Category Comentarios dominicales

VI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: no crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas ahí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
También han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio y el que se casa con una divorciada comete adulterio.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es en donde Él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.
Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.

(Mateo 5, 17-37)


Han oído lo que se dijo;
Pero yo les digo
P. Enrique Sánchez G., mccj

La reflexión del evangelio de este sexto domingo del tiempo ordinario, ya muy cercanos al tiempo de cuaresma que iniciaremos en unos cuantos días, pone en el centro de nuestra atención el tema de la ley que había guiado por mucho tiempo al pueblo de Israel y la nueva ley que Jesús viene a establecer como camino seguro para encontrarse con Dios.

Jesús empieza por decir que él no ha venido a abolir la ley y los profetas, no ha venido a cambiar las leyes que Dios sabiamente había dado a su pueblo; por el contrario, el ha venido para que la ley sea cumplida hasta en los más pequeños detalles, porque en sí misma sigue siendo un instrumento válido en las manos de Dios para conducir a su pueblo hacia la tierra de salvación.

¿Qué había pasado con la ley en tiempos de Jesús y posiblemente desde hacía mucho tiempo antes?

Tal parece que, poco a poco, en una manera equivocada de interpretar y de aplicar la ley, se había llegado a hacer de ella un instrumento de esclavitud y de manipulación, convirtiéndola en un peso imposible de llevar sobre sí y en un instrumento muy difícil de cumplir.

Basta recordar que una persona para considerarse justa o santa, diríamos nosotros hoy, tenía que observar 622 leyes habitualmente. Por ello ni la persona más perfecta podía presumir de ser un justo, pues se decía que el justo pecaba al menos siete veces al día.

Jesús nos dice en esta página del Evangelio que, contrariamente a lo que hacían los escribas y fariseos, quienes eran considerados los mejores conocedores e interpretes de la ley, él no había venido para manipular la ley a su conveniencia, sino a cumplirla, como garantía para entrar en el Reino de los cielos.

Cumplir la ley era darle un orden a la vida que permitía orientarla hacia Dios y vivir según los valores que Dios había establecido como garantía para que nadie se perdiera en el camino, dejándose engañar por otras propuestas que podían esclavizar el corazón humano.

En nuestros tiempos seguramente no nos resulta difícil entender lo que Jesús nos propone, pues nos damos cuenta de que el uso que hacemos de nuestras leyes, muchas veces es igual a lo que hacían en tiempos de Jesús.

Hoy decimos bromeando, pero creyendo en el fondo, que las leyes se hacen para no cumplirlas o para transgredirlas y eso lo vemos reflejado en tantas situaciones de corrupción en los lugares en donde se tendría que aplicar la ley sin hacer distinciones y de la misma manera en todas las circunstancias, cuando es violada.

Si las leyes son buenas y las hemos aceptado como instrumentos que pueden garantizar la armonía y la buena convivencia entre las personas, no tendríamos derecho a hacer mal uso de ellas.

Y Jesús se da el tiempo para mostrar cómo la ley tiene por finalidad crear una realidad en donde todos podamos convivir y compartir la vida reconociéndonos dependientes los unos de los otros, necesarios y corresponsables en la aventura de disfrutar de la existencia en comunión con los demás.

Jesús sabe perfectamente que, como personas, somos frágiles y muchas veces expuestos a fallar y a caer en situaciones que no nos convienen y ahí hace notar cómo la ley puede ser algo que nos ayude a reconstruir lo que se ha roto o lo que se ha dañado.

De lo que se trata no es simplemente de cumplir y de observar leyes y preceptos, sino de ir más lejos descubriendo que estamos hechos para ser felices haciendo felices a los demás.

No es cuestión solamente de no matar, como dice la ley, sino de respetar la vida reconociéndola como un don sagrado que Dios ha depositado en el corazón del hermano que tenemos a nuestro lado.

Y si nos olvidamos de la importancia de ese mandamiento el riesgo será que podríamos acabar haciendo de nuestra existencia un infierno en donde no soportamos estar en paz, en donde el egoísmo nos hace creer que tenemos derecho a imponernos sobre los demás y en donde acabamos por convertir a nuestros hermanos en objetos que podemos utilizar a nuestro antojo.

Por eso Jesús invita a la reconciliación, a no dejarnos envenenar el corazón por todo aquello que contradice las leyes fundamentales de la vida como son el respeto, el reconocimiento, el aprecio y el cariño por quienes Dios va poniendo en nuestro camino.

En lo nuevo que Jesús enseña, retomando lo que la ley decía, se mencionan leyes que tienen una importancia moral y que se refieren a estilos de vida que tienen muy en cuenta la fragilidad humana.

El adulterio, el divorcio, el jurar en falso son temas que no ignoran lo expuestos que podemos estar a caer en situaciones que producen un gran sufrimiento en el corazón de quienes buscan vivir auténticamente su compromiso de fe, y diríamos nosotros su compromiso cristiano.

En estos casos, más que quedarnos en los juicios que podríamos hacer, Jesús nos hace entender el valor de la ley como algo que viene al encuentro de aquello en lo que deberíamos estar vigilantes para que en la debilidad y el límite humano pueda resplandecer siempre la ley de la misericordia.

La antigua ley que estaba inscrita en tablas de piedra, ahora Jesús la escribe en corazones de carne para que deje de ser una ley fría y se convierta en una fuente de amor que nos lleve a vivir de tal manera que nuestro ser y nuestro quehacer sean expresiones de la única ley que Dios ha querido darnos, la ley del amor.

Una cosa que seguramente no deberíamos de olvidar, sobre todo nosotros que estamos siempre buscando un por qué y un para qué a todas las cosas, es que la finalidad de la ley, tanto la de Moisés y más todavía la de Jesús, tienen como objetivo final cambiar el corazón humano.

No se trata de usar principalmente la ley para enjuiciar a los demás, sino de acogerla para que nos cambie desde dentro, haciéndonos capaces de amar sin límites.

Seguramente nos preguntaremos ¿cuáles son las leyes que están gobernando nuestras vidas? ¿Somos astutos observantes de la ley que hacemos que funcione a nuestra conveniencia? ¿Vivimos nuestra relación a la ley como algo que nos asfixia y nos doblega, como un peso que cae sobre nuestras espaldas, sintiéndola sólo como un elenco de prohibiciones que nos limitan en nuestra libertad?

Las palabras de Jesús en el evangelio que dicen: han oído que se dijo, pero yo les digo.

¿Resuenan en nuestro interior como el anuncio de una ley nueva que nos invita a la libertad y a vivir en plenitud? ¿Nos recordamos con frecuencia que al final de nuestras vidas seremos juzgados por el amor y se nos medirá por el amor que hayamos compartido con los demás?

Que Jesús nos haga entrar en la aventura de su ley y que poniéndola en práctica seamos capaces de ir dando rostro a una humanidad nueva, la humanidad del Reino del Señor que nos juzga con amor.


No a la guerra entre nosotros
José Antonio Pagola

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.
Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

No es este un hecho que se da solo en la convivencia social. Es también un grave problema en la Iglesia actual. El Papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”. Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: “No a la guerra entre nosotros”.

Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

http://www.musicaliturgica.com


Pero yo os digo
Inma Eibe, ccv

“Pero yo os digo”… Seguramente algunos de los que escuchaban a Jesús en el monte se escandalizaron al oírle. La Ley, para el pueblo judío, era algo intocable. Es verdad que Jesús predica que no ha venido a abolirla (“¡menos mal!”, pensarían muchos…), pero sí expresa con claridad que desea darle “cumplimiento”, mayor plenitud, mayor significado.

Quienes seguían a Jesús se encontraban ante el dilema de cómo armonizar sus palabras y obras con la Ley. En Jesús hallaban un modo diferente de actuar. Sus acciones y su predicación eran muy distintas a las que, hasta ahora, habían visto y escuchado. En su modo de hablar y de proceder no encontraban la rigidez de la norma, sino la libertad del amor. Eso les atraía. Pero a ellos se les había enseñado una forma concreta de interpretar una Ley que había sido sellada en piedra y que tenía un peso en sus vidas nada fácil de aligerar.

No es algo tan lejano. Hoy podemos sentirnos igualmente identificados con quienes habían perdido el sentido, la capacidad de interpretar la Ley de Dios, es decir, su voluntad. La búsqueda de la voluntad de Dios debe llevarnos no al cumplimiento a rajatabla de unas normas o preceptos, sino a lo más hondo de nuestro ser, a la esencia de lo que somos, a vivir lo que estamos llamado a vivir, a nuestra vocación como seres humanos.

La voluntad de Dios no es nada que se añada a lo que somos, no nos viene de fuera. Está en lo más profundo de nuestro ser. Y ojalá se nos educara siempre para poder atender a ella, escucharla, conocerla… Lo que sucede es que es más fácil dictar unas normas y relajar nuestra conciencia pensando que así “cumplimos con Dios” porque, cuando vamos a lo más hondo, a nuestra llamada más íntima, nos damos cuenta que Dios nos quiere como a hijas e hijos y, por tanto, nos hace hermanos, nos lleva a salir de nosotros mismos, nos pone al servicio de la paz y de la justicia, del cuidado de la Creación, de la atención a quienes más lo necesitan… Nos conduce a buscar la igualdad, a denunciar la exclusión, a alimentar nuestra humanidad… Y todo esto, en lo grande y en lo pequeño, comenzando por el día a día, por las relaciones cotidianas, por aquello que está en nuestra mano y que a veces, por dejación, no realizamos.

Jesús nos dice: “si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Estos hombres eran cumplidores y responsables y, por eso, se creían modelos referenciales ante los demás. Cumplían la ley con escrúpulo pero superficialmente. Sin embargo, la relación con Dios nunca nos deja en la superficie de la realidad, tranquilos y cómodos. La relación con Dios nos lleva siempre más allá, más adentro, más abajo. Por eso dice Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete a reconciliarte con tu hermano”. Para un Dios Padre-Madre, el mayor signo de amor hacia él, es que nosotros nos amemos como hermanos. Si ignoramos a quien está a nuestro lado (no importa los kilómetros de distancia que nos separen) nuestra relación con Dios no está funcionando… aunque queramos pensar que sí.

“Pero yo os digo”… Jesús explica y ayudar a comprender, nos ayuda a ir más a fondo. “No es cuestión de cambiar la Ley”, nos dice, “es cuestión de poner adecuadamente el foco en su sitio. La ley no está por encima del ser humano. La ley se hace para que le sirva en la vida, para que ayude a crecer, para fomentar unas relaciones interpersonales enriquecedoras, para el bien común… Esta es la voluntad de Dios, de mi Padre: que el ser humano viva y viva en plenitud”.

El evangelio de hoy es de una actualidad escandalosa. Estamos construyendo un mundo en el que imperan leyes deshumanizadoras, leyes que no buscan dar plenitud a la vida de las personas, leyes que fomentan la desigualdad, los muros y las fronteras.
Pero somos muchos las y los cristianos a los que hoy se nos da la oportunidad de profundizar en estas palabras de Jesús. Si de verdad nos tomamos el pulso sobre cómo buscamos y vivimos la voluntad de Dios, algo cambiará en nuestro mundo. Ante nosotros está la muerte y la vida, ¿qué escogeremos? (cf. Eclo 15,17) Que el Espíritu, la Ruah Santa, que todo lo penetra (1Cor 2,10), nos ilumine en la elección.

https://www.feadulta.com


Continuidad y novedad
Romeo Ballan, mccj

La narración del evangelista Mateo, que habla de monte y da el tono del discurso, presenta a Jesús como legislador, un nuevo Moisés que traza el camino para el pueblo de la nueva alianza. El mensaje de Jesús es unitario y hay que entenderlo en su doble dimensión: de continuidad y de novedad. Jesús dice claramente que no ha venido para abolir la Ley o los Profetas, “sino a dar pleno cumplimiento” (v. 17). Así sabemos que las expresiones “se les dijo” – “pero yo les digo” (v. 21.22) no indican una sustitución o una contraposición de preceptos, sino una continuidad en crecimiento. Jesús no quiere rehacer un código de leyes, sino curarnos en el corazón para vivir de manera nueva la vida moral. Jesús ama, interpreta y vive la Ley, pero su relación con ella no es de tipo legalista, sino vital; no se conforma con un cumplimiento minimalista, exterior o ritual, sino que va al mismo corazón de la Ley, subraya su verdadero mensaje, pone en evidencia su valor más alto y lo expresa en su conducta y en su enseñanza. Esto quiere decir “dar pleno cumplimiento” a la Ley.

Por tanto, Jesús invita a sus discípulos a ir más allá, a superar la conducta de los escribas y de los fariseos (cfr. v. 20). Por ejemplo, el respeto hacia otra persona conllevará una relación global, que no se conforma con el límite extremo expresado en el “no matarás”: será preciso evitar también todo tipo de herida a la dignidad del otro. Cualquier tipo de opresión o explotación del otro es contrario a su dignidad de persona y de hijo de Dios. Enfadarse o insultar a un hermano con las palabras estúpido, loco y semejantes (v. 21.22) son transgresiones de la Ley, porque manifiestan desprecio del otro, cortan la posibilidad de un intercambio y de un encuentro fraterno. San Juan lo dice drásticamente: “El que no ama a su hermano es un homicida” (1Jn 3,15). El que no ama, mata; el asesinato exterior del otro no es sino una consecuencia de haberlo ya eliminado dentro de nosotros.

El mismo criterio de valor superior vale también para el adulterio en su globalidad (v. 27.28). Por tanto, mirar a una mujer (o a un hombre) con una actitud predatoria y con ojos de posesión es faltar a la reciprocidad, significa no considerar a la otra/otro como sujeto con el cual entrar en relación, sino como objeto del cual disponer.

Todo el sermón de Jesús, sobre el monte y en otros lugares, no favorece ciertamente formas religiosas de tipo legalista y ritual; Él nos invita ante todo a curar nuestro corazón; el culto que Él promueve va en la línea del “espíritu y verdad” (cfr. Jn 4,23): un culto que libera interiormente a las personas, las hace crecer en la gratuidad, ayuda a ser adultos y responsables. Porque “la plenitud de la Ley es el amor” (Rom 13,10). Observar y enseñar a los demás la custodia amorosa de la Ley es la gozosa tarea de los auténticos misioneros del Evangelio de Jesús (v. 19). Las Bienaventuranzas no son solo un estilo o un método, sino sobre todo el contenido esencial (cfr. Rmi 91), el corazón del anuncio misionero de la Iglesia.


“Si no sois mejores que los escribas y fariseos,
no entraréis en el reino de los cielos”
Fray Martín Gelabert Ballester, O.P.

Estas palabras de Jesús debieron sorprender y desconcertar a sus oyentes. Jesús les invitaba a ellos, y nos invita a nosotros, a no entender la religión, o sea, la relación con Dios, de forma legalista, como el cumplimiento de una serie de preceptos y, mucho menos, como un cumplimiento de mínimos.

La religión no es una cuestión de medidas. Es una manera de ser, de vivir, de amar.

Jesús nos invita a ir a lo esencial, a lo que ilumina todo lo demás, a aquello sin lo que lo demás no tiene sentido, o se convierte en esclavitud insoportable y letra que mata. Y lo esencial, como dejó escrito el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium (n. 39) es “responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos”.

En el evangelio encontramos una serie de contraposiciones entre “lo que se dijo a los antiguos”, o sea, lo que dice la ley, y lo que dice Jesús. Este “pero yo os digo”, o sea, “por el contrario yo os digo”, debió resultar escandaloso, porque era una manera de reivindicar una autoridad superior a la de la ley recibida en el Antiguo Testamento.

No es cuestión solo de “no matar”, aunque con esto hayamos cumplido la ley; eso, sin olvidar que hay muchas maneras de matar cumpliendo la ley o, al menos, no quebrantándola, por ejemplo, cuando odio en mi corazón a mi hermano. Es cuestión de dar vida y buscar siempre el bien del prójimo, aunque muchas veces lo que el otro hace no nos gusta.

Se trata de adoptar siempre actitudes positivas e incluso de adelantarse y tomar la iniciativa ante la debilidad e incluso la malicia del prójimo, como queda claro en esta palabra de Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Aquí no se dice quién tiene la culpa de que tenga algo contra ti. Quizás la culpa es del hermano, porque te tiene manía, o es un exigente, o un maniático, o siempre está pensando mal. Pues bien, aunque la culpa sea del hermano, tú debes buscar la reconciliación, sin esperar que él cambie o te pida primero perdón.

“Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no”

En el evangelio queda claro que Jesús nos invita a tomar la defensa de los débiles. Es el caso del repudio a la mujer o del divorcio. En tiempos de Jesús solo el varón tenía ese derecho; la mujer no tenía ningún derecho. El evangelio nos hace caer en la cuenta de que la mujer es igual al varón, con los mismos derechos y deberes.

Por otra parte, el matrimonio no se reduce a relaciones sexuales, sino a una relación de igualdad en el respeto mutuo, en la ayuda mutua, en la defensa mutua, sobre todo en la defensa del más débil; y en aquella sociedad el débil era la mujer, el niño, el huérfano, la viuda. El divorcio es un atentado contra el amor y, en todo caso, si se hiciera necesaria una separación porque el amor ha muerto, el mismo derecho tienen el varón y la mujer.

Dígase lo mismo a propósito del juramento. En cierto modo también es un atentado contra el amor. Allí donde hay relaciones sanas, donde hay fraternidad, donde hay capacidad de perdón, donde hay confianza mutua no es necesario ningún juramento. El juramento indica desconfianza, miedo a que el otro mienta. La lealtad debe regir las relaciones humanas.

Desgraciadamente, hoy el legalismo sigue presente en muchas partes. Fingir virtud o devoción es una tentación que acecha al hombre religioso. La expresión: “yo no mato, ni robo, ni hago mal a nadie”, demuestra que no se ha entendido el evangelio. Pues no se trata solo de no robar, sino de compartir generosamente.

Dígase lo mismo de la supuesta defensa de la ortodoxia, que hoy tiene muchos adeptos. Una ortodoxia, un conocimiento del catecismo sin misericordia, es una mala ortodoxia. Los piropos a la Virgen sin colmar de bienes a los hambrientos son ofensivos. En suma, lo más perfecto para Jesús no es lo que se atiene a las prescripciones legales, sino lo que renueva la vida, lo que la llena de felicidad, en definitiva, el amor. El amor crea y no destruye, cura y no hiere, comparte y no acapara, comprende y no juzga, perdona y no condena.

dominicos.org

V Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.
(Mateo 5, 13-16)


Ser Sal de la tierra y luz del mundo
P. Enrique Sánchez G., mccj

El discurso de las Bienaventuranzas, que escuchamos en el Evangelio el domingo pasado, decíamos que era como el contenido formativo que Jesús había dado a sus discípulos, subrayando los valores sobre los que se tenía que construir el Reino de los cielos.

Los discípulos iban descubriendo que su llamada a colaborar en la misión de Jesús era, sobre todo, algo que les abría un camino muy singular para alcanzar una felicidad que no encontraban en el mundo.

Cada una de las Bienaventuranzas ponía en evidencia una situación concreta en la que también nosotros podríamos decir que nos encontramos inmersos, una carencia, un sufrimiento o un dolor que aflige nuestra existencia; pero a esas realidades Dios está siempre dispuesto a dar una alternativa que abre a la esperanza, al optimismo, a la confianza y a la felicidad que se manifiesta en alegría.

El ser discípulos de Jesús parecía ofrecer una posibilidad de vida que invitaba a seguir un camino distinto de lo que el mundo ofrecía. Era una alternativa que obligaba a ver más lejos, a ir más allá de los horizontes no muy alentadores en los que muchos podían sentirse atrapados y sin ilusiones de futuro. Sentirse Bienaventurados seguramente había sido la mejor noticia que habían recibido.

