Category Comentarios dominicales

Domingo de Ramos. Año A

Lecturas
Isaías 50, 4-7
Salmo 21
Filipenses 2, 6-11
Pasión de nuestro Señor Jesucristo Mateo, 26, 14-27, 66


Domingo de Ramos
P. Enrique Sánchez, mccj

Los consejos para la preparación de la liturgia de este domingo sugieren que hoy no se haga una larga homilía y seguramente nos damos cuenta de que no es necesario agregar muchas palabras a lo que hemos escuchado en el largo relato de la pasión y muerte de nuestro Señor.

Al iniciar la Semana Santa nos reunimos, como cada año, para acompañar al Señor que toma, una vez más, el camino hacia el calvario iniciando esta experiencia acompañado de sus discípulos y de una multitud en fiesta que lo aclama y lo reconoce como el Mesías.

Pero, para reconocerlo de verdad como nuestro Mesías y salvador hará falta que nos dispongamos a recorrer, junto con él, el mismo camino, haciendo nuestra su experiencia de entrega y de confianza en Dios.

Tal vez nos puede ayudar tener presentes algunos detalles y hacernos algunas preguntas para que estos días que nos invitan al recogimiento y a la contemplación nos ayuden a entender mejor lo que está pasando para bien nuestro.

Un primer detalle es constatar que el inicio de la Semana Santa se da en medio de la alegría, pues para quienes creemos en Jesús el misterio de su pasión y muerte no terminan en algo trágico y triste. La semana se concluirá con la celebración de la resurrección del Señor que significa el triunfo sobre la muerte y la posibilidad de vivir finalmente en plenitud.

Al ir viviendo cada instante de esta semana, necesariamente tendremos que hacernos algunas preguntas que nos ayuden a no quedarnos como simples espectadores de un drama que sólo mueva sentimientos y deje escapar algunas lágrimas.

El misterio de la pasión tenemos que vivirlo diciéndonos a nosotros mismos que todo eso que vemos que Jesús va aceptando y soportando, en medio del dolor y del sufrimiento, lo hace por mí.

Su muerte no es algo sin sentido, sino que tiene como fin hacernos entender que dando su vida hace posible una existencia diferente para cada uno de nosotros.

En sus dolores y en sus sufrimientos podemos descargar todo aquello que llevamos en nosotros como cargas que nos aplastan y que nos tienen esclavizados.

Sólo en su muerte nos podremos sentir liberados, cuando digamos con sencillez y con gratitud que todo lo ha hecho por mí.

No deberíamos olvidar que el drama que vive Jesús, según nos lo cuenta el evangelio, es en cierta manera nuestro propio drama, cuando tenemos la valentía de entrar en nosotros mismos para descubrir que en nuestro mundo se siguen repitiendo los mismos escenarios.

Hoy la humanidad, en muchas partes y en muchos de nosotros, sigue empeñada en no querer fijar su mirada en Jesús para reconocerlo como el único que puede traernos una salvación, es decir, un estilo de vida en donde podamos ser verdaderamente felices.

Vivimos tan atrapados en nuestros puntos de vista y en nuestros criterios tan humanos que pensamos que podemos llegar al final de nuestros días ignorando a Dios, considerándolo innecesario. Esa era la actitud de los ancianos, de los escribas y de los fariseos que no fueron capaces de salir de sus cegueras.

Vivimos muchas veces encandilados o adormecidos por los pequeños conforts que podemos conseguir con el dinero, con nuestros placeres fugaces, con la ilusión de sentirnos poderosos y capaces de dominar el mundo con los pocos recursos con que contamos.

Y condenamos a Jesús, como lo hicieron en su tiempo, usando la justicia para condenar a inocentes, nos dejamos ganar por la corrupción que acaba en violencia y genera tantas muertes, entregamos a inocentes por unas cuantas monedas, como sucede repetidas veces con el tráfico de personas que cruzan nuestras fronteras.

Contemplando el cuerpo maltratado de Jesús vienen a nuestra mente las imágenes de muchos hermanos que viven hoy el drama del abandono, de la enfermedad, del hambre. Cuerpos maltratados y muchas veces hechos desaparecer o entregados mutilados en bolsas de basura. ¡Cuántas víctimas inocentes y cuántas vidas desperdiciadas!

Ante la pasión de Jesús deberíamos dejar salir de lo profundo de nuestros corazones una oración pidiendo al Señor que nos ayude a no acostumbrarnos a contemplar el maltrato, la violencia y la muerte como si fuera un film más con el que llenamos nuestras horas de aburrimiento instalados cómodamente en el sillón de las salas de nuestros hogares.

Caminando por las calles de nuestro vecindario, haciendo memoria del viacrucis de Jesús, tendremos la oportunidad de sentir el calor del sol que penetra por nuestras cabezas y sentiremos el peso de la Cruz, que aunque más pequeña que la de Jesús, nos permitirá tomar conciencia de que ahí va nuestra miseria y nuestro pecado.

Tal vez sea ese el momento mejor para decir en voz baja al Señor que lo sentimos y que pedimos su ayuda para salir de todo aquello de lo que nos sentimos arrepentidos y avergonzados.

El jueves santo, antes de salir para ir al calvario, Jesús nos invitará a estar con él en la mesa del cenáculo, para que hagamos fiesta porque ahí se nos entregará para siempre en el pan y el vino que se convertirán en su cuerpo y en su sangre. Para siempre en cada momento en que, movidos por la fe, hagamos memoria de él reconociéndolo como quien más nos ha amado.

Ahí podremos recordar, con gratitud, el gran don que nos ha dejado en su cuerpo y en su sangre, el alimento que nos dará fuerza para ir hasta el final, sobre todo en los momentos en que nos ganará la tentación de abandonarlo.

Como lo hacemos muchas veces, cuando nos alejamos de puntitas de nuestra comunidad, cuando empezamos a abandonar nuestra oración personal, cuando sentimos que participar en los sacramentos es algo que nos roba el tiempo, cuando hacer el bien y practicar la caridad nos resulta molesto, cuando nos da vergüenza que los demás nos reconozcan como discípulos del Señor.

En aquel escenario de la última cena podremos ver a Jesús que no sólo reparte el pan y el vino que satisface a nuestras necesidades más inmediatas, sino que él mismo nos da ejemplo, enseñándonos que el amor verdadero se traduce en la humildad y en el servicio que nos empujan a la entrega a los demás.

Ahí nos enseña que la fe no es una experiencia para vivirla de las puertas de la iglesia para adentro, sino en las calles de nuestros vecindarios, en las oficinas de nuestros trabajos, en los salones de clases, en las fábricas en donde vamos dejando las horas de nuestros días y vamos tejiendo las verdaderas historias de nuestra vida. Ojalá pues, que tengamos la valentía de llegar hasta los pies de la Cruz para reconocer el amor con que Dios nos ha amado y nos sigue amando.

Ojalá podamos escuchar las últimas palabras de Jesús diciendo que todo ha sido cumplido, para que no pongamos pretextos y podamos dejar que su muerte se transforme en vida nueva en este mundo en el cual nos toca jugar un papel importante como testigos del resucitado.

Volviendo al principio de esta semana, tal vez, conviene que nos preguntemos ¿Cómo me siento en medio de la multitud que acompaña a Jesús en su entrada a Jerusalén? ¿Cuáles podrían ser los motivos de mi alegría? ¿Lo reconozco como mi salvador, como el Dios del que tiene sed mi corazón? ¿No sería conveniente, al iniciar estos días, buscar la manera de hacer un poco más de silencio en nuestro interior, para escuchar al Señor que nos irá repitiendo que todo lo que vive lo va haciendo por mí, por darme la posibilidad de iniciar una etapa nueva en mi vida?

Si verdaderamente lo reconozco como mi salvador, ¿cuáles son las miserias, los dolores, los pesares y los pecados que quisiera depositar sobre su cruz?

Si me pidieran que hiciera un salmo para expresar mi gratitud al Señor por todo lo que hace por mí, ¿cuáles serían las palabras que utilizaría para decirle que lo amo?

El misterio que celebraremos a lo largo de esta semana es la Buena Noticia, es el Kerigma, que nos toca anunciar como misioneros a toda la humanidad, ¿cómo podría vivir ese compromiso de mi bautismo ahí́ en donde el Señor me pide que sea hoy su testigo?

Que todos podamos vivir estos días santos con un corazón disponible a acoger el don de Dios que se manifiesta en Cristo muerto y resucitado.

Buena Semana Santa.


Anunciar a un “Dios en la Cruz”.
¡Por todos!
Romeo Ballan, mccj

En el pórtico de ingreso a la Semana Santa, que hoy comienza (Evangelio), hay una pregunta: “¿Quién es este?” (Mt 21,10). Se lo preguntaba la gente de la ciudad, alborotada, cuando Jesús entró en Jerusalén, entre los aplausos de los simpatizantes, sentado no sobre un caballo de guerra o de carrera, sino sobre una borrica alquilada… Ese ingreso fue un acontecimiento misionero, una epifanía de Jesús ante la gente. Un momento de triunfo efímero, justamente de un solo día; pero al menos sirvió para suscitar algunas preguntas sobre la identidad de Jesús. La gente tenía una respuesta precisa: «Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea» (Mt 21,11). Es una respuesta verdadera, aunque en sus labios sonaba bastante efímera, a juzgar por los comportamientos que adoptó los días siguientes; era más bien el momento de profundizar en la identidad de ese sorprendente profeta de Nazaret. Así como lo hicieron algunos peregrinos griegos, que llegaron a Jerusalén y dijeron a Felipe: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21).

Las respuestas a la pregunta inicial las encontramos en varios textos de esta Semana especial. Una primera respuesta la da Jesús mismo, provocado por la petición de esos griegos: Él es el grano de trigo que cae en tierra y muere para producir mucho fruto (cfr. Jn 12,24). Él es el Maestro que invita a todos a seguirle para compartir su destino (cfr. Jn 12,26); Él es el Señor que puede afirmar: “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). El destino universal de su muerte en la cruz, levantado de la tierra, está claramente indicado también en las variantes de los códigos antiguos: atraeré ‘todo’, ‘a todos los hombres’, ‘a cada hombre’… Su salvación es ofrecida, como un don, para todos los que, con corazón sincero, “mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37), es decir, para aquellos que, con fe, compasión, amor, miran a Cristo elevado en la cruz (cfr. Núm 21,8; Zac 12,10). Esta fue la experiencia sorprendente del centurión romano y de los otros soldados paganos, que, al ver lo que pasaba, decían: “¡Realmente este era Hijo de Dios!” (Mt 27,54). Jesús es realmente el Hijo de Dios, justamente porque se ha quedado en la Cruz en lugar de bajar (cfr. Mt 27,40.42). Mientras los judíos lo rechazan, los paganos lo reconocen.

La clave para entender quién es este Hijo de Dios, que se hace trigo, que muere en la Cruz para atraer a todos hacia sí, nos la ofrece el evangelista Juan en la Última Cena de Jesús con sus discípulos: “Los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Es la declaración de un amor extremo, universal en el espacio y en el tiempo. Palabras que invitan a vivir la Semana Santa en dimensión universal, contemplando y anunciando a un Dios en la cruz por todos. S. Daniel Comboni había comprendido la necesidad de que sus misioneros se formasen en esta contemplación y lo encarecía en su Regla: «Fomentarán en sí esta disposición esencialísima (espíritu de sacrificio) teniendo siempre los ojos fijos en Jesucristo, amándolo tiernamente y procurando entender cada vez mejor qué significa un Dios muerto en la cruz por la salvación de las almas» (Escritos, n. 2721).

La larga narración (Evangelio) de la condena, pasión y ejecución de un inocente va mucho más allá de los acontecimientos normales: contiene la ‘Buena Noticia’ de Cristo Salvador, muerto y resucitado, que los misioneros de la Iglesia llevan por el mundo entero. De este núcleo central del Evangelio brotan opciones y actitudes fundamentales para los discípulos. Menciono una entre muchas: el rechazo de la violencia y del uso de las armas, como lo enseña Jesús a Pedro: «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá» (v. 52). Una palabra emblemática para los cristianos, que ya el apologista Tertuliano (III s.) comentaba así: “Desarmando a Pedro, Jesús ha quitado las armas de la mano a cada soldado”.

El canto del Siervo (I lectura) y, sobre todo, el himno cristológico de los Filipenses (II lectura) muestran el ciclo completo de ese Dios-hombre en la cruz: su preexistencia divina, su despojamiento voluntario, su humillación hasta la cruz, la glorificación con el nombre de Señor, ante el cual toda rodilla se ha de doblar, “para gloria de Dios Padre” (v. 11). La gloria del Padre es la meta a la que tiende toda la actividad misionera de la Iglesia. Además de la obediencia filial, el himno de los Filipenses «nos muestra también el aspecto de solidaridad con los hermanos: Cristo se ha hecho semejante a los hombres, ha asumido nuestra condición humilde; e incluso se ha hecho solidario con las personas más criminales, con los condenados a morir en la cruz» (Albert Vanhoye). (*)

El mensaje de la Pasión supone siempre una tarea cuesta arriba, pero lleva a la Vida. Ante la Pasión de Jesús, nadie es un mero espectador. Cada uno es actor, juega un papel, hoy, en la Pasión que Jesús sigue viviendo en su Cuerpo místico, dentro de la familia humana. Los protagonistas de la Pasión somos nosotros. Detrás de las figuras de Pedro, de Pilatos, de Judas, de los Sumos sacerdotes, de la muchedumbre, podemos ver el rostro de cada uno de nosotros. ¿Qué papel jugamos en la Pasión hoy? ¿De qué lado estamos? Bien para nosotros si escogemos el papel de Simón el Cirineo (v. 32), la esposa de Pilatos (v. 19), el centurión (v. 54), las piadosas mujeres, Magdalena, María, Juan, José de Arimatea, Nicodemo… El papel más coherente con el cristiano, y en particular con el misionero, es el del Cirineo, solidario con los crucificados de la historia, portador de la salvación realizada por Jesús.


El rey montado sobre un pollino
P. Antonio Villarino, mccj

La liturgia nos ofrece hoy dos lecturas del evangelio de Mateo: la primera, antes de la procesión de ramos, sobre la bien conocida historia de Jesús que entra en Jerusalén montado sobre un pollino (Mt 11, 1—11); la segunda, durante la Misa, es la lectura de la “Pasión” (las últimas horas de Jesús en Jerusalén), esta vez narrada por Mateo en los capítulos 26 b5 27.

Con ello entramos en la Gran Semana del año cristiano, en la que celebramos, re-vivimos y actualizamos la extraordinaria experiencia de nuestro Maestro, Amigo, Hermano y Redentor Jesús, que, con gran lucidez y valentía, pero también con dolor y angustia, entra en Jerusalén, para ser testigo del amor del Padre con su propia vida.

Toda la semana debe ser un tiempo de especial intensidad, en el que dedicamos más tiempo que de ordinario a la lectura bíblica, la meditación, el silencio, la contemplación de esta gran experiencia de nuestro Señor Jesús, que se corresponde con nuestras propias experiencias de vida y muerte, de gracia y pecado, de angustia y de esperanza. Por mi parte, como siempre, me detengo en un solo punto de reflexión:

El rey montado sobre un pollino.

Se trata de una escena que se presta a la representación popular y que todos conocemos bastante bien, aunque corremos el riesgo de no entender bien su significado. Para entenderlo bien, no encuentro mejor comentario que la cita del libro de Zacarías a la que con toda seguridad se refiere esta narración de Marcos:

                “Salta de alegría, Sion,
                lanza gritos de júbilo, Jerusalén,
                porque se acerca tu rey,
                justo y victorioso,
                humilde y montado en un asno,
                en un joven borriquillo.
                Destruirá los carros de guerra de Efraín
                y los caballos de Jerusalén.
                Quebrará el arco de guerra
                y proclamará la paz a las naciones”.
                (Zac 9, 9-10).

Sólo un comentario: ¡Cuánto necesitamos en este tiempo nuestro, en que nuestra arrogancia ha sido duramente probada, la presencia de  este rey humilde y pacífico que no se impone por “la fuerza de los caballos” sino por la consistencia de su verdad liberadora y su amor sin condiciones!

Ciertamente, en las actuales circunstancias que vivimos en todas partes, marcadas por el aislamiento, el miedo y la confusión, nos va a tocar vivir la Semana Santa de manera diferente, con sencillez, mucha paciencia, conectando la pasión de Jsús con la que están viviendo millones de esperanza, con temor y temblor, con confianza y miedo sereno, con generosidad y esperanza.

