Un autoestopista y un viejo misionero

Por: P. Fernando Cortés Barbosa, mccj

Soy el padre Fernando y voy por mis 15 años de vida sacerdotal. Tengo la grata experiencia de haber realizado diez de ellos de labor misionera en la República Centroafricana y ahora estoy de vuelta en mi país. Quiero compartir aquí mi vocación misionera, que no ha dejado de invitarme a estar donde se encuentra Jesús.

Con apenas 21 años, una tarde me puse a la orilla de la carretera a esperar el autobús que iba rumbo a mi pueblo. No había pasado ni media hora cuando vi venir un coche al que hice una señal para que me llevara a mi destino. El conductor seguramente dudó si recogerme o no porque, disminuyendo con parsimonia la velocidad, se detuvo a unos 100 metros delante de mí. Recogí del suelo mi mochila, me la eché al hombro y corrí hacia el coche. Fue una carrera que me condujo a la misión.

El conductor era un sacerdote. Lo reconocí al instante porque un domingo había presidido la misa en la iglesia de mi pueblo. Se me quedaron grabadas las palabras con las que se presentó: «Soy misionero comboniano». Aproveché para preguntarle qué era eso de los misioneros combonianos y durante todo el trayecto hasta llegar a mi pueblo, un viaje de casi dos horas, no hablamos de otra cosa que no fuera acerca de la vocación misionera.

De esa conversación me atrajo la idea de salir hacia otros lugares de la Tierra, conocer gente de otras culturas, formar parte de una fraternidad de personas de distintos países que anuncian el Evangelio entre aquellos pueblos que presentan mayor necesidad. Sentía que el mundo me abría sus puertas de par en par. Solo faltaba tomar una decisión.

Al día siguiente, mi compañero de viaje fue a la parroquia para hablar con mi párroco y nada más verle le trasladé la decisión que había tomado: «Quiero ser misionero comboniano». Él lo asumió de buen grado y comenzó a regalarme revistas y libros sobre las misiones y san Daniel Comboni, padre fundador de los Misioneros Combonianos, con quien comencé a identificarme muy pronto.

Las palabras que utilizaba Comboni para alentar a la gente hacia la Misión parecían dirigidas a mí. Yo, que era un joven deseoso de hacer opciones radicales y de darme por entero a la causa de un ideal, sentía que los textos de Comboni me venían como anillo al dedo. Como aquel que dice: «La vida de un hombre, que de manera absoluta y perentoria llega a romper toda relación con el mundo y con las cosas más queridas según la naturaleza, debe ser una vida de espíritu y de fe». Sus palabras no hacían otra cosa que reforzar mi decisión de abrazar la vocación misionera.

La formación

Me puse en contacto con los promotores vocacionales combonianos. Fui aceptado para iniciar mi formación en el propedéutico tras un curso de preseminario en el cual se nos pintaba a los aspirantes el panorama de la misión junto con momentos de espiritualidad a través de los escritos de Comboni. Corría el año 1998. Fui avanzando hacia las siguientes etapas formativas: postulantado, noviciado y la Teología en Lima (Perú). Cuando terminé me quedé dos años en el país antes de mis votos perpetuos y de la ordenación diaconal. Durante todo este período formativo, vivimos dentro de un continuo proceso de discernimiento que viví como una llamada de Dios a salir de mí mismo. Lo peor que puede pasarte es acomodarte, cerrarte a las novedades y a los desafíos que te va presentando la vida porque los percibas como una amenaza a tu bienestar. Dios siempre nos inquieta y cambia nuestro plan personal por otro mejor que nos saca de nuestra zona de confort. Esto nos sitúa ante la aventura de realizar su voluntad una vez que damos un sí lleno de confianza. Y solo será en la actitud de servicio donde se vea que buscamos pasar del vivir para uno mismo a vivir para los demás. Esta actitud requiere un «don de sí» que manifiesta alegría y supera la lógica del sacrificio. Pasar del sacrificio al «don de sí» se ha convertido para mí en un desafío constante que permanece hasta el día de hoy.

