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III Domingo ordinario. Año A

“Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: Conviértanse, porque ya esta cerca el Reino de los cielos.
Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”.
Ellos inmediatamente dejando las redes lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.
Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia”.

(Mateo 4, 12-23)


Síganme y los haré pescadores de hombres
P. Enrique Sánchez G. mccj

El evangelio de este domingo nos invita a fijar nuestra atención en dos aspectos que son muy importantes en nuestra vida como cristianos y que no deberíamos perder de vista en nuestro intento de seguir los pasos del Señor.

La primera cosa que atrae nuestra atención es ver a Jesús que inicia su ministerio, después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, poniéndose en camino.

De ahora en adelante se dedicará a anunciar la llegada del Reino invitando a todas las gentes a convertirse.

Esta palabra, convertirse, significa orientar toda la vida hacia Dios, abrir el corazón a las propuestas y a los valores que Dios quiere sembrar en nuestro interior para que nos decidamos a vivir siguiendo el ejemplo de Jesús.

Jesús se pone en camino y se dirige a una región en donde el mundo y la religión judía no eran el centro. Se va a la periferia, en donde residen los que no conocen a Dios; el mundo de los paganos, en donde Dios no significa nada para sus habitantes. Este detalle es muy importante porque nos hace entender que Jesús, como él mismo lo dirá, no ha venido para los bien estantes, no ha venido para los que están sanos, no ha venido para los que ya han tenido la oportunidad de conocer a Dios, pero no lo han aceptado.

Jesús inicia su ministerio lejos, con una actitud misionera, preocupado por llegar a todos aquellos que no han tenido la oportunidad de escuchar sus buenas noticias. Esto muestra también algo que chocó seguramente con la mentalidad religiosa de su tiempo, con la mentalidad de aquellos que se consideraban seguros y privilegiados por saber que eran el pueblo de Dios. Jesús no viene a ocuparse de aquellos que pretenden tener a Dios ya bajo control.

La opción de Jesús de irse a Galilea muestra que el Evangelio es para todas las gentes, sin importar el lugar, la raza, la lengua y la cultura.

Todos, y especialmente los más lejanos están llamados a encontrarse con el Señor para descubrir en él el proyecto de amor que su Padre ha establecido para todos los seres humanos.

Actuando de esa manera, Jesús da su primera lección sobre lo que tendrá que ser el apostolado de sus futuros discípulos. Será una misión con especial atención por los más lejanos y los más abandonados.

El Señor enseña que su mensaje es una propuesta de vida que va al encuentro, en primer lugar, de quienes más lo necesitan.

Es una propuesta que busca entrar en diálogo con quienes son indiferentes o simplemente, con quienes no han tenido la oportunidad de encontrarse con la buena noticia del Evangelio; los que podríamos considerar que están fuera y que no han tenido la dicha de nacer en un contexto en donde la fe y la experiencia de encuentro con Dios está por todas partes.

La profecía de Isaías, a la que hace referencia el evangelio de hoy, se cumple en aquellas tierras de Galilea. Con la llegada de Jesús, también para ellos resplandece una luz que transforma las tinieblas de la vida en espacios de luz en donde se puede reconocer la bondad de Dios que acompaña a su pueblo.

Para nosotros cristianos hoy, el evangelio viene a recordarnos nuestro compromiso con el anuncio del Evangelio y nos ayuda a tomar conciencia de que existen, más allá de nuestras fronteras, muchos hermanos que están esperando que se les anuncie el Evangelio.

En nuestras diócesis y comunidades continuamente escuchamos decir que la Iglesia tiene que ser misionera y que tiene que armarse de valentía para ir al encuentro de los que están lejos, no sólo en la fe o geográficamente; pero, desafortunadamente, son invitaciones que se pierden en el vacío y no logran mover los corazones para dar una respuesta que se convierta en compromiso de vida.

Como cristianos no podemos quedarnos tranquilos, como si todo estuviera bien, cuando vemos a tantos hermanos que están alejados o que se han enfriado en la práctica de la fe.

Todos estamos llamados a dar un testimonio de alegría cristiana que ayude a entender que ser cristianos no es cuestión sólo de practicar una religión o de participar en algunos ritos o devociones.

No podemos quedarnos indiferentes ante tantos hermanos que viven lejos por su apatía o porque simplemente han caído en estilos de vida en donde la comodidad y el confort se han convertido en algo prioritario.

La segunda parte del Evangelio nos muestra otra escena también muy importante para quienes nos sentimos discípulos de Jesús, llamados a seguirlo caminando sobre sus huellas.

Se trata de la llamada de los primeros apóstoles, de sus primeros discípulos. Ellos eran personas muy normales que estaban ocupadas en lo ordinario de sus vidas. Eran hombres que luchaban cada día, como todos nosotros, para ganarse el sustento y para disfrutar, en la medida de lo posible, de lo bello de la vida.

Un día Jesús pasó por sus vidas y todo cambió. Dejando sus trabajos y lo que más amaban se pusieron en camino, sin tener oportunidad de negociar nada ante la invitación que les había hecho el Señor.

El evangelio dice únicamente que dejándolo todo lo siguieron.

Así es cuando Jesús pone su mirada sobre nosotros también. Nos llama mientras va de paso, porque la misión es algo urgente. Llama sin hacer promesas y sin ofrecer seguridades. Llama invitando a un total desprendimiento de uno mismo y de todo aquello que podría convertirse en un apego que podría obstaculizar una respuesta de entrega radical.

Jesús está pasando también hoy muy cerca y fija su mirada en cada uno de nosotros, invitándonos a compartir con él lo bello de su misión. Esa misión que nosotros podemos continuar haciendo para que muchos de nuestros hermanos puedan encontrarse con Jesús.

El Señor nos llama a ser pescadores de hombres y eso significa acercarnos a quienes tienen necesidad de sentirse amados por Dios. Significa sembrar la palabra del Evangelio en el corazón de tantas personas que hoy viven vacías, porque lo que les propone el mundo no les satisface. Significa ser presencias que ofrecen horizontes llenos de esperanza en nuestra sociedad porque le recordamos que Jesús va caminando con nosotros y no hay motivo para vivir en el miedo o en la soledad.

Jesús nos invita a seguirlo por los caminos del mundo y eso no quiere decir necesariamente irse al otro lado del planeta. Quiere decir vivir nuestra fe dando un testimonio que sea capaz de entusiasmar a quienes se han enfriado un poco en su experiencia de fe.

¿Seremos capaces de responder como esos primeros cuatro discípulos, que, dejándolo todo, no dudaron en ponerse en camino al lado de Jesús para ir a hacer el bien a quienes tanto lo necesitaban?

Que el Señor nos conceda la gracia del entusiasmo misionero y que nunca nos cansemos de anunciar su palabra en cualesquiera que sea la situación de nuestra vida.


Cuando todo parece terminado,
¡es hora de volver a empezar
Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy comenzamos la lectura del Evangelio según Mateo, que nos acompañará durante más de treinta domingos (excepto durante el tiempo de Cuaresma y Pascua).
El pasaje del Evangelio de este domingo narra el inicio del ministerio público de Jesús. ¡Hoy entra en escena públicamente! Todo lo que había sucedido antes —el bautismo y la estancia en el desierto— fue solo un preámbulo. Veamos cómo tiene lugar este comienzo.

Crisis y discernimiento

Todo comienza con un acontecimiento dramático: el arresto de Juan, un momento de crisis también para Jesús. Juan era un amigo y un punto de referencia. Su desaparición de la escena debió de dejar desconcertados a sus discípulos. «Cuando Jesús supo que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea». Parece una huida. Deja Judea y se retira a su tierra. Este contratiempo se transforma en un momento decisivo de discernimiento. Jesús percibe que el movimiento iniciado por Juan no debe desaparecer. Alguien debe continuarlo. Jesús se siente interpelado por el Padre: ha llegado su momento, ahora le toca a él. Entonces Jesús da un paso al frente: «Dejó Nazaret y fue a vivir a Cafarnaúm, a orillas del mar». Y así, cuando todo parecía terminado, ¡todo vuelve a empezar!

A menudo pensamos que Jesús lo sabía todo de antemano, que todo le era claro desde el principio: su identidad, su misión, los pasos a dar, los tiempos… Algunos incluso creen que, ya en el seno materno, Jesús era consciente de ser el Hijo de Dios. Pero eso sería ignorar la encarnación. Jesús, como cada uno de nosotros, «crecía» (Lucas 2,40). En el bautismo toma conciencia de ser el Hijo de Dios; en el desierto se interroga sobre su mesianismo…

Nos encontramos ante el misterio insondable de la autoconciencia de Jesús, que, sin embargo, es inseparable del misterio de la encarnación. También Jesús tuvo que pasar por dudas, incertidumbres, reflexión sobre los acontecimientos y oración para discernir la voluntad del Padre. «Él mismo fue probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (Hebreos 4,15). Hombre como nosotros, tuvo que aprender, incluso de forma dramática: «Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció» (Hebreos 5,8).

Caminar, la condición del cristiano

En el Evangelio de hoy llama la atención la importancia concedida a los verbos de movimiento. Aparecen nada menos que nueve veces. Caminar se convierte en el modus vivendi de Jesús y de sus discípulos, es decir, de quienes lo siguen. Jesús deja su aldea, Nazaret, y va a vivir a Cafarnaúm, eligiendo esta ciudad como base de su misión. Es solo el punto de partida, porque inmediatamente después comienza a recorrer toda Galilea, Palestina y los territorios vecinos. No se detendrá más hasta su regreso al Padre que lo envió. Su morada será el camino, hasta el punto de que él mismo se convertirá en el Camino (Juan 14,6).

El camino abierto por Jesús será llamado «el Camino», y los cristianos serán conocidos como «seguidores del Camino» (Hechos de los Apóstoles 9,2). Y desde entonces todo sucede en el camino. Por eso, no hay condición más contraria a la vocación cristiana que detenerse, pensar que ya se ha caminado lo suficiente o, peor aún, creerse llegado a la meta. Una fe acomodada, refugiada en la madriguera de las propias seguridades, sean humanas o eclesiales, es una fe sin aliento, paralizada.

¿Desde dónde partir? Desde donde estamos, desde nuestra «Galilea», desde nuestro ámbito de vida, desde nuestra cotidianidad, desde la «Galilea de las naciones», una sociedad paganizada. Allí se manifestará la «gran luz» (cf. primera lectura: Isaías 8,23–9,3).

¿Hacia dónde vamos? La meta es el «monte de la misión», el desenlace final del Evangelio de Mateo (28,16-20). ¿Y el itinerario? No lo sabemos. Solo sabemos que debemos seguir a Jesús. Quizá ni siquiera él lo conozca de antemano. También él es guiado por el Espíritu y por los acontecimientos de la vida. También para él, el Caminante, no hay un sendero ya trazado. Caminando, el camino se abre… Será quizá un viaje más inseguro, expuesto a lo imprevisto, pero respiraremos el sabor de la libertad y de la novedad.

¿Qué equipaje llevar? No necesitaremos mochilas llenas. Solo necesitamos la Palabra. La expresión bíblica elegida para el Domingo de la Palabra de Dios, que hoy celebramos, es: «Que la palabra de Cristo habite en vosotros» (Colosenses 3,16). «Pablo no pide que la Palabra sea solo escuchada o estudiada: quiere que “habite”, es decir, que haga morada estable, que modele los pensamientos, oriente los deseos y haga creíble el testimonio de los discípulos» (de la presentación del Mensaje). Por tanto, no basta con poner la Biblia en la mochila. Es necesario que la Palabra se haga carne de nuestra carne, para poder decir, como Pablo: «Cristo vive en mí» (Gálatas 2,20).

Un deseo:

Que el camino se abra ante ti,
que el viento sople siempre a tu espalda,
que el sol ilumine y caliente tu rostro,
que Dios te guarde en la palma de su mano.
(Bendición irlandesa)


El Señor pasa por la plaza
Papa Francisco

El Evangelio de este domingo relata los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y en los poblados de Galilea. Su misión no parte de Jerusalén, es decir, del centro religioso, centro incluso social y político, sino que parte de una zona periférica, una zona despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en esa región de diversas poblaciones extranjeras; por ello el profeta Isaías la indica como «Galilea de los gentiles» (Is 8, 23).

Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diversas por raza, cultura y religión. La Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy: presencia simultánea de diversas culturas, necesidad de confrontación y necesidad de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una «Galilea de los gentiles», y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia, que Él trae, no está reservada a una parte de la humanidad, sino que se ha de comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a quienes lo esperan, pero también a quienes tal vez ya no esperan nada y no tienen ni siquiera la fuerza de buscar y pedir.

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluído de la salvación de Dios, es más, que Dios prefiere partir de la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir, la misericordia del Padre. «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Jesús comienza su misión no sólo desde un sitio descentrado, sino también con hombres que se catalogarían, así se puede decir, «de bajo perfil». Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas humildes y a las personas sencillas, que se preparan con diligencia para la venida del reino de Dios. Jesús va a llamarles allí donde trabajan, a orillas del lago: son pescadores. Les llama, y ellos le siguen, inmediatamente. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.

Queridos amigos y amigas, el Señor llama también hoy. El Señor pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana. Incluso hoy, en este momento, aquí, el Señor pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el reino de Dios, en las «Galileas» de nuestros tiempos. Cada uno de vosotros piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, me está mirando. ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros percibe que el Señor le dice «sígueme» sea valiente, vaya con el Señor. El Señor jamás decepciona. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirle. Dejémonos alcanzar por su mirada, por su voz, y sigámosle. «Para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz» (ibid., 288).

Angelus 26/01/2014


Seguidores
José A. Pagola

Cuando Jesús se entera de que el Bautista ha sido encarcelado, abandona su aldea de Nazaret y marcha a la ribera del lago de Galilea para comenzar su misión. Su primera intervención no tiene nada de espectacular. No realiza un prodigio. Sencillamente, llama a unos pescadores que responden inmediatamente a su voz: “Seguidme”.

Así comienza el movimiento de seguidores de Jesús. Aquí está el germen humilde de lo que un día será su Iglesia. Aquí se nos manifiesta por vez primera la relación que ha de mantenerse siempre viva entre Jesús y quienes creen en él. El cristianismo es, antes que nada, seguimiento a Jesucristo.

Esto significa que la fe cristiana no es sólo adhesión doctrinal, sino conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Creer en Jesucristo es vivir su estilo de vida, animados por su Espíritu, colaborando en su proyecto del reino de Dios y cargando con su cruz para compartir su resurrección.

Nuestra tentación es siempre querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a una afirmación dogmática o a un culto a Jesús como Señor e Hijo de Dios. Sin embargo, el criterio para verificar si creemos en Jesús como Hijo encarnado de Dios es comprobar si le seguimos sólo a él.

La adhesión a Jesús no consiste sólo en admirarlo como hombre ni en adorarlo como Dios. Quien lo admira o lo adora, quedándose personalmente fuera, sin descubrir en él la exigencia a seguirle de cerca, no vive la fe cristiana de manera integral. Sólo el que sigue a Jesús se coloca en la verdadera perspectiva para entender y vivir la experiencia cristiana de forma auténtica.

En el cristianismo actual vivimos una situación paradójica. A la Iglesia no sólo pertenecen los que siguen o intentan seguir a Jesús, sino, además, los que no se preocupan en absoluto de caminar tras sus pasos. Basta estar bautizado y no romper la comunión con la institución, para pertenecer oficialmente a la Iglesia de Jesús, aunque jamás se haya propuesto seguirle.

Lo primero que hemos de escuchar de Jesús en esta Iglesia es su llamada a seguirle sin reservas, liberándonos de ataduras, cobardías y desviaciones que nos impiden caminar tras él. Estos tiempos de crisis pueden ser la mejor oportunidad para corregir el cristianismo y mover a la Iglesia en dirección hacia Jesús.

Hemos de aprender a vivir en nuestras comunidades y grupos cristianos de manera dinámica, con los ojos fijos en él, siguiendo sus pasos y colaborando con él en humanizar la vida. Disfrutaremos de nuestra fe de manera nueva.

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Comienzo de la actividad de Jesús
José Luis Sicre

En los dos domingos anteriores estuvimos junto al río Jordán, recordando el bautismo de Jesús y el testimonio que ofreció de él Juan Bautista. La liturgia da ahora un salto notable. Omite las tentaciones de Jesús (que se leerán el primer domingo de Cuaresma) y nos sitúa en un momento posterior, cuando Herodes, molesto por la predicación de Juan, decide meterlo en la cárcel. Lo que ocurre a continuación lo cuenta el evangelio de Mateo del modo siguiente (Mt 4,12-23). Este pasaje podemos dividirlo en tres partes.

1. La actividad inicial de Jesús

Quien se sienta desconcertado por la presentación inicial de Jesús, poniéndose en la fila de los pecadores para bautizarse, tiene motivos para desconcertarse todavía más al leer los comienzos de su actividad. Dicho en palabras muy rápidas, lo primero que hace es huir; lo segundo, actuar en la región más olvidada; lo tercero, repetir al pie de la letra la predicación de Juan Bautista. Pero todo esto encierra un misterio que Mt nos ayuda a desentrañar.

Momento de actividad

Es una pena que los evangelistas sean tan sobrios, porque el primer dato resulta más profundo de lo que parece a primera vista. Jesús no empieza a actuar hasta que encarcelan a Juan Bautista. Como si ese acontecimiento despertase en él la conciencia de que debe continuar la obra de Juan.

Nosotros estamos acostumbrados a ver a Jesús de manera demasiado divina, como si supiese perfectamente lo que debe hacer en cada instante. Pero es muy probable que Dios Padre le hablase a Jesús igual que nos habla a nosotros, a través de los acontecimientos. Y el gran acontecimiento es la desaparición de Juan Bautista y la necesidad de llenar su vacío.

Pero hay una diferencia muy sutil entre Mc y Mt. Según Mc, en cuanto encarcelan a Juan comienza Jesús a predicar. Según Mt, lo primero que hace Jesús es retirarse a Nazaret. Desde un punto de vista histórico y psicológico parece una interpretación más adecuada, que abre paso también a una visión más humana de Jesús, como si se tomase un tiempo de reflexión y decisión.

Lugar de actividad

La elección del lugar de actividad es sorprendente, más aún que en el caso de Juan Bautista. Juan no predica su mensaje de penitencia en Jerusalén, pero el lugar donde actúa, el desierto, está lleno de reminiscencias simbólicas. Es el lugar donde se espera la manifestación de Dios. Jesús, en cambio, se retira a una región que carece de importancia dentro de la historia judía, incluso conocida con el despreciativo nombre de «Galilea de los paganos». Desde un punto de vista histórico, la elección de Galilea por parte de Jesús tiene sus ventajas y sus riesgos. Ventajas: moverse en una región conocida, y la posibilidad de escapar fácilmente hacia el norte en caso de persecución. Riesgo: proclamar su mensaje en la zona más politizada de Palestina, en un ambiente bastante revolucionario, que se presta a graves conflictos.

