Category Comentarios dominicales

XXI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos le respondieron “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”. Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi padre, que esta en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.
Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

(Mateo: 16, 13-20)


¿Quién dicen que soy yo?
P. Enrique Sánchez G. mccj

El evangelio de este domingo podría hacernos pensar a un examen al final de un curso. Es el momento de decir lo que se ha aprendido y de dar respuestas exactas para demostrar que se está en condiciones de empezar a caminar sin necesidad de muchas ayudas.

Hemos visto a lo largo de varias semanas cómo Jesús fue instruyendo y formando a sus discípulos.

Durante un buen tiempo recibieron enseñanzas e informaciones que poco a poco les fueron permitiendo conocer mejor a su maestro. Y, más todavía, Jesús se preocupó no sólo por transmitirles conocimientos acerca del Reino, sino que garantizó la enseñanza con su  ejemplo de vida y con los signos y prodigios que realizó  para pudieran entender,  no sólo con la inteligencia, sino sobre todo, con el corazón.

De muchas maneras, Jesús fue puliendo y probando la fe de sus discípulos sin dejarlos nunca solos. Siempre estuvo a su lado, con la mano tendida para sostenerlos y ayudarlos cuando sus fuerzas o su entendimiento no alcanzaban para entender lo que estaba pasando en sus vidas desde el día que se habían encontrado con él.

Durante tres años de caminar junto a aquel que había terminado por convertirse en su maestro y Señor, los discípulos se fueron convirtiendo en hombres de fe.

Tal vez no era una fe a prueba de todo, pero sí una fe que se fue convirtiendo en vida o una fe que se iba descubriendo en la vida de todos los días.

Jesús, varias veces, les reprochó su falta de fe o la pequeñez de su experiencia en este camino, pero una y muchas veces les ayudó a entender que, convirtiéndose en discípulos suyos, los más grandes combates se llevarían a cabo en el campo de la fe.

Y, para ir más a lo concreto, en lo que el Evangelio quiere dejar claro, habrá que decir que creer, en primer lugar será reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías y el Salvador. Creer será, simple y sencillamente, poner toda la confianza en Jesús, reconociéndolo como el don de Dios para toda la humanidad.

Tener fe será igualmente decir que Jesús es Dios mismo que camina a nuestro lado. Será confesar que Dios ya no es alguien anónimo, sino un padre que nos ha mostrado su rostro haciéndose uno de nosotros en la persona de Jesús.

Teniendo claro lo anterior, podemos entender mejor el sentido de la página del evangelio que hemos proclamado en nuestra celebración de la eucaristía hoy.

Después de todo el camino recorrido con Jesús, luego de haberse empapado de las palabras que salían de su boca cargadas de sabiduría, teniendo muy presentes los signos y prodigios con que había demostrado que tenía el poder de Dios sobre la vida y la muerte, y, sobre  todo, habiendo puesto al alcance de todos el amor, la misericordia, la compasión y el perdón de Dios.

El paso siguiente era ver hasta dónde habían llegado los discípulos. Y la primera pregunta del examen final es: ¿Qué dice la gente que es el Hijo del hombre?

¿Cuál es la imagen, la idea o la experiencia que han hecho de Dios quienes han entrado en contacto con Jesús?

Las respuestas abundan. Hay quienes se han quedado con la imagen de Jesús que resuelve los problemas y las necesidades inmediatas. Muchos lo seguían porque les había llenado el estómago de pan.

Otros estaban sorprendidos porque lo habían visto aliviar los sufrimientos de muchos enfermos y marginados. Otros más no salían de su asombro, pues habían visto con sus propios ojos cómo había resucitado a muertos.

Jesús era seguramente alguien que se salía del esquema común de los mortales y por ello la gente trataba de darse una explicación diciendo que era alguno de los grandes profetas que había regresado.

Jesús era reconocido como alguien con un poder extraordinario que podía responder a los anhelos que todo buen judío llevaba en su corazón cuando pensaba que volverían los tiempos maravillosos del pasado.

Pero no toda la gente veía a Jesús como a alguien extraordinario que podía hacer sospechar la llegada del Mesías prometido. Al contrario, había quienes pensaban que era un desquiciado, un revoltoso que había venido a poner el desorden en la sociedad y en la religión de su tiempo.

No eran pocos los que lo buscaban para matarlo y que al fin lograron llevarlo sobre la cruz porque lo calificaron de blasfemo, de irreverente y atrevido por decir que era el Hijo de Dios.

Había  quienes  lo  identificaban  como  uno  más,  de  los  varios  que  se  habían  levantado  en contra de los ocupantes del pueblo de Israel y lo veían como un alborotador y una amenaza en la sociedad.

Y no faltaban los que lo consideraban una presencia intolerable e inaceptable por sus ideas y sus maneras de interpretar la ley.

Pero, afortunadamente había también mucha gente sencilla que habían reconocido en él la presencia del Padre que vive volcado hacia su pueblo, que tiene una predilección por los pobres y los sencillos, que se entrega en su Hijo para que todos tengan vida.

Había gente como Pedro que dirá: Señor, ¿a quién iremos, si sólo tu tienes palabras de vida eterna?

La gente tenía sus opiniones y se habían hecho sus ideas sobre Jesús y eso lo sabían los discípulos.   Jesús   podía   se   clasificado   de   muchas   maneras,   según   los   intereses   y conveniencias de quienes se encontraban con él.

La segunda pregunta que hace el Evangelio de hoy obliga a ir un poquito más lejos. No es suficiente saber lo que piensa la gente sobre Jesús, pues nos damos cuenta de que se han escrito millones de libros y la información que se tiene sobre él difícilmente se podría conocer completamente.

El texto de nuestro evangelio nos lleva a entender que sobre Jesús no es suficiente hacerse una opinión o acumular conocimientos. Lo importante es saber que implicación, que efecto y que consecuencias tiene su presencia en nuestras vidas.

A los discípulos Jesús los lleva a esa experiencia soltándoles la pregunta a quemarropa.

¿Y ustedes quién dicen que soy yo?

Esta pregunta no deja espacio a escapatorias. Ante Jesús estamos llamados, como los discípulos, a responder quién es verdaderamente Jesús en nuestras vidas. Y aquí también las respuestas pueden ser muchas, pues hay quienes consideran a Jesús como alguien a quien hay que tenerle una cierta reverencia o devoción, pero dejando una distancia que no nos comprometa.

Hay para quienes Jesús es como la aspirina, de la cual nos recordamos sólo cuando tenemos un fuerte dolor de cabeza; es el Jesús al que recurrimos cuando estamos dentro de un problema que no sabemos cómo resolver y entonces gritamos: Señor ten compasión de mí. Para algunos de nuestros contemporáneos es simplemente alguien desconocido o alguien a quien se le clasifica entre las personas que no nos interesan. Al limite se le reconoce como el personaje que ha marcado, de alguna manera, la historia de nuestra humanidad, pero que se puede dejar a un lado.

La pregunta obligó a los discípulos a tomar una posición, los movió a hacer una opción que marcó y definió sus vidas, pues al final todos tuvieron que dar testimonio de él aceptando el camino del martirio.

La interrogación de Jesús seguramente les recordó a los discípulos otras palabras, como aquellas que el Señor les había dicho como una exigencia, conmigo se está o no se está. Conmigo la respuesta sólo puede ser un sí o un no. O están conmigo o contra mí.

Pedro tuvo la valentía de responder reconociendo que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pero esa confesión, en el momento que Pedro pronunció esas palabras, eran justamente palabras. Ese reconocimiento de Jesús se va a dar cuando llegará el momento de dar la vida, de aceptar el martirio y de consagrarse enteramente al servicio del Reino.

Viniendo a nosotros, no es difícil reconocer que también existen muchas opiniones sobre quién es Jesús y no son muy distintas o lejanas a las opiniones de todos los tiempos.

A lo mejor no nos cuesta reconocer y confesar que Jesús es el Hijo de Dios y eso nos ayuda a ubicarnos con serenidad en la realidad de nuestro mundo. Pero nos damos cuenta de que no es suficiente decir que Jesús es el Señor, mientras quede lejos de lo que nos toca vivir todos los días.

Como a los discípulos, también hoy el Señor nos pregunta: ¿ Quién soy yo para ti, en tu vida, en lo que vas realizando como proyecto que le da sentido a tu existencia y a tu presencia en este mundo?

¿Quién soy yo para ti? Nos obliga a preguntarnos qué tipo de relación tenemos con el Señor.

¿Lo sentimos como alguien familiar, como alguien con quien vamos compartiendo la vida, con quien nos sentimos en confianza para contarle nuestras alegrías y nuestras penas?

¿Jesús es alguien que sentimos como parte de nuestra vida, como una persona con quien se puede interactuar, con quien podemos discutir, pero en quien podemos confiar plenamente, como lo hacemos con un hermano o un amigo?

Como personas de fe, seguramente nos reconocemos en una relación con Jesús, una relación que se va dando como un proceso y de manera dinámica en donde nos vamos descubriendo mutuamente y en donde la confianza va creciendo en la medida en que nos dedicamos tiempo para estar con él.

Jesús, muy probablemente, es ese misterio de Dios que se nos va revelando poco a poco en nuestra vida, en la medida en que le abrimos espacios para que esté presente. Es el rostro de Dios que vamos aprendiendo a reconocer cuando no dejamos que la indiferencia o la arrogancia de pensar que podemos vivir sin Dios nos gane el corazón

Jesús es la presencia discreta de Dios en nuestra vida, que no interviene con violencia y que no obliga a quemar etapas. Es la imagen paciente de un Padre que nos conoce, que nos espera en nuestros intentos de ir a su encuentro; es la presencia del amor que se hace persona para introducirnos en el corazón del Padre.

¿Quién soy yo para ti? Es la pregunta que nadie puede contestar en el lugar de otra persona. Es la oportunidad que se nos brinda de poder iniciar o continuar una relación con el Señor que nos permite ponernos cara a cara, con el corazón en la mano, con la humildad de que somos capaces, para poder decirle: Señor tú lo eres todo para mí, pero necesito que aumentes mí fe, que no me sueltes de tu mano, que me hagas experimentar a cada paso tu misericordia y que me ayudes a escuchar tu voz, invitándome a ir a tu encuentro.

Podemos decir con sencillez, Señor tú eres nuestro Mesías y nuestro salvador, porque vemos tu huella en todo lo que vamos encontrando, porque sentimos tu presencia en todo aquello que nos toca afrontar como humanos, porque experimentamos el amor que hace de nosotros tus hermanos.

Te reconocemos como el don de Dios y lo más bello que pueda recibir cualquier ser humano. Y ante este don tan extraordinario, sólo podemos decir a cada paso, Señor aumenta nuestra fe para poder reconocerte como lo mejor que nos pudo suceder en nuestro peregrinar en este mundo tan humano.

Señor, que podamos avanzar en el descubrimiento de tu presencia entre nosotros sintiéndonos siempre llevados de tu mano.


Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de hoy nos presenta la «confesión de fe» de Pedro en las proximidades de la ciudad de Cesarea de Filipo, al nordeste de Israel, en una región semipagana. Jesús se había «retirado» a aquella zona, fuera de los límites habituales de su predicación, para poder estar en la intimidad con los suyos. Estaba a punto de producirse un cambio radical en su misión y Jesús quería preparar a sus discípulos.

En este contexto de retiro —Lucas 9,18 llega incluso a decir que esto sucedió cuando «Jesús se encontraba orando a solas»—, el Señor, que había percibido a su alrededor los indicios de una crisis, hace una especie de… «sondeo»: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o uno de los profetas». Las multitudes, por tanto, vislumbraban en Jesús a un profeta, a un gran profeta, pero lo interpretaban según las categorías del pasado. El mismo sondeo, realizado hoy, arrojaría resultados no muy distintos: un hombre extraordinario, un iluminado, un revolucionario, un innovador, un idealista… Categorías siempre insuficientes.

Jesús prosigue: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro respondió: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»Pedro, también en nombre de los Doce, pronuncia una profesión personal de fe, que Jesús reconoce como inspirada por el Padre. En ese momento, Jesús revela a Pedro su vocación, su identidad: «Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Te daré las llaves del Reino de los Cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos». Observemos la simetría: «Tú eres el Cristo» y «Tú eres Pedro». Sin embargo, no se trata de un intercambio de cortesías, sino de la revelación de una identidad recíproca.

Tenemos aquí una verdadera investidura, simbolizada por tres signos: el cambio de nombre (Pedro, la piedra), la entrega de las llaves y la potestad de atar y desatar. Podríamos decir que Jesús confiere a Pedro tres de sus prerrogativas mesiánicas: ser Piedra (véanse Daniel 2,31-35; Mateo 21,42; 1 Corintios 10,4), poseer las llaves del Reino y tener el poder de atar y desatar (Apocalipsis 3,7: «El que tiene la llave de David: cuando él abre, nadie puede cerrar; y cuando cierra, nadie puede abrir»). Jesús, el Señor de la Iglesia, confiere en este texto a Pedro una autoridad vicaria al servicio de su Iglesia.

1. ¿Quién soy yo para ti?

Esta pregunta se dirige hoy a nosotros. Cristo no espera la respuesta aprendida en el catecismo. Sería una respuesta enmohecida. No espera una respuesta dictada por la costumbre. Sería una respuesta sin pasión. No espera una respuesta elaborada únicamente por la mente. Sería una respuesta fría, sin corazón. Jesús espera una respuesta que nazca de nuestra intimidad con él¿Cómo podemos encontrarla? Preguntémonos hasta qué punto estamos dispuestos a arriesgar por él.¿La medida extrema? ¡El don de la vida! Hoy el testimonio cristiano puede asumir, bajo diferentes formas, la dimensión del martirio. No solo en Pakistán, India, China o Nigeria… sino también aquí, en Europa, con el continuo goteo de la burla y la indiferencia. A las cuatro notas de la Iglesia —una, santa, católica y apostólica— casi podríamos añadir una quinta: ¡perseguida!

Sin embargo, no basta con dar una respuesta de una vez para siempre. La vida es cambio. En todas las relaciones surgen momentos de crisis en los que nos parece que ya no reconocemos al otro. Es un momento crítico que puede convertirse en ocasión de una ruptura definitiva o en una oportunidad para crecer en el conocimiento mutuo. Esto también puede suceder en nuestra relación con Cristo. También por esta razón algunos cristianos acaban alejándose de él. La relación con Jesús se vuelve rutinaria y sin entusiasmo y, poco a poco, aparecen la indiferencia y el distanciamiento. Presumimos de conocerlo y pensamos que ya no tiene nada que decirnos. Su Evangelio es como un libro «ya leído». Entonces, o nos marchamos, cansados y decepcionados, o nuestra relación con él languidece en una lenta y triste agonía.
¿Cómo podemos evitar este peligro? Podemos señalar dos caminos.

2. ¡Los ojos fijos… en la «liebre»!

¡No apartemos la mirada de Jesús! «Corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fijos los ojos en Jesús, quien inicia y completa la fe» (Hebreos 12,1-2). Un relato de los antiguos Padres del Desierto lo expresa de una manera simpática, pero elocuente.

Un joven monje fue un día a visitar a un anciano monje, cargado de años y experiencia, y le dijo: «Padre mío, explícame por qué tantos abrazan la vida monástica y tan pocos perseveran; tantos vuelven atrás». El monje respondió: «Mira, sucede como cuando un perro ve una liebre. Comienza a correr detrás de ella y ladra con fuerza. Otros perros oyen al perro ladrar mientras corre detrás de la liebre y también ellos se ponen a correr: son muchos los que corren juntos, ladrando; sin embargo, solo uno ha visto la liebre, solo uno la sigue con los ojos. En un momento dado, uno tras otro, todos aquellos que no han visto realmente la liebre y corren solamente porque otro la ha visto se cansan y quedan exhaustos. En cambio, el que ha fijado personalmente los ojos en la meta llega hasta el final y atrapa la liebre». Y decía: «Mira, eso mismo les sucede a los monjes. Solo quienes han fijado verdaderamente los ojos en la persona de Jesucristo, nuestro Señor crucificado, llegan hasta el final».

3. Mirarse en la mirada de Cristo

La pregunta de Jesús continúa llegando hasta nosotros: «¿Quién soy yo para ti?». ¿Has pensado alguna vez en dirigirle tú también la misma pregunta: «Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?». Solo su respuesta puede iluminar el misterio de lo que somos; de lo contrario, seguimos siendo una incógnita para nosotros mismos. Solo él puede revelarnos nuestro verdadero nombre (Apocalipsis 2,17), nuestra identidad. Solo este encuentro cara a cara puede dar profundidad y solidez a nuestra relación con él.

«Cuando nos acercamos al misterio de Dios, descubrimos nuestro rostro; cuando nos aproximamos a la Verdad de Dios, recibimos a cambio la verdad sobre nosotros mismos. Confesar la identidad de Cristo nos devuelve nuestra identidad más profunda… Si queréis descubrir quiénes sois verdaderamente, miraos en la mirada de Dios» (Paolo Curtaz).

Para la reflexión personal

1) En un momento de «retiro», interroguemos al Señor y dejémonos interrogar por él: «Señor, ¿quién eres tú para mí? ¿Y quién soy yo para ti?».

2) Confrontémonos con la identidad de Pedro, que ilumina la vocación del cristiano: ser PIEDRA, es decir, servir de apoyo para la fe de los demás, a pesar de la fragilidad de la nuestra; utilizar la LLAVE del Reino, es decir, la cruz de Jesús, para romper las ataduras de la esclavitud y unir a las personas con los vínculos de la fraternidad.


Qué decimos nosotros
José Antonio Pagola

También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?


Pedro, entre Dios y Satanás
José Luis Sicre

El evangelio de este domingo y el del siguiente forman un díptico indisoluble. En el de hoy, Pedro recibe una revelación de Dios y una misión. En el siguiente, se convierte en portavoz de Satanás. De este modo, Mateo deja claro que lo importante es la misión recibida, no la santidad del receptor.

El evangelio de este domingo se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente a propósito de Jesús; 2) lo que afirma Pedro; 3) las promesas de Jesús a Pedro.

1. Lo que piensa la gente

Camino de Cesarea de Filipo, muy al norte de Israel, Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» La expresión aramea bar enosh, podríamos traducirla con minúscula y con mayúscula.

Con minúscula, «hijo del hombre», significa «este hombre», «yo», y es frecuente en boca de Jesús para referirse a sí mismo. Por ejemplo: «Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre [este hombre] no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8,20); «El hijo del hombre [este hombre, yo] tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6), etc.

Con mayúscula, «Hijo del Hombre», hace pensar en un salvador futuro, extraordinario. «Os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10,23); «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores» (Mt 13,41); «El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles» (Mt 16,27).

La gente que escuchaba a Jesús podía sentirse desconcertada. Cuando usaba la expresión «el Hijo del Hombre», ¿hablaba de sí mismo, de un salvador futuro o de un gran personaje religioso? Por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta muerto, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.

