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Santísima Trinidad. Año A

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”.

(San Juan 3, 16-18)


Santísima Trinidad
P. Enrique Sánchez, mccj

En la primera lectura de este domingo, el libro del Éxodo conserva unas palabras que nos pueden ayudar a la reflexión sobre la manifestación de Dios como Trinidad. Moisés pide a Dios que se digne venir en medio de su pueblo, aunque sea un pueblo de cabeza dura, indigno y cargado de pecados.

Hace esa petición porque Dios mismo se ha manifestado como el Señor compasivo, clemente, paciente, misericordioso y fiel.

En la segunda lectura, Pablo invita a estar alegres, a trabajar en aquello que nos acerque a la perfección, a vivir en paz y en armonía. Para que el Dios del amor y de la paz esté con nosotros.

Hablar de la Trinidad es acercarnos a uno de los grandes misterios de nuestra fe, que resulta difícil comprender con nuestras formas de pensar y con los criterios que habitualmente usamos para entender lo que está más allá de nosotros.

Decir que en la Trinidad existen tres personas distintas, pero que son un único Dios, simplemente la cabeza no nos da para entenderlo y eso no es algo que tendría que desanimarnos, pues para entender las cosas de Dios hay otros caminos que no son necesariamente los que corresponden a la claridad de nuestras ideas.

Para entender a Dios Trinidad lo que se necesita es entrar en el misterio de su amor, es decir, a Dios se le conoce amándolo. Y si es así, el evangelio nos da la llave de entrada para responder a ese interrogante que nos acompaña desde que tenemos uso de razón.

¿Quién es Dios? Esa es la pregunta que aparece en nosotros cuando empezamos a tomar la responsabilidad de nuestra vida, cuando empezamos a tomar la iniciativa para darle un sentido y un rumbo a nuestra existencia.

Muchos de nuestros contemporáneos cuando llegan a este interrogante no saben qué decir y prefieren ignorar la pregunta, sin darse cuenta de que de ella depende el futuro de lo que seremos en nuestro paso por este mundo.

Es el momento en que se empieza a ser indiferentes a las cosas de Dios y se termina por sacarlo de la vida, como a alguien que no tiene importancia y que no vale la pena considerarlo en lo inmediato de la existencia.

Para muchas personas es el momento en el cual se pretende dar razón de todo considerando que el ser humano puede estar en el centro de la vida.

Ahí es importante lo que se tiene, el dinero del que se dispone, el tiempo que se puede disfrutar al propio antojo; es la hora en la que consideramos que basta ir viviendo y disfrutando el momento presente y ahí, Dios no hace falta, pues tratamos de llenar el vacío de su ausencia con las mil cosas que podemos adquirir.

Pero, si somos honestos con nosotros mismos, nos damos cuenta de que hemos sido creados para ser habitados por la presencia de Dios y nada podrá satisfacer nuestros anhelos y necesidades, sólo Dios podrá colmarlas, porque hemos sido creados para amar y Dios Trinidad es la expresión más perfecta de lo que significa amar.

El Dios de Moisés, cuyo rostro no se atreve a ver cara a cara, es el Señor que se manifiesta, dice el texto del éxodo, compasivo, clemente, paciente, misericordioso y fiel y esto se puede decir con una sola palabra, eso es amor.

Al celebrar hoy a la Santísima Trinidad estamos celebrando y reconociendo a Dios como el amor que nos ha amado y que nos sigue amando, porque sabe que de eso depende nuestra vida y nuestra felicidad en este mundo.

Y el amor de la Trinidad no es una idea o una imagen que reproducimos para poder entenderlo. Es la experiencia de una relación única y profunda que se vive al interior mismo de lo que es Dios.

La  Trinidad  es  el  amor  del  Padre  por  Jesús  y  es  el  amor  que  se  manifiesta  en  la persona del Espíritu Santo, quien podemos decir que es la personificación de ese amor perfecto que es Dios.

Celebrando este misterio nos damos cuenta de que Dios es amor y que hemos nacido de ese amor y para ese amor.

Dios es ese Padre bueno que, como dice el evangelio: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.

Dios, a través del misterio de la Santísima Trinidad, nos ayuda a entender que para saber  quién  es  no  hacen  falta  nuestras  grandes  ideas,  es  suficiente  con  que  nos dispongamos a amar. A Dios, por tanto se le conoce y se le descubre, sólo amándolo y dejándose amar por él.

Y, ¿cómo podemos reconocer ese amor en nosotros? San Pablo nos dice en la segunda lectura que vivamos en la alegría, que trabajemos en aquello que nos acerque a la perfección, a vivir en paz y en armonía. Eso es lo que nosotros, con nuestras palabras, muchas pobres y limitadas usamos para definir lo que es el amor. El amor es lo que nos hace vivir, pues es el don que Dios nos ha hecho al entregarse a nosotros en su Hijo.

Tanto nos amó Dios que entregó a su Hijo, a quien más amaba. ¿Para qué? Para que tengamos en él vida eterna, es decir plena, para que seamos felices.

Seguramente, escuchando estas lecturas de la Palabra de Dios hemos sentido que dentro de nosotros se mueve ese gran deseo de vivir para amar y nos damos cuentas de que eso es lo único que puede llenar nuestra existencia.

Podemos alcanzar grandes niveles de seguridad económica, de confort y de comodidad en la vida; podemos vivir obedeciendo a estándares de vida que nos impiden sufrir lo que muchos de nuestros contemporáneos padecen, porque la vida no les ha permitido gozar de las mismas posibilidades… Pero el corazón nos dice que si el amor de Dios no es lo que dirige nuestros pasos, todo resulta inútil y efímero. Son alegrías que duran un momento, pero que se esfuman sin que las podamos retener como quisiéramos.

Amar al estilo de Dios implica desprendimiento de todo, especialmente de lo que trata de apoderarse de nuestro corazón. Tal vez por eso nos damos cuenta de que la verdadera felicidad en nuestra vida no esta en aquello que nos da satisfacciones, sino en la capacidad que tengamos de hacer felices a los demás.

Es por eso que, el Evangelio lo dice claro, Dios no ha querido enviar a su Hijo para condenar  al  mundo,  sino  que  lo  ha  enviado  para  salvarlo  y  esto  significa  darle  la posibilidad de descubriese amado.

Y amamos de verdad sólo cuando asumimos la misma actitud de nuestro Padre Dios, quien incluso dentro de la Trinidad nos enseña que es verdaderamente Padre

cuando desborda su amor hacia el Hijo. El amor se vive sólo cuando nos ponemos en camino y nos dirigimos a los demás, no para satisfacer nuestras necesidades, sino para vivir la alegría que produce el amar.

Pidamos la gracia de saber amar y que se nos conceda abrir el corazón para que el amor de Dios sea lo que nos mueva en lo cotidiano de nuestras vidas y para que sepamos crear relaciones entre nosotros que sean exigencias de amar y de dejarnos amar por los demás.


La intimidad de Dios
José Antonio Pagola

Si por un imposible la Iglesia dijera un día que Dios no es Trinidad, ¿cambiaría en algo la existencia de muchos creyentes? Probablemente no. Por eso queda uno sorprendido ante esta confesión del P. Varillon: «Pienso que, si Dios no fuera Trinidad, yo sería probablemente ateo […] En cualquier caso, si Dios no es Trinidad, yo no comprendo ya absolutamente nada».

La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios como Trinidad estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es solo amor, acogida, ternura. Esta es quizá la conversión que más necesitan no pocos cristianos: el paso progresivo de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.

Dios no es un ser «omnipotente y sempiterno» cualquiera. Un ser poderoso puede ser un déspota, un tirano destructor, un dictador arbitrario: una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad. ¿Podríamos confiar en un Dios del que solo supiéramos que es omnipotente? Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente poderoso. Parece más fácil desconfiar, ser cautos y salvaguardar nuestra independencia.
Pero Dios es Trinidad, es un misterio de Amor. Y su omnipotencia es la omnipotencia de quien solo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente. Dios no lo puede todo. Dios no puede sino lo que puede el amor infinito. Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor nos fabricamos un Dios falso, una especie de ídolo extraño que no existe.

Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es solo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho. O un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador. Pero esta religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.
Solo cuando uno intuye desde la fe que Dios es solo Amor y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino Amor presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad del que lo único que sabemos por Jesús es que no puede sino amarnos.

José Antonio Pagola
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La Santa Trinidad:
manantial de misericordia y de misión
Romeo Ballan, mccj

¿Cómo es Dios por dentro? ¿Cómo vive? ¿Qué hace? ¿Dónde habita?… Son preguntas que todo ser humano se hace, por lo menos en algunas etapas de la vida. A estas y a otras preguntas responde, sobre todo para los cristianos, la fiesta de la Santísima Trinidad. Es la fiesta del “Dios uno en Tres Personas”, como enseña el catecismo. Con eso está dicho todo, pero, a la vez, todo queda por ser explicado y ser entendido, acogido con amor y adorado en la contemplación. Este tema tiene una importancia central para la misión. En efecto, se afirma con facilidad que todos los pueblos –incluidos los no cristianos– saben que Dios existe, lo mencionan y lo invocan de diferentes maneras; se afirma igualmente que también los ‘paganos’ creen en Dios. Esta verdad compartida – aunque con diferencias y reservas – hace posible el diálogo entre cristianos y seguidores de otras religiones. Sobre la base de un Dios único común a todos, es posible tejer un entendimiento entre los pueblosincluso no cristianos, con vistas a acciones concertadas: favorecer la paz, defender los derechos humanos, realizar proyectos de desarrollo humano y social, como ya se viene haciendo en muchos lugares.

Sin embargo, para la actividad evangelizadora de la Iglesia, estas iniciativas no son sino una parte del mensaje cristiano. Además, en el Evangelio la familia humana encuentra recursos nuevos e inagotables para su propio subsistir y progreso humano y espiritual: ¡acogiendo la novedad de Cristo! El cristiano no se limita a fundar su vida espiritual solo sobre la existencia de un Dios único, y mucho menos lo puede hacer un misionero consciente de la extraordinaria riqueza del don de Jesucristo, que nos introduce de lleno en el misterio de Dios-Amor. El Evangelio que el misionero lleva al mundo, además de enriquecer la comprensión del monoteísmo, abre al inmenso y siempre sorprendente misterio de Dios, que es comunión de Personas. Aquí la palabra misterio no alude a verdades escondidas, difíciles de entender, sino más bien a verdades siempre nuevas, por descubrir y sobre todo vivir. La fe no es un saber. La fe es experiencia de vida.

En esta materia es mejor dejar la palabra a los místicos. Para S. Juan de la Cruz Hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá”. Por su parte, hablándole a la Trinidad, S. Catalina de Sienaexclama: “Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más hallo, más crece la sed de buscarte. Tú eres insaciable; y el alma, saciándose en tu abismo, no se sacia, porque sigue con el hambre de ti, siempre más te desea, oh Trinidad eterna”.

La revelación de Dios uno y trino lleva a consecuencias inmediatas y renovadoras para la vida del creyente: ofrece parámetros nuevos sobre el misterio de Dios, sobre la manera de tejer las relaciones entre las personas humanas, sobre la relación del hombre con la creación… También el diálogo entre las religiones se enriquece con perspectivas nuevas, aunque difíciles, como lo indican, por ejemplo, las primeras afirmaciones de un diálogo escueto entre un musulmán y un cristiano:

– El musulmán dice: “Dios, para nosotros, es uno; ¿cómo podría tener un hijo?”

– El cristiano responde: “Dios, para nosotros, es amor; ¿cómo podría estar solo?”

Este es tan solo el comienzo de un largo camino para el encuentro; queda el desafío: cómo continuar el diálogo, ante todo en las relaciones interpersonales y sociales, y luego en el nivel doctrinal.

El Dios cristiano es trinitario: es uno pero no solitario; es comunitario. Esta revelación enriquece también al monoteísmo hebraico, islámico y de las otras religiones. En efecto, el Dios revelado por Jesús (Evangelio) es Dios-amor, Dios que quiere la vida del mundo, Dios que ofrece salvación a todos los pueblos (v. 16-17; cfr. 1Jn 4,8). Él se revela siempre como “Dios compasivo y misericordioso… rico en clemencia y lealtad” (I lectura, v. 6); “el Dios del amor y de la paz” (II lectura, v. 11); “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4).

Es vana la pretensión humana de explicar a Dios; se le puede seguir, sentir, entrever. La Biblia no nos habla de Dios en lenguaje teórico, sino dinámico; nos presenta la historia, los hechos en los cuales Dios se comunica, se manifiesta. La narración bíblica nos muestra lo que Dios-Trinidad ha hecho por nosotros; y desde sus obras podemos entrever algo de cómo es la Trinidad por dentro. Estamos ante un ‘monoteísmo convivial’: hay un Dios uno en la divinidad, pero diferente en las Tres Personas. Dios es comunión de personas y, al mismo tiempo, custodio de las diferencias. La Biblia nos revela que nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de la Trinidad (cfr. Gén 1,26-27): estamos creados, pues, para la vida, la relación, la convivialidad. El desafío para todos nosotros, hombres y mujeres, hechos a imagen de Dios, consiste ahora en declinar entre nosotros, de manera armoniosa, la comunión y las diferencias.

Todos los pueblos tienen el derecho y la necesidad de conocer el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha revelado.Y los misioneros tienen el encargo de anunciarlo. Como afirma el Concilio, “la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Ad Gentes 2). Palabras claras del Concilio sobre el origen y el fundamento trinitario de la misión universalde la Iglesia.

“¿Dónde habita Dios?” Es otra de las preguntas iniciales. El catecismo responde: “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. Es verdad, pero hay una respuesta aún más vital y personal. Un día el rabí Mendel de Kotzk preguntó a unos huéspedes cultos: “¿Dónde habita Dios?” Ellos reaccionaron diciendo: “¿Cómo? ¿No lo sabes? ¿Acaso el mundo no está lleno de su gloria?” El rabí, en cambio, replicó: “Dios habita allí donde se le deja entrar”. Dios está allí donde hay personas que se aman. Dios busca el encuentro personal, llama a la puerta de cada corazón, ofrece su amistad. Con una intimidad que calienta el corazón, regala vida y gozo y desemboca en la misión.


Fiesta de la Santísima Trinidad
José Luis Sicre

El año litúrgico comienza celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, tema del domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.

Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.

La única definición bíblica de Dios (Éxodo 34,4b-6.8-9)

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia ha mutilado el texto, pero conviene conocerlo entero.

Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando: 

«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Ex 34,6-7).

Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados. Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT: 

«Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,
paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15). 

«El Señor es compasivo y clemente,
paciente y misericordioso; 
no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo. 
No nos trata como merecen nuestros pecados 
ni nos paga según nuestras culpas; 
como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles; 
como dista el oriente del ocaso, 
así aleja de nosotros nuestros delitos; 
como un padres siente cariño por sus hijos, 
siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).

«El Señor es clemente y compasivo,
paciente y misericordioso; 
El Señor es bueno con todos, 
es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).

«Sé que eres un dios compasivo y clemente,
paciente y misericordioso,
que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).

Como consecuencia de lo anterior, Dios se convierte para Moisés en modelo de amor al pueblo: las etapas del desierto han sido momentos de incomprensión mutua, de críticas acervas, de relación a punto de romperse. Ahora, las palabras de Dios mueven a Moisés a interesarse por el pueblo y a demostrarle el mismo amor que Dios le tiene.

El amor de Dios al mundo (Juan 3,16-18)

Este breve fragmento, tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata solo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna. «De tal manera amó Dios al mundo…». La palabra «mundo» puede significar en Juan el conjunto de todo lo malo que se opone a Dios. Pero en este caso se refiere a las personas que lo habitan, a las que Dios ama de una forma casi imposible de imaginar. Dios no pretende condenar, como muchas veces se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida. Una vida que consiste, desde ahora, en conocer a Dios como Padre y a su enviado, Jesucristo, y que se prolongará, después de la muerte, en una vida eterna. En estos meses de pandemia, que nos han puesto en contacto frecuente con la muerte, las palabras de Jesús nos sirven de ánimo y consuelo.