Dentro de Galilea, escoge Cafarnaúm, ciudad de pescadores, campesinos y comerciantes, lugar de paso, que le permite el contacto con gran variedad de gente y un fácil acceso a los pueblecitos cercanos.

Sin embargo, Mt ve las cosas de forma distinta que el historiador moderno. La elección de Galilea le recuerda una profecía de Isaías, en la que se habla de las terribles desgracias sufridas por esa región durante la invasión asiria del siglo VIII a.C. y se le anuncia la salvación para el futuro.

Para Mateo, lo esencial es que Jesús no va a dirigirse a la gente importante, a los que pueden cambiar el mundo, sino a «los que habitan en tinieblas», «los que habitaban en tierra y sombra de muerte». La gente más despreciada y olvidada (campesinos y pescadores) será el primer auditorio de Jesús. Para ellos se convierte en una «gran luz».

El mensaje inicial

Mc dice: «Se ha cumplido el plazo, el reinado de Dios está cerca. Arrepentíos y creed la buena noticia». La fuerza recae en la inminencia del reinado de Dios, una buena noticia que exige el arrepentimiento. Estas palabras podían provocar la impresión ‒y de hecho la crearon‒ de que el fin del mundo era inminente. Las primeras comunidades cristianas vivieron casi con angustia esta sensación.

Mt, que escribe hacia los años 70/80, quiere evitar este equívoco y, al mismo tiempo, subrayar la idea del arrepentimiento. Para ello, las dos afirmaciones de Mc las resume en una sola: «arrepentíos, que el reinado de Dios está cerca». Al suprimir las palabras «se ha cumplido el plazo» evita la impresión de que el fin del mundo es inminente.

Por otra parte, aunque este resumen del mensaje coincide con el de Juan Bautista (3,2), no debemos interpretarlo como falta de originalidad por parte de Jesús, sino como un acuerdo básico con la predicación de Juan. Ambos coinciden en lo esencial y esto debe provocar en el lector del evangelio el interés por el tema. De hecho, Mt esta insinuando aquí lo que será el contenido primario del mensaje de Jesús: en qué consiste el Reino de Dios y cómo se puede formar parte de él.

2. Los primeros discípulos

La segunda escena es capital para comprender a Jesús. Desde el primer momento busca unos discípulos que le acompañen y ayuden en su tarea. No es el predicador solitario, ni el individualista que piensa poder hacerlo todo por sí solo.

En este contexto encaja el llamamiento de los cuatro primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Mateo, siguiendo a Marcos, presenta los hechos de la forma más normal del mundo. «Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos…» Esto provoca extrañeza en el lector. ¿Es posible que cuatro muchachos sigan a Jesús sin conocerlo? Quien ha leído el evangelio de Juan sabe que Jesús los conoció cuando el bautismo.

Pero estos detalles psicológicos e históricos no les interesan a Mt y Mc, que prefieren presentar de forma radical el seguimiento de Jesús. El relato de Mt es casi idéntico al de Mc. Sólo hay una diferencia de detalle, que puede parecer mínima, pero que considero significativa. Mc dice que Santiago y Juan, al ser llamados por Jesús, «dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él». Mt suprime la mención de los jornaleros, con lo cual la escena resulta más dura para el padre y los hijos. Resuena aquí el tema del seguimiento de Jesús, que será esencial en el evangelio.

La frase final, tan breve, puede pasar desapercibida. Pero supone un complemento esencial a lo dicho en el punto 1. Allí, la actividad de Jesús se centra en la enseñanza. Aquí, la enseñanza va acompañada de la acción: recorre, enseña, proclama, cura. Curar enfermedades y dolencias ocupa gran parte del tiempo de Jesús. Hace dos domingos, Pedro resumía todo con las palabras: «pasó haciendo el bien». Pero hay en este resumen algo que generalmente no valoramos: Recorría toda Galilea. Supone esfuerzo, sacrificio, pasar de 38º en el lago a pueblecillos nevados en invierno.Por eso añado un complemento sobre esta región tan importante en la vida de Jesús.

José Luis Sicre
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Llamados a la conversión y a la Misión
Romeo Ballan, mccj

El Evangelio de este domingo presenta el comienzo de la vida pública de Jesús con su mensaje de vida y de esperanza. Él es verdaderamente el nuevo comienzo, ha venido a traer la vida nueva y abundante para todos (cfr. Jn 10,10). Él es compañero de viaje, aliado y amigo de cada pueblo y cultura. Él ha venido a dar plenitud y cumplimiento a las más profundas aspiraciones de cada persona y de todos los pueblos. La palabra del Papa Francisco es muy clara sobre este punto.

Desde sus primeras manifestaciones en público (Evangelio), Jesús se presenta como un misionero itinerante: de un poblado a otro, enseña, predica la Buena Nueva del Reino, cura a enfermos, llama a discípulos… (v. 23). No empieza su misión en el templo, ni en otros lugares importantes y religiosos como Jerusalén, sino en zonas periféricas, entre los lejanos, los heterodoxos, los menos religiosos, semi-paganos, los impuros en contacto con los paganos. Así se consideraba a los habitantes de Galilea (v. 15), región en el norte de Palestina. Dejando Nazaret, Jesús se establece en Cafarnaúm, ciudad de frontera, con una aduana para las mercancías de paso por el “camino del mar” (v. 13.15), la ruta imperial que unía Egipto, Palestina, Siria y la región de Mesopotamia. Desde la antigüedad, por tanto, Galilea era una zona de encrucijada de pueblos, sometida al paso de tropas y al control del comercio, con las consiguientes contaminaciones, corrupción y recaídas morales.

El evangelista Mateo ve que la profecía de Isaías (II lectura) se ha cumplido con la presencia de Jesús (Evangelio, v. 14-17), que da inicio a una misión cargado de esperanza (v. 23), sobre la base, sin embargo, de un exigente programa de conversión a Dios y de compromiso por su Reino: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca” (v. 17).

Con esta inicial opción de campo, Jesús muestra que los primeros destinatarios de su Evangelio y del Reino no son los justos, los observantes o los que se consideran tales, sino los lejanos, los excluidos… Este es el comienzo humilde de una misión que tendrá horizontes universales, que será llevada adelante por los discípulos y sus sucesores que están llamados a seguir a Jesús para ser, en cualquier parte del mundo, “pescadores de hombres” (v. 19).

La vocación por el Reino conlleva siempre un éxodo, una salida, a menudo también geográfica, dejar algo y a alguien; alejarse del propio ambiente estrecho, salir del propio egoísmo. Aquí Jesús deja Nazaret (v. 13); Abrahán fue invitado a salir de su tierra y de su familia; así dos grupos de hermanos, llamados por Jesús a seguirle, abandonan redes, barca y padres (v. 20.22). En cada caso, la vocación no es una salida hacia el vacío: es dejar algo para seguir a Alguien; una salida al encuentro con Otro. En el primer lugar están siempre el encuentro y la adhesión a la persona de Jesús.

Esta vocación-misión se arraiga en una conversión (“Conviértanse…”: v. 17), en un cambio de mentalidad, en una orientación nueva hacia Dios y su Reino, del que Jesucristo es la plenitud. La conversión a Cristo conlleva el seguimiento y la misión, estar bien arraigados en Él y bien insertados en los caminos del mundo: “los haré pescadores de hombres” (v. 19).

La propuesta misionera y vocacional de Jesús (Evangelio) es global: se articula en cuatro momentos:

  • 1. mirada a la situación del mundo: pueblos alejados y periféricos, poco religiosos (v. 13-16);
  • 2. invitación a la conversión del corazón hacia Dios y su Reino (v. 17);
  • 3. encuentro y seguimiento de Cristo: “vengan tras de mí…” (v. 19.21);
  • 4. misión en el mundo: “pescadores de hombres” (v. 19), entregados sobre todo a enfermos y otras personas frágiles (v. 23).

La misión pública de Jesús empezó en la Galilea de los gentiles (v. 15) e igualmente (según el evangelista Mateo) Jesús resucitado la concluirá en Galilea (Mt 28,7.10.16), enviando desde allí a los Apóstoles en misión entre todas las naciones (Mt 28,19).

II Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque existía, antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel.
Entonces Juan dio este testimonio: Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja y se posa e Espíritu Santo, ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo.
Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios”.
(Juan 1, 29-34)


“Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.
P. Enrique Sánchez G. Mccj

Esta es seguramente la frase más importante que escuchamos hoy en el Evangelio y a través de ella se nos invita a iniciar un camino que nos llevará a sentir la importancia que tiene la presencia de Jesús en nosotros.

En estos cuantos versículos podemos sentir un movimiento que lleva a un encuentro y al reconocimiento de alguien que es el único que le puede dar sentido a nuestras vidas.

Juan el Bautista y Jesús van al encuentro del uno hacia el otro y, con mucha sencillez, en ese ir de Jesús hacia Juan podemos ver, una vez más, como Dios está siempre en camino hacia nosotros.

Dios nos busca y nos ama tanto que no ha dudado en venir a revelarnos su rostro en Jesús, con un único deseo: que lo conozcamos y que le demos la posibilidad de habitar en nuestra vida.

Dios viene a nuestro encuentro y a través de Juan el Bautista nos ayuda a entender que lo más importante en esa historia de amor está en la capacidad de cada uno de nosotros de poder reconocerlo y señalarlo. Es decir, reconocerlo y convertirnos en testigos de su presencia, aquí́ y ahora, en lo más ordinario de nuestra vida.

Para quienes leemos hoy este texto de Evangelio, con nuestras interminables preguntas y búsquedas de respuestas al problema del mal, de la violencia , de las desigualdades. A nuestros gritos desesperados, muchas veces pidiendo a Dios que se haga presente. Cuando le reprochamos su aparente ausencia de los dramas que pueden llenarnos de tristeza. Juan el Bautista parece respondernos diciendo: ahí está Dios, en Jesús, en lo más duro de nuestra vida, viniendo a nuestro encuentro.

Ahí está el Señor y lo único que nos hace falta es dar el primer paso, aceptándolo y reconociéndolo como alguien que viene siempre a nuestro encuentro y que está más cerca de lo que nos imaginamos.

Juan el Bautista fue capaz de dar ese paso y era lo que necesitaban escuchar sus discípulos para entender que él sólo los había ido preparando para que pudiesen encontrarse con Jesús; para que pudiesen reconocerse como los destinatarios de un amor al cual se habían preparado aceptando el bautismo de conversión que habían recibido en el Jordán.

Ahora era tiempo de ir más lejos, justamente, después de que Jesús había sido también bautizado se iniciaba un tiempo nuevo en el cual, recibiendo la fuerza del Espíritu, serían los primeros ciudadanos del Reino.

Para Juan fue el tiempo de desaparecer, de recordar que él sólo había cumplido con la misión de preparar el camino para que nadie fuera excluido del Reino.

Juan reconoce que él no está llamado a estar en el centro, su misión fue prepararlo todo para que Jesús fuera reconocido como el protagonista principal en el plan de salvación que Dios había preparado para toda la humanidad.

Al final, Juan nos ayuda a entender que, también hoy, lo que nuestro mundo necesita no es tanto de protagonistas, sino de testigos que sean capaces de indicar un rumbo que nos pueda llevar al encuentro del Señor.

Y testigos lo podemos ser todos y cada uno en la llamada que el Señor nos ha hecho, en el servicio que nos pide que hagamos en bien de los demás, en el ejercicio de nuestros ministerios y responsabilidades, cumpliendo con alegría nuestra tarea de colaborar en la construcción de un mundo como Dios lo ha soñado para nosotros.

Juan es testigo fiel de alguien a quien nos presenta como el Cordero de Dios, una imagen de Dios que no tiene nada qué ver con el poder, con la fuerza, con la riqueza, con todo aquellos que generalmente nosotros identificamos a los grandes de este mundo.

Él  nos  cambia  la  visión  y  la  lógica  con  que  muchas  veces  nosotros  juzgamos  y pensamos que deberíamos ser.

Hablar de Jesús como el Cordero de Dios es presentarnos a alguien que viene a nosotros con un sólo  deseo, entregarse por nosotros. Es alguien  que se presenta frágil a los ojos del mundo, alguien que decepciona porque quisiéramos que actuara siguiendo nuestros criterios. Es imagen de bondad, de sencillez, de disponibilidad,  de entrega.

A muchos de nuestros contemporáneos y, a lo mejor, a muchos de nosotros mismos nos gustaría un Dios que haga realidad todos nuestros sueños de poder y que los realice inmediatamente.

Afortunadamente, Dios no actúa de esa manera. Él se manifiesta como quien tiene poder, pero su poder es el amor, la misericordia, la compasión.

Usando la imagen del Cordero se hace comprensible que Dios viene a nosotros, pero sin forzar nada, respectando nuestra libertad, ofreciendo y no imponiéndose. De esa manera lo que Dios provoca es el deseo de su presencia en nuestro corazón, provoca el anhelo de poder encontrarnos cara a cara con él.

En un mundo tan complicado como el nuestro, pero tan sorprendente y fascinante al mismo tiempo, reconocer a Jesús como el Cordero de Dios nos obliga a entrar en un camino de conversión que nos lleva a un cambio de mentalidad y de actitudes en donde no son los criterios del dominio, de la fuerza o de la violencia los que guíen nuestro sentir y nuestro actuar.

Seguir a Jesús como el Cordero de Dios en nuestro tiempo implica un cambio de mentalidad y de actitudes que nos permitirán ser más tolerantes en una realidad marcada por la agresividad, pacientes en una sociedad en donde todo son exigencias, en donde cada persona se siente con derecho a estar por encima de los demás, en donde el amor es confundido con el placer pasajero que no respeta al hermano.

Y Juan el Bautista, señalando a Jesús como a quien tenemos que seguir, nos está indicando que sólo en él se logrará construir una humanidad más digna y respetuosa en donde todos podamos reconocernos hermanos y en donde cada uno podremos ser aceptados en nuestras diferencias como una riqueza para los demás.

Finalmente, el Cordero de Dios, al que Juan nos invita a seguir como discípulos no es una propuesta que venga a sacarnos de la realidad en que nos toca vivir, con sus facturas de sufrimiento, sus exigencias   de   sacrificios, con sus momentos de obscuridad, con sus lágrimas ante el dolor.

La invitación no tiene nada de engañosa, pero nos asegura que siguiendo los pasos de Jesús podemos estar seguros de poder llegar al lugar que nos corresponde en el proyecto de amor que Dios ha querido realizar pensando únicamente en nuestra felicidad.

Seguir al Cordero de Dios, como lo indica Juan el Bautista, podría ser para nosotros la experiencia de pasar del camino de la conversión al encuentro con el Espíritu de Dios en el que podemos ser bautizados abriendo nuestro corazón a la presencia de Jesús en nuestras vidas.

Recibir el Espíritu Santo no es otra cosa sino abrirnos y disponernos a que la vida de Dios sea lo que llene nuestros días, su luz la que ilumine nuestros horizontes, su fortaleza la que nos permita vivir reconciliados con nuestras debilidades y con nuestras pobrezas.

En otras palabras, se trata de aceptar que estamos bajo el cuidado de Dios que ha venido entre nosotros en la persona de Jesús y que desea que nuestra vida no se pierda, dejándonos guiar por quienes fácilmente nos pueden llevar por caminos que extravían con promesas que acaban en desilusiones.

Ojalá que también nosotros, como Juan el Bautista, podamos decir que hemos visto  al Señor y que lo hemos reconocido como el Cordero de Dios que vino a quedarse con nosotros para que nos demos cuenta de que Dios sólo existe para amarnos.

Ojalá también que, como misioneros, podamos indicarles a muchos el camino para que puedan encontrarse con Jesús y lo reconozcan como el Hijo de Dios.


¡He aquí el Cordero de Dios!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después de la Epifanía y del Bautismo del Señor, seguimos todavía bajo el signo de las “revelaciones” sobre Jesús. Algunos versículos antes del pasaje del Evangelio de hoy, Juan el Bautista decía: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis» (Juan 1,26). Y él mismo confiesa dos veces: «Yo no lo conocía». Por desgracia, nosotros, por el contrario, creemos saberlo todo sobre Él. Y quizá no lo conozcamos en absoluto. A menudo, nuestro conocimiento de la persona de Jesús es estático, detenido desde hace años, tal vez desde alguna etapa de nuestra iniciación cristiana. ¡Como si se pudiera llevar para siempre el traje de la primera comunión o de la confirmación!

Una nueva “epifanía”: ¡He aquí el Cordero de Dios!

La vida cristiana es un caminar de epifanía en epifanía, de gloria en gloria, transformados por los misterios que contemplamos. Porque los misterios tienen poder sobre nosotros: «Y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Corintios 3,18).

Hoy Juan nos revela algo inédito, que ni él ni nosotros conocíamos. El Bautista señala a Jesús como «el Cordero de Dios». ¿Qué significa esta expresión? Estamos acostumbrados a repetirla durante la Eucaristía, antes de la comunión. Sin embargo, si lo pensamos bien, este título puede resultar bastante inusual e incluso desconcertante. En efecto, pertenece a otra mentalidad religiosa y cultural, que recurría al sacrificio de animales en la relación con la divinidad.

La palabra cordero/corderos aparece con frecuencia en la Biblia. La encontramos unas 150 veces en el Antiguo Testamento (la gran mayoría en los libros del Levítico y de los Números) y unas cuarenta veces en el Nuevo Testamento (en la edición italiana de la Biblia preparada por la CEI, edición 2008).

Podemos hacer tres constataciones. La primera es que el cordero está casi siempre asociado al sacrificio. Es el animal considerado puro, inocente y manso y, por tanto, el preferido para el sacrificio ofrecido a Dios. La segunda es que, en el NT, aparece casi exclusivamente en Juan: en el Evangelio (3 veces) y sobre todo en el Apocalipsis (35 veces). La tercera es que, en el NT, se refiere casi siempre al sacrificio de Cristo: «Sabéis que no fuisteis rescatados de vuestra conducta vana, heredada de vuestros padres, con cosas perecederas como la plata o el oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pedro 1,18-19).

La afirmación de Juan «¡He aquí el Cordero de Dios!» evoca en la mente de sus oyentes, ante todo, el cordero pascual, o bien el cordero que se sacrificaba cada día, por la mañana y por la tarde, en el Templo de Jerusalén. Pero la riqueza de este título va mucho más allá. Por ejemplo, podemos encontrar en él una alusión al misterioso «Siervo del Señor» (del que se habla hoy en la primera lectura): «Como cordero llevado al matadero… mientras él cargaba con el pecado de muchos» (Isaías 53,7.12). Tanto más cuanto que, en arameo, la lengua del Bautista, el término talya significa tanto «siervo» como «cordero».
Al poner este título mesiánico excepcional en labios del Bautista, el evangelista Juan tenía casi con certeza en mente el rico y complejo trasfondo bíblico, pero sobre todo el cordero pascual (cf. Juan 19,36).

«¡He aquí el Cordero de Dios!» representa una imagen revolucionaria de Dios, que no pide sacrificios, sino que se sacrifica a sí mismo. El papa Francisco llamaba a esto «la revolución de la ternura».

