Chad, la misión de las combonianas donde la diversidad es fraternidad

“Quiero una misión católica, universal”: las palabras de san Daniel Comboni se hacen realidad gracias al compromiso de la comunidad internacional de las Hermanas Misioneras Combonianas de Deressia, en el sur del Chad, que acompaña a la población entre educación, salud y formación de las jóvenes.

Por: Hna. Loreta Beccia, SMC
vaticannews.va

Cinco hermanas combonianas: Olga Morales, Raffaella Pironti, Bakita Josephine, Amira William y Elisée Modiri. Tres continentes -América, Europa y África- y cinco países de origen: Guatemala, Italia, Sudán del Sur, Egipto y República Democrática del Congo. Esta es la riqueza de la comunidad de Deressia, en la diócesis de Laï en Chad, una zona que durante la temporada de lluvias solo se puede alcanzar con un carro tirado por bueyes o caballos.

Aquí se realiza el sueño del fundador: una congregación verdaderamente universal, capaz de poner en el centro la misión y el amor por los más pobres y abandonados. San Daniel Comboni decía: “La Obra debe ser católica (universal), no ya española o francesa o alemana o italiana”.

Una presencia nacida de una llamada

La comunidad de Deressia se abrió en 2003, tras la invitación del entonces obispo de la diócesis, monseñor Miguel Sebastián, MCCJ, que con valentía pedía a las Combonianas ser presencia de esperanza en una tierra que el Papa Francisco definiría como “periferia existencial” en la periferia del mundo.

Deressia era, de hecho, la parroquia más grande de la diócesis, con sus 5000 km²: durante seis meses al año, a causa de las inundaciones, permanecía -y sigue estando- completamente aislada. En ese momento se hablaban nueve idiomas diferentes. Hoy en día, esta realidad se ha dividido en varios vicariatos y parroquias.

 Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia - Chad, por Loreta Beccia, SMC
Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia – Chad. Foto: Loreta Beccia, SMC

Entre catequesis, escuela y cuidado de los más frágiles

Las actividades de las hermanas se desarrollan en diferentes ámbitos pastorales y sociales. En el ámbito escolar trabajan a tiempo completo la Hna. Amira y la Hna. Olga, que testimonian la alegría de acompañar a los estudiantes, en particular a las chicas, en su camino de crecimiento. La escuela cuenta con unos 400 alumnos, divididos en 8 clases, desde preescolar hasta sexto de primaria. Siete maestros y una maestra acompañan a las monjas en este delicado servicio educativo.

Sor Olga, con una experiencia previa de 12 años en la República Centroafricana en el trabajo educativo con los pigmeos, se emociona al contar los esfuerzos realizados para crear espacios de convivencia fraterna entre diferentes grupos étnicos y religiosos:

“Hoy, después de 5 años, puedo decir que los alumnos comienzan a reconocerse como hermanos y hermanas, con un único Padre en el cielo”.

Recuerda también cuando una mañana, durante el recreo, una alumna musulmana fue golpeada en la cabeza por una semilla de “domo” -del tamaño de una pelota de tenis- lanzada por un alumno cristiano. Después de medicar a la niña, la monja le preguntó qué pensaba de lo sucedido. La respuesta fue sorprendente:

“Hermana, él también es mi hermano. Todos formamos una sola familia. Fue un accidente, yo estoy bien”.

La Palabra de Dios, compañera de camino

Sor Raffaella es enfermera y responsable del centro de salud “Stella del Mattino”, nacido como una pequeña estructura y hoy reconocido también a nivel gubernamental, punto de referencia para toda la población. Junto con la Hna. Bakita se dedica sobre todo a los niños más vulnerables.

Cuenta que, durante la temporada de lluvias, al regresar de una visita a pueblos lejanos después de un viaje difícil y peligroso, se preguntó si todo esto realmente tenía sentido. Encontró la respuesta durante la Eucaristía: “Yo estaba enfermo y vosotros vinisteis hasta mí”. La Palabra de Dios testimonia, da paz y fuerza para afrontar cualquier dificultad, en el servicio a Dios y en el amor al pueblo.

 Chicas del Foyer, por Loreta Beccia, SMC
Chicas del Foyer. Foto: Loreta Beccia, SMC

El vestíbulo: una casa para crecer juntos

Entre las iniciativas más significativas se encuentra el “Foyer Bethlemme”, un espacio dedicado especialmente a las chicas de los pueblos más lejanos.

Sor Elisée es la responsable directa, pero, en realidad, es toda la comunidad la que acompaña a una quincena de jóvenes en un camino de formación integral, humana y espiritual. En un contexto en el que las mujeres a menudo son marginadas, el vestíbulo se convierte en un lugar de redención y fraternidad, una oportunidad concreta para el renacimiento.