Contemplar a Cristo en la cruz es identificarse con Él, es ponerse a caminar sobre  las huellas de su entrega, confiando en que, aunque se rían de nosotros, aunque a veces nos desesperemos y la cruz nos parezca demasiado pesada ,el amor es más fuerte que la muerte. El amor de Dios siempre vencerá al mal que nos rodea y nos invade. Vence desde la humildad, la entrega generosa, la paciencia infinita, la esperanza contra toda esperanza.

lmcomboni.org


Con un Dios rey, todavía somos paganos;
con un Dios crucificado, ya somos cristianos
Jairo Alberto Franco Uribe
  • Este día es escandaloso, comenzamos llenos de alegría agitando los ramos, gritamos que viva el rey, y terminamos aquí en la catedral, viendo que ese rey muere en la cruz, ajusticiado como un criminal; el rey resultó ser una víctima.
  • Preferiríamos mil veces quedarnos en la procesión de ramos y terminar allí, en la apoteosis del Dios rey, y no aquí en la pasión y muerte del Dios crucificado.  En la procesión con los ramos, todavía éramos paganos, aquí en la misa, haciendo memoria de la cruz, somos cristianos
  • El crucificado no es un Dios como lo queremos, no puede, no domina, no se las sabe todas, no tiene la cara bonita.
  • En esta semana santa, en esta pascua, no nos podemos quedar en la procesión de ramos aclamando al rey; esto es mero triunfalismo y no da culto a Dios; tenemos que entrar en la pascua del Señor y reconocerlo en el crucificado, reconocerlo en las víctimas; esto es fe y es la religión que agrada a Dios.

Muy queridos hermanos y hermanas, es domingo de pasión, inician los días santos de la pascua.  Este día es escandaloso, comenzamos llenos de alegría agitando los ramos, gritamos que viva el rey, y terminamos aquí en la catedral, viendo que ese rey muere en la cruz, ajusticiado como un criminal; el rey resultó ser una víctima.

Nos alegrábamos con ese rey que entra a Jerusalén y lo confesamos como Dios, pero nos desilusiona el crucificado de esta misa y nos da lidia creer que sea Dios.  Nos infla el pecho pensar en un Dios rey, nos deprime pensar en un Dios crucificado.   Preferiríamos mil veces quedarnos en la procesión de ramos y terminar allí, en la apoteosis del Dios rey, y no aquí en la pasión y muerte del Dios crucificado.  En la procesión con los ramos, todavía éramos paganos, aquí en la misa, haciendo memoria de la cruz, somos cristiano.

Si, hermanos y hermanas, nuestro Dios es un crucificado; es un condenado a muerte, es una víctima; la gente se burla de él y le grita: “sálvate a ti mismo, a otros ha salvado y no puedes salvarte”.  Sí, es el misterio más tremendo, es el todopoderoso y no puede hacer nada, está clavado al madero; es inmortal, vive desde siempre y para siempre, y muere de muerte fea y violenta.  El vistió este mundo de color y belleza y ahí está, desnudo, la piel llagada, su túnica se la juegan a los dados.  El es la sabiduría y allí, apretado en angustia, pregunta por qué y el cielo se le queda mudo; nuestro Dios parece sin Dios, se siente abandonado del Padre, olvidado, desechado, ninguniado.     Nuestro Dios está derrotado, parece un gusano, no parece ni siquiera hombre; está desfigurado; es mejor no verlo, voltear la mirada.  Ese es nuestro Dios.

No nos gusta este Dios, nos repugna, no hay en el parecer, no hay en él hermosura, así lo habían anunciado los profetas y nadie les creyó; quién iba a creer si nos satisface tanto la idea de un Dios que todo lo puede y que arregla nuestros asuntos con milagros; un Dios que domina y se pone por encima de todo y nos da puestos en su gloria y justifica que abusemos del poder; un Dios que se las sabe todas y nos garantiza que estamos en la verdad y nos da permiso de imponer doctrinas a los otros; un Dios de cara bonita que ayuda nuestra vanidad y nos hace aparecer como gente fina y de buen gusto.  No, nadie le creía a Isaías cuando anunciaba un Dios así y todavía hoy nos cuesta creer. El crucificado no es un Dios como lo queremos, no puede, no domina, no se las sabe todas, no tiene la cara bonita.

La Biblia que cuenta la historia de la salvación, nos dice que muchos creyentes le habían estado pidiendo a Dios, “muéstranos tu rostro”, “muéstranos tu rostro”; y Dios no era fácil para dejarse ver, un día se le apareció a Moisés, pero no le mostró su rostro; se le presentó caminando y Moisés sólo pudo ver su espalda; Moisés se puso a seguirlo, queriendo pasársele para verle la cara, pero no pudo. 

Finalmente, después de mucho implorar, “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”, después de muchos ires y venires,  cuando menos lo esperaban, Dios mostró su rostro: llevaban a crucificar a tres hombres condenados a muerte;   una mujer, dicen que se llamaba Verónica, se apiadó de uno de ellos que iba coronado de espinas, un rey de burlas, y le limpió con su lienzo la sangre y el sudor que corría por su frente y sus mejillas; y el rostro del condenado quedó grabado en la tela.  Dios escuchó la súplica, mostró su rostro; ya conocemos a Dios, tiene el rostro de las víctimas, es un ajusticiado, es un condenado, es un sufrido.  Tenían razón los anuncios de Isaías.  Dios se nos mostró en el crucificado, es en la cruz donde conocemos a Dios; Dios es el crucificado; es rey, pero es un rey crucificado.

Jesús, Dios con nosotros, nos dijo dónde lo podíamos seguir encontrando cuando no estuviera más con nosotros, “lo que hicieron a uno de estos pequeños a mí me lo hicieron” “lo que hicieron a uno de esos crucificados a mí me lo hicieron”; el rostro de los que tienen hambre y sed, de los que están enfermos o en la cárcel, de los perseguidos y desplazados que buscan techo, de los que están desnudos  y desarrapados, es el rostro de Dios; en ellos adoramos a Dios; no pueden salvarse a sí mismos, mueren antes de tiempo, los asesinan, parece que no saben nada, están vestidos de andrajos, no son agradables a la vista; y así y todo, sus rostros nos dejan ver a Dios.

Hermanos y hermanos, en esta semana santa, en esta pascua, no nos podemos quedar en la procesión de ramos aclamando al rey; esto es mero triunfalismo y no da culto a Dios; tenemos que entrar en la pascua del Señor y reconocerlo en el crucificado, reconocerlo en las víctimas; esto es fe y es la religión que agrada a Dios.  Cada vez que queramos ver a Dios, conocerlo en persona, acerquémonos a un crucificado, a una víctima, ahí Dios se deja conocer.  Dios está en todas partes pero se hace denso en los pobres.

La pasión de Cristo que acabamos de traer a la memoria no es algo que sucedió hace más de dos mil años; es algo que sucede hoy, así como Dios sufrió en Jesús y dejó ver su rostro en él, así Dios sigue sufriendo en las víctimas; tener un Dios para que nos ayude es de todos, hasta de los idólatras, tener un Dios al que hay que ayudarle porque es una sola cosa con las víctimas, es solo de creyentes.

Colombia es un país de víctimas; después del acuerdo de paz, sobrevivieron más de nueve millones de víctimas; y el conflicto se ha reciclado y sigue produciendo más y más víctimas; no podemos hacer memoria de la pasión y muerte de Jesús, sin hacernos cargo de la pasión y muerte de nuestras los que sufren violencia y muerte; Dios se nos muestra en los desplazados y sacados a la fuerza de sus territorios, en los secuestrados y privados de sus derechos, en  los desaparecidos y las personas que los buscan, en los que han perdido a sus seres queridos asesinados o no los encuentran porque los desaparecieron, en  las mujeres violentadas, en los niños y las niñas reclutados para la guerra, en los líderes sociales y firmantes de la paz asesinados, en los pueblos enteros masacrados.  No nos es lícito buscar a Dios sólo en los templos, hay que buscarlo sobre todo donde hay dolor. Lo único que Dios quiere es que lo bajemos de la cruz; ayer estaba crucificado en Jesús de Nazaret, hoy está crucificado en todos los que sufren.

Que en esta pascua recibamos la gracia de ver el rostro de Dios y no escandalizarnos; de adorar no sólo al rey, también al crucificado.  No, nuestro Dios no puede salvarse a sí mismo, somos nosotros los que lo tenemos que salvar, bajando de la cruz a las víctimas.

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V Domingo de Cuaresma. Año A

“En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por esolas dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba.

Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.

Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano.Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del ultimo día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te llama”.

Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado.

Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron.

Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban,se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían:“¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él”.

(Juan, 11, 1-45)


Yo soy la resurrección y la vida
P. Enrique Sánchez, mccj

El evangelio que nos presenta la liturgia de la Palabra de este domingo es el último milagro o signo, como los llama san Juan, con que Jesús manifiesta que él es el Mesías, invitando a sus oyentes a abrirse al don de Dios presente en el Reino de Dios que comienza a través de su presencia.

Con esta acción extraordinaria, en la cual Jesús aparece como quien tiene poder, incluso sobre la muerte, para que la vida de Dios se manifieste en su plenitud, se concluye la primera parte del evangelio y se inicia otra etapa importante de la misión y del ministerio de Jesús.

A partir de este momento toda la atención se orientará hacia el misterio de la pasión, de la muerte y de la resurrección del Señor.

Paso a paso, Jesús irá dejando una huella que servirá de referencia para todos aquellos que se convertirán en discípulos y testigos suyos. Casi como diciendo: quien quiera ser mi discípulo tiene que estar dispuesto a asumir en su propia experiencia de vida lo que irá contemplando en el misterio de la pasión, de la muerte y de la resurrección.

Con la entrega de su vida en momentos y situaciones que quedan marcadas en la historia humana, el Señor, abre una nueva etapa en la tarea de formar a sus discípulos enseñándoles que quien quiera ser seguidor suyo tendrá que pasar por la experiencia que a él le toca a hora vivir.

En los domingos pasados hemos escuchado que por la fe se va reconociendo a Jesús como una fuente inagotable de vida y que quien se acerca a él encuentra el manantial de la vida. Él es quien da el agua que aplaca la sed que se encuentra en todo corazón humano, como anhelo de encuentro con Dios.

Él es quien hace que no tengamos que ir muchas veces a nuestros pozos tan incapaces de responder a nuestras ansias de vida. Como le sucedió a la samaritana a quien Jesús fue a encontrar en el pozo de Jacob.

También se ha manifestado como la luz que destruye las tinieblas. La luz que nos hace salir de todas nuestras oscuridades y cegueras.

Jesús se autodefine como la luz del mundo, el único que es capaz de acabar con las tinieblas en las que muchas veces nos vemos atrapados en estilos de vida que no permiten ver el futuro con esperanza.

Él es la luz que hace desaparecer nuestras cegueras para que podamos contemplar el mundo con los ojos de Dios, para que seamos capaces de contemplar lo bello, lo sano, lo maravilloso que Dios está haciendo cada día para nosotros; para que veamos lo santo a lo que estamos llamados, como auténticos hijos de Dios.

Jesús nos dirá igualmente que él es el camino que conduce al Padre y podemos entender que sólo pasando por él podemos llegar a entender que Dios nos ha dado a Jesús para que podamos tener un acceso seguro a él. Quien me conoce, conoce al Padre, nos dirá Jesús con mucha sencillez, invitándonos a no tener miedo de poner en Él toda nuestra confianza.

Hoy llegamos a este, que sin duda, es el signo más grande a través del cual Jesús nos hace ver quién es realmente para nosotros. Él es quien ha venido para cumplir con el único deseo que existe en el corazón de su Padre y de nuestro Padre: que tengamos vida y vida en abundancia. Para eso he venido, esa es mi misión, dirá con claridad Jesús a sus discípulos.

La resurrección de Lázaro no hace más que mostrar de una manera muy plástica y comprensible lo que de muchas maneras Jesús ya había demostrado con sus milagros, que Él tiene poder sobre la muerte y es Señor de la vida.

En este milagro se anticipa lo que demostrará con su propia experiencia, pues habiendo pasado por el drama de la muerte al ser crucificado, el sepulcro no ha podido retenerlo y ha salido victorioso resucitado.

Leyendo lo que nos presenta este capítulo 11 del evangelio de san Juan, seguramente nos damos cuenta de que se trata, de alguna manera, del relato de nuestra propia experiencia cotidiana. Cada uno de nosotros estamos obligados, si queremos abrirnos a la vida, a reconocer que somos Lázaro.

Todos nos encontramos muchas veces dentro de los sepulcros de nuestras vidas, a donde no se puede entrar, porque ya huele mal.

Muchas veces nos damos cuenta de que no sólo llevamos cuatro días atrapados en situaciones de muerte que nos tienen paralizados o esclavizados, incapaces de disfrutar sanamente de lo que somos y de lo que tenemos, porque le hemos apostado a lo que no es vida.

Estamos atrapados en los sepulcros de nuestros miedos, de nuestras desconfianzas, de nuestros prejuicios sobre los demás, de nuestros egoísmos que nos hacen indiferentes a las necesidades de los demás.

A lo mejor llevamos días o años atrapados en rencores y sentimientos de violencia que se han ido haciendo añejos y nos han impedido hacer la experiencia de la libertad que brinda la capacidad de perdonar.

Nuestros vicios y dependencias, por pequeños que sean, se han convertido en grandes sepulcros que nos han condenado a vivir lejos de los demás porque nos convertimos en causa de sufrimiento y de dolor para quienes tenemos cerca.

Lázaro llevaba varios días en el sepulcro y aparentemente ya no había nada que hacer, lo mejor era no ir a moverle a lo que estaba muerto. Pero Jesús, que se ha cargado sobre sí todas nuestras miserias y pecados, no tiene miedo de entrar en aquello que para nosotros es insoportable.

Él es la savia nueva que puede entrar en el tronco muerto y podrido para hacer que de ahí surjan brotes nuevos de vida.

Para Jesús nadie está definitivamente muerto y quien se encuentra con Él puede botar las puertas del sepulcro para que entren aires nuevos, para que lo podrido pueda ser saneado y vigorizado con vida nueva.

Él es el único que puede desatar todo aquello que nos tiene esclavizados en lo pobre de nuestra condición de pecadores y vuelve a darnos la fortaleza para iniciar caminos nuevos, caminos de vida y de santidad.

Y, seguramente, nos preguntamos ¿y cómo será posible todo esto? La respuesta parece estar en la atmósfera de este relato y principalmente en el momento en que Jesús se presenta como quien es la Resurrección y la vida. ¿Crees tú esto? Se lo dice a la hermana de Lázaro que sabe de la resurrección, pero que tiene que dar el paso en su experiencia personal de reconocer a Jesús como el resucitado, algo que sucederá tres días después de su muerte. Pero ella se anticipa y confiesa creer en la resurrección.

Hoy, también a nosotros, se nos pide hacer esa profesión de fe y no deberíamos contentarnos con repetirlo, casi como en automático, cuando recitamos el credo en nuestras celebraciones.

Deberíamos más bien decir que Cristo está vivo, que ha resucitado porque vamos haciendo la prueba en muchas circunstancias de nuestra vida. Sobre todo cuando estamos atentos y logramos entender todos los detalles de bondad que Dios va teniendo con nosotros cada día.

El camino hacia la Pascua que vamos recorriendo quiere conducir nuestros pasos por senderos que nos permitan salir de nuestras tumbas para ponernos sobre el camino de la vida que se nos manifestará en Cristo Resucitado.

Tal vez nos convenga en estos días preguntarnos ¿cuáles son los cadáveres que tengo bien guardados? ¿Qué es lo que huele mal en mi interior y que me gustaría sacar para que sea transformado, purificado, perdonado? ¿Qué podría hacer para mostrar que no sólo creo en la resurrección, sino que vivo como resucitado? ¿Cómo vivo la gracia de la resurrección en los pequeños y grades eventos de mi vida?

Pidamos a Jesús que venga a nuestro encuentro y que nos conceda salir de todo aquello que puede tenernos atrapados en situaciones de muerte. Que nos libere de todas nuestras pequeñas esclavitudes que matan el entusiasmo, la confianza, la esperanza y la alegría en nuestras vidas.

Que nos conceda reconocerlo resucitado y fuente de vida para todos los que vamos intentando poner toda nuestra fe en él.

