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VI Domingo de Pascua. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes.

Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.

El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él».

(Juan 14, 15-21)


No los dejaré desamparados
P. Enrique Sánchez G., mccj

El evangelio de hoy parece tener como fondo una melodía de despedida, “dentro de poco, el mundo no me verá más”, dice Jesús a sus discípulos.

Y, no debería extrañarnos, pues estamos ya muy cercanos al final de este tiempo pascual que se concluirá con la fiesta de la Ascensión y Pentecostés, dentro de muy pocos días.

Jesús nos ha acompañado durante este tiempo y nos ha ido dando pruebas de su cercanía y de su compromiso de mantenerse a nuestro lado para que podamos llegar con él al final de su misión. Para que podamos estar con él junto a su Padre.

En la preparación para que podamos ir en su compañía, para que podamos llegar a ocupar el lugar que él nos ha preparado, Jesús parece dejarnos dos recomendaciones, la primera es una invitación a vivir en el amor que él ha compartido con nosotros durante su misión.

Esa invitación podríamos entenderla como una puerta que se abre para que entremos y permanezcamos en una relación caracterizada por la intimidad, por la confianza, el cariño y la amistad con Jesús.

Por otra parte nos propone adoptar y aplicar los mandamientos, aquellas normas de vida que tienen por finalidad asegurarnos el caminar por senderos seguros y con paso firme.

Se trata de dos realidades que se llaman una a la otra, pues la vida nos enseña que no puede haber un verdadero compromiso si este no está sostenido por el amor. Porque amamos somos capaces de aceptar obligaciones y deberes.

Para lograr integrar esos dos criterios de vida, el Señor nos promete y nos da el don de su Espíritu. Bajo su cuidado podremos hacer del amor nuestra regla de vida.

El Espíritu es quien hará posible todo lo que nos tocará vivir como cristianos, en lo que esta vocación implica de renuncias y sacrificios, de esfuerzos y de entregas, de abandono y de confianza.

Ese Espíritu es quien nos educará en el amor para que podamos ser felices y para que nuestra vida sea plena y llena de alegría. Será el Consolador, es decir, quien nos permitirá pasar por momentos de oscuridad y a lo mejor de inquietudes, sin que perdamos la paz, pues será siempre la garantía de la presencia del Señor que no nos deja huérfanos.

Jesús se va despidiendo, pero a cada paso parece insistir en algo que debería ser muy consolador para nosotros. Se va, pero no nos deja solos. Nos promete la compañía de Alguien que estará siempre con nosotros, nos dejará el Espíritu que no es alguien más que el don que Jesús pide a su Padre para nosotros.

El Señor se va y nos va preparando para que en el momento en que nos tocará dar razón de nuestra fe estemos firmes y preparados.

Llega el momento, como en la vida de toda persona, en el cual hay que empezar a dar pasos sin que nadie nos sostenga; hay que tomar responsabilidades que otros ya no pueden asumir en nuestro lugar.

Hay que ser cristianos por convicción y porque hemos optado por ello y no como si se tratara de una herencia que hemos recibido para irla gastando poco a poco, sin saber lo qué ha costado.

En el momento de dar los primeros pasos en nuestra experiencia de fe como cristianos, el Señor nos recuerda que de lo que se trata es de vivir poniendo como cimientos de nuestra experiencia dos cosas: el amor y los mandamientos.

Para ser cristianos tenemos que amar profundamente y eso es lo que nos dará la identidad que nos permitirá identificarnos como hijos de Dios y hermanos de Jesús. Amar y dejarse amar será por siempre la tarea del cristiano y vivir del amor y amando quiere decir organizar nuestra vida aceptando vivir fuera de nosotros mismos.

Es decir, tomando la vida en nuestras manos para entregarla con alegría a los demás. Pues como dirá el mismo Jesús: quien quiera ganar su vida tendrá que estar dispuesto a entregarla, a perderla, para poder recuperarla.

Sólo de esa manera se podrá seguir a Jesús como discípulos, amándolo y no por obligación, ni por ninguna otra razón como podría ser la conveniencia o el interés. Amarlo significa abrazarlo y ponerlo en el centro de nuestra vida de manera gratuita. Seguirlo, por puro gusto, como me gustaba decir ya desde hace varios años cuando invitaba a los jóvenes a no tener miedo cuando se sentían llamados a seguirlo en la vocación misionera.

Y es que el amor es lo único que merece todo sacrificio y cualquier renuncia. Se puede estar con Jesús, sólo si lo hacemos por amor, pues de lo contrario cualquier otra motivación acabaría desvaneciéndose ante los muchos “peros” que no faltarían.

Si me aman, cumplirán mis mandamientos, dice Jesús. Con eso nos enseña que la ley o las obligaciones, las reglar o las exigencias que podrían aparecer ante nosotros se hacen llevaderas y aceptables, pues lo que se hace por amor, no cuesta y se acepta sin dificultad.

En nuestros tiempos no faltan personas que se alejan de la comunidad cristiana porque consideran que se les exige demasiado, que la Iglesia pone reglas y exigencias demasiado pesadas para la mentalidad de nuestro tiempo.

Hay quienes consideran las normas de la Iglesia como una moral que todo lo prohíbe y consideran que eso va contra la posibilidad de vivir en libertad plena.

Cuántos jóvenes y adultos vemos que se alejan porque les parece que son muchas las obligaciones que tendrían que cumplir y en realidad lo que hace falta no es valentía o coraje para cumplir, sino una experiencia de amor hacia Jesús.

A lo mejor se ha aprendido mucho sobre él, pero queda como carencia aquella experiencia de cercanía, de amistad profunda, de cariño que sólo se puede tener si lo reconocemos como una persona viva que nos acompaña y sigue dando su vida por nosotros.

Los mandamientos, cuando son sostenidos por el amor, se convierten en instrumentos que permiten ir más en profundidad en aquello que es fundamental en la vida; se descubren y se viven como valores que empujan a ir más lejos y a no contentarnos con una vida hecha de algunas pocas y pequeñas consolaciones.

Ya no son considerados como yugos pesados que hay que llevar sobre la espalda, sintiendo que aplastan y lastiman.

Cumplir los mandamientos se transforma en algo que se integra al estilo de vida en donde ya no se vive para sí, sino para ser presencia del amor de Dios para los demás en todas las situaciones de nuestra vida.

Que el Señor nos conceda vivir cumpliendo sus mandamientos, sostenidos por su amor.


Fecundados por el Espíritu Santo
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Nos quedan dos semanas del tiempo de Pascua. El próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor y, el siguiente, Pentecostés. La Palabra de Dios nos invita a dirigir nuestra mirada hacia estos acontecimientos.

