Obispos combonianos: «Es del corazón de donde nace la misión»

Dieciséis de los 23 obispos combonianos al servicio de las Iglesias locales en África y América Latina se reunieron en Roma, del 16 al 21 de septiembre, para un encuentro de formación y compartir, dejando también un mensaje a la Familia Comboniana en este tiempo de reconfiguración.
MENSAJE DE LOS OBISPOS COMBONIANOS
A LA FAMILIA COMBONIANA

«Al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas» Mt 9,36

Queridos hermanos y hermanas,

nosotros, los obispos combonianos, nos reunimos en la Casa General de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús para un momento de formación permanente y diálogo. Con esta carta queremos, ante todo, expresar nuestra profunda gratitud por esta oportunidad de encuentro y por la acogida en la Casa General. Estar aquí, en la casa que custodia la memoria y el camino del Instituto, nos permite compartir no solo un momento institucional, sino sobre todo una fraternidad comboniana que nace de la misma llamada misionera.

Queremos dar gracias por el don de la vocación misionera en nuestros Institutos, por el servicio que tantos hermanos y hermanas ofrecen a la Iglesia en los diferentes continentes y, sobre todo, por el testimonio de tantos misioneros y misioneras que, a menudo en silencio y en situaciones difíciles, continúan viviendo con fidelidad el carisma de Comboni, participando en la misión de Cristo allí donde la Iglesia está llamada a hacerse presencia, escucha, reconciliación y esperanza.

Quisiéramos compartir con vosotros una palabra que nos parece particularmente importante para este momento de nuestros Institutos y de la misión: el corazón. El papa Francisco, en Dilexit nos, nos invitó a volver al corazón. No como refugio intimista, sino como el lugar en el que la persona recupera su unidad, reconoce lo que verdaderamente importa y se abre al encuentro con Dios y con los demás. El papa León, con Dilexi te, ha profundizado este tema hablando de la necesidad del amor hacia los pobres. El mundo necesita hoy, como siempre, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar (DT 120). El amor a los pobres es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios (DT 103).

Es del corazón de donde nace la misión. Y quizá precisamente aquí se encuentra uno de los desafíos más profundos que hoy tenemos ante nosotros: renovar la misión significa, ante todo, dejarnos renovar el corazón. En un tiempo de cambios epocales, también nuestros Institutos están atravesando profundas transformaciones y sienten la necesidad de repensar las estructuras y las modalidades de acción. La misión nos pide decisiones valientes. Pero toda reorganización adquiere su verdadero significado cuando nace de la escucha de la llamada de Dios y permanece orientada al bien de la misión, sin perder nunca de vista el bien de cada persona.

Por eso no debemos preguntarnos simplemente: ¿cómo podemos seguir haciendo lo que siempre hemos hecho con menos personas y menos recursos? La pregunta más profunda es: ¿qué está pidiendo hoy el Espíritu Santo al carisma comboniano? ¿Qué nueva forma de misión? ¿Qué comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia? ¿Qué estructuras están realmente al servicio del Evangelio y cuáles, en cambio, corren el riesgo de convertirse en fines en sí mismas? La reorganización de nuestros Institutos es, pues, un camino necesario que debemos afrontar sin miedo y que también puede convertirse en una gracia: la oportunidad de volver a lo esencial y permitir que el carisma recibido de Comboni encuentre nuevas formas, adecuadas a las realidades en las que hoy estamos llamados a vivir. Deseamos que este camino se realice en un estilo de sinodalidad, mediante una relación renovada entre las Iglesias locales y los Institutos de vida consagrada, entre presbíteros y laicos, mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

La misión es participación en la misión de Cristo. Y una Iglesia misionera es una Iglesia que no vive para sí misma, sino para los demás. Por eso necesitamos una comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia. No podemos anunciar la reconciliación si nuestras comunidades no se convierten en lugares de reconciliación. No podemos hablar de paz si no aprendemos a custodiar la paz en nuestras relaciones. No podemos anunciar la fraternidad a un mundo dividido si nosotros mismos no nos convertimos en hermanos capaces de escucharnos, perdonarnos y sostenernos mutuamente.

Por eso quisiéramos también renovar juntos un llamamiento a la paz, al desarme y a la reconciliación. Vivimos en un mundo marcado por guerras, violencia, rearme, polarizaciones y miedo. En muchos de los lugares donde están presentes los misioneros, las poblaciones llevan en el cuerpo y en la memoria las heridas de los conflictos. Como Iglesia no podemos resignarnos a la lógica de la violencia. Y nosotros, los misioneros, estamos llamados a ser artesanos de paz. El desarme no se refiere únicamente a las decisiones políticas e internacionales: también interpela a la conversión del corazón y favorece una disposición no violenta y pacífica en las relaciones. Significa desarmar las manos, pero también las palabras, los juicios, los miedos y las desconfianzas. Una misión reconciliada puede convertirse en semilla de reconciliación.

