Category Comentarios dominicales

XXV Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.
Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’. Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.
Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.
Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.
Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿0 vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’.
De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”.

(Mateo: 20, 1-16)


La generosidad y la bondad del Señor
P. Enrique Sánchez G. mccj

Leyendo esta página del Evangelio me vino espontáneo hacerme la pregunta ¿cuántas veces habrá pasado el Señor por mi vida invitándome a ir con él? ¿Cuántas veces me habrá dicho, ve tú también a mi viña? Ve y participa de lo que soy y de lo que tengo para ti.

Y la respuesta, también inmediata y sin mucho que pensar ha sido: el Señor ha pasado infinidad de veces y lo sigue haciendo hasta en este momento en que me detengo para dejar que su palabra vaya a lo profundo de mi corazón.

El Señor está pasando por nuestras vidas

Una primera reflexión que podríamos hacer acogiendo este evangelio como buena noticia para quienes nos ponemos a su escucha es simplemente constatar que Dios está pasando continuamente por nuestras vidas y nos encuentra en situaciones muy variadas.

Nos podemos dar cuenta que ha pasado en la primavera de nuestras vidas, cuando iniciábamos la aventura de ponernos en camino, a lo mejor con el corazón lleno de ilusiones, de metas y de proyectos. Pasó cuando todo parecía decirnos que teníamos las energías suficientes para comernos el mundo entero. Era el momento en que no sabíamos de miedos y nos parecía que todo estaba a nuestro alcance.

Era la mañana del largo día de nuestra vida que nos invitaba a ponernos en camino con la promesa de un futuro en donde nada nos faltaría. Era el momento en que nuestras capacidades y energías nos susurraban al oído que nada nos podía vencer y que todo nos pertenecía.

Con el pasar del tiempo, la vida nos ha ido pasando sus facturas y los entusiasmos iniciales han ido tomando matices que nos obligaron a ser más prudentes, menos impulsivos y más considerados.

El tiempo se ha ido encargando de ponernos en el lugar que nos conviene, aceptando que los protagonismos no sirven de mucho y que la sencillez y la humildad son maestras necesarias para ayudarnos a aprender que la vida, ciertamente se conquista, pero más aún se recibe como don. Es decir, se recibe para ser puesta al servicio de los demás, para ser donada. Y se necesitan varios años para entenderlo y para aceptarlo.

A la mitad del día

A la mitad de la jornada, que bien podría representar la mitad de nuestras vidas, a lo mejor, nos hemos ido dado cuenta de que ya no somos tan protagonistas y que para encontrarle sentido a la vida tenemos que descubrir y aceptar que hay Alguien más que nos va guiando. No todo sale como lo habíamos pensado o planeado y ese Alguien se va encargando de que todo resulte para bien. Quienes somos cristianos empezamos a entender que estamos en las manos de Dios y que es él el buen pastor que nos va guiando.

Es el momento de la confianza que nos permite asumir nuestros límites, nuestros primeros errores o, incluso, nuestros primeros fracasos, pues lo humano que somos nos recuerda que omnipotente y todo poderoso sólo hay uno. Sólo Dios.

Con sencillez nos rendimos, en el mejor de los casos, a la evidencia de que no somos los protagonistas de nuestro destino, sino que hay Alguien que ya se ha encargado de asegurarnos un buen camino. Y la fe, por pequeña que sea, nos ayuda a sentir que somos bendecidos.

El Señor pasa al mediodía de nuestras vidas para confirmarnos su presencia y para asegurar con su fidelidad que con su presencia compensa nuestras pérdidas de energías. Pasa para poner en su lugar nuestras pretensiones de protagonismo y para que nos demos cuenta de que en su corazón siempre hay un lugar reservado, sin importar la hora, aunque se haga sentir el calor del medio día.

Y quienes aceptan su presencia se dan cuenta de que hay una calidad de vida que se alcanza no tanto con lo que somos capaces de hacer, sino con la conciencia de descubrir que somos algo o alguien en la medida en que aceptamos que la vida se nos va dando, sin merecerla y sin medida.

Al caer de la tarde

Y el Señor se vuelve a hacer presente en el atardecer de nuestra jornada, cuando todo parece irse apagando y cuando lo verdaderamente auténtico empieza a resplandecer.

El Señor aparece cuando ya no podemos presumir de nosotros mismo. Cuando lo único que ilumina las sombras de la tarde es la sabiduría que nos han dejado los años. Cuando lo que nos hace felices no está en lo mucho que podemos hacer con nuestras manos, sino estar en su presencia dejándonos contemplar para sentirnos amados.

El Señor vuelve a pasar, cuando nos tocará recoger lo que la vida nos ha ido dando y en ese momento no podremos más que reconocer que todo ha sido una bendición, que la vida no ha sido más que una oportunidad para descubrir cuánto hemos sido amados y cuánto nos ha hecho felices amar a los demás.

Al final de la jornada, cuando al parecer no queda mucho por hacer, es cuando más apreciada será la presencia del Señor porque nos daremos cuenta que nos busca no tanto por lo que podamos hacer por él, sino por el único deseo y el gusto de estar con nosotros.

En el atardecer de la vida el Señor nos invitará para ayudarnos a entender que lo importante para él no está en lo que podamos producir o rendir a sus intereses, pues él ya tiene lo que necesita y a nosotros siempre nos faltará lo que sólo él puede dar y nos puede satisfacer.

¿No puedo hacer con lo mío lo que yo quiero?

La parábola que hemos leído y sobre todo las últimas palabras nos ponen ante una realidad que nos acompaña hasta nuestros días.

En un mundo en donde lo que importa es producir, enriquecer, rendir, ganar, es normal que la lógica del primer invitado a ir a la viña lo haga sentirse desconcertado, al no recibir lo que se había imaginado.

En nuestro mundo, el que más se esfuerza, quien más invierte, quien muestra mayor dedicación, sacrificio y astucia, aparentemente, es quien tiene derecho a recibir una mayor recompensa.

Esta es la lógica que pone en el centro la ganancia como criterio para medirlo todo y a todos. Quien no produce o quien no rinde en un negocio está condenado a ser descartado,

despedido y quien más se empeña y mejor gasta sus fuerzas, mayor recompensa o salario recibirá.

Cuando sucede esto, se termina siendo esclavos del trabajo y a el se le sacrifica muchos otros valores que son los que realmente le dan sentido a la vida.

Quien vive sólo para trabajar porque tiene que ganar cada día más, termina por olvidarse de la familia, de su comunidad, de disfrutar del descanso necesario para vivir. Ya no hay tiempo para convivir con los demás, para aprovechar de la belleza del mundo, para rezar o para compartir la fe con la comunidad.

Ganar y ganar más es la meta de la vida y eso no permite entender que hay muchas cosas que se alcanzan gratuitamente, porque es Dios quien nos las da.

En la cabeza del primer invitado a la viña estaba dado por descontado que recibiría más que los demás, porque su esfuerzo había sido mayor, pero se olvidó que la generosidad de Dios no se alcanza o no se mide con horas de trabajo. Es bendición que se recibe, simplemente porque Dios es bueno y porque a él nadie le gana en generosidad.

Dios tiene sus tiempos y él sabe muy bien a qué hora tiene que llegar a nuestras vidas. Él pasa y nos invita a la hora menos pensada y lo que ofrece es lo mismo, para todos, sin hacer distinciones y por igual.

Si pretendemos aplicarle al Señor nuestros criterios, por supuesto que aparecerá como injusto, pues aplicando el principio del mérito tendría que recibir más quien aparentemente se ha sacrificado más. Pero en la manera de pensar del Señor eso no funciona y sólo él sabe quién necesita más.

Lo que está en lucha en este evangelio es, por una parte, la mentalidad de quien se empeña pensando el la ganancia que podrá obtener y por otra parte, la generosidad de Dios que no se deja ganar en bondad.

Por eso la respuesta del Señor es tan directa: ¿qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? Pues en eso no hay injusticia, porque en su acción nunca existirá la voluntad de perjudicar, siempre lo moverá su generosidad.

Y a nosotros, ¿qué nos tocará?

Tal vez, ante esta palabra, podemos hacernos algunas preguntas para abrir el corazón a todo lo que el Señor nos quiere dar.

¿Cómo vivo mi relación con el Señor, le doy y me sacrifico para que él me recompense en consecuencia?

¿Siento que en este momento el Señor me está invitando a ir a su viña prometiéndome lo que es justo y necesario para que viva con dignidad y en plenitud?

¿Le reclamo a Dios, reprochándole que no me da lo que veo que le otorga a los demás, casi sintiendo que es injusto conmigo?

¿Me siento agradecido con el Señor cuando recibo de él algo que no me esperaba?

Un momento de alegría, una palabra de esperanza, una luz en lo obscuro de un problema que estoy viviendo, una consolación en medio de mis muchos problemas, un logro entre tantos sacrificios.

¿Reconozco que Dios es bueno conmigo? ¿ En dónde veo manifestada su bondad en mi vida?

¿ Qué motivos tendría para ser agradecido con el Señor hoy, en esta hora que me está tocando vivir en mi paso por esta vida?

Que no nos cansemos de reconocer la generosidad y la bondad de Dios, hoy y siempre.


Una generosidad escandalosa
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy comenzamos un ciclo de tres parábolas de Jesús sobre la viña: la parábola de los jornaleros contratados para trabajar en la viña, este domingo; la de los dos hijos enviados a trabajar en la viña, el próximo domingo; y, finalmente, la parábola de los viñadores homicidas, el domingo siguiente.

La viña tiene un significado profundo en la Biblia. Un detalle de la parábola de hoy llama inmediatamente la atención. Aunque se dice que se trata de la viña de un propietario, este nunca dice «mi viña», sino «la viña»: «¡Id también vosotros a la viña!»

¿Cuál es esta viña? Es la viña del Reino, la viña de Dios. Pero también es la viña de Israel, el pueblo con el que Dios estableció su Alianza (Isaías 5,1-7; Jeremías 2,21; Ezequiel 15,4). Por tanto, este «ir a la viña» no es tanto una invitación a trabajar en ella como a entrar en la Alianza, a compartir el amor de Dios.

Una generosidad escandalosa

La parábola atrae nuestra atención, ante todo, hacia el insólito comportamiento del dueño de la viña, que va cinco veces a la plaza a buscar trabajadores: a las 6 de la mañana, a las 9, al mediodía, a las 3 de la tarde e incluso a las 5, una hora antes de que termine la jornada laboral. El núcleo del relato está precisamente en el contraste entre los trabajadores contratados al amanecer y los de la hora undécima, a quienes el dueño paga de la misma manera: un denario a cada uno, el salario acordado con los primeros.

Pero lo que resulta irritante y provocador en el comportamiento del dueño es el hecho de que hace esperar a los primeros para que sean testigos de su generosidad hacia los últimos. Esta decisión, en un primer momento, aumenta las expectativas de los primeros, que lo consideran un dueño bueno y generoso, para luego suscitar su protesta cuando terminan juzgándolo injusto. Y aún más provocadora es la conclusión de Jesús: «Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».¡Qué parábola tan extraña!

Una crítica a la meritocracia

Probablemente esta parábola, que encontramos solo en el Evangelio de Mateo, tenía en el punto de mira a un cierto número de creyentes de la primera hora, procedentes del judaísmo, que se consideraban superiores y con mayores derechos que los de la última hora, los paganos recién convertidos. Esta situación de la comunidad de Mateo no es en absoluto ajena a nuestro tiempo. También hoy existen estos «supercristianos». Y ¡ay de nosotros, sacerdotes, si por casualidad nos enfrentamos a ellos!, porque pueden encontrarse precisamente entre los más voluntariosos y comprometidos de la comunidad, ¡los buenos! Es más, podríamos ser precisamente nosotros mismos, tú y yo. Me explico.

A menudo hemos sido educados para concebir la vida cristiana según una lógica casi meritocrática: multiplicar las buenas obras para acumular méritos en el cielo, ante Dios, de modo que podamos recibir una hermosa recompensa en el paraíso. Pero ¿se obtiene realmente así la salvación? Ya la primera lectura nos advierte: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, vuestros caminos no son mis caminos». La salvación será siempre un don. No es un derecho adquirido por haber «soportado el peso del día y el calor» (v. 12); no es un salario debido a quien realiza determinadas obras. Y así, el llamado «buen ladrón» es el primero en entrar en el Reino, mientras que el hijo mayor de la parábola del «hijo pródigo» protesta —¡«con razón»!— por lo que considera una afrenta del Padre, después de haberle servido durante tantos años.

Pero, si ante Dios no podemos reivindicar derechos adquiridos, ¿por qué esforzarse tanto? ¿Por qué habría tenido yo que entrar en el seminario a los diez años y hacerme misionero? ¿No habría sido mejor casarme y llevar una vida «normal», como todo el mundo? Así razona quien concibe el Evangelio como un peso, un esfuerzo, una fatiga, un sacrificio y una servidumbre, y no como un golpe de suerte que nos ha permitido encontrar el tesoro en el campo de nuestra vida.

Me viene a la mente aquel sacerdote del relato del jesuita indio Anthony de Mello (en El canto del pájaro), que, al ver que Dios concedía su mismo «premio» a su hermano, que había llevado una vida normal, se alegró enormemente y dijo a Dios: «Señor, eres tan bueno que por ti estaría dispuesto a sacrificar otra vez mi vida».

La vida cristiana vivida como esclavos, siervos o hijos

La vida cristiana puede vivirse con tres actitudes y comportamientos diferentes: la del esclavo, que tiene miedo al castigo y para quien Dios es un juez; la delsiervo, que trabaja por un salario y para quien Dios es un amo; y la del hijo, que trabaja desinteresadamente, por amor, y para quien Dios es un Padre.

Sin embargo, en realidad —¡y esto es lo extraño!— el Evangelio parece dirigirse a estas tres formas de relacionarse con Dios según sus respectivas expectativas. Jesús afirma: «El que diga [a su hermano]: “Necio”, será condenado al fuego de la Gehenna» (5,22). A Pedro, que le pregunta: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos tocará, pues?», Jesús responde: «Os sentaréis [conmigo] en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».Y a cuantos lo abandonan todo para seguirlo les promete el «ciento por uno», y concluye diciendo: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros», que, curiosamente, ¡sirve de marco al Evangelio de hoy! (Mateo 19,27-30).

¿Por qué recurre Jesús a imágenes deliberadamente fuertes como el castigo de la «Gehenna» (siete veces en Mateo)? ¿Por qué insiste Jesús tanto en la «recompensa» (una docena de veces en Mateo)? Ciertamente, para Jesús Dios es el «Padre» (mencionado unas cuarenta veces en el Evangelio de Mateo, de las cuales 16 como «Padre mío» y 14 como «Padre vuestro»). El Padre no quiere que vivamos como asalariados o esclavos: ¡quiere hijos! Y el objetivo de la misión de Jesús es hacernos semejantes al Padre: «para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5,45). Dios nos quiere hijos que lo busquen por amor.

Desgraciadamente, muchas veces son el miedo o el interés los que nos mueven. Y ¡quién sabe si también estas motivaciones imperfectas pueden servir en ciertos momentos de la vida! Tal vez Dios sepa servirse también de estas motivaciones imperfectas, porque no quiere perder a ninguno de sus hijos.

Sorprendentemente, esta convicción de que hay que servir a Dios por amor, y no por interés ni por temor, aparece también en otros contextos religiosos. Es muy elocuente un célebre relato de la tradición sufí atribuido a la mística musulmana Rabia de Basora, del siglo VIII: «Quisiera incendiar el paraíso y apagar el infierno para que estos dos velos desaparezcan y sus siervos Lo adoren sin esperar recompensas y sin temer castigos».

Para la reflexión personal

  • ¿Qué motivación prevalece en mi relación con Dios: el miedo, el interés o el amor?
  • ¿Qué responderías a esta provocación de alguien: «Si el Paraíso no existiera, ¿seguirías creyendo en Dios?»
  • Medita sobre el hermoso testimonio de san Pablo en la segunda lectura de hoy: «Para mí, vivir es Cristo».

Bondad escandalosa
José Antonio Pagola

…Porque soy bueno

Probablemente era otoño y en los pueblos de Galilea se vivía intensamente la vendimia. Jesús veía en las plazas a quienes no tenían tierras propias, esperando a ser contratados para ganarse el sustento del día. ¿Cómo ayudar a esta pobre gente a intuir la bondad misteriosa de Dios hacia todos?

Jesús les contó una parábola sorprendente. Les habló de un señor que contrató a todos los jornaleros que pudo. Él mismo vino a la plaza del pueblo una y otra vez, a horas diferentes. Al final de la jornada, aunque el trabajo había sido absolutamente desigual, a todos les dio un denario: lo que su familia necesitaba para vivir.

El primer grupo protesta. No se quejan de recibir más o menos dinero. Lo que les ofende es que el señor «ha tratado a los últimos igual que a nosotros». La respuesta del señor al que hace de portavoz es admirable: « Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

La parábola es tan revolucionaria que, seguramente, después de veinte siglos, no nos atrevemos todavía a tomarla en serio. ¿Será verdad que Dios es bueno incluso con aquellos y aquellas que apenas pueden presentarse ante él con méritos y obras? ¿Será verdad que en su corazón de Padre no hay privilegios basados en el trabajo más o menos meritorio de quienes han trabajado en su viña?

Todos nuestros esquemas se tambalean cuando hace su aparición el amor libre e insondable de Dios. Por eso nos resulta escandaloso que Jesús parezca olvidarse de los «piadosos» cargados de méritos, y se acerque precisamente a los que no tienen derecho a recompensa alguna por parte de Dios: pecadores que no observan la Alianza o prostitutas que no tienen acceso al templo.

