XXII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”.
Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”

(Mateo: 16, 21-27)


¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero,
si pierde su vida?
P. Enrique Sánchez G. mccj

Jesús anuncia que el momento ha llegado. Es la hora de subir a Jerusalén para dar cumplimiento a todo lo que durante tres años había anunciado. Tengo que subir a Jerusalén para sufrir, para vivir días de pasión, de dolor, de entrega total, de muerte por amor.

Ahí, en Jerusalén sería en donde las palabras pasarían a segundo término y el silencio de Jesús iría acompañado por la entrega, sin reproches y sin defensas. Había venido a dar su vida por amor, para mostrar cuánto ama Dios a sus hijos y la hora era aquella, ya no había que esperar, pues quienes se habían obstinado en no reconocerlo como Mesías ya no cambiarían y seguirían con su cerrazón de mente y de corazón.

Los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas ya tenían preparado su plan y ya habían decidido dar muerte a Jesús porque les era insoportable y su presencia les ponía delante de la incoherencia de sus vidas.

Por su parte, Pedro no había entendido todavía lo que estaba pasando y las palabras de   Jesús le creaban una gran confusión porque le rompían los esquemas que se había hecho, él   y todos los demás discípulos.

Todos pensaban que la historia de Jesús terminaría en un triunfo muy al estilo humano. Con su poder y su fuerza, pensaban, pondría en orden todo lo que se había ido descomponiendo y finalmente habría alguien que dirigiría al pueblo con autoridad.

En esa realidad que se habían imaginado, seguramente ya se veía cada uno ocupando un lugar privilegiado, pues por eso lo habían seguido y no lo habían abandonado, como lo hicieron muchos otros discípulos que se habían acercado a Jesús.

Pedro trata de convencer a Jesús de que el camino del sufrimiento y de la muerte no es el mejor. Pensando como los hombres había que disuadir a Jesús de su proyecto y había que hacerlo entrar en razón. Pero Jesús lo pone en su lugar.

Retírate Pedro porque con tus palabras estás demostrando que no has entendido nada de la manera de actuar de Dios, cuando se trata de amar. Piensas como el diablo, como el que razona poniéndose en el centro y buscando sus intereses. El diablo que está en lo opuesto al amor que es entrega y donación de sí.

Aléjate, le dice Jesús, porque tú piensas como piensa el mundo, en donde el sacrificio y la donación de la vida es algo absurdo, algo inaceptable.

Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres. Aquí cabe la pregunta, ¿y cómo piensa Dios? ¿Cómo piensan los hombres?

Basta decir que Dios piensa con el corazón, amando. Dios piensa con generosidad, buscando la felicidad de los demás, como lo único que lo hace feliz. Dios piensa buscando el bien y comprometiéndose en la construcción de un mundo más fraterno y solidario.

Dios piensa apostándole a la paz y rechazando toda violencia. Dios piensa en lo que favorece la justicia y la igualdad entre sus hijos. Dios piensa con lo que es bello y con lo que dignifica a las personas.

¿Cómo piensan los hombres? También como Dios, cuando se dejan guiar por su espíritu, cuando lo involucran en sus proyectos de vida, cuando se inspiran en sus palabras y en los valores que propone.

Pero aquí Jesús hace entender que las cosas no se dan de esa manera siempre y los hombre muchas veces piensan movidos por sus intereses egoístas, por sus ambiciones de poder, por la codicia que se apodera de sus mentes y de sus corazones.

Los hombres muchas veces piensan que tienen todos los derechos y para ellos no son los deberes. Piensan que vivir para los demás es una tontería y una pérdida de oportunidades para ser lo que realmente uno quiere.

Los hombres piensan que el sacrificio, el dolor y la muerte vivida como entrega de amor por los demás es algo inaceptable e intolerable. Así piensan los hombres, aunque no todos, porque existen también aquellos que se dejan fascinar por Dios y sorprenden con su capacidad de amar y de servir.

