Pascua: El bautismo como inicio de una vida nueva

Texto: P. Ismael Piñón, mccj
Fotos: Misioneros Combonianos

En las comunidades cristianas de África, el bautismo es vivido verdaderamente como un nuevo nacimiento. En el encuentro que tuvo con Nicodemo, Jesús le insistía en la necesidad de “nacer de nuevo”, y especificaba: “si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,3-5). Por el Bautismo –que es, junto con la Confirmación y la Eucaristía uno de los sacramentos de la iniciación cristiana– nos hacemos hijos de Dios y entramos a formar parte de la gran familia que es la Iglesia. A través del agua bautismal y con la gracia del Espíritu Santo que nos inunda en el sacramento, nuestra vida inicia una nueva etapa.

En todas las culturas del mundo hay ritos y tradiciones que marcan las diferentes etapas de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Son ritos y costumbres que, además de tener una fuerte implicación en lo social y lo familiar, están fuertemente impregnados de un sentido religioso. En las culturas africanas, el nacimiento de un bebé se celebra con alegría, porque es un nuevo miembro que llega para enriquecer y reforzar la familia y el clan. Es interpretado como un regalo de la divinidad. Cuando ese bebé llega a la pubertad, tiene que realizar un proceso de iniciación a la vida social y familiar para prepararse a lo que será su responsabilidad de adulto –ya sea como varón o como mujer– con el fin de contribuir al bien y al progreso de la comunidad. Ese proceso iniciático se vive como un nuevo nacimiento, hasta el punto de que una vez completado, el joven o la joven se considera muerto a su vida anterior e inicia una vida completamente nueva, con otro nombre, con responsabilidades concretas, al tiempo que es integrado de forma plena en la comunidad de los adultos. El camino de preparación al bautismo no es ajeno a esa tradición.

En Europa, y aquí en México, el bautismo se suele celebrar a los pocos meses del nacimiento, como mucho a los dos o tres años. No es común ver un bautizo de una persona adolescente o adulta. En África, a medida que la Iglesia se ha ido implantando, se hace cada vez más frecuente bautizar a los niños al poco tiempo de nacer. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el bautismo se sigue viviendo como un proceso iniciático que comienza a partir de los ocho o diez años, los más jóvenes. Cuando se trata de un adulto que ya ha vivido su proceso de iniciación tradicional, es vivido con mayor intensidad. Es un camino que puede durar varios años, durante los cuales el catecúmeno tiene la posibilidad de profundizar en el conocimiento de la Palabra de Dios, de la vida de Jesús, o del significado y la responsabilidad que supone pertenecer a la comunidad eclesial entendida como la nueva familia a la que pertenecerá, más allá de su familia de sangre.

Un proceso iniciático

Durante el catecumenado, el candidato al bautismo va tomando conciencia de que, una vez bautizado, su vida será otra, por eso es invitado a elegir un nuevo nombre cristiano. Al igual que en la iniciación tradicional, sabe que morirá a su vida anterior, se perdonarán todos sus pecados y renacerá a una nueva vida para formar parte de una nueva familia, la de los hijos de Dios. Debe aprender a conocerse a sí mismo, reconocer sus defectos y sus debilidades, hacer frente a aquello que le puede separar de Dios o de sus hermanos. Los diferentes momentos que contempla el ritual del bautismo para adultos (escrutinios, exorcismo, unción del oleo de catecúmenos, etc.) los vive como un auténtico proceso iniciático de purificación y de preparación para lo que será su vida como cristiano. Para ello contará también con la ayuda de su padrino o madrina, que tiene un papel muy importante en todo el proceso, al igual que el tutor o el padrino de la iniciación tradicional.

El camino que ha de recorrer no es fácil. Se trata de un itinerario que puede durar varios meses, incluso años. Durante ese tiempo, la comunidad eclesial a la que pertenece lo irá acompañando para que no se sienta solo, para que experimente, ya desde el inicio, que formará parte de una nueva familia. La comunidad tiene también la responsabilidad de verificar que el candidato al bautismo muestra un verdadero deseo de ser cristiano a través de su comportamiento, de su servicio a los más necesitados, de sus relaciones con los demás y de su fidelidad a las catequesis y a la escucha de la Palabra de Dios.

Al igual que la iniciación tradicional, la preparación al bautismo se concibe también como una especie de entrenamiento durante el cual aprenderá y conocerá las herramientas que luego le ayudarán en su nueva vida, lo que los cristianos llamamos las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Irá tomando conciencia de la importancia de la confianza en Dios, que nunca lo abandonará; de la esperanza en los momentos de dificultad o de debilidad; y de que la caridad es la virtud fundamental que deberá marcar su nueva vida. Aprenderá también a luchar contra el mal que siempre acecha a través de las tentaciones, del deseo de venganza o del sentimiento de rivalidad, de rencor o de envidia hacia los que no son como él.

Una nueva familia

En su diálogo con Nicodemo, Jesús afirma que “de la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu” (Jn 3,6). En África el sentido de pertenencia a una familia, a un clan o a una etnia están muy marcados. Aunque en sí es algo positivo, ese sentimiento de pertenencia es causa frecuente de divisiones y enfrentamientos. Las luchas tribales han causado mucho daño y siguen siendo el origen, tanto en el ámbito político y social como incluso en el seno de la Iglesia, de no pocos problemas.

El bautismo, vivido como un nuevo nacimiento, invita al que lo recibe a ir más allá del “nacimiento en la carne” y asumir un nuevo “nacimiento en el Espíritu”, que hace de todos los bautizados, sean del clan que sean, hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, miembros de una misma familia en el Espíritu. El Sínodo Especial de los Obispos para África, que tuvo lugar 1994, introdujo la expresión “Iglesia Familia de Dios en África” para subrayar precisamente la importancia de concebir a la Iglesia como una familia que va más allá de los lazos de sangre.

No se trata de renunciar a la propia familia, al clan o a la etnia, sino más bien de vivir ese sentido de pertenencia de una manera más universal y más amplia, de abrir los valores tradicionales de la pertenencia étnica a todos sin excepción. La solidaridad, por ejemplo, que antes se ejercía exclusivamente con los de la misma sangre, se abre a todos los hermanos, hijos de un mismo Padre celestial, independientemente de su origen. El otro ya no es visto como un rival o un enemigo, sino como un hermano.

El inicio de una nueva vida

En esta dinámica iniciática, el bautismo no se concibe como el final de una etapa –la del catecumenado– sino como el inicio de una nueva vida: la de cristiano. En Chad, por ejemplo, los recién bautizados participan en la misa diaria de la parroquia durante los 40 días siguientes, todos vestidos de blanco, como si fuera el mismo día del bautismo. Durante el retiro previo al bautismo, cada catecúmeno asume un compromiso concreto, como visitar a los enfermos, participar en la animación de la liturgia, prepararse para ser un futuro catequista, dar un servicio concreto en la comunidad, etc.

También es importante tomar conciencia de que una vez recibido el bautismo, no se ha alcanzado una meta, sino que se ha iniciado una nueva etapa. El bautismo no es un punto de llegada, sino de partida. Por eso, los nuevos bautizados necesitan un acompañamiento durante un cierto tiempo para no perderse en el camino que han iniciado. El año que sigue al bautismo se les ofrece una serie de catequesis llamadas “mistagógicas”, cuyo nombre viene del griego “mystagogía” (introducción al misterio). En ellas, con la ayuda del sacerdote o de los catequistas, van comprendiendo mejor lo que implica ser cristiano, ya no por las enseñanzas que han recibido, sino por su propia experiencia de cada día.

Durante esas catequesis, los llamados “neófitos” (expresión que viene del griego “neóphytos” y que significa literalmente “recién plantado”) tienen la oportunidad de compartir entre ellos su experiencia como nuevos cristianos y expresar sus dudas y sus dificultades, porque a ser discípulo de Jesús no se aprende en un solo día. Es un largo camino que se va haciendo poco a poco.  En los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia los “neófitos” irán encontrando alimento y energías para corregir errores y recuperar fuerzas en los momentos de debilidad para seguir caminando.

Por su parte, la comunidad los sigue acompañando como una madre acompaña a su hijo pequeño cuando empieza a dar los primeros pasos, particularmente a través de los padrinos y madrinas. No es fácil. Suele haber caídas, momentos de desaliento, incluso algunos abandonan al poco tiempo porque una cosa es lo que se escucha y otra la realidad que se vive cada día. El mundo y la sociedad no han cambiado, el que debe cambiar es el que ha tomado la decisión de vivir una nueva vida como Hijo de Dios y miembro de la Iglesia. El espíritu Santo, recibido el día del bautismo, lo acompañará.

En muchas comunidades eclesiales de África, durante los dos años que siguen al bautismo, los neófitos se van preparando para el sacramento de la Confirmación. La opción de no confirmarlos el mismo día del bautismo obedece a que el camino iniciático que van haciendo tiene sus tiempos y sus ritmos. Es mejor ir poco a poco, pero asimilando bien las etapas. Llegado el día de la Confirmación, los bautizados darán un nuevo paso adelante, será una nueva transformación: la realizada por el Espíritu Santo, que confirma en la fe y da su luz y su fuerza para continuar en el seguimiento de Cristo en la fidelidad y el compromiso.

