XV Domingo ordinario. Año A

“Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. El les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero dichosos, ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador.

A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.

En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

(Mateo: 13, 1-23)


Salió el sembrador a sembrar
P. Enrique Sánchez G. mccj

Aquí estamos, de nuevo, con una parábola que Mateo recuerda como una bella historia salida de la boca de Jesús y que se nos ofrece como pretexto inspirador para que vayamos un poquito más a lo profundo de nuestra experiencia de fe.

Esta parábola, como todas las demás, no es un pequeño relato para mantener entretenidos a los oyentes que se habían instalado a las orillas del lago que servía de anfiteatro para escuchar al Señor. Contrariamente a lo que se pudiese pensar, la parábola fue bien una provocación que obligó a los oyentes a tomar conciencia de lo que Dios estaba realizando como prodigio en lo más ordinario de sus vidas y de las consecuencias que aquellas palabras tendrían en lo profundo de sus corazones.

Esta vez no era la primera que Jesús hablaba de siembras a sus oyentes, muchos de los cuales eran seguramente agricultores y que estaban en condiciones de entender a qué se refería cuando les hablaría de siembras, de preparación de terrenos, de calidad de tierras y de cuidados exigidos por los cultivos, si se pretendía llegar a buenas cosechas.

Un poco antes de nuestro texto Jesús había hablado diciendo que Dios hace salir el sol y hace llover no sólo sobre quienes se portan bien, sino que hace recaer su bendición sobre todos (Mateo5,45).Y, ya desde ese momento Jesús establecía que identificando a Dios como un buen sembrador, como sucederá un poco más adelante, era de esperar que lo sembrado por él estaba destinado a dar mucho y buen fruto.

El sembrador que sale temprano, contento y confiado en que su trabajo dará frutos abundantes a su tiempo, lanza la semilla con generosidad y sin prejuicios. Su semilla es buena y se lanza a la tierra con la confianza de que si encuentra una buena tierra y disponible, no tardará en dar frutos que alegrarán su corazón. Como lo hemos visto tantas veces en los rostros de los campesinos que al final de un buen temporal se sienten bendecidos por la abundancia de sus cosechas.

El resultado de la siembra en este caso no está condicionado por la calidad de la semilla, porque un buen agricultor jamás sembrará algo que sea defectuoso o que esté en mal estado, pues sabe, por sentido común, que eso no podría producir absolutamente nada y el trabajo sería inútil.

Lo que puede hacer que la cosecha no sea buena o abundante depende de la acogida de la semilla. Y en esto la parábola no necesita muchas explicaciones. Cuando la semilla cae entre piedras o espinas no es de maravillarse que no dará frutos.

Por el contrario, todos sabemos que cuando una semilla encuentra una tierra buena, limpia, bien abonada y libre de malas yerbas, los frutos serán abundantes y de extraordinaria calidad; pero, como dice la parábola, si la semilla queda en la superficie del camino, ciertamente no se podrá esperar una buena cosecha, esto parece muy claro y da lugar a que los discípulos pregunten por qué Jesús habla en parábolas.

Jesús habla en parábolas porque se trata de temas que deberían ser entendidos sin necesidad de muchas explicaciones, en cuanto a lo que está diciendo; pero en realidad la parábola lo que quiere hacer es ayudar a los oyentes a entender algo que está más allá de las palabras.

Jesús está hablando de la llegada del Reino de Dios y se está manifestando como el Salvador y Mesías, algo que por los signos que va realizando debería ser claro y comprensible, pero en la mente y en el corazón de sus destinatarios sucede lo mismo que pasa con el sembrador que va esparciendo la semilla, muchas veces no encuentra el terreno bien preparado y todo acaba por arruinarse.

La buena noticia que anuncia Jesús resulta que es buena, pero muchas veces sucede que cae en la vida de las personas que lo escuchan como si fuera un camino en donde no puede penetrar y en donde es fácil que se pierda o, como dice la escritura, las aves del cielo se la lleven.

Simplemente, es una buena noticia que no es acogida y que no puede dar fruto porque no encuentra un terreno en donde pueda echar raíces.

Confrontando las palabras de esta parábola con la realidad de nuestra vida, no es difícil constatar que la enseñanza de Jesús sigue manteniendo toda su actualidad y nos sigue desafiando y cuestionando en la manera de cómo aceptamos la buena noticia del evangelio en nuestras vidas.

Como cristianos católicos, no es difícil aplicarnos lo que dice Jesús cuando menciona que la palabra que es anunciada, pero no es entendida se la lleva el diablo. Esto tiene que ver con nuestro desconocimiento de la Escritura, con el poco interés que mostramos por leer, estudiar, profundizar la Palabra de Dios escrita en nuestras biblias.

