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Sagrado Corazón de Jesús

Mensaje del Consejo General de los Combonianos
para la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Queridos hermanos: La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a volver a la fuente de nuestra vocación y de nuestra misión. Al contemplar el Corazón traspasado del Buen Pastor, reconocemos el amor sin medida de Dios por la humanidad: un amor que se hace cercanía, compasión, misericordia y entrega total de sí mismo.

El Corazón de Jesús no es solamente un símbolo de nuestra fe; es el lugar donde aprendemos a conocer la manera de amar de Dios y el criterio con el que discernimos nuestra vida misionera. En él descubrimos un amor que no excluye a nadie, que se deja herir por el sufrimiento del mundo y que continúa buscando a quienes están perdidos, olvidados o descartados.

San Daniel Comboni encontró en el Corazón de Cristo el secreto de su pasión misionera. De aquella contemplación nació su amor por los pueblos más abandonados y su capacidad de compartir su historia hasta sentirlos verdaderamente como hermanos. También para nosotros, “hijos” de tan gran Apóstol de África, la misión encuentra su origen y su renovación en dejarnos modelar por el Corazón de Jesús, para que nuestra mirada, nuestras decisiones y nuestras relaciones reflejen cada vez más sus mismos sentimientos.

El Papa Francisco nos recordó que «el Corazón de Cristo, que simboliza su centro personal del que brota su amor por nosotros, es el núcleo vivo del primer anuncio» (Dilexit Nos, 32). Solo permaneciendo unidos a este centro podremos evitar que la misión se reduzca a eficiencia, organización o simple actividad. Antes que trabajadores, somos discípulos; antes de hablar de Cristo, estamos llamados a dejarnos transformar por su amor.

Vivimos en un mundo marcado por profundas heridas. Guerras, violencias, desigualdades, migraciones forzadas, pobrezas antiguas y nuevas siguen afectando a millones de personas. Muchos hombres y mujeres buscan esperanza, escucha y dignidad; muchos jóvenes buscan un futuro; numerosas comunidades viven situaciones de fragilidad e incertidumbre. Frente a estas realidades, la tentación de la indiferencia o de la resignación está siempre al acecho.

El Corazón de Cristo, en cambio, nos llama a una cercanía valiente. Nos invita a no pasar de largo, a no encerrarnos en nuestras seguridades, sino a compartir la vida de los pueblos a los que somos enviados. La misión nace precisamente de este movimiento del corazón: salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro, reconociéndolo como hermano o hermana amada por Dios. Dando prioridad a los últimos, a los más marginados y a los más pobres, hasta desear, como decía Daniel Comboni, «estrechar entre los brazos y dar el beso de paz y de amor a aquellos infelices hermanos nuestros» (Escritos, 2742). Sí, como combonianos, estamos llamados a ser signo de este amor que acoge y reconcilia, que crea fraternidad y genera esperanza en las periferias del mundo.

Nuestra presencia en las diversas Iglesias y entre los distintos pueblos del mundo adquiere credibilidad cuando se convierte en testimonio de comunión, especialmente en nuestras comunidades internacionales e interculturales. La diversidad de nuestros orígenes no es un obstáculo para la misión, sino uno de sus signos más elocuentes: el Evangelio es capaz de unir aquello que el mundo tantas veces divide.

En esta fiesta, pidamos, pues, la gracia de un “corazón misionero”, capaz de compasión, escucha y cercanía; un corazón libre de toda forma de cerrazón y dispuesto a dejarse interpelar por los sufrimientos de los más pobres y abandonados; un corazón que sepa reconocer la presencia de Dios en las periferias humanas y existenciales de nuestro tiempo.

Confiamos al Sagrado Corazón de Jesús nuestro Instituto, las comunidades en las que vivimos, los pueblos a los que servimos y a todos aquellos que llevamos en la oración y en el trabajo cotidiano. Que este Corazón renueve en nosotros la alegría del Evangelio, reavive el fuego de la misión y nos haga testigos creíbles de su amor en el mundo.

Con afecto fraterno, les deseamos una santa y gozosa Fiesta.

El Consejo General MCCJ


“Dios es amor, y el que permanece en el amor
permanece en Dios y Dios en él”.
P. Enrique Sánchez, mccj

Dios es amor y la manera más sencilla de hacer la experiencia de esta buena noticia es fijar nuestra mirada en el Corazón de Jesús. Un corazón que nos recuerda que ahí se concentra todo lo que podemos decir y experimentar cuando pronunciamos la palabra “Dios”.

Hablar del corazón de Jesús es descubrirnos amados, deseados y elegidos por el Señor como lo mejor que puede ocupar su corazón. Porque nos amó nos llamó y es en su amor que encontramos el sentido último de nuestras vidas, de nuestro ser y de nuestro quehacer, de nuestra vocación y misión en este mundo.

El amor que contemplamos en el Corazón de Jesús no se pierde en palabras y no se esfuma en los discursos que podríamos hacer sobre él. Es amor que se compromete y se realiza ante nosotros a cada paso que vamos dando en nuestro peregrinar por este mundo.

Lejos de ser sentimiento o simple expresión afectiva, el amor de Cristo, manifestado en el corazón que se ofrece, que se presenta como provocación, que atrae y seduce; ese amor es entrega que se sacrifica como ofrenda sobre la cruz. Es sangre que, como vehículo de vida, se derrama para que todos tengamos vida, es amor que llena los corazones sedientos de Dios.

El amor de Dios podría ser muy bien contemplado como “Sagrado Corazón, Corazón divino, Corazón sublime expresión de Dios”, pero no. El amor de Dios se revela como Corazón de Jesús, corazón del Hijo que impide hacer poesía o transformarlo en ilusiones pasajeras.

El Corazón de Jesús nos habla de un amor que se presenta principalmente a través de las experiencia de la compasión y de la misericordia. Es un amor que no pasa indiferente ante las necesidades tan humanas que gritan desde el sufrimiento y el dolor, desde la soledad y el abandono, desde la indiferencia y la exclusión.

El amor de Dios manifestado en Jesucristo, en su Sagrado Corazón, es amor que pasa por la compasión, que ve a los demás con la pasión del corazón que no existe más que para amar. Es el amor que sufre ante el dolor de quien ya no puede con la vida, es el amor que responde a quien grita desde la miseria de su pecado con la esperanza de ser rescatado y redimido. Es el amor que padece con quien se ha equivocado y ha cometido errores en la vida; pero que siente que en aquel Corazón que tanto ha amado puede encontrar una segunda oportunidad para poder seguir amando, pero sintiéndose sostenido por quien primero lo ha amado.

El Corazón de Jesús habla de compasión que hace sentir cómo Dios se inclina, se arrodilla, se abaja para ponerse al nivel de quien ha perdido las fuerzas y que la miseria ha intentado arrebatarle el aliento para seguir esperando.

Es amor que acaba con el temor y con el miedo, que devuelve la confianza y que dibuja horizontes nuevos de esperanza. Porque en el amor de Dios nada está perdido y todo vuelve a ser posible.

Porque Dios no cambia, es siempre el mismo, es amor que se hace eterno y que no se queda atorado ante las miserias que en algún momento nos han hecho creer que nuestros amores eran más fuertes que el suyo.

La compasión que expresa Jesús a través de su Corazón traspasado es la imagen que no necesita explicaciones para hacer entender que el amor de Dios es una pasión que atraviesa todos los obstáculos que nuestra fragilidad humana puede interponer queriendo impedir que el único amor penetre hasta lo más profundo de nuestros corazones.

Y el Corazón de Jesús igualmente nos habla de misericordia, como la otra ala que hacen que el corazón pueda volar e ir al encuentro de quienes más lo necesitan.

Misericordia es la otra manera de definir el amor que existe en el Corazón de Jesús. Es la mirada desde el corazón con la cual nos contempla el Señor. Es mirada que no enjuicia, que no condena y si se quiere hablar de juicio, es el que juzga con el amor.

La misericordia es el amor que invita, como dice el evangelio, a todos aquellos que van por el mundo cansados y agobiados; aquellos que se saben destinados a vivir en el amor y por el amor, pero que la vida les ha negado esa oportunidad.

Vengan, dice el Señor, y yo pondré sobre ustedes el yugo de amor, el yugo llevadero que permite entender y sentir que somos lo más amado por Dios y que jamás exigirá algo que pueda sumergirnos en la tristeza, en el sufrimiento o en dolor.

Porque hemos sido creados por el amor y para amar. Esa será siempre nuestra vocación y el camino por el que tendremos que transitar por este mundo.

Por eso, como decía san Pablo, nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios que se ha manifestad en Cristo. (Romanos 8, 38-39)

Hemos nacido del Amor y no podremos terminar nuestro peregrinar más que en el amor, porque somos de Dios. Y si lo dudábamos, Dios ha entregado lo que más amaba para que muriendo por amor pusiera en cada uno de nosotros el tesoro de su amor.

Finalmente, en el Corazón de Jesús, que nos ama con compasión y misericordia se nos hace entender también que, en ese amor y por ese amor, porque hemos sido amados, por eso somos enviados a ser testigos del amor.

El amor de Dios, manifestado en el Corazón de Jesús, nos hace entender que no es algo que queda atrapado al interior de la Trinidad, sino que es un amor que sale de sí, porque esa es la naturaleza del amor, es lo propio de Dios. Es un amor que se entrega hasta el límite.

El evangelio nos recuerda que uno puede dar la vida por quienes ama, pero el amor de Cristo nos impulsa a ir más lejos y nos dice que el amor verdadero es capaz de llevarnos a dar la vida hasta por quienes nos odian y nos persiguen.

Ese es amor cristiano, el amor que sólo puede brotar del Corazón del Señor. Es el amor que se deja atravesar el corazón por una lanza sobre la cruz, para que en aquella herida de amor puedan encontrar refugio y cobijo todas las personas que han sido llamadas a ser hijas de Dios.

El Corazón de Jesús, en este sentido, es la expresión más bella de lo que nos toca vivir cuando somos llamados a convertirnos en testigos y misioneros del Señor. De ese costado abierto nace la misión y de ese Corazón que tanto nos ha amado, surge también la fuerza y el entusiasmo para vivir la misión, el ser misioneros, como signos de la presencia del amor de Dios en nuestro mundo hoy.

Que el el Sagrado Corazón inflame nuestros corazones de su amor para que vivamos nuestro compromiso misionero con una gran pasión y que en los momentos de dificultad recordemos que en este mundo todo pasa, pero sólo el amor no pasará.

Sagrado Corazón de Jesús, en ti confiamos y a ti consagramos lo que somos y lo que hacemos movidos por tu amor.


Dios quiere los vínculos, crea vínculos
Papa Francisco

«El Señor se ha unido a vosotros y os ha elegido» (cf. Dt 7, 7).

Dios se ha unido a nosotros, nos ha elegido, este vínculo es para siempre, no tanto porque nosotros somos fieles, sino porque el Señor es fiel y soporta nuestras infidelidades, nuestra lentitud, nuestras caídas.

Dios no tiene miedo de vincularse. Esto nos puede parecer extraño: a veces llamamos a Dios «el Absoluto», que significa literalmente «libre, independiente, ilimitado»; pero, en realidad, nuestro Padre es «absoluto» siempre y solamente en el amor: por amor sella una alianza con Abraham, con Isaac, con Jacob, etc. Quiere los vínculos, crea vínculos; vínculos que liberan, que no obligan.

Con el Salmo hemos repetido: «El amor del Señor es para siempre» (cf. Sal 103). En cambio, de nosotros, hombres y mujeres, otro salmo afirma: «Desaparece la lealtad entre los hombres» (Sal 12, 2). Hoy, en particular, la fidelidad es un valor en crisis porque nos inducen a buscar siempre el cambio, una supuesta novedad, negociando las raíces de nuestra existencia, de nuestra fe. Pero sin fidelidad a sus raíces, una sociedad no va adelante: puede hacer grandes progresos técnicos, pero no un progreso integral, de todo el hombre y de todos los hombres.

El amor fiel de Dios a su pueblo se manifestó y se realizó plenamente en Jesucristo, el cual, para honrar el vínculo de Dios con su pueblo, se hizo nuestro esclavo, se despojó de su gloria y asumió la forma de siervo. En su amor, no se rindió ante nuestra ingratitud y ni siquiera ante el rechazo. Nos lo recuerda san Pablo: «Si somos infieles, Él —Jesús— permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2, 13). Jesús permanece fiel, no traiciona jamás: aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso.

Este amor, esta fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón: Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad. Así se definió a sí mismo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Y el sentido de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que celebramos hoy, es que descubramos cada vez más y nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia del Padre. Podemos experimentar y gustar la ternura de este amor en cada estación de la vida: en el tiempo de la alegría y en el de la tristeza, en el tiempo de la salud y en el de la enfermedad y la dificultad.

La fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor a los hermanos mediante un servicio humilde y manso

Queridos hermanos: En Cristo contemplamos la fidelidad de Dios. Cada gesto, cada palabra de Jesús transparenta el amor misericordioso y fiel del Padre. Y entonces, ante Él, nos preguntamos: ¿cómo es mi amor al prójimo? ¿Sé ser fiel? ¿O soy voluble, sigo mis estados de humor y mis simpatías? Cada uno de nosotros puede responder en su propia conciencia. Pero, sobre todo, podemos decirle al Señor: Señor Jesús, haz que mi corazón sea cada vez más semejante al tuyo, pleno de amor y fidelidad.

