XXVIII Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.
Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.
Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.
Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’.
Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

(Mateo, 22, 1-14)


Muchos son los llamados y pocos los escogidos
P. Enrique Sánchez G., mccj

Una parábola más en nuestro caminar guiados por la Palabra de Dios. En este domingo el escenario es el de un banquete al cual los principales invitados no se dieron cita y rechazaron la invitación.

Estaban demasiado entretenidos y ocupados en lo rutinario de sus vidas como para darse cuenta de lo extraordinario que se les estaba presentando como una oportunidad para descubrir otro modo de vivir muy distinto.

En nuestra parábola están presentes, un Señor que quiere compartir lo que es con los demás, unos empleados enviados a llevar un mensaje de buenas noticias, unos destinatario encerrados en sus mundos egoístas, una violencia que se desata por la arrogancia de pensar que todo tiene que girar obedeciendo a las ambiciones exaltadas en el mundo y el mismo Señor que no renuncia a entrar en la vida de quienes ama y a quienes busca, a cualquier precio.

El esquema de nuestra parábola hoy es prácticamente igual al de las parábolas que hemos escuchado en los domingos anteriores.

Hay un Señor o propietario que prepara algo bueno y bello para aquellos que quiere que participen de su alegría, de su vida, de todo lo que él tiene; pero más todavía, de lo que él es.

Todo eso lo identificamos con la promesa de salvación y de vida plena que Dios nos está continuamente ofreciendo, invitándonos a entrar en su banquete.

Luego hay unos destinatarios que no abren su corazón al don que se les ofrece y acaban atrapados en un mundo absurdo, marcado por la violencia, la ambición o la indiferencia. Son todos aquellos que a lo largo de la historia se han cerrado al encuentro con el Señor, por los motivos más variados que nos podemos imaginar.

Pero podemos reconocer un grupo al que finalmente se le concede la alegría de entrar en la experiencia del reino. Son todos aquellos pequeños y sencillos de los que Jesús habla en el Evangelio que saben abrir su corazón a las misericordias del Señor.

Que sea una viña o un banquete, no es mucha la diferencia. De lo que se trata es de una promesa de vida plena que se esconde detrás del relato que suena a historia que todos podemos entender.

Quienes tendrían que beneficiarse de la oferta del Señor en la parábola del banquete, simplemente se desentienden o inventan mil pretextos para no acoger lo que se les ofrece. Parece ganar la indiferencia y el rechazo que brotan de un corazón duro y empobrecido.

En el caso de hoy, los principales invitados no hicieron caso, no les interesó, aunque el rey había preparado con esmero y cuidando todos los detalles para que la fiesta fuera un éxito.

Como sabemos, por otras parábolas, así se hacía. Basta recordar la parábola del hijo pródigo que cuando regresa a su casa, su padre manda matar el becerro gordo, lo viste con un traje nuevo, le pone en los pies unas sandalias y en su mano el mejor anillo.

Los  invitados,  aparentemente,  prefirieron  seguir  en  lo  ordinario  de  sus  vidas.  Unos entretenidos  en  sus  campos,  otros  prefirieron  sus  negocios  y,  como  en  las  parábolas anteriores, hubo quienes incluso se echaron encima a quienes habían sido enviados a llevar la invitación.

El evangelio de este domingo nos dice que el rey se llenó de cólera y podemos entender que su reacción podría ser interpretada diciendo que tenía todo el derecho a manifestar  su enojo y su desilusión al constatar la incapacidad de los invitados para entender la calidad del don que se les estaba ofreciendo.

Pero el rey no renuncia a su proyecto y, dejando a un lado a los que habían sido los elegidos, manda a sus criados para que llamen a todos aquellos que, curiosamente para nosotros, estaban en el margen de la sociedad, los que se encontraban en los caminos, es decir, quienes no tenían nada en sus vidas.

Buenos y malos son invitados, porque en el banquete preparado por el rey hay lugar para todos y nadie puede ser excluido, sólo aquel que no se reviste de la condición nueva que le da el ser invitado al banquete.