Domingo de Pascua. Año A

“El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró. En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”.

(Juan 20, 1-9)


Jesús debía resucitar
P. Enrique Sánchez, mccj

Resucitó. Esta es la noticia dada en la madrugada del tercer día después de que Jesús había sido crucificado en la montaña del calvario a las afueras de Jerusalén. Ese fue el grito de las mujeres que mostrando, como siempre, una valentía extraordinaria, se habían acercado al sepulcro en donde habían pretendido encerrar para siempre a Jesús.

Y, para sorpresa de todos, de quienes habían creído en él y de quienes habían sido confirmados en sus dudas; en medio de la oscuridad que cubría el día que todavía no empezaba, Jesús no estaba en aquella habitación fría destinada a custodiar los restos de quien no podía permanecer entre los muertos.

María Magdalena, con dos palabras que resonarán a lo largo de toda la historia de la humanidad, había constatado con toda claridad que no estaba ahí.

Estaba vivo, pero era algo que ella todavía no alcazaba a comprender porque lo buscaba en donde no lo encontraría jamás. ¿En dónde lo andamos buscando nosotros?

Lo que Jesús había anunciado y prometido, ahora era realidad y se había cumplido. El lugar destinado a los muertos no se había podido apropiar de él. Y ante aquella tumba vacía se iniciaba el camino de la fe que permitirá ver lo invisible, lo que las tinieblas del amanecer pretendían ocultar a los ojos del corazón. El amor venció a la muerte y las tinieblas no pudieron opacar a la luz.

Había resucitado y eso sólo se entenderá cuando, poco a poco, María Magdalena y los discípulos se irán introduciendo en un misterio que se iluminará cuando entiendan que Jesús no está en una tumba vacía, sino en lo más profundo de sus vidas. De ahora en adelante el Señor vivirá en cada uno de nosotros.

El no encontrar a Jesús en la tumba se había convertido en el primer testimonio de la resurrección de Jesús, no sólo por la ausencia, sino por la necesidad de decir que ya no pertenecía al mundo de los muertos, sino que ahora era el Señor de la vida.

La tumba vacía representa el reto a desprenderse de todas aquellas imágenes que se habían hecho de Jesús.

Habría que desprenderse de la tentación de poder seguir teniéndolo como lo habían conocido y como lo habían tratado a lo largo de los años de su misión.

Había que dejar a un lado las opiniones que les habían convencido y permitido llegar, aunque tímidamente, a decir que él era el Mesías.

Jesús ya no será más el personaje que cautiva y que arrastra a seguirlo, ahora empezará a ser el Señor que los habita. Será la presencia de Dios que cumplirá aquellas palabras que Jesús les había dicho seguramente muchas veces: no tengan miedo, yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.

La tumba vacía por eso, no sólo es un lugar que de pronto queda inhabitado, es más bien un espacio que reta y desafía a ir más lejos, a no quedarse en lo inmediato, en lo efímero que se pierde en el tiempo.

Aquella tumba vacía de pronto se convierte en punto de partida para poder reconocer a Jesús vivo en todos los momentos de la existencia.

Presente, cuando los criterios de este mundo no bastan para darle sentido a la vida, a los momentos bellos al igual que a los que nos toca vivir cargados de pruebas, sufrimientos, sacrificios y contradicciones.

Para muchos de nosotros seguramente no será difícil identificarnos con María Magdalena que va al cementerio, en medio de las tumbas que hablan de muerte. De nuestras muertes a las que nos sentimos aficionados e incapaces de desprendernos porque nos brindan seguridad y comodidad.

Como ella, nos gustaría encontrarnos con el Jesús que nos ha cambiado la vida, que nos ha ayudado a comprender lo que somos y el valor que tenemos a los ojos de Dios, pero nos gustaría que no nos exigiera demasiado. Pero ahora, como resucitado, nos pide ir más lejos, a vivir como resucitados.

Nos ayuda a entender que no basta con decir, sí Jesús es el Mesías y él me ha salvado. Hace falta dar un paso más decidido, haciendo de su vida nuestra vida.

Urge empezar a poner en práctica lo que, durante su vida ha enseñado y lo que nos ha dejado como legado en su palabra y en el testimonio que sus primeros discípulos jamás olvidaron.

María Magdalena nos enseña que ante el misterio de la resurrección no se puede quedar uno paralizado; es necesario ponerse en camino y con premura, para decir con la vida que la resurrección nos ha cambiado.

Pedro y el otro discípulo hacen la misma experiencia y salen corriendo, seguramente no para satisfacer su curiosidad o para verificar la veracidad de las noticias recibidas.

Salen de prisa porque encontrarse con Jesús resucitado significa la garantía de futuro en sus vidas. Porque vivir con Jesús resucitado no podía ser más que fuente de inmensa alegría.

Encontrarse con Jesús resucitado no significaba poder volver al pasado, a repetir lo conocido y lo ya vivido; todo lo contrario, era darse la posibilidad de iniciar una vida distinta. Lo que hasta ahora había sido promesa podía convertirse en algo que cambiaría para siempre sus historias, sus proyectos y la posibilidad de ver realizados los anhelos que Jesús había ido sembrando en sus corazones.

Estos discípulos, y todos los que vendrán después a lo largo de la historia, saben bien que el anuncio de la resurrección no es un testimonio proclamado con muchas palabras.

No se trata de un discurso bien pensado, usando los argumentos más convincentes para demostrar algo que no era necesario que fuese demostrado.

El anuncio de la resurrección es un motivo de alegría profunda que se contagia y que genera el entusiasmo que lleva a decir con la vida que ha valido la pena poner la confianza en Jesús y que es un privilegio ser sus discípulos.

El sepulcro vacío se convierte en el primer anuncio de la resurrección, que con palabras del evangelista san Lucas, dirá: no busquen entre los muertos al que vive (Lucas 24, 5).

Agradecidos por todo lo que viviremos o hemos vivido durante estos días del Triduo Pascual, sería bueno que con palabras sencillas, pero que broten de lo más profundo de nuestros corazones, digamos con sencillez y gratitud que nos sentimos felices, pues con la resurrección del Señor también nosotros hemos renacido.

Que la alegría de la Pascua nos acompañe a lo largo de este tiempo que iniciaremos ahora hasta la fiesta de Pentecostés y que cada día nos demos la oportunidad de reconocer a Jesús vivo que nos acompaña y nos bendice en las luchas que seguiremos abrazando, pero esta vez con la certeza de que no vamos solos por el camino.

Que Jesús resucitado llene nuestras vidas de la alegría que necesitamos para convertirnos en colaboradores suyos en la transformación de mundo en que nos toca vivir.

El Señor ha resucitado y está presente entre nosotros, como misioneros vayamos a todas partes llevando esa buena noticia.

Feliz Pascua de Resurrección.


Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

«Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?»
«El sepulcro de Cristo vivo,
la gloria de Cristo resucitado,
y los ángeles, sus testigos,
el sudario y sus vestiduras.
Cristo, mi esperanza, ha resucitado:
va delante de los suyos a Galilea».

María Magdalena, la mujer de la aurora gloriosa, es la primera anunciadora de la resurrección de Cristo. Ella, esposa apasionada que pasa la noche buscando a su Amado, es imagen de la Iglesia. María permanece estrechamente unida al acontecimiento que está en el origen y en el centro de nuestra profesión de fe: la fiesta de Pascua.

La Pascua es el triunfo inesperado de la vida que hace renacer la esperanza. La Pascua es la estrella de la mañana que ilumina la noche profunda y abre el camino al sol del mediodía. La Pascua es la explosión de la primavera que inaugura un tiempo de belleza, estación de los colores, del canto y de las flores.

María, la mujer de la aurora

María Magdalena es la primera testigo de la Pascua (Juan 20,1-18). Su amor ardiente por el Maestro mantuvo su corazón despierto durante toda la noche del gran “paso”: «Yo duermo, pero mi corazón vela» (Cantar de los Cantares 5,2). Y precisamente porque el amor la hizo velar, el Amado se le manifiesta primero a ella.

Es a ella, por tanto, a quien queremos preguntar: «Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino?» (Secuencia pascual). Queremos beber en la fuente fresca y viva de los primeros testigos de la resurrección. María es custodio de un testimonio de primera mano, primicia femenina, «apóstol de los apóstoles», como la llaman los antiguos Padres de la Iglesia.

Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino? ¡Cuéntalo con el fuego de tu pasión! Déjanos contemplar en tus ojos lo que ha visto tu corazón. ¡Porque la vocación de un apóstol no tiene valor si no se vive con tu pasión!

Veamos entonces qué hizo de María la primera testigo del Resucitado.

María, la amante

¿Qué caracteriza a María Magdalena? ¡Un gran amor! Es una mujer apasionada por Jesús que no se resigna ante la perspectiva de perderlo. Se aferra a aquel cuerpo inerte como última oportunidad de poder tocar «Aquel a quien ama su corazón» (Ct 3,1-4). Si el «discípulo amado» (el apóstol Juan, según la tradición) es el prototipo del discípulo, María Magdalena es su correspondiente femenino (sin por ello eclipsar la figura de la Virgen María). Ella es la «discípula preferida» y la «primera apóstol» de Cristo Resucitado.

