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I Domingo de Cuaresma. Año A

En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. Jesús le respondió: Está escrito: no sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Entonces el díablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna. Jesús le contestó: también está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: Te daré todo esto, si te postras y me adoras. Pero Jesús le replicó: Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios y a Él solo servirás.

Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle”.

(Mateo 4, 1-11)


Si tú eres el Hijo de Dios
P. Enrique Sanchez G., mccj

Aquí estamos, una vez más, al inicio de la Cuaresma. Cuarenta días que nos irán preparando a la celebración de la Pascua, de la resurrección del Señor.

Será un tiempo que nos invita a hacer un alto, nuevamente, en nuestras vidas para preguntarnos ¿hasta dónde hemos llegado en nuestra experiencia de vida cristiana? Será un tiempo para entrar en nosotros mismos y descubrir qué es lo verdaderamente importante, lo esencial de nuestro caminar, para reafirmar lo que nos ha ayudado a crecer y también para tratar de liberarnos de todo aquello que se ha convertido en un peso muerto que cargamos con fatiga y no nos deja avanzar.

Ya en este primer domingo de cuaresma se nos marca una ruta y se nos invita a entrar en el camino fijando nuestra mirada en Jesús que inicia el viaje que lo llevará hasta la cima del calvario y lo hará pasar por los abismos de la tumba para salir vencedor de la muerte, resucitado, fuente de luz y de vida para todos los que tengamos el coraje de acompañarlo hasta el final.

En estos primeros pasos de Jesús, lo vemos dirigirse al desierto, al lugar en donde no existe nada en lo que se pueda uno refugiar, en donde se experimenta la fragilidad y la pobreza humana, que se revela tan necesitada y dependiente de todo y especialmente de los demás.

Ahí es el lugar de la soledad, en donde no se puede escapar de uno mismo, en donde estamos obligados a no mentirnos, a no engañarnos, pues estamos sólo nosotros y nuestra verdad; es decir, aquello sobre lo que fundamos nuestra existencia y lo que le da sentido a lo que va siendo la historia de nuestras vidas.

Jesús va al desierto movido por el Espíritu y esa presencia será lo que le permita no perder el rumbo; será la fuerza que le dará la sabiduría para no dejarse vencer en el momento en que la tentación será fuerte, astuta y maligna.

El Espíritu está ahí, cuando la humanidad de Jesús sentirá su flaqueza y cuando las seducciones del maligno se presentarán fascinantes, pero ilusorias.

El Espíritu será el que irá poniendo en su boca la palabra justa para responder al mal sin dejarse confundir y sin dejarse seducir con propuestas fáciles, pero tramposas; será el momento de abrir el corazón para mostrar en quién tiene puesta toda su confianza.

Será el momento indicado para compartir su extraordinaria experiencia de confianza y de abandono en Aquel que lo convirtió en misionero, en enviado que le da un rostro al amor que Dios nos tiene.

Jesús fue al desierto y ahí fue tentado. En primer lugar siente en su cuerpo la necesidad del alimento que permite subsistir día a día, siente la necesidad muy humana de satisfacer sus necesidades inmediatas, siente hambre.

Pero, en esta situación es en donde descubre, para sí y para todos los que llegarán a ser discípulos suyos, que hay algo más que satisfacer el vientre.

Que  no  basta  con  llenarse  el  estómago,  que  no  es  suficiente  para  satisfacer  las ambiciones humanas; que no basta con llenarse de riquezas que no son más que las ambiciones tan terrenas y pasajeras.

Al sentir hambre, Jesús nos recuerda que hay algo más allá de las cosas, de las satisfacciones de aquello que se hará presente cada mañana. Nos enseña que no es suficiente llenar el vientre, si el corazón permanece vacío, cuando nos contentamos con quedarnos al nivel de lo terrenal.

Jesús nos recuerda que el hambre que se satisface, para poder vivir verdaderamente, es la que permite reconocer a Dios como al único que puede llenar todos los espacios de la vida y del corazón; pues, lo que realmente nutre lo más valioso de nuestro ser humanos, es lo que el espíritu anhela: a Dios como su todo y como su padre.

Si tú eres Dios, dice nuevamente el tentador a Jesús, pon a prueba a Dios para ver si realmente te responde, para ver si cumple con todo lo que te ha prometido; que te lo demuestre con algo que se pueda verificar con nuestros criterios.

¿Cuántas veces, también nosotros, nos sentimos en la misma situación? Queremos que Dios actúe obedeciendo a nuestros caprichos, a nuestras urgencias, a nuestra necesidad de mantener el control sobre todo lo que nos pasa en la vida.

¿Cuántas veces le ponemos condiciones a Dios, para después decirle que sí creemos en él? O ¿cuántas veces nos alejamos de nuestras comunidades considerando que ahí se va sólo a perder el tiempo? Nos convertimos en creyentes sociales u ocasionales que se acercan a Dios sólo cuando hay un evento al cual no podemos dejar de estar presentes por temor a ser criticados o simplemente para evitar el qué dirán si no cumplimos con la formalidad de la ocasión.

Pero Jesús no cae en la trampa y con mucha sencillez responde que a Dios no hace falta desafiarlo, no tiene por qué demostrar nada y antes de que le pidamos pruebas, él ya se encargo de darnos lo que realmente necesitamos.

Dios, mejor que nadie, sabe lo que nos sobra y lo que nos falta en la vida, y si hay alguien que está al pendiente de nosotros es justamente él. Dios conoce las necesidades de sus hijos antes de que se las pidan (Mateo, 6, 8) y siempre está dispuesto a otorgar lo que nos conviene.

Por eso Jesús no tiene dificultad en decir: ya está escrito que no es necesario tentar a Dios y mucho menos dudar de su generosidad y de su bondad para quienes ama.

Afrontando esta segunda tentación, el Señor nos enseña la importancia de la fe y de la confianza que estamos llamados a poner en práctica cada dı́a.

Vivir con la certeza de que Dios va guiando nuestros pasos y que estamos en sus manos es algo que llena de esperanza y que permite contemplar el futuro con confianza y sin necesidad de vivir en la angustia de querer saber lo que nos espera en un mañana que Dios ya ha preparado para nosotros.

Finalmente, en la tercera tentación vemos a Jesús en la cima del monte, podríamos decir por encima del mundo, y el tentador lo provoca con algo que está  muy  presente también en nuestra realidad humana: la tentación del poder.

Quién más o quién menos, pero todos estamos tentados por el poder. Nos gusta estar por encima de los demás, dar órdenes, tener personas que nos sirvan, sentirnos el centro de todo.

Queremos que nuestra palabra sea escuchada, atendida, respetada, acatada y obedecida. No nos gusta ser cuestionados y mucho menos contradecidos. Nadie debería estar por encima de nosotros.

Tener poder, por pequeño que sea, nos hace creer que contamos y valemos más que los demás y que, por lo tanto, tenemos derecho a estar en medio de todos nuestros semejantes, considerándonos como puntos de referencia y con autoridad para mandar.

Y la respuesta de Jesús, en su sencillez, nos descubre que la verdadera grandeza y el único poder que realmente valen la pena está en la capacidad de ser agradecidos y capaces de ponerse al servicio de los demás.

El poder para los cristianos no se ejerce desde los tronos y no se impone con actitudes de fuerza y de violencia. El poder en la Iglesia, decía el Papa Francisco, es sinónimo de servicio.

