Misionera sin fronteras

La hermana Vera Lúcia Belo Rocha es una misionera comboniana portuguesa. Hizo su consagración perpetua a Dios el pasado mes de diciembre, dando su «sí» definitivo al servicio de la misión según el carisma de San Daniel Comboni. Desde Portugal, donde se encuentra actualmente, comparte con nosotros la historia de su llamada a la vida misionera.

Pertenezco a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de los Olivais, en Lisboa. Mi madre forma parte de la comunidad neocatecumenal y me llevaba con ella a las celebraciones; fue a partir de ahí que empecé a integrarme en la parroquia, como ministra de la Eucaristía. La fe fue adquiriendo en mí cierta solidez, gracias a los miembros de la comunidad con quienes aprendí a rezar y a servir. Creo firmemente que mi vocación misionera nació en el seno de la parroquia, acunada por la comunidad neocatecumenal que me introdujo en la misión sin fronteras.

Un día percibí la presencia de las Hermanas Misioneras Combonianas, cuya comunidad está integrada en esta parroquia. Busqué saber más sobre el carisma y decidí iniciar el proceso de formación requerido por este instituto femenino exclusivamente misionero.

La formación inicial comprende dos períodos de formación de dos años cada uno. Realicé, pues, el postulantado en Granada, España, y el noviciado en Quito, Ecuador. Estas etapas me ayudaron a permanecer en el camino que conduce a la comunión con Dios y con los hermanos, aprendiendo a cultivar relaciones de gratuidad y fraternidad.

En la completa disponibilidad y apertura al amor de Dios y a los hermanos encontré la verdadera alegría y la plena realización de mis más íntimas aspiraciones. Para mí es necesario escuchar, discernir y vivir en la escucha de la Palabra de Dios en la vida concreta, aprendiendo a leer los acontecimientos con ojos de fe y buscando abrirme a las sorpresas del Espíritu.

He descubierto, a lo largo del proceso, que esta es mi forma concreta de responder a la predilección de Dios que transforma mi vida y me envía más allá de mí misma y de mis propias raíces, para seguir caminando en su presencia, descubriéndole y amándole en los rostros de las personas que encuentro por el camino y que me hablan al corazón. La profesión religiosa-misionera es solo esto: la entrega total de todo lo que soy y tengo para llevar la alegría del Evangelio dondequiera que esté.

En 2020, fui enviada en misión a Costa Chica, al sur de México. Allí acompañé a las pequeñas comunidades católicas de los tres grupos étnicos que viven en armonía y solidaridad en la región: los pueblos afromexicanos, los indígenas y los mestizos.

Costa Chica y su gente me hicieron sentir en familia. Me recibieron con alegría y sencillez, abriéndome las puertas de sus casas y de sus corazones. Su cariño, generosidad y cercanía alimentaron mi corazón en el poco tiempo que pude caminar con aquel pueblo indígena y afromexicano.

Lo que más me gustó de Costa Chica fueron los niños curiosos y sus carcajadas; los pies descalzos que caminan ágiles, decididos; las manos que golpean con la misma facilidad la tortilla y el tambor; la fe compartida en la celebración de la Palabra y alrededor de una mesa; las mujeres comprometidas con servicio y el trabajo junto a las «Madres Combonianas».

Me gustaron los campesinos que trabajan la tierra con sudor bajo el sol, los jóvenes que se arriesgan por caminos que les pueden llevar a un futuro mejor, las familias separadas por una frontera… Hay de todo en ese «pedazo de paraíso», y yo encontré a Dios en las alegrías y en las penas compartidas con este pueblo. Gracias, Costa Chica, por haberme enseñado que lo importante es «ser», «estar», compartir mi vida y esperanza con todos lo que tan amablemente me acogieron en su tierra.

«Tú vas a salir para las misiones»

Por P. Miąsik Maciej Tomasz, mccj
Mundo Negro

Procedo de una familia cristiana católica de raíces campesinas y obreras de las periferias de Rzeszów (Polonia), la capital de mi región, que limita con Eslovaquia y Ucrania. Mi niñez y adolescencia estuvieron marcadas por el fin de la transición del comunismo al sistema demócratico. Fui bautizado a las pocas semanas de nacer y desde mi infancia recibí formación cristiana en el seno de mi familia. Junto a mis dos hermanos menores, aprendí de boca de mi madre las oraciones básicas. Desde que tengo memoria, recuerdo que mi familia tenía la rutina de participar regularmente en las misas dominicales y festivas en mi parroquia. También nos compraban libros con historias bíblicas que me encantaba leer. A los 10 años era monaguillo y más tarde lector. Poco a poco fui conociendo más a fondo la fe y la persona de Jesús. También crecía en el amor a Dios y en el espíritu de servicio.

