XII Domingo ordinario. Año A
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse.
Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.
¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo. A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.
(Mateo 10, 26-33)
No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G. mccj
Después de leer esta página del Evangelio es muy probable que las palabras que han quedado resonando en nuestro interior son: No tengan miedo. No teman a los hombres.
Ya desde hace tiempo hemos venido escuchando, como mensaje de esperanza y de confianza, que quien permanece en Dios, quien hace de su amor el objetivo de la vida, simplemente no puede vivir en el temor.
No podemos negar que vivimos en un mundo en donde las amenazas, las inseguridades, los riesgos que atentan contra nuestra vida o contra nuestra paz parecen ser el pan de cada día. Muchas veces decimos que salimos de nuestra casa, pero no sabemos si regresaremos con bien. Los motivos para el temor no hace falta inventarlos y muchas veces pueden paralizarnos.
La astucia de quienes se dedican a hacer el mal parece ser cada día más sofisticada y nos sorprende la habilidad con que se logra usar de herramientas que deberían servir para el bien, para crear situaciones de maldad.
Y, sin embargo, la palabra del Evangelio no se pierde, no baja su intensidad y nos permite escuchar con fuerza la voz del Señor que nos anima a no quedarnos petrificados ante las amenazas del mal.
“No teman a los hombres” es más que una recomendación nacida de la promesa que el Señor nos ha hecho de no dejarnos solos, de no permitir que el mal triunfe y que el miedo nos robe la esperanza y nos impida ser testigos de su presencia entre nosotros.
El mandato de pregonar y de anunciar lo que el Señor nos va revelando a través de nuestro peregrinar cristiano nos impulsa y nos anima a no perder el entusiasmo misionero.
Hay que decir en voz alta al mundo que Dios sigue siendo quien lleva las riendas de nuestra historia y es él quien nos llena de valor, incluso en los momentos en que nos podemos sentir amenazados o confundidos por las tinieblas que nos pueden rodear.
“No tengan miedo a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Ciertamente no podemos ser ingenuos y pensar que nada nos puede suceder, si nos arriesgamos a ser fieles al mandato del Señor de ir por todas partes a anunciarlo.
No podemos cerrar los ojos y negar que existen tantas víctimas de la maldad que terminan sus vidas de manera trágica. Vidas que son arrebatadas injustamente por quienes han perdido el respeto por la vida, por quienes no tienen conciencia y consideran a los demás como cosas que se pueden desechar o destruir.
Es un hecho, que no podemos negar, que hoy existe una forma de pensar en algunas partes de nuestro mundo que no respeta la vida y no faltan personas en nuestro tiempo quienes no se tientan el corazón para matar y sembrar la tristeza y el dolor.
Pero aún en esas situaciones el Señor nos anima a seguir adelante, a no perder la confianza, pues habrá quien acabe con la vida, pero el espíritu que llevamos dentro de nuestro corazón, ese nada ni nadie lo podrá destruir.
Y seguirán existiendo miles de cristianos que estarán siempre dispuestos a dar su vida buscando la manera de permanecer fieles a su fe en Jesús. Discípulos que no le temen a nada y que están dispuestos a todo por decir con sus vidas que el Señor está entre nosotros.
Todos conocemos la situación de muchos cristianos que son hoy perseguidos y no faltan las noticias de comunidades que han sido atacadas brutalmente asesinando a muchos cristianos. Sabemos de hermanos nuestros en la fe que son obligados a emigrar, a dejar su tierra, sus familias porque son condenado a desaparecer. Y ahí se escucha la palabra del Señor que los sostiene y los anima diciendo “podrán matar el cuerpo, pero no el alma”.
Y en las palabras que siguen en el relato de nuestro Evangelio escuchamos a Jesús que nos confirma en la esperanza.
Dios toma cuidado de los pajarillos y nada de lo que nos pueda suceder en la vida se le escapa. Todo está bajo su mirada y no deberíamos preocuparnos por nada, pues hasta los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados y nada puede suceder sin que él lo permita.
Estamos en las manos de Dios y somos el motivo de su amor y de su preocupación. Eso debería generar en nuestro interior una gran alegría, una inmensa gratitud; pero sobre todo una confianza sin límites. Pues a cada paso que demos, el Señor se nos irá adelantando para que podamos avanzar con la serenidad y la paz en nuestros corazones.
Si en días anteriores decíamos que lo más bello que nos puede suceder en la vida es descubrir que somos lo que más ama Dios, hoy, escuchando este Evangelio, deberíamos sentirnos mucho más felices, porque valiendo mucho más que los pájaros del cielo, de los cuales Dios se toma cuidado, podremos decir que todo lo que nos suceda será siempre una bendición del Padre que nos va cuidando y bendiciendo.
