XVII Domingo ordinario. Año A
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas Ainas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. ¿Han entendido todo esto?”
Ellos le contestaron: “Sí”. Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.
(Mateo 13, 44-52)
Un tesoro escondido
P. Enrique Sánchez G. mccj
Con el texto que nos presenta el evangelio de este domingo, llegamos al final de lo que san Mateo ha definido como la enseñanza en parábolas a los discípulos, a las multitudes que seguían al Señor y a nosotros mismos que hemos tenido la oportunidad de enriquecernos con estas palabras.
Hoy nos encontramos con otras tres parábolas que, por su sencillez, nos permiten abrir el corazón al mensaje del Señor, pues todos hemos soñado alguna vez con descubrir un tesoro que nos cambiaría la vida; siempre nos hemos sentido fascinados con la belleza de las perlas convertidas en joyas preciosas que hacen resaltar la belleza de quien las lleva como adorno en el cuello.
Y, seguramente, nos hemos encontrado, en un momento, a la orilla del mar, contemplando a los pescadores que regresan, después de horas de fatiga en el mar y antes de bajar de sus barcas, separando los peces que realmente vale la pena poner en los canastos.
Jesús utiliza esos tres ejemplos para concluir, de alguna manera, la enseñanza que ha querido transmitir a sus discípulos para que se abrieran a la novedad del Reino de Dios que estaba empezando a manifestarse entre ellos a través de la acción del Señor.
El Reino de Dios, dice Jesús, es como un tesoro escondido, pero que en un cierto momento es descubierto y llena el corazón de alegría. Es algo que responde a los anhelos profundos que cada persona lleva en su interior.
Podríamos decir que es aquello que nos hace soñar y que nos mueve a luchar para encontrar lo que hace que podamos decir que vale la pena estar en este mundo y que hay motivos para esperar algo que nos haga ser verdaderamente felices, pues al final de cuentas eso es para lo que Dios nos ha puesto en esta tierra.
Un tesoro representa en nuestra imaginación algo que tiene un valor tan grande que consideramos que sería suficiente para responder a todo lo que necesitamos. Lo imaginamos como aquello que bastaría para ver satisfechas nuestras urgencias materiales, pero también lo que llenaría nuestros ideales y aspiraciones más profundas o espirituales. Seguramente, todos conocemos muchas historias, algunas ciertas y otras imaginarias, que nos cuentan que han existido personas que lo han dejado todo para ir a la búsqueda de los tesoros escondidos misteriosamente en lo profundo de las montañas o en el fondo de los océanos.
Han existido grandes aventureros y exploradores que no tuvieron miedo de ir a lugares lejanos, fantásticos o misteriosos en búsqueda de una cueva o de un cofre en el fondo del mar en donde se escondía el tesoro que les cambiaría la vida.
Algo parecido nos sugiere Jesús con la parábola del tesoro descubierto y que es vuelto a esconder para no arriesgar que otros lo encuentren mientras se reúne todo lo necesario para poder tomar posesión de él. Este detalle manifiesta una exigencia esencial para poder apoderarse del Reino de Dios.
Jesús nos enseña que para apropiarse el tesoro del Reino es necesario empezar por un desprendimiento que obliga a considerar como lo único valioso e importante lo que hemos encontrado al descubrirlo a él en nuestra vida.
Hay que ir y dejarlo todo, que nada pueda ocupar el lugar que le corresponde al Señor en nuestro corazón, para que él se convierta en lo más valioso, en lo más importante, en lo único a lo que vale la pena sacrificarle nuestra vida entera.
Aquí podría surgir para nosotros una serie de preguntas que vale la pena acoger con humildad, con sencillez y con la disponibilidad suficiente para dejarnos transformar y para empezar a caminar por otros rumbos en donde algunos tesoros que considerábamos importantes y necesarios pierden su valor ante nuestros ojos.
¿Cuáles son mis tesoros en este momento de mi vida? ¿Qué es lo que considero más importante y a lo que me resulta difícil renunciar? ¿Qué es lo que brilla ante mis ojos y me encandila, impidiéndome ver lo que hay en lo más profundo de mi vida? ¿Por qué me siento apegado a alguna cosa, a alguna propiedad, a algo que considero mi riqueza porque me brinda seguridad?
