P. Rómulo Panis: «Si pudiera retroceder en el tiempo, volvería a entrar en el seminario»

Tras una infancia marcada por la Eucaristía y la dulce guía de María, el padre Rómulo respondió a un llamado que lo llevó a campos misioneros en África y Centroamérica, donde la fe, el peligro y la cultura forjaron una vida de servicio.

Por: P. Rómulo Panis
desde Filipinas

Mi padre era ministro extraordinario de la Eucaristía y también miembro de los Caballeros de Colón. Mis padres solían decirnos que pusiéramos a Dios en primer lugar en nuestras vidas; que participáramos primero en la celebración eucarística, y luego podríamos dedicarnos a otras actividades.

Nuestra Santísima Virgen María influyó profundamente en mi vocación. Después de mi Primera Comunión, mi catequista me regaló un rosario. Ese rosario me acompañó a todas partes, hasta que lo perdí recientemente antes de regresar a Filipinas. Me entristeció mucho. Mi rosario había estado conmigo durante cincuenta años.

Sin embargo, lo más importante es mi relación personal y mi amor por la Santísima Virgen María, quien siempre me acompañó desde el principio. Me convertí en catequista voluntario y miembro del coro de nuestra parroquia. Fui a una zona pobre de mi parroquia y di clases de catecismo. Terminé mis estudios y luego comencé a trabajar.

Un día, un misionero comboniano me invitó a un programa de tres días para el discernimiento vocacional. Allí descubrí que Dios me llamaba a ser misionero. Me sentí atraído por los misioneros que trabajaban en África. Ingresé al Seminario San Daniel Comboni y estudié filosofía en el Seminario Cristo Rey, en Manila.

Luego, continué mi formación como seminarista en Nairobi, Kenia, donde estudié teología y misiología. Tras mi segundo año de teología, nos enviaron a una zona de misión para experimentar la vida comunitaria y las realidades de la misión. Me enviaron a Lira, en el norte de Uganda, donde contraje malaria grave; afortunadamente, sobreviví gracias al medicamento de quinina.

Contraer malaria es como un bautismo para ser misionero comboniano en África. Cuando llegué a Lira, Uganda, no pude dormir durante una semana a causa de la guerra. No sabíamos cuándo llegarían los rebeldes a nuestra zona de misión. Durante ese tiempo, hubo disturbios civiles debido a la guerra. Muchos niños fueron secuestrados por los rebeldes para ser entrenados como soldados.

Estas experiencias desafiantes durante mi formación me ayudaron a preguntarme: «Rómulo, ahora sabes lo que significa ser un misionero comboniano. ¿Sigues pensando en ordenarte?». Y me dije: «Si pudiera retroceder en el tiempo, antes de entrar al seminario, decidiría volver a entrar».

Fui ordenado sacerdote el 30 de junio de 2001. Mi primera misión fue en Centroamérica. Estudié español en Guatemala en septiembre de 2001 y luego fui a El Salvador en 2003, a la parroquia de San Arnulfo Romero. Sin embargo, surgió otra realidad de violencia, esta vez a manos de la banda de pandilleros conocida como los Mareros.

Muchos murieron a manos de estos pandilleros, y mucha gente temía salir de sus casas por la noche. En 2018, me enviaron a Guatemala, a la parroquia de San Luis IX Rey de Francia, Petén. El territorio tiene una superficie aproximada de 2915 km², y su población está compuesta en un 80% por indígenas mayas q’eqchi’. La parroquia cuenta con 145 comunidades.

Los misioneros combonianos trabajan en la inculturación dentro de la cultura q’eqchi’. La inculturación del Evangelio es un proceso profundo y transformador que busca integrar los valores y tradiciones culturales de los pueblos con el mensaje universal de Cristo en el contexto de nuestra querida parroquia. Existe un diálogo entre la fe y la cultura que permite que el Evangelio resuene de manera auténtica y significativa en los corazones de las personas. El diálogo entre la fe cristiana y la cultura local es esencial para la inculturación del Evangelio. Este proceso profundo y respetuoso permite que el mensaje cristiano se encarne en la cultura.

Antes de regresar a Filipinas para una nueva misión, recibí una carta de un joven de la comunidad donde servía; me conmovió profundamente. Escribió: «Querido Padre Rómulo: Hoy le escribo con el corazón lleno de gratitud, y también con un poco de tristeza, porque sé que su regreso está cerca y probablemente no volverá a nuestra comunidad. Aunque compartimos misas y servicios durante varios años, tal vez no me recuerde por mi nombre».