Nosotros seguimos muchas veces con nuestros cálculos, sin dejarle a Dios ser bueno con todos. No toleramos su bondad infinita hacia todos. Hay personas que no se lo merecen. Nos parece que Dios tendría que dar a cada uno su merecido, y sólo su merecido. Menos mal que Dios no es como nosotros. Desde su corazón de Padre, Dios sabe entenderse bien con esas personas a las que nosotros rechazamos.


Stop a los ociosos.
¡Todos en Misión! Hay trabajo para todos
Romeo Ballan, mccj

La meritocracia – hoy tan de moda – parece no estar en línea con los criterios de Dios. En la parábola de hoy Jesús presenta la actitud desconcertante, ‘irracional’, provocadora del dueño de la viña, que paga a todos los obreros de la misma manera. Pero, ¿cuál es el mensaje? El texto de Isaías (I lectura) nos ofrece una clave de lectura para entender la parábola de Jesús: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (v. 8). El salmo responsorial exalta al Señor que es clemente y misericordioso, bueno con todos, es incalculable su grandeza. Solamente con estos parámetros es posible acercarse al misterio de Dios y de sus planes. Para captar el mensaje de Jesús (Evangelio), es preciso salir de una lógica sindical y económica, dejar de lado la mentalidad del contador, optar por la gratuidad, adoptar la lógica del corazón grande y del amor hacia todos, sin exclusiones. Jesús desbarata la tan extendida doctrina del ‘mérito’, según la cual la salvación se convertiría en un derecho para quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno” (v. 12), en un salario debido a quien cumple determinadas obras. Y, por tanto, el que más obras cumple más se merece el favor divino. Las protestas contra el amo (v. 11-12) provienen de personas observantes pero mezquinas, envidiosas, como el profeta Jonás (Jon 4,1-2) o el hijo mayor de la parábola (Lc 15,29-30), incapaces de comprender el amor del Padre, celosos e irritados por la acogida y el perdón concedidos al pueblo de Nínive y al hijo menor… A menudo somos nosotros los envidiosos de la parábola.

El Reino de Dios y la salvación que Él ofrece tienen las dimensiones misioneras de la universalidad, son dones abiertos a todos, incluidos especialmente los últimos, los pecadores, los humildes. “El estilo de Jesús es idéntico para todos, judíos y paganos, justos y pecadores. La antigua alianza basada sobre el derecho y la justicia es reemplazada por la nueva, fundada exclusivamente sobre la gracia. El Reino es un don de Dios y no un salario por las obras de la Ley; la salvación no es una recompensa debida casi por contrato; es, ante todo, una iniciativa divina hecha de amor y de comunión, en la que el hombre es invitado a tomar parte con gozo y sin restricciones” (G. Ravasi). Incluidos los pobres, los desamparados, porque Dios cuida en particular de aquellos a los que nadie ha contratado (v. 7); porque también ellos tienen que mantener una familia e hijos. Dios es un amo bondadoso: acoge a todos sin rechazar a nadie, pero es libre de tener sus preferencias (v. 15). Él revela un nuevo estilo de relaciones con las personas, una jerarquía desconcertante, que desbarata los criterios humanos (I lectura). Es la jerarquía definitiva del Reino.

El amo de la viña es una imagen de Dios, que llama a todos a trabajar por el Reino: llama a cada hora, a cualquier edad y condición; llama uno por uno, para tareas diferentes… Aprecia también al que puede dar tan solo un aporte menor, o incluso mínimo. Es un amo con un corazón grande; pide tan solo que los obreros confíen en Él, trabajen por su Reino, por amor, con gratuidad. Él llama a algunos a ser obreros y misioneros de la primera hora: los asocia desde el amanecer al trabajo por el Reino. En la oración colecta, pedimos al Padre que sepamos apreciar el impagable honor de trabajar en la viña desde el amanecer. Para el que ha entrado en la lógica del amor, del servicio, de la gratuidad, el peso del día y el bochorno no son un castigo, sino un privilegio. La Misión a la que Jesús nos llama es diferente en sus formas; está en todo lugar, siempre, sobre todo entre los más lejanos, cerca de los últimos. “Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo. Por eso es tan urgente la misión ad gentes, en la que todos los miembros de la Iglesia están llamados a participar” (Papa Francisco). Así lo había entendido San Pablo (II lectura), para el cual “la vida es Cristo” (v. 21) y, por tanto, estaba decidido a seguir trabajando por sus hermanos (v. 24).


“Los últimos serán los primeros”
Fray Juan José de León Lastra O.P.

La llamada al Reino

El texto evangélico expone una de las parábolas que se llaman del Reino. Por eso hemos de considerar que Jesús la pronuncia pensando en el mundo judío, desde tanto tiempo pueblo de Dios, llamado a trabajar en la viña desde el amanecer como pueblo. Más es la llamada de Dios la que les convierte en su pueblo. Pero Cristo amplia la llamada a más pueblos. Lo entendieron bien los primeros cristianos que eran judíos. Dudaban de los que se incorporaban tarde al Reino, después de estar tiempo al margen de él: ¿podían ser pueblo que trabajara codo con codo con ellos en la “viña del Señor”?; ¿su trabajo podía ser tan reconocido como el de los de la “primera hora”? Cuando estas preguntas se planteaban es cuando se escribe el texto del evangelio que da a entender cuál es el pensamiento de Jesús. Esta parábola refrendaba la tesis de Pablo, la que se impuso, de que aquellos que no tenían la “tradición judía” tenían las puertas abiertas del Reino, pertenecería él con los mismos derechos y beneficios –salario- que los judíos.

Una pretensión del ser humano: que Dios tome partido por unos frente a otros

No pocas veces se ha pretendido  que Dios tome partido por un grupo humano cuando está en lucha contra otro. Dios sería el encargado de castigar a los que, a juicio de uno de los  grupos, habían actuado perversamente.  El Dios en el que creían era el de la justicia vindicativa o justiciera. Su justicia no podía ser distinta del concepto que ellos tenían de ella y de cómo había que aplicarla. En general se abogaba por una justicia que estaba al margen de la misericordia cuando se juzgaba cómo había que tratar a los otros. La misericordia, aunque no siempre se confesara, Dios la tendría reservada para ellos. Hacen a Dios a su imagen. Pero, “gracias a Dios”, los planes de Dios, sus caminos, como dice Isaías en la primera lectura, no son como los nuestros. Y no son como los nuestros porque Dios da más de lo que merecemos, como aparece en el texto del evangelio, frente al apego que en nosotros existe a ceñirnos, en el mejor de los casos, a que la generosidad deje sitio a la estricta justicia.

 La estricta justicia 

La verdad es que la estricta justicia nuestra no es tan estricta ni tan justicia. Dios nos dice que si fuéramos tratados en estricta justicia por Él –y también por los hombres -, tendríamos menos de lo que tenemos, seríamos menos de lo que somos en la sociedad. A todos nosotros nos ha llegado la generosidad desbordante de Dios, por lo que es farisaico molestarse porque esa generosidad llega a otros. Mejor que protestar por la generosidad de Dios ante el hermano y dejarnos llevar por la envidia, debemos imitar su manera generosa de actuar, tratar de que nuestros planes se acomoden cada vez más a los suyos. Eso es la justicia verdadera.

Para Dios nunca es tarde

Dios no está sometido al tiempo: no hay últimos ni primeros. Ese es un asunto nuestro. Lo que Dios quiere es que se responda a su llamada, “al amanecer” o a “media tarde”. Lo que sí pide que se sea fiel a lo que Dios quiere de cada uno y realicemos lo que se les pide; sin pedir cuantas a Dios por su actitud con los demás. Pues los planes de Dios no son nuestros planes; sus “caminos son más altos que los nuestros”. Desde lo alto Dios tiene una perspectiva más amplia que la nuestra. Hemos de esforzarnos en hacer nuestra esa visión de Dios. San Pablo decía que teníamos que captar la mente de Cristo, pensar como él pensó en su tiempo histórico, tal como nos lo relatan los evangelios. Y el evangelio de este domingo descubre ese pensamiento de Jesús de Nazaret, que supera la pequeñez del nuestro.

dominicos.org

XXIV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”, Jesús le contestó: “No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ’Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

(Mateo: 18, 21-35)


Perdonar de corazón
P. Enrique Sánchez G. mccj

Para una mentalidad calculadora, como la nuestra, es muy fácil pensar que todo se puede pesar, medir y contar. Todo tiene que estar bajo nuestro control, bien calculado y determinado. Que nada escape a nuestro control.

Esa forma de pensar, supuestamente, da seguridad y garantías al deseo de querer estar, lo más posible sobre los demás, sin tener deudas con nadie.

Pero hay muchas realidades en nuestras vidas que no se dejan atrapar en esos esquemas que tratamos de hacer funcionar a nuestra conveniencia. Basta pensar en el amor, ¿de qué color es o cuánto mide? Y la ternura, ¿se puede repartir en envases de cuántas onzas? Y la alegría, ¿se puede medir en centímetros o en pulgadas?

Pues, algo parecido sucede con el perdón, no se puede hacer entrar en la práctica que se agotaría en unas cuantas veces.

Jesús, en el evangelio de este domingo, nos invita a salir de esa mentalidad en donde las cosas esenciales para la vida no pueden ser atrapadas en el simple cumplimiento de unas cuantas reglas o normas establecidas con claridad.

Nuestro espíritu y nuestro corazón han sido diseñados para vivir en una libertad que a cada paso y a cada instante nos pueden sorprender y nos pueden hacer entender que hemos sido pensados para hacer el bien sin límites.

La pregunta que Pedro le hace al Señor no se trata de un cuestionamiento fuera de lugar, al contrario, revela un conocimiento de la ley judía que todo buen practicante tenía que haber adquirido.

Detrás de la pregunta estaba aquello que los sacerdotes y los ancianos o los maestros de la ley conocían perfectamente. Ellos enseñaban que en la práctica de la ley, hasta los más justos estaban expuestos a fallar y a caer, al menos siete veces al día. Casi como para decir que para los seres humanos era imposible cumplir totalmente con las exigencias de la ley.

Si el más bueno, según la ley, peca siete veces al día, ¿será suficiente perdonarlo siete veces, y ası́ todo mundo estará en paz?

Esa era, en cierto modo, la respuesta que Pedro se esperaba de Jesús, pero responder de esa manera hubiese sido quedarse en aquella mentalidad calculadora y fría que le habían aplicado al cumplimiento de la ley.

Bastaba ser observantes, sabiendo que lo torcido del espíritu humano encontraría siempre la manera de darle la vuelta a la ley para interpretarla de acuerdo a los propios intereses. En otro texto Jesús le reprochará a los maestros de la ley que son capaces de decir que lo que tienen es “Corban”, es decir algo destinado para las ofrendas del templo y por lo tanto, imposible de destinarlo para ayudar a los demás. (Marcos 7, 11-15)

En el ejercicio del perdón no funcionan las cuentas porque no se aplica la regla de la conveniencia, sino que se deja que lo que mueva a la acción sea el corazón y el corazón no sabe de medidas.

Perdonar es un ejercicio que tiene su origen en lo más noble que puede existir en el ser humano y es una tarea que estamos llamados a practicar a lo largo de toda nuestra vida. Así, como dice la canción, que nunca es suficiente para amar, ası́ también, la vida nos enseña que nunca será suficiente para perdonar. Y la dinámica del perdón hace que, mientras más perdonamos, más libres somos y más disfrutamos al perdonar.

Un corazón que no perdona vive condenado a cargar sufriendo con el mal o el dolor que le han causado.

Muchas veces hemos conocido a personas que se han amargado muchos años de su vida, porque se negaron a derramar el ungüento del perdón sobre un daño que sufrieron. Pagaron una factura muy alta e hicieron que el mal sufrido se convirtiera en algo personal. Mientras que quienes ocasionaron el mal siguieron su vida muy campantes y, muy frecuentemente, sin recordar más lo que había sucedido.

Perdonar, por otra parte, no significa olvidar o hacer desaparecer de nuestra memoria lo que nos ha sucedido.

El dolor que ha causado una ofensa, un abuso o un maltrato de parte de otra persona hacia nosotros, estará siempre ahí, pero la diferencia consiste en que no viviré para darle culto a ese mal que me han hecho, ni pondré en el centro de mi vida la ofensa que he recibido. Perdonar será dejar que nuestro corazón sea quien nos guíe y no permita entender que vivimos para ser don y para recibir el don que son los demás para nosotros.

Perdonando nos damos la posibilidad de vivir profundamente libres, recordándonos que nuestra existencia no depende de lo que piensen o de lo que quieran los demás de nosotros.

El mal que podemos recibir de los demás no tiene por qué convertirse en la pauta que guíe nuestras vidas y el perdón es justamente lo que nos permite iniciar una y mil veces la aventura de vivir, aunque la vida esté hecha de miles de situaciones que pretenden impedirnos el caminar hacia la meta de la plenitud y de la auténtica felicidad.

Perdonar, contrariamente a lo que podemos pensar, no es algo que nos humilla o que nos hace situarnos por debajo de los demás; al contrario, es nobleza que se ejerce y manifiesta la grandeza que llevamos dentro.

El que perdona siempre gana, porque demuestra estar más allá de lo que pretende aplastar al otro o de lo que busca humillarlo y despreciarlo. Quien perdona demuestra estar viviendo ya a otro nivel, por encima de lo ordinario y pasajero.

Pero perdonar no es algo evidente y espontáneo. La parábola de este domingo nos da un ejemplo muy claro. El servidor del Rey que había hecho la experiencia del perdón lo demuestra.

Todos nos esperaríamos que hubiese actuado en consecuencia con la experiencia que había vivido, pero, al contrario se revela duro, insensible, cruel y despiadado.

Ası́ nos puede pasar a nosotros. Cuando queremos que nos perdonen, hacemos hasta lo imposible para ganar ese don, pero cuando nos toca perdonar, algunas veces se nos olvida lo frágiles y necesitados que pueden estar los demás de nuestra compasión y de nuestro perdón.

Recibir el perdón es casi siempre algo que nos agrada, casi como sintiéndonos con derecho a recibirlo, pero cuando nos toca perdonar, nos puede pasar que le damos muchas vueltas en la cabeza y nos resistimos a usar el corazón.

Se da el caso también, sobre todo cuando nos ponemos en frente del Señor, que nos llena de paz saber que Dios nos ha perdonado, pero nos resistimos a acoger ese perdón.

Nos gana la duda de saber si realmente hamos sido perdonados y nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos, aceptando con humildad que el perdón es una oportunidad para ponernos de pie para seguir caminando.

Finalmente, la parábola nos hace reflexionar para que no confundamos el perdón con lo que podría ser una justificación o una disculpa ante las responsabilidades que necesariamente tenemos que asumir ante lo que vamos viviendo cada día .

El perdón que Jesús nos propone tiene como cimientos la verdad y la justicia, al mismo tiempo que nos recuerda la misericordia y la compasión.

Seguramente, en el ejercicio de nuestra vida cristiana, muchas veces nos encontraremos ante el Señor, como el servidor ante su Rey e imploraremos misericordia, paciencia y perdón.

Ojalá que esa misma actitud seamos capaces de ponerla en practica ante aquellos que con humildad se presentan ante nosotros suplicando nuestra comprensión y perdón.

Que el Señor nos dé un corazón grande, para que, desde una profunda experiencia de su amor, podamos vivir en la libertad que nos permita perdonar, sabiendo que siempre recibiremos más de lo que podemos dar.

Que Dios nos enseñe a perdonar con el corazón.


¿Cuántas veces has perdonado a Dios?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy concluimos el cuarto discurso de Jesús, que reúne las enseñanzas del Señor sobre la vida comunitaria. El pasaje evangélico es la continuación del del domingo pasado, dedicado a la corrección fraterna.

En este contexto, Pedro pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano comete faltas contra mí, ¿cuántas veces tendré que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Pedro propone una cifra generosa: siete, el número de la plenitud. Seguramente sabía que los rabinos hablaban de tres o, como máximo, cuatro veces, pero tenía muy presente la insistencia de Jesús en el perdón.

En efecto, al enseñar a los discípulos el Padrenuestro, la única petición de la oración que Jesús comentó después explícitamente fue precisamente la relativa al perdón: «Porque si perdonáis a los demás sus faltas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas» (cf. Mateo 6,14-15).

Y, en un contexto semejante, Jesús habría dicho: «Y si [tu hermano] comete una falta contra ti siete veces al día y siete veces vuelve a ti diciendo: “Me arrepiento”, tú lo perdonarás» […] y apenas cien denarios, el equivalente a unos cien días de trabajo. Cuando el señor se entera de lo ocurrido, se indigna y revoca la condonación de la deuda. Y la conclusión de Jesús es, una vez más, sorprendente y severa: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano».

1. El perdón es una decisión… ¡en camino!

Todos somos muy conscientes de lo difícil que es perdonar. El perdón casi nunca es espontáneo. Espontáneos son, más bien, la rabia, el resentimiento y las ganas de devolver mal por mal. Dice un viejo refrán: «La primera se perdona, la segunda se tolera y a la tercera, se responde». Algunos incluso consideran que el perdón es una forma de debilidad: quien perdona sería incapaz de hacer valer sus derechos; la bondad sería incapacidad de rebelarse, la paciencia cobardía y el perdón incapacidad de vengarse (Nietzsche).

La palabra perdonar procede del latín y refuerza la idea de «dar»: es un dar plenamente. Pero para quien perdona no se trata en absoluto de un gesto «barato». A veces cuesta sangre y lágrimas. También la gracia de Dios, recordaba Bonhoeffer, no es una «gracia barata»: el perdón nos ha sido dado a través del amor de Cristo llevado hasta la cruz.

Por eso el perdón es fruto de una decisión sostenida por la gracia. Y no siempre es una decisión tomada de una vez para siempre. A menudo es necesario renovarla cada vez que la memoria trae de nuevo a la mente la ofensa y reaviva en el corazón el sufrimiento. El perdón madura progresivamente, hasta convertirse en una disposición profunda y estable.