Busco integrar mi vocación misionera desde el «don de sí» que, como nos recordaba el papa Francisco, es la entrega cotidiana en el servicio y la renuncia a las alegrías huecas, pasajeras y carentes de gozo que nos ofrece el mundo del consumo que busca convertirnos en seres pasivos y manipulables. Quienes por egoísmo por temor se encierran en sí mismos desconocen que la auténtica alegría es consecuencia de vivir desde el «don de sí». Es cierto aquello que leemos en los Hechos de los Apóstoles de que «hay más alegría en dar que en recibir» y nadie que se entregue de buen corazón se verá triste frustrado, porque Dios ama a quien se da con alegría.

En el centro de África

Volví a México para mi ordenación sacerdotal, que tuvo lugar el 8 de enero de 2011. Cuatro años más tarde, tras concluir mis estudios en Ciencias de la Comunicación, fui enviado a la República Centroafricana. En 2017, la ONU señaló a este país como el más pobre del mundo debido, entre otros factores, a los efectos de un golpe de Estado que provocó episodios muy dolorosos entre la población.

El país, que ha cumplido 130 años de evangelización, aún está en camino de constituir una Iglesia madura de la cual todos se sientan parte, superando el apego de la feligresía a grupos o movimientos por los cuales sienten mayor afinidad que por la Iglesia en su totalidad.

Mi labor misionera la realicé en nuestra misión de Mongoumba, al suroeste del país, que tiene la peculiaridad de contar con asentamientos del pueblo pigmeo aka, a quienes la misión ofrece servicios de salud y educación. Las mujeres de la localidad son muy participativas, pero siguen siendo los hombres quienes lideran los grupos eclesiales. Para que nuestra Iglesia sea más dinámica e inclusiva contamos con grupos de base, distribuidos en cada sector de la población, para que todos puedan hacer una lectura de la realidad que viven a la luz de la Palabra de Dios y buscar soluciones juntos.

El choque es inevitable. Al principio no me resultó fácil entrar en la cultura centroafricana, pero un misionero con mucha experiencia me dijo unas sabias palabras que me ayudaron: «Tienes que sufrir al pueblo para llegar a amarlo, porque amándolo llegarás a decir: “Me quedo”». Una década de misión en la República Centroafricana no es nada comparado con otros misioneros que han estado 50 años dando su vida por la evangelización y en situaciones más difíciles que las que yo he vivido. No tengo derecho a quejarme, y si algún día me piden volver allí, aceptaré con gusto, pues estuve contento, aprendí mucho y la gente me recibió muy bien.

El sacerdocio

La Misión me ha enseñado a vivir mi sacerdocio no como un título del que presumir, sino como un don, con la alegría propia de quien fue buscado, llamado y enviado por el Señor Jesús para anunciar el Evangelio más allá de sus fronteras. Jesús se fijó en mí y me eligió, no por los méritos que yo tuviera, pues ninguno me alcanzaría, sino por pura gracia suya. En esto radica el don. Con la convicción de que es Dios quien hace fructificar nuestros proyectos y vocaciones, busco que mi don sacerdotal no termine estéril, a pesar de mis errores. Lo digo con toda convicción. Como humanos nos equivocamos, pero el Señor no falla a su promesa. Con una sonrisa en el rostro, el Señor siempre tiene la mano tendida para sanar y animar con su amor y misericordia a aquel que ha elegido.

La vivencia de mi vocación sacerdotal me ha hecho pasar de la rigidez de los inicios a una apertura sobre la comprensión de la naturaleza humana, pues también he sentido en carne propia las debilidades de nuestra condición humana. De este modo me he visto movido a poner en el centro de mi vida no mis propios intereses, sino a Jesús. También he aprendido a no considerarme superior a nadie en lo moral, intelectual o espiritual. Del mismo modo que yo he sido acogido, trato de ser un compañero de camino que acoge a otros con sus luces y sombras para avanzar juntos, apoyándonos mutuamente, pues no tengo duda de que los demás tienen mucho que aportarme.

