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La Sagrada Familia

“Después de que los magos partieron de Belén, el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allá hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar a niño para matarlo.

José se levantó y esa misma noche tomó al niño y a su madre y partió para Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo.

Después de muerto Herodes, el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a la tierra de Israel, porque ya murieron los que intentaban quitarle la vida al niño.

Se levantó José, tomó al niño y a su madre y regresó a tierra de Israel. Pero, habiendo oído decir que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre, Herodes, tuvo miedo de ir allá, y advertido en sueños, se retiró a Galilea y se fue a vivir en la población de Nazaret. Así se cumplió lo que habían dicho los profetas: Se le llamará nazareno”.

(Mateo 2, 13-15.19-23)


Sagrada Familia
P. Enrique Sánchez, mccj

Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia y tal vez esperaríamos que se nos hablara de una familia perfecta, sin grandes dificultades, en donde todo procede en armonía, en paz y en alegría.

Sin embargo, el texto del evangelio que acabamos de escuchar no suena tanto a tranquilidad, ni a celebraciones alegres y coloridas. Nos habla de huidas, de amenazas, de exilios forzados, de miedos que encogen el corazón.

Todas esas realidades que contemplamos en la Sagrada Familia nos resulta bastante fácil reconocerlas en muchas familias de nuestros tiempo. Eso nos ayuda a entender que lo Sagrado de la familia de Jesús lo encontramos presente en muchas de nuestras historias.

La palabra de Dios, por su parte, nos invita a fijar nuestra mirada en una familia que, de muchas maneras, nos recuerda la historia de nuestras familias; tan comunes y ordinarias, pero que se convierte en ejemplo que estimula a un compromiso y a la realización de un sueño que Dios sigue teniendo cuando piensa en las familias en donde Él quiere hoy ocupar un lugar privilegiado.

Se trata de familias, a lo mejor, no tan sagradas y sí tan humanas en donde no faltan los momentos de alegría, pero también las inevitables experiencias de angustia, de dolor, de sufrimiento, de aprensión ante el mañana.

Familias que saben de tragedias vividas en silencio, de pérdidas, de problemas que gastan y consumen la vida; familias que sufren muchas veces sin poder compartir lo que las va consumiendo.

Familias en donde la vida y la muerte, los triunfos y los fracasos, los logros que enorgullecen y los fracasos que avergüenzan; todo se mezcla en una experiencia en donde lo divino y lo tan humano van caminando de la mano.

Ası́ fue la Sagrada Familia que supo de huidas, de migraciones que la pusieron en camino, buscando la seguridad y escapando de la amenaza de quienes sólo les interesaba destruir sus vidas.

Así fue la experiencia de José, de Jesús y de María, una familia pobre y sencilla, como tantas que conocemos en nuestros días que viven amenazadas por quien tiene el poder de perseguir, de encarcelar, de dividir y de destruir lo sagrado de la convivencia familiar.

Como a la Sagrada Familia, también hoy a muchas familias les toca dejarlo todo, abandonar sus hogares para ir en búsqueda de un lugar en donde sus vidas estén un poco más protegidas.

Y resulta interesante pensar que Dios escogió una familia tan humana como la Sagrada Familia para hacer el camino y transitar por los senderos de nuestro mundo. Ahí es en donde entendemos realmente lo que quiere decir Emmanuel, el Dios con nosotros.

Él no se escogió una familia perfecta, aceptó la fragilidad y la pobreza de una familia que no tenı́a nada de extraordinario.

Como Emmanuel no es un Dios que hace finta de estar cerca de lo que marca nuestra historia, sino un Dios que hace suyos los dramas, las alegrı́as y los sufrimientos una humanidad en donde siguen existiendo los Herodes que amenazan y atentan contra la vida.

Es un Dios que construye su familia en donde los más pobres y desafortunados son obligados a buscar su refugio, lejos de toda seguridad y confort.

Y, en lo muy humano de una familia, la Sagrada Familia se convierte en modelo, en escuela y oportunidad para vivir lo bello de toda familia como fruto de lo que Dios puede hacer en nosotros cuando le damos cabida.

La Sagrada Familia es modelo de fe que se abre a lo sorprendente de Dios y que sabe confiar dejándose llevar por lo que Dios va proponiendo, aconsejando, indicando

como camino seguro para estar libres de las amenazas de la muerte o de las muertes que buscan destruir ese espacio sagrado en donde Dios hace que podamos entender el valor de cada persona.

La Sagrada Familia nos enseña a ponernos en camino y a dejarnos guiar por senderos que brindan seguridad y protección, que garantizan el futuro como tiempos de plenitud, sin miedos y sin angustias.

El protagonismo de José aparece, una vez más, como maestro de fe y de confianza. Es modelo de obediencia y de abandono; pero, sobre todo, es ejemplo de quien sabe transformar en obras y en poner en práctica lo que el Señor va sembrando en su corazón.

María, como tantas esposas y madres, acompaña con su discreción todos los detalles que van viviendo, en el día a día, tantas familias que están en pie por la entrega incondicional de esas mujeres del silencio que saben transformar en vida los dolores y sufrimientos que se convierten en ternura y sostén de quienes se sienten frágiles e indefensos.

Finalmente, podrı́amos decir que la Sagrada Familia se convierte hoy para nosotros en algo bello que nos permite valorar y aquilatar el gran don de nuestras familias y nos ayuda a luchar por ser constructores de ese espacio sagrado en donde podemos sentirnos orgullosos de haber compartido lo que somos con las personas que más nos han amado en nuestra vida.

En un mundo en donde los valores de la familia son hoy tan atacados y en donde existe toda una política social por destruir ese núcleo esencial para custodiar lo que somos como seres humanos, es importante que no nos dejemos engañar por quienes buscan destruir la familia movidos por intereses que no tienen como lo más valioso lo que somos como personas.

Celebrar la Sagrada Familia puede ser una gran oportunidad para comprometernos en vivir los valores que nos acercan a los demás apreciándolos y reconociéndolos como dones que Dios nos ha otorgado haciéndonos nacer en una familia en donde existen ciertamente diferencias, dificultades e imperfecciones; pero en donde se nos da la oportunidad de enriquecernos con todo lo bello y lo grande de los miembros de nuestras familias.

Recordemos que en ninguna parte, fuera de la familia, podremos encontrar la carga de amor, de compresión y del apoyo que necesitamos siempre para crecer y para poder llegar a ser los seres humanos que Dios ha soñado como personas destinadas a ser felices.

Pidamos por todas nuestras familias, en particular por aquellas que han sido víctimas de la división, las que viven en extrema pobreza, las que han sido obligadas a emigrar, las que cargan el dolor de la incomprensión.

Que el Señor nos bendiga con el don de santas familias que sean capaces de convertirse en fermento de vida y de autenticidad en nuestra sociedad tan amenazada por el individualismo y por la indiferencia ante las necesidades de los demás.

Que la Santa Familia interceda por nosotros.


La Navidad en familia
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

La Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret nos invita a contemplar el misterio de la Navidad en el contexto en el que tuvo lugar, es decir, en el seno de una familia. Los Evangelios son muy sobrios en los detalles sobre la vida de esta familia. Esto nos lleva a pensar que se trató de una vida totalmente normal, sin acontecimientos particulares dignos de ser registrados. Solo los Evangelios de Mateo y de Lucas nos ofrecen algunas referencias, con una intención más teológica que histórica. Los escritos apócrifos se encargarán de llenar este vacío con relatos fantasiosos, a veces con referencias creativas al texto sagrado.

Resulta curioso que la fiesta de la Sagrada Familia se celebre justo después de Navidad, cuando todavía estamos inmersos en las luces, los belenes y los cantos reconfortantes. Y, sin embargo, el Evangelio que la Iglesia nos propone (Mt 2,13-23) está muy lejos de ser dulce. No habla de intimidad doméstica, de serenidad familiar ni de equilibrios logrados. Habla de miedo, de huida, de noche, de exilio. La Sagrada Familia no está al margen del drama: está inmersa en él hasta el cuello.

Tal vez este sea precisamente el primer contraste saludable. A menudo vivimos una versión edulcorada de la Navidad, como si Dios hubiera venido a confirmar nuestra necesidad de un mundo perfecto, ordenado y pacificado. Soñamos con una familia sin conflictos, una sociedad sin violencia, una fe que nos proteja de las heridas. Pero el Evangelio nos desengaña de inmediato: Jesús nace en un mundo hostil y no lo arregla mágicamente. Lo atraviesa. Y lo dejará imperfecto, pero no igual que antes, porque siembra en él algo que antes no existía: una nueva esperanza.

Mateo no nos cuenta un cuento para niños. Es un “cuento para adultos”, que desenmascara nuestras ilusiones infantiles. La Navidad conoce la angustia. Es una pausa de esperanza, no un paréntesis consolador. No es la meta final del Adviento, de la espera, sino una parada para tomar aliento y valor, para luego vivir en el tiempo largo y cotidiano del crecimiento. Ese “mientras tanto” entre el mundo viejo y el que ha de venir es el espacio de nuestra vida real. Ahí es donde se juega la fe.

La familia de Jesús tiene que huir, porque un poder tiene miedo de la vida. Y cuando el poder tiene miedo, a menudo mata. Mata sobre todo a los inocentes y a los indefensos. El Evangelio no lo suaviza: Herodes quiere al niño muerto. Y mientras los Magos regresan tranquilamente a sus casas, Jesús pierde la suya. Para él, la Navidad es tiempo de huidas y de viajes forzados, de fronteras cruzadas, de futuro suspendido. Es el Dios que se hace refugiado.

Esta es también una palabra fuerte para nuestras familias. No porque debamos “hacerlo mejor” o “estar a la altura” de un modelo ideal —eso sería un moralismo estéril— sino porque el Evangelio nos libera del engaño de la familia perfecta. Las familias reales conocen el miedo, las decisiones difíciles, las noches sin respuestas claras, los límites: son imperfectas. Conocen Egipto y Nazaret: lugares de refugio provisional, nunca definitivos. Y Dios no se escandaliza por todo esto. Entra en ello.

Llama también la atención la manera en que llega la salvación: a través de sueños. Algo frágil, impalpable. José no recibe planes detallados, solo indicaciones esenciales. «Levántate. Toma contigo al niño y a su madre. Huye». Y él obedece, sin apagar la inteligencia ni la responsabilidad. Cuando muere Herodes, el ángel dice: «Puedes volver». Y José reflexiona. Ve que en Judea, la región donde se encuentra Belén, en lugar de Herodes reina Arquelao, igualmente violento. Y considera que no debe arriesgar.

El final del pasaje, por tanto, está muy lejos de ser un “final feliz”. Mueren los Herodes, pero permanecen los herederos. El mal no desaparece de golpe. Cambia de rostro, se transmite, se reorganiza. José sueña, pero no es un idealista ingenuo. Sabe leer la realidad y reconocer sus peligros. Nos enseña que la esperanza no consiste en negar el mal, sino en atravesarlo con astucia y valentía. Soñar, sí. Pero actuar con prudencia, sin confundir la fe con la inconsciencia.

Quizá este sea el mensaje más verdadero para esta fiesta. Termina el Jubileo, pero no termina la esperanza. Permanece renovada, más sobria, menos triunfalista. La Sagrada Familia nos invita a creer que incluso en medio de la precariedad, el miedo y la imperfección puede nacer algo nuevo. No es el mundo perfecto que soñamos, sino el mundo del “mientras tanto”, en trabajo de parto de esperanza.

Y, sin embargo, Jesús crece. A pesar de todo. En una aldea periférica y desconocida, Nazaret, símbolo de una normalidad no heroica, no ideal y no perfecta, sino posible. A esto estamos llamados: a discernir las posibilidades concretas y “habitarlas”. ¡En nuestro “mientras tanto”!


En familia
José Antonio Pagola

Cogió al niño y a su madre, y volvió a Israel.

Las fiestas de Navidad han tenido entre nosotros un carácter entrañable diferente al de otras fiestas que se suceden a lo largo del año. Estos días navideños se caracterizan todavía hoy por un clima más familiar y hogareño. Para muchos siguen siendo una fiesta de reunión y encuentro familiar. Ocasión para reunirse todos alrededor de una mesa a compartir con gozo el calor del hogar.
Estos días parecen reforzarse los lazos familiares. Se diría que es más fácil la reconciliación y el acercamiento entre familiares enfrentados o distantes. Por otra parte, se recuerda más que nunca la ausencia de los seres queridos muertos o alejados del hogar.
Sin embargo, es fácil observar que el clima hogareño de estas fiestas se va deteriorando cada año más. La fiesta se desplaza fuera del hogar. Los hijos corren a las salas de fiestas. Las familias se trasladan al restaurante. Se nos invita ya a «celebrar estas fiestas en Benidorm».
Probablemente son muchos los factores de diverso orden que explican este cambio social. Pero hay algo que, en cualquier caso, no hemos de olvidar. Es difícil el encuentro familiar cuando a lo largo del año no se vive en familia. Incluso, se hace insoportable cuando no existe un verdadero diálogo entre padres e hijos o cuando el amor de los esposos se va enfriando.
Todo ello facilita cada vez más la celebración de estas fiestas fuera del hogar. Es más fácil la reunión ruidosa de esas cenas superficiales y vacías de un restaurante. El clima que ahí se crea no obliga a vivir la Navidad con la hondura humana y cristiana que el marco del hogar parecía exigir. De ahí que estas fiestas navideñas que, durante tantos años, han reavivado el calor entrañable del hogar, sean quizás hoy en muchos hogares uno de los momentos más reveladores del deterioro de la vida familiar.
Pero la actitud del creyente no puede ser de desaliento. El nacimiento del Señor nos invita a renacer y trabajar por el nacimiento de un hombre nuevo, una familia nueva, una sociedad diferente. Estamos pasando de una familia más numerosa, tradicional, autoritaria y estable, a una familia más reducida, libre, inestable y conflictiva, pero el hombre siempre necesitará un hogar en donde pueda crecer como persona. El mismo Hijo de Dios nació y creció en el seno de una familia.