Sí quiero morir yo
José Antonio Pagola

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».

Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?

El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?

Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?

Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».

Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.

Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.

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Vivir en la luz de hijos de Dios
Dominicos. Convento de San Gregorio, Valladolid

1. Lecturas de la Misa del día

Ezequiel 37, 12-14 : al modo como Jesús salió del sepulcro, el pueblo saldrá de su exilio “Dice el Señor : yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío… Y cuando abra vuestros sepulcros… os infundiré mi espíritu y viviréis…”

Carta de San Pablo a los Romanos 8, 8-11 : el Espíritu de Jesús habita en los fieles. “Los que están sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo..”

Evangelio según San Juan 11, 1-45 : narración de la resurrección de Lázaro. “Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: esta enfermedad no acabará en la muerte sino que será para gloria de Dios…. Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo… Lázaro ha muerto… Tu hermano, Marta, resucitará… Lázaro, ven afuera..”

2. Cristo “agua viva”, “luz del mundo”, “resurrección y vida”.

2.1. El contexto litúrgico-teológico de estos domingos de Cuaresma no ha ido llevando desde el pecado al arrepentimiento; de éste a la amistad y gracia ; de ésta a Cristo: agua viva y luz del mundo. Y hoy nos presenta al mismo Cristo como resurrección y vida. El panorama no puede ser más positivo y consolador.

2.2. En ese ámbito de “resurrección y vida”, que anticipa en cierta forma la victoria del Señor que celebraremos en la Pascua, ocupa el primer plano de la escena litúrgica y bíblica la narración de la resurrección de Lázaro, por Jesús, su amigo. Pero no hay que despreciar otras insinuaciones bellísimas, como son la infusión de espíritu nuevo que Ezequiel anuncia y la vida en el Espíritu que predica Pablo a sus fieles de Roma. Tenemos, de ese modo, tres reflexiones sobre el cambio de mentalidad y vida que se debe operar en nuestras conciencias cristianas.

3. Infusión de espíritu nuevo en el hombre

3.1. La Sagrada Escritura es revelación amorosa de Dios al hombre para que éste conozca su voluntad creadora y re-creadora o salvífica. Por eso la Palabra es siempre mensaje de vida, de luz, de amistad, aunque a veces parezca que reviste otras tonalidades en el lenguaje.

3.2. Las manifestaciones de la Palabra en el profeta Ezequiel tienen, a su vez, toda la fuerza imaginativa de su poder creador literario: él ve cómo los huesos, vivificados, se yerguen y se reestructuran; cómo los corazones ingratos son bloques de piedra que, vivificados, se hacen blandos como la carne… Hoy nos lleva a contemplar al “pueblo elegido” como a cadáveres que, saliendo del sepulcro de la ingratitud o pecado, reciben del Señor el “espíritu de vida”…

3.3. Si nosotros queremos prolongar la imagen del profeta, podemos decir: así como Jesucristo, muerto por nuestros pecados, salió triunfante del sepulcro para vivir por siempre y darnos vida a quienes nos sepultemos con él, así el pueblo de Israel fue convocado por Yavé para que, cerrando el sepulcro del exilio y del pecado, volviera a la tierra de promisión y gracia.

3.4. Después de considerar esas imágenes impresionantes, sólo resta a cada cual preguntarse: ¿de qué sepulcro de pecado (injusticia, odio, egoísmo, opresión..) tengo que salir para encontrar a los hombres y a Cristo?

4. La vida según el Espíritu

4.1. En Pablo se prolonga la reflexión de Ezequiel, pero bajo otra imagen: la de quien vive según la carne (pecado) o según el Espíritu (gracia, amistad).

4.2. Vivir según la carne es estar sometidos a cualquier tipo de desorden moral en el modo de afrontar el sentido de la existencia: poniendo a los demás al servicio de uno mismo, llamando justicia al propio parecer o interés, asumiendo papeles o actitudes que destruyen la autonomía de los otros, convirtiendo en objeto de placer a quien merece respeto sumo, almacenando en graneros el pan que reclaman los hambrientos… Ese es el punto de partida del que es necesario huir para no verse cada cual víctima de sus miserias y generador de miserias para los demás.

4.3. En cambio, vivir según el Espíritu equivale a la búsqueda de orden moral en todas las dimensiones de la existencia: vivir en manos de Dios y alargando la mano al hermano, asumir su pequeñez de criatura y sentir la presencia del Creador, celebrar y agradecer la existencia con su dones y saber administrarla como don del Señor, trabajar cada día para ganar honradamente el pan y no malgastarlo mientras otros carecen de él …

4.4. Quien vive según el Espíritu, en el espíritu de las bienaventuranzas, es el mejor preparado para confiar en el Señor que nos promete “vivificar nuestros cuerpos mortales, al final de la vida, por el mismo Espíritu”, pues éste ya “habita” en quien le ama y se deja amar.

5. Vida, muerte y resurrección en Cristo

5.1. ¿En quién podemos poner nuestra confianza y esperanza para que ese mensaje de “vida eterna” que se nos ofrece en la “vida según el Espíritu” se haga realidad? Para los creyentes, la esperanza es Cristo, y la confianza hay que ponerla en él. ¿La ponemos realmente?

5.2. Veamos un ejemplo de confianza y de vida en esperanza: cómo era la confianza y esperanza de la familia de Lázaro en el Señor:

– Eran amigos: “Lázaro, tu amigo, está enfermo”. Entre Jesús, Lázaro, Marta y María, hay amistad sincera, comunicación de vida íntima, vida según el Espíritu. También nosotros hemos de vivir en amistad. Jesús responde a la amistad: vamos a verle…, ha muerto.

– ¡Si hubieras estado aquí! : Marta cree en el poder de Jesús, y estima que su presencia ante el dolor y la muerte hubiera destruido ambas cosas. Esto es un canto a la fuerza del amor, a la amistad sincera que es más fuerte que la muerte… Pero Marta no ve más allá de sus propios ojos… Jesús siempre está presente en el Espíritu: cuando quiere, para sanar; habitualmente para enseñarnos a sobrellevar el dolor.

– Fe y vida : La mirada de fe se prolonga más allá del hoy caduco y doloroso. El conjunto de las obras de amor adquiere su plenitud en la eternidad de vida nueva. Por eso dice Jesús: Tu hermano resucitará . En ese punto está conforme y confiada Marta: Sí, acepto, ese es el destino final … Nadie muere del todo…

– Autorrevelación de Jesús : Jesús ha esperado hasta este momento para decidirse a comunicar a Marta el mismo mensaje salvífico que ya le había manifestado a la Samaritana: “yo soy la resurrección…”. Pero ahora lo hace de forma esplendorosa: Marta, Marta, tengo algo muy grande que revelarte : “Yo soy la resurrección y a la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?… Si, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios..”

6. Conclusión

Salir del sepulcro, regresar del exilio, dejarse guiar por el Espíritu, creer que Jesús es el Mesías, Salvador, Redentor…, es vivir en la luz de hijos de Dios.

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Fe en la vida después de la vida
José Luis Sicre

Decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.

En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida halla su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en la mitad del evangelio (cap. 11 de 21).

Cinco facetas de Jesús

El relato de la resurrección de Lázaro es otro ejemplo magnífico de narración, con un final tan seco como inesperado, y distintas facetas de la persona de Jesús.

¿Un mal amigo?

El relato comienza hablando de Lázaro de Betania y de sus dos hermanas. No es un simple conocido de Jesús. Es alguien a quien Jesús «ama», como le recuerdan las hermanas. Sin embargo, su reacción ante la noticia no tiene la empatía de un amigo, sino la reacción, aparentemente fría, de un teólogo: «Esta enfermedad no provocará la muerte, sino la gloria de Dios, la gloria del hijo de Dios». La misma reacción que antes de curar al ciego de nacimiento: «Este no ha nacido ciego por culpa suya o de sus padres, sino para que se manifieste la obra de Dios en él». El evangelista añade de inmediato que no se trata de frialdad. «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Pero no acude de inmediato a curarlo. Permanece donde está.

Un amigo decidido y arriesgado.

Al cabo de cuatro días decide subir a Jerusalén. Una decisión arriesgada, porque poco antes han intentado apedrearlo. La objeción de los discípulos no le hace cambiar: debe ir despertar a Lázaro. Expresión desconcertante, que le obliga a decir claramente: Lázaro ha muerto. Jesús piensa en resucitarlo, pero Tomás está convencido de lo contrario: no va a resucitar a nadie, sino que va a morir. Y habla en nombre de todos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

Jesús y Marta: el teólogo

Cuando llegan a Betania, Jesús no se dirige directamente a la casa, permanece en las afueras del pueblo. ¿Una más de sus rarezas? No. Será allí, lejos de la multitud que ha acudido a dar el pésame, donde podrá entrevistarse a solas con Marta y transmitirle el mensaje fundamental para todos nosotros, y la reacción que debemos tener ante sus palabras. Marta debe de ser la hermana mayor, porque es a ella a quien dan la noticia de la llegada de Jesús.

Marta comienza con un suave reproche («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»), pero añade de inmediato la certeza de que cualquier cosa que pida a Dios, Dios se la concederá. ¿En qué piensa Marta? ¿Qué pedirá Jesús a Dios y este le concederá? ¿Qué su hermano vuelva a la vida, como el hijo de la viuda de Sarepta que resucitó Elías, o como el niño de la sunamita que revivió Eliseo? 

La respuesta de Jesús («Tu hermano resucitará») no parece satisfacerla. Aunque la idea de la resurrección no estaba muy extendida entre los judíos, Marta forma parte del grupo que cree en la resurrección al final de la historia, como profetizó Daniel. Pero eso no le sirve de consuelo en este momento. Ella no quiere oír hablar de resurrección futura sino de vida presente.

Y eso es lo que le comunica Jesús en el momento clave del relato: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre». Jesús es resurrección futura y vida presente para los que creen en él. Los que hayan muerto, vivirán. Los que viven, no morirán para siempre. Algo rebuscado, muy típico del cuarto evangelio, pero que deja claro una cosa: quien ha creído o cree en Jesús tiene la vida futura y la presente aseguradas. Todo depende de la fe. Por eso, termina preguntando a Marta: «¿Crees eso?».

Su respuesta sorprende, porque no tiene nada que ver con la pregunta: «Sí, Señor. Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo». Esta falta de conexión entre pregunta y respuesta esconde un importante mensaje para nosotros. La idea de la resurrección y de la inmortalidad puede provocar dudas incluso en un buen cristiano. Quizá no se atreva a afirmarla con certeza plena. Pero puede confesar, como Marta: «Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo».

Jesús y María: el amigo profundamente humano

Esta escena representa un fuerte contraste con la anterior. El encuentro de Jesús y María no será a solas. Ella acudirá acompañada de todos los que han ido a darle el pésame, y serán testigos de la reacción de Jesús. María dirige a Jesús el mismo suave reproche de Marta («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»). Pero no añade ninguna petición, ni Jesús le enseña nada. El evangelista se centra en sus sentimientos. Dice que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, «se estremeció» (evnebrimh,sato), «se conmovió» (evta,raxen) y «lloró» (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido.

Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.

Jesús y Lázaro: la gloria del enviado de Dios

Cuando llegan al sepulcro, Marta demuestra que, a pesar de lo que ha dicho, no cree que su hermano vaya a resucitar. Han pasado ya cuatro días, más vale no abrir la tumba. Jesús le insiste: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?».

Cuando se compara este relato con las resurrecciones de la hija de Jairo o del hijo de la viuda de Naín se advierte una interesante diferencia. En esos dos casos, Jesús no reza; no necesita dirigirse al Padre para impetrar su ayuda, como hicieron Elías y Eliseo. En cambio, el cuarto evangelio introduce de forma solemne una oración de Jesús: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas. Pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Esta oración no pretende disminuir el poder de Jesús. Se inserta en la línea del cuarto evangelio, que subraya la estrecha relación de Jesús con el Padre y la idea de que ha sido enviado por él. De hecho, el milagro se produce con una orden tajante suya («¡Lázaro, sal fuera!»).

El relato termina de forma sorprendente. No se cuenta la reacción de las hermanas, el asombro de la gente, la admiración de los discípulos. No vemos a Lázaro liberado de sus vendas, agradeciendo a Jesús su vuelta a la vida. Como si todo fuera un sueño y, al final, solo nos quedara la certeza de que Lázaro resucitó, de que todos resucitaremos un día, aunque ahora no tengamos la alegría de ver y abrazar a los seres queridos.

Nota sobre la fe en la resurrección

La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entiende nada, y se pregunta qué es eso de resucitar de entre los muertos.

Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»

Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere solo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).

Primera lectura

Culmina la síntesis de la Historia de la salvación, recordada por las primeras lecturas durante los domingos de Cuaresma. En este caso existe estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.

Reflexión final

Nos queda poco para celebrar la Semana Santa. Recordar el sufrimiento y la muerte de Jesús es relativamente fácil. Aceptar que resucitó, y que en él tenemos la resurrección y la vida, es más difícil, un regalo que debemos pedir a Dios.

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Misioneros de la vida
Romeo Ballan, mccj

La vida es el tema común de las lecturas de este V domingo de Cuaresma: la vida que vence los sepulcros, como lo profetiza Ezequiel (I lectura); la vida que se nos da por medio del Espíritu que habita en nosotros, como insiste San Pablo (II lectura); la vida nueva que es Jesús mismo (Evangelio): “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Hay un ‘crescendo’ temático hacia la Pascua; aumentan los signos: agua, luz, vida… Con sabia pedagogía, la Iglesia acompaña a los cristianos hacia la Pascua, instruyéndolos con catequesis bautismales, adecuadas para los catecúmenos que se preparan a recibir el Bautismo, y para los fieles bautizados que renovarán las promesas bautismales. En el III domingo de Cuaresma el símbolo era el agua, en el diálogo entre Jesús y la Samaritana; el domingo pasado el tema central era la luz, en la sanación del ciego de nacimiento; hoy el signo es la vida, con la resurrección de Lázaro. Los tres signos van acompañados de insistentes afirmaciones de Jesús sobre su identidad y su misión, con palabras que hacen referencia a la autodefinición de Dios a Moisés en el Éxodo: “Yo-Soy” (Ex 3,14). Jesús hace suya esta definición divina afirmando: Yo soy el Mesías, Yo soy la luz del mundo, Yo soy la vida.

En estos tres domingos son múltiples las referencias al sacramento del Bautismo, tanto en las lecturas bíblicas como en otros textos litúrgicos (antífonas, oraciones, prefacio…). En las jóvenes Iglesias misioneras, aunque no solo en ellas, la noche de Pascua asume una solemnidad particular con los sacramentos de la iniciación cristiana que se administran a numerosos catecúmenos, adultos y jóvenes. Se trata de fiestas que llenan el corazón y la vida de los misioneros, de los pastores de las Iglesias locales y de las comunidades cristianas.

La resurrección de Lázaro se encuentra en la mitad del Evangelio de Juan (en el capítulo 11 de 21); pero es, sobre todo, el centro temático: se trata, quizás, de la mayor manifestación de Jesús como “verdadero Dios y verdadero hombre”.

– Es verdadero hombre, lleno de fuertes sentimientos: es amigo de Lázaro y de las hermanas de Betania, se turba, se conmueve profundamente, se echa a llorarora intensamente al Padre, grita con voz potente… Con sus lágrimas Jesús justifica las nuestras en la muerte de los seres queridos. La fe no es incompatible con las lágrimas; todos lloran, incluido Jesús… Este Evangelio no prohíbe las lágrimas, las enjuga; no quita el dolor, sino que lo consuela y lo comparte; no elimina la muerte, pero delante de la muerte canta la vida.

– Y es verdadero Dios, del que manifiesta el amor y el poder devolviendo la vida al amigo muerto, para que la gente crea que Él ha sido enviado por el Padre (v. 42). Así, este espectacular milagro pone de manifiesto tres valores que van juntos: amor, fe y vida. Porque “la vida es vida tan solo allí donde hay amor” (Gandhi). Las hermanas Marta y María hacen hincapié en la amistad: “Señor, aquel que tú amas está enfermo”. Jesús va a Betania atraído justamente por la amistad con esa familia. Él va y lleva la solución también para el mal extremo que es la muerte: “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Jesús dice soy, no solo seré. Ahora, no en un vago futuro.