Muchos de nosotros nos contentamos con tener la Biblia en los libreros de nuestra casa o de adorno en algún rincón de la sala. El Papa Francisco decía que la Biblia la teníamos que llevar siempre con nosotros, en el bolsillo para leerla, para conocerla, para rezar con ella en todo momento.

Cada uno de nosotros debería tener su ejemplar personal, subrayado, con anotaciones, con páginas gastadas por el uso cotidiano; tendríamos que ser, si no expertos, sí conocedores de la palabra porque de ella depende la calidad de nuestra vida.

Hay palabras de Dios que escuchamos y resuenan profundamente en nuestro corazón, pues tocan e iluminan algo que llevamos dentro. La palabra nos entusiasma y nos mueve a reconocerla como algo importante que tendríamos que custodiar como un verdadero tesoro, pues nos inspira los buenos sentimientos y las buenas actitudes que hacen importante lo que vamos construyendo día a día.

Pero, como dice la parábola, aunque la acogemos con alegría, nos falta la perseverancia y dejamos fácilmente que se filtren en nuestro corazón otras palabras que la ahogan y no le permiten que eche raíces en nosotros. Preferimos las palabras del momento, lo que está de moda, lo que hace que pensemos y actuemos como todos los demás.

Y, cuántas palabras no escuchamos a diario que acaban por impedirnos guardar en nuestro interior aquella palabra que sostiene verdaderamente en el momento de dolor o de obscuridad, de tristeza o de enfermedad. Nos faltan las palabras que nos ayuden a sentirnos acompañados y no víctimas de la soledad.

Hoy lo que abundan son las palabras que nos llegan a millones cada día por el teléfono, por la computadora, por tantas aplicaciones que vamos descargando y que nos prometen solucionarnos todo en la vida. Pero son palabras que en el momento de la tribulación se esfuman y se convierten en ruidos que confunden, que aturden; son palabras que no pueden echar raíces en nosotros porque son palabras que se lleva el viento y hacen que aparezca nuestra falta de constancia para fincar el futuro en aquello que nada puede derrumbar.

Hay las palabras que reconocemos como verdaderas, palabras que nos brindan confianza y que le dan fuerza a nuestra vida. Son las palabras que la parábola menciona como aquellas que han sido sembradas entre espinos.

Desafortunadamente, ahí no tienen mucho futuro porque se ven amenazadas y agobiadas por las preocupaciones que nos asaltan en lo inmediato, en lo que se va haciendo cotidiano. Son esas situaciones que nos roban la esperanza y la confianza, que nos hacen pensar que Dios no nos puede sacar del hoyo en que hemos caído.

Son esas espinas que nos dicen que tenemos que aprender a resolverlo todo con nuestros medios y con nuestras fuerzas y desconfían en que Dios tiene una palabra que abre horizontes nuevos, que él está creando a cada instante un mundo nuevo para nosotros, que por su palabra crea y recrea todo aquello que a nosotros nos parecía terminado, caduco y destruido.

La palabra que cae entre nuestras espinas es la que pone de manifiesto nuestras desesperanzas, nuestra negatividad, nuestra falta de confianza y de fe y nos condena a vivir resignados con nuestros fracasos y condenados a creer más en nuestros límites y en nuestras debilidades que en el poder de Dios que nos ofrece a diario la posibilidad de ser distintos, de empezar de nuevo, de vivir descubriendo que él todavía no ha dicho la última palabra sobre lo que nos toca vivir en este mundo.

¿Cuántas preocupaciones no se apoderan a diario de nuestra mente y de nuestro corazón? ¿Cuántos problemas y urgencias nos roban la paz interior y nos empujan a vivir en una angustia constante? ¿Cuántas necesidades inútiles nos fabricamos a diario, pensando que ahí encontraremos la respuesta a todos nuestros males? ¿Cuántos imprevistos nos impone la realidad en la que vivimos que hacen que perdamos de vista el horizonte y que nos imaginemos lo peor para nuestro futuro?

Las preocupaciones ciertamente nunca faltarán, porque hacen parte de nuestra realidad humana, pero existe la posibilidad de vivirlas sin dejar que se conviertan en el centro de atención único de nuestra vida.

La palabra de Dios sembrada en abundancia en nuestros corazones se puede convertir en la medicina que cura nuestras ansiedades, que relativiza nuestras preocupaciones, sin que nos convirtamos en personas irresponsables; la palabra sembrada y acogida como bendición de Dios en cada uno de nosotros es lo que puede ayudarnos a ir dando frutos de paciencia, de tolerancia, de resistencia ante las dificultades, sin perder la cabeza.