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús 2014


Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Vaticannews

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se celebra el viernes siguiente a la solemnidad del Corpus Christi, casi como para sugerirnos que la Eucaristía no es otra cosa que el Corazón mismo de Jesús, de Aquel que de corazón cuida de nosotros. En esta misma fecha, la Iglesia celebra la Jornada mundial de oración por la Santificación de los Sacerdotes.
Precisamente fue un sacerdote, el normando Juan Eudes, quien celebró esta fiesta por primera vez el 20 de octubre de 1672. Pero ya algunas místicas alemanas de la Edad Media —Matilda de Magdeburgo (1212-1283), Matilde de Hackeborn (1241-1298) y  Gertrudis de Helfta (1256-1302)—, así como el dominico Beato Enrique Suso (1295 – 1366), habían cultivado la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
A la difusión del culto contribuyeron las revelaciones privadas recibidas por la religiosa visitandina Margarita María Alacoque (1647-1690). Margarita Alacoque vivía en el convento de Paray-le-Monial (Francia) desde 1671. Tenía ya fama de gran mística cuando el 27 de diciembre de 1673 recibió la primera visita de Jesús, que quiso compartir con ella los sufrimientos de su Corazón rebosante de amor por el Padre y por toda la humanidad, del mismo modo que los compartió con el discípulo Juan durante la Última Cena. “Mi divino corazón está tan apasionado de amor por la humanidad que, incapaz de contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad, debe difundirlas. Te he elegido para este gran proyecto”, le dice.
Al año siguiente, Margarita tuvo otras dos visiones. En la primera apareció el corazón de Jesús en un trono de llamas, más brillante que el sol y más transparente que el cristal, rodeado de una corona de espinas; en la segunda, Margarita contempló a Cristo resplandeciente de gloria, con rayos de luz que salían su pecho y se expandían por todos lados. Jesús le habló de nuevo y le pidió que comulgara cada primer viernes de mes durante nueve meses consecutivos, y que se postrase en tierra en oración durante una hora en la noche entre los jueves y los viernes. Nacieron así las devociones de los nueve viernes y de la hora santa de adoración.
En una cuarta visión, Cristo le pidió que se instituyera una fiesta para honrar su Corazón y reparar, mediante la oración, las ofensas que recibe. De parte de Jesús, Margarita también recibió una gran promesa de perdón: quien se acerque dignamente a la Eucaristía y comulgue durante nueve meses consecutivos el primer viernes del mes, con espíritu de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento, amando, honrando y consolando al Corazón de Jesús, recibirá el don de la perseverancia final, es decir, terminará su vida con la gracia de los sacramentos y de la remisión de sus ofensas a Dios y al prójimo.
En 1856, Pío IX ordenó que la fiesta del Sagrado Corazón fuera extendida universalmente a toda la Iglesia. En 1995, San Juan Pablo II instituyó en este mismo día la Jornada Mundial de Oración por la Santificación del Clero, para que Jesús custodie el sacerdocio en su corazón.

Los pequeños del Evangelio

La liturgia nos presenta una oración de Jesús en la que alaba al Padre, es decir, reconoce públicamente lo que ha hecho y hace en favor de los “pequeños”, en detrimento de los sabios y entendidos. El contenido de lo revelado queda plasmado en la expresión “estas cosas”; por los versos que preceden a este texto, “estas cosas” se refiere a la comprensión de la persona de Jesús, a quien los “sabios y entendidos” de la época rechazaron. Por otra parte, los “pequeños” pueden ser los pobres a los que se anuncia el Evangelio, y los humildes, es decir, los que escuchan y aceptan la Palabra. Una clave para entender que el Sacratísimo Corazón de Jesús sólo es comprensible en la medida en que nos hacemos pequeños, humildes.

Mi yugo es suave

El yugo es un dispositivo destinado a la tracción de los animales que permite sujetarlos a un carro, arado u otro apero y hacerlos maniobrar. A partir de esta experiencia tomada de la vida agrícola, Jesús invita a los “pequeños” a confiar en Él, garantizando el descanso, la paz, la liberación, porque su yugo no es opresivo. Jesús no sobrecarga a los que se acercan a Él, no los oprime cargando pesos que los amos de la época no movían ni con un dedo. Jesús, humilde y puro de corazón, es el que dice haciendo, el que acepta la voluntad del Padre y la vive en primera persona, compartiendo con los “pequeños” el compromiso requerido. Por eso el yugo de Jesús es suave, no porque esté “aguado”, sino porque ha eliminado las incrustaciones legalistas y ha devuelto la ley de Dios a su origen, revelando que Dios es amor misericordioso. Amor para siempre, nos recuerda el salmo.

El corazón

En el lenguaje bíblico, el corazón tiene un significado mucho más amplio del que nosotros le atribuimos ordinariamente: indica toda la persona en la unidad de su conciencia, inteligencia, voluntad, libertad. El corazón indica la interioridad del hombre.  Con su costado abierto, Jesús nos dice: “Tú me interesas”, “Tomo tu vida en mi corazón“. Pero también nos dice: “Haz esto en memoria mía: cuida de los demás. Con todo el corazón. Es decir, experimenta los mismos sentimientos de mi corazón y toma las mismas decisiones que yo he tomado”.

Oración

Divino Corazón de Jesús,
te ofrezco por medio del Corazón Inmaculado de María,
madre de la Iglesia, en unión con el sacrificio eucarístico,
las oraciones, acciones, alegrías y sufrimientos de este día
en reparación de los pecados y por la salvación de todos los hombres,
en la gracia del Espíritu Santo, para gloria del Padre Divino.
Amén.

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XI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

(Mateo 9, 36–10, 8)


La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos
P. Enrique Sánchez, mccj

Después del largo periodo pascual y de las fiestas que hemos celebrado en los últimos domingos, nos disponemos hoy a retomar el tiempo ordinario que habíamos dejado prácticamente al comenzar la cuaresma.

En aquel momento habíamos leído en el evangelio lo que llamamos el sermón de la montaña, unos capítulos antes del evangelio de san Mateo que retomamos en este domingo.

Hoy nos encontramos con el discurso misionero de Jesús dirigido a los apóstoles, con el cual se iniciará una etapa nueva en la vida de aquellos que habían sido escogidos por el Señor para que fueran sus testigos más cercanos.

Todo comienza presentándonos a Jesús compadecido por las multitudes que lo seguían, cansadas y extenuadas por no encontrar lo que realmente necesitaban en sus vidas y en sus corazones.

Jesús se muestra sensible y dispuesto a dar una respuesta a quienes van por la vida sin encontrar un consuelo, a lo mejor decepcionados, frustrados y cansados de ir de un lado para otro en sus búsquedas.

Al iniciar esta nueva etapa en el anuncio y la construcción del Reino, Jesús se sitúa en la misma línea del Padre que lo envió. Como dice el libro del Éxodo: “He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores. Como conozco sus sufrimientos, he bajado para arrancarlo de la mano de los egipcios y hacerlo subir de esta tierra una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel…(Ex 3,7-8)

Jesús, viendo a las multitudes, siente compasión y al igual que su Padre da una respuesta iniciando la misión de ir por todas partes anunciando la llegada del Reino. La cosecha es mucha, pero los trabajadores pocos y por esa razón la nueva etapa en la construcción del Reino de Dios se iniciará con la elección de los doce apóstoles. Doce que se convertirán en pilares sobre los que se construirá la realidad nueva que el Señor está por iniciar.

La misión que está por iniciar será una obra en la que todos seremos involucrados, recordando aquello que decía san Agustín: el que todo lo puede sin ti, no hace nada sin ti.

De los doce, se trata de hombres, cada una con su historia, con su carácter, con sus cualidades y con sus límites, con sus virtudes y seguramente también con sus pecados. No es un grupo de élite o de privilegiados. Son personas como tú y como yo, que tendrán  que hacer el camino dejándose  transformar por la presencia, la palabra  y el testimonio que Jesús irá sembrando en sus corazones.

En el grupo de los doce hay lugar para todos y nadie puede ser excluido, nadie puede presentar excusas para no aceptar la invitación y nadie puede esconderse en falsos prejuicios para no comprometerse. Esto habría que decirlo alto y fuerte, sobre todo hoy cuando tratamos de escurrirnos a la hora de asumir compromisos para dar testimonio de nuestra fe.

Habría que decir que Jesús sigue llamando también a otros doce entre los cuales nos podemos encontrar muchos cristianos de nuestro tiempo que aún con sus limitaciones están llamados a venir y colaborar en la construcción del Reino, porque la realidad sigue siendo la misma y las necesidades se han ido multiplicando.

Podemos estar seguros que cuando Jesús contempla la humanidad de nuestros días su corazón se mueve a compasión, porque para cualquier lado que voltee es muy fácil que contemple muchas ovejas que andan desorientadas, sin saber a dónde ir y que les falta un verdadero pastor que las guíe.

Que la cosecha es mucha, eso nadie lo pude negar, porque no hace falta mucho para que nos demos cuenta de que existe una gran necesidad de Dios en nuestra sociedad.

La cosecha es abundante, porque hay muchas personas que están deseosas de hacer una experiencia espiritual. Porque hay signos muy claros de que la necesidad de una vida que va más allá de lo material y de lo inmediato está entre los anhelos profundos de nuestros hermanos hoy. Porque el Señor nos sigue sorprendiendo con los testimonios de tantas personas que confiesan que han encontrado a Dios y que sus vidas han sido transformadas.

Basta recordar algunos momentos de los tantos encuentros que tuvo el Papa León pasando entre tanta gente durante su visita a España. Gente muy conocida y famosa, pero igual personas sencillas y humildes han dicho, con palabras que han encontrado eco en nuestros corazones, que el encuentro con Dios les había cambiado la vida, que habían vivido momentos que se habían convertido en una segunda oportunidad para seguir adelante en la maravillosa experiencia de vivir y que se sentían felices de haberse encontrado con el Señor.

Y es que eso hace Dios cuando se mezcla en nuestras historias tan humanas y se filtra discretamente en los sentimientos, en los afectos, en los valores y en las opciones de que somos capaces cuando aspiramos a salir de lo ordinario de una existencia que se conforma con compensaciones que confunden y que no satisfacen. La cosecha es abundante y Jesús quiere que nos ocupemos de ella, que no nos asustemos porque los trabajadores son pocos.

Y así será siempre mientras utilicemos nuestros sistemas para medir, olvidando que Dios usa otro sistema métrico y nos sorprende.

Hay que reconocer que, aunque sean pocos los obreros, así ha sido siempre, el Señor no se cansa de seguir confiando en que basta uno que ponga su confianza en él y en el llamado que hace para que suceda el milagro y empiece a surgir un pedacito del Reino, ahí́ en donde nos han plantado.

Aquí no se trata de cantidad, ni de números y las estadísticas poco importan; lo que está en juego es la posibilidad de un mundo distinto en donde los valores del Reino marquen la existencia de quienes ponen su confianza en el Señor.

Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Este es el programa, el mandato y la buena noticia.

Curar a los leprosos es trabajar en la construcción de una sociedad en donde no haya más excluidos, en donde nadie se sienta marginado por ninguna razón.

La lepra en tiempos de Jesús era no solo una enfermedad, sino un motivo para ser marginado de la comunidad. Quien enfermaba de lepra era visto como impuro y pecador.

En su misión, Jesús envía a los doce a construir un mundo en donde cada persona sea acogida y amada, sin importar cuál sea su condición o su situación. En la casa del Padre hay un lugar para todas sus criaturas, esa será la buena noticia proclamada en todo lugar y en todo tiempo.

Curar a los enfermos significa ayudar a quien la está pasando mal, ya sea en lo físico, en lo moral o en lo espiritual. La enfermedad es lo que roba la salud y va disminuyendo poco a poco la vida.

Curar a los enfermos es comprometerse en la creación de condiciones de vida que sean dignas para todos; es dar la oportunidad de curarse también a quien no tiene los recursos para pagarse un buen cuidado médico, sobre todo hoy que en muchas partes la salud y su cuidado se ha convertido en un negocio de hospitales y farmacéuticas.

Jesús va más lejos y pide que resuciten a los muertos. Y ciertamente no significa hacer caminar a los cadáveres. Se trata de ayudar a salir de su situación a quienes se han dejado atrapar en dinámicas de muerte.

Hay que liberar a quienes viven en el rencor y el odio, a quienes viven esclavos y dependientes de una adicción o de un vicio. A quienes se han enredado en espirales de violencia, de odio, de egoísmo, de indiferencia ante las necesidades de los demás. Resucitar a los muertos significa, de alguna manera, comprometernos en la construcción de una realidad en donde se apueste por la vida, por el respeto a la dignidad de los hermanos.

Es comprometerse en la creación de espacios en donde todos tengan las mismas oportunidades, en donde todos los seres humanos nos podamos reconocer hermanos, miembros de una sola familia.

Se trata de construir mundos en donde la guerra no tenga la última palabra, en donde no sean más importantes las riquezas que se pueden explotar en un territorio que las personas que lo habitan.

Y luego se habla también de echar fuera a los demonios, dicho en otras palabras es sacar de nuestras vidas lo que nos divide a todos los niveles.

A nivel personal sería todo aquello que nos impide ser honestos, coherentes, enemigos de la mentira y encerrados en nosotros mismos.

En la sociedad es desenmascarar toda clase de racismo, de prejuicios en contra de los demás, toda la tentación de dividirnos en clases según los criterios del poder y del dinero.

De alguna manera también quiere decir, alejar de nuestras vidas lo que nos puede atrapar en la malicia, en el desorden, en lo mundano, como le gustaba decir al Papa Francisco.

Esa es la misión a la que Jesús envió a aquellos doce apóstoles que, a lo mejor sin saber en donde se estaban metiendo, aceptaron ponerse en camino y se entusiasmaron porque Jesús iba caminando a su lado y mostrándoles con el ejemplo lo que les estaba pidiendo y confiando.

Hoy nos toca tomar el relevo y con la misma confianza y osadía, se nos pide que vayamos por el mundo entero, porque sigue existiendo la misma urgencia de la presencia del Reino y porque la cosecha sigue siendo mucha.

Y porque la necesidad de llevar a Jesús hasta los rincones del mundo es hoy más urgente y porque existen muchos hermanos que esperan que alguien tenga la  valentía de anunciarles lo bello del Evangelio y lo maravillosos que es tener a Jesús en nuestras vidas.

Ojalá que no nos quedemos haciendo cálculos o paralizados por nuestros límites y pecados, sino todo lo contrario, que animados por el Espíritu de Dios nos sintamos entusiastas y animados para decirle al mundo que somos los discípulos que Jesús ha enviado para que su Reino nazca entre nosotros como bendición y fuente de alegría. Qué el Señor nos conceda un corazón muy misionero.


¡De la compasión a la misión!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después del camino cuaresmal y pascual y de la celebración de las grandes solemnidades, volvemos al Tiempo ordinario, durante el cual nos acompañará el Evangelio según san Mateo. Se nos invita a retomar la “ordinariedad” de nuestra vida cristiana, vivida en el seguimiento de Jesús.

El pasaje evangélico de hoy nos introduce en el segundo de los cinco grandes discursos de Jesús presentados por el evangelista Mateo: el llamado “discurso de la misión”, que ocupa el capítulo 10. El primero había sido el discurso programático pronunciado en el monte de las Bienaventuranzas, en los capítulos 5-7. Después de haber “hablado”, Jesús había “actuado”, curando “toda enfermedad y toda dolencia” en los capítulos 8-9.

“Jesús, al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban cansadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor”.

Este segundo discurso, como el primero, nace de una mirada de Jesús que le toca profundamente el corazón: una mirada de compasión. ¡Cuánto quisiéramos sentir también nosotros esta mirada posarse sobre nosotros cuando nos sentimos cansados, desanimados y extraviados!

Y, sin embargo, esa misma mirada continúa posándose sobre las multitudes sufrientes de hoy, sobre cada hombre y cada mujer, sobre cada uno de nosotros. ¿Por qué lo dudamos? ¿Acaso se ha vuelto miope la mirada de Jesús? ¿Acaso se ha endurecido su corazón?

