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IV Domingo de Cuaresma. Año A

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista. Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es este su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”

Sus padres contestaron: “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque estos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ese lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ese, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ese sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ese es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró. Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces, también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

(Juan 9, 1-41)


He venido para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos
P. Enrique Sánchez, mccj

También este cuarto domingo de cuaresma la liturgia de la palabra nos regala un largo texto para la lectura del evangelio. Se trata de todo el capítulo 9 del evangelio de san Juan en donde el protagonista central es un ciego de nacimiento.

El domingo pasado fue la samaritana quien ocupó toda la atención y nos quedamos con la enseñanza de que Jesús es la fuente inagotable de vida, el único que hace brotar ríos de agua viva de lo profundo de su corazón.

La historia del ciego de nacimiento nos llevará también a explorar lo profundo de nuestro corazón para descubrir que en Jesús se nos ofrece la posibilidad de vivir guiados por una luz que nos permitirá́ entender el plan maravilloso de amor que Dios tiene para nosotros.

En la reflexión de este domingo, les propongo que nos detengamos sobre tres puntos que me parecen importantes para entender cómo esta historia no se interesa sólo de compartirnos un relato interesante, sino que nos lleva a descubrirnos como protagonistas de lo que ahí se nos cuenta.

En primer lugar se nos habla de alguien que vive en carne propia el drama de la ceguera no sólo como una incapacidad de ver lo que está a su alrededor, sino también como una realidad que está considerada experiencia de pecado.

En la experiencia religiosa de los contemporáneos de Jesús estaba claro que la ceguera de nacimiento era fruto de un pecado y alguien tenía que ser el culpable.

La experiencia de este hombre que inicia su historia de vida en las tinieblas, en la obscuridad que le impone su ceguera, en su encuentro con Jesús se convertirá en un nuevo nacimiento que lo abrirá a la experiencia de poder ver, de gozar de la plenitud de la luz, de nacer a una vida de libertad y de apertura a lo bello que Dios le irá manifestando en su camino. Esto será el segundo punto de nuestra reflexión.

Y Finalmente el recuperar la capacidad de ver hará de este hombre un testigo que nadie podrá impedir que cuente las maravillas que el Señor ha hecho en él.

Todo empieza con el paso de Jesús por la vida de este ciego que aparentemente está ahí, al bordo del camino cargando con su fatalidad. El ciego no ve, pero es visto y esto cambiará toda su vida.

La ceguera de este hombre podría ser entendida como el pretexto que el evangelista toma para hacernos entender que existe una realidad en nosotros que no podemos ignorar, nuestras tinieblas que hablan de pecado, de incapacidad de ver el mundo desde la perspectiva de Dios.

La obscuridad, la incapacidad para ver se relaciona con el pecado, que cuando aparece en la vida, se convierte en algo que no permite percibir la realidad con objetividad, como realmente es. El pecado nos hace vivir en un mundo que es irreal y esclavizante.

La ceguera es lo que impide reconocer la luz y ya el mismo san Juan lo decía en el prólogo del evangelio: la luz vino al mundo, pero quienes estaban en las tinieblas no lo reconocieron.

¿Cuántas cosas bellas hace Dios cada día por nosotros, pero resulta que no nos damos cuenta? ¿Cuántas posibilidades se nos brindan de llevar una vida en paz, en armonía con los demás, en fraternidad; pero la presencia del pecado en nuestros corazones nos hace ciegos llenos de violencia, de envidias, de egoísmos o de rencores. Incapaces de ver la bondad y el amor de quien tenemos cerca.

Somos ciegos que tienen ojos, pero no ven, porque vivimos encandilados por la ambición del poder, del prestigio, de la apariencia, del placer sin límites y sin respeto. Somos ciegos a quienes la rabia, el odio y la violencia no les permite ver el dolor que causamos cuando pisoteamos la vida de los demás, cuando tratamos a los hermanos como cosas u objetos que podemos utilizar; cuando justificamos la destrucción y la guerra y no vemos los miles de inocentes que condenamos a desaparecer, simplemente porque nos parece más importante salvaguardar intereses económicos y poder militar.

Muchas veces podemos ser ciegos a quienes el pecado no les permite ver al hermano que sufre, al anciano que está abandonado, al pobre que es explotado, a la madre  que es abandonada con sus hijos…

Afortunadamente, Jesús siempre está de paso y nos encuentra en su camino. También nosotros somos contemplados por él, como tuvo la fortuna de sucederle al ciego de nacimiento, y entonces el milagro sucede. Jesús tiene la paciencia de hacer lodo con la tierra para curarnos.

En este gesto de Jesús hay algo muy importante. Se nos enseña que sólo podremos salir de nuestras cegueras si somos tocados por Jesús y eso significa si llegamos a tener una experiencia personal de encuentro con él.

Muchos de nosotros hemos vivido muchos años sabiendo muchas cosas sobre Jesús. Hemos aprendido lo que era necesario para poder adjudicarnos el título de cristianos, pero queda todo por hacer.

Nunca podremos salir de nuestras cegueras y de nuestra oscuridad si no somos tocados por el Señor y entiendo por tocados, transformados por él.

Sólo volveremos a tener la luz verdadera cuando, desde lo más profundo de nosotros mismos, nos demos cuenta de que estamos habitados por el Espíritu que Jesús nos ha dejado para que vivamos de él.

Esto quiere decir que necesitamos una conversión de vida que nos lleve no sólo a ser mejores, sino a sentir a Jesús como alguien vivo con quien compartimos lo que somos y nos abrimos a todo lo que puede venir de él como posibilidad de vida plena y totalmente libre.

Qué bueno sería también para nosotros poder decir: el que me curó hizo lodo, me lo puso en los ojos, me lavé y ahora puedo ver.

Con otras palabras, he reconocido mis pecados y debilidades, he dejado que el Señor se convierta en el centro de mi vida, me he dejado tocar por  él aceptando  su proyecto de vida, me he puesto en una actitud de conversión, he lavado mi pecado en las aguas del bautismo, en la sangre del Cordero; y ahora doy gracias porque he nacido a la luz que brota de lo más profundo de mi ser.

Y esa luz es lo que me aporta la libertad que me permite ir por la vida sin dejarme más esclavizar por lo turbio de las tinieblas que envuelven a nuestra humanidad con tantas falsas promesas de felicidad.

Y, al final, nos damos cuenta de que cuando damos ese paso de abandono en el Señor nos hacemos merecedores de una gracia, de una bendición especial. “Yo no sé cómo fui curado, lo que sé es que era ciego, pero ahora puedo ver”.

El camino de la cuaresma que vamos recorriendo, al final no nos hace otro anuncio. El Señor, por gracia, porque nos ama, nos quiere llevar a que disfrutemos de la luz resplandeciente que es él en el momento de la resurrección.

Llenos de su luz, ahora podemos ver todo de otra manera. Podemos ver con los ojos de Dios y de esa manera no podemos más que convertirnos en testigos de su presencia, testigos de la luz que puede destruir todas las tinieblas que nos rodean.

Hagamos pues todo lo que está de nuestra parte para vivir en una actitud de profunda conversión que nos ayude a desenmascarar todas nuestras obscuridades, de tal modo que podamos contarnos entre el número de aquellos que siendo ciegos por el pecado que llevamos en nosotros, al encuentro con Jesús nos descubramos con una visión nueva.

Ojalá no nos suceda como a los fariseos que teniendo todo a su alcance para ver las maravillas de Dios, se han quedado en su ceguera, es decir, atrapados en la arrogancia de pensar que todo lo podemos, aún estando lejos de Dios.

Y pensando que eran quienes mejor veían, en realidad han quedado más atrapados en su ceguera, contrariamente a lo que le pasó al ciego que de nacimiento no veía, pero ha nacido a una nueva luz: la luz de Jesús en su vida.

Tengamos la humildad de decirle a Jesús, “creo en ti”, y dejemos que haga el milagro de devolvernos la capacidad de ver lo que sólo con el corazón se puede contemplar.


Para excluidos
José A. Pagola

Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.

Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto, solo piensa en rescatarlo de aquella vida desgraciada de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.

Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.

Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa.

El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y lo ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: “Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: “Empecatado naciste de pies a cabeza y, ¿tú nos vas a dar lecciones a nosotros?”.

El evangelista dice que, “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él”. El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: “Y, ¿quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le responde conmovido: No está lejos de ti. “Lo estás viendo; el que te está hablando, ese es”. El mendigo le dice: “Creo, Señor”.

Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.

¿Quién llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.

José Antonio Pagola
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El caso del testigo condenado
José Luis Sicre

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y al final lo condenaron como culpable.» De esto podrían haberse quejado los padres del ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a los fariseos. Pero sería erróneo limitarse a la queja de los padres, porque el ciego terminó muy contento.

Una discusión absurda

Todo empezó por una discusión absurda entre los discípulos cuando se cruzaron con el ciego: ¿quién tenía la culpa de su ceguera?, ¿él o sus padres? Si hubieran leído al profeta Ezequiel, sabrían que nadie paga por la culpa de sus padres. Y si supieran que el ciego lo era de nacimiento, no podrían haberlo culpado a él. Jesús zanja rápido el problema: ni él ni sus padres. Su ceguera servirá para poner de manifiesto la acción de Dios y que Jesús es la luz del mundo.

Una forma extraña de curar

En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina de Siloé. Un volteriano podría decir que no cabe más mala idea: le tapa los ojos con barro para que vea menos todavía, y lo manda cuesta abajo; más que curarse podría matarse.

¿Qué pretende enseñarnos el evangelista? No es fácil saberlo. San Ireneo, en el siglo II, fijándose en la primera parte, relacionaba el barro con la creación de Adán: Dios crea al primer hombre y Jesús crea a un cristiano; pero esto no explica el uso de la saliva ni el envío a la piscina de Siloé. San Agustín, fijándose en el final, relacionaba el lavarse en la piscina con el bautismo; tampoco esto explica todos los detalles.

Una cosa al menos queda clara: la obediencia del ciego. No entiende lo que hace Jesús, pero cumple de inmediato la orden que le da. No se comporta como el sirio Naamán, que se rebeló contra la orden de Eliseo de lavarse siete veces en el río Jordán. Como Abrahán, por la fe sale de su mundo conocido para marchar hacia un mundo nuevo.

Un anacronismo intencionado

La antítesis del ciego la representan los fariseos. El evangelista deforma la realidad histórica para acomodarla a la situación de su tiempo. En la época de Jesús los fariseos no podían expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga.

El miedo y la osadía

El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el pánico que sentían muchos judíos piadosos a ser declarados herejes, impidiéndoles hacerse cristianos.rse cristianos.

El hijo, en cambio, se muestra cada vez más osado. Tras la curación se forma de Jesús la misma idea que la samaritana: «es un profeta»; porque el profeta no es sólo el que sabe cosas ocultas, sino también el que realiza prodigios sorprendentes. Ante la acusación de que es un pecador, no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»

La verdadera visión y la verdadera luz

Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la verdadera visión la adquiere en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús y creer en él. Y para ello es preciso que Jesús, luz del mundo, ilumine al ciego poniéndose delante, proyectando una luz intensa, que deslumbra y oculta los demás objetos, para que toda la atención se centre en ella, en Jesús.

No hay peor ciego que quien no quiere ver

Los fariseos representan el polo opuesto. Para ellos, el único enviado de Dios es Moisés. Con respecto a Jesús, a lo sumo podrían considerarlo un israelita piadoso, incluso un buen maestro, si observa estrictamente la Ley de Moisés. Pero está claro que a él no le importa la Ley, ni siquiera un precepto tan santo como el del sábado. Además, nadie sabe de dónde viene. Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso lo consideran un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Ellos tienen la luz, están convencidos de que ven lo correcto. Y este convencimiento, como les dice Jesús al final, hace que permanezcan en su pecado.

La samaritana y el ciego

Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento les lleva a la acción. La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.

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El ciego de nacimiento: ve, cree y anuncia
Romeo Ballan, mccj

El camino hacia la Pascua está marcado por grandes temas catequético-catecumenales-bautismales: la lucha con el tentador, contemplar el rostro de Cristo, los símbolos de agua, luz, vida. En el Evangelio de este domingo es central la figura de Jesús-Luz: Él es el que ve al ciego y va a su encuentro, le unta con barro los ojos, le ordena lavarse en la piscina de Siloé (que significa Enviado). El ciego va, se lava y vuelve con vista (v. 1.6-7). El signo es claro, pero tan solo para el que sabe verlo. Justamente, ese milagro tan patente de Jesús se convierte en signo de contradicción: ante el mismo hecho se producen dos reacciones (la del ciego y la de los fariseos) en direcciones opuestas.

El ciego avanza, gradualmente, hacia el descubrimiento del rostroidentidad de Jesús: de un mero hombre a un profeta, hombre de Dios, Señor… hasta postrarse con fe: “¡Creo, Señor!” (v. 38). Ahora el ciego se ha convertido, está completamente iluminado, en el cuerpo y en el espíritu. Mientras el ciego avanza en el descubrimiento de Jesús, los fariseos, por el contrario, se cierran cada vez más ante la luz, no aceptan el testimonio del ciego sanado, le mandan callarse y lo expulsan (v. 34). La obstinación del corazón lleva a la ceguera interior. Lamentablemente, ¡la fe se puede también rechazar o perder! Tan solo el que acepta que la verdad le cambie la vida, no le tendrá miedo a la luz, al amor, al servicio… Vale, a este respecto, el deseo de S. Agustín, bello, como siempre, también en el texto latino: “Servum te faciat caritas, quia liberum te fecit veritas” (que la caridad te haga servidor, ya que la verdad te ha hecho libre).

Todos nosotros necesitamos de un suplemento de luz. El Principito de Saint-Exupéry nos enseña: “Lo esencial es invisible a los ojos. Se ve bien solo con el corazón”.Las últimas palabras de Johann W. Goethe fueron: “¡Más luz!”. Jesús, con la palabra y el signo, trae la luz nueva que esclarece la realidad del pecado presente en el mundo. El pecado es esa vasta zona oscura, en la que se mueven las personas que no viven a la luz del Evangelio. En esa zona oscura está también la no-comprensión del sentido de la enfermedad, del dolor, de la desgracia, males que a menudo se vinculan, erróneamente, a pecados personales. Emblemática, a este respecto, es la historia de Job, a quien sus visitadores acusan de tener pecados escondidos. Asimismo, los apóstoles son un ejemplo de esa mentalidad: al ver al ciego de nacimiento, preguntan al Maestro: “¿Quién pecó: este o sus padres?” (v. 2). Es el típico planteamiento pre-cristiano del problema del sufrimiento: identificar la causa del dolor o de la enfermedad con el pecado, con el mal de ojo, el maleficio, o cualquier hechizo por parte de otra persona…

Es una mentalidad muy extendida incluso en ámbitos cristianos, típica de personas aún no bien evangelizadas. Pienso en mis años de trabajo misionero en la República Democrática de Congo, donde los problemas y los miedos de los ndoki (palabra en idioma lingala, para decir mal de ojo, brujos…) eran algo cotidiano: muchos cristianos (incluidos algunos catequistas y religiosos) aún no estaban interiormente libres de ello. También en América Latina, en Europa y ahora en Vietnam he visto situaciones parecidas. Se percibe que la vida, sin la luz del Evangelio, es, a menudo, sinónimo de tinieblas, miedos, venganzas, manejos oscuros… que serpentean incluso entre algunos cristianos de todas las latitudes. El corazón humano nunca está del todo convertido. La acción misionera de la Iglesia no se conforma con una evangelización superficial, sino que debe llegar al corazón de las personas y a los valores de las culturas, como enseña muy bien Pablo VI (véase la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 1975, n. 18-20).

Es posible salir de esta mentalidad paganizante tan solo haciendo un camino de conversión permanente, aceptando interiormente y hasta el fondo a Cristo, que ha dicho: “Yo soy la luz del mundo” (v. 5), “la verdad los hará libres” (Jn 8,32). Esta es la clara invitación de San Pablo (II lectura) a caminar como hijos de la luz (v. 8; cfr. Mt 5,14), no tomando parte en las obras estériles y vergonzosas de las tinieblas (v. 11-12), sino mirando a Cristo: “Despierta… y Cristo será tu luz” (v. 14). Cristo es la luz, Él es el Enviado del Padre, la pila en la cual sumergirse con el bautismo. Es conmovedor y significativo el hecho que lo primero que este hombre ciego ve es el rostro de Jesús, aun antes del rostro de su madre. El camino de conversión a Cristo y de misión es posible tan solo si nos abrimos de par en par a Dios en una oración “de corazón a corazón”, como nos enseña el Papa Francisco.