Nuestra respuesta: amor con amor se paga (2 Corintios 13,11-13)

En la primera lectura, Dios se convertía en modelo para Moisés, animándolo al amor y al perdón. En la carta de Pablo a los corintios, Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.

Esta lectura ha sido elegida porque menciona juntos (cosa no demasiado frecuente) a Jesucristo, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En esas palabras se inspira uno de los posibles saludos iniciales de la misa.

Conclusión

«Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser».

http://www.feadulta.com

Pentecostés. Año A

“Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes.

Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

(Juan 20, 19-23)


Reciban el Espíritu Santo
P. Enrique Sánchez G. mccj

Luego de celebrar durante cincuenta días la alegría de la Pascua, que nos ha recordado muchas veces que el Señor está vivo entre nosotros, llegamos a la fiesta de Pentecostés con la cual tomamos conciencia de la promesa que el mismo Señor nos ha hecho desde que estaba entre nosotros: no les dejaré solos, les enviaré al Espíritu.

Vivimos en este momento, a través de la entrada del Espíritu en acción, el acontecimiento extraordinario por el cual el Señor nos manifiesta su voluntad de permanecer fiel al proyecto del Padre. Aquel proyecto que se puede sintetizar en las pocas palabras que el evangelio ha querido atesorar recordándonos que Dios nos ha amado tanto que ha querido hacerse uno de nosotros para siempre.

La presencia del Espíritu es la prueba de la seriedad con que Dios nos quiere tratar y nos manifiesta su amor paternal acompañando cada uno de nuestros pasos y cada instante de nuestra vida.

El Espíritu es el sí de Dios que se sostiene y se mantiene como palabra dada para que se cumpla en nosotros el sueño de Dios que es vernos unidos, en paz, alegres y responsables en la construcción de un mundo que sea verdadera continuación de lo iniciado por Él en el momento de la creación.

La manifestación del Espíritu en cada uno de nosotros como fuente de vida, como luz que nos permite caminar en medio de las tinieblas, como fuerza de Dios que nos da la fortaleza para proyectarnos hacia el futuro con confianza, no puede ser otra cosa que el don más extraordinario que podamos recibir para que nos convirtamos en signos de la presencia de Dios en nuestro mundo.

Pentecostés, en este sentido, no es solo otra cita importante en nuestro caminar cristiano que no podemos dejar pasar como un acontecimiento cualquiera. Es la fiesta que nos invita a tomar conciencia de la presencia del Espíritu de Dios en medio de nosotros; la presencia de Dios mismo que sigue paso a paso el caminar de la Iglesia.

La venida del Espíritu Santo al mundo es Dios mismo que se compromete de nuevo en el caminar de la humanidad, en el esfuerzo de cada uno de nosotros en la búsqueda de autenticidad, de felicidad y de vida plena.

Si nos detenemos un momento a reflexionar nos vamos a dar cuenta fácilmente de que Pentecostés es la fiesta del Espíritu que viene a enriquecer nuestras vidas con su dones y carismas y con ello nos ofrece la oportunidad de descubrirnos formando parte de una Iglesia, comunidad de discípulos del Señor, bendecida, fortalecida, guiada y acompañada por ese Espíritu que hace todas las cosas nuevas.

La celebración de Pentecostés es el momento en el cual nos descubrimos Iglesia habitada por la presencia del Espíritu que actúa en ella, haciéndola depositaria de todas las gracias que Dios.

Por eso, Pentecostés es fiesta de alegría, de libertad o de liberación de todos los miedos y ataduras que nos podían tener sujetos y paralizados en nuestras miserias y egoísmos.

Es la fiesta de la manifestación del poder de Dios que no tiene nada que ver con nuestras violencias y nuestras guerras. Es la fiesta de la confianza y del optimismo que nos permite esperar tiempos en los que el amor de Dios acabará por desenmascarar todas nuestras mentiras y las pretensiones de poder construir un mundo fincado solo sobre nuestras fuerzas y nuestro poder.

Pentecostés es la fiesta del Espíritu que nos obliga a salir de nuestros escondites, de los refugios en donde nos hemos atrincherado por miedo a ser testigos del Dios vivo que en Cristo Resucitado nos ha manifestado su poder.

Es fiesta del Espíritu que nos obliga a salir de nuestras seguridades para convertirnos en testigos valientes, en discípulos arriesgados, en cristianos felices de llevar este nombre.

Pentecostés es el tiempo en que el Espíritu nos atrapa en su torbellino de fuerza y nos lanza, parafraseando al filósofo Emmanuel Mounier, a los cuatro rincones del mundo, allá en donde un hermano nuestro se encuentra en situación de necesidad.

Pentecostés es fiesta misionera, como todos los momentos importantes en los que celebramos el misterio de la revelación de Dios, que nos envía para que no nos quedemos encerrados, complacidos o engolosinados con la experiencia que hemos hecho de encontrarnos con él.

Al Dios vivo, que se nos ha manifestado en Cristo Resucitado, ahora nos toca anunciarlo al mundo, llevarlo urgentemente a todos los que no se han encontrado con Él, para que todos los seres humanos tengan la oportunidad de conocerlo y conociéndolo puedan compartir y disfrutar de la vida plena que solo Dios nos puede dar.

El Espíritu que celebramos en esta fiesta de Pentecostés, ciertamente es el Espíritu consolador que nos permite ver el futuro con optimismo, pero no tiene nada que ver con el espíritu conformador que nos empuja a instalarnos en una vivencia cómoda de nuestra fe.

No tiene nada que ver con el espíritu mediocre que nos seduce invitándonos a quedarnos en una visión intimista de nuestra relación con Dios y con los demás.

No tiene nada de familiar con el espíritu paralizador que nos impide ir al encuentro de los demás para asumir compromisos de solidaridad y de responsabilidad ante los dramas que vive nuestra humanidad.

El Espíritu que celebramos en Pentecostés es el mismo que movió a María, la madre de Jesús, a dejarlo todo, para llevar la buena noticia a los más pobres.

Es la fuerza que la llenó de confianza en los planes de Dios para su vida, que la mantuvo siempre con el corazón lleno de esperanza, porque sabía que Dios hace todas las cosas bien. Era el Espíritu que la transformó en verdadera creyente que supo llegar hasta los pies de la cruz y después discretamente acompañó a la Iglesia. Ese mismo Espíritu es el que nos invade hoy y quiere penetrar en lo más profundo de nuestros corazones, para hacernos personas nuevas, para orientarnos hacia el bien, para que no tengamos miedo de alzar nuestras manos para alabar al Señor.

Es el Espíritu que nos anima a tender la mano al necesitado, a dirigir nuestros pasos hacia el abandonado, el que nos provoca para que nos convirtamos en artesanos de la paz.

Él nos anima en la construcción de una comunidad humana más fraterna. Él nos hace soñar en un mundo más globalizado también en los proyectos de bien, de justicia y de respeto a los más frágiles y desfavorecidos.

Pentecostés es la fiesta que nos invita a reconocer la acción del Espíritu en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades como fuerza y presencia amorosa de Dios que no se cansa de hacer todas las cosas nuevas y que nos invita a seguir poniendo nuestra confianza en él como el único de quien puede venir nuestra auténtica felicidad.

Que a todos se nos conceda vivir con gran disponibilidad a nueva Pentecostés que nos haga personas llenas de Dios, hombres y mujeres alegres.


Los cuatro Pentecostés
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy la Iglesia celebra la gran solemnidad de Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu Santo, cincuenta días después de la Pascua, según el relato de los Hechos de los Apóstoles (véase la primera lectura). Pentecostés, que significa “quincuagésimo (día)” en griego, era una fiesta judía, una de las tres grandes peregrinaciones al Templo de Jerusalén: la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de las Tiendas (la fiesta de la cosecha en otoño). Era una celebración agrícola de acción de gracias por los primeros frutos de la cosecha, celebrada el día 50 después de la Pascua. También se la llamaba “Fiesta de las Semanas”, ya que tenía lugar siete semanas después de la Pascua. Esta fiesta agrícola fue asociada más tarde al recuerdo de la entrega de la Ley o Torá por parte de Moisés en el monte Sinaí.

El Pentecostés cristiano es el cumplimiento y la conclusión del tiempo pascual. Es nuestra Pascua, el paso a una nueva condición, ya no bajo el dominio de la Ley, sino guiados por el Espíritu. Es la fiesta del nacimiento de la Iglesia y el comienzo de la Misión.

Las lecturas de la fiesta nos presentan, en realidad, cuatro venidas del Espíritu Santo, o cuatro modos distintos pero complementarios de su presencia. Podríamos decir que hay cuatro “Pentecostés”.

1. El Pentecostés de la Iglesia

La primera lectura (Hechos 2,1-11) nos muestra una venida del Espíritu sorprendente, impetuosa y luminosa:
“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.”
Es una venida que provoca asombro y admiración, entusiasmo y euforia, consuelo y valentía. Es totalmente gratuita, impredecible y nunca programable. Son casos excepcionales. Algunos están recogidos en el libro de los Hechos, y ha habido otros a lo largo de la historia de la Iglesia, quizá menos espectaculares, pero siempre profundamente fecundos. De hecho, Pentecostés siempre viene seguido de una primavera eclesial. ¡Y Dios sabe cuánto la necesitamos en este invierno eclesial que vivimos en Occidente! Solo la oración constante de la Iglesia, la humilde paciencia del sembrador y la docilidad al Espíritu pueden alcanzar tal gracia.

2. El Pentecostés del mundo

La efusión del Espíritu se extiende a toda la creación. Él es “el que da la vida y santifica el universo” (Plegaria Eucarística III). Es Él quien “lleva el polen de la primavera al corazón de la historia y de todas las cosas” (Ermes Ronchi). Por eso, con el salmista, invocamos el Pentecostés sobre toda la tierra: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.” (Salmo 103/104)
Esta debería ser una oración típica y habitual del cristiano: invocar el Pentecostés sobre el mundo, sobre las dinámicas que rigen nuestra vida social, sobre los acontecimientos de la historia. Todos se quejan de “cómo está el mundo”, del “mal espíritu” que lo mueve… pero ¿cuántos de nosotros invocamos realmente al Espíritu sobre las personas, las situaciones y los hechos de nuestra vida diaria?

3. El Pentecostés de los carismas o del servicio

El apóstol Pablo, en la segunda lectura (1 Corintios 12), nos llama la atención sobre otra manifestación del Espíritu: los carismas.
“Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu… A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para el bien común…”
Hoy se habla mucho de los carismas y del reparto de los servicios eclesiales, pero hay una creciente y preocupante desafección entre las generaciones más jóvenes. El sacramento de la confirmación —el “Pentecostés personal”, que debería ser el paso hacia una participación plena en la vida de la Iglesia— es, tristemente, a menudo el momento del abandono. Es un signo claro de que hemos fallado en el objetivo de la iniciación cristiana. ¿Qué hacer entonces? La Iglesia debe dotarse de un oído extremadamente fino y reforzar sus antenas para captar la Voz del Espíritu en este momento concreto de su historia. Me atrevo a decir que el problema más grave es la mediocridad espiritual de nuestras comunidades. Preocupadas por mantener la ortodoxia y el orden litúrgico, hemos perdido de vista lo esencial: la experiencia de la fe.

4. El Pentecostés del domingo

La liturgia nos vuelve a proponer el evangelio de la aparición de Jesús resucitado en la tarde del Domingo de Pascua (Juan 20,19-23), un evangelio cargado de resonancias pascuales:
“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: ‘La paz esté con vosotros.’ Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: ‘La paz esté con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.’ Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.’”
Este evangelio es conocido como el “pequeño Pentecostés” del evangelio de san Juan, porque aquí Pascua y Pentecostés coinciden. El Resucitado entrega el Espíritu la misma tarde de Pascua. Todo este contexto evoca la asamblea dominical y la Eucaristía. Es ahí donde el Espíritu “aleteaba sobre las aguas” (Génesis 1,2) del caos y del miedo a la muerte, y aporta paz, armonía y alegría de vivir. El papel central del Espíritu debe ser redescubierto. Este es su tiempo. Sin Él, no podemos proclamar que “Jesús es el Señor” (1 Corintios 12,3), ni clamar “¡Abbá, Padre!” (Gálatas 4,6). No hay Eucaristía sin la acción del Espíritu. Por eso, entremos en la Eucaristía suplicando desde el corazón:
¡Ven, ven, Espíritu Santo!

Para concluir: ¿cómo navegas tú en el mar de la vida, a remo o a vela?

Respiramos al Espíritu Santo. Él es el oxígeno del cristiano. Sin Él, la vida cristiana es ley y deber, es remar constantemente con esfuerzo y cansancio. Con Él, es la alegría de vivir y amar, es la ligereza de navegar con el viento en popa. Ahora que, tras el tiempo pascual, volvemos al tiempo ordinario y a la rutina de la vida, ¿cómo te preparas para navegar: con la fuerza de tus brazos o dejándote llevar por el Viento que sopla en la vela desplegada de tu corazón?

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Vivir a Dios desde dentro
José Antonio Pagola

Hace unos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestro tiempo es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir caminando con resignación y aburrimiento cada vez mayores caminos comunes de una mediocridad espiritual.”

El problema no ha hecho más que agravarse en estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.

La sociedad moderna ha apostado por “el exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, casi sin detenerse en nada ni en nadie. La paz no encuentra rendijas para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Por ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.

Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de la experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oidos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.

En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más profundo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos al Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?

Acoger el Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar sólo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios con la cabeza, y aprender a percibirlo en lo más íntimo de nuestro ser.

Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirlo antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil de mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y la frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.

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Dios es Espíritu
Fray Marcos

Hablar del Espíritu Santo es pretender recoger agua de lluvia en un cesto de mimbres. Espíritu es el concepto más escurridizo de la teología. Más de 500 veces encontramos la palabra en la Biblia y apenas podremos descubrir dos pasajes en los que tenga el mismo significado. En ningún caso podemos entenderlo como una entidad separada.

Los evangelios escenifican diversas venidas del Espíritu, aunque más sencillas que la de Lucas. Esas “venidas” indican claramente que Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte. No estamos recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos viviendo una realidad que está sucediendo en este instante como hace dos mil años.

La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra de Dios-Espíritu-Vida. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora, Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en ellos.

Pablo dijo que sin el Espíritu no podríamos decir: “Jesús es el Señor”, ni: “Abba”. Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos estamos fundamentados en Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello.

El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: Lo llama papá, hace su voluntad; le escucha siempre. El mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios. Su predicación estuvo encaminada a hacer ver a sus seguidores que tenían que vivir esa misma experiencia para alcanzar la plenitud que él alcanzó.

El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone no dejarnos atrapar por cualquier clase de sometimiento alienante. El Espíritu es la energía que lucha contra las fuerzas desintegradoras: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, intereses, miedos.

Si Dios está en todos, no puede haber privilegiados. Dios no se puede partir. Si todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios, ninguna estructura de poder o dominio se justifica apelando a Él. “El que quiera ser primero sea el servidor de todos.” “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro”.

El Espíritu es la fuerza que mantiene a cada uno integrado en la comunidad. En el relato de los Hechos, las personas de distinta lengua se entienden. La lengua del Espíritu es el amor, es el único lenguaje que todos entienden. Es lo contrario de lo que pasó en Babel. “Dios hace de todos los pueblos uno, destruyendo el muro que los separaba, el odio”.

Para las primeras comunidades, Pentecostés fue el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en una institución jurídica.

“Obediencia” fue la palabra que caracterizó la vida de Jesús. Pero si nos acercamos a Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados. No fue obediente en absoluto, ni a su familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.

Para salir de una falsa obediencia debemos entrar en la dinámica de la escucha del Espíritu. Tanto el superior como el inferior, tienen que abrirse al Espíritu y dejarse guiar por él. Pero debemos estar también atentos a las experiencias de los demás. Creernos privilegiados con relación a los demás anulará una verdadera escucha del Espíritu.