El Cordero de Dios es el que quita «el pecado del mundo» (en singular), el pecado radical del mundo, el pecado de todos los seres humanos de todos los tiempos. No solo los pecados individuales, sino también la matriz del mal que subyace a toda injusticia: la corrupción de la historia, la degeneración de las culturas, la degradación de las relaciones entre las personas y los pueblos, la contaminación y la explotación de la naturaleza… El Cordero de Dios ha cargado sobre sí todo el peso del mal del mundo.

Es preciso aclarar, sin embargo, que la «justicia» de Dios no exige el sacrificio del Hijo, como podrían sugerir algunas interpretaciones tradicionales. Jesús no es la víctima exigida para «satisfacer la justicia» de Dios. La teología del sacrificio está ciertamente presente en los autores del NT. Se trata, sin embargo, de una relectura de la muerte de Jesús en la cruz a la luz de la tradición bíblica y de la cultura religiosa de la época. Pensándolo bien, esto sería inaceptable: ¿cómo podría un padre exigir la muerte de su hijo para perdonar?

El sacrificio de Jesús es el de su extrema solidaridad: «Él, siendo de condición divina, no consideró como presa el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y, apareciendo en su porte como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Filipenses 2,6-8).

El Cordero inmolado y el León de Judá

El Mesías es comparado simbólicamente con dos figuras opuestas: el cordero y el león, como para subrayar las dimensiones de la mansedumbre y de la fuerza del Mesías. Encontramos ambos títulos en el libro del Apocalipsis. Cristo es representado predominantemente como el Cordero, mencionado 34 veces: «Vi un Cordero de pie, como degollado [es decir, que lleva los signos, las llagas de la Pasión]; tenía siete cuernos [símbolo de poder] y siete ojos [omnisciencia]» (Apocalipsis 5,6).
Pero el Cordero, antes de entrar en escena, es presentado como el León de Judá: «Uno de los ancianos me dijo: “No llores; ha vencido el León de la tribu de Judá, el Retoño de David, y abrirá el libro y sus siete sellos”» (5,5).

Estas dos dimensiones pertenecen también a la vida y al testimonio cristianos: por una parte, la docilidad, la dulzura, la fragilidad y la capacidad de soportar del cordero; por otra, la fuerza, el heroísmo, la nobleza y el coraje del león. Conciliar ambos aspectos no es siempre fácil. Por desgracia, muchas veces, cuando deberíamos ser mansos, nos comportamos como leones, dominadores y agresivos; y cuando deberíamos ser leones, nos comportamos como corderos, temerosos y cobardes.

¡Aquí estoy!

Concluyo aludiendo brevemente al aspecto de la vocación al testimonio que emerge con fuerza de las lecturas: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra», dice el Señor a su Siervo (Isaías 49,6). Pablo se presenta a la comunidad de Corinto como aquel que fue «llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios». Y Juan afirma solemnemente: «Y yo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».

¿Y nosotros? Creo que cada vez que, en la celebración eucarística, Juan el Bautista señala a Cristo diciendo: «¡He aquí el Cordero de Dios!», deberíamos hacer nuestra la respuesta del salmista: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (Salmo responsorial 39/40).

P. Manuel João Pereira Correia, mccj


Con el fuego en el Espíritu
José Antonio Pagola

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.
Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.
El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.
Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.
La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.
Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra… no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.
Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?

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Palabrasa de Juan, el bautizador del Jordán
Dolores Aleixandre

No recuerdo cuando comencé a vivir en el desierto, más bien lo que no consigo saber es cómo pude vivir fuera de él. Supe que era mi lugar desde que escuché de niño las palabras de Isaías: “Una voz grita: En el desierto preparad un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3) Acepté la misión que se me confiaba y me fui a conocer de cerca aquel sequedal en el que tenía que intentar trazar caminos. Al principio sólo la soledad y el silencio fueron mis compañeros y, junto con ellos, la convicción oscura de estar esperando a alguien que estaba a punto de llegar: “Mirad, yo envío un mensajero a prepararme el camino. ¿Quién resistirá cuando llegue?” (Ml 3,1-2)Lo había dicho un profeta y yo sentía arder en mi voz su misma urgencia por preparar el encuentro. ¡Llega el Ungido de Dios!” comencé un día a gritar . “Él quebrantará al opresor y salvará la vida de los pobres…” (Sal 72,8.4).

Se corrió la noticia de mis palabras y comenzó a acudir gente, movida por una búsqueda incierta en la que yo reconocía la misma tensión que me mantenía en vigilia. Algo estaba a punto de acontecer, y me sentí empujado a trasladarme más cerca del Jordán, como si presintiera que iban a ser sus aguas el origen del nuevo nacimiento que aguardábamos con impaciencia. Muchos me pedían que los bautizara y, al sumergirse en el agua terrosa del río y resurgir de ella, sentían que su antigua vida quedaba sepultaba para siempre. Les exigía ayunos y penitencia y les anunciaba que otro los bautizaría con Espíritu. Yo sólo podía hacerlo con agua: anunciaba unas bodas que no eran las mías, y yo no era digno ni de desatar la correa de las sandalias del Novio.

Antes de comenzar la temporada de lluvias, en un mediodía nubes apelmazadas y calor agobiante, se presentó un grupo de galileos y me pidieron que los bautizase. Fueron descendiendo al río, hasta que quedó en la ribera solamente uno, al que oí que le llamaban Jesús. Al principio no vi en él nada que llamara particularmente mi atención y le señalé el lugar por el que podía descender más fácilmente al agua. Estábamos solos él y yo, los demás se habían marchado a recoger sus ropas junto a los álamos de la orilla. Lo miré sumergirse muy adentro del agua y, al salir, vi que se quedaba quieto, orando con un recogimiento profundo. Tenía la expresión indefinible de estar escuchando algo que le colmaba de júbilo y todo en él irradiaba una serenidad que nunca había visto en nadie.

Se había levantado un viento fuerte que arrastraba los nubarrones que cubrían el cielo y comenzaban a caer gruesas gotas de lluvia. Un relámpago iluminó el cielo anunciando una tormenta que levantaba ya remolinos de polvo. Desde la ribera seguí contemplando al hombre que seguía orando inmóvil, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor le afectara. Por fin, después de un largo rato y cuando ya diluviaba, lo vi salir lentamente del río, ponerse su túnica y alejarse en dirección al desierto.

Pasé la noche entera sin conseguir conciliar el sueño. Sin saber por qué, me vino a la memoria un texto profético que nunca había comprendido bien:

“Mirad, el Señor Dios llega con poder. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos a los corderos y hace recostar a las madres (Is 40,10-11).Nunca había entendido por qué el Señor necesitaba desplegar su poder para realizar las tareas cotidianas de un pastor, ni por qué su venida, anunciada con rasgos tan severos por los profetas, consistiría finalmente en sanar, cuidar y llevar a hombros a su pueblo, sin reclamarle a cambio purificación y penitencia.

Y, sin embargo, aquella noche, las palabras de Isaías invadían mi memoria de manera apremiante, junto con una extraña sensación de estar cobijado y a salvo. Y textos a los que nunca había prestado atención, se agolparon en mi corazón. Era como si hasta este momento sólo hubiera hablado de Dios como de oídas, mientras que ahora Él comenzaba a mostrarme su rostro. Recordé el del galileo al que había visto orando en el río, la expresión de honda paz que irradiaba, y me pregunté si a él se le habría revelado el Dios que no es, como yo pensaba, sólo poder y exigencia, sino también ternura entrañable, amor sin condiciones como el de los padres.

Estaba amaneciendo y en los árboles de la orilla se oía el revuelo de los pájaros y el zurear de las palomas. Recordé las palabras del Cantar describiendo al novio:

“Mi amado…Sus ojos, dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca…”(Cant 5, 10-11)

Me di cuenta sorprendido de que, al hablar del Mesías, siempre lo había hecho con imágenes poderosas como la del águila, o de fuerza avasalladora como la del león, mientras que ahora lo que me hacía pensar en él era el vuelo sosegado de las palomas.

Cuando me sobrevino el sueño, la luz se abría ya paso entre los perfiles azulados de los montes de Judea.

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“Este es el Cordero…”: un anuncio cargado de Misión
P. Romeo Ballan, mccj

Continúa la epifanía, la manifestación de Jesús. Después de la estrella de los magos y del bautismo en el Jordán, es otra vez Juan el Bautista quien señala con insistencia a Jesús como al Cordero de Dios (Evangelio). Juan ha ido creciendo en su conocimiento de Jesús: antes no lo conocía (v. 31.33), o lo conocía probablemente solo como su pariente. Ahora lo proclama Cordero de Dios (v. 29), Hijo de Dios (v. 34), lleno del Espíritu, e incluso el que ha de bautizar con Espíritu Santo (v. 33). Juan el Bautista lo declara presente: “Este es el Cordero de Dios…”, el que carga sobre sí y, de esta manera, quita el pecado del mundo (v. 29); es decir, todos los pecados.

Para quitar el pecado del mundo, Jesús no hace uso de mecanismos jurídicos exteriores, como la condonación, el indulto o la amnistía; Él bautiza en el Espíritu Santo; se trata, pues, de la inserción en el corazón de las personas de un dinamismo nuevo, el Espíritu (v. 33), la fuerza del amor, la única energía vencedora sobre todo mal humano. Justamente, porque tan solo el amor transforma y sana el corazón. Como explica el Papa Francisco, el bautismo no es un rito exterior, una formalidad, un acto de inscripción en una sociedad, sino un acto de fe y de amor, un don que enriquece a la persona que lo recibe y marca una diferencia con el que no lo ha recibido.

El segundo canto del Siervo de Yahvé (Is 49, I lectura) contiene una prefiguración del Bautismo de Jesús. Él es el verdadero ‘talya’ (palabra aramea utilizada por Juan el Bautista para decir cordero siervo): es el cordero pascual, inmolado, que quita, cargándolos sobre sí mismo, los pecados del mundo entero; el siervo, llamado desde el vientre materno (v. 5), que se convierte en luz de las naciones, con una misión universal de salvación que sobrepasa los límites nacionales para llegar hasta el confín de la tierra (cfr. v. 6; Lc 2,30-32; Hch 13,47). El salmo responsorial canta la disponibilidad de Jesús – y de la Iglesia evangelizadora – para asumir esta misión sin restricciones ni fronteras: “¡Aquí estoy, Señor!”

Cabe subrayar un detalle importante: Juan habla de “pecado del mundo”, en singular, no de los pecados en plural. Según las primeras páginas de la Biblia, desde siempre el pecado de los orígenes, la causa de toda acción pecaminosa (violencia, odio, injusticia, falsedad…) es el egoísmo-orgullo: el no fiarse de Dios, la arrogancia de considerarse autosuficientes, capaces de prescindir de los demás, e incluso de Dios. La expresión “Cordero de Dios”, utilizada por el Bautista, está cargada de evocaciones bíblicas y de aplicaciones misioneras. Evoca, ante todo, al cordero pascual, cuya sangre fue signo de salvación del exterminio en la noche del éxodo de Egipto (Ex 12,23); remite, asimismo, a la imagen del Siervo sufriente y silencioso, que cargaba con el pecado de la muchedumbre (cfr. Is 53,12). Y finalmente, la expresión del Bautista evoca el sacrificio de Abraham, en el que Isaac se salvó y Dios mismo proveyó el cordero para el holocausto (Gn 22,7-8): no ya el hijo de Abraham, sino el mismo Unigénito Hijo de Dios. En todas las religiones del mundo suele ser el hombre el que sacrifica algo para Dios. Aquí, en cambio, está la novedad de la fe cristiana: es Jesucristo, el cordero-víctima inocente, el que por amor entrega su vida por nosotros.

El progresivo descubrimiento e identificación con Jesús hacen de Juan el Bautista un modelo para la Iglesia misionera y, en ella, para cada evangelizador y evangelizadora: Juan cree en Jesús, lo reverencia, lo anuncia presente, da testimonio de Él hasta derramar su sangre. Juan es consciente que él mismo no es el Mesías, sino una voz que lo anuncia y le prepara el camino; rebosa de gozo por su crecimiento (Jn 3,29-30), y no le importa desaparecer. Descubrimos en Juan aspectos similares al rol de Benedicto, el Papa emérito desde hace ya siete años.

La Iglesia sigue señalando a Jesús con las palabras de Juan; lo hace en la Eucaristía-comunión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado…”, y lo repite en el anuncio y servicio propios de la misión. El mensaje misionero de la Iglesia será tanto más eficaz y creíble cuanto más sea – al igual que en Juan el Bautista – fruto de contemplación, libertad, austeridad, valentía, profecía, expresión de una Iglesia servidora del Reino, firme en “hacer causa común” (S. Daniel Comboni) con la familia humana en sus sufrimientos y aspiraciones. Solo así, como para Juan el Bautista, la palabra del misionero podrá suscitar nuevos discípulos de Jesús (cfr. Jn 1,35-37).

Esta ha sido también la vocación misionera de San Pablo, apóstol enamorado de Jesucristo: lo menciona cuatro veces en los tres versículos de la II lectura. Su amplio saludo a todos los santificados en Cristo Jesús (bautizados), “llamados a ser santos” (v. 2), sintoniza muy bien con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (18-25 de enero). El Ecumenismo y la Misión constituyen un binomio vital e irrenunciable para la Iglesia de Jesús. Por eso, la unidad de la Iglesia está orientada a la misión: unidos “para que el mundo crea” (Jn 17,21). ¡Unidos para ser creíbles! Unidos para vencer el mal y las divisiones, para quitar el pecado del mundo, es decir, el egoísmo, con la ternura, la sencillez, la no violencia: con el programa de las Bienaventuranzas.

Bautismo del Señor

“En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice? Jesús le respondió: Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere. Entonces Juan accedió a bautizarlo.
Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre Él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”
(Mateo 3, 13-17)

comboni2000.org


Bautismo del Señor
P. Enrique Sánchez G., mccj

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús llegando hasta el río Jordán, a un lugar conocido por todos aquellos que acudían a Juan el Bautista para ser bautizados con el deseo de iniciar una nueva vida.

La predicación de Juan efectivamente, consistía en una invitación a la conversión y al arrepentimiento de los pecados para facilitar la llegada del Mesías al corazón de cada uno de sus oyentes. Había que cambiar de vida y pasar por el bautismo para ser purificados del pecado.

Muchas personas que se habían encontrado con Juan habían dado el paso a una nueva vida, convencidos por la radicalidad y la coherencia de vida con la que predicaba la llegada del tiempo en el cual Dios se había manifestado en la persona de Jesús.

El bautismo que Juan ofrecía a las orillas del río Jordán significaba el paso de una vida marcada por el pecado a una vida nueva que, pasando por las aguas, disponía a recibir otro bautismo que Jesús, como Hijo de Dios, venía a derramar a todos los que se abrían a la fe.

Aquel espacio del Jordán representaba el lugar en donde la humanidad pecadora se daba cita para reconocer su fragilidad y su pecado y hasta ahí llegó Jesús para ponerse en la fila y marcar con ese gesto su disponibilidad de ir hasta las ultimas consecuencias en su propósito de asumir la condición humana.

Él, que no sabía de pecado, quiso asumir la condición de pecador para cargar sobre su espalda todo aquello que tenía a la humanidad aplastada.

Sin haber cometido pecado, abrazó la condición pecadora del ser humano para darle la posibilidad de liberarse de lo que era causa de tristeza y de muerte.

Sólo recordando esto, es posible entender por qué Jesús pide a Juan ser bautizado. Juan sabía que el bautismo que llegaría por Jesús sería el único camino para encontrarse con quien lo había hecho libre y lo había destinado a disfrutar de la vida como hijo amado.

Y Juan, que lo reconoce como aquel a quien no es digno ni siquiera de desatar las correas de sus sandalias, no sale de su asombro. Él sabía bien que el bautizo que él ofrecía no era para Jesús, quien no necesita de conversiones y no sabía de pecados.

Pero era necesario para que se cumpliera, como dice el evangelio, la voluntad de Dios. Era necesario para demostrar o para hacer entender lo que Dios tenía en su mente y en su corazón cuando decidió hacerse uno de nosotros.

En el bautismo de Jesús, Dios nos da una lección y nos ayuda a entender qué es lo que ha querido mostrarnos cuando decidió asumir nuestra condición humana. Esa condición frágil y marcada por la debilidad y por la miseria que sigue lastimándonos hasta nuestros días.

Dios quiso apropiarse de todo lo que somos para redimirlo y hacerlo nuevo, como sucede cada vez que alguien recibe el bautismo y lo hizo poniendo a su Hijo en el camino que todo mortal necesariamente tiene que recorrer. El camino del arrepentimiento, de la conversión y del perdón.

Nuestro Padre Dios de hizo uno de nosotros en Jesús y se confundió entre los pecadores para destruir en las aguas del bautismo lo que nos puede mantener esclavizados y sumergidos en el dolor y en la muerte.

Poniéndose entre todos los que buscaban el bautismo de Juan, Jesús nos invita hoy a valorar el bautismo que hemos recibido y a recordar, como dice san Pablo en su carta a los romanos, que si morimos con él, pasando por las aguas del bautismo, diríamos nosotros, seguramente resucitaremos con él ( Romanos 6, 8-10).

Eso significa que recobraremos la dignidad que nos corresponde como hijos de Dios. Por otra parte, es justo antes de iniciar su ministerio y el anuncio de la llegada del Reino que Jesús recibe el bautismo de Juan y es en ese momento en el cual el Padre se manifiesta para reconocer y anunciar que Jesús es su Hijo, lo que más ama, en quien tiene todas sus complacencias. Ahí es en donde el Padre nos manifiesta con qué clase de amor nos busca.

Y el bautismo de su Hijo significa el inicio de un camino de amor que llevará a Jesús hasta la cima de la Cruz para que podamos contemplar y entender que Dios no sólo ha querido hacerse uno de nosotros, sino que ha querido entregarse totalmente para que ya no vivamos esclavos de la muerte y del pecado, sino que tengamos vida y vida en plenitud.

Hoy que corremos el peligro de dejarnos atrapar por tantas ofertas que nos ofrece el mundo y que nos podemos dejar confundir con una infinidad de trampas que nos ponen en nuestro caminar, es importante recordar que Jesús ya se nos adelantó ofreciendo su vida por nosotros y que no tenemos pretextos para impedir que su amor nos envuelva.

Ojalá que el tomar conciencia de nuestro bautismo nos recuerde que hemos sido bautizados en Cristo y que en él hemos tenido la dicha de nacer a una vida nueva en la cual no debería tener cabida la realidad del pecado que nos maltrata y humilla.

El bautismo de Jesús nos recuerda que ya no hay razón para que vivamos esclavos de las pasiones que nos destruyen y destruyen a los demás. Con él hemos nacido a una vida nueva.

Ojalá que nuestro bautismo nos hiciera sentir orgullosos de ser discípulos de Jesús, de reconocernos personas nuevas llamadas a cambiar y a transformar nuestra sociedad, personas alegres, llenas de entusiasmos, de confianza y de esperanza.

