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Quinta edición del Curso Comboniano para Ancianos en Roma

«La vida es ahora…»: el lema del Curso Comboni para Ancianos (CCA) expresa bien el sentido de la iniciativa, que quiere ayudar a los participantes a no mirar con nostalgia al pasado, sino a valorar el tiempo presente como kairos, como oportunidad de gracia y de crecimiento humano y espiritual.

Llegado a su quinta edición y pensado para los hermanos que han cumplido 70 años o más, el curso cuenta con la participación de 12 misioneros procedentes de varios países: España, Portugal, Sudáfrica, Alemania, Perú e Italia. Algunos de nosotros ya nos conocemos; para otros, el curso es una oportunidad para encontrarnos, conocernos mejor y fortalecer los lazos de fraternidad. Comenzó el 7 de octubre y finalizará el 7 de diciembre.

Las motivaciones que han llevado a cada uno a participar son diferentes, pero, como se ha puesto de manifiesto desde el primer día de convivencia, se pueden resumir en el deseo de vivir un tiempo de descanso, también físico, de desconectar un poco de la rutina diaria y de dedicar más espacio a la oración, la reflexión y el estudio.

El objetivo del curso, tal y como se explica en el folleto elaborado por los dos coordinadores, el padre Alberto Silva y el padre Sylvester Hategk’Imana, es ayudar a cada uno a vivir con serenidad y fecundidad la etapa de la vejez; a crecer en la relación con el Señor; madurar una libertad interior que nos haga menos dependientes del papel, el poder y el activismo; y profundizar la relación personal con San Daniel Comboni, nuestro fundador.

Entre los medios propuestos para alcanzar estos objetivos se encuentran la oración personal, a la que dedicar más tiempo; la liturgia comunitaria, que hay que vivir con mayor calma y participación; la presentación de algunos temas relacionados con la dimensión física, psicológica, espiritual y misionera de la vejez; los ejercicios espirituales de seis días; y una peregrinación a Limone sul Garda y Verona.

En la relación introductoria, el padre Giulio Albanese nos ayudó a situar esta experiencia en el contexto más amplio de la formación permanente, ofreciendo una lectura lúcida de la compleja realidad mundial desde el punto de vista político y económico-financiero. También se refirió a la situación eclesial de Roma, con sus numerosos retos, recordando que solo el 6-7 % de los católicos de la diócesis son practicantes.

Los tres primeros días de la segunda semana fueron guiados por el padre David Glenday, quien nos invitó a redescubrir el don de nuestro fundador, san Daniel Comboni. Con sencillez y profundidad, nos planteó algunas preguntas fundamentales para ayudarnos a vivir un encuentro más personal con él. Cada día, las reflexiones del padre Glenday fueron seguidas de momentos de intercambio en los que cada uno contó cómo el ejemplo y el mensaje de Comboni han marcado y siguen inspirando su camino misionero.

En las próximas semanas, y en particular durante los días de retiro espiritual, tendremos la oportunidad de volver sobre este tema, para crecer en nuestra relación con san Daniel Comboni.

Padre Efrem Tresoldi, mccj

comboni.org

“Dilexit te”. Encuentro con los pobres, encuentro con Jesús

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC

HECHOS

A Mons. Samuel Ruiz, mi antecesor en Chiapas, muchos lo criticaron porque defendió con todo su ser la dignidad y los derechos de los pueblos indígenas de su diócesis, que eran tratados como esclavos, discriminados y oprimidos. Cuando yo fui enviado allá, algunos temían que yo fuera a echar por tierra su labor pastoral; otros deseaban precisamente eso, que la diócesis caminara por otro sendero y se dejara de luchar por la dignidad de los pueblos originarios. Como comprobé que esa labor era netamente evangélica y católica, en vez de condenarla, procuré continuarla y darle más solidez, pues la opción por los pobres no es tanto una opción que se pueda asumir o no, sino que es constitutiva en la Iglesia. Si no se hace esa opción, no seríamos ni cristianos.

Es verdad que algunos, sobre todo de los más importantes catequistas de esa diócesis, optaron por las armas y se levantaron contra el sistema opresor. Mi antecesor les ayudó a tomar conciencia de la injusticia que sufrían y que habría que cambiar el sistema social, cultural y político, pero fue enemigo de la lucha armada; nunca alentó ese camino; incluso cesó en sus cargos a esos catequistas. Algunos lo clasificaron como impulsor de una teología de la liberación que consideraban marxista, comunista y no católica; sin embargo, lo que hizo, y se continúa haciendo, es una teología de la liberación netamente bíblica, católica y perfectamente acorde con las opciones divinas.

El Papa Francisco, en continuidad con toda la tradición bíblica y patrística, y con el magisterio más reciente de los Papas, insistió mucho en este amor preferencial por los pobres, y por ello lo criticaron. Esperaban que su sucesor diera marcha atrás y que la Iglesia se centrara más en lo religioso, en la liturgia, en las prácticas piadosas, y dejara de impulsar la justicia social, los derechos y la dignidad de los marginados, el cuidado de la casa común. Resulta que el Papa León XIV, sobre todo en su reciente Exhortación Apostólica Dilexi te (Te amé), no da marcha atrás, sino que profundiza esta opción preferencial, que nunca será exclusiva ni excluyente.

ILUMINACIÓN

La exhortación del Papa tiene cinco capítulos: Algunas palabras indispensables, Dios opta por los pobres, una Iglesia para los pobres, una historia que continúa y un desafío permanente. Desde el principio, dice que trata de continuar lo que el Papa Francisco había previsto decirnos, e incluso transcribe algunas de sus frases. Comparto con ustedes algunos párrafos de lo que ahora nos dice el Papa León XIV:

“El amor divino y humano del Corazón de Cristo se identifica con los más pequeños de la sociedad y con su amor, entregado hasta el final, muestra la dignidad de cada ser humano, sobre todo cuando es más débil, miserable y sufriente. Contemplar el amor de Cristo nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor” (2).

Comparto “el deseo de mi amado predecesor de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres. De hecho, también yo considero necesario insistir sobre este camino de santificación, porque en el llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse” (3). “Ningún gesto de afecto, ni siquiera el más pequeño, será olvidado, especialmente si está dirigido a quien vive en el dolor, en la soledad o en la necesidad” (4).

“No estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos” (5).

“Estoy convencido de que la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito” (7).

“Dios se muestra solícito hacia la necesidad de los pobres. Por eso, escuchando el grito del pobre, estamos llamados a identificarnos con el corazón de Dios, que es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más necesitados. Permaneciendo, por el contrario, indiferentes a este grito, el pobre apelaría al Señor contra nosotros y seríamos culpables de un pecado, alejándonos del corazón mismo de Dios” (8).

El Papa lo acaba de remachar en su homilía del Jubileo de la espiritualidad mariana: “Existen formas de culto que no nos unen a los demás y nos anestesian el corazón. Entonces no vivimos verdaderos encuentros con aquellos que Dios pone en nuestro camino. Cuidémonos de toda instrumentalización de la fe, que corre el riesgo de transformar a los diferentes —a menudo los pobres— en enemigos, en ‘leprosos’ a los que hay que evitar y rechazar. El camino de María va tras el de Jesús, y el de Jesús es hacia cada ser humano, especialmente hacia los pobres, los heridos, los pecadores. Por eso, la auténtica espiritualidad mariana hace actual en la Iglesia la ternura de Dios, su maternidad” (12-X-2025).

ACCIONES

Para ser verdaderos adoradores de Dios, auténticos seguidores de Jesús, ejemplares fieles católicos, necesitamos ser buenos samaritanos con todos los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, y ser una manifestación del amor de Dios y de la Virgen María para ellos.

Mensaje del Papa para el Domund 2025


Publicamos a continuación el Mensaje del Santo Padre Francisco para la 99.a Jornada Mundial de las Misiones que se celebra, este año, el domingo 19 de octubre de 2025, sobre el tema “Misioneros de esperanza entre los pueblos”. También compartimos el himno del DOMUND 2025 de las OMPE.
Misioneros de esperanza entre los pueblos

Queridos hermanos y hermanas:

Para la Jornada Mundial de las Misiones del Año jubilar 2025, cuyo mensaje central es la esperanza (cf. Bula Spes non confundit, 1), he elegido este lema: “Misioneros de esperanza entre los pueblos”, que recuerda a cada cristiano y a la Iglesia, comunidad de bautizados, la vocación fundamental a ser mensajeros y constructores de la esperanza, siguiendo las huellas de Cristo. Les deseo a todos que vivan un tiempo de gracia con el Dios fiel que nos ha regenerado en Cristo resucitado «para una esperanza viva» (cf. 1 P 1,3-4); a la vez que quisiera recordarles algunos aspectos relevantes de la identidad misionera cristiana, a fin de que podamos dejarnos guiar por el Espíritu de Dios y arder de santo celo para iniciar una nueva etapa evangelizadora de la Iglesia, enviada a reavivar la esperanza en un mundo abrumado por densas sombras (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 9-55).

