XI Domingo ordinario. Año A
“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.
Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.
(Mateo 9, 36–10, 8)
La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos
P. Enrique Sánchez, mccj
Después del largo periodo pascual y de las fiestas que hemos celebrado en los últimos domingos, nos disponemos hoy a retomar el tiempo ordinario que habíamos dejado prácticamente al comenzar la cuaresma.
En aquel momento habíamos leído en el evangelio lo que llamamos el sermón de la montaña, unos capítulos antes del evangelio de san Mateo que retomamos en este domingo.
Hoy nos encontramos con el discurso misionero de Jesús dirigido a los apóstoles, con el cual se iniciará una etapa nueva en la vida de aquellos que habían sido escogidos por el Señor para que fueran sus testigos más cercanos.
Todo comienza presentándonos a Jesús compadecido por las multitudes que lo seguían, cansadas y extenuadas por no encontrar lo que realmente necesitaban en sus vidas y en sus corazones.
Jesús se muestra sensible y dispuesto a dar una respuesta a quienes van por la vida sin encontrar un consuelo, a lo mejor decepcionados, frustrados y cansados de ir de un lado para otro en sus búsquedas.
Al iniciar esta nueva etapa en el anuncio y la construcción del Reino, Jesús se sitúa en la misma línea del Padre que lo envió. Como dice el libro del Éxodo: “He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores. Como conozco sus sufrimientos, he bajado para arrancarlo de la mano de los egipcios y hacerlo subir de esta tierra una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel…(Ex 3,7-8)
Jesús, viendo a las multitudes, siente compasión y al igual que su Padre da una respuesta iniciando la misión de ir por todas partes anunciando la llegada del Reino. La cosecha es mucha, pero los trabajadores pocos y por esa razón la nueva etapa en la construcción del Reino de Dios se iniciará con la elección de los doce apóstoles. Doce que se convertirán en pilares sobre los que se construirá la realidad nueva que el Señor está por iniciar.
La misión que está por iniciar será una obra en la que todos seremos involucrados, recordando aquello que decía san Agustín: el que todo lo puede sin ti, no hace nada sin ti.
De los doce, se trata de hombres, cada una con su historia, con su carácter, con sus cualidades y con sus límites, con sus virtudes y seguramente también con sus pecados. No es un grupo de élite o de privilegiados. Son personas como tú y como yo, que tendrán que hacer el camino dejándose transformar por la presencia, la palabra y el testimonio que Jesús irá sembrando en sus corazones.
En el grupo de los doce hay lugar para todos y nadie puede ser excluido, nadie puede presentar excusas para no aceptar la invitación y nadie puede esconderse en falsos prejuicios para no comprometerse. Esto habría que decirlo alto y fuerte, sobre todo hoy cuando tratamos de escurrirnos a la hora de asumir compromisos para dar testimonio de nuestra fe.
Habría que decir que Jesús sigue llamando también a otros doce entre los cuales nos podemos encontrar muchos cristianos de nuestro tiempo que aún con sus limitaciones están llamados a venir y colaborar en la construcción del Reino, porque la realidad sigue siendo la misma y las necesidades se han ido multiplicando.
Podemos estar seguros que cuando Jesús contempla la humanidad de nuestros días su corazón se mueve a compasión, porque para cualquier lado que voltee es muy fácil que contemple muchas ovejas que andan desorientadas, sin saber a dónde ir y que les falta un verdadero pastor que las guíe.
Que la cosecha es mucha, eso nadie lo pude negar, porque no hace falta mucho para que nos demos cuenta de que existe una gran necesidad de Dios en nuestra sociedad.
La cosecha es abundante, porque hay muchas personas que están deseosas de hacer una experiencia espiritual. Porque hay signos muy claros de que la necesidad de una vida que va más allá de lo material y de lo inmediato está entre los anhelos profundos de nuestros hermanos hoy. Porque el Señor nos sigue sorprendiendo con los testimonios de tantas personas que confiesan que han encontrado a Dios y que sus vidas han sido transformadas.