A todos, seguramente, nos llama la atención en esta parábola que haya un invitado que es echado fuera del banquete por no llevar el traje de fiesta.

Existe un comentario que explica que en esos banquetes todo estaba muy bien preparado y cuidados todos los detalles, incluso estaba previsto ofrecer los trajes a los invitados para participar en la fiesta.

En el caso del invitado que es arrojado fuera, se dice que el rey ordena que lo saquen porque no ha querido vestirse con el traje de fiesta que hacía de él una persona nueva. Quien no está disponible para acoger el don de Dios en su vida, es muy difícil que pueda participar de las alegrías que se le ofrecen, porque de alguna manera, él mismo se marginaliza y desentona en la realidad de la fiesta.

¿Qué enseñanza podría dejarnos a quienes leemos hoy esta parábola? ¿Cómo nos reconocemos en esta historia que se nos cuenta?¿ Qué actitudes deberíamos asumir dejándonos interpelar por esta palabra del Señor?

Dios sigue teniendo un banquete preparado para nosotros y se ha esmerado para que todos podamos disfrutarlo. Nos está invitando de muchas maneras y a través de múltiples mediaciones. Dios quiere que estemos con él siempre.

Pero tenemos que reconocer que, como los invitados de la parábola, muchos de nosotros hoy sentimos que el tiempo no nos alcanza para detenernos a escuchar lo que el Señor nos está proponiendo.

Somos hijos de un momento de la historia en donde vivimos corriendo, sin llegar a nuestras metas. Nos falta el tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, para darnos la oportunidad del silencio, del recogimiento, del descubrimiento de lo que llevamos en lo más profundo de nuestros corazones.

Somos personas que vivimos en lo superficial, en lo efímero y pasajero, en lo que no deja huella en nuestras vidas, pero que tampoco acaba por responder a nuestros anhelos más profundos.

Preferimos ir a nuestros campos marcados por la monotonía y la rutina, en donde nos sentimos seguros, porque tenemos la impresión de que todo lo tenemos bajo control, y nos negamos la oportunidad de dejarnos sorprender por lo que Dios ha preparado para nosotros.

Como les sucedió a otros invitados al banquete, muchos de nuestros contemporáneos y seguramente también no pocos de nosotros, vivimos preocupados por nuestros negocios,  por  lo  que  nos  pueda  redituar  ganancias  y  beneficios.  Por  aquello  que, falsamente pensamos que puede ser la seguridad y la garantía de un futuro que se puede construir con riquezas.

No nos damos cuenta de que mañana puede ser nuestro último día. Qué importante es saber crear el equilibrio para que los negocios no nos impidan darle el espacio y el tiempo que le pertenecen al Señor y que para nosotros son vida.

Y, ¿qué decir de quienes abiertamente se oponen a la presencia de Dios en sus vidas?

La gran enfermedad de nuestro tiempo será recordada como la época en que se trató de sacar a Dios de nuestras vidas. Será el tiempo en que se pretendió arrancar del corazón humano su riqueza espiritual y se buscó hacer creer que todo empezaba y terminaba en el ser humano.

Esos fueron y siguen siendo los invitados que, en lugar de abrir su corazón con alegría a la invitación del Señor, lo persiguieron, lo maltrataron y trataron de hacerlo desaparecer de la vida, porque era incómodo o porque invitaba a tomar en serio lo que realmente somos como seres humanos.

Pero, afortunadamente la historia no termina dándoles razón a los invitados malagradecidos.  La  fiesta  del  reino  sigue  siendo  una  oportunidad  que  el  Señor  nos brinda y la invitación sigue siendo válida. ¿Sabremos acogerla y responder con gratitud   a tanto cariño del Señor por nosotros?

¿Será que podremos contarnos entre los pocos escogidos de entre los muchos llamados?

Que el Señor nos conceda contarnos entre los invitados al banquete en el que podamos reconocernos amados por un Padre que hace fiesta para estar entre nosotros.