Un modelo de vocación

Para concluir pienso en María, aquella valiente joven de Nazaret que es modelo de vocación. Desde el silencio y la sencillez fue sensible a las manifestaciones de Dios. Para concebir al Salvador le dijo al ángel Gabriel: «Soy la sierva del Señor, que se haga en mí según su palabra». Estas palabras se pueden resumir en un sí.

Que María, madre de Jesús, madre nuestra y primera discípula, sea nuestra guía para que, ante la llamada vocacional, no tengamos temor de responder con un sí generoso al Señor, el único por el cual se gana todo cuando uno también decide dejarlo todo.

Nuestros pies nos llevan a donde está nuestro corazón

Del 22 al 27 de julio, siete jóvenes provenientes de diversos lugares de la República Mexicana, vivieron en Sahuayo, Michoacán, el preseminario realizado por los Misioneros Combonianos. Ahí, los muchachos que, previamente fueron acompañados en su camino vocacional, experimentaron durante unos días la rutina cotidiana del seminario, es decir, probaron diversos momentos marcados por la oración, la formación, la vida comunitaria, el apostolado y también la diversión.

En un ambiente de fraternidad y calidez se desarrollaron diversos temas, algunos de ellos fueron la «Vocación de los apóstoles», impartido por el padre Mario Alberto Pacheco, mccj; «¿Quién soy yo?», ofrecido por el sacerdote Wédipo Paixão, mccj; «¿A qué soy llamado?», expuesto por el diácono José Hernández, mccj; mientras que el padre Víctor Mejía, misionero comboniano que vivió durante muchos años en China, compartió el tema de «La identidad, carisma y espiritualidad comboniana». Finalmente, el padre Josef Etabo, comboniano originario de Kenia, presentó su testimonio vocacional y misionero, enriqueciéndonos con su historia y su cultura.

El día 22, fiesta de santa María Magdalena, recordamos que ella estuvo motivada por su amor a Jesús, razón por la que va a llorar a su tumba, pero no se encuentra con un cadáver, sino con el Resucitado. El Evangelio del día nos ayudó a reflexionar sobre la importancia de «escuchar la voz del Señor y buscarlo», para ser cautivados por Él y vencer obstáculos.

En ese contexto, meditamos que vivimos una época con muchas facilidades, con medios de comunicación y transporte accesibles; donde moverse o informase ya no es tan complicado como antes. Pero ante tantas comodidades, nos desafía una realidad un tanto triste: el miedo a tomar una decisión para seguir al Señor.

De hecho, se invitaron y acompañaron vocacionalmente a muchos jóvenes, pero sólo respondieron y asistieron unos cuantos. Por ello, interpretamos las palabras del Evangelio: «muchos son llamados, pero poco los elegidos» (Mt 22,14), y nos preguntamos: ¿Por qué son tan pocos los que responden?
Hay quienes se dejan dominar por el miedo, otros prefieren continuar sus propios proyectos y permanecer en sus comodidades. No nos falta vocación, ¡nos falta valor para decir «sí»! Falta el ímpetu para buscar, y eso sólo es posible cuando realmente se ama a Jesús.

Nuestros pies nos mueven en la dirección de aquello que amamos. Y para lo que es prioritario y esencial, encontramos los medios y modos para conseguirlo. Si tomamos nuevamente el Evangelio de Juan (20,1-18) que nos dice que Magdalena va a buscar a Jesús, podemos ver que sus pies la llevan en la dirección de aquello que su corazón busca, en este caso, el Maestro. Ella pensaba ir a llorar ante un túmulo, donde aparentemente la vida se termina, pero se encuentra con la piedra movida y al Señor resucitado.