La carta continúa: “Sin embargo, te recuerdo muy bien, porque tu presencia como misionero dejó una huella en todos nosotros, especialmente en quienes tuvimos el privilegio de servir como monaguillos a tu lado. Gracias a ti, aprendimos que ser sacerdote misionero es más que celebrar la Misa. Es vivir con la gente, reír, enseñar, acompañar, estar presente y dar esperanza… Y eso fue lo que hiciste. Y aunque han pasado los años y quizás no tuviste tiempo de conocernos a fondo, tu dedicación habló más fuerte que mil palabras… Con todo mi cariño y mis oraciones, César Augusto (monaguillo de Chacte, Guatemala)”.

R. D. del Congo: Compromiso solidario de los escolásticos con la ecología integral en Kinshasa

Por: P. Fernando Zolli, mccj
Desde Kinshasa, RDC

El pasado sábado, 21 de marzo, algunos estudiantes del escolasticado de Kinshasa, miembros de la comisión de ecología integral, en su camino de conversión cuaresmal, pasaron unas horas conviviendo con quienes viven de lo que logran recuperar y reciclar del vertedero. Ha sido un gesto de solidaridad, pero al mismo tiempo una denuncia de las condiciones de vida de demasiadas personas que deben luchar para sobrevivir. Un llamamiento para que la gran Kinshasa vuelva a ser “Kinshasa la belle” (Kinsahsa la hermosa) y no “Kinshasa la poubelle” (Kinshasa el basurero), como le llaman ahora.

La ecología integral, de hecho, se está convirtiendo cada vez más en un eje transversal de la misión y la formación de los misioneros combonianos, para que estén siempre dispuestos a escuchar el grito de la tierra —violada y saqueada sobre todo en la República Democrática del Congo— y atentos al grito de los pobres. Esta es una de las llamadas pastorales específicas, hoy insustituible en un mundo desgarrado por guerras y violencias, donde a miles de millones de personas se les niega el derecho a una vida plena.

Todos estamos llamados a construir un modelo de desarrollo capaz de conjugar la justicia social y la salvaguardia del planeta. No solo está en juego el futuro del planeta, sino también la posibilidad de garantizar una vida digna a todos los pueblos de la tierra.

comboni.org

¡Vale la pena ser misionero!

El escolástico mexicano Emmanuel Alejandro Mejía está realizando sus estudios de teología en Granada, España. Desde allí nos envía el testimonio de tres de sus compañeros: Trilli Elgadi, de Sudán, Joseph Tran Dinh Phuc, de Vietnam y Romain Lindaou Bakenakou, de Togo. En la foto, escolasticado de Granada.

Trilli Elgadi (Sudán)

“Porque yo sé los planes que tengo para vosotros” –declara el Señor– “planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza”. (Jer 29,11).

Soy Trilli Elgadi, natural de Sudán, un país donde el 96 por ciento de la población es musulmana. Sin embargo, nací en el seno de una familia cristiana católica. Desde pequeño crecí en la Iglesia, participando activamente en sus celebraciones y actividades. Siendo monaguillo, descubrí algo que marcó profundamente mi vida: el deseo de servir en el altar y permanecer siempre cerca del Señor.

Aquel amor por el altar despertó en mí el primer gran anhelo: ser sacerdote. Con el paso del tiempo conocí a los misioneros combonianos y, a través de mi párroco –que también era comboniano–, descubrí la vida y el testimonio de San Daniel Comboni. Saber que había entregado su vida por mi pueblo me conmovió profundamente. Muchas veces he pensado que, si no hubiera sido por su entrega misionera, quizá yo no habría conocido a Cristo. Movido por este testimonio, decidí seguir sus pasos y responder a la llamada de Dios como misionero comboniano: llevar a Cristo a quienes aún no lo conocen y entregar mi vida al servicio de los más pobres y abandonados.

Mi camino vocacional comenzó acompañado por mi párroco, quien me ayudó a profundizar en el carisma comboniano. En 2018 viajé a Jartum para iniciar el prepostulantado durante seis meses. Un año más tarde fui destinado a Uganda para el postulantado. Allí aprendí el idioma y comencé tres años de estudios de filosofía, en un ambiente de vida comunitaria, oración, apostolado y formación académica.