Leyendo el Evangelio es fácil que nos demos cuenta de que hay un movimiento en las palabras y en los acontecimientos que se nos van narrando que nos invita a ir a cada paso un poquito más lejos.

En el texto de este domingo, Jesús continua su enseñanza introduciendo dos elementos muy comunes de la vida ordinaria para ilustrar lo que quiere que quede bien claro en la mente y en los corazones de sus discípulos: la sal y la luz.

La sal, todos sabemos que no es sólo algo que ponemos en la comida para resaltar los sabores y despertar el apetito. No es únicamente lo que da sabor, sino que tiene muchas otras cualidades que en tiempos de Jesús eran de gran valor.

La sal por su componente servía para conservar los alimentos en donde no existían nuestros refrigerados modernos, era una substancia útil para purificar, era un conservante de los alimentos, por mencionar sólo algunos.

En el caso del evangelio lo que se subraya es el sabor que da a los alimentos, lo que resalta y hace sabroso lo que comemos, aunque hoy las nuevas dietas no tengan por bien afamada la sal.

Pero se nos dice también que es algo que se puede contaminar, que puede ser amenazada por otros elementos o impurezas que acaban por hacerla insípida y en ese caso no sirve para nada, como si se convirtiera en polvo.

La sal cuando es sacada del mar tiene una gran concentración de los elementos que la hacen ser justamente salada, pero es fácil que se contamine cuando se deja que se mezcle con la arena u otros bichos y entonces sólo sirve, como dice el evangelio para ser pisoteada, pierde su cualidad y su valor.

Aplicando esta información a la vida de los discípulos y a hasta nuestros días a la vida cristiana, Jesús quiere hacer entender que, tantos ellos como nosotros, estamos invitados a ser una presencia en el mundo que sea capaz de darle un sabor distinto  a la vida de todos nuestros hermanos.

Para ser discípulos no es suficiente aprender la lección y memorizar algunas palabras de lo que Jesús nos enseña; se trata de algo más profundo y exigente. Hay que cambiar la realidad de nuestro mundo dando un testimonio que haga que donde estemos presentes la vida tenga otro sabor, que se resalte lo bueno y lo bello de tener a Dios con nosotros. Que dé gusto consumir todo lo que Jesús nos enseña.

Ser sal del mundo, en nuestro caso, es ser una presencia que permita a nuestros hermanos sentir y descubrir que hay una manera de vivir que vale la pena. Que la vida cristiana no sólo es cumplimiento de mandamientos y acumulación de sacrificios que agobian la existencia; sino que se trata más bien de mostrar con nuestro estar en el mundo que ser cristianos es algo que llena el corazón de satisfacción y de alegría.

Pero aquí es en donde muchas veces nos damos cuenta de que no hemos sabido responder positivamente a esa vocación que es la nuestra. En muchas partes no faltan los cristianos que han dejado de ser significativos, que no entusiasman; al contrario, con su ejemplo alejan a las personas porque nuestro testimonio ha dejado mucho qué desear. Somos sal que perdió su fuerza, que se hizo insípida, se convirtió en polvo que muchos pisotean y desprecian, porque no tiene sabor y ya no despierta el apetito para intentar al menos probar.

El otro elemento, por medio del cual Jesús nos invita a reflexionar, es la luz como algo que se expone en lo alto para que todos puedan ver, para que nadie se quede en la oscuridad; para que quien se sienta iluminado pueda caminar por senderos seguros, por caminos de verdad.

Como la luz no se enciende para ocultarla debajo de la mesa, así la luz del cristiano tiene que ser algo que ilumine, que resplandezca en un mundo en donde no faltan las sombras de la maldad.

El discípulo de Jesús está llamado a irradiar la luz que recibe del Señor. En otras palabras, se trata de ser testigos resplandecientes de una luz que se lleva dentro. La luz que ha vencido las tinieblas que impiden avanzar en la vida.

El testimonio del discípulo tiene que ser como la luz que permite ver, que permite encontrar a quien se busca, al Señor, muchas veces en medio de realidades marcadas por la oscuridad de una sociedad que se empeña en ocultar lo que bueno, noble y santo.

La exigencia de Jesús para que sus discípulos sean luz en el mundo tiene sentido y percibimos su valor cuando nos damos cuenta de cuánta necesidad tenemos de ver a Dios a nuestro lado, de sentir su presencia en los momentos en que todo nos puede parecer confuso, en las ocasiones en que no sabemos a quién creerle; ahí el testimonio del cristiano como discípulo de Jesús que resplandece a través de sus obras se convierte en buena noticia que alienta a los demás a seguir sus pasos.

A este punto, vale la pena preguntarnos ¿qué sabor estamos aportando a la vida ahí en donde nos encontramos? ¿Qué es lo bueno y agradable que estamos poniendo en nuestra vida y en la vida de los demás desde nuestro ser cristianos?

¿Cómo estamos siendo resplandor de la presencia de Dios que pasa a través de nuestras vidas y que entusiasma a los demás diciendo: vean cómo es bello ser cristianos?

Es muy importante que nos convenzamos de que siendo discípulos de Jesús tenemos la gran responsabilidad que nos obliga a aportar al mundo el sabor de Dios, ese gusto particular que permita apreciar cada momento de nuestra historia como una bendición y un don en donde no hay espacio para los tibios.

Tenemos que ser luz que permita a nuestros hermanos descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas para que también ellos puedan dar gloria a Dios, es decir, bendecirlo y agradecerle el permitirnos vivir ya desde ahora la maravilla del Reino.

Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo. Esta es la tarea que nos confía el Señor y el compromiso que queremos asumir para corresponder a la bondad que el Señor tiene para con nosotros.

Pidamos para que se nos conceda entender y vivir con alegría esa gran misión que el Señor comparte con nosotros, que podamos ser presencia de Dios que le da luz y sabor a nuestras vidas y a las vidas de todos aquellos a quienes nos envía como testigos suyos.


La esperanza de una Iglesia Sal y Luz
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El domingo pasado, el Señor nos sorprendió con las Bienaventuranzas, invirtiendo nuestros criterios de felicidad. Hoy se dirige directamente a nosotros, sus discípulos, y vuelve a sorprendernos, revelando nuestra identidad más profunda: «Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo». Se dirige al grupo de sus discípulos y dice: «Vosotros sois» la sal y la luz, utilizando el verbo en presente y no en futuro. No es una exhortación ni un imperativo para llegar a ser algo que todavía no somos, sino una afirmación. ¡Además, Jesús declara que ellos son «la» sal y «la» luz!

Para captar la carga casi provocadora de una afirmación semejante, basta recordar que los rabinos decían: «La Torá —la Ley dada por Dios a su pueblo— es como la sal, y el mundo no puede vivir sin la sal». Decían también: «Así como el aceite da luz al mundo, así Israel es la luz del mundo». Por lo tanto, lo que Jesús está diciendo es algo paradójico: el pequeño e insignificante grupo de sus discípulos, sin peso social ni religioso, es comparado con las instituciones sagradas de Israel o incluso las sustituye.

«Vosotros sois la sal de la tierra»

Todos podemos percibir la fuerza de esta comparación. La sal da sabor a los alimentos, los hace sabrosos. Sin sal no hay gusto, no hay placer al comer. Así, el discípulo de Jesús da sabor a la tierra, gusto a la convivencia humana, sentido a la vida.

La sal está también vinculada a la inteligencia. El discípulo de Jesús es portador de un saber, de una sabiduría nueva (cf. Pablo en la segunda lectura, 1 Corintios 2,1-5).

Además, la sal se utilizaba para evitar la descomposición de los alimentos. El discípulo de Jesús es, por tanto, un antídoto contra la corrupción de la sociedad. De esta propiedad de la sal provenía también la costumbre de esparcir sal sobre los documentos como signo de su perennidad. Un «pacto de sal» era definitivo, no podía ser quebrantado. Incluso la alianza de Dios era llamada alianza de sal, o «salada», para indicar que era eterna.

Desde la raíz latina, algunas palabras relacionadas con la salud están emparentadas con el término sal, como salvesaludsalvación

¿En qué significados pensaba Jesús cuando nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra»? Muy probablemente en todo este conjunto simbólico.

«Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la hará salada? No sirve para nada más que para ser arrojada fuera y pisoteada por la gente».

Nos parece extraño que la sal pueda perder sus propiedades. Tal vez haya aquí una referencia a cierto tipo de sal extraída del mar Muerto, que perdía fácilmente su sabor. Sin embargo, es interesante notar que la expresión «si la sal pierde su sabor» podría traducirse literalmente como «si la sal enloquece». El discípulo, si pierde su identidad, «enloquece» y ya no sirve para nada.

«Vosotros sois la luz del mundo»

En la Biblia, la luz es una de las realidades más cargadas de simbolismo. Aparece al comienzo como la primera obra de Dios (Génesis 1,3) y se encuentra de nuevo al final: «Ya no necesitarán la luz de una lámpara ni la luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará» (Apocalipsis 22,5).

Solo el Evangelio de Mateo atribuye al discípulo la prerrogativa de ser luz. San Juan, el autor que más habla de la luz, la atribuye siempre a Cristo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12; cf. también 9,5). Los discípulos llegan a ser, por reflejo, «hijos de la luz» (Jn 12,36). Encontramos esta expresión también en san Pablo (1 Tesalonicenses 5,5; Efesios 5,8). Es evidente que estas dos afirmaciones no se oponen: el discípulo será siempre una luz reflejada de la del Maestro.

Ser sal y luz entre límites y debilidades

¿Cuál es nuestra reacción ante esta sorprendente revelación de Jesús? La más espontánea sería la alegría y el entusiasmo de vernos así asociados a la vida y a la misión de Jesús. Sin embargo, el peso y la responsabilidad de una vocación tan alta también pueden intimidarnos. Y, sin embargo, Jesús cree en nosotros, confía en nosotros, a pesar de nuestros límites y debilidades.

Pero ¿qué sentiríamos si Jesús nos proclamara sal de la tierra y luz del mundo delante de los no creyentes de hoy? Casi con toda seguridad, un gran embarazo. ¿Cómo podría sostenerse una Iglesia humillada por los escándalos y frenada por un clericalismo que ha transformado el servicio en poder? ¿Una Iglesia desgarrada por luchas internas y dividida por extremismos? ¿Cómo ser creíbles si nos convertimos en sal sin sabor y escondemos la luz bajo el celemín de los oportunismos? ¿Si perdemos la sal del testimonio y la luz de la profecía?

«No temas, pequeño rebaño»

¿Tiene esta Iglesia nuestra la posibilidad de renacer y, aunque sea pequeña, convertirse en la sal de esta tierra y en la luz de nuestro mundo? ¡Sí, la historia bimilenaria de la Iglesia lo demuestra! ¡Sí, la esperanza lo asegura! Sin embargo, hay tres condiciones.

  • Aceptar pasar por el crisol del «pequeño resto» del que hablan los profetas. Dios actúa según la lógica evangélica de la pequeñez. En cada época, cuando la Iglesia tiende a volverse «mundana» y deja de ser sal y luz, debe volver a sus orígenes;
  • Redescubrir nuestra vocación misionera de ser para los demás. El cristiano y la Iglesia existen para dar sentido y sabor a la sociedad en la que vivimos e iluminar la realidad que nos rodea. Como la luz y la sal, estamos llamados a hacerlo con una presencia discreta, que no llama la atención sobre sí misma;
  • Confiar en la palabra de Jesús: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino» (Lc 12,32).

En conclusión, ¿qué espera el Señor de nosotros? Tal vez nos esté pidiendo aceptar la sal del sufrimiento y colocar nuestra luz en el candelero de la cruz.


Salir a las periferias
José Antonio Pagola

Jesús da a conocer con dos imágenes audaces y sorprendentes lo que piensa y espera de sus seguidores. No han de vivir pensando siempre en sus propios intereses, su prestigio o su poder. Aunque son un grupo pequeño en medio del vasto Imperio de Roma, han de ser la “sal” que necesita la tierra y la “luz” que le hace falta al mundo.

“Vosotros sois la sal de la tierra”. Las gentes sencillas de Galilea captan espontáneamente el lenguaje de Jesús. Todo el mundo sabe que la sal sirve, sobre todo, para dar sabor a la comida y para preservar los alimentos de la corrupción. Del mismo modo, los discípulos de Jesús han de contribuir a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción.

“Vosotros sois la luz del mundo”. Sin la luz del sol, el mundo se queda a oscuras y no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida en medio de las tinieblas. Los discípulos de Jesús pueden aportar la luz que necesitamos para orientarnos, ahondar en el sentido último de la existencia y caminar con esperanza.

Las dos metáforas coinciden en algo muy importante. Si permanece aislada en un recipiente, la sal no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve con la comida, puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz.

El Papa Francisco ha visto que la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos, y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y para ofrecerle la luz genuina del Evangelio. Su reacción ha sido inmediata: “Hemos de salir hacia las periferias”.

El Papa insiste una y otra vez: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”.

La llamada de Francisco está dirigida a todos los cristianos: “No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos”. “El Evangelios nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro”. El Papa quiere introducir en la Iglesia lo que él llama “la cultura del encuentro”. Está convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.

http://www.musicaliturgica.com


Déjate iluminar;
preocúpate de ser una persona salada
Fray Marcos

El texto que acabamos de escuchar es continuación de las bienaventuranzas, que leímos el domingo pasado. Estamos en el principio del primer discurso de Jesús en el evangelio de Mt. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran valor para la vida del cristiano, pues su tarea más importante sería estar ardiendo e iluminar.

El mensaje de hoy es simplicísimo, con tal que demos por supuesta una realidad que es de lo más complicada. Efectivamente, todo el que ha alcanzado la iluminación, ilumina. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que iluminar. Si echas sal a un alimento, necesariamente quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto de iluminado? ¿Qué es una persona plenamente humana?

Todos los líderes espirituales, pero sobre todo el budismo enseñan lo mismo. Buda significa eso: el iluminado. ¡Qué difícil es entender lo que eso significa! En realidad solo lo podemos comprender en la medida que nosotros mismos estemos iluminados. Está claro, sin embargo, que no nos referimos a ninguna clase de luz material. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano. Estaríamos hablando del ideal de ser humano.

Esto es precisamente lo que nos está diciendo el evangelio. Da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y en consecuencia, capaces de iluminar a los demás. Pero como nos dice el budismo, eso no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás estando nosotros apagados, dormidos. En el budismo el iluminar a los demás estaría significado por la primera consecuencia de la iluminación, la compasión.

Hay un aspecto en el que la sal y la luz coinciden. Ninguna es provechosa por sí misma. La sal sola no sirve de nada para la salud, solo es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que tropieza con un objeto. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser lo que era. La lámpara o la vela produce luz, pero el aceite o la cera se consumen. ¡Qué interesante! Resulta que “mi existencia” solo tendrá sentido en la medida que me consuma en beneficio de los demás.

La sal es uno de los minerales más simples (cloruro sódico), pero también más imprescindibles para nuestra alimentación. Pero tiene muchas otras virtudes que pueden ayudarnos a entender el relato. En tiempo de Jesús se usaban bloques de sal para revestir por dentro los hornos de pan. Con ello se conseguía conservar el calor para la cocción. Esta sal con el tiempo perdía su capacidad térmica y había que sustituirla. Los restos de las placas retiradas se utilizaban para compactar la tierra de los caminos.

Ahora podemos comprender la frase del evangelio: “pero si la se vuelve sosa, ¿con qué se salará?; no sirve más que para tirarla y que la pise la gente”. La sal no se vuelve sosa. Esta sal de los hornos, sí podía perder la virtud de conservar el calor. La traducción está mal hecha. El verbo griego que emplea tiene que ver con “perder la cabeza”, “volverse loco”. En latín “evanuerit” significa desvirtuarse, desvanecerse. Debía decir: si la sal se vuelve loca o si la sal pierde su virtud, ¿cómo podrá recuperarse? Esa sal “quemada” no servía más que para tirarla en los caminos.

No podemos hacernos una idea de lo que Jesús pensaba cuando ponía estos ejemplo pero seguro que ya intuían lo que hoy nosotros sabemos. Es curioso que haya llegado a nosotros un proverbio romano que, jugando con las palabras, dice: no hay nada más importante que la sal y el sol. Muy probablemente estas comparaciones, utilizadas en los evangelios, hacen referencia a algún refrán ancestral que no ha llegado hasta nosotros.

La sal actúa desde el anonimato. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida, nadie se acuerda de la sal. Cuando a un alimento le falta o tiene demasiada, entonces nos acordamos de ella. Lo que importa no es la sal, sino la comida sazonada. La sal no se puede salar a sí misma. Pero es imprescindible para los demás alimentos. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra tan utilizada todavía de “salario” y “asalariado”.

Jesús dice que “sois la sal, soy la luz”. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal, que no hay otra luz. Todos tienen derecho a esperar algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. La única historia, el único mundo tiene que quedar sazonado e iluminado por la vida de los que siguen a Jesús. Pero cuidado, cuando la comida tiene exceso de sal se hace intragable. La dosis tiene que estar bien calculada.

Cuando se nos pide que seamos luz del mundo, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz. Solo si vivo mi humanidad, puedo ayudar a los demás a desarrollar la suya propia. Ser luz, significa poner todo nuestro bagaje espiritual al servicio de los demás.

Debemos de tener cuidado de iluminar, no deslumbrar. Debe estar al servicio del otro, pensando en el bien del otro y no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos ofrecerle. Cuando sacamos a alguien de la oscuridad, debemos dosificar la luz para no dañar sus ojos. Los cristianos somos mucho más aficionados a deslumbrar que a iluminar. Cegamos a la gente con imposiciones excesivas y hacemos inútil el mensaje de Jesús para iluminar la vida real de cada día.

En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora. “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz para trasmitir el mensaje son las obras. Una actitud verdaderamente evangélica se transformará inevitablemente en obras. Evangelizar no es proponer una doctrina muy elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra propia ideología o manera de entender la realidad.

En las obras que los demás perciben tienen que descubrir mis actitudes internas. Las obras que son fruto solo de una programación externa, no ayudan a los demás a encontrar su propio camino. Solo las obras que son reflejo de una actitud vital auténtica, son cauce de iluminación para los demás. Lo que hay en mi interior, solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor y la compasión es luz.

Meditación

Puedo desplegar mi capacidad de sazonar
Puedo vivir encendido y dar calor y luz
Soy sal para todos los que me rodean
en la medida en que hago participar a otros de mi plenitud humana.
Soy luz en la medida en que vivo mi verdadero ser
y muestro a otros el camino que les puede llevar a ser en plenitud.

https://www.feadulta.com


Las «buenas obras» de la Misión
Romeo Ballan, mccj

Un principio universal de pedagogía reza así: “Las palabras vuelan, los ejemplos arrastran”; y “un solo hecho vale más que mil palabras”. Jesús lo confirma en su programa, anunciado en las Bienaventuranzas (ver domingo anterior) y en todo el sermón de la montaña. Como buen pedagogo y predicador concreto y eficaz, Jesús lo explica tomando los ejemplos diarios de la sal y de la luz (Evangelio). La sal da sabor a la comida, cauteriza heridas, conserva alimentos; pero si pierde fuerza y sabor (es decir, su identidad), no sirve para nada y se arroja a la basura; una sal sosa es un contrasentido (v. 13). Lo mismo vale para la luz: está hecha para alumbrar a las personas, la casa, el camino, las cosas… La lámpara, el candelero, la ciudad puesta sobre un monte (v. 14-15) son otras de las imágenes que aclaran el mensaje de Jesús: la luz está para alumbrar; una luz tapada o escondida no sirve para nadie. La sal y la luz, por su naturaleza, tienden a expandirse e irradiar su presencia; conllevan, por tanto, una idea de universalidad.