Reconozcamos que como cristianos hemos sido bautizados en Cristo, en aquel en quien Dios tiene todas sus complacencias y en quien se nos manifiesta un amor que nos libera y hace de nosotros personas nuevas.


Una nueva etapa
José Antonio Pagola

Antes de narrar su actividad profética, los evangelistas nos hablan de una experiencia que va a transformar radicalmente la vida de Jesús. Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano.
No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años “una nueva etapa evangelizadora”, el Papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca “evangelizadores con Espíritu”. Sabe muy bien que solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?

Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente de hoy escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio”. Solo de esta manera, “podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo”.
El Papa está pensando en una renovación radical, “que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple administración”. Por eso, nos pide “abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así” e insiste una y otra vez: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”.
Francisco busca una Iglesia en la que solo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual. “Más que el temor a no equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer”.
El Papa quiere que construyamos “una Iglesia con las puertas abiertas”, pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. ¡Qué alegría poder escuchar de sus labios una visión de Iglesia que recupera el Espíritu más genuino de Jesús rompiendo actitudes muy arraigadas durante siglos! “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadotes. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.


Vivir el tiempo ordinario con sentido
Inma Eibe

El evangelio de hoy nos sitúa de esta manera en nuestra cotidianidad. La escena que nos muestra podría ser la de un día cualquiera en la vida de Juan el Bautista, el profeta que predicaba en el desierto y bautizaba en el Jordán. Probablemente cada día habría un buen grupo de personas escuchándole y dejándose bautizar por él, atraídos por sus palabras y sus gestos. Así que a nadie le llamaría la atención aquel hombre que esperaba su turno tranquilamente, como uno más, junto a tantos otros; un hombre que no se había distinguido hasta ahora en nada; un hombre que llevaba una vida sencilla en Nazaret.

Pero cuando ese hombre, llamado Jesús, llega a Juan, el profeta es capaz de reconocerlo como aquel de quien ha estado diciendo que “os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (cf. Mt 3,12) y se sobrecoge ante su petición: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús acude a Juan para hacerse bautizar y, con este gesto, desciende a lo más bajo, aún más bajo que el pesebre en el que había nacido; aún más bajo que la vida sencilla que había llevado. Jesús toma sobre sí la condición de pecador“Al que no conoció el pecado, por nosotros lo cargó con el pecado, para que, por su medio, obtuviéramos la justificación de Dios” (2Cor 5,21).

Contemplemos el encuentro entre estos dos hombres y prestemos oído a su diálogo. Ambos escuchan al otro en su verdad más plena. Ambos se dejan acompañar. Ambos buscan la voluntad de Dios: “Déjalo ahora”, dice Jesús. “Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. Y ambos, gracias al otro, toman consciencia de su identidad. Como lo habían hecho años atrás sus madres en el encuentro en Ain Karem (cf. Lc 1,39-56), tanto Juan como Jesús son ahora reafirmados y fortalecidos en su vocación personal y en su misión. Sobrecoge caer en la cuenta de que las primeras palabras que Mateo pone en boca de Jesús en todo su evangelio sean éstas, referidas cumplir todo lo que Dios quiere, manifestando lo que sería una clave fundamental en su vida: hacer la voluntad del Padre.

El evangelista ha narrado el encuentro con unas imágenes que muestran la fuerza de la teofanía que se describe: el cielo se abre, el Espíritu baja y se oye una voz del cielo. Esta descripción de la apertura de los cielos nos remite a Isaías: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 63,19). El autor pide a Dios que vuelva a abrir el cielo, que se manifieste y descienda en medio del pueblo.

En Jesús se cumple esta Palabra. Dios se ha manifestado y ha descendido hasta ponerse en la cola con los pecadores. Mateo modifica la voz celestial con respecto a los otros dos sinópticos. La manifestación no está en segunda persona, sino en tercera: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”. No es una revelación dirigida a Jesús, aunque con ello Jesús se reconozca como el HijoEs una revelación dirigida a nosotros, que la escuchamos. Es una invitación a acoger a Jesús como el Hijo y a aceptar que nosotros somos también “hijos en el Hijo” (cf. Jn 1,12).

Hoy, recordando el Bautismo de Jesús, somos invitados a ratificar nuestro propio bautismo, a confirmar nuestra fe desde la experiencia de encuentro personal con Jesús, el que se hizo uno de nosotros para recordarnos que somos hijos amados del Padre. Renovar nuestro propio bautismo hoy nos debe llevar a renovar nuestro compromiso a vivir como hermanos de todos, buscando la voluntad de nuestro Dios Padre-Madre y dejándonos mover por el aliento impetuoso de la Ruah Santa. Preciosa invitación, después de haber vivido en profundidad la Navidad, para comenzar nuestro tiempo “ordinario” con verdadero sentido.


Del Bautismo nace la Misión
Romeo Ballan, mccj

El Bautismo de Jesús en las aguas del río Jordán es una de las tres grandes epifanías que la liturgia de la Iglesia canta en la solemnidad de la Epifanía del Señor, junto con la manifestación a los magos que llegaron de Oriente y con el milagro en las bodas de Caná. También el bautismo es una presencia y una manifestación misionera de Jesús. Litúrgicamente, celebramos hoy una fiesta-puente entre la infancia de Jesús y su vida pública: el tiempo de Navidad termina con la fiesta del Bautismo de Jesús, evento que lo introduce en la vida pública. Pero hay mucho más: desde sus comienzos, la predicación misionera de los Apóstoles arrancaba “a partir del bautismo de Juan hasta el día en que Jesús nos fue llevado” (Hch 1,22). Jesús no inicia su vida pública con un sacrificio en el templo, sino en el río de la vida, en plena solidaridad con las vicisitudes de la familia humana. 

La dimensión universal de esta epifanía brota con fuerza de las lecturas. Lo confirma el mismo San Pedro (II lectura) en la casa del centurión Cornelio en Cesarea. Superada con dificultad la resistencia inicial – la suya propia y la de la comunidad eclesial – Pedro visita, acoge a Cornelio y defiende su entrada en la Iglesia, afirmando una verdad fundamental para la misión y para la teología de la salvación que Dios ofrece a cada persona, aunque no sea oficialmente cristiana: “Dios no hace distinciones, acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (v. 34-35).

El hecho del bautismo del Señor arroja una luz intensa sobre la identidad y la misión de Jesús (Evangelio). En Él se manifiesta la Trinidad santa: el Padre proclama a su “Hijo, el amado” (v. 17); el Espíritu desciende sobre Él (v. 16). El Padre es la voz, el Hijo es el rostro, el Espíritu es el vínculo. La misión de Jesús está ya prefigurada en el primer canto del “Siervo del Señor” (I lectura), con una tarea que sobrepasa las fronteras de Israel y llega a las naciones (paganas) como luz y salvación (v. 1 y 6). Su misión rehúye los tonos ruidosos y explosivos (v. 2); será, en cambio, una presencia de apoyo, recuperación y valorización de los más débiles (v. 3 y 7); una misión que podrá contar siempre con la fuerza del que lo ha “cogido de la mano” (v. 6). Se trata de un programa apasionante, que da sentido a la vida de cualquier persona capaz de amor y de ideales generosos. Asimismo, el programa del Siervo vale tanto para los individuos como para una comunidad, e incluso para un pueblo.

En el Evangelio Jesús, haciendo suya la misión del Siervo y sintiéndose, al mismo tiempo, hijo y hermanose pone en fila con los pecadores, hace cola como todos, como un hombre cualquiera espera su turno para recibir, también Él, inocente, el bautismo de Juan el Bautista para el perdón de los pecados. Se manifiesta aquí la total solidaridad que Jesús siente con toda la familia humana, de la que es parte. Una solidaridad hasta el punto de que “no se avergüenza de llamarles hermanos” (Heb 2,11). Profundo es el comentario de S. Gregorio Nacianceno sobre la escena del bautismo: después de sumergirse en el río, “Jesús sube del agua: lo cual nos recuerda que hizo subir al mundo con Él hacia lo alto” (Oficio de Lecturas). Él es verdaderamente el Siervo solidario y sufriente, el Cordero que carga sobre sí los delitos de todos (cf Is 53,4-5.12). Sin embargo, Él es siempre el Hijo predilecto, en el cual el Padre misericordioso se complace.

La profunda reflexión teológica de Gregorio Nacianceno tiene también una correlación geográfica con el lugar donde, presumiblemente, ha ocurrido el bautismo de Jesús. El lugar pudo ser Bet-Araba, en el mismo punto del río por el cual Josué hizo entrar al pueblo en la Tierra prometida (Jos 3,14s). Según los geólogos, este sería el punto más bajo de la tierra: 400 metros por debajo del nivel del mar. Desde esa profundidad deprimida, Jesús emerge del agua del Jordán, se eleva hacia lo alto, cargando sobre sus hombros a la humanidad entera. Su oración al Padre pudo ser la del salmo De Profundis: “Desde lo hondo a Ti grito, oh Señor… Porque del Señor viene la misericordia y la redención copiosa” (Sal 130,1.7). La cercanía solidaria de ese Siervo, Hijo y Hermano, verdadero Dios y Hombre, es la base del compromiso misionero, que para todo cristiano se funda y nace del Bautismo, el sacramento que nos introduce en la vida de la Trinidad y de la Iglesia, para llevar al mundo la vida buena del Evangelio, con la esperanza de un mundo que puede siempre renovarse.


Quiso remontar un abismo con nosotros
Fernando Armellini

Introducción

Los lugares bíblicos tienen con frecuencia un significado teológico. El mar, el monte, el desierto, laGalilea de las naciones, Samaría, las tierras del otro lado del lago de Gennesaret… son mucho más que simples indicaciones geográficas (a menudo ni siquiera exactas).

Lucas no especifica el lugar del bautismo de Jesús; Juan, sin embargo, lo especifica: “tuvo lugar en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando” (Jn 1,28). La tradición ha localizado justamente el episodio en Betabara, el vado por el que también el pueblo de Israel, guiado por Josué, atravesó el río, entrando en la Tierra Prometida. En el gesto de Jesús se hacen presentes el recuerdo explícito del paso de la esclavitud a la libertad y el comienzo de un nuevo éxodo hacia la Tierra Prometida.

Betabara tiene otra particularidad menos evidente pero igualmente significativa: los geólogos aseguran que este es el punto más bajo de la tierra (400 m bajo el nivel del mar).

La elección de comenzar precisamente aquí la vida pública no puede ser simple casualidad. Jesús, venido de las alturas del cielo para liberar a los hombres; ha descendido hasta el abismo más profundo con el fin de demostrar que quiere la Salvación de todos, aun de los más depravados, aun de aquellos a quienes la culpa y el pecado han arrastrado a una vorágine de la que nadie imagina que se pueda salir. Dios no olvida ni abandona a ninguno de sus hijos.

Primera Lectura del libro del profeta Isaías 42,1-4.6-7

Así habla el Señor: 1”Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. 2Él no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. 3No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad; 4no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley…. 6Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, 7para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.”

En la segunda parte del libro de Isaías, entra en escena un personaje misterioso a quien el autor llama el “Siervo del Señor”. Su historia viene narrada en cuatro relatos (Is 42,1-7; 49,1-6; 50,4-9; 52,13–53,12).

¿Quién es este siervo? ¿Se trata de un individuo concreto o de una figura simbólica que representa a todo el pueblo de Israel? Los estudiosos de la Biblia no han logrado todavía encontrar una respuesta segura, lo cual, por otra parte, no es tan importante. Lo que nos interesa es que en este Siervo del Señor los primeros cristianos han reconocido inmediatamente a Jesús (cf. Hch 8,30-35). ¿Cómo se llegó a esta identificación?

Todo comenzó en aquel dramático viernes, 7 de abril del año 30 d. C., día en que Jesús fue ejecutado. Los discípulos, desorientados, se preguntaban cómo era posible que la vida de un hombre bueno y justo haya podido terminar en semejante fracaso. Buscando en las Escrituras una solución al enigma encuentran en el libro de Isaías el relato de este Siervo que, después de un proceso inicuo, es quitado de en medio por aquellas mismas personas a quienes él quería liberar. Y comprenden: Dios no salva concediendo la victoria, el éxito, el dominio, sino mediante la derrota, la humillación por parte de los enemigos, mediante el don de la vida. Aquello que el profeta había dicho del “Siervo del Señor” se ha cumplido plenamente en Jesús de Nazaret. La lectura de hoy nos lleva al comienzo del relato de este Siervo.

En primer lugar, se narra su elección (v.1).
Esta parábola no siempre produce en nosotros resonancias positivas. Habla de preferencia a favor de unos y en detrimento de otros. No nos gusta oír hablar de pueblo “elegido” ni de estirpe “elegida” porque estas expresiones nos traen a la memoria recuerdos dramáticos de la locura provocada por la ilusión de pertenecer precisamente a una “raza elegida”.

La elección de Dios no tiene nada que ver con exclusivismos, particularismos o separatismos. Cuando Dios elige a una persona o a un pueblo, lo hace solamente para confiarle una misión (siempre difícil, onerosa y poco gratificante) y pedirle un servicio en favor de los otros.

Es fácil, por desgracia, para quien ha sido escogido por el Señor, interpretar su elección de acuerdo con criterios y categorías humanas, y de arrogarse por consiguiente derechos, honores y privilegios. El personaje de quien nos habla hoy la primera lectura, por el contrario, se identifica desde el principio como un Siervo encargado de llevar a término una empresa comprometida. ¿Quién le dará la fuerza?

El hombre “es carne”, es decir, está revestido de debilidad. Cuando el Señor encomienda a alguien una tarea, le da la capacidad para llevarla a cabo. A su “Siervo”, el Señor le da como apoyo su Espíritu, su fuerza irresistible.

Inmediatamente se indica la primera misión confiada a este Siervo elegido: está destinado a llevar el derecho a las naciones (v. 1), a hacer triunfar en el mundo “la justicia”, la “justicia de Dios” que consiste en su benevolencia, en su Salvación.

En los versículos siguientes (vv. 2-5) se narra cómo el Siervo llevará a cabo su misión. Se comportará de modo inesperado: no se impondrá por la fuerza, con la presión de la Ley, con amenaza de sanciones contra quienes se opongan a sus disposiciones. No gritará, no alzará la voz como hacen los reyes cuando proclaman sus programas o exaltan en las plazas sus gestas. No será intolerante o intransigente con los débiles. No condenará a nadie. Recuperará a quien se ha equivocado en vez de aniquilarlo y destruirlo; reconstruirá con paciencia y respeto todo lo que se estaba arruinando. No existirán para él casos perdidos, situaciones irrecuperables.

Será también tentado por el desaliento ante tarea tan ardua, pero se mantendrá firme y decidido en llevarla a cabo sin arredrarse o amedrentarse ante ningún obstáculo.

Sirviéndose de imágenes, la última parte de la lectura (vv. 6-7) desarrolla la misión del Siervo, de quien dice que será luz para las naciones, abrirá los ojos de los ciegos, liberará a los prisioneros y a los esclavos que caminan en tinieblas.

El relato del Siervo del Señor fue compuesto por un autor anónimo y después insertado en el libro de Isaías alrededor de 500 años antes del nacimiento de Jesús. No sabemos a quién concretamente se refiere el profeta; lo que sí es cierto es que Jesús ha realizado todo cuanto está escrito en el libro de Isaías: Jesús ha sido el Siervo fiel a Dios. En realidad, casi todos los versículos de esta lectura están narrados en los evangelios y aplicados a Jesús (cf. Mt 3,17; 12,18-21; 17,5).

Segunda Lectura: Hechos 10,34-38

34Pedro, tomando la palabra, dijo: “Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, 35y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a Él. 36Él envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. 37Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: 38cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él.”

La lectura narra una parte del discurso pronunciado por Pedro en la casa de Cornelio de Cesárea. Existía en la Iglesia primitiva un problema muy debatido que dividía a la comunidad: ¿Se podía o no admitir al bautismo a los paganos? Pedro, al principio, era más bien reacio, condicionado como estaba por el prejuicio profundamente arraigado en Israel de que los demás pueblos eran inmundos.

Un día, mientras se encontraba rezando en Jaffa, el Señor le reveló que ninguna criatura de Dios es impura y profana. A sus ojos, todas son igualmente puras y privilegiadas. Todos los hombres son llamados a la Salvación, porque Él es el Señor de todos (cf. Rom 10,12).

La expresión “Dios no tiene preferencia de personas” –usada en este pasaje– aparece varias veces en el Nuevo Testamento (Rom 2,11; Gal 2,6; 1 Pe 1,17) para alertarnos de la peligrosa tentación de proyectar en Dios nuestras discriminaciones y para ponernos en guardia contra la presunción de que el Señor trata de manera diferente a los hombres, según la confesión religiosa a la que pertenecen.

El discurso de Pedro sigue con una breve síntesis de la vida de Jesús (vv. 37-38). Con la expresión “pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban bajo el poder del diablo”, se resume su misión. Jesús se empeña contra toda forma del mal, contra todo lo que impide la vida del hombre. La tarea a realizar fue difícil y comprometida, pero Jesús logró llevarla a término porque estaba lleno del Espíritu del Señor y porque Dios estaba con él.

Se indica también el lugar de la manifestación de la Salvación: Todo comenzó en Galilea, cuando Juan se puso a bautizar a lo largo del Jordán. Con estas palabras define Pedro, de nuevo, el periodo de la vida de Jesús a que debe referirse la fe del creyente, es decir, su vida pública “desde el bautismo de Juan hasta el día en que Jesús de entre nosotros ha sido elevado al cielo” (Hch 1,22).

Evangelio: Mateo 3,13-17

En tiempos de Jesús, muchas sectas religiosas practicaban el bautismo. El rito tenía muchos significados, pero lo que fundamentalmente se quería significar con la inmersión en el agua es que la persona moría a su vida pasada, que era arrastrada como por un torrente, y quien emergía de ella era un nuevo hombre a quien, por eso, se le daba un nuevo nombre.

Juan realizaba esta ceremonia para acoger a aquellos que querían ser sus discípulos. Bautizaba a quien deseaba cambiar de vida para prepararse a la venida del Mesías, anunciada como inminente. La primera condición para recibir el bautismo era reconocerse pecadores; por eso los fariseos y los saduceos, que se consideraban justos y sin pecado, no sentían la necesidad de hacerse bautizar (cf. Lc 7,30).

Si este era el significado del bautismo de Juan, no se comprende la razón por la que Jesús quiso recibirlo: Él no tenía que cambiar de vida, y su gesto podía sugerir la idea de que Juan era superior. Para clarificar esta dificultad, muy sentida entre los primeros cristianos, Mateo introduce en el pasaje el diálogo entre el Bautista que rechaza bautizar a alguien superior a él y Jesús, que insiste para que se cumpla “toda justicia”. Juan debe aceptar y colaborar con la realización del proyecto de Salvación de Dios (esta es “la justicia”), aunque la petición presente aspectos misteriosos e incomprensibles (vv. 14-15). Incluso a una persona espiritualmente madura como el Bautista se le hace difícil aceptar al Mesías de Dios en estas condiciones: queda totalmente sorprendido cuando ve al Santo, al Justo, junto a aquellos pecadores quienes, según la lógica humana, deberían ser aniquilados.