Somos grandes y poderosos sólo cuando aprendemos a ponernos al nivel de quienes en la vida les toca ocupar el lugar más sencillo; seremos grandes cuando aprendamos a sentir que no tenemos derecho a exigir nada en la vida, porque todo se nos dará como don.

Podremos acumular todos los tesoros del mundo, pero si nos falta Dios en nuestras vidas seguramente pasaremos al lado de lo más importante que pudo existir para nosotros en este mundo.

Tener a Dios con nosotros es todo, y teniéndolo a él, como decía santa Teresa de Avila, nada nos falta.

Tal vez sea conveniente dejar que el Espíritu nos lleve al desierto, también a nosotros en esta cuaresma que iniciamos y que no tengamos miedo a confrontarnos con nuestras tentaciones, tan frecuentes y ordinarias.

A lo mejor serı́a conveniente preguntarnos:

¿Qué es lo que me preocupa y me quita el sueño? ¿Vivo sólo para satisfacer el estomago?

¿Vivo de fe, poniendo a Dios en el centro, como el referente y la fuente de inspiración que me motiva a caminar con confianza, sabiendo que estoy en sus manos?

¿Me afana el deseo de controlar todo en mi vida, de tener el poder para sentirme con derecho a estar por encima de los demás?

¿Me preocupo por hacer crecer en mi interior los valores de la gratitud, del reconocimiento de la bondad de Dios en mi vida y de la necesidad del servicio gratuito a los demás, por amor a Dios?

¿Hacia dónde quisiera que el Señor me llevará durante esta cuaresma?

Que el Espı́ritu Santo nos lleve de la mano a donde realmente nos convenga.


Nuestra gran tentación
José Antonio Pagola

La escena de “las tentaciones de Jesús” es un relato que no hemos de interpretar ligeramente. Las tentaciones que se nos describen no son propiamente de orden moral. El relato nos está advirtiendo de que podemos arruinar nuestra vida, si nos desviamos del camino que sigue Jesús.

La primera tentación es de importancia decisiva, pues puede pervertir y corromper nuestra vida de raíz. Aparentemente, a Jesús se le ofrece algo bien inocente y bueno: poner a Dios al servicio de su hambre. “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.

Sin embargo, Jesús reacciona de manera rápida y sorprendente: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de boca de Dios”. No hará de su propio pan un absoluto. No pondrá a Dios al servicio de su propio interés, olvidando el proyecto del Padre. Siempre buscará primero el reino de Dios y su justicia. En todo momento escuchará su Palabra.

Nuestra necesidades no quedan satisfechas solo con tener asegurado nuestro pan. El ser humano necesita y anhela mucho más. Incluso, para rescatar del hambre y la miseria a quienes no tienen pan, hemos de escuchar a Dios, nuestro Padre, y despertar en nuestra conciencia el hambre de justicia, la compasión y la solidaridad.

Nuestra gran tentación es hoy convertirlo todo en pan. Reducir cada vez más el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos; hacer de la obsesión por un bienestar siempre mayor o del consumismo indiscriminado y sin límites el ideal casi único de nuestras vidas.

Nos engañamos si pensamos que ese es el camino a seguir hacia el progreso y la liberación. ¿No estamos viendo que una sociedad que arrastra a las personas hacia el consumismo sin límites y hacia la autosatisfacción, no hace sino generar vacío y sinsentido en las personas, y egoísmo, insolidaridad e irresponsabilidad en la convivencia?

¿Por qué nos estremecemos de que vaya aumentando de manera trágica el número de personas que se suicidan cada día? ¿Por qué seguimos encerrados en nuestro falso bienestar, levantando barreras cada vez más inhumanas para que los hambrientos no entren en nuestros países, no lleguen hasta nuestras residencias ni llamen a nuestra puerta?

La llamada de Jesús nos puede ayudar a tomar más conciencia de que no sólo de bienestar vive el hombre. El ser humano necesita también cultivar el espíritu, conocer el amor y la amistad, desarrollar la solidaridad con los que sufren, escuchar su conciencia con responsabilidad, abrirse al Misterio último de la vida con esperanza.

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“No tentarás al Señor tu Dios”
Fray Vicente Niño Orti O.P.

“Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”

El relato del pecado original, como todo relato mítico, recoge una profunda verdad: que la tentación es siempre un engaño. Nos promete plenitud, felicidad, sentido, verdad… y es una inmensa mentira.

Si caemos en ella, descubrimos que ese engaño nos lleva a todo lo contrario: al sufrimiento, el miedo, a perdernos a nosotros mismos. A perder no sólo la paz, sino todo lo que nos une a los demás y a nosotros mismos. A perder nuestra identidad. A perder a Dios.

Y toda tentación, todo pecado, viene de la misma clave: del engaño de que sin Dios seríamos más plenos. De no fiarnos de Él, de dudar de que sus planes para nuestra vida son los que realmente nos harían plenos, felices, llenos de vida. Por no fiarnos de Dios, por dudar de sus mandatos, lo perdemos todo. En pos de una quimera, caemos en el engaño. Perdiendo a Dios, perdemos lo que somos, para no ganar nada…

“…por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos”

Pero Dios no abandona al ser humano a merced de ese pecado. Toda la historia de la Salvación es un acercarse constante de Dios al ser humano para devolverle su identidad perdida. Para recordarle cómo vivir en plenitud desde la justicia y el amor, desde el perdón y la entrega.

Una historia de salvación la historia de la humanidad, que culmina en la encarnación del Hijo de Dios en Cristo, y de su entrega por amor hasta la muerte por el género humano, para acabar con esa huella de mal y de pecado del corazón del hombre, para reconciliarlo cada vez que sucumbe al engaño.

Eso dice Pablo en este pasaje de Romanos. Como por Adán entró el pecado –en el relato mítico escuchado en Génesis- por Jesús y su entrega de amor, llegó el perdón. La desobediencia de Adán y la obediencia de Cristo, la desconfianza del primer hombre, y la entrega absoluta y confiada de Jesús de Nazaret, verdadero Dios, pero también verdadero hombre.

“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado”

La central declaración de nuestra fe es ésa: la condición de verdadero Dios y verdadero Hombre, en todo menos en el pecado, de Jesús de Nazaret.

Eso quiere decir que como verdadero hombre, aunque Él no cayó en la tentación, sí que fue tentado con las mismas tentaciones que cualquier hombre.

Este pasaje de Mateo nos habla de tres tentaciones, que recogen casi todas las tentaciones que el ser humano puede vivir. Son como las tres claves que subyacen a cualquier pecado humano: tener, parecer y poder.

“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”

Aquí nos habla de la tentación de tener en todo su más amplio espectro. La tentación de creer que las cosas saciarán nuestra hambre profunda de vida y de sentido, que consumiendo, cubriendo nuestras apetencias materiales, ya estaría la vida llena…

Olvidarnos de que el hombre vive de más cosas que sólo de tener, alejarnos de Dios tal cual nos hizo, con ese deseo profundo de Él y de amor, para pensar que las cosas materiales llenarán nuestra vida.

Renunciar a Dios como fuente de plenitud, para caer en la tentación de que lo que realmente nos haría felices no es Dios, sino tener, acumular, la comodidad, el placer… como este nuestro mundo constantemente nos dice.

