XVI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que siembra buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó.

Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña. Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’. El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’. Pero él les contestó:

‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero”.

Luego les propuso esta otra parábola: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en un huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”

Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar” Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

Luego despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los ciudadanos del Reino, la cizaña son los partidarios del maligno, el enemigo que la siembra es el diablo, el tiempo de la cosecha es el fin del mundo,

y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

El que tenga oídos, que oiga”.

(Mateo: 13, 24-43)


El trigo y la cizaña
P. Enrique Sánchez G. mccj

En este domingo seguimos leyendo el capítulo 13 del evangelio de san Mateo en el cual Jesús continúa instruyendo a sus discípulos con enseñanzas sencillas, pero profundas que nunca olvidarán.

En esta ocasión escucharemos tres parábolas que se refieren, una vez más, a la siembra de la buena semilla que el Señor pone en el corazón de quienes se disponen a hacer de su corazón tierra buena que acoge la Palabra del Señor y la atesora, para que lo guíe cada día en el caminar de su vida.

En la primera parábola se trata de la siembra de una buena semilla de trigo que el dueño de los campos siembra con generosidad y en buena manera. Seguramente después de haber preparado sus campos correctamente y eso es reconocido por sus trabajadores, quiénes no se explican lo sucedido al ver surgir la cizaña entre el trigo.

En la respuesta del dueño de los campos se deja sentir una convicción que genera serenidad y confianza.

Él confirma que ha sembrado buena semilla, pero, al mismo tiempo reconoce, sin alarmarse, que alguien con malas intenciones ha ido de noche, mientras los trabajadores dormían y ha sembrado la cizaña.

En estas pocas palabras el evangelio nos enseña que no es de extrañarse que aparezca la cizaña, pues es un hecho que todos experimentamos que en la vida de todos los días nos damos cuenta cómo el bien y el mal están presentes. No vivimos en un mundo protegido por una burbuja o en un ambiente de laboratorio en donde es muy difícil que se filtre lo que puede dañar y contaminar lo que es puro, sano o inmaculado.

La vida nos enseña que todos los días estamos obligados a hacer un continuo discernimiento para no dejar que lo que no nos conviene se filtre en lo habitual de nuestra vida y para que no caigamos en la trampa de confundir el mal con el bien, lo sano con lo enfermizo, lo noble y santo con lo que viene del espíritu del maligno.

Sabemos que Dios siempre está trabajando por nuestro bien y está sembrando en nuestros corazones aquello que nos hace crecer y que da sentido y felicidad a nuestras vidas. Pero igualmente el espíritu del mal no descansa y es muy astuto buscando la manera de atraparnos en sus propuestas y seducciones. Muchas veces, con pesar, tenemos que reconocer que nos gana en la batalla.

Pero el Señor en su sabiduría nos ayuda a entender que lo peligroso no es que exista el mal, siempre ha existido y será una realidad que no podremos ignorar o hacernos los desentendidos; lo que importa es que vayamos creciendo en el espíritu de Dios para poder reconocer todo aquello que no viene de él y, en su momento, podamos deshacernos de sus engaños.

Dejar que el trigo y la cizaña crezcan juntos, como propone el dueño del campo que sembró buen trigo, quiere decir que lo importante es que al final sepamos elegir, lo que realmente es bueno en nuestra vida y que nos quedemos con lo que vale la pena.

Quiere decir también que aprendamos a no dejarnos confundir, como muchas veces nos puede suceder, por la debilidad de nuestro espíritu o la fragilidad de nuestra fe.

Es muy fácil que nos dejemos encandilar y seducir por las propuestas que nos vienen del espíritu del mal y seguramente caemos, pero lo importante es saber reaccionar y tener el valor de optar siempre por el bien, por lo noble y lo bueno que Dios pone en nuestro camino.