Pedro no puede entender lo que está por sucederle a Jesús, él sigue pensando como pensaban los hombres de su tiempo y como lo siguen haciendo también muchos de nuestros contemporáneos.

Pedro va a tener que acompañar a Jesús, paso a paso, por las calles de Jerusalén, haciendo suya la experiencia de su maestro y todo le resultará comprensible hasta el momento en que lo vea clavado en la cruz y comprenda que ese va a ser también su fin, que su vida terminará también en una cruz, porque hará la experiencia de convertirse al amor.

La llegada a Jerusalén con Jesús, se convierte en el momento de la verdad para sus discípulos. Es la hora en que hay que hacer la opción que marcará  el resto de sus vidas.  Todo  dependerá  de la disponibilidad para abrazar la propuesta de Jesús,  entendiendo que   es algo que funciona con una lógica que no es humana, pues va en sentido contrario de lo que habitualmente pensamos.

Aquí se trata de entregar la vida, lo único que podríamos considerar nuestro, aunque sólo la tengamos prestada, pues nadie viene a este mundo el día que quiere y nadie elige la hora en que dice adiós.

El que quiera seguir siendo discípulo de Jesús va a tener que estar dispuesto a perder su vida, a olvidarse de sí, a vivir en el registro del amor. Va a tener que entender que vida verdadera se logra sólo cuando somos capaces de generar vida y felicidad en los demás, cuando finalmente entendemos que hay que pasar por un proceso vital que nos permite aceptar que no somos ni estamos en el centro del mundo. Que la vida nos la ganamos dándola a otros y que vivimos plenamente cuando vemos que hemos sido capaces de hacer que otros vivan mejor que nosotros mismos.

Y en todo esto, la palabra clave es: Renuncia. Hay que renunciar a nuestras visiones muy estrechas de nosotros mismos, hay que renunciar a la presunción de que tenemos derecho a todo.

Hay que renunciar a las actitudes y comportamientos egoístas que nos engañan haciéndonos pensar que somos los mejor del mundo. Hay que renunciar a la prepotencia que nos hace creer que tenemos derecho a exigir, a usar y a explotar a los demás a nuestro antojo.

Si no hay renuncia a aquello a lo que nos sentimos más apegados, nunca seremos lo suficientemente  libres,  no  sólo  para  dar lo  que  se  nos  podía  multiplicar,  sino  que  nunca podremos estar abiertos para recibir lo que incluso con nuestros mejores esfuerzos jamás conseguiremos.

Aquí lo que funciona es la lógica de Dios, la lógica que descubrimos presente en el Evangelio; es la lógica del amor que no nos es desconocida como personas que nos sabemos capaces de amar.

Y, ¿por qué Jesús habla de esta manera a Pedro y a sus discípulos? Creo que la respuesta sencilla es porque los está preparando a los acontecimientos que están por suceder en Jerusalén. Si no les hubiese hablado de esa manera, no habrían soportado acompañarlo paso a paso por el camino que lo conduciría al Calvario.

Si no les hubiese hablado de perder la vida, de renunciar a sí mismos, no hubiese podido educar sus corazones a las exigencias del amor, como Dios quiere que sea vivido.

Y ahora, ese mismo discurso, esas mismas palabras y exigencias nos las dirige el Señor a cada uno de nosotros. También hoy nosotros tenemos que preguntarnos ¿cuál es nuestra forma de pensar y de sentir? ¿Pensamos como Dios o como el mundo? ¿Tenemos miedo a renunciar a nuestra vida, con todo lo que eso implica? ¿Nos damos cuenta de que no existe amor más grande que el que nos obliga a dar la vida por los demás, y eso sin hacer mucha poesía.

Dar la vida por quienes tenemos cerca, pero también, con un corazón misionero, no podemos olvidarnos de quienes están lejos, de quienes no hay tenido las oportunidades de creer que a nosotros se nos han concedido.