​Se trata de la nueva y desconcertante “justicia de Dios”. Es la “justicia” de aquel que “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tm 2,4). El autor de la Carta a los Hebreos expresará esta consoladora verdad en términos conmovedores: Cristo no se avergüenza de llamar “hermanos” a los hombres pecadores (cf. Heb 2,11).

Es ésta una invitación dirigida también a las comunidades cristianas de hoy para que reconsideren aquellas actitudes que rezuman superioridad, presunción, autocomplacencia por la propia justicia, y supriman todo lenguaje que pueda sugerir juicio, condena o marginación contra quienes se han equivocado o continúan equivocándose.

​Después de esta original introducción también Mateo, como Marcos y Lucas, describe la escena siguiente con tres imágenes: la apertura del cielo, la paloma y la voz del cielo. No está recordando hechos prodigiosos de los que haya sido testigo presencial. Emplea imágenes bien conocidas para sus lectores, cuyo significado no es difícil entender incluso para nosotros.

​Comencemos por la apertura del cielo. No se trata de una información meteorológica. No es que entre las nubes densas y oscuras de improviso se ha filtrado un rayo luminoso del Sol. Si hubiera sido así, Mateo no se habría tomado la molestia de narrar detalle tan banal y sin interés alguno para nuestra fe. En realidad, está aludiendo de manera explícita a un texto del Antiguo Testamento, a un pasaje del profeta Isaías que conviene recordar.

​En los últimos siglos antes de Cristo, se había extendido en el pueblo de Israel la creencia de que el cielo se había cerrado. Indignado por los pecados y la infidelidad de su pueblo, Dios se habría recluido en su mundo poniendo fin al envío de profetas y rompiendo así todo diálogo con el hombre. Los israelitas fervorosos se preguntaban: ¿Cuándo terminará este silencio que tanto nos angustia? ¿No volverá el Señor a hablarnos, no nos mostrará su rostro sereno como en tiempos antiguos? Lo invocaban así: “Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos la arcilla y tú el alfarero; somos obra de tu mano. No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo… “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19).

​Afirmando que, con el comienzo de la vida pública de Jesús, los cielos se rasgaron, Mateo da a sus lectores la sorprendente noticia: Dios ha escuchado la súplica de su pueblo, ha abierto de par en par el cielo y no lo cerrará ya más. Ha terminado para siempre la enemistad entre el cielo y la tierra. La puerta de la casa del Padre permanecerá eternamente abierta para acoger a cada hijo que desee entrar; nadie será excluido.

​La segunda imagen es la de la paloma. Mateo no dice que una paloma haya descendido del cielo; sería éste otro detalle banal y superfluo. Dice que Jesús vio al Espíritu de Dios descender del cielo “como una paloma y posarse sobre él”.

​El Bautista recuerda ciertamente que del cielo no solo descendió el “maná” sino también el “agua” destructora del juicio (Gén 7,12) y “el fuego y el azufre” que redujeron a Sodoma y Gomorra a ruinas (cf. Gén 19,24). Probablemente se espera la venida del Espíritu como un fuego devorador de los malvados. El Espíritu, sin embargo, baja sobre Jesús y se posa como una paloma: es todo ternura, afecto, bondad. Movido por el Espíritu, Jesús se acercará a los pecadores siempre con la dulzura y la amabilidad de la paloma. La paloma era también el símbolo del apego al propio nido. Si el evangelista tiene también en mente este apego, entonces quiere decir que el Espíritu busca a Jesús como la paloma busca su nido. Jesús es el templo donde el Espíritu encuentra su morada permanente.

La tercera imagen es la voz del cielo. Era ésta una expresión usada frecuentemente por los rabinos cuando querían atribuir a Dios una afirmación. En nuestro relato tiene por objetivo definir, en nombre de Dios, la identidad de Jesús.

El pasaje ha sido compuesto después de los acontecimientos de la Pascua para responder a los interrogantes suscitados en los discípulos por la muerte ignominiosa del Maestro. Había aparecido ante sus ojos derrotado, rechazado y abandonado por Dios. Sus enemigos, custodios y garantes de la pureza de la fe de Israel, lo habían condenado como blasfemo. La inquietante pregunta era: ¿Está quizás Dios de acuerdo con esta sentencia?

A los cristianos de su comunidad, Mateo refiere el juicio de Dios con tres textos del Antiguo Testamento.

■«Este es mi hijo», en alusión al Salmo 2,7. En la cultura semítica, el término hijo no indicaba solamente la generación biológica, sino que implicaba también la afirmación de una semejanza. Presentando a Jesús como su hijo, Dios se asegura de que lo reconozcan en Él, en sus palabras, en sus obras y, sobre todo, en su gesto supremo de Amor: el don de la vida. Quien quiere conocer a Padre solo tiene que contemplar a este hijo.

■«El predilecto» se refiere al relato de la prueba a que fue sometido Abrahán. Dios le pidió ofrecer a su hijo Isaac, el único, el predilecto (cf. Gén 22,2.12.16). Aplicando a Jesús este título, Dios invita a no considerarlo como a un rey o profeta cualquiera. Él es, como Isaac, el único, el amado.

■«Mi elegido, en quien me complazco.» Esta expresión es ya conocida porque se encuentra en el primer versículo de la lectura de hoy (Is 42,1). Dios declara que Jesús es el Siervo de quien ha hablado el profeta. Él es el enviado a “establecer el derecho y la justicia” en el mundo. Ofrecerá su vida para llevar a cumplimiento esta misión.

La voz del cielo declara falso, por tanto, el juicio pronunciado por los hombres y desmiente las expectativas mesiánicas del pueblo de Israel, que no podía imaginarse un Mesías humillado, derrotado, ejecutado. Cuando Pedro juró en casa del Sumo Sacerdote no conocer a aquel hombre, en el fondo estaba diciendo la verdad: no podía reconocer en Él al Mesías pues no correspondía en absoluto con el Salvador esperado. El modo de cumplir Dios sus promesas ha sido una sorpresa para todos; también para Juan el Bautista.

​Comentando el evangelio de la Sagrada Familia, habíamos dicho que Mateo resalta frecuentemente la semejanza entre Jesús y Moisés. En el pasaje de hoy encontramos otro rasgo de este paralelismo. Moisés recibió el Espíritu de Dios cuando, junto a todo el pueblo, salió de las aguas del Mar Rojo. Aquella fuerza Divina le permitió guiar a los israelitas a través del desierto hasta la tierra prometida. También Jesús recibió el Espíritu después de haber salido del agua del bautismo para reunir y conducir hacia la libertad a cuantos son esclavos del mal.

Epifanía

“Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de Oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: ¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo.
Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será pastor de mi pueblo, Israel.
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se le había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño, y cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo.
Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño.
Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre y postrándose, lo adoraron.
Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino”.
(Mateo 2, 1-12)


Epifanía del Señor
P. Enrique Sánchez, mccj

Epifanía quiere decir manifestación y hoy celebramos la manifestación del Señor a todas las naciones, representadas en esos magos de Oriente que llegan hasta Belén para adorar al Señor.

La Epifanía, dentro de los distintos momentos que hemos estado celebrando en la contemplación del misterio de la Encarnación del Señor, es una gran fiesta misionera que nos recuerda que Jesús ha venido como luz del mundo. Ha venido como luz que llega hasta los rincones más alejados de nuestra humanidad para revelarse como el don de Dios para toda la humanidad.

Esta solemnidad nos permite entender que Jesús ha venido entre nosotros para manifestarnos que Dios ha soñado tenernos bajo su protección y cuidado.

La presencia de los magos representa a toda la humanidad que se pone en camino para ir al encuentro del Señor que les ha sido anunciado. Vienen de lejos, del Oriente, es decir de donde nace la luz en nuestro mundo para encontrarse con la Luz que nos viene de Dios.

Esos magos no tenemos que confundirlos con los magos de nuestro tiempo que se dedican a crear ilusiones y que con sus trucos son capaces de engañar ocultando la verdad y ofreciendo proyectos de vida que se diluyen y acaban como algo efímero, que pasa, sin satisfacer lo que realmente andamos buscando.

Ellos representan a los sabios de su tiempo que llevan en su corazón la curiosidad y el deseo de encontrarse con el Señor, con el único que puede responder a sus inquietudes.

Son personas que buscan, que se dejan conducir y guiar por aquella estrella que proyecta una luz nueva, la única luz capaz de vencer las obscuridades que impiden reconocer al Señor que ha puesto su morada entre nosotros.

Son personas que buscan con rectitud y con sinceridad y que están dispuestas a dejarlo todo para ponerse en camino. Para encontrarse cara a cara con el Dios de la bondad.

La búsqueda de los reyes, que el evangelio nos describe con claridad, contrasta totalmente con la actitud de Herodes, quien lleno de su soberbia, de su prepotencia y de su seguridad es incapaz de reconocer al Mesías en la cercanía de su casa.

La Jerusalén de Herodes representa el mundo de la autosuficiencia, del derroche y de todo aquello que aleja de la presencia del Señor. Es el mundo del engaño y de la mentira en donde los deseos de encontrar a Dios son falsos.

Es el mundo en donde Dios se percibe como una amenaza, como a alguien a quien se tiene que alejar, ignorar o perseguir.

En esa Jerusalén los magos no podían encontrarse con el Señor que buscaban. Tendrán que dejarse guiar por la Estrella, por ese astro nuevo que ha aparecido en el horizonte, que representa la novedad de Dios entre nosotros.

Ellos que eran especialistas en interpretar el significado de los astros en el cielo, se dan cuenta de que ha surgido algo nuevo que tiene una luz resplandeciente, una luz capaz de guiar sus pasos hasta el encuentro con el Señor que su corazón ha estado buscando.

Y lo bello que se contempla en ese escenario es la disponibilidad para dejarse conducir y la capacidad para postrarse en rodillas, simplemente para bendecir al Señor que se les ha dado.

Ante Jesús abren los cofres que llevan, pero más todavía, abren sus corazones para ofrecerse como dones. Ofrecen entregan sus vidas. Reconociéndolo como Rey le abren el cofre de sus vidas, porque saben que merece todo el oro de nuestro mundo. Le ofrecen incienso, el mismo que se ofrecía a Dios en el templo, reconociendo su divinidad.

Y ponen ante él la mirra, el ungüento que sirve para ungir a los muertos, para recordar que ese pequeño niño un día será quien vencerá el poder de la muerte para hacer nacer a la vida que ya no tendrá termino.

Esos dones son anuncio, proclamación y reconocimiento de Jesús como el Dios entre nosotros, destinado a estar presente en todos los rincones del mundo. Y, de alguna manera,  significan  también  la  aceptación  y  el  compromiso  de  llevarlo  a  todos  los hermanos que lo esperan.

Por  este  motivo,  la  Epifanía  es  la  primera  fiesta  misionera,  pues  no  se  trata  de entender solamente que Jesús se da a conocer, a la persona de los magos. A través de ellos se presenta a todas las naciones, y se convierte en anuncio alegre a toda la humanidad de todos los tiempos.

Desde la casa donde se encuentran a María con el niño y lo reconocen como presencia de Dios que mueve a la adoración y a llevarlo por todos los caminos de sus vidas, estos magos son misioneros y anunciadores de lo que han contemplado en el pesebre.

Ante el ejemplo de los Magos, tal vez, nos conviene a reflexionar un poco y a no dejar pasar las enseñanzas que nos deja Mateo en este pequeño texto de su evangelio. Desde ahí nos invitan a hacernos uno de los muchos protagonistas que llegan guiados por la estrella al encuentro de Jesús.

En primer lugar, estas palabras nos permiten preguntarnos ¿a quién andamos buscando? ¿Cuál es la estrella, la nueva luz, que va guiando nuestros pasos? ¿Qué o quién está orientando nuestro corazón?

Los magos nos dan un ejemplo de personas inquietas, que están en búsqueda de lo que le da sentido a sus vidas.

Nosotros, ¿nos sentimos en búsqueda o nos descubrimos confortablemente instalados en una vida en donde no queremos ser molestados y huimos de aquello que pueda venir a disturbar nuestras comodidades?

Los magos se ponen en camino y se dejan iluminar la vida por una luz que viene de lo alto, pues la que viene de Oriente parece haberse convertido en rutina, en algo que no aporta ninguna novedad.

¿Cuánto deseamos ser alcanzados por las sorpresas de Dios, que va ahí, a un paso delante en nuestro camino?

¿Somos capaces de llegar ante la presencia del Señor para ponernos de rodillas, para darnos cuenta de que solo la gratitud y la alabanza es lo que nos hace crecer verdaderamente como personas y que es lo único que le da calidad a nuestras vidas?

¿Cuál es el oro, el incienso y la mirra que nos sentimos capaces de poner a los pies del Señor? ¿Lo reconocemos como el Rey, quien manda en nuestras vidas? ¿Lo amamos como Dios que nos comparte su vida? ¿Le agradecemos su entrega sintiéndonos redimidos y liberados para gozar de la vida?

El Evangelio dice que: Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

Tal vez sea el momento para que nos decidamos a tomar otros caminos que no sean los de Herodes, que aceptemos de una vez que solo el amor y la misericordia del Señor son los que pueden llenar de alegría y de felicidad nuestros corazones.

Al inicio de un año nuevo podemos darnos la oportunidad de soñar caminos nuevos que nos permitan convertirnos en mensajeros de todo lo bello que hemos vivido en estos días.

Podríamos darle la oportunidad al Señor de servirse de lo que somos para ir, por otros caminos, a llevar el mensaje del Evangelio.

Sería maravilloso poder romper con nuestros esquemas, a lo mejor un poco ya usados, para dejar que Jesús se sirva de nosotros como testigos y mensajeros suyos, ahí en donde hay un hermano que necesita de la Buena Noticia y que nos recuerda que Dios sigue siendo un desconocido.

Pidamos para que la manifestación de Jesús al mundo no quede solo en una fiesta de calendario que no volveremos a recordar hasta el próximo año, negándonos la posibilidad de vivir cada día agradecidos y bendecidos por el Señor que quiere caminar a nuestro lado todos los días de este nuevo año.


¿A quién adoramos?
José Pagola

Cayendo de rodillas, lo adoraron.

Los magos vienen del «Oriente», un lugar que evoca en los judíos la patria de la astrología y de otras ciencias extrañas. Son paganos. No conocen las Escrituras Sagradas de Israel, pero sí el lenguaje de las estrellas. Buscan la verdad y se ponen en marcha para descubrirla. Se dejan guiar por el misterio, sienten necesidad de «adorar».

Su presencia provoca un sobresalto en todo Jerusalén. Los magos han visto brillar una estrella nueva que les hace pensar que ya ha nacido «el rey de los judíos» y vienen a «adorarlo». Este rey no es Augusto. Tampoco Herodes. ¿Dónde está? Esta es su pregunta.

Herodes se «sobresalta». La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma «rey de los judíos». Hay que acabar con el recién nacido: ¿Dónde está ese rival extraño? Los «sumos sacerdotes y letrados» conocen las Escrituras y saben que ha de nacer en Belén, pero no se interesan por el niño ni se ponen en marcha para adorarlo.

Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Solo quienes buscan el reino de Dios y su justicia lo acogerán.

Los magos prosiguen su larga búsqueda. A veces, la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre. Otras veces, brilla de nuevo llenándolos de «inmensa alegría». Por fin se encuentran con el Niño y, «cayendo de rodillas, lo adoran». Después, ponen a su servicio las riquezas que tienen y los tesoros más valiosos que poseen. Este Niño puede contar con ellos pues lo reconocen como su Rey y Señor.

En su aparente ingenuidad, este relato nos plantea preguntas decisivas: ¿Ante quién nos arrodillamos nosotros? ¿Cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero ¿vivimos adorando al Niño de Belén? ¿Ponemos a sus pies nuestras riquezas y nuestro bienestar?¿Estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar en el reino de Dios y su justicia?

En nuestras vidas siempre hay alguna estrella que nos guía hacia Belén.

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La Epifanía, fiesta de los signos
Maurice Zundel

Resumen: Si la Epifanía es la fiesta de los signos, es que cada uno de nosotros debe ser auténtico signo de Dios encarnado y resucitado en el mundo de hoy. (Evangelio Mt 2:1-12)

Tres signos que nos hace Dios

La Epifanía es la fiesta de los signos, de los signos que Dios nos hace y que la antífona de Laudes evoca bajo esta forma lírica: “Hoy se unió la Iglesia al esposo fiel, pues en el Jordán Cristo lavó sus crímenes, los Magos acuden a las bodas reales y los invitados gozan del agua transformada en vino. ”

Tres signos:

— el hecho a los Magos,
— el del Bautismo de Jesús donde resuena la Gloria del Padre,
— el de las bodas de Caná, en que el agua es cambiada en vino.

A través de estos signos, lo importante es la manifestación de la Presencia de Dios que se revela a través de los elementos sensibles, alimentando precisamente la vocación del universo humano.

Nuestro universo tiene la propiedad admirable de poder simbolizar, de poder significar lo invisible por medio de lo visible. Y justamente, el poder de símbolo y de significación constituye toda la grandeza y belleza del mundo, así como todo el esplendor y dignidad de la vida humana.

A imagen de los signos que emitimos

Es verdad que, como todo ser vivo, estamos sometidos a necesidades imprescriptibles: beber, comer, dormir, etc. Pero más allá de estas necesidades, tenemos una necesidad mucho más imperiosa, una necesidad de libertad, de no estar encerrados en las necesidades materiales, una necesidad a través de las necesidades materiales mismas, de simbolizar un espacio ilimitado de luz y de amor. Y ustedes lo saben muy bien, lo hacen espontáneamente, cuando preparan una comida para sus amigos con el único fin de calmar el hambre, los reúnen alrededor de una mesa para comulgar en su amistad. Adornan la mesa justamente para borrar la huella de las necesidades materiales, para que los ojos se alegren de su generosidad para que cada elemento del festín sea símbolo del don de ustedes mismos.

Y cuando adornan la casa, al disponer los muebles no buscan solamente la utilidad, lo indispensable para la seguridad del cuerpo, sino que tratan de introducir en el amoblado una armonía, cierta música que transforme todo el mobiliario en capacidad de acogida. Quieren que su casa sea habitable, que quien entre en ella se sienta acogido por una presencia amistosa, y así aprendemos espontáneamente la majestad del mundo, el esplendor de la vida, a través de la simbolización como instintiva que nos hace recurrir a lo visible, a lo sensible como manifestación de lo invisible, de lo espiritual, de la presencia, la ternura, la bondad, el amor…

Nuestra realidad es el instrumento de la presencia divina

Dios nos habla por signos, por nosotros mismos, por la historia que somos, por todo lo creado. No hay una realidad que no pueda ser… instrumento de la Presencia divina, como palabra silenciosa que resuena en lo más íntimo de nuestro ser.

