XXVI Domingo ordinario. Año A
“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”. Ellos le respondieron: “El segundo”.
Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”.
(Mateo 21, 28-32)
¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?
P. Enrique Sánchez G. mccj
¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? Esta pregunta parece estar en el centro de nuestro texto del evangelio este domingo y seguramente nos sentimos en condiciones de dar una respuesta tajante y precisa. El segundo, por su puesto.
Pero resulta que si nos detenemos un poquito a meditar sobre lo que acontece en esta pequeña historia nos damos cuenta de que algo se mueve también en lo profundo de nuestro corazón, pues se refiere a una experiencia que muchas veces nos toca vivir.
Muchas personas se han encontrado confrontadas con una situación parecida en algún momento de su vida. Se nos ha pedido algo y con mucha facilidad y sin pensarlo demasiado damos una respuesta y después resulta que no cumplimos con la palabra dada.
A veces, por salir de una situación y para no tener que dar muchas explicaciones, se responde sin tomar en cuenta a qué nos comprometemos. Decimos algo y luego no lo cumplimos por muchas razones.
Así sucedió con el primero de los hijos de este hombre que, a lo mejor, para que su padre no lo estuviera molestando respondió diciendo, sí ya voy, pero no lo hizo, no fue.
El evangelio nos ayuda a tomar conciencia de que muchas veces podemos decir con las palabras muchas cosas y al mismo tiempo es fácil tomar compromisos que sin dificultad olvidamos o de los cuales nos desentendemos.
En la vida no bastan las palabras, es necesario que vayan acompañadas de los hechos. Incluso sabemos que dice más una acción, una obra realizada con amor, que mil palabras que se lleva el viento.
En este sentido, el evangelio nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene la coherencia en nuestra vida.
Nos invita a decir lo que llevamos en el corazón con las obras y con los hechos que quedarán ahí, en la vida de los demás, como huellas que no se pueden borrar.
El evangelio nos ayuda a entender también la importancia que puede tener la humildad que nos permite volver sobre nuestros pasos cuando hemos hecho o vivido algo que exige un arrepentimiento, una conversión o simplemente una corrección.
Todos podemos equivocarnos en algún momento de nuestra vida y eso no es grave, lo triste es cuando nos quedamos ahí atorados, pensando que todo puede pasar sin que los demás lo perciban ni se den cuenta.
Es decir, cuando nos instalamos en un modo de actuar que no es honesto o coherente con lo que decimos o lo que pretendemos enseñar a los demás.
Volver sobre nuestros pasos cuando nos hemos dado cuenta de que no hemos hecho algo correcto, eso no es un defecto o una debilidad, es más bien una muestra de riqueza interior que nos permite descubrir que también de los errores y de las fallas se aprende.
El segundo de los hijos, aunque había dado una respuesta equivocada o inapropiada, tuvo el valor de reconsiderar lo que había hecho y supo poner remedio, actuando como era justo desde un principio.
Eso hizo que su recuerdo quedará para siempre en esta página del evangelio como un ejemplo que nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene en la vida la coherencia.
El evangelio subraya también algo que es muy importante en la actitud del segundo hijo y que marca la diferencia y lo muestra como modelo a seguir.
Dice el evangelio que se arrepintió y fue a la viña, como su padre se lo había pedido.
El arrepentimiento, como capacidad de saber volver sobre sus pasos, es una virtud que nos ayuda a descubrir lo que realmente vale la pena en la vida.
Es lo que aleja de la pretensión de tener siempre la razón y nos impide instalarnos en la actitud arrogante que no nos permite que lo grande de este mundo pasa a través de los pequeños gestos de sencillez y de humildad, del reconocimiento de la necesidad que tenemos de los demás.
Aunque la respuesta parece evidente, es interesante saber por qué Jesús pregunta ¿cuál de los dos hijos hizo lo que era correcto y conveniente?
Con su pregunta nos ayuda a entender que en la vida, muchas veces, las apariencias engañan y nos podemos encontrar con personas que son muy elocuentes, pero que sus acciones dejan mucho que desear.