Llamada dos veces con el nombre genérico de «mujer», representa a la nueva humanidad sufriente y redimida. Es la Eva convertida por el Amor del Esposo, aquel amor perdido en el jardín del Edén y ahora recuperado en el nuevo jardín (Juan 19,41), donde había descendido su Amado (Ct 5,1).

Permanecer y llorar

María Magdalena está movida por el amor y, al mismo tiempo, por la fe. Fe y amor son ambos necesarios: la fe da la fuerza para caminar, el amor da alas para volar. La fe sin amor no arriesga, pero el amor sin fe puede perderse en muchos cruces. La esperanza es hija de ambos.

Son el amor y la fe los que impulsan a María a permanecer junto al sepulcro, a llorar y a esperar, aunque no sepa bien por qué. Mientras Pedro (figura de la fe) y Juan (figura del amor) se alejan del sepulcro, ella, que reúne en sí ambas dimensiones, «permanece» y «llora».

Su permanecer es fruto de la fe y su llorar es fruto del amor. Permanece porque su fe persevera en la búsqueda, no se desanima ante el fracaso, pregunta a los ángeles y al jardinero, como la Amada del Cantar de los Cantares. ¡Espera contra toda esperanza! Hasta que, al encontrar de nuevo al Amado, se arroja a sus pies, abrazándolos en el vano intento de no dejarlo marchar (Ct 3,1-4).

Hoy nosotros, apóstoles, discípulos y amigos de Jesús, a menudo capitulamos fácilmente ante el «sepulcro», alejándonos de él. Nos falta la fe para esperar que de una situación de muerte, de vacío y de derrota pueda renacer la vida. Nos falta la fe para creer en un Dios capaz de «resucitar a los muertos». Nos apresuramos a cerrar esos «sepulcros» con la «piedra muy grande» (Marcos 16,4) de nuestra incredulidad.

Nuestra misión se convierte entonces en una lucha desesperada contra la muerte, una empresa condenada al fracaso, porque la muerte reina desde el principio del mundo. Terminamos por conformarnos con la obra de misericordia de «enterrar a los muertos», olvidando que los apóstoles han sido enviados por Jesús para «resucitarlos» (Mateo 10,8).

Afrontar el drama de la muerte y del sepulcro es como la travesía del Mar Rojo para el cristiano. Sin quitar la piedra de nuestra incredulidad, para afrontar y vencer a este terrible enemigo, no veremos la gloria de Dios: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Juan 11,40).

Nos cuesta llorar, quizá porque amamos poco. Nuestro corazón olvida demasiado pronto a sus «muertos». «La vida sigue y no podemos detenernos», decimos. ¡No tenemos tiempo para «permanecer» y «llorar» con los que sufren!

La audacia de permanecer y llorar no es estéril. A las lágrimas de María Magdalena responden los ángeles. No le devuelven el cadáver que buscaba, sino que le anuncian que «Aquel a quien ama su corazón» está vivo.

Sus ojos, sin embargo, necesitan ver y sus manos tocar al Amado, y Jesús cede a la insistencia del corazón de María y sale a su encuentro. Cuando la llama por su nombre, «Mariam», su corazón se estremece de emoción al reconocer la voz del Maestro.

Ser llamado por el propio nombre, ser reconocido, es el deseo más profundo que llevamos dentro. Solo entonces la persona puede alcanzar la plenitud de su ser y la conciencia de su identidad. Solo entonces podrá decir, con el fuego de un corazón enamorado: «¡He visto al Señor!». Y ese día, como María, también nosotros nos convertiremos en testigos de primera mano:
«…lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos…» (1 Juan 1,1-4).

Felicitación pascual

Busquemos al Crucificado con la fe y el amor de María Magdalena, y el Resucitado vendrá a nuestro encuentro llamándonos por nuestro nombre. Lloremos a los muertos de hoy —los de las injusticias y las guerras—, pero que nuestra mirada se dirija hacia el futuro, hacia el Resucitado, y no solo hacia el pasado, hacia el Crucificado, olvidando la resurrección.

Entonces nuestra oración será la que concluye la Escritura: «¡Ven, Señor Jesús!» (Apocalipsis 22,20). Con la Pascua, la Iglesia ha entrado en la tensión escatológica: «Anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!».

¡Feliz Pascua, y que nuestra vida manifieste la presencia del Resucitado en nuestra “Galilea” de cada día!

comboni2000.org


Creer en el resucitado
José Antonio Pagola

Los cristianos no hemos de olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Mucho más incluso que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.

Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.

Creer en el Resucitado es creer que Jesús se hace presente en medio de los creyentes. Es tomar parte activa en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que, cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está él poniendo esperanza en nuestras vidas.

Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración a Cristo no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.

Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es saber descubrirlo vivo en el último y más pequeño de los hermanos, llamándonos a la compasión y la solidaridad.

Creer en el Resucitado es creer que él es «el primogénito de entre los muertos», en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abre ya la posibilidad de vivir eternamente.

Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento, ni la injusticia, ni el cáncer, ni el infarto, ni la metralleta, ni la opresión, ni la muerte tienen la última palabra. Solo el Resucitado es Señor de la vida y de la muerte.

www.feadulta.com


Cristo Resucitado:
la buena noticia que cambia al hombre y la historia
P. Romeo Ballan, mccj

“El primer día de la semana” (Evangelio, v. 1) ¡Jesús ha resucitado! Explosiona la vida, comienza la historia nueva de la humanidad: nada es igual que antes, todo tiene un sentido nuevo, positivo, definitivo. El anuncio de este hecho histórico – que es el tesoro fundacional de la comunidad de los creyentes en Cristo – resuena de casa en casa, de iglesia en iglesia, en todas las latitudes, en todos los rincones del mundo; se hace ‘evangelio-buena noticia’ para todos los pueblos. “El sepulcro vacío se ha convertido en la cuna del cristianismo” (San Jerónimo). La tumba vacía ha marcado para Juan el paso decisivo de la fe: él corrió al sepulcro, y, “asomándose, vio las vendas en el suelo, pero no entró”; más tarde entró junto con Pedro, “vio y creyó” (v. 4.5.8). Era el comienzo de la fe en Jesús resucitado, que más tarde se fortaleció cuando lo vieron viviente.

La fe es gradual: María Magdalena, Pedro y Juan corrieron al sepulcro con la intención de rescatar un cadáver desaparecido; no estaban preparados para un acontecimiento que no entraba en sus cálculos; tan solo más adelante llegaron a creer en el Señor resucitado e incluso se convirtieron en sus testigos y pregoneros valientes (I lectura): “Nosotros somos testigos… los testigos que Dios había designado… Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio…” (v. 39.41.42). Desde entonces el camino ordinario de la transmisión de la fe cristiana es el testimonio de personas que creyeron antes que nosotros. Por eso, nosotros profesamos que la fe es apostólica: porque está arraigada en la de los Apóstoles y en su testimonio. “El hecho principal en la historia del cristianismo consiste en un cierto número de personas que afirman haber visto al Resucitado” (Sinclair Lewis).

Desde siempre, la Iglesia misionera da vida a nuevas comunidades de fieles anunciando que Jesucristo es el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Él es el motivo radical y el fundamento de la misión. El hecho histórico de la resurrección de Cristo, ocurrido en torno al año 30 de nuestra era, constituye el núcleo central y ‘explosivo’ del mensaje cristiano; la catequesis lo enriquece y lo acompaña con la metodología adecuada. La misión es portadora del mensaje de vida que es Jesús mismo: el Viviente por su resurrección, después de su pasión y muerte. Este es el kerigma, anuncio esencial para los que todavía no son cristianos; es anuncio fundamental también para despertar y purificar la fe de los que se detienen casi exclusivamente en la primera parte del misterio pascual. En efecto, hay cristianos que se concentran casi tan solo sobre el Cristo sufriente en la pasión, y casi no dan el salto de la fe en Cristo resucitado. Les parece más fácil y consolador identificarse con el Cristo muerto, sobre todo cuando se viven situaciones de sufrimiento, pobreza, depresión, humillación, luto… Sin embargo, ese consuelo sería tan solo aparente y pasajero sin la fe en el Señor Resucitado.

El testimonio, que une a la vez anuncio y coherencia de vida, es la primera forma de misión (cfr. AG 11-12; EN 21; RMi 42-44). Los auténticos testigos del Resucitado son personas contagiosas. Las personas transformadas por el Evangelio de Jesús resucitado, que viven los valores superiores del espíritu (II lectura), son las únicas capaces de contagiar a otras personas y hacer que se interesen por los mismos valores, tales como: la aceptación y la serenidad en el sufrimiento, la esperanza incluso frente a la muerte, la oración como abandono en las manos del Padre, el gozo en el servicio a los demás, la honestidad a toda prueba, la humildad y el autocontrol, la promoción del bien de los demás, la atención a las necesidades de los últimos, el testimonio de lo Invisible…Así se extiende y se realiza capilarmente la misión, aun antes y mejor que a través de las palabras, de las meras estructuras y de las jerarquías. “Celebra la Pascua con Cristo tan solo el que sabe amar, sabe perdonar… con un corazón grande como el mundo, sin enemigos, sin resentimientos”, como lo enseñaba en una catequesis el obispo Mons. Óscar Arnulfo Romero, asesinado en San Salvador, el 24 de marzo de 1980.