Se aprende a perdonar… caminando por la senda del perdón.

Muchos cristianos, por desgracia, escucharán esta palabra llevando en el corazón rencor hacia alguien, quizá desde hace años, decididos a no perdonar una ofensa sufrida. Y podrían escucharla sin sentirse mínimamente interpelados. «Sí, sí —se dicen—, es algo hermoso, pero irreal. ¡La vida real es otra cosa! Y, además, lo que me hizo es demasiado grave…».

2. Pero… ¿cuántas veces perdona Dios?

La respuesta parece obvia: ¡siempre! Pero ¿estamos realmente convencidos de ello?

En tiempos de Jesús, algunos rabinos discutían incluso sobre el número de veces que Dios perdonaría antes de castigar. Sin embargo, el Antiguo Testamento nos habla continuamente del amor y de la misericordia de Dios, como proclama el salmo responsorial de hoy: «El Señor es bueno y grande en el amor» (cf. Salmo 102).

Hay, sin embargo, textos que emplean un lenguaje muy duro, como el del profeta Nahúm: «El Señor es un Dios celoso y vengador; vengador es el Señor y está lleno de cólera. El Señor se venga de sus adversarios y guarda rencor contra sus enemigos» (Nahúm 1,2).

El pueblo de Dios fue comprendiendo progresivamente la profundidad del amor divino. En Jesús, esta revelación alcanza su plenitud: Dios es Padre, Dios es amor, Dios es misericordia. Y, sin embargo, también nosotros corremos el riesgo de imaginar a Dios a nuestra imagen y semejanza: no un Dios justo, sino un justiciero; no un Padre, sino un amo; no Alguien a quien amar, sino alguien a quien temer y a quien hay que «tener contento».

Pero entonces, ¿por qué Jesús parece casi amenazarnos al concluir la parábola: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano»? Jesús quiere subrayar con fuerza hasta qué punto el perdón recibido y el perdón dado son inseparables. No porque la misericordia de Dios tenga una medida o se conceda solo bajo determinadas condiciones, sino porque el corazón puede cerrarse al don. El perdón de Dios pide ser acogido. Negarse obstinadamente a perdonar es como extender sobre uno mismo una lona impermeable: el agua de la misericordia sigue cayendo, pero no consigue penetrar.

3. Y tú, ¿cuántas veces has «perdonado» a Dios?

La pregunta puede sorprender e incluso provocar una sonrisa. Naturalmente, Dios, en sentido estricto, no necesita nuestro perdón, porque no comete injusticias ni faltas contra nosotros. Y, sin embargo, nuestro corazón puede llegar a acusarlo, a sentirse herido por él e incluso a alimentar resentimiento hacia él.

Todos conocemos a alguien que se ha alejado de la fe enfadado con Dios porque, en un momento de angustia, una oración pareció quedar sin respuesta; porque Dios habría «permitido» una desgracia; por un duelo trágico; por una enfermedad; por un dolor incomprensible. ¿Y qué decir de las guerras, del sufrimiento de los inocentes y de las injusticias que se extienden por el mundo?

Me atrevería a decir que casi todos tenemos algo que «perdonar» a Dios, es decir, algún reproche, alguna pregunta sin respuesta, alguna herida que le atribuimos. A veces ni siquiera tenemos el valor de reconocerlo y lo enterramos en lo más profundo del corazón.

Tal vez deberíamos tener el valor de presentarnos ante Dios con toda nuestra verdad. Incluso después de la confesión, podríamos levantar los ojos al cielo y decirle: «Señor, hay cosas que todavía no comprendo. ¿Dónde estabas cuando me sucedió esto? ¿Por qué permitiste aquello otro? He sufrido y, a veces, también me he enfadado contigo. Pero quiero seguir confiando en ti. Te confío mis preguntas, mi rabia y mis heridas, porque te quiero».

También esto puede ser un camino de reconciliación con Dios: no porque sea él quien necesite ser perdonado, sino porque somos nosotros quienes necesitamos sanar la imagen herida que guardamos de él.

4. Y tú, ¿cuántas veces te has perdonado a ti mismo?

A menudo nos cuesta perdonar a los demás porque no estamos en paz con nosotros mismos. Quizá no nos hemos perdonado un fracaso, la humillación de una debilidad, una decisión equivocada o algún problema que hemos causado. Podemos saber que Dios nos ha perdonado y haber sido perdonados también por las personas a las que hemos herido y, sin embargo, seguir condenándonos interiormente.

Necesitamos entonces pedir la gracia de acoger plenamente el perdón recibido y aprender también a perdonarnos a nosotros mismos. Podría decirme: «Manuel João, Dios te ha perdonado. Acoge su misericordia. No permanezcas prisionero de tus errores. Aprende de ellos y ¡vete en paz!».

Perdonarse a uno mismo no significa banalizar el mal cometido ni eludir las propias responsabilidades. Significa reconocer que ningún error tiene derecho a pronunciar la última palabra sobre nuestra vida.

La última palabra pertenece siempre a la misericordia.

Para meditar…

  • Efesios 4,32 — «Sed bondadosos y misericordiosos unos con otros, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo».
  • Colosenses 3,13 — «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos unos a otros… Como el Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo».
  • 2 Corintios 5,18-20 — Dios «nos ha confiado el ministerio de la reconciliación»: el cristiano está llamado a ser embajador de la reconciliación.

Vivir perdonando
José Antonio Pagola

Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».

Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido un “Canto de venganza” de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: “Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete”. Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.

En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.


¿Cuántas veces tiene que perdonarte a ti?
Fray Marcos

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad. El perdónes la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo real.

La frase “setenta veces siete“, no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (270 t. de plata). El empleado es incapaz de perdonar una minucia (400 grs.). Al final del texto, encontramos un ramalazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón de evangelio. El ego necesita enfrentarse al otro para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono, pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.

Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.

Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno, lo que en realidad es malo. Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón.

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos, nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo, no tiene sentido.

Nuestro sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: “Del vengativo se vengará el Señor”. “Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: “…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.


El perdón regenera a la persona y a las comunidades
Romeo Ballan, mccj

El tema central de los cinco textos bíblicos de hoy, incluido el Padre nuestro, es el perdón. Pedro, como hebreo observante de la Ley, pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar y el Maestro le explica la necesidad de perdonar hasta setenta veces siete”, es decir, siempre, como enseña Jesús en el pasaje del Evangelio, que continúa y concluye el discurso eclesial-comunitario (Mt 18) sobre las relaciones entre las personas. Se trata de una enseñanza insistente de Jesús, que va desde el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, hasta el Calvario (Mt 5,7; 6,14-15; 9,2-6; 12,31-32; 18,21-35; 26,28). Después de la palabra, Jesús nos da el ejemplo en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; y más: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,34.43). Es lo máximo del amor, el amor sin medida: ¡el perdón de los enemigos! “Mateo quiere sacudir a una comunidad que corre el riesgo de subestimar el compromiso del perdón fraterno; el perdón es signo de la autenticidad de nuestra oración… Para Mateo, es especialmente en la praxis del perdón en donde la comunidad se revela como verdadera y auténtica fraternidad” (C. Ginami).

La Biblia da cuenta de un progreso en la comprensión de la ley y en la praxis del perdón. En los tiempos arcaicos, el brutal Lamec, hijo de Caín, conoce tan solo la represalia cruel, la venganza sin límites, hasta ‘setenta veces siete’ (cfr. Gen 4,23-24). Más tarde, se introduce una reacción más equitativa, con la primitiva ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano…” (Ex 21,24). Lo cual no se debe entender como una incitación a devolver el mal recibido, sino como un tope que no se ha de sobrepasar en la respuesta. Se llega, finalmente, al punto más alto en el Antiguo Testamento, con la invitación a rechazar venganzas y rencores, y a amar al prójimo como a sí mismo (cfr. Lv 19,18); el texto del Eclesiástico (I lectura) refleja esta postura. Los rabinos del tiempo de Jesús limitaban el perdón hasta tres veces. Pedro llega hasta siete (Mt 18,21), pero Jesús no admite topes: “hasta setenta veces siete”. El perdón debe ser sin medida, así como la misericordia del Padre es infinita, sin medida (Lc 6,36). Realmente, ¡el perdón es un “híper-don”, un súper-don! Porque Dios es perdón. El perdón va más allá de la justicia y del derecho humanos. Perdonar tiene algo extraordinario, “divino”; nos hace más semejantes a Dios.

Las lecturas presentan varios fundamentos del perdón. La parábola de Jesús(Evangelio) pone de manifiesto la inmensa distancia entre el corazón de Dios, que lo perdona todo y siempre (Salmo responsorial), y el corazón del hombre, que a menudo es estrecho y mezquino (Mt 18,33). El Eclesiástico (I lectura) amonesta severamente: “Piensa en tu fin… en la muerte” (v. 6). La agresividad vengativa se diluye cuando se piensa en las limitaciones humanas. “Puede parecer un axioma banal, pero tiene una profundidad sicológica: el rechazo de la muerte está en la raíz de la violencia… Rechazar el sentido de la finitud humana significa haber puesto en nuestras raíces las premisas de todos los sin sentidos” (E. Balducci). El apóstol Pablo (II lectura) invita a la acogida y a la comprensión mutua, poniendo en el centro de la vida no al yo egoísta sino a Cristo, que ha muerto y ha resucitado por todos (v. 9), el único que da sentido y valor a la vida y a la muerte (v. 7). La experiencia de la misericordia del Señor que perdona y regenera nos empuja a vivir por Él. Sentirnos perdonados nos hace capaces de perdonar, de comprometernos en la misión, para invitar a todos a abrir de par en par el corazón a Cristo.

¿Por qué perdonar? ¿Qué quiere decir? Con la parábola de hoy Jesús nos dice que perdonar significa tomar conciencia de que todos nos equivocamos, cometemos errores, todos somos deudores, necesitados de que se nos perdone. Solo el perdón logra romper la cadena de la venganza y la violencia. Pero perdonar no significa ser ingenuos, dejar correr las cosas; es bien compatible con la exigencia de una justa compensación. Además, perdonar no significa olvidar el pasado, cosa, a menudo, psicológicamente imposible. Perdonar es una opción cristiana difícil y sufrida, que produce frutos preciosos: libera el corazón de sentimientos de odio y venganza; abre a un futuro de libertad y paz; da confianza al que se ha equivocado, para que pueda corregirse. El perdón es una terapia benéfica para quien lo ofrece, para quien lo recibe y para la comunidad humana.

El perdón regenera interiormente a la persona y a las comunidades, en todo nivel; las hace semejantes a Dios, a su imagen; libera de tensiones y agresividades que a menudo contaminan las relaciones interpersonales y sociales; rompe la cadena de venganzas; pone de manifiesto la grandeza de ánimo de una persona y de una institución. El perdón es creativo, porque es capaz de abrir caminos que parecían cerrados. Además del ámbito interpersonal y doméstico, el perdón cristiano tiene dimensiones y aplicaciones sobre todo en los grupos, sociedades y naciones; es, a menudo, un criterio y un camino de solución de las tensiones entre los pueblos. “El perdón tiene también un valor civil y político. Mientras no se llegue a renunciar a algo a lo que se tendría teóricamente derecho, si se exige a toda costa lo que corresponde, lo que es de derecho propio, y se siguen enumerando las razones de cada uno, nunca se llegará a la paz, porque no se quiere pagar nada. La paz, en cambio, tiene su costo… La paz supone una constante voluntad de perdón: en las familias, en el seno de las comunidades, en las Iglesias entre sí, y aún más en el contexto civil” (Carlos M. Martini). La paz y el perdón son mensajes prioritarios de la misión: perdonar de corazón (Mt 18,35) y amar a los enemigos (Mt 5,44) son Evangelio puro, la novedad cristiana.

La literatura mundial ofrece un florilegio de expresiones sobre el tema del perdón, tanto el de Dios como el del hombre. He aquí algunas. “¡Dios perdona muchas cosas por una obra de misericordia!” (A. Manzoni). – “El perdón no cambia el pasado, pero dilata el futuro” (Boros S.). – “Solo el que es fuerte es capaz de perdonar” (Gandhi). – “Perdonen enseguida: ahorrarán un tiempo precioso, y harán mejor su digestión” (Card. O’Connell).

XXIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tempo, Jesús dijo a sus discípulos “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas, si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de  una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

Mateo: 18, 15-20


Si tu hermano comete un pecado
P. Enrique Sánchez G. mccj

Seguramente todos nos hemos encontrado alguna vez en la situación de ser corregidos o de llamarle la atención a alguna persona con el fin de ayudar a llevar una vida mejor.

Todos nos equivocamos en algún momento y no hay quien pueda presumir de no haber cometido algún error en su vida. A veces por ignorancia o por imprudencia, por negligencia o simplemente por fragilidad humana no ha faltado algo que nos diga que nuestro comportamiento fue incorrecto o inadecuado.

Con la ayuda de los demás podemos salir adelante, también en situaciones que no deberían haberse dado en nuestra vida y nos damos cuenta de que la corrección fraterna no es un juicio o una condena que pretenda hundirnos más en el abismo en que pudimos haber caído.

Corregir y dejarnos corregir

El evangelio de este domingo nos invita a hacer una reflexión sobre la necesidad de corregir a nuestros hermanos y dejarnos corregir por ellos. Jesús, nos hace ver el evangelio, no se asusta ante el pecado, lo que le interesa es que quien ha caído pueda ponerse de pie y volver al camino justo.

Pero, llamar la atención y hacer ver a los demás los errores o fallas en que se encuentran no es siempre fácil y lo más común es que exista un rechazo o una defensa que impide brindar la ayuda a quien lo necesita.

Nosotros mismos, cuando alguien nos hace ver que nos hemos equivocado en algo, es muy fácil que encontremos modos de justificarnos y de defendernos, porque a nadie le gusta que le digan en su cara lo que no ha estado bien o que le remarquen sus límites

Queriendo mantener nuestra imagen en alto e irreprochable es muy fácil que usemos como mecanismo de defensa una actitud que hace que no nos reconozcamos en lo que los demás pueden estar diciéndonos que tenemos que tener cuidado o que tenemos que cambiar.

Casi siempre partimos con la convicción de que a nosotros no hay nada que se nos pueda reprochar y que en líneas generales, estamos bien.

El camino propuesto por Jesús

Teniendo en cuenta esta dificultad, parece que Jesús en el evangelio de hoy nos sugiere una cierta pedagogía para hacer correctamente la corrección fraterna, de manera que no se interprete como una pretensión o critica o de juicio a los demás.

Lo primero que propone Jesús es acercarnos individualmente al hermano haciendo que se sienta que nos movemos en un ambiente de respeto, de discreción o, como decimos muchas veces hoy, en respeto a la privacidad. Se trata de acercarse al hermano movidos por la caridad, queriendo ayudar a que vuelva al orden lo que pudo haber sido afectado.

La corrección tendría que percibirse como una manifestación de cariño profundo. Porque te quiero, me atrevo a hacerte notar que hay algo en tu vida que podría ser mejor o que te  estás alejando de algo que hace de tu vida algo bello.

Si al primer intento no se logra el objetivo, el Señor sugiere ir acompañados de dos o tres testigos, para que se entienda que no se trata de algo personal y que conste que la corrección es una manera de decir que se están acercando a quien lo necesita porque es alguien importante y querido por los demás.

La corrección fraterna tiene sentido, y eso lo entendemos por lo que nos enseña el evangelio, si tiene como fin el ofrecer la calidad de vida que todo hermano se merece y que sabemos que todos estamos, en cualquier momento expuestos a perder. Por lo tanto, este acercarnos al hermano no puede ser un motivo para reprocharle el mal que pudo haber cometido, sino para recordarle el bien en el que está llamado a crecer cada día.

En la propuesta de Jesús se va más lejos y nos recuerda que no es suficiente insistir dos veces, como diciendo, pues si no quieres, arréglatelas como puedas.

Si entre pocos no se logra, hay que recurrir a la comunidad. Esto nos hace entender que en este proceso lo importante no son los resultados inmediatos, sino la paciencia en el acompañamiento.

Claro que la comunidad puede ser más exigente e imponer reglas, a lo mejor más estrictas, pero en realidad lo que está detrás de todo es la convicción que nos enseña la paciencia que tiene Dios con cada uno de nosotros para dejarnos que hagamos el camino y que lleguemos, aunque tarde a donde el nos espera.

Se trata de sumar

Por lo tanto, la lección nos enseña que no se trata de enjuiciar o de condenar cuando vemos que alguien pierde el rumbo y se desbalaga, sino lo que se espera es que sepamos acercarnos con comprensión y cariño a quien lo necesita.

Aquí es cuestión, como nos gusta decir con frecuencia, de sumar y no de restar, de ganar y no de perder, de unir y de favorecer todo lo que nos permita crecer en comunión y en fraternidad.

El evangelio lo dice con palabras que nos pueden parecer fuera de contexto, pero que en realidad son el centro del mensaje. Es cuestión de unir para que todo aquello que es de Dios crezca y se consolide y lo que desune y divide desaparezca y quede en el olvido, porque seguramente no viene de Dios.

Otra lección

Los últimos versículos del evangelio de hoy nos dan otra lección que, justamente, nos permite entender cómo podemos hacer nuestra tarea cuando se trata de acercarnos al hermano que necesita una palabra de nuestra parte.

En primer lugar nos hace entender que ser cristianos nos pone al opuesto de toda mentalidad individualista, en donde nadie puede hacer el camino en solitario. Si dos o tres se ponen de acuerdo, si viven la experiencia de la comunión, de la fraternidad, cualquier cosa que pidan se les concederá.

En segundo lugar, esas pocas palabras nos recuerdan la importancia de la oración. No es con nuestras fuerzas y con nuestras ideas, con nuestros criterios y visiones como podemos acercarnos al hermano que necesita de nuestra corrección. Es abriendo un espacio a Dios  en nuestras mentes y en nuestros corazones para que nos guíe e ilumine, para que nos dé las palabras justas y las actitudes lo suficientemente prudentes para que, a través de nosotros, se manifieste el amor, la paciencia y la misericordia que Dios nos tiene.