Esto nos enseña dos cosas: primero, que Jesús nos llama para la vida, «anda, ve y di a mis hermanos que voy a mi Padre, que es el Padre de ustedes; a mi Dios, que es también su Dios» (cf Jn 20,17) y segundo, que quien ama vence los obstáculos y no se conforma con una simple respuesta; quien ama, cree necesario ir más allá. ¿Hacia dónde está orientado nuestro corazón? ¿Hacia dónde se dirigen nuestros pies (nuestros proyectos)?

Hay quienes piensan que los seminaristas se pasan todo el día rezando, y aunque la oración es importante, el acontecer de un seminarista comboniano está sostenido por cuatro pilares: vida, oración, estudios y comunidad-apostolado; por tanto, tiene una dinámica interna que ayuda a los jóvenes a responder a la vocación a la que están siendo llamados; y al mismo tiempo, que se preparan para ir a las misiones.

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Finalmente, toda elección no está libre de retos y obstáculos. Todo el tiempo optamos por hacer elecciones de forma consciente y, en muchos casos, de manera inconsciente, puesto que no podemos hacer de todo y ser todo a la vez. Por ejemplo, sabemos cuánto nos cuesta dejar a los papás, pero en determinado momento de la vida tendremos que hacerlo, ya sea por causa de estudios, trabajo o incluso para formar la propia familia.

Dejar no significa abandonar. «Cortar el cordón umbilical» para construir la propia experiencia implica que la familia siempre nos acompañará con su amor, pero no podrán vivir nuestros proyectos, porque esos son personales. San Daniel Comboni tuvo que elegir ante la situación de sus papás (pues era hijo único) y su amor por África; al final eligió ésta última, y confiado en que alguien los cuidaría, partió para la misión.

A cada uno de ustedes que reciben la revista Esquila Misional, le pedimos sus oraciones por la perseverancia de los jóvenes que participaron en el preseminario y respondieron con un «sí» al llamado de Jesús, un primer paso en su etapa formativa para prepararse y partir a las misiones.

Jubileos sacerdotales

Por: Hno. Raúl Cervantes y P. Ismael Piñón

El pasado 16 de agosto, San Juan Atenco (Puebla) fue escenario de la celebración del 25 aniversario sacerdotal del P. Armando Máximo Aquino en compañía de sus seres queridos, amigos y familia comboniana provenientes de distintas partes del país, así como parte de la feligresía de San José Comalapa (Veracruz), parroquia donde realiza su servicio misionero -y donde también celebró el 30 del mismo mes-. Fue un día muy importante para el P. Armando, pues quedó demostrado el cariño y testimonio mutuamente entregado desde que comenzó su misión en Chad y, posteriormente, a través de diversas comunidades de nuestro país, como Ciudad de México, Sahuayo y Comalapa.

El P. Armando Máximo Aquino celebró sus 25 años sacerdotales en San Juan Atenco, Puebla.

Una semana después, concretamente el 23 de agosto, fue el P. Víctor Alejandro Mejía quien celebró su jubileo sacerdotal en el Santuario de Guadalupe, en la ciudad de La Paz, BCS, su ciudad natal. El P. Víctor también estuvo acompañado por su familia, sus amigos, un buen grupo de misioneros y misioneras combonianas y varios sacerdotes diocesanos -incluidos Mons Miguel Ángel Espinoza, obispo coadjutor de La paz, y Mons Jaime Rodríguez, misionero comboniano y obispo emérito de Huánuco, Perú. El obispo titular de La Paz, Mons. Miguel Ángel Alba, no pudo estar presente por su delicada situación de salud.

El P. Víctor Alejandro Mejía celebró sus 25 años sacerdotales en La Paz, Baja California Sur.

La ceremonia, durante la cual el P. Víctor renovó sus promesas sacerdotales, fue seguida a través de las redes sociales por varias comunidades cristianas de Macao y Taiwan, donde el P. Víctor trabajó por más de 20 años y a quienes dirigió unas palabras en chino para agradecer su apoyo y su cercanía. El P. “Vicho”, como todos lo conocen, es el primer comboniano originario de Baja California, lugar al que llegaron los primeros combonianos hace ahora 77 años.