Y justamente, el régimen de los signos es por excelencia el régimen de la Revelación: Dios nos habla por signos, por nosotros mismos, por la historia que somos, por todo lo creado. No hay una realidad que no pueda ser vehículo, instrumento de la Presencia divina, como palabra silenciosa que resuena en lo más íntimo de nuestro ser.

Los Magos vieron la estrella y la estrella brilló en sus corazones y ellos marcharon hacia el corazón divino que los estaba esperando.

Jesús oyó la voz en su Bautismo, la voz que era signo de que su vida pública se hacía realidad ahora, que la asunción que había realizado, la humanidad, no puede seguir esperando. Y, en efecto, después de su Bautismo se entrega inmediatamente a su misión escogiendo el duro camino que lo llevará a la Cruz, a través de las tentaciones que reprime.

Nuestra realidad está orientada hacia el misterio de la presencia divina

Pero la Cruz no es la última palabra: la Cruz es el preludio de la Resurrección, la Cruz es el preludio de una transformación de todos los elementos del mundo, simbolizada en las bodas de Caná por la transformación del agua en vino.

Y vemos siempre la realidad orientada hacia el misterio, siempre capaz de estar en comunicación con el Espíritu. Vemos siempre a Dios recorriendo los caminos del universo. Nada hay mejor para nosotros, nada más útil, que meditar sobre la reconciliación de lo visible y lo invisible; nada es más maravilloso que pensar que no tenemos que rehusar el mundo ni despreciarlo, sino amarlo con amor infinito, amarlo y descifrarlo, amarlo escrutando el secreto de que desborda, amarlo para hacer de él una ofrenda en que nos intercambiamos con Dios.

A través de lo visible, a través de nuestra vida, a través de todos los gestos de nuestra existencia cotidiana, podemos ser encarnación de Dios… A través del universo que se transfigura, Dios mismo se hace más cercano.

Pero hay un aspecto complementario de éste: es que si nuestra vida se realiza a través de lo visible en cuanto que es vehículo, eso significa que si nuestra vida encuentra su nobleza en descifrarlo, en el desciframiento divino de una realidad que es don de Dios, eso significa que hay otro aspecto que no es menos esencial y que me conmueve más y es que a través de lo visible, a través de nuestra vida, a través de todos los gestos de nuestra existencia cotidiana, podemos ser encarnación de Dios. No solo la vida se transforma cuando la desciframos divinamente, acogiéndola como don de Dios, sino que a través del universo que se transfigura, Dios mismo se hace más cercano, Dios se hace más real y entra en la Historia como Presencia irrefutable. Y ahí justamente alcanza el régimen de la Encarnación todo su esplendor y se convierte en misión infinita y universal para nosotros.

Es ya magnífico ordenar nuestra vida en la hermosura, es maravilloso poder hacer de nuestra casa un signo de acogida amistosa. Pero es más hermoso aún poder hacer de toda nuestra vida el reflejo de la Presencia divina.

Dios entra en nuestra existencia por la Encarnación

Imaginamos que Dios es así: en la Encarnación del Verbo, Dios llega a nosotros en la realidad de una vida plenamente humana. Dios se nos manifiesta no como la revelación de un sistema abstracto que se debería descifrar difícilmente con claves filosóficas, sino como Presencia viva. Dios se revela con un rostro humano, Dios entra en la existencia viviéndola con lealtad, plena y auténticamente hasta la muerte en la Cruz. Y habiendo vencido la muerte, vuelve entre nosotros para que toda nuestra historia sea transfigurada, para que toda la vida humana sea divinizada, para que nuestra existencia cotidiana tenga consecuencias infinitas.

Ahora que estamos en el régimen de la resurrección, ahora que el rostro del Señor está oculto en el misterio del Verbo, para hacerlo visible a los ojos de nuestros hermanos humanos, solo tenemos nuestra propia vida, nuestro propio rostro.

Pero justamente ahora que tenemos la revelación, ahora que estamos en el régimen de la resurrección, ahora que el rostro visible del Señor se oculta en el misterio del Verbo, solo tenemos nuestra vida para hacer visible al Señor a los ojos de la carne, de nuestros hermanos humanos, solo tenemos nuestro propio rostro, la nobleza de nuestra existencia cotidiana.

Y me parece que, justamente, si la Epifanía es la fiesta de los signos, ella nos permite al mismo tiempo alcanzar el secreto más profundo de la Encarnación donde, en simbiosis, en comunión de vida, inefable pero también real, lo humano y lo divino están indisolublemente asociados. ¿Cómo podría Dios ser hoy para los hombres realidad en la Historia si no transparenta en nuestra vida?

La Encarnación continúa a través de nosotros

Es totalmente inútil demostrar la existencia de Dios, totalmente inútil componer silogismos abstractos. El corazón humano necesita presencia real y justamente, en la luz del presente surge una estrella que lo lleva al misterio más profundo de la vida encarnada en Dios y terminada por su Presencia.

Si queremos ir hasta el final de esta vocación, si queremos entrar en el misterio de los signos, pretendiendo su origen divino, necesitamos vivir el misterio de la Encarnación como el secreto más profundo de nuestra vida.

El corazón del Evangelio, eso es lo que constituye toda la dignidad de la vocación cristiana: que la Encarnación se perpetúa a través de nosotros.

Y ese es el corazón mismo del Evangelio, eso constituye toda la dignidad de la vocación cristiana: que la Encarnación se perpetúa a través de nosotros. Evidentemente, el Señor es la respiración del Misterio de la Iglesia. Evidentemente, el Señor está en el corazón del misterio del altar y de verdad lo van a recibir a Él dentro de un momento; pero el Señor es desconocido para millones y millones de almas que no tienen vínculo sensible, vínculo experimental con el Dios que habita en ellos lo mismo que en nosotros y que no cesa de esperarlos en lo más profundo de su ser.

Nosotros precisamente tenemos que ser mediadores, sacramentos visibles de la Presencia real del Señor en medio de nosotros. El cristiano es alguien que continúa la Encarnación en su vida y que, sin hablar de Dios, o al menos sin necesidad de hablar de él por ser él mismo palabra de Dios ya que vive de la vida misma de Dios, respirando la Presencia de Dios, lleva en sí el testimonio que es su existencia misma. Con su sola presencia abre un espacio de luz y amor. Sin violar el secreto de los demás, puede llegar a ellos en su eterna intimidad. Puede actuar en las profundidades de su alma, porque él mismo vive en las profundidades de Dios.

Cada uno de nosotros debe ser un gran signo de Dios para el mundo

Eso es lo que debe estimular continuamente en nosotros la vida del mundo, una vida cada vez más hermosa, más luminosa, más joven, más creadora y entusiasta, una vida que lleve paz, que despierte la fraternidad, que suscite la alegría. Si todo esto puede ser el alimento permanente y el motor más profundo, es que, prácticamente, solo a través de nosotros puede inscribirse hoy en la historia humana la vida de Dios. Cada uno de nosotros tiene que ser un gran signo de Dios en el mundo contemporáneo.

¡Es verdad! No se trata de salvarnos, ni de alcanzar un equilibrio ideal, una elegancia moral de la que podamos ufanarnos, cosas que son bien legítimas, sino de mucho más: es una urgencia infinita si es cierto que Cristo es el Salvador de todos, si es cierto que su humanidad expresa para siempre la Presencia de Dios en nuestra historia. No es menos cierto que la Presencia en que subsiste la humanidad de Nuestro Señor y que es para nosotros su fuente inagotable, solo será experiencia de vida para todos los que nos rodean si nuestra vida es Encarnación de Dios y Dios hace que nuestra vida respire su Presencia.

La existencia de Dios solo es real y experimental para los hombres que nos rodean si toda nuestra vida es la luz misma de su Presencia y el reflejo de su Amor.

¡Ah! Si esta noche pudiéramos escuchar ese llamado, si pudiéramos entender que es verdad que es inútil afirmar la existencia de Dios como explicación de un sistema del mundo. Que la existencia de Dios solo es real y experimental para los hombres que nos rodean si toda nuestra vida es la luz misma de su Presencia y el reflejo de su Amor.

Inscribamos pues esta noche en nuestro corazón, mediante la intercesión de los misteriosos extranjeros que han sido a través de los siglos objeto de una profunda devoción, inscribamos en nuestro corazón que nuestra vida cristiana no puede ser sino la Encarnación continuada, la Encarnación proseguida, la Encarnación expresada en todas las circunstancias de nuestra vida, sin ninguna especie de comportamiento artificial, simplemente en la medida en que vivamos de Aquél que en su impotencia es la vida de nuestra vida, en la medida en que simplemente estemos atentos al secreto maravilloso que vive en nuestro corazón y que es el gran milagro, la gran fuente de toda alegría.

Y finalmente, ¿qué mejor que la luz misma de la Presencia infinita como estrella divina en el cielo de nuestro corazón?

Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana, en la Epifanía de 1967.
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Soñemos, busquemos, adoremos
Papa Francisco

Los magos viajan hacia Belén. Su peregrinación nos habla también a nosotros: llamados a caminar hacia Jesús, porque Él es la estrella polar que ilumina los cielos de la vida y orienta los pasos hacia la alegría verdadera. Pero, ¿dónde se inició la peregrinación de los magos para encontrar a Jesús? ¿Qué movió a estos hombres de Oriente a ponerse en camino?

Tenían buenas excusas para no partir. Eran sabios y astrólogos, tenían fama y riqueza. Habiendo alcanzado esa seguridad cultural, social y económica, podían conformarse con lo que sabían y lo que tenían, podían estar tranquilos. En cambio, se dejan inquietar por una pregunta y por un signo: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella…» (Mt 2,2). Su corazón no se deja entumecer en la madriguera de la apatía, sino que está sediento de luz; no se arrastra cansado en la pereza, sino que está inflamado por la nostalgia de nuevos horizontes. Sus ojos no se dirigen a la tierra, sino que son ventanas abiertas al cielo. Como afirmó Benedicto XVI, eran «hombres de corazón inquieto. […] Hombres que esperaban, que no se conformaban con sus rentas seguras y quizás una alta posición social […]. Eran buscadores de Dios» (Homilía, 6 enero 2013).

¿Dónde nace esta sana inquietud que los ha llevado a peregrinar? Nace del deseo. Este es su secreto interior: saber desear. Meditemos esto. Desear significa mantener vivo el fuego que arde dentro de nosotros y que nos impulsa a buscar más allá de lo inmediato, más allá de lo visible. Desear es acoger la vida como un misterio que nos supera, como una hendidura siempre abierta que invita a mirar más allá, porque la vida no está “toda aquí”, está también “más allá”. Es como una tela blanca que necesita recibir color. Precisamente un gran pintor, Van Gogh, escribía que la necesidad de Dios lo impulsaba a salir de noche para pintar las estrellas (cf. Carta a Theo, 9 mayo 1889). Sí, porque Dios nos ha hecho así: amasados de deseo; orientados, como los magos, hacia las estrellas. Podemos decir, sin exagerar, que nosotros somos lo que deseamos. Porque son los deseos los que ensanchan nuestra mirada e impulsan la vida a ir más allá: más allá de las barreras de la rutina, más allá de una vida embotada en el consumo, más allá de una fe repetitiva y cansada, más allá del miedo de arriesgarnos, de comprometernos por los demás y por el bien. «Ésta es nuestra vida —decía san Agustín—: ejercitarnos mediante el deseo» (Tratados sobre la primera carta de san Juan, IV, 6).

Hermanos y hermanas, el viaje de la vida y el camino de la fe —para los magos, como también para nosotros— necesitan del deseo, del impulso interior. A veces vivimos en una actitud de “estacionamiento”, vivimos estacionados, sin este impulso del deseo que es el que nos que hace avanzar. Nos hace bien preguntarnos: ¿en qué punto del camino de la fe estamos? ¿No estamos, desde hace demasiado tiempo, bloqueados, aparcados en una religión convencional, exterior, formal, que ya no inflama el corazón y no cambia la vida? ¿Nuestras palabras y nuestros ritos provocan en el corazón de la gente el deseo de encaminarse hacia Dios o son “lengua muerta”, que habla sólo de sí misma y a sí misma? Es triste cuando una comunidad de creyentes no desea más y, cansada, se arrastra en el manejo de las cosas en vez de dejarse sorprender por Jesús, por la alegría desbordante e incómoda del Evangelio. Es triste cuando un sacerdote ha cerrado la puerta al deseo; es triste caer en el funcionalismo clerical, es muy triste.

La crisis de la fe, en nuestra vida y en nuestras sociedades, también tiene relación con la desaparición del deseo de Dios. Tiene relación con la somnolencia del alma, con la costumbre de contentarnos con vivir al día, sin interrogarnos sobre lo que Dios quiere de nosotros. Nos hemos replegado demasiado en nuestros mapas de la tierra y nos hemos olvidado de levantar la mirada hacia el Cielo; estamos saciados de tantas cosas, pero carecemos de la nostalgia por lo que nos hace falta. Nostalgia de Dios. Nos hemos obsesionado con las necesidades, con lo que comeremos o con qué nos vestiremos (cf. Mt 6,25), dejando que se volatilice el deseo de aquello que va más allá. Y nos encontramos en la avidez de comunidades que tienen todo y a menudo ya no sienten nada en el corazón. Personas cerradas, comunidades cerradas, obispos cerrados, sacerdotes cerrados, consagrados cerrados. Porque la falta de deseo lleva a la tristeza, a la indiferencia. Comunidades tristes, sacerdotes tristes, obispos tristes.

Pero mirémonos sobre todo a nosotros mismos y preguntémonos: ¿cómo va el camino de mi fe? Es una pregunta que nos podemos hacer hoy cada uno de nosotros. ¿Cómo va el camino de mi fe? ¿Está inmóvil o en marcha? La fe, para comenzar y recomenzar, necesita ser activada por el deseo, arriesgarse en la aventura de una relación viva e intensa con Dios. Pero, ¿mi corazón está animado todavía por el deseo de Dios? ¿O dejo que la rutina y las desilusiones lo apaguen? Hoy, hermanos y hermanas, es el día para hacernos estas preguntas. Hoy es el día para volver a alimentar el deseo. Y ¿Cómo hacerlo? Vayamos a la “escuela del deseo”, vayamos a los magos. Ellos nos lo enseñarán, en su escuela del deseo. Miremos los pasos que realizan y saquemos algunas enseñanzas.

En primer lugar, ellos parten cuando aparece la estrella: nos enseñan que es necesario volver a comenzar cada día, tanto en la vida como en la fe, porque la fe no es una armadura que nos enyesa, sino un viaje fascinante, un movimiento continuo e inquieto, siempre en busca de Dios, siempre con el discernimiento, en aquel camino.

Después, en Jerusalén, los magos preguntan, preguntan dónde está el Niño. Nos enseñan que necesitamos interrogantes, necesitamos escuchar con atención las preguntas del corazón, de la conciencia; porque es así como Dios habla a menudo, se dirige a nosotros más con preguntas que con respuestas. Y esto tenemos que aprenderlo bien: Dios se dirige a nosotros más con preguntas que con respuestas. Pero dejémonos inquietar también por los interrogantes de los niños, por las dudas, las esperanzas y los deseos de las personas de nuestro tiempo. El camino es dejarse interrogar.

Los magos también desafían a Herodes. Nos enseñan que necesitamos una fe valiente, que no tenga miedo de desafiar a las lógicas oscuras del poder, y se convierta en semilla de justicia y de fraternidad en sociedades donde, todavía hoy, tantos Herodes siembran muerte y masacran a pobres y a inocentes, ante la indiferencia de muchos.

Finalmente, los magos regresan «por otro camino» (Mt 2,12), nos estimulan a recorrer nuevos caminos. Es la creatividad del Espíritu, que siempre realiza cosas nuevas. Es también, en este momento, una de las tareas del Sínodo que estamos llevando a cabo: caminar juntos a la escucha, para que el Espíritu nos sugiera senderos nuevos, caminos para llevar el Evangelio al corazón del que es indiferente, del que está lejos, de quien ha perdido la esperanza pero busca lo que los magos encontraron, «una inmensa alegría» (Mt 2,10) Salir e ir más allá, seguir adelante.

Al final del viaje de los magos hay un momento crucial: cuando llegan a su destino “caen de rodillas y adoran al Niño” (cf. v. 11). Adoran. Recordemos esto: el camino de la fe sólo encuentra impulso y cumplimiento ante la presencia de Dios. El deseo se renueva sólo si recuperamos el gusto de la adoración. El deseo lleva a la adoración y la adoración renueva el deseo. Porque el deseo de Dios sólo crece estando frente a Él. Porque sólo Jesús sana los deseos. ¿De qué? Los sana de la dictadura de las necesidades. El corazón, en efecto, se enferma cuando los deseos sólo coinciden con las necesidades. Dios, en cambio, eleva los deseos y los purifica, los sana, curándolos del egoísmo y abriéndonos al amor por Él y por los hermanos. Por eso no olvidemos la adoración, la oración de adoración, que no es muy común entre nosotros. Adorar, en silencio. Por ello, no nos olvidemos de la adoración, por favor.

Y al ir así, día tras día, tendremos la certeza, como los magos, de que incluso en las noches más oscuras brilla una estrella. Es la estrella del Señor, que viene a hacerse cargo de nuestra frágil humanidad. Caminemos a su encuentro. No le demos a la apatía y a la resignación el poder de clavarnos en la tristeza de una vida mediocre. Abracemos la inquietud del Espíritu, tengamos corazones inquietos.El mundo espera de los creyentes un impulso renovado hacia el Cielo. Como los magos, alcemos la cabeza, escuchemos el deseo del corazón, sigamos la estrella que Dios hace resplandecer sobre nosotros. Y como buscadores inquietos, permanezcamos abiertos a las sorpresas de Dios. Hermanos y hermanas, soñemos, busquemos, adoremos.

6 Enero 2022

Santa María, Madre de Dios

“En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al Niño, recostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel Niño y cuantos los oían, quedaban maravillados. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.

Los pastores se volvieron a sus campos, alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado.

Cumplidos los ocho días, circuncidaron al Niño y le pusieron por nombre Jesús, el mismo que había dicho el ángel, antes de que el Niño fuera concebido.

(Lucas 2, 16-21)



Santa María, Madre de Dios Jornada mundial de oración por la Paz
P. Enrique Sánchez, mccj

Iniciamos un año nuevo de la mano de nuestra Madre María, la madre de Dios que se ha hecho uno de nosotros en Jesucristo. Este es el mejor regalo que podíamos recibir en este tiempo de fiestas y de intercambios que hemos vivido como expresión de gratitud por el nacimiento de Jesús.

La Iglesia nos invita a vivir esta jornada celebrando, por una parte a Marı́a como Madre de Dios y como la primera que se pone en camino para indicarnos el rumbo que nos permitirá tener siempre presente a su hijo en nuestras vidas como garantía de vida plena y de felicidad.

Por otra parte, celebramos la LIX jornada mundial de oración por la paz. Dos motivos importantes que nos quieren marcar el rumbo de nuestro ser cristianos a lo largo del año que iniciamos.