“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo y te sostendrán en sus manos sus ángeles”.

La tentación del parecer, del ser reconocido, del ser importante, de que nos quieran y nos valoren, de ponernos a nosotros mismos en el centro. El diablo le sube al alero del templo a Jesús para que todos puedan verlo y se asombren y lo adoren…

Y nos habla también de nuestros propios pecados. De hacer lo que sea para parecer importante, para que nos adulen, para que nos valoren, seamos considerados, seamos importantes…

Y olvidarnos de la humildad, de que lo pequeño es lo que llena el corazón del ser humano. Que no es en nosotros mismos donde hay que poner el foco, que cuanto más nos olvidemos de nosotros y más vivamos en don, en amor y en entrega, más realmente seremos quienes estamos llamados a ser. Olvidar la paradoja central del evangelio, que muriendo a nosotros mismos, es cuando más vivos estaremos. Quitar a Dios del centro para ponernos a nosotros…

“Todo esto te daré, si te postras y me adoras”

La tentación del poder, del dominio, de ejercer control para que el mundo, la vida, las cosas marchen y funcionen y se organicen como uno cree.

La tentación del tener razón siempre y que los demás nos hagan caso en todo. La tentación de ser dioses que ordenen la existencia según nuestros propios criterios.

La tentación de no aceptar que con otros, con sus propias ideas y criterios, se vive mejor. No aceptar ni la pluralidad, ni que hay una realidad creada por Dios de la mejor manera posible. Del individualismo salvaje de ser uno mismo lo más importante que existe y quien realmente sabe cómo todo iría mejor…

Olvidarnos que Dios es la realidad que mejor nos enseña cómo vivir en este mundo, para vivir según nuestros antojos

“He aquí que se acercaron los ángeles y lo servían”

Igual a todos los hombres fue Jesús en todo, menos en el pecado. No sucumbe al engaño, a la tentación, no olvida a Dios, y nos recuerda a quienes hoy escuchamos sus respuestas a cada tentación –No solo de pan vive el hombre; No tentarás al Señor, tu Dios; Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto– que la verdad frente al engaño y la mentira de la tentación, es que solo Dios puede dar la plenitud al ser humano.

Sólo la realidad de acoger y abrirnos a cómo nos ha hecho Dios, a cómo está hecho el mundo, solo aceptar éso, sólo buscar a Dios y su mensaje de cómo vivir desde el amor, es lo que puede llenar el corazón del hombre.

dominicos.org

Cuaresma, Ramadán… Tiempo de ayuno, tiempo de desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Como Jesús, también nosotras fuimos conducidas al desierto, al mismo desierto de Judea.

Nos esperaban. Sin maquillaje, con ojos cansados, labios resecos y manos agrietadas. Las mujeres beduinas —que suelen llegar con vestidos vivos y un delicado toque que realza la dignidad de sus rostros— hoy estaban distintas. Es el primer día de Ramadán y el ayuno ya se siente: nada de comida ni agua desde el alba hasta el ocaso.

El Ramadán transforma el ritmo de estas tierras. Antes del amanecer, las familias comparten el suhoor; luego el día se vuelve lento y silencioso. Hacia la tarde el cansancio se hace visible y muchos regresan con prisa para preparar el iftar. El hambre revela la fragilidad humana. Al caer el sol, la oración abre el momento sagrado de romper el ayuno con agua y dátiles.

En el desierto de Judea, entre mantas gastadas y láminas de zinc que crujen al viento, el ayuno es más austero. Vulnerables, sin servicios básicos, el sacrificio es concreto y cotidiano.

Coinciden las fechas: comienza el Ramadán y la Iglesia inicia la Cuaresma. “¿Ayunan ustedes?”, preguntan incluso los niños. Amir, beduino de siete años, ya ayuna. “Su espíritu se fortalecerá”, afirma su madre con la firmeza de quien ha aprendido a resistir.

Pronto emerge lo más doloroso: una situación agravada, una incertidumbre que pesa más que el hambre. Nuestra presencia se vuelve encuentro, espacio para compartir lo que nos une y reconocemos como sagrado. Caminos distintos, una misma sed, un solo Dios. El Espíritu conduce al desierto. En su inmensidad, la necesidad de lo divino se hace más honda. Dios habita también la intemperie.

Quizás el desierto no sea el lugar donde todo falta, sino ámbito de discernimiento. La aridez enseña a custodiar lo esencial, lo nuevo y lo santo; a abrir espacio para que su Palabra desenmascare engaños y sostenga la virtud.

El Espíritu nos conduce al desierto para que el ayuno no sea solo privación, sino fortaleza y solidaridad; para que la oración sea escucha y tu vida y la mía se vuelvan presencia cercana y consuelo para quien clama a Dios compasión y misericordia. Por eso, como a Jesús, el Espíritu sigue llevándonos al desierto.

Mensaje del papa para la Cuaresma

Escuchar y ayunar.
La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». [1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». [2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

vatican.va

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[1] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.
[2] S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.
[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).
[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).

VI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: no crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas ahí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
También han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio y el que se casa con una divorciada comete adulterio.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es en donde Él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.
Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.

(Mateo 5, 17-37)


Han oído lo que se dijo;
Pero yo les digo
P. Enrique Sánchez G., mccj

La reflexión del evangelio de este sexto domingo del tiempo ordinario, ya muy cercanos al tiempo de cuaresma que iniciaremos en unos cuantos días, pone en el centro de nuestra atención el tema de la ley que había guiado por mucho tiempo al pueblo de Israel y la nueva ley que Jesús viene a establecer como camino seguro para encontrarse con Dios.

Jesús empieza por decir que él no ha venido a abolir la ley y los profetas, no ha venido a cambiar las leyes que Dios sabiamente había dado a su pueblo; por el contrario, el ha venido para que la ley sea cumplida hasta en los más pequeños detalles, porque en sí misma sigue siendo un instrumento válido en las manos de Dios para conducir a su pueblo hacia la tierra de salvación.

¿Qué había pasado con la ley en tiempos de Jesús y posiblemente desde hacía mucho tiempo antes?

Tal parece que, poco a poco, en una manera equivocada de interpretar y de aplicar la ley, se había llegado a hacer de ella un instrumento de esclavitud y de manipulación, convirtiéndola en un peso imposible de llevar sobre sí y en un instrumento muy difícil de cumplir.

Basta recordar que una persona para considerarse justa o santa, diríamos nosotros hoy, tenía que observar 622 leyes habitualmente. Por ello ni la persona más perfecta podía presumir de ser un justo, pues se decía que el justo pecaba al menos siete veces al día.

Jesús nos dice en esta página del Evangelio que, contrariamente a lo que hacían los escribas y fariseos, quienes eran considerados los mejores conocedores e interpretes de la ley, él no había venido para manipular la ley a su conveniencia, sino a cumplirla, como garantía para entrar en el Reino de los cielos.

Cumplir la ley era darle un orden a la vida que permitía orientarla hacia Dios y vivir según los valores que Dios había establecido como garantía para que nadie se perdiera en el camino, dejándose engañar por otras propuestas que podían esclavizar el corazón humano.

En nuestros tiempos seguramente no nos resulta difícil entender lo que Jesús nos propone, pues nos damos cuenta de que el uso que hacemos de nuestras leyes, muchas veces es igual a lo que hacían en tiempos de Jesús.