El próximo mes de noviembre será el turno del P. Lauro Betancourt, quien celebrará sus 25 años sacerdotales en Zacatecas, y en diciembre del P. Aldo Sierra, actualmente en Sudáfrica.

«Yo ocuparé su lugar»

P. Zoé Musaka. MUNDO NEGRO

El misionero comboniano ugandés P. Alfred Mawadri nos envía un precioso testimonio desde su misión en Sudán del Sur. Vuelve a los años de su infancia y juventud para hablarnos de su familia y de algunas personas que fueron importantes en su camino de discernimiento vocacional. Según cuenta, no fue fácil aceptar la llamada del Señor porque estaba muy unido a su familia y la vida misionera le exigía alejarse de sus seres queridos, pero puso su confianza en el Señor y, en la actualidad, a sus 48 años, asegura sentirse muy feliz. El hilo de oro que ha guiado y sigue guiando su vida es la fe en Jesucristo que –como dice– «da sentido a mi existencia». El testimonio del P.  Alfred está escrito con mucha sinceridad y nos ayuda a descubrir, una vez más, que nadie se siente defraudado cuando entrega su vida entera por la Misión de Jesucristo.


Texto y fotos:  P. Alfred Mawadri


Fui bendecido con unos padres encantadores. Mi padre era un hombre íntegro y con una gran fuerza interior. Mi madre era una persona maravillosa. Compasiva en sus palabras y hechos, inculcó a sus hijos los valores cristianos. Su capacidad de amar tuvo una gran influencia en mí. Falleció en 1994 y dejó en mí un vacío que nadie ha podido llenar. Sin embargo, poco a poco me fui acercando a mis hermanos menores para cuidarlos y ofrecerles lo que mi madre les había dado. De este modo, creció entre nosotros un fuerte vínculo, nos apoyábamos mutuamente y hacíamos juntos el trabajo doméstico. Era como si fuéramos una sola alma. En aquel momento, no podía imaginar que un día la vocación misionera me llevaría a separarme de ellos.

Nuestra familia extendida es católica desde hace muchas décadas. Mi tío, el P. Santino Kadu, fue uno de los primeros sacerdotes de la diócesis de Arua, en el noroeste de Uganda. No lo conocí porque murió antes de que yo naciera, pero mis padres y mucha gente hablaban maravillas de él. Su presencia era constante en la familia y una fotografía suya estaba colgada en la sala de estar de casa.

Nuestra parroquia, en la ciudad de Moyo, fue una de las primeras del norte de Uganda. Había sido fundada en 1917 por los misioneros combonianos y todavía estaba administrada por ellos cuando yo era monaguillo. Admiraba a aquellos misioneros que trabajaban tanto. Eran fantásticos con la gente, en particular con los jóvenes. El grupo juvenil parroquial estaba animado por el P. Aladino Mirandola, un italiano fallecido en 2018 que había llegado a Uganda en 1954. Aunque cuando lo conocí era ya bastante mayor, difundía alegría ­dondequiera que estuviera. Si tenías algún problema o una carga en el corazón, acudías a él y sus palabras lo disipaban como por arte de magia. Me decía a mí mismo: «¡Qué hermoso sería ser como él!».

La comunicación entre las comunidades de Old Fangak se realiza a través de zonas pantanosas.

La ordenación de Nyadru

En agosto de 1988 mi primo William Nyadru fue ordenado sacerdote comboniano en Moyo. Me sentía muy feliz y a todos los presentes en la celebración les decía que era mi primo, el hijo de mi tía Katerina. Me parecía un héroe con sus vestiduras blancas. Al final de la celebración le dije al P. Aladino que sería como él.