1. Tras las huellas de Cristo nuestra esperanza

Celebrando el primer Jubileo ordinario del Tercer milenio, después del Jubileo del año dos mil, mantengamos la mirada orientada hacia Cristo, el centro de la historia, que «es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre» (Hb 13,8). Él, en la sinagoga de Nazaret, declaró el cumplimiento de la Escritura en el “hoy” de su presencia histórica. De ese modo, se reveló como el enviado del Padre con la unción del Espíritu Santo para llevar la Buena Noticia del Reino de Dios e inaugurar «un año de gracia del Señor» para toda la humanidad (cf. Lc 4,16-21).

En este místico “hoy”, que perdura hasta el fin del mundo, Cristo es el cumplimiento de la salvación para todos, particularmente para aquellos cuya esperanza es Dios. Él, en su vida terrena, «pasó haciendo el bien y curando a todos» del mal y del Maligno (cf. Hch 10,38), devolviendo la esperanza en Dios a los necesitados y al pueblo. Además, experimentó todas las fragilidades humanas, excepto la del pecado, pasando también momentos críticos, que podían conducir a la desesperación, como en la agonía del Getsemaní y en la cruz. Pero Jesús encomendaba todo a Dios Padre, obedeciendo con plena confianza a su plan salvífico para la humanidad, plan de paz para un futuro lleno de esperanza (cf. Jr 29,11). De esa manera, se convirtió en el divino Misionero de la esperanza, modelo supremo de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, llevan adelante la misión recibida de Dios, incluso en las pruebas extremas.    

El Señor Jesús continúa su ministerio de esperanza para la humanidad por medio de sus discípulos, enviados a todos los pueblos y acompañados místicamente por Él; también hoy sigue inclinándose ante cada persona pobre, afligida, desesperada y oprimida por el mal, para derramar sobre sus heridas «el aceite del consuelo y el vino de la esperanza» (Prefacio “Jesús, buen samaritano”). Obediente a su Señor y Maestro, y con su mismo espíritu de servicio, la Iglesia, comunidad de los discípulos-misioneros de Cristo, prolonga esa misión ofreciendo la vida por todos en medio de las gentes. La Iglesia, aun teniendo que afrontar, por un lado, persecuciones, tribulaciones y dificultades, y, por otro lado, sus propias imperfecciones y caídas, a causa de las fragilidades de sus miembros, está impulsada constantemente por el amor de Cristo a avanzar unida a Él en este camino misionero y a acoger, como Él y con Él, el clamor de la humanidad; más aún, el gemido de toda criatura, en espera de la redención definitiva. Esta es la Iglesia que el Señor llama desde siempre y para siempre a seguir sus huellas; «no una Iglesia estática, [sino] una Iglesia misionera, que camina con el Señor por las vías del mundo» (Homilía en la Santa Misa al finalizar la Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, 27 octubre 2024).

Por eso, también nosotros sintámonos inspirados a ponernos en camino tras las huellas del Señor Jesús para ser, con Él y en Él, signos y mensajeros de esperanza para todos, en cada lugar y circunstancia que Dios nos concede vivir. ¡Que todos los bautizados, discípulos-misioneros de Cristo, hagan resplandecer la propia esperanza en cada rincón de la tierra!  

2. Los cristianos, portadores y constructores de esperanza entre los pueblos

Siguiendo a Cristo el Señor, los cristianos están llamados a transmitir la Buena Noticia compartiendo las condiciones de vida concretas de las personas que encuentran, siendo así portadores y constructores de esperanza. Porque, en efecto, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Gaudium et spes,1).

Esta célebre afirmación del Concilio Vaticano II, que expresa el sentir y el estilo de las comunidades cristianas de todos los tiempos, sigue inspirando a sus miembros y los ayuda a caminar con sus hermanos y hermanas en el mundo. Pienso particularmente en ustedes, misioneros y misioneras ad gentes, que, siguiendo la llamada divina, han ido a otras naciones para dar a conocer el amor de Dios en Cristo. ¡Gracias de corazón! Sus vidas son una respuesta concreta al mandato de Cristo resucitado, que ha enviado a sus discípulos a evangelizar a todos los pueblos (cf. Mt 28,18-20). De ese modo, ustedes señalan la vocación universal de los bautizados a ser, con la fuerza del Espíritu Santo y el compromiso cotidiano, entre los pueblos, misioneros de esa inmensa esperanza que nos concede Jesús, el Señor.

El horizonte de esta esperanza va más allá de las realidades mundanas pasajeras y se abre a las divinas, que ya pregustamos en el presente. En efecto, como recordaba san Pablo VI, la salvación en Cristo, que la Iglesia ofrece a todos como don de la misericordia de Dios, no es sólo «inmanente, a medida de las necesidades materiales o incluso espirituales que […] se identifican totalmente con los deseos, las esperanzas, los asuntos y las luchas temporales, sino una salvación que desborda todos estos límites para realizarse en una comunión con el único Absoluto Dios, salvación trascendente, escatológica, que comienza ciertamente en esta vida, pero que tiene su cumplimiento en la eternidad» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 27).

Animadas por una esperanza tan grande, las comunidades cristianas pueden ser signos de una nueva humanidad en un mundo que, en las zonas más “desarrolladas”, muestra síntomas graves de crisis de lo humano: un sentimiento generalizado de desorientación, soledad y abandono de los ancianos; dificultad para estar disponibles a ayudar a quienes nos rodean. En las naciones más avanzadas tecnológicamente, está decayendo la proximidad; estamos todos interconectados, pero no estamos en relación. La eficiencia y el apego a las cosas y a las ambiciones hacen que estemos centrados en nosotros mismos y seamos incapaces de altruismo. El Evangelio, vivido en la comunidad, puede restituirnos una humanidad íntegra, sana, redimida.

Por lo tanto, renuevo la invitación a realizar las obras indicadas en la Bula de convocación del Jubileo (nn. 7-15), con particular atención a los más pobres y débiles, a los enfermos, a los ancianos, a los excluidos de la sociedad materialista y consumista. Y a hacerlo con el estilo de Dios: con cercanía, compasión y ternura, cuidando la relación personal con los hermanos y las hermanas en su situación concreta (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 127-128). Muchas veces, serán ellos quienes nos enseñarán a vivir con esperanza. Y a través del contacto personal podremos transmitir el amor del Corazón compasivo del Señor. Experimentaremos que «el Corazón de Cristo […] es el núcleo viviente del primer anuncio» (Carta enc. Dilexit nos, 32). Bebiendo de esta fuente, la esperanza recibida de Dios se puede ofrecer con sencillez (cf. 1 P 1,21), llevando a los demás el mismo consuelo con el que nosotros hemos sido consolados por Dios (cf. 2 Co 1,3-4). En el Corazón humano y divino de Jesús, Dios quiere hablar al corazón de cada persona, atrayendo a todos con su amor. «Nosotros hemos sido enviados para continuar esta misión: ser signo del Corazón de Cristo y del amor del Padre, abrazando al mundo entero» (Discurso a los participantes en la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias, 3 junio 2023).

3. Renovar la misión de la esperanza

Hoy, ante la urgencia de la misión de la esperanza, los discípulos de Cristo están llamados en primer lugar a formarse, para ser “artesanos” de esperanza y restauradores de una humanidad con frecuencia distraída e infeliz.

Para ello, es necesario renovar en nosotros la espiritualidad pascual, que vivimos en cada celebración eucarística y sobre todo en el Triduo Pascual, centro y culmen del año litúrgico. Hemos sido bautizados en la muerte y resurrección redentora de Cristo, en la Pascua del Señor, que marca la eterna primavera de la historia. Somos entonces “gente de primavera”, con una mirada siempre llena de esperanza para compartir con todos, porque en Cristo «creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras» sobre la existencia humana (cf. Catequesis, 23 agosto 2017). Por eso, de los misterios pascuales, que se actualizan en las celebraciones litúrgicas y en los sacramentos, recibimos continuamente la fuerza del Espíritu Santo con el celo, la determinación y la paciencia para trabajar en el vasto campo de la evangelización del mundo. «Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 275). En Él vivimos y testimoniamos esa santa esperanza que es “un don y una tarea para cada cristiano” (cf. La speranza è una luce nella notte, Ciudad del Vaticano 2024, 7).