¿No corremos el riesgo de razonar como sucede en algunas tradiciones religiosas de África occidental, donde viví la misión? Se cree en un dios supremo, Mawu, pero se lo imagina lejano, retirado en el cielo para no ser molestado por los hombres, después de haber confiado la tierra a los vodús, que la gobernarían a su antojo. Solo que nuestros vodús tienen nombres distintos: riqueza, poder, fortuna, destino, mala suerte…

También algunas corrientes del pensamiento contemporáneo pueden conducir, en la práctica, a una mentalidad semejante. Pensemos, por ejemplo, en una visión filosófica que concibe al Creador como aislado y ajeno a su creación. También algunas formas extremas de la teología post-teísta corren el riesgo de poner en cuestión la encarnación y los principios fundamentales del mensaje cristiano.

– Oh Jesús, te rogamos: cruza hoy tu mirada con la nuestra y cura nuestra manera de mirar.

“Entonces dijo a sus discípulos: La mies es abundante, pero los obreros son pocos”.

¿La mies es abundante? ¿Acaso Jesús se refiere al vasto campo que aún hay que sembrar? No, habla precisamente de una mies lista para ser recogida, pero que corre el riesgo de perderse por falta de obreros.

¿Y dónde se encontraría esa mies? “¡Ciertamente no aquí, donde solo crece la cizaña!”, diría alguien. A veces incluso nos preguntamos si todavía vale la pena predicar el Evangelio en una sociedad que parece no preocuparse en absoluto por él. Jesús, en cambio, con su mirada de compasión, descubre precisamente aquí una mies abundante que recoger en su granero.

– Oh Jesús, danos tu mirada limpia, libre de prejuicios, profunda y solidaria, capaz de reconocer el bien “abundante” todavía presente hoy en nuestra sociedad.

“Rogad, pues, al señor de la mies que envíe obreros a su mies”.

¿Rezar por las vocaciones? ¡Eso sí! Pero ¿por qué el dueño de la mies se deja rogar tanto? ¿No ve él mismo que faltan agentes pastorales, apóstoles y misioneros?

El Señor, en cambio, nos invita a rezar para que nuestra mirada cambie y nuestro corazón se vuelva semejante al suyo. Y luego… ¡nos envía a nosotros! Sí: no piensa solo en los sacerdotes y las religiosas; piensa en cada uno de nosotros. ¡Y aquí la cosa se pone seria!

– Señor, haz que nuestro oído sea sensible a tu llamada a trabajar en tu viña.

“Llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus impuros para expulsarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia”.

He aquí que Jesús nos llama y nos prepara. No nos envía a la aventura ante una tarea tan inmensa. Se trata, en efecto, de combatir los “espíritus impuros” que atenazan a nuestra sociedad. Son muchos: la guerra, el hambre, la injusticia, la explotación, el consumismo… ¡Hay que expulsarlos y devolverlos al infierno!

Pero ¿creemos realmente en el poder que el Señor nos ha confiado, en la fuerza del mismo Espíritu que actuaba en él?

Se trata, además, de curar “toda enfermedad y toda dolencia”, física y espiritual, porque el Señor quiere promover la plenitud de la vida y nuestra auténtica libertad. Pero atención: nosotros mismos somos sanadores heridos, no inmunes a estas dolencias. También nosotros estamos marcados por el egoísmo, la envidia, el amor propio, la indiferencia, el miedo, la duda y la violencia.

– Señor, haznos más audaces ante los desafíos del mundo de hoy. Haznos conscientes de que también nosotros estamos heridos por la vida, pero, como decía el papa Francisco: “Pecadores sí, corruptos nunca”.

“Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que luego lo traicionó”.

Son doce. Representan a las doce tribus de Israel y, por tanto, a la totalidad del pueblo de Dios. ¿Solo hombres? No se trata de una intención exclusivista por parte de Jesús: hoy somos muy conscientes de ello. Lo que cuenta, en el relato evangélico, es la totalidad simbolizada por el número doce.

Notemos, ante todo, que son personas muy distintas entre sí, cada una con sus cualidades y defectos. Ciertamente no eran ya todos “santos y capaces”, como Comboni deseaba que fueran sus misioneros. ¡No sé cuántos de ellos, hoy, serían considerados aptos para entrar en el seminario! Esto nos recuerda que Jesús no busca personas perfectas: ¡te busca a ti y me busca a mí!

Notemos, además, que los apóstoles son nombrados por parejas. No se trata solo de un recurso mnemotécnico: significa que no somos francotiradores. Somos testigos sostenidos por una comunidad y enviados junto con otros.

Notemos, por último, que en la “foto de familia” aparece una figura incómoda: Judas. ¿Por qué? Es una advertencia: Judas puede representar a cada uno de nosotros.

“Estos son los Doce que Jesús envió, dándoles esta orden: No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de los samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.

Ay, Jesús nos envía precisamente entre los nuestros, entre los cercanos, entre los de casa. “¿No fuiste tú mismo, Jesús, quien dijo que ningún profeta es bien recibido en su tierra?”. ¡Yo preferiría ir a África!

“Por el camino, proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis”.

Somos enviados a testimoniar, con la sonrisa y la alegría, con la bondad y el perdón, que el Reino de los Cielos está cerca.

Somos enviados a realizar prodigios: no necesariamente los clamorosos, sino los pequeños milagros cotidianos, gratuitos y a menudo inadvertidos. Son gestos de amor capaces de curar heridas, de resucitar la esperanza en alguien, de purificar las lepras del alma y de expulsar los demonios de los corazones.

¡Buena misión!


Se compadecía
José Antonio Pagola

Jesús le daba una importancia grande a la manera de mirar a las personas. De ello depende, en buena parte nuestra manera de actuar. Una de las fuentes más antiguas recoge esta observación de Jesús: «La lámpara de tu cuerpo son tus ojos. Si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tus ojos están enfermos, tu cuerpo entero estará a oscuras». Una mirada clara permite que la luz entre dentro de nosotros y podamos actuar con lucidez.

¿Cómo era la mirada de Jesús?, ¿cómo veía a la gente? Los evangelistas repiten una y otra vez que su mirada era diferente. No era como la de los fariseos radicales que sólo veían impiedad, ignorancia de la ley e indiferencia religiosa. Tampoco miraba como el Bautista que veía en el pueblo pecado, corrupción e inconsciencia ante la llegada inminente de Dios.

La mirada de Jesús estaba llena de cariño, respeto y amor. «Al ver a las gentes, se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor». Sufría al ver tanta gente perdida y sin orientación. Le dolía el abandono en que se encontraban tantas personas solas, cansadas y maltratadas por la vida.

Aquellas gentes eran víctimas más que culpables. No necesitaban oír más condenas sino conocer una vida más sana. Por eso, inició un movimiento nuevo e inconfundible. Llamó a sus discípulos y les dio «autoridad», no para condenar sino para «curar toda enfermedad y dolencia».

En la Iglesia cambiaremos cuando empecemos a mirar a la gente de otra manera: como la miraba Jesús. Cuando veamos a las personas más como víctimas que como culpables, cuando nos fijemos más en sus sufrimientos que en su pecado, cuando miremos a todos con menos miedo y más piedad.

Nadie hemos recibido de Jesús «autoridad» para condenar sino para curar. No nos llama Jesús a juzgar el mundo sino a sanar la vida. Nunca quiso poner en marcha un movimiento para combatir, condenar y derrotar a sus adversarios. Pensaba en discípulos que miraran el mundo con ternura. Los quería ver dedicados a aliviar el sufrimiento e infundir esperanza. Ésa es su herencia, no otra.

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Una mirada a la muchedumbre
Quique Martínez de la Lama-Noriega

Los comienzos de la Escritura nos cuentan que Dios puso su mirada en un grupo muy heterogéneo de esclavos en Egipto. Y se «fijó» en su sufrimiento y «escuchó» sus lamentos y gritos. Y decidió «bajar» para liberarlos, buscando como «instrumento» suyo Moisés. Más adelante, a los pies del Sinaí, aquella «muchedumbre» de fugitivos a los que había ido guiando y purificando, recibió una promesa:“Vosotros seréis mi pueblo”. Dejarán de ser «muchedumbre» para convertirse en pueblo de la nueva alianza, propiedad de Dios. Y es que las muchedumbres suelen ser fácilmente manipulables, funcionan más a golpe de afectividad y contagio, que de lógica o razonamientos; están formadas por personas anónimas e indiferentes entre sí, aunque estén juntas, pero que tienen algún problema o necesidad común… No es «eso» con lo que quiere tratar Dios. Él quiere construir un pueblo donde unos a otros se miren, se respeten, se cuiden, se apoyen y se acompañen (por eso llegarán los Diez Mandamientos).

También Jesús anda mirando a las gentes. Se deja impresionar, afectar, cuestionar por lo que vive la muchedumbre. No es una mirada para acusar, reprochar o escandalizarse. Es una mirada para comprender: Quiere captar su mundo interior, lo que sienten, lo que sufren, lo que necesitan, lo que esperan. Una mirada «compasiva», que le toca en lo más hondo de su corazón…

Andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor. Pero pastores tenían, y en abundancia. Todo el gremio de sacerdotes, con su milimétrico cuidado del culto del templo, los letrados y fariseos, bien formados, con la doctrina clara, precisa y minuciosa, como para resolver todas las situaciones que pudieran plantearse y marcar lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral. Expertos en casuística (aunque no en personas), se consideraban portavoces cualificados de la voluntad de Dios… Aquellos pastores andaban escasos de misericordia y desentendidos de los sufrimientos del pueblo, sin presentarles alternativas ni ayudarles a salir de su penosa situación…

Por eso, llama a «otros». A los que han escuchado el mensaje de las bienaventuranzas y están dispuestos a vivir de un modo diferente, y que convierten su relación con Dios en un camino de felicidad, donde el que está mal es el centro principal del Reino, de la relación con Dios, donde nadie que excluido.

Son un grupo de Apóstoles/pastores que reciben un bello y difícil encargo: «proclamad, curad, resucitad, limpiad echad demonios». Como se ve por todos estos imperativos, se trata en primer lugar de anunciar con gozo (sin riñas, ni amenazas, ni obligaciones) la cercanía, presencia y compromiso de Dios (eso es el Reino). Y esa presencia, para que no se quede en palabras vacías (de las que ya están muy hartas las ovejas) se comprobará en que éstas irán siendo reintegradas en la comunidad, se harán conscientes de su dignidad y su preferencia por parte de Dios, se les aliviará su sufrimiento, se luchará contra las causas de sus heridas, de su suciedad, de su falta de vida, de sus sufrimientos. En definitiva: se trata de que pasen de ser «muchedumbre» a ser «comunidades» donde se aman, lo tienen todo en común y se atiende a cada cual según sus necesidades. Yo entiendo que esta sería la misión principal de cualquier Obispo, párroco o agente de pastoral (con la implicación de todos los demás, claro)…

Eduquemos, pues, nuestra «mirada» para ser capaces de compadecer, convocar, proclamar, sanar, limpiar, resucitar, curar y desterrar demonios de modo que seamos una Iglesia misionera, una Iglesia compasiva y misericordiosa, una Iglesia humanizadora, una Iglesia acogedora e integradora, una Iglesia sinodal, una Iglesia de personas felices, portadoras de una misericordia y una fidelidad que ha de llegar a todas las generaciones.

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De la compasión a la Misión
Romeo Ballan, mccj

La docena de versículos del Evangelio de hoy ofrece un cuadro global de la misión de Jesús y de los discípulos: están presentes todos los elementos de la misión de la Iglesia, según los contenidos y el estilo de Jesús. El cuadro resulta más completo si se incluye el versículo anterior (Mt 9,35), que presenta a Jesús misionero itinerante: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia”. Jesús es el ideal, el proyecto primigenio de todo misionero: cercano a la gente, itinerante, maestro, predicador, sanador, compasivo, totalmente volcado hacia Dios, del cual anuncia el Reino, y apasionado por el bien de la gente, sobre todo de los que sufren.

Nunca Jesús pasa al lado del dolor humano sin experimentar un íntimo sufrimiento por ello y sin aportar un remedio, una solución. Las gentes “estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor” y Él “se compadecía de ellas” (v. 36). Su compasión es mucho más que un sentimiento. La traducción exacta sería: ‘sintió una total conmoción visceral. En efecto, el verbo griego subyacente (splanknízomai-esplanknisthe), que se emplea doce veces en los Evangelios, expresa la profunda conmoción de Dios y de Cristo por el hombre. La conmoción de las vísceras (splankna) hace referencia a la conmoción de la madre en el momento del parto. Por tanto, esta palabra del Evangelio (v. 36) nos permite vislumbrar el rostro materno de Dios. La misión de Jesús -y, por ende, la misión de la Iglesia- ahonda sus raíces en la ternura y compasión de Dios por la humanidad: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios…” (Lc 1,78). De este amor misericordioso y misionero, el Corazón de Cristo es un signo patente y un instrumento eficaz, como lo enseña el Papa Benedicto XVI.

El cristiano que mira al mundo como lo hacía Jesús, con los ojos y el corazón llenos de misericordia, descubre que hay inmensas realidades humanas que necesitan la misión, es decir, necesitan ser iluminadas y sanadas por el Evangelio. ¡Para que todos tengan vida en abundancia! (Jn 10,10). Darse cuenta que también hoy, aquí y en el mundo entero, “la mies es mucha y los obreros pocos” (v. 37), es ya un buen comienzo de misión. Jesús nos indica dos respuestas básicas ante las urgencias de la misión: rogar e ir. Ante todo, rogar al Dueño de la mies, por la buena calidad y el número de los obreros en la mies (v. 38): rogarle, porque es Él el Señor del Reino. Orar está bien, pero, a la vez, es preciso ir: Jesús llama al primer grupo, a los Doce; los llama a cada uno por su nombre (v. 10,2-4), les da el poder de predicar, curar las enfermedades, expulsar a los demonios y realizar otros signos. Los envía (v. 5) de dos en dos (en pequeños núcleos comunitarios), para realizar una primera misión de ensayo y adiestramiento, limitada en el tiempo y en el espacio (v. 5): de momento, los destinatarios son “las ovejas descarriadas de Israel” (v. 6). Después de su resurrección y con la fuerza del Espíritu, Jesús los enviará definitivamente al mundo entero: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19). A partir de ese momento. la misión será ir siempre más allá, superar metas, en busca de otras mieses y de otras ovejas sin pastor. ¡Dondequiera que estén! ¡Será una misión sin fronteras! ¡Con un amor inmenso!