Jesús aplica estas imágenes, tomadas de la vida cotidiana, a las “obras buenas” (en griego, las obras bellas) de sus seguidores, quienes, inmersos en el mundo, están llamados a dar y conservar el gusto y el sabor del Evangelio a las realidades de la vida de cada día; a ser puntos de referencia para quienes andan en la oscuridad, extraviados, en busca del camino. Naturalmente, nos advierte Jesús, la motivación y la finalidad de las obras buenas no es la vanidad complaciente del discípulo, sino la gloria del Padre (v. 16). La luz es Jesús mismo, luz para iluminar a los pueblos (Lc 2,32; LG 1). Sin embargo, la luz de Cristo no brilla en el mundo si los discípulos no son también luz. El discípulo tiene y es luz solo si le sigue a Él (Jn 8,12; versículo para el Evangelio). Jesús tiene confianza en los discípulos, les confía la misión de ser sal y luz: sin ellos la tierra no tendría sabor ni gusto, el mundo estaría en tinieblas; la vida humana sería sosa, oscura, sin sentido. Jesús pide a sus seguidores que compartan el don más precioso que tienen: su esperanza, que da sabor a la vida y luz a cuantos viven en la noche de la prueba o caminan en la incertidumbre.

Comentando la imagen del candelero, S. Juan Crisóstomo decía: “No te pido que abandones la ciudad y que rompas todas tus relaciones sociales. No, quédate en la ciudad: aquí es donde tienes que ejercitar la virtud… Porque de aquí se derivará un bien considerable”. Es un mensaje misionero, que vale para cualquier lugar y situación: se trata del valor del testimonio de vida, como primera forma de evangelización. La lectura asidua de la Palabra de Dios nos ayuda a descubrir que Dios está presente en nuestra historia cotidiana y nos lleva gradualmente a una sintonía interior y exterior con Su mensaje de vida.

En muchos casos el testimonio es el único modo posible de ser misioneros, sobre todo en los contextos de minorías cristianas y de persecuciones; a veces es posible tan solo ser grano de trigo que cae en tierra y muere en el surco; el fruto ya vendrá más tarde (cfr. Jn 12,24). En los años sesenta del siglo pasado, que fueron particularmente difíciles para la Iglesia en Sudán (expulsiones, restricciones, cárcel…), a los misioneros que se preguntaban qué debían hacer, la Congregación de Propaganda Fide les contestó en nombre del Papa con un mensaje resumido en “tres P”: presencia, paciencia, plegaria. Si añadimos también pobreza (como en la época del terrorismo en Perú, en los años ‘80-‘90), tenemos la síntesis del testimonio. Un obispo asiático aconsejaba a los nuevos misioneros en dificultad que cultivaran de manera especial “la pacienciay la plegaria”. Cuando el testimonio llega hasta el martirio, la luz del amor y del perdón brilla luminosa, enriquecida por la fuerza de la intercesión.

En la I lectura el profeta Isaías subraya dos veces cuáles son las “obras buenas” que agradan al corazón de Dios: dar de comer al hambriento, vestir al que está desnudo, hospedar en casa a los pobres, a los sin techo, desterrar la opresión… (v. 7.9). Las obras de misericordia tienen su lenguaje, hacen brillar la luz en las tinieblas (v. 8.10); curan nuestras heridas (v. 8); serán el test para el juicio final (Mt 25). “Con las obras de caridad nos cerramos las puertas del infierno y nos abrimos el paraíso”. (San Juan Bosco). Desde siempre las obras de misericordia y de promoción humana acompañan, con su típica elocuencia, la misión de la Iglesia, siempre y cuando se realicen en la gratuidad, sin miras proselitistas u otros intereses (cfr. RMi 42.60).S. Josef Freinademetz, misionero verbita en China, decía: “La caridad es el lenguaje que todos los pueblos entienden”.Las conversiones y los bautismos llegarán más tarde, como dones del Espíritu, cuando Él quiera.

El testimonio misionero – nos enseña San Pablo (II lectura) – se realiza con personas débiles y con medios frágiles (v. 3), pero cuenta “con la manifestación del Espíritu” (v. 4) y el “poder de Dios” (v. 5). “La luz y la sal son elementos hechos para salir, para no quedarse encerrados en sí mismos, aman los espacios, la profundidad, el horizonte. Son materia de alteridad. La luz no se ilumina a sí misma, ni la sal se da sabor a sí misma. La luz se propaga, se difunde. La sal se mezcla, penetra y da gusto a las cosas” (R. Vinco, San Nicolò, Verona). Ser sal y luz revela nuestra identidad y nuestro modo de ser: ser a la manera de la sal y de la luz. Estos elementos no provocan violencia, no se imponen, sino que se difunden dentro las cosas, trabajan en silencio. Estamos ante páginas de gran intensidad misionera.

IV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles hablándoles así:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.
Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.
(Mateo 5, 1-12)


El sermón sobre la montaña
P. Enrique Sánchez, mccj

En la lectura que vamos haciendo del Evangelio de san Mateo, hoy se nos presenta a Jesús ocupado con sus discı́pulo, preparándolos para la misión que tendrán que vivir con él en la aventura de ir construyendo todo lo necesario para que el Reino de Dios se manifieste.

Jesús habı́a elegido a sus doce compañeros y junto con ellos habı́an muchos otros que empezaban a sentirse discı́pulos de Jesús y comenzaban a acompañarlo por todos los lugares a donde el Señor se dirigı́a.

En esta ocasión el evangelio habla de una muchedumbre y ciertamente no todos estaban ahı́ con las mismas intenciones y no todos acabarı́an siendo verdaderos discı́pulos de Jesús.

Sabemos que, a un momento dado, cuando el Señor empezó a hablar de las exigencias y de los compromisos que tenı́an que asumir sus seguidores, muchos lo dejaron. Jesús, en aquella ocasión preguntó a sus apóstoles, si también ellos querı́an irse. Pero no se fueron, porque en él estaba su alegrı́a.

En el texto del evangelio que leemos hoy para la eucaristı́a de este domingo, vemos a Jesús subir a una montaña para enseñar algo nuevo y definitivo. Se podrı́a decir que era el momento formativo de los discı́pulos. Ahı́, Jesús les habló no tanto de teorı́as, sino de los valores y de las actitudes que tendrı́an que sostener sus vidas como discı́pulos y testigos del Señor.

Entre los varios detalles que no tendrı́amos que dejar pasar en este texto está la montaña, un lugar muy especial que traerá muchos recuerdos a quienes están escuchando a Jesús que habla como el enviado de Dios para instaurar su Reino.

Esa montaña, de alguna manera, les traı́a a la memoria la montaña del Sinaı́ en donde Moisés habı́a recibido la ley que Dios habı́a dado a su pueblo para asegurar una relación y una cercanı́a que acompañarı́a al pueblo de Israel por todo su peregrinar hasta la tierra prometida.

En la montaña en donde se encontraban reunidos los discı́pulos con Jesús, vuelve a suceder que Dios se encuentra con un pueblo que será nuevo y en esta ocasión Jesús podrı́a ser considerado como el nuevo Moisés, el verdadero Mesı́as en el cual el Padre se manifestaba con una nueva ley, la ley que salı́a de la boca de Jesús.

Esa nueva ley, que ahora enseñaba Jesús a la muchedumbre y con especial interés a sus discı́pulos, estaba contenida en ese sermón que conocemos como las Bienaventuranzas o el sermón de la montaña. Era un mensaje que invitaba al regocijo, a la felicidad, a la alegrı́a como sólo podı́a venir de Dios.

Se trataba de un mensaje de buenas noticias que Jesús presentaba a sus discı́pulos como programa de vida, como estilo de vida, para quienes iban aceptando convertirse en seguidores suyos.

Las Bienaventuranzas son un proyecto que Jesús propone para estar presentes en el mundo, en donde las propuestas de Dios y las propuestas de quienes están en el mundo parecen ir por caminos muy distintos.

Siguiendo cada una de las palabras del Señor lo que nos llama la atención en primer lugar es que se trata de un mensaje encuadrado en un ambiente de alegrı́a, de dicha y de felicidad. Jesús invita a una misión que llena siempre el corazón de alegrı́a.

Cada una de las bienaventuranzas se inicia con esa invitación a la alegrı́a y a la felicidad, aunque esta se alcance a través de sacrificio, del dolor, de la pobreza o de las lágrimas. Es la realidad en el amor.

Se trata de vivir cada dı́a con sus dramas y sus contradicciones, con sus promesas y sus sorpresas, con sus luces y sus sombras, convencidos de que al final quien tiene la última palabra es el Señor; es él quien nos asegura la felicidad que nosotros no logramos conquistar con nuestros medios.

Para vivir dichosos, el mensaje de Jesús nos hace entender que poniendo nuestra confianza en él todo se irá acomodando según el querer de Dios, según su voluntad y al final nos daremos cuenta de que todo está orientado hacia la meta que es nuestra felicidad.

Esta nueva ley, presentada por Jesús en la Bienaventuranzas, corresponde a la ley que Moisés habı́a entregado al pueblo resumida en el decálogo y ahora llevada a plenitud.

En aquel tiempo, cumplir la ley era garantı́a de felicidad y de vida. Con Jesús su nueva ley es realización y no promesa de una bendición que se cumple hoy para nosotros.

Con su enseñanza el Señor nos indica que el Reino de Dios ya está entre nosotros y que no tenemos que esperar.

En este Reino todo cambia y quienes viven por un momento la experiencia de sentirse pobres de espı́ritu, incapaces de abrir el corazón a las cosas de Dios, se descubren en el centro de los intereses de Dios; ahora ha llegado para ellos la horade descubrirse los privilegiados ante los ojos de Dios.

Quienes lloran porque ya no pueden cargar con tanto sufrimiento a causa de su fe (como sucede a tantos hermanos nuestros que por ser cristianos son perseguidos, maltratados, marginados, humillados y martirizados), la buena noticia de Jesús resuena fuerte en su interior, escuchando que serán consolados.

Los que sufren porque la vida no les ha brindado las oportunidades para vivir con dignidad. Nosotros decimos muchas veces, que son los que no tienen trabajo, los que viven enfermos o en soledad, los presos que están detenidos injustamente, los condenados a vivir en las calles sin un techo y sin un hogar; todos ellos heredarán la tierra, porque Dios no resiste ver el dolor o el sufrimiento de sus hijos.

Dichosos, dice el evangelio, los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados. Esto no sólo consuela a quienes viven hoy el drama de la persecución por estar ilegalmente en un paı́s o a quienes son perseguidos por defender la vida y pagan con sus vidas por defender los valores que no se pueden negociar; esto es bálsamo que cura las heridas de quienes no temen arriesgar sus vidas por defender a los demás.

Dichosos los misericordiosos porque nos recuerdan que todos necesitamos de la misericordia. Porque todos sabemos que en este mundo nadie es perfecto y que necesitamos de la paciencia, de la tolerancia y de la comprensión de los demás.

Porque no podemos negar o ocultar nuestros pecados y sólo nos alivia y consuela el perdón que nos pueden ofrecer los demás.

Los misericordiosos son quienes nos permiten reconocer que somos humanos y que no podemos hacer nada sin la presencia sencilla en nuestras vidas de los demás.

Y, puesto que Jesús ha venido a ser presencia del amor de Dios entre nosotros, no podı́a faltar una bienaventuranza que nos recuerde que los limpios de corazón, los que están abiertos al amor de Dios y que se esfuerzan por vivir alejados de todo aquello que nos pueda esclavizar y enredar en lo encandilante de este mundo; son ellos los que nos muestran el camino hacia Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Por eso, trabajar por la paz será siempre la tarea que permite ir creando los espacios para que Dios sea reconocible entre nosotros, simple y sencillamente. Porque en donde predomina la violencia, el odio y la muerte, ahı́ no está Dios.

Y trabajar por la paz obliga a construir un mundo en donde se recibe y se comparte el amor de Dios y eso no puede más que hacernos felices.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.

Estas dos bienaventuranzas nos recuerdan finalmente que lo bueno y lo bello de Dios pasará siempre a través de la experiencia de la Cruz, de la entrega y de la donación total, por amor.

En el plan de Dios cada dı́a estaremos llamados a ser bienaventurados, dejando que el amor de Dios nos guı́e y acompañe en la tarea de hacer llegar su Reino a quienes están más lejos y necesitados de su presencia, de su palabra y de su bondad. Estaremos siempre llamados a ser mensajeros y testigos de las bienaventuranzas.

Que el Señor nos conceda ser parte de sus discı́pulos cercanos y que nos contagie la pasión por su Reino, para que nos convirtamos en alegres colaboradores suyos.

Sean todos y todas bienaventurados.


Las ocho puertas del Reino
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hemos llegado a la primera etapa de nuestro camino tras Jesús. Haremos una larga parada con el Señor en un monte llamado de las Bienaventuranzas. Aquí Jesús nos dirigirá un largo discurso que ocupa tres capítulos del Evangelio de Mateo (Mt 5–7). Es el primero de los cinco grandes discursos de Jesús según san Mateo y, sin duda, el más decisivo. Se trata de su discurso programático, en el que Jesús presenta la esencia del estilo de vida de su discípulo.

Los siete montes del Evangelio de Mateo

Podemos decir que el evangelista Mateo aprecia los montes. Encontramos catorce veces la palabra “monte” en su Evangelio. Siete montes, en particular, marcan la vida pública de Jesús: desde las tentaciones, después de su Bautismo, hasta el mandato apostólico, tras su Resurrección. No se trata de montes “físicos”, sino de lugares con un valor “teológico”. El monte tiene una fuerte carga simbólica de cercanía a Dios. Por lo tanto, es inútil buscar el monte de las Bienaventuranzas en un mapa geográfico. De hecho, san Lucas sitúa este discurso en una llanura. Estos siete montes, símbolo de plenitud, jalonan el Evangelio de Mateo.

  1. El monte de las Tentaciones (Mt 4,1–11): punto de partida de la misión;
  2. El monte de las Bienaventuranzas (Mt 5,1–7,29): aquí Jesús proclama la “nueva Torá”;
  3. El monte de la Oración (Mt 14,23): lugar de intimidad con el Padre y de discernimiento de la misión;
  4. El monte de la Transfiguración (Mt 17,1–8): donde Jesús es revelado como el Hijo y la Palabra definitiva;
  5. El monte de los Olivos (Mt 24–25; 26,30): el monte de la espera y del juicio, donde Jesús pronuncia el discurso escatológico y afronta la agonía antes de la pasión;
  6. El monte del Calvario (Mt 27,33): aparentemente derrota, en realidad entronización del Rey mesiánico;
  7. El monte de la Misión (Mt 28,16–20), un monte en Galilea (no nombrado): aquí Jesús resucitado confía a los discípulos la misión universal.

Los siete montes forman un itinerario teológico de la vocación cristiana:
Tentación → Ley → Oración → Revelación → Espera → Cruz → Misión.

El monte de las Bienaventuranzas

«Al ver a la multitud, Jesús subió al monte; se sentó, y se le acercaron sus discípulos». La “subida al monte” y el “sentarse” son gestos solemnes del Maestro que se sienta en cátedra. Se trata de una referencia a Moisés en el monte Sinaí. Por lo tanto, este “monte” es el nuevo Sinaí, desde donde el nuevo Moisés promulga la nueva Ley. La Ley de Moisés, con sus prohibiciones, establecía los límites que no debían traspasarse para permanecer en la Alianza de Dios. La nueva Ley, en cambio, abre los horizontes de un nuevo proyecto de vida.

«Y se puso a hablar y les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». El discurso de Jesús se abre con las ocho Bienaventuranzas (la novena, dirigida a los discípulos, es un desarrollo de la octava). Son el prólogo del discurso de Jesús y el compendio del Evangelio. Se trata de un texto muy conocido, pero que, precisamente por eso, corremos el riesgo de recorrer con demasiada rapidez y de casi ignorar, tras la aparente sencillez, su riqueza, profundidad y complejidad. No en vano también Gandhi afirmaba que estas son «las palabras más elevadas del pensamiento humano».

Quisiera invitarles sencillamente a leer, releer, meditar y orar este texto. Me atrevo, no obstante, a compartir con ustedes algunas reflexiones que pueden ayudarnos a acercarnos a él.

Las Bienaventuranzas NO SON…

1. Las Bienaventuranzas no son el sueño de un mundo idealizado e inalcanzable, una utopía para soñadores. Para el cristiano son criterio de vida: o las acogemos o no entraremos en el Reino. No son, sin embargo, una nueva ley moral.

2. Las Bienaventuranzas no son un elogio de la pobreza, del sufrimiento, de la resignación o de la pasividad. Todo lo contrario: son un discurso revolucionario. Precisamente por eso suscitan la oposición violenta de quienes se sienten amenazados en su poder, riqueza y estatus social.

3. Las Bienaventuranzas no son opio para los pobres, los que sufren, los oprimidos o los débiles, porque adormecerían su conciencia de la injusticia de la que son víctimas, llevándolos a la resignación, aunque muchas veces lo hayan sido en el pasado. Por el contrario, son una adrenalina que impulsa al cristiano a comprometerse en la lucha por la eliminación de las causas y raíces de la injusticia.

4. Las Bienaventuranzas no son una postergación de la felicidad para la vida futura, en el más allá. Son fuente de felicidad ya en esta vida. En efecto, la primera y la octava bienaventuranza, que enmarcan a las otras seis, tienen el verbo en presente: «porque de ellos es el Reino de los Cielos». Las otras seis tienen el verbo en futuro. Se trata, sin embargo, de una promesa que hace presente la felicidad ya hoy. Es la garantía de que el mal y la injusticia no tendrán la última palabra. El mundo no es ni será de los ricos y poderosos.

5. Las Bienaventuranzas no son (solo) personales. Es la comunidad cristiana, la Iglesia, la que debe ser pobre, misericordiosa, llorar con los que lloran, tener hambre y sed de justicia… para dar testimonio del Evangelio.

Las Bienaventuranzas SON…

6. Las Bienaventuranzas son un grito de felicidad, un Evangelio dirigido a todos. «Bienaventurado» (makários en griego) puede traducirse como feliz, felicitaciones, enhorabuena, me alegro por ti… Pero debemos darnos cuenta de que este mensaje está en plena contradicción con la mentalidad dominante del mundo.

7. Las Bienaventuranzas son… ¡una sola! Las ocho son variaciones de una única realidad. Cada una ilumina a las demás. Por lo general, los comentaristas consideran la primera como fundamental: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». Todas las demás son, de algún modo, formas diferentes de pobreza. Cada vez que en la Biblia se busca renovar la Alianza, se comienza restableciendo el derecho de los pobres y de los excluidos. Podríamos preguntarnos: ¿por qué no aparece una bienaventuranza sobre el amor? En realidad, todas son explicitaciones concretas del amor.

8. Las Bienaventuranzas son una persona: son el espejo, el autorretrato de Cristo. Para comprenderlas y captar sus matices es necesario mirar a Jesús y ver cómo cada una de ellas se realiza en su persona.

9. Las Bienaventuranzas son la clave de entrada en el Reino de Dios para todos: cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes. En este sentido, las Bienaventuranzas no son «cristianas». Ellas definen quién entrará en el Reino. Es lo que nos dice Mateo 25 acerca del juicio final.