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Espíritu de misericordia, paz, unidad, sanación y misión
Romeo Ballan, mccj

¡Pentecostés es una fiesta de maravillas! “Los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (I lectura, v. 11). La sorpresa sacude a la gente de Jerusalén y a los mismos Apóstoles, en esa mañana de Pentecostés (I lectura). Muchos pueblos distintos (se nombran hasta 17 pueblos), con idiomas diferentes, hablan una lengua común: todos comentan al unísono las maravillas de Dios (v. 8-11). El Espíritu Santo, que acaba de descender sobre la comunidad reunida en el Cenáculo, es el autor de esta maravilla: es decir, la superación de Babel y el paso a una vida de comunión fraterna y de impulso misionero. En efecto, en Babel la confusión de las lenguas había provocado la dispersión de los pueblos que, en actitud orgullosa y egoísta, querían edificarse una ciudad y hacerse famosos (Gen 11,1-9); por el contrario, en Jerusalén, cuando el Espíritu desciende, pueblos diferentes logran entenderse y comunicar las maravillas de Dios. En Babel todos hablaban el mismo idioma, pero nadie lograba entender al otro. En Pentecostés hablan lenguas diferentes y, sin embargo, todos se entienden como si hablaran un único idioma. En el corazón de las personas, el Espíritu desplaza el centro de interés: ya no es la búsqueda egoísta de sí mismos o de hacerse famosos, sino vivir en Dios y narrar sus obras, en beneficio de toda la familia humana.

La fiesta hebraica de Pentecostés se había convertido progresivamente en un memorial de las grandes alianzas de Dios con su pueblo (con Noé, Abrahán, Moisés, Jeremías, Ezequiel…). Ahora en la culminación de Pentecostés (v. 1) es el don del Espíritu, que se nos da como definitivo principio de vida nueva: es Espíritu de unidad, de fe y de amor, en la pluralidad de carismas y de culturas. San Pablo atribuye claramente al Espíritu la capacidad de hacer a la Iglesia unida y múltiple en la pluralidad de dones, ministerios, funciones (v. 4-6). El Espíritu quiere una Iglesia rica en dones diversos, pero unida; una Iglesia que no anula, sino que valora las diferencias. ¡Porque constituyen una riqueza! El Espíritu realiza la convivialidad de las diferencias: no las anula, ni las homologa, más bien las salva, las purifica, las custodia, las enriquece, las armoniza. El Papa Francisco nos recuerda que Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia; es el “cumpleaños de la Iglesia”.

El Espíritu Santo es el fruto más grande y más hermoso de la Pascua, ya desde el último respiro de Jesús en la cruz, que marcó el comienzo de la vida nueva en el Espíritu. En sentido pleno, el texto “expiró” (Lc 23,46; Jn 19,30) se puede traducir: entregó-transmitió el Espíritu (Santo), preludio de Pentecostés. Además, en su resurrección Jesús insufla el Espíritu sobre los discípulos (Evangelio): “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (v. 22-23). Él es el Espíritu de vida y de la misericordia de Dios para el perdón de los pecados. Por tanto, es Espíritu de paz: con Dios y con los hermanos. Es Espíritu de unidad en la pluralidad. Es el Espíritu de la misión universal; es, incluso, el protagonista de la misión que Jesús confía a los Apóstoles y a sus sucesores (cfr. RMi cap. III; EN 75s): “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (v. 21). Son palabras que vinculan para siempre la misión de los apóstoles y de los fieles cristianos con la vida de la Trinidad: el Hijo es el primer misionero enviado por el Padre para salvar al mundo, por el amor (Jn 15,9); el Espíritu impulsa a toda la Iglesia a la misión y en el camino hacia la unidad de los cristianos.

El soplo de Jesús sobre los Apóstoles en la tarde de Pascua (v. 22), para el evangelista Juan es ya Pentecostés y evoca la creación nueva, que es obra del Espíritu: Él transforma desde dentro a cada persona y la dispone a acoger el don de la salvación en Cristo. De manera real, aunque por caminos invisibles que se nos escapan, el Espíritu dispone los corazones de las personas, incluidos los no cristianos, para el necesario encuentro salvífico con Cristo, como lo enseña el Concilio: “Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma por Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GS22; es un texto valiente que Juan Pablo II cita tres veces en la RMi, n. 6.10.28).

Estrechamente vinculada a la obra creativa y purificadora del Espíritu está también su acción capaz de sanar y curar el alma y el cuerpo de las personas. Se trata de una energía real y eficaz, ante la cual existe una particular sensibilidad en el mundo misionero, aunque a menudo no es fácil discernir. La acción sanadora alcanza a veces también el cuerpo, pero más a menudo toca el espíritu humano, sanando las heridas interiores y derramando el bálsamo de la reconciliación y de la paz. Se abren ante la Iglesia campos siempre nuevos para su actividad misionera, en los que está llamada a trabajar con creciente impulso y creatividad. ¡Confiando en la acción del Espíritu!

Ascensión del Señor. Año A

“En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado.

Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo»”.

Mateo 28, 16-20


Yo estaré con ustedes todos los días
P. Enrique Sánchez, mccj

Muchas veces decimos que todo lo que comienza llega a su fin y también en la misión de Jesús esto parece cumplirse el día de la Ascensión, cuando ante la mirada de sus discípulos subió al cielo para ocupar el lugar que le correspondía junto a su Padre.

Un día lo vimos aparecer en un pesebre, acogido con cariño y envuelto por la fe de José, de María y de aquellos pobres y sencillos que lo reconocieron desde el principio como el Mesías.

Luego vino el tiempo en que inició la misión que el Padre le había confiado y pasó por todas partes anunciando la llegada del Reino de Dios, hasta dar el testimonio definitivo de ser el Hijo de Dios cuando se dejó clavar en la cruz.

Tres días después apareció Resucitado, como quien había vencido a la muerte y estaba vivo para siempre.

Finalmente, se manifestó a quienes lo habían seguido y que poco a poco se habían convertido en discípulos, testigos y continuadores de su misión.

Todo parecía haber pasado demasiado aprisa y resultaba difícil aceptar que todo llegaba a su fin viendo al Señor subir entre las nubes. Una vez más resultaba complicado creer a lo que estaban viendo sus ojos.

Pero era cierto, la misión de Jesús en este mundo estaba llegando a su fin y ahora empezaba otra etapa de esa misma misión en la que ahora los protagonistas serían los discípulos, que dentro del asombro sentían igualmente latir fuerte sus corazones animados por las ultimas palabras del Señor: “yo estaré con ustedes todos los días”. El momento de la ascensión seguramente había quedado marcado en la mente y en el corazón de todos aquellos discípulos que obedientes habían llegado a aquel pequeño monte en donde les tocaría hacer, una vez más, la experiencia de Dios que se manifestaba ante sus ojos.

No querían perder de vista al Señor, casi como queriendo atraparlo para que se quedará para siempre; que no pasara el tiempo, pero era precisamente en aquel momento en el cual estaba por nacer algo nuevo para los que se habían dejado ganar el corazón por el Señor.

Ahí empezaba otra misión, la misión de los discípulos que por mandato de Jesús eran enviado por todo el mundo a llevar la Buena Noticia del Evangelio, a bautizar en su nombre, a ofrecer la posibilidad de una vida nueva surgida de la conversión y del perdón de los pecados.

Nacía la misión de los discípulos que estaban llamados a ir por los cuatro rincones del mundo para hacer de toda persona un nuevo hijo de Dios, para que nadie quedara excluido de ese nuevo reino que había iniciado con Jesús.

Por esta razón, la ascensión del Señor es para la Iglesia la primera fiesta misionera; es ahí en donde la Iglesia nace, pues la comunidad de cristianos no nació como un club social o un grupo de amigos, sino como los herederos de un mandato dado por el mismo Jesús: “Vayan y anuncien”.

Y se trata de ir, no como pregoneros de informaciones que despierten simplemente la curiosidad, sino como testigos de alguien que ha cambiado la vida de quienes creyeron en él.

Se va a anunciar el nombre de Jesús y con su poder a hacer las obras que él hizo. Quien acepte el mensaje tendrá la posibilidad de recibir la vida nueva que Jesús resucitado ha ganado para todos los que lo sigan.

A partir de ese momento la responsabilidad de la misión se les ha entregado a los discípulos, y como ya lo decíamos en el domingo pasado, ahora se trata de dar un paso más lejos asumiendo nuestra fe como algo de lo que tenemos que dar razón, manifestando nuestras convicciones a través de un compromiso en la transmisión de lo que hemos recibido como don.

Yo me voy, decía Jesús, pero no nos ha dejado solos y justamente nos ha dejado al Espíritu Santo que sabemos que es el protagonista de la misión. Es quien nos llena de fortaleza y de sabiduría para ir sin temor a todas partes, llevando con nosotros la buena noticia de Jesús.

En el envío, Jesús pide que cumplamos los mandamientos que nos ha dado. Y ahí también nos recordamos lo que nos decía el evangelio la semana pasada, “quien me ama, cumplirá mis mandamientos”.

Los mandamientos que nos toca cumplir, Jesús los ha resumido en un solo mandato, el mandamiento nuevo que es el deber de amarnos los unos a los otros como hermanos.

La misión, por lo tanto, que nos confía el Señor es la de ir por todo el mundo como testigos de su amor, abriendo caminos para que todos los seres humanos podamos reconocernos un día miembros de una única familia, la familia de los hijos de Dios.

La ascensión, vista de esta manera, no es un momento triste de pérdidas y de despedidas, sino que se convierte en un tiempo de alegría y de fiesta, pues se trata de ir a anunciar y de transformar en vida aquello, o más bien, a Aquel que nos ha transformado la vida.

Ciertamente la misión presentará siempre muchos retos, dificultades, riesgos y amenazas de todo tipo, pero esos no son motivos para esconderse o para echarse para atrás, pues a la misión se va sostenidos por la certeza de que Jesús está con nosotros.

Yo estaré con ustedes todos los días. Esas no son palabras dichas al aire o para que se conviertan en consuelo momentáneo que aplaque la tristeza e impida las lágrimas al ver a Jesús que se aleja.

Yo estoy con ustedes es la palabra que da certeza y fuerza a la tarea que se nos confía como enviados en el nombre de Jesús. Eso nos ayuda a entender que la misión sigue siendo la suya y que a nosotros nos toca ser simples colaboradores que aportan su granito de arena a la construcción del Reino.

Yo estoy con ustedes, es la presencia que infunde confianza y valor para ir a lo desconocido, para dejar lo que nos brinda seguridad, para abrirnos a las sorpresas de Dios que nos espera en aquellos a los que somos enviados.

Yo estoy con ustedes todos los días y hasta el in del mundo. Ese es el compromiso que confirma la promesa del Señor de no dejarnos solos, de seguir caminando a nuestro lado sintiéndonos cuidados y protegidos por él, para que, aunque pasemos por cañadas oscuras, nada nos asuste y a nada le tengamos miedo.

Que el Señor nos conceda sentir su presencia cada día y en cada circunstancia que nos toca vivir.

Que nos ayude a poner toda nuestra confianza en él y que podamos ver su presencia en todo lo que está a nuestro alrededor; que veamos su presencia en las personas que pone en nuestro camino.

Que llene nuestro corazón de entusiasmo y de alegría misionera, para que seamos capaces de convertirnos en testigos que manifiestan la presencia de Dios en un mundo en donde nos hace tanta falta descubrirlo.

Que nuestras miradas estén siempre dirigidas hacia lo alto para no perder de vista al Señor que nos llamó; pero, al mismo tiempo, que tengamos los pies bien puestos en la tierra para que podamos seguir los senderos de la misión que nos llevan a encontrarlo en los más necesitados y en los más abandonados de nuestra sociedad.

Que la certeza de su presencia nos llene el corazón de confianza y de esperanza para que podamos ser una pequeña luz de paz en nuestro mundo, mientras vamos caminando con el anhelo de llegar un día a estar con él por siempre.

Finalmente, que con el poder de Jesús podamos construir un pedacito del Reino ahí en donde nos ha llamado a ser misioneros suyos y que muchos hermanos puedan descubrir la belleza de nuestra vocación cristiana que hace de cada bautizado un testigo y un enviado del Señor que nos amó.


¡En misión, siendo once!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hemos llegado a la fiesta de la Ascensión del Señor, que el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa simbólicamente cuarenta días después de la Pascua (cf. primera lectura: Hechos 1,1-11). Es particularmente significativo notar que esta es la única aparición de Jesús a sus discípulos narrada en el Evangelio de san Mateo. Antes, de hecho, se había aparecido solo a las dos Marías que habían ido al sepulcro, confiándoles la tarea de decir a los discípulos que fueran a Galilea: “Id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán” (Mateo 28,10).

No se trata de una incongruencia histórica entre los Evangelios. Los hechos principales de la vida de Jesús, transmitidos por los apóstoles, eran ya patrimonio común de las comunidades cristianas. Cuando los evangelistas escriben el Evangelio, recogen algunos relatos y les dan una estructura literaria, con una orientación teológica y catequética particular, pensando en las necesidades de sus comunidades.

Comparto con vosotros algunas reflexiones, teniendo ante los ojos el Evangelio de hoy —un texto de apenas cinco versículos— y tratando de interiorizar su mensaje. Se trata de la conclusión del Evangelio de Mateo y, por tanto, de su culmen y de la clave de relectura de todo el Evangelio. Difícilmente podríamos exagerar su alcance.

1. Galilea, el lugar de la cita

Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado”.

Jesús cita a los apóstoles lejos del centro religioso y político de Jerusalén: en Galilea, lugar de periferia y de frontera, donde todo había comenzado. Desde allí se vuelve a partir, ya no hacia el centro, sino hacia los confines del mundo, hacia todos los pueblos. Es el inicio de la gran aventura de la Iglesia, que durará “hasta el fin del mundo”. Jesús, que había partido de Galilea para concluir su camino en Jerusalén, ahora parece dejar atrás la ciudad santa y su templo: ¡son ya realidades superadas!

Galilea es el lugar de la vida ordinaria, donde Jesús había encontrado y llamado a sus discípulos. Es el símbolo de la vida cotidiana. Después del tiempo pascual, el Resucitado nos remite a nuestra vida de cada día. Es allí donde lo veremos.

La cita es en el monte. Se trata del séptimo y último monte del Evangelio de Mateo: el monte de la misión. Este corresponde al primero, el monte de la tentación, donde el diablo había intentado apartar a Jesús del plan de Dios, ofreciéndole el poder y la gloria del mundo (Mateo 4,8).

2. Los once discípulos, los protagonistas

Son once, solo once, y ya no doce. Aquella ausencia será pesada, embarazosa, llena de interrogantes, causa de tristeza y de desconcierto. Por eso Pedro propondrá ocupar aquel lugar vacío con la elección de Matías (Hechos 1,26). Pero Matías podría representar a cada uno de nosotros.

Es con estos once —un número que habla de incompletud e imperfección— con quienes también nosotros somos convocados para la gran misión. Dada la inmensidad de la tarea, estaríamos tentados de hacer el censo de las fuerzas con las que podemos contar, como hizo el rey David, provocando la ira de Dios (cf. 2 Samuel 24,9). En el fondo, ¿no son acaso eso muchas de nuestras estadísticas?

Dios parece casi burlarse de nuestros cálculos y reduce cada vez más nuestras fuerzas, como hizo con las tropas de Gedeón, en marcha contra los madianitas: de treinta y dos mil a trescientos hombres, porque “Israel podría gloriarse ante mí y decir: Mi mano me ha salvado” (Jueces 7,2). ¡Y ahora será con once hombres como Jesús hará fermentar el mundo!

3. La duda que hace verdadera la fe

Al verlo, se postraron. Pero ellos dudaron”.

¡Lo vieron, se postraron, pero dudaron! Las mujeres junto al sepulcro, cuando vieron a Jesús, “se acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron” (Mateo 28,9). Aquí, en cambio, está la duda, y es Jesús quien debe acercarse a los once.