Basta recordar algunos momentos de los tantos encuentros que tuvo el Papa León pasando entre tanta gente durante su visita a España. Gente muy conocida y famosa, pero igual personas sencillas y humildes han dicho, con palabras que han encontrado eco en nuestros corazones, que el encuentro con Dios les había cambiado la vida, que habían vivido momentos que se habían convertido en una segunda oportunidad para seguir adelante en la maravillosa experiencia de vivir y que se sentían felices de haberse encontrado con el Señor.
Y es que eso hace Dios cuando se mezcla en nuestras historias tan humanas y se filtra discretamente en los sentimientos, en los afectos, en los valores y en las opciones de que somos capaces cuando aspiramos a salir de lo ordinario de una existencia que se conforma con compensaciones que confunden y que no satisfacen. La cosecha es abundante y Jesús quiere que nos ocupemos de ella, que no nos asustemos porque los trabajadores son pocos.
Y así será siempre mientras utilicemos nuestros sistemas para medir, olvidando que Dios usa otro sistema métrico y nos sorprende.
Hay que reconocer que, aunque sean pocos los obreros, así ha sido siempre, el Señor no se cansa de seguir confiando en que basta uno que ponga su confianza en él y en el llamado que hace para que suceda el milagro y empiece a surgir un pedacito del Reino, ahí́ en donde nos han plantado.
Aquí no se trata de cantidad, ni de números y las estadísticas poco importan; lo que está en juego es la posibilidad de un mundo distinto en donde los valores del Reino marquen la existencia de quienes ponen su confianza en el Señor.
Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Este es el programa, el mandato y la buena noticia.
Curar a los leprosos es trabajar en la construcción de una sociedad en donde no haya más excluidos, en donde nadie se sienta marginado por ninguna razón.
La lepra en tiempos de Jesús era no solo una enfermedad, sino un motivo para ser marginado de la comunidad. Quien enfermaba de lepra era visto como impuro y pecador.
En su misión, Jesús envía a los doce a construir un mundo en donde cada persona sea acogida y amada, sin importar cuál sea su condición o su situación. En la casa del Padre hay un lugar para todas sus criaturas, esa será la buena noticia proclamada en todo lugar y en todo tiempo.
Curar a los enfermos significa ayudar a quien la está pasando mal, ya sea en lo físico, en lo moral o en lo espiritual. La enfermedad es lo que roba la salud y va disminuyendo poco a poco la vida.
Curar a los enfermos es comprometerse en la creación de condiciones de vida que sean dignas para todos; es dar la oportunidad de curarse también a quien no tiene los recursos para pagarse un buen cuidado médico, sobre todo hoy que en muchas partes la salud y su cuidado se ha convertido en un negocio de hospitales y farmacéuticas.
Jesús va más lejos y pide que resuciten a los muertos. Y ciertamente no significa hacer caminar a los cadáveres. Se trata de ayudar a salir de su situación a quienes se han dejado atrapar en dinámicas de muerte.
Hay que liberar a quienes viven en el rencor y el odio, a quienes viven esclavos y dependientes de una adicción o de un vicio. A quienes se han enredado en espirales de violencia, de odio, de egoísmo, de indiferencia ante las necesidades de los demás. Resucitar a los muertos significa, de alguna manera, comprometernos en la construcción de una realidad en donde se apueste por la vida, por el respeto a la dignidad de los hermanos.
Es comprometerse en la creación de espacios en donde todos tengan las mismas oportunidades, en donde todos los seres humanos nos podamos reconocer hermanos, miembros de una sola familia.
Se trata de construir mundos en donde la guerra no tenga la última palabra, en donde no sean más importantes las riquezas que se pueden explotar en un territorio que las personas que lo habitan.
Y luego se habla también de echar fuera a los demonios, dicho en otras palabras es sacar de nuestras vidas lo que nos divide a todos los niveles.