2. Lo que afirma Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Estamos tan acostumbrados a escuchar la respuesta de Pedro que nos parece normal. Sin embargo, de normal no tiene nada. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una inspiración divina.

3. Las promesas de Jesús a Pedro

Esta tercera parte es exclusiva de Mateo. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: “Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías”. Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. No es un hereje ni un loco, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar”.

Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él, esta roca, edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la “roca” es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras “y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación (“te daré las llaves del Reino de Dios”) se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín, tema de la primera lectura de hoy: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá”. Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era “el Papa”, ni gozaba de la “infalibilidad pontificia”, las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. “Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

Apéndice 1. El papel de Pedro en la iglesia primitiva

Un detalle común a las más diversas tradiciones del Nuevo Testamento es la importancia que se concede a Pedro. El dato más antiguo y valioso, desde el punto de vista histórico, lo ofrece Pablo en su carta a los Gálatas, donde escribe que tres años después de su conversión subió a Jerusalén «a conocer a Cefas [Pedro] y me quedé quince días con él» (Gálatas 1,18). Este simple detalle demuestra la importancia excepcional de Pedro. Y catorce años más tarde, cuando se plantea el problema de la predicación del evangelio a los paganos, escribe Pablo: «reconocieron que me habían confiado anunciar la buena noticia a los paganos, igual que Pedro a los judíos; pues el que asistía a Pedro en su apostolado con los judíos, me asistía a mí en el mío con los paganos» (Gálatas 2,7).

Esta primacía de Pedro queda reflejada en diversos episodios de los distintos evangelios. Basta recordar el triple encargo («apacienta mis corderos», «apacientas mis ovejas», «apacientas mis ovejas») en el evangelio de Juan (21,15-17), equivalente a lo que acabamos de leer en Mateo.

Lo mismo ocurre  en los Hechos de los Apóstoles. Después de la ascensión, es Pedro quien toma la palabra y propone elegir un sustituto de Judas. El día de Pentecostés, es Pedro quien se dirige a todos los presentes. Su autoridad será decisiva para la aceptación de los paganos en la iglesia (Hechos 10-11). Este episodio capital es el mejor ejemplo práctico de la promesa: «lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo».

Apéndice 2. Mateo: ¿falsario o teólogo?

Lo anterior ayuda a responder una pregunta elemental desde el punto de vista histórico: si las promesas de Jesús a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, ¿no serán un invento del evangelista? Así piensan muchos autores.

Pero el término «invento» se presta a confusión, como si todo lo que se cuenta fuera mentira. Los escritores antiguos tenían un concepto de verdad histórica muy distinto del nuestro, como he intentado demostrar en mi libro Satán contra los evangelistas. Para nosotros, la verdad debe ir envuelta en la verdad. Todo, lo que se cuenta y la forma de contarlo, debe ser cierto (esto en teoría, porque infinitos libros de historia se presentan como verdaderos, aunque mienten en lo que cuentan y en la forma de contarlo). Para los antiguos, la verdad se podía envolver en un ropaje de ficción.

La verdad, testimoniada por autores tan distintos como Pablo, Juan, Lucas, Marcos, es que Pedro ocupaba un puesto de especial responsabilidad en la iglesia primitiva, y que ese encargo se lo había hecho el mismo Dios, como reconocen Pablo y Juan. Lo único que hace Mateo es envolver esa verdad en unas palabras distintas, quizá inventadas por él, para dejar claro que la primacía de Pedro no es cuestión de inteligencia, ni de osadía, se debe a una decisión de Jesús. Y para corroborar que no son los méritos de Pedro, añade el episodio que leeremos el próximo domingo.


Pedro, piedra que da solidez a la Unidad y a la Misión
P. Romeo Ballan, mccj

Jesús hace un sondeo de opinión sobre su Persona, pero va más allá de los resultados del sondeo (Evangelio). ¿Quién es Jesús? ¿Cuál es su verdadera identidad? ¿Qué opina la gente de Él? Y ustedes, ¿quién dicen que soy? Son preguntas que nos rebotan del pasado y que son siempre actuales. La afirmación central de este domingo es la respuesta de Simón Pedro, en nombre también de los demás, sobre la identidad de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (v. 16). La opinión de la gente (v. 14) coloca a Jesús entre los grandes profetas de Israel (Elías, Jeremías, Juan el Bautista…), lo cual ya es una buena aproximación, aunque todavía en un nivel espectacular. La gente reconoce la grandeza de Jesús (milagros, doctrina…), pero no llega a conocer plenamente su identidad.

Para alcanzarla, se necesitan criterios interpretativos nuevos. Es necesario un suplemento de fe. La respuesta de Pedro, en efecto, es fruto de una luz superior, que viene del Padre (v. 17); por eso va más allá de la capacidad humana (de la carne y la sangre). Pero, a pesar de esta luz nueva, Pedro comprende solo parcialmente la identidad y la misión de Jesús: lo comprueba el texto del Evangelio de Mateo que sigue sobre la cruz (cfr. Evangelio del próximo domingo). Esto demuestra la dificultad de creer; es difícil para todos. Cristianos no se nace, pero se llega a ello. Creer en Jesús quiere decir “seguirle”, es decir, ponerse en camino y buscar cada día asumir sus ‘sentimientos’ de total abandono en el Padre, “imitar” su mismo ‘estilo de vida’ a través de gestos de bondad, misericordia, acogida, compartir…

En un intercambio de mutuas confidencias, Pedro reconoce la identidad de Jesús (Tú eres el Cristo…); Jesús revela la identidad de Pedro (Tú eres Pedro…) y lo compromete en su proyecto por una nueva comunidad: su Iglesia, que durará por los siglos (v. 18). A pesar de las dificultades y las resistencias históricas ante este texto de Mateo, el plan de Jesús para su Iglesia sigue vigente. Según la tradicional interpretación católica, las tres metáforas de la piedra (v. 18), las llaves (v. 19) y el binomio atar-desatar (v. 19) se complementan con la entrega post-pascual a Pedro del servicio de apacentar, con amor, al pueblo de la nueva alianza (cfr. Jn 21,15s). La fe de Pedro – y la de sus sucesores – es prioritaria y fundamental: solo así nace, se funda, crece la Iglesia. En el testimonio humilde del apóstol Pedro el Señor ha puesto el fundamento de nuestra fe, para que nosotros también seamos piedras vivas para la edificación de la Iglesia (Oración colecta).

No cualquier forma de ejercer la autoridad es agradable a Dios y buena para el pueblo, como lo confirma la destitución de Sebná, intrigante mayordomo de palacio (I lectura, v. 19), porque el Señor quiere un “padre para los habitantes de Jerusalén” (v. 21). Para Jesús, que es “el Señor y el Maestro” (Jn 13,14), que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida” (Mt 20,28), la autoridad (las llaves) se entrega a Pedro y a la Iglesia para un servicio al pueblo de Dios en una diaconía sin fin. Cuanto más amplia es la autoridad, más intenso ha de ser el amor y generoso el servicio. ¡Para que en la tierra todos tengan vida y la familia humana viva unida! Es este el objetivo de la misión, que el Papa Francisco vuelve a proponer cada vez que habla de la Iglesia.

El Concilio nos da la dimensión teológica y misionera del proyecto de Jesús: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza” (AG 2). Porque “la Iglesia existe para evangelizar” (Pablo VI, en EN 14). No es un hecho marginal que Jesús hable de su proyecto de Iglesia, estando en un territorio pagano (v. 13: región de Cesarea de Filipo), en un contexto geográfico y étnico semejante al de la mujer cananea (ver el Evangelio del domingo pasado). Estos dos hechos (la cananea y Pedro), que Mateo narra, revelan dos valores importantes para comprender la identidad de Jesús: la fe y la misión. ¡Dos valores necesarios! Ante todo, Jesús elogia la fe de ambos, aunque la expresan de manera diferente. Además, los dos hechos revelan el carácter universal de la misión de Cristo y de la Iglesia. ¡Una misión de salvación abierta a todos los pueblos, cercanos y lejanos!

Un sondeo de opinión acerca de la identidad de Jesús, realizado en nuestros días, nos daría igualmente resultados aproximativos y reductivos. Es un hecho que una proporción elevada de fieles bautizados se han alejado de la Iglesia, del Evangelio y de Cristo, si bien nunca se puede medir el nivel de fe de una persona. Para ellos se requiere una nueva evangelización, con los contenidos y métodos de la misión ad gentes, es decir, la primera evangelización (cfr. RMi 33). Para muchos es necesario comenzar nuevamente por los fundamentos de la fe cristiana, utilizando adecuados métodos pedagógicos.

El Evangelio de hoy y algunas fiestas de la época veraniega vuelven a proponer tres elementos típicos del identikit del católico. Estos valores son: Eucaristía, Virgen María y Papa, los tres a la vez. Son elementos que sostienen y fortalecen la fe del cristiano, iluminan su sentido de pertenencia a la Iglesia, esclarecen su identidad, lo ayudan a ser sal y luz dentro del confuso panorama religioso de nuestro tiempo, ante los no cristianos. En especial, ante no cristianos, o protestantes, ortodoxos, evangélicos y otros grupos. No se trata de polemizar o establecer confrontaciones odiosas. Para el católico, son tres amores irrenunciables, que estamos llamados a compartir y a proponer a los demás con humildad y respeto; son valores que llenan de gozo la vida y la misión del cristiano en cualquier lugar del mundo.

Cuando profesamos nuestra fe, decimos: Creo la Iglesia una, santa, católica y apostólica; podríamos añadir también una quinta nota: perseguida, lo cual es una realidad permanente en la historia, hasta nuestros días en muchos lugares del mundo. “Ser hombres-mujeres de Iglesiaquiere decir ser hombres-mujeres de comunión”, nos recuerda el Papa Francisco. Pertenecer a la Iglesia es un valor grande, un don precioso del Señor. Un regalo que postula nuestro agradecimiento constante y nuestro compromiso para custodiarlo y compartirlo con humildad y respeto. Pidamos al Señor que nos conceda, como a santa Teresa de Ávila, el gozo de vivir y de “morir como hijos-hijas de la Iglesia”.

XX Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mi. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.
Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.
Ella se acercó entonces a Jesús y, postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de  sus  amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

(Mateo: 15, 21-28)


¡Qué grande es tu fe!
P. Enrique Sánchez G. mccj

Una vez más, el tema de la fe está en el centro de nuestra reflexión. Escuchando estos cuantos versículos del evangelio de san Mateo que nos regala la liturgia de la Palabra este domingo, también hoy somos invitados a dar un pasito más lejos en nuestro camino de fe y de reconocimiento de la presencia de Dios en nuestras vidas.

La palabra de Dios, que estaba destinada de manera particular al pueblo judío, en las lecturas de este día, abren las puertas a otros destinatarios que están más allá de las fronteras del pueblo elegido. Y nos involucran a quienes acogemos con gratitud esta Buena Noticia para seguir en el camino de la fe.

El profeta Isaías en la primera lectura habla de extranjeros que han adherido al Pueblo de Dios y que serán conducidos al monte santo para llenarlos de alegría. San Pablo, en la segunda lectura, se dirige a los que no son judíos para provocarlos y hacer que se abran al anuncio de la buena nueva de Jesús.

En el evangelio, de alguna manera, el personaje central es una mujer cananea, por lo tanto extranjera y considerada lejana de todas las promesas que habían sido hechas al pueblo de Israel. Era alguien que hizo la experiencia de encontrarse con Jesús y humildemente se acercó suplicando ser acogida, aunque se sabía que no tenía derecho a pretender nada de Jesús.

Esta mujer, a quien se le subraya ser cananea y por lo tanto, extranjera, será el ejemplo que Jesús pone ante sus discípulos y ante todos aquellos que lo rodean, para ayudarles a entender que de ahora en adelante lo que dará una identidad a los hijos de Dios ya no será sólo la pertenencia a un pueblo, sino que será una gracia ofrecida a toda persona que sea capaz de reconocer en Jesús al salvador.

Con la llegada de Jesús entre nosotros se abren los horizontes de la salvación y ya nadie puede ser excluido o privado de la posibilidad de reconocerse llamado a ser hijo de Dios.

De ahora en adelante la compasión de Dios está destinada a llenar todos los corazones de quienes se sienten en la necesidad de tener a Dios en sus vidas.

En las palabras de la cananea está el reconocimiento de Jesús como el Mesías, el salvador. Es él aquel hijo de David que Dios había prometido hacer surgir como un brote nuevo del tronco caído y aparentemente destruido en el pueblo de Israel.

Y, justamente, es una mujer venida de lejos quien hace esa confesión de fe que reconoce a Jesús como el hijo de David, en quien Dios manifiesta su presencia en medio de aquellos, que ya no sólo pertenecen a su pueblo, sino a todos los que abren su corazón para reconocerlo como su Dios.

Ante la súplica de la mujer, Jesús parece asumir una actitud de indiferencia y casi de rechazo, pero en realidad de lo que se trata es de una prueba para obligar a sus discípulos a confrontarse con la experiencia de fe que van haciendo estando con él.

A los discípulos les molesta la insistencia de la mujer, que ruega y suplica, convencida de que sólo Jesús puede dar la respuesta necesaria a sus búsquedas y necesidades.

Ella ha llegado al punto de reconocer que Jesús tiene poder sobre la vida y la muerte, pues es Dios, Mesías, presente entre nosotros y, movida por su convicción, no habrá nada que la pueda detener hasta llenar su vida de aquella presencia que le cambiará la existencia, no sólo a ella, sino a lo que más ama.

A la mujer no le molesta importunar y molestar, tal vez porque se ha dado cuenta de que las cosas de Dios no se dan en un momento o inmediatamente, sino que exigen constancia y perseverancia, pues ella vive la experiencia de constatar que Dios tiene sus caminos, sus modos de hacer las cosas y sus tiempos.

Ante eso queda claro que lo importante es saber perseverar, confiar e insistir, pues Dios nunca deja sin respuesta cualquiera que sea el ruego o la súplica que se le presente.

Pasando del texto del evangelio a la experiencia de nuestras vidas, nos damos seguramente cuenta de que muchas veces nos encontramos en la situación de esa mujer extranjera.

A lo mejor nos sentimos sin derecho a pedirle demasiado a Dios, porque justamente nos sentimos o nos descubrimos muy lejos de él, casi como extranjeros y ajenos a lo que Dios nos va mostrando cada día de él.

Vivimos en mundos en donde la realidad, las preocupaciones o los intereses parecen ser muy distintos de lo que descubrimos cuando nos vamos acercando al mundo de Dios y puede ser que nos sintamos hasta torpes a la hora de querer entrar en contacto con él. No sabemos qué decir, qué pedir, qué confiar en sus manos.

Nos sentimos extranjeros, porque nos hemos acostumbrado a hablar un lenguaje que es muy distinto al que usa el Señor cuando entra en contacto con nosotros. Jesús nos habla de confianza, de amor, de fraternidad, de justicia, de servicio, de entrega desinteresada, de pasión por las cosas de Dios.

Nos invita a usar el lenguaje de la oración para comunicarnos con nuestro Padre, nos habla a través de los bello de las celebraciones de los sacramentos, de la comunión que podemos experimentar al sentirnos parte de una comunidad, de la alegría de poder anunciar a otros su palabra…

Nos habla desde un mundo que está muy cercano a nosotros, pero que muchas veces sentimos lejano por las fronteras que hemos elevado quedándonos en lo que nos brinda pequeñas seguridades o comodidades que no acaban por satisfacer lo que el corazón nos reclama desde lo más profundo de nosotros mismos.

La cananea nos enseña igualmente que la experiencia de fe no es algo que surge espontáneamente, sin luchas y sin sacrificios. Tener fe, al final no es sólo adherir a algo que nos convence o que nos parece razonable y confiable.

Es algo mucho más profundo. Se trata de un encuentro con alguien, con quien nos tenemos que confrontar y en cierto modo con quienes tenemos que luchar para convencernos desde el corazón.

Es encuentro en el que se comparten sentimientos, ideas, convicciones, puntos de vista; pero al mismo tiempo es encuentro de apertura, de confianza y de abandono. De lucha interior para dejarnos vencer por algo que nos hace sentir amados y nunca sometidos u obligados.

La cananea supo ponerse delante de Jesús con valentía y con confianza, exponiendo sus urgencias y sus necesidades, pero sin dudar que obtendría lo que realmente sería conveniente en su vida. Sabía que aún las migajas que podían caer de la mesa, viniendo de Dios, se podían convertir en bendiciones que no tenían medida y que Dios nunca se dejará ganar en generosidad.

Y es aquí en donde la experiencia de fe de esta mujer llegada de lejos, esta mujer que se sabe sin derecho a pretender o exigir hace la experiencia de recibir más de lo que estaba pidiendo. Su fe, expresada a través de gestos de sencillez y de humildad hacen, como siempre, posible el milagro de ver realizado lo que ella profundamente deseaba.

¿Cuántas cosas podrían ser distintas en nuestra vida si tuviésemos el reflejo para dejar  actuar la fe en nuestro vivir cotidiano? No es difícil ver cómo muchas veces renunciamos a vivir la experiencia de fe porque nos gana la necesidad de obtener respuestas inmediatas, porque no sabemos entender que Dios ya está trabajando en nuestros proyectos, que, como leímos hace unos días en la Carta de Bernabé, “Cualquier cosa que te suceda, recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto”.

¿Cuánto ganaríamos en calidad de vida si aprendiéramos a descubrir no sólo las migajas de providencia y de amor que el Señor va dejando caer de su mesa para que se conviertan en abundancia en todas las dimensiones de nuestra vida? Pero nos cuesta ponernos en una actitud de humildad y de sencillez ante el Señor, aceptando que ya hay un plan que tiene por objetivo nuestra felicidad y la realización plena de nuestra vida.

Y no se trata, de ninguna manera, de determinismos o de destinos marcados ante los cuales sólo tendríamos que asumir una actitud de sumisión y de conformismo. Se trata de experiencia de fe profunda, que se construye sobre la confianza y el abandono; pero al mismo tiempo en la búsqueda, en el compromiso personal que implica renuncias y sacrificios personales.

En otras palabras, se trata de creer, abriéndonos a lo inaudito y sorpresivo que puede ser Dios en nuestras vidas.

La mujer cananea supo confiar, supo esperar, supo entrar en la lucha de la confrontación humilde y respetuosa con el Señor; pero decidida y confiada en que al final lo que se manifestaría no serían sus necesidades o sus urgencias, sino la generosidad extraordinaria de Dios que nunca se deja ganar cuando se trata de amar.

Qué bello sería escuchar a Jesús que nos dijera al oído, ¡Qué grande es tu fe! Nunca será tarde para que el milagro se realice también en nuestras vidas.

¿Tendremos el valor de decir como la mujer cananea, “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

Que el Señor aumente nuestra fe y que cumpla lo que nuestro corazón más anhela.


