Category Comentarios dominicales

XXIX Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo.
Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran: “Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué piensas:
¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”.
Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó: “Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme? Enséñenme la moneda del tributo”. Ellos le presentaron una moneda. Jesús les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. Le respondieron: “Del César”.
Y Jesús concluyó: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

(Mateo: 22, 15-21)


Dar al César y a Dios
P. Enrique Sánchez G. mccj

En este domingo dividiremos nuestra reflexión en dos partes. Un pequeño pensamiento sobre el evangelio que nos presenta la liturgia hoy y una pequeña reflexión inspirada en el Mensaje del S. Padre León XIV para la Jornada mundial de oración por las misiones.

El Evangelio nos presenta a unas personas que se acercan a Jesús y pretenden confundirlo con sus palabras aduladoras, reconociendo que sus enseñanzas son buenas y verdaderas, pero que no acaban de aceptarlas.

Buscan la manera de ponerlo a prueba para hacerlo caer y de esa manera poder decir que se trata de un charlatán más y que sus enseñanzas no tienen valor. Pero Jesús no se deja atrapar y les demuestra con sus propias palabras y acciones que están equivocados y que de esa manera jamás se encontrarán con la verdad.

La interpretación de la ley que Jesús pone ante sus interlocutores demuestra no sólo que conoce bien la ley, sino que está familiarizado con el espíritu profundo de la misma ley.

La verdad y la justicia mueven necesariamente a comportarse de manera correcta y a cumplir con todas las obligaciones que tenemos como miembros de una sociedad en donde la ley existe para favorecer aquello que permita el bien para todos.

La ley no se ha establecido para transgredirla o manipularla a nuestro antojo o conveniencia y cumplirla correctamente es una obligación que permite vivir en un ambiente sano, respetuoso de los derechos de los demás y en donde cada uno puede, sin dificultad reconocer igualmente sus obligaciones.

Darle al César lo que es del César es una manera muy sencilla de decir que nada nos exenta de nuestros compromisos en la construcción de una sociedad en donde se busque el bien común y en donde se reconozcan y se respeten los derechos de todas las personas por igual.

Darle a Dios lo que le corresponde a Dios, por su parte, lo podemos entender como la necesidad de tener un referente en nuestras vidas que nos ilumine para vivir los valores que nos permitan actuar según la verdad, la justicia y la fraternidad.

Darle a Dios lo que es de Dios significa estar conscientes de la necesidad que tenemos de su Espíritu, de su presencia y de su asistencia para poder actuar de manera que crezcamos en lo que realmente es importante y necesario en la vida.

Darle a Dios no es otra cosa sino permitirnos salir de lo estrecho de nuestras maneras de ver y de actuar en la vida para dejarnos inspirar por los valores que encontramos en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Pero, con cierta frecuencia, sucede que nuestra práctica de la ley no va en la línea de buscar lo que es justo, sino, al contrario, se trata de encontrar la manera de distorsionar el valor de la ley para hacerla funcionar según nuestros intereses y nuestras conveniencias.

Un ejemplo lo tenemos en la experiencia de la corrupción que existe tan difundida en nuestra sociedad. No hace falta buscar mucho para encontrarnos con situaciones muy claras en donde la ley no ha sido respetada, ha sido comprada o manipulada. Y esto vale desde el pequeño soborno que se ofrece para evitarse la molestia de cumplir con una obligación marcada por la ley, hasta los grandes escándalos que hace ver como el mal uso de la ley ha servido para proteger a culpables y castigar a inocentes.

La pequeña frase del evangelio de hoy nos invita a no hacerlo cómplices de quienes desvirtúan a la ley con tal de no asumir sus responsabilidades con los demás para construir un mundo verdaderamente fraterno.

Y, por otra parte, nos anima a darle el lugar que le corresponde a Dios en nuestras vidas, para que inspirados y guiados por sus valores y su presencia seamos capaces de vivir respetando a los demás y favoreciendo todo aquello que nos permita crear espacios de auténtica fraternidad.

Démosle a Dios el lugar que le corresponde en nuestras vidas y hagamos el esfuerzo por cumplir con nuestras obligaciones con la sociedad en donde nos encontramos para que podamos vivir en la justicia y en la paz.

Domingo Mundial de las Misiones

En este domingo leamos estos fragmentos del mensaje del Papa León XIV para esta jornada que celebra el Centenario de su institución en 1926 por el Papa Pío XI.

Que la meditación de estas palabras despierte en nosotros un nuevo entusiasmo misionero y nos muevan a un compromiso más decidido de apoyo en la tarea de llevar el Evangelio a todos los rincones de nuestro mundo.

Uno en Cristo, unidos en la misión

Queridos hermanos y hermanas:

Para la Jornada Mundial de las Misiones de 2026, que marca el centenario de esta celebración, instituida por Pío XI y tan querida por la Iglesia, he elegido el tema “Uno en Cristo, unidos en la misión”.

1. Uno en Cristo. Discípulos misioneros unidos en Él y con los hermanos y hermanas

En el centro de la misión está el misterio de la unión con Cristo. Antes de su Pasión, Jesús oró al Padre: «Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17,21).

Ser cristianos no es ante todo un conjunto de prácticas o ideas; es una vida en unión con Cristo, en la que participamos de la relación filial que Él vive con el Padre en el Espíritu Santo. Significa permanecer en Cristo como los sarmientos en la vid (cf. Jn 15,4), inmersos en la vida trinitaria. De esta unión brota la comunión recíproca entre los creyentes y nace toda fecundidad misionera.

Por eso, la primera responsabilidad misionera de la Iglesia es renovar y mantener viva la unidad espiritual y fraterna entre sus miembros.

La misión evangelizadora, que Cristo confió a sus discípulos, requiere ante todo corazones reconciliados y deseosos de comunión.

Por último —pero no menos importante—, ser “uno en Cristo” nos llama a mantener siempre la mirada fija en el Señor, para que Él sea verdaderamente el centro de nuestra vida personal y comunitaria, de cada palabra, acción y relación interpersonal, de modo que podamos decir con asombro: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20).

Por lo tanto, cuanto más unidos estemos en Cristo, tanto más podremos cumplir juntos la misión que Él nos confía.

2. Unidos en la misión. Para que el mundo crea en Cristo Señor

La unidad de los discípulos no es un fin en sí misma: está ordenada a la misión. Jesús lo afirma con claridad: «Para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17,21). Es en el testimonio de una comunidad reconciliada, fraterna y solidaria donde el anuncio del Evangelio encuentra toda su fuerza comunicativa.

En esta perspectiva, vale la pena recordar el lema del beato Paolo Manna: “Toda la Iglesia para la conversión de todo el mundo”.

Por eso, estar unidos en la misión significa custodiar y alimentar la espiritualidad de comunión y colaboración misionera. Al crecer cada día en esta actitud, aprendemos con la gracia divina a mirar cada vez más a nuestros hermanos y hermanas con ojos de fe, a reconocer con alegría el bien que el Espíritu suscita en cada uno, a acoger la diversidad como riqueza, a llevar las cargas los unos de los otros y a buscar siempre la unidad que viene de lo Alto.

La unidad misionera, obviamente, no debe entenderse como uniformidad, sino como convergencia de los diferentes carismas con el mismo objetivo: hacer visible el amor de Cristo e invitar a todos al encuentro con Él. La evangelización se realiza cuando las comunidades locales colaboran entre sí y cuando las diferencias culturales, espirituales y litúrgicas se expresan plena y armoniosamente en la misma fe. Por lo tanto, animo a las instituciones y realidades eclesiales a fortalecer el sentido de comunión misionera eclesial y a desarrollar con creatividad formas concretas de colaboración entre ellas, para y en la misión.

3. Misión de amor. Anunciar, vivir y compartir el amor fiel de Dios

Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia. La Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto; es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo.

La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor. Tanto es así que el mismo Señor, en su gran oración al Padre antes de la pasión, después de invocar la unidad de los discípulos, concluye de este modo: «Para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos» (Jn 17,26). Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo (cf. 2 Co 5,14). De la misma manera, a lo largo de los siglos, multitudes de cristianos,  mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los tiempos.

Por eso, deseo agradecer especialmente a los misioneros y misioneras ad gentes de hoy; personas que, como san Francisco Javier, han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor  a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Siguen entregándose con alegría a pesar de las adversidades y las limitaciones humanas, porque saben que Cristo mismo, con su Evangelio, es la mayor riqueza que se puede compartir. Con su perseverancia muestran que el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera. El mundo sigue necesitando estos valientes testigos de Cristo, y las comunidades eclesiales siguen necesitando nuevas vocaciones misioneras, que debemos tener siempre en el corazón y por las que debemos rogar continuamente al Padre. Que Él nos conceda el don de jóvenes y adultos dispuestos a dejarlo todo para seguir a Cristo en el camino de la evangelización hasta los confines de la tierra.

Al admirar a los misioneros y misioneras, hago un llamamiento especial a toda la Iglesia: unámonos todos a ellos en la misión evangelizadora mediante el testimonio de la vida en Cristo, la oración y la contribución a las misiones. Animados por estos testimonios, comprometámonos todos a contribuir, cada uno según su vocación y los dones recibidos, a la gran misión evangelizadora, que es  siempre obra del amor. Sus oraciones y su apoyo concreto, especialmente con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones, serán de gran ayuda para llevar el Evangelio del amor de Dios a todos, especialmente a los más pobres y necesitados. Y para favorecer la comunión espiritual, les dejo, junto con mi bendición, esta sencilla oración:

Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva.

Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura.

Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza.

María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la luz que salva.

Amén.

Desde el Vaticano, 25 de enero de 2026, III domingo del Tiempo Ordinario, fiesta de la Conversión del apóstol san Pablo

LEÓN PP. XIV

Motivados por las palabras del Papa León XIV hagamos el esfuerzo por vivir unidos a la persona de Jesús, para que podamos hacer la experiencia de la comunión fraterna que nos mueve a ser testigos del amor que el Señor ha sembrado en nuestros corazones.

Que podamos ser testigos de comunión, llenos del amor del Señor y que nuestra pasión por el anuncio del Evangelio no conozca fronteras, para que en todas partes nos convirtamos en presencia del Señor que nos envía por el mundo como testigos de su amor.

Que, como misioneros, seamos capaces de contagiar la alegría que nos da el sabernos instrumentos en las manos del Señor para seguir construyendo su Reino.

Que la jornada mundial de las misiones se convierta para todos los cristianos en un motivo para asumir la responsabilidad de llevar el Evangelio a todos los que aún no lo conocen.


¿A quién pertenezco?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

En los domingos anteriores hemos escuchado cómo Jesús denunció duramente a los jefes religiosos y políticos mediante tres parábolas, atrayéndose su hostilidad: ya habían decidido eliminarlo. Ahora sólo buscan un pretexto.

1. Una trampa bien urdida

«Los fariseos se fueron y se pusieron de acuerdo para sorprender a Jesús en alguna palabra. Le enviaron, pues, a sus discípulos, junto con los herodianos».

Herodianos y fariseos se alían, aunque son adversarios entre sí, con la intención de encontrar una manera de eliminar a Jesús. Los discípulos de los fariseos comienzan tejiendo un largo elogio del «Maestro», antes de plantearle la cuestión acordada con los herodianos: «Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar el tributo al César o no?»
La trampa estaba bien preparada. Si Jesús hubiera respondido «sí», habría corrido el riesgo de enemistarse con el pueblo, que soportaba mal el dominio romano. Si hubiera respondido «no», podrían haberlo acusado de ser un subversivo.

2. Jesús, maestro de discernimiento

En la respuesta de Jesús podemos entrever, a pesar de su brevedad, una verdadera lección sobre el discernimiento del cristiano y, concretamente, cuatro indicaciones preciosas también para nosotros.

1) LIBERTAD: «¡Hipócritas!»

Primer paso: Jesús se manifiesta como una persona libre. No se deja conquistar por la adulación de los fariseos y desenmascara su hipocresía.
Y es precisamente aquí donde tantas veces tropezamos también nosotros. Nos dejamos condicionar por los elogios o por la opinión ajena, acabando por limitar nuestra libertad y nuestra lucidez.

2) PREGUNTAR: «¿Por qué me ponéis a prueba?»

Jesús responde a menudo a una pregunta con otra pregunta. Hacer preguntas a quien nos interpela es una manera de involucrarlo, responsabilizarlo e invitarlo a reflexionar.
Una actitud pasiva ante los problemas ha sido una de las limitaciones que han marcado a una parte del laicado católico, también como consecuencia de un clericalismo que, durante siglos, ha incidido profundamente en la vida de la Iglesia. También la manera de presentarse a veces como quien posee ya todas las respuestas puede haber contribuido a la dificultad que la Iglesia experimenta hoy para dialogar con algunos ámbitos de la cultura occidental.
Me parece que también debemos aprender a decir: «No lo sé». Significa reconocer con humildad nuestros límites ante la complejidad y la novedad de muchas cuestiones contemporáneas, sin renunciar a la búsqueda, sino poniéndonos sinceramente en camino para comprender mejor.

3) MIRAR: «Mostradme la moneda del tributo»

Jesús da un tercer paso decisivo: mirar la realidad concreta. Pide ver la moneda del tributo y, al hacerlo, desconcierta a sus interlocutores.
Aquella moneda, con la efigie de Tiberio y una inscripción de fuerte significado religioso, hacía visible el poder de Roma. El hecho de que se encontrara precisamente en el área del Templo ponía además de manifiesto una contradicción evidente, dada la desconfianza judía hacia las imágenes que podían asumir un carácter idolátrico.
Así, quienes querían poner a Jesús a prueba terminan siendo ellos mismos confrontados con sus propias contradicciones.

4) RECOLOCAR: «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

El cuarto momento consiste en situar de nuevo la realidad concreta dentro de un horizonte más amplio. Una cuestión aislada y absolutizada corre el riesgo de convertirse en una verdad parcial y, precisamente por eso, engañosa. Sólo una luz mayor permite redimensionarla y colocarla en la perspectiva adecuada.

«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» es una de las frases más famosas del Evangelio, pero también una de las más enigmáticas. A menudo se interpreta como si existieran dos ámbitos claramente separados: las «cosas terrenas» confiadas al César y las «cosas espirituales» reservadas a Dios.

Pero ¿qué pertenece al César? Al César le corresponde lo que se refiere a la vida civil: garantizar el orden, la paz social, la libertad y la justicia.

¿Y qué pertenece a Dios? Todo. «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios… Yo soy el Señor, no hay ningún otro» (Isaías 45,1.4-6).

Si la moneda lleva la imagen del César y por eso puede ser devuelta al César, el ser humano lleva impresa la imagen de Dios. Es, pues, a Dios a quien debe devolverse el ser humano entero. Aquí está la gran reivindicación de Jesús: «¡Dad a Dios lo que es de Dios!»

De aquí nace una pregunta decisiva: ¿a quién pertenezco yo? ¿A una familia, a una profesión, a un grupo social, a un pueblo, a una nación? Ciertamente. Pero Jesús nos recuerda que existe una pertenencia más profunda que todas las demás: tú perteneces a Dios.

3. El dinero del César y la moneda de Jesús

Permitidme ahora una imagen un poco atrevida. El dinero del impuesto al César me hace pensar en aquella moneda que Pedro, por indicación de Jesús, saca de la boca del pez para pagar el tributo del Templo (Mateo 17,24-27). Una sola moneda para Jesús y para Pedro: ambos, de algún modo, asociados en aquella moneda.

¿Qué imagen simbólica podríamos imaginar grabada en ella? En el anverso, la imagen de Cristo; en el reverso, la de Pedro. La imagen de Cristo delante y, detrás, la mía o la tuya. ¡Dos caras de la misma moneda! Cada uno de nosotros pertenece a Cristo y Cristo… “pertenece” a cada uno de nosotros (cf. 1 Corintios 3,22-23).

Para la reflexión y la oración personal

Hoy, penúltimo domingo de octubre, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Misiones. Instituida por Pío XI en 1926, este año celebra su centésima edición. El papa León XIV ha elegido como tema de la Jornada: «Uno en Cristo, unidos en la misión». Os invito a leer el Mensaje del Santo Padre y, durante esta semana, a retomar la oración que encontramos en su conclusión:

Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura.
Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza.
María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la luz que salva. Amén.


Lo que es de Dios
José Antonio Pagola

A  Dios lo que es de Dios.

La trampa que tienden a Jesús está bien pensada: «¿Es lícito pagar tributos al César o no?». Si responde negativamente, lo podrán acusar de rebelión contra Roma. Si acepta la tributación, quedará desacreditado ante aquellas gentes que viven en la miseria exprimidas por los impuestos, y a las que él tanto quiere y defiende.