En su realidad divino-humana, Jesús realiza su misión como cercanía, haciéndose, como el samaritano, próximo al que sufre (cfr. Lc 10,34), aportando soluciones a los problemas. Pero al Salvador que se acerca es necesario salirle al encuentro, como las hermanas Marta y María (v. 20.29), con corazón abierto. Solamente en este encuentro se realiza la salvación. Porque solo “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa” (Salmo responsorial). También en esta ocasión se dan reacciones opuestas. Por una parte, las súplicas confiadas de las hermanas que logran el milagro extraordinario del retorno a la vida de Lázaro y muchos judíos creen en Jesús (v. 45); por otra, no obstante la evidencia del signo, los enemigos de Jesús se cierran cada vez más, se concitan para darle muerte (Jn 11,46-53) y deciden matar también a Lázaro (Jn 12,10).

Jesús no ha venido para darnos una vida raquítica, empobrecida, mediocre, subdesarrollada… sino para que tengamos vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). ¡En la vida presente y futura! El proyecto primigenio y permanente de Dios es la vida: “La gloria de Dios es el hombre viviente”, es decir, que el hombre viva (S. Ireneo). “No estamos sobre la tierra para guardar un museo, sino para cultivar un jardín lleno de flores y de vida” (S. Juan XXIII). “El primer desafío es el desafío de la vida. La vida es el primer don que Dios nos ha hecho y la primera riqueza que el hombre puede gozar. Y el Estado tiene precisamente como tarea primordial la tutela y la promoción de la vida humana” (S. Juan Pablo II).

La Iglesia anuncia el Evangelio de la Vida. En un mundo duramente marcado por muertes injustas, precoces e inocentes, cada cristiano – y más aún el misionero – está llamado a hacer una firme y definitiva apuesta por la vida: acogerla, promoverla, defenderla, anunciarla, detectar hasta los pequeños signos de su presencia, proteger sus brotes, llevarla a plenitud… Los grandes temas de la Cuaresma (agua, luz, vida…) son dones para vivirlos, compartirlos y comunicarlos. ¡Estamos todos llamados a ser misioneros de la vida!

IV Domingo de Cuaresma. Año A

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista. Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es este su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”

Sus padres contestaron: “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque estos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ese lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ese, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ese sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ese es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró. Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces, también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

(Juan 9, 1-41)


He venido para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos
P. Enrique Sánchez, mccj

También este cuarto domingo de cuaresma la liturgia de la palabra nos regala un largo texto para la lectura del evangelio. Se trata de todo el capítulo 9 del evangelio de san Juan en donde el protagonista central es un ciego de nacimiento.

El domingo pasado fue la samaritana quien ocupó toda la atención y nos quedamos con la enseñanza de que Jesús es la fuente inagotable de vida, el único que hace brotar ríos de agua viva de lo profundo de su corazón.

La historia del ciego de nacimiento nos llevará también a explorar lo profundo de nuestro corazón para descubrir que en Jesús se nos ofrece la posibilidad de vivir guiados por una luz que nos permitirá́ entender el plan maravilloso de amor que Dios tiene para nosotros.

En la reflexión de este domingo, les propongo que nos detengamos sobre tres puntos que me parecen importantes para entender cómo esta historia no se interesa sólo de compartirnos un relato interesante, sino que nos lleva a descubrirnos como protagonistas de lo que ahí se nos cuenta.

En primer lugar se nos habla de alguien que vive en carne propia el drama de la ceguera no sólo como una incapacidad de ver lo que está a su alrededor, sino también como una realidad que está considerada experiencia de pecado.

En la experiencia religiosa de los contemporáneos de Jesús estaba claro que la ceguera de nacimiento era fruto de un pecado y alguien tenía que ser el culpable.

La experiencia de este hombre que inicia su historia de vida en las tinieblas, en la obscuridad que le impone su ceguera, en su encuentro con Jesús se convertirá en un nuevo nacimiento que lo abrirá a la experiencia de poder ver, de gozar de la plenitud de la luz, de nacer a una vida de libertad y de apertura a lo bello que Dios le irá manifestando en su camino. Esto será el segundo punto de nuestra reflexión.

Y Finalmente el recuperar la capacidad de ver hará de este hombre un testigo que nadie podrá impedir que cuente las maravillas que el Señor ha hecho en él.

Todo empieza con el paso de Jesús por la vida de este ciego que aparentemente está ahí, al bordo del camino cargando con su fatalidad. El ciego no ve, pero es visto y esto cambiará toda su vida.

La ceguera de este hombre podría ser entendida como el pretexto que el evangelista toma para hacernos entender que existe una realidad en nosotros que no podemos ignorar, nuestras tinieblas que hablan de pecado, de incapacidad de ver el mundo desde la perspectiva de Dios.

La obscuridad, la incapacidad para ver se relaciona con el pecado, que cuando aparece en la vida, se convierte en algo que no permite percibir la realidad con objetividad, como realmente es. El pecado nos hace vivir en un mundo que es irreal y esclavizante.

La ceguera es lo que impide reconocer la luz y ya el mismo san Juan lo decía en el prólogo del evangelio: la luz vino al mundo, pero quienes estaban en las tinieblas no lo reconocieron.

¿Cuántas cosas bellas hace Dios cada día por nosotros, pero resulta que no nos damos cuenta? ¿Cuántas posibilidades se nos brindan de llevar una vida en paz, en armonía con los demás, en fraternidad; pero la presencia del pecado en nuestros corazones nos hace ciegos llenos de violencia, de envidias, de egoísmos o de rencores. Incapaces de ver la bondad y el amor de quien tenemos cerca.

Somos ciegos que tienen ojos, pero no ven, porque vivimos encandilados por la ambición del poder, del prestigio, de la apariencia, del placer sin límites y sin respeto. Somos ciegos a quienes la rabia, el odio y la violencia no les permite ver el dolor que causamos cuando pisoteamos la vida de los demás, cuando tratamos a los hermanos como cosas u objetos que podemos utilizar; cuando justificamos la destrucción y la guerra y no vemos los miles de inocentes que condenamos a desaparecer, simplemente porque nos parece más importante salvaguardar intereses económicos y poder militar.

Muchas veces podemos ser ciegos a quienes el pecado no les permite ver al hermano que sufre, al anciano que está abandonado, al pobre que es explotado, a la madre  que es abandonada con sus hijos…

Afortunadamente, Jesús siempre está de paso y nos encuentra en su camino. También nosotros somos contemplados por él, como tuvo la fortuna de sucederle al ciego de nacimiento, y entonces el milagro sucede. Jesús tiene la paciencia de hacer lodo con la tierra para curarnos.

En este gesto de Jesús hay algo muy importante. Se nos enseña que sólo podremos salir de nuestras cegueras si somos tocados por Jesús y eso significa si llegamos a tener una experiencia personal de encuentro con él.

Muchos de nosotros hemos vivido muchos años sabiendo muchas cosas sobre Jesús. Hemos aprendido lo que era necesario para poder adjudicarnos el título de cristianos, pero queda todo por hacer.

Nunca podremos salir de nuestras cegueras y de nuestra oscuridad si no somos tocados por el Señor y entiendo por tocados, transformados por él.

Sólo volveremos a tener la luz verdadera cuando, desde lo más profundo de nosotros mismos, nos demos cuenta de que estamos habitados por el Espíritu que Jesús nos ha dejado para que vivamos de él.

Esto quiere decir que necesitamos una conversión de vida que nos lleve no sólo a ser mejores, sino a sentir a Jesús como alguien vivo con quien compartimos lo que somos y nos abrimos a todo lo que puede venir de él como posibilidad de vida plena y totalmente libre.

Qué bueno sería también para nosotros poder decir: el que me curó hizo lodo, me lo puso en los ojos, me lavé y ahora puedo ver.

Con otras palabras, he reconocido mis pecados y debilidades, he dejado que el Señor se convierta en el centro de mi vida, me he dejado tocar por  él aceptando  su proyecto de vida, me he puesto en una actitud de conversión, he lavado mi pecado en las aguas del bautismo, en la sangre del Cordero; y ahora doy gracias porque he nacido a la luz que brota de lo más profundo de mi ser.

Y esa luz es lo que me aporta la libertad que me permite ir por la vida sin dejarme más esclavizar por lo turbio de las tinieblas que envuelven a nuestra humanidad con tantas falsas promesas de felicidad.

Y, al final, nos damos cuenta de que cuando damos ese paso de abandono en el Señor nos hacemos merecedores de una gracia, de una bendición especial. “Yo no sé cómo fui curado, lo que sé es que era ciego, pero ahora puedo ver”.

El camino de la cuaresma que vamos recorriendo, al final no nos hace otro anuncio. El Señor, por gracia, porque nos ama, nos quiere llevar a que disfrutemos de la luz resplandeciente que es él en el momento de la resurrección.

Llenos de su luz, ahora podemos ver todo de otra manera. Podemos ver con los ojos de Dios y de esa manera no podemos más que convertirnos en testigos de su presencia, testigos de la luz que puede destruir todas las tinieblas que nos rodean.

Hagamos pues todo lo que está de nuestra parte para vivir en una actitud de profunda conversión que nos ayude a desenmascarar todas nuestras obscuridades, de tal modo que podamos contarnos entre el número de aquellos que siendo ciegos por el pecado que llevamos en nosotros, al encuentro con Jesús nos descubramos con una visión nueva.

Ojalá no nos suceda como a los fariseos que teniendo todo a su alcance para ver las maravillas de Dios, se han quedado en su ceguera, es decir, atrapados en la arrogancia de pensar que todo lo podemos, aún estando lejos de Dios.

Y pensando que eran quienes mejor veían, en realidad han quedado más atrapados en su ceguera, contrariamente a lo que le pasó al ciego que de nacimiento no veía, pero ha nacido a una nueva luz: la luz de Jesús en su vida.

Tengamos la humildad de decirle a Jesús, “creo en ti”, y dejemos que haga el milagro de devolvernos la capacidad de ver lo que sólo con el corazón se puede contemplar.


Para excluidos
José A. Pagola

Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.

Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto, solo piensa en rescatarlo de aquella vida desgraciada de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.

Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.

Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa.

El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y lo ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: “Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: “Empecatado naciste de pies a cabeza y, ¿tú nos vas a dar lecciones a nosotros?”.

El evangelista dice que, “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él”. El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: “Y, ¿quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le responde conmovido: No está lejos de ti. “Lo estás viendo; el que te está hablando, ese es”. El mendigo le dice: “Creo, Señor”.

Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.

¿Quién llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.

José Antonio Pagola
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El caso del testigo condenado
José Luis Sicre

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y al final lo condenaron como culpable.» De esto podrían haberse quejado los padres del ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a los fariseos. Pero sería erróneo limitarse a la queja de los padres, porque el ciego terminó muy contento.

Una discusión absurda

Todo empezó por una discusión absurda entre los discípulos cuando se cruzaron con el ciego: ¿quién tenía la culpa de su ceguera?, ¿él o sus padres? Si hubieran leído al profeta Ezequiel, sabrían que nadie paga por la culpa de sus padres. Y si supieran que el ciego lo era de nacimiento, no podrían haberlo culpado a él. Jesús zanja rápido el problema: ni él ni sus padres. Su ceguera servirá para poner de manifiesto la acción de Dios y que Jesús es la luz del mundo.

Una forma extraña de curar

En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina de Siloé. Un volteriano podría decir que no cabe más mala idea: le tapa los ojos con barro para que vea menos todavía, y lo manda cuesta abajo; más que curarse podría matarse.

¿Qué pretende enseñarnos el evangelista? No es fácil saberlo. San Ireneo, en el siglo II, fijándose en la primera parte, relacionaba el barro con la creación de Adán: Dios crea al primer hombre y Jesús crea a un cristiano; pero esto no explica el uso de la saliva ni el envío a la piscina de Siloé. San Agustín, fijándose en el final, relacionaba el lavarse en la piscina con el bautismo; tampoco esto explica todos los detalles.

Una cosa al menos queda clara: la obediencia del ciego. No entiende lo que hace Jesús, pero cumple de inmediato la orden que le da. No se comporta como el sirio Naamán, que se rebeló contra la orden de Eliseo de lavarse siete veces en el río Jordán. Como Abrahán, por la fe sale de su mundo conocido para marchar hacia un mundo nuevo.

Un anacronismo intencionado

La antítesis del ciego la representan los fariseos. El evangelista deforma la realidad histórica para acomodarla a la situación de su tiempo. En la época de Jesús los fariseos no podían expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga.

El miedo y la osadía

El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el pánico que sentían muchos judíos piadosos a ser declarados herejes, impidiéndoles hacerse cristianos.rse cristianos.

El hijo, en cambio, se muestra cada vez más osado. Tras la curación se forma de Jesús la misma idea que la samaritana: «es un profeta»; porque el profeta no es sólo el que sabe cosas ocultas, sino también el que realiza prodigios sorprendentes. Ante la acusación de que es un pecador, no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»

La verdadera visión y la verdadera luz

Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la verdadera visión la adquiere en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús y creer en él. Y para ello es preciso que Jesús, luz del mundo, ilumine al ciego poniéndose delante, proyectando una luz intensa, que deslumbra y oculta los demás objetos, para que toda la atención se centre en ella, en Jesús.

No hay peor ciego que quien no quiere ver

Los fariseos representan el polo opuesto. Para ellos, el único enviado de Dios es Moisés. Con respecto a Jesús, a lo sumo podrían considerarlo un israelita piadoso, incluso un buen maestro, si observa estrictamente la Ley de Moisés. Pero está claro que a él no le importa la Ley, ni siquiera un precepto tan santo como el del sábado. Además, nadie sabe de dónde viene. Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso lo consideran un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Ellos tienen la luz, están convencidos de que ven lo correcto. Y este convencimiento, como les dice Jesús al final, hace que permanezcan en su pecado.

La samaritana y el ciego

Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento les lleva a la acción. La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.

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El ciego de nacimiento: ve, cree y anuncia
Romeo Ballan, mccj

El camino hacia la Pascua está marcado por grandes temas catequético-catecumenales-bautismales: la lucha con el tentador, contemplar el rostro de Cristo, los símbolos de agua, luz, vida. En el Evangelio de este domingo es central la figura de Jesús-Luz: Él es el que ve al ciego y va a su encuentro, le unta con barro los ojos, le ordena lavarse en la piscina de Siloé (que significa Enviado). El ciego va, se lava y vuelve con vista (v. 1.6-7). El signo es claro, pero tan solo para el que sabe verlo. Justamente, ese milagro tan patente de Jesús se convierte en signo de contradicción: ante el mismo hecho se producen dos reacciones (la del ciego y la de los fariseos) en direcciones opuestas.

El ciego avanza, gradualmente, hacia el descubrimiento del rostroidentidad de Jesús: de un mero hombre a un profeta, hombre de Dios, Señor… hasta postrarse con fe: “¡Creo, Señor!” (v. 38). Ahora el ciego se ha convertido, está completamente iluminado, en el cuerpo y en el espíritu. Mientras el ciego avanza en el descubrimiento de Jesús, los fariseos, por el contrario, se cierran cada vez más ante la luz, no aceptan el testimonio del ciego sanado, le mandan callarse y lo expulsan (v. 34). La obstinación del corazón lleva a la ceguera interior. Lamentablemente, ¡la fe se puede también rechazar o perder! Tan solo el que acepta que la verdad le cambie la vida, no le tendrá miedo a la luz, al amor, al servicio… Vale, a este respecto, el deseo de S. Agustín, bello, como siempre, también en el texto latino: “Servum te faciat caritas, quia liberum te fecit veritas” (que la caridad te haga servidor, ya que la verdad te ha hecho libre).