Hoy decimos bromeando, pero creyendo en el fondo, que las leyes se hacen para no cumplirlas o para transgredirlas y eso lo vemos reflejado en tantas situaciones de corrupción en los lugares en donde se tendría que aplicar la ley sin hacer distinciones y de la misma manera en todas las circunstancias, cuando es violada.

Si las leyes son buenas y las hemos aceptado como instrumentos que pueden garantizar la armonía y la buena convivencia entre las personas, no tendríamos derecho a hacer mal uso de ellas.

Y Jesús se da el tiempo para mostrar cómo la ley tiene por finalidad crear una realidad en donde todos podamos convivir y compartir la vida reconociéndonos dependientes los unos de los otros, necesarios y corresponsables en la aventura de disfrutar de la existencia en comunión con los demás.

Jesús sabe perfectamente que, como personas, somos frágiles y muchas veces expuestos a fallar y a caer en situaciones que no nos convienen y ahí hace notar cómo la ley puede ser algo que nos ayude a reconstruir lo que se ha roto o lo que se ha dañado.

De lo que se trata no es simplemente de cumplir y de observar leyes y preceptos, sino de ir más lejos descubriendo que estamos hechos para ser felices haciendo felices a los demás.

No es cuestión solamente de no matar, como dice la ley, sino de respetar la vida reconociéndola como un don sagrado que Dios ha depositado en el corazón del hermano que tenemos a nuestro lado.

Y si nos olvidamos de la importancia de ese mandamiento el riesgo será que podríamos acabar haciendo de nuestra existencia un infierno en donde no soportamos estar en paz, en donde el egoísmo nos hace creer que tenemos derecho a imponernos sobre los demás y en donde acabamos por convertir a nuestros hermanos en objetos que podemos utilizar a nuestro antojo.

Por eso Jesús invita a la reconciliación, a no dejarnos envenenar el corazón por todo aquello que contradice las leyes fundamentales de la vida como son el respeto, el reconocimiento, el aprecio y el cariño por quienes Dios va poniendo en nuestro camino.

En lo nuevo que Jesús enseña, retomando lo que la ley decía, se mencionan leyes que tienen una importancia moral y que se refieren a estilos de vida que tienen muy en cuenta la fragilidad humana.

El adulterio, el divorcio, el jurar en falso son temas que no ignoran lo expuestos que podemos estar a caer en situaciones que producen un gran sufrimiento en el corazón de quienes buscan vivir auténticamente su compromiso de fe, y diríamos nosotros su compromiso cristiano.

En estos casos, más que quedarnos en los juicios que podríamos hacer, Jesús nos hace entender el valor de la ley como algo que viene al encuentro de aquello en lo que deberíamos estar vigilantes para que en la debilidad y el límite humano pueda resplandecer siempre la ley de la misericordia.

La antigua ley que estaba inscrita en tablas de piedra, ahora Jesús la escribe en corazones de carne para que deje de ser una ley fría y se convierta en una fuente de amor que nos lleve a vivir de tal manera que nuestro ser y nuestro quehacer sean expresiones de la única ley que Dios ha querido darnos, la ley del amor.

Una cosa que seguramente no deberíamos de olvidar, sobre todo nosotros que estamos siempre buscando un por qué y un para qué a todas las cosas, es que la finalidad de la ley, tanto la de Moisés y más todavía la de Jesús, tienen como objetivo final cambiar el corazón humano.

No se trata de usar principalmente la ley para enjuiciar a los demás, sino de acogerla para que nos cambie desde dentro, haciéndonos capaces de amar sin límites.

Seguramente nos preguntaremos ¿cuáles son las leyes que están gobernando nuestras vidas? ¿Somos astutos observantes de la ley que hacemos que funcione a nuestra conveniencia? ¿Vivimos nuestra relación a la ley como algo que nos asfixia y nos doblega, como un peso que cae sobre nuestras espaldas, sintiéndola sólo como un elenco de prohibiciones que nos limitan en nuestra libertad?

Las palabras de Jesús en el evangelio que dicen: han oído que se dijo, pero yo les digo.

¿Resuenan en nuestro interior como el anuncio de una ley nueva que nos invita a la libertad y a vivir en plenitud? ¿Nos recordamos con frecuencia que al final de nuestras vidas seremos juzgados por el amor y se nos medirá por el amor que hayamos compartido con los demás?

Que Jesús nos haga entrar en la aventura de su ley y que poniéndola en práctica seamos capaces de ir dando rostro a una humanidad nueva, la humanidad del Reino del Señor que nos juzga con amor.


Hacia el corazón de la Ley
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después de las Bienaventuranzas y de la revelación de nuestra identidad — sal de la tierra y luz del mundo — hoy Jesús entra en el corazón de su misión: dar pleno cumplimiento a la Ley y a los Profetas.

1. Libertad, Ley y Sabiduría

Las lecturas de este domingo giran en torno a tres realidades: libertad, ley y sabiduría.

LIBERTAD (Primera lectura)
«Si quieres guardar sus mandamientos, ellos te guardarán… Él ha puesto delante de ti fuego y agua: extiende tu mano hacia lo que quieras. Ante los hombres están la vida y la muerte, el bien y el mal; a cada uno se le dará lo que prefiera» (Eclesiástico 15,16-21).
En estas palabras fuertes del sabio Sirácida resuenan las de Moisés (cf. Deuteronomio 11,26-28 y 30,15). La Palabra nos coloca ante una encrucijada: fuego o agua, vida o muerte, bien o mal… ¡La elección es nuestra! Es fácil desentendernos de la responsabilidad con la excusa de los condicionamientos sociales o del «todos lo hacen».
La existencia del creyente es un ejercicio constante de libertad. Nuestra vida está determinada por una serie de pequeñas decisiones cotidianas: «Extiende tu mano hacia lo que quieras… a cada uno se le dará lo que prefiera».

LEY (Salmo y Evangelio)
El salmo responsorial forma parte del Salmo 119. Este largo salmo alfabético (176 versículos) es un elogio lleno de estima y afecto hacia la Ley de Dios. Ocho veces el salmista afirma: «Tu ley es mi delicia», ¡una expresión única en el Salterio!
Conviene precisar que la Torá, en hebreo, no significa «ley» en sentido meramente jurídico. La Ley de Moisés — la Torá — es el Pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia, considerados por los judíos como la parte más sagrada de la Escritura. En la práctica, es sinónimo de la Palabra de Dios. Por eso Jesús afirma, al comienzo del Evangelio de hoy, que no ha venido a abolir la Ley o los Profetas, sino a darles pleno cumplimiento.

SABIDURÍA (Segunda lectura)
«Hermanos, entre los perfectos hablamos de sabiduría, pero no de una sabiduría de este mundo ni de los jefes de este mundo, que están destinados a desaparecer. Hablamos, más bien, de la sabiduría de Dios…» (1 Corintios 2,6-10).
La sabiduría divina nos permite saborear el gusto escondido de la Ley. Don del Espíritu Santo, nos sana de las ilusiones de una libertad enferma. La ley puede presentarse como un límite impuesto a nuestra libertad. Todos llevamos dentro la mano rapaz de Eva, que quiere apropiarse de los bienes. La sabiduría nos hace como Salomón, capaces de apreciar y acoger los dones de Dios.

2. La nueva Ley de Jesús

«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento».