Aquí cobra vida lo que Don Tonino Bello definía como “convivialidad de las diferencias”: cada monja, con su propio estilo y sus propias experiencias, contribuye a crear un ambiente en el que las diversidades se convierten en riqueza compartida y se aprende a vivir juntas con alegría.

Esta experiencia recuerda que la misión nace del encuentro: es en el reconocimiento del otro como don que se construye una fraternidad capaz de transformar el mundo.

El susurro de Dios que lo cambió todo

Por: Napoliana Vagmaker Faria, novicia comboniana

Misioneras Combonianas España

Me llamo Napoliana Vagmaker Faria y soy brasileña. Tengo 29 años y actualmente soy novicia comboniana. Nací y crecí en el barrio Santa María, a las afueras de São Mateus, en el estado de Espírito Santo. Desde pequeña, participaba con mi madre en la comunidad eclesial dedicada a Santa Ana, en Boa Esperança. A los 11 años, mientras me preparaba para la primera confesión, empecé a buscar más a Dios y a servir en la Iglesia. Mi diócesis (São Mateus) es misionera por naturaleza, lo que me otorgó la gracia de crecer cultivando ese mismo espíritu en mi interior.

La fuerza de una semilla misionera

A los 20 años, incluso antes de comprender y percibir la llamada a la vida religiosa, ya tenía la firme convicción de querer ir a la misión. Tuve la oportunidad de participar en numerosas pastorales y movimientos, como la pastoral litúrgica, catequética, juvenil y de la sobriedad, además de la Renovación Carismática y la justicia restaurativa. Sin embargo, durante mi etapa universitaria, sentía que todo esto no era suficiente; había un vacío que no lograba llenar. Al compartir esta inquietud con un sacerdote, me presentó a una hermana comboniana. A partir de ese encuentro, mi vida cambió por completo.

Sentí que por fin encontraba aquello que buscaba, algo que aún no tenía nombre ni entendía, pero que despertaba en mí una profunda inquietud. En ese momento, todos mis planes de futuro dieron un giro. Durante aquel proceso de discernimiento y acercamiento a las Combonianas, sentía inevitable el miedo al futuro. Implicaba un cambio radical: dejar atrás a mis amigos, mi vida cotidiana y a mi familia, siendo además hija única. ¡Sin embargo, abrazar los planes de Dios ha sido la mejor decisión de mi vida! Frente a ese miedo, el Señor me infundió un valor increíble. Viví una experiencia de un mes en una comunidad comboniana en el norte de Brasil y, a cada paso, confirmaba que estaba en el lugar donde Dios me quería; aquella llama en mi interior crecía cada día más.

Modelando mi vida según el carisma de Comboni

En septiembre de 2022, inicié mi etapa de postulantado en São Paulo, mi primera comunidad. Estoy profundamente agradecida por los dos años que viví allí, así como por las hermanas que me acogieron y me enseñaron tanto. Al lado de los hermanos y hermanas en situación de calle, de los jóvenes y de tantas personas con las que me encontré, viví una de las catequesis más hermosas: una fe encarnada en la vida. Allí pude conocer a Jesús de una manera totalmente nueva, en una realidad distinta a todo lo que había visto hasta entonces.

A finales de 2024 llegué a Brescia (Italia) para comenzar la etapa del noviciado, la cual ha sido mi primera experiencia internacional y de inculturación. Ha sido un periodo lleno de retos, pero, sobre todo, de incontables bendiciones. En esta etapa me doy cuenta con mayor claridad de hasta qué punto Dios está presente en mi vida y de cómo me guía. Ahora me preparo para dar mi «sí» y consagrar mi vida a Él, con el fin de seguir sus caminos y responder a su llamada:

«Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15).

Por intercesión de nuestro fundador, San Daniel Comboni, deseo seguir su ejemplo y plasmar sus palabras y acciones en todo lo que yo sea y haga:

«…el día y la noche, el sol y la lluvia me encontrarán siempre dispuesto a atender sus necesidades espirituales; el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el joven y el anciano, el amo y el siervo tendrán siempre el mismo acceso a mi corazón. su bien será el mío y sus penas serán también las mías». (Comboni, 1873)

Grupo de novicias con las hermanas de la comunidad formativa en Brescia- Italia

Más testimonios: https://misionerascombonianasdemadrid.blogspot.com/

Entre velas y piedras

Por: Hna. Lorena Cecilia Sessaty Sáenz
Desde Belén, Palestina

«Yo ya dejé de soñar. Aquí duele mucho». Las palabras de Khader, un joven palestino de apenas 17 años, dichas con un tono seco y molesto, me dejaron helada. No era una frase dramática ni un acto de rebeldía ante la dinámica propuesta. Era una constatación pronunciada desde un cansancio profundo y un hastío evidente.

