿Cuál es, entonces, este yugo de Jesús?

El yugo era un instrumento de madera que unía a dos animales para arar o tirar de un carro. El yugo de Jesús es la cruz: aquella que él llevó por nosotros y, por lo tanto, nuestra cruz, nuestro yugo. Jesús se convierte en nuestro Cireneo, se pone a nuestro lado. Es nuestro compañero, nuestro… «cónyuge»!

Sí, porque el término «cónyuge» deriva del latín coniux, formado por cum e iugum: indica a quien está unido al otro bajo el mismo yugo, a quien comparte la misma suerte. De ahí también el verbo «conjugar». Es, por lo tanto, una imagen nupcial.

Jesús afirma: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». ¿Por qué es suave? Porque es el yugo del amor. ¿Por qué es ligera? Porque él la lleva con nosotros.

Ante esta invitación de Jesús surgen dos tentaciones.

La primera es querer romper todo yugo y todo vínculo, incluido el «suave y ligero» del amor. Como el falso profeta Ananías, quien rompió el yugo simbólico de madera que llevaba Jeremías, prometiendo al pueblo libertad y prosperidad. El riesgo es terminar con un yugo de hierro (cf. Jeremías 28).

La segunda tentación es confiar en el yugo de las leyes para garantizar el orden y preservar el poder, ya sea en el ámbito social, eclesial, familiar o en cualquier otro contexto, lo que aumenta el esfuerzo y la opresión y sacrifica la solidaridad y el amor.

Ejercicio semanal de reflexión
¿Cómo reacciono ante los fracasos y las decepciones?
¿Quién es mi «compañero» en el camino de la cruz: Cristo o el nuevo mesianismo cultural?
«Quiero darte las gracias, Señor, por el regalo de la vida. Leí en alguna parte que los hombres son ángeles con un solo ala: solo pueden volar si permanecen abrazados. A veces, en momentos de confianza, me atrevo a pensar, Señor, que tú también tienes solo un ala. La otra la mantienes oculta: tal vez para hacerme entender que no quieres volar sin mí» (don Tonino Bello).


El pueblo sencillo
José Antonio Pagola

Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivían trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, de los más olvidados.

Los más desvalidos buscaban su bendición: junto a Jesús sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.

El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, le estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.

La actitud de los “entendidos” era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado. Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.

Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».

También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.

Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.

Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús. Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades.


La simplicidad de Dios nos asusta
Fray Marcos

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere trasmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.


Jesús inaugura la Misión desde la paz, pequeñez y pobreza
Romeo Ballan, mccj

Este pasaje del Evangelio de Mateo hay que leerlo en paralelo con el del evangelista Lucas (10), el cual coloca este mismo episodio de la vida de Jesús en un contexto misionero: la vuelta gozosa de los discípulos después de su primera experiencia de misión. Aunque fue limitada en el espacio y en el tiempo, la experiencia había sido eficaz, capaz de someter incluso a los demonios. Jesús invita a los discípulos a no gozar por esto, sino más bien porque sus nombres “están escritos en los cielos”, es decir, en la mano y en el corazón de Dios. Y Lucas continúa: Jesús “en aquella hora se estremeció de gozo en el Espíritu Santo y dijo: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…» (10,20s). Estas breves palabras son otra revelación de la Trinidad Santa: Padre, Hijo y Espíritu.

El texto de Mateo (11) se encuentra en el corazón de su Evangelio y los estudiosos lo definen como una gran manifestación del misterio de Dios, un himno de júbilo en la Trinidad Santa. Es el ‘Magníficat’ de Jesús, una expresión de su mundo interior, así como lo expresa el de María (Lc 1). En efecto, esta plegaria de Jesús, narrada por Mateo y Lucas, recoge el programa de las Bienaventuranzas (Mt 5,3s), con una especial atención a los pobres, a los mansos, afligidos, puros, misericordiosos, artífices de paz, perseguidos… La página de Mateo nos ofrece una mirada panorámica sobre todo el Evangelio de Jesús, que gira aquí en torno a algunos temas fundamentales: la alabanza al Padre, Señor y Creador (v. 25); la vida de íntima comunión de la Trinidad (v. 27); la actitud amorosa y activa de Jesús frente al sufrimiento humano, brindando alivio a los que están “cansados y agobiados” (v. 28); la nueva escuela y el estilo del Maestro, que dice a todos: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán su descanso” (v. 29-30). Estamos en la escuela de un Maestro especial: si lo contemplamos en la pobreza de Belén y en la humillante derrota del Calvario, entenderemos cuán diferentes son los caminos humanos y los de Dios (Is 55,8-9).

Después de un período de polémicas con escribas y fariseos, y de abandonos por parte de algunos discípulos, el balance humano de ese nuevo Maestro era seguramente decepcionante. Jesús, sin embargo, lejos de abandonar su misión o de retirarse, se reafirma en el camino emprendido, alaba y da gracias al Padre por haber escogido a la gente sencilla, a los pequeños, a los últimos como destinatarios privilegiados de sus extraordinarias revelaciones (v. 25-26).

El ideal de la Iglesia es hacerse discípula de Cristo, tanto en el mensaje como en el estilo, hasta poder decir a todos los pueblos: vengan a mí todos, “cansados y oprimidos” de todos los tiempos y lugares… aprendan de mí que soy manso y humilde… encontrarán alivio y mi yugo les será llevadero. Este es el rostro auténtico y más atractivo de la Iglesia, el único que interesa a la gente, y que los misioneros y toda la comunidad cristiana están llamados a encarnar y proponer. Entre las imágenes más bellas de la Iglesia se encuentran estas dos: la posada y la casa de Pablo. La posadacasa para todos (pandokéion), a la cual el buen samaritano llevó al pobre hombre caído en manos de los bandidos (Lc 10,34); y la casa de Pablo, el cual, cuando llegó prisionero a Roma, vivía en una casa alquilada, donde acogía a todos, anunciaba el Reino de Dios y enseñaba a Jesucristo con toda franqueza (Hch 28,30-31). Dos imágenes que hablan de abertura y acogida, anuncio con pobreza y humildad, valentía evangélica (parresía). Al comienzo de su pontificado, el Papa Francisco dio una prueba de estos valores evangélicos en el viaje a Lampedusa (8 de julio de 2013), su primera visita fuera de Roma. Desde ese mar de tragedias inhumanas, lanzó al mundo entero un fuerte llamado a la acogida y a la solidaridad, partiendo de las preguntas que Dios dirigió a Adán y a Caín después de su pecado.

Hace algunos años (2003) fui invitado a participar en Guatemala en un Congreso misionero para todo el continente americano con un tema significativo: “La misión desde la pequeñez, la pobreza y el martirio”. La Iglesia misionera ofrece a menudo esta imagen de acogida, humildad y austeridad, sobre todo en los países pobres del planeta, pero también en los recodos de las metrópolis más industrializadas. Este estilo de vida y de misión, inaugurado por Jesús, es posible (II lectura) en la medida en que el Espíritu de Dios habita en nosotros. Gracias a su presencia, los frutos asegurados serán la vida, la paz (v. 9.13). El profeta Zacarías (I lectura) presenta el ideal de un rey justo, pacífico y humilde, que cabalga en un asno (v. 9), destruirá los carros y los caballos de guerra y tendrá un claro programa de paz para todas las naciones (v. 10).