Hoy Jesús nos promete el don del Espíritu: “Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad”. Jesús habla cinco veces del envío del Espíritu en estos discursos de despedida. Cuatro veces lo presenta como el “Paráclito”, un término griego muy rico que indica a alguien llamado a estar a nuestro lado para ayudarnos, un consolador, un abogado defensor… Tres veces lo caracteriza como “Espíritu de la verdad”.

El amor, el “nido” del Espíritu

Jesús vincula el don del Espíritu Santo al amor: “Si me amáis…”. El amor es el “nido” del Espíritu. El apóstol Pablo afirma: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gálatas 5,22). Todas son características relacionadas con el amor.

El pasaje evangélico de hoy pone de relieve el amor —cinco veces—, pero, sorprendentemente, aquí Jesús habla del amor hacia su persona. El amor, que en el Antiguo Testamento estaba reservado a Dios (Deuteronomio 6,4-9), Jesús ahora lo reclama para sí. El Evangelio de Juan concluye con una triple petición de profesión de amor, donde Pedro representa a cada uno y cada una de nosotros: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Juan 21,17). ¡Qué honor nos hace Dios al pedir nuestra amistad! ¡Dios tiene un corazón enamorado!

Jesús afirma que el amor hacia él se manifiesta en la observancia de sus mandamientos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. ¿Por qué habla de mandamientos, en plural? Podemos pensar que se refiere, en general, a sus enseñanzas que hemos de custodiar, pero sobre todo a las dos dimensiones inseparables del amor: amar a Dios y a los hermanos.

El amor es el motor de la vida. Decía san Agustín: “Que esté en ti la raíz del amor, pues de esta raíz no puede proceder sino el bien. ¡Ama y haz lo que quieras!”. Y el apóstol Pablo dirá: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Corintios 5,14).

“En”, la preposición del amor

Llama la atención la insistencia de Jesús en la profunda comunión creada por este amor: una verdadera inhabitación recíproca. “Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Aunque encontramos otras expresiones —“con vosotros”, “junto a vosotros”, “en vuestra casa”—, la privilegiada es “en vosotros”, “en mí”, “en el Padre”. Esta preposición, en —ἐν, en griego— aparece unas 25 veces en los capítulos 14 y 15, evocando intimidad profunda, inmanencia, inhabitación recíproca.

Nuestro corazón está hecho para ser habitado. Más aún, fecundado. En cada creyente se renueva algo del misterio de María, que “se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mateo 1,18). Orígenes de Alejandría, uno de los más grandes teólogos de los primeros siglos y padre de la exégesis bíblica cristiana (185-253), nos ofrece una de las imágenes más eficaces de la vida cristiana: “El cristiano, mientras está en este cuerpo, es semejante a una mujer encinta: lleva dentro de sí el Verbo de Dios” (In Exodum X, 10). Así como la mujer embarazada lleva al hijo en su vientre, pero aún no lo ve cara a cara, así el cristiano lleva a Cristo dentro de sí mediante la gracia, pero todavía “camina en la fe, no en la visión” (2 Corintios 5,7). Las tribulaciones, las dificultades y la misma muerte constituyen los dolores del parto. El cristiano vive en el mundo, entre los hombres, como una mujer grávida de vida nueva. “Y no hace falta que la mujer embarazada haga proclamaciones: es evidente para todos que hay una vida nueva en ella. Como para la mujer embarazada la espera es el periodo más vivo, más feliz, más creativo, así también para nosotros: vivos, creativos, felices; como la embarazada es una y dos al mismo tiempo, vive una vida hecha de dos vidas, así el cristiano es uno y dos”, comenta el P. Ermes Ronchi.

Ponerse en la escuela de los místicos enamorados

Tal vez no hemos interiorizado suficientemente esta realidad sorprendente y maravillosa: somos morada de Dios, habitados por Dios, portadores y portadoras de una vida nueva generada en nosotros por el Espíritu Santo. A menudo pensamos en Dios “con” nosotros, “a nuestro lado”, o a veces lejano o ausente, y olvidamos que Él está “en” nosotros.

Los místicos, en cambio, lo comprendieron muy bien. Traigo el ejemplo de un místico francés del siglo XVII: Lorenzo de la Resurrección (Laurent de la Résurrection), hermano lego en un monasterio de los Carmelitas Descalzos de París. La espiritualidad que vivió y enseñó era muy sencilla: cultivar el sentido de la presencia de Dios, mediante “el ejercicio continuo de esta divina presencia”, en cada instante y en toda circunstancia, trabajando primero como cocinero y después como zapatero en un gran convento con más de un centenar de frailes:

En el bullicio de mi cocina, donde a veces varias personas me hablan al mismo tiempo de cosas distintas, poseo a Dios tan tranquilamente como si estuviera de rodillas ante el Santísimo Sacramento. No es necesario tener grandes cosas que hacer. Yo doy la vuelta a mi tortilla en la sartén por amor de Dios y, cuando la he hecho, si no me queda nada más, me inclino hasta el suelo y adoro a mi Dios, que me ha concedido la gracia de hacerla; después de lo cual me levanto más feliz que un rey”.

Aunque cojeaba a causa de una herida de guerra, fray Lorenzo —“tosco por naturaleza y delicado por gracia”, según Fénelon— era puntual y preciso en sus tareas, sin dar señales de impaciencia ni de prisa… Pero…

Si a veces estoy un poco demasiado ausente de esta divina presencia, Dios se hace sentir enseguida en mi alma… con movimientos interiores tan fascinantes y tan deliciosos que me da vergüenza hablar de ellos”.

Da también tú la vuelta a la tortilla cotidiana de tu vida: no siempre será perfecta, pero siempre podrá estar condimentada con amor.


El Espíritu de la Verdad
José Antonio Pagola

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.

Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?

Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor… que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.

Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo  su Evangelio.

Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.

Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.

Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad…
¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”?

¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada?

¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?

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La vida en nosotros
Paula Depalma

La dimensión escatológica de este texto es sorprendente. A partir del capítulo 13 nos enfrentamos a un extenso discurso de despedida: El evangelista nos presenta a un Jesús consciente de que va a morir. Los discípulos son como sus hijos; él los ha cuidado y protegido, y no quiere que ahora estén desconsolados. Por eso les dice: “No los dejará huérfanos”. La muerte se acerca, pero Jesús les promete: “Regresaré con ustedes”. Los discípulos sienten miedo a quedarse solos, al abandono. Pero Jesús los consuela y les explica que la muerte no tiene la última palabra y que volverá porque, dice, “yo vivo” y “ustedes vivirán”.

Los verbos “vive”, “está en”, “está con” que aparecen en este evangelio en el capítulo 14 llaman la atención sobre todo porque parecen referirse no solo a los discípulos sino a todo creyente, a cada lector u oyente de esta palabra. ¿Quién o quiénes viven?