¿Cómo podemos descubrir nuestros tesoros? El evangelio, en algún momento nos da la respuesta diciendo: “ahí en donde esta tu tesoro, ahí está tu corazón”. ¿En dónde sentimos vibrar con mayor intensidad nuestro corazón?
¿Qué me pide el Señor que le entregue para que pueda poseerlo a él, como mi único y gran tesoro? ¿Qué estoy dispuesto a vender de lo que tengo, y no me refiero a cosas materiales, para adquirir el tesoro que realmente puede llenar mi corazón?
La parábola de la perla preciosa, nos habla igualmente de exigencias de desprendimiento, pero con una razón que justifica el sacrificio. Se renuncia a todo para adquirir lo que es más bello, lo más valioso. Y lo más bello y lo más valioso generalmente no tiene un precio, vale más de lo que se paga por ello.
Lo bello vale por lo que significa en el corazón de una persona y no por el precio que se puede pagar.
Una flor que se ofrece como signo de cariño o de amor no cuesta una fortuna, pero representa algo que no se puede decir con las palabras y que todo el dinero del mundo no bastaría para expresar lo que se siente dentro de nosotros.
La perla preciosa puede hacer que se venda todo lo que se posee porque se ha entendido que aquella perla, y no otra, será la única que podrá satisfacer lo que el corazón esperaba.
El Reino de Dios se presenta igualmente como lo único a lo cual vale la pena sacrificarle todo lo que somos y lo que tenemos, porque en él se esconde lo bello de las promesas que Dios quiere cumplir en cada uno de nosotros, pero que exigen que estemos totalmente dispuestos a acogerlo. Que no haya nada, ni nadie que pueda ocupar el lugar que sólo le corresponde al Señor en nuestras vidas.
Todo esto no quiere decir que estamos condenados a aislarnos de los demás o a considera como obstáculos a quienes Dios a puesto a nuestro lado como sacramentos de su cercanía y de su presencia.
Hacer de Dios el absoluto de nuestra vida significa aprender a ver todo a través de lo que él es en nosotros mismos. Es descubrir su belleza en el hermano a quien estamos llamados a amar con todo el corazón. Es ver su presencia en el mundo en donde nos ha puesto y en la creación que nos ha dado para que hagamos ahí nuestro hogar y nuestra morada.
Es darnos cuenta de que el Reino de Dios lleva consigo una belleza que sólo puede ser entendida, aceptada y vivida por quienes están llenos de la presencia del Señor.
Aquí también valdría la pena preguntarnos ¿qué es lo que considero lo más bello de mi vida? ¿Quiénes se convierten en el rostro bello de Dios que se me manifiesta de manera sorpresiva a cada instante? ¿Quiénes son esa perla preciosa por la que estaría dispuesto a vender todo lo que tengo para quedarme sólo que aquella que se ha ganado mi corazón?
Finalmente, llegamos a la parábola de la red que los pescadores llevan hasta la orilla del mar para separar ahí los peces que vale la pena conservar.
El Reino de Dios implica también una selección y no se trata de ser excluidos del Reino, pues ahí todos tenemos un lugar que ha sido reservado y que el Señor ha preparado para todos.
Aquí sería bello recordar aquella palabra del evangelio que nos dice que “Dios hace salir el sol para los buenos al igual que para los malos” (Mateo 5, 45)
La tarea de los pescadores nos permite entender que, en el trabajo para poder entrar en las caminos que nos conducen al Reino de los cielos, hay un compromiso de discernimiento que nos obliga a hacer las buenas elecciones, a optar por lo que es conveniente, aunque no siempre sea placentero.
Para entrar en el Reino de los cielos, de alguna manera, hay que aceptar una disciplina que nos ayude a tener y desear lo que es bueno para nuestro crecimiento personal y comunitario. Hay que buscar el bien y lo que es bueno.
Saber sacar de nuestras redes lo que no vale la pena es algo sabio que nos permitirá estar siempre atentos a los signos de Dios que pasa en nuestra vida a través de todo lo que nos toca vivir.
Y la vida, al menos hoy en día, muchas veces se presenta como un río revuelto en el cual nos encontramos con todo, pero no por ello tenemos que dejar que nuestro corazón se nutra de lo que no le conviene.