La adolescencia trajo consigo ciertas crisis de fe y en mi relación con Dios. Atravesarlas me llevó, sin embargo, a renovar y fortalecer mi relación con Él en una profunda experiencia de su amor paterno que llenaba mi corazón. Por eso me comprometí en los grupos juveniles de mi parroquia y del colegio. Gracias a la oración, la meditación cotidiana de la Palabra y los encuentros con personas de fe, nació en mí un deseo fuerte de querer compartir esta experiencia transformadora de Dios con aquellas personas que no lo conocían. Aunque yo estaba todavía en Secundaria, este deseo muy pronto desembocó en la decisión de dedicarle mi vida.

El impacto de las palabras

Mi discernimiento sobre la forma concreta de consagrarme al servicio de Dios y a su Reino fue tomando cuerpo. Primero, la voluntad de ser sacerdote; después, serlo dentro de la vida religiosa y, por último, como misionero. «Tú vas a partir para las misiones. Tienes la misma mirada al escuchar un testimonio misionero que tenía un amigo mío que luego dio ese paso». Estas palabras marcaron mi camino. Me las dirigió un sacerdote amigo después de escuchar juntos las palabras de un franciscano que venía de Lima (Perú).

Por aquel tiempo me topé por primera vez con los Misioneros Combonianos. Vinieron a mi parroquia para hacer animación misionera y sentí que con ellos podría realizar mi vocación. La decisión final la tomé al leer una pequeña biografía de san Daniel Comboni. Me decía a mí mismo: «Si tengo que ser misionero, quiero serlo a su estilo, siguiendo su carisma». Tenía 18 años y me faltaba un semestre para terminar Secundaria cuando participé en mi primer encuentro vocacional con ellos. El promotor vocacional despejó mis dudas sobre si mi salud me permitiría trabajar como misionero. Una vez terminada la Secundaria empecé mi formación con los Combonianos.

Formación misionera

Estuve tres años en el postulantado de Varsovia, en la única comunidad comboniana que había entonces en Polonia. Después, junto a otros cuatro compañeros, fuimos a Italia para los dos años del noviciado. No solo fue un tiempo para madurar mi consagración religiosa, sino también para aprender a vivir en una comunidad con personas de diferentes orígenes y en un país con una cultura diferente a la mía. Después de los primeros votos fui enviado al escolasticado de Lima para seguir la formación misionera.

El P. Maciej durante la celebración de un bautismo en Pangoa. 

Los desafíos culturales, los estudios de Teología y el trabajo pastoral me daban a veces mucha satisfacción, pero otras cuestionaban mi mentalidad religiosa, mi visión de la fe, de la Iglesia y de la Misión. Las misiones de verano me provocaban una alegría particular. Durante tres años seguidos estuve yendo, junto a otros dos compañeros, a pasar dos meses en una comunidad indígena de la selva central peruana, donde sentía que mis sueños misioneros se hacían realidad poco a poco.

Al concluir el escolasticado, y antes de los votos perpetuos, pedí hacer mi servicio misionero de un año en la nueva comunidad comboniana de Pangoa, a orillas de la Amazonia, para trabajar con los nativos nomatsiguengas. Esta experiencia de formar una comunidad misionera, en la que convivíamos peruanos, mexicanos, italianos y polacos, marcó mi vida comboniana, dio el último impulso y selló de alguna manera mi decisión de consagrarme de manera definitiva como misionero según el carisma de san Daniel Comboni.

Polonia

No pude realizar mi deseo de continuar la misión de primera evangelización en Perú después de mi ordenación sacerdotal. Tuve que aceptar la decisión de los superiores y quedarme en Polonia algunos años desarrollando el trabajo de animador misionero, promotor vocacional y formador de jóvenes postulantes. Al inicio me costó mucho asumir ese tipo de servicio a la Misión que suponía quedarme en mi país y postergar el deseo de trabajar en la pastoral directa. Fueron unos años en los que, en apariencia, no hubo muchos frutos, sobre todo desde el punto de vista vocacional. Sin embargo, luego me di cuenta de que, aunque en esa década no tuvimos nuevos postulantes, sí florecieron muchas vocaciones de laicos misioneros combonianos y mucha gente se solidarizó con las misiones ayudándonos de diferentes maneras.