Soy una misionera comboniana mexicana y trabajo desde hace poco más de un año en Bailasan, un centro de acompañamiento psicológico y espiritual en Belén. El conflicto que vivimos no solo trae muerte y destrucción visible, arrastra consigo una larga lista de consecuencias colaterales. Belén, una ciudad cuya economía depende casi por completo del turismo, está casi paralizada. El colapso económico se traduce en un aumento de cuadros de estrés y depresión, familias separadas por la migración forzada, carreras truncadas, planes de vida suspendidos, jóvenes que desde hace años no salen de sus casas y una dependencia cada vez mayor del mundo digital como vía de escape.

En medio de estas historias me acuerdo del poema Piensa en los demás, de Mahmud Darwish. Muchas veces, frente a ciertos relatos y a mi propia impotencia, he repetido en silencio la frase con la que se cierra el poema: «Si tan solo fuera una vela en la oscuridad». Una vela, es decir, una luz capaz de alumbrar las penumbras que deja el conflicto, la oscuridad de la división y de la violencia. Una luz pequeña que intenta abrirse paso a pesar de la dificultad del idioma, de la cultura, de las distancias… y de mis limitaciones.

Y, sin embargo, en mi intento de ser luz para otros, me descubro iluminada por la luz de muchas velas que encuentro en este camino. Pienso en Tariq, Raed, Gina o Mohamad, personas cuyas familias sufrieron la expulsión y la crudeza de crecer en campos de refugiados y que hoy se han vuelto expertos en provocar sonrisas en los niños a través del teatro y las marionetas. Pienso también en Shoshana, Betina, Natania y tantos hebreos más que no solo entregan su tiempo y su energía en favor de la justicia, sino que muchas veces se enfrentan a rechazos y críticas de su propia gente por sus acciones en favor de la paz. En medio de esta gran oscuridad que vivimos hoy en Israel y Palestina, una oscuridad que a veces parece expandirse con malicia, hay muchas velas encendidas, personas que guían con sus talentos, que acompañan con valentía, que calientan el corazón con su servicio y que inspiran con su resistencia silenciosa.

En Bailasan, durante las terapias, los talleres o los grupos de apoyo solemos encender una vela. Pero el verdadero fuego lo encuentro en la fuerza y la sabiduría interior de las personas que participan. Para mí, eso no es otra cosa que el Espíritu Santo, actuando y alumbrando desde dentro.

Vuelvo a la historia de Khader. Después de un tiempo de acompañamiento, durante uno de los talleres presentamos la historia bíblica de David y Goliat. Me impactó escuchar cómo Khader explicaba que David le ayudó a darse cuenta de que se estaba aferrando a una «armadura» que no era la suya: sueños y anhelos que, lejos de impulsarlo, lo paralizaban, aumentaban su sensación de impotencia y le hacían «pesado el corazón». Una armadura que más que protegerlo, le estorbaba.

Khader fue nombrando su honda y sus cinco piedras, sus recursos para enfrentar cada día: su salud, su amor por los scouts, su familia, su fe y su mejor amigo. Reconocía que no está en sus manos cambiar la situación sociopolítica, pero sí vencer al Goliat del rencor y de la apatía que lo desafían.

Entiendo a Khader. También yo tengo sueños que duelen cuando se confrontan con la realidad de cada día: que termine la ocupación, que cese la violencia, que caigan los más de 700 kilómetros del muro de separación. Soñar así, hoy, para mi misión como comboniana, se convertiría en esa «armadura» pesada que limitaba a David, capaz de hacerme, como a Khader, más pesado el corazón.

Mi misión hoy tiene más bien la forma de una vela: «Si tan solo fuera una vela en la oscuridad». Acompañar, alentar, escuchar, conectar. Tocar con cuidado las heridas y romper, poco a poco, los muros de la indiferencia.

En esta tierra herida sigo descubriendo que Dios no ha dejado de actuar. Él mantiene su luz encendida en mí, me confirma en mi misión y me confirma que la misión es suya.

mundonegro.es

La Familia comboniana en el mundo

Cuando se cumplen 195 años del nacimiento de nuestro fundador, San Daniel Comboni, les presentamos este dossier sobre la Familia Comboniana, formada por los Misioneros Combonianos, las Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Son diferentes maneras de vivir el carisma dado a la Iglesia a través de un gran hombre y un santo misionero.
La Familia Comboniana

La Familia Comboniana es una comunidad de personas que nace en torno a la figura de un misionero, San Daniel Comboni, un hombre nacido hace casi dos siglos, el 15 de marzo de 1831, en un pequeño pueblecito a orillas del lago de Garda, Limone.