Todos nosotros necesitamos de un suplemento de luz. El Principito de Saint-Exupéry nos enseña: “Lo esencial es invisible a los ojos. Se ve bien solo con el corazón”.Las últimas palabras de Johann W. Goethe fueron: “¡Más luz!”. Jesús, con la palabra y el signo, trae la luz nueva que esclarece la realidad del pecado presente en el mundo. El pecado es esa vasta zona oscura, en la que se mueven las personas que no viven a la luz del Evangelio. En esa zona oscura está también la no-comprensión del sentido de la enfermedad, del dolor, de la desgracia, males que a menudo se vinculan, erróneamente, a pecados personales. Emblemática, a este respecto, es la historia de Job, a quien sus visitadores acusan de tener pecados escondidos. Asimismo, los apóstoles son un ejemplo de esa mentalidad: al ver al ciego de nacimiento, preguntan al Maestro: “¿Quién pecó: este o sus padres?” (v. 2). Es el típico planteamiento pre-cristiano del problema del sufrimiento: identificar la causa del dolor o de la enfermedad con el pecado, con el mal de ojo, el maleficio, o cualquier hechizo por parte de otra persona…

Es una mentalidad muy extendida incluso en ámbitos cristianos, típica de personas aún no bien evangelizadas. Pienso en mis años de trabajo misionero en la República Democrática de Congo, donde los problemas y los miedos de los ndoki (palabra en idioma lingala, para decir mal de ojo, brujos…) eran algo cotidiano: muchos cristianos (incluidos algunos catequistas y religiosos) aún no estaban interiormente libres de ello. También en América Latina, en Europa y ahora en Vietnam he visto situaciones parecidas. Se percibe que la vida, sin la luz del Evangelio, es, a menudo, sinónimo de tinieblas, miedos, venganzas, manejos oscuros… que serpentean incluso entre algunos cristianos de todas las latitudes. El corazón humano nunca está del todo convertido. La acción misionera de la Iglesia no se conforma con una evangelización superficial, sino que debe llegar al corazón de las personas y a los valores de las culturas, como enseña muy bien Pablo VI (véase la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 1975, n. 18-20).

Es posible salir de esta mentalidad paganizante tan solo haciendo un camino de conversión permanente, aceptando interiormente y hasta el fondo a Cristo, que ha dicho: “Yo soy la luz del mundo” (v. 5), “la verdad los hará libres” (Jn 8,32). Esta es la clara invitación de San Pablo (II lectura) a caminar como hijos de la luz (v. 8; cfr. Mt 5,14), no tomando parte en las obras estériles y vergonzosas de las tinieblas (v. 11-12), sino mirando a Cristo: “Despierta… y Cristo será tu luz” (v. 14). Cristo es la luz, Él es el Enviado del Padre, la pila en la cual sumergirse con el bautismo. Es conmovedor y significativo el hecho que lo primero que este hombre ciego ve es el rostro de Jesús, aun antes del rostro de su madre. El camino de conversión a Cristo y de misión es posible tan solo si nos abrimos de par en par a Dios en una oración “de corazón a corazón”, como nos enseña el Papa Francisco.

La luz de Cristo ayuda a comprender el sentido de la enfermedad y del dolor, como lo aprendemos del silencioso y paciente testimonio de muchas personas enfermas en el cuerpo, pero interiormente serenas. La fe es una luz nueva que nos permite captar el mensaje de vida presente en el dolor, la oportunidad de purificación y de salvación para sí y para los demás. La fe nos lleva a fiarnos de Dios, el Pastor que nos conduce por rutas seguras (Salmo responsorial). Él tiene caminos y criterios diferentes a los nuestros (I lectura): “El Señor ve el corazón” (v. 7) de las personas, como se ve en la elección de David. Este era el más pequeño, un pastor (cfr. Lc 2,8); sin embargo, Dios hace de él un rey. Los criterios de Dios son sorprendentes: sana al ciego, a un mendigo (v. 8), a un expulsado (v. 34); más tarde también Jesús será rechazado; pero Jesús lo acoge, se le auto-revela, hace de él un creyente, un testigo, un mensajero convencido (v. 30-33). Lo mismo que pasó con la Samaritana (cfr. domingo pasado). Dios nos sorprende: escoge a los últimos para anunciar y hacer crecer su Reino en el mundo.


Domingo del ciego de nacimiento:
Preguntas y miradas, un camino hacia la luz

P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El cuarto domingo de Cuaresma es una segunda catequesis bautismal sobre la LUZ, después de la del domingo pasado sobre el agua. El protagonista es el ciego de nacimiento curado por Jesús, que Juan nos presenta en el capítulo 9 de su Evangelio. Se trata de un texto bellísimo que, desde siempre, se ha leído como una ilustración del bautismo. El ciego de nacimiento representa a cada uno de nosotros, a quien Jesús vuelve a modelar (Génesis 2,7) y envía hacia la piscina de Siloé, símbolo del bautismo.

La vida nace ciega, la humanización es un proceso de iluminación

La vida en la tierra surgió en un estado de ceguera y permaneció así durante millones de años. También el recién nacido se vuelve capaz de ver solo progresivamente. En realidad, se podría decir que la humanización es un proceso lento y fatigoso de iluminación. Y lo mismo sucede con la vida de fe, que se inserta en este proceso y lo lleva a su pleno cumplimiento. Desde la visión de la realidad natural, la fe nos conduce hacia la contemplación de lo invisible, hasta entrar en la plena Luz que es Dios mismo. Sin la apertura de la fe, la visión queda incompleta y corre el riesgo de caer nuevamente en las tinieblas del sinsentido. «En ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz» (Salmo 36,10).

Preguntas y miradas

El relato de la curación del ciego de nacimiento está tejido alrededor de una larga serie de preguntas (dieciséis). Intentaré resumirlas en siete. Preguntas y respuestas nos ponen ante diferentes actitudes y miradas. Este Evangelio también nos invita a hacernos preguntas para tomar conciencia de la calidad de nuestra mirada y ver en qué punto estamos en nuestro camino de iluminación bautismal.

El pasaje comienza diciendo que «Jesús, al pasar, vio…». Jesús es aquel que pasa y ve. Como el samaritano de la parábola: «al pasar junto a él, lo vio y se compadeció» (Lc 10). Y sigue pasando y mirándonos con compasión. Pero nosotros somos ciegos y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta, acostumbrados a pasar sin ver, o a mirar —o ser mirados— con indiferencia o conmiseración.

1. «Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?»

«Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento». También los apóstoles lo ven y hacen una pregunta: «¿Quién pecó…?». Esta es la mirada del prejuicio, que culpa incluso antes de intentar comprender la situación del otro.

2. «¿No es este el que estaba sentado pidiendo limosna?»

Sus vecinos y conocidos se preguntan: ¿será realmente él? «Sí, soy yo». ¿Y cómo es que ahora ves? «Fue el hombre llamado Jesús». ¿Y dónde está? «No lo sé». Y todo termina allí. Se trata de una mirada de curiosidad superficial. No busca profundizar en lo que ve, incluso cuando se trata de algo inédito como un milagro.

3. «¿Cómo puede un pecador realizar signos de este tipo?»

Entra entonces en escena la mirada inquisidora de los fariseos, que quieren investigar si la ley ha sido respetada. Un destello de luz parece aparecer: «¿Cómo puede un pecador realizar signos de este tipo?», pero enseguida es sofocado. No les interesa que un ciego haya sido curado, porque no tienen en el corazón el bien de la persona. Les importa poco la grandeza del signo; lo único que les preocupa es que la ley del sábado no haya sido transgredida.
Se interroga al testigo. Su mirada ha entrado en un proceso de iluminación. Cuando le preguntan: «Tú, ¿qué dices de él, ya que te abrió los ojos?», Jesús ya no es solo «un hombre llamado Jesús», sino «¡es un profeta!».

4. «¿Es este vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»

Los guardianes de la ley no quieren admitir la realidad porque no encaja en su esquema mental. Para ellos, la vida no es autónoma. ¡Incluso la realidad debe someterse a la ley! Interrogan a sus padres que, por miedo, se desvinculan de su hijo: «¡Nosotros no lo sabemos!». La mirada del miedo no es solidaria, sino que abandona al otro a su destino, aunque se trate de un hijo.

5. «Naciste totalmente en pecado, ¿y nos quieres enseñar a nosotros?»

El ciego curado es interrogado nuevamente, en un intento de intimidarlo, de hacerlo caer en contradicción, para salvar la ley y a ellos mismos, su posición de poseedores del poder. Los fariseos exhiben todo su saber: «¡Da gloria a Dios! Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
«Nosotros sabemos… nosotros sabemos». Ellos lo saben todo.
El testigo, por su parte, dice: «Una cosa sé: yo era ciego y ahora veo». Ellos insisten: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?». El que ahora ve, cada vez más seguro de sí mismo, se vuelve audaz: «¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿También vosotros queréis haceros sus discípulos?». Entonces estalla la furia de la mirada de la mentira que no admite ser desafiada ni puesta en cuestión: «Naciste totalmente en pecado, ¿y nos quieres enseñar a nosotros?». Y lo expulsan. Las tinieblas se vuelven más densas y se cierran a la luz: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron» (Jn 1,5).

6. «¿Crees en el Hijo del Hombre?»

Entonces Jesús lo busca y, al encontrarlo, también le pregunta:
«¿Crees en el Hijo del Hombre?».
Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo: «Lo has visto: es el que está hablando contigo».
Él dijo: «¡Creo, Señor!».
Y se postró ante él.

Es la mirada de la fe. ¡El ciego queda plenamente inundado por la Luz!

7. «¿También nosotros somos ciegos?»

El relato termina con una afirmación inquietante de Jesús: «Yo he venido a este mundo para un juicio: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos».
Sigue una pregunta preocupante que todos deberíamos hacernos: «¿También nosotros somos ciegos?». ¡La primera iluminación es reconocernos ciegos!
«Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: “Vemos”, vuestro pecado permanece».
Hay un pecado «bueno», salvador, que nos abre a la misericordia de Dios. Y hay un pecado «malo» de quien se siente justo, correcto, que nos cierra a la gracia.

Para concluir…

Os invito a releer el texto de la segunda lectura: «Hermanos, antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz» (Efesios 5,8-14).
El riesgo de volver a caer en las tinieblas es cotidiano. Tomar conciencia de nuestra ceguera (Apocalipsis 3,17-18) y cuidar la luminosidad de nuestros ojos (Mateo 6,23) es una tarea cuaresmal.
Gritemos también nosotros al Señor, como el ciego de Jericó:
¡Señor, haz que recobre la vista!

III Domingo de Cuaresma. Año A

“En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca de mediodía.

Entonces llego una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: Dame de beber. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva.

La mujer le respondió: Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú mas que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del que bebieron él, sus hijos y sus ganados? Jesús le contestó: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed. El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna.

La mujer le dijo: Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla. Él le dijo: Ve a llamar a tu marido y vuelve. La mujer le contestó: No tengo marido. Jesús le dijo: Tienes razón en decir: No tengo marido. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.

La mujer le dijo: Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dijo: Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.

La mujer le dijo: Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, Él nos dará razón de todo. Jesús le dijo: Soy yo, el que habla contigo.

En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?

Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente : Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías? Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde Él estaba.

Mientras tanto, sus discípulos le insistían : Maestro, come. Él les dijo: Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen. Los discípulos comentaban entre sí: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: mi alimento es la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro mees para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: Uno es el que siembra y otro el que cosecha. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: Me dijo todo lo que he hecho. Cuando los samaritanos llegaron a donde Él estaba le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en Él al oír su Palabra. Y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es, de veras, el Salvador del mundo”.

(Juan 4, 5-42)


La Samaritana
P. Enrique Sánchez, mccj

En este tercer domingo de cuaresma nos encontramos con este largo relato del encuentro de Jesús con la Samaritana. Se trata de una página rica de elementos de reflexión que seguramente nos ayudarán a continuar nuestro camino cuaresmal, en la medida que tengamos la valentía de identificarnos con esa mujer a la que el encuentro con Jesús le cambió la vida e hizo de ella misionera del Reino.

Sin la pretensión de explicar cada uno de los detalles que se nos narran en el texto, creo que sería muy aleccionador y de gran provecho fijar nuestra atención primeramente en lo que se pasa en este encuentro, que a primera vista parece casual, pero que revela todo un propósito de vida y de salvación.

Lo primero que san Juan trata de no dejar pasar, como si se tratara de algo sin importancia, es el hecho de que Jesús llega al pozo de Jacob cansado del camino que había recorrido.

Un camino que viene de lejos, no tanto en la distancia que se mide en kilómetros, al encuentro de un corazón que necesita de una presencia verdadera que le pueda devolver la identidad, la dignidad y el sentido de la vida a aquella mujer Samaritana, es decir, que vive fuera del mundo religiosamente aceptado.

Jesús viene al encuentro de alguien que está más allá de las fronteras, en un contexto de exclusión que le impide vivir su relación con Dios con libertad, con confianza y con alegría. Era una samaritana que no podía entrar en contacto con Jesús porque existían prejuicios y prohibiciones que se lo impedían.

Sin embargo, el Señor recorre el camino para provocar el encuentro y romper así toda distancia.

Llega cansado hasta aquel pozo, y eso, de alguna manera, nos ayuda a entender el camino que Jesús está continuamente recorriendo para venir a nuestro encuentro. San Juan lo dirá más adelante en su evangelio: “no son ustedes quienes me han elegido, soy yo quien los he llamado y los he escogido para que sean mis amigos”. (Juan 15)

Más todavía, nos daremos cuenta de que Jesús no sólo está siempre en camino para darnos la posibilidad de encontrarlo en lo concreto de nuestra vida; sino que irá hasta el límite, hasta dar su vida para que tengamos vida, pues para eso ha venido entre nosotros y esa es la única misión que le ha confiado su Padre.

Esto nos ayuda a entender la importancia y el significado que tenía aquel pozo al que Jesús llega cansado.

El pozo es el lugar del encuentro al que todos van a buscar el agua indispensable para vivir en un paisaje en donde lo que abunda es el desierto. Es el lugar de la sobrevivencia, de donde se puede extraer aquello que permite no acabar como una presa más de la muerte.

Era el lugar al que había que ir una y muchas veces para poder obtener un sorbo de vida, pero que Jesús trasformará en fuente inagotable que surgirá en el interior de quienes con fe lo reconozcan como el Mesías.

Es también en lugar del encuentro, en donde se comparte la vida, en donde se comunica lo que sucede en lo ordinario de la existencia, en donde se informan y se transmiten los motivos de dolor y de alegría. Es el lugar en donde las personas no sólo se encuentran, sino que se conocen y se reconocen como parte de un pueblo y de una misma familia.

En aquel pozo, Jesús se da a conocer a la samaritana, le abre su corazón y la mira con compasión y con misericordia. Ahí, la samaritana podrá también hacer la experiencia de reconocerlo como el Señor y no sólo como el hombre que le cambiaría la vida.

Es el lugar en donde se entiende que el encuentro con el Señor se lleva a cabo siempre, cuando dos corazones son capaces de abrirse uno al otro, cuando el conocerse va más allá y se transforma en un reconocerse hechos el uno para el otro, cuando se acepta entrar en un diálogo que va más allá de intercambio de ideas para transformarse en conversión que abre a una existencia nueva.

Y el diálogo entre Jesús y la Samaritana tiene como pretexto el agua que ella va a buscar, cada día, a aquel pozo que ha sido lugar de salvación. Era salvación que había que conseguir muchas veces durante la vida para encontrarse con una Salvación que se reconoce en el don de la persona de Jesús, a quien una vez que se le entrega el corazón ya no habrá que volver cada día.

La mujer buscaba el agua que habría que conseguir muchas veces sin impedirse el sacrificio de ir a buscarla cada día. Jesús le ofrece el agua que será fuente inagotable que brotará del interior de su corazón para que termine con aquellas búsquedas que no acababan de satisfacer los anhelos de su vida.

Jesús no se contenta con darle un agua de la que seguiría teniendo necesidad. Él se ofrece como el agua que dará respuesta no sólo las necesidades ordinarias de la vida, sino que le permitirá encontrarse con él como el único que le puede responder a todas las exigencias de su vida.

El que bebe del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. Esta es la buena noticia que Jesús le propone. Con otras palabras, Jesús confiesa a la samaritana que también él tiene sed, pero es sed de plenitud para ella.

Para entenderse será necesario hacer la experiencia de la conversión, del abandono total y de la confianza en la propuesta que el Señor va haciendo, sin forzar nada y sin precipitar los tiempos.

Será necesario cambiar y renunciar a las propias ideas, a las visiones que se pueden tener de la realidad. Habrá que salir del propio mundo en donde nos podemos sentir seguros, en donde se pretende conocer y dominar todo.

Para la Samaritana significó dejarse conocer por Jesús y aceptar que ante él no se podía esconder nada. Que ante él no importaba la imagen que pretendía defender de si misma.

Su mirada penetraba hasta lo profundo del corazón y ella era conocida a través de una mirada que no enjuiciaba y mucho menos, que no condenaba.

La Samaritana era conocida para que se pudiera descubrir amada y destinada a vivir en plenitud, sin necesidad de seguir buscando la felicidad en los intentos de amores que no le habían dejado nada.

Nosotros también, como la Samaritana, estamos invitados, especialmente en este tiempo de cuaresma, a acercarnos a Jesús, para que él nos dé el agua que necesitamos para vivir auténticamente.