Sabemos que Jesús era alguien que luchaba abiertamente contra aquellos que decían muchas palabras, pero que luego eran incapaces de cumplirlas. Como era el caso de los maestros de la ley, quienes eran muy hábiles para cargar sobre la espalda de los demás lo más riguroso de la ley, pero ellos no eran capaces de hacer nada por cumplirla.
Así pues, está claro que Jesús quiere enseñar a sus discípulos a estar atentos para no juzgar por las apariencias, pues nos podemos equivocar rotundamente.
La mención de las prostitutas y los publicanos como personas que preceden a la entrada en el Reino de los cielos, no quiere decir que por lo que eran tenían un pase privilegiado, sino que Jesús sabía que muchos de ellos estaban en una actitud de acogida de su mensaje que no encontraba en muchos de los que por tradición o por conocimientos deberían estar más dispuestos a reconocerlo como el salvador.
Creo que no es difícil darnos cuenta que también en nuestros días estamos expuestos a dejarnos llevar por una forma de pensar que juzga por las apariencias, sin conocer lo que realmente existe en el corazón de las personas.
En nuestras criticas y en la manera de clasificar a las personas, pensamos que alguien que se presenta con ropa sencilla o porque no demuestra tener una grande elocuencia en su manera de hablar o de comunicarse con los demás ya está listo para ser catalogado entre las personas que hay que excluir y evitar.
Y qué sorpresas nos llevamos, pues cuando abrimos el corazón a los demás sin enjuiciarlos nos encontramos con tesoros de personas que nos enriquecen sin necesidad de mucho hablar.
Seguramente, el evangelio de este domingo no nos dejará tranquilos hasta que nos demos cuenta si somos de las personas que se llenan la boca de palabras, que son capaces de elaborar discursos muy bien equilibrados y elocuentes, o si somos de las personas que sabemos guardar silencio para que nuestras obras den testimonio de lo que llevamos en el corazón.
Qué nuestra caridad se manifieste sin necesidad de muchas palabras y que el Señor nos conceda la gracia de volver sobre nuestros pasos cuando sea necesario.
¡Se busca un tercer hijo!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj
Hoy escuchamos la segunda parábola relacionada con la viña. El domingo pasado se hablaba de jornaleros llamados a trabajar en la viña; hoy, en cambio, se trata de dos hijos a quienes el padre invita a ir a ella.
1. ¡Un Dios que lo trastoca todo!
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este respondió: “Sí, señor”. Pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?». Respondieron: «El primero».
¿Quiénes son estos dos hijos? Jesús los identifica claramente. El primero, que dice NO pero después cambia de parecer, representa a los publicanos y a las prostitutas, las dos categorías de pecadores más despreciadas, consideradas “inconvertibles” y acusadas de retrasar la llegada del Reino de Dios.
El segundo representa a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, a quienes Jesús se está dirigiendo. A estos podríamos añadir los escribas y los fariseos, tantas veces reprendidos por Jesús: aquellos que se consideraban justos y, por consiguiente, no necesitados de conversión.
Pues bien, a estos, cuyo SÍ es en realidad un NO, a quienes «dicen y no hacen» (Mateo 23,3), Jesús dirige una afirmación escandalosa, hiriente: «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios».
¡Realmente hay que decir que Dios no respeta nuestros esquemas, nuestras categorías, nuestros criterios de orden y de valor!
2. ¿En cuál de los hijos me veo reflejado?
¿Con cuál de los dos hijos nos identificamos? Quizá sintamos cierto malestar al tener que escoger uno u otro. ¡Nos haría falta un tercer hijo, uno que diga SÍ y vaya de verdad a la viña! Sin embargo, este tercer hijo ideal no existe. O mejor dicho: sí existe, pero no somos nosotros. Es Cristo, cuya vida fue un SÍ: «En él se realizó el “sí”. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su “sí” en él» (2 Corintios 1,19-20).
