Category Comentarios dominicales

La Asunción de María

Lecturas

-1ª Lectura: Ap 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab : Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal.
-Salmo: 44, 10-16 : R. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.
-2ª Lectura: 1 Cor 15, 20-27a : Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo.
+Evangelio: Lc 1, 39-56 : El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; enaltece a los humildes.

SEGUIDORA FIEL DE JESÚS
José Antonio Pagola

Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador.

Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.

María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.

Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el “Magníficat” brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.

María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.

María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.

María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

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Tres palabras clave:
lucha, resurrección, esperanza
Papa Francisco

El Concilio Vaticano II, al final de la Constitución sobre la Iglesia, nos ha dejado una bellísima meditación sobre María Santísima. Recuerdo solamente las palabras que se refieren al misterio que hoy celebramos. La primera es ésta: «La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo» (n. 59). Y después, hacia el final, ésta otra: «La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (n. 68). A la luz de esta imagen bellísima de nuestra Madre, podemos considerar el mensaje que contienen las lecturas bíblicas que hemos apenas escuchado. Podemos concentrarnos en tres palabras clave: lucha, resurrección, esperanza.

El pasaje del Apocalipsis presenta la visión de la lucha entre la mujer y el dragón. La figura de la mujer, que representa a la Iglesia, aparece por una parte gloriosa, triunfante, y por otra con dolores. Así es en efecto la Iglesia: si en el Cielo ya participa de la gloria de su Señor, en la historia vive continuamente las pruebas y desafíos que comporta el conflicto entre Dios y el maligno, el enemigo de siempre. En esta lucha que los discípulos de Jesús han de sostener – todos nosotros, todos los discípulos de Jesús debemos sostener esta lucha –, María no les deja solos; la Madre de Cristo y de la Iglesia está siempre con nosotros. Siempre camina con nosotros, está con nosotros. También María participa, en cierto sentido, de esta doble condición. Ella, naturalmente, ha entrado definitivamente en la gloria del Cielo. Pero esto no significa que esté lejos, que se separe de nosotros; María, por el contrario, nos acompaña, lucha con nosotros, sostiene a los cristianos en el combate contra las fuerzas del mal. La oración con María, en especial el Rosario – pero escuchadme con atención: el Rosario. ¿Vosotros rezáis el Rosario todos los días? No creo [la gente grita: Sí] ¿Seguro? Pues bien, la oración con María, en particular el Rosario, tiene también esta dimensión «agonística», es decir, de lucha, una oración que sostiene en la batalla contra el maligno y sus cómplices. También el Rosario nos sostiene en la batalla.

La segunda lectura nos habla de la resurrección. El apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, insiste en que ser cristianos significa creer que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos. Toda nuestra fe se basa en esta verdad fundamental, que no es una idea sino un acontecimiento. También el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma se inscribe completamente en la resurrección de Cristo. La humanidad de la Madre ha sido «atraída» por el Hijo en su paso a través de la muerte. Jesús entró definitivamente en la vida eterna con toda su humanidad, la que había tomado de María; así ella, la Madre, que lo ha seguido fielmente durante toda su vida, lo ha seguido con el corazón, ha entrado con él en la vida eterna, que llamamos también Cielo, Paraíso, Casa del Padre.

María ha conocido también el martirio de la cruz: el martirio de su corazón, el martirio del alma. Ha sufrido mucho en su corazón, mientras Jesús sufría en la cruz. Ha vivido la pasión del Hijo hasta el fondo del alma. Ha estado completamente unida a él en la muerte, y por eso ha recibido el don de la resurrección. Cristo es la primicia de los resucitados, y María es la primicia de los redimidos, la primera de «aquellos que son de Cristo». Es nuestra Madre, pero también podemos decir que es nuestra representante, es nuestra hermana, nuestra primera hermana, es la primera de los redimidos que ha llegado al cielo.

El evangelio nos sugiere la tercera palabra: esperanza. Esperanza es la virtud del que experimentando el conflicto, la lucha cotidiana entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal, cree en la resurrección de Cristo, en la victoria del amor. Hemos escuchado el Canto de María, el Magnificat es el cántico de la esperanza, el cántico del Pueblo de Dios que camina en la historia. Es el cántico de tantos santos y santas, algunos conocidos, otros, muchísimos, desconocidos, pero que Dios conoce bien: mamás, papás, catequistas, misioneros, sacerdotes, religiosas, jóvenes, también niños, abuelos, abuelas, estos han afrontado la lucha por la vida llevando en el corazón la esperanza de los pequeños y humildes. María dice: «Proclama mi alma la grandeza del Señor», hoy la Iglesia también canta esto y lo canta en todo el mundo. Este cántico es especialmente intenso allí donde el Cuerpo de Cristo sufre hoy la Pasión. Donde está la cruz, para nosotros los cristianos hay esperanza, siempre. Si no hay esperanza, no somos cristianos. Por esto me gusta decir: no os dejéis robar la esperanza. Que no os roben la esperanza, porque esta fuerza es una gracia, un don de Dios que nos hace avanzar mirando al cielo. Y María está siempre allí, cercana a esas comunidades, a esos hermanos nuestros, camina con ellos, sufre con ellos, y canta con ellos el Magnificat de la esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, unámonos también nosotros, con el corazón, a este cántico de paciencia y victoria, de lucha y alegría, que une a la Iglesia triunfante con la peregrinante, nosotros; que une el cielo y la tierra, que une nuestra historia con la eternidad, hacia la que caminamos. Amén.


El Señor de la vida ha hecho grandes cosas por nosotros
Fernando Armellini

Introducción

María es recordada por última vez en el Nuevo Testamento al comienzo del libro de Hechos: en la oración, rodeada por los apóstoles y la primera comunidad cristiana (Hch 1,14). Entonces esta dulce y reservada mujer abandona la escena, silenciosa y discretamente lo mismo que al entrar. Desde entonces no sabemos nada de ella. Dónde pasó los últimos años de su vida y cómo dejó esta tierra no se menciona en los textos canónicos. Muchas versiones de un solo tema –la Dormición de la Virgen María– se difundieron entre los cristianos a partir del siglo VI.

Estos textos apócrifos transmitieron una serie de noticias sobre los últimos días de María y sobre su muerte. Se trata de cuentos populares, en gran parte ficticios, cuyo núcleo original, sin embargo, se remonta al siglo II en torno a la Iglesia madre de Jerusalén, pero donde encontramos información más confiable.

Después de la Pascua, María, con toda probabilidad, vivió en Jerusalén, en el Monte Sión, tal vez en la misma casa donde su hijo había celebrado la Última Cena con sus apóstoles. Cuando llegó su hora de salir de este mundo –y aquí comienza el aspecto legendario de las historias apócrifas– apareció un mensajero celestial y le anunció su próxima salida. Desde las tierras más remotas, los apóstoles, milagrosamente transportados sobre las nubes, llegaron a su lecho, conversaron con ella tiernamente permaneciendo a su lado hasta el momento en que Jesús, con una multitud de ángeles, vino a llevar su alma.

Acompañaron su cuerpo en procesión al arroyo de Cedrón, y allí lo colocaron en una tumba cortada en la roca. Este es probablemente un detalle histórico. Desde el siglo I, de hecho, su tumba, cerca de la gruta de Getsemaní, ha sido continuamente venerada. En el siglo IV, este sitio fue aislado de los demás y en este lugar se construyó una iglesia.

Tres días después de su entierro –y aquí las noticias legendarias se reanudan– Jesús aparece de nuevo para tomar también su cuerpo, que los apóstoles habían seguido observando. Dio órdenes a los ángeles para que la elevaran sobre las nubes y los apóstoles la acompañaran. Las nubes se dirigían al este, al arco del paraíso y llegaban al reino de la luz. Entre las canciones de los ángeles y los aromas más deliciosos, la pusieron al lado del árbol de la vida.

Estos detalles ficticios, evidentemente, no tienen valor histórico; sin embargo, dan testimonio, a través de imágenes y símbolos, de la incipiente devoción del pueblo cristiano por la Madre del Señor. La reflexión de los creyentes sobre el destino de María después de la muerte siguió creciendo a lo largo de los siglos. Llevó a la creencia en su Asunción y, el 1 de noviembre de 1950, vino la definición papal: “La Inmaculada Concepción Madre de Dios siempre Virgen terminó el curso de su vida terrenal, fue asunta cuerpo y alma en la gloria celestial”.

¿Qué significa este dogma? ¿Acaso es que el cuerpo de María no sufrió corrupción o que solo ella y Jesús estarían en el cielo en carne y hueso mientras que los demás estarían muertos y sólo con sus almas en el cielo esperando la reunificación con sus cuerpos? Esta visión ingenua de la Ascensión de Jesús y de la Asunción de María, además de ser un legado de la filosofía dualista griega –que contradice a la Biblia en la que el ser humano se entiende como una unidad inseparable– es positivamente excluida por Pablo. Escribiendo a los Corintios, Pablo aclara que no es el cuerpo material el que resucita sino “un cuerpo espiritual” (1 Cor 15,44).

El texto de la definición papal no habla de “asunta al cielo” –como si hubiera habido un cambio en el espacio o un ‘rapto’ de su cuerpo de la tumba a la morada de Dios– sino que dice: “asunta a la gloria celestial”. La gloria celestial no es un lugar sino una nueva condición. María no fue a otro lugar, llevando con ella los frágiles restos que están destinados a volver al polvo. Ella no ha abandonado la comunidad de discípulos que continúan caminando como peregrinos en este mundo. Ella ha cambiado la manera de estar con ellos, como lo hizo su Hijo el día de Pascua.

María, “la sierva del Señor”, se presenta hoy a todos los creyentes no como una privilegiada sino como el modelo más excelente, como el signo del destino que espera a toda persona que cree “que la Palabra del Señor se hará realidad” (Lc 1,45).

Las fuerzas de la vida y de la muerte se enfrentan en un duelo dramático en el mundo. El dolor, la enfermedad, las debilidades de la vejez son las escaramuzas que anuncian el asalto final del temible dragón. Eventualmente, la lucha se convierte en unilateral y la muerte siempre atrapa a su presa. ¿Acaso Dios, amante de la vida, ve impasiblemente esta derrota de las criaturas en cuyo rostro se imprime su imagen? La respuesta a esta pregunta se nos ofrece hoy en María. En ella estamos invitados a contemplar el triunfo del Dios de la Vida.

Evangelio: Lucas 1,39-56

Ante la evidencia de la muerte y corrupción de un cuerpo en la tumba, se necesita mucho valor para creer que el Señor es el Dios de la vida y la esperanza de una vida más allá de la vida. En la fiesta de hoy, se nos ofrece como modelo a aquel que siempre ha confiado en Dios.

Isabel proclama su bendición porque “ella creía que la palabra del Señor se haría realidad” (v. 45). María le responde con un himno de alabanza al Señor. Cada noche la comunidad cristiana lo canta al final de las vísperas. Es para mantener viva en los fieles, quizás perturbados por las vicisitudes del día, la mirada de fe en la que María ha podido leer los acontecimientos de su vida y la historia de su pueblo.

Comienza con un grito de alegría: “Mi alma proclama la grandeza del Señor” (v. 47). Literalmente, la frase dice: “Yo me rindo ante el Señor, que es grande”. Nuestro corazón tiende a imaginarlo pequeño, modelándolo adaptado a nuestra mezquindad: un Dios generoso con el vencedor bueno y enojado, implacable, con aquellos que transgreden sus órdenes, como nosotros. María tiene una mirada pura; ella ha experimentado la inmensidad del amor de Dios. Ella comprendió que Él hace que su sol salga sobre los malos y sobre los buenos; para esto, ella siente la necesidad irreprimible de proclamar su grandeza.

Quien asimile la mirada de María y descubra que el Señor ama a la gente sin condiciones, exultará –como ella– en Dios su Salvador. Estará complacido porque la Salvación no depende de sus habilidades y buenas obras sino que está anclada en la fidelidad infalible de Dios. Esta certeza pone fin a las angustias, que surgen del deseo de construir la propia perfección, y es la fuente de la serenidad interior, de la paz, de la alegría sin límites.

Después de haber engrandecido al Señor, María aclara el motivo por el que le hace un himno de alabanza: “Ha visto la humildad de su sierva” (v. 48). La mirada de Dios no es atraída por las virtudes morales y las cualidades de una persona sino por su pobreza, su necesidad de ser enriquecida por los dones del cielo. María sabe que es una mujer estupenda, pero no tiene motivos para jactarse. Ella es consciente de no tener ningún mérito y reconoce que todo en ella es un regalo gratuito del Señor.

Ella dijo al ángel de la Anunciación: “He aquí la sierva del Señor”. En su canto de alabanza se repite la auto-presentación: “Yo soy la sierva”. Es el título de honor que la Biblia reserva a aquellos que han puesto sus vidas a disposición de Dios. La proclamarán ‘bienaventurada’ porque, al mirarla, aquellos que son despreciados por su condición angustiosa, física o moral, dejarán de sentirse derrotados y rechazados por Dios. Se darán cuenta de estar en la posición única de convertirse en los destinatarios de la ternura del Señor.

“El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí” (v. 49). “Grandes cosas” es la expresión con la que la Biblia presenta las intervenciones extraordinarias de Dios: “Él hace prodigios incomprensibles, maravillas innumerables” (Job 5,9). Él no es el Todopoderoso que puede hacer lo que quiere. Es el poderoso que, respetuoso de las leyes de la Creación y de la libertad humana, logra siempre hacer prodigios inesperados y sorprendentes de amor.

La segunda parte del pasaje comienza (vv. 50-55) donde María revisa las maravillosas obras de Amor del Señor. Ella explica primero por qué es tan atento y cariñoso. Distribuye generosamente sus beneficios porque es misericordioso: de tiempo en tiempo su misericordia se extiende a los que viven en su presencia (v. 50). Misericordioso para nosotros es el que se mueve ante la desgracia, el dolor, la condición de los pobres y los afectados por los desastres. Sin embargo, este sentimiento sería en vano si no nos intercedemos en nombre de aquellos que necesitan ayuda.

En la Biblia, Dios se presenta a sí mismo como “compasivo y misericordioso” (Éx 34,6) y las palabras hebreas que se usan, no sólo expresan una emoción intensa y profunda –la que la madre siente por el niño que lleva– sino también la acción que este sentimiento causa: el irresistible impulso de rescatar al ser amado. A lo largo de los siglos, aquellos que temen al Señor, es decir, los que confiaron en Él y en su Palabra, siempre han experimentado su ternura y su cuidado.

El texto continúa enumerando siete de las intervenciones salvadoras de Dios. Él ha actuado con el poder de su brazo y ha hecho maravillas (v. 51). La Biblia a menudo menciona el brazo de Dios, símbolo de la fuerza con la que interviene para liberar a los oprimidos, proteger a los débiles, defender a los que sufren injusticia. María conoce la historia de su pueblo y recuerda que el Señor fue a Egipto a elegir a Israel “por la fuerza de pruebas y señales, por maravillas y por guerras, con mano firme y brazo extendido” (Dt 4,34). Ella ni siquiera es tocada por la duda de que el mal prevalecerá sobre el bien, la mentira sobre la verdad, la prevaricación sobre la justicia, la arrogancia sobre la mansedumbre. Ella sabe que el brazo del Señor mantiene un firme control sobre los destinos del mundo y la vida de cada persona.

“Él ha esparcido a los soberbios” (v. 51). Con este término la Biblia indica a los insolentes, aquellos que no están interesados ​​en Dios; hablan con orgullo y miran hacia abajo a todos. El Señor, dice María, los dispersa. No es una invitación a esperar pacientemente que Dios intervenga para derribar y reducir al ridículo a los que prevalecen. El Señor no triunfa humillando a los que se burlan de él, sino que vuelve su palabra paternal y los convierte con su Amor. Es el mundo nuevo el que anuncia María, el mundo en el cual los arrogantes y los dominadores se dispersan y desaparecen. Todos son convertidos en humildes siervos de sus hermanos.

“Él ha derribado a los poderosos de sus tronos y levantado a los oprimidos” (v. 52). La historia enseña que los fuertes siempre han dominado, y los débiles estuvieron subyugados. María lo sabe. Ella pertenece a un pueblo tiranizado por los grandes imperios. Ahora –asegura– Dios está del lado de los pobres y ha puesto en acción una revolución; volcó el equilibrio de poder: los poderosos fueron derrotados y los miserables levantados.

¿Ha llegado el momento de la venganza? ¿Con la ayuda de Dios, los débiles elevarán su cabeza, conquistarán a los poderosos y someterán a los que los han oprimido? Si eso fuera el resultado de la intervención divina, no veríamos un nuevo acontecimiento sino solo el reemplazo de una clase de explotadores por otra. Dios no entra en la historia para desempeñar el papel del héroe en ese guión insano que siempre las personas han puesto en escena. No interviene con fuerza para cambiar a los actores sino para introducir un guión completamente diferente: antes el juego era esforzarse para subir y gobernar al resto; ahora se compite para bajar y convertirse en sirviente por amor, para ser pan para los hambrientos. Grande y digno de honor ya no es el que está sentado en un trono sino el que se queda abajo y responde con alegría a las demandas de aquellos que lo necesitan.

Esta es la verdadera novedad: un corazón nuevo dado a todos, un corazón como el de Cristo, un corazón de sirvientes. ¿Veremos alguna vez este tipo de humanidad? María está tan segura de que Dios la edificará, que habla al pasado –“ha derrumbado, ha levantado”– como si esta prodigiosa transformación del mundo ya estuviera hecha. Ella recuerda las palabras del mensajero celestial: “Con Dios nada es imposible” (Lc 1,37).

“Él ha llenado a los hambrientos con cosas buenas, pero ha enviado a los ricos con las manos vacías” (v. 53). “La tierra y su plenitud pertenecen al Señor, al mundo y a todos los que habitan en él” (Sal 24,1). Si todo pertenece a Dios, los seres humanos no son dueños de nada; son invitados, comensales a la mesa que el generoso Padre ha tendido a sus hijos. Él concede sus dones a todos para que todos participen por igual; el que los reúne para sí, el que se niega a compartirlos tomando posesión de bienes que no son suyos, comete un robo. La codicia –la raíz de todo mal (1 Tim 6,10)– lleva a tomar más de lo necesario y a enriquecerse. La injusticia, la desigualdad, la discriminación y un mundo en desacuerdo con la voluntad de Dios son los resultados de la codicia inextinguible. María ve surgir un nuevo mundo, un mundo en el que los comensales comparten lo que el Padre pone a su disposición; un mundo donde todo el mundo está saciado de pan, libertad y amor.

María tiene un mensaje de esperanza para los ricos: Dios los deja vacíos. No es una amenaza de castigo; es una proclamación de Salvación. Los bienes que han acumulado –a menudo por extorsión y robo– han sido para ellos una fuente de placer, pero también de preocupaciones y ansiedades; se han convertido en un peso voluminoso, una carga que ha pesado en sus corazones haciéndolos insensibles a las necesidades de los hermanos.