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La Sagrada Familia por el camino doloroso del destierro
Papa Francisco

En este primer domingo después de Navidad, la Liturgia nos invita a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. En efecto, cada belén nos muestra a Jesús junto a la Virgen y a san José, en la cueva de Belén. Dios quiso nacer en una familia humana, quiso tener una madre y un padre, como nosotros.

Y hoy el Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia por el camino doloroso del destierro, en busca de refugio en Egipto. José, María y Jesús experimentan la condición dramática de los refugiados, marcada por miedo, incertidumbre, incomodidades (cf. Mt 2, 13-15.19-23). Lamentablemente, en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste realidad. Casi cada día la televisión y los periódicos dan noticias de refugiados que huyen del hambre, de la guerra, de otros peligros graves, en busca de seguridad y de una vida digna para sí mismos y para sus familias.

En tierras lejanas, incluso cuando encuentran trabajo, no siempre los refugiados y los inmigrantes encuentran auténtica acogida, respeto, aprecio por los valores que llevan consigo. Sus legítimas expectativas chocan con situaciones complejas y dificultades que a veces parecen insuperables. Por ello, mientras fijamos la mirada en la Sagrada Familia de Nazaret en el momento en que se ve obligada a huir, pensemos en el drama de los inmigrantes y refugiados que son víctimas del rechazo y de la explotación, que son víctimas de la trata de personas y del trabajo esclavo. Pero pensemos también en los demás «exiliados»: yo les llamaría «exiliados ocultos», esos exiliados que pueden encontrarse en el seno de las familias mismas: los ancianos, por ejemplo, que a veces son tratados como presencias que estorban. Muchas veces pienso que un signo para saber cómo va una familia es ver cómo se tratan en ella a los niños y a los ancianos.

Jesús quiso pertenecer a una familia que experimentó estas dificultades, para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios. La huida a Egipto causada por las amenazas de Herodes nos muestra que Dios está allí donde el hombre está en peligro, allí donde el hombre sufre, allí donde huye, donde experimenta el rechazo y el abandono; pero Dios está también allí donde el hombre sueña, espera volver a su patria en libertad, proyecta y elige en favor de la vida y la dignidad suya y de sus familiares.

Hoy, nuestra mirada a la Sagrada Familia se deja atraer también por la sencillez de la vida que ella lleva en Nazaret. Es un ejemplo que hace mucho bien a nuestras familias, les ayuda a convertirse cada vez más en una comunidad de amor y de reconciliación, donde se experimenta la ternura, la ayuda mutua y el perdón recíproco. Recordemos las tres palabras clave para vivir en paz y alegría en la familia: permiso, gracias, perdón. Cuando en una familia no se es entrometido y se pide «permiso», cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir «gracias», y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir «perdón», en esa familia hay paz y hay alegría. Recordemos estas tres palabras. Pero las podemos repetir todos juntos: permiso, gracias, perdón. (Todos: permiso, gracias, perdón) Desearía alentar también a las familias a tomar conciencia de la importancia que tienen en la Iglesia y en la sociedad. El anuncio del Evangelio, en efecto, pasa ante todo a través de las familias, para llegar luego a los diversos ámbitos de la vida cotidiana.

Invoquemos con fervor a María santísima, la Madre de Jesús y Madre nuestra, y a san José, su esposo. Pidámosle a ellos que iluminen, conforten y guíen a cada familia del mundo, para que puedan realizar con dignidad y serenidad la misión que Dios les ha confiado.

29/12/2013


Oración a la Sagrada Familia

Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.

Navidad. Misa de medianoche y misa del día

MISA DE MEDIANOCHE
Lucas 2,1-14


Misterio de caminar y de ver
Papa Francisco

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).

Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver.

Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. Porque es fiel, «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y momentos de pueblo errante.

También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). Pueblo en camino, sobre todo pueblo peregrino que no quiere ser un pueblo errante.

En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol:
«Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros.

Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. Es condición del peregrino velar, y ellos estaban en vela. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.

Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Como dijeron los ángeles a los pastores: “No teman”.  Y también yo les repito a todos: “No teman”. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre nos perdona siempre. Y Él es nuestra paz. Amén.

Basílica Vaticana, 24 de diciembre de 2013


La misa del Gallo
José Luis Sicre

Aunque desconocemos el día y la hora en que nació Jesús, imagino que fueron estas palabras del libro de la Sabiduría las que animaron a situar el nacimiento a medianoche: «Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó desde el trono real de los cielos» (Sabiduría 18,14-15).

En cualquier caso, el papa Sixto III (siglo V d.C.), introdujo en Roma la costumbre de celebrar en Navidad una vigilia nocturna, a medianoche, «en seguida de cantar el gallo», en un pequeño oratorio situado detrás del altar mayor de la Basílica de Santa María la Mayor. Ya que los antiguos romanos denominaban Canto del Gallo al comienzo del día, a la medianoche, se quedó con el nombre de Misa de Gallo la que se celebraba a esta hora.

La liturgia, con tres lecturas preciosas y muy ricas de contenido, suponen un desafío para quien pretenda comentarlas sin agotar al auditorio.

Tres motivos de alegría (Isaías 9,2-7)

En El Danubio rojo, película ambientada en la Segunda Guerra Mundial, la noche de Navidad, en medio del frío y la nieve, un grupo numeroso de soldados y refugiados comienza a cantar en un tren el villancico «Noche de Dios». Ese es el ambiente más adecuado para entender la primera lectura. El profeta se dirige a un pueblo que camina en tinieblas, que ha sufrido durante un siglo la opresión del imperio asirio, y le anuncia un cambio prodigioso: un mundo de luz y alegría. Por tres motivos:

el fin del opresor, el imperio asirio, que oprime a Israel con el yugo y el bastón, como si fuera un animal de carga; será derrotado, igual que lo fueron los madianitas en tiempos de Gedeón; el fin de la guerra, simbolizado por la desaparición, no de lanzas y espadas, sino de los elementos menos peligrosos del soldado: bota y túnica;

la aparición de un niño, que se puede interpretar como el nacimiento de un príncipe o su entronización. Influido por el ritual egipcio, se coloca sobre sus hombros un manto que simboliza el poder, y se le dan diversos nombres: en Egipto eran cinco, aquí son cuatro, que expresan las cualidades más admirables que se pueden esperar de un gobernante: que sepa aconsejar, que sepa defender, que se comporte como un padre con sus súbditos, que traiga un reinado de paz. Por último, abandonando el influjo egipcio y con mentalidad plenamente judía, se relaciona a este niño con David. Y su labor de paz, justicia y derecho, aparentemente imposible, será obra del celo de Dios.

Dos motivos de compromiso (Carta a Tito 2,11-14).

El autor une la primera venida de Jesús («se ha manifestado la gracia de Dios») con la segunda y definitiva («la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo»). ¿Motivos de alegría? Sin duda. Pero estas dos venidas son también motivo de compromiso. Amor con amor se paga. Hay que renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, llevar una vida sobria y honrada, esperar la vuelta del Señor, dedicarse a las buenas obras.

¿Un niño pobre o un personaje maravilloso? (Lucas 2,1-14)

El evangelio de esta noche consta de dos escenas radicalmente distintas, pero que se complementan.

El nacimiento de un niño pobre

La primera escena, que se desarrolla únicamente en la tierra, contrasta a poderosos y débiles. Empieza hablando del emperador Augusto, con autoridad para dar órdenes a todos sus súbditos, y del gobernador de Siria, Cirino, que manda empadronarse a la población de su provincia, cada cual en su ciudad, sin preocuparle las molestias que eso puede causar.

Frente a los poderosos, los débiles, representados por una familia muy modesta, a la que solo le cabe obedecer, aunque la esposa deba recorrer, embarazada, los 150 km de Nazaret a Belén. Según Lucas, cuando llegan a su destino no encuentran alojamiento y deben pasar algunos días en la parte baja de una casa, donde están los animales. Son pobres, y para ellos no hay sitio en el piso de arriba («la posada»).

Es una escena de pobreza y humillación. Basta pensar en José, un padre que no tiene otra cosa que ofrecer a su mujer y a su hijo. La escena no se presta a comentarios románticos, sino a preguntas candentes: ¿por qué Gabriel no le dijo a María toda la verdad? ¿Por qué le anunció que su hijo sería el rey de Israel sin advertirle que no tendría riqueza ni poder? ¿Por qué elige Dios el camino de la pobreza y la humillación? ¿Por qué rechazamos los cristianos a quienes no pueden pagarse un pasaje en avión o en barco para llegar hasta nosotros? ¿Por qué no imaginamos que Dios pueda nacer en una chabola de mala muerte, en una familia pobre que trabaja recogiendo la aceituna? ¿Se puede esperar algo de este hijo de emigrantes, que no tendrá cultura ni formación?

El Salvador, el Mesías, el Señor

La segunda escena se desarrolla en cielo y tierra. Es también de poderosos y débiles, de ángeles y pastores. La profesión de pastor, aunque a algunos le recuerde a los antiguos patriarcas de Israel, era de las más despreciadas y odiadas en aquel tiempo, sobre todo por los campesinos. En la escala social de la época, los pastores ocupan el penúltimo lugar, el de las clases impuras, porque su oficio se equipara al de los ladrones. Y pasar la noche al aire libre, vigilando el rebaño, no es la ocupación más agradable. El hecho de que el ángel se dirija a ellos deja clara la «política incorrecta» de Dios. El gran anuncio del nacimiento del Mesías no se comunica al Sumo Sacerdote de Jerusalén, ni a los sacerdotes y levitas, ni a los estudiosos escribas, ni a los piadosos fariseos.

Por otra parte, el anuncio modifica totalmente la imagen de la escena anterior. El niño que ha nacido no es un simple niño pobre. Su nacimiento supone «una gran alegría para todo el pueblo», porque es Salvador, Mesías y Señor. Este ángel anónimo es muy escueto. No comenta ninguno de los tres títulos. Pero es más sincero que Gabriel. No oculta que, a pesar de su grandeza, el niño está envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

¿Qué harán los pastores? Quien desee saberlo tendrá la respuesta en el evangelio de la Misa de la Aurora.

Pero el lector del evangelio puede ponerse en su lugar y advertir el mensaje que le está proponiendo Lucas. La vida de Jesús se puede interpretar de dos formas muy distintas: desde una óptica puramente humana o desde la fe. La primera resulta descarnada y dura. La segunda puede parecer ingenua; si no de cuento de hadas, de cuento de ángeles. Si se mantiene en la primera, terminará viendo a Jesús como un personaje peligroso y considerando justa su condena a muerte. Si acepta la segunda, a pesar de todas las dudas, terminará creyendo en él como su Salvador.

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Las claves para leer desde la fe el misterio
José Antonio Pagola

Según el relato de Lucas, es el mensaje del Ángel a los pastores el que nos ofrece las claves para leer desde la fe el misterio que se encierra en un niño nacido en extrañas circunstancias en las afueras de Belén.

Es de noche. Una claridad desconocida ilumina las tinieblas que cubren Belén. La luz no desciende sobre el lugar donde se encuentra el niño, sino que envuelve a los pastores que escuchan el mensaje. El niño queda oculto en la oscuridad, en un lugar desconocido. Es necesario hacer un esfuerzo para descubrirlo.

Estas son las primeras palabras que hemos de escuchar: «No tengáis miedo. Os traigo la Buena Noticia: la alegría grande para todo el pueblo». Es algo muy grande lo que ha sucedido. Todos tenemos motivo para alegrarnos. Ese niño no es de María y José. Nos ha nacido a todos. No es solo de unos privilegiados. Es para toda la gente.

Los cristianos no hemos de acaparar estas fiestas. Jesús es de quienes lo siguen con fe y de quienes lo han olvidado, de quienes confían en Dios y de los que dudan de todo. Nadie está solo frente a sus miedos. Nadie está solo en su soledad. Hay Alguien que piensa en nosotros.

Así lo proclama el mensajero: «Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor». No es el hijo del emperador Augusto, dominador del mundo, celebrado como salvador y portador de la paz gracias al poder de sus legiones. El nacimiento de un poderoso no es buena noticia en un mundo donde los débiles son víctima de toda clase de abusos.

Este niño nace en un pueblo sometido al Imperio. No tiene ciudadanía romana. Nadie espera en Roma su nacimiento. Pero es el Salvador que necesitamos. No estará al servicio de ningún César. No trabajará para ningún imperio. Solo buscará el reino de Dios y su justicia. Vivirá para hacer la vida más humana. En él encontrará este mundo injusto la salvación de Dios.

¿Dónde está este niño? ¿Cómo lo podemos reconocer? Así dice el mensajero: «Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El niño ha nacido como un excluido. Sus padres no le han podido encontrar un lugar acogedor. Su madre lo ha dado a luz sin ayuda de nadie. Ella misma se ha valido, como ha podido, para envolverlo en pañales y acostarlo en un pesebre.

En este pesebre comienza Dios su aventura entre los hombres. No lo encontraremos en los poderosos sino en los débiles. No está en lo grande y espectacular sino en lo pobre y pequeño. Hemos de escuchar el mensaje: vayamos a Belén; volvamos a las raíces de nuestra fe. Busquemos a Dios donde se ha encarnado.