La corrección fraterna tiene como finalidad hacer que el hermano que se ha distanciado vuelva a la comunión, que se integre a la comunidad y que redescubra el valor de la fraternidad.

Que vuelva para que haga parte de esos dos o tres en medio de los cuales está el Señor. Para que no se sienta excluido de lo que puede ser la única fuente de su felicidad.

Nuestra reflexión personal

En nuestra reflexión personal podríamos preguntarnos: ¿cuándo he corregido a algún hermano me he sentido movido por sentimientos de caridad o de juicio? ¿Cómo reacciono cuando alguien se acerca para hacerme alguna observación, considerando que algo tendría que cambiar en mi vida? ¿Soy misericordioso y paciente cuando expreso mis puntos de vista sobre las actitudes o comportamientos de los demás?

¿Alguna vez he hecho la experiencia de sentir la presencia de Dios cuando comparto la vida con mis hermanos en comunidad, en familia, en mi parroquia o simplemente con las personas que amo?

¿Me armo, con el Espíritu de Dios, en la oración cuando tengo que corregir o llamarle la atención a algún hermano para que no sean mis criterios los que trate de imponerle?

Si tu hermano comete un pecado, tenle paciencia, al menos un poquito de la paciencia que Dios tiene con nosotros.


¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid!
Papa Francisco

El Evangelio de este domingo (cf. Mt 18, 15-20) está tomado del cuarto discurso de Jesús en el relato de Mateo, conocido como discurso “comunitario” o “eclesial”. El pasaje de hoy habla de la corrección fraterna, y nos invita a reflexionar sobre la doble dimensión de la existencia cristiana: la comunitaria, que exige la protección de la comunión, es decir de la Iglesia, y la personal, que requiere la atención y el respeto de cada conciencia individual.

Para corregir al hermano que se ha equivocado, Jesús sugiere una pedagogía de recuperación. Y siempre la pedagogía de Jesús es pedagogía de la recuperación; Él siempre busca recuperar, salvar. Y esta pedagogía de la recuperación está articulada en tres pasajes. Primero dice: «Ve y corrígele, a solas tú con él» (v. 15), es decir, no pongas su pecado delante de todos. Se trata de ir al hermano con discreción, no para juzgarlo, sino para ayudarlo a darse cuenta de lo que ha hecho. Cuántas veces hemos tenido esta experiencia: viene alguien y nos dice: “Oye, en esto te has equivocado. Deberías cambiar un poco en esto”. Tal vez al inicio nos da rabia, pero después se lo agradecemos porque es un gesto de fraternidad, de comunión, de ayuda, de recuperación.

Y no es fácil poner en práctica esta enseñanza de Jesús, por varias razones. Existe el temor de que el hermano o la hermana reaccionen mal; a veces no hay suficiente confianza con él o ella… Y otros motivos. Pero cada vez que hemos hecho esto, hemos sentido que era justo el camino del Señor.

Sin embargo, puede suceder que, a pesar de mis buenas intenciones, la primera intervención fracase. En este caso está bien no desistir y decir: “Que se las arregle, yo me lavo las manos”. No, esto no es cristiano. No hay que desistir, sino recurrir a la ayuda de algún otro hermano o hermana. Dice Jesús: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos» (v. 16). Este es un precepto de la Ley de Moisés (cf. Dt 19,15). Aunque parezca contra el acusado, en realidad servía para protegerlo de falsos acusadores. Pero Jesús va más allá: los dos testigos son requeridos no para acusar y juzgar, sino para ayudar. “Pongámonos de acuerdo, tú y yo, vayamos a hablar con éste, con ésta que se está equivocando, que está quedando mal. Pero vayamos a hablarle como hermanos”. Este es el comportamiento de la recuperación que Jesús quiere de nosotros. De hecho, Jesús considera que también puede fracasar este enfoque —el segundo enfoque— con testigos, a diferencia de la Ley de Moisés, para la cual el testimonio de dos o tres era suficiente para la condena.

De hecho, incluso el amor de dos o tres hermanos puede ser insuficiente, porque él o ella son testarudos. En este caso, añade Jesús, «díselo a la comunidad» (v. 17), es decir, a la Iglesia. En algunas situaciones toda la comunidad está involucrada. Hay cosas que no pueden dejar indiferentes a los otros hermanos: se necesita un amor mayor para recuperar al hermano. Pero, a veces, incluso esto puede no ser suficiente. Y Jesús dice: «Y si ni a la comunidad hace caso, considéralo ya como al gentil y al publicano» (ibid.). Esta expresión, aparentemente tan despectiva, en realidad nos invita a poner a nuestro hermano de nuevo en las manos de Dios: sólo el Padre podrá mostrar un amor más grande que el de todos los hermanos juntos. Esta enseñanza de Jesús nos ayuda mucho, porque —pensemos en un ejemplo— cuando nosotros vemos un error, un defecto, una equivocación, en tal hermano o hermana, habitualmente la primera cosa que hacemos es ir a contárselo a los demás, a chismorrear. Y los chismes cierran el corazón de la comunidad, cierran la unidad de la Iglesia. El gran chismoso es el diablo, que siempre está diciendo cosas feas de los demás, porque él es el mentiroso que busca dividir a la Iglesia, de alejar a los hermanos y de no hacer comunidad. Por favor, hermanos y hermanas, hagamos un esfuerzo para no chismorrear. ¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid! Hagamos un esfuerzo: nada de chismes. Es el amor de Jesús, que acogió a publicanos y paganos, escandalizando a las personas rígidas de la época. Por lo tanto, no se trata de una condena sin apelación, sino del reconocimiento de que a veces nuestros intentos humanos pueden fracasar, y que sólo estando ante Dios puede poner a nuestro hermano ante su propia conciencia y la responsabilidad de sus actos. Y si no funciona, silencio y oración por el hermano y la hermana que se equivocan, pero nunca el chismorreo.

Que la Virgen María nos ayude a hacer de la corrección fraterna un hábito saludable, para que en nuestras comunidades se puedan establecer siempre nuevas relaciones fraternas, basadas en el perdón mutuo y, sobre todo, en la fuerza invencible de la misericordia de Dios.

Angelus 6/9/2020


Comunidad misionera para una pastoral de los alejados
P. Romeo Ballan, mccj

¿Cómo acabar con los chismes y reproches? ¿Por qué amonestar al que ha cometido una falta? ¿Cómo corregir a quien está equivocado? Corregir a los demás es un asunto difícil; es un arte que requiere de humildad y sabiduría; es difícil hacerlo y hacerlo bien; es más fácil – y más frecuente, lamentablemente – hablar con otros de los defectos y errores ajenos; o limitarse a humillarlos y ofenderlos con reproches… O bien, ¿por qué no dejarlos con su problema, sin tomarse la molestia de amonestarles? ¿Qué actitud de caridad debemos asumir en esas circunstancias? Muy probablemente, el pasaje del Evangelio de hoy, sobre la ‘corrección fraterna’, es el espejo de situaciones concretas que ya se vivían en la primera comunidad cristiana para la cual Mateo escribía su Evangelio. El pasaje forma parte del llamado ‘discurso eclesiástico’ (Mt 18), en el cual el evangelista recoge varias enseñanzas de Jesús sobre las relaciones en el interior de la comunidad, con los siguientes pasos: la grandeza auténtica consiste en hacerse pequeños y en ponerse a servir (v. 1-5), la gravedad del escándalo a los pequeños (v. 6-11), la búsqueda del que se ha alejado (v. 12-14), la corrección fraterna (v. 15-18), la oración en común (v. 19-20) y, finalmente, el perdón de las ofensas y la reconciliación (v. 23-35).

El objetivo de la corrección fraterna (Evangelio) es la recuperación y la salvación del hermano/hermana que se ha equivocado o se ha descarriado. Para que la amonestación surta el efecto deseado, Jesús invita a proceder por etapas: en primer lugar, a nivel personal, de tú a tú (v. 15); después con la ayuda de una o dos personas (v. 16); y después con el recurso a la comunidad (v. 17). El hecho de que, al final, un hermano/hermana no haga caso de nadie y se le considere “como un pagano o un publicano” (v 17), no conlleva ni autoriza un abandono, sino más bien una atención especial hacia estas personas, como lo hacía Jesús, que era “amigo de publicanos y de pecadores” (Mt 11,19; cfr. Lc 15,1-2). La clave para entender esta terca amistad y preferencia de Jesús está en la parábola del Buen Pastor que deja “en los montes las 99 ovejas, para ir en busca de la descarriada” (Mt 18,12). Jesús concluye la parábola con una afirmación fuerte: “De la misma manera no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18,14).

Esta es la Palabra que antecede inmediatamente al texto sobre la corrección fraterna. Dios tiene más prisa y ganas de perdonar que nosotros de ser perdonados. De veras, Dios cree en la recuperación de las personas. Este es el fundamento y la esperanza de la pastoral misionera hacia los lejanos. Aun con limitaciones, errores y frustraciones, pero siempre con misericordia, porque tal es el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha venido a manifestarnos.

Dios rechaza la actitud de Caín al que no le importa su hermano (cfr. Gen 4,9); más bien (I lectura) hace de nosotros centinelas para los demás (v. 7) y pedirá cuentas al que no pone “en guardia al malvado para que cambie de conducta” (v. 8). No se trata de interferir en la vida de los demás, ni de recortar su libertad personal (v. 9), sino de ser una presencia fraterna y amiga, inspirada en el amor y en la búsqueda del auténtico bien del hermano/hermana. Porque el amor mutuo (II lectura) es la mayor obligación hacia los demás; en efecto, “amar es cumplir la ley entera” (v. 10). San Pablo vivía como enamorado de Cristo y, por tanto, estaba preocupado por todas las Iglesias (2Cor 11,28), quería anunciar a todos el Evangelio de Jesús y no tenía miedo a dar fuertes y saludables amonestaciones a sus comunidades. Pero ¡siempre con amor!

El amor mutuo, que tiene como objetivo recuperar la persona que se equivoca, es el fundamento de la corrección fraterna. Incluyendo los riesgos que esta conlleva, sobre todo cuando se ha de llamar la atención a los poderosos de la tierra. El martirio de S. Juan Bautista (ver memoria litúrgica el 29/8), fue la consecuencia extrema de un preciso y valiente reproche a un rey adúltero y corrupto. El mensaje de hoy no atañe solamente a los pequeños contratiempos de la vida familiar o comunitaria, sino que ilumina también la conducta del cristiano (pastores y simples fieles) frente a los responsables de los peores males de la sociedad: leyes inicuas, degradación moral y social, graves injusticias, corrupción, sistemas mafiosos, escándalos públicos…, ante los cuales el silencio y el desinterés equivalen a debilidad, miedo, cobardía, complicidad.

El delicado ministerio de la amonestación-corrección mutua, se omite con excesiva frecuencia, como afirmaba también el Card. Carlos M. Martini (+ 31-8-2012). El difícil servicio de la corrección-reconciliación fraterna, en la verdad y en la caridad, resulta más fácil y eficaz cuando tiene el soporte de una comunidad de hermanos que viven la comunión y la oración, disfrutando así de la presencia del Señor, porque están reunidos en su nombre: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí Yo-Estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). Con estas palabras Jesús nos da una de las más hermosas descripciones-definiciones de “Iglesia-comunidad”. ¡Tal es la fuerza misionera y explosiva de una comunidad reconciliada y orante que vive la fraternidad!


Reunidos por Jesús
José Antonio Pagola

Al parecer, el crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y siguiendo sus pasos.

Sin duda, fue importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones. Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar la cena del Señor.

No hemos de pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos, reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

No pocos teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.

La fe cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no han abandonado la Iglesia quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin de semana.

Los sectores más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II hace esta afirmación: “El Evangelio… es para la Iglesia principio de vida para toda la duración de su tiempo”. En cualquier época y en cualquier sociedad es el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.

Nadie conoce el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos ocupar de lo esencial.

Tal vez Jesús irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos a sus llamadas.


¡Qué fácil es criticar, qué difícil es corregir!
José Luis Sicre

La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2º, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3º, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La corrección fraterna

Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán

Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación

1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).

2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los “grandes” sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).

4) «El que calumnia a los “grandes”, que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea (…) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos

«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los “grandes” será castigado treinta días».

XXII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”.
Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”

(Mateo: 16, 21-27)


¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero,
si pierde su vida?
P. Enrique Sánchez G. mccj

Jesús anuncia que el momento ha llegado. Es la hora de subir a Jerusalén para dar cumplimiento a todo lo que durante tres años había anunciado. Tengo que subir a Jerusalén para sufrir, para vivir días de pasión, de dolor, de entrega total, de muerte por amor.

Ahí, en Jerusalén sería en donde las palabras pasarían a segundo término y el silencio de Jesús iría acompañado por la entrega, sin reproches y sin defensas. Había venido a dar su vida por amor, para mostrar cuánto ama Dios a sus hijos y la hora era aquella, ya no había que esperar, pues quienes se habían obstinado en no reconocerlo como Mesías ya no cambiarían y seguirían con su cerrazón de mente y de corazón.

Los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas ya tenían preparado su plan y ya habían decidido dar muerte a Jesús porque les era insoportable y su presencia les ponía delante de la incoherencia de sus vidas.

Por su parte, Pedro no había entendido todavía lo que estaba pasando y las palabras de   Jesús le creaban una gran confusión porque le rompían los esquemas que se había hecho, él   y todos los demás discípulos.

Todos pensaban que la historia de Jesús terminaría en un triunfo muy al estilo humano. Con su poder y su fuerza, pensaban, pondría en orden todo lo que se había ido descomponiendo y finalmente habría alguien que dirigiría al pueblo con autoridad.

En esa realidad que se habían imaginado, seguramente ya se veía cada uno ocupando un lugar privilegiado, pues por eso lo habían seguido y no lo habían abandonado, como lo hicieron muchos otros discípulos que se habían acercado a Jesús.

Pedro trata de convencer a Jesús de que el camino del sufrimiento y de la muerte no es el mejor. Pensando como los hombres había que disuadir a Jesús de su proyecto y había que hacerlo entrar en razón. Pero Jesús lo pone en su lugar.

Retírate Pedro porque con tus palabras estás demostrando que no has entendido nada de la manera de actuar de Dios, cuando se trata de amar. Piensas como el diablo, como el que razona poniéndose en el centro y buscando sus intereses. El diablo que está en lo opuesto al amor que es entrega y donación de sí.

Aléjate, le dice Jesús, porque tú piensas como piensa el mundo, en donde el sacrificio y la donación de la vida es algo absurdo, algo inaceptable.

Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres. Aquí cabe la pregunta, ¿y cómo piensa Dios? ¿Cómo piensan los hombres?

Basta decir que Dios piensa con el corazón, amando. Dios piensa con generosidad, buscando la felicidad de los demás, como lo único que lo hace feliz. Dios piensa buscando el bien y comprometiéndose en la construcción de un mundo más fraterno y solidario.

Dios piensa apostándole a la paz y rechazando toda violencia. Dios piensa en lo que favorece la justicia y la igualdad entre sus hijos. Dios piensa con lo que es bello y con lo que dignifica a las personas.

¿Cómo piensan los hombres? También como Dios, cuando se dejan guiar por su espíritu, cuando lo involucran en sus proyectos de vida, cuando se inspiran en sus palabras y en los valores que propone.

Pero aquí Jesús hace entender que las cosas no se dan de esa manera siempre y los hombre muchas veces piensan movidos por sus intereses egoístas, por sus ambiciones de poder, por la codicia que se apodera de sus mentes y de sus corazones.

Los hombres muchas veces piensan que tienen todos los derechos y para ellos no son los deberes. Piensan que vivir para los demás es una tontería y una pérdida de oportunidades para ser lo que realmente uno quiere.

Los hombres piensan que el sacrificio, el dolor y la muerte vivida como entrega de amor por los demás es algo inaceptable e intolerable. Así piensan los hombres, aunque no todos, porque existen también aquellos que se dejan fascinar por Dios y sorprenden con su capacidad de amar y de servir.

Pedro no puede entender lo que está por sucederle a Jesús, él sigue pensando como pensaban los hombres de su tiempo y como lo siguen haciendo también muchos de nuestros contemporáneos.

Pedro va a tener que acompañar a Jesús, paso a paso, por las calles de Jerusalén, haciendo suya la experiencia de su maestro y todo le resultará comprensible hasta el momento en que lo vea clavado en la cruz y comprenda que ese va a ser también su fin, que su vida terminará también en una cruz, porque hará la experiencia de convertirse al amor.

La llegada a Jerusalén con Jesús, se convierte en el momento de la verdad para sus discípulos. Es la hora en que hay que hacer la opción que marcará  el resto de sus vidas.  Todo  dependerá  de la disponibilidad para abrazar la propuesta de Jesús,  entendiendo que   es algo que funciona con una lógica que no es humana, pues va en sentido contrario de lo que habitualmente pensamos.

Aquí se trata de entregar la vida, lo único que podríamos considerar nuestro, aunque sólo la tengamos prestada, pues nadie viene a este mundo el día que quiere y nadie elige la hora en que dice adiós.

El que quiera seguir siendo discípulo de Jesús va a tener que estar dispuesto a perder su vida, a olvidarse de sí, a vivir en el registro del amor. Va a tener que entender que vida verdadera se logra sólo cuando somos capaces de generar vida y felicidad en los demás, cuando finalmente entendemos que hay que pasar por un proceso vital que nos permite aceptar que no somos ni estamos en el centro del mundo. Que la vida nos la ganamos dándola a otros y que vivimos plenamente cuando vemos que hemos sido capaces de hacer que otros vivan mejor que nosotros mismos.