Siempre será conveniente, para crecer en el camino del bien, preguntarnos ¿Cuáles son las cizañas que van creciendo en mi vida? ¿Cuáles son las tentaciones que me provocan y tratan de seducirme cada día? ¿Soy capaz de llamar por su nombre al mal que muchas veces trata de gobernar mi vida? ¿Me preocupo por desenmascarar aquello que es mal en mi modo de ser y que trato de hacerlo pasar por bien, justificando mis maneras de actuar, de sentir y de relacionarme con los demás?

La segunda parábola nos ayuda a entender que el mal muchas veces nos puede parecer más imponente, más hábil para ganarse nuestro corazón. Nos puede parecer que ante el mal no tenemos muchas armas con qué defendernos y que al final siempre saldrá vencedor. Eso, muchas veces lo confirmamos diciendo que basta ver un poco lo que sucede en nuestro mundo. En ese mundo en donde los malvados parecen llevar la delantera e imponer sus puntos de vista.

Muchas veces decimos que no vale la pena esforzarse en hacer el bien y en llevar una vida recta, pues al final a quienes les va bien es a los malvados, a los que siembran la violencia y a los que viven haciendo sufrir a los demás. Pero eso no es verdad.

Los cristianos tenemos la experiencia de saber que el bien no hace ruido y que, a su tiempo, demuestra ser quien tiene la última palabra, quien acaba por convencer y que tiene la razón.

Y, ahí la segunda parábola que nos habla de la pequeña semilla de mostaza nos muestra con mucha sencillez y elocuencia su verdad. Esa pequeña semilla, la más pequeña de todas las semillas, parecería que no tiene un gran valor. No aparece con poder y pasa casi por ser ignorada.

Sin embargo, como dice el Señor es una semilla que se convierte en algo grande, en un árbol capaz de dar acogida a los pájaros. Es decir es una semilla que se transforma en espacio de bienestar, de protección y de cuidado para quien tiene necesidad. En otras palabras, es una semilla que genera lo bueno que lleva dentro de ella y se convierte en refugio de quienes tienen necesidad.

Ese es el secreto de lo bueno que existe en Dios y que al llamarnos a la vida ha puesto en lo más profundo de nosotros. Hemos sido creados para hacer el bien y nuestra felicidad más grande será siempre ver que por nuestro ser y por nuestro quehacer podemos hacer que otros encuentren la felicidad en sus vidas.

No habrá jamás mayor felicidad en nuestro corazón que la felicidad que logremos producir en la vida de los demás.

Ese pequeño gesto de bondad, de cordialidad, de paciencia, de respeto, de amor que podamos dejar en el corazón de los demás será siempre como esa pequeña semilla de mostaza, que aparentemente no sirve para nada, pero que sembrada con generosidad y alegría será capaz de crear un mundo nuevo, será lo que nos ayude a descubrirnos cada día más hermanos y destinados a crear una humanidad en donde la fraternidad y el respeto, en donde la justicia y la solidaridad dejarán de ser ideales lejanos para convertirse en realidad. Y será siempre eso pequeño, a lo cual tal vez no le damos demasiada importancia, lo que puede hacer de nosotros personas únicas, personas buenas, personas amables, personas con las que da gusto estar.

Finalmente, la tercera parábola nos habla de la pequeña cantidad de levadura capaz de fermentar toda la masa. Esa pequeña cantidad de levadura que tiene por vocación perderse entre la harina que se trabaja con esfuerzo y con cariño al mismo tiempo.

Esa levadura es la que permite que al final se logre un pan sabroso, nutritivo; un pan que da gusto compartir con los demás en la mesa que nos une en familia. El pan que se convierte no sólo en alimento que nutre, sino en motivo de comunión, de acción de gracias por tenernos los unos a los otros, se convierte en Eucaristía, presencia del Señor que nos llena de vida.