Durante nuestro encuentro encontramos otra palabra que nos parece decisiva: el cuidado. El cuidado de nosotros mismos, del hermano, de las comunidades eclesiales a las que somos enviados, junto con el cuidado de nuestra casa común. El cuidado no es debilidad ni repliegue sobre nosotros mismos, sino atención amorosa a la vida. Somos conscientes de que el cuidado es parte esencial del ministerio del obispo; por eso pedimos al Señor la sabiduría y la delicadeza necesarias para ser padres acogedores y compañeros de camino de nuestras comunidades. La Iglesia también necesita misioneros que sepan cuidar su vida espiritual, su humanidad, su formación, la profundización de la espiritualidad comboniana, su salud, sus relaciones y su vocación. Un misionero que no se cuida a sí mismo corre el riesgo, con el tiempo, de perder la capacidad de cuidar a los demás. Necesitamos construir comunidades en las que cada uno pueda sentirse acogido, escuchado y acompañado. Necesitamos aprender nuevamente que el hermano no es un obstáculo para la misión: es parte de la misión misma. Y necesitamos cuidar la creación, porque en la belleza de la tierra podemos todavía reconocer algo de la belleza del amor de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, mirando el mundo con el corazón de Cristo, ya no vemos solamente problemas que resolver, sino personas a quienes amar, comunidades a las que acompañar en la fe, heridas que vendar y belleza que custodiar. Los tiempos que vivimos no son fáciles, pero si nuestro corazón permanece encendido por el amor de Cristo, entonces, aun en nuestra pobreza, seremos esperanza para el mundo. Pidamos, pues, al Señor que renueve en nosotros el corazón misionero de Comboni. Un corazón capaz de ver, de escuchar, de hacer causa común con quienes sufren y con quienes se alegran, compartiendo sus heridas y sus esperanzas.

Os aseguramos nuestra oración y os pedimos que también recéis por nosotros, para que juntos podamos servir al Pueblo de Dios con humildad y valentía.

Los obispos combonianos

comboni.org

Sudán del Sur: Evangelizar es sembrar paz

En un Sudán del Sur marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

Cuando Jesús envía a los setenta y dos discípulos en misión, les dice una palabra que parece casi escandalosa: «Miren, los envío como corderos en medio de lobos». No dice: «Los envío como leones». No dice: «Los envío más fuertes que sus adversarios». No dice: «Los envío con las herramientas necesarias para vencer». Dice: «Los envío como corderos en medio de lobos».

Esta palabra tiene mucho que decir a la Iglesia que vive y anuncia el Evangelio en Sudán del Sur. Porque, en un país marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz no nace de la victoria de uno sobre el otro. No nace de la eliminación del adversario. Nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

El cordero no se convierte en lobo

Nos sentimos espontáneamente atraídos por la fuerza. Cuando hay un lobo, quisiéramos tener un lobo más fuerte. Cuando hay violencia, sentimos la tentación de responder con una violencia mayor. Cuando alguien nos amenaza, quisiéramos tener el poder necesario para imponernos. Pero así corremos el riesgo de adoptar la misma lógica de aquello que queremos combatir.

Jesús propone otro camino. El cordero no vence porque sea más fuerte que el lobo. Vence porque no se convierte en lobo. Esta es la fuerza de la no violencia cristiana. No significa ser débiles. Significa no permitir que el mal del otro determine aquello en lo que yo me convierto. El otro puede odiar, pero yo no debo convertirme en odio. El otro puede ser violento, pero yo no debo convertirme en violencia. El otro puede humillarme, pero yo no debo perder la dignidad de reconocerlo como hermano. Permanecer como corderos significa no permitir que el lobo que hay en el otro haga nacer el lobo que hay dentro de mí. Este es uno de los mayores desafíos de la paz.

La primera palabra del misionero es Paz

Jesús dice a sus discípulos: «En cualquier casa donde entren, digan primero: “Paz a esta casa”». Es significativo. La primera palabra del misionero no es una lección de teología. Es paz. El misionero no llega para conquistar al otro. Llega para entrar en relación con él.

Y Jesús añade: «Coman lo que les ofrezcan». El misionero llega pobre. Se deja acoger. Se sienta a la mesa del otro. Come su comida. Entra en su vida. Y entonces descubre algo fundamental: el otro no es simplemente alguien a quien llevar el Evangelio. Es alguien a través de quien Dios también puede encontrarse conmigo. Esta es una gran escuela de misión.

En Sudán del Sur lo aprendemos cada día: la misión no consiste solamente en hablar a la gente, sino en caminar con la gente. No podemos construir la paz desde arriba. Debemos entrar en las heridas de las comunidades, escuchar, compartir y crear espacios en los que las personas puedan encontrarse y reconocerse nuevamente como hermanos.

