Category Comentarios dominicales

XV Domingo ordinario. Año A

“Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. El les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero dichosos, ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador.

A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.

En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

(Mateo: 13, 1-23)


Salió el sembrador a sembrar
P. Enrique Sánchez G. mccj

Aquí estamos, de nuevo, con una parábola que Mateo recuerda como una bella historia salida de la boca de Jesús y que se nos ofrece como pretexto inspirador para que vayamos un poquito más a lo profundo de nuestra experiencia de fe.

Esta parábola, como todas las demás, no es un pequeño relato para mantener entretenidos a los oyentes que se habían instalado a las orillas del lago que servía de anfiteatro para escuchar al Señor. Contrariamente a lo que se pudiese pensar, la parábola fue bien una provocación que obligó a los oyentes a tomar conciencia de lo que Dios estaba realizando como prodigio en lo más ordinario de sus vidas y de las consecuencias que aquellas palabras tendrían en lo profundo de sus corazones.

Esta vez no era la primera que Jesús hablaba de siembras a sus oyentes, muchos de los cuales eran seguramente agricultores y que estaban en condiciones de entender a qué se refería cuando les hablaría de siembras, de preparación de terrenos, de calidad de tierras y de cuidados exigidos por los cultivos, si se pretendía llegar a buenas cosechas.

Un poco antes de nuestro texto Jesús había hablado diciendo que Dios hace salir el sol y hace llover no sólo sobre quienes se portan bien, sino que hace recaer su bendición sobre todos (Mateo5,45).Y, ya desde ese momento Jesús establecía que identificando a Dios como un buen sembrador, como sucederá un poco más adelante, era de esperar que lo sembrado por él estaba destinado a dar mucho y buen fruto.

El sembrador que sale temprano, contento y confiado en que su trabajo dará frutos abundantes a su tiempo, lanza la semilla con generosidad y sin prejuicios. Su semilla es buena y se lanza a la tierra con la confianza de que si encuentra una buena tierra y disponible, no tardará en dar frutos que alegrarán su corazón. Como lo hemos visto tantas veces en los rostros de los campesinos que al final de un buen temporal se sienten bendecidos por la abundancia de sus cosechas.

El resultado de la siembra en este caso no está condicionado por la calidad de la semilla, porque un buen agricultor jamás sembrará algo que sea defectuoso o que esté en mal estado, pues sabe, por sentido común, que eso no podría producir absolutamente nada y el trabajo sería inútil.

Lo que puede hacer que la cosecha no sea buena o abundante depende de la acogida de la semilla. Y en esto la parábola no necesita muchas explicaciones. Cuando la semilla cae entre piedras o espinas no es de maravillarse que no dará frutos.

Por el contrario, todos sabemos que cuando una semilla encuentra una tierra buena, limpia, bien abonada y libre de malas yerbas, los frutos serán abundantes y de extraordinaria calidad; pero, como dice la parábola, si la semilla queda en la superficie del camino, ciertamente no se podrá esperar una buena cosecha, esto parece muy claro y da lugar a que los discípulos pregunten por qué Jesús habla en parábolas.

Jesús habla en parábolas porque se trata de temas que deberían ser entendidos sin necesidad de muchas explicaciones, en cuanto a lo que está diciendo; pero en realidad la parábola lo que quiere hacer es ayudar a los oyentes a entender algo que está más allá de las palabras.

Jesús está hablando de la llegada del Reino de Dios y se está manifestando como el Salvador y Mesías, algo que por los signos que va realizando debería ser claro y comprensible, pero en la mente y en el corazón de sus destinatarios sucede lo mismo que pasa con el sembrador que va esparciendo la semilla, muchas veces no encuentra el terreno bien preparado y todo acaba por arruinarse.

La buena noticia que anuncia Jesús resulta que es buena, pero muchas veces sucede que cae en la vida de las personas que lo escuchan como si fuera un camino en donde no puede penetrar y en donde es fácil que se pierda o, como dice la escritura, las aves del cielo se la lleven.

Simplemente, es una buena noticia que no es acogida y que no puede dar fruto porque no encuentra un terreno en donde pueda echar raíces.

Confrontando las palabras de esta parábola con la realidad de nuestra vida, no es difícil constatar que la enseñanza de Jesús sigue manteniendo toda su actualidad y nos sigue desafiando y cuestionando en la manera de cómo aceptamos la buena noticia del evangelio en nuestras vidas.

Como cristianos católicos, no es difícil aplicarnos lo que dice Jesús cuando menciona que la palabra que es anunciada, pero no es entendida se la lleva el diablo. Esto tiene que ver con nuestro desconocimiento de la Escritura, con el poco interés que mostramos por leer, estudiar, profundizar la Palabra de Dios escrita en nuestras biblias.

Muchos de nosotros nos contentamos con tener la Biblia en los libreros de nuestra casa o de adorno en algún rincón de la sala. El Papa Francisco decía que la Biblia la teníamos que llevar siempre con nosotros, en el bolsillo para leerla, para conocerla, para rezar con ella en todo momento.

Cada uno de nosotros debería tener su ejemplar personal, subrayado, con anotaciones, con páginas gastadas por el uso cotidiano; tendríamos que ser, si no expertos, sí conocedores de la palabra porque de ella depende la calidad de nuestra vida.

Hay palabras de Dios que escuchamos y resuenan profundamente en nuestro corazón, pues tocan e iluminan algo que llevamos dentro. La palabra nos entusiasma y nos mueve a reconocerla como algo importante que tendríamos que custodiar como un verdadero tesoro, pues nos inspira los buenos sentimientos y las buenas actitudes que hacen importante lo que vamos construyendo día a día.

Pero, como dice la parábola, aunque la acogemos con alegría, nos falta la perseverancia y dejamos fácilmente que se filtren en nuestro corazón otras palabras que la ahogan y no le permiten que eche raíces en nosotros. Preferimos las palabras del momento, lo que está de moda, lo que hace que pensemos y actuemos como todos los demás.

Y, cuántas palabras no escuchamos a diario que acaban por impedirnos guardar en nuestro interior aquella palabra que sostiene verdaderamente en el momento de dolor o de obscuridad, de tristeza o de enfermedad. Nos faltan las palabras que nos ayuden a sentirnos acompañados y no víctimas de la soledad.

Hoy lo que abundan son las palabras que nos llegan a millones cada día por el teléfono, por la computadora, por tantas aplicaciones que vamos descargando y que nos prometen solucionarnos todo en la vida. Pero son palabras que en el momento de la tribulación se esfuman y se convierten en ruidos que confunden, que aturden; son palabras que no pueden echar raíces en nosotros porque son palabras que se lleva el viento y hacen que aparezca nuestra falta de constancia para fincar el futuro en aquello que nada puede derrumbar.

Hay las palabras que reconocemos como verdaderas, palabras que nos brindan confianza y que le dan fuerza a nuestra vida. Son las palabras que la parábola menciona como aquellas que han sido sembradas entre espinos.

Desafortunadamente, ahí no tienen mucho futuro porque se ven amenazadas y agobiadas por las preocupaciones que nos asaltan en lo inmediato, en lo que se va haciendo cotidiano. Son esas situaciones que nos roban la esperanza y la confianza, que nos hacen pensar que Dios no nos puede sacar del hoyo en que hemos caído.

Son esas espinas que nos dicen que tenemos que aprender a resolverlo todo con nuestros medios y con nuestras fuerzas y desconfían en que Dios tiene una palabra que abre horizontes nuevos, que él está creando a cada instante un mundo nuevo para nosotros, que por su palabra crea y recrea todo aquello que a nosotros nos parecía terminado, caduco y destruido.

La palabra que cae entre nuestras espinas es la que pone de manifiesto nuestras desesperanzas, nuestra negatividad, nuestra falta de confianza y de fe y nos condena a vivir resignados con nuestros fracasos y condenados a creer más en nuestros límites y en nuestras debilidades que en el poder de Dios que nos ofrece a diario la posibilidad de ser distintos, de empezar de nuevo, de vivir descubriendo que él todavía no ha dicho la última palabra sobre lo que nos toca vivir en este mundo.

¿Cuántas preocupaciones no se apoderan a diario de nuestra mente y de nuestro corazón? ¿Cuántos problemas y urgencias nos roban la paz interior y nos empujan a vivir en una angustia constante? ¿Cuántas necesidades inútiles nos fabricamos a diario, pensando que ahí encontraremos la respuesta a todos nuestros males? ¿Cuántos imprevistos nos impone la realidad en la que vivimos que hacen que perdamos de vista el horizonte y que nos imaginemos lo peor para nuestro futuro?

Las preocupaciones ciertamente nunca faltarán, porque hacen parte de nuestra realidad humana, pero existe la posibilidad de vivirlas sin dejar que se conviertan en el centro de atención único de nuestra vida.

La palabra de Dios sembrada en abundancia en nuestros corazones se puede convertir en la medicina que cura nuestras ansiedades, que relativiza nuestras preocupaciones, sin que nos convirtamos en personas irresponsables; la palabra sembrada y acogida como bendición de Dios en cada uno de nosotros es lo que puede ayudarnos a ir dando frutos de paciencia, de tolerancia, de resistencia ante las dificultades, sin perder la cabeza.

Por eso, la parábola de Jesús en este evangelio de Mateo concluye reconociendo que la palabra sembrada y acogida con generosidad y buena disposición. La semilla de la palabra que se busca y se cultiva a diario, en la reflexión, en la meditación y en la oración. La semilla de esa palabra que la ponemos como luz que ilumina nuestros pasos, que nos sostiene en el momento de la dificultad para que no perdamos la calma. Esa palabra que poco a poco la vamos convirtiendo en nuestra regla de vida, en nuestro patrón de conducta, en lo que nos hace adoptar un estilo de vida que busca el modo de vivir reconciliados y en paz, con confianza y apostándole a la fraternidad y a la comunión entre nosotros. Esa es la semilla que plantada en lo más profundo de nosotros seguramente dará frutos.

Poco importa la cantidad y a nadie se le pedirá el ciento por uno, se nos pedirá simplemente que demos el fruto que está a nuestro alcance, pero que hagamos el esfuerzo por ir creando espacios y condiciones para que esa semilla sembrada generosamente en nosotros no quede estéril.

Pidamos para que el Señor no se canse de sembrar su palabra en nuestros corazones y para que nos ayude a ser terreno bien preparado. Que sepamos apartar todo lo que puede ahogar esa semilla en nuestras vidas. Que nos alejemos de la superficialidad y de la indiferencia que puede atrapar nuestro corazón. Que no seamos rocas duras en donde la palabra de Dios no pueda penetrar. Que no nos dejemos ganar por nuestras preocupaciones recordando que Dios ya se preocupa de nosotros y nos da más de lo que necesitamos y merecemos.

Y finalmente, que con un corazón misionero, sepamos convertirnos en sembradores de su palabra en un mundo en donde existen tantas necesidades de su presencia. Que animados por la alegría que genera la palabra en cada uno de nosotros, nos convirtamos en anunciadores entusiastas de la Buena Nueva del Evangelio para que, sembrada en el corazón de quienes están más lejos del Señor veamos surgir frutos nuevos, vida nueva de Dios.

Que el Sembrador que salió a sembrar encuentre en nosotros una tierra dispuesta, fecunda y generosa para que podamos dar frutos abundantes de paz, de fraternidad, de solidaridad y de amor, como lo hemos recibido del Señor.


¡Cada día es tiempo de siembra!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Con este domingo comienza el “discurso en parábolas” del capítulo 13 del Evangelio de Mateo. Se trata del tercer discurso de Jesús, después del discurso inaugural “del monte” (caps. 5–7) y el “discurso misionero” de envío de los apóstoles en misión (cap. 10). Este discurso está compuesto por siete parábolas. Las primeras cuatro están dirigidas a la multitud — el sembrador, la cizaña, el grano de mostaza y la levadura — y las otras tres a los discípulos: el tesoro, la perla y la red. Siete parábolas para presentar “los misterios del reino de los cielos” (13,11).

La expresión “reino de los cielos”, “reino de Dios” o simplemente “el reino” aparece unas cincuenta veces en el Evangelio de Mateo: la primera vez en boca de Juan el Bautista (3,2) y la segunda en labios de Jesús: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (4,17). El reino es el tema de la predicación de Jesús, el objetivo de su vida y de su misión. ¿Qué es el Reino de Dios? Jesús nos lo expone a través de estas parábolas.

¿Qué es una parábola? Es un relato que, partiendo de un hecho, de una historia verosímil o de una realidad de la vida cotidiana, quiere transmitir, de modo simbólico, un mensaje más profundo, a veces misterioso, que requiere un esfuerzo de interpretación. Jesús utilizó a menudo las parábolas en su predicación. Sin embargo, hay que distinguir entre parábola y alegoría. En la alegoría, cada elemento narrativo tiene un significado específico; en la parábola, en cambio, hay que buscar sobre todo el sentido global.

1. La parábola del optimismo y de la esperanza

La parábola del sembrador es una de las más conocidas del Evangelio, “la madre de todas las parábolas”, como la definió el papa Francisco. El pasaje tiene tres partes distintas: en la primera, el relato de la parábola (vv. 1-9); en la segunda, la razón por la que Jesús habla en parábolas (vv. 10-17); en la tercera, una explicación alegórica de la parábola (vv. 18-23).

Esta parábola se sitúa en un momento delicado de la vida de Jesús, cuando comenzaba a perfilarse el aparente fracaso de su misión. En este punto nos preguntamos: ¿por qué el mal parece triunfar siempre? ¿Por qué el bien tiene tanta dificultad para arraigar en el mundo y en el corazón de las personas?

Parecería que la respuesta de la parábola es esta: todo depende de la calidad del terreno sobre el que se esparce la semilla. Sin embargo, la intención principal no es tanto invitarnos a preguntarnos qué tipo de terreno es nuestro corazón, sino más bien animar a los discípulos — y a nosotros — a anunciar el Evangelio “con la esperanza de que haya, en alguna parte, tierra buena” (San Justino).

Los obstáculos, la oposición y el rechazo que encuentra la Palabra pueden inducirnos al pesimismo. Pues bien, Jesús nos anima a seguir anunciando la Palabra, confiando en su fecundidad extraordinaria, prodigiosa, hasta el ciento por uno. En efecto, en el suelo palestino, lo máximo que se podía esperar era el diez por uno: de un grano de trigo, una espiga con diez granos.

2. El principio capitalista del espíritu

A la pregunta de los discípulos: “¿Por qué les hablas en parábolas?”, Jesús parece responder de manera discriminatoria: “Porque a vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha dado”. ¿Cómo es posible? Parece que Jesús habla adrede en parábolas para no hacerse entender, cuando se esperaría lo contrario. En realidad, se trata de un “semitismo”, es decir, de una forma típica de hablar, entre la ironía, la tristeza y la decepción, ante la cerrazón de los corazones.

Me impresiona la afirmación de Jesús: “Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”. Es lo que yo llamaría el “principio capitalista” del espíritu: así como el dinero corre hacia quien tiene mucho y desaparece de los bolsillos del pobre, así ocurre en el ámbito del espíritu. Cuanto más tienes, más gracia recibirás; cuanto menos tienes — por pereza, negligencia o cerrazón de corazón — tanto menos tendrás.

El domingo, muchos millares de personas escucharán esta Palabra en nuestras iglesias: una parte saldrá enriquecida, la otra empobrecida. Pero nadie será igual que antes, porque una oportunidad perdida contribuye a la “esclerocardia” espiritual, es decir, al endurecimiento del corazón, que se vuelve cada vez más insensible a la Palabra.

3. La explicación alegórica de la parábola

“Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador…”. El evangelista atribuye a Jesús la explicación alegórica de la parábola. En realidad, quizá se trate de una aplicación suya a la vida concreta de la comunidad de Mateo.