¿Estamos dispuestos a dejarnos interpelar, una y otra vez, por la palabra de Jesús que con su vida nos muestra el camino?

¿Vale la pena gastar todas nuestras energías en ganar lo que el mundo nos ofrece o no sería mejor trabajar en desarrollar nuestra capacidad de ser agradecidos para alegrarnos con lo que la vida nos va ofreciendo y que podemos compartir con los demás?

¿De qué sirve ganarnos el mundo entero si cuando tengamos que irnos de aquí no podremos llevarnos más que el amor que pudimos sembrar en el corazón de nuestros hermanos?

Que el Señor nos conceda la sabiduría para poder hacer la buena opción.


Detrás de Jesús
José Antonio Pagola

Jesús pasó algún tiempo recorriendo las aldeas de Galilea. Allí vivió los mejores momentos de su vida. La gente sencilla se conmovía ante su mensaje de un Dios bueno y perdonador. Los pobres se sentían defendidos. Los enfermos y desvalidos agradecían a Dios su poder de curar y aliviar su sufrimiento. Sin embargo no se quedó para siempre entre aquellas gentes que lo querían tanto.

Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer día».

Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».

Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como “Hijo del Dios vivo”. Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.

Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás.

La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como “Hijo del Dios vivo” y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.

No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.


Ni el placer ni el dolor deben condicionar mi plenitud
Fray Marcos

El texto es continuación del leído el domingo pasado. Hoy en Cesarea de Filipo, también fuera del territorio de Palestina. Lo que Mt pone hoy en boca de Jesús, ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. La diferencia es abismal, solo a unas líneas de distancia en el mismo evangelio. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Ninguno hubiera elegido para Jesús ese camino. ¿Dónde queda la imagen de Mesías victorioso, Señor o Hijo de Dios?

A pesar de las palabras de Pedro, la actitud ante el anuncio de la muerte demuestra que, ni él ni los demás, habían entendido lo que significaba Jesús. El mayor escollo para poder aceptar lo nuevo, fue su religión. Para entender a Jesús, hay que dejar de pensar como los hombres y empezar a pensar como Dios. Pensar como Dios, es dejar de ajustarse a este mundo; es transfor­marse por la renovación de la mente (Pablo). Para aceptar el mensaje de Jesús, tenemos que cambiar radicalmente nuestra imagen de Dios.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más impactante de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mt. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús corría serio peligro. Lo que decía y lo que hacía estaba en contra de la doctrina oficial, y los encargados de su custodia tenían el poder suficiente para eliminar a una persona tan peligrosa para sus intereses.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿Podía Pedro dejar de pensar como judío? Incluso el día que vinieron a prenderle, Pedro saca la espada y atizó un buen golpe a Malco, para evitar que se llevaran al Maestro. Era inconcebible para un judío, que al Mesías lo mataran los más altos representantes de Dios. El texto quiere transmitirnos que la idea falsa de Dios, que manejan, hacía a Jesús inaceptable como representante de Dios. La crítica de Jesús va dirigida a los de dentro, no a los de fuera.

La respuesta de Jesús a Pedro es la misma que dio al diablo en las tentaciones. Ni a los fariseos, ni a los letrados, ni a los sacerdotes dirige Jesús palabra tan duras. Quiere indicar que la propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. Lo difícil no es vencerla sino desenmascararla y tomar conciencia de que ella es la que puede arruinar nuestra Vida. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra su verdadero mesianismo, que no coincide ni con el del judaísmo oficial ni con lo que esperaban los discípulos.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria. Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo, el egoísmo, quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas -sean amigas o enemigas- por ser fieles al evangelio.