María, como Madre de Dios, nos irá recordando que hemos sido bendecidos por la presencia de Dios en nuestro diario caminar y nos asegura que como buena madre estará ahí, cerca de nosotros, para entregarnos a su hijo.

Esa fue su misión desde el dı́a en que aceptó que Dios cumpliera en ella el misterio de hacerse uno de nosotros y esa sigue siendo su tarea en el proyecto de salvación que Dios cumple en nuestros dı́as a través de la entrega de Jesús.

Como Madre de Dios, la Iglesia nos la presenta como la madre que vive igualmente preocupada y al pendiente de cada uno de nosotros para que tengamos la oportunidad de encontrarnos con su Hijo, el único que puede hacer posible que vivamos en la paz.

El evangelio de este dı́a nos presenta a Marı́a, como la madre del silencio que vive profundamente el misterio de ser la madre de Dios. Es la madre que guarda y contempla todo lo que Dios va haciendo en ella y a través de ella.

Su corazón se convierte en lugar sagrado en donde se conservan las maravillas del Señor y que ella irá poniendo en los corazones de todos aquellos que sabrán reconocerla como madre.

Celebrando hoy a Marı́a como Madre de Dios, nos damos cuenta de que Dios ha querido nacer de una madre que aparentemente no tiene nada de extraordinario. Marı́a es la imagen de tantas madres que conocemos, la imagen de la madre que nos trajo a este mundo y que llevamos grabada no sólo en nuestra memoria, sino en lo más profundo de nuestro ser.

Es la madre que ha hecho de nosotros lo que somos, lo que sentimos y lo que expresamos en tantas situaciones de nuestra vida.

Marı́a es la madre que amamos y que admiramos porque es igual que todas las madres que van dando su vida por nosotros.

Marı́a es la santa madre, la madre que muestra su santidad como tantas mujeres de nuestro tiempo que viven amando y dándose a sus hijos, con el único deseo de verles crecer felices, seguros y capaces de asumir la vida con responsabilidad, aunque un dı́a se les parta el alma viéndoles partir.

Marı́a es la Madre de Dios y por eso, la única capaz de poner la presencia de Dios en nuestros corazones.

Ella es la que nos introduce en el camino de la fe y como modelo de madre hace que descubramos quién es Dios en nuestras vidas; como sucede cuando sentados en las piernas de nuestras madres empezamos a decir que Dios es nuestro Padre.

La maternidad de Marı́a no es la que nos engendra a la vida, pero nos engendra a algo más importante. Ella nos hace nacer a la vida de Dios dándonos a Jesús, quien muriendo por nosotros en la cruz nos ha ganado la vida de su Padre.

En Jesús somos hijos de un mismo Padre y ese don nos llega por Marı́a quien se nos presenta como nuestra madre.

Celebramos también hoy la jornada mundial de oraciones por la Paz. Una Jornada que año tras año nos invita a pedir por el don de la paz en nuestro mundo. Una paz que como nos lo ha enseñado el magisterio de los Papas es una paz que tiene que empezar en nosotros mismos, en nuestros grupos humanos más cercanos, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos y ciudades.

El Papa León en su mensaje para esta LIX jornada inicia su reflexión con aquellas palabras que, como él dice, no son sólo un buen deseo, sino una palabra que marca un cambio en la persona que la recibe. “Que La Paz esté con ustedes”.

Se trata de una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante. Es la paz de Cristo resucitado que ofrece una posibilidad de vida distinta a lo que a lo largo de la historia hemos conocido como amenaza a nuestra vocación, a nuestro llamado a vivir en fraternidad y en armonı́a, como hermanos.

La paz, nos hace entender en su mensaje el santo Padre, no se trata sólo de acabar con los conflictos y las guerras que tienen sumergido a nuestro mundo en un ambiente de temor y de angustia, de inseguridad y de miedo.

Hoy la guerra y lo que amenaza la tranquilidad de toda la humanidad es una realidad que todos conocemos y que todos sufrimos de maneras distintas, pero siempre preocupantes y que roban la serenidad a la que todos tenemos derecho.

Los conflictos son tan numerosos que si los pudiéramos juntar en uno solo, estarı́amos viviendo una guerra más grande que la Segunda Guerra mundial.

Hoy se nos invita a comprometernos en la construcción de una paz desarmadaque se entiende desde el evangelio como la paz que no se busca y no se logra a través de la lucha con armas o a través de una violencia mayor a aquella usada para aplastar y someter a los demás.

El camino hacia la paz propuesto por Jesús, el santo Padre lo llama “paz desarmaste” y consiste en trabajar porque la bondad, lo frágil que contemplamos en el misterio de la encarnación, es decir de un Dios que se hace pequeño, es lo que realmente cambiará la violencia y la guerra en paz.

Como Cristianos estamos comprometidos a ser trabajadores en favor de la paz abriendo caminos a la esperanza y a la confianza, reconociendo que el corazón humano ha sido creado para amar.

No podemos alinearnos con quienes pretenden llenar el mundo con el miedo y la amenaza que provoca sentimientos de venganza y tenemos que alejar la tentación de responder con las viejas leyes de “ojo por ojo y diente por diente”.

Si queremos un mundo en paz y ambientes serenos en donde podamos crecer como personas, nos corresponde asumir pequeños compromisos uniéndonos con personas que sueñan con un mundo mejor y alejándonos de quienes sólo tienen ojos para ver lo negativo y la maldad.

Pidamos para que Santa Maria, Madre de Dios, nos dé un corazón grande para acoger a Jesús, el mensajero de la paz, en nuestras vidas y que acompañados por ellos nos convirtamos en auténticos constructores de un mundo en donde reine la paz y en donde podamos vivir intensamente la fraternidad.

“Él será juez entre las naciones, y arbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra la otra ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a luz del Señor!”. (Isaías 2, 4-5)

Que el año 2026 sea un año de armonı́a, de prosperidad y de paz.

Que el Señor nos dé un corazón muy misionero para ir con alegrı́a de la mano de Marı́a a todos aquellos hermanos que esperan el anuncio del Evangelio y la luz de la paz.

Muchas felicidades.


Los pilares del nuevo año

El primer día del año civil, la Iglesia celebra la solemnidad de María Santísima, Madre de Dios. Es el último día de la Octava de Navidad, en el que se recuerda el rito de la circuncisión de Jesús. Además, desde 1968, por voluntad de Pablo VI, esta jornada está dedicada a la oración por la paz.

La liturgia nos ofrece «la primera palabra del año», portadora de gracia y bendición. Meditémosla reflexionando sobre tres realidades: María, el nombre de Jesús y la bendición de la Paz. Estos son los pilares sobre los que construir el edificio de nuestra vida en el nuevo año. Se nos conceden 365 «ladrillos» para hacerlo y la Palabra nos ofrece el plano, el proyecto.

1. MARÍA y el escándalo del pesebre

«Todos los que oían se admiraban de lo que decían los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

Entramos en el nuevo año bajo la protección de María, la Madre de Dios. Durante este tiempo de Navidad, nuestra atención se dirige de manera natural sobre todo al Niño. Sin embargo, hoy la Iglesia nos invita a elevar la mirada hacia la Madre. De ella aprendemos cómo mirar, acoger y profundizar el misterio del nacimiento de Jesús.

Los pastores encuentran al Niño «acostado en el pesebre», un hecho que los llena de alegría porque confirma la palabra del ángel y porque el Salvador nace en su propio ambiente: es uno de ellos. Para todos, el testimonio de los pastores es motivo de admiración. Pero para María no fue así. Ella tuvo que soportar «el escándalo del pesebre» (Papa Francisco, 1 de enero de 2022).

Busquemos en estos días un tiempo para detenernos ante un icono de María o, mejor aún, para visitarla en una de sus numerosas «moradas», los santuarios dedicados a ella, y pedirle su capacidad de meditar los acontecimientos. No todos los 365 ladrillos del nuevo año serán bellos, lisos, bien escuadrados y fáciles de encajar en el edificio de nuestra vida. ¡Ojalá fuera así! Algunos serán más bien deformes y difíciles de colocar. No faltarán días problemáticos y difíciles. Son los «ladrillos» del desaliento, de la tristeza o incluso del escándalo ante ciertos acontecimientos de la vida. Estaríamos tentados de descartarlos como inútiles.

La mirada de María, que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón», puede ayudarnos. Solo su «paciencia meditativa» nos permitirá integrar ciertos «ladrillos» en el rompecabezas de nuestra existencia. Aquello que no se comprende y que estaríamos tentados de rechazar debe ser custodiado con mayor atención.

Entremos en el nuevo año con la mirada de María. A través de la puerta de su corazón y la ventana de sus ojos, aprendamos a custodiar y meditar los acontecimientos, para descubrir un sentido incluso en aquello que al principio se nos escapa.

2. JESÚS, el Nombre y los nombres

«Cuando se cumplieron los ocho días para la circuncisión, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido en el seno materno».

Hoy, en el octavo día después de su nacimiento, el Niño es circuncidado y recibe un nombre: Jesús, que significa «el Señor salva». Este nombre, designado desde el Cielo a través del ángel, es la forma italiana del latín Jesus, derivada a su vez del griego Iesoûs. El original arameo era Yeshua, una forma abreviada del hebreo Yehoshua. También Josué, el sucesor de Moisés, llevaba este nombre. Era un nombre muy común en aquella época.

El nombre de Jesús aparece 983 veces en el texto griego del Nuevo Testamento. Ya no es un simple nombre, sino que revela su identidad de Salvador. Pronunciarlo equivale a una profesión de fe para quienes lo invocan. Como afirma san Pedro: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual debamos salvarnos» (Hch 4,12).

Ahora Dios tiene un nombre: Jesús, «el Señor salva». Podemos nombrarlo y establecer una relación personal con Él. ¡Qué hermoso sería si, durante el nuevo año, el nombre de Jesús fuera el más frecuente en nuestros labios y el más vivo en nuestro corazón! Lamentablemente, a menudo son otros «nombres», otras realidades, los que predominan en nuestra vida y en nuestro corazón.

Esto nos invita a practicar un ejercicio espiritual: una forma de la llamada «oración del corazón». Consiste en repetir continuamente el nombre de Jesús, al ritmo de nuestra respiración, como se repite el nombre de una persona amada. Una forma de oración muy sencilla, capaz de crear una relación profunda de comunión con Él y con todos los que invocan su nombre.

3. BENDICIÓN: bendecidos, bendecir

«El Señor te bendiga y te guarde. El Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia. El Señor vuelva su rostro hacia ti y te conceda la paz» (Nm 6,22-27, primera lectura).

Es particularmente consolador y estimulante tomar conciencia de que el año comienza bajo el signo de la bendición. La paz es a la vez la fuente y el fruto de la bendición. Comenzamos el año bendecidos, pero es fundamental permanecer en la bendición. Para ello, es necesario «bien-decir», decir bien, hablar bien. Bendecir, ante todo, a Aquel que es el Bendito, fuente de toda bendición: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los cielos, en Cristo» (Ef 1,3). Bendecir también la existencia y nuestra historia; bendecir a las personas que encontramos a lo largo del día.

«¡Bendecid y no maldigáis!» (Rm 12,14). Debemos reconocer que, a menudo, nos resulta más espontáneo mal-decir, decir mal, hablar mal. «Maldecir» la vida, a los políticos, a los sacerdotes, al jefe de oficina, a los compañeros, al autobús que llega tarde, al tráfico, al vecino demasiado ruidoso… Y así corremos el riesgo de vivir una vida «maldita».

He aquí un tercer ejercicio para el nuevo año: salir de casa cada día con la conciencia de estar bendecidos y difundir bendiciones por todas partes. La paz nos acompañará.

¡Feliz Año Nuevo! ¡Shalom!


La Madre
José A. Pagola

María conservaba todas estas cosas.

A muchos puede extrañar que la Iglesia haga coincidir el primer día del nuevo año civil con la fiesta de Santa María Madre de Dios. Y sin embargo, es significativo que, desde el siglo IV, la Iglesia, después de celebrar solemnemente el nacimiento del Salvador, desee comenzar el año nuevo bajo la protección maternal de María, Madre del Salvador y Madre nuestra.

Los cristianos de hoy nos tenemos que preguntar qué hemos hecho de María estos últimos años, pues probablemente hemos empobrecido nuestra fe eliminándola demasiado de nuestra vida.

Movidos, sin duda, por una voluntad sincera de purificar nuestra vivencia religiosa y encontrar una fe más sólida, hemos abandonado excesos piadosos, devociones exageradas, costumbres superficiales y extraviadas.

Hemos tratado de superar una falsa mariolatría en la que, tal vez, sustituíamos a Cristo por María y veíamos en ella la salvación, el perdón y la redención que, en realidad, hemos de acoger desde su Hijo.

Si todo ha sido corregir desviaciones y colocar a María en el lugar auténtico que le corresponde como Madre de Jesucristo y Madre de la Iglesia, nos tendríamos que alegrar y reafirmar en nuestra postura.

Pero, ¿ha sido exactamente así? ¿No la hemos olvidado excesivamente? ¿No la hemos arrinconado en algún lugar oscuro del alma junto a las cosas que nos parecen de poca utilidad?

Un abandono de María, sin ahondar más en su misión y en el lugar que ha de ocupar en nuestra vida, no enriquecerá jamás nuestra vivencia cristiana sino que la empobrecerá. Probablemente hemos cometido excesos de mariolatría en el pasado, pero ahora corremos el riesgo de empobrecemos con su ausencia casi total en nuestras vidas.

María es la Madre de Cristo. Pero aquel Cristo que nació de su seno estaba destinado a crecer e incorporar a sí numerosos hermanos, hombres y mujeres que vivirían un día de su Palabra y de su gracia. Hoy María no es sólo Madre de Jesús. Es la Madre del Cristo total. Es la Madre de todos los creyentes.

Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos elevando nuestros ojos hacia María. Ella nos acompañará a lo largo de los días con cuidado y ternura de madre. Ella cuidará nuestra fe y nuestra esperanza. No la olvidemos a lo largo del año.

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Homilía del Papa Francisco

Las lecturas de la liturgia de hoy resaltan tres verbos, que se cumplen en la Madre de Dios: bendecir, nacer y encontrar.

Bendecir. En el Libro de los Números el Señor pide que los ministros sagrados bendigan a su pueblo: «Bendeciréis a los hijos de Israel: “El Señor te bendiga”» (6,23-24). No es una exhortación piadosa, sino una petición concreta. Y es importante que también hoy los sacerdotes bendigan al Pueblo de Dios, sin cansarse; y que además todos los fieles sean portadores de bendición, que bendigan. El Señor sabe que necesitamos ser bendecidos: lo primero que hizo después de la creación fue decir bien de cada cosa y decir muy bien de nosotros. Pero ahora, con el Hijo de Dios, no recibimos sólo palabras de bendición, sino la misma bendición: Jesús es la bendición del Padre. En Él el Padre, dice san Pablo, nos bendice «con toda clase de bendiciones» (Ef 1,3). Cada vez que abrimos el corazón a Jesús, la bendición de Dios entra en nuestra vida.

Hoy celebramos al Hijo de Dios, el Bendito por naturaleza, que viene a nosotros a través de la Madre, la bendita por gracia. María nos trae de ese modo la bendición de Dios. Donde está ella llega Jesús. Por eso necesitamos acogerla, como santa Isabel, que la hizo entrar en su casa, inmediatamente reconoció la bendición y dijo: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42). Son las palabras que repetimos en el Avemaría. Acogiendo a María somos bendecidos, pero también aprendemos a bendecir. La Virgen, de hecho, enseña que la bendición se recibe para darla. Ella, la bendita, fue bendición para todos los que la encontraron: para Isabel, para los esposos de Caná, para los Apóstoles en el Cenáculo… También nosotros estamos llamados a bendecir, a decir bien en nombre de Dios. El mundo está gravemente contaminado por el decir mal y por el pensar mal de los demás, de la sociedad, de sí mismos. Pero la maldición corrompe, hace que todo degenere, mientras que la bendición regenera, da fuerza para comenzar de nuevo cada día. Pidamos a la Madre de Dios la gracia de ser para los demás portadores gozosos de la bendición de Dios, como ella lo es para nosotros.

El segundo verboes nacer. San Pablo remarca que el Hijo de Dios ha «nacido de una mujer» (Gal 4,4). En pocas palabras nos dice una cosa maravillosa: que el Señor nació como nosotros. No apareció ya adulto, sino niño; no vino al mundo él solo, sino de una mujer, después de nueve meses en el seno de la Madre, a quien dejó que formara su propia humanidad. El corazón del Señor comenzó a latir en María, el Dios de la vida tomó el oxígeno de ella. Desde entonces María nos une a Dios, porque en ella Dios se unió a nuestra carne para siempre. María —le gustaba decir a san Francisco— «ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad» (San Buenaventura, Legenda major, 9,3). Ella no es sólo el puente entre Dios y nosotros, es más todavía: es el camino que Dios ha recorrido para llegar a nosotros y es la senda que debemos recorrer nosotros para llegar a Él. A través de María encontramos a Dios como Él quiere: en la ternura, en la intimidad, en la carne. Sí, porque Jesús no es una idea abstracta, es concreto, encarnado, nació de mujer y creció pacientemente. Las mujeres conocen esta concreción paciente, nosotros los hombres somos frecuentemente más abstractos y queremos las cosas inmediatamente; las mujeres son concretas y saben tejer con paciencia los hilos de la vida. Cuántas mujeres, cuántas madres de este modo hacen nacer y renacer la vida, dando un porvenir al mundo.

No estamos en el mundo para morir, sino para generar vida. La Santa Madre de Dios nos enseña que el primer paso para dar vida a lo que nos rodea es amarlo en nuestro interior. Ella, dice hoy el Evangelio, “conservaba todo en su corazón” (cf. Lc 2,19). Y es del corazón que nace el bien: qué importante es tener limpio el corazón, custodiar la vida interior, la oración. Qué importante es educar el corazón al cuidado, a valorar a las personas y las cosas. Todo comienza ahí, del hacerse cargo de los demás, del mundo, de la creación. No sirve conocer muchas personas y muchas cosas si no nos ocupamos de ellas. Este año, mientras esperamos una recuperación y nuevos tratamientos, no dejemos de lado el cuidado. Porque, además de la vacuna para el cuerpo se necesita la vacuna para el corazón: y esta vacuna es el cuidado. Será un buen año si cuidamos a los otros, como hace la Virgen con nosotros.