La llama misionera no dejaba de crecer en mi interior. En 2022 inicié el noviciado en Namugongo (Uganda), una etapa decisiva en mi vida. Fue un tiempo de silencio, escucha y encuentro profundo con Dios. Allí conocí más intensamente la espiritualidad y el carisma de San Daniel Comboni, así como el significado de la vida religiosa y los votos. En 2024 emití mis primeros votos, confirmando mi deseo de consagrar mi vida a la misión.

El camino no ha estado exento de desafíos. Dejar mi país, mi familia y mis amigos fue una de las pruebas más duras. Adaptarme a nuevas culturas, idiomas y formas de vida también supuso un reto. Sin embargo, la experiencia de la fraternidad misionera y el apoyo constante de mi familia han sido fuente de consuelo y fortaleza. Actualmente me encuentro en España, estudiando la teología. Vivir en otro continente me ha permitido ampliar mi mirada sobre la misión. La realidad eclesial aquí es muy distinta a la de mi país. En Sudán, la Iglesia está llena de jóvenes comprometidos; muchos descubren allí su vocación y desean servir. En cambio, en España percibo con preocupación la menor participación juvenil. Aun así, esta realidad no apaga mi esperanza. Al contrario, reafirma mi convicción de que vale la pena entregar la vida por el Evangelio y por los más necesitados.

La Iglesia necesita jóvenes valientes, dispuestos a servir a los pobres y abandonados, a anunciar a Cristo donde aún no es conocido y a trabajar por la salvación de la humanidad. No tengáis miedo de seguir los caminos de Dios. Confiad en Él. “La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38).


Joseph Tran Dinh Phuc (Vietnam)

Soy Joseph Tran Dinh Phuc, vengo de un país muy bonito y lleno del amor de sus gentes, se llama Vietnam, una tierra sencilla, llena de contrastes, un país de régimen comunista, donde la fe es perseguida, por lo que se vive de manera muy difícil en público. Se vive más en el entorno familiar y comunitario. Crecí allí y aprendí desde pequeño el valor de la comunidad. Cada día nos reuníamos en la Iglesia para rezar una comunidad pequeña que se siente acompañada de Dios incluso en medio de las dificultades.

Antes de iniciar mi camino vocacional fui a ayudar a una parroquia, en una tribu en la montaña. Mi vocación misionera no nació de momentos espectaculares, sino de encuentros concretos con el sufrimiento de la gente. Ver a personas solas, pobres, olvidadas, me tocaba el corazón.

Durante unas vacaciones con mi familia, conocí a los Misioneros Combonianosa través de un sacerdote que visitó mi parroquia. Cuando leí la vida de Daniel Comboni, su pasión por África y su frase “Salvar África con África”, sentí que ese espíritu misionero coincidía con lo que yo llevaba dentro. Primero fui a Saigon, en 2018, para empezar mi formación, allí comencé a estudiar inglés. En 2019 me enviaron a Filipinas y allá, en un país diferente del mío, la formación fue el estudio de la lengua para iniciar el postulantado y el estudio de la filosofía. Lo que más alegría me ha dado ha sido la fraternidad: vivir con hermanos de distintos países, culturas y lenguas y aprender a convivir en fraternidad. También me ha alegrado el contacto con la gente sencilla a través de la pastoral, las misiones populares, las visitas a enfermos, los momentos de oración comunitaria. A veces, yo también quise salir de la comunidad y buscar una vida diferente. Pero mi formador en cierta ocasión me dijo: “Jesús no solo murió por la gente de Vietnam, Jesucristo murió por todo el mundo”. Esta frase me marcó y ayudó para continuar mi camino misionero.

Actualmente estoy en Granada (España), estudiando la teología. Está siendo una experiencia nueva. Me ha sorprendido la diversidad cultural y el proceso de secularización. Aquí muchas personas viven la fe de manera más discreta o distante, en comparación con mi país, donde existen menos expresiones religiosas externas, pero también encuentro una gran riqueza de voluntariado y apertura intercultural, por lo que veo que necesito aprender otro ritmo de vida, otra mentalidad y otra forma de evangelizar aquí.

¿Qué voy a decir a los jóvenes? Les diría: no tengan miedo de escuchar lo que Dios les pide. El mundo necesita corazones generosos, personas dispuestas a salir de sí mismas.

La vocación misionera no es perder la vida, es encontrarla. No tengan miedo de soñar en grande. Dios no quita nada, lo da todo. Si sienten una inquietud en el corazón, no la apaguen. Puede ser Dios llamando.