Luz para quien yace en las tinieblas
Fernando Armellini

Es casi inevitable que escuchemos este relato evangélico condicionados por el clima navideñoque nos rodea: árboles iluminados, sonidos de villancicos, belenes… Y es probable que nos embargue la emoción, lo cual no está mal. Este relato, sin embargo, no ha sido escrito para conmover; ni siquiera para ofrecernos una crónica informativa sobre el nacimiento de Jesús. Si fuera así, tendríamos derecho a lamentar lo parco que ha sido Lucas al darnos tan pocos detalles sobre acontecimiento tan importante.

Este relato del nacimiento de Jesús ha sido compuesto, probablemente, cuando el resto del evangelio estaba ya escrito y fue colocado al principio como un estupendo preludio teológico al resto de la obra, expresando lo que los cristianos de las primeras generaciones, guiados por el Espíritu, han comprendido del Señor Jesús, muerto y resucitado.

El relato comienza con una ambientación histórica y geográfica bien precisa.
En aquel tiempo, Roma estaba regida por César Augusto, el príncipe celebrado en todo el imperio por su “audacia, mansedumbre, piedad y justicia”. Es él quien, después de los interminables horrores de la guerra civil, ha finalmente establecido la paz en todo el imperio. Es la época de oro de la historia de Roma contada por Virgilio. En una famosa inscripción fechada el año 9 a.C., hallada en Priene, Asia Menor, se dispone que el año comience el 23 de septiembre, día del nacimiento de Augusto porque “todos podrán considerar este acontecimiento como el origen de sus vidas, como el tiempo a partir del cual no se puede ya llorar por el propio nacimiento. La divina Providencia, dándonos a Augusto, nos ha enviado a nosotros y a los que vendrán después de nosotros al salvador llamado a poner fin a las guerras y reordenar el mundo. El día del nacimiento del dios (Augusto) ha sido para el mundo el inicio de ‘acontecimientos gozosos’ (literalmente “evangelios”) que se harán realidad gracias a Él”.

El “censo de toda la tierra” que, desde el punto de vista histórico, presenta tantas dificultades, asume en la intención de Lucas un significado indudablemente teológico. Le sirve para declarar solemnemente que el Hijo de Dios se ha insertado en la historia universal, que se ha convertido en ciudadano del mundo.

A continuación indica el lugar en que Jesús ha nacido: Belén, una ciudad (en realidad un pueblo de pastores) de los montes de Judea. Lucas acentúa que “José era de la casa y de la familia de David” y que “subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén” (v. 4). La referencia a este lugar es importante porque es en Belén donde el pueblo espera al Mesías (Jn 7,40-43). Ya lo había anunciado el profeta Miqueas: “Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el jefe de Israel” (Miq 5,1).

Con esta anotación histórica y geográfica, Lucas quiere afirmar que el nacimiento de Jesús no es un mito que ha de relegarse al mundo de las fábulas –como tantas otras que circulaban en su tiempo– sino que es un acontecimiento real y concreto.

Mientras se encontraban en aquel lugar” María dio a luz a su hijo “primogénito” …

María se comporta como todas las madres. Lucas menciona sus gestos premurosos y atentos: faja al niño y lo coloca en el pesebre. No sucede nada de milagroso. El nacimiento de Jesús es idéntico al de cualquier otra persona. Desde su primera aparición en este mundo, Jesús comparte en todo nuestra condición humana.

“No habían encontrado sitio en la posada” … Si se tiene presente cuán sagrada es para Oriente la hospitalidad, es inverosímil que María y José se hayan visto obligados a encontrar refugio en una gruta por haber sido rechazados por las familias del lugar.

El término usado en el texto original no se refiere a la posada o al caravasar (antigua edificación que se levantaba a la vera de los principales caminos para que los viajeros de las caravanas que hacían largos viajes de comercio, peregrinaje o militares pudieran pasar la noche, descansar y reponerse junto a sus animales). Designa más bien una habitación (probablemente la única) de la casa en la que José y María habían sido acogidos. No era conveniente que el parto tuviera lugar en una estancia que no ofrecía un mínimo de privacidad (es este el sentido de la expresión: “no había lugar para ellos”). Como debía acaecer a las parturientas pobres de toda Palestina, también María fue llevada al rincón más interno y recóndito de la habitación, lugar que habitualmente se destinaba también a los animales.

Aunque el texto evangélico no habla del asno y del buey (imaginados por la piedad popular a propósito de un texto de Isaías: “conoce el buey a su amo y el asno el pesebre de su dueño” (Is 1,3), es posible que ambos animales estuvieran allí.

Lucas nos ofrece estos detalles para mostrar que Dios –como suele hacer– invierte los valores y criterios de este mundo. El “Dios” que el pueblo espera, y que aún hoy día muchos siguen esperando, es fuerte y terrible, capaz de sembrar el pánico y de hacerse respetar. Pero éste no es Dios, es un ídolo, es la proyección de nuestros sueños mezquinos de grandeza y poder. El Dios que se manifiesta en Jesús es exactamente lo opuesto: débil, indefenso, tembloroso, se confía a las manos de una mujer. No estamos ante una revelación secundaria, a la espera de ver a Jesús revestido de esplendor y fuerza (como en el monte de la Transfiguración). En Jesús recién nacido acostado en el pesebre está presente en toda su plenitud el verdadero y eterno Dios, “escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor 1,23).

En la segunda parte del evangelio (vv. 8-14) la escena cambia completamente. No estamos más en la intimidad de una casa sino al aire libre, en el campo, y los personajes son otros: pastores y ángeles. “Había unos pastores en la zona que cuidaban por turno los rebaños a la intemperie”. Si se tratara solo de una información que el evangelista añade, podríamos inferir que Jesús no nació en el invierno de su hemisferio porque el ganado se guardaba a la intemperie de marzo a octubre. Pero a nosotros no nos interesa mucho saber en qué mes nació Jesús. Más importante es identificar quiénes fueron los primeros en reconocer en el niño fajado y colocado en un pesebre al Salvador, al Mesías, al esperado hijo de David. Son los pastores.

¿Por qué justamente ellos? No porque estuvieran espiritualmente mejor dispuestos. Todo lo contrario. Los pastores no eran en general gente simple, buena, inocente, honesta, estimada por todos, como nos dice la tradición navideña. Estaban catalogados entre las personas más impuras y, de hecho, existían buenas razones para ello. Conducían una vida no muy diversa a la de las bestias; no podían entrar en el Templo para rezar; no eran admitidos para testimoniar en un tribunal por no ser gente de fiar; tenían fama de falsos, deshonestos, ladrones, violentos. Los rabinos afirmaban que los pastores, los publicanos y aquellos que cobraban los impuestos, muy difícilmente se salvarían por haber hecho tanto daño al pueblo. Habían robado tanto que ni siquiera podían recordar a quiénes habían estafado. Por lo tanto, no pudiendo restituirlo, estaban destinados a la perdición.

Es a estos a quienes se dirige el mensaje celeste. “Miren, les doy una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor” (vv. 10-11). Se adivina en las palabras del ángel el eco de la inscripción de Priene. No era Augusto –parece insinuar Lucas– el salvador que debía inundar el mundo de alegría e instaurar la paz. No ha sido su nacimiento sino el de Jesús el que ha marcado “el comienzo de los eventos gozosos recibidos gracias a Él”.

Desde su primera aparición en el mundo, Jesús se ha colocado entre los últimos. Son ellos, no los “justos”, los que necesitaban y necesitan de Dios una palabra de amor, de liberación y de esperanza.

Ya adulto, Jesús continuará viviendo junto a estas personas: hablará su lenguaje simple, usará las comparaciones, las parábolas, las imágenes tomadas de su mundo; participará en sus alegrías y sufrimientos; estará siempre de su parte contra todo aquel que intente marginarlos.

La señal dada a los pastores para reconocer al Salvador es sorprendente y paradójica. No se les dice que encontraran a un niño envuelto en luz, con cara de ángel, con una aureola sobre la cabeza y rodeado de huestes celestiales. Nada de esto: La señal es… un niño normal, con la sola característica de ser un pobre entre los pobres.

Los dos grupos de personas que encontraremos a lo largo de la vida pública de Jesús quedan ya bien definidos al momento de su nacimiento: por una parte, los pobres, los ignorantes, la gente despreciada que lo reconoce inmediatamente y lo acoge con alegría. Por otra, los sabios, los ricos, los poderosos, aquellos que viven aislados en sus palacios, lejos del pueblo y de sus problemas, convencidos de poseer ya todo lo que necesitan para ser felices. Estos no tienen necesidad de ningún salvador; por el contrario, un Mesías que no corresponda a sus expectativas, que cuestione sus proyectos, es un personaje incómodo al que hay que eliminar lo más pronto posible.

Las mujeres de Belén han asistido a María durante el parto u, observando a aquel niño, no se han dado cier­ta­mente cuenta de que la historia del mundo se dividiría en dos partes: antes y después de su nacimiento.

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MISA DEL DÍA
Juan 1,1-18

Misa del día
José Luis Sicre

La misa de la aurora nos presentó a María meditando lo que han contado los pastores. Es una pena que Lucas, que transmitió en el Magnificat su reacción a las palabras de Isabel, en este caso guarde silencio. Dos teólogos cristianos, los autores del cuarto evangelio y de la carta a los Hebreos, sí nos dejaron su reflexión sobre Jesús y su nacimiento. La liturgia les antepone la visión de un profeta-poeta.

«El Señor ha consolado a su pueblo» (Isaías 52,7-10)

El texto de Isaías de la misa de la aurora presentaba a Jerusalén como esposa y madre, que recupera a su esposo y sus hijos. Este la presenta como ciudad, sin rey y en ruinas después de la caída en manos de los babilonios. Pero el mensaje de esperanza es el mismo: Dios vuelve a ella como rey, y las ruinas, reconstruidas, cantarán de alegría. Como en el caso anterior, la liturgia aplica la venida de Dios-rey a Jesús, que nace como Mesías y Salvador.

«El Señor nos ha hablado por su Hijo» (Hebreos 1,1-6)

Imaginemos al autor de la carta ante el pesebre. Pero el niño no acaba de nacer, él escribe bastantes años después. Es mucho lo que ya se ha dicho y discutido sobre Jesús. Y él comienza su carta con un resumen ambicioso, que abarca desde el comienzo de los siglos hasta la glorificación del Señor.

Lo primero que destaca es la novedad de que Dios nos hable a través de su Hijo, no a través de profetas. Un hecho tan grande que no debemos esperar algo distinto y mayor: estamos en la «etapa final».

Luego acumula palabras para describir la dignidad del Hijo. Retrocede del momento en el que hereda todo (se supone que tras la resurrección) al momento en el que intervino en la creación del mundo. Habla de su identidad e identificación con Dios con expresiones misteriosas: «reflejo de su gloria, impronta de su ser». Dedica una frase, casi de pasada, a la vida terrena, en la que solo sugiere, de forma velada, su muerte, que purifica nuestros pecados. Y termina con su triunfo a la derecha de la Majestad y su encumbramiento por encima de los ángeles.

La historia del Verbo de Dios (Juan 1,1-5.9-14) (forma breve)

Dos advertencias:

1. Según muchos comentaristas, el autor del cuarto evangelio utilizó al comienzo un himno sobre el Verbo Dios, introduciendo por medio, en dos ocasiones, sendas referencias a Juan Bautista. La liturgia permite elegir entre la forma larga, con todo el texto actual, y la breve, que suprime lo referente a Juan. Es esta la que comentaré brevemente, presentando el himno como una historia del Verbo de Dios en cinco etapas.

2. Para comprender esta historia habría que conocer las reflexiones sobre la Sabiduría de Dios en los dos siglos antes de Jesús. En el segundo domingo después de Navidad se vuelve a leer el prólogo de Juan, y la lectura que lo acompaña es, con razón, la del libro del Eclesiástico.

Primera etapa: la Palabra junto a Dios

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios.

«En el principio creó Dios el cielo y la tierra». Así comienza el libro del Génesis. Para el autor del prólogo, en ese momento existía ya el Verbo, junto a Dios. Es lo mismo que se dice de la Sabiduría en el libro de los Proverbios y en el Eclesiástico.

Segunda etapa: el Verbo y la creación

Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.

Aunque parece una nueva matización del Génesis, supone un desarrollo. Allí se dice que Dios crea por su palabra («dijo Dios») y su acción. Aquí, esa palabra se convierte en compañera suya imprescindible durante el acto creador. Todo fue creado por el Verbo: sol, luna, estrellas, montañas, mar, animales de toda especie, ser humano. Además de habernos creado, es también nuestra vida y nuestra luz. Dos términos claves en la teología del cuarto evangelio, que presentará a Jesús como «el camino, la verdad y la vida». En esa misma teología encaja la referencia a la tiniebla como símbolo de la oposición a Jesús y a Dios.

Tercera etapa: el mundo, creado por el Verbo, lo ignora.

En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

El mundo no se refiere aquí a los seres inanimados sino a las personas que ignoran a Dios, no lo adoran, o prescinden de él. El autor del Prólogo piensa en los pueblos paganos, que podrían haber conocido al Dios verdadero, pero que habían caído en diversas formas de idolatría.

Cuarta etapa: la Palabra se instala en Israel; unos lo rechazan, otros la acogen.

Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

¿Qué hará el Verbo cuando se vea ignorado por el mundo? Para un judío, la respuesta es clara: refugiarse en Israel, el pueblo elegido, igual que hacía la Sabiduría: «Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad». Pero el Verbo se encuentra con una desagradable sorpresa: «los suyos no lo recibieron». Da la impresión de que un autor posterior consideró esta afirmación demasiado pesimista y añadió que algunos lo recibieron, convirtiéndose en hijos de Dios. Pero este aparente añadido destruye el dramatismo del himno primitivo.