Jesús, arquero de la fe
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de este vigésimo domingo nos presenta el encuentro de Jesús, fuera de las fronteras de Israel, con una mujer cananea que le suplica que cure a su hija. A primera vista, el episodio puede parecer desconcertante e incluso escandaloso: ante los gritos angustiados de la mujer, Jesús responde primero con el silencio —«no le respondió palabra alguna»—; después, a pesar de la intervención de los discípulos, con un rechazo: «Solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel»; finalmente, recurre a una expresión muy dura: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Solo después de esta dramática secuencia Jesús acoge la petición de la mujer y elogia su fe.

El relato se encuentra también en el Evangelio de Marcos, de forma más concisa (Marcos 7,24-30). Lucas no recoge este episodio, quizá porque desarrolla en otros relatos el tema de la apertura a los paganos.

¿Cómo entender este pasaje evangélico? Podemos proponer tres claves de lectura.

  1. Una explicación relacionada con las circunstancias. Jesús se había alejado de Galilea para retirarse con los suyos, después de un durísimo enfrentamiento con los escribas y los fariseos enviados desde Jerusalén sobre la cuestión de lo puro y lo impuro. Deseaba, por tanto, pasar inadvertido. Así lo confirma Marcos 7,24: «No quería que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto».
  2. Una explicación metodológica. Durante su ministerio terrenal, Jesús reconoce una prioridad a la misión entre el pueblo de Israel, sin excluir significativas aperturas hacia los paganos.
  3. Una explicación pedagógica. Según una posible lectura pedagógica, mediante este intenso diálogo Jesús conduce a la mujer pagana a manifestar una fe extraordinaria y la presenta como ejemplo a los discípulos y a nosotros. El contraste con Pedro resulta particularmente significativo, pues en el Evangelio del domingo anterior Jesús lo había llamado «hombre de poca fe».

Pero procedamos por etapas.

1. Jesús, un hombre dispuesto a dejarse… interrumpir

Jesús no era un profeta que vagaba sin rumbo, dejándose guiar únicamente por las circunstancias o por encuentros casuales. Había recibido del Padre una misión y la llevaba adelante con constancia y determinación, orientando tanto los lugares —«Es necesario que anuncie también a las otras ciudades la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado» (Lucas 4,43)— como los tiempos: «Id a decir a ese zorro [el rey Herodes]: “Yo expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana; y al tercer día mi obra estará cumplida”» (Lucas 13,32).

Y, sin embargo, ¡cuántas veces Jesús se dejó «interrumpir» por los acontecimientos y por las personas! Recordemos, por ejemplo, cuando quiso retirarse con los suyos a un lugar solitario, pero cambió sus planes porque se encontró ante una gran multitud y sintió compasión de ella (cf. Marcos 6,30-34). Lo mismo sucede aquí, en el encuentro con la mujer cananea. Algo parecido ya había ocurrido en Caná, cuando María, su madre, lo había instado a actuar antes de que llegara «su hora».

Jesús se deja alcanzar por el sufrimiento concreto de las personas. La suya es una vida abierta a lo imprevisto, hasta la interrupción extrema y dramática de la cruz.

Esto debería hacernos reflexionar sobre nuestra vida —y también sobre la vida de la Iglesia—, a veces tan programada y planificada que no deja espacio para interrupción alguna; ni siquiera para aquella que resulta necesaria a fin de detenerse ante el hombre abandonado, medio muerto, al borde del camino.

2. Jesús, el profeta que… cruza fronteras

La entrada de Jesús en los territorios paganos pone de manifiesto un rasgo característico de su misión: supera las barreras y los cercados producidos por interpretaciones rígidas de la Ley, por ciertas costumbres sociales y por cualquier forma de exclusivismo religioso. Aunque declara que, en aquella etapa de su misión, se dirige a las «ovejas perdidas de la casa de Israel», Jesús no se deja aprisionar por esquemas rígidos y preconcebidos.

Se acerca a quienes la sociedad religiosa considera impuros o pecadores, no divide el mundo de manera simplista entre buenos y malos y sabe reconocer el bien dondequiera que se encuentre. Es como una abeja que recoge el néctar de cada flor y transforma cada encuentro en una oportunidad de vida.

También aquí encontramos un verdadero desafío para nosotros, los creyentes. A menudo «traspasamos los límites» mediante la crítica, las habladurías y la intromisión indebida en la vida ajena; al mismo tiempo, sin embargo, confinamos nuestras relaciones, levantamos cercas, cortamos puentes y cultivamos localismos que crean mundos separados e incomunicados. Jesús nos invita, en cambio, a «cruzar fronteras» mediante el diálogo y el encuentro con quienes son diferentes de nosotros.

3. Jesús, … arquero de la fe

Al comentar el episodio de la mujer cananea, el cardenal Carlo Maria Martini utilizó una imagen que me impresionó: la de un arquero que prueba un arco nuevo y comprueba su resistencia.

Así parece actuar Jesús con la fe de esta mujer, a través de la dramática secuencia de sus tres respuestas: primero el silencio, después la negativa y, finalmente, la comparación entre los hijos y los perritos, que a oídos de la mujer podía sonar humillante. El diálogo parece llevar su fe hasta el límite, casi con el riesgo de quebrarla. Aquella madre podría haberse alejado, indignada por la aparente insensibilidad de Jesús y por la aspereza de sus palabras.

Jesús, en cambio, demuestra que confía en ella y le ofrece el espacio necesario para manifestar toda la fuerza de su fe. La mujer se convierte así en un ejemplo luminoso: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!». Su perseverancia, su humildad y su agudeza transforman la confrontación en un encuentro de salvación.

A nadie le gusta ser puesto a prueba. Por eso, en el Padrenuestro pedimos: «No nos dejes caer en la tentación», invocando la ayuda del Padre para no sucumbir en el momento de la prueba. Dios permite que nuestra fe sea probada y, mediante la prueba, la purifica y la hace madurar. El Eclesiástico nos advierte: «Hijo, si te presentas para servir al Señor, prepárate para la prueba» (Eclesiástico 2,1). La conciencia de nuestra debilidad puede hacernos temer la hora de la prueba, pero la fidelidad de Dios nos sostiene y nos abre a la confianza.

Tres puntos para la reflexión

  1. ¿Me dejo «interrumpir» por las personas y por sus necesidades, o soy celoso de mi tiempo y de mis planes? ¿Acojo con disponibilidad y con una sonrisa a quienes interrumpen mis proyectos?
  2. ¿Soy una persona de mente abierta, dispuesta al diálogo y al encuentro, o me aferro rígidamente a mis posiciones?
  3. ¿Cómo reacciono ante las pruebas de la vida: con impaciencia y pesimismo, o con paciencia y confianza?

Khalil Gibran, escritor libanés cristiano maronita (1883-1931), utiliza una metáfora —también iluminadora para nosotros— en la que Dios es el Arquero, los padres son los arcos y los hijos, las flechas:
«Vosotros sois los arcos desde los que vuestros hijos, como flechas vivas, son lanzados. El Arquero ve el blanco en el sendero del infinito y os tensa con su fuerza para que sus flechas vuelen rápidas y lejos. Que sea alegre y gozoso ese ser doblados por la mano del Arquero, pues, así como ama la flecha que lanza, ama también el arco que permanece firme».


Jesús es de todos
José Antonio Pagola

Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija “atormentada por un demonio”. Sale al encuentro de Jesús dando gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.

La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y de rodillas, con un corazón humilde pero firme, le dirige un solo grito: “Señor, socórreme”.

La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad “perros” a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los señores”.

Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los perros paganos. Jesús parece pensar solo en las “ovejas perdidas” de Israel, pero también ella es una “oveja perdida”. El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.

Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla como deseas”. Esta mujer le está descubriendo que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre Bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

Jesús reconoce a la mujer como creyente aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como “hombres de poca fe”. Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe aunque viva fuera de la Iglesia. Siempre encontrarán en él un Amigo y un Maestro de vida.

Los cristianos nos hemos de alegrar de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades


La mujer que calló a Jesús
José Luis Sicre

A Jesús nadie era capaz de callarlo. Ni los sabihondos escribas, ni los piadosos fariseos, por no hablar de sacerdotes y políticos. La única persona que lo calló fue una mujer. Y encima, pagana.

Dos reacciones muy distintas ante un texto escandaloso

El evangelio de Marcos cuenta el encuentro de una mujer pagana con Jesús, en el que este responde a su petición de forma fría, casi insultante. Lucas, tan interesado por los paganos, omitió este pasaje en su evangelio. Mateo, igualmente defensor de los paganos, adoptó una postura muy distinta: en vez de omitir el episodio, lo amplió, haciéndolo mucho más dramático.

El Mesías antipático y la pagana insistente

Para entender la versión que ofrece Mateo de este episodio hay que conocer la de Marcos, que le sirve como punto de partida. Marcos cuenta una escena más sencilla. Jesús llega al territorio de Tiro, entra en una casa y se queda en ella. Una mujer que tiene a su hija enferma acude a Jesús, se postra ante él y le pide que la cure. Jesús le responde que no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella le dice que tiene razón, pero que también los perritos comen de las migajas de los niños. Y Jesús: «Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija».

Mateo describe una escena más dramática cambiando el escenario y añadiendo detalles nuevos, todos los que aparece en cursiva y negrita en el texto siguiente.

«En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananeasaliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
― Atiéndela, que viene detrás gritando.
Él les contestó:
― Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:
― Señor, socórreme.
Él le contestó:
― No está bien echar a los perros el pan de los hijos.
Pero ella repuso:
― Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
Jesús le respondió:
― Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada su hija.

Los cambios que introduce Mateo

El encuentro no tiene lugar dentro de la casa, sino en el camino. Esto le permite presentar a Jesús y a los discípulos andando, y la cananea detrás de ellos.

La cananea no comienza postrándose ante Jesús, lo sigue gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra.

La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y él responde secamente: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

La cananea no se da por vencida. Se adelanta, se postra ante Jesús, obligándole a detenerse, y le pide: «Señor, socórreme». Vienen a la mente las palabras de Mt 6,7: «Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso». Esta pagana no es palabrera; pide como una cristiana. Imposible mayor sobriedad.

Sigue el mismo diálogo que en Marcos sobre el pan de los hijos y las migajas que comen los perritos.

Pero el final es muy distinto. Jesús, en vez de decirle que su hija está curada, le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

Estos cambios se resumen en la forma de presentar a Jesús y a la cananea.

1) A Jesús lo presenta de forma antipática: no responde una palabra a pesar de que la mujer va gritando detrás de él; parece un nacionalista furibundo al que le traen sin cuidado los paganos; es capaz de avergonzar a sus mismos discípulos.

2) En la mujer, acentúa su angustia y su constancia. Ella no se limita a exponer su caso (como en Marcos), sino que intenta conmover a Jesús con su sufrimiento: «Ten compasión de mí, Señor», «Señor, socórreme». Y lo hace de manera insistente, obstinada, llegando a cerrarle el paso a Jesús, forzándolo a detenerse y a escucharla.

Ni obstinación ni sabiduría, fe

Jesús podría haberle dicho: «¡Qué pesada eres! Vete ya, y que se cure tu hija». O también: «¡Qué lista eres!» Pero lo que alaba en la mujer no es su obstinación, ni su inteligencia, sino su fe. «¡Qué grande es tu fe!». Poco antes, a Pedro, cuando comienza a hundirse en el lago, le ha dicho que tiene poca fe. Más adelante dirá lo mismo al resto de los discípulos. En cambio, la pagana tiene gran fe. Y esto trae a la memoria otro pagano del que ha hablado antes Mateo: el centurión de Cafarnaúm, con una fe tan grande que también admira a Jesús.

Con algunas mujeres no puede ni Dios

El episodio de la cananea recuerda otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera cuando le pide un milagro (las palabras que le dirige siempre se usan en la Biblia en contexto de reproche), y que busca argumentos teológicos para no hacer nada: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el plan de Dios, no hacer nada antes de que él se lo ordene o lo permita.

En el caso de la cananea, Jesús también se refugia en la voluntad y el plan de Dios: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Yo no puedo hacer algo distinto de lo que me han mandado.

Sin embargo, ni a María ni a la cananea le convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone a algo beneficioso para el hombre, bien sea algo importante, como la salud de la hija, o aparentemente secundario, como la falta de vino. Ellas están convencidas de que el verdadero plan de Dios es el bien del ser humano, y las dos, cada una a su manera, consiguen de Jesús lo que pretenden.

Gracias a este conocimiento del plan de Dios a nivel profundo, no superficial, Isabel alaba a María «porque creíste» y Jesús a la cananea «por tu gran fe».

En realidad, el título de este apartado se presta a error. Sería más correcto: «Dios, a través de algunas mujeres, deja clara cuál es su voluntad». Pero resulta menos llamativo.

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

Con estas palabras pretende justificar Jesús su actitud con la cananea. Si los discípulos hubieran sido tan listos como la mujer, podrían haber puesto a Jesús en un apuro. Bastaba hacerle dos preguntas:

1) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué nos has traído hasta Tiro y Sidón, que llevamos ya un montón de días hartos de subir y bajar cuestas?»

2) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué curaste al hijo del centurión de Cafarnaúm, y encima lo pusiste como modelo diciendo que no habías encontrado en ningún israelita tanta fe?»

Como los discípulos no preguntaron, no sabemos lo que habría respondido Jesús. Pero en el evangelio de Mateo queda claro desde el comienzo que Jesús ha sido enviado a todos, judíos y paganos. Por eso, los primeros que van a adorarlo de niño son los magos de Oriente, que anticipan al centurión de Cafarnaúm, a la cananea, y a todos nosotros.

Primera lectura y evangelio

La primera lectura ofrece un punto de contacto con el evangelio (por su aceptación de los paganos), pero también una notable diferencia. En ella se habla de los paganos que se entregan al Señor para servirlo, observando el sábado y la alianza. Como premio, podrán ofrecer en el templo sus holocaustos y sacrificios y serán acogidos en esa casa de oración. La cananea no observa el sábado ni la alianza, no piensa ofrecer un novillo ni un cordero en acción de gracias. Experimenta la fe en Jesús de forma misteriosa, pero con una intensidad mayor que la que pueden expresar todas las acciones cultuales.


El Evangelio de la Vida enseña:
¡No excluyas a nadie!
Romeo Ballan mccj

Nadie está lejos, ni mucho menos excluido, del corazón de Dios. El mensaje central de las cuatro lecturas bíblicas de este domingo es claro: Dios ofrece su salvación libremente, sin exclusiones, a cada persona, a todos los pueblos. Esta afirmación, para nosotros, hoy, es clara y sin discusiones. Sin embargo, fue una conquista atormentada para la comunidad de los judío-cristianos, para los cuales Mateo escribió su Evangelio. Es notorio que el judaísmo, tanto en la antigüedad como en tiempos de Jesús, vivía la salvación y la alianza como propiedades privadas, casi exclusivas del pueblo elegido, frente a los “paganos, que a los ojos de los judíos no eran más que perros” (epíteto despectivo), como anota la ‘Biblia de Jerusalén’ en Mt 15,26. El libro de los Hechos de los Apóstoles da cuenta del difícil camino y de la lenta apertura de la primera comunidad cristiana sobre esta cuestión. La complicada gestión del caso de Cornelio para Pedro y para la comunidad (Hechos 10-11), el debate en el Concilio de Jerusalén (Hechos 15), las controversias de Pablo con los judío-cristianos… son testimonios patentes de lo difícil que resultó para la Iglesia primitiva la admisión de nuevos miembros procedentes del mundo pagano, es decir, de origen no judío. Aún más inconcebible era aceptarlos sin que se sometieran a la Ley antigua.

El texto de Isaías (I lectura) ofrece un aliento de universalidad: los extranjeros entran con alegría en la casa de oración, sus sacrificios son agradables a Dios en su templo, que Él abrirá a todos los pueblos (v. 7). Este universalismo, cantado con gozo también por el salmista (salmo responsorial), queda todavía condicionado por la observancia del sábado y de la peregrinación al monte santo (cfr. Is 56,6-7), elementos que perderán validez después de la resurrección de Jesús. El difícil crecimiento hacia la universalidad es patente en el diálogo y el milagro de Jesús con la mujer cananea (Evangelio), natural de la región pagana de Tiro y Sidón (v. 21), en el norte de Palestina. También el evangelista Marcos insiste en presentarla como extranjera, pagana, “sirio-fenicia de nacimiento” (Mc 7,26).

La superación del exclusivismo aparece clara, al final, en la admiración de Jesús por la fe de aquella mujer extranjera y pagana. Ella es consciente de no ser hija, sino perrito, con derecho a alimentarse por lo menos de las migajas de los amos (cfr. v. 26-27); está segura, sin embargo, de tener un puesto en el corazón de Dios. Jesús exalta la fe grande de esa madre: «Mujer, grande es tu fe». Y Jesús la atiende curando al instante a su hija enferma (v. 28). Al final, Jesús llama a aquella extranjera: “Mujer” (gr. ‘gúnai’), titulo dado a las reinas; con la misma palabra Jesús se dirige a su madre en Caná y desde la cruz (cfr. Jn 2,4 y 19,26). Del mismo modo, Jesús había sanado al criado del centurión pagano de Cafarnaúm, alabando su fe como primicia de los nuevos comensales del Reino, que “vendrán de oriente y occidente” (cfr. Mt 8,10-13).

Ante hechos como estos, está claro que la pertenencia al nuevo pueblo de Dios ya no se dará por mera descendencia de sangre (raza), sino por la fe, que es siempre y solo un don gratuito de Dios, Padre misericordioso de todos. Padre de los judíos, primero, y luego de los paganos, como lo explica san Pablo a los Romanos (II lectura): la prioridad histórica de los judíos permanece verdadera: «Que los dones y la vocación de Dios (a Israel) son irrevocables» (v. 29); pero esto no significa exclusión de los demás pueblos. Según Pablo, todos los pueblos han sido igualmente desobedientes, rebeldes e infieles a Dios: en primer lugar, los paganos, y ahora también los judíos; pero Dios quiere tener misericordia de todos (v. 32). Este es el don y el misterio del amor misericordioso de Dios. ¡Con todos! Este es el Evangelio, la buena noticia misionera que siempre el mundo necesita. ¡Para su vida y su gozo! El Papa Francisco exhorta a hacer una pastoral misionera, “que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones. (*)

Hoy no se niega, teóricamente, la admisión de todos a la salvación en Cristo, pero, en la práctica, existe el peligro de considerar el Evangelio como propiedad privada, de uso personal. No se llega a negar que todos estén igualmente llamados a conocer a Cristo, pero, de hecho, se hace poco o nada para anunciarlo a los que todavía no lo conocen. Se piensa: ‘¡Sí, tienen derecho, pero pueden seguir esperando, algún día alguien lo hará’… Es preciso descubrir la misión como un don y un compromiso urgente. A ello nos empuja el Evangelio de Mateo: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (28,19).