Romain Lindaou Bakenakou (Togo)

Soy Romain Lidaou Bakenakou, de nacionalidad togolesa (un país del oeste de Africa). Empecé mi camino de formación en el postulantado de Lomé, en Togo, en 2020. Durante tres años estudié la filosofía y luego fui a Benín por dos años para hacer el noviciado. Desde octubre de 2025 estoy en Granada (España) para la etapa del escolasticado.

 Nací en una familia católica. Desde pequeño recibí una educación religiosa que ahora puedo decir que es la base de mi vida espiritual y cristiana. Al inicio, la imagen de mi padre me impactó mucho, porque era catequista y traducía la homilía en la lengua materna durante la misa, o hacía la celebración de la Palabra cuando no había sacerdote.

Cuando todavía estaba en la primaria, sentí el deseo de algo más grande que ser un catequista: ser sacerdote. Hasta terminar la secundaria conservé esta idea, que cada vez se convertía más en un deseo ardiente. No tenía ninguna idea de los misioneros. Me preparaba para entrar en el seminario de mi diócesis cuando conocí a los Combonianos por medio de mi tía que era religiosa. Me dijo que hiciera una experiencia con los misioneros antes de elegir.

Hice mi primera experiencia con los combonianos en 2018, yendo al encuentro de los aspirantes. Allí escuché el testimonio misionero de algunos sacerdotes combonianos que estaban de vacaciones. Lo primero que me tocó fue la alegría que manifestaban cuando nos contaban sus experiencias. Me llamó mucho la atención porque hablaban de situaciones de tristeza, de crisis como la guerra, la violencia etc… Al principio quería olvidar esta idea de ser misionero por las dificultades que escuchaba. Pero, en mi camino, volviendo a mi ciudad, me preguntaba por qué quería abandonar esa idea.

Desde entonces, me dije que, si quiero verdaderamente ofrecer mi vida al Señor, debo sacrificarme, porque un don hecho de todo corazón, viene siempre del sacrificio de algo en nuestra vida, y el primer sacrificio que debo hacer es no huir de las dificultades que me encuentro. 

Por eso, mi primer paso para optar por la vida misionera no fue el carisma del instituto, sino el deseo de hacer frente a las dificultades como signo de sacrificio y ofrenda de mi vida por la causa de Dios.

La primera dificultad en este camino fue estar lejos de mi familia sin saber cómo estaban, porque al inicio del postulantado, durante algunos meses no podíamos usar el celular.

Durante la formación, mi gran desafío fue el cambio del ritmo de vida. Cuando empecé el primer año del postulantado tuve que adaptarme. Luego, durante el noviciado, tuve que acostumbrame con solitud, poquito a poco. Fue una buena experiencia. Pero me alegro mucho de ello, porque esas dificultades y otras que tuve no fueron obstáculos para mí, sino que me invitaron a mejorar en mi vida, a crecer en este camino.

De esta formación para ser misionero comboniano que estoy recibiendo, lo que más me alegra es la libertad de cada uno para responder libremente a la llamada de Dios según el descernimiento. Además, recibimos también una formación humana para un crecimiento completo. Aún no puedo decir que ya tengo la idea clara de que Dios me llama a servirle como comboniano, porque es un camino de continuo descernimiento. Tampoco es que dude de mi vocación, es una manera de estar abierto a lo que Dios decidirá sobre mi vida.  Siento que este es mi camino y me encuentro muy bien, continuando con mucho ánimo y celo, rezando para que me vaya bien.

Ahora que estoy en Granada, es un nuevo desafío. Es necesario adaptarse a la nueva cultura, nuevo clima y, sobre todo, la lengua. Hago frente a todo eso con ánimo porque estoy seguro de que Dios me llama a su servicio y no me faltará su apoyo en mi caminar. Al final, lo que puedo decir es que este camino es más un camino de fe, de confianza, de flexibilidad y apertura a la gracia de Dios. Siempre encontraremos obstáculos, más cuando tratamos de mirar hacía tras, cuando queremos estar seguro de todo, cuando queremos calcular todo.

A quien siente este deseo de servir al Señor, a quien siente este deseo profundo de ser misionero del evangelio, le digo: no lo reprimas, ponte en camino y te aseguro que no te arrepentirás de tu elección porque a pesar de los desafíos, el Señor no abandona.