Dios los envía vacíos, los aligera del peso de las riquezas, advirtiendo que “no hemos traído nada al mundo, y lo dejaremos con nada” (1 Tim 6,7), haciéndoles entender que “aunque tengan muchas posesiones, no es lo que les da vida” (Lc 12,15). Y convenciéndolos de que “la felicidad radica más en dar que en recibir” (Hch 20,35).

El texto cierra con una reflexión sobre la fidelidad de Dios a las promesas hechas a los patriarcas y a David (vv. 54-55). Israel es un pueblo que recuerda. El Señor a menudo lo invita a no olvidar las maravillas que ha realizado y las promesas hechas a los padres de la antigüedad (Deut 4,9; 7,18). María –hija de este pueblo– también recuerda y está segura de que Dios no olvida el juramento que juró a Abrahán ya sus descendientes. El niño que lleva en su vientre es la fiel respuesta de Dios a los compromisos que ha asumido con su pueblo.

No solo ahora, sino para siempre, por la eternidad –asegura María–, Dios permanecerá fiel. Él nunca fallará a su pacto de Amor con nosotros y, ciertamente, no nos abandonará ni siquiera en la muerte.

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XIX Domingo ordinario. Año C

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino. Vendan sus bienes y den limosnas. Consíganse unas bolsas que no se destruyan y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla. Porque donde está su tesoro, ahí estará su corazón.

Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se cogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos.

Fíjense en esto: si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se metiera por un boquete en su casa. Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre.

Entonces Pedro le preguntó a Jesús: ¿Dices esta parábola solo por nosotros o por todos? El Señor le respondió: supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre, con el encargo de repartir a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia. Dichoso este siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene. Pero si este siervo piensa: Mi amo tardará en llegar y empieza a maltratar a los criados y a las criadas, a comer a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada, llegará su amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte que a los hombres desleales.

El Servidor que, conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”. (Lucas 12, 32-48)


Donde está su tesoro, ahí estará su corazón
P. Enrique Sánchez, mccj

El capítulo 12 del evangelio de san Lucas nos sigue conduciendo en una reflexión sobre los bienes que convienen y la riqueza que no se acaba, invitándonos a tomar conciencia de la importancia de adquirir una libertad interior que nos permita disfrutar de los bienes materiales sin entregarles nuestro corazón.

Es una invitación a vivir sin miedo, porque nuestro Padre Dios ha tenido a bien tomarse el cuidado de nosotros dándonos la posibilidad de vivir en su Reino.

Acumulen en el cielo

Si hay que acumular algo, nos dice el evangelio, habría que hacerlo en las bodegas del cielo, porque ahí́ se conserva lo bueno, lo que no se destruye y no se acaba con el tiempo, lo que no desaparece cuando llega la ultima crisis financiera y en donde lo que realmente tiene valor no se cuantifica con cifras de seis ceros.

El bien hecho por los demás y la felicidad que hayamos podido sembrar en el corazón de quienes tenemos cerca es algo que ningún ladrón podrá arrebatarnos.

La caridad ejercida de manera discreta, en bien de quien la está pasando mal porque se ha quedado sin trabajo o porque se le ha presentado una enfermedad inesperada; ese es un bien que no se puede carcomer la polilla.

El perdón y la misericordia que podemos tener con aquellas personas que nos han hecho sufrir y que nos han maltratado donde duele; esa es una riqueza de la que ningún ladrón podrá́ despojarnos, porque se trata de lo más noble que llevamos custodiado en lo profundo del corazón.

La compasión que mueve nuestros sentimientos más profundos, cuando vemos el sufrimiento de nuestros hermanos y no somos capaces de pasar indiferentes ante el dolor y la angustia de quienes no saben a donde elevar sus suplicas; eso representa lo mejor de nuestro tesoro que nadie podrá arrebatarnos, porque habla de lo mejor de nosotros mismos.

Estas, y muchas más, son las riquezas que el Señor ha tenido a bien concedernos cuando nos llama a entrar y gozar de su Reino; ese Reino en donde lo que importa no son las cosas que, tarde o temprano, tendremos que dejar.

Ligeros y con la lámpara encendida

El evangelio de hoy nos invita a ir ligeros y a mantener la lámpara encendida. Ir con la cintura ceñida para no dejar que nuestro corazón se apegue a todo aquello que  nos haría difícil el avanzar por el camino.

Ligeros para mantenernos libres y disponibles a todas las riquezas con las que el Señor nos irá sorprendiendo, abiertos a la novedad de Dios que no se dejará ganar jamás en generosidad.

El Señor se encarga y piensa ya a lo que nos hace falta para responder a nuestras necesidades de cada día. Por lo tanto, no tiene sentido afanarse en atesorar y acumular, como si nuestra vida dependiera de nuestras reservas.

La parábola que nos presenta el evangelio nos hace entender la importancia que tiene el saber que lo que hemos recibido como bienes es algo que estamos llamados a administrar en bien de los demás y la importancia aparece en el saber servir y compartir con los demás. Ahí está el valor que podríamos dar a aquello que se atesora.

Del trata de administrar y de servir

Y, ¿de qué se trata cuando hablamos de servicio? Seguramente de saber poner a disposición de los demás los dones, cualidades, aptitudes y carismas que hemos recibido gratuitamente y que reconocemos como gracias que se nos han dado para compartirlas con los demás.

Por otra parte, se nos dice que, hay que estar listos y preparados, con las lámparas encendidas, para reconocer lo bueno y lo bello que Dios nos va dando en medio de las tinieblas en las que muchas veces nos vemos atrapados.

Esas tinieblas que nos impiden ser agradecidos y que, encerrándonos en nuestros egoísmos, pretenden hacernos creer que todo nos es debido y que tenemos derecho a que todo nos sea dado.

Estar listos y preparados al encuentro con el Señor es la actitud que nos permite vivir desprendidos de nosotros mismos y disponibles a recibir cada momento de nuestra vida como una gracia y una bendición. Como algo que no tiene precio y que no podemos conseguir con nuestros recursos, tan perecederos, tan frágiles y tan humanos.

Vivir cimentados en la fe

En otras palabras, de lo que se trata es de vivir en una actitud de fe en donde se nos enseña que, aún en los momentos de oscuridad y de tinieblas, cuando, aparentemente todo está perdido, el Señor no nos abandonará y nos dará siempre lo necesario para vivir en plenitud.

Dichosos los que son encontrados en vela, despiertos, con la atención puesta en lo que realmente es importante y esencial en la vida.

Estar en vela podría significar vivir atentos y dispuestos a reconocer cómo Dios se va tomando cuidado de nosotros y cómo se preocupa para que nada nos falte de aquello que nos permite vivir con dignidad.

Estar listos, preparados y vigilantes es lo que permite custodiar el corazón para que ahí se vaya acumulando lo que realmente podamos reconocer como nuestro tesoro, como la riqueza que nos permite estar en este mundo con una actitud profunda de libertad y de desprendimiento de cualquier cosa que nos pudiese esclavizar.

Ojalá, pues, que nuestro tesoro consista en una infinidad de bienes, materiales y espirituales. De gracias y bendiciones que nos reconocemos presentes en nuestras vidas. Qué sean todo lo bello que descubrimos como la razón que da sentido a nuestra vida y que nos llena de entusiasmo para seguir adelante, considerando la vida y el encuentro con nuestros hermanos, como lo más grande que nos pudo haber sucedido.

Pidamos la sabiduría de Dios para que sepamos conducir nuestro corazón a lo que realmente vale la pena, a todo aquello que dignifique nuestra vida y nos convierta en instrumentos de promoción humana y divina para todas las personas que vamos encontrando en nuestro caminar en este mundo tan lleno de sorpresas que nos hablan del Señor que va a nuestro lado, como presencia fiel que sólo sueña con nuestra felicidad.

Siempre vigilantes y atentos

Que el Señor nos encuentre siempre vigilantes, atentos y disponibles para servir a los demás. Que nos dé un corazón enorme para llenarlo de las riquezas que representan los hermanos que alegran nuestro peregrinar.

Que la esperanza sea la luz que ilumine nuestros horizontes y se transforme en alegría que estemos llamados a compartir con los demás.

Para continuar nuestra reflexión personal

¿Cuáles son las alegrías de nuestro corazón?

¿Qué es lo que vamos atesorando y a lo que tenemos adherido nuestro corazón?

¿Nos sentimos iluminados y sostenidos por nuestra fe?

¿Reconocemos al Señor Jesús presente en nuestras vidas?

¿Somos vigilantes para detectar el paso de Dios por nuestras vidas?

¿Nos alegra el ser servidores de los demás?


Esperando a Dios en la noche
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

En estos domingos estamos leyendo el capítulo XII de san Lucas, un entramado de dichos, enseñanzas y breves parábolas, sin una clara unidad entre ellos. A algunos de nosotros que lo escuchemos en tiempo de vacaciones nos podrá parecer un Evangelio fuera de tiempo y de lugar. Mientras buscamos un poco de descanso y distracción para olvidar las preocupaciones de la vida, esta Palabra nos desconcierta, proponiéndonos temas demasiado serios e incómodos. Tal vez por eso el Señor nos dice, ante todo: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino».

Vigilando en la noche

El pasaje de este domingo tiene un tono de espera apocalíptica, presentando la vida cristiana como la espera del regreso del Señor en la “noche”. Tres veces se repite la invitación a estar preparados: «Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas»«Estad preparados, porque a la hora que no penséis, vendrá el Hijo del hombre». La invitación de Jesús a vigilar para no ser sorprendidos desprevenidos a su llegada se ilustra con tres breves comparaciones: la espera del señor que regresa de unas bodas, el ladrón y el administrador de la casa.

La noche que se alterna con el día es una fuerte metáfora de la vida. ¡Cuántas veces nos parece estar en la oscuridad, sin saber adónde ir, agobiados por los problemas, con amenazas que se ciernen sobre nuestra vida…! O vivir tiempos oscurecidos por la guerra y la injusticia, por la incertidumbre sobre el futuro… La Palabra de este domingo nos ayuda a comprender y a vivir en esta “noche”.

La noche del Éxodo

La primera lectura (Sabiduría 18,6-9) presenta esta noche como la noche del Éxodo, cuando todo el pueblo en espera «se impuso, de común acuerdo, esta ley divina: compartir por igual los éxitos y los peligros».

La vida cristiana es un éxodo, un camino de liberación, muchas veces jalonado de tentaciones, de incertidumbre sobre las decisiones tomadas, de nostalgia del pasado… A menudo se convierte en una larga noche. Habíamos imaginado una travesía más rápida y menos fatigosa, y que pronto estaríamos instalados en la Tierra Prometida. Llegados al Sinaí, Dios nos dijo: «Vosotros mismos habéis visto lo que hice a Egipto, y cómo os llevé sobre alas de águila y os traje hasta mí» (Ex 19,4). Pensábamos, por tanto, que lo peor había pasado. Pero el Señor consideró que aún no estábamos preparados para entrar y que se necesitaban “cuarenta años” de desierto para liberar nuestro corazón de las estructuras mentales y de los hábitos que nos mantenían en “Egipto”, en la “casa de esclavitud”. Allí seguían estando nuestros tesoros. Y «donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».

Por eso la noche de nuestro éxodo será aún larga. Nosotros también gritaremos a la centinela del profeta Isaías: «Centinela, ¿cuánto queda de la noche?». Y la centinela nos responderá, algo enigmática: «Llega la mañana, pero también la noche; si queréis preguntar, preguntad; conver­tíos, venid» (Is 21,11-12). ¡Corresponde a cada uno de nosotros escuchar e interpretar esta Voz!

La noche de la fe

La segunda lectura (Hebreos 11,1-19) presenta la noche del creyente como la noche de la fe: «En la fe murieron todos estos, sin haber recibido lo prometido, pero viéndolo y saludándolo de lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos en la tierra».

La definición de la fe que encontramos al comienzo de la lectura es sorprendente: «La fe es garantía de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve». Por eso la noche es el ámbito de la fe. Aunque somos hijos de la luz, «caminamos por fe y no por vista» (2Cor 5,7). Es necesario aceptar y atravesar la noche de la fe para aprender a «esperar contra toda esperanza» (Rom 4,18).

Para el creyente, la fe es una elección radical de vida. Significa confiar en una promesa de Dios, como Abraham. De hecho, hay dos maneras de planificar la vida: según un proyecto personal o según una vocación orientada por una promesa de Dios. Proyecto proviene del latín proiectum (pro-icere, arrojar hacia adelante), mientras que promesa proviene de promissa (pro-mittere, enviar hacia adelante). El proyecto lo planifico yo; la promesa la hace Dios. ¿Qué está orientando mi vida: un proyecto mío o una promesa de Dios?

La noche de la vigilia en el servicio

En el pasaje del Evangelio, Jesús habla tres veces de bienaventuranza: «Dichosos los siervos a quienes el señor, al llegar, encuentre en vela»«Y si llega a medianoche o al amanecer y los encuentra así, ¡dichosos ellos!»«Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre actuando así».

En el Evangelio de Lucas, el uso de las palabras “dichoso” y “dichosos” (del griego μακάριος – makários, es decir, “feliz”, “bendito”, “afortunado”) aparece en diversos contextos. Jesús vino a revelarnos el camino de la bienaventuranza. Es el camino que conduce al Reino, la meta de todo ser humano. Es un camino que aún hoy permanece oculto y misterioso para muchos, creyentes y no creyentes. Se presenta de forma tan contraria a la lógica que puede parecer una locura. Pero se ha hecho creíble porque Jesús y otros que se atrevieron a confiar en él lo encarnaron. El Evangelio ha recogido su trazado y se ha convertido en la guía para las mujeres y los hombres del Camino, como llaman a los cristianos los Hechos de los Apóstoles.

El Camino es único: es Cristo, pero ¿podemos hablar de senderos diferentes? Tal vez sí. Algunos nos parecen más arduos que otros. Algunos no nos sentimos capaces de recorrerlos. Pensamos en la santidad de ciertos cristianos o en la “santidad” laica de ciertas personas que se dedican heroicamente a aliviar el sufrimiento. Inalcanzables. Pues bien, el sendero que Jesús nos propone hoy me parece accesible a todos. Ciertamente, siempre es para recorrer en la noche del éxodo y de la fe, pero aun así al alcance de los pequeños, de los siervos. No tenemos que hacer cosas extraordinarias, sino simplemente permanecer despiertos y hacer lo que es nuestro deber: ¡servir! Un servicio humilde, oculto, quizá incluso banal, que no se publicitará en las redes sociales ni buscará “me gusta”, pero que se da por hecho: «Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10). ¿No os parece esta una versión del “caminito” del “camino del amor sencillo y confiado”, al alcance de todos, trazado por santa Teresa del Niño Jesús?


La última alegría
Papa Francesco

En la página del Evangelio de hoy (cf. Lc 12, 32-48), Jesús llama a sus discípulos a una vigilancia constante. ¿Por qué? Para captar el paso de Dios en su vida, porque Dios pasa continuamente por la vida. Y señala las formas de vivir bien esta vigilancia: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas» (v. 35). Este es el camino. En primer lugar, «ceñidos los lomos», una imagen que recuerda la actitud del peregrino, dispuesto a emprender el camino. Se trata de no echar raíces en moradas cómodas y tranquilizadoras, sino de abandonarse, de abrirse con sencillez y confianza al paso de Dios en nuestras vidas, a la voluntad de Dios, que nos guía hacia la meta sucesiva. El Señor siempre camina con nosotros y tantas veces nos acompaña de la mano, para guiarnos, para que no nos equivoquemos en este camino tan difícil. Efectivamente, el que confía en Dios sabe bien que  la vida de fe no es algo estático, ¡es dinámica! La vida de fe es un itinerario continuo, para dirigirse hacia etapas siempre nuevas, que el Señor mismo indica día tras día. Porque Él es el Señor de las sorpresas, el Señor de las novedades, pero de las verdaderas novedades.

Y entonces ―el primer modo era “los lomos ceñidos”― después se nos pide que mantengamos “las lámparas encendidas”, para poder iluminar la oscuridad de la noche. Es decir, estamos invitados a vivir una fe auténtica y madura, capaz de iluminar las muchas “noches” de la vida. Bien sabemos que todos hemos tenido días que han sido verdaderas noches espirituales. La lámpara de la fe requiere ser alimentada continuamente, con el encuentro de corazón a corazón con Jesús en la oración y en la escucha de su Palabra. Reitero algo que he dicho muchas veces: llevad siempre un pequeño Evangelio en el bolsillo, en el bolso, para leerlo. Es un encuentro con Jesús, con la Palabra de Jesús. Esta lámpara del encuentro con Jesús en la oración y en su Palabra nos ha sido confiada para el bien de todos: nadie, por tanto, puede encerrarse de forma intimista en la certeza de su propia salvación, desinteresándose de los demás. Es una fantasía creer que uno puede iluminarse por dentro solo. No, es una fantasía. La verdadera fe abre el corazón al prójimo y lo impulsa a una comunión concreta con los hermanos, especialmente con los que viven en la necesidad.

Y Jesús, para hacernos comprender esta actitud, cuenta la parábola de los siervos que esperan el regreso del Maestro cuando vuelve de las bodas (vv. 36-40), presentando así otro aspecto de la vigilancia: estar preparados para el encuentro último y definitivo con el Señor. Cada uno de nosotros se encontrará, nos encontraremos en ese día del encuentro. Cada uno de nosotros tiene la propia fecha para el encuentro definitivo. Dice el Señor: «Dichosos los siervos que el señor al venir encuentre despiertos… Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así ¡dichosos ellos!» (vv. 37-38). Con estas palabras, el Señor nos recuerda que la vida es un camino hacia la eternidad; por eso, estamos llamados a emplear todos los talentos que tenemos, sin olvidar nunca que «no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro» (Hb 13,14). Desde esta perspectiva, cada momento se vuelve precioso, así que debemos vivir y actuar en esta tierra teniendo nostalgia del cielo: los pies en la tierra, caminar en la tierra, trabajar en la tierra, hacer el bien en la tierra, y el corazón nostálgico del cielo.

No podemos comprender realmente en qué consiste esta alegría suprema, pero Jesús nos hace darnos cuenta de ello con el ejemplo del amo que, al volver, encuentra a sus siervos aún despiertos: «Se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y yendo de uno a otro los servirá» (v. 37). La alegría eterna del paraíso se manifiesta así: la situación se invertirá, y ya no serán los siervos, es  decir, nosotros, los que sirvamos a Dios, sino que Dios mismo se pondrá a nuestro servicio. Y esto lo hace Jesús ya desde ahora. Jesús reza por nosotros, Jesús nos mira y pide al Padre por nosotros, Jesús nos sirve ahora, es nuestro siervo. Y esta será la última alegría. El pensamiento del encuentro final con el Padre, rico en misericordia, nos llena de esperanza y nos estimula a comprometernos constantemente en nuestra santificación y en la construcción de un mundo más justo y fraterno.