Jesús no solía hacer elogios, pero los evangelistas nos dan cuenta de tres, y justamente con personas consideradas oficialmente “irregulares”: la pecadora, el oficial romano, la cananea. “La cananea es una mujer que no va al templo, hoy diríamos que no va a la iglesia. Es una pagana, que invoca a otros dioses, o ídolos. Posee la fe de una madre desesperada, que no pide nada para sí, desea tan solo la sanación de su criatura. Es una mujer obstinada, testaruda, que no se resigna ante las primeras dificultades; no se rinde ante los silencios de Dios” (R. Vinco). El episodio de la cananeaacogida por Jesús, así como otros episodios, vuelven a proponer en nuestros días el tema de la acogida de los extranjeros en la sociedad. Merecen, por tanto, apoyo todas las iniciativas que promueven la solidaridad y la integración entre pueblos y grupos diferentes. Porque es justo y necesario afirmar: “¡En mi ciudad nadie es extranjero!

Palabra del Papa

(*) “Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante”.
Papa Francisco
Exhortación apostólica Evangelii Gaudium (2013), n. 35

XIX Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras el despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!”. Y daban gritos de  terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

(Mateo 14, 22-33)


No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G., mccj

Una vez más el evangelio nos presenta a Jesús que se retira, buscando un espacio de soledad para dedicarse a la oración. Tal vez, porque era solo la oración que podría poner un poco de serenidad en su corazón después  de haber hecho la experiencia de la muerte de  Juan el Bautista.

En esta ocasión invita a sus discípulos a ponerse en camino sobre el lago, como si quisiera alejarlos de aquel ambiente en donde se respiraba la tristeza y el dolor. Y, desafortunadamente, parece que las cosas no son mejores cuando se encuentran en medio del lago y la tormenta se lanza en su contra.

Es incluso probable que los discípulos estuvieran atrapados en el miedo, pues habiendo sabido como había terminado Juan el Bautista, no era improbable que también a ellos empezaran a llegar algunas amenazas. Y lo peor que les podía caer encima era el verse paralizados por el miedo y el temor sobre sus vidas.

Las olas que sacudían la barca podrían representar algunos de los muchos temores que invadían sus corazones y en medio de la oscuridad de la noche resultaba difícil encontrar un camino de salida.

Podría poder entenderse ese escenario también como lo que sucede cuando Jesús no está presente entre ellos o cuando simplemente parece alejarse un poco de sus vidas. La realidad se vuelve confusa e insegura, por no decir temerosa y amenazante.

Pero Jesús nunca los abandonará, toma el camino, en medio de la noche para atravesar las tinieblas y empezar a iluminar sus horizontes y devolverles la confianza necesaria para seguir avanzando en medio de las tinieblas sin dejarse atrapar por el terror.

No tengan miedo, no soy un fantasma, seguramente les gritó el Señor, devolviéndoles la serenidad que les permitirá́ recuperar la tranquilidad y superar los miedos que les  paralizaban y los aterrorizaban.

No tengan miedo, soy yo. Ese “Soy yo” es como el eco de aquellas palabras que ya habían sido pronunciadas en el libro del Éxodo, cuando Moisés tenía que presentarse ante el faraón.

El que es me manda, Dios, el que siempre está presente y en medio de su pueblo, el que no abandona nunca. Ese mismo es quien ahora calma el corazón inquieto de los discípulos que se sienten perdidos en medio de la tempestad.

Esto nos ayuda a pensar en nuestra propia experiencia personal. ¿Cuántas veces no nos encontramos también nosotros atrapados en tantas tempestades que nos impone la vida?

¿Cuántas veces nos resulta difícil ver el futuro con serenidad, porque se nos presenta amenazante y difícil de entender? ¿Cuántas veces sentimos que las olas de las dificultades, de los imprevistos, de lo que no estaba contemplado que tuviese que suceder en nuestras vidas, de repente se presenta como algo que no sabemos cómo integrar o simplemente aceptar?

Todos, quien más o quien menos, pero todos, nos encontramos ante tempestades en la vida que nos asustan cuando pensamos que tenemos que resolverlas con nuestras fuerzas, cuando pensamos o nos sentimos solos, porque nos parece que Dios está ocupado en los asuntos de otras personas y que nuestras angustias podrían ser consideradas poca cosa.

Sin embargo, justo en el momento en que nos puede parecer que todo está perdido, que no hay salida y que todo se hace más oscuro; justo ahí́, aparece el Señor y nos dice con mucha delicadeza y con gran decisión: no tengas miedo, soy yo.

Y, de pronto, nos damos cuenta de que no se trata de un fantasma. Nos damos cuenta de que el Espíritu de Jesús se convierte en fuerza que nos sostiene, en confianza que nos anima ante la dificultad, en luz que disipa nuestras dudas y tinieblas.

Es presencia real que entra en nuestro corazón de manera misteriosa, devolviéndonos la alegría, llenándonos de confianza, despertándonos a una fe más profunda.

Soy yo, es Jesús, que nos toma en sus manos y nos ayuda a entender que nuestros miedos no tienen sentido, que nuestras desconfianzas se pueden diluir y transformar en gestos de abandono, de ese abandono que genera fuerza interior para seguir trabajando y comprometiéndose, haciendo como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que nada se escapa de su voluntad. Voluntad que no es otra cosa más que deseo de bien, de plenitud y de felicidad para quienes abren el corazón a su presencia.

Ciertamente, muchas veces haremos la experiencia de sentir que nos hundimos, que no sabemos en donde poner los pies para poder seguir avanzando en medio de la realidad que nos toca vivir.

Ahí́ se presentará una gran oportunidad para dejar que el Señor intervenga y haga su obra en nosotros.

En esos momentos, como Pedro, también nosotros tendremos necesidad de decir: Señor, sálvame. Señor conviértete en el protagonista de mi vida, dirige mis caminos por donde tú quieras, sácame de aquello que me tiene atrapado y paralizado en un estilo de vida que no genera confianza.

Señor, sálvame, ayúdame a entender tus caminos, ayúdame a liberarme de los miedos que paralizan y que impiden correr a tu encuentro reconociéndote como la meta de nuestras vidas.

Señor, sálvame, es el grito de la fe que brota de lo profundo de nuestro ser cuando nos damos cuenta de que sin Dios no podemos ir muy lejos en nuestras búsquedas y en nuestros proyectos.

Le gritamos a ese Señor que ha subido a nuestra barca, que nos recuerda de alguna manera a la Iglesia en donde vamos navegando y que va siendo guiada por el Señor hacia puertos seguros.

La mano tendida de Jesús que atrapa a Pedro para que no naufrague en lo profundo del mar, representa la mano con la que Jesús nos sostiene igualmente en nuestras batallas cotidianas, cuando nos volteamos a verlo diciéndole: Señor nos hace falta tu ayuda, nos urge tu presencia, imploramos tu compañía, te pedimos que no nos abandones.

Esa mano tendida representa la disponibilidad del Señor a estar siempre ahí́ en donde solos no podemos llegar a ninguna parte, es la mano que consuela, que perdona, que levanta de  las caídas, que da confianza cuando lo pasos se hacen torpes.

La experiencia de la presencia de Jesús aquella noche de tinieblas, de tormentas borrascosas, de olas contrarias y amenazantes es el escenario que se nos invita a crear en nuestras vidas para poder llegar a decir: verdaderamente este es el Hijo de Dios, verdaderamente Jesús es nuestro salvador.

Ojalá esta palabra nos ayude a dar un pasito más en nuestro camino de fe, que nos ayuden a entender más claramente la voz del Señor que nos invita a poner nuestra confianza en él. Qué nos libere de nuestros miedos y oscuridades y nos abra a horizontes de luz y de alegría. Qué podamos seguir al Señor obedeciendo a su palabra y alejando de nuestro camino todo aquello que nos pueda entretener e impedir dar pasos de verdadera fe.

Que su palabra nos libre del temor y nos dé la valentía de convertirnos en testigos Fieles y en misioneros valientes, disponibles a atravesar todos los mares para llevar la alegría del evangelio a todos aquellos que aún no se han encontrado con él.

No tengan miedo, soy yo, dice el Señor.


«¡Mándame ir hacia ti!»
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio del domingo pasado nos narraba el milagro de la multiplicación de los panes para una gran multitud, en un lugar desierto, que concluyó con la recogida de doce canastos llenos de sobras. A aquel acontecimiento le sigue el conocido episodio de hoy, en el que Jesús camina sobre el mar.

Estos dos milagros —la multiplicación de los cinco panes y los dos peces y el caminar de Jesús sobre las aguas— constituyen una nueva manifestación de la identidad de Jesús. Él se revela como el Mesías —quien, según una tradición, renovaría el prodigio del maná— y como el Hijo de Dios: caminar sobre las aguas, en efecto, era considerado una prerrogativa divina.

Entre ambos episodios, el Evangelio nos presenta a Jesús orando, solo, durante la noche, en el monte.

1. «Sal y permanece en el monte» (Elías, primera lectura)

Ante esta epifanía, pidamos al Señor la gracia de salir de las cavernas en las que nos hemos refugiado, como el profeta Elías, para acoger la novedad del paso de Dios por nuestra vida.

Tal vez Dios ya no se manifieste como «un viento fuerte e impetuoso» —como en nuestra juventud— ni como el terremoto o el fuego de nuestros primeros años de compromiso cristiano, sino como «el susurro de una brisa suave», perceptible únicamente en el silencio del corazón.

2. «Mándame ir hacia ti» (Pedro, en el Evangelio)

a) Empujados hacia la otra orilla

«Después de que la multitud hubo comido, enseguida Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a adelantársele hacia la otra orilla».

Es significativo que, en este episodio, Jesús «obligue» a los discípulos a partir. Podemos imaginarlo mientras les hace cargar los doce canastos llenos de sobras y los empuja a subir a la barca, a pesar de las protestas de los Doce: ¡es demasiado tarde, el viento es contrario, es imprudente dirigirse hacia la otra orilla del lago, hacia un territorio predominantemente pagano y extranjero! ¿Y por qué dejar solo a Jesús?

Los apóstoles habrían preferido quedarse allí y disfrutar de aquel momento de euforia junto con la multitud. Pero no hay nada que hacer: parten de mala gana hacia la otra orilla, casi como para indicar que también hasta allí deberá llevarse el pan.

¡Así nos sucede también a nosotros, Iglesia a la que Cristo empuja continuamente hacia «la otra orilla»!

b) A merced del mar y de los fantasmas

«Al final de la noche, él fue hacia ellos caminando sobre el mar».

¡A los elementos amenazadores del mar, la noche y el viento se añade ahora un fantasma! Presos del terror, los Doce gritan de miedo. «Pero enseguida Jesús les habló diciendo: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

El miedo es nuestro compañero habitual; la invitación de Dios a no temer es su antídoto cotidiano. «No tengáis miedo», porque «soy yo»; más aún, «Yo Soy», expresión que evoca el Nombre mismo de Dios.

c) ¡Mándame!

Pedro toma la iniciativa y dice a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». «Si eres tú…». ¿Se trata de una duda y de una petición de prueba? ¿Del efecto de una emoción incontrolada después del miedo? ¿De una reacción infantil y entusiasta? ¿O de un impulso de confianza en el Señor? ¡Quizá ni siquiera Pedro lo sepa con precisión, como tantas veces nos sucede también a nosotros!

Llama la atención, sin embargo, el modo en que Pedro formula su petición: «Mándame ir hacia ti sobre las aguas». ¡Mándame! No dice: «Haz que vaya…» o «Concédeme ir…». No, pide hacerlo en virtud del mandato de Jesús. Y Jesús accede.

«¡Mándame ir hacia ti sobre las aguas!». Esta puede convertirse también en nuestra petición. Nuestra vida casi nunca es un crucero tranquilo. A menudo se parece a la navegación en una frágil barquichuela a merced de las olas. A veces, además, nos parece que incluso aquella precaria seguridad desaparece bajo nuestros pies. Entonces no nos queda más que la fe desnuda, capaz de caminar sobre las aguas: no por nuestro valor o por nuestra iniciativa, sino por la confianza depositada en el mandato del Señor.

Mándame, y caminaré sobre el mar agitado de la enfermedad o del duelo.
Mándame, y afrontaré las aguas amenazadoras de una crisis matrimonial.
Mándame, y atravesaré la tormenta de una relación difícil con un hijo o una hija.
Mándame, y cruzaré el temporal que ha trastornado mi vida.

d) ¡Sálvame!

La fe es algo tremendamente serio: preciosa y frágil como la vida. El verdadero creyente lo sabe y lo experimenta. Basta apartar por un instante la mirada de Cristo para sentir que uno se hunde.

¡Pobre Pedro y pobres de nosotros! ¿Por qué duda Pedro precisamente en medio del milagro? Tal vez esperaba que las olas del mar se calmaran para poder caminar con toda tranquilidad. Pero no sucede así. Las circunstancias externas no cambian. La fe no nos libra de los riesgos.

Entonces no nos queda más que gritar: «¡Señor, sálvame!». Y el pescador… ¡es pescado!
Hoy parece más difícil gritar: «¡Sálvame!», también porque Cristo no siempre es percibido como el Salvador. ¿Salvarnos de qué?

Es muy elocuente lo que le sucedió a un sacerdote que presidía una celebración eucarística de primeras comuniones. Después de invitar a los niños a formular oraciones espontáneas, quedó sorprendido cuando una niña dijo: «Gracias, Jesús, porque me has salvado… ¡aunque ahora no recuerdo de qué!». Toda la asamblea se rio con ganas. Pero ¿cuántos de los presentes habrían sabido ir más allá de la respuesta formal aprendida en la catequesis?

3. «El gran dolor» (Pablo, segunda lectura)

Quien ha experimentado la mano que salva no puede permanecer indiferente ante quien parece perderse. Este es el sufrimiento que san Pablo confiesa en la segunda lectura: «Tengo en mi corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo» a causa de «mis hermanos, los de mi raza según la carne» (Romanos 9,1-5).

Ver a los propios conciudadanos, a la propia familia y a los propios amigos lejos de Cristo es, para el creyente, una espina clavada en el costado. Rezar por ellos no es simplemente una «buena obra», sino una responsabilidad, una respuesta a la pregunta de Dios: «¿Dónde está tu hermano?».

Matta el Meskin, monje cristiano egipcio († 2006), afirma: «Con la oración, el hombre se convierte en sacerdote, en el sentido de que se hace responsable de la salvación de los demás […]. Cargando con el pecado de ellos, gimiendo desde lo más profundo del corazón bajo su peso y haciendo penitencia, se vuelve capaz, haciéndose pecador en su lugar, de pedir perdón y obtenerlo para ellos».

Para reflexionar

  • ¿Cómo me comporto en el momento de la prueba: con ira o con paciencia? ¿Con miedo o con confianza? ¿Con desánimo o con esperanza?
  • En medio de las tormentas de la vida, ¿grito también yo: «¡Mándame! ¡Sálvame, Señor!»?
  • ¿Estoy dispuesto, estoy dispuesta, a tender la mano para agarrar a quien se está hundiendo?

En medio de la crisis
José Antonio Pagola

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

Según el evangelista, “Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua”. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad.

Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice tres palabras: “Ánimo. Soy yo. No temáis”. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y “se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas”. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.
No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?”.

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.


Remando contra viento y marea
José Luis Sicre

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Luego se retira a rezar «a solas» y, al anochecer, «seguía allí solo». Mientras, los discípulos se encuentran «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). Con esto se acentúa la distancia física de Jesús con respecto a los discípulos; y también la distancia temporal, porque los despide por la tarde y no se dirige hacia ellos hasta el final de la noche. [La traducción litúrgica dice «de madrugada»; el texto griego, «a la cuarta vela», entre las 3 y las 6 a.m.; los romanos dividían la noche en cuatro velas, desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m.]. A nivel simbólico, quedan contrapuestos dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. Los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título no podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un pequeño paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.


Oh, Dios, ¿dónde estás para que podamos conocer y revelar tu rostro?
Romeo Ballan, mccj

Las lecturas de hoy nos presentan un tema fundamental. ¿Cómo es Dios? ¿Qué hace con todo su poder? ¿Qué tiene que ver Dios con mi vida? ¿Cómo se manifiesta? Son las preguntas que cada persona se hace, tarde o temprano; de una u otra manera. Inútilmente algunos ‘ateos’ quisieran borrar esta realidad. Las etapas de la manifestación de Dios y los pasos del hombre en la búsqueda de su Señor y Padre van desde la creación a Cristo, al testimonio de los creyentes. Este es el hilo conductor que une las lecturas de hoy. De manera libre y sorprendente, Dios se manifiesta a los hombres: primero en la creación del mundo y de cada persona; luego, por medio de las alianzas y de los profetas; y, finalmente, en el evento único y definitivo de Jesucristo, Dios hecho carne, que acompaña la historia humana

Ante la manifestación gratuita de Dios, normalmente se produce la respuesta del hombre, en una búsqueda a menudo trabajosa e incierta. Todas las religiones y filosofías de los pueblos son un índice y el resultado del deseo profundo que Dios ha inscrito en el corazón de las personas y de las culturas: ¿Quién es Dios? ¿Dónde está? ¿Qué hace?… Las religiones naturales son diferentes según las épocas y las culturas, pero tienen un origen común: la aspiración humana a establecer una relación con la divinidad. Este es el terreno religioso natural en el cual los misioneros encuentran a los pueblos ya desde el primer anuncio del Evangelio.

La teología cristiana, desde sus inicios (s. II, con los santos Justino e Ireneo), enseña a los obreros del Evangelio que han de descubrir las “semillas del Verbo”, es decir, los valores humanos y espirituales presentes en las culturas. Por la acción del Verbo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas (cfr. Col 1,15-17), y gracias a la presencia del Espíritu Santo, protagonista de la misión (cfr. RMi 21s), estos valores se encuentran ya en las culturas de los pueblos, aun antes de que se les anuncie la Buena Nueva de Cristo. En virtud de su origen divino, estos valores constituyen una buena preparación para acoger el Evangelio. La presencia del Verbo y del Espíritu, que anteceden la llegada del misionero, crea una especial sintonía entre el Evangelio y las culturas, que en general facilita la recepción del mensaje cristiano. Cristo llega como plenitud de la revelación de Dios, como don gratuito, pero no por eso es algo opcional o alternativo. Viene aquí muy oportuna la invitación del Papa Francisco a buscar y dejarse encontrar por Cristo.

Además de la revelación basada en la creación, Dios se reserva la iniciativa de manifestarse en el modo, en el tiempo y en las personas que Él quiere. En el caso de Elías (I lectura) la manifestación de Dios se da con signos diferentes a la de Moisés, aunque se realice sobre el mismo monte. Elías está regresando de las faldas del monte Carmelo, donde, en un exceso de celo y fanatismo, ha masacrado a los profetas de Baal (cfr. 1Reyes 18); ahora Elías necesita convertirse: reconocer a Dios no a través de signos fuertes (viento huracanado, terremoto y fuego), sino en el “susurro” (v. 12). En el mar borrascoso y entre los gritos de miedo a los fantasmas (Evangelio), Jesús se revela primero como orante solitario sobre el monte (v.23) y luego como portador de paz y seguridad: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” (v.27). Al igual que en otras epifanías de Jesús, la conclusión es la fe de los discípulos (v.33). Más ampliamente, es la comunidad misionera de Mateo la que, probada por las incipientes persecuciones y la “poca fe” (v.31), renueva la adhesión a su Señor resucitado, invocándolo con el título pascual de Kurios, Señor (v. 28.30).