El mensaje de la misión hace referencia al Reino de los cielos, que ya está cerca (v. 7); por tanto, es necesario convertirse y creer en el Evangelio (Mc 1,15: cf Canto al Evangelio). El Evangelio, sin embargo, no es un documento o un código: es, ante todo, una Persona, Jesucristo, que nos ha dado gratuitamente su amor, la salvación y la reconciliación (II lectura), hasta morir “por nosotros, siendo nosotros todavía pecadores” (v. 8). De esta manera, descubrimos la grandeza del amor de Dios por su pueblo, como Él ya lo había manifestado en el Antiguo Testamento (I lectura), liberando a los israelitas de la esclavitud de Egipto, llevándolos “sobre alas de águila” (v. 4), haciendo de ellos una “propiedad personal entre todos los pueblos… y una nación santa” (v. 5-6).

El misionero que ha hecho la experiencia personal de la grandeza y de la gratuidad del amor de Cristo se siente interiormente llamado a compartirla con gratuidad con aquellos que aún no le conocen o no le aman. El mandato de Jesús de servir al Evangelio con gratuidad, sin servirse de ello, se convierte así en una invitación gozosa a dar con gratuidad (v. 8). Lo había entendido muy bien el apóstol Pablo, el cual, en el momento de hacer un balance de su vida misionera, recordaba justamente esta palabra de Jesús: “¡Hay más alegría en dar que en recibir!” (Hch 20,35). Siempre, la misión nace y se realiza en el amor.

X Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: Sígueme. Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: ¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores? Mas Él, al oírlo, dijo: No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Vayan, pues, a aprendan qué significa aquello de: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

Mateo 9,9-13


Nos pide solo una cosa y nos da todo
Papa Francisco

Ahora quisiera deciros algo sobre el Evangelio. Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el banco de los impuestos ( Mt 9, 9). Era un publicano. Esta gente era considerada de lo peor porque hacían pagar impuestos, y el dinero se lo mandaban a los romanos. Y una parte se la metían ellos en su bolsillo. Se lo daban a los romanos: vendían la libertad de su patria, por eso los odiaban tanto. Eran traidores de la patria. Jesús lo llamó. Lo vio y lo llamó. «Sígueme». Jesús escogió a un apóstol entre aquella gente, la peor. A continuación, este Mateo, invitado a comer, estaba alegre.

Antes, cuando me alojaba en Via della Scrofa, me gustaba ir, ahora no puedo, a San Luis de los Franceses para ver el cuadro de Caravaggio, La conversión de Mateo : él agarrado al dinero así [hace el gesto] y Jesús lo indica con el dedo. Se aferraba al dinero. Y Jesús lo escoge. Invita a toda la banda a almorzar, a los traidores, los cobradores de impuestos. Al ver esto, los fariseos que se creían justos, que juzgaban a todos y decían: «Pero ¿por qué vuestro Maestro tiene esa compañía?». Jesús dice: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Esto me consuela mucho, porque creo que Jesús ha venido por mí. Porque todos somos pecadores. Todos. Todos tenemos esta «licenciatura», somos licenciados. Cada uno sabe cuál es su pecado, su debilidad más fuerte. En primer lugar debemos reconocer esto: ninguno de nosotros, todos los que estamos aquí, puede decir: «Yo no soy un pecador». Los fariseos lo decían y Jesús los condena. Eran soberbios, altivos, se creían superiores a los demás. En cambio, todos somos pecadores. Es nuestro título y es también la posibilidad de atraer a Jesús a nosotros. Jesús viene a nosotros, viene a mí porque soy un pecador.

Por eso vino Jesús, por los pecadores, no por los justos. Esos no lo necesitan. Dijo Jesús: «No necesitan médicos los sanos, sino los que están mal. Id, pues, a aprender lo que significa aquello de: Misericordia quiero y no sacrificios . Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» ( Mt 9, 12-13). Cuando leo esto me siento llamado por Jesús, y todos podemos decir lo mismo: Jesús ha venido por mí. Cada uno de nosotros.

Este es nuestro consuelo y nuestra confianza: él siempre perdona, cura el alma siempre, siempre. «Pero yo soy débil, voy a tener una recaída…», Jesús te levantará, te curará siempre. Este es nuestro consuelo, Jesús vino por mí, para darme fuerzas, para hacerme feliz, para que tuviera la conciencia tranquila. No tengáis miedo. En los malos momentos, cuando uno siente el peso de tantas cosas que hicimos, de tantos resbalones en la vida, tantas cosas, y se siente el peso… Jesús me ama porque soy así.

Me acuerdo de un pasaje de la vida de un gran santo, Jerónimo que tenía muy mal genio, y trató de ser manso, pero con ese genio… porque era un dálmata y los de Dalmacia son fuertes… Había logrado dominar su forma de ser, y así ofrecía al Señor tantas cosas, tanto trabajo, y le preguntaba al Señor: «¿Qué quieres de mí?» —«Todavía no me has dado todo.» —«Pero Señor, te he dado esto, esto y esto…» —«Falta algo.» —«¿Qué falta?» —«Dame tus pecados». Es hermoso escuchar esto: «Dame tus pecados, tus debilidades, te curaré, tu sigue adelante».

Hoy, en este primer viernes, pensemos en el corazón de Jesús, para que nos haga comprender esto, con el corazón misericordioso, que sólo nos dice: «Dame tus debilidades, dame tus pecados, yo perdono todo». Jesús perdona todo, siempre perdona.

Que ésta sea nuestra alegría.

Papa Francisco
Homilía del 7 de julio de 2017


Misericordia quiero
Julio Alonso Ampuero

«Sígueme». Una vez más la voz de Jesús resuena nítida y poderosa. Una vez más Él se adelanta, toma la iniciativa. Y una vez más levanta al hombre de su postración. Mateo estaba «sentado al mostrador de sus impuestos»; pero estaba sobre todo hundido en su codicia, en su afán de poseer. «Él se levantó y lo siguió». Remite a otras escenas evangélicas; por ejemplo, la resurrección de Lázaro: «Lázaro, sal fuera». Levantar a Mateo de la postración y de la corrupción de su pecado no es menor milagro que hacer salir a Lázaro de la tumba cuando ya olía mal.

«Muchos pecadores… se sentaron con Jesús». El Hijo de Dios se ha hecho hombre para eso, para compartir la mesa de los pecadores. No rechaza a nadie, no se escandaliza de nada. Sabe que todo hombre está enfermo, y ha venido precisamente como médico, para buscar a los pecadores, para sanar la enfermedad peor y más terrible: el pecado que gangrena y destruye en su raíz la vida y la felicidad de los hombres.

«Misericordia quiero». Una vez más, Jesús tiene que enfrentarse con la dureza de corazón de los fariseos. En cambio Mateo, pecador público, ha experimentado la misericordia de Jesús, su amor gratuito; y por eso se convierte en instrumento de ese amor y de esa misericordia para muchos otros. Lo que él ha recibido gratis lo ofrece –también gratuitamente– a los demás. La conversión de Mateo es ocasión de conversión para muchos otros…


Cristo vino a llamar a los pecadores
Manuel Garrido Bonaño

Cristo vino a llamar a los pecadores. Él es infinitamente misericordioso y no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y se salve. La Misa de hoy nos lo muestra con el texto evangélico y el del profeta Oseas. Para esto necesitamos fe, como enseña San Pablo en la segunda lectura, la fe en la muerte y resurrección del Señor. La liturgia de este Domingo nos enseña a que suba hasta Dios el homenaje de su amor y su confianza. Dios es la fuente de todo bien, como se dice en la colecta, y nos ha dado a conocer su ser íntimo: «Dios es amor».

Oseas 6,3-6Quiero misericordia y no sacrificio. San Agustín explica la importancia del perdón:

«Centraos, hermanos míos, en el amor que la Escritura alaba de tal manera que admite que nada puede comparársele. Cuando Dios nos exhorta a que nos amemos mutuamente, ¿acaso te exhorta a que ames solamente a quienes te amen a ti? Este es un amor de compensación, que Dios no considera suficiente. Él quiso que se llegara a amar a los enemigos (Mt 5,44-45). Quien te enseñó a orar es quien ruega por ti, puesto que eras culpable. Salta de gozo, porque entonces será tu juez quien ahora es tu abogado. Dado que tendrás que orar y defender tu causa con pocas palabras, has de llegar a aquellas: Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12) (Sermón 386,1).

–Con el Salmo 49 decimos: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». Este Salmo es algo más que una simple, pero durísima requisitoria contra la hipocresía de ciertas prácticas religiosas que carecen de sentido, porque no tienen el aliento vital del espíritu. El sacrificio que Dios quiere es el de la alabanza, o lo que es lo mismo, que el hombre integre en sus sacrificios y ofrendas su misma persona, todo lo que él es.

Romanos 4,18-25Fue confortado en la fe por la gloria dada a Dios. Somos obra de Dios no sólo en cuanto justos. San Agustín dice:

«Conservemos esta justificación en la medida en que la poseamos, aumentémosla en la proporción que requiere su pequeñez para que sea plena… Todo proviene de Dios, sin que esta afirmación signifique que podamos echarnos a dormir o que nos ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer. Si tú no quieres, no residirá en ti la justicia de Dios. Pero aunque la voluntad no es sino tuya, la justicia no es más que de Dios. La justicia de Dios puede existir sin tu voluntad.. Serás obra de Dios, no sólo por ser hombre… Quien te hizo sin ti, no te santificará sin ti… La participación en los dolores de Cristo será tu fuerza» (Sermón 169,13).

Mateo 9, 9-13No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. La conversión de San Mateo es una gran enseñanza siempre actual. Todos somos pecadores. Comenta San Efrén:

«Él escogió a Mateo el publicano (Mt 9,9-13) para estimular a sus colegas a venirse con él. Él ve a los pecadores y los llama, y les hace sentarse a su lado. ¡Espectáculo admirable; los ángeles están de pie temblando, mientras los publicanos, sentados, gozan; los ángeles temen, a causa de su grandeza, y los pecadores comen y beben con Él; los escribas rabian de envidia y los publicanos exultan y se admiran de su misericordia!

«Los cielos viven este espectáculo y se admiran, los infiernos lo vieron y deliraron. Satanás lo vio ardiendo de furor, la muerte lo vio y experimentó su debilidad; los escribas lo vieron y quedaron ofuscados por ello. Hubo gozo en los cielos y alegría en los ángeles, porque los rebeldes eran dominados, los indóciles sometidos, los pecadores enmendados, y porque los publicanos eran justificados. A pesar de las exhortaciones de sus amigos, Él no renunció a la ignominia de la cruz y, a pesar de las burlas de los enemigos, no renunció a la compañía de los publicanos. Él ha despreciado la burla y desdeña las alabanzas, así contribuía mejor a la utilidad de los hombres» (Comentario sobre el Diatésaron 5,17).

Fiesta del Corpus Christi

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.

(san Juan 6, 51-58)


Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo
P. Enrique Sánchez González, mccj

Celebramos hoy el don más grande que Jesús ha dado a todos los que nos sentimos discípulos suyos. Se nos ha entregado en cuerpo y sangre, es decir, totalmente con el único deseo de compartirnos el don de la vida que solo puede venir de Dios.

El cuerpo y la sangre del Señor que tomamos en nuestras manos en cada eucaristía y que compartimos como alimento que nutre nuestra vida se nos entrega en un trozo de pan y en un poco de vino.

Se trata de algo muy sencillo y humilde, pero que contiene lo mejor que pudo regalarnos el Señor para garantizar su presencia entre nosotros.

El pan y el vino es lo que se nos da cada día para que nuestro cuerpo tenga la fuerza necesaria para ir hacia adelante en todo lo que la vida nos va presentando. Y Jesús ha querido quedarse entre nosotros como alimento de vida, alimento que nutre, no solo el cuerpo, sino que hace posible que seamos fortalecidos en el espíritu.

Como en el desierto, cuando el pueblo de Dios estaba a punto de sucumbir por la falta de alimento, Dios en su infinita misericordia le dio a su pueblo el maná. Eran unas semillas que transformadas en harina se convertían en pan, un pan que había bajado del cielo y se había convertido en su salvación.

En los tiempos de Jesús, es él mismo que descendió del cielo, en donde estaba junto a su Padre, ya no para dar a sus discípulos un pan que llenará el vientre, sino algo

más, el Pan de vida, el verdadero pan vivo bajado del cielo, para que quienes se nutran de ese pan tengan vida para siempre, como dicen los primeros versículos del evangelio de este domingo.

Seguramente escuchando estas palabras nos hemos preguntado ¿qué es lo que nutre nuestras vidas hoy? ¿De qué pan nos llenamos el estómago pensando que será lo que nos permita vivir fuertes y saludables? ¿Qué necesitamos realmente para sentir que tenemos vida y que no estamos únicamente sobreviviendo con el pasar de los días?

No podemos ignorar que hoy existe una gran preocupación por todo aquello que consumimos para estar bien. Casi podríamos decir que existe un culto por aquello que se come, aunque la preocupación puede ser sana, pues con tanta manipulación de los alimentos, muchas veces, ya no sabemos lo que comemos.

Detenernos a reflexionar en la palabra del Señor que nos habla del pan que la vida nos hace caer también la cuenta de que vivimos en una sociedad en donde el pan o más bien lo que tiene qué ver con lo que comemos nos hace ver un mundo de contrastes en donde, por una parte la abundancia acaba en el desperdicio y en el desecho escandaloso de alimentos y, por otra parte, muchas personas luchan por tener un bocado para satisfacer el hambre. Y esa realidad no nos puede dejar indiferentes.

Existen muchas personas que son expertas en equilibrar las dietas y los alimentos y sabemos que se tiene que consumir una cantidad determinada de proteínas, que tenemos que consumir frutas y verduras para garantizar la cantidad necesaria de fibra; se nos dice que hay que tener mucho cuidado con las calorías y estar muy atentos con el consumo de azúcar y más todavía con los aceites, que no pueden ser cualesquiera.

El interés por mantener cuerpos sanos, fuertes y bien desarrollados es algo que ocupa la atención y el cuidado de muchas personas y para ello se recomienda evitar las harinas y preferiblemente optar por los panes integrales. Seguramente el pan que Jesús nos ofrece no obedece a esas reglas.

Sin duda, nadie se atrevería a considerar estas preocupaciones como algo desproporcionado y es bueno cuidarse, sobre todo en tiempos en que ya no sabemos mucho qué es lo que llega a nuestras mesas en tantos alimentos procesados.

Pero la pregunta que nos hacemos quiere ir un poquito más allá para ayudarnos a tomar conciencia de que existe algo que está por encima del pan o de los alimentos. Hay una cuestión, una interrogante, que nos obliga a preguntarnos con franqueza ¿cuánto nos estamos alimentando de Cristo?, ¿cuánto estamos reconociendo que sólo Él puede satisfacer las necesidades que nos hacer vivir verdaderamente? y ¿qué nos dice que no es lo que llena el vientre lo que nos puede hacer verdaderamente felices?.

La buena noticia que se nos da en esos cuantos versículos del Evangelio de hoy seguramente nos llenan de alegría, pues nos anuncian que el Señor se ha preocupado por quedarse entre nosotros, justamente como pan que nutre y mantiene vivo a quien lo consume.