Jesús les pide que le enseñen «la moneda del impuesto». El no la tiene, pues vive como un vagabundo itinerante, sin tierras ni trabajo fijo; hace tiempo que no tiene problemas con los recaudadores. Después les pregunta por la imagen que aparece en aquel denario de plata. Representa a Tiberio y la leyenda decía: «Tiberius Caesar, Divi Augusti Filius Augustus». En el reverso se podía leer: «Pontifex Maximus».

El gesto de Jesús es ya clarificador. Sus adversarios viven esclavos del sistema pues, al utilizar aquella moneda acuñada con símbolos políticos y religiosos, están reconociendo la soberanía del emperador. No es el caso de Jesús que vive de manera pobre pero libre, dedicado a los más pobres y excluidos del imperio.

Jesús añade entonces algo que nadie le ha planteado. Le preguntan por los derechos del César y él les responde recordando los derechos de Dios: «Pagadle al César lo que es del César, pero dad a Dios lo que es de Dios». La moneda lleva la imagen del emperador, pero el ser humano, como lo recuerda el viejo libro del Génesis, es «imagen de Dios». Por eso, nunca ha de ser sometido a ningún emperador. Jesús lo había recordado muchas veces. Los pobres son de Dios. Los pequeños son sus hijos predilectos. El reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.

Jesús no dice que una mitad de la vida, la material y económica, pertenece a la esfera del César, y la otra mitad, la espiritual y religiosa, a la esfera de Dios. Su mensaje es otro: si entramos en el reino, no hemos de consentir que ningún César sacrifique lo que sólo le pertenece a Dios: los hambrientos del mundo, los subsaharianos abandonados en el desierto, los sinpapeles de nuestras ciudades. Que ningún César cuente con nosotros.


¿Yo, qué imagen llevo dentro de mí?
Papa Francisco

El Evangelio de la Liturgia de hoy nos relata que algunos fariseos se unen a los herodianos para tender una trampa a Jesús. Siempre buscaban tenderle trampas. Van donde Él y le preguntan: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?» (Mt 22,17). Es un engaño: si Jesús legitima el impuesto, se pone de parte de un poder político mal respaldado por el pueblo, mientras que si dice de no pagarlo puede ser acusado de rebelión contra el imperio. Una auténtica trampa. Pero Él escapa de esta insidia. Pide que le muestren una moneda, que lleva impresa la imagen del César, y les dice: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (v. 21). ¿Qué significa esto?

Estas palabras de Jesús se han convertido en algo de uso común, pero a veces se han utilizado de manera equivocada – o al menos reductiva – para hablar de las relaciones entre Iglesia y Estado, entre cristianos y política; a menudo se entienden como si Jesús quisiera separar a “César” y a “Dios”, es decir, la realidad terrenal de la espiritual. A veces, también nosotros pensamos así: una cosa es la fe con sus prácticas y otra cosa, la vida de todos los días. Y esto no funciona. Esto es una “esquizofrenia”, como si la fe no tuviera nada que ver con la vida concreta, con los desafíos de la sociedad, con la justicia social, con la política y etcétera.

En realidad, Jesús quiere ayudarnos a colocar al “César” y a “Dios” cada uno en su importancia. Al César – es decir, a la política, a las instituciones civiles, a los procesos sociales y económicos – pertenece el cuidado del orden terrenal, y nosotros, que en esta realidad estamos inmersos, debemos restituir a la sociedad lo que nos ofrece a través de nuestra contribución de ciudadanos responsables, prestando atención a lo que se nos confía, promoviendo el derecho y la justicia en el mundo del trabajo, pagando honestamente los impuestos, comprometiéndonos por el bien común y etcétera. Pero, al mismo tiempo, Jesús afirma la realidad fundamental: que a Dios pertenece el hombre, todo hombre y todo ser humano. Y esto significa que nosotros no pertenecemos a ninguna realidad terrenal, a ningún “César” de turno. Somos del Señor y no debemos ser esclavos de ningún poder mundano. En la moneda, por lo tanto, está la imagen del emperador, pero Jesús nos recuerda que en nuestra vida está impresa la imagen de Dios, que nada ni nadie puede ensombrecer. Al César pertenecen las cosas de este mundo, pero el hombre y el mundo mismo pertenecen a Dios: ¡no lo olvidemos!

Comprendamos entonces que Jesús nos está devolviendo a cada uno de nosotros a la propia identidad: en la moneda de este mundo está la imagen de César, pero, ¿tú – yo, cualquiera de nosotros – qué imagen llevas dentro de ti? Hagámonos esta pregunta: ¿yo, qué imagen llevo dentro de mí? ¿Tú, de quién eres imagen en tu vida? ¿Nos acordamos de pertenecer al Señor, o nos dejamos modelar por las lógicas del mundo y hacemos del trabajo, de la política, del dinero, nuestros ídolos a adorar?

Que la Virgen Santa nos ayude a reconocer y a honrar nuestra dignidad y la de todo ser humano.

Angelus, 22/10/2023


Misión es anunciar la prioridad de Dios y la salvación en Jesucristo
P. Romeo Ballan, mccj

Jesús en el Evangelio desarma la trampa que fariseos y herodianos le habían tendido sobre el tema espinoso de los impuestos a pagar al emperador de Roma, al cual estaba sometida Palestina en tiempos de Jesús. «¿Es lícito pagar tributo al César o no?» (v. 17). Por cualquier respuesta de Jesús a esa pregunta maliciosa, hubieran podido acusarle de estar a favor o en contra Roma. Jesús va más allá de los dos bandos polémicos; distingue, es más, vuelca la manera de entender la autoridad político-humana y la autoridad suprema de Dios. La “moneda del impuesto” en cuestión (v. 19), en oro u otro metal, era acuñada por el emperador, que era el propietario de la misma; el deudor era tan solo un propietario temporáneo, con la obligación de devolverla al emperador. Un deber que también Jesús reconoce (v. 21).

Pero aquella moneda llevaba una inscripción: “al divino César” o “al dios César”, que Jesús rechaza y vuelca proféticamente: “Devuelvan a Dios lo que es de Dios” (21). César puede tener cierto derecho sobre las cosas, pero no sobre las personas. «César no tiene derecho de vida y de muerte sobre las personas, no tiene derecho a violar sus conciencias, no puede adueñarse de su libertad. A César no le pertenece el corazón, la mente, el alma. Incumben solo a Dios. A cada poder humano hay que decirle: no te adueñes del hombre. El hombre pertenece a Otro. Es cosa de Dios… Sin embargo, para Jesús Dios no es el poder por encima de todo poder, es amor. No es el dueño de las vidas, es el servidor de los vivientes. No un César más grande que otros césares, sino un siervo sufriente por amor. Toda otra manera de ser Dios» (E. Ronchi).

La Palabra de Dios en este domingo proyecta una luz nueva sobre las relaciones entre los hombres, entre el hombre y Dios, entre el hombre y las demás criaturas; entre religión y Estado, entre Evangelio y política, misión y libertad religiosa, fe y libertad de conciencia, Iglesia y gobiernos, laicidad del Estado e imperativos éticos… Son relaciones delicadas y complejas, que afectan de cerca a la conciencia individual de las personas y, a la vez, el trabajo de los que anuncian ampliamente el Evangelio. En particular, la libertad religiosa, un valor promovido por el Concilio Vaticano II, lejos de eximir, postula la propuesta misionera del Evangelio de Cristo, con miras a una libre opción personal y con consecuencias en el ambiente familiar y social.

La respuesta de Jesús establece la autonomía de las dos esferas de acción, humana y divina (v. 21), reivindicando, aquí y en otros pasajes del Evangelio, la prioridad de Dios, de quien todos los seres reciben vida, destino, sentido. Una sana autonomía exige claridad de funciones, respeto mutuo, colaboración en la complementariedad y subsidiariedad, evitando las ingerencias de un sistema teocrático, así como las evasiones de un espiritualismo intimista. Todos, sin embargo, están llamados a sostener las iniciativas para la promoción integral de la persona y el desarrollo solidario de la humanidad. Bajo esta luz, también la acción política de Ciro, rey de los persas (I lectura), definido el “ungido” del Señor (v. 1), se interpreta como salvación para el pueblo hebreo, esclavo en Babilonia. Asimismo, la madurez espiritual de los cristianos (II lectura), con los valores de fe activa, caridad operativa y esperanza firme (v. 3), tiene necesariamente consecuencias positivas para la convivencia familiar, política y social.

Prioridad de Dios, salvación en Jesucristo, conocido y amado por todos para que todos encuentren en Él vida, dignidad, salvación plena… Estos son los objetivos de la obra evangelizadora de la Iglesia, la cual en este día celebra el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND). Porque, como afirma el Papa Francisco: “Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo; … la humanidad tiene una gran necesidad de aprovechar la salvación que nos ha traído Cristo”. En efecto, anunciar el Evangelio es el mejor servicio que la Iglesia puede ofrecer al mundo, porque el Evangelio tiene siempre una eficacia positiva sobre la vida de la familia humana:educación, economía, trabajo, salud, relaciones familiares y sociales, política, paz, libertad, derechos humanos… El Evangelio es contrario a la evasión de las realidades terrenas; el cristiano está llamado a comprometerse concretamente en ellas, a iluminaras, transformarlas, enriquecerlas con la luz que viene de Dios, supremo bien para una vida humana digna, libre y feliz.

XXVIII Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.
Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.
Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.
Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’.
Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

(Mateo, 22, 1-14)


Muchos son los llamados y pocos los escogidos
P. Enrique Sánchez G., mccj

Una parábola más en nuestro caminar guiados por la Palabra de Dios. En este domingo el escenario es el de un banquete al cual los principales invitados no se dieron cita y rechazaron la invitación.

Estaban demasiado entretenidos y ocupados en lo rutinario de sus vidas como para darse cuenta de lo extraordinario que se les estaba presentando como una oportunidad para descubrir otro modo de vivir muy distinto.

En nuestra parábola están presentes, un Señor que quiere compartir lo que es con los demás, unos empleados enviados a llevar un mensaje de buenas noticias, unos destinatario encerrados en sus mundos egoístas, una violencia que se desata por la arrogancia de pensar que todo tiene que girar obedeciendo a las ambiciones exaltadas en el mundo y el mismo Señor que no renuncia a entrar en la vida de quienes ama y a quienes busca, a cualquier precio.

El esquema de nuestra parábola hoy es prácticamente igual al de las parábolas que hemos escuchado en los domingos anteriores.

Hay un Señor o propietario que prepara algo bueno y bello para aquellos que quiere que participen de su alegría, de su vida, de todo lo que él tiene; pero más todavía, de lo que él es.

Todo eso lo identificamos con la promesa de salvación y de vida plena que Dios nos está continuamente ofreciendo, invitándonos a entrar en su banquete.

Luego hay unos destinatarios que no abren su corazón al don que se les ofrece y acaban atrapados en un mundo absurdo, marcado por la violencia, la ambición o la indiferencia. Son todos aquellos que a lo largo de la historia se han cerrado al encuentro con el Señor, por los motivos más variados que nos podemos imaginar.

Pero podemos reconocer un grupo al que finalmente se le concede la alegría de entrar en la experiencia del reino. Son todos aquellos pequeños y sencillos de los que Jesús habla en el Evangelio que saben abrir su corazón a las misericordias del Señor.

Que sea una viña o un banquete, no es mucha la diferencia. De lo que se trata es de una promesa de vida plena que se esconde detrás del relato que suena a historia que todos podemos entender.

Quienes tendrían que beneficiarse de la oferta del Señor en la parábola del banquete, simplemente se desentienden o inventan mil pretextos para no acoger lo que se les ofrece. Parece ganar la indiferencia y el rechazo que brotan de un corazón duro y empobrecido.

En el caso de hoy, los principales invitados no hicieron caso, no les interesó, aunque el rey había preparado con esmero y cuidando todos los detalles para que la fiesta fuera un éxito.

Como sabemos, por otras parábolas, así se hacía. Basta recordar la parábola del hijo pródigo que cuando regresa a su casa, su padre manda matar el becerro gordo, lo viste con un traje nuevo, le pone en los pies unas sandalias y en su mano el mejor anillo.

Los  invitados,  aparentemente,  prefirieron  seguir  en  lo  ordinario  de  sus  vidas.  Unos entretenidos  en  sus  campos,  otros  prefirieron  sus  negocios  y,  como  en  las  parábolas anteriores, hubo quienes incluso se echaron encima a quienes habían sido enviados a llevar la invitación.

El evangelio de este domingo nos dice que el rey se llenó de cólera y podemos entender que su reacción podría ser interpretada diciendo que tenía todo el derecho a manifestar  su enojo y su desilusión al constatar la incapacidad de los invitados para entender la calidad del don que se les estaba ofreciendo.

Pero el rey no renuncia a su proyecto y, dejando a un lado a los que habían sido los elegidos, manda a sus criados para que llamen a todos aquellos que, curiosamente para nosotros, estaban en el margen de la sociedad, los que se encontraban en los caminos, es decir, quienes no tenían nada en sus vidas.

Buenos y malos son invitados, porque en el banquete preparado por el rey hay lugar para todos y nadie puede ser excluido, sólo aquel que no se reviste de la condición nueva que le da el ser invitado al banquete.

A todos, seguramente, nos llama la atención en esta parábola que haya un invitado que es echado fuera del banquete por no llevar el traje de fiesta.

Existe un comentario que explica que en esos banquetes todo estaba muy bien preparado y cuidados todos los detalles, incluso estaba previsto ofrecer los trajes a los invitados para participar en la fiesta.

En el caso del invitado que es arrojado fuera, se dice que el rey ordena que lo saquen porque no ha querido vestirse con el traje de fiesta que hacía de él una persona nueva. Quien no está disponible para acoger el don de Dios en su vida, es muy difícil que pueda participar de las alegrías que se le ofrecen, porque de alguna manera, él mismo se marginaliza y desentona en la realidad de la fiesta.

¿Qué enseñanza podría dejarnos a quienes leemos hoy esta parábola? ¿Cómo nos reconocemos en esta historia que se nos cuenta?¿ Qué actitudes deberíamos asumir dejándonos interpelar por esta palabra del Señor?

Dios sigue teniendo un banquete preparado para nosotros y se ha esmerado para que todos podamos disfrutarlo. Nos está invitando de muchas maneras y a través de múltiples mediaciones. Dios quiere que estemos con él siempre.

Pero tenemos que reconocer que, como los invitados de la parábola, muchos de nosotros hoy sentimos que el tiempo no nos alcanza para detenernos a escuchar lo que el Señor nos está proponiendo.

Somos hijos de un momento de la historia en donde vivimos corriendo, sin llegar a nuestras metas. Nos falta el tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, para darnos la oportunidad del silencio, del recogimiento, del descubrimiento de lo que llevamos en lo más profundo de nuestros corazones.

Somos personas que vivimos en lo superficial, en lo efímero y pasajero, en lo que no deja huella en nuestras vidas, pero que tampoco acaba por responder a nuestros anhelos más profundos.

Preferimos ir a nuestros campos marcados por la monotonía y la rutina, en donde nos sentimos seguros, porque tenemos la impresión de que todo lo tenemos bajo control, y nos negamos la oportunidad de dejarnos sorprender por lo que Dios ha preparado para nosotros.

Como les sucedió a otros invitados al banquete, muchos de nuestros contemporáneos y seguramente también no pocos de nosotros, vivimos preocupados por nuestros negocios,  por  lo  que  nos  pueda  redituar  ganancias  y  beneficios.  Por  aquello  que, falsamente pensamos que puede ser la seguridad y la garantía de un futuro que se puede construir con riquezas.

No nos damos cuenta de que mañana puede ser nuestro último día. Qué importante es saber crear el equilibrio para que los negocios no nos impidan darle el espacio y el tiempo que le pertenecen al Señor y que para nosotros son vida.

Y, ¿qué decir de quienes abiertamente se oponen a la presencia de Dios en sus vidas?

La gran enfermedad de nuestro tiempo será recordada como la época en que se trató de sacar a Dios de nuestras vidas. Será el tiempo en que se pretendió arrancar del corazón humano su riqueza espiritual y se buscó hacer creer que todo empezaba y terminaba en el ser humano.

Esos fueron y siguen siendo los invitados que, en lugar de abrir su corazón con alegría a la invitación del Señor, lo persiguieron, lo maltrataron y trataron de hacerlo desaparecer de la vida, porque era incómodo o porque invitaba a tomar en serio lo que realmente somos como seres humanos.

Pero, afortunadamente la historia no termina dándoles razón a los invitados malagradecidos.  La  fiesta  del  reino  sigue  siendo  una  oportunidad  que  el  Señor  nos brinda y la invitación sigue siendo válida. ¿Sabremos acogerla y responder con gratitud   a tanto cariño del Señor por nosotros?

¿Será que podremos contarnos entre los pocos escogidos de entre los muchos llamados?

Que el Señor nos conceda contarnos entre los invitados al banquete en el que podamos reconocernos amados por un Padre que hace fiesta para estar entre nosotros.