Jesús, el Mesías, es quien realmente cumple toda la Ley, la Palabra de Dios. Más aún, él mismo es la Palabra. Pero ¿qué significa «dar pleno cumplimiento»?

El texto contiene una serie de normas que Jesús parece añadir a las ya existentes. Esto podría hacer pensar que el «pleno cumplimiento» consiste en multiplicar los preceptos.

Según el Talmud (uno de los textos sagrados del judaísmo), la Torá contiene 613 preceptos. De ellos, 248 (el número de huesos del cuerpo humano según la tradición rabínica) eran positivos, es decir, obligaciones, y 365 (como los días del año) eran negativos, es decir, prohibiciones. La intención de esta multiplicación era noble: regular la vida según los dictámenes de la Palabra de Dios.

Sin embargo, si reflexionamos bien, no es esta la intención de Jesús. Para dar «pleno cumplimiento», Jesús se mueve en la línea de la radicalización, es decir, hacia la raíz de los mandamientos. Esto se hace explícito en Mateo 22,36-40: «De estos dos mandamientos [amar a Dios y al prójimo] penden toda la Ley y los Profetas». Radicalizar para simplificar. Radicalizar para arrancar la raíz del mal. Radicalizar para devolver la Ley a su corazón: el amor.

3. Algunos ejemplos

Para explicar lo que entiende por cumplimiento, Jesús ofrece seis ejemplos, presentados en forma de antítesis: «Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo…». El Evangelio de hoy nos presenta los cuatro primeros.

  • Jesús parte del quinto mandamiento: «No matarás». Revela la raíz del homicidio: la ira. Y nos recuerda que también se puede matar con las palabras.
  • El segundo y el tercer ejemplo se refieren a la sexualidad, partiendo del sexto mandamiento: «No cometerás adulterio». También aquí Jesús nos impulsa a buscar la raíz del adulterio: en la mirada, en el deseo, en el corazón.
  • La cuarta antítesis se refiere a la palabra en las relaciones entre las personas: «Que vuestro hablar sea: “sí, sí”; “no, no”; lo demás viene del Maligno». Jesús nos pide que no dejemos espacio a la ambigüedad y a la duplicidad, que fácilmente abren la puerta al Maligno.

Conclusión: solo el amor cumple la ley

Vivimos en un mar de leyes. La convivencia lo exige. Nuestra libertad parece cada vez más restringida por normas y reglamentos. Llevamos una vida «pequeña», aparentemente insignificante. No formamos parte del club de los grandes y la historia pronto se olvidará de nosotros.

Y, sin embargo, cada persona es única y, a su manera, está llamada a hacer de su vida una obra maestra. ¿Cómo? Invirtiendo en lo único que permanece para siempre: el amor. Solo el amor cumple la ley y nos hace libres. ¡Y el amor nos hace grandes!

«Si os tocara ser barrenderos, deberíais ir a barrer las calles del mismo modo que Miguel Ángel pintaba sus figuras; deberíais barrer las calles como Händel y Beethoven componían su música. Deberíais barrerlas como Shakespeare escribía su poesía. Deberíais hacerlo tan bien que todos los habitantes del cielo y de la tierra se detuvieran para decir: Aquí vivió un gran barrendero que hizo bien su trabajo» (Martin Luther King).


No a la guerra entre nosotros
José Antonio Pagola

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.
Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

No es este un hecho que se da solo en la convivencia social. Es también un grave problema en la Iglesia actual. El Papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”. Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: “No a la guerra entre nosotros”.

Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

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Pero yo os digo
Inma Eibe, ccv

“Pero yo os digo”… Seguramente algunos de los que escuchaban a Jesús en el monte se escandalizaron al oírle. La Ley, para el pueblo judío, era algo intocable. Es verdad que Jesús predica que no ha venido a abolirla (“¡menos mal!”, pensarían muchos…), pero sí expresa con claridad que desea darle “cumplimiento”, mayor plenitud, mayor significado.

Quienes seguían a Jesús se encontraban ante el dilema de cómo armonizar sus palabras y obras con la Ley. En Jesús hallaban un modo diferente de actuar. Sus acciones y su predicación eran muy distintas a las que, hasta ahora, habían visto y escuchado. En su modo de hablar y de proceder no encontraban la rigidez de la norma, sino la libertad del amor. Eso les atraía. Pero a ellos se les había enseñado una forma concreta de interpretar una Ley que había sido sellada en piedra y que tenía un peso en sus vidas nada fácil de aligerar.

No es algo tan lejano. Hoy podemos sentirnos igualmente identificados con quienes habían perdido el sentido, la capacidad de interpretar la Ley de Dios, es decir, su voluntad. La búsqueda de la voluntad de Dios debe llevarnos no al cumplimiento a rajatabla de unas normas o preceptos, sino a lo más hondo de nuestro ser, a la esencia de lo que somos, a vivir lo que estamos llamado a vivir, a nuestra vocación como seres humanos.

La voluntad de Dios no es nada que se añada a lo que somos, no nos viene de fuera. Está en lo más profundo de nuestro ser. Y ojalá se nos educara siempre para poder atender a ella, escucharla, conocerla… Lo que sucede es que es más fácil dictar unas normas y relajar nuestra conciencia pensando que así “cumplimos con Dios” porque, cuando vamos a lo más hondo, a nuestra llamada más íntima, nos damos cuenta que Dios nos quiere como a hijas e hijos y, por tanto, nos hace hermanos, nos lleva a salir de nosotros mismos, nos pone al servicio de la paz y de la justicia, del cuidado de la Creación, de la atención a quienes más lo necesitan… Nos conduce a buscar la igualdad, a denunciar la exclusión, a alimentar nuestra humanidad… Y todo esto, en lo grande y en lo pequeño, comenzando por el día a día, por las relaciones cotidianas, por aquello que está en nuestra mano y que a veces, por dejación, no realizamos.

Jesús nos dice: “si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Estos hombres eran cumplidores y responsables y, por eso, se creían modelos referenciales ante los demás. Cumplían la ley con escrúpulo pero superficialmente. Sin embargo, la relación con Dios nunca nos deja en la superficie de la realidad, tranquilos y cómodos. La relación con Dios nos lleva siempre más allá, más adentro, más abajo. Por eso dice Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete a reconciliarte con tu hermano”. Para un Dios Padre-Madre, el mayor signo de amor hacia él, es que nosotros nos amemos como hermanos. Si ignoramos a quien está a nuestro lado (no importa los kilómetros de distancia que nos separen) nuestra relación con Dios no está funcionando… aunque queramos pensar que sí.

“Pero yo os digo”… Jesús explica y ayudar a comprender, nos ayuda a ir más a fondo. “No es cuestión de cambiar la Ley”, nos dice, “es cuestión de poner adecuadamente el foco en su sitio. La ley no está por encima del ser humano. La ley se hace para que le sirva en la vida, para que ayude a crecer, para fomentar unas relaciones interpersonales enriquecedoras, para el bien común… Esta es la voluntad de Dios, de mi Padre: que el ser humano viva y viva en plenitud”.