Tres años después, el 25 de octubre de 1991, el P. William, que había sido destinado a la misión de Moroto, en la ­subregión ugandesa de Karamoya, fue encontrado muerto en un lugar aislado. Su cuerpo yacía boca abajo sobre la hierba. Una bala le atravesó el corazón y salió por la espalda. Su moto estaba bien estacionada y no le habían robado nada, así que lo más probable es que los sacerdotes-adivinos de la zona hubieran ordenado a los guerreros que mataran a una persona cualquiera que fuera en motocicleta para que el clan pudiera evitar alguna catástrofe inminente.

El cuerpo del P. William fue enterrado en Moyo y yo hice de monaguillo durante el funeral. Miraba el ataúd, que estaba colocado en el mismo lugar donde se había postrado el día de su ordenación. Todo aquello me convenció de que su muerte había sido un sacrificio. Al finalizar la celebración, el P. Aladino pasó su brazo sobre mis hombros y me dijo: «Nuestra fe cristiana no nos deja ninguna duda de que William no murió en vano. Podemos estar seguros de que el Señor traerá múltiples dones con su sacrificio». Yo le susurré: «Yo ocuparé su lugar».

Una vocación de ida y vuelta

Un año después comencé mis estudios de Secundaria y la idea de seguir los pasos del P. William se fue desvaneciendo. Igual que cualquier otro estudiante que sueña con un futuro brillante, me centré en los estudios. Quería ser ingeniero, por lo que elegí la opción de Física, Química y Matemáticas.

Hacia el final de este ciclo formativo asistí a una serie de encuentros de fin de semana organizados por grupos cristianos. En uno de esos retiros, cada participante tenía que coger un trozo de papel de una caja con un texto bíblico y reflexionar sobre él. A mí me toco un versículo del evangelio de Mateo: «Vio Jesús a un hombre que se llamaba Mateo sentado en la oficina de impuestos y le dijo:

-Sígueme. 

Él se levantó y lo siguió». 

Estuve tentado de dejarlo y coger otro trozo de papel, pero algo dentro de mí me lo impidió. Durante la hora siguiente, luché enérgicamente contra ese texto, que pronto se convirtió en una voz clara… Y perdí la batalla. Las palabras que me había susurrado el P. Aladino el día del funeral del P. William retumbaban en mi cabeza y no podía silenciarlas.

No fue fácil lidiar con el torbellino de pensamientos y emociones que me acompañaron durante varias semanas y al final tuve que soltar la rama del árbol a la que me aferraba, el apego a mi familia, y unirme a los Misioneros Combonianos. Al igual que Mateo, dejé a mi familia y abandoné la idea de ser ingeniero.

En agosto de 2000 comencé mi formación misionera y cinco años más tarde hice mi primera profesión religiosa. Después fui destinado a Lima (Perú) para estudiar Teología y me ordenaron sacerdote en Moyo en enero de 2012. Aquel día la alegría del P. Aladino era enorme. Cuando me dijo que había cumplido mi promesa, le respondí: «El P. William será mi estrella-guía para el resto de mi vida».

El P. Alfred durante una procesión del Domingo de Ramos.

Sudán del Sur

En mayo de 2012 fui destinado a la parroquia Santísima Trinidad, en Old Fangak, diócesis de Malakal (Sudán del Sur), entre el pueblo nuer. La zona se llama Al-Suud, una palabra árabe que significa ‘barrera’ u ‘obstrucción’. Se trata del pantano más grande del mundo y uno de los lugares más remotos y empobrecidos del continente. La gente, especialmente los niños, mueren de malaria, kala-azar, diarrea, desnutrición y otras enfermedades relacionadas con los pantanos. La vida y nuestro trabajo son muy difíciles aquí.

No hay caminos en la misión de Old Fangak y tampoco teníamos coches, motos o bicicletas. Atravesábamos a pie las zonas pantanosas para ir de una comunidad a otra. Tampoco teníamos teléfonos móviles y apenas una débil conexión a Internet en el centro parroquial. Cuando íbamos de gira pastoral sabíamos que no regresaríamos en muchos días, así que había que confiar en la generosidad de la gente y comer todo lo que nos ofrecieran.