La luz de Cristo ayuda a comprender el sentido de la enfermedad y del dolor, como lo aprendemos del silencioso y paciente testimonio de muchas personas enfermas en el cuerpo, pero interiormente serenas. La fe es una luz nueva que nos permite captar el mensaje de vida presente en el dolor, la oportunidad de purificación y de salvación para sí y para los demás. La fe nos lleva a fiarnos de Dios, el Pastor que nos conduce por rutas seguras (Salmo responsorial). Él tiene caminos y criterios diferentes a los nuestros (I lectura): “El Señor ve el corazón” (v. 7) de las personas, como se ve en la elección de David. Este era el más pequeño, un pastor (cfr. Lc 2,8); sin embargo, Dios hace de él un rey. Los criterios de Dios son sorprendentes: sana al ciego, a un mendigo (v. 8), a un expulsado (v. 34); más tarde también Jesús será rechazado; pero Jesús lo acoge, se le auto-revela, hace de él un creyente, un testigo, un mensajero convencido (v. 30-33). Lo mismo que pasó con la Samaritana (cfr. domingo pasado). Dios nos sorprende: escoge a los últimos para anunciar y hacer crecer su Reino en el mundo.


Domingo del ciego de nacimiento:
Preguntas y miradas, un camino hacia la luz

P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El cuarto domingo de Cuaresma es una segunda catequesis bautismal sobre la LUZ, después de la del domingo pasado sobre el agua. El protagonista es el ciego de nacimiento curado por Jesús, que Juan nos presenta en el capítulo 9 de su Evangelio. Se trata de un texto bellísimo que, desde siempre, se ha leído como una ilustración del bautismo. El ciego de nacimiento representa a cada uno de nosotros, a quien Jesús vuelve a modelar (Génesis 2,7) y envía hacia la piscina de Siloé, símbolo del bautismo.

La vida nace ciega, la humanización es un proceso de iluminación

La vida en la tierra surgió en un estado de ceguera y permaneció así durante millones de años. También el recién nacido se vuelve capaz de ver solo progresivamente. En realidad, se podría decir que la humanización es un proceso lento y fatigoso de iluminación. Y lo mismo sucede con la vida de fe, que se inserta en este proceso y lo lleva a su pleno cumplimiento. Desde la visión de la realidad natural, la fe nos conduce hacia la contemplación de lo invisible, hasta entrar en la plena Luz que es Dios mismo. Sin la apertura de la fe, la visión queda incompleta y corre el riesgo de caer nuevamente en las tinieblas del sinsentido. «En ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz» (Salmo 36,10).

Preguntas y miradas

El relato de la curación del ciego de nacimiento está tejido alrededor de una larga serie de preguntas (dieciséis). Intentaré resumirlas en siete. Preguntas y respuestas nos ponen ante diferentes actitudes y miradas. Este Evangelio también nos invita a hacernos preguntas para tomar conciencia de la calidad de nuestra mirada y ver en qué punto estamos en nuestro camino de iluminación bautismal.

El pasaje comienza diciendo que «Jesús, al pasar, vio…». Jesús es aquel que pasa y ve. Como el samaritano de la parábola: «al pasar junto a él, lo vio y se compadeció» (Lc 10). Y sigue pasando y mirándonos con compasión. Pero nosotros somos ciegos y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta, acostumbrados a pasar sin ver, o a mirar —o ser mirados— con indiferencia o conmiseración.

1. «Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?»

«Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento». También los apóstoles lo ven y hacen una pregunta: «¿Quién pecó…?». Esta es la mirada del prejuicio, que culpa incluso antes de intentar comprender la situación del otro.

2. «¿No es este el que estaba sentado pidiendo limosna?»

Sus vecinos y conocidos se preguntan: ¿será realmente él? «Sí, soy yo». ¿Y cómo es que ahora ves? «Fue el hombre llamado Jesús». ¿Y dónde está? «No lo sé». Y todo termina allí. Se trata de una mirada de curiosidad superficial. No busca profundizar en lo que ve, incluso cuando se trata de algo inédito como un milagro.

3. «¿Cómo puede un pecador realizar signos de este tipo?»

Entra entonces en escena la mirada inquisidora de los fariseos, que quieren investigar si la ley ha sido respetada. Un destello de luz parece aparecer: «¿Cómo puede un pecador realizar signos de este tipo?», pero enseguida es sofocado. No les interesa que un ciego haya sido curado, porque no tienen en el corazón el bien de la persona. Les importa poco la grandeza del signo; lo único que les preocupa es que la ley del sábado no haya sido transgredida.
Se interroga al testigo. Su mirada ha entrado en un proceso de iluminación. Cuando le preguntan: «Tú, ¿qué dices de él, ya que te abrió los ojos?», Jesús ya no es solo «un hombre llamado Jesús», sino «¡es un profeta!».

4. «¿Es este vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»

Los guardianes de la ley no quieren admitir la realidad porque no encaja en su esquema mental. Para ellos, la vida no es autónoma. ¡Incluso la realidad debe someterse a la ley! Interrogan a sus padres que, por miedo, se desvinculan de su hijo: «¡Nosotros no lo sabemos!». La mirada del miedo no es solidaria, sino que abandona al otro a su destino, aunque se trate de un hijo.

5. «Naciste totalmente en pecado, ¿y nos quieres enseñar a nosotros?»

El ciego curado es interrogado nuevamente, en un intento de intimidarlo, de hacerlo caer en contradicción, para salvar la ley y a ellos mismos, su posición de poseedores del poder. Los fariseos exhiben todo su saber: «¡Da gloria a Dios! Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
«Nosotros sabemos… nosotros sabemos». Ellos lo saben todo.
El testigo, por su parte, dice: «Una cosa sé: yo era ciego y ahora veo». Ellos insisten: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?». El que ahora ve, cada vez más seguro de sí mismo, se vuelve audaz: «¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿También vosotros queréis haceros sus discípulos?». Entonces estalla la furia de la mirada de la mentira que no admite ser desafiada ni puesta en cuestión: «Naciste totalmente en pecado, ¿y nos quieres enseñar a nosotros?». Y lo expulsan. Las tinieblas se vuelven más densas y se cierran a la luz: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron» (Jn 1,5).

6. «¿Crees en el Hijo del Hombre?»

Entonces Jesús lo busca y, al encontrarlo, también le pregunta:
«¿Crees en el Hijo del Hombre?».
Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo: «Lo has visto: es el que está hablando contigo».
Él dijo: «¡Creo, Señor!».
Y se postró ante él.

Es la mirada de la fe. ¡El ciego queda plenamente inundado por la Luz!

7. «¿También nosotros somos ciegos?»

El relato termina con una afirmación inquietante de Jesús: «Yo he venido a este mundo para un juicio: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos».
Sigue una pregunta preocupante que todos deberíamos hacernos: «¿También nosotros somos ciegos?». ¡La primera iluminación es reconocernos ciegos!
«Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: “Vemos”, vuestro pecado permanece».
Hay un pecado «bueno», salvador, que nos abre a la misericordia de Dios. Y hay un pecado «malo» de quien se siente justo, correcto, que nos cierra a la gracia.

Para concluir…

Os invito a releer el texto de la segunda lectura: «Hermanos, antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz» (Efesios 5,8-14).
El riesgo de volver a caer en las tinieblas es cotidiano. Tomar conciencia de nuestra ceguera (Apocalipsis 3,17-18) y cuidar la luminosidad de nuestros ojos (Mateo 6,23) es una tarea cuaresmal.
Gritemos también nosotros al Señor, como el ciego de Jericó:
¡Señor, haz que recobre la vista!

III Domingo de Cuaresma. Año A

“En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca de mediodía.

Entonces llego una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: Dame de beber. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva.

La mujer le respondió: Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú mas que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del que bebieron él, sus hijos y sus ganados? Jesús le contestó: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed. El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna.

La mujer le dijo: Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla. Él le dijo: Ve a llamar a tu marido y vuelve. La mujer le contestó: No tengo marido. Jesús le dijo: Tienes razón en decir: No tengo marido. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.

La mujer le dijo: Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dijo: Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.

La mujer le dijo: Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, Él nos dará razón de todo. Jesús le dijo: Soy yo, el que habla contigo.

En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?

Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente : Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías? Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde Él estaba.

Mientras tanto, sus discípulos le insistían : Maestro, come. Él les dijo: Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen. Los discípulos comentaban entre sí: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: mi alimento es la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro mees para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: Uno es el que siembra y otro el que cosecha. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: Me dijo todo lo que he hecho. Cuando los samaritanos llegaron a donde Él estaba le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en Él al oír su Palabra. Y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es, de veras, el Salvador del mundo”.

(Juan 4, 5-42)


La Samaritana
P. Enrique Sánchez, mccj

En este tercer domingo de cuaresma nos encontramos con este largo relato del encuentro de Jesús con la Samaritana. Se trata de una página rica de elementos de reflexión que seguramente nos ayudarán a continuar nuestro camino cuaresmal, en la medida que tengamos la valentía de identificarnos con esa mujer a la que el encuentro con Jesús le cambió la vida e hizo de ella misionera del Reino.

Sin la pretensión de explicar cada uno de los detalles que se nos narran en el texto, creo que sería muy aleccionador y de gran provecho fijar nuestra atención primeramente en lo que se pasa en este encuentro, que a primera vista parece casual, pero que revela todo un propósito de vida y de salvación.

Lo primero que san Juan trata de no dejar pasar, como si se tratara de algo sin importancia, es el hecho de que Jesús llega al pozo de Jacob cansado del camino que había recorrido.

Un camino que viene de lejos, no tanto en la distancia que se mide en kilómetros, al encuentro de un corazón que necesita de una presencia verdadera que le pueda devolver la identidad, la dignidad y el sentido de la vida a aquella mujer Samaritana, es decir, que vive fuera del mundo religiosamente aceptado.

Jesús viene al encuentro de alguien que está más allá de las fronteras, en un contexto de exclusión que le impide vivir su relación con Dios con libertad, con confianza y con alegría. Era una samaritana que no podía entrar en contacto con Jesús porque existían prejuicios y prohibiciones que se lo impedían.

Sin embargo, el Señor recorre el camino para provocar el encuentro y romper así toda distancia.

Llega cansado hasta aquel pozo, y eso, de alguna manera, nos ayuda a entender el camino que Jesús está continuamente recorriendo para venir a nuestro encuentro. San Juan lo dirá más adelante en su evangelio: “no son ustedes quienes me han elegido, soy yo quien los he llamado y los he escogido para que sean mis amigos”. (Juan 15)

Más todavía, nos daremos cuenta de que Jesús no sólo está siempre en camino para darnos la posibilidad de encontrarlo en lo concreto de nuestra vida; sino que irá hasta el límite, hasta dar su vida para que tengamos vida, pues para eso ha venido entre nosotros y esa es la única misión que le ha confiado su Padre.

Esto nos ayuda a entender la importancia y el significado que tenía aquel pozo al que Jesús llega cansado.

El pozo es el lugar del encuentro al que todos van a buscar el agua indispensable para vivir en un paisaje en donde lo que abunda es el desierto. Es el lugar de la sobrevivencia, de donde se puede extraer aquello que permite no acabar como una presa más de la muerte.

Era el lugar al que había que ir una y muchas veces para poder obtener un sorbo de vida, pero que Jesús trasformará en fuente inagotable que surgirá en el interior de quienes con fe lo reconozcan como el Mesías.

Es también en lugar del encuentro, en donde se comparte la vida, en donde se comunica lo que sucede en lo ordinario de la existencia, en donde se informan y se transmiten los motivos de dolor y de alegría. Es el lugar en donde las personas no sólo se encuentran, sino que se conocen y se reconocen como parte de un pueblo y de una misma familia.

En aquel pozo, Jesús se da a conocer a la samaritana, le abre su corazón y la mira con compasión y con misericordia. Ahí, la samaritana podrá también hacer la experiencia de reconocerlo como el Señor y no sólo como el hombre que le cambiaría la vida.

Es el lugar en donde se entiende que el encuentro con el Señor se lleva a cabo siempre, cuando dos corazones son capaces de abrirse uno al otro, cuando el conocerse va más allá y se transforma en un reconocerse hechos el uno para el otro, cuando se acepta entrar en un diálogo que va más allá de intercambio de ideas para transformarse en conversión que abre a una existencia nueva.

Y el diálogo entre Jesús y la Samaritana tiene como pretexto el agua que ella va a buscar, cada día, a aquel pozo que ha sido lugar de salvación. Era salvación que había que conseguir muchas veces durante la vida para encontrarse con una Salvación que se reconoce en el don de la persona de Jesús, a quien una vez que se le entrega el corazón ya no habrá que volver cada día.

La mujer buscaba el agua que habría que conseguir muchas veces sin impedirse el sacrificio de ir a buscarla cada día. Jesús le ofrece el agua que será fuente inagotable que brotará del interior de su corazón para que termine con aquellas búsquedas que no acababan de satisfacer los anhelos de su vida.

Jesús no se contenta con darle un agua de la que seguiría teniendo necesidad. Él se ofrece como el agua que dará respuesta no sólo las necesidades ordinarias de la vida, sino que le permitirá encontrarse con él como el único que le puede responder a todas las exigencias de su vida.

El que bebe del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. Esta es la buena noticia que Jesús le propone. Con otras palabras, Jesús confiesa a la samaritana que también él tiene sed, pero es sed de plenitud para ella.

Para entenderse será necesario hacer la experiencia de la conversión, del abandono total y de la confianza en la propuesta que el Señor va haciendo, sin forzar nada y sin precipitar los tiempos.

Será necesario cambiar y renunciar a las propias ideas, a las visiones que se pueden tener de la realidad. Habrá que salir del propio mundo en donde nos podemos sentir seguros, en donde se pretende conocer y dominar todo.

Para la Samaritana significó dejarse conocer por Jesús y aceptar que ante él no se podía esconder nada. Que ante él no importaba la imagen que pretendía defender de si misma.

Su mirada penetraba hasta lo profundo del corazón y ella era conocida a través de una mirada que no enjuiciaba y mucho menos, que no condenaba.

La Samaritana era conocida para que se pudiera descubrir amada y destinada a vivir en plenitud, sin necesidad de seguir buscando la felicidad en los intentos de amores que no le habían dejado nada.

Nosotros también, como la Samaritana, estamos invitados, especialmente en este tiempo de cuaresma, a acercarnos a Jesús, para que él nos dé el agua que necesitamos para vivir auténticamente.

Necesitamos descubrirlo como la fuente que desde lo profundo de nosotros mismos nos invita a no contentarnos con recortes o caricaturas de vida que nunca acabarán por satisfacernos. Necesitamos encontrarnos con el Señor para que haga de nosotros personas nuevas, capaces de cargar con nuestras historias personales, pero sin dejar que se conviertan en yugos que nos impiden levantarnos y caminar. Necesitamos que él toque nuestro corazón para que nos convierta en personas nuevas que se sienten reconocidas, amadas, perdonas e invitadas a ir lejos en nuestro camino de vida y de libertad.

El Señor viene a nuestro encuentro en estos días y nos espera en el broquel del pozo de nuestra historia de vida; ahí en donde vamos haciendo el intento de darle un sentido a lo que somos y a lo que hacemos.

Él no esconde su cansancio, pues, a lo mejor ha tenido que recorrer una distancia enorme, porque seguimos orientando nuestros pasos en direcciones que en lugar de acercarnos a él nos alejan.

Pero deberíamos tomar conciencia de que Él jamás renunciará a su proyecto y nos esperará confiado en que llegará también nuestra hora para que nos dispongamos a acoger su compañía y el don de su misericordia.

Como la Samaritana, tendríamos que dejar que Jesús entre en nuestro interior y que nos ayude a entender que nuestra historia vivida no puede ser un pretexto para que no lo dejemos entrar en nuestros corazones. Él estará siempre dispuesto a ayudarnos a hacer la verdad con nosotros mismos y a reconocer que nada está perdido cuando es contemplado con los ojos de Jesús.