Devolver un rostro al enemigo

Uno de los dramas más profundos de la violencia es este: antes de golpear el cuerpo del otro, la violencia mata el rostro del otro dentro de nosotros. Para poder ejercer violencia contra una persona, tengo que dejar de verla como persona. Se convierte en una etiqueta: es de aquella etnia; es extranjero; es un enemigo; es uno de los que nos hicieron daño. Cuando el otro se convierte simplemente en el enemigo, resulta más fácil odiarlo.

Por eso, la misión de la Iglesia consiste también en devolver un rostro a quien ha sido convertido en enemigo. Decir a las comunidades: Antes de pertenecer a esta o aquella etnia, somos personas. Antes de ser adversarios, somos hermanos.

La Iglesia debe ser un espacio en el que las personas aprendan nuevamente a encontrarse. Una Iglesia que atraviesa las divisiones. Una Iglesia que no construye nuevos enemigos. Una Iglesia que denuncia la injusticia sin odiar a quien es injusto. Una Iglesia que enseña la reconciliación sin olvidar a las víctimas. Una Iglesia que desarma no solamente las manos, sino también las palabras y el corazón.

La paz comienza en las pequeñas comunidades

Jesús envía a sus discípulos sin bolsa, sin alforja, sin sandalias de repuesto. Es como si dijera: «No pongan su seguridad en el poder. Su fuerza estará en la relación, en la confianza, en la palabra y en el testimonio». Esto es particularmente importante cuando hablamos de paz. A menudo pensamos que para construir la paz se necesitan, ante todo, instrumentos de poder. El Evangelio nos muestra, en cambio, un poder diferente: el poder desarmado de la fraternidad.

Lo vemos concretamente en los Comités de Justicia y Paz presentes en las diócesis de Sudán del Sur y promovidos por las Iglesias desde una perspectiva ecuménica. No son simplemente personas que hablan de paz. Son personas que buscan construirla allí donde las relaciones están heridas. Entran en las comunidades. Escuchan. Recogen miedos y sufrimientos. Favorecen el diálogo. Intentan impedir que un conflicto se convierta en venganza y que la venganza se convierta en una nueva guerra.

No entran diciendo: «He venido a derrotar a alguien». Entran diciendo: «He venido a escuchar». No llevan un arma; llevan una palabra. No buscan un vencedor. Buscan un camino para que las personas puedan volver a vivir juntas. Y aquí vemos concretamente qué significa ser corderos en medio de lobos.

La paz no comienza solamente en las grandes mesas políticas. Comienza cuando, en una pequeña comunidad, alguien encuentra el valor de decir: «Detengámonos. Escuchémonos. No queremos que nuestros hijos sigan pagando el precio de nuestro odio». Eso ya es Evangelio. Eso ya es evangelización. Eso ya es el Reino de Dios que se acerca.

También el rechazo puede convertirse en testimonio

Jesús no oculta a sus discípulos que podrán ser rechazados. Esto es importante. En la misión podemos pensar que el éxito consiste en ser acogidos. Pero Jesús nos enseña que incluso el rechazo puede convertirse en un lugar de testimonio. Jesús mismo fue rechazado. Y en la cruz, Dios asume sobre sí el rechazo de la humanidad sin responder con otro rechazo.

El mal cae sobre el Cordero y el Cordero no devuelve el mal. Esta es la fuerza de la cruz. No significa buscar el sufrimiento. Significa que el amor verdadero permanece fiel incluso cuando no es correspondido. Por eso, el rechazo no es necesariamente un fracaso de la misión. Puede convertirse en el lugar donde el amor demuestra que es más fuerte que el odio.

Evangelizar significa cambiar de mentalidad

Por eso, la vocación de la Iglesia en Sudán del Sur es grande. No estamos llamados solamente a predicar la paz. Estamos llamados a convertirnos en una comunidad de paz. Evangelizar significa sembrar una mentalidad nueva: de la venganza a la reconciliación; del miedo a la confianza; de la división a la fraternidad; del odio a la responsabilidad por el bien común.

Porque una guerra puede continuar incluso cuando las armas callan, si dentro de nosotros siguen viviendo el resentimiento, la sospecha y el deseo de venganza.

La paz no es solamente el silencio de las armas. Es la transformación del corazón. Y esta transformación debe llegar especialmente a los jóvenes. No podemos permitir que una generación herede la guerra de la generación anterior. Una madre que enseña a sus hijos a no odiar a los hijos de sus enemigos ya está construyendo la paz. Un joven que deja el arma ya está construyendo la paz. Dos comunidades que, después de años de conflicto, aceptan sentarse a la misma mesa ya están construyendo la paz. Una Iglesia que crea ese espacio de encuentro ya está evangelizando. El Reino de Dios se hace cercano cuando una persona decide no vengarse.