Pues bien, ese pequeño trozo de levadura, tan eficaz y tan necesario, acepta perderse, desaparecer en medio de la masa para cumplir con su función. Renuncia a sí mismo, al punto que el pan no tendrá un sabor a levadura, pero no será pan sin que ella esté presente. Esa levadura nos recuerda que las cosas grandes que Dios quiere realizar siempre en nosotros y a través de nosotros, pasan a través de lo pequeño, de lo insignificante, aparentemente, y nos pide que aprendamos a perdernos a nosotros mismos, que no tengamos miedo a renunciar a lo que consideramos como algo que nos pertenece y que sin ello desapareceríamos.

Las grandes cosas de Dios en nuestra vida se convierten en milagros cuando empezamos a entender que de lo pequeño que somos, de lo inadecuados que nos podemos reconocer, de lo pecadores que seguramente nos sentimos, que de lo poco que podemos significar a los ojos de los los demás; justamente de ahí, es de donde Dios empieza a hacer cosas grandes, porque en su modo de actuar, es en lo insignificante, en lo despreciable de este mundo, en el pecado que cargamos cada uno, ahí es en donde se manifiesta su grandeza y su poder.

El puñadito de levadura que podemos ser cada uno de nosotros, cuando aceptamos entrar en la refriega del mundo y lo aportamos como lo mejor que hemos recibido del Señor, sorpresivamente se convierte en algo que nos transforma y que transforma el mundo.

Nuestros pequeños gestos de bondad, de perdón, de paciencia, de resistencia en la adversidad, de comprensión y de aceptación de la diversidad que nos rodea. Todos esos pequeños detalles de misericordia hacia los demás y con nosotros mismos, reconociendo

con humildad que no hemos sido siempre aquello que Dios había soñado para nosotros, eso es lo que acabará por cambiar el mundo.

Esa pequeña levadura que haremos que se pierda en la masa de los grandes conflictos de nuestro mundo que genera cada día tanto dolor y sufrimiento, que nos hace creer que la guerra es lo normal y aceptable, que pretende vendernos la idea de que la miseria que acompaña a tantos hermanos nuestros es un destino desafortunado que les ha tocado vivir; esa levadura será la que nos permitirá ver cómo el mundo cambia en la medida en que cambiamos en lo pequeño y en lo inmediato de nuestras vidas, haciéndonos personas capaces de generar esperanza, confianza, optimismo, caridad, amor y fe a nuestro alrededor.

Pidamos al Señor que nos ayude a no espantarnos al descubrir la maldad como cizaña también presente en nosotros, pero que nos haga entender que estamos bajo su cuidado y protección y que el mal no prevalecerá en aquellos que tienen puesta su confianza en él.

Que seamos capaces de aceptar que somos pequeñas semillas de mostaza, a lo mejor insignificantes a los ojos de nuestro mundo, pero destinadas a dar frutos de bondad que cambiarán aquellos espacios en donde nos toca estar presentes hoy como cristianos.

Roguemos para que esa levadura que llevamos en nosotros, como gracia otorgada por el Señor, nos haga ser presencia discreta de su amor entre todos nuestros hermanos y que nos dé la valentía de llevarlo a todos los rincones del mundo, en donde nuestra presencia como testigos y misioneros suyos se convierta en levadura que convierta la masa de nuestro mundo en pan, en cuerpo del Señor, que se comparte para ser alegría en el corazón de todos los que peregrinamos por este mundo.

Que la cizaña no logre ahogar el buen trigo que ha sido sembrado en nuestros corazones.


¡Tres parábolas escandalosas!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

«El Reino de los cielos se parece a…». Después de la parábola del sembrador, que escuchamos el domingo pasado, el Evangelio de hoy nos propone otras tres parábolas que revelan el misterio de la presencia del Reino de los cielos en medio de nosotros. Nos encontramos en el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo, en el llamado «discurso de las parábolas».

Jesús continúa hablando mediante la sabiduría de las parábolas, accesible a todos, porque el Reino de Dios no es una realidad abstracta, encerrada en conceptos filosóficos o en formulaciones teológicas, sino una realidad viva y cercana a todos aquellos que tienen «ojos para ver» y «oídos para escuchar».