Hoy podría ser el tiempo para decirnos que tal vez ha llegado el momento de dar un paso de calidad de nuestra vida, tan humana, pero al mismo tiempo llamada a dejarse transformar por el Espíritu que siempre será́ capaz de hacer todo nuevo en nosotros.

Qué bello sería que pudiésemos hacer nuestras las palabras de la Samaritana que dice: Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. Vengan a ver a alguien que me ha conocido desde dentro y no me ha juzgado, sino que me ha devuelto la alegría de poder ser aquello que de mí Dios había soñado.

Qué maravilloso nos resultaría escuchar al mismo Jesús que nos dijera que ya no tenemos que andar buscando otros mesías en donde no los encontraremos, sino que él es el único Mesías, nuestro salvador, es él quien nos ha encontrado.

No sería por demás que en estos días pidiéramos la gracia de la conversión, para que como la Samaritana pudiésemos reconocer a Jesús como la presencia que cambia nuestra vida y que le da sentido a lo que somos y nos llena de esperanza y de confianza cuando elevamos nuestra mirada al futuro que nos espera.

Al final de esta historia podemos decir que la Samaritana se convirtió en misionera y que fue a los suyos a dar testimonio de quien le había cambiado la vida.

La misma experiencia podría ser la nuestra, cuando llenos de la alegría de sabernos encontrados por el Señor, con gran entusiasmo abramos nuestros corazones a tantos hermanos que necesitan vivir ese encuentro con el Señor que viene a nosotros como el que salva.


A gusto con Dios
José Antonio Pagola

La escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. «Mujer, dame de beber».

La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿Cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida? Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda tú misma me pedirías a mí, y yo te daría agua viva».

Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.

Los entiendo. Sé lo que pueden sentir. También yo me he ido alejando poco a poco de aquel «Dios de mi infancia» que despertaba, dentro de mí, miedos, desazón y malestar. Probablemente, sin Jesús nunca me hubiera encontrado con un Dios que hoy es para mí un Misterio de bondad: una presencia amistosa y acogedora en quien puedo confiar siempre.

Nunca me ha atraído la tarea de verificar mi fe con pruebas científicas: creo que es un error tratar el misterio de Dios como si fuera un objeto de laboratorio. Tampoco los dogmas religiosos me han ayudado a encontrarme con Dios. Sencillamente me he dejado conducir por una confianza en Jesús que ha ido creciendo con los años.

No sabría decir exactamente cómo se sostiene hoy mi fe en medio de una crisis religiosa que me sacude también a mí como a todos. Solo diría que Jesús me ha traído a vivir la fe en Dios de manera sencilla desde el fondo de mi ser. Si yo escucho, Dios no se calla. Si yo me abro, él no se encierra. Si yo me confío, él me acoge. Si yo me entrego, él me sostiene. Si yo me hundo, él me levanta.

Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos a gusto con Dios porque lo percibimos como una «presencia salvadora». Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios, porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Si conocieran la experiencia de Dios que Jesús contagia, lo buscarían. Si, acogiendo en su vida a Jesús, conocieran el don de Dios, no lo abandonarían. Se sentirían a gusto con él.

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Ni agua ni pan
José Luis Sicre

Los evangelios de los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma del ciclo A, tomados de san Juan, presentan a Jesús como fuente de agua viva (Samaritana), luz del mundo (ciego de nacimiento) y vida (resurrección de Lázaro). Tres símbolos de nuestras necesida­des más fuertes (agua, luz, vida) y de cómo Jesús puede llenar­las.

Tres aguadores y tres tipos de agua

Las lecturas del próximo domingo hablan de tres personajes famosos (Jacob, Moisés, Jesús) relacionándolos con el don del agua. En gran parte del mundo, beber un vaso de agua no plantea problemas: basta abrir el grifo o servirse de una jarra. Pero quedan todavía millones de personas que viven la tragedia de la sed y saben el don maravilloso que supone una fuente de agua.

En el evangelio, la samaritana recuerda que el patriarca Jacob les regaló un pozo espléndido, del que se puede seguir sacando agua después de tantos siglos. En la primera lectura, Moisés sacia la sed del pueblo golpeando la roca. De vuelta al evangelio, Jesús promete un manantial que dura eternamente.

Aparentemente, el mismo problema y la misma solución. Pero son tres aguas muy distintas: la de Jacob dura siglos, pero no calma la sed; la de Moisés sacia la sed por poco tiempo, en un momento concreto; la de Jesús sacia una sed muy distinta, brota de él y se transforma en fuente dentro de la samaritana. Este milagro es infinitamente superior al de Moisés: por eso la samaritana, cuando termina de hablar con Jesús, deja el cántaro en el pozo y marcha al pueblo. Ya no necesita esa agua que es preciso recoger cada día, Jesús le ha regalado un manantial interior.

Interpretación histórica y comunitaria

Quizá la intención primaria del relato era explicar cómo se formó la primera comunidad cristiana en Samaria. Aquella región era despreciada por los judíos, que la consideraban corrompida por multitud de cultos paganos. De hecho, en el siglo VIII a.C. los asirios deportaron a numerosos samaritanos y los sustituyeron por cinco pueblos que introdujeron allí a sus dioses (2 Reyes 17,30-31); serían los cinco maridos que tuvo anteriormente la samaritana, y el sexto («el que tienes ahora no es tu marido») sería Zeus, introducido más tarde por los griegos. Sin embargo, mientras los judíos odian y desprecian a los samaritanos, Jesús se presenta en su región y él mismo funda allí la primera comunidad. Los samaritanos terminan aceptándolo y le dan un título típico de ellos, que sólo se usa aquí en el Nuevo Testamento: «el Salvador del mundo». En esa primera comunidad samaritana se cumple lo que dice Jesús a los discípulos: «uno es el que siembra, otro el que siega». Él mismo fue el sembrador, y los misioneros posteriores recogieron el fruto de su actividad. Pero el relato destaca el importante papel desempeñado por una mujer que puso en contacto a sus paisanos con la persona de Jesús.

Interpretación individual

Hay dos detalles que obligan a completar la lectura comunitaria con una lectura más personal. El primero es la curiosa referencia al cántaro de la samaritana. Lo ha traído para buscar agua; al final, después de hablar con Jesús, lo deja en el pozo. No necesita esa agua, Jesús le ha dado una distinta, que se ha convertido dentro de ella en un manantial. El segundo detalle es la relación estrecha entre la promesa de Jesús de dar agua, su invitación posterior, durante la fiesta en Jerusalén: «el que tenga sed, que venga a mí y beba» (Juan 7,37-38), y lo que ocurre en el calvario, cuando lo atraviesan con la lanza, y de su costado brota sangre y agua (Juan 19,34). El tema central no es ahora la fundación de una comunidad, sino la relación estrecha de cualquier creyente con él, de esa persona que tiene su sed material cubierta, aunque sea con el esfuerzo diario de buscarse el agua, pero que siente una sed distinta, una insatisfacción que sólo se llena mediante el contacto directo con Jesús y la fe en él.

Ni agua ni pan

Un último detalle sobre la enorme riqueza simbólica de este episodio. La samaritana se olvida de beber. Jesús se olvida de comer. Aunque los discípulos le animen a hacerlo, él tiene otro alimento, igual que la mujer tiene otra agua. Buen motivo para examinarnos sobre de qué tenemos hambre y de qué tenemos sed.

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Sed de agua y sed de Dios: tareas para la Misión
Romeo Ballan, mccj

El pasaje del Evangelio de hoy presenta situaciones sencillas, de la vida ordinaria: hace calor, Jesús está cansado del camino, se sienta, tiene sed, busca agua, los discípulos han ido a comprar comida, llega una mujer samaritana al pozo como solía hacerlo cada día; se habla de cántaro, provisiones de alimentos… Son realidades concretas de las que parte la estupenda evangelización de Jesús. Al narrar el encuentro de Jesús con una mujer de Samaria, el evangelista Juan quiere ir más allá de la simple descripción de un hecho cotidiano; él lo enriquece de símbolos, imágenes, referencias bíblicas, que vehiculan un mensaje teológico: la historia de amor de Dios fiel a la alianza esponsal, mientras el pueblo se ha alejado buscando a otros dioses. Es sorprendente: ¡Dios tiene sed! No es la mujer samaritana sino Jesús que dice “Tengo sed”. ¡Es una de las palabras que Jesús dirá también en la cruz!

Jesús involucra y convierte, gradualmente, a la mujer, a la gente del pueblo, a los discípulos. De la búsqueda del agua cotidiana Jesús los lleva “al surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (v. 14); del pozo de Jacob (v. 6) al agua del bautismo y al Espíritu Santo; de los templos sobre los montes a las personas que “adorarán al Padre en espíritu y verdad” (v. 23); de la provisión de comida hasta un alimento que los discípulos no conocen: hacer la voluntad del Padre (v. 31.32.34). Gradualmente Jesús transforma a aquella mujer, etiquetada como hereje y prostituta, en una misionera de las bienaventuranzas; hace de aquella mujer mendiga de agua una mendiga de espíritu, del verdadero Dios. Como buen educador, Jesús no reprocha, no juzga, no castiga a esa pecadora, no la humilla, trata de comprender, le habla sin hacerla enrojecer: le indica salidas diferentes. ¡Una página digna de un buen maestro; una página estupenda de metodología evangelizadora!

El que pide agua para beber (v. 7) es el que después se dará a sí mismo como bebida que quita para siempre la sed de la mujer y de la gente: el Mesías “soy yo: el que habla contigo” (v. 26). ¡Suprema revelación de la identidad de Jesús! Él hace de esa mujer irónica (v. 9), poco seria en su vida sentimental, una misionera entusiasta de la buena noticia del Mesías: “vengan a ver” (v. 29); y hace de muchos samaritanos de ese pueblo unos creyentes que le retienen durante dos días y lo reconocen como el “Salvador del mundo” (v. 42). En efecto, al final de la narración, la mujer, que ahora ha encontrado otra agua, abandona su ánfora (v. 28), tan preciosa hasta ese momento, y corre feliz a anunciar a todos su descubrimiento. Una vez más, del encuentro con Jesús parte la carrera para decírselo a todos.

Los discípulos deben ahora aprender a leer los signos maduros del crecimiento del Reino: “Levanten los ojos y contemplen los campos, que están ya dorados para la siega” (v. 35). Palabras del Maestro, que aluden a la “mies abundante”, en la que faltan obreros; por tanto, es preciso rogar “al dueño de la mies para que envíe obreros para su mies” (Mt 9,37-38). El obrero del Evangelio debe tener ojos y corazón para leer esos signos, porque el Espíritu está trabajando desde antaño, como dice Pablo (II lectura): Cristo ha muerto por nosotros y “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo” (v. 5): Él ya está presente y trabajando entre todos los pueblos, aun antes de la llegada de los misioneros (v. 36-38), transforma el corazón de las personas, incluso de las más imprevisibles.

Jesús introduce el tema del don de la fe y del agua viva, diciendo: “Si tú conocieras el don de Dios…” (v. 10), para llegar después a la misión, es decir, a la difusión del don. Jesús mismo es el don supremo del Padre y, en cuanto tal, se auto-propone para toda la familia humana. Un don que hay que descubrir, acoger, guardar, compartir con otros. Este es el alcance misionero del don de la fe en el Señor Jesús, que es un motivo peculiar de acción de gracias y de renovado compromiso misionero. En efecto, la fe estimula a la misión y, a su vez, la misión fortalece la fe.

Hoy como en el pasado (I lectura), el pueblo está cansado, murmura, reclama agua. ¡Tiene derecho a ello! El pueblo estaba “torturado por la sed” (v. 3). Hoy como entonces. Aun antes del agua de la fe y del Espíritu, la humanidad es cada vez más consciente de la importancia del agua material (el H2o) para la vida humana y para el planeta. Basándose en el desequilibrio meteorológico, con la consiguiente irregularidad de lluvias, escasez de recursos hídricos, aumento de la desertización, etc., los expertos en geopolítica prevén que, en las próximas décadas, el tema de las aguas será una causa para mayores conflictos y guerras a nivel mundial.

La falta de agua potable golpea sobre todo a los países más necesitados y provoca trágicas consecuencias para la salud y la vida. Numerosas poblaciones rurales en África y en Asia tienen escaso acceso (menos del 20%) al agua potable; son elevados los porcentajes de mortalidad infantil (por falta de agua potable, uso de aguas contaminadas…). Estos son tan solo algunos de los graves problemas diarios que atañen a la vida y a la actividad de los misioneros en muchas regiones del mundo, donde la gente tiene hambre y sed de Dios, ciertamente; pero también de justicia, pan, agua… Por lo tanto, hay que apoyar y promover programas e iniciativas como estos: “agua para la vida”, “el agua un derecho para todos”, “H2Oro”, “agua bien común”… ¡En nombre del Evangelio!

II Domingo de Cuaresma. Año A

“En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de este, y los hizo subir a solas con Él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: Levántense y no teman. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

(Mateo 17, 1-9)


Ahí se transfiguró
P. Enrique Sánchez G. Mccj

¡Señor, qué bueno sería quedarnos aquí! Estas palabras saltan a la vista en cuanto leemos estos cuantos versículos del capítulo 17 del evangelio de San Mateo porque será algo bello estar cerca del Señor que nos revela lo extraordinaria que puede ser nuestra vida cuando tenemos a Dios cerca de nosotros.

El momento que nos relata el evangelio de este segundo domingo de cuaresma, seguramente, fue uno de las experiencias que marcaron más profundamente la vida de aquellos tres apóstoles que podrían ser considerados como privilegiados, pues habían visto con sus propios ojos la gloria de Dios manifestada en la persona de Jesús.

La Transfiguración era, una vez más, el testimonio que Dios mismo daba de que en la persona de Jesús era Dios mismo que venía al encuentro de una humanidad que encontraba dificultades para reconocer su presencia y su propósito de quedarse para siempre como el único capaz de devolver a cada persona la dignidad que le correspondía como hija de Dios.

Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias. Estas palabras no sólo resonaron en los oídos de aquellos tres discípulos, que no acababan de entender lo que estaba pasando; sino que tuvieron un efecto en sus corazones, lo que les permitiría, a partir de ese momento, ir hasta el final de lo que estaba por comenzar.

Lo que les esperaba era el camino por el que acompañarían a Jesús en aquella terrible experiencia de la pasión, del viacrucis, que terminaría en aquel espectáculo, inaceptable a los ojos.

Era algo insoportable ver a su Señor humillado, condenado injustamente y Finalmente colgado aquel madero destinado a los peores criminales de su tiempo.

Había sido necesario que la Transfiguración tuviera lugar en aquella montaña en donde la gloria de Dios se manifestaba en todo su resplandor para confirmar la fe tambaleante aún de los discípulos, quienes, no obstante que habían visto tantos signos y milagros, acababan de entender con los ojos de la fe quién era verdaderamente Jesús.

Ahora, ahí ante sus ojos habían visto a Moisés y a Elías juntos lo que significaba que los tiempos de la salvación habían llegado. La ley y los profetas unidos en aquellos dos grandes personajes del antiguo testamento eran la garantía de el momento había llegado y con la presencia de Jesús entre ellos, ya no había que seguir esperando la realización del plan de Dios. El Mesías estaba ya ahí́, para que el Reino de Dios pudiese empezar y establecerse definitivamente.

Curiosamente y contrariamente a lo que todo mundo se hubiese imaginado, el Señor que aparecía resplandeciente ante los ojos de aquellos discípulos, no llegaba como muchos lo estaban esperando. No se presentaba como el Mesías acompañado de ejércitos, con el poder de destruir y de responder a la violencia con la guerra. Su poder no estaba respaldado en la fuerza que somete y esclaviza, sino que se presentaba como el Señor en quien se manifestaría su grandeza y su gloria en la medida en que abrazaba el camino de la entrega y de la Cruz, en donde se mostraría la fuerza del amor que salva.

La Transfiguración había sido necesaria para que aquellos discípulos. Para ellos que tendrían la misión de acompañar a Jesús en todo su itinerario, hasta ser testigos de otro momento único el día de la resurrección en donde otra luz resplandecería, la luz que acabaría con las tinieblas de la muerte.

Transfigurado ante sus ojos, Jesús les estaba dando la última lección de lo que implicaría ser sus discípulos. Ahora, también a ellos les tocaría hacer el camino de la renuncia de sí́ mismos, de la aceptación de dejarlo todo por amor a su maestro y Señor; les tocaría caminar tras sus huellas, en silencio, dando testimonio de lo exigente que puede ser el amor a Jesús.