No se trata de asustarnos con el mal que está presente, como ya lo reflexionábamos en la parábola de la cizaña y el trigo, que tienen que crecer juntos; pero si tenemos que aprender a discernir para poder elegir lo bueno, lo noble, lo bello y lo santo que Dios va poniendo a nuestro alcance.
El Reino de los cielos es justamente esa realidad en donde podremos sentirnos cobijados y acompañados por el Señor, en la medida en que hagamos las buenas opciones, que nos sintamos profundamente amados para vivir desprendidos y en libertad y que sepamos dejarlo todo para conseguir aquella perla preciosa que el Señor nos está ofreciendo de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida.
Ojalá que las enseñanzas recibidas, a través de todas estas parábolas que hemos ido meditando a lo largo de estos últimos domingos, nos ayuden a acoger la palabra de Dios como una semilla que nos bendice y que nos impulsa a ir cada día más lejos en nuestro deseos de ser testigos y misioneros del Señor.
Que seamos auténticos constructores de su Reino, aunque tengamos que seguir navegando con todo aquello que se apega a nuestro corazón y nos impide entregarnos totalmente al Señor.
Que Jesús nos fortalezca y nos ayude a vivir con humildad nuestro compromiso misionero anunciando con alegría y generosidad lo bello de su Palabra y que encuentre en nosotros aquellos discípulos, que aún con sus límites y pecados pueden llegar a ser buenos colaboradores en la construcción del Reino.
Finalmente, que el Señor nos conceda encontrarlo en lo más profundo de nuestro corazón como el tesoro que Dios ha escondido para que vivamos en plenitud.
Sigamos siendo discípulos apasionados en la construcción del Reino y que el Señor encuentre en cada uno de nosotros buenos colaboradores suyos.
Un tesoro sin descubrir
José Antonio Pagola
Se parece a un tesoro escondido.
No todos se entusiasmaban con el proyecto de Jesús. En bastantes surgían no pocas dudas e interrogantes. ¿Era razonable seguirle? ¿No era una locura? Son las preguntas de aquellos galileos y de todos los que se encuentran con Jesús a un nivel un poco profundo.
Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecían indiferentes. Quería sembrar en todos un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto?
Todos entendieron la parábola de aquel labrador pobre que, estando cavando en una tierra que no era suya, encontró un tesoro escondido en un cofre. No se lo pensó dos veces. Era la ocasión de su vida. No la podía desaprovechar. Vendió todo lo que tenía y, lleno de alegría, se hizo con el tesoro.
Lo mismo hizo un rico traficante de perlas cuando descubrió una de valor incalculable. Nunca había visto algo semejante. Vendió todo lo que poseía y se hizo con la perla.
Las palabras de Jesús eran seductoras. ¿Será Dios así?, ¿será esto encontrarse con él?, ¿descubrir un «tesoro» más bello y atractivo, más sólido y verdadero que todo lo que nosotros estamos viviendo y disfrutando?
Jesús estaba comunicando su experiencia de Dios: lo que había transformado por entero su vida. ¿Tendrá razón? ¿Será esto seguirle?, ¿encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar lo que el ser humano está anhelando desde siempre?
En los países del Primer Mundo mucha gente está abandonando la religión sin haber saboreado a Dios. Les entiendo. Yo haría lo mismo. Si uno no ha descubierto un poco la experiencia de Dios que vivía Jesús, la religión es un aburrimiento. No merece la pena.
Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios.
Parábolas para tiempo de crisis
José Luis Sicre
En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:
1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).
2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).
3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)
Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.
¿Vale la pena?
La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los seguidores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:
a) El protagonista descubre algo de enorme valor.
b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.
c) Compra el objeto deseado.
Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.
El suertudo y el concienzudo (el tesoro y la perla)
El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existe). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.
El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.
La perla y el comerciante. Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.
Ni bonos basura ni timo de la estampita. No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.
Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?
Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importante: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrirlo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábolas parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».
¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?
A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero conviene completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.
Conclusión
Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginativo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.
La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.