¡Los evangelistas no hacen concesiones a los apóstoles! Ponen de relieve sus límites, sus debilidades, sus incomprensiones, sus lentitudes: en una palabra, su inadecuación. Son hombres como nosotros. Pensando en ellos, nadie podrá decir ya: “Pero ¿cómo?, ¿quieres escogerme precisamente a mí?”. No debemos avergonzarnos de nuestras dudas. La duda toma en serio la grandeza de la fe.

4. Todo poder al… “maldito” en la cruz

Jesús se acercó y les dijo: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”.

Aquel que había sido juzgado por las autoridades religiosas como blasfemo y maldito por Dios recibe del Padre “todo poder en el cielo y en la tierra”. ¡Qué ironía! Da que pensar, sobre todo a nosotros, que ejercemos un “poder” en nombre de Dios.

Todo está ahora en sus manos (Juan 13,3): en las manos del Amor. Nada ni nadie puede arrancarnos de esas manos (Romanos 8,35; Juan 10,28). Es una certeza consoladora y liberadora, capaz de desatar los vínculos paralizantes de nuestros miedos.

5. El mandato misionero de la Iglesia

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado”.

Ir es la primera consigna. Reanudar el camino de la misión, la de Jesús. Es impresionante ver cómo, desde el principio, la Iglesia —una realidad diminuta e insignificante— tenía una conciencia tan fuerte de ser enviada a todo el mundo.

Para hacer discípulos: suyos, no nuestros. Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, sumergiéndolos —este es el significado del verbo griego “bautizar”— en el Amor de la Trinidad. Enseñándoles no como maestros, sino como discípulos y testigos del único Maestro (Mateo 23,10).

6. La Ascensión, plenitud de la Encarnación

Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Es la última palabra de Jesús, el Emmanuel (Mateo 1,23). Es su encarnación en cada uno de nosotros. La presencia es algo difícil de definir. Se puede estar presente con el cuerpo y ausente con la mente y con el corazón.

La Ascensión no es una partida, sino una nueva y más profunda modalidad de presencia: Cristo es “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”, por decirlo con san Agustín. Por eso san Pablo podrá decir: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2,20).

7. Una sugerencia

Cuando te parezca que Cristo es el gran ausente en tu vida o en nuestra sociedad; cuando te parezca que el “príncipe de este mundo” ha vuelto a tomar el poder en sus manos… vuelve a tomar este Evangelio y escucha esta palabra que nunca pasará: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”.

Y recuerda la última y definitiva promesa de Jesús: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.


Hacer discípulos de Jesús
José Antonio Pagola

Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.

El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es esto precisamente lo que han de seguir transmitiendo.

Entre los discípulos que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin duda quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús, pronto se apagaría.

Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El Resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él no vacilarán.

Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar doctrina», no es solo «anunciar al Resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del Resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar comunidades»… pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer discípulos» de Jesús.

Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo lo mandado» por él son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque sean solo dos o tres.

Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo… salvando.

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Contigo al fin del mundo
María Dolores López Guzmán

Tras la Resurrección se fue. Y lo hizo abiertamente. Los discípulos se quedaron mirando atolondrados mientras se iba y pudieron ratificar que realmente se marchó. El Señor tenía que dejar claro que comenzaba una etapa nueva en su forma de estar con nosotros. ¿Qué relación no pasa en su historia por distintas fases para crecer? De hecho, Él insistió en que estaría acompañándonos todos los días hasta el fin del mundo. Por tanto, nada de ruptura. Su decisión apuntaba a un cambio cualitativo para impulsar la unión. Pero ¿cómo se puede permanecer cuando uno se va?

La presencia es algo tan misterioso que es casi imposible de definir. Porque no queda encerrada en los límites de lo físico. Trasciende lo que se puede ver y tocar. Por eso los sentidos más “adelantados” que mejor la perciben son el olfato y el oído. Se pueden escuchar sonidos reales que nos emocionan aunque estén lejos; se puede oler un aroma único que se nos escapa de las manos pero que nos rodea y envuelve, y nos hace soñar y recordar. La realidad es más amplia que aquello que abarcan nuestros ojos. Se puede reconocer al Señor en signos apenas perceptibles que muestran que de verdad no nos ha abandonado: personas que tienen sus mismos gestos, que pronuncian con autenticidad sus palabras, que son como una prolongación de su ser. Quizás por ello animó a los discípulos a guardar y reproducir todo lo que les había enseñado. Para que otros reconocieran su presencia en ellos y creyeran que el amor y la vida no tienen fecha de caducidad.

 “No es lo mismo marcharse que huir”, escribió la poeta Gloria Fuertes. Tenía razón. Jesucristo no “se fue a por tabaco y no volvió” para evadirse de los problemas de este mundo, sino que, destruyendo a la muerte, fortaleció el vínculo que nos une, irrompible ya, para continuar actuando a nuestro favor de un modo distinto. Por eso quiso dejar claro que la resurrección no suponía irse Más Allá, a vivir cómodamente y disfrutar de un merecido descanso después de tanto sufrido. Con esa presencia nueva mostró que resucitar significa vivir más, amar más, compartir más plenitud. Una inyección de ánimo para vacilantes y temerosos. A Jesucristo resucitado, y a los que han resucitado con Él, nadie nos los puede arrebatar.

Así, ser misionero es posible. Contamos de verdad con unos aliados fieles e indestructibles ante las adversidades y la intemperie: El Señor y los que nos han precedido. Jesucristo nos hizo una promesa que ya ha cumplido: estar con nosotros hasta el fin del mundo. Y tú… ¿estarías dispuesto a irte con Él?

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Ascensión:
¿una desaparición o una partida?

La resurrección, la ascensión y pentecostés son aspectos diversos del misterio pascual. Si se presentan como momentos distintos y se celebran como tales en la liturgia es para poner de relieve el rico contenido que hay en el hecho de pasar Cristo de este mundo al Padre. La resurrección subraya la victoria de Cristo sobre la muerte, la ascensión su retorno al Padre y la toma de posesión del reino y pentecostés, su nueva forma de presencia en la historia. La Ascensión no es más que una consecuencia de la resurrección, hasta tal punto que la resurrección es la verdadera y real entrada de Jesús en la gloria. Mediante la resurrección Cristo entra definitivamente en la gloria del Padre.

«Apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios». Los cuarenta días en el A. y NT representan un período de tiempo significativo, durante el cual el hombre o todo un pueblo se encuentra recluido en la soledad y en la proximidad de Dios para después volver al mundo con una gran misión encomendada por Dios. Con el acontecimiento de la Ascensión se termina una serie de apariciones del Resucitado. ¿Dónde estaba Jesús durante los cuarenta días después de Pascua, cuando se aparecía a sus discípulos? ¿Estaba solitario en algún lugar de Palestina del que salía de cuando en cuando para ver a sus discípulos? ¡NO! Jesús estaba ya «junto al Padre» y «desde allí» se hacía visible y tangible a los suyos. Junto al Padre estaba ya desde su resurrección y con nosotros permanece aún después de subir al Padre. En la Ascensión no se da una partida, que da lugar a una despedida; es una desaparición, que da lugar a una presencia distinta. Jesús no se va, deja de ser visible. En la Ascensión Cristo no nos dejó huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras formas de presencia. «Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos». Así lo había prometido y así lo cumplió. Por la Ascensión Cristo no se fue a otro lugar, sino que entró en la plenitud de su Padre como Dios y como hombre. Y precisamente por eso se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros.

Por esto es muy importante entender qué queremos decir cuando afirmamos que Jesús se fue al cielo o que está sentado a la derecha de Dios Padre.

La única manera de convertir la Ascensión en una fiesta es comprender a fondo la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida. Una partida da lugar a una ausencia. Una desaparición inaugura una presencia oculta.Por la Ascensión Cristo se hizo invisible: entra en la participación de la omnipotencia del Padre, fue plenamente glorificado, exaltado, espiritualizado en su humanidad. Y debido a esto, se halla más que nunca en relación con cada uno de nosotros.

Si la Ascensión fuera la partida de Cristo deberíamos entristecernos y echarlo de menos. Pero, afortunadamente, no es así. Cristo permanece con nosotros “siempre hasta la consumación del mundo”. En la Biblia, la palabra cielo no designa propiamente un lugar: es un símbolo para expresar la grandeza de Dios. S. Pablo dice: “subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia” (Ef 4,10), es decir, alcanzó una eficacia infinita que le permitía llenarlo todo con su presencia.

“Encielar” a Cristo es como desterrarlo, es perderlo. Su ascensión es una ascensión en poder, en eficacia, y por tanto, una intensificación de su presencia, como así lo atestigua la eucaristía. No es una ascensión local, cuyo resultado sólo sería un alejamiento. No olvidemos que el relato de los Hechos de los apóstoles es mucho más el relato de la última parición de Cristo que la fecha de su glorificación.

Mientras tanto ¿qué hacer? Esta es la cuestión fundamental: ¿Y ahora, qué?

-Vivir la certeza de que Él «está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Que la Encarnación es un gesto de Dios irreversible. Está, pero de otro modo. Y los apóstoles necesitaron semanas para comprender y hacerse a la idea. Es el sentido de lo sorprendente de cada «aparición». Reconocerle en tantas mediaciones: Iglesia, comunidad, sacramentos, eucaristía, hermanos… Encontrar al Señor en todo y de tantas maneras.

La Ascensión es la plenitud de la Encarnación. Cuando se hizo carne no se pudo encarnar más que en un solo hombre, al que asumió personalmente el Verbo de Dios. Pero mediante la Ascensión, por la fuerza del Espíritu que lo resucitó de entre los muertos, se hace «más íntimo a nosotros que nosotros mismos», de tal modo que Pablo pudo decir «vivo yo, pero no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».

Durante su ida mortal Jesús vivió la condición corporal y sus limitaciones en espacio y tiempo. Cuando estaba sentado en casa de Lázaro y de sus hermanas, no estaba en otra parte. Y cuando dormía, envuelto en su manto, cerca de sus discípulos al borde del lago, no estaba en ellos, como lo estuvo después. Por ello, la Ascensión aparece no como una ausencia de Jesús que haría legítima su tristeza, sino como una modificación de su presencia: la presencia corporal, sin dejar de ser corporal, muere a cierta manera de ser, para realizarse totalmente, es decir. para llegar a ser más interior y más universal.

Podríamos decir que en el cuerpo glorificado de Jesús se realizan las promesas al cuerpo humano. Lo que prometía, en el encuentro personal, deja de impedirlo. Este es el verdadero cuerpo humano. Para nosotros, el cuerpo es lo que nos hace presentes, pero al mismo tiempo limita y sabotea esta presencia de la persona. Con razón escribía Blondel: «Es una extraña soledad el que los cuerpos y todo lo que se ha podido decir de la unión no es nada para el precio de la separación que causan» (L’Action, t. Il. pág. 262).

Pero en el cuerpo glorificado de Jesús se realiza lo que no nos habríamos atrevido a esperar. Jesús se hace inmediatamente presente a los que ama, y se une a ellos allí donde ellos son justamente ellos mismos, se hace interior a ellos. Y, por otra parte, se hace simultáneamente presente a todos, sin limitaciones espacio-temporales. Así, el misterio de Jesús aboliendo ciertas formas de presencia corporal para tener junto a nosotros una presencia más interior y más universal, es a la vez el sentido de una experiencia humana vivida y la promesa de que esta experiencia será salvada y colmada para los que la vivan en la fe.

-No quedarnos «ahí plantados mirando al cielo». Volver a la ciudad, al trabajo… pero siendo sus testigos aquí y allá. Que la memoria de Jesús no sea nostalgia ni simple recuerdo, sentimiento intimista inoperante, intrascendente. Sino impulso de seguirle hacia los hombres, hacia el Reino. La Ascensión es una invitación al realismo cristiano y no una evasión a un falso cielo deseado. Los ángeles invitan a mirar a la tierra y preparar su vuelta aquí entre los hombres. La fe es una alienación si uno se despreocupa del mundo. Pero esta fe alienante está condenada por los mismos ángeles: «Galileos, qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». Teilhard de Chardin: «La fe en JC se podrá en el futuro conservar o defender sólo a través de la fe en el mundo».

Nos ha resultado más cómodo ubicar a Cristo, el Hijo de Dios, a la derecha del Padre en el cielo, que hacer sitio al Hijo del hombre en nuestro mundo y por encima de nuestros intereses. Creer en Dios no es muy difícil, sobre todo si lo situamos en el cielo. Lo difícil -y eso es el cristianismo- es aceptar que Dios se ha hecho hombre, que es hombre, que vive y está con nosotros, precisamente en el prójimo. Eso es difícil de creer, porque eso nos compromete y nos complica la vida, cuestionando nuestra seguridad, nuestro bienestar, nuestro progreso frente al riesgo, malestar y subdesarrollo de tantos millones de cristianos vivientes… en los que no creemos y a los que olvidamos y rechazamos.

Y se vuelven a Jerusalén con la alegría metida en el alma.

Es todo un programa de vida. Y para ello:

-«Seréis bautizados con Espíritu Santo». Esta será la fuerza de Dios en nuestra debilidad. Uno se sorprende al ver la serenidad, la ciencia y fortaleza de aquellos primeros discípulos, pescadores temerosos y desalentados; ¡cómo cambió su suerte! Durante esta semana pidamos con insistencia la venida del Espíritu Santo.

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“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”
Romeo Ballan mcci

La Ascensión es una nueva epifanía. Las lecturas bíblicas y otros textos litúrgicos la presentan como una manifestación gloriosa de Jesús. En la I lectura se narra la nube de las apariciones divinas y hombres (ángeles) vestidos de blanco, se hacen hasta cuatro referencias al cielo en tan solo dos versículos, hay un anuncio del retorno futuro… (v. 9-11). S. Pablo (II lectura) presenta el epílogo de una empresa difícil y paradójica, pero muy exitosa: Jesús sentado a la derecha del Padre en el cielo, por encima de todo principado y potestad, constituido como cabeza de la Iglesia y sobre todas las cosas (v. 20-22). Los acontecimientos conclusivos de la vida terrena de Jesús dan sentido e iluminan el doloroso recorrido anterior. “Por eso Juan habla de exaltación, por tanto, de ascensión de Jesús, en el día mismo de la muerte en la cruz: muerte-resurrección-ascensión constituyen el único misterio pascual cristiano, en el cual se realiza la recuperación en Dios de la historia humana y del ser cósmico. También los cuarenta días, mencionados en Hechos 1,2-3, evocan un tiempo perfecto y definitivo y no se han de considerar como una información cronológica” (G. Ravasi).

El feliz cumplimiento del hecho-misterio pascual de Jesús es la raíz de la gozosa esperanza de la Iglesia y de la serena confianza de los fieles de poder gozar un día de la misma gloria de Cristo (Prefacio). Aquí tienen inspiración y energía tanto el compromiso apostólico como el optimismo que anima a los misioneros del Evangelio, con la certeza de ser portadores de un mensaje y de una experiencia de vida exitosa, gracias a la resurrección. No se trata de una experiencia fracasada, sino exitosa y segura: ya plenamente triunfante en Cristo, y, si bien de manera parcial, exitosa también en la vida del cristiano y del evangelizador, aunque a la espera de nuevos desarrollos.

Motivados interiormente por esta experiencia de vida nueva en Cristo, los Apóstoles – y los misioneros de todos los tiempos – se convierten en sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Hch 1,8), en un movimiento que se abre progresivamente del centro (Jerusalén) hacia una periferia tan vasta como el mundo entero. El campo de trabajo misionero de la Iglesia son todos los pueblos (Evangelio), a los que Jesús envía a sus discípulos antes de subir al cielo (v. 19). Los envía con la plenitud de su poder (v. 18), que le corresponde en cuanto Hijo de Dios, y en cuanto Kyrios (Señor) glorificado: “Vayan, pues, y hagan discípulos detodos los pueblos, bautizándoles… enseñándoles… (v. 19-20). Una misión que es posible realizar con la fuerza del Espíritu, al que invocamos, junto con María y los Apóstoles, en la espera de un Pentecostés siempre nuevo.