Al aparecer resplandeciente ante sus ojos, Jesús estaba enseñando a sus discípulos lo que les tocaría vivir también a ellos. Verían la gloria de Dios resplandecer no sólo ante sus ojos, sino en lo profundo de sus corazones.

Aceptando seguir los pasos del Señor, les tocaría igualmente hacer en carne propia la experiencia del sufrimiento, de la entrega total de sus vidas y, sin duda, también del resplandeciente momento de la resurrección.

Llegados a este punto de la aventura de ser seguidores de Jesús empezaban a darse cuenta de que las palabras saldrían sobrando, y tal vez por eso Jesús mismo les prohíbe que hablen de lo que han contemplado sobre la montaña. Nadie les entendería y muy difícilmente les creerían.

Ahora era el momento del silencio, de la ausencia de las muchas palabras con las cuales se evita que Dios manifieste sus planes en la vida.

Tal vez era la ocasión de no decir nada para entender mejor las cosas, para hacerse capaces de aquella escucha en la cual se entienden muchas cosas, porque se deja que sea el Señor que hable.

Y será justamente, después de la resurrección, que aquellos discípulos aturdidos y encandilados por la contemplación que habían tenido el día de la Transfiguración, que empezarán a dar testimonio.

No se tratará de compartir con palabras lo que habían aprendido del Señor, ni de dar la información que habían ido acumulando a lo largo de los tres años que lo habían acompañado en la misión que el Padre le había confiado.

Ahora se trataba de transmitir de lo que habían vivido estando a su lado y compartiendo cada instante de su vida.

Viniendo a nosotros, seguramente no tendremos la ocasión de hacer la experiencia de Pedro, de Santiago y de Juan, porque sabemos que la Transfiguración esa manera no sucede todos los días. Pero eso no impide que reconozcamos que el Señor se va transfigurando cada día de muchas otras maneras.

Dios está presente en nuestras vidas y no lo podemos negar, cuando creamos un mínimo de condiciones para estar en su presencia. Cuando salimos de nuestros mundos tan materializados y nos abrimos a otras realidades en donde los valores que nos mueven están en el orden de lo que no se puede controlar, dominar con nuestros intereses. Cuando nos abrimos o nos damos tiempo para contemplar lo bello que Dios va creando cada día para nosotros. Cuando disfrutamos lo satisfactorio que puede ser establecer lazos de cariño, de cordialidad, de respeto, de aceptación con las personas que Dios pone ahí́ tan cerca de nosotros.

Dios se nos transfigura en la persona de Jesús que lo podemos contemplar en la eucaristía que celebramos cada día, en donde lo reconocemos en su cuerpo y en su sangre. Lo vemos en el Santísimo Sacramente que con humildad exponemos ante nosotros para su adoración.

Y no tendríamos que olvidar que también se nos transfigura en el hermano que sufre, en el que vive abandonado, en el que está solo no muy lejos de donde habitamos, del enfermo que necesita una palabra de aliento y una mano tendida en su dolor.

Se nos transfigura también en aquella madre que ha sido abandonada y que está obligada a cargar con la responsabilidad de sus hijos. Está en el joven que no encuentra su camino y al que no se le brinda la oportunidad de crearse un futuro con serenidad y confianza.

Se nos transfigura igualmente en los momentos bellos que podemos vivir en la experiencia de oración que nos llenan el corazón, como seguramente las estamos viviendo en este tiempo de cuaresma durante el cual hemos querido ponernos a la escucha del Señor que nos habla.

Jesús se nos transfigura, también a nosotros, para que no olvidemos que tenemos muchos hermanos lejanos y cercanos que esperan de nosotros un testimonio auténtico como personas que son responsables llevar la buena noticia a todos y especialmente a los más alejados, para que la luz de Cristo resplandezca también entre ellos.

El Señor nos invita a no decir muchas palabras, pero nos pide que estemos presentes ahí́ en donde hace falta que alguien recuerde a nuestros hermanos que Cristo, el Mesías, ya está entre nosotros y que una vez más está dando su vida para que podamos tener la vida en plenitud.

Pidamos la gracia de ser esos misioneros capaces de seguir las huellas del Señor por los caminos que conducen al calvario, que nos dé la valentía para no echarnos para atrás en el momento de la prueba y del sufrimiento y que nos conceda estar presentes en el momento en que nos invitará a participar con él de la gloria resplandeciente de su resurrección.


Escuchar a Jesús
José Antonio Pagola

El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente la «transfiguración de Jesús», lo ocupa una voz que viene de una extraña «nube luminosa», símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios, que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.

La voz dice estas palabras: «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo». Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés o Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro «resplandeciente como el sol».
Pero la voz añade algo más: «Escuchadlo». En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los «diez mandamientos» de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: «Escuchad a Jesús». La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.

Al oír esto, los discípulos caen por los suelos «aterrados de miedo». Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?

Entonces Jesús «se acerca, los toca y les dice: “Levantaos. No tengáis miedo”». Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: «Levántate, no tengas miedo».

Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta tal vez familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y sin esa experiencia no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.

Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia escucha siempre algo como esto:

«No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón».

En el libro del Apocalipsis se puede leer así: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa». Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Podemos abrirle la puerta o rechazarlo. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.

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Escuchadle
Inma Eibe, ccv

En el tiempo de Cuaresma, la liturgia del segundo domingo nos acerca cada año al relato de la Transfiguración de Jesús. Después de acompañarle en el desierto (el primer domingo), somos llevados a una montaña alta de la mano de Jesús.

Del desierto al monte. Conocemos la simbología de estos dos espacios. El desierto es el lugar de la soledad y el silencio, de la sequía, del ardor y la sed, del calor y la ausencia de caminos claros por los que avanzar. Pero, como bien sabemos, es también (y por ello mismo) el lugar del encuentro con el Dios de la Vida, con Aquel que está enamorado de nosotros (cf. Os 2,14). El monte es el lugar por excelencia de la comunicación de Dios. En el monte Dios se revela, se muestra, se comunica. En todas las tradiciones religiosas es el ámbito de lo divino.

El relato ante el que nos encontramos está muy elaborado y en él se presenta una teofanía descrita con la estructura y los elementos que hallamos en el Antiguo Testamento. Los primeros cristianos, tras la experiencia pascual, construyen un relato para expresarnos la presencia divina en Jesús con los elementos que para ellos eran conocidos y comprensibles.

Si lo que nos relatan lo hubieran experimentado los discípulos con anterioridad a la muerte de Jesús, seguramente se hubieran enfrentado al final de su vida de otra manera. Pero, como bien sabemos, la confirmación de quién era realmente Jesús les llega a los discípulos sólo tras la experiencia pascual. Es entonces cuando son capaces de entender y acoger que el Jesús Resucitado con el que se encontraron tras la experiencia en Jerusalén es el mismo que caminó con anterioridad junto a ellos por los caminos de Palestina, el mismo que murió en una cruz. Y es entonces cuando pueden elaborar este texto, tan cargado de simbolismo y expresividad.

En muchas cosas nos recuerda al del Bautismo (Mt 3,17). La voz de Dios expresa prácticamente lo mismo: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”. Sin embargo, hay una novedad: el imperativo “escuchadle”.

Pedro, Santiago y Juan suben junto a Jesús al monte como lo hicieron Aarón, Nadab y Abiú y 70 ancianos acompañando a Moisés (Ex 24,1). Moisés y Elías, representantes de la Ley y los profetas, son mostrados en diálogo con Jesús. Pero Jesús y su Evangelio trascienden todo lo vivido anteriormente. Por eso, aunque Pedro propone levantar una tienda igual para cada uno, es Dios mismo quien le interrumpe (“Todavía estaba hablando…”) para que todo quede resituado.

Es a él, a Jesús, a su Hijo amado, a quien hay que escuchar. En griego, “akouete autou” significa escuchadle a él solo. Dios se hace presente como lo ha hecho a lo largo de toda la historia pero ahora, en Jesús, lo lleva a cabo de un modo nuevo. Por eso hay que escucharlo. Y escuchar al Hijo predilecto es conformarse con él, transformarse en él y vivir como él, entregando la vida hasta el final por amor.

El espanto con el que los discípulos caen de bruces en el suelo es el propio de las teofanías. La presencia de lo divino asusta al ser humano porque éste se hace consciente de quién es él y quién es Dios. Pero el miedo que este relato nos describe podemos entenderlo también como aquel que brota en el creyente ante esta conciencia. ¿Cómo puede Dios mismo manifestarse ante mí? ¿Y cómo puede ser que se manifieste en Jesús, cuyo camino pasa por la cruz y la muerte?

No debemos olvidar el contexto en el que Mateo introduce este relato. Se incluye inmediatamente después del primer anuncio de la Pasión y de la reacción enardecida de un Pedro que no termina de enterarse bien y a quien Jesús regaña fuertemente. ¿Cómo no temer cuando lo último que Jesús les ha dicho es: “si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con sus cruz y me siga” (Mt 16,24)?

Los discípulos caen aterrados de miedoJesús se acerca y los toca. Como lo hizo siempre en el camino ante quienes sufrían alguna enfermedad o estaban abatidos. Jesús, a quien reconocemos como nuestro Dios y Señor, no se queda en el monte ni en la nube, ni en la luz resplandeciente… Nuestro Dios y Señor se acerca una y otra vez a ti, a mí… nos toca y nos habla invitándonos a no tener miedo y a ponernos en pie; invitándonos a volver a los caminos sanando, proclamando la Buena Noticia, liberando.

En este tiempo de Cuaresma, tiempo intenso de oración y de preparación, tiempo de conversión, este relato se nos regala como una invitación a mantener la esperanza y la consciencia de que caminamos hacia la Pascua y Resurrección. Pero no de cualquier modo, lo hacemos de la mano de Jesús, a quien debemos escuchar y quien nos conduce por los caminos invitándonos a vivir como él, quien –si caemos por alguna razón– se acerca siempre, nos levanta y nos dice: “no temas”.

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El Rostro ‘transfigurado’no quiere rostros ‘desfigurados’
Romeo Ballan, mccj

En el segundo domingo de Cuaresma tenemos una cita anual fija: la Transfiguración de Jesús sobre el monte Tabor (Evangelio). El hecho ocurre “seis días después” (v. 1) de los encuentros en Cesarea de Felipe (con la profesión de fe de Pedro, la promesa de su primacía, el primer anuncio de la pasión (Mt 16,13-28). Cada uno de estos hechos aporta piezas significativas para la configuración del verdadero rostro de Cristo, hacia el cual la antífona de entrada nos invita a mirar: “Busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro” (Sal 26,8-9). Una respuesta a tan insistente súplica llega de un alto monte (v. 1), donde Jesús se transfiguró ante tres discípulos escogidos: “Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (v. 2). La luz no viene de afuera, sino que emana desde dentro de la persona de Jesús. Con razón, Lucas, en el texto paralelo, subraya que Jesús subió al monte “para orar, y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9,28-29). De la relación con su Padre, Jesús sale transformado interiormente; la plena identificación con el Padre resplandece en el rostro de Jesús (cfr. Jn 4,34; 14,11).

Jesús no busca su auto-glorificación; quiere que sus discípulos descubran mejor su identidad y su misión. Para tal fin, sobre el monte se realiza una manifestación de la Trinidad a través de tres signos: la voz, la luz y la nube. La voz del Padre proclama a Jesús su “Hijo, el amado. Escúchenlo” (v. 5); la luz emana del cuerpo mismo del Hijo Jesús; la nube es símbolo de la presencia del Espíritu. En ese contexto de gloria, que es un adelanto de su Pascua, Jesús habla con Moisés y Elías “de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén” (Lc 9,31). Oración y revelación de la Trinidad, pasión y glorificación: ahora los discípulos pueden entender algo más acerca de su Maestro. Podemos acoger una invitación para cada uno de nosotros: busquémonos un tiempo -posiblemente prolongado – para contemplar el rostro de Jesús, hasta poder decir, como Pedro: “Señor, bueno es estarnos aquí” (v. 4).

Nunca la verdadera oración es evasión. Para Jesús la oración era un momento fuerte de identificación con el Padre y de adhesión coherente y confiada a su plan de salvación. Este camino de transformación interior es el mismo para Jesús, para el discípulo y para el apóstol. La oración, vivida como escucha-diálogo de fe y de humilde abandono en Dios, tiene la capacidad de transformar la vida del cristiano y del misionero; es la única experiencia fundante de la misión. La oración alcanza su momento más verdadero cuando desemboca en el servicio al prójimo necesitado. El B. Óscar A. Romero, obispo y mártir en El Salvador (+24.3.1980) era tajante en declarar: “Una religión de misas dominicales, pero de semanas injustas, no le gusta al Señor; una religión llena de oraciones, pero sin denunciar las injusticias, no es cristiana”. En una homilía cuaresmal Benedicto XVI explicó muy bien la dimensión misionera de la oración “La oración es garantía de apertura a los demás. La verdadera oración nunca es egocéntrica; siempre está centrada en los demás. La verdadera oración es el motor del mundo, porque lo tiene abierto a Dios”.

El discípulo-misionero está convencido de que Dios es fiel y lo acompaña en todas las etapas y peripecias de la vida: en los comienzos, en los momentos de Tabor y en los momentos de Getsemaní. Dan testimonio de ello también Abrahán y Pablo. Abrahán se fio de Dios (I lectura) que lo invitaba a salir de su tierra y a dejar sus parientes para ir hacia un país desconocido (v. 1), que Dios le habría mostrado. Igualmente, San Pablo dejó el camino de Damasco para correr la nueva aventura con Jesús. Por tanto, podía exhortar al discípulo Timoteo (II lectura): “Según la fuerza de Dios,toma parte en los duros trabajos del Evangelio” (v. 8).

El Evangelio de Jesús requiere necesariamente un compromiso tenaz por la defensa y la promoción de las personas más débiles, cuya dignidad humana se ve a menudo afeada y desfigurada por tantas formas de violencia, explotación, abandono, hambre, enfermedades, ignorancia. ¡Cualquier afeamiento de la dignidad humana es contrario al proyecto original de Dios, Padre de la Vida! ¡Allí donde hay un rostro humano afeado y desfigurado, es imperiosa y urgente la presencia de la Iglesia y de los misioneros del Evangelio! Jesús, con su rostro hermoso y ‘transfigurado’, no quiere que haya hermanos y hermanas con rostros ‘desfigurados’. La actividad misionera se hace, por tanto, cercanía a las personas que están en el dolor, contacto con las heridas y curación de las llagas – físicas o morales – de los que sufren.

I Domingo de Cuaresma. Año A

En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. Jesús le respondió: Está escrito: no sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Entonces el díablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna. Jesús le contestó: también está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: Te daré todo esto, si te postras y me adoras. Pero Jesús le replicó: Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios y a Él solo servirás.

Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle”.

(Mateo 4, 1-11)


Si tú eres el Hijo de Dios
P. Enrique Sanchez G., mccj

Aquí estamos, una vez más, al inicio de la Cuaresma. Cuarenta días que nos irán preparando a la celebración de la Pascua, de la resurrección del Señor.

Será un tiempo que nos invita a hacer un alto, nuevamente, en nuestras vidas para preguntarnos ¿hasta dónde hemos llegado en nuestra experiencia de vida cristiana? Será un tiempo para entrar en nosotros mismos y descubrir qué es lo verdaderamente importante, lo esencial de nuestro caminar, para reafirmar lo que nos ha ayudado a crecer y también para tratar de liberarnos de todo aquello que se ha convertido en un peso muerto que cargamos con fatiga y no nos deja avanzar.

Ya en este primer domingo de cuaresma se nos marca una ruta y se nos invita a entrar en el camino fijando nuestra mirada en Jesús que inicia el viaje que lo llevará hasta la cima del calvario y lo hará pasar por los abismos de la tumba para salir vencedor de la muerte, resucitado, fuente de luz y de vida para todos los que tengamos el coraje de acompañarlo hasta el final.

En estos primeros pasos de Jesús, lo vemos dirigirse al desierto, al lugar en donde no existe nada en lo que se pueda uno refugiar, en donde se experimenta la fragilidad y la pobreza humana, que se revela tan necesitada y dependiente de todo y especialmente de los demás.