Necesitamos descubrirlo como la fuente que desde lo profundo de nosotros mismos nos invita a no contentarnos con recortes o caricaturas de vida que nunca acabarán por satisfacernos. Necesitamos encontrarnos con el Señor para que haga de nosotros personas nuevas, capaces de cargar con nuestras historias personales, pero sin dejar que se conviertan en yugos que nos impiden levantarnos y caminar. Necesitamos que él toque nuestro corazón para que nos convierta en personas nuevas que se sienten reconocidas, amadas, perdonas e invitadas a ir lejos en nuestro camino de vida y de libertad.

El Señor viene a nuestro encuentro en estos días y nos espera en el broquel del pozo de nuestra historia de vida; ahí en donde vamos haciendo el intento de darle un sentido a lo que somos y a lo que hacemos.

Él no esconde su cansancio, pues, a lo mejor ha tenido que recorrer una distancia enorme, porque seguimos orientando nuestros pasos en direcciones que en lugar de acercarnos a él nos alejan.

Pero deberíamos tomar conciencia de que Él jamás renunciará a su proyecto y nos esperará confiado en que llegará también nuestra hora para que nos dispongamos a acoger su compañía y el don de su misericordia.

Como la Samaritana, tendríamos que dejar que Jesús entre en nuestro interior y que nos ayude a entender que nuestra historia vivida no puede ser un pretexto para que no lo dejemos entrar en nuestros corazones. Él estará siempre dispuesto a ayudarnos a hacer la verdad con nosotros mismos y a reconocer que nada está perdido cuando es contemplado con los ojos de Jesús.

Hoy podría ser el tiempo para decirnos que tal vez ha llegado el momento de dar un paso de calidad de nuestra vida, tan humana, pero al mismo tiempo llamada a dejarse transformar por el Espíritu que siempre será́ capaz de hacer todo nuevo en nosotros.

Qué bello sería que pudiésemos hacer nuestras las palabras de la Samaritana que dice: Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. Vengan a ver a alguien que me ha conocido desde dentro y no me ha juzgado, sino que me ha devuelto la alegría de poder ser aquello que de mí Dios había soñado.

Qué maravilloso nos resultaría escuchar al mismo Jesús que nos dijera que ya no tenemos que andar buscando otros mesías en donde no los encontraremos, sino que él es el único Mesías, nuestro salvador, es él quien nos ha encontrado.

No sería por demás que en estos días pidiéramos la gracia de la conversión, para que como la Samaritana pudiésemos reconocer a Jesús como la presencia que cambia nuestra vida y que le da sentido a lo que somos y nos llena de esperanza y de confianza cuando elevamos nuestra mirada al futuro que nos espera.

Al final de esta historia podemos decir que la Samaritana se convirtió en misionera y que fue a los suyos a dar testimonio de quien le había cambiado la vida.

La misma experiencia podría ser la nuestra, cuando llenos de la alegría de sabernos encontrados por el Señor, con gran entusiasmo abramos nuestros corazones a tantos hermanos que necesitan vivir ese encuentro con el Señor que viene a nosotros como el que salva.


A gusto con Dios
José Antonio Pagola

La escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. «Mujer, dame de beber».

La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿Cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida? Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda tú misma me pedirías a mí, y yo te daría agua viva».

Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.

Los entiendo. Sé lo que pueden sentir. También yo me he ido alejando poco a poco de aquel «Dios de mi infancia» que despertaba, dentro de mí, miedos, desazón y malestar. Probablemente, sin Jesús nunca me hubiera encontrado con un Dios que hoy es para mí un Misterio de bondad: una presencia amistosa y acogedora en quien puedo confiar siempre.

Nunca me ha atraído la tarea de verificar mi fe con pruebas científicas: creo que es un error tratar el misterio de Dios como si fuera un objeto de laboratorio. Tampoco los dogmas religiosos me han ayudado a encontrarme con Dios. Sencillamente me he dejado conducir por una confianza en Jesús que ha ido creciendo con los años.

No sabría decir exactamente cómo se sostiene hoy mi fe en medio de una crisis religiosa que me sacude también a mí como a todos. Solo diría que Jesús me ha traído a vivir la fe en Dios de manera sencilla desde el fondo de mi ser. Si yo escucho, Dios no se calla. Si yo me abro, él no se encierra. Si yo me confío, él me acoge. Si yo me entrego, él me sostiene. Si yo me hundo, él me levanta.

Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos a gusto con Dios porque lo percibimos como una «presencia salvadora». Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios, porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Si conocieran la experiencia de Dios que Jesús contagia, lo buscarían. Si, acogiendo en su vida a Jesús, conocieran el don de Dios, no lo abandonarían. Se sentirían a gusto con él.

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Ni agua ni pan
José Luis Sicre

Los evangelios de los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma del ciclo A, tomados de san Juan, presentan a Jesús como fuente de agua viva (Samaritana), luz del mundo (ciego de nacimiento) y vida (resurrección de Lázaro). Tres símbolos de nuestras necesida­des más fuertes (agua, luz, vida) y de cómo Jesús puede llenar­las.

Tres aguadores y tres tipos de agua

Las lecturas del próximo domingo hablan de tres personajes famosos (Jacob, Moisés, Jesús) relacionándolos con el don del agua. En gran parte del mundo, beber un vaso de agua no plantea problemas: basta abrir el grifo o servirse de una jarra. Pero quedan todavía millones de personas que viven la tragedia de la sed y saben el don maravilloso que supone una fuente de agua.

En el evangelio, la samaritana recuerda que el patriarca Jacob les regaló un pozo espléndido, del que se puede seguir sacando agua después de tantos siglos. En la primera lectura, Moisés sacia la sed del pueblo golpeando la roca. De vuelta al evangelio, Jesús promete un manantial que dura eternamente.

Aparentemente, el mismo problema y la misma solución. Pero son tres aguas muy distintas: la de Jacob dura siglos, pero no calma la sed; la de Moisés sacia la sed por poco tiempo, en un momento concreto; la de Jesús sacia una sed muy distinta, brota de él y se transforma en fuente dentro de la samaritana. Este milagro es infinitamente superior al de Moisés: por eso la samaritana, cuando termina de hablar con Jesús, deja el cántaro en el pozo y marcha al pueblo. Ya no necesita esa agua que es preciso recoger cada día, Jesús le ha regalado un manantial interior.

Interpretación histórica y comunitaria

Quizá la intención primaria del relato era explicar cómo se formó la primera comunidad cristiana en Samaria. Aquella región era despreciada por los judíos, que la consideraban corrompida por multitud de cultos paganos. De hecho, en el siglo VIII a.C. los asirios deportaron a numerosos samaritanos y los sustituyeron por cinco pueblos que introdujeron allí a sus dioses (2 Reyes 17,30-31); serían los cinco maridos que tuvo anteriormente la samaritana, y el sexto («el que tienes ahora no es tu marido») sería Zeus, introducido más tarde por los griegos. Sin embargo, mientras los judíos odian y desprecian a los samaritanos, Jesús se presenta en su región y él mismo funda allí la primera comunidad. Los samaritanos terminan aceptándolo y le dan un título típico de ellos, que sólo se usa aquí en el Nuevo Testamento: «el Salvador del mundo». En esa primera comunidad samaritana se cumple lo que dice Jesús a los discípulos: «uno es el que siembra, otro el que siega». Él mismo fue el sembrador, y los misioneros posteriores recogieron el fruto de su actividad. Pero el relato destaca el importante papel desempeñado por una mujer que puso en contacto a sus paisanos con la persona de Jesús.

Interpretación individual

Hay dos detalles que obligan a completar la lectura comunitaria con una lectura más personal. El primero es la curiosa referencia al cántaro de la samaritana. Lo ha traído para buscar agua; al final, después de hablar con Jesús, lo deja en el pozo. No necesita esa agua, Jesús le ha dado una distinta, que se ha convertido dentro de ella en un manantial. El segundo detalle es la relación estrecha entre la promesa de Jesús de dar agua, su invitación posterior, durante la fiesta en Jerusalén: «el que tenga sed, que venga a mí y beba» (Juan 7,37-38), y lo que ocurre en el calvario, cuando lo atraviesan con la lanza, y de su costado brota sangre y agua (Juan 19,34). El tema central no es ahora la fundación de una comunidad, sino la relación estrecha de cualquier creyente con él, de esa persona que tiene su sed material cubierta, aunque sea con el esfuerzo diario de buscarse el agua, pero que siente una sed distinta, una insatisfacción que sólo se llena mediante el contacto directo con Jesús y la fe en él.

Ni agua ni pan

Un último detalle sobre la enorme riqueza simbólica de este episodio. La samaritana se olvida de beber. Jesús se olvida de comer. Aunque los discípulos le animen a hacerlo, él tiene otro alimento, igual que la mujer tiene otra agua. Buen motivo para examinarnos sobre de qué tenemos hambre y de qué tenemos sed.

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Sed de agua y sed de Dios: tareas para la Misión
Romeo Ballan, mccj

El pasaje del Evangelio de hoy presenta situaciones sencillas, de la vida ordinaria: hace calor, Jesús está cansado del camino, se sienta, tiene sed, busca agua, los discípulos han ido a comprar comida, llega una mujer samaritana al pozo como solía hacerlo cada día; se habla de cántaro, provisiones de alimentos… Son realidades concretas de las que parte la estupenda evangelización de Jesús. Al narrar el encuentro de Jesús con una mujer de Samaria, el evangelista Juan quiere ir más allá de la simple descripción de un hecho cotidiano; él lo enriquece de símbolos, imágenes, referencias bíblicas, que vehiculan un mensaje teológico: la historia de amor de Dios fiel a la alianza esponsal, mientras el pueblo se ha alejado buscando a otros dioses. Es sorprendente: ¡Dios tiene sed! No es la mujer samaritana sino Jesús que dice “Tengo sed”. ¡Es una de las palabras que Jesús dirá también en la cruz!

Jesús involucra y convierte, gradualmente, a la mujer, a la gente del pueblo, a los discípulos. De la búsqueda del agua cotidiana Jesús los lleva “al surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (v. 14); del pozo de Jacob (v. 6) al agua del bautismo y al Espíritu Santo; de los templos sobre los montes a las personas que “adorarán al Padre en espíritu y verdad” (v. 23); de la provisión de comida hasta un alimento que los discípulos no conocen: hacer la voluntad del Padre (v. 31.32.34). Gradualmente Jesús transforma a aquella mujer, etiquetada como hereje y prostituta, en una misionera de las bienaventuranzas; hace de aquella mujer mendiga de agua una mendiga de espíritu, del verdadero Dios. Como buen educador, Jesús no reprocha, no juzga, no castiga a esa pecadora, no la humilla, trata de comprender, le habla sin hacerla enrojecer: le indica salidas diferentes. ¡Una página digna de un buen maestro; una página estupenda de metodología evangelizadora!

El que pide agua para beber (v. 7) es el que después se dará a sí mismo como bebida que quita para siempre la sed de la mujer y de la gente: el Mesías “soy yo: el que habla contigo” (v. 26). ¡Suprema revelación de la identidad de Jesús! Él hace de esa mujer irónica (v. 9), poco seria en su vida sentimental, una misionera entusiasta de la buena noticia del Mesías: “vengan a ver” (v. 29); y hace de muchos samaritanos de ese pueblo unos creyentes que le retienen durante dos días y lo reconocen como el “Salvador del mundo” (v. 42). En efecto, al final de la narración, la mujer, que ahora ha encontrado otra agua, abandona su ánfora (v. 28), tan preciosa hasta ese momento, y corre feliz a anunciar a todos su descubrimiento. Una vez más, del encuentro con Jesús parte la carrera para decírselo a todos.

Los discípulos deben ahora aprender a leer los signos maduros del crecimiento del Reino: “Levanten los ojos y contemplen los campos, que están ya dorados para la siega” (v. 35). Palabras del Maestro, que aluden a la “mies abundante”, en la que faltan obreros; por tanto, es preciso rogar “al dueño de la mies para que envíe obreros para su mies” (Mt 9,37-38). El obrero del Evangelio debe tener ojos y corazón para leer esos signos, porque el Espíritu está trabajando desde antaño, como dice Pablo (II lectura): Cristo ha muerto por nosotros y “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo” (v. 5): Él ya está presente y trabajando entre todos los pueblos, aun antes de la llegada de los misioneros (v. 36-38), transforma el corazón de las personas, incluso de las más imprevisibles.

Jesús introduce el tema del don de la fe y del agua viva, diciendo: “Si tú conocieras el don de Dios…” (v. 10), para llegar después a la misión, es decir, a la difusión del don. Jesús mismo es el don supremo del Padre y, en cuanto tal, se auto-propone para toda la familia humana. Un don que hay que descubrir, acoger, guardar, compartir con otros. Este es el alcance misionero del don de la fe en el Señor Jesús, que es un motivo peculiar de acción de gracias y de renovado compromiso misionero. En efecto, la fe estimula a la misión y, a su vez, la misión fortalece la fe.

Hoy como en el pasado (I lectura), el pueblo está cansado, murmura, reclama agua. ¡Tiene derecho a ello! El pueblo estaba “torturado por la sed” (v. 3). Hoy como entonces. Aun antes del agua de la fe y del Espíritu, la humanidad es cada vez más consciente de la importancia del agua material (el H2o) para la vida humana y para el planeta. Basándose en el desequilibrio meteorológico, con la consiguiente irregularidad de lluvias, escasez de recursos hídricos, aumento de la desertización, etc., los expertos en geopolítica prevén que, en las próximas décadas, el tema de las aguas será una causa para mayores conflictos y guerras a nivel mundial.

La falta de agua potable golpea sobre todo a los países más necesitados y provoca trágicas consecuencias para la salud y la vida. Numerosas poblaciones rurales en África y en Asia tienen escaso acceso (menos del 20%) al agua potable; son elevados los porcentajes de mortalidad infantil (por falta de agua potable, uso de aguas contaminadas…). Estos son tan solo algunos de los graves problemas diarios que atañen a la vida y a la actividad de los misioneros en muchas regiones del mundo, donde la gente tiene hambre y sed de Dios, ciertamente; pero también de justicia, pan, agua… Por lo tanto, hay que apoyar y promover programas e iniciativas como estos: “agua para la vida”, “el agua un derecho para todos”, “H2Oro”, “agua bien común”… ¡En nombre del Evangelio!

II Domingo de Cuaresma. Año A

“En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de este, y los hizo subir a solas con Él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: Levántense y no teman. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

(Mateo 17, 1-9)


Ahí se transfiguró
P. Enrique Sánchez G. Mccj

¡Señor, qué bueno sería quedarnos aquí! Estas palabras saltan a la vista en cuanto leemos estos cuantos versículos del capítulo 17 del evangelio de San Mateo porque será algo bello estar cerca del Señor que nos revela lo extraordinaria que puede ser nuestra vida cuando tenemos a Dios cerca de nosotros.

El momento que nos relata el evangelio de este segundo domingo de cuaresma, seguramente, fue uno de las experiencias que marcaron más profundamente la vida de aquellos tres apóstoles que podrían ser considerados como privilegiados, pues habían visto con sus propios ojos la gloria de Dios manifestada en la persona de Jesús.

La Transfiguración era, una vez más, el testimonio que Dios mismo daba de que en la persona de Jesús era Dios mismo que venía al encuentro de una humanidad que encontraba dificultades para reconocer su presencia y su propósito de quedarse para siempre como el único capaz de devolver a cada persona la dignidad que le correspondía como hija de Dios.

Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias. Estas palabras no sólo resonaron en los oídos de aquellos tres discípulos, que no acababan de entender lo que estaba pasando; sino que tuvieron un efecto en sus corazones, lo que les permitiría, a partir de ese momento, ir hasta el final de lo que estaba por comenzar.

Lo que les esperaba era el camino por el que acompañarían a Jesús en aquella terrible experiencia de la pasión, del viacrucis, que terminaría en aquel espectáculo, inaceptable a los ojos.

Era algo insoportable ver a su Señor humillado, condenado injustamente y Finalmente colgado aquel madero destinado a los peores criminales de su tiempo.

Había sido necesario que la Transfiguración tuviera lugar en aquella montaña en donde la gloria de Dios se manifestaba en todo su resplandor para confirmar la fe tambaleante aún de los discípulos, quienes, no obstante que habían visto tantos signos y milagros, acababan de entender con los ojos de la fe quién era verdaderamente Jesús.