Los misioneros de esperanza son hombres y mujeres de oración, porque “la persona que espera es una persona que reza”, como decía el venerable cardenal Van Thuan, que mantuvo viva la esperanza en la larga tribulación de la cárcel gracias a la fuerza que recibía de la oración perseverante y de la Eucaristía (cf. F.X. Nguyen Van Thuan, Il cammino della speranza, Roma 2001, n. 963). No olvidemos que rezar es la primera acción misionera y, al mismo tiempo, «la primera fuerza de la esperanza» (Catequesis, 20 mayo 2020).

Por eso, renovemos la misión de la esperanza empezando por la oración, sobre todo la que se hace con la Palabra de Dios y particularmente con los Salmos, que son una gran sinfonía de oración cuyo compositor es el Espíritu Santo (cf. Catequesis, 19 junio 2024). Los Salmos nos educan para esperar en las adversidades, para discernir los signos de esperanza y tener el constante deseo “misionero” de que Dios sea alabado por todos los pueblos (cf. Sal 41,12; 67,4). Rezando mantenemos encendida la llama de la esperanza que Dios encendió en nosotros, para que se convierta en una gran hoguera, que ilumine y dé calor a todos los que están alrededor, también con acciones y gestos concretos inspirados por esa misma oración.

Finalmente, la evangelización es siempre un proceso comunitario, como el carácter de la esperanza cristiana (cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 14). Dicho proceso no termina con el primer anuncio y el bautismo, sino que continúa con la construcción de las comunidades cristianas a través del acompañamiento de cada bautizado por el camino del Evangelio. En la sociedad moderna, la pertenencia a la Iglesia no es nunca una realidad adquirida de una vez por todas. Por eso, la acción misionera de transmitir y formar una fe madura en Cristo es «el paradigma de toda obra de la Iglesia» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 15), una obra que requiere comunión de oración y de acción. Sigo insistiendo sobre esta sinodalidad misionera de la Iglesia, como también sobre el servicio de las Obras Misionales Pontificias en promover la responsabilidad misionera de los bautizados y sostener a las nuevas Iglesias particulares. Y los exhorto a todos ustedes —niños, jóvenes, adultos, ancianos—, a participar activamente en la común misión evangelizadora con el testimonio de sus vidas y con la oración, con sus sacrificios y su generosidad. Por esto, ¡gracias de corazón!

Queridas hermanas y queridos hermanos, acudamos a María, Madre de Jesucristo, nuestra esperanza. A Ella le confiamos este deseo para el Jubileo y para los años futuros: «Que la luz de la esperanza cristiana pueda llegar a todas las personas, como mensaje del amor de Dios que se dirige a todos. Y que la Iglesia sea testigo fiel de este anuncio en todas partes del mundo» (Bula Spes non confundit, 6).

Roma, San Juan de Letrán, 25 de enero de 2025, fiesta de la Conversión del apóstol san Pablo.

FRANCISCO

vatican.va

Himno del DOMUND 2025

Nueva comunidad formativa comboniana en Maia, Portugal

El pasado 10 de octubre, con motivo de la solemnidad de San Daniel Comboni, se celebró en Maia, al norte de Portugal, la inauguración oficial del año formativo de una pequeña comunidad internacional de escolásticos combonianos. El momento central del evento fue la celebración eucarística, presidida por el padre Fernando Domingues, superior provincial, en la que participaron las comunidades de Maia y Famalicão, junto con algunos amigos y vecinos.

El grupo de jóvenes estudiantes para el año 2025-2026 estará compuesto por cinco escolásticos: Américo Antonio Mutepa y Domingos Francisco Caetano, ambos originarios de Mozambique; Beninga Yassika Cedrique Belfort, de la República Centroafricana; Kwesiga Stephen, de Uganda; y Phiri Charles, de Zambia. El formador que los acompañará más de cerca será el padre Natal Antonio Manganhe, originario de Mozambique. Los escolásticos Kwesiga Stephen y Phiri Charles aún están esperando el visado de entrada al país.

Los jóvenes cursarán estudios de Teología en la Universidad Católica de Oporto. Tres de ellos, antes de comenzar los cursos, dedicarán un tiempo al aprendizaje del portugués.

El grupo de escolásticos formará parte integrante de la comunidad comboniana local de Maia, compuesta por otros seis hermanos, todos ellos con muchos años de experiencia en tierras de misión.

Los escolásticos ya han comenzado a participar en algunas iniciativas de animación misionera en las comunidades cristianas locales, recibiendo gran estima y afecto por parte de todos. También participan en actividades de apoyo nocturno a las personas sin hogar en los alrededores de la ciudad de Oporto.

comboni.org

José Manuel Hernández, nuevo sacerdote comboniano

Este sábado, 11 de octubre, el comboniano José Manuel Hernández Cruz fue ordenado sacerdote en la parroquia de Santa María Reina del Rosario de Coatzacoalcos, Veracruz, por la imposición de manos de Mons. Rutilo Muñoz Zamora, obispo de Coatzacoalcos. El domingo 12 celebrará su primera misa en la parroquia San Rafael Guízar y Valencia de la misma ciudad.

José Manuel Hernández Cruz, originario de la colonia Teresa Morales en Coatzacoalcos, Veracruz, nació en una familia católica. Hijo de Víctor Hernández León y Aurora Cruz Ventura (ya fallecida), comenzó como monaguillo en la capilla Sagrada Familia y colaboró activamente en su parroquia de origen. En 2007 ingresó al seminario menor de la Diócesis de Coatzacoalcos y en 2010 pasó al Seminario Mayor.

Tras un discernimiento espiritual, comenzó su proceso vocacional con los Misioneros Combonianos en 2015. En 2016 ingresó en el postulantado comboniano de San Francisco del Rincón, Guanajuato, donde vivió dos años de formación y concluyó sus estudios teológicos. En 2018 inició el noviciado en Xochimilco y el 9 de mayo de 2020 hizo su primera profesión religiosa. Fue destinado al escolasticado en Casavatore, Italia, donde obtuvo la Licencia en Teología Bíblica. A finales de 2023 regresó a México y en enero de 2024 comenzó su servicio misionero en Monterrey, donde fue ordenado diácono el 8 de febrero del mismo año.

Durante la homilía de ordenación sacerdotal, Mons. Rutilo afirmó que las lecturas escogidas para la ceremonia son las palabras más hermosas que Dios le puede decir a un ser humano: “Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré profeta para las naciones” (Jr 1,5). Sobre el evangelio, el Obispo invitó a José Manuel a permanecer siempre al lado de Jesús: “Escogió a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14).

El P. José Manuel, que tuvo un recuerdo muy especial para su mamá, que ya goza en la presencia del Señor, celebrará su primera misa al domingo 12 en la parroquia san Rafael Guízar y Valencia, también de Coatzacoalcos.

AQUÍ el video de la ordenación

XXVIII Domingo ordinario. Año C

“En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.
Al verlos, Jesús les dijo: Vayan a presentarse a los sacerdotes. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: ¿No eran diez lo que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios? Después dijo al samaritano: Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”. (Lucas 17, 11-19)


Uno volvió glorificando a Dios
P. Enrique Sánchez, mccj

La lepra, sobre todo en el Antiguo Testamento, era una enfermedad tremenda por sus consecuencias físicas y más todavía por la marginación que implicaba.

La persona que estaba enferma de lepra era obligada por la ley a vivir alejada de la comunidad y a las afueras del poblado. Tenía que ir gritando que estaba leprosa y era considerada como maldecida, pensando que habría hecho algo muy malo.

El miedo a contagiarse hacía que todo contacto con un leproso era evitado, pero, todavía más, el terror de contaminarse y de caer en una situación de impureza, hacía que la lepra fuera algo de lo que había que mantenerse lo más alejados posible.

En las lecturas de la Palabra de Dios este domingo se nos presentan a varios leprosos.

En la primera lectura se nos cuenta la historia de Naamán, un extranjero de Siria que tiene la fortuna de encontrarse con el profeta Eliseo, quien lo manda a bañarse siete veces en el río Jordán y es sanado. Dejando en claro que no es el profeta quien hace el milagro sino el Dios de Israel que actúa a través del profeta y que se convertirá en el Dios también del extranjero.