Invitación
José Antonio Pagola

Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?

Este recuerdo vivido desde niño le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según Jesús, Dios está preparando un banquete final para todos sus hijos pues a todos los quiere ver sentados, junto a él, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.

Podemos decir que Jesús entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Por eso, Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.

¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?

Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: “no quisieron ir. Otros responden con absoluta indiferencia: “no hicieron caso”. Les importan más sus tierras y negocios.

Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.

El papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona “por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”. El mayor peligro está según él en que ya “no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio”.


El banquete del Rey
Dolores Aleixandre

Hace ya muchos años que no sé lo que es dormir bajo techo. Una racha de malas cosechas arruinó a mi familia, y yo me vine solo a Jerusalén, siendo aún joven, atraído por el lujo de la ciudad y esperando encontrar algún trabajo para sobrevivir. Las cosas me fueron mal también aquí, y ahora vivo pidiendo limosna y haciendo, de vez en cuando, algún trabajo duro y mal pagado. A pesar de ello no he perdido la fe en Dios, y hasta solía acudir el sábado a la sinagoga, asistiendo al culto desde un rincón, hasta que un día escuché estas palabras de un salmo: “El Señor alza de la basura al pobre, levanta del polvo al humilde para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo…”(Sal 113,7-8)

Ese día sonreí con amargo escepticismo, porque no es ése el Dios que yo conozco: a mí me deja seguir hundido en el estiércol de la pobreza, y creo que es así como voy a morir; por eso no he vuelto a pisar la sinagoga ni el templo, ni creo que haya nadie capaz de hacerme retornar a ellos. Una tarde, oí revuelo en la Puerta Hermosa: había llegado a Jerusalén el rabí de Galilea que estaba dando tanto que hablar. Lleno de curiosidad, me mezclé con la multitud para ver cómo era y qué decía, y me senté entre los que escuchaban la historia que estaba contando: -“Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso celebrar un banquete de bodas para su hijo, y envió a sus servidores a convidar a los invitados…”  (Como siempre, pensé yo. Otro que nos va a repetir la misma cantinela de que Dios premia ya en esta vida a los buenos colmándolos de agasajos y riquezas y deja en la cuneta a los pobres diablos como yo, llenos de pecados y miserias). Pero el cuento que él contaba empezó a interesarme cuando oí que la gente importante que había sido invitada (fariseos, escribas, sacerdotes y gente de dinero sin duda), se negaban a participar en el banquete y ponían pretextos para acudir. Y el anfitrión se encontró con la cena preparada y el comedor vacío. (¿Qué hará ahora el rey?, me pregunté. Seguramente aplazará el convite mientras convence a los invitados para que asistan. Suspiré con envidia y de nuevo me asaltó la rebeldía: ¿por qué mientras a unos les sobraba, otros pasábamos hambre? ¿Por qué más fiestas y banquetes para los que ya estaban saciados…?)

Volví a prestar atención a la historia, y me quedé sorprendido ante el desenlace: el rey decidió sustituir a los convidados ausentes por los desconocidos de la calle, y envió a sus servidores a las plazas y calles de la ciudad para que trajeran al banquete a pobres, lisiados, ciegos y cojos. Salieron los siervos a las encrucijadas de los caminos y veredas, reunieron a cuantos encontraron y la sala quedó llena de convidados. Y comenzó la mejor fiesta que el dueño hubiera podido soñar. En un sector de la multitud hubo un rumor de protesta, y muchos se levantaron del corro y se fueron indignados: eran fariseos que siempre proclamaban convencidos que eran ellos los primeros invitados al banquete del Reino, y que los demás no tendríamos derecho ni a las migas que cayeran de la mesa. Estaban indignados de que los invitados definitivos fueran gente de las encrucijadas de los caminos, y no les faltaba razón porque, de todos es sabido, el tipo de gente que deambulamos por esos lugares… Oí a uno decir: – “A este hombre habría que denunciarle y pararle los pies: su doctrina es peligrosa y contradice claramente lo que sabemos por la Ley…”

Solo nos quedamos con él un pequeño grupo, entre los que reconocí a los que pedían limosna conmigo, a algún ladronzuelo del mercado, y a los que cada noche se arrimaban como yo a la muralla, buscando protección del relente de la noche. Quizá se habían sentido también aludidos por la parábola, y estaban tan sorprendidos como yo al saberse destinatarios, al menos imaginarios, del banquete de un rey. Jesús siguió hablando, ahora más relajado porque sólo le rodeábamos hombres y mujeres sin importancia, gente de los caminos, sin más posesiones que la túnica vieja y el par de sandalias que llevábamos puestas, y quizá con sólo un mendrugo de pan en la alforja.

A medida que le escuchaba, algo iba cambiando dentro de mí, como si aquellas palabras me enderezaran y tuvieran el poder de devolverme mi dignidad. Todo lo que yo creía que era valioso y que daba categoría e importancia a un hombre: el dinero, la fama, el poder, la ciencia…, aparecía de pronto hueco y sin brillo, y Jesús nos lo hacía ver con la misma facilidad con que hasta el más ignorante sabe descubrir si una calabaza está vacía o un árbol sin savia.

-“Dios no le da importancia a nada de eso”, decía, – “es el corazón lo que cuenta para él, y la verdadera dicha está en que vuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos. Porque el Padre se revela a los que son humildes, los sienta a su mesa y les confía sus secretos…” Y yo me iba sintiendo libre, humano, digno, como el hombre abatido del salmo, alzado de la basura e invitado a sentarse entre príncipes.

Había anochecido y los hombres y mujeres que acompañaban a Jesús trajeron panes y aceitunas, y los repartieron entre todos. También nosotros sacamos las provisiones que llevábamos en nuestros zurrones y lo compartimos todo. Era un extraño festín con unos extraños invitados. Pero aquel anochecer al raso, mientras salían las primeras estrellas, los que rodeábamos a Jesús nos sabíamos huéspedes de un rey.

Un  rey sentado entre nosotros, que llevaba unas sandalias tan polvorientas como las nuestras, dormía también a la intemperie y, cuando hablaba, tenía el acento inconfundible de los campesinos de Galilea.


Dios no se desanima:
¡quiere a todos en su banquete!
Romeo Ballan, mccj

Hoy la invitación es para un banquete de bodas, para una fiesta, para la vida; ¡no solo para trabajar en la viña! De la viña del Señor al banquete de los pueblos: después de tres domingos con el tema del trabajo en la viña, hoy el mensaje de las lecturas bíblicas está centrado en el banquete de la vida, al que Dios invita a todos los pueblos. Este proyecto del Padre aparece ya en el Primer Testamento, desde la creación, en la que Dios prepara un jardín para sus hijos e hijas. El profeta Isaías (I lectura), con lenguaje apocalíptico proyectado al futuro, habla de un banquete para todos los pueblos: “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera” (v. 6). ¡Humillación, muerte, lágrimas, esclavitud… serán cosas del pasado! ¿Se trata solo de un sueño, una ilusión? ¡No! Es el proyecto del Padre de la vida, para con todas las naciones (v. 7), que se va realizando gradualmente en el camino hacia el Reino definitivo. Por tanto, es preciso celebrar y gozar con la salvación que viene de Dios (v. 9). Aun en medio de las tribulaciones, junto con Él, que es el Pastor bueno, nada nos falta: Él nos asegura el alimento y el agua, prepara una mesa abundante para todos (Salmo).

El icono del banquete es muy querido y familiar en las acciones y enseñanzas de Jesús. Él sabe ayunar y llevar una vida austera, pero le gusta también estar con la gente y hacer fiesta. Estrena sus signos en un festín de bodas en Caná; acepta los banquetes ofrecidos por Mateo y Zaqueo, por Simón el leproso y por el amigo Lázaro; luego vienen las multiplicaciones de los panes, la última cena, la mesa de Emaús, el desayuno a orillas del lago; las enseñanzas sobre los asientos a la mesa, el ayuno, la vigilancia de las doncellas para entrar a la fiesta de boda, y otras como la parábola de hoy del banquete de boda por el hijo del rey (Evangelio).

El icono del banquete (imagen y realidad) subraya el proyecto del Padre para la vida del mundo. Su invitación no es solo a trabajar en la viña (ver las parábolas de los domingos anteriores), sino a entrar con gozo en el banquete de boda del Hijo: es decir, ser hijos e hijas en el Hijo, hermanos y hermanas por el bautismo; participar en el banquete de la Eucaristía; tomar parte activa en el proyecto del Reino y llevar esta bella noticia a otros en un compartir misionero. Todo esto, antes de ser un compromiso, es un don, una dignidad, una fiesta. Ser cristianos, discípulos y misioneros del Evangelioes mucho más que una tarea o una disciplina: es motivo de gozo y de esperanza, es un servicio al Reino, es vida.

La fiesta está preparada (v. 8): el Hijo ha venido, está presente. Este plan salvífico de Dios es para todos los pueblos. Su Reino tiene dimensiones universales, sin restricciones, como se deduce de la parábola: el Padre invita a todos, quiere que la casa se llene con todos sus hijos e hijas, “malos y buenos”, recogidos de todos los caminos del mundo (v. 9-10). Dios ‘invita’ al banquete de bodas, pero nos deja libres de decir sí o no: nos toca a nosotros tomar una decisión de responsabilidad; de ella depende nuestra felicidad. Dios es sensible al rechazo de los primeros invitados, pero no renuncia. “El plan de Dios no se suspende, la invitación queda en pie, resuena incluso con mayor intensidad por esos extraños personajes que ningún judío hubiera aceptado que accedieran a su mesa purificada y ritualmente perfecta. Es el mundo de los pobres, de los sufridos, marginados dispersos por los caminos del mundo. A la arrogante autosuficiencia de los que se consideraban propietarios de la elección y de la salvación… sucede la nueva comunidad de las Bienaventuranzas” (G. Ravasi). Dios no se deja vencer por nuestros rechazos: en su ‘fantasía’ busca siempre nuevos caminos.

Para formar parte de la comunidad de las Bienaventuranzas, se necesita, sin embargo, el traje de fiesta (v. 12). Una exigencia que parece contrastar con la amplitud y la prisa de esa convocatoria general… Podría tratarse de otra parábola de Jesús para un contexto diferente. En todo caso, el mensaje es coherente con la libertad personal y la disponibilidad de cada uno ante la llamada de Dios. Para entrar a la fiesta será necesario vestir “el traje de bodas” (v. 11-12): no se trata de un distintivo exterior sino interior. Son condiciones irrenunciables: despojarse del hombre viejo, renovar el espíritu y revestirse del Hombre Nuevo (Ef 4,22-24), según la exhortación de San Pablo (II lectura), el cual se fía totalmente de Dios: “todo lo puedo en aquel que me da la fuerza” (v. 13).

El traje de fiesta es Cristo, Él es el hombre nuevo: “Revístanse del Señor Jesucristo”, insiste Pablo (Rom 13,14). S. Gregorio Magno comenta: “La caridad es el traje de fiesta, porque nuestro Redentor la revistió cuando vino para unir en sí como esposa a su Iglesia. Es el amor de Dios que movió al Hijo a reunir en torno a sí a los elegidos”. Es un mensaje que ilumina el compromiso de todo cristiano y de cada comunidad para este octubre misionero. Somos nosotros los servidores, que el Padre envía hoy por los caminos del mundo para anunciar el Evangelio de Jesús, para que todos los miembros de la familia humana se conviertan en comensales en el banquete de la vida nueva, en Cristo. Los cristianos somos “bautizados-enviados”, llamados a ser misioneros: es decir, “tejedores de fraternidad”, contentos de ser anillos de la cadena de transmisión del Evangelio.

XXVII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchan otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: Este es el heredero: vamos, lo matamos y nos quedamos con su herencia.
Y, agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos».
Y Jesús les dice: «¿No han leído nunca en la Escritura? La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.
Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

(Mateo 21, 33-43)


La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular
P. Enrique Sánchez G. mccj

Seguimos escuchando en la lectura del Evangelio las parábolas en donde el tema de la viña sigue apareciendo como algo importante para nuestra reflexión.

El evangelio de hoy nos presenta dos pequeñas parábolas que nos invitan a ir más en profundidad sobre la comprensión de la palabra de Dios. La primera parábola nos presenta la viña que es entregada a unas personas que no saben cuidarla y se convierten en asesinos, un modo de reconocerlos como destructores y obstáculos en la realización del proyecto de Dios.

La segunda parábola, más pequeña y aparentemente insignificante, nos habla de la piedra despreciada que se convierte en piedra angular, es decir la piedra sobre la cual se puede dar origen a algo nuevo, bello y valioso.

En el texto de la primera parábola la viña se nos presenta como una plantación bien cuidada, preparada con esmero, embellecida y protegida, asegurada con una cerca a su alrededor y bien custodiada desde la torre plantada en su interior.

Esa descripción nos hace pensar a esas bellas propiedades que existen en muchas partes, en donde se observan enormes campos de cultivos bien ordenados o con sus grandes potreros, en donde pasta tranquilamente el ganado. Son lugares en donde no es difícil pensar a buenas cosechas, a frutos abundantes y, sobre todo a espacios que hablan de prosperidad, de bienestar y de tranquilidad.

La viña en las páginas del evangelio es siempre imagen del Reino que Dios ha pensado, querido y preparado para que en esa realidad estuvieran todos sus hijos. El Reino siempre se nos ha presentado como un mundo en donde se ha establecido la justicia, la fraternidad, la paz, la tranquilidad que sólo Dios puede ofrecer y la felicidad que sólo puede venir de él. No es necesario quebrarse mucho la cabeza para entender que Dios, desde siempre, soñó con un mundo bello, generoso, armónico para que ahí el ser humano pudiese crecer y desarrollar la semilla divina que Dios ha depositado en cada corazón.

Y la vocación de la viña, como la realidad del Reino, es que en ella se den muchos y buenos frutos, frutos que alegren el corazón.

Fijando nuestra atención en los protagonistas de esta parábola, es evidente que Dios tiene un proyecto en donde aparece con claridad el cuidado y, podríamos decir, la ternura con que se ocupa de su viña, es decir, de su pueblo, de sus hijos, de cada uno de nosotros.

Es un proyecto en donde la generosidad desborda, en donde los detalles de bondad abundan y en donde el cariño y el amor son como el perfume que llena todo el ambiente.

Por otra parte están los labradores a quienes les fue confiada la viña. En ellos se manifiestan otros intereses. Ellos actúan movidos por la ambición y por el deseo de apoderarse para ellos mismos de la viña.

Se dejan atrapar por el egoísmo de quererlo todo para ellos, cuando lo que Dios había preparado era algo en lo que todos tendrían un lugar y la posibilidad de disfrutar, en la alegría que da el saber compartir.

La ambición y la codicia llevó a aquellos labradores a convertirse en instrumentos de violencia, de sufrimiento y de dolor para quienes habían sido enviados a reclamar los frutos de la viña. Llegan incluso a sentirse con derecho a disponer de la vida de los demás.

No dudaron en asesinar al hijo del dueño de la viña, con tal de quedarse con ella.

Esta parábola nos cuenta, de esta manera, la historia de la salvación. Dios ha preparado una bella viña en donde todos podríamos estar felices y vivir disfrutando de todo lo que el ha hecho para alegría nuestra. Ha puesto, a lo largo de la historia, muchas personas que han venido hasta nosotros para invitarnos a entrar a esa viña; nos han invitado a ser partícipes y beneficiarios de la salvación que el Señor nos ofrece.

Pero no han faltado los malos labradores que han sembrado en el corazón de muchas personas la mala semilla de la ambición. Esa semilla que hace imposible reconocer al Salvador que Dios nos sigue enviando en la persona de Jesús.

Hoy existen muchas personas que pretenden sacar a Jesús de nuestras vidas, pensando que de esa manera se puede manipular más fácilmente las conciencias y las voluntades.

Se ha tratado matar a todo aquello que tenga qué ver con Dios para reducir a las personas a objetos que se pueden manipular y a los que se pueden explotar. Y esto funciona en muchos ámbitos de nuestra sociedad, en el comercio, en la publicidad, en el ejercicio de la autoridad.

Afortunadamente, todavía no llega el día en que alguien pueda presumir de haber acabado con Dios.

Cuando parecía que en ciertos ambientes había desaparecido, resurge con una vitalidad que nadie puede contener. Y cuando nos hemos obstinado en destruir la parte espiritual que nos hace personas, nos damos cuenta de que aparece una necesidad mayor de reconocer la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.

Aquí podríamos reconocer la importancia de la segunda parábola de nuestro evangelio, que nos dice: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.

La primera parábola pone en evidencia que los sumos sacerdotes y los ancianos, quienes deberían haber sido los primeros en reconocer el don de Jesús como Mesías y salvador, así como muchos otros que habían tenido la oportunidad de recibir el anuncio del Reino, no supieron aceptarlo y acogerlo.