Angelus 11.08.2019


VIVIR EN MINORÍA
José A. Pagola

Lucas ha recopilado en su evangelio unas palabras, llenas de afecto y cariño, dirigidas por Jesús a sus seguidores y seguidoras. Con frecuencia, suelen pasar desapercibidas. Sin embargo, leídas hoy con atención desde nuestras parroquias y comunidades cristianas, cobran una sorprendente actualidad. Es lo que necesitamos escuchar de Jesús en estos tiempos no fáciles para la fe.
“Mi pequeño rebaño”. Jesús mira con ternura inmensa a su pequeño grupo de seguidores. Son pocos. Tienen vocación de minoría. No han de pensar en grandezas. Así los imagina Jesús siempre: como un poco de “levadura” oculto en la masa, una pequeña “luz” en medio de la oscuridad, un puñado de “sal” para poner sabor a la vida.
Después de siglos de “imperialismo cristiano”, los discípulos de Jesús hemos de aprender a vivir en minoría. Es un error añorar una Iglesia poderosa y fuerte. Es un engaño buscar poder mundano o pretender dominar la sociedad. El evangelio no se impone por la fuerza. Lo contagian quienes viven al estilo de Jesús haciendo la vida más humana.
“No tengas miedo”. Es la gran preocupación de Jesús. No quiere ver a sus seguidores paralizados por el miedo ni hundidos en el desaliento. No han de perder nunca la confianza y la paz. También hoy somos un pequeño rebaño, pero podemos permanecer muy unidos a Jesús, el Pastor que nos guía y nos defiende. El nos puede hacer vivir estos tiempos con paz.
“Vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”. Jesús se lo recuerda una vez más. No han de sentirse huérfanos. Tienen a Dios como Padre. Él les ha confiado su proyecto del reino. Es su gran regalo. Lo mejor que tenemos en nuestras comunidades: la tarea de hacer la vida más humana y la esperanza de encaminar la historia hacia su salvación definitiva.
“Vended vuestros bienes y dad limosna”. Los seguidores de Jesús son un pequeño rebaño, pero nunca han de ser una secta encerrada en sus propios intereses. No vivirán de espaldas a las necesidades de nadie. Será comunidades de puertas abiertas. Compartirán sus bienes con los que necesitan ayuda y solidaridad. Darán limosna, es decir “misericordia”. Este es el significado original del término griego.
Los cristianos necesitaremos todavía algún tiempo para aprender a vivir en minoría en medio de una sociedad secular y plural. Pero hay algo que podemos y debemos hacer sin esperar a nada: transformar el clima que se vive en nuestras comunidades y hacerlo más evangélico. El Papa Francisco nos está señalando el camino con sus gestos y su estilo de vida.

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UNA CRISIS ANTIGUA SEMEJANTE A LA NUESTRA
José Luis Sicre

El Nuevo Testamento termina con unas palabras de Jesús en el libro del Apocalipsis: “Sí, vengo pronto”. A las que responde el autor: “Amén. Ven, Señor Jesús”. Aunque la mayoría de los católicos no ha leído el Nuevo Testamento de punta a cabo, a muchos les suena la idea de “la segunda venida de Jesús” o “la vuelta del Señor”, sin que a nadie le quite el sueño. Esa vuelta no la ven como algo inmediato, ni siquiera a largo plazo.

A gran parte de los cristianos de finales del siglo I, cuando Lucas escribe su evangelio, le ocurría lo mismo. Desde niños, o desde que se convirtieron, les habían anunciado la pronta vuelta del Señor. Pero pasaron años, décadas, y no volvía. Escritos muy distintos del Nuevo Testamento recogen el desánimo y el escepticismo que se fue difundiendo en las comunidades. Hasta el punto de que el autor de la segunda carta a los Tesalonicenses se siente obligado a negar la inminencia de esa vuelta: «No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por profecías o discursos o cartas fingidamente nuestras, como si el día del Señor fuera inminente» (2 Tes 2,2).

Lucas también está convencido de que el fin del mundo no es inminente. Antes habrá que extender el evangelio «hasta los confines de la tierra», como expone en los Hechos de los Apóstoles. Pero aprovecha la enseñanza de generaciones anteriores para exhortar a la vigilancia.

[El sacerdote puede elegir este domingo entre una lectura breve y otra larga. Sin detenerme en justificar los motivos, aconsejo limitarse a la breve: Lucas 12,39-40.]

Si se lee el texto de forma rápida parece hablar de los mismos personajes: unos criados y su señor. Sin embargo, habla de dos señores distintos:

1) uno que vuelve de un banquete o una boda, al que esperan sus criados;

2) otro, que no tiene criados, se entera de que esa noche va a venir un ladrón, y lo espera en vela.

Dos comparaciones anticuadas

Veinte siglos hacen que incluso las imágenes más expresivas se desvirtúen. La primera comparación trae a la memoria la serie Downton Abbey, con toda la servidumbre perfectamente uniformada y dispuesta a la entrada del palacio esperando la llegada del señor o la familia. Esto pasó a la historia. Imaginando una comparación actual diría: “Tened los chalecos antibalas puestos y las armas preparadas, igual que los agentes de seguridad que esperan que el Presidente salga de la recepción”. Demasiado llamativo, y aplicable a poca gente. Pero lo más desconcertante es lo que hace el Presidente: en vez irse a descansar o a dormir, se dedica a servir la cena a sus guardias.

La segunda comparación, la del que espera la venida del ladrón, también parece anticuada. Esa función la cumplen las agencias de seguridad y la policía. Sin embargo, dados los numerosos fallos en este campo, es posible que el dueño de la casa se mantuviese en vela.

Los protagonistas y los consejos

Las imágenes tan distintas de los criados (1ª comparación) y del dueño de la casa (2ª) se refieren a nosotros, los cristianos. El otro gran protagonista es Jesús, presentado una vez como señor y otra como ladrón. Como señor es algo caprichoso, puede volver a cualquier hora, sin avisar; y lo mismo le ocurre como ladrón.  

Ya que se trata de dos comparaciones distintas, los consejos también difieren: en el primer caso, debemos imitar a los criados que esperan a su señor, con paciencia, aceptando que venga cuando quiera; en el segundo, imitar al propietario que espera al ladrón, preparados para la llegada imprevista del Hijo del hombre.

Hay también una notable diferencia en cuanto al tono: la primera comparación da por supuesto que el señor encontrará a los criados vigilando y los proclama dos veces bienaventurados. La segunda tiene un tono de amenaza y peligro.

De la vuelta del Señor al encuentro con el Señor

A mediados del siglo XX, los Testigos de Jehová estaban convencidos de que el fin del mundo sería en 1984 (70 años después de 1914, el comienzo de la Primera Guerra Mundial). Supongo que ahora mantendrán otra fecha. Pero no debemos reírnos de ellos. La adaptación de antiguas profecías a nuevas realidades es frecuente en el Antiguo Testamento y también en la iglesia primitiva.

En el caso concreto de la lectura de hoy, sin negar la vuelta del Señor, el acento se ha desplazado a algo más cercano e indiscutible: el encuentro personal con él después de la muerte. En esta perspectiva, la exhortación a la vigilancia sigue siendo totalmente válida.

Pero vigilar no significa vivir angustiados, sino cumplir adecuadamente las propias obligaciones, como recuerdan las exhortaciones de las cartas del Nuevo Testamento: en la vida de familia, el trabajo, la sociedad, la comunidad, es donde el cristiano demuestra su actitud de vigilancia.

La primera lectura

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría 18, 6-9, ofrece dos posibles puntos de contacto con el evangelio.

Primer punto de contacto: vigilancia esperando la salvación.

  • El libro de la Sabiduría piensa en la noche de la liberación de Egipto
  • El evangelio, en la salvación que traerá la segunda venida de Jesús.
  • En ambos casos se subraya la actitud vigilante de israelitas y cristianos.

Segundo punto de contacto: solidaridad

  • Al momento de salir de Egipto, los israelitas se comprometen a compartir los bienes: serían solidarios en los peligros y en los bienes.
  • En la forma larga del evangelio, Jesús anima a los cristianos a ir más lejos: Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo.

Reflexión final

Leer este evangelio en el primer domingo de agosto, cuando muchos acaban de empezar las vacaciones, no parece lo más adecuado. Sin embargo, precisamente al comienzo de las vacaciones es cuando más nos aconsejan una actitud de vigilancia: con respecto a la protección de la casa, las ruedas del coche, la revisión del motor, la protección de los rayos solares… Siendo realistas, también al comienzo de las vacaciones es cuando muchos se encuentran definitivamente con el Señor. La vigilancia no es solo para el otoño.

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XVIII Domingo ordinario. Año C

En aquel tiempo, uno de la gente le dijo a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes?”. Y les dijo: “¡Estén atentos y cuídense de cualquier codicia, que, por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes!”. Y les propuso una parábola: “Las tierras de un hombre dieron una gran cosecha. Él se dijo: «¿Qué haré, si no tengo dónde guardar toda la cosecha?». Y dijo: «Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros mayores en los cuales meteré mi trigo y mis bienes. Después me diré: Querido amigo, tienes acumulados muchos bienes para muchos años; descansa, come, bebe y disfruta». Pero Dios le dijo: «¡Necio, esta noche te reclamarán la vida! Lo que has preparado, ¿para quién será?». Así le pasa al que acumula tesoros para sí y no es rico a los ojos de Dios”.


¿Para quién serán todos tus bienes?
P. Enrique Sánchez, mccj

El tema de las herencias parece seguir siendo de mucha actualidad y en la reflexión de este domingo nos permite acercarnos, con la ayuda de Jesús, a nuestra relación con el dinero y con las riquezas.

Con cierta frecuencia nos enteramos de historias que cambian la vida de algunas personas que, sin esperarlo, reciben un patrimonio en bienes materiales que jamás se habían imaginado.

Son personas que muchas veces valoramos como afortunadas, pues de un día al otro se encontraron con una fortuna que parece llegar a colorear sus vidas solo de placer y felicidad.

Hay, también quienes se pasan la vida esperando el momento en que les será repartida en herencia un patrimonio que muchas veces no les ha costado ningún trabajo y mucho menos algún sacrificio.

Pero no faltan también las historias que cuentan como familias enteras se han acabado, se han dividido y destrozado por unos cuantos metros de tierra, por una vieja casa que no se mantenía en pie o por algunos pocos ahorros bancarios que aparecieron en un testamento mencionando a unos cuantos beneficiarios.

Por otra parte, cuantas historias conocemos en donde personas que han trabajado toda la vida, privándose de todo, ahorrando cuanto se podía, renunciando a gastar en algo que no fuera estrictamente necesario. Gente que vivió atesorando,

acumulando, invirtiendo y reinvirtiendo lo que con sudores se iba ganando. Gente que vivió con la ilusión de llegar al final de sus días con algo que pudiesen disfrutar sus familias, sus hijos o sus más cercanos.

Y al final, la historia enseña y se repite, que quienes recibieron en herencia algo que no les ha costado, acaban por dilapidarlo y despilfarrarlo y así, lo que no se ha ganado con esfuerzo, trabajo y sacrificio acaba por ser mal usado.

Jesús, en estos cuantos versículos del evangelio, nos pone en guardia para que no dejemos que nuestro corazón se apegue a las cosas, a los bienes o a las riquezas de este mundo.

Nos invita a ser vigilantes, porque sabe que nosotros estamos muy expuestos y si no aprendemos a dar el justo valor a las cosas y a las riquezas, es muy fácil que caigamos en la trampa de la avaricia, es decir, en la necesidad enfermiza de querer poseer sin límites y en la incapacidad de compartir con los demás.

El avaro, lo sabemos, es alguien que jamás está satisfecho con lo que tiene y cuida de muchas maneras que nada de lo suyo vaya a terminar en manos de los demás.

El avaro encuentra su placer y satisfacción en contemplar sus bienes y no en disfrutar de ellos. Hace de las cosas y del dinero un dios al que se le rinde culto y se termina siendo esclavos.

La avaricia es una pobreza humana que lleva no solo a buscar todos los bienes para uno mismos, sino que nos hace incapaces de compartir con los demás lo que somos, nuestro tiempo, nuestros afectos, nuestras cualidades y los dones que hemos recibido para disfrutarlos con los demás.

La avaricia nos hace egoístas y acaba por condenarnos a vivir aislados y lejos de los demás porque los consideramos una amenaza que nos puede perjudicar.

Recuerdo a una anciana que durante un terremoto que destruyó buena parte de una ciudad, estando ella en un asilo para ancianos, las personas que se ocupaban de ella le preguntaban si sabía algo acerca de como estaban sus hijos y ella, para sorpresa de todos, no hacia más que preguntar si sus casas no se habían derrumbado y en donde estaban los encargados de cobrar el alquiler de sus departamentos.

La avaricia lleva a cualquiera a olvidarse de los demás, hasta de las personas que supuestamente decimos amar con todo el corazón.

Escuchando esto podemos afirmar: qué sabio es Jesús cuando dice que la vida del ser humano no depende de la abundancia de los bienes que pueda acumular.

Por el contrario, también aquí, cuantas historias conocemos de personas que viven en una gran pobreza, que no saben como harán para llegar al fin de semana, que viven sin saber lo que es un seguro de vida o una cuenta de inversiones; pero llevan

en el corazón una profunda serenidad que les permite ser agradecidos con lo poco que la vida les va dando día a día y que les asegura vivir alegres en el compartir lo que son con los demás.

Y por si no lo entendiéramos, Jesús nos lo explica con la parábola del hombre insensato del Evangelio que, aturdido y encandilado por la cantidad de bienes que ha podido acumular, no se da cuenta de lo frágil que puede ser poner la confianza de la vida en las cosas que se pueden acumular.

¿Quien tiene seguro que vivirá mañana? ¿Quien, prudentemente, puede hacer planes para los próximos veinte años de vida?

Quien pone el corazón en las cosas y en los bienes de este mundo corre el riesgo de ver que todo se puede evaporar y desaparecer.

La enseñanza que nos deja el Evangelio nos ayuda a entender que no se trata de despreciar los bienes y riquezas que Dios, a través de su providencia, nos otorga continuamente. No se trata tampoco de ser ingenuos pensando que como no hay que acumular, entonces no hay que trabajar.

Se trata más bien de entender que el secreto de las cosas y de las riquezas que se ponen a nuestra disposición, por medio del trabajo y del sacrificio que nos toca hacer cada día para ganarnos la vida, está en saber disfrutar y aprovechar con libertad todo lo que se nos da.

Se trata de servirse sanamente de las cosas, sin caer en la trampa de la avaricia, ni en la tentación del despilfarro irresponsable, del consumismo sin medidas.

Jesús nos enseña que es importante tomar conciencia de que Dios se preocupa de que no nos falte lo necesario para vivir con dignidad y eso debería mover nuestro corazón al agradecimiento, porque Dios está al pendiente y siempre responde a nuestra necesidad.

Igualmente, nos ayuda, con mucha claridad, a entender que no vale la pena hacer depender nuestra seguridad de los bienes que podemos poseer.  Y mucho menos tiene sentido pensar que mientras más acumulemos más en paz viviremos.

Los bienes de este mundo cumplen con su misión cuando aprendemos a hacer buen uso de ellos y cuando logramos mantener un sano espíritu de desprendimiento, pues al final de nuestras vidas nada nos podremos llevar.

Si se tratara de acumular, el Señor nos enseña que en ese caso de lo que tendríamos que llenar nuestros graneros y almacenes es de buenas obras, de experiencias de amor a los demás, de muchas horas gastadas buscando la felicidad de los demás, de las obras de solidaridad que nos ayudaron a comprometernos con los más desfavorecidos y marginados, de las horas compartidas con quienes viven en situaciones de soledad.

En fin, se trataría de acumular todo aquello que no se puede contabilizar, que no tiene un valor monetario, lo que no ocupa espacios en almacenes, pero que es capaz de llenar lo profundo de los corazones.

Para continuar nuestra reflexión.

Convendría preguntarnos ¿Cuál es nuestra actitud ante el dinero y la riqueza?

¿Sabemos disfrutar y compartir?

¿De qué depende nuestra felicidad en este momento de nuestra vida?

¿Estamos conscientes que al final de nuestra vida solo nos llevaremos el bien que pudimos hacer y nada de lo que pudimos acumular?

¿En donde está lo que realmente es valioso en nuestras vidas?


CONTRA LA INSENSATEZ
José A. Pagola

Cada vez sabemos más de la situación social y económica que Jesús conoció en la Galilea de los años treinta. Mientras en las ciudades de Séforis y Tiberíades crecía la riqueza, en las aldeas aumentaba el hambre y la miseria. Los campesinos se quedaban sin tierras y los terratenientes construían silos y graneros cada vez más grandes.

En un pequeño relato, conservado por Lucas, Jesús revela qué piensa de aquella situación tan contraria al proyecto querido por Dios, de un mundo más humano para todos. No narra esta parábola para denunciar los abusos y atropellos que cometen los terratenientes, sino para desenmascarar la insensatez en que viven instalados.

Un rico terrateniente se ve sorprendido por una gran cosecha. No sabe cómo gestionar tanta abundancia. “¿Qué haré?”. Su monólogo nos descubre la lógica insensata de los poderosos que solo viven para acaparar riqueza y bienestar, excluyendo de su horizonte a los necesitados.

El rico de la parábola planifica su vida y toma decisiones. Destruirá los viejos graneros y construirá otros más grandes. Almacenará allí toda su cosecha. Puede acumular bienes para muchos años. En adelante, solo vivirá para disfrutar: ”túmbate, come, bebe y date buena vida”. De forma inesperada, Dios interrumpe sus proyectos: “Imbécil, esta misma noche, te van a exigir tu vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”.

Este hombre reduce su existencia a disfrutar de la abundancia de sus bienes. En el centro de su vida está solo él y su bienestar. Dios está ausente. Los jornaleros que trabajan sus tierras no existen. Las familias de las aldeas que luchan contra el hambre no cuentan. El juicio de Dios es rotundo: esta vida solo es necedad e insensatez.

En estos momentos, prácticamente en todo el mundo está aumentando de manera alarmante la desigualdad. Este es el hecho más sombrío e inhumano: ”los ricos, sobre todo los más ricos, se van haciendo mucho más ricos, mientras los pobres, sobre todo los más pobres, se van haciendo mucho más pobres” (Zygmunt Bauman).

Este hecho no es algo normal. Es, sencillamente, la última consecuencia de la insensatez más grave que estamos cometiendo los humanos: sustituir la cooperación amistosa, la solidaridad y la búsqueda del bien común de la Humanidad por la competición, la rivalidad y el acaparamiento de bienes en manos de los más poderosos del Planeta.