Por eso, la parábola de Jesús en este evangelio de Mateo concluye reconociendo que la palabra sembrada y acogida con generosidad y buena disposición. La semilla de la palabra que se busca y se cultiva a diario, en la reflexión, en la meditación y en la oración. La semilla de esa palabra que la ponemos como luz que ilumina nuestros pasos, que nos sostiene en el momento de la dificultad para que no perdamos la calma. Esa palabra que poco a poco la vamos convirtiendo en nuestra regla de vida, en nuestro patrón de conducta, en lo que nos hace adoptar un estilo de vida que busca el modo de vivir reconciliados y en paz, con confianza y apostándole a la fraternidad y a la comunión entre nosotros. Esa es la semilla que plantada en lo más profundo de nosotros seguramente dará frutos.

Poco importa la cantidad y a nadie se le pedirá el ciento por uno, se nos pedirá simplemente que demos el fruto que está a nuestro alcance, pero que hagamos el esfuerzo por ir creando espacios y condiciones para que esa semilla sembrada generosamente en nosotros no quede estéril.

Pidamos para que el Señor no se canse de sembrar su palabra en nuestros corazones y para que nos ayude a ser terreno bien preparado. Que sepamos apartar todo lo que puede ahogar esa semilla en nuestras vidas. Que nos alejemos de la superficialidad y de la indiferencia que puede atrapar nuestro corazón. Que no seamos rocas duras en donde la palabra de Dios no pueda penetrar. Que no nos dejemos ganar por nuestras preocupaciones recordando que Dios ya se preocupa de nosotros y nos da más de lo que necesitamos y merecemos.

Y finalmente, que con un corazón misionero, sepamos convertirnos en sembradores de su palabra en un mundo en donde existen tantas necesidades de su presencia. Que animados por la alegría que genera la palabra en cada uno de nosotros, nos convirtamos en anunciadores entusiastas de la Buena Nueva del Evangelio para que, sembrada en el corazón de quienes están más lejos del Señor veamos surgir frutos nuevos, vida nueva de Dios.

Que el Sembrador que salió a sembrar encuentre en nosotros una tierra dispuesta, fecunda y generosa para que podamos dar frutos abundantes de paz, de fraternidad, de solidaridad y de amor, como lo hemos recibido del Señor.


¡Cada día es tiempo de siembra!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Con este domingo comienza el “discurso en parábolas” del capítulo 13 del Evangelio de Mateo. Se trata del tercer discurso de Jesús, después del discurso inaugural “del monte” (caps. 5–7) y el “discurso misionero” de envío de los apóstoles en misión (cap. 10). Este discurso está compuesto por siete parábolas. Las primeras cuatro están dirigidas a la multitud — el sembrador, la cizaña, el grano de mostaza y la levadura — y las otras tres a los discípulos: el tesoro, la perla y la red. Siete parábolas para presentar “los misterios del reino de los cielos” (13,11).

La expresión “reino de los cielos”, “reino de Dios” o simplemente “el reino” aparece unas cincuenta veces en el Evangelio de Mateo: la primera vez en boca de Juan el Bautista (3,2) y la segunda en labios de Jesús: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (4,17). El reino es el tema de la predicación de Jesús, el objetivo de su vida y de su misión. ¿Qué es el Reino de Dios? Jesús nos lo expone a través de estas parábolas.

¿Qué es una parábola? Es un relato que, partiendo de un hecho, de una historia verosímil o de una realidad de la vida cotidiana, quiere transmitir, de modo simbólico, un mensaje más profundo, a veces misterioso, que requiere un esfuerzo de interpretación. Jesús utilizó a menudo las parábolas en su predicación. Sin embargo, hay que distinguir entre parábola y alegoría. En la alegoría, cada elemento narrativo tiene un significado específico; en la parábola, en cambio, hay que buscar sobre todo el sentido global.

1. La parábola del optimismo y de la esperanza

La parábola del sembrador es una de las más conocidas del Evangelio, “la madre de todas las parábolas”, como la definió el papa Francisco. El pasaje tiene tres partes distintas: en la primera, el relato de la parábola (vv. 1-9); en la segunda, la razón por la que Jesús habla en parábolas (vv. 10-17); en la tercera, una explicación alegórica de la parábola (vv. 18-23).

Esta parábola se sitúa en un momento delicado de la vida de Jesús, cuando comenzaba a perfilarse el aparente fracaso de su misión. En este punto nos preguntamos: ¿por qué el mal parece triunfar siempre? ¿Por qué el bien tiene tanta dificultad para arraigar en el mundo y en el corazón de las personas?