Quinta etapa: el Verbo se hace carne y habita entre nosotros. 

La Palabra ha sufrido dos derrotas: el mundo la ignora, su pueblo la rechaza. ¿Qué haría cualquiera de nosotros en su lugar? Quedarse junto a Dios y olvidarse de todos. Afortunadamente, Dios no es así. El Verbo toma la decisión más asombrosa que se puede imaginar.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Reflexión final

El fiel cristiano que haya acudido a la iglesia pensando escuchar unas lecturas bonitas y sencillas sobre Jesús niño y los pastores se encuentra en la misa del día con unas lecturas muy teológicas, pero que le recuerdan la dignidad e importancia de ese niño que ve en el pesebre.

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La nostalgia de la Navidad 
José A. Pagola

La Navidad es una fiesta llena de nostalgia. Se canta la paz, pero no sabemos construirla. Nos deseamos felicidad, pero cada vez parece más difícil ser feliz. Nos compramos mutuamente regalos, pero lo que necesitamos es ternura y afecto. Cantamos a un niño Dios, pero en nuestros corazones se apaga la fe. La vida no es como quisiéramos, pero no sabemos hacerla mejor.

No es solo un sentimiento de Navidad. La vida entera está transida de nostalgia. Nada llena enteramente nuestros deseos. No hay riqueza que pueda proporcionar paz total. No hay amor que responda plenamente a los deseos más hondos. No hay profesión que pueda satisfacer del todo nuestras aspiraciones. No es posible ser amados por todos.

La nostalgia puede tener efectos muy positivos. Nos permite descubrir que nuestros deseos van más allá de lo que hoy podemos poseer o disfrutar. Nos ayuda a mantener abierto el horizonte de nuestra existencia a algo más grande y pleno que todo lo que conocemos.

Al mismo tiempo, nos enseña a no pedir a la vida lo que no nos pueda dar, a no esperar de las relaciones lo que no nos pueden proporcionar. La nostalgia no nos deja vivir encadenados solo a este mundo.

Es fácil vivir ahogando el deseo de infinito que late en nuestro ser. Nos encerramos en una coraza que nos hace insensibles a lo que puede haber más allá de lo que vemos y tocamos. La fiesta de la Navidad, vivida desde la nostalgia, crea un clima diferente: estos días se capta mejor la necesidad de hogar y seguridad. A poco que uno entre en contacto con su corazón, intuye que el misterio de Dios es nuestro destino último.

Si uno es creyente, la fe le invita estos días a descubrir ese misterio, no en un país extraño e inaccesible, sino en un niño recién nacido. Así de simple y de increíble. Hemos de acercarnos a Dios como nos acercamos a un niño: de manera suave y sin ruidos; sin discursos solemnes, con palabras sencillas nacidas del corazón. Nos encontramos con Dios cuando le abrimos lo mejor que hay en nosotros.

A pesar del tono frívolo y superficial que se crea en nuestra sociedad, la Navidad puede acercar a Dios. Al menos, si la vivimos con fe sencilla y corazón limpio.

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Dios ha revelado su justicia
Fernando Armellini

Todos los autores cuidan con particular esmero la primera página de sus libros porque son como la carta de presentación de toda la obra. Esta tiene que ser no solo agradable y atrayente, sino que además debe anticipar los temas esenciales que se tratarán a continuación. Es una manera de atraer la curiosidad y suscitar el interés del lector.

Para introducir su evangelio, Juan compone un himno tan sublime y elevado que en verdad lo hace merecedor del título de “águila” entre los evangelistas. Como en la “obertura” de una sinfonía, es posible captar en este prólogo los motivos que serán después retomados y desarrollados en los capítulos sucesivos: Jesús enviado del Padre, fuente de vida, luz del mundo, lleno de gracia y de verdad, Unigénito en el que se revela la gloria del Padre.

En la primera estrofa (vv. 1-5) Juan parece alzar el vuelo utilizando una imagen familiar a la literatura sapiencial y rabínica: la “Sabiduría de Dios” representada por una mujer encantadora y fascinante. He aquí cómo la “Sabiduría” se presenta a sí misma en el Libro de los Proverbios: “El Señor me creó como la primera de sus tareas, antes de sus obras…No había océanos cuando fui engendrada…Todavía no estaban encajados los montes, antes de las montañas fui engendrada… Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo… Cuando imponía su límite al mar… cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a Él” (Prov 8,22-29).

Se trata de una personificación que aparece también en el Libro del Eclesiástico donde se afirma que la Sabiduría se ha como encarnado en la Torá, en la Ley, y ha plantado su tienda en Israel (Eclo 24, 3-8.22).

Juan conoce bien estos textos y –quizás con un punto de polémica frente al judaísmo– los retoma y los aplica a Jesús. Es Jesús la Sabiduría de Dios que planta su tienda entre nosotros; es Él, y no la ley de Moisés, quien revela a los hombres el rostro de Dios y su voluntad. Él es el Verbo, la Palabra última y definitiva de Dios. Es aquella Palabra mediante la cual Dios, al principio, creó el mundo.

No solamente esto. A diferencia de la Sabiduría personificada (Eclo 24,9), la palabra de Dios –que en Jesús de Nazaret se ha hecho carne– no ha sido creada, sino que “estaba” junto a Dios, existía desde toda la eternidad y era Dios. Para Israel, la Sabiduría “es un árbol de vida para los que echan mano de ella” (Prov 3, 18). Juan clarifica: La sabiduría de Dios se ha manifestado plenamente en la persona histórica de Jesús. Es Él, no más la Ley, la fuente de la Vida.

La venida de esta Palabra al mundo divide la historia en dos partes: antes y después de Cristo, tinieblas sin Él, luz donde está Él. Es una Palabra que, al igual que espada, penetra hasta lo más íntimo de todo hombre y separa en él lo que es “hijo de la luz” de lo que es “hijo de las tinieblas”. Las tinieblas intentarán destruir esta luz, pero no lo conseguirán. Ni siquiera la respuesta negativa del hombre podrá sofocarla. Y, al fin, la luz triunfará en el corazón de cada uno de nosotros.

La segunda estrofa (vv. 6-8) tiene la función de ser un primer intervalo narrativo que introduce la figura del Bautista. De él no se dice que “estaba junto a Dios”. Juan es un simple hombre escogido por Dios para una misión. Tenía que ser el testigo de la luz. Su función es tan importante que viene mencionada hasta tres veces. Él no era la luz, pero supo reconocer la luz verdadera y señalarla a todos.

La tercera estrofa (vv. 9-13) desarrolla el tema de Cristo-luz y la respuesta de los hombres cuando apareció en el mundo.

El himno se abre con un grito de alegría: “Venía al mundo la luz verdadera”. Jesús es la luz auténtica, lo contrario de las lucecillas ilusorias, los fuegos fatuos, espejismos, destellos engañosos proyectados por la sabiduría humana.

Este grito entusiasta viene seguido, sin embargo, de un lamento inmediato: “el mundo no la reconoció”. Es el rechazo, la oposición, es un cerrar la puerta a la luz. Los hombres prefieren la oscuridad por estar apegados a sus obras malvadas (Jn 3,19).

Ni siquiera los israelitas –“su gente”– la acogen. Y sin embargo deberían haber reconocido en Jesús la manifestación última, la encarnación de la “sabiduría de Dios”, de aquella sabiduría que “entre todos los pueblos había buscado dónde descansar y un sitio dónde habitar”, y justamente en Israel había encontrado su morada. El Creador del universo le había dado esta orden: “planta tu tienda en Jacob y toma a Israel como heredad” (Eclo 24,7-8).

Sorprende el rechazo a la luz y a la vida por parte de los hombres, incluso el de los más preparados y mejor dispuestos. También Jesús se admiraba un día de la incredulidad de sus mismos conciudadanos (Mc 6,6). Esto significa que la luz que viene de lo alto no se impone, no usa la violencia. Nos deja libres, pero nos pone frente a una decisión ineludible: es necesario escoger entre “bendición y maldición” (Dt 1,27), entre “vida y muerte” (Dt 30,15).

La estrofa concluye con la visión gozosa de aquellos que han creído en la luz. Creer no significa dar el propio consentimiento intelectual a un conjunto de verdades sino acoger a una persona, a la sabiduría de Dios que se identifica con Jesús.

A los que confían en Él se les concede “un derecho” inaudito: llegar a convertirse en hijos de Dios. Es el renacer de lo alto del que hablará Jesús a Nicodemo (Jn 3,3). Es un renacer que no tiene nada que ver con el nacimiento natural, ligado a la sexualidad y al querer del hombre. El renacer de Dios es de otro orden, es obra del Espíritu.

La cuarta estrofa (v. 14): “Y el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros”. He aquí el punto culminante de todo el prólogo que oiremos de rodillas en la proclamación del evangelio de hoy. Los cristianos de las primeras comunidades están aún grávidos de una admiración gozosa y maravillada frente al misterio de Dios que, por Amor, se despoja de su gloria, se rebaja a sí mismo y fija su morada entre nosotros.

“Carne” en el lenguaje bíblico significa el hombre en su dimensión de debilidad, fragilidad, caducidad. Se percibe aquí la dramática contraposición entre “carne” y “Palabra de Dios”, tan eficaz y realísticamente expresada en el texto de Isaías: “Toda carne es hierba…y su belleza como flor campestre. Se seca la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios se cumple siempre” (Is 40,6-8).

Cuando Juan dice que la “Palabra” se hace carne no afirma simplemente que toma un cuerpo mortal o que se reviste de músculos, sino que se hace uno como nosotros, en todo semejante a nosotros (incluidos los sentimientos, las pasiones, las emociones, los condicionamientos culturales, el cansancio, la fátiga, la ignorancia –sí, también la ignorancia– al igual que las tentaciones, los conflictos interiores…). En todo semejante a nosotros menos en el pecado.

“Y nosotros veremos su gloria”. El hombre bíblico era consciente de que el ojo humano era incapaz de ver a Dios.

De Dios, solo se puede contemplar la “gloria”, es decir, la huella de su presencia, sus obras, sus gestos de poder a favor de su pueblo: “Mostraré mi gloria derrotando al Faraón con su ejército, sus carros, y jinetes” (Éx 14,17).

En esta frase del prólogo se percibe el eco de las expresiones llenas de intensa emoción de la primera carta de Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos, es lo que les anunciamos: la Palabra de vida. La vida se manifestó: la vimos, damos testimonio y les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que vimos y oímos se lo anunciamos también a ustedes…. Les escribimos esto para que su alegría sea completa” (1 Jn 1,1-4).

Juan habla en plural porque quiere referirse a la experiencia de los cristianos de su comunidad quienes, con ojos de fe, han sido capaces de descubrir, a pesar del velo de la “carne” de Jesús humillado y crucificado, el rostro de Dios.

El Señor ha manifestado muchas veces su gloria con signos y prodigios, pero nunca se había revelado de una manera tan clara y tan abierta como en su “Unigénito, lleno de gracia y verdad”. “Gracia y verdad” es una expresión bíblica que significa “amor fiel”. La encontramos en el Antiguo Testamento cuando el Señor se presenta a Moisés como “el Señor, el Dios compasivo y clemente, paciente, rico en bondad y lealtad” (Éx 34,6). En Jesús está presente la plenitud del amor fiel de Dios. Él es la demostración irrefutable de que nada podrá jamás obstaculizar la benevolencia de Dios.

La quinta estrofa (v. 15) es el segundo interludio. Reaparece el Bautista y esta vez habla en presente: “da testimonio” a favor de Jesús. “Grita” a los hombres de todos los tiempos que Él es único.

La sexta estrofa (vv. 16-28) es un canto de júbilo que prorrumpe en la comunidad agradecida a Dios por el don recibido. Don incomparable. También la ley de Moisés era don de Dios, pero no era definitiva. Las disposiciones externas que contenía no podían comunicar “la gracia y la verdad”, es decir la fuerza que permite al hombre corresponder al amor fiel de Dios. La “gracia y la verdad” han sido dadas por medio de Jesús. Aparece aquí su nombre por primera vez.

A Dios nadie lo ha visto. Es una afirmación que Juan recuerda con frecuencia (5,37; 6,46; 1 Jn 4,12.20) y que encontramos también en el Antiguo Testamento: “Mi rostro tu no lo puedes ver porque nadie puede verlo y quedar con vida” (Ex 33,20).

Las manifestaciones, las apariciones, las visiones de Dios narradas en el Antiguo Testamento no eran visiones materiales; era un modo humano de describir la revelación del pensamiento, de la voluntad y de los proyectos del Señor.

Ahora, sin embargo, viendo a Jesús, es posible ver real y concretamente a Dios. Para conocer al Padre no es necesario recurrir a razonamientos filosóficos o perderse en sutiles disquisiciones. Basta contemplar a Cristo, observar lo que hace, lo que dice, lo que enseña, cómo se comporta, cómo ama, a quién prefiere, a quién frecuenta, con quién come, a quién escoge, a quién reprende, a quién defiende. Basta contemplarlo en el momento más alto de su “gloria”, cuando es alzado en la cruz. En esta suprema manifestación llena de Amor, el Padre lo ha dicho todo.

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Navidad: el amor de Dios abraza la humanidad

Texto y fotos: P. Wédipo Paixão, mccj

La palabra “misión” viene del latín misio, que significa “enviar”. El misionero es el enviado, pues porta un mensaje de parte de un emisor hacia un destinatario. Al reflexionar un poco sobre el significado de este verbo, entendamos la Navidad como una celebración de bienvenida al “enviado” del Padre, que es Jesús.