Bienaventurados los que trabajan por la paz

Por eso comprendemos mejor la bienaventuranza de Jesús: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios». No dice: bienaventurados los que hablan de paz. Dice: bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz es un verbo. Es un trabajo. Es una vocación. Es un camino. Y quienes trabajan por la paz son los corderos de los que habla Jesús. No porque sean débiles, sino porque han descubierto una fuerza más grande que la violencia: la fuerza de no devolver mal por mal; la fuerza de permanecer fieles al amor; la fuerza de ver un hermano allí donde otros ven un enemigo.

Esta es quizás una de las mayores formas de testimonio que la Iglesia puede ofrecer a Sudán del Sur y al mundo. No podemos construir la paz eliminando al otro. Construimos la paz cuando reconocemos que el otro pertenece a nuestra misma humanidad. Y aquí llegamos al corazón del Evangelio. El Cordero no mata al lobo. El Cordero ofrece su propia vida. Esta es la lógica de la cruz. Esta es la lógica de la misión. Esta es la lógica de la paz.

La Iglesia está llamada a ser un cordero en medio de los lobos. No un cordero resignado. Un cordero que, con la fuerza desarmante del amor, de la verdad, de la justicia y de la fraternidad, abre un camino nuevo. Porque quizá la pregunta decisiva no sea: «¿Cómo podemos llegar a ser más fuertes que nuestros enemigos?», sino: «¿Cómo podemos hacer para que ya no haya enemigos?» La respuesta del Evangelio es sencilla y radical: reconociéndonos como hermanos. Esta es la paz que debemos sembrar. Esta es la paz que debemos testimoniar. Esta es la paz por la que vale la pena dar la vida.

Bienaventurados los que trabajan por la paz. Bienaventurados los corderos que no se convierten en lobos. Bienaventurados aquellos que dan su vida para que el mundo tenga vida. Serán llamados hijos de Dios.

+ Christian Carlassare, mccj
Obispo de Bentiu (Sudán del Sur)

comboni.org

Cuando la cultura se convierte en frontera: el desafío interior del misionero

«El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador», escribe padre José Miguel Córdova Alcázar [al centro en la foto], comboniano peruano que trabajó una docena de años en Etiopía, sobre todo entre el pueblo Guji.

Por: Abba Mikael Córdova, mccj

La misión siempre comienza con un desplazamiento dinámico: salir de un lugar para entrar en otro. «Todos nosotros, misioneros combonianos, lo hemos hecho, lo estamos haciendo o nos estamos preparando para vivir esta experiencia.» Pero el desplazamiento más difícil no es geográfico, sino cultural.

El misionero llega a un pueblo con el sincero deseo de amarle, servirle y formar parte de su vida. Sin embargo, lleva dentro una historia, algunos símbolos, una forma de sentir e interpretar el mundo que no puede dejar en el aeropuerto. Su propia cultura viaja con él, aunque no quiera.

Identidad cultural

Esta tensión —entre la cultura que se aporta y la cultura que es bienvenida— es una de las más delicadas y menos comentadas en la vida misionera.

En el ámbito de la misión cristiana hablamos siempre de “inculturación”: adentrarse en una cultura hasta amarla desde dentro, hasta hacer que el Evangelio eche raíces en ella en su propia forma y color. Pero este ideal a menudo choca con un límite humano: la identidad cultural del misionero es fuerte, persistente e inconsciente.

No se trata solo de costumbres visibles, sino de la forma de entender el tiempo, la manera de relacionarse entre nosotros, la sensibilidad al dolor, la forma de organizar la comunidad, la relación con la autoridad, la manera de celebrar, de rezar, de comunicarse.

La cultura es una segunda piel. Y cuando el misionero intenta “dejarla”, a menudo solo consigue ocultarla, pero no transformarla.

Muchos misioneros entran en una nueva cultura con humildad y respeto. Pero, aun así, la propia cultura se filtra en decisiones pequeñas y grandes que se hacen presentes en la labor pastoral que se realiza con la comunidad. Y entonces aparece un fenómeno sutil pero peligroso: la imposición involuntaria.

No es una imposición agresiva, sino una infiltración: en la forma de resolver conflictos, en la forma de hacer catequesis, en la estética de la liturgia, en la planificación de proyectos, en la relación con el tiempo y la eficiencia.

El misionero cree que está ayudando, pero en realidad se está reformando según su plan mental. Y el resultado es una especie de “híbrido cultural” que no pertenece enteramente a nadie: no es completamente del pueblo, ni del misionero.

Esto conduce a confusión, dependencia y, a veces, a una sensación de pérdida de identidad en la comunidad local.