10. Las Bienaventuranzas son ocho puertas de entrada en el Reino. Para acceder a él, debemos atravesar una de estas puertas y formar parte de una de las ocho categorías de las Bienaventuranzas.

Conclusión: ¿cuál es mi bienaventuranza? ¿Aquella hacia la que me siento particularmente atraído? ¿La que siento como mi vocación, por temperamento y por gracia? ¡Esa es mi puerta de entrada en el Reino!


Una Iglesia Más evangélica
José Antonio Pagola

Al formular las bienaventuranzas, Mateo, a diferencia de Lucas, se preocupa de trazar los rasgos que han de caracterizar a los seguidores de Jesús. De ahí la importancia que tienen para nosotros en estos tiempos en que la Iglesia ha de ir encontrando su propio estilo de vida en medio de una sociedad secularizada.

No es posible proponer la Buena Noticia de Jesús de cualquier forma. El Evangelio solo se difunde desde actitudes evangélicas. Las bienaventuranzas nos indican el espíritu que ha de inspirar la actuación de la Iglesia mientras peregrina hacia el Padre. Las hemos de escuchar en actitud de conversión personal y comunitaria. Solo así hemos de caminar hacia el futuro.

Dichosa la Iglesia «pobre de espíritu» y de corazón sencillo, que actúa sin prepotencia ni arrogancia, sin riquezas ni esplendor, sostenida por la autoridad humilde de Jesús. De ella es el reino de Dios.

Dichosa la Iglesia que «llora» con los que lloran y sufre al ser despojada de privilegios y poder, pues podrá compartir mejor la suerte de los perdedores y también el destino de Jesús. Un día será consolada por Dios.

Dichosa la Iglesia que renuncia a imponerse por la fuerza, la coacción o el sometimiento, practicando siempre la mansedumbre de su Maestro y Señor. Heredará un día la tierra prometida.

Dichosa la Iglesia que tiene «hambre y sed de justicia» dentro de sí misma y para el mundo entero, pues buscará su propia conversión y trabajará por una vida más justa y digna para todos, empezando por los últimos. Su anhelo será saciado por Dios.

Dichosa la Iglesia compasiva que renuncia al rigorismo y prefiere la misericordia antes que los sacrificios, pues acogerá a los pecadores y no les ocultará la Buena Noticia de Jesús. Ella alcanzará de Dios misericordia.

Dichosa la Iglesia de «corazón limpio» y conducta transparente, que no encubre sus pecados ni promueve el secretismo o la ambigüedad, pues caminará en la verdad de Jesús. Un día verá a Dios.

Dichosa la Iglesia que «trabaja por la paz» y lucha contra las guerras, que aúna los corazones y siembra concordia, pues contagiará la paz de Jesús que el mundo no puede dar. Ella será hija de Dios.

Dichosa la Iglesia que sufre hostilidad y persecución a causa de la justicia sin rehuir el martirio, pues sabrá llorar con las víctimas y conocerá la cruz de Jesús. De ella es el reino de Dios.

La sociedad actual necesita conocer comunidades cristianas marcadas por este espíritu de las bienaventuranzas. Solo una Iglesia evangélica tiene autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús a los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


Auditorio de ocho puertas
es fácil colarse
José Luis Sicre

El domingo pasado, el evangelio de Mateo nos presentaba a Jesús recorriendo Galilea y anunciado la buena noticia del Reinado de Dios. A partir de hoy, hace que los oyentes se reúnan en un gran auditorio al aire libre, se sienten en torno a Jesús, y escuchen el programa de ese reino de Dios: el “Sermón del monte”.

La selección del auditorio

Jesús no es un político que quiere ganar votos a todo precio, engañando y haciendo promesas que no cumplirá. Desea dejar claro quiénes sintonizarán con su proyecto y quiénes no. Para que no se llamen a engaño. Y eso lo expone, al principio de todo, en las bienaventuranzas.

Las bienaventuranzas proponen valores desconcertantes

Si Jesús dijera: “Dichoso el que tiene buena salud, el que gana lo suficiente para vivir, el que disfruta con su familia…” no habría necesitado justificar esas afirmaciones. Cualquier persona habría estado de acuerdo. Sin embargo, Jesús proclama dichosa a gente que sufre, llora, es perseguida… Por eso, cada bienaventuranza va seguida de una justificación: «porque de ellos es el reino de los cielos», «porque ellos serán consolados», etc. El premio prometido en la primera y última es «el Reino de los cielos». En realidad, todas las otras se refieren también a ese Reino de Dios, sólo que fijándose en determinados aspectos concretos. Este premio no podemos interpretarlo solo como algo de la otra vida. Comienza a realizarse en esta. Dicho en palabras sencillas, todas esas personas son dichosas porque pueden formar parte de la comunidad cristiana (Reino inicial de los cielos) y, más tarde, del Reino definitivo de Dios.

Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos

La mención de los pobres, los que lloran, los sufridos… puede crear una sensación de malestar, como si tuviéramos que pasar por todas esas situaciones para formar parte del reinado de Dios. Las bienaventuranzas se nos convierten en una terrible carrera de obstáculos, donde tras cada valla nos espera la siguiente. Sin embargo, las bienaventuranzas son algo muy distinto.

Las bienaventuranzas, ocho puertas para entrar al Reino de Dios

Antonio Barluzzi, el arquitecto italiano que diseñó la Basílica de las bienaventuranzas en 1939, tuvo la bella idea de una planta octogonal, y en cada lado una gran ventana por la que se puede contemplar el paisaje exterior. Sin embargo, las bienaventuranzas no son ventanas para mirar lo que ocurre fuera, sino puertas abiertas por las que se puede entrar a escuchar y seguir a Jesús.

Encima de cada puerta hay una inscripción con la bienaventuranza correspondiente. A veces el sentido del texto resulta discutible (Jesús habló en arameo, luego se tradujo al griego, y ahora lo retraducimos a nuestras lenguas). Hace falta un guía turístico que nos aclare las dudas, dentro de lo posible.

Al final, el guía te dejará solo delante del edificio. Da una vuelta en torno a él y elige la puerta que más se adecue a tu situación. Quizá encuentres varias. Si no encuentras ninguna, cuélate a escuchar lo que dirá Jesús los próximos días. Seguro que te convence.

José Luis Sicre
http://www.feadulta.com


Dichoso el que es humano
y no deshumaniza a los demás
Fray Marcos

Para entender las bienaventuranzas, debemos recordar lo que dijimos el domingo pasado. Para todo el que no haya tenido esa experiencia interior, las bienaventuranzas son un sarcasmo. Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido, ¡Enhorabuena! Intentar explicarlas racionalmente es una quimera, pues están más allá de la lógica. Es el mensaje más provocativo del evangelio.

Sobre las bienaventuranzas se ha dicho de todo. Para Gandhi eran la quintaesencia del cristianismo. Para Nietsche son una maldición, ya que atentan contra la dignidad del hombre. ¿A qué se debe esta abismal diferencia? Muy sencillo. Uno habla desde la mística (no cristiana). El otro pretende comprenderlas desde la racionalidad: y desde la razón, aunque sea la más preclara de los últimos siglos, es imposible entenderlas.

Sería un verdadero milagro hablar de las bienaventuranzas y no caer, en demagogia barata para arremeter contra los ricos, o en un espiritualismo que las deja completamente descafeinadas. Se trata del texto que mejor expresa la radicalidad del evangelio. La formulación, un tanto arcaica, nos impide descubrir su importancia. En realidad lo que quiere decir Jesús es que seríamos todos mucho más felices si tratáramos de desarrollar lo humano en vez de obsesionarnos con las necesidades materiales.

Mt las coloca en el primer discurso programático de Jesús. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical. El escenario del sermón nos indica hasta qué punto lo considera importante. El “monte” está haciendo clara referencia al Sinaí. Jesús, el nuevo Moisés, que promulga la “nueva Ley”. Pero hay una gran diferencia. Las bienaventuranzas no son mandamientos o preceptos. Son simples proclamaciones que invitan a seguir un camino inusitado hacia la plenitud humana.

No tiene importancia que Lc proponga cuatro y Mt nueve. Se podrían proponer cientos, pero bastaría con una, para romper los esquemas de cualquier ser humano. Se trata del ser humano que sufre limitaciones materiales o espirituales por caprichos de la naturaleza o por causa de otro, y que unas veces se manifiestan por el hambre y otras por las lágrimas. La circunstancia concreta de cada uno no es lo esencial. Por eso no tiene mayor importancia explicar cada una de ellas por separado. Todas dicen exactamente lo mismo.

La inmensa mayoría de los exegetas están de acuerdo en que las tres primeras bienaventuranzas de Lc, recogidas también en Mt, son las originales e incluso se puede afirmar con cierta probabilidad que se remontan al mismo Jesús. Parece que Mt las espiritualiza, no sólo porque dice pobre de espíritu, y hambre y sed de justicia, sino porque añade: bienaventurados los pacíficos, los limpios de corazón etc.

La diferencia entre Mt y Lc desaparece si descubrimos qué significaba en la Biblia, “pobres” (anawim). Sin este trasfondo bíblico, no podemos entenderlos. Con su despiadada crítica a la sociedad injusta, los profetas Amos, Isaías, Miqueas, denuncian una situación que clama al cielo. Los poderosos se enriquecen a costa de los pobres. No es una crítica social, sino religiosa. Pertenecen todos al mismo pueblo cuyo único Señor es Dios; pero los ricos, al esclavizar a los demás, no reconocen su soberanía…

Las bienaventuranzas no están hablando de la pobreza voluntaria aceptada por los religiosos a través de un voto. Está hablando de la pobreza impuesta por la injusticia de los poderosos. Los que quisieran salir de su pobreza y no pueden. Serán bienaventurados si descubren que nada les puede impedir ser plenamente humanos.

Otra trampa que debemos evitar al tratar este tema es la de proyectar la felicidad prometida para el más allá. Así se ha interpretado muchas veces en el pasado y aún hoy lo he visto en algunas homilías. No, Jesús está proponiendo una felicidad para el más acá. Aquí, puede todo ser humano encontrar la paz y la armonía interior que es el paso a una verdadera felicidad, que no puede consistir en el tener y consumir más que los demás…

Las bienaventuranzas nos están diciendo que otro mundo es posible. Un mundo que no esté basado en el egoísmo sino en el amor. ¿Puede ser justo que yo esté pensando en vivir cada vez mejor (entiéndase consumir más), mientras millones de personas están muriendo, por no tener un puñado de arroz que llevarse a la boca? Si no quieres ser cómplice de la injusticia, escoge la pobreza, entendida como gastar lo imprescindible. Piensa cada día lo que puedes hacer por los que te necesitan aunque te cueste algo.

Fray Marcos
http://www.feadulta.com


Las Bienaventuranzas: corazón del Evangelio y de la Misión
Romeo Ballan, mccj

En la secuencia de epifanías, o progresivas manifestaciones de Jesús (ver domingos anteriores), las Bienaventuranzas son el programa de su misión, la carta magna del pueblo de la nueva Alianza, una especie de constitución del Reino de Dios, valor que hay que buscar por encima de todo (Mt 6,33). Antes de ser un mensaje ético de comportamientos, las Bienaventuranzas son una afirmación teologal de la primacía de Dios, de sus criterios y opciones, a menudo contrarios a los caminos y pensamientos humanos. En realidad, las Bienaventuranzas son una reafirmación del primer mandamiento: “Yo soy el Señor tu Dios: no tendrás otro Dios fuera de mí”. Avidez de riquezas y poder, violencia, soberbia, opresión… son contrarias al programa escogido por Jesús. Él ha decidido que su Reino crezca con personas que optan por la pobreza, la mansedumbre, la pureza de corazón, el trabajo por la paz, la misericordia, la reconciliación, el sufrimiento por el mal y la injusticia… Las Bienaventuranzas reclaman la prioridad del anuncio del Dios viviente, la invitación esencial a fiarse de Dios. Porque “solo Dios basta” (Santa Teresa de Ávila).

Jesús ha vivido las Bienaventuranzas y, tras haberlas vivido, las ha propuesto. Ellas son su autorretrato, trazan su perfil interior de verdadero Dios en carne humana. Antes de ser un programa predicado desde la montaña (v. 1), las Bienaventuranzas son su autobiografía, revelan su identidad íntima, su estilo, sus opciones vitales. Contemplando la vida de Jesús pobre, manso, puro, misericordioso, sediento de amor y de justicia, comprometido por la paz, perseguido y sufriente… es posible reconstruir todo el Sermón de la Montaña, empezando por las Bienaventuranzas.

El autor de la carta a los Hebreos, en su reflexión bíblica y teológica, explica el sentido de las opciones de Cristo: “el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12,2). Por tanto, al discípulo se le invita a correr con paciencia la prueba que se le propone, teniendo “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (ibid.). También Jesús buscaba su felicidad, al igual que cualquier otro ser viviente. Y la ha encontrado optando por las Bienaventuranzas. Este ha sido su camino y, por tanto, debe ser también el nuestro. En el programa de las Bienaventuranzas, Jesús habla de sí mismo, pero, al mismo tiempo, habla de nosotros, describe el estilo de nuestra vida de discípulos. Habla de un cambio radical. Las Bienaventuranzas son, en efecto, un vuelco total de los criterios humanos; ¡un desconcertante marchar a contracorriente! Tomarlas en serio y vivirlas así como lo hizo Jesús– produce un salto cualitativo en la vida del mundo: ¡una auténtica revolución en el amor!

El profeta Sofonías (I lectura) exhorta a los humildes de la tierra, para que busquen al Señor, la justicia y la moderación (v. 3), porque el Señor presta una atención especial a los pobres y necesitados (salmo). S. Pablo nos lo confirma, escribiendo a los Corintios (II lectura) que Dios ha escogido lo necio del mundo, la gente baja, lo despreciable, lo que no cuenta… de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (cfr. v. 27-29). La comunidad cristiana de Corinto es un ejemplo de ello: no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos o aristócratas (v. 26). Situaciones como esta se repiten muy a menudo en las jóvenes Iglesias misioneras, sobre todo en el sur del mundo, donde el anuncio del Evangelio y el crecimiento de las comunidades cristianas se llevan a cabo con escasos y frágiles recursos, a menudo en medio de personas sencillas y humildes, casi siempre en situaciones de minoría, incomprensión, hostilidad. En las situaciones de precariedad humana, tan frecuentes en el mundo misionero, se manifiestan con mayor claridad la fuerza del Evangelio y la gratuidad de las Bienaventuranzas. Son un tesoro que es preciso guardar y preferir a otras propuestas mundanas que no hacen sino contaminar el anuncio misionero.

Es conocida la admiración de Gandhi (del cual se cumple el aniversario del asesinato: 30-1-1948) y de otros líderes espirituales no cristianos, por el mensaje de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús. El programa de las Bienaventuranzas exige la conversión interior de los evangelizadores, sin la cual no son posibles ni misión ad gentes, ni actividad pastoral, ni verdadero ecumenismo. Las Bienaventuranzas de Jesús no son solo un estilo o un método, sino el contenido esencial, el corazón del anuncio misionero.

III Domingo ordinario. Año A

“Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: Conviértanse, porque ya esta cerca el Reino de los cielos.
Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”.
Ellos inmediatamente dejando las redes lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.
Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia”.

(Mateo 4, 12-23)


Síganme y los haré pescadores de hombres
P. Enrique Sánchez G. mccj

El evangelio de este domingo nos invita a fijar nuestra atención en dos aspectos que son muy importantes en nuestra vida como cristianos y que no deberíamos perder de vista en nuestro intento de seguir los pasos del Señor.

La primera cosa que atrae nuestra atención es ver a Jesús que inicia su ministerio, después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, poniéndose en camino.

De ahora en adelante se dedicará a anunciar la llegada del Reino invitando a todas las gentes a convertirse.

Esta palabra, convertirse, significa orientar toda la vida hacia Dios, abrir el corazón a las propuestas y a los valores que Dios quiere sembrar en nuestro interior para que nos decidamos a vivir siguiendo el ejemplo de Jesús.

Jesús se pone en camino y se dirige a una región en donde el mundo y la religión judía no eran el centro. Se va a la periferia, en donde residen los que no conocen a Dios; el mundo de los paganos, en donde Dios no significa nada para sus habitantes. Este detalle es muy importante porque nos hace entender que Jesús, como él mismo lo dirá, no ha venido para los bien estantes, no ha venido para los que están sanos, no ha venido para los que ya han tenido la oportunidad de conocer a Dios, pero no lo han aceptado.

Jesús inicia su ministerio lejos, con una actitud misionera, preocupado por llegar a todos aquellos que no han tenido la oportunidad de escuchar sus buenas noticias. Esto muestra también algo que chocó seguramente con la mentalidad religiosa de su tiempo, con la mentalidad de aquellos que se consideraban seguros y privilegiados por saber que eran el pueblo de Dios. Jesús no viene a ocuparse de aquellos que pretenden tener a Dios ya bajo control.

La opción de Jesús de irse a Galilea muestra que el Evangelio es para todas las gentes, sin importar el lugar, la raza, la lengua y la cultura.

Todos, y especialmente los más lejanos están llamados a encontrarse con el Señor para descubrir en él el proyecto de amor que su Padre ha establecido para todos los seres humanos.

Actuando de esa manera, Jesús da su primera lección sobre lo que tendrá que ser el apostolado de sus futuros discípulos. Será una misión con especial atención por los más lejanos y los más abandonados.

El Señor enseña que su mensaje es una propuesta de vida que va al encuentro, en primer lugar, de quienes más lo necesitan.

Es una propuesta que busca entrar en diálogo con quienes son indiferentes o simplemente, con quienes no han tenido la oportunidad de encontrarse con la buena noticia del Evangelio; los que podríamos considerar que están fuera y que no han tenido la dicha de nacer en un contexto en donde la fe y la experiencia de encuentro con Dios está por todas partes.

La profecía de Isaías, a la que hace referencia el evangelio de hoy, se cumple en aquellas tierras de Galilea. Con la llegada de Jesús, también para ellos resplandece una luz que transforma las tinieblas de la vida en espacios de luz en donde se puede reconocer la bondad de Dios que acompaña a su pueblo.

Para nosotros cristianos hoy, el evangelio viene a recordarnos nuestro compromiso con el anuncio del Evangelio y nos ayuda a tomar conciencia de que existen, más allá de nuestras fronteras, muchos hermanos que están esperando que se les anuncie el Evangelio.

En nuestras diócesis y comunidades continuamente escuchamos decir que la Iglesia tiene que ser misionera y que tiene que armarse de valentía para ir al encuentro de los que están lejos, no sólo en la fe o geográficamente; pero, desafortunadamente, son invitaciones que se pierden en el vacío y no logran mover los corazones para dar una respuesta que se convierta en compromiso de vida.

Como cristianos no podemos quedarnos tranquilos, como si todo estuviera bien, cuando vemos a tantos hermanos que están alejados o que se han enfriado en la práctica de la fe.

Todos estamos llamados a dar un testimonio de alegría cristiana que ayude a entender que ser cristianos no es cuestión sólo de practicar una religión o de participar en algunos ritos o devociones.

No podemos quedarnos indiferentes ante tantos hermanos que viven lejos por su apatía o porque simplemente han caído en estilos de vida en donde la comodidad y el confort se han convertido en algo prioritario.

La segunda parte del Evangelio nos muestra otra escena también muy importante para quienes nos sentimos discípulos de Jesús, llamados a seguirlo caminando sobre sus huellas.