Invitación
José Antonio Pagola

Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?

Este recuerdo vivido desde niño le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según Jesús, Dios está preparando un banquete final para todos sus hijos pues a todos los quiere ver sentados, junto a él, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.

Podemos decir que Jesús entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Por eso, Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.

¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?

Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: “no quisieron ir. Otros responden con absoluta indiferencia: “no hicieron caso”. Les importan más sus tierras y negocios.

Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.

El papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona “por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”. El mayor peligro está según él en que ya “no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio”.


El banquete del Rey
Dolores Aleixandre

Hace ya muchos años que no sé lo que es dormir bajo techo. Una racha de malas cosechas arruinó a mi familia, y yo me vine solo a Jerusalén, siendo aún joven, atraído por el lujo de la ciudad y esperando encontrar algún trabajo para sobrevivir. Las cosas me fueron mal también aquí, y ahora vivo pidiendo limosna y haciendo, de vez en cuando, algún trabajo duro y mal pagado. A pesar de ello no he perdido la fe en Dios, y hasta solía acudir el sábado a la sinagoga, asistiendo al culto desde un rincón, hasta que un día escuché estas palabras de un salmo: “El Señor alza de la basura al pobre, levanta del polvo al humilde para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo…”(Sal 113,7-8)

Ese día sonreí con amargo escepticismo, porque no es ése el Dios que yo conozco: a mí me deja seguir hundido en el estiércol de la pobreza, y creo que es así como voy a morir; por eso no he vuelto a pisar la sinagoga ni el templo, ni creo que haya nadie capaz de hacerme retornar a ellos. Una tarde, oí revuelo en la Puerta Hermosa: había llegado a Jerusalén el rabí de Galilea que estaba dando tanto que hablar. Lleno de curiosidad, me mezclé con la multitud para ver cómo era y qué decía, y me senté entre los que escuchaban la historia que estaba contando: -“Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso celebrar un banquete de bodas para su hijo, y envió a sus servidores a convidar a los invitados…”  (Como siempre, pensé yo. Otro que nos va a repetir la misma cantinela de que Dios premia ya en esta vida a los buenos colmándolos de agasajos y riquezas y deja en la cuneta a los pobres diablos como yo, llenos de pecados y miserias). Pero el cuento que él contaba empezó a interesarme cuando oí que la gente importante que había sido invitada (fariseos, escribas, sacerdotes y gente de dinero sin duda), se negaban a participar en el banquete y ponían pretextos para acudir. Y el anfitrión se encontró con la cena preparada y el comedor vacío. (¿Qué hará ahora el rey?, me pregunté. Seguramente aplazará el convite mientras convence a los invitados para que asistan. Suspiré con envidia y de nuevo me asaltó la rebeldía: ¿por qué mientras a unos les sobraba, otros pasábamos hambre? ¿Por qué más fiestas y banquetes para los que ya estaban saciados…?)

Volví a prestar atención a la historia, y me quedé sorprendido ante el desenlace: el rey decidió sustituir a los convidados ausentes por los desconocidos de la calle, y envió a sus servidores a las plazas y calles de la ciudad para que trajeran al banquete a pobres, lisiados, ciegos y cojos. Salieron los siervos a las encrucijadas de los caminos y veredas, reunieron a cuantos encontraron y la sala quedó llena de convidados. Y comenzó la mejor fiesta que el dueño hubiera podido soñar. En un sector de la multitud hubo un rumor de protesta, y muchos se levantaron del corro y se fueron indignados: eran fariseos que siempre proclamaban convencidos que eran ellos los primeros invitados al banquete del Reino, y que los demás no tendríamos derecho ni a las migas que cayeran de la mesa. Estaban indignados de que los invitados definitivos fueran gente de las encrucijadas de los caminos, y no les faltaba razón porque, de todos es sabido, el tipo de gente que deambulamos por esos lugares… Oí a uno decir: – “A este hombre habría que denunciarle y pararle los pies: su doctrina es peligrosa y contradice claramente lo que sabemos por la Ley…”