El evangelio de hoy es de una actualidad escandalosa. Estamos construyendo un mundo en el que imperan leyes deshumanizadoras, leyes que no buscan dar plenitud a la vida de las personas, leyes que fomentan la desigualdad, los muros y las fronteras.
Pero somos muchos las y los cristianos a los que hoy se nos da la oportunidad de profundizar en estas palabras de Jesús. Si de verdad nos tomamos el pulso sobre cómo buscamos y vivimos la voluntad de Dios, algo cambiará en nuestro mundo. Ante nosotros está la muerte y la vida, ¿qué escogeremos? (cf. Eclo 15,17) Que el Espíritu, la Ruah Santa, que todo lo penetra (1Cor 2,10), nos ilumine en la elección.

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Continuidad y novedad
Romeo Ballan, mccj

La narración del evangelista Mateo, que habla de monte y da el tono del discurso, presenta a Jesús como legislador, un nuevo Moisés que traza el camino para el pueblo de la nueva alianza. El mensaje de Jesús es unitario y hay que entenderlo en su doble dimensión: de continuidad y de novedad. Jesús dice claramente que no ha venido para abolir la Ley o los Profetas, “sino a dar pleno cumplimiento” (v. 17). Así sabemos que las expresiones “se les dijo” – “pero yo les digo” (v. 21.22) no indican una sustitución o una contraposición de preceptos, sino una continuidad en crecimiento. Jesús no quiere rehacer un código de leyes, sino curarnos en el corazón para vivir de manera nueva la vida moral. Jesús ama, interpreta y vive la Ley, pero su relación con ella no es de tipo legalista, sino vital; no se conforma con un cumplimiento minimalista, exterior o ritual, sino que va al mismo corazón de la Ley, subraya su verdadero mensaje, pone en evidencia su valor más alto y lo expresa en su conducta y en su enseñanza. Esto quiere decir “dar pleno cumplimiento” a la Ley.

Por tanto, Jesús invita a sus discípulos a ir más allá, a superar la conducta de los escribas y de los fariseos (cfr. v. 20). Por ejemplo, el respeto hacia otra persona conllevará una relación global, que no se conforma con el límite extremo expresado en el “no matarás”: será preciso evitar también todo tipo de herida a la dignidad del otro. Cualquier tipo de opresión o explotación del otro es contrario a su dignidad de persona y de hijo de Dios. Enfadarse o insultar a un hermano con las palabras estúpido, loco y semejantes (v. 21.22) son transgresiones de la Ley, porque manifiestan desprecio del otro, cortan la posibilidad de un intercambio y de un encuentro fraterno. San Juan lo dice drásticamente: “El que no ama a su hermano es un homicida” (1Jn 3,15). El que no ama, mata; el asesinato exterior del otro no es sino una consecuencia de haberlo ya eliminado dentro de nosotros.

El mismo criterio de valor superior vale también para el adulterio en su globalidad (v. 27.28). Por tanto, mirar a una mujer (o a un hombre) con una actitud predatoria y con ojos de posesión es faltar a la reciprocidad, significa no considerar a la otra/otro como sujeto con el cual entrar en relación, sino como objeto del cual disponer.

Todo el sermón de Jesús, sobre el monte y en otros lugares, no favorece ciertamente formas religiosas de tipo legalista y ritual; Él nos invita ante todo a curar nuestro corazón; el culto que Él promueve va en la línea del “espíritu y verdad” (cfr. Jn 4,23): un culto que libera interiormente a las personas, las hace crecer en la gratuidad, ayuda a ser adultos y responsables. Porque “la plenitud de la Ley es el amor” (Rom 13,10). Observar y enseñar a los demás la custodia amorosa de la Ley es la gozosa tarea de los auténticos misioneros del Evangelio de Jesús (v. 19). Las Bienaventuranzas no son solo un estilo o un método, sino sobre todo el contenido esencial (cfr. Rmi 91), el corazón del anuncio misionero de la Iglesia.


“Si no sois mejores que los escribas y fariseos,
no entraréis en el reino de los cielos”
Fray Martín Gelabert Ballester, O.P.

Estas palabras de Jesús debieron sorprender y desconcertar a sus oyentes. Jesús les invitaba a ellos, y nos invita a nosotros, a no entender la religión, o sea, la relación con Dios, de forma legalista, como el cumplimiento de una serie de preceptos y, mucho menos, como un cumplimiento de mínimos.

La religión no es una cuestión de medidas. Es una manera de ser, de vivir, de amar.

Jesús nos invita a ir a lo esencial, a lo que ilumina todo lo demás, a aquello sin lo que lo demás no tiene sentido, o se convierte en esclavitud insoportable y letra que mata. Y lo esencial, como dejó escrito el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium (n. 39) es “responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos”.

En el evangelio encontramos una serie de contraposiciones entre “lo que se dijo a los antiguos”, o sea, lo que dice la ley, y lo que dice Jesús. Este “pero yo os digo”, o sea, “por el contrario yo os digo”, debió resultar escandaloso, porque era una manera de reivindicar una autoridad superior a la de la ley recibida en el Antiguo Testamento.

No es cuestión solo de “no matar”, aunque con esto hayamos cumplido la ley; eso, sin olvidar que hay muchas maneras de matar cumpliendo la ley o, al menos, no quebrantándola, por ejemplo, cuando odio en mi corazón a mi hermano. Es cuestión de dar vida y buscar siempre el bien del prójimo, aunque muchas veces lo que el otro hace no nos gusta.

Se trata de adoptar siempre actitudes positivas e incluso de adelantarse y tomar la iniciativa ante la debilidad e incluso la malicia del prójimo, como queda claro en esta palabra de Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Aquí no se dice quién tiene la culpa de que tenga algo contra ti. Quizás la culpa es del hermano, porque te tiene manía, o es un exigente, o un maniático, o siempre está pensando mal. Pues bien, aunque la culpa sea del hermano, tú debes buscar la reconciliación, sin esperar que él cambie o te pida primero perdón.

“Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no”

En el evangelio queda claro que Jesús nos invita a tomar la defensa de los débiles. Es el caso del repudio a la mujer o del divorcio. En tiempos de Jesús solo el varón tenía ese derecho; la mujer no tenía ningún derecho. El evangelio nos hace caer en la cuenta de que la mujer es igual al varón, con los mismos derechos y deberes.

Por otra parte, el matrimonio no se reduce a relaciones sexuales, sino a una relación de igualdad en el respeto mutuo, en la ayuda mutua, en la defensa mutua, sobre todo en la defensa del más débil; y en aquella sociedad el débil era la mujer, el niño, el huérfano, la viuda. El divorcio es un atentado contra el amor y, en todo caso, si se hiciera necesaria una separación porque el amor ha muerto, el mismo derecho tienen el varón y la mujer.

Dígase lo mismo a propósito del juramento. En cierto modo también es un atentado contra el amor. Allí donde hay relaciones sanas, donde hay fraternidad, donde hay capacidad de perdón, donde hay confianza mutua no es necesario ningún juramento. El juramento indica desconfianza, miedo a que el otro mienta. La lealtad debe regir las relaciones humanas.

Desgraciadamente, hoy el legalismo sigue presente en muchas partes. Fingir virtud o devoción es una tentación que acecha al hombre religioso. La expresión: “yo no mato, ni robo, ni hago mal a nadie”, demuestra que no se ha entendido el evangelio. Pues no se trata solo de no robar, sino de compartir generosamente.