Se ensañaron y decidieron acabar con él, llevándolo a la muerte. En otras palabras, lo rechazaron y prefirieron mantenerse en una actitud de soberbia construida sobre la ambición y el poder.

Pero lo que fue rechazado por ellos, Dios lo escogió para ser inicio de una humanidad nueva. Cristo, el Mesías, es esa piedra angular sobre la que se construye un edificio nuevo, que por estar construido sobre buenos cimientos no correrá el riesgo de ser destruido.

Lo que rechazaron los sumos sacerdotes y los ancianos, Dios lo ha convertido en un mundo nuevo en donde toda persona que ponga su confianza en Jesús podrá vivir desde ahora la novedad del Reino y se descubrirá amada profundamente por el Señor.

Para nuestra reflexión

+ Seguramente nos damos cuenta de que a lo largo de nuestra vida el Señor ha ido enviando a muchas personas a nuestra vida para que reconozcamos cómo Dios nos sigue buscando de muchas maneras y en todas las circunstancias que nos va presentando la vida. Dios no se cansa de hacernos ver que tiene un plan de vida para cada uno de nosotros que garantiza que lleguemos a vivir plenamente.

+ Pero igual, nos damos cuenta de que muchas veces parece que estamos en el lugar equivocado. Es decir, asumimos las actitudes de los labradores ambiciosos que no saben situarse en la vida siguiendo los valores del Reino o del evangelio. Preferimos actuar movidos por la ambición.

+ Pretendiendo acabar con todo aquello que nos invita a llevar una vida más en armonía con lo que el Señor nos va revelando en su palabra, caemos en la trampa de quienes sienten que Dios nos les hace falta, lo sienten incómodo y pretenden simplemente sacarlo de sus vidas. Y, qué fuertes sonaron las palabras del Papa León XIV hace sólo unos cuantos días cuando decía en su visita a Francia, que “Dios no pide permiso para entrar en nuestras vidas”. Con esto no se afirma que Dios invada nuestras vidas de manera violenta o arbitraria, sino que tarde o temprano las personas nos damos cuenta de que sin Dios la vida es algo vacío y sin sentido. Sin Dios no podemos ir muy lejos y el Espíritu acaba siempre ganando la batalla a aquellos que tratan de acallarlo.

+ Esta palabra que nos regala el Señor hoy, nos lleva a preguntarnos ¿Qué estoy haciendo para reconocer todo lo que Dios está haciendo en mi vida viniendo a mi encuentro para hacerme participar de su Reino?

+ ¿Vivo el don de Jesús en mi vida reconociéndolo como un cimiento firme sobre el cual puedo confiar y construir toda mi vida?

+ ¿Me doy cuenta de que soy parte de ese pueblo al que se le ha dado lo que otros han rechazado, para que como misionero lo lleve a todos aquellos que lo están esperando con un corazón abierto?

Ojalá la meditación de esta página del Evangelio nos ayude a ponernos en una actitud de conversión profunda que nos permita poner a Cristo en el centro de todo aquello que vamos construyendo en nuestra vida.

Que sepamos reconocerlo como el don de Dios, el enviado para que podamos entrar y gozar de la viña del Señor, que no es otra cosa sino la posibilidad de vivir en un mundo en donde podamos reconocernos hermanos.


¿Custodios o depredadores?
P. Manuel João Pereira, mccj

El Evangelio de este domingo nos ofrece la tercera parábola que tiene como tema la viña. Al igual que la de los dos hijos enviados a la viña del domingo pasado, está dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, así como a los fariseos (cf. v. 45), que, en un primer momento, no se dan cuenta de que va dirigida precisamente a ellos. La parábola, conocida como la de los “viñadores homicidas”, es pronunciada en el Templo, tiene tonos dramáticos y prefigura proféticamente el trágico final de Jesús, “agarrado, echado fuera de la viña y matado” fuera de las murallas de Jerusalén.

1. Dios es un viñador

La simbología de la viña como representación del pueblo de Dios, Israel, es bien conocida y queda iluminada por la primera lectura del profeta Isaías (5,1-7). Jesús, sin embargo, cuenta la parábola contra los responsables religiosos que se han adueñado de esta viña, sordos a las llamadas de los profetas (los “siervos” de la parábola) y ahora también a la del Hijo, enviado por Dios, el Dueño de la viña.

Las primeras generaciones cristianas interpretaron la parábola alegóricamente: el primer grupo de siervos representaría a los profetas y el segundo a los apóstoles. Su conclusión: “Se os quitará el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”, ha sido interpretada a veces como el anuncio de la sustitución de Israel por la Iglesia. Sin embargo, no parece que este sea el sentido principal de la parábola, sino más bien una fuerte reprensión a las autoridades religiosas de su tiempo y de todos los tiempos.

2. Nosotros somos la viña de Dios

Me parece oportuno detenernos, ante todo, en el cuidado amoroso de Dios hacia su viña, que refleja su amor por su pueblo y por cada uno de nosotros. “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho?”, se lamenta el Señor, constatando que la viña, en lugar de producir uvas, ha dado agrazones (Isaías 5,1-7).

Aquella viña plantada “en una fértil colina”, “cavada y despedregada” para que se convirtiera en buena tierra, y formada por “cepas escogidas”, se refiere también a nosotros. También nosotros formamos parte de aquella viña, sarmientos unidos a aquel que es la vid verdadera (Juan 15). En nuestro corazón ha construido una “torre”, no la de Babel, sino la de Pentecostés del Espíritu. Ha “cavado un lagar”, que nos recuerda el agua del Bautismo y el vino de la Eucaristía. Nos ha protegido dentro del recinto de la Iglesia…

Esta es, por tanto, una buena oportunidad para reconocer que “el Señor ha hecho grandes cosas por nosotros” (Salmo 125,3). Pero también es una ocasión para preguntarnos por los frutos que está produciendo nuestra vida cristiana: ¿uvas o agrazones?

3. Nosotros somos los viñadores de Dios

Dios “se marchó lejos” y, con una confianza extraordinaria, nos confió su viña para que la cuidáramos. Es decir, confió sus dones a nuestra responsabilidad: la vida y la salud, la tierra y los bienes, las capacidades y los talentos, la fe y las gracias espirituales… Todo para administrarlo con sabiduría al servicio de todos.

La gran tentación es adueñarse de la “viña”, es decir, de aquello que Dios ha confiado a nuestra custodia, utilizándolo a nuestro gusto y para nuestro exclusivo beneficio. Por otra parte, ya en el relato del primer pecado encontramos la tentación de apropiarse de lo que no nos pertenece. Nuestra codicia nos lleva a acaparar los bienes, a ignorar las necesidades de los demás y sus justas reivindicaciones, a someter a las personas a nuestro servicio, a pisotear a los pobres e incluso a matar, como ilustra muy bien la parábola.

Preguntémonos cuál es nuestra “viña” y cómo la estamos gestionando: ¿como propietarios o como arrendatarios? ¿Cómo ejercemos una función: como servicio o como poder? El Señor nos preguntará: ¿qué habéis hecho de mi viña? ¿Cómo habéis acogido a mis mensajeros? ¿Cómo habéis tratado a mi Hijo? ¡Y tengamos presente que hay muchas maneras de matar a Cristo!…

4. En la viña de la creación: ¿custodios o depredadores?

Esta responsabilidad no afecta únicamente a los dones personales, sino que se extiende también a la gran “viña” que Dios ha confiado a la humanidad: la creación. El 4 de octubre de 2023, el papa Francisco publicó la exhortación apostólica Laudate Deum, continuación de Laudato si’, en la que llamaba a todos a asumir la responsabilidad en la gestión de los bienes de la tierra. Las consecuencias de un uso desenfrenado, egoísta y depredador de la naturaleza están a la vista de todos.

A menudo adoptamos una actitud de casi indiferencia o de minimización, como si la cuestión no nos afectara demasiado, quizá porque no estamos dispuestos a cambiar nuestro estilo de vida. Otras veces descargamos la responsabilidad sobre los demás, especialmente sobre los políticos, a menudo condicionados por grandes intereses económicos, pero no asumimos nuestra parte de responsabilidad, tal vez por considerarla insignificante. ¡Hacer de la tierra un paraíso o un desierto depende también de cada uno de nosotros!

Ante la insuficiencia de las respuestas puestas en práctica por muchos gobiernos y por la comunidad internacional, el papa Francisco lanzaba por ello un nuevo grito de alarma, invitando a actuar antes de que fuera demasiado tarde. Nos recordaba que “el mundo que nos rodea no es un objeto de explotación, de uso desenfrenado, de ambición ilimitada” (n. 25). “Hemos realizado progresos tecnológicos impresionantes y sorprendentes, y no advertimos que al mismo tiempo nos hemos convertido en seres altamente peligrosos, capaces de poner en riesgo la vida de muchos seres y nuestra propia supervivencia” (n. 28).

Y el Papa concluía diciendo: “‘Alaben a Dios’ es el nombre de esta carta. Porque un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo” (n. 73).

Preguntémonos: ¿nuestra relación con la naturaleza es un acto de alabanza a Dios o una manera de pisotear su don? En la viña de la creación, ¿nos comportamos como custodios o como dueños y depredadores?

Para la reflexión semanal

  1. Para comprobar si nuestra vida está produciendo la buena uva del amor y de la justicia o, por el contrario, los agrazones del egoísmo y de la injusticia, confrontémonos con las ocho características del obrar cristiano indicadas por san Pablo en la segunda lectura de hoy: “Todo lo que es verdadero, todo lo que es noble, todo lo que es justo, todo lo que es puro, todo lo que es amable, todo lo que es honorable, todo lo que es virtud y todo lo que merece alabanza, sea esto objeto de vuestros pensamientos” (Filipenses 4,6-9).
  2. ¿Qué podrías hacer concretamente para “contaminar menos, reducir los desperdicios, consumir con prudencia” (n. 71) y crear una nueva sensibilidad de respeto hacia la “viña” de la creación?

Un pueblo que dé fruto
José Antonio Pagola

A un pueblo que produzca frutos.

La parábola de los «viñadores homicidas» es, sin duda, la más dura que Jesús pronunció contra los dirigentes religiosos de su pueblo. No es fácil remontarse hasta el relato original que pudo salir de sus labios, pero probablemente no era muy diferente del que podemos leer hoy en la tradición evangélica.

Los protagonistas de mayor relieve son, sin duda, los labradores encargados de trabajar la viña. Su actuación es siniestra. No se parecen en absoluto al dueño que cuida la viña con solicitud y amor para que no carezca de nada.

No aceptan al señor al que pertenece la viña. Quieren ser ellos los únicos dueños. Uno tras otro, van eliminando a los siervos que él les  envía con paciencia increíble. No respetan ni a su hijo. Cuando llega, lo «echan fuera de la viña» y lo matan. Su única obsesión es «quedarse con la herencia».

¿Qué puede hacer el dueño? Terminar con estos viñadores y entregar su viña a otros «que le entreguen los frutos». La conclusión de Jesús es trágica: «Yo os aseguro que a vosotros se os quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

A partir de la destrucción de Jerusalén el año setenta, la parábola fue leída como una confirmación de que la Iglesia había tomado el relevo de Israel, pero nunca fue interpretada como si en el «nuevo Israel» estuviera garantizada la fidelidad al dueño de la viña. Jesús no dice que la viña será entregada a la Iglesia o a una nueva institución, sino a «un pueblo que produzca frutos».

El reino de Dios no es de la Iglesia. No pertenece a la Jerarquía. No es propiedad de estos teólogos o de aquellos. Nadie se ha de sentir propietario de su verdad ni de su espíritu. El reino de Dios está en «el pueblo que produce sus frutos» de justicia, compasión y defensa de los últimos.

La mayor tragedia que puede succederle al cristianismo de hoy y de siempre es que mate la voz de los profetas, que los sacerdotes se sientan dueños de la «viña del Señor» y que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su Espíritu. Si la Iglesia no responde a las esperanzas que ha puesto en ella su Señor, Dios abrirá nuevos caminos de salvación en pueblos que produzcan frutos.


Dar nuevo vigor a la Fe
Promover la Misión
Romeo Ballan, mccj

La viña tiene su cantor. El profeta Isaías, llamado el “Dante de la literatura bíblica”, dedica uno de sus más apasionados cánticos de amor a la viña de un amigo (I lectura). Se trata de una viña plantada con cariño, cuidada, protegida, mimada con gozo y esperanza (v. 1-2.4). “La viña del Señor es su pueblo” (v. 7 y el salmo responsorial). Lamentablemente, la viña – es decir, el pueblo – ha sido infiel. En el momento de la vendimia, los frutos esperados chocan con decepciones y amarguras: agrazones en lugar de uva (v. 4); en vez de frutos de justicia y rectitud, el pueblo ha producido asesinatos y lamentos (v. 7). El drama de esa viña se vuelve, de hecho, en tragedia en la parábola de Jesús (Evangelio). Los labradores, además de adueñarse de la vendimia, se convierten en homicidas: apalean, apedrean y matan a los criados del dueño, e incluso a su hijo (v. 35-39). La aplicación a los hechos de la muerte de Jesús es directa. Sin embargo, el amor de Dios a su pueblo supera cualquier maldad humana. Dios, que se ha insertado en la historia, da un sentido nuevo a los acontecimientos humanos: recupera la piedra – ¡Jesús! – desechada por los constructores y hace de ella la piedra angular (v. 42), es decir, la base de la salvación para todos los pueblos. Ahora el plan está claro: el que rechaza a Dios se autocondena a la infructuosidad; tan solo el que lo acepta y permanece en Él da mucho fruto. Porque sin Él no podemos hacer nada (Jn 15,5). Dios quiere obstinadamente nuestro bien, y, por tanto, no se desanima, no cede ante la decepción, no renuncia a los frutos. Lo intenta de nuevo tras cada rechazo: vuelve a proponer al mismo Salvador ante nuevos pueblos, para que, unidos a Él, den frutos de vida (v. 34.41.43).

La historia del anuncio del Evangelio en el mundo da cuenta de peripecias y cambios de pueblos que, en épocas sucesivas, acogieron o rechazaron el mensaje cristiano, con distintas consecuencias para bien o para mal. Ningún pueblo puede autodefinirse como mejor que los otros, o considerarse evangelizado de una vez por todas. El hecho del nacimiento, el florecer y luego la desaparición de numerosas comunidades en diferentes regiones del planeta, invita a hacer serias reflexiones misioneras. De muchas comunidades cristianas del Norte de África y de Asia Menor – aunque fueron fundadas por Apóstoles o guiadas por Padres de la Iglesia – nos quedan tan solo los nombres, unos restos arqueológicos y poco más. Mientras tanto, otros pueblos y continentes se han abierto al Evangelio y siguen dando frutos (en África, América, Asia, Oceanía…); mientras que algunos pueblos del Occidente cristiano, que en tiempos pasados eran fuertes en la fe, viven ahora situaciones de cansancio y caídas, con escasos frutos. ¿Cómo recuperar lozanía y vigor en la fe? He aquí el gran desafío para una eficaz acción misionera.

San Pablo, al escribir a los Filipenses (II lectura), habla a una comunidad que, en su momento, dio buenos frutos. Él enumera ocho frutos que es preciso cultivar y promover: lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, honorable, virtuoso, encomiable (v. 8), como garantía de paz con Dios y con los demás (v. 8-9). Son valores que invitan a pensar en positivo, y constituyen la base para los caminos de la Misión en el mundo, tales como: diálogo con las otras religiones, inculturación, diálogo ecuménico, promoción de la justicia, salvaguarda de la creación…

Pablo recomienda estos frutos y valores a los cristianos de Filipos, la primera comunidad que él fundó en Europa durante su segundo viaje misionero (años 49-50); una comunidad con la cual estableció relaciones muy cariñosas. Los orígenes de esta comunidad ofrecen pautas misioneras interesantes. Después del concilio de Jerusalén (Hch 15), Pablo visitó nuevamente las comunidades de Asia Menor (que él había fundado el año anterior), nombró allí unos responsables y se puso a buscar nuevos campos de evangelización (Hch 16,6-7). Estando en Tróada (Asia Menor), tuvo la visión nocturna de un macedonio, que le abrió el camino hacia un mundo nuevo: “Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,9-10). El mar por delante era estrecho, pero el paso era muy significativo: para Pablo y sus compañeros esa fue la entrada al Imperio romano. Desde entonces la mirada de Pablo ya estaba puesta en Roma, la capital del Imperio.

Los comienzos de la comunidad de Filipos y la invitación del macedonio (“Pasa… y ayúdanos”) constituyen un hecho emblemático y un llamado misionero a las comunidades eclesiales de todo tiempo y lugar, para que acojan el grito – abierto o silencioso – de los muchos macedonios de hoy (personas, pueblos, situaciones, acontecimientos…). Son temas permanentes, que exigen oración, reflexión y compromiso en el octubre misionero y en la fiesta misionera del DOMUND. Pero también después. ¡Siempre!