Regreso

Desde hace cinco años estoy de vuelta en la Amazonia peruana. Junto a otros dos combonianos, el padre español Lorenzo Díez Maeso y el escolástico zambiano Mathews Mwaba, tenemos a nuestro cargo la parroquia de Pangoa. Es para mí una gran alegría haber podido volver después de tanto tiempo a esta misión. Me estoy encontrando con muchas personas que conocí cuando era escolástico.

Lo que más me alegra es ver a las personas a las que he acompañado en su camino de fe y de crecimiento humano, como cristianos y misioneros, y constatar que han respondido a la gracia de Dios y están dando frutos abundantes. Me alegra haber podido acompañarlos en su camino de iniciación cristiana y de crecimiento en la fe, no solo a nivel personal, sino también como familias, porque son muchas las parejas a las que he acompañado en su preparación al matrimonio, cuya alianza también he bendecido.

Los momentos más duros vienen cuando tienes que cambiar de país después de haber vivido en un lugar muchos años y haber tejido hermosas relaciones, amistades y empezado de alguna manera a echar raíces. Me refiero a mi primera experiencia, al momento en el que tuve que dejar Perú después de casi seis años allí. Pero también a cuando tuve que abandonar Polonia para volver a tierras peruanas después de casi 11 años en la comunidad de Cracovia. Aunque cada cambio conllevó una nueva adaptación bastante rápida, intuyo que el peligro pasa por no querer echar raíces en un lugar para no sufrir más tarde un nuevo desarraigo.

Una niña de la localidad de Pangoa. Fotografía: Pueblo de Dios/TVE

Me quedo acá

Después de tantos años en este camino misionero, no me imagino para mí otra manera de vivir. Si retrocediera en el tiempo y tuviera que escoger de nuevo, tomaría la misma decisión. Siento que me he impregnado de este estilo de vida y ahora es parte de mi identidad profunda, tanto cristiana como religiosa, sacerdotal y misionera. Con sus luces y sus sombras, he vivido distintas facetas en mi vida misionera comboniana, desde la animación misionera, la promoción vocacional o la formación a la pastoral directa en la que trabajo en la actualidad. Todo me ha enriquecido como persona y como misionero. Espero poder brindar mi mejor servicio a la Misión donde Dios me lo pida a través de mis superiores, pero ahora estoy feliz en Pangoa y por el momento me quedo acá.

Jóvenes

A los jóvenes españoles que están dando vueltas a la vocación misionera les invito, antes que nada, a plantearse con sinceridad y valentía lo que desean hacer con sus vidas y también a que se pregunten cuál creen que es el sueño de Dios para ellos. Estoy convencido de que, en el fondo, estos sueños y deseos se entrelazan y compenetran, ya que es el Señor quien pone en nuestro corazón tanto el deseo de una vida plena como la llamada a que cada uno de nosotros pueda realizarla de manera particular e irrepetible. Él ha moldeado y sigue moldeando nuestros corazones para que podamos descubrir y elegir los caminos para vivir una vida llena de sentido.

Querido joven, para lograr una vida feliz es imprescindible que te preguntes: «¿Para quién vivo?». Si descubres que Dios te ha creado y te llama para la vida misionera, sea como laico, laica, religiosa, religioso, sacerdote o hermano, no dudes en decirle que sí y poner tu vida en sus manos. Si tienes dudas o miedo, Él pondrá en tu camino personas que te ayudarán a despejarlos y discernir tu itinerario. Que no te falte la valentía y la generosidad para emprender este camino.

P. Rómulo Panis: «Si pudiera retroceder en el tiempo, volvería a entrar en el seminario»

Tras una infancia marcada por la Eucaristía y la dulce guía de María, el padre Rómulo respondió a un llamado que lo llevó a campos misioneros en África y Centroamérica, donde la fe, el peligro y la cultura forjaron una vida de servicio.

Por: P. Rómulo Panis
desde Filipinas

Mi padre era ministro extraordinario de la Eucaristía y también miembro de los Caballeros de Colón. Mis padres solían decirnos que pusiéramos a Dios en primer lugar en nuestras vidas; que participáramos primero en la celebración eucarística, y luego podríamos dedicarnos a otras actividades.

Nuestra Santísima Virgen María influyó profundamente en mi vocación. Después de mi Primera Comunión, mi catequista me regaló un rosario. Ese rosario me acompañó a todas partes, hasta que lo perdí recientemente antes de regresar a Filipinas. Me entristeció mucho. Mi rosario había estado conmigo durante cincuenta años.