Pero la Palabra nos obliga a confrontarnos con estos dos hijos. Si lo pensamos bien, los dos conviven dentro de nosotros. Goethe decía: «Dos almas habitan, ¡ay!, en mi pecho». Por lo demás, el mismo Pablo dijo: «No logro entender lo que hago, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto» (Romanos 7,15).
También nosotros hablamos muchas veces «con doble corazón», como dice el salmista (Salmo 12,3). ¡Cuántas veces invocamos «Señor, Señor» (Mateo 7,21), y cuántos Amenes —es decir, cuántos SÍES— pronunciamos que contrastan con nuestra vida concreta!
Cada mañana, cada día, digo SÍ al Señor escuchando su Palabra. ¿Y después? Después el día es otra cosa completamente distinta. Claro. Pero ¿cómo podría decir NO al Padre?
Me sucede un poco como en algunas culturas africanas en las que he trabajado, donde sería una falta de respeto decir NO. Como mucho, te dicen: «Mañana». Y ese «mañana», ya lo sabes, significa NO.
Así hago yo también con Dios: ¡cortésmente desobediente!
Las fronteras entre nuestros SÍES y nuestros NOES son muy difusas. Comenta el padre Ermes Ronchi: «Un hombre tenía dos hijos. Y se podría decir: un hombre tenía dos corazones. Porque aquellos dos hijos son nuestro corazón dividido, un corazón que dice sí y dice no, un corazón que dice algo y luego se contradice… Una de las oraciones más importantes de los salmos pide: Señor, dame un corazón íntegro; haz que no tenga dos corazones en lucha entre sí; dame un corazón unificado (cf. Salmo 101)».
3. ¿Quién es mi hermano?
¡Dos hijos, dos hermanos! Sí, porque la filiación crea fraternidad.
¿Quién es mi hermano? Quizá aquel que tiene la osadía de decir NO, que aprecia su libertad frente a cualquier vínculo, un rebelde. Pienso en quien se declara indiferente o no practicante, no creyente… Sin embargo, con gran sorpresa, lo encuentro trabajando en la viña de la solidaridad y de la fraternidad, luchando por un mundo mejor.
«¿Qué os parece?… ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?» Yo también respondo: «El primero», es decir, aquel a quien yo consideraba lejano y que pensaba que no se preocupaba en absoluto por la viña.
4. ¡Se busca al tercer hijo y hermano!
Alguien ha imaginado la presencia de un tercer hijo en la parábola. Este había oído al Padre invitar a sus dos hermanos y, en silencio, sin decir una sola palabra, había ido a trabajar en la viña.
No sé si habéis encontrado alguna vez a este tercer hermano. Yo lo he encontrado muchas veces en nuestras comunidades: hermanos discretos, generosos, disponibles y diligentes que, sin hacerse notar ni tener que ser rogados, hacen que encontremos las cosas ya hechas. Son una bendición para una comunidad. Es una pena que muchas veces solo nos demos cuenta de ello cuando ya no están.
En las familias suele haber alguien que asume este papel —muy a menudo han sido, y siguen siendo, las madres—. Pues bien, este tercer hijo o esta tercera hija hace presente la figura de Jesús, «el que está en medio de nosotros como el que sirve» (cf. Lucas 22,27). El Padre busca hijos e hijas así: «los verdaderos adoradores» (cf. Juan 4,23).
Para la reflexión y la oración personal
- «Vosotros decís: “No es justo el proceder del Señor”» (Ezequiel 18,25-28, primera lectura).
¡Cuántas veces lo he pensado también yo en mi moralismo satisfecho! Conviérteme, Señor, a tu manera de actuar. - «Cada uno de vosotros, con toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo» (Filipenses 2,1-11, segunda lectura).
Líbrame, Señor, de la envidia y haz que mi corazón se alegre del bien de los demás. - «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios» (Evangelio).
Despójame, Señor, de mis pretensiones de superioridad. Haz que me maraville al verme adelantado por los últimos de la fila y que vaya contento a ocupar «el último puesto» (Lucas 14,9).