Parecería que la respuesta de la parábola es esta: todo depende de la calidad del terreno sobre el que se esparce la semilla. Sin embargo, la intención principal no es tanto invitarnos a preguntarnos qué tipo de terreno es nuestro corazón, sino más bien animar a los discípulos — y a nosotros — a anunciar el Evangelio “con la esperanza de que haya, en alguna parte, tierra buena” (San Justino).

Los obstáculos, la oposición y el rechazo que encuentra la Palabra pueden inducirnos al pesimismo. Pues bien, Jesús nos anima a seguir anunciando la Palabra, confiando en su fecundidad extraordinaria, prodigiosa, hasta el ciento por uno. En efecto, en el suelo palestino, lo máximo que se podía esperar era el diez por uno: de un grano de trigo, una espiga con diez granos.

2. El principio capitalista del espíritu

A la pregunta de los discípulos: “¿Por qué les hablas en parábolas?”, Jesús parece responder de manera discriminatoria: “Porque a vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha dado”. ¿Cómo es posible? Parece que Jesús habla adrede en parábolas para no hacerse entender, cuando se esperaría lo contrario. En realidad, se trata de un “semitismo”, es decir, de una forma típica de hablar, entre la ironía, la tristeza y la decepción, ante la cerrazón de los corazones.

Me impresiona la afirmación de Jesús: “Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”. Es lo que yo llamaría el “principio capitalista” del espíritu: así como el dinero corre hacia quien tiene mucho y desaparece de los bolsillos del pobre, así ocurre en el ámbito del espíritu. Cuanto más tienes, más gracia recibirás; cuanto menos tienes — por pereza, negligencia o cerrazón de corazón — tanto menos tendrás.

El domingo, muchos millares de personas escucharán esta Palabra en nuestras iglesias: una parte saldrá enriquecida, la otra empobrecida. Pero nadie será igual que antes, porque una oportunidad perdida contribuye a la “esclerocardia” espiritual, es decir, al endurecimiento del corazón, que se vuelve cada vez más insensible a la Palabra.

3. La explicación alegórica de la parábola

“Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador…”. El evangelista atribuye a Jesús la explicación alegórica de la parábola. En realidad, quizá se trate de una aplicación suya a la vida concreta de la comunidad de Mateo.

Podemos preguntarnos: ¿cómo es que el sembrador esparce el trigo por el camino, en terreno pedregoso y entre los espinos, en lugar de sembrarlo directamente en la tierra buena? Hay que saber que en Palestina primero se sembraba y luego se araba, para enterrar la semilla. Se esperaba que el arado deshiciera el sendero trazado por los transeúntes, levantara las piedras y arrancara los espinos.

Permitidme añadir otro elemento alegórico: en este caso, ¿qué es el arado? ¿Es quizá el de la cruz de Cristo, que, excavando en nuestro corazón, lo convierte en tierra buena? Además, ¡el arado era de madera, con una punta de hierro! Nos hacemos la ilusión de poder evitar todo sufrimiento, de esquivar la cruz, ya que “tenemos que entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones” (Hechos 14,22).

Os dejo la tarea de confrontaros con la Palabra y de preguntaros qué tipo de terreno es vuestro corazón. Tal vez la respuesta nos deje un poco desconsolados. Que nos anime entonces esta cita del dramaturgo irlandés Samuel Beckett: “Siempre lo intenté. Siempre fracasé. No importa. Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Conclusión: “¡He aquí que el sembrador salió a sembrar!”

“Jesús salió de casa y se sentó a la orilla del mar”. Esta Palabra encontrará a algunos de vosotros mientras disfrutan de un merecido tiempo de descanso. Pues bien, ¡Jesús vendrá también a vosotros! ¿Encontraréis un poco de tiempo para escucharlo?

No olvidemos, sin embargo, que los sembradores son muchos. Cuidado con las semillas de cizaña que las manos del maligno siembran abundantemente en nuestro corazón, especialmente de “noche”. Hagamos como la esposa del Cantar de los Cantares: “Yo duermo, pero mi corazón vela” (Ct 5,2).

Por último, recordemos que nosotros también somos sembradores. Cada mañana, antes de salir, llenemos nuestra pequeña mochila para sembrar la buena semilla por dondequiera que pasemos. ¡Cada día es tiempo de siembra!


Salir a sembrar
José Antonio Pagola

Antes de contar la parábola del sembrador que «salió a sembrar», el evangelista nos presenta a Jesús que «sale de casa» a encontrarse con la gente para «sentarse» sin prisas y dedicarse durante «mucho rato» a sembrar el Evangelio entre toda clase de gentes. Según Mateo, Jesús es el verdadero sembrador. De él tenemos que aprender también hoy a sembrar el Evangelio.