Ahí es el lugar de la soledad, en donde no se puede escapar de uno mismo, en donde estamos obligados a no mentirnos, a no engañarnos, pues estamos sólo nosotros y nuestra verdad; es decir, aquello sobre lo que fundamos nuestra existencia y lo que le da sentido a lo que va siendo la historia de nuestras vidas.

Jesús va al desierto movido por el Espíritu y esa presencia será lo que le permita no perder el rumbo; será la fuerza que le dará la sabiduría para no dejarse vencer en el momento en que la tentación será fuerte, astuta y maligna.

El Espíritu está ahí, cuando la humanidad de Jesús sentirá su flaqueza y cuando las seducciones del maligno se presentarán fascinantes, pero ilusorias.

El Espíritu será el que irá poniendo en su boca la palabra justa para responder al mal sin dejarse confundir y sin dejarse seducir con propuestas fáciles, pero tramposas; será el momento de abrir el corazón para mostrar en quién tiene puesta toda su confianza.

Será el momento indicado para compartir su extraordinaria experiencia de confianza y de abandono en Aquel que lo convirtió en misionero, en enviado que le da un rostro al amor que Dios nos tiene.

Jesús fue al desierto y ahí fue tentado. En primer lugar siente en su cuerpo la necesidad del alimento que permite subsistir día a día, siente la necesidad muy humana de satisfacer sus necesidades inmediatas, siente hambre.

Pero, en esta situación es en donde descubre, para sí y para todos los que llegarán a ser discípulos suyos, que hay algo más que satisfacer el vientre.

Que  no  basta  con  llenarse  el  estómago,  que  no  es  suficiente  para  satisfacer  las ambiciones humanas; que no basta con llenarse de riquezas que no son más que las ambiciones tan terrenas y pasajeras.

Al sentir hambre, Jesús nos recuerda que hay algo más allá de las cosas, de las satisfacciones de aquello que se hará presente cada mañana. Nos enseña que no es suficiente llenar el vientre, si el corazón permanece vacío, cuando nos contentamos con quedarnos al nivel de lo terrenal.

Jesús nos recuerda que el hambre que se satisface, para poder vivir verdaderamente, es la que permite reconocer a Dios como al único que puede llenar todos los espacios de la vida y del corazón; pues, lo que realmente nutre lo más valioso de nuestro ser humanos, es lo que el espíritu anhela: a Dios como su todo y como su padre.

Si tú eres Dios, dice nuevamente el tentador a Jesús, pon a prueba a Dios para ver si realmente te responde, para ver si cumple con todo lo que te ha prometido; que te lo demuestre con algo que se pueda verificar con nuestros criterios.

¿Cuántas veces, también nosotros, nos sentimos en la misma situación? Queremos que Dios actúe obedeciendo a nuestros caprichos, a nuestras urgencias, a nuestra necesidad de mantener el control sobre todo lo que nos pasa en la vida.

¿Cuántas veces le ponemos condiciones a Dios, para después decirle que sí creemos en él? O ¿cuántas veces nos alejamos de nuestras comunidades considerando que ahí se va sólo a perder el tiempo? Nos convertimos en creyentes sociales u ocasionales que se acercan a Dios sólo cuando hay un evento al cual no podemos dejar de estar presentes por temor a ser criticados o simplemente para evitar el qué dirán si no cumplimos con la formalidad de la ocasión.

Pero Jesús no cae en la trampa y con mucha sencillez responde que a Dios no hace falta desafiarlo, no tiene por qué demostrar nada y antes de que le pidamos pruebas, él ya se encargo de darnos lo que realmente necesitamos.

Dios, mejor que nadie, sabe lo que nos sobra y lo que nos falta en la vida, y si hay alguien que está al pendiente de nosotros es justamente él. Dios conoce las necesidades de sus hijos antes de que se las pidan (Mateo, 6, 8) y siempre está dispuesto a otorgar lo que nos conviene.

Por eso Jesús no tiene dificultad en decir: ya está escrito que no es necesario tentar a Dios y mucho menos dudar de su generosidad y de su bondad para quienes ama.

Afrontando esta segunda tentación, el Señor nos enseña la importancia de la fe y de la confianza que estamos llamados a poner en práctica cada dı́a.

Vivir con la certeza de que Dios va guiando nuestros pasos y que estamos en sus manos es algo que llena de esperanza y que permite contemplar el futuro con confianza y sin necesidad de vivir en la angustia de querer saber lo que nos espera en un mañana que Dios ya ha preparado para nosotros.

Finalmente, en la tercera tentación vemos a Jesús en la cima del monte, podríamos decir por encima del mundo, y el tentador lo provoca con algo que está  muy  presente también en nuestra realidad humana: la tentación del poder.

Quién más o quién menos, pero todos estamos tentados por el poder. Nos gusta estar por encima de los demás, dar órdenes, tener personas que nos sirvan, sentirnos el centro de todo.

Queremos que nuestra palabra sea escuchada, atendida, respetada, acatada y obedecida. No nos gusta ser cuestionados y mucho menos contradecidos. Nadie debería estar por encima de nosotros.

Tener poder, por pequeño que sea, nos hace creer que contamos y valemos más que los demás y que, por lo tanto, tenemos derecho a estar en medio de todos nuestros semejantes, considerándonos como puntos de referencia y con autoridad para mandar.

Y la respuesta de Jesús, en su sencillez, nos descubre que la verdadera grandeza y el único poder que realmente valen la pena está en la capacidad de ser agradecidos y capaces de ponerse al servicio de los demás.

El poder para los cristianos no se ejerce desde los tronos y no se impone con actitudes de fuerza y de violencia. El poder en la Iglesia, decía el Papa Francisco, es sinónimo de servicio.

Somos grandes y poderosos sólo cuando aprendemos a ponernos al nivel de quienes en la vida les toca ocupar el lugar más sencillo; seremos grandes cuando aprendamos a sentir que no tenemos derecho a exigir nada en la vida, porque todo se nos dará como don.

Podremos acumular todos los tesoros del mundo, pero si nos falta Dios en nuestras vidas seguramente pasaremos al lado de lo más importante que pudo existir para nosotros en este mundo.

Tener a Dios con nosotros es todo, y teniéndolo a él, como decía santa Teresa de Avila, nada nos falta.

Tal vez sea conveniente dejar que el Espíritu nos lleve al desierto, también a nosotros en esta cuaresma que iniciamos y que no tengamos miedo a confrontarnos con nuestras tentaciones, tan frecuentes y ordinarias.

A lo mejor serı́a conveniente preguntarnos:

¿Qué es lo que me preocupa y me quita el sueño? ¿Vivo sólo para satisfacer el estomago?

¿Vivo de fe, poniendo a Dios en el centro, como el referente y la fuente de inspiración que me motiva a caminar con confianza, sabiendo que estoy en sus manos?

¿Me afana el deseo de controlar todo en mi vida, de tener el poder para sentirme con derecho a estar por encima de los demás?

¿Me preocupo por hacer crecer en mi interior los valores de la gratitud, del reconocimiento de la bondad de Dios en mi vida y de la necesidad del servicio gratuito a los demás, por amor a Dios?

¿Hacia dónde quisiera que el Señor me llevará durante esta cuaresma?

Que el Espı́ritu Santo nos lleve de la mano a donde realmente nos convenga.


Nuestra gran tentación
José Antonio Pagola

La escena de “las tentaciones de Jesús” es un relato que no hemos de interpretar ligeramente. Las tentaciones que se nos describen no son propiamente de orden moral. El relato nos está advirtiendo de que podemos arruinar nuestra vida, si nos desviamos del camino que sigue Jesús.

La primera tentación es de importancia decisiva, pues puede pervertir y corromper nuestra vida de raíz. Aparentemente, a Jesús se le ofrece algo bien inocente y bueno: poner a Dios al servicio de su hambre. “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.

Sin embargo, Jesús reacciona de manera rápida y sorprendente: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de boca de Dios”. No hará de su propio pan un absoluto. No pondrá a Dios al servicio de su propio interés, olvidando el proyecto del Padre. Siempre buscará primero el reino de Dios y su justicia. En todo momento escuchará su Palabra.

Nuestra necesidades no quedan satisfechas solo con tener asegurado nuestro pan. El ser humano necesita y anhela mucho más. Incluso, para rescatar del hambre y la miseria a quienes no tienen pan, hemos de escuchar a Dios, nuestro Padre, y despertar en nuestra conciencia el hambre de justicia, la compasión y la solidaridad.

Nuestra gran tentación es hoy convertirlo todo en pan. Reducir cada vez más el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos; hacer de la obsesión por un bienestar siempre mayor o del consumismo indiscriminado y sin límites el ideal casi único de nuestras vidas.

Nos engañamos si pensamos que ese es el camino a seguir hacia el progreso y la liberación. ¿No estamos viendo que una sociedad que arrastra a las personas hacia el consumismo sin límites y hacia la autosatisfacción, no hace sino generar vacío y sinsentido en las personas, y egoísmo, insolidaridad e irresponsabilidad en la convivencia?

¿Por qué nos estremecemos de que vaya aumentando de manera trágica el número de personas que se suicidan cada día? ¿Por qué seguimos encerrados en nuestro falso bienestar, levantando barreras cada vez más inhumanas para que los hambrientos no entren en nuestros países, no lleguen hasta nuestras residencias ni llamen a nuestra puerta?

La llamada de Jesús nos puede ayudar a tomar más conciencia de que no sólo de bienestar vive el hombre. El ser humano necesita también cultivar el espíritu, conocer el amor y la amistad, desarrollar la solidaridad con los que sufren, escuchar su conciencia con responsabilidad, abrirse al Misterio último de la vida con esperanza.

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“No tentarás al Señor tu Dios”
Fray Vicente Niño Orti O.P.

“Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”

El relato del pecado original, como todo relato mítico, recoge una profunda verdad: que la tentación es siempre un engaño. Nos promete plenitud, felicidad, sentido, verdad… y es una inmensa mentira.

Si caemos en ella, descubrimos que ese engaño nos lleva a todo lo contrario: al sufrimiento, el miedo, a perdernos a nosotros mismos. A perder no sólo la paz, sino todo lo que nos une a los demás y a nosotros mismos. A perder nuestra identidad. A perder a Dios.

Y toda tentación, todo pecado, viene de la misma clave: del engaño de que sin Dios seríamos más plenos. De no fiarnos de Él, de dudar de que sus planes para nuestra vida son los que realmente nos harían plenos, felices, llenos de vida. Por no fiarnos de Dios, por dudar de sus mandatos, lo perdemos todo. En pos de una quimera, caemos en el engaño. Perdiendo a Dios, perdemos lo que somos, para no ganar nada…

“…por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos”

Pero Dios no abandona al ser humano a merced de ese pecado. Toda la historia de la Salvación es un acercarse constante de Dios al ser humano para devolverle su identidad perdida. Para recordarle cómo vivir en plenitud desde la justicia y el amor, desde el perdón y la entrega.

Una historia de salvación la historia de la humanidad, que culmina en la encarnación del Hijo de Dios en Cristo, y de su entrega por amor hasta la muerte por el género humano, para acabar con esa huella de mal y de pecado del corazón del hombre, para reconciliarlo cada vez que sucumbe al engaño.

Eso dice Pablo en este pasaje de Romanos. Como por Adán entró el pecado –en el relato mítico escuchado en Génesis- por Jesús y su entrega de amor, llegó el perdón. La desobediencia de Adán y la obediencia de Cristo, la desconfianza del primer hombre, y la entrega absoluta y confiada de Jesús de Nazaret, verdadero Dios, pero también verdadero hombre.

“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado”

La central declaración de nuestra fe es ésa: la condición de verdadero Dios y verdadero Hombre, en todo menos en el pecado, de Jesús de Nazaret.

Eso quiere decir que como verdadero hombre, aunque Él no cayó en la tentación, sí que fue tentado con las mismas tentaciones que cualquier hombre.

Este pasaje de Mateo nos habla de tres tentaciones, que recogen casi todas las tentaciones que el ser humano puede vivir. Son como las tres claves que subyacen a cualquier pecado humano: tener, parecer y poder.

“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”

Aquí nos habla de la tentación de tener en todo su más amplio espectro. La tentación de creer que las cosas saciarán nuestra hambre profunda de vida y de sentido, que consumiendo, cubriendo nuestras apetencias materiales, ya estaría la vida llena…

Olvidarnos de que el hombre vive de más cosas que sólo de tener, alejarnos de Dios tal cual nos hizo, con ese deseo profundo de Él y de amor, para pensar que las cosas materiales llenarán nuestra vida.

Renunciar a Dios como fuente de plenitud, para caer en la tentación de que lo que realmente nos haría felices no es Dios, sino tener, acumular, la comodidad, el placer… como este nuestro mundo constantemente nos dice.

“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo y te sostendrán en sus manos sus ángeles”.

La tentación del parecer, del ser reconocido, del ser importante, de que nos quieran y nos valoren, de ponernos a nosotros mismos en el centro. El diablo le sube al alero del templo a Jesús para que todos puedan verlo y se asombren y lo adoren…

Y nos habla también de nuestros propios pecados. De hacer lo que sea para parecer importante, para que nos adulen, para que nos valoren, seamos considerados, seamos importantes…

Y olvidarnos de la humildad, de que lo pequeño es lo que llena el corazón del ser humano. Que no es en nosotros mismos donde hay que poner el foco, que cuanto más nos olvidemos de nosotros y más vivamos en don, en amor y en entrega, más realmente seremos quienes estamos llamados a ser. Olvidar la paradoja central del evangelio, que muriendo a nosotros mismos, es cuando más vivos estaremos. Quitar a Dios del centro para ponernos a nosotros…

“Todo esto te daré, si te postras y me adoras”

La tentación del poder, del dominio, de ejercer control para que el mundo, la vida, las cosas marchen y funcionen y se organicen como uno cree.

La tentación del tener razón siempre y que los demás nos hagan caso en todo. La tentación de ser dioses que ordenen la existencia según nuestros propios criterios.

La tentación de no aceptar que con otros, con sus propias ideas y criterios, se vive mejor. No aceptar ni la pluralidad, ni que hay una realidad creada por Dios de la mejor manera posible. Del individualismo salvaje de ser uno mismo lo más importante que existe y quien realmente sabe cómo todo iría mejor…

Olvidarnos que Dios es la realidad que mejor nos enseña cómo vivir en este mundo, para vivir según nuestros antojos

“He aquí que se acercaron los ángeles y lo servían”

Igual a todos los hombres fue Jesús en todo, menos en el pecado. No sucumbe al engaño, a la tentación, no olvida a Dios, y nos recuerda a quienes hoy escuchamos sus respuestas a cada tentación –No solo de pan vive el hombre; No tentarás al Señor, tu Dios; Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto– que la verdad frente al engaño y la mentira de la tentación, es que solo Dios puede dar la plenitud al ser humano.

Sólo la realidad de acoger y abrirnos a cómo nos ha hecho Dios, a cómo está hecho el mundo, solo aceptar éso, sólo buscar a Dios y su mensaje de cómo vivir desde el amor, es lo que puede llenar el corazón del hombre.

dominicos.org

VI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: no crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas ahí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
También han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio y el que se casa con una divorciada comete adulterio.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es en donde Él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.
Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.

(Mateo 5, 17-37)


Han oído lo que se dijo;
Pero yo les digo
P. Enrique Sánchez G., mccj

La reflexión del evangelio de este sexto domingo del tiempo ordinario, ya muy cercanos al tiempo de cuaresma que iniciaremos en unos cuantos días, pone en el centro de nuestra atención el tema de la ley que había guiado por mucho tiempo al pueblo de Israel y la nueva ley que Jesús viene a establecer como camino seguro para encontrarse con Dios.

Jesús empieza por decir que él no ha venido a abolir la ley y los profetas, no ha venido a cambiar las leyes que Dios sabiamente había dado a su pueblo; por el contrario, el ha venido para que la ley sea cumplida hasta en los más pequeños detalles, porque en sí misma sigue siendo un instrumento válido en las manos de Dios para conducir a su pueblo hacia la tierra de salvación.

¿Qué había pasado con la ley en tiempos de Jesús y posiblemente desde hacía mucho tiempo antes?