De ahí debe nacer nuestra valentía y el ánimo de seguir adelante, sin temor y sin miedo. Pues, como dice el Salmo, “aunque pase por valles oscuros, nada temeré; porque el Señor me guía y me conduce” (Sal 23, 1-6)
Por lo tanto, no tengamos miedo, dejemos que el Espíritu del Señor actúe en nuestros corazones para que podamos dar testimonio de él en todas las circunstancias de nuestra vida. Que la fe que nos mueve a la esperanza y a la confianza nos permita confesar con nuestras obras y con el testimonio de nuestras vidas que somos del Señor, que todo lo esperamos de él y que en él tenemos puesta toda nuestra confianza.
Confesemos al Señor con valor y alegría y pidamos que sostenidos por él podamos ser en nuestro mundo aquellos que han vencido el miedo no con nuestras fuerzas, sino con la fortaleza que nos otorga el Señor a través de su Espíritu.
Sintámonos orgullosos de ser discípulos de Jesús y no nos cansemos de anunciarlo en nuestro mundo que tanta necesidad tiene de él.
No tengan miedo
Antonio Guerra
El texto que hoy meditamos forma parte del discurso apostólico (Mt 10). En el contexto inmediato a la lectura, Jesús ha descrito a sus discípulos un cuadro de violencia y persecución. Esto podría provocarles miedo e impulsarlos a retroceder, por eso resuena en el evangelio por tres veces el no tengan miedo (vv. 26.28.31). Jesús los invita a tener confianza en la asistencia del Padre y los impulsa a sentirse llamados a dar testimonio del amor de Dios.
Primera exhortación. La tarea del anuncio y la pertenencia al grupo de Jesús los hace todavía más vulnerables. A pesar de todo, les dice “no tengan miedo”, que es como decir: “no permitan que el miedo los arrastre y les haga abandonar la fidelidad a su misión con tal de salvar su vida”. Lo que Jesús les ha confiado han de anunciarlo con franqueza y apertura, a la luz del sol y en público.
En la segunda exhortación Jesús pide coraje también frente al daño extremo e irrevocable que podemos sufrir frente a la muerte. Jesús recuerda que la vida terrena no es el mayor bien y que la muerte no es el mal más grave. Jesús los invita a la valentía de abandonarse en Dios, no porque éste vaya a frenar a los hombres, impidiéndoles que le maten, sino porque, matando, los hombres no pueden influir lo más mínimo sobre el destino último de la salvación definitiva: sólo de Dios depende nuestro destino definitivo, la vida eterna o la perdición eterna. Nada de lo que nos suceda dejará de estar en las manos de Dios.
Tercera exhortación. El discípulo es por encima de todo uno que no teme mostrar la propia identidad confesándola públicamente. Quien reconoce a Jesús como su maestro delante de los demás, será reconocido como su discípulo también delante del Padre. Quien da espacio al miedo, anula todos los pasos hechos en el camino del seguimiento, desconectándose del vínculo de amistad profundo que ha sido tejido con Jesús.
Nuestros miedos
José Antonio Pagola
Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.
Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.
Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.
La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.
La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.
Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.
Ni miedo a hablar, ni miedo a morir
José Luis Sicre
El evangelio de este domingo es parte del segundo gran discurso que Mateo pone en boca de Jesús. Dirigido a los apóstoles, comienza con unas instrucciones sobre cómo deben anunciar el Reinado de Dios, insistiendo en el desinterés y la pobreza (Mt 10,5-15). No pueden imaginar que la predicación de este mensaje, o curar enfermos, sobre todo sin pedir nada a cambio, pueda provocarles calumnias y persecuciones. Sin embargo, repetir el mensaje de Jesús y vivir como él vivió provoca mucho malestar en ciertos ambientes. Por eso, les deja claro a los discípulos que van a ser muy perseguidos (10,16-25). Ante esto, corren dos peligros: el de callar, para no meterse en complicaciones; y el de dejarse arrastrar por el miedo a la muerte. La forma en que Jesús aborda este tema resulta de una frialdad pasmosa, usando tres argumentos muy distintos: 1) la muerte del cuerpo no tiene importancia alguna, lo importante es la muerte del alma; 2) todo lo que pueda ocurriros lo dispone Dios; 3) la actitud que adoptéis con respecto a mí la adoptaré yo con respecto a vosotros.
Mateo ha recogido en este breve fragmento frases pronunciadas por Jesús en distintos momentos de su vida. Por eso, pueden desconcertar un poco. En el primer caso, a quien deben temer los apóstoles es a Dios, el único que puede matar el alma. En el tercero, a quien deben temer es a Jesús, que podría negarlos ante el Padre del cielo. En cualquier caso, a quienes no deben temer es a los hombres, idea que se repite tres veces en estos pocos versículos.