La respuesta es pluriforme y vincular. Los que “viven” son el Espíritu consolador en nosotros (v. 17); el Padre y Jesús en quienes amen a Jesús (v. 23) y Jesús y los creyentes mutuamente relacionados “porque yo vivo y ustedes vivirán” (v. 19). Las comunidades de los orígenes comprendían que ser cristiano era dejarse llevar por el Espíritu que consuela, el espíritu del Resucitado. Comprendían que Jesús estaba vivo en ellos, y que ellos vivían un vida nueva en esta dinámica de la vida que no tiene fin.

Este texto no permite interpretaciones morales relacionadas con el cumplimiento de los mandamientos, y, sin embargo, apunta a ellas. La única tarea que deja a los discípulos consiste en amar; y ese amor desencadena la acción de cumplir los mandamientos. Recordemos a Agustín de Hipona en su clásico “Ama y haz lo que quieras”, o a Teresa de Jesús “El amor, cuando es crecido, no puede estar sin obrar”. El amor en el centro y como condición imprescindible y, a partir de allí, la acción.

Los cristianos de las comunidades joánicas pasaban momentos difíciles y sus vidas corrían peligro. Tal vez por ello el evangelista dedica tantos capítulos a los discursos de despedida: para ofrecer sentido a situaciones difíciles, para brindar plenitud de vida incluso ante la muerte. Y para poder encontrar en Jesús una propuesta de una vida con sentido. Un sentido y un estilo de vida en plenitud, que se vuelven más importantes y significativos que la misma muerte.

En conclusión, la vida, para el cuarto evangelista, consiste en esta continuidad propia del amor, de la justicia, de la reciprocidad y de la trascendencia. La vida que ofrece el Jesús joánico es vida en abundancia, vida que no se acaba, vida compartida, vida en comunión, vida en relación, vida propia de la justicia, vida para quien ama y vida para quien cree. Es presente y plenitud de ser.

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El Espíritu da vida y gozo e impulsa a la Misión
Romeo Ballan, MCCJ

Un clima de despedida se respira en el largo discurso-conversación-oración de Jesús con sus amigos después de la Ultima Cena (Evangelio): abundan las emociones, recuerdos, preguntas, temores… Pero sobre todo ello prevalece la promesa confortadora del Maestro: “No los dejaré huérfanos: volveré a ustedes” (v. 18); el Padre les dará otro Consolador… para siempre (v. 16). Jesús promete “el Espíritu de la verdad” (Jn 14,17; 16,13); lo presenta como defensor y Paráclito (Jn 16,7-11), como don a quien ora (Lc 11,13), como perdón de los pecados (Jn 20,22-23), como Espíritu que clama en nosotros ¡“Abá, Padre!” (Rom 8,15). En verdad, el Espíritu que Jesús promete a los discípulos es un verdadero “Paráclito” (v. 16): palabra de uso judicial para indicar a una ‘persona llamada para estar al lado’ (v. 17) como ayuda, protector, defensor. Por tanto, una presencia amiga, una compañía íntima y cariñosa.

Él es Espíritu de amor en el seno de la Trinidad y dentro de cada uno de nosotros; es un nuevo principio de vida moral en la observancia de los mandamientos. En efecto, no basta con presentar la ley moral para que esta sea observada. La simple ley es como las señales de tráfico: indican la dirección justa, pero son incapaces de mover el carro; es necesario un motor. Jesús, además de indicarnos la ruta, nos comunica también su fuerza, su Espíritu, para proceder hacia la meta. ¡Por amor! Se observa la ley con un Espíritu diferente: ¡como expresión y signo de amor! En la gratuidad y reciprocidad (v. 21).

El Espíritu anima la misión de los discípulos a todos los pueblos, como se ve en Pentecostés, hasta los confines de la tierra (cfr. Hechos 1,8). Lo mismo se ve también en la fundación de la Iglesia en Samaría (I lectura), que es la segunda comunidad (después de Jerusalén), y le seguirán Antioquía y otras. En los comienzos de la comunidad de Samaría encontramos a un diácono, Felipe (v. 5): llega allí huyendo de la persecución desatada después del asesinato de Esteban, predica a Cristo, lo escuchan con interés, realiza prodigios, bautiza, “y hubo una gran alegría en aquella ciudad” (v. 8). Son estos los primeros signos de una comunidad de fe, la misma que más tarde recibirá la confirmación de los apóstoles Pedro y Juan con el don del Espíritu Santo (v. 17). La fundación de Antioquía tiene un comienzo semejante, impulsado por cristianos que se habían dispersado tras la misma persecución; los apóstoles llegarán posteriormente.

En la historia de la Iglesia misionera abundan hechos parecidos; casi todas las comunidades cristianas empezaron con laicos: un catequista, una familia, algunas religiosas, un grupo de laicos y laicas (la ‘Legión de María’, por ejemplo, y otros). Solo más tarde llegan el sacerdote y el obispo, con los sacramentos de la iniciación cristiana y la organización eclesial. Un caso emblemático es el comienzo de la Iglesia en Corea (s. XVIII): algunos laicos coreanos que regresaron de China, donde habían encontrado la fe cristiana y el bautismo, llevaron consigo libros cristianos y empezaron a anunciar el Evangelio de Jesús. Solo décadas más tarde llegaron a Corea el primer sacerdote desde China y los primeros misioneros desde Francia.

La Iglesia es una comunidad de creyentes en Cristo, cuyos miembros – como los destinatarios de la carta de Pedro (II lectura) – están “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de la esperanza que está en ustedes” (v. 15). En las páginas de los Hechos se respira la frescura misionera característica de las primeras comunidades cristianas. Una frescura y un ardor que se vuelven contagiosos y que no se pueden ni se deben ocultar. Con toda razón se afirma que “los cristianos son ridículos cuando ocultan lo que los hace interesantes” (Card. J. Daniélou). La Iglesia del Resucitado es una comunidad misionera, portadora de un mensaje de vida, gozo y esperanza para anunciarlo a todos los pueblos, como declara el Concilio: “La a comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (GS 1).

V Domingo de Pascua. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se los habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.

Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes , ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: Muéstranos al Padre? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre”.

(Juan 14, 1-12)


Yo soy el camino, la verdad y la vida
P. Enrique Sánchez G. mccj

Ya en el domingo pasado habíamos empezado a reflexionar sobre la importancia que tiene Jesús en nuestras vidas para poder llegar a encontrarnos con lo que más anhela nuestro corazón.

El deseo más profundo que llevamos en nuestro interior es poder conocer a Dios para entrar en una relación que nos haga experimentar que somos sus hijos.

Jesús, en el evangelio del Buen Pastor que leímos la semana pasada, nos decía que él es la puerta por donde tenemos que pasar para que suceda ese encuentro. Él es la puerta por donde pasan las ovejas que Él conoce y ama y es a través de Él que podemos llegar a conocer a su Padre, que es nuestro Padre, porque Jesús está en el Padre y el Padre en Jesús.