En tiempo de Jesús, la cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El carácter simbólico solo llegó para los cristianos después de comprender la muerte de Jesús. Como el relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). No está hablando de la cruz aceptada voluntariamente, sino de la impuesta por haber sido fiel a sí mismo y Dios. Lo que debemos buscar es la fidelidad. La cruz será consecuencia inevitable de esa fidelidad.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar más lejos hacia mayor humanidad. La propuesta de Jesús es la única manera de ser humano. Todo ser humano debe aspirar a ser más; incluso a ser como Dios. Pero debe encontrar el camino que le lleve a su plenitud. Los argumentos finales dejan claro que las exigencias, que parecen tan duras, son las únicas sensatas. Lo que Jesús exige a sus seguidores es que vayan por el camino del amor, por el camino del servicio a los demás, aunque ese camino nos cueste esfuerzo. Aquí está la esencia del mensaje cristiano. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor para mí. Interpretarlo como renuncia es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios quiere nuestra felicidad en todos los sentidos. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y solo puede querer para nosotros lo mejor. Nuestra limitación es la causa de que, a veces, el conseguir lo mejor exige elegir entre distintas posibilidades, y el reclamo del gozo inmediato inclina la balanza hacia lo que es menos bueno e incluso malo; entonces mi verdadero ser queda sometido al falso yo.

La mayoría de nuestras oraciones pretenden poner a Dios de nuestra parte en un afán de salvar el ego y la individualidad, exigiéndole que supere con su poder nuestras limitaciones. Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. En la medida que disminuyo mi necesidad de seguridades materiales, más a gusto, más feliz y más humano me sentiré. Estaré más dispuesto a dar y a darme, aunque me duela, porque eso es lo que me hace crecer en mi verdadero ser.

Una perfecta vida biológica, no supone ninguna garantía de mayor humanidad. Todo lo contrario, ganar la Vida es perder la vida, yendo más allá del hedonismo. Lo biológico es necesario, pero no es lo importante. Sin dejar de dar la importancia que tiene a la parte sensible, debes descubrir tu verdadero ser y empezar a vivir en plenitud. La muerte afecta solo a tu ser biológico, pero se pierde siempre. Si accedes a la verdadera Vida, la muerte pierde su importancia. La plenitud se encuentra más allá de lo caduco: no más allá en tiempo, sino más allá en profundidad, pero aquí y ahora.

Para ser cristiano, hay que trasformarse. Hay que nacer de nuevo. Lo natural, lo cómodo, lo que me pide el cuerpo, es acomodarme a este mundo. Lo que pide mi verdadero ser es que vaya más allá de todo lo sensible y descubra lo que de verdad es mejor para la persona entera, no para una parte de ella. Los instintos no son malos; que los sentidos quieran conseguir su objeto no es malo. Sin embargo la plenitud del ser humano está más allá de los sentidos y de los instintos. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.


La cruz, camino misionero, por amor de Cristo
Romeo Ballan, mccj

Es espléndida la afirmación de Pedro en el Evangelio del domingo pasado: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Pero aún no es todo sobre la identidad de Jesús. Es importante afirmar la divinidad de Jesucristo, pero es más difícil afirmar su humanidad, con la consecuente posibilidad de sufrir y de morir (Evangelio). Por eso, Jesús, tras haber elogiado a Pedro por la profesión de fe sobre su mesianidad, da comienzo a una nueva fase en su predicación: “Desde entonces empezó Jesús a explicar…” (v. 21). Lo mismo que al comienzo de la vida pública, después de la fase preparatoria (bautismo en el Jordán y tentaciones en el desierto), Mateo escribe: “Desde entonces empezó Jesús a predicar y decir ‘conviértanse’…” (Mt 4,17).

En el bautismo y en el desierto, Jesús había tomado decisiones muy claras sobre la manera de realizar la misión recibida del Padre para la salvación de la humanidad: la opción de vivir como hijo y hermano, de renunciar a los medios fáciles e ilusorios del poder, la gloria y el bienestar, de estar del lado de los pobres… Fiel a sus opciones, hechas según el corazón de Dios, Jesús avanza con determinación hacia su hora, camina hacia Jerusalén, dispuesto a las consecuencias extremas. Se confronta con sus discípulos; la reacción de Pedro es lógica, instintiva; cualquiera de nosotros hubiera reaccionado de la misma manera. Pero Jesús no acepta componendas, revisiones a la baja o descuentos por parte de quienes piensan solo de tejas abajo, según la carne y la sangre (v. 17.23). Jesús muestra con claridad el choque, la incompatibilidad entre la manera de pensar según Dios o la manera de pensar según Satán, según los hombres (v. 23).