Jesucristo, tesoro por descubrir, amar y compartir
Romeo Ballan, mccj
Es siempre apasionante la búsqueda de un tesoro escondido; el encanto de una perla preciosa enciende la fantasía… Tesoro y perla (Evangelio), descubiertos de manera gratuita, remiten directamente a la palabra de Jesús: “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). El discurso parabólico de Jesús, que abarca siete parábolas (Mt 13), concluye con las tres parábolas de hoy: el tesoro escondido (v. 44), la perla preciosa (v. 45-46) y la red para pescar (v. 47-48). El tesoro y la perla tienen una conexión ideal con las parábolas (anteriores) del sembrador, del granito de mostaza y de la levadura; mientras que la cizaña y la red tienen una dinámica parecida entre sí.
Las siete imágenes son instrumentos didácticos que Jesús utiliza para introducir a sus discípulos en la comprensión de la realidad misteriosa del Reino de Dios o Reino de los cielos. Las siete llevan a una opción de vida: el discípulo debe optar; la puesta en juego en esta opción es el mismo Jesús, porque Él es la plenitud del Reino. El tesoro es Dios, que se manifiesta en la vida, acciones y palabras de Jesús. El Reino es el proyecto, el sueño de Dios que se manifiesta en la vida de Jesús. Él es la semilla buena, la Palabra que el Padre siembra en el campo del mundo, con capacidad para transformarlo desde dentro, por la fuerza intrínseca del granito de mostaza y de la pizca de levadura. Él es el tesoro escondido y la perla preciosa, que es preciso buscar y preferir a cualquier otro valor, abriéndole camino a Él, solamente a Él, evitando así el riesgo de ser tirados como la cizaña y los peces malos (v. 48).
Con la imagen del tesoro y de la perla, Jesús evoca las tradiciones, fábulas y novelas de muchos pueblos en la búsqueda legendaria de tesoros y de joyas. Mirando el Evangelio y la experiencia cristiana, el Reino de los cielos es multiforme en su realidad y expresiones: para Jesús el Reino de los cielos es ante todo Dios mismo amado, gozado y anunciado; el Reino es la hermosura de la gracia divina, que nos hace semejantes al Hijo (II lectura); es la misión que hay que llevar a los pueblos que aún no conocen a Cristo; es la fidelidad en el amor familiar; es la vocación de consagración; es un proyecto de bien por realizar; es la sabiduría del corazón, que Salomón implora de Dios (I lectura), don más importante que una vida longeva, la riqueza o la victoria sobre los enemigos.
Para Jesús descubrir el “tesoro” es descubrir el sentido de la vida; es descubrir que Él mismo da ese sentido. Por este valor supremo, por Jesucristo, los mártires dieron su vida, los misioneros dejan la familia y la patria, el cristiano renuncia a muchas cosas. ¡Con gozo y determinación! (v. 44). Las parábolas subrayan el momento del descubrimiento del tesoro y de la perla: “llenos de gozo”. Escoger a Jesús y el camino de las Bienaventuranzas quiere decir escoger la ruta que nos hace gustar plenamente la vida. Porque en el encuentro con Jesucristo y su Evangelio “siempre nace y renace la alegría”. Pensar que ser cristiano/a es “un regalo-un tesoro” significa concebir la fe no como una renuncia o una carga de deberes, sino como una energía vital, que transforma la vida en una relación constructiva y gozosa con la naturaleza, con los demás, con Dios. Este es el tesoro que Dios nos ofrece y el sentido verdadero de la vida.
En resumen, podemos decir que el tesoro es Cristo, un don totalmente gratuito; la plenitud del Reino es el mismo Jesucristo, conocido, amado, anunciado. El Papa Pablo VI nos dejó un vivo testimonio de ello en la apasionada homilía misionera del 29 de noviembre de 1970, ante dos millones de personas en el “Quezon Circle” de Manila: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1Cor 9,16). Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Él es el Maestro y Redentor de los hombres. Él es el centro de la historia y del universo. Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza… Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es la luz, la verdad, más aún, ‘el camino, y la verdad, y la vida’ (Jn 14,6). Él es el pan y la fuente de agua viva que satisface nuestra hambre y nuestra sed; Él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano… A todos lo anuncio: Jesucristo es el principio y el fin; el alfa y la omega, el rey del mundo nuevo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; Él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; Él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María. ¡Jesucristo! Recuérdenlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos». (cf. Liturgia de las Horas, II lectura, Dom. XIII T.O.). Hoy también, Jesucristo es el tema principal del anuncio misionero, porque la mayor parte de la familia humana aún no lo conoce. ¡Hace falta un mayor número de testigos y mensajeros!