El «sí», respuesta que se hace vida

Hay pequeñas respuestas que cambian la historia. Palabras que no hacen ruido, pero abren caminos. Decir «sí» es una de ellas. No un «sí» cómodo e ingenuo, sino uno pronunciado desde la fe, la valentía y la disposición total para dar la vida.

Por: Hna. Kathia di Serio, smc

Un «sí» que pronuncié el 29 de julio de 2007 con las Misioneras Combonianas, y que expreso cada día en la misión de Ciudad de México, donde vivo mi entrega cotidiana a Dios y a la misión. Toda vocación nace de una pregunta y se confirma con un «sí» como respuesta. No es perfecto ni definitivo desde el inicio, sino que se aprende a pronunciar en el camino. La historia de la salvación muestra que Dios no llama a «personas terminadas», sino a corazones disponibles, porque dicho recorrido está tejido de estas respuestas positivas. En mi historia vocacional resuena con fuerza el «sí» de María, el de san Daniel Comboni, el de las Misioneras Combonianas y el de otras tantas mujeres en el mundo.

El «sí» de María

La vocación de María inicia con una escucha atenta y una sincera pregunta: «¿Cómo será esto?» (Lc 1,34). María no entiende todo, pero confía. Su respuesta no nace de la seguridad, sino de su cercanía con Dios. Es un primer rasgo vocacional: escuchar, discernir y confiar, aún cuando el futuro no sea claro. Ella nos enseña que la vocación no anula los miedos ni las dudas, pero los integra. Dios no espera certezas absolutas, sino disponibilidad. Todo auténtico llamado comienza cuando alguien se atreve a responder: «Aquí estoy».

La respuesta de María no fue automática ni pasiva. Fue un «sí» discernido y encarnado. Ella escucha, se deja interpelar y, aún sin comprenderlo todo, se fía: «Hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). Se entrega, se convierte en mujer que camina, en servidora de la vida, en presencia divina en las periferias humanas. Su respuesta es profundamente revolucionaria: Dios entra en la historia de cada persona y se deja encontrar en lo cotidiano.

El «sí» de Comboni

El «sí» de san Daniel Comboni fue el de un hombre conquistado por una causa que lo superaba. Su vocación misionera nació del encuentro con un pueblo herido y del deseo de devolverle la dignidad. Él dijo «sí» una y otra vez: ante el cansancio, la incomprensión y el fracaso. Su vocación no fue cómoda ni lineal, sino fiel; comprendió que ésta no es un camino individualista, sino una misión compartida: «Salvar África con África».

Desde una perspectiva vocacional, Comboni nos recuerda que el llamado de Dios suele encender una pasión que transforma toda la vida. Decir «sí» implica dejarse moldear, aprender a perseverar y creer que incluso nuestras fragilidades pueden ser fecundas. Una y otra vez Dios cree en la humanidad de cada persona. El «sí» de nuestro santo patrono no fue idealista, sino probado por el fracaso, la enfermedad y la incomprensión. Aún así, pudo exclamar: «Yo muero, pero mi obra no morirá».

El «sí» de Comboni es de quien ama un pueblo hasta dejarse consumir por él; nace de la contemplación del Crucificado, que se traduce en compromiso histórico. Es un «sí» generativo: que abre camino, convoca y sueña comunidad, como cenáculo que irradia amor.

El «sí» de las mujeres

Hay vocaciones que no siempre reciben nombre oficial, pero son profundamente reales. El «sí» de las mujeres en el mundo sostiene a la historia: madres, cuidadoras, defensoras, migrantes, líderes comunitarias. Féminas que he encontrado y acompañado en caminos de crecimiento y búsqueda de la esperanza en contextos de movilidad humana.

Mujeres que dicen «sí» a la vida en contextos de violencia, migración forzada, pobreza y exclusión. Ellas sostienen familias, comunidades y memorias; cuidan, luchan, sanan, organizan y denuncian. Muchas no lo pronuncian con palabras religiosas, pero viven un «sí» profundamente evangélico con gestos concretos de amor, dignidad y resistencia. En ellas, Dios sigue encarnándose hoy.

El «sí» de las Misioneras Combonianas

Es una respuesta que se hace presencia y cercanía, y que se expresa en la opción por los pobres, por las mujeres heridas y las personas migrantes y excluidas. Esta vocación no se vive desde la distancia, sino desde el hecho de compartir la vida. Como María, las combonianas guardan y gestan; como Comboni, se arriesgan y sueñan; como tantas mujeres del mundo, sostienen la esperanza en contextos de frontera. Es un «sí» que acompaña procesos, que camina con ellos, que cree en la vida, incluso cuando todo parece negarla.