Es pan que transforma la vida, porque dejándonos su cuerpo y su sangre es él quien se queda y permanece en nosotros.

Jesús, como pan vivo, es quien responde a nuestra necesidad de nutrir también aquella dimensión de nuestra vida que no puede quedar satisfecha con un trozo de pan. Él es el pan que da vida a nuestra dimensión espiritual.

Él nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene alimentarnos de él para no llegar al punto de tener un cuerpo súper bien nutrido y un espíritu raquítico y enfermizo que termine por afectar nuestra vida en su totalidad.

Y, lo más bello que podemos reconocer en la entrega del cuerpo y de la sangre que Jesús nos hace está en que podemos vivir ese gran don cada vez que nos reunimos en su nombre para celebrar la Eucaristía.

En cada eucaristía celebramos el don del pan, primeramente, que se nos da en la celebración que nos permite acoger la Palabra de Dios, como el pan de la Palabra y en la consagración del pan y del vino, que por obra del Espíritu Santo, se transforman para nosotros en el cuerpo y la sangre del Señor.

En la eucaristía recibimos el pan y el vino que se parte y se comparte para que nadie se quede sin el alimento que da vida, para que comulgando al cuerpo y a la sangre del Señor, también nosotros, nos transformemos en pan que se comparte con los necesitados.

Es un pan que estamos llamados a llevar a quienes están aún lejos y que no conocen al Señor. Es el pan de la solidaridad y del servicio, del compromiso y de la entrega misionera a los más necesitados.

Es el pan que se multiplica en la medida en que lo compartimos a través de obras de caridad y de fraternidad.

Finalmente, nutriéndonos del cuerpo y de la sangre del Señor nos damos la oportunidad de poder recibir la vida que solo Dios nos puede dar y seguramente es la vida más saludable que no nos obliga a ajustarnos a dietas exigentes.

Sería muy conveniente que al final de nuestra celebración de esta gran solemnidad pudiésemos grabar en nuestros corazones las palabras del Evangelio que dicen:

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

Tener presentes estas palabras nos ayudará a desear una mayor participación en nuestras eucaristías y nos permitirán sentir nuestras vidas transformadas por la presencia del Señor que sostiene nuestros cuerpos y nutre nuestro espíritu.

Ojalá esta solemnidad nos ayude a aceptar a Jesús como el único pan del que realmente tenemos necesidad y que comulgando a su cuerpo y a su sangre dejemos que su vida, que es vida eterna, nos mueva a desearlo como el único alimento que nos puede dar la vida que soñamos.

Que, como decimos en cada eucaristía, el cuerpo y la sangre de Cristo sean fuente de vida eterna para quienes vamos a recibirlo.


El sacramento de la memoria
Papa Francisco 

«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer» (Dt 8,2). Recuerda: la Palabra de Dios comienza hoy con esa invitación de Moisés. Un poco más adelante, Moisés insiste: “No te olvides del Señor, tu Dios” (cf. v. 14). La Sagrada Escritura se nos dio para evitar que nos olvidemos de Dios. ¡Qué importante es acordarnos de esto cuando rezamos! Como nos enseña un salmo, que dice: «Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos» (77,12). También las maravillas y prodigios que el Señor ha hecho en nuestras vidas.

Es fundamental recordar el bien recibido: si no hacemos memoria de él nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en “transeúntes” de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo. La memoria no es algo privado, sino el camino que nos une a Dios y a los demás. Por eso, en la Biblia el recuerdo del Señor se transmite de generación en generación, hay que contarlo de padres a hijos, como dice un hermoso pasaje:«Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos mandatos […] que os mandó el Señor, nuestro Dios?”, responderás a tu hijo: “Éramos esclavos […] ―toda la historia de la esclavitud― y el Señor hizo signos y prodigios grandes […] ante nuestros ojos» (Dt 6,20-22). Tú le darás la memoria a tu hijo.

Pero hay un problema, ¿qué pasa si la cadena de transmisión de los recuerdos se interrumpe? Y luego, ¿cómo se puede recordar aquello que sólo se ha oído decir, sin haberlo experimentado? Dios sabe lo difícil que es, sabe lo frágil que es nuestra memoria, y por eso hizo algo inaudito por nosotros: nos dejó un memorial. No nos dejó sólo palabras, porque es fácil olvidar lo que se escucha. No nos dejó sólo la Escritura, porque es fácil olvidar lo que se lee. No nos dejó sólo símbolos, porque también se puede olvidar lo que se ve. Nos dio, en cambio, un Alimento, pues es difícil olvidar un sabor. Nos dejó un Pan en el que está Él, vivo y verdadero, con todo el sabor de su amor. Cuando lo recibimos podemos decir: “¡Es el Señor, se acuerda de mí!”. Es por eso que Jesús nos pidió: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). Haced: la Eucaristía no es un simple recuerdo, sino un hecho; es la Pascua del Señor que se renueva por nosotros. En la Misa, la muerte y la resurrección de Jesús están frente a nosotros. Haced esto en memoria mía: reuníos y como comunidad, como pueblo, como familia, celebrad la Eucaristía para que os acordéis de mí. No podemos prescindir de ella, es el memorial de Dios. Y sana nuestra memoria herida.

Ante todo, cura nuestra memoria huérfana. Vivimos en una época de gran orfandad. Cura la memoria huérfana.  Muchos tienen la memoria herida por la falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón. Nos gustaría volver atrás y cambiar el pasado, pero no se puede. Sin embargo, Dios puede curar estas heridas, infundiendo en nuestra memoria un amor más grande: el suyo. La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas.

Con la Eucaristía el Señor también sana nuestra memoria negativa, esa negatividad que aparece muchas veces en nuestro corazón. El Señor sana esta memoria negativa.  que siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos “equivocados”. Jesús viene a decirnos que no es así. Él está feliz de tener intimidad con nosotros y cada vez que lo recibimos nos recuerda que somos valiosos: somos los invitados que Él espera a su banquete, los comensales que ansía. Y no sólo porque es generoso, sino porque está realmente enamorado de nosotros: ve y ama lo hermoso y lo bueno que somos. El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad. Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Ante nuestros ojos siempre estarán nuestras caídas y dificultades, los problemas en casa y en el trabajo, los sueños incumplidos. Pero su peso no nos podrá aplastar porque en lo más profundo está Jesús, que nos alienta con su amor. Esta es la fuerza de la Eucaristía, que nos transforma en portadores de Dios: portadores de alegría y no de negatividad. Podemos preguntarnos: Y nosotros, que vamos a Misa, ¿qué llevamos al mundo? ¿Nuestra tristeza, nuestra amargura o la alegría del Señor? ¿Recibimos la Comunión y luego seguimos quejándonos, criticando y compadeciéndonos a nosotros mismos? Pero esto no mejora las cosas para nada, mientras que la alegría del Señor cambia la vida.

Además, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. Las heridas que llevamos dentro no sólo nos crean problemas a nosotros mismos, sino también a los demás. Nos vuelven temerosos y suspicaces; cerrados al principio, pero a la larga cínicos e indiferentes. Nos llevan a reaccionar ante los demás con antipatía y arrogancia, con la ilusión de creer que de este modo podemos controlar las situaciones. Pero es un engaño, pues sólo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan. Esto hace Jesús, que viene a nuestro encuentro con dulzura, en la asombrosa fragilidad de una Hostia. Esto hace Jesús, que es Pan partido para romper las corazas de nuestro egoísmo. Esto hace Jesús, que se da a sí mismo para indicarnos que sólo abriéndonos nos liberamos de los bloqueos interiores, de la parálisis del corazón. El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir. Nos levanta de nuestro cómodo sedentarismo y nos recuerda que no somos solamente bocas que alimentar, sino también sus manos para alimentar a nuestro prójimo. Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante. Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el Pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca nuestro!

Queridos hermanos y hermanas: Sigamos celebrando el Memorial que sana nuestra memoria, ―recordemos: sanar la memoria; la memoria es la memoria del corazón―, este memorial es la Misa. Es el tesoro al que hay dar prioridad en la Iglesia y en la vida. Y, al mismo tiempo, redescubramos la adoración, que continúa en nosotros la acción de la Misa. Nos hace bien, nos sana dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos.

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El maná y el Pan de Vida
José Luis Sicre

Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

Sin embargo, las lecturas del ciclo A conceden más importancia al tema de la vida, con el que es fácil sintonizar en un mundo de guerras y atentados como el que vivimos. El evangelio de hoy comienza y termina con las mismas palabras: «el que coma de este pan vivirá para siempre». Y en medio: «el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día».

Sobrevivir y vivir eternamente

El 1 de junio de 2009, el vuelo 447 de Air France entre Rio de Janeiro y París desapareció en mitad de la noche con 216 pasajeros y 12 tripulantes. Se salvó un matrimonio, no recuerdo si porque llegó tarde al embarque o por un cambio de última hora. Pero ese matrimonio se hizo famoso porque murió en un accidente de automóvil pocos días después. La supervivencia a un accidente, a un ataque terrorista, a una calamidad, no garantiza vivir eternamente.

Mucha gente acepta la muerte con resignación o fatalismo. Otros se rebelan contra ella, como Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, no me da la gana de morirme». El cuarto evangelio también se rebela contra la muerte. Comienza afirmando que en la Palabra de Dios «había vida». Y ha venido al mundo para que nosotros participemos de esa vida eterna.

Para expresar el contraste entre “supervivencia” y “vida eterna” las lecturas de hoy contrastan el maná con el alimento que nos ofrece Jesús. El Deuteronomio (1ª lectura) habla del maná como de un alimento sorprendente, novedoso, «que no conocías tú ni conocieron tus padres». Pero no se detiene, como hace el libro del Éxodo, en sus cualidades sorprendentes y su carácter milagroso. Es un alimento de pura supervivencia, que no garantiza la inmortalidad. En el evangelio, las palabras de Jesús subrayan este aspecto: el pan que comieron vuestros padres no los libró de la muerte. En cambio, el alimento que da Jesús, su cuerpo y su sangre, sí garantiza la vida eterna: «yo lo resucitaré en el último día».      Estas palabras, tomadas del largo discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, anticipan la resurrección de Lázaro y el destino de todos nosotros.

Inmortalidad y vida eterna

Sin embargo, el alimento que ofrece Jesús no se limita a garantizar la inmortalidad. Tiene también valor para el presente. «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Este es el sentido que tiene a veces el término «vida eterna» en el cuarto evangelio. No es vida de ultratumba, sino vida aquí y ahora, en una dimensión distinta, gracias al contacto íntimo, misterioso, con Jesús.

Unión con Jesús y unión con los hermanos

La idea de que, al comulgar, Jesús habita en nosotros y nosotros en él, corre el peligro de interpretarse de forma muy individualista. La lectura de Pablo a los corintios ayuda a evitar ese error. La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo no es algo que nos aísla. Al contrario, es precisamente lo que nos une, «porque comemos todos del mismo pan».

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La Eucaristía, alimento para la Misión en el desierto del mundo
Romeo Ballan, mccj

En el desierto del mundo (I lectura), Jesucristo en la Eucaristía es el viático, el Pan de vida (Evangelio), para que la Iglesia viva y anuncie la comunión y la fraternidad (II lectura). El lenguaje de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún (Evangelio) es realista e insistente: su cuerpo y su sangre no son solamente ‘cosas sagradas’, son Jesús mismo. Él es el Pan de vida, que se ha de acoger y recibir con fe, para vivir en esta vida y en la futura. Nos lo asegura el que tiene palabras de vida eterna (cfr. Jn 6,68).

Tras su liberación de la esclavitud de Egipto, el pueblo tuvo que afrontar el desierto (I lectura) “inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua” (v. 15). En el duro camino hacia la libertad, el Señor acompaña al pueblo con sus dones, con su palabra y sus acciones: en especial el regalo del maná y del agua sacada de una roca de pedernal (v. 16). Dones que es necesario recordar y no olvidar (v. 2.14).

Jesús promete un don superior al maná (Evangelio, v. 58). Un don que es preciso descubrir y compartir con otros: “Si tú conocieras el don de Dios”, dijo Jesús a la mujer samaritana (Jn 4,10). La Eucaristía es el don nuevo y definitivo que Jesús confía a la Iglesia peregrina y misionera en el desierto del mundo. Es mucho más que el simple recuerdo de una gran hazaña del pasado: es, hoy, el don del Viviente. “El recuerdo bíblico introduce nuevamente al creyente en la historia de la salvación, actualizando en el hoy los eventos del pasado. Este es el sentido de la palabra memorial que en el Nuevo Testamento se aplica también a la Eucaristía… La Eucaristía es el recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo, es la certeza de su continua presencia como alimento del hombre peregrino, en la espera de su venida” (G. Ravasi).

La Eucaristía es fuente y sello de unidad (II lectura): siendo comunión con la sangre y el cuerpo de Cristo, debe llevar a la comunión fraterna entre todos los que comen del mismo pan. De la Eucaristía nace necesariamente un generoso estímulo al encuentro ecuménico y a la actividad misionera, “para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan en un mismo mundo” (Prefacio). La persona y la comunidad que realizan la experiencia viva de Cristo en la Eucaristía se sienten motivadas a compartir con los demás el don recibido en la Palabra y en el Sacramento: la misión nace de la Eucaristía y conduce a ella.

El misionero lleva por el desierto del mundo la única respuesta válida, Cristo, buena noticia de vida para los pueblos. Cristo es siempre buena noticia en el desierto existencial y espiritual de la vida humana. Cristo es acontecimiento de salvación y misterio adorable aun cuando un misionero celebre la Eucaristía en el desierto africano del Sahara, como lo hicieron Daniel Comboni y sus compañeros en el terrible desierto de Korosko, mientras viajaban de Egipto a Jartum (Sudán) en 1857.

En toda su persona (cuerpo, sangre, alma y divinidad) Jesús se hace Pan y nos invita con insistencia a comer de este Pan (Jn 6,51.53.54.56). Comer el Pan que es Cristo significa asumir su proyecto, su misión, el desafío y la alegría del Evangelio. La Eucaristía nos enseña a derribar las barreras que impiden o mortifican el desarrollo de la vida: nos da la fuerza para defender la vida de cada persona, convencidos de que ‘nadie sobra’ en la aldea global de la humanidad; nos da la confianza para vencer la espiral de violencia mediante el diálogo, el perdón y el sacrificio de sí mismos; nos da el valor para romper las cadenas del acaparamiento de los bienes promoviendo por doquier el compartir y la solidaridad.