En la historia de Naamán se nos cuenta cómo este personaje se resiste al principio a obedecer a lo que se le pide. Se trata, de alguna manera, de un reto grande que lo obliga a salir de sí́ mismo y abrirse a la confianza en lo que se le está pidiendo. Su

obediencia y su confianza hacen que el milagro suceda y su piel vuelve a ser como la de un niño.

Ante el milagro este hombre vuelve sobre sus pasos y busca al profeta con el deseo de mostrarle su agradecimiento y su reconocimiento ofreciéndole regalos que el profeta no acepta, pues tiene que quedar claro que quien hace las obras maravillosas que cambian la vida de una persona es sólo Dios.

En nuestros días no es extraño encontrarnos con personas que son capaces de hacer grandes viajes para ir en busca de una solución a sus problemas. Hoy no es raro escuchar hablar de personas que tienen poderes mágicos o simplemente especiales que prometen la solución a todos los males.

Hay quienes hablan de lugares o de personas en donde son especialistas en “hacer trabajos” para lograr tener éxito en el amor, para ganarse fortunas, para librarse de males y de enfermedades.

Se busca a quien pueda hacer milagros, pero somos incapaces de ver la mano de Dios en nuestras vidas que va haciendo miles de milagros que no somos capaces de reconocer.

Nos esperamos cosas espectaculares, extraordinarias y fuera de lo común. Reaccionamos como Naamán, queriendo que suceda algo jamás visto en nuestras vidas para poder decir que ahí sí se manifestó Dios y cuesta dar el paso de la fe, que significa abandonarse a lo que Dios nos va diciendo a través de su palabra, de la enseñanza de la Iglesia, del testimonio de tantos hermanos que saben ver a Dios en todas las cosas.

En el Evangelio nos encontramos con 10 leprosos también en un lugar fuera y lejano de Jerusalén, mientras Jesús iba atravesando las regiones de Samaria y de Galilea.

Como todos los leprosos, también estos gritan a Jesús, pero no tanto para que se aleje de ellos porque son leprosos, sino al contrario para que les permita acercarse a él que, de alguna manera, han percibido que es la fuente de la vida, porque viene de Dios.

Ellos gritan a Jesús pidiéndole que tenga piedad de ellos, que los libere de aquella situación que los tiene marginado y en una situación de muerte, aunque estén vivos. Le piden que haga algo por ellos para que puedan ser reintegrados a su comunidad, al lugar en donde puedan restablecer sus relaciones con los demás, sintiéndose hijos y hermanos. Es un grito que busca comunión y fraternidad, que son sinónimos de la verdadera salud, tanto física, como espiritual y existencial.

Y Jesús acoge sus súplicas y los invita a cumplir con lo establecido por la Ley, según la cual toda persona purificada de lepra tenía que ir a presentarse a los sacerdotes para elevar una acción de gracias a Dios por la salud obtenida.

Y los leprosos obedecieron, fueron a dar gracias y a reconocer ante los sacerdotes que habían sido sanados y ahora estaban aliviados de mal que les afligía.

Los diez van al templo y ahora se convierten en asamblea que puede celebrar y bendecir a Dios, pues para que la asamblea pudiese ser constituida, era necesario que al menos diez personas estuvieran reunidas.

Pero el Evangelio conserva un detalle de esta historia que es importante. De los diez leprosos, sólo uno, que era extranjero, un samaritano, regresó para dar gracias por la salud que había recuperado. Como Naamán que también regresó en su camino para agradecer al profeta el bien que había recibido.

Con este pequeño detalle del Evangelio aparece claro que lo sucedido a los leprosos había sido más que un milagro que se manifestó́ en la recuperación de la salud. Habiendo obedecido a Jesús lo que había sucedido era mucho más que descubrirse sanados, ahora se les había dado la oportunidad de sentirse salvados.

Habían nacido a una vida nueva y por eso Jesús se esperaba que fueran agradecidos y que reconocieran que en su persona les había llegado la salvación tanto esperada. Con su pregunta Jesús no reprocha la distracción la falta de gratitud de quienes no regresaron, sino que pone en evidencia la fe del extranjero que supo reconocer lo grande de Dios en su vida y no podía ser más que agradecido.

Los otros nueve se habían quedado en el cumplimiento y en la observancia de lo que marcaba la Ley, pero no habían sido capaces de sorprenderse ante lo maravilloso y extraordinario que Dios había hecho en sus vidas. Eran buenos observantes y cumplidores de la Ley, pero estaban ciegos para ver a Dios actuando en donde todo parecía imposible.

A nosotros, que nos toca navegar e ir adelante en este mundo en donde muchas veces nos parece difícil descubrir y sentir la presencia de Dios, seguramente este pequeño texto del Evangelio nos puede ayudar de muchas maneras.

En primer lugar, nos puede ubicar para tomemos conciencia de las muchas lepras que llevamos encima y que nos impiden vivir en una relación sana con los demás. Estamos enfermos de nuestros prejuicios y a lo mejor de actitudes de soberbia que nos hacen creer que no somos como los demás, que estamos unas cuantas graditas por encima de nuestros hermanos.

Somos leprosos que nos aislamos de los demás porque nos da pena mostrar nuestros límites y nuestras pobrezas humanas o porque creamos círculos exclusivos en donde no cualquier persona puede tener cabida.

De repente pensamos que nuestras lepras nos las podemos curar nosotros mismos y nos cuesta hacer el camino de la fe que nos dice que deberíamos ser más obedientes, más humildes y sencillos para dejarnos guiar por donde el Señor nos quiere conducir.

Hoy nos podemos encontrar con personas que piensan que Dios no hace falta y que podemos llegar a donde queramos, simplemente apostándole a lo que nos da seguridad y a lo que podemos seguir controlando a nuestro antojo.

Hoy Jesús también nos envía a dar las gracias a Dios por tanto bien que nos hace a diario, pero es fácil quedarse en nuestros rezos, en nuestras devociones, en una religión que nos resulta cómoda y que no nos desafía en un compromiso más profundo de fe.

Nos contentamos con ser confortados o aliviados de pequeñas cosas que nos pueden dar fastidio y no nos damos cuenta que el Señor nos está invitando a una salvación que puede hacer de nuestra vida algo único y capaz de responder a nuestros anhelos de plenitud.

Qué bello sería escuchar las palabras de Jesús, quien al constatar lo pequeño o lo grande de nuestra fe, nos dijera: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

Pidamos al Espíritu la valentía para transformarnos en hombres y mujeres de fe profunda y de un enorme corazón agradecido para reconocer todo el bien que se nos ha dado, sin haberlo merecido.


Invocar, caminar, agradecer.
Papa Francisco

«Tu fe te ha salvado» (Lc 17,19). Es el punto de llegada del evangelio de hoy, que nos muestra el camino de la fe. En este itinerario de fe vemos tres etapas, señaladas por los leprosos curados, que invocan, caminan y agradecen.

En primer lugar, invocar. Los leprosos se encontraban en una condición terrible, no sólo por sufrir la enfermedad que, incluso en la actualidad, se combate con mucho esfuerzo, sino por la exclusión social. En tiempos de Jesús eran considerados inmundos y en cuanto tales debían estar aislados, al margen (cf. Lv 13,46). De hecho, vemos que, cuando acuden a Jesús, “se detienen a lo lejos” (cf. Lc 17,12). Pero, aun cuando su situación los deja a un lado, dice el evangelio que invocan a Jesús «a gritos» (v. 13). No se dejan paralizar por las exclusiones de los hombres y gritan a Dios, que no excluye a nadie. Es así como se acortan las distancias, como se vence la soledad: no encerrándose en sí mismos y en las propias aflicciones, no pensando en los juicios de los otros, sino invocando al Señor, porque el Señor escucha el grito del que está solo.

Como esos leprosos, también nosotros necesitamos ser curados, todos. Necesitamos ser sanados de la falta de confianza en nosotros mismos, en la vida, en el futuro; de tantos miedos; de los vicios que nos esclavizan; de tantas cerrazones, dependencias y apegos: al juego, al dinero, a la televisión, al teléfono, al juicio de los demás. El Señor libera y cura el corazón, si lo invocamos, si le decimos: “Señor, yo creo que puedes sanarme; cúrame de mis cerrazones, libérame del mal y del miedo, Jesús”. Los leprosos son los primeros, en este evangelio, en invocar el nombre de Jesús. Después lo harán también un ciego y un malhechor en la cruz: gente necesitada invoca el nombre de Jesús, que significa Dios salva. Llaman a Dios por su nombre, de modo directo, espontáneo. Llamar por el nombre es signo de confianza, y al Señor le gusta. La fe crece así, con la invocación confiada, presentando a Jesús lo que somos, con el corazón abierto, sin esconder nuestras miserias. Invoquemos con confianza cada día el nombre de Jesús: Dios salva. Repitámoslo: es rezar, decir “Jesús” es rezar. La oración es la puerta de la fe, la oración es la medicina del corazón.