Sin embargo, lo más importante es mi relación personal y mi amor por la Santísima Virgen María, quien siempre me acompañó desde el principio. Me convertí en catequista voluntario y miembro del coro de nuestra parroquia. Fui a una zona pobre de mi parroquia y di clases de catecismo. Terminé mis estudios y luego comencé a trabajar.

Un día, un misionero comboniano me invitó a un programa de tres días para el discernimiento vocacional. Allí descubrí que Dios me llamaba a ser misionero. Me sentí atraído por los misioneros que trabajaban en África. Ingresé al Seminario San Daniel Comboni y estudié filosofía en el Seminario Cristo Rey, en Manila.

Luego, continué mi formación como seminarista en Nairobi, Kenia, donde estudié teología y misiología. Tras mi segundo año de teología, nos enviaron a una zona de misión para experimentar la vida comunitaria y las realidades de la misión. Me enviaron a Lira, en el norte de Uganda, donde contraje malaria grave; afortunadamente, sobreviví gracias al medicamento de quinina.

Contraer malaria es como un bautismo para ser misionero comboniano en África. Cuando llegué a Lira, Uganda, no pude dormir durante una semana a causa de la guerra. No sabíamos cuándo llegarían los rebeldes a nuestra zona de misión. Durante ese tiempo, hubo disturbios civiles debido a la guerra. Muchos niños fueron secuestrados por los rebeldes para ser entrenados como soldados.

Estas experiencias desafiantes durante mi formación me ayudaron a preguntarme: «Rómulo, ahora sabes lo que significa ser un misionero comboniano. ¿Sigues pensando en ordenarte?». Y me dije: «Si pudiera retroceder en el tiempo, antes de entrar al seminario, decidiría volver a entrar».

Fui ordenado sacerdote el 30 de junio de 2001. Mi primera misión fue en Centroamérica. Estudié español en Guatemala en septiembre de 2001 y luego fui a El Salvador en 2003, a la parroquia de San Arnulfo Romero. Sin embargo, surgió otra realidad de violencia, esta vez a manos de la banda de pandilleros conocida como los Mareros.

Muchos murieron a manos de estos pandilleros, y mucha gente temía salir de sus casas por la noche. En 2018, me enviaron a Guatemala, a la parroquia de San Luis IX Rey de Francia, Petén. El territorio tiene una superficie aproximada de 2915 km², y su población está compuesta en un 80% por indígenas mayas q’eqchi’. La parroquia cuenta con 145 comunidades.

Los misioneros combonianos trabajan en la inculturación dentro de la cultura q’eqchi’. La inculturación del Evangelio es un proceso profundo y transformador que busca integrar los valores y tradiciones culturales de los pueblos con el mensaje universal de Cristo en el contexto de nuestra querida parroquia. Existe un diálogo entre la fe y la cultura que permite que el Evangelio resuene de manera auténtica y significativa en los corazones de las personas. El diálogo entre la fe cristiana y la cultura local es esencial para la inculturación del Evangelio. Este proceso profundo y respetuoso permite que el mensaje cristiano se encarne en la cultura.

Antes de regresar a Filipinas para una nueva misión, recibí una carta de un joven de la comunidad donde servía; me conmovió profundamente. Escribió: «Querido Padre Rómulo: Hoy le escribo con el corazón lleno de gratitud, y también con un poco de tristeza, porque sé que su regreso está cerca y probablemente no volverá a nuestra comunidad. Aunque compartimos misas y servicios durante varios años, tal vez no me recuerde por mi nombre».

La carta continúa: “Sin embargo, te recuerdo muy bien, porque tu presencia como misionero dejó una huella en todos nosotros, especialmente en quienes tuvimos el privilegio de servir como monaguillos a tu lado. Gracias a ti, aprendimos que ser sacerdote misionero es más que celebrar la Misa. Es vivir con la gente, reír, enseñar, acompañar, estar presente y dar esperanza… Y eso fue lo que hiciste. Y aunque han pasado los años y quizás no tuviste tiempo de conocernos a fondo, tu dedicación habló más fuerte que mil palabras… Con todo mi cariño y mis oraciones, César Augusto (monaguillo de Chacte, Guatemala)”.