Este «sí» es cotidiano: se renueva en la oración, en la comunidad, en el servicio humilde y en la capacidad de permanecer; una vocación que habla más con gestos que con palabras, y que invita a las nuevas generaciones a preguntarse: ¿A dónde estoy siendo llamada para que otros tengan vida? El carisma comboniano vive en las comunidades de mujeres de diversas culturas y nacionalidades. Las combonianas responden al llamado de Dios, caminan con los pueblos y anuncian la Buena Nueva con su propia historia y vida compartidas.

El «sí» de María, de Comboni, de las Misioneras Combonianas y de las mujeres en el mundo no pertenece al pasado; es un llamado abierto. Nos invita a preguntarnos: ¿A qué vida estoy llamado? ¿A quién le genera esperanza mi respuesta positiva? Decir «sí» es un acto de amor y fe. Significa permitir que Dios renueve todas las cosas a través de mi disponible fragilidad. Responder «sí», no implica tener todo claro, sino estar dispuesto a caminar, a arriesgar todo por amor. Todo llamado auténtico comienza cuando alguien se atreve a poner su vida en manos de Dios para que otros tengan vida; porque cuando una mujer dice «sí» a la vida, el mundo vuelve a nacer.

¡Tú no tienes madera para ser Hermano comboniano!

Los Misioneros Combonianos son un Instituto formado por sacerdotes y hermanos. El pasado día 1 de enero, del total de 1.449 combonianos, tan solo 183 eran hermanos. Esta diferencia numérica, en cierto modo, puede justificar la afirmación del sacerdote peruano José Miguel Córdova: «Se habla poco sobre la vocación de hermano comboniano; por eso se me ocurrió escribir este texto que, quién sabe, pueda ayudar a algún joven a seguir este bello camino de vida». (En la foto, el hermano portugués José Eduardo Macedo de Freitas en el hospital de Kalongo, en Uganda).

Por: P. José Miguel Córdova Alcázar, mccj
comboni.org

Recuerdo que durante mi etapa de formación en el seminario, pensé que tal vez mi vocación era la del ser Hermano misionero comboniano y no Sacerdote misionero, así que con toda la fuerza de la vocación que va surgiendo como la lava de un volcán en erupción, fui al encuentro mensual con el formador y sin esperar a que él empiece el diálogo como siempre lo hacía, con el clásico: ¿cómo te sientes?, esta vez disparé yo primero y le dije: “Quiero ser hermano comboniano y no sacerdote” Él con la calma del hombre sabio y acostumbrado a los “disparos” primarios y frutos de la emoción del momento me dijo siéntate y cálmate, y sin más preludio me dijo con cariño: “Tú no tienes madera para ser Hermano Comboniano” y así acabó mi vocación a hermano. Hoy después de algunos años de trabajo misionero en África doy gracias a Dios por la vocación sacerdotal que me regaló y me sigue regalando cada día.

Hace pocos días me encontré con un joven profesional en Administración de empresas, que queriendo aclarar algunas inquietudes que tenía sobre la vida consagrada, me preguntaba precisamente sobre la vocación del hermano Comboniano y la inquietud que sentía sobre la vida consagrada como hermano y no como sacerdote.

Cuando nos encontramos, tuvimos la oportunidad de hablar sobre la Vocación y la consagración del Hermano Comboniano para la misión, mientras le hablaba sobre lo que significa ser Hermano consagrado, pude darme cuenta que sus ojos y su rostro se iluminaba ante lo que le iba presentando como diciéndome: “Sí, esto es lo que busco, este es el modo como quiero vivir.”

Un grupo de hermanos misioneros combonianos, en Roma, durante el Jubileo de 2025.

La vocación del hermano Comboniano es un llamado a vivir y testimoniar la fraternidad de Cristo con todos los hombres, y en todos los campos de la vida profesional y en la que trabaja más específicamente. El testimonio de fraternidad específica a la que está llamado el hermano comboniano, nos hace recordar que los misioneros Combonianos, somos una gran familia de Sacerdotes, hermanos y hermanas y a la vez un “pequeño cenáculo de apóstoles” llamados a irradiar a todo el que se fija en nosotros no otra cosa más que el amor de Cristo por los más pobres y abandonados de este mundo, como lo quería San Daniel Comboni.