A nivel personal sería todo aquello que nos impide ser honestos, coherentes, enemigos de la mentira y encerrados en nosotros mismos.
En la sociedad es desenmascarar toda clase de racismo, de prejuicios en contra de los demás, toda la tentación de dividirnos en clases según los criterios del poder y del dinero.
De alguna manera también quiere decir, alejar de nuestras vidas lo que nos puede atrapar en la malicia, en el desorden, en lo mundano, como le gustaba decir al Papa Francisco.
Esa es la misión a la que Jesús envió a aquellos doce apóstoles que, a lo mejor sin saber en donde se estaban metiendo, aceptaron ponerse en camino y se entusiasmaron porque Jesús iba caminando a su lado y mostrándoles con el ejemplo lo que les estaba pidiendo y confiando.
Hoy nos toca tomar el relevo y con la misma confianza y osadía, se nos pide que vayamos por el mundo entero, porque sigue existiendo la misma urgencia de la presencia del Reino y porque la cosecha sigue siendo mucha.
Y porque la necesidad de llevar a Jesús hasta los rincones del mundo es hoy más urgente y porque existen muchos hermanos que esperan que alguien tenga la valentía de anunciarles lo bello del Evangelio y lo maravillosos que es tener a Jesús en nuestras vidas.
Ojalá que no nos quedemos haciendo cálculos o paralizados por nuestros límites y pecados, sino todo lo contrario, que animados por el Espíritu de Dios nos sintamos entusiastas y animados para decirle al mundo que somos los discípulos que Jesús ha enviado para que su Reino nazca entre nosotros como bendición y fuente de alegría. Qué el Señor nos conceda un corazón muy misionero.
¡De la compasión a la misión!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj
Después del camino cuaresmal y pascual y de la celebración de las grandes solemnidades, volvemos al Tiempo ordinario, durante el cual nos acompañará el Evangelio según san Mateo. Se nos invita a retomar la “ordinariedad” de nuestra vida cristiana, vivida en el seguimiento de Jesús.
El pasaje evangélico de hoy nos introduce en el segundo de los cinco grandes discursos de Jesús presentados por el evangelista Mateo: el llamado “discurso de la misión”, que ocupa el capítulo 10. El primero había sido el discurso programático pronunciado en el monte de las Bienaventuranzas, en los capítulos 5-7. Después de haber “hablado”, Jesús había “actuado”, curando “toda enfermedad y toda dolencia” en los capítulos 8-9.
“Jesús, al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban cansadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor”.
Este segundo discurso, como el primero, nace de una mirada de Jesús que le toca profundamente el corazón: una mirada de compasión. ¡Cuánto quisiéramos sentir también nosotros esta mirada posarse sobre nosotros cuando nos sentimos cansados, desanimados y extraviados!
Y, sin embargo, esa misma mirada continúa posándose sobre las multitudes sufrientes de hoy, sobre cada hombre y cada mujer, sobre cada uno de nosotros. ¿Por qué lo dudamos? ¿Acaso se ha vuelto miope la mirada de Jesús? ¿Acaso se ha endurecido su corazón?
¿No corremos el riesgo de razonar como sucede en algunas tradiciones religiosas de África occidental, donde viví la misión? Se cree en un dios supremo, Mawu, pero se lo imagina lejano, retirado en el cielo para no ser molestado por los hombres, después de haber confiado la tierra a los vodús, que la gobernarían a su antojo. Solo que nuestros vodús tienen nombres distintos: riqueza, poder, fortuna, destino, mala suerte…
También algunas corrientes del pensamiento contemporáneo pueden conducir, en la práctica, a una mentalidad semejante. Pensemos, por ejemplo, en una visión filosófica que concibe al Creador como aislado y ajeno a su creación. También algunas formas extremas de la teología post-teísta corren el riesgo de poner en cuestión la encarnación y los principios fundamentales del mensaje cristiano.