Y en todo esto, la palabra clave es: Renuncia. Hay que renunciar a nuestras visiones muy estrechas de nosotros mismos, hay que renunciar a la presunción de que tenemos derecho a todo.

Hay que renunciar a las actitudes y comportamientos egoístas que nos engañan haciéndonos pensar que somos los mejor del mundo. Hay que renunciar a la prepotencia que nos hace creer que tenemos derecho a exigir, a usar y a explotar a los demás a nuestro antojo.

Si no hay renuncia a aquello a lo que nos sentimos más apegados, nunca seremos lo suficientemente  libres,  no  sólo  para  dar lo  que  se  nos  podía  multiplicar,  sino  que  nunca podremos estar abiertos para recibir lo que incluso con nuestros mejores esfuerzos jamás conseguiremos.

Aquí lo que funciona es la lógica de Dios, la lógica que descubrimos presente en el Evangelio; es la lógica del amor que no nos es desconocida como personas que nos sabemos capaces de amar.

Y, ¿por qué Jesús habla de esta manera a Pedro y a sus discípulos? Creo que la respuesta sencilla es porque los está preparando a los acontecimientos que están por suceder en Jerusalén. Si no les hubiese hablado de esa manera, no habrían soportado acompañarlo paso a paso por el camino que lo conduciría al Calvario.

Si no les hubiese hablado de perder la vida, de renunciar a sí mismos, no hubiese podido educar sus corazones a las exigencias del amor, como Dios quiere que sea vivido.

Y ahora, ese mismo discurso, esas mismas palabras y exigencias nos las dirige el Señor a cada uno de nosotros. También hoy nosotros tenemos que preguntarnos ¿cuál es nuestra forma de pensar y de sentir? ¿Pensamos como Dios o como el mundo? ¿Tenemos miedo a renunciar a nuestra vida, con todo lo que eso implica? ¿Nos damos cuenta de que no existe amor más grande que el que nos obliga a dar la vida por los demás, y eso sin hacer mucha poesía.

Dar la vida por quienes tenemos cerca, pero también, con un corazón misionero, no podemos olvidarnos de quienes están lejos, de quienes no hay tenido las oportunidades de creer que a nosotros se nos han concedido.

¿Estamos dispuestos a dejarnos interpelar, una y otra vez, por la palabra de Jesús que con su vida nos muestra el camino?

¿Vale la pena gastar todas nuestras energías en ganar lo que el mundo nos ofrece o no sería mejor trabajar en desarrollar nuestra capacidad de ser agradecidos para alegrarnos con lo que la vida nos va ofreciendo y que podemos compartir con los demás?

¿De qué sirve ganarnos el mundo entero si cuando tengamos que irnos de aquí no podremos llevarnos más que el amor que pudimos sembrar en el corazón de nuestros hermanos?

Que el Señor nos conceda la sabiduría para poder hacer la buena opción.


Detrás de Jesús
José Antonio Pagola

Jesús pasó algún tiempo recorriendo las aldeas de Galilea. Allí vivió los mejores momentos de su vida. La gente sencilla se conmovía ante su mensaje de un Dios bueno y perdonador. Los pobres se sentían defendidos. Los enfermos y desvalidos agradecían a Dios su poder de curar y aliviar su sufrimiento. Sin embargo no se quedó para siempre entre aquellas gentes que lo querían tanto.

Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer día».

Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».

Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como “Hijo del Dios vivo”. Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.

Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás.

La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como “Hijo del Dios vivo” y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.

No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.


Ni el placer ni el dolor deben condicionar mi plenitud
Fray Marcos

El texto es continuación del leído el domingo pasado. Hoy en Cesarea de Filipo, también fuera del territorio de Palestina. Lo que Mt pone hoy en boca de Jesús, ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. La diferencia es abismal, solo a unas líneas de distancia en el mismo evangelio. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Ninguno hubiera elegido para Jesús ese camino. ¿Dónde queda la imagen de Mesías victorioso, Señor o Hijo de Dios?

A pesar de las palabras de Pedro, la actitud ante el anuncio de la muerte demuestra que, ni él ni los demás, habían entendido lo que significaba Jesús. El mayor escollo para poder aceptar lo nuevo, fue su religión. Para entender a Jesús, hay que dejar de pensar como los hombres y empezar a pensar como Dios. Pensar como Dios, es dejar de ajustarse a este mundo; es transfor­marse por la renovación de la mente (Pablo). Para aceptar el mensaje de Jesús, tenemos que cambiar radicalmente nuestra imagen de Dios.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más impactante de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mt. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús corría serio peligro. Lo que decía y lo que hacía estaba en contra de la doctrina oficial, y los encargados de su custodia tenían el poder suficiente para eliminar a una persona tan peligrosa para sus intereses.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿Podía Pedro dejar de pensar como judío? Incluso el día que vinieron a prenderle, Pedro saca la espada y atizó un buen golpe a Malco, para evitar que se llevaran al Maestro. Era inconcebible para un judío, que al Mesías lo mataran los más altos representantes de Dios. El texto quiere transmitirnos que la idea falsa de Dios, que manejan, hacía a Jesús inaceptable como representante de Dios. La crítica de Jesús va dirigida a los de dentro, no a los de fuera.

La respuesta de Jesús a Pedro es la misma que dio al diablo en las tentaciones. Ni a los fariseos, ni a los letrados, ni a los sacerdotes dirige Jesús palabra tan duras. Quiere indicar que la propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. Lo difícil no es vencerla sino desenmascararla y tomar conciencia de que ella es la que puede arruinar nuestra Vida. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra su verdadero mesianismo, que no coincide ni con el del judaísmo oficial ni con lo que esperaban los discípulos.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria. Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo, el egoísmo, quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas -sean amigas o enemigas- por ser fieles al evangelio.

En tiempo de Jesús, la cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El carácter simbólico solo llegó para los cristianos después de comprender la muerte de Jesús. Como el relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). No está hablando de la cruz aceptada voluntariamente, sino de la impuesta por haber sido fiel a sí mismo y Dios. Lo que debemos buscar es la fidelidad. La cruz será consecuencia inevitable de esa fidelidad.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar más lejos hacia mayor humanidad. La propuesta de Jesús es la única manera de ser humano. Todo ser humano debe aspirar a ser más; incluso a ser como Dios. Pero debe encontrar el camino que le lleve a su plenitud. Los argumentos finales dejan claro que las exigencias, que parecen tan duras, son las únicas sensatas. Lo que Jesús exige a sus seguidores es que vayan por el camino del amor, por el camino del servicio a los demás, aunque ese camino nos cueste esfuerzo. Aquí está la esencia del mensaje cristiano. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor para mí. Interpretarlo como renuncia es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios quiere nuestra felicidad en todos los sentidos. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y solo puede querer para nosotros lo mejor. Nuestra limitación es la causa de que, a veces, el conseguir lo mejor exige elegir entre distintas posibilidades, y el reclamo del gozo inmediato inclina la balanza hacia lo que es menos bueno e incluso malo; entonces mi verdadero ser queda sometido al falso yo.

La mayoría de nuestras oraciones pretenden poner a Dios de nuestra parte en un afán de salvar el ego y la individualidad, exigiéndole que supere con su poder nuestras limitaciones. Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. En la medida que disminuyo mi necesidad de seguridades materiales, más a gusto, más feliz y más humano me sentiré. Estaré más dispuesto a dar y a darme, aunque me duela, porque eso es lo que me hace crecer en mi verdadero ser.

Una perfecta vida biológica, no supone ninguna garantía de mayor humanidad. Todo lo contrario, ganar la Vida es perder la vida, yendo más allá del hedonismo. Lo biológico es necesario, pero no es lo importante. Sin dejar de dar la importancia que tiene a la parte sensible, debes descubrir tu verdadero ser y empezar a vivir en plenitud. La muerte afecta solo a tu ser biológico, pero se pierde siempre. Si accedes a la verdadera Vida, la muerte pierde su importancia. La plenitud se encuentra más allá de lo caduco: no más allá en tiempo, sino más allá en profundidad, pero aquí y ahora.

Para ser cristiano, hay que trasformarse. Hay que nacer de nuevo. Lo natural, lo cómodo, lo que me pide el cuerpo, es acomodarme a este mundo. Lo que pide mi verdadero ser es que vaya más allá de todo lo sensible y descubra lo que de verdad es mejor para la persona entera, no para una parte de ella. Los instintos no son malos; que los sentidos quieran conseguir su objeto no es malo. Sin embargo la plenitud del ser humano está más allá de los sentidos y de los instintos. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.


La cruz, camino misionero, por amor de Cristo
Romeo Ballan, mccj

Es espléndida la afirmación de Pedro en el Evangelio del domingo pasado: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Pero aún no es todo sobre la identidad de Jesús. Es importante afirmar la divinidad de Jesucristo, pero es más difícil afirmar su humanidad, con la consecuente posibilidad de sufrir y de morir (Evangelio). Por eso, Jesús, tras haber elogiado a Pedro por la profesión de fe sobre su mesianidad, da comienzo a una nueva fase en su predicación: “Desde entonces empezó Jesús a explicar…” (v. 21). Lo mismo que al comienzo de la vida pública, después de la fase preparatoria (bautismo en el Jordán y tentaciones en el desierto), Mateo escribe: “Desde entonces empezó Jesús a predicar y decir ‘conviértanse’…” (Mt 4,17).

En el bautismo y en el desierto, Jesús había tomado decisiones muy claras sobre la manera de realizar la misión recibida del Padre para la salvación de la humanidad: la opción de vivir como hijo y hermano, de renunciar a los medios fáciles e ilusorios del poder, la gloria y el bienestar, de estar del lado de los pobres… Fiel a sus opciones, hechas según el corazón de Dios, Jesús avanza con determinación hacia su hora, camina hacia Jerusalén, dispuesto a las consecuencias extremas. Se confronta con sus discípulos; la reacción de Pedro es lógica, instintiva; cualquiera de nosotros hubiera reaccionado de la misma manera. Pero Jesús no acepta componendas, revisiones a la baja o descuentos por parte de quienes piensan solo de tejas abajo, según la carne y la sangre (v. 17.23). Jesús muestra con claridad el choque, la incompatibilidad entre la manera de pensar según Dios o la manera de pensar según Satán, según los hombres (v. 23).

En línea con este planteamiento, el Evangelio de hoy continúa con la revelación de la identidad de Jesús con nuevos elementos. Él no es solamente el Mesías-Cristo, el Hijo de Dios (v. 16), sino también el siervo, que tiene que “padecer mucho… ser ejecutado y resucitar” (v. 21). Jesús enseña que en la Iglesia, su nueva familia que acaba de anunciar (ver el Evangelio del domingo pasado), también sus discípulos deberán compartir sus opciones, recorrer el mismo camino, si quieren continuar la misma misión. Por eso, Jesús habla abiertamente a sus discípulos de la necesidad de negarse a sí mismos, cargar con su cruz y seguirle, perder la propia vida por causa de Él (v. 24.25), hacerse samaritanos y cirineos de los más débiles, rechazar el conformismo, la indiferencia, el individualismo que esclavizan, y optar, en cambio, por Cristo y por el anuncio del Evangelio, don de vida y libertad.

La expresión “tomar su propia cruz” no es una invitación a ‘buscar’ el sufrimiento; Jesús no es un masoquista, no elogia, no exalta el sufrimiento; más bien Él sana y ayuda a los que sufren. La cruz es la consecuencia de vivir según la lógica del amor, de donar, servir, lavar los pies. La cruz es la consecuencia de estar del lado de los débiles, del que sufre, del que no cuenta. Por tanto, la cruz no es solamente un peso que es preciso cargar con resignación, sino la consecuencia necesariade una decisión tomada libremente por Jesús en el desierto. Él se mantiene firme en su opción, rechaza las increpaciones de Pedro, nuevo Satanás (v. 22.23) y lo coloca en su lugar de discípulo: a Pedro no le corresponde indicar, sino seguir los pasos del Maestro. De lo contrario, la ‘piedra de construcción’ (v. 18) se convierte en ‘piedra de tropiezo’, escándalo, satán (v. 23).

“Pedro somos todos nosotros. La suya es la reacción humana e instintiva de cada uno de nosotros. Pasar de la lógica de los hombres a la lógica de Dios concretamente, hoy quiere decir, por ejemplo, pasar del dicho: ‘somos dueños en nuestra casa’ a la cultura del ‘somos todos ciudadanos del mundo’. Quiere decir construir puentes, no muros; construir ciudades donde nadie se sienta extranjero. Tomar la cruz quiere decir, como hizo Jesús,no callar ante las injusticias, levantar la voz contra quien abusa de su poder, no aceptar que se utilice a Dios como una bandera para pisotear los derechos de la gente pobre” (R. Vinco, Verona).

Al igual que el profeta, que a menudo resulta incómodo (I lectura), también el misionero, seducido por el Señor (v. 7), vive identificado con su Maestro, lleva en sus entrañas un fuego incontenible que lo empuja a superar el desánimo y las adversidades (v. 9). Y a ofrecerse en cuerpo y alma como hostia viva (II lectura, v. 1), renovándose interiormente para saber “discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto” (v. 2). La naturaleza misma de la misión impone al evangelizador actuar inspirándose en el único Maestro y Salvador: Cristo. La historia de las misiones está llena de apóstoles apasionados por Cristo y por la humanidad: Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Daniel Comboni, Teresa de Calcuta, Óscar Romero, Francisco Javier… quienes optaron por Cristo antes que ganar el mundo entero (Mt 16,26). Asimismo, los numerosos mártires de todos los tiempos. Esta fidelidad radical a Cristo es condición indispensable de eficacia apostólica. Y de verdadera felicidad en el servicio misionero.

XXI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos le respondieron “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”. Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi padre, que esta en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.
Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

(Mateo: 16, 13-20)


¿Quién dicen que soy yo?
P. Enrique Sánchez G. mccj

El evangelio de este domingo podría hacernos pensar a un examen al final de un curso. Es el momento de decir lo que se ha aprendido y de dar respuestas exactas para demostrar que se está en condiciones de empezar a caminar sin necesidad de muchas ayudas.

Hemos visto a lo largo de varias semanas cómo Jesús fue instruyendo y formando a sus discípulos.

Durante un buen tiempo recibieron enseñanzas e informaciones que poco a poco les fueron permitiendo conocer mejor a su maestro. Y, más todavía, Jesús se preocupó no sólo por transmitirles conocimientos acerca del Reino, sino que garantizó la enseñanza con su  ejemplo de vida y con los signos y prodigios que realizó  para pudieran entender,  no sólo con la inteligencia, sino sobre todo, con el corazón.

De muchas maneras, Jesús fue puliendo y probando la fe de sus discípulos sin dejarlos nunca solos. Siempre estuvo a su lado, con la mano tendida para sostenerlos y ayudarlos cuando sus fuerzas o su entendimiento no alcanzaban para entender lo que estaba pasando en sus vidas desde el día que se habían encontrado con él.

Durante tres años de caminar junto a aquel que había terminado por convertirse en su maestro y Señor, los discípulos se fueron convirtiendo en hombres de fe.

Tal vez no era una fe a prueba de todo, pero sí una fe que se fue convirtiendo en vida o una fe que se iba descubriendo en la vida de todos los días.

Jesús, varias veces, les reprochó su falta de fe o la pequeñez de su experiencia en este camino, pero una y muchas veces les ayudó a entender que, convirtiéndose en discípulos suyos, los más grandes combates se llevarían a cabo en el campo de la fe.

Y, para ir más a lo concreto, en lo que el Evangelio quiere dejar claro, habrá que decir que creer, en primer lugar será reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías y el Salvador. Creer será, simple y sencillamente, poner toda la confianza en Jesús, reconociéndolo como el don de Dios para toda la humanidad.

Tener fe será igualmente decir que Jesús es Dios mismo que camina a nuestro lado. Será confesar que Dios ya no es alguien anónimo, sino un padre que nos ha mostrado su rostro haciéndose uno de nosotros en la persona de Jesús.

Teniendo claro lo anterior, podemos entender mejor el sentido de la página del evangelio que hemos proclamado en nuestra celebración de la eucaristía hoy.

Después de todo el camino recorrido con Jesús, luego de haberse empapado de las palabras que salían de su boca cargadas de sabiduría, teniendo muy presentes los signos y prodigios con que había demostrado que tenía el poder de Dios sobre la vida y la muerte, y, sobre  todo, habiendo puesto al alcance de todos el amor, la misericordia, la compasión y el perdón de Dios.

El paso siguiente era ver hasta dónde habían llegado los discípulos. Y la primera pregunta del examen final es: ¿Qué dice la gente que es el Hijo del hombre?

¿Cuál es la imagen, la idea o la experiencia que han hecho de Dios quienes han entrado en contacto con Jesús?

Las respuestas abundan. Hay quienes se han quedado con la imagen de Jesús que resuelve los problemas y las necesidades inmediatas. Muchos lo seguían porque les había llenado el estómago de pan.

Otros estaban sorprendidos porque lo habían visto aliviar los sufrimientos de muchos enfermos y marginados. Otros más no salían de su asombro, pues habían visto con sus propios ojos cómo había resucitado a muertos.

Jesús era seguramente alguien que se salía del esquema común de los mortales y por ello la gente trataba de darse una explicación diciendo que era alguno de los grandes profetas que había regresado.

Jesús era reconocido como alguien con un poder extraordinario que podía responder a los anhelos que todo buen judío llevaba en su corazón cuando pensaba que volverían los tiempos maravillosos del pasado.

Pero no toda la gente veía a Jesús como a alguien extraordinario que podía hacer sospechar la llegada del Mesías prometido. Al contrario, había quienes pensaban que era un desquiciado, un revoltoso que había venido a poner el desorden en la sociedad y en la religión de su tiempo.

No eran pocos los que lo buscaban para matarlo y que al fin lograron llevarlo sobre la cruz porque lo calificaron de blasfemo, de irreverente y atrevido por decir que era el Hijo de Dios.