Desde la Iglesia de Jesús, presente en toda la Tierra, se debería escuchar el clamor de sus seguidores contra tanta insensatez, y la reacción contra el modelo que guía hoy la historia humana.

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CRISIS ECONÓMICA Y DISFRUTE DE LA RIQUEZA
José Luis Sicre

En un momento de grave crisis económica, cuando muchas familias no saben cómo llegarán al fin de mes, resulta irónico que el evangelio nos ponga en guardia contra el deseo de disfrutar de nuestra riqueza. Sin embargo, Lucas no escribía para millonarios, y algún provecho podían sacar de la enseñanza de Jesús incluso los miembros más pobres de su comunidad. Las dos lecturas de hoy coinciden en denunciar el carácter engañoso de la riqueza, pero Jesús añade una enseñanza válida para todos.

Una elección curiosa: la primera lectura

En el Antiguo Testamento, la riqueza se ve a veces como signo de la bendición divina (casos de Abrahán y Salomón); otras, como un peligro, porque hace olvidarse de Dios y lleva al orgullo; los profetas la consideran a menudo fruto de la opresión y explotación; los sabios denuncian su carácter engañoso y traicionero. En esta última línea se inserta la primera lectura de hoy, que recoge dos reflexiones de Qohélet, el famoso autor del “Vanidad de vanidades, todo vanidad”.

La primera reflexión afirma que todo lo conseguido en la vida, incluso de la manera más justa y adecuada, termina, a la hora de la muerte, en manos de otro que no ha trabajado (probablemente piensa en los hijos).

La segunda se refiere a la vanidad del esfuerzo humano. Sintetizando la vida en los dos tiempos fundamentales, día y noche, todo lo ve mal: De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente.

Ambos temas (lo conseguido en la vida y la vanidad del esfuerzo humano) aparecen en la descripción del protagonista de la parábola del evangelio.

Petición, parábola y enseñanza (Lc 12,31-21)

En el evangelio de hoy podemos distinguir tres partes: el punto de partida, la parábola, y la enseñanza final.

El punto de partida es la petición de uno: Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Si esa misma propuesta se la hubieran hecho a un obispo o a un sacerdote, inmediatamente se habría sentido con derecho a intervenir, aconsejando compartir la herencia y encontrando numerosos motivos para ello. Jesús no se considera revestido de tal autoridad. Pero aprovecha para advertir del peligro de codicia, como si la abundancia de bienes garantizara la vida. Esta enseñanza la justifica, como es frecuente en él, con una parábola.

La parábola. A diferencia de Qohélet, Jesús no presenta al rico sufriendo, penando y sin lograr dormir, sino como una persona que ha conseguido enriquecerse sin esfuerzo; y su ilusión para el futuro no es aumentar su capital de forma angustiosa sino descansar, comer, beber y banquetear.

Pero el rico de la parábola coincide con el de Qohélet en que, a la larga, ninguno de los dos podrá conservar su riqueza. La muerte hará que pase a los descendientes o a otra persona.

La enseñanza final. Si todo terminara aquí, podríamos leer los dos textos de este domingo como un debate entre sabios.

Qohélet, aparentemente pesimista (todo lo obtenido es fruto de un duro esfuerzo y un día será de otros) resulta en realidad optimista, porque piensa que su discípulo dispondrá de años para gozar de sus bienes.

Jesús, aparentemente optimista (el rico se enriquece sin mayor esfuerzo), enfoca la cuestión con un escepticismo cruel, porque la muerte pone fin a todos los proyectos.

Pero la mayor diferencia entre Jesús y Qohélet la encontramos en la última frase.

Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios. Frente al mero disfrute pasivo de los propios bienes (Qohélet), Jesús aconseja una actitud práctica y positiva: enriquecerse a los ojos de Dios.

Jesús y el Banco Central Europeo

El BCE, en su intento de frenar la inflación, ha decidido subir los tipos de interés para que no invirtamos ni gastemos más de lo preciso. Jesús, en cambio, nos invita a invertir, pero de forma muy distinta, enriqueciéndonos a los ojos de Dios. Las posibilidades son múltiples, recuerdo una sola. Las ONG que trabajan en África y otros países del Tercer Mundo recuerdan a menudo lo mucho que se puede hacer a nivel alimenticio, sanitario, educativo, con muy pocos euros. Quienes no corren peligro, como el protagonista de la parábola, de disfrutar de enormes riquezas, pueden aprovechar lo que tienen, incluso poco, para hacer el bien y enriquecerse a los ojos de Dios.

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Acumular bienes para uno mismo: ¡una locura!
Fernando Armellini

Introducción

Tres veces, en el evangelio de Lucas, se le pide a Jesús indicaciones acerca de la herencia. “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”, pregunta primero un Doctor de la Ley (Lc 10,25) y después un notable (Lc 18,18). Jesús responde a ambos explicando detalladamente cuáles son las condiciones para tener parte en esta herencia. En diálogo con los discípulos, Jesús mismo introduce el tema sobre la herencia eterna: “Todo aquel que por mí deje casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o campos recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt 19,29).

La tercera pregunta es la que viene referida en el evangelio de hoy. Dos hermanos no logran ponerse de acuerdo sobre la herencia. Nótese el hecho curioso: la herencia debía ser dividida; sin embargo, es ‘ésta’ la que divide. El dinero arrastra al desapercibido a una trampa sigilosa. Lo lleva a dónde quiere, le programa su vida, lo aparta de sus amigos, divide a su familia, le hace olvidar incluso a Dios. Pero, sobre todo, lo engaña porque elimina de su mente el pensamiento de la muerte.

En el pasado la muerte se agitaba como un espantajo. Hoy asistimos al fenómeno opuesto, pero igualmente deletéreo: se intenta de todas las maneras posibles hacer olvidar que, desde el momento en que se comienza a vivir, se comienza también a morir. La insensatez, la ofuscación mental provocada por el dinero se hacen patentes en el hecho de que, justamente en presencia de la muerte (la división de una herencia tiene lugar después de un fallecimiento) la codicia hace desaparecer el pensamiento de la muerte.

Jesús no ha despreciado los bienes de este mundo, pero nos ha puesto en guardia ante el peligro de convertirnos en sus esclavos.

Evangelio: Lucas 12,13-21

Los hermanos se suelen llevan bien entre sí a pesar de las peleas normales. Pero ¿hasta cuándo? Hasta el día en que se reúnen para la distribución de la herencia. Frente al dinero y los bienes, aun las mejores personas, también los cristianos, terminan frecuentemente por perder la cabeza y convertirse en sordos y ciegos y no ver más que el propio interés, dispuestos a pasar por encima de los sentimientos más sagrados. A veces, por mediación de algún amigo sabio, las partes logran ponerse de acuerdo; otras veces, sin embargo, el odio se enquista y se prolonga por años y los hermanos llegan hasta a no dirigirse más la palabra.

Un día Jesús es elegido como mediador para resolver uno de estos conflictos familiares (v. 13). En casos por el estilo, una sugerencia, un buen consejo no se le niega a nadie. La respuesta del Maestro, por el contrario, es sorprendente: “Amigo ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes? (14). Es difícil estar de acuerdo con semejante respuesta. ¿Por qué se echa para atrás? ¿Está queriendo enseñar que no hay que dar valor a las realidades de este mundo? ¿Es una invitación a rehuir los problemas concretos de la vida? ¿Recomienda no hacer nada ante la prepotencia de los más arrogantes? No puede ser. Una elección semejante sería contraria a todo el resto del Evangelio. Tratemos de entender mejor el asunto.

La situación a que se enfrenta Jesús se debe a que una de las partes en litigio ha intentado cometer una injusticia y la otra corre el riesgo de sufrirla. ¿Qué hacer? Se pueden adoptar varias soluciones: inventarse una excusa para eludir la intrincada cuestión, o bien recurrir a las normas vigentes que, en tiempos de Jesús, eran las establecidas en Deuteronomio 21,15-17 y en Números 27,1-11. Solo había que aplicarlas al caso concreto, acompañadas, si acaso, con una amistosa llamada al sentido común. Esta hubiera sido probablemente la solución que nosotros hubiéramos adoptado. Parece la más lógica y la más sabia, pero presenta un serio inconveniente: no elimina la causa de la que nacen todas las discordias, los odios, las injusticias.

En vez de resolver un caso aislado, Jesús decide ir a la raíz del problema y, así, les dice: “¡Estén atentos y cuídense de cualquier codicia, que por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes!” (v. 15).

He aquí identificada la causa de todos los males: la codicia del dinero, el instinto de acaparar cosas. Los malentendidos surgen siempre que se olvida una verdad elemental: los bienes de este mundo no pertenecen a los hombres sino a Dios, que los ha destinado para todos. Quien los acapara para sí, quien acumula más de lo necesario sin pensar en los demás, trastorna el proyecto del Creador. Los bienes no son ya considerados dones de Dios sino propiedad del hombre, objetos preciosos que se transforman en ídolos a los que hay que adorar.

Aquí se nota verdaderamente no el desprecio de Jesús por los bienes materiales sino su desapego de este mundo y la superioridad de sus proyectos y propuestas. Es muy diferente la herencia que al Maestro le interesa. Él tiene en mente el Reino que será “heredado” por los pobres (cf. Mt 5,5), tiene en mente –como dirá Pedro a los nuevos bautizados– “una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse” (1 Pe 1,4).

Para aclarar mejor su pensamiento, les cuenta una parábola (vv. 16-20) cuya parte central está constituida por un largo razonamiento que el rico agricultor se hace a sí mismo. A primera vista, este hombre nos resulta simpático: se empeña, es previsor, obtiene óptimos resultados; además es afortunado y ha sido bendecido por Dios. No se dice que se haya enriquecido cometiendo injusticias y atropellos: hay que suponer que es honesto. Habiendo logrado el bienestar, decide retirarse a un merecido descanso: no está pensando en juergas y desenfrenos; desea solamente una vida tranquila, cómoda y feliz. Si en esta parábola alguien se comporta de manera aparentemente incomprensible –se diría casi cruel– parece que ese es justamente el propio Dios. ¿En qué se ha equivocado el agricultor? ¿Por qué es considerado un loco?

Los personajes de la parábola son solamente tres: Dios, el hombre rico…y los bienes. ¿Dónde está –nos preguntamos– la familia de este agricultor, su mujer, sus hijos, sus vecinos de casa, sus obreros, sus criados? Los tiene ciertamente. Vive en medio de ellos, pero no los ve. No tiene tiempo para ninguno de ellos, ni se preocupa, ni piensa en ellos, ni tiene nada que decirles; carece de sentimientos. Solo le interesa el que le habla de bienes y le sugiere cómo acrecentarlos. Está obsesionado por las cosechas, los graneros abarrotados. No hay lugar en su mente para las personas y ciertamente tampoco para Dios. Los bienes son el ídolo que ha creado el vacío a su alrededor, que ha deshumanizado todo. El agricultor ha dejado de ser hombre para convertirse en ‘cosa’, en una máquina de producir, calcular y registrar ganancias.

Es digno de compasión, es un pobre hombre, un desgraciado, un loco, como dice Jesús. Algo se ha roto en él, perdiendo equilibrio interior, la orientación y el sentido de la vida. Consideremos su monólogo: usa cincuenta y nueve palabras de las cuales, cuarenta y cinco se refieren al ‘yo’ y a lo ‘mío’…Todo es suyo; solo existen él y sus bienes. Está loco.

Pero, he aquí que aparece el tercer personaje: Dios, que, aquella misma noche, le pide cuentas de su vida. No me vengan a preguntar ahora por qué el Señor se comporta de esta manera ‘cruel’ y ‘vengativa’. ¡Se trata de una parábola! Dios, ¡que quede claro!, no se comporta así. Si Jesús lo introduce en el relato es para mostrar a sus oyentes cuáles son los valores auténticos que merece la pena cultivar en la vida y cuáles son los efímeros y engañosos.

El juicio de Dios es duro: quien vive para acumular bienes es un loco. ¿Es, entonces, la riqueza un mal? Absolutamente no. Jesús nunca la ha condenado, ni invitado a nadie a destruirla, solamente ha puesto en guardia sobre los peligros serios que esconde. El ideal del cristiano no es una vida miserable.

Al final de la parábola se indica el error cometido por el agricultor. No es condenado por producir muchos bienes, por su empeño, por haber trabajado duro, sino porque “ha acumulado para sí” y, por tanto “no se ha enriquecido a los ojos de Dios” (v. 21).

Estos son los dos males producidos por la ceguera de los bienes. El primero: enriquecerse en solitario, acumular bienes para sí mismo sin pensar en los demás. Se debe incrementar la riqueza, pero para todos, no solo para algunos. Incompatibles con el Evangelio son la “codicia”, el “afán insaciable de poseer”, los sentimientos y pensamientos insensatos de quien, como el agricultor de la parábola, repite obsesivamente ese maldito adjetivo: ‘mío’. Cuando las energías de todos los hombres se aúnen para acrecentar no lo mío ni lo tuyo, sino lo nuestro, entonces habrán sido eliminadas las causas de las guerras, de las discordias, de los problemas de herencia.

El segundo mal: haber excluido a Dios de la propia vida, substituyéndolo por un ídolo. Esta elección lleva a la ‘locura’, y su síntoma más evidente es la eliminación del pensamiento de la muerte. Quien idolatra al dinero se convierte en un paranoico, no vive en el mundo real sino en el que su paranoia le ha construido y que imagina ser eterno; olvida pensar en “cuántos van a ser mis días y cuán caduco soy”. No tiene presente “que el hombre no dura más que un soplo; es como una sombra que pasa; solo un soplo son las riquezas que acumula sin saber quién será su heredero” (Sal 39,5-7).

¿Se dirige esta parábola también a quien no posee campos ni tiene una cuenta en el banco? Jesús no alerta a quien tiene muchos bienes sino a quien acumula para sí. Se puede ser pobre y tener un ‘corazón de rico’. Todos debemos tener presente que los tesoros de este mundo son traicioneros. No nos acompañan a la otra vida.

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XVII Domingo ordinario. Año C

“Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
Entonces Jesús les dijo: Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende y no nos dejes caer en tentación.
También les dijo: Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle. Pero él le responde desde dentro: No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levanta y le dará cuanto necesite.
Así también les digo a ustedes: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca encuentra, y al que toca, se le abre.
¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra? ¿O cundo le pida pescado le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se los pidan?” ( Lucas 11, 1-13)


Señor, enséñanos a orar
P. Enrique Sánchez G., mccj

Las lecturas de este domingo nos invitan a detenernos sobre nuestra experiencia de oración, pidiéndole a Jesús que nos enseñe a orar y al Espíritu Santo que ponga en nuestro interior aquello que nos permita entrar en comunión con el Señor.

Abraham, en su diálogo personal con el Señor (Génesis, 18, 20-32 primera lectura), pide, intercede, suplica, se entretiene con él hasta alcanzar la salvación de su pueblo. Con su experiencia nos enseña lo que debe ser la oración en nuestras vidas. Una relación de amistad que nos permita entrar en el misterio de Dios y en lo más íntimo de su persona.

De entrada este pequeño texto nos enseña que orar es mantener un diálogo con Dios sostenido  por  la  confianza  y  la  familiaridad  que  se  puede  tener  con  alguien  que sabemos que nos escucha y que se pone al nivel de lo que somos y de lo que necesitamos. Se trata de un diálogo en donde no importan tanto las palabras, sino lo que se lleva y se comparte desde el corazón.

Los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a orar y no se trata de aprender algunas fórmulas o novenas que se puedan recitar. No son rezos, sino oración a lo que quieren ser iniciados. Oraciones, seguramente ya conocían y muchas, pues era lo que menos faltaba en sus biblias.

Los discípulos que se acercan a Jesús pidiéndole que les enseñara a orar, muy probablemente estaban fascinados al ver a Jesús como se retiraba en silencio, como pasaba noches enteras hablando con su Padre, como se iba solitario cuando tenía que tomar alguna decisión importante. Su maestro no se limitaba a recitar oraciones, sino que transformaba su vida en oración.

¿Y qué es lo que enseña a sus discípulos?

En primer lugar, que la oración en una relación, una amistad profunda en donde se puede expresar la confianza y el abandono total de uno mismo.

Santa Teresa de Jesús decía que la oración es fundamentalmente un trato de amistad con Dios, un encuentro personal con Cristo que transforma la vida interior y exterior del creyente.

En las indicaciones que Jesús da a sus discípulos les recomienda con sencillez: “Cuando oren, digan Padre nuestro”.

En la oración se parte del reconocimiento de que estamos en las manos de un Padre y no es un padre cualquiera. Es el Padre bueno que está siempre atento y disponible para escuchar y para responder, incluso a aquello que no nos atrevemos a presentarle como urgente y necesario.

La oración es lo que nos permite tomar conciencia de que no estamos solos y abandonados en este mundo. Hay Alguien que vela por nosotros. Es alguien a quien estamos llamados a reconocer en su grandeza y en su santidad, en su divinidad, tan grandiosa y tan cercana a los pequeños detalles de nuestra vida.

Es un Padre que nos permite tomar conciencia de que no somos navegantes solitarios en este mundo, sino que hacemos parte de una gran familia en donde hay un espacio para toda persona que se reconozca humana.

La lección de Jesús sobre la oración, según el evangelio de Lucas, lo primero que hace es ayudar a entender que orar es un ejercicio que nos permite reconocernos hijos de Dios. Y, como hijos, nos sentimos bendecidos y protegidos de tal manera que no tendríamos que dejar espacio a lo que nos paraliza y nos llena de miedo en la vida.

En segundo lugar, Jesús se sirve de dos pequeñas parábolas para enseñar cómo tiene que ser la oración del discípulo.

La  oración  debe  de  tener  como  fundamentos  la  confianza,  la  insistencia  y  la perseverancia.

Orar con confianza significa estar convencidos de que el Señor no se hace sordo o indiferente a nuestras súplicas. Dios siempre está disponible a atento para responder a lo que llevamos a él,  movidos por la confianza que brota del corazón.

Al que pide se le da siempre, por parte de Dios, aunque no siempre se recibe en el momento en que a nosotros nos parece que tendría que ser.

Pedir con insistencia, no se trata simplemente de fastidiar al Señor con nuestras urgencias, sino más bien, es pedir con la confianza de que se nos dará lo que nos conviene en el momento adecuado según la sabiduría de Dios.

Ser perseverantes en la oración es la exigencia mínima, pero que tal vez más nos cuesta. Muchas veces nos descubrimos pidiendo a Dios respuesta a nuestras urgencias y necesidades. Queremos soluciones inmediatas a lo que nos aflige,  lo que nos parece urgente, porque vivimos con la convicción de que todo lo tenemos que obtener, aquí y ahora.