Tal parece que, poco a poco, en una manera equivocada de interpretar y de aplicar la ley, se había llegado a hacer de ella un instrumento de esclavitud y de manipulación, convirtiéndola en un peso imposible de llevar sobre sí y en un instrumento muy difícil de cumplir.

Basta recordar que una persona para considerarse justa o santa, diríamos nosotros hoy, tenía que observar 622 leyes habitualmente. Por ello ni la persona más perfecta podía presumir de ser un justo, pues se decía que el justo pecaba al menos siete veces al día.

Jesús nos dice en esta página del Evangelio que, contrariamente a lo que hacían los escribas y fariseos, quienes eran considerados los mejores conocedores e interpretes de la ley, él no había venido para manipular la ley a su conveniencia, sino a cumplirla, como garantía para entrar en el Reino de los cielos.

Cumplir la ley era darle un orden a la vida que permitía orientarla hacia Dios y vivir según los valores que Dios había establecido como garantía para que nadie se perdiera en el camino, dejándose engañar por otras propuestas que podían esclavizar el corazón humano.

En nuestros tiempos seguramente no nos resulta difícil entender lo que Jesús nos propone, pues nos damos cuenta de que el uso que hacemos de nuestras leyes, muchas veces es igual a lo que hacían en tiempos de Jesús.

Hoy decimos bromeando, pero creyendo en el fondo, que las leyes se hacen para no cumplirlas o para transgredirlas y eso lo vemos reflejado en tantas situaciones de corrupción en los lugares en donde se tendría que aplicar la ley sin hacer distinciones y de la misma manera en todas las circunstancias, cuando es violada.

Si las leyes son buenas y las hemos aceptado como instrumentos que pueden garantizar la armonía y la buena convivencia entre las personas, no tendríamos derecho a hacer mal uso de ellas.

Y Jesús se da el tiempo para mostrar cómo la ley tiene por finalidad crear una realidad en donde todos podamos convivir y compartir la vida reconociéndonos dependientes los unos de los otros, necesarios y corresponsables en la aventura de disfrutar de la existencia en comunión con los demás.

Jesús sabe perfectamente que, como personas, somos frágiles y muchas veces expuestos a fallar y a caer en situaciones que no nos convienen y ahí hace notar cómo la ley puede ser algo que nos ayude a reconstruir lo que se ha roto o lo que se ha dañado.

De lo que se trata no es simplemente de cumplir y de observar leyes y preceptos, sino de ir más lejos descubriendo que estamos hechos para ser felices haciendo felices a los demás.

No es cuestión solamente de no matar, como dice la ley, sino de respetar la vida reconociéndola como un don sagrado que Dios ha depositado en el corazón del hermano que tenemos a nuestro lado.

Y si nos olvidamos de la importancia de ese mandamiento el riesgo será que podríamos acabar haciendo de nuestra existencia un infierno en donde no soportamos estar en paz, en donde el egoísmo nos hace creer que tenemos derecho a imponernos sobre los demás y en donde acabamos por convertir a nuestros hermanos en objetos que podemos utilizar a nuestro antojo.

Por eso Jesús invita a la reconciliación, a no dejarnos envenenar el corazón por todo aquello que contradice las leyes fundamentales de la vida como son el respeto, el reconocimiento, el aprecio y el cariño por quienes Dios va poniendo en nuestro camino.

En lo nuevo que Jesús enseña, retomando lo que la ley decía, se mencionan leyes que tienen una importancia moral y que se refieren a estilos de vida que tienen muy en cuenta la fragilidad humana.

El adulterio, el divorcio, el jurar en falso son temas que no ignoran lo expuestos que podemos estar a caer en situaciones que producen un gran sufrimiento en el corazón de quienes buscan vivir auténticamente su compromiso de fe, y diríamos nosotros su compromiso cristiano.

En estos casos, más que quedarnos en los juicios que podríamos hacer, Jesús nos hace entender el valor de la ley como algo que viene al encuentro de aquello en lo que deberíamos estar vigilantes para que en la debilidad y el límite humano pueda resplandecer siempre la ley de la misericordia.

La antigua ley que estaba inscrita en tablas de piedra, ahora Jesús la escribe en corazones de carne para que deje de ser una ley fría y se convierta en una fuente de amor que nos lleve a vivir de tal manera que nuestro ser y nuestro quehacer sean expresiones de la única ley que Dios ha querido darnos, la ley del amor.

Una cosa que seguramente no deberíamos de olvidar, sobre todo nosotros que estamos siempre buscando un por qué y un para qué a todas las cosas, es que la finalidad de la ley, tanto la de Moisés y más todavía la de Jesús, tienen como objetivo final cambiar el corazón humano.

No se trata de usar principalmente la ley para enjuiciar a los demás, sino de acogerla para que nos cambie desde dentro, haciéndonos capaces de amar sin límites.

Seguramente nos preguntaremos ¿cuáles son las leyes que están gobernando nuestras vidas? ¿Somos astutos observantes de la ley que hacemos que funcione a nuestra conveniencia? ¿Vivimos nuestra relación a la ley como algo que nos asfixia y nos doblega, como un peso que cae sobre nuestras espaldas, sintiéndola sólo como un elenco de prohibiciones que nos limitan en nuestra libertad?

Las palabras de Jesús en el evangelio que dicen: han oído que se dijo, pero yo les digo.

¿Resuenan en nuestro interior como el anuncio de una ley nueva que nos invita a la libertad y a vivir en plenitud? ¿Nos recordamos con frecuencia que al final de nuestras vidas seremos juzgados por el amor y se nos medirá por el amor que hayamos compartido con los demás?

Que Jesús nos haga entrar en la aventura de su ley y que poniéndola en práctica seamos capaces de ir dando rostro a una humanidad nueva, la humanidad del Reino del Señor que nos juzga con amor.


Hacia el corazón de la Ley
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después de las Bienaventuranzas y de la revelación de nuestra identidad — sal de la tierra y luz del mundo — hoy Jesús entra en el corazón de su misión: dar pleno cumplimiento a la Ley y a los Profetas.

1. Libertad, Ley y Sabiduría

Las lecturas de este domingo giran en torno a tres realidades: libertad, ley y sabiduría.

LIBERTAD (Primera lectura)
«Si quieres guardar sus mandamientos, ellos te guardarán… Él ha puesto delante de ti fuego y agua: extiende tu mano hacia lo que quieras. Ante los hombres están la vida y la muerte, el bien y el mal; a cada uno se le dará lo que prefiera» (Eclesiástico 15,16-21).
En estas palabras fuertes del sabio Sirácida resuenan las de Moisés (cf. Deuteronomio 11,26-28 y 30,15). La Palabra nos coloca ante una encrucijada: fuego o agua, vida o muerte, bien o mal… ¡La elección es nuestra! Es fácil desentendernos de la responsabilidad con la excusa de los condicionamientos sociales o del «todos lo hacen».
La existencia del creyente es un ejercicio constante de libertad. Nuestra vida está determinada por una serie de pequeñas decisiones cotidianas: «Extiende tu mano hacia lo que quieras… a cada uno se le dará lo que prefiera».

LEY (Salmo y Evangelio)
El salmo responsorial forma parte del Salmo 119. Este largo salmo alfabético (176 versículos) es un elogio lleno de estima y afecto hacia la Ley de Dios. Ocho veces el salmista afirma: «Tu ley es mi delicia», ¡una expresión única en el Salterio!
Conviene precisar que la Torá, en hebreo, no significa «ley» en sentido meramente jurídico. La Ley de Moisés — la Torá — es el Pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia, considerados por los judíos como la parte más sagrada de la Escritura. En la práctica, es sinónimo de la Palabra de Dios. Por eso Jesús afirma, al comienzo del Evangelio de hoy, que no ha venido a abolir la Ley o los Profetas, sino a darles pleno cumplimiento.

SABIDURÍA (Segunda lectura)
«Hermanos, entre los perfectos hablamos de sabiduría, pero no de una sabiduría de este mundo ni de los jefes de este mundo, que están destinados a desaparecer. Hablamos, más bien, de la sabiduría de Dios…» (1 Corintios 2,6-10).
La sabiduría divina nos permite saborear el gusto escondido de la Ley. Don del Espíritu Santo, nos sana de las ilusiones de una libertad enferma. La ley puede presentarse como un límite impuesto a nuestra libertad. Todos llevamos dentro la mano rapaz de Eva, que quiere apropiarse de los bienes. La sabiduría nos hace como Salomón, capaces de apreciar y acoger los dones de Dios.

2. La nueva Ley de Jesús

«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento».

Jesús, el Mesías, es quien realmente cumple toda la Ley, la Palabra de Dios. Más aún, él mismo es la Palabra. Pero ¿qué significa «dar pleno cumplimiento»?

El texto contiene una serie de normas que Jesús parece añadir a las ya existentes. Esto podría hacer pensar que el «pleno cumplimiento» consiste en multiplicar los preceptos.

Según el Talmud (uno de los textos sagrados del judaísmo), la Torá contiene 613 preceptos. De ellos, 248 (el número de huesos del cuerpo humano según la tradición rabínica) eran positivos, es decir, obligaciones, y 365 (como los días del año) eran negativos, es decir, prohibiciones. La intención de esta multiplicación era noble: regular la vida según los dictámenes de la Palabra de Dios.

Sin embargo, si reflexionamos bien, no es esta la intención de Jesús. Para dar «pleno cumplimiento», Jesús se mueve en la línea de la radicalización, es decir, hacia la raíz de los mandamientos. Esto se hace explícito en Mateo 22,36-40: «De estos dos mandamientos [amar a Dios y al prójimo] penden toda la Ley y los Profetas». Radicalizar para simplificar. Radicalizar para arrancar la raíz del mal. Radicalizar para devolver la Ley a su corazón: el amor.

3. Algunos ejemplos

Para explicar lo que entiende por cumplimiento, Jesús ofrece seis ejemplos, presentados en forma de antítesis: «Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo…». El Evangelio de hoy nos presenta los cuatro primeros.

  • Jesús parte del quinto mandamiento: «No matarás». Revela la raíz del homicidio: la ira. Y nos recuerda que también se puede matar con las palabras.
  • El segundo y el tercer ejemplo se refieren a la sexualidad, partiendo del sexto mandamiento: «No cometerás adulterio». También aquí Jesús nos impulsa a buscar la raíz del adulterio: en la mirada, en el deseo, en el corazón.
  • La cuarta antítesis se refiere a la palabra en las relaciones entre las personas: «Que vuestro hablar sea: “sí, sí”; “no, no”; lo demás viene del Maligno». Jesús nos pide que no dejemos espacio a la ambigüedad y a la duplicidad, que fácilmente abren la puerta al Maligno.

Conclusión: solo el amor cumple la ley

Vivimos en un mar de leyes. La convivencia lo exige. Nuestra libertad parece cada vez más restringida por normas y reglamentos. Llevamos una vida «pequeña», aparentemente insignificante. No formamos parte del club de los grandes y la historia pronto se olvidará de nosotros.

Y, sin embargo, cada persona es única y, a su manera, está llamada a hacer de su vida una obra maestra. ¿Cómo? Invirtiendo en lo único que permanece para siempre: el amor. Solo el amor cumple la ley y nos hace libres. ¡Y el amor nos hace grandes!

«Si os tocara ser barrenderos, deberíais ir a barrer las calles del mismo modo que Miguel Ángel pintaba sus figuras; deberíais barrer las calles como Händel y Beethoven componían su música. Deberíais barrerlas como Shakespeare escribía su poesía. Deberíais hacerlo tan bien que todos los habitantes del cielo y de la tierra se detuvieran para decir: Aquí vivió un gran barrendero que hizo bien su trabajo» (Martin Luther King).


No a la guerra entre nosotros
José Antonio Pagola

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.
Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

No es este un hecho que se da solo en la convivencia social. Es también un grave problema en la Iglesia actual. El Papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”. Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: “No a la guerra entre nosotros”.

Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

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Pero yo os digo
Inma Eibe, ccv

“Pero yo os digo”… Seguramente algunos de los que escuchaban a Jesús en el monte se escandalizaron al oírle. La Ley, para el pueblo judío, era algo intocable. Es verdad que Jesús predica que no ha venido a abolirla (“¡menos mal!”, pensarían muchos…), pero sí expresa con claridad que desea darle “cumplimiento”, mayor plenitud, mayor significado.

Quienes seguían a Jesús se encontraban ante el dilema de cómo armonizar sus palabras y obras con la Ley. En Jesús hallaban un modo diferente de actuar. Sus acciones y su predicación eran muy distintas a las que, hasta ahora, habían visto y escuchado. En su modo de hablar y de proceder no encontraban la rigidez de la norma, sino la libertad del amor. Eso les atraía. Pero a ellos se les había enseñado una forma concreta de interpretar una Ley que había sido sellada en piedra y que tenía un peso en sus vidas nada fácil de aligerar.

No es algo tan lejano. Hoy podemos sentirnos igualmente identificados con quienes habían perdido el sentido, la capacidad de interpretar la Ley de Dios, es decir, su voluntad. La búsqueda de la voluntad de Dios debe llevarnos no al cumplimiento a rajatabla de unas normas o preceptos, sino a lo más hondo de nuestro ser, a la esencia de lo que somos, a vivir lo que estamos llamado a vivir, a nuestra vocación como seres humanos.

La voluntad de Dios no es nada que se añada a lo que somos, no nos viene de fuera. Está en lo más profundo de nuestro ser. Y ojalá se nos educara siempre para poder atender a ella, escucharla, conocerla… Lo que sucede es que es más fácil dictar unas normas y relajar nuestra conciencia pensando que así “cumplimos con Dios” porque, cuando vamos a lo más hondo, a nuestra llamada más íntima, nos damos cuenta que Dios nos quiere como a hijas e hijos y, por tanto, nos hace hermanos, nos lleva a salir de nosotros mismos, nos pone al servicio de la paz y de la justicia, del cuidado de la Creación, de la atención a quienes más lo necesitan… Nos conduce a buscar la igualdad, a denunciar la exclusión, a alimentar nuestra humanidad… Y todo esto, en lo grande y en lo pequeño, comenzando por el día a día, por las relaciones cotidianas, por aquello que está en nuestra mano y que a veces, por dejación, no realizamos.

Jesús nos dice: “si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Estos hombres eran cumplidores y responsables y, por eso, se creían modelos referenciales ante los demás. Cumplían la ley con escrúpulo pero superficialmente. Sin embargo, la relación con Dios nunca nos deja en la superficie de la realidad, tranquilos y cómodos. La relación con Dios nos lleva siempre más allá, más adentro, más abajo. Por eso dice Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete a reconciliarte con tu hermano”. Para un Dios Padre-Madre, el mayor signo de amor hacia él, es que nosotros nos amemos como hermanos. Si ignoramos a quien está a nuestro lado (no importa los kilómetros de distancia que nos separen) nuestra relación con Dios no está funcionando… aunque queramos pensar que sí.

“Pero yo os digo”… Jesús explica y ayudar a comprender, nos ayuda a ir más a fondo. “No es cuestión de cambiar la Ley”, nos dice, “es cuestión de poner adecuadamente el foco en su sitio. La ley no está por encima del ser humano. La ley se hace para que le sirva en la vida, para que ayude a crecer, para fomentar unas relaciones interpersonales enriquecedoras, para el bien común… Esta es la voluntad de Dios, de mi Padre: que el ser humano viva y viva en plenitud”.

El evangelio de hoy es de una actualidad escandalosa. Estamos construyendo un mundo en el que imperan leyes deshumanizadoras, leyes que no buscan dar plenitud a la vida de las personas, leyes que fomentan la desigualdad, los muros y las fronteras.
Pero somos muchos las y los cristianos a los que hoy se nos da la oportunidad de profundizar en estas palabras de Jesús. Si de verdad nos tomamos el pulso sobre cómo buscamos y vivimos la voluntad de Dios, algo cambiará en nuestro mundo. Ante nosotros está la muerte y la vida, ¿qué escogeremos? (cf. Eclo 15,17) Que el Espíritu, la Ruah Santa, que todo lo penetra (1Cor 2,10), nos ilumine en la elección.