Cada día es el HOY de la parábola:
«Hijo, hoy ve a trabajar en la viña».
Por delante de nosotros
José Antonio Pagola
Un día, Jesús pronunció estas duras palabras contra los dirigentes religiosos de su pueblo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de Dios». Hace unos años pude comprobar que la afirmación de Jesús no es una exageración.
Un grupo de prostitutas de diferentes países, acompañadas por algunas Hermanas Oblatas, reflexionaron sobre Jesús con la ayuda de mi libro Jesús. Aproximación histórica. Todavía me conmueve la fuerza y el atractivo que tiene Jesús para estas mujeres de alma sencilla y corazón bueno. Rescato algunos de sus testimonios.
«Me sentía sucia, vacía y poca cosa, todo el mundo me usaba. Ahora me siento con ganas de seguir viviendo, porque Dios sabe mucho de mi sufrimiento […] Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. ¡Este Jesús me entiende…!».
«Ahora, cuando llego a casa después del trabajo, me lavo con agua muy caliente para arrancar de mi piel la suciedad y después le rezo a este Jesús porque él sí me entiende y sabe mucho de mi sufrimiento […] Jesús, quiero cambiar de vida, guíame, porque tú solo conoces mi futuro».
«Yo pido a Jesús todo el día que me aparte de este modo de vida. Siempre que me ocurre algo yo le llamo y él me ayuda. Él está cerca de mí, es maravilloso […] Él me lleva en sus manos, él carga conmigo, siento su presencia».
«En la madrugada es cuando más hablo con él. Él me escucha mejor, porque en este horario la gente duerme. Él está aquí, no duerme. Él siempre está aquí. A puerta cerrada me arrodillo y le pido que merezca su ayuda, que me perdone, que yo lucharé por él».
«Un día, yo estaba sentada en la plaza y dije: “Oh, Dios mío, ¿será que yo solo sirvo para esto? ¿Solo para la prostitución?” […] Entonces es el momento en que más sentí a Dios cargando conmigo, ¿entendiste?, transformándome. Fue en aquel momento. Tanto que yo no me olvido. ¿Entendiste?».
«Yo ahora hablo con Jesús y le digo: aquí estoy, acompáñame. Tú viste lo que le sucedió a mi compañera [se refiere a una compañera asesinada en un hotel]. Te ruego por ella y pido que nada malo les suceda a mis compañeras. Yo no hablo, pero pido por ellas, pues ellas son personas como yo».
«Estoy furiosa, triste, dolida, rechazada, nadie me quiere, no sé a quién culpar, o sería mejor odiar a la gente y a mí, o al mundo. Fíjate, desde que era niña yo creí en ti y has permitido que esto me pasara. Te doy otra oportunidad para protegerme ahora. Bien, yo te perdono, pero, por favor, no me dejes de nuevo».
¿Qué misterio se encierra en Jesús para tener ese poder en el corazón de las personas? Cómo cambiaría la vida de muchos si le conocieran mejor.
“¡Vete hoy a trabajar…!”
Actualidad de la misión
Romeo Ballan, mccj
Un padre, dos hijos, una hacienda familiar que llevar adelante con el trabajo de todos, haciendo equipo, sin echarse atrás… Es la escena que Jesús presenta en la parábola (Evangelio), con la invitación-mandato a ir a trabajar en la viña. Es decir, para el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Retorna aquí el mensaje del domingo pasado sobre el trabajo en el campo de Dios, la conversión del corazón, la gratuidad del amor y del servicio, la aceptación del plan de Dios Padre… El Señor no se conforma con palabras, se fija en los frutos: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). La palabra de Jesús y el mensaje de la parábola suenan como una fuerte llamada a la conversión, a la coherencia entre fe y obras. Una llamada que aparece evidente en los frecuentes debates-polémicas entre Jesús y los fariseos. Cuando Mateo, algunas décadas después de la muerte y resurrección de Jesús, escribía estos textos, las comunidades cristianas estaban ya formadas principalmente por personas procedentes del paganismo, mientras que la mayoría de los hijos de Israel no había reconocido en Jesús al Mesías prometido, y, por tanto, había rehusado entrar en la viña.