La segunda palabra es caminar. Es la segunda etapa.. En el breve evangelio de hoy aparece una decena de verbos de movimiento. Pero, sobre todo, impacta el hecho de que los leprosos no se curan cuando están delante de Jesús, sino después, al caminar: «Mientras iban de camino, quedaron limpios», dice el Evangelio (v. 14). Se curan al ir a Jerusalén, es decir, cuando afrontan un camino en subida. Somos purificados en el camino de la vida, un camino que a menudo es en subida, porque conduce hacia lo alto. La fe requiere un camino, una salida, hace milagros si salimos de nuestras certezas acomodadas, si dejamos nuestros puertos seguros, nuestros nidos confortables. La fe aumenta con el don y crece con el riesgo. La fe avanza cuando vamos equipados de la confianza en Dios. La fe se abre camino a través de pasos humildes y concretos, como humildes y concretos fueron el camino de los leprosos y el baño en el río Jordán de Naamán (cf. 2 Re 5,14-17). También es así para nosotros: avanzamos en la fe con el amor humilde y concreto, con la paciencia cotidiana, invocando a Jesús y siguiendo hacia adelante.

Hay otro aspecto interesante en el camino de los leprosos: avanzan juntos. «Iban» y «quedaron limpios», dice el evangelio (v. 14), siempre en plural: la fe es también caminar juntos, nunca solos. Pero, una vez curados, nueve se van y sólo uno vuelve a agradecer. Entonces Jesús expresa toda su amargura: «Los otros nueve, ¿dónde están?» (v. 17). Casi parece que pide cuenta de los otros nueve al único que regresó. Es verdad, es nuestra tarea —de nosotros que estamos aquí para “celebrar la Eucaristía”, es decir, para agradecer—, es nuestra tarea hacernos cargo del que ha dejado de caminar, de quien ha perdido el rumbo: todos nosotros somos protectores de nuestros hermanos alejados. Somos intercesores para ellos, somos responsables de ellos, estamos llamados a responder y preocuparnos por ellos. ¿Quieres crecer en la fe? Tú, que hoy estás aquí, ¿quieres crecer en la fe? Hazte cargo de un hermano alejado, de una hermana alejada.

Invocar, caminar y agradecer: es la última etapaSólo al que agradece Jesús le dice: «Tu fe te ha salvado» (v. 19). No sólo está sano, sino también salvado. Esto nos dice que la meta no es la salud, no es el estar bien, sino el encuentro con Jesús. La salvación no es beber un vaso de agua para estar en forma, es ir a la fuente, que es Jesús. Sólo Él libra del mal y sana el corazón, sólo el encuentro con Él salva, hace la vida plena y hermosa. Cuando encontramos a Jesús, el “gracias” nace espontáneo, porque se descubre lo más importante de la vida, que no es recibir una gracia o resolver un problema, sino abrazar al Señor de la vida. Y esto es lo más importante de la vida: abrazar al Señor de la vida.

Es hermoso ver que ese hombre sanado, que era un samaritano, expresa la alegría con todo su ser: alaba a Dios a grandes gritos, se postra, agradece (cf. vv. 15-16). El culmen del camino de fe es vivir dando gracias. Podemos preguntarnos: nosotros, que tenemos fe, ¿vivimos la jornada como un peso a soportar o como una alabanza para ofrecer? ¿Permanecemos centrados en nosotros mismos a la espera de pedir la próxima gracia o encontramos nuestra alegría en la acción de gracias? Cuando agradecemos, el Padre se conmueve y derrama sobre nosotros el Espíritu Santo. Agradecer no es cuestión de cortesía, de buenos modales, es cuestión de fe. Un corazón que agradece se mantiene joven. Decir: “Gracias, Señor” al despertarnos, durante el día, antes de irnos a descansar es el antídoto al envejecimiento del corazón, porque el corazón envejece y se malacostumbra. Así también en la familia, entre los esposos: acordarse de decir gracias. Gracias es la palabra más sencilla y beneficiosa.


Volver a Jesús dando gracias
José Antonio Pagola

Los otros nueve, ¿dónde están?

Diez leprosos vienen al encuentro de Jesús. La ley les prohíbe entrar en contacto con él. Por eso, se paran a lo lejos y desde allí le piden la compasión que no encuentran en aquella sociedad que los margina: Ten compasión de nosotros.

Al verlos allí, lejos, solos y marginados, pidiendo un gesto de compasión, Jesús no espera a nada. Dios los quiere ver conviviendo con todos: Id a presentaros a los sacerdotes. Que los representantes de Dios os den autorización para volver a vuestros hogares. Mientras iban de camino quedaron limpios.

El relato podía haber terminado aquí. Pero al evangelista le interesa destacar la reacción de uno de ellos. Este hombre ve que está curado: comprende que acaba de recibir algo muy grande; su vida ha cambiado. Entonces, en vez de presentarse a los sacerdotes, se vuelve hacia Jesús. Allí está su Salvador.

Ya no camina como un leproso, apartándose de la gente. Vuelve exultante. Según Lucas, hace dos cosas. En primer lugar, alaba a Dios a grandes gritos: Dios está en el origen de su salvación. Luego, se postra ante Jesús y le da gracias: éste es el Profeta bendito por el que le ha llegado la compasión de Dios.

Se explica la extrañeza de Jesús: Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Siguen entretenidos con los sacerdotes cumpliendo los ritos prescritos?, ¿no han descubierto de dónde llega a su vida la salvación? Luego dice al samaritano: Tu fe te ha salvado.

Todos los leprosos han sido curados físicamente, pero sólo el que ha vuelto a Jesús dando gracias ha quedado «salvado» de raíz. Quien no es capaz de alabar y agradecer la vida, tiene todavía algo enfermo en su interior. ¿Qué es una religión vivida sin agradecimiento? ¿Qué es un cristianismo vivido desde una actitud crítica, pesimista, negativa, incapaz de experimentar y agradecer la luz, la fuerza, el perdón y la esperanza que recibimos de Jesús?

¿No hemos de reavivar en la Iglesia la acción de gracias y la alabanza a Dios? ¿No hemos de volver a Jesús para darle gracias? ¿No es esto lo que puede desencadenar en los creyentes una alegría hoy desconocida por muchos?

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Saber decir “gracias”
Inma Eibe

El relato de hoy, propio de Lucas, nos sitúa junto a Jesús en camino hacia Jerusalén. Lucas describe, a lo largo de su libro, el acontecimiento salvífico de Jesús como un “viaje”. No es indiferente, por tanto, la indicación del camino, como no lo son tampoco las referencias geográficas de Samaría y Galilea, aunque éstas son más simbólicas que exactas.

En ese camino van a salir al encuentro de Jesús (y por tanto de todos los que iban –o vamos- con Él) diez leprosos. Diez leprosos, que como dictaba su condición de enfermos contagiosos (inhabilitados para la convivencia social), se paran a lo lejos y se comunican con Jesús a gritos.

Jesús, antes de oírlos, los ve.

Todos hemos experimentado que poner en alguien nuestra mirada, cuando ésta va cargada de respeto y cariño, es uno de los medios que más rehabilita a la persona cuando está enferma. Aún más, si sufre exclusión y experimenta continuamente cómo la gente desvía ante ella la mirada. Mirar cara a cara a alguien, poner en alguien nuestros ojos y dejarnos mirar por él, nos compromete y nos impide pasar de largo.

Jesús ve a los leprosos y al mirarlos, los coloca como protagonistas, en el centro de atención de todos. Ellos le han gritado suplicándole compasión y eso es lo que han recibido ya de Él, una mirada com-padecida y atenta, que percibe las necesidades del otro, antes incluso de que las pronuncie. Jesús les indica que se presenten ante los sacerdotes. La curación de la lepra sólo podía llevarse a cabo a través de un “milagro”, una especial acción de los sacerdotes o de otros hombres de Dios. Lucas presenta, por tanto, este milagro de curación como fruto de la confianza y de la disponibilidad de unos hombres que se fían de Jesús y realizan lo que les ha dicho, poniéndose de nuevo en camino.