Desde Limone sul Garda, Daniel partió para estudiar en Verona, en el Instituto de Don Mazza, y para comprender, con una visión de futuro aún no apagada, cómo un continente lejano como África, desde entonces y aún hoy expoliado de sus riquezas naturales y humanas, tenía la necesidad de emprender un camino que partiera de sí mismo, de su gente.

Daniel invocaba entonces una misión y una Iglesia capaces de unir fuerzas para la salvación de África y de sus pueblos. Es el mismo anhelo que mueve hoy a la Familia Comboniana.

En ese Plan para la regeneración de África que Comboni, por una intuición carismática, comienza a soñar a los pies de la tumba de San Pedro el 15 de septiembre de 1864, se dibuja un mundo diferente que se resume en un lema: «Salvar África con África». Un lema que sueña con convertir a las personas en protagonistas de su presente y su futuro a partir de las realidades cotidianas en las que viven, de las esclavitudes antiguas y modernas que les son impuestas por una riqueza occidental cada vez más ávida.

Comboni sabe que la primera herramienta para la salvación es la educación. Se dedica, ante todo, a la formación de maestros y artesanos, así como de catequistas, religiosas y sacerdotes, para que cada persona, dentro de su propia comunidad, encuentre su manera de vivir el Evangelio, la cercanía y el compartir. Así nace el embrión de un movimiento misionero que reúne a religiosos y laicos, hombres y mujeres, autóctonos y expatriados, capaces de compartir necesidades e intereses en la complementariedad de un objetivo que parte de la conciencia de que cada persona se salva si todos se salvan, que cada persona puede llegar a ser lo que es si los demás tienen la misma posibilidad. Es un proyecto de humanidad que no se limita al continente africano, sino que extiende su huella a toda Europa, que debe conocer esa tierra lejana y contribuir a la salvación.  Comprendiendo la importancia no sólo de la formación, sino también de la información, Comboni piensa en una revista: «Gli Annali del Buon Pastore» (Los Anales del Buen Pastor).

Es una época de trata de esclavos, de grandes discriminaciones basadas en el color y en las diferencias religiosas, Comboni comprendía la necesidad de unir los mundos del saber de entonces, el mundo civil, cultural y político, tendidos hacia una causa común. Su sueño transcendió el tiempo, su sueño sigue siendo actual, no sólo porque se ha cumplido la frase que él mismo pronunció: «Yo muero, pero mi obra no morirá», sino porque aún hoy vivimos una época de esclavitud y de pensamientos de supremacía.

La obra de Daniel vio nacer los institutos religiosos de las Hermanas Misioneras Combonianas y los Misioneros Combonianos y, en tiempos más recientes, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Así, su anhelo –«si tuviera mil vidas, las daría todas por la misión»– ha seguido manifestándose a lo largo del tiempo, en las vidas de quienes han elegido continuar el Plan, traducirlo en el camino de una familia, la Familia Comboniana.

Somos hombres y mujeres capaces de ampliar los horizontes geográficos de ese sueño, abriéndonos a servir a los más pobres y abandonados presentes tanto en África como también en Europa, América y Asia; en esos lugares fronterizos, en las periferias de un mundo global que se convierte en Casa común, esa Casa que la Familia Comboniana habita allí donde vive su cotidianidad.

Les presentamos, pues, nuestra Familia, una Familia que sigue las huellas de San Daniel Comboni, con la esperanza de que quieran formar parte de un grupo de personas que va más allá de estar físicamente en el mismo lugar haciendo las mismas cosas. Somos una Familia que quiere compartir y acoger la riqueza que reside en la singularidad de cada persona, donde la diversidad del otro se convierte en un don que nos ayuda a comprender mejor nuestra propia identidad.


Misioneros Combonianos
Consejo General de los Misioneros Combonianos

Los Misioneros Combonianos somos una institución misionera católica presente hoy en más de 40 países, en todos los continentes. Nuestra misión es anunciar el Evangelio de Jesucristo, especialmente a los pueblos y grupos humanos que aún no lo conocen.

Todos los misioneros nos consagramos a Dios para esta misión: somos unos 1.500 en total. La mayoría son sacerdotes, aunque todavía hay un número significativo de hermanos, que participan plenamente en la misma misión a través de las más diversas competencias profesionales. Juntos, nos esforzamos por estar atentos a las necesidades concretas de las poblaciones a las que somos enviados, especialmente en el ámbito de la promoción humana, la educación, la salud, las comunicaciones y el desarrollo integral.