Juan Pablo, (así se llama el joven) me dijo: “Padre a ti te dijeron que no tenías madera para ser hermano comboniano, entonces, ¿qué cualidades se necesitan para serlo? ¿qué madera es necesaria? Muchos de nuestros hermanos son profesionales en diferentes campos pero ciertamente no basta el ser profesional como tantos otros, ya hay muchos profesionales en el mundo, y es por esto que el hermano misionero comboniano es primero que nada un consagrado y es desde esta consagración que hace presente a Cristo con su profesión ahí donde es enviado a servir, porque sirviendo al ser humano entonces se sirve a Dios, y se vive el “Africa o muerte”, que los combonianos vivimos hoy en los diferentes lugares del mundo en el que nos encontramos.

“No tienes madera para ser hermano” me dijo mi formador, y sólo ahora comprendo el porqué; porque cuando contemplo la vida de aquellos hermanos santos y capaces que he conocido a lo largo de mi vida como sacerdote misionero, me digo a mí mismo: “mi formador tenía razón, la madera de la que está hecho el hermano comboniano es una madera especial, dura como el roble y al mismo tiempo blanda y ligera como la madera de balsa, pronta a ser transformada y adaptada a las diversas necesidades del trabajo de la misión.

En mis años como sacerdote misionero comboniano en África, me he encontrado con hermanos que, con su profesión de mecánicos, doctores, enfermeros, arquitectos, etc. han dado y siguen dando testimonio de la fraternidad a la que están llamados a vivir. Recuerdo de manera especial a uno con quien tuve la oportunidad de vivir durante algunos años en la misión y cuyo ejemplo de vida hacía que la gente dijera de él “es un hombre de Dios”.

Un grupo de hermanos misioneros combonianos en Nairobi/Kenia, en 2017.

Es que el hermano comboniano está llamado a ser:

  • Hombre de gran piedad, vida pura y virtud sólida.
  • Colaborador de Jesús en la misión.
  • Modelo y evangelio vivo.
  • Sembrador del evangelio.
  • Colaborador del bien común.
  • Como Jesús que vive haciendo el bien.

Todo esto y más tenía el hermano del que estoy hablando, y aunque ahora ya no está físicamente con nosotros, sé que desde el Reino en el cielo que te ganaste construyéndolo entre tus “amados hermanos africanos” sigues intercediendo por nosotros y sobre todo sigues siendo ejemplo para los que de ti recibimos tanto. Porque al conocerte a ti comprendí la frase que por mucho tiempo resonó en mi mente y corazón: “No tienes madera para ser hermano comboniano”, porque hoy sé que esta madera de la que hablaba mi formador, hay que recibirla, es dada, es don que viene de Dios y no es gratuita porque hay que hacer de esta madera vocación de servicio fraterno.”

Hay muchos jóvenes con los que me encuentro y que siendo profesionales o en vía de serlos, sienten el llamado a la vida consagrada no como sacerdotes sino como hermanos consagrados, y buscan esta forma de vida religiosa. Quizá tú tienes la “madera que se necesita para ser hermano Comboniano” y te estás preguntando: ¿porque yo no? Quizá, la madera de la que estas hecho es la que Dios precisamente busca para que la vocación y misión del hermano misionero comboniano se haga presente en el mundo a través de ti porque quizá, ¡tú sí tienes madera para ser Hermano misionero!

El pasado día 1 de enero de 2026, del total de 1.449 combonianos, tan solo 183 eran hermanos.

¿Qué sería de la Iglesia sin la vida consagrada?

«La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu». Así comienza la exhortación apostólica Vita consecrata (VC), de san Juan Pablo II. Los que estamos llamados a vivir de esta forma, somos depositarios de este maravilloso don que enriquece a la Iglesia a través de los siglos.

Texto y fotos: Hno. Juan Carlos Salgado, mccj.

¿Qué sería de nuestra madre Iglesia si no existiera la vida consagrada? Esta manera de vivir es una dimensión esencial y fundamento de la Iglesia católica; sin ella, perdería una fuente vital de santidad, testimonio evangélico y servicio al mundo. Miles de hombres y mujeres consagrados, inspirados en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, han enriquecido a la Iglesia y a la sociedad con diversos y múltiples carismas.