“Para Jesús elPadre nuestro y elpan nuestrosoninseparables: cada pan que ofrezco a un hambriento lo ofrezco al mismo Jesús… (tuve hambre…y me diste; estaba enfermo… y has venido a visitarme (Mt. 25,39). No podemos decir en la iglesia ‘Padre nuestro’ y pedir ‘danos hoy nuestro pan de cada díay luego salir y volver a entrar en la cultura de lo mío: mi casa, mi coche, mi dinero, mi ciudad, mi patria… La lógica de la Eucaristía nos pide: entrar en la iglesia, cada domingo, como mendigos de la Palabra y del pan de Cristo y salir para convertirnos, en la vida, en un pedazo de pan partido, para las personas que encontraremos” (R. Vinco, S. Nicolò, Verona).

La aldea global solo puede tener un único banquete global, en el cual todos los pueblos tienen el mismo derecho a participar; del cual nadie debe ser excluido o discriminado, por ninguna razón. Desde siempre, este es, y solamente este, el proyecto del Padre común para toda la familia humana (cfr. Is 25,6-9). Este es el sueño que Él confía a la comunidad de los creyentes para que lo realicen.

Santísima Trinidad. Año A

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”.

(San Juan 3, 16-18)


Santísima Trinidad
P. Enrique Sánchez, mccj

En la primera lectura de este domingo, el libro del Éxodo conserva unas palabras que nos pueden ayudar a la reflexión sobre la manifestación de Dios como Trinidad. Moisés pide a Dios que se digne venir en medio de su pueblo, aunque sea un pueblo de cabeza dura, indigno y cargado de pecados.

Hace esa petición porque Dios mismo se ha manifestado como el Señor compasivo, clemente, paciente, misericordioso y fiel.

En la segunda lectura, Pablo invita a estar alegres, a trabajar en aquello que nos acerque a la perfección, a vivir en paz y en armonía. Para que el Dios del amor y de la paz esté con nosotros.

Hablar de la Trinidad es acercarnos a uno de los grandes misterios de nuestra fe, que resulta difícil comprender con nuestras formas de pensar y con los criterios que habitualmente usamos para entender lo que está más allá de nosotros.

Decir que en la Trinidad existen tres personas distintas, pero que son un único Dios, simplemente la cabeza no nos da para entenderlo y eso no es algo que tendría que desanimarnos, pues para entender las cosas de Dios hay otros caminos que no son necesariamente los que corresponden a la claridad de nuestras ideas.

Para entender a Dios Trinidad lo que se necesita es entrar en el misterio de su amor, es decir, a Dios se le conoce amándolo. Y si es así, el evangelio nos da la llave de entrada para responder a ese interrogante que nos acompaña desde que tenemos uso de razón.

¿Quién es Dios? Esa es la pregunta que aparece en nosotros cuando empezamos a tomar la responsabilidad de nuestra vida, cuando empezamos a tomar la iniciativa para darle un sentido y un rumbo a nuestra existencia.

Muchos de nuestros contemporáneos cuando llegan a este interrogante no saben qué decir y prefieren ignorar la pregunta, sin darse cuenta de que de ella depende el futuro de lo que seremos en nuestro paso por este mundo.

Es el momento en que se empieza a ser indiferentes a las cosas de Dios y se termina por sacarlo de la vida, como a alguien que no tiene importancia y que no vale la pena considerarlo en lo inmediato de la existencia.

Para muchas personas es el momento en el cual se pretende dar razón de todo considerando que el ser humano puede estar en el centro de la vida.

Ahí es importante lo que se tiene, el dinero del que se dispone, el tiempo que se puede disfrutar al propio antojo; es la hora en la que consideramos que basta ir viviendo y disfrutando el momento presente y ahí, Dios no hace falta, pues tratamos de llenar el vacío de su ausencia con las mil cosas que podemos adquirir.

Pero, si somos honestos con nosotros mismos, nos damos cuenta de que hemos sido creados para ser habitados por la presencia de Dios y nada podrá satisfacer nuestros anhelos y necesidades, sólo Dios podrá colmarlas, porque hemos sido creados para amar y Dios Trinidad es la expresión más perfecta de lo que significa amar.

El Dios de Moisés, cuyo rostro no se atreve a ver cara a cara, es el Señor que se manifiesta, dice el texto del éxodo, compasivo, clemente, paciente, misericordioso y fiel y esto se puede decir con una sola palabra, eso es amor.

Al celebrar hoy a la Santísima Trinidad estamos celebrando y reconociendo a Dios como el amor que nos ha amado y que nos sigue amando, porque sabe que de eso depende nuestra vida y nuestra felicidad en este mundo.

Y el amor de la Trinidad no es una idea o una imagen que reproducimos para poder entenderlo. Es la experiencia de una relación única y profunda que se vive al interior mismo de lo que es Dios.

La  Trinidad  es  el  amor  del  Padre  por  Jesús  y  es  el  amor  que  se  manifiesta  en  la persona del Espíritu Santo, quien podemos decir que es la personificación de ese amor perfecto que es Dios.

Celebrando este misterio nos damos cuenta de que Dios es amor y que hemos nacido de ese amor y para ese amor.

Dios es ese Padre bueno que, como dice el evangelio: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.

Dios, a través del misterio de la Santísima Trinidad, nos ayuda a entender que para saber  quién  es  no  hacen  falta  nuestras  grandes  ideas,  es  suficiente  con  que  nos dispongamos a amar. A Dios, por tanto se le conoce y se le descubre, sólo amándolo y dejándose amar por él.

Y, ¿cómo podemos reconocer ese amor en nosotros? San Pablo nos dice en la segunda lectura que vivamos en la alegría, que trabajemos en aquello que nos acerque a la perfección, a vivir en paz y en armonía. Eso es lo que nosotros, con nuestras palabras, muchas pobres y limitadas usamos para definir lo que es el amor. El amor es lo que nos hace vivir, pues es el don que Dios nos ha hecho al entregarse a nosotros en su Hijo.

Tanto nos amó Dios que entregó a su Hijo, a quien más amaba. ¿Para qué? Para que tengamos en él vida eterna, es decir plena, para que seamos felices.

Seguramente, escuchando estas lecturas de la Palabra de Dios hemos sentido que dentro de nosotros se mueve ese gran deseo de vivir para amar y nos damos cuentas de que eso es lo único que puede llenar nuestra existencia.

Podemos alcanzar grandes niveles de seguridad económica, de confort y de comodidad en la vida; podemos vivir obedeciendo a estándares de vida que nos impiden sufrir lo que muchos de nuestros contemporáneos padecen, porque la vida no les ha permitido gozar de las mismas posibilidades… Pero el corazón nos dice que si el amor de Dios no es lo que dirige nuestros pasos, todo resulta inútil y efímero. Son alegrías que duran un momento, pero que se esfuman sin que las podamos retener como quisiéramos.

Amar al estilo de Dios implica desprendimiento de todo, especialmente de lo que trata de apoderarse de nuestro corazón. Tal vez por eso nos damos cuenta de que la verdadera felicidad en nuestra vida no esta en aquello que nos da satisfacciones, sino en la capacidad que tengamos de hacer felices a los demás.

Es por eso que, el Evangelio lo dice claro, Dios no ha querido enviar a su Hijo para condenar  al  mundo,  sino  que  lo  ha  enviado  para  salvarlo  y  esto  significa  darle  la posibilidad de descubriese amado.

Y amamos de verdad sólo cuando asumimos la misma actitud de nuestro Padre Dios, quien incluso dentro de la Trinidad nos enseña que es verdaderamente Padre

cuando desborda su amor hacia el Hijo. El amor se vive sólo cuando nos ponemos en camino y nos dirigimos a los demás, no para satisfacer nuestras necesidades, sino para vivir la alegría que produce el amar.

Pidamos la gracia de saber amar y que se nos conceda abrir el corazón para que el amor de Dios sea lo que nos mueva en lo cotidiano de nuestras vidas y para que sepamos crear relaciones entre nosotros que sean exigencias de amar y de dejarnos amar por los demás.


¡Todo navega en el Mar infinito del Amor!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Es una fiesta relativamente reciente: fue introducida en el calendario litúrgico en 1334 por el papa Juan XXII. El motivo principal era dar una celebración solemne al misterio central de nuestra fe: Dios uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La encarnación y la Trinidad son los dos misterios esenciales de la fe cristiana. En efecto, todos los cristianos son bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La colocación de esta solemnidad en el domingo después de Pentecostés no es casual. A lo largo de los noventa días del tiempo cuaresmal y pascual, con la Semana Santa de la Pasión, muerte y resurrección de Jesús en el centro, hemos hecho experiencia de la acción salvífica del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En este domingo después de Pentecostés contemplamos la acción amorosa de las tres Personas divinas en su unidad y comunión. “Esta fiesta es como un oasis de contemplación, después de la plenitud de Pentecostés” (don Angelo Casati).

A todos les es posible llegar a la existencia de Dios a través de su epifanía en la creación. La inteligencia humana puede también llegar a la unicidad de Dios, es decir, al monoteísmo. A la Trinidad de las Personas en el único Dios, en cambio, nos ha guiado la fe en Jesús, porque “a Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo unigénito nos lo ha revelado” (Juan 1,18). No se trata, sin embargo, de un conocimiento teórico o puramente dogmático, que serviría de poco o de nada, sino de una introducción a la intimidad de Dios, de una inmersión en su misterio inmenso, sorprendente y fascinante.

Dios es amor

Las lecturas propuestas por la liturgia, breves pero densas, nos ayudan a profundizar en este misterio. Todas subrayan el amor de Dios. En la primera lectura, el Señor se presenta como “Dios misericordioso y piadoso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad” (Éxodo 34). En la segunda, conclusión de la segunda carta a los Corintios, san Pablo, con palabras llenas de ternura, se despide de la comunidad diciendo: “Hermanos, estad alegres, buscad la perfección, animaos mutuamente, tened los mismos sentimientos, vivid en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” (2 Corintios 13,11-13). El Evangelio nos presenta una de las afirmaciones más extraordinarias y revolucionarias de toda la Sagrada Escritura: “Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

En su primera carta, san Juan desarrolla esta verdad hasta afirmar: “Dios es amor” (1 Juan 4,16). La Trinidad es una exigencia del amor: Dios es amor, por eso es Trinidad. En la meditación de este Misterio permanece insuperable la intuición de san Agustín, que define al Padre como el amante, al Hijo como el amado y al Espíritu Santo como el amor que los une.

Mientras no acojamos en el corazón esta novedad evangélica, corremos el riesgo de hacer de Dios un ídolo, construido a “nuestra imagen y semejanza”: desde el dios juez hasta las distorsiones más perversas, como podemos ver en ciertos fundamentalismos. Pero no pretendamos conocer demasiado deprisa a Dios. La Palabra nos presenta “al Dios desconocido” a los atenienses, pero también a nosotros (Hechos 17,23).

¿Cómo percibir el amor de Dios? ¿Cómo llegar a lo que san Pablo desea a los Efesios: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, y así, arraigados y cimentados en la caridad, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento” (Efesios 3,17-19)?

Un viaje desde el exterior hacia las profundidades

Hoy vivimos proyectados hacia el mundo y el universo, deseosos —justamente— de descubrir los misterios del cosmos y de la vida. También buscamos conocer el “cosmos” que llevamos dentro: qué nos hace humanos, qué nos hace únicos, qué nos distingue de la inteligencia artificial… Sin embargo, pocos parecen interesados en profundizar en el Misterio por excelencia.

Los progresos asombrosos de las ciencias, nuestros conocimientos sobre el origen y la expansión del universo, sobre la evolución y sobre las leyes que hicieron saltar la chispa de la vida, suscitan asombro y maravilla. A pesar de todo, sin embargo, el sentido del infinito y el significado profundo de la vida parecen escapársenos, inasibles. Parecen remitirnos siempre… más allá. Nosotros mismos seguimos siendo un enigma para nosotros mismos. Al creyente le surge espontáneamente pensar: ¿no será quizá que solo el conocimiento de Dios y de su Misterio puede ofrecernos la clave de la existencia?

Así habla de ello el teólogo italiano Paolo Scquizzato:
“Dios-Trinidad, el Misterio insondable, quién sabe, quizá sea el Fondo del ser, la creatividad del Universo, la Belleza de lo bello, la Bondad del bien, la Vida de los vivientes, la Información del Cosmos, el Alma del mundo, la Conciencia del Universo, la ternura de los amantes, la Levadura de la materia, el Amor que me pide a cada instante expresarme plenamente y captar la sacralidad de todo lo que existe”.

Un cambio de dirección: desde dentro hacia fuera

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado”, afirma san Pablo en la carta a los Romanos (5,5). Habitualmente hablamos de “seguir a Jesús”, de ir detrás de él. Es la perspectiva de los Evangelios sinópticos: Marcos, Mateo y Lucas. Sin embargo, san Juan y sobre todo san Pablo prefieren hablar de Cristo y de Dios “en nosotros”: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2,20). Cristo habita en Pablo, lo anima, lo transforma.

Quizá no hemos profundizado suficientemente en esta dimensión. No hay que buscar a Dios quién sabe dónde, fuera de nosotros. Él está en lo íntimo de cada uno, en el núcleo más profundo, allí donde recibimos nuestro ser del amor de Dios. Jesús viene a nuestro encuentro “desde dentro hacia fuera”, dice el beato Juan de Ruusbroec, místico medieval. Nosotros estamos naturalmente orientados hacia el exterior; él, en cambio, está dentro. Esta maravillosa realidad hace exclamar a san Agustín, con asombro: “Tú eras más íntimo a mí que yo mismo y más alto que lo más alto que hay en mí”. Dios está escondido en nuestro corazón. Allí encontramos la fuente de la dignidad de nuestra humanidad.

¿Cómo concluir nuestra reflexión?

Los cristianos no son aquellos que creen simplemente en Dios creador del cielo y de la tierra, un Dios eterno y omnipotente. De un Dios así podríamos tener miedo. Podríamos respetarlo, pero no amarlo. Podríamos desconfiar de él y verlo como una amenaza para nuestra libertad. Los cristianos, en cambio, se definen así: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene” (1 Juan 4,16). A un Dios así podemos amarlo. De un Dios así podemos fiarnos y a él podemos abandonarnos.

Propuesta de oración para la semana:

Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco, más encuentro; y cuanto más encuentro, más crece la sed de buscarte. Tú eres insaciable; y el alma, saciándose en tu abismo, no se sacia, porque permanece con hambre de ti, cada vez te anhela más, oh Trinidad eterna, deseando verte con la luz de tu luz.” (Santa Catalina de Siena)


La intimidad de Dios
José Antonio Pagola

Si por un imposible la Iglesia dijera un día que Dios no es Trinidad, ¿cambiaría en algo la existencia de muchos creyentes? Probablemente no. Por eso queda uno sorprendido ante esta confesión del P. Varillon: «Pienso que, si Dios no fuera Trinidad, yo sería probablemente ateo […] En cualquier caso, si Dios no es Trinidad, yo no comprendo ya absolutamente nada».