En la historia de las personas y de los pueblos se van alternando a menudo épocas de apertura y de cerrazónante el misterio de Dios, períodos de indiferencia, resistencia, y hasta de rechazo. Ante estas situaciones, el misionero adopta una actitud humilde y orante: la fuerza para la misión procede de la fe y de la oración. Es el caso de Pablo (II lectura), que siente un dolor grande y un continuo sufrimiento (v. 2) por sus hermanos y correligionarios (v. 3). Lamentablemente, la mayoría del pueblo judío, si bien recibió, a lo largo de los siglos, hasta ocho privilegios inestimables (v. 4-5), se ha cerrado al Mesías, que nació “de los patriarcas, según lo humano”: No lo reconocen como el Salvador, muerto y resucitado, como Dios bendito por los siglos (v. 5).

El misterio del pueblo elegido lleva a pensar en la realidad misionera de tantos pueblos que aún no se han abierto al Evangelio, con excepción de unas minorías. Cabe pensar en China, India, Japón, en el mundo budista, islámico… Ciertamente estos pueblos no están fuera de la acción salvífica de Cristo, el único salvador de todos; sin embargopermanece el misterio de su llamada a la Fe en Cristo y de su pertenencia a la Iglesia. También para ellos Dios tiene su proyecto y los tiempos precisos. Nosotros no conocemos los tiempos y los caminos por los cuales el Espíritu realiza el encuentro salvífico de cada persona con Cristo (GS 22). Pero la certeza que este encuentro se realiza, sostiene la esperanza del misionero, incluso cuando la barca está sacudida por las olas (Evangelio) y el viento es contrario (v. 24).

XVIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados” Él les dijo: “Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres sin contar a las mujeres y a los niños”.

(Mateo 14, 13-21)


La multiplicación de los panes
P. Enrique Sánchez G. mccj

Comenzando la lectura de estos cuantos versículos del evangelio de Mateo, seguramente nos hemos preguntado ¿por qué menciona la muerte de Juan el Bautista? ¿No podía comenzar diciendo que Jesús se había encontrado, una vez más con una multitud que lo seguía?

El hecho de que Jesús se haya ido a un lugar apartado y solitario nos puede hacer entender que llevaba en su corazón una aflicción muy grande, llevaba el dolor de haber perdido a alguien que amaba profundamente y con quien había establecido una relación muy cercana. Llevaba el dolor de saber que Juan había sido asesinado de una manera cruel y despiadada. Necesitaba estar lejos y en silencio para poner en orden todo lo que se movía en su interior y para no dejarse ganar por el sentimiento de la venganza o del odio.

Necesitaba que lo mejor de él mismo se pudiese manifestar. Y, así fue, cuando desembarcando se encontró con aquella multitud que lo seguía y lo buscaba porque, de alguna manera se había dado cuenta de que era el Mesías, el Salvador que esperaban.

Lo que broto de su corazón fue un sentimiento de compasión, de ternura y de solidaridad con aquella gente que sufría física y espiritualmente.

Fijándonos atentamente en lo que nos transmite Mateo a través de su evangelio, nos podemos dar cuenta de que existen muchas referencias al antiguo testamento en donde la figura de Moisés ocupa la plaza principal como el mesías que acompañó al pueblo de Dios hasta la tierra prometida, haciéndolo pasar por el desierto y velando para que no muriera en aquellos lugares. Basta pensar en la delicadeza de Dios cuando mando el mana y las codornices para que el pueblo no sucumbiera de hambre.

Ahora, los discípulos y todos aquellos que se habían dado cita para encontrarse con Jesús, van a tener la posibilidad de hacer la experiencia de reconocerlo como el verdadero Mesías que los nutrirá con el pan de su palabra.

Cinco panes y dos pescados. A todos nos puede parecer imposible que pudiesen alcanzar para alimentar a aquella multitud. Y, efectivamente, leyendo el texto con los criterios que nos caracterizan en nuestro tiempo. Aquí, en donde todo es pesado y medido con exactitud, en donde todo es programado y proyectado con estudios de mercado. Claro que cinco panes y dos pescados no iban a ser la respuesta a aquella emergencia que se había presentado.

Lo que cambia todo en este relato es la oración que Jesús hace recibiendo aquellos panes y pescados. En sus manos ya no es la cantidad lo que cuenta, sino la fe que puede mover a quienes tiene delante de el.

La bendición de Dios, que muchas veces nosotros la llamamos providencia, siempre nos sorprenderá y nunca le ganaremos en generosidad. Dios, que hace todas las cosas bien y buenas, estará dispuesto a venir a nuestro encuentro cuando las fuerzas ya no nos alcanzan o cuando nos sentimos perdidos y no sabemos por donde seguir el camino.

Dios nos sorprenderá estando un paso adelante de nosotros, esperándonos para darnos lo que nuestro corazón necesita.

Un detalle sencillo e importante esta en el hecho de que Jesús pide a sus discípulos aquello que llevan consigo. Era nada, aparentemente, pues, como ellos mismos lo dirán: ¿que son cinco panes y dos pescados para esta multitud?

También aquí podemos decir que es nada, pero es importante entender que ahora a los discípulos les toca empezar una experiencia nueva estando con Jesús.

Durante mucho tiempo ya habían visto milagros y signos extraordinarios de la parte de Jesús, habían recibido toda una enseñanza que los había formado y los iba preparando para este momento que ahora se presentaba.

Los cinco panes y los dos pescados, entre las varias interpretaciones que se le puede dar, significan aquello que Dios ha puesto en cada uno de nosotros como un don especial, particular y que nadie posee en nuestro lugar.

Jesús, al pedir a sus discípulos que se encarguen ellos de darles de comer, los esta invitando a poner al servicio del Reino de Dios lo que cada uno de ellos era y no tanto lo que poseían. Dios ha podido siempre realizar su proyecto de salvación sin necesidad de nuestra aportación, pero curiosamente nunca ha querido imponernos algo que no pase por la mediación de aquellos que nos reconocemos hijos suyos y discípulos misioneros de Jesús.

Tal vez aquí, como en otras reflexiones, nos convendría preguntarnos ¿que son en mi vida esos cinco panes y esos dos pescados que el Señor me pide que ponga a su disposición?

¿Qué es lo que el Señor me está pidiendo compartir con los demás? A lo mejor es mi tiempo, mis conocimientos, mi presencia con aquella persona que esta sola, los dones que descubro que Dios me ha dado y que llenan mi corazón de felicidad.

Aquí lo que importa no es la cantidad, sino la disponibilidad. Jesús lo dice con un imperativo fuerte: Tráiganlos aquí.

Eso nos ayuda a entender que lo importante es lo que viene después, la bendición que Dios derrama sobre nuestros dones y los multiplica. Es una bendición que hace sentir que los primeros beneficiados somos cada uno de nosotros, cuando con generosidad ponemos en las manos de Dios lo que somos y lo que tenemos.

El pan que Jesús repartió aquel día, san Mateo nos dice que alcanzo para que todos comieran hasta saciarse y sobraron doce canastas.

De esa manera se comporta el Señor en nuestras vidas, satisface nuestras necesidades, de todo tipo, y nos da más de lo que muchas veces le pedimos.

Para concluir, yo creo que leyendo este texto desde nuestra experiencia cristiana, seguramente ha venido a nuestra mente la experiencia que hacemos en cada eucaristía, en donde se nos parte y comparte el pan para que nadie se sienta privado de la cercanía de Dios en su vida.

Y, como misioneros, no podemos cerrar nuestros oídos a la invitación que Jesús nos hace de poner a su disposición lo que somos, para que bendecidos por su Padre, podamos seguir llegando a la vida de tantos hermanos nuestros que necesitan de Dios.

También hoy nos encontramos con multitudes de personas, como Jesús al bajar de la barca, que esperan un gesto de misericordia, de cariño y de solidaridad.

Que el Señor nos de un corazón generoso para multiplicar nuestros panes y nuestros peces entre los mas necesitados.


Necesidades de la gente
José Antonio Pagola

Mateo introduce su relato diciendo que Jesús, al ver el gentío que lo ha seguido por tierra desde sus pueblos hasta aquel lugar solitario, «se conmovió hasta las entrañas». No es un detalle pintoresco del narrador. La compasión hacia esa gente donde hay muchas mujeres y niños, es lo que va a inspirar toda la actuación de Jesús.

De hecho, Jesús no se dedica a predicarles su mensaje. Nada se dice de su enseñanza. Jesús está pendiente de sus necesidades. El evangelista solo habla de sus gestos de bondad y cercanía. Lo único que hace en aquel lugar desértico es «curar» a los enfermos y «dar de comer» a la gente.

El momento es difícil. Se encuentran en un lugar despoblado donde no hay comida ni alojamiento. Es muy tarde y la noche está cerca. El diálogo entre los discípulos y Jesús nos va revelar la actitud del Profeta de la compasión: sus seguidores no han de desentenderse de los problemas materiales de la gente.

Los discípulos le hacen una sugerencia llena de realismo: «Despide a la multitud», que se vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús reacciona de manera inesperada. No quiere que se vayan en esas condiciones, sino que se queden junto a él. Esa pobre gente es la que más le necesita. Entonces les ordena lo imposible: «Dadles vosotros de comer».

De nuevo los discípulos le hacen una llamada al realismo: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». No es posible alimentar con tan poco el hambre de tantos. Pero Jesús no los puede abandonar. Sus discípulos han de aprender a ser más sensibles a los sufrimientos de la gente. Por eso, les pide que le traigan lo poco que tienen.

Al final, es Jesús quien los alimenta a todos y son sus discípulos los que dan de comer a la gente. En manos de Jesús lo poco se convierte en mucho. Aquella aportación tan pequeña e insuficiente adquiere con Jesús una fecundidad sorprendente.

No hemos de olvidar los cristianos que la compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús siempre que reducimos la fe a un falso espiritualismo que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.

En nuestras comunidades cristianas son hoy más necesarios los gestos de solidaridad que las palabras hermosas. Hemos de descubrir también nosotros que con poco se puede hacer mucho. Jesús puede multiplicar nuestros pequeños gestos solidarios y darles una eficacia grande. Lo importante es no desentendernos de nadie que necesite acogida y ayuda.


Jesús alimenta a su comunidad
José Luís Sicre

Una vez terminado el discurso en parábolas sobre el Reino de Dios, el evangelio de Mateo ofrece una sección que podríamos titular «Del escándalo a la fe» (13,53-16,20). El escándalo se da en Nazaret, donde sus paisanos lo rechazan; la fe, en la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe. En conjunto se trata de nueve episodios, de los que la liturgia ha elegido cuatro para los próximos domingos:

― la multiplicación de los panes (domingo 18)

― la tempestad calmada (domingo 19)

― la curación de la hija de la mujer sirofenicia (domingo 20)

― la confesión de Pedro (domingo 21)

Suave tarea veraniega

Quienes no sepan en qué entretenerse durante el mes de agosto, pueden leer estos capítulos de Mateo, con las sugerencias que ofrezco a continuación.

a) El tema capital de la sección es la pregunta: ¿quién es Jesús? Encontrará respuestas muy distintas:

los nazarenos: un hombre (13,55-56)

Herodes: Juan Bautista resucitado (14,2)

los de la nave: Hijo de Dios (14,33)

la cananea: Señor, hijo de David (15,22)

la gente: diversidad de opiniones (16,14)

Pedro: el Mesías (16,16)

b) Jesús intensifica su contacto con los extranjeros viajando a Tiro, Sidón (15,21) y Magadán (15,39). Por el contrario, su patria, Nazaret, lo rechaza; y de Jerusalén viene el peligro, la oposi­ción (15,1).

c) Jesús aparece en continuo movimiento. Mateo parece sugerir que la actividad misionera es intensa, aunque la mayoría de los episodios se sitúa en torno al lago de Galilea. A pesar del movimiento continuo, la gente cada vez se une más a él. Y Jesús les demuestra su preocupación y afecto de modo cada vez mayor.

d) El tema de los milagros (dynameis) es fundamental; más aún que en los capítulos anteriores. Se convierten en signo de la salvación mesiánica y, al mismo tiempo, de la aceptación o rechazo de Jesús, de la fe o incredulidad.

Jesús alimenta a su comunidad (la multiplicación de los panes)

Cuando los discípulos de Juan le comunican a Jesús la muerte del maestro, Jesús se retira en barca a un sitio apartado. Este detalle es significativo de la postura de Jesús. No va en busca de Herodes a denunciarlo. Huye, para poder seguir cumpliendo su misión.

Le sigue mucha gente de todas los pueblecillos, Jesús siente lástima y cura a los enfermos. Pero lo más importante ocurre al caer la tarde, cuando Jesús multiplica los panes para alimentar a una gran multitud formada por cinco mil varones acompañados de mujeres y niños. ¿Cómo hay que interpretar este episodio?

Problemas de la interpretación puramente histórica

Podríamos entender el relato como el recuerdo de un hecho histórico que demostraría el poder de Jesús y su preocupación, no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales. Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena.

Se trata de una multitud enorme, quizá diez o quince mil personas, si incluimos mujeres y niños. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona.

La propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios supermercados para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por sólo doce camareros (a unas mil personas por cabeza) plantea grandes problemas.

¿Cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para coger nuevos trozos cada vez que se acaban?

¿Por qué no dice nada Mateo del reparto de los peces? ¿Es que éstos no se multiplican?

Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo?

¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta Mateo. ¿Se basa su relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por el evangelista para transmitir una enseñanza?

Problema de la interpretación racionalista y moralizante

En el siglo XIX, por influjo especialmente de la Vida de Jesús de Renan, se difundió la tendencia a interpretar los milagros de forma racionalista, que no supusieran una dificultad para la fe.

En concreto, lo que ocurrió en la multiplicación de los panes fue lo siguiente: Jesús animó a sus discípulos y a la gente a compartir lo que tenían, y así todos terminaron saciados. El relato pretende fomentar la generosidad y la participación de los bienes.

Esta opinión, que sigue apareciendo incluso en libros pretendidamente científicos, inventa algo que el evangelio no cuenta, incluso en contradicción expresa con él, e ignora el mundo en el que fueron redactados los evangelios.

La interpretación simbólica y eucarística

A la comunidad de Mateo este episodio no le resultaría extraño. Con su conocimiento del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos pasajes bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud de hombres, mujeres y niños, en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés.

Hay también otro relato sobre Eliseo que les vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

– Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

– ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

– Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor” (2 Reyes 4,42-44).

Cualquier lector de Mateo podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo en tiempos antiguos.

Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder lo sobrepasa también de forma extraordinaria: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

Sin embargo, aquellos lectores antiguos se preguntarían qué sentido tenía ese relato para ellos. Porque su generación no podía beneficiarse del poder y la misericordia de Jesús para saciar su hambre en momentos de necesidad. Y sabían que otros muchos contemporáneos de Jesús habían pasado hambre sin ser testigos de ningún milagro parecido. En el fondo, la pregunta es: ¿sigue saciando Jesús nuestra hambre, nos sigue ayudando en los momentos de necesidad?

Aquí entra en juego un aspecto esencial del relato: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Es cierto que estos detalles no pueden exagerarse. Por ejemplo, el levantar la vista y pronunciar la bendición antes de la comida era un gesto normal en cualquier familia piadosa. También era normal recoger las sobras.

Sin embargo, Mateo ofrece un detalle importante: omite los peces en el momento de la multiplicación. Algunos autores se niegan a darle valor a este detalle. Pero es interesantísimo. Cuando se come pan y pescado, lo importante es el pescado, no el pan. Carece de sentido omitir la mención del alimento principal. Si se omite, es por una intención premeditada: acentuar la importancia del pan, con su clara referencia a la eucaristía. Porque en ella acontece lo mismo que en la multiplicación de los panes.

Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: «Tomad y comed… tomad y bebed». Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte.

Un cristiano de hoy debería sacar el mismo mensaje de este pasaje: Jesús se compadece de nosotros y manifiesta su poder alimentándonos con su cuerpo y su sangre, mucho más importante que la multiplicación de los panes y los peces.

También podríamos sacar otras enseñanzas: la obligación de preocuparnos por las necesidades materiales de los demás, de poner a disposición de los otros lo poco o mucho que tengamos. Así, los benedictinos alemanes han querido recordar la preocupación de Jesús por los necesitados instituyendo en el sitio donde se recuerda la multiplicación de los panes un centro de atención a niños disminuidos físicos. Pero lo esencial del relato es lo que decíamos anteriormente.


Compartir con los muchos ‘Lázaros’ hambrientos que pueblan el planeta
P. Romeo Ballan, mccj

El proyecto de Dios es claro: ¡que todos tengan vida en abundancia! (Jn 10,10). En las lecturas de hoy se habla de abundancia, de gratuidad. Esta es la salvación que nuestro Dios ofrece generosamente. ¡A todos! El profeta (I lectura) invita a todos a beber agua, vino y leche en abundancia, “sin dinero, sin pagar” (v. 1), promete que comerán y comerán bien. El Salmo responsorial insiste sobre la ternura y bondad del Señor, que es clemente y misericordioso con todos, sacia de favores a todo viviente y está cerca de los que lo invocan con corazón sincero. El apóstol Pablo (II lectura) afirma con entusiasmo que ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Cristo, porque en todo “vencemos fácilmente por Aquel que nos ha amado” (v. 37). Un signo tangible de esa abundancia es la multiplicación de los panes y peces (Evangelio), en la que todos comieron “hasta quedar satisfechos”, y hasta sobró.

Para las primeras comunidades cristianas la multiplicación de los panes fue un acontecimiento extraordinario. Los cuatro evangelistas nos lo narran hasta seis veces. La inicial situación de carencia (es tarde, lugar desértico, falta de comida y de dinero, cantidad de gente…) queda superada por la compasión de Jesús hacia el gentío (v. 14). Él no duda en renunciar incluso al tiempo de luto por la muerte de su amigo y pariente Juan el Bautista (v. 13), activa su poder milagroso y el compartir, a fin de que el alimento llegue a todos, y con abundancia. La primera reacción de Jesús es la compasión, le empatía con la gente: capta su cansancio, la desesperación, los escucha, sana sus enfermos (v.14). Después decide tomar una solución innovadora, ejemplar.

Para resolver el problema de la gente hambrienta, la primera reacción suele ser superficial: ‘vayan a comprarse algo, cada uno se las arregle…’ También los discípulos piensan en dos soluciones: despedirlos o comprar… Jesús se opone a estas dos propuestas. “Jesús no despide a la gente, jamás ha despedido a nadie. Los discípulos hablan de comprar, Jesús habla de dar. Abre una nueva manera de ser: dar sin calcular, dar sin pedir, generosamente, gratuitamente. Cuando mi pan se convierte en nuestro pan, el don es semilla de milagro” (Hermes Ronchi). Jesús involucra a los discípulos y los compromete en la solución del problema: “Denles ustedes de comer” (v. 16). El milagro comienza a partir de lo poco que los discípulos ofrecen: cinco panes y dos peces, que en las manos de Jesús se convierten en muchos, hasta sobreabundar. Comprar se sustituye con compartir. El sistema de comprar crea afortunados y desafortunados: los hay que pueden y otros que no pueden. Según el Evangelio la palabra de orden es: ¡compartir!