La gran esperanza que surgió con la independencia de Sudán del Sur en 2011 se desvaneció enseguida y el conflicto interno que le siguió hizo que muchas personas se desplazaran dentro del país o que huyeran a las naciones vecinas. Ser testigo de todo esto fue –y sigue siendo– una prueba difícil para mí. Siempre he encontrado suficientes razones para seguir adelante. El pueblo nuer me ha enseñado a ser paciente, humilde, prudente, esperanzado y, sobre todo, a trabajar para superar juntos las dificultades. Las buenas relaciones son la primera herramienta del misionero en una situación de primera evangelización.

Nueva misión

En la actualidad estoy destinado en Moroyok como formador para preparar a nuestros candidatos a ingresar en el postulantado. Es un ministerio diferente al parroquial, con sus desafíos y también sus alegrías, porque en los jóvenes candidatos veo el futuro de la congregación. Sigo creyendo y esperando que la Palabra de Dios que estoy sembrando en esta tierra que tanto amó y en la que dio su vida san Daniel Comboni brotará y dará fruto. Mientras tanto, acepto sufrir con la gente y vivir con ellos las pequeñas alegrías de cada día. Me siento feliz, orgulloso y privilegiado de trabajar en el mismo campo misionero que Comboni. A pesar de las dificultades y los desafíos de la misión, Dios continúa diciéndome que no tenga miedo porque «yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo». Cuando estoy desanimado, estas palabras de Jesús me dan valor para seguir adelante.

A los jóvenes españoles les digo que se alegren de ser cristianos y tomen a Cristo como referente y modelo de vida. Él es el único que puede dar sentido a su existencia y satisfacer su sed de felicidad duradera. Como el apóstol Santiago, les invito a ser testigos de Cristo a través de sus obras y palabras, además de vivir con alegría la llamada a ser peregrinos de la esperanza durante este año jubilar. Desde esta actitud, debemos ayudar al mundo a ser un lugar de amor, paz y respeto por la dignidad humana y por nuestra ­­casa común. 

Jubileo comboniano de jóvenes 2025 en Roma

La Curia comboniana en Roma se convirtió, durante unos días, en un campamento para acoger a 270 jóvenes que, desde distintos rincones del mundo, acudieron para el jubileo de los jóvenes, compartiendo el carisma de San Daniel Comboni. La procedencia de estos jóvenes fue variada: África, Europa, América y Timor Oriental.

Texto y Fotografías: Boni Gbama, mccj
Misioneros Combonianos. España

Los grupos procedentes de España (Combojoven), Italia, Portugal, Egipto, Inglaterra y México habían tenido un encuentro previo al Jubileo de jóvenes de Roma en las comunidades combonianas de Milán, Verona y Florencia. La invitación al encuentro se había lanzado meses antes, el 11 de diciembre de 2024, en una carta firmada por los PP. Fabio Baldan, Superior provincial de Italia y Stefano Giudici, Secretario de la Formación. En ella proponían unos días de oración, reflexión, celebraciones litúrgicas, visitas, intercambio de experiencias y momentos para compartir la alegría de la fe.

Grupo de Florencia

En palabras del P. Baldan, este encuentro es una oportunidad para “reflexionar sobre la justicia social, la ecología integral y la dignidad de cada persona”, valores que están “en el centro de la misión comboniana”, que ponen su mirada en las periferias y buscan un futuro más justo y sostenible.

Los testimonios de los jóvenes que participaron en estos encuentros hablan por sí solos. José Daniel Rodríguez, de Sahuayo Michoacán, México, subrayó que le gustó aprender “cómo reutilizar materiales para reducir la contaminación” y tomar conciencia de lo que hacemos mal. Por su parte, la portuguesa Camila dos Santo Campos, de 17 años, de la parroquia Sao Tiago Maior de Camarate, recordó su llegada a Milán: “estábamos nerviosas porque no sabíamos qué iba a pasar ni con quién íbamos a estar. Pero los nervios se convirtieron en alegría, ya que todos nos recibieron con una sonrisa, y aunque veníamos de distintos países, nos llevamos muy bien”. El postulante comboniano de España, Juan Enrique Ela, que participó en Verona, valoró la riqueza de “conocer diversas culturas y nacionalidades” y señaló que, durante el encuentro cuando no entendía algo, recurría a “ChatGPT” para comunicarse.