Podemos preguntarnos: ¿cómo es que el sembrador esparce el trigo por el camino, en terreno pedregoso y entre los espinos, en lugar de sembrarlo directamente en la tierra buena? Hay que saber que en Palestina primero se sembraba y luego se araba, para enterrar la semilla. Se esperaba que el arado deshiciera el sendero trazado por los transeúntes, levantara las piedras y arrancara los espinos.

Permitidme añadir otro elemento alegórico: en este caso, ¿qué es el arado? ¿Es quizá el de la cruz de Cristo, que, excavando en nuestro corazón, lo convierte en tierra buena? Además, ¡el arado era de madera, con una punta de hierro! Nos hacemos la ilusión de poder evitar todo sufrimiento, de esquivar la cruz, ya que “tenemos que entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones” (Hechos 14,22).

Os dejo la tarea de confrontaros con la Palabra y de preguntaros qué tipo de terreno es vuestro corazón. Tal vez la respuesta nos deje un poco desconsolados. Que nos anime entonces esta cita del dramaturgo irlandés Samuel Beckett: “Siempre lo intenté. Siempre fracasé. No importa. Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Conclusión: “¡He aquí que el sembrador salió a sembrar!”

“Jesús salió de casa y se sentó a la orilla del mar”. Esta Palabra encontrará a algunos de vosotros mientras disfrutan de un merecido tiempo de descanso. Pues bien, ¡Jesús vendrá también a vosotros! ¿Encontraréis un poco de tiempo para escucharlo?

No olvidemos, sin embargo, que los sembradores son muchos. Cuidado con las semillas de cizaña que las manos del maligno siembran abundantemente en nuestro corazón, especialmente de “noche”. Hagamos como la esposa del Cantar de los Cantares: “Yo duermo, pero mi corazón vela” (Ct 5,2).

Por último, recordemos que nosotros también somos sembradores. Cada mañana, antes de salir, llenemos nuestra pequeña mochila para sembrar la buena semilla por dondequiera que pasemos. ¡Cada día es tiempo de siembra!


Salir a sembrar
José Antonio Pagola

Antes de contar la parábola del sembrador que «salió a sembrar», el evangelista nos presenta a Jesús que «sale de casa» a encontrarse con la gente para «sentarse» sin prisas y dedicarse durante «mucho rato» a sembrar el Evangelio entre toda clase de gentes. Según Mateo, Jesús es el verdadero sembrador. De él tenemos que aprender también hoy a sembrar el Evangelio.

Lo primero es salir de nuestra casa. Es lo que pide siempre Jesús a sus discípulos: «Id por todo el mundo…», «Id y haced discípulos…». Para sembrar el Evangelio hemos de salir de nuestra seguridad y nuestros intereses. Evangelizar es “desplazarse”, buscar el encuentro con la gente, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo eclesial.

Esta “salida” hacia los demás no es proselitismo. No tiene nada de imposición o reconquista. Es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús y conocer una Buena Noticia que, si la acogen, les puede ayudar a vivir mejor y de manera más acertada y sana. Es lo esencial.

A sembrar no se puede salir sin llevar con nosotros la semilla. Antes de pensar en anunciar el Evangelio a otros, lo hemos de acoger dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades y nuestras vidas. Es un error sentirnos depositarios de la tradición cristiana con la única tarea de transmitirla a otros. Una Iglesia que no vive el Evangelio, no puede contagiarlo. Una comunidad donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús, no puede invitar a nadie a seguirlo.

Las energías espirituales que hay en nuestras comunidades están quedando a veces sin explotar, bloqueadas por un clima generalizado de desaliento y desencanto. Nos estamos dedicando a “sobrevivir” más que a sembrar vida nueva. Hemos de despertar nuestra fe.

La crisis que estamos viviendo nos está conduciendo a la muerte de un cierto cristianismo, pero también al comienzo de una fe renovada, más fiel a Jesús y más evangélica. El Evangelio tiene fuerza para engendrar en cada época la fe en Cristo de manera nueva. También en nuestros días.

Pero hemos de aprender a sembrarlo con fe, con realismo y con verdad. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como “clonación” del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo .No es el momento de distraer a la gente con cualquier cosa. Es la hora de sembrar en los corazones lo esencial del Evangelio.


La “madre” de todas las parábolas
Papa Francisco

En el Evangelio de este domingo (cfr. Mt 13,1-23) Jesús cuenta a una gran multitud la parábola —que todos conocemos bien— del sembrador, que lanza la semilla en cuatro tipos diferentes de terreno. La Palabra de Dios, representada por las semillas, no es una Palabra abstracta, sino que es Cristo mismo, el Verbo del Padre que se ha encarnado en el vientre de María. Por lo tanto, acoger la Palabra de Dios quiere decir acoger la persona de Cristo, el mismo Cristo.

Hay distintas maneras de recibir la Palabra de Dios. Podemos hacerlo como un camino, donde en seguida vienen los pájaros y se comen las semillas. Esta sería la distracción, un gran peligro de nuestro tiempo. Acosados por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio, del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para correr el riesgo de perder la fe, de no acoger la Palabra de Dios. Estamos viendo todo, distraídos por todo, por las cosas mundanas.

Otra posibilidad: podemos acoger la Palabra de Dios como un pedregal, con poca tierra. Allí la semilla brota en seguida, pero también se seca pronto, porque no consigue echar raíces en profundidad. Es la imagen de aquellos que acogen la Palabra de Dios con entusiasmo momentáneo pero que permanece superficial, no asimila la Palabra de Dios. Y así, ante la primera dificultad, pensemos en un sufrimiento, una turbación de la vida, esa fe todavía débil se disuelve, como se seca la semilla que cae en medio de las piedras.

Podemos, también —una tercera posibilidad de la que Jesús habla en la parábola—, acoger la Palabra de Dios como un terreno donde crecen arbustos espinosos. Y las espinas son el engaño de la riqueza, del éxito, de las preocupaciones mundanas… Ahí la Palabra crece un poco, pero se ahoga, no es fuerte, muere o no da fruto.

Finalmente —la cuarta posibilidad— podemos acogerla como el terreno bueno. Aquí, y solamente aquí la semilla arraiga y da fruto. La semilla que cae en este terreno fértil representa a aquellos que escuchan la Palabra, la acogen, la guardan en el corazón y la ponen en práctica en la vida de cada día.

La parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros.

Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino, al pedregal, al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la única que hace libre.

Por esto es importante acostumbrarse a escuchar la Palabra de Dios, a leerla. Y vuelvo, una vez más, a ese consejo: llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio, una edición de bolsillo del Evangelio, en el bolsillo, en el bolso… Y así, leed cada día un fragmento, para que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo.

La Virgen María, modelo perfecto de tierra buena y fértil, nos ayude, con su oración, a convertirnos en terreno disponible sin espinas ni piedras, para que podamos llevar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Angelus 12 de Julio 2020

XIV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

(Mateo: 11, 25-30)


Tomen mi yugo
P. Enrique Sánchez G., mccj

La misión de los discípulos había iniciado contando con el apoyo brindado por Jesús a través de los signos y milagros que en muchos lugares se habían realizado. Sin embargo, aquellos que fueron los primeros destinatarios, al parecer, no aceptaron el mensaje rechazando el anuncio y el testimonio dado por el Señor y sus discípulos.

Unos cuantos versículos antes del texto que hemos leído en el evangelio de este domingo, Jesús reprocha a las ciudades de Corazain y de Betsaida por su rechazo y por su cerrazón para aceptar la buena noticia de la llegada del Reino y por no reconocer a Jesús como el Mesías.

Ese rechazo, motivado por la arrogancia, va ir creciendo en la medida en que Jesús se irá manifestando como el enviado del Padre para asegurar la presencia de Dios entre su pueblo, pues la idea de tener que aceptar a un Dios que se entrega por amor, simplemente resultaba imposible e inaceptable.

Teniendo presente este ambiente de hostilidad, las primeras palabras pronunciadas por Jesús en nuestra página del Evangelio resultan muy comprensibles.

Jesús alaba a su Padre porque revela el misterio de su reino a los pequeños, a los sencillos y a los humildes. Es decir, a personas que están en una actitud de apertura y disponibilidad para acoger a Dios como un don que siempre sorprende.

Los sabios y entendidos siempre quedarán atrapados en sus reglas, en sus certezas y en sus convicciones, pensando que pueden controlar y manipular todo a su conveniencia.

Siempre estarán un paso atrás de lo inaudito de Dios, de aquello que no se puede entender con nuestras ideas, con nuestros conceptos, con nuestros parámetros tan limitados.

La novedad de Dios sólo la pueden acoger quienes se sienten pequeños, que saben que les falta mucho por descubrir en la vida; sólo se manifiesta a quienes se sienten dependientes y necesitados de aquellas gracias que sólo Dios puede dar.

Lo que mayor obstáculo crea para poder sentir y vivir en el mundo de Dios es la arrogancia y la prepotencia en que los seres humanos nos vemos atrapados muchas veces, pensando que somos el centro de todo y que Dios simplemente no hace falta. Vivimos en una sociedad en donde se lucha y se trabaja arduamente para no depender de nada ni de nadie. Queremos ser independientes y autosuficientes y eso produce aislamiento y soledad; eso condena a perder lo más sagrado que llevamos  en el corazón que es la capacidad de vivir en relación con los demás.

Y  vivir  en  relación  con  los  demás  significa  que  los  necesitamos,  que  representan aquella parte de la riqueza que soñamos, pero que no poseemos, porque se adquiere sólo cuando aceptamos que no somos ni tenemos todo a nuestra disposición.  Eso,  sólo  los pequeños  lo puede entender porque están  abiertos al don que puede venir   de los demás.

La novedad del Reino que Jesús y sus discípulos anunciaban a las gentes de sus pueblos exigía esa capacidad de creer que Dios podía hacer todas las cosas de nuevo, que podía establecer relaciones nuevas, libres del peso que había adquirido la ley impuesta por los grandes y señores del templo.

Con la expresión de gratitud de Jesús a su Padre, podemos entender por qué los pobres, los marginados, los olvidados, los que no cuentan a los ojos del mundo son los privilegiados, los preferidos por Dios. Porque son los únicos que tendrán siempre un corazón  abierto para recibir a Dios en sus vidas como lo mejor que les pudo haber sucedido.

Sólo quienes acepten derribar los muros de su grandeza serán quiene  podrán  entender que Jesús es el verdadero Mesías, que él es el Salvador,  que en él  Dios nos ha mostrado su rostro y se nos ha dado a conocer. Que conociéndolo a él podremos conocer al Padre.

Y con la invitación que Jesús hace de ir a él, todos los que se sienten cansados y agobiados, queda claro que el camino para llegar a Dios no es otro más que él nos propone a través del anuncio de la llegada de su reino.

Seguramente, en muchos de nosotros han resonado fuerte las palabras del Señor cuando dice: Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Porque, efectivamente, es demasiado lo que nos tiene fatigados y agobiados.

En nuestro mundo de carreras, de mil compromisos, de horarios de trabajo que apenas dejan tiempo para dormir unas horas, de preocupaciones por alcanzar todas las metas que nos hemos impuesto y las exigencias que nos vienen de los demás, parece no quedar espacio para más.

Vivimos en un mundo que no puede esconder el cansancio y aunque se nos ofrecen por todas partes muchas propuestas para relajarnos, para liberarnos del estrés, para crear condiciones de tranquilidad y de paz; el hecho es que arriesgamos de ver como la vida se nos va sin haber podido disfrutar verdaderamente de ella, aún cuando sabemos que hemos venido a este mundo para ser felices.

¿Qué es lo que nos ofrece Jesús cuando nos invita a ir hacia él para encontrar alivio? Nos ofrece la posibilidad de ser tratados como personas, nos permite tomar conciencia de aquello que realmente vale la pena en nuestro ir caminando día a día dándonos cuenta de que existen valores que pueden darle otro sentido a nuestra existencia.

Nos enseña que el secreto de la vida no está en la euforia, en la prisa, en los embotellamientos de tráfico que hemos dejado que nos atrapen.

Jesús nos hace entender que necesitamos de espacios y de momentos para encontrarnos con nosotros mismos, para agradecer lo bueno y lo bello que se nos va dando cada día, sin merecerlo.

El alivio que nos ofrece Jesús pasa a través de los momentos que nos permitimos para compartir la vida con los demás, por el gusto de estar con ellos, por la oportunidad que nos brindamos de hacer el bien a alguien por el gusto de brindarle unos minutos de felicidad.

Jesús nos alivia ayudándonos a liberarnos de todas nuestra actitudes egoístas que endurecen el corazón y nos hace sensibles a las necesidades de los demás. Nos abre los ojos al sufrimiento que padecen quienes, muchas veces, tenemos a nuestro lado. Hace que no pasemos indiferentes ante el dolor del hermano que está enfermo o de quien está pasando por una situación de conflicto o de soledad.

Quienes rechazaban el mensaje y los signos de Jesús eran personas que estaban atrapadas bajo el yugo pesante de la ley que se habían impuesto y que habían desfigurado haciéndola un instrumento de esclavitud.

Jesús invita a cargar otro yugo, uno que es suave, que se convierte en instrumento que ayuda a no perder el rumbo, a estar siempre sobre el camino correcto. Es el yugo de la misericordia que Jesús prepara para cada uno de nosotros sabiendo lo que necesitamos y facilitando todo aquello que nos pueda ayudar a ser las personas que Dios ha soñado. Es el yugo de la paciencia que Dios nos tiene cuando nos espera que lleguemos hasta él.

Es el yugo de la mansedumbre, de la humildad de corazón que nos permite, configurándonos con su persona, revestirnos de aquellos sentimientos, como dice san Pablo, que están en Cristo (Colosenses 3, 12-14).

Aprendan de mí, dice Jesús. Esa es nuestra tarea, nuestro reto si queremos verdaderamente hacer un camino que nos lleve por caminos de auténtica libertad, de paz y de fraternidad.

Aprender de Jesús es lo que no llevará a crear espacios de verdadero amor. Y donde hay amor, todo se transforma en algo ligero de llevar sobre nosotros.

Que el Señor nos conceda mantener nuestra mirada fija en él y que nuestro corazón anhele cada día más llenarse de aquellos sentimientos que nos permitan ser presencia de Jesús en nuestro mundo.

Que el Señor nos ayude a llevar sobre nosotros su yugo para que nos convirtamos en personas capaces de vivir siendo ejemplo de humildad, con actitudes de sencillez que nos permitan apreciar como un don a los demás y que aspiremos cada día a la mansedumbre que descubrimos en el corazón del Señor.


«Conyugados» a Cristo
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Tras el discurso apostólico (Mateo 10), encontramos ahora una sección narrativa (Mateo 11–12), siguiendo el recurso literario tan querido por Mateo, que alterna discursos y relatos.

Esta sección narrativa se caracteriza por un clima de tensión creciente. Jesús se da cuenta de que su mensaje y su obra no son comprendidos: Juan el Bautista tiene dudas sobre su mesianismo; la gente se muestra caprichosa como los niños; las ciudades alrededor del lago, donde había realizado tantos milagros, no se convierten; los escribas y los fariseos se le oponen. Jesús se encuentra así frente al insuceso y a la perspectiva del fracaso. Este es el contexto dramático del pasaje evangélico de hoy.

El texto se articula en tres párrafos bien diferenciados: en el primero, la oración de alabanza que Jesús dirige al Padre; en el segundo, la estrecha relación entre el Padre y el Hijo; en el tercero, la relación entre Jesús y nosotros, con la invitación a acudir a él.