La misión es un acontecimiento eminentemente pascual, porque ahonda sus raíces y contenidos en la Resurrección de Cristo. Esta es la mejor buena nueva que el mundo necesita: en Cristo crucificado, muerto y resucitado “Dios da la nueva vida, divina y eterna. Esta es la Buena Nueva que cambia al hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho a conocer” (Juan Pablo II, en RMi, n. 44). “La evangelización, en nuestro tiempo, solo será posible por medio del contagio de la alegría” (Papa Francisco). Esta evangelización –gozosa, paciente y progresiva– es la primera actividad de la Iglesia misionera entre todos los pueblos.

Triduo Pascual. Año A

Textos tomados de: www.dominicos.org

Jueves Santo
Fr. Juan Carlos Cordero de la Hera O.P.

Si en el calendario cristiano hay un día señalado, especialísimo, en el que tiene sentido celebrar la Eucaristía, ese día es hoy, cada JUEVES SANTO.

El Jueves Santo es un día de recuerdos en nuestra historia de Salvación; día del “memorial” de la entrega total de Dios a la humanidad. Día en que recordamos la Alianza Nueva y Definitiva.

El contexto del Jueves Santo es la Pascua Judía en la que el pueblo celebraba cada año el paso del Señor; el paso de Dios dando vida y liberación a su pueblo, a sus hijos. Dios toma la iniciativa, siempre. Pero en esta ocasión hay algo nuevo: Jesús va a ser el cordero pascual, que va a derramar su sangre por nosotros, para liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos la libertad de los hijos de Dios.

Jesús sabía que aquella Pascua era la última, sabía que estaba decretada su muerte y por eso es tan especial aquella “última cena”; por eso, antes de despedirse de los suyos, quiso resumir con unos gestos todo el sentido de su vida y su enseñanza.

Esta tarde también nosotros podemos entrar en este cenáculo en el que Jesús está reunido con sus discípulos para comer juntos la cena de Pascua y contemplar el gesto de ponerse de rodillas delante de cada uno de los discípulos para lavarles los pies, y de partir el pan.

Memorial con el pan y el vino

El pan: el alimento básico y elemental para nosotros, que mantiene nuestra vida día a día; que deshaciéndose, se transforma en parte de nosotros y en energía vital. Si el pan es fruto del trabajo humano, nuestro trabajo, nuestro quehacer es fruto del pan, del alimento que tomamos. El pan, además, es sencillo, humilde, no se da importancia… es como la prosa de cada día.

El vino: es la poesía, la propina, la fiesta. Pan y agua son lo indispensable. Pero cuando se agasaja o festeja a alguien se ofrece pan y vino (ya en el Gn. al vencedor en la batalla, Melquisedec le ofrece un banquete, convite, fiesta)

Participar en la Eucaristía, comer su Cuerpo, beber su Sangre es entrar y asumir el proyecto de vida de Jesús; es intentar actuar en la vida con los criterios que Jesús actuó.

El lavatorio de los pies

Es el otro sacramento del Jueves Santo. Para entenderlo tenemos que olvidarnos de nuestras calles asfaltadas, cuidadas. En la época de Jesús muy pocas personas usaban calzado; los que lo hacían, solo tenían unas simples sandalias. En las calles de tierra se tiraban los restos orgánicos, las comidas de los animales, etc. Lavarse los pies al entrar en casa era un ritual obligado y necesario. Correspondía hacerlo a los esclavos o a los siervos. En las familias pobres, a la esposa o a las hijas.

Jesús que lava los pies, se pone en el lugar más bajo, indicando dos cosas: él viene a servir, no a ser servido; y no admite que unas personas sean consideradas inferiores a otras. Jesús es el señor que atiende a los criados, que sirve. Y con este gesto nos está enseñando, además, cuál es la manera acertada de estar ante “lo sucio” de los otros, ante sus defectos, fallos, pecados… y nos invita a ponernos de rodillas para lavarlo y devolverles la posibilidad de continuar caminando; es preciso arrodillarse ante el hermano, a pesar de…

Impresiona ver a Jesús lavando los pies a sus discípulos; desde entonces entendemos mejor que el cristiano no puede dejar de servir, y que es con esta actitud de servicio y entrega como se concreta llevar a la vida diaria “el testamento de Jesús”, el mandamiento del amor. Jesús no nos pide que seamos buenas personas, que nos amemos mucho. Él quiere más de nosotros, sus discípulos. Que amemos “como Él nos ha amado”.

Ojalá que estas actitudes, este estilo de vida y entrega de Jesús sean el referente que dé sentido a la vida de todos los sacerdotes, como servidores a la comunidad. Pidamos juntos a Dios que nos esforcemos por celebrar la Eucaristía después de habernos dejado lavar el corazón por Él; y de habernos arrodillado sirviendo en el día a día a nuestros hermanos.

¿Seremos capaces de perpetuar su memoria? ¿Estamos dispuestos hoy, y cada día, a amar y amarnos, como Él lo hizo y sigue haciéndolo?

dominicos.org


Viernes Santo
Fray Diego Rojas O.P.

Una mirada diferente sobre la pasión

Hay relatos que nos cuentan lo que pasó. Y hay relatos que, además, nos cambian la manera de mirar lo que pasó. En todo su evangelio Juan nos hace ver los acontecimientos casi como un director de cine que coloca la cámara de manera novedosa y estratégica para ofrecernos otra perspectiva del mismo acontecimiento. Hace algo parecido a lo que realiza el director Alejandro González Iñárritu. En películas como Babel o Amores perros, la historia no se cuenta desde una sola mirada. Las escenas se entrelazan, las vidas se cruzan, y el espectador descubre que lo que parecía una historia trágica también puede ser una historia de revelación y transformación.

Juan hace algo parecido con la pasión. No cambia los hechos fundamentales, pero cambia la mirada. Y al cambiar la mirada, cambia también el significado.

El arresto: Jesús se entrega libremente

La primera escena ya lo sugiere. Cuando vienen a arrestarlo, Jesús no huye ni se esconde. Sale al encuentro de quienes lo buscan y pregunta: “¿A quién buscáis?”. Cuando responden: “A Jesús de Nazaret”, él dice simplemente: “Yo soy”.

No es solo una forma de identificarse. Es una expresión que remite al nombre mismo de Dios. Y el evangelista añade un detalle sorprendente: cuando Jesús pronuncia esas palabras, los soldados retroceden y caen al suelo.

Es como si, por un instante, el relato nos dejara ver lo que normalmente permanece oculto: el hombre que van a arrestar no es una víctima indefensa. Es el Hijo que se entrega libremente.

Por eso, a lo largo de todo el relato, la cruz aparece bajo una luz inesperada. Lo que para el mundo es derrota, Juan lo contempla como glorificación. La crucifixión no es solo una ejecución: es también revelación, manifestación de quién es realmente Jesús.

En la cruz se revela un amor que no se impone, sino que se entrega.

De la muerte brota vida

Esa mirada alcanza su punto culminante en el momento de la muerte. Juan escribe que Jesús, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

No dice simplemente que murió. Usa una expresión que sugiere también otra realidad: Jesús comunica el Espíritu. En el instante de su muerte comienza una vida nueva para los demás. Donde parecía haber solo final, hay también comienzo. La cruz se convierte así en fuente de vida.

Y el relato termina con un detalle lleno de esperanza. Aparecen dos hombres que hasta entonces habían permanecido en la sombra: José de Arimatea y Nicodemo. Eran discípulos en secreto. Habían seguido a Jesús con discreción, quizá con miedo. Pero cuando todo parece perdido, cuando el maestro ha muerto y la historia parece terminada, ellos dan un paso al frente. Piden el cuerpo, lo bajan de la cruz y lo sepultan con honor.

La muerte de Jesús hace visible lo que estaba oculto. La fe que permanecía escondida encuentra el valor para manifestarse.

Mirar la cruz hoy

También nosotros vivimos en un mundo donde la fe muchas veces permanece en silencio. En una sociedad secularizada, la cruz puede parecer simplemente un símbolo religioso del pasado o una historia de fracaso. Pero el evangelio nos invita a mirarla de otra manera.

Cuando contemplamos la cruz con la mirada del Evangelio de Juan, descubrimos que allí no hay solo dolor, sino amor que se entrega; no solo derrota, sino gloria escondida; no solo final, sino vida que comienza. Esa mirada transforma también nuestra vida. Nos da la valentía para no vivir la fe escondidos, para ser testigos discretos pero reales, como José de Arimatea y Nicodemo.

Y quizá aquí se esconde una clave importante del relato. Todo comienza con aquella palabra que Jesús pronuncia en el momento del arresto: “Yo soy”. Esa afirmación resuena al inicio de la pasión como una luz que acompaña todo el camino hasta la cruz. El que es detenido, juzgado y crucificado no es simplemente un hombre derrotado por la violencia del mundo: es aquel en quien Dios mismo se hace presente. Por eso la cruz, contemplada desde esta perspectiva, deja de ser solo un signo de fracaso para convertirse en un lugar de revelación.