Procedentes de Europa, África, América y Asia, los Misioneros Combonianos trabajamos prioritariamente en contextos marcados por la pobreza, la marginación, la injusticia y formas nuevas y antiguas de esclavitud. En estos entornos nos preocupamos de formar comunidades cristianas vivas, capaces de ser fermento de promoción humana y transformación social. Nuestro servicio está animado por la esperanza de contribuir a la construcción de un futuro en el que la humanidad pueda vivir en armonía con la Madre Tierra, en paz entre los pueblos, reconociéndose en la dignidad común de hijos e hijas de Dios.

Fundados por San Daniel Comboni a mediados del siglo XIX, con el sueño de llevar el Evangelio y un desarrollo integral a los pueblos de África, los Misioneros Combonianos trabajamos hoy en todos los continentes. Estamos presentes tanto donde es necesario iniciar nuevas comunidades cristianas, como donde es necesario acompañar y apoyar a las Iglesias locales jóvenes, aún en fase de crecimiento y consolidación.

En el contexto del fuerte aumento de los flujos migratorios de nuestro tiempo, los Misioneros Combonianos desempeñamos hoy una parte significativa de nuestra misión también en el hemisferio norte, en particular en las periferias humanas y sociales de las grandes ciudades. En estos entornos compartimos la fe cristiana como fermento de fraternidad, diálogo intercultural y amistad social entre personas de diferentes pueblos, culturas y religiones.

El lema que guio a San Daniel Comboni, «Salvar África con África», sigue inspirando profundamente a los misioneros y misioneras combonianos. Se traduce en el compromiso de responsabilizar y emancipar a las personas y comunidades locales, para que sean protagonistas de su propio crecimiento cristiano, social y humano. Este estilo misionero se expresa de manera particular en la formación de líderes locales, tanto en las comunidades eclesiales como en los proyectos de desarrollo y justicia social.

En el corazón de cada misionero comboniano sigue «ardiendo la llama» que san Daniel vio salir del corazón abierto de Cristo en la cruz, en un momento contemplativo especial, en la basílica de San Pedro, en Roma, el 15 de septiembre de 1864: es el amor recibido del Corazón de Cristo, Buen Pastor, que aún hoy nos impulsa a ir al encuentro de los más pobres y abandonados. Dondequiera que seamos enviados, esta llama de amor nos anima a entablar un diálogo respetuoso con todos, para compartir la fe y promover caminos de fraternidad que reaviven la esperanza en un mundo reconciliado y en paz.

El carisma misionero donado por Dios a San Daniel Comboni es hoy compartido por diferentes realidades que, en su conjunto, constituyen la Familia Comboniana. Por ello, siempre que es posible, colaboramos estrechamente con las Hermanas Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Cada grupo vive y encarna, según su vocación específica, el mismo espíritu misionero que animaba al Fundador.

El carisma de San Daniel Comboni es un don para toda la Iglesia y está abierto a múltiples formas de participación. Parte de la misión de las comunidades combonianas es también compartir este espíritu con las Iglesias de antigua fundación, para que puedan renovar su impulso misionero y colaborar activamente en el anuncio del Evangelio y en gestos concretos de solidaridad, justicia y paz, signos visibles del amor de Dios por toda la humanidad, sin distinción alguna.

Para más información: comboni.org


Misioneras Combonianas
Consejo General de las Misioneras Combonianas

Nacimos de un gran sueño de San Daniel Comboni, de un ideal que nos llena el corazón. Comboni nos dejó una herencia que es gracia y responsabilidad, don y conquista. Veía en nuestra identidad de mujeres misioneras la imagen de las mujeres del Evangelio, como escribió en una de sus cartas: «Si no tuviera tantas ocupaciones, me gustaría darles una idea del apostolado de estas hermanas, la verdadera imagen de las antiguas mujeres del Evangelio» (E. 3554).

Desde entonces, el testimonio de María Magdalena, de las mujeres que llevaban los aromas, de la samaritana, de la mujer que amasa el pan, de las mujeres estériles y hechas fértiles, junto con el de las otras discípulas de Jesús, ilumina nuestro camino y nuestra dedicación misionera como hermanas combonianas.

Como María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, que preparando perfumes y movidas por el Amor, van al sepulcro para ungir el cuerpo del Maestro, como estas tres mujeres, pequeña comunidad como muchas de nuestras comunidades, nos sentimos animadas a ponernos en camino cuando aún es de noche, con los ojos y los oídos atentos a los gemidos de la humanidad y del cosmos, a cuidar de la vida más herida, de todas las formas de vida y también de la muerte; a realizar gestos que parecen carecer de sentido; a cuidar de lo que otras personas han abandonado; a reconocer los signos de renacimiento presentes en la historia y ser nosotras mismas generativas; a ser amantes de la Vida y tener el valor y la docilidad de penetrar en el Misterio y dejarnos transformar por Él.