En línea con este planteamiento, el Evangelio de hoy continúa con la revelación de la identidad de Jesús con nuevos elementos. Él no es solamente el Mesías-Cristo, el Hijo de Dios (v. 16), sino también el siervo, que tiene que “padecer mucho… ser ejecutado y resucitar” (v. 21). Jesús enseña que en la Iglesia, su nueva familia que acaba de anunciar (ver el Evangelio del domingo pasado), también sus discípulos deberán compartir sus opciones, recorrer el mismo camino, si quieren continuar la misma misión. Por eso, Jesús habla abiertamente a sus discípulos de la necesidad de negarse a sí mismos, cargar con su cruz y seguirle, perder la propia vida por causa de Él (v. 24.25), hacerse samaritanos y cirineos de los más débiles, rechazar el conformismo, la indiferencia, el individualismo que esclavizan, y optar, en cambio, por Cristo y por el anuncio del Evangelio, don de vida y libertad.

La expresión “tomar su propia cruz” no es una invitación a ‘buscar’ el sufrimiento; Jesús no es un masoquista, no elogia, no exalta el sufrimiento; más bien Él sana y ayuda a los que sufren. La cruz es la consecuencia de vivir según la lógica del amor, de donar, servir, lavar los pies. La cruz es la consecuencia de estar del lado de los débiles, del que sufre, del que no cuenta. Por tanto, la cruz no es solamente un peso que es preciso cargar con resignación, sino la consecuencia necesariade una decisión tomada libremente por Jesús en el desierto. Él se mantiene firme en su opción, rechaza las increpaciones de Pedro, nuevo Satanás (v. 22.23) y lo coloca en su lugar de discípulo: a Pedro no le corresponde indicar, sino seguir los pasos del Maestro. De lo contrario, la ‘piedra de construcción’ (v. 18) se convierte en ‘piedra de tropiezo’, escándalo, satán (v. 23).

“Pedro somos todos nosotros. La suya es la reacción humana e instintiva de cada uno de nosotros. Pasar de la lógica de los hombres a la lógica de Dios concretamente, hoy quiere decir, por ejemplo, pasar del dicho: ‘somos dueños en nuestra casa’ a la cultura del ‘somos todos ciudadanos del mundo’. Quiere decir construir puentes, no muros; construir ciudades donde nadie se sienta extranjero. Tomar la cruz quiere decir, como hizo Jesús,no callar ante las injusticias, levantar la voz contra quien abusa de su poder, no aceptar que se utilice a Dios como una bandera para pisotear los derechos de la gente pobre” (R. Vinco, Verona).

Al igual que el profeta, que a menudo resulta incómodo (I lectura), también el misionero, seducido por el Señor (v. 7), vive identificado con su Maestro, lleva en sus entrañas un fuego incontenible que lo empuja a superar el desánimo y las adversidades (v. 9). Y a ofrecerse en cuerpo y alma como hostia viva (II lectura, v. 1), renovándose interiormente para saber “discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto” (v. 2). La naturaleza misma de la misión impone al evangelizador actuar inspirándose en el único Maestro y Salvador: Cristo. La historia de las misiones está llena de apóstoles apasionados por Cristo y por la humanidad: Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Daniel Comboni, Teresa de Calcuta, Óscar Romero, Francisco Javier… quienes optaron por Cristo antes que ganar el mundo entero (Mt 16,26). Asimismo, los numerosos mártires de todos los tiempos. Esta fidelidad radical a Cristo es condición indispensable de eficacia apostólica. Y de verdadera felicidad en el servicio misionero.