Misionera sin fronteras

La hermana Vera Lúcia Belo Rocha es una misionera comboniana portuguesa. Hizo su consagración perpetua a Dios el pasado mes de diciembre, dando su «sí» definitivo al servicio de la misión según el carisma de San Daniel Comboni. Desde Portugal, donde se encuentra actualmente, comparte con nosotros la historia de su llamada a la vida misionera.

Pertenezco a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de los Olivais, en Lisboa. Mi madre forma parte de la comunidad neocatecumenal y me llevaba con ella a las celebraciones; fue a partir de ahí que empecé a integrarme en la parroquia, como ministra de la Eucaristía. La fe fue adquiriendo en mí cierta solidez, gracias a los miembros de la comunidad con quienes aprendí a rezar y a servir. Creo firmemente que mi vocación misionera nació en el seno de la parroquia, acunada por la comunidad neocatecumenal que me introdujo en la misión sin fronteras.

Un día percibí la presencia de las Hermanas Misioneras Combonianas, cuya comunidad está integrada en esta parroquia. Busqué saber más sobre el carisma y decidí iniciar el proceso de formación requerido por este instituto femenino exclusivamente misionero.

La formación inicial comprende dos períodos de formación de dos años cada uno. Realicé, pues, el postulantado en Granada, España, y el noviciado en Quito, Ecuador. Estas etapas me ayudaron a permanecer en el camino que conduce a la comunión con Dios y con los hermanos, aprendiendo a cultivar relaciones de gratuidad y fraternidad.

En la completa disponibilidad y apertura al amor de Dios y a los hermanos encontré la verdadera alegría y la plena realización de mis más íntimas aspiraciones. Para mí es necesario escuchar, discernir y vivir en la escucha de la Palabra de Dios en la vida concreta, aprendiendo a leer los acontecimientos con ojos de fe y buscando abrirme a las sorpresas del Espíritu.

He descubierto, a lo largo del proceso, que esta es mi forma concreta de responder a la predilección de Dios que transforma mi vida y me envía más allá de mí misma y de mis propias raíces, para seguir caminando en su presencia, descubriéndole y amándole en los rostros de las personas que encuentro por el camino y que me hablan al corazón. La profesión religiosa-misionera es solo esto: la entrega total de todo lo que soy y tengo para llevar la alegría del Evangelio dondequiera que esté.

En 2020, fui enviada en misión a Costa Chica, al sur de México. Allí acompañé a las pequeñas comunidades católicas de los tres grupos étnicos que viven en armonía y solidaridad en la región: los pueblos afromexicanos, los indígenas y los mestizos.

Costa Chica y su gente me hicieron sentir en familia. Me recibieron con alegría y sencillez, abriéndome las puertas de sus casas y de sus corazones. Su cariño, generosidad y cercanía alimentaron mi corazón en el poco tiempo que pude caminar con aquel pueblo indígena y afromexicano.

Lo que más me gustó de Costa Chica fueron los niños curiosos y sus carcajadas; los pies descalzos que caminan ágiles, decididos; las manos que golpean con la misma facilidad la tortilla y el tambor; la fe compartida en la celebración de la Palabra y alrededor de una mesa; las mujeres comprometidas con servicio y el trabajo junto a las «Madres Combonianas».

Me gustaron los campesinos que trabajan la tierra con sudor bajo el sol, los jóvenes que se arriesgan por caminos que les pueden llevar a un futuro mejor, las familias separadas por una frontera… Hay de todo en ese «pedazo de paraíso», y yo encontré a Dios en las alegrías y en las penas compartidas con este pueblo. Gracias, Costa Chica, por haberme enseñado que lo importante es «ser», «estar», compartir mi vida y esperanza con todos lo que tan amablemente me acogieron en su tierra.