Muchas de nosotras conocemos tierras áridas, aparentemente sin vida, pero la experiencia nos dice que incluso el desierto tiene un potencial generativo, al igual que las mujeres estériles de la Biblia guardan en sí mismas una fecundidad que nadie les puede quitar. Es precisamente en los desiertos geográficos y existenciales donde anunciamos la Fuente de agua viva. A menudo, las realidades a las que somos enviadas parecen tierras áridas, convertidas en tales por la explotación y la violencia sufrida, pero están abiertas a acogernos, con la esperanza de un renacimiento.

Nuestra misión es ser pan, alimento y alegría; existencia entregada para aliviar el sufrimiento humano, para vivir el compartir y movilizar relaciones auténticas y humanizadoras. La mujer de la parábola une la harina, el agua y la levadura; nuestras manos mezclan nuestros conocimientos con los conocimientos de los pueblos a los que somos enviadas. Amasamos el pan de la existencia en sinergia con las fuerzas de otras mujeres y hombres, de organizaciones religiosas y civiles, para construir relaciones comunitarias y solidarias.

Los caminos recorridos son muchos: desiertos y bosques, periferias y fronteras, caminos de tierra, ríos y asfalto, pueblos y ciudades. Nos expresamos a través de diferentes ministerios, pero con un único deseo: cuidar de la vida, de la vida empobrecida y explotada que incluye los cuerpos humanos, pero también los cuerpos-territorio de la tierra, el agua, los bosques, igualmente empobrecidos y explotados. El cuidado es un camino de reciprocidad, porque al cuidar nos sentimos cuidadas, y también porque cuando un ser es violado, toda la red de la vida sufre. El cuidado es un acto comunitario y político. Es ternura, pero también transgresión contra un sistema dominante.

La mujer sin nombre que dialoga con Jesús, la Samaritana, nos recuerda la capacidad de ir más allá de nuestros límites y fronteras, de establecer relaciones en las que circula el poder, de reconocernos capaces de abandonar nuestras seguridades y convicciones para lanzarnos hacia caminos inéditos. La mujer samaritana y el hombre judío que la encuentra en el pozo nos hablan del encuentro posible entre etnias diferentes y de la superación de los prejuicios que separan a hombres y mujeres. Su diálogo pasa de la esfera material a la espiritual, como suele ocurrir en la misión cuando, tras satisfacer las necesidades primarias, se llega, con humildad, a hablar del Misterio, a dar testimonio del Dios-Presencia que rompe todos los esquemas en los que intentamos encerrarlo.

«La Sabiduría clama por las calles, en las plazas hace oír su voz»; Jesús anuncia en las calles y en las casas; Comboni se adentra en los patios y en los desiertos. Alimentados por una espiritualidad femenina, bíblica y místico-política, nuestros pasos siguen sus huellas, anunciadoras de relaciones de reciprocidad, de una humanidad reconciliada consigo misma y con toda la creación.

Para más información: misionerascombonianas.org


Misioneras Seculares Combonianas

«El Señor también os ha elegido para colaborar con la oración, la entrega total de vosotras mismas y la obra del apostolado, incorporándoos a la misma familia fundada por nuestro padre monseñor Daniel Comboni». Esta expresión del padre Egidio Ramponi –a quien se debe la idea fundacional de nuestro Instituto– dirigida a las cuatro primeras jóvenes que el 22 de agosto de 1951 que se entregaron al Señor en lo que sería el Instituto Secular de las Misioneras Combonianas, contiene el núcleo esencial de nuestra vocación y pertenencia a la Familia Comboniana.

La aprobación pontificia del 22 de mayo de 1983 fue una etapa importante para nuestro Instituto, un punto de llegada de una historia que ha ido evolucionando, pero también un punto de partida para un camino que nos ha llevado a enfocar mejor nuestra identidad, hasta hoy. La reciente aprobación de las Constituciones actualizadas, fruto de un largo período de reflexión, es una señal de ello.

Nuestro propio nombre, Misioneras Seculares Combonianas, expresa la identidad de nuestra vocación, que se fundamenta en la misma experiencia de Cristo vivida por Comboni, en su amor por los últimos y en «hacer causa común con ellos». Compartir su pasión por Cristo y por la humanidad se traduce en la entrega total de nosotras mismas en respuesta a la llamada, a través de la profesión de los consejos evangélicos.

Una pasión que se alimenta del encuentro personal con el Señor, del que brota el deseo de compartir con todas las personas, y en particular con las más alejadas, la Buena Nueva del Evangelio, para que todos puedan conocerlo, encontrarlo y tener vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).

La «secularidad» es la dimensión que caracteriza el espíritu y la forma en que encarnamos el don del carisma comboniano; esto nos une a la condición de todos los cristianos laicos que viven en el mundo, insertados en su propio ambiente social, profesional y eclesial.