Solo nos quedamos con él un pequeño grupo, entre los que reconocí a los que pedían limosna conmigo, a algún ladronzuelo del mercado, y a los que cada noche se arrimaban como yo a la muralla, buscando protección del relente de la noche. Quizá se habían sentido también aludidos por la parábola, y estaban tan sorprendidos como yo al saberse destinatarios, al menos imaginarios, del banquete de un rey. Jesús siguió hablando, ahora más relajado porque sólo le rodeábamos hombres y mujeres sin importancia, gente de los caminos, sin más posesiones que la túnica vieja y el par de sandalias que llevábamos puestas, y quizá con sólo un mendrugo de pan en la alforja.

A medida que le escuchaba, algo iba cambiando dentro de mí, como si aquellas palabras me enderezaran y tuvieran el poder de devolverme mi dignidad. Todo lo que yo creía que era valioso y que daba categoría e importancia a un hombre: el dinero, la fama, el poder, la ciencia…, aparecía de pronto hueco y sin brillo, y Jesús nos lo hacía ver con la misma facilidad con que hasta el más ignorante sabe descubrir si una calabaza está vacía o un árbol sin savia.

-“Dios no le da importancia a nada de eso”, decía, – “es el corazón lo que cuenta para él, y la verdadera dicha está en que vuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos. Porque el Padre se revela a los que son humildes, los sienta a su mesa y les confía sus secretos…” Y yo me iba sintiendo libre, humano, digno, como el hombre abatido del salmo, alzado de la basura e invitado a sentarse entre príncipes.

Había anochecido y los hombres y mujeres que acompañaban a Jesús trajeron panes y aceitunas, y los repartieron entre todos. También nosotros sacamos las provisiones que llevábamos en nuestros zurrones y lo compartimos todo. Era un extraño festín con unos extraños invitados. Pero aquel anochecer al raso, mientras salían las primeras estrellas, los que rodeábamos a Jesús nos sabíamos huéspedes de un rey.

Un  rey sentado entre nosotros, que llevaba unas sandalias tan polvorientas como las nuestras, dormía también a la intemperie y, cuando hablaba, tenía el acento inconfundible de los campesinos de Galilea.


Dios no se desanima:
¡quiere a todos en su banquete!
Romeo Ballan, mccj

Hoy la invitación es para un banquete de bodas, para una fiesta, para la vida; ¡no solo para trabajar en la viña! De la viña del Señor al banquete de los pueblos: después de tres domingos con el tema del trabajo en la viña, hoy el mensaje de las lecturas bíblicas está centrado en el banquete de la vida, al que Dios invita a todos los pueblos. Este proyecto del Padre aparece ya en el Primer Testamento, desde la creación, en la que Dios prepara un jardín para sus hijos e hijas. El profeta Isaías (I lectura), con lenguaje apocalíptico proyectado al futuro, habla de un banquete para todos los pueblos: “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera” (v. 6). ¡Humillación, muerte, lágrimas, esclavitud… serán cosas del pasado! ¿Se trata solo de un sueño, una ilusión? ¡No! Es el proyecto del Padre de la vida, para con todas las naciones (v. 7), que se va realizando gradualmente en el camino hacia el Reino definitivo. Por tanto, es preciso celebrar y gozar con la salvación que viene de Dios (v. 9). Aun en medio de las tribulaciones, junto con Él, que es el Pastor bueno, nada nos falta: Él nos asegura el alimento y el agua, prepara una mesa abundante para todos (Salmo).

El icono del banquete es muy querido y familiar en las acciones y enseñanzas de Jesús. Él sabe ayunar y llevar una vida austera, pero le gusta también estar con la gente y hacer fiesta. Estrena sus signos en un festín de bodas en Caná; acepta los banquetes ofrecidos por Mateo y Zaqueo, por Simón el leproso y por el amigo Lázaro; luego vienen las multiplicaciones de los panes, la última cena, la mesa de Emaús, el desayuno a orillas del lago; las enseñanzas sobre los asientos a la mesa, el ayuno, la vigilancia de las doncellas para entrar a la fiesta de boda, y otras como la parábola de hoy del banquete de boda por el hijo del rey (Evangelio).