R. D. del Congo: Compromiso solidario de los escolásticos con la ecología integral en Kinshasa

Por: P. Fernando Zolli, mccj
Desde Kinshasa, RDC

El pasado sábado, 21 de marzo, algunos estudiantes del escolasticado de Kinshasa, miembros de la comisión de ecología integral, en su camino de conversión cuaresmal, pasaron unas horas conviviendo con quienes viven de lo que logran recuperar y reciclar del vertedero. Ha sido un gesto de solidaridad, pero al mismo tiempo una denuncia de las condiciones de vida de demasiadas personas que deben luchar para sobrevivir. Un llamamiento para que la gran Kinshasa vuelva a ser “Kinshasa la belle” (Kinsahsa la hermosa) y no “Kinshasa la poubelle” (Kinshasa el basurero), como le llaman ahora.

La ecología integral, de hecho, se está convirtiendo cada vez más en un eje transversal de la misión y la formación de los misioneros combonianos, para que estén siempre dispuestos a escuchar el grito de la tierra —violada y saqueada sobre todo en la República Democrática del Congo— y atentos al grito de los pobres. Esta es una de las llamadas pastorales específicas, hoy insustituible en un mundo desgarrado por guerras y violencias, donde a miles de millones de personas se les niega el derecho a una vida plena.

Todos estamos llamados a construir un modelo de desarrollo capaz de conjugar la justicia social y la salvaguardia del planeta. No solo está en juego el futuro del planeta, sino también la posibilidad de garantizar una vida digna a todos los pueblos de la tierra.

comboni.org

¡Vale la pena ser misionero!

El escolástico mexicano Emmanuel Alejandro Mejía está realizando sus estudios de teología en Granada, España. Desde allí nos envía el testimonio de tres de sus compañeros: Trilli Elgadi, de Sudán, Joseph Tran Dinh Phuc, de Vietnam y Romain Lindaou Bakenakou, de Togo. En la foto, escolasticado de Granada.

Trilli Elgadi (Sudán)

“Porque yo sé los planes que tengo para vosotros” –declara el Señor– “planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza”. (Jer 29,11).

Soy Trilli Elgadi, natural de Sudán, un país donde el 96 por ciento de la población es musulmana. Sin embargo, nací en el seno de una familia cristiana católica. Desde pequeño crecí en la Iglesia, participando activamente en sus celebraciones y actividades. Siendo monaguillo, descubrí algo que marcó profundamente mi vida: el deseo de servir en el altar y permanecer siempre cerca del Señor.

Aquel amor por el altar despertó en mí el primer gran anhelo: ser sacerdote. Con el paso del tiempo conocí a los misioneros combonianos y, a través de mi párroco –que también era comboniano–, descubrí la vida y el testimonio de San Daniel Comboni. Saber que había entregado su vida por mi pueblo me conmovió profundamente. Muchas veces he pensado que, si no hubiera sido por su entrega misionera, quizá yo no habría conocido a Cristo. Movido por este testimonio, decidí seguir sus pasos y responder a la llamada de Dios como misionero comboniano: llevar a Cristo a quienes aún no lo conocen y entregar mi vida al servicio de los más pobres y abandonados.

Mi camino vocacional comenzó acompañado por mi párroco, quien me ayudó a profundizar en el carisma comboniano. En 2018 viajé a Jartum para iniciar el prepostulantado durante seis meses. Un año más tarde fui destinado a Uganda para el postulantado. Allí aprendí el idioma y comencé tres años de estudios de filosofía, en un ambiente de vida comunitaria, oración, apostolado y formación académica.

La llama misionera no dejaba de crecer en mi interior. En 2022 inicié el noviciado en Namugongo (Uganda), una etapa decisiva en mi vida. Fue un tiempo de silencio, escucha y encuentro profundo con Dios. Allí conocí más intensamente la espiritualidad y el carisma de San Daniel Comboni, así como el significado de la vida religiosa y los votos. En 2024 emití mis primeros votos, confirmando mi deseo de consagrar mi vida a la misión.

El camino no ha estado exento de desafíos. Dejar mi país, mi familia y mis amigos fue una de las pruebas más duras. Adaptarme a nuevas culturas, idiomas y formas de vida también supuso un reto. Sin embargo, la experiencia de la fraternidad misionera y el apoyo constante de mi familia han sido fuente de consuelo y fortaleza. Actualmente me encuentro en España, estudiando la teología. Vivir en otro continente me ha permitido ampliar mi mirada sobre la misión. La realidad eclesial aquí es muy distinta a la de mi país. En Sudán, la Iglesia está llena de jóvenes comprometidos; muchos descubren allí su vocación y desean servir. En cambio, en España percibo con preocupación la menor participación juvenil. Aun así, esta realidad no apaga mi esperanza. Al contrario, reafirma mi convicción de que vale la pena entregar la vida por el Evangelio y por los más necesitados.