La profecía de Jesús ya se había hecho realidad: “Los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios” (v. 31). Esta palabra no da pie a una gradación de mérito o de lugares privilegiados, indica tan solo una precedencia en la disponibilidad y apertura a la novedad de Dios. Jesús no quiere elogiar la prostitución, sino más bien elogiar a quien tiene el valor de cambiar su vida, de convertirse, como la adúltera, como Mateo y Zaqueo. La parábola nos garantiza que nuestro Padre bueno acepta que uno se atrase y necesite tiempo para recapacitar, acoge incluso a aquellos que parecen los más indignos, si creen y se arrepienten (v. 32). Porque Él es un Dios especial, que manifiesta su poder sobre todo con el perdón y la misericordia.
Los dos hijos de la parábola son dos pueblos (Israel y los paganos), son dos corazones con diversas vicisitudes, son dos caras de la misma moneda. En realidad, los dos hijos somos cada uno de nosotros, con nuestros altibajos e incoherencias, en una mixtura de Sí y de No, entre tiempos de fidelidad y de fragilidad, según los momentos y épocas de la existencia… La fe no se limita a un sentimiento interior, conlleva un estilo de vida, listos para cambiar, emprender un nuevo camino. No basta con decirse creyentes, hace falta ser creíbles. Ya a finales del primer siglo cristiano (hace unos 1.900 años), san Ignacio de Antioquía escribía: “Es mejor ser cristianos sin decirlo, que decirlo sin serlo”.
Además de los dos hijos de la parábola con su Sí y No, hay un tercer hijo, que no somos nosotros: es Jesús, Hijo del Padre, que conoce y realiza una sola palabra: el Sí de Dios para la salvación de la humanidad (cfr. 2Cor 1,19; Mt 11,26). El grandioso himno cristológico en la carta de San Pablo a los Filipenses (II lectura) es una contemplación orante del misterio de Cristo Jesús: Él es Dios como el Padre y el Espíritu, pero se anonada, se despoja de su rango, toma la condición de siervo obediente, se humilla hasta la muerte de cruz. Pero Dios lo exalta por encima de todos, hasta el punto de que toda lengua proclame que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (v. 11). Cristo no se ha encerrado en sus intereses, ha buscado el interés de los demás (v. 4): Él, el Misionero del Padre, ha entregado su vida por todos; por tanto, todo cristiano, cada misionero está llamado a seguir su ejemplo, asumiendo los sentimientos de Cristo Jesús (v. 5): amor, humildad, compasión, entrega total. Él es el camino de la misión.
La orden del padre a los hijos es clara: “Hijo, vete hoy a trabajar a la viña” (v. 28). Esta escena agrícola está en conexión con otra invitación de Jesús a hacerse cargo de la mies ya madura: “Alcen sus ojos y vean los campos que blanquean ya para la siega” (Jn 4,35). Se trata de una mies abundante, para la cual, lamentablemente, faltan obreros (cfr. Mt 9,37). La orden es clara y plenamente actual: “Hijo, vete hoy…” Es una orden para nuestro tiempo. ¡Es para hoy! Las necesidades son cuantiosas y urgentes: en la Jornada mundial del migrante y del refugiado, al comienzo del octubre misionero y cercanos ya al DOMUND, es fácil identificar la viña de la parábola con el mundo de las misiones, donde el trabajo por el anuncio del Evangelio es proverbialmente inmenso, mientras que las fuerzas disponibles – personas y medios – escasean. La orden de Jesús es semejante a la invitación que el sacerdote dirige a los fieles al final de la Misa: vayan en paz a realizar la misión. En latín se decía: ‘Ite, missa est’, que equivale a: ‘Ite, missio est’; es decir: “Vayan. ¡Es la hora de la Misión!Jesucristo espera de cada uno una respuesta personal, libre, generosa y coherente.
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