En esta época donde las familias se reúnen, casas y calles se llenan de luces de colores y se intercambian regalos, vale la pena meditar sobre cómo recibimos nosotros el mensaje de Cristo, quien vino para anunciar un novedoso “proyecto de vida”.

La forma en que Dios entra en nuestra historia es un tanto escandalosa. Elige una sencilla y piadosa muchacha de un pueblo casi insignificante, llamado Nazaret. Los evangelios nos dicen que nació en un rincón, entre los pobres, junto a los animales. Quienes esperaban que el Mesías naciera en un palacio, no entendieron la maravillosa sencillez de Dios reflejada en aquel Niño de aquella humilde pareja.

Así, en el misterio de la Navidad, estamos llamados a recibir al enviado del Padre, que es su propio Hijo, y que viene a comunicarnos a un Dios enamorado de su creación, que no soporta vivir lejos de ella, y que, siendo omnipotente y poderoso, se hace frágil y rechaza la soledad; un Padre que abraza a la humanidad desde adentro, desde su propio corazón y no le teme al riesgo de lo que eso pueda significar, porque Él es amoroso.

Cuando una persona ama mucho a otra, una madre, un hijo, un esposo, una esposa… es habitual que le diga: “¡Eres mi vida!” o “¡Vida mía!”. Porque el amor y la vida van siempre unidas. El autor de la vida es el Padre, que es todo amor.

Durante los domingos de Adviento, la Palabra de Dios nos invita a estar atentos y vigilantes a su llegada, a que aumentemos nuestra fe en el Señor de la vida. El nacimiento de Jesús se manifiesta en nuestra existencia y en la de todos los hombres y mujeres ante la expectativa de un Dios que viene a vivir con nosotros y que guía nuestros pasos hacia Él. Nuestra esperanza y fe se fundamentan en ese amor divino que Él nos tiene y que se ha manifestado.

¿Cómo permanecemos ante ese amor? ¿callados? ¿indiferentes? Quizá estos sean algunos de los grandes problemas de nuestra época: esa indiferencia que nos hace insensibles, apáticos y egoístas, que no nos deja sentir y experimentar la ternura divina en nuestras vidas. Desde que Él nos pensó y nos creó, fuimos llamados a la comunión con Él, y no al aislamiento; estamos invitados a entregarnos, y no a ser egoístas.

Dios, que es amor en sí mismo, nos ha creado a su imagen y semejanza, e imprime en nosotros la capacidad y necesidad de amar y ser amados. Las diversas formas de vida que elegimos o en las que nos encontramos –soltería, matrimonio, celibato– son caminos específicos para vivir esta única y fundamental vocación al amor. El amor no es una emoción o sentimiento pasajero, es la esencia misma del Evangelio y el centro de la vida cristiana. Jesús lo dejó claro: el mandamiento más grande es amar a Dios con todo el corazón, con todo nuestro ser, y amar al prójimo como a uno mismo.

El amor tiene un nombre personal: Jesucristo. Él es el amor encarnado, el modelo perfecto de entrega y servicio. Entonces, el amor verdadero, tal como lo enseña, se manifiesta en el respeto profundo hacia todo ser, y en la generosidad, la compasión, el perdón y el servicio hacia todo lo demás. En definitiva, que los demás no sólo sean amados, sino que se sientan de esa manera.

Deseo compartir una pequeña reflexión tomada del libro “El Icono vacío”, de Alicia Torres: «Dios se hizo Peregrino… No bastó que nos amara, nos quiso revelar ese amor. Desde la creación del primer ser humano, Él se puso a caminar en la persona de su Hijo. En el inicio, el Hijo era la Palabra con que Dios entretenía a los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento. Él habló a la conciencia de Abrahán. Era poco. Marcó un encuentro con Moisés en el monte Sinaí. Era lejos. Caminó con el pueblo de Israel por el desierto, haciéndose nube de fuego para indicar la dirección. No bastaba. Armó su tienda y acampó con ellos. Era efímero. Pidió un templo para quedarse cerca de sus casas, pero ni este deseo satisfecho detuvo la peregrinación de Dios. Finalmente, Él se sumergió en la humanidad y expuso su corazón a disposición del corazón humano. ¡Qué riesgo! Jesús es Dios peregrinando en la Tierra, Él podía haber estado eternamente seguro en el cielo, pero quiso hacer del corazón humano su santuario».

Parece cumplirse lo que se dice de Él: «Todo niño quiere ser hombre, todo hombre quiere ser rey, todo rey quiere ser dios. Sólo Dios quiso ser niño».

IV Domingo de Adviento, Año A

“Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.
Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo eso sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.
Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa”. (Mateo 1, 18-24)


Emmanuel, Dios con nosotros
Enrique Sánchez, mccj

Con el cuarto domingo de Adviento llegamos prácticamente a la vigilia de la solemnidad del Nacimiento de Jesús. Durante cuatro semanas nos hemos ido preparando para celebrar la llegada de nuestro Señor y dentro de muy pocos días nos encontraremos ante un pesebre en donde podremos contemplar a Dios hecho uno de nosotros.

El misterio que celebraremos no logramos entenderlo con nuestros conceptos y criterios humanos, porque no se trata de entender sino de amar y corresponder al amor que se nos ha adelantado.

Tratar de entender la grandeza y lo extraordinario de Dios, contemplando al niño que descansa en su pesebre, rodeado de los pobres de su tiempo, de la gente sencilla que tiene puesta toda su confianza en Dios; eso simplemente no puede caber en nuestra cabeza.

Sin embargo, es justamente ese misterio el que llena nuestro corazón y nos permite expresar, sin muchas o ninguna palabra, la alegría que produce en nosotros el poder contemplar el rostro de Dios en la persona de Jesús.

Ahí está Dios que no tiene nada de anónimo, de desconocido o de lejano; ahí está el Emmanuel, el Dios con nosotros, el Dios que se ha hecho uno de nosotros. Ahí está el Dios que vive y desvive por nosotros.

Y justamente, en un momento en el cual las palabras parecen no tener mucho que decir, en un tiempo en donde el silencio resulta ser capaz de transmitir lo que nuestros labios no logran pronunciar; en este momento, la Palabra de Dios en el Evangelio nos habla a través de la persona de José.

El texto de Mateo nos presenta a José, el esposo de María, a quien se le anuncia en sueños la misión que Dios ha reservado para él.

En esos cuantos versículos podríamos decir que se encierra otro sueño, el sueño de Dios para toda la humanidad, sueño que se cumplirá gracias a la disponibilidad de José, quien sabe hacer suyos los planes de Dios.

En un diálogo en donde parece innecesarias las palabras, el Ángel del Señor le anuncia a José cuál será su rol, su participación en el proyecto de Dios. Bastó el anuncio y José respondió con obras, haciendo lo que Dios le estaba pidiendo.

José, uno de los grandes protagonistas en los planes de Dios, el descendiente de David destinado a llevar a cumplimiento la profecía del Mesías, es él quien asume la misión vivir el acontecimiento de la encarnación sin tener que decir ni una palabra. José aparece como el instrumento dócil y obediente que acepta los planes de Dios sin cuestionar, sin protestar; es el sirvo bueno y fiel que vive su fe dejando que Dios haga su obra en él.

Mientras que en el anuncio a María se establece un diálogo entre ella y el arcángel Gabriel para saber cómo sucederían todas esas cosas y que finalmente se concluye con el Fiat, con el sí que manifiesta la disponibilidad a hacer la voluntad de Dios como sierva obediente, José simplemente se pone en camino, actúa y cumple lo que le ha sido anunciado.

En un mundo en donde abundan las palabras, los mensajes; en donde aparentemente estamos súper comunicados, no siempre es evidente que el contenido pase como debería.

Hoy contamos con medios de comunicación cada día más sofisticados, existen aplicaciones para los teléfonos y las computadoras que hacen que nos comuniquemos en distintos idiomas, las informaciones circulan superando todas las velocidades, presumimos la posibilidad de estar en contacto inmediato con personas al otro lado del mundo.

Y sin embargo, parece que en muchas situaciones estamos muy alejados unos de otros. Se multiplican las experiencias de aislamiento y de soledad, crece la indiferencia ante lo que sucede fuera de nuestro entorno más inmediato, se acentúa el individualismo y crece el egoísmo, la indolencia ante el sufrimiento de los demás.

Podríamos decir que abundan las palabras, pero falta saltar el muro que impide pasar a la acción, al compromiso y a la respuesta generosa.

El ejemplo de José nos ayuda a entender que, en las cosas de Dios, no hacen falta muchas palabras y que los discursos muy elocuentes salen sobrando.

Lo importante es saber estar disponibles para transformar en obras lo que el Señor nos va mostrando como voluntad suya.

Lo importante es actuar, poniendo pequeños gestos de disponibilidad y de generosidad en todo lo que vamos viviendo, haciendo que Dios se manifieste a través de nosotros.

José nos hace descubrir el valor de la disponibilidad y de la generosidad ante las propuestas que Dios nos va haciendo cada día, dejando luego que él se encargue de ir realizándolas en nuestra vida.

También nos ayuda a entender la importancia de incluir la fe en nuestra vida. A diario nos encontraremos con situaciones que nos parecen inaceptables o imposibles de incluir en nuestros programas de vida. No era fácil aceptar, como si nada hubiese pasado, lo que le había sucedido a María.

Es ahí en donde la fe puede ser nuestra grande ayuda y lo que nos permita entender que hay muchas situaciones en las que lo mejor está en confiar y en poner todo en las manos de Dios, seguros de que él nos dará la sabiduría para ofrecer las mejores respuestas.

Cuando José se despertó de su sueño, simplemente se dedicó a poner todo lo que estaba de su parte para que Dios realizara su plan, para que todo fuera sucediendo como Dios lo había soñado.

Se trata pues de dos sueños que se encuentran y que se convierten en una realidad en donde el único objetivo es permitir que la vida de Dios se manifieste en todo su esplendor.

Ante el misterio de la Encarnación que estamos por vivir en unos cuantos días, tal vez nos convenga guardar más silencio para que nuestros sueños se manifiesten con mayor claridad y los sueños que tiene Dios para con cada uno de nosotros se puedan hacer realidad.

Así, cuando nos acerquemos al nacimiento para contemplar el amor de Dios en la Palabra que se ha hecho carne, podremos expresar nuestra gratitud con palabras, tal vez pobres y sencillas, pero capaces de manifestar la alegría que brota de nuestros corazones al reconocer a un Dios que siempre está ahí para amar.

La experiencia de José nos deja algunas enseñanzas que nos pueden ayudar a vivir con mucha sencillez el misterio de la Encarnación y también nos brindan luz en el camino de fe que nos toca recorrer a diario.

En primer lugar, José nos enseña que ante situaciones inesperadas en nuestra vida es conveniente ser prudentes y no reaccionar de manera impulsiva, movidos por el enojo o el rechazo. Dios puede estar sirviéndose de lo que nos parece inaceptable para darnos la posibilidad de crecer y no actuar instintivamente.

José nos puede ayudar a entender la importancia de la compasión y la comprensión en muchas situaciones de nuestra vida, sobre todo cuando los planes no resultan como a nosotros nos gustaría.

En el evangelio de este domingo se nos permite comprender cómo Dios interviene en nuestras vidas de maneras que muchas veces no imaginamos.

También cuando no tenemos el control de todo lo que pasa en lo cotidiano de nuestra vida, el Señor puede estar guiando nuestros pasos y es importante aceptar y agradecer su ayuda y la guía que nos ofrece.

Y, finalmente, siempre será importante y enriquecedor en nuestro caminar hablar menos de Dios y actuar más movidos por la fe.

Ojalá que, llegado el día de la Navidad, todos podamos presentarnos ante ese gran misterio con las actitudes que descubrimos en José, en silencio y con un corazón lleno de gratitud que nos mueva a actuar haciendo de la vida de Jesús nuestro estilo personal de estar en este mundo.


Está con nosotros
José Antonio Pagola

Le pondrá por nombre Emmanuel.

Antes de que nazca Jesús en Belén, Mateo declara que llevará el nombre de «Emmanuel», que significa «Dios-con-nosotros». Su indicación no deja de ser sorprendente, pues no es el nombre con que Jesús fue conocido, y el evangelista lo sabe muy bien. En realidad, Mateo está ofreciendo a sus lectores la clave para acercarnos al relato que nos va a ofrecer de Jesús, viendo en su persona, en sus gestos, en su mensaje y en su vida entera el misterio de Dios compartiendo nuestra vida. Esta fe anima y sostiene a quienes seguimos a Jesús.

Dios está con nosotros. No pertenece a una religión u otra. No es propiedad de los cristianos. Tampoco de los buenos. Es de todos sus hijos e hijas. Está con los que lo invocan y con los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición.

Dios está con nosotros. No escuchamos su voz. No vemos su rostro. Su presencia humilde y discreta, cercana e íntima, nos puede pasar inadvertida. Si no ahondamos en nuestro corazón, nos parecerá que caminamos solos por la vida.

Dios está con nosotros. No grita. No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno, lo hermoso, lo justo. En él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.

Dios está con nosotros. Cuando nadie nos comparende, él nos acoge. En momentos de dolor y depresión, nos consuela. En la debilidad y la impotencia nos sostiene. Siempre nos está invitando a amar la vida, a cuidarla y hacerla siempre mejor.

Dios está con nosotros. Está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Y en todos está llamándonos a construir una vida más justa y fraterna, más digna para todos, empezando por los últimos.