La Iglesia necesita jóvenes valientes, dispuestos a servir a los pobres y abandonados, a anunciar a Cristo donde aún no es conocido y a trabajar por la salvación de la humanidad. No tengáis miedo de seguir los caminos de Dios. Confiad en Él. “La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38).


Joseph Tran Dinh Phuc (Vietnam)

Soy Joseph Tran Dinh Phuc, vengo de un país muy bonito y lleno del amor de sus gentes, se llama Vietnam, una tierra sencilla, llena de contrastes, un país de régimen comunista, donde la fe es perseguida, por lo que se vive de manera muy difícil en público. Se vive más en el entorno familiar y comunitario. Crecí allí y aprendí desde pequeño el valor de la comunidad. Cada día nos reuníamos en la Iglesia para rezar una comunidad pequeña que se siente acompañada de Dios incluso en medio de las dificultades.

Antes de iniciar mi camino vocacional fui a ayudar a una parroquia, en una tribu en la montaña. Mi vocación misionera no nació de momentos espectaculares, sino de encuentros concretos con el sufrimiento de la gente. Ver a personas solas, pobres, olvidadas, me tocaba el corazón.

Durante unas vacaciones con mi familia, conocí a los Misioneros Combonianosa través de un sacerdote que visitó mi parroquia. Cuando leí la vida de Daniel Comboni, su pasión por África y su frase “Salvar África con África”, sentí que ese espíritu misionero coincidía con lo que yo llevaba dentro. Primero fui a Saigon, en 2018, para empezar mi formación, allí comencé a estudiar inglés. En 2019 me enviaron a Filipinas y allá, en un país diferente del mío, la formación fue el estudio de la lengua para iniciar el postulantado y el estudio de la filosofía. Lo que más alegría me ha dado ha sido la fraternidad: vivir con hermanos de distintos países, culturas y lenguas y aprender a convivir en fraternidad. También me ha alegrado el contacto con la gente sencilla a través de la pastoral, las misiones populares, las visitas a enfermos, los momentos de oración comunitaria. A veces, yo también quise salir de la comunidad y buscar una vida diferente. Pero mi formador en cierta ocasión me dijo: “Jesús no solo murió por la gente de Vietnam, Jesucristo murió por todo el mundo”. Esta frase me marcó y ayudó para continuar mi camino misionero.

Actualmente estoy en Granada (España), estudiando la teología. Está siendo una experiencia nueva. Me ha sorprendido la diversidad cultural y el proceso de secularización. Aquí muchas personas viven la fe de manera más discreta o distante, en comparación con mi país, donde existen menos expresiones religiosas externas, pero también encuentro una gran riqueza de voluntariado y apertura intercultural, por lo que veo que necesito aprender otro ritmo de vida, otra mentalidad y otra forma de evangelizar aquí.

¿Qué voy a decir a los jóvenes? Les diría: no tengan miedo de escuchar lo que Dios les pide. El mundo necesita corazones generosos, personas dispuestas a salir de sí mismas.

La vocación misionera no es perder la vida, es encontrarla. No tengan miedo de soñar en grande. Dios no quita nada, lo da todo. Si sienten una inquietud en el corazón, no la apaguen. Puede ser Dios llamando.


Romain Lindaou Bakenakou (Togo)

Soy Romain Lidaou Bakenakou, de nacionalidad togolesa (un país del oeste de Africa). Empecé mi camino de formación en el postulantado de Lomé, en Togo, en 2020. Durante tres años estudié la filosofía y luego fui a Benín por dos años para hacer el noviciado. Desde octubre de 2025 estoy en Granada (España) para la etapa del escolasticado.

 Nací en una familia católica. Desde pequeño recibí una educación religiosa que ahora puedo decir que es la base de mi vida espiritual y cristiana. Al inicio, la imagen de mi padre me impactó mucho, porque era catequista y traducía la homilía en la lengua materna durante la misa, o hacía la celebración de la Palabra cuando no había sacerdote.

Cuando todavía estaba en la primaria, sentí el deseo de algo más grande que ser un catequista: ser sacerdote. Hasta terminar la secundaria conservé esta idea, que cada vez se convertía más en un deseo ardiente. No tenía ninguna idea de los misioneros. Me preparaba para entrar en el seminario de mi diócesis cuando conocí a los Combonianos por medio de mi tía que era religiosa. Me dijo que hiciera una experiencia con los misioneros antes de elegir.