El pasaje griego comienza de manera singular: «En aquel tiempo, Jesús, respondiendo, dijo…». Sin embargo, antes no encontramos ninguna pregunta. Parece casi como si Jesús respondiera a la interrogación que esta situación de aparente fracaso plantea a su misión. ¿Y cuál es su respuesta? «¡Te alabo, Padre!».

  1. Jesús decepcionado, pero no desanimado
    Nos preguntamos: ¿por qué Jesús, en este contexto de oposición y aparente fracaso, reacciona con una oración de alabanza, con una especie de «Magnificat» propio?

El Señor no se desanima ni se desmoraliza, como tal vez lo hubiéramos hecho nosotros. Aunque decepcionado por la cerrazón y la falta de fe de tantos oyentes, testigos de sus milagros, Jesús lleva esta situación a la oración, al diálogo con el Padre. Y descubre que el Padre sigue llevando a cabo su proyecto de amor, no a través de los sabios y los eruditos, sino a través de los pequeños.

Es una situación muy actual. Hoy somos testigos del alejamiento de muchos cristianos y de la marginación de la fe cristiana en la cultura occidental; nos preguntamos, entonces, para qué sirve el anuncio del Evangelio en un contexto así. Quizás también nosotros estemos decepcionados porque las promesas de Dios parecen tardar en cumplirse. Hemos envejecido con la esperanza de una Iglesia renovada. Es fuerte la tentación de la resignación, del desánimo, del pesimismo cínico.

Pues bien, Jesús nos invita al valor de la oración, para discernir de dónde y hacia dónde sopla el Espíritu.

  1. Un nuevo llamado para todos: ¡vengan, tomen, aprendan!
    Jesús sale del encuentro con el Padre renovado en la conciencia de su misión mesiánica: «Todo me ha sido dado por mi Padre». Y se dirige nuevamente a los pequeños, es más, a todos: «Vengan a mí todos los que están cansados y oprimidos, y yo les daré descanso. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí».

¿Quiénes son estas personas cansadas y oprimidas? Son quienes viven bajo el yugo de la Ley. Según la tradición rabínica, de hecho, el yugo era una imagen de la Ley: los 613 preceptos extraídos de las Escrituras y las miles de prescripciones menores que obligaban a «caminar por el buen camino».

El yugo evocaba una condición de esclavitud, ya que por lo general eran los esclavos quienes lo usaban para transportar cargas pesadas (cf. Levítico 26,13).

Jesús invita a romper ese yugo y a acudir a él para encontrar descanso, es decir, el descanso prometido por Dios a su pueblo (cf. Carta a los Hebreos 3–4). Sin embargo, inmediatamente después, nos invita a tomar su yugo y a aprender de él, «manso y humilde de corazón».

Ciertamente podemos aprender de él, maestro de corazón manso y humilde, que no se comporta como los escribas y los fariseos, quienes «atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de la gente» (Mateo 23,4). Sin embargo, no esperaríamos una asociación entre yugo y descanso.

¿Cuál es, entonces, este yugo de Jesús?

El yugo era un instrumento de madera que unía a dos animales para arar o tirar de un carro. El yugo de Jesús es la cruz: aquella que él llevó por nosotros y, por lo tanto, nuestra cruz, nuestro yugo. Jesús se convierte en nuestro Cireneo, se pone a nuestro lado. Es nuestro compañero, nuestro… «cónyuge»!

Sí, porque el término «cónyuge» deriva del latín coniux, formado por cum e iugum: indica a quien está unido al otro bajo el mismo yugo, a quien comparte la misma suerte. De ahí también el verbo «conjugar». Es, por lo tanto, una imagen nupcial.

Jesús afirma: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». ¿Por qué es suave? Porque es el yugo del amor. ¿Por qué es ligera? Porque él la lleva con nosotros.

Ante esta invitación de Jesús surgen dos tentaciones.

La primera es querer romper todo yugo y todo vínculo, incluido el «suave y ligero» del amor. Como el falso profeta Ananías, quien rompió el yugo simbólico de madera que llevaba Jeremías, prometiendo al pueblo libertad y prosperidad. El riesgo es terminar con un yugo de hierro (cf. Jeremías 28).

La segunda tentación es confiar en el yugo de las leyes para garantizar el orden y preservar el poder, ya sea en el ámbito social, eclesial, familiar o en cualquier otro contexto, lo que aumenta el esfuerzo y la opresión y sacrifica la solidaridad y el amor.

Ejercicio semanal de reflexión
¿Cómo reacciono ante los fracasos y las decepciones?
¿Quién es mi «compañero» en el camino de la cruz: Cristo o el nuevo mesianismo cultural?
«Quiero darte las gracias, Señor, por el regalo de la vida. Leí en alguna parte que los hombres son ángeles con un solo ala: solo pueden volar si permanecen abrazados. A veces, en momentos de confianza, me atrevo a pensar, Señor, que tú también tienes solo un ala. La otra la mantienes oculta: tal vez para hacerme entender que no quieres volar sin mí» (don Tonino Bello).


El pueblo sencillo
José Antonio Pagola

Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivían trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, de los más olvidados.

Los más desvalidos buscaban su bendición: junto a Jesús sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.

El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, le estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.

La actitud de los “entendidos” era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado. Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.

Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».

También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.

Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.

Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús. Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades.


La simplicidad de Dios nos asusta
Fray Marcos

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere trasmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.


Jesús inaugura la Misión desde la paz, pequeñez y pobreza
Romeo Ballan, mccj

Este pasaje del Evangelio de Mateo hay que leerlo en paralelo con el del evangelista Lucas (10), el cual coloca este mismo episodio de la vida de Jesús en un contexto misionero: la vuelta gozosa de los discípulos después de su primera experiencia de misión. Aunque fue limitada en el espacio y en el tiempo, la experiencia había sido eficaz, capaz de someter incluso a los demonios. Jesús invita a los discípulos a no gozar por esto, sino más bien porque sus nombres “están escritos en los cielos”, es decir, en la mano y en el corazón de Dios. Y Lucas continúa: Jesús “en aquella hora se estremeció de gozo en el Espíritu Santo y dijo: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…» (10,20s). Estas breves palabras son otra revelación de la Trinidad Santa: Padre, Hijo y Espíritu.

El texto de Mateo (11) se encuentra en el corazón de su Evangelio y los estudiosos lo definen como una gran manifestación del misterio de Dios, un himno de júbilo en la Trinidad Santa. Es el ‘Magníficat’ de Jesús, una expresión de su mundo interior, así como lo expresa el de María (Lc 1). En efecto, esta plegaria de Jesús, narrada por Mateo y Lucas, recoge el programa de las Bienaventuranzas (Mt 5,3s), con una especial atención a los pobres, a los mansos, afligidos, puros, misericordiosos, artífices de paz, perseguidos… La página de Mateo nos ofrece una mirada panorámica sobre todo el Evangelio de Jesús, que gira aquí en torno a algunos temas fundamentales: la alabanza al Padre, Señor y Creador (v. 25); la vida de íntima comunión de la Trinidad (v. 27); la actitud amorosa y activa de Jesús frente al sufrimiento humano, brindando alivio a los que están “cansados y agobiados” (v. 28); la nueva escuela y el estilo del Maestro, que dice a todos: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán su descanso” (v. 29-30). Estamos en la escuela de un Maestro especial: si lo contemplamos en la pobreza de Belén y en la humillante derrota del Calvario, entenderemos cuán diferentes son los caminos humanos y los de Dios (Is 55,8-9).

Después de un período de polémicas con escribas y fariseos, y de abandonos por parte de algunos discípulos, el balance humano de ese nuevo Maestro era seguramente decepcionante. Jesús, sin embargo, lejos de abandonar su misión o de retirarse, se reafirma en el camino emprendido, alaba y da gracias al Padre por haber escogido a la gente sencilla, a los pequeños, a los últimos como destinatarios privilegiados de sus extraordinarias revelaciones (v. 25-26).

El ideal de la Iglesia es hacerse discípula de Cristo, tanto en el mensaje como en el estilo, hasta poder decir a todos los pueblos: vengan a mí todos, “cansados y oprimidos” de todos los tiempos y lugares… aprendan de mí que soy manso y humilde… encontrarán alivio y mi yugo les será llevadero. Este es el rostro auténtico y más atractivo de la Iglesia, el único que interesa a la gente, y que los misioneros y toda la comunidad cristiana están llamados a encarnar y proponer. Entre las imágenes más bellas de la Iglesia se encuentran estas dos: la posada y la casa de Pablo. La posadacasa para todos (pandokéion), a la cual el buen samaritano llevó al pobre hombre caído en manos de los bandidos (Lc 10,34); y la casa de Pablo, el cual, cuando llegó prisionero a Roma, vivía en una casa alquilada, donde acogía a todos, anunciaba el Reino de Dios y enseñaba a Jesucristo con toda franqueza (Hch 28,30-31). Dos imágenes que hablan de abertura y acogida, anuncio con pobreza y humildad, valentía evangélica (parresía). Al comienzo de su pontificado, el Papa Francisco dio una prueba de estos valores evangélicos en el viaje a Lampedusa (8 de julio de 2013), su primera visita fuera de Roma. Desde ese mar de tragedias inhumanas, lanzó al mundo entero un fuerte llamado a la acogida y a la solidaridad, partiendo de las preguntas que Dios dirigió a Adán y a Caín después de su pecado.

Hace algunos años (2003) fui invitado a participar en Guatemala en un Congreso misionero para todo el continente americano con un tema significativo: “La misión desde la pequeñez, la pobreza y el martirio”. La Iglesia misionera ofrece a menudo esta imagen de acogida, humildad y austeridad, sobre todo en los países pobres del planeta, pero también en los recodos de las metrópolis más industrializadas. Este estilo de vida y de misión, inaugurado por Jesús, es posible (II lectura) en la medida en que el Espíritu de Dios habita en nosotros. Gracias a su presencia, los frutos asegurados serán la vida, la paz (v. 9.13). El profeta Zacarías (I lectura) presenta el ideal de un rey justo, pacífico y humilde, que cabalga en un asno (v. 9), destruirá los carros y los caballos de guerra y tendrá un claro programa de paz para todas las naciones (v. 10).

XIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”

(Mateo 10, 37-42)


Desprendimiento total
P. Enrique Sánchez G. mccj

El capítulo décimo del evangelio de san Mateo nos presenta el discurso misionero de Jesús y llegando a estos últimos versículos nos muestra la exigencia radical de parte de Jesús a quienes llama para que lo sigan como colaboradores y continuadores de su misión.

En los domingos anteriores hemos escuchado cómo Jesús llama a los doce apóstoles a seguirlo y entre ellos hay una diversidad extraordinaria de personalidades, caracteres, cualidades y limitaciones. Pero, para cada uno de los llamados hay un lugar que ninguna otra persona puede ocupar.

En la misión hay un lugar para todos y nadie se puede excluir, pues la misión se realiza no tanto con lo que se tiene sino con lo que se es. Podríamos decir que la misión no se hace, se vive día a día en los pequeños y grandes acontecimientos que nos va presentando la vida.

A la misión, que nosotros podríamos bien identificar con nuestro compromiso cristiano, se invita a ir en total libertad y sin cargarse de aquello que pueda hacer el camino y complicar la entrega. Hay que ir ligeros de equipaje y con la seguridad de que nada faltará a quien se entrega con generosidad a la construcción del Reino.

No hay que llevar nada para el camino, sólo la confianza y el abandono en Aquel que nos ha llamado y que se encargará de irnos proporcionando lo que sea necesario para que podamos sembrar su palabra en el corazón de los hermanos.

La misión a la que Jesús invita no se limita a un quehacer que hay que desempeñar o un trabajo con el que hay que cumplir; se trata más bien de una manera de vivir que hace de los discípulos testigos de quien los ha llamado. La misión nos hace presencia del Señor que sirviéndose de lo que somos, de nuestras cualidades y virtudes, así como de nuestros límites y debilidades, sigue mostrando su presencia a todos aquellos que abren su corazón para acogerlo con humildad y gratitud.

Como testigos lo importante será lo que se anuncia o a quien se anuncia y para cumplir con esa tarea será necesario hacerlo sin miedo, con valentía y entusiasmo; aunque nos encontremos en situaciones muchas veces adversas e incluso amenazantes. Simplemente, no hay que tener miedo a comprometerse, porque está la garantía del respaldo del Señor que promete estar siempre con nosotros como alguien que se preocupa por todo lo que nos puede suceder.

Hoy el discurso sobre la misión que nos presenta el evangelio va un poquito más lejos y nos habla de la radicalidad que exige la misión. El Señor cuando llama a seguirlo pide que estemos dispuestos a desprendernos de todo, incluso de lo que más amamos y que nos podría parecer imposible dejar o desprendernos.

Dejar al padre y a la madre podría parecer una exigencia ingrata y sin sentimientos, pero no se trata de ser indiferentes con el amor y el cariño que debemos a los seres que más queremos en la vida.

Lo que el evangelio trata de hacernos entender es que la misión exige otro amor que es requisito esencial para poder ponerse en camino. Y ese amor es el que estamos llamados a tener por Jesús.

No se puede ser verdaderamente misioneros y no partimos de un gran cariño y de una amistad profunda con el Señor. Sólo quien se siente profundamente amado por Jesús y que lo ama con todo lo que puede será capaz de amar a los demás con un autentico cariño.

De hecho, todos los misioneros podemos decir que en el fondo de nuestra vocación está la convicción de que hemos sido amados y por eso el Señor nos ha llamado y es ese amor el que no permite permanecer en la misión.

Cuando se nos habla de misión se nos menciona igualmente que hay una cruz que tiene que ser cargada para poder seguir a Jesús.

Cargar la cruz significa aceptar que la misión está hecha de sacrificios y de renuncias, de entrega cotidiana, de sufrimientos que purifican el corazón para poder mostrar que lo único que nos mueve es el amor a Dios y a los hermanos.

La cruz es lo que hace que no confundamos la misión con un viaje turístico a donde se va como exploradores a descubrir paisajes y costumbres distintos a los nuestros. La misión no es la alternativa para ir a descubrir el mundo en sus lugares más lejanos y exóticos.

La cruz, que significa el sacrificio y la renuncia, la entrega y la muestra más extraordinaria de amor por aquellos hermanos que están más lejos, es la garantía de una misión auténtica. Ella representa la disponibilidad a la entrega total de la vida, porque es en la cruz en donde el Señor ha demostrado hasta dónde llegaba su amor por nosotros.

Por eso Jesús no esconde que el que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. Esta es la lógica del evangelio, tan distinta a la nuestra, en la misión se gana perdiendo y la experiencia enseña que es más lo que ganamos que lo que perdemos.

Muchas veces vamos pensando que llevaremos muchas cosas y que transformaremos la realidad con nuestros medios y nuestras ideas, con nuestros proyectos y nuestros recursos y nos damos cuenta de que, cuando volvemos de la misión, es mucho más lo que hemos recibido y hemos vuelto enriquecidos.

En la misión nos damos cuenta que el Señor nos estaba esperando para hacernos crecer para que lo pudiésemos encontrar en todos aquellos hermanos y hermanas que nos estaban esperando.

Entonces nos damos cuenta que cuando hemos tenido el valor de olvidarnos de nosotros mismos, aunque sea un poquito, y nos hemos dejado ganar por la alegría de dar lo mucho o lo poco que somos buscando la felicidad de los demás, ahí es cuando la vida se nos ha presentado como algo que realmente poseemos.

Finalmente, vivir de esa manera dice el evangelio que nos convierte en profetas y el profeta es aquel que habla en nombre de Dios y manifiesta su presencia entre su pueblo. La misión nos hace profetas, presencia de Dios entre nuestros hermanos hoy y eso nos hace merecedores igualmente de las bendiciones que sólo Dios puede dar.