El icono del banquete (imagen y realidad) subraya el proyecto del Padre para la vida del mundo. Su invitación no es solo a trabajar en la viña (ver las parábolas de los domingos anteriores), sino a entrar con gozo en el banquete de boda del Hijo: es decir, ser hijos e hijas en el Hijo, hermanos y hermanas por el bautismo; participar en el banquete de la Eucaristía; tomar parte activa en el proyecto del Reino y llevar esta bella noticia a otros en un compartir misionero. Todo esto, antes de ser un compromiso, es un don, una dignidad, una fiesta. Ser cristianos, discípulos y misioneros del Evangelioes mucho más que una tarea o una disciplina: es motivo de gozo y de esperanza, es un servicio al Reino, es vida.

La fiesta está preparada (v. 8): el Hijo ha venido, está presente. Este plan salvífico de Dios es para todos los pueblos. Su Reino tiene dimensiones universales, sin restricciones, como se deduce de la parábola: el Padre invita a todos, quiere que la casa se llene con todos sus hijos e hijas, “malos y buenos”, recogidos de todos los caminos del mundo (v. 9-10). Dios ‘invita’ al banquete de bodas, pero nos deja libres de decir sí o no: nos toca a nosotros tomar una decisión de responsabilidad; de ella depende nuestra felicidad. Dios es sensible al rechazo de los primeros invitados, pero no renuncia. “El plan de Dios no se suspende, la invitación queda en pie, resuena incluso con mayor intensidad por esos extraños personajes que ningún judío hubiera aceptado que accedieran a su mesa purificada y ritualmente perfecta. Es el mundo de los pobres, de los sufridos, marginados dispersos por los caminos del mundo. A la arrogante autosuficiencia de los que se consideraban propietarios de la elección y de la salvación… sucede la nueva comunidad de las Bienaventuranzas” (G. Ravasi). Dios no se deja vencer por nuestros rechazos: en su ‘fantasía’ busca siempre nuevos caminos.

Para formar parte de la comunidad de las Bienaventuranzas, se necesita, sin embargo, el traje de fiesta (v. 12). Una exigencia que parece contrastar con la amplitud y la prisa de esa convocatoria general… Podría tratarse de otra parábola de Jesús para un contexto diferente. En todo caso, el mensaje es coherente con la libertad personal y la disponibilidad de cada uno ante la llamada de Dios. Para entrar a la fiesta será necesario vestir “el traje de bodas” (v. 11-12): no se trata de un distintivo exterior sino interior. Son condiciones irrenunciables: despojarse del hombre viejo, renovar el espíritu y revestirse del Hombre Nuevo (Ef 4,22-24), según la exhortación de San Pablo (II lectura), el cual se fía totalmente de Dios: “todo lo puedo en aquel que me da la fuerza” (v. 13).

El traje de fiesta es Cristo, Él es el hombre nuevo: “Revístanse del Señor Jesucristo”, insiste Pablo (Rom 13,14). S. Gregorio Magno comenta: “La caridad es el traje de fiesta, porque nuestro Redentor la revistió cuando vino para unir en sí como esposa a su Iglesia. Es el amor de Dios que movió al Hijo a reunir en torno a sí a los elegidos”. Es un mensaje que ilumina el compromiso de todo cristiano y de cada comunidad para este octubre misionero. Somos nosotros los servidores, que el Padre envía hoy por los caminos del mundo para anunciar el Evangelio de Jesús, para que todos los miembros de la familia humana se conviertan en comensales en el banquete de la vida nueva, en Cristo. Los cristianos somos “bautizados-enviados”, llamados a ser misioneros: es decir, “tejedores de fraternidad”, contentos de ser anillos de la cadena de transmisión del Evangelio.