Cuando se piensa en los asesinatos de cristianos en Egipto, Siria y otros países, quienes vivimos en una sociedad tranquila y segura (por mucho que nos quejemos) podemos tener la impresión de que estas palabras son inhumanas, casi crueles. Sin embargo, es probable, incluso seguro, que a esos cristianos perseguidos les infundan enorme esperanza y energía para confesar su fe. Han preferido la muerte a renegar de Jesús; han preferido ponerse de su parte, salvar el alma antes que el cuerpo.
La primera lectura sirve de contraste (aunque es probable que quienes la eligieron no cayeran en la cuenta de este detalle). El destino de Jeremías, calumniado y perseguido por sus paisanos de Anatot y por las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén, recuerda lo que anuncia Jesús a sus discípulos. Pero hay una gran diferencia entre esta primera lectura y el evangelio. El profeta termina pidiendo a Dios que lo vengue de sus enemigos. Jesús nunca sugiere algo parecido a sus discípulos. Al contrario, morirá perdonando a quienes lo matan.
“No tengan miedo”
Misión es fidelidad de amor hasta el Martirio
Romeo Ballan, mccj
En el centro del ‘discurso misionero’ de Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Reino, está la perspectiva cercana y concreta de la persecución, quizás como un reflejo de la experiencia que las primeras comunidades de fieles ya estaban sufriendo, cuando se escribían los Evangelios (Mt 10; Mc 6; Lc 10). De ahí la insistencia de Mateo (Evangelio) en recordar hasta por tres veces la palabra confortadora del Maestro: ‘No tengan miedo’ (v. 26.28.31). Desde siempre, estas palabras han dado ánimo a los pregoneros del Evangelio y han sostenido la fidelidad de los mártires de todos los tiempos.
La superación del miedo y el valor de dar testimonio se basan:
– en el destino universal del mensaje de Jesús: es para todos los pueblos, es un mensaje que es preciso anunciar en pleno día y pregonar desde la azotea (v. 27);
– en el santo temor de Dios: el sentido profundo de su santidad y majestad exige que el primer lugar corresponda siempre y solo a Aquel que tiene la palabra definitiva para la salvación del alma y del cuerpo (v. 28);
– en la bondad del Padre que cuida con amor cosas tan pequeñas como los pajaritos, y cuenta hasta los cabellos de la cabeza (v. 29-31);
– en la necesidad de estar unidos y ser fieles a Cristo, por amor, y, en Él, estar unidos al Padre (v. 32-33).
El profeta Jeremías (I lectura) experimentó la amargura de la calumnia y el terror de la persecución (v. 10), pero, a la vez, la presencia del Señor a su lado “como fuerte soldado” (v. 11), al que él encomienda su causa (v. 12). Por eso, invita a alabar al Señor “que libró la vida del pobre de manos de los impíos” (v. 13). San Pablo (II lectura) alienta la esperanza de los cristianos de Roma, afirmando que el proyecto salvífico de Dios en favor de todos los hombres supera cualquier condicionamiento impuesto por la historia y por el pecado del hombre. En efecto, “no como fue el delito, así también fue el don”, porque la gracia va mucho más allá: “mucho más, gracias a Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos” (v. 15). ¡En virtud del misterio pascual en la muerte y resurrección de Cristo!
A la luz de ese misterio, hay que interpretar las palabras de un profeta de nuestro tiempo, Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), teólogo luterano y mártir del nazismo alemán: “Dios nos ha salvado no en virtud de su potencia, sino en virtud de su impotencia”. Y más todavía: “¡Es el fin! Para mí es el comienzo de la vida”. Recordemos, en el centenario de su nacimiento (1920), al Papa Juan Pablo II, que en 1978 inauguró su pontificado con una clara exhortación a superar el miedo: “¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas a Cristo!” En nuestros días el miedo es uno de los sentimientos más extendidos; algunos políticos lo alimentan hábilmente, haciendo de él un uso instrumental en orden a sus proyectos. “El miedo se ha convertido en un instrumento político…; nuestros miedos ocultos, de hecho, hacen de nosotros personas expuestas a dejarse manipular fácilmente”, decía el P. Adolfo Nicolás (+2020), Superior general de los jesuitas. El miedo, además, es siempre un pésimo consejero.
La superación del miedo y la fidelidad hasta el martirio acompañan siempre a la Iglesia en todo tiempo y lugar. Hay una continuidad entre los cristianos perseguidos en los primeros siglos y los testimonios de mártires recientes, igualmente fieles al anuncio del Evangelio y a la denuncia profética. El arzobispo Óscar A. Romero, poco antes de ser asesinado (El Salvador, 1980), declaró con firmeza a las fuerzas del orden público: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno: en nombre de Dios, cese la represión”. Jesús lo había predicho: Los perseguirán también a ustedes… Pero no tengan miedo. ¡Yo he vencido al mundo!