Dígase lo mismo de la supuesta defensa de la ortodoxia, que hoy tiene muchos adeptos. Una ortodoxia, un conocimiento del catecismo sin misericordia, es una mala ortodoxia. Los piropos a la Virgen sin colmar de bienes a los hambrientos son ofensivos. En suma, lo más perfecto para Jesús no es lo que se atiene a las prescripciones legales, sino lo que renueva la vida, lo que la llena de felicidad, en definitiva, el amor. El amor crea y no destruye, cura y no hiere, comparte y no acapara, comprende y no juzga, perdona y no condena.

dominicos.org

Unión de enfermos misioneros. Ser misioneros desde la enfermedad

Todos  hemos escuchado muchas veces que  somos misioneros desde nuestro bautismo. Cuando nuestro Señor nos dijo: «Vayan  al  mundo entero y  prediquen el  Evangelio a toda creatura», estaba dándonos una responsabilidad. Todos somos enviados a llevar el Evangelio «a toda creatura», no sólo a los que están cerca. Por tanto, soy responsable de que el anuncio del Evangelio llegue a todos los continentes: Oceanía, Asia, África, América y Europa. Todos somos misioneros y desde nuestra condición debemos comprometernos con el anuncio del Evangelio. Ante esto nos surgen dos preguntas, ¿cómo vivir esta responsabilidad desde la enfermedad?, ¿cómo ser misionero desde el sufrimiento? La Unión de Enfermos Misioneros (UEM) es una opción concreta para vivir esta responsabilidad que tenemos, para que nadie se quede sin dar una respuesta al mandato misionero. Nos asociamos a esta red conformada por enfermos y visitadores para colaborar juntos en favor de la misión ad gentes.

Por: Hna. Gloria Guadalupe HERNÁNDEZ H., emj 21
Fotos: OMPE

¿Qué es la Unión de Enfermos Misioneros?

Es un programa que está dentro de la Obra de San Pedro Apóstol. Pero más que un programa, la UEM, es una red de cristianos que viven su vocación misionera desde la enfermedad o desde la ancianidad. También es una comunidad conformada por enfermos, ancianos, visitadores, voluntarios en comunión por la misión; comunidad de vida y oración que se ofrece al Señor por la salvación de todos los hombres, por la santificación de los misioneros y por el aumento de vocaciones nativas.

¿Qué busca la UEM?

El objetivo es asociar, animar y formar a enfermos, ancianos, personas con discapacidad, voluntarios y visitadores  para  que, a través de un encuentro personal con Cristo y desde su enfermedad, padecimientos o apostolado misionero, colaboren con Cristo en la misión ad gentes.

La UEM trata de dar una respuesta positiva al misterio del dolor y del sufrimiento, que nuestro mundo tiende a ver sólo como un fenómeno negativo; la ofrenda espiritual que hacen los enfermos, ancianos, excluidos y personas con discapacidad es rica en frutos para la misión de la Iglesia universal. La enfermedad ofrecida es algo que la Iglesia ha tenido siempre como un don valiosísimo. Como dijo san Pablo VI en la clausura del Concilio Vaticano II, «ustedes, que sienten más pesada la carga de la Cruz, tengan ánimo. Ustedes son los preferidos del Reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida. Ustedes son los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si quieren, están salvando al mundo».

Lo que sostiene nuestro ser y quehacer en la UEM es vivir de manera sólida los valores cristianos como: la oración, la misericordia, el amor a la cruz, a los sacramentos y a María; la alegría en medio de la cruz y la entrega de todo lo que vivimos. Por ello, hacemos vida el lema: «Viva mi cruz, y yo en ella con Jesús».

Todo el servicio de la UEM está bajo el cuidado y la intercesión  de la Santísima Virgen de Guadalupe, y de santa Teresa del Niño Jesús. Santa María de Guadalupe, por ser la gran misionera de nuestra patria y, a la vez, por socorrer al enfermo (al tío Bernardino); y santa Teresa del Niño Jesús, por ser la patrona de las misiones, por enseñarnos el camino de la infancia espiritual y porque supo ser misionera en la enfermedad.

Los beneficios de la UEM

Los socios de la  UEM  reciben el caudal de oraciones de todos y cada uno de los enfermos inscritos en ella; tienen la  posibilidad de formarse integralmente para hacer una mejor ofrenda espiritual o material en favor de las misiones. Además, los días 12 de cada mes, y muchas más veces durante el año, la   Dirección Nacional de las Obras Misionales Pontificio Episcopales celebra una misa por todos los socios vivos y difuntos. Como símbolo de entrega  al  Señor, los nombres de los socios inscritos en la UEM son depositados en una urna que está a los pies del Santísimo Sacramento en adoración perpetua. De esta manera, todos los socios están en sintonía con la misión evangelizadora de la Iglesia: «o vas, o envías, o ayudas a enviar» (beata Paulina Jaricot).

Para ser socio de la UEM sólo hay dos requisitos: llenar la ficha de inscripción correspondiente y entregarla  al  visitador o directamente al secretario parroquial de la UEM, así como registrarse en la página oficial de las OMPE en el apartado de  la UEM; y rezar diariamente por las misiones y en especial por los no cristianos, ofreciendo sus sufrimientos y uniéndolos a los de Cristo Jesús y María Santísima. El socio deberá pedirle a algún familiar o amigo que, en caso de fallecimiento, lo comunique a su  visitador  para  que la misa de sufragio correspondiente sea aplicada. En la UEM no existe una cuota fija, pero el socio puede ofrecer donativos según sus posibilidades, si así lo desea, y poder hacer vida la petición de san Juan Pablo II: «Que ninguna vocación se pierda por falta de recursos económicos».

El visitador de la UEM

Los visitadores son cristianos en todo el sentido de la palabra, motivan y acompañan a los enfermos y ancianos para que, desde sus sufrimientos, sean misioneros. Los rasgos que identifican al visitador misionero y le dan un perfil propio y característico son los valores, actitudes, habilidades, destrezas y conocimientos que lo capacitan para despertar, avivar y sostener el espíritu misionero universal.

El visitador es testigo, ante todo, del amor de Dios. Es una persona madura,  comprometida con Cristo, de una comunidad eclesial concreta, una persona con sentido de Iglesia universal. Entusiasta, capaz de entusiasmar a los demás y animar. Intérprete de la voz de Dios en los demás. Ama y hace amar a Jesús. No es protagonista. Vive un fuerte espíritu de fe como discípulo misionero, en comunión eclesial fraterna; en obediencia al Padre en relación con la persona de Cristo y en fidelidad y docilidad al Espíritu Santo.

El visitador promueve misioneros; invita a la conversión y al bautismo; ama y respeta a todos; anima a enfermos misioneros; crea ambiente de cooperación misionera; vive integrado en la comunidad eclesial y está atento al camino de la pastoral de conjunto, en comunión con los responsables de las pastorales, en apoyo a las actividades misioneras y en la convivencia con todas las personas.

En definitiva, la UEM es una forma concreta de responder al mandato misionero, y se conforma por enfermos, ancianos y visitadores. Al hacerse socio se posibilita, con la oración y el ofrecimiento de la enfermedad, que el Señor siga enviando operarios a su mies y que la semilla del Evangelio dé frutos en tierras de misión; y a su vez, que el socio crezca en su propio camino de santificación.

Jornada Mundial del Enfermo

Una fecha muy  importante para la UEM es la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra cada año el 11 de febrero. Instituida el 13 de mayo de 1992 por san Juan Pablo II, tiene como objetivo sensibilizar al pueblo de Dios y, por consiguiente, a las diversas instituciones sanitarias  católicas y a la misma  sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos.