XXVI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”. Ellos le respondieron: “El segundo”.
Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”.

(Mateo 21, 28-32)


¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?
P. Enrique Sánchez G. mccj

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? Esta pregunta parece estar en el centro de nuestro texto del evangelio este domingo y seguramente nos sentimos en condiciones de dar una respuesta tajante y precisa. El segundo, por su puesto.

Pero resulta que si nos detenemos un poquito a meditar sobre lo que acontece en esta pequeña historia nos damos cuenta de que algo se mueve también en lo profundo de nuestro corazón, pues se refiere a una experiencia que muchas veces nos toca vivir.

Muchas personas se han encontrado confrontadas con una situación parecida en algún momento de su vida. Se nos ha pedido algo y con mucha facilidad y sin pensarlo demasiado damos una respuesta y después resulta que no cumplimos con la palabra dada.

A veces, por salir de una situación y para no tener que dar muchas explicaciones, se responde sin tomar en cuenta a qué nos comprometemos. Decimos algo y luego no lo cumplimos por muchas razones.

Así sucedió con el primero de los hijos de este hombre que, a lo mejor, para que su padre no lo estuviera molestando respondió diciendo, sí ya voy, pero no lo hizo, no fue.

El evangelio nos ayuda a tomar conciencia de que muchas veces podemos decir con las palabras muchas cosas y al mismo tiempo es fácil tomar compromisos que sin dificultad olvidamos o de los cuales nos desentendemos.

En la vida no bastan las palabras, es necesario que vayan acompañadas de los hechos. Incluso sabemos que dice más una acción, una obra realizada con amor, que mil palabras que se lleva el viento.

En este sentido, el evangelio nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene la coherencia en nuestra vida.

Nos invita a decir lo que llevamos en el corazón con las obras y con los hechos que quedarán ahí, en la vida de los demás, como huellas que no se pueden borrar.

El evangelio nos ayuda a entender también la importancia que puede tener la humildad que nos permite volver sobre nuestros pasos cuando hemos hecho o vivido algo que exige un arrepentimiento, una conversión o simplemente una corrección.

Todos podemos equivocarnos en algún momento de nuestra vida y eso no es grave, lo triste es cuando nos quedamos ahí atorados, pensando que todo puede pasar sin que los demás lo perciban ni se den cuenta.

Es decir, cuando nos instalamos en un modo de actuar que no es honesto o coherente con lo que decimos o lo que pretendemos enseñar a los demás.

Volver sobre nuestros pasos cuando nos hemos dado cuenta de que no hemos hecho algo correcto, eso no es un defecto o una debilidad, es más bien una muestra de riqueza interior que nos permite descubrir que también de los errores y de las fallas se aprende.

El segundo de los hijos, aunque había dado una respuesta equivocada o inapropiada, tuvo el valor de reconsiderar lo que había hecho y supo poner remedio, actuando como era justo desde un principio.

Eso hizo que su recuerdo quedará para siempre en esta página del evangelio como un ejemplo que nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene en la vida la coherencia.

El evangelio subraya también algo que es muy importante en la actitud del segundo hijo y que marca la diferencia y lo muestra como modelo a seguir.

Dice el evangelio que se arrepintió y fue a la viña, como su padre se lo había pedido.

El arrepentimiento, como capacidad de saber volver sobre sus pasos, es una virtud que nos ayuda a descubrir lo que realmente vale la pena en la vida.

Es lo que aleja de la pretensión de tener siempre la razón y nos impide instalarnos en la actitud arrogante que no nos permite que lo grande de este mundo pasa a través de los pequeños gestos de sencillez y de humildad, del reconocimiento de la necesidad que tenemos de los demás.

Aunque la respuesta parece evidente, es interesante saber por qué Jesús pregunta ¿cuál de los dos hijos hizo lo que era correcto y conveniente?

Con su pregunta nos ayuda a entender que en la vida, muchas veces, las apariencias engañan y nos podemos encontrar con personas que son muy elocuentes, pero que sus acciones dejan mucho que desear.

Sabemos que Jesús era alguien que luchaba abiertamente contra aquellos que decían muchas palabras, pero que luego eran incapaces de cumplirlas. Como era el caso de los maestros de la ley, quienes eran muy hábiles para cargar sobre la espalda de los demás lo más riguroso de la ley, pero ellos no eran capaces de hacer nada por cumplirla.

Así pues, está claro que Jesús quiere enseñar a sus discípulos a estar atentos para no juzgar por las apariencias, pues nos podemos equivocar rotundamente.

La mención de las prostitutas y los publicanos como personas que preceden a la entrada en el Reino de los cielos, no quiere decir que por lo que eran tenían un pase privilegiado, sino que Jesús sabía que muchos de ellos estaban en una actitud de acogida de su mensaje que no encontraba en muchos de los que por tradición o por conocimientos deberían estar más dispuestos a reconocerlo como el salvador.

Creo que no es difícil darnos cuenta que también en nuestros días estamos expuestos a dejarnos llevar por una forma de pensar que juzga por las apariencias, sin conocer lo que realmente existe en el corazón de las personas.

En nuestras criticas y en la manera de clasificar a las personas, pensamos que alguien que se presenta con ropa sencilla o porque no demuestra tener una grande elocuencia en su manera de hablar o de comunicarse con los demás ya está listo para ser catalogado entre las personas que hay que excluir y evitar.

Y qué sorpresas nos llevamos, pues cuando abrimos el corazón a los demás sin enjuiciarlos nos encontramos con tesoros de personas que nos enriquecen sin necesidad de mucho hablar.

Seguramente, el evangelio de este domingo no nos dejará tranquilos hasta que nos demos cuenta si somos de las personas que se llenan la boca de palabras, que son capaces de elaborar discursos muy bien equilibrados y elocuentes, o si somos de las personas que sabemos guardar silencio para que nuestras obras den testimonio de lo que llevamos en el corazón.

Qué nuestra caridad se manifieste sin necesidad de muchas palabras y que el Señor nos conceda la gracia de volver sobre nuestros pasos cuando sea necesario.


¡Se busca un tercer hijo!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy escuchamos la segunda parábola relacionada con la viña. El domingo pasado se hablaba de jornaleros llamados a trabajar en la viña; hoy, en cambio, se trata de dos hijos a quienes el padre invita a ir a ella.

1. ¡Un Dios que lo trastoca todo!

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este respondió: “Sí, señor”. Pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?». Respondieron: «El primero».

¿Quiénes son estos dos hijos? Jesús los identifica claramente. El primero, que dice NO pero después cambia de parecer, representa a los publicanos y a las prostitutas, las dos categorías de pecadores más despreciadas, consideradas “inconvertibles” y acusadas de retrasar la llegada del Reino de Dios.

El segundo representa a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, a quienes Jesús se está dirigiendo. A estos podríamos añadir los escribas y los fariseos, tantas veces reprendidos por Jesús: aquellos que se consideraban justos y, por consiguiente, no necesitados de conversión.

Pues bien, a estos, cuyo SÍ es en realidad un NO, a quienes «dicen y no hacen» (Mateo 23,3), Jesús dirige una afirmación escandalosa, hiriente: «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios».

¡Realmente hay que decir que Dios no respeta nuestros esquemas, nuestras categorías, nuestros criterios de orden y de valor!

2. ¿En cuál de los hijos me veo reflejado?

¿Con cuál de los dos hijos nos identificamos? Quizá sintamos cierto malestar al tener que escoger uno u otro. ¡Nos haría falta un tercer hijo, uno que diga SÍ y vaya de verdad a la viña! Sin embargo, este tercer hijo ideal no existe. O mejor dicho: sí existe, pero no somos nosotros. Es Cristo, cuya vida fue un SÍ: «En él se realizó el “sí”. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su “sí” en él» (2 Corintios 1,19-20).

Pero la Palabra nos obliga a confrontarnos con estos dos hijos. Si lo pensamos bien, los dos conviven dentro de nosotros. Goethe decía: «Dos almas habitan, ¡ay!, en mi pecho». Por lo demás, el mismo Pablo dijo: «No logro entender lo que hago, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto» (Romanos 7,15).

También nosotros hablamos muchas veces «con doble corazón», como dice el salmista (Salmo 12,3). ¡Cuántas veces invocamos «Señor, Señor» (Mateo 7,21), y cuántos Amenes —es decir, cuántos SÍES— pronunciamos que contrastan con nuestra vida concreta!

Cada mañana, cada día, digo SÍ al Señor escuchando su Palabra. ¿Y después? Después el día es otra cosa completamente distinta. Claro. Pero ¿cómo podría decir NO al Padre?

Me sucede un poco como en algunas culturas africanas en las que he trabajado, donde sería una falta de respeto decir NO. Como mucho, te dicen: «Mañana». Y ese «mañana», ya lo sabes, significa NO.

Así hago yo también con Dios: ¡cortésmente desobediente!

Las fronteras entre nuestros SÍES y nuestros NOES son muy difusas. Comenta el padre Ermes Ronchi: «Un hombre tenía dos hijos. Y se podría decir: un hombre tenía dos corazones. Porque aquellos dos hijos son nuestro corazón dividido, un corazón que dice sí y dice no, un corazón que dice algo y luego se contradice… Una de las oraciones más importantes de los salmos pide: Señor, dame un corazón íntegro; haz que no tenga dos corazones en lucha entre sí; dame un corazón unificado (cf. Salmo 101)».

3. ¿Quién es mi hermano?

¡Dos hijos, dos hermanos! Sí, porque la filiación crea fraternidad.

¿Quién es mi hermano? Quizá aquel que tiene la osadía de decir NO, que aprecia su libertad frente a cualquier vínculo, un rebelde. Pienso en quien se declara indiferente o no practicante, no creyente… Sin embargo, con gran sorpresa, lo encuentro trabajando en la viña de la solidaridad y de la fraternidad, luchando por un mundo mejor.

«¿Qué os parece?… ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?» Yo también respondo: «El primero», es decir, aquel a quien yo consideraba lejano y que pensaba que no se preocupaba en absoluto por la viña.

4. ¡Se busca al tercer hijo y hermano!

Alguien ha imaginado la presencia de un tercer hijo en la parábola. Este había oído al Padre invitar a sus dos hermanos y, en silencio, sin decir una sola palabra, había ido a trabajar en la viña.

No sé si habéis encontrado alguna vez a este tercer hermano. Yo lo he encontrado muchas veces en nuestras comunidades: hermanos discretos, generosos, disponibles y diligentes que, sin hacerse notar ni tener que ser rogados, hacen que encontremos las cosas ya hechas. Son una bendición para una comunidad. Es una pena que muchas veces solo nos demos cuenta de ello cuando ya no están.

En las familias suele haber alguien que asume este papel —muy a menudo han sido, y siguen siendo, las madres—. Pues bien, este tercer hijo o esta tercera hija hace presente la figura de Jesús, «el que está en medio de nosotros como el que sirve» (cf. Lucas 22,27). El Padre busca hijos e hijas así: «los verdaderos adoradores» (cf. Juan 4,23).

Para la reflexión y la oración personal

  • «Vosotros decís: “No es justo el proceder del Señor”» (Ezequiel 18,25-28, primera lectura).
    ¡Cuántas veces lo he pensado también yo en mi moralismo satisfecho! Conviérteme, Señor, a tu manera de actuar.
  • «Cada uno de vosotros, con toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo» (Filipenses 2,1-11, segunda lectura).
    Líbrame, Señor, de la envidia y haz que mi corazón se alegre del bien de los demás.
  • «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios» (Evangelio).
    Despójame, Señor, de mis pretensiones de superioridad. Haz que me maraville al verme adelantado por los últimos de la fila y que vaya contento a ocupar «el último puesto» (Lucas 14,9).

Cada día es el HOY de la parábola:
«Hijo, hoy ve a trabajar en la viña».


Por delante de nosotros
José Antonio Pagola

Un día, Jesús pronunció estas duras palabras contra los dirigentes religiosos de su pueblo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de Dios». Hace unos años pude comprobar que la afirmación de Jesús no es una exageración.

Un grupo de prostitutas de diferentes países, acompañadas por algunas Hermanas Oblatas, reflexionaron sobre Jesús con la ayuda de mi libro Jesús. Aproximación histórica. Todavía me conmueve la fuerza y el atractivo que tiene Jesús para estas mujeres de alma sencilla y corazón bueno. Rescato algunos de sus testimonios.

«Me sentía sucia, vacía y poca cosa, todo el mundo me usaba. Ahora me siento con ganas de seguir viviendo, porque Dios sabe mucho de mi sufrimiento […] Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. ¡Este Jesús me entiende…!».

«Ahora, cuando llego a casa después del trabajo, me lavo con agua muy caliente para arrancar de mi piel la suciedad y después le rezo a este Jesús porque él sí me entiende y sabe mucho de mi sufrimiento […] Jesús, quiero cambiar de vida, guíame, porque tú solo conoces mi futuro».

«Yo pido a Jesús todo el día que me aparte de este modo de vida. Siempre que me ocurre algo yo le llamo y él me ayuda. Él está cerca de mí, es maravilloso […] Él me lleva en sus manos, él carga conmigo, siento su presencia».

«En la madrugada es cuando más hablo con él. Él me escucha mejor, porque en este horario la gente duerme. Él está aquí, no duerme. Él siempre está aquí. A puerta cerrada me arrodillo y le pido que merezca su ayuda, que me perdone, que yo lucharé por él».

«Un día, yo estaba sentada en la plaza y dije: “Oh, Dios mío, ¿será que yo solo sirvo para esto? ¿Solo para la prostitución?” […] Entonces es el momento en que más sentí a Dios cargando conmigo, ¿entendiste?, transformándome. Fue en aquel momento. Tanto que yo no me olvido. ¿Entendiste?».

«Yo ahora hablo con Jesús y le digo: aquí estoy, acompáñame. Tú viste lo que le sucedió a mi compañera [se refiere a una compañera asesinada en un hotel]. Te ruego por ella y pido que nada malo les suceda a mis compañeras. Yo no hablo, pero pido por ellas, pues ellas son personas como yo».

«Estoy furiosa, triste, dolida, rechazada, nadie me quiere, no sé a quién culpar, o sería mejor odiar a la gente y a mí, o al mundo. Fíjate, desde que era niña yo creí en ti y has permitido que esto me pasara. Te doy otra oportunidad para protegerme ahora. Bien, yo te perdono, pero, por favor, no me dejes de nuevo».

¿Qué misterio se encierra en Jesús para tener ese poder en el corazón de las personas? Cómo cambiaría la vida de muchos si le conocieran mejor.


“¡Vete hoy a trabajar…!”
Actualidad de la misión
Romeo Ballan, mccj

Un padre, dos hijos, una hacienda familiar que llevar adelante con el trabajo de todos, haciendo equipo, sin echarse atrás… Es la escena que Jesús presenta en la parábola (Evangelio), con la invitación-mandato a ir a trabajar en la viña. Es decir, para el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Retorna aquí el mensaje del domingo pasado sobre el trabajo en el campo de Dios, la conversión del corazón, la gratuidad del amor y del servicio, la aceptación del plan de Dios Padre… El Señor no se conforma con palabras, se fija en los frutos: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). La palabra de Jesús y el mensaje de la parábola suenan como una fuerte llamada a la conversión, a la coherencia entre fe y obras. Una llamada que aparece evidente en los frecuentes debates-polémicas entre Jesús y los fariseos. Cuando Mateo, algunas décadas después de la muerte y resurrección de Jesús, escribía estos textos, las comunidades cristianas estaban ya formadas principalmente por personas procedentes del paganismo, mientras que la mayoría de los hijos de Israel no había reconocido en Jesús al Mesías prometido, y, por tanto, había rehusado entrar en la viña.

La profecía de Jesús ya se había hecho realidad: “Los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios” (v. 31). Esta palabra no da pie a una gradación de mérito o de lugares privilegiados, indica tan solo una precedencia en la disponibilidad y apertura a la novedad de Dios. Jesús no quiere elogiar la prostitución, sino más bien elogiar a quien tiene el valor de cambiar su vida, de convertirse, como la adúltera, como Mateo y Zaqueo. La parábola nos garantiza que nuestro Padre bueno acepta que uno se atrase y necesite tiempo para recapacitar, acoge incluso a aquellos que parecen los más indignos, si creen y se arrepienten (v. 32). Porque Él es un Dios especial, que manifiesta su poder sobre todo con el perdón y la misericordia.

Los dos hijos de la parábola son dos pueblos (Israel y los paganos), son dos corazones con diversas vicisitudes, son dos caras de la misma moneda. En realidad, los dos hijos somos cada uno de nosotros, con nuestros altibajos e incoherencias, en una mixtura de Sí y de No, entre tiempos de fidelidad y de fragilidad, según los momentos y épocas de la existencia… La fe no se limita a un sentimiento interior, conlleva un estilo de vida, listos para cambiar, emprender un nuevo camino. No basta con decirse creyentes, hace falta ser creíbles. Ya a finales del primer siglo cristiano (hace unos 1.900 años), san Ignacio de Antioquía escribía: “Es mejor ser cristianos sin decirlo, que decirlo sin serlo”.