Siempre un invitado

Desde un punto de vista psicológico, el misionero atraviesa un proceso complejo: debe aprender a poner a la gente en el centro, pero sin cancelarse a sí mismo. Si se cancela, pierde autenticidad. Si se impone, pierde la comunión.

La propia cultura de cada uno da seguridad. Renunciar a ello causa parcialmente vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad es necesaria, pero también dolorosa.

No puede ser “nativo” de una cultura adoptada. El misionero siempre será un invitado, un hermano que viene de fuera. Aceptar esta realidad en la vida del misionero es un acto de madurez.

Pastoralmente, la misión auténtica no consiste en “crear” una nueva cultura cristiana, sino en hacer florecer la fe en la cultura que ya existe. El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador.

Cuando el misionero entiende esto, entonces, deja de querer “hacer cosas” y empieza a hacer crecer a la gente.

La misión es un arte. Un arte de la presencia, de la escucha, de la humildad. Un arte que requiere renunciar a la necesidad de controlar y abrazar la belleza de dejar que el otro sea él mismo.

El misionero que logra esto no pierde su identidad. La convierte en un servicio. Y la gente no pierde su cultura. La transforma en “Evangelio Encarnado.”

Esta es la misión más pura: hacer que la fe arraigue sin desarraigar a nadie.

Cuando esto ocurre, la cultura del misionero se vuelve transparente: presente, pero no dominante; fértil, pero no protagonista.

Habitar el misterio

«Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra sagrada» (Éxodo 3:5-10). Hay un momento en la vida del misionero, en el que se descubre que la misión no consiste en “hacer cosas”, sino en habitar un misterio: el misterio de un pueblo, de una historia, de una forma de sentir y vivir que no es suya. Ese misterio es la cultura. Y la cultura es terreno sagrado.

San Daniel Comboni intuyó esto con sorprendente claridad para su época. Cuando dijo «Salva África con África», no se refería solo a la estrategia misionera. Habló de un acto de fe: creer que el pueblo tiene dentro de sí la fuerza, sabiduría y dignidad para ser los protagonistas de su propia salvación.

Esto significa que la cultura del pueblo no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios ya está obrando.

Misión es amar

Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, las palabras de un misionero comboniano con mucha experiencia misionera, sabiduría humana, pero sobre todo con una gran experiencia del amor de Dios en su propia vida. Hace 26 años, cuando dejé mi país para ir a “la misión”, este misionero, —cuyo nombre no es necesario decir porque sé muy bien que recordará el momento cuando me dijo: «Mira Pepe, —porque así me llaman en mi país—, recuerda que lo más importante que tienes que hacer cuando estás en la “misión” es amar a las personas a las que has sido enviado. Nunca lo olvides.»

Cuando un misionero llega a un pueblo, trae consigo una cultura que le ha dado identidad, seguridad y sentido. Y esto no puede olvidarse ni dejarse de lado. Pero la misión le pide hacer algo difícil: descentrarse. No para renunciar a quién es, sino para renunciar a ser el centro.

La cultura del misionero es una luz, pero no es “La Luz” que debe iluminar al pueblo. Su luz, es solo un servicio, es compañía, es presencia.

La cultura del pueblo es la casa. La del misionero es la mochila.

San Daniel Comboni lo expresó con una frase que se convierte en un programa espiritual: «Se han adueñado de mi corazón que vive solamente para ellos» (Escritos. 941).

Y sin ninguna duda podemos decir que esta frase no surge solo por el amor que siente por la gente, su “amado pueblo” por quien ha decidido dar su vida. Es reconocimiento. Es reverencia.

El misionero que ama a un pueblo descubre que su cultura es un tesoro que no necesita ser corregido, purificado o reemplazado. Solo necesita ser recibido, comprendido y hecho fructífero por el Evangelio.

Transparencia misionera

La cultura es el idioma con el que la gente habla con Dios. Cambiarla es silenciarle.

Cuando el misionero no es consciente de la fuerza de su propia cultura, puede acabar creando una especie de “híbrido” que no pertenece a nadie: ni al pueblo, ni a sí mismo.

Esto ocurre cuando organiza la comunidad según esquemas culturales personales, introduce la estética litúrgica de otros, prioriza valores que no son universales, interpreta la fe desde su propia sensibilidad cultural.

Sin querer, el misionero puede confundir identidades y generar dependencia. Puede construir una comunidad que no sea realmente del pueblo, sino una proyección inconsciente de su propia historia.

San Daniel Comboni lo vio claramente: la misión no es colonización espiritual.