Se trata de la llamada de los primeros apóstoles, de sus primeros discípulos. Ellos eran personas muy normales que estaban ocupadas en lo ordinario de sus vidas. Eran hombres que luchaban cada día, como todos nosotros, para ganarse el sustento y para disfrutar, en la medida de lo posible, de lo bello de la vida.

Un día Jesús pasó por sus vidas y todo cambió. Dejando sus trabajos y lo que más amaban se pusieron en camino, sin tener oportunidad de negociar nada ante la invitación que les había hecho el Señor.

El evangelio dice únicamente que dejándolo todo lo siguieron.

Así es cuando Jesús pone su mirada sobre nosotros también. Nos llama mientras va de paso, porque la misión es algo urgente. Llama sin hacer promesas y sin ofrecer seguridades. Llama invitando a un total desprendimiento de uno mismo y de todo aquello que podría convertirse en un apego que podría obstaculizar una respuesta de entrega radical.

Jesús está pasando también hoy muy cerca y fija su mirada en cada uno de nosotros, invitándonos a compartir con él lo bello de su misión. Esa misión que nosotros podemos continuar haciendo para que muchos de nuestros hermanos puedan encontrarse con Jesús.

El Señor nos llama a ser pescadores de hombres y eso significa acercarnos a quienes tienen necesidad de sentirse amados por Dios. Significa sembrar la palabra del Evangelio en el corazón de tantas personas que hoy viven vacías, porque lo que les propone el mundo no les satisface. Significa ser presencias que ofrecen horizontes llenos de esperanza en nuestra sociedad porque le recordamos que Jesús va caminando con nosotros y no hay motivo para vivir en el miedo o en la soledad.

Jesús nos invita a seguirlo por los caminos del mundo y eso no quiere decir necesariamente irse al otro lado del planeta. Quiere decir vivir nuestra fe dando un testimonio que sea capaz de entusiasmar a quienes se han enfriado un poco en su experiencia de fe.

¿Seremos capaces de responder como esos primeros cuatro discípulos, que, dejándolo todo, no dudaron en ponerse en camino al lado de Jesús para ir a hacer el bien a quienes tanto lo necesitaban?

Que el Señor nos conceda la gracia del entusiasmo misionero y que nunca nos cansemos de anunciar su palabra en cualesquiera que sea la situación de nuestra vida.


Cuando todo parece terminado,
¡es hora de volver a empezar
Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy comenzamos la lectura del Evangelio según Mateo, que nos acompañará durante más de treinta domingos (excepto durante el tiempo de Cuaresma y Pascua).
El pasaje del Evangelio de este domingo narra el inicio del ministerio público de Jesús. ¡Hoy entra en escena públicamente! Todo lo que había sucedido antes —el bautismo y la estancia en el desierto— fue solo un preámbulo. Veamos cómo tiene lugar este comienzo.

Crisis y discernimiento

Todo comienza con un acontecimiento dramático: el arresto de Juan, un momento de crisis también para Jesús. Juan era un amigo y un punto de referencia. Su desaparición de la escena debió de dejar desconcertados a sus discípulos. «Cuando Jesús supo que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea». Parece una huida. Deja Judea y se retira a su tierra. Este contratiempo se transforma en un momento decisivo de discernimiento. Jesús percibe que el movimiento iniciado por Juan no debe desaparecer. Alguien debe continuarlo. Jesús se siente interpelado por el Padre: ha llegado su momento, ahora le toca a él. Entonces Jesús da un paso al frente: «Dejó Nazaret y fue a vivir a Cafarnaúm, a orillas del mar». Y así, cuando todo parecía terminado, ¡todo vuelve a empezar!

A menudo pensamos que Jesús lo sabía todo de antemano, que todo le era claro desde el principio: su identidad, su misión, los pasos a dar, los tiempos… Algunos incluso creen que, ya en el seno materno, Jesús era consciente de ser el Hijo de Dios. Pero eso sería ignorar la encarnación. Jesús, como cada uno de nosotros, «crecía» (Lucas 2,40). En el bautismo toma conciencia de ser el Hijo de Dios; en el desierto se interroga sobre su mesianismo…

Nos encontramos ante el misterio insondable de la autoconciencia de Jesús, que, sin embargo, es inseparable del misterio de la encarnación. También Jesús tuvo que pasar por dudas, incertidumbres, reflexión sobre los acontecimientos y oración para discernir la voluntad del Padre. «Él mismo fue probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (Hebreos 4,15). Hombre como nosotros, tuvo que aprender, incluso de forma dramática: «Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció» (Hebreos 5,8).

Caminar, la condición del cristiano

En el Evangelio de hoy llama la atención la importancia concedida a los verbos de movimiento. Aparecen nada menos que nueve veces. Caminar se convierte en el modus vivendi de Jesús y de sus discípulos, es decir, de quienes lo siguen. Jesús deja su aldea, Nazaret, y va a vivir a Cafarnaúm, eligiendo esta ciudad como base de su misión. Es solo el punto de partida, porque inmediatamente después comienza a recorrer toda Galilea, Palestina y los territorios vecinos. No se detendrá más hasta su regreso al Padre que lo envió. Su morada será el camino, hasta el punto de que él mismo se convertirá en el Camino (Juan 14,6).

El camino abierto por Jesús será llamado «el Camino», y los cristianos serán conocidos como «seguidores del Camino» (Hechos de los Apóstoles 9,2). Y desde entonces todo sucede en el camino. Por eso, no hay condición más contraria a la vocación cristiana que detenerse, pensar que ya se ha caminado lo suficiente o, peor aún, creerse llegado a la meta. Una fe acomodada, refugiada en la madriguera de las propias seguridades, sean humanas o eclesiales, es una fe sin aliento, paralizada.

¿Desde dónde partir? Desde donde estamos, desde nuestra «Galilea», desde nuestro ámbito de vida, desde nuestra cotidianidad, desde la «Galilea de las naciones», una sociedad paganizada. Allí se manifestará la «gran luz» (cf. primera lectura: Isaías 8,23–9,3).

¿Hacia dónde vamos? La meta es el «monte de la misión», el desenlace final del Evangelio de Mateo (28,16-20). ¿Y el itinerario? No lo sabemos. Solo sabemos que debemos seguir a Jesús. Quizá ni siquiera él lo conozca de antemano. También él es guiado por el Espíritu y por los acontecimientos de la vida. También para él, el Caminante, no hay un sendero ya trazado. Caminando, el camino se abre… Será quizá un viaje más inseguro, expuesto a lo imprevisto, pero respiraremos el sabor de la libertad y de la novedad.

¿Qué equipaje llevar? No necesitaremos mochilas llenas. Solo necesitamos la Palabra. La expresión bíblica elegida para el Domingo de la Palabra de Dios, que hoy celebramos, es: «Que la palabra de Cristo habite en vosotros» (Colosenses 3,16). «Pablo no pide que la Palabra sea solo escuchada o estudiada: quiere que “habite”, es decir, que haga morada estable, que modele los pensamientos, oriente los deseos y haga creíble el testimonio de los discípulos» (de la presentación del Mensaje). Por tanto, no basta con poner la Biblia en la mochila. Es necesario que la Palabra se haga carne de nuestra carne, para poder decir, como Pablo: «Cristo vive en mí» (Gálatas 2,20).

Un deseo:

Que el camino se abra ante ti,
que el viento sople siempre a tu espalda,
que el sol ilumine y caliente tu rostro,
que Dios te guarde en la palma de su mano.
(Bendición irlandesa)


El Señor pasa por la plaza
Papa Francisco

El Evangelio de este domingo relata los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y en los poblados de Galilea. Su misión no parte de Jerusalén, es decir, del centro religioso, centro incluso social y político, sino que parte de una zona periférica, una zona despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en esa región de diversas poblaciones extranjeras; por ello el profeta Isaías la indica como «Galilea de los gentiles» (Is 8, 23).

Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diversas por raza, cultura y religión. La Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy: presencia simultánea de diversas culturas, necesidad de confrontación y necesidad de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una «Galilea de los gentiles», y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia, que Él trae, no está reservada a una parte de la humanidad, sino que se ha de comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a quienes lo esperan, pero también a quienes tal vez ya no esperan nada y no tienen ni siquiera la fuerza de buscar y pedir.

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluído de la salvación de Dios, es más, que Dios prefiere partir de la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir, la misericordia del Padre. «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Jesús comienza su misión no sólo desde un sitio descentrado, sino también con hombres que se catalogarían, así se puede decir, «de bajo perfil». Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas humildes y a las personas sencillas, que se preparan con diligencia para la venida del reino de Dios. Jesús va a llamarles allí donde trabajan, a orillas del lago: son pescadores. Les llama, y ellos le siguen, inmediatamente. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.

Queridos amigos y amigas, el Señor llama también hoy. El Señor pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana. Incluso hoy, en este momento, aquí, el Señor pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el reino de Dios, en las «Galileas» de nuestros tiempos. Cada uno de vosotros piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, me está mirando. ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros percibe que el Señor le dice «sígueme» sea valiente, vaya con el Señor. El Señor jamás decepciona. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirle. Dejémonos alcanzar por su mirada, por su voz, y sigámosle. «Para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz» (ibid., 288).

Angelus 26/01/2014


Seguidores
José A. Pagola

Cuando Jesús se entera de que el Bautista ha sido encarcelado, abandona su aldea de Nazaret y marcha a la ribera del lago de Galilea para comenzar su misión. Su primera intervención no tiene nada de espectacular. No realiza un prodigio. Sencillamente, llama a unos pescadores que responden inmediatamente a su voz: “Seguidme”.

Así comienza el movimiento de seguidores de Jesús. Aquí está el germen humilde de lo que un día será su Iglesia. Aquí se nos manifiesta por vez primera la relación que ha de mantenerse siempre viva entre Jesús y quienes creen en él. El cristianismo es, antes que nada, seguimiento a Jesucristo.

Esto significa que la fe cristiana no es sólo adhesión doctrinal, sino conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Creer en Jesucristo es vivir su estilo de vida, animados por su Espíritu, colaborando en su proyecto del reino de Dios y cargando con su cruz para compartir su resurrección.

Nuestra tentación es siempre querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a una afirmación dogmática o a un culto a Jesús como Señor e Hijo de Dios. Sin embargo, el criterio para verificar si creemos en Jesús como Hijo encarnado de Dios es comprobar si le seguimos sólo a él.

La adhesión a Jesús no consiste sólo en admirarlo como hombre ni en adorarlo como Dios. Quien lo admira o lo adora, quedándose personalmente fuera, sin descubrir en él la exigencia a seguirle de cerca, no vive la fe cristiana de manera integral. Sólo el que sigue a Jesús se coloca en la verdadera perspectiva para entender y vivir la experiencia cristiana de forma auténtica.

En el cristianismo actual vivimos una situación paradójica. A la Iglesia no sólo pertenecen los que siguen o intentan seguir a Jesús, sino, además, los que no se preocupan en absoluto de caminar tras sus pasos. Basta estar bautizado y no romper la comunión con la institución, para pertenecer oficialmente a la Iglesia de Jesús, aunque jamás se haya propuesto seguirle.

Lo primero que hemos de escuchar de Jesús en esta Iglesia es su llamada a seguirle sin reservas, liberándonos de ataduras, cobardías y desviaciones que nos impiden caminar tras él. Estos tiempos de crisis pueden ser la mejor oportunidad para corregir el cristianismo y mover a la Iglesia en dirección hacia Jesús.

Hemos de aprender a vivir en nuestras comunidades y grupos cristianos de manera dinámica, con los ojos fijos en él, siguiendo sus pasos y colaborando con él en humanizar la vida. Disfrutaremos de nuestra fe de manera nueva.

http://www.musicaliturgica.com


Comienzo de la actividad de Jesús
José Luis Sicre

En los dos domingos anteriores estuvimos junto al río Jordán, recordando el bautismo de Jesús y el testimonio que ofreció de él Juan Bautista. La liturgia da ahora un salto notable. Omite las tentaciones de Jesús (que se leerán el primer domingo de Cuaresma) y nos sitúa en un momento posterior, cuando Herodes, molesto por la predicación de Juan, decide meterlo en la cárcel. Lo que ocurre a continuación lo cuenta el evangelio de Mateo del modo siguiente (Mt 4,12-23). Este pasaje podemos dividirlo en tres partes.

1. La actividad inicial de Jesús

Quien se sienta desconcertado por la presentación inicial de Jesús, poniéndose en la fila de los pecadores para bautizarse, tiene motivos para desconcertarse todavía más al leer los comienzos de su actividad. Dicho en palabras muy rápidas, lo primero que hace es huir; lo segundo, actuar en la región más olvidada; lo tercero, repetir al pie de la letra la predicación de Juan Bautista. Pero todo esto encierra un misterio que Mt nos ayuda a desentrañar.

Momento de actividad

Es una pena que los evangelistas sean tan sobrios, porque el primer dato resulta más profundo de lo que parece a primera vista. Jesús no empieza a actuar hasta que encarcelan a Juan Bautista. Como si ese acontecimiento despertase en él la conciencia de que debe continuar la obra de Juan.

Nosotros estamos acostumbrados a ver a Jesús de manera demasiado divina, como si supiese perfectamente lo que debe hacer en cada instante. Pero es muy probable que Dios Padre le hablase a Jesús igual que nos habla a nosotros, a través de los acontecimientos. Y el gran acontecimiento es la desaparición de Juan Bautista y la necesidad de llenar su vacío.

Pero hay una diferencia muy sutil entre Mc y Mt. Según Mc, en cuanto encarcelan a Juan comienza Jesús a predicar. Según Mt, lo primero que hace Jesús es retirarse a Nazaret. Desde un punto de vista histórico y psicológico parece una interpretación más adecuada, que abre paso también a una visión más humana de Jesús, como si se tomase un tiempo de reflexión y decisión.

Lugar de actividad

La elección del lugar de actividad es sorprendente, más aún que en el caso de Juan Bautista. Juan no predica su mensaje de penitencia en Jerusalén, pero el lugar donde actúa, el desierto, está lleno de reminiscencias simbólicas. Es el lugar donde se espera la manifestación de Dios. Jesús, en cambio, se retira a una región que carece de importancia dentro de la historia judía, incluso conocida con el despreciativo nombre de «Galilea de los paganos». Desde un punto de vista histórico, la elección de Galilea por parte de Jesús tiene sus ventajas y sus riesgos. Ventajas: moverse en una región conocida, y la posibilidad de escapar fácilmente hacia el norte en caso de persecución. Riesgo: proclamar su mensaje en la zona más politizada de Palestina, en un ambiente bastante revolucionario, que se presta a graves conflictos.

Dentro de Galilea, escoge Cafarnaúm, ciudad de pescadores, campesinos y comerciantes, lugar de paso, que le permite el contacto con gran variedad de gente y un fácil acceso a los pueblecitos cercanos.

Sin embargo, Mt ve las cosas de forma distinta que el historiador moderno. La elección de Galilea le recuerda una profecía de Isaías, en la que se habla de las terribles desgracias sufridas por esa región durante la invasión asiria del siglo VIII a.C. y se le anuncia la salvación para el futuro.

Para Mateo, lo esencial es que Jesús no va a dirigirse a la gente importante, a los que pueden cambiar el mundo, sino a «los que habitan en tinieblas», «los que habitaban en tierra y sombra de muerte». La gente más despreciada y olvidada (campesinos y pescadores) será el primer auditorio de Jesús. Para ellos se convierte en una «gran luz».

El mensaje inicial

Mc dice: «Se ha cumplido el plazo, el reinado de Dios está cerca. Arrepentíos y creed la buena noticia». La fuerza recae en la inminencia del reinado de Dios, una buena noticia que exige el arrepentimiento. Estas palabras podían provocar la impresión ‒y de hecho la crearon‒ de que el fin del mundo era inminente. Las primeras comunidades cristianas vivieron casi con angustia esta sensación.

Mt, que escribe hacia los años 70/80, quiere evitar este equívoco y, al mismo tiempo, subrayar la idea del arrepentimiento. Para ello, las dos afirmaciones de Mc las resume en una sola: «arrepentíos, que el reinado de Dios está cerca». Al suprimir las palabras «se ha cumplido el plazo» evita la impresión de que el fin del mundo es inminente.

Por otra parte, aunque este resumen del mensaje coincide con el de Juan Bautista (3,2), no debemos interpretarlo como falta de originalidad por parte de Jesús, sino como un acuerdo básico con la predicación de Juan. Ambos coinciden en lo esencial y esto debe provocar en el lector del evangelio el interés por el tema. De hecho, Mt esta insinuando aquí lo que será el contenido primario del mensaje de Jesús: en qué consiste el Reino de Dios y cómo se puede formar parte de él.

2. Los primeros discípulos

La segunda escena es capital para comprender a Jesús. Desde el primer momento busca unos discípulos que le acompañen y ayuden en su tarea. No es el predicador solitario, ni el individualista que piensa poder hacerlo todo por sí solo.

En este contexto encaja el llamamiento de los cuatro primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Mateo, siguiendo a Marcos, presenta los hechos de la forma más normal del mundo. «Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos…» Esto provoca extrañeza en el lector. ¿Es posible que cuatro muchachos sigan a Jesús sin conocerlo? Quien ha leído el evangelio de Juan sabe que Jesús los conoció cuando el bautismo.

Pero estos detalles psicológicos e históricos no les interesan a Mt y Mc, que prefieren presentar de forma radical el seguimiento de Jesús. El relato de Mt es casi idéntico al de Mc. Sólo hay una diferencia de detalle, que puede parecer mínima, pero que considero significativa. Mc dice que Santiago y Juan, al ser llamados por Jesús, «dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él». Mt suprime la mención de los jornaleros, con lo cual la escena resulta más dura para el padre y los hijos. Resuena aquí el tema del seguimiento de Jesús, que será esencial en el evangelio.

La frase final, tan breve, puede pasar desapercibida. Pero supone un complemento esencial a lo dicho en el punto 1. Allí, la actividad de Jesús se centra en la enseñanza. Aquí, la enseñanza va acompañada de la acción: recorre, enseña, proclama, cura. Curar enfermedades y dolencias ocupa gran parte del tiempo de Jesús. Hace dos domingos, Pedro resumía todo con las palabras: «pasó haciendo el bien». Pero hay en este resumen algo que generalmente no valoramos: Recorría toda Galilea. Supone esfuerzo, sacrificio, pasar de 38º en el lago a pueblecillos nevados en invierno.Por eso añado un complemento sobre esta región tan importante en la vida de Jesús.

José Luis Sicre
https://www.feadulta.com


Llamados a la conversión y a la Misión
Romeo Ballan, mccj

El Evangelio de este domingo presenta el comienzo de la vida pública de Jesús con su mensaje de vida y de esperanza. Él es verdaderamente el nuevo comienzo, ha venido a traer la vida nueva y abundante para todos (cfr. Jn 10,10). Él es compañero de viaje, aliado y amigo de cada pueblo y cultura. Él ha venido a dar plenitud y cumplimiento a las más profundas aspiraciones de cada persona y de todos los pueblos. La palabra del Papa Francisco es muy clara sobre este punto.

Desde sus primeras manifestaciones en público (Evangelio), Jesús se presenta como un misionero itinerante: de un poblado a otro, enseña, predica la Buena Nueva del Reino, cura a enfermos, llama a discípulos… (v. 23). No empieza su misión en el templo, ni en otros lugares importantes y religiosos como Jerusalén, sino en zonas periféricas, entre los lejanos, los heterodoxos, los menos religiosos, semi-paganos, los impuros en contacto con los paganos. Así se consideraba a los habitantes de Galilea (v. 15), región en el norte de Palestina. Dejando Nazaret, Jesús se establece en Cafarnaúm, ciudad de frontera, con una aduana para las mercancías de paso por el “camino del mar” (v. 13.15), la ruta imperial que unía Egipto, Palestina, Siria y la región de Mesopotamia. Desde la antigüedad, por tanto, Galilea era una zona de encrucijada de pueblos, sometida al paso de tropas y al control del comercio, con las consiguientes contaminaciones, corrupción y recaídas morales.