Jesús quiere que los discípulos tomen conciencia de ello; que busquen con creatividad y audacia las soluciones posibles. ¡Sin descargar sobre otros y sin retrasos! Solamente en la lógica del compartir es posible superar problemas tan graves como el hambre en el mundo, las enfermedades endémicas… Donde no hay compartir prevalece la lógica de la acumulación, por la cual la mayor multiplicación de bienes acaba en las manos de pocas personas. Donde no hay compartir impera el egoísmo. Son frecuentes los llamados de los Papas a la solidaridad y al compartir, con documentos, en las cumbres de la FAO, de los G8 y en otras ocasiones, levantando la voz contra el escándalo del hambre y en favor de los pobres de la tierra, especialmente de África, continente a menudo postergado y muy necesitado.

Sobre los arenales de Villa El Salvador, en la periferia del sur de Lima (Perú), la mañana del 5 de febrero de 1985, el Santo Papa Juan Pablo II se reunió con un millón de pobres. Durante la liturgia de la Palabra, se proclamó el Evangelio de la multiplicación de los panes y el Papa pronunció su homilía. Al final del encuentro, visiblemente emocionado por el comportamiento humilde y devoto de esa muchedumbre, improvisó una síntesis de su mensaje con estas palabras: “Hambre de Dios, SÍ. Hambre de pan, NO”. Inmediatamente esta síntesis misionera dio la vuelta al mundo y quedó grabada también en el monumento que recuerda, para perpetua memoria, esa visita del Papa. Se trata de una síntesis que explica y sustenta el trabajo misionero: una tarea exigente para fomentar el hambre de Dios y acabar con el hambre de pan.

Las palabras y los gestos de Jesús en la multiplicación de los panes son los mismos de la Última Cena; por tanto, el milagro tiene una evidente referencia a la Eucaristía, sobre todo en cuanto banquete del Pan de vida que se parte y se multiplica para todos. También la misión es pan partido para la vida del mundo. Eucaristía, misión y compartir constituyen un trinomio inseparable. La Eucaristía es el banquete de los pueblos: la misión convoca a todas las gentes para este banquete de la Vida de gracia; y estimula a compartir de manera fraterna y solidaria, para que haya pan sobre la mesa de todos. Nosotros los cristianos, que nos alimentamos con el pan de la Palabra y de la Eucaristía, y a menudo estamos hartos del pan sobre la mesa, estamos fuertemente interpelados para un mayor compromiso con la misión y con la sustentación de los pobres.

La mejor manera de participar en la Eucaristía es hacer de nuestra vida un don, es hacerse pan partido para los demás. Aquel muchacho dio de lo suyo (su comida) y se hizo solidario con todos. La Eucaristía que celebramos se convierte en signo auténtico de un mundo que cambia, cuando mi pan se convierte en pan nuestro. Oremos “que el pan multiplicado por la Providencia sea partido en la caridad” y que nos abramos “al diálogo y al servicio hacia todos” (Oración colecta). ¡Para que todos tengan Vida en abundancia! (Jn 10,10).

XVII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas Ainas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. ¿Han entendido todo esto?”

Ellos le contestaron: “Sí”. Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.

(Mateo 13, 44-52)


Un tesoro escondido
P. Enrique Sánchez G. mccj

Con el texto que nos presenta el evangelio de este domingo, llegamos al final de lo que san Mateo ha definido como la enseñanza en parábolas a los discípulos, a las multitudes que seguían al Señor y a nosotros mismos que hemos tenido la oportunidad de enriquecernos con estas palabras.

Hoy nos encontramos con otras tres parábolas que, por su sencillez, nos permiten abrir el corazón al mensaje del Señor, pues todos hemos soñado alguna vez con descubrir un tesoro que nos cambiaría la vida; siempre nos hemos sentido fascinados con la belleza de las perlas convertidas en joyas preciosas que hacen resaltar la belleza de quien las lleva como adorno en el cuello.

Y, seguramente, nos hemos encontrado, en un momento, a la orilla del mar, contemplando a los pescadores que regresan, después de horas de fatiga en el mar y antes de bajar de sus barcas, separando los peces que realmente vale la pena poner en los canastos.

Jesús utiliza esos tres ejemplos para concluir, de alguna manera, la enseñanza que ha querido transmitir a sus discípulos para que se abrieran a la novedad del Reino de Dios que estaba empezando a manifestarse entre ellos a través de la acción del Señor.

El Reino de Dios, dice Jesús, es como un tesoro escondido, pero que en un cierto momento es descubierto y llena el corazón de alegría. Es algo que responde a los anhelos profundos que cada persona lleva en su interior.

Podríamos decir que es aquello que nos hace soñar y que nos mueve a luchar para encontrar lo que hace que podamos decir que vale la pena estar en este mundo y que hay motivos para esperar algo que nos haga ser verdaderamente felices, pues al final de cuentas eso es para lo que Dios nos ha puesto en esta tierra.

Un tesoro representa en nuestra imaginación algo que tiene un valor tan grande que consideramos que sería suficiente para responder a todo lo que necesitamos. Lo imaginamos como aquello que bastaría para ver satisfechas nuestras urgencias materiales, pero también lo que llenaría nuestros ideales y aspiraciones más profundas o espirituales. Seguramente, todos conocemos muchas historias, algunas ciertas y otras imaginarias, que nos cuentan que han existido personas que lo han dejado todo para ir a la búsqueda de los tesoros escondidos misteriosamente en lo profundo de las montañas o en el fondo de los océanos.

Han existido grandes aventureros y exploradores que no tuvieron miedo de ir a lugares lejanos, fantásticos o misteriosos en búsqueda de una cueva o de un cofre en el fondo del mar en donde se escondía el tesoro que les cambiaría la vida.

Algo parecido nos sugiere Jesús con la parábola del tesoro descubierto y que es vuelto a esconder para no arriesgar que otros lo encuentren mientras se reúne todo lo necesario para poder tomar posesión de él. Este detalle manifiesta una exigencia esencial para poder apoderarse del Reino de Dios.

Jesús nos enseña que para apropiarse el tesoro del Reino es necesario empezar por un desprendimiento que obliga a considerar como lo único valioso e importante lo que hemos encontrado al descubrirlo a él en nuestra vida.

Hay que ir y dejarlo todo, que nada pueda ocupar el lugar que le corresponde al Señor en nuestro corazón, para que él se convierta en lo más valioso, en lo más importante, en lo único a lo que vale la pena sacrificarle nuestra vida entera.

Aquí podría surgir para nosotros una serie de preguntas que vale la pena acoger con humildad, con sencillez y con la disponibilidad suficiente para dejarnos transformar y para empezar a caminar por otros rumbos en donde algunos tesoros que considerábamos importantes y necesarios pierden su valor ante nuestros ojos.

¿Cuáles son mis tesoros en este momento de mi vida? ¿Qué es lo que considero más importante y a lo que me resulta difícil renunciar? ¿Qué es lo que brilla ante mis ojos y me encandila, impidiéndome ver lo que hay en lo más profundo de mi vida? ¿Por qué me siento apegado a alguna cosa, a alguna propiedad, a algo que considero mi riqueza porque me brinda seguridad?

¿Cómo podemos descubrir nuestros tesoros? El evangelio, en algún momento nos da la respuesta diciendo: “ahí en donde esta tu tesoro, ahí está tu corazón”. ¿En dónde sentimos vibrar con mayor intensidad nuestro corazón?

¿Qué me pide el Señor que le entregue para que pueda poseerlo a él, como mi único y gran tesoro? ¿Qué estoy dispuesto a vender de lo que tengo, y no me refiero a cosas materiales, para adquirir el tesoro que realmente puede llenar mi corazón?

La parábola de la perla preciosa, nos habla igualmente de exigencias de desprendimiento, pero con una razón que justifica el sacrificio. Se renuncia a todo para adquirir lo que es más bello, lo más valioso. Y lo más bello y lo más valioso generalmente no tiene un precio, vale más de lo que se paga por ello.

Lo bello vale por lo que significa en el corazón de una persona y no por el precio que se puede pagar.

Una  flor  que  se  ofrece  como  signo  de  cariño  o  de  amor  no  cuesta  una  fortuna,  pero representa algo que no se puede decir con las palabras y que todo el dinero del mundo no bastaría para expresar lo que se siente dentro de nosotros.

La perla preciosa puede hacer que se venda todo lo que se posee porque se ha entendido que aquella perla, y no otra, será la única que podrá satisfacer lo que el corazón esperaba.

El Reino de Dios se presenta igualmente como lo único a lo cual vale la pena sacrificarle todo lo que somos y lo que tenemos, porque en él se esconde lo bello de las promesas que Dios quiere cumplir en cada uno de nosotros, pero que exigen que estemos totalmente dispuestos a acogerlo. Que no haya nada, ni nadie que pueda ocupar el lugar que sólo le corresponde al Señor en nuestras vidas.

Todo esto no quiere decir que estamos condenados a aislarnos de los demás o a considera como obstáculos a quienes Dios a puesto a nuestro lado como sacramentos de su cercanía y de su presencia.

Hacer de Dios el absoluto de nuestra vida significa aprender a ver todo a través de lo que él es en nosotros mismos. Es descubrir su belleza en el hermano a quien estamos llamados a amar con todo el corazón. Es ver su presencia en el mundo en donde nos ha puesto y en la creación que nos ha dado para que hagamos ahí nuestro hogar y nuestra morada.

Es darnos cuenta de que el Reino de Dios lleva consigo una belleza que sólo puede ser entendida, aceptada y vivida por quienes están llenos de la presencia del Señor.

Aquí también valdría la pena preguntarnos ¿qué es lo que considero lo más bello de mi vida? ¿Quiénes se convierten en el rostro bello de Dios que se me manifiesta de manera sorpresiva a cada instante? ¿Quiénes son esa perla preciosa por la que estaría dispuesto a vender todo lo que tengo para quedarme sólo que aquella que se ha ganado mi corazón?

Finalmente, llegamos a la parábola de la red que los pescadores llevan hasta la orilla del mar para separar ahí los peces que vale la pena conservar.

El Reino de Dios implica también una selección y no se trata de ser excluidos del Reino, pues ahí todos tenemos un lugar que ha sido reservado y que el Señor ha preparado para todos.

Aquí sería bello recordar aquella palabra del evangelio que nos dice que “Dios hace salir el sol para los buenos al igual que para los malos” (Mateo 5, 45)

La tarea de los pescadores nos permite entender que, en el trabajo para poder entrar en las caminos que nos conducen al Reino de los cielos, hay un compromiso de discernimiento que nos obliga a hacer las buenas elecciones, a optar por lo que es conveniente, aunque no siempre sea placentero.

Para entrar en el Reino de los cielos, de alguna manera, hay que aceptar una disciplina que nos ayude a tener y desear lo que es bueno para nuestro crecimiento personal y comunitario. Hay que buscar el bien y lo que es bueno.

Saber sacar de nuestras redes lo que no vale la pena es algo sabio que nos permitirá estar siempre atentos a los signos de Dios que pasa en nuestra vida a través de todo lo que nos toca vivir.

Y la vida, al menos hoy en día, muchas veces se presenta como un río revuelto en el cual nos encontramos con todo, pero no por ello tenemos que dejar que nuestro corazón se nutra de lo que no le conviene.

No se trata de asustarnos con el mal que está presente, como ya lo reflexionábamos en la parábola de la cizaña y el trigo, que tienen que crecer juntos; pero si tenemos que aprender a discernir para poder elegir lo bueno, lo noble, lo bello y lo santo que Dios va poniendo a nuestro alcance.

El Reino de los cielos es justamente esa realidad en donde podremos sentirnos cobijados y acompañados por el Señor, en la medida en que hagamos las buenas opciones, que nos sintamos profundamente amados para vivir desprendidos y en libertad y que sepamos dejarlo todo para conseguir aquella perla preciosa que el Señor nos está ofreciendo de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida.

Ojalá que las enseñanzas recibidas, a través de todas estas parábolas que hemos ido meditando a lo largo de estos últimos domingos, nos ayuden a acoger la palabra de Dios como una semilla que nos bendice y que nos impulsa a ir cada día más lejos en nuestro deseos de ser testigos y misioneros del Señor.

Que seamos auténticos constructores de su Reino, aunque tengamos que seguir navegando con todo aquello que se apega a nuestro corazón y nos impide entregarnos totalmente al Señor.

Que Jesús nos fortalezca y nos ayude a vivir con humildad nuestro compromiso misionero anunciando con alegría y generosidad lo bello de su Palabra y que encuentre en nosotros aquellos discípulos, que aún con sus límites y pecados pueden llegar a ser buenos colaboradores en la construcción del Reino.

Finalmente, que el Señor nos conceda encontrarlo en lo más profundo de nuestro corazón como el tesoro que Dios ha escondido para que vivamos en plenitud.

Sigamos siendo discípulos apasionados en la construcción del Reino y que el Señor encuentre en cada uno de nosotros buenos colaboradores suyos.


¿Dónde está tu tesoro?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Este domingo concluimos la lectura del capítulo 13 del Evangelio de Mateo, que contiene el tercer gran discurso de Jesús, en el que el Reino de Dios es presentado mediante siete parábolas. Hoy escuchamos las tres últimas, dirigidas a los apóstoles: el tesoro escondido, el mercader de perlas y la red que recoge toda clase de peces.

Las dos primeras son semejantes y nos hablan de la alegría de quien ha descubierto el Reino. La tercera, en cambio, recuerda la parábola del trigo y la cizaña, que escuchamos el domingo pasado, y trata de la convivencia entre el bien y el mal.

La parábola de la red, como la del trigo y la cizaña, evoca el «fin del mundo», es decir, la conclusión de nuestra vida, como el momento supremo en el que se comprobará su autenticidad y quedará desenmascarada la falsedad de aquellos que «llaman bien al mal y mal al bien, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, lo amargo por dulce y lo dulce por amargo» (Isaías 5,20).

Detengámonos en las dos breves parábolas del tesoro y de la perla.

1. ¿QUIÉNES son los buscadores de tesoros y perlas?

«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo vuelve a esconder; después, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra aquel campo».

Las historias de tesoros siempre resultan fascinantes, tanto hoy como en tiempos de Jesús. En una tierra que con frecuencia era escenario de guerras, era habitual, ante la llegada de un enemigo, esconder las propias riquezas enterrándolas en un campo o bajo el suelo de la casa antes de huir, con la esperanza de poder recuperarlas más tarde. Sin embargo, esto no siempre sucedía.

Pues bien, el pobre jornalero de la parábola es uno de los afortunados que, por una circunstancia inesperada, encuentra la gran oportunidad de su vida y no la deja escapar: lleno de alegría, vende todos sus bienes y compra aquel campo.

«El Reino de los cielos se parece también a un mercader que busca perlas preciosas; al encontrar una perla de gran valor, va, vende todos sus bienes y la compra».

En Oriente, las perlas eran consideradas una de las cosas más valiosas, como lo son para nosotros los diamantes. Eran símbolo de belleza, hasta el punto de que «Peninná», es decir, «Perla», era también un nombre que se daba a las niñas (cf. 1 Samuel 1,2). El mercader de la parábola buscaba estas perlas y, cuando encuentra una de gran valor, tampoco duda en vender todos sus bienes para adquirirla.

Ambos, el pobre campesino y el rico mercader, actúan de la misma manera: encuentran el tesoro o la perla, van, venden todo y compran. Pero, mientras el campesino encuentra el tesoro inesperadamente, el mercader encuentra la perla después de haberla buscado durante mucho tiempo.

Nosotros somos esos buscadores de tesoros y perlas, de riqueza y belleza, de perfección e infinito. Nuestra vida es un campo sembrado de tesoros escondidos bajo nuestros pies, pero el «barro» nos impide verlos. Nuestra vida es un bazar lleno de perlas, a menudo demasiado cubiertas de polvo para que podamos percibir su esplendor. Sin embargo, sucede que lo sacrificamos todo, la vida y el alma, deslumbrados por algo falso, para acabar después con las manos vacías.

2. ¿QUÉ son el tesoro y la perla?

¿Qué representan aquel tesoro y aquella perla? Para Salomón son la Sabiduría (cf. la primera lectura); para el salmista son la Ley, la Torá (cf. el Salmo responsorial 118); para san Pablo son la vocación y el proyecto de Dios para nuestra vida (cf. la segunda lectura). Para Jesús, en cambio, son el Reino. No obstante, podemos reflexionar sobre las dos parábolas ampliando aún más su perspectiva.

El tesoro es, ante todo, Cristo. Por él, los apóstoles lo abandonaron todo, y lo mismo hicieron muchos otros después de ellos. Pablo consideró todo como basura ante la excelencia del conocimiento de Cristo (cf. Filipenses 3,8). Muchos cristianos están dispuestos a dar incluso su propia vida con tal de no perderlo.

Pero también están aquellos que no han descubierto este tesoro en Jesús: como el joven rico, que se marchó triste; como Judas, que lo vendió por treinta monedas; y como tantos cristianos que, al no haberlo encontrado nunca de verdad, lo han cambiado por unas cuantas baratijas.

Sin embargo, también nosotros somos aquel tesoro y aquella perla que Cristo encontró en el campo o en el mercado del mundo. Por eso nos rescató «no con bienes corruptibles, como la plata y el oro, […] sino con la sangre preciosa de Cristo» (1 Pedro 1,18-19).

También son perlas las personas que están a nuestro lado, a menudo ocultas tras sus defectos, su carácter áspero y sus conchas.

3. ¿DÓNDE encontrar el tesoro?

¿Dónde y cómo podemos encontrar el tesoro o la perla? Permitidme que os lo explique mediante un relato jasídico —el jasidismo es un movimiento espiritual judío—: la historia del rabino Eisik, hijo del rabino Jekel, de Cracovia, narrada por Martin Buber, filósofo judío.

«Después de muchos años de dura miseria, que, sin embargo, no había quebrantado su confianza en Dios, el rabino Eisik recibió en sueños la orden de ir a Praga para buscar un tesoro bajo el puente que conducía al palacio real. Cuando el sueño se repitió por tercera vez, Eisik se puso en camino y llegó a Praga a pie.
Sin embargo, el puente estaba vigilado día y noche por centinelas, y él no tuvo el valor de excavar en el lugar indicado. Aun así, regresaba al puente cada mañana y merodeaba por sus alrededores hasta la noche. Finalmente, el capitán de la guardia, que había observado sus idas y venidas, se acercó a él y le preguntó amablemente si había perdido algo o si estaba esperando a alguien. Eisik le contó el sueño que lo había llevado hasta allí desde su lejano país.
El capitán rompió a reír: “¿Y tú, pobre hombre, por hacer caso a un sueño has venido hasta aquí a pie? ¡Ja, ja, ja! ¡Vas listo si te fías de los sueños! Entonces también yo debería haberme puesto en camino para obedecer a un sueño e ir hasta Cracovia, a la casa de un judío, un tal Eisik, hijo de Jekel, para buscar un tesoro debajo de la estufa. Eisik, hijo de Jekel… ¿estás bromeando? ¡Ya me veo entrando y poniendo patas arriba todas las casas de una ciudad en la que la mitad de los judíos se llaman Eisik y la otra mitad Jekel!”. Y volvió a reír. Eisik se despidió de él, regresó a su casa y desenterró el tesoro».