Además de los dos hijos de la parábola con su Sí y No, hay un tercer hijo, que no somos nosotros: es Jesús, Hijo del Padre, que conoce y realiza una sola palabra: el Sí de Dios para la salvación de la humanidad (cfr. 2Cor 1,19; Mt 11,26). El grandioso himno cristológico en la carta de San Pablo a los Filipenses (II lectura) es una contemplación orante del misterio de Cristo Jesús: Él es Dios como el Padre y el Espíritu, pero se anonada, se despoja de su rango, toma la condición de siervo obediente, se humilla hasta la muerte de cruz. Pero Dios lo exalta por encima de todos, hasta el punto de que toda lengua proclame que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (v. 11). Cristo no se ha encerrado en sus intereses, ha buscado el interés de los demás (v. 4): Él, el Misionero del Padre, ha entregado su vida por todos; por tanto, todo cristiano, cada misionero está llamado a seguir su ejemplo, asumiendo los sentimientos de Cristo Jesús (v. 5): amor, humildad, compasión, entrega total. Él es el camino de la misión.

La orden del padre a los hijos es clara: “Hijo, vete hoy a trabajar a la viña” (v. 28). Esta escena agrícola está en conexión con otra invitación de Jesús a hacerse cargo de la mies ya madura: “Alcen sus ojos y vean los campos que blanquean ya para la siega” (Jn 4,35). Se trata de una mies abundante, para la cual, lamentablemente, faltan obreros (cfr. Mt 9,37). La orden es clara y plenamente actual: “Hijo, vete hoy…” Es una orden para nuestro tiempo. ¡Es para hoy! Las necesidades son cuantiosas y urgentes: en la Jornada mundial del migrante y del refugiado, al comienzo del octubre misionero y cercanos ya al DOMUND, es fácil identificar la viña de la parábola con el mundo de las misiones, donde el trabajo por el anuncio del Evangelio es proverbialmente inmenso, mientras que las fuerzas disponibles – personas y medios – escasean. La orden de Jesús es semejante a la invitación que el sacerdote dirige a los fieles al final de la Misa: vayan en paz a realizar la misión. En latín se decía: ‘Ite, missa est’, que equivale a: ‘Ite, missio est’; es decir: “Vayan. ¡Es la hora de la Misión!Jesucristo espera de cada uno una respuesta personal, libre, generosa y coherente.


Más comentarios: comboni2000.org

XXV Domingo ordinario. Año A

” En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.
Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’. Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.
Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.
Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.
Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿0 vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’.
De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”.

(Mateo: 20, 1-16)


La generosidad y la bondad del Señor
P. Enrique Sánchez G. mccj

Leyendo esta página del Evangelio me vino espontáneo hacerme la pregunta ¿cuántas veces habrá pasado el Señor por mi vida invitándome a ir con él? ¿Cuántas veces me habrá dicho, ve tú también a mi viña? Ve y participa de lo que soy y de lo que tengo para ti.

Y la respuesta, también inmediata y sin mucho que pensar ha sido: el Señor ha pasado infinidad de veces y lo sigue haciendo hasta en este momento en que me detengo para dejar que su palabra vaya a lo profundo de mi corazón.

El Señor está pasando por nuestras vidas

Una primera reflexión que podríamos hacer acogiendo este evangelio como buena noticia para quienes nos ponemos a su escucha es simplemente constatar que Dios está pasando continuamente por nuestras vidas y nos encuentra en situaciones muy variadas.

Nos podemos dar cuenta que ha pasado en la primavera de nuestras vidas, cuando iniciábamos la aventura de ponernos en camino, a lo mejor con el corazón lleno de ilusiones, de metas y de proyectos. Pasó cuando todo parecía decirnos que teníamos las energías suficientes para comernos el mundo entero. Era el momento en que no sabíamos de miedos y nos parecía que todo estaba a nuestro alcance.

Era la mañana del largo día de nuestra vida que nos invitaba a ponernos en camino con la promesa de un futuro en donde nada nos faltaría. Era el momento en que nuestras capacidades y energías nos susurraban al oído que nada nos podía vencer y que todo nos pertenecía.

Con el pasar del tiempo, la vida nos ha ido pasando sus facturas y los entusiasmos iniciales han ido tomando matices que nos obligaron a ser más prudentes, menos impulsivos y más considerados.

El tiempo se ha ido encargando de ponernos en el lugar que nos conviene, aceptando que los protagonismos no sirven de mucho y que la sencillez y la humildad son maestras necesarias para ayudarnos a aprender que la vida, ciertamente se conquista, pero más aún se recibe como don. Es decir, se recibe para ser puesta al servicio de los demás, para ser donada. Y se necesitan varios años para entenderlo y para aceptarlo.

A la mitad del día

A la mitad de la jornada, que bien podría representar la mitad de nuestras vidas, a lo mejor, nos hemos ido dado cuenta de que ya no somos tan protagonistas y que para encontrarle sentido a la vida tenemos que descubrir y aceptar que hay Alguien más que nos va guiando. No todo sale como lo habíamos pensado o planeado y ese Alguien se va encargando de que todo resulte para bien. Quienes somos cristianos empezamos a entender que estamos en las manos de Dios y que es él el buen pastor que nos va guiando.

Es el momento de la confianza que nos permite asumir nuestros límites, nuestros primeros errores o, incluso, nuestros primeros fracasos, pues lo humano que somos nos recuerda que omnipotente y todo poderoso sólo hay uno. Sólo Dios.

Con sencillez nos rendimos, en el mejor de los casos, a la evidencia de que no somos los protagonistas de nuestro destino, sino que hay Alguien que ya se ha encargado de asegurarnos un buen camino. Y la fe, por pequeña que sea, nos ayuda a sentir que somos bendecidos.

El Señor pasa al mediodía de nuestras vidas para confirmarnos su presencia y para asegurar con su fidelidad que con su presencia compensa nuestras pérdidas de energías. Pasa para poner en su lugar nuestras pretensiones de protagonismo y para que nos demos cuenta de que en su corazón siempre hay un lugar reservado, sin importar la hora, aunque se haga sentir el calor del medio día.

Y quienes aceptan su presencia se dan cuenta de que hay una calidad de vida que se alcanza no tanto con lo que somos capaces de hacer, sino con la conciencia de descubrir que somos algo o alguien en la medida en que aceptamos que la vida se nos va dando, sin merecerla y sin medida.

Al caer de la tarde

Y el Señor se vuelve a hacer presente en el atardecer de nuestra jornada, cuando todo parece irse apagando y cuando lo verdaderamente auténtico empieza a resplandecer.

El Señor aparece cuando ya no podemos presumir de nosotros mismo. Cuando lo único que ilumina las sombras de la tarde es la sabiduría que nos han dejado los años. Cuando lo que nos hace felices no está en lo mucho que podemos hacer con nuestras manos, sino estar en su presencia dejándonos contemplar para sentirnos amados.

El Señor vuelve a pasar, cuando nos tocará recoger lo que la vida nos ha ido dando y en ese momento no podremos más que reconocer que todo ha sido una bendición, que la vida no ha sido más que una oportunidad para descubrir cuánto hemos sido amados y cuánto nos ha hecho felices amar a los demás.

Al final de la jornada, cuando al parecer no queda mucho por hacer, es cuando más apreciada será la presencia del Señor porque nos daremos cuenta que nos busca no tanto por lo que podamos hacer por él, sino por el único deseo y el gusto de estar con nosotros.

En el atardecer de la vida el Señor nos invitará para ayudarnos a entender que lo importante para él no está en lo que podamos producir o rendir a sus intereses, pues él ya tiene lo que necesita y a nosotros siempre nos faltará lo que sólo él puede dar y nos puede satisfacer.

¿No puedo hacer con lo mío lo que yo quiero?

La parábola que hemos leído y sobre todo las últimas palabras nos ponen ante una realidad que nos acompaña hasta nuestros días.

En un mundo en donde lo que importa es producir, enriquecer, rendir, ganar, es normal que la lógica del primer invitado a ir a la viña lo haga sentirse desconcertado, al no recibir lo que se había imaginado.

En nuestro mundo, el que más se esfuerza, quien más invierte, quien muestra mayor dedicación, sacrificio y astucia, aparentemente, es quien tiene derecho a recibir una mayor recompensa.

Esta es la lógica que pone en el centro la ganancia como criterio para medirlo todo y a todos. Quien no produce o quien no rinde en un negocio está condenado a ser descartado,

despedido y quien más se empeña y mejor gasta sus fuerzas, mayor recompensa o salario recibirá.

Cuando sucede esto, se termina siendo esclavos del trabajo y a el se le sacrifica muchos otros valores que son los que realmente le dan sentido a la vida.

Quien vive sólo para trabajar porque tiene que ganar cada día más, termina por olvidarse de la familia, de su comunidad, de disfrutar del descanso necesario para vivir. Ya no hay tiempo para convivir con los demás, para aprovechar de la belleza del mundo, para rezar o para compartir la fe con la comunidad.

Ganar y ganar más es la meta de la vida y eso no permite entender que hay muchas cosas que se alcanzan gratuitamente, porque es Dios quien nos las da.

En la cabeza del primer invitado a la viña estaba dado por descontado que recibiría más que los demás, porque su esfuerzo había sido mayor, pero se olvidó que la generosidad de Dios no se alcanza o no se mide con horas de trabajo. Es bendición que se recibe, simplemente porque Dios es bueno y porque a él nadie le gana en generosidad.

Dios tiene sus tiempos y él sabe muy bien a qué hora tiene que llegar a nuestras vidas. Él pasa y nos invita a la hora menos pensada y lo que ofrece es lo mismo, para todos, sin hacer distinciones y por igual.

Si pretendemos aplicarle al Señor nuestros criterios, por supuesto que aparecerá como injusto, pues aplicando el principio del mérito tendría que recibir más quien aparentemente se ha sacrificado más. Pero en la manera de pensar del Señor eso no funciona y sólo él sabe quién necesita más.

Lo que está en lucha en este evangelio es, por una parte, la mentalidad de quien se empeña pensando el la ganancia que podrá obtener y por otra parte, la generosidad de Dios que no se deja ganar en bondad.

Por eso la respuesta del Señor es tan directa: ¿qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? Pues en eso no hay injusticia, porque en su acción nunca existirá la voluntad de perjudicar, siempre lo moverá su generosidad.

Y a nosotros, ¿qué nos tocará?

Tal vez, ante esta palabra, podemos hacernos algunas preguntas para abrir el corazón a todo lo que el Señor nos quiere dar.

¿Cómo vivo mi relación con el Señor, le doy y me sacrifico para que él me recompense en consecuencia?

¿Siento que en este momento el Señor me está invitando a ir a su viña prometiéndome lo que es justo y necesario para que viva con dignidad y en plenitud?

¿Le reclamo a Dios, reprochándole que no me da lo que veo que le otorga a los demás, casi sintiendo que es injusto conmigo?

¿Me siento agradecido con el Señor cuando recibo de él algo que no me esperaba?

Un momento de alegría, una palabra de esperanza, una luz en lo obscuro de un problema que estoy viviendo, una consolación en medio de mis muchos problemas, un logro entre tantos sacrificios.

¿Reconozco que Dios es bueno conmigo? ¿ En dónde veo manifestada su bondad en mi vida?

¿ Qué motivos tendría para ser agradecido con el Señor hoy, en esta hora que me está tocando vivir en mi paso por esta vida?

Que no nos cansemos de reconocer la generosidad y la bondad de Dios, hoy y siempre.


Una generosidad escandalosa
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy comenzamos un ciclo de tres parábolas de Jesús sobre la viña: la parábola de los jornaleros contratados para trabajar en la viña, este domingo; la de los dos hijos enviados a trabajar en la viña, el próximo domingo; y, finalmente, la parábola de los viñadores homicidas, el domingo siguiente.

La viña tiene un significado profundo en la Biblia. Un detalle de la parábola de hoy llama inmediatamente la atención. Aunque se dice que se trata de la viña de un propietario, este nunca dice «mi viña», sino «la viña»: «¡Id también vosotros a la viña!»

¿Cuál es esta viña? Es la viña del Reino, la viña de Dios. Pero también es la viña de Israel, el pueblo con el que Dios estableció su Alianza (Isaías 5,1-7; Jeremías 2,21; Ezequiel 15,4). Por tanto, este «ir a la viña» no es tanto una invitación a trabajar en ella como a entrar en la Alianza, a compartir el amor de Dios.

Una generosidad escandalosa

La parábola atrae nuestra atención, ante todo, hacia el insólito comportamiento del dueño de la viña, que va cinco veces a la plaza a buscar trabajadores: a las 6 de la mañana, a las 9, al mediodía, a las 3 de la tarde e incluso a las 5, una hora antes de que termine la jornada laboral. El núcleo del relato está precisamente en el contraste entre los trabajadores contratados al amanecer y los de la hora undécima, a quienes el dueño paga de la misma manera: un denario a cada uno, el salario acordado con los primeros.

Pero lo que resulta irritante y provocador en el comportamiento del dueño es el hecho de que hace esperar a los primeros para que sean testigos de su generosidad hacia los últimos. Esta decisión, en un primer momento, aumenta las expectativas de los primeros, que lo consideran un dueño bueno y generoso, para luego suscitar su protesta cuando terminan juzgándolo injusto. Y aún más provocadora es la conclusión de Jesús: «Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».¡Qué parábola tan extraña!

Una crítica a la meritocracia

Probablemente esta parábola, que encontramos solo en el Evangelio de Mateo, tenía en el punto de mira a un cierto número de creyentes de la primera hora, procedentes del judaísmo, que se consideraban superiores y con mayores derechos que los de la última hora, los paganos recién convertidos. Esta situación de la comunidad de Mateo no es en absoluto ajena a nuestro tiempo. También hoy existen estos «supercristianos». Y ¡ay de nosotros, sacerdotes, si por casualidad nos enfrentamos a ellos!, porque pueden encontrarse precisamente entre los más voluntariosos y comprometidos de la comunidad, ¡los buenos! Es más, podríamos ser precisamente nosotros mismos, tú y yo. Me explico.

A menudo hemos sido educados para concebir la vida cristiana según una lógica casi meritocrática: multiplicar las buenas obras para acumular méritos en el cielo, ante Dios, de modo que podamos recibir una hermosa recompensa en el paraíso. Pero ¿se obtiene realmente así la salvación? Ya la primera lectura nos advierte: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, vuestros caminos no son mis caminos». La salvación será siempre un don. No es un derecho adquirido por haber «soportado el peso del día y el calor» (v. 12); no es un salario debido a quien realiza determinadas obras. Y así, el llamado «buen ladrón» es el primero en entrar en el Reino, mientras que el hijo mayor de la parábola del «hijo pródigo» protesta —¡«con razón»!— por lo que considera una afrenta del Padre, después de haberle servido durante tantos años.

Pero, si ante Dios no podemos reivindicar derechos adquiridos, ¿por qué esforzarse tanto? ¿Por qué habría tenido yo que entrar en el seminario a los diez años y hacerme misionero? ¿No habría sido mejor casarme y llevar una vida «normal», como todo el mundo? Así razona quien concibe el Evangelio como un peso, un esfuerzo, una fatiga, un sacrificio y una servidumbre, y no como un golpe de suerte que nos ha permitido encontrar el tesoro en el campo de nuestra vida.

Me viene a la mente aquel sacerdote del relato del jesuita indio Anthony de Mello (en El canto del pájaro), que, al ver que Dios concedía su mismo «premio» a su hermano, que había llevado una vida normal, se alegró enormemente y dijo a Dios: «Señor, eres tan bueno que por ti estaría dispuesto a sacrificar otra vez mi vida».

La vida cristiana vivida como esclavos, siervos o hijos

La vida cristiana puede vivirse con tres actitudes y comportamientos diferentes: la del esclavo, que tiene miedo al castigo y para quien Dios es un juez; la delsiervo, que trabaja por un salario y para quien Dios es un amo; y la del hijo, que trabaja desinteresadamente, por amor, y para quien Dios es un Padre.

Sin embargo, en realidad —¡y esto es lo extraño!— el Evangelio parece dirigirse a estas tres formas de relacionarse con Dios según sus respectivas expectativas. Jesús afirma: «El que diga [a su hermano]: “Necio”, será condenado al fuego de la Gehenna» (5,22). A Pedro, que le pregunta: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos tocará, pues?», Jesús responde: «Os sentaréis [conmigo] en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».Y a cuantos lo abandonan todo para seguirlo les promete el «ciento por uno», y concluye diciendo: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros», que, curiosamente, ¡sirve de marco al Evangelio de hoy! (Mateo 19,27-30).