El tercer verbo es encontrar. El Evangelio nos dice que los pastores «encontraron a María y a José, y al Niño» (v. 16). No encontraron signos prodigiosos y espectaculares, sino una familia sencilla. Allí, sin embargo, encontraron verdaderamente a Dios, que es grandeza en lo pequeño, fortaleza en la ternura. Pero, ¿cómo hicieron los pastores para encontrar este signo tan poco llamativo? Fueron llamados por un ángel. Tampoco nosotros habríamos encontrado a Dios si no hubiésemos sido llamados por gracia. No podíamos imaginar un Dios semejante, que nace de una mujer y revoluciona la historia con la ternura, pero por gracia lo hemos encontrado. Y hemos descubierto que su perdón nos hace renacer, que su consuelo enciende la esperanza, y su presencia da una alegría incontenible. Lo hemos encontrado, pero no debemos perderlo de vista. El Señor, de hecho, no se encuentra una vez para siempre: sino que hemos de encontrarlo cada día. Por eso el Evangelio describe a los pastores siempre en búsqueda, en movimiento: “fueron corriendo, encontraron, contaron, se volvieron dando gloria y alabanza a Dios” (cf. vv. 16-17.20). No eran pasivos, porque para acoger la gracia es necesario mantenerse activos.

Y nosotros, ¿qué debemos encontrar al inicio de este año? Sería hermoso encontrar tiempo para alguien. El tiempo es una riqueza que todos tenemos, pero de la que somos celosos, porque queremos usarla sólo para nosotros. Hemos de pedir la gracia de encontrar tiempo: tiempo para Dios y para el prójimo: para el que está solo, para el que sufre, para el que necesita ser escuchado y cuidado. Si encontramos tiempo para regalar, nos sorprenderemos y seremos felices, como los pastores. Que la Virgen, que ha llevado a Dios en el tiempo, nos ayude a dar nuestro tiempo. Santa Madre de Dios, a ti te consagramos el nuevo año. Tú, que sabes custodiar en el corazón, cuídanos. Bendice nuestro tiempo y enséñanos a encontrar tiempo para Dios y para los demás. Nosotros con alegría y confianza te aclamamos: ¡Santa Madre de Dios! Y que así sea.

1 Enero 2021

La Sagrada Familia

“Después de que los magos partieron de Belén, el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allá hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar a niño para matarlo.

José se levantó y esa misma noche tomó al niño y a su madre y partió para Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo.

Después de muerto Herodes, el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a la tierra de Israel, porque ya murieron los que intentaban quitarle la vida al niño.

Se levantó José, tomó al niño y a su madre y regresó a tierra de Israel. Pero, habiendo oído decir que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre, Herodes, tuvo miedo de ir allá, y advertido en sueños, se retiró a Galilea y se fue a vivir en la población de Nazaret. Así se cumplió lo que habían dicho los profetas: Se le llamará nazareno”.

(Mateo 2, 13-15.19-23)


Sagrada Familia
P. Enrique Sánchez, mccj

Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia y tal vez esperaríamos que se nos hablara de una familia perfecta, sin grandes dificultades, en donde todo procede en armonía, en paz y en alegría.

Sin embargo, el texto del evangelio que acabamos de escuchar no suena tanto a tranquilidad, ni a celebraciones alegres y coloridas. Nos habla de huidas, de amenazas, de exilios forzados, de miedos que encogen el corazón.

Todas esas realidades que contemplamos en la Sagrada Familia nos resulta bastante fácil reconocerlas en muchas familias de nuestros tiempo. Eso nos ayuda a entender que lo Sagrado de la familia de Jesús lo encontramos presente en muchas de nuestras historias.

La palabra de Dios, por su parte, nos invita a fijar nuestra mirada en una familia que, de muchas maneras, nos recuerda la historia de nuestras familias; tan comunes y ordinarias, pero que se convierte en ejemplo que estimula a un compromiso y a la realización de un sueño que Dios sigue teniendo cuando piensa en las familias en donde Él quiere hoy ocupar un lugar privilegiado.

Se trata de familias, a lo mejor, no tan sagradas y sí tan humanas en donde no faltan los momentos de alegría, pero también las inevitables experiencias de angustia, de dolor, de sufrimiento, de aprensión ante el mañana.

Familias que saben de tragedias vividas en silencio, de pérdidas, de problemas que gastan y consumen la vida; familias que sufren muchas veces sin poder compartir lo que las va consumiendo.

Familias en donde la vida y la muerte, los triunfos y los fracasos, los logros que enorgullecen y los fracasos que avergüenzan; todo se mezcla en una experiencia en donde lo divino y lo tan humano van caminando de la mano.

Ası́ fue la Sagrada Familia que supo de huidas, de migraciones que la pusieron en camino, buscando la seguridad y escapando de la amenaza de quienes sólo les interesaba destruir sus vidas.

Así fue la experiencia de José, de Jesús y de María, una familia pobre y sencilla, como tantas que conocemos en nuestros días que viven amenazadas por quien tiene el poder de perseguir, de encarcelar, de dividir y de destruir lo sagrado de la convivencia familiar.

Como a la Sagrada Familia, también hoy a muchas familias les toca dejarlo todo, abandonar sus hogares para ir en búsqueda de un lugar en donde sus vidas estén un poco más protegidas.

Y resulta interesante pensar que Dios escogió una familia tan humana como la Sagrada Familia para hacer el camino y transitar por los senderos de nuestro mundo. Ahí es en donde entendemos realmente lo que quiere decir Emmanuel, el Dios con nosotros.

Él no se escogió una familia perfecta, aceptó la fragilidad y la pobreza de una familia que no tenı́a nada de extraordinario.

Como Emmanuel no es un Dios que hace finta de estar cerca de lo que marca nuestra historia, sino un Dios que hace suyos los dramas, las alegrı́as y los sufrimientos una humanidad en donde siguen existiendo los Herodes que amenazan y atentan contra la vida.

Es un Dios que construye su familia en donde los más pobres y desafortunados son obligados a buscar su refugio, lejos de toda seguridad y confort.

Y, en lo muy humano de una familia, la Sagrada Familia se convierte en modelo, en escuela y oportunidad para vivir lo bello de toda familia como fruto de lo que Dios puede hacer en nosotros cuando le damos cabida.

La Sagrada Familia es modelo de fe que se abre a lo sorprendente de Dios y que sabe confiar dejándose llevar por lo que Dios va proponiendo, aconsejando, indicando

como camino seguro para estar libres de las amenazas de la muerte o de las muertes que buscan destruir ese espacio sagrado en donde Dios hace que podamos entender el valor de cada persona.

La Sagrada Familia nos enseña a ponernos en camino y a dejarnos guiar por senderos que brindan seguridad y protección, que garantizan el futuro como tiempos de plenitud, sin miedos y sin angustias.

El protagonismo de José aparece, una vez más, como maestro de fe y de confianza. Es modelo de obediencia y de abandono; pero, sobre todo, es ejemplo de quien sabe transformar en obras y en poner en práctica lo que el Señor va sembrando en su corazón.

María, como tantas esposas y madres, acompaña con su discreción todos los detalles que van viviendo, en el día a día, tantas familias que están en pie por la entrega incondicional de esas mujeres del silencio que saben transformar en vida los dolores y sufrimientos que se convierten en ternura y sostén de quienes se sienten frágiles e indefensos.

Finalmente, podrı́amos decir que la Sagrada Familia se convierte hoy para nosotros en algo bello que nos permite valorar y aquilatar el gran don de nuestras familias y nos ayuda a luchar por ser constructores de ese espacio sagrado en donde podemos sentirnos orgullosos de haber compartido lo que somos con las personas que más nos han amado en nuestra vida.

En un mundo en donde los valores de la familia son hoy tan atacados y en donde existe toda una política social por destruir ese núcleo esencial para custodiar lo que somos como seres humanos, es importante que no nos dejemos engañar por quienes buscan destruir la familia movidos por intereses que no tienen como lo más valioso lo que somos como personas.

Celebrar la Sagrada Familia puede ser una gran oportunidad para comprometernos en vivir los valores que nos acercan a los demás apreciándolos y reconociéndolos como dones que Dios nos ha otorgado haciéndonos nacer en una familia en donde existen ciertamente diferencias, dificultades e imperfecciones; pero en donde se nos da la oportunidad de enriquecernos con todo lo bello y lo grande de los miembros de nuestras familias.

Recordemos que en ninguna parte, fuera de la familia, podremos encontrar la carga de amor, de compresión y del apoyo que necesitamos siempre para crecer y para poder llegar a ser los seres humanos que Dios ha soñado como personas destinadas a ser felices.

Pidamos por todas nuestras familias, en particular por aquellas que han sido víctimas de la división, las que viven en extrema pobreza, las que han sido obligadas a emigrar, las que cargan el dolor de la incomprensión.

Que el Señor nos bendiga con el don de santas familias que sean capaces de convertirse en fermento de vida y de autenticidad en nuestra sociedad tan amenazada por el individualismo y por la indiferencia ante las necesidades de los demás.

Que la Santa Familia interceda por nosotros.


La Navidad en familia
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

La Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret nos invita a contemplar el misterio de la Navidad en el contexto en el que tuvo lugar, es decir, en el seno de una familia. Los Evangelios son muy sobrios en los detalles sobre la vida de esta familia. Esto nos lleva a pensar que se trató de una vida totalmente normal, sin acontecimientos particulares dignos de ser registrados. Solo los Evangelios de Mateo y de Lucas nos ofrecen algunas referencias, con una intención más teológica que histórica. Los escritos apócrifos se encargarán de llenar este vacío con relatos fantasiosos, a veces con referencias creativas al texto sagrado.

Resulta curioso que la fiesta de la Sagrada Familia se celebre justo después de Navidad, cuando todavía estamos inmersos en las luces, los belenes y los cantos reconfortantes. Y, sin embargo, el Evangelio que la Iglesia nos propone (Mt 2,13-23) está muy lejos de ser dulce. No habla de intimidad doméstica, de serenidad familiar ni de equilibrios logrados. Habla de miedo, de huida, de noche, de exilio. La Sagrada Familia no está al margen del drama: está inmersa en él hasta el cuello.

Tal vez este sea precisamente el primer contraste saludable. A menudo vivimos una versión edulcorada de la Navidad, como si Dios hubiera venido a confirmar nuestra necesidad de un mundo perfecto, ordenado y pacificado. Soñamos con una familia sin conflictos, una sociedad sin violencia, una fe que nos proteja de las heridas. Pero el Evangelio nos desengaña de inmediato: Jesús nace en un mundo hostil y no lo arregla mágicamente. Lo atraviesa. Y lo dejará imperfecto, pero no igual que antes, porque siembra en él algo que antes no existía: una nueva esperanza.

Mateo no nos cuenta un cuento para niños. Es un “cuento para adultos”, que desenmascara nuestras ilusiones infantiles. La Navidad conoce la angustia. Es una pausa de esperanza, no un paréntesis consolador. No es la meta final del Adviento, de la espera, sino una parada para tomar aliento y valor, para luego vivir en el tiempo largo y cotidiano del crecimiento. Ese “mientras tanto” entre el mundo viejo y el que ha de venir es el espacio de nuestra vida real. Ahí es donde se juega la fe.

La familia de Jesús tiene que huir, porque un poder tiene miedo de la vida. Y cuando el poder tiene miedo, a menudo mata. Mata sobre todo a los inocentes y a los indefensos. El Evangelio no lo suaviza: Herodes quiere al niño muerto. Y mientras los Magos regresan tranquilamente a sus casas, Jesús pierde la suya. Para él, la Navidad es tiempo de huidas y de viajes forzados, de fronteras cruzadas, de futuro suspendido. Es el Dios que se hace refugiado.

Esta es también una palabra fuerte para nuestras familias. No porque debamos “hacerlo mejor” o “estar a la altura” de un modelo ideal —eso sería un moralismo estéril— sino porque el Evangelio nos libera del engaño de la familia perfecta. Las familias reales conocen el miedo, las decisiones difíciles, las noches sin respuestas claras, los límites: son imperfectas. Conocen Egipto y Nazaret: lugares de refugio provisional, nunca definitivos. Y Dios no se escandaliza por todo esto. Entra en ello.

Llama también la atención la manera en que llega la salvación: a través de sueños. Algo frágil, impalpable. José no recibe planes detallados, solo indicaciones esenciales. «Levántate. Toma contigo al niño y a su madre. Huye». Y él obedece, sin apagar la inteligencia ni la responsabilidad. Cuando muere Herodes, el ángel dice: «Puedes volver». Y José reflexiona. Ve que en Judea, la región donde se encuentra Belén, en lugar de Herodes reina Arquelao, igualmente violento. Y considera que no debe arriesgar.

El final del pasaje, por tanto, está muy lejos de ser un “final feliz”. Mueren los Herodes, pero permanecen los herederos. El mal no desaparece de golpe. Cambia de rostro, se transmite, se reorganiza. José sueña, pero no es un idealista ingenuo. Sabe leer la realidad y reconocer sus peligros. Nos enseña que la esperanza no consiste en negar el mal, sino en atravesarlo con astucia y valentía. Soñar, sí. Pero actuar con prudencia, sin confundir la fe con la inconsciencia.

Quizá este sea el mensaje más verdadero para esta fiesta. Termina el Jubileo, pero no termina la esperanza. Permanece renovada, más sobria, menos triunfalista. La Sagrada Familia nos invita a creer que incluso en medio de la precariedad, el miedo y la imperfección puede nacer algo nuevo. No es el mundo perfecto que soñamos, sino el mundo del “mientras tanto”, en trabajo de parto de esperanza.

Y, sin embargo, Jesús crece. A pesar de todo. En una aldea periférica y desconocida, Nazaret, símbolo de una normalidad no heroica, no ideal y no perfecta, sino posible. A esto estamos llamados: a discernir las posibilidades concretas y “habitarlas”. ¡En nuestro “mientras tanto”!


En familia
José Antonio Pagola

Cogió al niño y a su madre, y volvió a Israel.

Las fiestas de Navidad han tenido entre nosotros un carácter entrañable diferente al de otras fiestas que se suceden a lo largo del año. Estos días navideños se caracterizan todavía hoy por un clima más familiar y hogareño. Para muchos siguen siendo una fiesta de reunión y encuentro familiar. Ocasión para reunirse todos alrededor de una mesa a compartir con gozo el calor del hogar.
Estos días parecen reforzarse los lazos familiares. Se diría que es más fácil la reconciliación y el acercamiento entre familiares enfrentados o distantes. Por otra parte, se recuerda más que nunca la ausencia de los seres queridos muertos o alejados del hogar.
Sin embargo, es fácil observar que el clima hogareño de estas fiestas se va deteriorando cada año más. La fiesta se desplaza fuera del hogar. Los hijos corren a las salas de fiestas. Las familias se trasladan al restaurante. Se nos invita ya a «celebrar estas fiestas en Benidorm».
Probablemente son muchos los factores de diverso orden que explican este cambio social. Pero hay algo que, en cualquier caso, no hemos de olvidar. Es difícil el encuentro familiar cuando a lo largo del año no se vive en familia. Incluso, se hace insoportable cuando no existe un verdadero diálogo entre padres e hijos o cuando el amor de los esposos se va enfriando.
Todo ello facilita cada vez más la celebración de estas fiestas fuera del hogar. Es más fácil la reunión ruidosa de esas cenas superficiales y vacías de un restaurante. El clima que ahí se crea no obliga a vivir la Navidad con la hondura humana y cristiana que el marco del hogar parecía exigir. De ahí que estas fiestas navideñas que, durante tantos años, han reavivado el calor entrañable del hogar, sean quizás hoy en muchos hogares uno de los momentos más reveladores del deterioro de la vida familiar.
Pero la actitud del creyente no puede ser de desaliento. El nacimiento del Señor nos invita a renacer y trabajar por el nacimiento de un hombre nuevo, una familia nueva, una sociedad diferente. Estamos pasando de una familia más numerosa, tradicional, autoritaria y estable, a una familia más reducida, libre, inestable y conflictiva, pero el hombre siempre necesitará un hogar en donde pueda crecer como persona. El mismo Hijo de Dios nació y creció en el seno de una familia.

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La Sagrada Familia por el camino doloroso del destierro
Papa Francisco

En este primer domingo después de Navidad, la Liturgia nos invita a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. En efecto, cada belén nos muestra a Jesús junto a la Virgen y a san José, en la cueva de Belén. Dios quiso nacer en una familia humana, quiso tener una madre y un padre, como nosotros.

Y hoy el Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia por el camino doloroso del destierro, en busca de refugio en Egipto. José, María y Jesús experimentan la condición dramática de los refugiados, marcada por miedo, incertidumbre, incomodidades (cf. Mt 2, 13-15.19-23). Lamentablemente, en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste realidad. Casi cada día la televisión y los periódicos dan noticias de refugiados que huyen del hambre, de la guerra, de otros peligros graves, en busca de seguridad y de una vida digna para sí mismos y para sus familias.

En tierras lejanas, incluso cuando encuentran trabajo, no siempre los refugiados y los inmigrantes encuentran auténtica acogida, respeto, aprecio por los valores que llevan consigo. Sus legítimas expectativas chocan con situaciones complejas y dificultades que a veces parecen insuperables. Por ello, mientras fijamos la mirada en la Sagrada Familia de Nazaret en el momento en que se ve obligada a huir, pensemos en el drama de los inmigrantes y refugiados que son víctimas del rechazo y de la explotación, que son víctimas de la trata de personas y del trabajo esclavo. Pero pensemos también en los demás «exiliados»: yo les llamaría «exiliados ocultos», esos exiliados que pueden encontrarse en el seno de las familias mismas: los ancianos, por ejemplo, que a veces son tratados como presencias que estorban. Muchas veces pienso que un signo para saber cómo va una familia es ver cómo se tratan en ella a los niños y a los ancianos.

Jesús quiso pertenecer a una familia que experimentó estas dificultades, para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios. La huida a Egipto causada por las amenazas de Herodes nos muestra que Dios está allí donde el hombre está en peligro, allí donde el hombre sufre, allí donde huye, donde experimenta el rechazo y el abandono; pero Dios está también allí donde el hombre sueña, espera volver a su patria en libertad, proyecta y elige en favor de la vida y la dignidad suya y de sus familiares.

Hoy, nuestra mirada a la Sagrada Familia se deja atraer también por la sencillez de la vida que ella lleva en Nazaret. Es un ejemplo que hace mucho bien a nuestras familias, les ayuda a convertirse cada vez más en una comunidad de amor y de reconciliación, donde se experimenta la ternura, la ayuda mutua y el perdón recíproco. Recordemos las tres palabras clave para vivir en paz y alegría en la familia: permiso, gracias, perdón. Cuando en una familia no se es entrometido y se pide «permiso», cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir «gracias», y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir «perdón», en esa familia hay paz y hay alegría. Recordemos estas tres palabras. Pero las podemos repetir todos juntos: permiso, gracias, perdón. (Todos: permiso, gracias, perdón) Desearía alentar también a las familias a tomar conciencia de la importancia que tienen en la Iglesia y en la sociedad. El anuncio del Evangelio, en efecto, pasa ante todo a través de las familias, para llegar luego a los diversos ámbitos de la vida cotidiana.

Invoquemos con fervor a María santísima, la Madre de Jesús y Madre nuestra, y a san José, su esposo. Pidámosle a ellos que iluminen, conforten y guíen a cada familia del mundo, para que puedan realizar con dignidad y serenidad la misión que Dios les ha confiado.

29/12/2013


Oración a la Sagrada Familia

Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.