De modo singular, los consagrados manifestamos a diario la esperanza y el amor de Dios, fundamentos que abren caminos donde parece imposible superar la secularidad y las dificultades humanas. Por ejemplo, san Daniel Comboni fue signo de esperanza para los pueblos africanos en tiempos donde la esclavitud causaba estragos. Santa Teresa de Calcuta asistió a los últimos, a los más pobres y olvidados en India y en el mundo. San Carlos de Foucauld dio testimonio de comunión entre los tuareg del desierto del Sahara en Argelia.

Sin la vida consagrada, la Iglesia perdería un gran motor de profunda espiritualidad. Desde los primeros siglos, monasterios, conventos y comunidades religiosas han sido espacios de oración, contemplación y búsqueda de santidad que irradian luz a todo el cuerpo eclesial. Las distintas fuentes de espiritualidad, como la de los franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, jesuitas, etcétera, han formado verdaderas escuelas de santidad, de donde han surgido grandes santos y santas de admirable y respetable devoción.

La vida consagrada es una fuerza muy activa en la evangelización y en el servicio a los más necesitados. Diversos carismas han surgido para atender sectores específicos, como la educación, la salud, la justicia social y la pastoral juvenil. En ocasiones, a través de los carismas de congregaciones religiosas, la Iglesia ha dado respuesta a las necesidades de la gente antes que existieran las instituciones gubernamentales.

Por ejemplo, en Sudán y al norte de Uganda, regiones evangelizadas por los combonianos, gozan de escuelas y hospitales fundados por misioneras y misioneros que, con los años, se convirtieron en instituciones clave para esas naciones. En Uganda tenemos el Hospital de Lachor, uno de los más grandes del país; cuenta con escuelas de enfermería, de parteras, laboratoristas, médicos, anestesiólogos y técnicos en diversos oficios como carpintería, mecánica y electricidad. También contamos con los hospitales de Kalongo, Matany, Kitgum, Angal, Aber, Kyamuhunga, etcétera. Algunos cuentan con sus respectivas escuelas de enfermería.

En Uganda, las escuelas de Layibi y Ombachi llegaron a tener más de mil estudiantes. Además, en las academias técnicas de Carapira, en Mozambique; Lunzu, en Malawi; Chikowa, en Zambia, los hermanos combonianos han formado a cientos de jóvenes como técnicos profesionales. Asimismo, la escuela para chicas en Aboke, dirigida por las combonianas. Mientras que el Comboni College de Jartum es una de las escuelas con más prestigio en Sudán.

En Sudán del Sur, si no existieran el Hospital de Mapuordit, atendido por los combonianos, y el Hospital de Wau, dirigido por las combonianas, la Iglesia vería disminuida su capacidad para llegar a las periferias y responder a las urgencias humanas con tanto amor y profesionalismo.

La vida consagrada mantiene un testimonio profético que recuerda, al mundo y a la misma Iglesia, que el Reino de Dios no pertenece a los poderes temporales, sino a la gratuidad, a la confianza absoluta en Dios y a la búsqueda del bien común, más allá de los intereses personales. Sin ese testimonio, la Iglesia correría el riesgo de volverse mundana y perder la fuerza transformadora que Jesús nos legó.

En conclusión, sin la vida consagrada la Iglesia tendría una realidad mucho más frágil y estaría más limitada en su misión evangelizadora. Los consagrados sirven con generosidad a la humanidad y enriquecen la espiritualidad de todos los creyentes. Por ello, valorar y acompañar dicho modo de vivir es fundamental para la vitalidad y el futuro de la Iglesia.

A lo largo de 30 años de vida consagrada, como misionero comboniano del Corazón de Jesús, experimento la felicidad en mi vocación; son muchas las penurias, renuncias y dificultades sufridas en el apostolado, pero son muchas más las bellas vivencias durante 25 años de misión en África como enfermero y médico misionero.

Tres religiosos de la familia comboniana: el P. Ismael Piñón (sacerdote), la Hna. Tere Soto (religiosa comboniana) y el Hno. Juan Carlos Salgado (religioso comboniano).

La vida consagrada es una aventura que vale la pena experimentar. Las satisfacciones del mundo no se comparan con las de una vida para servir a Dios y a los más necesitados. En ocasiones, al encontrarme con gente en la calle, me decía con una gran sonrisa: «Gracias, doctor, por estar aquí». «Tú me operaste». «Tú me asististe durante el parto». Su gratitud es un gran consuelo para nuestra labor.
Necesitamos jóvenes audaces que den un «sí» al Señor. «La mies es mucha y los obreros pocos, rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).