¿Por qué recurre Jesús a imágenes deliberadamente fuertes como el castigo de la «Gehenna» (siete veces en Mateo)? ¿Por qué insiste Jesús tanto en la «recompensa» (una docena de veces en Mateo)? Ciertamente, para Jesús Dios es el «Padre» (mencionado unas cuarenta veces en el Evangelio de Mateo, de las cuales 16 como «Padre mío» y 14 como «Padre vuestro»). El Padre no quiere que vivamos como asalariados o esclavos: ¡quiere hijos! Y el objetivo de la misión de Jesús es hacernos semejantes al Padre: «para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5,45). Dios nos quiere hijos que lo busquen por amor.

Desgraciadamente, muchas veces son el miedo o el interés los que nos mueven. Y ¡quién sabe si también estas motivaciones imperfectas pueden servir en ciertos momentos de la vida! Tal vez Dios sepa servirse también de estas motivaciones imperfectas, porque no quiere perder a ninguno de sus hijos.

Sorprendentemente, esta convicción de que hay que servir a Dios por amor, y no por interés ni por temor, aparece también en otros contextos religiosos. Es muy elocuente un célebre relato de la tradición sufí atribuido a la mística musulmana Rabia de Basora, del siglo VIII: «Quisiera incendiar el paraíso y apagar el infierno para que estos dos velos desaparezcan y sus siervos Lo adoren sin esperar recompensas y sin temer castigos».

Para la reflexión personal

  • ¿Qué motivación prevalece en mi relación con Dios: el miedo, el interés o el amor?
  • ¿Qué responderías a esta provocación de alguien: «Si el Paraíso no existiera, ¿seguirías creyendo en Dios?»
  • Medita sobre el hermoso testimonio de san Pablo en la segunda lectura de hoy: «Para mí, vivir es Cristo».

Bondad escandalosa
José Antonio Pagola

…Porque soy bueno

Probablemente era otoño y en los pueblos de Galilea se vivía intensamente la vendimia. Jesús veía en las plazas a quienes no tenían tierras propias, esperando a ser contratados para ganarse el sustento del día. ¿Cómo ayudar a esta pobre gente a intuir la bondad misteriosa de Dios hacia todos?

Jesús les contó una parábola sorprendente. Les habló de un señor que contrató a todos los jornaleros que pudo. Él mismo vino a la plaza del pueblo una y otra vez, a horas diferentes. Al final de la jornada, aunque el trabajo había sido absolutamente desigual, a todos les dio un denario: lo que su familia necesitaba para vivir.

El primer grupo protesta. No se quejan de recibir más o menos dinero. Lo que les ofende es que el señor «ha tratado a los últimos igual que a nosotros». La respuesta del señor al que hace de portavoz es admirable: « Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

La parábola es tan revolucionaria que, seguramente, después de veinte siglos, no nos atrevemos todavía a tomarla en serio. ¿Será verdad que Dios es bueno incluso con aquellos y aquellas que apenas pueden presentarse ante él con méritos y obras? ¿Será verdad que en su corazón de Padre no hay privilegios basados en el trabajo más o menos meritorio de quienes han trabajado en su viña?

Todos nuestros esquemas se tambalean cuando hace su aparición el amor libre e insondable de Dios. Por eso nos resulta escandaloso que Jesús parezca olvidarse de los «piadosos» cargados de méritos, y se acerque precisamente a los que no tienen derecho a recompensa alguna por parte de Dios: pecadores que no observan la Alianza o prostitutas que no tienen acceso al templo.

Nosotros seguimos muchas veces con nuestros cálculos, sin dejarle a Dios ser bueno con todos. No toleramos su bondad infinita hacia todos. Hay personas que no se lo merecen. Nos parece que Dios tendría que dar a cada uno su merecido, y sólo su merecido. Menos mal que Dios no es como nosotros. Desde su corazón de Padre, Dios sabe entenderse bien con esas personas a las que nosotros rechazamos.


Stop a los ociosos.
¡Todos en Misión! Hay trabajo para todos
Romeo Ballan, mccj

La meritocracia – hoy tan de moda – parece no estar en línea con los criterios de Dios. En la parábola de hoy Jesús presenta la actitud desconcertante, ‘irracional’, provocadora del dueño de la viña, que paga a todos los obreros de la misma manera. Pero, ¿cuál es el mensaje? El texto de Isaías (I lectura) nos ofrece una clave de lectura para entender la parábola de Jesús: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (v. 8). El salmo responsorial exalta al Señor que es clemente y misericordioso, bueno con todos, es incalculable su grandeza. Solamente con estos parámetros es posible acercarse al misterio de Dios y de sus planes. Para captar el mensaje de Jesús (Evangelio), es preciso salir de una lógica sindical y económica, dejar de lado la mentalidad del contador, optar por la gratuidad, adoptar la lógica del corazón grande y del amor hacia todos, sin exclusiones. Jesús desbarata la tan extendida doctrina del ‘mérito’, según la cual la salvación se convertiría en un derecho para quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno” (v. 12), en un salario debido a quien cumple determinadas obras. Y, por tanto, el que más obras cumple más se merece el favor divino. Las protestas contra el amo (v. 11-12) provienen de personas observantes pero mezquinas, envidiosas, como el profeta Jonás (Jon 4,1-2) o el hijo mayor de la parábola (Lc 15,29-30), incapaces de comprender el amor del Padre, celosos e irritados por la acogida y el perdón concedidos al pueblo de Nínive y al hijo menor… A menudo somos nosotros los envidiosos de la parábola.

El Reino de Dios y la salvación que Él ofrece tienen las dimensiones misioneras de la universalidad, son dones abiertos a todos, incluidos especialmente los últimos, los pecadores, los humildes. “El estilo de Jesús es idéntico para todos, judíos y paganos, justos y pecadores. La antigua alianza basada sobre el derecho y la justicia es reemplazada por la nueva, fundada exclusivamente sobre la gracia. El Reino es un don de Dios y no un salario por las obras de la Ley; la salvación no es una recompensa debida casi por contrato; es, ante todo, una iniciativa divina hecha de amor y de comunión, en la que el hombre es invitado a tomar parte con gozo y sin restricciones” (G. Ravasi). Incluidos los pobres, los desamparados, porque Dios cuida en particular de aquellos a los que nadie ha contratado (v. 7); porque también ellos tienen que mantener una familia e hijos. Dios es un amo bondadoso: acoge a todos sin rechazar a nadie, pero es libre de tener sus preferencias (v. 15). Él revela un nuevo estilo de relaciones con las personas, una jerarquía desconcertante, que desbarata los criterios humanos (I lectura). Es la jerarquía definitiva del Reino.

El amo de la viña es una imagen de Dios, que llama a todos a trabajar por el Reino: llama a cada hora, a cualquier edad y condición; llama uno por uno, para tareas diferentes… Aprecia también al que puede dar tan solo un aporte menor, o incluso mínimo. Es un amo con un corazón grande; pide tan solo que los obreros confíen en Él, trabajen por su Reino, por amor, con gratuidad. Él llama a algunos a ser obreros y misioneros de la primera hora: los asocia desde el amanecer al trabajo por el Reino. En la oración colecta, pedimos al Padre que sepamos apreciar el impagable honor de trabajar en la viña desde el amanecer. Para el que ha entrado en la lógica del amor, del servicio, de la gratuidad, el peso del día y el bochorno no son un castigo, sino un privilegio. La Misión a la que Jesús nos llama es diferente en sus formas; está en todo lugar, siempre, sobre todo entre los más lejanos, cerca de los últimos. “Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo. Por eso es tan urgente la misión ad gentes, en la que todos los miembros de la Iglesia están llamados a participar” (Papa Francisco). Así lo había entendido San Pablo (II lectura), para el cual “la vida es Cristo” (v. 21) y, por tanto, estaba decidido a seguir trabajando por sus hermanos (v. 24).


“Los últimos serán los primeros”
Fray Juan José de León Lastra O.P.

La llamada al Reino

El texto evangélico expone una de las parábolas que se llaman del Reino. Por eso hemos de considerar que Jesús la pronuncia pensando en el mundo judío, desde tanto tiempo pueblo de Dios, llamado a trabajar en la viña desde el amanecer como pueblo. Más es la llamada de Dios la que les convierte en su pueblo. Pero Cristo amplia la llamada a más pueblos. Lo entendieron bien los primeros cristianos que eran judíos. Dudaban de los que se incorporaban tarde al Reino, después de estar tiempo al margen de él: ¿podían ser pueblo que trabajara codo con codo con ellos en la “viña del Señor”?; ¿su trabajo podía ser tan reconocido como el de los de la “primera hora”? Cuando estas preguntas se planteaban es cuando se escribe el texto del evangelio que da a entender cuál es el pensamiento de Jesús. Esta parábola refrendaba la tesis de Pablo, la que se impuso, de que aquellos que no tenían la “tradición judía” tenían las puertas abiertas del Reino, pertenecería él con los mismos derechos y beneficios –salario- que los judíos.

Una pretensión del ser humano: que Dios tome partido por unos frente a otros

No pocas veces se ha pretendido  que Dios tome partido por un grupo humano cuando está en lucha contra otro. Dios sería el encargado de castigar a los que, a juicio de uno de los  grupos, habían actuado perversamente.  El Dios en el que creían era el de la justicia vindicativa o justiciera. Su justicia no podía ser distinta del concepto que ellos tenían de ella y de cómo había que aplicarla. En general se abogaba por una justicia que estaba al margen de la misericordia cuando se juzgaba cómo había que tratar a los otros. La misericordia, aunque no siempre se confesara, Dios la tendría reservada para ellos. Hacen a Dios a su imagen. Pero, “gracias a Dios”, los planes de Dios, sus caminos, como dice Isaías en la primera lectura, no son como los nuestros. Y no son como los nuestros porque Dios da más de lo que merecemos, como aparece en el texto del evangelio, frente al apego que en nosotros existe a ceñirnos, en el mejor de los casos, a que la generosidad deje sitio a la estricta justicia.

 La estricta justicia 

La verdad es que la estricta justicia nuestra no es tan estricta ni tan justicia. Dios nos dice que si fuéramos tratados en estricta justicia por Él –y también por los hombres -, tendríamos menos de lo que tenemos, seríamos menos de lo que somos en la sociedad. A todos nosotros nos ha llegado la generosidad desbordante de Dios, por lo que es farisaico molestarse porque esa generosidad llega a otros. Mejor que protestar por la generosidad de Dios ante el hermano y dejarnos llevar por la envidia, debemos imitar su manera generosa de actuar, tratar de que nuestros planes se acomoden cada vez más a los suyos. Eso es la justicia verdadera.

Para Dios nunca es tarde

Dios no está sometido al tiempo: no hay últimos ni primeros. Ese es un asunto nuestro. Lo que Dios quiere es que se responda a su llamada, “al amanecer” o a “media tarde”. Lo que sí pide que se sea fiel a lo que Dios quiere de cada uno y realicemos lo que se les pide; sin pedir cuantas a Dios por su actitud con los demás. Pues los planes de Dios no son nuestros planes; sus “caminos son más altos que los nuestros”. Desde lo alto Dios tiene una perspectiva más amplia que la nuestra. Hemos de esforzarnos en hacer nuestra esa visión de Dios. San Pablo decía que teníamos que captar la mente de Cristo, pensar como él pensó en su tiempo histórico, tal como nos lo relatan los evangelios. Y el evangelio de este domingo descubre ese pensamiento de Jesús de Nazaret, que supera la pequeñez del nuestro.

dominicos.org

XXIV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”, Jesús le contestó: “No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ’Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

(Mateo: 18, 21-35)


Perdonar de corazón
P. Enrique Sánchez G. mccj

Para una mentalidad calculadora, como la nuestra, es muy fácil pensar que todo se puede pesar, medir y contar. Todo tiene que estar bajo nuestro control, bien calculado y determinado. Que nada escape a nuestro control.

Esa forma de pensar, supuestamente, da seguridad y garantías al deseo de querer estar, lo más posible sobre los demás, sin tener deudas con nadie.

Pero hay muchas realidades en nuestras vidas que no se dejan atrapar en esos esquemas que tratamos de hacer funcionar a nuestra conveniencia. Basta pensar en el amor, ¿de qué color es o cuánto mide? Y la ternura, ¿se puede repartir en envases de cuántas onzas? Y la alegría, ¿se puede medir en centímetros o en pulgadas?

Pues, algo parecido sucede con el perdón, no se puede hacer entrar en la práctica que se agotaría en unas cuantas veces.

Jesús, en el evangelio de este domingo, nos invita a salir de esa mentalidad en donde las cosas esenciales para la vida no pueden ser atrapadas en el simple cumplimiento de unas cuantas reglas o normas establecidas con claridad.

Nuestro espíritu y nuestro corazón han sido diseñados para vivir en una libertad que a cada paso y a cada instante nos pueden sorprender y nos pueden hacer entender que hemos sido pensados para hacer el bien sin límites.

La pregunta que Pedro le hace al Señor no se trata de un cuestionamiento fuera de lugar, al contrario, revela un conocimiento de la ley judía que todo buen practicante tenía que haber adquirido.

Detrás de la pregunta estaba aquello que los sacerdotes y los ancianos o los maestros de la ley conocían perfectamente. Ellos enseñaban que en la práctica de la ley, hasta los más justos estaban expuestos a fallar y a caer, al menos siete veces al día. Casi como para decir que para los seres humanos era imposible cumplir totalmente con las exigencias de la ley.

Si el más bueno, según la ley, peca siete veces al día, ¿será suficiente perdonarlo siete veces, y ası́ todo mundo estará en paz?

Esa era, en cierto modo, la respuesta que Pedro se esperaba de Jesús, pero responder de esa manera hubiese sido quedarse en aquella mentalidad calculadora y fría que le habían aplicado al cumplimiento de la ley.

Bastaba ser observantes, sabiendo que lo torcido del espíritu humano encontraría siempre la manera de darle la vuelta a la ley para interpretarla de acuerdo a los propios intereses. En otro texto Jesús le reprochará a los maestros de la ley que son capaces de decir que lo que tienen es “Corban”, es decir algo destinado para las ofrendas del templo y por lo tanto, imposible de destinarlo para ayudar a los demás. (Marcos 7, 11-15)

En el ejercicio del perdón no funcionan las cuentas porque no se aplica la regla de la conveniencia, sino que se deja que lo que mueva a la acción sea el corazón y el corazón no sabe de medidas.

Perdonar es un ejercicio que tiene su origen en lo más noble que puede existir en el ser humano y es una tarea que estamos llamados a practicar a lo largo de toda nuestra vida. Así, como dice la canción, que nunca es suficiente para amar, ası́ también, la vida nos enseña que nunca será suficiente para perdonar. Y la dinámica del perdón hace que, mientras más perdonamos, más libres somos y más disfrutamos al perdonar.

Un corazón que no perdona vive condenado a cargar sufriendo con el mal o el dolor que le han causado.

Muchas veces hemos conocido a personas que se han amargado muchos años de su vida, porque se negaron a derramar el ungüento del perdón sobre un daño que sufrieron. Pagaron una factura muy alta e hicieron que el mal sufrido se convirtiera en algo personal. Mientras que quienes ocasionaron el mal siguieron su vida muy campantes y, muy frecuentemente, sin recordar más lo que había sucedido.

Perdonar, por otra parte, no significa olvidar o hacer desaparecer de nuestra memoria lo que nos ha sucedido.

El dolor que ha causado una ofensa, un abuso o un maltrato de parte de otra persona hacia nosotros, estará siempre ahí, pero la diferencia consiste en que no viviré para darle culto a ese mal que me han hecho, ni pondré en el centro de mi vida la ofensa que he recibido. Perdonar será dejar que nuestro corazón sea quien nos guíe y no permita entender que vivimos para ser don y para recibir el don que son los demás para nosotros.

Perdonando nos damos la posibilidad de vivir profundamente libres, recordándonos que nuestra existencia no depende de lo que piensen o de lo que quieran los demás de nosotros.

El mal que podemos recibir de los demás no tiene por qué convertirse en la pauta que guíe nuestras vidas y el perdón es justamente lo que nos permite iniciar una y mil veces la aventura de vivir, aunque la vida esté hecha de miles de situaciones que pretenden impedirnos el caminar hacia la meta de la plenitud y de la auténtica felicidad.

Perdonar, contrariamente a lo que podemos pensar, no es algo que nos humilla o que nos hace situarnos por debajo de los demás; al contrario, es nobleza que se ejerce y manifiesta la grandeza que llevamos dentro.

El que perdona siempre gana, porque demuestra estar más allá de lo que pretende aplastar al otro o de lo que busca humillarlo y despreciarlo. Quien perdona demuestra estar viviendo ya a otro nivel, por encima de lo ordinario y pasajero.