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Continuidad y novedad
Romeo Ballan, mccj

La narración del evangelista Mateo, que habla de monte y da el tono del discurso, presenta a Jesús como legislador, un nuevo Moisés que traza el camino para el pueblo de la nueva alianza. El mensaje de Jesús es unitario y hay que entenderlo en su doble dimensión: de continuidad y de novedad. Jesús dice claramente que no ha venido para abolir la Ley o los Profetas, “sino a dar pleno cumplimiento” (v. 17). Así sabemos que las expresiones “se les dijo” – “pero yo les digo” (v. 21.22) no indican una sustitución o una contraposición de preceptos, sino una continuidad en crecimiento. Jesús no quiere rehacer un código de leyes, sino curarnos en el corazón para vivir de manera nueva la vida moral. Jesús ama, interpreta y vive la Ley, pero su relación con ella no es de tipo legalista, sino vital; no se conforma con un cumplimiento minimalista, exterior o ritual, sino que va al mismo corazón de la Ley, subraya su verdadero mensaje, pone en evidencia su valor más alto y lo expresa en su conducta y en su enseñanza. Esto quiere decir “dar pleno cumplimiento” a la Ley.

Por tanto, Jesús invita a sus discípulos a ir más allá, a superar la conducta de los escribas y de los fariseos (cfr. v. 20). Por ejemplo, el respeto hacia otra persona conllevará una relación global, que no se conforma con el límite extremo expresado en el “no matarás”: será preciso evitar también todo tipo de herida a la dignidad del otro. Cualquier tipo de opresión o explotación del otro es contrario a su dignidad de persona y de hijo de Dios. Enfadarse o insultar a un hermano con las palabras estúpido, loco y semejantes (v. 21.22) son transgresiones de la Ley, porque manifiestan desprecio del otro, cortan la posibilidad de un intercambio y de un encuentro fraterno. San Juan lo dice drásticamente: “El que no ama a su hermano es un homicida” (1Jn 3,15). El que no ama, mata; el asesinato exterior del otro no es sino una consecuencia de haberlo ya eliminado dentro de nosotros.

El mismo criterio de valor superior vale también para el adulterio en su globalidad (v. 27.28). Por tanto, mirar a una mujer (o a un hombre) con una actitud predatoria y con ojos de posesión es faltar a la reciprocidad, significa no considerar a la otra/otro como sujeto con el cual entrar en relación, sino como objeto del cual disponer.

Todo el sermón de Jesús, sobre el monte y en otros lugares, no favorece ciertamente formas religiosas de tipo legalista y ritual; Él nos invita ante todo a curar nuestro corazón; el culto que Él promueve va en la línea del “espíritu y verdad” (cfr. Jn 4,23): un culto que libera interiormente a las personas, las hace crecer en la gratuidad, ayuda a ser adultos y responsables. Porque “la plenitud de la Ley es el amor” (Rom 13,10). Observar y enseñar a los demás la custodia amorosa de la Ley es la gozosa tarea de los auténticos misioneros del Evangelio de Jesús (v. 19). Las Bienaventuranzas no son solo un estilo o un método, sino sobre todo el contenido esencial (cfr. Rmi 91), el corazón del anuncio misionero de la Iglesia.


“Si no sois mejores que los escribas y fariseos,
no entraréis en el reino de los cielos”
Fray Martín Gelabert Ballester, O.P.

Estas palabras de Jesús debieron sorprender y desconcertar a sus oyentes. Jesús les invitaba a ellos, y nos invita a nosotros, a no entender la religión, o sea, la relación con Dios, de forma legalista, como el cumplimiento de una serie de preceptos y, mucho menos, como un cumplimiento de mínimos.

La religión no es una cuestión de medidas. Es una manera de ser, de vivir, de amar.

Jesús nos invita a ir a lo esencial, a lo que ilumina todo lo demás, a aquello sin lo que lo demás no tiene sentido, o se convierte en esclavitud insoportable y letra que mata. Y lo esencial, como dejó escrito el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium (n. 39) es “responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos”.

En el evangelio encontramos una serie de contraposiciones entre “lo que se dijo a los antiguos”, o sea, lo que dice la ley, y lo que dice Jesús. Este “pero yo os digo”, o sea, “por el contrario yo os digo”, debió resultar escandaloso, porque era una manera de reivindicar una autoridad superior a la de la ley recibida en el Antiguo Testamento.

No es cuestión solo de “no matar”, aunque con esto hayamos cumplido la ley; eso, sin olvidar que hay muchas maneras de matar cumpliendo la ley o, al menos, no quebrantándola, por ejemplo, cuando odio en mi corazón a mi hermano. Es cuestión de dar vida y buscar siempre el bien del prójimo, aunque muchas veces lo que el otro hace no nos gusta.

Se trata de adoptar siempre actitudes positivas e incluso de adelantarse y tomar la iniciativa ante la debilidad e incluso la malicia del prójimo, como queda claro en esta palabra de Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Aquí no se dice quién tiene la culpa de que tenga algo contra ti. Quizás la culpa es del hermano, porque te tiene manía, o es un exigente, o un maniático, o siempre está pensando mal. Pues bien, aunque la culpa sea del hermano, tú debes buscar la reconciliación, sin esperar que él cambie o te pida primero perdón.

“Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no”

En el evangelio queda claro que Jesús nos invita a tomar la defensa de los débiles. Es el caso del repudio a la mujer o del divorcio. En tiempos de Jesús solo el varón tenía ese derecho; la mujer no tenía ningún derecho. El evangelio nos hace caer en la cuenta de que la mujer es igual al varón, con los mismos derechos y deberes.

Por otra parte, el matrimonio no se reduce a relaciones sexuales, sino a una relación de igualdad en el respeto mutuo, en la ayuda mutua, en la defensa mutua, sobre todo en la defensa del más débil; y en aquella sociedad el débil era la mujer, el niño, el huérfano, la viuda. El divorcio es un atentado contra el amor y, en todo caso, si se hiciera necesaria una separación porque el amor ha muerto, el mismo derecho tienen el varón y la mujer.

Dígase lo mismo a propósito del juramento. En cierto modo también es un atentado contra el amor. Allí donde hay relaciones sanas, donde hay fraternidad, donde hay capacidad de perdón, donde hay confianza mutua no es necesario ningún juramento. El juramento indica desconfianza, miedo a que el otro mienta. La lealtad debe regir las relaciones humanas.

Desgraciadamente, hoy el legalismo sigue presente en muchas partes. Fingir virtud o devoción es una tentación que acecha al hombre religioso. La expresión: “yo no mato, ni robo, ni hago mal a nadie”, demuestra que no se ha entendido el evangelio. Pues no se trata solo de no robar, sino de compartir generosamente.

Dígase lo mismo de la supuesta defensa de la ortodoxia, que hoy tiene muchos adeptos. Una ortodoxia, un conocimiento del catecismo sin misericordia, es una mala ortodoxia. Los piropos a la Virgen sin colmar de bienes a los hambrientos son ofensivos. En suma, lo más perfecto para Jesús no es lo que se atiene a las prescripciones legales, sino lo que renueva la vida, lo que la llena de felicidad, en definitiva, el amor. El amor crea y no destruye, cura y no hiere, comparte y no acapara, comprende y no juzga, perdona y no condena.

dominicos.org

V Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.
(Mateo 5, 13-16)


Ser Sal de la tierra y luz del mundo
P. Enrique Sánchez G., mccj

El discurso de las Bienaventuranzas, que escuchamos en el Evangelio el domingo pasado, decíamos que era como el contenido formativo que Jesús había dado a sus discípulos, subrayando los valores sobre los que se tenía que construir el Reino de los cielos.

Los discípulos iban descubriendo que su llamada a colaborar en la misión de Jesús era, sobre todo, algo que les abría un camino muy singular para alcanzar una felicidad que no encontraban en el mundo.

Cada una de las Bienaventuranzas ponía en evidencia una situación concreta en la que también nosotros podríamos decir que nos encontramos inmersos, una carencia, un sufrimiento o un dolor que aflige nuestra existencia; pero a esas realidades Dios está siempre dispuesto a dar una alternativa que abre a la esperanza, al optimismo, a la confianza y a la felicidad que se manifiesta en alegría.

El ser discípulos de Jesús parecía ofrecer una posibilidad de vida que invitaba a seguir un camino distinto de lo que el mundo ofrecía. Era una alternativa que obligaba a ver más lejos, a ir más allá de los horizontes no muy alentadores en los que muchos podían sentirse atrapados y sin ilusiones de futuro. Sentirse Bienaventurados seguramente había sido la mejor noticia que habían recibido.

Leyendo el Evangelio es fácil que nos demos cuenta de que hay un movimiento en las palabras y en los acontecimientos que se nos van narrando que nos invita a ir a cada paso un poquito más lejos.

En el texto de este domingo, Jesús continua su enseñanza introduciendo dos elementos muy comunes de la vida ordinaria para ilustrar lo que quiere que quede bien claro en la mente y en los corazones de sus discípulos: la sal y la luz.

La sal, todos sabemos que no es sólo algo que ponemos en la comida para resaltar los sabores y despertar el apetito. No es únicamente lo que da sabor, sino que tiene muchas otras cualidades que en tiempos de Jesús eran de gran valor.

La sal por su componente servía para conservar los alimentos en donde no existían nuestros refrigerados modernos, era una substancia útil para purificar, era un conservante de los alimentos, por mencionar sólo algunos.

En el caso del evangelio lo que se subraya es el sabor que da a los alimentos, lo que resalta y hace sabroso lo que comemos, aunque hoy las nuevas dietas no tengan por bien afamada la sal.

Pero se nos dice también que es algo que se puede contaminar, que puede ser amenazada por otros elementos o impurezas que acaban por hacerla insípida y en ese caso no sirve para nada, como si se convirtiera en polvo.

La sal cuando es sacada del mar tiene una gran concentración de los elementos que la hacen ser justamente salada, pero es fácil que se contamine cuando se deja que se mezcle con la arena u otros bichos y entonces sólo sirve, como dice el evangelio para ser pisoteada, pierde su cualidad y su valor.

Aplicando esta información a la vida de los discípulos y a hasta nuestros días a la vida cristiana, Jesús quiere hacer entender que, tantos ellos como nosotros, estamos invitados a ser una presencia en el mundo que sea capaz de darle un sabor distinto  a la vida de todos nuestros hermanos.

Para ser discípulos no es suficiente aprender la lección y memorizar algunas palabras de lo que Jesús nos enseña; se trata de algo más profundo y exigente. Hay que cambiar la realidad de nuestro mundo dando un testimonio que haga que donde estemos presentes la vida tenga otro sabor, que se resalte lo bueno y lo bello de tener a Dios con nosotros. Que dé gusto consumir todo lo que Jesús nos enseña.

Ser sal del mundo, en nuestro caso, es ser una presencia que permita a nuestros hermanos sentir y descubrir que hay una manera de vivir que vale la pena. Que la vida cristiana no sólo es cumplimiento de mandamientos y acumulación de sacrificios que agobian la existencia; sino que se trata más bien de mostrar con nuestro estar en el mundo que ser cristianos es algo que llena el corazón de satisfacción y de alegría.

Pero aquí es en donde muchas veces nos damos cuenta de que no hemos sabido responder positivamente a esa vocación que es la nuestra. En muchas partes no faltan los cristianos que han dejado de ser significativos, que no entusiasman; al contrario, con su ejemplo alejan a las personas porque nuestro testimonio ha dejado mucho qué desear. Somos sal que perdió su fuerza, que se hizo insípida, se convirtió en polvo que muchos pisotean y desprecian, porque no tiene sabor y ya no despierta el apetito para intentar al menos probar.

El otro elemento, por medio del cual Jesús nos invita a reflexionar, es la luz como algo que se expone en lo alto para que todos puedan ver, para que nadie se quede en la oscuridad; para que quien se sienta iluminado pueda caminar por senderos seguros, por caminos de verdad.

Como la luz no se enciende para ocultarla debajo de la mesa, así la luz del cristiano tiene que ser algo que ilumine, que resplandezca en un mundo en donde no faltan las sombras de la maldad.

El discípulo de Jesús está llamado a irradiar la luz que recibe del Señor. En otras palabras, se trata de ser testigos resplandecientes de una luz que se lleva dentro. La luz que ha vencido las tinieblas que impiden avanzar en la vida.

El testimonio del discípulo tiene que ser como la luz que permite ver, que permite encontrar a quien se busca, al Señor, muchas veces en medio de realidades marcadas por la oscuridad de una sociedad que se empeña en ocultar lo que bueno, noble y santo.

La exigencia de Jesús para que sus discípulos sean luz en el mundo tiene sentido y percibimos su valor cuando nos damos cuenta de cuánta necesidad tenemos de ver a Dios a nuestro lado, de sentir su presencia en los momentos en que todo nos puede parecer confuso, en las ocasiones en que no sabemos a quién creerle; ahí el testimonio del cristiano como discípulo de Jesús que resplandece a través de sus obras se convierte en buena noticia que alienta a los demás a seguir sus pasos.

A este punto, vale la pena preguntarnos ¿qué sabor estamos aportando a la vida ahí en donde nos encontramos? ¿Qué es lo bueno y agradable que estamos poniendo en nuestra vida y en la vida de los demás desde nuestro ser cristianos?

¿Cómo estamos siendo resplandor de la presencia de Dios que pasa a través de nuestras vidas y que entusiasma a los demás diciendo: vean cómo es bello ser cristianos?

Es muy importante que nos convenzamos de que siendo discípulos de Jesús tenemos la gran responsabilidad que nos obliga a aportar al mundo el sabor de Dios, ese gusto particular que permita apreciar cada momento de nuestra historia como una bendición y un don en donde no hay espacio para los tibios.

Tenemos que ser luz que permita a nuestros hermanos descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas para que también ellos puedan dar gloria a Dios, es decir, bendecirlo y agradecerle el permitirnos vivir ya desde ahora la maravilla del Reino.

Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo. Esta es la tarea que nos confía el Señor y el compromiso que queremos asumir para corresponder a la bondad que el Señor tiene para con nosotros.

Pidamos para que se nos conceda entender y vivir con alegría esa gran misión que el Señor comparte con nosotros, que podamos ser presencia de Dios que le da luz y sabor a nuestras vidas y a las vidas de todos aquellos a quienes nos envía como testigos suyos.


La esperanza de una Iglesia Sal y Luz
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El domingo pasado, el Señor nos sorprendió con las Bienaventuranzas, invirtiendo nuestros criterios de felicidad. Hoy se dirige directamente a nosotros, sus discípulos, y vuelve a sorprendernos, revelando nuestra identidad más profunda: «Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo». Se dirige al grupo de sus discípulos y dice: «Vosotros sois» la sal y la luz, utilizando el verbo en presente y no en futuro. No es una exhortación ni un imperativo para llegar a ser algo que todavía no somos, sino una afirmación. ¡Además, Jesús declara que ellos son «la» sal y «la» luz!

Para captar la carga casi provocadora de una afirmación semejante, basta recordar que los rabinos decían: «La Torá —la Ley dada por Dios a su pueblo— es como la sal, y el mundo no puede vivir sin la sal». Decían también: «Así como el aceite da luz al mundo, así Israel es la luz del mundo». Por lo tanto, lo que Jesús está diciendo es algo paradójico: el pequeño e insignificante grupo de sus discípulos, sin peso social ni religioso, es comparado con las instituciones sagradas de Israel o incluso las sustituye.

«Vosotros sois la sal de la tierra»

Todos podemos percibir la fuerza de esta comparación. La sal da sabor a los alimentos, los hace sabrosos. Sin sal no hay gusto, no hay placer al comer. Así, el discípulo de Jesús da sabor a la tierra, gusto a la convivencia humana, sentido a la vida.

La sal está también vinculada a la inteligencia. El discípulo de Jesús es portador de un saber, de una sabiduría nueva (cf. Pablo en la segunda lectura, 1 Corintios 2,1-5).

Además, la sal se utilizaba para evitar la descomposición de los alimentos. El discípulo de Jesús es, por tanto, un antídoto contra la corrupción de la sociedad. De esta propiedad de la sal provenía también la costumbre de esparcir sal sobre los documentos como signo de su perennidad. Un «pacto de sal» era definitivo, no podía ser quebrantado. Incluso la alianza de Dios era llamada alianza de sal, o «salada», para indicar que era eterna.

Desde la raíz latina, algunas palabras relacionadas con la salud están emparentadas con el término sal, como salvesaludsalvación

¿En qué significados pensaba Jesús cuando nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra»? Muy probablemente en todo este conjunto simbólico.

«Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la hará salada? No sirve para nada más que para ser arrojada fuera y pisoteada por la gente».