– Oh Jesús, te rogamos: cruza hoy tu mirada con la nuestra y cura nuestra manera de mirar.
“Entonces dijo a sus discípulos: La mies es abundante, pero los obreros son pocos”.
¿La mies es abundante? ¿Acaso Jesús se refiere al vasto campo que aún hay que sembrar? No, habla precisamente de una mies lista para ser recogida, pero que corre el riesgo de perderse por falta de obreros.
¿Y dónde se encontraría esa mies? “¡Ciertamente no aquí, donde solo crece la cizaña!”, diría alguien. A veces incluso nos preguntamos si todavía vale la pena predicar el Evangelio en una sociedad que parece no preocuparse en absoluto por él. Jesús, en cambio, con su mirada de compasión, descubre precisamente aquí una mies abundante que recoger en su granero.
– Oh Jesús, danos tu mirada limpia, libre de prejuicios, profunda y solidaria, capaz de reconocer el bien “abundante” todavía presente hoy en nuestra sociedad.
“Rogad, pues, al señor de la mies que envíe obreros a su mies”.
¿Rezar por las vocaciones? ¡Eso sí! Pero ¿por qué el dueño de la mies se deja rogar tanto? ¿No ve él mismo que faltan agentes pastorales, apóstoles y misioneros?
El Señor, en cambio, nos invita a rezar para que nuestra mirada cambie y nuestro corazón se vuelva semejante al suyo. Y luego… ¡nos envía a nosotros! Sí: no piensa solo en los sacerdotes y las religiosas; piensa en cada uno de nosotros. ¡Y aquí la cosa se pone seria!
– Señor, haz que nuestro oído sea sensible a tu llamada a trabajar en tu viña.
“Llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus impuros para expulsarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia”.
He aquí que Jesús nos llama y nos prepara. No nos envía a la aventura ante una tarea tan inmensa. Se trata, en efecto, de combatir los “espíritus impuros” que atenazan a nuestra sociedad. Son muchos: la guerra, el hambre, la injusticia, la explotación, el consumismo… ¡Hay que expulsarlos y devolverlos al infierno!
Pero ¿creemos realmente en el poder que el Señor nos ha confiado, en la fuerza del mismo Espíritu que actuaba en él?
Se trata, además, de curar “toda enfermedad y toda dolencia”, física y espiritual, porque el Señor quiere promover la plenitud de la vida y nuestra auténtica libertad. Pero atención: nosotros mismos somos sanadores heridos, no inmunes a estas dolencias. También nosotros estamos marcados por el egoísmo, la envidia, el amor propio, la indiferencia, el miedo, la duda y la violencia.
– Señor, haznos más audaces ante los desafíos del mundo de hoy. Haznos conscientes de que también nosotros estamos heridos por la vida, pero, como decía el papa Francisco: “Pecadores sí, corruptos nunca”.
“Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que luego lo traicionó”.
Son doce. Representan a las doce tribus de Israel y, por tanto, a la totalidad del pueblo de Dios. ¿Solo hombres? No se trata de una intención exclusivista por parte de Jesús: hoy somos muy conscientes de ello. Lo que cuenta, en el relato evangélico, es la totalidad simbolizada por el número doce.
Notemos, ante todo, que son personas muy distintas entre sí, cada una con sus cualidades y defectos. Ciertamente no eran ya todos “santos y capaces”, como Comboni deseaba que fueran sus misioneros. ¡No sé cuántos de ellos, hoy, serían considerados aptos para entrar en el seminario! Esto nos recuerda que Jesús no busca personas perfectas: ¡te busca a ti y me busca a mí!
Notemos, además, que los apóstoles son nombrados por parejas. No se trata solo de un recurso mnemotécnico: significa que no somos francotiradores. Somos testigos sostenidos por una comunidad y enviados junto con otros.