Animacion misionera durante el Jubileo en Roma
Animacion misionera en la zona arqueológica de los Foros Imperiales.

En Roma, la convivencia incluyó también una actividad de Animación Misionera, organizada por la Familia Comboniana, en la zona arqueológica de los Foros Imperiales, con cantos en distintos idiomas: lingala, suajili, inglés, portugués, español e italiano, además de danzas que reflejaron la diversidad de los participantes.

Uno de los momentos más conmovedores del encuentro en Roma tuvo como protagonista a Rhea Nadeem, joven inglesa que testimonió cómo su fe y la experiencia de sentirse salvada por Dios durante la pandemia de la COVID-19 marcaron su vida. “Dios es real y siempre está con nosotros, especialmente en los momentos difíciles”, afirmó.

Sala Capitular en la Curia

El Jubileo comboniano para los jóvenes que comparten el carisma de San Daniel Comboni se enmarcó en el Jubileo de los jóvenes, celebrado en Roma del 28 de julio al 3 de agosto. Durante esos días, los jóvenes también participaron en diversas actividades y eventos del Jubileo como la misa de apertura en la Plaza de San Pedro, la jornada penitencial en la antigua arena romana: el Circo Máximo, y en la vigilia en Tor Vergata junto al Papa León XIV.

La llegada del Papa León XIV a Tor Vergata
PP. Raoul y Esdras en Tor Vergata
Escolástico Prosper en Tor Vergata
Animacion misionera en los Foros Imperiales
Jóvenes combonianos en la Animación misionera

Nuevo sacerdote etíope, misionero para Brasil

El 2 de agosto de 2025 tuvo lugar un acontecimiento significativo en el Vicariato Apostólico de Harar en Jijiga, ubicado en la región somalí de Etiopía, cuando el diácono comboniano Mintesnot Simeneh Lemessa fue ordenado sacerdote. La ceremonia contó con la presencia del Vicario Apostólico de Harar, SE Mons. Angelo Pagano, OFM Cap., y del Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Addis Abeba, SE Mons. Tesfasilasie Tadesse, MCCJ. El nuevo sacerdote ha sido destinado a Brasil.

Durante su homilía, el obispo ordenante, Monseñor Tesfaye Tadesse, destacó la belleza del ministerio sacerdotal, enfatizando la sagrada responsabilidad que conlleva servir a la Iglesia y a la comunidad.

El evento fue solemnizado por una gran reunión de sacerdotes y religiosas, incluyendo representantes de los Misioneros Combonianos y las Hermanas Combonianas. La parroquia de San José, bendecida con la presencia de misioneros durante más de un siglo, celebró esta ocasión especial con júbilo y un profundo sentido de plenitud espiritual.

Mintesnot Simeneh, quien completó sus estudios teológicos en Brasil y fue ordenado diácono, ha sido destinado para ejercer su ministerio en el país sudamericano. El provincial, en un mensaje de agradecimiento, destacó la designación del nuevo sacerdote como una contribución misionera de la parroquia de San José, el Vicariato Apostólico de Harar, los Misioneros Combonianos en Etiopía y la Iglesia Católica Etíope en su conjunto.

El día de celebración concluyó con una comida festiva preparada en el salón parroquial, simbolizando la unidad, la alegría y las bendiciones de un nuevo capítulo en la vida de Minstesnot Simeneh mientras emprende su viaje como sacerdote recién ordenado al servicio de los fieles en Brasil.

Padre Asfaha Yohannes, mccj