Quizá el mundo no siempre comprenda la lógica de la cruz. Pero precisamente en esa lógica —la del amor que se entrega— se revela la verdadera fuerza de Dios.

¿Desde qué mirada suelo contemplar la cruz: desde el sufrimiento y el fracaso, o desde el amor que se entrega? ¿Hay aspectos de mi fe que todavía vivo “en secreto”, como Nicodemo o José de Arimatea?

En una sociedad donde la fe no siempre es comprendida, ¿qué me ayudaría a ser testigo con mayor libertad y serenidad? ¿Qué cambia en mi vida cuando descubro que incluso en los momentos de oscuridad Dios puede estar revelando su gloria?

dominicos.org


Vigilia Pascual
Fr. César Valero Bajo O.P.

¡HA RESUCITADO!

En la Palabra de la liturgia eucarística de esta noche de gloria resuena el grito jubiloso: ¡Ha resuciatado!. En esta ocasión son el evangelio de San Mateo y la carta de San Pablo a los Romanos los que nos van a aproximar al acontecimiento único de la resurrección del Señor y a sus implicaciones para nosotros en este momento que nos toca vivir y, en cierto modo, protagonizar.

“Vosotras no temáis. No está aquí: ¡ha resucitado!”

Son las palabras que el Ángel dirige a las mujeres, asustadas como los guardianes del sepulcro, por lo extraordinario y sobrenatural de lo acontecido. “No temáis. ¡Ha resucitado!”. Qué hermoso anuncio también para nosotros hoy, acosados por temores tan diversos. La resurrección del Señor hace brotar el resplandor de la esperanza en medio de las tinieblas existenciales (violencias, injusticias, enfermedades, soledad, fracasos, desamores, esclavitudes de índole diversa…) que puedan envolvernos.

Esta noche santa es invitación para renovarnos en la esperanza y en la confianza de esta actuación del poder del Padre Dios que con la fuerza de su Espíritu ha roto en su Hijo Unigénito las cadenas de la muerte y el poder del mal.

“Va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”

Galilea, donde comenzó el encuentro con el Señor Jesucristo, donde convivieron con Él y donde aprendieron de Él. Galilea, donde ahora van a ser confirmados en la fe en el Resucitado. Galilea, desde donde van a ser enviados al mundo entero para ser portadores e instructores de la Buena Noticia.

Por esto es también para nosotros esta Noche Santa oportunidad para renovar el compromiso de ser testigos del Resucitado; atentos y vigilantes, valientes y coherentes, para que en el cotidiano desenvolvimiento de la vida, rezumemos gozo pascual.

“Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Alegraos!”

Parte irrenunciable del testimonio pascual es la alegría incomparable que encierra en sí mismo. No es la alegría transitoria de nuestras programaciones y eventos. No es la alegría del éxito de los ídolos de temporada. No es la alegría del efímero aplauso social. No es la alegría hueca de nuestros triunfos humanos, tantas veces demasiado humanos.

Es la alegría de la plenitud. Es la alegría de quien sabe de quién se ha fiado. Es la alegría de quien en medio de cuaquier quebranto se sabe en comunión íntima con el Resucitado, y con Él y desde Él sabe y testimonia que la Victoria sobre todo mal es segura. Es la alegría que también permanece cuando nos anegan las lágrimas. Es la alegría de quien vislumbra los cielos nuevos y la tierra nueva en los que al fin habiten la justicia y la paz y la dicha sin ocaso.

“Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”

¡Qué hermosa realidad y elocuente compromiso para ser renovados en esta Noche Santa!

San Pablo a través del contenido de su Carta a los Romanos comparte con nosotros en esta Noche Santa la hondura teológica y vital de nuestro bautismo en el nombre del Señor Jesucristo.

Muertos al pecado: a todo lo que destruye la vida, a lo que nos aisla e individualiza, a lo que nos encadena y esclaviza, atenazando nuestra libertad; a lo que nos confronta, a lo que borra en nosotros la imagen amorosa de nuestro Creador; a lo que despierta la codicia, el aparentar, el creernos más que nadie; a lo que oscurece y camufla la verdad, a todo aquello que debilita la coherencia…

Vivos para Dios en Cristo Jesus: para ponerle a Él en el centro, para vivir el asombro de su amor, para irradiar la luz de su Verdad, para construir su deseada comunión, para servirnos mutuamente, para llenarnos de su esperanza, para llenarnos de la fuerza de su Espíritu, para vivir VIVIÉNDOLE…

dominicos.org


Domingo de Pascua
Fr. César Valero Bajo O.P.

“Y creyó que Él había de resucitar de entre los muertos”

Corramos también nosotros con Pedro y Juan hacia el sepulcro. Como ellos, entremos y veamos. Y dejemos que se afiance en nosotros la fe en la Resurrección del Señor. De hecho, el evangelio de San Juan es una invitación constante a despertar y consolidar la fe en Jesús de Nazaret, Verbo Eterno del Padre y Salvador del mundo. Con este mismo propósito concluye su evangelio: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).

En este Domingo de Gloria renovemos también nosotros nuestra fe en el Señor y comprometamos nuestra vida en ser testigos y anunciadores de este inagotable manantial de Vida y Esperanza que es el Señor Resucitado.

Me sorprendieron, hace ya algunas décadas, unas palabras de un sacerdote del norte de España que exhortaba hacia este objetivo de testimoniar con toda nuestra vida la fe en el Resucitado. Venía a decirnos: “Las personas que dicen no creer en Cristo Resucitado, tal vez comiencen a creer en Él cuando un día nos vean a nosotros vivir como ya resucitados. Afrontar el fracaso y el dolor, como ya resucitados. Adentrarnos en la enfermedad y la muerte como ya resucitados”.

Se trata, por tanto, de impregnar todo los ámbitos y aspectos de nuestra existencia de gozo pascual, de alegría inexplicable, de confianza inquebrantable en el poderoso amor que se nos manifiesta en su cruz gloriosa.

“Que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo”

Con estas palabras, los Hechos de los apóstoles nos presentan cómo San Pedro ofrece un magnífico resumen del evangelio, y el camino a recorrer por quienes nos declaramos y sentimos sus discípulos.

Pasar por el mundo haciendo el bien: un imperativo que hoy cobra una particular intensidad. Hacer el bien que hace desaparecer confrontaciones. Hacer el bien que lo busca para todo ser humano, cuando el bien común está arrinconado por ambiciones múltiples. Hacer el bien para recuperar la verdad. Hacer el bien para crecer en justicia, en dignidad, en paz. Hacer el bien para que la compasión no claudique ante la competición. Hacer el bien para que lo que agrada a Dios, lo bueno, lo perfecto ( cf Rm 12,2) crezcan en nuestro mundo.

Curando a los oprimidos por el Diablo: el mal está ahí, fuerte, despiadado, destructor. El Señor Jesucristo no pasó de largo ni ante el mal, ni ante el Maligno. En su actuación descubrías la práctica admirable del samaritano, y cómo doblegó los estragos directos del Maligno. ¡Con que contundencia le apartó de su camino tras el retiro en el desierto!

Se ha indicado con certeza que para que el mal progrese basta con que las personas de bien no hagamos nada.

Su resurrección nos fortalece para discernir y optar siempre por el bien. Sin ingenuidad. El misterio del mal está ahí: poderoso, y poderosamente destructor, hilvanándose con nuestros pasos.

Pero en comunión con el Resucitado se desvanecen los temores de hacerle frente. Con Él y por Él sabemos que la victoria es segura. El mal y el Maligno nunca tendrán la última palabra. Su cabeza ya ha sido aplastada. La lucha será ardua. Imprescindible la oración.

Y siempre ciertos de que el horizonte final está ya iluminado por la luz del lucero que no conoce el ocaso. Es el tiempo de la gracia, de la vida, de la salvación. Es la Pascua del Señor. Que lo sea en verdad en lo más profundo del ser de cada uno de nosotros.

dominicos.org

Noticias de los Combonianos desde Líbano y Sudán

Nuestra comunidad educativa, ubicada en el norte de Beirut, se encuentra actualmente en una zona no directamente afectada por los bombardeos, pero sigue la evolución de la situación con gran preocupación. En Jartum, nos preparamos para las celebraciones de Pascua en un contexto aún marcado por la guerra que comenzó el 15 de abril de 2023.

Por: P. Diego Dalle Carbonare, mccj

Líbano – Intensificación del conflicto y crisis humanitaria. Marzo estuvo marcado por una nueva escalada del conflicto en Líbano, con bombardeos israelíes que impactaron el sur del país y los suburbios meridionales de la capital, Beirut, donde se concentra la mayor población chií. En comparación con la campaña militar de finales de 2024, la ofensiva parece ser más intensa y de mayor alcance. Según estimaciones de finales de marzo, aproximadamente 1.300.000 personas se han visto obligadas a huir de sus hogares, buscando refugio principalmente en las zonas del norte del país.

Nuestra comunidad educativa, ubicada en el norte de Beirut, se encuentra actualmente en una zona no directamente afectada por los bombardeos en curso, pero sigue con gran preocupación la evolución de la situación en un país que se enfrenta una vez más a desafíos a nivel humano, social y económico.