La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios como Trinidad estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es solo amor, acogida, ternura. Esta es quizá la conversión que más necesitan no pocos cristianos: el paso progresivo de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.

Dios no es un ser «omnipotente y sempiterno» cualquiera. Un ser poderoso puede ser un déspota, un tirano destructor, un dictador arbitrario: una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad. ¿Podríamos confiar en un Dios del que solo supiéramos que es omnipotente? Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente poderoso. Parece más fácil desconfiar, ser cautos y salvaguardar nuestra independencia.
Pero Dios es Trinidad, es un misterio de Amor. Y su omnipotencia es la omnipotencia de quien solo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente. Dios no lo puede todo. Dios no puede sino lo que puede el amor infinito. Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor nos fabricamos un Dios falso, una especie de ídolo extraño que no existe.

Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es solo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho. O un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador. Pero esta religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.
Solo cuando uno intuye desde la fe que Dios es solo Amor y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino Amor presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad del que lo único que sabemos por Jesús es que no puede sino amarnos.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


La Santa Trinidad:
manantial de misericordia y de misión
Romeo Ballan, mccj

¿Cómo es Dios por dentro? ¿Cómo vive? ¿Qué hace? ¿Dónde habita?… Son preguntas que todo ser humano se hace, por lo menos en algunas etapas de la vida. A estas y a otras preguntas responde, sobre todo para los cristianos, la fiesta de la Santísima Trinidad. Es la fiesta del “Dios uno en Tres Personas”, como enseña el catecismo. Con eso está dicho todo, pero, a la vez, todo queda por ser explicado y ser entendido, acogido con amor y adorado en la contemplación. Este tema tiene una importancia central para la misión. En efecto, se afirma con facilidad que todos los pueblos –incluidos los no cristianos– saben que Dios existe, lo mencionan y lo invocan de diferentes maneras; se afirma igualmente que también los ‘paganos’ creen en Dios. Esta verdad compartida – aunque con diferencias y reservas – hace posible el diálogo entre cristianos y seguidores de otras religiones. Sobre la base de un Dios único común a todos, es posible tejer un entendimiento entre los pueblosincluso no cristianos, con vistas a acciones concertadas: favorecer la paz, defender los derechos humanos, realizar proyectos de desarrollo humano y social, como ya se viene haciendo en muchos lugares.

Sin embargo, para la actividad evangelizadora de la Iglesia, estas iniciativas no son sino una parte del mensaje cristiano. Además, en el Evangelio la familia humana encuentra recursos nuevos e inagotables para su propio subsistir y progreso humano y espiritual: ¡acogiendo la novedad de Cristo! El cristiano no se limita a fundar su vida espiritual solo sobre la existencia de un Dios único, y mucho menos lo puede hacer un misionero consciente de la extraordinaria riqueza del don de Jesucristo, que nos introduce de lleno en el misterio de Dios-Amor. El Evangelio que el misionero lleva al mundo, además de enriquecer la comprensión del monoteísmo, abre al inmenso y siempre sorprendente misterio de Dios, que es comunión de Personas. Aquí la palabra misterio no alude a verdades escondidas, difíciles de entender, sino más bien a verdades siempre nuevas, por descubrir y sobre todo vivir. La fe no es un saber. La fe es experiencia de vida.

En esta materia es mejor dejar la palabra a los místicos. Para S. Juan de la Cruz Hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá”. Por su parte, hablándole a la Trinidad, S. Catalina de Sienaexclama: “Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más hallo, más crece la sed de buscarte. Tú eres insaciable; y el alma, saciándose en tu abismo, no se sacia, porque sigue con el hambre de ti, siempre más te desea, oh Trinidad eterna”.

La revelación de Dios uno y trino lleva a consecuencias inmediatas y renovadoras para la vida del creyente: ofrece parámetros nuevos sobre el misterio de Dios, sobre la manera de tejer las relaciones entre las personas humanas, sobre la relación del hombre con la creación… También el diálogo entre las religiones se enriquece con perspectivas nuevas, aunque difíciles, como lo indican, por ejemplo, las primeras afirmaciones de un diálogo escueto entre un musulmán y un cristiano:

– El musulmán dice: “Dios, para nosotros, es uno; ¿cómo podría tener un hijo?”

– El cristiano responde: “Dios, para nosotros, es amor; ¿cómo podría estar solo?”

Este es tan solo el comienzo de un largo camino para el encuentro; queda el desafío: cómo continuar el diálogo, ante todo en las relaciones interpersonales y sociales, y luego en el nivel doctrinal.

El Dios cristiano es trinitario: es uno pero no solitario; es comunitario. Esta revelación enriquece también al monoteísmo hebraico, islámico y de las otras religiones. En efecto, el Dios revelado por Jesús (Evangelio) es Dios-amor, Dios que quiere la vida del mundo, Dios que ofrece salvación a todos los pueblos (v. 16-17; cfr. 1Jn 4,8). Él se revela siempre como “Dios compasivo y misericordioso… rico en clemencia y lealtad” (I lectura, v. 6); “el Dios del amor y de la paz” (II lectura, v. 11); “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4).

Es vana la pretensión humana de explicar a Dios; se le puede seguir, sentir, entrever. La Biblia no nos habla de Dios en lenguaje teórico, sino dinámico; nos presenta la historia, los hechos en los cuales Dios se comunica, se manifiesta. La narración bíblica nos muestra lo que Dios-Trinidad ha hecho por nosotros; y desde sus obras podemos entrever algo de cómo es la Trinidad por dentro. Estamos ante un ‘monoteísmo convivial’: hay un Dios uno en la divinidad, pero diferente en las Tres Personas. Dios es comunión de personas y, al mismo tiempo, custodio de las diferencias. La Biblia nos revela que nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de la Trinidad (cfr. Gén 1,26-27): estamos creados, pues, para la vida, la relación, la convivialidad. El desafío para todos nosotros, hombres y mujeres, hechos a imagen de Dios, consiste ahora en declinar entre nosotros, de manera armoniosa, la comunión y las diferencias.

Todos los pueblos tienen el derecho y la necesidad de conocer el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha revelado.Y los misioneros tienen el encargo de anunciarlo. Como afirma el Concilio, “la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Ad Gentes 2). Palabras claras del Concilio sobre el origen y el fundamento trinitario de la misión universalde la Iglesia.

“¿Dónde habita Dios?” Es otra de las preguntas iniciales. El catecismo responde: “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. Es verdad, pero hay una respuesta aún más vital y personal. Un día el rabí Mendel de Kotzk preguntó a unos huéspedes cultos: “¿Dónde habita Dios?” Ellos reaccionaron diciendo: “¿Cómo? ¿No lo sabes? ¿Acaso el mundo no está lleno de su gloria?” El rabí, en cambio, replicó: “Dios habita allí donde se le deja entrar”. Dios está allí donde hay personas que se aman. Dios busca el encuentro personal, llama a la puerta de cada corazón, ofrece su amistad. Con una intimidad que calienta el corazón, regala vida y gozo y desemboca en la misión.


Fiesta de la Santísima Trinidad
José Luis Sicre

El año litúrgico comienza celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, tema del domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.

Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.

La única definición bíblica de Dios (Éxodo 34,4b-6.8-9)

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia ha mutilado el texto, pero conviene conocerlo entero.

Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando: 

«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Ex 34,6-7).

Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados. Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT: 

«Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,
paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15). 

«El Señor es compasivo y clemente,
paciente y misericordioso; 
no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo. 
No nos trata como merecen nuestros pecados 
ni nos paga según nuestras culpas; 
como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles; 
como dista el oriente del ocaso, 
así aleja de nosotros nuestros delitos; 
como un padres siente cariño por sus hijos, 
siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).

«El Señor es clemente y compasivo,
paciente y misericordioso; 
El Señor es bueno con todos, 
es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).

«Sé que eres un dios compasivo y clemente,
paciente y misericordioso,
que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).

Como consecuencia de lo anterior, Dios se convierte para Moisés en modelo de amor al pueblo: las etapas del desierto han sido momentos de incomprensión mutua, de críticas acervas, de relación a punto de romperse. Ahora, las palabras de Dios mueven a Moisés a interesarse por el pueblo y a demostrarle el mismo amor que Dios le tiene.

El amor de Dios al mundo (Juan 3,16-18)

Este breve fragmento, tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata solo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna. «De tal manera amó Dios al mundo…». La palabra «mundo» puede significar en Juan el conjunto de todo lo malo que se opone a Dios. Pero en este caso se refiere a las personas que lo habitan, a las que Dios ama de una forma casi imposible de imaginar. Dios no pretende condenar, como muchas veces se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida. Una vida que consiste, desde ahora, en conocer a Dios como Padre y a su enviado, Jesucristo, y que se prolongará, después de la muerte, en una vida eterna. En estos meses de pandemia, que nos han puesto en contacto frecuente con la muerte, las palabras de Jesús nos sirven de ánimo y consuelo.

Nuestra respuesta: amor con amor se paga (2 Corintios 13,11-13)

En la primera lectura, Dios se convertía en modelo para Moisés, animándolo al amor y al perdón. En la carta de Pablo a los corintios, Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.

Esta lectura ha sido elegida porque menciona juntos (cosa no demasiado frecuente) a Jesucristo, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En esas palabras se inspira uno de los posibles saludos iniciales de la misa.

Conclusión

«Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser».

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Pentecostés. Año A

“Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes.

Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

(Juan 20, 19-23)


Reciban el Espíritu Santo
P. Enrique Sánchez G. mccj

Luego de celebrar durante cincuenta días la alegría de la Pascua, que nos ha recordado muchas veces que el Señor está vivo entre nosotros, llegamos a la fiesta de Pentecostés con la cual tomamos conciencia de la promesa que el mismo Señor nos ha hecho desde que estaba entre nosotros: no les dejaré solos, les enviaré al Espíritu.

Vivimos en este momento, a través de la entrada del Espíritu en acción, el acontecimiento extraordinario por el cual el Señor nos manifiesta su voluntad de permanecer fiel al proyecto del Padre. Aquel proyecto que se puede sintetizar en las pocas palabras que el evangelio ha querido atesorar recordándonos que Dios nos ha amado tanto que ha querido hacerse uno de nosotros para siempre.

La presencia del Espíritu es la prueba de la seriedad con que Dios nos quiere tratar y nos manifiesta su amor paternal acompañando cada uno de nuestros pasos y cada instante de nuestra vida.

El Espíritu es el sí de Dios que se sostiene y se mantiene como palabra dada para que se cumpla en nosotros el sueño de Dios que es vernos unidos, en paz, alegres y responsables en la construcción de un mundo que sea verdadera continuación de lo iniciado por Él en el momento de la creación.

La manifestación del Espíritu en cada uno de nosotros como fuente de vida, como luz que nos permite caminar en medio de las tinieblas, como fuerza de Dios que nos da la fortaleza para proyectarnos hacia el futuro con confianza, no puede ser otra cosa que el don más extraordinario que podamos recibir para que nos convirtamos en signos de la presencia de Dios en nuestro mundo.

Pentecostés, en este sentido, no es solo otra cita importante en nuestro caminar cristiano que no podemos dejar pasar como un acontecimiento cualquiera. Es la fiesta que nos invita a tomar conciencia de la presencia del Espíritu de Dios en medio de nosotros; la presencia de Dios mismo que sigue paso a paso el caminar de la Iglesia.

La venida del Espíritu Santo al mundo es Dios mismo que se compromete de nuevo en el caminar de la humanidad, en el esfuerzo de cada uno de nosotros en la búsqueda de autenticidad, de felicidad y de vida plena.

Si nos detenemos un momento a reflexionar nos vamos a dar cuenta fácilmente de que Pentecostés es la fiesta del Espíritu que viene a enriquecer nuestras vidas con su dones y carismas y con ello nos ofrece la oportunidad de descubrirnos formando parte de una Iglesia, comunidad de discípulos del Señor, bendecida, fortalecida, guiada y acompañada por ese Espíritu que hace todas las cosas nuevas.

La celebración de Pentecostés es el momento en el cual nos descubrimos Iglesia habitada por la presencia del Espíritu que actúa en ella, haciéndola depositaria de todas las gracias que Dios.

Por eso, Pentecostés es fiesta de alegría, de libertad o de liberación de todos los miedos y ataduras que nos podían tener sujetos y paralizados en nuestras miserias y egoísmos.

Es la fiesta de la manifestación del poder de Dios que no tiene nada que ver con nuestras violencias y nuestras guerras. Es la fiesta de la confianza y del optimismo que nos permite esperar tiempos en los que el amor de Dios acabará por desenmascarar todas nuestras mentiras y las pretensiones de poder construir un mundo fincado solo sobre nuestras fuerzas y nuestro poder.

Pentecostés es la fiesta del Espíritu que nos obliga a salir de nuestros escondites, de los refugios en donde nos hemos atrincherado por miedo a ser testigos del Dios vivo que en Cristo Resucitado nos ha manifestado su poder.

Es fiesta del Espíritu que nos obliga a salir de nuestras seguridades para convertirnos en testigos valientes, en discípulos arriesgados, en cristianos felices de llevar este nombre.

Pentecostés es el tiempo en que el Espíritu nos atrapa en su torbellino de fuerza y nos lanza, parafraseando al filósofo Emmanuel Mounier, a los cuatro rincones del mundo, allá en donde un hermano nuestro se encuentra en situación de necesidad.

Pentecostés es fiesta misionera, como todos los momentos importantes en los que celebramos el misterio de la revelación de Dios, que nos envía para que no nos quedemos encerrados, complacidos o engolosinados con la experiencia que hemos hecho de encontrarnos con él.

Al Dios vivo, que se nos ha manifestado en Cristo Resucitado, ahora nos toca anunciarlo al mundo, llevarlo urgentemente a todos los que no se han encontrado con Él, para que todos los seres humanos tengan la oportunidad de conocerlo y conociéndolo puedan compartir y disfrutar de la vida plena que solo Dios nos puede dar.

El Espíritu que celebramos en esta fiesta de Pentecostés, ciertamente es el Espíritu consolador que nos permite ver el futuro con optimismo, pero no tiene nada que ver con el espíritu conformador que nos empuja a instalarnos en una vivencia cómoda de nuestra fe.

No tiene nada que ver con el espíritu mediocre que nos seduce invitándonos a quedarnos en una visión intimista de nuestra relación con Dios y con los demás.

No tiene nada de familiar con el espíritu paralizador que nos impide ir al encuentro de los demás para asumir compromisos de solidaridad y de responsabilidad ante los dramas que vive nuestra humanidad.

El Espíritu que celebramos en Pentecostés es el mismo que movió a María, la madre de Jesús, a dejarlo todo, para llevar la buena noticia a los más pobres.