Y, cuántas  veces, pasada la urgencia y la preocupación, nos olvidamos de mantener  la relación con el Señor. Nos acordamos de él hasta que nos vuelve a llegar el agua al cuello.

La perseverancia en la oración nos ayuda a reconocer que Dios tiene sus tiempos y que su disponibilidad no cambia según los estados de humor o de ánimo.

Muchas veces podemos tener la impresión de que las cosas no cambian proporcionalmente a la intensidad de nuestra oración, pero no nos damos cuenta de que gracias a la oración somos nosotros los que cambiamos y nos hacemos más capaces de vivir y de aceptar aquello que, si Dios no estuviera presente en nuestras vidas, no lograríamos aguantar.

La oración no siempre nos ofrece resultados milagrosos al exterior de nosotros mismos, pero podemos estar seguros de que nos cambia interiormente de tal manera que somos capaces de reconocer maravillas que los sentidos son incapaces de descubrir.

El Espíritu intercede

Y, si la oración se nos hace difícil, porque no logramos tocar, pedir o buscar, no deberíamos perder el ánimo, porque en esta misma página del evangelio se nos recuerda que a fin de cuentas no somos nosotros los protagonistas de la oración.

Como ya lo dice san Pablo en su carta a los romanos: “nosotros no sabemos orar como conviene, pero el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos inefables, ayudándonos en nuestra debilidad”. (Romanos 8, 26)

El Espíritu Santo es quien nos mueve y hace posible nuestro encuentro con el Señor y hace que tomemos en cuenta que lo más importante no es obtener algo determinado de Dios para nosotros, sino llegar a reconocernos hijos amados, perdonados y bendecidos por un Padre que siempre está al pendiente de nosotros.

Lo que nosotros no somos capaces de expresar a través de nuestra oración, el Espíritu Santo lo dice en nosotros a través de aquellos sentimientos, movimientos interiores o mociones que nos permiten expresarnos con el lenguaje de Dios.

El lenguaje que se expresa a través del amor, del perdón, de la reconciliación, de la tolerancia y de la aceptación de los demás, con sus grandezas y sus miserias.

El Espíritu es quien nos da la capacidad de resistir, de esperar y de mantenernos a la puerta aguardando a que Dios nos abra para entrar en su mundo y para familiarizarnos con el proyecto de vida que tiene para toda la humanidad.

El Espíritu es también el que nos ayuda a entender que Dios está a la puerta y llama para que lo dejemos entrar a lo profundo de nuestras vidas, para que nos encontremos en donde la vida se convierte en abrazo que fortalece y alegra el corazón.

La oración,  en una palabra, es lo que nos hace sensibles a todo aquello que es de Dios y que vale la pena pedir con humildad, sabiendo que por ahí llegará lo que realmente dejará satisfecho a nuestro corazón.

Qué el Señor nos enseñe a orar imitando su estilo de vida y su manera de actuar.

Para continuar con la reflexión y un momento de oración

¿Siento la necesidad de orar todos los días, buscando encontrarme con el Señor?

¿Mis oraciones se reducen a repetir frases que me voy aprendiendo o son encuentros en donde no hace mucha falta las palabras?

¿Vivo mi oración como un momento agradable de encuentro con mi Padre Dios?

¿Me dejo ganar por la inconstancia, la flojera o el cansancio cuando se trata de orar?

¿Siento que la oración me ayuda a acercarme más a la experiencia de vida de Jesús y me dejo moldear por su estilo de vida?


Reaprender la confianza
José A. Pagola

Quien pide, recibe.

Lucas y Mateo han recogido en sus respectivos evangelios unas palabras de Jesús que, sin duda, quedaron muy grabadas en sus seguidores más cercanos. Es fácil que las haya pronunciado mientras se movía con sus discípulos por las aldeas de Galilea, pidiendo algo de comer, buscando acogida o llamando a la puerta de los vecinos.
Probablemente, no siempre reciben la respuesta deseada, pero Jesús no se desalienta. Su confianza en el Padre es absoluta. Sus seguidores han de aprender a confiar como él: «Os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá». Jesús sabe lo que está diciendo pues su experiencia es esta: «quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre».
Si algo hemos de reaprender de Jesús en estos tiempos de crisis y desconcierto en su Iglesia es la confianza. No como una actitud ingenua de quienes se tranquilizan esperando tiempos mejores. Menos aún como una postura pasiva e irresponsable, sino como el comportamiento más evangélico y profético de seguir hoy a Jesús, el Cristo. De hecho, aunque sus tres invitaciones apuntan hacia la misma actitud básica de confianza en Dios, su lenguaje sugiere diversos matices.
«Pedir» es la actitud propia del pobre que necesita recibir de otro lo que no puede conseguir con su propio esfuerzo. Así imaginaba Jesús a sus seguidores: como hombres y mujeres pobres, conscientes de su fragilidad e indigencia, sin rastro alguno de orgullo o autosuficiencia. No es una desgracia vivir en una Iglesia pobre, débil y privada de poder. Lo deplorable es pretender seguir hoy a Jesús pidiendo al mundo una protección que solo nos puede venir del Padre.
«Buscar» no es solo pedir. Es, además, moverse, dar pasos para alcanzar algo que se nos oculta porque está encubierto o escondido. Así ve Jesús a sus seguidores: como «buscadores del reino de Dios y su justicia». Es normal vivir hoy en una Iglesia desconcertada ante un futuro incierto. Lo extraño es no movilizarnos para buscar juntos caminos nuevos para sembrar el Evangelio en la cultura moderna.
«Llamar» es gritar a alguien al que no sentimos cerca, pero creemos que nos puede escuchar y atender. Así gritaba Jesús al Padre en la soledad de la cruz. Es explicable que se oscurezca hoy la fe de no pocos cristianos que aprendieron a decirla, celebrarla y vivirla en una cultura premoderna. Lo lamentable es que no nos esforcemos más por aprender a seguir hoy a Jesús gritando a Dios desde las contradicciones, conflictos e interrogantes del mundo actual.

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Insistir para comprender
Enrique Martínez Lozano

La petición brota de la carencia. Mientras persista la identificación con el yo separado, absolutizaremos nuestra vulnerabilidad y, con ella, nuestro sentimiento de indigencia. Llevado al campo religioso, no es de extrañar que, en la oración, haya ocupado siempre un lugar predominante la petición.

Es indudable que la persona en la que nos experimentamos se caracteriza por la debilidad, la fragilidad y la vulnerabilidad. Negar tal hecho nos instala en la mentira y hace que tratemos de acorazarnos, sin mucho éxito, en los más variados mecanismos de defensa, para aparentar una fortaleza y seguridad que nos eluden.

Si somos honestos, habremos de reconocer que mientras nos identificamos con el yo separado, la percepción de nosotros mismos aparece siempre coloreada por la carencia –el yo es un manojo de miedos y necesidades–, de la cual brota la petición e incluso la búsqueda, más o menos compulsiva, de “algo” (“Alguien”) que nos colme.

Todo se modifica cuando comprendemos que somos Plenitud, no porque el ego se infle y se atribuya una cualidad ilimitada. No, el sujeto de la Plenitud no es el yo separado –de hecho, mientras nos identifiquemos con él, no podremos percibir nuestra realidad profunda–, sino Eso que es consciente, el Fondo común que compartimos con todo lo que es.

“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre”. Ya se nos ha dado todo y todas las puertas se hallan abiertas ante nosotros. Se trata solo de caer en la cuenta, saliendo del estado hipnótico que nos mantiene encerrados en la creencia que nos identifica con el yo separado.

Y ahí es justamente donde necesitamos “insistir”. Pero no para conseguir los favores de un Dios aparentemente poco generoso, sino para romper la inercia que arrastramos y que erróneamente nos reduce al yo separado.

Una tal inercia solo puede superarse gracias a un trabajo constante de reeducación. Porque, aunque hayamos comprendido –o simplemente atisbado– que nuestra identidad es Eso que es consciente –una realidad ilimitada y transcendente, que se halla siempre a salvo–, nos veremos llevados, una y otra vez, de modo insistente, a percibirnos y comportarnos como si fuéramos el yo separado.

El único modo de superar la inercia pasa por detenernos, tomar distancia de la mente y re-situarnos, una y mil veces, en la comprensión de lo que realmente somos. En esta tarea, cualquier malestar repetitivo así como todo sufrimiento mental constituyen un aliado valioso, al hacernos ver que nos atrapan cuando –y porque– hemos desconectado de nuestra verdadera identidad y nos mantenemos apegados a la antigua creencia que nos reducía al yo vulnerable.

La persona en la que nos experimentamos seguirá siendo extremadamente vulnerable y su horizonte será la muerte pero, gracias a la comprensión, podremos acogerla con serenidad. Porque habremos comprendido que, tras la forma transitoria de la persona, somos Plenitud de presencia. Hemos encontrado el tesoro y la puerta se halla siempre abierta.

¿Me reconozco como Plenitud? ¿Cómo vivo la sensación de carencia?

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El Padrenuestro según San Cipriano
P. Antonio Villarino, mccj

Un comentario a Lc 11, 1-13

La oración del Padrenuestro es la síntesis de las enseñanzas de Jesús.Hace tres años, cuando leíamos esta lectura, compartí con ustedes el comentario que hace Simone Weill. Este año les comparto algunas reflexiones de San Cipriano.

Hablar con el Padre

“El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a los suyos –dice el Evangelio- y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando padre suyo al Dios que está en el cielo”. ..

Pero este nombre no debe pronunciarse en vano. Puesto que “llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos en tenerlo como Padre. Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu”. (Breviario, Semana XI ordinaria)

Venga tu Reino

“Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empezar lo que siempre ha sido y nunca ha dejado de ser”.

“Pedimos a Dios que venga a nosotros nuestro reino que tenemos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que está preparado para vosotros desde la creación del mundo” (id.)

Hágase tu voluntad...

“No en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere”.

“Nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia divina”. El mismo Jesús se mostró débil (Padre mío, si es posible, que pase este cáliz), pero dio ejemplo de anteponer la voluntad de Dios a la propia (No se haga mi voluntad sino la tuya).(id)

Perdona nuestras ofensas

Cada  día pecamos, como nos recuerda San Juan: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. Si confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es el Señor para perdonarnos.   

“Dos cosas nos enseña esta carta: que hemos de pedir perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón”.

“El Señor añade una condición necesaria e ineludible que es a la vez un mandato y una promesa, esto es, que pidamos perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante  con los que nos han hecho alguna ofensa”. (id)


La oración, una lucha con Dios
Fernando Armellini

Ningún evangelista insiste tanto sobre el tema de la oración como Lucas que, hasta siete veces, nos recuerda que Jesús oraba. Está en oración en el momento del Bautismo (cf. Lc 3,21); “se retiraba a lugares solitarios para orar” (Lc 5,16); ha orado antes de la elección de sus discípulos (cf. Lc 6,12) y antes también de pedirle que se pronunciaran sobre su identidad; estaba en oración en el momento de la Transfiguración (cf. Lc 28-29) y cuando enseñó el Padrenuestro (cf. Lc 11,1). Oró, sobre todo, en el momento más dramático de su vida, en Getsemaní (cf. Lc 22,41-46).

Además de estas anotaciones, Lucas nos presenta cinco oraciones de Jesús. De estas quiero recordar las dos, conmovedoras, pronunciadas en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,24) y –son sus últimas palabras antes de morir– “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Esto basta para demostrar que toda la vida de Jesús ha estado marcada por la oración. La lucidez de sus decisiones, su equilibrio psicológico, la dulzura unida a la firmeza, se explican por su perfecta relación con el Padre, relación establecida mediante la oración. Jesús no ha orado para pedir favores, para recibir un trato de favor frente a las dificultades de la vida; no ha pedido a Dios modificar sus proyectos sino hacerle saber cuál era su voluntad para poder hacerla suya y llevarla a cabo.

El pasaje de hoy es una catequesis acerca de la oración. Comienza presentando el contexto en el que Jesús ha enseñado el Padre nuestro (v. 1). Después, presenta la oración del Señor (vv. 2-4) seguida de una parábola (vv. 5-8) y finalmente siguen las palabras con las que Jesús asegura la eficacia de la oración (vv. 9-13). Examinemos cada una de partes. Antiguamente los movimientos religiosos se caracterizaban no solo por las verdades en que creían y normas éticas que observaban, sino también por una oración que era como la síntesis de su fe y de su propuesta de vida. También el Bautista había enseñado una oración a sus discípulos.

Un día los apóstoles se acercan a Jesús y le piden componer una para ellos (v. 1). Respondiendo a esta petición les enseña el Padre nuestro. ¡La mejor oración de todas –exclaman muchos cristianos– la más bella! Mejor que el Ave María, que la Salve, que el Requiem aeternam, porque ha sido pronunciada por el mismo Jesús. Esta afirmación parte del presupuesto de que el “Padre nuestro” es una fórmula de oración entre otras, aunque sea la más sublime. No es así.

El Padre nuestro no hay que colocarlo junto a otras oraciones sino junto al Símbolo Apostólico porque, como el Símbolo, es un compendio de fe y de vida cristiana. En la Iglesia primitiva los catecúmenos lo aprendían directamente de labios del obispo. Era la sorpresa, el regalo que él hacía a quienes habían pedido y finalmente aceptados para convertirse en cristianos. Lo entregaba a los catecúmenos ocho días antes de su Bautismo y, éstos, durante la celebración de la noche de Pascua, lo restituían, es decir, lo recitaban por primera vez junto a la comunidad. Por eso, sería bello recitar frecuentemente el Padre nuestro junto a la fuente bautismal.

“Padre” (v. 2).

Dime cómo oras y te diré en qué Dios crees. El ateo no reza porque no tiene un interlocutor y considera alienante buscar en otro las soluciones que cada uno puede encontrar por sí mismo. Los creyentes oran, pero de maneras diferentes, de acuerdo con la diferente imagen de Dios que tengan sus respectivas creencias religiosas. Para algunos Dios es una fuerza ciega, impersonal, a veces benéfica, otras maléfica, imprevisible, incluso caprichosa. Para otros, es un interlocutor anónimo, o un “ente supremo”, o un juez severo, o el dueño absoluto de todas las cosas a quien solo es posible aproximarse acompañado de un ángel o de algún santo que haga de mediador.

Para los cristianos Dios es el Padre, un Padre que nos ha amado desde siempre, desde que “en lo oculto era formado, entretejido en lo profundo de la tierra…y ya tus ojos veían mi ser informe” (Sal 139,15). Cuando los cristianos recurren a Dios-Padre lo hacen directamente y con confianza; no sienten ninguna necesidad de mediaciones o recomendaciones; entran en su casa porque la puerta está siempre abierta y si, como el hijo pródigo, se alejan a veces de Él, saben que pueden regresar y ser siempre bienvenidos (v. 2).

“Santificado sea tu nombre” (v. 2).

Este es el primer augurio que aflora en los labios del cristiano cuando se dirige al Padre. Revela el incontenible deseo de ver realizado el sueño de Dios. La forma pasiva de la expresión equivale, en el lenguaje bíblico, a: santifica, oh Dios, tu nombre. No nosotros sino Él debe manifestar la santidad de su nombre. ¿Cómo?

A lo largo de los siglos, dice la Biblia, Israel ha profanado el nombre de Dios no porque blasfemaba sino porque, por su infidelidad, le impedía manifestar su Amor y realizar su Salvación (cf. Ez 36,20). El nombre de Dios no es ‘santificado’ o glorificado cuando muchos lo aplauden, o cuando aumenta el número de participantes en las liturgias solemnes y ceremonias en los templos, sino cuando su Salvación llega y transforma a cada persona. Un pobre que obtiene justicia, un corazón liberado del odio, un pecador que vuelve a ser feliz, una familia que recobra la concordia y la paz “santifican el nombre de Dios”, porque son la prueba de que su palabra hace milagros.

En el Padre nuestro, el cristiano espera ardientemente que Dios lleve a pronto cumplimiento la promesa hecha por boca de Ezequiel: “Mostraré la santidad de mi nombre ilustre profanado por las gentes y que ustedes profanaron en medio de ellos… Los recogeré por las naciones y los llevaré a su tierra. Les daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo; arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Habitarán en las tierras que di a sus padres; ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Ez 36,23-38).

Cuando pide “santificado sea tu nombre”, el discípulo declara al Padre la propia disponibilidad a dejarse involucrar, a colaborar con Él para que esta promesa de bienestar se realice. No conoce ni el día ni la hora (cf. Mc 13,32), pero esté seguro de que oración será oída”.

“Venga tu reino” (v. 2).

La experiencia de la monarquía en Israel ha sido decepcionante, como lo prueban las denuncias dramáticas de los profetas: “Tus jefes son bandidos, socios de ladrones; todos amigos de soborno, en busca de regalos. No defienden al huérfano ni se encargan de la causa de la viuda” (Is 1,23). El pueblo siente la necesidad de un reino nuevo en el que los destinos de la nación no estén regidos por la avidez, por el frenesí de poder, por intereses egoístas, sino por los pensamientos y deseos de Dios.

Comienza, así, la espera del día en que el Señor tomará personalmente en sus manos el destino de su pueblo y se convertirá en rey. El salmista canta las maravillas de este reino cuando desea que en aquel día: “cunda la prosperidad, y haya prosperidad hasta que falte la luna… Haya en el campo trigo abundante, que ondee en la cima de los montes… y retoñe como hierba del campo” (Sal 72, 7.16). También los profetas sueñan con este reino: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que dice a Sion: «Ya reina tu Dios»!” (Is 52,7).

La espera, en tiempos de Jesús, era febril. En la tercera de las dieciocho bendiciones, los israelitas piadosos piden al Señor: “Desde tu lugar, Oh Dios, resplandece y reina sobre nosotros, porque esperamos que tú reines en Sion”. Las esperanzas suscitadas por las profecías, sin embargo, generan también ilusiones, falsas expectativas, malentendidos que dan lugar a revueltas insensatas que terminan en baños de sangre.

No es de “este mundo” el reino que constituye el núcleo de la predicación de Jesús. En el Nuevo Testamento se habla del “reino de Dios” nada menos que 122 veces, 90 de ellas por boca de Jesús. Él afirma: “Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, es que ha llegado a ustedes el reino de Dios” (Lc 11,20) y proclama: “El reino de Dios…está entre ustedes” (Lc 17, 21).

Aunque el tiempo de la espera ha terminado, no obstante el cristiano continúa impetrando su venida, porque el reino de Dios está en sus comienzos, debe desarrollarse y crecer en cada persona como semilla del bien, de amor, de reconciliación, de paz. La oración le hace evitar trágicos equívocos; lo ayuda a discernir entre los reinos de este mundo (que están siempre alagándolo y seduciéndolo) y el reino de Dios.

“El pan nuestro de cada día, danos hoy” (v. 3).