Sudán – Pascua de esperanza en Jartum. En Jartum, nos preparamos para las celebraciones de Pascua en un contexto aún marcado por la guerra que comenzó el 15 de abril de 2023. Para muchas parroquias, esta será la primera Semana Santa con la presencia de algunos sacerdotes y el arzobispo desde el inicio del conflicto. Este es un pequeño pero significativo gesto de continuidad eclesial y esperanza en medio del sufrimiento.

El camino hacia la paz sigue siendo largo y requiere la reconstrucción material y social del país, apoyada por la solidaridad de numerosos benefactores y el generoso compromiso de nuestros hermanos junto con las comunidades cristianas, paso a paso.

comboni.org

Domingo de Ramos. Año A

Lecturas
Isaías 50, 4-7
Salmo 21
Filipenses 2, 6-11
Pasión de nuestro Señor Jesucristo Mateo, 26, 14-27, 66


Domingo de Ramos
P. Enrique Sánchez, mccj

Los consejos para la preparación de la liturgia de este domingo sugieren que hoy no se haga una larga homilía y seguramente nos damos cuenta de que no es necesario agregar muchas palabras a lo que hemos escuchado en el largo relato de la pasión y muerte de nuestro Señor.

Al iniciar la Semana Santa nos reunimos, como cada año, para acompañar al Señor que toma, una vez más, el camino hacia el calvario iniciando esta experiencia acompañado de sus discípulos y de una multitud en fiesta que lo aclama y lo reconoce como el Mesías.

Pero, para reconocerlo de verdad como nuestro Mesías y salvador hará falta que nos dispongamos a recorrer, junto con él, el mismo camino, haciendo nuestra su experiencia de entrega y de confianza en Dios.

Tal vez nos puede ayudar tener presentes algunos detalles y hacernos algunas preguntas para que estos días que nos invitan al recogimiento y a la contemplación nos ayuden a entender mejor lo que está pasando para bien nuestro.

Un primer detalle es constatar que el inicio de la Semana Santa se da en medio de la alegría, pues para quienes creemos en Jesús el misterio de su pasión y muerte no terminan en algo trágico y triste. La semana se concluirá con la celebración de la resurrección del Señor que significa el triunfo sobre la muerte y la posibilidad de vivir finalmente en plenitud.

Al ir viviendo cada instante de esta semana, necesariamente tendremos que hacernos algunas preguntas que nos ayuden a no quedarnos como simples espectadores de un drama que sólo mueva sentimientos y deje escapar algunas lágrimas.

El misterio de la pasión tenemos que vivirlo diciéndonos a nosotros mismos que todo eso que vemos que Jesús va aceptando y soportando, en medio del dolor y del sufrimiento, lo hace por mí.

Su muerte no es algo sin sentido, sino que tiene como fin hacernos entender que dando su vida hace posible una existencia diferente para cada uno de nosotros.

En sus dolores y en sus sufrimientos podemos descargar todo aquello que llevamos en nosotros como cargas que nos aplastan y que nos tienen esclavizados.

Sólo en su muerte nos podremos sentir liberados, cuando digamos con sencillez y con gratitud que todo lo ha hecho por mí.

No deberíamos olvidar que el drama que vive Jesús, según nos lo cuenta el evangelio, es en cierta manera nuestro propio drama, cuando tenemos la valentía de entrar en nosotros mismos para descubrir que en nuestro mundo se siguen repitiendo los mismos escenarios.

Hoy la humanidad, en muchas partes y en muchos de nosotros, sigue empeñada en no querer fijar su mirada en Jesús para reconocerlo como el único que puede traernos una salvación, es decir, un estilo de vida en donde podamos ser verdaderamente felices.

Vivimos tan atrapados en nuestros puntos de vista y en nuestros criterios tan humanos que pensamos que podemos llegar al final de nuestros días ignorando a Dios, considerándolo innecesario. Esa era la actitud de los ancianos, de los escribas y de los fariseos que no fueron capaces de salir de sus cegueras.

Vivimos muchas veces encandilados o adormecidos por los pequeños conforts que podemos conseguir con el dinero, con nuestros placeres fugaces, con la ilusión de sentirnos poderosos y capaces de dominar el mundo con los pocos recursos con que contamos.

Y condenamos a Jesús, como lo hicieron en su tiempo, usando la justicia para condenar a inocentes, nos dejamos ganar por la corrupción que acaba en violencia y genera tantas muertes, entregamos a inocentes por unas cuantas monedas, como sucede repetidas veces con el tráfico de personas que cruzan nuestras fronteras.

Contemplando el cuerpo maltratado de Jesús vienen a nuestra mente las imágenes de muchos hermanos que viven hoy el drama del abandono, de la enfermedad, del hambre. Cuerpos maltratados y muchas veces hechos desaparecer o entregados mutilados en bolsas de basura. ¡Cuántas víctimas inocentes y cuántas vidas desperdiciadas!

Ante la pasión de Jesús deberíamos dejar salir de lo profundo de nuestros corazones una oración pidiendo al Señor que nos ayude a no acostumbrarnos a contemplar el maltrato, la violencia y la muerte como si fuera un film más con el que llenamos nuestras horas de aburrimiento instalados cómodamente en el sillón de las salas de nuestros hogares.

Caminando por las calles de nuestro vecindario, haciendo memoria del viacrucis de Jesús, tendremos la oportunidad de sentir el calor del sol que penetra por nuestras cabezas y sentiremos el peso de la Cruz, que aunque más pequeña que la de Jesús, nos permitirá tomar conciencia de que ahí va nuestra miseria y nuestro pecado.

Tal vez sea ese el momento mejor para decir en voz baja al Señor que lo sentimos y que pedimos su ayuda para salir de todo aquello de lo que nos sentimos arrepentidos y avergonzados.

El jueves santo, antes de salir para ir al calvario, Jesús nos invitará a estar con él en la mesa del cenáculo, para que hagamos fiesta porque ahí se nos entregará para siempre en el pan y el vino que se convertirán en su cuerpo y en su sangre. Para siempre en cada momento en que, movidos por la fe, hagamos memoria de él reconociéndolo como quien más nos ha amado.

Ahí podremos recordar, con gratitud, el gran don que nos ha dejado en su cuerpo y en su sangre, el alimento que nos dará fuerza para ir hasta el final, sobre todo en los momentos en que nos ganará la tentación de abandonarlo.

Como lo hacemos muchas veces, cuando nos alejamos de puntitas de nuestra comunidad, cuando empezamos a abandonar nuestra oración personal, cuando sentimos que participar en los sacramentos es algo que nos roba el tiempo, cuando hacer el bien y practicar la caridad nos resulta molesto, cuando nos da vergüenza que los demás nos reconozcan como discípulos del Señor.

En aquel escenario de la última cena podremos ver a Jesús que no sólo reparte el pan y el vino que satisface a nuestras necesidades más inmediatas, sino que él mismo nos da ejemplo, enseñándonos que el amor verdadero se traduce en la humildad y en el servicio que nos empujan a la entrega a los demás.

Ahí nos enseña que la fe no es una experiencia para vivirla de las puertas de la iglesia para adentro, sino en las calles de nuestros vecindarios, en las oficinas de nuestros trabajos, en los salones de clases, en las fábricas en donde vamos dejando las horas de nuestros días y vamos tejiendo las verdaderas historias de nuestra vida. Ojalá pues, que tengamos la valentía de llegar hasta los pies de la Cruz para reconocer el amor con que Dios nos ha amado y nos sigue amando.

Ojalá podamos escuchar las últimas palabras de Jesús diciendo que todo ha sido cumplido, para que no pongamos pretextos y podamos dejar que su muerte se transforme en vida nueva en este mundo en el cual nos toca jugar un papel importante como testigos del resucitado.

Volviendo al principio de esta semana, tal vez, conviene que nos preguntemos ¿Cómo me siento en medio de la multitud que acompaña a Jesús en su entrada a Jerusalén? ¿Cuáles podrían ser los motivos de mi alegría? ¿Lo reconozco como mi salvador, como el Dios del que tiene sed mi corazón? ¿No sería conveniente, al iniciar estos días, buscar la manera de hacer un poco más de silencio en nuestro interior, para escuchar al Señor que nos irá repitiendo que todo lo que vive lo va haciendo por mí, por darme la posibilidad de iniciar una etapa nueva en mi vida?

Si verdaderamente lo reconozco como mi salvador, ¿cuáles son las miserias, los dolores, los pesares y los pecados que quisiera depositar sobre su cruz?

Si me pidieran que hiciera un salmo para expresar mi gratitud al Señor por todo lo que hace por mí, ¿cuáles serían las palabras que utilizaría para decirle que lo amo?

El misterio que celebraremos a lo largo de esta semana es la Buena Noticia, es el Kerigma, que nos toca anunciar como misioneros a toda la humanidad, ¿cómo podría vivir ese compromiso de mi bautismo ahí́ en donde el Señor me pide que sea hoy su testigo?

Que todos podamos vivir estos días santos con un corazón disponible a acoger el don de Dios que se manifiesta en Cristo muerto y resucitado.