Ese pues (oun-ergo: en gr. y lat., respectivamente) tiene el valor de una consecuencia irrenunciable: indica la raíz y la continuidad de la misión universal, que nace de la Santísima Trinidad y se prolonga en el tiempo y en el espacio por medio de la Iglesia, enviada a todos los pueblos, confortada por la perenne presencia de su Señor: “Yo estoy con ustedes todos los días” (v. 20). Para Mateo, Jesús no se aleja de los suyos, cambia solamente el modo de presencia. Se queda con ellos: Él es siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, anunciado desde el inicio del Evangelio (cfr. Mt 1,23).

Los verbos que Jesús utiliza para enviar a sus discípulos en misión mantienen su perenne actualidad. ‘Vayan’ indica el dinamismo de una salida permanente y el valor para entrar en las situaciones siempre nuevas del mundo; vayan, o sea salganpartan, vayan al encuentro del otro; ‘hagan discípulos’ quiere decir que todos los pueblos están invitados a hacerse seguidores no ya de una doctrina, sino de una Persona; propongan así como Dios se propone sin imponerse; ‘bauticen’ hace referencia al sacramento que introduce a las personas en la Iglesia y las inserta en la vida de la Trinidad; ‘enseñen a guardar’ se refiere a la respuesta de los discípulos a la voz del Maestro y Pastor. Él ha cumplido ya la obra de la salvación en favor de todos los pueblos; ahora llama y envía a otros discípulos para continuar su misma misión. Por los caminos del mundo, el cristiano vive a menudo en tensión entre mirar al cielo y transformar la tierra. Si uno mira solamente hacia arriba, vienen los ángeles (Hch 1,11) a indicarle sus tareas en la tierra. Si se mira solo a la tierra, S. Pablo nos recuerda la esperanza a la cual estamos llamados (Ef 1,18). La síntesis es la misión en nombre de Dios y en medio a los pueblos. Este es el don y el misterio de cada vocación al servicio del Evangelio en el mundo.

VI Domingo de Pascua. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes.

Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.

El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él».

(Juan 14, 15-21)


No los dejaré desamparados
P. Enrique Sánchez G., mccj

El evangelio de hoy parece tener como fondo una melodía de despedida, “dentro de poco, el mundo no me verá más”, dice Jesús a sus discípulos.

Y, no debería extrañarnos, pues estamos ya muy cercanos al final de este tiempo pascual que se concluirá con la fiesta de la Ascensión y Pentecostés, dentro de muy pocos días.

Jesús nos ha acompañado durante este tiempo y nos ha ido dando pruebas de su cercanía y de su compromiso de mantenerse a nuestro lado para que podamos llegar con él al final de su misión. Para que podamos estar con él junto a su Padre.

En la preparación para que podamos ir en su compañía, para que podamos llegar a ocupar el lugar que él nos ha preparado, Jesús parece dejarnos dos recomendaciones, la primera es una invitación a vivir en el amor que él ha compartido con nosotros durante su misión.

Esa invitación podríamos entenderla como una puerta que se abre para que entremos y permanezcamos en una relación caracterizada por la intimidad, por la confianza, el cariño y la amistad con Jesús.

Por otra parte nos propone adoptar y aplicar los mandamientos, aquellas normas de vida que tienen por finalidad asegurarnos el caminar por senderos seguros y con paso firme.

Se trata de dos realidades que se llaman una a la otra, pues la vida nos enseña que no puede haber un verdadero compromiso si este no está sostenido por el amor. Porque amamos somos capaces de aceptar obligaciones y deberes.

Para lograr integrar esos dos criterios de vida, el Señor nos promete y nos da el don de su Espíritu. Bajo su cuidado podremos hacer del amor nuestra regla de vida.

El Espíritu es quien hará posible todo lo que nos tocará vivir como cristianos, en lo que esta vocación implica de renuncias y sacrificios, de esfuerzos y de entregas, de abandono y de confianza.

Ese Espíritu es quien nos educará en el amor para que podamos ser felices y para que nuestra vida sea plena y llena de alegría. Será el Consolador, es decir, quien nos permitirá pasar por momentos de oscuridad y a lo mejor de inquietudes, sin que perdamos la paz, pues será siempre la garantía de la presencia del Señor que no nos deja huérfanos.

Jesús se va despidiendo, pero a cada paso parece insistir en algo que debería ser muy consolador para nosotros. Se va, pero no nos deja solos. Nos promete la compañía de Alguien que estará siempre con nosotros, nos dejará el Espíritu que no es alguien más que el don que Jesús pide a su Padre para nosotros.

El Señor se va y nos va preparando para que en el momento en que nos tocará dar razón de nuestra fe estemos firmes y preparados.

Llega el momento, como en la vida de toda persona, en el cual hay que empezar a dar pasos sin que nadie nos sostenga; hay que tomar responsabilidades que otros ya no pueden asumir en nuestro lugar.

Hay que ser cristianos por convicción y porque hemos optado por ello y no como si se tratara de una herencia que hemos recibido para irla gastando poco a poco, sin saber lo qué ha costado.

En el momento de dar los primeros pasos en nuestra experiencia de fe como cristianos, el Señor nos recuerda que de lo que se trata es de vivir poniendo como cimientos de nuestra experiencia dos cosas: el amor y los mandamientos.

Para ser cristianos tenemos que amar profundamente y eso es lo que nos dará la identidad que nos permitirá identificarnos como hijos de Dios y hermanos de Jesús. Amar y dejarse amar será por siempre la tarea del cristiano y vivir del amor y amando quiere decir organizar nuestra vida aceptando vivir fuera de nosotros mismos.

Es decir, tomando la vida en nuestras manos para entregarla con alegría a los demás. Pues como dirá el mismo Jesús: quien quiera ganar su vida tendrá que estar dispuesto a entregarla, a perderla, para poder recuperarla.

Sólo de esa manera se podrá seguir a Jesús como discípulos, amándolo y no por obligación, ni por ninguna otra razón como podría ser la conveniencia o el interés. Amarlo significa abrazarlo y ponerlo en el centro de nuestra vida de manera gratuita. Seguirlo, por puro gusto, como me gustaba decir ya desde hace varios años cuando invitaba a los jóvenes a no tener miedo cuando se sentían llamados a seguirlo en la vocación misionera.

Y es que el amor es lo único que merece todo sacrificio y cualquier renuncia. Se puede estar con Jesús, sólo si lo hacemos por amor, pues de lo contrario cualquier otra motivación acabaría desvaneciéndose ante los muchos “peros” que no faltarían.

Si me aman, cumplirán mis mandamientos, dice Jesús. Con eso nos enseña que la ley o las obligaciones, las reglar o las exigencias que podrían aparecer ante nosotros se hacen llevaderas y aceptables, pues lo que se hace por amor, no cuesta y se acepta sin dificultad.

En nuestros tiempos no faltan personas que se alejan de la comunidad cristiana porque consideran que se les exige demasiado, que la Iglesia pone reglas y exigencias demasiado pesadas para la mentalidad de nuestro tiempo.

Hay quienes consideran las normas de la Iglesia como una moral que todo lo prohíbe y consideran que eso va contra la posibilidad de vivir en libertad plena.

Cuántos jóvenes y adultos vemos que se alejan porque les parece que son muchas las obligaciones que tendrían que cumplir y en realidad lo que hace falta no es valentía o coraje para cumplir, sino una experiencia de amor hacia Jesús.

A lo mejor se ha aprendido mucho sobre él, pero queda como carencia aquella experiencia de cercanía, de amistad profunda, de cariño que sólo se puede tener si lo reconocemos como una persona viva que nos acompaña y sigue dando su vida por nosotros.

Los mandamientos, cuando son sostenidos por el amor, se convierten en instrumentos que permiten ir más en profundidad en aquello que es fundamental en la vida; se descubren y se viven como valores que empujan a ir más lejos y a no contentarnos con una vida hecha de algunas pocas y pequeñas consolaciones.

Ya no son considerados como yugos pesados que hay que llevar sobre la espalda, sintiendo que aplastan y lastiman.

Cumplir los mandamientos se transforma en algo que se integra al estilo de vida en donde ya no se vive para sí, sino para ser presencia del amor de Dios para los demás en todas las situaciones de nuestra vida.

Que el Señor nos conceda vivir cumpliendo sus mandamientos, sostenidos por su amor.


Fecundados por el Espíritu Santo
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Nos quedan dos semanas del tiempo de Pascua. El próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor y, el siguiente, Pentecostés. La Palabra de Dios nos invita a dirigir nuestra mirada hacia estos acontecimientos.

Hoy Jesús nos promete el don del Espíritu: “Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad”. Jesús habla cinco veces del envío del Espíritu en estos discursos de despedida. Cuatro veces lo presenta como el “Paráclito”, un término griego muy rico que indica a alguien llamado a estar a nuestro lado para ayudarnos, un consolador, un abogado defensor… Tres veces lo caracteriza como “Espíritu de la verdad”.

El amor, el “nido” del Espíritu

Jesús vincula el don del Espíritu Santo al amor: “Si me amáis…”. El amor es el “nido” del Espíritu. El apóstol Pablo afirma: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gálatas 5,22). Todas son características relacionadas con el amor.

El pasaje evangélico de hoy pone de relieve el amor —cinco veces—, pero, sorprendentemente, aquí Jesús habla del amor hacia su persona. El amor, que en el Antiguo Testamento estaba reservado a Dios (Deuteronomio 6,4-9), Jesús ahora lo reclama para sí. El Evangelio de Juan concluye con una triple petición de profesión de amor, donde Pedro representa a cada uno y cada una de nosotros: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Juan 21,17). ¡Qué honor nos hace Dios al pedir nuestra amistad! ¡Dios tiene un corazón enamorado!

Jesús afirma que el amor hacia él se manifiesta en la observancia de sus mandamientos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. ¿Por qué habla de mandamientos, en plural? Podemos pensar que se refiere, en general, a sus enseñanzas que hemos de custodiar, pero sobre todo a las dos dimensiones inseparables del amor: amar a Dios y a los hermanos.

El amor es el motor de la vida. Decía san Agustín: “Que esté en ti la raíz del amor, pues de esta raíz no puede proceder sino el bien. ¡Ama y haz lo que quieras!”. Y el apóstol Pablo dirá: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Corintios 5,14).

“En”, la preposición del amor

Llama la atención la insistencia de Jesús en la profunda comunión creada por este amor: una verdadera inhabitación recíproca. “Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Aunque encontramos otras expresiones —“con vosotros”, “junto a vosotros”, “en vuestra casa”—, la privilegiada es “en vosotros”, “en mí”, “en el Padre”. Esta preposición, en —ἐν, en griego— aparece unas 25 veces en los capítulos 14 y 15, evocando intimidad profunda, inmanencia, inhabitación recíproca.

Nuestro corazón está hecho para ser habitado. Más aún, fecundado. En cada creyente se renueva algo del misterio de María, que “se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mateo 1,18). Orígenes de Alejandría, uno de los más grandes teólogos de los primeros siglos y padre de la exégesis bíblica cristiana (185-253), nos ofrece una de las imágenes más eficaces de la vida cristiana: “El cristiano, mientras está en este cuerpo, es semejante a una mujer encinta: lleva dentro de sí el Verbo de Dios” (In Exodum X, 10). Así como la mujer embarazada lleva al hijo en su vientre, pero aún no lo ve cara a cara, así el cristiano lleva a Cristo dentro de sí mediante la gracia, pero todavía “camina en la fe, no en la visión” (2 Corintios 5,7). Las tribulaciones, las dificultades y la misma muerte constituyen los dolores del parto. El cristiano vive en el mundo, entre los hombres, como una mujer grávida de vida nueva. “Y no hace falta que la mujer embarazada haga proclamaciones: es evidente para todos que hay una vida nueva en ella. Como para la mujer embarazada la espera es el periodo más vivo, más feliz, más creativo, así también para nosotros: vivos, creativos, felices; como la embarazada es una y dos al mismo tiempo, vive una vida hecha de dos vidas, así el cristiano es uno y dos”, comenta el P. Ermes Ronchi.

Ponerse en la escuela de los místicos enamorados

Tal vez no hemos interiorizado suficientemente esta realidad sorprendente y maravillosa: somos morada de Dios, habitados por Dios, portadores y portadoras de una vida nueva generada en nosotros por el Espíritu Santo. A menudo pensamos en Dios “con” nosotros, “a nuestro lado”, o a veces lejano o ausente, y olvidamos que Él está “en” nosotros.

Los místicos, en cambio, lo comprendieron muy bien. Traigo el ejemplo de un místico francés del siglo XVII: Lorenzo de la Resurrección (Laurent de la Résurrection), hermano lego en un monasterio de los Carmelitas Descalzos de París. La espiritualidad que vivió y enseñó era muy sencilla: cultivar el sentido de la presencia de Dios, mediante “el ejercicio continuo de esta divina presencia”, en cada instante y en toda circunstancia, trabajando primero como cocinero y después como zapatero en un gran convento con más de un centenar de frailes:

En el bullicio de mi cocina, donde a veces varias personas me hablan al mismo tiempo de cosas distintas, poseo a Dios tan tranquilamente como si estuviera de rodillas ante el Santísimo Sacramento. No es necesario tener grandes cosas que hacer. Yo doy la vuelta a mi tortilla en la sartén por amor de Dios y, cuando la he hecho, si no me queda nada más, me inclino hasta el suelo y adoro a mi Dios, que me ha concedido la gracia de hacerla; después de lo cual me levanto más feliz que un rey”.

Aunque cojeaba a causa de una herida de guerra, fray Lorenzo —“tosco por naturaleza y delicado por gracia”, según Fénelon— era puntual y preciso en sus tareas, sin dar señales de impaciencia ni de prisa… Pero…

Si a veces estoy un poco demasiado ausente de esta divina presencia, Dios se hace sentir enseguida en mi alma… con movimientos interiores tan fascinantes y tan deliciosos que me da vergüenza hablar de ellos”.

Da también tú la vuelta a la tortilla cotidiana de tu vida: no siempre será perfecta, pero siempre podrá estar condimentada con amor.


El Espíritu de la Verdad
José Antonio Pagola

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.

Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?

Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor… que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.

Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo  su Evangelio.

Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.

Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.

Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad…
¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”?

¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada?

¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?

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La vida en nosotros
Paula Depalma

La dimensión escatológica de este texto es sorprendente. A partir del capítulo 13 nos enfrentamos a un extenso discurso de despedida: El evangelista nos presenta a un Jesús consciente de que va a morir. Los discípulos son como sus hijos; él los ha cuidado y protegido, y no quiere que ahora estén desconsolados. Por eso les dice: “No los dejará huérfanos”. La muerte se acerca, pero Jesús les promete: “Regresaré con ustedes”. Los discípulos sienten miedo a quedarse solos, al abandono. Pero Jesús los consuela y les explica que la muerte no tiene la última palabra y que volverá porque, dice, “yo vivo” y “ustedes vivirán”.

Los verbos “vive”, “está en”, “está con” que aparecen en este evangelio en el capítulo 14 llaman la atención sobre todo porque parecen referirse no solo a los discípulos sino a todo creyente, a cada lector u oyente de esta palabra. ¿Quién o quiénes viven?

La respuesta es pluriforme y vincular. Los que “viven” son el Espíritu consolador en nosotros (v. 17); el Padre y Jesús en quienes amen a Jesús (v. 23) y Jesús y los creyentes mutuamente relacionados “porque yo vivo y ustedes vivirán” (v. 19). Las comunidades de los orígenes comprendían que ser cristiano era dejarse llevar por el Espíritu que consuela, el espíritu del Resucitado. Comprendían que Jesús estaba vivo en ellos, y que ellos vivían un vida nueva en esta dinámica de la vida que no tiene fin.

Este texto no permite interpretaciones morales relacionadas con el cumplimiento de los mandamientos, y, sin embargo, apunta a ellas. La única tarea que deja a los discípulos consiste en amar; y ese amor desencadena la acción de cumplir los mandamientos. Recordemos a Agustín de Hipona en su clásico “Ama y haz lo que quieras”, o a Teresa de Jesús “El amor, cuando es crecido, no puede estar sin obrar”. El amor en el centro y como condición imprescindible y, a partir de allí, la acción.