Entre los pueblos orientales, donde cada grupo familiar tenía su propio horno, el pan era más que un simple alimento a consumir. Evocaba sentimientos, emociones, relaciones de amistad que nosotros, hoy, ignoramos. Era una llamada a la generosidad y al compartir con los más pobres: no se podía comer el pan en soledad (cf. Job 13,17). La hogaza debía ser siempre compartida con el hambriento (cf. Is 58, 7).

El pan era sagrado, no podía ser tirado a la basura, no se cortaba con el cuchillo; se partía delicadamente. Solo manos humanas eran dignas de tocarlo porque tenía algo de sagrado: el trabajo del hombre y de la mujer, la bendición divina de una tierra fértil y la lluvia y el rocío que el Señor les había enviado a tiempo. Es la fatiga del agricultor la que nos da el pan. Entonces, ¿qué pedimos a Dios? ¿Qué trabaje en nuestro lugar? ¿Tiene sentido pedirle algo que nos lo podemos procurar por nosotros mismos? ¿No corremos el peligro de caer en la alienación y en el oscurantismo?

Examinemos cada detalle de la petición: pedimos ‘nuestro’ pan. Del maná nunca se dice que es nuestro: llovía del cielo, era únicamente don de Dios (cf. Ne 9,20). El pan, por el contario, es al mismo tiempo y completamente don de Dios y fruto del sudor, de la fatiga y del sacrificio del hombre y de la mujer. Por eso ellos pueden justamente llamarlo nuestro. El pan bendecido por Dios es aquel producido ‘conjuntamente’ por los hermanos, el obtenido de la tierra que Dios ha destinado a todos y no solo a algunos, el que lleva las lágrimas del pobre explotado.

Rezar el Padre nuestro significa mantener siempre la viva la conciencia de que no puede ser recitado de manera auténtica y sincera por quien solamente piensa en el propio pan, por quien se olvida del pobre, por quien no se compromete en hacer realidad la justicia social.

No puede pedir a Dios ‘nuestro’ pan quien no trabaja, quien vive a costa de los demás. Pedir nuestro pande cada día significa no acaparar alimento para el día siguiente mientras a los hermanos les falta el pan necesario para hoy. Equivale a decir: “Ayúdame, Padre, a contentarme con lo necesario, líbrame de la esclavitud de los bienes y dame la fuerza de compartirlos con los pobres”.

“Perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos” (v. 4).

Podemos recitar cualquier oración (el Ave María, el Angelus Domini, el Requiem aeternam) con odio en el corazón, pero no el Padre nuestro. El cristiano no puede esperar ser escuchado por Dios si no cultiva sentimientos de amor hacia el hermano. No basta olvidar el mal recibido, se exige más. El cristiano no puede abrirse al Amor del Padre si rechaza reconciliarse con el hermano.

“Y no nos dejes caer en la tentación” (v. 4).

La tentación de la que pedimos ser librados no se refiere a las pequeñas debilidades, flaquezas y fragilidades de cada día (que por supuesto no están excluidas) sino al abandono de la “lógica del Evangelio” para rendir vasallaje a la “lógica de este mundo”. Las tribulaciones o las persecuciones pueden hacernos tropezar y entrar en crisis; las preocupaciones de la vida y la seducción de los bienes de este mundo pueden sofocar la semilla de la Palabra de Dios. El cristiano no implora estar exento de estas tentaciones, sino que pide no ceder, no dejarse ni siquiera rozar por la idea de abandonar al Maestro.

Después de haber presentado el modelo de oración cristiana, Jesús narra la parábola de un hombre que, con mucha insistencia, va a pedirle a un amigo que le de tres panes (vv. 5-8). Este relato quiere enseñar que la oración obtiene resultados solamente si es prolongada. No porque Dios quiera hacerse rogar por largo tiempo antes de conceder algún don sino porque la persona humana emplea mucho tiempo para asimilar los pensamientos y sentimientos del Señor.

Con frecuencia, nuestras oraciones no son sino un intento tras otro de convencer a Dios para que cambie sus planes, para que los acomode a los nuestros, para que corrija sus ‘descuidos’ e ‘injusticias’ con respecto a nosotros.

Si hablamos largamente con Él, terminaremos por comprender su Amor y por aceptar sus designios. La oración no cambia a Dios sino que abre nuestra mente, modifica nuestro corazón. Esta transformación interior no puede realizarse, a excepción de milagros improbables, en pocos instantes. Es muy difícil renunciar a nuestra manera de leer los acontecimientos. Nos cuesta aceptar la luz de Dios. Somos ciegos, no somos capaces (o no queremos) ver. Los caminos de Dios no son siempre fáciles y placenteros; requieren la conversión, esfuerzos, renuncias, sacrificios. Para lograr la adhesión interior a la voluntad del Señor, para llegar a ver con sus ojos los acontecimientos de nuestra vida, es necesario orar…por mucho tiempo.

Hemos llegado a la última parte del evangelio de hoy (vv. 9-13). La oración cristiana es siempre escuchada, dice Jesús, y sin embargo nuestra experiencia no parece confirmar esta afirmación.

El tema de la insistencia en la oración es retomado mediante tres imágenes: pedir, buscar y llamar a la puerta. La oración produce siempre resultados prodigiosos e inesperados. Pero no cultivemos vanas esperanzas. Fuera de nosotros mismos, todo seguirá su curso como antes (la enfermedad continuará, el daño sufrido no desaparecerá, las heridas y traiciones producirán dolor…), pero dentro de nosotros mismos todo será distinto. Si la mente y el corazón no son ya los mismos, si los ojos con que contemplamos nuestra situación, el mundo, a los hermanos son distintos, más puros, más “divinos”, la oración ha obtenido resultado, ha sido escuchada.

Recuperada la serenidad y la paz interior, también las heridas psicológicas y morales se irán restañando rápidamente y también las enfermedades orgánicas, ¿por qué no?, podrán curarse más fácilmente.

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XVI Domingo ordinario. Año C

Marta y María
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Podríamos suponer que Lucas, al presentar estas dos figuras estilizadas, quería mostrar dos formas de servicio en la comunidad cristiana: el “servicio de las mesas” (diaconía) y el servicio de la Palabra (profecía). Al enfrentarse a ambos, los apóstoles deben tomar una decisión: «No es justo que descuidemos la palabra de Dios para servir a las mesas» (Hechos 6,2). El servicio de la Palabra sería superior al de la caridad.

Tres textos evangélicos hablan de Marta y María: Lucas 10,38–42; Juan 11,1–46 y 12,1–8. Nos centraremos sobre todo en el relato de Lucas.

Según el cuarto Evangelio, las dos hermanas vivían en Betania, un pueblo en las afueras de Jerusalén. San Juan siempre las menciona juntas, con su hermano Lázaro. Parece una familia acomodada. Son amigos de Jesús y lo acogen junto con su comitiva (¿unas treinta personas?) cuando va a Jerusalén. Allí, Jesús puede descansar y encontrar “dónde reclinar la cabeza” (Mateo 8,20). Betania es el “santuario” de la amistad y de la hospitalidad.

Marta parece ser la mayor y la dueña de la casa. Su nombre probablemente significa “señora / dueña del hogar”. En la tribu de los nabateos es un nombre masculino, y en el Talmud rabínico puede ser masculino o femenino. Es una mujer dinámica y trabajadora. María parece más joven, más tierna e introvertida. La etimología de su nombre es incierta: “rebelde”, “amada”, “exaltada”…

Según Lucas 10,38–42, Marta y María reciben a Jesús en su casa. Mientras Marta se afana en preparar comida para los invitados, María se queda a los pies de Jesús escuchándole. Molesta, Marta le pide a Jesús que le diga a su hermana que la ayude. Jesús responde con una frase inesperada:
«Marta, Marta, estás inquieta y preocupada por muchas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se le quitará».

Esta frase de Jesús ha sido objeto de muchas interpretaciones, a veces tendenciosas o ideológicas. Pero puede ayudarnos a reflexionar sobre nuestra vocación como discípulos de Jesús.

¿Sumisión o emancipación?
UNA VISIÓN REVOLUCIONARIA DE LA MUJER

La actitud de María —afectuosa, devota, silenciosa— ha sido exaltada por una cierta tendencia machista y clerical, defensora de la sumisión de la mujer al hombre.

Marta, en cambio, una mujer que tiene el valor de “alzar la voz” y expresar su individualidad, sería símbolo de la emancipación femenina. En algunas pinturas medievales, se la representa como el equivalente femenino de San Jorge o San Miguel, con la particularidad de que no mata al dragón, sino que lo doma y lo lleva atado como si fuera una mascota. Es una manera femenina de dominar el mal: no eliminando al adversario, sino domesticándolo.

En realidad, la figura de María también es revolucionaria. Estar a los pies de alguien significaba ser su discípulo. En tiempos de Jesús, el estudio de la Torá era exclusivo de los hombres. En hebreo y arameo, la palabra “discípulo” no tenía forma femenina. Así, al elogiar la actitud de María, Jesús adopta una postura provocadora, desafiando la mentalidad patriarcal. Incluso desautoriza en cierto modo a la “mujer ejemplar” tradicional, que representa Marta, afanada en las tareas del hogar (véase Proverbios 31,10ss).

Por tanto, ambas mujeres representan una forma de emancipación femenina: Marta, con su extroversión emprendedora; María, con su introversión silenciosa. Son el modelo de una humanidad integrada, donde silencio y palabra, introversión y extroversión conviven.

¿Acción u oración?
¡CASARSE… CON LAS DOS HERMANAS!

La tradición ha visto en Marta el símbolo de la vida activa, y en María el de la vida espiritual o contemplativa, considerando esta última superior. El “servicio corporal” sería inferior al “servicio espiritual” (San Basilio). Mientras que la vida activa termina con este mundo, la vida contemplativa continúa en el futuro – dice San Gregorio Magno. Pero añade que hay que “casarse” con ambas, como Jacob, que aunque prefería a Raquel (más bella pero estéril), tuvo que casarse primero con Lía (menos atractiva pero fecunda).

En el fondo, la contraposición entre vida activa y vida contemplativa es falsa, ya que una no puede existir sin la otra. No se excluyen, sino que se integran. Son dos dimensiones esenciales de la vocación del discípulo. Marta y María están unidas, como da a entender San Juan al mencionarlas siempre juntas. Jesús ama a ambas (Juan 11,5). De hecho, es Marta quien sale al encuentro de Jesús (mientras María permanece en casa) y hace una conmovedora confesión de fe (Juan 11,20.27). Marta y María no son figuras opuestas, sino complementarias. Todos estamos llamados a encarnar a Marta y a María: a ser servidores y oyentes de la Palabra.

Las dos hermanas viven reconciliadas. Así las representa el pintor dominico Beato Angélico, en un fresco (en Florencia). Ambas asisten (espiritualmente) a la agonía de Jesús en el huerto. Mientras los tres discípulos duermen, ellas velan compenetradas en el misterio. María lee la Palabra, Marta la escucha con atención y ternura. Las dos “esposas” conviven en paz.

¿Ley o Evangelio?
¡UNA IGLESIA CON TRAJE NUPCIAL Y DELANTAL!

También podríamos suponer que Lucas, al presentar estas dos figuras estilizadas, quería mostrar dos formas de servicio en la comunidad cristiana: el “servicio de las mesas” (diaconía) y el servicio de la Palabra (profecía). Al enfrentarse a ambos, los apóstoles deben tomar una decisión: «No es justo que descuidemos la palabra de Dios para servir a las mesas» (Hechos 6,2). El servicio de la Palabra sería superior al de la caridad.

Para algunos, además, Marta y María representarían dos etapas del discipulado. Marta, ocupada en “hacer muchas cosas”, simboliza la “primera conversión”, la de la purificación por las obras. María, centrada en “lo único necesario”, encarna la “segunda conversión”, la del corazón. En este caso, Marta representaría el Antiguo Testamento (la Torá con sus 613 preceptos) y María el Nuevo (con la “Ley del Amor” que los unifica).

En realidad, ambas representan dos dimensiones esenciales e igualmente importantes de la Esposa que se identifica con su Esposo, «que ha venido a servir» (Marcos 10,45). Es decir, la comunidad cristiana, resplandeciente con su traje nupcial, «sentada a la derecha del Rey» (Salmo 44,10), pero también capaz de despojarse de sus vestidos, ponerse el delantal del servicio y lavar los pies a sus hijos (Juan 13,4).

¿Hacer o Ser?
EL DOBLE MANDAMIENTO DEL AMOR

El contexto del episodio de Betania es muy significativo. Por una parte, está precedido por la parábola del buen samaritano, que termina con: «Ve, y HAZ tú lo mismo» (Lucas 10,37). Por otra, está seguido inmediatamente por la enseñanza de Jesús sobre el Padrenuestro y la oración (Lucas 11,1–10). Parece que Lucas quiere subrayar la unidad entre el Hacer («hacerse prójimo» del hermano) y la Escucha de la Palabra («hacerse próximo» a Dios).

Si el buen samaritano es un icono del amor al prójimo, Betania lo es del amor a Dios. Marta “hace”, María “ama”. El episodio de la unción en Betania, narrado por San Juan, confirma esta lectura. Jesús defiende a María frente a Judas, quien había apelado a la caridad con los pobres para criticarla (Juan 12,8).

¿Conclusión?
CONVERSIÓN Y DISCERNIMIENTO

Marta y María siempre aparecen “en casa”. La casa y el pueblo representan el tiempo de la vida ordinaria, la “iglesia doméstica”. La condición habitual del cristiano, del laico. En el centro están la escucha de la Palabra y el Servicio. Se trata de hacer de nuestra casa una “Betania”: acoger al Amigo Cristo. Hospedar a alguien en casa cambia nuestras prioridades y condiciona nuestro modo de hacer las cosas.

Marta y María aman a Jesús, pero difieren en sus prioridades. María se concentra en Jesús y se deleita en su presencia. Marta, ocupada con los quehaceres, cae en la inquietud, la impaciencia y el cansancio. Y la presencia de Jesús termina por convertirse en una “carga” para ella. Este es el problema.

El estado de irritación de Marta lleva a Jesús a “llamarla” con ternura (tal es el sentido de la repetición del nombre: «¡Marta, Marta!»), para devolverla a lo esencial: a la conversión hacia “lo único necesario”, a la búsqueda del Reino de Dios. Todo lo demás vendrá por añadidura (Lucas 12,31).

El tiempo apremia, y por eso el discípulo no puede preocuparse por “muchas cosas”. La multiplicidad de tareas no es necesariamente sinónimo del “servicio” que Jesús espera de nosotros. Es necesario, por tanto, establecer prioridades y urgencias. En otras palabras: discernir. Como dice Pablo:
«Pido que vuestro amor crezca cada vez más en conocimiento y en pleno discernimiento, para que sepáis escoger lo mejor» (Filipenses 1,9–10).


Escoger la mejor parte
P. Enrique Sánchez G. Mccj

(Lucas 10, 38-42)

Betania es un pequeño poblado situado a tres o cuatro kilómetros de Jerusalén y es ahí en donde Jesús muchas veces había ido para encontrarse con Lázaro y sus hermanas Marta y María con quienes mantenía una estrecha amistad.

En aquella casa Jesús se sentía bien y en confianza, así nos lo describe esta página del evangelio de san Lucas. Jesús había llegado, muy probablemente con sus apóstoles y sus discípulos, y se había recostado, como era la costumbre, en torno a la mesa y María se acomodó a sus pies, en una actitud atenta y seguramente de escucha. Jesús tenía siempre algo importante que decir y no había que perderse ninguna de sus palabras.

Marta, por lo contrario, se nos presenta como alguien que estaba afanada, dice el evangelio, ocupada en muchos quehaceres que consideraba urgentes e importantes. Atender a Jesús y a toda la gente que había llegado con él no era tarea sencilla.

La escritura insinúa que vivía aquel trabajo con enfado, molesta y ciertamente con una intensa insatisfacción. Tal vez lo abrumador del trabajo la tenía tensa y preocupada. También  se podría pensar que lo que la mantenía ocupada no llenaba  del todo su corazón y no le permitía poner el corazón en sus actividades.

Jesús hace aparecer como evidente la preocupación y la inquietud que acompañaban a Marta, mientas que, en contraste, presenta a María como alguien que había escogido algo más gratificante; había escogido la mejor parte y se quedaría con ella para siempre.

Este pequeño texto pone en evidencia varias actitudes que nos acompañan también a nosotros en el vivir diario. Nadie podría negar que estamos hoy en una sociedad que vive afanada, que ha perdido la capacidad de detenerse para entender y disfrutar lo que va encontrando en el caminar cotidiano. Hemos perdido mucho la sensibilidad para poder disfrutar de lo sencillo, de lo que no hace ruido ni es aparatoso; nos cuesta dejarnos sorprender por lo bello que se esconde en lo ordinario de la vida.

Hoy se vive con los ritmos que caracterizan el comportamiento de Marta. No hay tiempo para perder, los compromisos se multiplican, las agendas de trabajo están sin espacios y las jornadas de trabajo muchas veces se alargan con tiempos extraordinarios. Vivimos al ritmo del trabajo, el comer de prisa y el descanso que se limita a unas cuantas horas.

Hoy parece que para todo hay que sacar cita y se tienen que reservar espacios en todo y en todas partes, si se pretende ser atendidos. En la vida ordinaria se salta de una reunión a otra, de una entrevista se sale para, corriendo y de prisa, comer algo antes de estar disponible para responder a todos los correos y mensajes recibidos. Vivimos atados al teléfono todo el día y aún de noche siguen llegando los mensajes que pretenden una respuesta, aunque sea a media madrugada.

El tiempo parece encogerse continuamente y los pendientes quedan siempre ahí cada noche, como una carga que ya condicionó el día de mañana.

Marta estaba afanada y preocupada tratando de poner todo en orden y bajo su control. Soñaba con tener todo impecable y que nada se le escapara.

Su alegría, aparentemente, consistía en algo que se encontraba fuera de ella, en aquello que podía controlar y manipular a su antojo y no se había dado cuenta de que la verdadera felicidad se encontraba en otra parte.

Como muchos de nosotros, Marta estaba convencida de que lo más importante era el quehacer; mientras que María había escogido estar simplemente en comunión profunda con quien llenaba de felicidad su corazón.

Estas dos actitudes nos ayudan a entender que en la vida deberíamos llegar a crear un sano equilibrio entre nuestra capacidad de producir, de transformar, de crear con todos los dones que hemos recibido; pero al mismo tiempo tendríamos que estar muy en sintonía con aquella parte de nosotros que nos enseña a vivir de lo que somos y no tanto de lo que hacemos.

La pregunta de fondo, que brota de lo que el evangelio nos expone en esos cuantos versículos, no es otra sino aquella que nos interroga para que tomemos conciencia de qué o quién es la fuente de nuestra verdadera felicidad. ¿A qué le estamos entregando el corazón?