Es una forma de vida que tiene su referencia en la Encarnación del Hijo de Dios y que implica una plena pertenencia a la historia, vivida al estilo de Jesús, el más humano de los hombres, hijo y hermano de todos, que nos lleva a compartir las mismas situaciones, incluso de precariedad e incertidumbre, de la mayoría de la gente común, a hacernos cargo de los retos, los sufrimientos y las esperanzas de la humanidad.

Como Misioneras Seculares Combonianas estamos integradas, cada una en su propio entorno, en su propia situación, viviendo de su propio trabajo. Esta es nuestra forma de transformar el mundo desde dentro con el espíritu del Evangelio.

En sintonía con las imágenes evangélicas de la sal y la levadura, elementos sencillos de la vida cotidiana que actúan desde dentro, ponemos el acento en ser fermento misionero en cada realidad y situación humana, más que en la visibilidad de la organización, de las obras o de las estructuras. Este es el elemento que nos une a todas en la pluralidad de situaciones de vida, entornos, actividades, edades, y que se manifiesta en una multiplicidad de formas de vivir y expresar la misión.

Cultivamos una actitud de apertura a las situaciones fronterizas en nuestro país o en otros países, dispuestas a ir a las diferentes periferias del mundo. Un «ir» que es ante todo salir de nosotras mismas, de nuestros estrechos límites, para ampliar los horizontes al mundo entero, sobre todo a las personas más pobres, a los últimos…; una actitud que impregna toda nuestra experiencia y que puede concretarse también en la elección de un servicio en contextos o lugares diferentes a los de la vida ordinaria.

Nos anima el deseo de mantener viva en todas partes esa apertura misionera que hace del partir hacia los últimos el criterio, no solo de una auténtica vida evangélica, sino también humana.

Nos sentimos llamadas a vivir en primera persona esta «tensión de salida», siendo testigos de ella también ante los demás de todas las formas posibles, en las relaciones interpersonales, en las diferentes situaciones cotidianas, en las comunidades cristianas y en todos los contextos de vida y compromiso, también a través de iniciativas específicas, abiertas a la colaboración con todas las personas de buena voluntad.

Para más información: secolaricomboniane.it


Laicos Misioneros Combonianos
Coordinación general LMC

Desde los inicios de su misión, San Daniel Comboni llevó con él a laicos que pudieran colaborar en África, que pudieran compartir sus profesiones y así ayudar las comunidades necesitadas de desarrollo. Él decía que los misioneros laicos “contribuyen a nuestro apostolado más de lo que los sacerdotes participan en la conversión, porque los alumnos negros y los neófitos están con ellos durante un período de tiempo bastante largo. Éstos, con el ejemplo y la palabra son verdaderos apóstoles para los alumnos, quienes les observan y los escuchan más de lo que pueden observar y escuchar a los sacerdotes” (E 5831).

Y no solo los misioneros, sino que creía que la formación de los laicos y laicas constituía un elemento central de su manera de hacer misión, el insistía en Salvar África con África: “Todos mis esfuerzos están dirigidos a fortalecer estas dos misiones donde preparamos buenos individuos indígenas de las tribus centrales, para que ellos se conviertan en apóstoles de fe y de civilización en su patria” (E 3293); “he conseguido formar competentes maestros y catequistas negros, además de zapateros, albañiles, carpinteros, etc. y proveer las estaciones de Jartum y Cordofán. Indígenas así formados son indispensables para la existencia de una misión”. (E3409).

Representantes de los LMC en la asamblea de Europa

Representantes de los LMC en la asamblea de América

Representantes de los LMC en la asamblea de África

A la luz de este carisma muchos laicos y laicas que acompañaban a los religiosos en las animaciones misioneras de sus países pidieron también poder ser misioneros y misioneras e ir con esta vocación a otros países. Así, a finales de los años ochenta, surgieron los grupos de Laicos Misioneros Combonianos. Grupos de laicos dispuestos a poner sus competencias profesionales y su vida al servicio de la misión. Comboni nos quería Santos y Capaces, por ello nuestro empeño como cristianos es poder compartir nuestra vida de fe y nuestra experiencia profesional con las personas que más lo necesitan.

LMC de México

Actualmente estamos presentes en 21 países de Europa, América y África colaboramos tanto en comunidades internacionales, donde LMC de diversos países nos unimos para tener una presencia misionera común y compartir nuestra vida con las comunidades que lo necesitan en las periferias de las ciudades o en las zonas rurales donde muchos son olvidados, como en nuestros países de origen donde, como laicas y laicos insertos en la sociedad, intentamos plantear un estilo de vida alternativa y solidario con los excluidos de este mundo.