Buena Semana Santa.


Anunciar a un “Dios en la Cruz”.
¡Por todos!
Romeo Ballan, mccj

En el pórtico de ingreso a la Semana Santa, que hoy comienza (Evangelio), hay una pregunta: “¿Quién es este?” (Mt 21,10). Se lo preguntaba la gente de la ciudad, alborotada, cuando Jesús entró en Jerusalén, entre los aplausos de los simpatizantes, sentado no sobre un caballo de guerra o de carrera, sino sobre una borrica alquilada… Ese ingreso fue un acontecimiento misionero, una epifanía de Jesús ante la gente. Un momento de triunfo efímero, justamente de un solo día; pero al menos sirvió para suscitar algunas preguntas sobre la identidad de Jesús. La gente tenía una respuesta precisa: «Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea» (Mt 21,11). Es una respuesta verdadera, aunque en sus labios sonaba bastante efímera, a juzgar por los comportamientos que adoptó los días siguientes; era más bien el momento de profundizar en la identidad de ese sorprendente profeta de Nazaret. Así como lo hicieron algunos peregrinos griegos, que llegaron a Jerusalén y dijeron a Felipe: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21).

Las respuestas a la pregunta inicial las encontramos en varios textos de esta Semana especial. Una primera respuesta la da Jesús mismo, provocado por la petición de esos griegos: Él es el grano de trigo que cae en tierra y muere para producir mucho fruto (cfr. Jn 12,24). Él es el Maestro que invita a todos a seguirle para compartir su destino (cfr. Jn 12,26); Él es el Señor que puede afirmar: “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). El destino universal de su muerte en la cruz, levantado de la tierra, está claramente indicado también en las variantes de los códigos antiguos: atraeré ‘todo’, ‘a todos los hombres’, ‘a cada hombre’… Su salvación es ofrecida, como un don, para todos los que, con corazón sincero, “mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37), es decir, para aquellos que, con fe, compasión, amor, miran a Cristo elevado en la cruz (cfr. Núm 21,8; Zac 12,10). Esta fue la experiencia sorprendente del centurión romano y de los otros soldados paganos, que, al ver lo que pasaba, decían: “¡Realmente este era Hijo de Dios!” (Mt 27,54). Jesús es realmente el Hijo de Dios, justamente porque se ha quedado en la Cruz en lugar de bajar (cfr. Mt 27,40.42). Mientras los judíos lo rechazan, los paganos lo reconocen.

La clave para entender quién es este Hijo de Dios, que se hace trigo, que muere en la Cruz para atraer a todos hacia sí, nos la ofrece el evangelista Juan en la Última Cena de Jesús con sus discípulos: “Los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Es la declaración de un amor extremo, universal en el espacio y en el tiempo. Palabras que invitan a vivir la Semana Santa en dimensión universal, contemplando y anunciando a un Dios en la cruz por todos. S. Daniel Comboni había comprendido la necesidad de que sus misioneros se formasen en esta contemplación y lo encarecía en su Regla: «Fomentarán en sí esta disposición esencialísima (espíritu de sacrificio) teniendo siempre los ojos fijos en Jesucristo, amándolo tiernamente y procurando entender cada vez mejor qué significa un Dios muerto en la cruz por la salvación de las almas» (Escritos, n. 2721).

La larga narración (Evangelio) de la condena, pasión y ejecución de un inocente va mucho más allá de los acontecimientos normales: contiene la ‘Buena Noticia’ de Cristo Salvador, muerto y resucitado, que los misioneros de la Iglesia llevan por el mundo entero. De este núcleo central del Evangelio brotan opciones y actitudes fundamentales para los discípulos. Menciono una entre muchas: el rechazo de la violencia y del uso de las armas, como lo enseña Jesús a Pedro: «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá» (v. 52). Una palabra emblemática para los cristianos, que ya el apologista Tertuliano (III s.) comentaba así: “Desarmando a Pedro, Jesús ha quitado las armas de la mano a cada soldado”.

El canto del Siervo (I lectura) y, sobre todo, el himno cristológico de los Filipenses (II lectura) muestran el ciclo completo de ese Dios-hombre en la cruz: su preexistencia divina, su despojamiento voluntario, su humillación hasta la cruz, la glorificación con el nombre de Señor, ante el cual toda rodilla se ha de doblar, “para gloria de Dios Padre” (v. 11). La gloria del Padre es la meta a la que tiende toda la actividad misionera de la Iglesia. Además de la obediencia filial, el himno de los Filipenses «nos muestra también el aspecto de solidaridad con los hermanos: Cristo se ha hecho semejante a los hombres, ha asumido nuestra condición humilde; e incluso se ha hecho solidario con las personas más criminales, con los condenados a morir en la cruz» (Albert Vanhoye). (*)

El mensaje de la Pasión supone siempre una tarea cuesta arriba, pero lleva a la Vida. Ante la Pasión de Jesús, nadie es un mero espectador. Cada uno es actor, juega un papel, hoy, en la Pasión que Jesús sigue viviendo en su Cuerpo místico, dentro de la familia humana. Los protagonistas de la Pasión somos nosotros. Detrás de las figuras de Pedro, de Pilatos, de Judas, de los Sumos sacerdotes, de la muchedumbre, podemos ver el rostro de cada uno de nosotros. ¿Qué papel jugamos en la Pasión hoy? ¿De qué lado estamos? Bien para nosotros si escogemos el papel de Simón el Cirineo (v. 32), la esposa de Pilatos (v. 19), el centurión (v. 54), las piadosas mujeres, Magdalena, María, Juan, José de Arimatea, Nicodemo… El papel más coherente con el cristiano, y en particular con el misionero, es el del Cirineo, solidario con los crucificados de la historia, portador de la salvación realizada por Jesús.


El rey montado sobre un pollino
P. Antonio Villarino, mccj

La liturgia nos ofrece hoy dos lecturas del evangelio de Mateo: la primera, antes de la procesión de ramos, sobre la bien conocida historia de Jesús que entra en Jerusalén montado sobre un pollino (Mt 11, 1—11); la segunda, durante la Misa, es la lectura de la “Pasión” (las últimas horas de Jesús en Jerusalén), esta vez narrada por Mateo en los capítulos 26 b5 27.

Con ello entramos en la Gran Semana del año cristiano, en la que celebramos, re-vivimos y actualizamos la extraordinaria experiencia de nuestro Maestro, Amigo, Hermano y Redentor Jesús, que, con gran lucidez y valentía, pero también con dolor y angustia, entra en Jerusalén, para ser testigo del amor del Padre con su propia vida.

Toda la semana debe ser un tiempo de especial intensidad, en el que dedicamos más tiempo que de ordinario a la lectura bíblica, la meditación, el silencio, la contemplación de esta gran experiencia de nuestro Señor Jesús, que se corresponde con nuestras propias experiencias de vida y muerte, de gracia y pecado, de angustia y de esperanza. Por mi parte, como siempre, me detengo en un solo punto de reflexión:

El rey montado sobre un pollino.

Se trata de una escena que se presta a la representación popular y que todos conocemos bastante bien, aunque corremos el riesgo de no entender bien su significado. Para entenderlo bien, no encuentro mejor comentario que la cita del libro de Zacarías a la que con toda seguridad se refiere esta narración de Marcos:

                “Salta de alegría, Sion,
                lanza gritos de júbilo, Jerusalén,
                porque se acerca tu rey,
                justo y victorioso,
                humilde y montado en un asno,
                en un joven borriquillo.
                Destruirá los carros de guerra de Efraín
                y los caballos de Jerusalén.
                Quebrará el arco de guerra
                y proclamará la paz a las naciones”.
                (Zac 9, 9-10).

Sólo un comentario: ¡Cuánto necesitamos en este tiempo nuestro, en que nuestra arrogancia ha sido duramente probada, la presencia de  este rey humilde y pacífico que no se impone por “la fuerza de los caballos” sino por la consistencia de su verdad liberadora y su amor sin condiciones!

Ciertamente, en las actuales circunstancias que vivimos en todas partes, marcadas por el aislamiento, el miedo y la confusión, nos va a tocar vivir la Semana Santa de manera diferente, con sencillez, mucha paciencia, conectando la pasión de Jsús con la que están viviendo millones de esperanza, con temor y temblor, con confianza y miedo sereno, con generosidad y esperanza.

Contemplar a Cristo en la cruz es identificarse con Él, es ponerse a caminar sobre  las huellas de su entrega, confiando en que, aunque se rían de nosotros, aunque a veces nos desesperemos y la cruz nos parezca demasiado pesada ,el amor es más fuerte que la muerte. El amor de Dios siempre vencerá al mal que nos rodea y nos invade. Vence desde la humildad, la entrega generosa, la paciencia infinita, la esperanza contra toda esperanza.

lmcomboni.org


Con un Dios rey, todavía somos paganos;
con un Dios crucificado, ya somos cristianos
Jairo Alberto Franco Uribe
  • Este día es escandaloso, comenzamos llenos de alegría agitando los ramos, gritamos que viva el rey, y terminamos aquí en la catedral, viendo que ese rey muere en la cruz, ajusticiado como un criminal; el rey resultó ser una víctima.
  • Preferiríamos mil veces quedarnos en la procesión de ramos y terminar allí, en la apoteosis del Dios rey, y no aquí en la pasión y muerte del Dios crucificado.  En la procesión con los ramos, todavía éramos paganos, aquí en la misa, haciendo memoria de la cruz, somos cristianos
  • El crucificado no es un Dios como lo queremos, no puede, no domina, no se las sabe todas, no tiene la cara bonita.
  • En esta semana santa, en esta pascua, no nos podemos quedar en la procesión de ramos aclamando al rey; esto es mero triunfalismo y no da culto a Dios; tenemos que entrar en la pascua del Señor y reconocerlo en el crucificado, reconocerlo en las víctimas; esto es fe y es la religión que agrada a Dios.