Vivimos tiempos en donde con mucha facilidad caemos en la trampa del consumismo, de lo que podemos obtener y de aquello con lo que podemos llenar nuestros espacios vitales. Pero las cosas nunca acaban por satisfacernos.

Al contrario, cuando le apostamos a las cosas, acabamos por viciar el corazón y nos encontramos rodeados y abrumados por tantas cosas superfluas e innecesarias.

María escogió la mejor parte, la parte de la herencia que no se arruina con el pasar del tiempo. La parte que le ayuda a vivir libre de ataduras y de dependencias humanas.

¿Qué es esa parte que María ha escogido y que no le será quitada? Aquí tenemos la oportunidad de aprender una pequeña lección de la Escritura.

En el Antiguo Testamento era sabido que Dios había prometido una tierra a su pueblo y esa tierra sería repartida entre las doce tribus de Israel.

Cada tribu tenía derecho a poseer una parte; era su herencia y su tesoro. Sólo a la tribu de Levi no le tocaría una de esas partes, porque estaría encargada del Templo y su herencia pasaría a través del servicio que rendía a Dios.

A cada Judío le tocaba una parte de esa tierra, pero a los hijos de Levi les tocaba la mejor parte por estar al servicio de Dios. La parte que les correspondía era Dios mismo.

Durante el exilio en Babilonia el pueblo Judío había perdido todo. No tenía templo, ni sacerdotes, ni siquiera la tierra que Dios les había prometido; lo único que les quedaba, y era lo que agradecían los levitas era la presencia de Dios que no les había abandonado.

La tierra, el poder y las cosas no tenían ya valor o importancia, lo único que valía la pena era la presencia de Dios entre ellos que hacía que se mantuviera viva la esperanza de volver un día al lugar en donde Dios había hecho de ellos un pueblo, su pueblo.

El Salmo 16 recoge, de alguna manera los sentimientos que había en el corazón de los judíos.

A nosotros nos recuerda que, esa parte mejor y esa parte que no pasará, es el Señor. En ese sentido, María había escogido la mejor parte, quedarse con el Señor para siempre.

Dice el salmo: “Mi herencia y la suerte que me ha tocado es el Señor. ¡Tú proteges mi destino! Me tocaron en suerte hermosas parcelas. ¡Cuánto me agrada mi herencia!

Esto nos ayuda a tomar conciencia de que en este mundo todo pasa y que no vale la pena poner el corazón en algo que no podremos llevar más allá de nuestra muerte. Es una reflexión que nos ayuda a entender que la verdadera felicidad está más allá de las cosas de este mundo y que lo que realmente vale la pena es tener a Dios con nosotros.

Qué bello sería llegar a decir con el salmo: “Tú eres mi Señor. No tengo ningún bien más grande que tú”.

Finalmente, podríamos quedarnos con una enseñanza contemplando a esas dos hermanas amigas de Jesús. Y la enseñanza sería la necesidad que todos tenemos de crear un sano equilibrio entre lo que somos y lo que hacemos.

Es importante aprender a darle tiempo al Señor quedándonos a sus pies para enriquecernos con su Palabra; pero también es importante desarrollar en nosotros la capacidad de encontrarlo en nuestro compromiso en la construcción de un mundo más justo y fraterno, un mundo en donde aprendamos a identificar los verdaderos valores que nos aseguran la felicidad.

Para nuestra reflexión y oración personal y comunitaria

+  ¿Logro identificar lo que me preocupa, lo que me agobia y me distrae, lo que me tiene agitado todo el tiempo?

+ ¿En dónde y a qué se encuentra ocupado mi corazón?

+ ¿Cuál es la fuente de mis alegrías y de mi felicidad?

+ ¿Considero que yo también he recibido una parte de herencia que no me será quitada, cuáles son las herencias que llevo como tesoros en mi vida?

+ ¿Estoy apegado a las cosas, a la imagen que tienen de mí, a lo que el mundo me ofrece como promesa de felicidad?


¿AFANARSE O ESCUCHAR?
José Luis Sicre

El domingo pasado, la parábola del buen samaritano terminaba con una invitación a la acción: «Ve, y haz tú lo mismo». Imaginemos que quien tenemos delante no es un pobre hombre apaleado y medio muerto, sino Jesús. Se ha presentado en la casa a mediodía. ¿Qué es más importante: afanarnos por darle bien de comer o sentarnos a escucharle?

Como el evangelio va de invitación a comer, para la primera lectura se ha elegido la famosa escena en la que Abrahán invita a tres personajes misteriosos que llegan a su tienda.

Abrahán invita a comer al Señor (Génesis 18,1-10)

¿Cuántos son los invitados?

Este breve relato ha supuesto uno de los mayores quebraderos de cabeza para los comentaristas del Génesis. Empieza diciendo que el Señor se aparece a Abrahán, pero lo que ve el patriarca son tres hombres.

Al principio se dirige a ellos en singular, como si se tratara de una sola persona (“no pases de largo”), pero luego utiliza el plural (“os lavéis, descanséis, cobréis fuerzas”). El plural se mantiene en las acciones siguientes (“comieron, dijeron”), pero la frase capital, la gran promesa, la pronuncia uno solo.

En resumen, un auténtico rompecabezas, resultado de unir tradiciones distintas. No faltaron comentaristas cristianos que vieron en esta escena un anticipo de la Santísima Trinidad.

Hospitalidad

La ley de hospitalidad es una de las normas fundamentales del código del desierto. El hombre que recorre estepas interminables sin una gota de agua ni poblados donde comprar provisiones, está expuesto a la muerte por sed o inanición. Cuando llega a un campamento de beduinos o de pastores no es un intruso ni un enemigo. Es un huésped digno de atención y respeto, que puede gozar de la hospitalidad durante tres días; cuando se marcha, se le debe protección durante otros tres días (unos 100 kilómetros). Esta ley de hospitalidad es la que pone en práctica Abrahán.

El menú, dos cocineros y un maître.

Abrahán no se limita a hospedar a los visitantes. Entre él y su mujer, con la ayuda también de un criado, organiza un verdadero banquete con un ternero hermoso, cuajada, leche y una hogaza de  flor de harina. A diferencia de las comidas actuales, no hay prisa. Pasan horas desde que se invita hasta que se preparan los alimentos y se termina de comer.

La cuenta

Al invitado no se le cobra. Pero el huésped principal paga de forma espléndida: prometiendo que Sara tendrá un hijo. El tema de la fecundidad domina toda la tradición de Abrahán y se cumple a través de muchas vicisitudes y de forma dramática.

Marta invita a comer a Jesús (Lucas 10, 38-42)

El texto del evangelio también se ha prestado a mucho debate. Este relato es exclusivo de Lucas, no se encuentra en Mateo, Marcos ni Juan.

¿Cuántos invitados a comer?

En la historia de Abrahán resultaba difícil saber si los invitados eran uno o tres. El relato de Lucas nos deja en la mayor duda. Jesús siempre iba acompañado, no sólo de los Doce, sino también de muchas mujeres, como afirman expresamente Marcos y Lucas, citando el nombre de algunas de ellas. ¿Los recibe a todos Marta? ¿Se limita a invitar a Jesús? Las palabras “Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio” sugieren que no se trataba de un solo invitado. Pero la escena parece tan simbólica que resulta difícil imaginar la habitación abarrotada de gente.

El menú, y una cocinera sin ayudante

No sabemos el número de invitados, pero sí está claro el de cocineras. Aquí no ocurre con en el relato del Génesis, donde Sara amasa y cuece la hogaza, mientras Abrahán colabora corriendo a escoger el ternero, dando órdenes de prepararlo, encargándose de la cuajada y de la leche.

En la casa del evangelio hay también dos personas, Marta y María. Pero María se sienta cómodamente a los pies de Jesús mientras Marta se mata trabajando. ¿Por qué tanto esfuerzo? ¿Porque son muchos los invitados? ¿O porque Marta pretende prepararle a Jesús un banquete tan suculento como el de Abrahán, y le faltan tiempo y manos para el ternero, la hogaza, la cuajada y la leche?

Desgraciadamente, ignoramos el menú. Según algunos comentaristas, las palabras que dirige Jesús a Marta, “sólo una cosa es necesaria” significarían: “un plato basta”, no te metas en más complicaciones.

Dos actitudes

El contraste entre María sentada y Marta agobiada se ha prestado a muchas interpretaciones. Por ejemplo, a defender la supremacía de la vida contemplativa sobre la activa, sin tener en cuenta que esas formas de vida no existían en tiempos de Jesús ni en la iglesia del siglo I. Entre los judíos de la época existían grupos religiosos con tintes monásticos (los esenios de los que habla Flavio Josefo y los terapeutas de los que habla Filón de Alejandría), pero Lucas no presenta a María como modelo de las monjas de clausura frente a Marta, que sería la cristiana casada o la religiosa de vida activa.

El evangelio no contrapone pasividad y trabajo. Jesús no reprocha a Marta que trabaje sino que “andas inquieta y nerviosa con tantas cosas”. Esa inquietud por hacer cosas, agradar y quedar bien, le impide lo más importante: sentarse un rato a charlar tranquilamente con Jesús y escucharle.

Todos tenemos la tendencia a sentirnos protagonistas, incluso en la relación con Dios. Nos atrae más la acción que la oración, hacer y dar que escuchar y recibir. Nos sentimos más importantes. La breve escena de Marta y María nos recuerda que muy a menudo andamos inquietos y nerviosos con demasiadas cosas y olvidamos la importancia primaria del trato con el Señor.

Marta-María y el buen samaritano

Como indiqué al comienzo, este episodio sigue inmediatamente a la parábola del buen samaritano, que leímos el domingo pasado. Los dos textos son exclusivos del evangelio de Lucas, y pienso que se iluminan mutuamente.

La parábola del buen samaritano es una invitación a la acción a favor de la persona que nos necesita: “ve y haz tú lo mismo”.

Para mantener la acción a favor del prójimo la mejor preparación es sentarse, como María, a escuchar la palabra de Jesús.

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NADA HAY MÁS NECESARIO
José A. Pagola

El episodio es algo sorprendente. Los discípulos que acompañan a Jesús han desaparecido de la escena. Lázaro, el hermano de Marta y María, está ausente. En la casa de la pequeña aldea de Betania, Jesús se encuentra a solas con dos mujeres que adoptan ante su llegada dos actitudes diferentes.

Marta, que sin duda es la hermana mayor, acoge a Jesús como ama de casa, y se pone totalmente a su servicio. Es natural. Según la mentalidad de la época, la dedicación a las faenas del hogar era tarea exclusiva de la mujer. María, por el contrario, la hermana más joven, se sienta a los pies de Jesús para escuchar su palabra. Su actitud es sorprendente pues está ocupando el lugar propio de un “discípulo” que solo correspondía a los varones.

En un momento determinado, Marta, absorbida por el trabajo y desbordada por el cansancio, se siente abandonada por su hermana e incomprendida por Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. ¿Por qué no manda a su hermana que se dedique a las tareas propias de toda mujer y deje de ocupar el lugar reservado a los discípulos varones?

La respuesta de Jesús es de gran importancia. Lucas la redacta pensando probablemente en las desavenencias y pequeños conflictos que se producen en las primeras comunidades a la hora de fijar las diversas tareas: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.

En ningún momento critica Jesús a Marta su actitud de servicio, tarea fundamental en todo seguimiento a Jesús, pero le invita a no dejarse absorber por su trabajo hasta el punto de perder la paz. Y recuerda que la escucha de su Palabra ha de ser lo prioritario para todos, también para las mujeres, y no una especie de privilegio de los varones.

Es urgente hoy entender y organizar la comunidad cristiana como un lugar donde se cuida, antes de nada, la acogida del Evangelio en medio de la sociedad secular y plural de nuestros días. Nada hay más importante. Nada más necesario. Hemos de aprender a reunirnos mujeres y varones, creyentes y menos creyentes, en pequeños grupos para escuchar y compartir juntos las palabras de Jesús.

Esta escucha del Evangelio en pequeñas “células” puede ser hoy la “matriz” desde la que se vaya regenerando el tejido de nuestras parroquias en crisis. Si el pueblo sencillo conoce de primera mano el Evangelio de Jesús, lo disfruta y lo reclama a la jerarquía, nos arrastrará a todos hacia Jesús.

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CRISTO, HUÉSPED, PERO NO PARA UN DÍA
Fernando Armellini

Cuando durante la celebración de la Eucaristía o en un encuentro bíblico me toca leer este pasaje, suelo escudriñar con atención las caras de los presentes, tratando de intuir sus reacciones. Veo, en general, caras de extrañeza, de contrariedad, de disentimiento y, entonces, paso al ataque: “Me parece que muchos de ustedes no están de acuerdo con cuanto Jesús ha dicho a Marta”. A este punto comienzan los susurros, las sonrisas, los comentarios en voz baja voz, casi todos hostiles a Marta. La reprobación es unánime aunque no tengan el coraje de manifestarla.

Siempre hay alguno, sin embargo, que expresa lo que siente: “¿Cómo es posible amonestar a una mujer que trabaja y elogiar a una que no hace nada? ¡Es fácil entregarse a los rezos mientras otros cargan con los quehaceres!”. Los hay quienes, echando mano a interpretaciones de misticismo barato, ven en las palabras de Jesús una afirmación de la superioridad de la vida contemplativa sobre la activa. Serían en este caso los monjes y las monjas quienes han elegido la mejor parte viviendo una vida de recogimiento y oración en la soledad de sus claustros. Los curas diocesanos, empeñados en tantas actividades parroquiales, y también los laicos que se dedican a obras caritativas, serían espiritualmente menos perfectos a pesar de sus fatigas y renuncias.

Si entendemos el evangelio de hoy de esta manera, entonces estaría en flagrante contradicción con el del domingo pasado. El Jesús que elogiaba al samaritano por todo lo que hizo por el herido que encontró en el camino, estaría ahora proponiendo como modelo a una mujer que no mueve un dedo para ayudar a su hermana.

Usar este texto para contraponer la vida contemplativa a la vida activa se ha debido, entre otras causas, a una incorrecta traducción. En el texto original Jesús no dice: “María escogió la mejor parte”, sino simplemente: escogió la parte buena. Mientras que Marta se deja llevar por la agitación, María toma la decisión justa, se comporta como persona sabia. Tratemos de entender el por qué.

A Lucas le gusta presentar a Jesús sentado a la mesa comiendo en compañía de quien le invitara. Aceptaba las invitaciones de todos: de los ‘justos’, de los fariseos (cf. Lc 7,36; 11,37; 14,1) como también de publicanos y pecadores (cf. Lc 5,30; 15,2; 19,6). Hoy lo encontramos en casa de dos hermanas.

Marta, la de más edad, se pone inmediatamente manos a la obra. Su sensibilidad femenina le sugiere que un vaso de buen vino y un plato de carne apetitosa, servidos con elegancia y cortesía, muestran más que mil palabras el afecto que se siente hacia una persona. María, por el contrario, prefiere estar sentada a los pies de Jesús y escucharlo. Es a este punto que surge la discusión entre las dos hermanas, que termina por involucrar también al huésped.

Antes de entrar en el tema central, prestemos atención a un detalle del relato que pone de relieve la postura de María. Estaba: “sentada a los pies de Jesús” (v. 39). No es una información banal; de hecho, el texto le da una relevancia especial. Se trata de una expresión que tiene un valor técnico bien preciso que, en aquel tiempo, servía para indicar la prerrogativa de ser discípulos de un rabino. Solo se aplicaba a aquellos que participaban regular y oficialmente a sus lecciones. En los Hechos de los Apóstoles, por ejemplo, Pablo recuerda con orgullo: “Soy judío… educado e instruido a los pies de Gamaliel” (Hch 22,3), es decir, he sido discípulo del más famoso de los maestros de mi tiempo.

¿Qué hay de extraño en que María sea presentada como discípula de Jesús? Nada para nosotros. Pero en aquel tiempo ningún maestro hubiera aceptado a una mujer entre sus discípulos. Decían los rabinos: “Es mejor quemar la Biblia que ponerla en manos de una mujer”. Y también: “Que no se atreva ninguna mujer a pronunciar la bendición antes de las comidas”. “Si una mujer frecuenta la sinagoga, que lo haga sin llamar la atención’. Esta mentalidad estaba tan generalizada que se infiltró también en las primeras comunidades cristianas. En Corinto, por ejemplo, se observó por cierto tiempo la siguiente norma: “Las mujeres deben callar en la asamblea… Si quieren aprender algo, pregúntenlo a sus maridos en casa. No está bien que una mujer hable en la asamblea” (cf. 1 Cor 14,34-35).

Siendo ésta la mentalidad del tiempo, es fácil comprender lo revolucionaria que fue la decisión de Jesús de aceptar también mujeres entre sus discípulos. Y ya metidos en el tema, la frase con que comienza el relato no es menos provocativa: “Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa” (v. 38). En aquel tiempo estaba muy mal visto el que un hombre aceptara la hospitalidad ofrecida por mujeres. Ésta quizás sea la razón por la que Lucas no menciona a Lázaro, que solamente es referido en el evangelio de Juan (cf. Jn 11; 12,1-8). Con Jesús comienza el mundo nuevo y todos los prejuicios y discriminaciones entre hombre y mujer, recuerdos de culturas y herencias paganas, son denunciados y superados por Él.

Una segunda observación importante a este versículo 39: No se dice que María esté sumida en oración o “contemplando” a Jesús, sino que escucha su Palabra. No escucha otras palabras, sino la Palabra, el Evangelio. No se puede, pues, invocar a María para justificar lo devocional y el intimismo religioso. María es el modelo de quien da prioridad a la escucha de la Palabra.

Tratemos ahora el punto más difícil del evangelio de hoy: la respuesta enigmática de Jesús a Marta (vv. 40-41). Si la cuestión se plantea en términos de reproche a quien trabaja y alabanza del ocioso, es difícil estar de acuerdo con Jesús. Pero ¿es esto lo que Él pretende? Hay que notar, en primer lugar, que Marta no es reprochada por trabajar sino por su agitación, ansiedad, porque está preocupada, se inquieta por muchas cosas y, sobre todo, porque se dedica al trabajo sin antes haber escuchado la Palabra.

María es elogiada, sí, pero no por ser floja, o porque trate de rehuir el trabajo en la cocina. Jesús no le dice a Marta que está equivocada cuando ésta le recuerda a su hermana el trabajo por hacer; no le sugiere a María hacerse la remolona y dejar que la hermana se las arregle como pueda. Dice solamente que lo más importante, a lo que hay que dar prioridad –si queremos que nuestro trabajo no se convierta en mera agitación– es a la escucha de la Palabra.