1. La parábola del trigo y la cizaña: ¡el escándalo del mal!

¡Un campo, la siembra del buen trigo y la desagradable sorpresa de la cizaña! La cizaña es una planta muy parecida al trigo, pero sus granos oscuros son tóxicos y pueden producir efectos narcóticos. El texto habla de «cizañas», en plural, como para recordarnos cuán numerosas son las formas en las que el mal se manifiesta en el campo del mundo.

También nosotros conocemos bien esta amarga sorpresa: en la realidad del mundo, de la Iglesia, de la familia y de nuestra propia existencia.

Nuestra primera reacción es interrogar al dueño: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde viene entonces la cizaña?». La siembra, en efecto, era responsabilidad del dueño de la casa. ¿No eres tú, Señor, el Creador de un mundo bello y bueno? ¿De dónde viene, entonces, el mal? Dios es casi siempre el primer acusado en nuestras quejas.

Nuestra segunda reacción es inmediata: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». ¡Deseamos un campo limpio de toda mala hierba! Pero la respuesta del dueño es desconcertante: «No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega».

Pero ¿cómo es posible? ¿No afirma el profeta: «Todo tu pueblo estará formado por justos» (Isaías 60,21)? ¿No había dicho Juan el Bautista que el hacha ya estaba puesta a la raíz de los árboles y que el Mesías vendría a bautizar con fuego, a recoger el trigo y a quemar la paja en un fuego que no se apaga (cf. Mateo 3,10-12)?

Los apóstoles piden explicaciones sobre la parábola, quizá no porque no la hayan comprendido, sino porque les cuesta aceptarla. ¡Y también a nosotros nos cuesta!

Nuestro sueño, en cierto sentido, es el del profeta Elías y el de Juan el Bautista: reducir inmediatamente a cenizas la cizaña y la paja. Pero, como recuerda san Agustín, solo Dios conoce verdaderamente a quienes le pertenecen. En efecto, el bien y el mal no conviven únicamente en el mundo: también atraviesan el corazón de cada uno de nosotros. Arrancar precipitadamente el mal podría significar herir o destruir también el bien que está creciendo.

Nunca han faltado «zelotes» en la historia de la Iglesia. ¡Cuántas condenas, pronunciadas sin discernimiento, han acabado por meter a todos en el mismo saco, provocando consecuencias dramáticas! Por eso Dios se reserva para sí el papel de juez. El juicio de Dios busca justificar y salvar; el nuestro, con demasiada frecuencia, condena y mata.

2. La parábola del grano de mostaza: ¡el escándalo de la pequeñez!

Inmediatamente después, Jesús añade otra parábola: «El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza […] la más pequeña de todas las semillas, pero, cuando crece, es mayor que las demás plantas del huerto y se convierte en un árbol».

La mostaza negra de Palestina, de la que se obtiene un condimento muy sabroso, puede crecer hasta convertirse en un gran arbusto y alcanzar incluso tres o cuatro metros de altura, especialmente en la región del lago de Tiberíades. Mediante el contraste entre «la más pequeña de todas las semillas» y «la mayor de las plantas del huerto», Jesús quiere subrayar el sorprendente desarrollo del Reino de Dios.

Sin embargo, hay algo insólito en esta comparación. La mostaza es una planta resistente, casi invasora: sus diminutas semillas se esparcen fácilmente y llegan a todas partes. Además, en la Biblia, la mostaza aparece únicamente en las palabras de Jesús, en esta parábola y en la enseñanza sobre la fe capaz de trasladar montañas (cf. Mateo 17,20).

Quizá Jesús aluda también a la profecía de Ezequiel 17,22-23, en la que Dios toma un pequeño brote de la copa de un cedro y lo planta en una montaña elevada de Israel. Este se convierte en un cedro magnífico, bajo cuyas ramas vienen a habitar todas las aves, símbolo de los pueblos de la tierra.