El evangelista Mateo ve que la profecía de Isaías (II lectura) se ha cumplido con la presencia de Jesús (Evangelio, v. 14-17), que da inicio a una misión cargado de esperanza (v. 23), sobre la base, sin embargo, de un exigente programa de conversión a Dios y de compromiso por su Reino: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca” (v. 17).

Con esta inicial opción de campo, Jesús muestra que los primeros destinatarios de su Evangelio y del Reino no son los justos, los observantes o los que se consideran tales, sino los lejanos, los excluidos… Este es el comienzo humilde de una misión que tendrá horizontes universales, que será llevada adelante por los discípulos y sus sucesores que están llamados a seguir a Jesús para ser, en cualquier parte del mundo, “pescadores de hombres” (v. 19).

La vocación por el Reino conlleva siempre un éxodo, una salida, a menudo también geográfica, dejar algo y a alguien; alejarse del propio ambiente estrecho, salir del propio egoísmo. Aquí Jesús deja Nazaret (v. 13); Abrahán fue invitado a salir de su tierra y de su familia; así dos grupos de hermanos, llamados por Jesús a seguirle, abandonan redes, barca y padres (v. 20.22). En cada caso, la vocación no es una salida hacia el vacío: es dejar algo para seguir a Alguien; una salida al encuentro con Otro. En el primer lugar están siempre el encuentro y la adhesión a la persona de Jesús.

Esta vocación-misión se arraiga en una conversión (“Conviértanse…”: v. 17), en un cambio de mentalidad, en una orientación nueva hacia Dios y su Reino, del que Jesucristo es la plenitud. La conversión a Cristo conlleva el seguimiento y la misión, estar bien arraigados en Él y bien insertados en los caminos del mundo: “los haré pescadores de hombres” (v. 19).

La propuesta misionera y vocacional de Jesús (Evangelio) es global: se articula en cuatro momentos:

  • 1. mirada a la situación del mundo: pueblos alejados y periféricos, poco religiosos (v. 13-16);
  • 2. invitación a la conversión del corazón hacia Dios y su Reino (v. 17);
  • 3. encuentro y seguimiento de Cristo: “vengan tras de mí…” (v. 19.21);
  • 4. misión en el mundo: “pescadores de hombres” (v. 19), entregados sobre todo a enfermos y otras personas frágiles (v. 23).

La misión pública de Jesús empezó en la Galilea de los gentiles (v. 15) e igualmente (según el evangelista Mateo) Jesús resucitado la concluirá en Galilea (Mt 28,7.10.16), enviando desde allí a los Apóstoles en misión entre todas las naciones (Mt 28,19).

II Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque existía, antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel.
Entonces Juan dio este testimonio: Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja y se posa e Espíritu Santo, ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo.
Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios”.
(Juan 1, 29-34)


“Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.
P. Enrique Sánchez G. Mccj

Esta es seguramente la frase más importante que escuchamos hoy en el Evangelio y a través de ella se nos invita a iniciar un camino que nos llevará a sentir la importancia que tiene la presencia de Jesús en nosotros.

En estos cuantos versículos podemos sentir un movimiento que lleva a un encuentro y al reconocimiento de alguien que es el único que le puede dar sentido a nuestras vidas.

Juan el Bautista y Jesús van al encuentro del uno hacia el otro y, con mucha sencillez, en ese ir de Jesús hacia Juan podemos ver, una vez más, como Dios está siempre en camino hacia nosotros.

Dios nos busca y nos ama tanto que no ha dudado en venir a revelarnos su rostro en Jesús, con un único deseo: que lo conozcamos y que le demos la posibilidad de habitar en nuestra vida.

Dios viene a nuestro encuentro y a través de Juan el Bautista nos ayuda a entender que lo más importante en esa historia de amor está en la capacidad de cada uno de nosotros de poder reconocerlo y señalarlo. Es decir, reconocerlo y convertirnos en testigos de su presencia, aquí́ y ahora, en lo más ordinario de nuestra vida.

Para quienes leemos hoy este texto de Evangelio, con nuestras interminables preguntas y búsquedas de respuestas al problema del mal, de la violencia , de las desigualdades. A nuestros gritos desesperados, muchas veces pidiendo a Dios que se haga presente. Cuando le reprochamos su aparente ausencia de los dramas que pueden llenarnos de tristeza. Juan el Bautista parece respondernos diciendo: ahí está Dios, en Jesús, en lo más duro de nuestra vida, viniendo a nuestro encuentro.

Ahí está el Señor y lo único que nos hace falta es dar el primer paso, aceptándolo y reconociéndolo como alguien que viene siempre a nuestro encuentro y que está más cerca de lo que nos imaginamos.

Juan el Bautista fue capaz de dar ese paso y era lo que necesitaban escuchar sus discípulos para entender que él sólo los había ido preparando para que pudiesen encontrarse con Jesús; para que pudiesen reconocerse como los destinatarios de un amor al cual se habían preparado aceptando el bautismo de conversión que habían recibido en el Jordán.

Ahora era tiempo de ir más lejos, justamente, después de que Jesús había sido también bautizado se iniciaba un tiempo nuevo en el cual, recibiendo la fuerza del Espíritu, serían los primeros ciudadanos del Reino.

Para Juan fue el tiempo de desaparecer, de recordar que él sólo había cumplido con la misión de preparar el camino para que nadie fuera excluido del Reino.

Juan reconoce que él no está llamado a estar en el centro, su misión fue prepararlo todo para que Jesús fuera reconocido como el protagonista principal en el plan de salvación que Dios había preparado para toda la humanidad.

Al final, Juan nos ayuda a entender que, también hoy, lo que nuestro mundo necesita no es tanto de protagonistas, sino de testigos que sean capaces de indicar un rumbo que nos pueda llevar al encuentro del Señor.

Y testigos lo podemos ser todos y cada uno en la llamada que el Señor nos ha hecho, en el servicio que nos pide que hagamos en bien de los demás, en el ejercicio de nuestros ministerios y responsabilidades, cumpliendo con alegría nuestra tarea de colaborar en la construcción de un mundo como Dios lo ha soñado para nosotros.

Juan es testigo fiel de alguien a quien nos presenta como el Cordero de Dios, una imagen de Dios que no tiene nada qué ver con el poder, con la fuerza, con la riqueza, con todo aquellos que generalmente nosotros identificamos a los grandes de este mundo.

Él  nos  cambia  la  visión  y  la  lógica  con  que  muchas  veces  nosotros  juzgamos  y pensamos que deberíamos ser.

Hablar de Jesús como el Cordero de Dios es presentarnos a alguien que viene a nosotros con un sólo  deseo, entregarse por nosotros. Es alguien  que se presenta frágil a los ojos del mundo, alguien que decepciona porque quisiéramos que actuara siguiendo nuestros criterios. Es imagen de bondad, de sencillez, de disponibilidad,  de entrega.

A muchos de nuestros contemporáneos y, a lo mejor, a muchos de nosotros mismos nos gustaría un Dios que haga realidad todos nuestros sueños de poder y que los realice inmediatamente.

Afortunadamente, Dios no actúa de esa manera. Él se manifiesta como quien tiene poder, pero su poder es el amor, la misericordia, la compasión.

Usando la imagen del Cordero se hace comprensible que Dios viene a nosotros, pero sin forzar nada, respectando nuestra libertad, ofreciendo y no imponiéndose. De esa manera lo que Dios provoca es el deseo de su presencia en nuestro corazón, provoca el anhelo de poder encontrarnos cara a cara con él.

En un mundo tan complicado como el nuestro, pero tan sorprendente y fascinante al mismo tiempo, reconocer a Jesús como el Cordero de Dios nos obliga a entrar en un camino de conversión que nos lleva a un cambio de mentalidad y de actitudes en donde no son los criterios del dominio, de la fuerza o de la violencia los que guíen nuestro sentir y nuestro actuar.

Seguir a Jesús como el Cordero de Dios en nuestro tiempo implica un cambio de mentalidad y de actitudes que nos permitirán ser más tolerantes en una realidad marcada por la agresividad, pacientes en una sociedad en donde todo son exigencias, en donde cada persona se siente con derecho a estar por encima de los demás, en donde el amor es confundido con el placer pasajero que no respeta al hermano.

Y Juan el Bautista, señalando a Jesús como a quien tenemos que seguir, nos está indicando que sólo en él se logrará construir una humanidad más digna y respetuosa en donde todos podamos reconocernos hermanos y en donde cada uno podremos ser aceptados en nuestras diferencias como una riqueza para los demás.

Finalmente, el Cordero de Dios, al que Juan nos invita a seguir como discípulos no es una propuesta que venga a sacarnos de la realidad en que nos toca vivir, con sus facturas de sufrimiento, sus exigencias   de   sacrificios, con sus momentos de obscuridad, con sus lágrimas ante el dolor.

La invitación no tiene nada de engañosa, pero nos asegura que siguiendo los pasos de Jesús podemos estar seguros de poder llegar al lugar que nos corresponde en el proyecto de amor que Dios ha querido realizar pensando únicamente en nuestra felicidad.

Seguir al Cordero de Dios, como lo indica Juan el Bautista, podría ser para nosotros la experiencia de pasar del camino de la conversión al encuentro con el Espíritu de Dios en el que podemos ser bautizados abriendo nuestro corazón a la presencia de Jesús en nuestras vidas.

Recibir el Espíritu Santo no es otra cosa sino abrirnos y disponernos a que la vida de Dios sea lo que llene nuestros días, su luz la que ilumine nuestros horizontes, su fortaleza la que nos permita vivir reconciliados con nuestras debilidades y con nuestras pobrezas.

En otras palabras, se trata de aceptar que estamos bajo el cuidado de Dios que ha venido entre nosotros en la persona de Jesús y que desea que nuestra vida no se pierda, dejándonos guiar por quienes fácilmente nos pueden llevar por caminos que extravían con promesas que acaban en desilusiones.

Ojalá que también nosotros, como Juan el Bautista, podamos decir que hemos visto  al Señor y que lo hemos reconocido como el Cordero de Dios que vino a quedarse con nosotros para que nos demos cuenta de que Dios sólo existe para amarnos.

Ojalá también que, como misioneros, podamos indicarles a muchos el camino para que puedan encontrarse con Jesús y lo reconozcan como el Hijo de Dios.


¡He aquí el Cordero de Dios!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después de la Epifanía y del Bautismo del Señor, seguimos todavía bajo el signo de las “revelaciones” sobre Jesús. Algunos versículos antes del pasaje del Evangelio de hoy, Juan el Bautista decía: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis» (Juan 1,26). Y él mismo confiesa dos veces: «Yo no lo conocía». Por desgracia, nosotros, por el contrario, creemos saberlo todo sobre Él. Y quizá no lo conozcamos en absoluto. A menudo, nuestro conocimiento de la persona de Jesús es estático, detenido desde hace años, tal vez desde alguna etapa de nuestra iniciación cristiana. ¡Como si se pudiera llevar para siempre el traje de la primera comunión o de la confirmación!

Una nueva “epifanía”: ¡He aquí el Cordero de Dios!

La vida cristiana es un caminar de epifanía en epifanía, de gloria en gloria, transformados por los misterios que contemplamos. Porque los misterios tienen poder sobre nosotros: «Y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Corintios 3,18).

Hoy Juan nos revela algo inédito, que ni él ni nosotros conocíamos. El Bautista señala a Jesús como «el Cordero de Dios». ¿Qué significa esta expresión? Estamos acostumbrados a repetirla durante la Eucaristía, antes de la comunión. Sin embargo, si lo pensamos bien, este título puede resultar bastante inusual e incluso desconcertante. En efecto, pertenece a otra mentalidad religiosa y cultural, que recurría al sacrificio de animales en la relación con la divinidad.

La palabra cordero/corderos aparece con frecuencia en la Biblia. La encontramos unas 150 veces en el Antiguo Testamento (la gran mayoría en los libros del Levítico y de los Números) y unas cuarenta veces en el Nuevo Testamento (en la edición italiana de la Biblia preparada por la CEI, edición 2008).

Podemos hacer tres constataciones. La primera es que el cordero está casi siempre asociado al sacrificio. Es el animal considerado puro, inocente y manso y, por tanto, el preferido para el sacrificio ofrecido a Dios. La segunda es que, en el NT, aparece casi exclusivamente en Juan: en el Evangelio (3 veces) y sobre todo en el Apocalipsis (35 veces). La tercera es que, en el NT, se refiere casi siempre al sacrificio de Cristo: «Sabéis que no fuisteis rescatados de vuestra conducta vana, heredada de vuestros padres, con cosas perecederas como la plata o el oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pedro 1,18-19).

La afirmación de Juan «¡He aquí el Cordero de Dios!» evoca en la mente de sus oyentes, ante todo, el cordero pascual, o bien el cordero que se sacrificaba cada día, por la mañana y por la tarde, en el Templo de Jerusalén. Pero la riqueza de este título va mucho más allá. Por ejemplo, podemos encontrar en él una alusión al misterioso «Siervo del Señor» (del que se habla hoy en la primera lectura): «Como cordero llevado al matadero… mientras él cargaba con el pecado de muchos» (Isaías 53,7.12). Tanto más cuanto que, en arameo, la lengua del Bautista, el término talya significa tanto «siervo» como «cordero».
Al poner este título mesiánico excepcional en labios del Bautista, el evangelista Juan tenía casi con certeza en mente el rico y complejo trasfondo bíblico, pero sobre todo el cordero pascual (cf. Juan 19,36).

«¡He aquí el Cordero de Dios!» representa una imagen revolucionaria de Dios, que no pide sacrificios, sino que se sacrifica a sí mismo. El papa Francisco llamaba a esto «la revolución de la ternura».

El Cordero de Dios es el que quita «el pecado del mundo» (en singular), el pecado radical del mundo, el pecado de todos los seres humanos de todos los tiempos. No solo los pecados individuales, sino también la matriz del mal que subyace a toda injusticia: la corrupción de la historia, la degeneración de las culturas, la degradación de las relaciones entre las personas y los pueblos, la contaminación y la explotación de la naturaleza… El Cordero de Dios ha cargado sobre sí todo el peso del mal del mundo.

Es preciso aclarar, sin embargo, que la «justicia» de Dios no exige el sacrificio del Hijo, como podrían sugerir algunas interpretaciones tradicionales. Jesús no es la víctima exigida para «satisfacer la justicia» de Dios. La teología del sacrificio está ciertamente presente en los autores del NT. Se trata, sin embargo, de una relectura de la muerte de Jesús en la cruz a la luz de la tradición bíblica y de la cultura religiosa de la época. Pensándolo bien, esto sería inaceptable: ¿cómo podría un padre exigir la muerte de su hijo para perdonar?

El sacrificio de Jesús es el de su extrema solidaridad: «Él, siendo de condición divina, no consideró como presa el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y, apareciendo en su porte como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Filipenses 2,6-8).

El Cordero inmolado y el León de Judá

El Mesías es comparado simbólicamente con dos figuras opuestas: el cordero y el león, como para subrayar las dimensiones de la mansedumbre y de la fuerza del Mesías. Encontramos ambos títulos en el libro del Apocalipsis. Cristo es representado predominantemente como el Cordero, mencionado 34 veces: «Vi un Cordero de pie, como degollado [es decir, que lleva los signos, las llagas de la Pasión]; tenía siete cuernos [símbolo de poder] y siete ojos [omnisciencia]» (Apocalipsis 5,6).
Pero el Cordero, antes de entrar en escena, es presentado como el León de Judá: «Uno de los ancianos me dijo: “No llores; ha vencido el León de la tribu de Judá, el Retoño de David, y abrirá el libro y sus siete sellos”» (5,5).

Estas dos dimensiones pertenecen también a la vida y al testimonio cristianos: por una parte, la docilidad, la dulzura, la fragilidad y la capacidad de soportar del cordero; por otra, la fuerza, el heroísmo, la nobleza y el coraje del león. Conciliar ambos aspectos no es siempre fácil. Por desgracia, muchas veces, cuando deberíamos ser mansos, nos comportamos como leones, dominadores y agresivos; y cuando deberíamos ser leones, nos comportamos como corderos, temerosos y cobardes.

¡Aquí estoy!

Concluyo aludiendo brevemente al aspecto de la vocación al testimonio que emerge con fuerza de las lecturas: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra», dice el Señor a su Siervo (Isaías 49,6). Pablo se presenta a la comunidad de Corinto como aquel que fue «llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios». Y Juan afirma solemnemente: «Y yo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».

¿Y nosotros? Creo que cada vez que, en la celebración eucarística, Juan el Bautista señala a Cristo diciendo: «¡He aquí el Cordero de Dios!», deberíamos hacer nuestra la respuesta del salmista: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (Salmo responsorial 39/40).

P. Manuel João Pereira Correia, mccj


Con el fuego en el Espíritu
José Antonio Pagola

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.
Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.
El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.
Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.
La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.
Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra… no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.
Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?

http://www.feadulta.com


Palabrasa de Juan, el bautizador del Jordán
Dolores Aleixandre

No recuerdo cuando comencé a vivir en el desierto, más bien lo que no consigo saber es cómo pude vivir fuera de él. Supe que era mi lugar desde que escuché de niño las palabras de Isaías: “Una voz grita: En el desierto preparad un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3) Acepté la misión que se me confiaba y me fui a conocer de cerca aquel sequedal en el que tenía que intentar trazar caminos. Al principio sólo la soledad y el silencio fueron mis compañeros y, junto con ellos, la convicción oscura de estar esperando a alguien que estaba a punto de llegar: “Mirad, yo envío un mensajero a prepararme el camino. ¿Quién resistirá cuando llegue?” (Ml 3,1-2)Lo había dicho un profeta y yo sentía arder en mi voz su misma urgencia por preparar el encuentro. ¡Llega el Ungido de Dios!” comencé un día a gritar . “Él quebrantará al opresor y salvará la vida de los pobres…” (Sal 72,8.4).

Se corrió la noticia de mis palabras y comenzó a acudir gente, movida por una búsqueda incierta en la que yo reconocía la misma tensión que me mantenía en vigilia. Algo estaba a punto de acontecer, y me sentí empujado a trasladarme más cerca del Jordán, como si presintiera que iban a ser sus aguas el origen del nuevo nacimiento que aguardábamos con impaciencia. Muchos me pedían que los bautizara y, al sumergirse en el agua terrosa del río y resurgir de ella, sentían que su antigua vida quedaba sepultaba para siempre. Les exigía ayunos y penitencia y les anunciaba que otro los bautizaría con Espíritu. Yo sólo podía hacerlo con agua: anunciaba unas bodas que no eran las mías, y yo no era digno ni de desatar la correa de las sandalias del Novio.

Antes de comenzar la temporada de lluvias, en un mediodía nubes apelmazadas y calor agobiante, se presentó un grupo de galileos y me pidieron que los bautizase. Fueron descendiendo al río, hasta que quedó en la ribera solamente uno, al que oí que le llamaban Jesús. Al principio no vi en él nada que llamara particularmente mi atención y le señalé el lugar por el que podía descender más fácilmente al agua. Estábamos solos él y yo, los demás se habían marchado a recoger sus ropas junto a los álamos de la orilla. Lo miré sumergirse muy adentro del agua y, al salir, vi que se quedaba quieto, orando con un recogimiento profundo. Tenía la expresión indefinible de estar escuchando algo que le colmaba de júbilo y todo en él irradiaba una serenidad que nunca había visto en nadie.