A quien es reconocido como presencia de Dios no se le niega nada de lo que necesita para ejercer su ministerio y es bendecido con más de lo que podría necesitar.

Todos los misioneros hacemos esa experiencia a diario, pues lo que sostiene la misión no son empresas o negocios que reditúen ganancias que garanticen los buenos resultados de la misión.

Todas las misiones se han sostenido siempre con la generosidad de gente pobre y sencilla que, como la viuda del evangelio, se desprenden muchas veces de lo necesario para apoyar la obra que permita llevar el evangelio hasta los extremos del mundo.

Esta última parte del discurso misionero de Jesús, con el cual envía a sus discípulos a llevar la Buena Nueva a la gente de su tiempo, debería ayudarnos a cada uno de nosotros a preguntarnos cómo estamos viviendo nuestro compromiso misionero.

¿Nos sentimos llamados, invitados a continuar con la misión de Jesús en nuestro tiempo y en medio de las realidades en que nos encontramos hoy? ¿Estamos dispuestos a poner al servicio del Señor lo que somos para que nos utilice como instrumentos efectivos para llegar a todos aquellos que no lo conocen o que están alejados de él?

¿Deseamos crecer en nuestra relación personal con el Señor para sentirnos amados y enviados a ser testigos de su amor?

¿Estaríamos dispuestos a cargar la cruz del Señor sabiendo que, como amaba decir san Daniel Comboni, las obras de Dios nacen y crecen a los pies de la Cruz? ¿Nos asusta el sacrificio y la renuncia a todo aquello que nos puede estar dando seguridad o nos dejamos interpelar por las necesidades de nuestros hermanos viendo en eso una posibilidad de amar?

¿Habrá algo en particular de lo que el Señor me está pidiendo que me desprenda para disponer mi corazón a recibir lo que realmente necesito para descubrirme amado y llamado a ponerme a su servicio?

Mirando un poco a mi alrededor, ¿en dónde me está esperando la misión hoy? ¿Quiénes son los destinatarios de mi anuncio, de mi testimonio cristiano, a quienes me está pidiendo el Señor que les entregue mi vida?

Que el Señor nos ayude a responder a la misión con generosidad y con mucho amor.


¡Todo el Evangelio en un vaso de agua!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de este domingo concluye el discurso apostólico, o discurso de la misión, de Mateo 10. Es un discurso que atañe a todo cristiano: mediante el bautismo se convierte en discípulo de Jesús, en su apóstol y misionero.

El pasaje del Evangelio (Mateo 10,37-42) se articula en dos partes distintas. La primera presenta las condiciones y exigencias para ser discípulos y apóstoles de Jesús:

Quien ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí;
quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí;
quien no toma su propia cruz y no me sigue no es digno de mí.
Quien haya conservado para sí su vida, la perderá; y quien haya perdido su vida por causa mía, la encontrará.

Estas son quizá las palabras más duras del Evangelio. Son como los «deberes» del discípulo de Jesús. Las conocemos bien, tanto porque se repiten a menudo como por su dureza.

La segunda parte del pasaje es más consoladora. Nos presenta sus «privilegios»:

Quien os recibe a vosotros me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe a aquel que me ha enviado.
Quien recibe a un profeta por ser profeta tendrá la recompensa del profeta;
Quien recibe a un justo por ser justo tendrá la recompensa del justo.
Quien dé de beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo: no perderá su recompensa.

1. IDENTIDAD: ¿Quién quiero ser?

La primera palabra que quisiera subrayar es el pronombre «quien», que aparece diez veces en el texto. Nos recuerda que la vida está hecha de elecciones. ¿Quién quiero ser? ¿En cuál de las alternativas presentadas por Jesús me reconozco? ¿Entre los que son dignos de él? ¿Entre los que arriesgan su vida por él? ¿Entre los que lo acogen?

2. RADICALIDAD: ¿Soy digno de él?

Las condiciones para ser discípulos de Jesús son ciertamente exigentes. Jesús lo aclara tres veces: «Quien… quien… quien… ¡no es digno de mí!». Él quiere, es más, exige, el primer lugar en los afectos y en los proyectos. Ningún rabino había formulado jamás pretensiones semejantes. Pero solo una gran pasión por Cristo y una entrega total al Reino de Dios pueden sostener una vida de compromiso radical en la construcción de la nueva humanidad.

En estos pocos versículos se repiten varias veces el pronombre y el adjetivo posesivo de primera persona. Quien no lo conociera podría juzgarlo un megalómano y le preguntaría espontáneamente, como los judíos: «¿Quién te crees que eres?» (Juan 8,53). Él nos respondería: «Precisamente lo que os digo» (Juan 8,25).

Él reclama para sí el amor reservado únicamente a Dios: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6,4-5). Jesús no pone en duda el amor al padre, a la madre, al hijo o a la hija; más bien nos cuestiona sobre nuestras prioridades: ¿cuál es el amor más grande de tu vida?

3. ACOGIDA: ¿Tengo un corazón acogedor?

El verbo «acoger» se repite varias veces en el texto: acoger al apóstol, al profeta, al justo y al pequeño. Al acogerlos a todos ellos, acogemos a Cristo y, en él, al Padre.

Tener un corazón acogedor es hoy más necesario que nunca, en una sociedad que cierra puertas y levanta barreras, por egoísmo o por miedo a quien es diferente. La acogida no es solo una obra de misericordia. En la Biblia, además de ser un acto de temor de Dios, era ocasión de recibir una bendición muy deseada, llevada por el huésped. Recordemos a Abraham ante los tres viajeros desconocidos: «Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo sin detenerte junto a tu siervo» (Génesis 18,3). El autor de la Carta a los Hebreos comenta: «No olvidéis la hospitalidad; algunos, practicándola, sin saberlo acogieron a ángeles» (Hebreos 13,2).

En la primera lectura encontramos un bello ejemplo de acogida: el de la mujer que recibe al profeta Eliseo: «Hagamos una pequeña habitación alta, de obra, pongamos en ella una cama, una mesa, una silla y una lámpara; así, cuando venga a nosotros, podrá retirarse allí» (2 Reyes 4).

Me gusta ver aquí, como en un icono, una alusión simbólica a las condiciones esenciales para acoger a Dios en nuestra vida. Cada uno de nosotros necesita esta «pequeña habitación alta» del profeta, «de obra», es decir, sólida y estable, donde cultivar la interioridad y encontrarse con el Señor.

En ella reinan la sobriedad y lo esencial: una cama, una mesa, una silla y una lámpara. La cama nos recuerda la necesidad de un sano equilibrio entre la actividad y el descanso; la mesa y la silla evocan la reflexión; finalmente, la lámpara recuerda la meditación de la Palabra, «lámpara para nuestros pasos» (Salmo 119,105).

4. RECOMPENSA: ¿Cuál será mi recompensa?

Jesús habla tres veces de recompensa. La Sagrada Escritura habla de ella a menudo, y también Jesús vuelve a ella con frecuencia. Todo camino de fe comienza con una promesa: «Tu recompensa será muy grande» (Génesis 15,1). Los apóstoles no dudan en preguntarle a Jesús: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué tendremos, entonces?» (Mateo 19,27).

Hoy, sin embargo, casi nos avergonzamos de hablar de recompensa en el ámbito de la fe, como si fuera una traición a la gratuidad del amor. Sin embargo, nuestra dimensión corporal reclama su parte y, si se la ignora, acaba buscándola en el goce inmediato de los sentidos.

Cuán útil es recordar la promesa del Señor: todo pequeño gesto realizado por amor tendrá su recompensa. «Todo el Evangelio está en la Cruz, pero todo el Evangelio está también en un vaso de agua» (Ermes Ronchi).

Nuestro corazón no es «puro», es decir, «de una sola pieza», sino impuro y compuesto. Solo Dios es puro: puro amor. La Palabra de Dios se dirige a nuestra persona en toda su complejidad.

En nosotros está el «esclavo» que teme el «castigo». La Palabra educa a nuestro esclavo para que pase del miedo al temor reverencial de Dios.

En nosotros está el «siervo» que trabaja por el «salario», por interés. La Palabra lo educa para pasar de la mentalidad del «mérito» —idea pagana de la retribución— a la de la promesa de Dios; de la condición de «siervo» a la de «amigo» (Juan 15,15).

Finalmente, en nosotros está el «hijo» que actúa por amor. La Palabra lo educa para que sea cada vez más consciente de estas palabras del Padre en la parábola del hijo pródigo: «Todo lo mío es tuyo»; y para que llegue a ser un hijo adulto, responsable de sus hermanos.

Ejercicio espiritual para la semana

Un posible doble ejercicio para la semana puede consistir en meditar las ocho afirmaciones propuestas por el Evangelio de este domingo y en comprometerse a construir una «pequeña habitación alta, de obra». Concretamente, ¿qué podrían ser, en mi vida, la cama, la mesa, la silla y la lámpara de esa habitación?


Por eso deja el hombre a su padre y a su madre
y se une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa
Papa Francisco 

Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia nos presenta las últimas frases del discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo (cf. 10, 37), con el cual Jesús instruye a los doce apóstoles en el momento en el que, por primera vez les envía en misión a las aldeas de Galilea y Judea. En esta parte final Jesús subraya dos aspectos esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero, que su vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo; el segundo, que el misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y mediante él, el amor del Padre celestial. Estos dos aspectos están conectados, porque cuanto más está Jesús en el centro del corazón y de la vida del discípulo, más “transparente” es este discípulo ante su presencia. Van juntos, los dos.

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…» (v. 37), dice Jesús. El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin gratitud, al contrario, es más, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el maestro. Cualquier discípulo, ya sea un laico, una laica, un sacerdote, un obispo: la relación prioritaria. Quizás la primera pregunta que debemos hacer a un cristiano es: «¿Pero tú te encuentras con Jesús? ¿Tú rezas a Jesús?». La relación.

Se podría casi parafrasear el Libro del Génesis: Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa (cf. Génesis 2, 24). Quien se deja atraer por este vínculo de amor y de vida con el Señor Jesús, se convierte en su representante, en su “embajador”, sobre todo con el modo de ser, de vivir. Hasta el punto en que Jesús mismo, enviando a sus discípulos en misión, les dice: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mateo 10, 40). Es necesario que la gente pueda percibir que para ese discípulo Jesús es verdaderamente “el Señor”, es verdaderamente el centro de su vida, el todo de la vida. No importa si luego, como toda persona humana, tiene sus límites y también sus errores —con tal de que tenga la humildad de reconocerlos—; lo importante es que no tenga el corazón doble —y esto es peligroso. Yo soy cristiano, soy discípulo de Jesús, soy sacerdote, soy obispo, pero tengo el corazón doble. No, esto no va.

No debe tener el corazón doble, sino el corazón simple, unido; que no tenga el pie en dos zapatos, sino que sea honesto consigo mismo y con los demás. La doblez no es cristiana. Por esto Jesús reza al Padre para que los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo. Y aquí nuestra experiencia de sacerdotes nos enseña una cosa muy bonita, una cosa muy importante: es precisamente esta acogida del santo pueblo fiel de Dios, es precisamente ese «vaso de agua fresca» (v. 42) del cual habla el Señor hoy en el Evangelio, dado con fe afectuosa, ¡que te ayuda a ser un buen sacerdote! Hay una reciprocidad también en la misión: si tú dejas todo por Jesús, la gente reconoce en ti al Señor; pero al mismo tiempo te ayuda a convertirte cada día a Él, a renovarte y purificarte de los compromisos y a superar las tentaciones. Cuanto más cerca esté un sacerdote del pueblo de Dios, más se sentirá próximo a Jesús, y un sacerdote cuanto más cercano sea a Jesús, más próximo se sentirá al pueblo de Dios.

La Virgen María experimentó en primera persona qué significa amar a Jesús separándose de sí misma, dando un nuevo sentido a los vínculos familiares, a partir de la fe en Él. Con su materna intercesión, nos ayude a ser libres y felices misioneros del Evangelio.

Angelus 2/7/2017


Indignidad, acogida y recompensa
José Luis Sicre

El largo discurso dirigido a los apóstoles (resumido en los domingos 11-13) termina con una serie de frases de Jesús que son, al mismo tiempo, muy severas y muy consoladoras. Las severas se dirigen a los apóstoles; las consoladoras, a quienes los acogen.

¿Quién no es digno de Jesús?

La sección comienza con tres frases que terminan de la misma manera: “no es digno de mí”. Las dos primeras están muy relacionadas: no es digno de Jesús el que ama a su padre o a su madre más que a él, o el que ama a sus hijos o a su hija más que a él. Estas frases recuerdan lo que se dice en Deuteronomio 33,9 a propósito de los levitas. En un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo. Leví, representación de todos los levitas, “dijo a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza.”

Se podría decir que Jesús exige a sus discípulos la misma actitud de los levitas. Pero hay una diferencia importantísima. los levitas se comportaron así por fidelidad a los mandatos de Dios y a su alianza. Los discípulos deben hacerlo por amor a Jesús. Al exigir este amor superior al de los seres más queridos, Jesús se está poniendo al nivel de Dios, al que hay que amar sobre todas las cosas.

Los primeros cristianos, en momentos de persecución, se vieron a veces en la necesidad de optar entre el amor y la fidelidad a Jesús y el amor a la familia. La elección era dura, pero muchos la hicieron, convencidos de que recuperarían a sus padres e hijos en la vida futura.

La frase siguiente (“el que no carga su cruz…”) también se entiende mejor a la luz del texto del Deuteronomio. En él se dice que los levitas, por haber mostrado esa fidelidad a Dios, recibieron un gran premio y dignidad: “Enseñarán tus preceptos a Jacob y tu ley a Israel; ofrecerán incienso en tu presencia y holocaustos en tu altar.” Jesús no promete nada de esto a sus discípulos. Añade una nueva exigencia, mucho más dura: ya no se trata de posponer a los seres queridos sino de renunciar a la propia vida, con la seguridad de recobrarla en el futuro.

Acogida y recompensa

La última parte se dirige a las personas que acojan a los discípulos: recibirlos a ellos equivale a recibir a Jesús y recibir al Padre. Estas palabras los sitúan muy por encima de profetas y justos, los grandes personajes religiosos de la época. La primera lectura cuenta como un matrimonio de Sunám decidió acoger en su casa al profeta Eliseo cuando pasaba por el pueblo; le construyeron una habitación en el piso de arriba y le proporcionaron una cama, una silla, una mesa y un candil. Una gran inversión para aquel tiempo. Pero recibieron su recompensa con el nacimiento de un hijo.

En comparación con Eliseo, los discípulos pueden parecer unos “pobrecillos” sin importancia. A nadie se le ocurrirá darles alojamiento permanente. Pero basta un vaso de agua fresca (algo muy de agradecer cuando no existen bares ni agua corriente en las casas) para que esas personas reciban su recompensa.

Si en la primera parte entreveíamos los grandes conflictos familiares provocados por las persecuciones, en este final intuimos lo que experimentaron muchas veces los misioneros cristianos: la acogida amable y sencilla de personas que no los conocían. De estos últimos versículos, sólo uno tiene paralelo en el evangelio de Marcos. El resto es original de Mateo, que ha querido redactar un final consolador, que deje buen sabor de boca.