Dios está con nosotros. Despierta nuestra responsabilidad y pone en pie nuestra dignidad. Fortalece nuestro espíritu para no terminar esclavos de cualquier ídolo. Está con nosotros salvando lo que nosotros podemos echar a perder.

Dios está con nosotros. Está en la vida y estará en la muerte. Nos acompaña cada día y nos acogerá en la hora final. También entonces estará abrazando a cada hijo o hija, rescatándonos para la vida eterna.
Dios está con nosotros. Esto es lo que celebramos los cristianos en las fiestas de Navidad: creyentes, menos creyentes, malos creyentes y casi increyentes. Esta fe sostiene nuestra esperanza y pone alegría en nuestras vidas.


Asombro ante el misterio
José Luis Sicre

El evangelio del domingo pasado hablaba del desconcierto de Juan Bautista, y nos obligaba a pensar en el desconcierto y escándalo que podemos sentir ante la conducta y el mensaje de Jesús. El evangelio del cuarto domingo da un paso adelante. El desconcierto y el escándalo se pueden superar. El asombro ante el misterio no acaba nunca, dura toda la vida.

El relato del evangelio consta de los elementos típicos: planteamien­to, nudo y desenlace. Como en cualquier novela poli­cíaca. Pero existe una diferencia. Mientras Agatha Christie dedica la mayor parte al nudo, a las peripecias de Hércules Poirot en busca del asesino, Mateo es brevísimo en las dos primeras partes y pasa enseguida al desenlace. No se trata de un relato dramático, sino didáctico.

Planteamiento

Parte de unos personajes que da por conocidos para el lector, María y José, y de una costumbre que también da por conocida entre judíos: después de los desposorios (la petición de mano), los novios son considerados como esposos, con el compromi­so de fidelidad mutua, pero siguen viviendo por separado. De repente, resulta que María espera un hijo del Espíritu Santo. Mt no deja al lector ni un segundo de duda. Con perdón del Espíritu Santo, y siguiendo el símil policiaco, el lector sabe desde el principio quién es el asesino.

Nudo

La duda es para José, hombre bueno. Según el Deuteronomio, si un hombre se casa con una mujer y resulta que no es virgen, si la denuncia, “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa paterna” (Dt 22,20ss). José prefiere interpretar la ley en la forma más benévola. La ley permite denunciar, pero no obliga a hacerlo. Por eso, decide repudiar a María en secreto para no infamarla. Mt escribe con enorme sobriedad, no detalla las dudas y angustias de José. (…)

Desenlace

En cuanto José toma la decisión, se aparece el ángel que resuelve el problema. José obedece, y María da a luz un hijo al que José pone por nombre Jesús. En esta sección final, entre las palabras del ángel y la obediencia de José introduce Mt unas palabras para explicar el misterio: se trata de cumplir la profecía de Is 7,14 (que se lee hoy como 1ª lectura).

Mensaje

Este análisis literario demuestra que Mt no ha intentado poner en tensión al lector. Sabe desde el comienzo a qué se debe el misterio. Entonces, ¿qué pretende decirnos con este episodio?

¿Quién es Jesús? Al comienzo del evangelio, en la genealogía, Mt acaba de indicarnos que es verdadero israelita y verdadero descendiente de David. ¿Significa que sea el Mesías? Para eso hace falta algo más según la tradición de ciertos grupos judíos. El Mesías debe nacer de una virgen, según está anunciado en Is 7,14. Este episodio demuestra que Jesús cumple ese requisito. Pero hay otro dato que no contiene el texto de Isaías: Jesús viene del Espíritu Santo, con lo cual se quiere expresar su estrecha relación con Dios.

¿Qué hará Jesús? Lo indica su nombre: salvar a su pueblo de los pecados. Salvar de los pecados no es lo mismo que perdonar los pecados. Perdonar los pecados se puede hacer de forma cómoda, sentado en el confesionario, o incluso paseando o tomando un café. Salvar de los pecados sólo se puede hacer ofreciendo la propia vida. Sabemos desde niños que Jesús, para salvarnos de nuestros pecados, dio su vida por nosotros. Pero no debe dejar de asombrarnos. Porque la actitud normal de un judío piadoso ante el pecado no es comprenderlo ni justificarlo, mucho menos morir por el pecador. Es condenarlo.

¿Qué repercusiones tiene su aparición? Mt, al escribir su evangelio, parte de la experiencia de su comunidad, perseguida y rechazada por aceptar a Jesús como Mesías. Mt le indica desde el comienzo que las dificultades son norma­les. Incluso las personas más ligadas al Mesías, sus propios padres, sufren problemas desde que es concebi­do. El cristiano debe ver en José un modelo que le ayuda y anima. No debe tener miedo a aceptar a Jesús y seguir­lo, porque “viene del Espíritu Santo” y “salvará a su pueblo de los pecados”.

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Misioneros que anuncian con gozo las maravillas de la Navidad
Romeo Ballan, mccj

Después de 2.000 años, la fiesta de Navidad sigue sorprendiéndonos – ¡así por lo menos debe ser! – porque la Navidad es siempre nueva, es como la primera, es la fiesta de la vida. La fiesta de cuando el corazón de Dios comenzó a latir en carne humana. ¡Para gozo y salvación de todos! Desde entonces “caro salutis est cardo” (la carne es la base de la salvación), como decía Tertuliano (siglo III): la salvación de Dios pasa por la carne de Cristo, el único Salvador. La invitación es para vivir la Navidad con el asombro de los primeros protagonistas: María y José (Evangelio), los ángeles, los pastores y los magos… ¡Vivir la Navidad verdadera es un don que nos ubica en la realidad de las cosas! Abiertos a la novedad de las sorpresas de Dios. Lejos de la indiferencia de quienes viven alienados en las cosas; sin la autosuficiencia de quienes se proclaman no creyentes; y sin quedar cautivos de rutinas y cerrazones. En su novela Gimpel, el tonto el hebreo Isaac Singer (premio Nobel de la Literatura 1978), narra que una noche llegó el Mesías, pero todos tenían las puertas y las ventanas bien cerradas. Incluidos el rabí y otros sabios… La única puerta abierta era la de Gimpel, al que todos llamaban idiota, por su manera un tanto soñadora de vivir. Pero justamente en su casa entró y se quedó el Mesías.

El Dios que viene es el Emanuel, ya anunciado por Isaías (I lectura, v. 14) y por el Evangelio de Mateo, el “Dios con nosotros” (v. 23). El Dios que ha decidido estar presente en la historia de cada persona, de caminar con cada uno de nosotros. Vivir la Navidad así, abiertos e involucrados en la sorpresa de un Dios enamorado perdidamente de nosotros, no nos deja inactivos, nos lleva al anuncio misionero hacia aquellos que todavía no saben nada – o muy poco – de esta historia verdadera y apasionante. Navidad, por tanto, es un modo de ser, es un mensaje que vale la pena llevarlo a otros. Así lo vivió también San Daniel Comboni, cuando, durante su primer viaje hacia el centro de África, fue como peregrino a Belén en 1857, y allí se sintió invadido por la grandeza de ese misterio: “Besé mil veces aquel sitio. Besé casi toda la gruta; y no sabía salir de ella” (Escritos, n. 113).

Así lo entendió S. Pablo (II lectura), el cual, desde que tuvo la sorpresa de encontrar a Cristo, se entregó completamente a Él y se convirtió en el mayor misionero. Lo dice claramente en el exordio de su carta a los cristianos de Roma: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios…” (v. 1,1). Pablo presenta a los romanos su carta de identidad con credenciales de todo respeto, que él resume en tres palabras: siervo, apóstol, escogido. Es, ante todo, siervo de Cristo Jesús: goza al sentirse poseído por Él, es apasionadamente suyo, habla de Él a todos siempre, lo menciona hasta cuatro veces en los escasos versículos iniciales de la carta. Luego, tiene conciencia de ser apóstol, enviado: la misión no nace ni depende de él, sino de Uno más grande, del cual él es tan solo un servidor. Finalmente, Pablo considera una gracia ser apóstol escogido “para predicar la obediencia de la fe entre todos los gentiles” (v. 5). La misión es un don, antes de ser una tarea que cumplir; es un carisma que enriquece al que lo recibe y lo capacita para un servicio a la comunidad.

Pablo retoma a menudo en sus cartas estos tres títulos y los comenta. Se siente misionero de Cristo en la riqueza sorprendente de su misterio: prometido por medio de los profetas, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder por su resurrección de entre los muertos… (v. 2-4). Pablo se vio descubierto por Cristo, amado, salvado, enviado a los pueblos paganos para anunciarles “la inescrutable riqueza de Cristo” (Ef 3,8). En el camino de Damasco no ha nacido tan solo el Pablo cristiano, sino también el apóstol, el misionero. No ha cambiado su manera de vivir a partir de una decisión ética, voluntarista, ni para seguir una ideología de moda, sino tan solo por haber encontrado a Cristo, el cual le ha cambiado definitivamente la vida, abriéndole los infinitos horizontes de la misión. ¡Pablo es un ejemplo para todo cristiano y para todo misionero!

Fallece la Hna. Conchita Vallarta, primera comboniana mexicana

Ayer, 17 de diciembre, falleció en la Ciudad de México la Hna. Concepción Vallarta Marrón, la primera misionera comboniana originaria de México. Tenía 90 años, de los cuales pasó 25 en Eritrea como misionera. Desde hace unos años residía en la comunidad de las misioneras combonianas en la colonia Lindavista, donde recibía los cuidados necesarios debido a su edad y estado de salud. En su memoria, reproducimos una entrevista que le hizo Esquila Misional el pasado mes de marzo. Descansa en paz, querida Conchita.

Hna. Conchita Vallarta, primera comboniana mexicana

III Domingo de Adviento. Año A

“Esto dice el Señor: Regocíjate, yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo, porque le será dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón.
Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios. Fortalezcan las manos cansadas, afiancen las rodillas vacilantes. Digan a los de corazón apocado: ¡Ánimo! No teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos.
Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un ciervo el cojo, y la lengua del mudo cantará.
Volverán a casa los rescatados por el Señor, vendrán a Sión con cánticos de júbilo, coronados de perpetua alegría; serán su escolta el gozo y la dicha, porque la pena y la aflicción habrán terminado”.

Isaías 35, 1-6a.10)

“En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
Jesús les respondió: Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí.
Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: ¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No. Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en palacios. ¿A qué fueron pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se los aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino.
Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él”.

(Mateo 11, 2-11)


Regocíjate, yermo sediento
P. Enrique Sánchez, mccj

En el camino de preparación a la venida del Señor durante el adviento, se nos ha ido invitando a ponernos en una actitud de escucha, de recogimiento, de oración y de conversión. Esto exige concentración y moderación para entrar en nosotros mismos y para poder tomar conciencia del misterio de la encarnación del Señor que estamos por celebrar.

El recogimiento exige silencio para escuchar lo que resuena dentro de nosotros y para percibir la voz del Señor que nos invita a abrir el corazón para acogerlo como el huésped privilegiado de nuestra casa.

La conversión y el arrepentimiento a los cuales somos llamados, seguramente vienen acompañados del dolor y del sufrimiento que produce el darnos cuenta que hemos ido por otros caminos que no desembocaron en el encuentro con el Señor. Volver sobre nuestros pasos no es fácil y no faltan los momentos de tristeza que impiden las manifestaciones de alegría que nos gustaría expresar.

Preparar un espacio al Señor para que nazca en nosotros, hemos visto que exige una conversión, un cambio profundo que transforma necesariamente nuestros estilos de vida y nos obliga a dar testimonio, anunciando su venida más con las obras que con las palabras.

En este tercer domingo de adviento se nos propone seguir adelante confiando en que la preparación para la Navidad no es solo un trabajo a realizar con nuestras fuerzas. Dios va preparando nuestro corazón y nos va mostrando que él hace el camino a nuestro lado, fortaleciendo nuestra confianza y animando nuestra esperanza.

En el itinerario que vamos recorriendo hacia el pesebre, esta tercera etapa nos es presentada coloreada con el tono rosado, símbolo de la alegría y del gozo.

Por un momento dejamos a un lado el color morado, el color de la penitencia para dejar exultar el corazón ante el anuncio que nos promete la llegada ya inminente del Señor.

Este domingo nos invita a olvidar por un momento aquello que nos ha impedido ir alegremente al encuentro del Señor. Es como si quisieran decirnos que no nos preocupemos del pasado, pues un futuro lleno de promesas y de esperanzas se dibuja en nuestro horizonte con la venida del Señor.

La primera lectura del profeta Isaías y el Evangelio de Mateo nos describen ese ambiente de alegría y de fiesta que vemos que ha ido adornando también nuestras casas y nuestras ciudades. Nos lo presentan como una promesa que se cumple en el tiempo y que hoy también podemos experimentar.

Las luces y las decoraciones de estos días nos invitan a fiesta, pero ciertamente no debería ser a la fiesta del consumo que la mercadotecnia ha sabido transformar en necesidad sólo para obligar a gastar y a divertirse, olvidando el motivo verdadero de nuestra celebración.

El profeta Isaías profetizaba, ya varios siglos antes, la venida del Señor como un tiempo que tendría que estar marcado por el regocijo y por la alegría.

Sería un tiempo en donde el desierto se cubriría de Clores y estaría lleno de gritos de jubilo, porque se manifestaría la gloria y el esplendor de Dios. En esos días los corazones se llenarían de ánimos y el temor desaparecería, pues el Señor venía para salvar a quienes se sentían como tierra sedienta, incapaz de producir y de germinar motivos de felicidad y de vida.