Lo primero es salir de nuestra casa. Es lo que pide siempre Jesús a sus discípulos: «Id por todo el mundo…», «Id y haced discípulos…». Para sembrar el Evangelio hemos de salir de nuestra seguridad y nuestros intereses. Evangelizar es “desplazarse”, buscar el encuentro con la gente, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo eclesial.

Esta “salida” hacia los demás no es proselitismo. No tiene nada de imposición o reconquista. Es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús y conocer una Buena Noticia que, si la acogen, les puede ayudar a vivir mejor y de manera más acertada y sana. Es lo esencial.

A sembrar no se puede salir sin llevar con nosotros la semilla. Antes de pensar en anunciar el Evangelio a otros, lo hemos de acoger dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades y nuestras vidas. Es un error sentirnos depositarios de la tradición cristiana con la única tarea de transmitirla a otros. Una Iglesia que no vive el Evangelio, no puede contagiarlo. Una comunidad donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús, no puede invitar a nadie a seguirlo.

Las energías espirituales que hay en nuestras comunidades están quedando a veces sin explotar, bloqueadas por un clima generalizado de desaliento y desencanto. Nos estamos dedicando a “sobrevivir” más que a sembrar vida nueva. Hemos de despertar nuestra fe.

La crisis que estamos viviendo nos está conduciendo a la muerte de un cierto cristianismo, pero también al comienzo de una fe renovada, más fiel a Jesús y más evangélica. El Evangelio tiene fuerza para engendrar en cada época la fe en Cristo de manera nueva. También en nuestros días.

Pero hemos de aprender a sembrarlo con fe, con realismo y con verdad. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como “clonación” del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo .No es el momento de distraer a la gente con cualquier cosa. Es la hora de sembrar en los corazones lo esencial del Evangelio.


La “madre” de todas las parábolas
Papa Francisco

En el Evangelio de este domingo (cfr. Mt 13,1-23) Jesús cuenta a una gran multitud la parábola —que todos conocemos bien— del sembrador, que lanza la semilla en cuatro tipos diferentes de terreno. La Palabra de Dios, representada por las semillas, no es una Palabra abstracta, sino que es Cristo mismo, el Verbo del Padre que se ha encarnado en el vientre de María. Por lo tanto, acoger la Palabra de Dios quiere decir acoger la persona de Cristo, el mismo Cristo.

Hay distintas maneras de recibir la Palabra de Dios. Podemos hacerlo como un camino, donde en seguida vienen los pájaros y se comen las semillas. Esta sería la distracción, un gran peligro de nuestro tiempo. Acosados por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio, del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para correr el riesgo de perder la fe, de no acoger la Palabra de Dios. Estamos viendo todo, distraídos por todo, por las cosas mundanas.

Otra posibilidad: podemos acoger la Palabra de Dios como un pedregal, con poca tierra. Allí la semilla brota en seguida, pero también se seca pronto, porque no consigue echar raíces en profundidad. Es la imagen de aquellos que acogen la Palabra de Dios con entusiasmo momentáneo pero que permanece superficial, no asimila la Palabra de Dios. Y así, ante la primera dificultad, pensemos en un sufrimiento, una turbación de la vida, esa fe todavía débil se disuelve, como se seca la semilla que cae en medio de las piedras.

Podemos, también —una tercera posibilidad de la que Jesús habla en la parábola—, acoger la Palabra de Dios como un terreno donde crecen arbustos espinosos. Y las espinas son el engaño de la riqueza, del éxito, de las preocupaciones mundanas… Ahí la Palabra crece un poco, pero se ahoga, no es fuerte, muere o no da fruto.

Finalmente —la cuarta posibilidad— podemos acogerla como el terreno bueno. Aquí, y solamente aquí la semilla arraiga y da fruto. La semilla que cae en este terreno fértil representa a aquellos que escuchan la Palabra, la acogen, la guardan en el corazón y la ponen en práctica en la vida de cada día.

La parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros.

Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino, al pedregal, al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la única que hace libre.

Por esto es importante acostumbrarse a escuchar la Palabra de Dios, a leerla. Y vuelvo, una vez más, a ese consejo: llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio, una edición de bolsillo del Evangelio, en el bolsillo, en el bolso… Y así, leed cada día un fragmento, para que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo.

La Virgen María, modelo perfecto de tierra buena y fértil, nos ayude, con su oración, a convertirnos en terreno disponible sin espinas ni piedras, para que podamos llevar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Angelus 12 de Julio 2020