Había  quienes  lo  identificaban  como  uno  más,  de  los  varios  que  se  habían  levantado  en contra de los ocupantes del pueblo de Israel y lo veían como un alborotador y una amenaza en la sociedad.

Y no faltaban los que lo consideraban una presencia intolerable e inaceptable por sus ideas y sus maneras de interpretar la ley.

Pero, afortunadamente había también mucha gente sencilla que habían reconocido en él la presencia del Padre que vive volcado hacia su pueblo, que tiene una predilección por los pobres y los sencillos, que se entrega en su Hijo para que todos tengan vida.

Había gente como Pedro que dirá: Señor, ¿a quién iremos, si sólo tu tienes palabras de vida eterna?

La gente tenía sus opiniones y se habían hecho sus ideas sobre Jesús y eso lo sabían los discípulos.   Jesús   podía   se   clasificado   de   muchas   maneras,   según   los   intereses   y conveniencias de quienes se encontraban con él.

La segunda pregunta que hace el Evangelio de hoy obliga a ir un poquito más lejos. No es suficiente saber lo que piensa la gente sobre Jesús, pues nos damos cuenta de que se han escrito millones de libros y la información que se tiene sobre él difícilmente se podría conocer completamente.

El texto de nuestro evangelio nos lleva a entender que sobre Jesús no es suficiente hacerse una opinión o acumular conocimientos. Lo importante es saber que implicación, que efecto y que consecuencias tiene su presencia en nuestras vidas.

A los discípulos Jesús los lleva a esa experiencia soltándoles la pregunta a quemarropa.

¿Y ustedes quién dicen que soy yo?

Esta pregunta no deja espacio a escapatorias. Ante Jesús estamos llamados, como los discípulos, a responder quién es verdaderamente Jesús en nuestras vidas. Y aquí también las respuestas pueden ser muchas, pues hay quienes consideran a Jesús como alguien a quien hay que tenerle una cierta reverencia o devoción, pero dejando una distancia que no nos comprometa.

Hay para quienes Jesús es como la aspirina, de la cual nos recordamos sólo cuando tenemos un fuerte dolor de cabeza; es el Jesús al que recurrimos cuando estamos dentro de un problema que no sabemos cómo resolver y entonces gritamos: Señor ten compasión de mí. Para algunos de nuestros contemporáneos es simplemente alguien desconocido o alguien a quien se le clasifica entre las personas que no nos interesan. Al limite se le reconoce como el personaje que ha marcado, de alguna manera, la historia de nuestra humanidad, pero que se puede dejar a un lado.

La pregunta obligó a los discípulos a tomar una posición, los movió a hacer una opción que marcó y definió sus vidas, pues al final todos tuvieron que dar testimonio de él aceptando el camino del martirio.

La interrogación de Jesús seguramente les recordó a los discípulos otras palabras, como aquellas que el Señor les había dicho como una exigencia, conmigo se está o no se está. Conmigo la respuesta sólo puede ser un sí o un no. O están conmigo o contra mí.

Pedro tuvo la valentía de responder reconociendo que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pero esa confesión, en el momento que Pedro pronunció esas palabras, eran justamente palabras. Ese reconocimiento de Jesús se va a dar cuando llegará el momento de dar la vida, de aceptar el martirio y de consagrarse enteramente al servicio del Reino.

Viniendo a nosotros, no es difícil reconocer que también existen muchas opiniones sobre quién es Jesús y no son muy distintas o lejanas a las opiniones de todos los tiempos.

A lo mejor no nos cuesta reconocer y confesar que Jesús es el Hijo de Dios y eso nos ayuda a ubicarnos con serenidad en la realidad de nuestro mundo. Pero nos damos cuenta de que no es suficiente decir que Jesús es el Señor, mientras quede lejos de lo que nos toca vivir todos los días.

Como a los discípulos, también hoy el Señor nos pregunta: ¿ Quién soy yo para ti, en tu vida, en lo que vas realizando como proyecto que le da sentido a tu existencia y a tu presencia en este mundo?

¿Quién soy yo para ti? Nos obliga a preguntarnos qué tipo de relación tenemos con el Señor.

¿Lo sentimos como alguien familiar, como alguien con quien vamos compartiendo la vida, con quien nos sentimos en confianza para contarle nuestras alegrías y nuestras penas?

¿Jesús es alguien que sentimos como parte de nuestra vida, como una persona con quien se puede interactuar, con quien podemos discutir, pero en quien podemos confiar plenamente, como lo hacemos con un hermano o un amigo?

Como personas de fe, seguramente nos reconocemos en una relación con Jesús, una relación que se va dando como un proceso y de manera dinámica en donde nos vamos descubriendo mutuamente y en donde la confianza va creciendo en la medida en que nos dedicamos tiempo para estar con él.

Jesús, muy probablemente, es ese misterio de Dios que se nos va revelando poco a poco en nuestra vida, en la medida en que le abrimos espacios para que esté presente. Es el rostro de Dios que vamos aprendiendo a reconocer cuando no dejamos que la indiferencia o la arrogancia de pensar que podemos vivir sin Dios nos gane el corazón

Jesús es la presencia discreta de Dios en nuestra vida, que no interviene con violencia y que no obliga a quemar etapas. Es la imagen paciente de un Padre que nos conoce, que nos espera en nuestros intentos de ir a su encuentro; es la presencia del amor que se hace persona para introducirnos en el corazón del Padre.

¿Quién soy yo para ti? Es la pregunta que nadie puede contestar en el lugar de otra persona. Es la oportunidad que se nos brinda de poder iniciar o continuar una relación con el Señor que nos permite ponernos cara a cara, con el corazón en la mano, con la humildad de que somos capaces, para poder decirle: Señor tú lo eres todo para mí, pero necesito que aumentes mí fe, que no me sueltes de tu mano, que me hagas experimentar a cada paso tu misericordia y que me ayudes a escuchar tu voz, invitándome a ir a tu encuentro.

Podemos decir con sencillez, Señor tú eres nuestro Mesías y nuestro salvador, porque vemos tu huella en todo lo que vamos encontrando, porque sentimos tu presencia en todo aquello que nos toca afrontar como humanos, porque experimentamos el amor que hace de nosotros tus hermanos.

Te reconocemos como el don de Dios y lo más bello que pueda recibir cualquier ser humano. Y ante este don tan extraordinario, sólo podemos decir a cada paso, Señor aumenta nuestra fe para poder reconocerte como lo mejor que nos pudo suceder en nuestro peregrinar en este mundo tan humano.

Señor, que podamos avanzar en el descubrimiento de tu presencia entre nosotros sintiéndonos siempre llevados de tu mano.


Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de hoy nos presenta la «confesión de fe» de Pedro en las proximidades de la ciudad de Cesarea de Filipo, al nordeste de Israel, en una región semipagana. Jesús se había «retirado» a aquella zona, fuera de los límites habituales de su predicación, para poder estar en la intimidad con los suyos. Estaba a punto de producirse un cambio radical en su misión y Jesús quería preparar a sus discípulos.

En este contexto de retiro —Lucas 9,18 llega incluso a decir que esto sucedió cuando «Jesús se encontraba orando a solas»—, el Señor, que había percibido a su alrededor los indicios de una crisis, hace una especie de… «sondeo»: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o uno de los profetas». Las multitudes, por tanto, vislumbraban en Jesús a un profeta, a un gran profeta, pero lo interpretaban según las categorías del pasado. El mismo sondeo, realizado hoy, arrojaría resultados no muy distintos: un hombre extraordinario, un iluminado, un revolucionario, un innovador, un idealista… Categorías siempre insuficientes.

Jesús prosigue: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro respondió: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»Pedro, también en nombre de los Doce, pronuncia una profesión personal de fe, que Jesús reconoce como inspirada por el Padre. En ese momento, Jesús revela a Pedro su vocación, su identidad: «Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Te daré las llaves del Reino de los Cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos». Observemos la simetría: «Tú eres el Cristo» y «Tú eres Pedro». Sin embargo, no se trata de un intercambio de cortesías, sino de la revelación de una identidad recíproca.

Tenemos aquí una verdadera investidura, simbolizada por tres signos: el cambio de nombre (Pedro, la piedra), la entrega de las llaves y la potestad de atar y desatar. Podríamos decir que Jesús confiere a Pedro tres de sus prerrogativas mesiánicas: ser Piedra (véanse Daniel 2,31-35; Mateo 21,42; 1 Corintios 10,4), poseer las llaves del Reino y tener el poder de atar y desatar (Apocalipsis 3,7: «El que tiene la llave de David: cuando él abre, nadie puede cerrar; y cuando cierra, nadie puede abrir»). Jesús, el Señor de la Iglesia, confiere en este texto a Pedro una autoridad vicaria al servicio de su Iglesia.

1. ¿Quién soy yo para ti?

Esta pregunta se dirige hoy a nosotros. Cristo no espera la respuesta aprendida en el catecismo. Sería una respuesta enmohecida. No espera una respuesta dictada por la costumbre. Sería una respuesta sin pasión. No espera una respuesta elaborada únicamente por la mente. Sería una respuesta fría, sin corazón. Jesús espera una respuesta que nazca de nuestra intimidad con él¿Cómo podemos encontrarla? Preguntémonos hasta qué punto estamos dispuestos a arriesgar por él.¿La medida extrema? ¡El don de la vida! Hoy el testimonio cristiano puede asumir, bajo diferentes formas, la dimensión del martirio. No solo en Pakistán, India, China o Nigeria… sino también aquí, en Europa, con el continuo goteo de la burla y la indiferencia. A las cuatro notas de la Iglesia —una, santa, católica y apostólica— casi podríamos añadir una quinta: ¡perseguida!

Sin embargo, no basta con dar una respuesta de una vez para siempre. La vida es cambio. En todas las relaciones surgen momentos de crisis en los que nos parece que ya no reconocemos al otro. Es un momento crítico que puede convertirse en ocasión de una ruptura definitiva o en una oportunidad para crecer en el conocimiento mutuo. Esto también puede suceder en nuestra relación con Cristo. También por esta razón algunos cristianos acaban alejándose de él. La relación con Jesús se vuelve rutinaria y sin entusiasmo y, poco a poco, aparecen la indiferencia y el distanciamiento. Presumimos de conocerlo y pensamos que ya no tiene nada que decirnos. Su Evangelio es como un libro «ya leído». Entonces, o nos marchamos, cansados y decepcionados, o nuestra relación con él languidece en una lenta y triste agonía.
¿Cómo podemos evitar este peligro? Podemos señalar dos caminos.

2. ¡Los ojos fijos… en la «liebre»!

¡No apartemos la mirada de Jesús! «Corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fijos los ojos en Jesús, quien inicia y completa la fe» (Hebreos 12,1-2). Un relato de los antiguos Padres del Desierto lo expresa de una manera simpática, pero elocuente.

Un joven monje fue un día a visitar a un anciano monje, cargado de años y experiencia, y le dijo: «Padre mío, explícame por qué tantos abrazan la vida monástica y tan pocos perseveran; tantos vuelven atrás». El monje respondió: «Mira, sucede como cuando un perro ve una liebre. Comienza a correr detrás de ella y ladra con fuerza. Otros perros oyen al perro ladrar mientras corre detrás de la liebre y también ellos se ponen a correr: son muchos los que corren juntos, ladrando; sin embargo, solo uno ha visto la liebre, solo uno la sigue con los ojos. En un momento dado, uno tras otro, todos aquellos que no han visto realmente la liebre y corren solamente porque otro la ha visto se cansan y quedan exhaustos. En cambio, el que ha fijado personalmente los ojos en la meta llega hasta el final y atrapa la liebre». Y decía: «Mira, eso mismo les sucede a los monjes. Solo quienes han fijado verdaderamente los ojos en la persona de Jesucristo, nuestro Señor crucificado, llegan hasta el final».

3. Mirarse en la mirada de Cristo

La pregunta de Jesús continúa llegando hasta nosotros: «¿Quién soy yo para ti?». ¿Has pensado alguna vez en dirigirle tú también la misma pregunta: «Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?». Solo su respuesta puede iluminar el misterio de lo que somos; de lo contrario, seguimos siendo una incógnita para nosotros mismos. Solo él puede revelarnos nuestro verdadero nombre (Apocalipsis 2,17), nuestra identidad. Solo este encuentro cara a cara puede dar profundidad y solidez a nuestra relación con él.

«Cuando nos acercamos al misterio de Dios, descubrimos nuestro rostro; cuando nos aproximamos a la Verdad de Dios, recibimos a cambio la verdad sobre nosotros mismos. Confesar la identidad de Cristo nos devuelve nuestra identidad más profunda… Si queréis descubrir quiénes sois verdaderamente, miraos en la mirada de Dios» (Paolo Curtaz).

Para la reflexión personal

1) En un momento de «retiro», interroguemos al Señor y dejémonos interrogar por él: «Señor, ¿quién eres tú para mí? ¿Y quién soy yo para ti?».

2) Confrontémonos con la identidad de Pedro, que ilumina la vocación del cristiano: ser PIEDRA, es decir, servir de apoyo para la fe de los demás, a pesar de la fragilidad de la nuestra; utilizar la LLAVE del Reino, es decir, la cruz de Jesús, para romper las ataduras de la esclavitud y unir a las personas con los vínculos de la fraternidad.


Qué decimos nosotros
José Antonio Pagola

También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?


Pedro, entre Dios y Satanás
José Luis Sicre

El evangelio de este domingo y el del siguiente forman un díptico indisoluble. En el de hoy, Pedro recibe una revelación de Dios y una misión. En el siguiente, se convierte en portavoz de Satanás. De este modo, Mateo deja claro que lo importante es la misión recibida, no la santidad del receptor.

El evangelio de este domingo se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente a propósito de Jesús; 2) lo que afirma Pedro; 3) las promesas de Jesús a Pedro.

1. Lo que piensa la gente

Camino de Cesarea de Filipo, muy al norte de Israel, Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» La expresión aramea bar enosh, podríamos traducirla con minúscula y con mayúscula.

Con minúscula, «hijo del hombre», significa «este hombre», «yo», y es frecuente en boca de Jesús para referirse a sí mismo. Por ejemplo: «Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre [este hombre] no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8,20); «El hijo del hombre [este hombre, yo] tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6), etc.

Con mayúscula, «Hijo del Hombre», hace pensar en un salvador futuro, extraordinario. «Os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10,23); «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores» (Mt 13,41); «El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles» (Mt 16,27).

La gente que escuchaba a Jesús podía sentirse desconcertada. Cuando usaba la expresión «el Hijo del Hombre», ¿hablaba de sí mismo, de un salvador futuro o de un gran personaje religioso? Por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta muerto, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.

2. Lo que afirma Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Estamos tan acostumbrados a escuchar la respuesta de Pedro que nos parece normal. Sin embargo, de normal no tiene nada. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una inspiración divina.

3. Las promesas de Jesús a Pedro

Esta tercera parte es exclusiva de Mateo. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: “Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías”. Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. No es un hereje ni un loco, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar”.

Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él, esta roca, edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la “roca” es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras “y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación (“te daré las llaves del Reino de Dios”) se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín, tema de la primera lectura de hoy: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá”. Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era “el Papa”, ni gozaba de la “infalibilidad pontificia”, las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. “Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

Apéndice 1. El papel de Pedro en la iglesia primitiva

Un detalle común a las más diversas tradiciones del Nuevo Testamento es la importancia que se concede a Pedro. El dato más antiguo y valioso, desde el punto de vista histórico, lo ofrece Pablo en su carta a los Gálatas, donde escribe que tres años después de su conversión subió a Jerusalén «a conocer a Cefas [Pedro] y me quedé quince días con él» (Gálatas 1,18). Este simple detalle demuestra la importancia excepcional de Pedro. Y catorce años más tarde, cuando se plantea el problema de la predicación del evangelio a los paganos, escribe Pablo: «reconocieron que me habían confiado anunciar la buena noticia a los paganos, igual que Pedro a los judíos; pues el que asistía a Pedro en su apostolado con los judíos, me asistía a mí en el mío con los paganos» (Gálatas 2,7).

Esta primacía de Pedro queda reflejada en diversos episodios de los distintos evangelios. Basta recordar el triple encargo («apacienta mis corderos», «apacientas mis ovejas», «apacientas mis ovejas») en el evangelio de Juan (21,15-17), equivalente a lo que acabamos de leer en Mateo.

Lo mismo ocurre  en los Hechos de los Apóstoles. Después de la ascensión, es Pedro quien toma la palabra y propone elegir un sustituto de Judas. El día de Pentecostés, es Pedro quien se dirige a todos los presentes. Su autoridad será decisiva para la aceptación de los paganos en la iglesia (Hechos 10-11). Este episodio capital es el mejor ejemplo práctico de la promesa: «lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo».

Apéndice 2. Mateo: ¿falsario o teólogo?

Lo anterior ayuda a responder una pregunta elemental desde el punto de vista histórico: si las promesas de Jesús a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, ¿no serán un invento del evangelista? Así piensan muchos autores.

Pero el término «invento» se presta a confusión, como si todo lo que se cuenta fuera mentira. Los escritores antiguos tenían un concepto de verdad histórica muy distinto del nuestro, como he intentado demostrar en mi libro Satán contra los evangelistas. Para nosotros, la verdad debe ir envuelta en la verdad. Todo, lo que se cuenta y la forma de contarlo, debe ser cierto (esto en teoría, porque infinitos libros de historia se presentan como verdaderos, aunque mienten en lo que cuentan y en la forma de contarlo). Para los antiguos, la verdad se podía envolver en un ropaje de ficción.