Los cristianos de las comunidades joánicas pasaban momentos difíciles y sus vidas corrían peligro. Tal vez por ello el evangelista dedica tantos capítulos a los discursos de despedida: para ofrecer sentido a situaciones difíciles, para brindar plenitud de vida incluso ante la muerte. Y para poder encontrar en Jesús una propuesta de una vida con sentido. Un sentido y un estilo de vida en plenitud, que se vuelven más importantes y significativos que la misma muerte.

En conclusión, la vida, para el cuarto evangelista, consiste en esta continuidad propia del amor, de la justicia, de la reciprocidad y de la trascendencia. La vida que ofrece el Jesús joánico es vida en abundancia, vida que no se acaba, vida compartida, vida en comunión, vida en relación, vida propia de la justicia, vida para quien ama y vida para quien cree. Es presente y plenitud de ser.

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El Espíritu da vida y gozo e impulsa a la Misión
Romeo Ballan, MCCJ

Un clima de despedida se respira en el largo discurso-conversación-oración de Jesús con sus amigos después de la Ultima Cena (Evangelio): abundan las emociones, recuerdos, preguntas, temores… Pero sobre todo ello prevalece la promesa confortadora del Maestro: “No los dejaré huérfanos: volveré a ustedes” (v. 18); el Padre les dará otro Consolador… para siempre (v. 16). Jesús promete “el Espíritu de la verdad” (Jn 14,17; 16,13); lo presenta como defensor y Paráclito (Jn 16,7-11), como don a quien ora (Lc 11,13), como perdón de los pecados (Jn 20,22-23), como Espíritu que clama en nosotros ¡“Abá, Padre!” (Rom 8,15). En verdad, el Espíritu que Jesús promete a los discípulos es un verdadero “Paráclito” (v. 16): palabra de uso judicial para indicar a una ‘persona llamada para estar al lado’ (v. 17) como ayuda, protector, defensor. Por tanto, una presencia amiga, una compañía íntima y cariñosa.

Él es Espíritu de amor en el seno de la Trinidad y dentro de cada uno de nosotros; es un nuevo principio de vida moral en la observancia de los mandamientos. En efecto, no basta con presentar la ley moral para que esta sea observada. La simple ley es como las señales de tráfico: indican la dirección justa, pero son incapaces de mover el carro; es necesario un motor. Jesús, además de indicarnos la ruta, nos comunica también su fuerza, su Espíritu, para proceder hacia la meta. ¡Por amor! Se observa la ley con un Espíritu diferente: ¡como expresión y signo de amor! En la gratuidad y reciprocidad (v. 21).

El Espíritu anima la misión de los discípulos a todos los pueblos, como se ve en Pentecostés, hasta los confines de la tierra (cfr. Hechos 1,8). Lo mismo se ve también en la fundación de la Iglesia en Samaría (I lectura), que es la segunda comunidad (después de Jerusalén), y le seguirán Antioquía y otras. En los comienzos de la comunidad de Samaría encontramos a un diácono, Felipe (v. 5): llega allí huyendo de la persecución desatada después del asesinato de Esteban, predica a Cristo, lo escuchan con interés, realiza prodigios, bautiza, “y hubo una gran alegría en aquella ciudad” (v. 8). Son estos los primeros signos de una comunidad de fe, la misma que más tarde recibirá la confirmación de los apóstoles Pedro y Juan con el don del Espíritu Santo (v. 17). La fundación de Antioquía tiene un comienzo semejante, impulsado por cristianos que se habían dispersado tras la misma persecución; los apóstoles llegarán posteriormente.

En la historia de la Iglesia misionera abundan hechos parecidos; casi todas las comunidades cristianas empezaron con laicos: un catequista, una familia, algunas religiosas, un grupo de laicos y laicas (la ‘Legión de María’, por ejemplo, y otros). Solo más tarde llegan el sacerdote y el obispo, con los sacramentos de la iniciación cristiana y la organización eclesial. Un caso emblemático es el comienzo de la Iglesia en Corea (s. XVIII): algunos laicos coreanos que regresaron de China, donde habían encontrado la fe cristiana y el bautismo, llevaron consigo libros cristianos y empezaron a anunciar el Evangelio de Jesús. Solo décadas más tarde llegaron a Corea el primer sacerdote desde China y los primeros misioneros desde Francia.

La Iglesia es una comunidad de creyentes en Cristo, cuyos miembros – como los destinatarios de la carta de Pedro (II lectura) – están “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de la esperanza que está en ustedes” (v. 15). En las páginas de los Hechos se respira la frescura misionera característica de las primeras comunidades cristianas. Una frescura y un ardor que se vuelven contagiosos y que no se pueden ni se deben ocultar. Con toda razón se afirma que “los cristianos son ridículos cuando ocultan lo que los hace interesantes” (Card. J. Daniélou). La Iglesia del Resucitado es una comunidad misionera, portadora de un mensaje de vida, gozo y esperanza para anunciarlo a todos los pueblos, como declara el Concilio: “La a comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (GS 1).

V Domingo de Pascua. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se los habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.

Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes , ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: Muéstranos al Padre? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre”.

(Juan 14, 1-12)


Yo soy el camino, la verdad y la vida
P. Enrique Sánchez G. mccj

Ya en el domingo pasado habíamos empezado a reflexionar sobre la importancia que tiene Jesús en nuestras vidas para poder llegar a encontrarnos con lo que más anhela nuestro corazón.

El deseo más profundo que llevamos en nuestro interior es poder conocer a Dios para entrar en una relación que nos haga experimentar que somos sus hijos.

Jesús, en el evangelio del Buen Pastor que leímos la semana pasada, nos decía que él es la puerta por donde tenemos que pasar para que suceda ese encuentro. Él es la puerta por donde pasan las ovejas que Él conoce y ama y es a través de Él que podemos llegar a conocer a su Padre, que es nuestro Padre, porque Jesús está en el Padre y el Padre en Jesús.

El evangelio de hoy nos invita a continuar en esa búsqueda dejándonos conducir por el Señor y parece que en este texto hay cuatro palabras claves que sirven de marco a lo que Jesús nos quiere enseñar. Las cuatro palabras son: casa, camino, verdad y vida.

La casa es el lugar en donde habita el Padre y en donde Jesús, a través del misterio de su pasión, muerte y resurrección, ha preparado un lugar para nosotros. Nos ha ganado un espacio para que podamos vivir con Él y con su Padre para siempre.

Seguramente podemos entender que la casa no se trata de una edificación hecha de cemento y de ladrillos. No es un espacio físico como el que ocupamos en esta tierra, sino, más bien una realidad en donde podemos estar como somos en Dios, así como Él ha querido estar con nosotros enviándonos a su hijo para que se hiciera una de nosotros.

Jesús quiere que estemos en donde Él está, es decir, gozando de la presencia de Dios en nuestras vidas, como Él permanece para siempre con su Padre después de haber cumplido su misión entre nosotros.

Hemos sido creados para Dios y nuestro corazón no descansa hasta reposar en Él. Así lo decía san Agustín en el libro de las Confesiones y esa es una verdad que llevamos dentro de nosotros mismos y que nos impulsa a ir cada día más lejos en nuestra búsqueda de Dios, con el deseo de encontrar lo que realmente le da sentido a nuestra existencia en este mundo.

Volver a la casa del Padre significa también volver a nuestro origen, pues sabemos que hemos nacido de Dios y nuestro peregrinar por este mundo no es otra cosa sino marchar y volver a donde sabemos que pertenecemos.

Jesús se nos ha adelantado y nos dice que allá nos espera para que ocupemos el lugar que nos corresponde en el corazón de nuestro Padre Dios.

¿Cómo podremos llegar a nuestro destino? Jesús nos dice que tenemos que pasar a través de Él. Esto puede significar, de alguna manera, que tenemos que aprender de Él todo lo que se refiere a la vida verdadera.

Quiere decir que nos toca hacer todo lo que está de nuestra parte para configurar nuestra vida con la suya. Que tenemos que aprender a actuar y a vivir como Él, siendo fieles a su palabra, a sus valores y al ejemplo que nos ha dado.

Tenemos que llegar a hacer nuestra la experiencia de san Pablo cuando dice: “ya no soy yo el que vive, sino Cristo que vive en mí” (Gálatas, 2, 20)

Jesús mismo lo dice: yo soy el camino. Él es quien se pone por delante y nos guía para que lo sigamos como discípulos que caminan sobre sus huellas. Él es quien con su ejemplo, que hemos conservado en el Evangelio, nos enseña qué es lo que tenemos que ser y hacer para poder entrar en el mundo de Dios sin perdernos en otros rumbos que nos llevan a destinos muy distintos.

Si seguimos a Jesús no hay peligro de perdernos o de quedarnos a medio camino. Él es el camino de la salvación. Y ese camino nos lleva a vivir con Él la experiencia de la pasión, de la muerte y de la resurrección, porque, como dicen los Hechos de los Apóstoles, “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en el que podamos ser salvados” (Hechos 4, 12)

El camino que es Jesús para llegar al Padre, nos lleva por rumbos que nos obligan a desprendernos de nosotros mismos, a poner nuestra confianza en Dios, a vivir en la alegría que no da el saber que le pertenecemos. Nos hace profundamente libres para no dejarnos atrapar por nada que pueda esclavizarnos en este mundo.

Hacer el camino de Jesús es aceptar convertirnos en peregrinos que van en búsqueda de absoluto, de aquello que no podemos encontrar en lo limitado de nuestro mundo. Es lo que nos abre para entender que tenemos una vocación que nos lleva lejos y a no quedarnos atorados en lo inmediato de lo material y pasajero de esta vida.

Jesús se nos presenta también como la verdad y esto quiere decir que en Él podemos encontrar la respuesta a lo que nuestro corazón desea en lo más profundo de nosotros mismos.

La verdad es lo que nos permite caminar por los senderos de lo que es auténtico, honesto, bueno, bello en este mundo. Es lo que nos impide quedarnos atrapados en aquello que nos puede esclavizar y negar nuestra identidad de hijos de Dios.

La verdad es lo que nos permite reconciliarnos con los errores que hayamos podido cometer, con las infidelidades en que nos pudimos ver enredados; es la posibilidad de recobrar con humildad y sencillez lo que realmente somos y valemos a los ojos de Dios.

Todos estamos expuestos a fallar, a caer y a pecar. Todos nos podemos equivocar y encontrarnos un día haciendo lo que sabemos que no nos conviene, como dice san Pablo: “sé el bien que tengo que hacer y me encuentro realizando el mal que no quiero”. (Romanos 7,19)

Eso habla de nuestra fragilidad y nuestra debilidad muy humanas, pero la verdad que llevamos grabada en el corazón nos permite volver sobre nuestros pasos en un camino de conversión para ser lo que realmente nos corresponde en los proyectos de Dios.

La verdad es lo que nos hace libres y en eso Jesús nos ha enseñado no con muchas palabras, sino con el testimonio de coherencia de vida y de entrega radical.

La verdad es lo que nos permite dar la vida, porque hemos podido entender que el secreto de la felicidad no está en lo que tenemos sino en lo que somos para los demás.

La verdad es lo que impide que vivamos engañándonos a nosotros mismos, y nos permite asumir con humildad aquello que reconocemos como extraño a lo que Dios ha querido hacer de nosotros.

Ser verdaderos no quiere decir ser perfectos e intachables, sino más bien ser capaces de vivir reconciliados con lo que descubrimos de nosotros mismos aceptando poner todo lo que esté de nuestra parte para ser una mejor imagen del Dios que nos ha creado a semejanza suya.

La verdad, podríamos decir, es lo que aleja de nosotros el engaño, la mentira, la corrupción, lo fraudulento y lo aparente. Vivir en la verdad, vivir en Cristo, es ser capaces de convertirnos en testigos transparentes del amor de Dios, no obstante nuestros límites y nuestros pecados.

Finalmente, Jesús nos dice que Él es la vida. Y esto no debería sorprendernos, pues Él es el don de Dios para la humanidad y ya nos recordaba con palabras muy sencillas que Él ha venido a cumplir la voluntad de su Padre y lo que el Padre quiere para nosotros es que tengamos vida, y la tengamos en plenitud.

Tener la vida de Jesús bien podría significar estar en este mundo reconociendo todo lo bueno que Dios ha puesto ahí para que vivamos como familia, en la armonía y en la solidaridad, en el respeto y en la paz.

La vida que todos soñamos no está llena de cosas grandiosas y extraordinarias, basta tener lo necesario para vivir con dignidad y la capacidad de reconocer a los demás como nuestra verdadera riqueza.

La vida verdadera será siempre aquella que se vive para los demás. Vivir plenamente es haber entendido que la vida no es para que nos encerremos en nosotros mismos, sino un instrumento para ir al encuentro de los demás, para darnos cuenta que Dios los ha puesto en nuestro camino para brindarnos todo aquello que no encontramos en nosotros mismos.

La vida, por lo tanto, no son unos cuantos años gastados de prisa, cargados de angustias y de preocupaciones. No es el tiempo que tuvimos para acumular todo aquello que no podremos llevarnos en el último instante de nuestra existencia.

La vida es descubrir que somos viajeros que van de paso y que cuando viven en plenitud van dejando una huella en este mundo que servirá para que otros puedan también dirigir sus pasos hacia aquella casa en la que se nos está esperando par que vivamos por siempre y para que gocemos de la presencia de quien no tiene otra preocupación más que amarnos.

Mientras llega ese día, fijemos nuestra mirada en Jesús para descubrirlo como la puerta que nos abre el camino que nos permite transita por la verdad, que nos da la alegría de vivir en el bien y que nos asegura una morada en donde la vida es plenitud y realización de nuestros sueños más profundos.

Que Jesús sea nuestro camino, la verdad que nos ilumina y la vida que nos llena de alegría.

Que nos conceda la gracia de dejarnos conducir por Él al lugar que nos tiene preparado en la casa del Padre.


El caminio
José Antonio Pagola

Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. La salida precipitada de Judas, el anuncio de que Pedro lo negará muy pronto, las palabras de Jesús hablando de su próxima partida, han dejado a todos desconcertado y abatidos. ¿Qué va ser de ellos?

Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos:”Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.

“Yo soy el camino”. El problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados. Sencillamente, viven sin camino, perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento.

Y, ¿qué puede hacer un hombre o una mujer cuando se encuentra sin camino? ¿A quién se puede dirigir? ¿Adónde puede acudir? Si se acerca a Jesús, lo que encontrará no es una religión, sino un camino. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús.

“Yo soy la verdad”. Estas palabras encierran una invitación escandalosa a los oídos modernos. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El misterio último de la realidad no se deja atrapar por los análisis más sofisticados. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad.

Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.

“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva.

Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.

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Confiad en mí
Inma Eibe, ccv

En este V domingo de Pascua, el evangelio de Juan nos vuelve a situar en el cenáculo, en el momento posterior al lavatorio de los pies. Desde la experiencia pascual y para que ésta se sostenga y reafirme, los primeros creyentes necesitan recordar todas las palabras que habían escuchado en boca de Jesús mientras estaba con ellos y cuyo significado, en aquel momento, eran incapaces de comprender del todo.

Situados en el contexto podemos comprender que las primeras palabras de Jesús sean una invitación a mantener la calma. Igualmente los primeros creyentes, para quienes Juan escribe el evangelio, se ven necesitados de aprender a relacionarse de un modo nuevo con un Jesús no visible, pero Vivo y resucitado. Necesitan escuchar una vez más la invitación que éste tantas veces les hizo: “no perdáis la calma”.

También a nosotros nos llega hoy este llamamiento a no perder la paz. “Creed en Dios y creed también en mí. “Creed plenamente en mí y en mi palabra, porque aunque me voy, no os dejo. Porque el Padre y yo, que somos uno (cf. Jn 10, 30), estamos siempre con vosotros”. “Creer”, en este sentido, no es un movimiento meramente intelectual, sino la acción de depositar nuestra absoluta confianza en Jesús y vivir consecuentemente. Sólo de ahí puede brotar la verdadera calma. Aunque la vida siga trayendo dificultades, aunque no nos falten preocupaciones, aunque sigamos sintiendo miedo por tantas cosas… Jesús nos invita a no perder la paz que brota de la confianza plena en Quien, sabemos, no nos abandona.