El misionero maduro no quiere “crear” una nueva cultura cristiana. Quiere que la fe eche raíces en la cultura que ya existe. El misionero maduro debe saber que está presente en un pueblo: porque, como dije antes, no es el arquitecto: es el jardinero; no es quien construye: es quien cuida; No es quien modela: sino quien acompaña; No reemplaza ni opaca: es quien está llamado a iluminar. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

Cuando el misionero actúa de esta manera, la cultura del pueblo florece con su propia forma, su propio color y su propia dignidad.

Por tanto, la misión alcanza su plenitud cuando el misionero puede decir: «Lo que nace aquí no es mío.» Y al mismo tiempo, la gente puede decir: «Esto es nuestro, aunque el misionero nos haya ayudado.»

Esto es transparencia misionera: ser necesario sin ser el protagonista, estar presente sin ser central, ser una semilla sin ser un árbol.

Por lo tanto, debemos saber que la cultura no es un campo de evangelización. Es un campo donde Dios ya ha sembrado. El misionero no lleva a Dios a la gente. El misionero descubre a Dios en el pueblo. Entonces, la misión se convierte en un acto de profunda humildad: honrar lo que es el pueblo, porque ahí es donde el Evangelio quiere hacerse carne. «Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Fui enviado

Sí, han tenido que pasar 26 años, para poder entender esto, y harán falta unos años más para poder comprenderlo completamente. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día en que me enviaron el documento con mi primera destinación misionera, el famoso “destinatus est”. Y, recuerdo también al consejero general a quien le dije «que prefería otro lugar y no el que habían pensado para mí» —(Sé que vas a leer este artículo)— y «Me dijiste: Mira, Miguel, lo pensaremos y te llamaré.»

Sigo aún esperando la llamada, pero, aunque es cierto que no me llamó, lo que sí hizo fue enviarme un libro que había escrito sobre el país donde yo sería enviado para mi primera experiencia de misión.

Hoy doy gracias a Dios, por el hecho que no fui a donde quería ir, la realidad es que fui enviado. No elegí el puesto de la misión; fue un regalo precioso de Dios, en mi vida misionera y solo puedo decir: Gracias, Papá y Mamá, Juan, Jorge y Rosita, y a todos los que han hecho posibles estos 26 años de servicio a la misión.

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Abune Tesfaye, instalado como nuevo arzobispo de Addís Abeba

El domingo 6 de septiembre de 2026, monseñor Tesfaye Tadesse Gebresilasie, nombrado arzobispo de Addis Abeba el pasado 12 de junio, fue instalado como nuevo responsable de la Arquidiócesis Católica de Addis Abeba, Etiopía, durante una emotiva celebración litúrgica que duró más de cuatro horas. [Fotos: Pax CTV Ethiopia]

La ocasión marcó un día histórico para la Iglesia católica en Etiopía y, en particular, para la Arcieparquía de Addis Abeba. Después de casi 27 años de liderazgo pastoral, el cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel entregó el ministerio pastoral de la Arcieparquía al recién nombrado Arcieparca Metropolitano, Abune Tesfaye (Tesfasilasie) Tadesse Gebresilasie.

Entre los presentes en la Eucaristía de toma de posesión se encontraban el Nuncio Apostólico en Etiopía, Somalia y Yibuti, arzobispo Brian Udaigwe; numerosos obispos etíopes; sacerdotes, hermanos y hermanas que trabajan en Addis Abeba y en otros lugares; así como miembros de la familia comboniana, entre ellos el Hermano Alberto Lamana, Asistente General.

También estuvieron presentes un obispo y el secretario del Patriarca de la Iglesia Ortodoxa, representantes de otras Iglesias y de varias organizaciones internacionales asociadas a la Iglesia, así como benefactores, familiares y amigos de Abune Tesfaye.

El traspaso del ministerio pastoral se celebró bajo el lema: «Mirando atrás con gratitud, caminando hacia adelante con esperanza».

Una solemne celebración en el rito católico etíope

La solemne Eucaristía, celebrada según el rito católico etíope, comenzó aproximadamente a las 8:00 de la mañana bajo la presidencia del cardenal Berhaneyesus. Tras la homilía y el traspaso formal de la responsabilidad pastoral, Abune Tesfaye continuó presidiendo la celebración.

En su homilía, arzobispo Brian Udaigwe señaló que tenía pocos consejos que ofrecer al nuevo Arcieparca, dado que Abune Tesfaye ya contaba con una considerable experiencia como obispo.

Mons. Tesfaye es obispo desde febrero de 2025.

Sin embargo, el Nuncio Apostólico lo invitó a mantener la mirada fija en Jesucristo, el Buen Pastor y modelo de todos los pastores. Recordó que Jesús no vino a liberar a su pueblo mediante el poder de las armas, como muchos israelitas esperaban, sino mediante el amor y, en última instancia, a través de la Cruz.

«Él nos dio ejemplo de cómo guiar y gobernar al pueblo», afirmó el Nuncio.