Tratemos de hacer una síntesis de lo dicho hasta ahora. A nosotros no nos interesa saber que un día, en presencia de Jesús, dos hermanas hayan tenido una discusión casera; esto sería puramente anecdótico. Si Lucas refiere este episodio es para dar una lección de catequesis a las comunidades cristianas, a las de entonces y a las de ahora. Sabe que hay en ellas mucha gente de buena voluntad, discípulos que se dedican a servir a Cristo y a los hermanos sin escatimar tiempo, energías o dinero. Y sin embargo, en esta intensa y generosa actividad se esconde siempre el peligro de que tanto trabajo febril se desasocie de la escucha de la Palabra, de que se convierta en inquietud, confusión, nerviosismo, como en el caso de Marta. El compromiso apostólico, las decisiones comunitarias, los proyectos pastorales, si no son guiados por la Palabra, se reducen a ruido hueco, a un chirriar de ollas y cucharones.

María ha escogido la parte buena porque ha escuchado la Palabra. Ha sido otra María, la Madre de Jesús, la primera en ser elogiada por el mismo motivo: por estar atenta a la escucha de la Palabra (cf. Lc 1,38. 45; 2,19; 8,21). Es curioso: los modelos de escucha de la Palabra que nos presentan los evangelios están todos representados por mujeres. ¿No será porque ellas son más sensibles y están mejor dispuestas que los hombres a escuchar al Maestro?

El pasaje concluye con las palabras de Jesús a Marta (vv. 41-41), pero no parece que todo termine aquí. El diálogo entre las dos seguramente continuó, aunque Lucas no lo refiera. El evangelista parece querer llamar la atención de sus lectores sobre otro detalle que podría pasar desapercibido: el silencio de María. A lo largo de todo el relato, María no dice una palabra, ni siquiera para defenderse, para aclarar su postura, para explicar su decisión. Simplemente calla, lo que nos podría llevar a suponer que su silencio, señal de meditación e interiorización de la Palabra, se hubiera prolongado aun después de la intervención de Marta. Es Marta la que tiene necesidad de sentarse a los pies de Jesús para escucharlo y recuperar así la calma, la serenidad interior y la paz.

Mientras Jesús y Marta conversan, yo me imagino a Marta, absorta en sus pensamientos, serena y contenta, ponerse el delantal y silenciosamente substituir a la hermana en la cocina. Marta es generosa, dispuesta, dinámica, pero ha cometido un error: cargarse de trabajo antes de confrontarse con la Palabra.

Estoy seguro de que María trabajó mucho aquella memorable tarde de la visita de Jesús y sus discípulos, mostrando así que el tiempo dedicado a la escucha de la Palabra no es tiempo robado a los hermanos. Quien escucha a Cristo no olvida el compromiso con los demás: se aprende a trabajar por ellos de la manera justa… sin agitación

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XV Domingo ordinario. Año C

Anda y haz tú lo mismo
P. Enrique Sánchez, mccj.

“En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? El doctor de la ley contestó: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le dijo: Has contestado bien; si haces eso, vivirás.
El doctor de la ley, para justificarse, le pregunto a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús le dijo: Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayo en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió   que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuido de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones? El doctor de la ley le respondió: El que tuvo compasión de él. Entonces Jesús le dijo: Anda y haz tú lo mismo”.

Lc 10,25-37

En esta página del evangelio hay varios verbos que parecen dar el tono al diálogo entre un doctor de la ley y Jesús. Los verbos: deber, hacer, prescribir y, en cierto modo, ordenar, mandar, cumplir, observar.

Esos verbos contrastan con cuidar, compadecerse, curar, acercarse, ocuparse, entregarse, practicar, cuando Jesús manda hacer lo mismo observando el comportamiento del Samaritano.

Son verbos que ayudan a entender que hay, al menos, dos maneras muy distintas de vivir la relación con Dios y dos maneras muy distintas de poner en práctica sus mandamientos.

El doctor de la ley, aparentemente se acerca a Jesús con buenos deseos, quiere encontrar el camino para llegar a la vida eterna; pero en realidad, y el evangelio lo subraya, su propósito no es honesto. Quiere poner a prueba a Jesús.

El maestro de la ley seguramente no necesitaba la explicación o la aclaración por parte de Jesús porque era una persona que, por su preparación y estudios, conocía perfectamente lo que tenı́a que poner en práctica. Sabía lo que le correspondía hacer

para entrar en la vida eterna, es decir, para vivir en una sana relación con Dios y con las personas con quienes compartía a diario su vida.

El mandamiento que Jesús le recuerda, que hemos leı́do en el texto del Deuteronomio en en la primera lectura, era una ley que el doctor tenía que conocer muy bien, pues hacía parte del código que Moisés había dado a conocer a todo el pueblo de Israel.

Ahı́ se enseñaba cuáles eran los mandamientos, las normas y las leyes que Dios había establecido para ayudar a todo su pueblo a caminar por el sendero que lo llevarı́a hasta él, hasta la vida eterna.

No se trata, por lo tanto, de falta de conocimiento o de información y lo que quedará  al descubierto será la distancia que existía entre el saber del doctor de la ley y la coherencia de vida que le faltaba, por no aplicarse a vivir en sintonía con esos mandamientos que Dios había establecido.

Los personajes que aparecen en la parábola que Jesús utiliza para responder a la interrogante del doctor ponen en evidencia lo que esta persona llevaba en su mente y en su corazón. No busca una sana relación con Dios, sino una manera de justificar su comportamiento y su estilo de vida, formal y legalista.

Como maestro de la ley estaba más preocupado en la observancia y en el cumplimiento de normas y mandamientos y se había olvidado o tenı́a dificultad en reconocer que, antes de la ley cuenta más la persona.

Le resultaba incómodo aceptar que la vida eterna no se alcanza como resultado de un esfuerzo personal, que las bendiciones de Dios no se logran demostrándole que somos cumplidores y por lo tanto merecedores de la bondad de Dios.

La vida eterna se obtiene como resultado de una experiencia intensa y decidida de amor. Hay que amar a Dios con todas las fuerzas, con todo el corazón y con toda el alma.

La vida eterna se gana observando los mandamientos. Los mandamientos que están escritos claramente en la ley y que no consisten en algo que no se pueda vivir en lo ordinario de la vida. Se trata de poner el amor en el centro de todo para reconocer, respetar, cuidar y promover la vida de quienes van haciendo el camino hacia la eternidad. Ahí, a la par de donde se van dejando las huellas del caminar.

En la parábola, el sacerdote y el levita, dos personajes que están muy empapados de lo que se tiene que hacer para agradar a Dios, no fueron capaces de superar el rigor de la ley para ejercer el mandamiento del amor.

Ellos pasaron de largo ante quien los necesitaba, porque era más importante mantener la pureza obtenida por el cumplimiento de sus leyes que ejercer una acción de misericordia que le salvarı́a la vida a quien estaba tendido en el suelo.

No se podían acercar al herido porque tocando la sangre se hacían impuros y, por lo tanto, inhabilitados, según la ley, para celebrar el culto en la sinagoga, a la que muy probablemente se dirijan, volviendo del templo de Jerusalén en donde habían sido purificados.

Jesús  cuenta con detalles la acción  del samaritano, un extranjero que seguramente  no tenı́a el conocimiento de la ley como el sacerdote y el levita, para  hacerle entender al doctor de la ley que lo importante no está  tanto en el cumplimiento de  las leyes frı́as, sino en la práctica de la misericordia que no es otra cosa que el ejercicio de la caridad.

El samaritano se dio el tiempo para atender al necesitado, se movió a compasión al verlo herido y en peligro de vida, se preocupó por hacer lo que estaba a su alcance para que aquella persona pudiese volver a estar en condiciones de vida.

Se hizo cargo de quien lo necesitaba y no le importó que eso cambiara los planes de su viaje. No tuvo dudas en reconocerlo como su prójimo, como el destinatario predilecto de su cuidado y de su amor.

Aquel samaritano no hizo una exposición ni una demostración teórica del valor de los mandamientos, ni se puso a hacer el elenco de la leyes más importante.

Sin pensarlo mucho, se puso en obra y vivió lo que la ley enseñaba, explicó con su compromiso solidario y fraterno lo que el doctor tenı́a que descubrir en el estudio   de una ley que quedarı́a atrapada en su cabeza, sin poder bajar al centro del corazón. Esta página del Evangelio nos muestra que cumplir la ley y los mandamientos es lo que nos lleva a la vida eterna, pero ese cumplir traduce la capacidad de poner en práctica la misericordia, la caridad y la bondad de Dios que son el espíritu de la ley.

Cumplir los mandamientos como simples observancias u obligaciones no llevan a ninguna parte y generan una arrogancia que engaña haciendo creer que la vida eterna es algo parecido a un trofeo que se puede alcanzar a base de aplicación y de esfuerzos personales.

Los mandamientos y las obligaciones que se tienen como cristianos es algo que cumple su función cuando son vividos y practicados como un ejercicio del amor que todo ser humano es capaz de vivir en todo los detalles de lo cotidiano.

La respuesta al final que ofrece Jesús no es más que la invitación a traducir en obras la caridad y a pagar de persona lo que estamos convencidos que es la verdad.

Ve y haz tú lo mismo, pon en práctica lo que ya has entendido con la inteligencia y vive la belleza del compromiso fraterno que nace del amor y de la misericordia.

Para nosotros, cristianos del siglo XXI, esta página del Evangelio se convierte en una provocación que nos invita a hacer un examen de vida, un discernimiento serio y profundo preguntándonos qué hemos hecho de nuestra fe.

Algunas preguntas para nuestra reflexión y oración personal

¿Nos contentamos con aprendernos unos cuantos mandamientos y luego tratamos de cumplirlos para poner nuestra conciencia en paz y decirnos que estamos haciendo bien las cosas, aunque pasemos indiferentes al sufrimiento de muchos hermanos nuestros?

¿Nos  sentimos  identificados  con  el  samaritano  que  sabe  poner  a  un  lado  sus preocupaciones, se desprende de sus bienes, para ocuparse de pobre que está sufriendo y necesitado?

¿Nos desentendemos tranquilamente de aquellas personas que sabemos que están pasando por momentos difíciles y nos justificamos diciendo que ahı́ está el gobierno o las obras sociales para que se ocupe de los necesitados?

¿Nos refugiamos en nuestras experiencias religiosas cargadas de rezos y devociones y nos alejamos de aquello que pueda exigir un compromiso o que nos pueda sacar de nuestra seguridad y tranquilidad de buenos cristianos?

¿A quiénes reconocemos como nuestros prójimos y semejantes?

¿Cómo resuena en nuestro interior la frase de Jesús: “Ve y haz tú lo mismo”.


NO PASAR DE LARGO
José A. Pagola

“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Esta es la herencia que Jesús ha dejado a la humanidad. Para comprender la revolución que quiere introducir en la historia, hemos de leer con atención su relato del “buen samaritano”. En él se nos describe la actitud que hemos de promover, más allá de nuestras creencias y posiciones ideológicas o religiosas, para construir un mundo más humano.

En la cuneta de un camino solitario yace un ser humano, robado, agredido, despojado de todo, medio muerto, abandonado a su suerte. En este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de tantos caminos de la historia.

En el horizonte aparecen dos viajeros: primero un sacerdote, luego un levita. Los dos pertenecen al mundo respetado de la religión oficial de Jerusalén. Los dos actúan de manera idéntica: “ven al herido, dan un rodeo y pasan de largo”. Los dos cierran sus ojos y su corazón, aquel hombre no existe para ellos, pasan sin detenerse. Esta es la crítica radical de Jesús a toda religión incapaz de generar en sus miembros un corazón compasivo. ¿Qué sentido tiene una religión tan poco humana?

Por el camino viene un tercer personaje. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece a la religión del Templo. Sin embargo, al llegar, “ve al herido, se conmueve y se acerca”. Luego, hace por aquel desconocido todo lo que puede para rescatarlo con vida y restaurar su dignidad. Esta es la dinámica que Jesús quiere introducir en el mundo.
Lo primero es no cerrar los ojos. Saber “mirar” de manera atenta y responsable al que sufre. Esta mirada nos puede liberar del egoísmo y la indiferencia que nos permiten vivir con la conciencia tranquila y la ilusión de inocencia en medio de tantas víctimas inocentes. Al mismo tiempo, “conmovernos” y dejar que su sufrimiento nos duela también a nosotros.

Lo decisivo es reaccionar y “acercarnos” al que sufre, no para preguntarnos si tengo o no alguna obligación de ayudarle, sino para descubrir de cerca que es un ser necesitado que nos está llamando. Nuestra actuación concreta nos revelará nuestra calidad humana.
Todo esto no es teoría. El samaritano del relato no se siente obligado a cumplir un determinado código religioso o moral. Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de gestos prácticos orientados a aliviar su sufrimiento y restaurar su vida y su dignidad. Jesús concluye con estas palabras. “Vete y haz tú lo mismo”.

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Bajo todo rostro humano está el rostro de Dios
Maurice Zundel
Homilía de M. Zúndel, pronunciada en Suiza en 1966. Publicada en Ta Parole comme une Source, p.129 (*) (Tu Palabra como fuente).
La caridad es el vínculo de la perfección. El reinado de la caridad es el reino del amor. El prójimo es aquél que me necesita ahora. El prójimo es ante todo Dios en los demás. Si no respondemos, Dios mismo es el que está herido. Dios es el que nos confía su rostro, bajo el rostro del prójimo.

El reinado de la caridad

Ante todo, acaba de decirnos san Pablo, guardad “la caridad que es el vínculo de la perfección” (Col. 3:14). Estas palabras tienen resonancia infinita porque nos colocan en seguida en el centro de la moral evangélica: el bien es Alguien por amar, y el mal es una herida infligida a su amor. Ese es el principio mismo de toda dirección espiritual y yo no ceso de llamar la atención hoy sobre esta consecuencia: si “la caridad es realmente el vínculo de la perfección”, tener caridad es necesariamente tener todas las virtudes, y no tener caridad es necesariamente no tener ninguna.

Por eso, si queremos encontrar el equilibrio, sea cual fuere la falta cometida, es necesario restaurar en nosotros el reinado de la caridad, es decir el reino del amor. Toda falta es falta de amor. En la medida en que todo está ligado, es que no hemos amado o no hemos amado como debíamos y, al contrario, hemos perturbado la caución del amor.

Es pues inútil detenernos en nuestras faltas, hacer una lista de ellas y recitar sus letanías. Tenemos que reunirnos junto a Cristo en un impulso de amor ya que el mal es haberlo abandonado. Cuando lo amamos, todo termina, si lo amamos, la luz renace y el ser está de nuevo todo enraizado en la vida divina.

El prójimo

“La caridad es el vínculo de la perfección”. Pero ¿en qué consiste precisamente la caridad, como ética personal? Recordamos la pregunta de un doctor fariseo: “si la caridad es el vínculo de la perfección, ¿quién es pues mi prójimo?” (Lc. 10:29). ¿Con quién la debo practicar? Y entonces nuestro Señor nos da su comentario idílico y terriblemente sencillo. Su comentario es la historia, la parábola del buen samaritano. Pues muy sencillo: es aquél que me necesita hoy y ahora. Podemos matizar esta afirmación: es el que más me necesita en este momento.

Pero es claro que detrás del comentario del mismo Jesús (mi prójimo es aquél que me necesita más ahora), detrás de ese comentario surge otro que es también del Señor Jesús: “Tuve hambre, tuve sed, estaba prisionero, despojado, enfermo… era yo.” Ya que evidentemente el prójimo es ante todo Dios en los demás, en todo humano. Y si no prestamos atención, si no respondemos al llamado del hombre que yace al bordo del camino, dejamos a Dios mismo como muerto en el camino, Dios mismo es el que está herido, Dios está herido, Dios está sufriendo y muere.

Es Jesús el que implora

Y no es mera literatura, que quiera morir en ese caso, aquél a quien no pudimos revelar el amor por medio del amor, pues solo el amor puede revelar el amor. Solo el amor puede revelar a Dios. Es su Amor el que lo envía, todos los días, lo envía en la miseria y la pobreza, lo envía cuando tocan a nuestra puerta. Es Dios que viene cada día, Dios que tiene hambre, Dios que tiene sed, Dios que está en harapos, Dios que no tiene vivienda, Dios que tiene que pasar la noche en la sala de espera de una estación o debajo de un puente…

Dios que lo envía. Y no se puede aplicar a los demás esta verdad. Es fácil cerrar la puerta diciendo: “¡Rebúsquese!” Pero no son esas palabras brutales las que revelan una situación difícil y trágica. Es Jesús el que viene. Es Jesús el que toca a la puerta, el que implora, es Jesús el que solicita nuestra caridad. Y si cerramos el corazón, es Jesús el que muere.

Todos los milagros del mundo, toda la ciencia del universo, todos los discursos, todos los sermones, todo se lo lleva el viento. Todo eso es vano y sacrílego ante el dolor, ante la vida misma que toca a la puerta. Es la vida divina.

Debemos proteger la vida divina en el hombre

Hay que entender la palabra caridad: es la vida divina en el hombre el objeto primero de la caridad, la vida divina frágil y amenazada y hay que protegerla siempre dc nosotros, en nosotros y en los demás. Es pues cierto que la caridad es el vínculo de la perfección.

Si ese es el único criterio de la santidad evangélica, el criterio es difícil. Es una exigencia formidable porque nos pone ante Dios bajo todo rostro humano. El que no es sensible a esa identidad, el que no siente la vida divina detrás de un rostro humano, no ha entendido nada de la dignidad y la grandeza humanas. Es pues extranjero para Dios y para la humanidad.

Yo sé qué difícil es la aplicación rigurosa de este criterio porque comporta justamente exigencias formidables. Yo sé que hasta el fin de mi vida me atormentará su aplicación. Pero también sé, o al menos lo espero, que hasta el fin de mi vida no perderé de vista que detrás de los rostros humanos está el rostro de Dios, que en la vida humana se juega la vida divina, que si dejamos un llamado sin respuesta, cerrando nuestro corazón, comienza entonces la agonía de Dios y su crucifixión.

El bien es Alguien por amar, es Dios mismo bajo los rasgos del prójimo. Y los imagineros de la Edad Media lo entendieron muy admirablemente, y tantas leyendas de la misma época: Dios mismo es el que nos confía su rostro, bajo el rostro del prójimo, de todo prójimo, hoy, ahora, esta noche, mañana, a cada hora del día. Es Él, es Su Pobreza, Su soledad y Su vida.

Por eso Jesús añade este último comentario, revolucionario e irresistible: “El que hace la voluntad de Dios, ¡ése es mi hermano, mi hermana y mi Madre!” (Mt. 12:50; Mc. 3:35). ¡Hay que ir hasta allá! La caridad es el vínculo de la perfección. Si el primer prójimo es Dios, si la vida divina está en nuestras manos, es que tenemos que ser la cuna de Dios, en la historia humana de hoy, realizando a la letra una auténtica maternidad divina. Porque “el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.”

(*) Libro “Ta parole comme une source, Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos.“ (Editorial Anne Sigier, Sillery, agosto 2001)
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