Ante todo, es una jornada de comunión. En ella, toda la Iglesia se une para orar, acompañar y reconocer el valor de quienes viven la  enfermedad  con  fe. Por eso, la hemos preparado juntos –la Unión de Enfermos Misioneros y la Pastoral de la Salud del Episcopado  Mexicano–,  como  signo  de fraternidad y servicio compartido, todo, para que esta fiesta sea expresión viva del amor y de la cercanía de Cristo hacia todos los que sufren.

En este año 2026, el papa León XIV nos invita a contemplar el tema: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro». Este llamado nos conduce a mirar al buen samaritano del Evangelio como modelo del amor que no pasa de largo ante el sufrimiento, sino que se detiene, se conmueve y actúa. Nuestra Iglesia particular en México, unida a este espíritu, propone vivir esta Jornada bajo el lema: «Los enfermos, misioneros de la paz de Cristo», considerando que la paz es uno de los ejes pastorales propuestos por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).

En medio de su fragilidad, nuestros enfermos hacen suyo el grito de toda la humanidad herida por la guerra, la violencia y el odio. A ejemplo del buen samaritano, ellos llevan el dolor del mundo ante el altar del Señor, convirtiendo su sufrimiento en oración, su silencio en ofrenda y su esperanza en testimonio de paz. Así, comprendemos que los enfermos no sólo son objeto de nuestra compasión, sino verdaderos misioneros de la paz de Cristo, y que con su vida, nos enseñan a amar, a llevar el dolor del otro y a transformar el sufrimiento en comunión.

El lema: «El enfermo, misionero de la paz de Cristo» representa un cambio profundo de perspectiva sobre la enfermedad y el sufrimiento en la vida cristiana. Lejos de considerar a los enfermos únicamente como receptores de cuidado y compasión, este lema los reconoce como agentes activos de evangelización y portadores de la paz que sólo Cristo puede dar.

Esta visión se entrelaza armoniosamente con el tema propuesto por el papa León XIV: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro», creando un círculo virtuoso de amor, servicio y testimonio.

El tema papal nos presenta al buen samaritano como modelo de compasión activa: aquel que se acerca, se conmueve y actúa. Sin embargo, nuestro lema complementa esta mirada al reconocer que la persona herida en el camino también tiene una misión.

Cuando el samaritano carga con el dolor del herido, no sólo lo salva físicamente; le devuelve su dignidad y le permite, desde su propia vulnerabilidad, convertirse en testigo del amor de Dios. El enfermo que experimenta esta compasión se transforma en misionero: alguien que, desde su fragilidad, irradia la paz de Cristo a quienes lo rodean.

Objetivos de la UEM para la Jornada Mundial del Enfermo 2026

  • Sensibilizar a las comunidades cristianas, familias y sociedad sobre la importancia de acompañar con amor y dignidad a los enfermos, al compartir con ellos su dolor, como signo de auténtica compasión.
  • Reafirmar el papel evangelizador de los enfermos, cuyo testimonio de fe y esperanza irradia la paz de Cristo y fortalece la vida misionera de la Iglesia.
  • Impulsar la unidad familiar y comunitaria en torno al cuidado y la oración por  los  enfermos,  al hacer de estos espacios verdaderos hogares de misericordia y paz.
  • Fomentar gestos concretos de caridad y solidaridad que manifiesten la cercanía de la Iglesia con los enfermos y con quienes los atienden, a ejemplo del Buen Samaritano.

Jornada de oración contra la trata de personas

Hoy sábado, 8 de febrero, memoria de Santa Josefina Bakhita, la Iglesia celebra la 12º Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. Reproducimos a continuación el mensaje del Papa León XIV para dicha Jornada. (Foto: preghieracontrotratta.org)
MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
CON OCASIÓN DE LA 12ª JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN Y REFLEXIÓN CONTRA LA TRATA DE PERSONAS

8 de febrero de 2026

La paz comienza con la dignidad:
una llamada global a poner fin a la trata de personas

Queridos hermanos y hermanas:     

Con ocasión de la 12ª Jornada Mundial de Oración y Sensibilización contra la Trata de Personas, renuevo firmemente la urgente llamada de la Iglesia a afrontar y poner fin a este grave crimen contra la humanidad.

Este año, en particular, deseo recordar el saludo del Señor Resucitado: «La paz esté con ustedes» (Jn 20,19). Estas palabras son más que un saludo; ofrecen un camino hacia una humanidad renovada. La verdadera paz comienza con el reconocimiento y la protección de la dignidad que Dios ha dado a cada persona. Sin embargo, en una época marcada por una violencia en aumento, muchos se ven tentados a buscar la paz «mediante las armas como condición para afirmar el propio dominio» (Discurso a los Miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 enero 2026). Además, en situaciones de conflicto, la pérdida de vidas humanas es, con demasiada frecuencia, desestimada por los promotores de la guerra como un “daño colateral”, sacrificada en la persecución de intereses políticos o económicos.

Lamentablemente, la misma lógica de dominio y desprecio por la vida humana alimenta también el flagelo de la trata de personas. La inestabilidad geopolítica y los conflictos armados crean un terreno fértil para que los traficantes exploten a los más vulnerables, especialmente a las personas desplazadas, a los migrantes y a los refugiados. Dentro de este paradigma resquebrajado, las mujeres y los niños son los más afectados por este comercio atroz. Además, la creciente brecha entre ricos y pobres obliga a muchos a vivir en condiciones precarias, dejándolos expuestos a las promesas engañosas de los reclutadores.

Este fenómeno resulta particularmente perturbador en el auge de la llamada “esclavitud cibernética”, mediante la cual las personas son atraídas a esquemas fraudulentos y actividades delictivas, como las estafas en línea y el tráfico de drogas. En estos casos, la víctima es coaccionada a asumir el papel de perpetrador, agravando sus heridas espirituales. Estas formas de violencia no son incidentes aislados, sino síntomas de una cultura que ha olvidado cómo amar como Cristo ama.

Ante estos graves desafíos, acudimos a la oración y a la sensibilización. La oración es la “pequeña llama” que debemos custodiar en medio de la tormenta, pues nos da la fuerza para resistir la indiferencia ante la injusticia. La sensibilización nos permite identificar los mecanismos ocultos de explotación en nuestros barrios y en los espacios digitales. En definitiva, la violencia de la trata de personas sólo puede superarse mediante una visión renovada que contemple a cada individuo como a un hijo amado de Dios.

Deseo expresar mi más sincero agradecimiento a todos los que, como Cristo, sirven con delicadeza y consideración al acercarse a las víctimas de la trata, incluidas las redes y organizaciones internacionales. Quiero también reconocer a los sobrevivientes que se han convertido en defensores, apoyando otras víctimas. Que el Señor los bendiga por su valentía, fidelidad y compromiso incansable.

Con estos sentimientos, encomiendo a quienes conmemoran este día a la intercesión de santa Josefina Bakhita, cuya vida se erige como un poderoso testimonio de esperanza en el Señor que la amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Unámonos todos en el camino hacia un mundo donde la paz no sea simplemente la ausencia de guerra, sino “desarmada y desarmante”, arraigada en el pleno respeto de la dignidad de todos.

Vaticano, 29 de enero de 2026                                   

LEÓN PP. XIV


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