Misión como acogida:
de Jesús y de los suyos
Romeo Ballan, mccj

En la conclusión del “discurso misionero” (Mt 10), Jesús invita a sus discípulos a asumir dos actitudes necesarias para cualquier persona enviada a anunciar el Reino: la vocación con sus exigencias y la misión como acogida. Un mensaje que toca de cerca a todo cristiano, no solamente a los misioneros ‘oficiales’. Ante todo,la vocación vivida con amor. En efecto, Jesús habla de amor (v. 37) y de vida (v. 39). Está en juego la opciónpor un amor más grande. El amor a los familiares –deber-derecho-bendición- es preciso verlo junto y comparado con el amor por Jesús. Solamente a la luz del amor y de la vida tienen sentido las exigencias de una vocación de servicio a la misión de Jesús; solo por amor es posible hacer opciones arduas, que resultan incomprensibles para el que esté fuera de esta lógica. Teniendo en cuenta el bien supremo -que es siempre y solamente Dios- se puede dar el justo peso incluso a valores humanos tan importantes como son los afectos familiares o los intereses profesionales, reservando a Dios el primer lugar, la primera opción.

El lenguaje de Jesús (‘tomar la cruz’, ‘perder la vida’) es escandaloso, hasta parece cruel, pero es la única palabra que libera de las ilusiones y que realmente nos hace encontrar la vida (v. 39); la vía de la cruz es la única que desemboca en la vida verdadera: la resurrección. Son siempre actuales las palabras de San Juan Pablo II: -¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada. Y lo dona todo. El que se entrega a Él, recibe el céntuplo. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida-. Este mensaje vale tanto para el misionero que anuncia el Evangelio como para los que lo escuchan. A esta misma radicalidad nos llama también San Pablo (II lectura): por el Bautismo estamos llamados a “andar en una vida nueva” (v. 4), porque “hemos muerto con Cristo” y “viviremos con Él” (v. 8.11).

El segundo gran tema misionero de este domingo es la acogida. Es ejemplar la hospitalidad que la mujer de Sunem y su marido brindan al profeta Eliseo (I lectura), pero lo es igualmente la gratitud de este ‘hombre de Dios’ hacia aquella pareja estéril: tras hablar con su criado Giezi, Eliseo profetiza que pronto tendrán un hijo. Se trata de un intercambio de dones, ofrecidos en la gratuidad. Jesús ensalza el gesto sencillo, gratuito, del que “dé de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca” (Mt 10,42). Cabe fijarse en el detalle del agua fresca, particularmente apetecible en los países cálidos. La misión como acogida tiene su fundamento en la identidad que Jesús establece entre Él y los suyos: “El que los recibe a ustedes me recibe a mí” (v. 40); palabras que recuerdan el test del juicio final: “Tuve sed y ustedes me dieron de beber” (Mt 25,35).

Acoger en casa o en el propio país al que pasa necesidades, o al que huye de guerras, o busca en otros países condiciones de vida más dignas para sí y su familia, ha sido siempre una merecedora obra de misericordia, nuevamente según las palabras de Jesús: “era forastero y me han acogido” (Mt 25,35). Hoy en día, lamentablemente, este complejo problema de la acogida a migrantes-refugiados-prófugos se ha convertido en un encendido tema político a nivel nacional, europeo y mundial, materia de continuos debates públicos y privados, cargados a menudo de ideologías contrapuestas. El escaso compromiso de privados, asociaciones y gobiernos en buscar soluciones adecuadas a las migraciones está, por lo menos en parte, en la base de numerosas tragedias y muertes en tierra y mar, incluso de mujeres, mamás y niños.

Se abre aquí el tema de la cooperación misionera a las tareas de evangelización y promoción humana, que es un derecho-deber de todo bautizado, tanto en las formas siempre válidas de la oración, sacrificio, donativos…, como en las modalidades nuevas: información, formación, compromiso por la justicia, derechos humanos… para un mundo más fraterno y solidario.

XII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse.
Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.
¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo. A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

(Mateo 10, 26-33)


No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G. mccj

Después de leer esta página del Evangelio es muy probable que las palabras que han quedado resonando en nuestro interior son: No tengan miedo. No teman a los hombres.

Ya desde hace tiempo hemos venido escuchando, como mensaje de esperanza y de confianza, que quien permanece en Dios, quien hace de su amor el objetivo de la vida, simplemente no puede vivir en el temor.

No podemos negar que vivimos en un mundo en donde las amenazas, las inseguridades, los riesgos que atentan contra nuestra vida o contra nuestra paz parecen ser el pan de cada día. Muchas veces decimos que salimos de nuestra casa, pero no sabemos si regresaremos con bien. Los motivos para el temor no hace falta inventarlos y muchas veces pueden paralizarnos.

La astucia de quienes se dedican a hacer el mal parece ser cada día más sofisticada y nos sorprende la habilidad con que se logra usar de herramientas que deberían servir para el bien, para crear situaciones de maldad.

Y, sin embargo, la palabra del Evangelio no se pierde, no baja su intensidad y nos permite escuchar con fuerza la voz del Señor que nos anima a no quedarnos petrificados ante las amenazas del mal.

“No teman a los hombres” es más que una recomendación nacida de la promesa que el Señor nos ha hecho de no dejarnos solos, de no permitir que el mal triunfe y que el miedo nos robe la esperanza y nos impida ser testigos de su presencia entre nosotros.

El mandato de pregonar y de anunciar lo que el Señor nos va revelando a través de nuestro peregrinar cristiano nos impulsa y nos anima a no perder el entusiasmo misionero.

Hay que decir en voz alta al mundo que Dios sigue siendo quien lleva las riendas de nuestra historia y es él quien nos llena de valor, incluso en los momentos en que nos podemos sentir amenazados o confundidos por las tinieblas que nos pueden rodear.

“No tengan miedo a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Ciertamente no podemos ser ingenuos y pensar que nada nos puede suceder, si nos arriesgamos a ser fieles al mandato del Señor de ir por todas partes a anunciarlo.

No podemos cerrar los ojos y negar que existen tantas víctimas de la maldad que terminan sus vidas de manera trágica. Vidas que son arrebatadas injustamente por quienes han perdido el respeto por la vida, por quienes no tienen conciencia y consideran a los demás como cosas que se pueden desechar o destruir.

Es un hecho, que no podemos negar, que hoy existe una forma de pensar en algunas partes de nuestro mundo que no respeta la vida y no faltan personas en nuestro tiempo quienes no se tientan el corazón para matar y sembrar la tristeza y el dolor.

Pero aún en esas situaciones el Señor nos anima a seguir adelante, a no perder la confianza, pues habrá quien acabe con la vida, pero el espíritu que llevamos dentro de nuestro corazón, ese nada ni nadie lo podrá destruir.

Y seguirán existiendo miles de cristianos que estarán siempre dispuestos a dar su vida buscando la manera de permanecer fieles a su fe en Jesús. Discípulos que no le temen a nada y que están dispuestos a todo por decir con sus vidas que el Señor está entre nosotros.

Todos conocemos la situación de muchos cristianos que son hoy perseguidos y no faltan las noticias de comunidades que han sido atacadas brutalmente asesinando a muchos cristianos. Sabemos de hermanos nuestros en la fe que son obligados a emigrar, a dejar su tierra, sus familias porque son condenado a desaparecer. Y ahí se escucha la palabra del Señor que los sostiene y los anima diciendo “podrán matar el cuerpo, pero no el alma”.

Y en las palabras que siguen en el relato de nuestro Evangelio escuchamos a Jesús que nos confirma en la esperanza.

Dios toma cuidado de los pajarillos y nada de lo que nos pueda suceder en la vida se le escapa. Todo está bajo su mirada y no deberíamos preocuparnos por nada, pues hasta los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados y nada puede suceder sin que él lo permita.

Estamos en las manos de Dios y somos el motivo de su amor y de su preocupación. Eso debería generar en nuestro interior una gran alegría, una inmensa gratitud; pero sobre todo una confianza sin límites. Pues a cada paso que demos, el Señor se nos irá adelantando para que podamos avanzar con la serenidad y la paz en nuestros corazones.

Si en días anteriores decíamos que lo más bello que nos puede suceder en la vida es descubrir que somos lo que más ama Dios, hoy, escuchando este Evangelio, deberíamos sentirnos mucho más felices, porque valiendo mucho más que los pájaros del cielo, de los cuales Dios se toma cuidado, podremos decir que todo lo que nos suceda será siempre una bendición del Padre que nos va cuidando y bendiciendo.

De ahí debe nacer nuestra valentía y el ánimo de seguir adelante, sin temor y sin miedo. Pues, como dice el Salmo, “aunque pase por valles oscuros, nada temeré; porque el Señor me guía y me conduce” (Sal 23, 1-6)

Por lo tanto, no tengamos miedo, dejemos que el Espíritu del Señor actúe en nuestros corazones para que podamos dar testimonio de él en todas las circunstancias de nuestra vida. Que la fe que nos mueve a la esperanza y a la confianza nos permita confesar con nuestras obras y con el testimonio de nuestras vidas que somos del Señor, que todo lo esperamos de él y que en él tenemos puesta toda nuestra confianza.

Confesemos al Señor con valor y alegría y pidamos que sostenidos por él podamos ser en nuestro mundo aquellos que han vencido el miedo no con nuestras fuerzas, sino con la fortaleza que nos otorga el Señor a través de su Espíritu.

Sintámonos orgullosos de ser discípulos de Jesús y no nos cansemos de anunciarlo en nuestro mundo que tanta necesidad tiene de él.


No tengan miedo
Antonio Guerra

El texto que hoy meditamos forma parte del discurso apostólico (Mt 10). En el contexto inmediato a la lectura, Jesús ha descrito a sus discípulos un cuadro de violencia y persecución. Esto podría provocarles miedo e impulsarlos a retroceder, por eso resuena en el evangelio por tres veces el no tengan miedo (vv. 26.28.31). Jesús los invita a tener confianza en la asistencia del Padre y los impulsa a sentirse llamados a dar testimonio del amor de Dios.

Primera exhortación. La tarea del anuncio y la pertenencia al grupo de Jesús los hace todavía más vulnerables. A pesar de todo, les dice “no tengan miedo”, que es como decir: “no permitan que el miedo los arrastre y les haga abandonar la fidelidad a su misión con tal de salvar su vida”. Lo que Jesús les ha confiado han de anunciarlo con franqueza y apertura, a la luz del sol y en público.

En la segunda exhortación Jesús pide coraje también frente al daño extremo e irrevocable que podemos sufrir frente a la muerte. Jesús recuerda que la vida terrena no es el mayor bien y que la muerte no es el mal más grave. Jesús los invita a la valentía de abandonarse en Dios, no porque éste vaya a frenar a los hombres, impidiéndoles que le maten, sino porque, matando, los hombres no pueden influir lo más mínimo sobre el destino último de la salvación definitiva: sólo de Dios depende nuestro destino definitivo, la vida eterna o la perdición eterna. Nada de lo que nos suceda dejará de estar en las manos de Dios.

Tercera exhortación. El discípulo es por encima de todo uno que no teme mostrar la propia identidad confesándola públicamente. Quien reconoce a Jesús como su maestro delante de los demás, será reconocido como su discípulo también delante del Padre. Quien da espacio al miedo, anula todos los pasos hechos en el camino del seguimiento, desconectándose del vínculo de amistad profundo que ha sido tejido con Jesús.


Nuestros miedos
José Antonio Pagola

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.

Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.

Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.

Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.

La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.

La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.

Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.


Ni miedo a hablar, ni miedo a morir
José Luis Sicre

El evangelio de este domingo es parte del segundo gran discurso que Mateo pone en boca de Jesús. Dirigido a los apóstoles, comienza con unas instrucciones sobre cómo deben anunciar el Reinado de Dios, insistiendo en el desinterés y la pobreza (Mt 10,5-15). No pueden imaginar que la predicación de este mensaje, o curar enfermos, sobre todo sin pedir nada a cambio, pueda provocarles calumnias y persecuciones. Sin embargo, repetir el mensaje de Jesús y vivir como él vivió provoca mucho malestar en ciertos ambientes. Por eso, les deja claro a los discípulos que van a ser muy perseguidos (10,16-25). Ante esto, corren dos peligros: el de callar, para no meterse en complicaciones; y el de dejarse arrastrar por el miedo a la muerte. La forma en que Jesús aborda este tema resulta de una frialdad pasmosa, usando tres argumentos muy distintos: 1) la muerte del cuerpo no tiene importancia alguna, lo importante es la muerte del alma; 2) todo lo que pueda ocurriros lo dispone Dios; 3) la actitud que adoptéis con respecto a mí la adoptaré yo con respecto a vosotros.

Mateo ha recogido en este breve fragmento frases pronunciadas por Jesús en distintos momentos de su vida. Por eso, pueden desconcertar un poco. En el primer caso, a quien deben temer los apóstoles es a Dios, el único que puede matar el alma. En el tercero, a quien deben temer es a Jesús, que podría negarlos ante el Padre del cielo. En cualquier caso, a quienes no deben temer es a los hombres, idea que se repite tres veces en estos pocos versículos.

Cuando se piensa en los asesinatos de cristianos en Egipto, Siria y otros países, quienes vivimos en una sociedad tranquila y segura (por mucho que nos quejemos) podemos tener la impresión de que estas palabras son inhumanas, casi crueles. Sin embargo, es probable, incluso seguro, que a esos cristianos perseguidos les infundan enorme esperanza y energía para confesar su fe. Han preferido la muerte a renegar de Jesús; han preferido ponerse de su parte, salvar el alma antes que el cuerpo.

La primera lectura sirve de contraste (aunque es probable que quienes la eligieron no cayeran en la cuenta de este detalle). El destino de Jeremías, calumniado y perseguido por sus paisanos de Anatot y por las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén, recuerda lo que anuncia Jesús a sus discípulos. Pero hay una gran diferencia entre esta primera lectura y el evangelio. El profeta termina pidiendo a Dios que lo vengue de sus enemigos. Jesús nunca sugiere algo parecido a sus discípulos. Al contrario, morirá perdonando a quienes lo matan.


“No tengan miedo”
Misión es fidelidad de amor hasta el Martirio
Romeo Ballan, mccj

En el centro del ‘discurso misionero’ de Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Reino, está la perspectiva cercana y concreta de la persecución, quizás como un reflejo de la experiencia que las primeras comunidades de fieles ya estaban sufriendo, cuando se escribían los Evangelios (Mt 10; Mc 6; Lc 10). De ahí la insistencia de Mateo (Evangelio) en recordar hasta por tres veces la palabra confortadora del Maestro: ‘No tengan miedo’ (v. 26.28.31). Desde siempre, estas palabras han dado ánimo a los pregoneros del Evangelio y han sostenido la fidelidad de los mártires de todos los tiempos.

La superación del miedo y el valor de dar testimonio se basan:

– en el destino universal del mensaje de Jesús: es para todos los pueblos, es un mensaje que es preciso anunciar en pleno día y pregonar desde la azotea (v. 27);

– en el santo temor de Dios: el sentido profundo de su santidad y majestad exige que el primer lugar corresponda siempre y solo a Aquel que tiene la palabra definitiva para la salvación del alma y del cuerpo (v. 28);

– en la bondad del Padre que cuida con amor cosas tan pequeñas como los pajaritos, y cuenta hasta los cabellos de la cabeza (v. 29-31);

– en la necesidad de estar unidos y ser fieles a Cristo, por amor, y, en Él, estar unidos al Padre (v. 32-33).

El profeta Jeremías (I lectura) experimentó la amargura de la calumnia y el terror de la persecución (v. 10), pero, a la vez, la presencia del Señor a su lado “como fuerte soldado” (v. 11), al que él encomienda su causa (v. 12). Por eso, invita a alabar al Señor “que libró la vida del pobre de manos de los impíos” (v. 13). San Pablo (II lectura) alienta la esperanza de los cristianos de Roma, afirmando que el proyecto salvífico de Dios en favor de todos los hombres supera cualquier condicionamiento impuesto por la historia y por el pecado del hombre. En efecto, “no como fue el delito, así también fue el don”, porque la gracia va mucho más allá: “mucho más, gracias a Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos” (v. 15). ¡En virtud del misterio pascual en la muerte y resurrección de Cristo!