La vida en plenitud sería devuelta a quienes vivían sumergidos en la oscuridad de sus cegueras, a quienes estaban atrapados en sus parálisis, a quienes eran incapaces de reconocer la voz de Dios a causa de sus sorderas, a quienes no podían cantar sus alabanzas por la incapacidad de sus lenguas enmudecidas.

El Señor Dios, en un pequeño infante, se manifestaría como el Dios con nosotros que vendría a recrearlo todo y a hacer de nuestro mundo una humanidad nueva, como la había soñado desde toda la eternidad.

Ahí́ estaba el motivo de la verdadera alegría, la razón para dejar que el corazón se regocijara y exultara de alegría. Ahí́ estaba el anuncio del fin de la aflicción y de la pena, porque el Señor llegaría escoltado por el gozo y la dicha.

Contemplando todo ese anuncio de Isaías, también hoy, la liturgia nos invita a elevar nuestra mirada para reconocer al Señor presente entre nosotros como fuente de todas nuestras alegrías. Es él quien viene para transformar los desiertos que han ido ganando los corazones de nuestros contemporáneos. Esos desiertos en donde la indiferencia y el egoísmo han ido alejando la presencia de Dios de lo ordinario de nuestras vidas.

El Señor viene hasta nosotros con su promesa siempre actual de regocijo, de alegría y de felicidad. Vine con la promesa de una vida nueva en donde nuestros temores, nuestras ansiedades de cara al futuro y nuestros miedos a confiar plenamente en él serán transformados en animo, en confianza y en ganas de vivir sin imponer límites. En el evangelio de Mateo Jesús manda decir a Juan el Bautista que el esperado es él. Que las profecías de Isaías se han cumplido en su persona y que todos los que, de alguna manera, estaban impedidos para acercarse y reconocer a Dios presente entre nosotros, ahora se convierten en los testigos del Reino, del mundo nuevo que empieza con él.

Ese es el sentido más profundo de la Navidad y hacia esa experiencia nos invita la palabra que hemos escuchado hoy.

Dios viene entre nosotros para llevarnos a una experiencia de vida plena en donde nuestras pobrezas y todo aquello que nos puede estar impidiendo abrirnos al don de Dios pueda desaparecer.

Seguramente, delante de la palabra de Dios que hemos escuchado, surgen en nosotros muchas preguntas y reflexiones que podrían ayudarnos a continuar con nuestra espera y preparación a la venida del Señor.

¿Seremos capaces de acoger la profecía de Isaías que nos invita a vivir en la alegría y el regocijo que nos puede dar el saber que Dios, en Jesús, viene a caminar a nuestro lado, compartiendo las alegrías y las penas de nuestra vida?

¿Tendremos el coraje de reconocer nuestras sorderas, de aceptar todo lo que nos paraliza para ir al encuentro del Señor? ¿Aceptaremos nuestro límite o nuestra timidez para hablar con valentía del Señor reconociéndolo como nuestro salvador?

¿Dejaremos que Jesús se convierta en nuestro liberador para acoger el don de la vida nueva que nos ofrecerá desde el pesebre hasta la cruz y en el misterio de su resurrección?

Ojalá que la felicidad profunda llene nuestros corazones en esta Navidad. Que no sean los perfumes, las camisas o los regalos que nos ofrecerán lo que nos haga felices, sino el descubrirnos personas nuevas llamadas a vivir en la alegría que sólo Dios nos puede dar.

Que, como los discípulos de Juan, también nosotros, nos sintamos enviados como misioneros a todo el mundo para dar testimonio del Reino que llega con el nacimiento de Jesús entre nosotros.

Que nunca nos sintamos defraudados de él.


Más cerca de los que sufren
José Antonio Pagola

¿Eres tú el que ha de venir?

Encerrado en la fortaleza de Maqueronte, el Bautista vive anhelando la llegada del juicio terrible de Dios que extirpará de raíz el pecado del pueblo. Por eso, las noticias que le llegan hasta su prisión acerca de Jesús lo dejan desconcertado: ¿cuándo va a pasar a la acción?, ¿cuándo va a mostrar su fuerza justiciera?

Antes de ser ejecutado, Juan logra enviar hasta Jesús algunos discípulos para que le responda a la pregunta que lo atormenta por dentro: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro» ¿Es Jesús el verdadero Mesías o hay que esperar a alguien más poderoso y violento?

Jesús no responde directamente. No se atribuye ningún título mesiánico. El camino para reconocer su verdadera identidad es más vivo y concreto. Decidle a Juan «lo que estáis viendo y oyendo». Para conocer cómo quiere Dios que sea su Enviado, hemos de observar bien cómo actúa Jesús y estar muy atentos a su mensaje. Ninguna confesión abstracta puede sustituir a este conocimiento concreto.
Toda la actuación de Jesús está orientada a curar y liberar, no a juzgar ni condenar. Primero, le han de comunicar a Juan lo que ven: Jesús vive volcado hacia los que sufren, dedicado a liberarlos de lo que les impide vivir de manera sana, digna y dichosa. Este Mesías anuncia la salvación curando.

Luego, le han de decir lo que oyen a Jesús: un mensaje de esperanza dirigido precisamente a aquellos campesinos empobrecidos, víctimas de toda clase de abusos e injusticias. Este Mesías anuncia la Buena Noticia de Dios a los pobres.

Si alguien nos pregunta si somos seguidores del Mesías Jesús o han de esperar a otros, ¿qué obras les podemos mostrar? ¿qué mensaje nos pueden escuchar? No tenemos que pensar mucho para saber cuáles son los dos rasgos que no han de faltar en una comunidad de Jesús.

Primero, ir caminando hacia una comunidad curadora: un poco más cercana a los que sufren, más atenta a los enfermos más solos y desasistidos, más acogedora de los que necesitan ser escuchados y consolados, más presente en las desgracias de la gente.

Segundo, no construir la comunidad de espaldas a los pobres: al contrario, conocer más de cerca sus problemas, atender sus necesidades, defender sus derechos, no dejarlos desamparados. Son ellos los primeros que han de escuchar y sentir la Buena Noticia de Dios.
Una comunidad de Jesús no es sólo un lugar de iniciación a la fe ni un espacio de celebración. Ha de ser, de muchas maneras, fuente de vida más sana, lugar de acogida y casa para quien necesita hogar.

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Jesús y Juan el Bautista:
dos formas de entender la Misión
Romeo Ballan, mccj

El tema del gozo es tradicionalmente fuerte en el III Domingo de Adviento, que justamente se llama “Gaudete” (estén alegres), ya desde el canto de entrada, que ofrece enseguida la razón de tanto gozo: porque “el Señor está cerca”. Su presencia en la vida de cada uno y en la vida social no nos quita espacio ni dignidad, más bien los ensancha.“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”, ha escrito el Papa Francisco en su gran documento misionero para el anuncio del Evangelio en el mundo de hoy (EG 1). La alegría cristiana no es ruidosa, insolente o pasajera; es diferente de la alegría mundana. Tiene su raíz en Cristo; está presente y es posible también en los momentos duros de la vida.

El Evangelio de hoy nos presenta la confrontación entre dos personajes: Juan el Bautista y Jesús. Están en juego dos concepciones diferentes de la misión del Mesías. Se confrontan – y casi chocan – dos maneras de entender al Mesías: ¿juez severo y reformador social, o bien mensajero de misericordia y de acogida de todos? Una duda, más que comprensible, asalta a Juan el Bautista, encerrado en la oscura y solitaria cárcel de Maqueronte; oye lo que dice la gente, todos esperaban a un Mesías diferente: un rey poderoso, un estratega capaz de liberar al pueblo de Israel de los romanos. El austero predicador que usa palabras de fuego (ver el Evangelio del domingo pasado) tiene momentos de incertidumbre. “¿Eres tú… o debemos esperar a otro?” (v. 3).

Las dudas de Juan sobre la identidad de Jesús han atravesado los siglos y hoy pueden ser también nuestras dudasDudar es humano, no se puede creer sin dudar; las dudas son los interrogantes que acompañan nuestra fatiga diaria en creer. El cardenal C. M. Martini decía: “En cada uno de nosotros hay un creyente y un no creyente. En cada uno de nosotros hay un ateo potencial que grita y susurra cada día sus dificultades en creer”. ¿Cuál es la verdadera identidad de ese Jesús, personaje misterioso, atractivo pero desconcertante? Juan está quizás desorientado con respecto a este Jesús: excesivamente preocupado por los pobres y los últimos, no desbarata el sistema social, no condena y no rechaza a nadie, no destruye a los pecadores, acoge a todos, va a comer con publicanos, busca a los pobres y da esperanza a los últimos: viudas, prostitutas, niños… ¿Qué tipo de Mesías es este, si de veras fuera él? Sin embargo, Juan es también un modelo de búsqueda apasionada de Dios y del Mesías; es un modelo de creyente, abierto a confrontarse; nos enseña a no encerrarnos en posturas preconcebidas; no rechaza al Mesías por el simple hecho de que no lo entiende, sino que lo busca para comprenderlo mejor… Ya lo había señalado ante sus discípulos como al Cordero de Dios… (cfr. Jn 1,32-36).

A los discípulos de Juan Jesús no da respuestas teóricas: los remite a los hechos y los invita a leer los signos. Las “obras de Cristo” (v. 2) revelan su identidad: los hechos hablan por sí solos, anuncian antes y mejor que las palabras. Jesús señala seis prodigios patentes, en favor de ciegos, cojos, leprosos, sordos, muertos, pobres (v. 4-5). Son signos que hablan del poder y de la misericordia de Dios; todas son acciones para dar vida. Todos tienen acceso a Dios, nadie queda excluido. No existe condena para nadie, para todos hay misericordia. Aun para los más miserables y desesperados siempre hay una buena noticia. A cualquiera, en cualquier situación que se encuentre, se le debe decir: “También para ti hay salvación!” Dice el Papa Francisco: “Si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida (EG 274). ¡Este es el desafío, el escándalo de la misericordia!

“Jesús no ha venido para resolver nuestros problemas con milagritos, sino para indicarnos el camino para cambiar el mundo: con su ejemplo nos ha enseñado el estilo de vida de las Bienaventuranzas. Jesús nos invitaa actuar como Él ha hecho: sembrar esperanza. Ayudar a vivir. Agacharse para levantar. No juzgar. Sanar. Consolar. Tejer relaciones bellas y fraternas” (R. Vinco).

A su pariente y amigo Juan, antes de emitir un gran elogio de él declarándolo el mayor “entre los nacidos de mujer” (v. 7-11), Jesús dirige también una delicada invitación a revisar sus posturas, lanzándole una bienaventuranza: “¡Dichoso aquel que no se escandalice de mí!” (v. 6). La invitación valía entonces y vale hoy igualmente: la atención y el cuidado de los últimos son signos que por sí solos anuncian, antes que las palabras, que allí está presente el Reino de Dios. Desde siempre, las obras realizadas en nombre y por amor a Dios hacen misión, evangelizan, revelan el rostro de Dios que es amor. Una misión que no fuera acompañada por obras de misericordia, de desarrollo, de promoción humana, defensa de los derechos de las personas, tutela de la creación, no sería la misión de Dios y de la Iglesia. No son obras con fines proselitistas, para atraer a la gente, sino respuestas a necesidades de las personas débiles; respuestas dadas con gratuidad, inspiradas por el amor. En nombre de Dios.

Todo el mensaje de la Palabra de Dios en este domingo es que nadie queda excluido del gozo mesiánico: ni los minusválidos en el cuerpo, ni mucho menos los pobres, que son los primeros destinatarios del Evangelio de la vida. En tiempos de máxima destrucción, deportaciones, ruinas y muerte, el valiente profeta Isaías (I lectura) invita al gozo y a la esperanza. Si no hablara en nombre de Dios, sería un iluso, un insensato. Sin embargo, se fía de Dios, sabe que Él tiene un proyecto de amor y de liberación para su pueblo. Por tanto, hay una doble invitación: esperar con gozo al Señor que viene a salvarnos (v. 1-4), y esperarlo con paciencia, como afirma Santiago (II lectura). Como el agricultor laborioso que, mientras espera la lluvia y los frutos, no permanece inactivo, sino que trabaja en su campo, labra la tierra, siembra, limpia, riega… La obstinada invitación cristiana a la esperanza y al gozo es un rechazo a los predicadores de desventuras: a pesar de los signos contrarios, el creyente sabe ver, en la filigrana de la historia, las huellas del proyecto de Dios que se va cumpliendo.


El Bautista invitado a convertirse
Fernando Armellini

Introducción

“Apareció’ un hombre enviado por Dios, llamado Juan” (Juan 1,6) Fue enviado para preparar Israel para la venida del Mesías “arrepiéntanse –decía– que está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3,2).
Su mensaje era claro, el lenguaje duro, la propuesta exigente.

Austero e irreprensible, daba la impresión de ser un maestro de vida seguro de sí mismo y de las propias certezas, firme, inflexible. Sin embargo –como todos– tenía perplejidades, inquietudes, tormentos interiores.

Jesús, que le tenía una profunda estima y lo comprendía, un día lo invito examinar sus propias convicciones teológicas y religiosas. Le hizo saber que debía realizar en sí mismo aquella conversión que pedía a los otros.

El domingo pasado la liturgia nos propuso el mensaje del Bautista, hoy nos presenta su ejemplo.
Juan no ha enseñado solamente con su palabra sino que ha mostrado con su vida como debemos estar siempre dispuestos a cuestionar nuestras propias seguridades cuando nos confrontamos con la novedad de Dios.
Solamente quien, como él, busca apasionadamente la verdad está preparado para encontrar la Verdad.

Primera Lectura: Isaías 35,1-6ª.8ª.10

Las previsiones sobre el futuro del planeta no son halagüeñas, para muchos son claramente catastróficas. La realidad social, política, económica del mundo se presenta llena de tensiones que nadie sabe cómo podrán solucionarse.