Muy queridos hermanos y hermanas, es domingo de pasión, inician los días santos de la pascua.  Este día es escandaloso, comenzamos llenos de alegría agitando los ramos, gritamos que viva el rey, y terminamos aquí en la catedral, viendo que ese rey muere en la cruz, ajusticiado como un criminal; el rey resultó ser una víctima.

Nos alegrábamos con ese rey que entra a Jerusalén y lo confesamos como Dios, pero nos desilusiona el crucificado de esta misa y nos da lidia creer que sea Dios.  Nos infla el pecho pensar en un Dios rey, nos deprime pensar en un Dios crucificado.   Preferiríamos mil veces quedarnos en la procesión de ramos y terminar allí, en la apoteosis del Dios rey, y no aquí en la pasión y muerte del Dios crucificado.  En la procesión con los ramos, todavía éramos paganos, aquí en la misa, haciendo memoria de la cruz, somos cristiano.

Si, hermanos y hermanas, nuestro Dios es un crucificado; es un condenado a muerte, es una víctima; la gente se burla de él y le grita: “sálvate a ti mismo, a otros ha salvado y no puedes salvarte”.  Sí, es el misterio más tremendo, es el todopoderoso y no puede hacer nada, está clavado al madero; es inmortal, vive desde siempre y para siempre, y muere de muerte fea y violenta.  El vistió este mundo de color y belleza y ahí está, desnudo, la piel llagada, su túnica se la juegan a los dados.  El es la sabiduría y allí, apretado en angustia, pregunta por qué y el cielo se le queda mudo; nuestro Dios parece sin Dios, se siente abandonado del Padre, olvidado, desechado, ninguniado.     Nuestro Dios está derrotado, parece un gusano, no parece ni siquiera hombre; está desfigurado; es mejor no verlo, voltear la mirada.  Ese es nuestro Dios.

No nos gusta este Dios, nos repugna, no hay en el parecer, no hay en él hermosura, así lo habían anunciado los profetas y nadie les creyó; quién iba a creer si nos satisface tanto la idea de un Dios que todo lo puede y que arregla nuestros asuntos con milagros; un Dios que domina y se pone por encima de todo y nos da puestos en su gloria y justifica que abusemos del poder; un Dios que se las sabe todas y nos garantiza que estamos en la verdad y nos da permiso de imponer doctrinas a los otros; un Dios de cara bonita que ayuda nuestra vanidad y nos hace aparecer como gente fina y de buen gusto.  No, nadie le creía a Isaías cuando anunciaba un Dios así y todavía hoy nos cuesta creer. El crucificado no es un Dios como lo queremos, no puede, no domina, no se las sabe todas, no tiene la cara bonita.

La Biblia que cuenta la historia de la salvación, nos dice que muchos creyentes le habían estado pidiendo a Dios, “muéstranos tu rostro”, “muéstranos tu rostro”; y Dios no era fácil para dejarse ver, un día se le apareció a Moisés, pero no le mostró su rostro; se le presentó caminando y Moisés sólo pudo ver su espalda; Moisés se puso a seguirlo, queriendo pasársele para verle la cara, pero no pudo. 

Finalmente, después de mucho implorar, “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”, después de muchos ires y venires,  cuando menos lo esperaban, Dios mostró su rostro: llevaban a crucificar a tres hombres condenados a muerte;   una mujer, dicen que se llamaba Verónica, se apiadó de uno de ellos que iba coronado de espinas, un rey de burlas, y le limpió con su lienzo la sangre y el sudor que corría por su frente y sus mejillas; y el rostro del condenado quedó grabado en la tela.  Dios escuchó la súplica, mostró su rostro; ya conocemos a Dios, tiene el rostro de las víctimas, es un ajusticiado, es un condenado, es un sufrido.  Tenían razón los anuncios de Isaías.  Dios se nos mostró en el crucificado, es en la cruz donde conocemos a Dios; Dios es el crucificado; es rey, pero es un rey crucificado.

Jesús, Dios con nosotros, nos dijo dónde lo podíamos seguir encontrando cuando no estuviera más con nosotros, “lo que hicieron a uno de estos pequeños a mí me lo hicieron” “lo que hicieron a uno de esos crucificados a mí me lo hicieron”; el rostro de los que tienen hambre y sed, de los que están enfermos o en la cárcel, de los perseguidos y desplazados que buscan techo, de los que están desnudos  y desarrapados, es el rostro de Dios; en ellos adoramos a Dios; no pueden salvarse a sí mismos, mueren antes de tiempo, los asesinan, parece que no saben nada, están vestidos de andrajos, no son agradables a la vista; y así y todo, sus rostros nos dejan ver a Dios.

Hermanos y hermanos, en esta semana santa, en esta pascua, no nos podemos quedar en la procesión de ramos aclamando al rey; esto es mero triunfalismo y no da culto a Dios; tenemos que entrar en la pascua del Señor y reconocerlo en el crucificado, reconocerlo en las víctimas; esto es fe y es la religión que agrada a Dios.  Cada vez que queramos ver a Dios, conocerlo en persona, acerquémonos a un crucificado, a una víctima, ahí Dios se deja conocer.  Dios está en todas partes pero se hace denso en los pobres.

La pasión de Cristo que acabamos de traer a la memoria no es algo que sucedió hace más de dos mil años; es algo que sucede hoy, así como Dios sufrió en Jesús y dejó ver su rostro en él, así Dios sigue sufriendo en las víctimas; tener un Dios para que nos ayude es de todos, hasta de los idólatras, tener un Dios al que hay que ayudarle porque es una sola cosa con las víctimas, es solo de creyentes.

Colombia es un país de víctimas; después del acuerdo de paz, sobrevivieron más de nueve millones de víctimas; y el conflicto se ha reciclado y sigue produciendo más y más víctimas; no podemos hacer memoria de la pasión y muerte de Jesús, sin hacernos cargo de la pasión y muerte de nuestras los que sufren violencia y muerte; Dios se nos muestra en los desplazados y sacados a la fuerza de sus territorios, en los secuestrados y privados de sus derechos, en  los desaparecidos y las personas que los buscan, en los que han perdido a sus seres queridos asesinados o no los encuentran porque los desaparecieron, en  las mujeres violentadas, en los niños y las niñas reclutados para la guerra, en los líderes sociales y firmantes de la paz asesinados, en los pueblos enteros masacrados.  No nos es lícito buscar a Dios sólo en los templos, hay que buscarlo sobre todo donde hay dolor. Lo único que Dios quiere es que lo bajemos de la cruz; ayer estaba crucificado en Jesús de Nazaret, hoy está crucificado en todos los que sufren.

Que en esta pascua recibamos la gracia de ver el rostro de Dios y no escandalizarnos; de adorar no sólo al rey, también al crucificado.  No, nuestro Dios no puede salvarse a sí mismo, somos nosotros los que lo tenemos que salvar, bajando de la cruz a las víctimas.

www.religiondigital.org

R. D. del Congo: Compromiso solidario de los escolásticos con la ecología integral en Kinshasa

Por: P. Fernando Zolli, mccj
Desde Kinshasa, RDC

El pasado sábado, 21 de marzo, algunos estudiantes del escolasticado de Kinshasa, miembros de la comisión de ecología integral, en su camino de conversión cuaresmal, pasaron unas horas conviviendo con quienes viven de lo que logran recuperar y reciclar del vertedero. Ha sido un gesto de solidaridad, pero al mismo tiempo una denuncia de las condiciones de vida de demasiadas personas que deben luchar para sobrevivir. Un llamamiento para que la gran Kinshasa vuelva a ser “Kinshasa la belle” (Kinsahsa la hermosa) y no “Kinshasa la poubelle” (Kinshasa el basurero), como le llaman ahora.

La ecología integral, de hecho, se está convirtiendo cada vez más en un eje transversal de la misión y la formación de los misioneros combonianos, para que estén siempre dispuestos a escuchar el grito de la tierra —violada y saqueada sobre todo en la República Democrática del Congo— y atentos al grito de los pobres. Esta es una de las llamadas pastorales específicas, hoy insustituible en un mundo desgarrado por guerras y violencias, donde a miles de millones de personas se les niega el derecho a una vida plena.

Todos estamos llamados a construir un modelo de desarrollo capaz de conjugar la justicia social y la salvaguardia del planeta. No solo está en juego el futuro del planeta, sino también la posibilidad de garantizar una vida digna a todos los pueblos de la tierra.

comboni.org