El evangelio de hoy nos invita a continuar en esa búsqueda dejándonos conducir por el Señor y parece que en este texto hay cuatro palabras claves que sirven de marco a lo que Jesús nos quiere enseñar. Las cuatro palabras son: casa, camino, verdad y vida.

La casa es el lugar en donde habita el Padre y en donde Jesús, a través del misterio de su pasión, muerte y resurrección, ha preparado un lugar para nosotros. Nos ha ganado un espacio para que podamos vivir con Él y con su Padre para siempre.

Seguramente podemos entender que la casa no se trata de una edificación hecha de cemento y de ladrillos. No es un espacio físico como el que ocupamos en esta tierra, sino, más bien una realidad en donde podemos estar como somos en Dios, así como Él ha querido estar con nosotros enviándonos a su hijo para que se hiciera una de nosotros.

Jesús quiere que estemos en donde Él está, es decir, gozando de la presencia de Dios en nuestras vidas, como Él permanece para siempre con su Padre después de haber cumplido su misión entre nosotros.

Hemos sido creados para Dios y nuestro corazón no descansa hasta reposar en Él. Así lo decía san Agustín en el libro de las Confesiones y esa es una verdad que llevamos dentro de nosotros mismos y que nos impulsa a ir cada día más lejos en nuestra búsqueda de Dios, con el deseo de encontrar lo que realmente le da sentido a nuestra existencia en este mundo.

Volver a la casa del Padre significa también volver a nuestro origen, pues sabemos que hemos nacido de Dios y nuestro peregrinar por este mundo no es otra cosa sino marchar y volver a donde sabemos que pertenecemos.

Jesús se nos ha adelantado y nos dice que allá nos espera para que ocupemos el lugar que nos corresponde en el corazón de nuestro Padre Dios.

¿Cómo podremos llegar a nuestro destino? Jesús nos dice que tenemos que pasar a través de Él. Esto puede significar, de alguna manera, que tenemos que aprender de Él todo lo que se refiere a la vida verdadera.

Quiere decir que nos toca hacer todo lo que está de nuestra parte para configurar nuestra vida con la suya. Que tenemos que aprender a actuar y a vivir como Él, siendo fieles a su palabra, a sus valores y al ejemplo que nos ha dado.

Tenemos que llegar a hacer nuestra la experiencia de san Pablo cuando dice: “ya no soy yo el que vive, sino Cristo que vive en mí” (Gálatas, 2, 20)

Jesús mismo lo dice: yo soy el camino. Él es quien se pone por delante y nos guía para que lo sigamos como discípulos que caminan sobre sus huellas. Él es quien con su ejemplo, que hemos conservado en el Evangelio, nos enseña qué es lo que tenemos que ser y hacer para poder entrar en el mundo de Dios sin perdernos en otros rumbos que nos llevan a destinos muy distintos.

Si seguimos a Jesús no hay peligro de perdernos o de quedarnos a medio camino. Él es el camino de la salvación. Y ese camino nos lleva a vivir con Él la experiencia de la pasión, de la muerte y de la resurrección, porque, como dicen los Hechos de los Apóstoles, “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en el que podamos ser salvados” (Hechos 4, 12)

El camino que es Jesús para llegar al Padre, nos lleva por rumbos que nos obligan a desprendernos de nosotros mismos, a poner nuestra confianza en Dios, a vivir en la alegría que no da el saber que le pertenecemos. Nos hace profundamente libres para no dejarnos atrapar por nada que pueda esclavizarnos en este mundo.

Hacer el camino de Jesús es aceptar convertirnos en peregrinos que van en búsqueda de absoluto, de aquello que no podemos encontrar en lo limitado de nuestro mundo. Es lo que nos abre para entender que tenemos una vocación que nos lleva lejos y a no quedarnos atorados en lo inmediato de lo material y pasajero de esta vida.

Jesús se nos presenta también como la verdad y esto quiere decir que en Él podemos encontrar la respuesta a lo que nuestro corazón desea en lo más profundo de nosotros mismos.

La verdad es lo que nos permite caminar por los senderos de lo que es auténtico, honesto, bueno, bello en este mundo. Es lo que nos impide quedarnos atrapados en aquello que nos puede esclavizar y negar nuestra identidad de hijos de Dios.

La verdad es lo que nos permite reconciliarnos con los errores que hayamos podido cometer, con las infidelidades en que nos pudimos ver enredados; es la posibilidad de recobrar con humildad y sencillez lo que realmente somos y valemos a los ojos de Dios.

Todos estamos expuestos a fallar, a caer y a pecar. Todos nos podemos equivocar y encontrarnos un día haciendo lo que sabemos que no nos conviene, como dice san Pablo: “sé el bien que tengo que hacer y me encuentro realizando el mal que no quiero”. (Romanos 7,19)

Eso habla de nuestra fragilidad y nuestra debilidad muy humanas, pero la verdad que llevamos grabada en el corazón nos permite volver sobre nuestros pasos en un camino de conversión para ser lo que realmente nos corresponde en los proyectos de Dios.

La verdad es lo que nos hace libres y en eso Jesús nos ha enseñado no con muchas palabras, sino con el testimonio de coherencia de vida y de entrega radical.

La verdad es lo que nos permite dar la vida, porque hemos podido entender que el secreto de la felicidad no está en lo que tenemos sino en lo que somos para los demás.

La verdad es lo que impide que vivamos engañándonos a nosotros mismos, y nos permite asumir con humildad aquello que reconocemos como extraño a lo que Dios ha querido hacer de nosotros.

Ser verdaderos no quiere decir ser perfectos e intachables, sino más bien ser capaces de vivir reconciliados con lo que descubrimos de nosotros mismos aceptando poner todo lo que esté de nuestra parte para ser una mejor imagen del Dios que nos ha creado a semejanza suya.

La verdad, podríamos decir, es lo que aleja de nosotros el engaño, la mentira, la corrupción, lo fraudulento y lo aparente. Vivir en la verdad, vivir en Cristo, es ser capaces de convertirnos en testigos transparentes del amor de Dios, no obstante nuestros límites y nuestros pecados.

Finalmente, Jesús nos dice que Él es la vida. Y esto no debería sorprendernos, pues Él es el don de Dios para la humanidad y ya nos recordaba con palabras muy sencillas que Él ha venido a cumplir la voluntad de su Padre y lo que el Padre quiere para nosotros es que tengamos vida, y la tengamos en plenitud.

Tener la vida de Jesús bien podría significar estar en este mundo reconociendo todo lo bueno que Dios ha puesto ahí para que vivamos como familia, en la armonía y en la solidaridad, en el respeto y en la paz.