Es la fuerza que la llenó de confianza en los planes de Dios para su vida, que la mantuvo siempre con el corazón lleno de esperanza, porque sabía que Dios hace todas las cosas bien. Era el Espíritu que la transformó en verdadera creyente que supo llegar hasta los pies de la cruz y después discretamente acompañó a la Iglesia. Ese mismo Espíritu es el que nos invade hoy y quiere penetrar en lo más profundo de nuestros corazones, para hacernos personas nuevas, para orientarnos hacia el bien, para que no tengamos miedo de alzar nuestras manos para alabar al Señor.

Es el Espíritu que nos anima a tender la mano al necesitado, a dirigir nuestros pasos hacia el abandonado, el que nos provoca para que nos convirtamos en artesanos de la paz.

Él nos anima en la construcción de una comunidad humana más fraterna. Él nos hace soñar en un mundo más globalizado también en los proyectos de bien, de justicia y de respeto a los más frágiles y desfavorecidos.

Pentecostés es la fiesta que nos invita a reconocer la acción del Espíritu en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades como fuerza y presencia amorosa de Dios que no se cansa de hacer todas las cosas nuevas y que nos invita a seguir poniendo nuestra confianza en él como el único de quien puede venir nuestra auténtica felicidad.

Que a todos se nos conceda vivir con gran disponibilidad a nueva Pentecostés que nos haga personas llenas de Dios, hombres y mujeres alegres.


Los cuatro Pentecostés
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy la Iglesia celebra la gran solemnidad de Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu Santo, cincuenta días después de la Pascua, según el relato de los Hechos de los Apóstoles (véase la primera lectura). Pentecostés, que significa “quincuagésimo (día)” en griego, era una fiesta judía, una de las tres grandes peregrinaciones al Templo de Jerusalén: la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de las Tiendas (la fiesta de la cosecha en otoño). Era una celebración agrícola de acción de gracias por los primeros frutos de la cosecha, celebrada el día 50 después de la Pascua. También se la llamaba “Fiesta de las Semanas”, ya que tenía lugar siete semanas después de la Pascua. Esta fiesta agrícola fue asociada más tarde al recuerdo de la entrega de la Ley o Torá por parte de Moisés en el monte Sinaí.

El Pentecostés cristiano es el cumplimiento y la conclusión del tiempo pascual. Es nuestra Pascua, el paso a una nueva condición, ya no bajo el dominio de la Ley, sino guiados por el Espíritu. Es la fiesta del nacimiento de la Iglesia y el comienzo de la Misión.

Las lecturas de la fiesta nos presentan, en realidad, cuatro venidas del Espíritu Santo, o cuatro modos distintos pero complementarios de su presencia. Podríamos decir que hay cuatro “Pentecostés”.

1. El Pentecostés de la Iglesia

La primera lectura (Hechos 2,1-11) nos muestra una venida del Espíritu sorprendente, impetuosa y luminosa:
“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.”
Es una venida que provoca asombro y admiración, entusiasmo y euforia, consuelo y valentía. Es totalmente gratuita, impredecible y nunca programable. Son casos excepcionales. Algunos están recogidos en el libro de los Hechos, y ha habido otros a lo largo de la historia de la Iglesia, quizá menos espectaculares, pero siempre profundamente fecundos. De hecho, Pentecostés siempre viene seguido de una primavera eclesial. ¡Y Dios sabe cuánto la necesitamos en este invierno eclesial que vivimos en Occidente! Solo la oración constante de la Iglesia, la humilde paciencia del sembrador y la docilidad al Espíritu pueden alcanzar tal gracia.

2. El Pentecostés del mundo

La efusión del Espíritu se extiende a toda la creación. Él es “el que da la vida y santifica el universo” (Plegaria Eucarística III). Es Él quien “lleva el polen de la primavera al corazón de la historia y de todas las cosas” (Ermes Ronchi). Por eso, con el salmista, invocamos el Pentecostés sobre toda la tierra: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.” (Salmo 103/104)
Esta debería ser una oración típica y habitual del cristiano: invocar el Pentecostés sobre el mundo, sobre las dinámicas que rigen nuestra vida social, sobre los acontecimientos de la historia. Todos se quejan de “cómo está el mundo”, del “mal espíritu” que lo mueve… pero ¿cuántos de nosotros invocamos realmente al Espíritu sobre las personas, las situaciones y los hechos de nuestra vida diaria?

3. El Pentecostés de los carismas o del servicio

El apóstol Pablo, en la segunda lectura (1 Corintios 12), nos llama la atención sobre otra manifestación del Espíritu: los carismas.
“Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu… A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para el bien común…”
Hoy se habla mucho de los carismas y del reparto de los servicios eclesiales, pero hay una creciente y preocupante desafección entre las generaciones más jóvenes. El sacramento de la confirmación —el “Pentecostés personal”, que debería ser el paso hacia una participación plena en la vida de la Iglesia— es, tristemente, a menudo el momento del abandono. Es un signo claro de que hemos fallado en el objetivo de la iniciación cristiana. ¿Qué hacer entonces? La Iglesia debe dotarse de un oído extremadamente fino y reforzar sus antenas para captar la Voz del Espíritu en este momento concreto de su historia. Me atrevo a decir que el problema más grave es la mediocridad espiritual de nuestras comunidades. Preocupadas por mantener la ortodoxia y el orden litúrgico, hemos perdido de vista lo esencial: la experiencia de la fe.

4. El Pentecostés del domingo

La liturgia nos vuelve a proponer el evangelio de la aparición de Jesús resucitado en la tarde del Domingo de Pascua (Juan 20,19-23), un evangelio cargado de resonancias pascuales:
“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: ‘La paz esté con vosotros.’ Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: ‘La paz esté con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.’ Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.’”
Este evangelio es conocido como el “pequeño Pentecostés” del evangelio de san Juan, porque aquí Pascua y Pentecostés coinciden. El Resucitado entrega el Espíritu la misma tarde de Pascua. Todo este contexto evoca la asamblea dominical y la Eucaristía. Es ahí donde el Espíritu “aleteaba sobre las aguas” (Génesis 1,2) del caos y del miedo a la muerte, y aporta paz, armonía y alegría de vivir. El papel central del Espíritu debe ser redescubierto. Este es su tiempo. Sin Él, no podemos proclamar que “Jesús es el Señor” (1 Corintios 12,3), ni clamar “¡Abbá, Padre!” (Gálatas 4,6). No hay Eucaristía sin la acción del Espíritu. Por eso, entremos en la Eucaristía suplicando desde el corazón:
¡Ven, ven, Espíritu Santo!

Para concluir: ¿cómo navegas tú en el mar de la vida, a remo o a vela?

Respiramos al Espíritu Santo. Él es el oxígeno del cristiano. Sin Él, la vida cristiana es ley y deber, es remar constantemente con esfuerzo y cansancio. Con Él, es la alegría de vivir y amar, es la ligereza de navegar con el viento en popa. Ahora que, tras el tiempo pascual, volvemos al tiempo ordinario y a la rutina de la vida, ¿cómo te preparas para navegar: con la fuerza de tus brazos o dejándote llevar por el Viento que sopla en la vela desplegada de tu corazón?

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Vivir a Dios desde dentro
José Antonio Pagola

Hace unos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestro tiempo es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir caminando con resignación y aburrimiento cada vez mayores caminos comunes de una mediocridad espiritual.”

El problema no ha hecho más que agravarse en estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.

La sociedad moderna ha apostado por “el exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, casi sin detenerse en nada ni en nadie. La paz no encuentra rendijas para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Por ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.

Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de la experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oidos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.

En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más profundo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos al Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?

Acoger el Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar sólo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios con la cabeza, y aprender a percibirlo en lo más íntimo de nuestro ser.

Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirlo antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil de mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y la frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.

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Dios es Espíritu
Fray Marcos

Hablar del Espíritu Santo es pretender recoger agua de lluvia en un cesto de mimbres. Espíritu es el concepto más escurridizo de la teología. Más de 500 veces encontramos la palabra en la Biblia y apenas podremos descubrir dos pasajes en los que tenga el mismo significado. En ningún caso podemos entenderlo como una entidad separada.

Los evangelios escenifican diversas venidas del Espíritu, aunque más sencillas que la de Lucas. Esas “venidas” indican claramente que Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte. No estamos recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos viviendo una realidad que está sucediendo en este instante como hace dos mil años.

La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra de Dios-Espíritu-Vida. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora, Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en ellos.

Pablo dijo que sin el Espíritu no podríamos decir: “Jesús es el Señor”, ni: “Abba”. Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos estamos fundamentados en Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello.

El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: Lo llama papá, hace su voluntad; le escucha siempre. El mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios. Su predicación estuvo encaminada a hacer ver a sus seguidores que tenían que vivir esa misma experiencia para alcanzar la plenitud que él alcanzó.

El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone no dejarnos atrapar por cualquier clase de sometimiento alienante. El Espíritu es la energía que lucha contra las fuerzas desintegradoras: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, intereses, miedos.

Si Dios está en todos, no puede haber privilegiados. Dios no se puede partir. Si todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios, ninguna estructura de poder o dominio se justifica apelando a Él. “El que quiera ser primero sea el servidor de todos.” “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro”.

El Espíritu es la fuerza que mantiene a cada uno integrado en la comunidad. En el relato de los Hechos, las personas de distinta lengua se entienden. La lengua del Espíritu es el amor, es el único lenguaje que todos entienden. Es lo contrario de lo que pasó en Babel. “Dios hace de todos los pueblos uno, destruyendo el muro que los separaba, el odio”.

Para las primeras comunidades, Pentecostés fue el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en una institución jurídica.

“Obediencia” fue la palabra que caracterizó la vida de Jesús. Pero si nos acercamos a Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados. No fue obediente en absoluto, ni a su familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.

Para salir de una falsa obediencia debemos entrar en la dinámica de la escucha del Espíritu. Tanto el superior como el inferior, tienen que abrirse al Espíritu y dejarse guiar por él. Pero debemos estar también atentos a las experiencias de los demás. Creernos privilegiados con relación a los demás anulará una verdadera escucha del Espíritu.

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Espíritu de misericordia, paz, unidad, sanación y misión
Romeo Ballan, mccj

¡Pentecostés es una fiesta de maravillas! “Los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (I lectura, v. 11). La sorpresa sacude a la gente de Jerusalén y a los mismos Apóstoles, en esa mañana de Pentecostés (I lectura). Muchos pueblos distintos (se nombran hasta 17 pueblos), con idiomas diferentes, hablan una lengua común: todos comentan al unísono las maravillas de Dios (v. 8-11). El Espíritu Santo, que acaba de descender sobre la comunidad reunida en el Cenáculo, es el autor de esta maravilla: es decir, la superación de Babel y el paso a una vida de comunión fraterna y de impulso misionero. En efecto, en Babel la confusión de las lenguas había provocado la dispersión de los pueblos que, en actitud orgullosa y egoísta, querían edificarse una ciudad y hacerse famosos (Gen 11,1-9); por el contrario, en Jerusalén, cuando el Espíritu desciende, pueblos diferentes logran entenderse y comunicar las maravillas de Dios. En Babel todos hablaban el mismo idioma, pero nadie lograba entender al otro. En Pentecostés hablan lenguas diferentes y, sin embargo, todos se entienden como si hablaran un único idioma. En el corazón de las personas, el Espíritu desplaza el centro de interés: ya no es la búsqueda egoísta de sí mismos o de hacerse famosos, sino vivir en Dios y narrar sus obras, en beneficio de toda la familia humana.

La fiesta hebraica de Pentecostés se había convertido progresivamente en un memorial de las grandes alianzas de Dios con su pueblo (con Noé, Abrahán, Moisés, Jeremías, Ezequiel…). Ahora en la culminación de Pentecostés (v. 1) es el don del Espíritu, que se nos da como definitivo principio de vida nueva: es Espíritu de unidad, de fe y de amor, en la pluralidad de carismas y de culturas. San Pablo atribuye claramente al Espíritu la capacidad de hacer a la Iglesia unida y múltiple en la pluralidad de dones, ministerios, funciones (v. 4-6). El Espíritu quiere una Iglesia rica en dones diversos, pero unida; una Iglesia que no anula, sino que valora las diferencias. ¡Porque constituyen una riqueza! El Espíritu realiza la convivialidad de las diferencias: no las anula, ni las homologa, más bien las salva, las purifica, las custodia, las enriquece, las armoniza. El Papa Francisco nos recuerda que Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia; es el “cumpleaños de la Iglesia”.

El Espíritu Santo es el fruto más grande y más hermoso de la Pascua, ya desde el último respiro de Jesús en la cruz, que marcó el comienzo de la vida nueva en el Espíritu. En sentido pleno, el texto “expiró” (Lc 23,46; Jn 19,30) se puede traducir: entregó-transmitió el Espíritu (Santo), preludio de Pentecostés. Además, en su resurrección Jesús insufla el Espíritu sobre los discípulos (Evangelio): “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (v. 22-23). Él es el Espíritu de vida y de la misericordia de Dios para el perdón de los pecados. Por tanto, es Espíritu de paz: con Dios y con los hermanos. Es Espíritu de unidad en la pluralidad. Es el Espíritu de la misión universal; es, incluso, el protagonista de la misión que Jesús confía a los Apóstoles y a sus sucesores (cfr. RMi cap. III; EN 75s): “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (v. 21). Son palabras que vinculan para siempre la misión de los apóstoles y de los fieles cristianos con la vida de la Trinidad: el Hijo es el primer misionero enviado por el Padre para salvar al mundo, por el amor (Jn 15,9); el Espíritu impulsa a toda la Iglesia a la misión y en el camino hacia la unidad de los cristianos.

El soplo de Jesús sobre los Apóstoles en la tarde de Pascua (v. 22), para el evangelista Juan es ya Pentecostés y evoca la creación nueva, que es obra del Espíritu: Él transforma desde dentro a cada persona y la dispone a acoger el don de la salvación en Cristo. De manera real, aunque por caminos invisibles que se nos escapan, el Espíritu dispone los corazones de las personas, incluidos los no cristianos, para el necesario encuentro salvífico con Cristo, como lo enseña el Concilio: “Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma por Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GS22; es un texto valiente que Juan Pablo II cita tres veces en la RMi, n. 6.10.28).

Estrechamente vinculada a la obra creativa y purificadora del Espíritu está también su acción capaz de sanar y curar el alma y el cuerpo de las personas. Se trata de una energía real y eficaz, ante la cual existe una particular sensibilidad en el mundo misionero, aunque a menudo no es fácil discernir. La acción sanadora alcanza a veces también el cuerpo, pero más a menudo toca el espíritu humano, sanando las heridas interiores y derramando el bálsamo de la reconciliación y de la paz. Se abren ante la Iglesia campos siempre nuevos para su actividad misionera, en los que está llamada a trabajar con creciente impulso y creatividad. ¡Confiando en la acción del Espíritu!