Se había levantado un viento fuerte que arrastraba los nubarrones que cubrían el cielo y comenzaban a caer gruesas gotas de lluvia. Un relámpago iluminó el cielo anunciando una tormenta que levantaba ya remolinos de polvo. Desde la ribera seguí contemplando al hombre que seguía orando inmóvil, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor le afectara. Por fin, después de un largo rato y cuando ya diluviaba, lo vi salir lentamente del río, ponerse su túnica y alejarse en dirección al desierto.

Pasé la noche entera sin conseguir conciliar el sueño. Sin saber por qué, me vino a la memoria un texto profético que nunca había comprendido bien:

“Mirad, el Señor Dios llega con poder. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos a los corderos y hace recostar a las madres (Is 40,10-11).Nunca había entendido por qué el Señor necesitaba desplegar su poder para realizar las tareas cotidianas de un pastor, ni por qué su venida, anunciada con rasgos tan severos por los profetas, consistiría finalmente en sanar, cuidar y llevar a hombros a su pueblo, sin reclamarle a cambio purificación y penitencia.

Y, sin embargo, aquella noche, las palabras de Isaías invadían mi memoria de manera apremiante, junto con una extraña sensación de estar cobijado y a salvo. Y textos a los que nunca había prestado atención, se agolparon en mi corazón. Era como si hasta este momento sólo hubiera hablado de Dios como de oídas, mientras que ahora Él comenzaba a mostrarme su rostro. Recordé el del galileo al que había visto orando en el río, la expresión de honda paz que irradiaba, y me pregunté si a él se le habría revelado el Dios que no es, como yo pensaba, sólo poder y exigencia, sino también ternura entrañable, amor sin condiciones como el de los padres.

Estaba amaneciendo y en los árboles de la orilla se oía el revuelo de los pájaros y el zurear de las palomas. Recordé las palabras del Cantar describiendo al novio:

“Mi amado…Sus ojos, dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca…”(Cant 5, 10-11)

Me di cuenta sorprendido de que, al hablar del Mesías, siempre lo había hecho con imágenes poderosas como la del águila, o de fuerza avasalladora como la del león, mientras que ahora lo que me hacía pensar en él era el vuelo sosegado de las palomas.

Cuando me sobrevino el sueño, la luz se abría ya paso entre los perfiles azulados de los montes de Judea.

http://www.feadulta.com


“Este es el Cordero…”: un anuncio cargado de Misión
P. Romeo Ballan, mccj

Continúa la epifanía, la manifestación de Jesús. Después de la estrella de los magos y del bautismo en el Jordán, es otra vez Juan el Bautista quien señala con insistencia a Jesús como al Cordero de Dios (Evangelio). Juan ha ido creciendo en su conocimiento de Jesús: antes no lo conocía (v. 31.33), o lo conocía probablemente solo como su pariente. Ahora lo proclama Cordero de Dios (v. 29), Hijo de Dios (v. 34), lleno del Espíritu, e incluso el que ha de bautizar con Espíritu Santo (v. 33). Juan el Bautista lo declara presente: “Este es el Cordero de Dios…”, el que carga sobre sí y, de esta manera, quita el pecado del mundo (v. 29); es decir, todos los pecados.

Para quitar el pecado del mundo, Jesús no hace uso de mecanismos jurídicos exteriores, como la condonación, el indulto o la amnistía; Él bautiza en el Espíritu Santo; se trata, pues, de la inserción en el corazón de las personas de un dinamismo nuevo, el Espíritu (v. 33), la fuerza del amor, la única energía vencedora sobre todo mal humano. Justamente, porque tan solo el amor transforma y sana el corazón. Como explica el Papa Francisco, el bautismo no es un rito exterior, una formalidad, un acto de inscripción en una sociedad, sino un acto de fe y de amor, un don que enriquece a la persona que lo recibe y marca una diferencia con el que no lo ha recibido.

El segundo canto del Siervo de Yahvé (Is 49, I lectura) contiene una prefiguración del Bautismo de Jesús. Él es el verdadero ‘talya’ (palabra aramea utilizada por Juan el Bautista para decir cordero siervo): es el cordero pascual, inmolado, que quita, cargándolos sobre sí mismo, los pecados del mundo entero; el siervo, llamado desde el vientre materno (v. 5), que se convierte en luz de las naciones, con una misión universal de salvación que sobrepasa los límites nacionales para llegar hasta el confín de la tierra (cfr. v. 6; Lc 2,30-32; Hch 13,47). El salmo responsorial canta la disponibilidad de Jesús – y de la Iglesia evangelizadora – para asumir esta misión sin restricciones ni fronteras: “¡Aquí estoy, Señor!”

Cabe subrayar un detalle importante: Juan habla de “pecado del mundo”, en singular, no de los pecados en plural. Según las primeras páginas de la Biblia, desde siempre el pecado de los orígenes, la causa de toda acción pecaminosa (violencia, odio, injusticia, falsedad…) es el egoísmo-orgullo: el no fiarse de Dios, la arrogancia de considerarse autosuficientes, capaces de prescindir de los demás, e incluso de Dios. La expresión “Cordero de Dios”, utilizada por el Bautista, está cargada de evocaciones bíblicas y de aplicaciones misioneras. Evoca, ante todo, al cordero pascual, cuya sangre fue signo de salvación del exterminio en la noche del éxodo de Egipto (Ex 12,23); remite, asimismo, a la imagen del Siervo sufriente y silencioso, que cargaba con el pecado de la muchedumbre (cfr. Is 53,12). Y finalmente, la expresión del Bautista evoca el sacrificio de Abraham, en el que Isaac se salvó y Dios mismo proveyó el cordero para el holocausto (Gn 22,7-8): no ya el hijo de Abraham, sino el mismo Unigénito Hijo de Dios. En todas las religiones del mundo suele ser el hombre el que sacrifica algo para Dios. Aquí, en cambio, está la novedad de la fe cristiana: es Jesucristo, el cordero-víctima inocente, el que por amor entrega su vida por nosotros.

El progresivo descubrimiento e identificación con Jesús hacen de Juan el Bautista un modelo para la Iglesia misionera y, en ella, para cada evangelizador y evangelizadora: Juan cree en Jesús, lo reverencia, lo anuncia presente, da testimonio de Él hasta derramar su sangre. Juan es consciente que él mismo no es el Mesías, sino una voz que lo anuncia y le prepara el camino; rebosa de gozo por su crecimiento (Jn 3,29-30), y no le importa desaparecer. Descubrimos en Juan aspectos similares al rol de Benedicto, el Papa emérito desde hace ya siete años.

La Iglesia sigue señalando a Jesús con las palabras de Juan; lo hace en la Eucaristía-comunión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado…”, y lo repite en el anuncio y servicio propios de la misión. El mensaje misionero de la Iglesia será tanto más eficaz y creíble cuanto más sea – al igual que en Juan el Bautista – fruto de contemplación, libertad, austeridad, valentía, profecía, expresión de una Iglesia servidora del Reino, firme en “hacer causa común” (S. Daniel Comboni) con la familia humana en sus sufrimientos y aspiraciones. Solo así, como para Juan el Bautista, la palabra del misionero podrá suscitar nuevos discípulos de Jesús (cfr. Jn 1,35-37).

Esta ha sido también la vocación misionera de San Pablo, apóstol enamorado de Jesucristo: lo menciona cuatro veces en los tres versículos de la II lectura. Su amplio saludo a todos los santificados en Cristo Jesús (bautizados), “llamados a ser santos” (v. 2), sintoniza muy bien con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (18-25 de enero). El Ecumenismo y la Misión constituyen un binomio vital e irrenunciable para la Iglesia de Jesús. Por eso, la unidad de la Iglesia está orientada a la misión: unidos “para que el mundo crea” (Jn 17,21). ¡Unidos para ser creíbles! Unidos para vencer el mal y las divisiones, para quitar el pecado del mundo, es decir, el egoísmo, con la ternura, la sencillez, la no violencia: con el programa de las Bienaventuranzas.

Bautismo del Señor

“En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice? Jesús le respondió: Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere. Entonces Juan accedió a bautizarlo.
Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre Él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”
(Mateo 3, 13-17)

comboni2000.org


Bautismo del Señor
P. Enrique Sánchez G., mccj

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús llegando hasta el río Jordán, a un lugar conocido por todos aquellos que acudían a Juan el Bautista para ser bautizados con el deseo de iniciar una nueva vida.

La predicación de Juan efectivamente, consistía en una invitación a la conversión y al arrepentimiento de los pecados para facilitar la llegada del Mesías al corazón de cada uno de sus oyentes. Había que cambiar de vida y pasar por el bautismo para ser purificados del pecado.

Muchas personas que se habían encontrado con Juan habían dado el paso a una nueva vida, convencidos por la radicalidad y la coherencia de vida con la que predicaba la llegada del tiempo en el cual Dios se había manifestado en la persona de Jesús.

El bautismo que Juan ofrecía a las orillas del río Jordán significaba el paso de una vida marcada por el pecado a una vida nueva que, pasando por las aguas, disponía a recibir otro bautismo que Jesús, como Hijo de Dios, venía a derramar a todos los que se abrían a la fe.

Aquel espacio del Jordán representaba el lugar en donde la humanidad pecadora se daba cita para reconocer su fragilidad y su pecado y hasta ahí llegó Jesús para ponerse en la fila y marcar con ese gesto su disponibilidad de ir hasta las ultimas consecuencias en su propósito de asumir la condición humana.

Él, que no sabía de pecado, quiso asumir la condición de pecador para cargar sobre su espalda todo aquello que tenía a la humanidad aplastada.

Sin haber cometido pecado, abrazó la condición pecadora del ser humano para darle la posibilidad de liberarse de lo que era causa de tristeza y de muerte.

Sólo recordando esto, es posible entender por qué Jesús pide a Juan ser bautizado. Juan sabía que el bautismo que llegaría por Jesús sería el único camino para encontrarse con quien lo había hecho libre y lo había destinado a disfrutar de la vida como hijo amado.

Y Juan, que lo reconoce como aquel a quien no es digno ni siquiera de desatar las correas de sus sandalias, no sale de su asombro. Él sabía bien que el bautizo que él ofrecía no era para Jesús, quien no necesita de conversiones y no sabía de pecados.

Pero era necesario para que se cumpliera, como dice el evangelio, la voluntad de Dios. Era necesario para demostrar o para hacer entender lo que Dios tenía en su mente y en su corazón cuando decidió hacerse uno de nosotros.

En el bautismo de Jesús, Dios nos da una lección y nos ayuda a entender qué es lo que ha querido mostrarnos cuando decidió asumir nuestra condición humana. Esa condición frágil y marcada por la debilidad y por la miseria que sigue lastimándonos hasta nuestros días.

Dios quiso apropiarse de todo lo que somos para redimirlo y hacerlo nuevo, como sucede cada vez que alguien recibe el bautismo y lo hizo poniendo a su Hijo en el camino que todo mortal necesariamente tiene que recorrer. El camino del arrepentimiento, de la conversión y del perdón.

Nuestro Padre Dios de hizo uno de nosotros en Jesús y se confundió entre los pecadores para destruir en las aguas del bautismo lo que nos puede mantener esclavizados y sumergidos en el dolor y en la muerte.

Poniéndose entre todos los que buscaban el bautismo de Juan, Jesús nos invita hoy a valorar el bautismo que hemos recibido y a recordar, como dice san Pablo en su carta a los romanos, que si morimos con él, pasando por las aguas del bautismo, diríamos nosotros, seguramente resucitaremos con él ( Romanos 6, 8-10).

Eso significa que recobraremos la dignidad que nos corresponde como hijos de Dios. Por otra parte, es justo antes de iniciar su ministerio y el anuncio de la llegada del Reino que Jesús recibe el bautismo de Juan y es en ese momento en el cual el Padre se manifiesta para reconocer y anunciar que Jesús es su Hijo, lo que más ama, en quien tiene todas sus complacencias. Ahí es en donde el Padre nos manifiesta con qué clase de amor nos busca.

Y el bautismo de su Hijo significa el inicio de un camino de amor que llevará a Jesús hasta la cima de la Cruz para que podamos contemplar y entender que Dios no sólo ha querido hacerse uno de nosotros, sino que ha querido entregarse totalmente para que ya no vivamos esclavos de la muerte y del pecado, sino que tengamos vida y vida en plenitud.

Hoy que corremos el peligro de dejarnos atrapar por tantas ofertas que nos ofrece el mundo y que nos podemos dejar confundir con una infinidad de trampas que nos ponen en nuestro caminar, es importante recordar que Jesús ya se nos adelantó ofreciendo su vida por nosotros y que no tenemos pretextos para impedir que su amor nos envuelva.

Ojalá que el tomar conciencia de nuestro bautismo nos recuerde que hemos sido bautizados en Cristo y que en él hemos tenido la dicha de nacer a una vida nueva en la cual no debería tener cabida la realidad del pecado que nos maltrata y humilla.

El bautismo de Jesús nos recuerda que ya no hay razón para que vivamos esclavos de las pasiones que nos destruyen y destruyen a los demás. Con él hemos nacido a una vida nueva.

Ojalá que nuestro bautismo nos hiciera sentir orgullosos de ser discípulos de Jesús, de reconocernos personas nuevas llamadas a cambiar y a transformar nuestra sociedad, personas alegres, llenas de entusiasmos, de confianza y de esperanza.

Reconozcamos que como cristianos hemos sido bautizados en Cristo, en aquel en quien Dios tiene todas sus complacencias y en quien se nos manifiesta un amor que nos libera y hace de nosotros personas nuevas.


Una nueva etapa
José Antonio Pagola

Antes de narrar su actividad profética, los evangelistas nos hablan de una experiencia que va a transformar radicalmente la vida de Jesús. Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano.
No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años “una nueva etapa evangelizadora”, el Papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca “evangelizadores con Espíritu”. Sabe muy bien que solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?

Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente de hoy escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio”. Solo de esta manera, “podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo”.
El Papa está pensando en una renovación radical, “que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple administración”. Por eso, nos pide “abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así” e insiste una y otra vez: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”.
Francisco busca una Iglesia en la que solo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual. “Más que el temor a no equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer”.
El Papa quiere que construyamos “una Iglesia con las puertas abiertas”, pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. ¡Qué alegría poder escuchar de sus labios una visión de Iglesia que recupera el Espíritu más genuino de Jesús rompiendo actitudes muy arraigadas durante siglos! “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadotes. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.


Vivir el tiempo ordinario con sentido
Inma Eibe

El evangelio de hoy nos sitúa de esta manera en nuestra cotidianidad. La escena que nos muestra podría ser la de un día cualquiera en la vida de Juan el Bautista, el profeta que predicaba en el desierto y bautizaba en el Jordán. Probablemente cada día habría un buen grupo de personas escuchándole y dejándose bautizar por él, atraídos por sus palabras y sus gestos. Así que a nadie le llamaría la atención aquel hombre que esperaba su turno tranquilamente, como uno más, junto a tantos otros; un hombre que no se había distinguido hasta ahora en nada; un hombre que llevaba una vida sencilla en Nazaret.

Pero cuando ese hombre, llamado Jesús, llega a Juan, el profeta es capaz de reconocerlo como aquel de quien ha estado diciendo que “os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (cf. Mt 3,12) y se sobrecoge ante su petición: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús acude a Juan para hacerse bautizar y, con este gesto, desciende a lo más bajo, aún más bajo que el pesebre en el que había nacido; aún más bajo que la vida sencilla que había llevado. Jesús toma sobre sí la condición de pecador“Al que no conoció el pecado, por nosotros lo cargó con el pecado, para que, por su medio, obtuviéramos la justificación de Dios” (2Cor 5,21).

Contemplemos el encuentro entre estos dos hombres y prestemos oído a su diálogo. Ambos escuchan al otro en su verdad más plena. Ambos se dejan acompañar. Ambos buscan la voluntad de Dios: “Déjalo ahora”, dice Jesús. “Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. Y ambos, gracias al otro, toman consciencia de su identidad. Como lo habían hecho años atrás sus madres en el encuentro en Ain Karem (cf. Lc 1,39-56), tanto Juan como Jesús son ahora reafirmados y fortalecidos en su vocación personal y en su misión. Sobrecoge caer en la cuenta de que las primeras palabras que Mateo pone en boca de Jesús en todo su evangelio sean éstas, referidas cumplir todo lo que Dios quiere, manifestando lo que sería una clave fundamental en su vida: hacer la voluntad del Padre.

El evangelista ha narrado el encuentro con unas imágenes que muestran la fuerza de la teofanía que se describe: el cielo se abre, el Espíritu baja y se oye una voz del cielo. Esta descripción de la apertura de los cielos nos remite a Isaías: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 63,19). El autor pide a Dios que vuelva a abrir el cielo, que se manifieste y descienda en medio del pueblo.

En Jesús se cumple esta Palabra. Dios se ha manifestado y ha descendido hasta ponerse en la cola con los pecadores. Mateo modifica la voz celestial con respecto a los otros dos sinópticos. La manifestación no está en segunda persona, sino en tercera: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”. No es una revelación dirigida a Jesús, aunque con ello Jesús se reconozca como el HijoEs una revelación dirigida a nosotros, que la escuchamos. Es una invitación a acoger a Jesús como el Hijo y a aceptar que nosotros somos también “hijos en el Hijo” (cf. Jn 1,12).

Hoy, recordando el Bautismo de Jesús, somos invitados a ratificar nuestro propio bautismo, a confirmar nuestra fe desde la experiencia de encuentro personal con Jesús, el que se hizo uno de nosotros para recordarnos que somos hijos amados del Padre. Renovar nuestro propio bautismo hoy nos debe llevar a renovar nuestro compromiso a vivir como hermanos de todos, buscando la voluntad de nuestro Dios Padre-Madre y dejándonos mover por el aliento impetuoso de la Ruah Santa. Preciosa invitación, después de haber vivido en profundidad la Navidad, para comenzar nuestro tiempo “ordinario” con verdadero sentido.


Del Bautismo nace la Misión
Romeo Ballan, mccj

El Bautismo de Jesús en las aguas del río Jordán es una de las tres grandes epifanías que la liturgia de la Iglesia canta en la solemnidad de la Epifanía del Señor, junto con la manifestación a los magos que llegaron de Oriente y con el milagro en las bodas de Caná. También el bautismo es una presencia y una manifestación misionera de Jesús. Litúrgicamente, celebramos hoy una fiesta-puente entre la infancia de Jesús y su vida pública: el tiempo de Navidad termina con la fiesta del Bautismo de Jesús, evento que lo introduce en la vida pública. Pero hay mucho más: desde sus comienzos, la predicación misionera de los Apóstoles arrancaba “a partir del bautismo de Juan hasta el día en que Jesús nos fue llevado” (Hch 1,22). Jesús no inicia su vida pública con un sacrificio en el templo, sino en el río de la vida, en plena solidaridad con las vicisitudes de la familia humana. 

La dimensión universal de esta epifanía brota con fuerza de las lecturas. Lo confirma el mismo San Pedro (II lectura) en la casa del centurión Cornelio en Cesarea. Superada con dificultad la resistencia inicial – la suya propia y la de la comunidad eclesial – Pedro visita, acoge a Cornelio y defiende su entrada en la Iglesia, afirmando una verdad fundamental para la misión y para la teología de la salvación que Dios ofrece a cada persona, aunque no sea oficialmente cristiana: “Dios no hace distinciones, acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (v. 34-35).