A la luz de ese misterio, hay que interpretar las palabras de un profeta de nuestro tiempo, Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), teólogo luterano y mártir del nazismo alemán: “Dios nos ha salvado no en virtud de su potencia, sino en virtud de su impotencia”. Y más todavía: “¡Es el fin! Para mí es el comienzo de la vida”. Recordemos, en el centenario de su nacimiento (1920), al Papa Juan Pablo II, que en 1978 inauguró su pontificado con una clara exhortación a superar el miedo: “¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas a Cristo!” En nuestros días el miedo es uno de los sentimientos más extendidos; algunos políticos lo alimentan hábilmente, haciendo de él un uso instrumental en orden a sus proyectos. “El miedo se ha convertido en un instrumento político; nuestros miedos ocultos, de hecho, hacen de nosotros personas expuestas a dejarse manipular fácilmente”, decía el P. Adolfo Nicolás (+2020), Superior general de los jesuitas. El miedo, además, es siempre un pésimo consejero.

La superación del miedo y la fidelidad hasta el martirio acompañan siempre a la Iglesia en todo tiempo y lugar. Hay una continuidad entre los cristianos perseguidos en los primeros siglos y los testimonios de mártires recientes, igualmente fieles al anuncio del Evangelio y a la denuncia profética. El arzobispo Óscar A. Romero, poco antes de ser asesinado (El Salvador, 1980), declaró con firmeza a las fuerzas del orden público: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno: en nombre de Dios, cese la represión”. Jesús lo había predicho: Los perseguirán también a ustedes… Pero no tengan miedo. ¡Yo he vencido al mundo!

Sagrado Corazón de Jesús

Mensaje del Consejo General de los Combonianos
para la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Queridos hermanos: La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a volver a la fuente de nuestra vocación y de nuestra misión. Al contemplar el Corazón traspasado del Buen Pastor, reconocemos el amor sin medida de Dios por la humanidad: un amor que se hace cercanía, compasión, misericordia y entrega total de sí mismo.

El Corazón de Jesús no es solamente un símbolo de nuestra fe; es el lugar donde aprendemos a conocer la manera de amar de Dios y el criterio con el que discernimos nuestra vida misionera. En él descubrimos un amor que no excluye a nadie, que se deja herir por el sufrimiento del mundo y que continúa buscando a quienes están perdidos, olvidados o descartados.

San Daniel Comboni encontró en el Corazón de Cristo el secreto de su pasión misionera. De aquella contemplación nació su amor por los pueblos más abandonados y su capacidad de compartir su historia hasta sentirlos verdaderamente como hermanos. También para nosotros, “hijos” de tan gran Apóstol de África, la misión encuentra su origen y su renovación en dejarnos modelar por el Corazón de Jesús, para que nuestra mirada, nuestras decisiones y nuestras relaciones reflejen cada vez más sus mismos sentimientos.

El Papa Francisco nos recordó que «el Corazón de Cristo, que simboliza su centro personal del que brota su amor por nosotros, es el núcleo vivo del primer anuncio» (Dilexit Nos, 32). Solo permaneciendo unidos a este centro podremos evitar que la misión se reduzca a eficiencia, organización o simple actividad. Antes que trabajadores, somos discípulos; antes de hablar de Cristo, estamos llamados a dejarnos transformar por su amor.

Vivimos en un mundo marcado por profundas heridas. Guerras, violencias, desigualdades, migraciones forzadas, pobrezas antiguas y nuevas siguen afectando a millones de personas. Muchos hombres y mujeres buscan esperanza, escucha y dignidad; muchos jóvenes buscan un futuro; numerosas comunidades viven situaciones de fragilidad e incertidumbre. Frente a estas realidades, la tentación de la indiferencia o de la resignación está siempre al acecho.

El Corazón de Cristo, en cambio, nos llama a una cercanía valiente. Nos invita a no pasar de largo, a no encerrarnos en nuestras seguridades, sino a compartir la vida de los pueblos a los que somos enviados. La misión nace precisamente de este movimiento del corazón: salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro, reconociéndolo como hermano o hermana amada por Dios. Dando prioridad a los últimos, a los más marginados y a los más pobres, hasta desear, como decía Daniel Comboni, «estrechar entre los brazos y dar el beso de paz y de amor a aquellos infelices hermanos nuestros» (Escritos, 2742). Sí, como combonianos, estamos llamados a ser signo de este amor que acoge y reconcilia, que crea fraternidad y genera esperanza en las periferias del mundo.

Nuestra presencia en las diversas Iglesias y entre los distintos pueblos del mundo adquiere credibilidad cuando se convierte en testimonio de comunión, especialmente en nuestras comunidades internacionales e interculturales. La diversidad de nuestros orígenes no es un obstáculo para la misión, sino uno de sus signos más elocuentes: el Evangelio es capaz de unir aquello que el mundo tantas veces divide.

En esta fiesta, pidamos, pues, la gracia de un “corazón misionero”, capaz de compasión, escucha y cercanía; un corazón libre de toda forma de cerrazón y dispuesto a dejarse interpelar por los sufrimientos de los más pobres y abandonados; un corazón que sepa reconocer la presencia de Dios en las periferias humanas y existenciales de nuestro tiempo.

Confiamos al Sagrado Corazón de Jesús nuestro Instituto, las comunidades en las que vivimos, los pueblos a los que servimos y a todos aquellos que llevamos en la oración y en el trabajo cotidiano. Que este Corazón renueve en nosotros la alegría del Evangelio, reavive el fuego de la misión y nos haga testigos creíbles de su amor en el mundo.

Con afecto fraterno, les deseamos una santa y gozosa Fiesta.

El Consejo General MCCJ


“Dios es amor, y el que permanece en el amor
permanece en Dios y Dios en él”.
P. Enrique Sánchez, mccj

Dios es amor y la manera más sencilla de hacer la experiencia de esta buena noticia es fijar nuestra mirada en el Corazón de Jesús. Un corazón que nos recuerda que ahí se concentra todo lo que podemos decir y experimentar cuando pronunciamos la palabra “Dios”.

Hablar del corazón de Jesús es descubrirnos amados, deseados y elegidos por el Señor como lo mejor que puede ocupar su corazón. Porque nos amó nos llamó y es en su amor que encontramos el sentido último de nuestras vidas, de nuestro ser y de nuestro quehacer, de nuestra vocación y misión en este mundo.

El amor que contemplamos en el Corazón de Jesús no se pierde en palabras y no se esfuma en los discursos que podríamos hacer sobre él. Es amor que se compromete y se realiza ante nosotros a cada paso que vamos dando en nuestro peregrinar por este mundo.

Lejos de ser sentimiento o simple expresión afectiva, el amor de Cristo, manifestado en el corazón que se ofrece, que se presenta como provocación, que atrae y seduce; ese amor es entrega que se sacrifica como ofrenda sobre la cruz. Es sangre que, como vehículo de vida, se derrama para que todos tengamos vida, es amor que llena los corazones sedientos de Dios.

El amor de Dios podría ser muy bien contemplado como “Sagrado Corazón, Corazón divino, Corazón sublime expresión de Dios”, pero no. El amor de Dios se revela como Corazón de Jesús, corazón del Hijo que impide hacer poesía o transformarlo en ilusiones pasajeras.

El Corazón de Jesús nos habla de un amor que se presenta principalmente a través de las experiencia de la compasión y de la misericordia. Es un amor que no pasa indiferente ante las necesidades tan humanas que gritan desde el sufrimiento y el dolor, desde la soledad y el abandono, desde la indiferencia y la exclusión.

El amor de Dios manifestado en Jesucristo, en su Sagrado Corazón, es amor que pasa por la compasión, que ve a los demás con la pasión del corazón que no existe más que para amar. Es el amor que sufre ante el dolor de quien ya no puede con la vida, es el amor que responde a quien grita desde la miseria de su pecado con la esperanza de ser rescatado y redimido. Es el amor que padece con quien se ha equivocado y ha cometido errores en la vida; pero que siente que en aquel Corazón que tanto ha amado puede encontrar una segunda oportunidad para poder seguir amando, pero sintiéndose sostenido por quien primero lo ha amado.

El Corazón de Jesús habla de compasión que hace sentir cómo Dios se inclina, se arrodilla, se abaja para ponerse al nivel de quien ha perdido las fuerzas y que la miseria ha intentado arrebatarle el aliento para seguir esperando.

Es amor que acaba con el temor y con el miedo, que devuelve la confianza y que dibuja horizontes nuevos de esperanza. Porque en el amor de Dios nada está perdido y todo vuelve a ser posible.

Porque Dios no cambia, es siempre el mismo, es amor que se hace eterno y que no se queda atorado ante las miserias que en algún momento nos han hecho creer que nuestros amores eran más fuertes que el suyo.

La compasión que expresa Jesús a través de su Corazón traspasado es la imagen que no necesita explicaciones para hacer entender que el amor de Dios es una pasión que atraviesa todos los obstáculos que nuestra fragilidad humana puede interponer queriendo impedir que el único amor penetre hasta lo más profundo de nuestros corazones.

Y el Corazón de Jesús igualmente nos habla de misericordia, como la otra ala que hacen que el corazón pueda volar e ir al encuentro de quienes más lo necesitan.

Misericordia es la otra manera de definir el amor que existe en el Corazón de Jesús. Es la mirada desde el corazón con la cual nos contempla el Señor. Es mirada que no enjuicia, que no condena y si se quiere hablar de juicio, es el que juzga con el amor.

La misericordia es el amor que invita, como dice el evangelio, a todos aquellos que van por el mundo cansados y agobiados; aquellos que se saben destinados a vivir en el amor y por el amor, pero que la vida les ha negado esa oportunidad.

Vengan, dice el Señor, y yo pondré sobre ustedes el yugo de amor, el yugo llevadero que permite entender y sentir que somos lo más amado por Dios y que jamás exigirá algo que pueda sumergirnos en la tristeza, en el sufrimiento o en dolor.

Porque hemos sido creados por el amor y para amar. Esa será siempre nuestra vocación y el camino por el que tendremos que transitar por este mundo.

Por eso, como decía san Pablo, nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios que se ha manifestad en Cristo. (Romanos 8, 38-39)

Hemos nacido del Amor y no podremos terminar nuestro peregrinar más que en el amor, porque somos de Dios. Y si lo dudábamos, Dios ha entregado lo que más amaba para que muriendo por amor pusiera en cada uno de nosotros el tesoro de su amor.

Finalmente, en el Corazón de Jesús, que nos ama con compasión y misericordia se nos hace entender también que, en ese amor y por ese amor, porque hemos sido amados, por eso somos enviados a ser testigos del amor.

El amor de Dios, manifestado en el Corazón de Jesús, nos hace entender que no es algo que queda atrapado al interior de la Trinidad, sino que es un amor que sale de sí, porque esa es la naturaleza del amor, es lo propio de Dios. Es un amor que se entrega hasta el límite.

El evangelio nos recuerda que uno puede dar la vida por quienes ama, pero el amor de Cristo nos impulsa a ir más lejos y nos dice que el amor verdadero es capaz de llevarnos a dar la vida hasta por quienes nos odian y nos persiguen.

Ese es amor cristiano, el amor que sólo puede brotar del Corazón del Señor. Es el amor que se deja atravesar el corazón por una lanza sobre la cruz, para que en aquella herida de amor puedan encontrar refugio y cobijo todas las personas que han sido llamadas a ser hijas de Dios.

El Corazón de Jesús, en este sentido, es la expresión más bella de lo que nos toca vivir cuando somos llamados a convertirnos en testigos y misioneros del Señor. De ese costado abierto nace la misión y de ese Corazón que tanto nos ha amado, surge también la fuerza y el entusiasmo para vivir la misión, el ser misioneros, como signos de la presencia del amor de Dios en nuestro mundo hoy.

Que el el Sagrado Corazón inflame nuestros corazones de su amor para que vivamos nuestro compromiso misionero con una gran pasión y que en los momentos de dificultad recordemos que en este mundo todo pasa, pero sólo el amor no pasará.

Sagrado Corazón de Jesús, en ti confiamos y a ti consagramos lo que somos y lo que hacemos movidos por tu amor.


Dios quiere los vínculos, crea vínculos
Papa Francisco

«El Señor se ha unido a vosotros y os ha elegido» (cf. Dt 7, 7).

Dios se ha unido a nosotros, nos ha elegido, este vínculo es para siempre, no tanto porque nosotros somos fieles, sino porque el Señor es fiel y soporta nuestras infidelidades, nuestra lentitud, nuestras caídas.

Dios no tiene miedo de vincularse. Esto nos puede parecer extraño: a veces llamamos a Dios «el Absoluto», que significa literalmente «libre, independiente, ilimitado»; pero, en realidad, nuestro Padre es «absoluto» siempre y solamente en el amor: por amor sella una alianza con Abraham, con Isaac, con Jacob, etc. Quiere los vínculos, crea vínculos; vínculos que liberan, que no obligan.

Con el Salmo hemos repetido: «El amor del Señor es para siempre» (cf. Sal 103). En cambio, de nosotros, hombres y mujeres, otro salmo afirma: «Desaparece la lealtad entre los hombres» (Sal 12, 2). Hoy, en particular, la fidelidad es un valor en crisis porque nos inducen a buscar siempre el cambio, una supuesta novedad, negociando las raíces de nuestra existencia, de nuestra fe. Pero sin fidelidad a sus raíces, una sociedad no va adelante: puede hacer grandes progresos técnicos, pero no un progreso integral, de todo el hombre y de todos los hombres.

El amor fiel de Dios a su pueblo se manifestó y se realizó plenamente en Jesucristo, el cual, para honrar el vínculo de Dios con su pueblo, se hizo nuestro esclavo, se despojó de su gloria y asumió la forma de siervo. En su amor, no se rindió ante nuestra ingratitud y ni siquiera ante el rechazo. Nos lo recuerda san Pablo: «Si somos infieles, Él —Jesús— permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2, 13). Jesús permanece fiel, no traiciona jamás: aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso.

Este amor, esta fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón: Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad. Así se definió a sí mismo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Y el sentido de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que celebramos hoy, es que descubramos cada vez más y nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia del Padre. Podemos experimentar y gustar la ternura de este amor en cada estación de la vida: en el tiempo de la alegría y en el de la tristeza, en el tiempo de la salud y en el de la enfermedad y la dificultad.

La fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor a los hermanos mediante un servicio humilde y manso

Queridos hermanos: En Cristo contemplamos la fidelidad de Dios. Cada gesto, cada palabra de Jesús transparenta el amor misericordioso y fiel del Padre. Y entonces, ante Él, nos preguntamos: ¿cómo es mi amor al prójimo? ¿Sé ser fiel? ¿O soy voluble, sigo mis estados de humor y mis simpatías? Cada uno de nosotros puede responder en su propia conciencia. Pero, sobre todo, podemos decirle al Señor: Señor Jesús, haz que mi corazón sea cada vez más semejante al tuyo, pleno de amor y fidelidad.