Hice mi primera experiencia con los combonianos en 2018, yendo al encuentro de los aspirantes. Allí escuché el testimonio misionero de algunos sacerdotes combonianos que estaban de vacaciones. Lo primero que me tocó fue la alegría que manifestaban cuando nos contaban sus experiencias. Me llamó mucho la atención porque hablaban de situaciones de tristeza, de crisis como la guerra, la violencia etc… Al principio quería olvidar esta idea de ser misionero por las dificultades que escuchaba. Pero, en mi camino, volviendo a mi ciudad, me preguntaba por qué quería abandonar esa idea.

Desde entonces, me dije que, si quiero verdaderamente ofrecer mi vida al Señor, debo sacrificarme, porque un don hecho de todo corazón, viene siempre del sacrificio de algo en nuestra vida, y el primer sacrificio que debo hacer es no huir de las dificultades que me encuentro. 

Por eso, mi primer paso para optar por la vida misionera no fue el carisma del instituto, sino el deseo de hacer frente a las dificultades como signo de sacrificio y ofrenda de mi vida por la causa de Dios.

La primera dificultad en este camino fue estar lejos de mi familia sin saber cómo estaban, porque al inicio del postulantado, durante algunos meses no podíamos usar el celular.

Durante la formación, mi gran desafío fue el cambio del ritmo de vida. Cuando empecé el primer año del postulantado tuve que adaptarme. Luego, durante el noviciado, tuve que acostumbrame con solitud, poquito a poco. Fue una buena experiencia. Pero me alegro mucho de ello, porque esas dificultades y otras que tuve no fueron obstáculos para mí, sino que me invitaron a mejorar en mi vida, a crecer en este camino.

De esta formación para ser misionero comboniano que estoy recibiendo, lo que más me alegra es la libertad de cada uno para responder libremente a la llamada de Dios según el descernimiento. Además, recibimos también una formación humana para un crecimiento completo. Aún no puedo decir que ya tengo la idea clara de que Dios me llama a servirle como comboniano, porque es un camino de continuo descernimiento. Tampoco es que dude de mi vocación, es una manera de estar abierto a lo que Dios decidirá sobre mi vida.  Siento que este es mi camino y me encuentro muy bien, continuando con mucho ánimo y celo, rezando para que me vaya bien.

Ahora que estoy en Granada, es un nuevo desafío. Es necesario adaptarse a la nueva cultura, nuevo clima y, sobre todo, la lengua. Hago frente a todo eso con ánimo porque estoy seguro de que Dios me llama a su servicio y no me faltará su apoyo en mi caminar. Al final, lo que puedo decir es que este camino es más un camino de fe, de confianza, de flexibilidad y apertura a la gracia de Dios. Siempre encontraremos obstáculos, más cuando tratamos de mirar hacía tras, cuando queremos estar seguro de todo, cuando queremos calcular todo.

A quien siente este deseo de servir al Señor, a quien siente este deseo profundo de ser misionero del evangelio, le digo: no lo reprimas, ponte en camino y te aseguro que no te arrepentirás de tu elección porque a pesar de los desafíos, el Señor no abandona.

El «sí», respuesta que se hace vida

Hay pequeñas respuestas que cambian la historia. Palabras que no hacen ruido, pero abren caminos. Decir «sí» es una de ellas. No un «sí» cómodo e ingenuo, sino uno pronunciado desde la fe, la valentía y la disposición total para dar la vida.

Por: Hna. Kathia di Serio, smc

Un «sí» que pronuncié el 29 de julio de 2007 con las Misioneras Combonianas, y que expreso cada día en la misión de Ciudad de México, donde vivo mi entrega cotidiana a Dios y a la misión. Toda vocación nace de una pregunta y se confirma con un «sí» como respuesta. No es perfecto ni definitivo desde el inicio, sino que se aprende a pronunciar en el camino. La historia de la salvación muestra que Dios no llama a «personas terminadas», sino a corazones disponibles, porque dicho recorrido está tejido de estas respuestas positivas. En mi historia vocacional resuena con fuerza el «sí» de María, el de san Daniel Comboni, el de las Misioneras Combonianas y el de otras tantas mujeres en el mundo.

El «sí» de María

La vocación de María inicia con una escucha atenta y una sincera pregunta: «¿Cómo será esto?» (Lc 1,34). María no entiende todo, pero confía. Su respuesta no nace de la seguridad, sino de su cercanía con Dios. Es un primer rasgo vocacional: escuchar, discernir y confiar, aún cuando el futuro no sea claro. Ella nos enseña que la vocación no anula los miedos ni las dudas, pero los integra. Dios no espera certezas absolutas, sino disponibilidad. Todo auténtico llamado comienza cuando alguien se atreve a responder: «Aquí estoy».