Nos parece extraño que la sal pueda perder sus propiedades. Tal vez haya aquí una referencia a cierto tipo de sal extraída del mar Muerto, que perdía fácilmente su sabor. Sin embargo, es interesante notar que la expresión «si la sal pierde su sabor» podría traducirse literalmente como «si la sal enloquece». El discípulo, si pierde su identidad, «enloquece» y ya no sirve para nada.

«Vosotros sois la luz del mundo»

En la Biblia, la luz es una de las realidades más cargadas de simbolismo. Aparece al comienzo como la primera obra de Dios (Génesis 1,3) y se encuentra de nuevo al final: «Ya no necesitarán la luz de una lámpara ni la luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará» (Apocalipsis 22,5).

Solo el Evangelio de Mateo atribuye al discípulo la prerrogativa de ser luz. San Juan, el autor que más habla de la luz, la atribuye siempre a Cristo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12; cf. también 9,5). Los discípulos llegan a ser, por reflejo, «hijos de la luz» (Jn 12,36). Encontramos esta expresión también en san Pablo (1 Tesalonicenses 5,5; Efesios 5,8). Es evidente que estas dos afirmaciones no se oponen: el discípulo será siempre una luz reflejada de la del Maestro.

Ser sal y luz entre límites y debilidades

¿Cuál es nuestra reacción ante esta sorprendente revelación de Jesús? La más espontánea sería la alegría y el entusiasmo de vernos así asociados a la vida y a la misión de Jesús. Sin embargo, el peso y la responsabilidad de una vocación tan alta también pueden intimidarnos. Y, sin embargo, Jesús cree en nosotros, confía en nosotros, a pesar de nuestros límites y debilidades.

Pero ¿qué sentiríamos si Jesús nos proclamara sal de la tierra y luz del mundo delante de los no creyentes de hoy? Casi con toda seguridad, un gran embarazo. ¿Cómo podría sostenerse una Iglesia humillada por los escándalos y frenada por un clericalismo que ha transformado el servicio en poder? ¿Una Iglesia desgarrada por luchas internas y dividida por extremismos? ¿Cómo ser creíbles si nos convertimos en sal sin sabor y escondemos la luz bajo el celemín de los oportunismos? ¿Si perdemos la sal del testimonio y la luz de la profecía?

«No temas, pequeño rebaño»

¿Tiene esta Iglesia nuestra la posibilidad de renacer y, aunque sea pequeña, convertirse en la sal de esta tierra y en la luz de nuestro mundo? ¡Sí, la historia bimilenaria de la Iglesia lo demuestra! ¡Sí, la esperanza lo asegura! Sin embargo, hay tres condiciones.

  • Aceptar pasar por el crisol del «pequeño resto» del que hablan los profetas. Dios actúa según la lógica evangélica de la pequeñez. En cada época, cuando la Iglesia tiende a volverse «mundana» y deja de ser sal y luz, debe volver a sus orígenes;
  • Redescubrir nuestra vocación misionera de ser para los demás. El cristiano y la Iglesia existen para dar sentido y sabor a la sociedad en la que vivimos e iluminar la realidad que nos rodea. Como la luz y la sal, estamos llamados a hacerlo con una presencia discreta, que no llama la atención sobre sí misma;
  • Confiar en la palabra de Jesús: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino» (Lc 12,32).

En conclusión, ¿qué espera el Señor de nosotros? Tal vez nos esté pidiendo aceptar la sal del sufrimiento y colocar nuestra luz en el candelero de la cruz.


Salir a las periferias
José Antonio Pagola

Jesús da a conocer con dos imágenes audaces y sorprendentes lo que piensa y espera de sus seguidores. No han de vivir pensando siempre en sus propios intereses, su prestigio o su poder. Aunque son un grupo pequeño en medio del vasto Imperio de Roma, han de ser la “sal” que necesita la tierra y la “luz” que le hace falta al mundo.

“Vosotros sois la sal de la tierra”. Las gentes sencillas de Galilea captan espontáneamente el lenguaje de Jesús. Todo el mundo sabe que la sal sirve, sobre todo, para dar sabor a la comida y para preservar los alimentos de la corrupción. Del mismo modo, los discípulos de Jesús han de contribuir a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción.

“Vosotros sois la luz del mundo”. Sin la luz del sol, el mundo se queda a oscuras y no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida en medio de las tinieblas. Los discípulos de Jesús pueden aportar la luz que necesitamos para orientarnos, ahondar en el sentido último de la existencia y caminar con esperanza.

Las dos metáforas coinciden en algo muy importante. Si permanece aislada en un recipiente, la sal no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve con la comida, puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz.

El Papa Francisco ha visto que la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos, y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y para ofrecerle la luz genuina del Evangelio. Su reacción ha sido inmediata: “Hemos de salir hacia las periferias”.

El Papa insiste una y otra vez: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”.

La llamada de Francisco está dirigida a todos los cristianos: “No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos”. “El Evangelios nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro”. El Papa quiere introducir en la Iglesia lo que él llama “la cultura del encuentro”. Está convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.

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Déjate iluminar;
preocúpate de ser una persona salada
Fray Marcos

El texto que acabamos de escuchar es continuación de las bienaventuranzas, que leímos el domingo pasado. Estamos en el principio del primer discurso de Jesús en el evangelio de Mt. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran valor para la vida del cristiano, pues su tarea más importante sería estar ardiendo e iluminar.

El mensaje de hoy es simplicísimo, con tal que demos por supuesta una realidad que es de lo más complicada. Efectivamente, todo el que ha alcanzado la iluminación, ilumina. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que iluminar. Si echas sal a un alimento, necesariamente quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto de iluminado? ¿Qué es una persona plenamente humana?

Todos los líderes espirituales, pero sobre todo el budismo enseñan lo mismo. Buda significa eso: el iluminado. ¡Qué difícil es entender lo que eso significa! En realidad solo lo podemos comprender en la medida que nosotros mismos estemos iluminados. Está claro, sin embargo, que no nos referimos a ninguna clase de luz material. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano. Estaríamos hablando del ideal de ser humano.

Esto es precisamente lo que nos está diciendo el evangelio. Da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y en consecuencia, capaces de iluminar a los demás. Pero como nos dice el budismo, eso no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás estando nosotros apagados, dormidos. En el budismo el iluminar a los demás estaría significado por la primera consecuencia de la iluminación, la compasión.

Hay un aspecto en el que la sal y la luz coinciden. Ninguna es provechosa por sí misma. La sal sola no sirve de nada para la salud, solo es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que tropieza con un objeto. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser lo que era. La lámpara o la vela produce luz, pero el aceite o la cera se consumen. ¡Qué interesante! Resulta que “mi existencia” solo tendrá sentido en la medida que me consuma en beneficio de los demás.

La sal es uno de los minerales más simples (cloruro sódico), pero también más imprescindibles para nuestra alimentación. Pero tiene muchas otras virtudes que pueden ayudarnos a entender el relato. En tiempo de Jesús se usaban bloques de sal para revestir por dentro los hornos de pan. Con ello se conseguía conservar el calor para la cocción. Esta sal con el tiempo perdía su capacidad térmica y había que sustituirla. Los restos de las placas retiradas se utilizaban para compactar la tierra de los caminos.

Ahora podemos comprender la frase del evangelio: “pero si la se vuelve sosa, ¿con qué se salará?; no sirve más que para tirarla y que la pise la gente”. La sal no se vuelve sosa. Esta sal de los hornos, sí podía perder la virtud de conservar el calor. La traducción está mal hecha. El verbo griego que emplea tiene que ver con “perder la cabeza”, “volverse loco”. En latín “evanuerit” significa desvirtuarse, desvanecerse. Debía decir: si la sal se vuelve loca o si la sal pierde su virtud, ¿cómo podrá recuperarse? Esa sal “quemada” no servía más que para tirarla en los caminos.

No podemos hacernos una idea de lo que Jesús pensaba cuando ponía estos ejemplo pero seguro que ya intuían lo que hoy nosotros sabemos. Es curioso que haya llegado a nosotros un proverbio romano que, jugando con las palabras, dice: no hay nada más importante que la sal y el sol. Muy probablemente estas comparaciones, utilizadas en los evangelios, hacen referencia a algún refrán ancestral que no ha llegado hasta nosotros.

La sal actúa desde el anonimato. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida, nadie se acuerda de la sal. Cuando a un alimento le falta o tiene demasiada, entonces nos acordamos de ella. Lo que importa no es la sal, sino la comida sazonada. La sal no se puede salar a sí misma. Pero es imprescindible para los demás alimentos. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra tan utilizada todavía de “salario” y “asalariado”.

Jesús dice que “sois la sal, soy la luz”. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal, que no hay otra luz. Todos tienen derecho a esperar algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. La única historia, el único mundo tiene que quedar sazonado e iluminado por la vida de los que siguen a Jesús. Pero cuidado, cuando la comida tiene exceso de sal se hace intragable. La dosis tiene que estar bien calculada.

Cuando se nos pide que seamos luz del mundo, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz. Solo si vivo mi humanidad, puedo ayudar a los demás a desarrollar la suya propia. Ser luz, significa poner todo nuestro bagaje espiritual al servicio de los demás.

Debemos de tener cuidado de iluminar, no deslumbrar. Debe estar al servicio del otro, pensando en el bien del otro y no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos ofrecerle. Cuando sacamos a alguien de la oscuridad, debemos dosificar la luz para no dañar sus ojos. Los cristianos somos mucho más aficionados a deslumbrar que a iluminar. Cegamos a la gente con imposiciones excesivas y hacemos inútil el mensaje de Jesús para iluminar la vida real de cada día.

En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora. “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz para trasmitir el mensaje son las obras. Una actitud verdaderamente evangélica se transformará inevitablemente en obras. Evangelizar no es proponer una doctrina muy elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra propia ideología o manera de entender la realidad.

En las obras que los demás perciben tienen que descubrir mis actitudes internas. Las obras que son fruto solo de una programación externa, no ayudan a los demás a encontrar su propio camino. Solo las obras que son reflejo de una actitud vital auténtica, son cauce de iluminación para los demás. Lo que hay en mi interior, solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor y la compasión es luz.

Meditación

Puedo desplegar mi capacidad de sazonar
Puedo vivir encendido y dar calor y luz
Soy sal para todos los que me rodean
en la medida en que hago participar a otros de mi plenitud humana.
Soy luz en la medida en que vivo mi verdadero ser
y muestro a otros el camino que les puede llevar a ser en plenitud.

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Las «buenas obras» de la Misión
Romeo Ballan, mccj

Un principio universal de pedagogía reza así: “Las palabras vuelan, los ejemplos arrastran”; y “un solo hecho vale más que mil palabras”. Jesús lo confirma en su programa, anunciado en las Bienaventuranzas (ver domingo anterior) y en todo el sermón de la montaña. Como buen pedagogo y predicador concreto y eficaz, Jesús lo explica tomando los ejemplos diarios de la sal y de la luz (Evangelio). La sal da sabor a la comida, cauteriza heridas, conserva alimentos; pero si pierde fuerza y sabor (es decir, su identidad), no sirve para nada y se arroja a la basura; una sal sosa es un contrasentido (v. 13). Lo mismo vale para la luz: está hecha para alumbrar a las personas, la casa, el camino, las cosas… La lámpara, el candelero, la ciudad puesta sobre un monte (v. 14-15) son otras de las imágenes que aclaran el mensaje de Jesús: la luz está para alumbrar; una luz tapada o escondida no sirve para nadie. La sal y la luz, por su naturaleza, tienden a expandirse e irradiar su presencia; conllevan, por tanto, una idea de universalidad.

Jesús aplica estas imágenes, tomadas de la vida cotidiana, a las “obras buenas” (en griego, las obras bellas) de sus seguidores, quienes, inmersos en el mundo, están llamados a dar y conservar el gusto y el sabor del Evangelio a las realidades de la vida de cada día; a ser puntos de referencia para quienes andan en la oscuridad, extraviados, en busca del camino. Naturalmente, nos advierte Jesús, la motivación y la finalidad de las obras buenas no es la vanidad complaciente del discípulo, sino la gloria del Padre (v. 16). La luz es Jesús mismo, luz para iluminar a los pueblos (Lc 2,32; LG 1). Sin embargo, la luz de Cristo no brilla en el mundo si los discípulos no son también luz. El discípulo tiene y es luz solo si le sigue a Él (Jn 8,12; versículo para el Evangelio). Jesús tiene confianza en los discípulos, les confía la misión de ser sal y luz: sin ellos la tierra no tendría sabor ni gusto, el mundo estaría en tinieblas; la vida humana sería sosa, oscura, sin sentido. Jesús pide a sus seguidores que compartan el don más precioso que tienen: su esperanza, que da sabor a la vida y luz a cuantos viven en la noche de la prueba o caminan en la incertidumbre.

Comentando la imagen del candelero, S. Juan Crisóstomo decía: “No te pido que abandones la ciudad y que rompas todas tus relaciones sociales. No, quédate en la ciudad: aquí es donde tienes que ejercitar la virtud… Porque de aquí se derivará un bien considerable”. Es un mensaje misionero, que vale para cualquier lugar y situación: se trata del valor del testimonio de vida, como primera forma de evangelización. La lectura asidua de la Palabra de Dios nos ayuda a descubrir que Dios está presente en nuestra historia cotidiana y nos lleva gradualmente a una sintonía interior y exterior con Su mensaje de vida.

En muchos casos el testimonio es el único modo posible de ser misioneros, sobre todo en los contextos de minorías cristianas y de persecuciones; a veces es posible tan solo ser grano de trigo que cae en tierra y muere en el surco; el fruto ya vendrá más tarde (cfr. Jn 12,24). En los años sesenta del siglo pasado, que fueron particularmente difíciles para la Iglesia en Sudán (expulsiones, restricciones, cárcel…), a los misioneros que se preguntaban qué debían hacer, la Congregación de Propaganda Fide les contestó en nombre del Papa con un mensaje resumido en “tres P”: presencia, paciencia, plegaria. Si añadimos también pobreza (como en la época del terrorismo en Perú, en los años ‘80-‘90), tenemos la síntesis del testimonio. Un obispo asiático aconsejaba a los nuevos misioneros en dificultad que cultivaran de manera especial “la pacienciay la plegaria”. Cuando el testimonio llega hasta el martirio, la luz del amor y del perdón brilla luminosa, enriquecida por la fuerza de la intercesión.

En la I lectura el profeta Isaías subraya dos veces cuáles son las “obras buenas” que agradan al corazón de Dios: dar de comer al hambriento, vestir al que está desnudo, hospedar en casa a los pobres, a los sin techo, desterrar la opresión… (v. 7.9). Las obras de misericordia tienen su lenguaje, hacen brillar la luz en las tinieblas (v. 8.10); curan nuestras heridas (v. 8); serán el test para el juicio final (Mt 25). “Con las obras de caridad nos cerramos las puertas del infierno y nos abrimos el paraíso”. (San Juan Bosco). Desde siempre las obras de misericordia y de promoción humana acompañan, con su típica elocuencia, la misión de la Iglesia, siempre y cuando se realicen en la gratuidad, sin miras proselitistas u otros intereses (cfr. RMi 42.60).S. Josef Freinademetz, misionero verbita en China, decía: “La caridad es el lenguaje que todos los pueblos entienden”.Las conversiones y los bautismos llegarán más tarde, como dones del Espíritu, cuando Él quiera.

El testimonio misionero – nos enseña San Pablo (II lectura) – se realiza con personas débiles y con medios frágiles (v. 3), pero cuenta “con la manifestación del Espíritu” (v. 4) y el “poder de Dios” (v. 5). “La luz y la sal son elementos hechos para salir, para no quedarse encerrados en sí mismos, aman los espacios, la profundidad, el horizonte. Son materia de alteridad. La luz no se ilumina a sí misma, ni la sal se da sabor a sí misma. La luz se propaga, se difunde. La sal se mezcla, penetra y da gusto a las cosas” (R. Vinco, San Nicolò, Verona). Ser sal y luz revela nuestra identidad y nuestro modo de ser: ser a la manera de la sal y de la luz. Estos elementos no provocan violencia, no se imponen, sino que se difunden dentro las cosas, trabajan en silencio. Estamos ante páginas de gran intensidad misionera.