La vida que todos soñamos no está llena de cosas grandiosas y extraordinarias, basta tener lo necesario para vivir con dignidad y la capacidad de reconocer a los demás como nuestra verdadera riqueza.

La vida verdadera será siempre aquella que se vive para los demás. Vivir plenamente es haber entendido que la vida no es para que nos encerremos en nosotros mismos, sino un instrumento para ir al encuentro de los demás, para darnos cuenta que Dios los ha puesto en nuestro camino para brindarnos todo aquello que no encontramos en nosotros mismos.

La vida, por lo tanto, no son unos cuantos años gastados de prisa, cargados de angustias y de preocupaciones. No es el tiempo que tuvimos para acumular todo aquello que no podremos llevarnos en el último instante de nuestra existencia.

La vida es descubrir que somos viajeros que van de paso y que cuando viven en plenitud van dejando una huella en este mundo que servirá para que otros puedan también dirigir sus pasos hacia aquella casa en la que se nos está esperando par que vivamos por siempre y para que gocemos de la presencia de quien no tiene otra preocupación más que amarnos.

Mientras llega ese día, fijemos nuestra mirada en Jesús para descubrirlo como la puerta que nos abre el camino que nos permite transita por la verdad, que nos da la alegría de vivir en el bien y que nos asegura una morada en donde la vida es plenitud y realización de nuestros sueños más profundos.

Que Jesús sea nuestro camino, la verdad que nos ilumina y la vida que nos llena de alegría.

Que nos conceda la gracia de dejarnos conducir por Él al lugar que nos tiene preparado en la casa del Padre.


El caminio
José Antonio Pagola

Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. La salida precipitada de Judas, el anuncio de que Pedro lo negará muy pronto, las palabras de Jesús hablando de su próxima partida, han dejado a todos desconcertado y abatidos. ¿Qué va ser de ellos?

Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos:”Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.

“Yo soy el camino”. El problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados. Sencillamente, viven sin camino, perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento.

Y, ¿qué puede hacer un hombre o una mujer cuando se encuentra sin camino? ¿A quién se puede dirigir? ¿Adónde puede acudir? Si se acerca a Jesús, lo que encontrará no es una religión, sino un camino. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús.

“Yo soy la verdad”. Estas palabras encierran una invitación escandalosa a los oídos modernos. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El misterio último de la realidad no se deja atrapar por los análisis más sofisticados. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad.

Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.

“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva.

Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.

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Confiad en mí
Inma Eibe, ccv

En este V domingo de Pascua, el evangelio de Juan nos vuelve a situar en el cenáculo, en el momento posterior al lavatorio de los pies. Desde la experiencia pascual y para que ésta se sostenga y reafirme, los primeros creyentes necesitan recordar todas las palabras que habían escuchado en boca de Jesús mientras estaba con ellos y cuyo significado, en aquel momento, eran incapaces de comprender del todo.

Situados en el contexto podemos comprender que las primeras palabras de Jesús sean una invitación a mantener la calma. Igualmente los primeros creyentes, para quienes Juan escribe el evangelio, se ven necesitados de aprender a relacionarse de un modo nuevo con un Jesús no visible, pero Vivo y resucitado. Necesitan escuchar una vez más la invitación que éste tantas veces les hizo: “no perdáis la calma”.

También a nosotros nos llega hoy este llamamiento a no perder la paz. “Creed en Dios y creed también en mí. “Creed plenamente en mí y en mi palabra, porque aunque me voy, no os dejo. Porque el Padre y yo, que somos uno (cf. Jn 10, 30), estamos siempre con vosotros”. “Creer”, en este sentido, no es un movimiento meramente intelectual, sino la acción de depositar nuestra absoluta confianza en Jesús y vivir consecuentemente. Sólo de ahí puede brotar la verdadera calma. Aunque la vida siga trayendo dificultades, aunque no nos falten preocupaciones, aunque sigamos sintiendo miedo por tantas cosas… Jesús nos invita a no perder la paz que brota de la confianza plena en Quien, sabemos, no nos abandona.

“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.” Hasta once veces (en doce versículos) pone Juan en boca de Jesús el término “Padre”, además de nombrarlo de otras maneras. En un contexto en el que nuestra atención está centrada en lo que Jesús hace y dice, éste desea desviar nuestra mirada y nuestro corazón hacia el Padre para ratificar que él todo lo ha recibido del Padre y que los dos son uno mismo. “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?”, le responde a un Felipe que pronuncia el deseo que todos se hacían: “Muéstranos al Padre y nos basta”.

Eso puede sucedernos también hoy a nosotros. Hemos escuchado y sabemos que Dios está en nosotros, que no hay que buscarle “más allá”… Pero este Misterio nos sobrepasa y nos confunde. Por eso Jesús nos lo recuerda una vez más. “Yo soy el camino hacia el Padre”. En él, con él y por él nosotros somos invitados a entrar en el abrazo de amor de la familia divina. “Conocerle” no es sólo progresar en el conocimiento de su vida, sus gestos y sus palabras. Se trata de un conocimiento vivencial, de entrar en mayor comunión con Jesús, de tener verdadera experiencia de encuentro y amistad con él.

“Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”Jesús repite, como consigna, el mismo imperativo que al principio: “creed”, “creed en mí”, “creedme”. “Creed que yo soy el camino, la verdad y la vida”. En este tiempo en el que miles de hermanos transitan por tantos caminos huyendo del horror; en el que todo lo nos llega de nuestros líderes parece bañado por la corrupción y la mentira; en el que nos alcanzan continuamente imágenes que muestran cómo la vida es devaluada; la certeza de que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida con mayúsculas alienta nuestra marcha como creyentes, alimenta nuestra esperanza y aviva nuestro compromiso. Si creemos en él, si se nos da vivir cada vez más en comunión con él, nuestro anuncio del Padre y su Reino no será sólo de palabra, sino también –como hacía Jesús- con obras. Obras, gestos, miradas, caricias, acompañamientos… que se convierten en los pequeños milagros cotidianos.

En el comienzo del evangelio Jesús habla de las “muchas estancias en la casa del Padre”. Estamos seguros de que, el día de mañana, cuando pasemos a vivir con él definitivamente, encontraremos su abrazo, su regazo para descansar plenamente. Pero si creemos de verdad que Dios Padre-Madre está aquí, a nuestro lado y que Jesús nos acompaña Vivo y resucitado, sabremos descubrir que nos espera ya en muchas “estancias”: la habitación de quien está enfermo en el hospital, en una residencia o quizás en casa; la de aquella persona conocida que sabemos sufre por alguna causa, o está sola; ese tramo de calle donde alguien suplica atención, ayuda, escucha; tantos espacios en los que levantamos muros y rejas para que el dolor hermano no nos salpique…

En todas estas “estancias” él también nos espera para abrazarnos. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores.” Así sea.