Monseñor Udaigwe explicó que un pastor está llamado a caminar delante del rebaño para mostrar el camino, en medio del rebaño para mantenerlo unido y detrás del rebaño para asegurarse de que nadie se quede atrás.

También animó a Abune Tesfaye a duc in altum —«rema mar adentro»— sin miedo. Dirigiéndose al clero y a los fieles, el Nuncio los exhortó a colaborar estrechamente con su nuevo obispo.

Concluyó su homilía agradeciendo a la familia comboniana por ofrecer a uno de sus miembros a la Iglesia para un servicio tan noble.

Una llamada a la renovación y a la esperanza

En su mensaje de gratitud y bienvenida, la Arcieparquía de Addis Abeba invitó a los fieles a considerar la toma de posesión no simplemente como un acto ceremonial, sino como una oportunidad de renovación espiritual:

«Que esta toma de posesión y el traspaso del ministerio pastoral sean más que una ceremonia. Que sean una renovación de nuestro compromiso bautismal. Que sea un momento en el que cada católico se pregunte: ¿Qué me pide Cristo ahora? ¿Adónde me envía? ¿A quién estoy llamado a servir? … Que la Iglesia católica en Etiopía continúe su servicio con confianza: agradecida por el pasado, atenta al presente y valiente ante el futuro».

La celebración concluyó aproximadamente a las 12:15. A continuación, tuvo lugar una comida fraterna y diversas actuaciones culturales a cargo de diferentes grupos religiosos y participantes. También se presentaron regalos al nuevo Arcieparca como signo de bienvenida y apoyo a su nueva misión pastoral.

Padre Hippolyte Awoumessi Apedovi, mccj

comboni.org

Los Combonianos regresan a Jartum: «Valor para hoy y esperanza obstinada para el futuro»

Seis  combonianos han regresado a Jartum, Sudán, devolviendo la vida pastoral y la educación a una ciudad todavía marcada por la guerra. Tres de ellos están reorganizando la parroquia de Masalma, en Omdurmán, mientras que los otros tres se dedican a reparar el Comboni College Khartoum y a inscribir alumnos para la reapertura de la escuela en octubre. Todos ellos están inspirados por el valor y la obstinada determinación de Daniel Comboni.

Por: P. Roy Carlos Zúñiga Paredes, mccj
Desde Jartum, Sudán

Mientras me siento a escribir, escucho al cercano muecín llamando a los fieles a la oración del mediodía. Esto me recuerda que vivo en un ambiente musulmán, pero también que nosotros, los cristianos –y los combonianos–, todavía tenemos una misión que cumplir en Sudán: queremos seguir siendo un signo de esperanza obstinada, al estilo más característico de nuestro querido fundador, san Daniel Comboni.

Es una esperanza que brilla como un rayo de luz en medio de las tinieblas que aún rodean nuestro recinto del Comboni College Khartoum (CCK). La mayoría de los edificios vecinos siguen en pie, pero permanecen como testigos silenciosos de todo el caos y la destrucción que esta insensata guerra civil ha traído a esta tierra.

Una ciudad que vuelve lentamente a la vida

Por la noche, mientras doy un breve paseo por el patio de la escuela secundaria, a menudo me pregunto: ¿qué garantía tenemos de que la violencia no volverá a desatarse sobre la capital sudanesa?

¿La respuesta? Confiamos en que Dios, en su infinita misericordia, no permita que semejante mal vuelva a suceder.

Mientras Jartum intenta recuperar durante el día parte de la vida que tenía antes, Omdurmán, al otro lado del puente sobre el río Nilo, rebosa de actividad tanto de día como de noche. Son señales claras de una nación que lucha por volver a ponerse en pie y que anhela la paz.

Personalmente, sigo comprometido con el ideal de Comboni de «salvar África con África». Su memoria continúa impulsándonos, aunque de vez en cuando escuchamos el sonido de drones derribados por el ejército sudanés, el mismo ejército cuya presencia está haciendo posible nuevamente la vida aquí, en Jartum.

Mantener viva la llama de la fe

Actualmente somos seis misioneros combonianos en Jartum: tres en la ciudad y tres en la parroquia de Masalma, en Omdurmán. Nuestra tarea es mantener viva y activa en Sudán la esperanza obstinada de los Combonianos. Esto exige valor de todos nosotros, y me siento honrado de formar parte del grupo de misioneros a quienes se ha confiado la misión de mantener viva aquí la llama de la fe.

Cada domingo vamos a celebrar la Misa en diferentes iglesias y capillas. Somos solamente cuatro sacerdotes combonianos, junto con dos o tres sacerdotes diocesanos, tratando de responder a las necesidades espirituales de todos los católicos de Jartum y Omdurmán. Los fieles nos reciben con alegría y alivio cada vez que venimos a celebrar con ellos la Eucaristía. Se sienten felices de ver a sus pastores compartiendo sus luchas y dificultades.