Pero la pequeñez del grano de mostaza no podía satisfacer las expectativas de los oyentes de Jesús, que esperaban un reino mesiánico visible, poderoso e imponente. Esta pequeñez también nos escandaliza a nosotros, que desearíamos señales más evidentes y extraordinarias de la presencia de Dios.

3. La parábola de la levadura: ¡el escándalo de la humildad!

«Les dijo otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada”».

Tres medidas de harina equivalen aproximadamente a cuarenta kilos: una cantidad enorme, capaz de alimentar a muchísimas personas. Sin embargo, toda aquella masa es fermentada por una pequeña cantidad de levadura, que actúa silenciosamente y desaparece dentro de la masa.

El Reino, escondido en la historia, está haciendo fermentar el mundo. Es una presencia discreta, humilde, delicada y misteriosa, que contrasta con nuestra búsqueda de visibilidad, con el deseo de ser reconocidos y de tener importancia en el espacio público.

El Reino, por el contrario, no hace ruido.

¡Así es Dios! ¡Así es el amor!

Para nuestra reflexión semanal

Intentemos ahora aplicar estas parábolas a nuestra vida.

La parábola de la cizaña nos advierte contra la tentación de pretender una comunidad formada exclusivamente por personas perfectas. Esta tentación puede manifestarse en nuestra intolerancia hacia quienes se equivocan, pero también en nuestro perfeccionismo, incapaz de aceptar nuestros límites personales.

¿Creo en Dios Padre, paciente y misericordioso con todos?

La parábola del grano de mostaza nos advierte contra la tentación de la grandeza. En nuestro imaginario, Dios es ante todo el Todopoderoso; sin embargo, en Jesús se hizo frágil como nosotros.

¿Creo en Jesús, que se hizo pequeño y eligió medios humildes para instaurar el Reino?

La parábola de la levadura nos advierte contra la tentación de la ostentación y del protagonismo. Nos invita a actuar con humildad y discreción.

¿Creo en la acción del Espíritu, que discretamente está haciendo fermentar la masa del mundo?


La paciencia de Dios
Papa Francisco

La página evangélica de hoy propone tres parábolas con las cuales Jesús habla a las masas del Reino de Dios. Me detengo en la primera: la del grano bueno y la cizaña, que ilustra el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios (cf. Mateo 13, 24-30. 36-43). ¡Cuánta paciencia tiene Dios! También cada uno de nosotros puede decir esto: «¡Cuánta paciencia tiene Dios conmigo!». La narración se desarrolla en un campo con dos protagonistas opuestos.

Por una parte el dueño del campo que representa a Dios y esparce la semilla buena; por otra el enemigo que representa a Satanás y esparce la hierba mala. Con el pasar del tiempo, en medio del grano crece también la cizaña y ante este hecho el dueño y sus siervos tienen actitudes distintas. Los siervos querrían intervenir arrancando la cizaña; pero el dueño, que está preocupado sobre todo por salvar el grano, se opone diciendo: «no, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo» (v. 29). Con esta imagen, Jesús nos dice que en este mundo el bien y el mal están tan entrelazados, que es imposible separarlos y extirpar todo el mal. Solo Dios puede hacer esto, y lo hará en el juicio final. Con sus ambigüedades y su carácter complejo, la situación presente es el campo de la libertad, el campo de la libertad de los cristianos, en el cual se cumple el difícil ejercicio del discernimiento entre el bien y el mal. Y en este campo se trata entonces de combinar, con gran confianza en Dios y en su providencia, dos actitudes aparentemente contradictorias: la decisión y la paciencia. La decisión es la de querer ser buen grano —todos lo queremos—, con todas nuestras fuerzas, y entonces alejarse del maligno y de sus seducciones. La paciencia significa preferir una Iglesia que es levadura en la pasta, que no teme ensuciarse las manos lavando las ropas de sus hijos, antes que una Iglesia de «puros», que pretende juzgar antes del tiempo quién está en el Reino y quién no.