La crisis de fe, la pérdida de valores, el debilitamiento de tantas certezas presagian años difíciles.
Esta podría ser, en pocas palabras, una síntesis de las opiniones que circulan entre la gente.

Al escuchar las palabras llenas de gozo y de esperanza de la lectura de hoy, quizás pensemos que el profeta las pronunciara en un momento bien diferente de aquel que estamos nosotros atravesando. No es así.

El autor ha vivido en uno de los periodos más difíciles de la historia de su pueblo: Jerusalén y su templo maravilloso habían sido destruidos, las personas más capaces y preparadas habían sido deportadas a Babilonia y, en la ciudad santa, reducida a un montón de escombros, solo quedaban los ancianos, los enfermos y los niños. Era un panorama sobre el que solo reinaba el silencio y la muerte: ninguna canción, ningún grito de alegría, solo tristeza y tantas lágrimas.

El monte sobre el que estaba construida la ciudad, devastada y en ruinas, se ha convertido en un desierto donde ya no crece ni un filo de yerba. Frente a una devastación semejante, ¿quien habría tenido el coraje de anunciar una fiesta, de invitar al júbilo y a la alegría?

Pues bien, justamente ante tal panorama ruinoso, el profeta pronuncia su oráculo lleno de optimismo. Es un hombre sensible, tiene alma de poeta y se exprime con imágenes deliciosas.

El desierto –dice– está por transformarse en llanura fértil como la de Sarón a lo largo de la costa del Mediterráneo. He aquí que se cubre de árboles frondosos y fuertes como los cedros del Líbano; se transforma en una permanente primavera, en una alfombra de flores y de hierbas aromáticas. Florecen narcisos y lirios, símbolos de la alegría y de los sueños de los enamorados. Por doquier se oyen cantos de alegría y de júbilo (vv. 1-2)

¿Delira? ¡No! Contempla la obra maravillosa que Dios está a punto de realizar.
Si se confía en el Señor, no tienen sentido el desaliento, los brazos caídos, las rodillas vacilantes.
Quién se resigna frente al mal, quién lo considera ineludible muestra no creer en el amor y en la fidelidad de Dios que esta personalmente comprometido con la historia de su pueblo.
Quién cree no se desanima nunca sino que reacciona, está convencido de que donde hoy el desierto se muestra árido e inhóspito, un día florecerá como un jardín. (vv. 3-4).

En la segunda parte de la lectura (vv. 5-6) el profeta continua a presentar la prodigiosa transformación del mundo que Dios realizará. Para describirla emplea la imagen de la sanación de enfermedades: se despegaran los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el tullido, la lengua del mudo cantará.

Toda enfermedad –física, psíquica, espiritual– es una forma de muerte. Donde llega el “Dios de la vida” desaparece todo mal, toda muerte.

En el evangelio de hoy Jesús invita al Bautista a caer en la cuenta de que la transformación del mundo ha comenzado ya. La fuerza de su palabra está haciendo “brotar flores en el desierto”.

Para describir el camino hacia esta nueva realidad, en la última parte de la lectura (vv. 8-10) viene introducida una espléndida imagen: la peregrinación del pueblo desde la tierra de esclavitud hacia el monte Sión, a la inolvidable Jerusalén, la ciudad del gozo y de la libertad.

Es el símbolo del camino de la humanidad entera hacia la vida eterna.
La senda a recorrer será llamada “Camino Santo” porque no podrá ser pisada por pies impuros. Es el camino—hoy lo sabemos—que ha recorrido Jesús y que conduce al don de la vida.

La imagen es magnífica. El profeta desvela los personajes que participan en ésta procesión: al frente, como guía, avanza la felicidad perenne, seguida del gozo y de la alegría. En el horizonte se divisan dos siluetas obscuras, dos enemigos que se alejan, que huyen derrotados: son la tristeza y el llanto.

Estas palabras son el desmentido de Dios a los profetas de desventuras.
A pesar de signos contradictorios, el creyente, reconoce que “el Señor ilumina a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte y endereza nuestros pasos por un camino de paz” (Lc 1,79).

Segunda Lectura: Santiago 5,7-10

Después de haber atacado de esta manera a los ricos, Santiago se dirige a los pobres: es el pasaje bíblico que se incluye en la lectura de hoy. ¿Qué les recomienda? ¿Qué aconseja a quien ha sido explotado? ¿La revuelta, la venganza? No….la paciencia. Esta palabra viene mencionada cuatro veces. “sean pacientes” (vv. 7-8), “!no se lamenten!” (v. 9), “!aguanten!” (v. 10). Parecen exhortaciones irritantes, inquietantes, provocativas.

Santiago no es el tipo que tolera la injusticia contra los pobres, no obstante se da cuenta que existen situaciones en las que después de haber hecho todo lo posible, no queda otra cosa que esperar con paciencia.

Para explicar su pensamiento cita el ejemplo del campesino. ¿Qué hace el agricultor? No se sienta a contemplar el campo esperando que produzca por si’ mismo. Se empeña al máximo: trabaja, cava, siembra, riega, arranca la hierba mala…pero sabe también esperar; conoce la fuerza irresistible de las semillas; se fía de la tierra que no le ha traicionado nunca, cree que también el Señor hará su parte enviando la lluvia benéfica que fecunda la tierra en otoño y primavera.
El campesino no se desalienta aunque transcurran meses antes que aparezca la espiga madura.

Santiago concluye sugiriendo a los pobres: en vuestro dolor hagan lo que puedan, se esfuercen en obtener justicia pero no cometan violencia contra los que los oprimen y no se lamenten con sus vecinos (v. 9). Sucede a menudo que el pobre, humillado por su patrón, reaccione y se vuelva agresivo y duro contra su “prójimo”: la esposa, los hijos, las personas más débiles que están cerca de él.

El pobre alimenta la esperanza que su Señor intervendrá para cambiar su situación; su “venida” esta próxima.

Evangelio: Mateo 11,2-11

No es fácil reconocer al Mesías de Dios. Educado por los profetas, Israel lo ha esperado durante siglos, sin embargo cuando ha llegado, hasta a las personas espiritualmente más preparadas y mejor dispuestas les ha costado entenderlo y aceptarlo. El mismo Bautista fue presa del desconcierto.

Un Mesías, por otra parte, que no sorprende, que no suscita interrogantes e incluso incredulidad no puede venir de Dios pues sería demasiado semejante a nuestra lógica y a nuestras expectativas, y Dios piensa en modo muy diferente de nuestro modo de pensar.

En la primera parte del evangelio de hoy (vv. 2-6) vienen presentadas la duda que un día surge en la mente del precursor y la respuesta que Jesús le dio.

Juan se encuentra en prisión y Mateo 14,1-12 nos dice el porqué: Juan ha denunciado el comportamiento moral de Herodes quien ha tomado la mujer de su hermano. En la fortaleza de Maqueronte donde, según el historiador Flavio Josefo había sido encerrado, es tratado con respeto, puede recibir la visita de sus discípulos y, deseando participar en el acontecimiento del Reino de Dios, se mantiene informado de cómo se está comportando aquel Jesús de Nazaret a quien ‘el se ha dirigido como al Mesías.

En este intervalo, sin embargo, su fe comienza a vacilar. Alguien sostiene que las dudas no son de Juan sino de sus discípulos. No es así. Del evangelio resulta claro que Juan ha dudado que Jesús fuera el Mesías.

Por esta razón ha enviado sus discípulos a preguntarle: “¿Eres tu el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (v. 3).

¿Cómo ha surgido en él la perplejidad? La respuesta es muy simple. Basta tener presente la imagen del Mesías que desde pequeño Juan había asimilado de los líderes espirituales de su pueblo.

Está en prisión y, consciente de cuanto han anunciado los profetas, espera el “libertador” (Is 61,1), el encargado de restablecer en el mundo la justicia y la verdad. No entiende por qué Jesús no se decide a intervenir en su favor.

Espera un Mesías juez riguroso que arremeta contra los malvados. Y he aquí sin embargo la sorpresa: Jesús no solo no condena a los pecadores sino que come con ellos y se jacta de ser su amigo (Lc 7,34). Recomienda no apagar la llama que aun humea y pide de cuidar de la “caña doblada”; no destruye nada, recupera y restaura lo que se ha roto. No destruye a los pecadores sino que cambia su corazón y los quiere felices a cualquier precio; tiene palabras de salvación para aquellos sin esperanza a quien todos evitan como a leprosos. No se desanima frente a ningún problema humano, no se rinde ni siquiera frente a la muerte.

A los enviados de Juan el Bautista Jesús se presente como el Mesías, enumerando los signos que se pueden deducir de algunos escritos de Isaías (Is 35,5-6; 26,19; 61,1), el profeta de la esperanza que había predicho: “y nadie más en la ciudad dirá: estoy enfermo” (Is 33,24).

El Bautista es invitado a tomar conciencia de seis nuevas realidades: la curación de los ciegos, de los sordos, de los leprosos, de los tullidos, la resurrección de los muertos y el anuncio del evangelio a los pobres. Son signos de salvación, ninguno es de condena.

Ha surgido, pues, un mundo nuevo: quien caminaba en la obscuridad y había perdido la orientación en la vida, ahora ha sido iluminado por el evangelio.

Quien estaba tullido y no era capaz de dar un paso hacia el Señor y hacia los hermanos ahora camina veloz; quien era sordo a la Palabra de Dios, ahora la escucha y se deja guiar por ella; quien sentía vergüenza de si’ mismo a causa de la lepra del pecado que lo mantenía alejado de Dios y de los hermanos, ahora se siente purificado; quien hacía solamente obras de muerte ahora vive en la plenitud de su existencia; quien pensaba ser un miserable sin esperanza ha escuchado la bella noticia: “ también para ti hay salvación”.

El Mesías de Dios no tiene nada que ver con el personaje enérgico y severo que Juan esperaba. Su modo de proceder ha escandalizado al Precursor y continúa a escandalizarnos también hoy.

Los hay todavía quienes piden al Señor intervenir para castigar a los impíos; quienes interpretan como castigos de Dios las desgracias que se abaten sobre el que ha hecho el mal ¿podrá Dios sin embargo enojarse y probar placer viendo a sus hijos (aunque sean malos) sufrir?

Jesús concluye su respuesta con una bienaventuranza, la decima que se encuentra en el evangelio de Mateo: “bienaventurado quien no se escandaliza de mi”. He aquí una dulce invitación al Bautista a reconsiderar sus convicciones teológicas.

Un Dios bueno para con todos contradecía la opinión que Juan se había hecho de Dios. Como nosotros, también, el Bautista se imaginaba a un Dios fuerte y, de pronto, se encuentra con un Dios débil; se esperaba intervenciones clamorosas y sin embargo los acontecimientos continuaban a sucederse como si el Mesías no hubiera venido.

¡Bienaventurado quien acoge a Dios como él es, no como quisiéramos que fuera!; la fe en el Dios que se revela en Jesús va siempre acompañada de dudas, incertidumbres y de dificultad en creer.

El Bautista es la figura del verdadero creyente: se debate entre muchas perplejidades, se cuestiona pero no reniega del Mesías porque no se adecua a sus criterios; duda de sus propias convicciones.

No es causa de preocupación quien tiene dificultad en creer, quien se siente perdido frente al misterio y los enigmas de la existencia, quien dice no entender los pensamientos y el proceder de Dios. Si’ es causa de preocupación, por el contrario, quien confunde las propias certezas con la verdad de Dios, quien tiene una respuesta inmediata para todas las preguntas, quien tiene siempre a mano algún dogma que imponer, quien no se deja nunca cuestionar. Una fe semejante a veces raya en el fanatismo.

Cuando regresaron los discípulos de Juan, Jesús pronuncia su juicio sobre él con tres interrogantes retóricos. Es la segunda parte del evangelio de hoy (vv. 7-11).

Las respuestas a los dos primeros son obvias: el Bautista no es como las cañas silvestres que crecen junto al Jordán, símbolos de volubilidad porque se doblan según la dirección del viento. Juan no es un oportunista que se adecua a todas las situaciones y se inclina frente al potente de turno. Al contrario, es uno que se opone resueltamente a los mismísimos jefes políticos, que se enfrenta a pecho descubierto al rey, y que no teme decir lo que piensa.

Juan no es un corrompido que piensa al propio interés, que acumula dinero sin escrúpulos y lo derrocha en diversiones, en vestidos elegantes y refinados. Los corrompido—dice Jesús—son el rey y los cortesanos, los ricos y los jefes que lo han puesto en prisión.

La tercera pregunta requiere una respuesta positiva: Juan es un profeta, y más que un profeta. Ninguno en el Antiguo testamento ha llevado a cabo una misión superior a la suya. Mas que Moisés, él es “un ángel” enviado a abrir el camino a la venida liberadora del Señor.

Es significativa la nota final: “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan (v 11).
Jesús no establece un escalafón basado sobre la santidad y la perfección personal sino que invita a verificar la superioridad de las condiciones del discípulo. Quien pertenece al reino de los cielos esta en grado de ver mas allá de lo que el Bautista vio’. Quien ha descubierto el rostro nuevo de Dios, quien ha comprendido que el Mesías ha venido al encuentro del hombre para perdonarlo, acogerlo, amarlo sin condiciones, ha entrado en un nuevo horizonte, en el horizonte de Dios.

Lo que nosotros hoy, independiente de nuestra santidad personal, podemos ver y entender, el Bautista lo ha solamente barruntado o intuido porque se ha quedado en el umbral de los tiempos nuevos.

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