La verdad, testimoniada por autores tan distintos como Pablo, Juan, Lucas, Marcos, es que Pedro ocupaba un puesto de especial responsabilidad en la iglesia primitiva, y que ese encargo se lo había hecho el mismo Dios, como reconocen Pablo y Juan. Lo único que hace Mateo es envolver esa verdad en unas palabras distintas, quizá inventadas por él, para dejar claro que la primacía de Pedro no es cuestión de inteligencia, ni de osadía, se debe a una decisión de Jesús. Y para corroborar que no son los méritos de Pedro, añade el episodio que leeremos el próximo domingo.


Pedro, piedra que da solidez a la Unidad y a la Misión
P. Romeo Ballan, mccj

Jesús hace un sondeo de opinión sobre su Persona, pero va más allá de los resultados del sondeo (Evangelio). ¿Quién es Jesús? ¿Cuál es su verdadera identidad? ¿Qué opina la gente de Él? Y ustedes, ¿quién dicen que soy? Son preguntas que nos rebotan del pasado y que son siempre actuales. La afirmación central de este domingo es la respuesta de Simón Pedro, en nombre también de los demás, sobre la identidad de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (v. 16). La opinión de la gente (v. 14) coloca a Jesús entre los grandes profetas de Israel (Elías, Jeremías, Juan el Bautista…), lo cual ya es una buena aproximación, aunque todavía en un nivel espectacular. La gente reconoce la grandeza de Jesús (milagros, doctrina…), pero no llega a conocer plenamente su identidad.

Para alcanzarla, se necesitan criterios interpretativos nuevos. Es necesario un suplemento de fe. La respuesta de Pedro, en efecto, es fruto de una luz superior, que viene del Padre (v. 17); por eso va más allá de la capacidad humana (de la carne y la sangre). Pero, a pesar de esta luz nueva, Pedro comprende solo parcialmente la identidad y la misión de Jesús: lo comprueba el texto del Evangelio de Mateo que sigue sobre la cruz (cfr. Evangelio del próximo domingo). Esto demuestra la dificultad de creer; es difícil para todos. Cristianos no se nace, pero se llega a ello. Creer en Jesús quiere decir “seguirle”, es decir, ponerse en camino y buscar cada día asumir sus ‘sentimientos’ de total abandono en el Padre, “imitar” su mismo ‘estilo de vida’ a través de gestos de bondad, misericordia, acogida, compartir…

En un intercambio de mutuas confidencias, Pedro reconoce la identidad de Jesús (Tú eres el Cristo…); Jesús revela la identidad de Pedro (Tú eres Pedro…) y lo compromete en su proyecto por una nueva comunidad: su Iglesia, que durará por los siglos (v. 18). A pesar de las dificultades y las resistencias históricas ante este texto de Mateo, el plan de Jesús para su Iglesia sigue vigente. Según la tradicional interpretación católica, las tres metáforas de la piedra (v. 18), las llaves (v. 19) y el binomio atar-desatar (v. 19) se complementan con la entrega post-pascual a Pedro del servicio de apacentar, con amor, al pueblo de la nueva alianza (cfr. Jn 21,15s). La fe de Pedro – y la de sus sucesores – es prioritaria y fundamental: solo así nace, se funda, crece la Iglesia. En el testimonio humilde del apóstol Pedro el Señor ha puesto el fundamento de nuestra fe, para que nosotros también seamos piedras vivas para la edificación de la Iglesia (Oración colecta).

No cualquier forma de ejercer la autoridad es agradable a Dios y buena para el pueblo, como lo confirma la destitución de Sebná, intrigante mayordomo de palacio (I lectura, v. 19), porque el Señor quiere un “padre para los habitantes de Jerusalén” (v. 21). Para Jesús, que es “el Señor y el Maestro” (Jn 13,14), que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida” (Mt 20,28), la autoridad (las llaves) se entrega a Pedro y a la Iglesia para un servicio al pueblo de Dios en una diaconía sin fin. Cuanto más amplia es la autoridad, más intenso ha de ser el amor y generoso el servicio. ¡Para que en la tierra todos tengan vida y la familia humana viva unida! Es este el objetivo de la misión, que el Papa Francisco vuelve a proponer cada vez que habla de la Iglesia.

El Concilio nos da la dimensión teológica y misionera del proyecto de Jesús: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza” (AG 2). Porque “la Iglesia existe para evangelizar” (Pablo VI, en EN 14). No es un hecho marginal que Jesús hable de su proyecto de Iglesia, estando en un territorio pagano (v. 13: región de Cesarea de Filipo), en un contexto geográfico y étnico semejante al de la mujer cananea (ver el Evangelio del domingo pasado). Estos dos hechos (la cananea y Pedro), que Mateo narra, revelan dos valores importantes para comprender la identidad de Jesús: la fe y la misión. ¡Dos valores necesarios! Ante todo, Jesús elogia la fe de ambos, aunque la expresan de manera diferente. Además, los dos hechos revelan el carácter universal de la misión de Cristo y de la Iglesia. ¡Una misión de salvación abierta a todos los pueblos, cercanos y lejanos!

Un sondeo de opinión acerca de la identidad de Jesús, realizado en nuestros días, nos daría igualmente resultados aproximativos y reductivos. Es un hecho que una proporción elevada de fieles bautizados se han alejado de la Iglesia, del Evangelio y de Cristo, si bien nunca se puede medir el nivel de fe de una persona. Para ellos se requiere una nueva evangelización, con los contenidos y métodos de la misión ad gentes, es decir, la primera evangelización (cfr. RMi 33). Para muchos es necesario comenzar nuevamente por los fundamentos de la fe cristiana, utilizando adecuados métodos pedagógicos.

El Evangelio de hoy y algunas fiestas de la época veraniega vuelven a proponer tres elementos típicos del identikit del católico. Estos valores son: Eucaristía, Virgen María y Papa, los tres a la vez. Son elementos que sostienen y fortalecen la fe del cristiano, iluminan su sentido de pertenencia a la Iglesia, esclarecen su identidad, lo ayudan a ser sal y luz dentro del confuso panorama religioso de nuestro tiempo, ante los no cristianos. En especial, ante no cristianos, o protestantes, ortodoxos, evangélicos y otros grupos. No se trata de polemizar o establecer confrontaciones odiosas. Para el católico, son tres amores irrenunciables, que estamos llamados a compartir y a proponer a los demás con humildad y respeto; son valores que llenan de gozo la vida y la misión del cristiano en cualquier lugar del mundo.

Cuando profesamos nuestra fe, decimos: Creo la Iglesia una, santa, católica y apostólica; podríamos añadir también una quinta nota: perseguida, lo cual es una realidad permanente en la historia, hasta nuestros días en muchos lugares del mundo. “Ser hombres-mujeres de Iglesiaquiere decir ser hombres-mujeres de comunión”, nos recuerda el Papa Francisco. Pertenecer a la Iglesia es un valor grande, un don precioso del Señor. Un regalo que postula nuestro agradecimiento constante y nuestro compromiso para custodiarlo y compartirlo con humildad y respeto. Pidamos al Señor que nos conceda, como a santa Teresa de Ávila, el gozo de vivir y de “morir como hijos-hijas de la Iglesia”.

XX Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mi. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.
Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.
Ella se acercó entonces a Jesús y, postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de  sus  amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

(Mateo: 15, 21-28)


¡Qué grande es tu fe!
P. Enrique Sánchez G. mccj

Una vez más, el tema de la fe está en el centro de nuestra reflexión. Escuchando estos cuantos versículos del evangelio de san Mateo que nos regala la liturgia de la Palabra este domingo, también hoy somos invitados a dar un pasito más lejos en nuestro camino de fe y de reconocimiento de la presencia de Dios en nuestras vidas.

La palabra de Dios, que estaba destinada de manera particular al pueblo judío, en las lecturas de este día, abren las puertas a otros destinatarios que están más allá de las fronteras del pueblo elegido. Y nos involucran a quienes acogemos con gratitud esta Buena Noticia para seguir en el camino de la fe.

El profeta Isaías en la primera lectura habla de extranjeros que han adherido al Pueblo de Dios y que serán conducidos al monte santo para llenarlos de alegría. San Pablo, en la segunda lectura, se dirige a los que no son judíos para provocarlos y hacer que se abran al anuncio de la buena nueva de Jesús.

En el evangelio, de alguna manera, el personaje central es una mujer cananea, por lo tanto extranjera y considerada lejana de todas las promesas que habían sido hechas al pueblo de Israel. Era alguien que hizo la experiencia de encontrarse con Jesús y humildemente se acercó suplicando ser acogida, aunque se sabía que no tenía derecho a pretender nada de Jesús.

Esta mujer, a quien se le subraya ser cananea y por lo tanto, extranjera, será el ejemplo que Jesús pone ante sus discípulos y ante todos aquellos que lo rodean, para ayudarles a entender que de ahora en adelante lo que dará una identidad a los hijos de Dios ya no será sólo la pertenencia a un pueblo, sino que será una gracia ofrecida a toda persona que sea capaz de reconocer en Jesús al salvador.

Con la llegada de Jesús entre nosotros se abren los horizontes de la salvación y ya nadie puede ser excluido o privado de la posibilidad de reconocerse llamado a ser hijo de Dios.

De ahora en adelante la compasión de Dios está destinada a llenar todos los corazones de quienes se sienten en la necesidad de tener a Dios en sus vidas.

En las palabras de la cananea está el reconocimiento de Jesús como el Mesías, el salvador. Es él aquel hijo de David que Dios había prometido hacer surgir como un brote nuevo del tronco caído y aparentemente destruido en el pueblo de Israel.

Y, justamente, es una mujer venida de lejos quien hace esa confesión de fe que reconoce a Jesús como el hijo de David, en quien Dios manifiesta su presencia en medio de aquellos, que ya no sólo pertenecen a su pueblo, sino a todos los que abren su corazón para reconocerlo como su Dios.

Ante la súplica de la mujer, Jesús parece asumir una actitud de indiferencia y casi de rechazo, pero en realidad de lo que se trata es de una prueba para obligar a sus discípulos a confrontarse con la experiencia de fe que van haciendo estando con él.

A los discípulos les molesta la insistencia de la mujer, que ruega y suplica, convencida de que sólo Jesús puede dar la respuesta necesaria a sus búsquedas y necesidades.

Ella ha llegado al punto de reconocer que Jesús tiene poder sobre la vida y la muerte, pues es Dios, Mesías, presente entre nosotros y, movida por su convicción, no habrá nada que la pueda detener hasta llenar su vida de aquella presencia que le cambiará la existencia, no sólo a ella, sino a lo que más ama.

A la mujer no le molesta importunar y molestar, tal vez porque se ha dado cuenta de que las cosas de Dios no se dan en un momento o inmediatamente, sino que exigen constancia y perseverancia, pues ella vive la experiencia de constatar que Dios tiene sus caminos, sus modos de hacer las cosas y sus tiempos.

Ante eso queda claro que lo importante es saber perseverar, confiar e insistir, pues Dios nunca deja sin respuesta cualquiera que sea el ruego o la súplica que se le presente.

Pasando del texto del evangelio a la experiencia de nuestras vidas, nos damos seguramente cuenta de que muchas veces nos encontramos en la situación de esa mujer extranjera.

A lo mejor nos sentimos sin derecho a pedirle demasiado a Dios, porque justamente nos sentimos o nos descubrimos muy lejos de él, casi como extranjeros y ajenos a lo que Dios nos va mostrando cada día de él.

Vivimos en mundos en donde la realidad, las preocupaciones o los intereses parecen ser muy distintos de lo que descubrimos cuando nos vamos acercando al mundo de Dios y puede ser que nos sintamos hasta torpes a la hora de querer entrar en contacto con él. No sabemos qué decir, qué pedir, qué confiar en sus manos.

Nos sentimos extranjeros, porque nos hemos acostumbrado a hablar un lenguaje que es muy distinto al que usa el Señor cuando entra en contacto con nosotros. Jesús nos habla de confianza, de amor, de fraternidad, de justicia, de servicio, de entrega desinteresada, de pasión por las cosas de Dios.

Nos invita a usar el lenguaje de la oración para comunicarnos con nuestro Padre, nos habla a través de los bello de las celebraciones de los sacramentos, de la comunión que podemos experimentar al sentirnos parte de una comunidad, de la alegría de poder anunciar a otros su palabra…

Nos habla desde un mundo que está muy cercano a nosotros, pero que muchas veces sentimos lejano por las fronteras que hemos elevado quedándonos en lo que nos brinda pequeñas seguridades o comodidades que no acaban por satisfacer lo que el corazón nos reclama desde lo más profundo de nosotros mismos.

La cananea nos enseña igualmente que la experiencia de fe no es algo que surge espontáneamente, sin luchas y sin sacrificios. Tener fe, al final no es sólo adherir a algo que nos convence o que nos parece razonable y confiable.

Es algo mucho más profundo. Se trata de un encuentro con alguien, con quien nos tenemos que confrontar y en cierto modo con quienes tenemos que luchar para convencernos desde el corazón.

Es encuentro en el que se comparten sentimientos, ideas, convicciones, puntos de vista; pero al mismo tiempo es encuentro de apertura, de confianza y de abandono. De lucha interior para dejarnos vencer por algo que nos hace sentir amados y nunca sometidos u obligados.

La cananea supo ponerse delante de Jesús con valentía y con confianza, exponiendo sus urgencias y sus necesidades, pero sin dudar que obtendría lo que realmente sería conveniente en su vida. Sabía que aún las migajas que podían caer de la mesa, viniendo de Dios, se podían convertir en bendiciones que no tenían medida y que Dios nunca se dejará ganar en generosidad.

Y es aquí en donde la experiencia de fe de esta mujer llegada de lejos, esta mujer que se sabe sin derecho a pretender o exigir hace la experiencia de recibir más de lo que estaba pidiendo. Su fe, expresada a través de gestos de sencillez y de humildad hacen, como siempre, posible el milagro de ver realizado lo que ella profundamente deseaba.

¿Cuántas cosas podrían ser distintas en nuestra vida si tuviésemos el reflejo para dejar  actuar la fe en nuestro vivir cotidiano? No es difícil ver cómo muchas veces renunciamos a vivir la experiencia de fe porque nos gana la necesidad de obtener respuestas inmediatas, porque no sabemos entender que Dios ya está trabajando en nuestros proyectos, que, como leímos hace unos días en la Carta de Bernabé, “Cualquier cosa que te suceda, recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto”.

¿Cuánto ganaríamos en calidad de vida si aprendiéramos a descubrir no sólo las migajas de providencia y de amor que el Señor va dejando caer de su mesa para que se conviertan en abundancia en todas las dimensiones de nuestra vida? Pero nos cuesta ponernos en una actitud de humildad y de sencillez ante el Señor, aceptando que ya hay un plan que tiene por objetivo nuestra felicidad y la realización plena de nuestra vida.

Y no se trata, de ninguna manera, de determinismos o de destinos marcados ante los cuales sólo tendríamos que asumir una actitud de sumisión y de conformismo. Se trata de experiencia de fe profunda, que se construye sobre la confianza y el abandono; pero al mismo tiempo en la búsqueda, en el compromiso personal que implica renuncias y sacrificios personales.

En otras palabras, se trata de creer, abriéndonos a lo inaudito y sorpresivo que puede ser Dios en nuestras vidas.

La mujer cananea supo confiar, supo esperar, supo entrar en la lucha de la confrontación humilde y respetuosa con el Señor; pero decidida y confiada en que al final lo que se manifestaría no serían sus necesidades o sus urgencias, sino la generosidad extraordinaria de Dios que nunca se deja ganar cuando se trata de amar.

Qué bello sería escuchar a Jesús que nos dijera al oído, ¡Qué grande es tu fe! Nunca será tarde para que el milagro se realice también en nuestras vidas.

¿Tendremos el valor de decir como la mujer cananea, “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

Que el Señor aumente nuestra fe y que cumpla lo que nuestro corazón más anhela.


Jesús, arquero de la fe
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de este vigésimo domingo nos presenta el encuentro de Jesús, fuera de las fronteras de Israel, con una mujer cananea que le suplica que cure a su hija. A primera vista, el episodio puede parecer desconcertante e incluso escandaloso: ante los gritos angustiados de la mujer, Jesús responde primero con el silencio —«no le respondió palabra alguna»—; después, a pesar de la intervención de los discípulos, con un rechazo: «Solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel»; finalmente, recurre a una expresión muy dura: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Solo después de esta dramática secuencia Jesús acoge la petición de la mujer y elogia su fe.

El relato se encuentra también en el Evangelio de Marcos, de forma más concisa (Marcos 7,24-30). Lucas no recoge este episodio, quizá porque desarrolla en otros relatos el tema de la apertura a los paganos.

¿Cómo entender este pasaje evangélico? Podemos proponer tres claves de lectura.

  1. Una explicación relacionada con las circunstancias. Jesús se había alejado de Galilea para retirarse con los suyos, después de un durísimo enfrentamiento con los escribas y los fariseos enviados desde Jerusalén sobre la cuestión de lo puro y lo impuro. Deseaba, por tanto, pasar inadvertido. Así lo confirma Marcos 7,24: «No quería que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto».
  2. Una explicación metodológica. Durante su ministerio terrenal, Jesús reconoce una prioridad a la misión entre el pueblo de Israel, sin excluir significativas aperturas hacia los paganos.
  3. Una explicación pedagógica. Según una posible lectura pedagógica, mediante este intenso diálogo Jesús conduce a la mujer pagana a manifestar una fe extraordinaria y la presenta como ejemplo a los discípulos y a nosotros. El contraste con Pedro resulta particularmente significativo, pues en el Evangelio del domingo anterior Jesús lo había llamado «hombre de poca fe».

Pero procedamos por etapas.

1. Jesús, un hombre dispuesto a dejarse… interrumpir

Jesús no era un profeta que vagaba sin rumbo, dejándose guiar únicamente por las circunstancias o por encuentros casuales. Había recibido del Padre una misión y la llevaba adelante con constancia y determinación, orientando tanto los lugares —«Es necesario que anuncie también a las otras ciudades la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado» (Lucas 4,43)— como los tiempos: «Id a decir a ese zorro [el rey Herodes]: “Yo expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana; y al tercer día mi obra estará cumplida”» (Lucas 13,32).