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Del miedo al valor de ser comunidad creativa
Romeo Ballan mccj

Las palabras del Evangelio de hoy tienen el sabor y la emoción de un testamento, que Jesús confía a sus discípulos después de la última cena, en las largas horas de la despedida (Jn 13,31-17,26). Son la preciosa enseñanza que Jesús deja a sus discípulos como herencia, pocas horas antes de entrar en su camino (v. 4.6): el camino de la cruz-muerte-resurrección. Testamento y herencia que, en la vida de todos, normalmente se vuelven efectivos tras la muerte del testador. El caso de Jesús es diferente: no es el testamento de un muerto, sino de un viviente. Con razón, la liturgia nos revela este testamento en los domingos después de Pascua y nos lo hace gustar como palabra viva del Resucitado. Ante todo, es una palabra de consuelo y de esperanza para la comunidad de los creyentes, para que no tiemble su corazón, sino que permanezcan fuertes en la fe (v. 1) y estén dispuestos a seguir los pasos del Maestro por el mismo camino: el camino hacia la Pascua, hacia la casa del Padre. La casa del Padre, sin embargo, no es inmediatamente el paraíso, sino ante todo la comunidad de los creyentes, donde también hay “muchas estancias” con un lugar para cada uno (v. 2-3); donde los sitios, los encargos y los servicios por cumplir son muchos; donde el sitio más importante es el que permite servir más y mejor a los demás.

Ayudarse como hermanos, lavarse los pies unos a otros (Jn 13,14), sin títulos de clase, honor, prestigio… Este era el ideal y el gran testimonio de la primera comunidad, en la cual había sí una diferencia, la única, reconocida por todos desde los comienzos: la diferencia en razón del servicio (o ministerio), requerido y brindado a la comunidad. Estamos ante un tema misionero apasionante. El mensaje del Evangelio de este domingo y las experiencias de la primera comunidad cristiana (y II lectura) contienen luces preciosas para la misión de la Iglesia. El libro de los Hechos (I lectura) presenta un cuadro de dificultades típicas de la misión, concretas y frecuentes: se refieren al crecimiento numérico, al pluralismo cultural de la comunidad (v. 1: conflicto entre los de lengua griega y los de lengua hebrea, con consecuencias sociales y económicas), a la organización de la asistencia a los necesitados… Para encontrar la solución, se emplean criterios básicos para la buena marcha de la misión: amplia consulta en el grupo (v. 2), búsqueda de personas llenas de Espíritu y de sabiduría (v. 3.5), definición de los ministerios (v. 3.4.6). Así: los diáconos para la administración y los Doce Apóstoles para la oración y el servicio de la Palabra.

Hoy diríamos que la solución se encontró gracias a un ejercicio de la autoridad en forma sinodal: en la colegialidad y en la ministerialidad, que han permitido actuar con pluralismo cultural y con descentralización. La Iglesia de Jerusalén salió de aquel percance más madura, enriquecida con nuevas fuerzas para el apostolado, más abierta a las exigencias culturales de los diferentes grupos. Fue una solución creativa y ejemplar, que tuvo inmediatos efectos de irradiación misionera: “la Palabra de Dios iba cundiendo”, mientras crecía el número de discípulos de Jesús (v. 7). Se inscribe en este contexto también la insistencia del Papa Francisco sobre la oración por las vocaciones.

Soluciones de esa naturaleza son propias de un pueblo que San Pedro (II lectura) define real, santo, escogido por Dios (v. 9), llamado a acercarse al “Señor, la piedra viva” y, por tanto, un pueblo formado por “piedras vivas” (v. 4.5). Volvemos aquí al tema de los diferentes servicios en la casa de Dios: no es importante ser piedras de fachada o piedras escondidas en los cimientos. S. Daniel Comboni así lo recomendaba a sus misioneros para África: “El misionero trabaja en una obra de altísimo mérito, ciertamente, pero muy ardua y laboriosa, para ser una piedra escondida bajo tierra, que quizás nunca verá la luz, y que entra a formar parte de los cimientos de un nuevo y colosal edificio, que tan solo la posteridad verá surgir del suelo” (Reglas de 1871, Escritos, n. 2701). Lo que importa es formar parte de la comunidad de discípulos, contentos de ser pueblo, ser activos en el servicio a la misión de Cristo Salvador, acogedores y solidarios hacia las personas más alejadas, extranjeras, solas.

Jesús no ha venido a quitarnos el sufrimiento, sino a darnos valor para afrontar los miedos profundos de la enfermedad, el futuro, la soledad, la muerte… “Dios no ha venido a explicar el sufrimiento; ha venido a llenarlo con su presencia” (Paul Claudel). En la conversación con sus discípulos (Evangelio), Jesús los invita a no perder la tranquilidad ante las pruebas (v. 1). Los exhorta a creer en Él, que es “el camino, la verdad y la vida” (v. 6). Habla de su íntima unidad con el Padre, hasta el punto de que quien le ha visto a Él ha visto al Padre (v. 9). Jesús es el primer misionero del Padre: lo ha revelado y anunciado con la palabra y con las obras (v. 11). Surge aquí la pregunta fundamental para la misión: hoy, ¿a quién le toca revelar al Padre y revelar a Jesús, el Salvador del mundo? El desafío permanente del cristiano es poder decir: ¡quien ve mi vida y escucha mi palabra ve al Padre, ve a Cristo! Aquí tiene sus raíces y su fuerza de irradiación la responsabilidad misionera de todo bautizado.

Fallece el P. Tano Beltrami

Fecha de nacimiento: 04/09/1941
Lugar de nacimiento: Ariano Polesine, d. Adria-Rovigo (I)
Votos temporales: 09/09/1967
Votos perpetuos: 30/05/1970
Fecha de ordenación: 10/10/1970
Llegada a México: 1978
Fecha de fallecimiento: 29/04/2026
Lugar de fallecimiento: Verona/I

Con tristeza recibimos hoy la noticia del fallecimiento del P. Gaetano Beltrami, misionero comboniano italiano que trabajó 17 años en México.

El P. Tano, como era conocido aquí en México, nació en 1941, tenía 84 años de edad, en Ariano Polesine, Italia. Fue ordenado sacerdote en el día de Comboni, el 10 de octubre de 1970, después de haber estudiado en Sunningdale (Inglaterra) y Crema (Italia). Los primeros ocho años de su vida sacerdotal los pasó en Italia. En 1978 fue destinado a México, donde trabajó durante 17 años, casi siempre en casas de Formación. Pasó por las comunidades de Moctezuma, en Ciudad de México, el CAM (también en Ciudad de México), Cuernavaca, San Francisco del Rincón y el postulantado de Xochimilco. En 1984 hizo un paréntesis para hacer un curso de formación permanente en Roma.