Ahora, ahí ante sus ojos habían visto a Moisés y a Elías juntos lo que significaba que los tiempos de la salvación habían llegado. La ley y los profetas unidos en aquellos dos grandes personajes del antiguo testamento eran la garantía de el momento había llegado y con la presencia de Jesús entre ellos, ya no había que seguir esperando la realización del plan de Dios. El Mesías estaba ya ahí́, para que el Reino de Dios pudiese empezar y establecerse definitivamente.

Curiosamente y contrariamente a lo que todo mundo se hubiese imaginado, el Señor que aparecía resplandeciente ante los ojos de aquellos discípulos, no llegaba como muchos lo estaban esperando. No se presentaba como el Mesías acompañado de ejércitos, con el poder de destruir y de responder a la violencia con la guerra. Su poder no estaba respaldado en la fuerza que somete y esclaviza, sino que se presentaba como el Señor en quien se manifestaría su grandeza y su gloria en la medida en que abrazaba el camino de la entrega y de la Cruz, en donde se mostraría la fuerza del amor que salva.

La Transfiguración había sido necesaria para que aquellos discípulos. Para ellos que tendrían la misión de acompañar a Jesús en todo su itinerario, hasta ser testigos de otro momento único el día de la resurrección en donde otra luz resplandecería, la luz que acabaría con las tinieblas de la muerte.

Transfigurado ante sus ojos, Jesús les estaba dando la última lección de lo que implicaría ser sus discípulos. Ahora, también a ellos les tocaría hacer el camino de la renuncia de sí́ mismos, de la aceptación de dejarlo todo por amor a su maestro y Señor; les tocaría caminar tras sus huellas, en silencio, dando testimonio de lo exigente que puede ser el amor a Jesús.

Al aparecer resplandeciente ante sus ojos, Jesús estaba enseñando a sus discípulos lo que les tocaría vivir también a ellos. Verían la gloria de Dios resplandecer no sólo ante sus ojos, sino en lo profundo de sus corazones.

Aceptando seguir los pasos del Señor, les tocaría igualmente hacer en carne propia la experiencia del sufrimiento, de la entrega total de sus vidas y, sin duda, también del resplandeciente momento de la resurrección.

Llegados a este punto de la aventura de ser seguidores de Jesús empezaban a darse cuenta de que las palabras saldrían sobrando, y tal vez por eso Jesús mismo les prohíbe que hablen de lo que han contemplado sobre la montaña. Nadie les entendería y muy difícilmente les creerían.

Ahora era el momento del silencio, de la ausencia de las muchas palabras con las cuales se evita que Dios manifieste sus planes en la vida.

Tal vez era la ocasión de no decir nada para entender mejor las cosas, para hacerse capaces de aquella escucha en la cual se entienden muchas cosas, porque se deja que sea el Señor que hable.

Y será justamente, después de la resurrección, que aquellos discípulos aturdidos y encandilados por la contemplación que habían tenido el día de la Transfiguración, que empezarán a dar testimonio.

No se tratará de compartir con palabras lo que habían aprendido del Señor, ni de dar la información que habían ido acumulando a lo largo de los tres años que lo habían acompañado en la misión que el Padre le había confiado.

Ahora se trataba de transmitir de lo que habían vivido estando a su lado y compartiendo cada instante de su vida.

Viniendo a nosotros, seguramente no tendremos la ocasión de hacer la experiencia de Pedro, de Santiago y de Juan, porque sabemos que la Transfiguración esa manera no sucede todos los días. Pero eso no impide que reconozcamos que el Señor se va transfigurando cada día de muchas otras maneras.

Dios está presente en nuestras vidas y no lo podemos negar, cuando creamos un mínimo de condiciones para estar en su presencia. Cuando salimos de nuestros mundos tan materializados y nos abrimos a otras realidades en donde los valores que nos mueven están en el orden de lo que no se puede controlar, dominar con nuestros intereses. Cuando nos abrimos o nos damos tiempo para contemplar lo bello que Dios va creando cada día para nosotros. Cuando disfrutamos lo satisfactorio que puede ser establecer lazos de cariño, de cordialidad, de respeto, de aceptación con las personas que Dios pone ahí́ tan cerca de nosotros.

Dios se nos transfigura en la persona de Jesús que lo podemos contemplar en la eucaristía que celebramos cada día, en donde lo reconocemos en su cuerpo y en su sangre. Lo vemos en el Santísimo Sacramente que con humildad exponemos ante nosotros para su adoración.

Y no tendríamos que olvidar que también se nos transfigura en el hermano que sufre, en el que vive abandonado, en el que está solo no muy lejos de donde habitamos, del enfermo que necesita una palabra de aliento y una mano tendida en su dolor.

Se nos transfigura también en aquella madre que ha sido abandonada y que está obligada a cargar con la responsabilidad de sus hijos. Está en el joven que no encuentra su camino y al que no se le brinda la oportunidad de crearse un futuro con serenidad y confianza.

Se nos transfigura igualmente en los momentos bellos que podemos vivir en la experiencia de oración que nos llenan el corazón, como seguramente las estamos viviendo en este tiempo de cuaresma durante el cual hemos querido ponernos a la escucha del Señor que nos habla.

Jesús se nos transfigura, también a nosotros, para que no olvidemos que tenemos muchos hermanos lejanos y cercanos que esperan de nosotros un testimonio auténtico como personas que son responsables llevar la buena noticia a todos y especialmente a los más alejados, para que la luz de Cristo resplandezca también entre ellos.

El Señor nos invita a no decir muchas palabras, pero nos pide que estemos presentes ahí́ en donde hace falta que alguien recuerde a nuestros hermanos que Cristo, el Mesías, ya está entre nosotros y que una vez más está dando su vida para que podamos tener la vida en plenitud.

Pidamos la gracia de ser esos misioneros capaces de seguir las huellas del Señor por los caminos que conducen al calvario, que nos dé la valentía para no echarnos para atrás en el momento de la prueba y del sufrimiento y que nos conceda estar presentes en el momento en que nos invitará a participar con él de la gloria resplandeciente de su resurrección.


Escuchar a Jesús
José Antonio Pagola

El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente la «transfiguración de Jesús», lo ocupa una voz que viene de una extraña «nube luminosa», símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios, que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.

La voz dice estas palabras: «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo». Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés o Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro «resplandeciente como el sol».
Pero la voz añade algo más: «Escuchadlo». En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los «diez mandamientos» de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: «Escuchad a Jesús». La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.

Al oír esto, los discípulos caen por los suelos «aterrados de miedo». Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?

Entonces Jesús «se acerca, los toca y les dice: “Levantaos. No tengáis miedo”». Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: «Levántate, no tengas miedo».

Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta tal vez familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y sin esa experiencia no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.

Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia escucha siempre algo como esto:

«No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón».

En el libro del Apocalipsis se puede leer así: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa». Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Podemos abrirle la puerta o rechazarlo. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.

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Escuchadle
Inma Eibe, ccv

En el tiempo de Cuaresma, la liturgia del segundo domingo nos acerca cada año al relato de la Transfiguración de Jesús. Después de acompañarle en el desierto (el primer domingo), somos llevados a una montaña alta de la mano de Jesús.

Del desierto al monte. Conocemos la simbología de estos dos espacios. El desierto es el lugar de la soledad y el silencio, de la sequía, del ardor y la sed, del calor y la ausencia de caminos claros por los que avanzar. Pero, como bien sabemos, es también (y por ello mismo) el lugar del encuentro con el Dios de la Vida, con Aquel que está enamorado de nosotros (cf. Os 2,14). El monte es el lugar por excelencia de la comunicación de Dios. En el monte Dios se revela, se muestra, se comunica. En todas las tradiciones religiosas es el ámbito de lo divino.

El relato ante el que nos encontramos está muy elaborado y en él se presenta una teofanía descrita con la estructura y los elementos que hallamos en el Antiguo Testamento. Los primeros cristianos, tras la experiencia pascual, construyen un relato para expresarnos la presencia divina en Jesús con los elementos que para ellos eran conocidos y comprensibles.

Si lo que nos relatan lo hubieran experimentado los discípulos con anterioridad a la muerte de Jesús, seguramente se hubieran enfrentado al final de su vida de otra manera. Pero, como bien sabemos, la confirmación de quién era realmente Jesús les llega a los discípulos sólo tras la experiencia pascual. Es entonces cuando son capaces de entender y acoger que el Jesús Resucitado con el que se encontraron tras la experiencia en Jerusalén es el mismo que caminó con anterioridad junto a ellos por los caminos de Palestina, el mismo que murió en una cruz. Y es entonces cuando pueden elaborar este texto, tan cargado de simbolismo y expresividad.

En muchas cosas nos recuerda al del Bautismo (Mt 3,17). La voz de Dios expresa prácticamente lo mismo: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”. Sin embargo, hay una novedad: el imperativo “escuchadle”.

Pedro, Santiago y Juan suben junto a Jesús al monte como lo hicieron Aarón, Nadab y Abiú y 70 ancianos acompañando a Moisés (Ex 24,1). Moisés y Elías, representantes de la Ley y los profetas, son mostrados en diálogo con Jesús. Pero Jesús y su Evangelio trascienden todo lo vivido anteriormente. Por eso, aunque Pedro propone levantar una tienda igual para cada uno, es Dios mismo quien le interrumpe (“Todavía estaba hablando…”) para que todo quede resituado.

Es a él, a Jesús, a su Hijo amado, a quien hay que escuchar. En griego, “akouete autou” significa escuchadle a él solo. Dios se hace presente como lo ha hecho a lo largo de toda la historia pero ahora, en Jesús, lo lleva a cabo de un modo nuevo. Por eso hay que escucharlo. Y escuchar al Hijo predilecto es conformarse con él, transformarse en él y vivir como él, entregando la vida hasta el final por amor.

El espanto con el que los discípulos caen de bruces en el suelo es el propio de las teofanías. La presencia de lo divino asusta al ser humano porque éste se hace consciente de quién es él y quién es Dios. Pero el miedo que este relato nos describe podemos entenderlo también como aquel que brota en el creyente ante esta conciencia. ¿Cómo puede Dios mismo manifestarse ante mí? ¿Y cómo puede ser que se manifieste en Jesús, cuyo camino pasa por la cruz y la muerte?

No debemos olvidar el contexto en el que Mateo introduce este relato. Se incluye inmediatamente después del primer anuncio de la Pasión y de la reacción enardecida de un Pedro que no termina de enterarse bien y a quien Jesús regaña fuertemente. ¿Cómo no temer cuando lo último que Jesús les ha dicho es: “si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con sus cruz y me siga” (Mt 16,24)?

Los discípulos caen aterrados de miedoJesús se acerca y los toca. Como lo hizo siempre en el camino ante quienes sufrían alguna enfermedad o estaban abatidos. Jesús, a quien reconocemos como nuestro Dios y Señor, no se queda en el monte ni en la nube, ni en la luz resplandeciente… Nuestro Dios y Señor se acerca una y otra vez a ti, a mí… nos toca y nos habla invitándonos a no tener miedo y a ponernos en pie; invitándonos a volver a los caminos sanando, proclamando la Buena Noticia, liberando.

En este tiempo de Cuaresma, tiempo intenso de oración y de preparación, tiempo de conversión, este relato se nos regala como una invitación a mantener la esperanza y la consciencia de que caminamos hacia la Pascua y Resurrección. Pero no de cualquier modo, lo hacemos de la mano de Jesús, a quien debemos escuchar y quien nos conduce por los caminos invitándonos a vivir como él, quien –si caemos por alguna razón– se acerca siempre, nos levanta y nos dice: “no temas”.

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El Rostro ‘transfigurado’no quiere rostros ‘desfigurados’
Romeo Ballan, mccj

En el segundo domingo de Cuaresma tenemos una cita anual fija: la Transfiguración de Jesús sobre el monte Tabor (Evangelio). El hecho ocurre “seis días después” (v. 1) de los encuentros en Cesarea de Felipe (con la profesión de fe de Pedro, la promesa de su primacía, el primer anuncio de la pasión (Mt 16,13-28). Cada uno de estos hechos aporta piezas significativas para la configuración del verdadero rostro de Cristo, hacia el cual la antífona de entrada nos invita a mirar: “Busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro” (Sal 26,8-9). Una respuesta a tan insistente súplica llega de un alto monte (v. 1), donde Jesús se transfiguró ante tres discípulos escogidos: “Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (v. 2). La luz no viene de afuera, sino que emana desde dentro de la persona de Jesús. Con razón, Lucas, en el texto paralelo, subraya que Jesús subió al monte “para orar, y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9,28-29). De la relación con su Padre, Jesús sale transformado interiormente; la plena identificación con el Padre resplandece en el rostro de Jesús (cfr. Jn 4,34; 14,11).

Jesús no busca su auto-glorificación; quiere que sus discípulos descubran mejor su identidad y su misión. Para tal fin, sobre el monte se realiza una manifestación de la Trinidad a través de tres signos: la voz, la luz y la nube. La voz del Padre proclama a Jesús su “Hijo, el amado. Escúchenlo” (v. 5); la luz emana del cuerpo mismo del Hijo Jesús; la nube es símbolo de la presencia del Espíritu. En ese contexto de gloria, que es un adelanto de su Pascua, Jesús habla con Moisés y Elías “de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén” (Lc 9,31). Oración y revelación de la Trinidad, pasión y glorificación: ahora los discípulos pueden entender algo más acerca de su Maestro. Podemos acoger una invitación para cada uno de nosotros: busquémonos un tiempo -posiblemente prolongado – para contemplar el rostro de Jesús, hasta poder decir, como Pedro: “Señor, bueno es estarnos aquí” (v. 4).

Nunca la verdadera oración es evasión. Para Jesús la oración era un momento fuerte de identificación con el Padre y de adhesión coherente y confiada a su plan de salvación. Este camino de transformación interior es el mismo para Jesús, para el discípulo y para el apóstol. La oración, vivida como escucha-diálogo de fe y de humilde abandono en Dios, tiene la capacidad de transformar la vida del cristiano y del misionero; es la única experiencia fundante de la misión. La oración alcanza su momento más verdadero cuando desemboca en el servicio al prójimo necesitado. El B. Óscar A. Romero, obispo y mártir en El Salvador (+24.3.1980) era tajante en declarar: “Una religión de misas dominicales, pero de semanas injustas, no le gusta al Señor; una religión llena de oraciones, pero sin denunciar las injusticias, no es cristiana”. En una homilía cuaresmal Benedicto XVI explicó muy bien la dimensión misionera de la oración “La oración es garantía de apertura a los demás. La verdadera oración nunca es egocéntrica; siempre está centrada en los demás. La verdadera oración es el motor del mundo, porque lo tiene abierto a Dios”.

El discípulo-misionero está convencido de que Dios es fiel y lo acompaña en todas las etapas y peripecias de la vida: en los comienzos, en los momentos de Tabor y en los momentos de Getsemaní. Dan testimonio de ello también Abrahán y Pablo. Abrahán se fio de Dios (I lectura) que lo invitaba a salir de su tierra y a dejar sus parientes para ir hacia un país desconocido (v. 1), que Dios le habría mostrado. Igualmente, San Pablo dejó el camino de Damasco para correr la nueva aventura con Jesús. Por tanto, podía exhortar al discípulo Timoteo (II lectura): “Según la fuerza de Dios,toma parte en los duros trabajos del Evangelio” (v. 8).

El Evangelio de Jesús requiere necesariamente un compromiso tenaz por la defensa y la promoción de las personas más débiles, cuya dignidad humana se ve a menudo afeada y desfigurada por tantas formas de violencia, explotación, abandono, hambre, enfermedades, ignorancia. ¡Cualquier afeamiento de la dignidad humana es contrario al proyecto original de Dios, Padre de la Vida! ¡Allí donde hay un rostro humano afeado y desfigurado, es imperiosa y urgente la presencia de la Iglesia y de los misioneros del Evangelio! Jesús, con su rostro hermoso y ‘transfigurado’, no quiere que haya hermanos y hermanas con rostros ‘desfigurados’. La actividad misionera se hace, por tanto, cercanía a las personas que están en el dolor, contacto con las heridas y curación de las llagas – físicas o morales – de los que sufren.

I Domingo de Cuaresma. Año A

En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. Jesús le respondió: Está escrito: no sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Entonces el díablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna. Jesús le contestó: también está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: Te daré todo esto, si te postras y me adoras. Pero Jesús le replicó: Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios y a Él solo servirás.

Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle”.