El Señor, que es la Sabiduría encarnada, hoy nos ayuda a comprender que el bien y el mal no se pueden identificar con territorios definidos o determinados grupos humanos: «Estos son los buenos, estos son los malos». Él nos dice que la línea de frontera entre el bien y el mal pasa por el corazón de cada persona, pasa por el corazón de cada uno de nosotros, es decir: todos somos pecadores. Me gustaría preguntaros: «quien no es pecador levante la mano». ¡Nadie! Porque todos lo somos, todos somos pecadores. Jesucristo, con su muerte en la cruz y su resurrección, nos ha liberado de la esclavitud del pecado y nos da la gracia de caminar en una vida nueva; pero con el Bautismo nos ha dado también la Confesión, porque siempre necesitamos ser perdonados por nuestros pecados. Mirar siempre y solamente el mal que está fuera de nosotros, significa no querer reconocer el pecado que está también en nosotros.

Y luego Jesús nos enseña un modo diverso de mirar el campo del mundo, de observar la realidad. Estamos llamados a aprender los tiempos de Dios —que no son nuestros tiempos— y también la «mirada» de Dios: gracias al influjo benéfico de una trepidante espera, lo que era cizaña o parecía cizaña, puede convertirse en un producto bueno. Es la realidad de la conversión. ¡Es la perspectiva de la esperanza!

La Virgen María nos ayude a percibir en la realidad que nos rodea no solo la suciedad y el mal, sino también el bien y lo bonito; a desenmascarar la obra de Satanás, pero sobre todo a confiar en la acción de Dios que fecunda la historia.

Angelus 23/07/2017


Dios conoce a los suyos
José Antonio Pagola

Dejadlos crecer juntos.

Vivimos en una sociedad caracterizada por lo que algunos autores llaman «la diseminación religiosa». Podemos encontramos con creyentes piadosos y con ateos convencidos, con personas indiferentes a lo religioso y con adeptos a nuevas religiones y movimientos, con gente que cree vagamente en «algo» y con individuos que se han hecho una «religión a la carta» para su uso particular, con personas que no saben si creen o no creen y con personas que desean creer y no saben cómo hacerlo.

Sin embargo, aunque vivimos juntos y mezclados, y nos encontramos diariamente en el trabajo, el descanso y la convivencia, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que realmente piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. A veces ni las parejas conocen el mundo interior del otro. Cada uno lleva en su corazón cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos.

Entre nosotros se llama «increyentes» a los que han abandonado la fe religiosa. No parece un término muy adecuado. Es cierto que estas personas han abandonado «algo» que un día vivieron, pero su vida no se asienta en ese rechazo o abandono. Son personas que viven de otras convicciones, difíciles a veces de formular, pero que a ellas les ayudan a vivir, luchar, sufrir y hasta morir con un determinado sentido. En el fondo de cada vida hay unas convicciones, compromisos y fidelidades que dan consistencia a la persona.

No es fácil saber cómo Dios se abre hoy camino en la conciencia de cada uno. La «parábola del trigo y la cizaña» nos invita a no precipitarnos. No nos toca a nosotros identificar a cada individuo. Menos aún excluir y excomulgar a quienes no se identifican en el «ideal de cristiano» que nosotros nos fabricamos desde nuestra manera de entender el cristianismo y que, probablemente, no es tan perfecta como nosotros pensamos.

«Sólo Dios conoce a los suyos» decía san Agustín. Sólo él sabe quién vive con el corazón abierto a su Misterio, quién responde a su deseo profundo de paz, amor y solidaridad entre los hombres. Los que nos llamamos «cristianos» hemos de estar atentos a los que se sitúan fuera de la fe religiosa, pues Dios está también vivo y operante en sus corazones. Descubriremos que hay en ellos mucho de bueno, noble y sincero. Descubriremos, sobre todo, que Dios puede ser buscado siempre por todos.