Realmente aquí podría haber acabado el relato. Si este continúa es porque lo más relevante va a ser descrito a continuación. De los diez, uno de ellos, viéndose curado, no llega a presentarse a los sacerdotes, sino que deshace el camino realizado para echarse por tierra a los pies de Jesús y darle las gracias, al tiempo que alaba a Dios. Con este gesto reconoce a Jesús no sólo como su “maestro”, tal y como lo había nombrado antes, sino como su sanador y Salvador.

El subrayado del agradecimiento de este samaritano se convierte para nosotros hoy en una invitación a ser agradecidos. Quien se siente agradecido hacia alguien, mantiene una relación cercana con esa persona, está atenta a ella, le escucha y desea mostrarle su gratitud. Vivir como creyentes agradecidos es reconocer que todo es don, que nada nos es debido, que todo parte de un Dios misericordioso que se abaja para hacerse uno de tantos (Flp 2, 6-7), pero cuya grandeza y bondad es insondable (Rom 11,33-36). Intuir esto es reconocer que sólo podemos vivir ante Él dándole gracias. Y ello genera un modo nuevo de situarnos no sólo ante Dios, sino también ante los demás y ante nosotros mismos.

El agradecimiento del samaritano denota con mayor claridad la desaparición de los otros nueve y hoy nos hace preguntarnos con quién o quiénes nos identificamos nosotros. El samaritano regresará a su casa con la certeza de que la sanación manifestada en su piel ha atravesado, en realidad, todo su ser. Las palabras de Jesús “levántate, anda, tu fe te ha salvado”, serán motor para emprender una vez más el camino, y el profundo agradecimiento experimentado le hará vivir de un modo nuevo.

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“Exclusión”: palabra prohibida por el Evangelio y por la Misión
Romeo Ballan, mccj

Con un milagro Jesús sana y purifica a diez leprosos, aunque ¡solamente uno -un samaritano, un extranjero!– regresa para alabar a Dios y agradecer a Jesús (v. 18). El primer mensaje evidente del Evangelio de hoy es sobre los buenos modales: aprendemos cómo decir “gracias” a una persona que nos hace un favor o un gesto amable. En varias ocasiones el Papa Francisco ha dado enseñanzas pastorales partiendo de tres palabras sencillas y comunes: Gracias – Disculpe – Por favor. Cada uno, en su experiencia diaria, sabe de la importancia de estas tres palabras en la vida de familia y en las relaciones sociales. La gratitud es lo contrario del intercambio comercial, porque hace entrar en una relación de amor. A menudo pensamos que todo se nos debe; incluso de parte de Dios. El domingo pasado hemos visto cómo el don precioso de la fe exige claramente el homenaje de nuestra gratitud hacia Dios, que se hace concreta con un compromiso misionero, compartiendo nuestra fe, sosteniendo el trabajo misionero de la Iglesia.

Pero la enseñanza del Evangelio de hoy va mucho más allá de una lección de buena educación para aprender a decir ‘gracias’. Jesús realiza el milagro en favor de las personas más excluidas de la sociedad civil y religiosa. La legislación de ese tiempo era muy rígida y detallada sobre los leprosos (Lev 13-14), a los que se les consideraba impuros, malditos, castigados por Dios con el peor azote. Se les obligaba a vivir apartados de la familia, lejos de los centros poblados, y a gritar a los que pasaban que se alejasen de ellos. Con su milagro, Jesús invierte esa mentalidad excluyente: en los tiempos nuevos la salvación de Dios es para todos, sin exclusión de nadie; los leprosos no son gente maldita. Es más, su sanación es signo de la presencia del Reino: el hecho de que “los leprosos quedan limpios” (Mt 11,5; Lc 7,22) es un signo claro de que el Mesías está presente y actúa, como lo indica Jesús a los enviados del amigo Juan el Bautista desde la cárcel. Desde el comienzo de su vida pública, Jesús se compadece, extiende la mano, toca a un leproso y lo cura (Mc 1,40-42). El proyecto de Dios no es nunca excluyente: es inclusión, comunión, agregación, compartir. Esta apertura se manifiesta también en la curación de un ilustre leproso extranjero, Naamán (I lectura), jefe del ejército de Aram (Siria).

Nueve de los diez leprosos eran judíos y uno era samaritano. Jesús cura de la misma manera a todos, pero no todos alcanzan la salvación plena. “Este hecho nos dice que no siempre la curación física es salvación completa y definitiva… Los nueve judíos siguen su camino hacia el templo para reincorporarse a la vida civil y religiosa de Israel… Muy diferente es la actitud del único samaritano del grupo. Él vuelve atrás, solo, para dar las gracias al Maestro, porque comprende que en Jesús puede encontrar algo nuevo y diferente a lo que le ofrece la vieja comunidad a la que pertenecía… Jesús le ofrece una salvación mayor que la simple salud física: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado» (v. 19)… El samaritano no se ha dirigido al templo (como los otros nueve), sino que ha vuelto donde Jesús, «a dar gloria a Dios» (v. 18), dando prueba, de esta manera, de comprender que el Dios que salva no se encuentra y ya no se le honra en el templo, sino uniéndose a Cristo” (Corrado Ginami). El escritor y poeta búlgaro Elías Canettidecía: “La cosa más dura para el que no cree en Dios, es no tener a nadie a quien poderle decir gracias”. Ese leproso que regresa donde Jesús nos enseña que a veces la verdadera fe nace de un gesto sencillo, de un ‘gracias’ murmurado tímidamente pero con amor.

Agarrarse a Cristo, seguir el camino nuevo que Él ha inaugurado, es la ferviente exhortación de S. Pablo a su discípulo Timoteo (II lectura): “Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos” (v. 8). Pablo le es fiel, aunque tenga que sufrir hasta llevar cadenas, y lo anuncia con ardor, con la certeza de que “la Palabra de Dios no está encadenada” (v. 9). Es bueno fiarse de Él hasta dar la vida, porque “Él permanece fiel” (v. 11-13). A ese mismo nivel de madurez espiritual llegó también San Daniel Comboni, cuya fiesta celebramos el 10 de octubre. A los futuros misioneros él señalaba con insistencia el ideal de Cristo crucificado-resucitado, exhortándolos a “tener siempre los ojos fijos en Jesucristo, amándolo tiernamente y procurando entender cada vez mejor qué significa un Dios muerto en la cruz por la salvación de las almas. Si con viva fe contemplan y gustan un misterio de tanto amor, serán felices de ofrecerse a perderlo todo y a morir por Él y con Él… ofreciéndose hasta el martirio” (Reglas de 1871).

Jesús ha ido en busca de los impuros, herejes, excluidos, marginados: ha venido para “reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). Siguiendo su ejemplo, los cristianos están llamados a ser personas de comunión con todos; ser hombres y mujeres que rechazan cualquier motivación y praxis excluyente; personas que escogen los caminos de la comunión, solidaridad, inclusión; personas que trabajan desde dentro de la comunidad para aliviar el sufrimiento de los que de hecho han sido alejados o excluidos en cualquier sector de la vida cristiana o civil por leyes y restricciones, vengan de donde vinieren. La misión tras las huellas de Jesús nos compromete a ¡trabajar por la más plena comunión de todos con todos!


De la sanación a la fe
Fernando Armellini

Introducción

Podemos correr el riesgo de reducir el mensaje del Evangelio de hoy a una lección de buenos modales, recordar de dar las gracias a quienes nos ayudan. El leproso Samaritano es presentado a veces como un modelo de gratitud y nada más. Interpretado de esta manera, la escena con la que concluye la historia—un grupo de personas inexplicablemente descorteses y un Jesús no muy contento—comunica más tristeza que alegría, mientras que cada página del Evangelio nos habla de alegría. El tema de este pasaje, por tanto, no es la gratitud.

Jesús se sorprende: un samaritano, un hereje, un no creyente, posee una visión teológica que los nueve judíos, hijos de su pueblo, educados en la fe y conocedores de las escrituras, no tuvieron. En el camino, los diez fueron conscientes de que Jesús era un sanador. Los guías espirituales de Israel estaban bien enterados. Dios había visitado a su pueblo y enviado a un profeta a la par de Eliseo. Hasta aquí, los diez leprosos estaban de acuerdo.

Pero una nueva luz iluminó únicamente la mente y el corazón del samaritano: comprendió que Jesús era más que un curandero. Al quedar limpio, el leproso capturó el mensaje de Dios. Él, el hereje que no creía en los profetas, sorprendentemente había intuido que Dios había enviado a quien los profetas anunciaron: es Jesús—“abre los ojos de los ciegos, los sordos oyen, los cojos andan, los muertos resucitan a la vida y los leprosos quedan limpios” (Lc 7:22).