(Mateo 4, 1-11)


Si tú eres el Hijo de Dios
P. Enrique Sanchez G., mccj

Aquí estamos, una vez más, al inicio de la Cuaresma. Cuarenta días que nos irán preparando a la celebración de la Pascua, de la resurrección del Señor.

Será un tiempo que nos invita a hacer un alto, nuevamente, en nuestras vidas para preguntarnos ¿hasta dónde hemos llegado en nuestra experiencia de vida cristiana? Será un tiempo para entrar en nosotros mismos y descubrir qué es lo verdaderamente importante, lo esencial de nuestro caminar, para reafirmar lo que nos ha ayudado a crecer y también para tratar de liberarnos de todo aquello que se ha convertido en un peso muerto que cargamos con fatiga y no nos deja avanzar.

Ya en este primer domingo de cuaresma se nos marca una ruta y se nos invita a entrar en el camino fijando nuestra mirada en Jesús que inicia el viaje que lo llevará hasta la cima del calvario y lo hará pasar por los abismos de la tumba para salir vencedor de la muerte, resucitado, fuente de luz y de vida para todos los que tengamos el coraje de acompañarlo hasta el final.

En estos primeros pasos de Jesús, lo vemos dirigirse al desierto, al lugar en donde no existe nada en lo que se pueda uno refugiar, en donde se experimenta la fragilidad y la pobreza humana, que se revela tan necesitada y dependiente de todo y especialmente de los demás.

Ahí es el lugar de la soledad, en donde no se puede escapar de uno mismo, en donde estamos obligados a no mentirnos, a no engañarnos, pues estamos sólo nosotros y nuestra verdad; es decir, aquello sobre lo que fundamos nuestra existencia y lo que le da sentido a lo que va siendo la historia de nuestras vidas.

Jesús va al desierto movido por el Espíritu y esa presencia será lo que le permita no perder el rumbo; será la fuerza que le dará la sabiduría para no dejarse vencer en el momento en que la tentación será fuerte, astuta y maligna.

El Espíritu está ahí, cuando la humanidad de Jesús sentirá su flaqueza y cuando las seducciones del maligno se presentarán fascinantes, pero ilusorias.

El Espíritu será el que irá poniendo en su boca la palabra justa para responder al mal sin dejarse confundir y sin dejarse seducir con propuestas fáciles, pero tramposas; será el momento de abrir el corazón para mostrar en quién tiene puesta toda su confianza.

Será el momento indicado para compartir su extraordinaria experiencia de confianza y de abandono en Aquel que lo convirtió en misionero, en enviado que le da un rostro al amor que Dios nos tiene.

Jesús fue al desierto y ahí fue tentado. En primer lugar siente en su cuerpo la necesidad del alimento que permite subsistir día a día, siente la necesidad muy humana de satisfacer sus necesidades inmediatas, siente hambre.

Pero, en esta situación es en donde descubre, para sí y para todos los que llegarán a ser discípulos suyos, que hay algo más que satisfacer el vientre.

Que  no  basta  con  llenarse  el  estómago,  que  no  es  suficiente  para  satisfacer  las ambiciones humanas; que no basta con llenarse de riquezas que no son más que las ambiciones tan terrenas y pasajeras.

Al sentir hambre, Jesús nos recuerda que hay algo más allá de las cosas, de las satisfacciones de aquello que se hará presente cada mañana. Nos enseña que no es suficiente llenar el vientre, si el corazón permanece vacío, cuando nos contentamos con quedarnos al nivel de lo terrenal.

Jesús nos recuerda que el hambre que se satisface, para poder vivir verdaderamente, es la que permite reconocer a Dios como al único que puede llenar todos los espacios de la vida y del corazón; pues, lo que realmente nutre lo más valioso de nuestro ser humanos, es lo que el espíritu anhela: a Dios como su todo y como su padre.

Si tú eres Dios, dice nuevamente el tentador a Jesús, pon a prueba a Dios para ver si realmente te responde, para ver si cumple con todo lo que te ha prometido; que te lo demuestre con algo que se pueda verificar con nuestros criterios.

¿Cuántas veces, también nosotros, nos sentimos en la misma situación? Queremos que Dios actúe obedeciendo a nuestros caprichos, a nuestras urgencias, a nuestra necesidad de mantener el control sobre todo lo que nos pasa en la vida.

¿Cuántas veces le ponemos condiciones a Dios, para después decirle que sí creemos en él? O ¿cuántas veces nos alejamos de nuestras comunidades considerando que ahí se va sólo a perder el tiempo? Nos convertimos en creyentes sociales u ocasionales que se acercan a Dios sólo cuando hay un evento al cual no podemos dejar de estar presentes por temor a ser criticados o simplemente para evitar el qué dirán si no cumplimos con la formalidad de la ocasión.

Pero Jesús no cae en la trampa y con mucha sencillez responde que a Dios no hace falta desafiarlo, no tiene por qué demostrar nada y antes de que le pidamos pruebas, él ya se encargo de darnos lo que realmente necesitamos.

Dios, mejor que nadie, sabe lo que nos sobra y lo que nos falta en la vida, y si hay alguien que está al pendiente de nosotros es justamente él. Dios conoce las necesidades de sus hijos antes de que se las pidan (Mateo, 6, 8) y siempre está dispuesto a otorgar lo que nos conviene.

Por eso Jesús no tiene dificultad en decir: ya está escrito que no es necesario tentar a Dios y mucho menos dudar de su generosidad y de su bondad para quienes ama.

Afrontando esta segunda tentación, el Señor nos enseña la importancia de la fe y de la confianza que estamos llamados a poner en práctica cada dı́a.

Vivir con la certeza de que Dios va guiando nuestros pasos y que estamos en sus manos es algo que llena de esperanza y que permite contemplar el futuro con confianza y sin necesidad de vivir en la angustia de querer saber lo que nos espera en un mañana que Dios ya ha preparado para nosotros.

Finalmente, en la tercera tentación vemos a Jesús en la cima del monte, podríamos decir por encima del mundo, y el tentador lo provoca con algo que está  muy  presente también en nuestra realidad humana: la tentación del poder.

Quién más o quién menos, pero todos estamos tentados por el poder. Nos gusta estar por encima de los demás, dar órdenes, tener personas que nos sirvan, sentirnos el centro de todo.

Queremos que nuestra palabra sea escuchada, atendida, respetada, acatada y obedecida. No nos gusta ser cuestionados y mucho menos contradecidos. Nadie debería estar por encima de nosotros.

Tener poder, por pequeño que sea, nos hace creer que contamos y valemos más que los demás y que, por lo tanto, tenemos derecho a estar en medio de todos nuestros semejantes, considerándonos como puntos de referencia y con autoridad para mandar.

Y la respuesta de Jesús, en su sencillez, nos descubre que la verdadera grandeza y el único poder que realmente valen la pena está en la capacidad de ser agradecidos y capaces de ponerse al servicio de los demás.

El poder para los cristianos no se ejerce desde los tronos y no se impone con actitudes de fuerza y de violencia. El poder en la Iglesia, decía el Papa Francisco, es sinónimo de servicio.

Somos grandes y poderosos sólo cuando aprendemos a ponernos al nivel de quienes en la vida les toca ocupar el lugar más sencillo; seremos grandes cuando aprendamos a sentir que no tenemos derecho a exigir nada en la vida, porque todo se nos dará como don.

Podremos acumular todos los tesoros del mundo, pero si nos falta Dios en nuestras vidas seguramente pasaremos al lado de lo más importante que pudo existir para nosotros en este mundo.

Tener a Dios con nosotros es todo, y teniéndolo a él, como decía santa Teresa de Avila, nada nos falta.

Tal vez sea conveniente dejar que el Espíritu nos lleve al desierto, también a nosotros en esta cuaresma que iniciamos y que no tengamos miedo a confrontarnos con nuestras tentaciones, tan frecuentes y ordinarias.

A lo mejor serı́a conveniente preguntarnos:

¿Qué es lo que me preocupa y me quita el sueño? ¿Vivo sólo para satisfacer el estomago?

¿Vivo de fe, poniendo a Dios en el centro, como el referente y la fuente de inspiración que me motiva a caminar con confianza, sabiendo que estoy en sus manos?

¿Me afana el deseo de controlar todo en mi vida, de tener el poder para sentirme con derecho a estar por encima de los demás?

¿Me preocupo por hacer crecer en mi interior los valores de la gratitud, del reconocimiento de la bondad de Dios en mi vida y de la necesidad del servicio gratuito a los demás, por amor a Dios?

¿Hacia dónde quisiera que el Señor me llevará durante esta cuaresma?

Que el Espı́ritu Santo nos lleve de la mano a donde realmente nos convenga.


Nuestra gran tentación
José Antonio Pagola

La escena de “las tentaciones de Jesús” es un relato que no hemos de interpretar ligeramente. Las tentaciones que se nos describen no son propiamente de orden moral. El relato nos está advirtiendo de que podemos arruinar nuestra vida, si nos desviamos del camino que sigue Jesús.

La primera tentación es de importancia decisiva, pues puede pervertir y corromper nuestra vida de raíz. Aparentemente, a Jesús se le ofrece algo bien inocente y bueno: poner a Dios al servicio de su hambre. “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.

Sin embargo, Jesús reacciona de manera rápida y sorprendente: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de boca de Dios”. No hará de su propio pan un absoluto. No pondrá a Dios al servicio de su propio interés, olvidando el proyecto del Padre. Siempre buscará primero el reino de Dios y su justicia. En todo momento escuchará su Palabra.

Nuestra necesidades no quedan satisfechas solo con tener asegurado nuestro pan. El ser humano necesita y anhela mucho más. Incluso, para rescatar del hambre y la miseria a quienes no tienen pan, hemos de escuchar a Dios, nuestro Padre, y despertar en nuestra conciencia el hambre de justicia, la compasión y la solidaridad.

Nuestra gran tentación es hoy convertirlo todo en pan. Reducir cada vez más el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos; hacer de la obsesión por un bienestar siempre mayor o del consumismo indiscriminado y sin límites el ideal casi único de nuestras vidas.

Nos engañamos si pensamos que ese es el camino a seguir hacia el progreso y la liberación. ¿No estamos viendo que una sociedad que arrastra a las personas hacia el consumismo sin límites y hacia la autosatisfacción, no hace sino generar vacío y sinsentido en las personas, y egoísmo, insolidaridad e irresponsabilidad en la convivencia?

¿Por qué nos estremecemos de que vaya aumentando de manera trágica el número de personas que se suicidan cada día? ¿Por qué seguimos encerrados en nuestro falso bienestar, levantando barreras cada vez más inhumanas para que los hambrientos no entren en nuestros países, no lleguen hasta nuestras residencias ni llamen a nuestra puerta?

La llamada de Jesús nos puede ayudar a tomar más conciencia de que no sólo de bienestar vive el hombre. El ser humano necesita también cultivar el espíritu, conocer el amor y la amistad, desarrollar la solidaridad con los que sufren, escuchar su conciencia con responsabilidad, abrirse al Misterio último de la vida con esperanza.

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“No tentarás al Señor tu Dios”
Fray Vicente Niño Orti O.P.

“Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”

El relato del pecado original, como todo relato mítico, recoge una profunda verdad: que la tentación es siempre un engaño. Nos promete plenitud, felicidad, sentido, verdad… y es una inmensa mentira.

Si caemos en ella, descubrimos que ese engaño nos lleva a todo lo contrario: al sufrimiento, el miedo, a perdernos a nosotros mismos. A perder no sólo la paz, sino todo lo que nos une a los demás y a nosotros mismos. A perder nuestra identidad. A perder a Dios.

Y toda tentación, todo pecado, viene de la misma clave: del engaño de que sin Dios seríamos más plenos. De no fiarnos de Él, de dudar de que sus planes para nuestra vida son los que realmente nos harían plenos, felices, llenos de vida. Por no fiarnos de Dios, por dudar de sus mandatos, lo perdemos todo. En pos de una quimera, caemos en el engaño. Perdiendo a Dios, perdemos lo que somos, para no ganar nada…

“…por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos”

Pero Dios no abandona al ser humano a merced de ese pecado. Toda la historia de la Salvación es un acercarse constante de Dios al ser humano para devolverle su identidad perdida. Para recordarle cómo vivir en plenitud desde la justicia y el amor, desde el perdón y la entrega.

Una historia de salvación la historia de la humanidad, que culmina en la encarnación del Hijo de Dios en Cristo, y de su entrega por amor hasta la muerte por el género humano, para acabar con esa huella de mal y de pecado del corazón del hombre, para reconciliarlo cada vez que sucumbe al engaño.

Eso dice Pablo en este pasaje de Romanos. Como por Adán entró el pecado –en el relato mítico escuchado en Génesis- por Jesús y su entrega de amor, llegó el perdón. La desobediencia de Adán y la obediencia de Cristo, la desconfianza del primer hombre, y la entrega absoluta y confiada de Jesús de Nazaret, verdadero Dios, pero también verdadero hombre.

“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado”

La central declaración de nuestra fe es ésa: la condición de verdadero Dios y verdadero Hombre, en todo menos en el pecado, de Jesús de Nazaret.

Eso quiere decir que como verdadero hombre, aunque Él no cayó en la tentación, sí que fue tentado con las mismas tentaciones que cualquier hombre.

Este pasaje de Mateo nos habla de tres tentaciones, que recogen casi todas las tentaciones que el ser humano puede vivir. Son como las tres claves que subyacen a cualquier pecado humano: tener, parecer y poder.

“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”

Aquí nos habla de la tentación de tener en todo su más amplio espectro. La tentación de creer que las cosas saciarán nuestra hambre profunda de vida y de sentido, que consumiendo, cubriendo nuestras apetencias materiales, ya estaría la vida llena…

Olvidarnos de que el hombre vive de más cosas que sólo de tener, alejarnos de Dios tal cual nos hizo, con ese deseo profundo de Él y de amor, para pensar que las cosas materiales llenarán nuestra vida.

Renunciar a Dios como fuente de plenitud, para caer en la tentación de que lo que realmente nos haría felices no es Dios, sino tener, acumular, la comodidad, el placer… como este nuestro mundo constantemente nos dice.

“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo y te sostendrán en sus manos sus ángeles”.

La tentación del parecer, del ser reconocido, del ser importante, de que nos quieran y nos valoren, de ponernos a nosotros mismos en el centro. El diablo le sube al alero del templo a Jesús para que todos puedan verlo y se asombren y lo adoren…

Y nos habla también de nuestros propios pecados. De hacer lo que sea para parecer importante, para que nos adulen, para que nos valoren, seamos considerados, seamos importantes…

Y olvidarnos de la humildad, de que lo pequeño es lo que llena el corazón del ser humano. Que no es en nosotros mismos donde hay que poner el foco, que cuanto más nos olvidemos de nosotros y más vivamos en don, en amor y en entrega, más realmente seremos quienes estamos llamados a ser. Olvidar la paradoja central del evangelio, que muriendo a nosotros mismos, es cuando más vivos estaremos. Quitar a Dios del centro para ponernos a nosotros…

“Todo esto te daré, si te postras y me adoras”

La tentación del poder, del dominio, de ejercer control para que el mundo, la vida, las cosas marchen y funcionen y se organicen como uno cree.

La tentación del tener razón siempre y que los demás nos hagan caso en todo. La tentación de ser dioses que ordenen la existencia según nuestros propios criterios.

La tentación de no aceptar que con otros, con sus propias ideas y criterios, se vive mejor. No aceptar ni la pluralidad, ni que hay una realidad creada por Dios de la mejor manera posible. Del individualismo salvaje de ser uno mismo lo más importante que existe y quien realmente sabe cómo todo iría mejor…

Olvidarnos que Dios es la realidad que mejor nos enseña cómo vivir en este mundo, para vivir según nuestros antojos

“He aquí que se acercaron los ángeles y lo servían”

Igual a todos los hombres fue Jesús en todo, menos en el pecado. No sucumbe al engaño, a la tentación, no olvida a Dios, y nos recuerda a quienes hoy escuchamos sus respuestas a cada tentación –No solo de pan vive el hombre; No tentarás al Señor, tu Dios; Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto– que la verdad frente al engaño y la mentira de la tentación, es que solo Dios puede dar la plenitud al ser humano.

Sólo la realidad de acoger y abrirnos a cómo nos ha hecho Dios, a cómo está hecho el mundo, solo aceptar éso, sólo buscar a Dios y su mensaje de cómo vivir desde el amor, es lo que puede llenar el corazón del hombre.

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