Se parece a…
María Dolores López Guzmán

Las “cosas de Dios” nos parece que deben ser tan elevadas que cuando alguien las explica de manera asequible apenas nos las creemos y solemos “pedir una explicación”. Esto también les sucedió a los discípulos incluso con el Señor; por eso, cuando Jesús les hablaba en parábolas, le pedían que les aclarara lo que les había contado. La simplicidad cuesta mucho. Demasiado. Asociamos la complejidad a Dios, cuando es todo lo contrario. Por eso a los seguidores del Maestro les resultaba asombroso que no necesitaran ser doctos y “entendidos” en la materia para comprender un mínimo del estilo con el que el Señor había planteado su forma de implementar el Reino.

Que el mismo Jesús utilizara imágenes de la cotidianeidad para hacernos ver cómo es el reino de los cielos es maravilloso. Con ello quiere decir que la Creación es tan rica y significativa que tiene capacidad para remitir a lo divino; transmite así, que lo natural, lo común, encierra verdades hondas. Además, de este modo el mensaje resulta accesible a la mayoría; y entre todos, no solo podemos hacernos una idea, de verdad, de cómo está funcionando ya el Reino, sino saber dónde buscarlo y dónde mirar para encontrarlo.

Tres comparaciones propone el Señor en el evangelio de hoy:

En la primera identifica el Reino con su persona –se parece a un hombre que sembró buena semilla–. Y explica que la semilla son ya los ciudadanos de ese reino, es decir, los que viven con Él y en Él. Pero junto al trigo crece la cizaña. Una compañía nada agradable que a veces ahoga al mejor de los frutos. Una imagen de las mezclas tan potentes que se dan en la vida. Sin embargo, solo a Dios le corresponde recoger la cosecha y separarlos. Porque Él siempre estará atento para que no se pierda ningún tallo, ramita, u hojarasca, por pequeña que sea, que contenga algo aprovechable y salvable. Recolectar así es laborioso, pero se gana mucho (y sobre todo, ganamos todos).

En la segunda, el Reino es como un minúsculo grano de mostaza, de un tamaño parecido a la punta de un alfiler, que la persona siembra en su huerto. El Señor se hace semilla; y no entra en nuestra vida como un huracán, sino como una brisa suave; tampoco como una tormenta, sino como una suave lluvia. Apenas se percibe su presencia, pero va penetrando y haciendo su obra.

En la tercera, compara el Reino de los cielos con la levadura. Un ingrediente muy apreciado por los cocineros pues hace crecer de forma asombrosa la harina que utilizamos para elaborar, por ejemplo, lo bizcochos y el pan. Lo curioso es que con una medida casi ridícula es suficiente para que salgan unas raciones generosas. No hay proporción entre cada uno de los ingredientes. Con un poco de levadura bien repartida la masa “se crece”.

Tres parábolas que nos ayudan a grabarnos a fuego algunas ideas importantes: que el Reino no es otro que Jesús, su persona, pero que en esta vida está amenazado; que no nos corresponde a nosotros cosechar (siempre nos llevaríamos a alguien por delante); y que su apariencia es pequeña y penetra en la realidad de una forma apenas perceptible, en lo oculto, entremezclado con la realidad, y allí, dentro, queda activo y activado, creciendo a su ritmo de una manera misteriosa.