En 1995 regresó a Italia y en 2005 fue destinado a Perú, donde permaneció once años. Regresa a Italia en 2016, de donde no se moverá ya hasta el día de su fallecimiento. Pertenecía a la comunidad de Castel d’Azzano.

Damos gracias a Dios por su gran trabajo en la formación de jóvenes seminaristas mexicanos y pedimos a nuestra Madre María de Guadalupe que interceda por él ante su Hijo. DEP.

Misionera sin fronteras

La hermana Vera Lúcia Belo Rocha es una misionera comboniana portuguesa. Hizo su consagración perpetua a Dios el pasado mes de diciembre, dando su «sí» definitivo al servicio de la misión según el carisma de San Daniel Comboni. Desde Portugal, donde se encuentra actualmente, comparte con nosotros la historia de su llamada a la vida misionera.

Pertenezco a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de los Olivais, en Lisboa. Mi madre forma parte de la comunidad neocatecumenal y me llevaba con ella a las celebraciones; fue a partir de ahí que empecé a integrarme en la parroquia, como ministra de la Eucaristía. La fe fue adquiriendo en mí cierta solidez, gracias a los miembros de la comunidad con quienes aprendí a rezar y a servir. Creo firmemente que mi vocación misionera nació en el seno de la parroquia, acunada por la comunidad neocatecumenal que me introdujo en la misión sin fronteras.

Un día percibí la presencia de las Hermanas Misioneras Combonianas, cuya comunidad está integrada en esta parroquia. Busqué saber más sobre el carisma y decidí iniciar el proceso de formación requerido por este instituto femenino exclusivamente misionero.

La formación inicial comprende dos períodos de formación de dos años cada uno. Realicé, pues, el postulantado en Granada, España, y el noviciado en Quito, Ecuador. Estas etapas me ayudaron a permanecer en el camino que conduce a la comunión con Dios y con los hermanos, aprendiendo a cultivar relaciones de gratuidad y fraternidad.

En la completa disponibilidad y apertura al amor de Dios y a los hermanos encontré la verdadera alegría y la plena realización de mis más íntimas aspiraciones. Para mí es necesario escuchar, discernir y vivir en la escucha de la Palabra de Dios en la vida concreta, aprendiendo a leer los acontecimientos con ojos de fe y buscando abrirme a las sorpresas del Espíritu.

He descubierto, a lo largo del proceso, que esta es mi forma concreta de responder a la predilección de Dios que transforma mi vida y me envía más allá de mí misma y de mis propias raíces, para seguir caminando en su presencia, descubriéndole y amándole en los rostros de las personas que encuentro por el camino y que me hablan al corazón. La profesión religiosa-misionera es solo esto: la entrega total de todo lo que soy y tengo para llevar la alegría del Evangelio dondequiera que esté.

En 2020, fui enviada en misión a Costa Chica, al sur de México. Allí acompañé a las pequeñas comunidades católicas de los tres grupos étnicos que viven en armonía y solidaridad en la región: los pueblos afromexicanos, los indígenas y los mestizos.

Costa Chica y su gente me hicieron sentir en familia. Me recibieron con alegría y sencillez, abriéndome las puertas de sus casas y de sus corazones. Su cariño, generosidad y cercanía alimentaron mi corazón en el poco tiempo que pude caminar con aquel pueblo indígena y afromexicano.

Lo que más me gustó de Costa Chica fueron los niños curiosos y sus carcajadas; los pies descalzos que caminan ágiles, decididos; las manos que golpean con la misma facilidad la tortilla y el tambor; la fe compartida en la celebración de la Palabra y alrededor de una mesa; las mujeres comprometidas con servicio y el trabajo junto a las «Madres Combonianas».

Me gustaron los campesinos que trabajan la tierra con sudor bajo el sol, los jóvenes que se arriesgan por caminos que les pueden llevar a un futuro mejor, las familias separadas por una frontera… Hay de todo en ese «pedazo de paraíso», y yo encontré a Dios en las alegrías y en las penas compartidas con este pueblo. Gracias, Costa Chica, por haberme enseñado que lo importante es «ser», «estar», compartir mi vida y esperanza con todos lo que tan amablemente me acogieron en su tierra.

Mensaje final del VIII Simposio de Teología India

Del 20 al 25 de abril tuvo lugar en Riobamba, Ecuador el VIII Simposio de Teología India, que reunió a más de 60 representantes indígenas, teólogos, agentes de pastoral, religiosos y obispos de 12 países de América Latina. Este es el mensaje final, que reafirma la vigencia de una teología arraigada en la sabiduría ancestral y el Evangelio y destaca la riqueza de la diversidad cultural que distingue a la Iglesia. (Fotos: ADN CELAM)

VIII SIMPOSIO DE TEOLOGIA INDIA
Iglesia y Pueblos Originarios Riobamba, Ecuador, 20 al 25 de abril de 2026
MENSAJE FINAL

“Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu. Hay diversos ministerios, pero el mismo Señor. Hay diversas actividades, pero el mismo Dios que hace todas las cosas en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. A uno el Espíritu le da palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento, según el mismo Espíritu.” (1 Cor 12,4-8).

A todo el Pueblo de Dios,

Y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Los Pueblos Originarios mesoamericanos, andinos, amazónicos, del Cono Sur, laicos y laicas, teólogos y teólogas, vida consagrada, sacerdotes y obispos, movidos por el Espíritu Santo y convocados por el equipo de Asesores de Teología India del CELAM, presididos por el Cardenal Álvaro Ramazzini, al VIII Simposio de Teología India en la Casa Hogar Santa Cruz de Riobamba Ecuador, bendecimos a Dios por la vida, la sorofraternidad latinoamericana, por la variedad y riqueza intercultural, y por la larga historia de personas que han dejado todo para hacerse uno con nuestros pueblos originarios, anunciando la Buena Nueva de Jesucristo y construyendo el Reino de Dios.

Habiendo compartido las realidades sociales y pastorales de nuestros países, escuchando los gritos, clamores de nuestros pueblos y de la Madre Tierra, lamentamos las tragedias y las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, derechos colectivos y de la naturaleza. Junto con nuestras hermanas y hermanos indígenas cobramos fuerza en la sabiduría ancestral, en la fe a la luz del Evangelio que nos mantiene en la esperanza activa y fortalece el compromiso de seguir sirviendo al estilo de Jesús “Que no vino a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28).

Queremos ser una Iglesia Católica aliada, fiel, servidora, comprometida e incondicional con los pueblos originarios de nuestra querida Abya Yala, “para que en Él tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10,10), reflejada en el Buen Vivir de los pueblos originarios, invitados a ser “Iglesia abogada de la justicia y defensora de los pobres” (DA n. 395)

A lo largo del caminar de la Teología India en todos estos años, hemos experimentado esa búsqueda sincera de la inculturación del Evangelio en nuestras culturas, donde brota la Teología India como expresión de vivir y el sentipensar de Dios presente en la vida de los pueblos y transmitida en la sabiduría de los ancestros.