“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.” Hasta once veces (en doce versículos) pone Juan en boca de Jesús el término “Padre”, además de nombrarlo de otras maneras. En un contexto en el que nuestra atención está centrada en lo que Jesús hace y dice, éste desea desviar nuestra mirada y nuestro corazón hacia el Padre para ratificar que él todo lo ha recibido del Padre y que los dos son uno mismo. “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?”, le responde a un Felipe que pronuncia el deseo que todos se hacían: “Muéstranos al Padre y nos basta”.

Eso puede sucedernos también hoy a nosotros. Hemos escuchado y sabemos que Dios está en nosotros, que no hay que buscarle “más allá”… Pero este Misterio nos sobrepasa y nos confunde. Por eso Jesús nos lo recuerda una vez más. “Yo soy el camino hacia el Padre”. En él, con él y por él nosotros somos invitados a entrar en el abrazo de amor de la familia divina. “Conocerle” no es sólo progresar en el conocimiento de su vida, sus gestos y sus palabras. Se trata de un conocimiento vivencial, de entrar en mayor comunión con Jesús, de tener verdadera experiencia de encuentro y amistad con él.

“Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”Jesús repite, como consigna, el mismo imperativo que al principio: “creed”, “creed en mí”, “creedme”. “Creed que yo soy el camino, la verdad y la vida”. En este tiempo en el que miles de hermanos transitan por tantos caminos huyendo del horror; en el que todo lo nos llega de nuestros líderes parece bañado por la corrupción y la mentira; en el que nos alcanzan continuamente imágenes que muestran cómo la vida es devaluada; la certeza de que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida con mayúsculas alienta nuestra marcha como creyentes, alimenta nuestra esperanza y aviva nuestro compromiso. Si creemos en él, si se nos da vivir cada vez más en comunión con él, nuestro anuncio del Padre y su Reino no será sólo de palabra, sino también –como hacía Jesús- con obras. Obras, gestos, miradas, caricias, acompañamientos… que se convierten en los pequeños milagros cotidianos.

En el comienzo del evangelio Jesús habla de las “muchas estancias en la casa del Padre”. Estamos seguros de que, el día de mañana, cuando pasemos a vivir con él definitivamente, encontraremos su abrazo, su regazo para descansar plenamente. Pero si creemos de verdad que Dios Padre-Madre está aquí, a nuestro lado y que Jesús nos acompaña Vivo y resucitado, sabremos descubrir que nos espera ya en muchas “estancias”: la habitación de quien está enfermo en el hospital, en una residencia o quizás en casa; la de aquella persona conocida que sabemos sufre por alguna causa, o está sola; ese tramo de calle donde alguien suplica atención, ayuda, escucha; tantos espacios en los que levantamos muros y rejas para que el dolor hermano no nos salpique…

En todas estas “estancias” él también nos espera para abrazarnos. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores.” Así sea.

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Del miedo al valor de ser comunidad creativa
Romeo Ballan mccj

Las palabras del Evangelio de hoy tienen el sabor y la emoción de un testamento, que Jesús confía a sus discípulos después de la última cena, en las largas horas de la despedida (Jn 13,31-17,26). Son la preciosa enseñanza que Jesús deja a sus discípulos como herencia, pocas horas antes de entrar en su camino (v. 4.6): el camino de la cruz-muerte-resurrección. Testamento y herencia que, en la vida de todos, normalmente se vuelven efectivos tras la muerte del testador. El caso de Jesús es diferente: no es el testamento de un muerto, sino de un viviente. Con razón, la liturgia nos revela este testamento en los domingos después de Pascua y nos lo hace gustar como palabra viva del Resucitado. Ante todo, es una palabra de consuelo y de esperanza para la comunidad de los creyentes, para que no tiemble su corazón, sino que permanezcan fuertes en la fe (v. 1) y estén dispuestos a seguir los pasos del Maestro por el mismo camino: el camino hacia la Pascua, hacia la casa del Padre. La casa del Padre, sin embargo, no es inmediatamente el paraíso, sino ante todo la comunidad de los creyentes, donde también hay “muchas estancias” con un lugar para cada uno (v. 2-3); donde los sitios, los encargos y los servicios por cumplir son muchos; donde el sitio más importante es el que permite servir más y mejor a los demás.

Ayudarse como hermanos, lavarse los pies unos a otros (Jn 13,14), sin títulos de clase, honor, prestigio… Este era el ideal y el gran testimonio de la primera comunidad, en la cual había sí una diferencia, la única, reconocida por todos desde los comienzos: la diferencia en razón del servicio (o ministerio), requerido y brindado a la comunidad. Estamos ante un tema misionero apasionante. El mensaje del Evangelio de este domingo y las experiencias de la primera comunidad cristiana (y II lectura) contienen luces preciosas para la misión de la Iglesia. El libro de los Hechos (I lectura) presenta un cuadro de dificultades típicas de la misión, concretas y frecuentes: se refieren al crecimiento numérico, al pluralismo cultural de la comunidad (v. 1: conflicto entre los de lengua griega y los de lengua hebrea, con consecuencias sociales y económicas), a la organización de la asistencia a los necesitados… Para encontrar la solución, se emplean criterios básicos para la buena marcha de la misión: amplia consulta en el grupo (v. 2), búsqueda de personas llenas de Espíritu y de sabiduría (v. 3.5), definición de los ministerios (v. 3.4.6). Así: los diáconos para la administración y los Doce Apóstoles para la oración y el servicio de la Palabra.

Hoy diríamos que la solución se encontró gracias a un ejercicio de la autoridad en forma sinodal: en la colegialidad y en la ministerialidad, que han permitido actuar con pluralismo cultural y con descentralización. La Iglesia de Jerusalén salió de aquel percance más madura, enriquecida con nuevas fuerzas para el apostolado, más abierta a las exigencias culturales de los diferentes grupos. Fue una solución creativa y ejemplar, que tuvo inmediatos efectos de irradiación misionera: “la Palabra de Dios iba cundiendo”, mientras crecía el número de discípulos de Jesús (v. 7). Se inscribe en este contexto también la insistencia del Papa Francisco sobre la oración por las vocaciones.

Soluciones de esa naturaleza son propias de un pueblo que San Pedro (II lectura) define real, santo, escogido por Dios (v. 9), llamado a acercarse al “Señor, la piedra viva” y, por tanto, un pueblo formado por “piedras vivas” (v. 4.5). Volvemos aquí al tema de los diferentes servicios en la casa de Dios: no es importante ser piedras de fachada o piedras escondidas en los cimientos. S. Daniel Comboni así lo recomendaba a sus misioneros para África: “El misionero trabaja en una obra de altísimo mérito, ciertamente, pero muy ardua y laboriosa, para ser una piedra escondida bajo tierra, que quizás nunca verá la luz, y que entra a formar parte de los cimientos de un nuevo y colosal edificio, que tan solo la posteridad verá surgir del suelo” (Reglas de 1871, Escritos, n. 2701). Lo que importa es formar parte de la comunidad de discípulos, contentos de ser pueblo, ser activos en el servicio a la misión de Cristo Salvador, acogedores y solidarios hacia las personas más alejadas, extranjeras, solas.

Jesús no ha venido a quitarnos el sufrimiento, sino a darnos valor para afrontar los miedos profundos de la enfermedad, el futuro, la soledad, la muerte… “Dios no ha venido a explicar el sufrimiento; ha venido a llenarlo con su presencia” (Paul Claudel). En la conversación con sus discípulos (Evangelio), Jesús los invita a no perder la tranquilidad ante las pruebas (v. 1). Los exhorta a creer en Él, que es “el camino, la verdad y la vida” (v. 6). Habla de su íntima unidad con el Padre, hasta el punto de que quien le ha visto a Él ha visto al Padre (v. 9). Jesús es el primer misionero del Padre: lo ha revelado y anunciado con la palabra y con las obras (v. 11). Surge aquí la pregunta fundamental para la misión: hoy, ¿a quién le toca revelar al Padre y revelar a Jesús, el Salvador del mundo? El desafío permanente del cristiano es poder decir: ¡quien ve mi vida y escucha mi palabra ve al Padre, ve a Cristo! Aquí tiene sus raíces y su fuerza de irradiación la responsabilidad misionera de todo bautizado.

IV Domingo de Pascua. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado.

Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

(Juan 10, 1-10)


El Buen Pastor
P. Enrique Sánchez G., mccj

La figura del Buen Pastor es algo que trae a nuestros corazones muchos buenos sentimientos. Es una imagen que genera confianza, serenidad, esperanza, alegría, por mencionar sólo algunos de esos sentimientos.

Jesús se presenta a nosotros, a través de este evangelio, como un pastor que se pone por delante y nos llama a seguirlo, depositando en él toda nuestra confianza. Nos invita a dar ese paso diciendo que nos conoce a cada uno por nuestro nombre y que es alguien que vela por el bienestar de aquellos que le pertenecen.

A sus ovejas las conoce, la quiere, las cuida y las conduce por caminos seguros. Las lleva a pastos abundantes en donde no les faltará nada y en donde podrán estar tranquilas.

Seguramente los oyentes de Jesús, cuando les hablaba del cuidado que él tenía por todos aquellos que su Padre le había confiado, se recordaban del salmo 23 que muchas veces recitaban en la sinagoga o en sus casas en los momentos de oración reconociendo a Dios como el padre bueno que guiaba sus pasos.

El ejemplo del pastor que Jesús pone ante la mirada de sus interlocutores no era difícil de entender en un pueblo en donde una de las actividades importantes era el pastoreo de las ovejas. Todos sabían que los buenos logros que podrían recogerse de un rebaño dependían de las capacidades y del cuidado del pastor.

Jesús, presentándose como aquel que conoce a sus ovejas y que ellas lo reconocen y lo siguen, nos da a entender que aquí no se trata sólo de cuidados, hay algo más. Hay un conocimiento mutuo, de reconocimiento de ambas partes que se traduce en confianza y en disponibilidad para ponerse a caminar tras sus huellas.

A Jesús se le podrá seguir siempre, en la medida en que nazca una auténtica y profunda amistad fundada en el conocimiento mutuo. Y esto habla de una experiencia profunda de amor.

Por eso, cuando pensamos a nuestras vocaciones, al llamado que el Señor nos ha hecho, nos damos cuenta de que lo más importante en esa experiencia no está tanto en lo que somos llamados a hacer, sino a ser con él.

El evangelio de Marcos, cuando nos habla de la llamada de los discípulos, nos recuerda que los llamó principalmente para que estuvieran con él. Y ese estar con él es lo que habitualmente nosotros llamamos amistad, cariño, amor.

San Pablo dirá en su carta a los Gálatas: “me amó y se entregó por mí”. De ahí nace toda vocación.

En esa relación existe algo importante que el evangelio lo señala al inicio. Ahí se menciona como una necesidad de pasar por la puerta del redil para poder ser reconocido y para no confundir al responsable del redil a la hora de entrar. Se tiene que pasar por él. Luego el evangelio termina con aquella frase que dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” y precisamente, quienes quieran alcanzar esa vida abundante, lo lograrán en la medida que pasen por Cristo, es decir, que ponga al Señor en el centro de su vida.

Tener a Jesús como nuestro pastor es algo muy alentador, pues sintiéndonos conocidos por él no hay nada ni nadie que nos pueda impedir ponernos en el camino para seguirlo. Sintiéndonos amados por él nos descubrimos perdonados y el amor junto con el perdón hacen que no existan más obstáculos que nos impidan entregarle lo que somos.

Como Buen Pastor el Señor también hoy se nos presenta como la puerta abierta por la cual somos invitados a pasar para entrar a hacer la experiencia de la salvación, es decir, sentir que somos amados de una manera especial por el Señor que nos da la posibilidad de vivir intensamente realizando lo que nuestro corazón más profundamente desea.

Este evangelio de hoy nos es propuesto para que motivemos nuestra oración por las vocaciones, en especial por las vocaciones a la vida consagrada al servicio del Evangelio y de los más pobres en la Iglesia. Pero también para que pidamos por todas las vocaciones.

Jesús, Buen Pastor, nos llama a cada uno por nuestro nombre y conociendo lo que somos cada uno, nos invita a seguirlo poniendo a su disposición nuestras vidas para el servicio y la entrega a los demás.

Toda vocación es una llamada a vivir una experiencia extraordinaria del amor y a cada uno el Señor nos indica un camino en donde seremos capaces de amar con todo lo que somos.

Y ese amor lo percibimos en nosotros justamente cuando descubrimos que Jesús nos conoce tal y como somos y que, teniendo en cuenta nuestra realidad, nos perdona y nos llama.

Por ese motivo, mientras más conocemos a Jesús y más nos descubrimos amados y perdonados por él, nuestra respuesta a su llamada se hace más clara, aunque la respuesta implique sacrificios y renuncias, nada impide a dar un sí. Ese sí que después a lo largo de toda la vida será sostenido por el Señor en los momentos de mucho entusiasmo, pero al igual en los días de oscuridad, de duda y de fragilidad.

Responder al Señor con generosidad, con confianza y con alegría es lo que permitirá que en la realización de nuestra vocación encontremos aquella plenitud de vida con la que el Señor ha marcado nuestro corazón como tratándose del anhelo más grande de nuestra vida.

Pidamos a Jesús, el Buen Pastor, que lo sepamos reconocer presente en nosotros, que seamos capaces de escuchar su voz, cuando nos llama por nuestro nombre, porque nos conoce.

Que nos sintamos profundamente amados por él para que nos dejemos guiar por los caminos por donde nos quiere conducir y que podamos realizar el proyecto que Dios ha soñado para cada uno de nosotros, sabiendo que Dios quiere en nuestras vidas lo que más profundamente queremos, cuando se trata de amar con todo el corazón.

Que en esta jornada mundial de oración por las vocaciones el Buen Pastor toque el corazón de muchas personas para que sepan poner a disposición sus vidas al servicio del Evangelio en cualesquiera que sea nuestra vocación.

Y, finalmente, que el Señor nos conceda ser fieles y perseverantes en nuestra vocación.


Jesús es la puerta
José Antonio Pagola

Jesús propone a un grupo de fariseos un relato metafórico en el que critica con dureza a los dirigentes religiosos de Israel. La escena está tomada de la vida pastoril. El rebaño está recogido dentro de un aprisco, rodeado por un vallado o pequeño muro, mientras un guarda vigila el acceso. Jesús centra precisamente su atención en esa «puerta» que permite llegar hasta las ovejas.

Hay dos maneras de entrar en el redil. Todo depende de lo que uno pretenda hacer con el rebaño. Si alguien se acerca al redil y «no entra por la puerta», sino que salta «por otra parte», es evidente que no es el pastor. No viene a cuidar a su rebaño. Es «un extraño» que viene a «robar, matar y hacer daño».

La actuación del verdadero pastor es muy diferente. Cuando se acerca al redil, «entra por la puerta», va llamando a las ovejas por su nombre y ellas atienden su voz. Las saca fuera y, cuando las ha reunido a todas, se pone a la cabeza y va caminando delante de ellas hacia los pastos donde se podrán alimentar. Las ovejas lo siguen porque reconocen su voz.

¿Qué secreto se encierra en esa «puerta» que legitima a los verdaderos pastores que pasan por ella y desenmascara a los extraños que entran «por otra parte», no para cuidar del rebaño, sino para hacerle daño? Los fariseos no entienden de qué les está hablando aquel Maestro.

Entonces Jesús les da la clave del relato: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas». Quienes entran por el camino abierto por Jesús y le siguen viviendo su evangelio son verdaderos pastores: sabrán alimentar a la comunidad cristiana. Quienes entran en el redil dejando de lado a Jesús e ignorando su causa son pastores extraños: harán daño al pueblo cristiano.