Es el primero en comprender verdaderamente que Dios no está lejos de los leprosos; no los rechaza ni se escapa. Jesús venía a decir a quienes habían institucionalizado, en nombre de Dios, la marginación de los leprosos: ¡Acaben con la religión que excluye, juzga y condena las personas impuras! En Jesús, el Señor se apareció en medio de ellos; Jesús los toca y los sana.

El mensaje de alegría es el siguiente: los impuros, los herejes, los marginados no están alejados de Dios, sino que llegan a él y a Cristo en primer lugar y de una manera más auténtica que los demás.

Primera Lectura: 2 Reyes 5,14-17

En aquellos días, Naamán bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta, y su carne quedó limpia, como la de un niño. 5,15: Volvió con su comitiva y se presentó al hombre de Dios, diciendo: –Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta un regalo de tu servidor. 5,16: Eliseo contestó: –¡Por la vida del Señor, a quien sirvo! No aceptaré nada. Y aunque le insistía, lo rehusó. 5,17: Naamán dijo: –Entonces que a tu servidor le dejen llevar tierra, la carga de un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios de comunión a otros dioses fuera del Señor. – Palabra de Dios

Estamos en la segunda mitad del siglo IX A.C. Damasco ha extendido su dominio en las mayores partes de Siria y Palestina. El personaje más famoso y apreciado en el reino es Naamán, el comandante en jefe del ejército. Hubiera sido el hombre más feliz y afortunado sólo si no hubiera sido afectado por la lepra, la terrible enfermedad tenida como uno de los peores castigos de Dios. Un día una chica de Israel, capturada durante el ataque, le revela que en su tierra hay un profeta que hace curaciones extraordinarias. Es Eliseo, el discípulo de Elías.

Naamán va a verlo. Cuando está a punto de llegar a la casa del hombre de Dios, un siervo viene a su encuentro y le pide que se lave siete veces en el río Jordán. Naamán está indignado. Él está esperando que le salga al encuentro Eliseo y haga algún rito, una invocación a su Dios, una imposición de las manos. Nada de eso. Eliseo ni siquiera sale a saludarlo. Maldiciendo, está a punto de alejarse cuando sus siervos se acercan y le dan un consejo elemental: Si el profeta le hubiera pedido que hiciera algo difícil, seguramente lo habría hecho. ¿Por qué no sigue una simple orden?

Nuestra lectura se inserta en este momento de la historia. Naamán baja al río Jordán, se lava siete veces y su carne se convierte como la de un niño; queda completamente sano (v. 14). Regresa para agradecer a Eliseo con un regalo, pero Eliseo se niega a aceptarlo: no quiere que pueda surgir algún malentendido. La curación no debe ser atribuida a él, sino al Señor. Naamán entiende y exclama: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra ,más que el de Israel” (v. 15). Como Eliseo no aceptó ningún regalo, Naamán dijo: “Entonces, que a tu servidor le dejen llevar tierra…” (v. 17) para construir un altar a Yahvé.

Naamán se curó no sólo de la lepra corporal sino también del alma. Del paganismo pasa a la fe en el único Dios. Recibió dos curaciones gratuitamente: son un regalo de Dios.

La lectura termina aquí, pero la historia no termina y creo que vale la pena recordar cómo concluye el diálogo entre Eliseo y Naamán. Este hombre—como hemos visto—ha decidido adorar al Señor pero está solo al comienzo de su aventura en la fe. Inmediatamente se da cuenta que hay dificultades. Un problema moral lo perturba y no le deja la conciencia tranquila y quiere compartir su problema con Eliseo a quien ya considera su guía espiritual. Escuchemos su confesión conmovedora. En mi país—dice—tengo la tarea de acompañar al rey durante ceremonias paganas en el templo de Rimón. “Y que el Señor me perdone: si al entrar mi señor en el templo de Rimón para adorarlo se apoya en mi mano, y yo también me postro ante Rimón, que el Señor me perdone ese gesto” (v. 18). Entiende que tiene que hacer un gesto idólatra… pero ve esta situación como inevitable.

Naamán no reclama que Eliseo apruebe su acción sino sólo pide comprensión por su debilidad. Apreciamos la sinceridad con la que Naamán acepta su debilidad pero, ¿qué responderle? ¿Cómo poner de acuerdo la coherencia con los principios morales y la misericordia hacia el pecador?

La solución más fácil para Eliseo sería la de recordarle las disposiciones jurídicas, fríamente, y aplicar las normas y—si esto sucede—amenazar a quien lleva una vida incoherente. Pero Eliseo, que es un verdadero pastor de almas, no se comporta de esta manera. Conoce las normas, pero sabe cómo comportarse frente a una persona que está en una situación difícil y comprometida y que sería absurdo pretender en Naamán una perfección inmediata. Por eso le dice: “Vete en paz”. Podemos imaginar estas palabras, dichas con una sonrisa, esa sonrisa de quien entiende la angustia y el drama espiritual de esta persona.

Segunda Lectura: 2 Timoteo 2,8-13

Querido hermano: Acuérdate de Jesucristo, resucitado de la muerte, y descendiente de David. Ésta es la Buena Noticia que yo predico 2,9: por la que sufro y estoy encadenado como malhechor, pero la Palabra de Dios no está encadenada. 2,10: Yo todo lo sufro por los elegidos de Dios, para que, por medio de Cristo Jesús, también ellos alcancen la salvación y la gloria eterna. 2,11: Esta doctrina es digna de fe: Si morimos con él, viviremos con él; 2,12: si perseveramos, reinaremos con él; si renegamos de él, renegará de nosotros; 2,13: si le somos infieles, el se mantiene fiel, porque no puede negarse a sí mismo. – Palabra de Dios

Cuando Pablo escribe la segunda carta a Timoteo, está en prisión en Roma. Pablo ya experimentó un primer proceso durante el cual nadie tuvo el coraje de presentarse a declarar en su favor (2 Tim 4,16). Muchos amigos lo abandonaron o dieron testimonios contra él (2 Tim 4,9-15). Los paganos lo consideraban un malhechor y los judíos un traidor. ¡Esta es la suerte que le espera quien se dedica fielmente a la causa del Evangelio!

¿Qué le consuela al apóstol en esta difícil situación? La idea de que también Cristo pasó por los mismos sufrimientos y malos entendidos antes de entrar en la gloria del padre. Por esto dice a Timoteo y se dice a sí mismo: “Acuérdate de Cristo Jesús” (v. 8). Para llegar a la salvación es necesario caminar por el mismo camino. “Si hemos muerto con él, también viviremos con él. Si sufrimos con él, también reinaremos con él” (vv. 11-12).

Lo que le pasó a Pablo y a Jesús se repite en la vida de cada auténtico discípulo. Aquellos que se comprometen a favor de su propia comunidad deben aceptar también las críticas, los malentendidos y hasta las persecuciones y, pese a las dificultades, deben cultivar la serenidad y alegría, convencidos de que el mensaje de amor y de paz que anuncian traerá abundantes frutos. “La palabra de Dios no está encadenada” (v. 9).

Evangelio: Lucas 17,11-19

Había un dicho en tiempo de Jesús: “Cuatro categorías de personas son como los muertos: los pobres, el leproso, los ciegos y los que no tienen hijos”.

Los leprosos no podían aproximarse a las aldeas y lugares habitados porque eran considerados impuros, igual que los cementerios. Algunos rabinos decían que si se encontraban con un leproso le tirarían una piedra y le gritarían: “Vuelve a tu lugar y no contamines a otras personas”. Todas las enfermedades eran consideradas un castigo por los pecados pero la lepra era el símbolo del pecado mismo. Decían que Dios castigaba sobre todo a las personas envidiosas, arrogantes, a los ladrones, a los asesinos, a los que hacían falsas promesas y a los incestuosos. La curación de la lepra era considerada como un milagro comparable a la resurrección de un muerto. Sólo el Señor podía curarla. En primer lugar, el leproso debía expiar todos los pecados que había cometido. Por eso los leprosos se sentían rechazados por todos: por la gente y por Dios.

Dadas estas costumbres y esta mentalidad, uno entiende la razón por la que los diez leprosos se detuvieron a una distancia y gritaban desde lejos: “Jesús, maestro, ten piedad de nosotros” (v. 13).