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús 2014


Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Vaticannews

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se celebra el viernes siguiente a la solemnidad del Corpus Christi, casi como para sugerirnos que la Eucaristía no es otra cosa que el Corazón mismo de Jesús, de Aquel que de corazón cuida de nosotros. En esta misma fecha, la Iglesia celebra la Jornada mundial de oración por la Santificación de los Sacerdotes.
Precisamente fue un sacerdote, el normando Juan Eudes, quien celebró esta fiesta por primera vez el 20 de octubre de 1672. Pero ya algunas místicas alemanas de la Edad Media —Matilda de Magdeburgo (1212-1283), Matilde de Hackeborn (1241-1298) y  Gertrudis de Helfta (1256-1302)—, así como el dominico Beato Enrique Suso (1295 – 1366), habían cultivado la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
A la difusión del culto contribuyeron las revelaciones privadas recibidas por la religiosa visitandina Margarita María Alacoque (1647-1690). Margarita Alacoque vivía en el convento de Paray-le-Monial (Francia) desde 1671. Tenía ya fama de gran mística cuando el 27 de diciembre de 1673 recibió la primera visita de Jesús, que quiso compartir con ella los sufrimientos de su Corazón rebosante de amor por el Padre y por toda la humanidad, del mismo modo que los compartió con el discípulo Juan durante la Última Cena. “Mi divino corazón está tan apasionado de amor por la humanidad que, incapaz de contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad, debe difundirlas. Te he elegido para este gran proyecto”, le dice.
Al año siguiente, Margarita tuvo otras dos visiones. En la primera apareció el corazón de Jesús en un trono de llamas, más brillante que el sol y más transparente que el cristal, rodeado de una corona de espinas; en la segunda, Margarita contempló a Cristo resplandeciente de gloria, con rayos de luz que salían su pecho y se expandían por todos lados. Jesús le habló de nuevo y le pidió que comulgara cada primer viernes de mes durante nueve meses consecutivos, y que se postrase en tierra en oración durante una hora en la noche entre los jueves y los viernes. Nacieron así las devociones de los nueve viernes y de la hora santa de adoración.
En una cuarta visión, Cristo le pidió que se instituyera una fiesta para honrar su Corazón y reparar, mediante la oración, las ofensas que recibe. De parte de Jesús, Margarita también recibió una gran promesa de perdón: quien se acerque dignamente a la Eucaristía y comulgue durante nueve meses consecutivos el primer viernes del mes, con espíritu de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento, amando, honrando y consolando al Corazón de Jesús, recibirá el don de la perseverancia final, es decir, terminará su vida con la gracia de los sacramentos y de la remisión de sus ofensas a Dios y al prójimo.
En 1856, Pío IX ordenó que la fiesta del Sagrado Corazón fuera extendida universalmente a toda la Iglesia. En 1995, San Juan Pablo II instituyó en este mismo día la Jornada Mundial de Oración por la Santificación del Clero, para que Jesús custodie el sacerdocio en su corazón.

Los pequeños del Evangelio

La liturgia nos presenta una oración de Jesús en la que alaba al Padre, es decir, reconoce públicamente lo que ha hecho y hace en favor de los “pequeños”, en detrimento de los sabios y entendidos. El contenido de lo revelado queda plasmado en la expresión “estas cosas”; por los versos que preceden a este texto, “estas cosas” se refiere a la comprensión de la persona de Jesús, a quien los “sabios y entendidos” de la época rechazaron. Por otra parte, los “pequeños” pueden ser los pobres a los que se anuncia el Evangelio, y los humildes, es decir, los que escuchan y aceptan la Palabra. Una clave para entender que el Sacratísimo Corazón de Jesús sólo es comprensible en la medida en que nos hacemos pequeños, humildes.

Mi yugo es suave

El yugo es un dispositivo destinado a la tracción de los animales que permite sujetarlos a un carro, arado u otro apero y hacerlos maniobrar. A partir de esta experiencia tomada de la vida agrícola, Jesús invita a los “pequeños” a confiar en Él, garantizando el descanso, la paz, la liberación, porque su yugo no es opresivo. Jesús no sobrecarga a los que se acercan a Él, no los oprime cargando pesos que los amos de la época no movían ni con un dedo. Jesús, humilde y puro de corazón, es el que dice haciendo, el que acepta la voluntad del Padre y la vive en primera persona, compartiendo con los “pequeños” el compromiso requerido. Por eso el yugo de Jesús es suave, no porque esté “aguado”, sino porque ha eliminado las incrustaciones legalistas y ha devuelto la ley de Dios a su origen, revelando que Dios es amor misericordioso. Amor para siempre, nos recuerda el salmo.

El corazón

En el lenguaje bíblico, el corazón tiene un significado mucho más amplio del que nosotros le atribuimos ordinariamente: indica toda la persona en la unidad de su conciencia, inteligencia, voluntad, libertad. El corazón indica la interioridad del hombre.  Con su costado abierto, Jesús nos dice: “Tú me interesas”, “Tomo tu vida en mi corazón“. Pero también nos dice: “Haz esto en memoria mía: cuida de los demás. Con todo el corazón. Es decir, experimenta los mismos sentimientos de mi corazón y toma las mismas decisiones que yo he tomado”.

Oración

Divino Corazón de Jesús,
te ofrezco por medio del Corazón Inmaculado de María,
madre de la Iglesia, en unión con el sacrificio eucarístico,
las oraciones, acciones, alegrías y sufrimientos de este día
en reparación de los pecados y por la salvación de todos los hombres,
en la gracia del Espíritu Santo, para gloria del Padre Divino.
Amén.

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XI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

(Mateo 9, 36–10, 8)


La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos
P. Enrique Sánchez, mccj

Después del largo periodo pascual y de las fiestas que hemos celebrado en los últimos domingos, nos disponemos hoy a retomar el tiempo ordinario que habíamos dejado prácticamente al comenzar la cuaresma.

En aquel momento habíamos leído en el evangelio lo que llamamos el sermón de la montaña, unos capítulos antes del evangelio de san Mateo que retomamos en este domingo.

Hoy nos encontramos con el discurso misionero de Jesús dirigido a los apóstoles, con el cual se iniciará una etapa nueva en la vida de aquellos que habían sido escogidos por el Señor para que fueran sus testigos más cercanos.

Todo comienza presentándonos a Jesús compadecido por las multitudes que lo seguían, cansadas y extenuadas por no encontrar lo que realmente necesitaban en sus vidas y en sus corazones.

Jesús se muestra sensible y dispuesto a dar una respuesta a quienes van por la vida sin encontrar un consuelo, a lo mejor decepcionados, frustrados y cansados de ir de un lado para otro en sus búsquedas.

Al iniciar esta nueva etapa en el anuncio y la construcción del Reino, Jesús se sitúa en la misma línea del Padre que lo envió. Como dice el libro del Éxodo: “He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores. Como conozco sus sufrimientos, he bajado para arrancarlo de la mano de los egipcios y hacerlo subir de esta tierra una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel…(Ex 3,7-8)

Jesús, viendo a las multitudes, siente compasión y al igual que su Padre da una respuesta iniciando la misión de ir por todas partes anunciando la llegada del Reino. La cosecha es mucha, pero los trabajadores pocos y por esa razón la nueva etapa en la construcción del Reino de Dios se iniciará con la elección de los doce apóstoles. Doce que se convertirán en pilares sobre los que se construirá la realidad nueva que el Señor está por iniciar.

La misión que está por iniciar será una obra en la que todos seremos involucrados, recordando aquello que decía san Agustín: el que todo lo puede sin ti, no hace nada sin ti.

De los doce, se trata de hombres, cada una con su historia, con su carácter, con sus cualidades y con sus límites, con sus virtudes y seguramente también con sus pecados. No es un grupo de élite o de privilegiados. Son personas como tú y como yo, que tendrán  que hacer el camino dejándose  transformar por la presencia, la palabra  y el testimonio que Jesús irá sembrando en sus corazones.

En el grupo de los doce hay lugar para todos y nadie puede ser excluido, nadie puede presentar excusas para no aceptar la invitación y nadie puede esconderse en falsos prejuicios para no comprometerse. Esto habría que decirlo alto y fuerte, sobre todo hoy cuando tratamos de escurrirnos a la hora de asumir compromisos para dar testimonio de nuestra fe.

Habría que decir que Jesús sigue llamando también a otros doce entre los cuales nos podemos encontrar muchos cristianos de nuestro tiempo que aún con sus limitaciones están llamados a venir y colaborar en la construcción del Reino, porque la realidad sigue siendo la misma y las necesidades se han ido multiplicando.

Podemos estar seguros que cuando Jesús contempla la humanidad de nuestros días su corazón se mueve a compasión, porque para cualquier lado que voltee es muy fácil que contemple muchas ovejas que andan desorientadas, sin saber a dónde ir y que les falta un verdadero pastor que las guíe.

Que la cosecha es mucha, eso nadie lo pude negar, porque no hace falta mucho para que nos demos cuenta de que existe una gran necesidad de Dios en nuestra sociedad.

La cosecha es abundante, porque hay muchas personas que están deseosas de hacer una experiencia espiritual. Porque hay signos muy claros de que la necesidad de una vida que va más allá de lo material y de lo inmediato está entre los anhelos profundos de nuestros hermanos hoy. Porque el Señor nos sigue sorprendiendo con los testimonios de tantas personas que confiesan que han encontrado a Dios y que sus vidas han sido transformadas.

Basta recordar algunos momentos de los tantos encuentros que tuvo el Papa León pasando entre tanta gente durante su visita a España. Gente muy conocida y famosa, pero igual personas sencillas y humildes han dicho, con palabras que han encontrado eco en nuestros corazones, que el encuentro con Dios les había cambiado la vida, que habían vivido momentos que se habían convertido en una segunda oportunidad para seguir adelante en la maravillosa experiencia de vivir y que se sentían felices de haberse encontrado con el Señor.

Y es que eso hace Dios cuando se mezcla en nuestras historias tan humanas y se filtra discretamente en los sentimientos, en los afectos, en los valores y en las opciones de que somos capaces cuando aspiramos a salir de lo ordinario de una existencia que se conforma con compensaciones que confunden y que no satisfacen. La cosecha es abundante y Jesús quiere que nos ocupemos de ella, que no nos asustemos porque los trabajadores son pocos.

Y así será siempre mientras utilicemos nuestros sistemas para medir, olvidando que Dios usa otro sistema métrico y nos sorprende.

Hay que reconocer que, aunque sean pocos los obreros, así ha sido siempre, el Señor no se cansa de seguir confiando en que basta uno que ponga su confianza en él y en el llamado que hace para que suceda el milagro y empiece a surgir un pedacito del Reino, ahí́ en donde nos han plantado.

Aquí no se trata de cantidad, ni de números y las estadísticas poco importan; lo que está en juego es la posibilidad de un mundo distinto en donde los valores del Reino marquen la existencia de quienes ponen su confianza en el Señor.

Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Este es el programa, el mandato y la buena noticia.

Curar a los leprosos es trabajar en la construcción de una sociedad en donde no haya más excluidos, en donde nadie se sienta marginado por ninguna razón.

La lepra en tiempos de Jesús era no solo una enfermedad, sino un motivo para ser marginado de la comunidad. Quien enfermaba de lepra era visto como impuro y pecador.

En su misión, Jesús envía a los doce a construir un mundo en donde cada persona sea acogida y amada, sin importar cuál sea su condición o su situación. En la casa del Padre hay un lugar para todas sus criaturas, esa será la buena noticia proclamada en todo lugar y en todo tiempo.

Curar a los enfermos significa ayudar a quien la está pasando mal, ya sea en lo físico, en lo moral o en lo espiritual. La enfermedad es lo que roba la salud y va disminuyendo poco a poco la vida.

Curar a los enfermos es comprometerse en la creación de condiciones de vida que sean dignas para todos; es dar la oportunidad de curarse también a quien no tiene los recursos para pagarse un buen cuidado médico, sobre todo hoy que en muchas partes la salud y su cuidado se ha convertido en un negocio de hospitales y farmacéuticas.

Jesús va más lejos y pide que resuciten a los muertos. Y ciertamente no significa hacer caminar a los cadáveres. Se trata de ayudar a salir de su situación a quienes se han dejado atrapar en dinámicas de muerte.

Hay que liberar a quienes viven en el rencor y el odio, a quienes viven esclavos y dependientes de una adicción o de un vicio. A quienes se han enredado en espirales de violencia, de odio, de egoísmo, de indiferencia ante las necesidades de los demás. Resucitar a los muertos significa, de alguna manera, comprometernos en la construcción de una realidad en donde se apueste por la vida, por el respeto a la dignidad de los hermanos.

Es comprometerse en la creación de espacios en donde todos tengan las mismas oportunidades, en donde todos los seres humanos nos podamos reconocer hermanos, miembros de una sola familia.

Se trata de construir mundos en donde la guerra no tenga la última palabra, en donde no sean más importantes las riquezas que se pueden explotar en un territorio que las personas que lo habitan.

Y luego se habla también de echar fuera a los demonios, dicho en otras palabras es sacar de nuestras vidas lo que nos divide a todos los niveles.

A nivel personal sería todo aquello que nos impide ser honestos, coherentes, enemigos de la mentira y encerrados en nosotros mismos.

En la sociedad es desenmascarar toda clase de racismo, de prejuicios en contra de los demás, toda la tentación de dividirnos en clases según los criterios del poder y del dinero.

De alguna manera también quiere decir, alejar de nuestras vidas lo que nos puede atrapar en la malicia, en el desorden, en lo mundano, como le gustaba decir al Papa Francisco.

Esa es la misión a la que Jesús envió a aquellos doce apóstoles que, a lo mejor sin saber en donde se estaban metiendo, aceptaron ponerse en camino y se entusiasmaron porque Jesús iba caminando a su lado y mostrándoles con el ejemplo lo que les estaba pidiendo y confiando.

Hoy nos toca tomar el relevo y con la misma confianza y osadía, se nos pide que vayamos por el mundo entero, porque sigue existiendo la misma urgencia de la presencia del Reino y porque la cosecha sigue siendo mucha.

Y porque la necesidad de llevar a Jesús hasta los rincones del mundo es hoy más urgente y porque existen muchos hermanos que esperan que alguien tenga la  valentía de anunciarles lo bello del Evangelio y lo maravillosos que es tener a Jesús en nuestras vidas.

Ojalá que no nos quedemos haciendo cálculos o paralizados por nuestros límites y pecados, sino todo lo contrario, que animados por el Espíritu de Dios nos sintamos entusiastas y animados para decirle al mundo que somos los discípulos que Jesús ha enviado para que su Reino nazca entre nosotros como bendición y fuente de alegría. Qué el Señor nos conceda un corazón muy misionero.


¡De la compasión a la misión!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después del camino cuaresmal y pascual y de la celebración de las grandes solemnidades, volvemos al Tiempo ordinario, durante el cual nos acompañará el Evangelio según san Mateo. Se nos invita a retomar la “ordinariedad” de nuestra vida cristiana, vivida en el seguimiento de Jesús.

El pasaje evangélico de hoy nos introduce en el segundo de los cinco grandes discursos de Jesús presentados por el evangelista Mateo: el llamado “discurso de la misión”, que ocupa el capítulo 10. El primero había sido el discurso programático pronunciado en el monte de las Bienaventuranzas, en los capítulos 5-7. Después de haber “hablado”, Jesús había “actuado”, curando “toda enfermedad y toda dolencia” en los capítulos 8-9.

“Jesús, al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban cansadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor”.

Este segundo discurso, como el primero, nace de una mirada de Jesús que le toca profundamente el corazón: una mirada de compasión. ¡Cuánto quisiéramos sentir también nosotros esta mirada posarse sobre nosotros cuando nos sentimos cansados, desanimados y extraviados!

Y, sin embargo, esa misma mirada continúa posándose sobre las multitudes sufrientes de hoy, sobre cada hombre y cada mujer, sobre cada uno de nosotros. ¿Por qué lo dudamos? ¿Acaso se ha vuelto miope la mirada de Jesús? ¿Acaso se ha endurecido su corazón?