La respuesta de María no fue automática ni pasiva. Fue un «sí» discernido y encarnado. Ella escucha, se deja interpelar y, aún sin comprenderlo todo, se fía: «Hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). Se entrega, se convierte en mujer que camina, en servidora de la vida, en presencia divina en las periferias humanas. Su respuesta es profundamente revolucionaria: Dios entra en la historia de cada persona y se deja encontrar en lo cotidiano.

El «sí» de Comboni

El «sí» de san Daniel Comboni fue el de un hombre conquistado por una causa que lo superaba. Su vocación misionera nació del encuentro con un pueblo herido y del deseo de devolverle la dignidad. Él dijo «sí» una y otra vez: ante el cansancio, la incomprensión y el fracaso. Su vocación no fue cómoda ni lineal, sino fiel; comprendió que ésta no es un camino individualista, sino una misión compartida: «Salvar África con África».

Desde una perspectiva vocacional, Comboni nos recuerda que el llamado de Dios suele encender una pasión que transforma toda la vida. Decir «sí» implica dejarse moldear, aprender a perseverar y creer que incluso nuestras fragilidades pueden ser fecundas. Una y otra vez Dios cree en la humanidad de cada persona. El «sí» de nuestro santo patrono no fue idealista, sino probado por el fracaso, la enfermedad y la incomprensión. Aún así, pudo exclamar: «Yo muero, pero mi obra no morirá».

El «sí» de Comboni es de quien ama un pueblo hasta dejarse consumir por él; nace de la contemplación del Crucificado, que se traduce en compromiso histórico. Es un «sí» generativo: que abre camino, convoca y sueña comunidad, como cenáculo que irradia amor.

El «sí» de las mujeres

Hay vocaciones que no siempre reciben nombre oficial, pero son profundamente reales. El «sí» de las mujeres en el mundo sostiene a la historia: madres, cuidadoras, defensoras, migrantes, líderes comunitarias. Féminas que he encontrado y acompañado en caminos de crecimiento y búsqueda de la esperanza en contextos de movilidad humana.

Mujeres que dicen «sí» a la vida en contextos de violencia, migración forzada, pobreza y exclusión. Ellas sostienen familias, comunidades y memorias; cuidan, luchan, sanan, organizan y denuncian. Muchas no lo pronuncian con palabras religiosas, pero viven un «sí» profundamente evangélico con gestos concretos de amor, dignidad y resistencia. En ellas, Dios sigue encarnándose hoy.

El «sí» de las Misioneras Combonianas

Es una respuesta que se hace presencia y cercanía, y que se expresa en la opción por los pobres, por las mujeres heridas y las personas migrantes y excluidas. Esta vocación no se vive desde la distancia, sino desde el hecho de compartir la vida. Como María, las combonianas guardan y gestan; como Comboni, se arriesgan y sueñan; como tantas mujeres del mundo, sostienen la esperanza en contextos de frontera. Es un «sí» que acompaña procesos, que camina con ellos, que cree en la vida, incluso cuando todo parece negarla.

Este «sí» es cotidiano: se renueva en la oración, en la comunidad, en el servicio humilde y en la capacidad de permanecer; una vocación que habla más con gestos que con palabras, y que invita a las nuevas generaciones a preguntarse: ¿A dónde estoy siendo llamada para que otros tengan vida? El carisma comboniano vive en las comunidades de mujeres de diversas culturas y nacionalidades. Las combonianas responden al llamado de Dios, caminan con los pueblos y anuncian la Buena Nueva con su propia historia y vida compartidas.

El «sí» de María, de Comboni, de las Misioneras Combonianas y de las mujeres en el mundo no pertenece al pasado; es un llamado abierto. Nos invita a preguntarnos: ¿A qué vida estoy llamado? ¿A quién le genera esperanza mi respuesta positiva? Decir «sí» es un acto de amor y fe. Significa permitir que Dios renueve todas las cosas a través de mi disponible fragilidad. Responder «sí», no implica tener todo claro, sino estar dispuesto a caminar, a arriesgar todo por amor. Todo llamado auténtico comienza cuando alguien se atreve a poner su vida en manos de Dios para que otros tengan vida; porque cuando una mujer dice «sí» a la vida, el mundo vuelve a nacer.