En no pocas Iglesias estamos sufriendo todos mucho: los pastores y el pueblo de Dios. Las relaciones entre la jerarquía y el pueblo cristiano se viven con frecuencia de manera recelosa, crispada y conflictiva: hay obispos que se sienten rechazados; hay sectores cristianos que se sienten marginados.

Sería demasiado fácil atribuirlo todo al autoritarismo abusivo de la jerarquía o a la insumisión inaceptable de los fieles. La raíz es más profunda y compleja. Hemos creado entre todos una situación difícil. Hemos perdido la paz. Vamos a necesitar cada vez más a Jesús.

Hemos de hacer crecer entre nosotros el respeto mutuo y la comunicación, el diálogo y la búsqueda sincera de verdad evangélica. Necesitamos respirar cuanto antes un clima más amable en la Iglesia. No saldremos de esta crisis si no volvemos todos al espíritu de Jesús. Él es «la puerta».

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Jesús como el Buen Pastor

Este IV Domingo del Tiempo Pascual nos permite profundizar en Jesús como el Buen Pastor y a nosotros como ovejas de su rebaño. Es un tema que ha alimentado la fe y la devoción de los cristianos a lo largo de los siglos. Los primeros cristianos no se atrevían a pintar a Jesús crucificado; sin embargo, en las pinturas de las catacumbas y en los sarcófagos paleocristianos es muy común encontrar representaciones de Jesucristo con una oveja sobre sus hombros. Los presbiterios de las antiguas Basílicas suelen estar decorados con mosaicos que representan dos filas de ovejas acercándose a beber de una fuente. La imagen de Jesús Pastor es tan rica, que nos ayuda a comprender su identidad, su misión y su relación con el Padre y con nosotros.

Hoy se celebra la LVI jornada mundial de oración por las vocaciones, cuyo tema es: La valentía de arriesgar la vida por  la promesa de Dios. La Liturgia nos presenta como centro de nuestra celebración la figura de Jesús que habla de sí mismo como buen Pastor. Su presencia resucitada en medio de sus Apóstoles nos invita a orar y pedir por los Pastores: Papa Francisco, Obispos, Sacerdotes, y por todos los que se preparan para la vida sacerdotal Y religiosa, por las familias que promueven la cultura vocacional con amor por la Iglesia.

El texto de Jesús Buen Pastor debe ser leído y meditado a la luz del capitulo 34 del profeta Ezequiel que anuncia un pastor que en nombre de Dios hará alianza con su pueblo. Quien es el verdadero pastor? El que se sacrifica por la comunidad. Jesús también es ”puerta”, pues su Palabra conduce a la vida nueva, a la verdad, a la misión.

Él nos dice: Yo soy el Buen Pastor, conozco mis ovejas y ellas me conocen, Yo soy la puerta de las ovejas, Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia. Esta conclusión ilumina todo el texto que se divide en dos partes, la primera habla del pastor y del ladrón: Jn. 10,1- 6. El pastor que es el dueño de las ovejas entra por la puerta; las ovejas conocen su voz y lo siguen, mientras el extraño no lo reconocen. Quien lo está escuchando no comprende que Jesús habla de sí mismo. En la segunda parte: Jn. 10, 7- 10 Jesús se declara diciendo: “Yo soy la puerta se las ovejas”, Quien vino antes de Él, ha pasado por otra parte, por eso es un ladrón y brigante, en fin la contraposición!: el ladrón viene a robar y a asesinar; en vez Jesús ha venido para darnos vida y vida en abundancia, vino para conocer y para guiar, El dona la salvación.

Jesús es la Puerta, es decir sacramento principal del cual nos da toda gracia, en una palabra Él es nuestra Pascua= pasaje; es por medio de Él que la vida de Dios desciende a nosotros del Padre; y es por medio de Él que nuestra respuesta sale al Padre; y es en la Iglesia que, guiada por los pastores, continua su presencia salvadora.
Dios quiere encontrar al hombre porque ha venido allí, donde el hombre le busca. Como padres, educadores, sacerdotes, religiosos, animadores y hermanos ¿estamos dispuestos a entregar nuestras capacidades, nuestro tiempo, nuestra propia vida por los que están a nuestro cargo?
Jesús no llama con palabras aduladoras. Nos dice: el que quiera seguirme, que tome su cruz de cada día y me siga. Su amor y su bondad nos acompañan todos los días de nuestra vida.


Señor y mesías, modelo, puerta del aprisco
José Luis Sicre

Los cuatro títulos iniciales resumen lo que afirman de Jesús: que es Señor y Mesías lo dice Pedro en el libro de los Hechos (1ª lectura); como modelo a la hora de soportar el sufrimiento lo propone la 1ª carta de Pedro (2ª lectura); puerta del aprisco es la imagen que se aplica a sí mismo Jesús en el evangelio de Juan. En resumen, las lecturas nos proponen una catequesis sobre Jesús, lo que significó para los primeros cristianos y lo que debe seguir significando para nosotros.

No quedarnos en el próximo domingo, mirar hasta el 7º

Cabe el peligro de vivir la liturgia de las próximas semanas sin advertir el mensaje global que intentan transmitirnos las lecturas dominicales: pretenden prepararnos a las dos grandes fiestas de la Ascensión y Pentecostés, y lo hacen tratando tres temas a partir de tres escritos del Nuevo Testamento.

  1. La iglesia (1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles). Se describe el aumento de la comunidad (4º domingo), la institución de los diáconos (5º), el don del Espíritu en Samaria (6º), y cómo la comunidad se prepara para Pentecostés (7º). Adviértase la enorme importancia del Espíritu en estas lecturas.
  2. Vivir cristianamente en un mundo hostil (2ª lectura, de la Primera carta de Pedro). Los primeros cristianos sufrieron persecuciones de todo tipo, como las que padecen algunas comunidades actuales. La primera carta de Pedro nos recuerda el ejemplo de Jesús, que debemos imitar (4º domingo); la propia dignidad, a pesar de lo que digan de nosotros (5º); la actitud que debemos adoptar ante las calumnias (6º), y los ultrajes (7º).
  3. Jesús (evangelio: Juan). Los pasajes elegidos constituyen una gran catequesis sobre la persona de Jesús: es la puerta por la que todos debemos entrar (4º); camino, verdad y vida (5º); el que vive junto al Padre y con nosotros (6º); el que ora e intercede por nosotros (7º).

Jesús, Señor y Mesías (Hechos 2,14a.36-41)

Esta lectura tiene interés especial desde un punto de vista histórico y catequético. Según Lucas, el grupo de seguidores de Jesús (120 personas) experimentó un notable aumento el día de Pentecostés. Después de cincuenta días de miedo, silencio y oración, el Espíritu Santo impulsa a Pedro a dirigirse a la gente presentando a ese Jesús al que habían rucificado, constituido Señor y Mesías por Dios. El pueblo, conmovido, pregunta qué debe hacer, y Pedro los anima a convertirse y bautizarse en nombre de Jesucristo. (…)

Jesús modelo (1 Pedro 2,20b-25)

En la segunda mitad del siglo I, los cristianos eran a menudo insultados, difamados, perseguidos, se confiscaban a veces sus bienes, se los animaba a apostatar… En este contexto, la 1ª carta de Pedro los anima recordándoles que ese mismo fue el destino de Jesús, que aceptó sin devolver insultos ni amenazas: «Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas». Al final de esta lectura encontramos la imagen de Jesús como buen pastor («Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas»). Pero este no es el tema principal del evangelio, que introduce un cambio sorprendente.

Jesús, puerta del aprisco (Juan 10,1-10)

El autor del cuarto evangelio disfruta tendiendo trampas al lector. Al principio, todo parece muy sencillo. Un redil, con su cerca y su guarda. Se aproxima uno que no entra por la puerta ni habla con el guarda, sino que salta la valla: es un ladrón. En cambio, el pastor llega al rebaño, habla con el guarda, le abre la puerta, llama a las ovejas, ellas lo siguen y las saca a pastar. Lo entienden hasta los niños.

Sin embargo, inmediatamente después añade el evangelista: “ellos no entendieron de qué les hablaba”. Muchos lectores actuales pensarán: “Son tontos. Está clarísimo, habla de Jesús como buen pastor”. Y se equivocan. Eso es verdad a partir del versículo 11, donde Jesús dice expresamente: “Yo soy el buen pastor”. Pero en el texto que se lee hoy, el inmediatamente anterior (Juan 10,1-10), Jesús se aplica una imagen muy distinta: no se presenta como el buen pastor sino como la puerta por la que deben entrar todos los pastores (“yo soy la puerta del redil”).

Con ese radicalismo típico del cuarto evangelio, se afirma que todos los personajes anteriores a Jesús, al no entrar por él, que es la puerta, no eran en realidad pastores, sino ladrones y bandidos, que sólo pretenden “robar y matar y hacer estrago”.

Resuenan en estas duras palabras un eco de lo que denunciaba el profeta Ezequiel en los pastores (los reyes) de Israel: en vez de apacentar a las ovejas (al pueblo) se apacienta a sí mismos, se comen su enjundia, se visten con su lana, no curan las enfermas, no vendan las heridas, no recogen las descarriadas ni buscan las perdidas; por culpa de esos malos pastores que no cumplían con su deber, Israel terminó en el destierro (Ez 34).

La consecuencia lógica sería presentar a Jesús como buen pastor que da la vida por sus ovejas. Pero eso vendrá más adelante, no se lee hoy. En lo que sigue, Jesús se presenta como la puerta por la que el rebaño puede salir para tener buenos pastos y vida abundante.

En este momento cabría esperar una referencia a la obligación de los pastores, los responsables de la comunidad cristiana, a entrar y salir por la puerta del rebaño: Jesús. Todo contacto que no se establezca a través de él es propio de bandidos y está condenado al fracaso (“las ovejas no les hicieron caso”). Aunque el texto no formula de manera expresa esta obligación, se deduce de él fácilmente.

En realidad, esta parte del discurso termina dirigiéndose no a los pastores sino al rebaño, recordándole que “quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”.

Ya que es frecuente echar la culpa a los pastores de los males de la iglesia, al rebaño le conviene recordar que siempre dispone de una puerta por la que salvarse y tener vida abundante.

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El Buen Pastor llama a otros a ser pastores buenos
Romeo Ballan, mccj

El cuarto domingo de Pascua es el “Domingo del Buen Pastor”, por el pasaje del Evangelio de hoy. El Buen Pastor es la primera imagen utilizada por los cristianos en las catacumbas para representar a Jesucristo, muchos siglos antes de la imagen del crucifijo. La razón de esta antigüedad radica ciertamente en la riqueza bíblica de la imagen del ‘pastor’ ya en el Antiguo Testamento (cfr. Éxodo, Ezequiel, Salmos…). Jesús se ha identificado con el pastor: Yo soy el buen pastor. El evangelista Juan lo presenta con abundantes expresiones que indican la relación vital entre el pastor y las ovejas: entrar-salir, abrir, llamar-escuchar, conducir, caminar-seguir, conocer, pacer… Hasta la identificación de Jesús con la ‘puerta’ (v. 7.9); puerta de salvación, que significa ‘vida en abundancia’ (v. 9.10). En efecto, Jesús se autodefine como el buen pastor que entrega su vida por las ovejas (v. 11). Es interesante notar que el texto griego emplea un sinónimo: el pastor hermoso (v. 11.14), es decir, bueno, perfecto, que reúne en sí la perfección estética y ética.

Él ofrece su vida por todos: Él tiene también otras ovejas a las que debe recoger, hasta formar un solo rebaño con un solo pastor (v. 16). Él no renuncia a ninguna de ellas, aunque estén lejos o no le conozcan: todas tienen que entrar por la puerta que es Él mismo, porque Él es el único Salvador. La misión de la Iglesia se mueve entre estos parámetros de oblación y de universalidad: vida ofrecida por todos, la perspectiva del único rebaño, la vida en abundancia… Aunque la grey sea numerosa, nadie queda perdido en el anonimato, nadie sobra, antes bien las relaciones son personales e íntimas: el pastor conoce a sus ovejas, las llama a cada una por el nombre y las saca fuera (v. 3).

Jesús habla de un pastor que no explota las ovejas, sino que las ayuda a vivir ‘en abundancia’; Él critica duramente la conducta de los jefes religiosos del Templo. En ese contexto, Jesús por dos veces subraya el hecho de que el pastor saca las ovejas ‘fuera’ del recinto (v. 3-4). Es decir, fuera del atrio-recinto del Templo. Porque Jesús se encontró con una religión que no hacía libres a las personas, sino esclavas: esclavas de reglas y leyes, esclavas del poder religioso de escribas, fariseos y sacerdotes, que Jesús llama ‘mercaderes del templo’. Jesús no quiere explotadores, guetos y divisiones. Jesús no está en contra del templo como tal, sino que lo quiere libre de todo tipo de ‘mercaderes’. Solo así el templo continúa siendo un lugar importante para encontrar a Dios, escuchar su Palabra, celebrar la Eucaristía, orar juntos al Padre… Todo ello para recibir luz y fuerza para luego salir y encontrar a Dios en la historia, en la vida diaria, el trabajo, la familia, la enfermedad, la diversión… Para sembrar en todas partes alegría y esperanza.

Jesús se opone a ese poder que a través de la religión deshumanizaba a las personas. El Dios de Jesucristo no quiere mujeres y hombres esclavos, sinolibres, autónomos, responsables; gozosos de “adorar al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4,23); prontos en hacer comunión con los demás, generosos en servir a los más necesitados. En este nuevo estilo de vida, inaugurado por Jesús, se comprende la otra bella imagen bajo la cual se presenta Jesús: “Yo soy la puerta” (v. 7.9). La puerta de la vida nueva: a través de Él se establece un nuevo estilo de relaciones con Dios, consigo mismo, los demás, la cultura y la política, el cosmos, e incluso la vida eterna… Jesús es la puerta que nos regala la posibilidad degustar verdaderamente la vida. Él afirma claramente: “Yo he venido para que tengan la vida y la tengan en abundancia” (v.10). En el centro de su Evangelio Jesús pone la vida; aun antes del pecado. Él ha venido para darnos la vida, para enseñarnos a vivir: amándonos unos a otros como Él mismo nos ha amado.

El amor apasionado con que el Buen Pastor ofrece su vida por las ovejas aparece en las dos lecturas. Pedro el día de Pentecostés (I lectura) predica e invita a la conversión, al bautismo y a recibir el don del Espíritu Santo (v. 38); asimismo, en su carta, Pedro (II lectura) se inspira en el cuarto cántico del Siervo (Is 53): Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo, para que sigamos sus huellas (v. 21); sus heridas nos han curado. La familia humana, descarriada y errante por causa del pecado, ha encontrado salvación y unidad en Cristo, pastor y guardián de la vida de todos (v. 25).

Seguir las huellas del Buen Pastor es la invitación y el objetivo que se propone la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebra hoy: el Señor sigue llamando también a otros a compartir su destino y su misión para la vida de toda la familia humana. Aun a riesgo de sufrir persecuciones violentas, como en el caso frecuente de los misioneros mártires. En el mensaje para la Jornada de hoy, el Papa Francisco invita a los llamados, a confiar siempre en el Dios que nos llama, porque Él está presente y nos acompaña también en la oscura noche de tempestad.

Las vocaciones de especial consagración (sacerdocio, vida consagrada, vida misionera, servicios laicales…) encuentran solidez, gozo y libertad interior (Jn 10,9) en la experiencia personal de sentirse amado y llamado por Alguien que existe antes que nosotros. Se trata de una experiencia fundante, la misma que el teólogo protestante K. Barth, superando el idealismo cartesiano, expresa así: “Cogitor, ergo sum” (soy pensado, luego existo). El Salmo 22 expresa, con lenguaje de alta poesía, la seguridad y la tranquilidad interior del que pone su confianza plena en el Señor, el Buen Pastor (Salmo responsorial). El Papa Francisco expresa esta seguridad en términos vitales y vocacionales: “Soy amado, luego existo; he sido perdonado, entonces renazco a una vida nueva” (Misericordia et misera, n. 16). Este es el camino para una vocación segura, radical y duradera.