¿No corremos el riesgo de razonar como sucede en algunas tradiciones religiosas de África occidental, donde viví la misión? Se cree en un dios supremo, Mawu, pero se lo imagina lejano, retirado en el cielo para no ser molestado por los hombres, después de haber confiado la tierra a los vodús, que la gobernarían a su antojo. Solo que nuestros vodús tienen nombres distintos: riqueza, poder, fortuna, destino, mala suerte…

También algunas corrientes del pensamiento contemporáneo pueden conducir, en la práctica, a una mentalidad semejante. Pensemos, por ejemplo, en una visión filosófica que concibe al Creador como aislado y ajeno a su creación. También algunas formas extremas de la teología post-teísta corren el riesgo de poner en cuestión la encarnación y los principios fundamentales del mensaje cristiano.

– Oh Jesús, te rogamos: cruza hoy tu mirada con la nuestra y cura nuestra manera de mirar.

“Entonces dijo a sus discípulos: La mies es abundante, pero los obreros son pocos”.

¿La mies es abundante? ¿Acaso Jesús se refiere al vasto campo que aún hay que sembrar? No, habla precisamente de una mies lista para ser recogida, pero que corre el riesgo de perderse por falta de obreros.

¿Y dónde se encontraría esa mies? “¡Ciertamente no aquí, donde solo crece la cizaña!”, diría alguien. A veces incluso nos preguntamos si todavía vale la pena predicar el Evangelio en una sociedad que parece no preocuparse en absoluto por él. Jesús, en cambio, con su mirada de compasión, descubre precisamente aquí una mies abundante que recoger en su granero.

– Oh Jesús, danos tu mirada limpia, libre de prejuicios, profunda y solidaria, capaz de reconocer el bien “abundante” todavía presente hoy en nuestra sociedad.

“Rogad, pues, al señor de la mies que envíe obreros a su mies”.

¿Rezar por las vocaciones? ¡Eso sí! Pero ¿por qué el dueño de la mies se deja rogar tanto? ¿No ve él mismo que faltan agentes pastorales, apóstoles y misioneros?

El Señor, en cambio, nos invita a rezar para que nuestra mirada cambie y nuestro corazón se vuelva semejante al suyo. Y luego… ¡nos envía a nosotros! Sí: no piensa solo en los sacerdotes y las religiosas; piensa en cada uno de nosotros. ¡Y aquí la cosa se pone seria!

– Señor, haz que nuestro oído sea sensible a tu llamada a trabajar en tu viña.

“Llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus impuros para expulsarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia”.

He aquí que Jesús nos llama y nos prepara. No nos envía a la aventura ante una tarea tan inmensa. Se trata, en efecto, de combatir los “espíritus impuros” que atenazan a nuestra sociedad. Son muchos: la guerra, el hambre, la injusticia, la explotación, el consumismo… ¡Hay que expulsarlos y devolverlos al infierno!

Pero ¿creemos realmente en el poder que el Señor nos ha confiado, en la fuerza del mismo Espíritu que actuaba en él?

Se trata, además, de curar “toda enfermedad y toda dolencia”, física y espiritual, porque el Señor quiere promover la plenitud de la vida y nuestra auténtica libertad. Pero atención: nosotros mismos somos sanadores heridos, no inmunes a estas dolencias. También nosotros estamos marcados por el egoísmo, la envidia, el amor propio, la indiferencia, el miedo, la duda y la violencia.

– Señor, haznos más audaces ante los desafíos del mundo de hoy. Haznos conscientes de que también nosotros estamos heridos por la vida, pero, como decía el papa Francisco: “Pecadores sí, corruptos nunca”.

“Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que luego lo traicionó”.

Son doce. Representan a las doce tribus de Israel y, por tanto, a la totalidad del pueblo de Dios. ¿Solo hombres? No se trata de una intención exclusivista por parte de Jesús: hoy somos muy conscientes de ello. Lo que cuenta, en el relato evangélico, es la totalidad simbolizada por el número doce.

Notemos, ante todo, que son personas muy distintas entre sí, cada una con sus cualidades y defectos. Ciertamente no eran ya todos “santos y capaces”, como Comboni deseaba que fueran sus misioneros. ¡No sé cuántos de ellos, hoy, serían considerados aptos para entrar en el seminario! Esto nos recuerda que Jesús no busca personas perfectas: ¡te busca a ti y me busca a mí!

Notemos, además, que los apóstoles son nombrados por parejas. No se trata solo de un recurso mnemotécnico: significa que no somos francotiradores. Somos testigos sostenidos por una comunidad y enviados junto con otros.

Notemos, por último, que en la “foto de familia” aparece una figura incómoda: Judas. ¿Por qué? Es una advertencia: Judas puede representar a cada uno de nosotros.

“Estos son los Doce que Jesús envió, dándoles esta orden: No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de los samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.

Ay, Jesús nos envía precisamente entre los nuestros, entre los cercanos, entre los de casa. “¿No fuiste tú mismo, Jesús, quien dijo que ningún profeta es bien recibido en su tierra?”. ¡Yo preferiría ir a África!

“Por el camino, proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis”.

Somos enviados a testimoniar, con la sonrisa y la alegría, con la bondad y el perdón, que el Reino de los Cielos está cerca.

Somos enviados a realizar prodigios: no necesariamente los clamorosos, sino los pequeños milagros cotidianos, gratuitos y a menudo inadvertidos. Son gestos de amor capaces de curar heridas, de resucitar la esperanza en alguien, de purificar las lepras del alma y de expulsar los demonios de los corazones.

¡Buena misión!


Se compadecía
José Antonio Pagola

Jesús le daba una importancia grande a la manera de mirar a las personas. De ello depende, en buena parte nuestra manera de actuar. Una de las fuentes más antiguas recoge esta observación de Jesús: «La lámpara de tu cuerpo son tus ojos. Si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tus ojos están enfermos, tu cuerpo entero estará a oscuras». Una mirada clara permite que la luz entre dentro de nosotros y podamos actuar con lucidez.

¿Cómo era la mirada de Jesús?, ¿cómo veía a la gente? Los evangelistas repiten una y otra vez que su mirada era diferente. No era como la de los fariseos radicales que sólo veían impiedad, ignorancia de la ley e indiferencia religiosa. Tampoco miraba como el Bautista que veía en el pueblo pecado, corrupción e inconsciencia ante la llegada inminente de Dios.

La mirada de Jesús estaba llena de cariño, respeto y amor. «Al ver a las gentes, se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor». Sufría al ver tanta gente perdida y sin orientación. Le dolía el abandono en que se encontraban tantas personas solas, cansadas y maltratadas por la vida.

Aquellas gentes eran víctimas más que culpables. No necesitaban oír más condenas sino conocer una vida más sana. Por eso, inició un movimiento nuevo e inconfundible. Llamó a sus discípulos y les dio «autoridad», no para condenar sino para «curar toda enfermedad y dolencia».

En la Iglesia cambiaremos cuando empecemos a mirar a la gente de otra manera: como la miraba Jesús. Cuando veamos a las personas más como víctimas que como culpables, cuando nos fijemos más en sus sufrimientos que en su pecado, cuando miremos a todos con menos miedo y más piedad.

Nadie hemos recibido de Jesús «autoridad» para condenar sino para curar. No nos llama Jesús a juzgar el mundo sino a sanar la vida. Nunca quiso poner en marcha un movimiento para combatir, condenar y derrotar a sus adversarios. Pensaba en discípulos que miraran el mundo con ternura. Los quería ver dedicados a aliviar el sufrimiento e infundir esperanza. Ésa es su herencia, no otra.

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Una mirada a la muchedumbre
Quique Martínez de la Lama-Noriega

Los comienzos de la Escritura nos cuentan que Dios puso su mirada en un grupo muy heterogéneo de esclavos en Egipto. Y se «fijó» en su sufrimiento y «escuchó» sus lamentos y gritos. Y decidió «bajar» para liberarlos, buscando como «instrumento» suyo Moisés. Más adelante, a los pies del Sinaí, aquella «muchedumbre» de fugitivos a los que había ido guiando y purificando, recibió una promesa:“Vosotros seréis mi pueblo”. Dejarán de ser «muchedumbre» para convertirse en pueblo de la nueva alianza, propiedad de Dios. Y es que las muchedumbres suelen ser fácilmente manipulables, funcionan más a golpe de afectividad y contagio, que de lógica o razonamientos; están formadas por personas anónimas e indiferentes entre sí, aunque estén juntas, pero que tienen algún problema o necesidad común… No es «eso» con lo que quiere tratar Dios. Él quiere construir un pueblo donde unos a otros se miren, se respeten, se cuiden, se apoyen y se acompañen (por eso llegarán los Diez Mandamientos).

También Jesús anda mirando a las gentes. Se deja impresionar, afectar, cuestionar por lo que vive la muchedumbre. No es una mirada para acusar, reprochar o escandalizarse. Es una mirada para comprender: Quiere captar su mundo interior, lo que sienten, lo que sufren, lo que necesitan, lo que esperan. Una mirada «compasiva», que le toca en lo más hondo de su corazón…

Andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor. Pero pastores tenían, y en abundancia. Todo el gremio de sacerdotes, con su milimétrico cuidado del culto del templo, los letrados y fariseos, bien formados, con la doctrina clara, precisa y minuciosa, como para resolver todas las situaciones que pudieran plantearse y marcar lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral. Expertos en casuística (aunque no en personas), se consideraban portavoces cualificados de la voluntad de Dios… Aquellos pastores andaban escasos de misericordia y desentendidos de los sufrimientos del pueblo, sin presentarles alternativas ni ayudarles a salir de su penosa situación…

Por eso, llama a «otros». A los que han escuchado el mensaje de las bienaventuranzas y están dispuestos a vivir de un modo diferente, y que convierten su relación con Dios en un camino de felicidad, donde el que está mal es el centro principal del Reino, de la relación con Dios, donde nadie que excluido.

Son un grupo de Apóstoles/pastores que reciben un bello y difícil encargo: «proclamad, curad, resucitad, limpiad echad demonios». Como se ve por todos estos imperativos, se trata en primer lugar de anunciar con gozo (sin riñas, ni amenazas, ni obligaciones) la cercanía, presencia y compromiso de Dios (eso es el Reino). Y esa presencia, para que no se quede en palabras vacías (de las que ya están muy hartas las ovejas) se comprobará en que éstas irán siendo reintegradas en la comunidad, se harán conscientes de su dignidad y su preferencia por parte de Dios, se les aliviará su sufrimiento, se luchará contra las causas de sus heridas, de su suciedad, de su falta de vida, de sus sufrimientos. En definitiva: se trata de que pasen de ser «muchedumbre» a ser «comunidades» donde se aman, lo tienen todo en común y se atiende a cada cual según sus necesidades. Yo entiendo que esta sería la misión principal de cualquier Obispo, párroco o agente de pastoral (con la implicación de todos los demás, claro)…

Eduquemos, pues, nuestra «mirada» para ser capaces de compadecer, convocar, proclamar, sanar, limpiar, resucitar, curar y desterrar demonios de modo que seamos una Iglesia misionera, una Iglesia compasiva y misericordiosa, una Iglesia humanizadora, una Iglesia acogedora e integradora, una Iglesia sinodal, una Iglesia de personas felices, portadoras de una misericordia y una fidelidad que ha de llegar a todas las generaciones.

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De la compasión a la Misión
Romeo Ballan, mccj

La docena de versículos del Evangelio de hoy ofrece un cuadro global de la misión de Jesús y de los discípulos: están presentes todos los elementos de la misión de la Iglesia, según los contenidos y el estilo de Jesús. El cuadro resulta más completo si se incluye el versículo anterior (Mt 9,35), que presenta a Jesús misionero itinerante: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia”. Jesús es el ideal, el proyecto primigenio de todo misionero: cercano a la gente, itinerante, maestro, predicador, sanador, compasivo, totalmente volcado hacia Dios, del cual anuncia el Reino, y apasionado por el bien de la gente, sobre todo de los que sufren.

Nunca Jesús pasa al lado del dolor humano sin experimentar un íntimo sufrimiento por ello y sin aportar un remedio, una solución. Las gentes “estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor” y Él “se compadecía de ellas” (v. 36). Su compasión es mucho más que un sentimiento. La traducción exacta sería: ‘sintió una total conmoción visceral. En efecto, el verbo griego subyacente (splanknízomai-esplanknisthe), que se emplea doce veces en los Evangelios, expresa la profunda conmoción de Dios y de Cristo por el hombre. La conmoción de las vísceras (splankna) hace referencia a la conmoción de la madre en el momento del parto. Por tanto, esta palabra del Evangelio (v. 36) nos permite vislumbrar el rostro materno de Dios. La misión de Jesús -y, por ende, la misión de la Iglesia- ahonda sus raíces en la ternura y compasión de Dios por la humanidad: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios…” (Lc 1,78). De este amor misericordioso y misionero, el Corazón de Cristo es un signo patente y un instrumento eficaz, como lo enseña el Papa Benedicto XVI.

El cristiano que mira al mundo como lo hacía Jesús, con los ojos y el corazón llenos de misericordia, descubre que hay inmensas realidades humanas que necesitan la misión, es decir, necesitan ser iluminadas y sanadas por el Evangelio. ¡Para que todos tengan vida en abundancia! (Jn 10,10). Darse cuenta que también hoy, aquí y en el mundo entero, “la mies es mucha y los obreros pocos” (v. 37), es ya un buen comienzo de misión. Jesús nos indica dos respuestas básicas ante las urgencias de la misión: rogar e ir. Ante todo, rogar al Dueño de la mies, por la buena calidad y el número de los obreros en la mies (v. 38): rogarle, porque es Él el Señor del Reino. Orar está bien, pero, a la vez, es preciso ir: Jesús llama al primer grupo, a los Doce; los llama a cada uno por su nombre (v. 10,2-4), les da el poder de predicar, curar las enfermedades, expulsar a los demonios y realizar otros signos. Los envía (v. 5) de dos en dos (en pequeños núcleos comunitarios), para realizar una primera misión de ensayo y adiestramiento, limitada en el tiempo y en el espacio (v. 5): de momento, los destinatarios son “las ovejas descarriadas de Israel” (v. 6). Después de su resurrección y con la fuerza del Espíritu, Jesús los enviará definitivamente al mundo entero: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19). A partir de ese momento. la misión será ir siempre más allá, superar metas, en busca de otras mieses y de otras ovejas sin pastor. ¡Dondequiera que estén! ¡Será una misión sin fronteras! ¡Con un amor inmenso!

El mensaje de la misión hace referencia al Reino de los cielos, que ya está cerca (v. 7); por tanto, es necesario convertirse y creer en el Evangelio (Mc 1,15: cf Canto al Evangelio). El Evangelio, sin embargo, no es un documento o un código: es, ante todo, una Persona, Jesucristo, que nos ha dado gratuitamente su amor, la salvación y la reconciliación (II lectura), hasta morir “por nosotros, siendo nosotros todavía pecadores” (v. 8). De esta manera, descubrimos la grandeza del amor de Dios por su pueblo, como Él ya lo había manifestado en el Antiguo Testamento (I lectura), liberando a los israelitas de la esclavitud de Egipto, llevándolos “sobre alas de águila” (v. 4), haciendo de ellos una “propiedad personal entre todos los pueblos… y una nación santa” (v. 5-6).

El misionero que ha hecho la experiencia personal de la grandeza y de la gratuidad del amor de Cristo se siente interiormente llamado a compartirla con gratuidad con aquellos que aún no le conocen o no le aman. El mandato de Jesús de servir al Evangelio con gratuidad, sin servirse de ello, se convierte así en una invitación gozosa a dar con gratuidad (v. 8). Lo había entendido muy bien el apóstol Pablo, el cual, en el momento de hacer un balance de su vida misionera, recordaba justamente esta palabra de Jesús: “¡Hay más alegría en dar que en recibir!” (Hch 20,35). Siempre, la misión nace y se realiza en el amor.