Pero perdonar no es algo evidente y espontáneo. La parábola de este domingo nos da un ejemplo muy claro. El servidor del Rey que había hecho la experiencia del perdón lo demuestra.

Todos nos esperaríamos que hubiese actuado en consecuencia con la experiencia que había vivido, pero, al contrario se revela duro, insensible, cruel y despiadado.

Ası́ nos puede pasar a nosotros. Cuando queremos que nos perdonen, hacemos hasta lo imposible para ganar ese don, pero cuando nos toca perdonar, algunas veces se nos olvida lo frágiles y necesitados que pueden estar los demás de nuestra compasión y de nuestro perdón.

Recibir el perdón es casi siempre algo que nos agrada, casi como sintiéndonos con derecho a recibirlo, pero cuando nos toca perdonar, nos puede pasar que le damos muchas vueltas en la cabeza y nos resistimos a usar el corazón.

Se da el caso también, sobre todo cuando nos ponemos en frente del Señor, que nos llena de paz saber que Dios nos ha perdonado, pero nos resistimos a acoger ese perdón.

Nos gana la duda de saber si realmente hamos sido perdonados y nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos, aceptando con humildad que el perdón es una oportunidad para ponernos de pie para seguir caminando.

Finalmente, la parábola nos hace reflexionar para que no confundamos el perdón con lo que podría ser una justificación o una disculpa ante las responsabilidades que necesariamente tenemos que asumir ante lo que vamos viviendo cada día .

El perdón que Jesús nos propone tiene como cimientos la verdad y la justicia, al mismo tiempo que nos recuerda la misericordia y la compasión.

Seguramente, en el ejercicio de nuestra vida cristiana, muchas veces nos encontraremos ante el Señor, como el servidor ante su Rey e imploraremos misericordia, paciencia y perdón.

Ojalá que esa misma actitud seamos capaces de ponerla en practica ante aquellos que con humildad se presentan ante nosotros suplicando nuestra comprensión y perdón.

Que el Señor nos dé un corazón grande, para que, desde una profunda experiencia de su amor, podamos vivir en la libertad que nos permita perdonar, sabiendo que siempre recibiremos más de lo que podemos dar.

Que Dios nos enseñe a perdonar con el corazón.


¿Cuántas veces has perdonado a Dios?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy concluimos el cuarto discurso de Jesús, que reúne las enseñanzas del Señor sobre la vida comunitaria. El pasaje evangélico es la continuación del del domingo pasado, dedicado a la corrección fraterna.

En este contexto, Pedro pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano comete faltas contra mí, ¿cuántas veces tendré que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Pedro propone una cifra generosa: siete, el número de la plenitud. Seguramente sabía que los rabinos hablaban de tres o, como máximo, cuatro veces, pero tenía muy presente la insistencia de Jesús en el perdón.

En efecto, al enseñar a los discípulos el Padrenuestro, la única petición de la oración que Jesús comentó después explícitamente fue precisamente la relativa al perdón: «Porque si perdonáis a los demás sus faltas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas» (cf. Mateo 6,14-15).

Y, en un contexto semejante, Jesús habría dicho: «Y si [tu hermano] comete una falta contra ti siete veces al día y siete veces vuelve a ti diciendo: “Me arrepiento”, tú lo perdonarás» […] y apenas cien denarios, el equivalente a unos cien días de trabajo. Cuando el señor se entera de lo ocurrido, se indigna y revoca la condonación de la deuda. Y la conclusión de Jesús es, una vez más, sorprendente y severa: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano».

1. El perdón es una decisión… ¡en camino!

Todos somos muy conscientes de lo difícil que es perdonar. El perdón casi nunca es espontáneo. Espontáneos son, más bien, la rabia, el resentimiento y las ganas de devolver mal por mal. Dice un viejo refrán: «La primera se perdona, la segunda se tolera y a la tercera, se responde». Algunos incluso consideran que el perdón es una forma de debilidad: quien perdona sería incapaz de hacer valer sus derechos; la bondad sería incapacidad de rebelarse, la paciencia cobardía y el perdón incapacidad de vengarse (Nietzsche).

La palabra perdonar procede del latín y refuerza la idea de «dar»: es un dar plenamente. Pero para quien perdona no se trata en absoluto de un gesto «barato». A veces cuesta sangre y lágrimas. También la gracia de Dios, recordaba Bonhoeffer, no es una «gracia barata»: el perdón nos ha sido dado a través del amor de Cristo llevado hasta la cruz.

Por eso el perdón es fruto de una decisión sostenida por la gracia. Y no siempre es una decisión tomada de una vez para siempre. A menudo es necesario renovarla cada vez que la memoria trae de nuevo a la mente la ofensa y reaviva en el corazón el sufrimiento. El perdón madura progresivamente, hasta convertirse en una disposición profunda y estable.

Se aprende a perdonar… caminando por la senda del perdón.

Muchos cristianos, por desgracia, escucharán esta palabra llevando en el corazón rencor hacia alguien, quizá desde hace años, decididos a no perdonar una ofensa sufrida. Y podrían escucharla sin sentirse mínimamente interpelados. «Sí, sí —se dicen—, es algo hermoso, pero irreal. ¡La vida real es otra cosa! Y, además, lo que me hizo es demasiado grave…».

2. Pero… ¿cuántas veces perdona Dios?

La respuesta parece obvia: ¡siempre! Pero ¿estamos realmente convencidos de ello?

En tiempos de Jesús, algunos rabinos discutían incluso sobre el número de veces que Dios perdonaría antes de castigar. Sin embargo, el Antiguo Testamento nos habla continuamente del amor y de la misericordia de Dios, como proclama el salmo responsorial de hoy: «El Señor es bueno y grande en el amor» (cf. Salmo 102).

Hay, sin embargo, textos que emplean un lenguaje muy duro, como el del profeta Nahúm: «El Señor es un Dios celoso y vengador; vengador es el Señor y está lleno de cólera. El Señor se venga de sus adversarios y guarda rencor contra sus enemigos» (Nahúm 1,2).

El pueblo de Dios fue comprendiendo progresivamente la profundidad del amor divino. En Jesús, esta revelación alcanza su plenitud: Dios es Padre, Dios es amor, Dios es misericordia. Y, sin embargo, también nosotros corremos el riesgo de imaginar a Dios a nuestra imagen y semejanza: no un Dios justo, sino un justiciero; no un Padre, sino un amo; no Alguien a quien amar, sino alguien a quien temer y a quien hay que «tener contento».

Pero entonces, ¿por qué Jesús parece casi amenazarnos al concluir la parábola: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano»? Jesús quiere subrayar con fuerza hasta qué punto el perdón recibido y el perdón dado son inseparables. No porque la misericordia de Dios tenga una medida o se conceda solo bajo determinadas condiciones, sino porque el corazón puede cerrarse al don. El perdón de Dios pide ser acogido. Negarse obstinadamente a perdonar es como extender sobre uno mismo una lona impermeable: el agua de la misericordia sigue cayendo, pero no consigue penetrar.

3. Y tú, ¿cuántas veces has «perdonado» a Dios?

La pregunta puede sorprender e incluso provocar una sonrisa. Naturalmente, Dios, en sentido estricto, no necesita nuestro perdón, porque no comete injusticias ni faltas contra nosotros. Y, sin embargo, nuestro corazón puede llegar a acusarlo, a sentirse herido por él e incluso a alimentar resentimiento hacia él.

Todos conocemos a alguien que se ha alejado de la fe enfadado con Dios porque, en un momento de angustia, una oración pareció quedar sin respuesta; porque Dios habría «permitido» una desgracia; por un duelo trágico; por una enfermedad; por un dolor incomprensible. ¿Y qué decir de las guerras, del sufrimiento de los inocentes y de las injusticias que se extienden por el mundo?

Me atrevería a decir que casi todos tenemos algo que «perdonar» a Dios, es decir, algún reproche, alguna pregunta sin respuesta, alguna herida que le atribuimos. A veces ni siquiera tenemos el valor de reconocerlo y lo enterramos en lo más profundo del corazón.

Tal vez deberíamos tener el valor de presentarnos ante Dios con toda nuestra verdad. Incluso después de la confesión, podríamos levantar los ojos al cielo y decirle: «Señor, hay cosas que todavía no comprendo. ¿Dónde estabas cuando me sucedió esto? ¿Por qué permitiste aquello otro? He sufrido y, a veces, también me he enfadado contigo. Pero quiero seguir confiando en ti. Te confío mis preguntas, mi rabia y mis heridas, porque te quiero».

También esto puede ser un camino de reconciliación con Dios: no porque sea él quien necesite ser perdonado, sino porque somos nosotros quienes necesitamos sanar la imagen herida que guardamos de él.

4. Y tú, ¿cuántas veces te has perdonado a ti mismo?

A menudo nos cuesta perdonar a los demás porque no estamos en paz con nosotros mismos. Quizá no nos hemos perdonado un fracaso, la humillación de una debilidad, una decisión equivocada o algún problema que hemos causado. Podemos saber que Dios nos ha perdonado y haber sido perdonados también por las personas a las que hemos herido y, sin embargo, seguir condenándonos interiormente.

Necesitamos entonces pedir la gracia de acoger plenamente el perdón recibido y aprender también a perdonarnos a nosotros mismos. Podría decirme: «Manuel João, Dios te ha perdonado. Acoge su misericordia. No permanezcas prisionero de tus errores. Aprende de ellos y ¡vete en paz!».

Perdonarse a uno mismo no significa banalizar el mal cometido ni eludir las propias responsabilidades. Significa reconocer que ningún error tiene derecho a pronunciar la última palabra sobre nuestra vida.

La última palabra pertenece siempre a la misericordia.

Para meditar…

  • Efesios 4,32 — «Sed bondadosos y misericordiosos unos con otros, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo».
  • Colosenses 3,13 — «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos unos a otros… Como el Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo».
  • 2 Corintios 5,18-20 — Dios «nos ha confiado el ministerio de la reconciliación»: el cristiano está llamado a ser embajador de la reconciliación.

Vivir perdonando
José Antonio Pagola

Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».

Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido un “Canto de venganza” de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: “Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete”. Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.

En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.


¿Cuántas veces tiene que perdonarte a ti?
Fray Marcos

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad. El perdónes la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo real.

La frase “setenta veces siete“, no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (270 t. de plata). El empleado es incapaz de perdonar una minucia (400 grs.). Al final del texto, encontramos un ramalazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón de evangelio. El ego necesita enfrentarse al otro para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono, pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.

Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.

Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno, lo que en realidad es malo. Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón.

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos, nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo, no tiene sentido.

Nuestro sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: “Del vengativo se vengará el Señor”. “Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: “…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.


El perdón regenera a la persona y a las comunidades
Romeo Ballan, mccj

El tema central de los cinco textos bíblicos de hoy, incluido el Padre nuestro, es el perdón. Pedro, como hebreo observante de la Ley, pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar y el Maestro le explica la necesidad de perdonar hasta “setenta veces siete”, es decir, siempre, como enseña Jesús en el pasaje del Evangelio, que continúa y concluye el discurso eclesial-comunitario (Mt 18) sobre las relaciones entre las personas. Se trata de una enseñanza insistente de Jesús, que va desde el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, hasta el Calvario (Mt 5,7; 6,14-15; 9,2-6; 12,31-32; 18,21-35; 26,28). Después de la palabra, Jesús nos da el ejemplo en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; y más: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,34.43). Es lo máximo del amor, el amor sin medida: ¡el perdón de los enemigos! “Mateo quiere sacudir a una comunidad que corre el riesgo de subestimar el compromiso del perdón fraterno; el perdón es signo de la autenticidad de nuestra oración… Para Mateo, es especialmente en la praxis del perdón en donde la comunidad se revela como verdadera y auténtica fraternidad” (C. Ginami).

La Biblia da cuenta de un progreso en la comprensión de la ley y en la praxis del perdón. En los tiempos arcaicos, el brutal Lamec, hijo de Caín, conoce tan solo la represalia cruel, la venganza sin límites, hasta ‘setenta veces siete’ (cfr. Gen 4,23-24). Más tarde, se introduce una reacción más equitativa, con la primitiva ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano…” (Ex 21,24). Lo cual no se debe entender como una incitación a devolver el mal recibido, sino como un tope que no se ha de sobrepasar en la respuesta. Se llega, finalmente, al punto más alto en el Antiguo Testamento, con la invitación a rechazar venganzas y rencores, y a amar al prójimo como a sí mismo (cfr. Lv 19,18); el texto del Eclesiástico (I lectura) refleja esta postura. Los rabinos del tiempo de Jesús limitaban el perdón hasta tres veces. Pedro llega hasta siete (Mt 18,21), pero Jesús no admite topes: “hasta setenta veces siete”. El perdón debe ser sin medida, así como la misericordia del Padre es infinita, sin medida (Lc 6,36). Realmente, ¡el perdón es un “híper-don”, un súper-don! Porque Dios es perdón. El perdón va más allá de la justicia y del derecho humanos. Perdonar tiene algo extraordinario, “divino”; nos hace más semejantes a Dios.

Las lecturas presentan varios fundamentos del perdón. La parábola de Jesús(Evangelio) pone de manifiesto la inmensa distancia entre el corazón de Dios, que lo perdona todo y siempre (Salmo responsorial), y el corazón del hombre, que a menudo es estrecho y mezquino (Mt 18,33). El Eclesiástico (I lectura) amonesta severamente: “Piensa en tu fin… en la muerte” (v. 6). La agresividad vengativa se diluye cuando se piensa en las limitaciones humanas. “Puede parecer un axioma banal, pero tiene una profundidad sicológica: el rechazo de la muerte está en la raíz de la violencia… Rechazar el sentido de la finitud humana significa haber puesto en nuestras raíces las premisas de todos los sin sentidos” (E. Balducci). El apóstol Pablo (II lectura) invita a la acogida y a la comprensión mutua, poniendo en el centro de la vida no al yo egoísta sino a Cristo, que ha muerto y ha resucitado por todos (v. 9), el único que da sentido y valor a la vida y a la muerte (v. 7). La experiencia de la misericordia del Señor que perdona y regenera nos empuja a vivir por Él. Sentirnos perdonados nos hace capaces de perdonar, de comprometernos en la misión, para invitar a todos a abrir de par en par el corazón a Cristo.

¿Por qué perdonar? ¿Qué quiere decir? Con la parábola de hoy Jesús nos dice que perdonar significa tomar conciencia de que todos nos equivocamos, cometemos errores, todos somos deudores, necesitados de que se nos perdone. Solo el perdón logra romper la cadena de la venganza y la violencia. Pero perdonar no significa ser ingenuos, dejar correr las cosas; es bien compatible con la exigencia de una justa compensación. Además, perdonar no significa olvidar el pasado, cosa, a menudo, psicológicamente imposible. Perdonar es una opción cristiana difícil y sufrida, que produce frutos preciosos: libera el corazón de sentimientos de odio y venganza; abre a un futuro de libertad y paz; da confianza al que se ha equivocado, para que pueda corregirse. El perdón es una terapia benéfica para quien lo ofrece, para quien lo recibe y para la comunidad humana.

El perdón regenera interiormente a la persona y a las comunidades, en todo nivel; las hace semejantes a Dios, a su imagen; libera de tensiones y agresividades que a menudo contaminan las relaciones interpersonales y sociales; rompe la cadena de venganzas; pone de manifiesto la grandeza de ánimo de una persona y de una institución. El perdón es creativo, porque es capaz de abrir caminos que parecían cerrados. Además del ámbito interpersonal y doméstico, el perdón cristiano tiene dimensiones y aplicaciones sobre todo en los grupos, sociedades y naciones; es, a menudo, un criterio y un camino de solución de las tensiones entre los pueblos. “El perdón tiene también un valor civil y político. Mientras no se llegue a renunciar a algo a lo que se tendría teóricamente derecho, si se exige a toda costa lo que corresponde, lo que es de derecho propio, y se siguen enumerando las razones de cada uno, nunca se llegará a la paz, porque no se quiere pagar nada. La paz, en cambio, tiene su costo… La paz supone una constante voluntad de perdón: en las familias, en el seno de las comunidades, en las Iglesias entre sí, y aún más en el contexto civil” (Carlos M. Martini). La paz y el perdón son mensajes prioritarios de la misión: perdonar de corazón (Mt 18,35) y amar a los enemigos (Mt 5,44) son Evangelio puro, la novedad cristiana.

La literatura mundial ofrece un florilegio de expresiones sobre el tema del perdón, tanto el de Dios como el del hombre. He aquí algunas. “¡Dios perdona muchas cosas por una obra de misericordia!” (A. Manzoni). – “El perdón no cambia el pasado, pero dilata el futuro” (Boros S.). – “Solo el que es fuerte es capaz de perdonar” (Gandhi). – “Perdonen enseguida: ahorrarán un tiempo precioso, y harán mejor su digestión” (Card. O’Connell).