Notemos, por último, que en la “foto de familia” aparece una figura incómoda: Judas. ¿Por qué? Es una advertencia: Judas puede representar a cada uno de nosotros.
“Estos son los Doce que Jesús envió, dándoles esta orden: No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de los samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.
Ay, Jesús nos envía precisamente entre los nuestros, entre los cercanos, entre los de casa. “¿No fuiste tú mismo, Jesús, quien dijo que ningún profeta es bien recibido en su tierra?”. ¡Yo preferiría ir a África!
“Por el camino, proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis”.
Somos enviados a testimoniar, con la sonrisa y la alegría, con la bondad y el perdón, que el Reino de los Cielos está cerca.
Somos enviados a realizar prodigios: no necesariamente los clamorosos, sino los pequeños milagros cotidianos, gratuitos y a menudo inadvertidos. Son gestos de amor capaces de curar heridas, de resucitar la esperanza en alguien, de purificar las lepras del alma y de expulsar los demonios de los corazones.
¡Buena misión!
Se compadecía
José Antonio Pagola
Jesús le daba una importancia grande a la manera de mirar a las personas. De ello depende, en buena parte nuestra manera de actuar. Una de las fuentes más antiguas recoge esta observación de Jesús: «La lámpara de tu cuerpo son tus ojos. Si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tus ojos están enfermos, tu cuerpo entero estará a oscuras». Una mirada clara permite que la luz entre dentro de nosotros y podamos actuar con lucidez.
¿Cómo era la mirada de Jesús?, ¿cómo veía a la gente? Los evangelistas repiten una y otra vez que su mirada era diferente. No era como la de los fariseos radicales que sólo veían impiedad, ignorancia de la ley e indiferencia religiosa. Tampoco miraba como el Bautista que veía en el pueblo pecado, corrupción e inconsciencia ante la llegada inminente de Dios.
La mirada de Jesús estaba llena de cariño, respeto y amor. «Al ver a las gentes, se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor». Sufría al ver tanta gente perdida y sin orientación. Le dolía el abandono en que se encontraban tantas personas solas, cansadas y maltratadas por la vida.
Aquellas gentes eran víctimas más que culpables. No necesitaban oír más condenas sino conocer una vida más sana. Por eso, inició un movimiento nuevo e inconfundible. Llamó a sus discípulos y les dio «autoridad», no para condenar sino para «curar toda enfermedad y dolencia».
En la Iglesia cambiaremos cuando empecemos a mirar a la gente de otra manera: como la miraba Jesús. Cuando veamos a las personas más como víctimas que como culpables, cuando nos fijemos más en sus sufrimientos que en su pecado, cuando miremos a todos con menos miedo y más piedad.
Nadie hemos recibido de Jesús «autoridad» para condenar sino para curar. No nos llama Jesús a juzgar el mundo sino a sanar la vida. Nunca quiso poner en marcha un movimiento para combatir, condenar y derrotar a sus adversarios. Pensaba en discípulos que miraran el mundo con ternura. Los quería ver dedicados a aliviar el sufrimiento e infundir esperanza. Ésa es su herencia, no otra.
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Una mirada a la muchedumbre
Quique Martínez de la Lama-Noriega
Los comienzos de la Escritura nos cuentan que Dios puso su mirada en un grupo muy heterogéneo de esclavos en Egipto. Y se «fijó» en su sufrimiento y «escuchó» sus lamentos y gritos. Y decidió «bajar» para liberarlos, buscando como «instrumento» suyo Moisés. Más adelante, a los pies del Sinaí, aquella «muchedumbre» de fugitivos a los que había ido guiando y purificando, recibió una promesa:“Vosotros seréis mi pueblo”. Dejarán de ser «muchedumbre» para convertirse en pueblo de la nueva alianza, propiedad de Dios. Y es que las muchedumbres suelen ser fácilmente manipulables, funcionan más a golpe de afectividad y contagio, que de lógica o razonamientos; están formadas por personas anónimas e indiferentes entre sí, aunque estén juntas, pero que tienen algún problema o necesidad común… No es «eso» con lo que quiere tratar Dios. Él quiere construir un pueblo donde unos a otros se miren, se respeten, se cuiden, se apoyen y se acompañen (por eso llegarán los Diez Mandamientos).