Martin Buber concluye: «Hay algo que no puedes encontrar en ninguna otra parte del mundo; y, sin embargo, existe un lugar donde puedes encontrarlo: allí donde estás, ¡en lo más íntimo de ti mismo!» (El camino del hombre).


Un tesoro sin descubrir
José Antonio Pagola

Se parece a un tesoro escondido.

No todos se entusiasmaban con el proyecto de Jesús. En bastantes surgían no pocas dudas e interrogantes. ¿Era razonable seguirle? ¿No era una locura? Son las preguntas de aquellos galileos y de todos los que se encuentran con Jesús a un nivel un poco profundo.

Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecían indiferentes. Quería sembrar en todos un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto?

Todos entendieron la parábola de aquel labrador pobre que, estando cavando en una tierra que no era suya, encontró un tesoro escondido en un cofre. No se lo pensó dos veces. Era la ocasión de su vida. No la podía desaprovechar. Vendió todo lo que tenía y, lleno de alegría, se hizo con el tesoro.

Lo mismo hizo un rico traficante de perlas cuando descubrió una de valor incalculable. Nunca había visto algo semejante. Vendió todo lo que poseía y se hizo con la perla.

Las palabras de Jesús eran seductoras. ¿Será Dios así?, ¿será esto encontrarse con él?, ¿descubrir un «tesoro» más bello y atractivo, más sólido y verdadero que todo lo que nosotros estamos viviendo y disfrutando?

Jesús estaba comunicando su experiencia de Dios: lo que había transformado por entero su vida. ¿Tendrá razón? ¿Será esto seguirle?, ¿encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar lo que el ser humano está anhelando desde siempre?
En los países del Primer Mundo mucha gente está abandonando la religión sin haber saboreado a Dios. Les entiendo. Yo haría lo mismo. Si uno no ha descubierto un poco la experiencia de Dios que vivía Jesús, la religión es un aburrimiento. No merece la pena.

Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios.


Parábolas para tiempo de crisis
José Luis Sicre

En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:

1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).
2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).
3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)

Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.

¿Vale la pena?

La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los segui­dores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:

a) El protagonista descubre algo de enorme valor.
b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.
c) Compra el objeto deseado.

Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo (el tesoro y la perla)

El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existe). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.

El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante. Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.

Ni bonos basura ni timo de la estampita. No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?

Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importan­te: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrir­lo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábo­las parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?

A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy  bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero convie­ne completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.

Conclusión

Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginati­vo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.

La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.


Jesucristo, tesoro por descubrir, amar y compartir
Romeo Ballan, mccj

Es siempre apasionante la búsqueda de un tesoro escondido; el encanto de una perla preciosa enciende la fantasía… Tesoro y perla (Evangelio), descubiertos de manera gratuita, remiten directamente a la palabra de Jesús: “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). El discurso parabólico de Jesús, que abarca siete parábolas (Mt 13), concluye con las tres parábolas de hoy: el tesoro escondido (v. 44)la perla preciosa (v. 45-46) y la red para pescar (v. 47-48). El tesoro y la perla tienen una conexión ideal con las parábolas (anteriores) del sembrador, del granito de mostaza y de la levadura; mientras que la cizaña y la red tienen una dinámica parecida entre sí.

Las siete imágenes son instrumentos didácticos que Jesús utiliza para introducir a sus discípulos en la comprensión de la realidad misteriosa del Reino de Dios o Reino de los cielos. Las siete llevan a una opción de vida: el discípulo debe optar; la puesta en juego en esta opción es el mismo Jesús, porque Él es la plenitud del Reino. El tesoro es Dios, que se manifiesta en la vida, acciones y palabras de Jesús. El Reino es el proyecto, el sueño de Dios que se manifiesta en la vida de Jesús. Él es la semilla buena, la Palabra que el Padre siembra en el campo del mundo, con capacidad para transformarlo desde dentro, por la fuerza intrínseca del granito de mostaza y de la pizca de levadura. Él es el tesoro escondido y la perla preciosa, que es preciso buscar y preferir a cualquier otro valor, abriéndole camino a Él, solamente a Él, evitando así el riesgo de ser tirados como la cizaña y los peces malos (v. 48).

Con la imagen del tesoro y de la perla, Jesús evoca las tradiciones, fábulas y novelas de muchos pueblos en la búsqueda legendaria de tesoros y de joyas. Mirando el Evangelio y la experiencia cristiana, el Reino de los cielos es multiforme en su realidad y expresiones: para Jesús el Reino de los cielos es ante todo Dios mismo amado, gozado y anunciado; el Reino es la hermosura de la gracia divina, que nos hace semejantes al Hijo (II lectura); es la misión que hay que llevar a los pueblos que aún no conocen a Cristo; es la fidelidad en el amor familiar; es la vocación de consagración; es un proyecto de bien por realizar; es la sabiduría del corazón, que Salomón implora de Dios (I lectura), don más importante que una vida longeva, la riqueza o la victoria sobre los enemigos.

Para Jesús descubrir el “tesoro” es descubrir el sentido de la vida; es descubrir que Él mismo da ese sentidoPor este valor supremo, por Jesucristo, los mártires dieron su vida, los misioneros dejan la familia y la patria, el cristiano renuncia a muchas cosas. ¡Con gozo y determinación! (v. 44). Las parábolas subrayan el momento del descubrimiento del tesoro y de la perla: “llenos de gozo”. Escoger a Jesús y el camino de las Bienaventuranzas quiere decir escoger la ruta que nos hace gustar plenamente la vida. Porque en el encuentro con Jesucristo y su Evangelio “siempre nace y renace la alegría”. Pensar que ser cristiano/a es “un regalo-un tesoro” significa concebir la fe no como una renuncia o una carga de deberes, sino como una energía vital, que transforma la vida en una relación constructiva y gozosa con la naturaleza, con los demás, con Dios. Este es el tesoro que Dios nos ofrece y el sentido verdadero de la vida.

En resumen, podemos decir que el tesoro es Cristo, un don totalmente gratuito; la plenitud del Reino es el mismo Jesucristo, conocido, amado, anunciado. El Papa Pablo VI nos dejó un vivo testimonio de ello en la apasionada homilía misionera del 29 de noviembre de 1970, ante dos millones de personas en el “Quezon Circle” de Manila: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1Cor 9,16). Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Él es el Maestro y Redentor de los hombres. Él es el centro de la historia y del universo. Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza… Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es la luz, la verdad, más aún, ‘el camino, y la verdad, y la vida’ (Jn 14,6). Él es el pan y la fuente de agua viva que satisface nuestra hambre y nuestra sed; Él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano… A todos lo anuncio: Jesucristo es el principio y el fin; el alfa y la omega, el rey del mundo nuevo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; Él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; Él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María. ¡Jesucristo! Recuérdenlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos». (cf. Liturgia de las Horas, II lectura, Dom. XIII T.O.). Hoy también, Jesucristo es el tema principal del anuncio misionero, porque la mayor parte de la familia humana aún no lo conoce. ¡Hace falta un mayor número de testigos y mensajeros!

XVI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que siembra buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó.

Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña. Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’. El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’. Pero él les contestó:

‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero”.

Luego les propuso esta otra parábola: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en un huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”

Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar” Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

Luego despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los ciudadanos del Reino, la cizaña son los partidarios del maligno, el enemigo que la siembra es el diablo, el tiempo de la cosecha es el fin del mundo,

y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

El que tenga oídos, que oiga”.

(Mateo: 13, 24-43)


El trigo y la cizaña
P. Enrique Sánchez G. mccj

En este domingo seguimos leyendo el capítulo 13 del evangelio de san Mateo en el cual Jesús continúa instruyendo a sus discípulos con enseñanzas sencillas, pero profundas que nunca olvidarán.

En esta ocasión escucharemos tres parábolas que se refieren, una vez más, a la siembra de la buena semilla que el Señor pone en el corazón de quienes se disponen a hacer de su corazón tierra buena que acoge la Palabra del Señor y la atesora, para que lo guíe cada día en el caminar de su vida.

En la primera parábola se trata de la siembra de una buena semilla de trigo que el dueño de los campos siembra con generosidad y en buena manera. Seguramente después de haber preparado sus campos correctamente y eso es reconocido por sus trabajadores, quiénes no se explican lo sucedido al ver surgir la cizaña entre el trigo.

En la respuesta del dueño de los campos se deja sentir una convicción que genera serenidad y confianza.

Él confirma que ha sembrado buena semilla, pero, al mismo tiempo reconoce, sin alarmarse, que alguien con malas intenciones ha ido de noche, mientras los trabajadores dormían y ha sembrado la cizaña.

En estas pocas palabras el evangelio nos enseña que no es de extrañarse que aparezca la cizaña, pues es un hecho que todos experimentamos que en la vida de todos los días nos damos cuenta cómo el bien y el mal están presentes. No vivimos en un mundo protegido por una burbuja o en un ambiente de laboratorio en donde es muy difícil que se filtre lo que puede dañar y contaminar lo que es puro, sano o inmaculado.

La vida nos enseña que todos los días estamos obligados a hacer un continuo discernimiento para no dejar que lo que no nos conviene se filtre en lo habitual de nuestra vida y para que no caigamos en la trampa de confundir el mal con el bien, lo sano con lo enfermizo, lo noble y santo con lo que viene del espíritu del maligno.

Sabemos que Dios siempre está trabajando por nuestro bien y está sembrando en nuestros corazones aquello que nos hace crecer y que da sentido y felicidad a nuestras vidas. Pero igualmente el espíritu del mal no descansa y es muy astuto buscando la manera de atraparnos en sus propuestas y seducciones. Muchas veces, con pesar, tenemos que reconocer que nos gana en la batalla.

Pero el Señor en su sabiduría nos ayuda a entender que lo peligroso no es que exista el mal, siempre ha existido y será una realidad que no podremos ignorar o hacernos los desentendidos; lo que importa es que vayamos creciendo en el espíritu de Dios para poder reconocer todo aquello que no viene de él y, en su momento, podamos deshacernos de sus engaños.

Dejar que el trigo y la cizaña crezcan juntos, como propone el dueño del campo que sembró buen trigo, quiere decir que lo importante es que al final sepamos elegir, lo que realmente es bueno en nuestra vida y que nos quedemos con lo que vale la pena.

Quiere decir también que aprendamos a no dejarnos confundir, como muchas veces nos puede suceder, por la debilidad de nuestro espíritu o la fragilidad de nuestra fe.

Es muy fácil que nos dejemos encandilar y seducir por las propuestas que nos vienen del espíritu del mal y seguramente caemos, pero lo importante es saber reaccionar y tener el valor de optar siempre por el bien, por lo noble y lo bueno que Dios pone en nuestro camino.

Siempre será conveniente, para crecer en el camino del bien, preguntarnos ¿Cuáles son las cizañas que van creciendo en mi vida? ¿Cuáles son las tentaciones que me provocan y tratan de seducirme cada día? ¿Soy capaz de llamar por su nombre al mal que muchas veces trata de gobernar mi vida? ¿Me preocupo por desenmascarar aquello que es mal en mi modo de ser y que trato de hacerlo pasar por bien, justificando mis maneras de actuar, de sentir y de relacionarme con los demás?

La segunda parábola nos ayuda a entender que el mal muchas veces nos puede parecer más imponente, más hábil para ganarse nuestro corazón. Nos puede parecer que ante el mal no tenemos muchas armas con qué defendernos y que al final siempre saldrá vencedor. Eso, muchas veces lo confirmamos diciendo que basta ver un poco lo que sucede en nuestro mundo. En ese mundo en donde los malvados parecen llevar la delantera e imponer sus puntos de vista.

Muchas veces decimos que no vale la pena esforzarse en hacer el bien y en llevar una vida recta, pues al final a quienes les va bien es a los malvados, a los que siembran la violencia y a los que viven haciendo sufrir a los demás. Pero eso no es verdad.

Los cristianos tenemos la experiencia de saber que el bien no hace ruido y que, a su tiempo, demuestra ser quien tiene la última palabra, quien acaba por convencer y que tiene la razón.

Y, ahí la segunda parábola que nos habla de la pequeña semilla de mostaza nos muestra con mucha sencillez y elocuencia su verdad. Esa pequeña semilla, la más pequeña de todas las semillas, parecería que no tiene un gran valor. No aparece con poder y pasa casi por ser ignorada.

Sin embargo, como dice el Señor es una semilla que se convierte en algo grande, en un árbol capaz de dar acogida a los pájaros. Es decir es una semilla que se transforma en espacio de bienestar, de protección y de cuidado para quien tiene necesidad. En otras palabras, es una semilla que genera lo bueno que lleva dentro de ella y se convierte en refugio de quienes tienen necesidad.

Ese es el secreto de lo bueno que existe en Dios y que al llamarnos a la vida ha puesto en lo más profundo de nosotros. Hemos sido creados para hacer el bien y nuestra felicidad más grande será siempre ver que por nuestro ser y por nuestro quehacer podemos hacer que otros encuentren la felicidad en sus vidas.

No habrá jamás mayor felicidad en nuestro corazón que la felicidad que logremos producir en la vida de los demás.

Ese pequeño gesto de bondad, de cordialidad, de paciencia, de respeto, de amor que podamos dejar en el corazón de los demás será siempre como esa pequeña semilla de mostaza, que aparentemente no sirve para nada, pero que sembrada con generosidad y alegría será capaz de crear un mundo nuevo, será lo que nos ayude a descubrirnos cada día más hermanos y destinados a crear una humanidad en donde la fraternidad y el respeto, en donde la justicia y la solidaridad dejarán de ser ideales lejanos para convertirse en realidad. Y será siempre eso pequeño, a lo cual tal vez no le damos demasiada importancia, lo que puede hacer de nosotros personas únicas, personas buenas, personas amables, personas con las que da gusto estar.

Finalmente, la tercera parábola nos habla de la pequeña cantidad de levadura capaz de fermentar toda la masa. Esa pequeña cantidad de levadura que tiene por vocación perderse entre la harina que se trabaja con esfuerzo y con cariño al mismo tiempo.

Esa levadura es la que permite que al final se logre un pan sabroso, nutritivo; un pan que da gusto compartir con los demás en la mesa que nos une en familia. El pan que se convierte no sólo en alimento que nutre, sino en motivo de comunión, de acción de gracias por tenernos los unos a los otros, se convierte en Eucaristía, presencia del Señor que nos llena de vida.

Pues bien, ese pequeño trozo de levadura, tan eficaz y tan necesario, acepta perderse, desaparecer en medio de la masa para cumplir con su función. Renuncia a sí mismo, al punto que el pan no tendrá un sabor a levadura, pero no será pan sin que ella esté presente. Esa levadura nos recuerda que las cosas grandes que Dios quiere realizar siempre en nosotros y a través de nosotros, pasan a través de lo pequeño, de lo insignificante, aparentemente, y nos pide que aprendamos a perdernos a nosotros mismos, que no tengamos miedo a renunciar a lo que consideramos como algo que nos pertenece y que sin ello desapareceríamos.

Las grandes cosas de Dios en nuestra vida se convierten en milagros cuando empezamos a entender que de lo pequeño que somos, de lo inadecuados que nos podemos reconocer, de lo pecadores que seguramente nos sentimos, que de lo poco que podemos significar a los ojos de los los demás; justamente de ahí, es de donde Dios empieza a hacer cosas grandes, porque en su modo de actuar, es en lo insignificante, en lo despreciable de este mundo, en el pecado que cargamos cada uno, ahí es en donde se manifiesta su grandeza y su poder.

El puñadito de levadura que podemos ser cada uno de nosotros, cuando aceptamos entrar en la refriega del mundo y lo aportamos como lo mejor que hemos recibido del Señor, sorpresivamente se convierte en algo que nos transforma y que transforma el mundo.

Nuestros pequeños gestos de bondad, de perdón, de paciencia, de resistencia en la adversidad, de comprensión y de aceptación de la diversidad que nos rodea. Todos esos pequeños detalles de misericordia hacia los demás y con nosotros mismos, reconociendo

con humildad que no hemos sido siempre aquello que Dios había soñado para nosotros, eso es lo que acabará por cambiar el mundo.

Esa pequeña levadura que haremos que se pierda en la masa de los grandes conflictos de nuestro mundo que genera cada día tanto dolor y sufrimiento, que nos hace creer que la guerra es lo normal y aceptable, que pretende vendernos la idea de que la miseria que acompaña a tantos hermanos nuestros es un destino desafortunado que les ha tocado vivir; esa levadura será la que nos permitirá ver cómo el mundo cambia en la medida en que cambiamos en lo pequeño y en lo inmediato de nuestras vidas, haciéndonos personas capaces de generar esperanza, confianza, optimismo, caridad, amor y fe a nuestro alrededor.

Pidamos al Señor que nos ayude a no espantarnos al descubrir la maldad como cizaña también presente en nosotros, pero que nos haga entender que estamos bajo su cuidado y protección y que el mal no prevalecerá en aquellos que tienen puesta su confianza en él.

Que seamos capaces de aceptar que somos pequeñas semillas de mostaza, a lo mejor insignificantes a los ojos de nuestro mundo, pero destinadas a dar frutos de bondad que cambiarán aquellos espacios en donde nos toca estar presentes hoy como cristianos.

Roguemos para que esa levadura que llevamos en nosotros, como gracia otorgada por el Señor, nos haga ser presencia discreta de su amor entre todos nuestros hermanos y que nos dé la valentía de llevarlo a todos los rincones del mundo, en donde nuestra presencia como testigos y misioneros suyos se convierta en levadura que convierta la masa de nuestro mundo en pan, en cuerpo del Señor, que se comparte para ser alegría en el corazón de todos los que peregrinamos por este mundo.

Que la cizaña no logre ahogar el buen trigo que ha sido sembrado en nuestros corazones.


¡Tres parábolas escandalosas!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

«El Reino de los cielos se parece a…». Después de la parábola del sembrador, que escuchamos el domingo pasado, el Evangelio de hoy nos propone otras tres parábolas que revelan el misterio de la presencia del Reino de los cielos en medio de nosotros. Nos encontramos en el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo, en el llamado «discurso de las parábolas».

Jesús continúa hablando mediante la sabiduría de las parábolas, accesible a todos, porque el Reino de Dios no es una realidad abstracta, encerrada en conceptos filosóficos o en formulaciones teológicas, sino una realidad viva y cercana a todos aquellos que tienen «ojos para ver» y «oídos para escuchar».