El trigo, al final, vencerá a la cizaña
Romeo Ballan, mccj

¡Está prohibido poner barreras y crear separaciones entre buenos y malos, entre santos y malvados! ¿Por qué existe el mal en el mundo? ¿De dónde viene la cizaña? Nos lo explica Jesús. En las tres parábolas del Evangelio (cizaña, grano de mostaza y levadura) afloran las enseñanzas de la parábola del sembrador (cfr. domingo XV): la insignificante pequeñez de la semilla en comparación con sus potencialidades internas; el dueño que siembra buena semilla en su campo, mientras que el enemigo siembra allí la cizaña; la vengativa impaciencia de los criados y la tolerante paciencia del dueño… (v. 25.28-29). Al final, en el tiempo de la cosecha y la siega, llega el momento del balance definitivo: se evalúan los resultados, con el consiguiente premio o castigo (v. 30). Nuevamente, Jesús mismo nos da la clave para interpretar su parábola, que se aplica a la vida de cada uno (todos somos un poco buenos y un poco menos), a la vida y a la historia de la Iglesia, la cual está llamada a vivir inmersa en un mundo de violencias y de injusticias, pero siempre animada por la esperanza y la paciencia de Dios. En cada tiempo y lugar, la Iglesia misionera “debe continuar su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (S. Agustín, De civitate Dei).

El santo Papa Karol Wojtyla, en uno de sus libros, nos ha dejado un comentario autorizado sobre el mysterium iniquitatis que azota el mundo y la historia, y sobre la coexistencia del bien y del mal, haciendo una referencia explícita a la parábola de hoy: “La manera como el mal crece y se desarrolla sobre el terreno sano del bien constituye un misterio. Misterio es también esa parte de bien que el mal no ha logrado destruir y que se propaga, a pesar del mal, avanzando incluso sobre el mismo terreno. Es inmediata la alusión a la parábola evangélica del trigo y de la cizaña… En efecto, esta parábola puede considerarse como una clave de toda la historia del hombre. En distintas épocas y en diferente medida, el trigo crece junto a la cizaña y la cizaña junto al trigoLa historia de la humanidad es el teatro de la coexistencia del bien y del mal. Esto significa que, si el mal existe al lado del bien, el bien, sin embargo, persevera al lado del mal y crece, por así decirlo, sobre el mismo terreno, que es la naturaleza humana” (cfr. Memoria e Identidad, p. 14).

La aplicación de este mensaje al mundo misionero es inmediata. Ante el mal que avanza o la cerrazón y maldad de muchas personas, a menudo el misionero y el educador se ven tentados a jugar el papel de los siervos de la parábola, que quieren arrancar en seguida la cizaña (v. 28). A menudo ostentan el cuchillo del ‘celo’ para aplicar el aut-aut (o-o). Jesús, el divino sembrador del buen grano, invita a tener más paciencia y misericordia, concede tiempo para la maduración, respetando los tiempos de Dios, el único juez que sabe lo que hay en el corazón humano.

Aun teniendo la fuerza incontenible del Evangelio (v. 31-32), la misión comienza siempre en situaciones de pequeñez y de fragilidad de cara a la fuerza poderosa del maligno. El misionero es, ciertamente, portador de una levadura capaz de renovar el mundo desde dentro (v. 33), pero actúa en los tiempos largos de la paciencia, de la escasa relevancia, de la derrota momentánea y de la tolerancia. Ya lo había prefigurado el libro de la Sabiduría (I lectura): oh Dios, “tu soberanía universal te hace perdonar a todos” (v. 16). Mientras los poderosos de la tierra a menudo se exceden y abusan del poder, Dios es siempre “poderoso soberano”, juzga con mansedumbre, nos gobierna “con gran indulgencia” (v. 18). El Dios cristiano manifiesta su omnipotencia sobre todo perdonando y usando misericordia. En efecto, Él otorga a sus hijos la “dulce esperanza” de que, tras el pecado, da “lugar al arrepentimiento”. Este es el estilo de Jesús, que el discípulo y el misionero asumen como programa de vida y de acción.

El corazón humano es un campo de buen grano mezclado con cizaña, bajo la presión del maligno y los embates de la intolerancia. Necesitamos que el Espíritu (II lectura) venga en ayuda de nuestra debilidad (v. 26), nos sostenga en el tiempo de la coexistencia del bien y del mal, aliente nuestra esperanza y nos eduque según el corazón misericordioso de Dios (v. 27).