También Jesús anda mirando a las gentes. Se deja impresionar, afectar, cuestionar por lo que vive la muchedumbre. No es una mirada para acusar, reprochar o escandalizarse. Es una mirada para comprender: Quiere captar su mundo interior, lo que sienten, lo que sufren, lo que necesitan, lo que esperan. Una mirada «compasiva», que le toca en lo más hondo de su corazón…
Andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor. Pero pastores tenían, y en abundancia. Todo el gremio de sacerdotes, con su milimétrico cuidado del culto del templo, los letrados y fariseos, bien formados, con la doctrina clara, precisa y minuciosa, como para resolver todas las situaciones que pudieran plantearse y marcar lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral. Expertos en casuística (aunque no en personas), se consideraban portavoces cualificados de la voluntad de Dios… Aquellos pastores andaban escasos de misericordia y desentendidos de los sufrimientos del pueblo, sin presentarles alternativas ni ayudarles a salir de su penosa situación…
Por eso, llama a «otros». A los que han escuchado el mensaje de las bienaventuranzas y están dispuestos a vivir de un modo diferente, y que convierten su relación con Dios en un camino de felicidad, donde el que está mal es el centro principal del Reino, de la relación con Dios, donde nadie que excluido.
Son un grupo de Apóstoles/pastores que reciben un bello y difícil encargo: «proclamad, curad, resucitad, limpiad echad demonios». Como se ve por todos estos imperativos, se trata en primer lugar de anunciar con gozo (sin riñas, ni amenazas, ni obligaciones) la cercanía, presencia y compromiso de Dios (eso es el Reino). Y esa presencia, para que no se quede en palabras vacías (de las que ya están muy hartas las ovejas) se comprobará en que éstas irán siendo reintegradas en la comunidad, se harán conscientes de su dignidad y su preferencia por parte de Dios, se les aliviará su sufrimiento, se luchará contra las causas de sus heridas, de su suciedad, de su falta de vida, de sus sufrimientos. En definitiva: se trata de que pasen de ser «muchedumbre» a ser «comunidades» donde se aman, lo tienen todo en común y se atiende a cada cual según sus necesidades. Yo entiendo que esta sería la misión principal de cualquier Obispo, párroco o agente de pastoral (con la implicación de todos los demás, claro)…
Eduquemos, pues, nuestra «mirada» para ser capaces de compadecer, convocar, proclamar, sanar, limpiar, resucitar, curar y desterrar demonios de modo que seamos una Iglesia misionera, una Iglesia compasiva y misericordiosa, una Iglesia humanizadora, una Iglesia acogedora e integradora, una Iglesia sinodal, una Iglesia de personas felices, portadoras de una misericordia y una fidelidad que ha de llegar a todas las generaciones.
De la compasión a la Misión
Romeo Ballan, mccj
La docena de versículos del Evangelio de hoy ofrece un cuadro global de la misión de Jesús y de los discípulos: están presentes todos los elementos de la misión de la Iglesia, según los contenidos y el estilo de Jesús. El cuadro resulta más completo si se incluye el versículo anterior (Mt 9,35), que presenta a Jesús misionero itinerante: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia”. Jesús es el ideal, el proyecto primigenio de todo misionero: cercano a la gente, itinerante, maestro, predicador, sanador, compasivo, totalmente volcado hacia Dios, del cual anuncia el Reino, y apasionado por el bien de la gente, sobre todo de los que sufren.