Y, sin embargo, ¡cuántas veces Jesús se dejó «interrumpir» por los acontecimientos y por las personas! Recordemos, por ejemplo, cuando quiso retirarse con los suyos a un lugar solitario, pero cambió sus planes porque se encontró ante una gran multitud y sintió compasión de ella (cf. Marcos 6,30-34). Lo mismo sucede aquí, en el encuentro con la mujer cananea. Algo parecido ya había ocurrido en Caná, cuando María, su madre, lo había instado a actuar antes de que llegara «su hora».

Jesús se deja alcanzar por el sufrimiento concreto de las personas. La suya es una vida abierta a lo imprevisto, hasta la interrupción extrema y dramática de la cruz.

Esto debería hacernos reflexionar sobre nuestra vida —y también sobre la vida de la Iglesia—, a veces tan programada y planificada que no deja espacio para interrupción alguna; ni siquiera para aquella que resulta necesaria a fin de detenerse ante el hombre abandonado, medio muerto, al borde del camino.

2. Jesús, el profeta que… cruza fronteras

La entrada de Jesús en los territorios paganos pone de manifiesto un rasgo característico de su misión: supera las barreras y los cercados producidos por interpretaciones rígidas de la Ley, por ciertas costumbres sociales y por cualquier forma de exclusivismo religioso. Aunque declara que, en aquella etapa de su misión, se dirige a las «ovejas perdidas de la casa de Israel», Jesús no se deja aprisionar por esquemas rígidos y preconcebidos.

Se acerca a quienes la sociedad religiosa considera impuros o pecadores, no divide el mundo de manera simplista entre buenos y malos y sabe reconocer el bien dondequiera que se encuentre. Es como una abeja que recoge el néctar de cada flor y transforma cada encuentro en una oportunidad de vida.

También aquí encontramos un verdadero desafío para nosotros, los creyentes. A menudo «traspasamos los límites» mediante la crítica, las habladurías y la intromisión indebida en la vida ajena; al mismo tiempo, sin embargo, confinamos nuestras relaciones, levantamos cercas, cortamos puentes y cultivamos localismos que crean mundos separados e incomunicados. Jesús nos invita, en cambio, a «cruzar fronteras» mediante el diálogo y el encuentro con quienes son diferentes de nosotros.

3. Jesús, … arquero de la fe

Al comentar el episodio de la mujer cananea, el cardenal Carlo Maria Martini utilizó una imagen que me impresionó: la de un arquero que prueba un arco nuevo y comprueba su resistencia.

Así parece actuar Jesús con la fe de esta mujer, a través de la dramática secuencia de sus tres respuestas: primero el silencio, después la negativa y, finalmente, la comparación entre los hijos y los perritos, que a oídos de la mujer podía sonar humillante. El diálogo parece llevar su fe hasta el límite, casi con el riesgo de quebrarla. Aquella madre podría haberse alejado, indignada por la aparente insensibilidad de Jesús y por la aspereza de sus palabras.

Jesús, en cambio, demuestra que confía en ella y le ofrece el espacio necesario para manifestar toda la fuerza de su fe. La mujer se convierte así en un ejemplo luminoso: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!». Su perseverancia, su humildad y su agudeza transforman la confrontación en un encuentro de salvación.

A nadie le gusta ser puesto a prueba. Por eso, en el Padrenuestro pedimos: «No nos dejes caer en la tentación», invocando la ayuda del Padre para no sucumbir en el momento de la prueba. Dios permite que nuestra fe sea probada y, mediante la prueba, la purifica y la hace madurar. El Eclesiástico nos advierte: «Hijo, si te presentas para servir al Señor, prepárate para la prueba» (Eclesiástico 2,1). La conciencia de nuestra debilidad puede hacernos temer la hora de la prueba, pero la fidelidad de Dios nos sostiene y nos abre a la confianza.

Tres puntos para la reflexión

  1. ¿Me dejo «interrumpir» por las personas y por sus necesidades, o soy celoso de mi tiempo y de mis planes? ¿Acojo con disponibilidad y con una sonrisa a quienes interrumpen mis proyectos?
  2. ¿Soy una persona de mente abierta, dispuesta al diálogo y al encuentro, o me aferro rígidamente a mis posiciones?
  3. ¿Cómo reacciono ante las pruebas de la vida: con impaciencia y pesimismo, o con paciencia y confianza?

Khalil Gibran, escritor libanés cristiano maronita (1883-1931), utiliza una metáfora —también iluminadora para nosotros— en la que Dios es el Arquero, los padres son los arcos y los hijos, las flechas:
«Vosotros sois los arcos desde los que vuestros hijos, como flechas vivas, son lanzados. El Arquero ve el blanco en el sendero del infinito y os tensa con su fuerza para que sus flechas vuelen rápidas y lejos. Que sea alegre y gozoso ese ser doblados por la mano del Arquero, pues, así como ama la flecha que lanza, ama también el arco que permanece firme».


Jesús es de todos
José Antonio Pagola

Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija “atormentada por un demonio”. Sale al encuentro de Jesús dando gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.

La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y de rodillas, con un corazón humilde pero firme, le dirige un solo grito: “Señor, socórreme”.

La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad “perros” a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los señores”.

Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los perros paganos. Jesús parece pensar solo en las “ovejas perdidas” de Israel, pero también ella es una “oveja perdida”. El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.

Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla como deseas”. Esta mujer le está descubriendo que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre Bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

Jesús reconoce a la mujer como creyente aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como “hombres de poca fe”. Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe aunque viva fuera de la Iglesia. Siempre encontrarán en él un Amigo y un Maestro de vida.

Los cristianos nos hemos de alegrar de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades


La mujer que calló a Jesús
José Luis Sicre

A Jesús nadie era capaz de callarlo. Ni los sabihondos escribas, ni los piadosos fariseos, por no hablar de sacerdotes y políticos. La única persona que lo calló fue una mujer. Y encima, pagana.

Dos reacciones muy distintas ante un texto escandaloso

El evangelio de Marcos cuenta el encuentro de una mujer pagana con Jesús, en el que este responde a su petición de forma fría, casi insultante. Lucas, tan interesado por los paganos, omitió este pasaje en su evangelio. Mateo, igualmente defensor de los paganos, adoptó una postura muy distinta: en vez de omitir el episodio, lo amplió, haciéndolo mucho más dramático.

El Mesías antipático y la pagana insistente

Para entender la versión que ofrece Mateo de este episodio hay que conocer la de Marcos, que le sirve como punto de partida. Marcos cuenta una escena más sencilla. Jesús llega al territorio de Tiro, entra en una casa y se queda en ella. Una mujer que tiene a su hija enferma acude a Jesús, se postra ante él y le pide que la cure. Jesús le responde que no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella le dice que tiene razón, pero que también los perritos comen de las migajas de los niños. Y Jesús: «Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija».

Mateo describe una escena más dramática cambiando el escenario y añadiendo detalles nuevos, todos los que aparece en cursiva y negrita en el texto siguiente.

«En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananeasaliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
― Atiéndela, que viene detrás gritando.
Él les contestó:
― Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:
― Señor, socórreme.
Él le contestó:
― No está bien echar a los perros el pan de los hijos.
Pero ella repuso:
― Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
Jesús le respondió:
― Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada su hija.

Los cambios que introduce Mateo

El encuentro no tiene lugar dentro de la casa, sino en el camino. Esto le permite presentar a Jesús y a los discípulos andando, y la cananea detrás de ellos.

La cananea no comienza postrándose ante Jesús, lo sigue gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra.

La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y él responde secamente: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

La cananea no se da por vencida. Se adelanta, se postra ante Jesús, obligándole a detenerse, y le pide: «Señor, socórreme». Vienen a la mente las palabras de Mt 6,7: «Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso». Esta pagana no es palabrera; pide como una cristiana. Imposible mayor sobriedad.

Sigue el mismo diálogo que en Marcos sobre el pan de los hijos y las migajas que comen los perritos.

Pero el final es muy distinto. Jesús, en vez de decirle que su hija está curada, le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

Estos cambios se resumen en la forma de presentar a Jesús y a la cananea.

1) A Jesús lo presenta de forma antipática: no responde una palabra a pesar de que la mujer va gritando detrás de él; parece un nacionalista furibundo al que le traen sin cuidado los paganos; es capaz de avergonzar a sus mismos discípulos.

2) En la mujer, acentúa su angustia y su constancia. Ella no se limita a exponer su caso (como en Marcos), sino que intenta conmover a Jesús con su sufrimiento: «Ten compasión de mí, Señor», «Señor, socórreme». Y lo hace de manera insistente, obstinada, llegando a cerrarle el paso a Jesús, forzándolo a detenerse y a escucharla.

Ni obstinación ni sabiduría, fe

Jesús podría haberle dicho: «¡Qué pesada eres! Vete ya, y que se cure tu hija». O también: «¡Qué lista eres!» Pero lo que alaba en la mujer no es su obstinación, ni su inteligencia, sino su fe. «¡Qué grande es tu fe!». Poco antes, a Pedro, cuando comienza a hundirse en el lago, le ha dicho que tiene poca fe. Más adelante dirá lo mismo al resto de los discípulos. En cambio, la pagana tiene gran fe. Y esto trae a la memoria otro pagano del que ha hablado antes Mateo: el centurión de Cafarnaúm, con una fe tan grande que también admira a Jesús.

Con algunas mujeres no puede ni Dios

El episodio de la cananea recuerda otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera cuando le pide un milagro (las palabras que le dirige siempre se usan en la Biblia en contexto de reproche), y que busca argumentos teológicos para no hacer nada: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el plan de Dios, no hacer nada antes de que él se lo ordene o lo permita.

En el caso de la cananea, Jesús también se refugia en la voluntad y el plan de Dios: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Yo no puedo hacer algo distinto de lo que me han mandado.

Sin embargo, ni a María ni a la cananea le convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone a algo beneficioso para el hombre, bien sea algo importante, como la salud de la hija, o aparentemente secundario, como la falta de vino. Ellas están convencidas de que el verdadero plan de Dios es el bien del ser humano, y las dos, cada una a su manera, consiguen de Jesús lo que pretenden.

Gracias a este conocimiento del plan de Dios a nivel profundo, no superficial, Isabel alaba a María «porque creíste» y Jesús a la cananea «por tu gran fe».

En realidad, el título de este apartado se presta a error. Sería más correcto: «Dios, a través de algunas mujeres, deja clara cuál es su voluntad». Pero resulta menos llamativo.

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

Con estas palabras pretende justificar Jesús su actitud con la cananea. Si los discípulos hubieran sido tan listos como la mujer, podrían haber puesto a Jesús en un apuro. Bastaba hacerle dos preguntas:

1) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué nos has traído hasta Tiro y Sidón, que llevamos ya un montón de días hartos de subir y bajar cuestas?»

2) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué curaste al hijo del centurión de Cafarnaúm, y encima lo pusiste como modelo diciendo que no habías encontrado en ningún israelita tanta fe?»

Como los discípulos no preguntaron, no sabemos lo que habría respondido Jesús. Pero en el evangelio de Mateo queda claro desde el comienzo que Jesús ha sido enviado a todos, judíos y paganos. Por eso, los primeros que van a adorarlo de niño son los magos de Oriente, que anticipan al centurión de Cafarnaúm, a la cananea, y a todos nosotros.

Primera lectura y evangelio

La primera lectura ofrece un punto de contacto con el evangelio (por su aceptación de los paganos), pero también una notable diferencia. En ella se habla de los paganos que se entregan al Señor para servirlo, observando el sábado y la alianza. Como premio, podrán ofrecer en el templo sus holocaustos y sacrificios y serán acogidos en esa casa de oración. La cananea no observa el sábado ni la alianza, no piensa ofrecer un novillo ni un cordero en acción de gracias. Experimenta la fe en Jesús de forma misteriosa, pero con una intensidad mayor que la que pueden expresar todas las acciones cultuales.


El Evangelio de la Vida enseña:
¡No excluyas a nadie!
Romeo Ballan mccj

Nadie está lejos, ni mucho menos excluido, del corazón de Dios. El mensaje central de las cuatro lecturas bíblicas de este domingo es claro: Dios ofrece su salvación libremente, sin exclusiones, a cada persona, a todos los pueblos. Esta afirmación, para nosotros, hoy, es clara y sin discusiones. Sin embargo, fue una conquista atormentada para la comunidad de los judío-cristianos, para los cuales Mateo escribió su Evangelio. Es notorio que el judaísmo, tanto en la antigüedad como en tiempos de Jesús, vivía la salvación y la alianza como propiedades privadas, casi exclusivas del pueblo elegido, frente a los “paganos, que a los ojos de los judíos no eran más que perros” (epíteto despectivo), como anota la ‘Biblia de Jerusalén’ en Mt 15,26. El libro de los Hechos de los Apóstoles da cuenta del difícil camino y de la lenta apertura de la primera comunidad cristiana sobre esta cuestión. La complicada gestión del caso de Cornelio para Pedro y para la comunidad (Hechos 10-11), el debate en el Concilio de Jerusalén (Hechos 15), las controversias de Pablo con los judío-cristianos… son testimonios patentes de lo difícil que resultó para la Iglesia primitiva la admisión de nuevos miembros procedentes del mundo pagano, es decir, de origen no judío. Aún más inconcebible era aceptarlos sin que se sometieran a la Ley antigua.

El texto de Isaías (I lectura) ofrece un aliento de universalidad: los extranjeros entran con alegría en la casa de oración, sus sacrificios son agradables a Dios en su templo, que Él abrirá a todos los pueblos (v. 7). Este universalismo, cantado con gozo también por el salmista (salmo responsorial), queda todavía condicionado por la observancia del sábado y de la peregrinación al monte santo (cfr. Is 56,6-7), elementos que perderán validez después de la resurrección de Jesús. El difícil crecimiento hacia la universalidad es patente en el diálogo y el milagro de Jesús con la mujer cananea (Evangelio), natural de la región pagana de Tiro y Sidón (v. 21), en el norte de Palestina. También el evangelista Marcos insiste en presentarla como extranjera, pagana, “sirio-fenicia de nacimiento” (Mc 7,26).

La superación del exclusivismo aparece clara, al final, en la admiración de Jesús por la fe de aquella mujer extranjera y pagana. Ella es consciente de no ser hija, sino perrito, con derecho a alimentarse por lo menos de las migajas de los amos (cfr. v. 26-27); está segura, sin embargo, de tener un puesto en el corazón de Dios. Jesús exalta la fe grande de esa madre: «Mujer, grande es tu fe». Y Jesús la atiende curando al instante a su hija enferma (v. 28). Al final, Jesús llama a aquella extranjera: “Mujer” (gr. ‘gúnai’), titulo dado a las reinas; con la misma palabra Jesús se dirige a su madre en Caná y desde la cruz (cfr. Jn 2,4 y 19,26). Del mismo modo, Jesús había sanado al criado del centurión pagano de Cafarnaúm, alabando su fe como primicia de los nuevos comensales del Reino, que “vendrán de oriente y occidente” (cfr. Mt 8,10-13).

Ante hechos como estos, está claro que la pertenencia al nuevo pueblo de Dios ya no se dará por mera descendencia de sangre (raza), sino por la fe, que es siempre y solo un don gratuito de Dios, Padre misericordioso de todos. Padre de los judíos, primero, y luego de los paganos, como lo explica san Pablo a los Romanos (II lectura): la prioridad histórica de los judíos permanece verdadera: «Que los dones y la vocación de Dios (a Israel) son irrevocables» (v. 29); pero esto no significa exclusión de los demás pueblos. Según Pablo, todos los pueblos han sido igualmente desobedientes, rebeldes e infieles a Dios: en primer lugar, los paganos, y ahora también los judíos; pero Dios quiere tener misericordia de todos (v. 32). Este es el don y el misterio del amor misericordioso de Dios. ¡Con todos! Este es el Evangelio, la buena noticia misionera que siempre el mundo necesita. ¡Para su vida y su gozo! El Papa Francisco exhorta a hacer una pastoral misionera, “que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones. (*)

Hoy no se niega, teóricamente, la admisión de todos a la salvación en Cristo, pero, en la práctica, existe el peligro de considerar el Evangelio como propiedad privada, de uso personal. No se llega a negar que todos estén igualmente llamados a conocer a Cristo, pero, de hecho, se hace poco o nada para anunciarlo a los que todavía no lo conocen. Se piensa: ‘¡Sí, tienen derecho, pero pueden seguir esperando, algún día alguien lo hará’… Es preciso descubrir la misión como un don y un compromiso urgente. A ello nos empuja el Evangelio de Mateo: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (28,19).

Jesús no solía hacer elogios, pero los evangelistas nos dan cuenta de tres, y justamente con personas consideradas oficialmente “irregulares”: la pecadora, el oficial romano, la cananea. “La cananea es una mujer que no va al templo, hoy diríamos que no va a la iglesia. Es una pagana, que invoca a otros dioses, o ídolos. Posee la fe de una madre desesperada, que no pide nada para sí, desea tan solo la sanación de su criatura. Es una mujer obstinada, testaruda, que no se resigna ante las primeras dificultades; no se rinde ante los silencios de Dios” (R. Vinco). El episodio de la cananeaacogida por Jesús, así como otros episodios, vuelven a proponer en nuestros días el tema de la acogida de los extranjeros en la sociedad. Merecen, por tanto, apoyo todas las iniciativas que promueven la solidaridad y la integración entre pueblos y grupos diferentes. Porque es justo y necesario afirmar: “¡En mi ciudad nadie es extranjero!

Palabra del Papa

(*) “Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante”.
Papa Francisco
Exhortación apostólica Evangelii Gaudium (2013), n. 35