Un nuevo comienzo para Comboni College

En este momento, mi rutina diaria está centrada en la inscripción de niños y niñas para las clases de primaria y secundaria básica del CCK. Los padres acuden a nosotros porque desean una educación de calidad para sus hijos. El nuevo año escolar está previsto que comience a principios de octubre.

Ya hemos inscrito a más de cien alumnos y todavía tenemos todo el mes de septiembre para continuar con este trabajo. Nadie sabe cuántos más vendrán. Probablemente no podremos responder a toda la demanda, porque actualmente nuestra escuela es la única escuela católica disponible.

Las otras escuelas sufrieron graves daños y las demás congregaciones solo están considerando regresar cuando tengan la certeza de que hay paz y estabilidad. Por el momento, nadie puede saber cuándo será posible.

Y, sin embargo, ver llegar cada día a los más pequeños para las entrevistas y contemplar cómo los espacios de la escuela vuelven poco a poco a llenarse de vida me llena de gratitud. Alabo y doy gracias a Dios, que nos permite una vez más seguir el sueño de san Daniel Comboni en su querida Jartum.

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Entre la distracción y la abstracción

Texto y foto: P. Juan G. Núñez, mccj
Desde Shafina, Etiopía

Hoy me he dejado alimentar por los recuerdos en la misión de Shafina, mientras asistía a la ordenación sacerdotal de Daniel Dawit, nacido en esta parroquia. Más que distraído, casi diría que estuve abstraído, dejando que mi mente reconstruyera episodios relacionados con esta misión, con el Vicariato de Awasa y con mis 50 años en Etiopía. 

Shafina es anterior a mi llegada. Se remonta casi a los comienzos del Vicariato, en diciembre de 1964. «Comienzos» no es una palabra dicha al azar. Awasa comenzó con dos padres combonianos a quienes se les había confiado un territorio con ocho millones de habitantes y ningún católico. Luego, de prisa, cada año nuevos misioneros y nuevas misiones. Shafina fue la cuarta, abierta en 1968. Estaba situada en un lugar frondoso y fértil, donde crecía el café y todo lo que plantaras de frutas y hortalizas, sin mucho frío ni mucho calor. Casi el paraíso terrenal.

Mi primera visita fue en 1977 por motivos más bien sentimentales. Había hecho el curso de amárico junto a un comboniano que llegó a Etiopía al mismo tiempo que yo. Al terminar la formación, a él lo destinaron a Shafina y a mí a Dilla, dos misiones no muy lejanas. En 1977 vine a verlo para consolarnos mutuamente contándonos nuestras historias. Ambos hemos cumplido 50 años en Etiopía. Él acaba de ser destinado a Italia para ser superior de una comunidad nueva, mientras que yo sigo aquí.

Tras cinco años en Dilla, fui llamado a abrir el seminario mayor interdiocesano en Adís Abeba. Allí me llegaron, en su momento, tres candidatos de Shafina. Todos fueron ordenados sacerdotes, aunque dos de ellos lo dejaron al poco tiempo. Esto fue lo que pasó con bastantes de los que llegarían al sacerdocio a lo largo de estos años.

A Daniel lo he conocido recientemente y lo he seguido, aunque de lejos, en mi período de administrador apostólico del Vicariato. Pequeño y delgado, discreto, pero no apocado. Hoy está a los pies del altar ante el nuevo obispo de Awasa, que le impondrá las manos. Y todos los muchos sacerdotes que estamos concelebrando se las impondremos, implorando la fuerza del Espíritu sobre él, Espíritu que suplican también las más de 1 000 personas que abarrotan la nueva y espaciosa iglesia de Shafina. Dios le necesita para mantener viva esta iglesia de Awasa con sus 300 000 católicos.

Yo imploro y recuerdo. Comencé mi vida misionera aquí, en la misión de Dilla, durante cinco años. Luego me fui, aunque sin perder nunca el contacto con ella, hasta que, 40 años más tarde, cojo de oído y manco de vista, fui llamado para dirigirla, haciendo por cuatro años de obispo sin serlo. Y ahora aquí estoy de nuevo, prestando algún servicio en la medida de mis fuerzas. Mañana celebraré en la catedral las dos misas del domingo, cada una de más de dos horas. Parece tarea titánica, pero no lo es. Es cuestión de relajarse y disfrutar de lo que allí se realiza. La mayoría del tiempo lo ocupan los cantos, que son muy hermosos. Otra buena parte se la llevan los comentarios a las lecturas, algunos casi homilías. Lo mío es lo estrictamente reservado al sacerdote y una homilía que, siguiendo los consejos del papa Francisco, intento que sea breve y jugosa. Y hasta que Dios quiera.

Mundo Negro