Como Iglesia reconocemos que la Teología India es un camino legítimo que enriquece la catolicidad con la pluralidad cultural, “hay diversidad de dones y carismas, pero una sola fe” (1 Cor 12,4-11). La Teología India es el Espíritu que sopla en la sabiduría ancestral, en el respeto a la Madre Tierra, en la comunidad como lugar de Dios, lugar teológico, en la palabra de las abuelas y abuelos, en la celebración de la vida como regalo sagrado.

Hoy, como herederos de este proceso, nos exige lo mismo que ayer: descolonizar la mente y el corazón, desaprender para aprender y dejar que el Espíritu nos hable desde abajo, desde la periferia, desde la cruz de los empobrecidos. Porque no hay verdadera liberación si no es liberación integral: del alma, del cuerpo, de la cultura y de la tierra. Este caminar no es un interés personal y sí un don de Dios, una acción del Espíritu y de la Iglesia. Somos servidores e instrumentos de Dios que nos exige una gran responsabilidad para mantener la esperanza entre las luces y sombras de nuestros pueblos.

En este VIII Simposio de Teología India, hemos hecho memoria agradecida del legado del Papa Francisco en los diferentes documentos, que es fuente de inspiración, de forma especial, los cuatro sueños de Querida Amazonia, para seguir construyendo una nueva conciencia ecológica integral y social y una Iglesia con rostro y corazón indígena, sinodal y misionera.

Con los aportes de los diferentes pueblos originarios del Continente, agentes de pastoral y el Magisterio de la Iglesia, hemos profundizado sobre la Iglesia autóctona,

Ministerios y servicios, Ministerios femeninos y nuevas generaciones, que nos han dado muchas luces y desafíos para proseguir el camino de profundización de los contenidos doctrinales de la Teología India, para avanzar en su clarificación a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia, dialogando entre todos, y así construir “Iglesias autóctonas particulares” con rostro y corazón Indígena (cfr. QA 5- 7).

Hemos reflexionado que la Iglesia autóctona es una Iglesia encarnada, con rostro propio, que brota del encuentro entre el Evangelio de Jesucristo y las culturas vivas de los pueblos originarios; es una Iglesia que dialoga y acompaña, que reconoce la riqueza de la diversidad y enriquece a la Iglesia Universal.

La Iglesia autóctona tiene su propia espiritualidad, cosmovisión y cosmovivencia, en profunda relación con la Madre Tierra, con la comunidad y con lo sagrado de la vida.

La Iglesia autóctona hace teología, vive los servicios y ministerios desde su realidad y celebra una liturgia inculturada, que se va fortaleciendo y tejiendo en comunión con el Evangelio, el Magisterio de la Iglesia y la sabiduría ancestral.

Profundizamos que los servicios y ministerios en la Iglesia autóctona son expresiones vivas del Espíritu que actúa en los pueblos originarios. Su ministerialidad es una praxis integral: espiritual, pastoral, política, ecológica y cósmica, enraizada en su vida cotidiana y comunitaria. En la ministerialidad de los pueblos originarios, hemos visto el papel fundamental y protagónico de la mujer indígena, que se vincula inseparablemente con la defensa de la vida, del territorio, como ser vivo y sujeto de derechos; con ternura, cuidado y amor, desde una espiritualidad encarnada y de resistencia en los pueblos.

En este VIII Simposio de Teología India, celebramos y agradecemos la presencia de los jóvenes de los pueblos originarios, que nos interpelan para que la Iglesia se abra a su presencia con acogida, acompañamiento y confiando en su protagonismo, como nuevos agentes de pastoral en la evangelización de los pueblos.

Sabemos que en este proceso surgen varios desafíos que requieren seguir reflexionando, dialogando, discerniendo a la luz del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia y de la sabiduría de los Pueblos para ir clarificando el caminar de la Teología India en la Iglesia.

Damos gracias a Dios por la riqueza de este VIII Simposio de Teología India, las contribuciones significativas de todos los participantes presencial y virtualmente, el aporte y acompañamiento del CELAM. También agradecemos la ayuda solidaria de los benefactores y de la Diócesis de Riobamba por su acogida y servicio generoso.

Nos encomendamos a la ternura de Santa María de Guadalupe, Madre de América para que, como ella sigamos diciendo sí al Proyecto de Dios, como lo han hecho nuestros mártires defendiendo la fe, la vida y la Casa Común.

Riobamba a 25 de abril de 2026


Noticias combonianas desde Oriente Medio

Aprovechando el alto el fuego temporal, el 25 de abril, festividad de San Marcos Evangelista, los siete escolásticos combonianos de la comunidad de Beirut renovaron sus votos en presencia del provincial de Egipto-Sudán, el padre Diego Dalle Carbonare.

El 25 de abril, siete escolásticos combonianos de la comunidad de Beirut renovaron sus votos en presencia del provincial de Egipto-Sudán, el padre Diego Dalle Carbonare.
La vida en el Líbano parece reanudarse tras semanas de tensión, con la imposición de un toque de queda que —esperamos— pueda poner fin a los bombardeos, que han sido muy intensos, sobre todo en el sur de la capital y del país.

Cinco de los siete escolásticos que han renovado los votos están terminando sus estudios teológicos. Los acompañamos con nuestra oración y nuestra amistad mientras algunos se preparan para el servicio misionero y otros para los votos perpetuos. Que el Señor bendiga sus próximas asignaciones misioneras con la paz y los convierta en misioneros de paz y reconciliación en la provincia de Egipto-Sudán y en todo el mundo.

Por otra parte, el viernes 17 de abril, que según el calendario oriental cae en la semana in albis, los más de 150 sudaneses adultos que recibieron el bautismo durante el Sábado Santo en las distintas parroquias de El Cairo realizaron una peregrinación a Alejandría. Les guiaba Mons. Claudio Lurati, comboniano y vicario apostólico de Alejandría, es decir, el único obispo de rito latino en Egipto.

Durante la peregrinación, cada neófito depositó la túnica blanca recibida en el bautismo sobre el altar de Santa Sabina, mártir, en el interior de la iglesia de Santa Catalina, para luego recibir del obispo el mandato de continuar su camino de fe con alegría y generosidad, siguiendo el ejemplo de los mártires.

En una época en la que los migrantes se enfrentan a enormes dificultades en su proceso de integración, esta peregrinación a 200 km de El Cairo representa un momento de gran aliento. Al igual que los discípulos de Emaús, sabemos que no estamos solos en el camino.

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