Cabe destacar que los leprosos no le pedían a Jesús que los sanara, sino que solo tuviera compasión de ellos y quizás que les diera alguna limosna. Tan pronto como los ve Jesús les dice: “Vayan y preséntense a los sacerdotes” (v. 14). Los diez leprosos partieron y a lo largo del camino se encontraron sanos.

Hay algo especial en este milagro: la curación no ocurre inmediatamente. La lepra desaparece más tarde, cuando los leprosos van por el camino. Esto es similar al episodio de la historia en la primera lectura. Naamán se curó después de partir de Eliseo.

Viéndose curado, uno de los diez leprosos vuelve, encuentra al Maestro y cae de rodillas para darle las gracias. Es un samaritano. Jesús se maravillas que sólo un desconocido, sintió la necesidad de dar gloria a Dios. Lo levanta y le dice: “Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Nos damos cuenta ante todo que la historia no habla de uno, sino diez leprosos. Lucas no subraya este particular como dato pasajero. El número diez en la Biblia tiene un valor simbólico: indica la totalidad (las manos tienen diez dedos). Los leprosos del Evangelio representan por lo tanto, a toda la gente, la humanidad entera lejos de Dios. Todos nosotros—nos viene a decir Lucas—somos leprosos y necesitamos encontrar a Jesús. Nadie es puro; todos llevamos en nuestra piel los signos de muerte que sólo la palabra de Cristo puede curar.

Quien no es consciente de su condición de ser un pecador termina considerándose a si mismo como justo y con la obligación de condenar a otros a la marginación. Dios no ha creado dos mundos: uno para los buenos y el otro para los malvados, sino un mundo único en el cual llama a todos sus hijos e hijas a vivir juntos, siendo todos pecadores salvados por su amor.

El mismo mensaje está contenido en una segunda paradoja: la lepra pone juntos judíos y samaritanos, une a las personas que, gozando de buena salud, se desprecian, odian y luchan entre sí. La conciencia de la común desgracia y sufrimiento hace amigos y hace entrar en solidaridad.

Y esto es exactamente lo que sucede en el campo espiritual: Si uno se considera justo y perfecto, inevitablemente pone barreras y vallas de protección delante de los “leprosos”. Quien se siente a sí mismo como leproso no se sentirá superior, no juzgará, no pondrá distancia, no mirará a otros despectivamente sino que estará en solidaridad con los buenos y con los malos.

Jesús no tiene miedo de ser considerado un pecador. No es un “fariseo” que se distancia de los impuros. Al final de la historia del leproso curado, el evangelista Marcos señala que, después de tocar y curar al leproso Jesús ya no podía entrar públicamente en la aldea sino que debió quedarse fuera en lugares apartados (Mc 1,45). Jesús sabía que al tocar al leproso quedaba impuro y por eso tuvo que distanciarse de la sociedad de los puros. Sabiendo esto lo tocó y decidió compartir la condición de los marginados y excluidos.

La tercera paradoja tiene que ver con la solidaridad entre las personas: los diez leprosos no tratan de acercarse a Jesús cada uno por su cuenta. Van juntos en busca de Jesús. Su oración común es: “Jesús, Maestro, tu que comprendes nuestra condición, ten piedad de nosotros”.

Esta oración es una condenación de la invocación seudo-espiritual, individualista, intimista predicada por los que buscan “la salvación de su alma”. La salvación puede llegar solamente junto con la de los hermanos. Los grandes personajes de la Biblia están siempre en solidaridad con su pueblo. Azarías, un joven de vida ejemplar, reza: “Porque hemos cometido toda clase de pecados, alejándonos de ti, rebelándonos contra ti, hemos cometido toda clase de pecados, hemos quebrantado los preceptos de la lay; no hemos puesto por obra lo que nos has mandado para nuestro bien” (Dan 3,29-30). Moisés se vuelve al señor diciendo: “Ahora, o perdonas su pecado o me borras de tu registro” (Ex 32,32). Pablo incluso pronuncia la frase paradójica: “Hasta desearía ser aborrecido de Dios y separado de Cristo si así pudiera favorecer a mis hermanos, los de mi linaje” (Rom 9,3).

En el paraíso no habrá nadie, ni siquiera Dios será feliz, hasta que el último ser humano se libere de la “lepra” que los separa de Dios y de los hermanos.

La cuarta paradoja de la narración es una invitación a reflexionar sobre la eficacia salvífica de la palabra pronunciada por Jesús. Los leprosos lo invocan desde la distancia (vv. 11-12). No pueden acercarse a él. ¿Será capaz Jesús de oír su grito desesperado? ¿Hará algo en su favor o la distancia lo bloqueará para intervenir? Estas son las dudas, los temores acosan no solo a los diez leprosos, sino también a la comunidad de los cristianos de Lucas. No pueden acercarse materialmente al Maestro; y también dudan lo cual es otro obstáculo. Sabemos que cuando Jesús estaba cerca, cuando estaba caminando por los caminos de Palestina, era posible acercarse a él, tocarlo, hablar con él. Prestó atención a todos, escuchando a cada solicitud de ayuda y con su palabra, curaba todas las enfermedades. ¿Pero ahora que ya no es visible en este mundo y está “muy lejos”: ¿se inclinará para escucharnos? ¿Está aun interesado en nuestra “lepra”? ¿Será capaz de sanar también “a distancia”?

La respuesta de Lucas a sus cristianos y también para nosotros es simple: no es la distancia la que puede impedir que nuestras oraciones lleguen a él. No existen circunstancias desesperadas en las que, con su palabra, aun pronunciadas “a distancia” no pueda resolver. La palabra que sana toda clase de “lepra” continúa siendo anunciada y su eficacia se mantiene intacta. Es suficiente confiar en él, como ese leproso samaritano a quien Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado” (v. 19).

Los diez leprosos fueron curados en el camino. ¿Por qué Jesús no los curó inmediatamente—como siempre lo hace—y luego enviarlos a los sacerdotes para la verificación según prescribía la ley? ¿Quiere poner a prueba la gratitud de los leprosos? Un mensaje teológico está ciertamente ligado a este detalle del episodio. En el Nuevo Testamento, la vida cristiana se compara con un “Itinerario”, un viaje largo y tedioso. La curación de la “lepra” que hace que nos sintamos lejos de Dios, rechazados por las hermanos/as y despreciados por nuestra propia conciencia—según sabemos y lo verificamos cada día—no ocurre de repente; sucede progresivamente y requiere toda una vida. Jesús nos invita a caminar este camino con paciencia, serenidad, optimismo y guiado a cada paso por su palabra. En el camino, aquellos que tienen fe verificarán el prodigio. Poco a poco verán “su piel cada vez más como la de un niño” como sucedió a Naamán.

Llegamos al punto más difícil del relato: ¿Por qué sólo uno regresó para dar gracias? ¿Por qué Jesús se queja del comportamiento de los otros nueve cuando él les ordenó ir y mostrarse a los sacerdotes? ¿Quiénes desobedecieron? ¿No fue tal vez el samaritano?

Cabe suponer que los otros nueve regresaron también más tarde para dar las gracias. Primero fueron a los sacerdotes para las “formalidades” de verificación de su salud y para volver a ser admitidos a la vida comunitaria. Luego habrán regresado a sus familias y seguramente también regresaron a dar las gracias a Jesús. Esta es la única reconstrucción de los hechos. Pero ¿por qué se lamenta Jesús?

Aquí no se trata de acción de gracias; Jesús no está triste porque vio una la falta de gratitud. Dice Jesús que sólo el samaritano “dio gloria a Dios”, es decir, el único que comprendió inmediatamente que la salvación de Dios viene a nosotros por medio de Cristo. Es el único que reconoce no sólo el bien recibido, sino también al intermediario elegido por Dios para comunicar sus dones. El leproso samaritano curado deseaba proclamar ante todos su gratitud y su descubrimiento. Los otros no eran malos, sólo que no estaban inmediatamente conscientes de la novedad. Siguieron el camino tradicional: pensaban que uno llegaba a Dios a través de las prácticas religiosas antiguas, a través de los sacerdotes del templo.

Jesús se sigue sorprendiendo de que sus compatriotas judíos, aunque suelen leer las sagradas escrituras y están educados por los profetas, fueron precedidos por un samaritano en reconocer al Mesías de Dios.

El hecho de la curación de los diez leprosos es releído por Lucas como una parábola, como una imagen de lo que sucedió en su tiempo: los herejes, paganos, pecadores fueron los primeros en reconocer en Jesús el mediador de la salvación de Dios.

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