El hecho del bautismo del Señor arroja una luz intensa sobre la identidad y la misión de Jesús (Evangelio). En Él se manifiesta la Trinidad santa: el Padre proclama a su “Hijo, el amado” (v. 17); el Espíritu desciende sobre Él (v. 16). El Padre es la voz, el Hijo es el rostro, el Espíritu es el vínculo. La misión de Jesús está ya prefigurada en el primer canto del “Siervo del Señor” (I lectura), con una tarea que sobrepasa las fronteras de Israel y llega a las naciones (paganas) como luz y salvación (v. 1 y 6). Su misión rehúye los tonos ruidosos y explosivos (v. 2); será, en cambio, una presencia de apoyo, recuperación y valorización de los más débiles (v. 3 y 7); una misión que podrá contar siempre con la fuerza del que lo ha “cogido de la mano” (v. 6). Se trata de un programa apasionante, que da sentido a la vida de cualquier persona capaz de amor y de ideales generosos. Asimismo, el programa del Siervo vale tanto para los individuos como para una comunidad, e incluso para un pueblo.

En el Evangelio Jesús, haciendo suya la misión del Siervo y sintiéndose, al mismo tiempo, hijo y hermanose pone en fila con los pecadores, hace cola como todos, como un hombre cualquiera espera su turno para recibir, también Él, inocente, el bautismo de Juan el Bautista para el perdón de los pecados. Se manifiesta aquí la total solidaridad que Jesús siente con toda la familia humana, de la que es parte. Una solidaridad hasta el punto de que “no se avergüenza de llamarles hermanos” (Heb 2,11). Profundo es el comentario de S. Gregorio Nacianceno sobre la escena del bautismo: después de sumergirse en el río, “Jesús sube del agua: lo cual nos recuerda que hizo subir al mundo con Él hacia lo alto” (Oficio de Lecturas). Él es verdaderamente el Siervo solidario y sufriente, el Cordero que carga sobre sí los delitos de todos (cf Is 53,4-5.12). Sin embargo, Él es siempre el Hijo predilecto, en el cual el Padre misericordioso se complace.

La profunda reflexión teológica de Gregorio Nacianceno tiene también una correlación geográfica con el lugar donde, presumiblemente, ha ocurrido el bautismo de Jesús. El lugar pudo ser Bet-Araba, en el mismo punto del río por el cual Josué hizo entrar al pueblo en la Tierra prometida (Jos 3,14s). Según los geólogos, este sería el punto más bajo de la tierra: 400 metros por debajo del nivel del mar. Desde esa profundidad deprimida, Jesús emerge del agua del Jordán, se eleva hacia lo alto, cargando sobre sus hombros a la humanidad entera. Su oración al Padre pudo ser la del salmo De Profundis: “Desde lo hondo a Ti grito, oh Señor… Porque del Señor viene la misericordia y la redención copiosa” (Sal 130,1.7). La cercanía solidaria de ese Siervo, Hijo y Hermano, verdadero Dios y Hombre, es la base del compromiso misionero, que para todo cristiano se funda y nace del Bautismo, el sacramento que nos introduce en la vida de la Trinidad y de la Iglesia, para llevar al mundo la vida buena del Evangelio, con la esperanza de un mundo que puede siempre renovarse.


Quiso remontar un abismo con nosotros
Fernando Armellini

Introducción

Los lugares bíblicos tienen con frecuencia un significado teológico. El mar, el monte, el desierto, laGalilea de las naciones, Samaría, las tierras del otro lado del lago de Gennesaret… son mucho más que simples indicaciones geográficas (a menudo ni siquiera exactas).

Lucas no especifica el lugar del bautismo de Jesús; Juan, sin embargo, lo especifica: “tuvo lugar en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando” (Jn 1,28). La tradición ha localizado justamente el episodio en Betabara, el vado por el que también el pueblo de Israel, guiado por Josué, atravesó el río, entrando en la Tierra Prometida. En el gesto de Jesús se hacen presentes el recuerdo explícito del paso de la esclavitud a la libertad y el comienzo de un nuevo éxodo hacia la Tierra Prometida.

Betabara tiene otra particularidad menos evidente pero igualmente significativa: los geólogos aseguran que este es el punto más bajo de la tierra (400 m bajo el nivel del mar).

La elección de comenzar precisamente aquí la vida pública no puede ser simple casualidad. Jesús, venido de las alturas del cielo para liberar a los hombres; ha descendido hasta el abismo más profundo con el fin de demostrar que quiere la Salvación de todos, aun de los más depravados, aun de aquellos a quienes la culpa y el pecado han arrastrado a una vorágine de la que nadie imagina que se pueda salir. Dios no olvida ni abandona a ninguno de sus hijos.

Primera Lectura del libro del profeta Isaías 42,1-4.6-7

Así habla el Señor: 1”Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. 2Él no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. 3No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad; 4no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley…. 6Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, 7para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.”

En la segunda parte del libro de Isaías, entra en escena un personaje misterioso a quien el autor llama el “Siervo del Señor”. Su historia viene narrada en cuatro relatos (Is 42,1-7; 49,1-6; 50,4-9; 52,13–53,12).

¿Quién es este siervo? ¿Se trata de un individuo concreto o de una figura simbólica que representa a todo el pueblo de Israel? Los estudiosos de la Biblia no han logrado todavía encontrar una respuesta segura, lo cual, por otra parte, no es tan importante. Lo que nos interesa es que en este Siervo del Señor los primeros cristianos han reconocido inmediatamente a Jesús (cf. Hch 8,30-35). ¿Cómo se llegó a esta identificación?

Todo comenzó en aquel dramático viernes, 7 de abril del año 30 d. C., día en que Jesús fue ejecutado. Los discípulos, desorientados, se preguntaban cómo era posible que la vida de un hombre bueno y justo haya podido terminar en semejante fracaso. Buscando en las Escrituras una solución al enigma encuentran en el libro de Isaías el relato de este Siervo que, después de un proceso inicuo, es quitado de en medio por aquellas mismas personas a quienes él quería liberar. Y comprenden: Dios no salva concediendo la victoria, el éxito, el dominio, sino mediante la derrota, la humillación por parte de los enemigos, mediante el don de la vida. Aquello que el profeta había dicho del “Siervo del Señor” se ha cumplido plenamente en Jesús de Nazaret. La lectura de hoy nos lleva al comienzo del relato de este Siervo.

En primer lugar, se narra su elección (v.1).
Esta parábola no siempre produce en nosotros resonancias positivas. Habla de preferencia a favor de unos y en detrimento de otros. No nos gusta oír hablar de pueblo “elegido” ni de estirpe “elegida” porque estas expresiones nos traen a la memoria recuerdos dramáticos de la locura provocada por la ilusión de pertenecer precisamente a una “raza elegida”.

La elección de Dios no tiene nada que ver con exclusivismos, particularismos o separatismos. Cuando Dios elige a una persona o a un pueblo, lo hace solamente para confiarle una misión (siempre difícil, onerosa y poco gratificante) y pedirle un servicio en favor de los otros.

Es fácil, por desgracia, para quien ha sido escogido por el Señor, interpretar su elección de acuerdo con criterios y categorías humanas, y de arrogarse por consiguiente derechos, honores y privilegios. El personaje de quien nos habla hoy la primera lectura, por el contrario, se identifica desde el principio como un Siervo encargado de llevar a término una empresa comprometida. ¿Quién le dará la fuerza?

El hombre “es carne”, es decir, está revestido de debilidad. Cuando el Señor encomienda a alguien una tarea, le da la capacidad para llevarla a cabo. A su “Siervo”, el Señor le da como apoyo su Espíritu, su fuerza irresistible.

Inmediatamente se indica la primera misión confiada a este Siervo elegido: está destinado a llevar el derecho a las naciones (v. 1), a hacer triunfar en el mundo “la justicia”, la “justicia de Dios” que consiste en su benevolencia, en su Salvación.

En los versículos siguientes (vv. 2-5) se narra cómo el Siervo llevará a cabo su misión. Se comportará de modo inesperado: no se impondrá por la fuerza, con la presión de la Ley, con amenaza de sanciones contra quienes se opongan a sus disposiciones. No gritará, no alzará la voz como hacen los reyes cuando proclaman sus programas o exaltan en las plazas sus gestas. No será intolerante o intransigente con los débiles. No condenará a nadie. Recuperará a quien se ha equivocado en vez de aniquilarlo y destruirlo; reconstruirá con paciencia y respeto todo lo que se estaba arruinando. No existirán para él casos perdidos, situaciones irrecuperables.

Será también tentado por el desaliento ante tarea tan ardua, pero se mantendrá firme y decidido en llevarla a cabo sin arredrarse o amedrentarse ante ningún obstáculo.

Sirviéndose de imágenes, la última parte de la lectura (vv. 6-7) desarrolla la misión del Siervo, de quien dice que será luz para las naciones, abrirá los ojos de los ciegos, liberará a los prisioneros y a los esclavos que caminan en tinieblas.

El relato del Siervo del Señor fue compuesto por un autor anónimo y después insertado en el libro de Isaías alrededor de 500 años antes del nacimiento de Jesús. No sabemos a quién concretamente se refiere el profeta; lo que sí es cierto es que Jesús ha realizado todo cuanto está escrito en el libro de Isaías: Jesús ha sido el Siervo fiel a Dios. En realidad, casi todos los versículos de esta lectura están narrados en los evangelios y aplicados a Jesús (cf. Mt 3,17; 12,18-21; 17,5).

Segunda Lectura: Hechos 10,34-38

34Pedro, tomando la palabra, dijo: “Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, 35y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a Él. 36Él envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. 37Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: 38cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él.”

La lectura narra una parte del discurso pronunciado por Pedro en la casa de Cornelio de Cesárea. Existía en la Iglesia primitiva un problema muy debatido que dividía a la comunidad: ¿Se podía o no admitir al bautismo a los paganos? Pedro, al principio, era más bien reacio, condicionado como estaba por el prejuicio profundamente arraigado en Israel de que los demás pueblos eran inmundos.

Un día, mientras se encontraba rezando en Jaffa, el Señor le reveló que ninguna criatura de Dios es impura y profana. A sus ojos, todas son igualmente puras y privilegiadas. Todos los hombres son llamados a la Salvación, porque Él es el Señor de todos (cf. Rom 10,12).

La expresión “Dios no tiene preferencia de personas” –usada en este pasaje– aparece varias veces en el Nuevo Testamento (Rom 2,11; Gal 2,6; 1 Pe 1,17) para alertarnos de la peligrosa tentación de proyectar en Dios nuestras discriminaciones y para ponernos en guardia contra la presunción de que el Señor trata de manera diferente a los hombres, según la confesión religiosa a la que pertenecen.

El discurso de Pedro sigue con una breve síntesis de la vida de Jesús (vv. 37-38). Con la expresión “pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban bajo el poder del diablo”, se resume su misión. Jesús se empeña contra toda forma del mal, contra todo lo que impide la vida del hombre. La tarea a realizar fue difícil y comprometida, pero Jesús logró llevarla a término porque estaba lleno del Espíritu del Señor y porque Dios estaba con él.

Se indica también el lugar de la manifestación de la Salvación: Todo comenzó en Galilea, cuando Juan se puso a bautizar a lo largo del Jordán. Con estas palabras define Pedro, de nuevo, el periodo de la vida de Jesús a que debe referirse la fe del creyente, es decir, su vida pública “desde el bautismo de Juan hasta el día en que Jesús de entre nosotros ha sido elevado al cielo” (Hch 1,22).

Evangelio: Mateo 3,13-17

En tiempos de Jesús, muchas sectas religiosas practicaban el bautismo. El rito tenía muchos significados, pero lo que fundamentalmente se quería significar con la inmersión en el agua es que la persona moría a su vida pasada, que era arrastrada como por un torrente, y quien emergía de ella era un nuevo hombre a quien, por eso, se le daba un nuevo nombre.

Juan realizaba esta ceremonia para acoger a aquellos que querían ser sus discípulos. Bautizaba a quien deseaba cambiar de vida para prepararse a la venida del Mesías, anunciada como inminente. La primera condición para recibir el bautismo era reconocerse pecadores; por eso los fariseos y los saduceos, que se consideraban justos y sin pecado, no sentían la necesidad de hacerse bautizar (cf. Lc 7,30).

Si este era el significado del bautismo de Juan, no se comprende la razón por la que Jesús quiso recibirlo: Él no tenía que cambiar de vida, y su gesto podía sugerir la idea de que Juan era superior. Para clarificar esta dificultad, muy sentida entre los primeros cristianos, Mateo introduce en el pasaje el diálogo entre el Bautista que rechaza bautizar a alguien superior a él y Jesús, que insiste para que se cumpla “toda justicia”. Juan debe aceptar y colaborar con la realización del proyecto de Salvación de Dios (esta es “la justicia”), aunque la petición presente aspectos misteriosos e incomprensibles (vv. 14-15). Incluso a una persona espiritualmente madura como el Bautista se le hace difícil aceptar al Mesías de Dios en estas condiciones: queda totalmente sorprendido cuando ve al Santo, al Justo, junto a aquellos pecadores quienes, según la lógica humana, deberían ser aniquilados.

​Se trata de la nueva y desconcertante “justicia de Dios”. Es la “justicia” de aquel que “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tm 2,4). El autor de la Carta a los Hebreos expresará esta consoladora verdad en términos conmovedores: Cristo no se avergüenza de llamar “hermanos” a los hombres pecadores (cf. Heb 2,11).

Es ésta una invitación dirigida también a las comunidades cristianas de hoy para que reconsideren aquellas actitudes que rezuman superioridad, presunción, autocomplacencia por la propia justicia, y supriman todo lenguaje que pueda sugerir juicio, condena o marginación contra quienes se han equivocado o continúan equivocándose.

​Después de esta original introducción también Mateo, como Marcos y Lucas, describe la escena siguiente con tres imágenes: la apertura del cielo, la paloma y la voz del cielo. No está recordando hechos prodigiosos de los que haya sido testigo presencial. Emplea imágenes bien conocidas para sus lectores, cuyo significado no es difícil entender incluso para nosotros.

​Comencemos por la apertura del cielo. No se trata de una información meteorológica. No es que entre las nubes densas y oscuras de improviso se ha filtrado un rayo luminoso del Sol. Si hubiera sido así, Mateo no se habría tomado la molestia de narrar detalle tan banal y sin interés alguno para nuestra fe. En realidad, está aludiendo de manera explícita a un texto del Antiguo Testamento, a un pasaje del profeta Isaías que conviene recordar.

​En los últimos siglos antes de Cristo, se había extendido en el pueblo de Israel la creencia de que el cielo se había cerrado. Indignado por los pecados y la infidelidad de su pueblo, Dios se habría recluido en su mundo poniendo fin al envío de profetas y rompiendo así todo diálogo con el hombre. Los israelitas fervorosos se preguntaban: ¿Cuándo terminará este silencio que tanto nos angustia? ¿No volverá el Señor a hablarnos, no nos mostrará su rostro sereno como en tiempos antiguos? Lo invocaban así: “Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos la arcilla y tú el alfarero; somos obra de tu mano. No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo… “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19).

​Afirmando que, con el comienzo de la vida pública de Jesús, los cielos se rasgaron, Mateo da a sus lectores la sorprendente noticia: Dios ha escuchado la súplica de su pueblo, ha abierto de par en par el cielo y no lo cerrará ya más. Ha terminado para siempre la enemistad entre el cielo y la tierra. La puerta de la casa del Padre permanecerá eternamente abierta para acoger a cada hijo que desee entrar; nadie será excluido.

​La segunda imagen es la de la paloma. Mateo no dice que una paloma haya descendido del cielo; sería éste otro detalle banal y superfluo. Dice que Jesús vio al Espíritu de Dios descender del cielo “como una paloma y posarse sobre él”.

​El Bautista recuerda ciertamente que del cielo no solo descendió el “maná” sino también el “agua” destructora del juicio (Gén 7,12) y “el fuego y el azufre” que redujeron a Sodoma y Gomorra a ruinas (cf. Gén 19,24). Probablemente se espera la venida del Espíritu como un fuego devorador de los malvados. El Espíritu, sin embargo, baja sobre Jesús y se posa como una paloma: es todo ternura, afecto, bondad. Movido por el Espíritu, Jesús se acercará a los pecadores siempre con la dulzura y la amabilidad de la paloma. La paloma era también el símbolo del apego al propio nido. Si el evangelista tiene también en mente este apego, entonces quiere decir que el Espíritu busca a Jesús como la paloma busca su nido. Jesús es el templo donde el Espíritu encuentra su morada permanente.

La tercera imagen es la voz del cielo. Era ésta una expresión usada frecuentemente por los rabinos cuando querían atribuir a Dios una afirmación. En nuestro relato tiene por objetivo definir, en nombre de Dios, la identidad de Jesús.

El pasaje ha sido compuesto después de los acontecimientos de la Pascua para responder a los interrogantes suscitados en los discípulos por la muerte ignominiosa del Maestro. Había aparecido ante sus ojos derrotado, rechazado y abandonado por Dios. Sus enemigos, custodios y garantes de la pureza de la fe de Israel, lo habían condenado como blasfemo. La inquietante pregunta era: ¿Está quizás Dios de acuerdo con esta sentencia?

A los cristianos de su comunidad, Mateo refiere el juicio de Dios con tres textos del Antiguo Testamento.

■«Este es mi hijo», en alusión al Salmo 2,7. En la cultura semítica, el término hijo no indicaba solamente la generación biológica, sino que implicaba también la afirmación de una semejanza. Presentando a Jesús como su hijo, Dios se asegura de que lo reconozcan en Él, en sus palabras, en sus obras y, sobre todo, en su gesto supremo de Amor: el don de la vida. Quien quiere conocer a Padre solo tiene que contemplar a este hijo.

■«El predilecto» se refiere al relato de la prueba a que fue sometido Abrahán. Dios le pidió ofrecer a su hijo Isaac, el único, el predilecto (cf. Gén 22,2.12.16). Aplicando a Jesús este título, Dios invita a no considerarlo como a un rey o profeta cualquiera. Él es, como Isaac, el único, el amado.

■«Mi elegido, en quien me complazco.» Esta expresión es ya conocida porque se encuentra en el primer versículo de la lectura de hoy (Is 42,1). Dios declara que Jesús es el Siervo de quien ha hablado el profeta. Él es el enviado a “establecer el derecho y la justicia” en el mundo. Ofrecerá su vida para llevar a cumplimiento esta misión.

La voz del cielo declara falso, por tanto, el juicio pronunciado por los hombres y desmiente las expectativas mesiánicas del pueblo de Israel, que no podía imaginarse un Mesías humillado, derrotado, ejecutado. Cuando Pedro juró en casa del Sumo Sacerdote no conocer a aquel hombre, en el fondo estaba diciendo la verdad: no podía reconocer en Él al Mesías pues no correspondía en absoluto con el Salvador esperado. El modo de cumplir Dios sus promesas ha sido una sorpresa para todos; también para Juan el Bautista.

​Comentando el evangelio de la Sagrada Familia, habíamos dicho que Mateo resalta frecuentemente la semejanza entre Jesús y Moisés. En el pasaje de hoy encontramos otro rasgo de este paralelismo. Moisés recibió el Espíritu de Dios cuando, junto a todo el pueblo, salió de las aguas del Mar Rojo. Aquella fuerza Divina le permitió guiar a los israelitas a través del desierto hasta la tierra prometida. También Jesús recibió el Espíritu después de haber salido del agua del bautismo para reunir y conducir hacia la libertad a cuantos son esclavos del mal.