1. La parábola del trigo y la cizaña: ¡el escándalo del mal!

¡Un campo, la siembra del buen trigo y la desagradable sorpresa de la cizaña! La cizaña es una planta muy parecida al trigo, pero sus granos oscuros son tóxicos y pueden producir efectos narcóticos. El texto habla de «cizañas», en plural, como para recordarnos cuán numerosas son las formas en las que el mal se manifiesta en el campo del mundo.

También nosotros conocemos bien esta amarga sorpresa: en la realidad del mundo, de la Iglesia, de la familia y de nuestra propia existencia.

Nuestra primera reacción es interrogar al dueño: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde viene entonces la cizaña?». La siembra, en efecto, era responsabilidad del dueño de la casa. ¿No eres tú, Señor, el Creador de un mundo bello y bueno? ¿De dónde viene, entonces, el mal? Dios es casi siempre el primer acusado en nuestras quejas.

Nuestra segunda reacción es inmediata: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». ¡Deseamos un campo limpio de toda mala hierba! Pero la respuesta del dueño es desconcertante: «No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega».

Pero ¿cómo es posible? ¿No afirma el profeta: «Todo tu pueblo estará formado por justos» (Isaías 60,21)? ¿No había dicho Juan el Bautista que el hacha ya estaba puesta a la raíz de los árboles y que el Mesías vendría a bautizar con fuego, a recoger el trigo y a quemar la paja en un fuego que no se apaga (cf. Mateo 3,10-12)?

Los apóstoles piden explicaciones sobre la parábola, quizá no porque no la hayan comprendido, sino porque les cuesta aceptarla. ¡Y también a nosotros nos cuesta!

Nuestro sueño, en cierto sentido, es el del profeta Elías y el de Juan el Bautista: reducir inmediatamente a cenizas la cizaña y la paja. Pero, como recuerda san Agustín, solo Dios conoce verdaderamente a quienes le pertenecen. En efecto, el bien y el mal no conviven únicamente en el mundo: también atraviesan el corazón de cada uno de nosotros. Arrancar precipitadamente el mal podría significar herir o destruir también el bien que está creciendo.

Nunca han faltado «zelotes» en la historia de la Iglesia. ¡Cuántas condenas, pronunciadas sin discernimiento, han acabado por meter a todos en el mismo saco, provocando consecuencias dramáticas! Por eso Dios se reserva para sí el papel de juez. El juicio de Dios busca justificar y salvar; el nuestro, con demasiada frecuencia, condena y mata.

2. La parábola del grano de mostaza: ¡el escándalo de la pequeñez!

Inmediatamente después, Jesús añade otra parábola: «El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza […] la más pequeña de todas las semillas, pero, cuando crece, es mayor que las demás plantas del huerto y se convierte en un árbol».

La mostaza negra de Palestina, de la que se obtiene un condimento muy sabroso, puede crecer hasta convertirse en un gran arbusto y alcanzar incluso tres o cuatro metros de altura, especialmente en la región del lago de Tiberíades. Mediante el contraste entre «la más pequeña de todas las semillas» y «la mayor de las plantas del huerto», Jesús quiere subrayar el sorprendente desarrollo del Reino de Dios.

Sin embargo, hay algo insólito en esta comparación. La mostaza es una planta resistente, casi invasora: sus diminutas semillas se esparcen fácilmente y llegan a todas partes. Además, en la Biblia, la mostaza aparece únicamente en las palabras de Jesús, en esta parábola y en la enseñanza sobre la fe capaz de trasladar montañas (cf. Mateo 17,20).

Quizá Jesús aluda también a la profecía de Ezequiel 17,22-23, en la que Dios toma un pequeño brote de la copa de un cedro y lo planta en una montaña elevada de Israel. Este se convierte en un cedro magnífico, bajo cuyas ramas vienen a habitar todas las aves, símbolo de los pueblos de la tierra.

Pero la pequeñez del grano de mostaza no podía satisfacer las expectativas de los oyentes de Jesús, que esperaban un reino mesiánico visible, poderoso e imponente. Esta pequeñez también nos escandaliza a nosotros, que desearíamos señales más evidentes y extraordinarias de la presencia de Dios.

3. La parábola de la levadura: ¡el escándalo de la humildad!

«Les dijo otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada”».

Tres medidas de harina equivalen aproximadamente a cuarenta kilos: una cantidad enorme, capaz de alimentar a muchísimas personas. Sin embargo, toda aquella masa es fermentada por una pequeña cantidad de levadura, que actúa silenciosamente y desaparece dentro de la masa.

El Reino, escondido en la historia, está haciendo fermentar el mundo. Es una presencia discreta, humilde, delicada y misteriosa, que contrasta con nuestra búsqueda de visibilidad, con el deseo de ser reconocidos y de tener importancia en el espacio público.

El Reino, por el contrario, no hace ruido.

¡Así es Dios! ¡Así es el amor!

Para nuestra reflexión semanal

Intentemos ahora aplicar estas parábolas a nuestra vida.

La parábola de la cizaña nos advierte contra la tentación de pretender una comunidad formada exclusivamente por personas perfectas. Esta tentación puede manifestarse en nuestra intolerancia hacia quienes se equivocan, pero también en nuestro perfeccionismo, incapaz de aceptar nuestros límites personales.

¿Creo en Dios Padre, paciente y misericordioso con todos?

La parábola del grano de mostaza nos advierte contra la tentación de la grandeza. En nuestro imaginario, Dios es ante todo el Todopoderoso; sin embargo, en Jesús se hizo frágil como nosotros.

¿Creo en Jesús, que se hizo pequeño y eligió medios humildes para instaurar el Reino?

La parábola de la levadura nos advierte contra la tentación de la ostentación y del protagonismo. Nos invita a actuar con humildad y discreción.

¿Creo en la acción del Espíritu, que discretamente está haciendo fermentar la masa del mundo?


La paciencia de Dios
Papa Francisco

La página evangélica de hoy propone tres parábolas con las cuales Jesús habla a las masas del Reino de Dios. Me detengo en la primera: la del grano bueno y la cizaña, que ilustra el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios (cf. Mateo 13, 24-30. 36-43). ¡Cuánta paciencia tiene Dios! También cada uno de nosotros puede decir esto: «¡Cuánta paciencia tiene Dios conmigo!». La narración se desarrolla en un campo con dos protagonistas opuestos.

Por una parte el dueño del campo que representa a Dios y esparce la semilla buena; por otra el enemigo que representa a Satanás y esparce la hierba mala. Con el pasar del tiempo, en medio del grano crece también la cizaña y ante este hecho el dueño y sus siervos tienen actitudes distintas. Los siervos querrían intervenir arrancando la cizaña; pero el dueño, que está preocupado sobre todo por salvar el grano, se opone diciendo: «no, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo» (v. 29). Con esta imagen, Jesús nos dice que en este mundo el bien y el mal están tan entrelazados, que es imposible separarlos y extirpar todo el mal. Solo Dios puede hacer esto, y lo hará en el juicio final. Con sus ambigüedades y su carácter complejo, la situación presente es el campo de la libertad, el campo de la libertad de los cristianos, en el cual se cumple el difícil ejercicio del discernimiento entre el bien y el mal. Y en este campo se trata entonces de combinar, con gran confianza en Dios y en su providencia, dos actitudes aparentemente contradictorias: la decisión y la paciencia. La decisión es la de querer ser buen grano —todos lo queremos—, con todas nuestras fuerzas, y entonces alejarse del maligno y de sus seducciones. La paciencia significa preferir una Iglesia que es levadura en la pasta, que no teme ensuciarse las manos lavando las ropas de sus hijos, antes que una Iglesia de «puros», que pretende juzgar antes del tiempo quién está en el Reino y quién no.

El Señor, que es la Sabiduría encarnada, hoy nos ayuda a comprender que el bien y el mal no se pueden identificar con territorios definidos o determinados grupos humanos: «Estos son los buenos, estos son los malos». Él nos dice que la línea de frontera entre el bien y el mal pasa por el corazón de cada persona, pasa por el corazón de cada uno de nosotros, es decir: todos somos pecadores. Me gustaría preguntaros: «quien no es pecador levante la mano». ¡Nadie! Porque todos lo somos, todos somos pecadores. Jesucristo, con su muerte en la cruz y su resurrección, nos ha liberado de la esclavitud del pecado y nos da la gracia de caminar en una vida nueva; pero con el Bautismo nos ha dado también la Confesión, porque siempre necesitamos ser perdonados por nuestros pecados. Mirar siempre y solamente el mal que está fuera de nosotros, significa no querer reconocer el pecado que está también en nosotros.

Y luego Jesús nos enseña un modo diverso de mirar el campo del mundo, de observar la realidad. Estamos llamados a aprender los tiempos de Dios —que no son nuestros tiempos— y también la «mirada» de Dios: gracias al influjo benéfico de una trepidante espera, lo que era cizaña o parecía cizaña, puede convertirse en un producto bueno. Es la realidad de la conversión. ¡Es la perspectiva de la esperanza!

La Virgen María nos ayude a percibir en la realidad que nos rodea no solo la suciedad y el mal, sino también el bien y lo bonito; a desenmascarar la obra de Satanás, pero sobre todo a confiar en la acción de Dios que fecunda la historia.

Angelus 23/07/2017


Dios conoce a los suyos
José Antonio Pagola

Dejadlos crecer juntos.

Vivimos en una sociedad caracterizada por lo que algunos autores llaman «la diseminación religiosa». Podemos encontramos con creyentes piadosos y con ateos convencidos, con personas indiferentes a lo religioso y con adeptos a nuevas religiones y movimientos, con gente que cree vagamente en «algo» y con individuos que se han hecho una «religión a la carta» para su uso particular, con personas que no saben si creen o no creen y con personas que desean creer y no saben cómo hacerlo.

Sin embargo, aunque vivimos juntos y mezclados, y nos encontramos diariamente en el trabajo, el descanso y la convivencia, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que realmente piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. A veces ni las parejas conocen el mundo interior del otro. Cada uno lleva en su corazón cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos.

Entre nosotros se llama «increyentes» a los que han abandonado la fe religiosa. No parece un término muy adecuado. Es cierto que estas personas han abandonado «algo» que un día vivieron, pero su vida no se asienta en ese rechazo o abandono. Son personas que viven de otras convicciones, difíciles a veces de formular, pero que a ellas les ayudan a vivir, luchar, sufrir y hasta morir con un determinado sentido. En el fondo de cada vida hay unas convicciones, compromisos y fidelidades que dan consistencia a la persona.

No es fácil saber cómo Dios se abre hoy camino en la conciencia de cada uno. La «parábola del trigo y la cizaña» nos invita a no precipitarnos. No nos toca a nosotros identificar a cada individuo. Menos aún excluir y excomulgar a quienes no se identifican en el «ideal de cristiano» que nosotros nos fabricamos desde nuestra manera de entender el cristianismo y que, probablemente, no es tan perfecta como nosotros pensamos.

«Sólo Dios conoce a los suyos» decía san Agustín. Sólo él sabe quién vive con el corazón abierto a su Misterio, quién responde a su deseo profundo de paz, amor y solidaridad entre los hombres. Los que nos llamamos «cristianos» hemos de estar atentos a los que se sitúan fuera de la fe religiosa, pues Dios está también vivo y operante en sus corazones. Descubriremos que hay en ellos mucho de bueno, noble y sincero. Descubriremos, sobre todo, que Dios puede ser buscado siempre por todos.


Se parece a…
María Dolores López Guzmán

Las “cosas de Dios” nos parece que deben ser tan elevadas que cuando alguien las explica de manera asequible apenas nos las creemos y solemos “pedir una explicación”. Esto también les sucedió a los discípulos incluso con el Señor; por eso, cuando Jesús les hablaba en parábolas, le pedían que les aclarara lo que les había contado. La simplicidad cuesta mucho. Demasiado. Asociamos la complejidad a Dios, cuando es todo lo contrario. Por eso a los seguidores del Maestro les resultaba asombroso que no necesitaran ser doctos y “entendidos” en la materia para comprender un mínimo del estilo con el que el Señor había planteado su forma de implementar el Reino.

Que el mismo Jesús utilizara imágenes de la cotidianeidad para hacernos ver cómo es el reino de los cielos es maravilloso. Con ello quiere decir que la Creación es tan rica y significativa que tiene capacidad para remitir a lo divino; transmite así, que lo natural, lo común, encierra verdades hondas. Además, de este modo el mensaje resulta accesible a la mayoría; y entre todos, no solo podemos hacernos una idea, de verdad, de cómo está funcionando ya el Reino, sino saber dónde buscarlo y dónde mirar para encontrarlo.

Tres comparaciones propone el Señor en el evangelio de hoy:

En la primera identifica el Reino con su persona –se parece a un hombre que sembró buena semilla–. Y explica que la semilla son ya los ciudadanos de ese reino, es decir, los que viven con Él y en Él. Pero junto al trigo crece la cizaña. Una compañía nada agradable que a veces ahoga al mejor de los frutos. Una imagen de las mezclas tan potentes que se dan en la vida. Sin embargo, solo a Dios le corresponde recoger la cosecha y separarlos. Porque Él siempre estará atento para que no se pierda ningún tallo, ramita, u hojarasca, por pequeña que sea, que contenga algo aprovechable y salvable. Recolectar así es laborioso, pero se gana mucho (y sobre todo, ganamos todos).

En la segunda, el Reino es como un minúsculo grano de mostaza, de un tamaño parecido a la punta de un alfiler, que la persona siembra en su huerto. El Señor se hace semilla; y no entra en nuestra vida como un huracán, sino como una brisa suave; tampoco como una tormenta, sino como una suave lluvia. Apenas se percibe su presencia, pero va penetrando y haciendo su obra.

En la tercera, compara el Reino de los cielos con la levadura. Un ingrediente muy apreciado por los cocineros pues hace crecer de forma asombrosa la harina que utilizamos para elaborar, por ejemplo, lo bizcochos y el pan. Lo curioso es que con una medida casi ridícula es suficiente para que salgan unas raciones generosas. No hay proporción entre cada uno de los ingredientes. Con un poco de levadura bien repartida la masa “se crece”.

Tres parábolas que nos ayudan a grabarnos a fuego algunas ideas importantes: que el Reino no es otro que Jesús, su persona, pero que en esta vida está amenazado; que no nos corresponde a nosotros cosechar (siempre nos llevaríamos a alguien por delante); y que su apariencia es pequeña y penetra en la realidad de una forma apenas perceptible, en lo oculto, entremezclado con la realidad, y allí, dentro, queda activo y activado, creciendo a su ritmo de una manera misteriosa.


El trigo, al final, vencerá a la cizaña
Romeo Ballan, mccj

¡Está prohibido poner barreras y crear separaciones entre buenos y malos, entre santos y malvados! ¿Por qué existe el mal en el mundo? ¿De dónde viene la cizaña? Nos lo explica Jesús. En las tres parábolas del Evangelio (cizaña, grano de mostaza y levadura) afloran las enseñanzas de la parábola del sembrador (cfr. domingo XV): la insignificante pequeñez de la semilla en comparación con sus potencialidades internas; el dueño que siembra buena semilla en su campo, mientras que el enemigo siembra allí la cizaña; la vengativa impaciencia de los criados y la tolerante paciencia del dueño… (v. 25.28-29). Al final, en el tiempo de la cosecha y la siega, llega el momento del balance definitivo: se evalúan los resultados, con el consiguiente premio o castigo (v. 30). Nuevamente, Jesús mismo nos da la clave para interpretar su parábola, que se aplica a la vida de cada uno (todos somos un poco buenos y un poco menos), a la vida y a la historia de la Iglesia, la cual está llamada a vivir inmersa en un mundo de violencias y de injusticias, pero siempre animada por la esperanza y la paciencia de Dios. En cada tiempo y lugar, la Iglesia misionera “debe continuar su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (S. Agustín, De civitate Dei).

El santo Papa Karol Wojtyla, en uno de sus libros, nos ha dejado un comentario autorizado sobre el mysterium iniquitatis que azota el mundo y la historia, y sobre la coexistencia del bien y del mal, haciendo una referencia explícita a la parábola de hoy: “La manera como el mal crece y se desarrolla sobre el terreno sano del bien constituye un misterio. Misterio es también esa parte de bien que el mal no ha logrado destruir y que se propaga, a pesar del mal, avanzando incluso sobre el mismo terreno. Es inmediata la alusión a la parábola evangélica del trigo y de la cizaña… En efecto, esta parábola puede considerarse como una clave de toda la historia del hombre. En distintas épocas y en diferente medida, el trigo crece junto a la cizaña y la cizaña junto al trigoLa historia de la humanidad es el teatro de la coexistencia del bien y del mal. Esto significa que, si el mal existe al lado del bien, el bien, sin embargo, persevera al lado del mal y crece, por así decirlo, sobre el mismo terreno, que es la naturaleza humana” (cfr. Memoria e Identidad, p. 14).

La aplicación de este mensaje al mundo misionero es inmediata. Ante el mal que avanza o la cerrazón y maldad de muchas personas, a menudo el misionero y el educador se ven tentados a jugar el papel de los siervos de la parábola, que quieren arrancar en seguida la cizaña (v. 28). A menudo ostentan el cuchillo del ‘celo’ para aplicar el aut-aut (o-o). Jesús, el divino sembrador del buen grano, invita a tener más paciencia y misericordia, concede tiempo para la maduración, respetando los tiempos de Dios, el único juez que sabe lo que hay en el corazón humano.

Aun teniendo la fuerza incontenible del Evangelio (v. 31-32), la misión comienza siempre en situaciones de pequeñez y de fragilidad de cara a la fuerza poderosa del maligno. El misionero es, ciertamente, portador de una levadura capaz de renovar el mundo desde dentro (v. 33), pero actúa en los tiempos largos de la paciencia, de la escasa relevancia, de la derrota momentánea y de la tolerancia. Ya lo había prefigurado el libro de la Sabiduría (I lectura): oh Dios, “tu soberanía universal te hace perdonar a todos” (v. 16). Mientras los poderosos de la tierra a menudo se exceden y abusan del poder, Dios es siempre “poderoso soberano”, juzga con mansedumbre, nos gobierna “con gran indulgencia” (v. 18). El Dios cristiano manifiesta su omnipotencia sobre todo perdonando y usando misericordia. En efecto, Él otorga a sus hijos la “dulce esperanza” de que, tras el pecado, da “lugar al arrepentimiento”. Este es el estilo de Jesús, que el discípulo y el misionero asumen como programa de vida y de acción.

El corazón humano es un campo de buen grano mezclado con cizaña, bajo la presión del maligno y los embates de la intolerancia. Necesitamos que el Espíritu (II lectura) venga en ayuda de nuestra debilidad (v. 26), nos sostenga en el tiempo de la coexistencia del bien y del mal, aliente nuestra esperanza y nos eduque según el corazón misericordioso de Dios (v. 27).