Cuaresma, Ramadán… Tiempo de ayuno, tiempo de desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Como Jesús, también nosotras fuimos conducidas al desierto, al mismo desierto de Judea.

Nos esperaban. Sin maquillaje, con ojos cansados, labios resecos y manos agrietadas. Las mujeres beduinas —que suelen llegar con vestidos vivos y un delicado toque que realza la dignidad de sus rostros— hoy estaban distintas. Es el primer día de Ramadán y el ayuno ya se siente: nada de comida ni agua desde el alba hasta el ocaso.

El Ramadán transforma el ritmo de estas tierras. Antes del amanecer, las familias comparten el suhoor; luego el día se vuelve lento y silencioso. Hacia la tarde el cansancio se hace visible y muchos regresan con prisa para preparar el iftar. El hambre revela la fragilidad humana. Al caer el sol, la oración abre el momento sagrado de romper el ayuno con agua y dátiles.

En el desierto de Judea, entre mantas gastadas y láminas de zinc que crujen al viento, el ayuno es más austero. Vulnerables, sin servicios básicos, el sacrificio es concreto y cotidiano.

Coinciden las fechas: comienza el Ramadán y la Iglesia inicia la Cuaresma. “¿Ayunan ustedes?”, preguntan incluso los niños. Amir, beduino de siete años, ya ayuna. “Su espíritu se fortalecerá”, afirma su madre con la firmeza de quien ha aprendido a resistir.

Pronto emerge lo más doloroso: una situación agravada, una incertidumbre que pesa más que el hambre. Nuestra presencia se vuelve encuentro, espacio para compartir lo que nos une y reconocemos como sagrado. Caminos distintos, una misma sed, un solo Dios. El Espíritu conduce al desierto. En su inmensidad, la necesidad de lo divino se hace más honda. Dios habita también la intemperie.

Quizás el desierto no sea el lugar donde todo falta, sino ámbito de discernimiento. La aridez enseña a custodiar lo esencial, lo nuevo y lo santo; a abrir espacio para que su Palabra desenmascare engaños y sostenga la virtud.

El Espíritu nos conduce al desierto para que el ayuno no sea solo privación, sino fortaleza y solidaridad; para que la oración sea escucha y tu vida y la mía se vuelvan presencia cercana y consuelo para quien clama a Dios compasión y misericordia. Por eso, como a Jesús, el Espíritu sigue llevándonos al desierto.