Nunca Jesús pasa al lado del dolor humano sin experimentar un íntimo sufrimiento por ello y sin aportar un remedio, una solución. Las gentes “estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor” y Él “se compadecía de ellas” (v. 36). Su compasión es mucho más que un sentimiento. La traducción exacta sería: ‘sintió una total conmoción visceral’. En efecto, el verbo griego subyacente (splanknízomai-esplanknisthe), que se emplea doce veces en los Evangelios, expresa la profunda conmoción de Dios y de Cristo por el hombre. La conmoción de las vísceras (splankna) hace referencia a la conmoción de la madre en el momento del parto. Por tanto, esta palabra del Evangelio (v. 36) nos permite vislumbrar el rostro materno de Dios. La misión de Jesús -y, por ende, la misión de la Iglesia- ahonda sus raíces en la ternura y compasión de Dios por la humanidad: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios…” (Lc 1,78). De este amor misericordioso y misionero, el Corazón de Cristo es un signo patente y un instrumento eficaz, como lo enseña el Papa Benedicto XVI.
El cristiano que mira al mundo como lo hacía Jesús, con los ojos y el corazón llenos de misericordia, descubre que hay inmensas realidades humanas que necesitan la misión, es decir, necesitan ser iluminadas y sanadas por el Evangelio. ¡Para que todos tengan vida en abundancia! (Jn 10,10). Darse cuenta que también hoy, aquí y en el mundo entero, “la mies es mucha y los obreros pocos” (v. 37), es ya un buen comienzo de misión. Jesús nos indica dos respuestas básicas ante las urgencias de la misión: rogar e ir. Ante todo, rogar al Dueño de la mies, por la buena calidad y el número de los obreros en la mies (v. 38): rogarle, porque es Él el Señor del Reino. Orar está bien, pero, a la vez, es preciso ir: Jesús llama al primer grupo, a los Doce; los llama a cada uno por su nombre (v. 10,2-4), les da el poder de predicar, curar las enfermedades, expulsar a los demonios y realizar otros signos. Los envía (v. 5) de dos en dos (en pequeños núcleos comunitarios), para realizar una primera misión de ensayo y adiestramiento, limitada en el tiempo y en el espacio (v. 5): de momento, los destinatarios son “las ovejas descarriadas de Israel” (v. 6). Después de su resurrección y con la fuerza del Espíritu, Jesús los enviará definitivamente al mundo entero: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19). A partir de ese momento. la misión será ir siempre más allá, superar metas, en busca de otras mieses y de otras ovejas sin pastor. ¡Dondequiera que estén! ¡Será una misión sin fronteras! ¡Con un amor inmenso!
El mensaje de la misión hace referencia al Reino de los cielos, que ya está cerca (v. 7); por tanto, es necesario convertirse y creer en el Evangelio (Mc 1,15: cf Canto al Evangelio). El Evangelio, sin embargo, no es un documento o un código: es, ante todo, una Persona, Jesucristo, que nos ha dado gratuitamente su amor, la salvación y la reconciliación (II lectura), hasta morir “por nosotros, siendo nosotros todavía pecadores” (v. 8). De esta manera, descubrimos la grandeza del amor de Dios por su pueblo, como Él ya lo había manifestado en el Antiguo Testamento (I lectura), liberando a los israelitas de la esclavitud de Egipto, llevándolos “sobre alas de águila” (v. 4), haciendo de ellos una “propiedad personal entre todos los pueblos… y una nación santa” (v. 5-6).
El misionero que ha hecho la experiencia personal de la grandeza y de la gratuidad del amor de Cristo se siente interiormente llamado a compartirla con gratuidad con aquellos que aún no le conocen o no le aman. El mandato de Jesús de servir al Evangelio con gratuidad, sin servirse de ello, se convierte así en una invitación gozosa a dar con gratuidad (v. 8). Lo había entendido muy bien el apóstol Pablo, el cual, en el momento de hacer un balance de su vida misionera, recordaba justamente esta palabra de Jesús: “¡Hay más alegría en dar que en recibir!” (Hch 20,35). Siempre, la misión nace y se realiza en el amor.