A modo de ejemplo podríamos contaros lo importante de ofrecer formación en agricultura ecológica en el nordeste de Brasil para desde el acompañamiento y formación de las comunidades hacer frente a los grandes latifundios o a las empresas de minería extractivista.

Lo mismo ocurre en la República Centroafricana, donde acompañamos a la población Pigmea-Aka en sus campamentos, con escuelas de integración y procuramos que se les reconozcan sus derechos como ciudadanos de primera en una sociedad que trata de relegarlos.

En Mozambique también estamos empeñados en la formación profesional de los jóvenes de comunidades rurales, ofreciéndoles una cualificación que les permita acceder al mercado laboral, o acompañando a las innumerables comunidades de la parroquia que viven en el interior, donde casi nada llega.

O en las periferias de las grandes ciudades latinoamericanas (Perú, Brasil, Guatemala…) donde hay tantas personas que intentan sobrevivir y ganarse la vida, personas que migran desde el interior para procurar trabajo en la ciudad, pero que a menudo apenas sobreviven por la precariedad laboral que encuentran.

También en Europa encontramos muchas personas migrantes que acompañar, personas procedentes de los países donde estamos presentes y a las que también acompañamos desde nuestra experiencia misionera de vida en África o América, e intentamos que se sientan tan acogidos como nosotros nos sentimos en sus países; acompañándolas y apoyándolas en su integración en la nueva sociedad.

Y todo ello queremos vivirlo desde nuestras comunidades locales, porque sentimos que nuestra llamada misionera ha sido a vivir esta vocación desde la comunidad; por ello nos reunimos para formarnos, rezar, compartir nuestra vida, nuestros sueños y nuestro compromiso misionero.

Para más información: lmcomboni.org

Cuaresma, Ramadán… Tiempo de ayuno, tiempo de desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Como Jesús, también nosotras fuimos conducidas al desierto, al mismo desierto de Judea.

Nos esperaban. Sin maquillaje, con ojos cansados, labios resecos y manos agrietadas. Las mujeres beduinas —que suelen llegar con vestidos vivos y un delicado toque que realza la dignidad de sus rostros— hoy estaban distintas. Es el primer día de Ramadán y el ayuno ya se siente: nada de comida ni agua desde el alba hasta el ocaso.

El Ramadán transforma el ritmo de estas tierras. Antes del amanecer, las familias comparten el suhoor; luego el día se vuelve lento y silencioso. Hacia la tarde el cansancio se hace visible y muchos regresan con prisa para preparar el iftar. El hambre revela la fragilidad humana. Al caer el sol, la oración abre el momento sagrado de romper el ayuno con agua y dátiles.

En el desierto de Judea, entre mantas gastadas y láminas de zinc que crujen al viento, el ayuno es más austero. Vulnerables, sin servicios básicos, el sacrificio es concreto y cotidiano.

Coinciden las fechas: comienza el Ramadán y la Iglesia inicia la Cuaresma. “¿Ayunan ustedes?”, preguntan incluso los niños. Amir, beduino de siete años, ya ayuna. “Su espíritu se fortalecerá”, afirma su madre con la firmeza de quien ha aprendido a resistir.

Pronto emerge lo más doloroso: una situación agravada, una incertidumbre que pesa más que el hambre. Nuestra presencia se vuelve encuentro, espacio para compartir lo que nos une y reconocemos como sagrado. Caminos distintos, una misma sed, un solo Dios. El Espíritu conduce al desierto. En su inmensidad, la necesidad de lo divino se hace más honda. Dios habita también la intemperie.

Quizás el desierto no sea el lugar donde todo falta, sino ámbito de discernimiento. La aridez enseña a custodiar lo esencial, lo nuevo y lo santo; a abrir espacio para que su Palabra desenmascare engaños y sostenga la virtud.

El Espíritu nos conduce al desierto para que el ayuno no sea solo privación, sino fortaleza y solidaridad; para que la oración sea escucha y tu vida y la mía se vuelvan presencia cercana y consuelo para quien clama a Dios compasión y misericordia. Por eso, como a Jesús, el Espíritu sigue llevándonos al desierto.

Fallece la Hna. Conchita Vallarta, primera comboniana mexicana

Ayer, 17 de diciembre, falleció en la Ciudad de México la Hna. Concepción Vallarta Marrón, la primera misionera comboniana originaria de México. Tenía 90 años, de los cuales pasó 25 en Eritrea como misionera. Desde hace unos años residía en la comunidad de las misioneras combonianas en la colonia Lindavista, donde recibía los cuidados necesarios debido a su edad y estado de salud. En su memoria, reproducimos una entrevista que le hizo Esquila Misional el pasado mes de marzo. Descansa en paz, querida Conchita.

Hna. Conchita Vallarta, primera comboniana mexicana